Martes, 16 Julio 2019 07:29

La dictadura digital

La dictadura digital

La digitalización de nuestras vidas avanza a ritmo acelerado y “ataca” desde tantos ángulos que es difícil verla en toda su complejidad y más aún analizar críticamente la mega-infra-superestructura que conforma.

En 2018, la cantidad de suscripciones a teléfonos móviles superó la cantidad de habitantes en el planeta. Hay mucho más aparatos telefónicos que personas en el planeta. A nivel global, un 53% de la población mundial usa internet. Pero mientras que en Estados Unidos y Europa más del 95% de la población tiene acceso a internet y lo usa diariamente (en países escandinavos y Emiratos Árabes Unidos más del 99%), en los países de África Central es menos del 10 % de la población y entre los 47 países llamados menos desarrollados, sólo el 19 % de la población tiene acceso a internet.

Pero la era digital no se trata sólo de computadoras, teléfonos móviles e internet que están omnipresentes en casi todo el planeta, aunque el acceso a ellos mantiene desigualdades históricas. Se trata además de la acumulación masiva de datos sobre las personas y sus interacciones económicas, sociales, políticas por parte de unas cuantas empresas trasnacionales. Se trata del mapeo y digitalización de la información sobre toda la naturaleza y recursos materiales explotables o no. Se trata de los graves impactos ambientales y en la salud que conlleva tanto la producción de aparatos y la basura que generan, como la inmensa infraestructura para conexión y la capilaridad de sus radiaciones electromagnéticas. Se trata de cambios profundos en las formas de producir en todos los rubros industriales –sean urbanos o rurales–, se trata de rupturas en las formas de vender y comprar, tanto a nivel micro como en el comercio nacional e internacional. No cambia las relaciones de explotación y dominación que sostienen el capitalismo, pero sí muchas de sus manifestaciones.

Según Benjamin H. Bratton, estamos ante la mayor infraestructura accidental jamás creada, ya que nunca se planeó crear una mega estructura como la que actualmente existe para sostener la era digital. Que además, lejos de ser etérea, es altamente material: son enormes las demandas de materiales para dispositivos y almacenamiento, y abrumadora la cantidad de energía que requiere.

Internet funciona como la línea roja que une estas trasformaciones y está centralizada y controlada desde Estados Unidos, a través de ICANN, (Corporación de internet para la asignación de nombres y números), que asigna los dominios de internet en todo el mundo. Esta centralización del control de la administración de internet se debate y cuestiona tanto desde otras potencias mundiales como Europa y China, como desde los movimientos de activistas digitales críticos, que han llamado a esta realidad un nuevo “Colonialismo 2.0

Sobre ella se montan y crecen inmensas plataformas digitales, que no pagan impuestos ni son controladas por ninguna regulación ni supervisión, como Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft, Airbnb, Uber, Alibaba, Baidu, Twitter, Whatsapp, Telegram y otras, cuya influencia en la vida, relaciones y opciones de la mayoría de la población mundial, tampoco tiene precedentes. Una gran parte de esa población les entrega sus datos de manera voluntaria, como ubicación, rutinas, gustos, opiniones, preferencias, relaciones. La digitalización de las funciones y servicios públicos y privados que usamos, sea por registros laborales o de estudio, asistencia a centros de salud, uso de tarjetas bancarias, tarjetas de fidelidad a comercios y servicios, hace que los datos de cada uno de nosotros sean conocidos, manejados, vendidos, sin que en nosotros realmente tengamos opción a opinar sobre ello. Aunque paulatinamente se han empezado a hacer tímidas e insuficientes regulaciones sobre el manejo de los datos personales, el alud de servicios digitales que los requieren hacen casi imposible tener control sobre ellos.

Facebook es uno de los ejemplos más evidentes. La semana pasada (julio 2019), la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, sentenció a Facebook a pagar una multa de 5,000 millones de dólares por mal manejo de los datos que tiene sobre sus usuarios. El detonante fue haber cedido los datos de más de 80 millones de usuarios a la empresa Cambridge Analytica, que manipuló al electorado selectivamente en el caso de Brexit en Reino Unido, la elección de Trump, la de Macri en Argentina y otras. En mayo 2018, luego del escándalo al conocer sus métodos, Cambridge Analytica cerró, pero renació poco después como Emerdata Ltd. Steve Bannon, fundador de Cambridge Analytica y asesor de Trump, colaboró también directamente con Jair Bolsonaro para ganar la elección en Brasil.

Paradójicamente, junto al anuncio de la multa, las acciones de Facebook subieron, por lo que su fundador, Mark Zuckerberg, que es uno de los 8 hombres más ricos del mundo, se volvió un poco más rico. Se supone que este efecto fue debido a que los inversores consideraron que la sentencia fue manejable,ya que Facebook podrá recuperar la suma con sus ganancias de apenas 50 días.

Otro aspecto altamente preocupante es la proliferación de cámaras de vigilancia “inteligentes”. China es el líder mundial en este tipo de vigilancia, y ha desarrollado sistemas que integran reconocimiento facial en multitudes, además de cámaras portables de este tipo que llevan agentes policiales. Aunque el nivel de errores de estos sistemas es muy alto, se están extendiendo por todo el mundo. Empresas chinas están ajustando la tecnología para que sea sensible a las diferencias de rasgos raciales, con la intención de introducirlas en África y otros países del Sur. En América Latina, Ecuador fue quien primero contrató este tipo de tecnología, y actualmente lo están adoptando en varios otros países, entre ellos Argentina y Uruguay. En México, el estado de Cohauila, se vanagloria de ser el primero en instalarlo este año, que en un acuerdo con la empresa china Dahua, instalará 2000 cámaras con reconocimienton facial en 11 ciudades de la entidad. Le sigue los pasos la Ciudad de México, que las instalará en el Metro.

Esto son sólo algunos de los aspectos críticos de la era digital y en todos los casos, se basan en el aumento de la capacidad y extensión de la conexión de redes electrónica, cuyo puntal será la aplicación global de las redes 5G lo cual – a costa de convertir el planeta en un gigantesco horno de microondas– les permitiría dar acceso en lugares que actualmente parecen inaccesibles, como la Amazonía o África Central, además de regiones remotas otros países. Para ello, las empresas pretenden que los estados financien con dinero público estos empredimientos, lo cual es presentado en todas partes como “un derecho al acceso a internet” , en favor de la democracia.

Si bien hay aspectos positivos de la conectividad de la era digital, necesitamos un debate crítico del rol que está jugando para favorecer el aumento y/o la entrada del capitalismo en todos los rincones del planeta, basado en una red de vigilancia que deja al Gran Hermano de Orwell como una mera fantasía literaria.

El Gobierno de EE.UU. ha gastado casi 3.800 millones de dólares en subvenciones y contratos en la gestión de «niños extranjeros no acompañados» (UAC), desde que el presidente Trump asumiera dicha política. Foto: AP

La empresa norteamericana Caliburn además de ofrecer servicios en Irak, Afganistán y otras regiones, mediante su filial CHS recibe multimillonarios pagos por operar refugios de niños latinoamericanos migrantes no acompañados. Caliburn cuenta en su junta directiva con el exjefe del Comando Sur y exsecretario de Seguridad Nacional, John F. Kelly. 

En abril de 2018, el entonces fiscal general de EEUU Jeff Sessions anunció la política de ‘tolerancia cero’ a la migración ilegal.

«El Congreso no ha aprobado una legislación efectiva que sirva al interés nacional, que cubra peligrosos huecos y financie completamente un muro a lo largo de nuestra frontera sur. Como resultado, ha estallado una crisis en nuestra frontera suroeste que requiere un esfuerzo mayor para procesar a quienes eligen cruzar ilegalmente nuestra frontera», dijo el fiscal general.

Asimismo advirtió que «entrar ilegalmente en este país no será recompensado», sino que se enfrentará a todos los poderes del Departamento de Justicia.

Dicha decisión hizo que miles de niños migrantes centroamericanos fueran separados de sus padres y alojados en instalaciones administradas por organizaciones no gubernamentales y empresas contratistas.

Como lo dispuso el Gobierno norteamericano, ésta política reemplaza cualquier política existente y si la adopción de la misma requiere recursos adicionales, cada oficina deberá identificar y solicitar dichos recursos. ​

Puertas giratorias

La política de «tolerancia cero a la migración ilegal» destina un multimillonario presupuesto a unas pocas organizaciones no gubernamentales, religiosas y empresas privadas, encargadas de administrar los refugios o albergues para niños, entre otras actividades.

Una de las beneficiarias es la compañía Caliburn International, mediante su filial Comprehensive Health Services, CHS, que administra las instalaciones más grandes para niños migrantes en Estados Unidos.

Antes de unirse a la Administración Trump, según la misma fuente, el exsecretario de Seguridad de EEUU, John F. Kelly ya era parte de la junta de asesores de DC Capital Partners, una firma de capital privado propietaria de Caliburn.

Recordemos que Kelly al fungir como jefe del Comando Sur de EEUU de 2012 a 2016 tuvo la responsabilidad de «velar por el mantenimiento de las fronteras y el combate contra la inmigración ilegal y el tráfico de drogas».

En 2017, el presidente Trump lo designó en el cargo de secretario de Seguridad Nacional. De 2017 hasta enero de 2019 se desempeñó como jefe de Gabinete de la Casa Blanca.

Queda claro que la información que posee Kelly y su entorno es colosal, en especial sobre los planes para frenar y disuadir la migración y sobre los métodos y negocios que giran alrededor de la problemática.

¿La Gran Muralla de Migrantes? El nuevo nicho de millones de dólares de empresas contratistas

Caliburn International ofrece consultoría e ingeniería en defensa nacional, salud, diplomacia internacional y seguridad nacional y sus clientes son tanto comerciales como gubernamentales.

Dicha compañía reconoció ante la Comisión Nacional del mercado de valores, SEC por su sigla en inglés, que identificó la política de inmigración como una oportunidad de crecimiento.

Reportó a la SEC que a través de su negocio de servicios médicos y humanitarios, están involucrados en la prestación de servicios médicos y de la vida diaria para los niños que son detenidos en la frontera de EEUU y que esperaban que «estas operaciones sean parte de nuestro negocio en el futuro y que nuestros niveles de operaciones en estas áreas puedan aumentar».

La compañía expresó en dicha ocasión su preocupación por la posible pérdida o reducción de sus contratos en Irak y Afganistán.

Advirtió que «si el Gobierno de EE.UU. cambiara su política con respecto al apoyo a estas regiones, ya sea por el aumento de las actividades insurgentes o la desestabilización, incluidos los disturbios civiles o la guerra civil en Irak o Afganistán, o el deterioro de las relaciones entre EEUU y estos países, nosotros podríamos estar imposibilitados de proporcionar servicios o nuestros contratos para proveer servicios podrían ser rescindidos».

«Cualquiera de los aspectos anteriores podría afectar negativamente nuestro rendimiento operativo y podría resultar en costos adicionales y pérdida de ingresos» se quejaron.

Ahora Caliburn y sus filiales han ampliado con mucho éxito su ámbito de negocio, y al parecer encontraron una fuente de recursos que no parará de fluir al menos en un corto plazo.

Según la agencia informativa CBSnews los registros de contratos federales muestran que la filial de Caliburn, CHS recibió al menos 222 millones de dólares para operar entre el 7 de julio de 2018 y el 20 de abril de 2019, y podría recibir mucho más.

Es decir que, en el transcurso de 270 días, recibió financiación de aproximadamente 800.000 dólares diariamente.

Entonces, no es para menos la alegría de James Van Dusen representante de Caliburn al decir que «con cuatro décadas de liderazgo militar y humanitario, una comprensión profunda de los asuntos internacionales y el conocimiento de los propulsores económicos actuales en todo el mundo, el general Kelly es una adición estratégica sólida para nuestro equipo».

Además de Kelly, Caliburn incluye a otros exmilitares de alto rango.

Contratos multimillonarios y sueldos exorbitantes

Una revisión de los datos de contratos referidos a atención de migrantes ilegales realizada por Sludge, encontró que el Gobierno de EE.UU. ha gastado casi 3.800 millones de dólares en subvenciones y contratos en la gestión de «niños extranjeros no acompañados» (UAC), desde que el presidente Trump asumiera dicha política.

Según la misma fuente los principales receptores de fondos son Southwest Key Programs (1.500 millones de dólares) y BCSF Health and Human Services (659 millones de dólares).

También reciben fondos las compañías privadas, como la firma de seguridad MVM (213 millones de dólares) y CHS Comprehensive Health Services (292 millones de dólares), la subsidiaria de la compañía donde John Kelly es miembro de la junta directiva.

La empresa CHS, según la misma fuente, cobra 750 dólares por persona por día, mucho más de lo que costaría un caro hotel, incluida la alimentación. La compañía opera otros tres refugios, todos en Texas, y tiene 292 millones de dólares en contratos gubernamentales en curso.

La investigación de Sludge indica que 10 de las entidades que reciben la mayor cantidad de dinero para las operaciones de UAC, pagaron a sus principales ejecutivos más de 300.000 dólares en compensación anual, hecho que habrían corroborado en documentos fiscales disponibles públicamente.

Se sabe de denuncias de maltratos y abusos en varias de estas instalaciones de ‘refugio’, lo cual hace más indignante conocer los montos de los ‘honorarios’ de sus administradores, peor aun cuando se sabe que los consiguen a costa de niños, de la nacionalidad que fuera.

Queda claro que al negocio no le importa otra cosa que no sea lucrarse con la tragedia diaria.

Para enrarecer más el panorama, un informe del inspector general del Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU. emitido el 2 de julio pasado advierte sobre el «hacinamiento peligroso» y la «detención prolongada» en varias instalaciones de procesamiento de migrantes de Aduanas y Protección de Fronteras (CBP).

A menudo se escucha en los medios de comunicación a las autoridades gubernamentales de distintos países y de organismos internacionales referirse a la migración como un «fenómeno», casi natural, y lo grave es que nos estamos acostumbrando a ello.

En este caso no se trata de un proceso regular de movilidad humana. La región centroamericana sufre una guerra solapada que expulsa miles sino millones, y que los convierte en parias, ante la mirada impávida de algunos políticos de turno y la ausencia o pasividad de organismos multilaterales.

En tanto, otros disfrutan de sus prósperos negocios, fruto de esa tragedia.

12 julio 2019

(Tomado de Rebelión)

Publicado enInternacional
¿Más libres o más vigilados?, en esta nueva fase del capitalismo el producto eres tú

¿Ha pasado cerca de un centro comercial y recibe en su smartphone publicidad de alguna tienda ubicada en ese establecimiento? ¿Ha descargado música de alguna banda y su red social favorita le “sugiere” que la siga?

 

Uno de los atributos del capitalismo, en esta fase de decadencia, es la capacidad que tiene para hacer sentir libre a la gente más vigilada de la historia. La inteligencia que apellida a cuanto aparato se inventa hoy trae, en letras pequeñas y numerosas, la condición de observar a su usuario. De tal manera que televisores, relojes, monitores para corredores, teléfonos observan a quien hace uso “personalizado” de estos aparatos.

 

¿Delirios de Pedro Carreño?

 

Ah, de aquellos tiempos en los que era un chiste decir que al entonces diputado chavista Pedro Carreño se le ocurrió insinuar que los aparatos de televisión satelital nos espiaban, pocos años después el público se enteró de que televisores inteligentes espiaban las casas de su “dueños”.

La organización WikiLeaks, grupo de ciberactivistas fundado por el australiano Julian Assange, inició en 2017 la publicación de 8 mil 761 documentos procedentes de la unidad de ciberespionaje de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), en la que trabajan unas 5 mil personas.

Refiere la filtración el caso del programa “Ángel que llora” (Weeping Angel), diseñado por las “televisiones inteligentes” de la empresa surcoreana Samsung. “Después de infectar [el aparato], Weeping Angel pone a la televisión en un modo ‘off’ falso”, según la nota de prensa colgada por WikiLeaks en su web. Cuando está en modo “off” falso, la televisión parece apagada, pero no lo está. En vez de eso, “graba las conversaciones en la habitación y las envía a través de Internet a un servidor secreto de la CIA”.

Cuando en 2015 Samsung lanzó en Estados Unidos sus “televisores inteligentes”, con el eslogan “La tele nunca ha sido tan lista”, el gigante coreano ya advertía en el manual de instrucciones que “el dispositivo puede capturar órdenes orales” que Samsung podría “recolectar” y “transmitir (junto con información acerca del dispositivo, incluyendo la identificación de éste) a terceros”, incluso en el caso de que esos datos incluyeran “información personal o sensible”.

En la última generación de iPhones, Siri, el famoso asistente online de Apple, escucha siempre lo que se dice a su alrededor y lo envía a la sede de la empresa. Lo mismo que Alexa, el rival de Siri de Amazon.

 

Más capitalismo, pero ahora “de vigilancia”

 

Lo que algunos autores han bautizado como “capitalismo de vigilancia” es una fase del capitalismo en la que los medios de producción son las vidas personales y reposan sobre la infraestructura digital, ya no sobre un dueño concreto; la mano de obra es el usuario de aplicaciones, las propias vidas humanas (cuyo sentido es poder comprar, mayoritariamente) son los medios de producción que generan la verdadera materia prima: los datos personales.

Impuesto como un manto, ya el capitalismo no se basa solamente en la fuerza de trabajo de la clase trabajadora sino en la información que aporte cada individuo respecto a su sistema de toma de decisiones para votar, comprar, etc.

Bajo esta faceta del capital no solo se trata de concentrar capital, tierra y fuerza de trabajo sino datos personales como llave para amplificar dicha concentración sin dar la cara, al ejercer el monopolio del negocio digital de marcas como Google, Facebook, Apple y Amazon, que suman a todo tipo de compañías del entorno tradicional a su forma de hacer negocios.

 

Fórmula Google: Saber lo que te gusta (o no)

 

La fórmula Google tiene en su génesis a Sheryl Sandberg, encargada de la publicidad online, quien llegó a la conclusión de que combinando la información derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios, podían ofrecer un análisis muy interesante para que, con una predicción de quién necesitaba o deseaba qué, el anunciante supiera a quién dirigirse y qué venderle.

De esto habló,en una entrevista con la BBC Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School quien acuñó el término “capitalismo de vigilancia”.

Se diseminó entonces el modelo mediante el cual los datos se convirtieron en fuente de riqueza debido a que facilitaban las predicciones sobre comportamientos, lo que se traduce en ventas para anunciantes, aseguradoras, almacenes y hasta partidos políticos. Fue así como entre 2001 y 2004, los ingresos de Google crecieron casi un 3.600% y, a partir de marzo de 2008 cuando Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, se implanta el mismo modus operandi exitoso para las minorías megamillonarias.

En el negocio de las predicciones, cuya herramienta es el Big Data, la mano de obra es gratis; se trata de una minería en la que se extraen comportamientos, hábitos, deseos, miedos, sueños, proyectos, dudas… para ser vendidas a partir de un mito: el consentimiento del público poseedor.

Quien desea descargar algún contenido o programa gratuito acepta unos términos sin haberlos leído en profundidad o extraviado en una inaccesible jerga legislativa, técnica y conceptual, sus datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocerle mejor y obtener un perfil de cómo es el usuario.

“Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics.

 

Entre la adicción y el juego: La eterna adolescencia

 

Hay más. Llaneza agrega que “las aplicaciones están basadas en un inteligentísimo sistema de adicción y gamificación. Diseñan esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”.

Lograda la adicción, parece prácticamente imposible negarse a ceder la vida personal a cambio de la app del momento. Considera la experta que las personas no son inconscientes sino adictas, y que viven en un estado de infantilización ante la tecnología.

El modelaje de la adolescencia eterna, esa en la que se asocia juventud y consumo, y consumo con eternidad, desemboca en una fiebre que consiste en querer formar parte de lo último, recibir atención y no perderse de nada, de ahí que aplicaciones de moda como aquella que convertía rostros en obras de arte terminan creando modelos para el reconocimiento facial y sirviendo a la inteligencia artificial para que, en el futuro, le sean violados a las personas los derechos a la privacidad o a ser admitidos en algún sitio.

El engaño es doble: cuando el usuario entrega sus datos a cambio de servicios aparentemente inocentes, y cuando esos datos son después utilizados para elaborar un perfil cuya utilidad no solo pareciera ser comercial.

El ciclo de la adicción se intensifica mediante otra clave: la gratuidad de los servicios. Las apps gratuitas logran captar usuarios cual anzuelo y, a través de ellas, comienza la extracción de datos y, con ellos, la acumulación de comportamientos se convertirán en predicciones listas para ser transformadas en dinero.

 

¿Más libres o más vigilados?

 

Sistemas combinados de uso entre gadgets (equipos personalizados) recopilan datos que quedan guardados y se mezclan con los datos extraídos del smartphone para reportar un conocimiento de cada usuario desde diversos ángulos, que incluyen el entorno familiar. La conexión total se ha convertido en vigilancia total pero se vende (y experimenta) como libertad.

Analizando el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad en su libro La expulsión de lo distinto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, dice:

“En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”.

Agrega que la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”.

Por lo tanto, no es el mismo sistema represivo de la sociedad disciplinaria: en la actualidad somos teledirigidos en función de nuestra misma aspiración social expresada en posts, tweets, etc. Alimentar ese ya no tan nuevo modo de producción tiene su costo para muchos y ganancia para pocos.

 

(Tomado de Misión Verdad)

Publicado enSociedad
San Francisco se convierte en la primera ciudad de EEUU en prohibir a la Policía usar técnicas de reconocimiento facial

Gobiernos y agencias de seguridad de EEUU hace años que utilizan las técnicas de reconocimiento facial (capaces de identificar a individuos mediante inteligencia artificial) para tareas como identificar a criminales, ayudar en las tareas de búsqueda de menores desaparecidos y prevenir el fraude documental.

La Alcaldía de San Francisco (EEUU) prohibió a las agencias locales, entre ellas la Policía, el uso de técnicas de reconocimiento facial, cada vez más empleadas por las autoridades para identificar a criminales pero criticadas por las organizaciones pro derechos civiles.


La ciudad californiana se convirtió así en la primera de Estados Unidos en tomar una medida de estas características y ahora podrían seguirla en un futuro cercano la vecina Oakland, que está considerando una prohibición similar, y el estado de Massachusetts, donde el Senado estatal también estudia la cuestión.


"Esta no es una política antitecnológica. Se trata de poder exigir responsabilidades en torno a la tecnología de vigilancia, de garantizar que se hace un uso seguro de ella", explicó durante el pleno el concejal promotor de la medida, Aaron Peskin, quien aseguró que "se puede tener seguridad sin convertirse en un estado policial".


La medida fue aprobada en el pleno del consistorio con la oposición pública del cuerpo de Policía local, que durante los últimos días ha presionado para que no saliese adelante una prohibición que a su juicio dificultará el día a día de sus operaciones.
Sesgos policiales contra minorías


Gobiernos y agencias de seguridad de EEUU hace años que utilizan las técnicas de reconocimiento facial (capaces de identificar a individuos mediante inteligencia artificial) para tareas como identificar a criminales, ayudar en las tareas de búsqueda de menores desaparecidos y prevenir el fraude documental.


Sin embargo, los grupos en defensa de los derechos civiles aseguran que esta tecnología invade la privacidad de los ciudadanos de forma excesiva, a la vez que puede perpetuar sesgos policiales contra minorías étnicas ya que se ha probado que tiende más al error con personas de piel oscura.


En este sentido, Peskin citó el estudio llevado a cabo en julio pasado por la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, en inglés) que halló que el reconocimiento facial había identificado incorrectamente a 28 congresistas de EEUU (en su mayoría pertenecientes a minorías étnicas) como criminales al comparar sus fotografías con imágenes policiales.

San Francisco (EEUU)
15/05/2019 12:48 Actualizado: 15/05/2019 12:55
Efe

Llegan las huellas dactilares maestras: inteligencia artificial para desbloquear cualquier teléfono

Un equipo de investigadores estadounidenses ha creado un sistema capaz de generar huellas dactilares por sí mismo destinado a desbloquear teléfonos


Hablamos con una experta en seguridad y vigilancia sobre las implicaciones de la biometría en cada vez más ámbitos de nuestra vida

La única diferencia entre una contraseña y una contraseña biométrica es que la primera la puedes cambiar, perder, olvidar, rehacer o pedir una nueva, mientras que la segunda está contigo para siempre, tengas la edad que tengas y estés donde estés. Porque la contraseña es tu cuerpo. Si te roban tu número de tarjeta de crédito podrás cancelar la tarjeta y pedir una nueva, pero si alguien se hace con tu huella dactilar estarás metido en un problema.


La biometría es la técnica que permite generar contraseñas a partir de tus datos biológicos, ya sea tu voz, tu huella o tu iris. La tecnología se ha popularizado tanto estos últimos años que no es raro ver cómo cada vez más teléfonos y dispositivos electrónicos incorporan sensores de reconocimiento facial o de huella dactilar para proteger el acceso al mismo.
¿Proteger o desproteger? La biometría no es segura ni nunca lo fue a la hora de proteger el acceso a un dispositivo, según alertan cada vez más expertos. Una nueva prueba de ello es el último estudio que varios investigadores de las universidades de Michigan y Nueva York han publicado en el repositorio de artículos científicos arxiv y que esta semana cuenta Motherboard. Se titula Deep master prints (Copias maestras profundas) y ahí explican cómo han construido un sistema a base de machine learning (aprendizaje automático) que es capaz de generar huellas dactilares para desbloquear teléfonos móviles.


Cómo funciona una llave maestra que aprende sola


Imagina que tienes una llave que abre todas las puertas de tu bloque de edificios y que a medida que abres más y más puertas, la llave aprende nuevas configuraciones de cerradura, lo que a la larga le servirá para abrir un mayor número de cancelas. Este es un buen ejemplo para entender cómo funcionaría una llave maestra alimentada con Inteligencia Artificial (IA), que al fin y al cabo es lo que han prototipado los investigadores estadounidenses.


Uno de los grandes avances de la IA es sido el descubrimiento y puesta en práctica de las redes neuronales artificiales, un tipo de arquitectura de programación que permite a un sistema "aprender" en función de la información que se le proporcione. En este caso, los investigadores le dieron 6.000 huellas dactilares humanas, que una vez analizadas le permitieron comenzar a crear las suyas propias.


Cada nueva huella generada era después enviada a otra red neuronal artificial que se encargaba de discriminar si lo que veía era real o no. Las huellas que esa red identificaba como falsas eran devueltas al sistema, que las perfeccionaba y las volvía a enviar al discriminador, a ver si en ese nuevo intento pasaban la prueba. Este proceso, repetido miles de veces en un laboratorio, da como resultado huellas dactilares maestras.


Cuando el sensor de huella del teléfono escanea nuestro dedo y lo desbloquea no está escaneando todo el dedo, sino unos pocos puntos. Lo explica a eldiario.es Gemma Galdón, ideóloga y experta en seguridad y creadora de la Fundación Éticas: "Para ir más rápido, lo que se hace es minimizar los puntos de comparación y te aseguras más o menos de que esa persona es la que dice ser, aunque seguramente esos mismos puntos pueden coincidir con una parte importante de la población".
Acierta tres de cada cuatro intentos


Galdón pone el ejemplo de los aeropuertos como lugar en el que se utiliza la biometría a discreción pero con escasas garantías: "Allí lo importante es que la gente pase rápido. Si quieres eso, tienes que bajar el nivel de seguridad o los puntos que se cotejan cada vez que alguien pasa", continúa. Los sistemas de reconocimiento facial tampoco se salvan: el año pasado, apenas dos meses después de lanzar Apple su iPhone X, la tecnología fue burlada con una máscara hecha a base remiendos.


La experta en seguridad y vigilancia recuerda, sobre la biometría, que "hay un montón de vulnerabilidades técnicas brutales" y advierte sobre algunos sitios en donde "no se encripta bien la huella, con lo cual se recoge la huella plana que es super fácil de reproducir". Tampoco entiende cómo esta tecnología se sigue incorporando en los dispositivos nuevos que salen cada año: "Ni yo ni creo que ninguna de las personas que trabajamos en esto desde hace tiempo entendemos muy bien cómo ha colado tanto eso de que la biometría es la metodología más segura para verificar la identidad".


Los investigadores estadounidenses usaron dos tipos de huellas para alimentar el sistema: impresas en un papel y las generadas por los sensores de huellas de cientos de dispositivos. Después vieron que la criatura entendía mejor las segundas, y no es casualidad: estas son el resultado de poner el dedo en el sensor cientos de veces, en tu móvil, en el iPad, en el trabajo, en un aeropuerto. Ese fue el paquete de datos que la máquina entendió correctamente, el que provenía de los usos mayoritarios de la biometría en el mundo.


Las huellas maestras llegaron a tener éxito hasta en un 76% de las veces que fueron puestas a prueba. Son tres de cada cuatro intentos. "La biometría está contigo para siempre", recuerda Galdón, que se despide lanzando una mensaje: "Una biometría que no es segura es como un coche sin motor".

David Sarabia
19/11/2018 - 21:18h

Lunes, 26 Marzo 2018 06:20

2018

2018

La carrera es vertiginosa y desigual. Al tiempo que crece la acción de los gobiernos para proteger la identidad y los datos de las personas, éstos se fugan sin cesar. Nosotros mismos facilitamos gran cantidad de información que se hace pública, en unas ocasiones porque lo exigen múltiples trámites; en otras, porque pensamos que es inocuo hacerlo y de forma tácita damos nuestro consentimiento.

También hay robos. Este es el caso del serio conflicto en el que se ha metido Facebook en relación con los 50 millones de datos sobre usuarios de esa plataforma y que extrajo la empresa Cambridge Analytica para influir en la propaganda política y tratar de orientar el voto en las pasadas elecciones, en este caso, de Estados Unidos.

El poder se ha acumulado en quienes generan, acumulan, controlan y manipulan información. En una aproximación muy simple, Big Data, según la define IBM, es una tecnología para ordenar y describir enormes cantidades de datos, estructurados o no, y que permite un enfoque nuevo en el entendimiento de procesos y para tomar decisiones.

Lo que ha hecho Cambridge Analytica, con Steve Bannon incluido, pues fue vicepresidente de esa consultora, es precisamente reconocer el poder que tienen los datos masivos y la posibilidad que hay de usarlos mediante la minería, el análisis y la comunicación para fines específicos y muy diversos. En particular sirven para enfocarse con bastante precisión en los individuos, no en la masa.

Esto es muy similar a lo que hacen Netflix cuando sugiere a los suscriptores los programas que exhibe; Google cuando dirige la publicidad según las consultas que se hacen en su buscador o Amazon cuando enfoca la atención a ciertos productos según las preferencias de compra de los usuarios.

El robo de Cambridge Analytica fue posible debido al mismo negocio de Facebook que ha usado extensamente a los llamados desarrolladores para ampliar el uso de sus bases de datos. Según explica la misma empresa esos desarrolladores constituyen un programa guiado por las comunidades locales y cuyo objetivo es compartir el conocimiento que resulta de la acumulación de datos de quienes participan de la red.

Facebook, como no podía ser de otra manera, se concentra en el desarrollo de sus negocios y de sus crecientes posibilidades tecnológicas. Como Mark Zuckerberg ha dicho, las nuevas normas sociales con respecto a la privacidad están cambiando y sobre esa base cuando los ingresos de su empresa empezaron a crecer, se centró en el verdadero caudal que representan los datos; business is business.

Bannon ha sido más brutal como acostumbra y sin empacho ha dicho que ese negocio implica tomar gratis los datos de los usuarios y venderlos, luego se formulan los algoritmos para dirigir sus vidas. Debió añadir que también los ha sustraído, ante la pasividad de Facebook. Ante el escándalo, Zuckerberg afirmó que si su plataforma no puede proteger la información entonces no merecemos servirlos. En efecto, así es. ¡En buenas manos estamos!

Aquí destacan varias cuestiones acerca de la salvaguarda de la identidad y los datos personales que no acaban de ser protegidos en las áreas de los negocios y de las campañas políticas. Pero tampoco lo son en el campo más preciso del ejercicio del poder del Estado y de los gobiernos que ejercen una vigilancia de los ciudadanos mediante el espionaje, la intervención de las comunicaciones y hasta la promulgación de leyes que atentan frontalmente en contra del derecho a la privacidad.

Todo esto puede parecerle a muchos algo inocuo, ingenuo o trivial, pero no lo es. El uso de algoritmos cada vez más precisos puede provocarnos una sensación positiva como consumidores o como miembros de una colectividad en las redes sociales. Después de todo, la definición de cada uno se resume en un me gusta o sus derivaciones: me encanta, me entristece, me enfurece y me asombra. Un buen perfil sicológico es el que así se aporta sin contrapartida alguna y para el lucro de otros.

Pero, como nos damos cuenta cada vez más, esto es una invasión de la privacidad; la Real Academia Española la define como el ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión.

Admitamos pues que cambia la percepción sobre la privacidad en la sociedad. En efecto, eso parece desprenderse del crecimiento acelerado de las redes sociales y su influencia. Mucha gente se siente más identificada como parte de esa red aun a expensas de su individualidad.

Este es un asunto muy relevante y, sin embargo, la privacidad es un derecho que debería salvaguardarse a toda costa y no por otra razón sino porque en esencia cada uno de nosotros es un individuo.

Bienvenido al futuro, brother Orwell. Qué lejos y qué cerca está 1984 de 2018.

Publicado enSociedad
Viernes, 16 Febrero 2018 06:05

El siglo del control de las masas

El siglo del control de las masas

Desde que los sectores populares desbordaron los centros de encierro y de ese modo neutralizaron las sociedades disciplinarias, el gran desorden social que sobrevino impulsó la búsqueda de nuevas formas con el fin de controlar grandes aglomeraciones humanas para, de esa manera, recuperar la capacidad de gobernarlas. Sin ello, cualquier sistema, y en particular éste basado en la explotación y la opresión, naufragarían en un caos profundo.

Desde los años que siguieron al estallido de 1968, esa búsqueda ha sido incesante. De lo que se trata es de sustituir al caducado panóptico: una herramienta capaz de controlar multitudes con la misma eficacia que el control individualizado. Las tecnologías que se han desarrollado en los últimos años, muy en particular la inteligencia artificial, van en esa dirección. No "aparecen" nuevas tecnologías que facilitan el control; se desarrollan prioritariamente aquellas que son más adecuadas para el control de grandes masas. Los resultados son estremecedores y debemos conocerlos para adquirir las capacidades necesarias para neutralizar estos dispositivos.

Las policías de los principales países, China, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, adoptaron las modernas tecnologías para controlar mejor a sus ciudadanos. Días atrás los medios difundieron cómo la policía china controla multitudes en las estaciones de trenes, utilizando gafas dotadas de pequeñas cámaras para la identificación facial, conectadas a la base de datos policial que les permite identificar a las personas en segundos ( goo.gl/3QdfBT ).

Estamos hablando de grandes concentraciones humanas, lo que implica la utilización de tecnologías muy precisas y, además, la creación de una base de datos que está llegando a los mil 400 millones de personas, o sea la totalidad de la población de la nación más poblada del planeta. China ya instaló 176 millones de cámaras de seguridad, que para 2020 serán 400 millones (goo.gl/YXerFW). En las regiones más conflictivas, las bases de datos policiales incluyen escaneo de iris, ADN y fotos de caras, apretando el cerco a los disidentes.

En los países occidentales ya se puede hacer la foto de un vecino de asiento en el autobús, y en segundos conocer su identidad. Si eso pueden hacer los usuarios de iPhoneX, podemos imaginar los niveles de sofisticación que han alcanzado los servicios de seguridad del Estado.

Un aspecto que merece ser reflexionado lo propone el Centro de Derecho de la Privacidad y Tecnología de Georgetown. Álvaro Bedoya, su director, reflexiona: "Las bases de datos de ADN y huellas dactilares se conformaban con personas con antecedentes penales. Se está creando una base biométrica de gente que respeta la ley" (goo.gl/7ak3ES).

Los datos anteriores muestran el increíble avance del Estado para controlar a las personas, pero también las grandes empresas que cuentan con sistemas similares para "facilitar" las relaciones con sus clientes. El resultado es que estamos siendo vigilados a cielo abierto (antes sólo se podía vigilar en espacios cerrados), todo el tiempo y en todo lugar, como nunca antes en la historia de la humanidad. Es parte de la brutal concentración de poder y riqueza en los estados, que son controlados por el 1 por ciento más rico.

Es evidente que este desarrollo –producto de la neutralización y desborde de los centros de encierro y disciplina, algo que no debemos olvidar– afecta los modos y maneras de resistir y de luchar contra el sistema. En la historia, cada tipo de opresión ha sido respondida con nuevas estrategias. Me parece necesario trazar algunas reflexiones de cara al futuro.

La primera es que estamos apenas en el comienzo de formas cada vez más minuciosas de control de las poblaciones. Se está inaugurando una nueva era de control de masas, estructural, no coyuntural, que durará tanto tiempo como nos lleve a los sectores populares desbordarla o neutralizarla. La tarea primordial en este momento es identificarlas.

La segunda es que debemos aprender del pasado, en concreto de las luchas contra los centros de encierro, en particular las fábricas y las escuelas, que fueron los espacios de disciplinamiento más poblados y, por lo tanto, los más conflictivos. En rigor, no fue una lucha para apropiarse del centro de mando, el panóptico, sino para destruirlo o esquivarlo, de las maneras más insólitas pero siempre en base a la cultura popular: trabajo a desgano, usar la salida a los baños como tiempo de fuga, robarle segundos y minutos al cronómetro de la productividad, y así.

No fue una resistencia organizada desde los sindicatos o partidos, y esto es fundamental. Fueron los propios obreros y obreras, los internos de los centros de estudio y los estudiantes, los que ganaron milímetros en cada contienda, algo que los dirigentes raras veces comprendieron pero nunca orientaron. Estas culturas para sobrevivir a las opresiones, como las que relata James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia, son poco estimadas y mal comprendidas por los que apuestan todo al marco institucional, tan vacío como inconducente.

La tercera cuestión es: los más variados modos de resistir la inteligencia artificial aplicada al control masivo de las poblaciones tendrán una característica común: el control sobre los cuerpos, nos está diciendo que esos cuerpos son y serán los campos de batalla. No desestimo los análisis, ni las ideologías. Pero los cuerpos son el núcleo de la emancipación; por lo tanto, alegrías y dolores, celebraciones y angustias, modelan las rebeldías, como nos vienen enseñando los pueblos indios y las feministas de abajo.

Puede parecer poco concreto. Lo es, sin duda. No se trata de estudiar para definir una estrategia, sino de poner en marcha acciones pequeñas y medianas, para neutralizar el control. Finalmente, la creatividad humana, que es la clave de nuestra sobrevivencia como especie, es una aventura sin certezas, con final impredecible. Sólo nos queda confiar en nuestras fuerzas colectivas y en la terca tenacidad de la vida.

Publicado enSociedad
Martes, 07 Noviembre 2017 08:11

Capitalismo vs. Privacidad

Capitalismo vs. Privacidad

 

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

 

En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

 

La ruptura del vínculo

 

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.

Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”

Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner -con su infinita exaltación del individuo privado- hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.

En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

 
La máquina tabuladora de Hollerith

 

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.

Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.

En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.

Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

 
El traje nuevo del Gran Hermano

 

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

 
Una herramienta de control

 

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.

Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.

 

Samuel Earle: Periodista independiente que escribe en distintos medios.


Fuente: https://www.jacobinmag.com/2017/04/google-facebook-informational-capitalism


Traducción: Sara Suárez Gonzalo

 

Publicado enSociedad
Cómo utiliza la CIA la inteligencia artificial para vigilar las redes sociales

La agencia norteamericana aplica los avances en automatización diseñados en Silicon Valley al análisis del material que cuelgan los usuarios

 

La gente lo cuenta (casi) todo en las redes sociales. Sobre sus estudios, sus trabajos, sus relaciones personales, sus momentos de ocio, su consumo... Por supuesto, también sobre sus valores, su ideología, sus preferencias políticas, etc. A pesar de que hay culturas más discretas o reservadas y otras que son más abiertas y extrovertidas, esta manera de comportarse en Facebook, Youtube, Twitter, Instagram, etc. se ha extendido por el mundo. Empresas y entidades gubernamentales como la popular Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos han incorporado estas plataformas al repertorio de fuentes que consultan regularmente.


En este contexto, la inteligencia artificial les permite llegar más lejos de lo que podrían haber imaginado hace pocos años. El organismo norteamericano coopera estrechamente con el gigante tecnológico Intel desde 1947. Los avances informáticos han ido mejorando este proceso. Pero los métodos empleados hasta ahora son muy laboriosos y, a menudo, lentos. Para que los resultados sean óptimos, lo ideal es manejar grandes cantidades de datos. Así deberían prevenirse guerras, atentados terroristas, incidentes...


Exactamente para eso sirve la automatización de tareas. He aquí el punto de inflexión en esta misión. Según ha revelado la subdirectora de desarrollo tecnológico de la CIA, Dawn Meyerriecks, la agencia tiene actualmente 137 proyectos de inteligencia artificial en marcha. Uno de los polos digitales privilegiados es Silicon Valley. Pues bien, esta área de la Administración estadounidense tiene suscritos numerosos programas de colaboración con emprendedores de allí.


Son ellos quienes facilitan que los agentes accedan a la información de millones de perfiles y cuentas, que la filtren y que la interpreten en función de sus necesidades. En cualquier caso, para que estos engranajes empiecen a rodar, alguien debe activarlos. Y eso nos lleva de nuevo a usuarios, anónimos o conocidos. En realidad, estas agencias siempre han hecho lo mismo. “Lo nuevo es el volumen y la velocidad en la recolección de datos”, señala Joseph Gartin, responsable de la Escuela Sherman Kent, un centro de análisis de inteligencia al servicio de la CIA que cobró una gran relevancia a escala internacional tras el 11S.


“El comportamiento humano son datos y la inteligencia artificial es un modelo de datos”, añade el jefe de operaciones de Stabilitas, Chris Hurst. Evidentemente, los profesionales de estas instituciones aplican al resto de entornos por los que se mueven unos sistemas y unas fórmulas similares a las que rastrean los medios 2.0. El director de la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, Robert Cardillo, explica: “Si intentásemos explorar manualmente las imágenes de un satélite comercial que esperamos tener en los próximos 20 años, nos harían falta ocho millones de analistas”.


Gracias a la inteligencia artificial, el 75% de esta carga descansa, con la máxima eficiencia, sobre las máquinas, no sobre las personas. Prácticamente ningún país puede competir con Estados Unidos en esta carrera, ni siquiera Rusia. Sea como fuere, se está dando un impulso global en el que participan naciones de ambos hemisferios. Por esta razón, el propio presidente Vladimir Putin ha dicho: “Quienquiera que se convierta en el líder en inteligencia artificial será el gobernante del mundo”.

Jueves, 19 Octubre 2017 07:55

Una Francia más policíaca

Zoulikha Azin (iz.), madre del jihadista Mohamed Merah, en un tribunal de París.

 

En adelante, las administraciones cuentan con el poder de decidir arrestos domiciliarios o el cierre de lugares de culto sin una autorización judicial. Se vigilan las comunicaciones hertzianas y se usan los datos de pasajeros.

 

Desde París

El Senado francés dio el último paso para la aprobación de la ley antiterrorista que reemplaza las medidas adoptadas antes por el Ejecutivo del ex presidente François Hollande adoptadas luego de la ola de atentados que sacudieron a Francia entre enero de 2015 y finales de 2016. El texto, que ya ha había sido aprobado por la Asamblea Nacional, viene a completar el vacío que hubiese dejado el fin estado de urgencia adoptado tras los atentados de 2013 y que está en vigor hasta el primero de noviembre de 2017. Los sectores más críticos al proyecto de ley se sitúan entre los comunistas, los ecologistas y los socialistas. Estos grupos políticos impugnan la pronunciada tendencia de la ley a dejar las decisiones fundamentales en manos de policías o prefectos sin la presencia del poder judicial. En adelante, las administraciones cuentan con el poder de decidir arrestos domiciliarios o el cierre de lugares de culto sin que sea necesaria la autorización judicial. Esther Benbassa, representante del grupo comunista, comentó al vespertino Le Monde que “la sociedad que se nos está proponiendo es una sociedad de la sospecha permanente, puesta en manos de los poderes administrativos en donde los prefectos o el Ministro de Interior pueden reemplazar al juez”. Estas disposiciones no son sin embargo nuevas porque ya figuraban en el arsenal represivo que se aplicó luego de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París.

Sus opositores fustigan sobre todo la inclusión de las medidas de excepción dentro del derecho común. Resulta obvio que, tal y como ocurrió luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cada vez que un Estado diseña un marco de protección y represión lo hace en contra de las libertades civiles. Gana la policía, los servicios secretos y pierde la sociedad cuando, a través de estas nuevas leyes, se va extendiendo la llamada “democradura”. El proyecto de ley pasó finalmente a través de las diversas oposiciones, la de la izquierda, que lo critica porque atenta contra las libertades civiles y los derechos humanos, la de la derecha, que lo rechaza porque significa el fin del estado de urgencia prolongado seis veces desde 2015, y la de la ultraderecha, opuesto a un texto que, según su líder, Marine Le Pen, no “ataca la ideología islamista”.

Por encima de sus antagonismos, el proyecto de ley marca el fin de un período traumático para Francia. Incluso si integra muchas de sus disposiciones, el nuevo esquema antiterrorista es una salida de situaciones excepcionales como el estado de urgencia que remiten a ese momento de muerte colectiva que fue la noche del 13 de noviembre de 2015 cuando un comando islamista de varios hombres a las ordenes del Estado Islámico atacó el Estadio de Francia, los bares de los distritos 10 y 11 de la capital francesa y el teatro Le Bataclan. Un total de 130 personas fueron ultimadas a sangre fría por los terroristas. El Estado dirigido hoy por Emmanuel Macron debía presentar un nuevo escudo. Los cierto es que sus ocho medidas principales son polémicas, desde la transferencia de las decisiones a la exclusividad de los representantes del Estado, pasando por el “Passenger Name record”, o sea, la transferencia de los datos de los pasajeros que viajan en avión a las autoridades judiciales, la vigiliancia de las comunicaciones hertzianas, la ampliación de los controles de identidad o las zonas de protección de los grandes acontecimientos. A propósito de esta última disposición, los juristas han manifestado su preocupación porque la ley puede dar lugar al abuso de este régimen contra militantes u opositores políticos.

 

 

Publicado enInternacional
Página 1 de 4