Imagen del cielo completo visto en rayos X por el telescopio espacial eRosita./MPE/IKI

La primera imagen de un nuevo telescopio espacial ruso alemán duplica el número de fuentes emisoras conocidas hasta ahora

 

La primera imagen completa del cielo en rayos X que ha obtenido un nuevo telescopio espacial de Rusia y Alemania es espectacular, pero los datos a partir de los que se ha generado son mucho más importantes. En ella figuran más de un millón de objetos calientes y energéticos, fenómenos violentos como los lejanos agujeros negros supermasivos en el centro de las galaxias. El objetivo principal de la misión, llamada eRosita, es estudiar la misteriosa energía oscura.

El nuevo mapa del Universo, que cartografía las emisiones que no vemos en las observaciones en luz visible o en radio, muestra casi el doble de fuentes de rayos X que las identificadas durante los 60 años de existencia de este tipo de astronomía, explican los astrónomos del telescopio eRosita, lanzado en julio del año pasado. La imagen, una de varias más limitadas, es una presentación de millones y millones de datos. Por ejemplo, las unidades de luz, los fotones captados, se han coloreado en función de su energía de menos a más (del rojo al azul). Además hay que tener en cuenta, como en toda observación astronómica, que se está mirando hacia atrás en el tiempo, observando también radiación emitida cuando el Universo era más joven. En este aspecto se ha llegado cuatro veces más lejos.

"Esta imagen de todo el firmamento cambia por completo la forma en que vemos el universo energético; observamos una gran cantidad de detalles, la belleza de las imágenes es realmente impresionante", afirma Peter Predehl , investigador principal de eRosita en el Instituto Max Planck de Física Extraterrestre (MPE). Pero por delante, los científicos tienen años y años de estudio de todo lo que han captado en solo seis meses, más lo que captarán en los próximos años, dado que el último análisis parecido lo hizo el telescopio Rosat, hace 30 años, y entonces se remontó cuatro veces menos en tiempo y distancia.

Cómo se hizo el barrido del cielo en 360 grados para obtener finalmente, y tras mucho trabajo, esta imagen, merece una explicación. El telescopio eRosita va a bordo de un satélite que se mantiene en el segundo punto de Lagrange, un punto de equilibrio en el sistema Sol-Tierra situado a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta. El satélite SRG es ruso y los instrumentos de eRosita alemanes.

El telescopio cuenta con siete cámaras y durante seis meses ha rotado de manera continua captando de forma uniforme todo lo que ve desde ese lugar de privilegio para la observación, dentro del Sistema Solar. Para generar la imagen, el cielo se ha proyectado en una elipse, en la que el corazón de la Vía Lactea está en el centro y la galaxia se extiende en horizontal. La Vía Láctea se ve sobre todo en azul porque al haber mucho polvo y gas entre medias en el plano galáctico solo se captan las fuentes más fuertes de rayos X. Encima se distingue en colores rojizos la llamada burbuja local de gas caliente, que están atravesando el Sol y sus planetas. El gran punto blanco es Escorpio X-1, una estrella binaria que es el la fuente de rayos X más brillante.

En cuanto a lo que aparece fuera de la galaxia, la mayoría de las fuentes detectadas son núcleos activos de galaxias muy distantes, que contienen agujeros negros supermasivos, informa MPE. Estos se mezclan con cúmulos de galaxias, que se ven como manchas brillantes por el gas caliente confinado por halos de materia oscura. También hay estrellas solitarias y binarias, agujeros negros y restos de explosiones de supernova, así como fenómenos considerados menos frecuentes y exóticos, como la fusión de dos estrellas de neutrones. "El telescopio a menudo capta inesperadas explosiones de rayos X y tenemos que alertar a los telescopios terrestres inmediatamente para intentar comprender qué los produce", explica Mara Salvato, astrónoma del equipo.

Con esta información el proyecto quiere abordar problemas básicos de la cosmología actual, para entender la evolución del Universo. Cartografiar millones de galaxias activas para comprender el efecto de la gravedad en la formación de los 100.000 cúmulos existentes estimados es un objetivo, también relacionado con intentar entender la forma de actuar de la energía oscura, que tiene que contrarrestar la gravedad, en la aceleración de la expansión del Universo.

Para los astrofísicos rusos, el camino ha sido muy largo y dificultoso desde que desapareció la Unión Soviética. En el satélite van otros telescopios rusos complementarios de eRosita y SRG es la única misión ambiciosa de astrofísica que Rusia tiene activa en la actualidad. Hasta ahora, por lo menos, está siendo todo un éxito.

23/06/2020 07:32

Por MALEN RUIZ DE ELVIRA

La improbable renovación de las izquierdas institucionales

La oleada de manifestaciones de los últimos domingos en Brasil, exigiendo la salida del presidente Jair Bolsonaro, marcan una nueva etapa para los sectores populares organizados, que están saliendo de un extenso período de defensiva. La configuración social y política de estas movilizaciones muetra cambios profundos en la realidad del país. 

Según todos los análisis y descripciones disponibles, las recientes manifestaciones contra el presidente son más numerosas que las de sus defensores, algo realmente inédito ya que Bolsonaro consigue movilizar grupos relativamente pequeños pero muy activos y agresivos. En algunas ciudades como Sao Paulo, el domingo 14 los bolsonaristas apenas consiguieron un centenar de personas en su convocatoria.

La segunda cuestión es que la mayoría de los movilizados en el campo popular contra el racismo  y el fascismo, son jóvenes negros y, como señala un interesante análisis del sociólogo Rudá Ricci, en ciudades como Belo Horizonte asistieron además trabajadores de la limpieza urbana, de pequeños comercios como farmacias y panaderías, y habitantes de la periferia.

“Son jóvenes, salieron a la calle porque salen todos los días. Y continuarán saliendo. Enfrentan a la Policía Militar desde hace tiempo, en sus barrios, en las favelas, en los partidos de fútbol. Conocen esta violencia institucional desde niños”, destaca el sociólogo (https://bit.ly/2C9VI60). Debería agregarse que están saliendo muchas mujeres jóvenes, a la par de los varones.

La tercera cuestión es que las consignas son más radicales, muchas se esbozan por primera vez en las calles, visibilizando la cultura negra y popular de las periferias. La crítica radical al racismo va de la mano de la denuncia al autoritarismo del gobierno Bolsonaro. Atacan lo que consideran como “racismo estructural”, que arranca en la esclavitud y se perpetúa desde hace cinco siglos, y no se resuelve con “cuotas de color” para el ingreso a las universidades.

Enarbolan un antirracismo que es a la vez anticapitalista y, cuando aparecen las mujeres negras, anti-patriarcal. A mi modo de ver, este es un punto central de lo que viene sucediendo en Brasil, que representa un quiebre con el pasado inmediato, cuando el sector activo de la población negra se identificaba con el proyecto de Lula y del Partido de los Trabajadores (PT).

La cuarta cuestión es la decisiva. El sociólogo Ricci, que no es ni radical ni autonomista sino que fue activo militante del PT e investigador en el movimiento sindical, señala: “¿Qué pasa con la izquierda tradicional? ¿Cómo viene actuando?”. Se responde: “Con cobardía extrema. Se trata de una izquierda desconectada del mundo real, enfocada en los valores de la época del lulismo”.

En efecto, en las manifestaciones participaron de forma destacada las hinchadas organizadas de los equipos de fútbol agrupadas en la asociación ANATORG (https://anatorg.com.br) y el grupo Somos Democracia, además del Frente Povo Sem Medo, el MTST (Movimiento de Trabajadores sin Hogar) y el CMP (Central de Movimientos Populares), todos identificables como izquierda radical.

Están irrumpiendo también nuevas organizaciones de abajo, como el Frente de Movilización de la Maré, el mayor complejo de favelas de Rio de Janeiro con 120 mil habitantes en 16 barrios, creado por comunicadores populares jóvenes al comienzo de la pandemia (https://bit.ly/3d5xFC2).

La izquierda institucional desertó de las calles por pequeños cálculos electorales, a la que la población negra organizada denomina “izquierda blanca de clase media”, llegando en algunas ciudades como Belém a llamar a no acompañar las manifestaciones. Una izquierda que se limita a hacer “un juego estético” de peticiones online por whatsap, con poca o ninguna práctica incisiva en el mundo real.

Las dos conclusiones más importantes del breve análisis de Ricci, quien participó en las decisivas jornadas de Junio 2013, abordan tanto el repliegue de esa izquierda como la renovación en marcha. Los cinco partidos de izquierda (PT, PCdoB, PSB, PSOL y PDT), cuentan con una quinta parte de los concejales y alcaldes de Brasil, lo que define como “un ejército político”. De ahí procede su temor y su cobardía, como atestigua la historia mundial de la izquierda, cuando se la traga el juego institucional.

Por eso, la renovación de las izquierda vendrá de abajo y, aunque no hay nada seguro, serán personas y colectivas “más curtidas por la vida, menos clase media, menos blancas y menos masculinas”.

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La Post-pandemia y el capitalismo que viene

La versatilidad del capitalismo no tiene límite, salvo la extinción de la especie y el colapso del planeta. Pero mientras esto sucede, sus cambios se aceleran en busca de una mayor tasa de explotación e incremento de beneficios. Si la lucha por la apropiación del plusvalor es una de las características de la contradicción capital-trabajo, hoy nos enfrentamos a una reinvención de las formas de dominación, enajenación del excedente y construcción de hegemonía. El capitalismo digital se pone al día utilizando las nuevas tecnologías bajo la pandemia del Covid-19. Si hacemos historia, es un proceso similar al sufrido por el capitalismo histórico entre los siglos XVI y XVIII, donde la proto-industrialización y los descubrimientos científicos aceleraron el proceso de acumulación de capital y la revolución industrial. Sus fases van desde el capitalismo colonial, la esclavitud hasta el imperialismo y la consolidación de la dependencia industrial, tecnológica y financiera. Sin embargo, su evolución ha tenido reveses. Los proyectos emancipadores anticapitalistas han trastocado sus planes, aunque sea de forma momentánea. Las luchas de resistencia, los procesos revolucionarios y los movimientos populares han alterado su itinerario, obligándolo a retroceder. El siglo XX ha dejado una huella difícil de borrar en su desarrollo. Fueron dos guerras mundiales, seguido del holocausto nuclear no exento de conspiraciones, golpes de estado y procesos desestabilizadores cuyos efectos los reconocemos en un crecimiento exponencial de la desigualdad, el hambre, la miseria y la sobrexplotación de un tercio de la población mundial. En este recorrido, el fascismo, eje de la modernidad, se proyecta en el siglo XXI. El neoliberalismo asume sus principios y los gobernantes adoptan sus proclamas bajo un llamado a la xenofobia, el racismo y el discurso anticomunista. Como señaló George Mosse en su ensayo La nacionalización de las masas, Hitler y el nazismo se explican bajo un simbolismo, una liturgia y una estética que atrapó a la población bajo el culto al pueblo. "Una nueva política que atrajo no sólo a los nacionalsocialistas, también a miembros de otros movimientos que encontraban su estilo atractivo y útil para sus propios propósitos". Léase Trump, Bolsonaro, Piñera o Duque.

En pleno siglo XXI, asistimos a tiempos convulsos. El capitalismo busca su reacomodo. Hacer frente a los problemas de organización, costos de explotación y reajustar la función del gobierno en la gestión privada de lo público. Igualmente debe pensar en una nueva división internacional de los mercados, la producción y el consumo. La digitalización, el big-data, la robotización y las tecnociencias se subsumen para responder a las lógicas del capital. Asimismo, la dinámica de la complejidad aplicada al proceso productivo fija pautas en la especialización flexible, la deslocalización y el proceso de toma de decisiones. La realidad aumentada acelera la concentración de las decisiones y el acceso inmediato a los datos modifica las lógicas de un poder que se hace más arbitrario, violento y omnímodo. El traslado del mando real del proceso de decisiones a una zona gris, de difícil acceso, facilita eludir las responsabilidades políticas o bien las oculta bajo el manto de la post-verdad o las mentiras en red.

La transición del capitalismo analógico al digital es ya una realidad. Algunos ejemplos nos dan pistas. Basta ver el mensaje lanzado por Inditex en España. El dueño de Zara, benefactor de la sanidad pública, hará desaparecer más de mil 200 tiendas en todo el mundo, bajo la necesidad de estar en sincronía con las nuevas formas de compra-venta on line. Así, realizará una inversión de mil millones de euros en su reconversión digital en dos años (2020-2022), destinando mil 700 millones para trasformar sus locales al concepto de tienda integrada. Un servicio permanente al cliente allá donde se encuentre. En otras palabras, tendrá en su dispositivo portátil una aplicación de Zara. En esta versión digital del capitalismo, otro de los cambios que llega para quedarse es el "teletrabajo" o trabajo en casa. Una vuelta de tuerca a la sobrexplotación. Los horarios, la disciplina y el control lo ejerce el trabajador sobre sí, lo cual supone un elevado nivel de estrés y jornadas ilimitadas. En cuanto a la educación, sólo en las universidades se baraja la idea de articular clases en las aulas con lecciones virtuales. Las lecciones presenciales irán perdiendo peso, hasta desdibujar el sentido que las vio nacer, forjar ciudadanía y aprender el valor de la crítica colectiva. La universidad se reducirá a expedir títulos donde el aprendizaje muta en autodidactismo.

El capitalismo post-pandemia acelera el cambio del mundo cotidiano. Las firmas digitales, las videoconferencias, el control biométrico, los diagnósticos por ordenador, son algunos de los cambios que terminarán generando una modificación antropobiológica del ser humano. Y tal vez en este sentido, la lenta sustitución del dinero en efectivo, por el pago con tarjetas será fuente no sólo de mayor control social y poder de la banca, supondrá una mayor exclusión social. Quiénes tendrán y quiénes no tendrán tarjetas de crédito o débito. Suecia anuncia que el papel moneda se extinguirá dentro de la siguiente década. Más pobres, más esclavos de los bancos. Ese es el futuro incierto del capitalismo que viene tras la pandemia.

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Jóvenes estadunidenses simpatizantes de Bernie Sanders han renunciado a esperanzas de una buena vida, afectados por el doble golpe del Partido Demócrata a éste. Foto Ap

Antecedentes: en 2016, a Bernie Sanders, apoyado por los millennials, el establishment del antidemocrático Partido Demócrata le hizo trampa en Iowa para colocar a Hillary como candidata presidencial.

Dos años más tarde,“Bernie Sanders con sus millennials humillan a Hillary en Nueva York (https://bit.ly/2BZ8nIN)”. La rebelión de los millennials desde Latinoamérica (https://bit.ly/2XX8E7N), hasta Europa y Occidente tout court (https://bit.ly/3d42pU5) exhibió en los recientes cuatro años “la insoportable desigualdad del neoliberalismo global que se manifiesta en el Índice Gini”.

En febrero de este año resalté a los “ millennials con el socialista (sic) Bernie, a quien temen más demócratas que republicanos (https://bit.ly/3hgs6Uu)”: “50 por ciento de los millennials y 51 por ciento de la Generación Z sienten que el sistema económico de EU ha trabajado en su contra y tienen una mayor vista desfavorable del capitalismo”.

En el mismo febrero expuse “la colosal deuda universitaria de los millennials en EU: ¡1.6 millones de millones de dólares! ( https://bit.ly/3fboPnI )” cuando EU se encuentra “inundado por sus deudas al consumo: la deuda de los hogares rebasa los 14 millones de millones de dólares (https://bit.ly/37pIu0l)”.

Hechos: la vez anterior expuse que “la verdadera revolución demográfica será implosiva con el ascenso de los centennials (Generación Z) hispánicos de EU y su promedio asombroso de 11 años de edad (https://bit.ly/2MUSAgy)”. Nick Turse ( NT), de Intercept –portal independiente que cobró fama mundial por haber publicado las incandescentes filtraciones de Edward Snowden, hoy asilado en Rusia, y que ha sido uno de los peores golpes al espionaje electrónico de EU– obtuvo vía la Enmienda de la Libertad de la Información un “juego de guerra ( wargame)” del Pentágono el documento Joint Land, Air and Sea Strategic Special Program (JLASS-2018; https://bit.ly/2zx7ypW) donde ofrece un escenario en el que los miembros de la Generación Z –nacidos después de 1996y que vienen detrás de los millennials (Generación Y)–, impulsados por el malestar y el descontento lanzan la Z-belión en EU en 2028 –que se empata curiosamente con mi prospectiva.

NT trae a colación la Z-belión debido a que “las impactantes protestas en curso en Estados Unidos están compuestas ampliamente por jóvenes (https://bit.ly/2MPXCL6)”, ya que “muchos integrantes de la Gen-Z –sicológicamente marcados por las cicatrices en su juventud por el trágico 9/11 y la Gran Recesión, aplastados por la deuda universitaria y el desencanto con sus opciones de empleo–, han renunciado a sus esperanzas para una buena vida y creen que el sistema está manipulado en su contra” ¡Cómo no va a estar manipulado si su admirable representante Bernie Sanders fue dos veces defraudado por el establishment del antidemocrático Partido Demócrata en Iowa!

Aunque los millennials experimentaron el 11/9 y la Gran Recesión, a juicio de NT, la “ Gen-Z vivió con ellos como parte de su infancia, afectando su realismo y su cosmogonía” que resultaron en un sentimiento de inquietud e inseguridad.

La Generación Z “seguido es descrita buscando independencia y oportunidad, pero también se encuentra entre los menos probables a creer que existe tal cosa como el sueño estadunidense, según NT, quien los describe como buscando ser agentes del cambio social (sic) que anhelan plenitud y entusiasmo en sus trabajos para ayudar a mover el mundo hacia delante.

En forma impactante y a diferencia de los millennials que son adictos a la tecnología, según NT, la Gen Z, “pese a la habilidad tecnológica que posee, prefiere el contacto persona a persona, opuesto a la interacción online” y rechaza el excesivo consumismo !pues no esta nada mal!: en contraste a la orgia consumista de los plutócratas parasitarios de Wall Street.

Conclusión: Hay que tomar en cuenta la explosividad volcánica de los millennials y la Generación Z en EU cuando una de las características de México hoy es que es un “país millennial”, cuyo promedio de edad es de 29 años y que en los próximos siete años será un “país centennial”.

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Manifestantes organizaron ayer un funeral simbólico de George Floyd, en Los Ángeles. El afroestadunidense murió al ser arrestado por un policía blanco en Minnesota. Foto Afp

Demócratas presentan ambicioso proyecto para transformar el sistema de seguridad pública

 

Nueva York. La ola de protestas a escala nacional cumple dos semanas de acciones en cientos de ciudades y su incesante presión ya ha provocado cambios políticos y sociales, desde una nueva ronda de propuestas de reforma de las fuerzas policiacas a nivel local y federal, obligando al sector empresarial a reconocer el nuevo movimiento de derechos civiles y hasta haciendo hincar a jefes de policía, alcaldes, legisladores locales y federales en solidaridad con la demanda central de frenar la violencia oficial racista.

Durante las dos semanas desde que el asesinato del afroestadunidense George Floyd por policías en Minneapolis detonó las grandes movilizaciones –primero en respuesta a la brutalidad policiaca y que ahora abarca la justicia racial–, esta expresión sin precedente en décadas sigue sacudiendo y sorprendiendo al país y su cúpula política.

El impacto casi inmediato de esta inesperada ola se registra con intentos de políticos en responder a algunas de sus demandas, después de arrestar a más de 10 mil manifestantes, imponer toques de queda y más incidentes de violencia policiaca.

Ayer, el liderazgo demócrata en ambos cámaras del Congreso presentó un ambicioso proyecto de ley de reforma de seguridad pública en Estados Unidos, que incluye prohibir ciertas tácticas de fuerza para someter a sospechosos o ingresar a sus hogares y crear un proceso independiente para investigar abusos en el uso de fuerza, entre otras medidas.

Pelosi y otros legisladores también se arrodillan

Esto, después de que en el Capitolio la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y otros legisladores, se hincaron –como lo han hecho repetidamente alcaldes y jefes de policía– para expresar su solidaridad con la demanda del movimiento de poner fin a la violencia racista de la autoridad.

La nueva exigencia de los manifestantes de costa a costa es recortar o anular el financiamiento de la policía y emplear esos fondos públicos para programas sociales. Tal vez la respuesta más dramática a esta demanda se dio en Minneapolis, escenario del crimen que detonó estas protestas, donde el concejo municipal votó por disolver el departamento de policía y crear un sistema de seguridad público alternativo; sería el primer caso de una ciudad importante en hacerlo.

Varios alcaldes, incluidos los de las ciudades más grandes del país, han sido obligados a comprometerse a reformas en sus departamentos de policía y reconocer sus fracasos para hacerlo hasta ahora. En Nueva York, la ciudad más grande del país, el alcalde Bill De Blasio prometió reformas, entre ellas una reducción en el presupuesto de la policía para emplear esos fondos en servicios sociales y promover mayor transparencia sobre la disciplina de esas fuerzas; algo parecido anunció su contraparte Eric Garcetti en Los Ángeles.

En California, el gobernador Gavin Newsom llamó a poner fin a una serie de tácticas de sometimiento empleadas por fuerzas policiacas, mientras en Seattle y otras ciudades, alcaldes y jueces han ordenado el cese del uso de gas lacrimógeno y otras herramientas químicas para contener disturbios.

Las protestas también han obligado a múltiples empresas nacionales, desde Amazon hasta Viacom, y tiendas departamentales a expresar apoyo explícito a uno de los lemas del movimiento: Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan), en su publicidad.

A la vez, las movilizaciones han sacudido a los medios: el jefe de opinión del New York Times se vio obligado a renunciar después de publicar un artículo que apoyaba el envío de tropas para sofocar las protestas, el editor ejecutivo del Philadelphia Inquirer renunció el sábado pasado tras publicar un reportaje con el título: Los edificios también importan, y en Pittsburgh el periódico Post Gazette provocó ira dentro y fuera de su redacción luego de prohibir que dos de sus reporteros afroestadunidenses cubrieran las protestas porque habían mostrado "prejuicio".

Todo, mientras Donald Trump repite una y otra vez: "Yo quiero LEY y ORDEN".

Su aparente contrincante demócrata Joe Biden visitó a la familia de Floyd en Houston ayer, algo que el presidente no se ha atrevido a hacer.

Mientras, 80 por ciento de los votantes opina que "las cosas están generalmente fuera de control" en Estados Unidos, según una encuesta de NBC News/Wall Street Journal.

Por David Brooks

Corresponsal

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“La pandemia va terminar pero el confinamiento va a continuar”

El filósofo observa el aislamiento social, preventivo y obligatorio provocado por el coronavirus en términos de riesgos y oportunidades a futuro. Los temores y la incertidumbre frente a lo desconocido, el barbijo de la pospandemia y la ocasión para repensarse.

 

Su modo es cercano y claro, y entonces la filosofía se vuelve más terrenal, más accesible. Darío Sztajnszrajber es licenciado en filosofía, ensayista y docente. Actualmente conduce “Seguimos Educando”, por Canal Encuentro. Junto a Luciana Peker, por Nacional Rock, “Lo Intempestivo”, y cada lunes “Demasiado Humano”, en la Futuröck. Desde 2011 conduce “Mentira la verdad”, por Encuentro, un programa de filosofía para jóvenes. Es autor de “¿Para qué sirve la filosofía? Pequeño tratado sobre la demolición”, “Filosofía en 11 Frases” y “Filosofía a martillazos”.

--¿Cómo está percibiendo el transcurrir de la cuarentena?

--Creo que la cuarentena no puede ser analizada en sí misma porque no se termina de definir su extensión. Entonces la falta de definición hace que todo lo que digamos sobre el proceso esté siempre abierto al cambio. Una cosa es que la cuarentena dure una semana más, y entonces uno va a pensándose a sí mismo en función de dos meses de confinamiento; otra cosa es saber que puede durar seis meses y uno de algún modo se prepara en función de eso. Pero hay algo de la pérdida de los límites que tiene que ver con la incertidumbre de su final. O sea que no solo no sabemos cuándo va a terminar sino que estamos cada vez más convencidos de que va a quedar en términos espectrales, que hay algo de ese confinamiento que va a quedar de alguna manera impregnando mucho de nuestros lazos sociales. Esa sensación de incertidumbre hacia el futuro genera lo que es típico de las angustias existenciales. No nos olvidemos que una angustia es siempre angustia frente a una nada inasible, hacia la indeterminación. Creo que algo de eso nos pasa.

--En este contexto, ¿qué lugar pasó a ocupar el tiempo?

--Hay un viejo texto de Giorgio Agamben, Infancia e historia, donde dice que cualquier revolución tiene que empezar por una revolución en nuestra concepción del tiempo. Suscribo porque creo que uno de los lugares donde se construye el sentido común hegemónico es en la idea de tiempo lineal y productivo. Ese tiempo lineal y productivo está colapsado, está desquiciado. En el texto de William Shakespeare, cuando ve el fantasma de su padre muerto, Hamlet dice que el tiempo está fuera de quicio. Es muy fuerte la idea de algo desquiciado para hablar del tiempo porque no solo tiene que ver con su desanclaje de los lugares en los que estamos acostumbrados a percibir y vivir la temporalidad sino que también hay una sensación de deriva, de que no podemos terminar de ordenarnos. Frente a este texto, Jacques Derrida escribe Espectros de Marx, tomando justamente la idea del tiempo desquiciado; de algún modo Marx nunca muere, sino que se volvió un fantasma que nos asedia todo el tiempo. Creo que el tiempo desquiciado nos coloca en la figura del fantasma. O sea, nos volvimos medio fantasmas.

--¿Fantasmas en qué sentido?

--En el sentido de que aquellos lugares en los que estábamos acostumbrados a vivir desde ese orden normalizado y cotidiano de algún modo está en crisis. Entonces no entendemos bien la diferencia entre el afuera y el adentro, entre el trabajo y el ocio, no entendemos bien la diferencia, ni hablar, entre el amor y la necesidad. Algo de esas líneas divisorias muy propias de la sociedad normalizada de alguna manera empiezan a perder sus límites. No nos olvidemos de que un fantasma es justamente el que rompe la línea divisoria más fundamental, que es entre la vida y la muerte. En ese sentido hay algo de ese tiempo productivo que está detenido y que entonces nos genera dos opciones: o nos entregamos a otra versión del tiempo con lo que de angustia, incertidumbre, pero también de oportunidad esto trae, o uno se resiste a esta idea y lo que hace es querer volver productiva la vida en cuarentena como inoculando esa productividad propia del sistema en un paréntesis que realmente nos permitiría movernos en otra dimensión. Dadas las resistencias que la situación suscita muchas veces uno sigue poniéndose el despertador cuando no lo necesita, sigue comiendo en los horarios consabidos cuando el cotidiano cambió totalmente de esquema y sobre todo quiere hacer de su paso por el confinamiento un acontecimiento productivo cuando me parece que lo más interesante de lo que sucede es que se pone en jaque la idea de productividad.

--¿A qué le parece que le tememos más, al virus, a lo que pasa dentro de nuestras casas y en nosotros mismos en soledad, a no volver a esa normalidad conocida?

--En realidad la pandemia y la cuarentena son dos acontecimientos completamente distintos. En todos los análisis en los que nos enganchamos lo tomamos como un acontecimiento único. La cuarentena es la forma en que se decidió reaccionar y tomar decisiones preventivas en función de la cuestión médica o biológica, la pandemia. El hecho de la pandemia nos genera obviamente un montón de interrogantes que analizamos desde el punto de vista médico e, incluso, desde el punto de vista filosófico, acerca de lo que son los límites del individuo. Ahora, la cuarentena excede esto porque tiene que ver además con formatos de ordenamiento sociopolítico que variaron en distintas sociedades y donde se ve la diferencia es en lo siguiente: yo creo que en algún momento la pandemia va terminar pero el confinamiento va a continuar. Va a continuar simbólicamente en sus distintas formas y en el modo en que va a terminar impregnando nuestra subjetividad.

--¿En términos de mirar al otro con temor y recelo?

--En el sentido de que en algún momento la pandemia va a terminar pero por ejemplo la construcción del otro como agente de contagio permanente e inminente va a quedar. Y va a quedar durante mucho tiempo. La pandemia va a terminar pero el barbijo va a quedar. Y va a quedar no solo porque lo necesitemos realmente sino porque va a resignificarse en nuestra relación con un otro que se volvió en la pandemia, y desde antes diría, un agente peligroso. ¿Entonces qué me da más miedo a mí? Me da miedo todo, obvio, pero más allá de la pandemia visualizo también, y me da más miedo, estas consecuencias o derivaciones sociales que van a permanecer más allá de la pandemia. Me preocupa que este estado de acuarentenamiento exceda la misma pandemia y se vuelva un formato posible. De alguna forma los que apostamos siempre a la prioridad del otro vemos como que de algún modo estamos perdiendo ahí una batalla.

--Decía recién que cierto aislamiento precede a este momento. En este sentido la tecnología, así como conecta y acerca, también desconecta y aleja.

--Si lo tomamos en términos conceptuales, una concepción individualista de alguna manera ya parte de un aislamiento en términos conceptuales, porque la idea primigenia de que todo descansa en última instancia y como fundamento primero de todo en la idea de individuo supone el encerramiento del sujeto sobre sí mismo. La misma idea de individuo es una idea de aislamiento social que de algún modo pone las relaciones con los otros en un lugar secundario, es decir, todos los otros se vuelven medios a disposición para que uno en términos individuales decida sobre uno y sobre los otros. Muy diferentes es pensarnos en términos comunitarios, donde en realidad el individuo es más bien un efecto, un producto, y donde hay un otro que te está constituyendo todo el tiempo. Por eso digo que hay una idea de aislamiento que está en nosotros desde que nos pensamos en términos individualistas, no en términos individuales. El tema es cuando uno lo coloca o lo endiosa como fundamento primero de todo. En una sociedad, que a mí me gusta llamar neoindividualista, porque tiene estas características nuevas, la tecnología y las distintas situaciones del cotidiano contemporáneo ayudan mucho a esta sensación permanente de estar de algún modo en ciertos confinamientos. Trabajé en algunos libros esta idea del amor mismo que, en lugar de ser una apertura y una entrega al otro, termina siendo siempre la proyección que uno hace de sí mismo en el otro. Y en ese sentido también hablamos de aislamiento, en términos existenciales.

--¿Qué le preocupa más de los vínculos pospandemia?

--Hacia el futuro me preocupa esta especie de espíritu de delación, que es policíaco, es de vigilancia, y de construir sentido en el acto de delatar cuando se supone que el otro transgrede y uno se vuelve juez de las prácticas del vecino. Es decir, que se instale ya ese espíritu de delación como una manera de vínculo social. Una cosa es el Estado teniendo que cumplir un rol de ordenamiento y de cuidado del cumplimiento de la cuarentena y otra cosa son las fuerzas de seguridad copando la vía pública y generando un empoderamiento tal que permanentemente está en la frontera del desbordamiento de sus propias funciones. Una cosa es entender lo que sucede con el coronavirus desde la narrativa militar, y otra cosa es que vuelva a circular en nuestra sociedad la metáfora del enemigo invisible, que la conocemos hace décadas en nuestro país y que realmente no es muy democrática. Por eso creo que una cosa es cuidarse con el barbijo y estar a más de un metro de distancia, y otra cosa es que el barbijo se te vuelva un barbijo mental. Entonces cualquier cosa que pienses en relación con el otro parte de esa idea tan fuerte que expresó Paul Preciado, que dijo que la nueva frontera se ha vuelto el barbijo. Es muy fuerte la idea de que hoy la frontera dejó de ser la frontera nacional y pasó a ser, primero, la frontera de tu casa, y después, la mascarilla.

--¿Cuánto ayudan las narrativas en situaciones como las actuales?

--Creo que los acontecimientos que van sucediendo los terminamos acomodando en las narrativas necesarias para que las cosas nos cierren. No es casual que hoy tengan tanta fuerza las narrativas militares para hablar de la pandemia, o la narrativa religiosa. La narrativa religiosa en el sentido de que esto no lo podemos vivir sino como un apocalipsis o una pandemia de dimensiones bíblicas. Las narrativas se las añadimos nosotros a los hechos. Se produce esa interacción entre el hecho y la interpretación que da esa narrativa que de algún modo por algo surge, para algo vamos por ese lado, algo nos calma y algo nos tranquiliza.

--¿Hay una mayor presencia de este espíritu de delación que describe que de actitudes de solidaridad auténticas?

--En términos generales, yo no he visto hasta ahora una reacción social que implicase una nueva idea de solidaridad o una especie de conversión “evangélica” donde el ser humano frente a todos los acontecimientos de la pandemia se haya vuelto más amoroso o más consciente de las desigualdades y por lo tanto con una práctica proactiva de altruismo generalizado. Esto no significa que no haya compromisos fuertes de mucha militancia y mucho movimiento social que de algún modo sigue haciendo el trabajo que venía haciendo antes. La gente que está ayudando al otro es la gente que ya venía ayudando al otro. Creo que en la mayoría de los casos se respeta la cuarentena más pensando en que no me contagien a mí que en el bien común. En ese sentido creo que en términos de ordenamiento social vivimos en esto que decía antes del neoindividualismo. Hay un cumplimiento de la cuarentena por un cumplimiento de la normativa, además de un convencimiento que tiene que ver con que es un cuidado para uno. Entonces me cuesta que de esa actitud primigenia que tiene que ver con cuidarse uno podamos encontrar la fórmula para poder pensar en una revolución social y en la prioridad del semejante. Esto no quita que, en una hipótesis si se quiere absolutamente temeraria, podamos pensar hacia el futuro inmediato no en un capitalismo que se termine, para nada, pero sí en un capitalismo de algún modo más moderado.

--¿Cómo sería un capitalismo más moderado?

--Cuando digo moderado pienso en lo siguiente: calculo que ninguna sociedad hoy se está pensando a sí misma sin una inversión de acá a los próximos cinco años en salud pública más elevada de lo que había sido hasta ahora. En ese sentido creo que hay lugares de la presencia del Estado, que si se quiere estaban más en conflicto o en polémica, que hoy ganaron su derecho a plasmarse. Entonces me parece que se viene un capitalismo con una presencia del Estado más fuerte, que eso siempre tiene que ver con la redistribución y entonces con la posibilidad como mínimo de una tendencia hacia cierta justicia social. Ahora, no creo que el objetivo o que el propósito de esta presencia del Estado, como mínimo en salud, ni hablar en ciencia, tenga que ver con motivaciones altruistas o de solidaridad sino que en una sociedad capitalista incluso a los sectores hegemónicos les conviene hoy que no les explote el mundo. También creo que van a volver a tener peso las fronteras nacionales porque hay algo del Estado nacional que volvió a tener una soberanía que estaba desdibujada. Es decir que hay algunos cambios que lejos están del fin del capitalismo pero sí de una nueva mutación.

--¿Cómo evalúa este momento desde lo pedagógico, y en paralelo, cómo imagina la escuela venidera?

--Con respecto a lo que vendrá hay una incertidumbre primigenia que hace que uno tampoco pueda planificar porque no se sabe para qué lado va. La presencia inminente del coronavirus obviamente va a generar un tipo de lazo donde va a tener consecuencias directas al interior de la escuela. Ahora, si de acá a unos meses ya hay una vacuna contra el coronavirus entonces la cosa cambia, porque todos se vacunan y a la escuela, se terminó el problema. Lo que me parece es que no se puede pretender que un chico emule y reproduzca en su casa, frente a una pantalla, el tipo de productividad que se le exige en la escuela y menos el tipo de normalidad que se le exige en la escuela. Esto implica también una posibilidad de reinventarse a uno en relación al aprendizaje. También puede ser una oportunidad para recuperar algo que se vino perdiendo hace tiempo en la escuela, que es el deseo. De algún modo la situación ayuda a ese deseo por el saber, que es la base del conocimiento. Por otro lado me preocupan los docentes, sobre todo aquellos que cumplen ese doble rol a los que se le sigue exigiendo un trabajo similar al de la vida pre cuarentena pero que al mismo tiempo están en sus hogares teniendo que hacerse cargo ahora de la vida cotidiana. Ni hablar del lugar de la mujer en toda esta trama, y ni hablar del lugar de la mujer docente. No es que ya vivimos en una sociedad pospatriarcal o posproductiva.

--¿Qué otras oportunidades nos da el contexto?

--Creo que nos da oportunidades porque son situaciones límites, que son aquellas que te golpean contra una realidad enajenada y entonces hay como una especie de corrimiento de las formas en que uno se viene pensando a sí mismo. Ahí pueden presentarse oportunidades. Creo que la cuarentena más que la pandemia tiene esta dualidad: en términos de confinamiento proyectivamente para mí despierta una posibilidad muy negativa que tiene que ver con la continuidad del aislamiento social y la negación del otro; pero en términos existenciales nos movió. Se resquebrajó algo de la solidez de ese muro en el que estamos de algún modo adentrados. Tal vez sea un caso donde se den muchas más transformaciones en lo micro que en lo macro. Son tiempos para la introspección; son tiempos para repensarnos. Probablemente muchos cambiemos en la expectativa que tenemos de nuestro cotidiano y eso ya es un montón; eso también es algo revolucionario.

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Viernes, 05 Junio 2020 06:34

"Es posible reducir la semana laboral"

"Es posible reducir la semana laboral"

Entrevista a Daniel Kostzer, experto argentino en OIT

El especialista en políticas de empleo reflexiona sobre las lecciones que deja la pandemia y los cambios que pueden venir.

 

"Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa, pero en esta crisis, el ingreso universal como única medida no soluciona la necesidad de preservar los puestos de trabajo mientras permanece restringida la oferta. Por eso, para sostener el vínculo laboral, los países apuntan a distintas formas de subsidio sobre el salario. También es necesaria una expansión del crédito para la producción", explica el economista argentino Daniel Kostzer, miembro de la unidad regional de análisis económico y social de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Asia-Pacífico. Kostzer fue representante argentino en el Banco Mundial y asesor económico del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las lecciones que puede dejar la pandemia. Dice, por ejemplo, que se comprobó que se puede bajar la semana laboral. También cuenta cómo es la situación sanitaria en Bangkok, Tailandia, en donde reside hace varios años, y analiza la reacción del gobierno argentino a los desafíos económicos nacionales.

- La OIT relevó en todo el mundo las medidas de los Estados para sostener los salarios. Pero también hay advertencias porque en muchos casos se apoya a empresas que tienen capacidad propia para capear el temporal. ¿Qué piensa de este debate?

- Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa. Pero en este caso hay que preservar el vínculo laboral, porque se necesita tener a las empresas listas para salir a producir. Otro argumento de peso es que la antigüedad en el puesto laboral es un factor primordial en el aumento salarial. Si se rompe el vínculo, el trabajador pierde un activo importante. Por eso, el ingreso universal en este caso no sirve como medida única. En todo caso, puede haber un problema de ajuste en el instrumento, pero esto no implica para nada que el instrumento no sirva. Hay unos 40 países que están implementando este tipo de políticas de distinto modo. Hay algunos que subsidian directamente al salario, otros hacen postergaciones en los aportes, otros dan créditos. Pero todos apuntan a subsidiar una parte del salario o reembolsar a las empresas por los salarios pagados. En el caso argentino, el programa ATP se combinó con algo  acertado que es el crédito para pymes en función de la nómina salarial. Esta es la forma más fácil de dar crédito, porque si la empresa pagó salarios, quiere decir que tiene plata para devolver el crédito por ese monto. Es mucho mejor que analizar los balances, que sabemos que muchas veces no tienen relación con la realidad. A medida que se va reactivando la producción, va a ser más necesaria la expansión del crédito.

- ¿Cómo se viene desarrollando la cuarentena en Tailandia?

- En Tailandia la cuarentena fue bastante estricta. Cerraron oficinas, cines, restaurantes shoppings, casas de masaje, salones de belleza y otros comercios e incluso cerraron la isla de Phuket, que es un punto turístico muy importante. Los negocios abiertos no permitían el ingreso de gente al local. Estuvimos así desde el 15 de marzo hasta el 15 de mayo. A partir de ahí comenzaron a reabrir los lugares, aunque con medidas de seguridad, incluso pusieron divisores de acrílico transparentes en los restaurantes. Hay vuelos internos pero no internacionales. De todos modos, la gran mayoría de las fábricas de las afueras de las ciudades siguieron trabajando. En Tailandia, los muertos no han llegado a 60 por una serie de factores. Primero, el sistema de salud es muy desarrollado y hay una tradición en el uso del barbijo por un sentido de cuidado del otro. Otro factor importante es que los viejos por lo general están en el campo y la gente joven se va a trabajar a la ciudad. Con la pandemia, las ciudades se desconcentraron porque los trabajadores volvieron a las casas de sus familias en el campo. Otro elemento es que hubo un gran aprendizaje de la epidemia del SARS en 2003, que también fue rápida y masiva. Y hay confianza en los técnicos que conocen del tema, la gente no protesta, hay obediencia y un sentido budista de no provocar un mal en el otro. El caso extremo es Vietnam, donde no hubo un solo muerto por coronavirus.

- ¿En qué puede consistir esto que se llama la “nueva normalidad”?

- Es difícil saberlo porque ni siquiera estamos seguros de que no aparezcan nuevos picos de contagios. Pero un par de cosas creo que van a quedar más claras que antes. La primera es que el tema de la salud pública trasciende a las clases sociales: si bien no es lo mismo estar en cuarentena en un country o en la Villa 31, el virus ataca de manera indiscriminada. Y por más plata que tengas, una parte de tu salud depende de la salud pública. Otro aprendizaje radica en que se puede llevar a cabo una enorme cantidad de tareas sin que el trabajador esté ocho horas marcando tarjeta. El trabajo a distancia funciona en muchos casos y la reducción de la semana laboral es posible. También por el lado de la contaminación, esto dejó en evidencia que la intensidad del funcionamiento social tiene mucho impacto ambiental. Quedó claro que el trabajo genera riqueza y que las finanzas son volátiles. Es indispensable replantear la tasa de ganancia injustificada de los negocios financieros. Mientras el capital financiero tenga 15 puntos de ganancia y el capital productivo tenga de 3 a 5 será muy difícil producir. Siempre pongo el ejemplo del almacenero, que paga 20 mil pesos de alquiler en base a determinado valor del inmueble. Si el día de mañana ese inmueble se valorizó por la evolución de las finanzas y del real estate, ese almacenero va a tener que pagar más alquiler y va a caer su propia tasa de ganancia. Es preferible que el local pierda algo de su valor financiero y que no se perjudique a la producción. Algo de eso va a tener que pasar con los bienes de consumo masivo.

Publicado enSociedad
Miércoles, 03 Junio 2020 06:20

¿Ha empezado el fin de la globalización?

¿Ha empezado el fin de la globalización?

Una de las expresiones de la crisis económica de 2020 es una cierta disfunción de los mercados globales. Sin embargo, todavía no se puede afirmar que estemos en un ciclo claro de desglobalización, aunque esto sucederá inevitablemente más pronto que tarde.

 

La globalización de la actividad económica no está pasando sus mejores momentos, pero no se puede afirmar que estemos en un escenario de desglobalizacion, al menos todavía. Esto no es solo consecuencia de la pandemia de covid-19, sino que en 2019 la economía y el comercio mundial ya se estaban desacelerando.

Veámoslo con tres indicadores. El Baltic Dry Index evalúa los fletes marítimos de carga a granel seca. Su disminución indica un descenso del trasiego internacional de mercancías. Se observa una caída muy importante del indicador desde principios de siglo, pero sus niveles se sitúan solo ligeramente por debajo de los existentes a finales de siglo XX.

El segundo indicador son las cadenas de valor globales. Una cadena de valor es el conjunto de actividades necesarias para la comercialización de un bien o servicio. Incluye la obtención de materias primas, su transformación en bienes, el diseño de ese proceso o la comercialización. Al hablar de global, la referencia se centra en aquellas transnacionalizadas. Entre las cadenas de valor globales se pueden distinguir varias tipologías, que son las que se muestran en la gráfica, pero que ahora no hace falta abordar. Se puede observar como el grueso de los intercambios comerciales son en el ámbito estatal. Las cadenas globales de valor han ido ganando terreno en las últimas décadas a las domésticas, aunque en los últimos años este proceso parece frenarse.

El último indicador es el volumen de exportaciones a nivel mundial respecto a la existente en 2000. En este caso, la evolución es todavía al alza, aunque los datos de 2020 mostrarán una bajada considerable. Durante el parón económico por la crisis de covid-19, el comercio global ha descendido un 3% y se proyecta una caída mayor en los próximos meses.

En la globalización capitalista hay tres nodos principales: China como gran exportador neto de bienes y de capital, EE UU como gran importador neto y la UE con una estructura más mixta. Cada nodo está siguiendo estrategias distintas.

EE UU parece ir abrazando políticas proteccionistas de mano de la administración Trump, donde la guerra comercial con China o la marcha atrás con la firma de distintos tratados de libre comercio —el primero, el TTIP con la UE— son un ejemplo paradigmático. Para entender este giro respecto a las administraciones precedentes es necesario contemplar tres factores.

El primero es que su objetivo central no es defender al proletariado industrial estadounidense que se ha visto golpeado por la globalización. El Gobierno de Trump responde a los intereses de una parte del capital estadounidense cuando ha puesto en marcha una serie de políticas proteccionistas. Ese capital, que antaño fue capaz de controlar las cadenas de valor global, ha ido perdiendo competitividad respecto, sobre todo, al capital chino. Así, entre las 500 mayores empresas del mundo ya hay casi tantas chinas como estadounidenses. De hecho, la crisis ha mostrado que China tiene un papel más relevante en la producción global, el comercio, el turismo y los mercados de materias primarios.

El segundo factor es que EE UU es el único bloque que se puede permitir avanzar en una cierta desconexión global, pues tiene una fuerte base de consumo interno, y una importante riqueza mineral y energética. Por ello, en esta estrategia la independencia energética desempeña un papel determinante y son notables sus desesperados intentos por reactivar la moribunda industria petrolera.

El último elemento que se debe considerar al analizar la política de EE UU es que, en realidad, también está intentando defender los intereses del capital estadounidense que es competitivo a nivel internacional.

De manera más profunda, el nivel de interconexión, de producción —y por lo tanto de necesidad de mercados donde venderla—, y de consumo material y energético para sostener esta producción es tal que ninguna potencia se puede permitir una desconexión de los mercados globales significativa sin comprometer la reproducción de su capital nacional.

Por ejemplo, la batalla comercial de EE UU subiendo los aranceles a la importación de acero y aluminio al final ha llevado a la firma de un acuerdo comercial en “fase 1” con China. En él, el gigante asiático se comprometió a aumentar sus importaciones de energía, bienes agrícolas, bienes manufacturados y servicios relacionados a la propiedad intelectual de EE UU por lo menos en 200 mil millones de dólares hasta 2022. Por su parte, EE UU eliminará barreras arancelarias a la importación de productos chinos. Otros dos ejemplos son que se han retomado las conversaciones entre EE UU y la UE para un tratado transatlático tras el fallido TTIP y que se van a iniciar conversaciones para un acuerdo comercial EE UU-Reino Unido.

El caso de la UE y de China es distinto. Para empezar, ambos tienen una dependencia muy fuerte de la importación de materia y energía para mantener su actividad económica, especialmente la UE. Esto les obliga a realizar una agresiva política de reforzamiento de las cadenas económicas globales. Además, en la medida que la economía china —y la europea en menor sentido— sigue articulándose a través de la exportación, también necesitan de esa globalización. Aunque China está formando una clase media consumista en los últimos lustros, sus niveles de demanda están lejos de poder sostener su ingente producción.

En este sentido, la Comisión Europea ha asegurado que la estrategia de ser “autosuficientes” es irreal por la alta dependencia de las cadenas globales de valor. En consonancia, la UE mantiene actualmente negociaciones comerciales y/o de inversiones con territorios como Nueva Zelanda, Australia, Chile, China, Mercosur, Reino Unido, EE UU, Japón, Indonesia, México, Marruecos y Vietnam. 

En lo que respecta a China, también tiene abiertas negociaciones para cerrar nuevos tratados de comercio y de inversiones, pero lo más relevante es la Nueva Iniciativa de la Ruta de la Seda. Se trata de un plan de expansión económica liderado por China y del cual ya son parte más de 136 países. Esta iniciativa consta de cinco programas: conectividad de infraestructuras, coordinación de políticas —para evitar barreras al comercio—, medidas para el aumento del flujo comercial y de inversiones, integración financiera —de la moneda china— y actividades culturales —para sostener un apoyo popular al proyecto—. Es como el Plan Marshall para globalizar el capital chino.

El balance de todo esto parece ser una fortaleza todavía notable de la globalización. Sin embargo, es muy relevante prestar atención a las señales desglobalizadoras.

Desglobalización

El actual sistema de producción y consumo globalizado está herido de muerte. Detrás hay varios factores. En primer lugar, estamos viviendo ya el pico del petróleo, ese momento histórico en el que el crudo disponible empieza a menguar. El mayor uso del petróleo es para el sector del transporte, donde es insustituible si se quiere mantener un trasiego de grandes volúmenes, a largas distancias, en tiempos cortos. Es importante subrayar que las renovables no pueden sostener la globalización. Dentro del sector del transporte, hay distintos combustibles que se usan. Destacan el diésel para el transporte de mercancías por carretera y el fueloil para barcos. Ambos parecen haber atravesado ya su cénit de disponibilidad. Esto, más pronto que tarde, terminará incidiendo sobre la viabilidad de sostener los actuales volúmenes de transporte global.

El comercio internacional también requiere de medios financieros. Se basa en la interconexión bancaria, que es la que respalda las operaciones. Por ejemplo, el 90% de los envíos internacionales se abonan con las letras de crédito. En 2008, después de la quiebra de Lehman Brothers y la contracción del crédito posterior, los bancos retiraron ese financiamiento, lo que fue determinante en la caída del 93% del Baltic Dry Index. En un escenario financiero como el actual, en el que la deuda crece más rápido que el PIB, y por lo tanto sus burbujas son cada vez mayores, las crisis financieras repetidas están servidas. La deuda mundial alcanzó el 322% del PIB global en 2019.

La alta interconexión de todo el sistema supone que no hace falta que caigan todos los nodos; con que lo hagan algunos estratégicos, el desabastecimiento se transmite al resto. El sector de la energía es un ejemplo ilustrativo. Actualmente, las empresas petroleras tienen graves problemas financieros, especialmente las especializadas en fractura hidráulica. Esto genera una menor capacidad extractiva, más allá de la que ya están marcando los límites de disponibilidad geológica. El círculo se cierra al saber que el PIB mundial tiene una correlación lineal con el consumo de energía y que este es fundamentalmente de hidrocarburos.

Para que funcione una economía globalizada no solo hace falta crédito y energía. También infraestructuras. Los costes de mantenimiento de estas —fibra óptica, gaseoductos, superpuertos, autopistas, refinerías, etc.— se irán haciendo cada vez mayores conforme se reduzca el flujo de energía, se dificulte el crédito, vaya disminuyendo el comercio mundial del que dependen para sus reparaciones y se pierda economía de escala. Su coste no es pequeño y puede rondar el 3% del PNB mundial.

En un escenario como el vigente, en el que la reproducción del capital se está viendo comprometida, la competencia se refuerza. El mundo empresarial, para aumentar su capacidad de sobrevivir, recurrirá todavía más al respaldo de los Estados en los que se sitúan sus casas matrices, lo que se traducirá inevitablemente en políticas proteccionistas.

Las guerras comerciales no tendrán solo un formato arancelario. De hecho, no lo tienen ya en la actualidad. Así, es probable que la emisión masiva de dinero no responda solo a dar liquidez a las empresas en apuros, sino a devaluar la divisa controlada por el banco central de turno y con ello abaratar las exportaciones. Además, esto permitiría rebajar la deuda soberana —aunque esta es una estrategia arriesgada para EE UU, porque resta atractivo a su moneda y puede limitar la entrada de capital extranjero—.

Pero, como dijimos, las economías de todos los bloques han tomado una dimensión tan grande que no pueden proveerse de la materias primas necesarias ni dar salida a su producción solo a nivel doméstico. Por ello, estas medidas proteccionistas requerirán de una apropiación de recursos globales, lo que las hará venir acompañadas de un nuevo imperialismo. En resumen, los Trump tienen futuro.

Sin embargo, esta opción, desde la mirada del capitalismo global, parece nefasta. Por ejemplo, minaría el poder de China y, con él, el de sostener el déficit de EE UU. Si este tipo de políticas fueron desastrosas para la economía en la Gran Depresión y empujaron hacia la II Guerra Mundial, no es de esperar que lo vayan a ser menos ahora en una economía que depende más de la interconexión.

De este modo, el proceso de desglobalización es más probable que sea por la fuerza —choque con los límites ambientales y, si se produjesen, fruto de fuertes luchas sociales— y no tanto bajo la dirección del capital nacional —sobre todo chino y europeo— y, mucho menos, el internacional. En 2020 estamos experimentando esta desglobalización fruto del choque con los límites ambientales: la pandemia de covid-19 que ha ralentizado el comercio mundial está relacionada con la destrucción ecosistémica.

 

Por,

Luis González Reyes 

@luisglezreyes

Lucía Bárcena

@Luciabarce

3 jun 2020 06:00

Publicado enEconomía
Miércoles, 03 Junio 2020 06:11

El Estado como contra-revolución

El Estado como contra-revolución

El tema del Estado ha dividido diferentes movimientos revolucionarios como el anarquismo o el comunismo. La organización de la sociedad podría tomar formas diferentes pero debe estar ligada a la sociedad, a la historia, a la naturaleza y a la revolución de las mujeres. Esto requiere no sólo un rechazo al Estado sino a sus pilares y lo que representa, a su mentalidad e ideario, a la búsqueda de alternativas, a la aceptación de una organización basada en la autoridad natural.

 

“Los aparatos del Estado y del poder pueden tener estrategias y tácticas, pero en el sentido verdadero no tienen política. En cualquier caso, el poder y el Estado solo existen cuando la negación de la política está asegurada. Todo poder y todos los Estados representan la congelación de la razón. La fuerza de ambos y sus debilidades vienen de esa cualidad. Así, las esferas del poder y del Estado no son campos donde buscar o encontrar la Libertad.”

Rebêr Apo (Abdullah Öcalan), Sociología de la Libertad

Las bases de nuestra ética, de la escritura, cultura, agricultura, la conformación de la sociedad en sí y las bases que mantienen la vida, la resistencia y la supervivencia social se crearón durante la revolución neolítica, que fue la primera revolución de las mujeres (en el período de hace 10.000 a 5.000 años). Estas bases sólo se pudieron construir en una sociedad colectiva, sin jerarquías (aunque sí con la autoridad natural de mujeres, madres y ancianas), y basada en el enlace con la naturaleza. La aparición del patriarcado supuso un cambio de la sociedad matriarcal, es decir gestionada por los valores de las madres de los clanes, hacia la orden o imposición de la ley del hombre dominante.

El Estado no es solo una manera de organizar la sociedad. ¿Cuál es el alma del Estado? ¿Qué tipo de personalidad crea? El Estado es una manera de pensar, genera emoción, acción y cambio. No puede sólo medirse según las instituciones que representa. Esta medida en sí misma es producto de una mente conquistada por el Estado, que lo divide todo en partes. La humanidad era un todo, creía en la Diosa Madre como unidad de todo aquello que existe en el planeta. Ella fue partida en pedazos hasta derivar en la construcción de las religiones monoteístas y el desarrollo de nuevos dioses como el dinero. La primera interpretación de ello la encontramos en la mitología babilónica, hace unos 3.500 años, con el asesinato de la diosa Tiamat por su hijo Marduk. La diosa fue partida en pedazos y de su muerte se originó el mundo. Es la expresión del desarrollo del patriarcado que había comenzado unos 500 años antes. Todo ello sentó las bases de la aparición de las ciudades y del Estado mismo, esclavizando a la mujer hasta hoy en día.

Un Estado también suplanta las autoridades naturales, que normalmente eran dadas a las madres por parte de la sociedad. El Estado crea divisiones y se levanta sobre una base jerárquica que no hemos sido capaces de superar como sociedad, por su composición misma que va en contra de la naturaleza humana. Nuestro objetivo como revolucionarias es buscar una alternativa al Estado. Entender el Estado como historia, cómo algo más allá de un paso organizativo, como algo que se ha impuesto en el corazón de cada una y que ha creado la familia nuclear que impide nuestro desarollo colectivo, es clave.

Para comprender algo debemos estudiar su historia. El Estado es la legitimización del patriarcado y del capitalismo porque el alma, mente y lógica de sus instituciones se construyeron sobre esos cimientos. ¿Qué significa el capitalismo para países colonizados? El capitalismo funciona a nivel global, ¿cómo se construye un Estado sin capitalismo cuando es esta su base? ¿a qué nos referimos pues con Estado? ¿Qué tipo de sociedad necesita un Estado? La creación de un Estado en nombre del socialismo y de la libertad es una concepción errónea. Tampoco ha de nacer un Estado únicamente de la destrucción de otro, siguiendo con la rueda de la que la humanidad debe de salir. Esta rueda sobre la que corremos, como ratones encerrados, nos ha mareado tanto que lo que hay fuera de ella ya no podemos vislumbrarlo bien.

La necesidad de la implementación del Estado como fase social vislumbra un entendimiento de la historia lineal y determinista. Un hecho determina el siguiente. Para construir una revolución, la historia y la realidad se miden a través del desarrollo de la ética y procesos sociales que se mueven como el agua, que forman una espiral sobre la cual el poder patriarcal trazó una línea recta. Con esta línea se determinan los procesos históricos según los medios de producción. Es una visión material de lo que significa la inmensidad de la vida y la existencia.

La medida del paso de la vida es altamente compleja y debe de ser redifinida desde la perspectiva de la liberación de las mujeres. Y para ello hay que desenterrar la realidad de las resistencias para cambiar la manera en la que la humanidad y la sociedad se identifican a sí mismas. Tarîx significa historia en árabe, significa la “ciencia de las estrellas (del espacio) y del tiempo”, es decir la ciencia del universo, con el cual estamos conectadas, nuestro mundo material es sólo una parte. Rebêr Apo explica en su libro Sociología de la Libertad que “la energía es libertad. Creo que la partícula material es la prisión de un paquete de energía”. No podremos alcanzar la libertad definíendonos por el mundo material. Esto deberá extenderse a todos los planos de la existencia humana.

Debemos superar la idea de crear un Estado que han querido muchos pueblos en lucha. Cada pueblo del mundo tiene una necesidad de organización y de recuperar su nación como identidad colectiva. No podemos basar la libertad sin liberar a todos los pueblos, lo que une todas estas luchas no es una necesidad de un Estado propio, sino una necesidad de organización colectiva basada en la diversidad. El Estado es una forma de centralidad el poder. Esto puede verse a pequeña o gran escala. Los movimientos que lucha por la libertad no deben dejarse absorber por la lógica del Estado. Aquí en Kurdistán, tras un análisis exhaustivo de la situación del pueblo kurdo, hubo un cambio de paradigma en 1999. Este cambio de paradigma llevó consigo la priorización del confederalismo democrático y un gran rechazo al Estado, implementando la lucha de las mujeres como eje central junto con la ecología. Estas ideas están totalmente ligadas entre sí. Son la continuación de los valores de la sociedad natural que sigue existiendo, y la lucha contra toda forma de opresión.

El tema del Estado ha dividido diferentes movimientos revolucionarios como el anarquismo o el comunismo. La organización de la sociedad podría tomar formas diferentes pero debe estar ligada a la sociedad, a la historia, a la naturaleza y a la revolución de las mujeres. Esto requiere no sólo un rechazo al Estado sino a sus pilares y lo que representa, a su mentalidad e ideario, a la búsqueda de alternativas, a la aceptación de una organización basada en la autoridad natural.

La lucha de las mujeres también es una lucha contra el Estado por el poder que este representa. La lucha de las mujeres es la lucha por la libertad colectiva, basada en la defensa de la identidad de cada nación y pueblo, de cada territorio y su cultura. Para ello hay que garantizar una organización mundial que no deje hueco para las dictaduras ni para el fascismo. Una organización desde las comunas que se modere a sí misma es necesaria para que la sociedad crezca en libertad y diversidad de manera permanente, que no deje lugar a repetir los errores del pasado.

La palabra revolución viene del latín revolutio, que significa “dar la vuelta, volver, revolver”. ¿A qué lugar se estában refiriendo? La palabra más antigua para libertad es la palabra sumeria amargi, que significa “volver a la madre” (a los valores matriarcales). Es en la sociedad pre-estatista y pre-patriarcal donde encontramos la verdadera raíz de la cuál nace la libertad. Este proceso de vuelta es lo que llamamos revolución. El reto ahora es buscar nuestra identidad perdida teniendo en cuenta la historia que ya nos ha ocurrido. Nuestra revolución es una lucha constante de cada día para, usando la lógica ancestral, adaptar la lucha a nuestro tiempo.

Por Celine de la Filia

2 jun 2020 20:12

Publicado enPolítica
Después del covid: ¿la era posthumanista?

Estos tiempos de pandemia nos invitan a superar el Humanismo construido sobre la deshumanización de la mayoría y la explotación de la naturaleza. Exploramos cómo debería ser una era posthumanista.

 

Abrumados por la peor pandemia de la historia contemporánea, urge priorizar las reflexiones sobre la fragilidad conceptual y el proselitismo que han venido caracterizando nuestra comprensión del Humanismo. Retomando la propuesta de Ngugi Wa Thiong’o acerca “de romper las fronteras mentales, para distribuir los centros de poder del mundo y descomponer la hegemonía cultural”, este texto propone “reforzar los cimientos” de lo relacional en la humanidad. El triunfo del capitalismo ha fulminado las tibias asunciones de los tan cuestionables valores del “universalismo de sobrevuelo” cuyo éxito ha engendrado una desconexión entre los seres humanos y la naturaleza.

Ya se ha esfumado la esperanza de alcanzar el ideal de “Superhombre” que Nietzsche profetizó. Puede que “hayamos matado a Dios” pero la ambición de ocupar su lugar nos ha vuelto seres esquizofrénicos y autodestructivos. Es desolador constatar cómo el ser humano sigue agarrándose a esa fe en una humanidad arraigada a una divinidad sin Dios. Nuestro planeta está poblado por hombres y mujeres “libres”, con moral esclava, que exigen una superioridad racional incrustada en el dualismo platónico. ¿Podemos argumentar que Nietzsche se equivocó? Sea como fuere, ese “nuevo hombre” se construye en los laboratorios biotecnológicos antes de convertirse en un producto de los think-tank de las empresas bursátiles.

La pandemia está sacudiendo a la humanidad, inundando de pánico hasta nuestros sueños, algo obvio por otra parte. Pero, debemos reconocerlo, hace tiempo que vivimos corriendo como “pollos sin cabeza”. Quizás ahora acabemos percatándonos de nuestra vulnerabilidad. Pero, mientras eso sucede, nuestra vulnerabilidad ya está siendo rentabilizada a través del sometimiento masivo a experimentos psicosociales de monitoreo de nuestras actitudes conductuales, los cuales se convertirán en usuales. La privación o la limitación de las libertades será una condición necesaria para el éxito de las futuras políticas públicas y las dinámicas productivas. El confinamiento es solo un protocolo más en la homologación de la optimización y del “uso racionalizado” de la materia prima en la que se ha convertido el ser humano. Engullidos por el fetichismo tecnológico ¿podemos pensar que estamos viviendo la última fase del proceso de cosificación del hombre?

La tecnología es, hoy en día, una de las mejores garantías para cualquier operación de formateo en masa de la población mundial. Somos manipulables en masa, maltratables en masa y la mera presencia de una cola de cometa puede perturbar nuestra conducta. Nuestra vulnerabilidad es, y será, de ahora en adelante, el principal foco de los planes estratégicos para el control de la humanidad. Ahora que sabemos que podemos morir de cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier forma y en cualquier lugar, no es necesario intervenir para matar a unos para que otros vivan mejor. La “autorregulación de la muerte” es una realidad de los nuevos tiempos. Aquello que mata a un chino, mata a un estadounidense, a un italiano, a un español, a un senegalés o a un burkinés. Ya no vale la “hipermasculinidad” ni el narcisismo nacionalista de los dirigentes del primer, segundo o tercer mundo.

Hemos dejado atrás las gripes “regionales”. La muerte se ha impuesto en el pulso contra la “mano invisible” de las teorías del libre mercado. No hay contención por muy altos que sean los muros construidos para protegerse de amenazas externas. La vida y la muerte son meras variables en un empirismo excesivo al servicio del control de la humanidad. ¿Podemos decir que el humanismo universalista se ha cumplido, por fin? Antes de formular cualquier respuesta, debemos reconocer la necesidad de superar el proselitismo ideológico que ha agotado toda posibilidad de explorar la complejidad de las relaciones humanas y la salvación de nuestra especie.

Sin embargo, no hemos resuelto aún el enigma sobre la idea y el significado de la humanidad. De modo que podemos preguntarnos si somos todos igual de humanos o algunos lo son menos que otros. Esta pregunta persistirá mientras se nos siga planteando la realidad de nuestras relaciones como problemática. ¿No es esta percepción absurda del ser humano y del mundo que nos ha enjaulado en una burbuja de competición? La mera idea del peligro de la muerte es suficiente para infundirnos miedo, condicionando así nuestros hábitos comunicacionales y nuestra red relacional. Rechazar la alteridad es hoy más eficaz a la hora de fomentar la producción y la acumulación del capital. Sentimos que somos más humanos porque poseemos más que los otros, porque podemos imponer nuestra visión del mundo y nuestra moral a los otros. Aun así, la desgracia de la humanidad va emparejada al ideal del progreso y la acumulación. No basta solo con producir y seguir acumulando sino que debemos ser los primeros.

Por doquier se nos dice que tenemos que correr más y volar cada vez más alto para progresar. Los más avispados en esta interminable carrera inventan artimañas de todo tipo para apropiarse de la naturaleza y revindicar su derecho de propiedad sobre la tierra, el aire, el agua y el fuego. Todo se resume a un juego de suma cero y la elección racional: “donde tú ganas, yo pierdo”. Es la disrupción total y radical de la interacción entre los humanos. Hombres y mujeres, estamos todos atrapados en la máquina de hilar de la dictadura del capital. Mercado libre o globalización son algunos de los conceptos acuñados con aparente magnanimidad para justificar la “desechabilidad” de las personas, derivada de su improductividad.

¿El Humanismo está agotado? Una respuesta afirmativa sería una señal de avance. No obstante, debemos preguntarnos sobre las asunciones de nuestro ideal de humano en un mundo globalizado. La globalización consistió en la normalización de las formas más violentas de apropiación y las desigualdades generadas por la mercantilización de las interacciones y de la naturaleza. Puesto que el ser humano se ha proclamado dueño de la naturaleza, era lógico que el Estado tomara posesión de la vida y de la muerte del mismo. La biopolítica de Michel Foucault combinada con la necropolítica de Achille Mbembe conforman las dos caras de la misma moneda. El estado de excepción o de alarma es el poder difuso e inmaculado que se vuelve evidente, palpable y aceptado.

Pandemia y posthumanismo

¿Y si el fin próximo de la pandemia anuncia la era del posthumanismo? Superar la hiperobotización de nuestras vidas y la asunción de la condición material de las personas requiere repensar la posibilidad del posthumanismo. La disertación de Rosi Braidotti en The Posthuman nos proporciona sólidos argumentos para rechazar o al menos dudar del humanismo universalista, resultante del todopoderoso pensamiento occidental. Desde el ideal del humano introducido por Protágoras, el modelo y la representación del ser humano invitado por Leonardo Da Vinci, la idea del humano idealizado por la Ilustración, hasta la narrativa del romanticismo italiano, Braidotti realiza una importante y profunda revisión bibliográfica para argumentar que la icónica representación de lo humano se articula alrededor de la doctrina biológica y discursiva de la moralidad encapsulada en el ordenamiento de la moral judeo-cristiana y la superioridad racional del hombre occidental.

Hasta los pensadores europeos “más objetivos” han magnificado la ecuanimidad humana que justifica, según ellos, la centralidad de Occidente. En Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Edmond Husserl no dudó en afirmar que Europa no era solo una localización geográfica, sino un atributo universal de lo humano que se podía expandir y cuya cualidad se podía exportar al resto del mundo. En realidad, el humanismo de Husserl no se diferencia mucho del supremacismo de pensadores europeos como Athur de Gobineau (s. XIX) o Francisco de Vitoria (s. XV). En Ensayo sobre las desigualdades de las razas, Gobineau afirma que la desigualdad racial es un mecanismo estabilizador de una sociedad antes de concluir que la raza área es superior a las otras razas humanas. Mientras que Francisco de Vitoria, al introducir su ius gentium, argumentaba que la superioridad de los españoles sobre los indios implicaba una obligación moral de los primeros a “civilizar” y “socorrer” a los segundos, es decir, a colonizarlos.

Siguiendo la teoría de Edward Said en Orientalismo podemos afirmar que el humanismo universal hegemónico construye una humanidad excluyente que no contempla la humanidad de los otros pueblos en condiciones de igualdad. Es la crítica de esta dicotomía humanista eurocéntrica que conduce a Braidotti a señalar que la “humanidad no occidental” ha sido víctima de “exclusiones letales y de fatales descalificaciones”. Contra esta concepción disruptiva de las relaciones humanas y del mundo, Jacques Derrida nos ofreció su excelente propuesta de “deconstrucción”.

Un breve recorrido por los recientes acontecimientos nos desvela que la humanidad sigue estando atravesada por la construcción eurocéntrica de la humanidad del hombre blanco. Admitamos que son considerados humanos los defensores de ideas descabelladas como la de aniquilar a parte de la población del mundo (en especial la de los países pobres) a beneficio de la sostenibilidad de los privilegios del “primer mundo”. Reconozcamos que son humanos los partidarios de ensayar vacunas a costa de las muertes africanas. Asumamos que son humanos los verdugos de las poblaciones colonizadas en nombre de las ideologías supremacistas y racistas. Por todo ello, no deberíamos de tener temor al expresar nuestra repugnancia por un humanismo universalista decimonónico y eurocéntrico.

Es necesario e imperioso apostar por la renovación conceptual del significado de la vida de los seres humanos. En base a las relaciones que construimos debemos ser capaces de superar la fragilidad conceptual y el proselitismo que ha deformado nuestro ideal sobre “ser y estar en el mundo”. Apegado al pensamiento de tres influyentes filósofos: el francés Henri Bergson, el pakistaní Muhammad Iqbal y el senegalés Leopold Sedar Senghor, Souleymane Bachir Diagne nos propone desconectar de sus orígenes a las culturas, las religiones, las lenguas y el pensamiento que los engloban, para renovar nuestras miradas del mundo y crear nuevos espacios para una nueva civilización, una nueva humanidad: ¿el posthumanismo?

Las contribuciones de Bachir Diagne nos ayudan a superar la fragilidad conceptual, el dogmatismo y la debilidad de las ideologías nacionalistas que han dominado nuestra construcción del humano. Es el momento de “deconstruir” los esquemas mentales que fecundaron y empoderaron al humanismo universalista. Superar el “humanismo de trincheras” pasa, necesariamente, por mirar la alteridad con más respeto, empatía y reconocimiento de las diferencias. Ir más allá del humanismo del patriarcado blanco es posible si nos replanteamos seriamente la dualidad moral que caracteriza la condición humana hegemónica.

El salto hacia la condición posthumana empezará con la afirmación de nuestras particularidades para emprender el camino de vuelta hacia nuestros “microespacios” desde el globalizado y mercantilizado mundo. Lejos del ideal supermasculinizado de la humanidad, debemos reconocer los límites de nuestra capacidad racional, nuestra inteligencia (incluida la artificial) y, de ahí, asumir que la diversidad de nuestra especie es una realidad inherente a nuestras condiciones de vida. Solo así podremos respetar la naturaleza y crear las condiciones para alcanzar el posthumanismo.

Por Saiba Bayo

Politólogo y filósofo

2 jun 2020 10:00

Publicado enSociedad