Lunes, 04 Mayo 2020 06:35

Leones

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Quinta Avenida, no tienen visitas desde que comenzó la pandemia del Covid-19. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, cualidades que, según él, necesitaba todo neoyorquino para aguantar aquella crisis; lo mismo se requiere ahora.Foto La Jornada

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la gloriosa Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta Avenida no tienen visitas desde que se implementaron las medidas contra la pandemia. Han sido testigos de tanto desde 1911 –desfiles, protestas, el espectáculo cotidiano en el centro de Manhattan–, pero nada como esto, un silencio sin precedente de una ciudad clausurada. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, las cualidades que él decía necesitaba todo neoyorquino para aguantar esa crisis.

Pero en ese tiempo había un presidente llamado Franklin D. Roosevelt, movimientos sociales poderosos, partidos como el comunista y el socialista con gran capacidad de organización (de donde brotaron los conceptos de seguro de desempleo y seguro social que desde entonces forman parte fundamental de lo que queda del estado de bienestar hoy día). Hoy, en lugar de un FDR, está el gobierno corrupto y peligroso de Trump, un movimiento laboral en el punto mas débil de su historia (aunque hay señales de un posible renacimiento) y un partido de oposición, el Demócrata, que ha sido en parte cómplice del desastre con un candidato poco audaz. No es consolación que la pandemia comprobó que los herederos de los movimientos de los años 30 y de la agenda liberal de Roosevelt –Bernie Sanders y un poco Elizabeth Warren– tenían razón de que se requiere de una "revolución política" que recupere la democracia para 99 por ciento, incluyendo a los inmigrantes, y definir la salud, y acceso a ella, como un derecho humano.

Sanders escribió la semana pasada: "somos el país más rico en la historia del mundo, pero en tiempos de desigualdad masiva de ingreso y riqueza, esa realidad importa poco para la mitad del país que vive de quincena en quincena, los 40 millones en pobreza, los 87 millones que no tienen seguro de salud o uno insuficiente, y medio millón de personas sin techo". En el artículo, publicado en el New York Times, señala que el país no cuenta en verdad con "un sistema" de salud, que ese sector es un negocio que en medio de la pandemia está despidiendo a miles de trabajadores, médicos, entre otras cosas. Tal vez lo positivo de esta crisis, afirmó, es que está provocando a que muchos cuestionen los fundamentos del "sistema de valores estadunidense".

El reverendo William Barber, coordinador de la Campaña de los Pobres, comentó que “la enfermedad subyacente… es la pobreza, la cual estaba matando a casi 700 de nosotros cada día en el país más rico del mundo, mucho antes de que alguien supiera del Covid-19”.

Noam Chomsky reiteró que "Estados Unidos con Trump es un Estado fallido que representa un peligro serio para el mundo". En una entrevista reciente, señala que este país cumple con la definición técnica de un Estado fallido: uno que ha demostrado su incapacidad para atender las necesidades mas básicas de su población.

“Por más de dos siglos, Estados Unidos ha generado una amplia gama de sentimientos en el resto del mundo: amor y odio, temor y esperanza, envidia y desdén, asombro e ira. Pero hay una emoción que nunca había sido dirigida a Estados Unidos hasta ahora: lástima… El país que Trump prometió hacer grande otra vez nunca en su historia ha parecido tan lamentable”, escribió Finlan O’Toole en el Irish Times.

El factor fundamental en esta doble crisis, pandemia y economía, es la agenda neoliberal de las últimas cuatro décadas que fomentó la peor desigualdad económica en casi un siglo (https://www.federalreserve.gov/ releases/z1/dataviz/dfa/distribute/ table/#quarter:121;series:Net%20worth;demographic: networth;population:all;units:shares). Con el poder político que esto implica, en otros países eso se llama "plutocracia".

Sí. paciencia y fortaleza son necesarios para aguantar este desastre. Pero también se necesita que los leones acostados convoquen a sus admiradores a ponerse de pie para transformar esta crisis y poner fin de la pesadilla neoliberal.

Si uno escucha con mucha atención, entre el silencio impuesto por la cuarentena a veces se puede oír un nuevo y antiguo rugir.

https://www.youtube.com/watch?v=Gju7TxEvGc

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En occidente, más afectados por Covid-19 que en China porque se usaron herramientas equivocadas. En la imagen pruebas en Birmingham, Inglaterra.Foto Ap

El libanés-estadunidense Nassim Taleb (NT) se dio a conocer mundialmente con su célebre libro El Cisne Negro que postula un evento altamente improbable, pero que cuando ocurre tiene un impacto descomunal (https://amzn.to/2YqX59x).

NT advirtió en 2007 la pandemia que amenazaría al género humano. En entrevista al rotativo ruso RBK, NT –quien además de matemático y financiero exitoso, posee una cultura enciclopédica en el más depurado estilo de los otrora sabios medio-orientales– arremete en su estilo iconoclasta que "ciertos países occidentales" se vieron más afectados por el Covid-19 que China, debido a que usaron "herramientas equivocadas" al minimizar la ominosa pandemia.

NT se mofa de los "modelos matemáticos" que buscan "enseñarles a volar a los pájaros", y es muy crítico de los economistas convencionales que no entienden los "cisnes negros", llegando incluso a exigir la abolición de los "premios Nobel de Economía" que se equivocan demasiado.

Fustiga que "Occidente (sic) tiene una clase inusualmente fuerte de seudo-expertos (sic)" que prefirieron enfocarse a los infartos que matan a medio millón de personas al año, por lo que descuidaron la velocidad de la inédita pandemia. Comenta que la peor "tontería" fue "comparar lo que existe en las estadísticas con lo que se está desarrollando tan rápidamente que ni siquiera tenemos estadísticas fiables (sic) sobre cómo se comporta el virus. Así que usaron las herramientas equivocadas".

NT juzga que "la incomprensión (sic) de la gravedad del virus ha provocado un gran número de muertes" en "Gran Bretaña y Estados Unidos" que “actúan ahora de forma descontrolada (https://bit.ly/2KQfqov)”. El hoy investigador en matemáticas evalúa cuatro consecuencias inmediatas de la pandemia: 1. Abundará la labor digitálica a distancia que redundará en oficinas más pequeñas. A mi juicio, antes del Covid-19,la digitalización/automatización/robotización ya habían puesto en peligro el trabajo per se;

  1. El colapso de las agencias turísticas: "es poco probable que la industria del turismo se recupere: los hoteles, las agencias de viajes, donde se pueden reservar viajes, hace tiempo que perdieron sus ingresos, y la pandemia los ha matado". A mi juicio, las líneas aéreas, de por sí vapuleadas por sus accidentes tipo Boeing, se encontraban ya en serias dificultades. Quizás ahora, más que fenecer, el turismo sufrirá una metamorfosis más aséptica y de corte rural/ambiental. Aquí estoy más de acuerdo con el "colapsólogo" e ingeniero ruso-estadunidense Dmitry Orlov, quien previó la digitalización del campo bucólico y su autosuficiencia alimentaria, en detrimento de los magnos conglomerados de los rascacielos antinaturales de acero/cemento/vidrio. Considero que las grandes urbes se irán esparciendo a lugares más campestres, donde emergerán nuevos problemas que deberán ser paliados por una "nueva seguridad";
  1. La pandemia tendrá gran impacto en el consumismo: "en aislamiento, la gente deja de comprar un montón de cosas innecesarias". !Eso es una bendición!, y
  1. "Tendencia hacia el localismo: ahora la gente entiende que la calidad de vida está influenciada no sólo por el país, sino también por su ciudad en particular".

Concluye que el levantamiento de la cuarentena "no significará el fin de la epidemia. aún no está claro cómo se desarrollará, y esto se debe, en gran medida, al hecho de que no entendemos cómo funciona el virus" ni "sabemos cómo afecta éste al sistema inmunológico" y advierte que existe una "amenaza mayor en un futuro cercano que la misma pandemia": el "aumento de la resistencia bacteriana que proviene de uso común de antibióticos", mientras "surgen nuevas cepas de virus".

NT no es virólogo ni inmunólogo, pero su gran inteligencia lo lleva a prever que el restante del siglo será "biológico"; como un servidor externó hace 11 (sic) años: “con o sin el brote súbito de infecciones inéditas, el siglo XXI estaba destinado a ser eminentemente biológico (https://bit.ly/2KJqinZ)”, que arrecia con la "guerra farmacológica" entre Estados Unidos y China (https://bit.ly/3fbF7xC).

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Viernes, 01 Mayo 2020 06:31

Resiliencia o catástrofe

Resiliencia o catástrofe

Votar con nuestro consumo: Economía Social y Solidaria para superar las circunstancias traumáticas, o renormalizar una nueva crisis del sistema.

 

n junio de 2017, Slavoj Žižek (el primero en publicar un ensayo sobre la pandemia Covid19) explicó en una intervención, Lecciones del “airepocalipsis”, en el Museo Reina Sofía de Madrid, como renormalizamos las catástrofes desde hace décadas. Dando la razón a Naomi Klein, las decodificó como una forma de entender el capitalismo salvaje, que nos ponen en estado de shock para generar, a partir de ellas, otro nuevo ciclo del mismo. Una paradoja, decía, que se da por el lapsus entre el “saber” y el “creer”.

Esa, renormalización sigue una estrategia, que en una primera fase individualiza la culpa (responsabilizando, por ejemplo, a la ciudadanía del cambio climático). Incluso, comentó, que el capitalismo es aún más ingenioso apelando a la corresponsabilidad personal. En una segunda etapa, trata de mistificar las diversas crisis presentando esos procesos como algo que nos supera, ante los cuales nos sentimos diminutos, pero que no tendrán consecuencias para la vida, pues no destruyen las condiciones materiales para ella, ni rompen el equilibrio, ni son problemas estructurales del propio sistema.

Y en su tercer estadio, se testifica que el hecho traumático experimentado como la realidad, no es la realidad, si no una percepción de la misma, o suposiciones ideológicas. Proceso por el cual el hecho catastrófico tiende a desintegrase porque, además, podemos adaptarnos a él.

Alegó que en paralelo a las múltiples tragedias, emergía un nuevo tipo de subjetividad (a través de series, películas, vídeo-juegos, dibujos animados, incluso mencionó la pornografía hardcore, o los capítulos de Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade) que nos acostumbran a una muerte y renacimiento constantes, donde los hechos brutales se normalizan. Y donde se apela incluso a la inmortalidad (sacó a colación el auge de las historias de vampiros o zombies; quizás ahora mencionaría el transhumanismo), ficciones que determinan nuestra experiencia diaria, donde la realidad es paradójica y no se distingue lo virtual de lo real.

Ante una audiencia absorta, afirmó que Pokemon (muy de moda entonces) no es un juego sino una ideología, y que la ideología siempre condiciona la realidad ya que la forma en la que apreciamos la realidad no es inocente. Las expresiones del público se ensombrecieron cuando señaló que no hay libertad, ni elecciones libres, si no que elegimos entre opciones inevitables.

En esa ponencia, que tanto tiene que ver con el momento actual, abordó como el antropocentrismo hace que los seres humanos nos creamos la especie superior del planeta. Y cómo confrontarnos así con los sucesos perturbadores, desmoviliza a gran parte de la ciudadanía, perdiendo la fe, llegando a una “zona cero” desde donde reescribir un periodo aún más salvaje del capitalismo, sin entender el significado profundo de lo que ha ocurrido. Algo que, sin duda, está sucediendo también hoy.

Prácticas y narrativas para un cambio de paradigma

Ahora observamos, más diáfanamente que nunca, que en la naturaleza todo está relacionado, que su objetivo es la sostenibilidad de la vida y se alcanza a través de la cooperación entre especies. También que se regula por sí misma (si le damos un respiro) pues respeta su lógica, la de los cuidados, que es la de todos y todas.

Sin embargo, la meta de la economía actual es acumular capital y se consigue compitiendo unos contra otros. Cuanto más rico es un país, más consumen sus habitantes, y cuanto más lo hacen, mayor es su impacto en la tierra. Entre el 60 y el 80 por ciento de esos impactos provienen del consumo de los hogares, cambiar nuestros hábitos de consumo tiene un gran efecto en la huella medioambiental, pero las cuartas quintas partes de ellos no son directamente atribuibles a las personas consumidoras, sino secundarios: derivados de los modelos productivos que fabrican nuestros bienes y servicios.

Por eso, es tan importante saber qué estamos apoyando (y votando cada día) con nuestro dinero y nuestro consumo, pues consumir no deja de ser un acto político (que como el voto) pretenden que sea acrítico, emocional, compulsivo e incluso frívolo.

No seré yo quien discuta a Žižek, pero aunque las opciones escasean, las hay. Existen elecciones que no generan los “círculos viciosos” de precariedad, insostenibilidad, violencias, tensiones estructurales y contradicciones del actual sistema neoliberal, cuyo centro no es la vida, si no su lógica extractivista (de bienes o servicios comunes, trabajo, materias primas, etc.), de acumulación del capital y de maximización del beneficio por una élite, a través de unos mercados que no se regulan por sí mismos (como persiguen hacernos creer) si no que, pervirtiendo la palabra libertad, avivan ferozmente, en su nombre, la economía y sus metabolismos productivos extractivos, intensivos y especulativos, que lo mismo mundializan crisis financieras, que totalitarismos, populismos, éxodos humanos, extinciones o pandemias.

Esas otras elecciones provienen de modelos productivos y de consumo que crean “círculos virtuosos” de mayor resiliencia en las sociedades, al respetar las conexiones ecosociales e interdependencias imprescindibles para la vida. No exigen constantes sacrificios sociales, humanos, ecológicos, etc., sacralizando el crecimiento económico, ni construyen una economía suicida en un planeta de recursos finitos. La Economía Social y Solidaria (ESS) es uno de esos modelos.

La Economía Social y Solidaria como laboratorio ecosocial

Actualmente, cuando tanto se pondera la innovación social y medioambiental, resulta que la ESS se clasifica dentro esas “nuevas economías” que plantean soluciones a las disfunciones del sistema actual. Es un laboratorio vivo ecosocial que construye otras fórmulas económicas y, por tanto, una nueva realidad que no renormalice las catástrofes sino que aprenda de ellas, las evite, e incluso las prevenga.

Como periodista he podido profundizar en muchos proyectos, nacionales e internacionales, me topé con algunos antes de escribir Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), consumiendo productos agroecológicos, de comercio justo, energías renovables o finanzas éticas. Los más de tres años que me llevó la investigación de ese libro, entré en contacto con sus redes en la capital (REAS Madrid y su Mercado Social) entrevistando a algunas de sus entidades. Al concluirlo, quise formar parte (como socia-consumidora) del Mercado Social, y por una serie de azares (que esos colectivos conocen, y aún recuerdan con hilaridad) acabé teniendo un balcón privilegiado a sus órganos rectores, donde dieron acogida a consumidores y consumidoras para ampliar su riqueza representativa.

He podido conocer esas redes por dentro (algunas de sus fórmulas las recojo en mi último libro Al borde de un ataque de compras (Debate, 2019)), en ellas se han aceptado las críticas constructivas, incluso vehementes, posturas disidentes e incómodas, como una manera de aceptar la diversidad social real y entender la transformación ecosocial como un aprendizaje colectivo que no deja a nadie atrás.

Durante todos estos años he profundizado en muchos proyectos. Antes del confinamiento, durante la presentación de mi último libro en Pamplona, en Geltoki (una iniciativa de consumo y cultura pionera de la ESS), aproveché también para visitar Landare (una asociación de consumo con más de 20 años, formada por 2.000 socias y socios), además de la planta de Traperos De Emaús en Navarra, cuya labor de recuperación y reciclaje es absolutamente ejemplar. Fórmulas de éxito social, medioambiental y económico, logradas gracias al tesón colectivo, a la profesionalización y al aprendizaje constantes.

Experiencias que también han emergido fuera de nuestras fronteras, como Park Slope Food Coop, de Nueva York, con más de 17.000 miembros que lleva 45 años demostrando que otras formas de consumo son posibles, como su réplica La Louve, en París, de la que reciben mentoría los supermercados cooperativos que están emergiendo actualmente en España, que pronto serán otra realidad de la ESS.

Como llevan años siéndolo las comercializadoras de renovables (Som Energia, La Corriente y tantas otras en nuestros territorios), o las finanzas éticas: Coop57 (créditos), Oikocredit (microcréditos), Fiare (banca) o CAES (formado por Seryes y ARÇ, de seguros éticos) y los innumerables grupos y cooperativas agroecológicas de consumo de nuestro país, así como otras iniciativas en telefonía, movilidad, moda sostenible, belleza ecoética, bioconstrucción, entre otras múltiples opciones de bienes y servicios de consumo o culturales, en prácticamente todos los sectores, que también se arropan bajo este paraguas.

Una mirada puesta en el futuro común

Como todo laboratorio, la ESS tiene éxitos y fracasos, egos inflados y lecciones de humildad. He atestiguado que saca lecciones de sus luces y sus sombras. Por delante queda quizás el mayor de los retos: armonizar su trayectoria y multiplicidad, sobrevivir a esta nueva crisis consolidando y construyendo propuestas, así como narrativas para víctimas y victimarios, contribuyendo a materializar las diversas transiciones ecosociales, más necesarias que nunca.

También reducir esa paradoja, apuntada por Žižek, que causa el lapsus entre el “saber” y el “creer”. Pasar de las escala micro actuales, a otras que no desborden los límites planetarios, sin ejercer de correa de transmisión neoliberal. Seguir transformando el presente desde la pluralidad, por los objetivos comunes, con su modelo virtuoso (que como otros existentes) posibilita la sostenibilidad de la vida y no sólo la del capital.

Recuerdo que en marzo del 2019, Kois Casadevante, miembro de la cooperativa Garúa, hervidero de mentes brillantes transdisciplinares y parte de la ESS, cuando coincidimos en Barcelona en el encuentro Un futuro tras la gran crisis ecológica ¿Colapso o Justicia medioambiental? (organizado por La Maleta de Portbou y César Rendueles) explicó, con mucho cariño, que en ocasiones la EES padece el síndrome de Lilliput: “Somos un poco autocomplacientes a la hora de pensar el cambio social. Nos gusta mucho la fórmula de ‘muchos pequeños, haciendo pequeñas cosas, en muchos lugares, cambian el mundo’, que tiene gran parte de verdad, pero a veces puede ofrecer una visión demasiado simplificada del cambio ecosocial y provocar dinámicas un tanto autocomplacientes que lleguen a sesgar sus potencialidades, si no se abordan con una mirada más compleja y una vocación real de mayorías”.

En esa también sagaz intervención, Kois mencionó otro síndrome, el de Peter Pan: “Tiene que ver con cómo operativizar lo anterior. Es el temor a no querer hacerse mayor, que puede llevar a la ESS a no desear crecer en su afán de que ‘lo pequeño es hermoso’. A los proyectos y empresas nos cuesta aceptar la necesidad de crecer en tamaño, escala, impacto, facturación, etc., que a veces nos arrojan ciertos niveles de contradicción que muchos no están dispuestos a asumir”. Y apostilló entonces: “Se trata de superar estos síndromes, sin convertirnos en el Capitán Garfio”. Yo no podría haberlo dicho mejor. Feliz aniversario REAS ¡A por otros 25 años más!

Brenda Chávez es periodista especializada en consumo, sostenibilidad y cultura, autora de Al borde de un ataque de compra (Debate, 2019) y Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), miembro del colectivo femenino de periodistas de investigación sobre consumo Carro de Combate. Dirige la sección de Consumo Sostenible, Consuma Crudeza, del programa de radio Carne Cruda.

30 abr 2020 11:30

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Lunes, 27 Abril 2020 06:34

Pandemia y después

Pandemia y después

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso

Los imponderables medios, los arduos periodistas, los sabios comunicadores, los opinólogos de todo borde, las buenas conciencias de la atormentada sociedad, las autoridades del pensamiento contemporáneo, argentino y de otras partes, sostienen que esta pandemia va a darlo vuelta todo, que después de ella nada va a a ser igual, que habrá cambios radicales y sustanciales en nuestras vidas. El público lo lee o lo escucha, lo repite y lo difunde, como si el dicho fuese, una vez más, la palabra revelada.

En verdad, la gente está bastante aturdida por los hechos, por estas enfermedades misteriosas y sus muertes masivas, por estas cuarentenas y estos confinamientos, por esta avalancha de nueva y novedosa información médica, biológica, microbiológica y terapéutica, por estas prevenciones, jamás tomadas ni contempladas, por este miedo que le meten y difunden todos, y apenas si sabe bien dónde está parada y en qué país, en qué pedazo de tierra, de qué mundo.

Otras retóricas se vinculan con aquella vaticinadora, que es la que más cunde, la futurológica, sin alcanzar a ser centrales: la complotista, que desvía la ciencia según sus pareceres, ideológicos, políticos, y hace de esta pandemia un hecho deliberado, cuando no elaborado, del enemigo; la naturalista, que insiste, no sin razón, en el daño que producen al planeta la extracción, la explotación, el menoscabo, la depredación; la anti homocéntrica, que defiende una vez más al reino animal y hasta llega a sostener que esta es su reacción y su defensa. Y, en fin, las diversas charlatanerías, como las que florecen en algunas religiones y prácticas mágicas en el Brasil de Bolsonaro, y en algunos países africanos, donde según Le Monde “la grande guerre contre les hémorroïdes a laissé place à la lutte contre le coronavirus” (la gran guerra contra las hemorroides ha dejado lugar a la lucha contra el coronavirus), por parte de santones y curanderos. Pero ninguna parece tan potente y actuante como las primeras, tal vez porque lo que hacen es ocultar las otras, y hablar de un futuro en el que todo ello se haya obviado.

¿Qué es lo que va a cambiar? ¿Por qué “ya nada va a ser igual” después de esta pandemia? ¿Por qué “el mundo no va a ser el mismo”? ¿Por qué las relaciones económicas, sociales, productivas, y hasta las afectivas, no van a ser las mismas? ¿Qué producirá “el ocaso del Imperio”? ¿Qué es lo que va a transformarse, tan rotundamente? ¿Por qué esta pandemia traerá una derrota tan flagrante del capitalismo y del neoliberalismo, en la teoría y en la práctica? Frases y consignas que suelen prender con facilidad en bocas nuestras, sin que nos preguntemos, seriamente, por su significado, por su verdadera razón. ¿No habrá más ricos y pobres? ¿No habrá más clases? ¿Cambiará la esencia del sistema? (aquí y en otros lados). ¿De dónde sale esto?

Fundado en algo que suele calificarse, poco modestamente, modesta experiencia, y en lo que creo que puede ser mi conocimiento de la realidad, de la organización económica y social del mundo y de los seres humanos que lo habitan, a los que he visto comportarse a lo largo de más de siete décadas, creo, si se me permite, que van a cambiar muy pocas cosas fundamentales. Si no cede el complejo agroindustrial alimentario, que infecta el ambiente, los seres animales, vegetales y, por cierto, humanos, y los gobiernos siguen quedándose quietos como en estos últimos cincuenta años (por dar alguna fecha), que nadie espere cambios. Si continúa la contaminación a mansalva de las aguas, de los mares, del aire y de la tierra, de todos los productos vegetales y animales con que nos alimentamos; si, además, no cambia el papel de los Estados en la organización, en la atención, en el cuidado de la salud de las poblaciones, si ella sigue en manos de empresas privadas (sí que capitalistas salvajes), poco va a mejorar la condición de esa salud y su dudosa protección. Si el capitalismo, la ganancia y el individualismo siguen primando, de manera proclamada y pública, autorizada, procurada, desembozada, cómplice, sobre los distintos tipos de parciales solidaridades colectivas, poco habrá de cambios a verificar, más que en algunas áreas específicas.

Por otro lado, los sistemas políticos, así, como están, se hallan bastante cómodos en el mundo de hoy: hay derechas (liberales, financieras, supercapitalistas, hambreadoras y explotadoras), e izquierdas (contestatarias, más o menos reformistas, más o menos consecuentes). Ninguno de esos sistemas, que se vea, en lo fundamental a punto de caer. Salvo casos excepcionales (Irán, bien contradictoriamente; Venezuela, menor y tan verbalizado) conviven en el planeta sin mayores sobresaltos, y se ha visto, durante esta pandemia, una colaboración y asistencia mutuas y recíprocas que llaman la atención (de lo que no son el único ejemplo, aunque sí sumamente destacable, las brigadas cubanas).

Que me disculpen los heteredoxos, los nuevos cientistas, los muy modernos renovadores del dogma, los vigilantes del pensamiento antitotalitario y del más o menos totalitario: en tanto que haya clases, y por consiguiente lucha de clases, las cosas, pasada esta pandemia, seguirán igual (o peor). Hasta que haya un tope y al fin se junte todo, en un momento, en un período, en que los de abajo no quieran más y los de arriba no puedan más. Y todo empiece realmente a sacudirse. Mis visiones llegan hasta ahí. No soy un previsor ni un anticipador ni mucho menos un vaticinador de nuevas sociedades. Me queda demasiado grande.

27 de abril de 2020 ·

 

Por Mario Goloboff, escritor y docente universitario.

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Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Este lunes 20 de abril, a treinta días de iniciado el encierro “voluntario” en Bogotá, para el caso de Colombia, y tras más de cien días del estallido de la crisis de salud pública en China y que ha llevado al capitalismo a una desaceleración nunca imaginada, aunque sí deseada y propuesta por el ambientalismo crítico, con miles de muertos en Italia, España, Alemania, Francia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador y otros muchos países, y una evidente crisis del sistema de salud en todo el mundo producto evidente de un capitalismo depredador y anti natura, el equipo humano con asiento en Colombia y que hace posible el periódico desdeabajo, con el apoyo desinteresado de compañeras y compañeros de diversidad de países ha subido a la red global el mensaje central de la campaña: #PrimeroElSerHumano.

Desde el mismo momento en que el gobierno local bogotano tomó la decisión de enclaustrar a quienes habitan esta parte de Colombia y el mundo, con extensión posterior al gobierno nacional de este país, en desdeabajo nos cuestionamos por la pasividad con que los actores sociales recibieron la decisión oficial, destacándose de manera sorprendente el silencio que siguió a la orden, así como las actitudes individuales antes que las colectivas frente a la misma.

Por ello este llamado acude al slogan ampliado por doquier: “Quédate en casa”, pero únete y reclama #PrimeroElSerHumano. Es decir, desde un primer momento, sin llamar a la gente a que ponga en juego su vida, está la deuda con la acción común por un cambio en las circunstancias de nuestro mundo, el presente y el futuro, en el cual, con equilibrio ecológico, debemos procurar una realidad totalmente diferente a la vivida hasta ahora por el ser humano. Proceder que no puede ser individual.

Y así debe ser pues de lo contrario un efecto tal vez no consciente de lo hasta ahora mandado por el poder real en cada uno de los países en pro de controlar el Covid-19, así como en lo global, el encierro, la acción individual, el disciplinamiento, termina desmovilizando a esa misma sociedad, local y global, en su proceder por una realidad cotidiana radicalmente diferente a la hasta ahora vivida. Una reacción individual, pasiva, complaciente, que termina por legitimar el poder global y local, el mismo que ha llevado a la humanidad a la situación que hoy padece.

Pretenden con esta campaña, las mujeres y hombres que hacen posible a desdeabajo, así como todas aquellas personas que desde otros países facilitan y potencian su existencia, por tanto, que levantemos una voz común, un grito de esperanza y sueño en un futuro a favor de la humanidad y del conjunto de la naturaleza, hermanados en fraternidad y respeto por un derecho que debe ser común al conjunto de especies y formas de vida que habitamos en esta parte del universo.

Es una voz colectiva, un grito, desprendido tras una primera enseñanza evidente de esta crisis acelerada por el Covid-19: Otro mundo ¡sí es posible!, Otra democracia ¡sí es posible!, Una sociedad entre iguales ¡sí es posible!, Una sociedad fraternizada ¡sí es posible!, Una sociedad que no siga destruyendo la naturaleza ¡sí es posible!, Un mundo sin explotación a ninguna escala ¡sí es posible!

Pero para hacerlo posible, necesitamos actuar en unidad plena, sabiendo que los muchos y muchas del mundo, así como el conjunto de la naturaleza, vivimos en exclusión y negación, padeciendo las decisiones de un poder que está en manos del 1 por ciento, el mismo que concentra riqueza, poder militar, poder político, poder mediático, tierra, ciencia y tecnología, redes para el flujo incesante de sus riquezas, ahora conectadas vía financiarización del capital y de la economía global.

El Covid-19, a la par de la crisis que desató, en unos casos, y en otros, a la par de las crisis que aceleró, abrió una oportunidad para el 99 por ciento de quienes habitamos esta parte del universo, y el reto está ante todos y todas, un reto para cambiar el curso que llevamos como especie: ¡No lo desaprovechemos!

 

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Fin del interregno: hacia la sociedad digital post-Covid19

Los capitalistas new age han aprovechado la crisis sanitaria más importante del último siglo para mercantilizar cada vez más áreas de la vida mediante sus adictivas tecnologías. Sólo una estrategia socialista que coloque las infraestructuras digitales en el centro de la batalla política podrá impedirlo.

Despertemos del shock de 2008, pues ni antes y mucho menos después las tasas de rentabilidad de la industria manufacturera han alcanzado los niveles de finales de los setenta. Objetivamente, desde finales de aquella década el sistema capitalista se encuentra inmerso en una “larga crisis” de productividad. Puede que el sector financiero primero y la industria de la alta tecnología después hayan sido vendidas como soluciones a los problemas de la economía global por los profetas neoliberales que inundan los foros de Davos, pero esta cicuta no ha hecho más que abrir las puertas de los parlamentos a las fuerzas neo-fascistas.

Aceleracionismo a la inversa

En este contexto de crisis financiera y económica (afecta a la producción y al consumo) debemos comprender la tercera pata, la crisis sanitaria más grave del último siglo, una epidemia llamada “SARS-CoV-2” que ha provocado una suerte de ‘aceleracionismo a la inversa’ hacia el futuro diseñado por la clase dominante. Si bien esta epidemia ha contagiado a un 0.016 por ciento de la población mundial, un tercio de toda ella se encuentra confinada. Ello no significa que la producción, aquello que según Marx ha regido la historia desde hace siglos, se haya detenido. Ni mucho menos que la clase no poseedora haya adquirido conciencia revolucionaria, activando el freno de emergencia del que hablaba Benjamin. Es sólo que una crisis como esta, relacionada con la biopolítica (con el propio estado de la salud, moribunda para más de 110.000 cuerpos en todo el mundo), ha provocado que la epistemología neoliberal se introduzca en lo más profundo de la psique humana mediante las plataformas digitales.

En una coyuntura como esta, cuando el estado de excepción amenaza con convertirse en regla, sólo existen dos salidas políticas posibles. De un lado, que nazca un futuro completamente nuevo. Esto es, que la pregunta a cómo instituir la distribución de los recursos -así como su producción y consumo- no la responda el sistema de precios, sino una organización del conocimiento donde no existe el mercado como elemento organizador y los avances de las tecnologías digitales son empleadas para crear infraestructuras que permitan la planificación socialista de la economía.

La otra posibilidad es que el neoliberalismo muera de éxito y se libere toda la violencia del capital, una fuerza que puede ser administrada por un estado autoritario à la Occidental. Evgeny Morozov indicaba: “A menos que encontremos una alternativa, nos veremos atrapados en un triste proyecto neofascista que combina el estado de vigilancia de la derecha con un sistema de salud privatizado y americanizado dirigido por Silicon Valley".

Desde instituciones que promueven el statu quo, como el Instituto Elcano, hasta intelectuales anticapitalistas de la talla de César Rendueles se ha alertado de una amenaza similar. “La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo,” escribía este último. Si bien los estudios corroboran que en España la epidemia ha legitimado las posiciones autoritarias y la gobernanza tecnocrática, lo cierto es que esta afirmación tiene poco de intempestiva y su mero reconocimiento no contribuirá a mejorar la posición de la izquierda. Por ejemplo, hace pocos años las calles europeas se llenaron de metralletas, militarizando así las ciudades tras los atentados terroristas. Ello abrió las puertas a que la ultraderecha hiciera hegemónica su agenda anti-migratoria, como ocurrió en Holanda, uno de los países menos solidarios durante esta crisis.

Por eso, la cuestión a la que debe enfrentarse todo movimiento que tenga como objetivo último la solidaridad y alterar el rumbo del capitalismo no es tanto la manera en que los Estados recortan libertades civiles, estilo Viktor Orbán, sino cómo incrementan la vigilancia sobre los ciudadanos mediante tecnologías digitales para asegurar la supervivencia del sistema capitalista, a saber, cómo movilizan el soft-power de las firmas americanas (su rentabilidad marca los límites de dicho poder político, el cual ahora es privado) a fin de que, en palabras de Benjamin, los ciudadanos no expresen su derecho a alterar las relaciones de propiedad.

Para que la cancelación de la imaginación política (“solucionismo”, diría Morozov) se culmine con éxito se requieren varias condiciones objetivas: la primera, como la Escuela de Frankfurt defendería, debe mantenerse intacta la oferta de servicios de consumo digitales de la nueva industria cultural, a saber, la mafia Netflix-Disney; la segunda, que la fuerza de trabajo no entre en conflicto con el capital y, sobre todo, que la primera vea debilitada su posición en la lucha de clases. Grosso modo, cuando se tienen datos sobre el comportamiento de los trabajadores (cuánto ganan) y consumidores (cuánto gastan), los algoritmos de aprendizaje profundo que potencian las soluciones de inteligencia artificial pueden triangular datos, comercializarlos con todo tipo de empresas y encerrar a las personas dentro de las lógicas de la economía global. Endeudamiento, bienestar privatizado, salarios basura y pasividad social como secuela de la “vida administrada” de Adorno y Horkheimer.

Consumerismo digital como culminación de la modernidad

Hasta el momento, la mayoría de políticas establecidas por los países se han centrado en soluciones individuales, como lavarse las manos y recluirse en casa, reduciendo el concepto de comunidad a la mera ira de los balcones o a expresar solidaridad en las redes sociales. Este modelo de “panóptico carcelario”, el cual suspende las relaciones humanas para no perder el control en la actual transición sistémica, tiene lugar en una sociedad altamente conectada a internet que orienta a las personas hacia el consumo más bruto de servicios digitales. El ciudadano ilustrado no se emancipa a través de tecnologías libres, sino que se construye como consumidor mediante las plataformas de empresas privadas. De este modo, y el confinamiento marca un precedente, se normativiza la cruda existencia de los sujetos bajo el neoliberalismo, que es solitaria, egoísta y abocada a la resolución individual de sus problemas acudiendo al mercado.

Algunos datos resultan reveladores. Si la industria de la televisión experimentó un aumento del 20 por ciento en la primera semana de confinamiento en comparación con el mes anterior, el porcentaje de personas que disfrutaron de series en HBO lo hizo en un 65 por ciento. Mientras tanto, la visualización de películas se incrementó un 70 por ciento. La cifras, recogidas por la publicación The Verge, pueden variar entre Youtube, Amazon Prime o Disney (quien ha duplicado sus suscripciones desde febrero), pero la dinámica es la misma: la aerolíneas experimentan intensas bajadas en la bolsa, las plataformas en streaming cotizan al alza.

El caso más paradigmático para evidenciar la dependencia sobre estas infraestructuras es que Netflix, con un depurado algoritmo de recomendación que le granjea su ventaja competitiva, redujera significativamente su ancho de banda y la calidad del streaming en Europa (y en India) durante el mes de mayo para evitar que la infraestructura de Internet del continente falle. Facebook hizo lo mismo en América Latina.

La manera en que la ideología neoliberal contempla la modernidad entiende al ciudadano en tanto que consumidor; la acción colectiva y la vida pública, por ende, quedan restringida a hacer click en la recomendación de un algoritmo que conoce mejor que el usuario las preferencias de mercado. Como argumenta Andrea Fumagalli, la triple crisis desencadenada por la epidemia del coronavirus tiene consecuencias sociales y políticas: la “virtualización de la vida humana” y el control social. Si bien el poder coercitivo de la policía es necesario para cumplir con la “distancia social” o colocar a los cuerpos y mentes en alerta constante, el autoaislamiento sólo tiene éxito si las personas no pueden ver más allá del próximo capítulo o película. Y cuando su nivel de confianza epistémica en un mundo en crisis así como sus esperanzas y aspiraciones hacia algo mejor desaparecen, el capital puede continuar su camino hacia ninguna parte.

¡Ahora todos somos repartidores de Glovo!

Inevitablemente, una epidemia como esta ha revelado de manera aún más clara las contradicciones en la sociedad, y especialmente las de clase: mientras que los ejecutivos de Silicon Valley cancelaron sus viajes al Mobile World Congress por el peligro a ser contagiados (¡entonces, el Gobierno español negaba que fuera por cuestiones de salud!) y trabajan a remoto desde sus mansiones, los trabajadores de la mal llamada economía colaborativa recorren las calles de las ciudades satisfaciendo los caprichos de la clases medias, cada vez más empobrecidas, mientras se exponen al virus.

“Incluso de una manera superior a la habitual, los trabajadores están condenados tanto si trabajan como si no lo hacen”, sentenciaba Kim Moody refiriéndose al aumento de la pobreza. Entre las estimaciones mencionadas por el periodista destacaba que para julio se perderán 20 millones de empleos sólo en Estados Unidos. A principios de abril, 10 millones de trabajadores habían pedido el seguro de desempleo, siendo esta tasa del 13 por ciento, superior a la de la Gran Depresión de 1930. Claro que entonces no existían sistemas digitales tan avanzados como para llevar el método taylorista a su último estadio.

Aquellos que conserven su posición en el mercado laboral experimentarán la violencia que siempre ha tenido la tecnología en manos de los capitalistas. De un lado, la vigilancia y el control sobre la fuerza de trabajo se incrementará. De otro, los costes requeridos para la actividad productiva deberán reducirse para asegurar la rentabilidad de las firmas. La traducción será un fuerte aumento de la precarización, fundiéndose así el ejército industrial de reserva con el trabajador activo, el aumento en la rapidez de la automatización de los procesos industriales y la descualificación de la fuerza de trabajo. De nuevo: estas tendencias no son nuevas, pues Marx las describió en El Capital, sino que se acelerarán debido a la epidemia otorgando a los propietarios del valor agregado una excusa para legitimar dichas prácticas de apropiación y desposesión. Sin duda, este es un mal momento para defender las teorías aceleracionistas de autores como Paul Mason o Nick Srnicek.

En relación al control de la fuerza de trabajo podemos hablar a modo ilustrativo de Zoom, quien ha sido denunciada por ceder sus datos a Facebook a través de la aplicación de IOS. De modo similar a Dropbox, la compañía ha implementado una herramienta para trackear la atención de los usuarios y avisar a los jefes (quienes habitualmente hospedan las reuniones) cuando una persona se ausenta de la reunión más de treinta segundos. Retomando a Foucault, un artículo reciente acuñaba el ingenioso término “zoomismo” para definir el “modo de producción a través del autoencierro, el cual además incrementa la plusvalía porque se transfiere a los trabajadores los gastos de operación de las oficinas corporativas.”Más allá del ejemplo, no cabe duda de que la epidemia desbloqueara “la revolución en el puesto de trabajo”: la firmas modernas incrementarán la vigilancia y extracción de datos sobre el comportamiento de los empleados, convirtiéndose el teletrabajo en la versión clase media de los repartidores. Lo pregonaba Pilar López, presidenta de Microsoft España: “Estamos siendo testigos de cómo la flexibilidad, escalabilidad y seguridad de la nube está haciendo posible que millones de personas puedan trabajar desde sus casas de forma colaborativa…”

En otras palabras: asistimos a la monopolización acelerada del medio de producción. Así, una muestra de que las empresas necesitan a las compañías tecnológicas para gestionar el flujo de trabajo en las oficinas digitales es que la herramienta Teams (en propiedad de Microsoft) experimentó un aumento de uso del 775 por ciento en Italia cuando comenzó la epidemia. A finales de marzo la plataforma acogía casi 3.000 millones de conferencias diarias, habiéndose triplicado esta cifra en dos semanas. Junto con Amazon y Google, estas tres plataformas de computación en la nube, quienes nadan en efectivo (¡cada uno tiene más de 100.000 millones de dólares de liquidez!), consolidan su poder ofreciendo descuentos por el alquiler del software necesario para levantar la red de una empresa. Microsoft incluso ha adquirido la compañía de cloud computing Affirmed Networks para ampliar su oferta de 5G y hacer a “la industria inteligente” dependiente de sus servicios.

De este modo, “a medida que el gran capital [tecnológico] reorganiza los procesos bajo su dominio,” las lógicas del trabajo de plataforma se expandirán hacia el resto de la sociedad. Hemos de entender que la marea de Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, el aumento de la explotación bajo el subterfugio de la amenaza a ser despedido o el recorte de los salarios (la empresa Glovo ha reducido la tarifa base de sus riders a la mitad, de 2,5€ a 1,25€ la hora) sólo supone la punta del iceberg. Junto a la centralización del poder en las manos de las empresas tecnológicos, el abrupto funcionamiento de la economía global requiere reducir costes mediante la precarización aún mayor de la fuerza de trabajo. Ese es el paso previo a la automatización, la cual sólo es posible mediante las plataformas en la nube de las empresas tecnológicas.

En el afán por automatizar para hacer frente a la pandemia, The New York Times informaba de que la compañía AMP Robotic, cuyo CEO pregona que “las máquinas no contraen el virus,” ha experimentado un aumento en los pedidos de robots que emplean inteligencia artificial para reciclar materiales. Aunque nadie como Jeff Bezos para demostrar que las personas reducen los beneficios. La tendencia que se encontraba presente en las tiendas automatizadas y repletas de sensores de Amazon Go seguirá su curso a medida que desarrolle drones u otros vehículos autónomos aéreos, con los que también experimenta Uber. “Entonces, la amazonización del planeta estará completa,” podía leerse en un blog de Medimum.

De momento, aunque haya contratado a 100.000 trabajadores para hacer frente al enorme aumento de la demanda, Amazon ha cerrado su centro de llamadas en Filipinas y priorizado su servicio Connect, que emplea inteligencia artificial y el asistente digital Alexa. Recurrir a los chatbots es una práctica común en buena parte de empresas, especialmente en Facebook. Aunque incluso PayPal los ha usado para responder a la cifra récord del 65 por ciento de las consultas a clientes. Sarah T. Roberts expresaba el carácter premonitorio que tiene la desaparición de los empleos en la sombra de las redes sociales (principalmente, mujeres en el Sur Global): “en el caso de los moderadores humanos es probable que su ausencia les dé a muchos usuarios un vistazo, posiblemente por primera vez, de la humanidad digital que se dedica a la creación de un lugar en línea utilizable y relativamente hospitalario para ellos.”

En suma, después de esta pandemia se contratará a muchas menos personas de las que se han despedido; la precarización se grabará en el imaginario de toda la sociedad, no sólo en el de la generación estúpidamente llamada millennial, y buena parte de los trabajos humanos comenzarán a realizarse gracias a maquinaria avanzada. Este proceso será orquestado y por la vanguardia del conocimiento alojada en una pequeña isla californiana llamada Silicon Valley.

Silicon Valley, demasiado grande para caer

La crisis de 2008 colocó al sector tecnológico en el epicentro de una economía tan financiarizada como carente de legitimidad. Las empresas californianas de rostro amable -y aplicaciones adictivas- debían encargarse de limpiar la imagen de esos banqueros corruptos que habían jugado con los ahorros de los ciudadanos al tiempo que extendían la causa de sus males, los mercados, hacia cada más ámbitos de su vida. El coronavirus revela que el resultado de este doble movimiento ha sido espectacular: Apple y Goldman Sachs permitieron a los usuarios aplazar los pagos de abril sin generar intereses, naturalizando el endeudamiento (que no ingreso) de las familias; BlackRock y Microsoft han formado una asociación para que los inversores de medio mundo gestionen sus activos en la plataforma en la nube del segundo.

Pese a que las tecnológicas perdieran la friolera de 400.000 millones de capitalización bursátil en solo día del mes de mayo, la epidemia no ha hecho más que colocarlas en una posición similar a la que tenía algunas instituciones financieras antes del shock: son demasiados grandes para caer. No es sólo que las finanzas dependen de las aplicaciones de las empresas digitales, sino que los Estados deben confiar en sus predicciones futuras, monitorización en tiempo real de los infectados y soluciones sanitarias para hacer frente a la coyuntura.

Del Estado del bienestar al Estado de vigilancia sanitario

La expresión más clara de la culminación del proceso de privatización de la gestión sanitaria es que Apple y Google han adelantado a los Gobiernos anunciando un sistema conjunto para rastrear la propagación del coronavirus, el cual permite a los usuarios compartir datos a través de transmisiones Bluetooth Low Energy (BLE) y otras aplicaciones. A modo de nota: algunas estimaciones señalan que la atención médica está perfilando un mercado de registros electrónicos de salud que tendrá un valor de 38.000 millones en 2025.Como señalan varios investigadores del proyecto Platform Labor, “las plataformas están aprovechando esta crisis de salud pública para convertirse en una infraestructura… [en] utilidades digitales privatizadas que controlan y monetizan flujos de datos críticos.” Desde la logística hasta la supercomputación, las asociaciones público-privadas con las plataformas han comenzado con una fase de experimentación.

De un lado, Deliveroo, JustEat y Uber negocian con el Gobierno británico para la prestación de apoyo a las personas mayores y vulnerables. Por otro lado, según distintas informaciones, las agencias estatales de Estados Unidos han firmado acuerdos con Clearview A.I. y Palantir para usar el reconocimiento facial y la tecnología de minería de datos a fin de rastrear a pacientes infectados, mientras que el gobierno federal confía en el uso de datos geolocalizados proporcionados por Google y Facebook y otras compañías tecnológicas para controlar la propagación del virus. Esta no es una particularidad propia de Estados Unidos, sino de cualquier país que haya experimentado con las políticas neoliberales en las últimas décadas.

Por otro lado, Google, Palantir y Microsoft crearán un tablero COVID-19 para el sistema de salud del Reino Unido. De acuerdo a The Economist, las tres compañías ayudarán al servicio público a recopilar datos de muchas fuentes diferentes y, teóricamente, hacer que sea más fácil decidir dónde aumentar los recursos, determinar quién está en riesgo y dónde levantar las medidas de distanciamiento social. Al mismo tiempo, The Times ha informado de que el brazo tecnológico del servicio de salud brítánico (NHSX) ha trabajado con Google y Facebook para desarrollar una aplicación que permite informar al usuario cuando esté cerca de alguien que haya dado positivo.Podríamos invocar a Foucault para hablar de las técnicas de biopoder para el control de la población, pero no fue otro que Marx quien habló de la rentabilidad como el objetivo ulterior del sistema capitalista. ¿Cómo rige esta el poder de los Estados? La compañía de software de Peter Thiel, quien asesoró a Donald Trump hasta que conquistó la Casa Blanca, espera alcanzar mil millones de dólares en ingresos este año (lo que representaría un crecimiento del 35 por ciento respecto 2019) ofreciendo sus servicios a las autoridades de Francia, Alemania, Austria y Suiza para hacer más eficientes los sistemas de salud. Y, según fuentes gubernamentales consultadas por El País, también ha iniciado conversaciones con las autoridades españolas.

Parece evidente: la austeridad y el techo al gasto público han colocado a todos los gobiernos europeos, sea por ideología o por imposibilidad de cuadrar el balance, en las manos de los gigantes tecnológicos.Ahora contemplamos que la vigilancia no es impulsada por medios democráticos y llevada a cabo por organismos públicos responsables de movilizar e informar a la población, sino que son empresas privadas quienes toman los mandos. El resultado es una suerte de Estado neoliberal que suspende la democracia para entregar el papel de “vigilante nocturno” a empresas como Telefónica, la cual ofrece sus sus herramientas de big data y geolocalización para la lucha contra el Covid-19 en todos sus grandes mercados, desde España a Brasil, pasando por Alemania y Reino Unido.

Lo advirtió el sociólogo fránces Frédéric Lordon en un ensayo: “tan pronto como se cierra el paréntesis [del coronavirus], la destrucción gerencial continuará”. Esta crisis de salud ha legitimado las visiones tecnocráticas de una sociedad en la que los grupos ‘en riesgo’ son etiquetados electrónicamente para que sus movimientos sean trazables y mapeables en todo momento. Desde luego, las personas racializadas, sin hogar y otras poblaciones marginadas como los migrantes conocen la obligación de renunciar a la privacidad y entregar sus datos personal a cambio del acceso a los bienes y servicios básicos que necesitan para mantenerse con vida. A menos que emerja una respuesta socialista coherente y ambiciosa, las jerarquías sociales no sólo se harán más pronunciadas, sino que las tecnologías convertirán en invisibles las desigualdades existentes. ¡Como si nunca antes hubiera existido algo así como una lucha de clases!

Por Ekaitz Cancela

19 abr 2020 06:13

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Revolución 5.0: Táctica y estrategia anarco-comunistas para tiempos de crisis

I.

Se ha escuchado recientemente la hipótesis de que el capitalismo mundial, con la pérdida progresiva de hegemonía estadounidense y el ascenso de China, estaría experimentando una suerte de desweberización en lo que respecta al régimen de producción de sujetos dominante. En otras palabras, nos encontraríamos presenciando la evanescencia del individualismo posesivo, en perpetua competencia y obliterante de su naturaleza eminentemente socio-histórica, para atender al relevo que inauguraría cierto capitalismo de Estado donde se privilegia “lo colectivo”, la población como factor determinante para la buena salud del Capital global. Esta hipótesis pasa por alto que 1) lo que Guattari denominaba “Capitalismo Mundial Integrado” siempre se ha servido tanto de Estados ultraproteccionistas como de Estados ultraliberales, pues la forma-Estado tiene como propósito, justamente, regular de diferentes modos los flujos esquizofrénicos característicos del Capital, y 2) las tecnologías gubernamentales posdisciplinarias no se contentan con producir y numerar individuos concretos en espacios cerrados, sino que regulan amplias masas poblacionales dividualmente, es decir, a través de gradientes, intensidades, etc., (de ahí que las cifras demográficas no sean colecciones de individuos sino “paquetes de información”: calor corporal, imágenes satelitales, niveles de concentración de muertos e infectados, etc.).

II.

No se trata, entonces, de un capitalismo desweberizado que habría descubierto “lo colectivo”, sino del empleo estratégico de tecnologías políticas que mantienen sanas y productivas a determinadas masas poblacionales para que el Capital, en su vorágine desquiciada que solo persigue la valorización ilimitada, no se autodestruya. El dilema, por ende, no es “el mercado o la vida”, ya que ni el mercado ni la vida se deben presuponer, tanto lo uno como lo otro son solo efectos de los modos a través de los cuales se produce y reproduce la existencia. La población (sana o enferma, circulante, concentrada o encerrada, etc.) es constituida en tanto tal por diversos ensamblajes históricos que es preciso entender. Marx afirmaba, por ejemplo, que los cambios poblacionales resultan indisociables del modo de producción y su respectivo uso de las fuerzas productivas. En el capitalismo (inglés, industrial específicamente) la disputa por el aumento del salario oel de la tasa de ganancia obliga a la existencia de un “ejército de reserva” (masa pauperizada, desempleada) que compita entre sí y que atice la competencia entre los mismos trabajadores que logran vender su fuerza de trabajo, lo cual, como plus, impide su organización colectiva en tanto clase explotada. Así, es posible constatar diferentes maneras de gestionar la fuerza de trabajo de acuerdo con la forma-salario y las eventuales crisis capitalistas.

III.

Foucault, como él mismo argumenta, no habría hecho otra cosa sino complementar y complejizar este panorama, inicialmente, a través del análisis de la forma-prisión como figura que posibilita comprender, a su vez, un conjunto de formas de poder que hacen productivos y ordenan/castigan/vigilan/excluyen a los cuerpos de distintos modos: penalización de la “vagancia”, producción del delincuente a través de diversos discursos con pretensiones de cientificidad, gestión de los “ilegalismos” que, en principio, retan al orden del Capital, persecución o aislamiento de enfermos y perversos, etc. Si en Foucault el delincuente es producido por la forma-prisión y luego fetichizado, proyectado como entidad dada que requiere de la prisión para ser corregido, en Marx la pobreza y la lucha por la vida (por el salario) son producidas por el capitalismo y luego fetichizadas como pobreza y lucha naturales o a superar por el propio capitalismo que las ha engendrado. Solo así es concebible que el pensamiento de uno de los grandes referentes de la moderna demografía, Malthus, sea “burgués”. Hoy parece pervivir, incluso a través de los defensores del dilema “el mercado o la vida”, la tesis malthusiana de acuerdo con la cual existe un espontáneo crecimiento (irresponsable, ignorante) de la población que conduce a la lucha por la existencia, pues los medios de subsistencia no se multiplican tan rápido como la misma población y, necesariamente, matemáticamente, dicha correlación conduce a la pobreza y la muerte.

IV.

Los dispositivos disciplinarios clásicos (escuelas, cuarteles, fábricas, hospitales, prisiones, etc.), en tanto espacios de encierro, vigilancia y control sobre el cuerpo, los pensamientos y las acciones, se pudieron constituir aplastando sistemáticamente diversos tipos de resistencias: formas tradicionales y femeninas de cuidado, curación y enseñanza, cacería de brujas, leyes contra la "vagancia", exclusión de la locura, asesinato de luditas, etc. Una vez formalizados los dispositivos se crearon nuevas resistencias que, a su vez, los remodelaron: organizaciones de pacientes, movimientos estudiantiles y de presos, sindicatos y partidos obreros, etc. Así, dichos dispositivos, junto con la burocracia estatal, lo sabemos bien, han sido fuertemente cuestionados por lo menos desde la década del 60 del siglo pasado, aunque en realidad se trata de una tendencia que se extiende al siglo XIX con la consecuente aparición de técnicas gubernamentales orientadas a la regulación de grandes masas poblacionales: entrada en escena de la estadística y la demografía, campañas de higiene, etc. Tales técnicas, que no son meramente disciplinarias, se despliegan sobre espacios abiertos y juegan hoy con cifras (gradientes), cámaras deslocalizadas, dispersión de angustias, chips y tarjetas, fronteras móviles, etc. Se trata de un tránsito de sociedades disciplinarias o de normalización hacia aquello que Deleuze llamó "sociedades de control": de la escuela a la educación virtual, de la fábrica a la empresa y el teletrabajo, de la prisión a los collares electrónicos, etc.

V.

Si la presente pandemia de Covid-19 nos enseña algo es que las técnicas de control, que pueden llegar a ser más invasivas que las disciplinarias, se están implantando aceleradamente bajo la excusa del cuidado del cuerpo político en su totalidad. Quien se oponga a las mismas (por ejemplo, al teletrabajo o a la educación virtual) parece estar oponiéndose a la especie entera, con lo cual la resistencia solo puede ser comprendida como irracional. Pues bien, los nuevos irracionales no queremos el encierro disciplinario, pero tampoco el control a distancia y sin fronteras claras, queremos desplegar relaciones de apoyo mutuo que eviten una vida en crisis permanente, a saber: fin de la hiperexplotación animal, fin del imperio del Capital (sobre la salud, el ambiente, el tiempo, etc.), fin de la exclusión/eliminación de prácticas y saberes comunitarios, fin de jerarquías rancias y autocomplacientes, etc. Esto es tomar realmente la situación actual como tema político y no como mero problema policial, administrativo o gerencial. ¿Acaso dejar las cuestiones relevantes en manos de los managers y generales de siempre ha traído algo bueno?, ¿qué pueden hacer ellos, hombres serios, si no es administrar la muerte y la podredumbre?, ¿cuándo nos daremos cuenta de que nos falta alejarnos de sus ceños fruncidos paternalistas y comportarnos como lúcidos niños que no necesitan padres sin imaginación, amor real ni vitalidad?, ¿cuándo podremos distinguir el amor o el cuidado de la posesión y el control sobre los/as demás y lo demás?

Corolario

La crisis actual nos permite apuntarle a ganar dos batallas tácticas: la conquista de la renta básica universal y la defensa irrestricta del disfrute y acceso gratuito a los bienes comunes (agua, aire, conocimiento, etc.). No obstante, dichas conquistas serán realmente alcanzadas en la medida que aparezcan como parte de una estrategia comunista capaz de interrogar, asimismo, las tecnologías políticas que producen cuerpos y poblaciones, a saber, una estrategia anarco-comunista atenta a la intensificación de las luchas y existencias minoritarias.

Bogotá D.C., abril 13 de 2020

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Viernes, 10 Abril 2020 07:10

Pandemia y colapso civilizatorio

Pandemia y colapso civilizatorio

En sus efectos y consecuencias, la pandemia es la gran guerra de nuestros días. Como sucedió con las dos conflagraciones del siglo XX o con la peste negra del siglo XIV, la pandemia es el cierre de un periodo de nuestra historia que, resumiendo, podemos denominar como el de la civilización moderna, occidental y capitalista, que abarca todo el planeta.

La globalización neoliberal ha encarnado el cénit y el comienzo de la decadencia de esta civilización. Las pandemias, como las guerras, no suceden en cualquier periodo, sino en la fase terminal de lo que el profesor de historia económica Stephen Davies (de la Universidad Metropolitana de Manchester) define como una ecúmene, una parte del mundo que tiene "una economía integrada y una división del trabajo, unidas y producidas por el comercio y el intercambio" (https://bit.ly/2y1spAg).

Las pandemias se verifican, en su análisis, cuando un periodo de "creciente integración económica y comercial sobre gran parte de la superficie del planeta" llega a su fin. Son posibles por dos fenómenos complementarios: un elevado movimiento humano y un incremento de la urbanización, potenciadas por un modo de vida al que llamamos globalización y por "la cría intensiva de ganado".

En rigor, la pandemia acelera tendencias prexistentes. Son básicamente tres: la interrupción de la integración económica; debilitamiento político que provoca crisis de las clases dominantes; y profundas mutaciones sicológicas y culturales. Las tres se están acelerando hasta desembocar en la desarticulación del sistema-mundo capitalista, en el que está anclada nuestra civilización.

La primera se manifiesta en la interrupción de las cadenas de suministro de larga distancia, que conducen a la desglobalización y la multiplicación de emprendimientos locales y regionales.

América Latina está en pésimas condiciones para encarar este desafío, toda vez que sus economías están completamente volcadas hacia el mercado global. Nuestros países compiten entre sí para colocar los mismos productos en los mismos mercados, al revés de lo que sucede en Europa, por ejemplo. La estrechez de los mercados internos juega en contra, mientras el poder del uno por ciento tiende a dificultar la salida de este modelo neoliberal extractivo.

En segundo lugar, las pandemias, dice Davies, suelen "debilitar la legitimidad de los estados y de los gobiernos", mientras se multiplican las rebeliones populares. Las pandemias afectan sobre todo a las grandes ciudades, que conforman el núcleo del sistema, como es el caso de Nueva York y Milán. Las clases dominantes habitan las metrópolis y tienen una edad superior a la media, por lo que serán también afectadas por las epidemias, como puede observarse ahora.

Pero las pandemias suelen, también, arrasar con buena parte de la riqueza de las élites. Al igual que las guerras, las grandes catástrofes "producen una gran reducción de la desigualdad". Así sucedió con la peste negra y con las guerras del siglo XX.

El tercer punto de Davies, los cambios culturales y sicológicos, son tan evidentes que nadie debería ignorarlos: el activismo de las mujeres y de los pueblos originarios, con la tremenda crisis que han producido en el patriarcado y el colonialismo, son el aspecto central del colapso de nuestra civilización estadocéntrica.

El líder kurdo Abdullah Öcalan, en el segundo volumen de la monumental obra de su defensa ante la Corte Europea de Derechos Humanos, contrapone la "civilización estatal" con la "civilización democrática", y concluye que ambas no pueden coexistir*.

Para Öcalan, el Estado "se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer" (p. 451). Con el tiempo, el Estado se convirtió en el núcleo de la civilización estatal, existiendo una "estricta relación entre guerra, violencia, civilización, Estado y justicia-Derecho" (p. 453).

Por el contrario, la civilización democrática se diferencia de la estatal, en que busca satisfacer al conjunto de la sociedad por medio de la "gestión común de los asuntos comunes" (p. 455). Su base material y su genealogía deben buscarse en las formas sociales previas al Estado y en aquellas que, luego de su aparición, quedaron al margen del Estado.

"Cuando las comunidades alcancen la capacidad de decidir y actuar sobre los asuntos que les conciernen, entonces se podrá hablar de sociedad democrática", escribe Öcalan.

Ese tipo de sociedades ya existen. Conforman los modos de vida en los que podemos inspirarnos para construir las arcas que nos permitan sobrevivir en la tormenta sistémica, que ahora se presenta en forma de pandemia, pero que en el futuro se combinará con caos climático, guerras entre potencias y contra los pueblos.

Conozco algunas sociedades democráticas, sobre todo en nuestro continente. La mayor y más desarrollada cuenta ya con 12 caracoles de resistencia y rebeldía donde construyen mundos nuevos.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

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Viernes, 10 Abril 2020 07:05

El año de la peste

El año de la peste

Entra el monstruo…

“ Coronavirus es la vieja película que hemos estado viendo una y otra vez desde que en 1995 el libro The Hot Zone, de Richard Preston, nos presentó al demonio exterminador conocido como ébola, nacido en una misteriosa cueva de murciélagos en África central. Fue sólo la primera de una sucesión de nuevas enfermedades que surgían en el "campo virgen" de los inexpertos sistemas inmunes de la humanidad. El ébola fue seguido pronto por la influenza aviar, que brincó a los humanos en 1997, y por el SARS, que surgió a finales de 2002: en ambos casos apareció primero en Guangdong, el centro manufacturero del mundo.

Así pues, el coronavirus entra por la puerta principal como un monstruo familiar. Secuenciar su genoma fue pan comido y, sin embargo, faltan los segmentos más vitales de información. Los científicos que trabajan día y noche para caracterizar el brote se enfrentan a tres retos colosales. Primero, la constante escasez de equipos de prueba, en especial en Estados Unidos y África, ha impedido realizar estimaciones precisas de parámetros claves, como tasa de reproducción, tamaño de la población infectada y número de infecciones benignas. El resultado ha sido un caos de cifras.

Segundo, al igual que las influenzas anuales, este virus muta al circular entre poblaciones de diferentes composiciones de edad y estado de salud. La variedad que los estadunidenses tienen más probabilidades de contraer ya es levemente distinta del brote original en Wuhan. El "catarro corona" de Trump es cuando menos un peligro mortal para la cuarta parte de los estadunidenses, que son de la tercera edad, tienen sistemas inmunes débiles o problemas respiratorios crónicos.

Tercero, aun si el virus se mantiene estable y muta poco, su impacto en los sectores de menor edad podría diferir radicalmente en los países pobres y entre los grupos de alta pobreza.

Dentro de un año, tal vez estemos mirando con admiración el éxito de China en contener la pandemia, y con horror el fracaso de Estados Unidos. La incapacidad de nuestras instituciones de mantener cerrada la caja de Pandora apenas si causa sorpresa: desde 2000 hemos visto repetidas fallas en la atención a la salud en la primera línea.

Las temporadas de influenza de 2009 y 2018 colmaron hospitales en todo Estados Unidos, exponiendo la pasmosa escasez de camas de hospital después de años de recortes en la capacidad de internamiento de pacientes, con talde elevar las utilidades económicas. La crisis se remonta a la ofensiva de las corporaciones que llevó a Ronald Rea-gan al poder y convirtió a destacados integrantes del Partido Demócrata en sus cajas de resonancia neoliberales. De acuerdo con la Asociación Estadunidense de Hospitales, el número de camas disminuyó en un extraordinario 39 por ciento entre 1981 y 1999.

En el nuevo siglo, la medicina de urgencias ha continuado reduciéndose en el sector privado a causa del imperativo de "valor accionario" de incrementar los dividendos a corto plazo, y en el sector público, por la austeridad fiscal y las reducciones en los presupuestos estatales y federales destinados a prepararse para contingencias. En consecuencia, existen sólo 45 mil camas de terapia intensiva disponibles para hacer frente al proyectado ingreso de casos graves y críticos de coronavirus.

Al mismo tiempo, los republicanos han rechazado todos los esfuerzos por reconstruir las redes de seguridad despedazadas por los recortes presupuestarios de 2008. Estamos en las primeras etapas de un Katrina médico. Al dejar de invertir en la preparación médica ante emergencias, al mismo tiempo que la opinión de expertos ha recomendado una expansión importante de la capacidad, carecemos de insumos básicos de baja tecnología, así como de respiradores y camas de urgencias. Las existencias nacionales y regionales se han mantenido en niveles muy por debajo de lo que indican los modelos epidémicos. Por tanto, la debacle de equipos de prueba ha coincidido con una escasez crítica de equipo de protección para los trabajadores de la salud.

La actual pandemia expande el argumento: la globalización capitalista ahora parece biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura de salud internacional. Sin embargo, tal infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos de la gente rompan el poder de las grandes farmacéuticas y la atención privada a la salud.

Esto requiere un diseño socialista para la supervivencia humana, que incluya un Segundo Nuevo Trato, pero que vaya más allá de él. Desde los días del movimiento Occupy, los progresistas han puesto con éxito la lucha contra la desigualdad de ingreso y de riqueza en la página uno, un gran logro. Pero ahora los socialistas deben dar el siguiente paso y, con las industrias de asilos y farmacéuticas como objetivos inmediatos, abogar por la propiedad social y la democratización del poder económico.

Sin embargo, debemos también hacer una evaluación honesta de nuestras debilidades políticas y morales. La evolución hacia la izquierda de una nueva generación y el retorno de la palabra "socialismo" al discurso político nos anima a todos, pero hay un elemento perturbador de solipsismo en el movimiento progresista que es simétrico con el nuevo nacionalismo. Sólo hablamos de la clase trabajadora estadunidense y de la historia radical de Esta-dos Unidos. A veces esto se acerca a una versión izquierdista de "Estados Unidos primero".

Al enfrentar la pandemia, los socialistas deben encontrar toda ocasión de recordar a otros la urgencia de la solidaridad internacional. En concreto, necesitamos agitar a nuestros amigos progresistas y a sus ídolos políticos para que demanden un aumento masivo de la producción de equipos de prueba, suministros de protección y medicamentos vitales para su distribución gratuita en los países pobres. Toca a nosotros asegurar que la atención universal a la salud se convierta en nuestra política tanto exterior como doméstica.

*Reconocido urbanista e historiador, autor de City of Quartz , Planet of Slums , Nadie es Ilegal y The Monster at our Door sobre la gripe aviar, entre otros, profesor emérito de la Universidad de California e integrante del comite editorial de New Left Review .

Por Mike Davis*

Versión completa en La Jornada online: https://www.jornada.com.mx/ultimas/ mundo/2020/04/09/el-ano-de-la-peste-mike-davis-1199.html

Traducción: Jorge Anaya

Publicado enSociedad
Jueves, 02 Abril 2020 06:51

Qué mundo queremos

Qué mundo queremos

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

En los últimos meses venía siguiendo con curiosidad artículos que hablaban de algunos movimientos dentro del propio sistema capitalista que ponían en cuestión desde dentro, al menos tímidamente, el paradigma teórico neoliberal hegemónico en las tres últimas décadas.

Este paradigma, recordemos, considera que la lógica del mercado debe regular todos los aspectos de la vida y que la intervención estatal ─con el objetivo de ajustar la oferta y la demanda o corregir las graves desigualdades sociales derivadas de la lógica del beneficio privado─ es nociva para el correcto funcionamiento del mismo y es, en último término, la causa de los problemas. El Estado debe únicamente garantizar el marco legal y de seguridad ─o represión─ que permita el libre funcionamiento de las reglas del mercado capitalista.

En las facultades de economía se enseñan preceptos propios de la economía clásica liberal como si se tratase de la única “ciencia económica” posible, después de haberse abandonado el modelo Keynesiano y proclamarse el “fin de la historia”, por parte de autores como Fukuyama y señalarse la imposibilidad del socialismo como haría Hayek, tras la caída del bloque soviético.

Recordemos también que el modelo keynesiano fue aquel que tras el crack del 29 y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial consiguió generar un período de prosperidad social a través de la intervención de los estados del bienestar en el mercado, prestando servicios y generando demanda, contribuyendo al surgimiento de una gran clase media sobre la base de una economía del consumo de masas. En la década de los setenta ─con las políticas económicas avaladas por Friedman y lideradas por Reagan y Thatcher─ y de manera más acuciante en los noventa comenzó una nueva era de capitalismo neoliberal en la que se vació al Estado de su papel regulador, destruyendo y mercantilizando además los pocos sectores que se mantenían fuera de las lógicas del beneficio, como los servicios sanitarios o de salud, el sector energético o las telecomunicaciones. 

Las tremendas desigualdades sociales provocadas en esta última oleada de capitalismo neoliberal han generado más bien una numerosa legión de precarios sin identidad colectiva que no son capaces de reconocerse los unos en los otros. Pero la frustración y el descontento social generalizado y las cada vez más visibles e incontenibles consecuencias del deterioro ecológico y climático han permitido el levantamiento de algunas voces críticas dentro del propio sistema que, para salvarlo, hablan de la necesidad de “reiniciar” y de “reinventar” el capitalismo. 

Aparecía un artículo en esta línea en septiembre de 2019 nada menos que en el Financial Times, titulado “Capitalism. Time for reset”, donde se expresaba que era la hora de que las empresas se movieran por algo más que por la lógica del simple beneficio para sus accionistas, preocupándose por los trabajadores, el medioambiente, los clientes y la comunidad en general. Se manifestó en la misma línea la plataforma de empresas Bussiness Roundtable, poco antes.

Recientemente se hacían declaraciones similares desde el Foro de Davos de 2020. Por otra parte, cada vez son más los teóricos y las propuestas que hablan de la necesidad de un Green New Deal, donde pueden enmarcarse desde el más descarado marketing de lavado verde hasta otros intentos más bienintencionados por generar una suerte de Keynesianismo verde reformista. Tímidos pero, al fin y al cabo, movimientos dentro del propio capitalismo, que insinúan que los que quieren seguir manteniendo el barco a flote se plantean la necesidad de modificar ciertos mecanismos y que, por tanto, dan cuenta de que la máquina no marcha bien.

Me parece interesante recordar que el capitalismo no es ni la más antigua ni la más duradera forma de organizar la economía y la sociedad desde que existe la especie humana, que es posible que sume ya unos 200.000 años, 10.000 desde el surgimiento de las civilizaciones más antiguas. Al contrario, aunque sienta sus bases en el período colonialista de los siglos anteriores, quizá no lleguemos a contarle ni 300 años. Entre los logros del capitalismo y la industrialización se encuentran haber conseguido alterar la temperatura del planeta en sólo un siglo y medio. En los últimos 40 ha sido capaz de llenar el mar de plástico, generando una capacidad de destrucción sin precedentes.

Tomando como referencia el análisis de Polanyi, si bien el sistema capitalista se va fraguando durante dos siglos, es a finales del siglo XVIII cuando se produce la “gran transformación” que supone la reducción de la condición humana a la de un individuo egoísta, la definición del bien común como algo que solo puede resultar de la suma de egoísmos particulares, la ascensión del mercado libre como la forma dominante de organización social y la conversión o consideración como pura mercancía de la tierra (naturaleza), el trabajo (las personas) y el dinero.

Tanto Polanyi o Marx, como Federici nos advierten de que este proceso histórico fue de todo menos amable o libre de oposiciones y contramovimientos. Muy lejos de esto, “el capitalismo viene al mundo chorreando sangre” que diría el propio Marx. Por su parte Silvia Federici nos recuerda que por el camino fue también necesario “domesticar” a las mujeres, para que engendraran y proveyeran de los cuidados necesarios a la mano de obra, sana, limpia y alimentada requerida por los centros de producción capitalista.

Marx analizó magistralmente algunos de los principales problemas del capitalismo en plena consolidación del mismo. Si bien su diagnóstico prospectivo sobre el futuro cambio revolucionario y la llegada de un ulterior sistema comunista sin clases no parece haberse cumplido tal como él lo promovió e imaginó, Marx realizó una radiografía minuciosa de las lógicas del funcionamiento del sistema así como de sus fallos.

Por una parte, Marx pone de manifiesto que el capitalismo subvierte la lógica precedente “mercancía-dinero-mercancía”, donde el dinero es un medio para intercambiar cosas, por la de “dinero-mercancía-dinero”, donde la mercancía es un medio para conseguir más dinero, que a su vez permite conseguir más medios y mercancías que pueden ser vendidas para seguir ganando más dinero. Se impone así la lógica de la acumulación, del crecimiento por el crecimiento, frente a la verdadera satisfacción de necesidades.

Otra de las deformaciones del capitalismo que Marx destapó fue el “fetichismo de la mercancía”, proceso por el cual las cosas se convierten en un fetiche; se esconde el proceso de explotación laboral que hay detrás de la fabricación de las mercancías a las que rendimos culto y olvidamos que es el trabajo el que otorga el valor a las cosas producidas. El objeto se separa de aquel que lo fabrica, como si cobrara vida por sí mismo. Pero además, una de las distorsiones más importantes señaladas por Marx que el capitalismo provoca en la naturaleza humana es el de la “alienación”, consecuencia de la separación de los trabajadores de los medios de producción. Los trabajadores en el capitalismo están alienados del proceso de trabajo (no trabajan para sí mismos, para sus propias necesidades), del producto final (que no les pertenece), de sus compañeros de trabajo (con los que no cooperan) y de sí mismos (de su propio potencial humano).

Asimismo Marx identificó algunos de sus problemas intrínsecos fundamentales, sus propios cánceres. Los economistas clásicos, en su compilación de las bondades de “la mano invisible del mercado” olvidaron señalar la tendencia a la acumulación de poder propia del mismo, la tremenda desigualdad en la distribución de la riqueza que producía “el más justo de los sistemas”, su propensión cíclica a las crisis y su tendencia al monopolio y la concentración, todos estos mecanismos que vemos repetirse una y otra vez en los nichos de mercado que surgen de la falsa economía colaborativa.

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. Vividas ya la modernidad líquida y la sociedad postindustrial nos situamos en la última fase del capitalismo, el capitalismo del desastre, ese que se lucra sacando tajada de “resolver” las catástrofes y calamidades asociadas al cambio climático que él mismo provoca. Capitalismo y barbarie, que diría Rosa Luxemburgo, pero sin parar de generar beneficios para unos pocos hasta el último día de la apocalipsis final.

Existen, por supuesto, otras corrientes teóricas y económicas ─la economía ecológica, la economía del bien común, economía feminista, decrecimiento… ─ con una presencia irrisoria en las facultades de Economía y ADE, que plantean críticas más completas a la vez que alternativas constructivas a semejante panorama, desde una óptica más transformadora. Desde la economía ecológica autores como Naredo ponen sobre la mesa todas aquellas cuestiones que las empresas no contabilizan en su balance de costes y beneficios, sino que se consideran “externalidades”.

Son así consideradas la contaminación, la gestión de residuos, la huella de carbono, el deterioro de los ecosistemas marinos y terrestres, entre otros. Mientras se privatizan las ganancias, lo público y la sociedad en general ha de padecer y hacerse cargo de estas supuestas externalidades que no asumen como coste ni responsabilidad propia las empresas que las generan.

Desde la economía feminista Amaia Pérez Orozco nos recuerda además que existen muchos otros servicios y costes sociales que, sin remuneración alguna, caen sobre las espaldas de las mujeres, indispensables para sostener a la mal llamada esfera productiva. Estos “servicios” son básicamente todos aquellos trabajos verdaderamente imprescindibles para el sostenimiento de vida, los que tienen que ver con el cuidado de la misma, de la infancia o las personas mayores, sanas, enfermas, dependientes…. Desde la Economía del Bien Común se recalca la necesidad de poner un límite razonable a la diferencia de ingresos y de patrimonio de todos los miembros de la sociedad, reflexión absolutamente necesaria en este capitalismo donde el 1% de la población acapara el 82% de la riqueza.

Se nos recuerda también que mientras que en el resto de esferas de la vida (familia, amigos, vecindario…) los valores que sirven y guían nuestro comportamiento son pro─sociales (cooperación, empatía, altruismo, generosidad, solidaridad, amor…), consideramos normal que la economía y las empresas puedan comportarse, por el contrario, como perfectos psicópatas (practicando el egoísmo, el lucro individual, la insensibilidad, la competencia, la avaricia). Se nos ha hecho creer, en definitiva, que es a través de los “contravalores” que puede conseguirse la prosperidad de todas y todos. Lo contraintuitivo se convierte así en la lógica dominante. Desde la corriente del Decrecimiento se nos enseñan vías para la desaceleración paulatina y controlada de la producción económica, se nos muestran caminos para abandonar el dogma religioso del crecimiento como un fin en sí mismo, relocalizando, desindustrializando, autoproduciendo.

Pero de repente, el más simple y menos sofisticado de los organismos, un virus, destruye la normalidad, poniendo en evidencia la fragilidad del castillo de naipes de un capitalismo financiero fuertemente basado en las expectativas psicológicas de los accionistas. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

Una periodista y antropóloga llamada Gillian Tett escribió con gran acierto que “para entender cómo funciona una comunidad no hay que fijarse solamente en las zonas que podríamos llamar de ruido social, sobre las cuales todo el mundo desea hablar […], hay que fijarse también en los silencios sociales”. Y son esos silencios sociales los que ahora recuperan su sonido. De repente cae la luz sobre las zonas de sombra, como sobre esas externalidades que veíamos que no contabilizan las empresas o sobre todos esos servicios públicos que han sido desinflados y mercantilizados por el camino y que ahora nos resultan indispensables.

De repente se cae el velo y se vuelve lógico lo formulado por algunos pensadores anarquistas que nos hacían reflexionar sobre si todas las profesiones, labores y ocupaciones tienen un sentido real. ¿Necesitamos a un accionista o a un corredor de bolsa para vivir? ¿A un publicista, a un gerente, a un vendedor de seguros? ¿Es quizá la agricultora, el reponedor, el enfermero, la barrendera, la limpiadora, la maestra, el bombero, la repartidora, el cuidador, el músico, el cuentacuentos, la poeta, la profesora de baile, los que realizan las cosas realmente necesarias? ¿Tiene sentido que sean entonces los más precarios de la sociedad?

Se destapan mecanismos ocultos y nos hacemos preguntas: ¿de dónde vienen los alimentos que consumimos? ¿Es normal desplazarnos miles de kilómetros para descansar, como pretende la industria turística? ¿Si alteramos o deterioramos los ecosistemas, puede tener consecuencias sobre nuestras vidas? ¿Son inmutables las medidas de austeridad o son el dinero y los incentivos económicos, al fin y al cabo, decisiones creadas y tomadas por humanos? Mi vida cotidiana ¿tenía sentido? Nuestro modo de vivir y nuestras viviendas ¿valen la pena? ¿Vale la pena lo que somos y a lo que nos dedicamos? ¿Valen la pena el empleo y los cuidados, tal como están planteados?

Como nos ejemplifica China, el capitalismo no es necesariamente un sistema que va de la mano de la democracia, ni mucho menos son sinónimos o hermanas siamesas. De hecho como venimos comprobando, se lleva igual de bien o mejor con los regímenes de corte autoritario. ¿Será la crisis del coronavirus un golpe de muerte al capitalismo como augura Zizek o una nueva era donde China, inicialmente la nación más afectada por el virus, imponga su preeminencia económica y política, apoyada principalmente en el control tecnológico de la población, como vaticina Byung-hul Han? 

Mi naturaleza pesimista me lleva a inclinarme hacia un escenario donde, dadas las diferencias de medios y recursos, la ultraderecha buscará la manera en que terminemos concluyendo que necesitamos más mano dura, más control, más grandes empresarios superhéroes y también más mercado. Sacrificar la propia vida para que no pare la economía y nunca poner la economía al servicio de la vida. Pero la historia de la humanidad es el pulso constante entre movimientos que se confrontan y la cuestión es qué vamos a hacer nosotras y nosotros, desde los movimientos sociales transformadores.

La cuestión es si vamos a ser capaces de utilizar la luz que pasa por la grieta para romper el cuadro y el marco y pintar uno nuevo. Lo que toca plantearnos ahora es qué marcos de interpretación de la situación ponemos a disposición de la opinión pública, qué sentido le damos a esta nueva realidad y qué utopía hacia la que caminar vamos a dibujar y a poner sobre la mesa, desde la izquierda antiautoritaria, en este contexto de ruptura con la normalidad anterior.

Nos toca rescatar del sentido común de la gente aquellos elementos que les indican que es necesario procurarnos una organización social que nos proteja y dé cobijo a todas y todos como seres eco e inter-dependientes y como cuerpos vulnerables, que apunta el ecofeminismo. Pero nos toca hacerlo con altura de miras, con utopías de referencia que sirvan para todas las personas: urbanas, rurales, mujeres, hombres, niñas, adultas, ancianas… Nos toca demostrar que el capitalismo no es el único ni el mejor de los sistemas posibles pero, sobre todo, que tiene alternativa como forma de organización económica y social.

Considero que una de las primeras lógicas erradas que hay que destapar es la del beneficio y la acumulación como la motivación elemental a la hora de satisfacer las necesidades sociales. Porque, como diría César Rendueles, el capitalismo y el libre mercado son una rareza antropológica. Muchas personas empiezan a plantearse que quizá no es normal que la solución a la creciente necesidad y demanda de “geles alcohólicos” en un momento de crisis humanitaria sea subirles el importe, que resulta un poco extraño que tenga que ser el propio gobierno el que controle precios, porque lo que no se sostiene es que alguien intente lucrarse todavía más en una situación como esta. ¿Quizá no deberían simplemente valer lo que costó producirlos? Resulta algo kafkiano incluso que a alguien se le haya ocurrido, en un momento así, cambiar el color, el estampado y el diseño de las mascarillas y así venderlas más caras, para que no muera nunca el estilo y se pueda seguir yendo a la moda.

Pero además tenemos que inventar soluciones, y soluciones a gran escala y para eso será necesario hacernos muchas preguntas, algunas casi ontológicas. ¿Cómo creamos un sistema donde podamos asegurar que se cubren las necesidades básicas de toda la gente sin comprometer al planeta y por ende a nuestra propia especie? ¿Cuáles son esas necesidades? ¿Cómo creamos un modelo de sociedad que garantice la salud y proteja a las personas sin conculcar sus libertades? Y sobre todo, ¿cómo transitar a ese nuevo sistema sin generar sufrimiento humano?

¿Cómo cambiar las cosas siendo conscientes de que vivimos en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite formas de control social que no tienen precedentes? ¿Cómo contrarrestamos la penetración de los fake news de la derecha, que nos está ganando la batalla cultural? ¿Cómo conseguir que no nos tome la delantera una solución neofascista? ¿Son las únicas opciones posibles el capitalismo democrático o el autoritario? ¿Qué hacer, aprendiendo las lecciones de los errores y terrores de la economía planificada? ¿Es viable una suerte de Green New Deal o el sistema está ya tocado de muerte? ¿Queremos mantenerlo vivo de forma artificial, darle la estocada final o ir sedándolo y procurarle una suerte de eutanasia? ¿Qué papel ha de jugar el Estado como entidad que permita garantizar el procomún y asegurar la redistribución? ¿Cómo garantizamos la democracia y qué democracia? ¿Cómo han de tomarse las decisiones para que no se produzcan derivas oligárquicas, de concentración y abuso de poder?

¿Cómo construimos ese nuevo mundo sin dejar atrás las luchas de los distintos movimientos sociales, recordando que todas las opresiones están entrelazadas, como plantea el enfoque de la interseccionalidad? Pero a la vez, ¿cómo lo hacemos para reconocernos todas y todos en un mínimo múltiplo común que nos sirva de pegamento? ¿Cuáles son aquellos logros de la modernidad de los que queremos seguir disfrutando (la posibilidad del espíritu crítico, la libertad, igualdad y fraternidad, el derecho a la duda y a la disensión, el desarrollo científico, los adelantos médicos, la esperanza de vida…)?

El enemigo es muy poderoso. Aquellos que, pese a estar también amenazados, quieren seguir enriqueciéndose, van a intentar volver a seducirnos con nuevas máquinas de persuasión y luego, si es necesario, con mecanismos propios del Estado del terror. Esta crisis puede conllevar el empobrecimiento masivo de una parte importante de la población, ¿pero la única manera de arreglar esto es alimentar una máquina que nos acaba destruyendo a nosotros mismos? ¿Sólo podemos salvarnos cavando nuestra propia tumba? ¿Tendremos que elegir entre la salud (ya sea por un virus o por restricciones debido a la contaminación o los desastres naturales) y la libertad? Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad y de justicia?

Quizá la única respuesta esperanzadora a todos los problemas que estén por venir ─ya vengan de la mano de una emergencia climática, un virus, un terremoto o un colapso financiero─ sea siempre la misma. Quizá no tenemos todavía la receta exacta, pero sí muchos de los ingredientes. El amor como pegamento común, la solidaridad, la justicia social. El pacifismo y el antiautoritarismo. Poner en el centro el buen vivir, la práctica de una vida que merezca ser vivida y que no sea un privilegio de unas contra otras sino una posibilidad para todos y todas a la vez.

Una de las posibles claves que me veo tentada a señalar es al virus como metáfora. Quizá sea lo pequeño y no las grandes estructuras lo que más capacidad tiene de adaptarse y mutar, de reinventarse, lo más duradero en el tiempo, lo que se adapta mejor a un planeta que ya no puede sostener que se le extraiga ni exprima más desde la lógica de la conquista, dominación y la explotación. El dilema es cómo articulamos lo pequeño, evitando que algún nodo crezca y se convierta en colonizador y cancerígeno.

Es hora de que nos pongamos a trabajar, juntos e intensamente, en construir ese mundo que queremos, un modelo que permita descolonizar el imaginario capitalista que estructura nuestras mentes aprovechando la situación de ruptura. Es tiempo de generar políticas y medidas prácticas que ofrecer ante esta grieta que se abre. La grieta puede ser aprovechada para dar paso a la distopía del héroe individual a la que tanto nos tienen acostumbradas las series de las diversas plataformas, pero son también las crisis y rupturas abruptas las que hacen caer los órdenes antiguos. Aquí solo trazo algunas preguntas, que permitan ir esbozando respuestas, desde las ganas de entendimiento y la generosidad.

La buena noticia es que sólo es necesaria la acción decidida y firme de una parte suficiente─ que no toda─ de la población, dispuesta a comportarse de manera colectiva, para conseguir los cambios, como ya demostraron las que lucharon por los derechos laborales, civiles, de género, muchas veces desde la desobediencia civil y pacífica. La historia de los movimientos sociales está llena de ejemplos de avances y resistencias que son los que han contribuido a consolidar los progresos que merece la pena mantener, ejemplos que el poder se encarga de minimizar y silenciar.

Quizá el mundo que queremos se parezca un poco a este, más sosegado, con tiempo para contemplar, conversar, escribir, reflexionar, con aire limpio con que llenar nuestros pulmones… Parecido a este pero sin miedo, sin diferencias sociales derivadas de la familia que te haya tocado, de las condiciones del hogar que tienes la suerte o la desgracia de habitar, sin la soledad impuesta para las personas que no tienen familia o red. Por supuesto sin represión, sin caza de brujas, sin invención de chivos expiatorios entre los más débiles, tomando de nuevo las calles para la gente.

Por Noelia Sánchez Suárez

2 abr 2020 06:40

Publicado enSociedad