Sábado, 27 Enero 2018 07:29

A penas, un año

A penas, un año

 

Trump en la Casa Blanca.

 

Donald Trump empezó el segundo año de su presidencia con el gobierno federal clausurado, el Congreso incapacitado, una investigación que sigue sobre la injerencia rusa en la política de Estados Unidos, y el retorno de una historieta de adulterio.

El viernes 19, después de que el presidente Donald Trump y dirigentes de ambos partidos en el Congreso dijeron y se desdijeron en la búsqueda fingida de un acuerdo presupuestario, el primer año de la gestión del magnate que todo lo resolvería con sus artes de Supremo Negociador concluyó en caos.

Pero no es del todo justo achacarle a Trump la disfunción del sistema político de Estados Unidos. Su elección misma fue resultado de esa disfunción, y Trump sólo ha contribuido a incrementarla. Tanto el Partido Republicano, que ahora no sólo controla la Casa Blanca sino que tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso y ha logrado la designación de una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo de Justicia, como el Partido Demócrata, que supuestamente debería estar unificado en la oposición, han demostrado en los últimos 12 meses que son incapaces de formular políticas.

Entre tantos asuntos que podrían conducir a un choque entre el Congreso y el Poder Ejecutivo, le tocó el turno al de los alrededor de 800 mil jóvenes que, nacidos en otros países, fueron traídos a Estados Unidos siendo menores de edad y que ahora encaran la deportación a países que prácticamente no conocen.

Estos jóvenes se han educado en Estados Unidos, muchos de ellos sólo hablan inglés, y muchos más han tenido carreras brillantes en sus estudios, han iniciado su tarea en alguna profesión, se han incorporado a las fuerzas armadas. Y muchos de ellos recién se enteraron de su situación como inmigrantes indocumentados cuando, a los 16 años de edad, fueron a tramitar la licencia de conductor, o a los 18 debieron preparar sus solicitudes de ingreso a la universidad.

TOMA Y DACA. En junio de 2012, y dado que el Congreso no hacía nada para resolver la situación de esta gente, el presidente Barack Obama firmó un decreto titulado “Acción diferida para los llegados en la infancia”, más conocido por su sigla en inglés Daca. Los jóvenes se han llamado a sí mismos dreamers, los soñadores que tienen la esperanza de una vida próspera en Estados Unidos. El 78 por ciento de ellos proviene de México o América Central, el 11 por ciento de América del Sur y el Caribe, el 9 por ciento de Asia y el resto de otras partes del mundo.

El Daca dejaba en suspenso la deportación a condición de que estas personas se registraran con las autoridades, dieran un domicilio fijo, no tuvieran antecedentes penales, y estuvieran estudiando o trabajando. Por supuesto, al registrarse de paso también entregaron a las autoridades información sobre sus familias, los padres y madres que los trajeron.

El Daca y los dreamers se han convertido en pelotas para el juego político: los sectores más conservadores proponen su deportación inmediata. El ex jefe de policía del condado Maricopa, en Arizona, Joe Arpaio, famoso por sus abusos contra los inmigrantes, sostiene que, una vez deportados, los dreamers serían excelentes embajadores culturales de Estados Unidos, y que desde ese allá, donde quiera que sea, podrán solicitar su visa para retornar al país.
Los demócratas, por su lado, han hecho de los dreamers una bandera para contrariar todo lo que propongan los republicanos en materia de inmigración.

Trump entró en este duelo con la propuesta de construir una Gran Muralla a lo largo de la frontera con México, que, según el magnate de la fantasía edilicia, impedirá el cruce de las huestes morenas.

Tal como suele suceder cuando un asunto es complicado, la simplificación en dos opciones sólo ha servido para adelantar ninguna. Trump no acepta negociar algo si no consigue miles de millones de dólares para su absurda muralla, y los demócratas dicen que no negociarán nada que no abra para los dreamers una senda a la legalización y, eventualmente, la ciudadanía.

En setiembre pasado Trump dio un paso correcto: abrogó el decreto de Obama, fijando su fecha de expiración para marzo, y le encargó al Congreso que produjera una ley sobre los dreamers. Fue un paso en una buena dirección, porque sin una legislación apropiada el destino de esta gente seguirá sujeto a decretos que firma un presidente, anula el siguiente, y supuestamente firmará su sucesor. La legislación daría una solución definitiva.

Pasaron los meses y los republicanos y demócratas en el Congreso no fueron capaces de producir una legislación razonable, con la complicación de que también pasaron los meses para resolver otros asuntos, entre ellos la aprobación del presupuesto del gobierno federal. Vencidos algunos plazos, el Congreso –recuérdese, con mayoría republicana en ambas cámaras– aprobó extensiones cortas de los gastos del gobierno.

A la luz de encuestas que muestran que Trump tiene el nivel de aprobación popular más bajo que cualquier otro presidente, los demócratas se sintieron corajudos y al aproximarse otro plazo de terminación de gastos plantearon que no permitirían que se alcanzara la mayoría necesaria en el Congreso para aprobar el presupuesto, a menos que la ley para ello incluyera una solución para los dreamers.


TODOS CONFUNDIDOS. Y así en la semana pasada se llegó a una de esas situaciones dramáticas –o de reality show– que son las favoritas de Trump.

En una reunión con legisladores, que Trump autorizó fuera mostrada en vivo y en directo por televisión, el presidente les dijo a demócratas y republicanos que él promulgaría cualquier ley que le presentaran, aun una que no le gustara. También les dijo que él estaba dispuesto a recibir todas las críticas, a pagar el precio político por lo que los legisladores aprobaran.

Al día siguiente, cuando dirigentes del Congreso le trajeron una propuesta negociada entre demócratas y republicanos, a puertas cerradas Trump se enfureció porque no había tanto dinero para su muralla como el que él pedía. Y, según algunos participantes, utilizó epítetos que hicieron más ríspida la polémica nacional. Dicen los que dicen, que el presidente calificó a Haití y los países africanos como “naciones de mierda”, y preguntó por qué es que a Estados Unidos no viene más gente como los noruegos. Si alguien sospecha que el comentario es racista, es pura coincidencia.

Durante el resto de la semana hubo tantas versiones de la discusión como participantes. Trump se plantó en que no firmaría una ley de presupuesto que no garantice fondos para la muralla, y los demócratas se plantaron en que no aprobarían una ley sin solución para los dreamers.

Simultáneamente siguieron saliendo a luz detalles de la investigación –que conduce el ex director del Buró Federal de Investigaciones (Fbi) Robert Mueller– sobre los contactos que haya tenido, o quizá no, la campaña presidencial de Trump en 2016 con agentes de gobierno ruso y/o con oligarcas rusos de mala reputación.


DES-CONFIANZA. Y, también simultáneamente pero con menos notoriedad, saltó a la luz una encuesta realizada por el Instituto Marista de Opinión Pública para la cadena Npr de radio pública, que encaró varios aspectos del primer año de la presidencia trumpiana. Uno de los aspectos enfocados por los encuestadores fue el grado de confianza que los estadounidenses tienen en sus instituciones.

El 54 por ciento de los encuestados tiene poca o ninguna confianza en la presidencia de la república. El 71 por ciento manifestó poca o ninguna confianza en el Congreso.

El 51 por ciento de los encuestados expresó mucha confianza o algo de confianza en el sistema judicial, mientras que el 45 por ciento mostró poca o ninguna confianza en los tribunales.

El 68 por ciento expresó poca o ninguna confianza en “los medios” –a quienes Trump ha calificado de enemigos del pueblo estadounidense– y sólo el 30 por ciento de los encuestados mostró confianza en la prensa.

El 68 por ciento expresó poca o ninguna confianza en el Partido Republicano y el 62 por ciento poca o ninguna confianza en el Partido Demócrata.

Sólo 49 por ciento de los encuestados tiene confianza, un poco o mucha, en los sindicatos, y apenas el 39 por ciento tiene confianza en las grandes empresas. El 44 por ciento no tiene confianza en el sistema de educación pública, y el 48 por ciento tampoco confía en los bancos.

En medio de este deterioro de la confianza de los estadounidenses en su propio sistema político, la encuesta del Instituto Marista encontró que el 87 por ciento de los ciudadanos confía en las fuerzas armadas, y apenas el 12 por ciento expresa algo de desconfianza hacia los militares.


CHUSMERÍOS. Como corresponde en la saga del astro rubio del reality show, la semana pasada salió al público una historia picante que varios medios han conocido por años, pero que no habían corroborado a satisfacción de sus normas éticas.

Según el chisme, el año pasado un abogado del entonces candidato presidencial republicano le pagó 130 mil dólares a Stormy Daniels, una estrella de películas pornográficas, para que no hablara sobre sus encuentros sexuales con Trump, algunos supuestamente ocurridos cuatro meses antes de que Melania Trump diera a luz al hijo de la pareja.

El 20 de enero, cuando se cumplió el primer aniversario de esta presidencia, Melania envió por su cuenta de Twitter un saludo de conmemoración que agradece a la nación por la gran experiencia... pero no nombra a Trump.

El lunes 22, cuando la pareja cumplió su decimotercer aniversario de casamiento, no hubo celebración.

Y el martes se anunció que, por razones de calendario, Melania Trump no iría con Donald Trump al encuentro de los súper ricos y mandamases en Davos, Suiza.

Mal empieza la semana para quien recibe un sartenazo el lunes.

 

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Donald Trump fue abucheado en Davos cuando arremetió contra la prensa.

 

Ayer, en el esperado discurso en el Foro Económico Mundial en la ciudad suiza de Davos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, animó a las empresas a invertir en el país y aseguró que decir “Estados Unidos primero” no excluye la cooperación con otros países.

El magnate de 71 años vendió ante la élite empresarial un país con una economía floreciente tras haber tenido un “gran año” e incitó a las grandes compañías presentes a invertir: “Nunca hubo un mejor momento para contratar, construir, invertir y crecer en Estados Unidos. Estados Unidos está abierto otra vez para hacer negocios y volvemos a ser competitivos”.

Los presidentes de Siemens, Total y SAP, entre otros líderes empresariales, alabaron el jueves a Trump por su reciente reforma fiscal y aseguraron que invertirían más en Estados Unidos gracias a esa política. El fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, aseguró también que la rebaja fiscal estadounidense impulsará la economía mundial.

Sin embargo, el proteccionismo (otra de las patas de la política económica de Trump) fue criticado en los últimos días indirectamente en Davos por varios líderes políticos, como la alemana Angela Merkel, el francés Emmanuel Macron y el canadiense Justin Trudeau, quienes defendieron el libre comercio y el multilateralismo.

Ante estas críticas, el mandatario aclaró su posición: “Como presidente de Estados Unidos siempre pondré a Estados Unidos primero. Al igual que los líderes de otros países deberían poner a sus países primero. Pero Estados Unidos primero no significa Estados Unidos solo. Cuando Estados Unidos crece, el mundo también. La prosperidad estadounidense ha generado incontables puestos de trabajo en el mundo, y la búsqueda de excelencia, creatividad e innovación en Estados Unidos llevó a importantes descubrimientos para ayudar a la gente en todas partes a vivir vidas más prósperas y sanas”.

Además, como presidente de Estados Unidos, Trump aseguró que uno de sus principales papeles es actuar como un “cheerleader” (animador) nacional: “Creo que he sido ‘cheerleader’ de nuestro país y todo aquel que represente a un país o a una compañía tiene que serlo, o lo que haga no funcionará”.

En otro orden de cosas, el empresario no descartó que su país vuelva al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), de donde lo sacó hace un año, en una de las primeras decisiones de su mandato. Estados Unidos podría volver a las conversaciones sobre libre comercio con muchos países, entre ellos también los del TPP, afirmó. “Consideraremos negociar con ellos por separado, o quizá como grupo” si los términos comerciales pueden ser más beneficiosos para Estados Unidos que el pacto planeado originalmente, añadió.

Trump anunció también una línea dura en el control de las reglas para el libre comercio. “No seguiremos mirando para otro lado”, advirtió. “No podemos tener un comercio justo y libre cuando algunos países rompen las reglas”, dijo el mandatario estadounidense. Una de las últimas medidas proteccionistas de Trump fue la imposición, esta misma semana, de aranceles a la importación de lavadoras y paneles solares, que generó malestar en China y Corea del Norte.

Varias asociaciones empresariales se mostraron escépticas respecto del discurso de Trump y criticaron sus medidas. “Está claro que la Administración Trump no entendió que el tiempo en que una sola potencia económica podía poner de rodillas a otra con ese tipo de medidas ya pasó”, dijo el presidente de la Asociación de Comercio Exterior alemana BGA, Holger Bingmann.

Otro de los puntos fuertes de su discurso fue el anuncio de la derrota territorial sobre el Estado Islámico (EI) y la captura de casi el ciento por ciento de los territorios que estaban en sus manos en Irak y Siria. Estados Unidos lidera, resumió Trump, “una amplia coalición destinada a impedir el control del territorio por los terroristas, bloquearles los fondos y desacreditar su malvada ideología”. Además, advirtió a sus socios: “Para que el mundo sea más seguro frente a regímenes hostiles, terroristas y potencias revisionistas, pedimos a nuestros amigos y aliados que inviertan en su propia defensa y que cumplan con sus obligaciones de financiación. La seguridad común requiere que cada uno contribuya con su justa parte”.

Como ya es habitual en sus apariciones públicas, el magnate arremetió contra la prensa al responder una pregunta luego de su discurso de apenas 15 minutos: “Hasta que me convertí en político no supe lo repugnante, perversa y falsa que puede llegar a ser la prensa”, dijo provocando abucheos.

En cuanto al frente interno, legisladores demócratas, organizaciones civiles y los propios “dreamers” rechazaron la reforma migratoria que Donald Trump presentará el lunes al Senado, la cual prevé legalizar la situación de 1,8 millón de jóvenes indocumentados a cambio del muro en la frontera con México y de limitar la inmigración legal.

“Este plan se burla de lo que cree la mayoría de los estadounidenses”, manifestó el líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, que aseguró que Trump utiliza a los jóvenes indocumentados que llegaron de niños a Estados Unidos como “instrumento” para “destrozar” el sistema migratorio legal.

 

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El gobierno de Donald Trump presentó ayer ante el Congreso estadunidense un proyecto de reforma migratoria que ofrece legalización y una hoja de ruta para obtener la ciudadanía a 1.8 millones de jóvenes indocumentados, a cambio de 25 mil millones de dólares para el muro con México y otros aspectos para reforzar la seguridad fronteriza. La iniciativa fue rechazada de inmediato por los demócratas. La imagen es de hace unos días en Washington

 

Trump propone beneficiar a 1.8 millones de dreamers a cambio de 25 mil mdd para el muro

Especialistas adelantan 30 segundos el reloj apocalíptico ante peligros inminentes

 

Nueva York.

Mientras Donald Trump festejaba con los ricos y poderosos del mundo reunidos en los Alpes, y la Casa Blanca buscaba un acuerdo migratorio que ofrece refugio para los hijos de inmigrantes a cambio de expulsar a sus comunidades, científicos y expertos advertían que el mundo está más cerca que nunca de un desastre nuclear y ecológico, poniendo al famoso reloj del día del juicio final a sólo dos minutos antes de la medianoche (hora simbólica del apocalipsis).

Trump y los titanes de la economía y política mundiales están congratulándose entre buen vino y excelente cocina suiza, sobre qué tan bien les va. Para los más ricos fue un año sensacional: el 1 por ciento de la población mundial concentró 82 por ciento de toda la riqueza creada en 2017, según cálculos de Oxfam reportados por La Jornada esta semana. Trump enfatizó su reducción de impuestos sobre empresas y la desregulación del sector privado como el mejor regalo a los asistentes.

Pero en casa, el Boletín de Científicos Atómicos adelantó este jueves 30 segundos el simbólico reloj apocalíptico, para quedar a sólo dos minutos de la medianoche, la hora del fin de la humanidad, señalando que esto se debe al fracaso del presidente Trump y otros líderes mundiales de abordar las amenazas inminentes de guerra nuclear y cambio climático.

Representantes del Boletín de Científicos Atómicos –entre ellos unos 15 premios Nobel– consideran que el mundo no sólo es más peligroso ahora que hace un año; es lo más amenazante que ha estado desde la Segunda Guerra Mundial. El reloj está tan cerca de la medianoche ahora como estuvo en 1953, en el momento más agudo de la guerra fría.

Sin embargo, los integrantes del consejo de ciencia y seguridad del Boletín –fundado en 1945 por científicos preocupados por la nueva amenaza nuclear– afirmaron que estos son tiempos peligrosos, pero el peligro fue creado por nosotros. La humanidad ha inventado los implementos del apocalipsis; entonces puede inventar los métodos de controlarlos y, eventualmente, eliminarlos. Ofrecen una serie de medidas para revertir el avance de las manecillas del reloj, incluyendo reducir las tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte, así como el conflicto con Irán; nuevas negociaciones con Rusia y otros poderes, mientras la ciudadanía intensifique su presión sobre el gobierno para exigir mayor acción sobre el cambio climático y el abuso de tecnologías, entre otras cosas (para ver la declaración completa: https://thebulletin.org/2018-doomsday-clock-statement).

 

Otras amenazas

 

Sin embargo, aparentemente Trump y su gente consideran que los inmigrantes son una amenaza existencial más urgente para este país que las bombas nucleares. Este jueves la Casa Blanca presentó al Congreso su propuesta de reforma migratoria que ofrece legalizar, incluyendo una ruta para obtener la ciudadanía, a 1.8 millones de indocumentados que llegaron siendo menores de edad, conocidos como dreamers –más del doble de los 700 mil que estaban protegidos de la deportación gracias a un decreto de Barack Obama anulado por Trump–, a cambio 25 mil millones de dólares para un muro fronterizo y otros elementos de lo que llaman un sistema de defensa fronteriza, con nuevas y severas restricciones al ingreso de familiares de inmigrantes y la eliminación de la lotería de visas.

Casi de inmediato el proyecto fue rechazado por demócratas y defensores de inmigrantes por considerarla una propuesta para expulsar a las personas y diseñada por nativistas (en referencia al asesor presidencial Stephen Miller).

En tanto, el Senado está ampliando pláticas bipartidistas para elaborar una propuesta que no necesariamente incluya las mismas restricciones que desea el presidente, en una negociación que se vuelve cada vez más urgente, puesto que el 5 de marzo caduca el programa de protección de los dreamers.

Todos fueron sorprendidos –hasta los asesores de la Casa Blanca– el pasado miércoles cuando Trump, casi de la nada, en un breve intercambio con reporteros antes de viajar a Davos, comentó que estaba abierto a considerar un proceso encaminado a la legalización y e incluso la ciudadanía de los dreamers; esto, poco después de haber rechazado una propuesta bipartidista que se basaba en esa misma forma de avanzar. Más tarde insistió en que su mensaje a los jóvenes indocumentados es que no se preocupen.

Desde el miércoles por la noche la Casa Blanca logró condicionar lo dicho por el presidente, de nuevo enfocándose en los puntos de seguridad fronteriza, el muro y mayores restricciones respecto de quiénes les sería permitido ingresar a este país, con la reiteración de que Estados Unidos está amenazado por una ola de inmigrantes.

Mientras tanto, el gobierno continuó con sus políticas de persecución de inmigrantes y sus aliados, y amenazó formalmente a más de 20 ciudades y estados que se declararon santuarios, de que si se rehúsan a colaborar con las autoridades migratorias federales enfrentarán el retiro de fondos federales. Trump calificó ayer a las entidades santuario como “los mejores amigos de pandillas y cárteles”.

Abogados y no pocos asesores de la Casa Blanca también fueron sorprendidos por otros comentarios de su jefe antes de partir rumbo a los Alpes, y se pasaron el día tratando, igual como con el asunto de los dreamers, de modificarlos y condicionarlos. Trump declaró que estaba deseoso de tener un intercambio con el equipo de investigaciones encabezado por el fiscal especial Robert Mueller que está examinando la injerencia rusa en las elecciones, la posible colusión de miembros de la campaña electoral, y ahora posibles intentos del magnate de obstruir esa indagatoria. Me encantaría hacerlo lo más pronto posible, afirmó el presidente en la misma sesión no programada con reporteros donde habló de su amor por los dreamers.

Los abogados de Trump le habían dicho que no hiciera declaraciones sobre el asunto mientras negociaban con Mueller sobre las condiciones del eventual interrogatorio. Este jueves insistieron en que el jefe habló con prisa y sólo estaba reiterando su voluntad de cooperar, pero que todo estará sujeto al consejo de sus abogados. La gran preocupación de su equipo legal y de algunos asesores es que cometa perjurio, o peor, que revele sin querer que sí buscó obstruir el proceso de investigación.

Mientras tanto, defensores del presidente (y él mismo) buscan descalificar la imparcialidad de la investigación por varios lados, desde promover la idea de que hay una conspiración contra Trump dentro de la FBI y otras partes corruptas del Estado profundo.

Y hablando de amenazas: a pesar de otro tiroteo letal en una escuela esta semana, nada cambia. Ocurrió el martes en una preparatoria en un pueblo de Kentucky; dos estudiantes de 15 años murieron, 18 más resultaron heridos. Fue el tiroteo 11 en una escuela en lo que va del año, y eso que apenas vamos en el día 23. Investigadores afirman que desde 2013 se ha reportado, en promedio, un tiroteo en alguna escuela cada semana. Consultar en: (https://everytown.org/).

 

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Miércoles, 24 Enero 2018 06:17

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

 


Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra

 

La gran atención de los mayores medios de información en los países situados a los dos lados del Atlántico Norte, en su cobertura del aniversario de la elección del candidato republicano Trump al cargo de Presidente de EEUU se ha centrado en la figura del Presidente Trump, que antes de ser elegido Presidente era uno de los empresarios más importantes en el negocio inmobiliario de aquel país, uno de los más especulativos de la economía estadounidense. A pesar de no haber nunca ocupado un cargo electo antes de ser elegido, conocía bien el funcionamiento del Estado (tanto federal, como estatal y municipal) pues en gran parte su éxito como empresario había dependido de sus conexiones políticas, incluida “la compra de políticos”. El sistema electoral, de financiación predominantemente privada, favorece lo que en EEUU se llama “la compra de políticos” que pasan a representar los intereses de los que los financian. En realidad, Trump es un personaje bastante representativo del mundo empresarial especulativo de EEUU, que conjuga una enorme ignorancia de la política internacional, un desdén hacia el mundo intelectual y mediático con el cual se encuentra altamente incómodo, una hostilidad hacia el establishment federal y una gran astucia política. Es profundo conocedor de los gustos y opiniones de amplios sectores de las clases populares blancas con los que comparte un lenguaje lleno de estereotipos que le hace enormemente popular entre sus bases electorales. Su comportamiento aparentemente errático, que rompe todos los moldes de la respetabilidad burguesa, le convierte en un personaje carismático entre su electorado, que es, en su mayoría, de clase trabajadora y clase media de raza blanca, que comparte sus opiniones y prejuicios.

Por otra parte, el hecho de que tal comportamiento no encaje en los moldes tradicionales del establishment político-mediático del país explica que este último tenga grandes recelos sobre su habilidad para dirigirlo. Trump no salió del aparato del Partido Republicano ni de los círculos políticos de Washington, lo que le hace una figura muy atípica en el mundo político estadounidense. De ahí la animosidad de gran parte de los mayores medios de comunicación, que le dedican una enorme atención mediática muy orientada hacia desacreditarle, lo cual acentúa más su popularidad, no tanto entre la población general (donde es muy baja), sino entre la población que le vota, que odia al establishment político-mediático del país. Todas las encuestas destacan la gran lealtad de sus bases electorales, habiéndose establecido una alianza de sectores importantes del mundo empresarial relacionado con el capital especulativo (sector inmobiliario y capital financiero) y amplios sectores populares, de raza blanca, cohesionados y unidos por una ideología caracterizada por dos componentes básicos.

 

¿Cuál es la ideología de lo que ha venido a llamarse erróneamente como Trumpismo?

 

Digo erróneamente, pues no es Trump el que ha creado esta ideología, sino al revés: la ideología antiestablishment ampliamente extendida en amplios sectores de las clases populares es la que ha posibilitado la victoria de Trump. Tal ideología se caracteriza por dos componentes típicos del antiestablishment presentes entre grandes sectores de las clases populares, a los cuales hay que añadir un tercer componente, este sí, específico de Trump. El primero es, como ya he subrayado, un antiestablishment federal, basado en Washington, al que se le percibe como instrumentalizado por el Partido Demócrata, cuyas políticas públicas supuestamente han favorecido sistemáticamente a las minorías afroamericanas (y, en menor lugar, a las latinas), a costa del propio bienestar de las clases populares de raza blanca. En esta ideología se percibe a este establishment federal como también utilizado por las grandes empresas industriales, que a través de los Tratados de Libre Comercio, están deslocalizando puestos de trabajo bien pagados de la manufactura a países con salarios mucho más bajos. Esta exportación de puestos de trabajo está dañando el bienestar de la clase trabajadora blanca, que ocupaba la mayoría de estos buenos puestos.

El segundo componente de esta ideología (íntimamente relacionado con la anterior) es un profundo nacionalismo, que, en parte, idealiza el pasado de EEUU, y que quiere recuperar aquel mundo en el que se vivía mejor. Este nacionalismo está basado en una lectura profundamente errónea de la política exterior de EEUU, que ve al gobierno federal motivado por un deseo de promover la libertad y la democracia a nivel mundial. De esta lectura se derivan las propuestas de este tipo de nacionalismo que cree que el gobierno de EEUU debería abandonar su “altruismo” y dar más atención a los intereses de EEUU sobre todos los demás. Tal énfasis en poner los intereses de EEUU por encima de todos los demás como el mayor objetivo de la política exterior no difiere, sin embargo, de los objetivos de la política exterior de gobiernos anteriores (que, naturalmente, también imponían los intereses de EEUU por delante de todos los demás) sino de cómo se definen tales intereses. El énfasis de Trump en el exitoso eslogan “America First” (“poner a EEUU primero”) es un intento de revitalizar la economía estadounidense, centrándose en crear puestos de trabajo en el país. Esta diferencia se presenta erróneamente como un conflicto entre liberalización de la economía, por un lado (llamados los globalistas) o proteccionismo, por el otro (definidos como los nacionalistas) dicotomía que solo tiene un componente de verdad, pues la enorme economía estadounidense siempre ha sido altamente proteccionista e intervencionista, puesto que a través de su elevado gasto militar ha configurado de gran manera al sector industrial de aquel país. La evidencia empírica que muestra que la mayoría de los avances tecnológicos ocurridos en el sector industrial de EEUU han sido financiados y/o realizados en instituciones públicas, es abrumadora.

A estos dos componentes hay que añadirles un tercero, que es característico de la ideología dominante en la Administración Trump: la visión empresarial de que el Estado debe dirigirse y gestionarse como si fuera una gran empresa, siguiendo los cánones de la cultura empresarial que domina la clase corporativa (the Corporate Class) de EEUU. En esta ideología hay también un elemento elevado de aprovechamiento personal y familiar de sus negocios particulares. Las líneas entre beneficio personal y beneficio colectivo y nacional están poco definidas y muy entrelazadas, habiendo alcanzado un nivel que está creando una protesta general en las dos cámaras legislativas (Congreso y Senado) del Estado federal. No es la primera vez que un hombre de negocios llega a ser Presidente de EEUU. Pero es nueva la manera en que Trump gobierna este entramado utilizando lo público para el enriquecimiento privado, sin rubor y con todo el descaro.

 

El gran error de enfatizar tanto la figura de Trump

 

El enorme énfasis en la figura de Trump dificulta la comprensión de lo que ocurre en EEUU, pues lo más preocupante de la situación política de EEUU no es que un personaje como Trump se haya convertido en el Presidente de EEUU, sino que casi la mitad del electorado estadounidense le votara, cosa que continuará ocurriendo a no ser que se conozca por qué tal sector del electorado blanco (que constituye el mayor porcentaje de población perteneciente a la clase trabajadora estadounidense) votó por Trump. Sin comprender esta realidad, y sin actuar sobre las causas de este hecho, Trump y personajes como él continuarán siendo elegidos por muchos años. En realidad, en las elecciones parciales al Congreso de EEUU en los distritos en los que ha habido elecciones, los congresistas próximos a Trump han continuado ganando y todo ello como consecuencia de que aun cuando la popularidad del Presidente es baja entre la mayoría de la ciudadanía, es muy alta entre sus seguidores, una lealtad a su figura que alcanza cifras récord de más de un 90% de sus votantes. En la última encuesta sobre popularidad del Presidente Trump, publicada en el New York Times (14 de enero de 2018), el dato más llamativo es que mientras su popularidad está descendiendo en grandes sectores de la población, permanece en cambio enormemente alta entre los que lo votaron. Y aquí está el dato más importante que se ignora constantemente. De ahí que la pregunta más importante que debería hacerse, y no se hace, es ¿por qué la mayoría de la clase trabajadora estadounidense blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) votó a Trump?

 
¿Por qué ganó las elecciones el candidato Trump?

 

La respuesta a esa pregunta es, en realidad, sumamente fácil de responder si uno analiza lo que ha ido pasando en EEUU desde la elección del Presidente Reagan en los años ochenta, con el surgimiento y expansión del neoliberalismo (que es ni más ni menos que la ideología de la clase corporativa –The corporate class– formada por los propietarios y gestores de las grandes empresas del país) y que se ha convertido en dominante, no sólo en los círculos financieros y económicos, sino también en los círculos políticos y mediáticos que aquéllos dominan, controlan e influencian. El eje de las políticas públicas neoliberales es, ni más ni menos, un ataque frontal al mundo del trabajo, políticas que han sido enormemente exitosas (no para la mayoría, sino para la élite beneficiada). El mejor dato que ilustra este hecho es que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo ha ido descendiendo de una manera muy marcada en EEUU desde 1979, pasando de representar un 70% de todas las rentas en 1979, a un 63% en 2014. Este descenso ha sido a costa de un enorme aumento en las rentas derivadas del capital durante el mismo período.

Este descenso de las rentas del trabajo no habría podido ocurrir sin el cambio del Partido Demócrata (partido que se definía en los años treinta del siglo XX como el Partido del Pueblo), el cual, a partir del Presidente Clinton, se convirtió también en partido neoliberal (pasando a ser la versión light del neoliberalismo del Partido Republicano). Clinton fundó la Tercera Vía, reproducida por Tony Blair en el Reino Unido, Schröder en Alemania y Felipe González en España. (ver mis artículos Tony Blair y el declive de la Tercera Via, Sistema, 16.11.12, y Blair, Zapatero, la Tercera Vía y el declive de la socialdemocracia, Público, 20.01.14).

 

Los cambios en el Partido Demócrata

 

Esta reconversión implicó el distanciamiento de la clase trabajadora blanca hacia el Partido Demócrata. Subrayo blanca, porque la raza juega un papel clave en la vida política en EEUU. El Partido Demócrata había sido el instrumento de las clases populares frente al mundo empresarial representado por el Partido Republicano. Pero el acercamiento del Partido Demócrata al mundo empresarial, diluyó esta relación e identificación de manera tal que las políticas públicas del Partido Demócrata se distanciaron más y más de su intervencionismo con sensibilidad de clase social, orientándose más y más a la integración de los sectores discriminados -minorías y mujeres- en la estructura de poder. De esa manera, las políticas identitarias pasaron a ser las que establecieron los parámetros del conflicto, entre las derechas, en contra de tales políticas y las izquierdas, a favor de ellas. La victoria del Presidente Obama, un afroamericano, era una victoria de estas políticas identitarias. Para culminar su éxito, solo faltaba la victoria de Hillary Clinton, una mujer. Pero tanto la izquierda como la derecha institucional gobernante aplicaron políticas de clase (políticas neoliberales) que afectaron negativamente al bienestar de las clases populares (la mayoría de las cuales pertenecen a la raza blanca), hasta tal punto que la esperanza de vida de la clase trabajadora blanca ha ido disminuyendo como consecuencia de un gran deterioro de su calidad de vida.

Es, pues, lógico y predecible que las clases populares de raza blanca se rebelaran y apoyaran a los candidatos antiestablishment (Bernie Sanders y Donald Trump). Bernie Sanders, socialista, y Trump, un personaje de ultraderecha. En la presentación de la realidad electoral estadounidense se ignora u oculta que la gran mayoría de las encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado las elecciones a Trump en el caso de que hubiese ganado las primarias del Partido Demócrata. El establishment del Partido Demócrata, sin embargo, lo destruyó, consiguiendo que no fuese electo en esas primarias, ganando en su lugar Hillary Clinton, la persona que representa el establishment político de Washington, del cual ha sido figura prominente desde que su esposo ganó las elecciones a la Presidencia en el año 1992. Su elección en las primarias del Partido Demócrata dejó a Trump como única alternativa para canalizar el enfado contra el establishment político-mediático.

 

¿Qué está pasando en la Casa Blanca? ¿Una situación crítica debido a un personaje supuestamente temperamental o en conflicto profundo entre las bases del trumpismo y el nuevo establishment constituido por el capital financiero y especulativo?

 

Esta alianza del movimiento antiestablishment (predominantemente de clase trabajadora y clases medias de renta baja) con amplios sectores del capital financiero y especulativo, profundamente contrarios al gobierno federal, se tradujo en una gran diversidad de sensibilidades políticas dentro del equipo Trump en la Casa Blanca, que ha generado una percepción de desorden que, en realidad, era el conflicto entre aquellos que representaban el movimiento antiestablishment liderado por el ideólogo de la altamente exitosa campaña electoral del candidato Trump, Steve Bannon, y los que representaban los intereses del capital financiero, liderados por Gary Cohn, que fue presidente de Goldman Sachs (y que dirige el equipo económico de la Casa Blanca y que es, por cierto, del Partido Demócrata) y el sector inmobiliario (que dirige su yerno Jared Kushner). Ese conflicto se resolvió con la victoria del capital financiero e inmobiliario sobre los representantes del movimiento antiestablishment, cuando Steve Bannon tuvo que salir de la Casa Blanca. Es sintomático que cuando se dio la noticia, la bolsa situada en Wall Street la aplaudiera a rabiar.

Bannon había sido el ideólogo del movimiento que promovió Trump en las primarias, movimiento que tiene una ideología racista y machista extrema, que utiliza una narrativa, un lenguaje y un discurso claramente de clase, denunciando la situación más que preocupante del deterioro del bienestar de la clase trabajadora (y muy en especial del sector manufacturero) que se ha visto afectada muy negativamente por la movilidad de los sectores industriales a otros países, facilitada por los Tratados de Libre Comercio, apoyados tanto por el Partido Demócrata como por el Partido Republicano. El abandono del Partido Demócrata de políticas de sensibilidad de clase a favor de las clases populares, centrándose en su lugar en las políticas de identidad, favoreció el apoyo de las clases populares a la ultraderecha. Bannon lo subrayó explícitamente cuando declaró en una ocasión que la mejor estrategia para su movimiento era que “el Partido Demócrata ponga todo su énfasis en los temas identitarios, y nosotros nos centraremos en los temas económicos de clase”. Como bien decía Gideon Rachman, responsable de asuntos internacionales del Financial Times: “Bannon deseaba que se reproduzca el racismo y la guerra entre las clases populares blancas y el Estado federal, presentado como controlado por los globalistas a nivel internacional y por las minorías a nivel doméstico” (Financial Times, 23.08.17, pag.9). Esta era la visión de Bannon. Para Bannon era importante facilitar que los demócratas se centren en la paridad de raza y género, permitiéndoles a él y al Partido Republicano centrarse en el mejoramiento económico de las clases populares, utilizando para ello un discurso parecido al de “la lucha de clases” de antaño. Y aunque Bannon ha sido expulsado del establishment trumpiano, su ideología permanece popular entre amplios sectores de la clase trabajadora blanca estadounidense.

De ahí que lo que las fuerzas progresistas deberían hacer en EEUU es romper esta dicotomía raza o clase social, para convertirla en raza, género y también clase social. Pero ello requiere un redescubrimiento de la importancia de las categorías de clase social que no se detecta por parte de la dirección del Partido Demócrata. En realidad, tal dirección llegó incluso a acusar al candidato Sanders de “racista” porque, aunque no ignoraba la necesidad de corregir la discriminación de raza, se centraba en temas como la explotación de clase social. Esta relación entre discriminación de raza y género y explotación de clase es esencial para que las izquierdas en EEUU vuelvan a recuperar su poder (y su proyecto histórico). Como ha ocurrido en la mayoría de países europeos, el triunfo de la ultraderecha ha sido precisamente consecuencia del abandono por parte de los partidos de izquierda de su orientación y servicio a las clases populares, acercándose más y más a la clase corporativa (The Corporate Class), estableciendo una complicidad con ella, creándose un vacío que ha llenado la ultraderecha. El caso de Francia, con el gran apoyo a la ultraderecha por parte de la clase trabajadora, es el más significativo pero no es el único en Europa.

 
Por qué el Partido Demócrata tiene un problema grave

 

Es importante señalar que este desplazamiento hacia la derecha de tales partidos, incluido el Partido Demócrata, ha ido acompañado con un cambio en su lenguaje, dejando de hablar de y a la clase trabajadora (que tal Partido asume que ha desaparecido) y hablar de y a las clases medias (que asumen erróneamente que han sustituido a la clase trabajadora). Es muy común oír entre dirigentes de izquierda que la clase trabajadora está desapareciendo objetivamente y/o subjetivamente, al considerarse a sí misma como clase media en lugar de clase trabajadora. Los datos, sin embargo, no avalan tal supuesto. Según la encuesta más detallada de la estructura social de EEUU, The Class Structure of the United States, realizada a principios de este siglo XXI, hay más estadounidenses que se definen clase trabajadora que clase media. Lo que ocurre no es que la clase trabajadora haya desaparecido sino que, desencantada con el sistema político, se ha ido absteniendo, con el resultado de que la mayoría de tal clase no participa en las elecciones, con lo cual, los partidos de izquierda, en lugar de intentar revertir esta abstención (lo cual requeriría unas propuestas electorales más radicales) se centran en las clases medias, compitiendo con los partidos de derecha y de centro para conseguir su respaldo. De ahí surge el apoyo electoral por parte de la clase trabajadora a las ultraderechas que con su mensaje antiestablishment van movilizando a estos sectores populares. En realidad, es muy fácil entender lo que pasa en EEUU y en Europa, aunque raramente se explica en los mayores medios de información y persuasión.

 

La adaptación del discurso de la ultraderecha al discurso que solía ser de izquierdas

 

Un análisis de las ultraderechas, como el candidato y ahora Presidente Trump, muestra que ha copiado bastante el discurso y las propuestas de las izquierdas, tales como la oposición al libre comercio, que tenía muy poco de “libre” y mucho de apoyo a las grandes empresas; su énfasis en una gran inversión en la infraestructura del país (hoy muy en decaída); el rechazo a los programas sociales dirigidos directamente a las poblaciones pobres, sustituyéndolo por programas supuestamente universales; el fin de la confrontación con la antigua Unión Soviética (con el acercamiento entre Trump y Putin, deseado por ambos), entre otros, son ejemplos de ello. Tales propuestas se acompañan de un discurso de confrontación con el establishment federal que se presenta como instrumentalizado por la clase corporativa. Este discurso recuerda componentes del nacionalsocialismo (la manera académica de definir el nazismo) que dominó en la mayoría de países europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Esta dimensión supuestamente “socialista” es lo que explica que algunos sectores de la federación de los sindicatos mayoritarios de EEUU, AFL-CIO, hayan aplaudido algunas de las propuestas de la administración Trump, como ha sido la de invertir en la infraestructura del país.

El discurso casi “obrerista” de Trump contrasta, sin embargo, con la manera cómo piensa aplicar sus propuestas, todas ellas profundamente anti-Estado federal. Es este anti-Estado lo que constituye la mayor diferencia entre él y el nazismo, y donde aparecen más claramente los intereses del sector especulativo (no productivo) del capital. Su programa de invertir en la infraestructura del país, por ejemplo, es un enorme subsidio público a las grandes empresas constructoras que recibirán enormes ayudas públicas para el usufructo privado, privatizando, por ejemplo, las carreteras públicas, que pasarán a tener sistemas de peaje de beneficio privado. Esta inversión de un trillón de dólares (que es de un billón de dólares en la contabilidad europea), de la que Trump habla, será financiada a base de bonos privados, subvencionados por el Estado. Sería la privatización más masiva que haya jamás existido en EEUU. Y un tanto igual en cuanto a la posición universal de los servicios sanitarios (que no existe, y que Obama no resolvió con su programa Obamacare de financiación sanitaria). Trump tampoco lo resolverá. En realidad, lo empeorará, al eliminar programas para poblaciones pobres (de las cuales la gran mayoría son blancos), sin expandir los derechos sanitarios de la población, sumamente limitados. Trump reducirá todavía más los derechos sociales, laborales y políticos, garantizados hoy por el gobierno federal, desmantelando el ya muy insuficiente Estado del Bienestar estadounidense. Será, en muchas maneras, el nacionalismo libertario la ideología real detrás de las políticas de Trump, que por cierto, encaja bien con la cultura individualista que está en el centro de la cultura popular en EEUU. Y de ahí su gran atractivo en sectores populares. Ese es el gran drama político que existe hoy en EEUU. Trump, como expresión máxima del americanismo nacionalista libertario, está, mediante un lenguaje obrerista, nacionalista, racista y machista, movilizando a sus bases a fin de mantenerse en el poder. Y todo ello debido al abandono, por parte de las supuestas izquierdas, de los valores de solidaridad y justicia social que las habían caracterizado y que habían generado su gran apoyo electoral hoy desaparecido. Así de claro.

 

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Putin y Trump en su reunión del G-20 en julio. EFE

 

En su primer año en la Casa Blanca, el presidente de EEUU se estrelló con la realidad de las diferencias estratégicas entre ambos países

“Al igual que un buen agente, Putin maneja a Trump con cuidado como un activo potencialmente valioso, ya que Trump sigue señalando que podría estar abierto a una gran negociación con Rusia”, opina Vladímir Frolov

 

El primer año de la presidencia de Donald Trump, dejó la relación entre Rusia y Estados Unidos peor que en los tiempos de Obama. Las promesas del magnate neoyorquino sobre “enmendar” el vínculo entre las dos potencias, se esfumaron antes de que pusiera un pie en la Casa Blanca.

El Kremlin no perdió las esperanzas, pero sabe que el establishment de Washington juega en contra de mejorar las relaciones. El diálogo con la OTAN, las sanciones contra Rusia, la guerra en Siria y el conflicto en Ucrania, que constituían los principales desafíos de la agenda internacional, solo sirvieron para profundizar las diferencias.

El deterioro del vínculo comenzó en diciembre de 2016, semanas antes de que Donald Trump jurara su cargo. La CIA y el FBI hicieron público un informe sobre la presunta injerencia de Moscú en la campaña de las elecciones presidenciales para beneficiar al empresario. Estaba respaldado con algunos indicios pero pocas pruebas contundentes. Muy pronto el Departamento de Justicia inició una investigación sobre una posible colaboración entre el círculo de Trump y el Kremlin. A causa de un contacto en la campaña con el embajador ruso en Washington, el fiscal general, Jeff Sessions, decidió recusarse más tarde sobre cualquier asunto de esa investigación, lo que provocó la furia de Trump y el distanciamiento entre ambos.

Unos semanas después, Trump perdió a su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, que dimitió tras haber confesado que ocultó un encuentro con el embajador ruso en Washington días antes de que Trump asumiera su cargo.

Trump inició su Administración asediado por las sospechas de la colaboración rusa, y en condiciones que le dejaban poco margen para reencauzar el vínculo. Le resultó imposible rectificar la decisión de echar a una treintena de personal ruso de la embajada que tomó Obama antes de concluir su mandato.

El Kremlin negó cualquier intervención durante las eleciones presidenciales de Estados Unidos, se cuidó de criticar directamente a Trump, y apuntó todos sus dardos contra el establishment de Washington, a quien acusaba de seguir pensando con la mentalidad de la guerra fría.

 
Los generales de Washington


Lo cierto es que las posiciones antirrusas también surgieron del propio Gabinete de Trump. Primero con el peso que ganó el secretario de Defensa, el general retirado James Mattis, y luego con el nombramiento de otro exgeneral, H.R. McMaster, para sustituir a Flynn al frente del Consejo de Seguridad Nacional.

Mattis y Master son dos militares conservadores, cuyo punto de vista difiere del expresado por Trump, sobre todo respecto a Rusia. Desde su desembarco en el gobierno, ambos han marcado el pulso de la política exterior de Washington en asuntos cruciales como la guerra de Siria, el conflicto de Ucrania y el reforzamiento de la OTAN frente a Moscú.

La revista The New Yorker resumía así su influencia: "En menos de tres meses en el cargo, Trump denunció el apoyo de Rusia a Siria, reafirmó el compromiso estadounidense con la OTAN y abrazó a China, a quien previamente había acusado de manipular su moneda".

El 29 de junio, James Mattis se presentó en la sede de la OTAN en Bruselas y no dejó dudas sobre el desafío que representa Moscú. Ante los demás ministros de Defensa, señaló que las principales amenazas que enfrentaban eran Rusia y el terrorismo (en ese orden).

Cuando Trump cumplió sus primeros seis meses en la Casa Blanca, las esperanzas rusas de un acercamiento entre las dos potencias comenzaron a evaporarse. Uno de los pocos recursos que aún consideraba el Kremlin era el esperado encuentro cara a cara entre los dos presidentes.

La reunión se produjo a principios de julio dentro del G-20 en Hamburgo. Dos horas de reunión en un marco generalizado de histeria. Los dos presidentes exhibieron la química que habían expresado en conversaciones telefónicas previas, sobre todo por parte de Trump, que había elogiado en la campaña al presidente ruso.

El encuentro se limitó a un anuncio de un alto el fuego simbólico en Siria y la promesa de abordar la crisis del sur este ucraniano, pero algunos medios, sobre todo rusos, renovaron las expectativas de un entendimiento.

Un mes más tarde, la realidad volvió a imponerse. Contra su voluntad, Trump aprobó un duro paquete de sanciones contra Rusia, acordado por demócratas y republicanos en el Congreso como respuesta a la supuesta injerencia rusa. Trump afirmó en Twitter que la relación se encontraba en “el peor y más peligroso nivel” y acusó a los congresistas de perder el tiempo con ese tema cuando deberían estar anulando la reforma sanitaria aprobada en tiempos de Obama.

A lo largo de todo el año, Trump insistió que sólo los estúpidos y los miserables podían negar que era conveniente tener mejores relaciones con Rusia: "Quiero solucionar Corea del Norte, Siria, Ucrania y el terrorismo, y Rusia puede ser de gran ayuda".

 
Siria y Ucrania profundizan las diferencias


Los segundos seis meses de la Administración de Trump, no fueron mejores para la relación con Rusia. Sobre todo, por los desencuentros en torno a la guerra en Siria y el conflicto en Ucrania.

En el primer caso, Washington y Moscú libraron cada uno su propia batalla sin ningún tipo de alianza ni colaboración. Cada uno respaldaba a bandos diferentes. Ambos atacaron a ISIS hasta su eliminación como fuerza combatiente, pero sin coordinación.

“No existe una agenda común en Siria y no hay confianza ni cooperación para evitar colisiones aéreas directas”, afirma Fiodor Lukianov, director del Club Valdái, el principal órgano de discusión política de Rusia.

 

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Bashar al Asad y Vladímir Putin, en una reunión en Sochi. PRESIDENCIA DE RUSIA

 

Tampoco existe una agenda común ahora que la guerra se acerca a su fin. En la última reunión del año que se celebró en Astaná, el enviado del Kremlin para Siria, Alexander Lavrentiev, afirmó que “cualquier razón citada por los estadounidenses para justificar su presencia militar (en Siria) son solo excusas”, y su presencia “debe concluir”.

Washington no está planeando ninguna salida. En los últimos días de diciembre, Mattis afirmó que las fuerzas militares estadounidenses permanecerán en Siria “mientras los combatientes del Estado Islámico quieran combatir, y para prevenir el regreso de un ISIS 2.0”.

Para Lukianov, la guerra en Siria ha demostrado que “no hay relación entre Moscú y Washington, como mucho mutua cautela”. Durante el primer año de la gestión de Trump, “Rusia se convirtió en un asunto de política interna en Estados Unidos, y las pocas posibilidades de una mejora en las relaciones finalmente desaparecieron”.

La crisis en Ucrania ha seguido un derrotero similar. Las diferencias comenzaron en junio cuando Washington eligió al halcón Kurt Volker como representante para las negociaciones con Rusia. Volker había sido asesor del senador de Arizona, John McCain, enemigo declarado de Putin y después embajador en la OTAN. En una comparecencia en el Senado, Volker había declarado que Rusia buscó “derrumbar el orden de Europa postguerra fría redefiniendo los límites fronterizos a través de la fuerza militar”.

A poco de asumir su cargo, Volker planteó en una entrevista en BBC la idea de proveer armamento a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Rusia reaccionó enseguida: el presidente Putin afirmó que “entregar armas a una zona en conflicto no conduce a la paz, sino que agrava la situación”, y advirtió que las fuerzas del Donbás (este de Ucrania) “podrían enviar las armas que ellos tienen a otras zonas en conflicto”.

En septiembre, Rusia propuso al Consejo de Seguridad desplegar una fuerza de la ONU en la línea de separación entre el Ejército de Ucrania y las milicias prorrusas del Donbás. La oferta quedó en el aire cuando Washington respondió que el despliegue debería ser en la frontera entre Rusia y Ucrania. Una propuesta imposible de digerir para el Kremlin, que vería impedida su única vía para abastecer directamente al Donbás.

Finalmente, en la víspera de Nochebuena, el Pentágono confirmó la decisión de entregar armas a Ucrania. Días después, Moscú anunció que enviará a la península de Crimea dos unidades del sistema antimisiles S-400.

“Con la decisión de Estados Unidos de vender armamento letal a Kiev, se consiguió empeorar la relación comparado con los años de Obama”, afirma Vladímir Frolov, uno de los analistas de política internacional más consultados de Rusia. “Lo único que conserva algo de potencial para Moscú es la idea de los pacificadores (de la ONU), pero el Kremlin deberá decidir si ha tenido ya suficiente con el Donbás o si quiere una salida que le permita salvar la cara”, agrega.

En general, “la relación empeoró, no se acuerda en nada importante, y ambos países siguen viéndose como adversarios estratégicos”, concluye Frolov.

 

Las esperanzas del Kremlin en Trump


Aunque es evidente que el vínculo se deterioró con Trump, el Kremlin se ha mantenido en la misma posición de concentrar sus reproches exclusivamente contra el Congreso de Estados Unidos y la élite de Washington. Según Frolov, no es casual: “Al igual que un buen agente, Putin maneja a Trump con cuidado como un activo potencialmente valioso, ya que Trump sigue señalando que podría estar abierto a una gran negociación con Rusia”.

De todas maneras, no habría que esperar demasiado: “La nueva doctrina de seguridad nacional es un triunfo de los escépticos de Rusia en Washington”.

 

 

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La diplomacia de EU, Rusia y China ha evitado una guerra nuclear en la península coreana

 

Son pocas las buenas noticias, como el plausible diálogo de las dos Corea bajo el espíritu olímpico de invierno, en medio del profundo caos global provocado por la decadencia de EU y el clásico llenado de sus vacíos geoestratégicos por Rusia y China (https://goo.gl/CuAiv3).

Vale la pena escuchar las declaraciones de los tres mandatarios supremos del planeta en referencia a la distensión de las dos Corea y al arranque de sus negociaciones después de dos años de parálisis –curiosamente: un año que correspondió a Obama y otro a Trump.

Llama profundamente la atención que los geoestrategas chinos y rusos admitan en forma realista el rol primordial de EU que, por lo menos, no ha torpedeado el espectacular acercamiento entre Pyongyang y Seúl, cuya reunión desembocó en varios notables acuerdos: la participación de Norcorea en los Juegos Olímpicos del 9 de febrero en Sudcorea a 38 kilómetros de la transfrontera; el aplazamiento de los ejercicios militares conjuntos de Sudcorea y EU; y el cese de pruebas nucleares y misilísticas de Norcorea.

A juicio de Wang Sheng –profesor de la Universidad Jilin– “Norcorea siguió el objetivo de probar armas nucleares y misiles como moneda de cambio (bargaining chip) para forzar a EU a negociar” (https://goo.gl/Uf5t8U).

Wang Sheng aduce que Norcorea, atrapada en un aislamiento diplomático bajo durezas económicas, busca mejorar las relaciones con Sudcorea para obtener beneficios economicos. A su juicio, la suspensión del desarrollo nuclear armamentista de Sudcorea evita el riesgo de una guerra de EU.

Wang Sheng alaba el “éxito de la política del lúcido mandatario sudcoreano Moon Jae-in de cooperación pacífica con Norcorea y comenta que el resultado del diálogo intercoreano debe ser visto como la versión experimental del congelamiento por otro congelamiento –que justamente impulsaron China y Rusia.

En su novena llamada por teléfono al presidente sudcoreano –quien a sus 64 años ha resultado un estupendo estadista–, Trump manifestó estar abierto a charlas directas (¡mega-super-sic!) con Norcorea en el momento apropiado, bajo las circunstancias adecuadas.

El mandatario sudcoreano también expresó su disposición a reunirse con su homólogo norcoreano cuando se cumplan las condiciones.

Dejo de lado las amenazas de The Wall Street Journal (08/01/18) y la estrategia de nariz sangrienta de golpes militares limitados contra Norcorea por EU.

Por su parte, el mandarín chino Xi Jinping también habló por teléfono con el presidente Sudcoreano y expresó su pleno apoyo al diálogo intercoreano, así como a su reconciliación y cooperación (https://goo.gl/imMKS5).

El zar Vlady Putin afirmó que el mandatario norcoreano Kim Jong-un obviamente (sic) ganó este round y comentó que Kim era un político hábil y maduro” a sus 34 años.

A juicio del zar Vlady –uno de los máximos geoestrategas del siglo XXI junto al mandarín Xi Jinping–, Kim Jong-un completó su objetivo estratégico: posee el arma nuclear, tiene misiles de alcance global (¡mega-súper-sic!), hasta de 13 mil kilómetros que pueden alcanzar casi cualquier punto del planeta. Putin refirió además que el mandatario norcoreano desea tranquilizar la situación.

El zar Vlady es todavía más hábil al puntualizar los alcances misilísticos de Norcorea, sin citar obviamente a Estados Unidos (https://goo.gl/9iPYWq).

Quizá la muy capaz diplomacia rusa, que sabe calibrar los alcances misilísticos retóricos de Trump, haya aconsejado al juvenil mandatario norcoreano de que había llegado el tiempo de negociar con sus hermanos de Sudcorea, lo cual puso en desventaja las fanfarronadas de Trump, quien había amenazado borrar de la faz de la tierra a Norcorea.

Cada vez se asienta más la deliberada doble personalidad disociativa de Trump –quien un día opera como el bondadoso doctor Jekyll y otro día como un transformado maldito Hyde después de haber ingerido su poción bélica–, para confundir a su contraparte cuando estira la liga al máximo para negociar en óptimas condiciones y luego ceder en el punto idóneo después de haber obtenido un mínimo de concesiones, de acuerdo a su manual El Arte de Negociar (https://goo.gl/ZPtDvR).

Después de haber recibido a la primer ministro de Noruega Erna Solberg, Trump declaró sorprendentemente que colaborar con países, sea Rusia, (sic) o China (sic) o India (nótese la secuencia), o cualquiera de los países que rodean este mundo, es una muy buena cosa. No es una mala cosa.

Dejo de lado el primitivismo lingüístico de Trump, pero no deja de inquietar su perturbador maniqueísmo donde no caben ni matices ni sutilezas.

El analista Jin Xiangdong, de la Universidad Xiamen, arguye que para la erradicación total de las tensiones en la península coreana se requiere la voluntad de EU que no está interesado en acabar con las tensiones: “ninguna de las partes desea iniciar una guerra, incluyendo EU. Sin embargo, la paz (sic) en la península coreana no se encuentra en la agenda de Washington, puesto que, en ese caso, EU perdería el pretexto de consolidación con sus aliados, Sudcorea y Japón, contra China, por lo que no habría justificación alguna para la presencia de EU en Sudcorea, además de que EU perdería un inmenso mercado de venta de armas si se resuelve la crisis (https://goo.gl/ZREXWd)”.

Tal es el flagrante caso de la venta del sistema misilístico balístico de defensa (THAAD, por sus siglas en inglés) por EU a Sudcorea, obligada a comprar por mil millones de dólares.

Cada crisis candente y/o mayúscula, como el contencioso de la península coreana, tiene su propia resolución y sus propios actores, en diferentes sincronías y circunstancias geopolíticas.

A reserva de conocer los detalles que empujaron a dialogar a las dos Corea, dada la situación imperante de caos global que legó Obama y que exacerbó Trump,

Es notorio que la participación in extremis de China y Rusia evitaron que Trump apretara el botón nuclear que alardeó ser de mayor tamaño que el de su contrincante retórico de Norcorea.

Insisto: pese a las jeremiadas de Trump, todavía no emprende la guerra que ha marcado en fechas recientes a cada presidente de EU.

El peligro de una guerra con sello trumpiano es probable que se deba a dos consideraciones: las fuertes presiones de su yerno talmúdico Jared Kushner, ligado al eje de Bibi Netanyahu/Sheldon Adelson, para librar una guerra contra Irán; y la descomposición doméstica que le obligue a buscar una justificación bélica para sortear tanto la elección de noviembre como sus avatares judiciales y legislativos (https://goo.gl/CXVEoi).

La “colaboración (Trump dixit)” de las tres superpotencias –EU/Rusia/China– ha llevado a la distensión (détente) en la península coreana y puede servir de modelo de aplicación en otros frentes cuando y donde colisionen sus intereses, en sus esferas de influencia.

Queda enterrado el difunto formato hexapartita cuando la bilateralidad de las negociaciones entre las dos Coreas han sido lubricadas por el esquema tripolar, donde quedó marginada la belicosa Japón.

Hasta hoy la diplomacia tripolar de EU/Rusia/China ha evitado una guerra nuclear en la península coreana.

 

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El presidente Donald Trump junto al legislador demócrata Steny Hoyer de Maryland discuten los caminos para aprobar una reforma migratoria integral

 

Alex Newman del portal NewAmerican –del grupo de extrema derecha John Birch Society– expone la advertencia del influyente cabildero del Partido Republicano, Roger Stone –confidente del polémico presidente y quien se atribuye haberlo lanzado a la política–, sobre el plan C del Deep State (Estado Profundo) y su cábala globalista para asesinar a Trump (https://goo.gl/iXgRdp).

Roger Stone formó parte de los equipos de campaña de Richard Nixon, Ronald Reagan, y el senador Bob Dole, y alardea conocer como nadie a Trump: es tan rico que no necesita a George Soros ni a los Warburgs ni a los Rothschild. Trump amenaza el poder del Deep State cuando el duopolio bipartidista ha destrozado a EU con los Bush y los Clinton colaborando juntos en una ininterrumpida familia criminal (sic).

A juicio de Stone, el plan A del Deep State está haciendo agua cuando utiliza al fiscal especial Robert Mueller, vinculado obscenamente a los Bush, ya que no ha podido demostrar evidencia alguna sobre la etérea colusión rusa. A grado tal que el polémico profesor de leyes de Harvard, el israelí-estadunidense Alan Dershowitz –cercano al Partido Demócrata e implicado en redes de pedofilia con Bill Clinton (https://goo.gl/3J5Ds4)–, juzga que Mueller ha rebasado sus límites (https://goo.gl/36yEyT).

Roger Stone fustiga la naturaleza fraudulenta de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, por lo que sin cuerpo del delito en su plan A, el Deep State elevará la puja con su plan B: aplicar la Enmienda 25 por insanidad mental de Trump (https://goo.gl/iWvYWb), objetivo del libro Fuego y furia de Michael Wolff, quien lo reconoce abiertamente (https://goo.gl/we21aT).

Los pletóricos multimedia enemigos de Trump, con fuertes nexos transatlánticos con el Partido Demócrata, ostentan en forma hilarante el “reloj de la defenestración (impeachment clock; https://goo.gl/275fFr)”, como vulgar caricatura del muy serio reloj del Día del Juicio Final atómico (https://goo.gl/SPBVp8).

Sobre la abogada rusa que se reunió con el hijo de Trump, lo cual no tiene nada de ilegal, Roger Stone expone que llegó a EU sin visa (¡mega-súper-sic!) gracias al FBI de Obama, e incluso se fotografió en los eventos de Hillary y en el despacho del senador John McCain. ¡No, bueno!

Lo más relevante del libro de marras y amarres son las declaraciones de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo (con o sin Trump), sobre el lavado de dinero del hijo mayor de Trump, Donald Jr. y de su yerno talmúdico Jared Kushner en el banco Deutsche Bank.

El pugilista congénito Trump ya pasó a la contraofensiva y ha conseguido controlar los daños del volcánico libro gracias al apoyo del Partido Republicano que lo catalogó como una sarta de chismes plagado de mentiras.

Lo real es que Trump sigue siendo el mismo, el autor Michael Wolff ha sido feamente impugnado como un procaz instrumento del Deep State, y Bannon se ha automarginado a grado tal de haberse desmentido sobre el lavado de dinero del hijo de Trump, pero, curiosamente, ha mantenido la acusación contra Jared Kushner quien ahora enfrenta una investigación de parte de la Comisión Bursátil de EU (SEC, por sus siglas en inglés) por sus pestilentes tratativas con Israel.

Bannon tenía los días contados desde que la multimillonaria familia Mercer, financiera del portal Breitbart, se deslindó de su traición contra Trump y sus familiares.

Stone considera que el plan B se está tambaleando, por lo que advierte que el Deep State pasará al ominoso plan C: asesinar a Trump, cuyo magnicidio ha sido arma disuasiva de los instrumentos del globalista George Soros, como exigió uno de sus presuntos siervos y miembro del Consejo Directivo de Televisa en un twitt que luego borró (https://goo.gl/jfJbyC) y quien pertenece al fascista Committee on the Present Danger (https://goo.gl/ET5Bgy).

Roger Stone aduce que, aunque el gabinete fuera capaz de defenestrarlo, Trump todavía podría apelar la decisión en la Cámara de Representantes.

Stone impugna a la cábala globalista de los multimedia acoplados al influyente Council on Foreign Relations (CFR; https://goo.gl/7rUhVf) y donde destaca el general H.R. McMaster, asesor de Seguridad Nacional de Trump.

Le faltó agregar que McMaster ha sido imputado de ser un ramplón operador financiado por George Soros (https://goo.gl/A6bxNC).

En forma subliminal, Roger Stone critica cierta ingenuidad de parte de Trump quien colocó a muchos globalistas del sistema en su propio gabinete y quienes están dispuestos a clavarle una daga en el corazón.

Sobre el plan C, Stone comenta: “ya lo vimos en el caso del presidente John F. Kennedy, quien hizo a un lado a la CIA y al Deep State en la crisis de los misiles en Cuba y en la Bahía de Cochinos”. Kennedy “también hizo a un lado al crimen organizado, que había financiado su campaña para presidente en Chicago y en Virginia occidental, hizo a un lado al omnipotente grupo petrolero texano, (...) y estaba combatiendo a los banqueros internacionales para restaurar por lo menos el dólar de plata, sino un dólar respaldado por oro”. ¡Pues como no lo iban a asesinar!

Roger Stone presume su libro en el que inculpa que el texano Lyndon B. Johnson fue quien asesinó a Kennedy (https://goo.gl/Hkgg93). ¡Dios Santo!

Stone también indica el intento de asesinato del presidente Ronald Reagan por la gente profundamente asociada con la familia Bush.

El connotado “guardabosques (health ranger)” Mike Adams (https://goo.gl/5hJBJa), asevera que el Deep State bombardearía una ciudad de EU para asesinar a Trump y culpar a Norcorea (https://goo.gl/1Ko8mo).

Adams juzga que la “democracia ha desaparecido debido a que el Deep State eliminará a quien le disguste”. ¡El manicomio estadunidense sin siquiatras!

Para Stone, Trump constituye un choque para el sistema, cuya elección representa la captura hostil del viejo Partido Republicano: Trump epitomiza el nacionalismo económico, que pone primero los intereses de EU y los derechos soberanos (¡súper-sic!) de los estadunidenses ante los intereses globalistas.

Para Roger Stone, quien en ningún momento cita a Bannon, Trump es un verdadero estadunidense, un patriota, es un ferviente creyente en EU y también en la superioridad estadunidense, en su excepcionalísmo, y es un creyente en la soberanía (sic) de EU.

Stone considera que es muy fácil malinterpretar la profunda enemistad y odio que sienten los globalistas y los políticos tradicionales por el presidente como también subestimar su decisión para derrocarlo ya que Trump es una figura antisistema, cuya independencia y rechazo al status quo aterroriza a las élites.

Por cierto, los demócratas contemplan introducir la Enmienda del Genio Estable con el fin de que los candidatos a la Presidencia pasen pruebas de salud mental (https://goo.gl/WPzi66).

Curiosamente, desde hace un cuarto de siglo propuse, en un mitin masivo en el Zócalo, practicar exámenes de salud mental a los candidatos a la Presidencia de México, por supuesto.

El manoseo político de la salud mental es un juego muy peligroso de doble filo ya que muchos países se podrían quedar sin presidentes y sin Congresos.

 

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Lunes, 08 Enero 2018 07:50

Annus horribilis/mirabilis

Tarana Burke, fundadora de #MeToo, movimiento de denuncia contra el abuso, el hostigamiento y la intimidación sexual que está haciendo temblar a hombres poderosos. La imagen es de octubre del año pasado

 

Fue un año espantosamente horrible (perdón, se necesitan ambas palabras juntas para intentar capturar un tantito de esta realidad) en Estados Unidos. Fue una burla de todo lo más o menos decente, un asalto contra la belleza y lo noble, un ataque contra lo más delicado y vulnerable. Fue un año en el que no sólo se agotaron los adjetivos, sino hasta las mentadas de madre (y de padre –es la era de la igualdad de género). Hasta las mismas palabras fueron atacadas para anular su sentido, borrar la verdad, lograr que no importara la diferencia entre lo falso y lo verdadero.

No se necesita otro resumen de todos los atropellos, asaltos, abusos y ataques, y mentiras oficiales del año pasado incluyendo el apoyo presidencial a supremacistas blancos con suásticas amenazando a latinos, negros y judíos, los ataques contra los medios y ni hablar de la guerra contra los inmigrantes. Casi todos en el planeta saben de la vergonzosa realidad política estadunidense con el payaso peligroso y, según cada vez más expertos, loco, en esa casa muy blanca, y casi toda la cúpula política como cómplice.

Tal vez lo más terrible al revisar el año es que esto fue tolerado, aceptado y permitido. Claro, hubo extraordinarias expresiones de repudio, protestas masivas con nuevas alianzas maravillosas, sinfonías de colores y acentos que corearon un no de costa a costa. Pero le permitieron pasar. Y ahora amenaza –literalmente con bombas nucleares o con acelerar el cambio climático– a todos dentro y fuera de este país.

Muchos nos hemos pasado el año tratando de descubrir –una vez más en la historia– cómo es posible que un payaso populista de derecha que no pocos conservadores y liberales tradicionales tacharon de fascista respaldado por algunos de los intereses más retrógrados de este país, llegó a tomar el poder. Por supuesto, entre las claves es que ésta es una de las coyunturas de mayor desigualdad económica y social, y de mayor corrupción política en la historia del país. Pero hay más diagnósticos que respuestas.

David Remnick, director de The New Yorker, resumió esta semana lo que muchos han concluido: el presidente de Estados Unidos se ha convertido en una de las principales amenazas a la seguridad de Estados Unidos. Todo muy clarito, pero entonces, ¿qué sigue?

Trump, comentaban algunos luchadores sociales en el Highlander Center, tal vez marca el fin histérico y enloquecido de ese Estados Unidos blanco e imperial que sabe que está por pasar al basurero de la historia, cediendo ante ese Estados Unidos nuevo, hecho de los colores e idiomas del mundo, y cuya juventud multirracial abiertamente repudia el capitalismo, ese concepto hasta ahora sagrado, sinónimo de libertad y democracia en el vocabulario oficial. Aún más notable es que esta nueva generación dice favorecer algo que se llama socialismo.

Varias manifestaciones de rebeldía y desafío contra el régimen del payaso se han expresado a lo largo del último año, señales de esperanza, rayitos de luz, y vale destacar dos que marcaron el primer año de la era trumpiana: las mujeres y los comediantes.

De repente, pareciera (aunque claro que fue resultado de miles de esfuerzos y luchas), que surgió un movimiento amplio y descentralizado de mujeres. Vale recordar que las Marchas de la Mujer –consideradas tal vez las manifestaciones masivas más grandes en la historia del país– inauguraron la resistencia a Trump 24 horas después de llegar a la Casa Blanca. Y de repente, pareciera, también estalló en los últimos meses algo que se bautizó #MeToo, el movimiento de denuncia de abuso, hostigamiento e intimidación sexual de mujeres (y algunos hombres) que está haciendo temblar a hombres poderosos; desde la propia Casa Blanca hasta los palacios de Hollywood, de las grandes instituciones académicas y culturales, a los medios masivos.

Una parte de esta respuesta se está expresando en el ámbito político, donde en números sin precedente miles de mujeres están explorando y ya han decido participar en contiendas electorales locales, estatales y federales generando potencialmente lo que algunos llaman un cambio sísmico. Muchas con posiciones expresamente anti Trump ya han ganado en lugares inesperados. Hoy día, las mujeres representan sólo 20 por ciento del Congreso federal; sólo una de cada cuatro es legisladora estatal y sólo seis ocupan un sitio entre las 50 gubernaturas estatales.

Por otro lado, tal vez el enfrentamiento más efectivo, constante y hasta valiente contra Trump y lo que representa, ha sido el de los bufones. Los cómicos, sobre todo los de televisión, los caricaturistas editoriales, los escritores satíricos y artistas de perfomance han sido fundamentales en evitar la imposición de lo absurdo, y han encabezado con otros el movimiento para evitar que el trumpismo sea normalizado. Aunque no existe un movimiento encabezado por bufones –algo que ni desean–, sí logran revelar a públicos masivos todos los días que el emperador está desnudo (y feo), tarea esencial en la defensa de los principios democráticos.

Las innumerables luchas por la dignidad, y las nuevas y viejas alianzas tan necesarias, se ven por todo el país: encuentros entre jóvenes inmigrantes, indígenas estadunidenses, veteranos de guerra disidentes y Black Lives Matter; musulmanes, judíos y latinos cargando las mismas pancartas, nuevas constelaciones creadas con las diásporas del movimiento en torno a la candidatura de Bernie Sanders y crecimiento de partidos progresistas independientes, janitors en Stanford y trabajadores de lecherías de Vermont, y jornaleros en Immokalee, contando historias colectivas, historiadores que recuerdan cuentos parecidos de resistencia y cambio hace un siglo, sólo que en otros idiomas, y las sorpresas que guardan los estudiantes sin pedir permiso.

A pesar de ese annus horriblis pasado, aquí están presentes todos los elementos para hacer de 2018 un annus mirabilis (año maravilloso). Pero para lograrlo, uno no puede quedarse de observador ni guardar silencio, advierten los Martin Luther King, Einstein, Woody Guthrie y otros sabios de este país. (¿Y a poco no aparenta ser más inteligente esta columna al incluir tres palabras en latín?)

 

 

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ortada del libro que saldrá este viernes a la venta (ya es primer lugar en Amazon) y que ha sacudido a la Casa Blanca por ofrecer la imagen de una presidencia de Donald Trump disfuncional y caótica

 

Nueva York.

Donald Trump está intentando suprimir la publicación de un libro que ofrece la imagen de una presidencia disfuncional y caótica, volumen que ha sacudido a la Casa Blanca aun antes de salir a la venta, mientras el magnate ofrece regalos al sector petrolero, procede con la desregulación del sector privado e intensifica el conflicto con Pakistán.

Esta mañana un abogado de Trump envió cartas al autor y al director de la editorial del libro Fire and Fury: Inside the Trump White House, solicitando cesar y desistir de publicar el libro y/o fragmentos, y exigiendo una disculpa por las afirmaciones falsas contra el presidente, con la amenaza de demandarlos y solicitar compensaciones monetarias por daños.

En respuesta, la editorial, Henry Holt & Co, y el autor Michael Wolff, adelantaron la puesta en venta del libro para este viernes. Lo pueden comprar (y leer) mañana. Gracias, Sr. Presidente, tuiteó Wolff (el libro ya ocupa el primer lugar en Amazon).

Algunos extractos ya fueron difundidos y han ocupado las primeras planas (primero en The Guardian), lo cual ha provocado la ira de Trump.

El libro, que estaba programado para salir a la venta la próxima semana, cita extensamente al ex jefe de estrategia política y asesor íntimo de Trump, Steve Bannon, quien calificó de traición la reunión del hijo de Trump y su yerno Jared Kushner con funcionarios rusos durante la campaña en 2016, sugirió que seguramente estos rusos se vieron también con el entonces candidato y pronostica que Donald júnior y Kushner serán acusados de lavado de dinero y otros delitos al concluir la investigación federal sobre la posible colusión rusa con la campaña de Trump.

En respuesta, el miércoles Trump fustigó en una declaración a su viejo asesor y afirmó: nunca tuvo nada que ver conmigo o mi presidencia, y remató: ha perdido la razón. Este jueves, se envió la demanda para frenar la publicación del libro que la Casa Blanca acusa de estar repleto de falsedades y engaños. El abogado que Trump contrató para este caso es Charles Arder, prominente en casos de libelo, quien hasta hace poco representaba al productor de cine Harvey Weinstein, quien cayó en desgracia cuando decenas de mujeres lo denunciaron tras décadas de abuso sexual.

Algunos fragmentos del libro ofrecen un vistazo que oscila entre una telenovela de segunda, cruzada con una versión de secundaria de Juego de Tronos, protagonizada por un presidente patético y su corte aún peor. Entre algunos otros puntos –más allá de lo de Bannon– que se han divulgado:

El presidente es calificado en el libro de idiota, tonto de mierda e imbécil de la chingada por algunos de sus principales asesores y funcionarios, y hasta algunos amigos cercanos. Cita a un amigo multimillonario del presidente que declara que Trump no sólo está loco, es estúpido.

Bannon y la hija de Trump, Ivanka, y su esposo Kushner, constantemente intercambiaban insultos en reuniones con el presidente.

Ivanka deseaba ser la primera presidenta del país; Bannon también pensaba llegar a la Casa Blanca.

Melania Trump estaba llorando y no eran lágrimas de felicidad tras el triunfo el día de las elecciones.

Trump duerme solo en una recámara separada, y ordenó que nadie tocara su cepillo dental (parte de su paranoia de que será envenenado).

Trump no tenía idea de que ganaría la elección y no mostró ningún interés en prepararse para ser presidente. Wolff escribe que “Trump no leía (...) si algo estaba impreso era igual a que no existiera. Algunos creían que en la práctica él no era más que un semialfabeto (...) No sólo no leía, no escuchaba”.

En su artículo en el Hollywood Reporter esta semana, Wolff afirmó que después de entrevistar y observar al equipo de Trump a lo largo de casi un año, es que “todos –el 100 por ciento– llegaron a creer que él (Trump) era incapaz de funcionar en su chamba”.

Wolff, periodista veterano que ha escrito para varias revistas, periódicos y una biografía de Rupert Murdoch, señala que sus fuentes incluyeron no sólo a Bannon, sino al propio presidente y a la mayoría de su personal de alto rango.

Una amplia gama de Washington está siguiendo este nuevo episodio que sólo ha alimentado la sospecha de que hay problemas mentales en la Casa Blanca. De hecho, la vocera Sarah Sanders tuvo que responder este jueves a esa cada vez más amplia sensación, al afirmar que las preguntas sobre la salud mental del presidente son vergonzosas y ridículas.

Esto no es normal. Una república bananera estaría avergonzada, tuiteó el columnista Nicholas Kristof, del New York Times, en referencia a la respuesta de la Casa Blanca al tema del libro.

 

Euforia en Wall Street

 

En otros frentes, el gobierno de Trump suspendió hoy casi toda la asistencia de seguridad a Pakistán por lo que, afirmó, es su falta de actuar más contra agrupaciones terroristas. El monto congelado podría ser de más de mil millones de dólares, aunque no se precisó la cifra. Washington ha otorgado más de 30 mil millones a Pakistán en los pasados 15 años.

En el frente interno, ante el abierto júbilo de dueños de empresas energéticas, el gobierno de Trump anunció que permitirá la perforación petrolera en casi todas las aguas territoriales de Estados Unidos, otorgando acceso a millones de hectáreas –antes protegidas– en las costas de California, el Ártico y parte de la costa del Atlántico. La decisión anula la prohibición sobre estas actividades impuesta durante el gobierno de Barack Obama, y con ello parte clave de su legado ambiental.

Aparentemente, la salud mental presidencial aún no preocupa a Wall Street, y ante la continuación de la desregulación del sector privado, la reducción de impuestos sobre empresas y mega-ricos, así como regalos como la apertura de territorios marítimos para el sector petrolero, la Bolsa sigue registrando su alto grado de satisfacción con el índice Dow Jones superando los 25 mil puntos por primera vez en sus 132 años de historia.

 

Contra la mariguana

 

Para acabar, el procurador general Jeff Sessions revirtió la política implementada durante el gobierno anterior de no intervención en asuntos de comercio de mariguana en estados que han legalizado la cannabis. En un memorando difundido este jueves, afirmó que el gobierno federal tiene que actuar según la determinación del Congreso de que la mariguana es una droga peligrosa y cualquier actividad relacionada con ella es un delito serio.

Esto detonó confusión sobre las implicaciones para el futuro del mercado multimillonario de la mariguana en estados como California, Colorado y seis más, donde se ha legalizado la venta y el consumo individual con fines recreativos, o los 29 donde es legal con fines médicos.

Al parecer, el gobierno de Trump desea prohibir uno de los pocos antídotos para aquellos que no aguantan este gobierno.

 

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El presidente de EEUU, Donald Trump, en una visita al FBI. A la derecha, el fiscal general, Jeff Sessions.

 

La reforma impone un recorte en los impuestos de 1,5 billones de dólares y reduce la presión en todos los tramos sociales, incluidos los más ricos

 

Donald Trump se ha mirado en el espejo de Ronald Reagan y ha decidido superarlo. Tras meses de reveses y luchas internas, el presidente ha enarbolado la bandera del neoliberalismo y ha logrado que los republicanos alcancen un acuerdo definitivo sobre la prometida reforma fiscal. El resultado es un gigantesco paquete de recortes, de 1,5 billones de dólares en 10 años, que combina reducciones en todos los tramos sociales con la mayor rebaja del impuesto de sociedades en la historia reciente de EE UU (del 35% al 21%). Unas cifras mareantes que Wall Street recibió con valores máximos y los demócratas con la advertencia de que sólo acarrearán más déficit y pobreza.

La reforma fiscal llega tras un parto largo y doloroso. Los lineamientos generales fueron presentados por Trump en abril y desde entonces han pasado todo tipo de filtros hasta alcanzar su forma definitiva. A lo largo de este agotador proceso, la Casa Blanca se ha visto perseguida por el espectro de la fracasada legislación sanitaria. Una iniciativa que en principio tuvo de su parte a una mayoría de conservadores pero cuya letra pequeña espantó lo suficiente a un puñado de senadores como para que en el último momento impidieran que prosperase.

Esta catástrofe, que permitió la supervivencia del sistema sanitario creado por Barack Obama (el Obamacare), dejó en evidencia a Trump, quien en su estreno parlamentario había demostrado su incapacidad para controlar la mayoría republicana. Tras esta humillación, el presidente replanteó su estrategia. Abandonó su petulancia original, se alió con los líderes del Congreso y decidió avanzar a pasos más cortos y sin excesiva retórica. Desde entonces se ha desarrollado una negociación de geometría variable. Dos textos han corrido en paralelo por el Senado y la Cámara de Representantes hasta terminar en una mesa de conciliación donde se han pulido los detalles y superado las reticencias finales para asegurar que la votación, posiblemente este lunes y martes, sea un éxito. Algo sobre lo que ayer no cabían dudas en Washington.

“Esta legislación hará crecer nuestra economía, aumentará los salarios y promoverá la competitividad. El presidente aplaude al Senado y la Cámara de Representantes por un acuerdo que da cumplimiento a su promesa ante el pueblo americano de aprobar la rebaja de impuestos antes de fin de año”, señaló la Casa Blanca en un comunicado. “Es una norma que aliviará a la clase media sacando el dinero de los bolsillos de Washington y poniéndoselo en los suyos. China ya tiembla porque saben que esta ley hará a América más competitiva y estimulará la inversión”, afirmó el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell.

El acuerdo es el mejor regalo de navidad para Trump. Pura pólvora para su cuenta de Twitter y una victoria que le permitirá sacarse la espina del Obamacare. En un momento de baja valoración, el presidente ha logrado domeñar a los incontrolables congresistas republicanos y aparecer ante su electorado como el político que cumple sus promesas. En la ciénaga de Washington, por una vez ha puesto orden. Ese es su mensaje.

El texto, de 1.000 páginas y cuyos efectos serán objeto de debate durante décadas, configura el más importante cambio fiscal de Estados Unidos en 30 años. Su núcleo lo forma la ciclópea rebaja del impuesto de sociedades. Por sí misma supone un recorte de un billón de dólares en un decenio. Esta sangría viene acompañada para los próximos ocho años de una reducción en todos los tramos impositivos, así como de un frondoso árbol de medidas para las empresas y multinacionales, a las que se les permite aumentar deducciones por sus pérdidas operativas netas en el extranjero.

Para los más ricos, se rebaja el tope impositivo del 39,6% al 37% y se duplica la exención del impuesto de sucesiones (de 5’5 millones a 11 millones de dólares de herencia por persona). En favor de la clase media y trabajadora, la ley eleva sustancialmente el mínimo exento (de 6.500 a 12.000 dólares en casos individuales, y el doble para parejas) y establece incrementos en las ayudas por hijo, gastos médicos y estudios. También se ascienden a 10.000 dólares las deducciones por impuestos estatales y locales.

El paquete se completa con un zarpazo al Obamacare. Los conservadores han aprovechado la ley para retirar la obligación de contratar un seguro médico. Esta medida, muy esperada por los votantes conservadores, acarreará una reducción masiva de la cobertura sanitaria.

La ambición de la reforma es enorme, pero también sus riesgos. Su principal incógnita radica en saber quién pagará la factura. La respuesta republicana es un canto a la esperanza. Siguiendo el fuego sagrado del neoliberalismo, confía en que el recorte de 1,5 billones de dólares dejará en manos de las empresas y consumidores ingentes recursos que dinamizarán el mercado, alentarán el crecimiento y, a la postre, permitirán recaudar y compensar la merma inicial. Es la curva de Laffer, enunciada en 1971 y que para muchos especialistas jamás ha demostrado su validez. Ni siquiera en la era Reagan, faro de esta reforma.

“Los altos cargos de la Administración de Ronald Reagan sabían que el tijeretazo fiscal no se iba a pagar por sí mismo y tuvieron que recortar gastos para contener el déficit. Es más, pronto se entendió que se trataba de un recorte excesivo y el Congreso procedió a sucesivas subidas de impuestos”, ha explicado el director del Hutchins Center para Política Monetaria y Fiscal, David Wessel.

Otro aspecto crítico en la iniciativa de Trump es su oportunidad. Cuando Reagan lanzó su embestida, con rebajas de 20 puntos en el tipo para los más ricos, Estados Unidos atravesaba una hora negra. El país había cerrado 1980 con un PIB en negativo, una inflación del 13,5% y un paro desbocado. Ahora, la situación es bien distinta. La Bolsa vive días de oro, la inflación es baja, el desempleo ha tocado su mínimo desde 2000 (4,1%) y la tasa anualizada de crecimiento ha rondado el 3% en los dos últimos trimestres. “Sobre-estimular una economía que no requiere estímulo aumenta el riesgo de una crisis”, ha escrito el especialista Robert Samuelson.

Ninguna de las advertencias ha sido escuchada por la Casa Blanca. El temor expresado por los demócratas es que la rebaja impositiva derive en un recorte del gasto social y que los platos rotos los acaben pagando los más pobres. "Trump está dando un regalo gigantesco a sus donantes y golpeando al resto", ha denunciado en un editorial The New York Times. Las respuestas del equipo económico han sido vagas. El optimismo, pero también la necesidad de contentar a su electorado y sacarse la espina del fracaso del Obamacare, han podido más. Trump ansiaba un triunfo. Y la reforma fiscal se lo brinda.

 

 

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