"El valor no es la biblioteca, es saber qué quiere la gente"

Los guionistas Santiago Calori y Alejandro Quesada y el productor Camilo Antolini dan su visión sobre los datos que arroja el análisis de los usuarios de series online: un panorama que también afecta a las formas de realización y distribución del negocio.

 
Entre los hábitos de la versión sesentosa de Batman, había uno particularmente explícito en su propósito. Sucedía a mitad de un episodio doble, cuando los superhéroes de Ciudad Gótica quedaban a merced de un villano. "¿Podrá salvarse el dúo dinámico del destino que les espera? ¡Mañana a la misma Batihora y por el mismo Baticanal!", decía el locutor. El viejo y efectivo recurso del "continuará..." dejaba al encapotado y su compañero enganchados a complejas maquinarias criminales, al igual que a los espectadores. El objetivo era claro y la posibilidad para el espectador era específica, radicalmente diferente a lo que facilitan los formatos audiovisuales web que agitaron las modalidades de realización y distribución. Si bien se siguen usando los ganchos, como nunca antes se comentan las series (y disponen del tiempo propio) al punto que apareció el llamado binge watching (atracón al ver varios capítulos a la vez) facilitado por estos modelos. Unos y otros términos fueron centrales de un informe que la plataforma on demand Netflix dio a conocer en estos días. Página/12 convocó a los guionistas Santiago Calori y Alejandro Quesada y el productor Camilo Antolini (director de 100 bares) para opinar sobre estos cambios.


Lo que hicieron desde la plataforma de contenidos online fue analizar los datos globales de streaming (la transmisión de datos) de las primeras temporadas de producciones propias (Marco Polo, Sense 8, Marvel's Daredevil, entre otras) y de otras señales de su paquete (Mad Men, How I Met your Mother, Suits, por ejemplo) para rastrear cuándo fue que los espectadores se "engancharon". Según el relevamiento, no sólo se corrobora por el diferencial del on demand; pasa por el hecho de que el espectador puede ver varios episodios seguidos cuando quiera –fomentado además por no tener tanda comercial clásica–, y se puede apreciar claramente el instante en que nace el fanatismo de una serie. Alejandro Quesada apunta que con Internet cambiaron las posibilidades cuantitativas y cualitativas de las series, pero que también se achicó el ritmo vertiginoso de los umbrales de "paciencia" del público para darle tiempo una historia. "Desde el guión hay herramientas para lograr atraer y generar ese tipo de 'adicción'. La buena escritura tiene ese poder, nos pasa leyendo un libro que nos atrapa", dice el encargado de los libretos de LaLola y Graduados. Santiago Calori (La niñera y Ciega a citas) apunta en la misma línea, pero diferenciando estos servicios digitales de la tevé convencional por la oferta de temporadas integrales. "Al largarlos así, en un día y medio te podés ver todo House of Cards, lo cual es propio de un desquiciado. Lo interesante es que al tener cautiva a la gente, los shocks y las sorpresas ya no están sobre el final", clarifica el realizador del documental Un importante preestreno, que recuerda a Lost como un mojón a medio camino entre la vieja y la nueva forma de consumo. "Fue la serie que generó una adicción notable, ya que la mayoría de la gente la veía online. Dicen que había un secreto para no quedarse empotrado: cortar a mitad de un episodio. Lo cual demuestra que la lógica aún era la del gancho al terminar el capítulo". Desde la mirada del productor, Antolini hace un análisis general en el que plantea algunas inquietudes: "Es una forma de testeo diferente. Lo que me genera inquietud es que las producciones puedan estar tan formateadas desde el marketing: ¿hay lugar para algo novedoso? Me lo pregunto, nadie lo tiene tan claro. El algoritmo que usaron con House of Cards funcionó. Me refiero a David Fincher + Kevin Spacey + la temática + toda la temporada junta. Y House of Cards es muy buena", describe.


El mencionado informe recabó datos entre enero y julio de este año de dieciséis países entre los que no estuvo Argentina, aunque desde Netflix señalan que los indicadores de nuestro país son similares a países como Brasil, Alemania, México, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos. Se estipuló un número mágico para las más de veinte series tenidas en cuenta en relación a su relevancia final. "El 70 por ciento de los espectadores que vieron el episodio 'gancho' continuaron y completaron la primera temporada. Es decir ya no hubo marcha atrás", detalla. El estudio no revela cuáles fueron los momentos específicos de esos episodios, pero deja abierto el camino al recuerdo. Por ejemplo, en Breaking Bad fue con el segundo capítulo, o sea "el de la bañera con ácido cayendo desde el techo". Y en The Walking Dead fue con "Guts", cuando Rick Grimes dejó encadenado a un tubo al racista hermano de Daryl Dixon. En Dexter, ficción sobre un "querible" asesino serial, obviamente su punto fuerte eran las muertes, pero los usuarios le dieron el visto bueno cuando se revive el primer asesinato del protagonista hacia el tercer episodio.


¿Puede ayudar esta información a saber en qué instante dar el golpe? Marta Kauffman, que para esta señal creó Grace y Frankie, cree que sí. En esta comedia, los personajes de Jane Fonda y Lily Tomlin se vuelven compañeras a la fuerza, ya que sus ex esposos salieron del closet e iniciaron un romance: "Ellas deben enfrentar su miedo, enojo e incertidumbre para seguir adelante. Para mí, como creadora, es clave el cuarto episodio, para cambiar el enfoque de la historia del pasado hacia el futuro. Saber que la audiencia nos acompañó en ese momento fue muy agradable", dice la hacedora de Friends. ¿Será esta herramienta de análisis una clave para un negocio en inflexión? "Todos los contenidos de ficción van camino a ser on demand; estamos en un momento de transición importante, pero lo que todavía no está resuelto en el campo digital es la monetización", lanza Antolini.

 

Desde 100 Bares pone el ejemplo de Entre caníbales, que tuvo y tiene una repercusión notable en la plataforma online de Telefe aunque la transmisión tradicional no corrió la misma suerte. "Tal vez los puntos de rating que nos faltaron para el aire estaban ahí. Eso más allá de los problemas que haya podido tener la serie, pensar que iba a generar empatía en un año electoral y no resultó. Lo que es claro es que hay una convivencia de dos mundos audiovisuales, y eso redunda en un beneficio para el espectador".


En definitiva, tanto Calori como Quesada aseguran que justamente parte de su trabajo como guionistas es usar los cliffhangers para "dar espectacularidad", "aplazar un misterio o agrandarlo para que luego ruede como una bola de nieve"; pero descreen que el uso de fórmulas sea completamente fiable. Ahí está el caso de la serie Botineras y su viraje de la comedia hacia el policial con la muerte de un personaje protagónico. Dice Quesada: "El enigma de quién era el asesino fue el misterio que hizo crecer y sostuvo la novela hasta el final. Aunque el momento histórico que hacen que una temática sea aceptada o rechazada, la química entre el elenco... se pueden ajustar al máximo los riesgos, pero nada es garantía. En lo personal creo que el riesgo siempre es garantía". Calori recuerda el gancho de un episodio de The Killing, en el que a uno de los protagonistas lo muelen a palos dejándolo en el medio de un bosque. "¿Cuándo va un gancho o no? Es lo sabe cualquier guionista. Diría que el verdadero valor de estos servicios no es siquiera su biblioteca, es saber lo que quiere la gente. En Google es saber lo que vos buscás, acá es el algoritmo que tienen, es la data que involuntariamente brindás. No está mal, no es 'el videoclub del futuro' como se dice; el valor es la información, tienen un mapa de los gustos de la gente estrambóticamente grande". O, para ponerlo en palabras de Robin: "Santo streaming, Batman".

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Miércoles, 28 Enero 2015 06:27

Modelo Globo

Modelo Globo

El canal Telefe concluyó en los primeros días de 2015 la emisión de Flor del Caribe, telenovela en la que la Red Globo, multimedios dominante en Brasil y que suele jaquear a los gobiernos del Partido de los Trabajadores con operaciones diversas y sofisticadas, propone un singular modelo de organización social, en el que los blancos y los militares y la fe son los únicos capaces de resolver conflictos complejos y dramáticos.


Globo es uno de los productores de telenovelas más grandes del mundo. Sus emisiones llegan a 90 países y en nuestra región tiene alianzas con Telefe, Canal 13 de Chile y Azteca de México, entre muchos otros. Decenas de millones de brasileños pueden recibir en algún momento del día, aunque no lo busquen ni deseen, un contenido del multimedios, a través de su canal central, los regionales, radios, diarios, revistas y la multiplicada presencia en Internet.


Flor del Caribe transcurre en Villa de los Vientos, balneario paradisíaco sobre el Atlántico, cercano a Natal, capital del estado de Río Grande del Norte, noreste, que tuvo protagonismo modesto en la Segunda Guerra, cuando Estados Unidos desplegó allí una base aérea por la ubicación estratégica de la ciudad, el punto más cercano al continente africano. Con autoría de Walter Negrâo y dirección de Jaime Monjardim, la telenovela transcurre por los andariveles conocidos del malo que traiciona al amigo bueno y quiere quedarse con su mujer, en un ir y venir incesante de traiciones y celadas. Pero el producto es más complejo ya que, acorde con su tendencia, Globo se ocupa de salpimentar los asuntos amorosos y el desfile de cuerpos bronceados en las playas y aguas turquesas con toques de realismo político: el abuelo del malo, por ejemplo, es un criminal de guerra holandés activo en el Holocausto y que, con identidad falsa, construyó un imperio económico en Brasil. Lo políticamente correcto es que termina en prisión, juzgado en Alemania.


El modelo que Globo propone para la historia de obvio final feliz es una suerte de "sueño del pibe" de la derecha brasileña: en Villa de los Vientos la justicia sólo se logra con la acción de "los tenientes", oficiales de la base de la fuerza aérea en la región. Lateralmente, la policía hace alguna intervención, pero no se ven autoridades civiles en ninguna ocasión, no aparecen jamás, porque la organización social que Globo propone no los quiere.


"Los tenientes" capturan al criminal nazi, impiden asesinatos, le dan una mano al bueno —ex aviador militar— cada vez que tiene un problema, y hasta ayudan a pintar su casa. El comandante, además, tiene tiempo para construir con un joven del pueblo una reproducción de un "plato volador" que cree haber visto en la infancia. Siendo que los militares son así de buenos y nos garantizan cuanto necesitamos, ¿para qué querríamos política, elecciones y funcionarios civiles?


La complejidad del mensaje está dada a la vez por una mirada bonachona, liberal en el buen sentido, ante avatares incontrolables, como el embarazo que llega antes del casamiento o el muchacho joven y musculoso que se enamora de una mujer madura. En fin, gente moderna, pero hasta ahí nomás, porque se deslizan a la vez escenas de conservadurismo recalcitrante sobre la mujer. Por caso, la pareja estelar va a ver una casa para vivir, y al momento de discutir precio y condiciones, ella se retira y él se queda a solas con el vendedor. En la escena siguiente aparece anunciando la compra, mientras ella toma un té y cuida a los niños. Cuando dos hermanos, dos amigos, tienen que discutir un asunto importante, la mujer de la casa se retira prontamente, para prepararles un bocadillo o un refresco.


No se discute de riqueza y pobreza en Villa de los Vientos: los desplazados reciben la ayuda de una ONG formada por los pudientes, y con eso ya estamos bien. En momentos dramáticos, cuando una tragedia está por abatirse sobre los protagonistas, no falta un personaje que le encomienda a Dios arreglar el asunto. Y a él se le atribuye toda felicidad: cuando la pareja estelar se casa, en el brindis alguien exclama: "Gracias al Santísimo". Unos segundos antes ellos salieron del templo y los primeros en presentar honores son los militares, bayonetas en alto.


Y algo infalible en gran parte de la televisión brasileña: aunque 52,2 por ciento de los 3,1 millón de habitantes de Río Grande del Norte viene de la mezcla de razas, los tres personajes principales son blancos, de máxima blancura, así como los abogados, la mayoría de los tenientes, el delegado policial. Mestizos y negros pueden verse, sí, trabajando en las minas o en la pesca.


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Miércoles, 09 Julio 2014 06:02

La huella del otro

Desde el punto de vista estrictamente técnico, la comunicación con el otro puede establecerse entre personas y máquinas, entre máquinas o entre sujetos.


Sin embargo, la comunicación humana insiste en eludir similitudes y la precisión electrónica o lógica de emisores y receptores.
Quienes comparten mensajes pueden usar análogos recursos teóricos y perceptivos e interpretarlos de modo diferente o bien coincidir con desconocidos de ajenas cosmovisiones.


En los complejos intercambios humanos intervienen habilidades personales, universales, culturales y, bajo capas de convenciones y convicciones, universos de señales sutiles. Huellas primarias sobre las cuales, educación y adiestramientos, experiencias y elecciones personales instalan gustos y disgustos, adhesiones y prejuicios. Cuanto más profundos e inconscientes sus surcos, más automáticas serán las respuestas.


Datos inocuos si, durante el proceso de concentración global de la economía, no se hubiesen desarrollado tecnologías de manipulación de conciencias, contenidos y formatos de comunicación, tan capaces de vender productos y administrar necesidades y consumos como de fomentar conductas acríticas y adictivas en audiencias mundiales.

Para que los estímulos desalienten el pensamiento crítico y cedan control social efectivo a la anomia se necesita de jueces, cómplices y silencio.

Nadie se sorprenda entonces que una palabra como "extorsión" tenga tanta importancia para los buitres y sus socios.
Difícil libertad *


Un siglo de metódico trabajo de marketing social para maximizar ganancias corporativas aún manifiesta el implante de hábitos y valores que convirtieron a valiosos intelectuales en escépticos fabricantes de papers, a sindicalistas en patrones y a tanto militante por un mundo mejor, en empleado al servicio de intereses que otrora despreciaba.


Las violaciones a los derechos comunicacionales son digeridas por sus víctimas del mismo modo como lo hacen algunas víctimas de otros delitos: justifican al agresor y hasta exigen castigos para quienes las defienden o se atreven a rebelarse. El poder de los medios masivos es más evidente a la hora de promover fanatismos.


Primero construyen al culpable, luego se naturalizan sus presuntos delitos mediante reiteraciones y, finalmente, se dicta su condena convocando consensos virtuales, antes que la suscriba un eventual magistrado.


En esta etapa de la batalla cultural, las víctimas por exposición mediática aún son habitantes de un mundo donde la libertad continúa traduciéndose como caos. Señalan la urgencia de seguir desnudando operaciones y consignas que promueven egocentrismos y dobles estándares y de crear simultáneamente gestos y antídotos que aceleren los tiempos de labranza y cultivo de normas humanitarias.


Alcanzar mayores espacios de mutua libertad siempre parece demandar la apertura a debates genuinos y la formulación de propuestas que convoquen todas las tradiciones intelectuales e imaginarios posibles.


Sostener plataformas de debates ofrece oportunidades para elegir entre confrontaciones estériles y un trabajo que transforme conflictos y coincidencias en acciones de mutuo beneficio.


"El rostro de mi prójimo..

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una alteridad... que abre al más allá" *


Asumir responsabilidades colectivas junto al Otro también significa profundizar en las huellas de diversas construcciones superestructurales, nutrir negociaciones, aceptar compromisos.


Cuando la libertad abandona al mármol se ejercita entre opciones encarnadas, logra concentrarse en dualidades más hondas y apartarse de las superficiales. Por caso, la difusión de audiovisuales exhibiendo a bárbaros que fueron profundos pensadores y a civilizados intelectuales que desplegaron brutalidades asesinas en defensa de mezquinos intereses, perturbó los tradicionales duelos entre las categorías "civilización" y "barbarie".


Sólo a partir de que el Estado interviene en el intercambio comunicacional y garantiza el acceso a la emisión y recepción de diversos sectores de representación popular, los ciudadanos no necesitan definirse por su pertenencia al rebaño. La puesta en valor de las elecciones personales y comunitarias y los disensos y acuerdos que aportan los debates cuestionará no pocos prejuicios y capacidades personales para disfrutar de una sociedad cada vez más inclusiva.


Un país multicultural como Argentina ofrece hoy la enorme oportunidad para diseñar, entre todos, y desde el sur del planeta, los próximos e históricos cambios de paradigma.


Después de todo, las coherencias entre la teoría y la práctica son la mejor vidriera de la efectividad de las políticas éticas y solidarias, confirmando con alegría, "como se hace" para que la Patria sea el Otro.


* Emmanuel Levinas (1906-1995).
** Antropóloga Universidad Nacional de Rosario.

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Jueves, 23 Enero 2014 06:46

La destrucción de la infancia

La destrucción de la infancia

Algo está ocurriendo de lo que no se habla mucho en los fórums mediáticos y políticos del país, que está teniendo un enorme impacto en la calidad de vida de nuestro presente y de nuestro futuro. Me estoy refiriendo al gran deterioro del medio cultural en el cual está sumergida la infancia. Un indicador de ello, entre otros, es el mundo mediático al cual están expuestos los niños. Y no me refiero solo al número de horas que los infantes están frente al televisor u otros medios visuales de entretenimiento, lo cual continúa siendo un problema grave (en EEUU, donde este tipo de estudios se realiza sistemáticamente, este tiempo de exposición ha subido de una hora y media en los años setenta a cerca de cuatro horas ahora). Me estoy refiriendo, además del tiempo de exposición, al marcado deterioro de los contenidos del producto mediático. El deterioro en el contenido educativo de los programas televisivos o de los videojuegos ha sido muy marcado, con un incremento muy notable de la promoción del consumismo, del individualismo, de la violencia, del narcicismo, del egocentrismo y del erotismo como instrumentos de manipulación. La evidencia de que ello es así es abrumadora. Estos contenidos —que configuran muy negativamente los valores de la sociedad— están muy extendidos, incluidos los adultos. Pero lo que es todavía más preocupante es que muchos de estos valores se presentan incluso con más intensidad en los programas orientados a los infantes. Y la situación está empeorando. Me explicaré.


A mediados de la década de los años setenta, se hizo un estudio sobre el contenido de los programas de televisión para los niños y niñas en EEUU. Lo hicieron investigadores de la The Johns Hopkins University. En dicho estudio se vio que la violencia, muy generalizada en los programas de televisión de EEUU, estaba incluso más presente, paradójicamente, en los programas orientados a los infantes. Este estudio creó un revuelo considerable en aquel país. Y me tocó a mí presentarlo en el Congreso de EEUU, no como Profesor de la Universidad que hizo el estudio, sino como dirigente de la Asociación Americana de Salud Pública (American Public Health Association, APHA), habiendo sido elegido de su Executive Board por los 50.000 miembros de esta Asociación.


El Comité de Asuntos Sociales del Congreso de EEUU organizó una serie de testimonios para analizar qué estaba ocurriendo en los programas de televisión orientados a la infancia. Y convocó una sesión en la que estaban los presidentes de las tres cadenas de televisión más importantes de EEUU (CBS, ABC y NBC) por un lado, y el representante de la APHA (que era yo), por el otro. Siempre recordaré aquel momento. Allí estaba yo, hijo de la Sagrera, el barrio popular por excelencia de Barcelona, España, con el enorme privilegio (en un país de inmigrantes) de representar a mis colegas de la APHA y defender los intereses del pueblo estadounidense frente a tres de las personas más poderosas de EEUU, que en su testimonio intentaban ridiculizar el mío, subrayando que yo estaba exagerando el impacto de esos programas en la infancia de EEUU. Puesto que no podían cuestionar los datos que documentaban la enorme violencia de los programas infantiles, se centraban en negar que tuvieran impacto en los infantes. Este argumento fue fácil de desmontar, con la pregunta que les hice delante del Congreso: "Si ustedes creen que sus programas no tienen ningún impacto entre los niños, ¿por qué cuesta casi un millón de dólares cada anuncio comercial que aparece en dichos programas?". No respondieron. Negar que tales programas tengan un impacto en los televidentes es absurdo. El Congreso de EEUU, por cierto, no hizo nada, pues no osaban contrariar a esos grupos de poder.


La situación se está deteriorando


Y la situación es incluso ahora peor. Esta fijación de los infantes a los medios audiovisuales está ampliamente extendida, a través ahora de los videojuegos, que están sustituyendo a la televisión. El grado de exposición de los infantes a los videojuegos ha alcanzado un nivel que sobrepasa con mucho el tiempo frente al televisor. La transmisión de los valores citados anteriormente a través de estos videojuegos es masiva. Es el equivalente al "fast food" (comida basura) en el mundo psicológico, cultural e intelectual. De ahí que en varios países europeos se esté considerando prohibir la importación de videojuegos procedentes de EEUU (que son extraordinariamente violentos), que contaminan masivamente a los niños y niñas. Creo que las autoridades públicas españolas deberían considerar su prohibición, como está ocurriendo en varios países en Europa.


Pero, además de la contaminación que muchos de estos videojuegos suponen para la infancia, esta exposición a la cultura del videojuego sustrae al infante de otras actividades. Existe evidencia de que a mayor exposición televisiva y mayor tiempo dedicado a los videojuegos, menor es la capacidad de lectura y comprensión de textos. La lectura de libros —los clásicos de la infancia, desde Heidi al Pequeño Príncipe— está disminuyendo muy rápidamente. Se me criticará que esta nota transmite cierta nostalgia, lo cual no es cierto, pues mi crítica no es que no se lean estos textos, sino que no se lea este tipo de textos, en los que la narrativa conecta al individuo con la realidad que lo rodea, ayudándolo a desarrollar una visión solidaria, amable y colectiva de la sociedad. Enfatizar la fuerza, el ego, el yo y la satisfacción rápida e inmediata de lo deseado, sin frenos, nos llevará a todos a un suicidio colectivo. Y me preocupa que ya esté ocurriendo. Si quieren ver su futuro, vayan ahora a EEUU, y lo verán. El cambio sufrido desde la década de los ochenta, cuando se inició la época neoliberal con Reagan y Thatcher, ha sido enorme. El neoliberalismo, el canto al "éxito" sin frenos, el individualismo, el narcisismo, el darwinismo, han inundado todas las áreas de la cultura de la infancia.


Las niñas como objetos sexuales


Otro elemento de deterioro de la cultura infantil y juvenil está en la reproducción de los estereotipos, detrás de los cuales hay una relación de poder. Uno de los más marcados es el que reproduce la visión machista de la sociedad, presentando a las mujeres como objetos deseados eróticamente, y que afecta marcadamente a la infancia. Esta visión ha alcanzado dimensiones patológicas. En los países más machistas (y España está en el tope de la lista), la mujer va siempre muy escotada (y cada vez más), y si no, vean los telediarios. ¿Por qué no van los hombres en los noticiarios escotados cuando dan las noticias, y sí las mujeres? La imagen erótica, con una definición de belleza establecida por el hombre, está alcanzando tal nivel hiperbólico que se inicia ya incluso en las vestimentas infantiles con las muñecas Barbie. Varios países europeos –como Francia- están también pensando en prohibir tales tipos de muñecas. Se está alcanzando un nivel que exige una movilización, protestando contra esta contaminación con la promoción de unos valores que son dañinos para la infancia y para la población en general.

Espero que el lector se sume a estas movilizaciones. Si usted ama a su país, le sugiero que haga algo. No deje que le manipulen ni a usted ni a sus hijos, hijas, nietos o nietas. ¡Indígnese! ¡Haga algo!

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Miércoles, 16 Octubre 2013 07:04

El show no debe continuar

El show no debe continuar

"Esto demuestra que no fue el portero, él no mató a Angeles." La joven que escucha atentamente a su enamorado le refuta "pero es Araceli, no es Angeles". "Ya lo sé, es la misma banda, es el mismo patrón, hay otra chica más", el muchacho sentencia con firmeza. La situación surrealista de un bar porteño podría pasar desapercibida ante la innumerable cantidad de ejemplos que se suceden cotidianamente. Empero, la revelación del caso por parte del joven evidencia un posicionamiento que resulta cada vez más frecuente entre los consumidores de los medios de comunicación dominantes. La resolución de enigmas policiales al estilo de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie ya no configura sólo un género de la narrativa literaria. La hibridación entre ficción y realidad reproduce, desde una operación mediática, la continua frivolización de tragedias individuales que se convierten –sin autorización alguna– en temáticas centrales de la vida pública.

 

Hace algunos días, la policía halló el cuerpo sin vida de una adolescente que se encontraba desaparecida. Las cámaras, luces, micrófonos y grabadores trasladaron su escenario ambulante hacia el noroeste del conurbano bonaerense. El melodrama que más vende en las programaciones identificó los personajes, la trama, el desenlace y se lanzó al estreno. Con la nula preocupación por los familiares, se desa-rrollan hipótesis que, a modo de sucesión de capítulos en una temporada de serie norteamericana, inundan los canales televisivos, las emisiones radiales y las páginas de los diarios. Los periodistas especializados en policiales se multiplican. Los "periodistas especializados en todo" abordan el tema. El derrotero de la investigación policial deviene en talk-show donde convergen las situaciones más inverosímiles con el archivo de la causa. Escena repetida.


El filósofo lituano Emmanuel Lévinas plantea que un rostro no es un conjunto de una frente, dos ojos, una nariz y una boca, dado que su significación desborda su imagen. Los medios tienden a abusar de la utilización de los rostros de las víctimas. En esa operación las imágenes se resignifican de manera continua, la repetición produce el desplazamiento de la identificación con la persona a la identificación con el personaje unilateralmente creado por los comunicadores. En el espectáculo de la criminalización los que sufren la deshumanización son las víctimas. Los estudiosos de la dramaturgia aseguran que los actores deben reafirmar su condición de tales en torno de la relación con el público. Es decir, quien les otorga la legitimidad para representar diversos personajes es el espectador. Aquí las relaciones se tejen desde diferentes sectores. Los medios de comunicación construyen una representación de las víctimas adecuada a la lógica del consumo mediático. Como si no hubiese sido suficiente el trágico destino terrenal, se resignifica su condición y se las manipula atendiendo las necesidades de los espectadores. El público, por último, acepta el desafío y se debate entre las múltiples explicaciones esbozadas por los interlocutores de turno.
Los consumidores de los melodramas policiales adoptan una postura activa en el desarrollo de la trama. El contraste de hipótesis, la identificación de culpables, la exoneración de inocentes y las profecías sobre la resolución final aparecen con llamativa celeridad en el discurso del público como si se tratase de un capítulo de Mentes criminales, CSI o La ley y el orden. El teatro, el cine y la televisión han dejado numerosos ejemplos de la identificación entre los espectadores y los personajes. La tragedia se intensifica cuando se recuerda que aquí no hay actores. El aparentemente simpático entretenimiento que para muchos radica en disfrazarse de detectives y resolver el misterio se realiza a costa del sufrimiento –real, no representado– de otros.


El poeta Octavio Paz definió la modernidad como un "baile de máscaras". Los recurrentes ejemplos en la prensa argentina nos permiten pensar que aquí ni los muertos están exentos de ellas. Manipulados hacia una función que nunca quisieron representar, los medios hegemónicos no vacilan en atribuirles características, publicar su privacidad y transgredir cualquier tipo de intimidad. Familiares, amigos, vecinos, para todos existe un papel de reparto y una caracterización. Las situaciones se van reproduciendo con la lógica de una serie que necesita captar y sostener la tensión de sus espectadores. La musicalización, las imágenes, la producción de lo que antes era noticia y devino en escena contribuyen a transformarla en espectáculo. Los consumidores reproducen, enfatizan y realizan sus apuestas. Los límites se tornan difusos, las fronteras permeables. El show no siempre debe continuar.

 

Por Por Matías Emiliano Casas, profesor Magister en Historia (Untref, Conicet).

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Las heridas del paramilitarismo siguen abiertas en Colombia. Y una serie de televisión llamada Tres Caínes, que intenta mostrar la vida de los fundadores de este fenómeno, los hermanos Fidel, Vicente y Carlos Castaño, ha echado sal al duelo de las 250.000 víctimas del paramilitarismo, según cifras oficiales.

 

Desde el pasado 4 de marzo, todas las noches, miles de colombianos ven en sus televisores cómo los hermanos Castaño toman venganza del asesinato de su padre a manos de la guerrilla de las FARC. La serie domina los índices de audiencia y sigue al éxito que tuvo dentro y fuera de Colombia Escobar, el patrón del mal, que retrataba al narcotraficante más peligroso del país, Pablo Escobar.

 

Este tipo de series se han convertido últimamente en una tendencia y en un producto de exportación, con una receta que mezcla la ficción con la realidad del bajo mundo. Pero esta receta se ha topado esta vez con la reacción airada de las víctimas, expertos y periodistas, que consideran que estos programas afectan la dignidad de quienes han padecido el conflicto armado colombiano. La principal queja es que, al menos en su arranque, la dolorosa historia del paramilitarismo está contada desde el lado de los victimarios, lo que, en su opinión, termina por legitimar los crímenes cometidos por estos delincuentes contra civiles inocentes.

 

El creador de la serie, el colombiano Gustavo Bolívar, ha defendido su guión afirmando que se basa en investigaciones, entrevistas y testimonios extraídos del proceso Justicia y Paz, el sistema que se aplica en Colombia desde 2006 a los desmovilizados de grupos armados ilegales. También ha dicho que las víctimas aparecerán más adelante en la historia. “Muchos creen que la televisión es la causante de la violencia en Colombia. De hecho llegan a la postura simplista de culpar a los escritores de lo que pasa”, ha escrito Bolívar en su blog ante la polémica.

 

A medida que la serie ha ido subiendo de audiencia han crecido las críticas. Ha provocado, por ejemplo, que el actor Julián Román, que interpreta a Carlos Castaño, se disculpara con las víctimas tras recibir una carta de familiares de desaparecidos, en la que le decían que “cada acción que ustedes representan, como ficción, los familiares de los desaparecidos forzadamente, la vivimos en carne propia una y otra vez”. Román, sin embargo, respondió que estas series buscan generar un diálogo para “fortalecernos como sociedad”.

 

La protesta de las víctimas no ha quedado ahí. Un centenar de ellas protestó frente a las instalaciones del canal privado RCN, dueño de la serie, y le enviaron una carta a sus directivos pidiéndoles que la retiraran y que les dejaran contar su versión porque creen que Tres Caínes no corresponde a la realidad. “El paramilitarismo no es un producto de venganzas y pasiones personales y las consecuencias de su accionar, que ha dejado millones de familias desplazadas y cientos de miles de hombres y mujeres asesinadas, desaparecidas, torturadas y masacradas, no son el resultado de una decisión aislada y solitaria de los hermanos Castaño”, dice la carta de las víctimas.

 

Omar Rincón, crítico de televisión, ha escrito en el diario El Tiempo que la producción del programa merece un diez, pero que “hay que contar la realidad sin celebrar a los violentos”.

 

La polémica también se trasladó a las redes sociales donde surgió la iniciativa Noen3caines. En Facebook el grupo tiene más de 12.000 seguidores que apoyan una campaña de mensajes directos a las compañías que anuncian sus productos en el programa para que retiren su publicidad. La campaña la crearon expertos en marketing que, cansados de los contenidos violentos de las producciones colombianas, imitaron una similar que logró la retirada de los anunciantes del programa español La Noria, tras emitir una polémica entrevista con la madre de un menor condenado por encubrir el asesinato de Marta del Castillo, previo pago de 10.000 euros (casi 13.000 dólares).

 

Desde que se lanzó Noen3caines cinco compañías han retirado su publicidad.Por ejemplo, la empresa chilena Falabella, publicó un mensaje en Twitter apoyando la causa, lo que el guionista Bolívar ha calificado de doble moral, ya que esa empresa se anunció en la serie sobre Pablo Escobar. Por su parte, Fernando Gaitán, creador de la popular Betty la fea y ahora vicepresidente de RCN, ha dicho que la decisión de los anunciantes estaría censurando una serie que no pretende ser la “memoria histórica del paramilitarismo”.

 

No es la primera vez que una producción sobre narcoviolencia genera controversia en Colombia. Habrá que ver si los que la critican logran dejarla sin anunciantes, si el rating les da la razón a sus creadores o si los televidentes inconformes optan, sencillamente, por cambiar de canal.

 

Por Elizabeth Reyes L. Bogotá 29 MAR 2013 - 02:41 CET

 

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Cuando la ciencia pasa de los laboratorios a la pantalla

En el año 2000, en el panorama de las series policiales irrumpió una que intentaba resolver crímenes de un modo particular: la intriga típica de “misterio a resolver” pasaba de la calle y el policía intuitivo, que descubría quién cometió el delito, a los laboratorios y un equipo de policías forenses que, tras una serie de pruebas, lograba identificar al delincuente. Tal fue el éxito de CSI (lunes a las 21 por AXN) que tuvo dos ramificaciones: CSI Miami y CSI NY. Y la razón científica se extendió a otras series: desde entonces, Dr. House (repeticiones, lunes a sábado a las 19 por Universal), Bones (viernes a las 21 por FX), Lie To Me (repeticiones, domingos a las 21 por Investigación Discovery) y la comedia The Big Bang Theory (martes a las 21.30 por Warner) hicieron de cómo resolver asesinatos, la manera en la que se puede curar una enfermedad, las fórmulas de la física experimental o la aplicabilidad de sus teorías el contexto en el que las historias que cuentan tienen lugar.


Los científicos ganaron en popularidad: el laboratorio forense liderado en sus inicios por Gil Grissom ya va por su decimotercera temporada, el médico encarnado por Hugh Laurie ingresó en el 2012 en el Libro Guiness de los Records por ser “la ficción más popular del mundo” (81,8 millones de espectadores en 66 países), y el primer episodio de la sexta temporada de la sitcom protagonizada por cuatro nerds y su vecina mesera fue visto por más de 15 millones de personas sólo en los Estados Unidos. Página/12 consultó sobre este fenómeno a expertos no sólo sobre las series, sino que además son expertos en el campo científico: los biólogos Diego Golombek y Luis Cappozzo, el físico Alberto Rojo y la química Valeria Edelsztein. La pregunta, claro, es por qué la ciencia pasó de generar “ratas de laboratorio” a estrellas de televisión.

 

En el día a día


El siglo XXI marca una diferencia en cuanto a desarrollo e innovación científica y tecnológica: cada conocimiento nuevo que se produce en un laboratorio tiene consecuencias (casi) inmediatas en la vida cotidiana. “Responde a una lógica de los medios en los cuales la ciencia y la tecnología real están siempre presentes”, observa Golombek, y agrega que no es simplemente una promesa de lo que vendrá. “Hay cambios vertiginosos en comunicación, en energía, en salud, con lo que estos personajes se vuelven un poco más parte de la realidad cotidiana. De ahí que estén tan reflejados en las series actuales, más allá de que están exagerados, igual de exagerados que está un policía o un detective en una serie.” Y Cappozzo apunta que detalles de la vida cotidiana, “desde los smartphones hasta los análisis que hace el médico o las operaciones bancarias, requieren que se conozca desde un lenguaje que proviene del mundo de la ciencia. Estamos en el siglo de la ciencia y la tecnología”.
Pero no es sólo una cuestión del día a día, sino también una especie de apuesta al futuro, creen. Un cambio de paradigma, para decirlo en términos científicos. Golombek opina que estas series posiblemente se deban “a lo que la gente está acostumbrándose a ver, la riqueza de una sociedad no está solamente en las reservas que tiene en el Banco Central, sino también en sus ideas, las patentes, y en cómo puede intercambiar tecnología. Si esto va creciendo en el imaginario social se va a ver reflejado en la tele”, analiza. Edelsztein, por su parte, sostiene que da cuenta de una apertura de la comunidad científica y un mayor interés del público respecto de qué hacen los científicos. “Estas series están mostrando un lado de la ciencia que no es el que uno se imaginaría, porque cuando se piensa en la ciencia es un tipo medio ermitaño –arriesga–. Pero se pueden hacer otras cosas, que tienen una explicación, y pueden servir para resolver un crimen, hacer un diagnóstico, y también puede ser divertido. Eso hace que a la gente le interese. Genera curiosidad.”


Divulgación sin vulgarizar


Un debate muy encarnado en el mundo científico –y sobre el que no hay ni habrá una postura unificada– es si las distintas formas de “divulgación científica” ayudan a la comprensión no sólo de los resultados de experimentos o avances científico-tecnológicos, sino también a las maneras y los caminos realizados para llegar a ellos. Y si los programas televisivos eran motivo de rispideces, las series aumentaron el escozor de la polémica. “A través de la televisión e Internet tienen una masividad que de otra manera no podrían lograr”, concede Edelsztein, y está convencida de que la televisión da “una oportunidad genial para comunicar ciencia”. “Hay que ver cómo se hace con los tiempos de televisión, con el formato de televisión. Es difícil, porque tenés que por un lado mantener lo televisivo, y por el otro lado también es interesante mantener cierto rigor, transmitir algún concepto. Es una oportunidad genial.”


¿Cómo compatibilizar, entonces, la función de entretenimiento de las series de televisión con la necesidad de cierto rigor en cualquier planteo científico? Rojo tiene una propuesta polémica: aprovechar la masividad para, además de transmitir conocimiento probado, estimular el desafío a eso probado. “Disfruto cuando series o películas no respetan los principios físicos por un propósito artístico. La transgresión inteligente puede ser tan interesante como el rigor”, apuesta. Y Cappozzo, protagonista y asesor de la argentina Area 23 (ver aparte), define: “Comunicación de la ciencia: hay que poder mostrar cómo opera el pensamiento científico, que es tan importante como dar una noticia científica, porque así cualquier persona curiosa va a tener mayor facilidad para poder comprender e interpretar una noticia sobre ciencia. Por eso las series son excelentes: porque, además, entretienen. Y todo el tiempo están explicando cómo es ese proceso”.


Me vuelve loco tu forma de ser


Grissom, House, Lightman, Brennan y, sobre todo, Sheldon Cooper –los personajes de las series mencionadas– tienen una gran dificultad para adaptarse a la vida social o les cuesta diferenciar entre el sentido literal y el figurado. De alguna forma, esas representaciones recogen lo que muchos imaginan que es (y hace) una persona que se pasa todo el día en los laboratorios diseñando fórmulas y experimentos. ¿Es tan así? “Hay un montón de detractores de estas series, médicos o científicos, porque dicen que estereotipea, que da la idea de que los científicos son asociales, que no pueden relacionarse, y lo interesante es poder reírse de uno mismo, porque hay un montón de cosas que uno ve reflejadas”, señala Edelsztein. Y aunque asegura que nadie es como aparecen los personajes en las series, ve cosas suyas reflejadas. “Y también muchas del entorno, especialmente en The Big..., que es la que más tiene que ver con el lugar donde estoy. Hay muchas cosas que son parte del comportamiento natural del hábitat...”, confiesa divertida.


Esa idea preconcebida tiene que ver con la representación del científico como una persona solitaria, en bata, que pasa más tiempo con las pipetas que fuera del laboratorio. “Lo del científico hosco es un estereotipo”, se planta Rojo. “Es cierto que si tu profesión es pensar, sos propenso a la introspección. Pero en el mundo científico hay hoscos y simpáticos, algunos incluso muy mediáticos y buenos científicos. Ahora, podés ser muy hosco y ser científico, pero no podés ser asocial (a la manera del estereotipo) y ser conductor de TV o especialista en marketing. La diferencia es quizá que la ciencia es un ámbito en que el hosco puede ser exitoso”, compara. Y Edelsztein coincide en que los rasgos de los personajes son tomados de la realidad, aunque rara vez se dan todos juntos. “Yo no me cruzo con gente que sea como Sheldon Coo-per o House, pero hay sí workaholics que dedican su vida a hacer investigación y las relaciones humanas les cuestan mucho. Eso sí existe”, asegura.
Nada al azar


En las series analizadas, incluida la propuesta argentina, ninguno de los detalles científicos está librado al azar: ni los procesos químicos para determinar un ADN, la definición de la causa de una muerte analizando los huesos de la víctima, las causas de enfermedades extrañas y cómo curarlas o las fórmulas escritas en un pizarrón son producto de la imaginación de los guionistas, sino el resultado del trabajo de asesores científicos. Y sus voces se convirtieron en una parte central de las series, tanto para llenar espacios en blanco en los guiones o participar de la redacción original, escribir fórmulas en las pizarras, indicar cómo debe ordenarse un laboratorio o los “movimientos típicos” dentro de éste, e incluso actitudes domésticas o sociales.


Lo ideal es que el rigor científico se conjugue con el agregado dramático, aun cuando “la exposición es en gran medida superficial”, según Rojo. “De otro modo, creo que perdés a la mayoría de la audiencia. Algunas series en efecto están inspiradas en hechos reales: un ejemplo es el episodio de CSI basado en la pericia que hicieron Ernesto Martínez y Willy Pregliasco en el caso de Teresa Rodríguez”, ejemplifica. Golombek pudo hablar con David Saltzberg, el asesor científico de The Big..., y remarca que “no manda fruta”, una condición de la divulgación científica. “Cuando podés descansar en el rigor científico, tenés que aprovechar al máximo el formato, porque un programa de tele que habla de ciencia es un programa con las reglas y el formato que tiene la televisión”, piensa. Y añade que Mayim Bialik (que interpreta a Amy Farrah Fowler) es doctora en neurociencias de la UCLA, por lo que “no va a dejar pasar verdura en el guión”. “Eso es una escuela de cómo hacer divulgación científica: no mandar fruta, pero después dejarse llevar por el formato”, rescata.

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Miércoles, 13 Febrero 2013 06:06

Imagen y razón

Imagen y razón

“Mientras el hombre esté afectado por la imagen de una cosa, considerará esa cosa como presente, aunque no exista...”

 

Después del fin del mundo maya, los internautas distraídos pueden haber tropezado con otros anuncios amenazantes. Tal vez con el aviso destellante y omnipresente que anuncia “El fin de la Argentina”.

 

El pronóstico, periódicamente actualizado desde 2011, es acompañado con ofertas financieras, amenazas de crisis griegas, consejos para la desobediencia fiscal y advertencias acerca de los resultados que acarrean los subsidios al transporte.

 

Ya no llama la atención que la construcción argumental de su discurso utilice consignas sin fundamento y fuentes de información poco relevantes.

 

Tampoco que se limite a ofrecer el refugio de productos financieros sin una sola propuesta productiva. Ni siquiera sorprende que el alegato insista en pronósticos apocalípticos, con un refrito iconográfico de casi todos los mensajes históricos emitidos por las corporaciones, para garantizarse la continuidad del actual diseño del mundo global.

 

Importa, en cambio, que sobre algunos sectores de la ciudadanía cumplan con el objetivo subterráneo del verdadero negocio: provocar miedo.

 

“Tanto más frecuentemente se impone una imagen a nuestra consideración, cuanto mayor es el número de imágenes a las que está unida.”

 

Las factorías de mensajes publicitarios, con o sin Barba, son entrenadas acerca de predisposiciones, permeabilidad y hábitos culturales de vastas audiencias, y siguen operando sobre hábitos de interpretación y reflejos condicionados.

 

Si bien la reiteración de mandatos para la manipulación de subjetividades (“Tengo miedo”, “Hay miedo”, “Metió miedo”) es idónea para instalar imágenes mentales e incrementar la intolerancia a la incertidumbre, también exhibe las sugestivas semejanzas de estilo, vocabulario y estructura narrativa, que acaban por revelar su común usina ideológica.

 

Así, el diligente emprendedor de referencia carece de propuestas políticas, pero plantea medidas semejantes a las que, en Europa, al decir de Habermas, “debilitan la capacidad económica e incrementan el desempleo”, y su discurso, inmune a obvias contradicciones, es sumamente sensible al ritmo y a la repercusión visual y emocional de cada palabra.

 

El formato combina la retórica individualista con el abandono ciudadano de responsabilidades y la tácita delegación del Estado en manos de las corporaciones.

 

Apenas una sugerencia más clara le permitiría la construcción de un horizonte electoral, sobre la base de públicos permeables al marketing social. Incluso hasta el timbre y la cadencia de su voz evocan otros aspirantes a gerentes de la Nación que pedalean por análogas bicisendas.

 

La estrategia más eficaz para neutralizarlos continúa siendo la sanción social.

 

Por supuesto, “... si todos los hombres pudiesen fácilmente ser conducidos por medio de la razón y conocer la suma utilidad y necesidad del Estado, no habría nadie que no detestase los engaños sino que todos, con gran deseo de llegar a este fin, a saber, la conservación de la República, estarían sujetos a los pactos en todo y guardarían sobre todas las cosas la fe, superior cimiento de las repúblicas”.

 

Hasta que alcancemos esa naturaleza de la razón, de la que todos los humanos y no sólo los argentinos carecemos, es preciso proseguir aprendiendo unos de otros y ayudándonos a reflexionar mutuamente.

 

Cabe destacar que las intrigas de quienes deshonran la comunicación pública, no sólo pretenden provocar desconfianza en el futuro democrático sobre sus audiencias habituales.

 

Ante la notable ausencia de candidatos propios, gestionan la profundización de las diferencias, los distanciamientos potenciales y el desconcierto de los indecisos.

 

Asimismo intentan generar divisiones en las filas progresistas para que, aun cuando sus operaciones de terrorismo mediático sean neutralizadas, se confunda a víctimas con victimarios.

El ejemplo paradigmático es la insistencia mediática en adjudicar la representación global de la “clase media” a la oposición, negando la filiación declarada por las mayorías que adhieren al Gobierno, implantando enfrentamientos y apostando a que los propios sectores progresistas cedan porciones de su electorado.

 

Nunca existió tanta conciencia popular acerca de la influencia de los medios masivos de comunicación.

 

La educación y la experiencia en desarticular engaños abren la posibilidad de diseñar una contraofensiva comunicacional que impida las falsas polarizaciones e incluya a nuevos participantes en el debate político.

 

Tenemos los contenidos, los frutos y las obras.

 

Trabajemos sobre las formas.

 

Todas las citas en itálica pertenecen al Tratado teológico político de Baruch Spinoza (1632-1677).

 

 Por Marta Riskin, antropóloga. Universidad Nacional de Rosario.

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Lunes, 10 Diciembre 2012 07:41

El escondite de la izquierda

El escondite de la izquierda

A plena vista de millones se esconde tal vez la mayor expresión progresista de Estados Unidos. Frecuentemente gente de izquierda lamenta que aquí no haya izquierda, pero pocos se fijan de dónde provienen las expresiones progresistas más efectivas, masivas, impactantes y subversivas en este país: la televisión comercial.

 

No es en la televisión “alternativa” ni en la marginal, sino en los programas más vistos, incluso en los más premiados. Al verlos no cabe duda de que un comando de guionistas y directores izquierdosos han tomado por asalto parte importante del mayor medio masivo del planeta sin que nadie se dé cuenta.

 

Tal vez el ejemplo más destacado es el de David Simon, quien ha ofrecido la visión más acertada y verídica de la sociedad estadunidense contemporánea en dos series de televisión para HBO, uno de los canales más populares de cablevisión. En su extraordinaria serie The Wire, que comenzó transmisiones en 2002 y concluyó en 2008, y actualmente, en su serie Treme, que ahora está en su tercera temporada, el creador y guionista (y ex periodista) Simon cuenta la vida cotidiana estadunidense con una enorme estima, conocimiento y simpatía para los “ordinarios”, pero sin ningún sentimentalismo, maniobra emocional o fórmula fácil.

 

En The Wire se retrataba la vida cotidiana de un barrio marginal de Baltimore, desde la droga, el desempleo, el crimen, el sistema educativo y la policía, o sea, todos los que habitan ese lugar, narrado desde el punto de vista de cada participante.

 

En Treme, cuenta la vida de Nueva Orleáns justo después del huracán Katrina, sobre todo a través de los músicos y los cocineros que son la cultura que rescata y define esa ciudad, pero también los políticos, la policía, los abogados, los empresarios y los maestros, entre otros.

 

Ambas series revelan más sobre Estados Unidos que casi cualquier otro medio y, por definición, al contarlo desde el nivel de la calle, desde el punto de vista de los “ordinarios”, con una perspectiva progresista. Ambas series están entre las más elogiadas por los críticos, y entre las más premiadas por la industria.

 

Pero también la televisión más comercial, la de las cadenas nacionales, está llena de sorpresas. En series tan masivamente exitosas como Law & Order, Boston Legal, y otros dramas del mundo judicial, los temas abordados incluyen la amplia gama de asuntos que están en el debate nacional, desde la corrupción oficial, los engaños de las empresas farmacéuticas y otras trasnacionales, el encuentro entre los más jodidos y los más poderosos en un juicio, el asunto de la pena de muerte, desde la criminalización de los jóvenes hasta el aborto y los derechos civiles, todo abordado de tal manera que uno tiene que sospechar que los guionistas son parte de un complot izquierdista. Nadie más abordaría esos temas de esta manera.

 

Por ejemplo, en uno de los episodios de hace dos años de Law & Order, el procurador de Manhattan decide llevar a juicio a un académico que fue quien elaboró la justificación legal de la tortura para el gobierno de George W. Bush acusado de “cómplice del crimen de tortura”. El nuevo gobierno federal post-Bush se opone, mientras en el juicio se debate sobre el uso de la tortura contra los “terroristas”. Los argumentos ante el tribunal resumen el debate real en torno a este tema, sobre todo el promovido por defensores de derechos humanos y críticos severos del gobierno federal.

 


Hay programas que exploran las partes oscuras de esta sociedad, el mundo del narcomenudeo, programas sobre espionaje internacional en el contexto de la llamada “guerra contra el terror”, así como comedias que exploran la diversidad de género, preferencia sexual, la interacción racial y más.

 

Todo esto no es nuevo. MASH, serie cómica creada por Larry Gelbart, estuvo entre los 20 programas más vistos cada semana durante una década, y era uno de los programas más antiguerra jamás vistos en la tv comercial. Basada en la famosa película, la serie se trataba de un hospital militar de campo en la guerra de Corea, donde los doctores atendían a los heridos en el conflicto, pero utilizando el arte de la comedia para criticar lo absurdo y trágico de toda guerra. El último episodio, en 1983, después de una década, fue el programa con mayor índice de audiencia registrado en la historia de la televisión hasta esa fecha con 125 millones de televidentes. West Wing, transmitido entre 1999 y 2006, la época de Bush, fue una serie dramática de la vida política de un presidente demócrata en la Casa Blanca, donde desde una perspectiva liberal, se abordaban las vidas personales como los quehaceres políticos del presidente y su equipo.

 

Hoy día el noticiero de televisión más influyente entre jóvenes en Estados Unidos –de donde los de entre 18 y 34 años consiguen su mayor información política– es un noticiero ficticio. The Daily Show with Jon Stewart se ha ganado el premio mayor de la industria televisiva cada año, como comedia, pero según encuestas, es uno de los noticieros con más credibilidad entre el público. Tan influyente es que candidatos presidenciales, líderes políticos y una amplia gama de personalidades, han aparecido en el programa. The Colbert Report, que nació del Daily Show, y a través de un comentarista caracterizado de conservador ultrapatriotico, ofrece cuatro veces a la semana una de las críticas más filosas del mundo político y los medios.

 

Algunos dirían que Los Simpson y South Park, entre otras series animadas, también examinan algunas facetas de la vida cotidiana desde una perspectiva subversiva, o por lo menos que se burla del poder y la vida convencional.

 

Por supuesto hay una amplia gama de programación de lo más retrógrada, reaccionaria y convencional que ocupa mucho tiempo en la caja idiota nacional.

 

Pero, de alguna manera, y nadie lo ha explicado, parte importante del medio más masivo del planeta es subversivo. Resulta que si alguien desea una buena perspectiva progresista de Estados Unidos, sólo tiene que prender la televisión. Ahí encontrará sin mucho esfuerzo uno de los escondites de la izquierda estadunidense.

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Domingo, 11 Noviembre 2012 06:25

La realidad, qué fea

La realidad, qué fea

Millones de televidentes siguen con interés los episodios de CSI, CSI Miami, CSI New York y otros programas parecidos. Sus protagonistas son policías científicos que revisan minuciosamente las escenas de un crimen para encontrar algo que delate al autor. Los indicios hallados se someten a exámenes y comparaciones de ADN, huellas digitales y otros, en laboratorios dotados de aparatos técnicos de vanguardia y siempre el criminal es detectado, detenido y procesado. Resuelven los casos prácticamente solos, pero a veces la realidad no imita a la ficción, como quería Oscar Wilde.

 

Annie Dookhan trabajaba como química en un laboratorio de Boston, Massachusetts, en el que se analizan pruebas de estupefacientes. Era muy pero muy eficaz: mientras otros químicos examinan un promedio de 50 a 150 muestras por mes, Annie completaba más de 500 para asombro de sus superiores y colegas. Uno de sus jefes se preguntó hace unos años cómo era posible, pero no fue más allá. Nunca la veían mirando por un microscopio, llamaba la atención que pudiera analizar detritus insuficientes para un análisis y, sin embargo, lo completaba (//passeur dessciences.blog.lemonde.fr, 21/10/12). Pero todo tiene fin: en junio del 2011 fue sorprendida retirando, sin autorización alguna, decenas de muestras de droga de una sala en la que se conservan las pruebas. La policía inició una investigación en diciembre pasado que arrojó varias conclusiones pasmosas. En primer lugar, Annie, 34 de edad y madre, había falsificado su currículum académico: no era química. Y luego: bastaba que cinco muestras de 15 o 20 que le ordenaban analizar contuvieran alguna droga para que decidiera que todas la tenían. Más de una vez resolvía sólo con mirar que el resultado era positivo. Y algo más grave todavía: cuando el caso era negativo, le agregaba drogas a la evidencia para tornarla positiva. Tuvo que renunciar en marzo de este año, en septiembre fue procesada y se encuentra en libertad condicional.

 

Las consecuencias de este escándalo son diversas. No sólo pone en tela de juicio la falta de control de las jefes de sección del laboratorio, lo que condujo a la renuncia de no pocos de ellos: las irregularidades de Annie eran manifiestas desde hacía mucho. Además, podría obligar a la revisión de miles de condenas por posesión de drogas que dictaron los tribunales en virtud de “las pruebas” que la no química aportó durante sus nueve años de trabajo en el laboratorio. ¿Cómo averiguar si las sentencias se basaron en pruebas idóneas o falsificadas? Voceros del sistema judicial del estado estimaron en 8,72 millones de dólares el costo de esa operación (www.bostonglobe.com, 26/10/12). Se han identificado ya a más de mil personas detenidas con base en las “investigaciones” de la señora Dookhan. No le deben estar muy agradecidas.

Annie no manifestó otra razón para su comportamiento que el deseo de mostrarse como una funcionaria modelo que trabajaba con mayor rapidez que los demás. El abogado y químico Justin McShane explicó esa conducta: “En un laboratorio se juzga por las cifras, hay una cultura de presión para que el trabajo se realice sin recursos suplementarios”. Esto desemboca en una problemática más amplia: como expone una publicación de Nature, el hecho revela que el sistema de policía científica de EE.UU. está sometido a un volumen aplastante de trabajo: se ha duplicado entre 2005 y 2009 (www.nature.com, 9/10/12). Y los jueces demandan que los análisis de casos posibles de drogadicción se concluyan cuanto antes.

“Si usted cree que esto no puede suceder en su laboratorio, usted es un ingenuo”, declaró a Nature Robin Co-tton, director del programa de ciencias forenses de la Universidad de Boston y ex director forense de un instituto de investigación. Aumenta, entonces, el número de científicos forenses que son llamados a declarar por los abogados defensores de presuntos drogadictos o dealers: suelen solicitar que la prueba sea examinada por un laboratorio no policial para comparar los resultados. “Se pasan todo el tiempo en el tribunal y no en su trabajo”, se quejó Ralph Keaton, director ejecutivo de la asociación estadounidense de jefes de laboratorios que cumplen esa tarea.

Hay asimismo repercusiones políticas. Deval Patrick, el gobernador del estado de Massachusetts, tuvo un momento de gloria cuando pronunció un discurso brillante en la convención nacional del partido demócrata que se llevó a cabo a comienzos de septiembre para elegir el candidato a la presidencia. Difícilmente podrá Patrick evitar el daño político que estos hechos propinarán a su reputación hasta el final de su mandato. De todos modos, ya había anunciado que no buscará la reelección en los comicios estatales de 2014.

Millones consideran que los episodios de CSI son excelentes, siempre encuentran al culpable. La que fracasa es la realidad.

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