Terminamos el calendario 2010 y nos enrutamos a otros 12 meses que, en términos de tiempo político, nada rompen pero sí agendan luchas y retos.

Al final de la primera década del siglo XXI se llega con señales prometedoras de lo que pudiera concretarse en los próximos años: la unidad y la potenciación política de los movimientos sociales colombianos.

Luego de años de máxima dispersión y de ofensiva oficial, diversas iniciativas de coordinación y de nuevas maneras de ver y asumir la política toman cuerpo. La instalación y la primera sesión del Congreso de los Pueblos, la concreción de la Marcha Patriótica y la realización del Encuentro Nacional de la Unidad Popular, de la Comosoc, así lo indican.

Aunque está distante la posibilidad de que las tres experiencias se encaminen por una misma vía, es de resaltar la realización de cada uno de estos procesos, con la expectativa que se despierta sobre sus activistas y sectores sociales en general.

Cada uno de estos transcurrires profundizará su dinámica, desarrollará sus preceptos, y sobre esa práctica –ojalá abierta a la crítica y la renovación– se crearán condiciones para discutir proyectos y articular agendas.

De parte del Congreso de los Pueblos, el reto inmediato es la realización de las sesiones regionales, temáticas y sectoriales. Es decir, darse base real, territorial, más allá de los miles que confluyeron a la jornada del 8-12 de octubre. De cada una de estas sesiones saldrán borradores de perspectivas de trabajo legislativo de carácter popular, lo cual deberá concretarse en comunidades específicas. Con el tiempo, se deberán consolidar nuevas formas de gobierno que den al traste con el actual modelo.

En ese camino, como reto inmediato, se debe abordar y precisar el método para superar las tensiones que van tomando cuerpo en su interior:

Prioridad: Construcción interna vs. Movilización.
Conducción: Elegir un mecanismo mínimo de dirección vs. Basismo.
Temáticas: Economía para la vida (Buen Vivir) vs. Socialismo.

De una acertada interpretación de esas opciones depende que el Congreso de los Pueblos no sea una nueva frustración, ya que se debe entender que, así no resulte lo más evidente, llegar a consensos sobre un mínimo es una de las tareas más difíciles pero absolutamente necesarias para que las diversas fuerzas que pugnan por una nueva sociedad puedan al fin comenzar a materializar sus sueños. Y para que ello sea posible, es necesario, entre otras cosas, dilucidar si este momento es el de la lucha directa en la calle o el de la consolidación interna del proceso, para que su fortalecimiento constituya garantía de una incidencia mayor en el futuro inmediato sobre el conjunto de la sociedad.

En igual forma, la flexibilidad de las organizaciones es condición necesaria para su éxito, pues de la rapidez y la precisión de sus respuestas dependen la contundencia y la efectividad de las acciones. En ese sentido, la vieja discusión sobre participación, democracia o centralismo no parece superada, y por eso se requiere decantar las ideas y definir si la democracia implica unanimidad absoluta en los grandes grupos, o si formas delegatarias o representativas implican renunciar a una democracia profunda.

¿Cuáles deben ser nuestras metas inmediatas? ¿Cuál el norte de un programa que nos guíe en el mediano y en el largo plazo? Son preguntas aparentemente superfluas para movimientos que llevan años de lucha, pero creemos que se deben repetir si deseamos contextualizar tales luchas en un mundo tan cambiante. El siglo XXI se inició con el derribamiento de las Torres Gemelas y el veloz agotamiento del consenso que de ese hecho derivó el mundo unipolar que pretendía extenderse en el tiempo. La arrolladora presencia de los países emergentes, con el BRIC a la cabeza, y la crisis de un modelo de acumulación que muestra griegas y notables signos de agotamiento, son hechos que nos deben llamar a la reflexión y nos obligan a re-preguntarnos por nuestras tareas.

¿La crisis del concepto de desarrollo y el nacimiento del Buen Vivir, como una de sus contrapartes, son contrarias a las reflexiones que décadas atrás nos hacíamos sobre el socialismo? En fin, existe un gran número de interrogantes por resolver si de verdad queremos dar pasos contundentes hacia adelante.

Cómo abordar el problema del poder. El Congreso de los Pueblos ante las elecciones, el proyecto nacional y la autonomía indígena.

Lo novedoso de este proceso, además de su visión de país, gobierno y poder, es la disposición de todos los que lo integran a no someter al otro, a construir con vocación colectiva, a enraizarse, a no imponer tiempos ni agendas.

Para tomar forma, en el 2011 cada una de las tres agendas relacionadas deberá lidiar con soltura varios riesgos mayores:

1. El persistente intento cooptador que proviene del Estado y que complementa la estrategia desplegada desde el gobierno de los ocho años por romper las expresiones sociales a partir de darle forma al paralelismo en su interior.
2. Las elecciones, que, como siempre, potencian debates internos en todas las organizaciones. Por error político, la posibilidad de participación electoral no se asume todavía como un aspecto más (colectivo) del quehacer político, y las individualidades terminan imponiendo sus intereses a los colectivos. Así, lo que pudiera ser un punto más de las agendas en desarrollo, se transforma en aspecto sustancial que divide, atomiza, concentra el poder en algunos, potencia clientelismo, dispersa, confunde a la comunidad, y, al final, cuando se asume como tarea central, poco deja a quienes lo abordan y las comunidades que les acompañan.
3. El afán por hacer de una jornada de lucha el centro de los procesos sociales. Este error, manifiesto en la consigna de paro cívico impulsada con insistencia por algunas organizaciones, puede llevar a distanciar procesos que apenas están tomando forma, pero también, al sobrevalorar las posibilidades de lo social, puede llevar a que diversos sectores sean criminalizados y/o aniquilados.
4. A la par de esta realidad, surge la pregunta sobre cómo afrontar la agenda legislativa del nuevo gobierno y las consecuencias que traerá para el país. Por ahora tenemos la aprobación de la reforma a la salud, su ley estatutaria, el primer empleo, la reforma fiscal, la criminalización de la juventud y la agenda misma en derechos humanos, que abre expectativas sin darle respuesta cabal a la inmensa deuda de los sectores dominantes con vastos sectores populares.

Vendrán en el 2011 la reforma de la Ley 30, la organización territorial y otro conjunto de iniciativas que obligarán a la movilización de muchos sectores, pero que de nuevo desnudan la dispersión de lo social. ¿Cómo asumir estas agendas? ¿Cómo lograr que la diversidad de lo social y lo político en Colombia confluyan hacia un memorando común?

En las preocupaciones de todas las formas organizadas ya están los temas de la intensificación de la explotación minera por todo el país, las consecuencias ambientales que la misma acarreará, la venta de tierras a otros países (a través de empresas de fachada), la soberanía alimentaria, la estabilidad laboral. En particular, sobre este aspecto preocupa que los sindicatos sigan enfocados en el empleo, y no en el desempleo y la llamada informalidad laboral. Se requieren propuestas para redistribuir el trabajo estable, sin que ello afecte los derechos de los ahora contratados, y difundirlas en campaña masiva y permanente, de modo que confronten la visión que sobre el particular tienen y defienden el Gobierno y los agentes privados.

Hay que abrir los sindicatos (societatos) a una acción social totalmente diferente de la dominante hasta hoy. Es urgente su extensión a los territorios, abriendo la afiliación –por sector– a todos los trabajadores –no vinculados– que lo deseen. Pero, además, hay que ampliar sus programas de lucha, incluyendo en los mismos las reivindicaciones más sentidas de las comunidades barriales. Desde esta perspectiva, hay que develar el manejo que se hace de las cifras del desempleo –supuestamente, cada vez menor– y la degradación de las condiciones laborales. Al mismo tiempo, en estos aspectos se debe llegar al problema del modelo de desarrollo, mostrando las opciones que sobre el particular tienen los sectores alternativos.

Como referente que no se puede abandonar, tenemos la campaña (referendo) por el derecho al agua como bien público y común.

Como se ve, son inmensos los retos que tienen los movimientos sociales en Colombia (lo relacionado es sólo una parte), y su magnitud abre las preguntas sobre lo fundamental, sobre lo ausente: ¿Cuál es el proyecto de país por liderar ante los colombianos? ¿Cuál la expresión social y política que pueda liderar como un todo –y evitar la dispersión– a los movimientos sociales?

En el 2011 continuará el esfuerzo por resolver estos interrogantes. Es tarea de todos aportar, con sentido de país, a su resolución.

Publicado enEdición 164
Si hemos de creerles a los periodistas amigos de lo anecdótico, en la posesión de Juan Manuel Santos como nuevo presidente de Colombia el saliente gobernante Uribe Vélez le reclamó al presidente del Senado, Armando Benedetti, por haber señalado en su discurso que Colombia es uno de los países más desiguales del continente y del mundo. Tal reclamo obedecería, no a lo incontestable de las cifras sino a lo inoportuno de su pronunciamiento: “por la gran cantidad de jefes de Estado presentes en la ceremonia”.

¿Por qué tanto ocultamiento? Sencillamente porque las cifras de pobreza y desigualdad muestran la verdadera cara del fracaso de un sistema y unos gobiernos que han librado la suerte de los seres humanos y de la naturaleza en general a un “autómata ciego”, el mercado (en cuyo nombre se invaden países, se tortura y se mata), que ha sido elevado a la condición de incuestionable deidad.

Lo que seguramente ignora Uribe Vélez es que, pese a que en otras partes del planeta no han contado con jefes de Estado con personalidades tan grotescas y atrabiliarias como la suya, el problema de la pobreza comienza a universalizarse. Y, como es natural, dados los riesgos que para el ‘orden' social representan el desbordamiento y la generalización de los pobres en el mundo (ya de tan repetida se ha vuelto inocua la cifra de 1.200 millones de personas en la miseria), proliferan los ‘análisis' de los economistas sobre esa situación, que más allá de las escandalosas cifras absolutas acerca de una realidad que debiera llamar a las conciencias a rebelarse, se plagan tan solo de tautologías, como que “se es pobre porque se está rodeado de pobreza”, o de verdaderos exabruptos como considerar ese hecho social como una “enfermedad contagiosa” que se propaga por contacto directo. Este artículo pretende señalar, en forma bastante general, algunos de los aspectos más comunes del ocultamiento del fenómeno, cuando no de la justificación velada de su existencia.

La mistificación de los procesos de desigualdad

Desde los años 70, el Banco Mundial empezó a hablar de necesidades básicas insatisfechas y de pobreza absoluta. Lo que desde ese momento se quiso legitimar como un interés genuino, en lo que ya se llamaba eufemísticamente “flagelo que debe ser erradicado”, escondía sin embargo la necesidad, por parte de los sectores dominantes, de anticipar los manejos de las tensas situaciones que podían presentarse por la separación creciente, que ya empezaba a perfilarse como abismal, entre los ingresos de las clases subordinadas y las sectores detentadores del poder. Reducir, entonces, la pobreza a una noción absoluta, es decir, definirla por un nivel mínimo de subsistencia ‘digna', a los defensores del estado de cosas les permitía desviar la discusión sobre la desigualdad. En otras palabras, si a las clases subordinadas se les limita su horizonte hacia la consecución de los “ingresos mínimos”, deja de ser visible y criticable el otro extremo, el de los obscenamente ricos. Porque la manipulación ha llegado a tal extremo que se dejó de hablar de “brecha de la riqueza”, es decir, de la distancia entre los pobres y los ricos, para hablar de “brecha de la pobreza”, que define lo que les falta a los más miserables para alcanzar ese ‘mínimo digno'.

Ya en 1979, el filósofo francés Michel Foucault remarcaba ese hecho en la clase del 7 de marzo de ese año, cuando, al referirse a los subsidios (que en el lenguaje técnico de la época se denominaban “impuestos negativos”), dejaba claro que esa política de transferencias asistencialistas nunca pretende atacar la causa de la pobreza sino sus efectos, y distinguía esas políticas de aquellas que buscaban disminuir la distancia entre los ingresos de los pobres y los de los ricos, a la que denominaba “pobreza relativa”. Decía Foucault: “Si se llama política socialista a una política de la pobreza ‘relativa', vale decir, una política tendiente a modificar las diferencias entre los distintos ingresos; si se entiende la política socialista como una política en la que se intenta mitigar los efectos de la pobreza relativa debida a una distancia entre los ingresos de los más ricos y los más pobres, es absolutamente evidente que la política implicada por el impuesto negativo es exactamente lo contrario de una política socialista. La pobreza relativa no se incluye de ninguna manera entre los objetivos de una política social de esa naturaleza. El único problema es la pobreza ‘absoluta', o sea, el umbral por debajo del cual se considera que la gente no tiene un ingreso digno en condiciones de asegurarle un consumo suficiente”.

De esa manera se escamoteaba el asunto de la distribución del ingreso y de la equidad en la economía, y se separaban los asuntos de la riqueza y de la pobreza como aspectos de diferente naturaleza. Lo que se pretende velar con ello es que la existencia de pobres es un hecho indisolublemente unido a la existencia de ricos, y que la abolición de la pobreza pasa necesariamente por la eliminación de la concentración del ingreso en la cúpula de la pirámide social. Lo que se quiere ocultar es que en sí no existe “problema de la pobreza” sino “problema de la riqueza”, es decir, del desconocimiento de la naturaleza de la generación social de esa riqueza, y por tanto de la necesidad de una forma de distribución distinta de la que hoy rige.

La geopolítica de la concentración del ingreso

El fenómeno de concentración y centralización del capital no es nuevo. Ya Marx, en el siglo XIX, lo había identificado como una tendencia inherente del capitalismo, y nuestro tiempo está siendo testigo de una aceleración inusitada del fenómeno. El problema, sin embargo, tiene diferentes niveles de análisis y manifestaciones. Por ejemplo, se puede observar que, desde la perspectiva de los Estados-nación, 20 de ellos (poco más del 10 por ciento de las naciones del mundo) concentran el 85 de la producción mundial. Pero también se puede analizar desde la perspectiva de las regiones en el interior de un Estado-nación, o de las personas en el nivel local, regional o mundial.

En este último sentido, de acuerdo con el reporte Merrill Lynch Capgemini, publicado en junio de este año, el número de millonarios aumentó 17,1 por ciento para sumar 10 millones de individuos en 2009, mientras su capital creció 18,9 por ciento para alcanzar los 39 billones (millones de millones) de dólares, es decir, cerca del 70 por ciento de lo que produce el mundo en un año.

Pues, bien, lo que debiera incomodar a Uribe es que, pese a la generalización del fenómeno, la situación de Colombia, en el interior de ese panorama, es de las peores en muchos sentidos, ya que, siendo como es el conjunto de América Latina y el Caribe la región más desigual del mundo (supera a África), según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD, Colombia tan solo es superada en concentración del ingreso por Bolivia, Haití y Brasil. Pero, además de eso, Colombia, según el mismo informe, es uno de los países más polarizados de la región, puesto que es superado apenas por Brasil, Haití y Jamaica.

Este último índice, que intenta medir la desconexión (discriminación e incomunicación entre las clases sociales) entre los diversos grupos de la sociedad, en el país está acompañado de una absoluta inmovilidad social. Ello significa que los ricos no sólo son ricos sino que además han estado en condición de heredar esa riqueza en forma sistemática a lo largo de los siglos.

Esto da pie para entender los intereses sesgados de los estudios sobre la pobreza que realizan nuestros economistas ortodoxos (ver, como ejemplo, el estudio Persistencia de las Desigualdades Regionales en Colombia: un Análisis Espacial, de Armando Galvis y Adolfo Meisel Roca, publicado por el Banco de la República), que después de señalar verdades conocidas de vieja data, como que el porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza y el índice de analfabetismo en el Chocó doblan al del resto del país, o que la periferia de Colombia la constituyen las costas Pacífica y Atlántica, y la Orinoquia y la Amazonia, o que Buenaventura (curiosamente uno de los puertos más importantes del país) tiene un índice de necesidades insatisfechas tres veces mayor que el de Cali, pasan a hablar de “efectos de vecindad” y de “trampas de la pobreza”, conceptos que, dígase lo que se diga, quieren explicar la pobreza porque el ‘vecindario' es pobre. Es decir, que se es pobre porque se vive en la pobreza, lo cual, si no es una tautología, es difícil saber de qué se trata.

Uno se siente tentado a invitar a este tipo de autores a que inviertan la perspectiva del análisis y estudien no las causas de lo que denominan “persistencia” de la pobreza sino las de la riqueza. ¿Encontrarán “trampas de la riqueza” y “efectos de vecindario”? ¿Descubrirán, por ejemplo, que ‘extrañamente' los ricos cuentan con la propiedad de los activos físicos de la producción más significativos y de mayor escala? ¿Que han estudiado en el exterior en una proporción mayor que los demás ciudadanos y que tienen un gran número de familiares en los cargos públicos de mayor nivel de decisión? Si eso es así, ¿no pasaría el ‘remedio' de la pobreza necesariamente por que los pobres los imiten y se tomen los activos productivos en gran escala, así como los cargos públicos de mayor nivel de decisión?

Pero, mientras esto sucede, debemos señalar que el problema de la política, al que por lo menos aluden, en forma más honrada, las entidades multilaterales como Naciones Unidas (a diferencia de nuestros “científicos sociales” criollos), pasa en Latinoamérica y por tanto en Colombia por un favorecimiento desvergonzado de los intereses del capital, que se expresa no únicamente en las leyes que debilitan hasta casi agotar la capacidad de negociación del trabajador (incluyendo, claro está, su eliminación física), sino también, del otro lado, en la práctica inexistencia de obligaciones sociales por parte del capital. El Informe de Desarrollo Humano muestra cómo los países más simétricos son igualmente aquellos donde el esfuerzo tributario y los impuestos directos tienen un mayor porcentaje, es decir, donde el capital es obligado a contribuir en mayor medida. En el cuadro que acompaña este texto puede verse que nuestra región tiene un bajísimo nivel tributario, que en lo referente a los impuestos pagados por las rentas y ganancias del capital es francamente vergonzoso.

La crisis actual comienza a desenmascarar la verdadera naturaleza de los intereses del capital, así como a mostrar que los ‘esfuerzos' de erradicación de la pobreza seguramente serán reemplazados por la erradicación de los pobres, tal como Uribe ensayó en Colombia con los llamados falsos positivos. La reducción nominal y real de los salarios en Grecia, España e Inglaterra son apenas el abrebocas de una ofensiva del capital que seguramente lo obligará a quitarse la careta del discurso del “bienestar”. En Colombia, las propuestas de eliminación del ‘excluyente' salario mínimo, al decir de los economistas convencionales, así como de los montos de salario indirecto conocidos entre nosotros como parafiscales, estarán seguramente a la orden del día, haciendo nugatoria cualquier medida encaminada a la disminución de la marginalidad. De tal suerte que, si los movimientos progresistas no se toman en serio los análisis sobre la riqueza y sus ‘trampas', y salen al paso de las mistificaciones y engaños que se esconden detrás de los estudios y políticas que nos quieren hacer creer en la existencia de un “problema de la pobreza”: nos espera un oscuro futuro.

Publicado enEdición 160
Lunes, 21 Junio 2010 17:31

Colombia, ¿cuál unidad nacional?

El ciclo electoral del 2010, llegó a su cierre con lecciones severas para las fuerzas sociales y políticas que pretenden una nueva sociedad. Con Juan Manuel Santos elegido como nuevo Presidente, se abren interrogantes más de fondo acerca de la verdad del futuro de la nación y de los habitantes de este país.

La segunda vuelta para elegir presidente en Colombia, conmovió muy poco a su población. Pareció más un ejercicio de trámite. Con una abstención que rozó el 56 por ciento, sumada a los votos en blanco (455.330, es decir el 3.4 por ciento), es claro que el 59 por ciento de los connacionles es indiferente ante el nuevo mandatario. Que no comparte sus propuestas o está en contra de él y sus anuncios. Peor aún, si a estas cifras se suman los votos nulos (1.49 por ciento), y los tarjetones no marcados (0,74 por ciento), muchos de los cuales se pueden entender como otra forma de protesta.

Votos y legitimidad

Los resultados de la primera vuelta, con 6.758.539 sufragios para el uribismo y 3.120.716 para los verdes (las dos fuerzas más votadas), no permitía vaticinar sorpresa alguna, más aún, cuando estos últimos con su discurso en aspectos de moral y de forma, con poco de fondo y esforzándose, por demás, por parecerse al máximo a Uribe, se cerraron a cualquier tipo de alianza.

Sobresale de este resultado, sí, el esfuerzo mediático por destacar que es la votación más alta que haya obtenido presidente alguno. Un rezo cuya traducción podría ser: que Santos es el más legitimo. Argucia que llama la atención, porque oculta las cifras de abstención, voto en blanco, voto nulo y tarjetones no marcados.

Ahora viene la rapiña

Otro aspecto que llama la atención es la insistencia de Juan Manuel Santos en su consigna de “unidad nacional” que anunció desde el comienzo de la campaña para la segunda vuelta. Esta consigna fue la nota central en el discurso pronunciado como Presidente electo. ¿Por qué esta insistencia?
¿Acaso, a diferencia de Uribe, Santos pretende superar la distancia que mantiene con una parte importante del país? ¿O, tal vez, es una estrategia para ganarse al partido liberal y descomponer a los verdes?

Cualquiera sea su explicación, ya obtuvo su primer logro: sumar nueve millones de votos. Un importante sector de los liberales –con afán de cuota burocrática- se volcó a apoyarlo. Otros sectores, como el Partido Conservador y Cambio Radical no dudaron como sus aliados seguros. Cruzados por las diferencias y continuidades con las políticas heredadas, ahora viene la rapiña. El tira y afloje por la distribución de ministerios, embajadas, y el resto de la torta burocrática,

Falta por ver si algún ofrecimiento concreto, ministerial, para los verdes empalaga a Enrique Peñalosa y echa por la borda la consigna de Mockus de “independencia y deliberación” con borrón de su futuro como fuerza independiente que tendría su primera prueba de fuego con las elecciones a
gobernaciones y alcaldías en el 2011.

La unidad nacional de boca para afuera

En cuanto al conjunto nacional no vinculado a ninguno de estos partidos, las políticas efectivas que ponga en marcha el nuevo Presidente, sobre todo en su propagandeado ataque al desempleo y la pobreza, serán fundamentales para saber si la “unidad nacional” procede o queda rota por la evidencia práctica. Y todo indica, sin duda alguna, que en materia económica habrá continuidad. La “unidad” no pasará, por tanto de un ejercicio de lengua y dientes para la foto.

Sus anuncios en materia de tratamiento al conflicto y a la insurgencia, por otro lado, deja claro que la “unidad nacional” dependerá de la efectividad de la fuerza y el peso de la sangre, sin emprender nada de diálogo.

Así las cosas, podríamos decir que estamos ante un ejercicio mediático, que se verá claramente afectado desde los primeros días del nuevo gobierno, cuando las medidas reales que tomará en materia económica –más impuestos– cierren las puertas de las mayorías que no votaron por Santos.

Lecciones para las fuerzas alternativas

Una primera y principal a tener en cuenta, resulta de que dada la crisis social y humanitaria que merecía un voto castigo para “la continuidad del uribismo” la realidad indica que el puente está roto o muy deteriorado con la mayoría de la sociedad colombiana, entre ellos los indiferentes y los abstencionistas, pero también con aquellos que votaron en conciencia por el nuevo Presidente, a pesar de todos sus antecedentes y de la herecnia que representa. Sin duda, en nuestro país ganó espacio y legitimidad otra cultura, la de los no derechos, la de la violencia sin par, la del más fuerte, la cual plantea un inmenso reto para las fuerzas del cambio.

Hay que enfrentar esta nueva cultura, y a la par, hacer conciencia de que toda fuerza que pretenda ser alternativa, tiene que orientarse, y lograr movilizar, esa inmensa y multiple franja de la sociedad que hasta ahora no se siente concitada por ningún mensaje.

Por otra parte, hay 9 millones de connacionales que están de acuerdo con la mano dura y la guerra. Hacia ellos es poco el quehacer por ahora, aunque en un futuro hay que construir un mensaje para que cambien de actitud. Sobre esta franja social es destacable su disciplina, evidenciada en una votación que no fue desestimulada por ninguno de los siguientes factores: saber que ya habían ganado, el mundial de fútbol, la intensa lluvia que afectó todo el país.

La segunda se deriva para los contrarios al nuevo gobierno, quienes tienen el reto de hacerse activos en todo tiempo y lugar, y no solo pronunciarse en momentos de coyuntura electoral. Todo militante de la causa del cambio y la renovación en Colombia, debe comprender que éste llegará si cotidianamente hay miles de miles que entrelazan actividades y despiertan simpatías y nuevas militancias entre todos aquellos que se sienten en desacuerdo con los gobiernos de turno, sin encontrar hasta hoy canales para hacer sentir su voz disconforme.

La tercera indica que no se puede dejar de agitar el programa de campaña que levantaron las fuerzas opositoras. Superando prácticas electoralistas el mensaje de estos meses debe tener un continum que permita a la población reflexionar, discutir, agregar, desarrollar, superar, etcétera, aspectos de tal programa, de tal manera, que comprueben que su construcción exige y depende de acciones que van mucho más allá de las mismas elecciones.

Parte de este ejercicio, entonces, demanda que se tenga y se desarrolle desde ahora, antes del mismo 7 de agosto, un plan económico que denuncie y neutralice toda la agenda económica que se avecina, pero además, que empodere a los ciudadanos con una agenda de gobierno y poder que siembre semillas de «un nuevo gobierno», aquí y ahora.

El Congreso de los Pueblos

Aspecto sustancial de esta ejercicio, estará dinamizado por la apertura, instalación y primeras sesiones del Congreso de los Pueblos, que será anunciado para todo el país el próximo 19 de julio a través de marchas que tomarán cuerpo en Bogotá, Cauca, Santander y otros departamentos y ciudades, y que tendrá sus primeras sesiones en octubre venidero.

Es a este espacio de unidad en la calle, del común del pueblo, y dirección táctica oportuna, experiencia de nueva coordinación social y política, a quien corresponde liderar la Unidad Nacional efectiva. Encontrar los lenguajes, los métodos y estilos, el tiempo, las consignas precisas para que los sectores populares en Colomiba retomen el liderazgo que los sufrimientos no dan espera.

Las elecciones pasaron. Nuevos y viejos retos están y siguen vigentes.

Publicado enColombia

El año 2009 se caracterizó por la coexistencia de dos crisis que se venían gestando desde décadas atrás, y que de una u otra manera seguirán acompañando a la humanidad en el futuro: la crisis del sistema financiero y en general del sistema económico internacional, y la crisis climática.

De las múltiples y complejas implicaciones de la primera voy a destacar la llamada recesión, que en términos sencillos quiere decir que en un período determinado las economías de los países –y, en este caso, la economía global– no siguen creciendo al ritmo con que venían haciéndolo en períodos anteriores. No se necesita siquiera que decrezca (que reduzca su tamaño) significativamente sino que basta con que deje de crecer.

Cuando una persona está demasiado pasada de kilos, el médico le advierte que se puede morir si se engorda un kilo más, y le recomienda que, si le queda imposible enflaquecer, por lo menos intente no seguir engordando. Con el capitalismo sucede lo contrario: mantener su peso estable ya quiere decir enfermedad, y enflaquecerse conduce a la depresión.

La crisis climática, como se sabe, se agudiza (no se genera, pues, entre las causas de la crisis climática se pueden citar muchas más) debido al incremento de las emisiones de los llamados gases de efecto invernadero (GEI), como consecuencia del consumo excesivo de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, del auge de la agricultura y de la ganadería “industrial”, del aumento y la acumulación de desechos que en su descomposición producen metano y otros GEI, y de otras actividades humanas ligadas todas a la manera como hemos entendido y llevamos a cabo el desarrollo.

De todos estos procesos que contribuyen al agravamiento de la crisis climática, depende el crecimiento –es decir: la salud– de la economía nacional y mundial.

Aun en sistemas ‘alternativos’ de medición de la calidad de vida, como es el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que desde hace varios años utiliza el Sistema de Naciones Unidas, el ingreso económico constituye un factor esencial. Mientras mayor sea el ingreso de una persona, una familia, una comunidad o un país, mayor será su capacidad para consumir más recursos y más energía y, se supone entonces, mayores serán sus posibilidades para acceder a una vida “con calidad”.

Desde cualquier punto de vista, sería absurdo entender como ‘saludable’ la reducción de los ingresos económicos de una gran mayoría de la población que hoy debe realizar milagros diarios para sobrevivir. Cuando esto se publique, estarán todavía en plena vigencia las reacciones por el nuevo salario mínimo y su insuficiencia para satisfacer las necesidades de supervivencia mínima de una familia colombiana.

Sin embargo, mientras más recursos y energía podamos consumir, mayor será nuestra “huella ecológica”, es decir, nuestro “peso” sobre el planeta, medido en términos de presión sobre los recursos naturales, generación de basuras y producción de gases que producen el cambio climático. En otras palabras, mientras más ‘saludable’ sea la economía, más ‘enfermo’ estará el planeta al cual pertenecemos y de cuya ‘salud’ dependemos para existir. Ya hay en la economía tentativas de ‘castigar’ los indicadores de desarrollo económico, incorporándoles la dimensión de su impacto ambiental, pero lo cierto es que, en términos prácticos, hoy por hoy más desarrollo quiere decir mayor capacidad para devorar los recursos del planeta, contaminar la biosfera y contribuir al calentamiento global.
 

Doña Juana: En primer plano, el relleno. Al fondo: Bogotá. Al relleno Doña Juana de Bogotá llegan diariamente más de seis mil toneladas de desechos, un indicador de la ‘dinámica’ de la economía de la ciudad.

Razón tuvieron Hugo Chávez y Evo Morales cuando en la reunión de Copenhague culparon al capitalismo de la crisis ambiental, pero se quedaron cortos al omitir una mención expresa de que la misma obsesión depredadora que inspira y justifica al capitalismo neoliberal alimenta al capitalismo de Estado. A la atmósfera le da lo mismo si el gas carbónico que la calienta proviene del petróleo extraído de los campos de Texas o del Golfo de México, del Golfo Pérsico o de pozos colombianos o venezolanos. En el fondo es el mismo “modelo industrial” que conduce a la deforestación del Amazonas y produjo la casi total desaparición del Mar de Aral, cuando los soviéticos se apoderaron de todos los cursos de agua que lo alimentaban, y que en otra época fuera el cuarto mayor lago del mundo, para irrigar sus cultivos industriales de algodón.
 

Aral Sea: Muestra la evolución del Mar de Aral entre 1989 y 2003 (Foto USGS)
Foto aérea de una de las porciones de lo que fuera el Mar de Aral (GWCh, 2009)


Paradójicamente, en las dos crisis que se dieron cita en el año que acaba de pasar se encuentran el problema y la solución. El problema es que, si los seres humanos queremos seguir haciendo parte de este planeta, necesariamente debemos cambiar la manera de relacionarnos y de relacionarnos con él.

Y la única manera de lograrlo es que seamos capaces de separar nuestra concepción y nuestras metas de calidad de vida, de nuestra capacidad de depredación. A lo mejor hacia eso apunta el concepto de “vivir bien” que ya quedó consagrado en las Constituciones Nacionales de Bolivia y del Ecuador, aunque en la práctica tampoco está muy claro cómo se puede lograr.

Para resumir, el mundo necesita embarcarse en una recesión planificada, con el reto de lograr lo que parece imposible en la teoría y en la práctica: reducir el tamaño y, por ende, el impacto de las economías depredadoras (sean capitalistas, comunistas, socialistas o como se quieran rotular), y al mismo tiempo incrementar la calidad de vida de los seres humanos, no medida en términos de nuestra capacidad de depredar sino de nuestro goce de existir.

La crisis por escasez de agua que ya es un hecho en varios lugares del mundo, y cuyo peligro comienza a despuntar en nuestro país, nos aporta un buen ejemplo de lo que se debe lograr: por una parte, garantizar que toda la población colombiana, sin ninguna discriminación, tenga acceso equitativo y efectivo a eso que se denomina “mínimo vital”, es decir, a la cantidad mínima de agua que un ser humano necesita para vivir con calidad; y, por otra parte, eliminar el desperdicio de agua por parte de los actores y los sectores que hacen un consumo excesivo e irresponsable de ese recurso vital.

Para las crecientes cantidades de seres humanos que hoy carecen en el mundo de ese “mínimo vital”, el acceso al mismo significa un enriquecimiento en términos de calidad de vida y de goce de existir.

Posiblemente, para muchos de quienes –por fuerza de la Ley o de las circunstancias inexorables–- se verán obligados a renunciar al desperdicio (y a lucrarse de ese desperdicio), esto puede significar un empobrecimiento, un síntoma de recesión, e incluso un factor de depresión económica y mental.

Esa recesión económica –ojalá planificada y concertada, pero, si no, también– deberá volver los ojos a la Cultura (con mayúsculas), pues es allí donde la humanidad cuenta con los recursos necesarios para entender que renunciar al consumo innecesario de energía y de recursos no es sinónimo de empobrecimiento sino una inversión de vida a favor de la supervivencia de nuestra especie en la Tierra.

El reto, por supuesto, no es sencillo y los grandes sistemas económicos del mundo están dispuestos a acudir a lo que consideren necesario con tal no solamente de sobrevivir sino además de continuar creciendo de manera indefinida y autista, haciendo caso omiso de los límites que les impone el planeta. Una de las fórmulas para conjurar la recesión y evitar la depresión, que ya en el pasado se ha ensayado con éxito, es la guerra.

Creo en la tesis de que la llamada “guerra fría” no ha terminado sino que se están diversificando sus actores, están cambiando sus pretextos y sus expresiones, y se están buscando nuevos escenarios para calentarla (incluso con combustible nuclear). Uno de esos escenarios es nuestra América del Sur. Más allá de cualquier pretexto coyuntural, lo que hay detrás es el afán de mantener el crecimiento del sistema económico global. Por eso, los mismos ‘países civilizados’ que promueven la paz les venden a unos los tanques y los aviones de guerra, y a los otros armas especializadas en destruir esos tanques y esos aviones. Con tal de mantenerse vivos, el capitalismo neoliberal y el capitalismo de Estado acuden incluso a devorarse a sí mismos; a su propia destrucción.

La Tierra, mientras tanto, toma nota cuidadosa de la estupidez humana y activa el sistema inmunológico que le va a permitir deshacerse de nosotros en caso de que no seamos capaces de entrar en razón.

Bogotá, enero de 2010

Publicado enEdición 153
Sábado, 24 Octubre 2009 11:11

Calle 13. La fokin moda

Calle 13, la agrupación de reguetón puertorriqueña que se está convirtiendo en el icono del inconformismo social para la juventud latinoamericana, es una muestra más de la capacidad de la industria cultural de captar la totalidad en su sistema, volviendo todas las emociones que nacen en el interior de la sociedad, inclusive las expresiones de resistencia y cambio, útiles a su modelo productivo. Así, tal como Horkheimer y Adorno anunciaban en su brillante ensayo iluminismo como mistificación de las masas, “para todos hay algo previsto, a fin de que nadie pueda escapar (…). La rebelión que rinde homenaje a la realidad se convierte en la marca de fábrica de quien tiene una nueva idea para aportar a la industria”. Los extremos se tocan y desaparecen las diferencias, todos somos iguales para la industria cultural, de la que tenemos que participar como buenos consumidores.

Cuando René Pérez, vocalista de la agrupación, corea yo sé que yo soy la fokin moda, tu llegaste tarde vete pa’ la cola no miente, como no miente el canal transnacional de televisión Fox cuando en sus cortinillas de “no molestar” hace mofa de los efectos de alienación que sus productos ejercen sobre la audiencia. Calle 13, ganadores desde su incursión en el mercado de varios premios grammys, lenguas y demás galardones con los que la industria de la música celebra su grandeza e indiscutible hegemonía, no dista mucho de RBD, el fenómeno de mercado mexicano que, dando una nueva connotación comercial a la imagen de lo rebelde, se la adueña y la saca de su propio sentido, sentido que se inscribe en la actitud de transformación de la realidades que se le presentan a nuestra conciencia como inaceptables. La juventud como fenómeno contemporáneo, propio de la era industrial, no sólo representa un nicho de mercado de incalculable valor sino que, al no estar incorporado en su totalidad a la cadena productiva, crea dinámicas contrarias a las establecidas por las instituciones dominantes. ¡Explota al joven y neutraliza su potencial contracultural! a fin de que acabes con dos pájaros de un tiro, como dice el adagio.
 
El desarrollo de nuevas tecnologías y la expansión de mercados, en el marco de la aceleración del proceso de globalización, han sido definitorios en los modos de vida de los centros urbanos y en especial de sus jóvenes habitantes que han crecido en ellas. Las identidades juveniles construidas en serie al compás de nuevos clichés y estribillos, que a fuerza de la repetición pierden sentido, son ofertadas en capsulitas paralizantes a sectores que intentan huir del orden hegemónico. Se convierten en el medio y el rito de fuga para el desfogue de las ansiedades y el malestar propio de las culturas capitalistas. El moldeo mercantil de identidades juveniles, como sucede con los floggers y fugas como las que ofrece Facebook, bien coinciden con lo que Freud dio en llamar “miseria psicológica de las masas”. Y es que Facebook, esa red de la amistad ausente y fácil, se ha parado en los recovecos del alma, y picado con frenesí cierto valor y deseo por lo íntimo, tornando lo público en publicidad de sí mismo, en una mezcla viscosa entre voyerismo y exhibicionismo de quien pretende tener un millón de amigos que den fe de su popularidad.

Aprovechando el marco del Festival de Verano del presente año, organizado por el Distrito Capital, entrevistamos a René Pérez Joglar. A continuación, la transcripción de la entrevista, en que les aconseja a los pocos jóvenes en Colombia de un espíritu transformador de este sistema socio-cultural y económico, unirse a la llamada derecha, que propende por la profundización material del statu quo sustentado en desigualdades económicas y las atroces acciones que las configuran.

A.Q: Vos sabés que en la actualidad Colombia está cerrando un acuerdo militar con los Estados Unidos para el uso de siete bases militares a lo largo y ancho del territorio nacional, que abarca el Atlántico y el Pacífico. ¿Qué consejo le darías a la juventud y al Estado colombiano, y a los colombianos en general, sobre la ocupación estadounidense, desde la experiencia de un puertorriqueño que lo ha padecido?
René: Que no lo hagan, que no lo hagan, que no lo hagan, que no lo hagan, que no lo hagan, que, créanme, que confíen en mí, que no la ha… (risas) las bases militares no las hacen. Por ningún dinero, por ninguna plata vale la pena tener bases militares. Yo no estoy en contra de los Estados Unidos, tengo un montón de amigos, de hecho yo lo más seguro me mudo a Nueva York, a mí me encanta Nueva York. No es estar en contra de un país, es estar en contra del pisoteo por parte del gobierno. Las bases militares lo hacen. En Puerto Rico tienen como cuatro bases militares; cerraron una en Vieques porque contaminaron todas las playas, después que jodieron todo Vieques, a su playa y a la gente, como por 60 años, la incidencia de cáncer ahí es grandísima por toda la práctica militar que hacían, ete, ahora se fueron, ahora están planificando volver, luego de las protestas. Que proteste la gente, que se levante y que no permita que eso suceda.

A.Q: ¿América Latina debe unirse?

René: Sí, sí, debe unirse y dejarse de estupideces entre todos, entre…, entre todos los presidentes, porque hay muchos presidentes que en veldad están del carajo y deben unirse, y me refiero a todos, a los de izquierda también están del carajo, están a lo loco, tienen que pensar en el pueblo.
A.Q: ¿Cuál debería ser la acción colectiva de los movimientos sociales?, ¿cuál crees tú que es la acción que tienen que desarrollar los jóvenes para hacerle frente a esta máquina de guerra?
R: Estudiar, estudiar, esa es la manera de hacerle frente, estudiar, educarse y ahí se le hace frente, pero hay que empezar por algo básico que es el estudio, ahí. Está crítica la educación en Latinoamérica, en mi país está crítica, y hay que estudiar. Yo formo parte de la desinformación, yo soy un tipo común y corriente, sin tremendos estudios, que está tratando de echar pa´lante y conocer cada vez más. Hay que estudiar.

A.Q: Un mensaje para la izquierda colombiana y los jóvenes de la izquierda colombiana.
René: De qué, olvídate de la izquierda y la derecha, tienen que estudiar, tienen que unirse con los de la derecha, estudiar y hacer frente todos unidos.


A.Q: Listo. Muchas gracias.

Publicado enEdición 151