En defensa del comunismo libertario
Un joven con capucha mira un coche de la Policía en llamas. (Foto: Reuters)

En la actualidad, pensar en el anarquismo nos remite a una serie centelleante de imágenes de jóvenes violentos vestidos de negro. Pero tal asociación no es más que una hábil manipulación de la cultura dominante: tanto el comunismo libertario como el anarquismo revolucionario tienen aportes valiosos para la lucha por la emancipación social.

Quienes firmamos estas notas nos ubicamos en el campo del marxismo revolucionario pero resguardamos un profundo respeto por las diversas tendencias anarquistas y comunistas libertarias. En sus experiencias modernas, el anarquismo constituye una tendencia que se ha contrapuesto siempre al capitalismo, no solo rebelándose a su tiranía sino también proponiendo un nuevo proyecto civilizatorio. Sus raíces resultan tan extensas y milenarias que alcanzan hasta llegar a China, Grecia o Perú. Es su contraposición al Estado, al poder y a la jerarquía que lo define como corriente revolucionaria específica.

Sus versiones modernas constituyen una prueba directa de la inspiración revolucionaria por parte de las masas más radicalizadas y explosivas.  Quizás, como el hermano gemelo y radical del marxismo, el anarquismo fue el fermento de una combinación original entre la modernización industrial y cierto romanticismo revolucionario, presente también en algunos marxistas. De hecho, fue precisamente esa confluencia la que permitió a las corrientes libertarias producir potentes elaboraciones y experiencias en diversos campos como el feminismo (Emma Goldman) la educación (Ferrer i Guárdia, Paul Robin), el vegetarianismo, el arte y la cultura (recuérdese el inmenso esfuerzo realizado en los ateneos libertarios, principalmente en el Estado español) y el federalismo.

No por nada el anarquismo moderno conquistó con cierta facilidad el universo artesanal, cruzado por la rememoración del campo y la llegada a la ciudad. Los gremios eran justamente ese intermedio entre la solidaridad y comunalidad del campo y, a su vez, la atomización y anonimato de las urbes, un intenso e interesante intermedio entre la vida rural y la urbanidad rampante y pujante. Y fue la pugna de la denominada Primera Internacional la que, al fungir como escenografía estelar entre Bakunin y Marx, entregó a la historia un registro en donde las tendencias influenciadas por el primero lograron penetrar con mucha mayor intensidad en España (Giuseppe Fanelli), Italia y América Latina (México, Argentina, Bolivia, Uruguay), mientras que la segunda tendencia se tornó hegemónica después del 1917.

Las y los anarquistas, empezando por Bakunin, siempre reconocieron el valor de la obra de crítica de la economía política de Marx. Sin embargo, resultaría un equívoco ignorar su contribución libertaria sobre los terrenos éticos y morales, y desde luego políticos. Es Volin, intrépido historiador de la revolución rusa, quien se encarga de sintetizar el espíritu libertario: «yo solo puedo darte un consejo y decirte síguelo, si te parece». La denominada autodisciplina del movimiento makhnovista en Ucrania es una muestra de ello. De hecho, una multiplicidad de experiencias durante las últimas décadas ha dejado sentir y arraigar un ímpetu libertario importante, tal y como lo muestran la recuperación y autogestión de fábricas en la Argentina a inicios del siglo XXI, la experiencia de movilización y confrontación a partir de la táctica del black block desde hace más de tres décadas y las recientes dinámicas de diversos movimientos feministas, culturales y ecologistas.

Otras manifestaciones son más polémicas: el sabotaje, el fuego y la confrontación abierta, las cuales les transforman rápidamente en objeto de ironizaciones y caricaturas. En la actualidad, al pensar en anarquistas, rápidamente aparecen de manera centelleante imágenes cargadas de juventudes violentas cuya identidad estética es el negro. En realidad, esta manipulación oculta una historia profunda y compleja.

Pierre Clastres fue un intrépido pensador anarquista que, a pesar de haber fallecido bastante joven, legó una contribución interesante para la teoría política en torno a la emergencia del Estado y la propiedad privada. A diferencia del augurio antropológico impulsado por la genialidad de Engels, su apuesta invierte el cometido al afirmar que la emergencia del Estado antecede a la propiedad privada y que aquellas formas que se consideran «primitivas» o «salvajes» son en realidad dinámicas encargadas de conjurar la emergencia estatal y, con ella, su fermento patriarcal, burocrático y gerontocrático.

Que la pugna estratégica en torno al Estado continúe respirando entre nuestras causas e intenciones resulta un signo de vitalidad sin igual. Pero si hoy seguimos discutiendo la pertinencia de utilizar o no el Estado, considerado este como cosa, relación, materialidad y también relación subjetiva, quiere decir que este debate persiste. Sin embargo, a pesar de los desacuerdos, marxistas y comunistas libertarios comparten el objetivo de acabar con un mundo dominado por el capital (el fetichismo de la mercancía) y el Estado. 

A pesar de las dificultades, existen experiencias ilustrativas y potentes de solidaridad entre ambas corrientes revolucionarias. En 1921 Italia fue el escenario de una confluencia inédita entre marxistas y anarquistas a través de miles de obreros y obreras que integraron los consejos obreros (la experiencia protagonizada por el Partido Comunista Italiano y su principal dirigente, Antonio Gramsci, fueron un ejemplo de ello), al igual que el año 1936 en España, con la confluencia entre el POUM y la CNT. De igual forma, es posible rastrear puntos y tendencias de contacto, tal y como lo demuestran tanto el comunismo consejista como algunas de las influencias de Rosa Luxemburgo.

En 1968 tuvo lugar otro encuentro marxista-libertario de manera incandescente: la juventud, harta tanto del burocratismo y el reformismo como de la moral dominante, se lanzó en varias latitudes en contra del orden hegemónico, rechazando las falsas alternativas del estalinismo y la socialdemocracia. Se trataba de frenar esa suerte de parálisis generada por la propia crisis del movimiento obrero y socialista e impulsar, desde el terreno de las revoluciones del llamado Tercer Mundo, un nuevo parangón para la revolución social.

Si la pugna esencial entre las y los revolucionarios se sitúa en torno a la utilización y toma del Estado y de las elecciones, eso no debería impedir la confluencia táctica y callejera, incluso estratégica, sobre todo en contraposición a la ultraderecha. Para las y los marxistas, el aparato estatal burgués no puede ser simplemente utilizado, tal y cual está configurado, como el propio Marx concluyó tras la Comuna de París. Pero, en nuestra opinión, el Estado como institución tampoco puede ser suprimido de manera inmediata. Por el contrario, creemos que sería necesario un proceso histórico que lo sustituya por una federación de comunas.

Sin resultar posible una respuesta definitiva, proponemos nuevas confluencias que vuelvan posible ciertos reencuentros y diálogos entre el marxismo revolucionario y el comunismo libertario. La crisis civilizatoria de la actualidad exige una renovación de los horizontes revolucionarios y radicales. Es precisamente desde ese ámbito que reivindicamos, en el marco del marxismo revolucionario, al comunismo libertario y al anarquismo como corrientes y experiencias que pueden contribuir a inventar una nueva civilización y una nueva forma de vida.

Desde hace años asistimos con tristeza e indignación al asesinato, persecución y suicidio de personas ligadas al anarquismo. Un ejemplo reciente es la violencia ejercida por parte del Estado griego contra militantes de la Conspiración de Núcleos de Fuego. La conducta estatal en diversas partes del globo refrenda la intención de exterminar, por todas las vías, a una tendencia política e ideológica: la tortura, la amenaza y la violencia han definido el tratamiento en decenas de casos.

Más que una simple utopía, el anarquismo está presente en un sin fin de movimientos de lucha. Participan en las comunidades que defienden sus territorios y recursos frente al extractivismo, en los movimientos de mujeres que impulsan estrategias de autodefensa y autocuidado, en las luchas de estudiantes que deciden confrontarse con las fuerzas estatales y en las movilizaciones de la clase obrera que subvierten el orden existente, confrontándose con el Estado y el gran capital. 

Diversas corrientes marxistas y anarquistas han participado juntas en diversos movimientos. Desde Blacks Lives Matter en los Estados Unidos hasta las recientes protestas en Francia. La radicalidad y entusiasmo de los libertarios han alimentado circuitos sustanciales de la lucha de clases. A ello obedece nuestra defensa, en cuanto marxistas, tanto del comunismo libertario como del anarquismo.

Información adicional

Autor/a: Michael Löwy y Samuel González
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Fuente: Jacobin

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