Viernes, 19 Mayo 2017 08:02

La hombría vulnerada

La hombría vulnerada

La última ganadora del Oscar a mejor película extranjera es, además, uno de los filmes más brillantes que se estrenarán este año. El director iraní Asghar Farhadi es un consagrado que cosecha premios por decenas, y uno de los grandes maestros del cine actual, autor de películas imprescindibles, como “About Elly”, “La separación” y “El pasado”. “El viajante” reúne varias de las constantes que caracterizan a su filmografía.

 

Farhadi decidió dedicarse al cine por una vivencia accidental. Fue a ver una película y se metió en la sala equivocada. La proyección había empezado hacía rato, por lo que comenzó a verla a partir de la mitad. Cuando terminó y se fue a su casa pasó el resto del día pensando y especulando con cómo sería ese principio. En ese momento se dio cuenta de que quería filmar un cine así, historias que pudiesen propiciar, en la mente de sus espectadores, esa clase de dudas posteriores. Es por eso que sus películas suelen contar con un enigma fuerte, poderoso; aun después de terminadas dejan espacios de sombra en torno a los cuales quedan un montón de piezas dispersas. Puede decirse que sus obras recién empiezan ni bien terminan; no existe mejor lugar para completarlas que en una mesa de bar, conversando, discutiendo sobre aquello que se vio. Ese es uno de los principales diferenciales: aunque los conflictos presentados sean nítidos y claros, muchos de los puntos fundamentales quedan incompletos, propiciando reflexiones profundas. Es tarea del espectador recoger las piezas e intentar armar el puzle a su manera.


El comienzo de El viajante1 es imponente. El edificio que habita la pareja protagonista sufre una gran sacudida: las paredes tiemblan, los vidrios se resquebrajan, los vecinos entran en pánico, piden ayuda, corren bajando las escaleras, los viejos fantasmas de los bombardeos contra Teherán durante la guerra entre Irán e Irak sobrevuelan. Pero la escena culmina mostrando la verdadera y absurda razón del cataclismo: una excavadora está haciendo estragos en el predio lindero. La capital de Irán hoy sufre de lo mismo que tantas otras grandes ciudades del mundo: una modernización arquitectónica forzada; se desmantelan viejos edificios y se construyen nuevos constantemente. La fiebre edilicia es tal que este trabajo compromete y pone en riesgo las estructuras antiguas, que acaban resquebrajándose o directamente desmoronándose por su cercanía con obras y demoliciones.
Pero esto es sólo una escena al comienzo, y el tema no vuelve a tocarse. La pareja –en la ficción ambos son actores de teatro– se muda a un departamento que un colega les facilita y, al poco tiempo de hacerlo, surge lo inesperado. Un extraño se cuela en el nuevo domicilio, va al baño donde la mujer se está duchando y la ataca violentamente. Cuando el marido llega, encuentra sangre por todas partes, vidrios rotos. Su mujer está hospitalizada, con una gran herida en el cráneo.


A partir de este trágico hecho la película sigue su abordaje naturalista, la pareja continúa su vida cotidiana, pero entramos en lo que es una constante del cine de Farhadi: un hecho fortuito generó una inflexión, un punto de no retorno. Nada vuelve a ser como antes, y se intuye que las consecuencias serán nefastas. En una entrevista el director ilustró claramente este tipo de momentos: “Es como una mesa de billar. Se ponen todas las bolas en la mesa, se les pega con otra bola y todas se expanden por la mesa. Al principio de mis películas los personajes suelen estar en situaciones normales. Pero entonces algo los golpea fuerte y empiezan a ver otro lado de ellos mismos que no sabían que existía”. Así el comportamiento de ambos protagonistas cambiará sutil pero radicalmente.

El trabajo actoral es, como siempre en el cine de Farhadi, sobresaliente. Los intérpretes Taraneh Alidoosti y Shahab Hosseini son viejos colegas de la troupe del director, y su desempeño en el papel de los personajes que intentan ocultar con grandes esfuerzos el “elefante dentro de la habitación” es brillante. Es gracias a estas sutilezas que comienzan las grandes dudas: mientras el protagonista masculino va enloqueciendo soterradamente y reúne pistas para dar con el culpable, la esposa intenta apaciguar su impulso y hasta boicotear su investigación. Ella sabe que nada bueno puede pasar si da con el responsable. Pero aun en este accionar le resulta imposible disimular las secuelas de su trauma. Esto lleva a que su marido –y el espectador– especulen y sospechen lo peor: en ese baño ocurrió mucho más de lo que ella cuenta. Su negativa a hacer la denuncia ante las autoridades puede entenderse por la inoperancia judicial y la posibilidad de que se ensañen con ella –el solo hecho de que haya dejado la puerta abierta puede ser interpretado como un “incentivo” para que se colara un extraño–, lo que podría dañar su reputación. Pero también puede ser que no quiera pasar por la re-victimización que sufren las mujeres violadas al hacer la denuncia, y tal vez pretenda apaciguar el ine¬vitable cataclismo que propiciarían esos hechos.

Si bien el punto de no-retorno de la película es ese posible abuso sexual –cómo y hasta dónde llegó es el espacio de sombra que carcome a su marido–, Farhadi nos lleva, como es su costumbre, a la acumulación de crisis, a las situaciones límite a las que pueden llegar los seres humanos bajo presión. La narrativa es así llevada hasta puntos de tensión extrema, cuando la “investigación” del marido lo enfrenta por fin con el posible responsable. Así, la última media hora de El viajante es de un incómodo, intenso y casi insoportable dramatismo.


La opresión gubernamental y su fundamentalismo religioso son elementos que están tangencialmente presentes en las películas de Farhadi. El conflicto aquí refiere, cómo no, a una situación facilitada por el patriarcado, al orgullo machista vulnerado, al destrato de las mujeres. Pero pensar esta película y su nudo como algo exclusivo de la idiosincrasia iraní sería tomar una posición de una esquizofrenia proyectiva, ya que es probable que una situación similar se pueda generar en cualquier parte del mundo, y que la reacción de los diferentes personajes ocurra del mismo modo, tanto en Vladivostok como en Montevideo. De ahí la puntería y la pertinencia de esta película, y su brutal universalidad.


1. The Salesman. Irán-Francia, 2017.


Del apartamento al escenario


Por Álvaro Loureiro


La pareja protagónica de la película de Asghar Farhadi comparte no sólo la vida sino también el escenario del teatro en el cual encarnan a Willy Loman y Linda, su mujer, en la obra La muerte de un viajante, del estadounidense Arthur Miller, cuyo título hace referencia al humilde vendedor de ropa que, con su valija, recorre pueblos y ciudades intentando ganarse la vida en un medio materialista –los Estados Unidos de comienzos de los cincuenta– que presta cada vez más atención a los triunfadores. Fragmentos de tan poderoso retrato de la sociedad capitalista asoman en forma progresiva en la pantalla como intrigante contrapunto con respecto a las existencias de Emad y Rana, los artistas que, al llegar al hogar, sufren desencuentros que, a pesar de ser diferentes a los que afligen a Willy y Linda, coinciden en la falta de verdadera comunicación entre ellos, lo cual a la larga les crea problemas en las representaciones del título de Miller: Rana se echa a llorar en medio de una secuencia milleriana que no demanda tal cosa, y quizás hasta tenga que solicitar que se la sustituya en la temporada; Emad, por su parte, agrega parlamentos que no tienen nada que ver con el texto. La obra en cuestión le exige convertirse en un vendedor fracasado, tan fracasado como podría ser el hombre-actor cuyos oscuros impulsos lo conducen a estropear su relación con los demás fuera y dentro del teatro. Se encuentra entonces en peligro de devenir un “Loman”, ese apellido que el dramaturgo le adjudica a un personaje que propone sea un hombre que no se destaca en su entorno, un low man, clasificación que, de acuerdo al propio Farhadi, puede muy bien compartir con el hombre mayor que ataca a la mujer del artista en su apartamento. En los trozos del texto de Miller que se cuelan en la historia no figuran, en cambio, aquellos donde aparecen los también importantes dos hijos de Willy y Linda (nombre de mujer que el autor propone en clave irónica), dos siluetas llamadas a relacionar al viajante con la incógnita que el futuro les depara a él y a los suyos. Sí irrumpen, no obstante, la mujer de rojo que ríe en forma estridente, de modo de provocar ciertos quiebres en momentos inesperados, y Charley (una denominación que sugiere la presencia de un bonachón), compañero de trabajo de Willy, un personaje caracterizado por un actor que, fuera de escena, resulta amigo personal de Emad. Por cierto que el texto concluye con la muerte del viajante, quien sólo entonces encontrará la paz deseada. Fuera de esa ficción, sin embargo, Emad deja de aparentar el deceso frente al público cuando se levanta para responder a los aplausos destinados a premiar su de¬sempeño, un momento clave que anticipa que, a la salida, pese a quien pese, deberá continuar enfrentando una grave crisis que cada espectador habrá de imaginar hacia dónde lo llevará.

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Jueves, 27 Abril 2017 07:48

La historia en las paredes

La historia en las paredes

No sé a quién se le ocurrió bautizar a Daniel Mordzinski como el fotógrafo de los escritores, pero no hizo sino confirmar una verdad muy obvia. Si jugáramos a la rayuela con las palabras, como le gustaba a Julio Cortázar, yo diría más bien que Daniel es un escritor fotógrafo, que usa la cámara como si fuera la pluma para escribir y describir cuerpos y rostros, situaciones, momentos, perfiles, rasgos, que deja para la historia con una precisión que asombra, y que serán claves para determinar en el futuro, digamos dentro de un siglo, quiénes eran y cómo eran los escritores de este traslape de milenio tan incierto, y tan lleno de descubrimientos tecnológicos, pero también de horrores.

Gracias a la iniciativa de Acción Cultural Española, ahora viaja por América una gran exposición de sus fotografías de escritores hispanoamericanos, Objetivo Mordzinski, compuesta por cerca de 220 retratos. Se abrió por primera vez en San Juan, Puerto Rico, en marzo del año pasado, con motivo del Congreso Internacional de la Lengua; siguió a Buenos Aires temprano de este año, se halla ahora en el Museo de Arte de San Salvador, donde pude verla, y luego seguirá hacia Managua, para ser presentada a finales de mayo dentro de Centroamérica Cuenta, el encuentro internacional de escritores que celebraremos por quinta vez.

En la muestra también hay vitrinas donde se exhiben los instrumentos que a su vez nos cuentan la historia de su oficio: cámaras que son ya verdaderas piezas de museo, rollos de película, tiras de negativos, copias de contacto... todo lo que se llevó el viento de la era digital. La historia dentro de la historia, o los instrumentos con que empezó a contar sus historias, que es la historia de todos aquellos que nos dedicamos a escribir, en cualquier parte del mundo y en cualquier idioma.

Posar no es la palabra que yo usaría cuando uno se deja fotografiar por Daniel. Posar es aburrido, escuchar el clic de la cámara repetirse una y otra vez. Con él es asunto de magia, alguien que busca el instante, lo encuentra, y lo detiene. Cada escritor retenido, o congelado, en una circunstancia que él inventa cada vez, siempre lleno de apuro, y entonces esa circunstancia se vuelve extraña y atractiva, y es lo que el espectador verá al acercarse a la foto.

Vamos caminando por una calle de Arequipa, hallamos el portón del convento de Santa Catalina donde los porteros ya lo conocen, entramos a una de las celdas de las monjas enterradas en vida, encuentra el ángulo, el tono de luz, te coloca donde él ha elegido, y un segundo después oyes que dice sus palabras rituales "gracias señores", y todo se acabó. O en Nicaragua, donde subimos hasta el cráter del volcán Santiago, y la cámara me mira de lejos, rodeado de desolación.

Como en la escritura, las fotos de Daniel son un asunto de invención. Hay que imaginar antes lo que va a ocurrir en la foto, como si fuera una página en blanco. Y los escritores fotografiados deben someterse a un juego imprevisible, cuyos resultados aleatorios sólo él conoce, y ya sabes que lo tiene todo cuando sonríe al asomarse al visor.

Así tendremos a Elmer Mendoza convertido en un combatiente de la División del Norte de Pancho Villa, las cananas cruzadas en el pecho y el sombrero al desgaire; a Héctor Abad Faciolince, a caballo, como un finquero cualquiera de Jericó, en su tierra de Antioquia; o a Juan Gelman tocando el bandoneón como si fuera el mismísimo Troilo acompañando al Turco Goyeneche que canta Malena en el ya extinto Caño 14, la catedral del tango.

El retrato que le tomó, siendo adolescente, a Jorge Luis Borges en su despacho de la Biblioteca Nacional, es una foto fundacional, y su opera prima. Se la hizo con una cámara de aficionado que le sacó prestada a su padre, y lo imagino en el cuarto oscuro revelándola, ese misterioso proceso cuyo nombre lo dice todo, revelación, y que pasa ya al olvido, y luego viendo a trasluz el negativo para descubrir la maravilla que había conseguido, un Borges en blanco y negro, como no hay otro, que realza en la oscuridad, igual a la de su ceguera, las manos apoyadas en el bastón que no se ve en el cuadro, pero que la imaginación reconoce como el bastón de Borges.

Su oficio creativo empezó en Buenos Aires con ese retrato hace más de 30 años, y luego se fue al exilio en París al llegar la dictadura militar de Videla. Y allá hizo otra foto imprevista a Julio Cortázar, cuando era un principiante desconocido y se atrevió a invitarlo por teléfono a la inauguración de su exposición, a la que el Gran Cronopio, para su sorpresa, asistió.

Y García Márquez vestido con sus galas blancas de caribeño, sentado al borde de su cama vestida también de blanco, en el dormitorio de su casa de Cartagena, vecina al hotel Santa Clara, el antiguo convento donde descubrieron los restos mortales de Sierva María, cuyo cabello no dejó de crecer nunca. De perfil Gabo igual que Borges, uno de blanco, el otro de negro, Gabo como quien espera en una estación olvidada el tren que va a llevarlo para siempre a Aracataca.

Carlos Fuentes frente al mar y al fondo una palmera solitaria, un mar que cualquiera que fuera sería siempre el mar de Veracruz. Y Mario Vargas Llosa recostado en una cama de hotel, escribiendo a mano a la luz de una vela flauberiana.

Cuando Daniel cuente en un libro la historia de cada foto que ha tomado, será el segundo tomo de su historia de la literatura contemporánea. El primer tomo lo ha escrito ya con su cámara, y en lugar de leerse, puede verse, esos centenares de fotos colgadas en las paredes, como si fueran páginas.

Masatepe, abril 2017

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Los narradores somos los secretarios de la muerte

John Berger, escritor grande como una montaña y amigo muy querido, nos faltó el pasado 2 de enero.

Comienzo a escribir sobre él mientras vuelo de Lisboa a Milán, las dos ciudades en las que vivo. Me consuela recordarlo desde el cielo. Es la misma perspectiva que escogió John para dar voz a Odile, la narradora de Una vez en Europa y uno de los personajes más inolvidables de su inmensa obra. Ahora él ya no está en ninguna parte y está en todas partes. Tal vez, como escribió en Aquí nos vemos, hablando de la pintura rupestre del Cro-Magnon, fue a esconderse:

Para los nómadas, las nociones de pasado y futuro están subordinadas a la experiencia de alguna otra parte. Algo que ya se fue, o que es esperado, está oculto en algún otro lugar.

Para los cazadores y para sus presas esconderse bien es precondición de supervivencia. La vida depende de encontrar abrigo. Todo se esconde. Lo que se ha desvanecido fue a ocultarse. Una ausencia —como ocurre tras la partida de los muertos— se siente siempre como pérdida, pero no como un abandono. Los muertos se ocultan en alguna otra parte.

Ahora cada quien tendrá que buscarlo siguiendo las pistas que descubriremos en sus páginas, en sus dibujos, en sus películas, en los recuerdos, en los sueños.

A mediados de octubre del año pasado, la última vez que pasé algunos días con él en la casa de Antony cerca de las puertas de París en la que vivía de forma estable con su pareja Nella Bielski desde 2013, John me habló de un texto en el que estaba pensando. “Sabes”, me susurró con un tono conspirador, “quisiera reflexionar sobre qué se siente escribir una carta a mano, meterla en un sobre, pegar la estampilla, ir a la oficina de correo y mandarla”. “¿Y hablarás también sobre qué se siente recibirla?”, le pregunté, “una carta escrita a mano, tan llena del cuerpo, de la voz, de las manos de quien te la envió”. En ese momento recordé los afectuosos sobres de colores, algunos con dibujos, en ocasiones reutilizados, que había recibido de John en el curso de los últimos veintidós años, y me venía a la mente su caligrafía nítida y ligeramente vehemente, casi de prisa, impetuosa e impaciente como él, sólida y vivaz.

John Berger no tuvo tiempo de poner en papel ese texto y por lo tanto no lo recibiré, pero quiero contarles una historia hecha de coincidencias. Y las coincidencias, tan parecidas a citas con las personas y los lugares, son misteriosamente parecidas a una carta escrita a mano que te llega de un amigo querido y que te quiere.

Supe que John estaba mal el 26 de diciembre del año pasado. Su cuerpo de nonagenario, fuerte como un roble, cedió de golpe. Y sin embargo nadie se esperaba que, en sólo una semana, se habría ido a esconder con un salto de liebre o de rana, sin titubeos. Yo estaba en Lisboa, rodeada de las personas que más amo. Y Lisboa, como bien sabía John, es una ciudad particular. Él la había elegido como lugar narrativo donde encontrar a su madre, muerta diez años antes. Yo la reconocí hace tiempo como el lugar donde me gustaría morir, suave e irónica, ni aquí ni allá, en vilo, una tierra de paso. Fue aquí que, el 24 de enero de 2007, me llegó la noticia de la muerte de otro amigo querido, el escritor polaco Ryszard Kapuściński. Trece años antes, en Milán, había hecho que se encontraran y habían simpatizado de inmediato, Ryszard el marinero de las manos llenas de ámbar y John el montañés que cría abejas y hace que las vacas se reproduzcan.

Esa mañana llamé a John para decirle lo de Ryszard y más que nada, probablemente, para que me consolara. Él me dijo sin dudar: “Ve al Campo dos Mártires da Pátria y lo escucharás reír. ¡Ah, su increíble carcajada!”.

En el Campo dos Mártires da Pátria, donde se encuentran la Facultad de Medicina, el Instituto de Medicina Legal y la morgue, hay una prodigiosa escultura. Erigida sobre una columna marmórea de estilita, se alza la figura en bronce del doctor José Tomás de Sousa Martins, médico portugués que vivió entre 1843 y 1897, objeto de un vivaz culto popular debido a los milagros realizados en vida y después de la muerte. A los pies del monumento hay una miriada de lápidas, placas, ex votos, flores, un rumor de historias. John escribió sobre el doctor Martins en el texto dedicado a su madre, haciendo de él una irresistible y burlona figura de santo laico, enamorado de la vida, de la carne y del sexo. Allí, esa tarde, también yo reí mientras encendía una vela para Ryszard y la introducía con atención en esa especie de horno de carbón que protege las pequeñas flamas del viento inconstante del lugar.

El 31 de diciembre, diez años después, cuando supe que a John lo habían internado de nuevo y que su situación era de una gravedad extrema, retorné al Campo dos Mártires da Pátria y encendí una vela al doctor Martins para que lo ayudara a encontrar el camino más leve. Y me pareció verlo reír, guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.

El 1 de enero cumplí sesenta y ocho años. El 2 murió John: una de sus infinitas “cortesías”.

Hace algunos días, en Lisboa, Paulo Branco, director del Lisbon&Estoril Film Festival, que en noviembre de 2015 había rendido un homenaje a John con una retrospectiva cinematográfica y una jornada de lecturas y música, quiso recordarlo mostrando las grabaciones del evento. John, acompañado por la cantante Yasmine Hamdan y el pianista Piotr Anderszewski, lee un fragmento de su texto sobre Lisboa. Sí, precisamente el que dedicó al doctor Martins. Vuelvo a escuchar su voz y sé, ahora, por qué se detuvo justo en ese punto.

Una vez encendidas, dijo ella, cualquier bien que puedan hacer lo hacen sin nosotros.

Por supuesto, susurré. Por supuesto.

Me di cuenta de que acababa de sufrir una pérdida, dijo.

Usted habla muy bien francés.

Trabajé en París. Limpiando casas. El año pasado cumplí cincuenta y cinco y me dije que era hora de regresar a Lisboa para siempre. Y mi marido también se vino.

¿Le puedo invitar un café para salirnos de la lluvia? No, en cuanto ponga mi vela debo volver a casa.

Tenía ojos azules en un rostro que era fuerte y a la vez desprotegido.

Es por mi marido, mi vela.

¿Está enfermo?

No, no está enfermo. Tuvo un accidente. Se cayó del tejado en el que estaba trabajando.

¿Está malherido?

Me clavó la vista en el pecho, cual si fuera el distante Mar de Paja. Entonces supe que su marido había muerto.

Debería haber traído paraguas, como yo, dijo. Y luego añadió: nuestras velas seguirán ardiendo y harán lo que puedan, sin nosotros.

Hace algunas noches John volvió a visitarme en un sueño, con un gran tazón de fresas recién cortadas. Nada de palabras, sólo un gesto de atención y consuelo: dos de los temas más fuertes de su obra. Unir, mantenerse juntos, no permitir que las pasiones tristes se sobrepongan y nos separen los unos de los otros, que nos hagan creer que estamos solos y que somos impotentes. ¿No es en la oscuridad donde maduran las semillas, y acaso no es en la oscuridad que se encuentra y se comparte la esperanza?

En un encuentro milanés en diciembre de 2007, pocos días antes de venir a México para participar en un congreso en la Selva Lacandona y encontrarse con el Subcomandante Marcos, hablando a un público de jóvenes, John dijo:

No debemos concentrarnos en discutir abstracciones, que pueden ser sólo una distracción, sino que debemos concentrarnos en las pequeñas —y en ocasiones grandes— opciones individuales y colectivas, porque es allí que yace la iniciativa. Ustedes podrían replicar: “eres realmente ingenuo, ¿con qué organización podemos hacer algo así? Parecería algo diminuto, entre nosotros, en familia”. Paciencia, paciencia, porque los grandes movimientos de la historia iniciaron siempre en esos pequeños paréntesis que llamamos “entretanto”. Dediquémonos a estar, a ser, en ese “entretanto”.

Se le podría llamar resistencia o bien cognición marxista de la historia y de sus tortuosos recorridos, sabiduría de un intelectual atípico que siempre puso en primer lugar la experiencia o la participación sin reservas en lo que nos hace —en el bien y en el mal— humanos.

Hace pocos meses John, que nunca pedía cosas para sí, que siempre se ponía en el lugar del otro, me preguntó si sería posible volver a publicar en Italia Un séptimo hombre (1974), que él consideraba su libro más importante. No por vanidad o egocentrismo, sino porque, con el tiempo, ese libro se había vuelto profético, transformándose en una especie de álbum de familia para los migrantes turcos, griegos, portugueses e italianos que en esos años se iban hacia el norte de Europa en busca de trabajo. ¿Podría ser posible pedir al alcalde o al médico de servicio de Lampedusa que acompañara esta nueva edición con sus palabras? Para hacer sentir menos solos, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, a los nuevos migrantes que buscan escapar de la pobreza y la guerra atravesando el Mediterráneo.

Ahora el libro existe y, desde hace algunas horas, lo tengo entre las manos. John no podrá verlo, pero sus páginas, escoltadas por las fotografías de Jean Mohr y por un texto de Pietro Bartolo, médico de Lampedusa, encontrarán una “casa” por sí solas, porque se dirigen íntimamente a quien ha vivido el desarraigo y la separación, entonces como ahora.

Traducción del italiano: Diego Tapia

|   Maria Nadotti, editora, periodista, narradora, consultora editorial y traductora, una de las amigas más cercanas de John Berger a quien editó y tradujo durante años, vive entre Milán y Lisboa. Es autora entre otros libros de Silenzio=Morte. Gli USA nel tempo dell’ AIDS, Sesso & Genere, Prove d’ascolto, Trasporti e traslochi. Raccontare John Berger, Necrologhi. En el sitio Doppiozero, tiene un blog llamado “in genere”.

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El cantor al que aplaudían hasta cuando se equivocaba

El autor de “Si se calla el cantor” y “Caballo que no galopa”, entre tantos éxitos, fue un personaje entrañable y contradictorio. Comunista y amigo de Menem, sufrió el exilio y volvió más popular que nunca. Sus canciones de amor y de protesta atravesaron varias generaciones.

 


Horacio Guarany, uno de los artistas más populares de la Argentina, falleció ayer a los 91 años, de un paro cardíaco. Murió en Plumas Verdes, su casa de Luján, donde había establecido su lugar en el mundo, entre dos hectáreas de parque con sauces, un olivo, un nogal, ceibos en flor, una quinta con frutales, decenas de rosales, varios caballos y perros, cancha de bochas y quincho con bodega generosa. Tras conocerse la noticia de su muerte a través de las redes sociales, sus familiares indicaron que sus restos no serían velados.


La figura de Guarany marca de algún modo toda una etapa de la música folklórica argentina. Es aquella que se remonta a épocas de gloria para este género, la del “boom” que quedó registrado como un momento específico para la industria y los consumos culturales de este país. La época, por ejemplo, de “Angélica”, una zamba “descubierta” por Guarany, creación de Roberto Cambaré, por entonces su guitarrista. El cantor también dejaría impresas en el cancionero de todos creaciones propias, populares al punto de volverse anónimas en el boca en boca. Desde “Si se calla el cantor” hasta “Puerto de Santa Cruz”, o “Caballo que no galopa”, “La villerita”, “Pescador y guitarrero”, y “Cuando ya nadie te nombre”, que en su momento hicieron vender discos de a decenas de miles y aún hoy se encuentran entre las más escuchadas por Spotify.
Guarany decía que escribía las canciones “de un tirón”, o “como dictadas”. Y tenía una visión particular sobre la idea de “éxito”: “¡Qué sé yo! Yo las hago, las grabo, después las venden. Yo no me propongo que la gente las cante, ni me dedico a eso. Tengo más de mil canciones”, explicaba. “Y tampoco me interesa pensar en el éxito: el éxito es como las palomas, si las querés agarrar, se vuelan. Reconozco que puedo resultar extravagante, o mentiroso, pero soy así. A veces pienso que soy marciano, porque vivo distinto a todos los demás. Un día tenía cien mil pesos en el banco, y me puse a pensar: pero si yo no los tengo, tengo un papelito, lo están usando ellos. Fui, los saqué, me compré un barco y me fui a vivir al barco. Un yate hermoso, grande. Enseguida me empecé a aburrir ahí arriba, entonces escribí en cinco meses tres libros. Sapucay, El loco de la guerra y Las cartas del silencio. ¿Cómo hago para escribir? ¡Qué se yo! Me sale. Será que el flaco INRI está al pedo allá, y dice bué, le voy a mandar una canción a este”, graficaba su inspiración.


Tan discutido como adorado, Guarany concentró en la misma persona al camarada inflexible, al que cantaba con la izquierda y cobraba con la derecha, al autor de aquellas canciones de amor y también de canciones “de protesta” que atravesaron varias generaciones, el que tuvo que marchar al exilio para volver más popular aún, al amigo personal de Carlos Menem (tanto, que alguna vez aseguró que el ex presidente ideó su eslogan de campaña en base a una frase suya: “Carlitos, yo sé que vos no nos vas a defraudar...”). Al que se despidió mal de Jesús María, festival que más tarde le perdonaría el desaire. Al que hizo del cantar fiero y fuerte un arte para multitudes. A uno de los pocos que con fundamento podía decir: “me aplauden hasta cuando me equivoco”.


Se podría decir, también, que la historia de Guarany resume la del folklore argentino –y por qué no, la del país– en las últimas décadas. No deja herederos artísticos, al menos directamente. Quedan numerosos y poco probables imitadores, varios aduladores y algunos homenajes discográficos que llegaron más bien desde el ala derecha del espectro artístico del folklore (como el que el Chaqueño Palavecino le hiciera en 2008, Abrazando al caudillo).


Antes de ser Horacio Guarany, este cantor y compositor fue Heraclio Catalino Rodríguez. Así lo anotaron un 15 de mayo de 1925 en Las Garzas, Santa Fe, en pleno monte del Chaco santafecino. Fue uno de los catorce hijos de un padre indio y una madre española, que a sus seis años tuvieron que “prestarlo” a unos primos que manejaban un almacén de ramos generales. Así, al menos, el pequeño podría comer a cambio del trabajo que pudiera hacer. La suya podría haber sido una de las tantas historias de infancias pobres si no fuera porque allí, de algún modo, ese niño que solo llegó a estudiar hasta sexto grado comenzó a destacarse. “Me prestaron en un boliche y ahí me crié, lejos de mis padres. Pero a los 6 años yo ya escribía canciones. Venían los payadores, los cantores, y los escuchaba. ¿Influyó eso en mí o yo ya venía con el canto adentro? No lo sé, no pienso en eso, no calculo las cosas. Sé que soy un cantor, y uno bueno, aunque no siempre lo digo, para hacerme el humilde”, se describía él mismo.


Fue en ese boliche de Alto Verde, entre gallos de riñas y caballos de cuadreras, donde el chico que todavía no era Guarany conoció el sonido de las guitarras de los payadores, y cantó en público por primera vez. De allí hasta convertirse en un artista profesional, y en uno de los más populares, el cantor marca en su biografía otro hito inesperado: fue cuando la soprano china Liu Shu Fang, cantante estrella de la Opera de Pekín, se llevó el primer tema que compuso este por entonces joven e ignoto cantautor que probaba suerte en Buenos Aires, convirtiéndolo en éxito. A través de ella su tema, “Regalito”, llegó a la Unión Soviética, y en 1957 Guarany fue invitado a participar del Festival Mundial por la Paz y la Amistad de Moscú. Esa actuación, dice, marcó su carrera, porque allá grabó y hasta filmó una película, y, como suele suceder, volvió como un artista argentino que triunfa en el exterior. Recordaba Guarany: “Acá yo ya andaba cantando, había formado un conjunto, pero andaba a la marchanta. Había grabado un disco sin pena ni gloria. Cuando volví de Moscú me enteré que el disco era un éxito acá. Miguel Franco, que era como el Tinelli de hoy, lo pasaba en su programa de Radio Argentina. A partir de ahí ya me llamaron para hacer Radio Belgrano, después Splendid, después El Mundo. Nueve meses en radio, cuando no había televisión, era algo grande. Y ahí ya pegué el salto. ¡Mirá vos qué destino, todo por Liu Shu Fang!”, se reía.


“Pueblo”, “Potro”, “Diablo”, “Cabezón”, “Loco”, son los apodos que Guarany fue cosechando con el tiempo, todos justificados. Tras su afiliación en 1950 al Partido Comunista, su gira por Moscú en 1957 y su posterior exilio entre 1974 y 1978, amenazado por la triple A, Guarany transitó una parte de su carrera convertido en el arquetipo del cantor de protesta. “Para mí es un orgullo que me hayan echado del país. Me ofrecieron varias veces indemnizarme, yo jamás lo aceptaría”, aseguraba. “Ahí también pasó algo metafísico. A mí me habían amenazado muchas veces, no les hacía caso. Pero esa vez habían matado a Atilio López, el vicegobernador de Córdoba, después a Silvio Frondizi, hermano del presidente... Ahí ya no me gustaba nada que me llamaran para decirme que estaba condenado, junto con otros artistas, entre ellos Nacha Guevara, Norman Briski, Héctor Alterio. Lo llamé a mi representante y le dije loco, me tengo que ir. Me contestó: parece una joda, o una trampa, pero justo hoy llamaron para contratarte de México. Pasé unos días escondido en un gallinero de Valentín Alsina, después en casa de un amigo, y de ahí a México. ¡Increíble, me habían llamado el mismo día que decidí irme! Vaya a saber qué cosa hay ahí, ¿no?”, recordaba.


Presente en el Festival de Cosquín desde su primera edición, en 1961, Guarany fue el que después, en la tercera, aconsejó a la comisión organizadora que contratasen a un joven locutor de Buenos Aires: Julio Marbiz. Entre los numerosos mitos que rodeaban su magnética figura, el del vino aparece como el más recurrente. Se decía, por ejemplo, que de las canillas de su casa en lugar de fría y caliente salían blanco y tinto. El tenía una explicación para este mito: “En los 70 compré una vieja casa que se vendía al lado de la mía, en Coghlan. Un amigo me dio la idea: no la tirés abajo, vamos a arreglarla y a hacer un lugar para juntarnos, como un club. Macanudo. Hicimos una hermosa sala, con parrilla, piano, todo. Le pusimos ‘El templo del vino’. Entre otros ahí estuvieron Edmundo Rivero, Chupita Stamponi, los Quilla, los Ábalos, Tejada Gómez. También solían venir Graciela Borges y Olga Zubarry. En la inauguración la bodega estaba bajo llave. ‘Che, loco, ¿y el vino?’, me decían todos. ‘Bueno, abran la canilla’, les decía yo. No me creían, hasta que alguien abrió una. ¡Se armó un quilombo! ¡Salía vino hasta por el inodoro! Yo había cerrado la entrada de agua de la calle y llené el tanque de vino. Parece increíble: yo he hecho cosas importantes, por ejemplo, le puse música al Martín Fierro. Pero hasta el día de hoy, la gente cree que yo en mi casa me sirvo vino de la canilla”.

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Patti Smith canta en la entrega del Nobel marcado por la ausencia de Bob Dylan

Marcó esta entrega de los Premio Nobel la presencia de Patti Smith (uno de los pocos contrapuntos femeninos en el muy heteropatriarcal panorama de la velada) en representación de Dylan.

 


La emoción de la cantante Patti Smith ha contagiado este sábado a los asistentes a la ceremonia de entrega de los Nobel en Estocolmo, donde ha interpretado de manera muy sentida el tema “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” de Bob Dylan, galardonado con el premio de Literatura.


Una enorme ovación premió a la cantante estadounidense, de 69 años, que interrumpió la canción en una ocasión y tuvo un pequeño tropezón una segunda vez.


Vestida con un traje de pantalón y chaqueta negros y camisa blanca de largos puños, cantó acompañada únicamente por una guitarra el tema de Dylan, que tuvo que interrumpir. “Lo siento, lo siento, estoy nerviosa”, dijo la veterana artista.
La directora de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, la joven Marie Rosenmi, advirtió del error a la cantante, que pidió retomar la estrofa y recibió el primer aplauso del auditorio, entre los que estaban los reyes de Suecia, Silvia y Caros Gustavo, y la princesa heredera, Victoria, con su esposo, el príncipe Daniel.


Posteriormente, la cantante, embargada por la emoción, tuvo un segundo tropiezo con la larga y compleja letra de la canción de Dylan, pero supo reponerse para dar más potencia a su voz mientras algunos de los asistentes no podían retener las lágrimas.


El auditorio le dedicó una enorme ovación al finalizar un tema muy significativo en la carrera de Dylan, compuesto en 1963, un himno de la canción protesta que fue escrita en los años del miedo ante una posible guerra nuclear.


Es un tema repleto de visiones inquietantes, como la que habla de un recién nacido rodeado de lobos, y al que la cantante de Chicago (EEUU) imprimió de una gran emoción.


El rey Carlos Gustavo de Suecia ha sido el encargado de hacer entrega de los premios Nobel en Estocolmo en una ceremonia de la que tuvo que ser retirado uno de los premiados, el británico David Thouless, galardonado de Física junto a sus compatriotas Duncan Haldane y Michael Kosterlitz.

 

 


Bob Dylan agradece el Nobel: “Mis posibilidades de ganar eran tantas como

ir a la Luna”

 

El famoso discurso de agradecimiento de que prometió Dylan para que lo leyera Smith quedó para la privacidad del banquete real.Dylan no estaba presente para pronunciar el discurso de agradecimiento, cosa que hizo en su lugar la embajadora de EEUU en Suecia Azita Raji, pero aseguró que estaba “totalmente en espíritu” y que se sentía honrado por haber recibido “un premio tan prestigioso”.


Recibir el Premio Nobel de Literatura era algo “que nunca habría podido imaginar, ni verlo venir”, aseguró Dylan y recordó que desde pequeño ha “leído y absorbido” las obras de algunos laureados, “gigantes de la literatura” como Rudyart Kipling, George Bernard Shaw, Thomas Mann, Pearl S. Buck, Albert Camus o Ernest Hemingway.


“Que ahora yo me una a semejante lista de nombres realmente va más allá de las palabras”, afirmó el cantautor.
“Si alguien me hubiera dicho que tenía la más mínima oportunidad de ganar el Premio Nobel, habría pensado que tenía las mismas que de estar en la luna. De hecho, en el año en que nací (1943) y en otros después nadie en el mundo fue considerado lo bastante bueno para lograrlo”.


Sin embargo, “ni una sola vez he tenido tiempo de preguntarme: ‘¿son mis canciones literatura?”, aseguró Dylan, quien agradeció a la Academia Sueca “por tomarse el tiempo de considerar esa cuestión tan concreta y, en última instancia, por dar una respuesta tan maravillosa”.


El nuevo premio nobel señaló que sus canciones, que “son el centro vital de casi todo”, parece que “han encontrado un lugar en la vida de mucha gente en muchas culturas diferentes” y está agradecido por ello.


En su texto recordó que cuando empezó a escribir canciones, siendo adolescente, e incluso al tener algo de fama, soñar a lo grande suponía esperar grabar discos y que sus canciones sonaran en la radio, es decir, llegar “a una gran audiencia” y poder “seguir haciendo lo que te habías propuesto”.


Al final, ha grabado docenas de discos, tocado miles de conciertos en todo el mundo, “ante 50.000 personas, pero también ante 50” y aseguró que es “más difícil” hacerlo en el segundo caso.50.000 son una persona única, pero 50 no. “Cada persona tiene una identidad individual separada, un mundo dentro de ellas mismas. Pueden percibir las cosas con mayor claridad”. En ese caso, “se pone a prueba tu honestidad y cómo se relaciona con la profundidad de tu talento. El hecho de que el comité Nobel sea tan pequeño no me pasa desapercibido.”


Cuando Dylan supo que había logrado el Nobel, tras “más de varios minutos para procesarlo de manera adecuada”, se acordó de William Shakespeare y en las cosas que pensaría al escribir y poner en pie una obra, no solo desde el punto de vista de la escritura sino de detalles cotidianos.


“Apuesto a que la última cosa que Shakespeare tenía en mente era la pregunta de si esto es literatura”, indicó Dylan.Y como Shakespeare, el cantautor también está ocupado “con frecuencia” en la búsqueda de sus esfuerzos creativos y “lidiando con todos los aspectos mundanos de las cosas mundanas de la vida” como quiénes serán los mejores músicos para una canción o si está grabando en el estudio adecuado. Y es que -concluyó- hay cosas que “nunca cambian, ni en 400 años”.


También hubo una laudatio del comité literario de los Nobel, leída por el crítico e historiador sueco Horace Engdahl. El texto tuvo un tono de justificación y de autodisculpa ante el pequeño despropósito. “¿Qué causa los grandes cambios en el mundo de la literatura? A menudo suceden cuando alguien se apodera de una forma simple, pasada por alto, desechada como arte superior, y la hace mutar”, arrancó su intervención.


“Así, La Fontaine tomó las fábulas de los animales y Hans Christian Andersen los cuentos de hadas desde la guardería para llevarlos a las alturas de Parnaso. Cada vez que esto ocurre, nuestra idea de la literatura cambia”.
“En sí mismo, no debería causar tanto furor que un cantautor sea ahora receptor del Premio Nobel de literatura”, adujo Engdahl.


“En un pasado lejano, toda la poesía fue cantada o recitada melodiosamente y los poetas eran rapsodas, bardos, trovadores. Lyrics [“letras”, en inglés] viene de lira. Pero lo que Bob Dylan ha hecho no ha sido volver a los griegos o los provenzales”.


En su lugar, “se dedicó en cuerpo y alma a la música popular americana del siglo XX, la que sonaba en las estaciones de radio y en los discos de gramófono para la gente común, blanca y negra: canciones de protesta, country, blues, rock primitivo, gospel, música comercial. Escuchaba día y noche, probando el material en sus instrumentos, tratando de aprender”.


Pero cuando empezó a escribir canciones similares, éstas “salieron de otra manera. En sus manos, el material cambió. De lo que descubrió entre reliquias y chatarra, en la rima banal y el ingenio rápido, en las maldiciones y las oraciones piadosas, en las palabras dulces y las bromas crudas, él extrajo el oro de la poesía. Si fue a propósito o por accidente es irrelevante; toda la creatividad comienza en la imitación”.


Engdahl comparó su mito al de El holandés errante. “Él hace buenas rimas, dijo un crítico, explicando la grandeza. Y es verdad. Su rima es una sustancia alquímica que disuelve contextos para crear otros nuevos, difícilmente contenibles por el cerebro humano. Todo un shock. Con el público que esperaba cancioncitas pop-folk surgió un joven con una guitarra, fusionando el lenguaje de la calle y la Biblia en un compuesto que habría hecho que el fin del mundo parezca una repetición superflua”, tiró luego de hipérbole.


“Al mismo tiempo, cantó al amor con un poder de convicción que todos quieren poseer. De repente, gran parte de la poesía de los libros de nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita”, añadió después, en una metáfora conectada con el impulsor de los premios.


“Pronto, la gente dejó de compararlo con Woody Guthrie y Hank Williams y se volvió a Blake, Rimbaud, Whitman, Shakespeare”.


“En el escenario más improbable de todos -el disco gramofónico comercial- devolvió al lenguaje de la poesía su estilo elevado, perdido desde los románticos”, prosiguió luego el discurso.


“No para cantar las eternidades, sino para hablar de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos leyera las noticias de la tarde”.Y en una nueva justificación, apuntó: “Reconocer la revolución al otorgar a Bob Dylan el Premio Nobel fue una decisión que sólo parecía atrevida de antemano y que ya resulta obvia. ¿Pero ha sido premiado por trastornar el sistema de la literatura? Realmente no”.


La explicación es la que dio en su momento Nicolas Chamfort: “¿Qué importa el rango de una obra cuando su belleza es del más alto rango?”.


Ésa “es la respuesta directa a la pregunta de cómo Bob Dylan está dentro de la literatura: igual que la belleza de sus canciones es del más alto rango”.


Por eso, sostiene la academia sueca, “a través de su obra, Bob Dylan ha cambiado nuestra idea de lo que la poesía puede ser y cómo puede funcionar. Es un cantante digno de un lugar al lado de los ‘aoidoi’ griegos, junto a Ovidio, junto a los visionarios románticos, junto a los reyes y reinas del blues, junto a los maestros olvidados de los ‘standards’ brillantes”. Y un último recado: “Si la gente del mundo literario se queja, hay que recordarles que los dioses no escriben, sino que bailan y cantan”.

 

10 diciembre 2016
(Tomado de EFE y El Mundo)

 

 

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La dictadura mediática en la era de la post.verdad

La muerte de Fidel Castro ha dado lugar –en algunos grandes medios occidentales– a la difusión de cantidad de infamias contra el comandante cubano. Eso me ha dolido. Sabido es que lo conocí bien. Y he decidido, por tanto, aportar mi testimonio personal. Un intelectual coherente debe denunciar las injusticias. Empezando por las de su propio país.

Cuando la uniformidad mediática aplasta toda diversidad, censura cualquier expresión divergente y sanciona a los autores disidentes, es natural, efectivamente, que hablemos de ‘‘represión’. ¿Cómo calificar de otro modo un sistema que amordaza la libertad de expresión y reprime las voces diferentes? Un sistema que no acepta la contradicción, por muy argumentada que sea. Un sistema que establece una ‘‘verdad oficial’’ y no tolera la transgresión. Semejante sistema tiene un nombre, se llama: ‘‘tiranía’’ o ‘‘dictadura’’. No hay discusión.


Como muchos otros, yo viví en carne propia los azotes de ese sistema... en España y en Francia. Es lo que quiero contar.


La represión contra mi persona empezó en 2006, cuando publiqué en España mi libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel (Editorial Debate, Barcelona), fruto de cinco años de documentación y de trabajo, y de centenares de horas de conversaciones con el líder de la revolución cubana. Inmediatamente fui atacado. Y comenzó la represión. Por ejemplo, el diario El País (Madrid), en el que hasta entonces yo escribía regularmente en sus páginas de opinión, me sancionó. Cesó de publicarme. Sin ofrecerme explicación alguna. Y no sólo eso, sino que –en la mejor tradición estalinista– mi nombre desapareció de sus páginas. Borrado. No se volvió a reseñar un libro mío ni se hizo nunca más mención alguna de actividad intelectual mía. Nada. Suprimido. Censurado. Un historiador del futuro que buscase mi nombre en las columnas del diario El Paísdeduciría que fallecí hace una década...


Lo mismo en La Voz de Galicia, diario en el que yo escribía también, desde hacía años, una columna semanal titulada Res Pública. A raíz de la edición de mi libro sobre Fidel Castro, y sin tampoco la mínima excusa, me reprimieron. Dejaron de publicar mis crónicas. De la noche a la mañana: censura total. Al igual que enEl País, ninguneo absoluto. Tratamiento de apestado. Jamás, a partir de entonces, la mínima alusión a cualquier actividad mía.
Como en toda dictadura ideológica, la mejor manera de ejecutar a un intelectual consiste en hacerle ‘‘desaparecer’’ del espacio mediático para ‘‘matarlo’’ simbólicamente. Hitler lo hizo. Stalin lo hizo. Franco lo hizo. Los diarios El País y La Voz de Galicia lo hicieron conmigo.


En Francia me ocurrió otro tanto. En cuanto las editoriales Fayard y Galilée editaron mi libro Fidel Castro: Biographie à deux voix en 2007, la represión se abatió de inmediato contra mí.


En la radio pública France Culture yo animaba un programa semanal, los sábados por la mañana, consagrado a la política internacional. Al publicarse mi libro sobre Fidel Castro y al comenzar los medios dominantes a atacarme violentamente, la directora de la emisora me convocó en su despacho y, sin demasiados rodeos, me dijo: ‘‘Es imposible que usted, amigo de un tirano, siga expresándose en nuestras ondas’’. Traté de argumentar. No hubo manera. Las puertas de los estudios se cerraron por siempre para mí. Ahí también se me amordazó. Se silenció una voz que desentonaba en el coro del unanimismo anticubano.


En la Universidad París-VII yo llevaba 35 años enseñando la teoría de la comunicación audiovisual. Cuando empezó a difundirse mi libro y la campaña mediática contra mí, un colega me advirtió: ‘‘¡Ojo! Algunos responsables andan diciendo que no se puede tolerar que ‘el amigo de un dictador’ dé clases en nuestra facultad...’’ Pronto empezaron a circular por los pasillos octavillas anónimas contra Fidel Castro y reclamando mi expulsión de la universidad. Al poco tiempo se me informó oficialmente que mi contrato no sería renovado... En nombre de la libertad de expresión se me negó el derecho de expresión.


Yo dirigía en aquel momento, en París, el mensual Le Monde diplomatique, perteneciente al mismo grupo editorial del conocido diario Le Monde. Y, por razones históricas, yo pertenecía a la Sociedad de Redactores de ese diario, aunque ya no escribía en sus columnas. Esta sociedad era entonces muy importante en el organigrama de la empresa por su condición de accionista principal, porque en su seno se elegía al director del diario y porque velaba por el respeto de la deontología profesional.


En virtud de esta responsabilidad precisamente, unos días después de la difusión de mi biografía de Fidel Castro en librerías, y después de que varios medios importantes (entre ellos el diario Libération) empezaron a atacarme, el presidente de la Sociedad de Redactores me llamó para transmitirme la ‘‘extrema emoción’’ que, según él, reinaba en el seno de la Sociedad de Redactores por la publicación del libro. ‘‘¿Lo has leído?’’, le pregunté. ‘‘No, pero no importa –me contestó–; es una cuestión de ética, de deontología. Un periodista del grupo Le Monde no puede entrevistar a un dictador.’’ Le cité de memoria una lista de una docena de auténticos autócratas de África y de otros continentes a los que el diario había concedido complaciente la palabra durante décadas.


“No es lo mismo –me dijo–, Precisamente te llamo por eso: los miembros de la Sociedad de Redactores quieren que vengas y nos des una explicación.” “¿Me queréis hacer un juicio? ¿Un ‘proceso de Moscú’? Una purga por desviacionismo ideológico? Pues vais a tener que asumir vuestra función de inquisidores y de policías políticos, y llevarme a la fuerza ante vuestro tribunal”. No se atrevieron.


No me puedo quejar; no fui encarcelado, ni torturado, ni fusilado como les ocurrió a tantos periodistas e intelectuales en el nazismo, el estalinismo o el franquismo. Pero sufrí represiones simbólicas. Igual que enEl País o en La Voz, medesaparecieron de las columnas del diario Le Monde. O sólo me citaban para lincharme.


Mi caso no es único. Conozco en Francia, en España, en otros países europeos, a muchos intelectuales y periodistas condenados al silencio, a lainvisibilidad y a la marginalidad por no pensar como el coro feroz de los medios dominantes, por rechazar eldogmatismo anticastrista obligatorio. Durante decenios, el propio Noam Chomsky, en Estados Unidos, país de la caza de brujas, fue condenado al ostracismo por los grandes medios, que le prohibieron el acceso a las columnas de los diarios más influyentes y a las antenas de las principales emisoras de radio y televisión.


Esto no ocurrió hace 50 años en una lejana dictadura polvorienta. Está pasando ahora, en nuestrasdemocracias mediáticas. Yo lo sigo padeciendo en este momento. Por haber hecho simplemente mi trabajo de periodista, y haberle dado la palabra a Fidel Castro. ¿No se le da acaso, en un juicio, la palabra al acusado? ¿Por qué no se acepta la versión del dirigente cubano, a quien los grandes medios dominantes juzgan y acusan en permanencia?
¿Acaso la tolerancia no es la base misma de la democracia? Voltaire definía la tolerancia de la siguiente manera: No estoy en absoluto de acuerdo con lo que usted afirma, pero lucharía hasta la muerte para que tenga usted el derecho de expresarse. La dictadura mediática, en la era de la post-verdad, ignora este elemental principio.

Léase:

1) http://www.alainet.org/es/articulo/182207

2) https://www.rebelion.org/noticia.php?id=220151

3)
http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/12/07/fidel-castro-y-la-represion-contra-los-intelectuales/#.WEl68ZJJ93k

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Sábado, 26 Noviembre 2016 09:59

El Fidel que conocí

El Fidel que conocí

Fidel ha muerto, pero es immortal. Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos –Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amilcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ahmed Ben Barka– que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América latina, independientes en teoría desde hacia siglo y medio, seguían explotadas por privilegiadas minorías, sometidas a la discriminación social y étnica, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.

Fidel soportó la embestida de nada menos que diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra Mundial (Nehru, Nasser, Tito, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, etc.). Y conoció a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamin, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).

Bajo su dirección, su pequeño país (100.000 km2, 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando hasta un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.

En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón (bahía de Cochinos) u otro directamente realizado por las fuerzas armadas estadounidenses para derrocar a la revolución cubana.

Desde hace mas de 50 años, Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador embargo comercial -reforzado en los años 1990 por las leyes Helms-Burton y Torricelli- que obstaculiza su desarrollo económico normal. Con consecuencias trágicas para sus habitantes. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las potentes Radio “Martí” y TV “Martí”, instaladas en La Florida para inundar a Cuba de propaganda como en los peores tiempos de la Guerra Fría.

Por otra parte, varias organizaciones terroristas –Alpha 66 y Omega 7– hostiles al régimen cubano, tienen su sede en La Florida donde poseen campos de entrenamiento, y desde donde enviaron regularmente, con la complicidad pasiva de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3.500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos 60 años.

Ante tanto y tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema de San Ignacio de Loyola : “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”. Pero nunca hubo, hasta la muerte de Fidel, ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los lideres vivos de la Revolución.

Cuba, pequeño país apegado a su soberanía, obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general... En cuestión de educación, de salud, de investigación médica y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de naciones más eficientes.

Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las fuerzas armadas cubanas han participado en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopia y de Angola. Su intervención en este último país se tradujo por la derrota de las divisiones de élite de la Republica de África del Sur, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid.

La Revolución cubana, de la cual Fidel Castro era el inspirador, el teórico y el líder, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer regímenes inspirados por el modelo cubano.

La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y el fracaso histórico del socialismo de Estado no modificaron el sueño de Fidel Castro de instaurar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, más justa, más sana, mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.

Hasta la víspera de su fallecimiento a los 90 años, seguía movilizado en defensa de la ecología y del medio ambiente, y contra la globalización neoliberal, seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar.

En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justica social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro –le guste o no a sus detractores– tiene un lugar reservado.

Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o la participación en algún congreso o algún evento. Cuando decidimos hacer el libro “Fidel Castro. Biografía a dos voces” (o “Cien horas con Fidel”), me invitó a acompañarlo durante días en diversos recorridos. Tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía luego, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días, una vez por trimestre.

Descubrí así un Fidel intimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.

Su jornada de trabajo se solía terminar a las seis o las siete de la madrugada, cuando despuntaba el dia. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”. Dormía sólo cuatro horas, más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.

Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes –todos jóvenes y brillantes de unos 30 años– estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante.

Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor –el que constituían sus asistentes y ayudantes – librando una batalla nueva. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental espectacular.

Una vez definido un proyecto, ningún obstáculo lo detenía. Su realización iba de si. “La intendencia seguirá” decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, hacerse hechos palpables, cosas, acontecimientos.

Su capacidad retorica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Que acompañaba la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.

La gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central. A tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiese perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado, y volvía a retomar, con sorprendente soltura, la idea principal.

En ningún momento, a lo largo de más de cien horas de conversaciones, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, y de un calibre considerable, no le temía al debate. Al contrario, lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien sea. Con mucho respeto hacia el otro. Con mucho cuidado. Y era un discutidor y un polemista temible. Con argumentos a espuertas. A quien solo repugnaban la mala fe y el odio.

IGNACIO RAMONET
Director de "*Le Monde diplomatique en español*"
Calle Aparisi i Guijarro, 5, 2º - 46003 VALENCIA (España)
www.monde-diplomatique.es

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Desenterrar y hablar: de cara a los rastros de la vida

La guerra no le es ajena a nadie, más bien, es capaz de enajenar a los humanos [...] Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

 

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita”.
Albert Camus

 

Un sentimiento confuso y expectante me invade cuando me cruzo con el mural que está en la sala principal de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional –sede Bogotá. Un blanco que resalta sobre las baldosas oscuras y los recuadros colgados que parecen moverse conmigo, como un espejismo, como abogando por la fascinación de Borges. Cuando me detengo, las imágenes me devuelven un “escojido... gracias por los favores recibidos”. Pareciera ser que la ortografía se conserva a propósito, pero me intriga conocer el por qué. Al observar detenidamente los hologramas se observan imágenes de tumbas, algunas vacías, otras con flores, pero el agradecimiento se repite en casi todas. A un costado del mural se lee “Réquiem NN”, ésta palabra evoca en mí el sonido del órgano en las iglesias católicas a la hora de velar a los difuntos, lo extraño es que algunas tumbas tienen un nombre escrito, entonces, ¿por qué NN? Al salir, la noche advierte su llegada con el fuerte soplido del viento. Aún faltan tres días para su inauguración.

 

Mural Requiem NN


Ése mismo viento transgresor de cuerpos es el que me recuerda que ha llegado el día, entonces me encamino hacia la Hemeroteca Nacional Universitaria Carlos Lleras Restrepo, donde comienzan a llegar carros de todos los modelos, principalmente camionetas negras o grises con vidrios blindados, y algunas motos oscuras. El busto del expresidente saluda a los visitantes desde las escaleras que comunican con la entrada. Eso sí, casi todos los presentes portan una elegancia característica de las inauguraciones: los hombres en traje y las mujeres, en su mayoría, en vestido. Yo me inclino a mirar los agujereados jeans por donde sobresalen mis rodillas y comienzo a pensar que no fue el mejor día para usarlos.


Desde la entrada se observan más murales blancos en los que reposan letras y recuadros de pinturas. En uno de estos muros se lee: “La guerra que no hemos visto”. En su descripción explica que los cuadros son la recopilación de algunos de los trabajos realizados en un taller realizado con excombatientes en su proceso de reinserción social, razón por la cual los dibujos, desde una perspectiva estética, se componen de trazos sencillos. Lo verdaderamente importante no es la imagen sino lo que aquella evoca y comunica.


Cada una de las pinturas está acompañada por una corta descripción de lo retratado en el lienzo. Una de las más impactantes dice: “[...] Los cuatro muchachos no habían pedido permiso, ni nada, para poder entrar, pues allá tocaba era pedir permiso. Los cogieron y los tuvieron tres días amarrados [...]. El deseo de ellos era graduarse, seguir adelante, acabar los estudios pa’ ayudarle a la familia [...] La guerrilla se enojó y de una vez los iban matando, y los mataron a todos cuatro. Yo, como soy tan de blandito corazón, yo lloré, pero como allá no puede dejar que miren que uno está llorando, que es una sanción durísima...”. Hacen un llamado general. La inauguración está a punto de comenzar.

Tan de blandito corazón

 


─ “Buenas noches a todos. Mi nombre es Ingrid Liliana Torres, curadora de la presente exposición “Desenterrar y hablar: una etnografía estética de la guerra en Colombia”. Ésta surge de la iniciativa de Yolanda Sierra, docente del grupo de Arte y Cultura de la Universidad Externado, y gira en torno a la temática de la reparación simbólica y el papel del arte en el posconflicto; y para ello toma tres proyectos de Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisález: La guerra que no hemos visto, Réquiem NN y Silencios. Le concedo la palabra a Yolanda.


─ La guerra causa daños colosales en la sociedad y éste proyecto nos recuerda quiénes son los verdaderamente afectados. Gracias al arte, como mecanismo estético capaz de transformar la realidad, podemos trabajar por la superación de los arquetipos latentes que se intensifican en el conflicto armado. Juan Carlos Henao, rector del Externado, no pudo venir el día de hoy pero escribió una carta para éste evento, en la cual resalta los problemas actuales de la erradicación de las artes bajo la excusa de su inutilidad frente al mercado, ignorando que el vigor y el fin de la guerra precisan usar los sentidos, a partir de la estética, para superar un conflicto. Recalca que en éste proyecto se evidencia la solidaridad con las víctimas, y es un llamado de auxilio a las escuelas rurales. Pero, ahora que hablen los personajes principales, ¿Fernando?


─ Gracias Yolanda. Creo que “Desenterrar y hablar” es una experiencia que nos permite enfrentarnos con nosotros mismos, es una vivencia conmovedora y es lo que me ha impulsado a llevarle el ritmo a Juan Manuel, porque en realidad ha sido una labor extenuante y de bastante dedicación, ¿cierto?


─ Verdaderamente. Por ejemplo, el proyecto que ven a mis espaldas se llama “Silencios”. Comenzó cuando el 11 de marzo de 2010 fuimos invitados al viejo Mampuján –en los Montes de María–, la comunidad rememoraba los 10 años de su destierro por el grupo paramilitar “Héroes de los Montes de María”. En el recorrido observé una escuela abandonada, entramos y en éste tablero estaban escritas las vocales, excepto la “o”, desde ahí nos decidimos a buscar los vestigios de la vida, porque entre las víctimas de la guerra, la educación continúa siendo una de las principales afectadas. Por esta razón también es que en 2007 iniciamos talleres con los excombatientes, les permitíamos pintar lo que quisieran y, cuando merecimos su confianza, les dije: “Enséñenos qué es la guerra. Yo vivo en Bogotá, en una burbuja. Pinten lo que deseen”. Y así fue, nos hablaron con pinceladas”.

Silencio con grieta


La sala se sumerge entre aplausos y los asistentes comienzan a disgregarse. Yo me atrevo a hablarle a Fernando, quien me comenta acerca de lo que fue encaminarse a perseguir los rastros de la vida: “Cuando viajamos a los Montes de María había terrenos a los que no se podía llegar en carro, por lo que había que caminar largas horas guiados por uno que otro campesino. Una vez me sorprendió cuando uno de ellos señaló unos escombros y dijo: ‘allá nací yo, y ésa era la escuela del pueblo’”. Levanto la mirada y me impacta la imagen de un hombre solitario con carteles eróticos de mujeres que cubren el tablero, le comento a Fernando y me dice: “Sí, estos salones se convirtieron en hogares, o más bien en refugios con cortinas y hamacas, otros en potreros, incluso hay algunos en los que no reina más que el mutismo en el que se sumieron tras la guerra. Mejor dicho, su destino fue el olvido de la educación”. Entonces pienso que quizá la guerra ha triunfado en muchos territorios porque donde debería estar fundándose el futuro, no queda más que el miedo y las ruinas. “Sólo una sigue funcionando en Palo Alto, Sucre, esto delata el descenso poblacional que trajo la guerra al campo”, finaliza Fernando.

Me despido de Fernando recordándole la cita para dentro de unas semanas. Me acerco a un televisor en el que se observa a un burro dando vueltas por el corral (antigua escuela), se mueve impacientemente de un lado a otro, como aguardando un milagro, y sin saber qué hacer consigo mismo. Está allí, de pie, mirando una pared. Luego pareciera advertir mí presencia al mirar a la cámara, es como si me preguntara qué ha pasado allí. De repente la pantalla se oscurece y escucho la voz de un campesino: “Parece que el burro traía a un niño a la escuela, y ahora el burro vuelve por ese niño que ya no está”. El vacío es inmediato. Me doy la vuelta y siento en mis ojos el dolor que mana.


Ya han pasado los días y el calendario me recuerda que al mediodía es la cita en la Biblioteca Central con Fernando. En medio del bullicio citadino vienen a mí los versos del poeta cuando suplicaba, “[...] Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!” Pienso que tal vez éste sea el temor de las víctimas: el miedo al vacío, a la soledad de la memoria. Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

Silencio con diálogo

 


Al llegar, hablamos acerca de “Réquiem NN”, proyecto que nace en 2006 y termina en 2010. Acerca de éste me comenta que las personas que viven en Puerto Berrio, Antioquia, fundaron una tradición peculiar: acoger los cadáveres que el río Magdalena trae. Estos cuerpos, o restos de ellos, son recogidos por los habitantes que les conceden un lugar en la cripta, rezan por ellos, les llevan flores, los bautizan e, incluso, hay quienes les donan su apellido, a pesar de nunca haberlos conocido. “Aquí nosotros rescatamos a los NN, creemos en sus almas, y nos hacen milagros; además, los adoptamos como si fueran nuestros”, afirma la comunidad. Esto representa una verdadera resistencia contra la guerra, no permiten que estos cuerpos se pierdan en la mar, no les niegan un más allá, desde su concepción religiosa, y cuando menos dignifican a los muertos en una ceremonia de duelo. Les dan una historia, un pasado. Este acto de valentía quiere hacerle justicia a los muertos, esgrimiendo que cualquiera de ellos podría ser uno de sus desaparecidos. Los hologramas representan un contraste entre el antes y el después de las tumbas.


“Cuando expusimos el proyecto allá, todo el pueblo se reunió en la plaza principal, exceptuando al cura y al alcalde”, recuerda Fernando. También se lamenta por no haber vuelto al pueblo y teme que ésta tradición la hayan acabado los problemas eclesiásticos y políticos, pero sentencia diciendo que “eventualmente tendrá que acabarse porque esperamos que con la firma de la paz el río ya no sea un lugar para los muertos”.


Nos sentamos con Ingrid y Fernando para seguir hablando acerca de los proyectos. Les comento que me causa curiosidad que un excombatiente sea capaz de retratar ese pasado tan doloroso. “Todo es un proceso. Cuando comenzó en 2007, bajo el Programa de Reintegración de la Alcaldía, se dictaron cuatro talleres de pintura en dos años, en cada uno recibíamos diferentes desmovilizados: exmilitantes de las Farc, exparamilitares bajo la ley de Justicia y Paz, como también miembros del Ejército heridos en combate. Verse frente a ésta mezcla de experiencias es impactante y, en principio, resultaba necesario construir confianza”, contesta Ingrid.


La guerra no le es ajena a nadie, más bien, es capaz de enajenar a los humanos. Una de las experiencias que recuerdan es que, al principio, ninguno de los excombatientes se sentaba de espaldas a la ventana porque en la guerra esto era ser un blanco fácil. “Pero fue bello presenciar que, a medida que pasaban las sesiones, ellos eran capaces de transgredir esta barrera y sentarse contra la ventana. Esto me conmovió porque precisamente representa una verdadera reparación en su vida”, dice Fernando.


Ingrid y Fernando son egresados de pregrado y maestría en Artes plásticas de la U. Nacional, ellos me comentaron su opinión con respecto a la actual problemática de la infraestructura y el cierre de admisiones a la carrera de Artes plásticas. “Antes, la universidad era el espacio donde la indiferencia del país no conseguía permear, pero ahora pareciera ser que por fin lo logró y eso, eso es lo verdaderamente preocupante”, afirma Ingrid.


Al final de la conversación nos concentramos en especular sobre el impacto que podría tener ésta exposición en la Universidad, debido a que se resaltan los problemas educativos existentes en las escuelas rurales, que no parecen estar tan alejados de los que atañen a las urbanas, por ejemplo la escasez de presupuesto. En el campo es necesario hacerse una pregunta, sin ánimos de justificar ningún acto, ¿qué otra oportunidad hay donde la educación ha sido erradicada? Juan Manuel Echevarría, aunque no estaba presente, respondería diciendo que el problema es que los excombatientes “primero tuvieron en la mano un arma, antes que una crayola”. Pero en la ciudad no hay excusa. No estamos lejos de entrar en contacto con esos silencios educativos.

 

Silencio escrito

 


Al despedirme de ellos, pienso en las víctimas que, como El Quijote, se enfrentan a una locura en medio de la soledad más desgarradora. Luego de observar todas éstas exposiciones me detengo ante la entrada de la calle 26, donde alguna vez estuvo escrita una frase: “Podrán cortar las flores pero nunca detendrán la primavera”. Entonces, ante esta experiencia, es posible ser el cortante cuervo y decir: nunca más. Nunca más a algo como la guerra.

Me siento a esperar el bus, el ruido de los carros interrumpe mis pensamientos, pero ni el rugir citadino es capaz de hacerme vacilar al pensar que, en realidad, “lo bonito es estar vivo”, como estaba escrito borrosamente en uno de los tableros. Vivir, no existir, es el acto más revolucionario en nuestra sociedad, pero pareciera que la memoria es tan sólo otro eufemismo en lo tocante a la guerra. La gran apuesta de ésta exposición es sentir, al reflexionar, es desenterrar el monumento a la amnesia, erigido con respecto al conflicto vivido por décadas, es exponer la realidad a quienes vivimos en una Bogotá que, en muchas ocasiones no pareciera estar en Colombia.

Las ruedas del tiempo siguen girando, el otoño casi eterno continúa consumiendo las paredes de las escuelas y, pese a todo, las tizas, los lápices, las letras borrosas, y los tableros desgastados, no ceden a la muerte, siguen ahí, en pie... esperándonos.

 

  

 

 

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“Si uno desprecia la política, acaba gobernado por los que desprecia”

Siento lo de su padre..

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Ha muerto hoy y no podré acudir a su entierro.


¿Cuál sería su homenaje?


Se lo hice en vida. Mi padre es el protagonista de la película que me dio a conocer, La estrategia del caracol. Ese era su sueño de justicia. Era español, de familia de militares que no apoyaron el golpe de Franco.
Y se refugió en Colombia.


Me contagió su sueño de que el mundo podía cambiar. Y ambos conseguimos verlo cambiar, pero no para mejor.


¿Decepcionado?


Sí, los políticos de izquierda no tienen espíritu crítico. En la época que yo militaba creía que la ambición, el egoísmo, la intolerancia y el autoritarismo era contra lo que luchábamos, pero en realidad pocos luchaban contra eso: cuando tuvieron poder, abusaron de él.


A los 11 años se instaló en China.


Mi padre recibió una oferta de trabajo para ser profesor de los estudiantes de español de posgrado. Formó a muchos diplomáticos.


Deme una imagen de aquellos años.


Yo era un privilegiado, pero los años 60 fueron difíciles para China. Todo estaba racionado. Me impresionó ver una cola larguísima de gente con un palito en la mano, esperaban horas para que le pusieran cerdas a su cepillo de dientes.


¿Cómo le fue en el colegio?


Estuve interno. Fue duro. Los niños chinos se burlaban de mí. Recuerdo que una niña me preguntó: “¿Tú lo ves todo verde?”. El color de mis ojos era una rareza. Yo para los chinos era un extraterrestre. Pero el recuerdo que tengo es bueno.


No me lo parece.


Comparado con Colombia, donde todo era impositivo, aquella forma de ser y de pensar me parecía una maravilla. Le contaré otra anécdota: yo de niño leía mucho, un día llegué a clase, me faltaba una página para acabar una novela policiaca de Simenon; me puse el libro en la falda y seguí leyendo. Cuando levanté la vista, el profesor se había ido, los alumnos me miraban.

“¿Qué pasa?”, pregunté. “El profesor se ha molestado porque no te interesa su clase. Tienes que ir a buscarlo”. En China el profesor es un Dios, en Colombia mis alumnos se pasaban el día chateando.


Fue usted guardia rojo.


En medio del fanatismo y con 16 años, no fui capaz de tomar distancia. Y aunque uno tenga dudas, que yo las tenía, ir contra una corriente de ese tamaño es casi imposible.


Fue también guerrillero en Colombia.


Con esa formación maoísta entré a militar en el Partido Comunista colombiano y acabé en el monte porque la policía me buscaba. Estuve cuatro años, y desde el primer momento aquello no me gustó, poníamos continuamente en riesgo a los campesinos que nos apoyaban, y que eran muchos porque la injusticia era enorme.


Sufrían las represalias.


Sí, mientras nosotros nos retirábamos. Yo entré pensando que, cuando el movimiento guerrillero controlaba una zona, planificaba su economía e impartía justicia. Era mentira. Fuimos necesarios, pero lo hicimos mal y no justifico ciertas acciones como los secuestros.


Y volvió a China.


Ya habían abierto las universidades y pude estudiar Filosofía. Tener una carrera de humanidades era condición para entrar en la escuela de cine de Londres, algo que se tendría que imitar, porque el lenguaje cinematográfico es muy sencillo pero si no tienes nada que decir...


Curiosa, esta militarización a la que se sometió por voluntad propia.


Colombia era un país de señoritos y soñábamos con un mundo justo. El planteamiento teórico era muy bonito. El siglo XIX dejó muchos sueños románticos que no funcionaron en el XX.


Dejó el cine para meterse en política.


Creé el movimiento Colombia Siempre y fui candidato. Si uno desprecia la política, acaba gobernado por esos políticos que desprecia.


¿Por qué abandonó?


Cuando era miembro de la Comisión Nacional de Asuntos Militares y vicepresidente de la Cámara de Diputados (1989-1991), la extrema derecha, que mataba a diestro y siniestro, me amenazó de muerte. Me vine a España.
¿Qué ha aprendido de esos años?


Tengo claro que la herramienta más útil es la capacidad de riesgo. Eso de jugar la vida a la fija, contentarse con lo que hay, no da buenos réditos. No quiero ser una persona dócil.


¿Y qué quiere contar en su cine?


Ayudar a la gente a que sea consciente de su capacidad de emocionarse y sentir tolerancia, amor, generosidad u odio, rencor y venganza es ayudarla a dominar sus emociones, algo que en un país maleducado como el mío hace mucha falta.
¿...?


Hemos sido educados en la intolerancia y el rencor. Desde la época de la conquista todo ha sido violencia y venganzas. La guerra en Colombia no tiene 50 años, tiene 500 años. Yo odio el cine político porque considero que el cine debe emocionar y divertir, pero no he hecho una película que no tenga su carga de veneno, que no siembre una duda.


El no a la reconciliación le ha debido de ¬doler.


Ha ganado la mentira, hace unos días uno de los estrategas de la campaña explicaba cuáles habían sido las mentiras que utilizaron. Pero la paz está cerca. Hay que persistir en los sueños.


Sergio Cabrera, director de cine, guionista y productor


Tengo 66 años. Nací en Medellín, me formé en China y en Londres, trabajé en España y vivo en Bogotá. Casado, tengo cuatro hijos de tres matrimonios. Estamos en un momento en que los viejos ideólogos han muerto y aún no ha surgido ningún liderazgo: me siento solo. Quiero un mundo más justo. Soy ateo

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La vida en la calle no se la deseo ni a mi peor enemigo

El consumo de drogas entre los jóvenes empieza como una experiencia, para luego convertirse en un problema difícil de afrontar y casi imposible de solucionar.

La Unidad, Catalina, Catalina II, El Perpetuo Socorro, Las Luces, El Rubí, Villa de los Sauces y Villa Rica, barrios de Ciudad Roma, sector populoso de la localidad Kennedy en Bogotá, colindan; los límites que los separan son casi imperceptibles, y mucho tienen en común. Su gente, su proyección como sectores inundados de comercio, sus problemas de movilidad y transporte, la inseguridad que no cesa, los embarazos en adolescentes, el vandalismo juvenil, la drogadicción y el microtráfico que vincula cada vez más a menores mucho más jóvenes. Territorio complejo, pero con características casi que universales entre los sectores populares de Bogotá.

En este particular, estos barrios pertenecen a la Unidad de Planeación Zonal 48 de Timiza, que suma una extensión de 431,38 hectáreas, un aproximado de 147.000 habitantes –de los cuales cerca de 36.000 están entre los 10 y 24 años: 17.500 mujeres y 18.500 hombres. Sector que cuenta con 8 colegios distritales, 1 centro de desarrollo comunitario (Parque Lago Timiza) 1 biblioteca comunitaria, 3 CAI y 40 JAC y un centro médico de atención primaria. Al igual que el resto de los barrios que integran la UPZ 48, aquí se vive una tendencia a la densificación no planificada y al constante cambio de los usos del suelo, de residencial a comercial, a través del cual las familias que allí habitan buscan mejorar sus ingresos diarios y con ello poder responder a las demandas de gastos que acarrea el deseo de una vida cada vez mejor.

 

 

Barrios con más similitudes. Entre las cotidianidades que los identifican existen historias como las de El mono, de las que soy testigo y con las que he crecido. Es una realidad incómoda, con la que convivimos todos los vecinos, pero de la que ninguno quiere hablar, mucho menos enfrentar.

El mono es un joven de 21 años, no ha terminado el bachillerato pues dejó el colegio en undécimo grado. Tiene un hermano mayor que trabaja y uno pequeño que vive con su madre; su padre está en la cárcel. Dice que probó la marihuana a los 11 años y desde hace más de cuatro ha consumido todo tipo de droga, excepto la heroína. Desde su nacimiento es vecino del barrio La Unidad y desde hace un año vive en la calle.

Su vida no ha sido fácil. Seguro. Aunque en apariencia ha tenido las mismas oportunidades que cualquier niño o muchacho de barrio, con una familia con recursos suficientes como para mantener a sus hijos y darles educación; sin embargo, es difícil explicar las razones por las cuales muchos jóvenes, como El mono, optan por una vida sin responsabilidades pero, definitivamente, bastante compleja.

Explorando las razones que permitan comprender el porqué de su decisión de vida, llego al barrio Catalina II de Kennedy casi las 8 de la noche y El mono llega a la cita como habíamos acordado en horas de la tarde, luego de días de insistencia, para conversar un poco de él, de su experiencia de lo que es vivir en la calle y de lo que ha percibido del narcotráfico y las redes de distribución, en el barrio y en el sector.

 

Daniel Vargas –DV–.: ¿Con quién vivía en su casa?

El Mono –EM–.: Con mi mamá y mi hermano menor, mi papá está en la cárcel y mi hermano ya tiene su familia, y trabaja.

 

DV.: ¿Hace cuánto consume y hace cuánto vive en la calle?

EM.: Empecé a fumar marihuana como a los 11 años, pero por curiosidad y porque siempre he sido casposo, pero hace como cuatro años, cuando estaba en el colegio, metía perico, pepas en las farras, nunca he probado heroína; metí hasta que me quedó gustando y me salí del colegio en once. Hace un año me fui de la casa porque me daba pena pedirle a mi mamá para vicio, además ella tiene que mantener a mi hermano pequeño porque mi papá está preso.

 

DV.: ¿Cómo consigue la plata para poder consumir, para comer y para pasar la noche?

EM.: Pido trabajo paleando o cargando material de construcción por acá, en las obras del barrio, lo que salga, si no hay camello me toca “retacar”: pedirle a la gente del barrio. La dormida si me toca en la calle, donde caiga, y lo de la comida, eso sí, gracias a Dios, la gente del barrio es de buen corazón y me regalan cuando les pido; tengo una amiga que trabaja en un restaurante, ella me guarda comida y me la regala; hambre si no he aguantado, gracias a Dios.

 

DV.: ¿Cómo ha sido su vida en la calle?

EM.: No se la deseo ni a mi peor enemigo. Pero fue una decisión que tomé y nadie me obligó; al principio fue por gusto pero ahora ya no puedo evitarlo.

 

DV.: Siendo usted relativamente nuevo en esto, ¿cómo lo han recibido los demás habitantes de calle del barrio?

EM.: Normal, aquí la gente va y viene, cada uno es libre de hacer lo que quiere. Aquí nadie se mete con nadie, si uno no busca problemas puede vivir tranquilo. Uno no puede llegar a robar, porque es robar a los vecinos y a uno lo conocen y, obviamente, lo van a buscar. Hay que tener cuidado con quién se habla y de quién se habla, de resto es muy calmado.

 

DV.: ¿Ha notado cómo operan las redes de distribución en el barrio? ¿Cómo controlan el sector?

EM.: Llevo poco tiempo en la calle, pero sí se nota mucho el uso de la violencia, aquí ajustan al que miró feo, al que vendió sin permiso o al que debe plata, al que se “boletea”, como le dije, si se pone a robar lo van parando. Pero es como en todo lado, hay un jíbaro que es el que le surte al que le pide.

 

DV.: ¿Cómo contacta a su vendedor?

EM.: Uno empieza con el intermediario o el conocido que ya ha comprado, después me rotaron el número del man que vende en el Socorro y aquí en Catalina, entonces uno lo llama y cuadra el punto, le da la plata y se la entrega. Eso sí, toca ser muy cuidadoso para no dar visaje.

 

DV.: ¿Qué hace la Policía? ¿Lo han parado?

EM.: La Policía no hace mucho, si a uno lo conocen no lo joden; yo sí he visto que cuadran con el jíbaro para que lo dejen vender y dejen sanos a los que metemos.

 

DV.: ¿Qué es lo más barato y lo más caro que venden en el barrio?

EM.: Lo más caro es el “Tucd”, que es perico de colores que vale 40 lukas los dos o tres gramos, ese lo compran los gomelitos o los que farrean, los que quieren tomar y aguantar días tomando. Lo más barato, el bazuco y la marihuana, que es lo que compramos la mayoría de los que vivimos en la calle.

 

DV.: ¿Cuánto gasta al día en dosis? ¿Dónde se droga?

EM.: Depende, hay días que camello y me gasto hasta 10 o 15 mil pesos, por lo general 5 mil, en papeletas de bazuco o porros de marihuana. Por lo general voy a la olla de El Socorro, allá me trabo y paso el rato, a veces cerca al cementerio, allá va la mayoría de la gente a meter porque nadie lo molesta a uno.

La conversación fluye sin dificultad. Mientras El mono responde a las preguntas que le dirijo, miro a sus ojos, percibiendo una mirada perdida, ensimismada y con algo de estupor. Rara vez hace contacto visual, su mirada cansada es consecuente con lo que trasmite su ropa sucia, su aspecto andrajoso y lo delgado que luce. No parece un joven de 21 años, pues aparenta más de treinta; por sus palabras y la naturalidad con la que me cuenta esta parte de su historia, pareciera que llevara años en este mundo, como intentando esconder la pena que lleva por dentro. A pesar de su espontaneidad al conversar, hay cosas de las que prefiere no hablar, sobre su padre, por ejemplo.

Las horas pasan. Al finalizar la charla me despedí de mi vecino, le agradecí por el espacio que me brindó, me dio la mano y, antes de despedirse, me dijo entre risas “nos vemos, porque me vieron hablando con usted y no falta el que se ponga de chismoso”. Al final, cada uno tomó su camino, no sin antes pedirme “la liga” para un cigarrillo.

La historia de El mono es una fotocopia de la realidad que viven muchos jóvenes en Bogotá. En un artículo publicado por el periódico El Tiempo se informa que el 72 por ciento de los estudiantes de seis colegios públicos de Bogotá, consultados en medio de una investigación de la Universidad de La Sabana, ha consumido o consume alcohol; el 43 fuma cigarrillo; el 11 por ciento marihuana; el 7 aspira inhalantes; el 6 por ciento ácido LSD, y el 4 restante inhala cocaína, prueba éxtasis o consume bazuco. Según la investigación, los niños no solo consumen por primera vez alcohol entre los 12 y 13 años, sino que comienzan a hacerlo de manera permanente, por lo menos una vez a la semana, a partir de los 14. “En el estudio se evidencia que el cannabis es la droga de más fácil acceso dentro y fuera de la institución educativa”, advierten Obando y Trujillo1.

Algunos jóvenes logran superar esa etapa experimental mientras que otros terminan engrosando las cifras de drogadictos que existen por miles en la capital, pasando a ser una cifra más dentro del mercado sin fin del narcotráfico. Lo que demuestra que la legislación para reprimir la venta y distribución de narcóticos no logra ni limitar ni acabar con su consumo, y que la problemática asociada a estos es más compleja que lo percibido a primera vista.

 

1             Ángela Trujillo y Diana Obando, profesoras de la Facultad de Psicología de la Universidad de la Sabana.

Publicado enEdición Nº221