Hacia una economía postCovid para el bien común

Propuesta conjunta de representantes del movimiento internacional EBC de 17 países

 

El movimiento internacional de la Economía para el Bien Común (EBC), que por primera vez se expresa conjuntamente con este texto, ha estado proponiendo desde el año 2010 un modelo económico alternativo, coherente y completo.

La EBC se basa en valores fundamentales como la sostenibilidad, la inclusión y la cooperación, en lugar de priorizar los objetivos financieros y privilegiar la competitividad. El modelo económico vigente contribuye a las crecientes amenazas para la humanidad, tales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, así como la pandemia actual. El COVID-19 solo el último de una serie de virus que afectan seriamente a la salud y a la vida humana. El VIH, el Ébola, el Sars1, el Mers, y ahora el Sars2, son ejemplos de zoonosis, que significa que un virus cambia de anfitrión, de los animales al ser humano. Existe la evidencia científica de que el aumento en el número de zoonosis es consecuencia de la sobreexplotación de los recursos naturales y de la creciente presión sobre los hábitats de la vida silvestre, debido a la deforestación, la caza descontrolada, la agricultura industrial y la contaminación del aire.[i]

La pandemia actual, así como otras amenazas, fueron anunciadas hace tiempo por los científicos: Limits to Growth (1972), Brundtland Report (1987), Earth Charter (2000), Millennium Ecosystem Assessment Synthesis Report (2005), o el concepto de los límites planetarios (2009), son ejemplos relevantes. Esto nos lleva a la pregunta: ¿Cómo es posible que los responsables de la toma de decisiones no hayan tenido en cuenta estas advertencias a todos los niveles?

La influencia del lobby empresarial

En las últimas décadas, los lobbies empresariales, que persiguen egoístamente sus propios intereses económicos, han gastado mucho dinero para apropiarse del proceso de Río-Johannesburgo, para cuestionar o negar el cambio climático, para evitar regulaciones vinculantes para las empresas multinacionales y, más recientemente, para poner en la agenda internacional de la UE la creación del Tribunal Multilateral de Inversiones (MIC).[ii]

Estas intervenciones son perjudiciales para la naturaleza y para los derechos básicos de la gran mayoría de los seres humanos, y han estado minando la democracia. En consecuencia, las causas sistémicas fundamentales de los problemas ecológicos y de la salud no están representadas adecuadamente en el discurso público; la atención de los medios de comunicación se centra principalmente en la vacunación y en los productos creados por las compañías farmacéuticas. La progresiva privatización de la OMS (la fundación privada de Bill y Melinda Gates ya es el segundo mayor financiador de este organismo) [iii], está socavando severamente las políticas públicas y las prioridades democráticas. Un enfoque holístico de las políticas sanitarias debe desarrollar estrategias para evitar futuras zoonosis, mejorando la sostenibilidad de las actividades económicas y fomentando la salud y la resiliencia de las personas a través de alimentos saludables, empleo seguro, inclusión social y erradicación de la pobreza.

Aplanar otras curvas

Debemos aprender de la crisis actual: la humanidad tiene que adoptar una actitud respetuosa hacia la Tierra, considerándonos parte de la red de la vida, ni externa ni superior al resto. Necesitamos crear conciencia de nuestra propia vulnerabilidad y nuestra dependencia de un entorno intacto, creando una convivencia respetuosa con todas las formas de vida. El crecimiento económico sin fin se ha convertido en un riesgo peligroso: los científicos han definido nueve límites planetarios críticos, algunos de los cuales ya hemos excedido [iv]. Con el mismo rigor y determinación que los gobiernos han aplicado al tratar de aplanar la curva de contagio Covid-19, ahora necesitamos aplanar las curvas del uso de la Tierra, del consumo de energía y recursos, de la desigualdad y del poder ilimitado de las corporaciones multinacionales.

Hacia una Economía para el Bien Común

Desde el año 2010 el movimiento de la Economía para el Bien Común se ha extendido a 30 países en todos los continentes, en los que están activos 200 delegaciones locales. 3000 organizaciones apoyan el movimiento. 700 empresas, escuelas, universidades, municipios y distritos han implementado el balance general de bien común. Ocho gobiernos regionales en España, Austria y Alemania lo han incluido en sus programas gubernamentales. En 2015, el Comité Económico y Social Europeo publicó un dictamen sobre el modelo de la EBC [v], y en una segunda opinión el CESE declaró a la EBC como un «nuevo modelo económico sostenible».[vi]

La EBC es una economía de mercado totalmente ética que pone a las empresas privadas y a la propiedad privada al servicio del bien común, con el objetivo de proteger los ecosistemas globales y los valores fundamentales, desde la dignidad hasta la justicia y la solidaridad hasta la sostenibilidad y la democracia [vii]. El Producto del Bien Común, que mide todos los aspectos relevantes de la calidad de vida, debe situarse por encima del PIB. Una economía que prioriza las necesidades de las personas y los valores democráticos, y considera el dinero y otras formas de capital como recursos para lograr estos objetivos, es en realidad lo que los antiguos griegos querían decir con «oikonomia». Dar prioridad a los resultados financieros es en realidad su opuesto: «chrematistiké» o capitalismo, como lo llamamos hoy [viii] Una economía orientada al bien común es la única forma de dejar un planeta saludable y viable para nuestras hijas, hijos, nietas y nietos. La actual crisis del Covid-19 nos da la oportunidad de liderar esta transición.

Cambiar el paradigma comercial

Los intercambios comerciales deben cumplir el objetivo de estabilizar el clima del planeta, mantener la biodiversidad, la diversidad cultural, y proteger los derechos humanos, las necesidades básicas y la dignidad. Deben ayudar a crear el «espacio seguro» propuesto por el «modelo Donut» de Kate Raworth [ix]. El «comercio ético» y la «economía ecológica», deben priorizar la proximidad y las economías locales, utilizando el comercio internacional como complemento, y deben reemplazar al «libre comercio» como doctrina dominante en el comercio global [x]. El Mercosur, el CETA y otros acuerdos, son ejemplos claros del viejo paradigma de «comercio forzado» con las conocidas consecuencias perjudiciales. Un ejemplo de cómo se podría establecer un «orden comercial mundial ético» es un impuesto al carbono de, por ejemplo, 100 USD por tonelada de CO2, según lo recomendado por el Informe Stiglitz-Stern en 2017 [xi]. Con un impuesto ecológico los países que cumplan con este objetivo obtendrán el derecho de recaudar el diferencial proveniente de los países con impuestos más bajos (o nulos).

Cambiar el paradigma fiscal

Una solución urgente y justa para la vertiginosa desigualdad es una mayor imposición de los ingresos del capital, de la propiedad privada y de las herencias, al mismo tiempo que se democratiza progresivamente para evitar la corrupción y poner a los estados al servicio de la ciudadanía. En la zona euro, la riqueza privada supera a la deuda pública en un factor de cinco. Mayores impuestos sobre la riqueza permitirían las inversiones necesarias en salud, educación, eliminación de la pobreza y transformación económica. Se debe introducir el «impuesto a las transacciones financieras», idealmente a nivel global. Es un síntoma preocupante de la post-democracia que esta propuesta, generalmente aceptada para regular los mercados financieros, fuera eliminada de la agenda de la UE, aunque los ingresos fiscales habrían ascendido a 310 mil millones de euros, según WiFo, con sede en Viena [xii]. Principalmente, el movimiento internacional de capitales debe estar vinculado a la transparencia fiscal y a la cooperación, con el fin de reducir la evasión fiscal y cerrar los paraísos fiscales.

Combinar la política fiscal y monetaria.

Como la recesión económica en 2020 será muy pronunciada, debe existir una voluntad conjunta de política fiscal y monetaria. La flexibilización cuantitativa es una medida con efecto limitado: si se usa para comprar bonos corporativos, incluso puede ser contraproducente. Una combinación de eurobonos («coronabonos») con préstamos sin intereses de los bancos centrales al estado (teoría monetaria moderna), hasta un límite razonable, sería más efectiva. Se debería modificar el Art. 123 (1) del Tratado de Funcionamiento de la UE (TFUE), que prohíbe los préstamos directos del BCE a los miembros de la eurozona.

Cambiar las prioridades de la recuperación

En la gestión actual de crisis, no deberíamos repetir fracasos anteriores: en la crisis financiera de 2008 hemos visto las ayudas a las llamadas entidades ‘sistémicamente importantes’ (‘demasiado grandes para quebrar’), la mayoría de ellas, mencionadas anteriormente, estrechamente vinculadas a la economía con intereses económicos egoístas. Es hora de romper esta lógica y enfocarnos en lo que todos necesitamos:

  • § inversión pública en salud, educación, transporte público sostenible, vivienda y producción sostenible de alimentos, creando así una importante cantidad de empleos, particularmente respetuosos con el clima, y ayudando a transformar la economía hacia la sostenibilidad
  • § la introducción de un ingreso básico incondicional, que sea suficientemente alto para cubrir todas las necesidades básicas de una persona
  • § un salario mínimo (sensiblemente más alto que el SMI) combinado con la creación de un salario máximo, lo que permitirá reducir la desigualdad a un nivel aceptable y hacer que nuestras sociedades sean más inclusivas
  • § apoyo financiero o fiscal principalmente a las PYME que contribuyen al bien común, es decir, son respetuosas con el clima, se esfuerzan por la inclusión y cohesión social, y son conscientes de la importancia de la biodiversidad. Uno de los criterios para el apoyo debería ser un informe no financiero auditado externamente, como un Balance del Bien Común, una Certificación B Corps o una herramienta similar. Estamos convencidos de que a medio plazo todas las organizaciones tendrán que asumir estas responsabilidades.

Somos conscientes del calado y del gran desafío que representan los cambios propuestos, sobre todo porque el modelo económico actual está firmemente establecido y muchas personas dependen de él. Sin embargo, cada vez más empresas, municipios, regiones y gobiernos participan en la implementación de estas nuevas ideas y prácticas. Las empresas que han comenzado a asumir una responsabilidad social, ecológica y democrática están siendo galardonados y reciben el reconocimiento de todos los organismos. Ciudades como Barcelona, Amsterdam, Stuttgart y Viena están comenzando a promover estos cambios necesarios. El movimiento EBC está dispuesto a trabajar con más ciudadanos, empresas y gobiernos para lograr estos objetivos.

One Planet, 15 de junio de 2020

www.ecogood.org

Autores y firmantes:

Urbain N’Dakon, chairman, Maat-ECG Africa and African diaspora

Gerd Hofielen, portavoz, EBC Alemania

Luciana Cornaglia, presidenta, ECG Argentina

Christian Felber, fundador del movimiento, Austria

Lisa Muhr, presidenta, EBC Austria

Karla Schimmel, miembro del movimiento, ECG Bélgica

Silvia Álvarez, miembro del equipo coordinador, EBC Chile

Henry Garay-Sarasti, co-coordinator, EBC Colombia

Debla Orihuela, presidenta, EBC España

Paco Álvarez, embajador, EBC España

Estefanía Matesanz, directora, EBC Holanda

Lidia di Vece, presidenta, EBC Italia

Marianne Kert, miembro del equipo coordinador, EBC Luxemburgo

Luisa Montes, miembro del equipo coordinador, EBC México

Sandra White, directora, EBC Reino Unido

Thomas Söderberg, director, EBC Suecia

Gaby Belz, Ralf Nacke, miembros del equipo coordinador, EBC Suiza.

Notas:

[i] Sonia Shah: «Think Exotic Animals Are to Blame for the Coronavirus? Think Again» en The Nation, 18 de febrero de 2020.

[ii] http://trade.ec.europa.eu/doclib/press/index.cfm?id=1608

[iii] 3 World Health Organisation: “Voluntary contributions by fund and by contributor, 2018”, 72nd World Health Assembly, Provisional agenda item 15.2, A72/INF./5, 9 de mayo de 2019.

[iv] https://www.stockholmresilience.org/research/planetary-boundaries/planetary-boundaries/about-the-research/the-nineplanetary-boundaries.html

[v] https://www.eesc.europa.eu/our-work/opinions-information-reports/opinions/economy-common-good

[vi] https://www.eesc.europa.eu/en/our-work/opinions-information-reports/opinions/new-sustainable-economic-models-exploratory-opinion-requested-commission

[vii] www.ecogood.org

[viii] Dierksmeier, Claus / Pirson, Michael (2009): “‘Oikonomia Versus Chrematistike’, Learning from Aristotle About the Future Orientation of Business Management”, Journal of Business Ethics 88:417–30.

[ix] https://www.kateraworth.com/doughnut/

[x] Christian Felber (2019): “Trading for Good. How Global Trade Can be Made to Serve People Not Money”, ZED Books, London. Versión castellana: Por un comercio mundial ético (Deusto).

[xi] Report of the High-Level Commission on Carbon Prices, Carbon Prices Leadership Coalition, 29. Mai 2017, p. 3.

[xii] 12 Stephan Schulmeister: “Implementation of a General Financial Transactions Tax”, estudio del Wifo, junio de 2011, p. 33.

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La policía es irrelevante para la seguridad ciudadana

¿Tiene la policía actualmente el derecho a matar? Por supuesto. En Estados Unidos la policía ha matado al menos a 12.600 personas desde 2005 hasta 2019. En ese periodo, tres policías en total han ido a la cárcel por homicidio sin que los recursos hayan afectado a la condena. Es menos que una décima parte del 1%, pero se puede redondear fácilmente a cero.

 

Las recientes protestas, catalizadas por el asesinato de George Floyd en Minneapolis, piden el fin de la violencia policial racista. Con sus acciones, los manifestantes también han ido más allá de los debates obsoletos del pasado reciente acerca de la vigilancia policial. Recortar la financiación de la policía, disolverla o abolirla: gente que jamás había escuchado estas ideas en debates sobre la policía ahora las tienen en cuenta muy en serio.

Estos avances en el debate sobre la policía no habrían sido posibles sin los manifestantes, que se han mantenido firmes a pesar de haber sido golpeados y haber sufrido abusos policiales en cada rincón de EE UU. Pero lo importante de esto no es hacer avanzar el debate. Lo importante de esto es la vida y la muerte. Para que la policía deje de asesinar gente —1.000 personas cada año— serán necesarios cambios en el sistema. Los manifestantes serán recordados en el futuro sólo si los cambios conseguidos son los correctos.

Los programas de reforma solo tendrán éxito si parten de la premisa de que la institución policial ha perdido su legitimidad social, que jamás ha merecido. Las reformas que den por hecha la legitimidad de la policía, aunque pidan más cámaras incorporadas en el uniforme, mejor supervisión, un personal con más diversidad racial o más procedimientos legales contra los asesinos dentro de la policía, no van a funcionar.

Cuando la policía sea vista como una institución ilegítima estaremos en el camino correcto. Como sostiene Mariame Kaba en The New York Times, no estaría mal ejecutar un recorte del 50% en los presupuestos de la policía y dejar que la lógica de la austeridad haga el resto, como ha sucedido con otras partes del sector público.

Pero un recorte del 50% se puede regatear hasta el 10%, y el 10% hasta el 2%, mientras la policía y sus defensores puedan seguir relacionando la seguridad ciudadana con la vigilancia policial. La reacción contra la idea de abolir la policía como algo “poco realista políticamente” debido a la seguridad ciudadana ha empezado en el ámbito local, donde se está debatiendo este tema. El objetivo debe ser abolir una profesión que tiene el derecho legal a acabar con la vida (y a mentirte mientras tú estás obligado a decir la verdad).

¿Tiene la policía actualmente el derecho a matar? Por supuesto. Partiendo de estimaciones prudentes y de datos oficiales, el escritor Lee Camp calcula que la policía ha matado a una media de 900 personas al año. En otras palabras, al menos 12.600 personas desde 2005 hasta 2019. En ese periodo, tres policías en total han ido a la cárcel por homicidio sin que los recursos hayan afectado a la condena. Es menos que una décima parte del 1%, pero se puede redondear fácilmente a cero.

Por encima de todo, hay que retirarle a la policía su licencia para matar. Todavía existe debido a una mística —ayudada por los omnipresentes programas televisivos, libros y películas de policías— basada en tres ideas: la idea de que los policías son valientes porque su trabajo es peligroso, la idea de que mantienen protegida a la sociedad, y el hecho de que puedes llamarles en caso de emergencia.

¿Valentía? Sí, ser policía es el decimosexto trabajo más peligroso en EE UU, por detrás de los leñadores, pescadores, pilotos, techadores, recogedores de basura, camioneros, granjeros, trabajadores del metal, trabajadores de la construcción, paisajistas, operadores de la red eléctrica, jardineros, trabajadores del campo, ayudantes de obra y supervisores directos de mecánicos, instaladores y reparadores. Pero ningún trabajador en ninguno de los 15 empleos más peligrosos tiene la opción de matar cuando se sienten subjetivamente en peligro. La policía sí.

¿Seguridad? Proporcionar seguridad a la sociedad no es una función especial de la policía. En The End Of Policing, de Alex Vitale, éste cita al criminólogo David Bayley en su libro Police for the future, en el que Bayley consideraba este hecho como “uno de los secretos mejor guardados de la vida moderna. Los expertos lo saben, la policía lo sabe, pero el público no lo sabe”. Sabemos desde hace 50 años que la policía no ayuda a la seguridad ciudadana. El antropólogo francés Didier Fassin, en su libro de 2013 La fuerza del orden, cita el experimento de Kansas City en los años 70:

“Este estudio sin precedentes, único en su tiempo, comparó tres zonas de la ciudad: en la primera, brigadas “reactivas” limitaron su actividad a responder a las llamadas de los residentes; en la segunda, de carácter “proactivo”, como mínimo doblaron el tiempo que pasaban patrullando; en la tercera, que servía como zona “de control”, siguieron con su mezcla de actividades previa. Los resultados de todo un año de operaciones y mediciones parecían idénticos: ni ataques a personas, tanto agresiones como amenazas, ni agresiones sexuales ni atracos, ni ataques a la propiedad, tanto robos como daño a vehículos, variaron de manera significativa como resultado de los diferentes sistemas empleados; de manera similar, la percepción sobre los crímenes o la sensación de inseguridad expresada por residentes y dueños de negocios no mostró variaciones entre las zonas, ni tampoco el nivel de satisfacción con la policía; y resultó que en los tres casos, el 60% del tiempo de los agentes se gastaba en actividades que no estaban relacionadas directamente con hacer cumplir la ley, incluyendo un cuarto del tiempo que no mostraba relación alguna con el trabajo policial… En definitiva, era evidente que las patrullas usadas de manera preventiva no tenían efecto sobre la actividad criminal, tanto en términos de delitos registrados por el cuerpo de policía como desde el punto de vista de la “percepción de riesgo” de los residentes”.

Los resultados fueron pasados por alto: la policía siguió patrullando las siguientes cinco décadas. Fassin, que como parte de su estudio pasó tiempo con la policía de París, hizo sus propios cálculos sobre en qué empleaban el tiempo: “En mi experiencia, el tiempo empleado en responder llamadas representaba aproximadamente el 10% del total del turno; era raro que subiera hasta el 20% (cinco llamadas por equipo cada noche era un máximo que raramente se alcanzaba), mientras el resto del tiempo se dedicaba a patrullas aleatorias y al registro administrativo de la actividad desarrollada”.

¿Piensas que lo de París es una anomalía? Piénsalo otra vez:

“Una serie de estudios llevados a cabo en EE UU revelan que los agentes en patrulla dedicaban entre el 30 y el 40% de su tiempo a responder a llamadas (una media de cinco llamadas en una hora por equipo en distintas ciudades) de las cuales solo entre un 7 y un 10% están relacionadas de alguna manera con delitos o crímenes, y entre el 40 y el 50% de su jornada laboral en patrullaje aleatorio y papeleo, con el resto del tiempo dedicado a varias tareas”.

Así describe Fassin el trabajo cotidiano del grupo de policías a los que estudiaba:
“Mientras patrullan por calles tranquilas y vecindarios pacíficos, los policías esperan llamadas ocasionales que casi siempre terminan no teniendo ningún sentido, tanto porque están relacionadas con errores o bulos, o porque los equipos llegan demasiado tarde o echan a perder el caso por su torpeza o porque no hay causa para ningún interrogatorio o arresto”.

Fassin cita a un criminólogo de Ontario, Richard Ericson, que descubrió en 1982 que la policía pasa 76 minutos en un turno de ocho horas respondiendo a llamadas, con la opinión de que “la presencia de agentes de policía se ha convertido en un fin en sí mismo”.De modo que la policía tiene el decimosexto trabajo más peligroso, y es irrelevante para la seguridad ciudadana, pero la sociedad necesita alguien a quien llamar en caso de emergencia. Este rol puede cubrirse por trabajadores civiles formados, que tendrán que aprender a resolver problemas sociales diarios sin una licencia para matar, una dirección que podría tomar Minneapolis dada la promesa de los concejales municipales de disolver la policía en la ciudad.

El año pasado, los periódicos canadienses Globe y Mail informaron sobre un cuerpo policial en el Yukon que no llevaba armas y que no podía presentar acusaciones. Algunas ciudades tienen servicios de protección del menor que trabajan para proteger niños, con mayores o menores grados de intrusión. Los trabajadores sociales pueden recibir formación para intervenir en conflictos domésticos y en situaciones conflictivas abiertas relacionadas con la salud mental. Se pueden presentar en equipos para proteger su propia seguridad, como en otras profesiones.

Hay propuestas detalladas para que la responsabilidad sobre la seguridad recaiga en manos de la comunidad: Olúfẹ́mi O. Táíwò describe una en Dissent Magazine; Zach Norris reenfoca este asunto en su nuevo libro We Keep Us Safe; y Ejeris Dixon y Leah Lakshmi Piepzna-Samarasinha describen enfoques comunitarios sobre seguridad en su obra colectiva Beyond Survival: Strategies and Stories from the Transformative Justice Movement.

También debería haber reformas culturales. Boots Riley propone echar a los asesores militares y policiales, que funcionan como censores del Estado, de las producciones de cine y televisión. El movimiento #MeToo condujo a la creación de un puesto de coordinador de relaciones íntimas en la producción de películas para asegurar que las escenas de sexo fueran filmadas sin explotación sexista. Los estudios pueden ser responsables con este movimiento si reducen drásticamente la producción de programas de policías mientras echan a los censores de los programas que permanecieran. Esto podría tener su efecto al reducir la mística y la veneración a la policía.

Los defensores de la policía pueden argumentar que se darían pérdidas económicas como resultado de la abolición. Algunos cuerpos policiales viven de lo que obtienen a través de los decomisos, multas y sanciones, lo que permite mantener bajos los impuestos mientras la vida de los pobres es miserable. En general, no obstante, estas medidas ahorrarían dinero.

En un primer momento, buena parte del dinero ahorrado al recortar el gasto policial debería ir dirigido a facilitar la transición de aquellas personas en funciones policiales hacia otros trabajos. Las pensiones son un mecanismo para sacar a los policías de sus funciones por cualquier motivo, y las organizaciones de policías las usan de hecho muy generosamente. Pero dar una pensión indefinida a los policías, aunque salvara vidas, haría que no quedaran recursos disponibles para la seguridad ciudadana. En su lugar, los gobiernos pueden desarrollar programas de retiro y formación (los valientes policías pueden optar a formarse para alguno de los 15 empleos más peligrosos), como hacen con otros trabajadores que son despedidos.

En el periodo de vigencia de los actuales convenios colectivos, los policías podrían recibir dinero para prepararse para otros trabajos o simplemente para quedarse en casa, algo caro a corto plazo, pero que salvaría miles de vidas. Tras ese periodo inicial, los cientos de miles de millones de dólares que se gastan en vigilancia policial podrían redirigirse a crear y fortalecer los servicios públicos. Las posibilidades solo se verían limitadas por la cantidad de millones que podrían sacarse de la policía. Los trabajadores sociales, desde luego, son sólidos candidatos para esta reasignación de fondos, así como el transporte público y otros servicios básicos gratuitos (especialmente, en EE UU, la atención sanitaria).

Los datos criminológicos nos han dicho desde hace décadas que la policía es irrelevante para la seguridad ciudadana. Los investigadores británicos Richard Wilkinson y Kate Pickett, en su ensayo clásico de 2009 Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva, muestran que una buena parte de los problemas sociales, incluyendo la violencia, tienen una fuerte correlación con la desigualdad. Su obra también muestra diferentes opciones para alcanzar la igualdad: altos salarios en el sector privado (como en Japón) o altos impuestos y redistribución (como en el norte de Europa). En EE UU, todas las opciones a favor de una mayor igualdad han sido bloqueadas por los ricos que –como Martin Gilens y Benjamin Page dejan claro en su importante estudio de 2014- han capturado la política. Un auténtico Green New Deal haría más por la seguridad ciudadana que cualquier reforma policial concebible que no se basara en el abolicionismo.

Este artículo ha sido editado por Globetrotter, un Proyecto del Independent Media Institute. Justin Podur es un escritor que vive en Toronto y colaborador de Globetrotter. Puedes encontrarle en su página podur.org y en su cuenta de Twitter @justinpodur. Es profesor en la facultad de Estudios Ambientales de la Universidad de York. Es autor de la novela Siegebreakers.

Por Justin Podur

Tradución: Diego Sanz Paratcha

25 jun 2020 06:00

Artículo original: https://zcomm.org/znetarticle/policing-is-irrelevant-for-public-safety/

Traducido para El Salto por Diego Sanz Paratcha.


En Estados Unidos se debate la abolición de la policía

La petición de abolir la policía hasta hace poco tiempo parecía imposible, pero hoy se discute gracias a la presión popular. Las premisas de dicho movimiento pueden ser igual de válidas para todos aquellos territorios que se atrevan a soñar con otras formas de garantizar la seguridad de la gente.

El asesinato del afroamericano George Floyd ha visibilizado una discusión que hace décadas mantienen personas y grupos en Estados Unidos: la imposibilidad de la reforma a la brutalidad policial y, por lo tanto, la necesidad de acabar con la policía. Dichas discusiones se han dado ya hace varias décadas, reactivándose recientemente luego de motines populares provocados por sucesivos asesinatos de afroamericanos. Intentando apagar la rabia, el Estado ha construido un discurso de revisar la actuación de sus servidores, sin embargo, pasa el tiempo y las intenciones gubernamentales poco cambian la realidad.

No extraña que sean justamente las y los afroamericanos quienes hayan liderado estas discusiones y que el legado de la esclavitud en el país del norte defina fuertemente la política actual; ya Angela Davis ha planteado que si la pena de muerte existe aún en el siglo XXI es por la naturalización del asesinato de esclavos que buscaron liberarse siglos atrás. Así mismo, las ideas abolicionistas vienen del movimiento que buscó acabar de raíz con esa condición de propiedad de hombres blancos sobre negros. Por eso, entre otras cosas, es que los y las descendientes del pueblo esclavizado recuperan la misma noción de abolir, porque ya saben que hay momentos de la humanidad en que hay que empezar de nuevo para respetar la vida.

Buena parte del movimiento abolicionista actual justifica sus ideas en que desde hace años se dieron una tras otra comisión de investigación con resultados insuficientes para frenar los asesinatos causados por policías; sucesivamente se determinó promover reeducación incluyendo políticas antisegregacionistas, incluir cámaras corporales en procedimientos, alentar al ingreso de afroamericanos a las unidades e integrar el cuerpo policial con las comunidades. Todo eso se intentó hace años en Minneapolis, donde asesinaron a Floyd, y a pesar de ello la impunidad se mantuvo. Los policías asesinos saben que en los juzgados tienen pocas opciones de perder, y en parte porque su figura de autoridad es respaldada por una opinión mayoritaria que justifica la necesidad de ellos, con el fin de garantizar la seguridad; gran sofisma sobre el que se justifica la violencia institucional.

Sin embargo, organizaciones como el proyecto NIA plantean dejar de usar a la policía para enfrentar la inseguridad, volviéndola obsoleta con otras medidas: trasladar los recursos que se pierden en ese cuerpo armado, reinvirtiéndolos en salud, educación, vivienda y en general bienestar social. De hacerse esto cada vez habrá menos necesidad de policía y por lo tanto a largo plazo será obsoleta. Pero no solo allí está la apuesta; muchos discuten la necesidad de contratar en cambio a trabajadores del cuidado que reciban los salarios que ahora tienen asesinos policiales, de tal forma que puedan no solo intervenir cuando sea necesario sino prevenir al identificar problemas dentro de las comunidades.

Resultado de este activismo por años ha logrado que en las manifestaciones de las recientes semanas se visibilice el lema “Defund the police” que justamente recoge una de las propuestas del movimiento abolicionista: desfinanciar a la policía. Parte de este llamado viene del interior del movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan), quienes denuncian que el incremento del presupuesto a la policía lo único que ha garantizado es más represión y asesinatos por parte de este cuerpo armado. Solo para entender esto, hay que reconocer como en los Estados Unidos hay días que la policía mata a más personas que las que en un año son asesinadas por estos cuerpos en otros países; por ejemplo, en los primeros 24 días del 2015 la policía de ese país mató a más personas que las asesinadas por la policía en Inglaterra y Gales en 25 años.

El llamado a la desfinanciación también ha sido hecho por otras comunidades; la American Friends Service Committee (Comité de servicios de los amigos americanos), organización religiosa que promueve la no violencia en ese país, lideró una petición a la que se unieron más de 5000 personas con este propósito. Su secretaria general afirmó que: «Esta no es una cuestión política. Esta no es una pregunta presupuestaria. Esta es una pregunta moral… el alma de nuestra nación está profundamente herida, y este momento nos ruega que tomemos medidas valientes… Nuestra fe nos llama a decir la verdad al poder y desafiar a las instituciones culpables hasta que las vidas de nuestros hermanas y hermanos negros, marrones e indígenas sean igualmente valorados”.

Mientras cientos de activistas en las calles de Chicago, Seattle, Boston o Nueva York siguen proponiendo que el problema no es transformar la policía sino acabar con la idea de vigilancia, y con ello acabar la necesidad de policía, ya en Minneapolis el consejo de la ciudad tomó la decisión de desmantelar y abolir la policía a largo plazo. Aun no es nítido cuáles son los pasos que tomarán para seguir esta decisión, pero se asegura que buscarán un modelo de seguridad distinta y que esto se discutirá con la comunidad. Frente a esto, el presidente Trump twitteó: “La ley y el orden, no desfinanciar ni abolir la policía. Los radicales izquierdistas demócratas se han vuelto locos”.

El tiempo dirá si dicho desmantelamiento en Minneapolis se hace realidad; por ahora, es suficiente con documentar que una petición que hasta hace pocas décadas parecía imposible hoy se discute gracias a la presión popular. Las premisas de dicho movimiento pueden ser igual de válidas para aquellos territorios que se atrevan a soñar con otras formas de garantizar la seguridad: desarmar, desmontar, abolir… solidarizarse.

Por Oscar Vargas | Rebelión. 25/06/2020

Publicado originalmente en el periódico argentino Virginia Bolten.

Publicado enInternacional
Imagen del cielo completo visto en rayos X por el telescopio espacial eRosita./MPE/IKI

La primera imagen de un nuevo telescopio espacial ruso alemán duplica el número de fuentes emisoras conocidas hasta ahora

 

La primera imagen completa del cielo en rayos X que ha obtenido un nuevo telescopio espacial de Rusia y Alemania es espectacular, pero los datos a partir de los que se ha generado son mucho más importantes. En ella figuran más de un millón de objetos calientes y energéticos, fenómenos violentos como los lejanos agujeros negros supermasivos en el centro de las galaxias. El objetivo principal de la misión, llamada eRosita, es estudiar la misteriosa energía oscura.

El nuevo mapa del Universo, que cartografía las emisiones que no vemos en las observaciones en luz visible o en radio, muestra casi el doble de fuentes de rayos X que las identificadas durante los 60 años de existencia de este tipo de astronomía, explican los astrónomos del telescopio eRosita, lanzado en julio del año pasado. La imagen, una de varias más limitadas, es una presentación de millones y millones de datos. Por ejemplo, las unidades de luz, los fotones captados, se han coloreado en función de su energía de menos a más (del rojo al azul). Además hay que tener en cuenta, como en toda observación astronómica, que se está mirando hacia atrás en el tiempo, observando también radiación emitida cuando el Universo era más joven. En este aspecto se ha llegado cuatro veces más lejos.

"Esta imagen de todo el firmamento cambia por completo la forma en que vemos el universo energético; observamos una gran cantidad de detalles, la belleza de las imágenes es realmente impresionante", afirma Peter Predehl , investigador principal de eRosita en el Instituto Max Planck de Física Extraterrestre (MPE). Pero por delante, los científicos tienen años y años de estudio de todo lo que han captado en solo seis meses, más lo que captarán en los próximos años, dado que el último análisis parecido lo hizo el telescopio Rosat, hace 30 años, y entonces se remontó cuatro veces menos en tiempo y distancia.

Cómo se hizo el barrido del cielo en 360 grados para obtener finalmente, y tras mucho trabajo, esta imagen, merece una explicación. El telescopio eRosita va a bordo de un satélite que se mantiene en el segundo punto de Lagrange, un punto de equilibrio en el sistema Sol-Tierra situado a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta. El satélite SRG es ruso y los instrumentos de eRosita alemanes.

El telescopio cuenta con siete cámaras y durante seis meses ha rotado de manera continua captando de forma uniforme todo lo que ve desde ese lugar de privilegio para la observación, dentro del Sistema Solar. Para generar la imagen, el cielo se ha proyectado en una elipse, en la que el corazón de la Vía Lactea está en el centro y la galaxia se extiende en horizontal. La Vía Láctea se ve sobre todo en azul porque al haber mucho polvo y gas entre medias en el plano galáctico solo se captan las fuentes más fuertes de rayos X. Encima se distingue en colores rojizos la llamada burbuja local de gas caliente, que están atravesando el Sol y sus planetas. El gran punto blanco es Escorpio X-1, una estrella binaria que es el la fuente de rayos X más brillante.

En cuanto a lo que aparece fuera de la galaxia, la mayoría de las fuentes detectadas son núcleos activos de galaxias muy distantes, que contienen agujeros negros supermasivos, informa MPE. Estos se mezclan con cúmulos de galaxias, que se ven como manchas brillantes por el gas caliente confinado por halos de materia oscura. También hay estrellas solitarias y binarias, agujeros negros y restos de explosiones de supernova, así como fenómenos considerados menos frecuentes y exóticos, como la fusión de dos estrellas de neutrones. "El telescopio a menudo capta inesperadas explosiones de rayos X y tenemos que alertar a los telescopios terrestres inmediatamente para intentar comprender qué los produce", explica Mara Salvato, astrónoma del equipo.

Con esta información el proyecto quiere abordar problemas básicos de la cosmología actual, para entender la evolución del Universo. Cartografiar millones de galaxias activas para comprender el efecto de la gravedad en la formación de los 100.000 cúmulos existentes estimados es un objetivo, también relacionado con intentar entender la forma de actuar de la energía oscura, que tiene que contrarrestar la gravedad, en la aceleración de la expansión del Universo.

Para los astrofísicos rusos, el camino ha sido muy largo y dificultoso desde que desapareció la Unión Soviética. En el satélite van otros telescopios rusos complementarios de eRosita y SRG es la única misión ambiciosa de astrofísica que Rusia tiene activa en la actualidad. Hasta ahora, por lo menos, está siendo todo un éxito.

23/06/2020 07:32

Por MALEN RUIZ DE ELVIRA

La improbable renovación de las izquierdas institucionales

La oleada de manifestaciones de los últimos domingos en Brasil, exigiendo la salida del presidente Jair Bolsonaro, marcan una nueva etapa para los sectores populares organizados, que están saliendo de un extenso período de defensiva. La configuración social y política de estas movilizaciones muetra cambios profundos en la realidad del país. 

Según todos los análisis y descripciones disponibles, las recientes manifestaciones contra el presidente son más numerosas que las de sus defensores, algo realmente inédito ya que Bolsonaro consigue movilizar grupos relativamente pequeños pero muy activos y agresivos. En algunas ciudades como Sao Paulo, el domingo 14 los bolsonaristas apenas consiguieron un centenar de personas en su convocatoria.

La segunda cuestión es que la mayoría de los movilizados en el campo popular contra el racismo  y el fascismo, son jóvenes negros y, como señala un interesante análisis del sociólogo Rudá Ricci, en ciudades como Belo Horizonte asistieron además trabajadores de la limpieza urbana, de pequeños comercios como farmacias y panaderías, y habitantes de la periferia.

“Son jóvenes, salieron a la calle porque salen todos los días. Y continuarán saliendo. Enfrentan a la Policía Militar desde hace tiempo, en sus barrios, en las favelas, en los partidos de fútbol. Conocen esta violencia institucional desde niños”, destaca el sociólogo (https://bit.ly/2C9VI60). Debería agregarse que están saliendo muchas mujeres jóvenes, a la par de los varones.

La tercera cuestión es que las consignas son más radicales, muchas se esbozan por primera vez en las calles, visibilizando la cultura negra y popular de las periferias. La crítica radical al racismo va de la mano de la denuncia al autoritarismo del gobierno Bolsonaro. Atacan lo que consideran como “racismo estructural”, que arranca en la esclavitud y se perpetúa desde hace cinco siglos, y no se resuelve con “cuotas de color” para el ingreso a las universidades.

Enarbolan un antirracismo que es a la vez anticapitalista y, cuando aparecen las mujeres negras, anti-patriarcal. A mi modo de ver, este es un punto central de lo que viene sucediendo en Brasil, que representa un quiebre con el pasado inmediato, cuando el sector activo de la población negra se identificaba con el proyecto de Lula y del Partido de los Trabajadores (PT).

La cuarta cuestión es la decisiva. El sociólogo Ricci, que no es ni radical ni autonomista sino que fue activo militante del PT e investigador en el movimiento sindical, señala: “¿Qué pasa con la izquierda tradicional? ¿Cómo viene actuando?”. Se responde: “Con cobardía extrema. Se trata de una izquierda desconectada del mundo real, enfocada en los valores de la época del lulismo”.

En efecto, en las manifestaciones participaron de forma destacada las hinchadas organizadas de los equipos de fútbol agrupadas en la asociación ANATORG (https://anatorg.com.br) y el grupo Somos Democracia, además del Frente Povo Sem Medo, el MTST (Movimiento de Trabajadores sin Hogar) y el CMP (Central de Movimientos Populares), todos identificables como izquierda radical.

Están irrumpiendo también nuevas organizaciones de abajo, como el Frente de Movilización de la Maré, el mayor complejo de favelas de Rio de Janeiro con 120 mil habitantes en 16 barrios, creado por comunicadores populares jóvenes al comienzo de la pandemia (https://bit.ly/3d5xFC2).

La izquierda institucional desertó de las calles por pequeños cálculos electorales, a la que la población negra organizada denomina “izquierda blanca de clase media”, llegando en algunas ciudades como Belém a llamar a no acompañar las manifestaciones. Una izquierda que se limita a hacer “un juego estético” de peticiones online por whatsap, con poca o ninguna práctica incisiva en el mundo real.

Las dos conclusiones más importantes del breve análisis de Ricci, quien participó en las decisivas jornadas de Junio 2013, abordan tanto el repliegue de esa izquierda como la renovación en marcha. Los cinco partidos de izquierda (PT, PCdoB, PSB, PSOL y PDT), cuentan con una quinta parte de los concejales y alcaldes de Brasil, lo que define como “un ejército político”. De ahí procede su temor y su cobardía, como atestigua la historia mundial de la izquierda, cuando se la traga el juego institucional.

Por eso, la renovación de las izquierda vendrá de abajo y, aunque no hay nada seguro, serán personas y colectivas “más curtidas por la vida, menos clase media, menos blancas y menos masculinas”.

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La Post-pandemia y el capitalismo que viene

La versatilidad del capitalismo no tiene límite, salvo la extinción de la especie y el colapso del planeta. Pero mientras esto sucede, sus cambios se aceleran en busca de una mayor tasa de explotación e incremento de beneficios. Si la lucha por la apropiación del plusvalor es una de las características de la contradicción capital-trabajo, hoy nos enfrentamos a una reinvención de las formas de dominación, enajenación del excedente y construcción de hegemonía. El capitalismo digital se pone al día utilizando las nuevas tecnologías bajo la pandemia del Covid-19. Si hacemos historia, es un proceso similar al sufrido por el capitalismo histórico entre los siglos XVI y XVIII, donde la proto-industrialización y los descubrimientos científicos aceleraron el proceso de acumulación de capital y la revolución industrial. Sus fases van desde el capitalismo colonial, la esclavitud hasta el imperialismo y la consolidación de la dependencia industrial, tecnológica y financiera. Sin embargo, su evolución ha tenido reveses. Los proyectos emancipadores anticapitalistas han trastocado sus planes, aunque sea de forma momentánea. Las luchas de resistencia, los procesos revolucionarios y los movimientos populares han alterado su itinerario, obligándolo a retroceder. El siglo XX ha dejado una huella difícil de borrar en su desarrollo. Fueron dos guerras mundiales, seguido del holocausto nuclear no exento de conspiraciones, golpes de estado y procesos desestabilizadores cuyos efectos los reconocemos en un crecimiento exponencial de la desigualdad, el hambre, la miseria y la sobrexplotación de un tercio de la población mundial. En este recorrido, el fascismo, eje de la modernidad, se proyecta en el siglo XXI. El neoliberalismo asume sus principios y los gobernantes adoptan sus proclamas bajo un llamado a la xenofobia, el racismo y el discurso anticomunista. Como señaló George Mosse en su ensayo La nacionalización de las masas, Hitler y el nazismo se explican bajo un simbolismo, una liturgia y una estética que atrapó a la población bajo el culto al pueblo. "Una nueva política que atrajo no sólo a los nacionalsocialistas, también a miembros de otros movimientos que encontraban su estilo atractivo y útil para sus propios propósitos". Léase Trump, Bolsonaro, Piñera o Duque.

En pleno siglo XXI, asistimos a tiempos convulsos. El capitalismo busca su reacomodo. Hacer frente a los problemas de organización, costos de explotación y reajustar la función del gobierno en la gestión privada de lo público. Igualmente debe pensar en una nueva división internacional de los mercados, la producción y el consumo. La digitalización, el big-data, la robotización y las tecnociencias se subsumen para responder a las lógicas del capital. Asimismo, la dinámica de la complejidad aplicada al proceso productivo fija pautas en la especialización flexible, la deslocalización y el proceso de toma de decisiones. La realidad aumentada acelera la concentración de las decisiones y el acceso inmediato a los datos modifica las lógicas de un poder que se hace más arbitrario, violento y omnímodo. El traslado del mando real del proceso de decisiones a una zona gris, de difícil acceso, facilita eludir las responsabilidades políticas o bien las oculta bajo el manto de la post-verdad o las mentiras en red.

La transición del capitalismo analógico al digital es ya una realidad. Algunos ejemplos nos dan pistas. Basta ver el mensaje lanzado por Inditex en España. El dueño de Zara, benefactor de la sanidad pública, hará desaparecer más de mil 200 tiendas en todo el mundo, bajo la necesidad de estar en sincronía con las nuevas formas de compra-venta on line. Así, realizará una inversión de mil millones de euros en su reconversión digital en dos años (2020-2022), destinando mil 700 millones para trasformar sus locales al concepto de tienda integrada. Un servicio permanente al cliente allá donde se encuentre. En otras palabras, tendrá en su dispositivo portátil una aplicación de Zara. En esta versión digital del capitalismo, otro de los cambios que llega para quedarse es el "teletrabajo" o trabajo en casa. Una vuelta de tuerca a la sobrexplotación. Los horarios, la disciplina y el control lo ejerce el trabajador sobre sí, lo cual supone un elevado nivel de estrés y jornadas ilimitadas. En cuanto a la educación, sólo en las universidades se baraja la idea de articular clases en las aulas con lecciones virtuales. Las lecciones presenciales irán perdiendo peso, hasta desdibujar el sentido que las vio nacer, forjar ciudadanía y aprender el valor de la crítica colectiva. La universidad se reducirá a expedir títulos donde el aprendizaje muta en autodidactismo.

El capitalismo post-pandemia acelera el cambio del mundo cotidiano. Las firmas digitales, las videoconferencias, el control biométrico, los diagnósticos por ordenador, son algunos de los cambios que terminarán generando una modificación antropobiológica del ser humano. Y tal vez en este sentido, la lenta sustitución del dinero en efectivo, por el pago con tarjetas será fuente no sólo de mayor control social y poder de la banca, supondrá una mayor exclusión social. Quiénes tendrán y quiénes no tendrán tarjetas de crédito o débito. Suecia anuncia que el papel moneda se extinguirá dentro de la siguiente década. Más pobres, más esclavos de los bancos. Ese es el futuro incierto del capitalismo que viene tras la pandemia.

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Jóvenes estadunidenses simpatizantes de Bernie Sanders han renunciado a esperanzas de una buena vida, afectados por el doble golpe del Partido Demócrata a éste. Foto Ap

Antecedentes: en 2016, a Bernie Sanders, apoyado por los millennials, el establishment del antidemocrático Partido Demócrata le hizo trampa en Iowa para colocar a Hillary como candidata presidencial.

Dos años más tarde,“Bernie Sanders con sus millennials humillan a Hillary en Nueva York (https://bit.ly/2BZ8nIN)”. La rebelión de los millennials desde Latinoamérica (https://bit.ly/2XX8E7N), hasta Europa y Occidente tout court (https://bit.ly/3d42pU5) exhibió en los recientes cuatro años “la insoportable desigualdad del neoliberalismo global que se manifiesta en el Índice Gini”.

En febrero de este año resalté a los “ millennials con el socialista (sic) Bernie, a quien temen más demócratas que republicanos (https://bit.ly/3hgs6Uu)”: “50 por ciento de los millennials y 51 por ciento de la Generación Z sienten que el sistema económico de EU ha trabajado en su contra y tienen una mayor vista desfavorable del capitalismo”.

En el mismo febrero expuse “la colosal deuda universitaria de los millennials en EU: ¡1.6 millones de millones de dólares! ( https://bit.ly/3fboPnI )” cuando EU se encuentra “inundado por sus deudas al consumo: la deuda de los hogares rebasa los 14 millones de millones de dólares (https://bit.ly/37pIu0l)”.

Hechos: la vez anterior expuse que “la verdadera revolución demográfica será implosiva con el ascenso de los centennials (Generación Z) hispánicos de EU y su promedio asombroso de 11 años de edad (https://bit.ly/2MUSAgy)”. Nick Turse ( NT), de Intercept –portal independiente que cobró fama mundial por haber publicado las incandescentes filtraciones de Edward Snowden, hoy asilado en Rusia, y que ha sido uno de los peores golpes al espionaje electrónico de EU– obtuvo vía la Enmienda de la Libertad de la Información un “juego de guerra ( wargame)” del Pentágono el documento Joint Land, Air and Sea Strategic Special Program (JLASS-2018; https://bit.ly/2zx7ypW) donde ofrece un escenario en el que los miembros de la Generación Z –nacidos después de 1996y que vienen detrás de los millennials (Generación Y)–, impulsados por el malestar y el descontento lanzan la Z-belión en EU en 2028 –que se empata curiosamente con mi prospectiva.

NT trae a colación la Z-belión debido a que “las impactantes protestas en curso en Estados Unidos están compuestas ampliamente por jóvenes (https://bit.ly/2MPXCL6)”, ya que “muchos integrantes de la Gen-Z –sicológicamente marcados por las cicatrices en su juventud por el trágico 9/11 y la Gran Recesión, aplastados por la deuda universitaria y el desencanto con sus opciones de empleo–, han renunciado a sus esperanzas para una buena vida y creen que el sistema está manipulado en su contra” ¡Cómo no va a estar manipulado si su admirable representante Bernie Sanders fue dos veces defraudado por el establishment del antidemocrático Partido Demócrata en Iowa!

Aunque los millennials experimentaron el 11/9 y la Gran Recesión, a juicio de NT, la “ Gen-Z vivió con ellos como parte de su infancia, afectando su realismo y su cosmogonía” que resultaron en un sentimiento de inquietud e inseguridad.

La Generación Z “seguido es descrita buscando independencia y oportunidad, pero también se encuentra entre los menos probables a creer que existe tal cosa como el sueño estadunidense, según NT, quien los describe como buscando ser agentes del cambio social (sic) que anhelan plenitud y entusiasmo en sus trabajos para ayudar a mover el mundo hacia delante.

En forma impactante y a diferencia de los millennials que son adictos a la tecnología, según NT, la Gen Z, “pese a la habilidad tecnológica que posee, prefiere el contacto persona a persona, opuesto a la interacción online” y rechaza el excesivo consumismo !pues no esta nada mal!: en contraste a la orgia consumista de los plutócratas parasitarios de Wall Street.

Conclusión: Hay que tomar en cuenta la explosividad volcánica de los millennials y la Generación Z en EU cuando una de las características de México hoy es que es un “país millennial”, cuyo promedio de edad es de 29 años y que en los próximos siete años será un “país centennial”.

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Manifestantes organizaron ayer un funeral simbólico de George Floyd, en Los Ángeles. El afroestadunidense murió al ser arrestado por un policía blanco en Minnesota. Foto Afp

Demócratas presentan ambicioso proyecto para transformar el sistema de seguridad pública

 

Nueva York. La ola de protestas a escala nacional cumple dos semanas de acciones en cientos de ciudades y su incesante presión ya ha provocado cambios políticos y sociales, desde una nueva ronda de propuestas de reforma de las fuerzas policiacas a nivel local y federal, obligando al sector empresarial a reconocer el nuevo movimiento de derechos civiles y hasta haciendo hincar a jefes de policía, alcaldes, legisladores locales y federales en solidaridad con la demanda central de frenar la violencia oficial racista.

Durante las dos semanas desde que el asesinato del afroestadunidense George Floyd por policías en Minneapolis detonó las grandes movilizaciones –primero en respuesta a la brutalidad policiaca y que ahora abarca la justicia racial–, esta expresión sin precedente en décadas sigue sacudiendo y sorprendiendo al país y su cúpula política.

El impacto casi inmediato de esta inesperada ola se registra con intentos de políticos en responder a algunas de sus demandas, después de arrestar a más de 10 mil manifestantes, imponer toques de queda y más incidentes de violencia policiaca.

Ayer, el liderazgo demócrata en ambos cámaras del Congreso presentó un ambicioso proyecto de ley de reforma de seguridad pública en Estados Unidos, que incluye prohibir ciertas tácticas de fuerza para someter a sospechosos o ingresar a sus hogares y crear un proceso independiente para investigar abusos en el uso de fuerza, entre otras medidas.

Pelosi y otros legisladores también se arrodillan

Esto, después de que en el Capitolio la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y otros legisladores, se hincaron –como lo han hecho repetidamente alcaldes y jefes de policía– para expresar su solidaridad con la demanda del movimiento de poner fin a la violencia racista de la autoridad.

La nueva exigencia de los manifestantes de costa a costa es recortar o anular el financiamiento de la policía y emplear esos fondos públicos para programas sociales. Tal vez la respuesta más dramática a esta demanda se dio en Minneapolis, escenario del crimen que detonó estas protestas, donde el concejo municipal votó por disolver el departamento de policía y crear un sistema de seguridad público alternativo; sería el primer caso de una ciudad importante en hacerlo.

Varios alcaldes, incluidos los de las ciudades más grandes del país, han sido obligados a comprometerse a reformas en sus departamentos de policía y reconocer sus fracasos para hacerlo hasta ahora. En Nueva York, la ciudad más grande del país, el alcalde Bill De Blasio prometió reformas, entre ellas una reducción en el presupuesto de la policía para emplear esos fondos en servicios sociales y promover mayor transparencia sobre la disciplina de esas fuerzas; algo parecido anunció su contraparte Eric Garcetti en Los Ángeles.

En California, el gobernador Gavin Newsom llamó a poner fin a una serie de tácticas de sometimiento empleadas por fuerzas policiacas, mientras en Seattle y otras ciudades, alcaldes y jueces han ordenado el cese del uso de gas lacrimógeno y otras herramientas químicas para contener disturbios.

Las protestas también han obligado a múltiples empresas nacionales, desde Amazon hasta Viacom, y tiendas departamentales a expresar apoyo explícito a uno de los lemas del movimiento: Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan), en su publicidad.

A la vez, las movilizaciones han sacudido a los medios: el jefe de opinión del New York Times se vio obligado a renunciar después de publicar un artículo que apoyaba el envío de tropas para sofocar las protestas, el editor ejecutivo del Philadelphia Inquirer renunció el sábado pasado tras publicar un reportaje con el título: Los edificios también importan, y en Pittsburgh el periódico Post Gazette provocó ira dentro y fuera de su redacción luego de prohibir que dos de sus reporteros afroestadunidenses cubrieran las protestas porque habían mostrado "prejuicio".

Todo, mientras Donald Trump repite una y otra vez: "Yo quiero LEY y ORDEN".

Su aparente contrincante demócrata Joe Biden visitó a la familia de Floyd en Houston ayer, algo que el presidente no se ha atrevido a hacer.

Mientras, 80 por ciento de los votantes opina que "las cosas están generalmente fuera de control" en Estados Unidos, según una encuesta de NBC News/Wall Street Journal.

Por David Brooks

Corresponsal

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“La pandemia va terminar pero el confinamiento va a continuar”

El filósofo observa el aislamiento social, preventivo y obligatorio provocado por el coronavirus en términos de riesgos y oportunidades a futuro. Los temores y la incertidumbre frente a lo desconocido, el barbijo de la pospandemia y la ocasión para repensarse.

 

Su modo es cercano y claro, y entonces la filosofía se vuelve más terrenal, más accesible. Darío Sztajnszrajber es licenciado en filosofía, ensayista y docente. Actualmente conduce “Seguimos Educando”, por Canal Encuentro. Junto a Luciana Peker, por Nacional Rock, “Lo Intempestivo”, y cada lunes “Demasiado Humano”, en la Futuröck. Desde 2011 conduce “Mentira la verdad”, por Encuentro, un programa de filosofía para jóvenes. Es autor de “¿Para qué sirve la filosofía? Pequeño tratado sobre la demolición”, “Filosofía en 11 Frases” y “Filosofía a martillazos”.

--¿Cómo está percibiendo el transcurrir de la cuarentena?

--Creo que la cuarentena no puede ser analizada en sí misma porque no se termina de definir su extensión. Entonces la falta de definición hace que todo lo que digamos sobre el proceso esté siempre abierto al cambio. Una cosa es que la cuarentena dure una semana más, y entonces uno va a pensándose a sí mismo en función de dos meses de confinamiento; otra cosa es saber que puede durar seis meses y uno de algún modo se prepara en función de eso. Pero hay algo de la pérdida de los límites que tiene que ver con la incertidumbre de su final. O sea que no solo no sabemos cuándo va a terminar sino que estamos cada vez más convencidos de que va a quedar en términos espectrales, que hay algo de ese confinamiento que va a quedar de alguna manera impregnando mucho de nuestros lazos sociales. Esa sensación de incertidumbre hacia el futuro genera lo que es típico de las angustias existenciales. No nos olvidemos que una angustia es siempre angustia frente a una nada inasible, hacia la indeterminación. Creo que algo de eso nos pasa.

--En este contexto, ¿qué lugar pasó a ocupar el tiempo?

--Hay un viejo texto de Giorgio Agamben, Infancia e historia, donde dice que cualquier revolución tiene que empezar por una revolución en nuestra concepción del tiempo. Suscribo porque creo que uno de los lugares donde se construye el sentido común hegemónico es en la idea de tiempo lineal y productivo. Ese tiempo lineal y productivo está colapsado, está desquiciado. En el texto de William Shakespeare, cuando ve el fantasma de su padre muerto, Hamlet dice que el tiempo está fuera de quicio. Es muy fuerte la idea de algo desquiciado para hablar del tiempo porque no solo tiene que ver con su desanclaje de los lugares en los que estamos acostumbrados a percibir y vivir la temporalidad sino que también hay una sensación de deriva, de que no podemos terminar de ordenarnos. Frente a este texto, Jacques Derrida escribe Espectros de Marx, tomando justamente la idea del tiempo desquiciado; de algún modo Marx nunca muere, sino que se volvió un fantasma que nos asedia todo el tiempo. Creo que el tiempo desquiciado nos coloca en la figura del fantasma. O sea, nos volvimos medio fantasmas.

--¿Fantasmas en qué sentido?

--En el sentido de que aquellos lugares en los que estábamos acostumbrados a vivir desde ese orden normalizado y cotidiano de algún modo está en crisis. Entonces no entendemos bien la diferencia entre el afuera y el adentro, entre el trabajo y el ocio, no entendemos bien la diferencia, ni hablar, entre el amor y la necesidad. Algo de esas líneas divisorias muy propias de la sociedad normalizada de alguna manera empiezan a perder sus límites. No nos olvidemos de que un fantasma es justamente el que rompe la línea divisoria más fundamental, que es entre la vida y la muerte. En ese sentido hay algo de ese tiempo productivo que está detenido y que entonces nos genera dos opciones: o nos entregamos a otra versión del tiempo con lo que de angustia, incertidumbre, pero también de oportunidad esto trae, o uno se resiste a esta idea y lo que hace es querer volver productiva la vida en cuarentena como inoculando esa productividad propia del sistema en un paréntesis que realmente nos permitiría movernos en otra dimensión. Dadas las resistencias que la situación suscita muchas veces uno sigue poniéndose el despertador cuando no lo necesita, sigue comiendo en los horarios consabidos cuando el cotidiano cambió totalmente de esquema y sobre todo quiere hacer de su paso por el confinamiento un acontecimiento productivo cuando me parece que lo más interesante de lo que sucede es que se pone en jaque la idea de productividad.

--¿A qué le parece que le tememos más, al virus, a lo que pasa dentro de nuestras casas y en nosotros mismos en soledad, a no volver a esa normalidad conocida?

--En realidad la pandemia y la cuarentena son dos acontecimientos completamente distintos. En todos los análisis en los que nos enganchamos lo tomamos como un acontecimiento único. La cuarentena es la forma en que se decidió reaccionar y tomar decisiones preventivas en función de la cuestión médica o biológica, la pandemia. El hecho de la pandemia nos genera obviamente un montón de interrogantes que analizamos desde el punto de vista médico e, incluso, desde el punto de vista filosófico, acerca de lo que son los límites del individuo. Ahora, la cuarentena excede esto porque tiene que ver además con formatos de ordenamiento sociopolítico que variaron en distintas sociedades y donde se ve la diferencia es en lo siguiente: yo creo que en algún momento la pandemia va terminar pero el confinamiento va a continuar. Va a continuar simbólicamente en sus distintas formas y en el modo en que va a terminar impregnando nuestra subjetividad.

--¿En términos de mirar al otro con temor y recelo?

--En el sentido de que en algún momento la pandemia va a terminar pero por ejemplo la construcción del otro como agente de contagio permanente e inminente va a quedar. Y va a quedar durante mucho tiempo. La pandemia va a terminar pero el barbijo va a quedar. Y va a quedar no solo porque lo necesitemos realmente sino porque va a resignificarse en nuestra relación con un otro que se volvió en la pandemia, y desde antes diría, un agente peligroso. ¿Entonces qué me da más miedo a mí? Me da miedo todo, obvio, pero más allá de la pandemia visualizo también, y me da más miedo, estas consecuencias o derivaciones sociales que van a permanecer más allá de la pandemia. Me preocupa que este estado de acuarentenamiento exceda la misma pandemia y se vuelva un formato posible. De alguna forma los que apostamos siempre a la prioridad del otro vemos como que de algún modo estamos perdiendo ahí una batalla.

--Decía recién que cierto aislamiento precede a este momento. En este sentido la tecnología, así como conecta y acerca, también desconecta y aleja.

--Si lo tomamos en términos conceptuales, una concepción individualista de alguna manera ya parte de un aislamiento en términos conceptuales, porque la idea primigenia de que todo descansa en última instancia y como fundamento primero de todo en la idea de individuo supone el encerramiento del sujeto sobre sí mismo. La misma idea de individuo es una idea de aislamiento social que de algún modo pone las relaciones con los otros en un lugar secundario, es decir, todos los otros se vuelven medios a disposición para que uno en términos individuales decida sobre uno y sobre los otros. Muy diferentes es pensarnos en términos comunitarios, donde en realidad el individuo es más bien un efecto, un producto, y donde hay un otro que te está constituyendo todo el tiempo. Por eso digo que hay una idea de aislamiento que está en nosotros desde que nos pensamos en términos individualistas, no en términos individuales. El tema es cuando uno lo coloca o lo endiosa como fundamento primero de todo. En una sociedad, que a mí me gusta llamar neoindividualista, porque tiene estas características nuevas, la tecnología y las distintas situaciones del cotidiano contemporáneo ayudan mucho a esta sensación permanente de estar de algún modo en ciertos confinamientos. Trabajé en algunos libros esta idea del amor mismo que, en lugar de ser una apertura y una entrega al otro, termina siendo siempre la proyección que uno hace de sí mismo en el otro. Y en ese sentido también hablamos de aislamiento, en términos existenciales.

--¿Qué le preocupa más de los vínculos pospandemia?

--Hacia el futuro me preocupa esta especie de espíritu de delación, que es policíaco, es de vigilancia, y de construir sentido en el acto de delatar cuando se supone que el otro transgrede y uno se vuelve juez de las prácticas del vecino. Es decir, que se instale ya ese espíritu de delación como una manera de vínculo social. Una cosa es el Estado teniendo que cumplir un rol de ordenamiento y de cuidado del cumplimiento de la cuarentena y otra cosa son las fuerzas de seguridad copando la vía pública y generando un empoderamiento tal que permanentemente está en la frontera del desbordamiento de sus propias funciones. Una cosa es entender lo que sucede con el coronavirus desde la narrativa militar, y otra cosa es que vuelva a circular en nuestra sociedad la metáfora del enemigo invisible, que la conocemos hace décadas en nuestro país y que realmente no es muy democrática. Por eso creo que una cosa es cuidarse con el barbijo y estar a más de un metro de distancia, y otra cosa es que el barbijo se te vuelva un barbijo mental. Entonces cualquier cosa que pienses en relación con el otro parte de esa idea tan fuerte que expresó Paul Preciado, que dijo que la nueva frontera se ha vuelto el barbijo. Es muy fuerte la idea de que hoy la frontera dejó de ser la frontera nacional y pasó a ser, primero, la frontera de tu casa, y después, la mascarilla.

--¿Cuánto ayudan las narrativas en situaciones como las actuales?

--Creo que los acontecimientos que van sucediendo los terminamos acomodando en las narrativas necesarias para que las cosas nos cierren. No es casual que hoy tengan tanta fuerza las narrativas militares para hablar de la pandemia, o la narrativa religiosa. La narrativa religiosa en el sentido de que esto no lo podemos vivir sino como un apocalipsis o una pandemia de dimensiones bíblicas. Las narrativas se las añadimos nosotros a los hechos. Se produce esa interacción entre el hecho y la interpretación que da esa narrativa que de algún modo por algo surge, para algo vamos por ese lado, algo nos calma y algo nos tranquiliza.

--¿Hay una mayor presencia de este espíritu de delación que describe que de actitudes de solidaridad auténticas?

--En términos generales, yo no he visto hasta ahora una reacción social que implicase una nueva idea de solidaridad o una especie de conversión “evangélica” donde el ser humano frente a todos los acontecimientos de la pandemia se haya vuelto más amoroso o más consciente de las desigualdades y por lo tanto con una práctica proactiva de altruismo generalizado. Esto no significa que no haya compromisos fuertes de mucha militancia y mucho movimiento social que de algún modo sigue haciendo el trabajo que venía haciendo antes. La gente que está ayudando al otro es la gente que ya venía ayudando al otro. Creo que en la mayoría de los casos se respeta la cuarentena más pensando en que no me contagien a mí que en el bien común. En ese sentido creo que en términos de ordenamiento social vivimos en esto que decía antes del neoindividualismo. Hay un cumplimiento de la cuarentena por un cumplimiento de la normativa, además de un convencimiento que tiene que ver con que es un cuidado para uno. Entonces me cuesta que de esa actitud primigenia que tiene que ver con cuidarse uno podamos encontrar la fórmula para poder pensar en una revolución social y en la prioridad del semejante. Esto no quita que, en una hipótesis si se quiere absolutamente temeraria, podamos pensar hacia el futuro inmediato no en un capitalismo que se termine, para nada, pero sí en un capitalismo de algún modo más moderado.

--¿Cómo sería un capitalismo más moderado?

--Cuando digo moderado pienso en lo siguiente: calculo que ninguna sociedad hoy se está pensando a sí misma sin una inversión de acá a los próximos cinco años en salud pública más elevada de lo que había sido hasta ahora. En ese sentido creo que hay lugares de la presencia del Estado, que si se quiere estaban más en conflicto o en polémica, que hoy ganaron su derecho a plasmarse. Entonces me parece que se viene un capitalismo con una presencia del Estado más fuerte, que eso siempre tiene que ver con la redistribución y entonces con la posibilidad como mínimo de una tendencia hacia cierta justicia social. Ahora, no creo que el objetivo o que el propósito de esta presencia del Estado, como mínimo en salud, ni hablar en ciencia, tenga que ver con motivaciones altruistas o de solidaridad sino que en una sociedad capitalista incluso a los sectores hegemónicos les conviene hoy que no les explote el mundo. También creo que van a volver a tener peso las fronteras nacionales porque hay algo del Estado nacional que volvió a tener una soberanía que estaba desdibujada. Es decir que hay algunos cambios que lejos están del fin del capitalismo pero sí de una nueva mutación.

--¿Cómo evalúa este momento desde lo pedagógico, y en paralelo, cómo imagina la escuela venidera?

--Con respecto a lo que vendrá hay una incertidumbre primigenia que hace que uno tampoco pueda planificar porque no se sabe para qué lado va. La presencia inminente del coronavirus obviamente va a generar un tipo de lazo donde va a tener consecuencias directas al interior de la escuela. Ahora, si de acá a unos meses ya hay una vacuna contra el coronavirus entonces la cosa cambia, porque todos se vacunan y a la escuela, se terminó el problema. Lo que me parece es que no se puede pretender que un chico emule y reproduzca en su casa, frente a una pantalla, el tipo de productividad que se le exige en la escuela y menos el tipo de normalidad que se le exige en la escuela. Esto implica también una posibilidad de reinventarse a uno en relación al aprendizaje. También puede ser una oportunidad para recuperar algo que se vino perdiendo hace tiempo en la escuela, que es el deseo. De algún modo la situación ayuda a ese deseo por el saber, que es la base del conocimiento. Por otro lado me preocupan los docentes, sobre todo aquellos que cumplen ese doble rol a los que se le sigue exigiendo un trabajo similar al de la vida pre cuarentena pero que al mismo tiempo están en sus hogares teniendo que hacerse cargo ahora de la vida cotidiana. Ni hablar del lugar de la mujer en toda esta trama, y ni hablar del lugar de la mujer docente. No es que ya vivimos en una sociedad pospatriarcal o posproductiva.

--¿Qué otras oportunidades nos da el contexto?

--Creo que nos da oportunidades porque son situaciones límites, que son aquellas que te golpean contra una realidad enajenada y entonces hay como una especie de corrimiento de las formas en que uno se viene pensando a sí mismo. Ahí pueden presentarse oportunidades. Creo que la cuarentena más que la pandemia tiene esta dualidad: en términos de confinamiento proyectivamente para mí despierta una posibilidad muy negativa que tiene que ver con la continuidad del aislamiento social y la negación del otro; pero en términos existenciales nos movió. Se resquebrajó algo de la solidez de ese muro en el que estamos de algún modo adentrados. Tal vez sea un caso donde se den muchas más transformaciones en lo micro que en lo macro. Son tiempos para la introspección; son tiempos para repensarnos. Probablemente muchos cambiemos en la expectativa que tenemos de nuestro cotidiano y eso ya es un montón; eso también es algo revolucionario.

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Viernes, 05 Junio 2020 06:34

"Es posible reducir la semana laboral"

"Es posible reducir la semana laboral"

Entrevista a Daniel Kostzer, experto argentino en OIT

El especialista en políticas de empleo reflexiona sobre las lecciones que deja la pandemia y los cambios que pueden venir.

 

"Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa, pero en esta crisis, el ingreso universal como única medida no soluciona la necesidad de preservar los puestos de trabajo mientras permanece restringida la oferta. Por eso, para sostener el vínculo laboral, los países apuntan a distintas formas de subsidio sobre el salario. También es necesaria una expansión del crédito para la producción", explica el economista argentino Daniel Kostzer, miembro de la unidad regional de análisis económico y social de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Asia-Pacífico. Kostzer fue representante argentino en el Banco Mundial y asesor económico del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las lecciones que puede dejar la pandemia. Dice, por ejemplo, que se comprobó que se puede bajar la semana laboral. También cuenta cómo es la situación sanitaria en Bangkok, Tailandia, en donde reside hace varios años, y analiza la reacción del gobierno argentino a los desafíos económicos nacionales.

- La OIT relevó en todo el mundo las medidas de los Estados para sostener los salarios. Pero también hay advertencias porque en muchos casos se apoya a empresas que tienen capacidad propia para capear el temporal. ¿Qué piensa de este debate?

- Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa. Pero en este caso hay que preservar el vínculo laboral, porque se necesita tener a las empresas listas para salir a producir. Otro argumento de peso es que la antigüedad en el puesto laboral es un factor primordial en el aumento salarial. Si se rompe el vínculo, el trabajador pierde un activo importante. Por eso, el ingreso universal en este caso no sirve como medida única. En todo caso, puede haber un problema de ajuste en el instrumento, pero esto no implica para nada que el instrumento no sirva. Hay unos 40 países que están implementando este tipo de políticas de distinto modo. Hay algunos que subsidian directamente al salario, otros hacen postergaciones en los aportes, otros dan créditos. Pero todos apuntan a subsidiar una parte del salario o reembolsar a las empresas por los salarios pagados. En el caso argentino, el programa ATP se combinó con algo  acertado que es el crédito para pymes en función de la nómina salarial. Esta es la forma más fácil de dar crédito, porque si la empresa pagó salarios, quiere decir que tiene plata para devolver el crédito por ese monto. Es mucho mejor que analizar los balances, que sabemos que muchas veces no tienen relación con la realidad. A medida que se va reactivando la producción, va a ser más necesaria la expansión del crédito.

- ¿Cómo se viene desarrollando la cuarentena en Tailandia?

- En Tailandia la cuarentena fue bastante estricta. Cerraron oficinas, cines, restaurantes shoppings, casas de masaje, salones de belleza y otros comercios e incluso cerraron la isla de Phuket, que es un punto turístico muy importante. Los negocios abiertos no permitían el ingreso de gente al local. Estuvimos así desde el 15 de marzo hasta el 15 de mayo. A partir de ahí comenzaron a reabrir los lugares, aunque con medidas de seguridad, incluso pusieron divisores de acrílico transparentes en los restaurantes. Hay vuelos internos pero no internacionales. De todos modos, la gran mayoría de las fábricas de las afueras de las ciudades siguieron trabajando. En Tailandia, los muertos no han llegado a 60 por una serie de factores. Primero, el sistema de salud es muy desarrollado y hay una tradición en el uso del barbijo por un sentido de cuidado del otro. Otro factor importante es que los viejos por lo general están en el campo y la gente joven se va a trabajar a la ciudad. Con la pandemia, las ciudades se desconcentraron porque los trabajadores volvieron a las casas de sus familias en el campo. Otro elemento es que hubo un gran aprendizaje de la epidemia del SARS en 2003, que también fue rápida y masiva. Y hay confianza en los técnicos que conocen del tema, la gente no protesta, hay obediencia y un sentido budista de no provocar un mal en el otro. El caso extremo es Vietnam, donde no hubo un solo muerto por coronavirus.

- ¿En qué puede consistir esto que se llama la “nueva normalidad”?

- Es difícil saberlo porque ni siquiera estamos seguros de que no aparezcan nuevos picos de contagios. Pero un par de cosas creo que van a quedar más claras que antes. La primera es que el tema de la salud pública trasciende a las clases sociales: si bien no es lo mismo estar en cuarentena en un country o en la Villa 31, el virus ataca de manera indiscriminada. Y por más plata que tengas, una parte de tu salud depende de la salud pública. Otro aprendizaje radica en que se puede llevar a cabo una enorme cantidad de tareas sin que el trabajador esté ocho horas marcando tarjeta. El trabajo a distancia funciona en muchos casos y la reducción de la semana laboral es posible. También por el lado de la contaminación, esto dejó en evidencia que la intensidad del funcionamiento social tiene mucho impacto ambiental. Quedó claro que el trabajo genera riqueza y que las finanzas son volátiles. Es indispensable replantear la tasa de ganancia injustificada de los negocios financieros. Mientras el capital financiero tenga 15 puntos de ganancia y el capital productivo tenga de 3 a 5 será muy difícil producir. Siempre pongo el ejemplo del almacenero, que paga 20 mil pesos de alquiler en base a determinado valor del inmueble. Si el día de mañana ese inmueble se valorizó por la evolución de las finanzas y del real estate, ese almacenero va a tener que pagar más alquiler y va a caer su propia tasa de ganancia. Es preferible que el local pierda algo de su valor financiero y que no se perjudique a la producción. Algo de eso va a tener que pasar con los bienes de consumo masivo.

Publicado enSociedad
Miércoles, 03 Junio 2020 06:20

¿Ha empezado el fin de la globalización?

¿Ha empezado el fin de la globalización?

Una de las expresiones de la crisis económica de 2020 es una cierta disfunción de los mercados globales. Sin embargo, todavía no se puede afirmar que estemos en un ciclo claro de desglobalización, aunque esto sucederá inevitablemente más pronto que tarde.

 

La globalización de la actividad económica no está pasando sus mejores momentos, pero no se puede afirmar que estemos en un escenario de desglobalizacion, al menos todavía. Esto no es solo consecuencia de la pandemia de covid-19, sino que en 2019 la economía y el comercio mundial ya se estaban desacelerando.

Veámoslo con tres indicadores. El Baltic Dry Index evalúa los fletes marítimos de carga a granel seca. Su disminución indica un descenso del trasiego internacional de mercancías. Se observa una caída muy importante del indicador desde principios de siglo, pero sus niveles se sitúan solo ligeramente por debajo de los existentes a finales de siglo XX.

El segundo indicador son las cadenas de valor globales. Una cadena de valor es el conjunto de actividades necesarias para la comercialización de un bien o servicio. Incluye la obtención de materias primas, su transformación en bienes, el diseño de ese proceso o la comercialización. Al hablar de global, la referencia se centra en aquellas transnacionalizadas. Entre las cadenas de valor globales se pueden distinguir varias tipologías, que son las que se muestran en la gráfica, pero que ahora no hace falta abordar. Se puede observar como el grueso de los intercambios comerciales son en el ámbito estatal. Las cadenas globales de valor han ido ganando terreno en las últimas décadas a las domésticas, aunque en los últimos años este proceso parece frenarse.

El último indicador es el volumen de exportaciones a nivel mundial respecto a la existente en 2000. En este caso, la evolución es todavía al alza, aunque los datos de 2020 mostrarán una bajada considerable. Durante el parón económico por la crisis de covid-19, el comercio global ha descendido un 3% y se proyecta una caída mayor en los próximos meses.

En la globalización capitalista hay tres nodos principales: China como gran exportador neto de bienes y de capital, EE UU como gran importador neto y la UE con una estructura más mixta. Cada nodo está siguiendo estrategias distintas.

EE UU parece ir abrazando políticas proteccionistas de mano de la administración Trump, donde la guerra comercial con China o la marcha atrás con la firma de distintos tratados de libre comercio —el primero, el TTIP con la UE— son un ejemplo paradigmático. Para entender este giro respecto a las administraciones precedentes es necesario contemplar tres factores.

El primero es que su objetivo central no es defender al proletariado industrial estadounidense que se ha visto golpeado por la globalización. El Gobierno de Trump responde a los intereses de una parte del capital estadounidense cuando ha puesto en marcha una serie de políticas proteccionistas. Ese capital, que antaño fue capaz de controlar las cadenas de valor global, ha ido perdiendo competitividad respecto, sobre todo, al capital chino. Así, entre las 500 mayores empresas del mundo ya hay casi tantas chinas como estadounidenses. De hecho, la crisis ha mostrado que China tiene un papel más relevante en la producción global, el comercio, el turismo y los mercados de materias primarios.

El segundo factor es que EE UU es el único bloque que se puede permitir avanzar en una cierta desconexión global, pues tiene una fuerte base de consumo interno, y una importante riqueza mineral y energética. Por ello, en esta estrategia la independencia energética desempeña un papel determinante y son notables sus desesperados intentos por reactivar la moribunda industria petrolera.

El último elemento que se debe considerar al analizar la política de EE UU es que, en realidad, también está intentando defender los intereses del capital estadounidense que es competitivo a nivel internacional.

De manera más profunda, el nivel de interconexión, de producción —y por lo tanto de necesidad de mercados donde venderla—, y de consumo material y energético para sostener esta producción es tal que ninguna potencia se puede permitir una desconexión de los mercados globales significativa sin comprometer la reproducción de su capital nacional.

Por ejemplo, la batalla comercial de EE UU subiendo los aranceles a la importación de acero y aluminio al final ha llevado a la firma de un acuerdo comercial en “fase 1” con China. En él, el gigante asiático se comprometió a aumentar sus importaciones de energía, bienes agrícolas, bienes manufacturados y servicios relacionados a la propiedad intelectual de EE UU por lo menos en 200 mil millones de dólares hasta 2022. Por su parte, EE UU eliminará barreras arancelarias a la importación de productos chinos. Otros dos ejemplos son que se han retomado las conversaciones entre EE UU y la UE para un tratado transatlático tras el fallido TTIP y que se van a iniciar conversaciones para un acuerdo comercial EE UU-Reino Unido.

El caso de la UE y de China es distinto. Para empezar, ambos tienen una dependencia muy fuerte de la importación de materia y energía para mantener su actividad económica, especialmente la UE. Esto les obliga a realizar una agresiva política de reforzamiento de las cadenas económicas globales. Además, en la medida que la economía china —y la europea en menor sentido— sigue articulándose a través de la exportación, también necesitan de esa globalización. Aunque China está formando una clase media consumista en los últimos lustros, sus niveles de demanda están lejos de poder sostener su ingente producción.

En este sentido, la Comisión Europea ha asegurado que la estrategia de ser “autosuficientes” es irreal por la alta dependencia de las cadenas globales de valor. En consonancia, la UE mantiene actualmente negociaciones comerciales y/o de inversiones con territorios como Nueva Zelanda, Australia, Chile, China, Mercosur, Reino Unido, EE UU, Japón, Indonesia, México, Marruecos y Vietnam. 

En lo que respecta a China, también tiene abiertas negociaciones para cerrar nuevos tratados de comercio y de inversiones, pero lo más relevante es la Nueva Iniciativa de la Ruta de la Seda. Se trata de un plan de expansión económica liderado por China y del cual ya son parte más de 136 países. Esta iniciativa consta de cinco programas: conectividad de infraestructuras, coordinación de políticas —para evitar barreras al comercio—, medidas para el aumento del flujo comercial y de inversiones, integración financiera —de la moneda china— y actividades culturales —para sostener un apoyo popular al proyecto—. Es como el Plan Marshall para globalizar el capital chino.

El balance de todo esto parece ser una fortaleza todavía notable de la globalización. Sin embargo, es muy relevante prestar atención a las señales desglobalizadoras.

Desglobalización

El actual sistema de producción y consumo globalizado está herido de muerte. Detrás hay varios factores. En primer lugar, estamos viviendo ya el pico del petróleo, ese momento histórico en el que el crudo disponible empieza a menguar. El mayor uso del petróleo es para el sector del transporte, donde es insustituible si se quiere mantener un trasiego de grandes volúmenes, a largas distancias, en tiempos cortos. Es importante subrayar que las renovables no pueden sostener la globalización. Dentro del sector del transporte, hay distintos combustibles que se usan. Destacan el diésel para el transporte de mercancías por carretera y el fueloil para barcos. Ambos parecen haber atravesado ya su cénit de disponibilidad. Esto, más pronto que tarde, terminará incidiendo sobre la viabilidad de sostener los actuales volúmenes de transporte global.

El comercio internacional también requiere de medios financieros. Se basa en la interconexión bancaria, que es la que respalda las operaciones. Por ejemplo, el 90% de los envíos internacionales se abonan con las letras de crédito. En 2008, después de la quiebra de Lehman Brothers y la contracción del crédito posterior, los bancos retiraron ese financiamiento, lo que fue determinante en la caída del 93% del Baltic Dry Index. En un escenario financiero como el actual, en el que la deuda crece más rápido que el PIB, y por lo tanto sus burbujas son cada vez mayores, las crisis financieras repetidas están servidas. La deuda mundial alcanzó el 322% del PIB global en 2019.

La alta interconexión de todo el sistema supone que no hace falta que caigan todos los nodos; con que lo hagan algunos estratégicos, el desabastecimiento se transmite al resto. El sector de la energía es un ejemplo ilustrativo. Actualmente, las empresas petroleras tienen graves problemas financieros, especialmente las especializadas en fractura hidráulica. Esto genera una menor capacidad extractiva, más allá de la que ya están marcando los límites de disponibilidad geológica. El círculo se cierra al saber que el PIB mundial tiene una correlación lineal con el consumo de energía y que este es fundamentalmente de hidrocarburos.

Para que funcione una economía globalizada no solo hace falta crédito y energía. También infraestructuras. Los costes de mantenimiento de estas —fibra óptica, gaseoductos, superpuertos, autopistas, refinerías, etc.— se irán haciendo cada vez mayores conforme se reduzca el flujo de energía, se dificulte el crédito, vaya disminuyendo el comercio mundial del que dependen para sus reparaciones y se pierda economía de escala. Su coste no es pequeño y puede rondar el 3% del PNB mundial.

En un escenario como el vigente, en el que la reproducción del capital se está viendo comprometida, la competencia se refuerza. El mundo empresarial, para aumentar su capacidad de sobrevivir, recurrirá todavía más al respaldo de los Estados en los que se sitúan sus casas matrices, lo que se traducirá inevitablemente en políticas proteccionistas.

Las guerras comerciales no tendrán solo un formato arancelario. De hecho, no lo tienen ya en la actualidad. Así, es probable que la emisión masiva de dinero no responda solo a dar liquidez a las empresas en apuros, sino a devaluar la divisa controlada por el banco central de turno y con ello abaratar las exportaciones. Además, esto permitiría rebajar la deuda soberana —aunque esta es una estrategia arriesgada para EE UU, porque resta atractivo a su moneda y puede limitar la entrada de capital extranjero—.

Pero, como dijimos, las economías de todos los bloques han tomado una dimensión tan grande que no pueden proveerse de la materias primas necesarias ni dar salida a su producción solo a nivel doméstico. Por ello, estas medidas proteccionistas requerirán de una apropiación de recursos globales, lo que las hará venir acompañadas de un nuevo imperialismo. En resumen, los Trump tienen futuro.

Sin embargo, esta opción, desde la mirada del capitalismo global, parece nefasta. Por ejemplo, minaría el poder de China y, con él, el de sostener el déficit de EE UU. Si este tipo de políticas fueron desastrosas para la economía en la Gran Depresión y empujaron hacia la II Guerra Mundial, no es de esperar que lo vayan a ser menos ahora en una economía que depende más de la interconexión.

De este modo, el proceso de desglobalización es más probable que sea por la fuerza —choque con los límites ambientales y, si se produjesen, fruto de fuertes luchas sociales— y no tanto bajo la dirección del capital nacional —sobre todo chino y europeo— y, mucho menos, el internacional. En 2020 estamos experimentando esta desglobalización fruto del choque con los límites ambientales: la pandemia de covid-19 que ha ralentizado el comercio mundial está relacionada con la destrucción ecosistémica.

 

Por,

Luis González Reyes 

@luisglezreyes

Lucía Bárcena

@Luciabarce

3 jun 2020 06:00

Publicado enEconomía
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