Rusia exhibe su avión Checkmate (Jaque mate), que lo coloca en el primer lugar aeronáutico

La exhibición anual MAKS –Salón Internacional de la Aviación y el Espacio, en Zhukovsky, a las afueras de Moscú– presentó su avión de combate táctico ligero de quinta generación (5G) Checkmate –cuya traducción nada fortuita significa jaque mate en el juego de ajedrez, en el que los rusos son grandes maestros.

El avión de combate supersónico multifuncional Checkmate se basa en el mirífico avión furtivo Sukhoi-75, que ya supera al F-35 de EU, que ha tenido severas fallas (https://bit.ly/3iI6iTd).

Checkmate ostenta una poderosa computadora, descrita como un "segundo piloto electrónico", que es muy amigable a la inteligencia artificial (IA) y funciona como "copiloto" (https://bit.ly/3i1O3ZV).

Según Rostec – high tec estatal rusa–, su máxima velocidad alcanza Mach 1.8, su rango es de 2,800 km, su carga explosiva es de 7,400 kg y su costo es de 30 millones de dólares. Checkmate tiene un solo motor, lo cual es crucial porque la aviación rusa carece de ese tipo tan moderno de aviones de combate.

Su vuelo inaugural está contemplado para 2023 y, según Yuri Slyusar, mandamás de United Aircraft Corporation (UAC), Rusia empezará las entregas en 2026 cuando ya existe una lista de espera de varios países de Asia, Medio-Oriente, África, Europa y Latinoamérica, entre quienes destacan Emiratos Árabes Unidos, India, Vietnam y Argentina (sic).

Liu Xuanzun, en el Global Times, portavoz oficioso del Partido Comunista Chino, pregunta si el nuevo Checkmate ruso “rivalizará con el FC-31 de China en el mercado global” (https://bit.ly/2TwhLN8) y juzga que el "prospecto" del furtivo avión Checkmate es óptimo cuando “se espera sea competitivo frente al F-35 de EU en el mercado internacional de armas”, lo cual “también afectará la exportación de aviones de combate de China como el FC-31”.

Los “observadores militares chinos aducen que el FC-31 todavía tiene sus ventajas” cuando “ya ha realizado pruebas de vuelo y se encuentra un paso (sic) adelante del Checkmate en términos del progreso de su desarrollo”.

Una de las ventajas del Checkmate, donde destaca su diseño aerodinámico, es que posee una óptima capacidad furtiva que evita la detección de los radares enemigos. Según Liu, “a nivel doméstico la fuerza aérea rusa puede usar al Checkmate para sustituir sus añejas aeronaves”.

The Saker comenta que “los rusos construyeron algunos muy buenos aviones de combate en el pasado, incluyendo el MiG-23 (criticado en Occidente pero muy preciado por los pilotos rusos) y el MiG-21M, el más exitoso avión de combate jamás construido (https://bit.ly/3x7pb7b)”.

El brasileño Pepe Escobar –geopolitólogo de los mejor informados de la zona euroasiática–, después de exhibir las bondades del mirífico Checkmate, coloca en relieve los sistemas misilísticos de defensa S-500 Prometeo (https://bit.ly/3BBOwd5), los "submarinos silenciosos" y los misiles hipersónicos de Rusia, que "gasta en su industria militar aproximadamente 12 centavos por cada dólar que gasta EU" (https://bit.ly/3rxqfQM), lo cual ya había sido expuesto hace mucho por el analista militar Dmitry Martyanov (https://bit.ly/3BBfamk).

A propósito de la reciente prueba del S-500 Prometeo –similar “al muy eficiente sistema misilístico de defensa S-400”– tiene la "capacidad de interceptar aviones furtivos, así como destruir armas hipersónicas y satélites en el cercano (sic) espacio" (https://bit.ly/3x3uDrN).

Los militares rusos se jactan de que el S-500 Prometeo –nombre del titán que hurtó el fuego de los dioses del Olimpo para beneficiar al género humano– "es objetivamente muy diferente a cualquiera en el mundo y está diseñado para destruir una amplia gama de armas de ataque aéreo y en el espacio, presentes y futuros, en el amplio rango de altitudes y velocidades".

Tan apuestan en la alta eficacia del S-500 Prometeo que el Ministerio de Defensa rusa lo colocará en la región de Moscú. En sólo dos días, Rusia mostró la musculatura de sus tres armas "invencibles" (Putin dixit): el misil hipersónico Tsirkon, la defensa S-500 Prometeo y el furtivo Checkmate de 5G.

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Domingo, 25 Julio 2021 05:30

El cyberabismo

El cyberabismo

En febrero, Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, anunció a sus homólogos del G-20 la decisión de cancelar la previsión de "Puerto seguro" que, desde 2019, amparaba a los gigantes digitales (Amazon, Google, Facebook, Apple …) para facturar y hacer transacciones financieras desde paraísos fiscales. En otras palabras: evadir cantidades monumentales de impuestos. Desde finales de la década de los 90, el carácter supraterritorial de la red permitió a las industrias del Big Data situar libremente sus sedes fiscales en países que los exoneraban de obligaciones frente al fisco. Al parecer, la pandemia y la consiguiente hyperdigitalización de la vida cotidiana han llevado la situación al límite. Tan sólo entre 2019 y 2021, su índice de concentración de capital aumentó 14 por ciento, una cantidad inimaginable.

En los últimos dos meses, la posición de Washington se radicalizó aún más: inicialmente se pensaba en un impuesto de 15 por ciento, ahora la cifra subió a 20 por ciento. Y los ministros del G-20 parecen coincidir. Se trata de una medida realmente inesperada, incluso insólita. Para darse una idea de los ingresos que esto representa, en Francia se calculó que podrían ascender a ¡2 por ciento del PIB general! De alguna manera, todo esto recuerda la demanda del Foro de San Paulo y el ATTAC de los movimientos antiglobalizantes de la década de los 90 de imponer impuestos globales para compensar la transferencia sistemática de capitales –¡sólo que ahora como vindicación del Departamento del Tesoro!–

¿Qué ha llevado a los Estados de los países centrales adoptar un súbito giro de 180 grados frente al corazón mismo del proceso de globalización, es decir, las industrias del mundo cyber? ¿Después de este impuesto global, seguirán otros, como, por ejemplo, el olvidado Tobin Tax, concebido para regular las transacciones financieras y dificultar el paso a las inversiones rapiña? Por cierto, una de las propuestas centrales de Thomas Piketty para redistribuir la riqueza a escala mundial.

Acaso habría que recordar la sentencia de Blanqui frente al colapso que desembocó en las rebeliones (y revoluciones) de 1848: "No hay un termómetro más exacto de una crisis de Estado que el momento de la desesperación por hacerse de impuestos a cualquier precio". Las cosas son hoy, por supuesto, muy distintas, aunque algo hay de verdad en ese axioma. Tal vez no nos hemos percatado que bajo la detención de la maquinaria social y económica provocada por la pandemia se ha larvado una severa "crisis de Estado".

  1. Ya sea porque han gastado su superávit o han crecido sus deudas, los Estados nacionales se acercan, como lo advirtió Angela Merkel el mes pasado, a un "punto de inacción". Son ellos quienes han asumido el reto de mantener el gasto social para sostener a sus sociedades a flote. Pero todo tiene límites. El impuesto digital contiene el mensaje de que ahora le toca también al capital poner su parte.
  1. Los gigantes digitales han situado al Estado frente a un abismo: no sólo representan centros de acumulación a una velocidad inaudita, sino que condensan al general intellect de lo privado en todos sus ámbitos, es decir, de la producción de un sin-sentido en el ámbito de lo público, que es el de lo político. Entre la verdad fake y la política fake la distancia es cada vez más estrecha. No es improbable que en un momento el Estado considere a la red y sus agentes como hoy entiende a las carreteras, las escuelas o la salud pública. Simplemente, otra parte de su ámbito. En Uruguay, por ejemplo, todo el mundo agradece a la presidencia de Pepe Mujica la gratuidad de un eficiente wi-fi.
  1. ¿Qué parte de los 60 millones de desempleados (en el mundo central) engendrados durante la crisis de la pandemia no son más bien el resultado de la digitalización salvaje de la vida cotidiana? Lo que no queda claro en la propuesta del G-20 es el destino del "impuesto digital". Podría también ser empleado para pagar las deudas nacionales y sacar a la banca de su estado actual de inanición, lo cual no aliviaría nada. ¿Cuánto tiempo se podrá esgrimir la amenaza de la pandemia para desmovilizar protestas (como Black Lives Matter en Estados Unidos), rebeliones (como en Chile) o insurrecciones (como en Colombia)? Por lo pronto, China, con su acostumbrada verticalidad, ya adoptó previsiones: el impuesto a sus gigantes digitales es de 20 por ciento y les ha prohibido actuar en los ámbitos del pequeño y el mediano comercio, favorecer la privatización de la educación y reducir los salarios de sus empleados ad absurdum.
  1. Alemania ha optado por otro camino. Crear sus propias industrias digitales bajo un "espíritu social". Tienen que entregar una parte de sus ganancias a mejorar la ecología, la salud y la educación. Una extraña conjunción entre capitalismo y anti-concentración del ingreso.

Y, sin embargo, nada de esto logra ahuyentar las malas noticias en Wall Street, que hace una semana prendió los focos rojos por primera vez en los recientes cinco años.

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Pandemia, crisis ecosocial y capitalismo global

Las epidemias no son fenómenos naturales. Hay que verlas, más bien, como fenómenos sociohistóricos de aparición relativamente reciente. Las primeras epidemias humanas surgieron en el contexto de la revolución neolítica. La expansión de la agricultura y la ganadería transformaron profundamente nuestra relación con el medio. La destrucción y transformación de los hábitats para ampliar las tierras de cultivo y la domesticación de animales para usarlos como alimento o como bestias de carga es lo que permitió que las vacas nos trasmitieran el sarampión y la tuberculosis, los cerdos la tosferina o los patos la gripe. Las primeras sociedades urbanas, el desarrollo del comercio, la esclavitud y las guerras entre imperios crearon las condiciones para que las primeras enfermedades infecciosas se convirtieran en epidemias. Las transformaciones en las formas de relacionarnos con la naturaleza asociadas a los cambios en nuestros modos de vida crearon las condiciones para la propagación de las infecciones, incluyendo la posibilidad de la zoonosis, esto es, el contagio de enfermedades de animales a humanos.

Asociamos al medioevo con la peste bubónica. La peste negra, la gran epidemia que afectó a Eurasia a mediados del siglo XIV, ha sido la pandemia más devastadora de la historia de la humanidad, provocando la muerte de entre el 30 y el 60% de la población europea. Introducida por marinos, penetró en Europa desde Asia a través de las rutas comerciales que recababan en puertos como el de Mesina. Las condiciones sociales y demográficas en las ciudades y pueblos medievales hicieron el resto. A falta de una explicación convincente de las causas del flagelo, la ignorancia de la época sirvió para propagar otra de las pandemias recurrentes en la historia humana: la necesidad de buscar un chivo expiatorio a los males propios; en esa ocasión, fueron los judíos a quienes se acusó de envenenar los pozos que abastecían de agua a las poblaciones, reanudándose así los pogromos ya iniciados con la Primera Cruzada en el siglo XI.

La expansión colonial de los imperios europeos provocó oleadas pandémicas de nuevas enfermedades que asolaron el orbe. La viruela, con la inestimable ayuda de las encomiendas, acabó con parte de la población indígena del Nuevo Mundo. En el Congo, un lentivirus portado por los macacos se propagó a la misma rapidez con la que los colonos belgas se apresuraron a saquear los recursos naturales del aquel vasto territorio considerado la finca particular de Leopoldo II. El lentivirus del macaco continuaría su propio desarrollo histórico hasta convertirse en el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) asociado al SIDA. En Bengala, el imperio británico se propuso transformar en arrozales el inmenso humedal de Sundarbans, el manglar más importante del mundo situado en el delta donde confluyen los ríos Ganges, Brahmaputra y Meghna. La proliferación de enfermedades infecciosas se interpuso en los planes de la administración colonial. La historia en este punto sería tan prolija como las atrocidades cometidas en la era colonial.

Con la revolución industrial, el cólera, la sífilis y la tuberculosis provocarán las grandes pandemias de esa época. Son enfermedades estrechamente relaciona- das con las condiciones de vida de la población, por lo que la proliferación de barriadas donde se hacinaba a la clase trabajadora en condiciones miserables e insalubres creó el caldo de cultivo para su desarrollo.

Covid-19: la pandemia de la era del capitalismo global

Cada pandemia es hija de su época. La del Covid-19, la primera gran pandemia global stricto sensu, ha sido posible gracias a la combinación de dos hechos estrechamente relacionados: 1) la presión que ejercemos los seres humanos sobre el conjunto de los ecosistemas y 2) la globalización. Aunque habitualmente se ha contemplado esta pandemia en términos exclusivamente sanitarios, tiene como trasfondo la crisis ecosocial provocada por el capitalismo global.

La presión humana sobre los ecosistemas está erosionando la biodiversidad y los equilibrios protectores que aquellos ofrecen frente a elementos patógenos. La comunidad científica no se cansa de subrayar los riesgos que supone la pérdida de biodiversidad en la propagación de las enfermedades infecciosas. Los virus se constituyen verdaderos espacios de amortiguación frente a la virulencia de los patógenos. Ahora que se vuelve a hablar del virus del Nilo, los expertos señalan que las áreas con mayor diversidad de aves muestran tasas más bajas de infección porque los mosquitos –que sirven de vector de infección– disponen en ese caso de menores probabilidades para encontrar el huésped adecuado. Una saludable cobertura vegetal que albergue una amplia variedad de especies animales protege a los seres humanos de la transmisión de enfermedades a través de los mosquitos porque estos se diluyen en el entorno. Se ha establecido que existe una relación entre el advenimiento de epidemias y la deforestación. Los estudios realizados en torno al ébola muestran que este virus, cuyo origen ha sido localizado en varias especies de murciélago, aparece en las zonas de África Central y Occidental más afectadas por la deforestación. La tala de los bosques provoca que las especies de murciélagos que habitaban en ellos tengan que posarse ahora en los árboles de los hábitats ocupados por humanos, aumentando la probabilidad de interacción y transmisión.

Sin embargo, las zonas de amortiguación ecológica están siendo erosionadas a una velocidad sin precedentes. La intensísima intervención humana sobre la Tierra está simplificando la naturaleza. La apropiación humana de la biomasa terrestre y la destrucción de la integralidad de los ecosistemas que ello conlleva no encuentran parangón en la historia. Una muestra de ello es que, del total de la biomasa de vertebrados terrestres, la mayoría es ganado (59%) o seres humanos (36%), y solo alrededor del 5% está compuesta por animales silvestres (otros mamíferos, aves, reptiles y anfibios).1 La destrucción y simplificación de la naturaleza nos hace más vulnerables ante organismos patógenos que en sus ecosistemas naturales mantenían un equilibrio que ahora se rompe al entrar en contacto con el nuestro. El segundo factor que interviene en las pandemias contemporáneas es la globalización, que además de impulsar la destrucción de la naturaleza al incrementar la explotación de los recursos naturales y extender el modelo de ganadería industrial de alta intensidad, facilita la propagación de los brotes infecciosos gracias al desarrollo vertiginoso de unos sistemas de transporte que mueven ingentes cantidades de personas y mercancías por todo el planeta. La globalización ha hecho del mundo una aldea global donde todos sus rincones son accesibles en poco tiempo. Así pues, en el trasfondo de esta pandemia se encuentran las consecuencias de los comportamientos del sapiens contemporáneo. La alteración de los hábitats y la pérdida de biodiversidad en los ecosistemas que provoca el capitalismo mundial derrumban las barreras que podrían amortiguar la expansión de los patógenos, al mismo tiempo que los estilos de vida globalizados tienden puentes cada vez más efectivos para su propagación.

Del optimismo tecnológico a las pandemias recurrentes

El higienismo y el descubrimiento de vacunas y antibióticos consiguieron atenuar en gran medida el alcance y los efectos de las epidemias a lo largo del siglo XX. Los éxitos cosechados con estas tecnologías terapéuticas han sido tan relevantes que su generalización propició que las enfermedades infecciosas dejaran de ser una de las principales causas de mortalidad en el mundo. Hace apenas un cuarto de siglo la muerte por enfermedades infecciosas representaba aún el 33% de los fallecimientos; hoy apenas alcanza el 19% del total.2 La rapidez y eficacia con que se han desarrollado y producido las vacunas contra el Covid ha sorprendido y provocado la admiración de casi todo el mundo.

Sin embargo, aunque en la actualidad las principales causas de muerte sean las enfermedades cardiovasculares y los cánceres (enfermedades asociadas en alto grado a los hábitos y a los estilos de vida urbanos), el optimismo tecnológico no debería hacernos olvidar que es imposible pretender acabar con todos los virus que provocan las infecciones, fundamentalmente porque forman parte de la trama de la vida, con sus interacciones y equilibrios naturales. Su desaparición completa equivaldría a la desaparición de la propia vida, entendida como la trama en la que se desarrolla la existencia concreta de cualquier individuo. De ahí que las enfermedades nunca sean aconteceres aislados al margen del sistema social y ecológico del que forman parte, como tampoco la salud está al margen de sus determinantes económicos y socioambientales.

Los avances terapéuticos pueden sumergirnos en un ilusionismo tecnológico que nos impida atender a las causas (los modos de vida) al concentrar la atención sobre los efectos (las enfermedades). La enorme superficie de naturaleza desriesgo de enfermedades infecciosas. Las zoonosis y las enfermedades por coronavirus se sucederán con más frecuencia si no preservamos los ecosistemas naturales. Un estudio de la Universidad de Brown ha estimado que entre la década de los ochenta del siglo pasado y la primera del nuevo siglo el número de brotes epidémicos de enfermedades infecciosas se ha multiplicado por tres.3 La pandemia del Covid-19 parece estar confirmando algo que venía observando con preocupación la comunidad científica desde hace tiempo: desde la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la gran aceleración de la actividad económica y sus correspondientes impactos sobre la naturaleza, han aparecido muchos microbios patógenos en regiones en las que nunca habían sido advertidos. Es el caso del VIH, del ébola en el oeste de África o del zika en el continente americano, sin olvidar el SARS que apareció en 2002 en el sudeste asiático y las más recientes gripes porcinas (H1N1) y aviar (H5N1). Muchos de esos virus (en torno al 60%) son de origen animal, algunos provenientes de animales domésticos o de ganado, pero en su mayoría –más de las dos terceras partes– procedentes de animales salvajes.4 Por muy elevada que sea la inversión en farmacología, no cabe esperar una remisión de las pandemias en el futuro más inmediato mientras no cambiemos de forma sustancial el modo de vida predominante asociado al capitalismo global.

Más allá de la crisis sanitaria

Urge hacer una lectura de esta pandemia más allá de la crisis sanitaria que ha provocado que nos permita extraer las oportunas enseñanzas. La pandemia ha revelado aspectos cruciales de cómo vivimos y nos comportamos. Una de las primeras cosas que mostró fue la clamorosa desigualdad existente en todos los ámbitos sociales. Se repitió con mucha frecuencia, y es cierto, que por ser global representaba una amenaza para todas las personas, pero se omitió frecuente- mente, no siendo menos verdad, que no todas eran igual de vulnerables a esa amenaza. El confinamiento fue muy revelador en este sentido. Uno de los ejemplos más claros de la inequidad en esos meses distópicos fue la división del trabajo: la existencia de una gran brecha entre quienes conservaban su empleo y podían trabajar desde su casa sin exposición ni riesgo y aquellos que perdían su empleo o se veían obligados por la naturaleza de sus funciones a salir a la calle y exponerse al virus. Otra manifestación reveladora de la desigualdad ha sido el "apartheid vacunal" al que se ha sometido a las poblaciones y pueblos más pobres del mundo. Esta segregación ha mostrado que, aunque vivimos en un mundo global, no por ello dejar de ser un mundo fragmentado por los juegos de intereses económicos y geopolíticos del poder. El criterio de reparto aplicado en los planes de vacunación en las sociedades ricas (primeros los mayores y los sanitarios, luego el resto de la población según su edad) no se ha utilizado en las relaciones internacionales, donde todo se ha dejado en manos de las grandes farmacéuticas, las reglas del mercado y la "filantropía" de unos estados que lo que realmente buscan es alcanzar mayor influencia global.

Si nuestra salud se sostiene sobre ecosistemas bien conservados, nuestra sociedad se sostiene sobre las personas menos reconocidas y remuneradas: personal sociosanitario, temporeros, equipos de limpieza, repartidores, reponedores, transportistas, empleadas del hogar o cajeras de supermercados. Justamente la gente a la que el sistema condena a la precariedad y a los sueldos más bajos.  Mientras descubrimos la importancia de todas estas ocupaciones que fueron declaradas en su día esenciales, los medios de comunicación se hacen eco de la noticia de que los directivos de los bancos obtienen remuneraciones y bonos equivalentes a la suma del sueldo medio de miles trabajadores que esos mismos bancos han anunciado que quieren despedir, pudiéndose así comprobar que el salario no se fija por la utilidad del trabajo que se desempeña sino por el prestigio social que concede el ejercicio del poder.

Todo ello invita a que nos replanteemos cómo y a qué otorgamos valor. Y otorgar valor a una cosa no es sinónimo de ponerle un precio, a menos que nos deslicemos hacia la estupidez de la que habla Machado en boca de su Juan de Mairena. Tal vez sea esta la causa última de la pandemia: la incapacidad que tiene la civilización capitalista de valorar adecuadamente lo que socialmente resulta más necesario.

Por Santiago Álvarez Cantalapiedra

Director de FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

19/07/2021

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Imagen ilustrativa.pixabay.com/fernando zhiminaicela

A la mayoría esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta un investigador de la Universidad de California en Berkeley.

 

Los teléfonos celulares aumentan drásticamente el riesgo de desarrollar tumores cerebrales, debido a que la radiación que emiten es dañina, advierten científicos de la Universidad de California en Berkeley (EE.UU.).

El uso a largo plazo de esos dispositivos plantea riesgos para la salud, de tal forma que si se usan 17 minutos al día durante un período de 10 años aumenta en un 60 % el riesgo de sufrir cáncer de cerebro, afirma Joel Moskowitz, investigador de la entidad educativa.

La radiación que emiten los teléfonos celulares puede aumentar el estrés oxidativo, causar hipersensibilidad y alteraciones bioquímicas en los sistemas inmunológico y circulatorio. Sin embargo, a la mayoría de la gente esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta Moskowitz.

Con el objetivo de disminuir la exposición a la radiación, ese investigador recomienda minimizar el uso de teléfonos celulares, así como desactivar el Wi-Fi y Bluetooth. Además aconseja mantener el dispositivo a unos 25 centímetros de distancia del cuerpo, no dormir junto al teléfono, apagarlo y si lo lleva en el bolsillo activar el modo avión. También sugiere usar auriculares con cable o altavoces para llamadas y usar el teléfono celular solo cuando la señal sea fuerte, puesto que esos dispositivos están diseñados para aumentar la radiación cuando la señal es deficiente.

Publicado: 9 jul 2021 06:20 GMT

El niño, nacido en New Jersey el 5 de febrero de 2009, sabía lo que quería conseguir y estaba contra reloj para hacerse famoso. Foto: ABC

A mediados del siglo pasado, uno de los más famosos jugadores de ajedrez, el soviético David Bronstein, ostentaba el récord de ser el Gran Maestro (GM) más joven del mundo. Tenía entonces 26 años, una edad que ahora se antoja “ridícula” si tomamos como referencia a las generaciones actuales.

De aquella época a la actualidad mucho ha cambiado el panorama ajedrecístico, apoyado sobre todo en el uso de la computación como arma indispensable en la preparación. Ahora un niño pequeño es capaz de “absorber” en unas horas todo el conocimiento al que antes se llegaba después de semanas de estudio.

Por eso no asombró demasiado que hace apenas unos días el estadounidense –de padres indios– Abhimanyu Mishra pasara a encabezar el listado de los más precoces GM, y lo hiciera con apenas 12 años, cuatro meses y 25 días.

Destronó así al ucraniano Sergey Karjakin, uno de los mejores exponentes de la élite y quien en 2002 había completado la hazaña con 12 años y siete meses exactos.

Mishra le “ganó” por tres meses y 25 días. El niño, nacido en New Jersey el 5 de febrero de 2009, sabía lo que quería conseguir y estaba contra reloj para hacerse famoso, pues el plazo vencía en septiembre y la pandemia de la covid-19 le hacía más difícil el reto. Escaseaban los torneos y solo en Europa tenía esperanzas de encontrar alguno con las condiciones que necesitaba.

Días de cuarentena, pruebas de PCR y la incertidumbre de lograr luego sobre el tablero la meta se conjugaron en sus últimas semanas… El torneo Vezerkepzo GM Mix, en Budapest, le dio el ansiado premio.

El pequeño Abhi, como le llaman, es ahora el nuevo recordista, pero solo por una cuestión de números, pues el listado de jovencitos con la graduación de GM es nutrida.

Por ejemplo, otro indio, Gukesh Dommaraju, se graduó con 12 años, siete meses y 17 días; el ucraniano Javokhir Sindarov lo disfrutó siendo apenas tres meses mayor (12 años, 10 meses y 5 días) y el también indio Praggnanandhaa Rameshbabu con 12 años, 10 meses y 13 días.

El listado de los prodigios que consiguieron graduarse con menos de 15 años es de 37 jugadores e incluye nombres tan prestigiosos como los del actual monarca del orbe, el noruego Magnus Carlsen (13 años/4 meses/27 días), la china Yifan Hou (14/6/16) -fue reina entre mujeres-, y los estadounidenses Wesley So (14/1/28) y Fabiano Caruana  (14/11/20).

En esa selecta relación, Latinoamérica disfruta la inclusión del peruano Jorge Cori, quien ocupa el puesto 22 después de lograrlo con 14 años, cinco meses y 15 días.

Como curiosidad: el título de GM es vitalicio y la Fide solo ha otorgado esa graduación al 0,3 por ciento de los jugadores registrados.

Un poco de historia

En 1950 se otorgaron los primeros títulos de GM a 27 destacados jugadores y el mencionado Bronstein era entonces el más joven de todos.

Dos años después, el también soviético Tigran Petrosian logró conseguirlo con 23 años y comenzó ahí el descenso de las edades en la élite del juego, pues su compatriota Boris Spassky (18  años) recibió la acreditación en 1955.

El estadounidense Robert Fischer sorprendió al mundo en 1958, cuando con solo 15 años, seis meses y un día se adueñó del récord de precocidad. Por cierto, esa hazaña sí trascendió en el tiempo, pues no fue hasta 1991 que quedó superada por la húngara Judit Polgar con 15 años, cuatro meses y 28 días.

Karjakin registró su asalto a la cima de ese escalafón en 2002 y ahora acaba de ver el fin de su hegemonía, 19 años después.

(Tomado de Jit)

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Domingo, 20 Junio 2021 05:31

Miseria del algoritmo

Miseria del algoritmo

Los sistemas digitales de gestión de políticas sociales y el ensañamiento con los pobres

 

Virgina Eubanks, politóloga y profesora estadounidense, estudia desde hace 20 años las aplicaciones digitales usadas por los Estados para administrar las ayudas sociales. Lejos de obedecer a una supuesta neutralidad técnica, dice, suelen reproducir los postulados más crueles de las políticas de recorte y austeridad.

Sophie Stipes era una niña del estado de Indiana (Estados Unidos) con parálisis cerebral y un trastorno en el desarrollo. Desde su nacimiento, contó con la ayuda del seguro estadounidense de salud Medicaid. Nacida en el seno de una familia obrera, Sophie recibió una inquietante carta en marzo de 2008. En ella, los servicios sociales del Estado le advertían que perdería su acceso a atención médica gratuita –que incluía el pago de fármacos muy caros– por «falta de colaboración» con las autoridades a la hora de determinar si tenía o no derecho a contar con esa póliza pública.

La pequeña Sophie finalmente recuperó el acceso al seguro. Lo hizo después de que su madre, con la ayuda de varias asociaciones de base, llevase su caso hasta el mismo Congreso del estado de Indiana. Igual que ella, miles de familias de bajos recursos estaban siendo víctimas de un sistema automatizado que discernía, supuestamente, entre casos aptos y no aptos para recibir subsidios con base en criterios sorprendentes (como la existencia o no de una firma en un documento). Dicho sistema, implementado por la multinacional tecnológica IBM, llegó a denegar más de 1 millón de solicitudes entre 2006 y 2008, antes de que el gobierno federal lo suspendiese.

La politóloga y profesora de la Universidad de Albany Virginia Eubanks (Nueva York, 1972) relata con todo detalle la batalla de la familia de Sophie en su libro La automatización de la desigualdad, reeditado este año en castellano por Capitán Swing. Esta y otras historias de exclusión por parte de algoritmos sirven a Eubanks para alertar sobre cómo la tecnología aplicada en los servicios públicos puede tener consecuencias desastrosas sobre los pobres. «Tenemos la tendencia a pensar en estas tecnologías como simples mejoras administrativas, como cuestiones de eficiencia, cuando realmente hay una serie de decisiones sociales, culturales y políticas incrustadas en ellas», reflexiona Eubanks por videoconferencia desde su despacho en Nueva York.

SEÑALAMIENTO DEL POBRE

El libro aborda casos que ejemplifican bien esta discriminación envuelta en papel de modernidad e innovación. El condado de Allegheny, en el estado de Pensilvania, contrató en 2014 un sistema de predicción de riesgos ideado para anticiparse a posibles casos de maltrato infantil en los hogares. A partir de más de un centenar de variables, este algoritmo estimaba de forma automática en qué familias supuestamente había un riesgo para los pequeños. Si la puntuación era alta, los servicios sociales abrían una investigación que podía acabar con la retirada de la tutela de los niños.

Eubanks revela historias de familias pobres que tuvieron que pasar por este trance… aunque no existiese ese supuesto maltrato. El algoritmo –alimentado en ocasiones por denuncias telefónicas falsas– se basaba en datos recogidos por los servicios públicos, como el número de visitas al médico o la recepción de ayudas sociales. Este tipo de muestreo, explica la autora, introducía un sesgo en el sistema: en Estados Unidos, los principales usuarios de servicios públicos son familias de clase trabajadora, de tal manera que eran estas las que acababan sufriendo el escrutinio del software.

Eubanks explica que estos métodos de vigilancia digital y filtrado se han extendido por todo Estados Unidos en las últimas décadas. ¿El resultado? «Las familias de clase trabajadora y los pobres no son solo juzgados por el formulario que rellenan ante los servicios sociales, sino por todo su historial de interacciones con el sistema», apunta. «Los únicos valores que importan son la eficiencia, el ahorro de costes y la lucha contra el supuesto fraude, desperdicio o abuso de los solicitantes», en línea con el discurso proausteridad en la gestión pública que ha triunfado en las últimas décadas, prosigue.

¿QUIÉN MERECE AYUDA?

En su libro, Eubanks traza un paralelismo histórico entre estas herramientas digitales de supervisión y los asilos para pobres que proliferaron durante el siglo XIX en la joven democracia estadounidense. Estas instituciones lúgubres, explica la autora, tenían un doble objetivo: recluir a los excluidos lejos del resto de la sociedad y ejercer una suerte de diagnóstico moral sobre quiénes eran merecedores de algún tipo de ayuda pública.

«Lo que hacen estas herramientas digitales también es tomar decisiones del tipo quién merece ayuda y quién no. Y esa es una decisión política», señala. Eubanks lleva 20 años estudiando el impacto que la minería de datos, los modelos de riesgo predictivo y las políticas de algoritmo tienen sobre la población pobre de su país. Y su diagnóstico es contundente: «Estamos usando estas herramientas como escapatoria. Bajo esa especie de fachada de neutralidad y objetividad nos permiten, de alguna manera, lavarnos las manos ante conversaciones difíciles que tenemos que tener como sociedad en torno a la pobreza y el racismo».

La narrativa de que la pobreza solo afecta a una pequeña minoría en Estados Unidos sigue teniendo mucho éxito, tanto dentro como fuera del país norteamericano. Pero los datos son tozudos, esgrime esta profesora. Los estudios elaborados por los expertos en desigualdad Mark Robert Rank y Thomas A. Hirschl estiman que casi seis de cada diez estadounidenses caerán por debajo del umbral de la pobreza en su vida adulta. Estos datos, señala Eubanks, desmontan el discurso de que estas herramientas optimizan el reparto de unos recursos limitados sobre una población reducida.

«Si asumimos que esa narrativa sobre la pobreza es falsa, entonces el diagnóstico de trabajo de las herramientas digitales queda mucho más claro: se trata de una racionalización para violar los derechos humanos de la gente pobre y la clase obrera, con consecuencias duraderas para las personas, las familias y las comunidades», apunta Eubanks. «Hay un montón de lugares en el mundo en los que no hay decisión que puedas tomar que te haga no merecer atención médica. Ese no es el caso en Estados Unidos», concluye.

UNA CONVERSACIÓN GLOBAL

El libro de Eubanks ha recibido numerosos premios así como elogios de prominentes figuras de la izquierda estadounidense, como Naomi Klein. Las reseñas destacan su capacidad para analizar, a partir de historias humanas reales, el régimen distópico al que se ven sometidos los pobres en suelo estadounidense. Pero su autora advierte que estos sistemas llevan años extendiéndose por todo el mundo, con efectos perniciosos también entre las clases medias.

Un ejemplo de ello es el escándalo ocurrido en Australia en torno al sistema de cobro de deudas automatizado conocido como Robodebt. En 2016, el gobierno de la isla lanzó un software que casaba los datos fiscales de los contribuyentes y su registro de ingresos para detectar posibles fraudes en el cobro de ayudas sociales. Durante este tiempo, las autoridades enviaron cerca de 1 millón de avisos reclamando supuestas deudas. Los afectados se vieron ante el compromiso de tener que demostrar que tales reclamos, algunos de hasta 20 años de antigüedad, eran infundados.

Después de que la prensa revelase numerosas historias truculentas de cómo este sistema estaba castigando de manera injusta a miles de familias, el primer ministro australiano anunció en 2020 que cancelaba el programa. La justicia ha dictaminado que hasta 400 mil familias tuvieron que abonar injustamente el equivalente a 550 millones de dólares estadounidenses. «Ese algoritmo estaba lleno de errores, en algunos casos con efectos horribles», apunta Eubanks, quien decidió investigar casos similares en su país natal.

En Europa tuvo lugar el escándalo que provocó la dimisión del gobierno holandés en enero pasado. Las autoridades tributarias del país acusaron erróneamente de fraude a 26 mil familias receptoras de un subsidio para el cuidado de hijos menores. Según se ha demostrado a posteriori, la administración puso el foco de sus pesquisas en el origen de las familias y apuntó a los hogares de ascendencia marroquí o turca. El resultado para muchas de ellas fue la ruina económica y el estigma social por un fraude que no habían cometido.

CONTRA LA NEUTRALIDAD DE LA TECNOLOGÍA

Para la autora de La automatización de la desigualdad, es necesario desterrar la idea de que los sistemas automatizados han de ser «neutrales». Más bien al contrario: hay que construir herramientas con valores explícitos que ayuden a combatir los sesgos arrastrados históricamente. «Solo la fantasía puede llevar a creer que un modelo estadístico o un algoritmo de clasificación cambiará drásticamente, como por arte de magia, una cultura, unas políticas y unas instituciones construidas a lo largo de los siglos», escribe Eubanks.

Este análisis se emparenta con otras voces críticas con el impacto que los algoritmos están teniendo en el Estado de bienestar de numerosos países. Poco antes del inicio de la pandemia del coronavirus, el relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y derechos humanos, Philipp Alston, advirtió en un informe de los riesgos de encaminarnos hacia una «distopía digital del Estado social».

En este documento se recomendaba a los gobiernos no centrar sus políticas sociales en la lucha contra el fraude, el ahorro de costes y la búsqueda de la eficiencia económica en último término, y utilizar, en cambio, la tecnología para asegurar una mejora en las vidas de los más vulnerables y desfavorecidos. «Existe el riesgo de que los Estados de bienestar digitales se conviertan en caballos de Troya de la hostilidad neoliberal hacia la protección social y las regulaciones», concluía.

Eubanks coincide con esta reflexión e insiste en la necesidad de tener «una conversación urgente» sobre unas herramientas que «automatizan e intensifican los aspectos ya punitivos de nuestros sistemas», especialmente tras la covid-19, una crisis que ha dado cobertura a los gobiernos para producir sistemas digitales cada vez más extensos e invasivos, concluye.

Pablo Jiménez Arandia
18 junio, 2021

 (Publicado originalmente en CTXT. Brecha publica fragmentos por convenio.)

Publicado enInternacional
El trabajo en la Cuarta Revolución Industrial

El trabajo más allá de la pandemia

Las economías se podrían clasificar en un segmento integrado globalmente que emplea a una minoría de la fuerza laboral formada y bien remunerada, y un segmento de escasa productividad, con bajos salarios y condiciones precarias.

En el mundo que estamos viviendo a veces resulta complejo encontrar respuestas concretas e incluso plantearse preguntas sobre las causas de lo que nos rodea.  En esta nota intentaremos esbozar algunos de los cambios que se observan en el mundo del trabajo, sus causas y sus posibles consecuencias.  ¿Cambió la pandemia la forma de trabajar?  ¿O profundizó tendencias que venían desde hace años?

En el 2016 y en ocasión del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, fundador del Foro, acuñó el término “Cuarta Revolución Industrial” para referirse a los avances tecnológicos emergentes en una serie de campos, incluyendo la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología, el internet de las cosas, la impresión 3D, los vehículos autónomos, etc.

Todos estos cambios traen profundas modificaciones en las condiciones y modos de trabajo.  Mientras que algunos desaparecerán, otros se crearán y algunos tendrán que adaptarse.  Pero esta revolución tecnológica no surgió de la nada, sino que tiene una relación intrínseca con el desarrollo del sistema capitalista y su tendencia ineludible a invertir en medios de producción que acorten los tiempos sociales del proceso productivo.

Es necesario recordar que en la crisis del 2008 –que tuvo características de crisis orgánica– la especulación del sector financiero e inmobiliario generó una burbuja de dinero ficticio sin asiento productivo, que terminó por hacer estallar el sistema financiero dominante hasta aquel entonces.

El sector tecnológico se convirtió en una enorme salida para el capital acumulado, no invertido frente al estancamiento.  Esto implicó la transformación de toda la estructura de procedimientos de la producción manufacturera y de comercialización.  Además, la creación de plataformas digitales y la expansión de la conectividad en el mundo ha permitido la aceleración de este proceso.

La pandemia de coronavirus, que comenzó según la Organización Mundial de la Salud el 11 de marzo de 2020, vino a acelerar estos procesos de digitalización de la economía a una velocidad pocas veces vista.  Pero esta crisis sanitaria, que se suma a la crisis financiera y económica mundial, no afecta a todos por igual. Vemos hoy como la mayoría de las y los trabajadores pierden, mientras que los que ganan son un muy reducido grupo de empresarios.

Por todo lo dicho afirmamos que la pandemia vino a acelerar procesos y tendencias que ya venían sucediendo hace años.

Aumento mundial de la desocupación y la explotación

Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo “La COVID-19 y el mundo del trabajo. 7ª edición”, en 2020 se perdió el 8,8% de las horas de trabajo a nivel mundial con respecto al cuarto trimestre de 2019, equivalentes a 255 millones de empleos a tiempo completo.  La pérdida de horas de trabajo en 2020 fue aproximadamente cuatro veces mayor que la registrada durante la crisis financiera mundial de 2009.

La cantidad de personas desocupadas a escala mundial aumentó en 33 millones en 2020, y la tasa de desocupación aumentó hasta el 6,5%.  Además, se estima que los ingresos provenientes del trabajo a escala mundial en 2020 disminuyeron un 8,3%, a saber, 3,7 billones de dólares, o sea el 4,4% del PIB mundial.

Así, la automatización, la robotización y la inteligencia artificial abren una nueva etapa en la configuración mundial del trabajo, orientada al “conocimiento”, conformando nuevas fracciones dentro de la clase trabajadora que agudizan las diferencias salariales al interior de la clase.

Por un lado, comienza a emerger una fracción de la clase trabajadora vinculada a los trabajos del sector de la información, un grupo muy diverso unido por el uso de la más moderna tecnología de la información para el tratamiento, manipulación, identificación y procesamiento de datos.  Son creadores, manipuladores y procesadores de los flujos de información, que hacen posible esta Nueva Fase Digital del Capitalismo.  Esta fracción está formada por científicos/as, investigadores/as, ingenieros/as de diseño, analistas de “software”, investigadores/as en biotecnología, banqueros/as, inversionistas, diseñadores/as urbanísticos, consultores financieros, arquitectos/as, planificadores/as estratégicos, etc.

Y por otro lado, se observa como tendencia general un aumento en la informalidad y la subocupación.  Además de un crecimiento de la explotación laboral y la expulsión de grandes masas de trabajadores del proceso productivo.  De este modo, las economías globales se podrían clasificar en: un segmento avanzado, integrado globalmente, que emplea a una minoría de la fuerza laboral con altos grados de formación y remuneración, y un amplio segmento de baja productividad que absorbe la mayor parte de la fuerza laboral, con bajos salarios y condiciones muy precarias.

Pocos ganadores: Las grandes empresas tecnológicas ante la pandemia

La transformación de la economía en servicios de plataformas digitales cambia la forma de trabajar y de acumular riqueza. Esta transformación se presenta bajo la apariencia de “mayor libertad” para la clase trabajadora, ya que ahora puede “decidir cuándo, dónde, cuánto y cómo trabajar”, pero lo que realmente se oculta es su mayor grado de dependencia.  En esta forma de mediación virtual, no existen responsables por las condiciones de las y los trabajadores, pero sí existen personas que acumulan ganancias a una gran velocidad.

Según la revista Forbes, que actualizó su lista de los empresarios más ricos del mundo este 6 de abril, 7 de los primeros 10 multimillonarios más acaudalados provienen de la industria tecnológica.  Según la revista; “en total, los 2.755 multimillonarios que forman la lista suman 13,1 billones de dólares, frente a los 8 billones de 2020. Estados Unidos sigue siendo el país que cuenta con más ricos, con 724, seguido de China (incluyendo Hong Kong y Macao) con 698”.

Ahora bien, ¿cómo es que han podido acumular tanta riqueza estos 2.755 multimillonarios en un mundo atravesado por una profunda crisis?

En primer lugar, por la restricción en la circulación de las y los trabajadores, como plantea Giménez[1]: «así como bajo el capitalismo industrial el trabajador fue conducido hacia la fábrica, donde fue disciplinado a través del miedo a la muerte por hambre y también organizado bajo la lógica del trabajo común, hoy los cambios estructurales en su fase digital empujan a las clases subalternas hacia las ‘nuevas fábricas’ del territorio virtual, con sus plataformas y redes sociales; construyendo nuevos valores organizativos».  Según el informe digital-2020 (de wearsocial.com), la mitad de la población mundial (3.800 millones de personas) utiliza actualmente las redes sociales. 4.540 millones de personas están ahora en línea, con un aumento interanual de 298 millones, o sea el 7%, por lo que nos acercamos a una penetración de Internet del 60%.  El usuario medio de Internet pasó 6 horas y 43 minutos por día en línea en 2020, más de 100 días en total.

Esto genera una dependencia por parte de todas las empresas, instituciones y personas, del servicio que puedan brindar estas Big Tech. Grandes flujos de información que, a través de un complejo sistema de algoritmos, estas empresas convierten en la fuente de su riqueza.  Controlan de esta forma los tiempos sociales de producción de todas las demás ramas de la industria y del comercio.

Esto no es nuevo, como afirmamos anteriormente. Ya en 2018, más de la mitad de los habitantes del planeta utilizaba internet. El porcentaje de usuarios se situó en el 51,2%, lo que supone un aumento de 2,6 puntos respecto a 2017.

Otra parte de estas ganancias proviene de la baja de salarios a nivel mundial y del aumento de la jornada laboral.  Según un estudio realizado por Adecco Argentina al comenzar la cuarentena, el 42% de las y los trabajadores dedican más horas al trabajo desde su casa que en la oficina, mientras que un 40% cumple exactamente las mismas horas como si estuviera en su lugar de trabajo.  Esto es posibilitado por el gran ejército de desocupados/as que presionan sobre las condiciones salariales de los ocupados/as y aumenta la lucha entre trabajadores por salarios y puestos laborales.

Finalmente, una última parte deriva de la restricción de la circulación de las y los trabajadores.  Según datos de la OIT del informe antes citado: “Durante todo el año el 77 por ciento de los trabajadores se vieron afectados por esas medidas, lo que implica un porcentaje muy cercano del valor máximo del 85 por ciento alcanzado a finales de julio de 2020”.

Esto les permitió a las empresas ahorrar en infraestructura, eventos corporativos, energía y suministros, dietas, viajes, vehículos de empresa, suministros electrónicos, entre otros gastos fijos anuales.  Según un estudio llevado a cabo por Global Workplace Analytics, la compañía internacional de investigación y consultoría sobre las y los empleados, el ahorro promedio en inmuebles con teletrabajo a tiempo completo es de 10.000 dólares al año por empleado/a.

Las y los trabajadores frente a la crisis

Las y los trabajadores combinan nuevas y viejas formas de lucha en defensa de sus derechos y condiciones laborales, utilizan las calles y también el territorio virtual para reclamar, organizarse y luchar por sus derechos.  Hemos visto en Francia como el movimiento de “Chalecos Amarillos” se organizó a través de las redes sociales y salieron en conjunto a las calles presionando al gobierno nacional.  Lo que comenzó como un reclamo por un aumento de gasolina escaló rápidamente a un rechazo de las políticas neoliberales.

En la India estalló la “Manifestación más grande del mundo” de la que se tenga registro.  El 26 de noviembre, 250 millones de agricultores marcharon en todo el país, lo que significa el 3,3% de la población mundial y que dejó más de 64 muertos y cientos de heridos.  Detectando la importancia de la virtualidad para construir organización, el Gobierno produjo 134 cortes de internet, el 68% de todos los que suceden en el mundo.

En Chile las manifestaciones que comenzaron por un aumento de 30 pesos en el transporte público, también escalaron a un proceso donde la mayoría del pueblo salió a las calles a pedir un cambio de la constitución neoliberal y contra el gobierno de Sebastián Piñera. Y la lucha continúa.

Otro ejemplo de lucha lo vienen dando las mujeres trabajadoras que este 8M también inundaron las redes y las calles de todo el mundo. Y así podríamos seguir citando ejemplos de manifestaciones a lo largo y ancho del planeta.

En las empresas tecnológicas el panorama de lucha no es diferente.  En el Reino Unido, el Tribunal Supremo sentenció que las y los trabajadores de Uber tienen derecho a acogerse a la legislación laboral vigente, lo que abre las puertas para obtener un salario mínimo o vacaciones pagas.

En enero de este año, unos 200 trabajadores de Alphabet Inc, la empresa matriz de Google, han formado un sindicato para velar por los principios de igualdad en el trabajo y por la observancia de principios éticos en el modelo de negocio.  La formación de este sindicato, el primero que se crea entre las grandes tecnológicas, es la consecuencia directa de protestas sin precedentes en el seno de la compañía, y de un año de organización en secreto.

O las nuevas tecnologías están al servicio de las y los trabajadores, generando mejores condiciones de vida, eliminando el trabajo forzoso, repetitivo, dando más tiempo para disfrutar de una vida digna, o estarán en manos de un minúsculo grupo de especuladores financieros, generando mayor acumulación, explotación y exclusión.

El curso que puedan tomar los acontecimientos dependerá de la participación activa de los trabajadores y trabajadoras, y de que estos logren construir un programa estratégico que ponga por encima el bienestar general de la clase trabajadora.

Diego Lorca y Diego Pierdominici son miembros del Observatorio Internacional del Trabajo y el Futuro -OITraF-, un equipo de jóvenes profesionales dedicados a la Investigación y Análisis en el convulsionado mundo del Trabajo. OITraF: https://oitrafuturo.wixsite.com/oitrafuturo  Twitter: @OITraF1 https://instagram.com/observatorio_de_trabajo

Por Diego Lorca, Diego Pierdominici | 16/06/2021 |

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 552: ¿Quién decide nuestro futuro digital?

Bibliografía

https://www.adecco.com.ar/noticias/teletrabajo-y-productividad-durante-la-pandemia-a-causa-del-coronavirus/

https://www.lavanguardia.com/vida/formacion/20201209/6108068/teletrabajo-cuanto-ahorra-empresa.html

https://forbes.es/listas/93410/lista-forbes-2021-estas-son-las-personas-mas-ricas-del-mundo/

https://www.ilo.org/global/topics/coronavirus/impacts-and-responses/WCMS_767045/lang–es/index.htm

https://elpais.com/economia/2021-01-05/trabajadores-de-google-se-organizan-en-el-primer-sindicato-creado-en-una-gran-tecnologica.html

https://www.france24.com/es/ee-uu-y-canad%C3%A1/20210329-amazon-derecho-laboral-sindicatos-alabama

-Giménez, P. (2020). Un 1º de mayo (muy) diferente, un mundo en guerra mediado por la virtualidad. Disponible en: https://www.nodal.am/2020/05/un-1o-de-mayo-muy-diferente-un-mundo-en-guerra-mediado-por-la-virtualidad-por-paula-gimenez/

Notas

1/ Giménez, P. (2020). Un 1º de mayo (muy) diferente, un mundo en guerra mediado por la virtualidad. Disponible en: https://www.nodal.am/2020/05/un-1o-de-mayo-muy-diferente-un-mundo-en-guerra-mediado-por-la-virtualidad-por-paula-gimenez/

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Video 3D mapa cerebral Harvard Google - El volumen H01: aproximadamente un milímetro cúbico de tejido cerebral humano capturado en 1,4 petabytes de imágenes (Youtube: Viren Jain)

Ingenieros especializados en inteligencia artificial publicaron un intrincado mapa de cada célula y conexión neuronal de un milímetro cúbico del cerebro humano

Un equipo de científicos de la prestigiosa universidad de Harvard y del gigante tecnológico Google acaba de crear un increíbel y fascinante mapa cerebral codificado por colores de casi 4.000 axones entrantes que se conectan a una sola neurona.

La región mapeada abarca las diversas capas y tipos de células de la corteza cerebral, una región de tejido cerebral asociada con la cognición de nivel superior, como el pensamiento, la planificación y el lenguaje. Según Google, es el mapa cerebral más grande con este nivel de detalle hasta la fecha, y está disponible gratuitamenteen línea.

Para hacer el mapa, los investigadores cortaron el tejido dividido en 5.300 secciones, cada una de 30 nanómetros de grosor, y las fotografiaron con un microscopio electrónico de barrido a una resolución de 4 nanómetros. Los 225 millones de imágenes resultantes se alinearon computacionalmente y se cosieron nuevamente en una representación digital en 3D de la región.

Asimismo, según detallaron los ingenieros especializados en inteligencia artificial, los algoritmos de aprendizaje automático segmentaron células individuales y clasificaron sinapsis, axones, dendritas, células y otras estructuras, y los humanos verificaron su trabajo. El equipo investigadortambién publicó un documento preimpreso sobre el mapa en el sitio de preimpresiones científicas bioArxiv.

 

Reconstrucción conectómica de petabytes de un volumen de neocorteza humana. Izquierda: pequeño subvolumen del conjunto de datos. Derecha: Un subgrafo de 5000 neuronas y conexiones excitadoras (verde) e inhibidoras (rojo) en el conjunto de datos. El gráfico completo (conectoma) sería demasiado denso para visualizarlo (Google/Harvard)
Reconstrucción conectómica de petabytes de un volumen de neocorteza humana. Izquierda: pequeño subvolumen del conjunto de datos. Derecha: Un subgrafo de 5000 neuronas y conexiones excitadoras (verde) e inhibidoras (rojo) en el conjunto de datos. El gráfico completo (conectoma) sería demasiado denso para visualizarlo (Google/Harvard)

 

En 2020, Google y el Campus de Investigación Janelia del Instituto Médico Howard Hughes fueron noticia cuando mapearon de manera similar una parte del cerebro de una mosca de la fruta. Ese mapa, en ese momento el más grande hasta ahora, cubría unas 25.000 neuronas y 20 millones de sinapsis. Además de apuntar al cerebro humano, en sí mismo notable. El nuevo mapa, presentado en estos días, incluye decenas de miles de neuronas y 130 millones de sinapsis. Ocupa 1,4 petabytes de espacio en disco.

En comparación, más de tres décadas de imágenes satelitales de la Tierra del programa Landsat de la NASA requieren 1.3 petabytes de almacenamiento. Las colecciones de imágenes cerebrales en las escalas más pequeñas son como “un mundo en un grano de arena”, dijo Clay Reid del Instituto Allen a Nature, citando a William Blake en referencia a un mapa anterior del cerebro del ratón.

Todo eso, sin embargo, es solo una millonésima parte del cerebro humano. Es decir, todavía faltan años para un mapa igualmente detallado de todo el asombroso órgano. Aun así, el trabajo muestra qué tan rápido se mueve el campo. Un mapa de esta escala y detalle hubiera sido inimaginable hace unas décadas.

 

Muchas células gliales aparecen "pegadas" a grandes células piramidales, y muchas aparecen justo al lado de los somas (Google/Harvard)
Muchas células gliales aparecen "pegadas" a grandes células piramidales, y muchas aparecen justo al lado de los somas (Google/Harvard)

 

En colaboración con el Laboratorio Lichtman de la Universidad de Harvard, el equipo investigador ahora publicó el conjunto de datos "H01", una representación de 1,4 petabytes de una pequeña muestra de tejido cerebral humano, junto con el documento complementario, “Un estudio conectómico de un fragmento de petaescala de humanos corteza cerebral“. Se obtuvieron imágenes de la muestra H01 a una resolución de 4 nm mediante microscopía electrónica de sección en serie, reconstruido y anotado mediante técnicas computacionales automatizadas, y analizado para obtener información preliminar sobre la estructura de la corteza humana.

El conjunto de datos comprende datos de imágenes que cubren aproximadamente un milímetro cúbico de tejido cerebral e incluye decenas de miles de neuronas reconstruidas, millones de fragmentos de neuronas, 130 millones de sinapsis anotadas, 104 células revisadas y muchas estructuras y anotaciones subcelulares adicionales, todo fácilmente accesible con la interfaz del navegador Neuroglancer H01 es hasta ahora la muestra más grande de tejido cerebral fotografiado y reconstruido con este nivel de detalle, en cualquier especie, y el primer estudio a gran escala de la conectividad sináptica en la corteza humana que abarca múltiples tipos de células en todas las capas de la corteza.. Los objetivos principales de este proyecto son producir un recurso novedoso para estudiar el cerebro humano y mejorar y escalar las tecnologías de conectómica subyacentes.

¿Qué es la corteza humana?

La corteza cerebral es la capa superficial delgada del cerebro que se encuentra en los animales vertebrados y que ha evolucionado más recientemente, mostrando la mayor variación de tamaño entre los diferentes mamíferos (es especialmente grande en los humanos). Cada parte de la corteza cerebral tiene seis capas, con diferentes tipos de células nerviosas (p. Ej., Espinosas estrelladas) en cada capa. La corteza cerebral juega un papel crucial en la mayoría de las funciones cognitivas de nivel superior, como el pensamiento, la memoria, la planificación, la percepción, el lenguaje y la atención. Aunque ha habido algunos avances en la comprensión de la organización macroscópica de este tejido tan complicado, su organización a nivel de las células nerviosas individuales y sus sinapsis interconectadas es en gran parte desconocida.

 

Axón verticilo - Axón en espiral único que produce múltiples floretes y sinapsis en el soma y los ejes dendríticos de las neuronas (Google/Harvard)
Axón verticilo - Axón en espiral único que produce múltiples floretes y sinapsis en el soma y los ejes dendríticos de las neuronas (Google/Harvard)

 

Cómo mapearon el cerebro

El estudio de los circuitos celulares del cerebro se conoce como conectómica. Obtener el conectoma humano, o el diagrama de cableado de todo el cerebro, es un disparate similar al genoma humano. Y al igual que el genoma humano, al principio parecía una hazaña imposible.

Los únicos conectomas completos son para criaturas simples: el gusano nematodo ( C. elegans ) y la larva de una criatura marina llamada C. intestinalis . Hay una muy buena razón para ello. Hasta hace poco, el proceso de mapeo consumía mucho tiempo y era costoso.

Los investigadores que mapearon C. elegans en la década de 1980 utilizaron una cámara de película conectada a un microscopio electrónico para obtener imágenes de cortes del gusano, luego reconstruyeron las neuronas y las conexiones sinápticas a mano , como un rompecabezas tridimensional tremendamente difícil. C. elegans tiene solo 302 neuronas y aproximadamente 7.000 sinapsis, pero el borrador de su conectoma tomó 15 años, y un borrador final tomó otros 20. Claramente, este enfoque no escalaría.

¿Qué ha cambiado en estos años? En resumen, automatización. En estos días, las imágenes en sí mismas son, por supuesto, digitales. Un proceso conocido como fresado con haz de iones enfocado reduce cada corte de tejido unos pocos nanómetros a la vez. Después de que se vaporiza una capa, un microscopio electrónico toma imágenes de la capa recién expuesta. Luego, el haz de iones corta la capa de la imagen y la siguiente, hasta que todo lo que queda del corte de tejido es una copia digital de resolución nanométrica. Está muy lejos de los días de Kodachrome.

 

Interneuronas L2 - Una selección de todas las interneuronas L2 que tienen más de 800 sinapsis excitadoras entrantes (Google/Harvard)
Interneuronas L2 - Una selección de todas las interneuronas L2 que tienen más de 800 sinapsis excitadoras entrantes (Google/Harvard)

 

Pero quizás la mejora más dramática es lo que sucede después de que los científicos completan ese montón de imágenes.

En lugar de ensamblarlos a mano, los algoritmos se hacen cargo. Su primer trabajo es ordenar los cortes con imágenes. Luego hacen algo imposible hasta la última década. Alinean las imágenes exactamente, trazando el camino de las células y las sinapsis entre ellas y, por lo tanto, construyen un modelo 3D. Los seres humanos todavía revisan los resultados, pero ya no hacen lo más difícil. Incluso la corrección de pruebas se puede refinar. El renombrado neurocientífico y defensor de la conectómica Sebastian Seung, por ejemplo, creó un juego llamado Eyewire, donde miles de voluntarios revisan las estructuras.

Es realmente hermoso de ver”, dijo a Nature en 2019 Jeff Lichtman, de Harvard, cuyo laboratorio colaboró con Google en el nuevo mapa. Los programas pueden rastrear neuronas más rápido de lo que el equipo puede producir datos de imágenes, dijo. “No podemos seguirles el ritmo. Ese es un gran lugar para estar“.

Seunge explicó que las personas son su conectoma. “Reconstruye las conexiones y reconstruye la mente misma: recuerdos, experiencia y personalidad”, precisó, en una charla TED de 2010.

 

Vasos sanguíneos - Vasculatura dentro del tejido renderizado en 3D (Google/Harvard)
Vasos sanguíneos - Vasculatura dentro del tejido renderizado en 3D (Google/Harvard)

 

Pero la conectómica no ha estado libre de controversias a lo largo de los años. No todo el mundo cree que el mapeo del conectoma a este nivel de detalle sea necesario para una comprensión profunda del cerebro. Y, especialmente en el pasado anterior y más artesanal del campo, a los investigadores les preocupaba que la escala de recursos requeridos simplemente no arrojará resultados comparativamente valiosos, u oportunos.

No necesito conocer los detalles precisos del cableado de cada célula y cada sinapsis en cada uno de esos cerebros”, expresó el científico Anthony Movshon en 2019. “Lo que necesito saber, en cambio, son los principios organizacionales que los unen”. Estos, cree Movshon, probablemente se pueden inferir a partir de observaciones a resoluciones más bajas.

Además, una instantánea estática de las conexiones físicas del cerebro no explica necesariamente cómo se utilizan esas conexiones en la práctica.

Un conectoma es necesario, pero no suficiente”, han dicho algunos científicos a lo largo de los años. De hecho, puede ser en la combinación de mapas cerebrales, incluidos los mapas funcionales de nivel superior que rastrean las señales que fluyen a través de las redes neuronales en respuesta a los estímulos, que el funcionamiento interno del cerebro se ilumine con el más nítido detalle.

Aun así, el conectoma de C. elegans ha demostrado ser un pilar fundamental para la neurociencia a lo largo de los años. Y la velocidad cada vez mayor del mapeo está comenzando a sugerir objetivos que alguna vez parecieron poco prácticos, en realidad pueden estar al alcance en las próximas décadas.

 

Interacción de dendritas trepadoras - Dos dendritas de axones separados que corren en paralelo, uno al lado del otro (Google/Harvard)
Interacción de dendritas trepadoras - Dos dendritas de axones separados que corren en paralelo, uno al lado del otro (Google/Harvard)

 

Seung cree que cuando comenzó, estimó que le tomaría un millón de años a una persona rastrear manualmente todas las conexiones en un milímetro cúbico de corteza humana. El cerebro entero, infirió además, tomaría el orden de un billón de años. Es por eso que la automatización y los algoritmos han sido tan cruciales para el campo.

Gerry Rubin, biólogo americano especializado en genomas y genética, expresó que él y su equipo han supervisado un aumento de 1000 veces en la velocidad de mapeo desde que comenzaron a trabajar en el conectoma de la mosca de la fruta en 2008. El conectoma completo, cuya primera parte se completó el año pasado, podría llegar en 2022.

Otros grupos están trabajando en otros animales, como los pulpos, y dicen que comparar cómo se conectan las diferentes formas de inteligencia puede resultar un terreno particularmente rico para el descubrimiento.

El conectoma completo de un ratón, un proyecto que ya está en marcha, puede seguir a la mosca de la fruta a finales de la década. Rubin estima que pasar del ratón al ser humano necesitaría otro millón de veces más en la velocidad del mapeo. Pero señala el aumento de un billón de veces en la velocidad de secuenciación del ADN desde 1973 para demostrar que mejoras técnicas tan dramáticas no tienen precedentes.

El genoma también puede ser una comparación adecuada de otra manera. Incluso después de secuenciar el primer genoma humano, se han necesitado muchos años para escalar la genómica hasta el punto de que podamos realizar más plenamente su potencial. Quizás ocurra lo mismo con la conectómica.

 

Neurona con dos axones - Ambos hacen sinapsis salientes dentro del volumen (Google/Oxford)
Neurona con dos axones - Ambos hacen sinapsis salientes dentro del volumen (Google/Oxford)

 

Incluso cuando la tecnología abre nuevas puertas, puede llevar tiempo comprender y hacer uso de todo lo que tiene para ofrecer.

Creo que la gente estaba impaciente por lo que los conectomas proporcionarían”, opinó Joshua Vogelstein, cofundador del Open Connetome Project, el año pasado. “La cantidad de tiempo que transcurre entre la siembra de una buena tecnología y la práctica científica real utilizando esa tecnología suele ser de aproximadamente 15 años. Ahora han pasado 15 años y podemos empezar a hacer ciencia“.

Los defensores esperan que los mapas cerebrales proporcionen nuevos conocimientos sobre cómo funciona el cerebro, desde el pensamiento hasta las emociones y la memoria, y cómo diagnosticar y tratar mejor los trastornos cerebrales. Otros, entre ellos Google sin duda, esperan obtener información que pueda conducir a una informática más eficiente (el cerebro es asombroso a este respecto) y una poderosa inteligencia artificial.

No se sabe exactamente qué encontrarán los científicos a medida que, neurona por sinapsis, mapeen el funcionamiento interno de nuestras mentes, pero parece que esperan algunos grandes descubrimientos.

Un teléfono inteligente muestra una onda de audio. — Thomas Samson / AFP

La posibilidad de avivar el 'tempo' de reproducción en plataformas y aplicaciones abre el debate sobre si somos capaces de disfrutar y comprender a una velocidad mayor.

 En pro de la eficiencia (casi) todo vale. Corren tiempos efímeros, de timelines vertiginosos y novedades semanales. La producción audiovisual no cesa, vivimos insertos en la dictadura de lo inédito, atados a un buen puñado de estímulos que nos hacen desear, consumir, y si me apuran vivir, a un ritmo que no es del todo humano.

La enésima vuelta de tuerca llega en forma de acelere. Si no hay tiempo material para disfrutar de todo lo que la industria del entretenimiento nos tiene preparado, aceleremos los contenidos para que sean deglutidos en menos tiempo. Versión distópica del cebado forzoso del ganso para la obtención del foie gras pero con la industria cultural y nosotros, su audiencia, como protagonistas. 

La reciente incorporación por parte de WhatsApp de una doble velocidad –1,5x y 2x– en la reproducción de sus mensajes de audio abre de nuevo el debate sobre si no estaremos yendo demasiado rápido. La posibilidad de escuchar a un amigo o pariente cercano explicar algún pormenor con vocecilla de pitufo espídico puede resultar gracioso, incluso útil si el susodicho tiende a la digresión o al circunloquio, pero lo que es obvio es que da muestras de que algo no va del todo bien.

Para Molo (Manuel) Cebrián, al frente del exitoso podcast de psicología Entiende tu mente, tiene que ver con nuestra "ansia maximizadora". "Queremos sacarle el máximo rendimiento a todo y en el menor tiempo posible, vivimos en una sociedad ansiosa de más contenidos y de más información", explica Cebrián. Un ansia que nos convierte en infatigables corredores de fondo, incapaces de llegar a meta, bien porque no existe, o bien porque nos la van moviendo a cada paso.

"Esa necesidad de estar conectados con lo de fuera tiene una contrapartida clara, y es que nos desconectamos de lo de dentro, de nosotros mismos. Sabemos cómo está la bolsa, qué ha ocurrido en China y qué se cuece en los diferentes grupos de WhatsApp que mantenemos con nuestros amigos, pero no nos preguntamos si estamos alegres o tristes, o si nos gusta nuestro trabajo", lamenta Mol. 

La oralidad manda

Y en esa vorágine los estímulos son muy importantes. La rueda debe girar y girar a expensas de nuestra salud mental. El paso de lo escrito, incluso de lo visual, a lo oral es un hecho. En los últimos cinco años han ido brotando ideas y apuestas que priorizan lo escuchado: Clubhouse es, en esencia, una red social de audio, Twitter acaba de incorporar sus Spaces, donde los usuarios pueden hablar a sus seguidores, Facebook ha anunciado la incorporación de Soundbites, una suerte de Tik Tok pero sin imágenes. Por no hablar del boom de los podcast y de la progresiva consolidación de los audiolibros. Lo oral manda. 

semejante parloteo. Es por ello que la posibilidad de incorporar una segunda marcha a las reproducciones tiene visos de haber venido para quedarse. ¿Podemos asumir semejante atropello verbal?, ¿puede nuestro cerebro soportar la locuacidad diarréica que propone la industria?, ¿podremos algún día conmovernos con un orador cuya prosodia se asemeja a la del Pato Donald rebozado en farlopa?

Hay dudas al respecto. Pablo Romero, periodista experto en tecnología y Premio Ondas 2018 por su podcast Las tres muertes de mi padre, lo tiene claro: "Creo que puede ser útil para un contenido puramente informativo, pero si lo que buscas es deleitarte con una historia, gozar de una sonoridad determinada, dejarte llevar por un guion trabajado, no es la herramienta adecuada porque no es capaz de transmitir un sentimiento determinado".

Quizá ahí esté la clave. En discernir entre oralidades. O mejor, en tener en cuenta la funcionalidad de dichas oralidades antes de proceder al rebobinado. No es lo mismo escuchar la dramatización de Don Juan Tenorio al doble de velocidad, que escuchar el soliloquio acelerado de una madre explicando los pasos a seguir para alcanzar la consistencia óptima de una tortilla de patatas. 

Diego Redolar, investigador del grupo Cognitive Neurolab de la Universitat Oberta de Catalunya, incide en la misma discriminación que plantea Romero pero desde la neurociencia. "Nuestro cerebro, para llegar a lo que la otra persona quiere expresar, utiliza diferentes redes neuronales, una que se centra en el contenido del mensaje y otra que nos aporta la información emocional", explica el profesor.

Como ya intuirán, una reproducción por encima de lo habitual merma la capacidad del cerebro de recopilar esa "otra información", esencial para complementar lo que es el puro relato de los hechos. "Estaríamos renunciando a la prosodia, y sin ella nuestro cerebro no puede saber qué siente la otra persona, la intencionalidad de sus palabras, el contenido emocional... ¿cuál es el límite? A poco que aumentes la velocidad, ya la estás perdiendo".

02/06/2021 22:33

Por Juan Losa@jotalosa

Publicado enSociedad
Las redes sociales son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales. Foto: Liesther Amador / UNEAC.

¿Qué pasaba en el mundo antes de la aparición de la COVID-19? Ocurrían en distintas latitudes protestas sociales: Beirut, Hong Kong, Cataluña, Puerto Rico, Chile, Colombia, Costa Rica. Las demandas de unos y otros se ajustaban a las inconformidades de cada geografía, sin embargo, poseían el común denominador de gestarse en sociedades democráticas, desarrolladas, a través de las redes sociales.

Esta fue la pregunta y la respuesta que inició la conferencia del profesor español y catedrático de la teoría de la comunicación, Ignacio Ramonet, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC.

Al encuentro asistieron Alpidio Alonso Grau, Ministro de Cultura; Abel Prieto Jiménez, asesor del Presidente de la República y presidente de Casa de las Américas; Luis Morlote Rivas, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras figuras del mundo artístico e intelectual.

Entender el nuevo desafío que imponen las redes sociales, implica analizar las trasformaciones en las lógicas de consumo y la reconfiguración de los escenarios políticos, sociales y culturales en el ciberespacio.

El autor de El imperio de la vigilancia destacó la gran interrogante que constituye internet, como la tercera gran revolución de las comunicaciones, y las recientes redes sociales, con no más de 20 años de existencia.

"La diferencia con los medios de difusión masiva es que no alcanzan el nivel de retroalimentación de las redes sociales. Éstas ponderan el diálogo constante, tienen una relación más fuerte con los receptores. Son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales".

En este entorno comienzan a actuar fenómenos como la postverdad y las "fake news". La posesión de una gran cantidad de información pasa de erigirse como generadora de pensamiento crítico a productora de desconocimiento.

"El discurso acerca del sistema mediático, como manipulador de la información a favor de los dueños de medios y las clases dominantes, ha sido sobrepasado por la crítica de la extrema derecha populista. Existe una atmósfera de guerra entre la sociedad y los dirigentes políticos. Hay un espíritu complotista contra el complot que está en el poder. En Estados Unidos, por ejemplo, la crítica de muchos ciudadanos al sistema generó un ataque al Capitolio", explicó Ramonet.

Donald Trump, representante de esta extrema derecha, tenía en su cuenta en Twitter 33 millones de seguidores cuando el asalto al Congreso estadounidense. Este hecho fue encabezado por una masa fanatizada. Parte de los simpatizantes del expresidente son partidarios de Quanon: una teoría conspirativa que llevó, el 4 de diciembre de 2016, a Edgar Maddison Welch a disparar, con un rifle de asalto, en una pizzería en Washington DC. La causa del hecho fue la sospecha de que en el sótano de aquel lugar se reunían demócratas, cantantes y actores de Hollywood pedófilos.

Ramonet recordó en una entrevista con el periodista brasileño Breno Altman cómo, en la actualidad, los ciudadanos se movilizan más por un tema puntual que por una gran causa. Esto se complejiza en un entorno donde la conspiranoia y el fanatismo forma parte de un sistema atacado, además, por la incertidumbre de la COVID-19.

"Lo que domina a las redes es el pensamiento mágico. La verdad es cada vez más emocional y no real. Las redes están hechas para emitir y no para recibir. Existe una repolitización salvaje en un sentido antropológico", expresó el director de Le Monde Diplomatique.

En un artículo de La Jiribilla, titulado Las redes sociales, nuevo medio dominante, el catedrático aborda la proyección de un futuro cada vez más dependiente de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. La inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos tendrán influencia directa en la organización misma de la sociedad y en la estructura política.

"La objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias", agrega.

Actualmente, Facebook tiene 2 740 millones de usuarios aproximadamente; YouTube 2 291 millones y WhatsApp 2 000 millones. El protagonismo de las redes sociales en la vida cotidiana es irreversible. Las izquierdas no están exentas de este ecosistema comunicacional, padecen los mismos síntomas de esta era de los absurdos.

Cuba se inserta poco a poco en este entorno. A inicios de 2021 se reportaban 7 millones 700 mil cubanos conectados a la red de redes, lo que representa el 68 % de la población.

Ernesto Limia, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC, comentó sobre las complejidades del ciberespacio, como territorio reciente en la Isla, y cómo se imbrica con la situación de asedio político, económico y mediático que enfrenta el país. En dicho contexto, resaltó la importancia del estudio de la historia y la búsqueda de formas atractivas para acercarla a los más jóvenes.

"Detrás de las redes sociales hay mucha ciencia e innovación. ¿Quiénes son sus dueños? ¿Quiénes las financian? ¿A qué intereses responde? Sin duda estas tienen un alto componente ideológico y político, no sólo en el tema Cuba. En nuestro caso particular nos están tratando de crear una realidad virtual, manipulada. La batalla está en posicionar mejor nuestras líneas de mensaje", argumentó Abel González, vicepresidente de la sección de Literatura Histórico Social de la UNEAC.

El crítico, poeta y ensayista, Víctor Fowler, advierte la necesidad de "entender cómo funcionan las redes sociales y la transformación de la comunicación contemporánea: la cultura de los memes, los influencers, los youtubers, las personas que no son genios, intelectuales, líderes de moda o políticos, y sin embargo tienen una gran comunidad de seguidores. Hay que empezar a emplear los términos del siglo XXI. Nosotros en Cuba tenemos tarea doble, esa y comprender la dinámica de la agresividad contra el país".

Para Paquita de Armas Fonseca, crítica y periodista, lo primero es comenzar a interactuar con las redes sociales. Los nativos digitales asumen formas de socialización y consumo de información que distan de las formas tradicionales.

"Las redes sociales son una batalla de emociones, sentimientos, reacciones, a veces insultantes. Nos movemos en un medio de comunicación donde hay poco espacio para el intercambio civilizado de argumentos. Nos hemos habituado a los debates intelectuales de otras épocas, donde alguien hacía un ensayo y otra persona le respondía. Ahora estamos en una especie de torbellino de imágenes, sonido, chispas, fricciones. Cada día es más importante diseñar una política de comunicación que pondere la rapidez de la información", aseveró Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas.

Será imprescindible la producción de contenidos adaptados a las lógicas del ciberespacio. Como señaló el músico e integrante del Dúo Buena Fe, Israel Rojas, esto involucra la necesidad de un estudio y una comprensión de las prácticas de consumo, a la par de políticas trasparentes y agendas públicas cada vez más cercanas a las inquietudes de la ciudadanía.

1 abril 2021

Publicado enCultura
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