Viernes, 26 Marzo 2021 05:46

¿Izquierda democrática o liberalismo de la Guerra Fría?

Escrito por Michael Brenes / Daniel Steinmetz-Jenkins
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¿Izquierda democrática o liberalismo de la Guerra Fría?

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

 

Si la guerra es la fuerza que nos da sentido, como escribió Chris Hedges en su famoso libro, ¿qué propósito queda en pie cuando se ha ganado la batalla final? Esta pregunta incomodó a muchos intelectuales estadounidenses al finalizar la Guerra Fría, cuando Estados Unidos asumía una posición geopolítica sin contrincantes a su altura.

Para aquellos que permanecieron demasiado tiempo en las trincheras ideológicas, era imposible dejar esa cuestión atrás. Escépticos de la idea de que los desafíos enfrentados por Estados Unidos podían resolverse mediante ajustes tecnocráticos, les costaba creer que ahora el país estaría a salvo. Durante tres décadas, estos personajes han estado preparados para hacer sonar la campana ante la aparición de nuevos enemigos en el horizonte. Esta postura belicosa es un significativo legado del liberalismo de la Guerra Fría, un posicionamiento político sobre el que aún existen disputas interpretativas, aunque las condiciones históricas que lo originaron sean claras.

Antes de la Primera Guerra Mundial, ser liberal significaba generalmente defender valores universales y el racionalismo. Los liberales tenían una perspectiva optimista sobre la naturaleza humana y creían en el progreso histórico. Pero el ascenso de los regímenes fascistas y la movilización de fuerzas militares mundiales requeridas para acabar con el nazismo le asestaron un golpe a esta visión. Como secuela de la Segunda Guerra Mundial, surgieron nuevas amenazas con la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y luego la Cuba de Castro. Si el liberalismo tenía alguna chance de sobrevivir, tendría que volverse más agresivo en su defensa de la libertad en contra del espectro del totalitarismo comunista. Para los intelectuales de la Guerra Fría, tanto fuera como dentro de la academia, la democracia liberal no estaba destinada a triunfar. Era frágil y necesitaba una defensa constante.

Intelectuales y decisores políticos como W.W. Rostow, John Kenneth Galbraith y Isaiah Berlin creían que la seguridad de los pueblos dependía de la predisposición del gobierno estadounidense a proyectar ideales democráticos –y exhibir su poderío militar– en el extranjero. Historiador y seguidor de John F. Kennedy, Arthur M. Schlesinger Jr. escribió en 1950 que los estadounidenses debían aceptar «la necesidad de asumir amplias e indefinidas responsabilidades e intervenciones en el exterior» como resultado de la «nueva posición histórica de Estados Unidos como potencia en el mundo libre».

Los liberales de la Guerra Fría depositaron su fe en los militares y dependieron del presupuesto destinado a ellos para obtener beneficios sociales –empleo, crecimiento económico y compromiso cívico– ante la ausencia de un Estado de Bienestar más amplio. La lucha contra el comunismo en el exterior también dio visibilidad al problema de la desigualdad racial interna. Como sostuvo el secretario de Estado Dean Acheson en 1947, «la discriminación hacia los grupos minoritarios en el país tiene un efecto adverso en nuestras relaciones con otros países». El realismo político llevó a los liberales a tomar medidas para combatir el racismo, como el reconocimiento de los derechos civiles de los afroestadounidenses, el impulso al fortalecimiento de los sindicatos y la promoción del pleno empleo mediante los mecanismos del Estado de seguridad nacional.

Para competir con los soviéticos, los liberales de la Guerra Fría concibieron un proyecto de financiación masiva de la educación universitaria con apoyo federal, para que los estadounidenses de clase media y trabajadora asistieran a la universidad con el fin de incrementar la mano de obra calificada. También apoyaron el servicio militar obligatorio para todos los ciudadanos varones. Una población bien formada y educada, comprometida con la defensa de Dios y de la patria era el único medio para preservar la república estadounidense.

Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, muchos de los principios intelectuales del liberalismo de la Guerra Fría continúan entre nosotros. Figuras públicas e intelectuales, desde Francis Fukuyama y Steven Pinker hasta George Packer y Mark Lilla, siguen escribiendo sobre la fortaleza psicológica necesaria para confrontar a los enemigos de la democracia. Esta ideología cobró nueva vida en la era Trump y cambió para amoldarse a las ansiedades públicas sobre el futuro de la democracia. Si bien no se oponen a la democracia social o al Estado de Bienestar, los nuevos liberales de la Guerra Fría no defienden los derechos sociales y económicos con el mismo celo que sus predecesores y prefieren enfocarse en acontecimientos que suponen una amenaza a su visión del mundo.

Estas figuras tuvieron un primer resurgimiento después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero cuajaron como un bloque ideológico más coherente después de las elecciones de 2016. Los une su oposición a las «políticas de la identidad»; el temor de que las democracias liberales se encuentren a la defensiva, enfrentando la arremetida de gobiernos autoritarios, especialmente en Rusia y China; y la preocupación por una población apática y desinformada que confía en la circulación desregulada de desinformación en las redes sociales.

A pesar de su fortaleza moral, los académicos, los intelectuales públicos y los expertos de estos círculos demostraron estar mal preparados para hacer frente a los desafíos de una pandemia global exacerbada por la austeridad neoliberal, el racismo antinegro y la desigualdad extrema. El liberalismo de la Guerra Fría se convirtió hoy en una ideología zombi. Sus políticas se reducen a estar preparados: el deseo de inculcar una urgencia bélica en el cuerpo político, exigiendo sacrificio sin solidaridad e introspección individual como camino hacia la libertad. Mientras tanto, considera que proyectos como el acceso universal a la salud, el Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) y la educación universitaria gratuita son una distracción innecesaria de la promoción de la democracia en el país y en el exterior.

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

La universidad de la Guerra Fría

El Estado de seguridad nacional proporcionó una base material y un contexto intelectual para la actitud vigilante del liberalismo de la Guerra Fría. El sector militar y las universidades estadounidenses se acercaron durante la Segunda Guerra Mundial, aunque fue el ingreso de Estados Unidos a la Guerra de Corea en 1950 lo que precipitó una relación institucional casi permanente. Los fondos del Departamento de Defensa ingresaron en universidades como el Instituto de Tecnología de Massachussetts (MIT) y la Universidad de Stanford para el desarrollo de productos militares de alta tecnología. El gasto del Pentágono financió la expansión de la educación superior y mejoró los salarios de los profesores. Además, la Ley de Educación para la Defensa Nacional de 1958 proporcionó préstamos estudiantiles a bajo interés para mejorar «la calidad y cantidad de mano de obra requerida para satisfacer las necesidades de defensa nacional de Estados Unidos» hasta bien entrada la década de 1970.

La universidad de la Guerra Fría ayudó a engendrar, usando la frase de Galbraith, una «sociedad acomodada» dependiente del vínculo entre producción intelectual y seguridad nacional. Llevó la educación superior a las masas, sobre todo a través de la G.I. Bill (Ley del Soldado) de 1944. También estableció conexiones intelectuales que aún hoy continúan resonando. El desarrollo de programas de area studies, enfocados en regiones geográficas específicas, creó, por ejemplo, una clara vía para que la academia estadounidense ingresara en los círculos de diseño de políticas del Departamento de Estado y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al tiempo que consagró perspectivas orientalistas sobre la raza y la política exterior. En términos más generales, muchos de los humanistas académicos más importantes e influyentes de la época –historiadores como Schlesinger y Richard Hofstadter, o filósofos como Reinhold Niebuhr, Sidney Hook y Hannah Arendt– estaban comprometidos con un consenso liberal que ponía el acento en los aspectos comunes compartidos por todos los ciudadanos democráticos, especialmente en Estados Unidos. Combinada con el Temor Rojo (Red Scare), que purgó cientos de profesores de izquierda en la década de 1950, la universidad de la Guerra Fría produjo un entorno intelectual conformista.

Ese consenso se convirtió en blanco de críticas en los años 60 y 70. La Nueva Izquierda cuestionó tanto las conexiones institucionales de la universidad con el Estado de seguridad así como la cultura del conformismo que reflejaba. Los pensadores de la Escuela de Fráncfort, como Herbert Marcuse y Theodor Adorno, junto con sus colegas estadounidenses como C. Wright Mills, ofrecieron una crítica de nuevo cuño en torno de la militarización de la universidad y su lugar en lo que Mills denominó la «elite del poder». La reacción negativa a la Nueva Izquierda tuvo como consecuencia una contrarrevolución en las ideas; muchos liberales de la Guerra Fría se reconvirtieron en intelectuales neoconservadores temerosos de que el radicalismo estudiantil significara un nuevo relativismo moral –un desprecio por la religión, el individualismo liberal y una sociedad sustentada en un orden discernible–. Como sostuvo Irving Kristol en un ensayo de 1973: «El enemigo del capitalismo liberal hoy en día no es tanto el socialismo como el nihilismo».

El fin de la Guerra Fría hizo poco por apaciguar a los defensores del orden liberal. Ahora advertían que el posmodernismo se estaba extendiendo como una epidemia por los campus del país, dejando a las impresionables mentes jóvenes confundidas y sin norte. Como sostuvo el historiador Tony Judt en su libro de 1992 Pasadoimperfecto: «La deconstrucción, la posmodernidad, el posestructuralismo y su progenie prosperan, por inverosímil que sea, de Londres a Los Ángeles». A Judt también le molestaba la persistente fascinación de la academia estadounidense con el marxismo francés. El intelectual francés al que más admiraba era el liberal Raymond Aron: el principal opositor a la escena marxista francesa y un conocido crítico del movimiento de protestas estudiantiles y huelgas obreras del Mayo francés.

Fukuyama se hizo eco de estas críticas, calificando de «puras sandeces» los dichos de los académicos que apoyaban «una especie de relativismo nietzscheano que postulaba que no existe la verdad (…) y aun así estaban comprometidos con una agenda esencialmente marxista». Lilla escribió ensayos en el que advertía sobre las mentes posmodernas insensatas de Jacques Derrida, Michel Foucault y Martin Heidegger. El neoconservador Roger Kimball culpó al posmodernismo de corromper la educación superior en su polémico Tenured Radicals de 1990.

Estas críticas se basaban en la creencia de la Guerra Fría de que las instituciones de educación superior de elite tenían la responsabilidad intelectual de impartir las virtudes de la ciudadanía estadounidense y los valores del consenso.

Combatir el mal después del 11 de septiembre

La preocupación por el posmodernismo se vio rápidamente eclipsada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los académicos y especialistas apelaron a la sabiduría del liberalismo de la Guerra Fría para derrotar al enemigo encarnado en el islam radical. Decepcionados de que algunas figuras de la izquierda liberal hubieran adoptado una postura antibélica, libros destacados, como The Good Fight: Why Liberals—and Only Liberals—Can Win the War on Terror and Make America Great Again (2006), de Peter Beinart, abogaban por la rehabilitación de los ideales del siglo XX (los liberales, y solo los liberales, pueden ganar la guerra contra el terrorismo y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, proclamaba el título del libro). Para Beinart, Cold Warriors como Galbraith, Schlesinger y George F. Kennan mostraron de qué modo los liberales podían combinar un estridente anticomunismo con un compromiso con las oportunidades económicas.

En respuesta a los críticos que argumentaban que su proyecto no se diferenciaba del neoconservadurismo de la administración Bush, Beinart escribió que los liberales, a diferencia de los conservadores, sabían que Estados Unidos podía ser corrompido por el poder. Los liberales «buscan los límites que los imperios rechazan», saben que «la democracia es algo que perseguimos más que algo que encarnamos» y «la promovemos no simplemente exhortando a los demás, sino luchando contra el mal en nosotros mismos». En relación con esto último, Beinart tenía en mente al teólogo protestante Reinhold Niebuhr, también favorito de Barack Obama.

En 2007 Obama le dijo a David Brooks que a él lo había inspirado «la idea convincente de Niebuhr de que existe un terrible mal en el mundo, dolor y adversidad. Y debemos ser humildes y modestos en nuestra creencia de que podemos eliminar esas cosas. Pero no debemos usar eso para justificar el cinismo y la inacción». Los asesores en seguridad nacional de Obama describieron su política exterior como «pragmatismo por encima de la ideología». En la práctica, eso significó a menudo una política exterior con más continuidades que rupturas con la guerra contra el terrorismo de Bush.

Trump, el agente subversivo

La era Obama –con sus llamamientos al consenso moral, la proyección algo contenida del poder estadounidense y su limitada adhesión al reformismo en materia de política social– fue una época de relativa satisfacción para los liberales de los últimos tiempos de la Guerra Fría. La elección de Donald Trump, por el contrario, trajo consigo renovados llamamientos a la defensa urgente de la democracia liberal. Los intelectuales liberales pidieron una posición no partidaria de resistencia a las medidas del gobierno de Trump tanto en el ámbito nacional como en el internacional. El flagrante nativismo y la xenofobia que Trump representaba y aprovechaba fueron comparados con el ascenso del fascismo; las comparaciones entre Trump y Hitler abundaron entre los analistas políticos. Y las conexiones de Trump con Rusia, junto con la intromisión de Moscú en las elecciones de 2016 a favor de su campaña, suscitaron la preocupación de que el presidente fuera un agente subversivo a las órdenes de Vladímir Putin, dispuesto a poner en jaque la democracia ya sea por chantaje ruso o por interés financiero personal.

La narrativa poselectoral de que Trump era tanto un fascista como el candidato torpe de Manchuria (una referencia a la novela de Richard Condon, llevada al cine) reflejaba el legado del liberalismo de la Guerra Fría. Trump comenzó a ser asociado con ambas formas de totalitarismo –el comunismo soviético y el nazismo– convirtiéndose en una especie de amenaza contradictoria. La destitución de Trump era por ello esencial para defender los intereses de la seguridad nacional; su presidencia significaba un peligro de gran alcance para la democracia estadounidense en términos globales.

Varios académicos presentaron a Trump como una amenaza a la seguridad nacional. En su libro de la extensión de un panfleto, Sobre latiranía, Timothy Snyder ofreció lecciones aforísticas de la historia del siglo XX –«defiende las instituciones»; «establece contacto visual y habla poco»– diseñadas para blindar a los estadounidenses contra un esfuerzo inminente por establecer las condiciones para el control autoritario. Politólogos como Yascha Mounk y Larry Diamond situaron la vigilancia individual en el centro de la política, al tiempo que restaron prioridad a la política de masas y la justicia social. Mounk denunció la amenaza del populismo contra la democracia liberal, tanto en la derecha como en la izquierda. Los populistas de izquierda «no se consideran a sí mismos autoritarios», pero a Mounk le preocupa que a los izquierdistas les resulte «muy tentador abolir instituciones independientes como los tribunales, suprimir las voces críticas en la prensa y concentrar cada vez más poder en sus propias manos».

Para muchos liberales, la oposición a Trump se convirtió en un deber cívico que requería poner el país por encima de los partidos. Rehuyeron a la división en favor de la unidad, sin importar los antecedentes políticos de cada uno antes de 2016. En este contexto surgió una renovada crítica de la política de la identidad. En su libro The Once and Future Liberal, Lilla arremetió contra los liberales y la izquierda por abrazar «el movimiento de la política de la identidad, por perder el sentido de lo que compartimos como ciudadanos y lo que nos une como nación». Fukuyama siguió el mismo camino, argumentando que la política de la identidad refleja una «necesidad de reconocimiento» que no logra responder por y trabajar en favor de «un entendimiento universal de la dignidad humana». Académicos como Lilla y Fukuyama relanzaron críticas de larga data sobre el posmodernismo y las dirigieron a la política de igualdad de género, racial y sexual en la era Trump. El «deconstruccionismo» y el «pluralismo cultural», para usar los términos de Lilla, rebasaron la virtud cívica y las nociones corrientes de libertad. En primer lugar, la política de la identidad habría llevado a los votantes blancos a votar por Trump y habría cerrado la posibilidad de un movimiento capaz de restaurar la democracia que este corrompió. Sin embargo, en lugar de procurar una política de resistencia, sus críticas dieron pábulo a los defensores del trumpismo, culpando a la oposición de izquierda por su ascenso.

China y la «Nueva Guerra Fría»

El temor al populismo de izquierda y al trumpismo patrocinado por Rusia coincidió con la preocupación por un renovado conflicto con China. Muchos advirtieron sobre una «segunda» o «nueva» Guerra Fría, citando el crecimiento económico de China en las últimas dos décadas, su poderío naval en el Mar de la China Meridional y planes de desarrollo económico como la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el Sur global como prueba de la competencia entre grandes potencias. Los nuevos Cold Warriors también expresaron su preocupación por el régimen de gobierno de Xi Jinping y su capacidad para exportar un «modelo autoritario» que rivalizaría y acabaría eclipsando la promoción estadounidense del capitalismo global basado en el liberalismo y la democracia.

Mientras que los conservadores ven una potencial amenaza de China principalmente en términos geopolíticos, los liberales de la Guerra Fría apelan a los derechos humanos para defender una postura agresiva. Argumentan que el historial bien documentado de abusos de derechos humanos en China, en concreto, el trato que reciben los musulmanes uigures –que incluye tortura, esterilización forzada e internamiento en la provincia de Xinjiang– exige una intervención. El año pasado, en un artículo de The Guardian, el historiador británico Timothy Garton Ash bregó por una idea de seguridad nacional proyectada a través de la promoción de los derechos en el país y en el exterior. Garton Ash sostuvo que «el liderazgo del Partido Comunista chino bajo Xi Jinping» auguraba «un largo recorrido» de conflictos por delante.

Al igual que los Cold Warriors de antaño, los halcones en relación a China consideran que Estados Unidos no solo debe renovar su política exterior, sino también reorganizar su política interior y su economía política para hacer frente a la amenaza. El país entero debe estar en pie de guerra. Para vencer a China, sostiene Garton Ash, se necesitarán «todos los conocimientos que podamos obtener sobre la historia, la cultura y la política china y asiática en general». Así como ocurrió durante la Guerra Fría, la seguridad nacional proporciona las bases para el proyecto de ampliación de una educación superior asequible que alcance a más estadounidenses. Pero en una época en que la academia ha sido vaciada por recortes presupuestarios, no deberíamos esperar que la universidad de la Nueva Guerra Fría amplíe los horizontes educativos de la clase trabajadora estadounidense. La batalla con China sobre quién aportará el conocimiento para impulsar la hegemonía en los campos de la ciencia y la tecnología probablemente profundizará la desigualdad educativa que ha crecido con el ascenso de la «elite meritocrática» en la era neoliberal.  

Si se produce un refuerzo para competir con China, podemos esperar que las elites de la seguridad nacional se entrecrucen con los críticos de la política de la identidad, muchos de cuyos profesionales trabajan en áreas consideradas ajenas a los intereses nacionales.

El fin de una era

El liberalismo de la Guerra Fría, argumenta el historiador Samuel Moyn, coloca el temor al colapso de la libertad en el centro del pensamiento político. Fuerzas hostiles en el exterior, como el islam, Rusia y China, sumadas a enemigos internos como el posmodernismo, la política de la identidad y el populismo, buscarían socavar los valores democráticos liberales. Para repeler estas amenazas, los liberales de hoy prefieren el Estado de seguridad a cualquier compromiso de las instituciones con la redistribución económica, y la formación efectiva de las futuras elites en las universidades más prestigiosas del país a un programa de educación pública inclusiva. Rechazan la propuesta de la izquierda de avanzar sobre las causas subyacentes de la desigualdad e inseguridad que producen condiciones políticas desestabilizadoras. En lugar de un plan económico, el liberalismo de la nueva Guerra Fría ofrece consignas vacías, como «confíen en los expertos». Pero si hay algo que la victoria de Trump demostró es hasta qué punto quedó atrás la visión de la Guerra Fría sobre la pericia tecnocrática. Hay muchos que ya no están dispuestos a confiar en una elite educada.

A su vez, los liberales de la Guerra Fría desconfían de las masas. Ven no solo a los votantes de Trump, sino también las masivas manifestaciones y movimientos en contra de la supremacía blanca y la desigualdad económica, como señales de que el populismo está poniendo en aprietos a la democracia. La furia por el «antiliberalismo» de las protestas de Black Lives Matter, por la resistencia de los activistas de participar del toma y daca en las pujas de prestigio entre la elite, se consolida como la base del esfuerzo para mantener vivo y pujante el statu quo neoliberal.

Llegó el momento de reflexionar. Hoy, pensar de manera innovadora sobre educación, economía y política requiere de una ruptura con las preocupaciones que guiaron al liberalismo de la Guerra Fría. Las generaciones más jóvenes sin una memoria viva de la Guerra Fría heredaron las guerras perpetuas del país y su constante tendencia a priorizar el capitalismo por sobre una democracia genuina. Existen señales esperanzadoras de que están listos para superar la política del miedo y la ansiedad a través de la reestructuración de las instituciones estadounidenses para priorizar la protección social por sobre el Estado de seguridad, el rechazo de las guerras sin fin y el desarrollo de un proyecto igualitario que brinde mayor igualdad económica e inclusión política. No hay razones para permanecer atado a la lógica de una era que ya terminó.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

Información adicional

  • Autor:Michael Brenes / Daniel Steinmetz-Jenkins
  • Fuente:Nueva Sociedad
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