Muchos científicos están convencidos de que detrás de la descomunal magnitud de los huracanes Harvey e Irma está el cambio climático, pero, técnicamente, todavía no pueden decirlo alto y claro.

Los elementos de prueba están allí: subida del nivel del mar, alza de las temperaturas oceánicas, cambios atmosféricos, modelos informáticos que confirman la tendencia, pero falta un dato concluyente en ciencia del clima: la observación de ciclones durante un periodo suficientemente largo.

En resumen, es como si todos los elementos apuntaran al acusado de un crimen, pero faltaran sus huellas sobre el arma.

"Es muy frustrante", considera Dann Mitchell, especialista en circulación atmosférica de la Universidad de Bristol, en Gran Bretaña.

“Todavía no podemos decir con 100 por ciento de certeza que lo que reforzó la intensidad de Irma fue el cambio climático, mientras para otros fenómenos, como las canículas, ya podemos”, señala.

Anders Levermann, profesor de la Universidad de Potsdam, en Alemania, subraya que "la física es muy clara: los huracanes alimentan su energía destructora con el calor del océano".

Recuerda que las temperaturas del planeta aumentan debido a "las emisiones de gases de efecto invernadero ligadas a la combustión del carbón, el petróleo y el gas".

James Elsner, profesor de ciencia atmosférica en la Universidad Estatal de Florida, argumenta que "a escala mundial, observamos que en estos recientes 30 años, las tormentas más fuertes se reforzaron debido al calentamiento de los océanos".

Los expertos disponen también de un seguimiento mundial de los océanos, cuyo nivel aumentó un promedio de 20 centímetros desde 1880 y el inicio de la Revolución industrial.

"Sabemos que el nivel del mar sube y que seguirá subiendo con el cambio climático", asevera Chris Holloway, especialista de huracanes de la Universidad inglesa de Reading.

Esta alza agudiza la capacidad destructora de los huracanes, al reforzar las olas que penetran en tierra, agravando las inundaciones.

Pero todos estos argumentos, aunque son pruebas razonables, no son medidas directas sobre los huracanes y, por ello, los científicos no son, por ahora, tajantes.

"La mayor intensidad de las tormentas es una consecuencia esperada del cambio climático, pero es demasiado temprano para decir que este huracán fue reforzado por este fenómeno", dijo Mitchell en referencia a Irma.

Aún no disponen de suficientes datos porque los superhuracanes no son lo bastante habituales comparados con las canículas.

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La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió del incremento en los eventos extremos en el planeta asociados a los efectos del cambio climático. Reportó que junio de este año ha sido el segundo más caliente en la historia, después de las temperaturas alcanzadas ese mismo mes, pero de 2016, debido a un periodo de "calidez global excepcional que comenzó hace dos años".

Agregó que este verano los termómetros han alcanzado temperaturas muy elevadas. En Turbat, Pakistán, se elevó a 54 grados centígrados, y en Ahwaz, Irán, llegó a 53.7, mientras en Estados Unidos "se están rompiendo marcas en varias ciudadaes; en Phoenix, por ejemplo, el calor ascendió a 48.3 grados centígrados".

El organismo de la ONU, que agrupa a 191 estados y territorios miembros, es el portavoz autorizado del sistema de Naciones Unidas sobre el estado y comportamiento de la atmósfera del planeta, su interacción con la tierra y los mares, su efecto en el clima y la distribución de los recursos hídricos.

En julio pasado informó que 2017 está marcado por olas de calor y nuevas marcas sin precedentes de temperaturas. En un esfuerzo por alertar sobre los efectos del cambio climático, convocó a quienes reportan el clima en las transmisiones televisivas a analizar cómo la elevación de la temperatura afectaría a las principales ciudades del mundo.

Prevén alza en temperatura global

Alerta que si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan en aumento, "la temperatura media global de la Tierra en superficie podría incrementarse más de 4 grados centígrados de aquí a finales del siglo XXI".

Para analizar sus efectos, convocó a Climate Central, organización de investigación y comunicación de los Estados Unidos para reducir la escala de los modelos climáticos globales evaluados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), a fin de conocer los efectos en las temperaturas que se alcanzarán en el verano en varias ciudades en 2100.

Los resultados revelaron que hacia finales de siglo, los residentes de París –donde las temperaturas altas diarias en verano llegan a un promedio de 22.7 grados centígrados– "podrían experimentar temperaturas altas como las de hoy en día en Fez, Marruecos, donde se alcanzan 29.2 grados centígrados".

Afirma en un comunicado, que en muchas ciudades evaluadas, las temperaturas máximas diarias durante el verano "po-drían ascender a entre 6 y 9 grados centígrados".

Petteri Taalas, secretario general de la OMM, destacó que "el aumento del calor y de los fenómenos meteorológicos extremos, entre éstos las tormentas estivales, tendrán efectos importantes en el suministro de energía y agua, la salud pública y el transporte. Las olas de calor más intensas también causarán disminución de la calidad del aire, lo que puede ser mortal", agregó.

Si bien el funcionario de la ONU reconoce que los reportes elaborados por los presentadores del tiempo en diferentes ciudades, entre ellas Barcelona, Berlín, Bruselas, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Frankfurt, La Habana, Hanoi, Kampala, Madrid, Montreal, Nairobi, Sofía y Tokio, "son sólo posibles escenarios y no pronósticos reales, están basados en la ciencia climática más actualizada y dan un panorama convincente de cómo el cambio climático puede afectar la vida diaria en las ciudades donde vive la mayor parte de la población mundial".

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"Puede resultar en una expansión de especies animales y vegetales invasoras, y en la extinción de otras autóctonas menos competitivas", alerta experto en la revista Nature

Sidney.

Las zonas libres de hielo de la Antártida podrían expandirse casi 25 por ciento antes del año 2100 debido al cambio climático, lo que alteraría drásticamente la biodiversidad del continente, según una investigación publicada ayer en Nature.

Las zonas sin hielo constituyen actualmente menos de uno por ciento del continente, pero albergan casi toda la flora y la fauna antártica.

"Calculamos que el deshielo en el continente antártico conducirá a finales de este siglo a la aparición de más de 17 mil 267 kilómetros cuadrados, cerca de 25 por ciento, de nuevas áreas libres de hielo", dijo Aleks Terauds, experimentado investigador de la División Antártica Australiana.

La investigación es la primera en examinar el impacto del cambio climático en las zonas sin hielo de la Antártida. "Puede que aporte nuevas zonas para que colonicen especies nativas, pero también podría resultar en una expansión de especies invasoras y, a largo plazo, en la extinción de especies autóctonas menos competitivas", alertó Terauds.

"Hasta ahora, la investigación del cambio climático en la Antártida se ha centrado en las placas de hielo y el impacto potencial en el aumento del nivel del mar, mientras el efecto del cambio climático en el deshielo y la biodiversidad autóctona de la Antártida ha sido ignorado durante mucho tiempo", explicó la coinvestigadora Jasmine Lee, de la Universidad de Queensland.

Los científicos descubrieron que el mayor cambio se registrará en la península Antártica, cerca de Sudamérica, así como en la costa del este antártico, cercana a Australia.

Los investigadores llegaron a la conclusión de que si se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y se restringe el aumento de la temperatura global a menos de 2 grados Celsius, es probable que los efectos en el hábitat de las zonas libres de hielo y su biodiversidad se reduzcan.

Actualmente, estas zonas miden entre menos de un kilómetro cuadrado y miles de kilómetros cuadrados. Son importantes territorios de apareamiento de especias nativas como pingüinos, focas y aves marinas, y albergan pequeños invertebrados y algún tipo de vegetación que no se da en ningún otro lugar del mundo.

Según Terauds, dada la distribución restringida de muchas de estas especies, que a menudo sólo están presentes en una región, o incluso en una sola zona libre de hielo, el estudio aporta información de valor incalculable. "Entender el efecto de la expansión de las zonas sin hielo es esencial si queremos entender por completo las implicaciones del cambio climático en la Antártida", señaló.

Los investigadores también indicaron lo preocupante que es que el deshielo de la Antártida proporcione nuevas oportunidades para las especies invasoras.

"La principal defensa de la Antártida contra las especies no autóctonas es su clima extremo, al que las especies nativas llevan adaptándose durante varios miles de años", dijo Lee.

Sin embargo, el calentamiento del clima y el aumento de las conexiones en el territorio podría proporcionar a las especies no nativas, algunas de las cuales ya están allí, la habilidad de establecerse y expandirse por el paisaje.

"Muchos de estos animales y plantas podrían convertirse en invasores y competir con las especies nativas por espacio y recursos", destacó Lee. Una de esas especies no autóctonas que se ha convertido en invasora es la pos annua, hierba común que se encuentra en todo el mundo y que ha colonizado recientemente las zonas libres de hielo surgidas por el retroceso de los glaciares.

"Se cree que superará a las plantas autóctonas de la Antártida, aunque aún no sabemos el impacto que tendrá en los animales", dijo Lee.

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Oriente Medio y el norte de África, camino de convertirse en un lugar desértico por culpa de la escasez de agua dulce y el incremento de temperaturas

 


El cambio climático castigará con doble falta al Magreb y Oriente Medio. La cuna de la civilización está en camino de convertirse en un lugar desértico, inhabitable por las altas temperaturas y la escasez de agua dulce.


Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) los niveles de agua dulce han descendido en dos tercios en las últimas cuatro décadas, y actualmente los 500 millones de habitantes de la región tienen 10 veces menos disponibilidad del vital líquido que los residentes de otras zonas del planeta. Y el futuro puede ser peor: se espera que los recursos hídricos disminuyan un 50% en los próximos 30 años.
Situación dramática

Habrá menos agua, pero además las temperaturas subirán. Un estudio del Instituto Max Planck de Química de Mainz (Alemania) y el Instituto Chipre de Nicosia reveló en mayo de 2016 que la región será inhabitable por el calor, que si actualmente es duro de sobrellevar, en el futuro será insoportable. En los próximos 80 años, entre junio y septiembre las temperaturas diurnas rondarán los 46 grados, y de noche no bajarán de 30 grados. Si en todo el mundo el cambio climático llevaría a un aumento de dos grados, en el norte de África y Oriente Medio el ascenso sería del doble.


Para el fin de siglo, afirma el equipo liderado por Johannes Lelieveld, los días de calor extremo se multiplicarán por cinco y las olas de calor serán diez veces más frecuentes. “Si entre 1986 y 2005 los picos de calor se producían en un período de 16 días, para el 2050 llegará a 80 días al año. Aunque las emisiones de gases contaminantes se redujeran para el 2040, se contabilizarán 118 días de calor extremo al año”, dice Lelieveld. O sea, uno de cada tres días al año será insoportable para la vida cotidiana.
Crece la desertificación

El aumento de temperaturas, la escasez de agua y una mala gestión de los recursos naturales incrementa la desertificación. Conviene diferenciar este término de la desertización. Esta última se refiere a la creación natural de los desiertos, como ha sucedido en el Sahara (alguna vez un fértil bosque) y Gobi. La desertización es “un proceso de degradación del suelo fértil en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas a causa de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”, definió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desertificación en 1977.


O sea: la mano del hombre convierte zonas fértiles y productivas en páramos inhabitables.


La región cuenta con tres grandes ríos que han visto crecer a las primeras civilizaciones: Egipto y su largo Nilo y el Tigris y Éufrates en la antigua Mesopotamia. El uso intensivo por medio de canalizaciones y represas, así como la extracción sin pausa de los acuíferos amenaza con agotar los recursos hídricos. Según la FAO, en Oriente Medio y el Magreb la agricultura absorbe el 85% del agua dulce disponible, y más del 60% de ella proviene de zonas fuera de las fronteras nacionales.
La guerra del agua

La conclusión es obvia: conflictos políticos. Por ejemplo, el gobierno de Turquía considera que tiene la soberanía absoluta en los 526 kilómetros iniciales del río Éufrates y los 523 del Tigris que corren por su territorio, y ha sembrado de represas ambos cursos para disponer de energía eléctrica y canalizar las aguas para los regadíos. “Ni Siria ni Irak pueden reclamar los ríos de Turquía más de lo que Ankara pudiera reclamar su petróleo. Tenemos derecho a hacer lo que nos plazca”, dijo el expresidente turco Suleyman Demirel.


Irak acusa a Turquía, y a la caótica Siria, de perjudicar sus cultivos y poblaciones con las limitaciones al caudal del Éufrates, zonas que ya habían sufrido abandonos por la guerra de diez años contra Irán. Según la Asociación Europea del Agua, Irak ha visto que la proporción de agua de los dos ríos se ha reducido un tercio en los últimos 25 años, y podría quedar seco en el 2040. A este ritmo, el país sería un reflejo de la arenosa Península Arábiga, dice R. Barducci, del Instituto de Investigación de Medios de Información en Medio Oriente (MEMRI).


Más contaminación y menos bosques

 

La contaminación también perjudica la habitabilidad de las ciudades, que como El Cairo –con 9,5 millones de habitantes- no cesan de crecer. En una región donde el petróleo es abundante y barato, es imposible emprender campañas para cambiar de combustible y apostar por las energías renovables.


La deforestación y las altas temperaturas también amenaza a las áreas boscosas de la región, como el Líbano, donde el 39% de su superficie está poblada del cedro que porta su bandera. La reducción de su superficie para promover la agricultura, los incendios forestales (naturales algunos, provocados otros) y los conflictos políticos perjudican al ecosistema y aceleran el proceso de desertificación.


Las grandes extensiones de palmerales que tenía Irak, como en la gobernación de Basora, han quedado devastadas por la guerra con Irán, al punto que científicos de la segunda ciudad de este país han visitado la Estación Phoenix de Elche para recibir asesoramiento sobre repoblamiento de esta especie, que actúa como una barrera natural contra el avance del desierto.


Éxodo climático


Las temperaturas extremas, la falta de agua, la desertificación y pérdida de agricultura lleva a consecuencias política graves: cuadros de desnutrición (según la FAO, 30 millones de adultos en la región no pueden comer lo suficiente), tensiones políticas entre los gobiernos por el control de los recursos naturales, y en paralelo, un auge de los extremismos.


“La región de Oriente Medio, ya es una de las regiones más peligrosas del mundo y podría llegar a ser aún más volátil si millones de personas no pueden encontrar agua para beber, mucho menos cultivar alimentos” dice el doctor Nimrod Raphaeli, analista senior del MEMRI.


El polvorín en que se puede convertir la región derivará en un éxodo climático, millones de personas que abandonarán sus aldeas y las ciudades en búsqueda no sólo de mejores oportunidades de trabajo o paz, sino de lugares donde se pueda vivir y respirar con normalidad.

 

Juan Pedro Chuet-Missé
24/06/2017 00:05 | Actualizado a 24/06/2017 00:28

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