MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

¿Un neoliberalismo popular para Madrid?

Las elecciones para la Comunidad de Madrid dieron un claro triunfo al ala derecha del Partido Popular. Con un discurso contra las restricciones que exige la pandemia, la actual presidenta Isabel Díaz Ayuso se impuso sobre el conjunto de la izquierda con lemas como «comunismo o libertad» y un proyecto abiertamente neoliberal. El Partido Socialista Español quedó tercero -después de Más Madrid- y los malos resultados de Unidas Podemos llevaron a Pablo Iglesias a renunciar a la política institucional y partidaria.

 

El triunfo rotundo de Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid abre el camino a algo inédito hasta hoy en la política española: un discurso abiertamente neoliberal que se le ofrece al Partido Popular (PP) como vía de salida para alcanzar autónomamente la Moncloa, absorbiendo a Ciudadanos y conteniendo a Vox, la fuerza de extrema derecha fundada a fines de 2013. Se dirá que fue Madrid justamente el lugar del ala neoliberal del PP, con su ex-mandataria Esperanza Aguirre. Sin duda, pero ni aun en los momentos más débiles de Mariano Rajoy en la jefatura del partido, ese discurso había logrado hegemonizar la formación conservadora. Eran los tiempos en que las elecciones se ganaban «por el centro».

Ayuso ha logrado resolver la ecuación que el líder del PP Pablo Casado viene intentando despejar desde que ganó la dirección del partido en 2018, relegando a la «centrista» Soraya Sáenz de Santamaría: volver a ocupar todo el espacio del centro a la derecha, sin depender de Vox ni de Ciudadanos. La gran diferencia entre los tiempos de Rajoy y Aguirre y el momento actual es la aparición de Vox, formación posfascista escindida del PP y que le disputa los votos de la derecha más radical. Ayuso parece haberlo conseguido. No solo porque ha absorbido a Ciudadanos, sino también porque ha frenado a Vox, que sigue siendo necesario para formar gobierno, pero queda políticamente irrelevante. En efecto, Vox no se puede negar a apoyar al PP –sea absteniéndose o votándolo en la investidura–, pero en cualquier caso no podrá exigirle entrar en el gobierno ni condicionar su accionar. Por otra parte, es muy probable que eso no le interese a la formación liderada por Santiago Abascal, pues estas elecciones son para completar los dos años que le quedaban al mandato de Ayuso. Vox prefiere aparecer como la agrupación que frenó a la izquierda y no comprometerse con la que llama «derechita cobarde» del PP, a fin de mantener su perfil partidario.

Resignificación de la pandemia

Este discurso abiertamente neoliberal tiene mayor impacto porque se da en el marco de una recuperación del protagonismo estatal y comunitario motivada por la pandemia. En efecto, en marzo de 2020 toda España se vio abocada a un confinamiento estricto. Tras décadas de corrosión de la autoridad estatal y de desprestigio de lo público –especialmente en Madrid, donde el PP gobierna desde 1995–, la izquierda depositó buena parte de sus esperanzas en que la pandemia hiciera ver la necesidad de recobrar el pulso comunitario. El cumplimiento del confinamiento fue disciplinado y el gobierno de centroizquierda –Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Unidas Podemos– diseñó políticas públicas de apoyo a los desfavorecidos por la pandemia. Aunque lo negó, entre la salud pública y la economía, optó lógicamente por la primera sin desatender la segunda, si bien sus medidas sociales fueron criticadas por algunos de sus socios de izquierdas por poco audaces.

Díaz Ayuso fue ocupando de a poco, en unos términos inusuales para la política española, el liderazgo de facto de su partido en la labor de oposición nacional a la gestión de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. En efecto, la presidenta de la Comunidad de Madrid no les reprochaba ya incapacidad técnico-administrativa, sino un fanatismo ideológico que –valiéndose de las circunstancias excepcionales– les permitía privar de la libertad a los ciudadanos y tomarlos como rehenes del Estado, a fin de convertirlos en sus mantenidos. De este modo, el discurso de Ayuso evocó una vaporosa combinación de comunismo, chavismo y populismo, según la cual se iba contra el mercado, se esclavizaba a la ciudadanía tratándola como a menores de edad dependientes del Estado, se destruía la economía y, de paso, la nación española. Esto último era el corolario lógico de un gobierno, según Ayuso, «social-comunista aliado a los enemigos de España» (Partido Nacionalista Vasco, Esquerra Republicana de Catalunya y Bildu). España retornaba de este modo a la Guerra Fría.

Así, donde la izquierda esperaba encontrar el antídoto contra el neoliberalismo –del que en España se habla poco, por otra parte–, la derecha más dura halló la forma de mostrar la necesidad de un Estado «mínimo» y de un gobierno «técnico». Cumplió entonces el sueño neoliberal: el Estado es importante, pero no para quitarles autonomía a los individuos privados con su paternalismo, sino para devolverles esa naturaleza comerciante borrada por años de intervencionismo. Colocó así al emprendedor como figura paradigmática del ciudadano y desde ahí reivindicó una idea epicúrea: huye de la política pero no de lo colectivo, cuya única expresión auténtica es la comunidad privada conformada por los amigos y la familia. Los miembros de esa comunidad privada engrandecen la nación a través de la búsqueda privada de su beneficio personal. Este vitalismo fraternal, antipolítico y hedonista tenía su lugar natural: los bares, la calle, el encuentro con «los tuyos» después de una dura jornada laboral. No fue ajena a este sentimiento la idea de un orgullo de Madrid («vivir a la madrileña»), reafirmado tras años de auge del «catalanismo». Ayuso vino a decir lo que no se podía enunciar: España empieza en Madrid, Madrid es España y, por supuesto, España es una gran Nación. Todo ello le permitió legitimar en nombre de la “libertad” su opción en favor de la economía y en detrimento de la salud.

El contragolpe al 15-M

Esta resignificación de la excepción pandémica en prueba de normalidad del mercado y del emprededorismo ha venido a significar un fabuloso contragolpe, largamente elaborado, contra la izquierda y el progresismo, justo a diez años del 15-M y del movimiento de los «indignados», del cual surgiría Podemos. La irrupción de Pablo Iglesias en la campaña electoral de Madrid, a la que «bajó» dejando su lugar nada menos que como vicepresidente del gobierno nacional, fue muy bien recibida por Ayuso, que necesitaba un contrincante a su medida que hiciera verosímil su discurso de «comunismo o libertad». Iglesias entró con aire salvífico en la campaña, dando un golpe de efecto que no duró más que unas horas. Ni siquiera pudo disimular que escondía una importante debilidad: en verdad, su candidatura mostraba la fragilidad estructural de un partido leninista construido alrededor de su liderazgo, sin estructura organizativa ni arraigo popular en un territorio que, como Madrid, debería ser más que propicio para una fuerza como Unidas Podemos. En efecto, Iglesias quiso encubrir ese tembladeral ofreciéndose como prenda de unidad de la izquierda, un fetiche de la cultura política de la izquierda no socialista. 

Iglesias fue rechazado, no sin cansancio e incomodidad, por los dos partidos a los que interpelaba. Más aún, el propio PSOE, con el que Unidas Podemos cogobierna en el nivel nacional, afirmó a través de su candidato Ángel Gabilondo que «con este Iglesias» no formaría gobierno. Luego, solo cuando vio que no le alcanzaban los votos, ensayó una rectificación y llamó a «Pablo» a vencer juntos a la derecha. En verdad, Iglesias solo buscaba que su partido no quedara por debajo de 5% de los votos, límite para conseguir representación, y de paso cobrarle una antigua factura a su otrora número dos de Podemos, Íñigo Errejón, obligándolo a una negativa a la unidad que lo hiciera responsable de la desunión y, eventualmente, de una derrota a manos de la derecha. 

Finalmente, Iglesias logró apenas 7% de los votos. El golpe para Unidas Podemos no pudo ser más fuerte: no solo se presentó con un discurso antifascista, propio de la vieja izquierda no socialista eternamente enojada con el PSOE y sus bases por sus «traiciones» e «inconsecuencias», sino que además movilizó a la derecha extrema más que al electorado abstencionista tradicionalmente vinculado a la izquierda. Por si esto fuera poco, su rival íntimo, Más Madrid de Errejón, logró rebasar electoralmente al PSOE y se colocó como segunda fuerza por un puñado de votos. La fuerza de Errejón conseguía así dar el sorpasso al PSOE. La reacción de Iglesias –renunciar a sus cargos y abandonar la política partidaria e institucional tras conocerse los resultados– no deja de ser una muestra de responsabilidad política, si bien alejarse de todos sus cargos se inscribe en un acto repetido de muchos dirigentes del Podemos inicial, que parecieron entender que la política tenía la lógica de las redes sociales, donde o hay éxito inmediato o no hay nada. No parece ser la enseñanza que se puede extraer de la ética política de quien lucha por una causa.

El partido que sale ganador, tras PP y Vox, es Más Madrid, que se consolida como cabeza de la oposición en Madrid. Es el rol que venía ocupando de facto en el Parlamento madrileño. Los análisis electorales han tenido en cuenta casi exclusivamente la campaña y poco la oposición de los dos últimos años. Esta ha sido la que ha resaltado el papel de Mónica García, una médica de hospital público capaz de transmitir autenticidad y compromiso social en el contexto de la pandemia, como contracara de un deslucido Gabilondo, una vez más candidato del PSOE. Esto le ha permitido vivir en primera persona la crisis del covid-19, cuya gestión por parte de Ayuso dejó serias dudas, algunas muy comprometedoras, como la decisión de que los ancianos de las residencias no fueran trasladados a los hospitales. García se ha destacado en el Parlamento por su convicción y su firmeza, pero asimismo por no tener los modos de una burócrata de partido. Esto también puede ser una enseñanza para una formación joven como Más Madrid, necesitada de arraigo en la sociedad civil.

Ciudadanos fue literalmente engullido por el PP y ha pasado de ser la tercera fuerza, con casi 20% de los votos –lo que le permitió cogobernar con Ayuso–, a quedarse sin representación (3,57%). Es el otro gran perdedor, junto al PSOE. Pero, a diferencia de este, carece de estructura y arraigo, una deficiencia de los partidos de la llamada «nueva política». 

Vox aparece como un ganador sui géneris: pese a que no mejoró sus números y repitió la elección de hace dos años (9%), su objetivo político no es electoral, sino de medio plazo: derechizar el debate público. Para ello necesita arrastrar al PP a la derecha, obligándolo a hablar de temas «políticamente incorrectos» para el «consenso del 78», como inmigración, Estado de Bienestar, «costo» de la política, etc. Por ello necesita conservar esa porción de votos que al PP se le ha ido y que le resulta clave de cara a formar gobierno. Tener de rehén al PP le permite a Vox, de paso, alcanzar un gran eco mediático para su discurso de extrema derecha. Y eso lo consiguió con creces de la mano de Rocío Monasterio, una candidata que capturó los focos durante toda la campaña y no escatimó en escándalos, como cuando le dijo a Iglesias que «se largara» de un estudio de radio.

El PSOE, finalmente, tendrá que reorganizarse en Madrid, plaza en la que está orgánicamente tocado desde hace décadas. De hecho, el largo gobierno del PP en la Comunidad de Madrid, iniciado en 1995, se origina en que dos diputados socialistas impidieron la consagración del candidato del PSOE al ausentarse el día de la votación (el «tamayazo»). Todas las sospechas indican que fueron sobornados por el PP, situación que –más allá del evidente caso de corrupción– señala la debilidad interna del poder socialista en la región. El candidato Gabilondo repitió porque las elecciones se adelantaron y el PSOE no tuvo tiempo de renovar su candidatura. Se trata de una voz propia de la Transición, una cultura política en buena medida ya «fuera de contexto», de una época que ya significa poco para los votantes –especialmente para los jóvenes–.

¿Un triunfo de proyección nacional?

La pregunta que deja la elección de Madrid es si este escenario se puede trasladar al ámbito nacional, es decir, a las próximas generales de –en principio– 2024. La propia Díaz Ayuso interpretó así su triunfo en su discurso de la noche electoral, en el que saludó a los militantes de la mano del líder nacional, Pablo Casado. La traslación no es obvia, y tampoco lo es que le traería solo ventajas al PP. En efecto, cuando asumió la presidencia del PP, Casado comenzó haciendo seguidismo de Vox, para luego dar un golpe de timón hacia el «centro». Volvió así al lugar conservador clásico del PP, con sus trazos nacionalistas, católicos y liberales. La política española no está acostumbrada a los vaivenes a los que estaría obligado Casado ahora: carece del swing movimientista, es más bien de seguir escrupulosamente un único paso de baile. De hecho, Díaz Ayuso ha tenido éxito porque su discurso es muy similar al de Vox, no porque haya podido balancearse de la extrema derecha al centro según silbe la música del momento. Por otra parte, este triunfo agrega una nueva presión a Casado: la del liderazgo de la propia Ayuso, que vendría a representar ahora el original a imitar.

Pero aun en el mejor de los casos para el PP, no está claro que ese discurso resulte atractivo en todo el país. Cabe decir que el PP no es realmente un partido nacional, pues su representación en Cataluña y en el País Vasco es muy baja para un partido que aspira a la Moncloa, máxime con el llamado «problema catalán» –se trata más bien de la cuestión española sobre cómo organizar el Estado en torno de una identidad común– como principal asunto político de alcance histórico.

La elección de Madrid refuerza el eje izquierda-derecha que la nueva política había venido a cuestionar y liquida todo vestigio de la «hipótesis populista» del primer Podemos. Pero con una novedad: ahora parece que las elecciones no se ganan en todo el país «por el centro», sino que en algunas autonomías se triunfa por la derecha, merced al éxito del contragolpe de Vox, quizá el gran vencedor a medio plazo de la aparición de la «nueva política».

En cualquier caso, España sigue alejándose de los modos y procedimientos de la Transición, sin tener todavía un rumbo claro. Pero, eso sí, arrastrando algunos fantasmas que desde aquella época transporta en la bodega y que están también en el origen de este nuevo rumbo incierto, a la espera de ser resueltos: la cuestión nacional, llamada piadosamente «cuestión catalana» o «problema territorial», de la cual Vox se ha beneficiado, y la cuestión social, esto es, su relativo atraso en el desarrollo del Estado de Bienestar, merced a un importante acento oligárquico de sus elites, que no parecen dispuestas sencillamente a pagar impuestos, a la espera de que los fondos europeos compensen ese impago. Mientras, desgastan las condiciones laborales y, así, toda la vida comunitaria. El discurso de Díaz Ayuso expresa en buena medida eso, pero también el haber logrado el consentimiento de importantes segmentos de los sectores populares, condenados como están a la lucha darwinista. Lo que está en juego no va más allá de una posición defensiva de la izquierda que, ante el embate neoliberal y nacionalista español que la acusa de «comunista» y/o «populista», intenta solo que este discurso reaccionario no siga conquistando voluntades en los sectores populares.

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Sábado, 17 Abril 2021 06:29

Final de época

Final de época

El triunfo de Guillermo Lasso en Ecuador

 

La victoria del banquero Guillermo Lasso implica la superación psicológica para una parte importante de los ecuatorianos de lo que significó la crisis económica de 1998-1999, que desembocó en un histórico feriado bancario –con el cierre de casi el 70 por ciento de las instituciones financieras– y el mayor éxodo de la historia del país. Hasta la fecha, el recuerdo de que Lasso –propietario de la segunda institución financiera privada más importante de Ecuador– multiplicó sustancialmente su fortuna en una maniobra especulativa con los depósitos congelados por aquella crisis hacía imposible su victoria electoral. De allí que la candidatura de Andrés Arauz tuviera en el balotaje el eslogan «El país o la banca», que, sin embargo, motivó un escaso engagement en los indecisos, especialmente los más jóvenes. Estamos, por tanto, ante un nuevo país, atravesado por clivajes de nuevo orden, que no responden ya a ese pasado reciente que dio el triunfo electoral de forma permanente e indiscutible al correísmo a lo largo de los últimos 15 años.

El correísmo es el fruto de un momento histórico marcado por el boom latinoamericano de las commodities (2003-2013). Sin los excedentes petroleros que permitieron un inédito volumen de ingresos para el Estado, no habría sido posible ni realizar las grandes obras de infraestructura que modernizaron parte del país ni aplicar las políticas compensatorias que fueron el eje de la gobernabilidad correísta. El fin de aquel ciclo económico implicó el inicio de la decadencia de ese proyecto político. Para comprobar lo anterior, basta un somero análisis de los últimos tres resultados electorales en la primera vuelta: en 2013, del total de votos válidos, Rafael Correa obtuvo el 57,17 por ciento –y evitó el balotaje–; en 2017, con Lenín Moreno como su delfín, el resultado fue del 39,36 por ciento –Moreno ganó luego en la segunda vuelta, con apenas un 2,82 por ciento de ventaja–; este año, Arauz obtuvo apenas el 32,72 por ciento y perdió en el balotaje por 4,94 puntos porcentuales.

Pese a lo anterior, la situación política y económica que vive hoy Ecuador propiciaba, a priori, las condiciones para un triunfo correísta. Moreno, quien ya vuelto contra Correa mantuvo, no obstante, viva su figura (ahora en calidad de víctima de la persecución judicial), encabezó una gestión deplorable con respecto a los intereses populares. Además, más allá del contraste de la crisis actual con las épocas de abundancia correísta, fueron tanto el propio Lasso como sus aliados, los socialcristianos de Jaime Nebot, quienes sostuvieron políticamente a Moreno frente a la enorme deslegitimación social de su gobierno. De igual manera, la pandemia puso de relieve la necesidad de un Estado fuerte, con capacidad para proteger a sus ciudadanos, en contra del discurso de achicamiento estatal propuesto por Lasso. Y, siendo Ecuador uno de los países de la región con menor acceso a las vacunas contra el covid-19, varias de las que llegaron fueron distribuidas de manera escandalosa entre las elites que forman la base social del candidato conservador.

Sin embargo, la elección demostró que la fractura correísmo/anticorreísmo ya no es la principal división del electorado ecuatoriano. Han cobrado importancia opciones hasta ahora de escaso peso en la cartografía institucional. Tanto el Pachakutik –brazo político del movimiento indígena, con un discurso básicamente ambientalista– como Izquierda Democrática –un viejo partido ubicado ideológicamente en el centro– lograron porcentajes de voto muy significativos (19,3 y 15,6 por ciento, respectivamente). La campaña desnudó, además, las dificultades del correísmo para implementar recambios en su liderazgo. Este es uno de los elementos que explotó la estrategia conservadora: a Arauz le costó posicionarse como líder de su movimiento y pareció siempre supeditado a Correa. Pese a que el expresidente no puede pisar el país, debido a las diversas y discutibles sentencias judiciales que pesan sobre él, la intensidad de su presencia mediática por medio de videoconferencias y la aparición de su imagen en la propaganda electoral progresista lo convirtieron en el verdadero protagonista.

En la práctica, el correísmo es Correa. Esto le permite transferir sus votos duros a un personaje hasta ahora semidesconocido como Arauz, pero, a su vez, le impone límites para captar votos. Los correístas viven la dicotomía de ser la tendencia con mayor porcentaje de voto incondicional (cerca de un 30 por ciento del electorado) y, al mismo tiempo, la fuerza con menor capacidad de crecimiento, debido a la resistencia que causa Correa en cada vez más sectores de la población. La campaña de Lasso leyó bien esta nueva realidad. Llamó al consenso y a reconocer la diversidad política de la segunda vuelta, mientras que el correísmo se mantuvo en la polarización que históricamente lo ha caracterizado. Con los mass media y el Estado claramente a favor de la opción conservadora, casi el 50 por ciento del electorado que en la primera vuelta no votó bajo el clivaje correísmo/anticorreísmo optó esta vez o bien por plegarse al llamado voto nulo ideológico del movimiento indígena, o bien por el banquero. Sobre un electorado de poco más de 13 millones, el correísmo apenas sumó en el balotaje 1,2 millones de votos con respecto a la primera vuelta. Lasso, sin embargo, vio aumentado su apoyo, entre una instancia y la otra, en 2,8 millones de votos.

Arauz no sólo carece aún de identidad propia y de un liderazgo sólidamente construido, sino que tampoco ha tenido canales de acercamiento con esas izquierdas ecuatorianas minusvaloradas e, incluso, reprimidas durante la década correísta. Tampoco ha sido capaz aún de posicionar un imaginario de lo que sería un progresismo de nuevo cuño. Que logre avanzar en estos pendientes depende de cómo gestione su actual crisis interna el correísmo y de qué papel asuma ahora Correa. Todo esto se enmarca en una nueva realidad regional latinoamericana, en la que el segundo ciclo progresista se ve cuestionado y enfrenta condiciones claramente diferentes a las del período anterior. En este contexto, el reto del progresismo ecuatoriano está en conectar con la juventud, los sectores no ideologizados de la sociedad y los movimientos sociales que en estas elecciones lo rechazaron

Por Decio Machado
16 abril, 2021

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Castillo vs. Fujimori: una «extraña» izquierda contra la vieja derecha

Las elecciones presidenciales del 11 de abril mostraron la profunda crisis del sistema político peruano y la implosión de los partidos políticos. En ese contexto, dos candidatos que quedaron por debajo del 20% -el sindicalista del magisterio Pedro Castillo y la persistente Keiko Fujimori- se enfrentarán en un incierto balotaje.

 

La última encuesta de Ipsos publicada en el diario El Comercio una semana antes de las elecciones generales peruanas mostró un quíntuple empate técnico en el primer lugar en la intención de voto presidencial. Se trataba de los candidatos Yohny Lescano (12,1%), Hernando de Soto (11,5%), Verónika Mendoza (10,2%), George Forsyth (9,8%) y Keiko Fujimori (9,3%). Como bien ha señalado el politólogo Carlos Meléndez, el escenario nos presentaba a «minicandidatos»: políticos que se disputaban la Presidencia de la República con menos de 10% del respaldo del electorado.

Los votos del 11 de abril, sin embargo, pusieron en primer lugar al candidato de Perú Libre, Pedro Castillo, con 19,085%, seis puntos por encima de Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, quien obtuvo 13,37% (con más de 98% de las actas procesadas). Este ex-sindicalista del magisterio fue la gran sorpresa de la jornada. Su alza se produjo desde inicios de abril, pero alcanzó al pelotón que pugnaba por la segunda vuelta en los días previos a los comicios, según fueron retratando varias encuestas que no pudieron ser publicadas por los medios de comunicación debido a restricciones normativas.

La campaña electoral peruana se ha dado en medio de una crisis política, sanitaria y económica. Una gran parte de la población siente que, nuevamente, debe elegir el «mal menor» para investirlo como presidente. Diversos factores han sido determinantes en este panorama.

La desafección política

Si bien la disolución constitucional del Congreso de la República de mayoría fujimorista, impulsada por el ex-presidente Martín Vizcarra en noviembre de 2019, hizo creer a la población –que mayoritariamente apoyó la medida– que la etapa de confrontación entre poderes llegaba a su fin, ello estuvo lejos de suceder. En noviembre de 2020, el nuevo Congreso destituyó a Vizcarra del cargo de presidente de la República, después de que se difundieran por diferentes medios de comunicación acusaciones de que había recibido sobornos durante su gestión en el gobierno regional de Moquegua. 

La inestabilidad política del país ha sido extrema. En un quinquenio, lo normal es que Perú tenga un presidente y un Congreso, pero en el último lustro el país ha tenido cuatro presidentes y dos Congresos. Además, dentro de ese mismo periodo, varios líderes políticos y ex-presidentes han sido involucrados en casos de corrupción, sembrando en la ciudadanía un manto de sospecha en la política.

Los casos más sonados son los de Alan García, quien se suicidó antes de ser detenido preliminarmente en el marco de las investigaciones del caso Odebrecht, y Alejandro Toledo, quien se encuentra en Estados Unidos, prófugo de la justicia peruana. Sin embargo, los ex-presidentes Pedro Pablo Kuczynski y Ollanta Humala y la lideresa de Fuerza Popular Keiko Fujimori también tienen procesos activos con la justicia; en el caso de esta última, la fiscalía pidió para ella 30 años de cárcel por presunto lavado de activos

El último en incorporarse en la lista ha sido Martín Vizcarra. Varios escándalos de corrupción cayeron sobre él desde mediados de 2020, cuando aún era presidente. Vizcarra fue uno de los políticos más populares de los últimos años. Cuando dejó el cargo, ya cuestionado, contaba con una aprobación de 77%. Fue un político que, sin partido político ni alianzas, supo gobernar únicamente con el apoyo popular, al levantar la promesa de que mejoraría la clase política eliminando la corrupción. 

En las protestas de noviembre de 2020, después de su salida, se escuchó una y otra vez el grito de «que se vayan todos». Una encuesta de opinión pública muestra que, durante ese ciclo de manifestaciones, aproximadamente 60% de la población sentía que ningún político la representaba. Al mismo tiempo, la demanda de cambiar la Constitución –hasta entonces planteada por sectores sociales reducidos– fue creciendo y, en diciembre de 2020, fue avalada por 97% de los peruanos (entre quienes reconocían la necesidad de modificarla y los que apostaban por redactar una nueva). La ciudadanía pidió cambios estructurales que el nuevo gobierno de transición no supo atender. «No tenemos ni la legitimidad ni el tiempo para hacer cambios a la Constitución» fue una de las primeras declaraciones de Francisco Sagasti como jefe de Estado, tras ser nombrado en reemplazo de Vizcarra. 

Por otro lado, ningún aspirante al sillón presidencial pudo posicionarse políticamente y convencer de que su programa solucionaría los problemas de una ciudadanía afectada por la pandemia y la inestabilidad política. La candidata de izquierda Verónika Mendoza y Julio Guzmán, del partido de Sagasti, fueron dos políticos que tuvieron grandes oportunidades de crecimiento los últimos meses, pero por distintas razones no repuntaron. 

La desafección política se hizo evidente en febrero de 2021. Para entonces, las encuestas ya nos pintaban a los «minicandidatos». En febrero de 2020, el único aspirante a la Presidencia de la República que superaba el 10% de intención de voto era George Forsyth, un ex-futbolista y ex-alcalde municipal. Tenía 11% de intención de voto, pero este porcentaje fue en bajada con cada encuesta. Si bien buscó posicionarse como una cara fresca y alejada de la política, el escaso contenido del discurso que planteó en los debates y entrevistas, en donde su principal oferta era una carrera alejada de la política, hizo que la población perdiera el interés que en un inicio le había despertado.

En este contexto, con un respaldo de 19% del electorado, Castillo fue el candidato más apoyado del país. Desde que la Constitución Política de 1979 instauró la segunda vuelta en las elecciones para la Presidencia de la República, el ganador de la primera vuelta electoral siempre obtuvo más de 30% del apoyo popular. Pero en un contexto de enorme fragmentación, se convirtió en el ganador de la primera vuelta con menor respaldo electoral de la historia (que baja aún más si se considera que ese 19% es sobre votos válidos y votantes efectivos: la abstención llegó casi a 30%, y los votos nulos y blancos superaron el 17%). Este candidato sorpresa se perfila como el que propone los cambios más ambiciosos, al apostar por el término de las tres décadas de política neoliberal en el país.

La palabra del maestro

La primera vez que los medios de comunicación de alcance nacional se refirieron a la campaña de Castillo fue el 10 de marzo pasado. Faltaba un mes para los comicios y el candidato contaba con 3% de intención de voto, según la encuestadora Ipsos. Había sido retenido por la Policía por generar una aglomeración de personas durante un mitín político en la plaza de Armas de Mazuko, en la región selvática de Madre de Dios. Con esa anécdota, los grandes medios volvían a mirar al protagonista de la huelga del magisterio de 2017 que durante 75 días fue acatada por aproximadamente 250.000 maestros de un servicio público total de 340.000 docentes. El paro de maestros que Castillo lideró como dirigente del Comité de Lucha de las bases regionales del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación del Perú (SUTEP), en contra de la dirección del sindicato, no consiguió algún beneficio concreto para el gremio, pero se convirtió en una de las manifestaciones sociales más grandes de los últimos años. 

Castillo es profesor de primaria en una escuela pública ubicada en la provincia de Chota, en la región norteña de Cajamarca, donde nació. Es parte, además, de las rondas campesinas, las organizaciones autónomas que nacieron en los años 70 en los lugares más alejados del país, como respuesta a la falta de la presencia institucional del Estado, para impartir justicia en cada comunidad, y que en el caso de Cajamarca limitaron la entrada de grupos armados como Sendero Luminoso.

Si bien militó durante varios años en el partido Perú Posible, del ex-presidente Alejandro Toledo, Castillo se postuló por el partido Perú Libre, un partido político fundado en 2007 como movimiento regional, que se autodefine como «de izquierda socialista que reafirma su corriente ideológica, política y programática (...) que no solo cuestiona el centralismo forjado por los partidos de derecha, sino también la indiferencia de algunos partidos de izquierda capitalina que, con su neutralidad ‘democrática’, permitieron la consolidación del neoliberalismo en nuestra patria». Dicen ser una «izquierda provinciana» contra la «izquierda caviar».

A pesar de la pandemia, Castillo realizó una campaña bastante tradicional, basada en discursos en plazas de distintos pueblos del país. El Comité Ejecutivo Nacional de Perú Libre apostó por una estrategia territorial para su candidato e hizo que este se desplazara por distintas regiones hasta llegar a Lima. Como sostiene el analista Gonzalo Banda, fue una «campaña de manual, como la campaña que un antiguo marxista peruano hubiera soñado: del campo a la ciudad». O desde el «Perú profundo» a la capital costeña.

A pesar de que varios periodistas y algunos analistas plantearon en varias ocasiones que la candidatura de Pedro Castillo le restó votos a la de Verónika Mendoza, la realidad es que los seguidores de los dos candidatos de izquierda presentan varias diferencias. La última encuesta de Ipsos, publicada en El Comercio el 4 de abril, muestra que Mendoza concentra votos en los niveles socioeconómicos A y E y en la zona oriental del país; por su parte, Castillo tiene no tiene prácticamente intención de voto en el nivel socioeconómico A, su voto se aglutina en los sectores D y E, y en las zonas del centro y sur del país. En el mismo sentido, un seguimiento a la intención de voto de Mendoza permite ver que desde enero se mantiene entre 7% y 8%. Es recién en la última encuesta donde el porcentaje crece hasta 10,2%, mientras que Castillo lograba crecer a su vez 3,5 puntos porcentuales. Y es que más allá de la apuesta por un modelo económico alternativo que ofrezca mayor justicia social, algunas de las propuestas ofrecidas por Castillo y Mendoza terminan siendo opuestas, lo que puede sugerir a electores con necesidades y prioridades diferentes. 

Parte esencial del discurso de Mendoza es la defensa de los derechos de la comunidad LGTBI, la despenalización del aborto y el enfoque de género. Además, por más que siempre remarcó la necesidad de «nuevas reglas de juego», ha insistido en el respeto de la institucionalidad, lo que le ha valido el reconocimiento de ser una alternativa de «izquierda democrática».

Por su parte, Castillo, en una entrevista con un programa periodístico de gran audiencia, después de su evidente subida en la última encuesta del 4 de abril, brindó declaraciones que lo perfilaron como una opción socialmente conservadora e incluso antiinstitucional. Aquella entrevista fue clave, ya que la teleaudiencia lo veía por fin como un candidato con posibilidades de ocupar el sillón presidencial. En ese espacio, el candidato, que hizo campaña con un lápiz gigante, manifestó ante todo el país su postura «profamilia» y su rechazo a causas como la despenalización  del aborto, el matrimonio igualitario y la inclusión del enfoque de género en el currículo escolar.

«Hay que defender a la familia en la escuela. Pensar en otra cosa es quebrar a la familia. Como maestros, respetamos los valores de la familia y hay que profundizarlos», sostuvo. Asimismo, indicó que, de lograr la Presidencia de la República, el Tribunal Constitucional sería desactivado «en el acto». «Hoy la gran corrupción es constitucional en el Perú. Todas las demandas del pueblo, de los jóvenes, de los agroexportadores, de los médicos, de los maestros se han ido al Tribunal Constitucional. O el Congreso ha aprobado normas por insistencia y, a pesar de que las aprueba por insistencia, se lo da al gobierno que dice que, como choca con su Constitución y la economía, pide una demanda de constitucionalidad»: estas palabras le valieron varios titulares el día siguiente. 

En ese encuentro, y en otros que se repetirían los días siguientes, entrevistado y entrevistador parecieron hablar distintos lenguajes. Los periodistas creían ponerlo en aprietos con sus cuestionamientos, mientras Castillo veía dos grandes oportunidades: primero, demostraba a sus seguidores y simpatizantes que no moderaría su discurso al llegar al gobierno y, segundo, conseguía hablarles a sectores que no se sentían representados con algunas de sus ofertas electorales. Esto último ha sido clave para obtener el apoyo popular. 

El candidato de Perú Libre ha sabido conectar con sectores con necesidades específicas. Cuando mencionaba su repudio al papel del Tribunal Constitucional, en realidad conectaba con la población que a lo largo de los años se ha sentido perjudicada por los fallos de esa institución. Por mencionar algunos: Castillo aludió a los miles de ronderos campesinos que en noviembre del año pasado se movilizaron en todas las regiones del país en rechazo a una sentencia que prohibía seguir administrando la justicia comunal en centros poblados y caseríos; a los maestros que vieron frustrada su lucha contra la Ley de Reforma Magisterial cuando el Tribunal Constitucional emitió un fallo que ratificó la constitucionalidad y legalidad de la norma; y a los  miles de afiliados al Sistema Nacional de Pensiones: el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional la ley, aprobada por el Congreso, que autoriza la devolución de aportes a los afiliados.

Por otro lado, el candidato de Perú Libre conectó con un electorado antisistema y conservador que Mendoza no supo cautivar por levantar esencialmente banderas progresistas. Un estudio de opinión realizado en abril de 2019 mostró que 67% de la población se declaraba en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin embargo, Castillo no ha desdeñado por completo esas propuestas, sino que se ha adueñado del concepto «voluntad popular», señalando que aquellos temas serían discutidos en la Asamblea Constituyente que impulsaría desde el Ejecutivo. 

De igual manera, parece que en esos temas Pedro Castillo y Vladimir Cerrón, secretario general de Perú Libre, no están del todo alineados. En el programa de ese partido –elaborado por Cerrón– se muestra una posición más liberal: «Según las estadísticas mundiales, los países que han despenalizado el aborto lograron que el número de los mismos bajaran; permitió salvaguardar la vida materna al ser atendida institucionalmente; redujo prácticas ilícitas de personal médico, paramédico y no médico; disminuyó la mortalidad infantil; y evitó prácticas genocidas como la esterilización forzada en el Perú».

El viejo fujimorismo renovado

Otra sorpresa de las últimas elecciones es el pase a la segunda vuelta de Keiko Fujimori después de su impopular actuación en el Congreso disuelto, que la mayoría de la población calificó como obstruccionista. Esta es, sin embargo, una «victoria» para la candidata de Fuerza Popular que se solo explica centralmente por la hiperfragmentación de los votos. En las elecciones de 2016, Keiko Fujimori tuvo el apoyo de 39,86%, mientras que en estas su porcentaje se ha reducido, como señalamos, a 13,3%.

Un factor importante en la caída del fujimorismo ha sido la nueva oferta electoral que ha sabido cuajar con el electorado de derecha. Hasta 2016, el fujimorismo había albergado todos los matices de la extrema derecha. De esta manera, en su bancada hubo candidatos conservadores con una agenda «provida» y antiderechos LGBTI. Algunos de ellos, como el pastor Julio Rosas, cercano al movimiento Con Mis Hijos No Te Metas, terminaron alejándose de Fuerza Popular porque sentían que no existía un respaldo consistente de Keiko Fujimori a estos principios.

En estas elecciones, el sector más conservador vio en el candidato de Renovación Popular, el empresario de extrema derecha Rafael López Aliaga, un líder más genuino. Por otro lado, producto del descrédito del fujimorismo, una derecha con un discurso económico ultraliberal se agrupó en torno de la candidatura del candidato de Avanza País: el veterano Hernando De Soto. Estas tres candidaturas juntas suman 36,5% de los votos, porcentaje muy similar al alcanzado por Keiko Fujimori en 2016. El candidato Marco Arana, del Frente Amplio, los denominó «las nuevas cepas del fujimorismo».

Keiko Fujimori era consciente de que contaba con una maquinaria desgastada en esta campaña. Por lo tanto, decidió dar un giro. En las elecciones anteriores la candidata fujimorista se había esforzado por desmarcarse discursivamente del gobierno de su padre, quien gobernó el país entre 1990 y 2000, en 1992 dio un autogolpe de Estado y actualmente cumple una condena de 25 años por delitos de corrupción y ejecuciones extrajudiciales realizadas durante su mandato. Si en 2016 ensayó algunas críticas, para este proceso no solo reivindicó el decenio fujimorista, sino que también ha prometido que, de llegar al gobierno, indultará al ex-presidente.

Otro punto importante de su estrategia fue convertir un recurrente reclamo de la población en un eslogan y estrategia de campaña: la «mano dura» contra la delincuencia. De esta manera, Keiko Fujimori quería activar el recuerdo del gobierno de su padre, explotando la idea de que fue el presidente que venció a la subversión. «Así como derrotamos al terrorismo, derrotaremos a la delincuencia», ha repetido la candidata durante toda la campaña.

¿Le funcionó la estrategia? Es difícil de saber y se tendría que recurrir a la conocida paradoja del vaso medio lleno o medio vacío. En el medio lleno veremos que pasó la segunda vuelta y que, paradójicamente, está mucho más cerca que antes de ponerse la banda presidencial; en el medio vacío, tendríamos que apreciar la estrepitosa caída del respaldo del electorado. En todo caso, sí le alcanzó para detener su caída de popularidad e incluso para subir algunos puntos, que terminaron por ser suficientes. Hay que tener en cuenta, también, que el antifujimorismo bajó la guardia ante la creencia de que Fuerza Popular ya no iba a tener ninguna opción en estas elecciones. En Perú se dice que el principal partido político es el antifujimorismo, pero que en esta campaña estuvo ausente. Veremos qué ocurre en la segunda vuelta.

El camino al balotaje

Se dice que la segunda vuelta electoral es una elección completamente diferente: los postulantes suelen matizar su discurso para conquistar al electorado que no les dio su voto. En este caso, ambos candidatos presentan dificultades para hacer llegar su discurso por la contracampaña que inevitablemente tendrán por parte de diferentes sectores de la población. 

Keiko es una de las políticas con mayor rechazo del país. En enero, 71% de los consultados indicó que definitivamente no votaría por ella. En la actualidad, no son solo los recuerdos del gobierno de su padre los que generan el rechazo de gran parte de la población, sino también el comportamiento de su bancada cuando fue mayoría en el Congreso. 

«Sobre Ollanta Humala hay dudas; sobre Keiko Fujimori hay pruebas» fue la famosa frase de Steven Levitsky, politólogo de Harvard, en 2011, cuando Fujimori y Humala se enfrentaron en la segunda vuelta electoral. «Hay más pruebas en 2021 que en 2011» escribió en sus redes sociales un día después de esta última contienda. 

La estrategia que Keiko ha mostrado estos días ha sido la de acercarse a las fuerzas políticas que apuestan por el modelo económico vigente. «Aquí no está en juego una persona, un nombre, un apellido o un partido político. Lo que se va a elegir es un modelo de país. Hago una invocación a los que creen en un modelo de inversión privada y no quieren que el Perú se convierta en Cuba o en Venezuela» dijo después de que el conteo rápido la ubicara en la segunda vuelta. 

Por su parte, Castillo y los voceros de Perú Libre han sido enfáticos en que no plantearán una hoja de ruta hacia el centro como lo hizo Ollanta Humala en 2011 y en que la convocatoria a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución Política no es negociable. Sin embargo, han manifestado su apertura al diálogo con diferentes fuerzas políticas para «llegar a una concertación». No queda claro cuál será su estrategia en esta segunda etapa. Castillo tiene como adversario claro al gran sector empresarial, que ve un peligro en su postura desafiante frente a la ortodoxia económica y en sus propuestas antineoliberales, como la nacionalización del gas. Por otro lado, si bien sus propuestas convencieron a sectores específicos, no responden a los intereses de una gran parte de la población peruana que, en las marchas de noviembre, demostraron respetar la institucionalidad y se movilizaron ante lo que consideraron un golpe de Estado.

Mientras pasan los días, los ataques de algunos medios que lo vinculan a grupos subversivos han ido creciendo; hasta ahora, sin mucho eco entre la población. Parte de los ataques contra Castillo se basan en sus supuestos vínculos con sectores ex-senderistas en el sindicalismo del magisterio, sobre todo en la huelga de 2017. Su respuesta ha sido que «terrorista es el hambre y la miseria».

Lo que queda claro es que no se vienen años más calmados en la política peruana y que el próximo Congreso será hiperfragmentado y polarizado. Establecer alianzas será indispensable para no repetir la historia, esta vez como una farsa. Queda por ver quién logrará quitarse más de encima sus aspectos negativos y ampliar sus alianzas rumbo a la segunda vuelta del próximo 6 de junio.

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Santos Quispe, de la agrupacion Jallalla, que derrotó al candidato del MAS para la gobernación de La Paz, emite su voto en las elecciones del último domingo. EFE/ Stringer

Resultados de la segunda vuelta departamental del domingo

 

Ahora, el partido oficialista controla tres de los nueve departamentos que componen al país. Su dirigencia, empezando por el expresidente Evo Morales, anunció que se viene un proceso de evaluación y reestructuración.

El Movimiento al Socialismo (MAS) recibió un duro golpe en la segunda vuelta regional del domingo al sumar derrotas en los cuatro departamentos bolivianos en juego. Su dirigencia, empezando por el expresidente Evo Morales, ya anunció que se viene una etapa de evaluaciones internas y reestructuración puertas adentro. En las elecciones de marzo, el partido de Morales y el presidente Luis Arce se había quedado con los departamentos de Cochabamba, Oruro y Potosí, perdiendo los de Beni y Santa Cruz. Ahora tampoco podrá gobernar en La Paz, Tarija, Pando y Chuquisaca. Los resultados, sin embargo, no perfilan un claro liderazgo en la oposición, que permanece dispersa.

En el departamento de La Paz, que constituye el centro político del país, el candidato del MAS Franklin Flores alcanza un 44,34 por ciento de los votos, lejos del 55,66 por ciento que logra el opositor de la agrupación Jallalla, Santos Quispe, escrutadas el 90 por ciento de las actas. El oficialismo nunca necesitó allí una segunda vuelta y ya había perdido en marzo en la ciudad paceña de El Alto, un bastión histórico del MAS, a manos de la extitular del Senado Eva Copa, expulsada del partido.

El candidato electo Santos Quispe es el hijo de Felipe Quispe, "El Mallku", líder campesino, diputado y popular candidato a la presidencia fallecido en enero. "Esta victoria la vamos dedicar a él, vamos a entrar con el ajayu (espíritu) de Felipe a la gobernación y no lo vamos hacer quedar mal, vamos a gobernar muy bien con transparencia y humildad", dijo Quispe en el festejo realizado en El Alto.

En Tarija, región gasífera del sur del país, el escrutinio cerró con otra clara derrota del MAS. El oficialista Álvaro Ruiz acumuló el 45,56 por ciento de los votos frente al opositor de centroderecha Oscar Montes, de Unidos por Tarija, con el 54,44 por ciento. Ruiz reconoció la derrota el lunes en conferencia de prensa: "Lamentamos no haber llegado a la victoria, pero hoy nos toca trabajar desde donde estemos con el mismo compromiso".

En Chuquisaca, en el sureste del país y con el conteo ya cerrado Juan Carlos León, del MAS, alcanzó el 42,68 por ciento de los votos frente al 57,32 por ciento del líder quechua Damián Condori. Y en el norteño departamento de Pando, el oficialista Miguel Becerra obtenía el 45,32 por ciento de los sufragios frente a Regis Richter, un exdirigente masista ahora en el MTS, que reunía un 54,68 por ciento, tras escrutarse el 99,5 por ciento de las actas.

El expresidente de Bolivia Evo Morales reconoció la derrota del MAS en los cuatro departamentos en juego en el ballotage, y aseguró que convocará a una "reunión de emergencia" para evaluar "por qué, qué paso y qué hay que hacer". En la celebración de un aniversario sindical en la región del Trópico de Cochabamba, el expresidente recordó que el nuevo mapa político regional se asemeja al de 2005, año en el que se eligieron por primera vez a los gobernadores departamentales, cuando el MAS obtuvo tres plazas y otras seis estaban en manos de la oposición.

Por su parte el exvicepresidente Álvaro García Linera manifestó que ya no alcanza con que el MAS apoye a un candidato para que gane una elección ante la ausencia de liderazgos regionales. "Ahora no es suficiente porque hay una fragmentación del campo popular. Antes había una asociación entre lo popular y el MAS, pero hoy lo popular tiene varias cabezas a nivel regional", dijo García Linera en una entrevista con Bolivisión.

En tanto el secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB), Juan Carlos Huarachi, manifestó que lo ocurrido es un "jalón de orejas", por lo cual planteó realizar una "evaluación profunda del instrumento político" para reconfigurarlo. "Un cambio, eso es lo que pide el pueblo: nuevos cuadros políticos, nuevos cuadros sindicales", dijo Huarachi en declaraciones a radio Erbol.

Desde la vereda opositora salieron a celebrar, como era de suponerse, los resultados del domingo. "Felicito a los gobernadores electos Santos Quispe, Regis Richter, Damián Condori y Óscar Montes. La Paz, Pando, Chuquisaca y Tarija dejaron claro su rechazo a la corrupción, el abuso, la persecución y la discriminación", señaló el expresidente y líder de la principal fuerza opositora, Carlos Mesa.

En la misma línea Luis Fernando Camacho, gobernador electo del departamento de Santa Cruz, motor económico del país, dijo que "los votantes no se dejaron intimidar por sus mensajes de confrontación y por el chantaje de que si no votaban por el MAS no les entregarían recursos, vacunas ni obras". El exlíder civíco y uno de los principales acusados en la causa abierta por el golpe de Estado contra Evo Morales, por el que está detenida la expresidenta de facto Jeanine Áñez hace un mes, destacó que con los resultados de los comicios del domingo "gana la democracia, pierde el abuso y el autoritarismo del MAS".

Mientras tanto la alcaldesa electa de la ciudad de El Alto, Eva Copa, remarcó que la población "espera renovación, cambios de la política, que los políticos cumplan con su palabra y dejen de lado la discriminación, el racismo y el separatismo". La autoridad alteña, señaló que existe una "cúpula del MAS que se cree todopoderosa" que no deja que el departamento de La Paz crezca.

La participación electoral en los comicios regionales del domingo alcanzó el 83 por ciento, una cifra nada despreciable considerando que se trata de una segunda vuelta departamental. Para el tres de mayo está prevista la toma de posesión de las nuevas autoridades de los gobiernos regionales y municipales de Bolivia. 

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El banquero Lasso venció al correísta Arauz 

En Ecuador se abre una etapa de profundización del neoliberalismo

El candidato de la derecha obtuvo 52.51% de los votos contra 47.49% de su rival progresista, un resultado que no anticiparon las encuestadoras. 

 

Guillermo Lasso ganó las elecciones presidenciales frente a Andrés Arauz en Ecuador. Obtuvo 52.51% de los votos contra 47.49% con 93.29% de actas válidas del total de 97.60% escrutadas. Los resultados fueron entregados en tempranas horas de la noche del domingo de elecciones por el Consejo Nacional Electoral (CNE), luego de una jornada que se desarrolló a lo largo del país entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde.

El resultado contradijo que lo que habían pronosticado la mayoría de las encuestas, quienes, durante semanas, dieron como ganador a Arauz con porcentajes variables. En cuanto al voto nulo fue de 1.660.802 y el blanco 163.913, sobre un total de 10.211.652 votantes. De esta manera el candidato de la alianza CREO y el Partido Social Cristiano se quedó con la victoria para asumir la presidencia el próximo 24 de mayo.

“Vamos a trabajar desde mañana en el proceso de vacunación, vamos a trabajar con decisión para que los 17 millones de ecuatorianos, sin dejar nadie atrás, nos beneficiemos con el cambio de un país democrático, libre, próspero, un país de libertades, donde nadie tiene que tener miedo, hoy de noche todos podremos dormir en paz y en calma. Yo no llego con una lista de a quienes quiero perseguir ni ver en la cárcel, quiero ver a todos los ecuatorianos libres, que no tengan miedo al gobierno”, señaló.

“Gracias por darme la oportunidad de ser su presidente y poderlos servir. Hoy es un día de celebración, la democracia ha triunfado, todos ustedes han usado su derecho a elegir y han optado por un nuevo rumbo muy diferente al de los últimos 14 años en Ecuador. Desde el 24 de mayo próximo asumiremos con responsabilidad el desafío de cambiar los destinos de nuestra patria y lograr para todos el Ecuador de oportunidades que todos anhelamos”, destacó.

“Quiero despedirme pidiéndoles a todos que nos sintamos cobijados por el tricolor nacional, la única bandera que nos une a los 17 millones de ecuatorianos, quiero pedir a dios que nos siga bendiciendo (…) queridos amigos que dios bendiga al Ecuador.”.

Arauz, por su parte, afirmó en sus declaraciones: “hoy ha llegado el momento de avanzar, tenemos que tender puentes y construir puentes, este es un traspié electoral, pero de ninguna manera una derrota política y moral, porque nuestro proyecto es de vida. Realizaré una llamada telefónica al señor Guillermo Lasso, le felicitaré por el triunfo electoral obtenido el día de hoy, y le mostraré nuestras convicciones democráticas”.

“Los más de cuatro millones de votos que me acompañan hoy son un mandato, un compromiso de defender políticas que acompañen y promuevan la justicia social, la dignidad, la educación y la salud pública. Con toda nuestra fuerza política y legislativa, que nos hace ser la principal fuerza política de la República del Ecuador estaremos atentos ante cualquier intento de usar al Estado para beneficio de pocos privilegiados, estaremos como siempre lo hemos hecho defendiendo a las grandes mayorías”, señaló.

“Tenemos el objetivo de poder construir esa nueva mayoría, ese bloque histórico, representado por el progresismo, la plurinacionalidad y la socialdemocracia, son elementos constitutivos de nuestro Estado, de nuestra Constitución, y debe verse reflejada en la mayoría popular progresista que requiere el Ecuador. Hoy no es el final, es el comienzo de una nueva etapa del poder popular”.

El porcentaje obtenido por Lasso significó haber revertido una distancia de más de 12 puntos que lo habían separado de Arauz en la primera vuelta. Las razones de ese recorrido pueden explicarse por varias razones, como el aglutinamiento de un voto anti-correista en un país marcado por el clivaje correísmo/anti-correísmo, la migración de votantes de Yaku Pérez y Xavier Hervas -tercero y cuarto en la primera vuelta- a favor de Lasso.

La derrota de Arauz puede explicarse también por limitaciones en su campaña, en el marco de un movimiento con políticos perseguidos, con dirigentes fuera del país y escasa estructura organizativa. “Llegamos a estas elecciones en condiciones muy complejas, todos sabemos que hemos sido víctimas de la persecución, del acoso, de los insultos, del odio, el intento de proscribir nuestro movimiento, ataque a la persona, a la familia”, afirmó Arauz.

El día de las elecciones transcurrió sin incidentes. Ambos candidatos se hicieron presentes en diferentes centros de votaciones. El primero, quien no tiene la residencia en Ecuador, y por lo tanto no pudo sufragar, estuvo en el sur de Quito -zona popular de la ciudad- junto a su compañero de fórmula para la vicepresidencia, Carlos Rabascall. Ambos acompañaron a votar a Silvia, una comerciante endeuda con un microcrédito, a punto de perder su casa y su negocio.

“Hemos acompañado a Silvia a votar, para ejerza su derecho, su obligación constitucional, su oportunidad para poder recuperar su dignidad, su futuro, su esperanza en nuestro país (…) necesitamos un gobierno de unidad nacional, hoy estamos aquí junto a todo el pueblo ecuatoriano, hacemos una convocatoria a esa unidad, ya basta de peleas, ya basta de broncas, queremos un gobierno que atienda a la mayoría, que dé soluciones a los problemas, y nosotros estamos aquí para eso”, afirmó Arauz.

Lasso, por su parte, votó en el otro centro de poder electoral, la ciudad de Guayaquil, acompañado por su esposa, María Lourdes Alcivar. Allí afirmó: “este es un día donde todos los ecuatorianos, con el poder del voto, podamos escoger el futuro que vivirán nuestros hijos, nuestros nietos, todos aspiramos a un Ecuador de oportunidades, libre y democrático, donde todas las familias puedan alcanzar la prosperidad”.

Ambos candidatos llamaron a la conformación de un “gobierno de unidad” en el contexto de un país en crisis económica, sanitaria, marcado por el clivaje correísmo/anti-correísmo que atraviesa al conjunto de la política incluido al movimiento indígena, la traición política del presidente saliente Lenín Moreno, el despliegue de un lawfare contra el correísmo que, en ese movimiento, significó una degradación institucional y una reducción de la democracia.

Con la victoria de Lasso comenzará ahora una nueva etapa de profundización del neoliberalismo en Ecuador, que ya tiene su anticipo en el proyecto de privatizar el Banco Central de Ecuador, que podría realizarse antes de que Moreno deje el palacio presidencial de Carondelet el próximo 24 de mayo. El mapa continental continuará, por su parte, en el mismo punto de correlación entre fuerzas progresistas y gobiernos de derecha, con las limitaciones consecuentes para la reconstrucción de instancias de integración latinoamericanas.

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Pedro Castillo en campaña.  ________________________________________ Imagen: AFP

Pedro Castillo aseguró que "el cambio y la lucha recién comienzan" en Perú. Keiko Fujimori llegaría así por tercera vez consecutiva a una definición electoral tras sus fracasos por llegar al poder de 2011 y 2016.

 

El líder del partido de izquierdas Perú Libre, Pedro Castillo, y la candidata a la presidencia por el partido Fuerza Popular, Keiko Fujimori, van a la segunda vuelta en las elecciones del país, celebradas este domingo.

Castillo, que ha irrumpido como un huracán en esta votación, lidera con holgura tanto las estimaciones de conteo rápido (18,1%) como el escrutinio real, que con un 11% de los votos contabilizados lo mantiene en primer lugar con un 15,8% de los sufragios.

Con esos márgenes, Castillo, un maestro y líder de una facción radical del sindicato de profesores, tiene asegurado su acceso al balotaje salvo una muy improbable sorpresa estadística.

Los primeros datos provisionales también favorecen a Fujimori, quien llegaría así por tercera vez consecutiva a una definición electoral tras sus fracasos por llegar al poder de 2011 y 2016.

El recuento oficial pone hasta el momento a la heredera del expresidente Alberto Fujimori (1990-2000) en cuarto lugar, por detrás de Hernando de Soto y Rafael López Aliaga, pero con el matiz de que el porcentaje escrutado responde solo a zonas urbanas y próximas a los centros de recuento, alejadas de los núcleos de voto fujimorista. El recuento estadístico rápido, más acertado que el recuento inicial, ubica a la política con un 14,4%, cómoda con un pie dentro del balotaje.

Ascenso meteórico 

La presencia de Castillo en la definición presidencial coincide con las estimaciones que durante las últimas semanas habían detectado un ascenso meteórico y sorpresivo de este candidato, cuyas propuestas son de una izquierda en el campo económico y conservadoras en lo social.

En una alocución a sus seguidores desde la plaza de Armas de Tacabamba, aseguró tras reconocer los resultados de este domingo electoral que "el cambio y la lucha recién comienzan" en Perú y reafirmó su compromiso en establecer una alianza con "el mismo y verdadero pueblo peruano" para preservar sus raíces.

"Hoy al pueblo peruano se le acaba de quitar la venda de los ojos. Han tenido tiempo suficiente, décadas, pero ¿cómo dejan al país? Llegas a Lima Metropolitana, a las grandes ciudades, y encuentras a los lugares con opulencia que no miran más allá de su nariz", expresó el candidato.

Vieja candidata

Fujimori es de momento la candidata con mejores opciones para ocupar el segundo lugar ante De Soto y Aliaga, si bien el recuento aún puede deparar sorpresas en ese sentido.

Ante lo ajustado que se prevé el recuento, Fujimori ya salió al paso para ofrecer a De Soto "trabajar juntos" para confrontar a la "izquierda radical" representada por Castillo.

"Más allá de las diferencias que tengamos, también hay grandes coincidencias", afirmó la candidata antes de señalar que entre ellos "no importa quién pase a la segunda vuelta. Espero que podamos trabajar juntos".

Fujimori también tendió puentes a otros partidos que "no quieren que (el país) se convierta en Cuba o Venezuela". "Vamos a confrontar al populismo y a la izquierda radical, seremos muchos los peruanos que se van a sumar", expresó Fujimori.

La candidata se presentó en esta ocasión con una propuesta de derecha autoritaria, reivindicando la presidencia de su padre, preso por violaciones a los derechos humanos y a quien ya dijo que piensa indultar si llega al Palacio de Gobierno, y apostando por aplicar "mano dura" para resolver los problemas de los peruanos.

Sobre Fujimori pesa una acusación por el delito de lavado de activos vinculada a la supuesta financiación ilegal de las campañas de su partido en 2011 y 2016 a cargo de la empresa brasileña Odebrecht, entre otras.

Congreso dividido

En tanto, la votación al Congreso dejaría, tal y como estaba previsto, un Parlamento con hasta 11 grupos políticos distintos, con una votación de entre el 10,7% y el 5,4% de votos, liderados por Acción Popular, el partido de Yonhy Lescano el candidato que hasta hace pocos días era el gran favorito por llegar a la segunda ronda pero que se quedó por el camino.

Perú Libre, de Castillo, obtendría un resultado similar, seguido por el fujimorismo y la derecha radical de Renovación Popular, de López Aliaga. En cualquier caso, las encuestas confirman que Perú tendrá un poder legislativo muy disperso, polarizado y que tendrá dificultades para coordinar muchas bancadas, ninguna de las cuales tendrá un gran peso en una cámara compuesta por 130 diputados.

El resultado en las encuestas también apunta a que el expresidente Martín Vizcarra (2018-2020) podría obtener una plaza en el Congreso por el partido Somos Perú.

Día complejo

La jornada electoral se dio bajo una complicada situación, con la pandemia de covid batiendo récords de muerte y contagios y el país sumergido en una profunda crisis económica. A esto se añadió un retraso en la apertura de un gran número de mesas de votación debido a la incomparecencia de los miembros de mesa designados.

Si bien casi todas las mesas pudieron finalmente recibir votos, lo hicieron casi cinco horas después de lo establecido y eso generó largas filas y aglomeraciones, además de exponer a los adultos mayores, embarazas y personas con discapacidad  que, precisamente por protocolos de seguridad anticovid, habían sido convocados a votar a primera hora. Más de 25 millones de peruanos fueron llamados a votar en estos comicios, obligatorios para todos los ciudadanos de entre 18 y los 70 años de edad.

12/04/2021 09:47 Actualizado: 12/04/2021 09:54


 

El maestro de izquierda que aspira a la presidencia

¿Quién es Pedro Castillo? La gran sorpresa de la elección en Perú

El candidato presidencial Pedro Castillo, del partido Perú Libre, aseguró al cierre de este domingo electoral que "el cambio y la lucha recién comienzan" y reafirmó su compromiso en establecer una alianza con "el mismo y verdadero pueblo peruano" para preservar sus raíces.

El candidato, maestro y líder sindical, encabeza tanto el recuento de votos divulgado por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) como las bocas de urna, que lo ubican con casi total seguridad en la segunda vuelta electoral del próximo mes de junio.

Entre ovaciones de sus seguidores y gritos de "Pedro presidente", Castillo señaló que "la gran alianza para sacar adelante" el Perú "no es obedeciendo a planes programáticos, la gran alianza se tiene que hacer con el mismo y verdadero pueblo peruano".

Así, marcando distancias del resto de candidatos bien posicionados en los resultados preliminares, los derechistas radicales Keiko Fujimori y Hernando De Soto, el candidato insistió en que no irá a "tocar las puertas de quienes tienen intereses cerrados".

El candidato del sombrero de paja

Luce siempre un sombrero de paja y un lápiz, plantea propuestas como el cierre del Congreso y acudió a votar montado en una yegua.

Sigilosamente, Castillo, de 51 años, irrumpió en la recta final de la campaña. Es maestro de primaria en la región andina de Cajamarca, de donde es originario, y ganó notoriedad a partir de 2017, cuando encabezó una gran huelga nacional de docentes, que detuvo las clases durante tres meses, para reclamar mejoras salariales y eliminar las evaluaciones al desempeño laboral de los maestros.

En esa gran movilización, Castillo lideró una facción disidente del tradicional Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (Sutep). Para desprestigiarlo, en ese momento fue acusado de mantener nexos con el Movimiento por Amnistía y Derechos Fundamentales (Movadef), brazo político del grupo Sendero Luminoso, algo que el candidato siempre ha negado.

Por primera vez aspirante a la presidencia en estas elecciones, Castillo inició su carrera política en 2005, cuando pasó a integrar el comité de Cajamarca del partido Perú Posible (PP), del expresidente Alejandro Toledo (2001-2006) que, tras llevar adelante un gobierno neoliberal que lo alejó del apoyo popular,  en 2019 fue detenido en Estados Unidos acusado de corrupción.

Tras cancelar su inscripción al PP en 2017, Castillo saltó al movimiento Perú Libre, liderado por Vladimir Cerrón, un exgobernador regional que se proclama marxista y mariateguista y que arrastra una condena por corrupción. De hecho, Cerrón integró la boleta de Castillo como vicepresidente, hasta que el Jurado Electoral Especial (JEE) declaró improcedente su solicitud al existir una sentencia vigente en su contra.

En defensa del fundador de su partido, el candidato presidencial defiende que Cerrón "ha sido condenado, no por corrupción, sino por la corrupción", en sintonía con su plan de gobierno, que sostiene que "la corrupción es el nuevo terrorismo de Estado".

Por un Estado socialista

Con una campaña inicialmente discreta, Castillo figuró durante meses entre los rezagados, pero su popularidad subió en las últimas semanas, impulsado por un sector de votantes de izquierda que no terminaron de aceptar a Verónika Mendoza, la candidata de izquierda progresista que presenta el bloque de Juntos por el Perú.

Su discurso radical y populista plantea propuestas como un "Estado socialista", una ley que "regule los medios de comunicación" y elevar del 3,5 al 10 % del producto interior bruto (PIB) el presupuesto educativo. Con ello, garantizaría una mejor infraestructura, equipamiento, aumento de sueldo a los docentes y la creación del programa Perú Libre de Analfabetismo, que convocaría a 50.000 maestros jóvenes para erradicarlo.

Durante la campaña electoral, también advirtió que, en caso de llegar al poder, el Congreso sería cerrado si no acepta una Asamblea Constituyente para sustituir la Constitución de 1993, surgida tras el "autogolpe" del expresidente Alberto Fujimori (1990-2000).

Además, Castillo promete la conformación de un nuevo Tribunal Constitucional elegido por el pueblo, en consulta popular, en lugar de por el Congreso, porque los magistrados "están defendiendo una Constitución que ha terminado con todos los derechos y con el saqueo del país".

En repetidas ocasiones, se ha manifestado en contra del enfoque de igualdad de género en la educación, así como de derechos sociales como el matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo. En el tema del aborto aseguró que aunque el no está de acuerdo lo trasladaría a la Asamblea Constituyente para que lo decida.

El hombre del interior andino

Por poco ortodoxas que sean sus propuestas, le sirvieron para cautivar al interior rural andino del Perú, en donde su dominio fue abrumador según las cifras de la votación.

El candidato se esforzó durante la campaña en destacar sus orígenes humildes y andinos, encarnados en el símbolo del sombrero que siempre luce, de ala grande y hecho de paja, típico de los campesinos de su natal Chota, una provincia del norte de los Andes, pertenecientes a la región de Cajamarca.

En la mano suele cargar un lápiz gigante, que no es sólo símbolo de su profesión sino del logotipo del partido que representa. Con el sombrero pero sin lápiz, Castillo acudió a votar este 11 de abril en la ciudad de Tacabamba, montado en una yegua que, en medio de la multitud de sus seguidores, estuvo a punto de encabritarse.

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Bolivia votó en segunda vuelta a los gobernadores de cuatro departamentos  

Los comicios terminarán de configurar el poder regional del MAS

La Paz es la plaza electoral más preciada por población y peso político. Tarija, rico en gas natural, es el segundo escenario de interés electoral. Pando y Chuquisaca, en cambio, concentran poco electorado.

 

Los ciudadanos residentes en cuatro departamentos de Bolivia votaron para elegir a sus gobernadores en unos comicios que terminarán de configurar el poder regional del Movimiento al Socialismo (MAS) y el peso de la oposición. Las elecciones se celebraron sin incidentes, bajo estrictas medidas de bioseguridad y en medio de advertencias de los servicios de salud por un rebrote de la pandemia de coronavirus en el país. El domingo por la noche empezó el recuento de votos a un ritmo muy lento. Los cuatro departamentos tienen por ley una semana de plazo para dar a conocer a los ganadores definitivos de los comicios. A diferencia de la primera vuelta, esta vez ni siquiera hubo sondeos a boca de urna.

La Paz es la plaza electoral más preciada por población y por peso político. Tarija, rico en gas natural, es el segundo escenario de interés electoral. Pando y Chuquisaca, en cambio, concentran poco electorado. En los cuatro departamentos el MAS presentó candidatos con chances en este ballotage. Los otros cinco departamentos del país (Santa Cruz, Cochabamba, Oruro, Potosí y Beni) ya tienen gobernadores: tres quedaron en manos del MAS y dos fueron para la oposición en la primera vuelta celebrada el pasado siete de marzo

Al igual que el mes pasado, el presidente Luis Arce no asistió a la inauguración del proceso electoral debido a la presencia de observadores de la Organización de los Estados Americanos (OEA). "Lo dijimos y mantenemos nuestra posición: somos muy críticos del papel que jugó la OEA en el golpe de Estado de noviembre de 2019", indicó el mandatario. 

En la apertura de los comicios el presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Salvador Romero, aseguró: "No superamos todos nuestros problemas ni la polarización que nos aleja a unos de otros, pero sí derrotamos la voces agoreras de la violencia". La votación regional constituye "el cierre de un ciclo electoral que ha abarcado desde 2020 hasta 2021 y que ha implicado la renovación de todo el poder político en Bolivia", agregó Romero. 

Buena parte de la atención de esta segunda vuelta está puesta en La Paz, donde la disputa es entre dos aymaras: Franklin Flores del MAS, y Santos Quispe, hijo del fallecido Felipe "Mallku" Quispe, quien era originalmente el candidato a gobernador por la agrupación Jallalla. Flores ganó con comodidad la primera vuelta, al reunir el 39,7 por ciento de los votos mientras que Quispe sumó el 25,18 por ciento. 

El departamento de Chuquisaca promete una pelea reñida porque el líder indígena Damián Condori, de Chuquisaca Somos Todos (CST), logró en marzo un 45,62 por ciento de los votos frente al 39,12 por ciento del masista Juan Carlos León. En tanto, en Tarija y en Pando las números de cuatro domingos atrás fueron de una paridad extrema: Álvaro Ruiz, del MAS, ganó con el 38,17 por ciento frente al 38,05 por ciento de Oscar Montes, de Unidos por Tarija, en el primero de esos distritos. Miguel Becerra del MAS obtuvo el 40,98 por ciento y Regis Richter, exdirigente masista ahora en las filas del MTS, el 38,98 por ciento en el segundo. 

En la primera vuelta el MAS se había quedado con las gobernaciones de Cochabamba, Oruro y Potosí, mientras que en el departamento de Santa Cruz ganó uno de los principales instigadores del golpe contra Evo Morales, Luis Fernando Camacho, del partido de derecha Creemos. Mientras tanto en Beni triunfó Alejandro Unzueta, del opositor Movimiento Tercer Sistema (MTS). Además en la ciudad de El Alto, bastión histórico del MAS, la extitular del Senado Eva Copa, expulsada del partido, se quedó con la alcaldía con la agrupación Jallalla.

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Simpatizantes del correísta Andrés Arauz en su cierre de campaña en Quito, el jueves pasado.Foto Ap

Quito. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Ecuador tiene lugar hoy en un escenario marcado por la incertidumbre sobre cuál de los dos contrincantes, surgidos de la primera vuelta del 7 de febrero, se alzará con la victoria: el izquierdista Andrés Arauz, delfín del ex presidente Rafael Correa (2007-2017), o el ex banquero de derecha Guillermo Lasso.

Un total de 13.1 millones de ciudadanos están habilitados para votar, en medio del avance de la pandemia de coronavirus y las restricciones derivadas para tratar de controlarla.

El ganador de los comicios reemplazará al actual mandatario Lenín Moreno, quien era cercano a Correa, pero se distanció de él poco después de llegar al poder.

Al margen de los dos candidatos punteros, otros 14 sumaron 47.5 por ciento de los votos en la primera vuelta, un porcentaje significativo que puede decantar la balanza hacia uno u otro lado.

Además, y para aumentar las dudas sobre el resultado electoral, la abstención fue de 19 por ciento en la primera vuelta. Estos votantes podrían sacudir el tablero político si deciden acudir a las urnas.

Como resultado, Arauz, de la coalición progresista Unión por la Esperanza, y Lasso, de la alianza de centro-derecha CRO-Partido Social Cristiano, restructuraron sus agendas para llegar a estos electores, entre quienes figuran las minorías, campesinos e indígenas.

Los indígenas, en concreto, representan un grupo electoral importante, con relevancia renovada precisamente por los resultados de febrero, que dejaron al candidato por el movimiento político Pachakutik, Yaku Pérez, en tercer lugar, tras un ajustado recuento, en el que estuvo gran parte del tiempo por delante de Lasso.

El presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), Jaime Vargas, respaldó la candidatura de Arauz, lo que le costó la expulsión del organismo, cuyo brazo político es Pachakutik. La Conaie reafirmó su intención de impulsar el voto nulo el domingo, al argumentar que su proyecto político y sus demandas "trascienden el escenario electoral". Pachakutik también se expresó en esta línea.

La vacunación contra el Covid-19, el rol del Banco Central de Ecuador, la reactivación económica y el empleo, los derechos ambientales, la educación y el aborto son algunos temas que se han discutido en la campaña electoral, que culminó el jueves.

Las autoridades electorales informaron que se instalarán 39 mil 985 juntas en todo el país y el exterior, que estarán funcionando entre las 7 y 17 horas. En estos comicios no habrá conteo rápido y los primeros resultados oficiales se esperan a partir de las 19 horas.

Las elecciones de hoy deben cumplirse con estrictas normas sanitarias debido a la pandemia de coronavirus, que obligó a aplicar medidas de restricción de tráfico, reuniones sociales y reducción de aforo de establecimientos públicos, como supermercados, en ocho de las 24 provincias del país.

Al igual que en la primera vuelta, los votantes han sido invitados a portar mascarilla, usar con frecuencia su propio alcohol o gel desinfectante y llevar bolígrafo personal, además de guardar siempre al menos dos metros de distancia social.

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Domingo, 11 Abril 2021 05:14

Perú fragmentado como nunca

Keiko Fujimori, con apenas once por ciento de intención de voto, casi seguro en la segunda vuelta.  ________________________________________ Imagen: AFP

La increíble dispersión del voto en las elecciones de este domingo

 

Este domingo, en medio de la grave crisis por la pandemia del coronavirus que en estos días alcanza su peor momento en el país, los peruanos van a las urnas. Elegirán un nuevo presidente entre dieciocho candidatos y un Congreso unicameral para los próximos cinco años. Son elecciones que cierran un convulsionado quinquenio, con cuatro presidentes que se sucedieron en el cargo y el Congreso disuelto. Todo indica que estas elecciones, con un voto muy dividido, prolongará la inestabilidad, con un futuro Ejecutivo sin mayoría parlamentaria y un Congreso atomizado en alrededor de una docena de pequeñas bancadas.

Con una población agobiada por la pandemia y el colapso del precario sistema de salud, y con una clase política muy desacreditada por sucesivos escándalos de corrupción, que alcanzan a seis expresidentes y varios candidatos, hay una fragmentación del voto nunca antes vista. Quienes pelean por el triunfo apenas bordean el diez por ciento.

“En la base de esta fragmentación del voto hay un problema de representación política. Ha habido un desinterés en la campaña por el desinterés que hay por la política y porque la gente está preocupada en cómo pasa el día a día, cómo sobrevive a esta pandemia”, señala Patricia Zárate, del Instituto de Estudios Peruanos.

Con este bajo respaldo a los candidatos, se da por seguro que habrá una segunda vuelta. Pero hay una gran incertidumbre de quiénes pasarían al ballottage. Hay hasta siete candidatos con opción de ocupar esos dos lugares que dan el pase a la instancia decisiva.

De acuerdo a dos sondeos conocidos el jueves, que no se pueden publicar en el país por una prohibición legal para difundir encuestas en la última semana de la campaña, entre el primero y el séptimo lugar hay menos de cuatro puntos de distancia, una diferencia que está dentro del margen de error de los sondeos.

Un simulacro de votación realizado por la encuestadora Ipsos pone en primer lugar a Keiko Fujimori, con 11 por ciento. Nunca antes un candidato había estado primero con tan poco respaldo. Segundo se ubica el dirigente docente Pedro Castillo, de la izquierda radical, con 10,8 por ciento. Es la sorpresa. Tercero está el excongresista Yonhy Lescano, un populista que se mueve entre la centroizquierda en lo económico y la derecha en lo social, con 10,3 por ciento. Luego vienen el veterano economista neoliberal Hernando de Soto, quien fuera asesor de la dictadura de Alberto Fujimori, con 9,7 por ciento; la exlegisladora Verónika Mendoza, una izquierdista moderada candidata de la coalición Juntos por el Perú, con 9 por ciento; el ultraderechista Rafael López Aliaga y el exfutbolista de centroderecha George Forsyth, ambos con 7,4 por ciento. Un 15 por ciento señala que votaría blanco o anulado.

Un simulacro de votación de la encuestadora Datum pone primero a Lescano, con solamente 9,3 por ciento, y segunda a Keiko, con 9 por ciento. Los siguen, López Aliaga (8,9 por ciento), Castillo (8,6), De Soto (7,2), Mendoza (5,6) y Forsyth (5,5). Un 28 por ciento no elige a ningún candidato. Un amplio margen de indecisos que abona a la incertidumbre.

Alfredo Torres, director de Ipsos, asegura que estas elecciones “son las más fragmentadas de la historia”. “Nunca antes hemos llegado a la hora de la elección con tantos candidatos con opción de ganar. Hay siete candidatos en un virtual empate técnico, cualquiera de ellos puede pasar a la segunda vuelta”, dice Torres.

“Ha sido una campaña atípica por la pandemia, con electores que no han podido tener mucho contacto con los candidatos. Hay un elector muy descontento con las opciones que tiene. Todos los candidatos tienen un respaldo muy bajo. Lo que tenemos son mini candidatos”, afirma Urpi Torrado, directora de Datum.

Con las grandes manifestaciones prohibidas por las restricciones debido a la pandemia, esta vez no hubo mítines de cierre de campaña. Los candidatos optaron por hacer caravanas o encuentros sin grandes multitudes.

Verónika Mendoza cerró su campaña en la andina región de Cusco, donde nació. Hizo una ofrenda a la Pachamama y rindió homenaje a Túpac Amaru, líder de la gran revolución indígena contra el dominio español. “Este 11 de abril no solo se trata de elegir un nuevo gobierno, se trata de lograr un verdadero cambio para nuestro pueblo. Convocaré a todas las fuerzas democráticas, honestas, para salir juntos adelante”, fue su mensaje final.

Mendoza venía subiendo y estaba bien colocada para pasar a la segunda vuelta, pero el sorpresivo crecimiento en los últimos días de una candidatura que se ha colocado a su izquierda, la del profesor de escuela rural Pedro Castillo, le ha comenzado a quitar votos en el decisivo tramo final. Castillo viene ganando respaldo especialmente en las zonas andinas y rurales, bastión de la izquierda, lo que lo ha metido en posición expectante en la pelea por pasar a la segunda vuelta. Castillo, ligado a las rondas campesinas, cerró su campaña con un recorrido a caballo por las calles del centro de Lima. Dijo que si es elegido y el Congreso no lo respalda, cerraría el Parlamento. “Gobernaré con el pueblo”, señaló.

A pesar de su descrédito por denuncias de corrupción en su contra -está procesada por lavado de activos- y por la conducta obstruccionista que tuvo su mayoría parlamentaria, lo que originó una grave crisis política, Keiko Fujimori, que cerró su campaña en Lima con una caravana de automóviles, tiene, según las encuestadoras, buenas opciones de pasar a segunda vuelta. Los tropiezos en el tramo final de otros dos candidatos de la derecha que están en la pelea, Hernando de Soto y el extremista Rafael López Aliaga, la favorecen. Sería la tercera ocasión consecutiva que se meta al ballottage. En la dos anteriores, 2011 y 2016, perdió en esa instancia definitiva.

La hija y heredera política del encarcelado exdictador Alberto Fujimori, condenado a 25 años por crímenes de lesa humanidad y corrupción, ha perdido mucho del apoyo que tuvo, pero con todos muy abajo esta vez no necesita un gran respaldo para pasar a la segunda vuelta. En esta campaña, Keiko ha reivindicado la figura de su padre, del que se había distanciado en la elección de 2016, y ha amenazado con un gobierno de mano dura y el indulto para su padre. En su última presentación pidió el voto para defender la Constitución heredada de la dictadura fujimorista.

“Como todos quieren enfrentarse a Keiko en segunda vuelta, porque según los sondeos perdería ante todos, ella no ha recibido muchas críticas y ha estado tranquila subiendo de a poco”, indica Torres.

Yonhy Lescano, que hasta hace poco parecía seguro en la segunda vuelta, pero ahora la tiene complicada, también cerró su campaña con una caravana en Lima. Anunció que de pasar al ballotage no haría alianzas con otras agrupaciones. El exarquero George Forsyth quedó fuera de la cancha en estos días decisivos al caer contagiado por el coronavirus el último domingo.

Llega a su fin la campaña más extraña, reñida e impredecible que se recuerde. Nadie se atreve a pronosticar un resultado.    

Por Carlos Noriega

Desde Lima

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Los desafíos de la región andina camino al superdomingo electoral  

Este domingo se llevarán a cabo elecciones en Ecuador y Perú, y la segunda vuelta en algunos departamentos de Bolivia. Chile, por su parte, decidió postergar los comicios que se iban a realizar este fin de semana, para el 15 y 16 de mayo próximo, debido a la situación sanitaria causada por la covid-19.

Los ecuatorianos y las ecuatorianas acuden nuevamente a las urnas en la segunda vuelta electoral para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República para el período 2021-2025. El pasado 7 de febrero, la fórmula Andrés Arauz-Carlos Rabascall de Unión por la Esperanza obtuvo el 32,72 por ciento frente a la fórmula de Guillermo Lasso-Alfredo Borrero, Alianza Creo–PSC, con el 19,74, luego de un período de incertidumbre y denuncias de fraude frente a la corta diferencia entre el segundo y tercer lugar con el candidato Yaku Pérez.

Esta segunda vuelta cobra mayor relevancia en cuanto al respeto a la institucionalidad democrática, luego de todas las instancias de judicialización, como las resoluciones y pedidos de la Contraloría General del Estado o las resoluciones de la Fiscalía General de la Nación que obstaculizaban la labor del CNE, y las intervenciones externas, como la llegada del Fiscal General de Colombia para reunirse con su par de Ecuador a raíz de una acusación falsa sobre un financiamiento que habría recibido Arauz por parte del Ejército de Liberación Nacional de Colombia.

El principal desafío de quien resulte electo este próximo domingo se deriva de los resultados de las elecciones a asambleístas, debido a la cantidad de votos recibidos por fuerzas políticas como Pachakutik e Izquierda Democrática, que no pudieron pasar a la segunda vuelta, pero cuyo caudal electoral llevó a que ninguna fuerza política tenga mayoría propia en la Asamblea Nacional. Frente a este panorama, la búsqueda de acuerdos y consensos con otras fuerzas políticas es primordial no sólo para lograr gobernabilidad, sino también para poder revertir la crisis sanitaria, social y económica en que se encuentra el país tras el gobierno de Lenin Moreno.

Perú se encuentra en el tramo final de campaña de las elecciones para elegir al Presidente de la República, sus dos Vicepresidentes, 130 congresistas y 5 parlamentarios andinos para el periodo 2021-2026, en un contexto político de bastante convulsionado.

En el último período pasaron por la Presidencia de la República cuatro mandatarios: Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino –quien presentó su renuncia a menos de una semana de haber asumido el cargo– y el legislador Francisco Sagasti, quien finalmente fue elegido por el Congreso como mandatario interino hasta las elecciones de este año. Recordemos también hace poco más de un año, en enero de 2020, se realizaron elecciones extraordinarias congresales luego de la disolución del Congreso por parte del entonces Presidente, Vizcarra, que tuvo como resultado la consolidación de la dispersión del sistema de partidos.

Hoy, a solo días de las elecciones, y con 18 candidatos presidenciales, las encuestas muestran un escenario de fuerte fragmentación en el voto, que no sólo redundará en un Congreso altamente atomizado, sino también en la realización de una segunda vuelta que se desarrollaría el 6 de junio si, tal como refleja la intención de voto, ninguna de las candidaturas logra superar el cincuenta por ciento.

Una muestra de esto se observa en la mínima diferencia entre el candidato con mayor intención de voto, Yohny Lescano, del histórico partido Acción Popular, y quien está en el sexto puesto, hay menos de cinco por ciento de diferencia. Entre quienes se ubican en estos primeros lugares se encuentran también Keiko Fujimori, hija del ex presidente, quien fue candidata a la presidencia en 2011 y 2016, logrando llegar a la segunda vuelta en esas elecciones; Rafael López Aliaga, un empresario hotelero de extrema derecha, tildado por algunos como “El Bolsonaro de Perú”, millonario, extremista con discurso autoritario y antiderechos; Hernando de Soto, un economista de derecha de 79 años, responsable de la política de shock económico de Alberto Fujimori, que ha subido en la últimas encuestas diciendo que no dejará entrar “ni delincuentes ni pobres” de otros países.

Entre estos candidatos también se encuentra Verónika Mendoza, quien ha logrado aglutinar al electorado progresista y de izquierda en la coalición Juntos por Perú, e intentará pasar a la segunda vuelta para discutir qué proyecto político permitirá superar la grave crisis que vive el país.

Estas elecciones representan una oportunidad para Perú, de recuperar la institucionalidad democrática del país y lograr canalizar las demandas de políticas públicas que permitan reducir las desigualdades históricas existentes y afrontar la grave crisis sanitaria causada por la pandemia de la covid-19.

En este súperdomingo electoral, también se llevarán a cabo la segunda vuelta de las elecciones realizadas el 7 de marzo en algunos departamentos de Bolivia: Chuquisaca, La Paz, Pando y Tarija; en todos ellos el MAS-IPSP accedió a la segunda vuelta. Sin dudas es una elección clave para la gobernabilidad, considerando que hasta ahora en tres departamentos ganó el MAS-IPSP y en dos ganaron fuerzas opositoras, y en un contexto donde varios referentes de la región, ex presidentes y cancilleres denunciaron las intromisiones del secretario general de la OEA Luis Almagro en los asuntos internos del Estado Plurinacional de Bolivia, preocupación que se refuerza por la memoria reciente del Golpe del Estado de noviembre de 2019.

A cuatro días de las elecciones previstas en Chile para el 10 y 11 de abril, donde se elegirían constituyentes, concejales, alcaldes y gobernadores, el Parlamento sancionó una ley para aplazarlas para el próximo 15 y 16 de mayo, producto del rebrote de contagios y muertes que vivió el país en las últimas semanas a causa del coronavirus.

A pesar de la decisión de Chile, este superdomingo tendremos las elecciones en Ecuador, Perú y Bolivia, tres países cuya institucionalidad democrática ha sido vulnerada en los últimos años.

* Directora del Observatorio Electoral de la Conferencia Permanente de América Latina y el Caribe (COPPPAL), Directora Ejecutiva de Política Institucional de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires y Profesora del Instituto de Capacitación Política del Ministerio del Interior (INCAP).

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