Miércoles, 26 Agosto 2015 18:58

Cuba es humanidad

Cuba es humanidad

ALAI AMLATINA, 26/08/2015.- Entre los muchos problemas que enfrentamos a nivel mundial se encuentra el fin del cruel bloqueo de Cuba por Estados Unidos –un bloqueo que duró más de cincuenta años-. La reanudación de relaciones diplomáticas, familiares, turísticas, comerciales, culturales y financieras entre ambos países nos provoca una mezcla de júbilo por el cese de la agresiva medida y una natural preocupación sobre la mejor forma de seguir construyendo y luchando por la libertad, el socialismo y la emancipación.

Los avances de Cuba durante estos cincuenta años son por todo el mundo reconocidos. En medio del cerco y los incesantes asedios del imperio, la pequeña Isla del Caribe logró uno de los primeros lugares en la lucha contra la desigualdad y por la seguridad social; alcanzó los más altos índices de alfabetización y escolaridad, realizó la más profunda reforma agraria y dio uno de los más fuertes apoyos económicos y técnicos a los agricultores y trabajadores del campo; consiguió una reducción óptima del desempleo; redujo la criminalidad de delitos del orden común y dio un grado de seguridad interna a sus habitantes, poco común en otros países; alcanzó altos niveles en la educación universitaria así como en la preparación de técnicos, ingenieros, médicos y otros profesionales; impulsó las artes y las ciencias y realizó numerosos descubrimientos científicos reconocidos a nivel internacional, sobre todo en el terreno biológico y en la medicina. Música, ballet, teatro, cine y otras bellas artes, así como innumerables deportes, merecieron un fuerte impulso del Estado.

Pero si todos esos logros son innegables y realmente impresionantes, desde el punto de vista de la emancipación humana, para muchos no son de creer.

Hoy, en Cuba vive un pueblo cuya conciencia se ha convertido en voluntad, su voluntad en inteligencia y su inteligencia en organización. Y si semejante afirmación parece exagerada piénsese por qué Cuba, no sólo ha logrado resistir durante más de medio siglo el bloqueo y las numerosas agresiones de que ha sido objeto, sino en este año de 2015 en que todos los países del mundo son capitalistas, y en que ya todos los que fueron o se dijeron socialistas han restaurado abierta y hasta agresivamente el capitalismo, Cuba es el único que sobrevive en medio de esa tragedia humana. Y es que la Revolución Cubana, lejos de ser la última marxista-leninista (ya debemos acostumbrarnos) es la primera de un nuevo tipo de revoluciones que inició el "26 de Julio". En ella, no fue sólo un decir que José Martí es el autor intelectual de la Revolución Cubana; es el impulsor histórico de la actual moral de lucha y cooperación, y de coherencia impresionante entre lo que se dice y se hace.

La moral fuerza es, además, una fuente motriz que a partir del pensar de los actores, en lucha por su propio país, los lleva a seguir aquel otro precepto de inmenso valor: el de "Patria es Humanidad". Al postularlo enriquece el enlace del internacionalismo proletario y la inmensa cultura en que destacan Marx, Lenin, el Che y, a la cabeza ayer y hoy, el propio Fidel.

De la junta de humanismos surge una manifestación Latinoamericana del socialismo, que entre sus variadas fuentes cuenta con el liberalismo radical y otros humanismos que incluyen al Padre Varela y al humanismo cristiano que más tarde, y por su parte, se expresa en la teología de la liberación. Esa es la realidad, si nos dejamos de mitos y de dogmas; esa es la esperanza, si ahora repensamos lo que pasó y por lo que se luchó y consideramos lo que puede pasar, y por lo que se debe luchar.

Los hechos son ciertos y las propuestas vienen de un futuro que ya llegó. El futuro que entrevemos nos permite explorar el qué hacer y el cómo hacerlo. Primero nos lleva a fijarnos en el momento que vivimos y a reparar en la política que sigue el complejo empresarial-militar-político y mediático de Estados Unidos de Norteamérica. De inmediato advertimos que en este mismo momento Estados Unidos está pasando más y más a la ofensiva en su proyecto globalizador neoliberal. Sus triunfos son innegables en la Unión Europea, donde ya es el jefe militar de la OTAN y en que con la lógica de "la eficiencia" hace que los Jefes de Estado impulsen por sentido común las empresas de la paz y la guerra, e impongan más y más la política neoliberal de la "acumulación por desposesión" o saqueo, que Estados Unidos encabeza.

Día a día más obsecuentes y sujetos a Estados Unidos. Los países dominantes en la Unión Europea no sólo se pliegan a su creciente fuerza financiera, militar, política y mediática, sino que destruyen su propio proyecto de una Europa Unida con sus presiones sobre Italia y España y su cruel maltrato de Grecia.

Desconocimiento y descalificación de la democracia en Grecia, acaban de convalidar su inexorable imperio financiero sobre los países endeudados a quienes habían ya impuesto una política fiscal, financiera y monetaria que los llevaba al abismo de la deuda pública y a romper el compromiso de mantener un equilibrio presupuestal. Su creciente asedio a los partidos que proponen una política socialdemócrata está desprestigiando a éstos de tal manera que al "fin de las ideologías" se añade cada vez más el fin de los partidos que luchan por resolver los problemas sociales y nacionales y no cumplen en nada. Que esa responsabilidad es atribuible a la propia Europa y a sus clases dominantes, desde la tristemente famosa Thatcher mal llamada dama de hierro, no cabe duda, pero que seguir esa política primero impulsada por Estados Unidos con Pinochet en Chile, nos presenta un panorama en que el predominio de Estados Unidos es cada vez mayor, y en que ante el desprestigio de los partidos con membrete de izquierda tiende a suceder --entre los desheredados, los pequeños propietarios y el "Lumpen"--el predominio de nuevos lideres y clientelas neofascistas, como ya ocurre en Francia y se manifiesta cada vez más en Estados Unidos.

En medio de una crisis a la vez financiera, económica, ideológica y política –en que no deja de tener un peso inmenso la restauración del capitalismo en Rusia y China, los demás países gran "campo socialista" y los gobiernos de la Trilateral y de Bandung-, los proyectos globalizadores adquieren un carácter particularmente violento con la resistencia que muestra Rusia a ser tratada como si fuera una república bananera y hace alarde para ello de su inmenso poderío nuclear.

Lejos de detenerse, la política de la globalización continúa y juega con el individualismo y con la lucha de clases para su cosecha. El "individualismo", el clientelismo, el particularismo, el sectarismo constituyen un arma de muchos filos capaz de destruir las luchas de liberación y las de la clase obrera y los pueblos despojados y oprimidos o, las más amplias de los pueblos por sus soberanía y las de los trabajadores que se limitan a la defensa de sus derechos, o las de las de las comunidades por sus territorios y su autonomía, o las más antiguas por la Patria Chica, la Patria Grande y la Humanidad, a las que dividen y enfrentan para vencerlas.

Parecida fuerza a la del individualismo tiene otra arma que en términos genéricos es la corrupción. En ella destacan la colusión, la cooptación, el soborno, el cohecho, el mercado negro y sus mercaderes de mayoreo, y hasta llega a quienes usan la economía informal para resolver problemas apremiantes que los llevan a ceder y comprar artículos de primera necesidad y que no por ello dejan de desmoralizar a una parte de la población que tiene parecidas carencias y menos o ningún recurso. La profusa y seductora publicidad que al mismo tiempo hace la sociedad de consumo –sin aclarar que del mismo sólo goza una mínima parte de la población- llega a despertar sueños ilusos sobre todo entre los jóvenes que no vieron ni vivieron la inmensa miseria en que estaba Cuba antes de la Revolución, y la que vive la inmensa mayoría de la humanidad. La publicidad -con el individualismo y la corrupción-, es la mejor arma del Complejo empresarial militar.

Allí no queda todo. La globalización neoliberal está extendiendo y acentuando el uso de otra de sus armas principales: la privatización.

La privatización es −como el individualismo y la corrupción− un arma de muchos filos que se utiliza en formas abiertas y encubiertas, legales e ilegales, y en este momento hegemónicas entre los dirigentes de los complejos y corporaciones dominantes, y en los asociados a ellos y sus subalternos, o que dependen de ellos y dominan en todos los continentes del mundo.

Los promotores y protectores de la privatización, en este mismo momento, están proyectando −con los gobiernos de cincuenta países− aumentar todavía más el poder y la propiedad de los señores y dueños que tienen como móvil la maximización de utilidades y riquezas. Según la prensa, los gobiernos de cincuenta países se están reuniendo en secreto para elaborar un plan de privatización de todas las actividades económicas a su alcance. Quieren llevar al máximo y a la organización global un proyecto de por sí ya muy avanzado: que las corporaciones tengan a su cargo toda la producción, la distribución, el intercambio, los servicios y el consumo que en el mundo existe.

Imaginar cómo sería un mundo así sería pensar en un inmenso quiebre histórico en que sobre la contradicción entre las fuerzas y las relaciones de producción se montaría la contradicción entre las fuerzas de represión y las relaciones de represión, fenómeno que de por sí ya se está dando con la construcción de soldados que son robots y que tienen capacidad de distinguir (eso piensan sus productores) a quienes deben eliminar y a quienes deben respetar e incluso defender.

Pero no es necesario imaginar semejantes peligros para reconocer aquéllos a que ya nos enfrentamos y de que hay amplias y repetidas pruebas. No me refiero sólo al cambio climático y sus consecuencias para la vida en la Tierra, ni sólo me refiero a la gran cantidad de bombas nucleares y sistemas de lanzamiento que numerosos países tienen con muchos de sus gobernantes y ayudantes que rezuman una creciente cultura del odio, del sectarismo racial, religioso, machista, sádico, xenófobo, por lo demás bien armado y bien provisto de municiones y sustancias letales cuyos productores y proveedores gozan de buena salud y bella vida.

Todo ocurre en medio de supuestas religiones que ni sus rituales cumplen ni sus sagrarios dejan a salvo. Se da con un terrorismo natural y comercial que al amparo de las corporaciones y gobiernos rinde beneficios billonarios de que las huestes no gozan, empeñadas como están en destruirse unas a otras y en destruir sobre todo pueblos, presas, calles, casas, ciudades y zonas arqueológicas de sus propios antepasados.

Esos horrores acostumbrados, y muchos más, que hasta los científicos y especialistas de las comisiones intergubernamentales convalidan, son mirados e incluso negados, de la manera más irresponsable que quepa imaginar, por los ideólogos y apologistas del sistema y por sus víctimas subalternas en quienes también domina una especie de patología cognitiva, que hasta los lleva a perseguir, con todos los descalificativos, y por todos los medios a su alcance a quienes no ven como inevitable el ecocidio antropogénico que amenaza la vida en la Tierra.

Crisis ecológica y crisis social plantean la inminente necesidad de otra organización del trabajo y de la vida en el mundo, en que no predomine la lógica y la cultura de la maximización de utilidades y riquezas sino la que en busca de la libertad humana se desarrolló desde los inicios del capitalismo mercantil y usurario, y en la cultura, desde el Renacimiento y la Ilustración hasta el nuevo pensamiento revolucionario, que con Cuba y los Zapatistas, encabeza hoy en Roma el Papa Francisco, y que es cultivada cada vez más por esa juventud que empezó a andar en l968 y a la que hereda la que hoy no sólo va a prever el futuro sino va a vivir el futuro.

Es en estas condiciones como se advierte que Cuba no debe limitarse a una cultura de la resistencia, sino desempeñar como Estado Nación, un doble papel mundial que ningún otro país puede realizar, y es, en primer lugar, el de ser la sede de encuentros entre las fuerzas que luchan en su tierra por un mundo mejor y que no por haber recurrido a las formas violentas porque les niegan el derecho de luchar en formas pacíficas, dejan de estar dispuestas a negociar y a defender en formas pacíficas el interés general de comunidades, ciudadanos, pueblos y trabajadores. La experiencia cubana en ese terreno –así como en la resistencia y construcción del socialismo y sobre todo la verdadera democracia y soberanía de esa nación- hace de ella la Isla de la Tierra más adecuada para dar hospitalidad a semejantes tareas.

A la enorme capacidad que tiene Cuba para contribuir a resolver ese proyecto se añade otro no menos sino igual o más importante. En Cuba puede darse la última tabla de salvación para la vida humana y emprender la creación de un organismo autónomo mundial en que los expertos más destacados y responsables de las variadas posiciones críticas y científicas que existen en el mundo diseñen los modelos de una transición pacífica a un modelo de organización de la vida y el trabajo que asegure la vida en la tierra y aleje los actuales peligros de destrucción de la biósfera y del ecocidio.

Que semejantes proyectos suenen a pura ilusión, ingenuidad y utopía es un juicio digno de reconsiderar ahora que se acaba un cruel bloqueo que duró más de medio siglo y más de veinte años de la restauración mundial de países que se decían socialistas y cuyos dirigentes han llevado a cabo la acumulación primitiva más cuantiosa de toda la historia.

Que la revolución cubana es del todo diferente es algo que no se necesita probar porque ya se probó. Sus nuevas relaciones con Estados Unidos se dan sin que la doblaran ni la quebraran.

Es hora de la utopía, del proyecto que no parece realista y que es el único que puede salvar --con la libertad-- la vida en nuestro planeta. Toda la historia de la emancipación y de la humanidad ha empezado con utopías. Esta no será la excepción.

Las utopías abrieron metas sin saber cómo seguir. Por eso y para pensar qué hacer y cómo hacer es necesario por lo pronto luchar por la paz y prepararse para la guerra defensiva, por si acaso. Y hacerlo sin esas divisiones de intereses que hicieron perder a Espartaco.

 

-Por Pablo González Casanova, exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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Jueves, 06 Agosto 2015 06:56

Hacer balance del progresismo

Hacer balance del progresismo

En la medida que el ciclo progresista latinoamericano se está terminando, parece el momento adecuado para comenzar a trazar balances de largo aliento, que no se detengan en las coyunturas o en datos secundarios, para irnos acercando a diseñar un panorama de conjunto. De más está decir que este fin de ciclo está siendo desastroso para los sectores populares y las personas de izquierda, nos llena de incertidumbres y zozobras por el futuro inmediato, por el corte derechista y represivo que deberemos afrontar.


Decir progresismo suena demasiado vago, porque en esa categoría pueden entrar procesos bien distintos. Entiendo por progresismo aquellos gobiernos que han intentado cambios en lo que fue el Consenso de Washington, pero nunca aspiraron a trascender el capitalismo en su fase extractiva y financiera.


Los gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y Ecuador, así como Paraguay cuando fue gobernado por Fernando Lugo, entran de lleno en esa categoría. Los de Venezuela y Bolivia merecen un trato aparte, ya que han declarado su voluntad de trascender la realidad que heredaron y no sólo administrarla.


¿Por qué incluir al gobierno ecuatoriano de Rafael Correa en esa lista? Porque la relación con los movimientos sociales hace la diferencia. Los movimientos populares de Ecuador, indígenas, obreros y estudiantiles, están convocando un gran paro nacional para el 13 de agosto contra un gobierno autoritario, que persigue a dirigentes y organizaciones populares.


En toda la región sudamericana arrecian las campañas de las derechas mediáticas y los grupos empresariales, alentados por los Estados Unidos, para modificar los equilibrios de fuerzas a su favor. Pero asistimos también a una reactivación de los movimientos populares, de modo particular en Brasil, Chile, Ecuador y Perú, siempre en contra de un modelo que sigue concentrando la riqueza y frente a gobiernos que no han realizado cambios estructurales.


A mi modo de ver, es en Brasil donde se está produciendo un debate más profundo sobre los doce años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) encabezados por los presidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff. Quizá porque Brasil representa la mitad de la región sudamericana en términos de población y producción, por su innegable trascendencia regional y global y, sobre todo, porque el PT fue creado desde abajo por sindicalistas, exguerrilleros y comunidades eclesiales de base, siendo el mayor partido de izquierda de América Latina, el impulsor de los foros sociales con los movimientos y del Foro de São Paulo con los partidos de izquierda.


El filósofo marxista Paulo Arantes, situado a la izquierda del PT y referente de buena parte de los debates sobre las izquierdas, sostiene que el país y la izquierda están cansados y exhaustos. «Agotamos por depredación extractivista el inmenso reservorio de energía política y social almacenada a lo largo de todo el proceso de salida de la dictadura», sostiene en una de sus últimas intervenciones ("Correio da Cidadania", 15 de julio de 2015).


La energía agotada es de carácter ético, es la que permitió la creación del PT, de la central sindical CUT y del Movimiento Sin Tierra, las principales organizaciones sociales y políticas del país. La exigencia de resultados rápidos, «un deterioro social jamás visto», que resume en «el derecho de los pobres al dinero», es en su opinión una de las claves del fin de ciclo al que se asiste. Donde siempre se había priorizado la dignidad de la clase trabajadora, aparece una gama de preocupaciones que se centran en administrar en vez de vez de transformar, apostando todo al crecimiento de la economía, sin más objetivos.


El sociólogo Francisco de Oliveira es uno de los intelectuales más respetados, fue fundador del PT en los estertores de la dictadura (1980) y luego del PSOL (Partido Socialismo y Libertad) cuando el Gobierno de Lula implementó reformas neoliberales (2004). Acuñó el concepto de «hegemonía al revés» para explicar cómo los ricos consentían ser políticamente conducidos por los dominados, con la condición de que no cuestionaran la explotación capitalista. En su opinión eso sucede tanto en Brasil como en Sudáfrica bajo los gobiernos del Congreso Nacional Africano.


En un artículo de 2009 realizó una afirmación valiente y polémica: «El lulismo es una regresión política» (Piauí, octubre de 2009). En aquel momento, el último año del segundo Gobierno de Lula, la afirmación parecía fuera de lugar, aunque muchos brasileños de izquierda la compartieron. De hecho, en las elecciones presidenciales de 2006 Heloísa Helena (expulsada del PT por negarse a votar la reforma previsional) obtuvo 6,5 millones de votos como candidata del PSOL, casi el 7% de los votos totales.


Seis años después de aquella sentencia, en medio de un ajuste neoliberal que vulnera derechos sociales y con un escándalo de corrupción alucinante (Dilma reconoció que los dineros sustraídos equivalen a un punto del PIB), podemos volver a preguntarnos si el progresismo fue una regresión o un paso adelante.


Uno de los argumentos centrales de De Oliveira es que los gobiernos de Lula y Dilma provocaron una gran despolitización de la sociedad, en gran medida porque la política fue sustituida por la administración y porque «se cooptaron centrales sindicales y movimientos sociales, entre ellos el Movimiento de los Sin Tierra, que aún resiste».


En este punto, los análisis se bifurcan. No sólo en Brasil sino en la izquierda de toda la región. Una parte sostiene que los gobiernos progresistas fueron un avance, siendo su principal argumento que redujeron la pobreza llevándola a los niveles más bajos en la historia reciente. En esa reducción aparecen dos elementos a considerar: por un lado, el crecimiento económico permitió que más personas se incorporen al mercado de trabajo. Por otro, las políticas sociales y el aumento del salario mínimo jugaron un papel indudable en la caída de la pobreza.


Pero otro sector, en el que me incluyo, argumenta que no hubo cambios significativos en la desigualdad, ni reformas estructurales, que hubo desindustrialización y se registró una re-primarización de las economías (centralidad de las exportaciones de bienes primarios). En este sentido se puede afirmar que el progresismo no fue un avance.


Pero ¿fue un retroceso como argumenta De Oliveira? Si colocamos la política en el centro, las cosas cobran otra tonalidad. La política, desde una mirada de izquierda, gira en torno a la capacidad de los sectores populares de organizarse y movilizarse para debilitar al poder económico y político, y abrir así las posibilidades de cambios. Desde este punto de vista, la energía popular latinoamericana ha sido fuertemente desgastada por el progresismo. Las grandes movilizaciones de junio de 2013 en Brasil, que fueron criticadas por el PT porque supuestamente favorecen a la derecha, son claro testimonio de los cambios que hubo arriba y abajo.


El problema ahora es cómo enfrentar la ofensiva de las derechas con sociedades despolitizadas y desorganizadas, porque la izquierda dilapidó la energía social acumulada bajo las dictaduras. No es, por cierto, la única región del mundo donde esto sucede.


A tres décadas de distancia, ¿la llegada del PSOE al gobierno del Estado Español, fue un paso adelante o un retroceso? No pretendo comparar al socialismo europeo con el progresismo latinoamericano, sino reflexionar sobre cómo se produjo la pérdida de la energía social, en ambas situaciones.

 

Fuente: Resumen Latinoamericano

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Sábado, 01 Agosto 2015 05:17

El populismo como fantasma

El populismo como fantasma

Si algo distingue a la relación entre las palabras y los políticos es, sin duda, la veleidad. Incluso un estudiante de secundaria sabe que, en manos de un político, no hay palabra cuyo contenido no se derrita hasta convertirse en un signo aleatorio, carente de sentido. El término demagogia proviene precisamente de esta arbitrariedad. La capacidad de disuasión siempre se ha medido, en parte, por la habilidad para disfrazar las intenciones con alguna destreza retórica; y, en parte, por imbuir a esta destreza de significados. Pero el problema hoy va más allá. En una sociedad que habla e informa las 24 horas del día, a través de la televisión, la radio, la prensa, los blogs, el Internet... –una sociedad retórica como la actual–, el mundo de los significados parece dilatarse a tal grado que ya casi nada o nada resulta significante en ellos. Y sin embargo, cada vez nos sorprende que exista un reducido número de conceptos-insignia, de palabras-alarma o palabras-peligro, que una vez enunciadas ofrecen la impresión de que todo está dicho, como si sus sobrentendidos se dieran súbitamente la mano.


Uno de estos términos es el de populismo. Basta enunciarlo para que suene una alarma, o se anuncie un peligro, una sensación de inestabilidad. En principio, más que un concepto, el de populismo funciona como un inconcepto (si es que tal atributo existe). Más que expresar lo que se pretende decir, dice todo lo que no se quiere decir. En el vocabulario moderno, sus orígenes se remontan a Rusia en el siglo XIX. Los narodniki, hombres del pueblo, constituían una de las fuerzas más visibles y beligerantes de oposición al zarismo y al régimen de la aristocracia. Comparten, en la época, esa codificación que asocia sin mediaciones la virtud al pueblo. Un movimiento moral. Desde su nacimiento, sus principales críticos, liberales y socialistas, desconfiaron del término. ¿A quién representa quien dice representar al pueblo?, se preguntaba Trotsky en 1908. A todos y a nadie. Es un pagaré en blanco para legitimar líderes carismáticos e instituciones arcaicas y porosas. Nunca sabremos cómo los narodniki habrían gobernado a Rusia. El Estado soviético acabaría por desmantelarlos violentamente.


En los años 30 y 40, el populismo cobró el carácter de una fuerza con capacidad de gobierno en varios países de América Latina. Getulio Vargas en Brasil y Perón en Argentina fijarían sus paradigmas ya clásicos. Después del ocaso del liberalismo en 1929, amplias coaliciones sociales encabezadas por líderes efectivamente carismáticos emprendieron la búsqueda de soluciones a una crisis que podría haber desembocado en revoluciones más radicales. Para ello ampliaron los espacios de acción del Estado, promovieron reformas sociales y fomentaron instituciones porosas y clientelares siempre para preservar la sociedad de mercado. (Sería un equívoco mayúsculo definir al cardenismo como un populismo. Cárdenas encabezó la institucionalización posible de un régimen que se debatía entre las necesidades y las necedades de los caudillos y edificó un tejido social que hasta la fecha garantiza nuestra precaria estabilidad.) Pero el corolario es inevitable: desde entonces en América Latina, cuando el liberalismo falla, el populismo entra al rescate de lo que destruyó el laissez faire.


Desde los años 90, la noción del populismo pasó a manos del otro bando. Lo usa la retórica que legitima a la desregulación, la venta en oferta de empresas públicas, los endeudamientos desquiciados y la prosodia de la educación privada para definir a sus enemigos. Es una parte constitutiva de la actual propaganda enemiga. Se empleó para desacreditar las reformas salariales emprendidas por Lula en Brasil. Para impugnar la política de recuperación de recursos naturales que impulsó Evo Morales en Bolivia. Para obligar al gobierno argentino a modificar su política de no aceptar más restructuraciones de la deuda. Y se emplea actualmente para someter a Venezuela a un estado de excepción económica. En México ha servido para estigmatizar a las fuerzas que en las últimas décadas han exigido, como Morena, tan sólo elecciones limpias. O que han impugnado reformas como la energética, cuyo destino final consistió en el patetismo de que la familia de Carlos Salinas de Gortari se apropiara de una parte de la riqueza petrolera (apoyada en créditos que provienen de los ahorros de los asalariados). Si a esto se le llama política de institucionalización, el populismo es un juego de niños.


En Europa los nuevos usos del concepto han alcanzado ya grados histriónicos. Ya sea Podemos o Syriza, que hoy se ha volteado contra Tsipras, fuerzas que luchan por la Europa de los derechos civiles y sociales, esa Europa que se opone a aceptar que su autoridad máxima sea una burocracia –el Eurogrupo– que no responde a ninguna ley prestablecida, a ningún principio del estado de derecho, son calificadas hoy bajo la ironía de populistas.


Es bastante claro. El término populismo no significa hoy nada, radicalmente nada, más que el aviso peligroso de que el sistema está a punto de actuar de manera irracional. Ya ha perdido todo sentido histórico o sociológico. Es una suerte de toque de ataque para agrupar el estigma de quienes intentan, así sea con leves reformas, desarticular los nudos gordianos del embalaje global. Es cuando el ladrón grita ahí va el ladrón para salir del trance.

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Viernes, 24 Julio 2015 06:16

Por una educación política

Por una educación política

Uno de los grandes desa¬fíos de los gobiernos de izquierda, progresistas, con vocación transformadora, es que llegan a ser gobierno por la vía de las elecciones. Canalizan la insatisfacción, el deseo de cambio o la protesta de muchos sectores ideológicamente heterogéneos que al votar componen circunstancialmente una nueva mayoría que se constituye como gobierno. Pero estos gobiernos no se amparan en una contrahegemonía que sostenga una nueva perspectiva política, económica y social.


Estas victorias, que no representan por sí mismas cambios revolucionarios en la sociedad, implican que el gobernar sea un ejercicio a rea¬lizar en el marco de una hegemonía conservadora. Hegemonía que está presente en la organización y funcionamiento del Estado y en los modos y costumbres del hacer político y del actuar gubernamental. Hegemonía en la que están contenidos conceptos y procedimientos que se naturalizaran como contenido y forma de ejercer el poder.


Es en la correlación de fuerzas en el seno de la sociedad civil donde se determina y se reproduce esta hegemonía conservadora, pues es esta correlación la que permite legitimar esa hegemonía en la sociedad política y el Estado. Por tanto, el proceso de reificación de la realidad en sus contradicciones y de legitimación del dominio conservador se de¬sarrolla sustantivamente en la sociedad civil y en las formas con las que ahí se moldea la reproducción de valores conservadores. Valores que dividen y fracturan la sociedad mediante el ejercicio continuado de un sentido común que despolitiza y desideologiza acciones y conflictos sirempre enmarcados en lo político-ideológico, pero que son pre-sentados disfra¬zados de 'verda¬des' construidas.
Los gobiernos con intención trans¬formadora necesitan por lo tanto afrontar el desafío de disputar el dominio hegemónico con la clara y decidida intención de construir una contrahegemonía desde la ventaja de ser gobierno. Y de establecer espacios y procesos de conflicto desde el ejercicio del mismo gobierno. Sería una vía para salirnos del totalitarismo que nos ha sido impuesto desde el pensamiento único del neoliberalismo. Un pensamiento que elimina los espacios públicos mediante una ideología que reduce el progreso social a una carrera individual e individualista desenfrenada.


Por eliminación del espacio público entendemos el vaciamiento del sentido del debate político sustantivo, la despolitización de los debates o su anulación como valor político. Una de las expresiones de la deconstrucción del espacio público es la eliminación de los debates estratégicos en la dinámica de gobierno, con la entronización de un discurso tecnocrático reproducido por los técnicos de la Administración pública dominada por los conceptos neoliberales de gestión eficiente y desde los principios de una macroeconomía que se impone a los mismos intereses sociales.


En consecuencia se pierde el entendimiento de que las razones de las poblaciones han de ser escu¬cha¬das en sus necesidades/di¬mensiones fundamentales derivadas de los derechos humanos y sociales. Es decir, se pierde fácilmente la comprensión de la necesidad del go-bierno de abrirse al debate público, sobre todo en los temas estratégicos, lo que implica impulsar un debate constante con la sociedad restaurando un espacio público de verdad. Se recuperarían así los espacios públicos esenciales para una democracia capaz de promover justicia social y para la constitución de un gobierno con aspiraciones de transformación social.


Son estos espacios públicos, concebidos como espacios esenciales de educación política, los que van a permitir que estos gobiernos afronten la hegemonía dominante en el espacio mismo de su reproducción político-ideológica: en el cotidiano de la vida social –en todos los espacios de reproducción y de producción social y económica–.
Red de animadores


Los gobiernos aspirantes a transformar la sociedad deben impulsar una vasta red de animadores políticos que, en alianza con fuerzas sociales presentes en comunidades territoriales, escuelas, universidades, sindicatos, centros de cultura, en los espacios de circulación, en los mismos espacios de gobierno..., sean capaces de animar espacios públicos que permitan rescatar la historicidad de los problemas, desafíos y soluciones necesarias en una perspectiva contrahegemónica.


Y sacarlos de los límites impuestos por el dominio conservador. Evidenciar los intereses en juego en cada disputa en las sociedades civil y política y en los espacios del Estado permitirá construir una percepción ciudadana sobre dónde están sus aliados y sus enemigos. Una percepción desde la comprensión de dónde están las posibilidades de un futuro deseable y justo, y dónde está la mera reproducción de los intereses dominantes.


La memoria histórica política, el entendimiento de la dinámica política, económica, social y cultural de la vida en lo local, lo nacional y lo internacional pasa a ser sustrato para poder construir, desde la perspectiva de cada sujeto y de sus colectividades, la incidencia y la acción política que dan sentido a una educación política orientada al protagonismo ciudadano.


Amparados en las ideas de Antonio Gramsci y Paulo Freire podemos construir ejercicios de educación popular y política que permitan entender y hacer políticamente significativas las propuestas, los conflictos y los potenciales/límites que pueden tener los Gobiernos con ambición transformadora.


Se evita así que el debate se limite a la 'eficiencia' de éstos para desplazarlo a su capacidad para responder a las aspiraciones universalistas e igualitarias de la tradición libertaria y emancipadora que puedan enmarcar las ambiciones de las poblaciones. Se constituye entonces un imaginario social de futuro que mueva la participación consciente de los sujetos individuales y colectivos.


Ampliar los medios de comunicación fuera del dominio conservador y realizar acciones productoras de educación y conciencia políticas son formas de educación política masivas. Pero el principal medio de educación política pasa a ser la forma de actuar del gobierno, constituyendo una narrativa política capaz de agregar significado a sus acciones y movilizar a la sociedad para su transformación.


Sin este esfuerzo esencial de educación política, las acciones del go¬bierno serán siempre entendidas y evaluadas esencialmente desde el prisma del beneficiario individual. Y sus logros serán medidos por su efecto visible e inmediato sin dialogar con la perspectiva histórica de sus acciones ni con la disputa a futuro que le da trascendencia y perennidad, haciendo más fácil deslegitimar y restar valor a lo hecho y sobredimensionar lo que no se logra hacer.


Gobernar, para aquellos que aspiran a transformaciones sociales, es un momento privilegiado para elaborar imágenes políticas que permitan avanzar en la difícil tarea de construir la contrahegemonía. Para ello disputar la conciencia de las poblaciones pasa a ser esencial. La educación política es el medio fundamental para responder a este desafío.

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Jueves, 23 Julio 2015 06:10

El pájaro del dulce encanto

El pájaro del dulce encanto

Este nuevo aniversario de la revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 me sorprende lejos, en el espacio y en el tiempo. Parece que fue ayer, tiende uno a decir cuando los acontecimientos que evoca son de verdad remotos, pero los relieves se los dan la memoria y el sentimiento, y por eso parecen tan cercanos aunque el tiempo siga poniéndoles encima esa pátina inevitable.


Lejos, en Santander, donde he terminado recientemente mi curso de una semana en el ciclo El autor y su obra, y he hablado de mis libros con participantes de muy diversas edades, que han llegado de muy distintas partes de España, convocados por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo.


Las clases se han celebrado hasta el mediodía en la casa del faro al borde de uno de los acantilados de esta península en cuya cima se alza el Palacio de la Magdalena, y desde las ventanas se ven pasar las embarcaciones que van entrando lentamente a la rada del puerto. La víspera fue el día de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, y una alegre procesión marina, entre un coro de sirenas de barcos, llevando a la Virgen en la nave capitana, pasó frente a esas ventanas. Qué escenario tan distinto y distante a aquel de la Plaza de la Revolución en Managua, cuando el aire se llenaba con salvas de fusilería y repicaban las campanas entre el agitar de las banderas.


Mis estudiantes no esconden su curiosidad al enfrentarse con alguien que les habla de los vericuetos de las invenciones literarias, de la factura de sus novelas, de sus procedimientos para escribir, de su encuentro diario con las palabras, habiendo sido protagonista de una revolución, y no se resisten a interrogarme sobre esa vida que un día llevé, y yo tampoco me resisto a responder. Siempre se recuerda con el gozo de la nostalgia.


Vida y literatura se mezclan de manera indisoluble. Y, otra vez, como ahora, se me termina preguntado: ¿volvería a hacer lo mismo, abandonar la literatura para entregarme a una revolución? ¿No me parece que si al fin de cuentas todo vino a resultar en lo contrario, aquella lucha no valió la pena? ¿No fue en balde tanto esfuerzo para volver a lo mismo de antes?
Quienes me hacen esas preguntas, convocados de lugares tan diversos como Madrid o Sevilla, Alicante o Granada, Murcia o Albacete, saben en qué vino a resultar la revolución en Nicaragua, aunque hayan llegado aquí seducidos por la literatura, a la que aman. Es, además, una revolución que en su momento de gloria levantó fervor en España.


Son las preguntas que poco después de que perdimos las elecciones en 1990, que pusieron fin a una década de revolución, intenté dilucidar en mi libro de memorias Adiós muchachos, y las respondo ahora otra vez a mis alumnos, quienes esperan con atención mis respuestas.


Y esas respuestas no han variado desde aquel entonces, en la medida en que los ideales que estaban conmigo, indisolublemente unidos a mí y a tantos otros la tarde en que entramos en triunfo a aquella plaza 36 años atrás, siguen siendo los mismos.


Los ideales tienen necesariamente una calidad que no se deteriora con el paso de los años, o nunca lo fueron. Libertad y democracia, equidad y justicia. Palabras simples, y tan necesarias, por las que dieron su vida miles de jóvenes que lucharon por derrocar a aquella dictadura de la familia Somoza; los mejores jóvenes, muchachos y muchachas, que ha dado Nicaragua en toda su historia, los más generosos, los más desprendidos, los más desapegados de intereses materiales, ambiciones de riqueza, o de poder personal. Somoza, y quienes huyeron con él a Miami, representaban, en cambio, todo lo contrario: el egoísmo más obsceno y el afán desmedido por la riqueza, tanto que fueron capaces de asesinar por ella.


Como he venido desde el otro lado del mar para hablar de la majestad de la invención, les relato a mis alumnos una historia que ha estado desde siempre en el imaginario anónimo de Nicaragua, y que se cuenta de boca en boca. Yo la escuchaba relatar de niño. Es la historia del pájaro del dulce encanto. Se trata de un pájaro de bello plumaje y colores refulgentes que vuela sobre las cabezas incitando a cogerlo, y cuando alguien alza las manos y lo atrapa, sólo queda en ellas un montón de excremento.


Esta no es sino una parábola de la frustración y el desengaño repetidos, la forma en que la sabiduría popular se previene a sí misma de no dar crédito a las quimeras que toda la vida acabarán convertidas en detritus; pero, al fin y al cabo, es una advertencia contra la inutilidad del esfuerzo por cambiar las cosas, y es allí donde la moraleja se vuelve perversa. Siempre vamos a tener, al final, las manos llenas de excremento, y la belleza de los sueños cumplidos no existe.


Pero no es cierto que seamos el único país de América Latina condenado a la repetición del fracaso. No podemos aceptar que nuestra historia sea un juego de espejos donde una dictadura refleja a otra, donde un caudillo encuentra su sucesor en otro caudillo, donde una familia se entroniza en el poder sólo para dar paso a otra familia en el poder. Donde la democracia, las instituciones firmes, la justicia libre de trampas corruptas, la libertad de elegir a los gobernantes, serán siempre sólo un remedo, o una burla, una pantomima trágica.


Quizás lo que nos ha ocurrido, les digo a mis estudiantes, y ya nos apuramos porque nos anuncian la ceremonia de entrega de los diplomas, es que hasta ahora ha revoloteado sobre nuestras cabezas el pájaro falso. Hermoso, pero falso. El otro, el verdadero, hay que hacerlo entre todos, pluma por pluma. El que realmente nos merecemos. Y no me cabe duda que un día lo tendremos.


Santander, julio de 2015
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Sobre fronteras, resquicios y pliegues

El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


La innovación se lleva a cabo generalmente en las fronteras. Y cuando se habla de educación de calidad y de investigación de punta, se dice entonces que se busca mover o ampliar las fronteras del conocimiento; o que se lo ha logrado.


En inglés la expresión es más precisa y hermosa que en español. Push back the frontiers of knowledge puede traducirse, al mejor estilo chicano, como "empujar de pa' atrás las fronteras del conocimiento". Con lo cual se expresa de qué se trata esto: ampliar los grados de libertad, ampliar el perímetro de pensamiento y de acción.


Los cambios, las innovaciones, las sorpresas proceden generalmente, en la naturaleza como en la historia, por vía de las comisuras, los pliegues, los resquicios. Usualmente, toda gran innovación en ciencia, en tecnología o en filosofía, por ejemplo, procede de sectores frescos, antes desconocidos, inesperados.


El gran resorte de la vida en el planeta, que son las bacterias, por ejemplo, anidan en los intersticios, y encuentran en las esquinas y bordes las mejores condiciones de existencia, a partir de las cuales, cuando sea el momento propicio, se lanzan hacia los valles y las montañas. Literalmente. Al fin y al cabo, las bacterias no atacan a los organismos. Por el contrario, los invaden y trabajan desde adentro.


En los grupos sociales, en las políticas alternativas, en el sentido más amplio de la palabra, no sucede algo distinto. Se resguardan en los trasfondos y esperan, mientras se fortalecen, para acceder a espacios amplios y abiertos. Si un organismo, un grupo o una idea innovadora, por ejemplo, se lanza de una vez a campo abierto, puede perder las oportunidades y acabar siendo destrozada o eliminada.


La resiliencia de la vida en el planeta no se encuentra propiamente en aquellas especies que pastean tranquilamente en valles y llanuras. En condiciones extremas, de riesgo o peligro, esas son las primeras en desaparecer. El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


El mundo de la obviedad, de lo que va de suyo, de lo abiertamente público y manifiesto se asimila evolutiva y epistemológicamente al sentido común y la banalidad. En el mundo de la cultura, lo banal es grotesco por manifiesto y chabacano, mientras que la elegancia se asimila a lo sutil y a la no ostentación, a la finura y al disimulo.


En los resquicios y pliegues se encuban posibilidades y oportunidades. Higiénicamente, de enfermedad y patologías, pues es en esos rincones en donde los microorganismos de toda índole hallan las más idóneas condiciones de vida: parásitos, bacterias, virus, por ejemplo. Pero, evolutivamente, la vida se encona en los claroscuros, aprovecha la luz, pero juega con las sombras, y espera, mientras actúa adaptativamente.


Existe una teoría que hace de los pliegues y repliegues un motivo propio de estudio y de trabajo: la teoría de catástrofes. Desarrollada originariamente por R. Thom, la teoría de catástrofes es de origen matemático e identifica siete catástrofes, que son, literalmente, pliegues, ausencia de valles y linealidades, caídas súbitas y demás. Las catástrofes elementales fueron identificadas por Thom como pliegues o flexiones, cúspide, cola de milano, mariposa y tres tipos de ombligo: hiperbólico, elíptico y parabólico.


Así, debemos poder aprender más allá de la obviedad y lo evidente: un sano ejercicio de escepticismo, una duda razonable, un sano ejercicio de sospecha. Sospecha de lo público, lo abierto, lo común y universal, por ejemplo. En este sentido, los elementos que aporta la teoría de catástrofes resultan sugerentes: considerar discontinuidades, atender a las divergencias, en fin, la importancia de la(s) histéresis; esto es, que un fenómeno determinado no pueda volver a su condición inicial.


Lo mejor de la filosofía y la ciencia está alimentado no de doctrinas, escuelas y autores, no de tradiciones y afiliaciones, sino de radicales ejercicios de independencia, crítica y skepsis (duda). Al fin y al cabo, no son las doctrinas las que permiten y garantizan el cambio de la humanidad, sino, perpetúan estados de cosas sidos. El cambio tiene lugar gracias a la sospecha, la independencia, el criterio propio y una cierta capacidad de adaptación permanente teniendo como atractor extraño justamente a los pliegues y resquicios.


Las plantas, el fundamento verdadero de la vida en el planeta, por ejemplo, aprovechan la luz, pero se concentran en las sombras y las oscuridades. Hunden sus raíces en la tierra, se mueven, se comunican y reproducen, pero lanzan al aire las formas mediante las cuales ellas mismas pueden hacerse posible y con ello hacer posible a la trama entera de la vida: las ramas, hojas, flores y frutos.


Es sólo cuando es absolutamente necesario, o bien, cuando se presenta una oportunidad que tiene una clara ventaja selectiva, que un organismo y una especie se lanzan a terreno abierto y al descubierto. Conquistan espacios vacíos y se apropian y transforman las geografías a las cuales se adaptan.


Decía Mandelbrot, el padre de los fractales, que la naturaleza misma es imperfecta, esto es, literalmente, fractal. No se funda, en absoluto, en sólidos perfectos, en geometría euclidiana. Un triángulo no es una montaña y una elipsis no es una nube, decía. Los fractales constituyen un ejemplo maravilloso de naturalización del conocimiento. Lo mismo cabe decir de la teoría de catástrofes.


El tránsito de intersticios y pliegues a valles y montañas es un proceso de aprendizaje tanto como de oportunidad. En ambos se combinan la necesidad y el azar, y ambos tejen las facilidades y las dificultades de la vida. En todos los niveles y escalas. Con una salvedad: si se ha ganado o conquistado ya un valle, una meseta o un pico de una colina o montaña, nunca hay que dejar del todo abandonado un refugio entre los resquicios, los rincones y los bordes. En muchas ocasiones de allí venimos. O allí podemos encontrar un refugio pasajero o permanente, si llega a ser necesario.


Ahora bien, por definición no vemos los pliegues, resquicios, bordes y pliegues, pues estamos habituados a las transparencias y las obviedades. Y en muchas ocasiones, para verlos, debemos construirlos; o cambiar, por completo, la mirada.

Viernes, 10 Julio 2015 06:59

"El neodesarrollismo se agotó"

"El neodesarrollismo se agotó"

Brasil de Fato – ¿Cómo estás viendo el escenario político brasilero?


João Pedro Stedile – Brasil está pasando por un periodo histórico muy difícil y complejo. Lo que hemos discutido en las plenarias de los movimientos populares es que estamos pasando por tres graves crisis. Una es la crisis económica, con la economía paralizada, falta de crecimiento de la industria, señales de desempleo y caída en los ingresos de la clase trabajadora.


Otra es la crisis social, cuyos problemas, sobretodo en las grandes ciudades, como falta de vivienda, de transporte público, aumento de la violencia contra la juventud en las periferias y de millones de jóvenes que no están consiguiendo entrar en la universidad apenas aumentan. Los 8 millones de jóvenes que se inscribieron en el ENEM (examen nacional de enseñanza media, requisito obligatorio para entrar en las universidades públicas brasileras), por ejemplo, disputaron 1,6 millones de lugares. Y los que no entran, para dónde van?


La última es la grave crisis política e institucional, en que la población no reconoce la legitimidad y liderazgo en los políticos electos. Eso se debe al sistema electoral, que permite que las empresas financien sus candidatos. Para tener una idea, apenas las diez mayores empresas eligieron 70% del parlamento. O sea, la democracia representativa fue secuestrada por el capital, y eso generó una hipocresía de los electos y una distorción política insuperable. Eso se refleja en las pautas que el parlamento adopta y en las ideas que ellos defienden, que no tiene nada que ver con los electores. Por ejemplo: en la sociedad brasilera tenemos 51% de mujeres. Se presentó un proyecto para garantizar 30% de representación femenina, pero ellos bloquearon. Y, con eso, vamos a mantener apenas el actual 9%!


¿Cómo evalúa las propuestas que predominan en el debate público para superar este escenario?


Las clases dominantes, aquellas que poseen el poder económico en nuestra sociedad, son bastante inteligentes. No es en vano que gobiernan hace 500 años. Percibieron la gravedad de la crisis, y por eso abandonaron el pacto de alianzas de clase con los trabajadores, representado por la elección de Lula y Dilma, que resultó en el programa neodesarrollista.


El neodesarrollismo, como programa de gobierno, se agotó. Los sectores de la burguesía que hacían parte y se beneficiaban de ese programa salieron de escena, y apuestan ahora a otro programa. El programa de este sector para salir de la crisis es básicamente la defensa de Estado mínimo, utilizando máscaras como la disminución de ministerios, menos intervención del Estado en la economía, retiro de derechos laborales – con el objetivo de que el costo de la mano de obra disminuya y se retomen las altas tasas de ganancia, pudiendo competir mejor en el mercado mundial con la competencia. El tercer elemento es la realineación de la economía y de la política externa con Estados Unidos. Por eso critican las políticas de los Brics, de Unasur, de Mercosur y defienden abiertamente el regreso del Alca.


Ese es el programa de la clase dominante para salir de la crisis. No es otra cosa que la vuelta al neoliberalismo. Y para alcanzar estos objetivos accionan sus operadores políticos en los espacios que detentan hegemonía completa, como es el caso del Congreso Nacional, del Poder Judicial y de los medios de comunicación burgueses. Estos tres poderes están actuando permanentemente y de forma articulada entre si para que este programa sea implementado. Y el partido ideológico que está articulando esa unidad entre los tres espacios es la Red Globo.


El gobierno ha tomado diversas iniciativas de política económica, medidas provisorias y ajuste fiscal. ¿Cómo los movimientos están viendo estas iniciativas?


Para nosotros, el gobierno de Dilma no entendió la naturaleza de la crisis instalada, ni lo que está aconteciendo en la sociedad brasilera. Tampoco la disputa ideológica que se dio en el segundo turno de las elecciones, una tremenda lucha de clases.
El gobierno erró al montar un ministerio muy dependiente de partidos conservadores, que inclusive votan contra el gobierno en el parlamento. Llega a ser ezquizofrénica. Tal vez sea el peor ministerio desde la nueva república, y está resumiendo la crisis a un problema de déficit en el presupuesto. Sin embargo, el déficit en el presupuesto es apenas consecuencia de la crisis, y no adelanta tomar medidas paliativas. Tal como explicó el profesor Belluzzo, "el motor de la economía pifeó, y el gobierno está preocupado con la chapa y pintura". Por increíble que parezca, todas las medidas paliativas y las iniciativas que el gobierno tomó no sólo no resuelven la crisis citada, como tienden a agravarlas, porque quedan en la apariencia de los problemas y no van a las causas. Peor, muchas de las medidas, en especial las de economía, van en la dirección del programa de la burguesía, o sea, retiran derechos de los trabajadores. Aumentar la tasa de interés es todo que el sector hegemónico de los capitalistas quieren: ganar dinero con rentismo y con especulación. Si el gobierno no muda de rumbo, no muda su política económica y no toma iniciativas que coloquen el debate en la sociedad, de la necesidad de una reforma política profunda, continuará cayendo en la impopularidad y en la incapacidad de salir de la crisis.


En esa coyuntura compleja, ¿hay posibilidades de golpe?


Las clases dominantes, los capitalistas, los empresarios y la derecha, como campo ideológico, son muy diversos en una sociedad tan compleja como la nuestra. Por más que la Globo se esfuerce para darles unidad, no consiguen tener consenso en la forma de ver los problemas y en las propuestas para la salida de la crisis.


Es cierto que hay sectores más radicales de la derecha que quieren golpe, impeachment, hasta por el parlamento. Pero creo que una confusión institucional no interesa a los sectores empresariales. Lo que ellos quieren es que el gobierno asuma el programa de ellos. Solo eso. Por otro lado, los mismos motivos para tener proceso de impeachment para Dilma podrían ser aplicados a los gobernadores Geraldo Alckmin (PSDB), Beto Richa (PSBD), etc, lo cual generaría una confusión generalizada.
Infelizmente creo que el gobierno cayó en esa trampa. Y mismo asumiendo el programa de la clase dominante, las tres crisis no se resuelven. Por eso estamos en un periodo de confusiones que no se resolverá a corto plazo.


¿Y cuál es la propuesta de los movimientos populares frente a esta situación?


Por parte de los movimientos populares la situación también es compleja. Los movimientos y las fuerzas populares, que encuadran todas las formas organizativas, como partidos, sindicatos, movimientos sociales, pastorales, etc, no han tenido la capacidad de organizar una plataforma común, un programa único de salida de la crisis.


Tenemos ideas generales, en teoría, como, por ejemplo, el entendimiento de que apenas saliremos de la crisis económica si el gobierno abandona el superávit primario y, en lugar de pagar 280 mil millones de reales en intereses por año, invirtiera esos recursos públicos en la industria para generar empleos, en obras públicas de transporte, vivienda o educación.


Ya en la crisis política, solo iremos a superarla si tenemos una reforma política profunda. Son ideas
generales, en torno de reformas estructurales necesarias. Sin embargo, es necesario construir un programa que unifique todos los sectores sociales y de unidad a las acciones de movilización de masas.


Por ahora, apenas los sectores organizados de la clase trabajadora se están movilizando. El pueblo en general está quieto, mirando por televisión de forma asustada las noticias de la crisis y de la falta de alternativas.


De un lado, el pueblo ve todos los días a la burguesía tomando iniciativas contra el, y un gobierno inerte e incapaz. Y de nuestra parte, no conseguimos llegar hasta esa masa con nuestras propuestas, inclusive porque los medios de comunicación están controlados por la burguesía.


¿Cómo estás viendo el proceso de la operación "Lava-Jato" y las denuncias de corrupción que envuelven a las empresas y a Petrobras?


Hay muchos aspectos que envuelven este tema. Claro que existen personas y empresarios que se apropian personalmente de estos recursos e inclusive los envían para el exterior, y por lo tanto son corruptos.


Pero la corrupción en la sociedad brasilera es mucho más amplia. Está presente en la gestión de recursos públicos, que envuelven políticos de todos los partidos y otros sectores sociales.


Cuando un profesor de la USP con dedicación exclusiva abre un escritorio de consultoría, o tiene un segundo empleo, el también está siendo corrupto. Pero todo eso lo resolveremos con procesos de participación popular en la gestión de los recursos públicos y métodos permanentes de fiscalización por parte de la sociedad.


Pero el caso más patético del "Lava-Jato" es que culpan a este o aquel. El problema de fondo es el método de las elecciones. Mientras haya financiamiento de las empresas en las campañas electorales habrá "Lava-Jato".


La solución real no es apenas querer arrestar fulan o mengano, es cambiar el sistema. Precisamos de una reforma política profunda. El Congreso ya dio varias pruebas, inclusive en las últimas semanas, que no quiere mudar nada. La única salida sería convocar una asamblea constituyente exclusiva, que haga la reforma del sistema político brasilero. Claro que la realización de un plebiscito popular, que legalice la convocatoria de la asamblea, solamente llegará si las masas salen a las calles a luchar por la asamblea constituyente. O sea, va a depender de una nueva correlación de fuerzas. Pero esa es la única salida política para combatir la corrupción.


También es importante resaltar que todas las entidades de abogados y jueces han denunciado los abusos de poder del Juez Sérgio Moro, extrapolando sus funciones y utilizando, junto a los medios de comunicación, la fuga de informaciones, de denuncias premiadas y prisiones con claro sesgo partidario.


No se ve la misma divulgación, empeño y ninguna prisión en casos semejantes de corrupción de los trenes de San Pablo, por ejemplo, o en el caso del conocido "mensalão mineiro", o mismo de las estafas practicadas por el gobierno de Aécio/Anastasia en las empresas estatales de Furnas y Cemig, en Minas Gerais.


El juez Moro se prestó a alimentar un odio de la clase media contra los petistas, como si todos estuvieran envueltos con corrupción, todos fuesen culpables, cuando el verdadero culpable es el sistema electoral, que ellos no quieren mudar.
¿Y cómo evalúas el proyecto del senador Serra (PSDB), que retira a Petrobras del pré-sal?


El proyecto de Serra, en debate en el Senado, es la prueba más cabal de como los parlamentares de la derecha aplican el programa de la burguesía en el Congreso Nacional para salir de la crisis.


El proyecto retira de Petrobras la prioridad de explorar el pré-sal. Es todo lo que las empresas transncionales precisan, ya que no será más necesario gastar con investigación, dado que se sabe dónde está el petróleo. No hay ningún riesgo, basta ir y buscarlo.


En un país continental como el nuestro, el Estado brasilero no tiene ninguna condición de fiscalizar lo que las empresas harían en alta mar, ni para dónde y cuánto petróleo llevarían.


Si Petrobras está atravesando dificultades financieras y no puede operar todos los pozos, es preferible que vaya más suave con la explotación de reservas, garantizando que todo el pueblo brasilero tenga el control sobre ellas.


Y claro, es preciso que los trabajadores de Petrobras tengan mayor participación en la gestión de la empresa, sino acontece lo mismo que con el mineral de hierro, cuando Fernando Henrique Cardoso privatizó la Vale do Rio Doce y entregó gratuitamente a los capitalistas estadounidenses.


Hoy, se exportan miles de millones de toneladas de hierro por año, y el pueblo brasilero no tienen ningún beneficio con esa riqueza natural, aunque según la constitución debería ser utilizada en beneficio del bienestar de toda la población.


Espero que el Senado tenga juicio y rechazar ese proyecto, o mismo que la presidenta lo vete después, y que los petroleros se mantengan movilizados y en lucha por la defensa de Petrobras.


¿Cuáles son las iniciativas que los movimientos populares están tomando para posicionarse en esa coyuntura?


Estamos haciendo todos los esfuerzos para construir plenarias unitarias entre todos los frentes de masa, principalmente en los estados, y estimular a los sectores organizados que luchen. En algunos estados esa unidad es más visible, como pasó con la lucha de los profesores en Paraná y Minas Gerais.


A nivel nacional, las centrales sindicales, en especial la CUT (Central Única de Trabajadores), ha hecho el esfuerzo de coordinar las iniciativas de movilización de la clase trabajadora en defensa de sus derechos. Y existe una disposición, caso avance el proyecto de tercerización, de realizar una huelga general en todos los sectores de la economía, para boicotear esa medida que hace parte del proyecto de la burguesía.


Creo que ya hay una unidad bastante grande y disposición de lucha en defensa de los derechos de los trabajadores, pero todavía no avanzamos para construir un programa alternativo para la clase.


Ustedes también están proponiendo un frente político, que está siendo llamado de Grupo Brasil. El tema de los frentes amplios o frente de izquierda ha aparecido. ¿Cómo el MST está viendo estas propuestas?


Estamos viendo la necesidad de construir dos espacios complementarios de frentes, de unidad. Un frente de lucha de masas, que la CUT y los movimientos populares están halando.


Sin embargo, eso no es suficiente. Es necesario otro frente político, que consiga aglutinar los movimientos populares, partidos, entidades, pastorales e intelectuales para debatir un proyecto para Brasil. O sea, un frente que no es ni partidaria, ni electoral. Es un frente político para pensar el futuro y tener un proyecto alternativo al de la burguesía.


Claro que en la construcción de ese frente existen diferentes opiniones e iniciativas. Es probable que tengamos hasta varios frentes políticos. Tal vez no sea posible tener unidad en ese campo, ya que las ideologías, intereses de partidos y vanidades personales a veces se sobreponen a la necesidad de la unidad. Y hace parte de la lucha de clases esa diversidad.


Como MST, estamos apostando en un frente político, popular y nacional que aglutine todas las fuerzas que votaron en Dilma en el segundo turno. Esa es una referencia ideológica. Probablemente sectores más a la derecha o más a la izquierda no quieran participar. No porque no querramos, sino porque tienen un proyecto diferente.


Hay una propuesta de realizar, en setiembre o en torno a la semana de la patria, una grande plenaria nacional en Minas Gerais, que reúna representantes, militantes de todas las fuerzas populares (partidos, sindicatos, movimientos populares, pastorales e intelectuales) para debatir un programa popular para enfrentar a la derecha y a la crisis.


Y en la Reforma Agraria, ¿cuál es el análisis que el movimiento está haciendo de las medidas del gobierno Dilma?


La Reforma Agraria también está paralizada, como parte de esta crisis, de falta de un proyecto de país. Felizmente hubo cambios en el Ministerio de Desarrollo Agrario y en el INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria), y tenemos compañeros serios y comprometidos con la Reforma Agraria, lo cual nos ayuda mucho a resolver problemas pendientes, el pasivo de estos últimos diez años.


Tenemos 120 mil familias acampadas que el gobierno precisa asentar. Tenemos un déficit de más de 100 mil casas en los asentamientos, falta de asistencia técnica, y los proyectos de agroindustria están parados. Si el señor Levy (Ministro de Economía) no molesta, creo que esos problemas emergenciales serán resueltos por el nuevo equipo.


Sin embargo, lo que está colocado es la necesidad de un nuevo proyecto de Reforma Agraria, en aquello que llamamos de Reforma Agraria Popular, que se basa en los nuevos paradigmas que van más allá de la necesaria democratización de la propiedad de la tierra.


También precisamos organizar una producción que priorice el cultivo de alimentos saludables a toda la población. La matríz tecnológica debe volcarse para la agroecología, instalar agroindustrias y cooperativas en todos los asentamientos como forma de aumentar el empleo y los ingresos de los asentados.


Precisamos democratizar la educación y ampliar el acceso a la escuela en todos los niveles. Y para que ese nuevo proyecto de Reforma Agraria se realice, dependerá del programa y de la movilización de toda la clase trabajadora. El MST y los sin tierra solos no consiguen avanzar más.


De ahí nuestro esfuerzo de envolvernos con otras articulaciones políticas y populares, ya que el avance de la Reforma Agraria Popular depende de los cambios generales, de las reformas estructurales de la sociedad brasilera.


Usted está yendo para el encuentro de los movimientos populares de América Latina con el Papa Francisco, en Bolivia. ¿Cómo será ese nuevo encuentro?


Desde la elección del Papa Francisco, por iniciativa de el, hemos construido canales y puentes de interlocución. Hicimos seminarios en el Vaticano para debatir temas de la desigualdad. Elaboramos un documento sobre el peligro de los transgénicos y agrotóxicos.


Quedamos bastante contentos con la nueva encíclica del Papa, sobre ecología, en la cual incorpora varios debates que han acontecido en los movimientos campesinos y entre los científicos comprometidos con la verdad. En octubre de 2014 realizamos el encuentro en el Vaticano entre el Papa y 180 líderes populares del mundo entero.


Ahora estamos dando secuencia a ese diálogo, y vamos a reunir 1500 líderes de toda América Latina para debatir con el, en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.


Aquí de Brasil estamos yendo con 250 delegados. Nuestra delegación está dividida siempre entre los tres sectores de los movimientos populares: tierra (campesinos), techo (lucha por la vivienda) y trabajo (sectores sindicales y populares que se organizan entorno al trabajo).


Tengo certeza que el encuentro será muy provechoso, y pretendemos sacar una carta común de compromiso entre los movimientos populares y el Papa Francisco, como representante máximo de la comunidad de los millares de católicos de todo el mundo.


Las posiciones del Papa en los diferentes temas en que ya se ha posicionado ha sido una grata sorpresa para todos, no solo para los movimientos populares, sino para la sociedad en general. En Roma defendió tres tesis fundamentales, como un programa mínimo para salvar la humanidad: "Ningún campesino más sin tierra. Ninguna familia sin una casa digna, y ningún trabajador sin trabajo y sin derechos". Creo que ahora vamos a avanzar hacia nuevos temas.


Traducción1 de la entrevista realizada a João Pedro Stédile, líder del MST (Movimiento de los trabajadores rurales sin tierra), por Brasil de Fato.


Link entrevista: http://www.brasildefato.com.br/node/32389


1 Traducción del portugués de Angela Garofali Patrón, Economista.

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La izquierda latinoamericana se mueve a la derecha

En más o menos los últimos 15 años hemos visto la ocurrencia de un importante viraje en la orientación política de América Latina. En un gran número de países los partidos de izquierda llegaron al poder. Sus programas han enfatizado la redistribución de los recursos para auxiliar a los segmentos más pobres de la población. Han buscado también crear y fortalecer aquellas estructuras regionales que incluyeran a todos los países de América Latina y el Caribe, pero excluyendo a Estados Unidos y Canadá.


De inicio, estos partidos tuvieron el logro de reunir a múltiples grupos y movimientos que buscaban apartarse de los partidos tradicionales orientados a la política de derecha y a los vínculos cercanos con Estados Unidos. Buscaron probar, como afirma el lema del Foro Social Mundial, que otro mundo es posible.


Los iniciales entusiasmos colectivos comenzaron a desvanecerse en múltiples frentes. Elementos de la clase media comenzaron a sentirse más y más perturbados no sólo por la rampante corrupción en los gobiernos de izquierda, sino también por los modos más y más ásperos en que estos gobiernos tratan a las fuerzas de oposición. Este viraje a la derecha de algunos simpatizantes iniciales de un cambio de izquierda es normal, en el sentido de que es común que esto ocurra en todas partes.


No obstante, estos países enfrentan un problema mucho más importante. Hay, y siempre ha habido, esencialmente dos izquierdas latinoamericanas, no una. De ellas, una está compuesta por aquellas personas y aquellos movimientos que desean remontar los más bajos estándares de vida en los países del Sur, utilizando el poder del Estado para modernizar la economía y, por tanto, ponerse al corriente respecto de los países del Norte.


La segunda, bastante diferente, está compuesta por aquellas clases más bajas que temen esa modernización, que no mejorará las cosas sino que las pondrá peor, al incrementar las brechas internas entre los más acomodados y los estratos más bajos del país.


En América Latina, este último grupo incluye las poblaciones indígenas, es decir, aquellas cuya presencia data de antes de que varias potencias europeas enviaran sus tropas y sus colonos al hemisferio occidental. También incluye a las poblaciones afrodescendientes, es decir, a quienes fueron traídos de África como esclavos por los europeos.


Estos grupos comenzaron a hablar de promover un cambio civilizatorio basado en el buen vivir. Estos segmentos sociales arguyen en favor del mantenimiento de modos tradicionales de vida controlados por las poblaciones locales.
Estas dos visiones –la de la izquierda modernizante y la de quienes proponen el buen vivir– pronto comenzaron a chocar, a chocar seriamente. Así, si en las primeras elecciones que ganó la izquierda las fuerzas de izquierda contaron con el respaldo de los movimientos de las capas empobrecidas, eso ya no fue cierto en las subsecuentes elecciones. ¡Muy por el contrario! Conforme transcurrió el tiempo, los dos grupos hablaron más y más acremente y dejaron de comprometerse unos con otros.


El resultado neto de esta partición es que ambos grupos –los partidos de izquierda y las clases más bajas– se movieron a la derecha. Los representantes de las clases más bajas se vieron aliados de facto con las fuerzas derechistas. Su demanda central comenzó a ser el derrocamiento de los partidos de izquierda, sobre todo del líder. Esto fue algo que podría haber resultado, con toda claridad, en el advenimiento al poder de gobiernos derechistas que no están más interesados en el buen vivir que los partidos de izquierda.


Entretanto, los partidos de izquierda promovieron políticas desarrollistas que ignoraron en grado significativo los efectos ecológicos negativos de sus programas. En la práctica, sus programas agrícolas comenzaron a eliminar a los pequeños productores agrícolas, que habían sido la base del consumo interno, en favor de las estructuras megacorporativas. Sus programas comenzaron a semejar, de muchas maneras, los programas de los previos gobiernos de derecha.


En resumen, el progreso de la izquierda latinoamericana, tan notable en años recientes, se está desbaratando por la amarga lucha emprendida entre las dos izquierdas latinoamericanas. Aquellas personas y grupos que han intentado alentar un diálogo significativo entre las dos izquierdas han constatado que no son bienvenidos por ninguno de los dos bandos. Es como si ambos lados dijeran, están con nosotros o están contra nosotros, pero no hay camino intermedio. Es muy tarde, pero tal vez no sea demasiado tarde para que ambas partes revaloren la situación y rescaten de la destrucción a la izquierda latinoamericana.
Traducción: Ramón Vera Herrera


© Immanuel Wallerstein

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Lunes, 06 Julio 2015 14:54

El descubrimiento del movimiento

El movimiento que la burguesía vio por primera vez en la historia de la humanidad occidental fue denominado como "revoluciones"; y, más exactamente, como revoluciones del orbe celeste. En otras palabras, se trató de la idea de movimiento cíclico, regular, periódico.

Puede decirse, en categorías históricas, que la primera vez que la humanidad vio el movimiento y se lo apropió consiguientemente fue con la burguesía. En efecto, la burguesía es la primera clase social que ve el movimiento. Antes, con la única excepción de Heráclito —quien nunca figuró, en absoluto, en las primeras líneas de la filosofía y del pensamiento occidental—, primó la estabilidad, la quietud; dicho filosóficamente: el ser.


La forma en que la burguesía descubre el movimiento es, antecedidos por Descartes, gracias a Galileo, Copérnico, Kepler y Newton. Ese movimiento configura toda la modernidad y la corriente principal de pensamiento hasta nuestros días. Pues bien, las herramientas para comprender y explicar el movimiento fueron, oportunamente, el cálculo —el cálculo diferencial y el cálculo integral— y, posteriormente, la estadística ("ciencia del estado"), con todas sus variables y subcapítulos, principalmente.


El movimiento que la burguesía vio por primera vez en la historia de la humanidad occidental fue denominado como "revoluciones"; y más exactamente, como revoluciones del orbe celeste. En otras palabras, se trató de la idea de movimiento cíclico, regular, periódico. Correspondientemente, el movimiento fue conceptualizado en la forma de "dinámica" y de "sistemas dinámicos", una expresión que corresponde, propiamente hablando, a la física clásica o la mecánica celeste.


Así las cosas, la naturaleza, el mundo y la sociedad fueron subsiguientemente explicados en términos de movimientos pendulares, sistemas dinámicos, ciclos (por ejemplo en economía, ciclos de producción y ciclos de crisis), períodos (acaso períodos de gobierno), y demás. Como consecuencia, la mecánica clásica permeó a todas las ciencias que nacieron en la modernidad, incluyendo, desde luego, a las ciencias sociales y humanas. En efecto, en política, por ejemplo, los conceptos clásicos son todos de origen físico: masa, poder, fuerza, movimiento, acción–reacción, caída libre, inercia. Posteriormente se agregarían otros conceptos de cuño físico, como energía, potencia, fricción, rozamiento, y aceleración y desaceleración, por ejemplo; estos últimos muy en boga en economía y finanzas en los últimos tiempos.


Como se observa, el movimiento fue descubierto, hablando históricamente, por la burguesía, pero inmediatamente ese movimiento fue interpretado en términos de sistemas físicos —inertes, por tanto—, para lo cual se desplegaron numerosas herramientas de control, predicción y manipulación del movimiento. Ésta configura la historia que desde el siglo XVI corre, grosso modo, hasta nuestros días. Todo lo demás, son detalles.


Sin embargo, por numerosos caminos, de manera anodina, la segunda mitad del siglo XX hizo el aprendizaje de otras clases de movimiento, que ya no eran periódicos, cíclicos o regulares. En términos sociales, se trata de la crisis financiera de 1929 hasta la Blitzkrieg de Hitler en la Segunda Guerra Mundial; desde la caída del muro de Berlín, anticipados por la Perestroiska y el Glasnot, hasta la crisis del sistema financiero a partir de 1998 con sus diversas fases y expresiones: la crisis de las "punto.com", de las hedge funds, las subprime, la crisis del sistema hipotecario, la crisis del techo de la deuda de Estados Unidos, la crisis del sistema financiero, la crisis y recuperación de los países (PIGS; acrónimo para "cerdos"): Portugal, Irlanda, Grecia y España.


Y ello para no hablar de la crisis que significó Chernóbil, la crisis de Fukushima, en Japón, o los terremotos, tifones, huracanes y tornados alrededor del mundo, por mencionar tan solo los ejemplos más conocidos.


Pues bien, el final del siglo XX y lo que va del XXI hicieron el descubrimiento de un tipo de movimiento para el cual la burguesía, como clase histórica, y su ciencia, no estaban preparadas. Se trata de movimientos súbitos, imprevistos, irreversibles, incontrolables. Los nombres que se adscribieron a esta clase de movimientos son conocidos ya hoy en día: caos, catástrofes, sistemas no–lineales, sistemas alejados del equilibrio, redes libres de escala, fractales, redes complejas. En correspondencia con ello, fueron descubiertas otras clases de disciplinas, enfoques y conceptos, tales como emergencia, autoorganización, e inteligencia de enjambre, entre otros.


A todas luces, a partir de los años 1970 hasta la fecha, emerge un conjunto de nuevas ciencias dedicadas al estudio de esa clase de movimiento de los cuales no podía ni puede ocuparse la burguesía: movimientos caracterizados por inestabilidades, fluctuaciones, turbulencias, no–linealidad, por ejemplo.


Pues bien, es sobre esta clase de movimientos que se ocupan las ciencias de la complejidad, que son un tipo de ciencia perfectamente distinto de la ciencia clásica o de la modernidad. Sin ambages, las ciencias de la complejidad corresponden a una fase perfectamente distinta de la historia de la humanidad. No ya aquella que se concentra en el orden, el equilibrio y la estabilidad. Tampoco aquella se ocupa de movimientos cíclicos, periódicos, previsibles y regulares.


La gran prensa, la ciencia normal, la corriente principal de pensamiento, o como se los quiera denominar: (a) hace un acto de negación ante las dinámicas no–lineales, impredecibles, súbitas e irreversibles; o bien, (b) se esfuerza por explicarlas en términos de ciclos más amplios o más angostos, de movimientos pendulares más largos o más breves, y así sucesivamente.


La crisis del mundo es, manifiestamente, una crisis de pensamiento; adicionalmente. Negarse a ver lo evidente, negarlo, o desviar la atención de la impredecibilidad y las dinámicas que no pueden ser controladas en manera alguna es el objeto propio de la educación y la ciencia normales, y de sus áulicos, la gran prensa, la publicidad y la propaganda.


Hoy, como ayer (por ejemplo, en el siglo XIX), conviven tres corrientes de pensamiento, así: unos se obstinan en la idea de equilibrio (= fijismo): "Nada es nuevo bajo el sol, y todo es nuevo bajo el sol"; "vino viejo en tonel nuevo", y demás expresiones semejantes. Estos abogan por el ser, el equilibrio, la estabilidad y la continuidad de lo mismo. Otros, ven las dinámicas pero las mecanizan y las explican de forma analítica, y así, las pierden de vista y son incapaces de comprenderlas y explicarlas. Y finalmente, una tercera corriente se da a la tarea, denodada, de explicar la sorpresa, la novedad, el cambio, las fluctuaciones y las inestabilidades, en fin, la importancia de la impredecibilidad, y aprovechar semejante complejidad. Los primeros representan el pasado. Los segundos, el poder y el statu quo. Los terceros apuntan hacia ciencia revolucionaria y revolución en el mundo.


Nuestra época descubre y asiste al mismo tiempo a un tipo de movimiento jamás concebido en la historia de la humanidad. Movimiento súbito, imprevisto, impredecible, no cíclico, regular o periódico, en un fin, un movimiento no–lineal. Así las cosas, más nos vale dirigir la mirada hacia las formas de explicar, comprender y aprovechar las dinámicas caracterizadas por complejidad creciente. Sin grandilocuencias, una buena parte de nuestra historia futura dependerá de ello.

La protesta contra los partidos predominantes

En los países donde existen elecciones impugnadas, comúnmente hay dos partidos predominantes que se consideran cercanos al centro o en los alrededores de la visión de los votantes en dicho país. En los últimos años ha habido un número relativamente grande de elecciones donde un movimiento de protesta gana la elección o por lo menos gana los suficientes escaños como para que deba conseguirse su respaldo de modo que pueda gobernar un partido predominante.


El ejemplo más reciente de esto es Alberta, en Canadá, donde el Nuevo Partido Democrático (NPD), compitiendo en una plataforma razonablemente hacia la izquierda, de un modo inesperado y sorprendente, desbancó del poder a los Conservadores Progresistas, partido de ala derecha que había gobernado la provincia sin dificultad por muy largo tiempo. Lo que hizo de este hecho algo más sorprendente fue que Alberta tiene la reputación de ser la más conservadora provincia de Canadá, y es la base del primer ministro canadiense, Stephen Harper, en el cargo desde 2006. El NPD ganó inclusive 14 de 25 escaños en Calgary, la residencia y bastión del propio Harper.


Alberta no es el único caso. El Partido Nacional Escocés (PNE) arrasó en las elecciones en Escocia, tras una historia de ser un partido marginal. El ultraderechista partido polaco Justicia y Ley derrotó al candidato de lo que se había considerado un partido conservador pro-negocios, la Plataforma Cívica. Syriza, en Grecia, haciendo campaña con una plataforma anti-austeridad, está ahora en el poder, y el primer ministro, Alexis Tsipras, lucha por alcanzar sus objetivos. En España, Podemos, otro partido que combate la austeridad, de manera constante sube en las encuestas y parece empeñado en dificultar –si no es que impedir– que permanezca en el poder el gobierno del partido conservador, el Partido Popular. India está celebrando un año en el poder de Narendra Modi, que compitió en una plataforma que se dedicó a desbancar del poder a los partidos y las dinastías del establishment.


Estas plataformas de protesta, todas, tienen algo en común. Todas utilizaron una retórica de campaña que podríamos llamar populista. Esto significa que aseguraron estar luchando contra las élites del país, aquellas con demasiado poder que ignoran las necesidades de una vasta mayoría de la población. Estas plataformas enfatizaban las brechas (en salud y bienestar) entre las élites y todos los demás. Deploraban la caída del salario real de los estratos medios. Enfatizaron la necesidad de proporcionar empleos, usualmente en instancias en las que ocurría un aumento significativo del desempleo.


Además, estos movimientos de protesta siempre señalaron la corrupción en los partidos en el poder y prometieron ponerle un freno, o al menos reducirlo. Y todo esto, junto, lo presentaron como un llamado al cambio, a un real cambio.


No obstante, tenemos que mirar más de cerca estas protestas. No son, de ningún modo, parecidas. De hecho, hay una división fundamental entre ellas, algo que notamos tan pronto como miramos el resto de su retórica. Algunos de estos movimientos de protesta se sitúan a la izquierda –el NPD en Alberta, Syriza en Grecia, Podemos en España, el PNE en Escocia. Y algunos están claramente a la derecha: Modi en India, el Partido Justicia y Ley en Polonia.


Quienes se sitúan a la izquierda enfocan sus críticas, centralmente, en torno a aspectos económicos. Los situados a la derecha primordialmente hacen aseveraciones nacionalistas, por lo común con énfasis xenófobo. Aquellos a la izquierda quieren combatir el desempleo con políticas gubernamentales que promuevan la creación de empleos, incluida, por su puesto, una mayor colecta fiscal entre los más acaudalados. Quienes se sitúan a la derecha quieren combatir el desempleo evitando la migración, aun al punto de expulsar a los migrantes.


Una vez en el poder, a estos movimientos de protesta –sean de izquierda o derecha– les resulta muy difícil cumplir las promesas populistas que hicieron para resultar electos. Las grandes corporaciones tienen instrumentos importantes con los cuales limitar las medidas que se tomen contra ellas. Actúan a través de esta entidad mítica llamada mercado, auxiliadas e instigadas por otros gobiernos e instituciones internacionales. Los movimientos de protesta encuentran que, si empujan muy duro, el ingreso del gobierno se reduce, por lo menos en el corto plazo. Pero para quienes votaron por ellos, el corto plazo es la medida de su aprobación continua. El día de gloria de los movimientos de protesta corre el riesgo de estar muy limitado. Así que entran en arreglos, lo que enoja a la mayoría militante de sus simpatizantes.


Uno debe recordar siempre que los simpatizantes de un cambio en el gobierno son siempre una multitud abigarrada. Algunos son militantes que buscan un extenso cambio en el sistema-mundo y en el papel que su país juega en éste. Algunos sólo están hartos de los partidos predominantes tradicionales, que son vistos como que se cansaron y dejaron de ser responsivos.

Algunos dicen que un nuevo grupo en el poder no puede hacer nada peor que quienes estaban antes. En resumen, estos movimientos de protesta no son un ejército organizado, sino una inestable alianza flotante de muchos grupos diferentes.
Son tres las conclusiones que podemos extraer de esta situación. La primera es que los gobiernos nacionales no tienen un poder ilimitado para hacer lo que quieren. Están en extremo constreñidos por la operación del sistema-mundo en su totalidad.


La segunda conclusión es que, no obstante, pueden hacer algo para aliviar los pesares de las personas ordinarias. Pueden hacerlo, precisamente mediante reasignaciones del ingreso vía impuestos y otros mecanismos. Tales medidas minimizarán las penurias de quienes son los beneficiarios. Los resultados pueden solamente ser temporales. Pero de nuevo les recuerdo que vivimos todos en el corto plazo y que cualquier ayuda que podamos obtener en el corto plazo es un avance, no un retroceso.


La tercera conclusión es que si un movimiento de protesta va a ser un participante serio en el cambio del sistema-mundo no debe limitarse a un populismo cortoplacista, sino que debe involucrarse en una organización de mediano plazo que afecte la lucha mundial en este periodo de lucha sistémica y de transición a un sistema-mundo alternativo, uno que ya comenzó y está en curso.


Es solamente cuando los movimientos de protesta de izquierda aprenden cómo combinar las medidas de corto plazo, que minimizan las penurias, con los esfuerzos de mediano plazo por inclinar la lucha bifurcada en pos de un nuevo sistema, que podremos tener la esperanza de arribar al resultado que deseamos: un sistema-mundo relativamente democrático y relativamente igualitario.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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