Miércoles, 16 Septiembre 2020 06:02

El descalabro del sistema interamericano

El descalabro del sistema interamericano

La elección de un estadounidense a la cabeza del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revela una situación de mayor alcance: los efectos de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el giro a la derecha de varios gobiernos de la región y, no menos importante, una fragmentación extrema de América Latina que la condena a una suerte de irrelevancia internacional autoinfligida.

 

El sistema interamericano contemporáneo remite al conjunto de instrumentos e instituciones que han configurado las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Con un variado legado de doctrinas, organizaciones, usos y prácticas no carentes de tensiones y divergencias, ese sistema tuvo su mayor institucionalización después de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, por ejemplo, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en 1948 se creó la Organización de Estados Americanos (OEA) y, en 1959 se fundó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y se creó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el seno de la OEA. Por supuesto, no siempre ni en todos los temas los intereses y propósitos latinoamericanos y estadounidenses fueron plenamente coincidentes. Sin embargo, y dadas las enormes asimetrías de poder, la región procuró y avaló compromisos multilaterales entendiendo que, a través de ellos, se podía limitar la arbitrariedad de Washington, reforzar los lazos intrarregionales, avanzar en algunos aspectos de la agenda latinoamericana y alcanzar ciertos beneficios con el menor costo posible. Aquellos años coincidieron con el momento de apogeo de la hegemonía de Estados Unidos a escala mundial y continental.

En el período comprendido entre 1947 y 1959, Washington concentró su atención política y sus recursos militares en Europa (el bloqueo de Berlín de 1948-1949), el Sudeste de Asia (la guerra de Corea de 1950-1953) y Medio Oriente (la guerra del Sinaí de 1956 y la crisis en el Líbano de 1958). En América Latina, la Central de Inteligencia Americana (CIA) organizó, en 1954, el derrocamiento con un golpe de Estado del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz. Este golpe fue antecedido por una resolución anticomunista auspiciada por Estados Unidos en la OEA (con el voto en contra de Guatemala y la abstención de Argentina y México) y fue encubierto mediante la inacción de la organización.

Los tres acuerdos (TIAR, OEA, BID) se enmarcaron en la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Visto desde Washington, y también desde la mayoría de las capitales latinoamericanas, se debía contener -y de ser necesario revertir- el eventual avance político de Moscú, frenar al comunismo en el área y hacer atractiva para América Latina la inversión estadounidense y su American way of life.

Con marchas y contramarchas, el sistema interamericano se preservó durante décadas. Fue actualizado con la aprobación, en 2001, de la Carta Democrática Interamericana. Desde la región surgieron proyectos alternativos tales como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que no alcanzaron a cimentar un sistema latinoamericano sólido. Se dirá que primó el divide et impera de Estados Unidos. Sin embargo, ese argumento registra una condición necesaria pero no suficiente a los efectos de explicar y entender la ausencia o la imposibilidad de opciones exitosas para la reformulación de las relaciones entre Estados Unidos y la región provenientes de América Latina. Hoy Latinoamérica ha llevado al límite su propia fragmentación, lo cual conduce a la región a una irrelevancia internacional autoinfligida.

El más reciente y mayor intento de transformación del sistema interamericano provino de Estados Unidos durante el gobierno Donald Trump y contó con el notable acompañamiento y aquiescencia de un buen número de gobiernos de la región. Es posible que estemos frente a la búsqueda de una redefinición sustantiva del manejo de la relación entre Washington y América Latina de acuerdo con los objetivos, intereses y preferencias exclusivas de los sectores más reaccionarios en Washington (en consonancia con la lógica de America First). Si así fuera, se trataría de un ejercicio de poder que ha contado con el estímulo y/o el beneplácito de diversos actores domésticos en distintos países de la región. Tres ejemplos apuntan en esa dirección.

El primero tiene que ver con el sistema interamericano en materia de defensa. En 2019 se decidió aplicar el TIAR a Venezuela, país que lo había denunciado en 2013. Históricamente, el TIAR y su convocatoria han mostrado ser ineficaces en su propósito de prevenir o resolver conflictos. En abril del año pasado, la OEA reconoció como representante de la Asamblea Nacional de Venezuela a un hombre designado por Juan Guaidó. En septiembre, el enviado de Guaidó solicitó la convocatoria de una reunión para activar el TIAR. Bajo la batuta de Estados Unidos, y en el marco del artículo 6 del tratado (que no es aplicable al caso en cuestión), se identificó a Venezuela como una amenaza al mantenimiento de la paz y la seguridad del continente. Según la resolución aprobada, esto podría llevar a considerar «eventuales recomendaciones en el marco del artículo 8»; artículo que incluye «el empleo de la fuerza armada».

Las consecuencias que se podrían derivar de la invocación del TIAR en el caso de Venezuela pueden ser muy inquietantes. Ubica a la región en la «alta política» mundial de competencia entre grandes poderes –como no lo había estado desde la crisis de los misiles en Cuba en 1962–, identifica una suerte de peligro para la seguridad internacional en América del Sur en el doble marco de la «guerra contra el terrorismo» y la «guerra contra las drogas» lideradas por Estados Unidos, y agita, como en la Guerra Fría, el regreso de la idea del «cambio de régimen» –pero en este caso mediante el uso colectivo de la fuerza–. En los primeros nueve meses de 2020, y en el contexto de la pandemia de covid-19, cuyo epicentro está ahora en el continente, la probabilidad de recurrir al TIAR y aplicarlo en Venezuela disminuyó notablemente. Sin embargo, esto no significa que no se pueda reactivar (así sea para fines simbólicos) en medio de la elección presidencial estadounidense o después (de modo más coercitivo), dependiendo de su resultado.

Un segundo caso se vincula con el sistema interamericano en materia de derechos humanos. A principios de 2016, la CIDH, que tiene un presupuesto regular anual de unos cinco millones de dólares y además recibe donaciones, anunció que atravesaba una grave crisis financiera que amenazaba su funcionamiento básico. Muchos países del continente reaccionaron y realizaron aportes: Estados Unidos, Argentina, Panamá, Colombia, Chile, Perú, México y Uruguay, efectuaron contribuciones importantes. La Comisión continuó con su trabajo serio, riguroso y reconocido, abocándose a distintos casos a lo largo y ancho del continente y sin distinciones ideológicas.

Pero a partir de la inauguración de la presidencia de Donald Trump, el 20 de enero de 2017, los derechos humanos se han venido ubicando en un lugar de mucho menor prioridad, tanto en el campo de la política exterior estadounidense como en el plano de la política interna. Estados Unidos se rehusó asistir a las audiencias de la CIDH sobre inmigración a principios de 2017 y se retiró del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2018. Además, año tras año, fue reduciendo las partidas presupuestarias para la promoción de la democracia y los derechos humanos y, en 2020, impuso sanciones contra la fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, por «intentos ilegítimos de someter a estadounidenses a su jurisdicción». En ese contexto, entre abril de 2018 y principios de 2019, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú abandonaron la Unasur (Uruguay hizo lo propio en marzo de 2020). A su vez, en marzo de 2019, se creó el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) con la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Guyana (en marzo de este año se sumó Uruguay). En ese mismo mes, la administración Trump decidió reducir en 210.000 dólares su contribución a la CIDH acusándola, desatinada e injustificadamente, de promover la legalización del aborto. En abril, y en la única declaración trascendente, cinco países de Prosur (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Paraguay) le demandaron a la CIDH, después de insinuar su intromisión en asuntos internos, que respete «el legítimo espacio de autonomía» de los Estados respecto a la cuestión de los derechos humanos. Es decir, se optó por poner en entredicho las recomendaciones del Consejo, remarcar el carácter subsidiario del sistema interamericano de derechos humanos y remozar una actitud más soberanista frente a esta cuestión.

Con ese telón de fondo, en marzo de 2020 fue reelecto Luis Almagro como secretario general de la OEA. Esa reelección fue impulsada por Estados Unidos, Brasil y Colombia. Ya en enero la CIDH había decidido por unanimidad renovar el mandato de su secretario general, Paulo Abrao. En agosto, Almagro se abstuvo de nombrarlo con lo que emprendió un embate contra la autonomía del Consejo. En realidad, el secretario general de la OEA –con el pleno respaldo de la Casa Blanca y el empuje de los sectores más conservadores del Partido Republicano en el Congreso— no ha hecho más que consolidar, en el seno del órgano más prestigioso de la organización, la polarización que caracteriza las realidades nacionales del continente así como la fisuras entre países de América. El efecto potencial sobre la credibilidad, eficacia e independencia del sistema interamericano, podría ser nefasto. Máxime en un momento en el que regional e internacionalmente hay un reflujo inquietante en cuanto al debilitamiento del derecho humanitario, la regresión de la democracia y el deterioro de los derechos humanos.

El tercer ejemplo remite al sistema interamericano en materia financiera. En el tema de la elección del nuevo presidente del BID se debe subrayar la confluencia de dos hechos. El primero es que el gobierno de Trump decidió asumir el control del banco que ayudó a crear y financiar con el propósito de condicionar la provisión de créditos y buscar limitar la expansión de China en América Latina –en especial en el terreno de los proyectos de infraestructura, energía y tecnología–. En segundo término, América Latina mostró una vez más su disfuncional fractura al carecer de una candidatura de consenso. Desde hace un buen tiempo la región viene erosionando su capacidad de convergencia y concertación.

En efecto, desde que el 16 de junio de este año se presentó el candidato de Estados Unidos, Mauricio Claver-Carone, se produjeron fisuras notorias. Brasil, Colombia, Uruguay, Paraguay y Ecuador apoyaron al candidato de Washington el mismo 17 de junio. Las expresiones de respaldo se hicieron incluso antes de que el candidato divulgara su agenda, como si los planes de gestión de los candidatos (el de Claver-Carone, el de Laura Chinchilla de Costa Rica y el de Gustavo Béliz de Argentina) del banco fueran irrelevantes. A su vez, entre las cuatro economías más grandes de la región hubo otro clivaje: Brasil y Colombia se manifestaron a favor de la elección estipulada para el 12 de septiembre y Argentina y México pidieron postergar la votación. También hubo disensos en el seno de Mercado Común del Sur (Mercosur) (Brasil, Paraguay y Uruguay por un lado y la Argentina, por el otro) y la Alianza del Pacífico (Chile y México solicitando la postergación, Perú en silencio y Colombia en favor de Mauricio Claver-Carone). Con el correr de los días hubo otra diferencia: los alineados con Washington procuraron consolidar y ampliar el voto regional a favor del candidato de Trump, mientras el cuarteto que bregaba por la postergación compuesto por Argentina, Chile, Costa Rica y México apuntaron a lograr el acompañamiento de los miembros extraregionales del banco, en especial de los países europeos.

¿Cuáles eran las opciones para los que cuestionaban que Estados Unidos estaba incumpliendo un pacto político tácito que desde 1959 se había cumplido mediante la elección de un latinoamericano a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo? La probabilidad de lograr la postergación fue siempre muy baja: se necesitaba una adhesión mayoritaria improbable por las divisiones intralatinoamericanas o la concreción de un aplazamiento concertado con Estados Unidos, lo que era a todas luces imposible, tal como se reflejó en las entrevistas brindadas por el candidato de Trump. La probabilidad de llegar a la fecha de elección y no dar el quórum –por reglamento del BID eso requería 25% de los votos– era igualmente muy reducida, ya que exigía un notable grado de coordinación (que era prácticamente inexistente). La riesgosa decisión de acudir a esta modalidad podía interpretarse como hostil por parte de Estados Unidos (quien además con 30,006% de los votos puede unilateralmente impedir el quórum). También exigía un compromiso tácito muy fuerte y seguro de latinoamericanos y europeos (que era inviable pues Washington también desplegó su diplomacia a los dos lados del Atlántico).

En los días previos a la elección del nuevo presidente del banco, Chinchilla y Béliz bajaron sus candidaturas de manera separada. Era evidente que ninguno de los dos hubiera logrado los votos necesarios. Ahí se abrió la abstención como posibilidad. El 12 de septiembre, Claver-Carone, el único candidato en competencia, resultó electo con 30 votos (equivalente al 66,8% de los apoyos), mientras la abstención obtuvo 16 votos, de los cuales 5 eran de la región (Chile, Argentina, México, Perú y Trinidad y Tobago) y 11 eran extra-regionales (esencialmente europeos). La más reciente votación con un solo candidato fue la reelección de Luis Alberto Moreno en 2015: obtuvo el 96,2% de los respaldos. El resultado que lleva a un estadounidense a la presidencia del BID puede interpretarse como una prueba de insatisfacción política o como la demostración de un déficit de legitimidad de origen. En todo caso, Washington logró su objetivo y hoy controla el banco. La fragmentación de América Latina ha sido sin duda artífice de ese logro.

En solo dos años (2019-2020) se ha generado un gran descalabro en el sistema interamericano en materia de defensa, derechos humanos y finanzas. El presidente Trump, con una relativamente nutrida participación de gobiernos de Latinoamérica, ha ido reconfigurando las relaciones entre Washington y la región. En ese sentido, la próxima elección presidencial en Estados Unidos tiene ahora para los latinoamericanos un significado mucho más importante que las recientes votaciones en ese país: o se ahonda la quiebra del sistema interamericano con consecuencias imprevisibles para la región o se intentan paliar los daños ya producidos mediante la limitación de la arbitrariedad de Washington. Para lo primero la desunión latinoamericana será un factor coadyuvante; para lo segundo se requerirá reducir la grieta intrarregional.

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Bolsonaro destruye la industria militar brasileña

"Aquí en Brasil las cosas van a mejorar mucho", dijo el presidente de Taurus, SalesioNuhs, en una entrevista con Sputnik en abril de 2019. El entusiasmo provenía de la decisión del nuevo presidente Jair Bolsonaro, de flexibilizar la tenencia y porte de armas, lo que podría multiplicar sus ventas.

Taurus es el mayor fabricante de revólveres del mundo, pero en Brasil vende apenas el 8% de su producción. EEUU es el principal mercado de la empresa brasileña, que tiene tres plantas industriales en Brasil y una en Miami, con casi 3.000 empleados. Solo la fábrica del estado de Rio Grande do Sul produce cada día 4.000 armas.

Pese a ser un fabricante reconocido cuyas armas han recibido diversos premios internacionales, Taurus decidió priorizar su producción en EEUU en detrimento de las fábricas en Brasil.

Poco más de un año después de aquel entusiasmo, Salesio Nuhs lamentó que la empresa "debe generar empleos y riqueza en otro país, en virtud de una legislación que hoy beneficia sólo a las industrias extranjeras que exportan a Brasil, sin que ninguna de ellas tenga compromiso con el bienestar ni con el progreso de nuestro pueblo, todo lo contario, en especial en este momento de grave crisis económica".

Folha de Sao Paulo informa que otras tres empresas destacadas de la industria de defensa están preparadas para emigrar a Paraguay, Uruguay y EEUU. Un contrasentido, ya que la industria exportó en 2019 más de 1.300 millones de dólares, tiene una red de subsidiarias que dan empelo a más de un millón de trabajadores y es un sector con importante desarrollo tecnológico.

El presidente de Taurus arremete contra las trabas burocráticas y las ventajas que el Gobierno le otorga a las empresas extranjeras. Mientras la industria brasileña necesita que sus productos sean homologados, proceso que puede demorar hasta tres años con el consiguiente desfasaje tecnológico de los productos, ese proceso no se les exige a las extranjeras.

De ahí que el presidente de Taurus, líder mundial en pistolas, señale que "vamos a producir en EEUU y vender para acá, pues así no sufrimos esas barreras tributarias y regulatorias". La empresa, señala el CEO, vive un momento positivo ya que cuenta con pedidos pendientes de 852.000 armas.

El último conflicto surgió cuando el diario O Globo difundió que el Ministerio de Justicia abrirá una oficina en Washington para la compra de armas, municiones, uniformes y vehículos de transporte que se fabrican en Brasil. La Policía Federal estima que comprando en EEUU pueden ahorrar hasta un 40%.

Los fabricantes aseguraron a Folha que 73% del costo de una pistola son impuestos. Según este medio, la Comisión del Ejército Brasileño en Washington es una "entidad opaca, fuera del alcance del Tribunal de Cuentas de la Unión, de la Ley de Licitaciones y de la legislación estadounidense", lo que equivale a acusarla de corrupción.

Más aún, asegura que "sus negocios, como los de las otras dos fuerzas" (que también tienen oficinas en Washington), "son notoriamente nebulosos". También el Sindicato de la Industria de Material de Defensa se queja de "falta de transparencia y de igualdad en las regulaciones que puede obligar a la industria nacional a llevar sus fábricas fuera del país".

La reacción más dura provino de los empresarios agrupados en la Asociación Brasileña de Industrias de Material de Defensa y Seguridad (ABIMDE), que libraron un comunicado, el 27 de agosto, titulado "Nota de repudio", donde manifiestan su "espanto" por la apertura de la oficina en Washington para la compra de material de defensa.

La asociación denuncia una "competencia absurdamente desleal en detrimento de la industria nacional y a favor de las empresas extranjeras", se queja de la pesada carga tributaria, del exceso de burocracia y de una logística de transporte cara e ineficiente. "La industria extranjera, al contrario, tiene su producción completamente eximida de impuestos en sus países de origen y cuando exportan a Brasil tampoco pagan impuestos a la llegada cuando sus destinatarios son organismos públicos".

Agrega algo casi obvio: "La industria de defensa es estratégica y vital para la soberanía nacional, pues la extrema dependencia de armas y equipamientos importados sujetaría a Brasil a la buena voluntad de países extranjeros". Finaliza recordándole a Bolsonaro su discurso cuando asumió la presidencia: "Brasil primero".

El 18 de agosto el Comando del Ejército emitió una ordenanza que establece nuevas normas reguladoras y procesos de evaluación para productos que controla la fuerza. Le concede dos años a las empresas extranjeras para adaptarse a las reglas del país, mientras los fabricantes locales siguen sufriendo demoras en la homologación de sus productos.

El editorial de Defesanet, página especializada en asuntos militares que refleja la opinión de oficiales retirados, del 28 de agosto, menciona el "fin de la base industrial de Defensa", como consecuencia de la política del Gobierno y denuncia la complacencia del alto mando militar que se ha refugiado en su "zona de confort".

Parece evidente que las élites políticas y militares de Brasil están naufragando y hundiendo al país por falta de visión estratégica, corrupción y sometimiento a EEUU y al Pentágono.

De otro modo no puede entenderse una política que está hundiendo al mayor complejo industrial militar del hemisferio sur, que nació bajo la dictadura militar (1964-1985) y se fortaleció bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (2003-2016). Esta industria fabrica desde pistolas y fusiles hasta tanques y barcos de guerra, desde cazas de cuarta generación hasta submarinos.

El objetivo del complejo militar-industrial de Brasil, como el de cualquier país, es asegurar la independencia y la soberanía nacional. Algo que viene definido en la Estrategia Nacional de Defensa aprobada en 2008 y que fue uno de los ejes de la Escuela Superior de Guerra, creada en 1949, como centro de altos estudios en defensa y geopolítica.

Fue el principal thinktank del Sur del mundo, con capacidad para formular una geopolítica propia, distinta a la que emiten las potencias del Norte. En sus cursos anuales se formaron los principales cuadros militares e industriales de Brasil, que llevaron al país a convertirse en la quinta potencia del planeta, con expectativas para situarse como jugador global (global player) con destacado liderazgo regional.

Todo indica que las élites militares de Brasil no están a la altura de los cambios que está experimentando el mundo y que optaron por cobijarse bajo el paraguas del Pentágono. Con el tiempo habrá que ver qué beneficios personales están obteniendo los uniformados que se prestan a hundir un proyecto estratégico de larga duración, que podría haber alterado la relación de fuerzas en Sudamérica.

20:55 GMT 03.09.2020URL corto

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:55

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

La expansión de la influencia de EEUU en Latinoamérica y el Caribe mediante la Iniciativa América Crece permite a ese país evadir controles parlamentarios obligatorios en los países involucrados y avanza hacia un reformateo de la dependencia económica, financiera y política de la región.   

 

La iniciativa América Crece que fue lanzada en 2019 tiene un formato muy trumpiano: es expedita, escueta, y no requiere de negociación alguna entre instancias gubernamentales. Tampoco precisa de consultas a los parlamentos, mucho menos involucra a segmentos de la sociedad civil, porque el formato de Memorando de Entendimiento así lo permite.

Así como le gusta al presidente norteamericano Donald Trump, el mecanismo para afianzar la presencia de empresas norteamericanas en Latinoamérica y el Caribe impone la firma de un Memorando de Entendimiento, MoU por sus siglas en inglés, que sella el compromiso del gobierno en cuestión, para cumplir la hoja de ruta que trazarán los distintos organismos y agencias norteamericanas.

¡Cuidado! Abarcan más que el TLC

Mediante este procedimiento ya no se involucrarán en engorrosas negociaciones de tratados de libre comercio, TLC, para mejorar su balanza comercial, para obtener jugosos contratos estatales, realizar cambios a la legislación y en general adecuar a sus intereses el diseño del esquema de inversiones de los países.

Dicho así, suena aún más grosero que los propios TLC. Esos tratados de libre comercio que a Trump tampoco le gustan. No por nada ya sepultó el TLCAN e impuso sus propias reglas en el T-MEC. 

Además, las distintas administraciones ya aprendieron la historia de resistencia de la sociedad civil latinoamericana que durante años se opuso a esos tratados y que les generó muchos dolores de cabeza no solo a los distintos gobiernos de EEUU, sino también a los gobernantes de los países de Latinoamérica y el Caribe. 

Trump y su administración tampoco quieren enmarcarse en las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Por eso ha encontrado el formato, que al parecer puede funcionarle por ahora, pues los gobiernos con los que ha firmado (nótese la palabra: firmado, no negociado) esos MoU permanecen genuflexos ante la voluntad del empresario presidente. 

A través de América Crece, Estados Unidos y los gobiernos de la región (donde por ahora son parte Argentina, Chile, Jamaica, Panamá, Colombia, Ecuador, Brasil, El Salvador y Honduras y hace poco se incorporó Bolivia) hacen un compromiso diplomático de alto nivel de encaminar la agenda que será trazada por los organismos y agencias norteamericanas y sus respectivas entidades empresariales de los países.

El MoU que avala a América Crece es un amplio paraguas que aguanta todo, absolutamente todo lo que el gobierno de turno permita, mientras la población no lo sepa, permanezca en cuarentenas caóticas, con hambre y esté sumida en el miedo por la pandemia.

Es previsible que EEUU y sus agencias no estarán interesados en realizar inversiones de caminos rurales, o mejoras hospitalarias en algún poblado alejado de las capitales, salvo que sea para la foto. Ahora con América Crece avalada por el MoU firmado, tienen el mecanismo para orientar las inversiones de los gobiernos hacia obras de gran infraestructura, útiles a sus intereses, donde se mencionan especialmente los proyectos energéticos, entiéndase gas, litio y proyectos hidroeléctricos de envergadura, por ejemplo.

Hay que subrayar y reiterar dos aspectos fundamentales en este formato que ahora aplica EEUU:

  1. La firma de un MoU permite evadir (por ahora) a los parlamentos, pues no son tratados o acuerdos, que según algunas constituciones deben pasar por el escrutinio de esos entes e incluso someterse a referendos. El mecanismo legal de Memorando de Entendimiento les permite evitar ese dispositivo de control. 
  2. Se trata no solo de una fuerte señal política, sino fundamentalmente de un compromiso de los gobiernos firmantes de priorizar, consultar y coordinar con EEUU y sus agencias los temas importantes de inversión.
    Este segundo punto es una enérgica señal no solo hacia afuera, sino fundamentalmente hacia el interior de sus países, ya que impone la ruta del destino de las inversiones. 

Lo mañoso de estos memorandos es que parecen inocuos, pues no llaman mucho la atención, ya que, a diferencia de tratados o acuerdos, no es el presidente o presidenta quien firma, sino un ministro o ministra quien asume compromisos que atingen a todo el Estado.

Aquí cabe por tanto alertar sobre las dimensiones y las áreas críticas que involucra dicho mecanismo del MoU, y sus posteriores acuerdos a partir del mismo. Los parlamentos pueden y deben hacer las consultas y advertencias necesarias para evitar que las futuras inversiones o diseños de proyectos de los países sean digitados desde el norte. 

No se debe olvidar que cuando EEUU habla de "buenas prácticas" y de "transparencia", en realidad se refiere a la implementación más allá de sus fronteras, de sus propias normas. Asimismo, hay que prestar atención que este Memorando es un paraguas donde están cobijados muchos temas importantes, tales como el apoyo a "mejorar sus marcos normativos y sus estructuras de adquisición para satisfacer las necesidades de financiación de proyectos con recursos limitados".

En los hechos se refiere a un tema no menor para los países: las compras estatales. En cualquier país del mundo, los mayores compradores son los gobiernos, quienes realizan los mayores contratos. Por ese motivo este tema merece especial atención, porque es un mecanismo importante para promover la industria y a las empresas de varios sectores nacionales. Lamentablemente es también un foco de corrupción, por eso debe estar bajo el escrutinio nacional, más aún ahora. 

Asimismo, América Crece promete agilizar el acceso del sector privado a los recursos financieros del gobierno de EEUU y con eso el candidato de EEUU a la presidencia del BID, Mauricio Claver-Carone, quien aún se desempeña como asistente adjunto del presidente y director senior de asuntos del hemisferio occidental, trabaja intensamente para allanar su camino a dicha organización. 

La pandemia prácticamente ha agotado los recursos de los países y sus reservas también. Por tanto, es el momento preciso para que, quienes tienen esos recursos, otorguen préstamos condicionados. 

Por ese motivo suena seductora la promesa de EEUU hacia algunos gobiernos ávidos de dinero. La iniciativa América Crece promete mayor inversión, generar empleos, pero con la ayuda ineludible de las agencias norteamericanas que incluyen los Departamentos de Estado, Tesoro, Comercio y Energía, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), la Agencia de Comercio y Desarrollo de los EEUU (USTDA) y la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero (OPIC).

No cabe duda de que se trata de un caballo de Troya. Trump y sus mecanismos tramposos no serán quienes estén dispuestos a ayudar a resolver los problemas de dependencia y empobrecimiento de Latinoamérica y el Caribe, ¿o acaso alguien cree que sí? 

16:55 GMT 30.08.2020(actualizada a las 18:43 GMT 30.08.2020)URL corto

Por María Luisa Ramos Urzagaste

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:32

Vietnam. A 75 años de la gran rebelión popular

Vietnam. A 75 años de la gran rebelión popular

El 2 de septiembre de 1945, el presidente Ho Chi Minh, frente a una multitud concentrada en la plaza Ba Dinh, de Ciudad Hanói, declaraba la Independencia de la República Democrática de Vietnam; apenas una semana después de culminada la Revolución de Agosto, en la que fueron derrotados los ejércitos de Japón y Francia. Una revuelta, que en términos políticos, abrió el camino del socialismo en Indochina.

La historia moderna de Vietnam se enlaza con los 100 años de colonización francesa y el proceso de resistencia que se dio sobre la base de algunos fenómenos muy puntuales que explican la lucha heroica de su pueblo: el ascenso como líder indiscutido de Ho Chi Minh; la creación del Partido Comunista de Indochina; la crisis al interior de Francia en el marco de la Segunda Guerra Mundial; la posterior ocupación nazi y la exitosa Revolución de Agosto de 1945. Un proceso devenido de la lucha contra un enemigo bicéfalo: el régimen colonial francés y el poderío militar japonés, coincidentes en el saqueo de los recursos naturales y la explotación de la clase trabajadora y campesina vietnamitas.

Bajo ese contexto, Ho Chi Minh dispuso que el Comité Central del Partido Comunista iniciara la insurrección armada; en un principio, dirigida contra Japón que ejercía el control absoluto del territorio de Vietnam. Al llamado de rebelión del Tío Ho acudieron miles de voluntarios; algunos, muy pocos, con experiencia en combate. Se diagramó una rutina de entrenamiento en las regiones montañosas y se estableció la base de comando en Bac Son, al norte del río Rojo.

El Viet Minh, surgido de la unión de las distintas fuerzas armadas revolucionarias, y liderado por el gran estratega Vo Nguyen Giap, constituyó, para 1944, una verdadera red de guerrilleros en las provincias del norte. Sin embargo, Ho Chi Minh ordenó aplazar la sublevación para intensificar primero las acciones de desgaste político, y luego sí lanzarse a la opción militar.

A comienzo de 1945, la derrota del eje Berlín-Roma-Tokio resultaba inevitable. En Francia, el gobierno de Vichy había caído y los japoneses eran derrotados tanto en China como en el Pacífico. Por entonces, Vietnam sufría la peor hambruna que su historia registre, fundamentalmente en las zonas de Tonkín y en las provincias septentrionales de Annam, donde en pocos meses murieron de hambre dos millones de personas.

En los grandes centros urbanos, en particular Hanói, Saigón y Hue, la agitación política no paraba de crecer. En la ciudad capital cada empresa tenía su sección obrera para la salvación nacional. Se constituyeron formaciones de choque y defensa entre los trabajadores y estudiantes. Se impulsaron huelgas y manifestaciones con presencia de armas entre los movilizados.

Para el verano de 1945, la efervescencia popular estaba en su punto más alto, y las acciones –tanto políticas como militares– se multiplicaron. El 13 de agosto, Japón capitulaba luego de perder Manchuria ante las fuerzas soviéticas y sufrir dos bombas atómicas en su territorio: Hiroshima y Nagasaki.

En todas partes, las organizaciones populares, unidades de guerrilla y de autodefensa se pusieron en acción. Fue una verdadera insurrección popular que se llevó a cabo desde el 14 al 25 de agosto. En cada comuna, en cada ciudad, la población se alzó en armas. Grandes masas de obreros, campesinos, estudiantes, comerciantes, artesanos tomaron sedes administrativas, fábricas, empresas y demás bastiones económicos y políticos del país.

El 23 de agosto de 1945, el rey Bao Dai abdicó. Dos días después, una delegación del gobierno popular, venida de Hanói y conducida por Tran Huy Lieu, recibió de manos de Bao Dai el sello y la espada dinástica, símbolos del poder real. La Revolución de Agosto triunfaba y ponía fin a 80 años de dominación colonial. Ho Chi Minh ante su pueblo victorioso declaraba la Independencia de Vietnam y convocaba a la unidad de su pueblo frente a la amenaza que volvió a emerger ni bien los franceses quisieron reconquistar sus antiguos dominios. 


A 75 años de la proclamación de Ho Chi Minh

El rol decisivo de las mujeres en la independencia y en la guerra de Vietnam

 

En el Sur lideraron la resistencia y libraron batallas políticas y militares; en el norte cuidaron heridos, enterraron muertos, movieron escombros y cosecharon arroz.

 

Por Paula Sabatés

 

Aún cuando no la narra Hollywood, a la historia de Vietnam siempre le falta una parte: la de que no hubieran sido posibles la independencia ni su victoria en la guerra sin la participación decisiva de las mujeres vietnamitas. A 75 años de aquel 2 de septiembre de 1945 en el que el presidente Ho Chi Minh proclamó la liberación del yugo colonialista francés, todavía es necesaria una reparación histórica que no sólo las reconozca como heroínas de las trincheras sino también como estrategas militares y guerreras entrenadas del propio campo de batalla.

Incluso mucho antes de la victoriosa Revolución de Agosto que dio vida a la entonces República Democrática de Vietnam, las mujeres vietnamitas habían jugado un papel crucial en la defensa de la nación tras la invasión china. A mediados del siglo I, las hermanas Trung Trac y Trung Nhi lideraron una rebelión contra el dominio de la dinastía Han. Doscientos años después, la “Juana de Arco vietnamita”, Trieu Thi Trinh, con sólo 23 años logró resistir con éxito durante un tiempo al estado chino de Wu. Más acá en el tiempo, en un arbitrario salto que deja atrás a otras tantas guerrilleras adiestradas en artes marciales y estrategia militar, la comandante general en jefe Bui Thi Xuan contribuyó a finales del siglo XVIII a la victoria contra cerca de 300 mil invasores chinos.

Con la creación del Partido Comunista de Vietnam, que desde 1930 lideró la batalla por la independencia de la Francia de las supuestas Libertad, Igualdad y Fraternidad, las mujeres volvieron a jugar un rol central. Protegieron las bases del Partido -que en uno de sus 10 puntos centrales postulaba la igualdad de géneros- pero además se organizaron en diversas agrupaciones propias, como la célebre Asociación de Mujeres Anticolonialistas que se dedicó al trabajo de propaganda y participó activamente de revueltas obreras. Hacia 1935, era tal el espíritu revolucionario entre las mujeres que una de ellas, Nguyen Thi Minh Khai, expresó ante delegados comunistas durante un Congreso de la Internacional en Moscú que “junto con los obreros y campesinos de nuestro país luchamos por obtener un salario igual al del hombre por un trabajo igual y contra los colonialistas que nos oprimen por la independencia total de nuestro país”.

En 1941 Ho Chi Minh creó el Vietminh, esa amplia alianza nacionalista con la que buscó combatir la ahora ocupación japonesa, coletazo de los devenires de la Segunda Guerra Mundial. Entonces la fuerza femenina se convirtió al nombre de Asociación de Mujeres por la Liberación Nacional en un proceso que la llevó a madurar como organización militar. Miles fueron arrestadas, encarceladas y asesinadas por desafiar al enemigo. Su participación en el movimiento de insurrección general fue decisivo para lograr la victoria. Una decena de guerrilleras recibió el título de “Héroe”, entre ellas Ho Thi Bi, Nguyen Thi Chien, Mac Thi Buoi y Vo Thi Sau. Sus nombres hoy son emblema de la resistencia popular.

Pero la paz duró poco en la República Democrática de Vietnam, que pronto vio reimplantada la amenaza colonial. La agresión francesa volvía y se quedaría en el país indochino durante nueve años más. De nuevo las mujeres fueron una fuerza decisiva en la estrategia militar. Se creó la Unión de Mujeres Vietnamitas que volvió a movilizarlas al campo de batalla y también les dio un lugar central en tareas de producción y abastecimiento. Según documentos del Museo de las Mujeres de Vietnam, de 1950 a 1954, en las zonas parcialmente liberadas, las mujeres dedicaron un total de 9.578.000 días laborales al transporte de alimentos y armas, de los cuales 2.381.000 fueron solo para la batalla de Dien Bien Phu, cuya gran victoria puso fin a la ocupación.

Tras la firma de los Acuerdos de Ginebra de 1954, Vietnam se dividió en dos: el Norte entró en un período de transición hacia el socialismo mientras que en el Sur, sumido en una dictadura capitalista, diversas facciones continuaron resistiendo a las fuerzas estadounidenses y luchando por la reunificación nacional. Hasta que sucedió, el papel de las mujeres vietnamitas fue distinto en uno y otro lugar, pero crucial en ambos frentes. Si en el Sur lideraron la resistencia en zonas rurales y urbanas y libraron batallas políticas y militares, en el Norte tuvieron un rol no menos relevante: reconstruyeron los escombros, cuidaron a los heridos, enterraron a los muertos y fueron las responsables de la producción de arroz. El 70% de la producción de comida en el Norte estuvo a cargo de las mujeres.

Se destaca en esos años la fuerza armada de mujeres que peleó por la liberación de Vietnam del Sur. Conocido popularmente como “El ejército del pelo largo”, fue definido por el “Tío” Ho como un grupo de combatientes “lo suficientemente astutas y valientes como para aterrorizar al enemigo”. Su principal dirigente fue Madame Nguyen Thi Dinh, oficial de alto rango del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV), o Vietcong. En el Sur las mujeres representaron el 40 por ciento de la guerrilla y las milicias. Hubo más de cincuenta escuadrones femeninos y muchos pelotones de guerrilleras y combatientes de artillería en regiones rurales o montañosas.

Si bien en el Norte fueron menos las que salieron directamente a pelear, las trabajadoras asumieron con convicción política la importancia de su mencionada contribución productiva. Muchas se unieron al movimiento “Tres Tomas de Responsabilidades”, creado por la Unión de Mujeres para convertir al Norte en una sólida base de apoyo al Sur. Como contó la periodista Ines Nunes en un artículo que escribió luego de visitar Vietnam, “uno de los eslóganes de la Unión de Mujeres fue ´Let the women of the North shed more sweat so their sisters in the South could shed less blood´, algo así como ´Que las mujeres del Norte derramen más sudor para que sus hermanas de Sur derramen menos sangre´”.

Hasta el final mismo de la guerra desempeñaron un papel activo las mujeres vietnamitas. Y lo siguieron haciendo después: su rol fue central en la recomposición social de un país en el que la mayoría de los líderes de familia había muerto o desaparecido, y lo sigue siendo ahora, con los desafíos que enfrenta el Vietnam de hoy. Sin su heroísmo y tenacidad sería imposible explicar la victoria de un pueblo que enfrentó cientos de revueltas por la independencia nacional. Su historia, hasta ahora poco contada, es sinónimo de revolución. 

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La estrategia militar china: mantener a EEUU lejos de sus costas

Cuando se está en desventaja, es imprescindible tener una buena estrategia. Además, es necesaria una voluntad de hierro de todo un pueblo para superar a un adversario superior, tanto en armamento como en tecnología. La batalla de Dien Bien Phu, cuando los vietnamitas sellaron el fin del colonialismo francés en Indochina, pertenece a esta estirpe.

Hubo otras batallas en las que fueron derrotados ejércitos inicialmente más poderosos, como la de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial y la de Argel, en la guerra de independencia argelina. En los tres casos, hubo la combinación entre una dirección política y militar acertada, con pueblos decididos a defender su nación.

El coronel Ha Van Lau fue entrevistado en 1980 por la televisión canadiense para el documental "Vietnam, la guerra de los 10 mil días", dirigido por el periodista Michael Maclear. En su minucioso relato de la batalla de Dien Bien Phu, el coronel Van Lau explica cómo los campesinos integrados en el Ejército Popular de Vietnam cargaron 200 cañones a través de selvas y montañas, además de toneladas de municiones, arrastrándolos con cuerdas.

"En una ocasión una de las cuerdas se rompió y uno de nuestros artilleros se colocó detrás de la rueda de ese cañón para evitar que cayera al abismo. Así era la moral de nuestros luchadores. Se sacrificaban ellos mismos para evitar que cayera una pieza de artillería", relata el coronel.

Algo similar puede estar sucediendo en el conflicto en curso entre China y Estados Unidos. Las mejores armas, e incluso el mando militar más experimentado, nada pueden conseguir si no existe una predisposición a darlo todo en el combate por parte de la tropa.

Veamos cómo se combinan ambos aspectos en el Mar del Sur de China.

La Armada de EEUU es la más poderosa del mundo. Muy superior a la del Ejército Popular de Liberación de China. Aunque el EPL se está modernizando a pasos de gigante, ni sus portaaviones ni sus cazas pueden competir con los del Pentágono. Éste cuenta con enormes ventajas, tanto en relación con la calidad de su armamento como en cuanto a su larga experiencia en combates.

La red de satélites militares de EEUU es incomparablemente superior a la de China, que recién ahora está completando su propia red. Los drones no tripulados, los cazas de quinta generación, los submarinos nucleares y bombarderos estratégicos conforman una fuerza militar inigualable.

La "tercera crisis del estrecho de Taiwán", en marzo de 1996, finalizó con una humillante derrota para China. La administración del presidente Bill Clinton (1993-2001) desplegó dos grupos de batalla de portaaviones liderados por el USS Nimitz y el USS Independence, que forzaron a Pekín a retroceder en su intención de controlar Taiwán.

A partir de ese momento, el Dragón se propuso, como señala el columnista de Asia Times, Richard Javad Heydarian, "evitar una humillación estratégica similar en sus aguas adyacentes".

En ese marco debe ubicarse el reciente lanzamiento de misiles en el Mar del Sur de China, entre ellos un DF-21 denominado "asesinos de portaaviones" y considerado por los expertos como "el primer misil balístico antibuque del mundo".

"Esta es la respuesta de China a los riesgos potenciales que traen consigo los cada vez más frecuentes aviones de combate y buques militares estadounidenses en el Mar de China Meridional", dijo una fuente al South China Morning Post de Hong Kong.

La fuente se refiere a la reciente entrada de un avión espía U-2 del Pentágono a una zona de exclusión aérea de China, durante un simulacro naval con fuego real en el mar de Bohai frente a su costa norte.

Para neutralizar a una flota superior, "la potencia asiática ha perseguido una estrategia de guerra asimétrica anti-acceso/negación de área", denominadas (A2/AD) "cada vez más sofisticada en sus aguas cercanas", según el diario de Hong Kong.

Este es el punto que desarrolla ampliamente el analista David Goldman, cuando asegura que no habrá guerra entre EEUU y China porque el Dragón quiere que sea imposible que el Pentágono se acerque a sus costas.

En su opinión, el EPL es un ejército mediocre que gasta en equipamiento de sus soldados apenas 1.500 dólares, frente a los 18.000 dólares que cuesta cada soldado estadounidense. Agrega que los cazas de ataque terrestre chinos están muy por detrás del ruso SU-25, por ejemplo, y de sus similares estadounidenses.

Pero China ha invertido enormemente en defensas costeras. Agrega que "el misil DF-26 tiene un alcance de 2.500 kilómetros, suficiente para atacar la base militar de EEUU en Guam". Más grave aún, porque "los misiles chinos descienden verticalmente de la estratosfera y las defensas de los barcos estadounidenses no están diseñadas para contrarrestar este tipo de ataque".

Goldman recuerda una evaluación del Centro de Estudios de la Universidad de Sidney, un año atrás: "Este creciente arsenal de misiles precisos de largo alcance representa una gran amenaza para casi todas las bases, pistas de aterrizaje, puertos e instalaciones militares estadounidenses y aliadas en el Pacífico Occidental".

Las múltiples instalaciones del Pentágono en el Pacífico podrían verse inutilizadas por ataques de precisión en las primeras horas de un conflicto. La amenaza de los misiles del EPL desafía la capacidad de EEUU para operar libremente en toda la región.

En opinión de Goldman, China no necesita derrotar a la fuerza aérea y naval de EEUU, sino "sólo mantener a las fuerzas estadounidenses a distancia de China y dificultar que EEUU refuerce a Taiwán".

La segunda cuestión, la disposición anímica de la población, es meridianamente transparente cuando observamos la crisis de confianza de la juventud estadounidense (afros, latinos y jóvenes blancos precarizados) con las instituciones, el sistema de partidos y, de modo muy particular, en relación con las fuerzas policiales.

Si una nación mucho menos rica como China logra neutralizar a unas fuerzas armadas superiores, por el desarrollo de una estrategia de defensa que niega el acceso a sus costas al ejército adversario, el equilibrio de fuerzas se traslada a la actitud de los seres humanos. La conclusión es que EEUU no está en condiciones de afrontar una guerra con una potencia social y militar como China.

17:11 GMT 28.08.2020URL corto

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Lunes, 24 Agosto 2020 05:44

Hipótesis Revolución

Voluntarios de las YPG en los primeros meses de la revolución de Rojava GUILLEM VALLE

ROJAVA

Una reflexión desde el Norte de Síria con algunas ideas para acercarnos al proceso revolucionario en Kurdistán, con la mirada puesta en el nuevo ciclo histórico que se abre ante nuestro ojos.

 

“La historia no concede ni promete la victoria a ningún movimiento.

Conseguiréis la victoria arrancándola con vuestras uñas, o no lo conseguiréis.

Pero en cualquier caso, esto no pasará sin dejar atrás una tremenda experiencia”

Hikmet Acun

Como internacionalistas llegamos a Rojava con la pregunta: ¿qué es una revolución? Quisimos ante todo estudiar el proceso revolucionario y esto implicó esforzarnos por formar parte de su dinámica, entrar dentro de su desarrollo vivo y arriesgarnos a salir de nuestra posición de exterioridad.

Es inútil tratar de aproximarse a éste o cualquier otro proceso revolucionario desde una actitud contemplativa, a través de unas categorías estáticas y normativas, utilizando la vara de medir de estas categorías que supuestamente revelan lo que es o no es una revolución y cuánta coherencia tiene. Por contra, tratamos de entender la revolución en su movimiento complejo, como un conjunto de fuerzas que luchan constantemente por crear nuevas posibilidades, superando los límites y contradicciones que le imponen las condiciones concretas de cada momento.

Este texto no contiene un análisis profundo y exhaustivo de la filosofía y la práctica que caracterizan esta revolución, sino sólo unos apuntes para acercarnos a ella con la mirada puesta en el nuevo ciclo histórico que se abre ante nuestro ojos. Un ciclo que, de formas diversas, ya se está expresando en convulsiones muy intensas en puntos distintos de los cinco continentes y que obligarán al bando revolucionario a tener la audacia y la inteligencia de intervenir en terrenos de lucha que no ha escogido, en condiciones que no desea, para construir una salida emancipatoria.

Sirvan estas breves notas para alimentar el debate entre aquellos que frente el colapso no se han rendido al posibilismo ni al nihilismo hegemónicos, aquellos que insisten en la alternativa socialista y en transformar la actual crisis capitalista en crisis revolucionaria.

  1. CONTINGENCIA.

La revolución de Rojava no estaba en los planes de nadie, no fue el fruto esperado de un proceso político preconcebido. Como en tantos otros momentos a lo largo de la Historia, la revolución sorprendió en primer lugar a los revolucionarios.

En el imaginario del movimiento de liberación kurdo, Rojava era la última de las cuatro partes del Kurdistán que sería liberada. El análisis de las condiciones de Oriente Medio y de las propias fuerzas había dado siempre primacía a la parte bajo dominio turco respecto a esta pequeña franja del Norte de Síria, donde las capacidades organizativas del movimiento estaban menos desarrolladas, el marco económico y político menos propicio para avanzar posiciones, la geografía mas difícil para el crecimiento de la guerrilla y en la que la posición de retaguardia que el propio movimiento había asignado a este territorio contradecía la hipótesis de un salto revolucionario.

Desde el punto de vista del movimiento kurdo, el ciclo abierto por la crisis global de 2008 bien podría haber abierto esta brecha en Turquía, donde la oleada internacional de movimientos contestatarios que se dio por llamar “Primavera Árabe” se expresó en las revueltas de Gezi1. Pero lo cierto es que lo hizo en Siria, obligando a las fuerzas revolucionarias a capturar la novedad y complejidad de una situación inédita e imprevista, y a desarrollar rápidamente una nueva orientación estratégica para la guerra desencadenada desde el 2011.2.

  1. PREPARACIÓN.

La irrupción del caos reconfiguró radicalmente el tablero político del país y múltiples actores, de muy diverso tipo, se lanzaron a la lucha cada cual con sus objetivos y apuestas particulares. La posibilidad de aprovechar el vacío de poder abierto por el inicio de la guerra la dio el hecho de que el movimiento kurdo poseía ya un grado de preparación suficiente. En este contexto el movimiento de liberación kurdo no partía de cero sino que poseía una base sólida fruto del trabajo de décadas.

Más allá de ocuparse de las problemas y las luchas cotidianas del pueblo, el movimiento emprendió la tarea de acometer una verdadera reforma moral e intelectual en medio de una crisis existencial colectiva

Durante todos esos años evitó el caer en dinámicas movimentistas, electoralistas o cortoplacistas, no jugó a zigzaguear entre las opiniones hegemónicas para lograr un rápido avance electoral, no confundió las instituciones del Estado con el poder, ni cayó en una estrategia vanguardista que confiase la victoria a una derrota del Estado en el terreno militar. Por contra, tuvo la paciencia y la perspectiva histórica de concentrarse en desarrollar un marco ideológico fuerte, en estudiar y sintetizar las experiencias de lucha precedentes para actualizar su línea política, en formar poco a poco un cuerpo de cuadros capaces, decididos, y disciplinados y en asegurarse unas bases territoriales bien enraizadas tanto en el terreno como en el ámbito social. Durante todo este tiempo también incrementó su potencial militar para evitar ser borrado del mapa a la primera de cambio y elaboró un vinculo estrecho con el pueblo, hasta el punto de que no fuese posible diferenciar dónde acaba uno y dónde empieza el otro.

El hecho de que el movimiento uniese todas estas características en una fuerza organizada le permitió articularse junto con el levantamiento espontáneo de la población y tomar rápidamente la iniciativa, impidiendo que éste vacío de poder fuese ocupado por otras facciones, como sí que ha ocurrido en otros lugares donde las organizaciones kurdas no estaban presentes o no tenían la fuerza necesaria. Así se formó la unidad entre los dos tempos de la revolución: el tiempo del crecimiento lento y paciente, y el tiempo del levantamiento, del momento decisivo, de “la fracción de segundo en la que todo parece posible”

  1. IRRUPCIÓN DEL PUEBLO.

Cuando el statu quo en Siria entro en una crisis irreversible, los círculos kurdos no encararon la crisis con una mera lista de demandas, sino con propuestas claras y desarrolladas que mostraban el horizonte de todo un nuevo orden. Bajo el liderazgo político del movimiento, se había formado una voluntad colectiva construida sobre una cosmovisión propia y expresada en un proyecto integral capaz de guiar la construcción de una alternativa. Se suele decir que el movimiento de liberación revivió al pueblo kurdo y que Abdullah Öcalan hizo posible que se pudiera volver a llamar “Kurdistan” por su nombre, como palabra que nombra una realidad, como concepto, como existencia. Este dicho expresa que el pueblo construyó el movimiento tanto como el movimiento construyó al pueblo.

Desde su fundación a finales de los años 70, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán fue ganándose poco a poco el prestigio y el apoyo de la gente, defendiendo al campesinado de los abusos de los terratenientes (kurdos), colocándose en primera línea en las luchas de las fábrica y de los estudiantes, se fue haciendo fuerte en los barrios populares de las metrópolis, respondiendo a los desmanes del Ejército y la policía en las zonas rurales y organizando en Europa a la diáspora que huía de la miseria y la guerra.

Pero más allá de ocuparse de las problemas y las luchas cotidianas del pueblo, el movimiento emprendió la tarea de acometer una verdadera reforma moral e intelectual en medio de una crisis existencial colectiva: identificó la situación de genocidio físico y cultural y transmitió una nueva concepción de lo que significaba ser kurdo, de qué era la libertad, del rol que tenía y cuál debía tener la mujer en la sociedad, de lo que podía llegar a ser un pueblo libre que se organizase como una sociedad basada en una ética comunal y socialista, una sociedad liderada por mujeres libres.

Cada rincón de la geografía kurda se empapó con la narración de una transformación del ser humano y del sentido que tenía este nuevo ser humano: el de un pueblo guerrero que podía luchar para cambiar la Historia. En el mismo proceso de la lucha, y no sin hacer enormes sacrificios, se fue formando una nueva idea de la nación kurda. Esta idea de nación unía fragmentos socialesanteriormente dispersos, disolvía antagonismos sectarios, religiosos y tribales, y poco a poco fue materializándose en una densa red de vínculos e instituciones populares que prefiguraban una alternativa.

El proceso revolucionario de Rojava no se dio en el vacío, sino dentro de una dinámica extremadamente caótica, impredecible y permanentemente cambiante, obligando al movimiento a traducir su paradigma ideológico y su proyecto político en un repertorio absolutamente flexible de estrategias y tácticas

En definitiva, el pueblo kurdo se había constituido a lo largo de los años como una voluntad colectiva, para la cual el momento insurreccional de julio del 2012 en el Norte de Siria no fue el principio. No lo encaró con la forma de un movimiento difuso, sino con el esbozo de un nuevo orden social potencialmente capaz de sustituir al anterior, con lo cual fue posible dar el salto de un contexto de práctica clandestinidad a uno de autogobierno. Estaba en las condiciones necesarias para oponer una alternativa integral que diese seguridad, orden, sentido y esperanza a su gente en medio del caos y la incertidumbre.

Este momento, sin embargo, supuso un punto de inflexión, pues brindó la oportunidad de lleva mucho más lejos que nunca antes el desarrollo de su cosmovisión y alternativa propias. El movimiento descubriría entonces algo que a los internacionales se nos ha repetido a menudo, y es que empezar una revolución es difícil, pero mucho más difícil es continuarla.

  1. FLEXIBILIDAD ESTRATÉGICA Y TÁCTICA.

Pese al grado de preparación del movimiento, la revolución de Rojava no siguió al pie de la letra la hoja de ruta prevista en el modelo teórico. De forma extremadamente esquemática, podemos decir que esta hoja de ruta se basa en la construcción de abajo hacia arriba de instituciones populares y espacios de auto-organización; construcción que paulatinamente llega a un grado de desarrollo tal que la sociedad autogobernada está en calidad de declarar su Autonomía Democrática y de defenderla de la injerencia del Estado.

En el caso de la revolución de Rojava, cuyo tiempo “prematuro” rompió con la linealidad del plan, en la práctica este proceso se dio de forma desigual, en muchas ocasiones a la inversa de lo pensado. El movimiento tuvo que tomar el control de territorios donde el nivel material y cultural de autoorganización social era todavía muy débil, de modo que se lanzó a construir estas instituciones populares “desde arriba”, desde el cuerpo recién creado de la Administración Autónoma Democrática. Por el mismo motivo, y por el hecho de encontrarse en medio de una guerra de rapiña interimperialista que exigía un cierto grado de organización centralista, jerárquica y disciplinada, hasta el momento tampoco pudo superar enteramente la forma Estado ni llevar muy lejos un proceso socialista de transformación de las relaciones de producción, sino que paulativamente trató de articular las condiciones que impone la lógica militar junto con la lógica política de la democratización y la primacía del protagonismo de las masas en todos los asuntos comunes.

En efecto, el proceso revolucionario de Rojava no se dio en el vacío, sino dentro de una dinámica extremadamente caótica, impredecible y permanentemente cambiante, donde las diferentes fuerzas imperialistas y potencias regionales luchan encarnizadamente en múltiples planos (militar, político, económico, diplomático, social), obligando al movimiento a traducir su paradigma ideológico y su proyecto político en un repertorio absolutamente flexible de estrategias y tácticas en todos estos aspectos. Para garantizar la supervivencia del proceso revolucionario, se vio forzado a luchar en todos estos planos a la vez, pues en todos ellos sus enemigos trataban de aniquilar la revolución de un modo u otro y frente a lo cual solo la articulación de una estrategia coherente, que enlazase todos estos frentes de lucha basándose en una lectura precisa de la correlación de fuerzas existente, podría permitir mantenerse o avanzar en sus posiciones sin ser destruido.

Para poder desarrollar su proyecto político sin ser aniquilado en la guerra, tuvo que establecer una política de alianzas adecuada; para poder establecer estas relaciones en el plano diplomático tuvo que ser lo bastante fuerte en el plano militar; para ser fuerte en el plano militar, necesitaba serlo también a nivel social, pues si el pueblo hubiese carecido de la perspectiva de un proceso de emancipación y justicia social; si el pueblo no se hubiese unido entorno a un proyecto común y no se hubiese identificado con el movimiento que lidera el proceso revolucionario, no hubiese tenido la motivación para luchar y pasar por los sacrificios y sufrimientos indecibles por los que ha tenido que pasar en todos estos años…

Nada hace pensar que este período dará necesariamente paso al fin del capitalismo y al desarrollo de una alternativa. Sin embargo, es plausible pensar que este tiempo reabrirá de nuevo brechas históricas que quedaran abiertas a la disputa entre múltiples actores, intereses e hipótesis, entre ellas la revolucionaria.

Acaso el ejemplo mas llamativo del carácter extremadamente contradictorio y complejo de este proceso sea la alianza militar con los EE.UU., ya que por un lado la apuesta del imperialismo estadounidense no es la de apoyar al movimiento de liberación kurdo, sino fragmentarlo y desvincularlo de su liderazgo ideológico para corromper la revolución forzando un protectorado como el establecido en el norte de Irak. Por otro lado, el movimiento kurdo sabe por experiencia propia que tiene en los EE.UU.-OTAN su más mortal enemigo y, sin embargo, en la coyuntura concreta de la revolución en el Norte de Siria se vio sumida de lleno en la encrucijada. O bien rechazaba su apoyo militar y se resignaba a la aniquilación, o bien establecía una alianza táctica provisional -e inestable- que le permitiese seguir en el tablero con la perspectiva de abrir nuevas posibilidades de lucha y otras correlaciones de fuerza en el futuro.

Esta flexibilidad estrategia-táctica no sería posible sin un marco y unos objetivos ideológicos y políticos claros y fuertes, así como una dinámica constante de crítica y autocrítica desde la base hasta el liderazgo, que evalúe errores y aciertos y que contrarreste las tendencias al oportunismo o a la burocratización.

  1. INTERNACIONALISMO.

La perspectiva internacionalista del movimiento de liberación kurdo es en primer lugar de carácter ideológico. En tanto que continuadora de la tradición socialista rechaza toda desviación chovinista y defiende con ello una concepción democrática de la liberación nacional a partir de una profunda crítica del Estado-nación moderno. Abdullah Öcalan elaboró un proyecto político con vocación universal, bajo la forma de unos principios y estrategias generales que vinculándose con lo particular de cada caso pudiesen servir como una guía en la búsqueda de libertad de las mujeres, las clases populares y las naciones oprimidas de todo el mundo.

En segundo lugar, para el movimiento kurdo el internacionalismo tiene un carácter estratégico. El proceso revolucionario en el Kurdistán no puede sobrevivir indefinidamente rodeado de enemigos. A diferencia de las luchas de descolonización y liberación nacional de otras épocas, no tuvo un campo socialista en el que apoyarse, ni tampoco una Internacional de organizaciones revolucionarias con capacidad de incidencia en sus respectivos países, ni siquiera las oledas de solidaridad internacional que antaño despertaron luchas heroicas como las que libraron los pueblos de América Latina, Argelia, Vietnam, Palestina, etc.

El movimiento de liberación kurdo asumió como propia, en lo referente al internacionalismo, la tarea histórica de nuestro tiempo, a saber: el trabajo de vincular luchas dispersas alrededor del mundo, de articular una fuerza capaz de hacer frente al sistema capitalista global y a las fuerzas imperialistas que pretenden ahogar el proceso revolucionario, tanto en Oriente Medio como en cualquier lugar donde los pueblos se atrevan a poner en cuestión su hegemonía. Es por esto que desde el primer momento la revolución de Rojava tuvo un carácter internacional, y que el movimiento puso enormes esfuerzos en proyectar la lucha internacionalmente, debilitando las estrategias de aislamiento y fragmentación alentadas por sus enemigos.

Actualmente, bajo el signo de una crisis estructural que viene de lejos y que no deja de acelerarse, el mundo sigue adentrándose más y más en un período de incertidumbre y caos. Nada hace pensar que este período dará necesariamente paso al fin del capitalismo y al desarrollo de una alternativa. Sin embargo, es plausible pensar que este tiempo reabrirá de nuevo brechas históricas que quedaran abiertas a la disputa entre múltiples actores, intereses e hipótesis, entre ellas la revolucionaria.

Es nuestro deber prepararnos en consecuencia, estudiando los procesos que han tenido y tienen lugar alrededor del mundo, analizando los errores y aciertos de nuestra tradición histórica y dinamizando la síntesis de las diversas experiencias y perspectivas para constituir pacientemente una fuerza popular capaz de tomar la iniciativa y lanzarse a la lucha hasta el límite de sus posibilidades.

 

¡BUEN CAMINO!

23 AGO 2020 22:00

Notas

  1. Revuelta social ocurrida en 2013 en la República de Turquía, cuando la brutal represión de una protesta ecologista que pretendía detener la destrucción del parque de Taksim Gezi para construir un centro comercial desató disturbios continuados en varias ciudades del país.
  2. De Kurdistán a Chiapas. Una Internacional de la Esperanza. Michael Panser https://komun-academy.com/2019/12/26/from-kurdistan-to-chiapas-an-international-of
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Medios japoneses: China y Rusia desdolarizan su comercio para avanzar hacia una "alianza financiera"

En 2015, la participación de la moneda estadounidense en las transacciones bilaterales era de alrededor del 90 por ciento, y ahora se ha reducido al 46 por ciento.

 

Rusia y China unen esfuerzos para reducir su dependencia del dólar, lo que, según algunos expertos, podría llevar a una "alianza financiera" entre ambas naciones, escribe en un artículo para la revista japonesa Nikkei Asian Review el politólogo estadounidense Dimitri Simes.

Moscú y Pekín han reducido drásticamente su uso del dólar en el comercio bilateral durante los últimos años. En 2015, aproximadamente el 90 % de las transacciones bilaterales se realizaban en dólares estadounidenses. Sin embargo, tras el comienzo de la guerra comercial declarada por Washington y un impulso comun por parte de Rusia y China para alejarse del dólar, la cifra había caído al 51 % en 2019.

En el primer trimestre de 2020, la participación del dólar se ha reducido al 46 %, mientras que la participación del euro alcanzó un máximo histórico del 30 % y la de las monedas nacionales, el 24 % (este también es un nuevo máximo), señala el medio.

En junio del año pasado, ambos países firmaron un acuerdo interestatal para usar sus monedas nacionales en el comercio bilateral, en el marco del proceso de desdolarización anunciado en 2018.

Alexéi Máslov, director del Instituto de Estudios del Lejano Oriente de la Academia de Ciencias de Rusia, aseguró a la revista que la desdolarización del intercambio comercial entre Rusia y China se acercaba a un "momento decisivo" que podría elevar su relación a una alianza de facto.

El inicio de la desdolarización se remonta a 2014, cuando Occidente impuso sanciones a Rusia por la reunificación de Crimea con el país. Pekín, por su parte, se vio obligada a unirse al proceso después de que el presidente Donald Trump impusiera aranceles a los productos chinos por valor de varios cientos de miles de millones de dólares, reseña el medio.

8 ago 2020 19:49 GMT

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Hizbolá e Israel: el riesgo limitado de otra guerra

En las últimas semanas han sucedido varios incidentes armados entre el Ejército Israelí y la organización libanesa, tanto en Siria como en la frontera de Líbano. Netanyahu ha advertido a Hizbolá de que se arriesga a otra guerra, aunque ni Tel Aviv ni el líder de la organización chií, Hassan Nasrallah, parecen interesados a meterse a fondo en un conflicto abierto.

 

En febrero de 1992, un helicóptero Apache israelí de fabricación estadounidense mató a Abbas Musawi, cofundador y líder de Hizbolá. Con él murieron su esposa, su hijo de cinco años y otras cuatro personas. Israel descabezó la organización chií libanesa y se libró de uno de sus perores enemigos, pero los israelíes no imaginaban que quien iba a suceder a Musawi se convertiría en un enemigo todavía más hábil, hostil y encarnizado.

Así, en las tres últimas décadas, Hassan Nasrallah ha dirigido la organización con mano de hierro, ha reforzado las relaciones con Irán, se ha armado hasta los dientes y ha mantenido a raya al poderoso ejército del sur con un sinfín de enfrentamientos y escaramuzas, y con algunas guerras que, entre otras cosas, consiguieron expulsar a Israel de Líbano en 2000 para evitar el constante goteo de soldados muertos.

La semana pasada, un militar israelí dijo que su país no tiene miedo de ningún ejército de la región ya que es consciente de su absoluta superioridad. Si un ejército regular árabe se atreviera a incordiar al estado judío más de la cuenta, los israelíes solo tendrían que enviar unos cuantos aviones para defenestrar a cualquier régimen de la zona. Es una hipótesis descartada. Sin embargo, este no es el caso de Hizbolá, que opera como una guerrilla, aunque al mismo tiempo dirija la política libanesa desde el gobierno y el parlamento de Beirut.

 Es natural que los aliados de Israel consideren que Hizbolá es una organización terrorista. Hace solo unos días la embajadora de Estados Unidos en Beirut arremetió públicamente contra Hizbolá y Nasrallah, y fue necesario pararle los pies. La intromisión de EEUU en la política libanesa viene de antiguo y se produce a diario. Washington, cuya acción exterior en Oriente Próximo es la que dicta Israel, querría acabar de una vez por todas con esa mosca que molesta a su aliado más estrecho.

Eso explica las declaraciones de la embajadora en Beirut, que ni son las primeras ni serán las últimas de ese tenor. Los americanos están estrangulando la economía libanesa con una fuerza sin precedentes únicamente con el deseo de que Líbano deje en la cuneta a Nasrallah, algo que no va a ocurrir puesto que Hizbolá es el partido esencial para el sostenimiento del país. Si Hizbolá desapareciera, reinaría un caos absoluto.

La influencia de Nasrallah en la política de Oriente Próximo es enorme, y su prestigio también. Un sondeo realizado hace unos años reveló que los israelíes se fían más de lo que dice Nasrallah que de lo que dicen sus propios líderes. Cuando el líder chií libanés abre la boca en público, las televisiones hebreas recogen y analizan sus palabras al detalle, y en ocasiones hasta las transmiten en directo para satisfacer la avidez de sus telespectadores.

 

Narallah nació en el área de Beirut en 1960, el noveno de los diez hijos de una familia chií que no tenía inclinaciones religiosas. Estudió en Líbano y en la ciudad iraquí de Nayaf antes de ser deportado de ese país por Saddam Hussein en 1979, en el marco de una amplia expulsión de chiíes. Al poco de regresar a su país, Israel puso en marcha la invasión de 1982, lo que hizo que muchos chiíes libaneses se afiliaran a Hizbolá.

Es lo que hizo Nasrallah, que un tiempo antes estuvo afiliado al partido chií secular Amal. Sus estudios religiosos lo condujeron a la ciudad iraní de Qom, pero volvió a Líbano tras el asesinato de Musawi para hacerse cargo del liderazgo de Hizbolá, imprimiendo a la organización un carácter de resolución y eficacia que desde entonces han sido marca de la casa.

Nasrallah cree que el islam no es una religión como las demás, sino que tiene una explicación para cada situación y problema que se plantea a nivel individual, social y planetario. Es una opinión muy extendida entre los islamistas, ya sean suníes o chiíes, que buscan siempre soluciones en el marco de la religión, como ocurrió por ejemplo con los Hermanos Musulmanes egipcios tras la revolución contra Hosni Mubarak de 2011.

El conflicto armado más destacado entre Israel y Hizbolá se produjo en 2006, después de que las milicias chiíes ejecutaran una operación dentro del territorio enemigo que costó la vida a tres soldados. Los milicianos capturaron además a dos soldados y mataron a otros cinco en la fallida operación de rescate israelí.

La guerra se prolongó 34 días durante los cuales Israel causó una tremenda destrucción de objetivos civiles en todo Líbano. El número de víctimas mortales se elevó a más de 1.200 en Líbano, mientras que murieron 165 israelíes, la mayoría soldados. Aunque la guerra fue criticada dentro de Líbano y por los dirigentes árabes de algunos países, la reputación de Nasrallah se disparó entre las capas populares árabes por ser capaz de plantar cara al poderoso ejército israelí.

Su prestigio no ha disminuido desde entonces, a pesar de que desde 2007 permanece oculto y apenas participa en actos públicos, es decir que la mitad de su vida como líder de Hizbolá ha transcurrido en la clandestinidad. La sola mención de Nasrallah inquieta a muchos israelíes. En los últimos años Hizbolá ha incrementado su arsenal de armas y se cree que si hubiera otra guerra tendría para las dos partes mayores consecuencias que la de 2006.

Es por este motivo que tanto Israel como Hizbolá no parecen estar interesados en otro conflicto armado, aunque este podría llegar después de cualquiera de los incidentes que tienen lugar periódicamente. En esta situación, lo que hacen Israel y Hizbolá es seguir armándose y preparándose para la próxima guerra.

JERUSALÉN

05/08/2020 08:16

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

Publicado enInternacional
Activa China el sistema de navegación por satélite BeiDou-3, su alternativa al GPS

China activó este 31 de julio su propio sistema de navegación por satélite, conocido como BeiDou-3 (BDS-3), que supondrá una alternativa al GPS estadounidense y al GLONASS ruso.

Esto ha sido posible después de que fuera lanzado la semana pasada el último satélite necesario para el funcionamiento de todo el sistema. El evento, celebrado en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, contó con la presencia del presidente Xi Jinping.

“El BDS es el resultado de los esfuerzos de un ejército de trabajadores, movilizados por el partido y la nación, el trabajo duro de cientos de miles de ingenieros en todas las áreas y el soporte firme del público”, declaró el diseñador jefe del proyecto, Yang Changfeng.

Son tres subsistemas que componen el BDS, que funcionan a través de 55 satélites en la órbita terrestre. El primero de ellos, el BeiDou-1 fue completado en 2000, mientras que el segundo fue lanzado en 2012.

Este ambicioso proyecto, que tomó unos 20 años en ser completado, tiene por objetivo competir directamente con el GPS y reemplazarlo por el BDS en el país asiático. De tal modo, se planea disminuir la dependencia de las tecnologías de Estados Unidos.

31 julio 2020

(Con información de Sputnik)

“Podía vivir con eso”: cómo la CIA hizo Afganistán seguro para el opio

La producción de opio en Afganistán aumentó espectacularmente al amparo de la política exterior de Estados Unidos, que se sustentó en el apoyo y la financiación a los grandes traficantes y productores de la región.

 

La primera imagen indeleble de la guerra en Afganistán para muchos estadounidenses fue probablemente la del periodista de la CBS Dan Rather, envuelto en las voluminosas ropas de un luchador muyahidín, con el aspecto de un pariente saludable de Lawrence de Arabia —aunque con pelo que parecía recién secado con secador, como algunos espectadores señalaron rápidamente—. Desde su ladera de montaña secreta “en algún lugar en el Hindu Kush”, Rather descargó sobre su público un cargamento de sinsentidos sobre el conflicto. Los soviéticos, confió Rather portentosamente, habían puesto un precio a su cabeza de “muchos miles de dólares”. Continuó: “Fue el mejor regalo que me podían haber dado. Y que mi cabeza tenga precio era un pequeño precio a pagar por las verdades que contamos sobre Afganistán”.

Cada una de estas observaciones resultaron completamente falsas. Rather describió al Gobierno de Hafizullah Amin como un “régimen marioneta instalado por Moscú en Kabul”. Pero Amin tenía vínculos más cercanos con la CIA que con el KGB. Rather llamó a los muyahidines “los luchadores por la libertad afganos… que participaban en una lucha a muerte profundamente patriótica por su hogar”. Los muyahidines apenas estaban luchando por la libertad, en cualquier sentido con el que Rather hubiera estado cómodo, sino más bien por imponer uno de los estilos de fundamentalismo islámico más represivos conocidos en el mundo, bárbaro, ignorante y notablemente cruel para las mujeres.

Era un “hecho”, anunció Rather, que los soviéticos habían usado armas químicas contra aldeanos afganos. Esta era una afirmación promovida por el Gobierno de Reagan, que hizo la acusación de que la extraordinariamente precisa cifra de 3.042 afganos habían muerto a causa de esta lluvia química amarilla, una sustancia que había conseguido gloriosas victorias propagandísticas en su manifestación en Laos unos años antes, cuando la lluvia amarilla resultó ser excrementos de abeja altamente cargados con polen. Como Frank Broadhead señaló en el London Guardian, “su composición: una parte excrementos de abeja, más muchas partes de desinformación del Departamento de Estado mezcladas con credulidad de los medios”.

Rather afirmó que los muyahidines tenían una escasez severa de equipamiento, haciéndolo lo mejor que podían con rifles kalashnikov tomados de soldados soviéticos muertos. De hecho, los muyahidines estaban extremadamente bien equipados, al ser los receptores de armas proporcionadas por la CIA en la guerra encubierta más cara que la Agencia había jamás montado. Llevaban armas soviéticas, pero llegaron por cortesía de la CIA. Rather también mostró imágenes periodísticas que, según él, eran bombarderos soviéticos ametrallando pueblos afganos indefensos. El “bombardero soviético” era en realidad un avión de la fuerza aérea paquistaní en una misión de entrenamiento sobre el noroeste de Pakistán.

CBS afirmó haber descubierto en áreas bombardeadas por los soviéticos animales rellenos de explosivos soviéticos, diseñados para hacer volar en pedazos a niños afganos. Estos juguetes trampa de hecho habían sido fabricados por los muyahidines con el único propósito de estafar a CBS News, como un entretenido artículo en el New York Post aclaró posteriormente.

Rather recorrió de forma heroica el camino hasta Yunas Khalis, descrito como el líder de los guerreros afganos. En tonos de admiración que normalmente reserva para huracanes en el Golfo de México, Rather recuerda en su libro La cámara nunca parpadea dos veces, “la creencia en que lo correcto crea el poder puede haber estado desvaneciéndose en otras partes del mundo. En Afganistán estaba sana y salva, y golpeando a los soviéticos”. Khalis era un despiadado carnicero, con sus tropas presumiendo con cariño de su matanza de 700 prisioneros de guerra. Pasó la mayor parte de su tiempo luchando, pero las guerras no eran principalmente con los soviéticos. En vez de eso, Khalis combatía contra otros grupos rebeldes afganos, siendo el objeto de los conflictos el control de los campos de amapola y las carreteras y senderos desde ellos a sus siete laboratorios de heroína cerca de su cuartel general en la ciudad de Ribat al Ali. El 60% de la cosecha de opio de Afganistán se cultivaba en el Valle de Helmand, con una infraestructura de irrigación garantizada por USAID.

En sus informes desde el frente Rather mencionaba el comercio local de opio, pero de una forma notablemente falsa. “Los afganos”, dijo, “habían convertido Darra en una ciudad en auge, vendiendo su opio de cultivo local a cambio de las mejores armas disponibles, y después regresando a luchar a Afganistán”.

Darra es una ciudad en el noroeste de Pakistán donde la CIA había instalando una fábrica para producir armas de estilo soviético que estaba repartiendo a todos los afganos que llegaban. La fábrica de armas estaba dirigida bajo contrato por la Dirección de Inteligencia Inter-Services de Pakistán. Gran parte del opio transportado en camiones a Darra desde Afganistán se vendía al gobernador paquistaní del territorio del noroeste, el teniente general Fazle Huq. Desde este opio la heroína se refinaba en laboratorios en Darra, se colocaba en camiones del Ejército paquistaní y se transportaba hasta Karachi, para después ser embarcada a Europa y Estados Unidos.

Rather menospreciaba la reacción del Gobierno de Carter al golpe respaldado por los soviéticos en 1979, con la acusación de que la respuesta de Carter había sido tibia y tardía. De hecho, el presidente Carter había reaccionado con una gama de movimientos que deberían haber causado envidia a los halcones de Reagan que, un par de años después, le estaban atacando por ser un cobarde de la Guerra Fría. Carter no sólo retiró a Estados Unidos de los Juegos Olímpicos de 1980, sino que cortó las ventas de cereales a la Unión Soviética, para gran angustia de los granjeros del medio oeste; detuvo el tratado SALT II; se comprometió a aumentar el presupuesto de defensa de EE UU en un 5% al año hasta que los soviéticos salieran de Afganistán; y reveló la doctrina Carter de contención en el sur de Asia, sobre la que el historiador de la CIA John Ranelagh dice que llevó a Carter a aprobar “más operaciones secretas de la CIA de lo que Reagan hizo más tarde”.

Carter confesó posteriormente en sus memorias que estuvo más agitado por la invasión de Afganistán que por cualquier otro acontecimiento de su presidencia, incluida la revolución iraní. La CIA convenció a Carter de que podía ser el comienzo de un impulso de los soviéticos hacia el Golfo Pérsico, un escenario que llevó a que el presidente seriamente considerara el uso de armas nucleares tácticas.

Tres semanas después de que los tanques soviéticos llegaran a Kabul, el secretario de Defensa de Carter, Harold Brown, estaba en Beijing, acordando una transferencia de armas de los chinos a las tropas afganas apoyadas por la CIA reunidas en Pakistán. Los chinos, a los que se compensó generosamente por el acuerdo, aceptaron e incluso consintieron en enviar consejeros militares. Brown consiguió un acuerdo similar con Egipto para comprar 15 millones de dólares en armas. “EE UU me contactó”, Anwar Sad recordaba poco antes de su asesinato. “Me dijeron: ‘Por favor abre tus almacenes para nosotros para que podamos dar a los afganos el armamento que necesitan para luchar’. Y les di el armamento. El transporte de armas a los afganos empezó desde El Cairo en aviones estadounidenses”.

Pero pocos en el Gobierno de Carter creían que los rebeldes tuvieran alguna posibilidad de derrotar a los soviéticos. Bajo la mayor parte de los escenarios, la guerra parecía destinada a ser una matanza, con civiles y rebeldes pagando un precio importante. El objetivo de la doctrina Carter era más cínica. Era desangrar a los soviéticos, con la esperanza de entramparles en un atolladero al estilo Vietnam. El alto nivel de bajas civiles no perturbó a los arquitectos de la intervención encubierta estadounidense. “Decidí que podía vivir con eso”, recordaba el director de la CIA de Carter, Stansfield Turner.

Antes de la invasión soviética, Afganistán apenas suponía un tema de interés para la prensa nacional, apareciendo en sólo un puñado de historias anuales. En diciembre de 1973, cuando la distensión estaba cerca de su cénit, el Wall Street Journal publicó una extraña historia en la portada sobre el país, titulada “¿Codician Afganistán los rusos? Si es así, es difícil figurarse por qué”. El reportero Peter Kann, que después se convertiría en presidente y editor de Journal, escribía que “los grandes estrategas del poder tienden a considerar Afganistán como una especie de eje sobre el que se mueve el equilibrio mundial de poder. Pero de cerca, Afganistán parece menos un eje, dominó o paso intermedio que una inmensa expansión de desierto baldío con unos pocos bazares llenos de moscas, un buen número de tribus enemistadas y mucha gente miserablemente pobre”.

Después de que la Unión Soviética lo invadiera, este páramo adquirió rápidamente el estatus de un precioso premio geopolítico. Un editorial del Journal tras la entrada soviética decía que Afganistán era “más serio que un mero paso intermedio” y, en respuesta, pedía el estacionamiento de tropas estadounidenses en Oriente Medio, el aumento de gastos militares, la expansión las operaciones encubiertas y el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Drew Middleton, en aquel momento corresponsal del New York Times en el Departamento de Defensa, presentó un temible análisis post-invasión en enero de 1980: “La sabiduría convencional en el Pentágono”, escribió, “es que en términos puramente militares, los rusos están en una posición frente a Estados Unidos mucho mejor que como estaba Hitler contra Gran Bretaña y Francia en 1939”.

La máquina de agitprop del Pentágono y la CIA subió de marcha: el 3 de enero de 1980, George Wilson, del Washington Post, informó de que líderes militares esperaban que la invasión “ayudara a curar la resaca ‘nunca más’ de Vietnam del público estadounidense”. Newsweek dijo que el “impulso soviético” representaba “una severa amenaza” para los intereses de EE UU: “El control de Afganistán pondría a los rusos a 350 millas [563 km] del Mar Arábigo, el salvavidas petrolífero de Occidente y Japón. Los aviones de guerra soviéticos situados en Afganistán podrían cortar el salvavidas a voluntad”. The New York Times apoyó la petición de Carter de mayor gasto militar y defendió los programas de misiles Cruise y Tridente, “investigación más rápida sobre el MX o algún otro misil de tierra móvil”, y la creación de una fuerza de despliegue rápido para la intervención en el Tercer Mundo, llamando a esta última una “inversión en diplomacia”.

En resumen, Afganistán demostró ser una gloriosa campaña tanto para la CIA como para el Departamento de Defensa, una fulgurante ofensiva en la que olas de crédulos y sumisos periodistas fueron enviados para promulgar la grotesca proposición de que Estados Unidos estaba bajo amenaza militar. Para cuando Reagan tomó posesión, él y su director de la CIA William Casey recibieron apoyo para su propio plan afgano intensificado desde un origen improbable, el Congreso controlado por los demócratas, que estaba presionando para duplicar el gasto en la guerra. “Fue un beneficio imprevisto [para el Gobierno de Reagan]”, dijo un miembro del personal del Congreso al Washington Post. “Habían recibido tanta oposición a la acción encubierta en Centroamérica y aquí viene el Congreso a ayudar y a lanzarles dinero, y ellos dicen ‘¿Quiénes somos nosotros para decir que no?”.

Mientras la CIA aumentaba su respaldo a los muyahidines —el presupuesto de la CIA para Afganistán alcanzó finalmente los 3.200 millones de dólares, la operación secreta más cara de su historia—, un miembro de la Casa Blanca del Consejo Estratégico del presidente sobre Abuso de Drogas, David Musto, informó a la administración de que la decisión de armar a los muyahidines fallaría: “Dije al Consejo que estábamos yendo a Afganistán a apoyar a los cultivadores de opio en su rebelión contra los soviéticos. ¿No deberíamos intentar evitar lo que habíamos hecho en Laos? ¿No deberíamos intentar pagar a los cultivadores si erradican su producción de opio? Hubo silencio”.

Tras lanzar esta advertencia, Musto y un colega en el consejo, Joyce Lowinson, siguieron cuestionando la política de EE UU, pero vieron sus indagaciones bloqueadas por la CIA y el Departamento de Estado. Frustrados, recurrieron a la página de opinión del New York Times y escribieron, el 22 de mayo de 1980: “Nos preocupa el cultivo de opio en Afganistán o Pakistán por miembros de tribus rebeldes que aparentemente son los principales adversarios de las tropas soviéticas en Afganistán. ¿Nos estamos equivocando al hacer amistad con estas tribus igual que hicimos en Laos cuando Air America (fletada por la Agencia Central de Inteligencia) ayudó a transportar opio crudo desde ciertas zonas tribales?”. Pero Musto y Lowinson chocaron con el silencio de nuevo, no sólo de la administración sino de la prensa. Era una herejía cuestionar la intervención encubierta en Afganistán.

Más adelante en 1980, Hoag Levins, un escritor del Philadelphia Magazine, entrevistó a un hombre al que identificaba como un cargo de seguridad de “alto nivel” en el Departamento de Justicia del Gobierno de Carter y le citaba así: “Tienes al Gobierno caminando de puntillas alrededor de esto como si fuera una mina terrestre. El tema del opio y la heroína en Afganistán es explosivo… En el discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente mencionó el abuso de drogas pero fue muy cuidadoso en evitar mencionar Afganistán, aunque Afganistán es donde las cosas están pasando ahora… ¿Por qué no estamos adoptando una mirada más crítica hacia las armas que estamos enviando ahora a bandas de narcotraficantes que obviamente van a usarlas para aumentar la eficiencia de su operación de tráfico de drogas?”.

La DEA era bien consciente de que los rebeldes muyahidines estaban profundamente involucrados en el comercio de opio. Los informes de la agencia de drogas en 1980 muestran que las incursiones rebeldes afganas desde sus bases de Pakistán contra posiciones soviéticas estaban “en parte determinadas por la plantación de opio y las estaciones de cosecha”. Los números eran crudos e imponentes. La producción afgana de opio se triplicó entre 1979 y 1982. Había pruebas de que para 1981 los productores afganos de heroína se habían hecho con el 60% del mercado de la heroína en Europa occidental y Estados Unidos (éstas son cifras de la ONU y la DEA).

En 1971, en el momento álgido de la participación de la CIA en Laos, había alrededor de 500.000 adictos a la heroína en Estados Unidos. Para mediados y finales de los 70 este total había caído a 200.000. Pero en 1981 con la nueva afluencia de heroína afgana y los consiguientes bajos precios, la población adicta a la heroína aumentó hasta 450.000. En la ciudad de Nueva York, sólo en 1979 —el año en que empezó el flujo de armas a los muyahidines—, las muertes relacionadas con la heroína se incrementaron un 77%. Las únicas víctimas estadounidenses públicamente reconocidas en los campos de batalla afganos fueron algunos musulmanes negros que viajaron al Hindu Kush desde Estados Unidos para luchar en nombre del profeta. Pero las víctimas de la droga dentro de EE UU desde la guerra secreta de la CIA, particularmente en las ciudades del interior, se contaban por miles, además de la indecible desgracia y sufrimiento social.

Desde el siglo XVII las amapolas de opio han sido cultivadas en el así llamado Creciente Dorado, donde convergen las tierras altas de Afganistán, Pakistán e Irán. Durante casi cuatro siglos este era un mercado interno. Para la década de 1950 se producía muy poco opio tanto en Afganistán como en Pakistán, con quizás 2.500 acres bajo cultivo en estos dos países. Los fértiles campos de cultivo del valle de Helmand en Afganistán, para los 80 bajo intenso cultivo de amapola de opio, estaban cubiertos con viñedos, campos de trigo y plantaciones de algodón.

En Irán, la situación era claramente diferente a principios de los 50. El país, dominado por empresas petrolíferas y agencias de inteligencia británicas y estadounidenses, estaba produciendo 600 toneladas de opio al año y tenía 1,3 millones de adictos al opio, solo superado por China donde, en el mismo momento, los imperialistas occidentales del opio todavía dominaban. Entonces, en 1953, Mohammed Mossadegh, el equivalente nacionalista de Irán del chino Sun Yat-sen, ganó las elecciones e inmediatamente buscó suprimir el comercio de opio. En unas pocas semanas, el Secretario de Estado de EE UU John Foster Dulles estaba llamando loco a Mossadegh, y el hermano de Dulles, Allen, dirigente de la CIA, envió a Kermit Roosevelt para organizar un golpe contra él. En agosto de 1953 Mossadegh fue derribado, el shah fue instalado por la CIA, y los campos de petróleo y opio de Irán estaban de nuevo en manos amigas. La producción siguió inalterada hasta la toma del poder en 1979 del ayatolá Jomeini, punto en el cual Irán tenía un problema muy serio con el opio en términos de la adicción de su propia población. A diferencia de los caudillos muyahidines, el ayatolá era un constructivista estricto de la ley islámica en el tema de los intoxicantes: los adictos y los traficantes se enfrentaban a la pena de muerte. La producción de opio en Irán cayó drásticamente.

En Afganistán en los 50 y 60, el relativamente escaso comercio de opio estaba controlado por la familia real, encabezada por el rey Mohammed Zahir. Todos los grandes estados feudales tenían sus campos de opio, principalmente para satisfacer el consumo doméstico de la droga. En abril de 1978 un golpe populista derribó al régimen de Mohammed Daoud, que había formado una alianza con el shah de Irán. El shah había enviado dinero en dirección a Daoud —2.000 millones de dólares según un informe— y se trajo a la policía secreta iraní, el Savak, para entrenar a la fuerza de seguridad interna de Daoud. El nuevo Gobierno afgano estaba dirigido por Noor Mohammed Taraki. El Gobierno de Taraki hizo movimientos hacia la reforma agraria, por lo tanto un ataque contra los estados feudales cultivadores de opio. Taraki fue a la ONU, donde solicitó y recibió préstamos para sustitución de cosechas para los campos de amapolas.

Taraki también presionó con dureza contra la producción de opio en las zonas fronterizas dominadas por fundamentalistas, ya que éstos estaban utilizando los ingresos del opio para financiar ataques contra el Gobierno central afgano, al que veían como una encarnación malsana de la modernidad que permitía a las mujeres ir al colegio e ilegalizaba los matrimonios concertados y el precio de la novia.

Para la primavera de 1979 el protagonista de los héroes de Dan Rather, el muyahidín, también estaba empezando a surgir. The Washington Post informó que a los muyahidines les gustaba “torturar a sus víctimas primero cortando sus narices, orejas y genitales, después quitando un trozo de piel tras otro”. Durante ese año los muyahidines manifestaron particular animosidad hacia los occidentales, matando seis alemanes del oeste y un turista canadiense y golpeando con severidad a un agregado militar estadounidense. Es también irónico que en ese año los muyahidines estuvieran consiguiendo dinero no sólo de la CIA sino de Muamar el Gadafi de Libia, que les envió 250.000 dólares.

En el verano de 1979, más de seis meses antes de que los soviéticos entraran, el Departamento de Estado de EE UU produjo un memorándum que dejaba claro cómo veía las apuestas, sin importar lo moderno de mente que pudiera ser Taraki, o lo feudales que fueran los muyahidín: “El mayor interés de Estados Unidos… se vería satisfecho por la muerte del régimen Taraki-Amin, a pesar de cuales fueran los reveses que esto podría significar para futuras reformas sociales y económicas en Afganistán”. El informe continuaba: “El derrocamiento de la RDA [República Democrática de Afganistán] mostraría al resto del mundo, concretamente al Tercer Mundo, que la visión de los soviéticos del curso socialista de la historia como inevitable no es correcta”.

Muy presionado por las fuerzas conservadoras en Afganistán, Taraki apeló a los soviéticos en busca de ayuda, lo que declinaron en base a que eso era exactamente lo que sus mutuos enemigos estaban esperando.

En septiembre de 1979 Taraki fue asesinado en un golpe organizado por responsables militares afganos. Hafizullah Amin fue instalado como presidente. Tenía impecables credenciales occidentales, habiendo estado en la Universidad de Columbia de Nueva York y la Universidad de Wisconsin. Amin había sido presidente de la Asociación de Estudiantes Afganos, que había sido financiada por la Fundación Asia, un grupo intermediario, o fachada, de la CIA. Tras el golpe Amin empezó a encontrarse regularmente con responsables de la Embajada de EE UU en un momento en el que EE UU estaba armando a rebeldes islámicos en Pakistán. Temiendo a un régimen fundamentalista respaldado por EE UU presionando contra su propia frontera, la Unión Soviética invadió Afganistán por la fuerza el 27 de diciembre de 1979.

Después comenzó la expansión de la CIA iniciada por Carter que tanto preocupó al experto sobre drogas de la Casa Blanca David Musto. En una réplica de lo que ocurrió tras el golpe apoyado por la CIA en Irán, los estados feudales pronto volvieron a la producción de opio y el programa de sustitución de cosechas terminó.

Debido a que Pakistán tenía un programa nuclear, EE UU tenía una prohibición de ayuda exterior sobre el país. Pronto fue levantada a medida que el desarrollo de una guerra próxima en Afganistán se convertía en política prioritaria. De forma bastante rápida, sin ninguna desaceleración discernible en su programa nuclear, Pakistán se convirtió en el tercer mayor receptor de ayuda estadounidense a nivel mundial, justo detrás de Israel y Egipto. Las armas llegaban a Karachi desde EE UU y eran enviadas a Peshawar por la Célula Nacional de Logística, una unidad militar controlada por la policía secreta de Pakistán, el ISI. Desde Peshawar esas armas que no eran simplemente vendidas a todo tipo de clientes (los iraníes consiguieron 16 misiles Stinger, uno de los cuales fue utilizado contra un helicóptero de EE UU en el Golfo) eran repartidas por el ISI a las facciones afganas.

Aunque la prensa de EE UU, con Dan Rather en primer plano, retrataba a los muyahidín como una fuerza unificada de luchadores por la libertad, el hecho —nada sorprendente para cualquiera con idea de historia afgana— era que los muyahidin consistían en al menos siete facciones en guerra, todas combatiendo por territorio y control del comercio de opio. El ISI dio la mayor parte de las armas —según un cálculo el 60%— al fundamentalista particularmente fanático y enemigo de las mujeres Gulbuddin Hekmatyar, que hizo su debut público en la Universidad de Kabul matando a un estudiante izquierdista. En 1972 Hekmatyar voló a Pakistán, donde se convirtió en agente del ISI. Instó a sus seguidores a lanzar ácido a las caras de las mujeres que no llevaran velo, secuestró a líderes rivales y acumuló un arsenal nutrido por la CIA para el día en que los soviéticos se marcharan y la guerra por el dominio de Afganistán realmente estallara.

Uno de los principales rivales de Hekmatyar en los muyahidin, Mullah Nasim, controlaba los campos de amapolas de opio en el valle de Helmand, produciendo 260 toneladas de opio al año. Su hermano, Mohammed Rasul, defendía esta iniciativa agrícola afirmando: “Debemos cultivar y vender opio para luchar en nuestra guerra santa contra los no creyentes rusos”. A pesar de este pronunciamiento bien calculado, pasaban casi todo su tiempo luchando contra sus hermanos creyentes, utilizando las armas enviadas por la CIA para intentar conseguir la ventaja en estas luchas internas. En 1989 Hekmatyar lanzó un asalto contra Nassim, intentando hacerse con el control del valle de Helmand. Nassim luchó contra él, pero pocos meses después Hekmatyar maquinó con éxito el asesinato de Nassim cuando ostentaba el puesto de viceministro de Defensa en el Gobierno provisional afgano post-soviético. Hekmatyar ahora controlaba el opio que crecía en el valle de Helmand.

Los agentes estadounidenses de la DEA estaban totalmente informados del control de la droga por los muyahidin concertados con líderes de inteligencia y militares paquistaníes. En 1983 el enlace de la DEA con el Congreso, David Melocik, dijo a un comité del Congreso: “Puedes decir que los rebeldes hacen su dinero de la venta de opio. No hay ninguna duda sobre ello. Estos rebeldes mantienen su causa mediante la venta de opio”. Pero hablar sobre que “la causa” dependía de ventas de droga no tenía sentido en ese momento en concreto. La CIA estaba pagando por todo de todas maneras. Los ingresos del opio estaban acabando en cuentas offshore en el Banco Habib, uno de los mayores de Pakistán, y en las cuentas de BCCI, fundada por Agha Hasan Abedi, que empezó su carrera bancaria en Habib. La CIA estaba utilizando simultáneamente el BCCI para sus propias transacciones secretas.

La DEA tenía pruebas de que más de 40 organizaciones de heroína funcionaban en Pakistán a mediados de los 80 durante la guerra afgana, y había pruebas de más de 200 laboratorios de heroína funcionando en el noroeste de Pakistán. Aunque Islamabad alberga una de las mayores oficinas de la DEA en Asia, nunca se tomó ninguna acción por agentes de la DEA contra ninguna de estas operaciones. Como un responsable de Interpol dijo al periodista Lawrence Lifschultz, “es muy extraño que los estadounidenses, con el tamaño de sus recursos, y el poder político que tienen en Pakistán, no hayan conseguido romper un solo caso. No se puede encontrar la explicación en una falta de adecuado trabajo policial. Han tenido algunos hombres excelentes trabajando en Pakistán”. Pero trabajando en las mismas oficinas que esos agentes de la DEA estaban cinco responsables de la CIA que, así lo contó uno de los agentes de la DEA posteriormente al Washington Post, les ordenaron retirar sus operaciones en Afganistán y Pakistán durante la duración de la guerra.

Esos agentes de la DEA eran muy conscientes del perfil marchado por la droga de una compañía que la CIA estaba utilizando para suministrar efectivo a los muyahidines, de nombre Shakarchi Trading Company. Esta empresa de propiedad libanesa había sido objeto de una larga investigación de la DEA sobre lavado de dinero. Uno de los principales clientes de Shakarchi era Yasir Musullulu, quien en una ocasión había sido agarrado intentando entregar un cargamento de 8,5 toneladas de opio afgano a miembros del sindicato del crimen de Gambino en Nueva York. Un informe de la DEA apuntó que Shakarchi mezclaba “el dinero de los traficantes de heroína, morfina base y hachís con el de los joyeros que compran oro en el mercado negro de los traficantes de Oriente Medio”.

En mayo de 1984 el vicepresidente George Bush viajó a Pakistán para conferenciar con el general Zia al Huq y otros miembros de alto rango del régimen paquistaní. En ese momento, Bush era el dirigente del Sistema Nacional de Interdicción de Narcóticos en la Frontera. En esta última función, uno de los primeros movimientos de Bush fue expandir el papel de la CIA en operaciones de drogas. Dio a la Agencia la principal responsabilidad en el uso de, y el control sobre, los informadores de droga. El dirigente operativo de este grupo de trabajo era el almirante retirado Daniel J. Murphy.

Murphy impulsó el acceso a la inteligencia sobre organizaciones de droga pero se quejó de que la CIA siempre estaba dando largas. “No gané”, dijo más tarde al New York Times. “No conseguí tanta participación efectiva de la CIA como yo quería”. Otro miembro del grupo de trabajo lo dijo sin rodeos: “La CIA podría ser de valor, pero necesitas un cambio de valores y actitud. No sé de una sola cosa que jamás nos hayan dado que fuera útil”.

Bush ciertamente sabía bien que Pakistán se había convertido en el origen de la mayoría de la heroína de alta calidad que entraba en Europa occidental y Estados Unidos y que los generales con los que estaba tratando estaban profundamente involucrados en el comercio de drogas. Pero el vicepresidente, quien proclamó más tarde que “nunca negociaré con traficantes de droga en EE UU o en suelo extranjero”, utilizó su viaje a Pakistán para alabar el régimen de Zia por su inquebrantable apoyo a la Guerra contra las Drogas. (Entre estas excursiones retóricas encontró tiempo, hay que decir, para extraer de Zia un contrato para comprar 40 millones de dólares en turbinas de gas fabricadas por General Electric).

Como era predecible, durante los 80 los gobiernos de Reagan y Bush hicieron todo lo posible por cargar la culpa del auge en la producción de heroína paquistaní sobre los generales soviéticos en Kabul. “El régimen mantiene una absoluta indiferencia ante cualquier medida para controlar la amapola”, declaró el fiscal general de Reagan, Edwin Meese, durante una visita a Islamabad en marzo de 1986. “Creemos firmemente que en realidad hay estímulo, al menos tácitamente, sobre la creciente amapola de opio”.

Meese sabía del tema. Su propio Departamento de Justicia había estado rastreando la importación de drogas desde Pakistán desde al menos 1982 y era muy consciente de que el comercio estaba controlado por rebeldes afganos y el Ejército paquistaní. Pocos meses después de un discurso de Meese en Pakistán, la Oficina de Aduanas de EE UU detuvo a un hombre paquistaní llamado Abdul Wali mientras intentaba descargar más de una tonelada de hachís y una cantidad más pequeña de heroína en Estados Unidos en Port Newark (New Jersey). El Departamento de Justicia informó a la prensa de que Wali dirigía una organización de 50.000 miembros en el noroeste de Pakistán, pero la vicefiscal general Claudia Flynn se negó a revelar la identidad del grupo. Otro responsable federal dijo a Associated Press que Wali era un líder de los muyahidin.

También era conocido para los responsables de EE UU que personas con estrechas relaciones con el presidente Zia estaban haciendo fortunas con el comercio de opio. La palabra “fortuna” aquí no es ninguna exageración, ya que uno de estos asociados de ZIA tenía 3.000 millones de dólares en sus cuentas de BCCI. En 1983, un año antes de la visita de George Bush a Pakistán, uno de los médicos del presidente Zia, un herbalista japonés llamado Hisayoshi Maruyama fue arrestado en Ámsterdam empaquetando 17,5 kilos de heroína de alta calidad producida en Pakistán con opio afgano. En el momento de su arresto estaba disfrazado de boy scout.

Interrogado por agentes de la DEA tras su arresto, Maruyama dijo que él sólo era un correo para Mirza Iqbal Baig, un hombre a quien los agentes de aduanas describían como “el traficante de droga más activo en el país”. Baig tenía estrechas relaciones con la familia Zia y otros altos oficiales del Gobierno. Había sido dos veces objetivo de la DEA, a cuyos agentes se les dijo que no realizaran investigaciones sobre él debido a sus vínculos con el Gobierno de Zia. Un importante abogado paquistaní, Said Sani Ahmed, contó a la BBC que éste era el procedimiento estándar en Pakistán: “Podemos tener pruebas contra una individuo concreto, pero aun así nuestras agencias de seguridad no pueden poner las manos encima de gente así, porque sus superiores les prohíben actuar. Los verdaderos culpables tienen suficiente dinero y recursos. Francamente, están disfrutando de algún tipo de inmunidad”.

Baig era uno de los magnates de la ciudad paquistaní de Lahore, dueño de cines, centros comerciales, fábricas y una planta textil. No fue procesado por cargos de drogas hasta 1992, tras la caída del régimen de Zia, cuando un tribunal federal estadounidense de Brooklyn le procesó por tráfico de heroína. EE UU finalmente ejerció la suficiente presión sobre Pakistán como para arrestarle en 1993; en la primavera de 1998 estaba en la cárcel en Pakistán.

Uno de los socios de Baig (como describió Newsweek) en sus negocios con la droga era Haji Ayub Afrid, un aliado cercano del presidente Zia, que había formado parte de la Asamblea General Paquistaní. Afridi vive a 35 millas [56 km.] de Peshawar en un gran complejo sellado por muros de seis metros de alto con alambre de concertina en la parte de arriba y con defensas que incluyen una batería antiaérea y un ejército privado de hombres de su tribu. Se decía que Afridi estaba a cargo de comprar opio crudo de los señores de la droga afganos, mientras Baig cuidaba de la logística y el envío a Europa y los Estados Unidos. En 1993 presuntamente ofreció dinero para acabar con la vida de un agente de la DEA que trabajaba en Pakistán.

Otro caso próximo al Gobierno de Zia implicó el arresto por cargos de droga de Hamid Hasnain, el vicepresidente de la mayor entidad financiera de Pakistán, el Banco Habib. El arresto de Hasnain se convirtió en la pieza central de un escándalo conocido como el “asunto de la Liga Paquistaní”. La banda de narcotraficantes fue investigada por un tenaz investigador noruego llamado Olyvind Olsen. El 13 de diciembre de 1983 la policía noruega requisó 3,5 kilos de heroína en el aeropuerto de Oslo en el equipaje de un paquistaní llamado Raza Qureishi. A cambio de una sentencia reducida Qureishi aceptó dar los nombres de sus suministradores a Olsen, el investigador de narcóticos. Poco después de su entrevista con Qureishi, Olsen voló a Islamabad para destapar a los otros miembros de la organización de heroína. Durante más de un año Olsen presionó a la Agencia de Investigación Federal (AIF) de Pakistán para arrestar a los tres hombres que Qureishi había señalado: Tahir Butt, Munawaar Hussain y Hasnain. Todos eran asociados de Baig y Zia. No fue hasta que Olsen amenazó con condenar públicamente el comportamiento de la AIF que la Agencia realizó alguna acción: finalmente, el 25 de octubre de 1985 la AIF arrestó a los tres hombres. Cuando los agentes paquistaníes atraparon a Hasnain fueron asaltados por un aluvión de amenazas. Hasnain habló de “terribles consecuencias” y afirmó ser “como un hijo” para el presidente Zia. Dentro del maletín de Hasnain los agentes de la AIF descubrieron registros de las extensas cuentas bancarias del presidente Zia además de las de la esposa e hija de Zia.

Inmediatamente después de conocer el arresto de Hasnain, la esposa de Zia, que estaba en Egipto en ese momento, telefoneó al jefe de la AIF. La mujer del presidente demandó imperiosamente la liberación del “banquero personal” de su familia. Resultó que Hasnain no sólo atendía los asuntos financieros secretos de la familia presidencial, sino también de los altos generales paquistaníes, que estaban robando dinero de las importaciones de armas de la CIA y haciendo millones del tráfico de opio. Pocos días después de la llamada de su esposa, el presidente Zia mismo estaba al teléfono con la AIF, exigiendo que los investigadores explicaran las circunstancias respecto al arresto de Hasnain. Zia pronto consiguió que Hasnain saliera bajo fianza a espera de juicio. Cuando Qureishi, el correo, subió al estrado para testificar contra Hasnain, el banquero y su coacusado pronunciaron amenazas de muerte contra el testigo en pleno juicio, suscitando una protesta del investigador noruego, que amenazó con retirarse de los procedimientos.

En última instancia el juez del caso tomó medidas, revocando la fianza de Hasnain y dándole una dura condena a prisión tras su condena. Pero Hasnain era sólo un pez relativamente pequeño que fue a la cárcel mientras generales culpables salieron libres. “Se le ha convertido en un cabeza de turco”, dijo Munir Bhatti al periodista Lawrence Lifschultz: “La CIA estropeó el caso. Las pruebas estaban distorsionadas. No hubo justificación para dejar escapar a los culpables reales que incluyen importantes personalidades en este país. Había pruebas en este caso que identificaban a esas personas”.

Esos eran los hombres a quienes la CIA estaba pagando 3.200 millones de dólares al año para dirigir la guerra afgana, y no hay persona que mejor personifique esta relación que el teniente general Fazle Huq, quien supervisó operaciones militares en el noroeste de Pakistán para el general Zia, incluyendo el armamento de los muyahidin que estaban utilizando la región como una base para sus ataques. Fue Huq quien se aseguró de que su aliado Hekmatyar recibió el grueso de los envíos de armas de la CIA, y también fue Huq quien supervisó y protegió las operaciones de los 200 laboratorios de heroína dentro de su jurisdicción. Huq había sido identificado en 1982 por la Interpol como un jugador clave en el comercio de opio afgano-paquistaní. Los líderes de la oposición paquistaní se refirieron a Huq como el Noriega paquistaní. Había sido protegido de investigaciones sobre droga por Zia y la CIA y posteriormente presumió de que con esas conexiones podía escapar “de cualquier cosa”.

Como otros narco-generales en el régimen de Zia, Huq también estaba muy relacionado con Agha Hassan Abedi, el jefe del BCCI. Abedi, Huq y Zia cenaban juntos casi todos los meses, y trataron varias veces con el director de la CIA de Reagan William Casey. Huq tenía una cuenta en el BCCI de tres millones de dólares. Después de que Zia fuera asesinado en 1988 por una bomba colocada (probablemente por importantes cargos militares) en su avión presidencial, Huq perdió algo de su protección oficial, y pronto fue arrestado por ordenar el asesinato de un clérigo chií.

Después de que la primera ministra Benazir Bhutto fuera depuesta, su sustituto Ishaq Khan liberó rápidamente a Huq de prisión. En 1991 Huq murió de un disparo, probablemente en venganza por la muerte del clérigo. El general del opio recibió un funeral de estado, donde fue elogiado por Ishaq Khan como “un gran soldado y competente administrador que jugó un encomiable papel en el progreso nacional de Pakistán”.

Benazir Bhutto había llegado al poder en 1988 entre fieras promesas de limpiar la corrupción bañada en droga de Pakistán, pero no pasó mucho tiempo hasta que su propio régimen fuera el centro de serias acusaciones. En 1989 la Administración para el Control de Drogas de EE UU encontró información de que el marido de Benazir, Asif Ali Zardari, podía haber estado financiando grandes envíos de heroína desde Pakistán a Gran Bretaña y Estados Unidos. La DEA asignó uno de sus agentes, un hombre llamado John Banks, para que trabajara clandestinamente en Pakistán. Banks era un antiguo mercenario británico que había trabajado clandestinamente para Scotland Yard en grandes casos de droga internacionales.

Mientras estaba en Pakistán, Banks afirma que se presentaba como un miembro de la Mafia y que se había encontrado con Bhutto y su marido en su casa de Sind. Banks afirma también que viajó con Zardari a Islamabad, donde grabó secretamente cinco horas de conversación entre Zardari, un general de la fuerza aérea paquistaní y un banquero paquistaní. Los hombres discutían la logística de transportar heroína a EE UU y Gran Bretaña: “Hablamos sobre cómo iban a enviar las drogas a Estados Unidos en un cúter metálico”, dijo Banks en 1996. “Me dijeron que el Reino Unido era otra zona donde habían enviado heroína y hachís de forma regular”. La Oficina de Aduanas Británica también había estado vigilando a Zardari por tráfico de drogas: “Recibimos inteligencia de tres o cuatro fuentes, sobre su presunta participación como financiero”, contaba un responsable británico de aduanas retirado al Financial Times. “Se informó de todo esto a la inteligencia británica”. El oficial de aduanas dice que su Gobierno no actuó en base a este informe. De igual forma, Banks afirma que la CIA detuvo la investigación de Zardari. Todo esto surgió cuando el Gobierno de Bhutto cayó por segunda vez, en 1996, bajo cargos de corrupción presentados principalmente contra Zardari, que está ahora en prisión por su papel en el asesinato de su cuñado Murtaza. Zardari también sigue acusado de malversar más de mil millones de dólares en fondos del Gobierno

En 1991 Nawz Sharif dice que mientras ejercía como primer ministro se le acercaron dos generales paquistaníes —Aslam Beg, jefe de personal para el Ejército, y Asad Durrani, jefe del ISI— con un plan para financiar decenas de operaciones encubiertas mediante la venta de heroína. “El general Durrani me dijo: ‘Tenemos un proyecto preparado para su aprobación”, explicó Sharif al periodista del Washington Post John Ward Anderson en 1994. “Estaba totalmente atónito. Tanto Beg como Durrani insistieron en que el nombre de Pakistán no sería citado en ningún lugar porque toda la operación sería llevada a cabo por terceros de confianza. Durrani después continuó mencionando una serie de operaciones militares encubiertas que tenían una desesperada necesidad de dinero”. Sharif dijo que rechazó el plan, pero cree que fue puesto en práctica cuando Bhutto recuperó el poder.

El impacto de la guerra afgana en las tasas de adicción de Pakistán fue incluso más drástico que el auge en la adicción a la heroína en EE UU y Europa. Antes de que empezara el programa de la CIA, había menos de 5.000 adictos a la heroína en Pakistán. Para 1996, según Naciones Unidas, había más de 1,6 millones. El representante paquistaní en la Comisión de la ONU sobre Narcóticos, Raoolf Ali Khan, dijo en 1993 que “no hay rama del gobierno donde no esté extendida la corrupción de la droga”. Como ejemplo señaló el hecho de que Pakistán se gaste sólo 1,8 millones de dólares al año en esfuerzos antidroga, con una asignación de mil dólares para comprar gasolina para sus siete camiones.

Para 1994 el valor del tráfico de heroína en Pakistán era el doble del presupuesto gubernamental. Un diplomático occidental dijo al Washington Post en ese año que “cuando llegas a la fase en la que los narcotraficantes tienen más dinero que el Gobierno, van a ser necesarios notables esfuerzos y notables personas para darle la vuelta”. La magnitud del compromiso que se requiere es ilustrada por dos episodios. En 1991 la mayor redada antidroga en la historia del mundo ocurrió en la carretera de Peshawar a Karachi. Los funcionarios de aduanas paquistaníes se hicieron con 3,5 toneladas de heroína y 44 toneladas de hachís. Varios días después la mitad del hachís y la heroína se habían desvanecido junto con los testigos. Los sospechosos, cuatro hombres con vínculos con la inteligencia paquistaní, habían “escapado misteriosamente”, por usar los términos de un funcionario de aduanas paquistaní. En 1993 guardas fronterizos paquistaníes requisaron ocho toneladas de hachís y 1,7 toneladas de heroína. Cuando el caso se pasó a la junta de control de narcóticos paquistaní, todo el personal se fue de vacaciones para evitar verse involucrado en la investigación. Nadie fue castigado o molestado de alguna forma y los narcotraficantes salieron impunes. Incluso la CIA se vio eventualmente obligada a admitir en un informe al Congreso de 1994 que la heroína se había convertido en “la savia de la economía y el sistema político paquistaní”.

En febrero de 1989 Mijaíl Gorbachov sacó las tropas soviéticas de Afganistán, y pidió a EE UU que aceptara un embargo sobre la provisión de armas para cualquiera de las facciones muyahidines afganas, que estaban preparándose para otra fase de la guerra interna por el control del país. El presidente Bush se negó, asegurando así un período de continuación de la miseria y el horror para la mayoría de afganos. La guerra ya había convertido a la mitad de la población en refugiados, y generado tres millones de heridos y más de un millón de muertes. Las inclinaciones de los muyahidin en este punto se ilustran con un par de anécdotas. El corresponsal en Kabul de la Far Eastern Economic Review informó en 1989 sobre el tratamiento por los muyahidin de los prisioneros soviéticos: “Un grupo fue asesinado, despellejado y colgado en una carnicería. Un cautivo se convirtió en el centro de atracción en una partida de buzkashi, esa forma ruda de polo afgano en la que normalmente la pelota es una cabra sin cabeza. En su lugar se utilizó al cautivo. Vivo. Fue literalmente despedazado”. La CIA también tenía pruebas de que sus luchadores por la libertad habían drogado a más de 200 soldados soviéticos con heroína y les había encerrado en jaulas de animales donde, informó el Washington Post en 1990, llevaban “vidas de horror indescriptible”

En septiembre de 1996 los talibanes, fundamentalistas nutridos originariamente en Pakistán como criaturas tanto del ISI como de la CIA, tomaron el poder en Kabul, donde el mulá Omar, su líder anunció que todas las leyes incompatibles con la sharia musulmana se cambiarían. Se obligaría a las mujeres a asumir el chador y quedarse en casa, con segregación total de los sexos y las mujeres fuera de los hospitales, escuelas y baños públicos. La CIA continuó su apoyo de estos fanáticos medievales que, según Emma Bonino, la comisaria de la Unión Europea para Asuntos Humanitarios, estaban cometiendo “genocidio de género”.

Una ley en conflicto con la sharia que los talibanes aparentemente no tenían interés en cambiar era el mandato del profeta contra los intoxicantes. De hecho, los talibanes instaron a sus granjeros afganos a aumentar su producción de opio. Uno de los líderes talibanes, el “zar de la droga” Abdul Rashid, apuntó: “Si intentamos parar esto [el cultivo de opio] el pueblo estará en nuestra contra”. Para finales de 1996, según la ONU, la producción de opio afgano había alcanzado 2.000 toneladas métricas. Se estimaba que había 200.000 familias en Afganistán trabajando en el comercio de opio. Los talibanes tenían el control del 96% de toda la tierra afgana con cultivo de opio e impusieron un impuesto sobre la producción de opio y un peaje sobre los camiones que llevaban la cosecha.

En 1997 un granjero de opio afgano dio una respuesta irónica a la amenaza de Jimmy Carter sobre usar armas nucleares como parte de una respuesta a la invasión soviética de Afganistán en 1979. Amhud Gul dijo a un reportero del Washington Post: “Estamos cultivando esto [el opio] y exportándolo como una bomba atómica”. La intervención de la CIA había agitado su varita de nuevo. Para 1994, Afganistán, según el programa de control de drogas de la ONU, había sobrepasado a Burma como el suministrador número uno del mundo de opio crudo.

Por Jeffrey St. Clair

Traducción: Eduardo Pérez

20 jul 2020 06:00

Artículo original

Artículo publicado en CouterPunch y traducido para El Salto por Eduardo Pérez

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