John Bellamy Foster

ENTREVISTA A JOHN BELLAMY FOSTER

 

John Bellamy Foster (Seattle, 1953) me escribe antes de salir de Eugene, en Oregón: “Tuvimos que evacuar y tenemos un largo camino por delante. Pero intentaré enviarte la entrevista por la mañana”. Los incendios masivos en la costa oeste de Estados Unidos habían disparado el índice de calidad del aire (ICA) hasta valores de 450, sobre un máximo de 500; situación extremadamente peligrosa para la salud. 40.000 personas habían dejado sus casas y otro medio millón esperaba para huir si la amenaza crecía. “Así es el mundo del cambio climático”, sentencia Foster. Profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la emblemática revista Monthly Review, hace veinte años revolucionó el ecosocialismo marxista con La ecología de Marx 1/Su libro, junto a Marx and Nature de Paul Burkett, abrió el marxismo a una segunda ola de crítica ecosocialista que enfrentó todo tipo de paradigmas enquistados sobre el propio Marx, para elaborar un método y un programa que impactaron con fuerza en todo el panorama ecologista, como continúan haciéndolo hoy.

El gran desarrollo del ecologismo marxista en años recientes –que ha puesto de manifiesto cómo, a pesar de escribir en el siglo XIX, Marx resulta fundamental para reflexionar sobre la degradación ecológica– es en parte producto de aquel cambio protagonizado por Foster y otros autores vinculados a Monthly Review. Su corriente, que vino a denominarse la escuela de la fractura metabólica, por la noción central que Foster rescató del tomo 3 de El Capital, ha desarrollado todo tipo de líneas de investigación ecológico-materialistas en las ciencias sociales y naturales: desde el imperialismo o el estudio de la explotación de los océanos a la segregación social o la epidemiología (sobre este tema, véase Grandes granjas, grandes gripes, de Rob Wallace, de próxima publicación en castellano).

Lamentablemente, la extensa y muy destacada contribución de Foster y su corriente aún no ha sido lo suficientemente traducida a nuestro idioma. Obras tan importantes para explorar cuestiones centrales al ecosocialismo como, por poner solo dos ejemplos, The Ecological Rift (2010) o The Robbery of Nature (2020) –el primero de Foster, Brett Clark y Richard York; el segundo de Foster y Clark–, aún esperan su oportunidad para ser mejor descubiertas en nuestro contexto. Con motivo de la publicación de su último libro, The Return of Nature, una genealogía monumental de grandes pensadores ecosocialistas que le ha llevado veinte años completar, Foster nos habla del camino que recorrieron estos, desde la muerte de Marx hasta la eclosión del ecologismo en los 60 y 70, así como de la relación de su nuevo libro con La ecología de Marx y con los debates más destacados del ecologismo marxista actual. Sus reflexiones sirven así para repensar el significado de este legado ante la necesidad urgente de un proyecto que trascienda las condiciones que amenazan hoy la existencia en el planeta.

Alejandro Pedregal: En La ecología de Marx rebatiste algunas conjeturas sobre la relación entre Marx y la ecología muy establecidas, tanto dentro como fuera del marxismo, como que el pensamiento ecológico era algo marginal en Marx; que sus pocas ideas ecológicas se encontraban en su obra temprana; que mantenía puntos de vista prometeicos sobre el progreso; que veía en la tecnología y el desarrollo de las fuerzas productivas la solución a las contradicciones de la sociedad con la naturaleza, y que no mostró un interés científico genuino por los efectos de las intervenciones antropogénicas sobre el medio ambiente. Tu trabajo, junto a otros, refutó estos supuestos y modificó muchos paradigmas asociados a ellos. ¿Crees que estas ideas persisten en los debates actuales?

John Bellamy Foster: En los círculos socialistas y ecológicos de habla inglesa, y creo que en la mayor parte del mundo, estas primeras críticas a Marx sobre ecología están hoy refutadas. Están completamente contradichas por la muy poderosa crítica ecológica del propio Marx, que ha sido fundamental para el desarrollo del ecosocialismo y, cada vez más, para todo enfoque científico-social sobre las rupturas ecológicas generadas por el capitalismo. Esto es particularmente evidente en la influencia creciente y generalizada de la teoría de la fractura metabólica de Marx, cuya comprensión sigue expandiéndose, y que se ha aplicado a casi todos nuestros problemas ecológicos actuales. Fuera del mundo de habla inglesa, uno todavía encuentra ocasionalmente algunos de esos conceptos erróneos porque las obras más importantes hasta ahora han sido en inglés y gran parte de ellas aún no se ha traducido. Pero creo que podemos tratar esas críticas anteriores casi universalmente como inválidas, no solo por mi trabajo, sino también por el de Paul Burkett en Marx and Nature, Kohei Saito en Karl Marx’s Ecosocialism 2/y muchos otros. Casi nadie es tan simplista hoy para ver a Marx como un pensador prometeico, que promovía la industrialización por encima de todo. Existe una comprensión generalizada de cómo la ciencia y la concepción materialista de la naturaleza entraron en su pensamiento, reforzada por la publicación de algunos de sus cuadernos de extractos científicos y ecológicos en el proyecto Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA). Por tanto, no creo que la opinión de que el análisis ecológico de Marx sea algo marginal tenga mucha credibilidad, y esa idea está retrocediendo en todo el mundo (mientras el marxismo ecológico es cada vez más relevante). La única forma en que pudiera verse así sería adoptando una definición extremadamente estrecha y contraproducente de la ecología. Además, en ciencia a menudo son las percepciones más marginales de un pensador las que resultan más revolucionarias y avanzadas.

¿Por qué tantos autores estaban convencidos de que Marx ignoró la ecología? Creo que la respuesta más directa es que la mayoría de socialistas simplemente hicieron la vista gorda al análisis ecológico en Marx. Todo el mundo leía las mismas cosas de forma prescrita, saltándose lo que entonces se consideraba secundario. Otros problemas se debían a la traducción. En la traducción inglesa de El Capital, el uso Stoffwechsel o metabolismo por Marx se tradujo como intercambio material, lo que obstaculizaba más que ayudaba a su comprensión. Pero también había razones más profundas, que pasaban por alto lo que Marx entendía por el propio materialismo, y que abarcaba no solo la concepción materialista de la historia, sino también la concepción materialista de la naturaleza.

Lo importante de la crítica ecológica de Marx es que está unida a su crítica político-económica del capitalismo; de hecho, una no tiene sentido sin la otra. La crítica del valor de cambio bajo el capitalismo no tiene sentido fuera del valor de uso, relacionada con las condiciones naturales y materiales. La concepción materialista de la historia no tiene sentido al margen de la concepción materialista de la naturaleza. La alienación del trabajo no puede entenderse sin la alienación de la naturaleza. La explotación de la naturaleza se basa en la expropiación por parte del capital de los obsequios gratuitos de la naturaleza. La propia definición de Marx de los seres humanos como seres automediadores de la naturaleza, como explicó István Mészáros en La teoría de la alienación en Marx, se basa en una concepción del proceso de trabajo como metabolismo entre seres humanos y naturaleza. La ciencia como medio para mejorar la explotación del trabajo no puede separarse de la ciencia como dominio de la naturaleza. La noción de metabolismo social de Marx no puede separarse de la cuestión de la fractura metabólica. Y así sucesivamente. En Marx estas cosas no estaban separadas unas de otras, sino que fueron los pensadores de izquierda posteriores, que generalmente ignoraron las cuestiones ecológicas, o que emplearon perspectivas idealistas, mecanicistas o dualistas, quienes lo hicieron, y así despojaron a la crítica de la economía política de su base material real.

  1. P.: A propósito del prometeísmo, en tu obra mostraste cómo las reflexiones de Marx sobre Prometeo debían leerse en relación con su propia investigación académica sobre Epicuro (y con Lucrecio) y repensarse vinculadas al conocimiento secular de la Ilustración, más que como defensa ciega del progreso. No obstante, el uso dominante del término prometeico sigue siendo muy común, también en la literatura marxista, lo que da pie a que ciertas tendencias aceleracionistas y tecno-fetichistas reivindiquen a Marx. ¿Debería disputarse esta noción de forma más efectiva, al menos en relación con Marx y su materialismo?
  2. B. F.:Este es un tema muy complejo. Marx elogiaba a Prometeo y admiraba el Prometeo encadenadode Esquilo, que releía con frecuencia. En su tesis doctoral comparó Epicuro con Prometeo, y el propio Marx fue caricaturizado como Prometeo por la supresión de la Rheinische Zeitung [Gaceta Renana]; imagen que aparece en el volumen 1 de las Obras completas de Marx y Engels. Por tanto, fue común que algunos críticos, dentro y fuera del marxismo, caracterizaran a Marx como prometeico, en particular para sugerir que veía al productivismo extremo como el objetivo principal de la sociedad. Al no tener prueba de que Marx antepusiera la industrialización a las relaciones sociales (y ecológicas), sus críticos emplearon el término prometeico para exponer su punto de vista sin evidencia alguna, aprovechando esta asociación común.

Sin embargo, esto era una gran distorsión. En el mito griego, el titán Prometeo desafió a Zeus al entregar el fuego a la humanidad. El fuego, por supuesto, tiene dos cualidades: una es la luz y la otra es la energía o el poder. En la interpretación del mito en Lucrecio, Epicuro era tratado como el portador de la luz o el conocimiento en el sentido de Prometeo, y fue de esta idea que Voltaire tomó la noción de Ilustración3/. Es en este mismo sentido que Marx elogió a Epicuro como Prometeo, celebrándolo como la figura ilustrada de la antigüedad. Además, las referencias de Marx al Prometeo encadenado siempre enfatizaron al protagonista como revolucionario, en desafío a los dioses olímpicos.

Obviamente, durante la Ilustración Prometeo no se veía como un mito de la energía o la producción. Walt Sheasby, con quien trabajé al comienzo de Capitalism, Nature, Socialism mientras yo editaba Organization and Environment, escribió un artículo extraordinario para esta revista en 1999, demostrando que hasta el siglo XIX la noción prometeica era utilizada principalmente en ese sentido ilustrado. No estoy seguro cuándo cambió el uso, pero con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley y Filosofía de la miseria de Proudhon, lo prometeico pasó a simbolizar la revolución industrial, viéndose a Prometeo como sinónimo de energía mecánica. Es interesante que Marx desafiara el prometeísmo mecanicista de Proudhon, atacando todas esas nociones en Miseria de la filosofía. Pero el mito de Prometeo se reificó como historia de industrialización, algo que los antiguos griegos nunca podrían haber imaginado, y la identificación de Marx con Prometeo se convirtió, por tanto, en una forma de criticarle por motivos ecológicos. Curiosamente, en Leszek Kolakowski, Anthony Giddens, Ted Benton y Joel Kovel esa acusación fue dirigida exclusivamente contra Marx y no contra ningún otro pensador, lo que apunta al carácter ideológico de tal acusación.

Lo más próximo a que Marx fuera prometeico (como glorificación de la industrialización) sería su panegírico a la burguesía en la primera parte del Manifiesto comunista, pero aquello era solo un preludio de su crítica a la propia burguesía, y páginas más adelante introducía todas las contradicciones del orden burgués: el aprendiz de brujo, las condiciones ecológicas (ciudad y campo), los ciclos económicos y, por supuesto, el proletariado como sepulturero del capitalismo. No hay ningún sitio donde promueva la industrialización como objetivo en sí mismo en oposición al desarrollo humano libre y sostenible. Explicar todo esto, sin embargo, lleva tiempo y, aunque he mencionado todos estos puntos en varias ocasiones, por lo general es suficiente con mostrar que Marx no fue en absoluto un pensador prometeico, si nos referimos a la adoración a la industria, la tecnología y al productivismo, o a la creencia en un enfoque mecanicista del medio ambiente.

  1. P.:Veinte años después de La ecología de Marx, el abundante trabajo de la escuela de la fractura metabólica ha transformado los debates sobre marxismo y ecología. ¿Cuáles son las continuidades y los cambios entre aquel contexto y el actual?
  2. B. F.:Hay diferentes líneas de debate. En parte se debe a la gran cantidad de investigación sobre la fractura metabólica como forma de entender la actual crisis ecológica planetaria, y a cómo construir un movimiento ecosocialista revolucionario en respuesta a ella. Básicamente, lo que ha cambiado es el espectacular auge de la propia ecología marxista, que ilumina tantas áreas diferentes, no solo en las ciencias sociales, sino también en las naturales. Por ejemplo, Mauricio Betancourt acaba de publicar un maravilloso estudio, “The Effect of Cuban Agroecology in Mitigating the Metabolic Rift”. Stefano Longo, Rebecca Clausen y Brett Clark aplicaron el método de Marx a la fractura oceánica en The Tragedy of the Commodity. Hannah Holleman lo utilizó para explorar los efectos dust bowls 4/pasados y presentes en Dust Bowls of Empire. Un número considerable de trabajos han utilizado la fractura metabólica para comprender el problema del cambio climático, incluido nuestro The Ecological Rift, que escribí con Brett Clark y Richard York, y Facing the Anthropocene de Ian Angus. Estas obras, junto a otras de Andreas Malm, Eamonn Slater, Del Weston, Michael Friedman, Brian Napoletano y un número creciente de académicos y activistas, pueden verse desde esta perspectiva. Una organización importante en esa línea es la Global Ecosocialist Network, donde John Molyneux tiene un papel destacado, junto a System Change, Not Climate Change! en EE UU. El trabajo de Naomi Klein se ha basado en el concepto de fractura metabólica, y también ha jugado un papel en el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST) en Brasil y en los debates sobre la civilización ecológica en China.

Otra línea ha explorado las relaciones entre la ecología marxista, la teoría de la reproducción social feminista marxista y los nuevos análisis del capitalismo racial. Estas tres perspectivas se han basado en el concepto de expropiación de Marx como parte integral de su crítica, yendo más allá de la explotación. Estas conexiones nos motivaron a Brett Clark y a mí a escribir nuestro The Robbery of Nature, sobre la relación entre el robo y la fractura; es decir, la expropiación de la tierra, los valores de uso y los cuerpos humanos, y su relación con la fractura metabólica. Un área importante es el ámbito del imperialismo ecológico y el intercambio ecológico desigual en el que he trabajado con Brett Clark y Hannah Holleman.

Han surgido algunas críticas nuevas, dirigidas a la teoría de la fractura metabólica, planteando que es más dualista que dialéctica. Esto es algo erróneo, porque para Marx el metabolismo social entre la humanidad y la naturaleza (extrahumana), a través del proceso de trabajo y producción, es por definición la mediación de naturaleza y sociedad. En el caso del capitalismo, esto se manifiesta como una mediación alienada en forma de fractura metabólica. Este enfoque, centrado en el trabajo/metabolismo como mediación dialéctica de la totalidad, no podría ser más opuesto al dualismo. Otros han dicho que si el marxismo clásico hubiera abordado las cuestiones ecológicas, habría aparecido en análisis socialistas posteriores a Marx, pero no lo hizo. Esa posición también está equivocada. De hecho, eso es lo que abordo en The Return of Nature, con la intención expresa de explorar la dialéctica entre continuidad y cambio en la ecología socialista y materialista durante el siglo posterior a las muertes de Darwin y Marx, en 1882 y 1883 respectivamente.

  1. P.:Efectivamente, en La ecología de Marxte centrabas en el desarrollo del materialismo de Marx en correlación con el de la teoría de la evolución de Darwin y Alfred Russell Wallace, para terminar con la muerte de los dos primeros. Ahora partes de este punto para hacer una genealogía intelectual de pensadores ecosocialistas fundamentales, hasta la aparición del movimiento ecologista en los años 60 y 70. Durante mucho tiempo, algunas de estas historias no recibieron suficiente atención. ¿Por qué llevó tanto tiempo recuperarlas? ¿Cómo nos ayuda el redescubrimiento de estos vínculos a comprender de forma diferente el surgimiento del movimiento ecologista?
  2. B. F.:The Return of Nature es una continuación del método de La ecología de Marx. Esto se puede ver al comparar el epílogo del libro anterior con el argumento del último. La ecología de Marx, aparte de su epílogo, termina con la muerte de Darwin y Marx. The Return of Naturecomienza con sus funerales y con la única persona que estuvo presente en ambos: E. Ray Lankester, el gran zoólogo británico, protegido de Darwin y Thomas Huxley y amigo cercano de Marx. No se centra solo en el desarrollo de ideas marxistas, sino en los socialistas y materialistas que desarrollaron lo que hoy llamamos ecología como una forma crítica de análisis. Y podemos ver cómo estas ideas se transmitieron de una manera genealógico-histórica.

Como toda historiografía marxista, esta es una historia de orígenes y de la dialéctica entre continuidad y cambio. Presenta una genealogía en gran parte ininterrumpida, aunque de forma compleja, desde Darwin y Marx hasta la explosión de la ecología en los años 60. Parte de mi argumento es que la tradición socialista en Gran Bretaña, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, fue crucial en eso. No solo fue este el principal período de desarrollo del socialismo británico, sino que el trabajo más creativo en las ciencias fue producto de una especie de síntesis de Darwin y Marx a lo largo de las líneas ecológico-evolutivas. Los científicos marxistas británicos estaban estrechamente relacionados con los pensadores marxistas revolucionarios de la fase temprana y más dinámica de la ecología soviética, pero a diferencia de estos, los británicos sobrevivieron y desarrollaron sus ideas, marcando el comienzo de perspectivas socioecológicas y científicas fundamentalmente nuevas.

Desde el principio, una crítica común a La ecología de Marx fue que incluso si Marx hubiera desarrollado una poderosa crítica ecológica, esta no se había completado en el pensamiento socialista posterior. Había dos respuestas a esto. La primera estaba en la afirmación de Rosa Luxemburg de que la ciencia de Marx había ido mucho más allá del movimiento inmediato y los problemas de la época, por lo que, a medida que surgieran nuevos desafíos, se encontrarían nuevas respuestas en su legado científico. Y es cierto que la percepción de Marx de la crisis ecológica del capitalismo, basada en las tendencias de su tiempo, estaba muy por delante de su desarrollo histórico; lo que hace a su análisis aún más valioso, no menos. Pero la otra respuesta era que la presunción de que no hubo un análisis ecológico socialista era falsa: de hecho, la ecología, como campo crítico, fue en gran parte creación de los socialistas. Ya había intentado explicar esto en el epílogo de La ecología de Marx, pero se necesitaba mucho más. El desafío estaba en destapar la historia de la ecología socialista y materialista en el siglo posterior a Marx. Pero esta era una empresa enorme, ya que no había literatura secundaria, excepto, en cierto sentido, el maravilloso Marxism and the Philosophy of Science de Helena Sheehan.

Comencé la investigación para The Return of Nature en el año 2000, cuando se publicó La ecología de Marx. La idea siempre fue explorar más a fondo las cuestiones del epílogo, centrándome en el contexto británico. Pero cuando comencé este trabajo, asumí el cargo de coeditor (y, con el tiempo, editor único) de Monthly Review, y eso naturalmente me devolvió a la economía política, que gobernó mi trabajo durante años. Además, cuando escribí sobre ecología en estos años tuve que lidiar ante todo con la crisis que venía, así que solo pude trabajar en un proyecto tan intensivo cuando la presión era baja, durante breves vacaciones en la docencia, por ejemplo. El trabajo avanzó lentamente. Nunca lo hubiera terminado sin el estímulo de algunos amigos (particularmente John Mage), y por el hecho de que el problema ecológico creció tanto que para Monthly Review la crítica ecológica acabó siendo tan importante como la de la economía política, lo que hacía más necesario que nunca un sistemático enfoque histórico.

Sin embargo, la razón principal por la que el libro tardó tanto fue porque estas historias no se conocían y requerían una enorme investigación archivística y cantidad de fuentes desconocidas; obras que nadie había leído desde hacía más de medio siglo. El papel de J. B. S. Haldane, Joseph Needham, J. D. Bernal, Hyman Levy y Lancelot Hogben en el desarrollo del pensamiento ecológico, a pesar de la relevancia que alcanzaron en su día, fue ignorado después; en parte debido a las luchas intestinas dentro del propio marxismo. También fueron olvidados los grandes clasicistas de izquierda como Benjamin Farrington, George Thomson y Jack Lindsay. Así, captar el vasto alcance de los análisis, colocados en el contexto histórico adecuado, tomó tiempo. Pero los vínculos históricos definitivamente estaban ahí. La historia lleva al final a Barry Commoner y Rachel Carson, y también a Stephen Jay Gould, Richard Levins y Richard Lewontin, Steven y Hilary Rose, Lindsay y E. P. Thompson, que se convirtió en el principal activista antinuclear de Gran Bretaña. La respuesta más sucinta a cómo esta historia puede ayudarnos en las luchas de hoy, quizás la encontremos en Quentin Skinner, a quien cito, que dijo que el único propósito de tales historias es demostrar “cómo nuestra sociedad impone limitaciones a nuestra imaginación”, y que “todos somos marxistas en este sentido”.

  1. P.:La ecología de Marxmencionaba cómo tu propia interiorización del legado de György Lukács (y Antonio Gramsci) te había impedido utilizar el método dialéctico para el ámbito de la naturaleza. Señalabas cómo esta debilidad común al marxismo occidental en parte había abandonado el campo de la naturaleza y la filosofía de la ciencia al dominio de variantes positivistas y mecanicistas. Sin embargo, The Return of Nature comienza precisamente cuestionando algunos supuestos sobre Lukács, centrales para el alejamiento del marxismo occidental de la dialéctica de la naturaleza. ¿Qué condiciones retrasaron tanto los hallazgos de esta importancia? ¿Cuáles fueron los principales efectos que estas conjeturas tuvieron en el marxismo, particularmente en relación con la ecología?
  2. B. F.:Quizás pueda explicar esto a través de mi propio desarrollo intelectual. Cuando era estudiante, estudié extensamente a Kant, Hegel, Schopenhauer, Marx, Engels, Lenin y Weber, así como a Marcuse, Mészáros, Ernst Cassier, H. Stuart Hughes y Arnold Hauser. Así, cuando llegué al posgrado, tenía una buena idea general de los límites entre kantismo y neokantismo, o hegelianismo y marxismo. Me sorprendió descubrir, en cursos sobre teoría crítica, que la primera proposición que se enseñaba era que la dialéctica no se aplicaba a la naturaleza, de acuerdo principalmente a una nota al pie en Historia y conciencia de clasede Lukács, donde criticaba a Engels por la dialéctica de la naturaleza. Solo rechazando esta, se argumentaba, podría definirse la dialéctica en términos del sujeto-objeto idéntico del proceso histórico. Por supuesto, el propio Lukács, como señalaría más tarde, nunca abandonó totalmente la idea de dialéctica meramente objetiva o dialéctica de la naturaleza, a la que se había referido en otra parte de Historia y conciencia de clase. De hecho, en su prefacio al libro de 1967, Lukács, siguiendo a Marx, insistió en una mediación dialéctica, como metabolismo, entre naturaleza y sociedad por medio del trabajo; en ese sentido, en una dialéctica de la concepción de naturaleza. El mismo argumento aparecía en Conversaciones con Lukács.

Fue así como interioricé hasta cierto punto, a nivel práctico, la noción del marxismo occidental de que la dialéctica solo era aplicable al ámbito histórico y no a las ciencias naturales, que se entregaron así al mecanicismo o el positivismo. Llegué a ver la dialéctica histórica de acuerdo al principio de Giambattista Vico, según el cual podemos entender la historia porque la hemos hecho, como fomentó E. P. Thompson. Pero a un nivel más profundo esto no me resultaba satisfactorio, porque los seres humanos no hacen la historia solos, sino junto al metabolismo universal de la naturaleza del que la sociedad emerge como parte. Pero mis intereses en los años 80 se centraron principalmente en la economía política e historia, donde esos problemas rara vez surgían.

Fue cuando volví a la cuestión de la ecología a finales de los 80 y en los 90 que este asunto se volvió inevitable. La dialéctica de la naturaleza solo podría dejarse de lado sobre bases idealistas o materialistas mecanicistas. Sin embargo, dada la complejidad del tema, en La ecología de Marx evité conscientemente, en su mayor parte, cualquier consideración explícita y detallada de la dialéctica de la naturaleza en relación con Marx (que entonces no estaba preparado para abordar), aunque el concepto de metabolismo social de Marx me llevaba en esa dirección. Así, en el epílogo me limité a señalar la referencia de Marx al “método dialéctico” como la forma de abordar el “libre movimiento de la materia”, y cómo esto era parte de la herencia de Epicuro y otros materialistas anteriores, mediada por Hegel. Como enfoque epistemológico, indiqué que esto podía defenderse como equivalente heurístico al papel de la teleología para la cognición humana en Kant. Pero evité en su mayor parte la cuestión ontológica más amplia, de una dialéctica meramente objetiva como apareció en Engels (y en Lukács), y su relación con Marx.

No abordé la dialéctica de la naturaleza en detalle hasta 2008, en un capítulo para un libro editado por Bertell Ollman y Tony Smith, luego incluido en The Ecological Rift. Aún estaba atrapado en el problema de Lukács, aunque entendía que para el Lukács tardío el metabolismo de Marx ofrecía un amplio camino para salir del dilema epistemológico-ontológico (mientras otro camino, sostuve, estaba en lo que Marx llamó la “dialéctica de la certeza sensible”, representada por el materialismo de Epicuro, Bacon y Feuerbach, e incorporada en sus primeros trabajos). Sin embargo, aunque fuera un paso adelante, mi enfoque no era el adecuado en varios sentidos. Como luego entendí, en parte la dificultad radicaba en las limitaciones filosóficas (al tiempo de un alcance científico mucho más amplio) de una dialéctica materialista, que nunca podría ser un sistema circular cerrado, como en la filosofía idealista de Hegel, o totalizador que consistiera exclusivamente en relaciones internas y mónadas sin ventanas al exterior. La dialéctica de Marx era abierta, igual que el propio mundo físico.

La cuestión de la dialéctica de la naturaleza sería central en The Return of Nature, así como lo sería el Lukács tardío, en particular el de El joven Hegel Ontología del ser social. Fue clave el tratamiento por Lukács de las determinaciones de la reflexión de Hegel, que me ayudó a comprender la forma en que el naturalismo dialéctico de Engels se había inspirado en gran medida en la “Doctrina de la esencia” de la Ciencia de la lógica. Otro elemento vital en La ecología de Marx fue el realismo crítico de Roy Bhaskar, especialmente su Dialectic: The Pulse of Freedom. Pero en el corazón de The Return of Nature estaba el examen detenido de la Dialéctica de la naturaleza de Engels (así como de los escritos filosóficos de Lenin), que tenía una profundidad incalculable. Esto me permitió trazar la influencia de Engels sobre pensadores posteriores –sobre todo, Needham, Christopher Caudwell y Lindsay–. Además, William Morris en las artes y Haldane, Bernal, Hogben y Levy en las ciencias ofrecieron una variedad de poderosas ideas sobre la ecología dialéctica y materialista.

  1. P.:Lukács advirtió también cómo la división del trabajo alienado en el capitalismo servía para incrementar la división disciplinaria del conocimiento, de acuerdo a las necesidades de especialización funcional del capital. Como filosofía de la praxis, el marxismo se propone como un proyecto totalizador, entre otras cosas, para recomponer las muy variadas fracturas que el capitalismo ha expandido o impuesto: naturaleza y sociedad, pero también ciencia y arte. Un tema central de tu nuevo libro es la existencia de enfoques paralelos de ecología y socialismo en la ciencia y el arte. ¿Cómo contribuyeron estos vínculos al pensamiento ecosocialista materialista? ¿Cómo pueden ayudar a repensar esta interacción en relación con la ecología y la crisis ecosocial?
  2. B. F.:Al escribir The Return of Nature, la declaración de Morris en Noticias de ninguna partede que había dos formas insuperables de conocimiento, las ciencias y las artes, estuvo constantemente en mi mente. Todos los pensadores marxistas preocupados por la ecología cruzaron esos límites de diversas maneras, por lo que cualquier relato genealógico-histórico debía examinar sus desarrollos paralelos. Evidentemente, el análisis de la ecología como ciencia y su relación con la dialéctica de la naturaleza evolucionó principalmente a través de la corriente científica. Pero era difícil aislar esto de la estética socialista.

Así, Lankester era amigo de Morris y los prerrafaelistas. Hogben tomó de Morris la principal inspiración para su socialismo. Morris concebía que todo trabajo no alienado contiene arte, noción que sacó de John Ruskin, pero a la que añadió profundidad a través de Marx. Morris también reprodujo, independiente de Marx, la noción del carácter social de todo arte. Caudwell captó brillantemente tanto las vertientes estéticas como científicas de la crítica ecológica general. Su estética se valió del concepto de mimesis de Aristóteles y la tradición clásica británica radical de los ritualistas de Cambridge, representada por Jane Harrison, que luego unió a la dialéctica materialista. El poderoso enfoque de Caudwell llevó a los extraordinarios análisis de Thomson sobre los orígenes de la poesía y el drama. Todo este desarrollo estético-ecológico de la izquierda culminó con Lindsay, quien, debido a su enorme variedad de estudios clásicos, literarios, filosóficos y científicos, acabó por reunir nociones sobre la dialéctica de la naturaleza, basándose tanto en la estética como en la ciencia. No es casualidad que Lukács, Mészáros y Thompson tuvieran en tan alta estima a Lindsay, cuya obra no es lo suficientemente valorada, tal vez porque navegar por sus 170 volúmenes sea demasiado abrumador.

  1. P.:Engels es un personaje clave en tu libro. Durante mucho tiempo, en ciertos marxismos, Engels fue acusado de vulgarizar el pensamiento de Marx, pero tú señalas la relevancia y complejidad del materialismo dialéctico de Engels para una crítica social y ecológica del capitalismo. Aunque se reconoce cada vez más, persiste cierto desdén hacia Engels y hacia los vínculos de su obra con Marx. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuáles son los aspectos esenciales que conocemos hoy para rebatir esas posiciones desde el pensamiento ecológico marxista?
  2. B. F.: Recuerdo escuchar a David McLellan en 1974, poco después de escribir su biografía sobre Marx, y quedarme desconcertado por su extraordinaria diatriba contra Engels. Esta fue mi introducción real a los ataques contra Engels que de múltiples formas definieron al marxismo occidental durante la Guerra Fría y se han trasladado a la era posterior. Todo esto, obviamente, no era tanto sobre Engels como sobre los dos marxismos, como lo llamó Alvin Gouldner. El marxismo occidental, y en gran medida el mundo académico, reclamaron a Marx como propio, como un pensador urbano, pero en su mayor parte rechazó a Engels por ser demasiado crudo, adjudicándole el papel de saboteador que había creado el marxismo, que no tenía nada que ver con Marx. Engels era responsable del economicismo, el determinismo, el cientificismo y las perspectivas filosóficas y políticas vulgares de la Segunda Internacional y, más allá, hasta Stalin. Quizá no debería sorprendernos, por tanto, que si bien podemos encontrar cientos y miles de libros y artículos que mencionan Dialéctica de la naturaleza, apenas se puede aprender nada de ellos, porque o tratan al libro de manera doctrinaria (como hacía parte del antiguo marxismo oficial) o, en el caso del marxismo occidental, simplemente se citan algunas líneas de él (o, a veces, del Anti-Dühring) para establecer su vulgarización del marxismo.

En términos de ecología marxista, Engels es esencial. Por brillante que sea el análisis de Marx, no podemos ignorar las vastas contribuciones de Engels a la epidemiología de clase en La situación de la clase obrera en Inglaterra, a la crítica de la conquista de la naturaleza o a la comprensión del desarrollo evolutivo humano. Su apropiación crítica de Darwin en el Anti-Dühring fue fundamental para el desarrollo de la ecología evolutiva. El materialismo emergentista de Dialéctica de la naturaleza es clave para una visión científica crítica del mundo.

  1. P.:Monthly Reviewsiempre ha mostrado gran sensibilidad hacia las luchas revolucionarias del Tercer Mundo. La teoría del imperialismo de Lenin junto a la del capital monopolista de Paul Sweezy y Paul Baran, la teoría de la dependencia (en Ruy Mauro Marini o Samir Amin, entre otros) y su diálogo con el análisis de sistemas-mundo, o los aportes de István Mészáros, entre muchas otras influencias, han sido esenciales para la elaboración de vuestra crítica ecosocialista. Sin embargo, el vínculo entre ecología e imperialismo a menudo se ha subestimado en otras corrientes marxistas y ecologistas. Incluso algunos consideran el imperialismo como una categoría obsoleta para lidiar con el capitalismo global. ¿A qué se debe que esta separación entre geopolítica y ecología siga siendo tan fuerte en ciertos sectores de la izquierda? ¿Es posible un enfoque diferente de estos asuntos?
  2. B. F.:La mayor parte de mi generación atraída por el marxismo en EE UU, impactada por la guerra de Vietnam y el golpe en Chile, llegamos a él por oposición al imperialismo. Fue en parte por eso que siempre me atrajo Monthly Review, ya que desde su nacimiento en 1949 fue una fuente importante de crítica del imperialismo, incluyendo a la teoría de la dependencia y el análisis de sistemas-mundo. Los escritos de Harry Magdoff en La era del imperialismo Imperialism: From the Colonial Age to the Presentson fundamentales para nosotros, así como los de Paul Baran, Paul Sweezy, Oliver Cox, Che Guevara, André Gunder Frank, Walter Rodney, Samir Amin, Immanuel Wallerstein y muchos otros. El hecho de que la perspectiva más revolucionaria en EE UU haya venido históricamente del movimiento negro, siempre más internacionalista y antiimperialista, ha sido crucial para definir a la izquierda radical estadounidense. Con todo, siempre ha habido importantes figuras socialdemócratas, como Michael Harrington, en paz con el imperialismo estadounidense. Hoy algunos representantes del nuevo socialismo democrático hacen a menudo la vista gorda ante las implacables intervenciones de Washington en el exterior.

Por supuesto, nada de esto es nuevo. El conflicto sobre el imperialismo dentro de la izquierda se puede encontrar desde los inicios del movimiento socialista en Inglaterra. H. M. Hyndman, fundador de la Federación Socialdemócrata, y George Bernard Shaw, uno de los principales fabianos, apoyaron al Imperio británico y el socialimperialismo. Del otro lado estaban figuras asociadas con la Liga Socialista, como Eleanor Marx, Morris y Engels, todos antiimperialistas. El imperialismo fue la cuestión más divisiva para el movimiento socialista europeo en la Primera Guerra Mundial, como se relata en El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. En la Nueva Izquierda en Gran Bretaña, desde los años 60, el imperialismo fue una gran fuente de disputa. Aquellos identificados con la Primera Nueva Izquierda, como E. P. Thompson, Ralph Miliband y Raymond Williams, eran fuertemente antiimperialistas, mientras que la Segunda Nueva Izquierda, asociada a la New Left Review, o veían el imperialismo como una fuerza progresista de la historia, como Bill Warren, o tendían a restarle importancia. El resultado, en especial con la ideología de la globalización en este siglo, fue un declive dramático en los estudios del imperialismo (acompañado por crecientes estudios culturales de colonialismo y poscolonialismo) en Gran Bretaña y EE UU. La consecuencia lógica de esto es que alguien tan influyente en la academia de izquierda como David Harvey declare, como hizo recientemente, que el imperialismo se ha “revertido”, con Occidente ahora en el lado perdedor.

Esto nos lleva al muy débil desempeño de la izquierda en el desarrollo de una teoría del imperialismo ecológico o del intercambio ecológico desigual; producto del fracaso sistemático para explorar la despiadada expropiación capitalista de los recursos y la ecología en casi todo el mundo. Se trata del valor de uso, no solo del valor de cambio. Así, por ejemplo, las hambrunas en la India bajo el dominio colonial británico tuvieron que ver con cómo los británicos alteraron por la fuerza el régimen alimentario en la India, modificando los valores de uso, las relaciones metabólicas y la infraestructura hidrológica esencial para la supervivencia humana, al tiempo que drenaban el excedente del país. Aunque este proceso de expropiación ecológica ha sido entendido durante mucho tiempo por la izquierda en la India y en gran parte del resto del Sur Global, todavía no es enteramente comprendido por los marxistas en el Norte Global. Una excepción es el excelente Los holocaustos de la era victoriana tardía de Mike Davis. De manera similar, la expropiación masiva de guano en Perú –que incluyó la importación de trabajadores chinos en condiciones “peores que la esclavitud”– para fertilizar el suelo europeo, que había sido despojado de sus nutrientes, tendría todo tipo de efectos negativos a largo plazo en el Perú. Todo esto está ligado a lo que Eduardo Galeano llamó Las venas abiertas de América Latina.

La ecología y el imperialismo siempre han estado íntimamente relacionados y se entrelazan cada vez más. El informe Ecological Threat Register 2020 del Instituto para la Economía y la Paz indica que hasta 1.200 millones de personas podrían ser desplazadas, como refugiados climáticos, para 2050. En tales condiciones, el imperialismo ya no puede ser analizado al margen de la destrucción ecológica planetaria a la que ha llevado. Esto fue lo que Brett Clark y yo buscamos transmitir en The Robbery of Nature, y que junto a Hannah Holleman explicamos en “Imperialism in the Anthropocene”. En ese artículo concluimos que “no puede haber revolución ecológica frente a la actual crisis existencial a menos que sea antiimperialista, extrayendo su poder de la gran masa de la humanidad que sufre. (…) Los pobres heredarán la tierra o no quedará tierra para heredar”.

  1. P.:Como hemos visto, el interés por el ecosocialismo de Marx ha crecido mucho en las últimas décadas. Pero esto va más allá de su contexto histórico particular. ¿Por qué es importante para el pensamiento ecológico actual volver a las ideas de Marx? ¿Y cuáles son los principales desafíos para el pensamiento ecológico marxista hoy?
  2. B. F.:La ecología de Marx es un punto de partida, no un punto final. En el pensamiento de Marx encontramos los fundamentos de la crítica de la economía política, y también una crítica de las depredaciones ecológicas del capitalismo. Esto no era algo accidental, ya que Marx presentaba el proceso de trabajo de forma dialéctica, como la mediación entre naturaleza y sociedad. En Marx, el capitalismo, al alienar el proceso de trabajo, aliena también el metabolismo entre humanidad y naturaleza generando así una fractura metabólica. Marx llevó esto a sus conclusiones lógicas, argumentando que nadie es dueño de la tierra, sino que la gente simplemente tiene la responsabilidad de cuidarla y si es posible mejorar sus condiciones para las generaciones futuras, como si fueran cabezas de familia. Definió el socialismo como la regulación racional del metabolismo entre humanidad y naturaleza, con el fin de conservar la mayor cantidad posible de energía y promover el desarrollo humano pleno. No hay nada en la teoría verde convencional o incluso de izquierda, aunque el capitalismo sea cuestionado en parte, que tenga esta unidad entre crítica ecológica y económica, o una síntesis histórica tan completa. Por tanto, ante nuestra emergencia planetaria, el ecosocialismo ha acabado por descansar inevitablemente en la concepción fundacional de Marx. El movimiento ecologista, para que tenga alguna importancia, tiene que ser ecosocialista. Pero nuestra tarea no es entretenernos en el pasado, sino unir todo esto para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. Marx sirve para mostrar la unidad esencial de nuestras contradicciones político-económicas y ecológicas, y su fundamento en el orden social y ecológico alienado actual. Esto nos ayuda a desenmascarar las contradicciones del presente. Para llevar a cabo el cambio necesario debemos tener en cuenta cómo el pasado informa al presente y nos permite visualizar la acción revolucionaria necesaria.

El propósito del pensamiento ecológico marxista, además de comprender nuestras actuales contradicciones sociales y ecológicas, es trascenderlas. Dado que la humanidad se enfrenta a mayores peligros que nunca antes, dentro de un tren desbocado que se dirige al acantilado, esta debe ser nuestra principal preocupación. Hacer frente a la emergencia planetaria significa que debemos ser más revolucionarios que nunca, y no tener miedo a plantear la cuestión de alterar la sociedad (“de arriba abajo”, como decía Marx), partiendo de donde estamos. El enfoque fragmentado y reformista de la mayor parte del ambientalismo, que pone su fe en el mercado y la tecnología mientras se reconcilia con gran parte del sistema imperante, no va a funcionar; ni siquiera a corto plazo. Disponemos de más de un siglo de crítica socialista de las contradicciones ecológicas del capitalismo, con su enorme poder teórico, que apunta a una filosofía de la praxis diferente. En nuestro creciente reconocimiento de que no hay más remedio que dejar la casa en llamas del capitalismo, necesitamos una comprensión teórica más profunda de la posibilidad humana, social y ecológica de libertad como necesidad, como ofrece el marxismo ecológico. Como dijo Doris Lessing en su El cuaderno dorado, “el marxismo ve las cosas como una totalidad, relacionadas las unas con las otras”. Esta es la capacidad revolucionaria que más necesitamos hoy.

Alejandro Pedregal es escritor, cineasta y profesor en la Universidad Aalto, Finlandia. Su libro más reciente es Evelia: testimonio de Guerrero (Akal/Foca, 2019)

27 OCTUBRE 2020 

Notas

1/ Foster, John Bellamy (2004) La ecología de Marx. Marxismo y naturaleza. Barcelona: El Viejo Topo.

2/ De próxima publicación en castellano por Bellaterra y en catalán por Tigre de Paper.

3/ Los términos Lumière en francés y Enlightenment en inglés, que se refieren a la Ilustración, se pueden traducir como iluminación o esclarecimiento, además de significar luz en el caso del francés.

4/ Literalmente cuencos de polvo, en referencia a uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX.

Publicado enMedio Ambiente
Científicos venezolanos. Foto: mincyt.gob.ve

El Gobierno de Venezuela formalizó hoy ante la Organización Mundial de la Salud (OMS) su hallazgo sobre la molécula DR-10, capaz de anular al 100 por ciento la COVID-19.

Según informó la vicepresidenta Delcy Rodríguez, durante un encuentro con el representante de la Organización Panamericana de Salud (OPS) y de la OMS en Venezuela, Pier Paolo Balladelli, fueron compartidos los resultados del estudio preclínico del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas sobre la molécula, perteneciente a una planta medicinal.

"Hemos formalizado ante la OMS este hallazgo para dar inicio a los trámites internacionales que corresponden, con miras a la certificación y al registro", agregó la vicepresidenta.

La reunión se llevó a cabo un día después de que el presidente venezolano Nicolás Maduro diese a conocer que ese país había logrado desarrollar un fármaco, basado en la DR-10, que inhibe 100 % la enfermedad, sin ningún tipo de toxicidad que afecte a las moléculas sanas.

Durante el anuncio presidencial, la ministra de Ciencia y Tecnología, Gabriela Jiménez, explicó que un grupo de científicos venezolanos inició un estudio químico en células aisladas infectadas con virus de pacientes positivos para coronavirus, a las que se le suministraron varias concentraciones de la molécula, que es un derivado del ácido ursólico (compuesto triterpénico que se encuentra en varias frutas y verduras).

"Esta molécula presenta 100 % de inhibición de la replicación del virus 'in vitro'. Fue evaluada en células sanas sin mostrar toxicidad", afirmó la ministra.

 

 (Con información de Rusia Today)

Lunes, 26 Octubre 2020 05:33

Energía y país

Energía y país

Se atribuye a Ahmed Zaki Yamani, quien fue ministro de Petróleo de Arabia Saudita, haber dicho hace 20 años que "la Edad de Piedra no se acabó por falta de piedras; la edad del petróleo acabará mucho antes de que el mundo se quede sin petróleo".

Poco antes de eso Don Huberts, quien trabajaba en el área de hidrógeno de la compañía petrolera anglo-holandesa Shell, señaló en la revista The Economist (julio de 1999): "Ciertamente no pienso que el petróleo se agote durante mi vida. Pero puede haber una falta de petróleo barato"; se refería a esa misma expresión sobre la Edad de Piedra de que "acabó porque las herramientas de bronce se hicieron más baratas".

Según ciertos análisis económicos de la industria energética, contar con nuevas energías renovables es ya más barato que operar las plantas productoras de carbón y la tendencia descendente de los precios relativos es continua. Forbes señaló en fechas recientes que para 2025 costará más operar todas las plantas carboníferas en Estados Unidos que remplazarlas con equipos solares y de viento en un margen de 35 millas de cada planta.

Hay muchos gobiernos y empresas que fijan metas de 100 por ciento de energías limpias y, con ello, una nueva demanda de trabajadores y técnicos para diseñar, construir, instalar y operar paneles solares y turbinas de viento y las redes de distribución. En Estados Unidos, una de las confrontaciones al respecto en las próximas elecciones gira en torno del impulso al carbón de Trump y las nuevas energías que apoya Biden.

Ésta es la transición desde el carbón a una economía limpia, con el desarrollo de nuevas industrias, empleo, capacidades de trabajo y de gestión empresarial, junto con nuevas tecnologías y formas de financiamiento. Véanse, por ejemplo, las metas fijadas en California para el uso único de autos eléctricos en 2030 y lo que significa para las gasolinas.

Éste es un proceso que Schumpeter denominó "destrucción creativa", a la que consideraba la base del proceso de cambio, desarrollo económico y generación de riqueza. Podrá, sin duda, ser un factor adicional de distancia entre los países más y menos desarrollados y, también, fuente añadida de desigualdad social.

El informe más reciente del Programa para el Medio Ambiente de Naciones Unidas apunta que en 2019 aumentó la capacidad de generación de energía limpia; que ese aumento se consiguió con casi la misma inversión de 2018 (cifrada en 282 miles de millones de dólares), esto es, a menores costos.

La meta de limitar el alza de la temperatura del planeta por debajo de 2 grados centígrados para 2030 está vinculada con el desenvolvimiento esperado de esta industria y las tecnologías disponibles. La inversión en energías renovables en Estados Unidos creció 28 por ciento en 2019 aprovechando los beneficios fiscales que existieron, superando el monto registrado en Europa.

La publicación Energy Strategy Reviews plantea la transición energética como un fenómeno de suma relevancia en la industria. Las mayores empresas petroleras del mundo se posicionan cada vez más para transformarse en empresas de energía, lo que constituye un modelo económico muy diferente.

De las ocho petroleras más grandes, cinco han emprendido una inversión cuantiosa en energías renovables y en función de sus reservas probadas de crudo.

En el caso, por ejemplo, de British Petroleum, desde 2018 se planteó que su segmento de energía renovable sea su fuente de más crecimiento, con una expansión al quíntuple para 2040, hasta proveer alrededor de 14 por ciento de la demanda global.

A pesar de que no se ha llegado a la cúspide de la demanda de crudo, los expertos esperan que esa situación ocurra a medida que baje la demanda. De ahí se desprende la relevancia cada vez más grande del viento y el sol en la industria, con todo lo que eso representa para el conjunto de las actividades económicas, la productividad, los patrones del empleo y las corrientes de la inversión, además de la manera como muchos gobiernos se adaptarán a las nuevas condiciones. La transición en la industria energética representa un cambio radical en los modelos de negocio, su gestión y operación. Los costos de capital son diferentes, su asignación también y los determinantes de los flujos de ingreso y gasto para las empresas.

La transición ya está en curso y en no menor medida por las exigencias del cambio climático y las repercusiones sociales que provoca.

La intensidad y velocidad de la transición puede acelerarse. Las empresas petroleras y los gobiernos que se rezaguen incurrirán en grandes costos sociales y económicos.

En México el modelo energético está anclado en una concepción de la propiedad estatal y del usufructo de los excedentes por medios fiscales por parte del gobierno. La producción de energía del petróleo y la generación de electricidad podrían resolver problemas a corto plazo, por cierto cada vez más corto y más caro. Y después quedar fuera de la nueva fase de desarrollo de las fuentes de energía y su uso productivo.

El significado de todo esto es de enorme relevancia y gran riesgo para un modelo político de reducción de la pobreza y la desigualdad y, sobre todo, dada la menguada capacidad de crear empleo e ingresos, de generar riqueza de modo sostenido. Energía y políticas públicas están entrelazadas y merecen una atención privilegiada, apropiada y oportuna.

Publicado enEconomía
Lunes, 26 Octubre 2020 05:23

Abriendo puertas

Una manifestante que se opone a la confirmación de Amy Coney Barrett para ocupar un lugar en la Suprema Corte de Estados Unidos es conminada a bajar de la estatua Contemplación de la Justicia, a la cual se encadenó.Foto Ap

¿Habrá un autogolpe de Estado? ¿Habrá una ola anti-Trump lo suficientemente masiva como para frenar el caos poselectoral que el propio mandatario fomenta? ¿Habrá conflictos armados en algunas calles del país? ¿Intervendrán las fuerzas federales, incluso los militares, si el comandante en jefe les ordena reprimir a opositores? ¿Se rescatará lo que queda de la democracia estadunidense? Nunca antes se habían escuchado estas cosas en una coyuntura electoral en esta nación, y nadie puede pronosticar lo que está por ocurrir.

Varias organizaciones y sus redes dicen estar preparándose para "defender el voto" ante un intento para anularlo o descartarlo por el presidente y su equipo. Algunos se están dedicando a capacitar y alertar a ciudadanos para enfrentar un golpe de Estado por parte del presidente, o sea, un autogolpe para mantenerse en el poder.

En estos días previos a la elección del 3 de noviembre, organizaciones opositoras están dedicadas día y noche a impulsar lo que ya se perfila como una participación electoral histórica (en un país en el cual, cuando hay elecciones presidenciales, casi la mitad de los que tienen derecho al voto decide no participar por varias razones), y con ello generar una ola de votos suficientemente grande como para anular la disputa sobre los resultados que tanto ha promovido Trump desde hace semanas.

El candidato demócrata Joe Biden no provoca gran entusiasmo justo por ser otro político centrista del establishment, con una carrera de 47 años; de hecho, eso ha permitido que Trump se presente otra vez como en candado antiestablishment.

Pero esta elección no es un concurso entre los dos candidatos, sino que es un referendo sobre Trump.

Curiosamente, a pesar de que una muy amplia gama de voces distinguidas estadunidenses declaran a Trump como "el presidente más peligroso de la historia", algunos fuera del país expresan que esta elección da igual porque ambos candidatos ofrecen más de lo mismo para el resto del mundo.

Ante ello, tal vez es necesario explicar que Biden como candidato en parte depende de corrientes sociales progresistas poderosas dentro y fuera del partido. Por ello, él ya ha tenido que ceder ante algunas de estas fuerzas para obtener su apoyo, adoptando posiciones como, por ejemplo, declarar que protegerá a los dreamers y prometiendo que en sus primeros 100 días presentará una propuesta para otorgar una ruta a la legalización y hasta ciudadanía para 11 millones de indocumentados, todo gracias a la presión organizada de los propios dreamers y algunas organizaciones latinas.

También ha adoptado partes diluidas de las propuestas de fuerzas progresistas sobre medio ambiente y de salud como resultado de las fuerzas que surgieron con la candidatura de Bernie Sanders y otros politicos progresistas. Y, ni hablar, ha tenido que asumir una posición muy clara ante el estallido antirracista de Black Lives. Todo eso, entre otras cosas, marcan una diferencia con las políticas de Trump y lo que él representa.

Las fuerzas progresistas en Estados Unidos subrayan que la tarea más urgente es deportar a Trump del poder, y eso requiere, por ahora, votar por Biden.

No da igual quien gane y las diferencias entre ambos tienen implicaciones potencialmente de vida y muerte –literal– para millones dentro y fuera de este país.

Para muchos, esto ya no se trata de una elección estadunidense más, sino que es parte de una lucha para frenar la consolidación de un proyecto neofascista, el cual tiene vínculos con sus pares en otras partes del mundo, incluso en América Latina.

Con una derrota de Trump se abre una puerta en el muro que invita a pasar hacia un futuro más democrático en Estados Unidos, lucha que requiere de la solidaridad desde el sur al norte.

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Publicado enInternacional
David Harvey: los socialistas deben ser los campeones de la libertad

La propaganda de derecha afirma que el socialismo es enemigo de la libertad individual. Exactamente lo contrario es cierto: los socialistas trabajan para crear las condiciones materiales bajo las cuales las personas puedan ser verdaderamente libres, sin las rígidas restricciones que el capitalismo impone a sus vidas.

El tema de la libertad se planteó cuando estaba dando unas charlas en Perú. Los estudiantes estaban muy interesados ​​en la pregunta: "¿El socialismo requiere una entrega de la libertad individual?"

La derecha ha logrado apropiarse del concepto de libertad como propio y utilizarlo como arma en la lucha de clases contra los socialistas. La sumisión del individuo al control estatal impuesto por el socialismo o el comunismo es algo que debe evitarse, dijeron, a toda costa.

Mi respuesta fue que no deberíamos renunciar a la idea de la libertad individual como parte de lo que trata un proyecto socialista emancipador. El logro de las libertades individuales y las libertades es, sostuve, un objetivo central de tales proyectos emancipadores. Pero ese logro requiere construir colectivamente una sociedad en la que cada uno de nosotros tenga las oportunidades de vida adecuadas y las posibilidades de vida para realizar cada una de nuestras propias potencialidades.

Marx y la libertad

Marx tenía algunas cosas interesantes que decir sobre este tema. Uno de ellos es que “el reino de la libertad comienza cuando se deja atrás el reino de la necesidad”. La libertad no significa nada si no tiene suficiente para comer, si se le niega el acceso a una atención médica adecuada, vivienda, transporte, educación, etc. El papel del socialismo es proporcionar esas necesidades básicas para que la gente sea libre de hacer exactamente lo que quiera.

El punto final de una transición socialista es un mundo en el que las capacidades y los poderes individuales se liberan por completo de los deseos, las necesidades y otras limitaciones políticas y sociales. En lugar de admitir que la derecha tiene el monopolio de la noción de libertad individual, necesitamos reclamar la idea de libertad para el socialismo mismo.

Pero Marx también señaló que la libertad es un arma de doble filo. Los trabajadores en una sociedad capitalista, dice, son libres en un doble sentido. Pueden ofrecer libremente su fuerza de trabajo a quien quieran en el mercado laboral. Pueden ofrecerlo en cualquier condición de contrato que puedan negociar libremente.

Pero al mismo tiempo no son libres, porque han sido "liberados" de cualquier control o acceso a los medios de producción. Por lo tanto, tienen que entregar su fuerza de trabajo al capitalista para poder vivir.

Esto constituye su libertad de doble filo. Para Marx, esta es la contradicción central de la libertad bajo el capitalismo. En el capítulo sobre la jornada laboral en Capital , lo expresa de esta manera: el capitalista es libre de decirle al trabajador: “Quiero contratarte con el salario más bajo posible por la mayor cantidad de horas posible haciendo exactamente el trabajo que especifico . Eso es lo que le exijo cuando lo contrate ". Y el capitalista es libre de hacer eso en una sociedad de mercado porque, como sabemos, la sociedad de mercado consiste en pujar por esto y por aquello.

Por otro lado, el trabajador también es libre de decir: “No tienes derecho a hacerme trabajar 14 horas al día. No tiene derecho a hacer lo que quiera con mi fuerza de trabajo, especialmente si eso acorta mi vida y pone en peligro mi salud y bienestar. Solo estoy dispuesto a hacer un día de trabajo justo con un salario justo ".

Dada la naturaleza de una sociedad de mercado, tanto el capitalista como el trabajador tienen razón en lo que están exigiendo. Entonces, dice Marx, ambos tienen la misma razón por la ley de los intercambios que domina el mercado. Entre igualdad de derechos, dice entonces, la fuerza decide. La lucha de clases entre el capital y el trabajo decide la cuestión. El resultado se basa en la relación de poder entre el capital y el trabajo, que en algún momento puede volverse coercitiva y violenta.

Una espada de doble filo

Es muy importante analizar esta idea de la libertad como un arma de doble filo con más detalle. Una de las mejores elaboraciones sobre el tema es un ensayo de Karl Polanyi. En su libro The Great Transformation , Polanyi dice que hay buenas formas de libertad y malas formas de libertad.

Entre las malas formas de libertad que enumeró estaban las libertades de explotar al prójimo sin límite; la libertad de obtener ganancias desmesuradas sin un servicio acorde a la comunidad; la libertad de evitar que las invenciones tecnológicas se utilicen en beneficio público; la libertad de beneficiarse de las calamidades públicas o las calamidades inducidas naturalmente, algunas de las cuales están diseñadas en secreto para obtener ventajas privadas.

Pero, prosigue Polanyi, la economía de mercado en la que prosperaron estas libertades también produjo libertades que valoramos mucho: libertad de conciencia, libertad de expresión, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad para elegir el propio trabajo.

Si bien podemos apreciar estas libertades por sí mismas, son, en gran medida, subproductos de la misma economía que también es responsable de las malas libertades. La respuesta de Polanyi a esta dualidad resulta en una lectura muy extraña, dada la hegemonía actual del pensamiento neoliberal y la forma en que el poder político existente nos presenta la libertad.

Él escribe sobre ello de esta manera: "El paso de la economía de mercado", es decir, ir más allá de la economía de mercado, "puede convertirse en el comienzo de una era de libertad sin precedentes". Ahora, esa es una declaración bastante impactante: decir que la verdadera libertad comienza después de que dejamos atrás la economía de mercado. Él continúa:

La libertad jurídica y real puede ampliarse y generalizarse más que nunca. La regulación y el control pueden lograr la libertad no solo para unos pocos, sino para todos: la libertad no como un accesorio de un privilegio, manchado en la fuente, sino como un derecho prescriptivo, que se extiende mucho más allá de los estrechos confines de la esfera política hacia la organización íntima de la sociedad misma. Así, las viejas libertades y los derechos cívicos se sumarán al fondo de nuevas libertades generadas por el ocio y la seguridad que la sociedad industrial ofrece a todos. Una sociedad así puede permitirse ser a la vez justa y libre.

Libertad sin justicia

Ahora bien, esta idea de una sociedad basada en la justicia y la libertad, la justicia y la libertad, me parece que ha sido la agenda política del movimiento estudiantil de la década de 1960 y la llamada generación del 68. Había una demanda generalizada tanto de justicia como de libertad: libertad de la coerción del estado, libertad de la coerción impuesta por el capital empresarial, libertad de las coacciones del mercado pero también atenuada por la demanda de justicia social.

La respuesta política capitalista a esto en la década de 1970 fue interesante. Implicó trabajar a través de estas demandas y, en efecto, decir: “Te cedemos en las libertades (aunque con algunas salvedades) pero te olvidas de la justicia”.

Ceder a las libertades estaba circunscrito. Significaba en su mayor parte libertad de elección en el mercado. El libre mercado y la libertad de la regulación estatal fueron las respuestas a la cuestión de la libertad. Pero olvídate de la justicia. Eso se lograría mediante la competencia del mercado, que supuestamente estaba organizada de manera que se asegurara que todos obtendrían lo que merecían. El efecto, sin embargo, fue dar rienda suelta a muchas de las libertades malvadas (por ejemplo, la explotación de otros) en nombre de las libertades virtuosas.

Este giro fue algo que Polanyi reconoció claramente. El paso al futuro que él imaginaba está bloqueado por un obstáculo moral, observó, y el obstáculo moral era algo que él llamó "utopismo liberal". Creo que todavía nos enfrentamos a los problemas que plantea este utopismo liberal. Es una ideología omnipresente en los medios y en los discursos políticos.

El utopismo liberal de, digamos, el Partido Demócrata es una de las cosas que se interpone en el camino del logro de la libertad real. “La planificación y el control”, escribió Polanyi, “están siendo atacados como una negación de la libertad. Se declara que la libre empresa y la propiedad privada son los elementos esenciales de la libertad ". Esto fue lo que plantearon los principales ideólogos del neoliberalismo.

Más allá del mercado

Para mí, este es uno de los temas clave de nuestro tiempo. ¿Vamos a ir más allá de las limitadas libertades del mercado y la regulación de nuestras vidas por las leyes de la oferta y la demanda, o vamos a aceptar, como dijo Margaret Thatcher, que no hay alternativa? Nos volvemos libres del control estatal pero esclavos del mercado. A esto no hay alternativa, más allá de esto no hay libertad. Esto es lo que predica la derecha y esto es lo que mucha gente ha llegado a creer.

Ésta es la paradoja de nuestra situación actual: que en nombre de la libertad, hemos adoptado una ideología utópica liberal que es una barrera para el logro de la libertad real. No creo que sea un mundo de libertad cuando alguien que quiere obtener una educación tiene que pagar una inmensa cantidad de dinero y la deuda estudiantil se extiende hacia su futuro.

En Gran Bretaña, una gran proporción de la oferta de vivienda en la década de 1960 estaba en el sector público; era vivienda social. Cuando era pequeño, esa vivienda social era la provisión básica de una necesidad a un costo razonablemente bajo. Entonces apareció Margaret Thatcher y lo privatizó todo, y básicamente dijo: "Serás mucho más libre si eres dueño de tu propiedad y puedes llegar a ser parte de una democracia propietaria".

Y así, en lugar de que el 60 por ciento de la vivienda esté en el sector público, de repente pasamos a una situación en la que solo alrededor del 20 por ciento, o tal vez incluso menos, de la vivienda está en el sector público. La vivienda se convierte en una mercancía y la mercancía pasa a formar parte de la actividad especulativa. En la medida en que se convierte en un vehículo de especulación, el precio de la propiedad aumenta y se obtiene un costo de la vivienda en aumento sin un aumento real en la provisión directa.

Estamos construyendo ciudades, construyendo viviendas, de una manera que proporciona una tremenda libertad para las clases altas al mismo tiempo que en realidad produce falta de libertad para el resto de la población. Esto es lo que creo que se quiere decir cuando Marx hizo ese famoso comentario: que el reino de la necesidad en realidad tiene que ser superado para alcanzar el reino de la libertad.

El reino de la libertad

Esta es la forma en que las libertades del mercado limitan las posibilidades, y desde ese punto de vista, creo que la perspectiva socialista debe hacer lo que sugiere Polanyi; es decir, colectivizamos la cuestión del acceso a la libertad, el acceso a la vivienda. Dejamos de ser algo que está simplemente en el mercado y lo convertimos en algo de dominio público. Vivienda en el dominio público es nuestro lema. Esta es una de las ideas básicas del socialismo en el sistema contemporáneo: poner las cosas en el dominio público.

A menudo se dice que para alcanzar el socialismo tenemos que renunciar a nuestra individualidad y tenemos que renunciar a algo. Bueno, hasta cierto punto, sí, eso podría ser cierto; pero hay, como insistió Polanyi, una mayor libertad que se puede lograr cuando vamos más allá de las crueles realidades de las libertades de mercado individualizadas.

Leo a Marx diciendo que la tarea es maximizar el ámbito de la libertad individual, pero eso solo puede suceder cuando se resuelve el ámbito de la necesidad. La tarea de una sociedad socialista no es regular todo lo que sucede en la sociedad; De ningún modo. La tarea de una sociedad socialista es asegurarse de que todas las necesidades básicas sean atendidas, proporcionadas libremente, para que la gente pueda hacer exactamente lo que quiera cuando quiera.

Si les pregunta a todos en este momento: "¿Cuánto tiempo libre tienen?" la respuesta típica es “Casi no tengo tiempo libre. Todo está relacionado con esto, aquello y todo lo demás ". Si la libertad real es un mundo en el que tenemos tiempo libre para hacer lo que queramos, entonces el proyecto emancipatorio socialista lo propone como central para su misión política. Esto es algo en lo que podemos y debemos trabajar todos.

Este es un extracto del nuevo libro de David Harvey, The Anti-Capitalist Chronicles , publicado por Pluto Press.

Publicado enSociedad
Solo la guerra de clases puede detener el cambio climático

Un nuevo informe muestra que el 1 por ciento más rico del mundo es responsable del doble de las emisiones de toda la mitad inferior del planeta. El mensaje es claro: para luchar contra el cambio climático, tenemos que luchar contra la clase dominante.

Nuestro nuevo número, "AfterBernie", ya está disponible. Nuestras preguntas son simples: ¿qué logró Bernie, por qué fracasó, cuál es su legado y cómo debemos continuar la lucha por el socialismo democrático? 

Mientras los incendios arden en California, el permafrost se derrite en Siberia, las olas de calor azotan Europa y los huracanes y tifones se hacen cada vez más fuertes, existe una necesidad urgente de una acción climática ambiciosa. La pregunta es cómo será y quién soportará el peso de una transición hacia un mundo más sostenible.

Desde hace varias décadas, el mensaje ambiental dominante para el público ha sido la acción individual. Nos dijeron que para resolver la crisis climática, necesitábamos cambiar nuestras bombillas, cambiar a electrodomésticos de bajo consumo, comprar vehículos híbridos o eléctricos, aislar mejor nuestros hogares, dejar de usar bolsas de plástico y alterar nuestro consumo personal de otras formas.

Estas cosas son, sin duda, cambios positivos, pero no son suficientes para abordar la escala de la crisis que enfrentamos y pueden llevar a conclusiones perversas sobre dónde radica realmente la culpa de la crisis climática.

Existe un creciente argumento de que una de las fuerzas impulsoras de la crisis climática es la población mundial. El mundo está superpoblado, dicen estas personas, y por eso las emisiones son tan altas. Esta opinión la expresan con mayor frecuencia los  eco-fascistas , que creen que se necesita un genocidio para reducir la población humana. Pero la superpoblación también ha sido citada por destacadas figuras liberales como la primatóloga Jane Goodall  y el naturalista  Sir David Attenborough , lo que ha contribuido a generar conclusiones engañosas y preocupantes sobre lo que está alimentando el cambio climático.

Si bien centrarse en el consumo personal nos impone la responsabilidad a todos por igual, centrarse en el crecimiento de la población traslada la culpa a los países de África y Asia, donde la población ha seguido creciendo en las últimas décadas. Sin embargo, estas personas tienen una de las huellas de carbono más bajas del mundo, y cuando miramos qué jurisdicciones han  emitido los gases de efecto invernadero  que están calentando el planeta, la respuesta es definitiva: Estados Unidos y Europa.

Pero incluso culpar por completo a los estadounidenses y europeos es perder el panorama general. Un nuevo informe de Oxfam concluye que el 1 por ciento más rico de las personas por sí solo es responsable del doble de emisiones del 50 por ciento más pobre de la población mundial. Eso significa que incluso si la clase trabajadora del Norte global tomara todas las acciones individuales recomendadas o forzáramos a los pobres del Sur global a dejar de tener hijos, eso no resolvería el problema.

Nuestro presupuesto de carbono restante está siendo sacrificado para que la élite mundial pueda mantener su lujoso estilo de vida, mientras  llevan aviones privados a conferencias sobre el clima para dar la impresión de que les importa. El fundador de Virgin, Richard Branson, ha sido un líder en este lavado verde multimillonario, haciendo  promesas climáticas  que no cumplió mientras expandía su negocio de aerolíneas. Del mismo modo, ElonMusk  afirma preocuparse por el clima para vender más automóviles, mientras  critica el transporte público  y trata de  detener los proyectos de trenes de alta velocidad .

Pero quizás el más prominente de estos multimillonarios que lavan de verde sus actividades insostenibles es Jeff Bezos. A principios de este año, el CEO de Amazon fue elogiado en la prensa por su Bezos EarthFund de $ 10 mil millones; ¡incluso compró los derechos para  cambiar el nombre de un estadio de Seattle después de su promesa climática! Pero aún no  se han otorgado subvenciones del fondo, mientras que Amazon continúa  ayudando a las empresas de petróleo y gas a  extraer combustibles fósiles de manera más eficiente.

Estos multimillonarios afirman que el capitalismo puede resolver la crisis climática y sus inversiones están ayudando a crear una nueva forma de "capitalismo verde" que reducirá las emisiones y marcará el comienzo de un futuro sostenible. Los gobiernos también están cayendo en este mito y lo están colocando en el centro de sus planes de recuperación ante una pandemia.

En julio, el gobierno británico  anunció un plan de recuperación de 350 millones de libras esterlinas para poner al país a la vanguardia de la “innovación verde”, una gota en el océano de la inversión necesaria. Como era de esperar, no incluía ninguna sugerencia de asumir las emisiones de los ricos reduciendo su riqueza, prohibiendo los aviones privados o eliminando las industrias contaminantes de las que se benefician.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, el presidente Donald Trump no tiene un plan climático, pero incluso JoeBiden se enfoca en las energías renovables y los autos eléctricos, mientras promete nuevas carreteras con estaciones de carga y se  niega a prohibir el fracking . Al norte, el reciente discurso en el trono del primer ministro Justin Trudeau  prometió hacer de la acción climática una “piedra angular” de la recuperación pandémica de Canadá, mientras se centra en los vehículos eléctricos, extrae más componentes para ellos e invierte más en energía hidroeléctrica. Guardó silencio sobre los  impactos ambientales   de esas iniciativas.

El capitalismo verde nunca facilitará la escala de acción necesaria para mantener el calentamiento por debajo de 1,5ºC o incluso 2ºC porque se niega a enfrentarse a las personas e industrias poderosas que están alimentando la crisis climática en primer lugar. Continúa asegurando que los beneficios fluyan hacia la cima mientras vaciando a la clase media y produciendo narrativas climáticas que transfieren la carga de la responsabilidad a aquellos que tienen poco poder para hacer los cambios necesarios: el público, si no los pobres del mundo.

El tipo de acción climática que necesitamos requiere enfrentar a los ricos y organizarnos en torno a una visión para un tipo diferente  de sociedad. Eso significa no solo hacer que los ricos paguen impuestos más altos, sino desmantelar activamente las estructuras económicas que facilitan su acumulación de riqueza, tratar al planeta como una abundancia ilimitada de materias primas gratuitas y generar todas las emisiones que calientan el planeta.

O nos enfrentamos al capitalismo y sus vencedores, o seremos incapaces de detener el cambio climático descontrolado, ayudar a los refugiados climáticos que creará o detener el mito eco-fascista de la superpoblación que surgirá como resultado. Nuestra elección es el socialismo o la barbarie, como dijo una vez Rosa Luxemburg. El capitalismo verde no nos salvará.

Publicado enMedio Ambiente
  Mark Blyth, en una imagen reciente. Cedida por el entrevistado

Mark Blyth / Politólogo

 

Las ideas estúpidas abundan y acostumbran a dirigir la vida de la gente. Mark Blyth (Dundee, Escocia, 1967) está decidido a entender el porqué. Profesor de Ciencias Políticas, Economía Internacional y Relaciones Internacionales y director del Rhodes Center of International Economics en la Universidad de Brown, Blyth centra sus investigaciones en el papel que desempeña la incertidumbre en la configuración de los sistemas económicos, así como el de la política ideológica, y pone gran énfasis en la importancia de las políticas económicas.

Blyth, autor de varios libros, entre los que cabe destacar Great Transformations: Economic Ideas and Institutional Change in the Twentieth Century (Cambridge University Press, 2002), The Future of the Euro (Oxford University Press, 2015) y Austerity: The History of a Dangerous Idea (Oxford University Press, 2013), regresa con Angrynomics (Agenda, 2020), en el que sostiene, junto al gestor de fondos de inversión Eric Lonergan, que la creciente oleada de ira que domina la política global tiene su origen en políticas macroeconómicas desacertadas, tecnocráticas. En esta entrevista, Blyth analiza las repercusiones económicas de la crisis de la covid-19, los diversos enfoques que han adoptado los gobiernos y los bancos centrales de todo el mundo para controlarla y cuál podría ser la alternativa inteligente para lidiar con los problemas políticos a corto plazo, así como los de la civilización a largo plazo.

Empecemos por Angrynomics. Ustedes aluden a las raíces económicas que subyacen tras el profundo descontento y la rabia que han caracterizado al electorado occidental durante la última década. ¿De qué maneras la política económica perpetúa esa ira?

En el libro utilizamos la analogía de la macroeconomía como si fuera un ordenador. Todas las economías capitalistas tienen un hardware relativamente similar: todas tienen un mercado laboral y un mercado de capitales, que varían en alcance, profundidad y regulación. Todas las economías tienen software: un conjunto de ideas económicas o un guión dominante que dicta cómo se hacen las cosas en la economía. Históricamente hemos tenido tres “ordenadores” capitalistas diferentes.

El primero fue la globalización bajo el patrón oro, en el que el capital y las personas podían moverse libremente entre países y el sistema se ajustaba utilizando la balanza comercial mediante las exportaciones e importaciones. El problema derivado de esto era estructural: como todos querían ser exportadores, el sistema se sesgaba hacia la deflación. Esto supuso que los salarios se redujeran en relación con las ganancias, lo que derivó en una gran cantidad de mano de obra cabreada. Los primeros intentos de nacionalismo a principios de la década de 1900, como el socialimperialismo de Joseph Chamberlain, estaban destinados a resolverlo. La Primera Guerra Mundial fue el punto culminante, después del cual el sistema se vino abajo.

La versión 2.0 contenía economías nacionales mucho más restrictivas y un sistema monetario internacional basado en el dólar, y un tanto ligado al oro: el sistema de Bretton Woods. Teníamos economías nacionales con mercados laborales nacionales, y los países que producían lo mismo ocasionalmente comerciaban entre sí. Debido al trauma del período anterior, el objetivo de las políticas era el pleno empleo. Ahora bien, el inconveniente de hacer del pleno empleo su objetivo político es el problema de Kalecki. Si se maneja un mercado laboral de pleno empleo durante treinta años, debido a la tecnología estática, en última instancia, lo que se hace es aumentar los salarios antes que la productividad. Eso perjudicará las ganancias y las expectativas de ganancia a través de la inflación en el sistema. Esto es exactamente lo que revirtió ese orden en los años setenta.

Después de las versiones 1.0 y 2.0, hubo un restablecimiento y reconstrucción fundamentales del hardware del capitalismo y una reescritura de su software. La reconstrucción supuso el surgimiento de bancos centrales independientes y la estabilidad de precios se convirtió en el objetivo de la política. Volvimos a abrir la economía mundial, esta vez con 700 millones de personas nuevas que se unieron al mercado laboral mundial y China pasó de la indigencia a la prosperidad relativa. Y, como mostró Branko Milanović con su famosa gráfica del elefante en 2015, esto contrajo los ingresos de aquellas economías de la OCDE que se encontraban entre los percentiles 50 y 85, particularmente en las economías angloamericanas.

Ahora añadamos a esto la crisis financiera de 2008, cuyos costes se distribuyeron asimétricamente. Los propietarios de capital fueron rescatados; el coste de esta operación se incluyó en el balance público, y el sector público se restringió mediante la austeridad. En última instancia, fue una década en la que las pérdidas de ingresos reales y el estancamiento de los salarios se vieron agravados por una depresión de largo efecto, especialmente en el sur de Europa y las periferias anglosajonas. Por lo tanto, la ira política que estamos presenciando ahora se ha estado gestando durante mucho tiempo.

Los partidos de centro y centroizquierda que cedieron la responsabilidad a los tecnócratas de los bancos centrales y la OMC fueron los que no estaban preparados en absoluto para la crisis. Con la covid-19 hemos visto más de lo mismo. Los gobiernos han transferido la responsabilidad política a los bancos centrales, que saben cómo llevar dinero a las empresas, pero no cómo dar dinero a la gente. Esto, por supuesto, conduce a una reacción violenta, que se arma de diferentes maneras y que en parte ha provocado lo que en el libro llamamos la ira pública.

Sus principales propuestas para hacer frente a esta ola de ira son la creación de un fondo nacional de riqueza y un dividendo de datos. ¿Cómo podrían resolver nuestros problemas estas políticas?

Si tienes un grupo de personas enfadadas, las invitas a cenar y las sientas a todas en una mesa unas frente a las otras en filas según de qué lado estén, será una experiencia muy desagradable. Pero si divides la habitación con sofás, pufs y luz ambiente, cambiarás la dinámica. Para salir de este lío necesitamos cambiar los muebles de la habitación.

No solo queremos pensar en políticas de mejora, queremos pensar en incorporar a la economía elementos que reestructuren las interacciones políticas y económicas. Un fondo ciudadano de inversión haría exactamente eso. En estos momentos, la Reserva Federal de hecho ha fijado un nivel mínimo a los precios de los activos, lo que significa que no se permitirá que los precios de las acciones caigan más allá de cierto punto. Esto fomenta el crecimiento en el mercado de valores a pesar de que la economía ha recibido un golpe tremendo, de tal manera que casi existe un divorcio entre el mercado y la economía. Se trata de una oportunidad desperdiciada. Cuando llegó el pánico por el coronavirus, los inversores abandonaron entre el 30 y el 50 % de sus participaciones en acciones. Todo el mundo quería comprar deuda pública porque es el activo más seguro. Esto significa que, teniendo en cuenta las tasas de inflación actuales, durante un período de diez a quince años, la deuda pública cotiza en negativo. Los inversores básicamente te están pagando por pedir prestado.

Con ese tipo de demanda y coste de financiación, la Reserva Federal podría haber emitido un 20%  adicional o más del PIB, comprar todas las acciones que simplemente se desecharon en todos esos mercados de valores y colocarlas en un fondo pasivo gestionado profesionalmente. Podrían gestionarlo como un gran fondo de inversión libre con un perfil de riesgo bajo y permitir que la magia de la prima del 6% que se obtiene en las acciones obre durante una década. El 6%  anual compuesto durante diez años sobre el 20 % del PIB estadounidense les proporcionaría miles de millones de dólares.

Podríamos utilizarlo para pagar nuestra deuda, si resulta molesta, o mejor, podríamos financiar completamente la descarbonización. Por ejemplo, una de las principales causas de fugas de dióxido de carbono son los edificios. Suponen el 30% de las emisiones. Podríamos modernizar todos los edificios de Estados Unidos durante un período de veinte años, y las aptitudes necesarias para ello mejorarían al conjunto de la clase trabajadora estadounidense. O si se piensa desde el punto de vista de un país pequeño y acomodado como Dinamarca, en el que ya se están haciendo cosas buenas, imagina lo que se podría hacer con un 20% más de PIB. Aquí las posibilidades son enormes.

En esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos

En cuanto al dividendo de datos, el 20% de la bolsa estadounidense está compuesta por seis firmas, las denominadas FAANG (Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google/Alphabet). Son lo que algunas personas llaman un negocio de coste marginal cero. Tienen enormes márgenes de ganancia sobre los costes y también tienen estatus de monopolio en muchos sectores. Esto significa que son increíblemente rentables. También significa que, debido a que pueden poner a un país en contra de otro, prácticamente no pagan impuestos.

Pero todas estas empresas funcionan porque se utiliza el producto y se les entrega los datos. Facebook es una mera plataforma. Les das los datos, que luego recolectan y venden. Entonces, ¿por qué se los regalamos? Tenemos el derecho de propiedad de nuestros datos y los datos que generaremos en el futuro para ellos. ¿Por qué no los ponemos en un fideicomiso nacional, en el que cada persona puede optar por participar o no, y después autorizar el uso de esos datos a dichas empresas por un precio muy elevado en lugar de impuestos? Si comienzan a hacer un uso abusivo, los recuperamos. De esa manera, podríamos otorgar transparencia y democracia a estas plataformas que son tan importantes pero que no rinden cuentas, y en el proceso también podríamos recaudar unos valiosos ingresos.

Muchas de las tendencias que presentan en el nuevo libro parecen haberse exacerbado durante esta crisis. El desempleo se ha disparado a nivel mundial, con 500 millones de personas en riesgo de caer en la pobreza, mientras que los multimillonarios estadounidenses han aumentado su fortuna en 565.000 millones de dólares hasta el mes de junio. En la ciudad de Nueva York, donde vivo, los apartamentos de lujo de Manhattan se vaciaron mientras que las UCI de Queens y el Bronx estaban por encima de su capacidad. Me hizo pensar en una frase suya: “Los Hamptons no es una posición defendible”. ¿Qué quiere decir con eso?

En todas las revoluciones provocadas por la desigualdad una cosa está clara: sabemos dónde están los ricos. En este momento están de fiesta en los Hamptons. Si posees capital, alguna salida y propiedades –o, para ser comprensivo, si tienes hijos y estás preocupado por la covid–, por supuesto que te irás a tu casa grande y bonita de la playa. En realidad este dato no es muy interesante, pero es representativo de cómo el mantra que se repetía al comienzo de la crisis de la covid-19 –la idea de que estamos todos juntos en esto– no es cierto. Hay grupos que tienen opciones y las van a utilizar. Y es entonces cuando las distinciones raciales, las distinciones de género, las distinciones de clase y las enfermedades salen a la luz en toda su crudeza.

Estoy sentado en la zona más rica de Providence (Rhode Island). La última vez que lo comprobé, el índice de contagio en mi barrio era del orden del 1 al 2%. Si voy a Central Falls o Pawtucket, o a algunas de las zonas más pobres de Providence, es de algo así como el 14 %. ¿Son los Hamptons una posición defendible? Quizás a corto plazo, pero a largo plazo, es una vulnerabilidad.

La crisis que surgió tras el confinamiento mundial parece muy diferente de la recesión típica. ¿Qué distingue a esta crisis de las demás?

A diferencia de las crisis financieras, esta no comenzó con una burbuja de deuda del sector privado, donde las valoraciones subyacentes no podían estar respaldadas por los flujos de ingresos en los que se basaban los activos. Le dijimos a la población activa que se fuera a casa, pero todo el capital sigue ahí. Ahora tenemos que preguntarnos: ¿podemos volver a la situación anterior? Si alguien te pregunta si a los Yankees les ha ido bien últimamente, la respuesta es bastante fácil de encontrar. Solo es necesario buscar el último partido que jugaron, verificar los marcadores y emitir un juicio basado en ese partido. Pero en esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos. ¿Nos estamos jugando que nadie se quede desempleado durante los tres primeros meses? Esto tendría sentido si se cree que la economía se reactivará en tres meses. ¿Y si son seis meses? Ahí probablemente podemos hacer algo. ¿Pero qué pasa si son dos años? ¿Y si pasa a formar parte del mobiliario?

Analicemos a Boeing. Supone una parte enormemente importante de la economía estadounidense y es uno de los principales constructores de aviones del mundo, pero estaba tan obsesionado con el enriquecimiento de los altos ejecutivos y las readquisiciones que no se molestó en actualizar ninguno de sus diseños. Tenemos el 737 Max, del que todos sabemos que tuvo problemas. Volverá a un mercado en el que ya hay demasiados aviones. Luego está el 777 X: nadie lo quiere, nadie lo necesita. Esto es lo que está sucediendo en una de las empresas más grandes de Estados Unidos debido al enriquecimiento y la sobreinversión.

También podemos analizar las propiedades inmobiliarias comerciales. Digamos que las oficinas se vuelven problemáticas de cara al futuro de un modo distinto al de antes. ¿Qué sucede con los fondos de inversión inmobiliaria que dependen de los ingresos por rentas provenientes de clientes comerciales que después van a los inversores? Se aprecia que esto empieza a estar fuera de control de formas que no estamos monitoreando adecuadamente. Pero la mayor paradoja es que no destruimos nada de nuestro capital. No hubo una quiebra. Simplemente lo dejamos, y ahora, en muchos sectores, no está claro el modo en que podemos recuperarlo.

¿Podemos siquiera averiguar quién lo está haciendo bien? Se podría decir que Estados Unidos está cometiendo todos los errores: no mantuvo a la gente en ERTE, no la protegió, no protegió tanto a la economía. Los cobros por desempleo se concedieron al azar; no se puede acordar una extensión y ahora la gente perderá su casa o su trabajo. Pero ¿y si esos trabajos nunca regresan? ¿Y si necesitan aceptar nuevos trabajos a medida que resurgen los anteriores? La solución europea, lo que yo llamo el Volvo con todos sus airbags, es más amable, pero quizás no tan buena a largo plazo como el Mustang, ya que mantiene a la gente en trabajos que tal vez nunca resurjan. Entonces, ¿cuál es la mejor manera de avanzar? No lo sabemos.

¿Puede desarrollar esta distinción entre el “Volvo” y el “Mustang”? ¿Hasta qué punto se trata de una crisis de capitalismo “en el momento justo”? 

A menudo pienso en Antifragile, de Nassim Taleb, que sostiene que el despido es caro. La optimización es mucho más barata y sale mucho más rentable. Sin embargo, un sistema óptimo convulso se derrumba rápidamente. Hay un motivo por el que la naturaleza te da dos ojos y dos riñones cuando en realidad podrías vivir con uno. El despido es caro pero necesario.   

Esto enlaza con las diferencias entre un Volvo y un Mustang. Si tienes un accidente con un Volvo, no hay problema: está cubierto de airbags. Además es muy cómodo y bonito; mantenerlo cuesta una fortuna. Mientras que si tienes un Mustang, todo es rendimiento. Tienes un motor GT de cinco litros, dos asientos de verdad y algún airbag. Si se activa todo a la vez de la forma correcta, un Mustang puede alcanzar los 160 kilómetros por hora e ir por delante de los demás.

La economía estadounidense se parece mucho a un Mustang. No fabrica airbags. No se detiene. Si todo está optimizado –el mercado de trabajo es flexible, los mercados de capital y los mercados crediticios parecen proporcionar una liquidez infinita–, todo irá de maravilla. Pero si lo que importa es la supervivencia después de un accidente, un Mustang no es el ideal. Esto es lo que estamos viendo en la economía estadounidense en este momento. Cuando algo como la covid-19 alcanza a una economía que solo funciona cuando se asume que todo funciona perfectamente, el sistema se resquebraja y no está claro cómo hay que fabricar nuevos airbags para absorber los golpes. De modo que, el capitalismo “en el momento justo”, si quieres llamarlo así, no es la causa de la crisis, sino que ha exacerbado y amplificado las consecuencias.

La solución de Volvo a esta crisis sería enviar a todos a casa durante meses y pagarles el 80% de su salario original hasta que todos volvamos a nuestros puestos. Vivimos en un mundo en el que eso es posible. En primer lugar, porque todo es comercio de valor relativo, los déficits de todos los países se están disparando, motivo por el que se les culpabiliza. Todo el mundo tiene margen. En segundo lugar, por muchas razones simples y complejas, los tipos de interés llevan cayendo, según algunas estimaciones, ¡700 años! La inflación no se percibe en ninguna parte, excepto en las cestas de la compra de los pobres y en los precios de los activos. En estos tiempos de incertidumbre, se pueden emitir bonos con intereses negativos. Esta es la razón por la que el Volvo puede durarte mucho tiempo.

Sin embargo, a la larga tendrás que salir del Volvo. Ese es el problema. ¿Cómo lo haces? Los republicanos decían que el problema de dar 600 dólares semanales de prestación por desempleo es que se desincentiva a la gente para volver al trabajo. En primer lugar, no pueden volver porque los negocios siguen bajando la persiana. Y, en segundo lugar, cabe plantearse una pregunta más interesante: ¿por qué a los estadounidenses se les paga tan bajo que 600 dólares a la semana les representaría una diferencia tan grande para no incentivarles a ir a trabajar? Esto significa que se ha desarrollado una economía de salarios bajos, lo cual tiene consecuencias muy negativas.

Ya apenas se habla de una recuperación en forma de V,  ¿a qué se debe?

Una recuperación en forma de V presupone una reversión a la media. Incluso una recuperación en forma de W lo presupone. Lo que ha ocurrido es que hemos pasado por un gran bache. Se presupone que la economía volverá a su sitio. Pero ¿y si no es así?, ¿y si terminamos en una senda de crecimiento completamente nueva? En el momento en que somos conscientes de ello –la idea de que gran parte de nuestro capital tendrá que estar paralizado, otras partes deberán ser redistribuidas y que la forma en que hacemos negocios deberá replantearse–, se abandona la idea de reversión a la media.

 ¿Qué pasa con China? ¿Existe un escenario donde salga relativamente fortalecida de esta crisis?

Alguien me sugirió que China es un camión militar en lugar de un Volvo o un Mustang. En cierto modo me gusta. Es lo suficientemente grande como para pasar por encima de todos los baches de la carretera, pero hay que soportar los golpes. Solo sobrevive porque tiene una infraestructura militar. Si quieres que continuemos con la analogía, ahí es donde iría.

China tiene para su economía un sistema de mando y control muy diferente. Cuando los bancos centrales de Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, dicen a los mercados financieros que lanzarán un programa que comprará activos, en realidad están jugando entre ellos. El Estado chino se dirige directamente al sistema bancario y dice: “Le prestarán tanto dinero a esta entidad. Luego dígale a la entidad qué hacer con el dinero”. Es mucho más directo.

Pero el problema, como han señalado Herman Mark Schwartz y Michael Pettis, es que el multiplicador fiscal que se obtiene del dinero disminuye con el tiempo. La primera vez que se recibe un enorme estímulo monetario, es bueno, pero al final se han construido todos los puentes que se podrían construir. Por lo tanto, China puede estar a punto de ofrecer grandes estímulos, pero la efectividad de tales programas de estímulo parece disminuir con el tiempo. De este modo, también está enormemente endeudado en su balance público. Cuenta con los activos correspondientes, pero queda la cuestión de valoración de dichos activos porque es una economía relativamente cerrada.

La pandemia tardó mucho más en asentarse en los países en vías de desarrollo, pero parece que está haciendo estragos tanto en los sistemas de salud pública como en las economías de América Latina y países como India. ¿Cómo les irá según la estructura que usted ha diseñado?

América Latina, a pesar de sus propios esfuerzos y dedicación –y a veces debido a sus propios esfuerzos, ya que se puede ganar mucho dinero con la soja y la destrucción del Amazonas–, siempre se ha integrado a nivel mundial. Los países de América Latina son exportadores de materias primas, y si la economía global se hunde, nadie quiere materias primas, ya sea petróleo o soja. Estos países también se han cargado con una gran cantidad de deuda internacional, expresada en dólares, que ahora es dos veces más cara porque las monedas locales han caído. Esto lo hemos visto en muchas ocasiones con anterioridad en América Latina, y con la covid-19 ha regresado con fuerza.

India es un caso muy distinto. Tiene casi la misma población que China, pero una huella económica mucho más pequeña, un nivel de desigualdad mucho mayor y una gran cantidad de personas que todavía viven en condiciones de subsistencia. Obviamente, la covid-19 les va a afectar mucho más. Estamos empezando a ver esto incluso en aquellas áreas del país a las que parecía que les iba muy bien, como Kerala. Cuando el Golfo Pérsico se quedó sin dinero debido al derrumbe del precio del petróleo, comenzaron a enviar trabajadores migrantes a casa. Sin embargo, todos los trabajadores migrantes habían estado viviendo en barracones, potencialmente con covid-19, y todos están regresando a sus poblaciones de origen. Pero los datos demográficos de la población sin duda parecen ayudar. Ser un país joven parece significar menos muerte.

Digámoslo así. Es bueno tener un Mustang porque aunque tengas un accidente, sigues teniendo un Mustang, aunque la reconstrucción sea dolorosa. Está muy bien estar en un Volvo si tienes un accidente de tráfico; la pregunta es si una vez que te has subido, podrás salir. Para todos los demás que conducen un camión del ejército o simplemente caminan por la carretera, es mucho más difícil.

Se ha hablado mucho de volver a trasladar la producción a Europa Occidental o Estados Unidos, que carecían de la capacidad para abastecerse de kits de pruebas y mascarillas durante la primera oleada de la pandemia. Incluso antes de que estallara la pandemia, existían muchas dudas acerca de la globalización. ¿Qué le depara a dicho proyecto político?

El libro The Leveling, de Michael O'Sullivan, sostiene que la era de la globalización ha terminado y tenemos un vacío de liderazgo mundial. ¡Olvídense del G20, hay un G0! Creo que es cierto, pero hay un problema con simplificar demasiado los efectos negativos de la globalización. El libro de Martin Sandbu, The Economics of Belonging, lo explica muy bien. Es cierto que las crisis comerciales y las atroces políticas internas de ciertos países han ahuecado la base industrial y aumentado la desigualdad. Pero no olvidemos que Apple es una empresa estadounidense que paga sus impuestos a través de Irlanda y Holanda. Prácticamente ninguna de las ganancias termina siendo remitida a Estados Unidos en forma tributable y todavía fabrican muchos de sus productos en China.

Pongamos que relocalizas Apple. ¿Qué ocurriría? Lo que Sandbu destaca es que, en la industria de la manufactura, el capital sustituye al trabajo al margen mejor que en cualquier otro sector. Si se reubica la producción de Apple, esta no pagará a más trabajadores estadounidenses de Foxconn, estos construirán robots. Cada vez se necesita menos que la gente haga cosas. Solo hay que pensar en la impresión 3D y los productos manufacturados a mayor escala. Es un problema fundamental que nos negamos a hacernos a la idea. La cuestión entonces es cómo distribuir el valor añadido de ese aumento de la producción de un modo que derive en un crecimiento sostenible. Se trata de una cuestión política, no económica.

Usted no es en absoluto aislacionista. ¿Cómo propone que orientemos la crítica de la globalización mientras mantenemos un compromiso con el internacionalismo?

El nacionalismo no es una categoría económica. Desde el punto de vista económico, uno se mete en problemas cuando se reemplaza la coherencia entre los medios económicos de producción y el área que abarca un acuerdo democrático. Ahí es donde estamos. La democracia es local, la producción es global. Si puedes diseñar un conjunto de reglas para alinear más estrechamente esos intereses, quizás puedas hacer que el juego sea más positivo.

El otro elemento que me gusta de las economías nacionales es que todos podemos probar cosas diferentes. Si algo critico de la UE, es su idea decimonónica de que solo existe un único conjunto de prácticas idóneas. Si tenemos un conjunto de instituciones encargadas del mercado y un conjunto de formas de lidiar con las crisis, entonces aplanamos todos los nichos, complementariedades y aspectos únicos de estos diferentes modelos de crecimiento, como si existiera una cosa llamada “economía europea”. No existe.

De las economías nacionales se infiere que puede haber experimentos nacionales. Como explicamos al final de Angrynomics, nadie sabe cómo llegar a la descarbonización total. ¿Deberíamos hacer un gran pacto internacional sin supervisión, como el de Copenhague? ¿O deberíamos hacer que cada uno se enfrente a la realidad a su manera y trate de hacer lo que les funcione? Los experimentos nacionales individuales nos permitirían aprender unos de otros y escalar a partir de ahí. Creo que es un modo de hacerlo mucho más sensato y que se puede sobrevivir. Si la desglobalización significa algo, eso es lo que significa para mí.

A lo largo de esta conversación ha criticado el papel de los bancos centrales, la resaca de la austeridad y la redistribución al alza de la renta antes y durante la pandemia. Todo esto se remonta al aumento del descontento social sobre el que escribió en Angrynomics. ¿Cómo sería un programa alternativo?

He escrito sobre el neoliberalismo como un conjunto de ideas, pero otro enfoque es considerarlo un conjunto de prácticas. Me refiero literalmente a las cosas que se hacen: abrir, privatizar, globalizar e integrar. Una vez que se haya tomado esa decisión, a menos que haya guerras, pandemias u otros eventos que alteren el rumbo, es muy difícil imaginar un mundo diferente. Lo que intentamos en Angrynomics es decir que no es necesario un nuevo plan completo, solo es necesario cambiar los muebles.

En la primera parte de la crisis enviamos a la población activa a casa, lo que provocó una caída del consumo y la producción. En la segunda parte nos dimos cuenta de que no hay recuperación en forma de V. No podemos volver a los cruceros, porque no habrá pasajeros. Nuestro capital todavía está allí –no ha sido destruido, a diferencia de lo que ocurre en una guerra–, pero está funcionalmente destruido en el sentido de que no podemos usarlo en estos momentos, y no estamos seguros exactamente de lo que podemos y no podemos utilizar en el futuro.

Pero entonces cabe plantearse una buena pregunta: ¿cómo reutilizamos ese capital? Tenemos una escasez crónica de viviendas, y efectivamente dejamos de construir vivienda pública en 1980. Tenemos todo estos espacios de oficinas, algunos de los cuales son muy elegantes, en lugares verdaderamente agradables. Imaginemos que se contrata a las personas de esos sectores desplazados de la descarbonización y esos edificios se convierten en viviendas neutrales en emisiones de carbono. Puesto que nuestro capital no ha sido destruido, hay que preguntarse cómo deberíamos redistribuirlo. Ese es el lado positivo de todo esto, y teniendo en cuenta el coste actual del capital, solo queda limitado por nuestra imaginación.

Pero este proceso de redistribución de nuestro capital también puede convertirse en una oportunidad para pensar sobre lo que realmente necesitamos y el modo de conseguirlo. Parte de la función del gobierno es actuar como esa financiación provisional que permite al sector privado liquidar activos malos de tal modo que no quiebren y luego reasignar ese capital de tal modo que todos obtengamos un nuevo conjunto de inversiones. Pienso en la descarbonización como la mayor oportunidad de inversión del siglo XXI. Si se hace bien, a partir de ese momento, todo será maravilloso. Si se hace mal, todo lo demás carece de importancia. Es como una opción de compra. La covid nos va a obligar a empezar a tomar esas decisiones.

Por Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 23/10/2020

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Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Phenomenal World.

Traducción de Paloma Farré.

Publicado enEconomía
Fuentes: La marea climática [Foto: Manifestación por el clima en Madrid. EDUARDO ROBAINA]

Los movimientos por el clima Fridays For Future y Extinction Rebellion no afrontan su mejor momento fruto de la pandemia y las restricciones sanitarias.

 

El interés por los efectos del calentamiento global ha sido un constante ir y venir. Sin embargo, hace un par de años el cambio climático vivió una auténtica explosión de atención mediática. gracias, principalmente, a los movimientos por el clima como Fridays For Future y Extinction Rebellion. Ahora, con la crisis sanitaria provocada por la COVID-19, que monopoliza las vidas y las conversaciones, el clima vuelve a estar, contra su voluntad, en un segundo plano. A su vez, las restricciones sanitarias hacen que los movimientos, cuyo éxito reside en tomar las calles, se encuentren en un limbo en el que no esperaban encontrarse. Ante esta tesitura, ¿ha llegado, por lo menos en España, el fin de los movimientos juveniles por el clima tal y como los conocemos?

Una fría mañana de invierno en Madrid, el 19 de enero de 2019, un grupo de ocho personas se reunieron para impulsar la rama española de Extinction Rebellion (XR), un movimiento de desobediencia civil que había surgido un año antes en Reino Unido para denunciar la inacción climática del gobierno. Uno de los que asistió a ese primer encuentro, y responsable de redactar la primera ‘Declaración de Rebelión’, es el escritor, activista y psicólogo español Antonio Cutanda Morant, conocido como Grian. Sobre por qué decidió meterse en esta aventura, asegura a Climática que «sabía que había que hacer algo con el tema del cambio climático, y que había que hacerlo ya. La situación es tan grave que no podía pensar en mi propio bienestar».

Desde el 31 de octubre del año pasado, ya no forma parte de la coordinadora estatal de XR. Lo dejó, explica, porque «los grupos no son fáciles de gestionar, y los movimientos sociales, con su horizontalidad, aún menos». Según explica, «un movimiento social, donde entra todo tipo de gente, puede llegar un momento en que te supone un gasto emocional y energético excesivo, y necesites buscar otras líneas de lucha dentro de la organización». Aun así, cuenta que todo ese desgaste no fue lo que le llevó a abandonar, sino que fue el hecho de «ser coherente con lo que había propuesto»: «Al buscar espacios libres de conflicto he conseguido mantenerme en XR y he seguido siendo útil en distintos ámbitos», zanja.

Grian ha visto crecer el movimiento y ha vivido sus acciones más notorias, como las desarrolladas durante la Cumbre del Clima celebrada en Madrid o las del 7 de octubre de 2019. Ese día, cientos de activistas de Extinction Rebellion España y la plataforma 2020 Rebelión -formada por activistas de Ecologistas, Greenpeace, Fridays…- bloquearon durante horas un puente situado sobre el Paseo de la Castellana, en Nuevos Ministerios (Madrid), al mismo tiempo que se formaba una acampada frente al Ministerio para la Transición Ecológica que duró cuatro días. Para el activista, acciones como estas hacen que el movimiento haya «servido de mucho». En este sentido, tiene muy claro que la «perspectiva con respecto al cambio climático tuvo como catalizadores a Fridays for Future y Extinction Rebellion». Y añade: «Aunque no hagamos ya nada más (que vamos a seguir haciendo), ya habríamos cumplido con nuestro papel».

A aquella primera reunión que sirvió de germen para impulsar el movimiento en España, asistió también Nicolás Eliades, quien fue elegido coordinador de comunicación. Como Grian, Elades ya no forma parte de la organización de XR España. Reconoce que los comienzos fueron duros, y dice estar «decepcionado» con el recibimiento que les dieron otras organizaciones y movimientos. No obstante, considera que todos estos dos años han valido la pena, y que volvería a involucrarse, porque han conseguido algunos de los objetivos propuestos, asegura. Se refiere principalmente a la asamblea ciudadana que el Gobierno se comprometió a llevar a cabo en los cien primeros días de mandato, pero que debido a la pandemia no se ha podido hacer aún realidad.

 

«El movimiento debe reinventarse»

 

Los movimientos son organizaciones complejas, así lo ha dejado patente Grian. En una línea similar se expresa Elades: «Un movimiento como XR tiene que lograr sus objetivos rápido, antes de que se empiece a organizar y burocratizar». Y es ahí, en la ‘burocratización’, donde el movimiento nacido en Reino Unido se ha perdido, según el activista. Asegura que desde que esto ocurrió «ha habido poco impacto» y se ha «perdido la diversidad», lo que ha provocado  que el movimiento se haya «ido diluyendo». Además, cree que un problema de raíz del movimiento ha sido la falta de personalismos.

Preguntado por los errores que se han podido cometer, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, Nicolás Elades no duda en señalar «la tendencia hacia las luchas sociales». Según explica, «no tenemos tiempo para resolver el problema palestino. No se ha resuelto en cien años, y no se va a resolver en ocho años, que es el tiempo que nos queda para abordar la crisis climática, según el IPCC. Lo mismo con el racismo. Aunque todos parten de un sistema que hace que el cambio climático sea posible, estamos en el punto en que primero hay que aliviar los síntomas para ir luego de fondo a la cura de la sociedad en sí». Y remata: «El movimiento ha llegado a su límite y debe reinventarse». Un pensamiento similar al destilado por Grian: «El movimiento creció muy rápido, y los árboles que crecen rápido no son milenarios. De modo que creo que no durará mucho. Pero, si cumple sus objetivos, no hace falta que se eternice».

Extinction Rebellion no llegó oficialmente a España hasta comienzos de 2019, pero su primera acción se produjo meses antes. El 11 de noviembre de 2018, un pequeño grupo se concentró frente al Congreso de los Diputados. Entre los presentes estaban gente de la talla de Yayo Herrero, Luis González Reyes y Jorge Riechmann. Este último es uno de los que más activo se ha mantenido, ya que ha participado en varias de sus acciones hasta el punto de ser detenido en una de ellas.

Para Riechmann, la aparición de estos movimientos ha dado un nuevo impulso a un ecologismo «algo estancado, demasiado reducido a organizaciones con más peso orgánico popular». Según el filósofo, estamos en lo que define como ‘Siglo de la Gran Prueba’, «haciendo frente a una situación histórica y del todo excepcional». En este punto, sostiene que lo fundamental no es tanto que una generación se active políticamente en torno a ciertos temas, sino que la vivencia de esta generación enlaza una amenaza ecológica extrema con el bloqueo de sus expectativas vitales.

Desde XR España consideran que, si bien las organizaciones ecologistas «han tenido a lo largo de los años un papel clave en la divulgación de está cuestión y en la búsqueda de alternativas, movimientos como el nuestro o FFF han logrado que permee a muchas más capas de la sociedad, y por fin la población en general ha pasado a considerarla como una de las grandes amenazas». Aun así, reconocen no haber logrado sus objetivos más ambiciosos en todo este tiempo, aunque avisan: «El movimiento tiene recorrido».

 

De Greta a Girona

 

El viernes 18 de enero de 2019, un día antes de la primera reunión de Extinction Rebellion, tuvo lugar la primera huelga por el clima en España. Fue en Girona, frente a la sede de la Generalitat. La inspiración llegó desde Suecia, de la mano de la activista por el clima Greta Thunberg.  Fueron sus discursos más significativos los que motivaron a cinco jóvenes a llevar a cabo una primera concentración. Rápidamente, el movimiento se extendió a Barcelona, Madrid y otros puntos de España. Más tarde nacería, fruto de la iniciativa de tres jóvenes, Juventud por el Clima, que sirve de paraguas para todos los nodos que más tarde fueron surgiendo por el territorio. Frente al personalismo de Greta Thunberg  y Fridays For Future, Juventud por el Clima se caracteriza por no tener un solo nombre que lidere la lucha.

Lucas Barrero, estudiante de Ciencias Ambientales, fue uno de los cinco de Girona. Para él, Fridays tuvo mucha fuerza durante el primer curso escolar, «como si fuese un geiser». Luego, afirma, se ha ido agotando y no se ha sabido «movilizar igual de bien. No hemos conseguido mantener la tensión mediática».

El joven activista apunta a la COP 25 como el punto de inflexión en el cual el movimiento empezó a perder fuerza; aunque asegura que ya antes se vislumbraba un importante bajón, «sobre todo en términos de participación, no así de movilización». 

Las restricciones sanitarias ocasionadas por la crisis de la COVID-19 han sido claves en ese desplome:  «Se han intentado hacer movilizaciones y mantener los grupos, pero las restricciones de movilidad han hecho más difícil la labor». Asimismo, se muestra pesimista en cuanto al rasgo más característicos de identidad de Fridays For Future-Juventud por el Clima: las huelgas estudiantiles de cada viernes. No cree que deban -y vayan- a seguir «porque ya no generan la misma tensión. (…) Tenemos que ser sinceros y ver hasta qué punto somos capaces dentro de España de movilizar gente con el modelo de las huelgas estudiantiles», cuenta. Finalmente, afirma que Juventud por el Clima ha servido para que muchos jóvenes, aunque ya no sigan dentro del movimiento, puedan tejer redes con otros movimientos sociales.

 

Expectativas vs. realidad

 

Llegados a este punto, ¿es acertado decir que los movimientos por el clima juveniles han sido flor de un día? «Ni muchísimo menos», responde Emilio Santiago, reciente ganador de la primera plaza de antropología climática que ha creado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Este tipo de interpretaciones, cuenta, «son el péndulo lógico de haber esperado demasiado de ellas, lo cual es muy típico de cierta mirada izquierdista». «Algunos piensan que el cambio social es una pleamar que no cesa, pero no: la movilización social funciona con olas que suben y bajan. Y que, además, suelen tener mucha más incidencia como mutaciones del sentido común que como contrapoder alternativo realmente efectivo», asegura Santiago.

Por tanto, teniendo en cuenta lo que expone el doctor en Antropología Social, el problema está en haber puesto sobre movimientos como Extinction y Fridays unas expectativas que no se corresponden con la realidad. «Las explosiones sociales alteran los imaginarios sociales y el sentido común, y de ahí surgen, por un lado, nuevas posibilidades institucionales y, por otro lado, experiencias micro, moleculares, intersticiales, que van abriendo pequeñas brechas, tanto ideológicas como prácticas, en el camino de la guerra cultural». En este sentido, apunta a España como un país muy movilizado puntualmente, pero cuyas movilizaciones dejan poco poso organizativo.

Como ya han apuntado varias fuentes, la pandemia ha contribuido a que los movimientos y la acción climática hayan perdido fuelle. Aquí, Emilio Santiago va más allá y detecta dos problemas derivados de la actual emergencia sanitaria. Por un lado, el confinamiento y las restricciones han cortado de raíz la reunión presencial y, por tanto, «la autoorganización de esas experiencias alternativas que, por pequeñas que sean, son imprescindibles». Por otro lado, asegura que «el clima de receptividad social ha mutado», ya que en estos momentos resulta realmente complicado hacer comunicación o divulgación climática.

En este punto, Santiago presenta dos posibilidades. La primera sería regañar a la población y poner como argumento que el cambio climático es peor, más grave y que mata más que la pandemia. Esta opción, no obstante, la considera «un error político de enorme magnitud». La segunda opción, a su juicio más acertada, es pasar a lo que llama un «estado de hibernación en la militancia climática». Es decir, mantener un perfil más bajo, en el que la crisis climática siga siendo noticia, pero entendiendo que la atención del debate público está puesta en otro problema. Y hace un vaticinio: «El foco climático volverá. Con él volverá a emerger parte de la energía de cambio del 2019, aunque no seguramente en forma de grandes movilizaciones»

Quien también conoce y es capaz de ofrecer un análisis acertado de la situación actual en torno a la acción climática es Gemma Teso, profesora y experta en comunicación del cambio climático. Reconoce la importancia de los movimientos por el clima, porque antes de su aparición «carecían de vías para expresar su preocupación y de fórmulas para canalizar sus reivindicaciones». 

Para ella, los movimientos sociales por el clima aún tienen mucho camino por recorrer, aunque coincide con el resto en el hecho de que se transformarán: «Su influencia irá consolidándose en iniciativas que pueden institucionalizarse de formas diversas, como sucedió con el 15M». En esta línea, afirma que las reivindicaciones sociales se mantendrán en el tiempo porque «los impactos del cambio climático son cada vez más evidentes y severos a la vez que el conocimiento científico es más robusto y los escenarios de futuro son perfilados con gran precisión». 

Aunque pueda parecer que lleven más tiempo, los movimientos por el clima surgieron hace apenas dos años en España. No obstante, a pesar de su corta edad, Fridays For Future y Extintiction Rebellion se enfrentan, como apunta Teso, a una «inevitable» transformación fruto de una sociedad «compleja y cambiante». En definitiva, queda asistir con atención al devenir de estos movimientos, pero un hecho es seguro, y es que las reivindicaciones no cesarán, pues como resalta Gemma Teso, «el derecho a vivir en medio ambiente cuidado y saludable es un derecho fundamental de la ciudadanía».

Por Eduardo Robaina | 24/10/2020

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/estado-movimientos-por-el-clima/

Publicado enMedio Ambiente
Clases subalternas, luchas sociales e insurgencias populares tras las pistas de Gramsci

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.

Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.

Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.

El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:

‒En mi hambre, mando yo.

Eduardo Galeano, Peligro en el camino.

 

Al leer los Cuadernos de la Cárcel, resulta casi imposible no dejarse instigar por la forma como Gramsci valoriza los impulsos de rebelión y los “trazos de iniciativa autónoma” de los de abajo. Con su lupa de historiador integral parece buscar los movimientos de los subalternos en los márgenes de la historia, pero para romper su cerco: como movimientos populares de masas que puedan asumir el desafío de la construcción de la hegemonía. Gramsci nos dejó un conjunto de criterios metodológicos, pero también innumerables pasajes de interpretación de la actuación de las masas trabajadoras y campesinas de Italia, donde observamos estos instrumentos en pleno funcionamiento. No siempre con una delimitación teórica unívoca; por momentos, más próximo de un trabajador manual que busca los instrumentos para “abrir” la realidad, pero con la certeza de quien busca las fuerzas subjetivas de los procesos históricos. Tuvo siempre como referencia irrefutable el protagonismo de las masas trabajadoras, de cuya trinchera organizativa formó parte como dirigente.

¿Por qué reivindicar esta interpretación para reconstruir a los movimientos de las clases subalternas en los días actuales? La categoría de subalternidad –presente en los conceptos de clases y grupos subalternos– nos es tan necesaria porque posee una amplitud y una suerte de movilidad (interna) que nos permite identificar, valorizar, descifrar y comprender momentos diferenciados de la actuación de estos grupos, en el contexto de la lucha hegemónica. Al repasar la historia de los grupos subalternos, Gramsci no constata de forma inamovible la dominación, ni celebra identidades coaguladas, pues la subalternidad es un estado a ser superado. Pero Gramsci también se pregunta por los sujetos del antagonismo de clases desde la pedagogía de la pregunta (Ouviña, 2012): “¿por qué perdimos? La pregunta va a retumbar en el silencio del encierro de la prisión fascista y será el motor de su ansia por conocer el mundo de los subalternos en clave de su posible expresión antagónica. De ahí la importancia de la perspectiva de la subalternidad para descifrar la diversidad de los grupos subalternos, pero también para pensar los momentos de derrota y los contextos de reflujo de los movimientos, para reabrir la confrontación hegemónica en los tiempos futuros (Modonesi, 2010)

Para reconstruir el movimiento de las clases subalternas

Proponemos reconstruir la categoría de subalternidad, privilegiando su abordaje como fenómeno de clase, relacionada con procesos colectivos y sociales (Liguori, 2011 y 2015). Por lo tanto, no es sinónimo de grupos oprimidos, dominados o identidades diversas. Su vida fragmentada es expresión de la situación de explotación y opresión en que se encuentran: no se trata de una condición a ser preservada o afirmada, sino superada hegemónicamente (Durante, en Del Roio, 2017 y 2018).

¿Quiénes son las clases y grupos subalternos?Al leer las fragmentarias notas sobre los grupos subalternos en los Cuadernos de la Cárcel, parecería que Gramsci está ensayando un concepto de clase que tiene que ser lo suficientemente amplio como para dar cuenta de la diversidad, pero también útil para captar impulsos de rebeldía diferenciados en las masas trabajadoras y campesinas.

En los análisis de Liguori (ibidem) se destacan dos acepciones: a) como un concepto que nos permite pensar en segmentos de clase diferenciados que aún no son hegemónicos (desde segmentos de clase fundamentales, como el proletariado industrial, hasta segmentos de clase marginales y periféricos); b) como un término dialécticamente relacionado pero opuesto al de “dominante”: clases subalternas en oposición directa al concepto de clase dominante.

Gramsci observa, simultáneamente, con el mismo instrumento conceptual, una diversidad de relaciones de clase: desde los campesinos y trabajadores agrícolas –olvidados por la ausencia de una reforma agraria durante el Rissorgimento, sometidos a diversos sistemas de explotación de la tierra (Boothman, en Del Roio, 2017)– hasta los trabajadores del corazón industrial de Turín. Pero también está interesado en descifrar los procesos de subordinación, al delimitar el término en un campo opuesto (pero dialécticamente relacionado) al de los grupos “dominantes”. Lo interesante es que estos procesos de subordinación suceden dentro y más allá del ámbito de la producción, abarcando grupos sociales subalternos –camadas sociales que no siempre pueden ser definidas como segmentos de clase propiamente dichos– que tienden a sufrir la iniciativa de la hegemonía burguesa. Sin embargo, es en las brechas de la subordinación que surgen los impulsos de rebeldía y los elementos de antagonismo social de este heterogéneo mundo popular –pues se trata de segmentos con diversa capacidad organizativa y de conciencia. Modonesi (2010: 37) identifica en Gramsci un esfuerzo de conceptualizar la experiencia de la subordinación, con todas sus contradicciones: “El concepto de subalterno permite centrar la atención en los aspectos subjetivos de la subordinación en un contexto de hegemonía: la experiencia subalterna, es decir, en la incorporación y aceptación relativa de la relación de mando-obediencia y, al mismo tiempo, su contraparte de resistencia y de negociación permanente”.

Con un mismo concepto, Gramsci refleja la preocupación de mostrar un conjunto diverso de segmentos de la clase que tienen en común el hecho de no ser hegemónicos y, al mismo tiempo, los procesos de subordinación que los silencian, produciendo inclusive impulsos de rebeldía de radicalidad diferenciada. Tal como alerta Liguori (2015), con el par hegemónicos/subalternos, Gramsci nos ofrece categorías más amplias que entrelazan mejor la posición social y la subjetividad, el elemento estructural y el elemento cultural e ideológico. Es una perspectiva que nos permite abordar a los explotados y oprimidos en un sentido amplio, pues los antagonismos de clase son iluminados por nuevas determinaciones, más allá de los conflictos del mundo del trabajo: “Gramsci fue más allá de las clases fundamentales del capitalismo y descubrió, en el silencio de la historia de las camadas subalternas, las dimensiones culturales que no podían incorporarse simplemente al concepto de proletariado europeo, blanco y masculino. Gramsci no abandonó la centralidad de la clase trabajadora definida por la inserción en las relaciones de producción capitalista. La subalternidad era una dimensión acrecentada, que permitía cruzar las diferentes formas de sujeción de trabajadoras y trabajadores en un sentido amplio” (Secco, en Del Roio, 2017: 16).

¿Cómo se mueven las clases subalternas?

Queriendo descifrar las particularidades de la lucha de clases en Italia, Gramsci se sumerge en la acción caótica y episódica de los grupos subalternos –aún “no dominantes”, “no hegemónicos”. Lejos de designar atributos fijos, intenta pensar en su dinámica de movimiento: ¿cómo se rebelan? ¿será que pueden tornarse fuerzas antagónicas al capital? ¿Cómo superan el estado de subalternidad? Así, pasa a esbozar características y criterios metodológicos que aparecen, a veces enunciados, a veces en pleno funcionamiento en su análisis de las masas populares. En sus palabras:

“La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente desagregada y episódica. Es indudable que, en la actividad histórica de estos grupos, existe una tendencia a la unificación, aunque en términos provisorios, pero esta tendencia es continuamente destruida por la iniciativa de los grupos dominantes […]. Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, incluso cuando se rebelan e insurgen: sólo la victoria ‘permanente’ rompe, y no inmediatamente, la subordinación. En realidad, incluso cuando parecen victoriosos, los grupos subalternos están en estado de defensa, bajo alerta […]. Por eso, todo trazo de iniciativa autónoma por parte de los grupos subalternos debe ser de valor inestimable para el historiador integral” (Gramsci, 2002: 135).

Más allá de esta primera caracterización, es interesante observar el esfuerzo gramsciano por valorizar los “trazos de iniciativa autónoma”, ya sea como expresiones más espontáneas (especialmente en sus segmentos marginales y periféricos), o como insurgencias con potencialidades de unificación y construcción de otra hegemonía. En una cuidadosa búsqueda de los impulsos de autonomía presentes en el mundo popular, en su variada radicalidad, Gramsci señala: “Hay, por lo tanto, una ‘multiplicidad’ de elementos de ‘dirección consciente’ en estos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante o supera el nivel […] del sentido común” (2000b: 194). Y al volver a la experiencia del movimiento turinense afirma: “Este elemento de ‘espontaneidad’ no fue descuidado, mucho menos despreciado: fue educado, orientado, […] para tornarlo homogéneo en relación con la teoría moderna, pero de una manera viva, históricamente eficiente” (ibidem, 196). Aquí, las clases subalternas fundamentales (a través de su instrumento político) tendrían la función de dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos, para romper con la subalternidad y evitar posibles escenarios de reacción.

Pero hay más. Con su lupa, Gramsci busca momentos de antagonismo y potenciales impulsos de rebelión en las más variadas expresiones culturales de las masas, valorando áreas de subjetivación cuya politicidad no solía ser reconocida (Modonesi, 2010). No por casualidad afirmará que toda relación de hegemonía es una relación pedagógica. Al sumergirse en la ideología de las clases subalternas, en las formas contradictorias como construyen su identidad de clase, se preguntará por el “núcleo saludable del sentido común”; por el significado de la cultura popular y el folclore; de la religiosidad; del lenguaje; de los “elementos de la psicología popular”; sobre “las aspiraciones más elementales y profundas de los grupos subalternos” (2002: 143). Si las masas “sienten” y “razonan con la experiencia” (Dias, en Del Roio, 2017: 73), es al sumergirse en ellas que el historiador integral puede entender y extraer pistas para la construcción de nuevas relaciones hegemónicas: no para celebrarlas en su expresión desagregada, sino para elevarlas, promoviendo su progreso a través de una reforma intelectual y moral que deshaga el dominio ideológico de la burguesía. He aquí su invitación:

“El elemento popular ‘siente’, pero no siempre entiende o sabe; el elemento intelectual ‘sabe’, pero no siempre entiende y, menos aún, ‘siente’. […] El error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y, principalmente, sin sentir y estar apasionado (no sólo por el conocimiento mismo, sino también por el objeto del conocimiento), es decir, en creer que el intelectual puede ser un intelectual (y no un mero pedante), incluso cuando se distingue y se diferencia del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolos en determinada situación histórica, así como relacionándolas dialécticamente con las leyes de la historia” (1999: 221).

Como buen intelectual orgánico de las clases subalternas, entiende, a la luz de la experiencia histórica, que la creación de una cultura antagónica (y subjetividad) – la “conquista colectiva del mismo clima cultural” (ídem, p. 399) – es un momento central en la lucha anticapitalista: “Crear una nueva cultura no significa sólo hacer descubrimientos ‘originales’ individuales; significa también, y sobre todo, difundir críticamente las verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’ […] transformarlas en la base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral” (ibidem: 96).

Gramsci nos ofrece también criterios metodológicos que funcionan como una lente para cualificar las fases a través de las cuales los grupos subordinados podrían adquirir autonomía; una suerte de guía para leer su existencia objetiva; sus diferenciaciones internas; su representación política; sus niveles de politización y organización. Para identificar este “grado de conciencia histórico-político al que estas fuerzas innovadoras han llegado progresivamente”, se necesitan dos parámetros: a) investigar e identificar las fases a través de las cuales se adquiere autonomía en relación a los enemigos (“separación”); b) adhesión de los grupos que las ayudaron de forma activa y pasiva, es decir, la capacidad de “unificar en torno de sí al pueblo” (Gramsci, 2002: 141).

De esta forma, al analizar el significado de la actuación de las clases subalternas, Gramsci identifica diferentes momentos de extrema utilidad para entender las luchas sociales:

  • Valoriza los núcleos de contestación a partir del llamado “espíritu de cisión”: las pequeñas “chispas” del descontento popular, las rebeliones y las insurgencias, dando visibilidad a reivindicaciones concretas, pero buscando elevar los núcleos de dirección consciente, presentes en las manifestaciones más espontáneas;
  • Señala la necesidad de su expresión antagónica: por lo tanto, su capacidad de “separación” de los grupos dominantes;
  • Busca entender su capacidad de unificación “en torno de si” (formando movimientos de masas), es decir, su capacidad de dirección hegemónica en relación con otros grupos: “entre los grupos subordinados, uno ejercerá o tenderá a ejercer una cierta hegemonía a través de un partido” (ibidem, 140).

Este proceso aparece retratado en un pasaje clásico: “¿Qué se puede contraponer, por parte de una clase innovadora, a este formidable complejo de trincheras y fortificaciones de la clase dominante? El espíritu de cisión, es decir, la conquista progresiva de la conciencia de la propia personalidad histórica, espíritu de cisión que debe tender a expandirse de la clase protagonista a las clases aún potenciales: todo esto requiere un trabajo ideológico complejo” (Gramsci, 2000a, 79).

Esta misma preocupación vuelve a aparecer al analizar diferentes momentos en la “relación de fuerzas” políticas, proponiendo considerar el grado dehomogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado por los diversos grupos sociales. De esta forma, nos ofrece un parámetro para comprender los diversos momentos de la conciencia política colectiva de los grupos subalternos: el primer momento económico-corporativo, donde “se siente la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarlo, pero aún no la unidad del grupo social más amplio” (Gramsci, 2000b: 41); un segundo momento “en el que se alcanza la conciencia de solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el ámbito puramente económico” (ibidem) (la cuestión del Estado ya aparece, pero en los marcos existentes, en el ámbito de lograr una igualdad jurídica y política con los grupos dominantes); un tercer momento en el que se entiende que los propios intereses corporativos pueden y deben convertirse en intereses de otros grupos subordinados: la fase más estrictamente política y universal.

Por último, algunas observaciones que se relacionan con la tradición política y teórica de la que Gramsci formaba parte. Aun extremamente actuales, aunque en condiciones históricas radicalmente diferentes: la subalternidad es un estado a superar, teniendo como premisa la necesaria unificación de las clases subalternas a través de un instrumento político que teja esta universalidad y las prepare para la lucha por la hegemonía, para la conformación de un nuevo Estado (y su posterior extinción). Vamos a desagregar esta afirmación en todos sus significados:

La subalternidad es un estado a superar, requiriendo instrumentos y momentos de unificación de los grupos subalternos desde una perspectiva de clase. No parece haber en Gramsci lecturas que propongan una uniformidad de los sujetos diversificados que los componen, pero queda claro que su autonomía sólo puede ejercerse en la unidad, para neutralizar tendencias apaciguadoras que buscan su abolición y esterilización (Secco, en Del Roio, 2017); para disolver los mecanismos de subordinación que los mantienen fragmentados y desarman las luchas por la hegemonía. Las clases subalternas se rebelan, pero esto no es suficiente, de ahí la necesidad de los elementos de dirección consciente proporcionados por la experiencia del partido político de clase. Este instrumento jamás podría ser una “dirección arbitraria” o una estructura separada, sino que debería surgir de una relación dialéctica con las masas (una suerte de dialéctica partido-movimientos) (Liguori, 2015). Como proceso educativo, la vida colectiva y la autoorganización de la clase alimentarían el movimiento del partido, consolidando un instrumento que se estructuraría a partir de las luchas sociales de las masas trabajadoras. Dirigente y educador de las masas, pero originado y educado por las masas de las que es un producto. Funcionaría como un instrumento capaz de canalizar la rebeldía de los subalternos, tejiendo impulsos de enfrentamiento del orden, promoviendo una reforma intelectual y moral que niegue la subalternidad, uniendo y liderando una alianza de clases y grupos sociales (Green, 2016; Schlesener, en Del Roio, 2017; Del Roio, 2018).

Los impulsos de rebeldía presentes en las clases subalternas deben ser comprendidos en el contexto de las luchas por la hegemonía. Protagonizan insurgencias y rebeliones, pero deben organizarse; tornarse orgánicas; prepararlas en su disposición para la lucha (superando el espontaneísmo); consolidándose como movimientos de masas. Esto significa que la lucha pulsa, pero no en un plano meramente corporativo, sino a un nivel político-universal – requiriendo cualidades excepcionales de paciencia y espíritu inventivo. Cualidades a ser ejercitadas en las fortalezas y casamatas que custodian la hegemonía burguesa a través de la guerra de posición. Es una lucha que requiere la progresiva elevación intelectual de las masas y la organización de los grupos subalternos en cuanto clase; de ahí el papel pedagógico desarrollado por los movimientos, los partidos y otros instrumentos organizativos. Entre los impulsos de rebeldía y las luchas por la hegemonía, hay un largo camino por recorrer que debe abrirse en clave de la “correlación de las fuerzas políticas”, de la que hablamos páginas atrás.

Para salir de los márgenes de la historia, las clases subalternas deben tornarse Estado. Dijimos que clases subalternas es un concepto opuesto al de clase dominante, estando su condición ligada a “una función desagregada de la sociedad civil”, al hecho de no ser Estado. De allí que superarla implica el desafío de tornarse Estado, elaborando una propuesta de reorganización de toda la estructura nacional y provocando rupturas en su esencia de clase: afirmando la “autonomía integral”, aglutinando y unificando en torno de sí a las diversas fuerzas populares, poniendo “las grandes masas populares en contacto con el Estado” (Gramsci, 2002: 93).

Nuevas determinaciones para descifrar las luchas del tiempo presente

La riqueza de la categoría de subalternidad también deriva de su capacidad de iluminar un análisis más amplio de las clases y de la propia lucha de clases, permitiendo una apertura categorial que permite ensanchar y pluralizar estas concepciones (Liguori, 2011 y 2015; Semeraro et al., 2013; Del Roio, 2017 y 2018; Secco, en Del Roio, 2017). Inclusive afirmando que “la hegemonía nace de la fábrica”, podemos pensar que hay en Gramsci pistas para entender el movimiento de las clases subalternas, más allá del ámbito de la producción, dando visibilidad a los procesos de subordinación que operan en la disputa por la hegemonía. Gramsci nos permite ampliar la noción de clase porque los subalternos están más allá del espacio de la dominación de la fábrica, de ahí que en el contexto estructural de la explotación capitalista (y la subordinación económica) podamos entender otras formas de sujeción que afectan a diversos grupos sociales explotados y oprimidos (Secco, en Del Roio, 2017).

Vale la pena un pequeño paréntesis. No hay dudas acerca de la necesidad de trabajar con una noción de clase que exprese su diversidad actual, relacionada con diferentes formas de explotación del trabajo, pero que forman parte del mismo circuito de producción del valor. Desde una perspectiva de totalidad, supone también dar visibilidad a los circuitos de explotación y expropiación que producen diversos antagonismos sociales. Gramsci nos permite añadir otro elemento, en la medida en que al problematizar la subalternidad nos remite a los efectos de la subordinación al capital más allá de la esfera de la producción, y, por lo tanto, afectando también a grupos sociales expropiados y oprimidos más allá de su condición de trabajadores.

Por ello, sería un error entender conflictos, luchas y movimientos sociales que no derivan directamente del mundo de la producción de forma desvinculada de la dinámica de la sociedad de clases, o considerar tan sólo dimensiones culturales de la opresión y de la identidad de los subalternos, sin reconstruirlos dentro de los antagonismos de clase. Pero también sería un equívoco pensar que las luchas de los subalternos podrían tener un lugar secundario en relación con la lucha de clases, como si sus reivindicaciones pudieran ser verdaderamente resueltas sin antagonismo con el capital. Por ejemplo, las luchas de las mujeres contra el patriarcado no deben entenderse como externas o secundarias en relación con las luchas de clase: si las luchas feministas ponen al descubierto el hecho de que la explotación del trabajo reproductivo es un momento central para el capital, éstas producen una conciencia teórica que resulta importante no sólo para las mujeres, sino también para los procesos de construcción de una reforma intelectual y moral. Los procesos de construcción de la subalternidad de las mujeres en la sociedad capitalista patriarcal son inseparables de las necesidades de la acumulación; por lo tanto, sus luchas no podrían abandonar el estado de subalternidad sin causar rupturas en los antagonismos de clase. Es una apuesta por entender a los movimientos feministas en el campo de las relaciones de hegemonía (Durante, en Del Roio, 2017).

Encontramos en Gramsci pistas que nos permiten entender momentos y sujetos diferentes del antagonismo de clases, que forman parte de una misma totalidad – aunque no siempre aparezcan de manera articulada en la conciencia y en la práctica histórica de los subalternos. A pesar de la interdependencia dialéctica (como en las interpretaciones de Clovis Moura) entre los procesos de colonización de América Latina y la acumulación primitiva que empujó el ascenso del modo de producción capitalista, es difícil encontrar análisis que reconstruyan la simultaneidad dialéctica de diversos sujetos que fueron capaces de desnudar y enfrentar diferentes expresiones de los antagonismos de clase, ya sea en la periferia, o en el corazón del capitalismo central: geográficamente distantes; con formas políticas y sujetos diferentes, pero partes simultáneas de la misma totalidad de la explotación capitalista. José Carlos Mariátegui fue otro intelectual que reflexionó en esta misma dirección, relacionando la subalternidad indígena con el problema de la tierra (y la particularidad de las relaciones de clase en Perú), utilizando una noción ampliada de clase. Es por esta razón que la noción de clases y grupos subalternos puede ser útil para comprender sujetos colectivos, característicos de la periferia capitalista, presentando importantes confluencias con movimientos e insurgencias populares históricas o contemporáneas, como sugieren los análisis de Liguori (2015) o Semeraro (2013).

¿Como salir de los márgenes de la historia? Algunas conclusiones provisorias

La categoría de subalternidad es extremadamente útil para descifrar el universo de las insurgencias populares en su capacidad para alimentar la construcción de procesos de hegemonía. Es una perspectiva teórico-metodológica y política fundamental para aquellos que quieren entender expresiones de rebeldía inmediata; la organización de movimientos populares; reflexionar sobre el significado de los procesos de autoeducación y elevación intelectual de las masas. Pero también nos advierte sobre los riesgos de su esencialización, como si su capacidad disruptiva fuera automática en relación con conflictos y antagonismos (Modonesi, 2010).

Gramsci nos inspira a pensar que el trabajo manual del historiador integral es el de reconstruir estas subjetividades colectivas a la luz de las luchas, pero inmersas en la experiencia contradictoria de la dominación, en los laberintos de las relaciones entre rebeldía y obediencia. Es apostar por el conocimiento de las clases subalternas, partiendo de sus impulsos de rebeldía inmediata, indagando su potencial capacidad político-organizativa; la capilaridad de sus luchas en los territorios y periferias; identificando la “conciencia teórica” presente en sus actividades; su potencialidad para la realización de la “gran política” (Semeraro, 2013).

Afirmamos también que esta categoría nos proporciona una cierta movilidad para capturar diferentes momentos en el proceso de tornarse clase de los grupos subalternos. Es lo suficientemente amplia como para permitirnos valorar desde tímidos trazos de iniciativa autónoma hasta momentos de rebelión e insurrección; porque ilumina la necesidad de la expresión antagónica de los subalternos (sin despreciar los elementos espontáneos, sino educándolos, orientándolos); porque señala el desafío de la construcción de movimientos de masas, pero en la perspectiva de la unificación del conjunto de las clases subalternas; porque no celebra impulsos coagulados de autonomía, sino que muestra que para salir de los márgenes de la historia es necesario romper con la subordinación y asumir el desafío de la disputa por la hegemonía; pero muestra que esta tarea de unificación se hace a muchas manos, distante de cualquier construcción política de minorías. Al proponer un balance del movimiento de Turín, nuestro intelectual afirmaba: “Esta unidad de ‘espontaneidad’ y ‘dirección consciente’ […] es exactamente la verdadera acción política de las clases subalternas como política de masas y no simples aventuras de grupos que invocan a las masas” (2000b: 196).

Las luchas, los movimientos populares y los procesos organizativos de los y las de abajo son fundamentales para la unificación de las clases subalternas, para su constitución como clase, para la realización de la reforma intelectual y moral para una nueva hegemonía. Podemos extraer de Gramsci preguntas que nos guían: preocupaciones, claves analíticas e hipótesis de trabajo para indagar al mundo de los subalternos, desde la perspectiva de su expresión antagónica. Una apuesta por ubicarlos en el tablero de la guerra de posición. ¿Cuáles son los instrumentos organizativos capaces de cumplir este papel pedagógico? ¿Cómo reconstruir el espíritu de escisión? ¿A partir de qué referencias culturales y organizativas es posible reconstruir la identidad de clase? ¿Qué organismos populares son capaces de arrancar influencias regresivas que operan en la sociabilidad contemporánea de las masas y promover su elevación cultural? ¿Cómo disolver el consenso y la movilización en torno a valores retrógrados que proliferan en tiempos de reacción? ¿Quién organiza a los subalternos? ¿Cómo se organiza el conformismo social? ¿En qué consiste el aparato cultural de la hegemonía burguesa que opera cimentando la subalternidad?

Es importante volver a poner la lupa sobre los elementos de la cultura popular, en las expresiones de rebeldía espontánea, en los organismos de autorganización y en los posibles momentos de unificación. Sumergirnos en el universo de las insurgencias populares para rescatar y valorar el espíritu de escisión, para iluminar los momentos en que los grupos subalternos puedan finalmente afirmar: “¡en mi hambre, mando yo!”.

Katia Marro es docente de la Carrera de Servicio Social de la Universidad Federal Fluminense (Rio das Ostras, Brasil).

Por Katia Marro

22 octubre 2020

 

Referencias

Coutiño, Carlos Nelson (1999) Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

__________ & Teixeira, Andreia (Org.) (2003) Ler Gramsci, entender a realidade. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Del Roio, Marcos (Org.) (2017) Gramsci: periferia e subalternidade. São Paulo, Edusp.

__________ (2018) Gramsci e a emancipação do subalterno. Editora UNESP.

Gramsci, Antônio (1999) Cadernos do Cárcere. Volume 1. Introdução ao estudo da filosofia. A filosofia de Benedetto Croce. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1999.

__________ (2000a) Cadernos do Cárcere. Volume 2. Os intelectuais. O princípio educativo. Jornalismo. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2000b) Cadernos do Cárcere. Volume 3. Maquiavel. Notas sobre o Estado e a política. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2002) Cadernos do Cárcere. Volume 5. O Risorgimento. Notas sobre a história da Itália. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Green, Marcus (2016) “Gramsci e as lutas subalternas hoje: espontaneidade e organização política”, Revista Outubro. Revista do Instituto de Estudos socialistas, nº 25, p. 53-81, março de 2016. Disponible en http://outubrorevista.com.br/wp-content/uploads/2016/03/3_Green-traducao.pdf (consultado el 25 de junio de 2020).

Liguori, Guido (2011) “Tre accezioni di “subalterno” in Gramsci”, Revista Critica marxista, Roma, Dedalo, 6, p 33-41, 2011. Disponible en https://criticamarxistaonline.files.wordpress.com /2013/06/6_2011liguori.pdf (consultado el 20/02/20).

__________(2015) “Classi subalterne” marginali e “classi subalterne” fondamentali in Gramsci”, Revista Critica Marxista. Roma, Dedalo, 4, p. 41-48, 2015. Disponible en http://igsarchive.org/article/classi-subalterne-marginali-e-classi-subalterne-fondamentali-in-gramsci/ (consultado el 10/02/20).

Mattos, Marcelo Badaró (2019) A classe trabalhadora, de Marx ao nosso tempo. São Paulo: Boitempo.

Modonesi, Massimo (2010) Subalternidad, antagonismo y autonomía: marxismos y subjetivación politica. Buenos Aires: Clacso/Prometeo.

Semeraro, Giovanni et al (2013) Gramsci e os movimentos populares. Niterói, Editora da UFF.

Simionatto, Ivete (2009) “Classes subalternas, luta de classe e hegemonia: uma abordagem gramsciana”, Revista Katalysis. Universidade Federal de Santa Catarina, Florianópolis,12, vol. 1, p. 41-49.

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Franco Berardi ‘Bifo’: “Tenemos que entrar en sintonía con el caos”

El filósofo italiano Franco Berardi Bifo presentó su libro El umbral. Crónicas y meditaciones, donde comparte su diario durante la pandemia y analiza la situación geopolítica que cristalizó el coronavirus.

 

Bifo dice que el comienzo de la pandemia le produjo una soledad eufórica: “Se desató un tiempo tan terrible como útil. Escribir sobre mi experiencia personal ha sido una manera casi involuntaria de analizar muchos acontecimientos que pasan en el psiquismo global”. Sobre la portada del libro El umbral. Crónicas y meditaciones (Tinta Limón, 2020), donde destaca una ilustración de su autoría, cuenta que es resultado de momentos donde está “un poco nervioso” y necesita conectarse con “una esfera menos racional”. Referente del movimiento de la autonomía obrera italiana y fundador de importantes experiencias de comunicación alternativa, Bifo se transformó en una de las voces más influyentes para leer la coyuntura internacional.

¿Qué significa que el coronavirus pasó de ser un biovirus a un infovirus y por qué eso nos coloca como humanidad ante un umbral?


Tengo que anticipar el discurso a un período anterior a la explosión de la pandemia. Al final del año 2019, durante la explosión de revueltas en todo el mundo. De Hong Kong a Quito, La Paz, Santiago de Chile, Barcelona, París, Beirut. En el otoño de 2019 me pareció que se estaba verificando algo de nuevo muy espasmódico. Me pareció que estábamos ante una confusión del cuerpo global. Como si el cuerpo de las nuevas generaciones, especialmente de la generación precarizada, hubiese nacido en el interior de la aceleración telemática.

Esta generación estaba produciendo un rechazo muy violento, muy corpóreo a la sofocación. Esa sofocación es el punto de partida de todo esto. La imposibilidad de respirar que el movimiento negro expresa con las palabras “I can’t breathe”. Es el símbolo y el síntoma al mismo tiempo del efecto que 40 años de dictadura neoliberal ha producido sobre el cuerpo y el cerebro, entendido de una manera neurofisiológica casi. Es esta corporeidad conectiva la que explota sin proyecto, sin estrategia. Desde mi perspectiva, el centro de la revuelta de otoño de 2019 es Chile. Porque en Chile todo empezó. En Chile todo puede terminar. La dictadura fascista y neoliberal.

Pero la explosión fue como un estallido de locura, una convulsión. Y la convulsión anticipaba el colapso que llegó en febrero con la pandemia. En este momento es el caos lo que tenemos que interpretar. No podemos interponer fórmulas políticas del pasado. Tenemos que entrar en sintonía con el caos. Cuando se verifica una situación de caos es inútil y peligroso pensar que tenemos que hacer la guerra contra el caos. El caos se alimenta de la guerra.

Es la primera vez que se puede usar la palabra extinción en un sentido político y no biológico. Porque la extinción se ha vuelto muy probable. Lo que tenemos que hacer es captar un nuevo ritmo, a nivel sensible, a nivel de formas de vida. Es un proceso que puede ser muy largo y muy doloroso. Yo creo que la pandemia obliga a la sociedad global a buscar un ritmo sintónico con la situación caótica que 40 años de locura neoliberal han producido. Estamos en el umbral. El pasaje de la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad.

¿Y qué evidenció el virus?


Cada vez más la fuerza dominante ha sido la abstracción tecnofinanciera que ha impuesto sus reglas y que ha destrozado unos estructuras de la vida social. Pero durante la pandemia nos damos cuenta de que el problema no es el dinero. Lo importante son cosas muy concretas como las estructuras sanitarias, las mascarillas, la comida. Lo que necesitamos básicamente se impone como lo que está al centro de la atención.

Entonces, la frugalidad es la palabra que mejor expresa esta vuelta a lo concreto. Frugalidad no significa pobreza significa una relación buena, feliz, entre lo que necesitamos y lo que podemos tener. Pero hay un punto que vamos a ver claramente en el futuro: solo una redistribución de la riqueza, de los recursos a nivel planetario y local podrá permitir una salida de la crisis espantosa que se está desarrollando en el mundo. Redistribución de la riqueza, frugalidad, igualdad.

Lejos de esta posibilidad, las crecientes expresiones de derecha en el mundo han negado la pandemia y pujan desde el comienzo por volver a “encender la máquina”. Lo vemos en Brasil y en Estados Unidos, donde cada vez más se habla de un proceso de guerra civil.


El fenómeno Bolsonaro es tan extremo en su vulgaridad que me hace pensar en una especie de Berlusconi en una fase de senilidad extrema. Creo que la senilidad y la impotencia son claves muy importantes para entender la ola de violencia machista y racista. En cuanto a Estados Unidos, la guerra civil se está desarrollando. Es un potencial que no se desarrolla en las calles, se desarrolla en las grandes instituciones del imperialismo estadounidense. Pero existe también una guerra racial y social que ha explotado en los últimos cuatro meses y no parará con las elecciones. Es una crisis psíquica.

Un dato esencial es la subida ininterrumpida del consumo de drogas oficiales que lleva a una intoxicación masiva, sobre todo de la población blanca senilizante. En junio se vendieron tres millones de armas de fuego, que fue una de las mercancías más vendidas durante la pandemia: hay 300 millones de armas de fuego bajo los colchones. La insurrección del movimiento norteamericano después del asesinato de George Floyd se explica en términos de reactivación psíquica del organismo pensante de la organización colectiva. Un intento subconsciente por evitar una depresión suicida en el largo plazo.

¿Cómo vivir ante la posibilidad de la extinción en el horizonte?


El problema es que el colapso no puede ser superado al interior del paradigma neoliberal. La cuestión principal que yo me pongo es la siguiente: ¿se puede imaginar vida feliz en el horizonte de la extinción? La respuesta es sí. Es la única manera para escapar de la extinción. Seguir imaginando ternura, imaginando erotismo, imaginando aventura. 

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