Litio, cobalto y tierras raras. La carrera por los recursos pospetróleo

Gracias a su mismo nombre –energía renovable–, podemos imaginar un porvenir no muy lejano en que desaparecerá nuestra dependencia de combustibles no renovables como el petróleo, el gas natural y el carbón. En efecto, el gobierno de Joe Biden ha anunciado que se ha propuesto como objetivo eliminar totalmente la dependencia de EE UU de estos combustibles no renovables para la producción de electricidad de aquí a 2035. Pretende alcanzar este objetivo “desplegando recursos de producción de electricidad sin contaminación por carbono”, principalmente la energía perpetua del viento y del sol.

Visto que otros países emprenden la misma vía, resulta tentador concluir que pronto pasará a ser historia la época en que la competencia en torno a recursos energéticos limitados era una causa recurrente de conflictos. Lamentablemente, esto no es cierto: si el sol y el viento son efectivamente renovables hasta el infinito, los materiales necesarios para convertir estos recursos en electricidad –minerales como el cobalto, el cobre, el litio, el níquel y los elementos de tierras raras, o ETR– son todo menos renovables. Algunos de ellos, de hecho, son mucho más raros que el petróleo, lo que nos hace pensar que los conflictos mundiales en torno a recursos vitales bien podrían no desaparecer en la era de las energías renovables.

Para comprender esta paradoja inesperada, es preciso examinar cómo las energías eólica y solar se transforman en formas utilizables de electricidad y de propulsión. La energía solar se capta en gran parte mediante células fotovoltaicas [paneles solares fotovoltaicos], a menudo instalados en gran número [las huertas solares], mientras que el viento se aprovecha mediante turbinas gigantes que suelen desplegarse en vastos parques eólicos. Para utilizar la electricidad en el transporte, los automóviles y camiones han de estar equipados con baterías perfeccionadas, capaces de mantener una carga a lo largo de grandes distancias. Cada uno de estos equipos utiliza cantidades notables de cobre para transmitir la electricidad, así como una variedad de otros minerales no renovables. Los molinos eólicos, por ejemplo, requieren manganeso, molibdeno, níquel, zinc y tierras raras para sus generadores eléctricos, mientras que los vehículos eléctricos (VE) necesitan cobalto, grafito, litio, manganeso y tierras raras para sus motores y baterías.

Hoy por hoy, dado que la energía eólica y la solar solo representan el 7% de la producción mundial de electricidad y que menos del 1% de todos los vehículos que circulan son eléctricos, la producción de estos minerales es más o menos suficiente para satisfacer la demanda mundial. Claro que si EE UU y otros países optan realmente por un futuro energético verde, tal como plantea del presidente Biden, la demanda de estos minerales crecerá rápidamente y la producción mundial no podrá responder ni de lejos a las necesidades previstas.

Según un estudio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), titulado The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions, la demanda de litio en 2040 podría ser 50 veces superior a la actual, y la de cobalto y grafito 30 veces superior si el mundo se apresura a reemplazar los vehículos que funcionan con petróleo por vehículos eléctricos. Este aumento de la demanda incitará sin duda a la industria a desarrollar nuevas fuentes de abastecimiento de estos minerales, pero las fuentes potenciales son limitadas y su puesta en servicio será costosa y complicada. Es decir, el mundo podrá verse sometido a importantes penurias de materiales críticos. (“Ahora que la transición hacia las energías limpias se acelera a escala mundial –señala siniestramente el informe de la AIE– y que proliferan cada vez más los paneles solares, los molinos eólicos y los vehículos eléctricos, estos mercados de rápido crecimiento de los minerales claves podrían quedar expuestos a la volatilidad de precios, a la influencia geopolítica e incluso a dificultades de aprovisionamiento.”)

Y una complicación añadida: con respecto a algunos materiales más críticos, en particular el litio, el cobalto y los elementos de tierras raras, la producción está muy concentrada en unos pocos países, una realidad que podría dar pie al tipo de conflictos geopolíticos que ya jalonaron la dependencia del mundo con respecto a las grandes fuentes de petróleo. Según la AIE, un único país, la República Democrática de Congo (RDC), suministra actualmente más del 80% del cobalto mundial, y otro –China–, el 70% de los elementos de tierras raras. Asimismo, la producción de litio se concentra en lo esencial en dos países, Argentina y Chile, que representan conjuntamente cerca del 80% de la oferta mundial, mientras que cuatro países –Argentina, Chile, y Perú– suministran la mayor parte de nuestro cobre. Es decir, estas reservas futuras están mucho más concentradas en un número mucho más restringido de países que el petróleo y el gas natural, un dato que hace que los analistas de la AIE se inquieten ante las futuras luchas por el acceso a estos recursos.

Del petróleo al litio: las implicaciones geopolíticas, de la revolución del automóvil eléctrico

Es bien conocido el papel del petróleo en la configuración de la geopolítica mundial. Desde que el petróleo pasó a ser esencial para el transporte mundial –y por tanto para el funcionamiento de la economía mundial–, se ha considerado, por razones evidentes, un recurso estratégico. Puesto que las mayores concentraciones de petróleo se hallan en Oriente Medio, una región históricamente alejada de los principales centros de actividad industrial en Europa y Norteamérica y sujeta regularmente a convulsiones políticas, las principales naciones importadoras trataron durante mucho tiempo de ejercer cierto control sobre la producción y la exportación de petróleo de esta región. Esto dio lugar a un imperialismo de nivel superior sobre los recursos. Comenzó después de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña y las demás potencias europeas se disputaron el control colonial de las zonas petrolíferas de la región del Golfo Pérsico. Esa lucha continuó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando EE UU entró espectacularmente en esta competición.

Para EE UU, garantizar el acceso al petróleo de Oriente Medio pasó a ser una prioridad estratégica tras las crisis del petróleo de 1973 y 1979, la primera causada por un embargo petrolero árabe en represalia por el apoyo de Washington a Israel en la guerra de octubre de aquel año, y la segunda por una interrupción de los suministros provocada por la revolución islámica en Irán. En respuesta a las colas interminables ante las gasolineras de EE UU y a las recesiones subsiguientes, los sucesivos presidentes se comprometieron a proteger las importaciones de petróleo por todos los medios necesarios, incluido el uso de la fuerza armada. Es la postura que llevó al presidente George H. W. Bush [1989-1993] a librar la primera guerra del Golfo contra el Irak de Sadam Husein en 1991 y a su hijo [George W. Bush, 2001-2009] a invadir ese mismo país en 2003.

En 2021, EE UU ya no depende tanto del petróleo de Oriente Medio, dada la amplitud de la explotación mediante la tecnología de fracturación hidráulica de los yacimientos nacionales de esquistos y otras rocas impregnadas de petróleo. Sin embargo, el vínculo entre el consumo de petróleo y los conflictos geopolíticos no ha desaparecido. La mayoría de analistas piensa que el petróleo seguirá aportando una parte importante de la energía mundial en las próximas décadas, lo que no dejará de suscitar luchas políticas y militares en torno a las reservas restantes. Por ejemplo, ya han estallado conflictos en relación con las reservas extraterritoriales en los mares de China Meridional y Oriental. Ciertos analistas predicen también una lucha por el control de los yacimientos petrolíferos y minerales no explotados de la región ártica.

He aquí, por tanto, la cuestión que se plantea: ¿cambiará todo esto el fuerte aumento de usuarios de automóviles eléctricos? La cuota de mercado de los automóviles eléctricos ya aumenta rápidamente y se calcula que alcanzará el 15% de las ventas mundiales en 2030. Las grandes fábricas de automóviles invierten masivamente en este tipo de vehículos, anticipando un fuerte crecimiento de la demanda. En 2020 había en el mundo alrededor de 370 modelos de automóviles eléctricos disponibles en el comercio –lo que supone un aumento del 40% con respecto a 2019–, y los principales fabricantes han anunciado su intención de aportar 450 modelos suplementarios de aquí a 2022. Además, General Motors ha anunciado su intención de suprimir completamente los vehículos de gasolina y gasóleo convencionales de aquí a 2035, mientras que el director general de Volvo ha afirmado que en 2030 la empresa no venderá más que vehículos eléctricos.

Cabe pensar razonablemente que esta evolución no hará más que acelerarse, con profundas consecuencias para el comercio mundial de recursos. Según la AIE, un vehículo eléctrico típico precisa seis veces más insumos minerales que un vehículo clásico que funciona con petróleo. Se trata en particular de cobre para el cableado eléctrico, así como de cobalto, grafito, litio y níquel, necesarios para garantizar las prestaciones, la longevidad y la densidad energética (la energía producida por unidad de peso) de la batería. Además, los elementos de tierras raras serán esenciales para los imanes permanentes instalados en los motores eléctricos.

El litio, componente principal de las baterías de iones de litio, utilizadas en la mayoría de vehículos eléctricos, es el metal más ligero que se conoce. Aunque está presente tanto en los depósitos de arcilla como en minerales compuestos, raramente se da en concentraciones fácilmente explotables, si bien también puede extraerse de la salmuera en regiones como el Salar de Uyuni en Bolivia, la extensión de sal más grande del mundo. Actualmente, alrededor del 58% del litio mundial proviene de Australia, el 20% de Chile, el 11% de China, el 6% de Argentina y en proporciones menores de otros países. Una empresa estadounidense, Lithium Americas, está a punto de iniciar la extracción de cantidades importantes de litio de un yacimiento de arcilla en el norte de Nevada, pero choca con la resistencia de los ganaderos locales y la población indígena, que temen la contaminación de sus reservas de agua.

El cobalto es otro componente clave de las baterías de iones de litio. No es frecuente encontrarlo en yacimientos puros y casi siempre se obtiene como subproducto de la extracción de cobre y níquel. Actualmente se produce casi en su totalidad a partir de la extracción de cobre en la RDC, país caótico asolado por conflictos violentos, principalmente en el llamado cinturón de cobre de la provincia de Katanga, una región que en el pasado había intentado separarse del resto del país y que todavía muestra veleidades secesionistas.

Los elementos de tierras raras engloban un grupo de 17 sustancias metálicas dispersas en la corteza terrestre, pero rara vez se hallan en concentraciones explotables. Varias de ellas son esenciales para las futuras soluciones energéticas verdes, especialmente el disprosio, el lantano, el neodimio y el terbio. Utilizados en aleaciones con otros minerales, contribuyen a perpetuar la magnetización de los motores eléctricos en condiciones de alta temperatura, un requisito clave para los vehículos eléctricos y los aerogeneradores. Actualmente, alrededor del 70% de los elementos de tierras raras provienen de China, tal vez un 12% de Australia y el 8% de EE UU.

Una simple ojeada a la localización de estas concentraciones revela que la transición a la energía verde que plantean el presidente Biden y otros líderes mundiales podría chocar con graves problemas geopolíticos, que no dejan de recordar los que generó en el pasado la dependencia del petróleo. Para empezar, la nación más poderosa del planeta desde el punto de vista militar, EE UU, no puede aprovisionarse más que de pequeñas cantidades de ETR, así como de otros minerales esenciales, como el níquel y el zinc, para las tecnologías verdes avanzadas. Si Australia, una fiel aliada, seguirá siendo sin duda una proveedora importante de algunos de ellos, China, considerada cada vez más como adversaria, es crucial con respecto a los ETR. Congo, uno de los países más devastados del planeta por las guerras, es el principal productor de cobalto. Por tanto, no pensemos ni por un instante que la transición a un futuro basado en las energías renovables será fácil o estará exenta de conflictos.

El choque que viene

Ante la perspectiva de un abastecimiento insuficiente o de la dificultad de acceso a estos materiales críticos, los estrategas de la energía ya reclaman un esfuerzo importante por desarrollar nuevas fuentes de aprovisionamiento en el mayor número de lugares posible. “Hoy, los planes de abastecimiento y de inversión en relación con numerosos minerales críticos están bastante lejos de lo que hace falta para sostener un despliegue acelerado de paneles solares, aerogeneradores y vehículos eléctricos –ha declarado Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE–. Estos riesgos son reales, pero se pueden superar. La respuesta de las autoridades políticas y de las empresas determinará si los minerales decisivos siguen siendo un catalizador esencial para las transiciones energéticas limpias o se convierten en un cuello de botella en el proceso.”

Sin embargo, como Fatih Birol y sus socios de la AIE han señalado con toda claridad, superar los obstáculos que dificultan el aumento de la producción de minerales será todo menos fácil. Para empezar, el lanzamiento de nuevos proyectos mineros puede resultar extraordinariamente costoso y encerrar numerosos riesgos. Las empresas mineras pueden estar dispuestas a invertir miles de millones de dólares en un país como Australia, donde el régimen jurídico es acogedor y donde pueden esperar protección frente a expropiaciones o guerras futuras, pero numerosas fuentes minerales prometedoras se hallan en países como la RDC, Myanmar, Perú y Rusia, donde esas condiciones apenas se dan. Por ejemplo, los disturbios actuales en Myanmar, un importante productor de determinados elementos de tierras raras, ya han suscitado inquietud con respecto a su futura disponibilidad y provocado un alza de los precios.

El descenso de la calidad de los minerales preocupa. Con respecto a los yacimientos mineros, el planeta ha sido objeto de búsquedas sistemáticas, según los casos desde la edad de bronce, y buen número de ellos se descubrieron hace tiempo y se explotan desde entonces. “Estos últimos años, la calidad de los minerales ha seguido disminuyendo con respecto a toda una serie de productos básicos –señala la AIE en su informe sobre los minerales cruciales y las tecnologías verdes–. Por ejemplo, el contenido medio del mineral de cobre en Chile ha disminuido un 30% en los últimos 15 años. La extracción del contenido metálico de minerales de menor contenido requiere más energía, lo que presiona al alza el coste de producción e incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero y el volumen de los residuos”.

Además, la extracción de minerales de formaciones rocosas subterráneas implica a menudo el uso de ácidos y otras sustancias tóxicas y requiere en general grandes cantidades de agua, que resulta contaminada después de su uso. Este problema se ha agravado a raíz de la promulgación de leyes sobre la protección ambiental y de la movilización de las comunidades locales. En numerosas regiones del mundo, como en Nevada en relación con el litio, los renovados esfuerzos de extracción y tratamiento del mineral chocarán con una oposición local cada vez más combativa. Por ejemplo, cuando la empresa australiana Lynas Corporation trató de eludir la legislación ambiental australiana trasladando a Malasia los minerales de su mina de tierras raras de Mount Weld para tratarlos allí, los movimientos locales organizaron una prolongada campaña para impedírselo.

Para Washington, tal vez ningún problema es más espinoso –ya que se trata de la disponibilidad de materiales esenciales para una revolución verde– que el deterioro de sus relaciones con Pekín. Después de todo, China suministra actualmente el 70% de las tierras raras del mundo y dispone de importantes yacimientos de otros minerales esenciales. Además, este país se encarga del refino y tratamiento de numerosos materiales claves que se extraen en otros países. De hecho, en lo tocante al tratamiento de minerales, las cifras son chocantes. China tal vez no produce grandes cantidades de cobalto o de níquel, pero realiza el tratamiento de alrededor del 65% del cobalto y del 35% del níquel que se comercializan en todo el mundo. Si China produce el 11% del litio mundial, dispone de cerca del 60% del litio transformado. Por otro lado, en lo relativo a los elementos de tierras raras, China domina de manera apabullante: no solo suministra el 60% de las materias primas del mundo, sino también cerca del 90% de los ETR transformados.

Simplificando podemos decir que es imposible que EE UU u otros países puedan emprender una transición masiva de los combustibles fósiles a una economía basada en las energías renovables sin cooperar económicamente con China. No cabe duda de que se hará todo lo posible por reducir este grado de dependencia, pero no se ve ninguna perspectiva realista, dentro de un futuro previsible, de eliminar la dependencia de China con respecto a las tierras raras, el litio y otros materiales claves. En otras palabras, si EE UU pasa de una postura algo parecida a la de la guerra fría con respecto a Pekín a otra todavía más hostil, y si emprende nuevos intentos de tipo trumpiano de desacoplar su economía de la de la República Popular, como preconizan numerosos halcones del Congreso, no cabe duda de que el gobierno de Biden tendrá que abandonar sus planes con vistas a un futuro energético verde.

Obviamente, es posible imaginar un futuro en que las naciones comiencen a disputarse las reservas mundiales de minerales esenciales, del mismo modo que en tiempos se disputaron el petróleo. Al mismo tiempo, es perfectamente posible concebir un mundo en el que países como el nuestro abandonan simplemente sus planes de un futuro energético verde por falta de materias primas adecuadas y relanzan las guerras del petróleo del pasado. En un planeta ya de por sí sobrecalentado, esto conduciría a un caos civilizatorio peor que la muerte.

En realidad, Washington y Pekín apenas tienen otra alternativa que colaborar entre ellos y con otros muchos países para acelerar la transición a la energía verde, abriendo nuevas minas e instalaciones de tratamiento de los minerales esenciales, desarrollando sustitutos de los materiales escasos, mejorando las técnicas de explotación minera para reducir los riesgos ambientales y aumentando sustancialmente el reciclado de los minerales vitales de las baterías y otros productos usados. Toda otra alternativa será sin duda un desastre de primer orden, o algo peor.

Por Michael T. Klare

30 julio 2021

Michael T. Klare enseña en el Hampshire Colledge (Massachusetts) y escribe para el semanario The Nation sobre cuestiones relativas a la guerra y la paz

http://alencontre.org/ameriques/amelat/bolivie/lithium-cobalt-et-terres-rares-la-course-aux-ressources-de-lapres-petrole.html

Traducción: viento sur

Publicado enEconomía
Hacia un mundo feliz con el capitalismo digital

En una de las más famosas distopías de las muchas que la ciencia ficción ha imaginado, en "Un mundo feliz", Aldous Huxley describe una sociedad en la que los seres humanos están determinados desde que nacen a ser Alfas, Betas, Gamma…. Una jerarquía que da a cada grupo de personas una función laboral y un lugar en la escala social. Nada nuevo, lo radical de la novela es que en ese futuro que imagina (el 632 después de Ford) cada casta humana está feliz con su condición, se les determina a estar felices con la categoría humana que se le asigna al nacer. De esta forma el sistema funciona de manera armónica y, sobre todo, no se quejan.

Hoy que tanto se habla de capitalismo digital me pregunto si esa función de condicionante y somnífero social no lo están haciendo los algoritmos, el big data y Amazon. ¿Exagero? Pues si yo exagero qué no harán los organizadores del Foro Económico de Davos (el think tank del capitalismo por excelencia) al diseñar este eslogan para su encuentro de este año: "En 2030 no tendrás nada, pero serás feliz". Si pretendían ser optimistas, conmigo fallaron. Me eché a temblar.

Sabemos que toda revolución tecnológica produce cambios en el modelo productivo y, por tanto, en el trabajo y en la estructura social, pero lo que estamos viviendo sobrepasa los que conocemos por su dimensión y por su rapidez. El COVID ha catapultado esa revolución digital y, como en revoluciones tecnológicas anteriores, el coste cae sobre los hombros de los de siempre. No me crean a mí, sino a los datos de la OCDE, esa organización que no sirve para nada más que para dar buenas estadísticas:

En los próximos años las tecnologías como el 5G, la robótica avanzada y la inteligencia artificial van a transformar el mercado de trabajo en occidente. En la próxima década desaparecerá el 14% de los empleos tal como los conocemos ahora y cambiará el contenido del 35% de los empleos restantes. Es decir, casi el 50% de los empleos que conocemos actualmente serán totalmente distintos a causa de la tecnología. La mala noticia es que incluso los apologetas de la digitalización reconocen que esta transición puede ser larga y dolorosa.

Tendemos clasistamente a pensar que afectará solo a los trabajos menos cualificados, pero no es verdad. Volvamos a los datos de la OCDE: "La revolución digital está afectando especialmente a los trabajadores de cuello blanco: contables, abogados, administrativos…" Y anuncia que la clase media, vinculada a estos trabajos, a empezado a contraerse en occidente, es decir, hay menos movilidad social, o como lo explican ellos: "un milenial tiene un 20% menos de posibilidades de pertenecer a la clase media que los nacidos tras las II Guerra Mundial".

Trabajos más precarios y no solo para los sectores menos cualificados, eso significa el capitalismo digital. Menos derechos, una "vida low cost". Copio el término del estudio editado por CCOO en el que el profesor Jaime Aja, uno de los mejores sociólogos del trabajo de nuestro país, describe así la precariedad en la que vive la mayoría de juventud española: "una situación de inestabilidad e inseguridad laboral que provoca una dificultad creciente para desarrollar un proyecto de vida autónomo".

Que el capital quiera imponer esta transformación no significa que lo consiga, al menos no como quisieran. La rebeldía está ahí, los conflictos laborales y sociales también o las oportunidades para exigir menos horas de trabajo o la semana laboral de 4 días. Lo que me asusta no es eso, sino que nos vendan esa vida low cost como un mundo deseable.

Trabajas por un bajo salario en uno o varios empleos temporales y vives en un piso pequeño o una habitación compartida que se lleva la mitad de tu sueldo, pero vas a casa en patinete eléctrico, puedes ver una serie de Netflix, comprar muebles baratos muy estilosos en Ikea y camisetas a 7 euros en el Primark, descargarte videojuegos entretenidísimos mientras subes fotos de una vida irreal a Instagram o debates muy sesudamente en Twitter sobre la realidad del mundo. ¿Por qué no ibas a ser feliz, aunque no tengas nada?

El epitome de este absurdo lo encuentro en el vuelo privado de Jeff Bezos a la estratosfera. El hombre al que la pandemia ha convertido en el más rico de la historia moderna satisfacía así su delirio narcisista y de paso, avanzó en la privatización de los vuelos espaciales, es decir, de la conquista de otros mundos. Insisto en que el que ellos lo pretendan no significa que pase, pero la forma acrítica con la que los medios trataron semejante dislate ególatra en medio de una pandemia mortal, me pilló por sorpresa.

Entiendo y comparto la seducción de la tecnología, a mi también me encantan los avances tecnológicos, pero esta atracción por la novedad no debe cegarnos. El capitalismo digital no va de tecnología, va de nuevas formas de explotación. Sirva este artículo como alerta, entre los muchos y muchas que ya los están haciendo, para que su distopía no avance ni se convierta en realidad.

¿Cómo evitarlo? No tengo la respuesta, aunque sí sé que vendrá de los y las que luchan. Encuentro una pista, quizá, en "Un mundo feliz" y en la deliciosa ironía con la que Aldous Huxley dio nombre a sus personajes. ¿Saben qué nombre le puso al protagonista que rompe ese "mundo feliz", que lo desvela, lo desafía y abre la puerta a la esperanza? Lo llamó Bernard Marx.

Por Marga Ferré

Co-presidenta de Transform Europe

30/07/2021

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El capitalismo camina hacia el tecnofeudalismo

Alarma en las potencias occidentales y hasta en el FMI por el poder cada vez más impresionante de las grandes corporaciones

 

Mientras la derecha política y mediática local repite eslóganes y prejuicios contra el Estado, el debate mundial apunta a fortalecerlo, ya no sólo por el papel central ocupado en la pandemia, sino para enfrentar el avance despiadado de los gigantes del mundo digital. Señales para la economía argentina acerca de la necesidad de intervenir sobre empresas que abusan de la posición dominante de mercado.

 

Tres ideas se están debatiendo en los máximos niveles políticos de las potencias, que necesariamente deberían tener influencia en países periféricos como Argentina:

  1. Las multinacionales contabilizan ganancias extraordinarias y, para financiar a un Estado que ha destinado muchos recursos para atender la pandemia, deben pagar un impuesto adicional.
  2. La posición dominante de grandes empresas monopólicas u oligopólicas deriva en aumentos de precios excesivos y en ausencia de competencia.
  3. El cada vez mayor poder de mercado y financiero de las grandes empresas está limitando la efectividad de tradicionales instrumentos de política monetaria, como la suba de la tasa de interés por parte de las bancas centrales para atender tensiones inflacionarias.

 

No se trata de diagnósticos y propuestas de una plataforma de gobiernos de izquierda, sino que es la reacción de un sistema estatal que, desde su origen, estuvo aliado y, a la vez, condicionado por las corporaciones, pero ahora las firmas dominantes directamente se están independizando de ese circuito político y de control económico tradicional.

Esta emancipación se expresa en la utilización de guaridas fiscales para pagar poco o nada de impuestos en los países de origen; los aumentos de precios por encima del promedio luego de eliminar por absorción a la competencia; y la abundancia de recursos financieros líquidos que hace que no les importe la estrategia monetaria de las bancas centrales.

Son más grandes que el Estado

La pandemia dejó al descubierto la actual fase histórica del capitalismo concentrado cuando, por primera vez, una extraordinaria crisis económica-financiera global no afectó en forma negativa el negocio bursátil.

Por el contrario, el índice promedio de las principales bolsas mundiales está en niveles record, mientras las economías se derrumbaron y están tratando de recuperar lo perdido, la desocupación se ha disparado y el drama sanitario y social ha sido fulminante.

Este comportamiento divergente entre la economía real y la evolución de las cotizaciones de grandes firmas es uno –no el único- factor que refleja la nueva etapa del capitalismo. En ésta se está desvinculando la histórica asociación entre los Estados y las corporaciones dominantes del sistema de organización tradicional de las fuerzas de producción.

Las tres menciones arriba indicadas sobre las multinacionales sólo son la reacción del mundo político de las potencias, en especial las de Occidente, para tratar de no ver disminuida la capacidad de intervención e influencia de los Estados o, en los hechos, la pretensión de no perder importancia en las relaciones de poder.

Cuál será el legado de la pandemia

No deja de sorprender el análisis rústico de economistas locales, con sus habituales amplificadores, dedicados a debilitar y desacreditar el rol del Estado en la economía.

Hasta la revista conservadora The Economist se hace eco de la nueva etapa y del papel central que está ocupando el Estado, espacio que aspira a preservar pese a la expansión de las corporaciones globales, en especial las vinculadas al negocio digital.

En el texto "Después de la enfermedad. El largo adiós a la covid-19" se asegura que, con la vacuna, están surgiendo destellos de vida poscovid, pero se advierte que existen dos cuestiones claras. Una, que la última fase de la pandemia será prolongada y dolorosa, y dos, que la covid-19 dejará atrás el mundo conocido.

Ese mundo nuevo que presenta The Economist seguiría el patrón establecido por pandemias pasadas, identificando tres cambios, definidos por el sociólogo y médico greco-estadounidense Nicholas Christakis de la Universidad de Yale:

 

  1. La amenaza colectiva impulsa un crecimiento del poder estatal.
  2. El vuelco de la vida cotidiana conduce a la búsqueda de sentido.
  3. La cercanía de la muerte que trae precaución mientras la enfermedad se agita estimula la audacia cuando ha pasado.

 

La gente se atrinchera con el Estado

 

El artículo describe que cuando la población de los países ricos se refugiaba en sus casas durante los cierres, el Estado se atrincheró con ellos.

Detalla que durante la pandemia, los gobiernos han sido el principal canal de información, los que establecieron las reglas, fueron la fuente principal de dinero en efectivo y, finalmente, se han convertido en los proveedores exclusivos de vacunas.

Calcula que los Estados de los países ricos pagaron 90 centavos por cada dólar de producción perdida.

Menciona que existe un vigoroso debate académico sobre si los encierros "valieron la pena, pero el legado de la pandemia del gran Estado ya está a la vista".

Apunta en forma crítica –vale recordar que The Economist es una fuente destacada del conservadurismo- que "sólo hay que mirar los planes de gastos de la administración Biden". Para concluir que "cualquiera que sea el problema (desigualdad, crecimiento económico lento, seguridad de las cadenas de suministro), un Estado más grande y más activista parece ser la solución preferida".

 

Hasta el FMI se sorprende del poder de las corporaciones

 

Algo está cambiando en el marco analítico, por lo menos en la voluntad de reflexionar sobre la dinámica de la economía en la fase de la globalización pospandemia.

Un reciente documento del Fondo Monetario Internacional "Taming Market Power Could (also) Help Monetary Policy", de los investigadores Romain Duval, Davide Furceri y Marina M. Tavares, explica que, ante la amenaza de la inflación, las bancas centrales de los países desarrollados están estudiando aplicar la receta conocida: subir la tasa de interés.

Esta medida es lo que la ortodoxia local está reclamando que haga el Banco Central, para imitar al resto de las autoridades monetarias de la región que ya subieron las tasas.

Como se sabe, el alza de las tasas incrementa la renta de inversores y encarece el crédito, una forma de restringir así la demanda y, por lo tanto, controlar los precios. Es la receta monetarista clásica.

La idea de la suba de la tasa de interés, además, busca influir sobre las expectativas futuras de consumidores y empresas y, de ese modo, lograr eficacia en la política monetaria contractiva.

Sin embargo, esos economistas del Fondo se sorprendieron con un factor que, aseguran, el análisis convencional pasa por alto: el poder de mercado de las grandes empresas.

La investigación que presentaron revela que empresas cada vez más grandes y poderosas están haciendo de la política monetaria una herramienta menos efectiva para administrar la economía.

Lo dicen para países ricos, pero se puede extender a economías en desarrollo con mercados muy concentrados, en los cuales operan empresas con posición dominante y abundantes recursos financieros (en Argentina, por ejemplo, corporaciones de telecomunicaciones con ramificaciones en medios de comunicación).

 

Apple y Google tienen tanto dinero en efectivo que son Amo y Señor

 

El estudio del FMI describe que las empresas con mayor poder de mercado responden menos a las acciones de la política monetaria debido a que contabilizan ganancias abultadas.

Esas utilidades, que se incrementaron pese a la tragedia de la pandemia o, para ser precisos, las aumentaron gracias a la pandemia, hacen que esas empresas sean menos sensibles a los cambios en las condiciones de acceso al financiamiento por decisiones de las bancas centrales.

Esos economistas fondomonetaristas ponen por ejemplo que, en marzo de 2021, Apple tenía más de 200.000 millones de dólares en efectivo y en inversiones en acciones y bonos, mientras que Alphabet (Google) tenía más de 150.000 millones de dólares.

O sea, esas empresas tienen un colchón de efectivo tan grande que pueden decidir inversiones y otros proyectos sin preocuparse por la facilidad con la que podrían acceder a otras fuentes de financiación. Es decir, dejan de depender de cuál es la tasa de interés de referencia que fija la banca central.

En cambio, las empresas que enfrentan mayores restricciones crediticias, como pymes o firmas con un margen de rentabilidad reducido, quedan condicionadas por la política monetaria.

Por lo tanto, la investigación concluye que "el poder de mercado excesivo también puede obstaculizar la capacidad de las bancas centrales para estimular la actividad económica durante las recesiones y enfriarla durante las expansiones". Lo dice el FMI, no un economista de izquierda.

 

El FMI pide más control a las corporaciones

 

Luego de ofrecer esta sorprendente definición teniendo en cuenta de donde proviene, esos economistas se destapan con la siguiente recomendación: 

"En un lugar destacado de la agenda se encuentran las mejoras en los marcos de políticas y leyes de competencia. Estos incluyen, dependiendo de las jurisdicciones, un control más estricto de las fusiones, particularmente cuando se trata de empresas dominantes, una aplicación más estricta de sanciones por los abusos, una mayor dependencia de las investigaciones de mercado y medidas más específicas para hacer frente a la economía digital en rápida evolución".

 

Joe Biden versus las corporaciones

 

Esta investigación del FMI no es casual. El gobierno demócrata de Joe Biden decidió intervenir en este escenario de expansión económica y de poder de las corporaciones.

El 9 de julio pasado, Biden firmó una orden ejecutiva (decreto) con 72 medidas que busca limitar el poder de las grandes compañías para que bajen los precios de los productos y aumente la competencia.

Los sectores alcanzados van desde tecnología y transporte hasta salud y bancos, pasando por la agricultura y el negocio farmacéutico.

Biden quiere reforzar la aplicación de las leyes antimonopolio para combatir "prácticas anticompetitivas". Apunta, por ejemplo, a las fusiones o adquisiciones, algo común entre gigantes tecnológicos como Facebook, Google, Apple y Amazon.

El objetivo expuesto por Biden es potenciar una mayor competitividad en la economía estadounidense, así como lograr "precios más bajos y aumentos de salarios".

"No más tolerancia a las acciones abusivas de los monopolios. No más fusiones perversas que conducen a despidos masivos, precios más altos y menos opciones para los trabajadores y consumidores", afirmó Biden.

 

El abrazo de la derecha con EE.UU. debería ser completo: Pfizer + antimonopolio

 

La derecha local hace lobby para el laboratorio Pfizer, no sólo por privilegiar la elección de esa vacuna, sino por una evidente opción para promover la subordinación del país a los Estados Unidos.

Si esta es la manifiesta preferencia geopolítica de la alianza política y mediática conservadora, también debería tomar nota de que el actual gobierno de Estados Unidos impulsa una política antimonopolio, que si se aplicara en Argentina afectaría la principal base mediática de propaganda y difusión de la derecha.

Si la decisión entonces es subordinarse a Estados Unidos, el abrazo de sometimiento debería incluir a Pfizer y también a su actual política contra las empresas con posición dominante de mercados.

El economista griego y ex ministro de Finanzas de Grecia Yanis Varoufakis publicó "El tecnofeudalismo se está apoderando", en Project Syndicate, texto que permite profundizar el análisis acerca de lo que está pasando en la economía con la expansión de las corporaciones.

Es un interesante aporte para eludir análisis rústicos que circulan y para escapar de las vulgaridades de la secta de economistas ortodoxos. Varoufakis afirma que "así como el capitalismo desplazó al feudalismo de forma gradual, subrepticia, hasta que un día la mayor parte de las relaciones humanas se basaron en el mercado y el feudalismo fue barrido, el capitalismo actual está siendo derrocado por un nuevo modo económico: el tecnofeudalismo".

 

¿Qué es el tecnofeudalismo?

 

Varoufakis explica que las transformaciones radicales tuvieron repercusiones trascendentales (la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Gran Recesión y el Largo Estancamiento posterior a 2009) no alteraron la característica principal del capitalismo: un sistema impulsado por ganancias privadas y rentas extraídas a través de algún mercado.

Ahora, en cambio, la extracción de valor se ha alejado cada vez más de los mercados y se ha trasladado a plataformas digitales, como Facebook y Amazon, que ya no operan sólo como empresas oligopólicas, sino más bien como feudos.

Ofrece una definición provocadora del actual estadio del capitalismo: "Las plataformas digitales han reemplazado a los mercados como el lugar de extracción de riqueza privada. Por primera vez en la historia, casi todo el mundo produce gratuitamente el capital social de las grandes corporaciones. Eso es lo que significa cargar cosas en Facebook o moverse mientras se está vinculado a Google Maps".

Aclara que no es que los sectores capitalistas tradicionales hayan desaparecido puesto que las relaciones capitalistas permanecen intactas, sino que las relaciones tecno-feudalistas han comenzado a superarlas.

El desafío para economías periféricas como la argentina, en este mundo en transformación y de pospandemia, es no caer en las trampas de recetas tradicionales de la ortodoxia, y encontrar espacios para el desarrollo nacional entre las fisuras de esta nueva y compleja etapa de la globalización.

 

Por Alfredo Zaiat

24/07/2021

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Publicado enInternacional
El socialismo cosmopolita de José Carlos Mariátegui

Por anudarlo a menudo a la tradición nacional-popular e indigenista, se suele prestar menos atención a la dimensión universalista y cosmopolita del pensamiento de José Carlos Mariátegui. Los textos seleccionados en una reciente Antología del intelectual peruano creador de la revista Amauta reponen la densidad y los pliegues de su pensamiento y permiten revisar algunos lugares comunes ampliamente difundidos.

 

A 91 años de su inesperado fallecimiento, la figura de José Carlos Mariátegui (1894-1930) continúa despertando pasiones y concitando interés entre los investigadores y el público lector en Latinoamérica y otras partes del mundo. Que así sea no se debe solamente a que el peruano haya quedado consagrado como el «primer marxista de América» (según la definitoria fórmula de Antonio Melis, uno de sus mayores estudiosos)1, a su impronta indigenista y confiada en el potencial creativo de individuos y sujetos sociales, o a haber encarnado uno de los más virtuosos maridajes entre vanguardismo estético y vanguardismo político. Además de esos rasgos de su trayectoria y de otros que pueden fácilmente añadirse, el persistente atractivo de Mariátegui descansa en su arborescente producción escrita. 

Consistente en cerca de 2.500 artículos periodísticos y ensayos breves elaborados al ritmo vertiginoso de las publicaciones periódicas para las que fueron concebidos, su obra se ubica a distancia de cualquier ilusión de unidad o coherencia. Ciertamente, su renuncia a la sistematicidad –capaz de incomodar a lectores sagaces de sus escritos, como el gran historiador José Sazbón2– luce como un factor de primer orden a la hora de ingresar en su laboratorio intelectual. De un lado, Mariátegui mismo se jacta, en las notas preliminares de los dos libros que publicó en vida (compuestos a partir del ensamblaje de una porción de sus ensayos ya publicados), de que esa inorganicidad es consustancial a un estilo de trabajo irreverente, que le permite ofrecer radiografías penetrantes del caleidoscopio que le toca vivir. Para captar las instantáneas de su época, su «método», declara al inicio de La escena contemporánea, no puede ser sino «un poco periodístico y un poco cinematográfico»3; su afán, señala al presentar los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, es el de desplegar un pensamiento que se ordene «según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada de un libro, sino a aquel cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente»4. Esa disposición vital un tanto salvaje de quien allí mismo se arroga «meter toda mi sangre en mis ideas» (y no ha de ser casual que la otra figura que aparece evocada en esa «Advertencia» sea la de Domingo F. Sarmiento) resulta, en definitiva, una condición inicial que conviene contemplar para leer o releer a Mariátegui. 

De otro lado, precisamente la fluidez de su escritura y los múltiples nombres propios y temáticas en que incursiona habilitan nuevas e insospechadas aproximaciones a su obra. «Estudiaremos todos los grandes movimientos de renovación: políticos, filosóficos, artísticos, literarios, científicos. Todo lo humano es nuestro», escribió nuestro autor en la presentación inicial de su revista Amauta. La perdurable atracción que ejerce Mariátegui obedece también a las posibilidades de lectura que se derivan de la sorprendente ubicuidad de sus intereses. 

Ese carácter proliferante y desprejuiciado de su praxis intelectual se halla compensado, en sus constantes aperturas, por una suerte de brújula interna. Como advirtió Álvaro Campuzano en un lúcido ensayo reciente, el «entramado proteico, complejo y en movimiento» que conforma el amplio abanico de temas visitados por la pluma de Mariátegui se ve regulado por una «orientación básica, comparable a una fuerza gravitatoria»5. Pero ¿dónde radica ese núcleo en torno del cual orbita, a mayor o menor distancia, la pluralidad de sus escritos? Aquí sostenemos que se cifra en el horizonte de un socialismo cosmopolita. Desde 1918, y cada vez con mayor vigor, el primero de los términos de esa fórmula será parte de la identidad pública de Mariátegui como periodista y como intelectual. «Hombre con una filiación y una fe», como se define en La escena contemporánea, su adscripción socialista se verifica sea en su voluntad de marxismo (por ejemplo, para encarar la cuestión indígena desde una perspectiva económica y de clase), en su aliento revolucionario (impulsado por el acontecimiento bolchevique de 1917 y luego por el influjo de Georges Sorel y de otras sugestiones), o en su recurrente lectura de los hechos sociales, estéticos y culturales contemporáneos como índices de fuerzas nuevas o, en su reverso, como síntomas del declive de la sociedad burguesa (según se aprecia en la remisión de una multitud de fenómenos de actualidad a los campos antitéticos de la revolución o la decadencia; aun cuando, como puede verse en algunos de sus textos, esa perspectiva no implicó la condena en bloque de todos los elementos asociados a la cultura liberal). 

En cambio, su constante inclinación cosmopolita, que lo acompaña y lo alienta incluso en sus incursiones en los «problemas peruanos» –que conforman una porción limitada de los textos que compone en su etapa madura–, ha sido menos reconocida. Y es que en América Latina la corriente principal de interpretación de Mariátegui quiso anexarlo sin más a los nombres-faro de la tradición nacional-popular6. Favoreció esa tendencia el uso descontextualizado de algunos giros o frases, ejemplarmente el de la que a todas luces ha sido su cita más famosa: aquella que en el editorial de Amauta titulado «Aniversario y balance» indicaba que el socialismo en América Latina debía evitar ser «calco y copia»7. Frente a los estímulos a la autosuficiencia cultural derivables de esa frase, aquí sostenemos en cambio que la marcha de Mariátegui estuvo animada por una serie de disposiciones vitales que Mariano Siskind denominó «deseos cosmopolitas»8, un conjunto de posicionamientos estratégicos que «permitían imaginar fugas y resistencias en el contexto de formaciones culturales nacionalistas asfixiantes y establecían un horizonte simbólico para la realización del potencial estético translocal de la literatura latinoamericana y de procesos de subjetivación cosmopolitas». En otras palabras, lo que definió globalmente la aventura intelectual de Mariátegui fue una vocación resueltamente antiparticularista, que tanto para ofrecer lúcidos avistajes de los rasgos y figuras de su contemporaneidad como para, incluso, disponer caracterizaciones de la realidad nacional peruana, no cesó de colocar sus análisis en relación con las dinámicas de la época irremisiblemente mundial que latía ante sus ojos.

Defensa y recreación del marxismo

En el inicio de sus investigaciones sobre la realidad peruana, Mariátegui había entrevisto que la cuestión del indio, atinente a las grandes mayorías que habitaban Perú, se vinculaba al «problema de la nacionalidad» (como especificó Terán, «a la posibilidad de constitución de estructuras nacionales sobre la base de realidades heterogéneas y muchas veces centrífugas»9). El autor de los Siete ensayos llega a atisbar este horizonte a la hora de preguntarse por el despliegue de una estrategia socialista que apunte a incorporar a las masas. Sin embargo, si el discurso de Mariátegui llegó a admitir una mirada positiva del nacionalismo, ello tuvo que ver con esquemas y situaciones que trascendían el caso particular de Perú. En primer lugar, y en sintonía con los postulados defendidos entonces por la Internacional Comunista y, de modo más amplio, por el campo antiimperialista que se había desarrollado vigorosamente en el mundo tras el fin de la guerra, Mariátegui suscribía a la tesis según la cual «el nacionalismo que en las naciones de Europa tiene forzosamente objetivos imperialistas y, por ende, reaccionarios, en las naciones coloniales o semicoloniales adquiere una función revolucionaria»10. Las simpatías hacia movimientos antiimperialistas de países como China, la India o Marruecos, así como los fluidos lazos que mantenía entonces con el naciente proyecto del apra de Víctor Raúl Haya de la Torre, eran muestras de esa tesitura. Pero además, esa variante de nacionalismo prototercermundista merecía la atención de Mariátegui tanto por encarnar valores universales como por abonar al clima romántico y convulsionado que daba tono a la época. Así, mientras podía comenzar un artículo sobre Egipto señalando que «despedida de algunos pueblos de Europa, la Libertad parece haber emigrado a los pueblos de Asia y África», en otro se entusiasmaba al comprobar que «la revolución rifeña [en referencia a la República del Rif, en Marruecos] cesó de ser un hecho aislado para convertirse en un episodio y en un sector de la revolución mundial»11

Ese tipo de razonamiento va a verse alterado a partir de la ruptura con el apra en 1928. A comienzos de ese año, Haya de la Torre lanza el llamado «Plan de México» (por su lugar de concepción, durante su exilio) que, inspirado en el antiimperialismo del Kuomintang chino, se propone despertar en Perú un movimiento de masas a partir de la creación desde el exterior de un autodenominado Partido Nacionalista Libertador. Ese proyecto fracasa, pero alcanza a desatar una agria polémica epistolar entre Haya y Mariátegui, quien lo juzga precipitado y propio de la vieja política criolla caudillista. El quiebre entre las dos figuras máximas de la generación peruana de 1920 se proyecta a las páginas de Amauta, desde las cuales su director –en el ya mencionado editorial «Aniversario y balance»– proclama «nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido Nacionalista», a la vez que enfatiza la adscripción socialista de la revista. Poco después, junto con un núcleo de obreros, Mariátegui promueve la creación del Partido Socialista del Perú. 

Nuestro autor tuvo ocasión de elaborar sus discrepancias con Haya de la Torre en «Punto de vista antiimperialista», texto enviado a la I Conferencia Comunista Latinoamericana que se realizó en Buenos Aires en 1929. Allí, una vez más se expresó a favor de «la formación de partidos de clase y poderosas organizaciones sindicales», en contraposición a las «vagas fórmulas populistas» que observaba en el jefe aprista. La referencia es de interés para una historia del concepto de populismo en América Latina que está aún por hacerse, puesto que los usos de la noción por parte de Mariátegui se cuentan entre los primeros provenientes de figuras de izquierda en el continente (junto a los que, en tono de ácida diatriba, el cubano Julio Antonio Mella espeta al aprismo en su panfleto «¿Qué es el arpa?»). En el peruano, además, esos empleos se solapan con sus críticas al «populismo literario»12

Y mientras esta polémica de gran resonancia posterior en las izquierdas peruanas y latinoamericanas tenía lugar, Mariátegui reafirmaba su colocación socialista y marxista en otro terreno de debate. Entre julio de 1928 y junio de 1929, publica en los semanarios Variedades y Mundial una saga de textos a modo de respuestas a un libro aparecido un par de años antes, primero en alemán y casi de inmediato en otras lenguas, y que en Europa había generado vivaces controversias: Más allá del marxismo, del dirigente del socialismo reformista belga Henri de Man. Ese ensayo, que Mariátegui situaba en la serie de intervenciones que desde fines del siglo xix señalaban las insuficiencias (cuando no la crisis) de la doctrina inspirada en Marx, pretendía efectuar no solo una revisión, sino una «liquidación» del marxismo, que a juicio de De Man subsistía preso de los presupuestos filosóficos decimonónicos de corte racionalista que eran ya obsoletos. 

Mariátegui, habituado a diagnosticar la caducidad de los términos preexistentes a la época inaugurada con la guerra y la revolución, esta vez asumía una «defensa del marxismo» (tal era el título del libro en el que proyectaba reunir la serie de réplicas a De Man). Esa postura no buscaba salvaguardar el socialismo economicista, parlamentarista y de rémoras positivistas que él también despreciaba, sino aprovechar la ocasión para sacar a relucir el proceso de revivificación que en su mirada experimentaba el marxismo contemporáneo. Habiendo tomado contacto inicial con la obra de Marx mediante la tradición del idealismo italiano13, entre los decisivos cambios que le había traído aparejada su estancia europea estaba el de haber trastocado su misticismo religioso de juventud –asociado al catolicismo que había heredado de su madre y vinculado entonces a sus búsquedas literarias– en un ingrediente fundamental para entender la política y los procesos de subjetivación de la posguerra. «¿Acaso la emoción revolucionaria no es una emoción religiosa? Acontece en el Occidente que la religiosidad se ha desplazado del cielo a la tierra», escribía en el artículo dedicado a Gandhi en La escena contemporánea14. La perspectiva vitalista y nietzscheana de Mariátegui, que había comenzado a fermentar en sus apreciaciones del romanticismo político de la gesta bolchevique, pero también de D’Annunzio y el fascismo italiano, había revigorizado al marxismo e insuflado a los movimientos revolucionarios que alborotaban al mundo. Además de Croce, Bergson y Gobetti, para Mariátegui la mediación intelectual fundamental para caracterizar ese fenómeno habían sido Georges Sorel y su teoría del mito como carburante emocional que impulsaba a los sujetos a la acción. Según había escrito en uno de sus principales ensayos,

la experiencia racionalista ha tenido esta paradójica eficacia de conducir a la humanidad a la desconsolada convicción de que la Razón no puede darle ningún camino. El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón. (...) La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito15

En su polémica con De Man, Mariátegui escribía que «a través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx». Pero persuadido de que el autor de Reflexiones sobre la violencia había tenido seguidores tanto en la izquierda como en el fascismo, ataba su recuperación a la figura de Lenin, a quien siguiendo una senda soreliana consideraba «el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista»16. No por casualidad Mariátegui había traducido y publicado en Amauta un conocido texto tardío de Sorel que elogiaba al revolucionario ruso17. En rigor, el peruano llevaba a cabo una operación exactamente opuesta a la que desplegaba la corriente principal de seguidores del pensador francés, cuyas demandas imperiosas de concreción de un mito revolucionario habilitaron el pasaje de la clase a la nación, aportando así un ingrediente de peso en la conformación de la cultura política fascista18. En Mariátegui el camino iba a ser el inverso. Según escribió, «el nuevo romanticismo, el nuevo misticismo, aporta otros mitos, los del socialismo y el proletariado»19. Su atenta lectura de los componentes emocionales del movimiento liderado por Mussolini lo llevó a presagiar una sentimentalidad análoga férreamente asentada en el mito de la clase obrera mundial. De allí el modo en que concluye su ensayo «Biología del fascismo»: «Solo en el misticismo revolucionario de los comunistas se constatan los caracteres religiosos que Gentile descubre en el misticismo reaccionario de los fascistas»20

En definitiva, en su discusión con De Man, Mariátegui se preocupó por ofrecer numerosas pistas que daban muestras de la vitalidad de la que en su época continuaba gozando el marxismo. Desde una perspectiva analítica, señalaba que «mientras el capitalismo no haya tramontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido». Pero más importante le parecía advertir, desde un punto de vista político, que el autor de El capital «está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran, en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina»21. Finalmente, como fenómeno intelectual, el marxismo exhibía gran plasticidad, tanto en su diseminación espacial (contaba con especialistas en países como China o Japón) como en las maneras en que absorbía otros saberes y se fusionaba con otras corrientes de la contemporaneidad. No obstante, corresponde decir que ese señalamiento habla seguramente más de las aperturas del socialismo de Mariátegui que de tendencias efectivamente existentes, como evidencian su singular insistencia en valorar la orientación comunista del surrealismo o, más aún, su interés en favorecer una zona de contacto apenas incipiente: la que buscaba yuxtaponer freudismo y marxismo22

Una deriva singular del énfasis de Mariátegui en los componentes vitalistas y favorables a la acción de figuras y grupos está asociada a un tema recurrente en sus textos: el de la aventura. Según llegó a consignar, tenía planeado incluir en el libro El alma matinal un ensayo titulado «Apología del aventurero», que aparentemente no llegó a escribir (es posible conjeturar que, de haberlo hecho, se habría servido de las incursiones sobre el asunto de Georg Simmel, cuya obra conocía23). En una muestra más de su heterodoxia, Mariátegui citaba elogiosamente, de un célebre discurso de Benito Mussolini, el apotegma nietszcheano que predicaba «vivir peligrosamente»24. Así, por caso, ofrecía el siguiente perfil del escritor socialista boliviano Tristán Marof, «caballero andante de Sudamérica»: Yo no lo había visto nunca; pero lo había encontrado muchas veces. En Milán, en París, en Berlín, en Viena, en Praga, en cualquiera de las ciudades donde, en un café o un mitin, he tropezado con hombres en cuyos ojos leía la más dilatada y ambiciosa esperanza. Lenines, Trotskis, Mussolinis de mañana. Como todos ellos, Marof tiene el aire a la vez jovial y grave. Es un Don Quijote de agudo perfil profético25.

El tópico de la aventura reaparece con frecuencia en los ensayos de Mariátegui para ilustrar formas de vida antiburguesa. Por ejemplo, para comentar el cine de Charles Chaplin, trazar un perfil del escritor trashumante de origen rumano Panait Istrati (cuyas novelas se publican y traducen en Minerva) o referir a la «existencia aventurera y magnífica» de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan, desde su San Francisco natal hasta su consagración parisina, y de allí hacia su bienio en la Rusia bolchevique26. La cuestión ronda también la visión de Mariátegui sobre «La misión de Israel», que no podía ser, como pretendía el sionismo, la de confinarse en un Estado nacional. «El pueblo judío que yo amo no habla exclusivamente hebrero ni ídish; es políglota, viajero, supranacional», escribió en ese ensayo. Por ello, estaba destinado a contribuir «al advenimiento de una civilización universal»27

¿Cómo pensar, en definitiva, el gesto de Mariátegui al componer la que probablemente haya sido la respuesta más sofisticada recibida por el libro de De Man, el texto que por excelencia buscaba desafiar al marxismo en la escena internacional de su tiempo? Mariano Siskind ha escrito que la figura del intelectual cosmopolita latinoamericano opera desde la presuposición de

un campo discursivo horizontal y universal donde [los intelectuales] pueden representar su subjetividad cosmopolita en igualdad de condiciones con las culturas metropolitanas. (...) Estos planteos se construyen sobre la estructura de una fantasía omnipotente, (...) una fantasía estratégica y voluntarista, pero muy eficaz en su capacidad de abrir un horizonte de significación cosmopolita28.

Al polemizar con De Man, al apropiarse del surrealismo y debatir sobre sus derivas a fines de la década de 1920, al sopesar las alternativas del socialismo en Japón, o al elogiar matizadamente la figura de Rabindranath Tagore (es decir, al discutir con las expresiones más significativas de la cultura mundial de su tiempo), Mariátegui actúa como si el mundo fuera un espacio liso y sin estrías ni jerarquías culturales, como si fuera lo mismo escribir desde París que desde Lima. El corolario de esa actitud es que, en términos de modernización cultural y aggiornamento político-intelectual, su postura resultó más fértil que la de quienes se contentan con quejarse o denunciar las asimetrías geopolíticas o culturales.

Mayo - Junio 2021

Nota: este texto es parte del estudio preliminar de José Carlos Mariátegui: Antología, selección, introducción y notas de Martín Bergel, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2021.

  • 1.
  1. Melis: «Mariátegui, primer marxista de América» en Casa de las Américas vol. VIII No 48, 5-6/1968.
  • 2.
  1. Sazbón: «Filosofía y revolución en los escritos de Mariátegui» en Historia y representación, Editorial de la UNQ, Bernal, 2002.
  • 3.

J.C. Mariátegui: La escena contemporánea [1925], Amauta, Lima, 1959, p. 11.

  • 4.

J.C. Mariátegui: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana [1928], Era, Ciudad de México, 1993, p. 13.

  • 5.

Á. Campuzano: La modernidad imaginada. Arte y literatura en el pensamiento de José Carlos Mariátegui (1911-1930), Iberoamericana, Madrid, 2017, pp. 22-23.

  • 6.

El sobredimensionamiento de la temática de la nación se constata en Mariátegui tanto en la generación que lo redescubrió y leyó extensamente desde fines de los años 60 hasta mediados de los 80 –José Aricó, Carlos Franco, Alberto Flores Galindo, Robert Paris, el primer Oscar Terán y, en menor medida, Antonio Melis–, como en muchas de las lecturas de nuestros días, más preocupadas en reproducir esa línea interpretativa que en volver a los propios textos mariateguianos.

  • 7.

Según Melis, en la fama que el autor de los Siete ensayos adquirió desde los años 60 «había algo vacío, puesto que muchas veces se utilizaban frases de Mariátegui mutiladas de su contexto. (...) El caso típico es la repetición de la célebre frase sobre el rechazo de toda concepción de socialismo peruano como ‘calco y copia’». A. Melis: Leyendo Mariátegui, Amauta, Lima, 1999, p. 6.

  • 8.
  1. Siskind: Deseos cosmopolitas. Modernidad global y literatura mundial en América Latina, FCE, Buenos Aires, 2016, p. 15.
  • 9.
  1. Terán: Discutir Mariátegui, BUAP, Puebla, 1985, p. 85.
  • 10.

«El Congreso Antiimperialista de Bruselas» en Variedades, 19/2/1927

  • 11.

J.C. Mariátegui: «La libertad y el Egipto» en Variedades, 1/11/1924, y «El imperialismo y Marruecos» en Variedades, 1/8/1925.

  • 12.

J.C. Mariátegui: «Populismo literario y estabilización capitalista» en Amauta No 28, 1/1930.

  • 13.
  1. Aricó: «Introducción», en J. Aricó (ed.): Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, 2a ed. aum., Pasado y Presente, Ciudad de México, 1981, pp. XIV-XX.
  2. Cit. en Michael Löwy: «Communism and Religion. José Carlos Mariátegui’s Revolutionary Mysticism» en Latin American Perspectives vol. 35 No 2, 2008, p. 72.
    15. J.C. Mariátegui: «El hombre y el mito» en Mundial, 16/1/1925.
  • 14.

Cit. en Michael Löwy: «Communism and Religion. José Carlos Mariátegui’s Revolutionary Mysticism» en Latin American Perspectives vol. 35 No 2, 2008, p. 72.

  • 15.

J.C. Mariátegui: «El hombre y el mito» en Mundial, 16/1/1925.

  • 16.

«Henri de Man y la ‘crisis del marxismo’» en Variedades, 7/7/1928.

  • 17.
  1. Sorel: «Defensa de Lenin» en Amauta No 9, 5/1927.
  • 18.

El estudio clásico que reconstruye ese proceso es Zeev Sternhell (con la colaboración de Mario Sznajder y Maia Asheri): El nacimiento de la ideología fascista, Siglo Veintiuno, Madrid, 1994.

  • 19.

J.C. Mariátegui: «El caso Daudet» en Variedades, 2/7/1927.

  • 20.

J.C. Mariátegui: La escena contemporánea, cit., p. 43.

  • 21.

J.C. Mariátegui: «La filosofía moderna y el marxismo» en Variedades, 22/9/1928.

  • 22.

J.C. Mariátegui: «Freudismo y marxismo» en Variedades, 29/12/1928. La plasticidad del marxismo de Mariátegui, más sus estudios sobre la realidad peruana, obraron en conjunto para que para la Internacional Comunista (con la que entró en contacto en los años finales de su vida) no fuera una figura merecedora de confianza. Se ha escrito mucho al respecto; v. sobre todo Alberto Flores Galindo: La agonía de Mariátegui [1980] en Obras completas II, SUR, Lima, 1994.

  • 23.
  1. Simmel: Sobre la aventura. Ensayos filosóficos, Península, Barcelona, 1988.
  • 24.

J.C. Mariátegui: «Dos concepciones de la vida» en Mundial, 9/1/1925.

  • 25.

«La aventura de Tristán Marof» en Variedades, 3/3/1928.

  • 26.

J.C. Mariátegui: «Esquema de una explicación de Chaplin» en Variedades, 6 y 13/10/1928; «Andanzas y aventuras de Panait Istrati» en Variedades, 18/8/1928 y «Las memorias de Isadora Duncan» en Variedades, 17/7/1929.

  • 27.

J.C. Mariátegui: «La misión de Israel» en Mundial, 3/5/1929. Sobre la judeofilia de Mariátegui, v. Claudio Lomnitz: Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, FCE, Ciudad de México, 2018.

  • 28.
  1. Siskind: ob. cit., p. 19.
Publicado enCultura
Fuentes: El tábano economista

Lo que ocurre en Las Vegas se queda en Las Vegas. Lo que ocurre las redes sociales se queda (CIA) y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA)

Vendedor de casa, presentador de reality show, defensor de las libertades individuales y los derechos de los consumidores, de un día para el otro pasó a ser un obcecado regulador y querellante de las grandes empresas tecnológicas. La metamorfosis y los zigzagueos del expresidente Trump tienen apariencia peculiar, pero como veremos no son inocentes.

Después del ataque del 6 de enero al Capitolio de los Estados Unidos por parte de alborotadores empeñados en evitar que el Congreso certificara la victoria electoral del presidente Biden, todas las principales plataformas sociales, Facebook, Twitter, YouTube, Instagram, desconectaron las cuentas del presidente Donald Trump. Las empresas citaron reglas internas sobre el uso indebido de sus plataformas para difundir información errónea e incitar a la violencia.

Las grandes tecnológicas actuaron como la computadora Multivac del cuento de Isaac Asimov “sufragio universal” (año 1955). El autor supuso para un lejano futuro en el momento de escribir el cuento, el sufragio universal en el que toda la población expresa su voluntad a través del voto, habría dado lugar a otro mecanismo en el cual el presidente sería elegido por un único elector en representación de todo el país. Este votante será elegido por una gran computadora llamada Multivac, un gran engaño de simulación democrática, al igual que las tecnológicas, ellas son las elegidas para censurar a un usuario en el nombre del país.

Dadas ciertas características, que veremos más adelante, las redes sociales se atribuyen la acción estatal de restringir el discurso de una persona, rol que extrañamente podrían ejecutar los privados por carecer del poder de policía para efectuarlo. Lo cierto es que, no sólo lo hicieron con el presidente de la mayor potencia mundial, sino que distrajeron la atención entre dos temas centrales. La capacidad monopólica de sus empresas por un lado y por otro su anhelo de autorregulación de publicaciones en sus redes, lo que la Corte Suprema americana llamo “La plaza pública moderna”, donde los oradores tienen derecho a exigir acceso a sus plataformas del mismo modo que tienen derecho a participar de debates en plaza pública. 

Comencemos con lo más oculto, la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones. Esta permite a los operadores de sitios web elegir quién y qué aparece en sus páginas sin temor a ser responsables. En la Ley de Decencia en las Comunicaciones del año 1996 se encuentra una de las herramientas más valiosas para proteger la libertad de expresión y la innovación en Internet: la Sección 230 dice “Ningún proveedor o usuario de un servicio informático interactivo será tratado como el editor o el relator de cualquier información proporcionada por otro proveedor de contenido de información” En otras palabras, los intermediarios en línea que alojan o vuelven a publicar discursos, están protegidos contra una serie de leyes que, de otro modo, podrían utilizarse para responsabilizarlos legalmente de lo que otros dicen y hacen.

Este marco legal y de políticas ha permitido que los usuarios de YouTube o cualquier plataforma carguen sus propios videos, Amazon ofrecen innumerables reseñas de usuarios, Facebook y Twitter albergar anuncios clasificados, gratis o pagos, para cientos de millones de usuarios de Internet. Dado el gran tamaño de los sitios web generados por los usuarios, Facebook tiene más de mil millones de usuarios, Twitter 340 millones. Los consumidores de YouTube cargan 100 horas de video por minuto, por lo que no sería descabellado que aparecieran contenidos objetables en sus redes sociales. Este sería el discurso ingenuo.

La capacidad de las redes sociales en intervenir en las elecciones, no solo de Estados Unidos, sino de Brexit, Argentina, Brasil etc son conocidas. Los dueños de las redes tenían preferencia en la interna Demócrata, y una de ellas era deshacerse del ala progresista del partido y de Elizabeth Warren en particular, una de las candidatas favoritas allá por octubre del 2019. Ella proponía según una grabación filtrada de una reunión de la empresa publicada por The Vergesegmentar a las grandes empresas tecnológicas. Pero el problema no radicaba sólo en desmembrar los monopolios, sino que la candidata aseguraba que la plataforma le había dado a Trump rienda suelta para mentir “para después pagarle a Facebook enormes sumas de dinero para difundir esas mentiras a los votantes estadounidenses”, haciendo referencia a Fake News y Trolls.

En ese momento Kamala Harris se había retirado de la interna demócrata por tener sólo el 1% de los votos. Cuando fue convocada por Biden los magnates de las Big Tech respiraron tranquilos, Harris mantiene fuertes lazos con Silicon Valley más allá de haber nacido y haberse educado en San Francisco. De su cercanía surgió la idea de un acuerdo. Las tecnológicas apoyarían la campaña de los demócratas y ellos se comprometen a votar porque las empresas se autorregulen y no sea el gobierno quien ponga un marco regulatorio. El desmembramiento como veremos, judicializado a esa altura parece inevitable. Pero la pregunta sigue siendo ¿Por qué es tan importante conformar a los nuevos zares de los mediáticos?

Gran parte del público mundial se informa a través de las redes sociales y por lo tanto las mentiras y el apoyo de los dueños de las redes, puede inclinar la balanza hacia el partido elegido, multiplicando falsedades y eliminando cuentas de otras tendencias por contener información sospechosa, según ellos mismo. El escándalo de Cambridge Analytica, el ceder Google datos a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), entre otras para beneficio de sus propios intereses forma parte del combo información y datos, que de hecho influye en las tendencias y los humores de los votantes.

El periódico NYT a través de un estudio, público el impacto que tuvo la suspensión de las cuentas en las redes sociales del ex presidente Trump. Nos resultará central en esta parte del artículo, para mostrar la fuerza de la gozan las redes sociales y el poder de digitar y modificar tendencias de opinión. Donald Trump antes de la suspensión de sus cuentas tenía: 89 millones de seguidores en Twitter, 35 millones en Facebook y 24 millones en Instagram. Para tener una idea, el programa de política en horario central más visto de la tv América en FoxNews tiene 3 millones de espectadores, es decir, Trump no necesita de los medios convencionales.

Cuando 17 plataformas entre ellas Facebook y Twitter inhabilitaron las cuentas de Donald Trump después del asalto al Capitolio, perdió el acceso directo a sus megáfonos más poderosos. El 4 de junio, Facebook anunció que al expresidente de Estados Unidos no se le permitiría regresar a su servicio hasta por lo menos enero de 2023, con el argumento de que su presencia en las redes representa un riesgo para la seguridad pública.

The New York Times examinó las casi 1600 publicaciones de Trump en redes sociales desde el 1 de septiembre hasta el 8 de enero, el día en que le suspendieron sus cuentas en las plataformas. Rastrearon la interacción de las redes sociales con decenas de declaraciones que escribió en su sitio web personal, en su sitio de recaudación de fondos para la campaña y en los correos electrónicos enviados a una lista de suscriptores.

Antes del veto, una publicación en redes sociales con interacción promedio generaba 501.000 “me gusta” y “compartir”, por lo que publicación al menos se duplicaba. Después del veto, dicha cantidad se desplomó a 36.000.  También se cerraron otras cuentas populares en las redes sociales a menudo tomaban sus mensajes y los publicaban. El hecho es que el presidente desapareció de la escena, ese es el riesgo de la autorregulación, los dueños de las redes pueden optar como Multivac, quien es digno de ser replicado y quien callado.

En cuanto al segundo tema El Subcomité Antimonopolio del Comité Judicial de la Cámara de Representantes publicó el 6 de octubre del 2020 los hallazgos de su investigación de más de 16 meses sobre el estado de la competencia en la economía digital, especialmente los desafíos presentados por el dominio de Apple, Amazon, Google y Facebook y sus prácticas comerciales.

El informe, titulado Investigación de la competencia en el mercado digital: informe y recomendaciones del personal mayoritario, totaliza más de 400 páginas, lo que marca la culminación de una investigación que incluyó siete audiencias del Congreso, la producción de casi 1.3 millones de documentos y comunicaciones internas, presentaciones de 38 expertos en antimonopolio y entrevistas con más de 240 participantes del mercado, ex empleados de las plataformas investigadas y otras personas. Si les interesa está aquí .

“Tal como existen en la actualidad, Apple, Amazon, Google y Facebook poseen cada uno un poder de mercado significativo en grandes sectores de la economía. En los últimos años, cada empresa ha expandido y explotado su poder de mercado de manera anticompetitiva”. “Nuestra investigación no deja lugar a dudas de que existe una clara y apremiante necesidad de que el Congreso y las agencias de aplicación de las leyes antimonopolio tomen medidas que restauren la competencia, mejoren la innovación y protejan nuestra democracia. Este informe describe una hoja de ruta para lograr ese objetivo”.

La lista de recomendaciones incluye:

  • Separaciones estructurales para prohibir que las plataformas operen en líneas de negocio que dependen o interoperan con la plataforma;
  • Prohibir a las plataformas participar en la auto-preferencia;
  • Exigir que las plataformas hagan que sus servicios sean compatibles con las redes de la competencia para permitir la interoperabilidad y la portabilidad de los datos;
  • Obligar a que las plataformas proporcionen el debido proceso antes de tomar medidas contra los participantes del mercado;
  • Establecer un estándar para proscribir adquisiciones estratégicas que reduzcan la competencia;
  • Mejoras a la Ley Clayton, la Ley Sherman y la Ley de la Comisión Federal de Comercio, para alinear estas leyes con los desafíos de la economía digital;
  • Eliminar las cláusulas de arbitraje forzoso anticompetitivas;
  • Fortalecimiento de la Comisión Federal de Comercio (FTC) y la División Antimonopolio del Departamento de Justicia;
  • Y promoviendo una mayor transparencia y democratización de las agencias antimonopolio.

Ambas disputas están relacionadas, tanto el poder monopólico como la autorregulación, pero esta última está más oculta por las consecuencias políticas y de espionaje que acarrea. Nadie sabe bien en que terminarán, pero en varios países de Latinoamérica, aun no regulado la captación de datos, las fake news, pueden producir mucho daño. Recuerden que si al establishment no le gusta a quien votaron, se agitará el fantasma del fraude. Quizás Multivac y las redes puedan digitar quien será el próximo defensor del statu quo según el país que corresponda.   

Por Alejandro Marcó del Pont | 15/07/2021

Publicado enEconomía
Martes, 13 Julio 2021 06:45

El hambre mata más que el covid

El hambre mata más que el covid

Informe de Oxfam sobre la crisis alimentaria mundial

 

Un informe difundido por la organización internacional Oxfam da cuenta de que transcurrido un año y medio desde que se desató la pandemia las muertes por hambre en el mundo se ubican por encima de los decesos como consecuencia de la covid 19. De acuerdo al estudio once personas mueren por minuto por motivo del hambre extrema, cifra superior a las siete muertes que genera la pandemia en el mismo tiempo. El trabajo sostiene además que “los conflictos armados, las alteraciones económicas provocadas por la pandemia y la creciente crisis climática han agravado la pobreza y la catastrófica situación de inseguridad alimentaria en las zonas con más hambre en el mundo, creando a su vez nuevos núcleos de hambre”.

El documento señala que este año se ha llegado a la cifra de 155 millones de personas en 55 países que padecen extremos de inseguridad alimentaria y 20 millones de estos habitantes del planeta se sumaron este año para alcanzar la cantidad mencionada. Según el informe la pandemia provocó que 33 millones de trabajadoras y trabajadores de todo el mundo perdieran su empleo en 2020, generando además pérdidas por valor de 3,7 billones de dólares en concepto de ingresos derivados del trabajo, una cifra equivalente al 4,4 por ciento del PIB mundial de 2019. Los precios de los alimentos en el mundo aumentaron en casi un cuarenta por ciento desde el año pasado, registrando el mayor incremento en más de una década.

En el mismo informe se señala la urgente necesidad de que los gobiernos actúen de manera inmediata para hacer frente a la inseguridad alimentaria y sus causas dado que la situación puede empeorar todavía más.

“Desde el inicio de la pandemia, el número de personas que viven en condiciones cercanas a la hambruna se han multiplicado por seis” según lo consigna el Global Report on Food Crise, organismo de Naciones Unidas.

De esta manera, lo que en principio aparecía como una crisis de salud a nivel global, se ha transformado rápidamente en un agudo problema de hambre cuya principal causa se le adjudica a los conflictos que persisten en todo el mundo, a pesar de los llamamientos formales para ponerles fin. “El gasto militar mundial se incrementó en un 2,7 por ciento el pasado año, un porcentaje equivalente a 51.000 millones de dólares” sostiene Oxfam, asegurando que con esa suma se habría podido financiar hasta seis veces y media el pedido de 7.900 millones de dólares que Naciones Unidas hizo en 2021 para hacerle frente a la lucha contra la inseguridad alimentaria. Cada día y medio se invierten 8.000 millones de dólares en gastos militares en todo el mundo.

“A menos que los Gobiernos actúen de forma urgente para abordar la inseguridad alimentaria y sus causas, lo peor está aún por llegar. Deben centrar sus recursos en financiar sus sistemas de protección social, así como programas que aborden las necesidades de las personas vulnerables y permitan salvar vidas de manera inmediata, en lugar de destinarlos a comprar armas, que perpetúan los conflictos y la violencia”, se afirma en el documento.

Otras proyecciones indican que 745 millones de personas en todo el mundo vivirán en condiciones de “pobreza extrema” al finalizar 2021, lo cual implica un aumento de 100 millones de personas desde que se declaró la pandemia 18 meses atrás. A ello se suma que 2.700 millones de personas no recibieron ningún tipo de ayuda pública para enfrentar las consecuencias económicas derivadas de la covid-19. Entre los grupos más directamente afectados se encuentran las mujeres, las poblaciones desplazadas y las personas que trabajan en el sector informal.

Como contraposición también durante la pandemia la riqueza se concentra. “La riqueza de las diez personas más ricas del mundo (de las cuales nueve son hombres) se incrementó en 413.000 millones de dólares el pasado año”, dice el informe de Oxfam, agregando que “esta cantidad bastaría para financiar hasta más de once veces la totalidad de las emergencias humanitarias de las Naciones Unidas para 2021”.

El documento señala además que para poner fin a la crisis del hambre los gobiernos “deben reconstruir la economía global de manera más justa y sostenible en el marco de la recuperación tras la pandemia” y “acabar con las desigualdades de fondo que amplían la brecha entre ricos y pobres”.

Entre las iniciativas propuestas para salir al cruce de la hambruna mundial se plantea la urgencia de dar financiamiento al llamamiento humanitario de Naciones Unidas contra el hambre y la creación de un fondo global de protección social. Además –dice Oxfam- se debería “garantizar el acceso humanitario a las zonas de conflicto, dejar de utilizar el hambre como arma de guerra y promover la paz a través de la participación y el liderazgo de las mujeres en la construcción de la paz”. A ello se agrega la necesidad de “construir sistemas alimentarios más justos, resilientes y sostenibles” y de “garantizar el liderazgo de las mujeres en la respuesta a la pandemia y la posterior recuperación”.

Todo ello – se sostiene en el documento- sin perder de vista la urgencia de apoyar “una vacuna universal” contra la covid-19, mientras se adoptan medidas urgentes para hacer frente a la crisis climática.

13 de julio de 2021

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Publicado enSociedad
Wall Street. Henry Han

La economía imperante ignora las cuantiosas intervenciones públicas que requiere el capitalismo de ‘libre mercado’

 

El principio más básico que sustenta la economía neoliberal mantiene que el capitalismo de libre mercado –o al menos una buena aproximación a él– es el único marco eficaz para lograr un bienestar económico generalizado. Desde este punto de vista, solo los mercados libres pueden aumentar la productividad y el nivel de vida medio, al tiempo que proporcionan altos niveles de libertad individual y resultados equitativos en materia social: los grandes gastos públicos y las regulaciones estrictas son, simplemente, menos efectivos.

Estas premisas neoliberales han dominado la política económica de Estados Unidos y de todo el mundo durante los últimos cuarenta años, empezando con la elección de Margaret Thatcher en el Reino Unido y de Ronald Reagan en Estados Unidos. La máxima de Thatcher de que “no hay alternativa” al neoliberalismo se convirtió en un grito de guerra que reemplazó lo que había sido, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el predominio del keynesianismo en la creación de políticas económicas globales que, por el contrario, consideraba que las intervenciones gubernamentales a gran escala eran necesarias para lograr estabilidad y un nivel razonable de justicia bajo el sistema capitalista. Esta ascendencia neoliberal ha sido respaldada por una abrumadora mayoría de economistas profesionales, incluidos lumbreras como los premios Nobel Milton Friedman y Robert Lucas.

En realidad, el neoliberalismo ha dependido de unos niveles enormes de apoyo gubernamental durante toda su existencia. En múltiples ocasiones, el orden económico neoliberal global podría haberse venido fácilmente abajo y haber alcanzado los niveles de la Gran Depresión de la década de 1930, de no ser por las numerosas intervenciones estatales. Para su supervivencia, han sido esenciales los rescates estatales y las inyecciones de gasto público de emergencia financiadas con préstamos –es decir, gasto deficitario–, así como las acciones de los bancos centrales para apuntalar a las entidades financieras y los mercados al borde de la ruina.

Por lo tanto, los rescates no solo han salvado repetidamente al capitalismo neoliberal durante períodos de crisis, sino que también, en consecuencia, han reforzado las tendencias más malignas del neoliberalismo. En 1978, justo antes del auge del neoliberalismo, los directores ejecutivos de las 350 corporaciones estadounidenses más importantes ganaban 1,7 millones de dólares, 33 veces los 51.200 dólares que ganaba el trabajador medio no supervisor del sector privado. A partir de 2019, los directores ejecutivos ganaban 366 veces más que el trabajador medio, 21,3 millones de dólares frente a 58.200 dólares. Dicho de otro modo, bajo el modelo neoliberal, el salario de los grandes directores ejecutivos corporativos de Estados Unidos aumentó más de diez veces respecto al del trabajador medio estadounidense. Esta curiosa conjunción –un desprecio teórico hacia el Estado junto con una dependencia práctica de él– se ha convertido en un socialismo de boquilla para las grandes corporaciones, Wall Street y los ricos, y en un capitalismo que replica aquello de “que coman pasteles” para los demás. 

La pandemia y la recesión provocadas por la  covid-19 han demostrado con creces cómo funciona el neoliberalismo en la práctica. Durante la pandemia, el empleo y la actividad económica general cayeron precipitadamente en todo el mundo, ya que importantes sectores de la economía mundial se vieron obligados a entrar en modo confinamiento. Según el Fondo Monetario Internacional, la actividad económica general (PIB) se contrajo un 3,5 % en 2020 en un “grave hundimiento… que ha tenido profundos efectos adversos en las mujeres, los jóvenes, los pobres, los trabajadores empleados de forma irregular y aquellos que trabajan en sectores que requieren un contacto estrecho con otras personas”. Sin embargo, durante el mismo período, los mercados globales se dispararon. En Estados Unidos, casi el 50 % de la población activa solicitó prestaciones por desempleo entre marzo de 2020 y febrero de 2021. Sin embargo, durante este mismo período, los precios de las acciones de Wall Street –medidos, por ejemplo, por el índice Standard and Poor’s 500, un indicador del mercado global– aumentaron un 46%, uno de los incrementos más acusados registrados en un año. Además, este aumento no reflejó simplemente la recuperación experimentada  por el mercado de valores estadounidense tras la pandemia y el confinamiento. En febrero de 2021, el índice Standard and Poor's 500 también era un 38 % más elevado que dos años antes, en marzo de 2019, nueve meses antes de que la covid-19 fuera reconocida como patógeno humano. Y el ascenso del mercado de valores de 2020 comenzó meses antes de que hubiera alguna evidencia clara de que la economía se estaba recuperando del confinamiento. Todas estas ganancias son el resultado de intervenciones gubernamentales a gran escala: se concedieron rescates, sobre todo, para impulsar los mercados financieros y ayudar a los ricos.

Neoliberalismo de manual versus iniciación al rescate financiero

En la economía de manual se supone que los movimientos de los mercados financieros reflejan las condiciones subyacentes en la economía real en la que se generan bienes y servicios, se contrata y se paga a los trabajadores, y las empresas se benefician o no al tratar de vender sus productos. En este escenario, cuando las empresas despiden trabajadores, estos sufren pérdidas de ingresos y reducen gastos, lo que significa que es probable que las empresas tengan dificultades para vender sus productos. En consecuencia, sus ganancias deberían caer. A medida que aumenta el desempleo y disminuyen las ganancias, el valor de estas empresas, expresado en sus cotizaciones bursátiles, debería disminuir. Este no ha sido el caso durante el año pasado –puesto que las disparidades entre las condiciones de la economía real y los mercados financieros aumentaron– porque los gobiernos emprendieron operaciones de rescate generalizadas ante la pandemia.

En marzo de 2020, con Donald Trump en el poder y los republicanos con el control del senado de Estados Unidos, el Gobierno federal promulgó la Ley CARES, un programa de estímulo de dos billones de dólares equivalente a aproximadamente el 10 % del PIB de Estados Unidos. Más del 40 % de la financiación total –alrededor de 850.000 millones de dólares– se destinó a préstamos y subvenciones para empresas, con vagos requisitos como el modo en que se emplearían estos fondos. Por ejemplo, las grandes empresas podrían recibir un préstamo y aun así despedir hasta el 10 % de sus empleados, mientras que las empresas más pequeñas podían recibir préstamos o subvenciones sin el compromiso de mantener a ningún empleado. A discreción del secretario del Tesoro, las corporaciones podrían incluso participar en recompras de acciones para aumentar el precio de sus acciones con los fondos. La Ley CARES proporcionó una ayuda única en efectivo a las personas que ganaban 75.000 dólares o menos y una cantidad significativa, aunque temporal, de ayudas al seguro de desempleo para trabajadores despedidos. En diciembre, a la ley CARES le siguió la ley COVID Relief 2020, presupuestada en 900.000 millones de dólares, otra inyección del 4 % del PIB. Aproximadamente el 33 % de los fondos de la ley se destinó a una ronda adicional de crédito y subvenciones a empresas.

Juntas, las leyes de Ayuda CARES y COVID Relief supusieron cerca del 14 % del PIB de Estados Unidos en 2020, un aumento sin precedentes del gasto deficitario del gobierno federal en tiempos de paz. Sin embargo, estas medidas de estímulo generalizado fueron superadas por los casi cuatro billones de dólares gastados en intervenciones de la Reserva Federal –casi el 20 % del PIB de Estados Unidos– para garantizar que Wall Street se mantuviera a flote. Más significativo todavía: la Reserva Federal compró activos financieros –incluidos bonos del Tesoro de Estados Unidos, valores respaldados por hipotecas e incluso bonos basura corporativos en poder de fondos del mercado monetario, agentes de capital privado y bancos– que garantizaran que estas empresas estuvieran bien abastecidas para sobrevivir a la crisis. Esta gigantesca inyección de efectivo impulsó el mercado de valores y otros mercados financieros de Estados Unidos, lo que a su vez reprimió el pánico incipiente y provocó un repunte en los precios de las acciones. El aumento del mercado de valores fue avivado aún más por la Reserva Federal, que eliminó casi totalmente el tipo de interés a corto plazo que controla. Por lo tanto, los operadores de Wall Street podían pedir prestado dinero barato para comprar acciones.

Las políticas de intervención en otros países de ingresos altos siguieron trayectorias muy similares durante la pandemia. El Banco de Pagos Internacionales (BPI) describió estas medidas como “sin precedentes” en “tamaño y alcance”. Al igual que en Estados Unidos, las intervenciones proporcionales más importantes consistieron en reforzar directamente los mercados financieros a través de medidas como la compra de activos y la garantía de préstamos frágiles. El BPI calculó que estas intervenciones superaron el 30 % del PIB en Alemania e Italia, más del 20 % en Japón y aproximadamente el 15 % en el Reino Unido y Francia.

Es cierto que estas operaciones de rescate global de 2020 se debieron a la pandemia de covid, no por el fracaso de las políticas económicas neoliberales. Pero las mismas operaciones de rescate desplegadas para contrarrestar los confinamientos por el virus también se han utilizado con frecuencia, y cada vez con mayor fuerza, desde el comienzo de la era neoliberal, a principios de la década de 1980.

De hecho, solo hace trece años, en 2008, que la hiperespeculación de Wall Street puso de rodillas a la economía mundial durante la Gran Recesión. Para evitar una depresión similar a la de la década de 1930, en ese momento, los responsables de las políticas económicas de todo el mundo –incluidos Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, China, India y Brasil– promulgaron medidas extraordinarias para contrarrestar la crisis que provocó Wall Street. Al igual que en 2020, entre estas medidas figuraban rescates financieros, políticas monetarias que prácticamente eliminaban los tipos de interés controlados por el banco central y programas de estímulo fiscal a gran escala, financiados por grandes aumentos del déficit del gobierno central.

En Estados Unidos, el déficit fiscal alcanzó los 1,4 billones de dólares en 2009, lo que equivale al 9,8 % del PIB. Del mismo modo, el déficit rondó los 1,3 billones de dólares en 2010 y 2011, lo que representa cerca del 9 % del PIB en ambos años. Se trata de los mayores déficits en tiempos de paz antes de la recesión de 2020 por la covid. El déficit fiscal del gobierno federal había alcanzado un promedio del 1,7 % del PIB en los cincuenta y ocho años anteriores, entre 1950 y 2008. Como porcentaje del PIB, el déficit de 2009 a 2011 se disparó más de cinco veces en relación con el promedio posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que con la crisis de 2020, las intervenciones de la Reserva Federal para apuntalar a Wall Street y a las empresas estadounidenses fueron incluso más importantes que las políticas de gasto deficitario del gobierno federal. Un cuidadoso estudio de 2017, llevado a cabo por Better Markets, calculó que el nivel general de apoyo al mercado financiero entre 2009 y 2012 fue de 12,2 billones de dólares, cerca del 20 % del PIB por año. Además, esta cifra total no incluye la financiación total activada en 2009 para rescatar a General Motors, Chrysler, Goldman Sachs y el gigante de los seguros AIG, que se enfrentaban a una caída en picado en ese momento. Es difícil imaginar la forma en que el capitalismo estadounidense podría haber sobrevivido en ese momento si, siguiendo los verdaderos preceptos del libre mercado en contraposición a la práctica real del socialismo de boquilla neoliberal, se hubiera permitido que estas y otras firmas estadounidenses icónicas se hundieran.

Durante la Gran Recesión, en Europa prevalecieron patrones similares. Entre los entonces veintisiete países de la UE, los déficits fiscales para 2009 alcanzaron un promedio del 6,8 % del PIB, en comparación con un promedio del 1,8 % entre 2001 y 2007. De acuerdo con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE, establecido en 1997 como un medio para consagrar un proyecto neoliberal en todo el continente, no se permitió que los déficits fiscales anuales superaran el 3 % del PIB, salvo en recesiones profundas. Se esperaba que tales recesiones fueran escasas y espaciadas, con la expectativa adicional de que adherirse a los preceptos de la política neoliberal era la mejor manera de garantizarlo.

El Banco Central Europeo también llevó a cabo un programa de rescate general para apuntalar a los mercados financieros europeos. El entonces presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, describió estas medidas como “un conjunto excepcional de herramientas políticas no convencionales” que tuvieron que implementarse porque “la especulación y el juego financiero se habían generalizado”. Estas medidas incluían la práctica eliminación de los tipos de interés del Banco Central y la entrega de lo que Trichet describió como cantidades “ilimitadas” de efectivo a los bancos europeos en dificultades prácticamente sin intereses.

Las operaciones de rescate de este tipo han tenido lugar con una regularidad mecánica a lo largo de la era neoliberal, empezando con Reagan. En 1983, con Reagan, el gobierno de los Estados Unidos alcanzó un máximo de gasto deficitario federal en tiempos de paz, el 5,7 % del PIB. En ese momento, Estados Unidos y la economía mundial todavía estaban sumidos en la segunda fase de la doble recesión que duró de 1980 a 1982, mientras que Reagan se enfrentaba a la campaña de reelección de 1984. Por supuesto, tanto como candidato político como durante su presidencia, Reagan predicó que el gobierno intervencionista era el problema, no la solución. Sin embargo, Reagan no dudó en ignorar su propia retórica al dirigir un rescate fiscal masivo cuando lo necesitaba.

Después del rescate de 1983, vimos que los precios del mercado de valores mundiales cayeron aún más bruscamente que en 1929: el Lunes Negro de octubre de 1987; la crisis del ahorro y el préstamo de 1989 y 1990; el colapso de los “mercados emergentes” de 1997-1998; y el estallido de la burbuja de Wall Street de las empresas puntocom en 2001. Sin las operaciones de rescate a gran escala del gobierno, todos y cada uno de esos momentos habría provocado fácilmente una quiebra al estilo de la década de 1930.

De hecho, en febrero de 1999, la revista Time publicó un efusivo artículo de portada inmediatamente después del desplome de los mercados emergentes que hundió, entre otros, a Long-Term Capital Management, el superfondo de inversión dirigido por dos premios Nobel especializados en finanzas. El artículo denominó al entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan; al secretario del Tesoro, Robert Rubin; y al subsecretario del Tesoro, Lawrence Summers, “el comité para salvar al mundo”, debido a su capacidad para ejecutar operaciones de rescate global. Describía el modo en que “un fondo de inversión bendecido por dos premios Nobel saltaba por los aires en una tarde, casi llevándose por delante a Wall Street” y que “Brasil está en vilo, lo que significa que también lo está el resto de América Latina”, y sin embargo, “estos chicos” evitaron “un desastre casi ineludible”.

Greenspan, Rubin y Summers lograron apuntalar el neoliberalismo global durante tan solo dos años más antes de que la burbuja de las puntocom requiriera otro rescate. Pero la intervención de 2001 terminó siendo un mero precalentamiento para la operación de rescate de 2008-2009. Aun así, Greenspan, Rubin y Summers siguieron siendo fervientes defensores del orden neoliberal global, y aparentemente no vieron ninguna contradicción entre el requisito persistente de rescatar al neoliberalismo de los desastres inminentes y su creencia fundamental de que “tratar de desafiar las fuerzas del mercado global es, en última instancia, inútil”.

Su punto de vista fue compartido entonces y sigue siendo compartido hoy por la abrumadora mayoría de economistas en activo, dentro y fuera del ámbito académico. Por ejemplo, en sus muy influyentes estudios sobre las causas de la Gran Depresión de la década de 1930, el fallecido economista ganador del premio Nobel y ferviente defensor del libre mercado, Milton Friedman, argumentó que la Reserva Federal de Estados Unidos debería haber intervenido después del hundimiento de Wall Street en 1929 para estabilizar el sistema bancario. Sostenía que la Reserva Federal podía operar como un “prestamista de última instancia”, es decir, podía proporcionar fondos de rescate a los bancos en quiebra cuando ningún prestamista privado estuviera dispuesto a otorgarles crédito. Sin embargo, Friedman nunca cuestionó cómo esta observación podría entrar en conflicto con su posición general de que las economías capitalistas operan más eficazmente con niveles mínimos de intervención gubernamental, incluido un papel mínimo de la Reserva Federal.

De manera similar, Robert Lucas –otro economista muy influyente ganador del premio Nobel y defensor del libre mercado– comentó, durante el desplome financiero global de 2008, que en ese momento apoyaba los rescates de acreedores de último recurso, ya que “todo el mundo es keynesiano en una trinchera”. Sin embargo, como Friedman, Lucas nunca integró esta posición en sus modelos analíticos que pretenden demostrar que las economías capitalistas funcionan mejor en ausencia de la intervención del gobierno. Al igual que figuras contemporáneas de la talla de Friedman y Lucas, no existe, que sepamos, un solo manual de economía convencional que reconozca los rescates como una herramienta de política indispensable para permitir que el capitalismo continúe funcionando.

El ‘paradigma de Wall Street’ de Minsky

Ha habido economistas fuera de la corriente principal que, claramente, argumentan la importancia fundamental de las políticas de rescate. La figura más importante en este campo es Hyman Minsky. Minsky pasó la mayor parte de su carrera académica en la Universidad de Washington, en St. Louis, y permaneció activo profesionalmente hasta su muerte en 1996: fue el analista más perspicaz de su generación especializado en mercados y crisis financieras.

Minsky sostenía que los rescates son fundamentales para el capitalismo en el contexto de su enfoque general sobre macroeconomía, al que denominó el “paradigma de Wall Street”. Dentro de su paradigma de Wall Street, Minsky formuló una “hipótesis de inestabilidad financiera” mediante la cual explicaba que permitir que los mercados financieros operen libremente produce inevitablemente recesiones y crisis graves. Estas no tienen lugar como resultado de errores políticos y de cálculo, aunque estos errores son ciertamente frecuentes. Para Minsky, la inestabilidad financiera y las crisis surgen de la lógica de la propia actividad del mercado capitalista.

La clave de Minsky para comprender la inestabilidad financiera fue investigar los cambios en la psicología de los inversores a medida que la economía sale de un período de crisis y recesión (o depresión) y entra en una fase de aumento de las ganancias y el crecimiento. Al salir de una crisis, los inversores tienden a ser cautelosos, ya que la recesión que acaba de terminar habrá dejado a muchos de ellos damnificados. Por ejemplo, mantendrán grandes reservas de efectivo como colchón para protegerse contra futuras crisis.

Sin embargo, a medida que la economía sale de su depresión y aumentan los beneficios, las expectativas de los inversores se vuelven cada vez más positivas. Crecen ansiosas por emprender operaciones altamente especulativas debido a la promesa de generosos rendimientos, al mismo tiempo que están más dispuestos a dejar que sus reservas de efectivo disminuyan, ya que el efectivo inactivo no genera ningún beneficio. Pero estos movimientos también debilitan las defensas de los inversores contra la próxima recesión. Por eso, según Minsky, los repuntes económicos sin regulaciones fomentan inevitablemente los excesos especulativos que provocan burbujas financieras. En un entorno no regulado, explicó Minsky, la única forma de eliminar las burbujas es dejarlas estallar. Los mercados financieros luego entran en crisis, lo que resulta en una recesión o depresión.

Aquí llegamos a una de las ideas cruciales de Minsky: las crisis financieras y las recesiones tienen un propósito en las operaciones de una economía de libre mercado, incluso cuando causan estragos en las vidas de cientos de millones de inocentes que nunca invierten un centavo en Wall Street. A su juicio, sin crisis, una economía de libre mercado no tiene forma de desalentar las inclinaciones naturales de los inversores hacia mayores riesgos en la búsqueda de mayores ganancias.

A raíz de la Gran Depresión, el economista británico John Maynard Keynes lideró la revolución intelectual que tenía como objetivo diseñar un marco de políticas dentro del capitalismo que pudiera suplantar las crisis financieras como regulador incorporado del sistema. Este fue el contexto en el que se creó un capitalismo de gobierno intervencionista tras la Segunda Guerra Mundial. El paquete incluía dos elementos básicos: regulaciones diseñadas para limitar la especulación y canalizar los recursos financieros hacia inversiones socialmente útiles, como viviendas asequibles, y operaciones de rescate del gobierno para prevenir depresiones al estilo de los años treinta cuando estallaran las crisis.

Minsky vio este sistema de regulaciones y operaciones de rescate como un gran éxito. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de la década de 1970, los mercados de Estados Unidos y el extranjero fueron mucho más estables que en cualquier período histórico anterior. Pero incluso durante los años del New Deal y el período inicial posterior a la Segunda Guerra Mundial, los titanes de los mercados financieros de todo el mundo lucharon con vehemencia para eliminar, o al menos modificar, las regulaciones. En la década de 1970, casi todos los políticos –demócratas y republicanos por igual– se habían vuelto dóciles. Las regulaciones se debilitaron inicialmente y luego se abolieron por completo en 1999 bajo el gobierno del presidente Bill Clinton y la dirección de sus principales asesores económicos: Alan Greenspan, Robert Rubin y Lawrence Summers.

Operaciones bancarias en la sombra y financiarización

Para Minsky, las consecuencias eran predecibles. Pero aquí llegamos a otra de sus principales ideas: en ausencia de un sistema regulatorio financiero complementario, la efectividad de los rescates disminuirá con el tiempo. Esto se debe a que los rescates, al igual que las crisis financieras, son de doble filo. Aunque previenen las depresiones, también limitan los costes de los excesos financieros a los especuladores. Tan pronto como la próxima expansión económica comience a cobrar fuerza, los actores del mercado financiero buscarán oportunidades de ganancias como lo hicieron durante el ciclo anterior.

Puesto que los rescates han evitado cracs bursátiles a gran escala –y, por lo tanto, han permitido que los especuladores bursátiles se libren de las consecuencias de sus excesos–, con el neoliberalismo, las instituciones financieras y el comercio bursátil han crecido exponencialmente. Por ejemplo, en 1980, el mercado bursátil estadounidense era el doble de lo que gastaban las empresas en inversiones productivas, como máquinas, edificios, terrenos e I + D. A partir de 2019, el mercado de valores de Estados Unidos se había disparado a 30 veces la cantidad gastada en inversiones productivas. Dicho de otro modo, en la era neoliberal, la proporción entre el mercado bursátil y las inversiones productivas se ha multiplicado por quince.

Ha tenido lugar una expansión igualmente explosiva en lo que se denomina el sistema de “operaciones bancarias en la sombra” en Estados Unidos bajo el modelo neoliberal. Los bancos en la sombra incluyen una variedad de instituciones –incluidos fondos mutuos, holdings, fondos del mercado monetario y casas de bolsa– que prestan dinero, proporcionan fondos fácilmente accesibles para los titulares de cuentas y participan en actividades que se asemejan mucho a las de los bancos tradicionales. Sin embargo, los bancos en la sombra pueden operar con regulaciones mucho menos estrictas que los bancos tradicionales. En 1980, las operaciones bancarias en la sombra apenas existían. Los fondos mutuos, la categoría más importante de tales instituciones, poseían menos del 0,3 % de los activos de todas las instituciones financieras estadounidenses, incluidos los bancos tradicionales. A partir de 2019, los fondos mutuos por sí solos poseían más del 16 % de todos los activos de las instituciones financieras de Estados Unidos. En total, el sector bancario en la sombra contabilizabael 36 % de todos los activos de las instituciones financieras estadounidenses.

De hecho, se ha incorporado un nuevo término en el léxico económico –la financiarización– que pretende evocar estos patrones de crecimiento explosivo en la banca en la sombra y el mercado financiero durante la era neoliberal. La financiarización ha surgido precisamente porque las regulaciones financieras menos estrictas permiten que emerjan burbujas especulativas como una característica habitual del capitalismo neoliberal, mientras que las operaciones de rescate evitan que estas burbujas provoquen desastres económicos a gran escala a nivel de la década de 1930.

Tres escenarios

Lo cierto es que el paradigma de Wall Street de Minsky no aborda todas los males del capitalismo neoliberal. En particular, su modelo ignora las enormes disparidades en ingresos, riqueza y poder que son tan endémicas del neoliberalismo como lo son su tendencia a la inestabilidad financiera. Minsky también trabajaba antes de que los problemas ecológicos, en particular el cambio climático, se entendieran en general como cuestiones que debe abordar la macroeconomía. Sin embargo, su esquema sigue siendo una herramienta muy valiosa para aclarar las alternativas generales de política económica que tenemos ante nosotros hoy, tras cuarenta años de era neoliberal.

De hecho, al contrario de lo que pensaba Margaret Thatcher, son posibles tres escenarios. Primero, podemos permitir que continúe el reinado del neoliberalismo. Este es el camino de menor resistencia, ya que continuaría otorgando jugosos beneficios a los titanes financieros y los ricos. Por supuesto, como hemos visto, mantener el rumbo del neoliberalismo requerirá intervenciones de rescate con regularidad. Es probable que la escala de tales rescates futuros continúe aumentando, ya que las vulnerabilidades del sistema continuarán profundizándose a través de la financiarización. Pero con toda seguridad, nunca faltarán economistas dispuestos a defender el neoliberalismo en estas circunstancias e incluso a proponerse a sí mismos para formar parte del actual comité para salvar al mundo.

Las dos alternativas implicarían abandonar la premisa esencial del neoliberalismo: socialismo de boquilla para las grandes corporaciones, Wall Street y los ricos; y un capitalismo que replica lo de “que coman pasteles” para los demás. A la primera de estas dos alternativas se la puede denominar capitalismo que predica con el ejemplo. En esta alternativa, el gobierno debe cumplir con los preceptos de la economía de libre mercado no solo cuando las cosas van bien para el gran capital y Wall Street, sino también cuando fracasan estrepitosamente. Cuando las grandes corporaciones y las empresas de Wall Street se desplomen debido a sus excesos especulativos o malas decisiones –incluido el hecho de no mantener suficientes reservas de efectivo para superar las recesiones económicas–, estas firmas podrán quebrar. Al permitir que las empresas, incluso las grandes, quiebren, volveríamos a una variante autorregulada del capitalismo. El principio rector aquí es que cuando los capitalistas se den cuenta de que ellos también deben asumir todas las consecuencias de las malas decisiones, tomarán menos.

El problema con el capitalismo que predica con el ejemplo es que se ha intentado y los resultados están bien documentados. Con este criterio, los mercados financieros se hundieron con regularidad a lo largo de la mayor parte de la historia del capitalismo. Charles Kindleberger describió este patrón en su obra clásica de 1978 Manías, pánicos y cracs, en la que enmarca su análisis histórico dentro del paradigma de Wall Street de Minsky. La exposición de Kindleberger comienza con la conocida burbuja de los Mares del Sur de 1720, durante la cual la South Sea Company, una empresa británica de comercio de esclavos en quiebra, obtuvo unos enormes, aunque breves, beneficios al conseguir información privilegiada acerca del modo en que el gobierno británico estaba gestionando su deuda. Kindleberger revela que entre este fiasco de la burbuja de los Mares del Sur de 1720 y el crac de 1929 de Wall Street, el promedio de crisis financieras en Estados Unidos y Europa fue de aproximadamente cada 7,5 años (un patrón que Karl Marx reconoció 100 años antes). Entre los informes de prensa que abordaron las crisis durante esos aproximadamente 200 años cabe destacar: “Una de las tormentas financieras más virulentas del siglo”, Gran Bretaña en 1772; “Nunca antes se había visto un pánico tan absoluto y colosal”, Alemania en 1857; y “El mayor ciclo de auge y caída especulativos de los tiempos modernos, desde la burbuja de los Mares del Sur”, Estados Unidos en 1929.

En nuestra coyuntura histórica actual, se requeriría un gran acto de fe para presuponer que los atributos autorreguladores de los mercados libres podrían ofrecer una versión estable del capitalismo. Nunca lo han logrado en el pasado. Además, el grado en que el capitalismo contemporáneo se ha financiarizado haría que cualquier experimento de autorregulación del mercado fuera mucho más arriesgado de lo que nunca fue en los 200 años que describe Kindleberger.

De este modo, la única alternativa que queda es crear una versión renovada y actualizada del modelo de capitalismo de gobierno intervencionista que prevaleció en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, antes del surgimiento del neoliberalismo. De hecho, precisamente para evitar que se repitiera el desastre de la década de 1930, John Maynard Keynes, otros economistas y Franklin D. Roosevelt lideraron el movimiento para construir versiones alternativas del capitalismo de gobierno intervencionista. Esta idea derivó en el New Deal en Estados Unidos y la socialdemocracia en Europa Occidental, con las diferentes configuraciones específicas que surgieron en las diversas economías avanzadas tras la Segunda Guerra Mundial.

Las regulaciones exhaustivas de los mercados financieros, la propiedad pública de instituciones financieras importantes y unos elevados niveles de inversión pública fueron características propias del New Deal y el capitalismo socialdemócrata. Se dispuso de políticas de rescate según las necesidades, pero los mercados financieros fueron más estables y las recesiones menos profundas durante este período que durante los 200 años anteriores del capitalismo. El crecimiento económico medio también fue mayor y los beneficios generados se compartieron de forma más amplia.

Por supuesto, seguía siendo capitalismo. Las disparidades de ingresos, riqueza y oportunidades siguieron siendo intolerablemente grandes, junto con las malignidades sociales del racismo, el sexismo y el imperialismo. La destrucción ecológica, y el calentamiento global más específicamente, también estaban comenzando a cobrar fuerza durante este período, aunque  entonces pocas personas prestaron atención. Sin embargo, el New Deal y la socialdemocracia generaron versiones del capitalismo radicalmente más igualitarias que el régimen neoliberal que suplantó a estos modelos.

Será necesaria una versión renovada del New Deal y del capitalismo socialdemócrata que aborde activamente los problemas que han seguido agravándose con los modelos originales. Sin embargo, la enseñanza fundamental que podemos extraer de las operaciones de rescate masivo de la era neoliberal es que los gobiernos de Estados Unidos y otras economías avanzadas pueden movilizar recursos formidables para hacer frente a las crisis.

Si nos centramos en Estados Unidos, es fácil imaginar cómo funcionaría una nueva versión del New Deal –de hecho, lo que se ha denominado el Green New Deal–. El eje debe ser un programa de inversión masivo liderado por el gobierno y enfocado en sustituir nuestro sistema energético dominante de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta por un sistema de energía limpia que pueda situarnos en un camino viable de estabilización climática. Este proyecto de inversión para toda la economía generará millones de puestos de trabajo dedicados, directa e indirectamente, a la creación de una nueva infraestructura energética. Esto, a su vez, abrirá oportunidades para reactivar una organización sindical que pueda generar trabajos de mayor calidad y mejorar los niveles de vida. Estos trabajos deberán estar disponibles para mujeres y personas negras, la población base que ha sido excluida de forma sistemática de los mercados laborales de Estados Unidos durante generaciones.

Mientras escribimos este artículo, la administración de Biden ha dado importantes pasos positivos para promover dicho programa. El Plan de Empleo Estadounidense que Biden presentó en marzo es una propuesta seria, aunque aún insuficiente. Está diseñado precisamente para construir una economía de energía limpia al tiempo que amplía las buenas oportunidades laborales. Por supuesto, surge la pregunta de cómo podemos pagar este ambicioso proyecto liderado por el sector público. Hay muchas formas de responder con verosimilitud a esta pregunta, pero la forma más sencilla de comenzar es refiriéndonos a la experiencia del neoliberalismo. Como hemos visto, nunca ha habido escasez de medios financieros disponibles para rescatar un sistema que es manifiestamente injusto e inestable y ecológicamente desastroso. No debería ser difícil encontrar los recursos financieros para organizar un Green New Deal satisfactorio en Estados Unidos y el mundo para la próxima generación.

Por Robert Pollin / Gerald Epstein (Boston Review) 8/07/2021

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Este artículo se publicó en inglés en Boston Review.

Traducción de Paloma Farré.

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Robert Pollin / Gerald Epstein (Boston Review)

Publicado enEconomía
Claudio Katz

Entrevista al economista argentino Claudio Katz

 

En los primeros meses al frente del Gobierno de Estados Unidos, Joe Biden ha anunciado planes de expansión fiscal y un “giro” keynesiano. En cuanto a la política exterior, “China persiste como el gran enemigo a derrotar.

Con más diplomacia e hipocresía, continuará la estrategia de hostilidades en el Mar de China, la militarización de Taiwán y las provocaciones en Hong Kong”, afirma el economista argentino Claudio Katz. Frente al gigante asiático, “Biden intenta recomponer las alianzas con Europa”, añade el profesor de la Universidad de Buenos Aires, en la siguiente entrevista realizada por correo electrónico.

Claudio Katz ha participado recientemente en el curso internacional El mundo después de la pandemia, organizado por la Academia de Pensamiento Crítico y la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM). Es miembro de Economistas de Izquierda (EDI), investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y autor, entre otros volúmenes, de Bajo el imperio del Capital (2011); Neoliberalismo. Neodesarrollismo. Socialismo (2015) y La Teoría de la dependencia. 50 años después (2018). Sus artículos y reflexiones sobre Ciencias Sociales, Economía y Marxismo pueden seguirse en la página Web https://katz.lahaine.org

-A principios de junio, 6 meses después que comenzaran a aplicarse las primeras vacunas, la OMS señaló que los países de ingresos altos habían administrado cerca del 44% de las dosis del mundo, mientras que en el Sur global el porcentaje se situaba en el 0,4%. ¿Cabe atribuir alguna responsabilidad a los Estados del Norte y las multinacionales farmacéuticas?

Esa responsabilidad es tan evidente como chocante. Desde el descubrimiento de las vacunas una decena de países se apropió de esos remedios y acumuló dosis suficientes para inmunizar tres veces a su población. El grueso de la población mundial quedó marginado por la espantosa desigualdad que rige en el reparto de las vacunas. Esa inequidad es congruente con el principio del beneficio que ha gobernado toda la gestión de la pandemia.

Los laboratorios archivaron rápidamente su compromiso inicial de comercializar las vacunas a su costo de fabricación y optaron por el incremento de sus beneficios. Impusieron un patrón de precios elevados, en los contratos que suscriben con estrictas cláusulas de confidencialidad. Los países con más recursos abonaron el doble y acapararon de entrada toda la producción. Aunque el descubrimiento de las vacunas se financió con subsidios del estado, las empresas pudieron patentarlas y venderlas como si fueran el fruto de su propia inversión.

La dramática carencia de vacunas en África, América Latina y gran parte de Asia es una consecuencia directa del régimen de patentes. Muchas firmas no pueden fabricarlas por la negativa de los laboratorios a compartir el secreto de su elaboración. Hay empresas que cuentan con el equipamiento necesario para elaborar el producto, pero no tienen acceso a la fórmula o a los procedimientos necesarios para concretar esa tarea.

Algunos expertos estiman que por esa razón se está utilizando un bajo porcentaje de la capacidad instalada. El capitalismo impide la cooperación y refuerza la competencia entre los laboratorios para conseguir los mejores contratos.

Frente a tantas injusticias cobró fuerza la exigencia de anular las patentes del Covid. India y Sudáfrica encabezaron los reclamos para viabilizar esa eliminación, pero Estados Unidos y la Unión Europa han bloqueado esa posibilidad. En el caso precedente del SIDA se logró imponer la fabricación de un genérico, sólo diez años después de iniciado el reclamo y en un dramático contexto de infección. La urgencia de liberar las patentes del Covid salta a la vista. Cuando se difundió la primera propuesta, la pandemia había provocado un millón de muertos y en la actualidad esa cifra se ha triplicado.

-Pero las empresas argumentan que las patentes son imprescindibles para superar esta pandemia y afrontar eventuales situaciones de mayor dramatismo…

El lobby de los laboratorios difunde cataratas de mentiras para proteger sus patentes. Afirma que la producción no podrá incrementarse por falta de infraestructura o conocimientos en las firmas que operan fuera de su control. Pero olvida que los propios fabricantes ya fragmentan esas elaboraciones en cadenas de valor localizadas en numerosas regiones. Tampoco toma en cuenta la gran variedad de vacunas que han aparecido desde el inicio de la pandemia. Lo único que impide salvar más vidas es el inagotable apetito de lucro de Pfizer, Moderna, Johnson, Astrazeneca y cia.

Es totalmente falso que la anulación de las patentes imposibilite las inversiones requeridas para crear nuevas vacunas. El costo de esos descubrimientos es habitualmente asumido por sector público, mientras los laboratorios embolsan fortunas vendiendo esas mismas inyecciones a los estados. En el caso del Covid se ahorraron los gastos de investigación y se enriquecieron con los precios de comercialización. Por eso han logrado récords de ganancias en Wall Street.

Me parece que el rebrote de la pandemia y las mutaciones del virus reavivan la presión para modificar las patentes. Esas adversidades recrean el problema incluso en los pocos países desarrollados que han inmunizado al grueso de su población. Esa protección local no tendrá eficacia, si la enfermedad persiste en el resto del planeta. Una lenta inmunización de la periferia terminaría afectando a los propios centros del capitalismo, al obstruir la recuperación de la economía global.

En la pandemia se ha demostrado que un cataclismo global no puede remediarse con meros correctivos nacionales. La infección ha demolido también la absurda tesis neoliberal que atribuye a cada individuo la responsabilidad de su propia curación. Frente a esa tontería de libre mercado se ha corroborado la centralidad de la salud pública y la necesidad de un compromiso solidario para superar la infección.

El pasado 14 de junio el Gobierno de Argentina informó de que el país había recibido 20,6 millones de vacunas, de las que 9,4 millones corresponden a la rusa Sputnik V y 4 millones a la china Sinopharm. ¿Puede hacerse una lectura geopolítica de estos datos?

Sí, efectivamente corresponde una lectura geopolítica. El gobierno actuó con gran autonomía externa al concertar convenios que irritaron a los grandes laboratorios de Occidente. Resistió la presión de esas compañías para impedir el contrato con Rusia. El veto explícito que interpuso Washington a la adquisición de la Sputnik por parte de los gobiernos estaduales de Brasil ilustra la dimensión de esos aprietes.

Alberto Fernández optó por la compra de esa vacuna, cuando se desconocía su efectividad y sólo Bielorrusia solicitaba su provisión. Actualmente ese producto es apetecido por todos los jugadores del universo farmacéutico. El gobierno demostró la misma independencia cuando negoció con China la adquisición de varias partidas de Sinopharm.

El oficialismo acordó, además, la próxima elaboración de ambas vacunas en laboratorios instalados en el país. La Sputnik comenzará a fabricarse en la empresa Richmond y la Sinopharm en el laboratorio Sinergium Biotech. Si se concreta la rápida producción de las dosis previstas, Argentina podría reducir su actual dependencia externa en ese decisivo terreno.

-¿Qué ventajas tendría?

Ese logro permitiría afrontar en los próximos años la previsible demanda de inmunizaciones. En medio del fenomenal retroceso que padece la industria local se ha demostrado que el país preserva cierta solvencia en el campo farmacéutico. Esta elaboración local de las vacunas propina, además, un golpe simbólico a la habitual impugnación derechista de cualquier iniciativa nacional.

Pero los avances alcanzados con la Sputnik y la Sinopharm contrastan con la escandalosa inutilización de 40 millones de dosis de Astrazeneca, que fueron producidas y exportadas durante seis meses por un laboratorio de Sigman. Argentina ha sido el único país que fabricó vacunas en pleno Covid, sin poder aplicarlas en su propio territorio. El estado abonó 50 millones de dólares a esa empresa para elaborar la primera fase del remedio. Su envasado debía concretarse en México para asegurar la inmediata remisión del producto terminado. Pero recién ahora comienzan a llegar las primeras partidas de una inyección que debía aplicarse en enero.

¿Qué ocurrió?

Hubo una extraña maniobra de retención del producto -primero en México y luego en Estados Unidos- que fue amparada con el silencio oficial. Los pretextos que expuso la empresa carecen de credibilidad. Lo cierto es que el gobierno estadounidense aprovechó la colocación de un filtro fabricado en su territorio para bloquear el reenvío de la vacuna. El producto quedó inmovilizado en el Norte, cuando Trump prohibió todas las exportaciones vinculadas al Covid. Paralizaron esas remisiones para reforzar el monopolio de sus laboratorios, mientras Argentina padecía un dramático aumento de los fallecidos.

Frente a esa tropelía, la inacción de Alberto Fernández fue mayúscula. No denunció el bloqueo norteamericano y encubrió al socio argentino. Contó con el llamativo sostén de la derecha, que exceptuó el tema de su campaña contra el gobierno. La pasividad del gobierno frente a las vacunas retenidas en el exterior, contrastó con las acciones legales que por ejemplo inició la Unión Europea frente a maniobras semejantes de Astrazeneca.

Fernández no consideró la propuesta de prohibir la salida del principio activo fabricado en el país para exigir la entrega de los productos exportados. Tampoco evaluó la posibilidad de completar localmente el envasado de la vacuna. Los nuevos convenios suscriptos con Richmond incluyen esa terminación, confirmando la factibilidad de realizar ese proceso en Argentina. Esa inacción del gobierno ha sido congruente con la búsqueda del respaldo político estadounidense. Alberto y su canciller Solá equilibran los actos de soberanía con mensajes de fidelidad a Washington.

-¿Cuál es la situación actual de Argentina?

En la coyuntura actual el país padece la misma carencia de inmunizaciones que afecta al conjunto de América Latina, pero cuenta con más recursos de abastecimiento externo y producción local para revertir ese retraso. Argentina está ubicada en un lugar intermedio en el ranking global de vacunación y afronta una dramática carrera entre el ritmo de las inmunizaciones y los contagios. La segunda ola del Covid ha generado una explosión de contagios con un terrible récord de muertos.

El gobierno ha enfrentado ese rebrote a los tumbos, con grandes vacilaciones a la hora de instrumentar restricciones. Quedó muy afectado por el clima que instaló la derecha durante la cuarentena del año pasado. En lugar de explicar que ese cierre contribuyó a evitar la catástrofe sanitaria de Brasil o Perú, se quedó sin respuestas y ese vacío fue cubierto por la verborragia de los negacionistas.

-¿Se ha utilizado políticamente en Argentina la crisis sanitaria por la Covid?

La derecha transformó a la pandemia en un campo de batalla y utiliza el desconcierto creado por la infección para renovar sus mensajes de privatización. Impugna las experiencias de salud pública y ataca los cuidados requeridos para proteger a la población. Ha instalado, además, un cúmulo de mentiras en torno a las vacunas. Repite que el oficialismo fracasó en el aprovisionamiento de las inyecciones, sin mostrar algún contraejemplo de éxito latinoamericano con sus recetas. Silencia, por ejemplo, sus ensalzados modelos de Chile o Colombia que acumulan inocultables desaciertos.

La decisión oficial de suplir las carencias con la provisión de vacunas Sputnik directamente enloqueció a la oposición conservadora, que presentó incluso una denuncia penal para prevenir el «envenenamiento» que generaría esa inyección. Como esas tonterías quedaron rápidamente desmentidas, los cruzados de la campaña anti-rusa dieron vuelta a la página y optaron por el cuestionamiento inverso. Ahora patalean contra la lenta o parcial aplicación de esa vacuna. Obedecen en forma muy disciplinada las órdenes que reciben de la embajada estadounidense y se han convertido en lobistas de Pfizer. Alaban a esa empresa y enaltecen los viajes de vacunación a Miami, suponiendo que los ricos deben gozar de prioridad frente a la gran masa de pobres desechables. Por distintas vías, la derecha fomenta el descreimiento en los planes de vacunación y espera lucrar con el desánimo que genera la pandemia.

-¿Qué balance harías de la gestión del presidente de Argentina, Alberto Fernández, cumplido un año y medio de gestión? ¿Podría establecerse un hilo de continuidad respecto a los gobiernos de Cristina Fernández?

Fernández asumió el manejo de un país agobiado por décadas de primarización, endeudamiento y precarización y afrontó de entrada la durísima carga legada por el vaciamiento financiero perpetrado por Macri. Esperaba remontar esa adversidad introduciendo mejoras económico-sociales, que no cuestionaran los privilegios de los grupos dominantes. Pero afrontó la desgracia de la pandemia, debió gestionarla en un escenario de furibunda agresión de la derecha y optó por el vaivén y la indefinición en todos los campos.

En el terreno sanitario intentó una gestión progresista. Propició medidas de protección con la drástica cuarentena inicial y una acelerada inversión en camas y hospitales para evitar la saturación de las terapias intensivas. De esa forma logró sortear el tremendo drama atravesado por Ecuador, Perú o Brasil. No hubo muertos en las calles, sepulturas colectivas, ni venta de oxígeno a los desesperados. Esa activa intervención alineó al principio a todo el espectro político, revitalizó la auto-estima nacional y generó gran conciencia de los peligros de la infección.

Pero esos promisorios resultados duraron poco y el operativo sanitario quedó erosionado por la expansión de la pandemia. El resguardo se diluyó, la enfermedad se descontroló y el número de víctimas escaló en forma vertiginosa. Terminó imperando la disolución de las normas de cuidado, bajo la incansable campaña de erosión que la motorizó la derecha sin respuestas por parte del gobierno.

-¿Qué sucedió en otros campos, por ejemplo la economía?

En el plano económico la oposición conservadora impuso de entrada el freno a un proyecto de expropiar una gran empresa quebrada (Vicentin), mientras arrancó concesiones a los financistas mediante la presión cambiaria. Fernández violó ahí su promesa electoral, al sancionar una fórmula de ajuste de las jubilaciones que reduce la incidencia de la inflación. Pero al mismo tiempo resistió las exigencias de devaluación de los principales grupos capitalistas e introdujo un impuesto a las grandes fortunas, que sienta las bases para una reforma fiscal progresiva.

El gobierno navegó entre dos aguas y esperaba retomar el crecimiento por el simple efecto del arreglo de la deuda alcanzado con los acreedores privados. Pero ese convenio no contuvo el desmoronamiento del nivel de actividad, ni suscitó la prometida “confianza” de los mercados.

Como todos sus pares de la región, Alberto intentó contrarrestar el gran confinamiento generado por la pandemia, con mayor expansión del gasto público. Mediante ese auxilio limitó una retracción superior del PBI, pero potenciando el quebranto fiscal, el desplome de la recaudación y un desbarranque mayúsculo de la producción.

Ahora se negocia posponer los pagos de la deuda con el FMI legitimando el mayor fraude de la historia nacional y apostando a una imaginaria benevolencia del Fondo. Lo más preocupante es el continuado deterioro del salario como consecuencia del desborde inflacionario.

-¿Cuál es la conclusión, a tu juicio?

Yo creo que en ese mar de oscilaciones, Fernández no implementa el ajuste, ni la redistribución. Pretende transitar por un camino intermedio que no satisface las necesidades populares, ni avala las exigencias de los poderosos. Por un lado soslaya el freno a la carestía y por otra parte resiste el maximalismo de la derecha. Con emisión, recortes de gasto y un nuevo endeudamiento va tirando a la espera del rebote económico y del resultado de las próximas elecciones de medio término.

Los mismos vaivenes prevalecen en la política exterior. Ha buscado ubicarse en un lugar equidistante junto a México, para apuntalar una alternativa al declive del derechista Grupo de Lima. Pero emite guiños para todos los públicos. Condena y sostiene según la ocasión al gobierno venezolano y toma distancia de la OEA, mientras afianza los vínculos con Israel.

Pero también soporta una fuerte crítica de la derecha….

Sí. Efectivamente Fernández debe lidiar con una oposición que ha buscado instalar el caos, para judicializar y paralizar el sistema político. Los derechistas intentan recuperar el gobierno por cualquier medio, con un proyecto destituyente que ha incluido todo tipo de marchas contra el “totalitarismo populista”. Actúan con la descarada complicidad del Poder Judicial, que tiene en carpeta nuevas variantes del mismo lawfare que llevó a Macri a la Casa Rosada. Cuentan además con el sostén de los principales medios de comunicación, que recurren a una prédica virulenta para crear un clima de crispación.

Los derechistas apuestan todas sus cartas a los próximos comicios y esperan repetir el triunfo conseguido por el trumpismo madrileño contra otro oficialismo progresista. Pero olvidan las grandes diferencias con un contexto latinoamericano signado por el resurgimiento de la izquierda. Además, la marginalidad política del ejército les impide concebir el golpe militar que consumaron en Bolivia y el desprestigio del poder judicial anula el protagonismo que tuvieron los tribunales en Brasil.

-¿Cómo han respondido las clases populares de Argentina?

El lugar preeminente que ha logrado el espectro reaccionario se explica también por la infrecuente desmovilización popular. La pandemia afectó a los sindicatos, en un marco de gran retracción de las luchas y demandas de las organizaciones sociales. La infección desarticuló el funcionamiento de esos movimientos, obstruyó la deliberación, impidió las asambleas y acotó las manifestaciones. Sólo la izquierda de los movimientos sociales mantiene las protestas y por primera vez en mucho tiempo, un gobierno ha logrado desembarazarse de la presión directa que suele imponer la movilización social.

Tomando en cuenta esta variedad de acontecimientos y posturas, yo diría que por ahora Alberto Fernández se ubica en un cuadrante moderado del progresismo. Es evidente que no comparte el signo derechista de Macri, pero también transita por un sendero muy distante de la radicalidad de Evo Morales o Chávez. Es afín al rumbo que inauguraron Néstor y Cristina, pero en un contexto económico-social muy diferente. Todavía no se sabe qué tipo de peronismo prevalecerá con Fernández.

El justicialismo incluyó históricamente variantes de nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y rumbos reformistas. Menem y Kirchner fueron los exponentes más llamativos de ese pragmatismo, que aún no maduró una modalidad singular con Alberto.

Por otra parte el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció en mayo unos presupuestos expansivos, planes billonarios en inversiones públicas, empleo y la elevación del impuesto de sociedades. ¿Se trata realmente de un “giro” keynesiano en la política económica estadounidense?

Los planes económicos que mencionas son indudablemente significativos no sólo por la escala del gasto previsto, sino que también se auspician cuando la economía está encaminada hacia la recuperación. Ya no alientan estímulos para contrarrestar la pandemia. Buscan asegurar un repunte que empareje el crecimiento de Estados Unidos con China, frente al continuado freno que registra Europa y Japón. Biden quiere tomar la delantera en la competencia que libra con el gigante asiático.

Pero lo más llamativo es la orientación del nuevo paquete económico. A diferencia de las intervenciones de las últimas décadas, esta vez se avizora un incremento de impuestos a las grandes corporaciones, que será convalidado con el acuerdo internacional para obstruir la evasión de esos gravámenes en los paraísos fiscales. El tradicional socorro estatal a los grandes capitalistas esta vez será reemplazado por iniciativas de mayor recaudación que contradicen todos los dogmas del ofertismo neoliberal.

Hay un giro evidente, no sólo frente a la política de reducción impositiva que propiciaba Trump. El programa de socorro a los bancos con erario público que implementó Obama es reemplazado por medidas de compensación de las pérdidas sufridas por el grueso de la población. Se intenta recomponer los ingresos de los ciudadanos medios con transferencias directas a los contribuyentes. Este viraje en el direccionamiento del gasto público es un dato muy relevante.

Esa iniciativa tiene ingredientes tan keynesianos, como el énfasis puesto en la inversión en infraestructura. La retórica utilizada por Biden para exponer estos proyectos retoma el tono del New Deal, cuestiona espejismo del derrame, convoca a estimular la economía desde abajo y avala el resurgimiento de los sindicatos.

-¿Por qué razones se produce este viraje?

Biden ha tomado nota de enorme retroceso económico de Estados Unidos que se verifica en la pérdida de competitividad fabril. El continuado liderazgo financiero y la significativa supremacía tecnológica del país no contrarrestan ese declive industrial, ni revierten la crisis de largo plazo que afecta a la estructura productiva.

Al igual que todos sus antecesores Trump no logró modificar esa regresión. Su intento de restaurar la “grandeza americana” a costa del resto del mundo fracasó. Sólo pudo inducir un alivio de la coyuntura, sin contener los desequilibrios fiscales y comerciales. Acentuó el deterioro del medio ambiente con la renovada explotación del carbón y el shale-oil y aumentó el riesgo de nuevas burbujas con la desregulación financiera. Biden necesita cambiar ese libreto para buscar otro resultado y ha recurrido al acervo keynesiano.

Ese sorpresivo curso obedece también al resurgimiento de demandas populares, que vuelven a ejercer una influencia social significativa. Por eso Biden emitió un mensaje favorable al renacimiento de los sindicatos. Necesita además impedir la reaparición de Trump, que forjó una gran base social derechista e intentará el retorno si la decepción con los Demócratas se verifica con cierta celeridad.

Estas razones económicas, sociales y políticas internas explican el llamativo rumbo que ensaya Biden, para recomponer la insoslayable cohesión interna que se necesita para intentar restaurar el poder imperial estadounidense en el mundo. Para alcanzar esa ambiciosa meta, un viejo promotor de las reducciones fiscales conservadoras como Biden, ahora propicia medidas contrapuestas de expansión del gasto público social.

Intenta suturar las divisiones internas del país para sostener las acciones imperialistas en el exterior. El neo-keynesianismo de la Casa Blanca apunta todos los cañones a la gran contienda que se avecina con China. Lo ocurrido con Trump demuestra que esa batalla está perdida, si persiste la enorme grieta que fractura a la sociedad norteamericana.

El tono progresista que asume Biden apunta a comprometer a todas las fuerzas políticas del país, en una estrategia común para frenar a China. Busca neutralizar especialmente a la corriente de Sanders para sumarla a esta campaña Yo creo que existe un real peligro de cooptación, si en la izquierda estadounidense persiste la pasiva aceptación del padrinazgo internacional norteamericano.

-¿Opinas que funcionará el plan de Biden?

El nuevo curso recién debuta y conviene registrar sus propios límites. Aunque las mejoras sociales que propone son importantes, con su aprobación Estados Unidos recién comenzaría a aproximarse a las deterioradas prestaciones sociales que imperan en Europa.

Además, el plan de Biden no incluye el salario mínimo que demandan los sindicatos y no destina el grueso de las inversiones previstas a las comunidades más necesitadas. Prevé un número muy acotado de trabajadores alcanzados por la nueva creación de empleos y no incluye una efectiva ley de protección de los derechos gremiales.

En cualquier caso se avecinan grandes conflictos para la aprobación legislativa de las propuestas presidenciales. Los republicanos ya anticiparon su rechazo y la derecha de los demócratas pone muchos reparos. El lobby de los banqueros influye especialmente en ese sector y sus economistas ya están alertando contra el peligro de un “rebrote inflacionario”, si se aprueban las medidas expansivas que propicia Biden.

El próximo manejo de las tasas de interés indicará qué grado de recepción tienen esos cuestionamientos en la cúspide del poder económico. Pero incluso si termina efectivizándose, el nuevo plan keynesiano deberá traspasar el gran test de la utilización capitalista de los fondos públicos. Si en lugar de generar nuevas inversiones, esos recursos se canalizan hacia nuevas burbujas, el resurgimiento keynesiano quedará abortado.

La actual negociación sobre patentes puede anticipar el resultado de las tensiones económicas que se avecinan. Frente a la presión internacional creada por la pandemia, Biden sugirió suspender esas normas de protección para las vacunas del Covid. La Casa Blanca tiene enormes facultades legales para implementar esa decisión y afronta un novedoso escenario de excedentes locales por la inmunización ya completada de gran parte de la población.

Biden intenta tantear en ese terreno de las patentes la recuperación del espacio geopolítico, que Estados Unidos perdió frente a Rusia y China. El localismo egoísta que desplegó Trump debilitó seriamente a la primera potencia. Todos saben que durante la pandemia Washington distribuyó más cachetadas que auxilios entre sus socios y aliados. Pero los laboratorios, los bancos y el Wall Street Journal ya se subieron al ring para impedir cualquier alteración de los derechos de propiedad y la iniciativa oficial está frenada. Veremos si este desenlace anticipa lo que sucederá en otras esferas.

-En la última cumbre de la OTAN, celebrada el 14 de junio en Bruselas, el secretario general de la alianza militar, Jens Stoltenberg, afirmó que la relación con Rusia se situaba “en su punto más bajo desde la Guerra Fría”, y que China “también plantea algunos desafíos a nuestra seguridad”. ¿Auguras diferencias entre la política exterior de Biden y la de Trump?

Biden mantiene el propósito central del establishment norteamericano que es la recuperación del dominio internacional de la primera potencia. Seguirá buscando la forma de contrarrestar la pérdida de autoridad y capacidad de intervención de Estados Unidos y la consiguiente diseminación del poder mundial. Intentará reconquistar esa supremacía imperial para capturar riquezas y disuadir competidores. También perfeccionará la nueva variedad de guerras híbridas que propicia el Pentágono, combinando el cerco económico, la provocación terrorista y la promoción de conflictos étnicos, religiosos o nacionales en los países diabolizados.

Pero enfrentará los mismos problemas que encontraron sus antecesores para lidiar con los pantanos militares de Afganistán e Irak. El nuevo mandatario debe  convivir con el trauma de una superpotencia que pierde guerras y Biden tiene muy fresca la sucesión de frustraciones que tuvo Trump. El magnate no pudo lograr un relanzamiento de la economía utilizando la superioridad militar del país. No doblegó a China, no sumó a Europa a sus operativos, fracasó en el control de la proliferación nuclear de Corea del Norte e Irán y falló en los golpes contra Venezuela.

Para remontar esos resultados Biden pone ahora el acento en la recomposición de la cohesión interna y en la atenuación de la grieta política, las tensiones raciales y la división político-cultural, entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas. Con ese nuevo sostén en la retaguardia retomará los propósitos estructuralmente agresivos del imperialismo. Ya seleccionó un equipo de asesores externos especializado en esa política. Todos mantienen estrechos vínculos con el complejo industrial militar.

¿China será el gran adversario?

Sí. El gigante asiático persiste como el gran enemigo a derrotar. Con más  diplomacia e hipocresía, Biden continuará la estrategia de hostilidades en el Mar de China, la militarización de Taiwán y las provocaciones en Hong Kong. Ya retomó la absurda campaña para culpabilizar a Beijing del coronavirus y se dispone a desplegar la tradicional demagogia de los demócratas con los derechos humanos para justificar las intromisiones imperiales.

Biden intenta recomponer las alianzas con Europa para reclutar aliados frente a la creciente tensión que avizora con China. Ya logró un cierto guiño de los socios transatlánticos en la última reunión del G7, pero todas las economías del Viejo Continente mantienen negocios con China que buscarán preservar. Por esa razón es incierto el alineamiento de todo el bloque occidental que demanda el nuevo ocupante de la Casa Blanca. Biden suspendió la guerra comercial de Boeing contra Airbus y parece dispuesto a olvidar las objeciones yanquis a la finalización del gasoducto Nord Stream 2 con Rusia, a cambio de una mayor agresividad contra Beijing. Pero reticencias de Europa al desacoplamiento tecnológico con China son muy grandes e incluyen también a los británicos.

La postura frente a Rusia es más ambivalente. Biden comenzó con insultos contra Putin, pero ya bajó el tono y renegocia un convenio de distensión nuclear. En Medio Oriente, no se avizoran cambios en la simbiosis con Israel y en el apuntalamiento de los sauditas. Pero la reacción frente a los desplantes de Turquía es por ahora tan incierta, como la postura frente al suspendido acuerdo nuclear con Irán. América Latina continúa en el tradicional casillero de patio trasero, pero con grandes tormentas en puerta que Biden aún no definió cómo manejar.

-El gasto militar de China alcanzó los 252.000 millones de dólares en 2020, según el instituto de investigación SIPRI, el segundo del mundo tras el de Estados Unidos. ¿Consideras acertado referirse a un imperialismo chino, por su influencia en África y América Latina? ¿Sería equiparable al estadounidense?

No. Creo que corresponde establecer una diferencia entre ambos contendientes, dado el perfil agresor de Estados Unidos y la conducta defensiva de China. Mientras que la primera potencia busca restaurar su alicaída dominación mundial, el gigante asiático intenta sostener un crecimiento capitalista sin enfrentamientos externos. China afronta, además, serios límites históricos, políticos y culturales para intervenir con actos de fuerza a escala global y por esas razones no integra actualmente el club de los dominadores del planeta. Me parece equivocado caracterizarla como una potencia imperial, depredadora o colonizadora.

Yo entiendo también que China dejó atrás su vieja condición de país subdesarrollado e integra actualmente el núcleo de las economías centrales. Desde ese nuevo lugar captura grandes flujos de valor internacional y comanda una expansión que lucra con los recursos naturales provistos por la periferia. Por esa ubicación en la división internacional del trabajo me parece igualmente desacertado ubicarla en el casillero del Sur Global.

China combina la expansión productiva con la prudencia geopolítica. No condice con el perfil imperial, que se define más por acciones internacionales de dominación que por parámetros económicos. El gigante asiático no participa hasta ahora en la política de sujeción internacional ejercida por los poderosos del planeta a través de sus estados.

Me parece que debemos prestar especial atención a la forma en que Estados Unidos hostiliza a su rival, desde que Obama inició el viraje hacia una confrontación más dura, Trump redobló esa embestida. Designó a China como el enemigo estratégico de su país, introdujo una virulenta agenda de presión económica mercantilista y acentuó la disputa por la primacía tecnológica.

Siguiendo estas pautas el Pentágono comenzó a erigir un cerco, mediante el acoso naval en el mar de China y la gestación de una “OTAN del Pacífico”. Todo el establishment de Washington apuntala esa presión geopolítico-militar. La política previa de asociación económica con China está agotada. Ese entrelazamiento quedó muy erosionado por la crisis del 2008 y ha sido fulminado por la pandemia.

La nueva potencia oriental mantiene una actitud muy distinta a su contendiente. No envía buques a navegar por las cercanías de Nueva York o California. Más bien ejerce su soberanía en un acotado radio de millas y mantiene un presupuesto militar muy inferior a su rival. La estrategia geopolítica china no enfatiza el aspecto bélico. Privilegia el agotamiento económico de su competidor, mediante una política que intenta quebrar el liderazgo estadounidense del bloque occidental.

-Por lo tanto, China actúa como una gran potencia…

Sí. China logró un impresionante protagonismo económico internacional, aprovechando las ventajas competitivas que encontró en la globalización. Pero no comparte la compulsión a la conquista territorial que aquejaba a las grandes potencias del silgo XX. Desenvolvió formas de producción mundializadas y consiguió expandir su economía con pautas de prudencia geopolítica inconcebibles en el pasado.

Los límites que afronta China para actuar como una potencia imperialista derivan del carácter inconcluso de la restauración capitalista y de la propia historia de un país acosado y carente de tradiciones expansionistas.

China obtiene grandes beneficios de sus inversiones en África, pero no despacha tropas hacia ese continente y su única base militar en el neurálgico cruce comercial de Djibuti, contrasta con el enjambre de instalaciones que ha montado Estados Unidos. Evita además involucrarse en los explosivos procesos políticos del continente negro.

También es cierto que lucra con la primarización de América Latina, pero se ubica lejos del intervencionismo estadounidense. No es lo mismo hacer negocios con la venta de manufacturas y la compra de materias primas, que enviar marines, entrenar gendarmes y financiar golpes de estado. China ha consolidado un comercio desigual con América Latina, pero sin consumar la geopolítica imperial que continúa representada por la presencia de la DEA, el Plan Colombia y la IV Flota.

-Por último, en un artículo publicado en La Haine (abril 2021), señalabas un “conflicto que opone a los sectores neoliberales y estatistas” en China. ¿En qué consiste y con qué implicaciones?  

La postura defensiva de China es coherente con el status de un país que se expandió con cimientos socialistas, complementos mercantiles y un modelo capitalista enlazado a la globalización. Esa combinación apuntaló la retención local del excedente. Además, la ausencia de neoliberalismo y financiarización permitió evitar los agudos desequilibrios que afrontaron sus competidores.

Yo creo que el conflicto con Estados Unidos tiene una enorme incidencia en el rumbo que seguirá China. Influirá en la definición del sector que prevalecerá en el comando de la sociedad. La contundente gravitación del capitalismo no se ha extendido aún a toda la estructura del país y una nueva clase dominante maneja gran parte de la economía sin controlar el estado. Ese sector logró revertir la transición socialista previa sin instaurar su preeminencia. A diferencia de lo ocurrido en Rusia o Europa Oriental, en China prevalece una formación intermedia, que no cohesiona a los funcionarios con los capitalistas, en un marco de legado socialista aún presente.

Esa peculiar estructura determina la política exterior diferenciada que te mencionaba en la pregunta anterior. China diverge de Estados Unidos por la vigencia de un status capitalista insuficiente que obstruye la implementación de políticas imperialistas.

Pero la continuidad de ese curso está sujeta al desenlace del conflicto que opone en el país a los sectores neoliberales y estatistas. El primer núcleo aglutina a los grupos capitalistas que auspician el libre-comercio con proyectos expansivos y tentaciones imperiales. El segundo segmento propicia reforzar la gestión estatal, moderar el curso capitalista y preservar la prescindencia geopolítica internacional.

Xi Jinping ejerce un fuerte arbitraje entre todas esas vertientes de la elite gobernante. Y para asegurar la cohesión territorial del país mantiene a raya a los enriquecidos acaudalados de la costa. Ha defenestrado a varios multimillonarios y multiplicado las campañas contra la corrupción, para sepultar los gérmenes que condujeron a la disgregación semicolonial padecida en el pasado.

China evita el conflicto con Estados Unidos, pero la propia búsqueda de ese compromiso está obstruida por la expansión del capitalismo. Las exigencias competitivas que impone el apetito por el lucro acentúan la sobreinversión y las consiguientes presiones para descargar excedentes en el exterior. La distensión con Estados Unidos es socavada por los proyectos expansivos que China acrecienta para atemperar la sobreproducción.

En síntesis: hay un conflicto irresuelto dentro del oficialismo y una tensión con la clase dominante que no maneja los resortes del estado y debe aceptar la estrategia internacional cauta que propicia el Partido Comunista.

Por Enric Llopis | 03/07/2021

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La gira como desafío al imaginario rebelde

El pensamiento crítico y las prácticas rebeldes y revolucionarias fueron contaminadas por la lógica militar, hasta moldearlas en el espíritu de la guerra, lo que se aceleró con las revoluciones del siglo XX. Los conceptos de táctica y estrategia, de ofensiva y defensiva, entre otros, comenzaron a ocupar un lugar central en el pensamiento crítico.

Las luchas sociales pasaron a ser consideradas parte de un dispositivo militar, al punto que una simple huelga fue definida por la Internacional Sindical Roja como combate huelguístico, los obreros formando parte del ejército huelguístico, mientras los dirigentes integraban el estado mayor de la clase obrera en lucha.

Es evidente que se trataba de una cultura política que subordinaba a las masas a las jerarquías del partido y del sindicato, quienes definían las tareas de un conjunto humano que, como su nombre indica, no tenían capacidad de dirigirse por sí mismas, sino sólo de seguir el camino trazado por los dirigentes, en general autoproclamados.

Reflexiones que vienen al hilo de la gira zapatista en curso y de la inconveniencia de nombrarla con los conceptos de la vieja cultura política. En principio, estaríamos ante la mayor ofensiva política de los de abajo en mucho tiempo. Sin embargo, la idea misma de ofensiva no es ni suficiente ni alcanza para describir lo que empieza a suceder.

La ofensiva es, siempre, contra algo que debe ser derrotado o neutralizado. Pero la gira es otra cosa. Si bien la resistencia de los pueblos se realiza contra el capitalismo y el neoliberalismo, la metáfora militar confunde, apunta en una dirección que no es.

Es cierto que en 2019 el EZLN rompió el cerco político, mediático y militar establecido contra los territorios zapatistas. Pero el cerco no se rompió a la manera militar, sino política, a través de la organización de nuevas comunidades y bases de apoyo. Quienes traspasaron el cerco fueron básicamente mujeres y jóvenes, que usaron como arma la palabra y la escucha para promover la campaña Samir Flores vive, en la que se crearon nuevos caracoles y centros de resistencia (https://bit.ly/3xkGbIp).

La lógica militar implica escalar hacia el poder estatal, para eso se hace la guerra, mientras la lógica zapatista supone crecer hacia los lados, mediante la organización de más y más comunidades, pueblos y barrios. Son dos modos opuestos de caminar: hacia arriba y hacia abajo, hacia el Estado o hacia los pueblos.

En este punto, una aclaración. El uso de armas no se relaciona con adoptar una lógica militar que desemboque en el militarismo. Los pueblos originarios, negros y mestizos siempre han utilizado armas, para defenderse y para seguir siendo pueblos, pero no convirtieron el uso de las armas en argumento para imponerse y someter a otros pueblos, personas o colectivos.

La gira zapatista debemos entenderla como un enorme ejercicio de diálogos y escuchas, entre cientos de colectivos y miles de personas, en círculos de iguales, para reconocernos, aprender lo que tenemos en común para seguir caminando, enriquecidos por lo vivido y lo conocido. No imagino a nadie diciendo lo que otros deben hacer, como en la vieja cultura política.

Es una gira para visibilizar y fortalecer las redes que existen, desde hace casi tres décadas. Redes que han mutado, sobre todo por el recambio generacional acelerado luego de la crisis de 2008, cuando unos cuantos movimientos europeos se territorializan y comienzan un nuevo caminar que, de algún modo, establece nuevos diálogos con los movimientos de América Latina.

La segunda cuestión que me parece destacable es que la gira crea su propia agenda, no reacciona a la agenda de arriba. En general, los movimientos reaccionan a las iniciativas del capital, para resistirlas y frenarlas. En este caso, se trata de una iniciativa nacida en las comunidades zapatistas, y en varios movimientos de la geografía mexicana.

Construir una agenda propia, abajo y entre abajos, es sinónimo de autonomía; mientras la agenda que reacciona al poder, con lo valiosa que resulta, no consigue todavía situarse en el terreno autónomo. Es evidente que construir una agenda de este tipo requiere tiempo, paciencia y mucha voluntad, porque construir en colectivo es mucho más difícil que destruir (como hace el sistema) o mandar a otros (como hace la vieja cultura política).

La gira zapatista es el hecho político más trascendente de los últimos tiempos. Una aventura que permitirá conocer nuevos mundos, algunos que ni siquiera sospechamos porque nacen en las fisuras que hemos ido creando, que sólo son visibles para quienes las abrieron, en tanto los políticos y los medios de arriba las ignoran o desprecian, en caso de que lleguen a verlas.

Los frutos se verán en algún momento. Como ha sucedido con el Concejo Indígena de Gobierno, a mi modo de ver la mayor creación de abajo, las cosas se cocinan a fuego lento, en cientos de asambleas, encuentros e intercambios.

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Alberto Tena Álvaro Minguito

De la mano de los autores Thomas Paine y Thomas Spencer, el investigador y activista de la renta básica universal, Alberto Tena, indaga en las ideas y planteamientos que acompañaron al origen de esta propuesta, hace más de dos siglos.

 

Thomas Paine y Thomas Spencer vivieron en el siglo XVIII, y no solo compartieron nombre y época si no también el anhelo de que el nuevo mundo que despuntaba lo hiciera garantizando el acceso de todas las personas a un sustento. En torno a esta idea, escribieron artículos y elaboraron propuestas. Más de dos siglos después, el investigador Alberto Tena, un activista a favor de la renta básica inmerso en los debates sobre su pertinencia y factibilidad, rescata algunos de sus textos en el libro Los orígenes revolucionarios de la renta básica (Postmetrópolis, 2021).

Mediante la genealogía de esta propuesta,  el autor consigue reubicar el debate extrayéndolo de la urgencia del presente, y recordando el contexto de transición hacia otro modelo en el que estas primigenias defensas de diversas formas de renta básica fueron publicadas y difundidas.

Parece un poco exótico ponerse a leer estas cosas a estas alturas, ¿cómo llegas a estos autores?
Que Paine y Spencer están en el origen de la idea lleva siendo tiempo consenso académico. Pero en concreto, en el último libro que sacan Van Parijs y Vanderborght del 2017 [Ingreso básico: una propuesta radical para una sociedad libre y una economía sensata], que es ya como el super manual, hablan de la prehistoria y la historia de la renta básica, es ahí cuando cuentan un poco de lo que yo desarrollo en el libro. También en Capital e Ideología Thomas Pikkety cita a Paine, está en muchos lados este autor.

Los textos seleccionados tienen mucha resonancia en la actualidad, ¿qué aporta esta perspectiva histórica cuando mucha gente piensa que la renta básica universal es una idea relativamente nueva, una herramienta para afrontar problemas del presente?
De hecho, muchos de quienes defienden la renta básica piensan que es un idea que surge en los años 80 y a menudo se la acusa incluso de neoliberal, por aparecer (según creen) justo en el momento en el que hay un retroceso en la hegemonía socialdemócrata y el neoliberalismo va ganando terreno. Una idea, dicen los críticos, que además se centra mucho en el individuo y todas estas cosas. Entonces, echar esta mirada atrás y además, en un momento histórico que es cuando el capitalismo está empezando a asentarse como forma dominante de organización social y mezclado con la Revolución Francesa, con la independencia de Estados Unidos, es muy interesante. Implica ver cómo en este contexto de mucho cambio y efervescencia de repente está surgiendo una idea que —vista con los ojos de ahora— es la idea de fondo que hay de las propuestas de renta básica en general, planteada como una especie de defensa de la vida frente a la propiedad, o lo que ahora llamamos capitalismo, que en este momento aún no tenía ese nombre.

Claro, porque cuando pensamos en la renta básica hay quienes la entienden o defienden como reacción a la robotización o la crisis de empleo. ¿Qué potencia crees que tiene recuperar este debate que en aquel momento no era reacción ante unos factores que por entonces no existían, sino como creación, como propuesta?
A mi lo que me llama y me engancha mucho es que justo ahí, la justificación de la renta básica, en un momento en el que los conceptos de robotización o desempleo no existen, la discusión está totalmente centrada en la idea teísta de que la propiedad de la tierra dios nos la ha dado en herencia a todo el mundo por igual y que, por lo tanto, las propuestas de renta básica o capital básico de Paine es una manera de devolvernos esta herencia de lo común, y la propiedad común de la tierra. Mirar a ese pasado da una perspectiva más comunitaria y menos individualista de la renta.

En uno de los textos, Paine habla de igualdad en conexión con libertad, apela a los franceses y su revolución a los que recuerda que la desigualdad no es un problema de caridad sino de justicia. Son las mismas palabras que  se usan ahora para defender la renta básica.
Paine es un tipo muy interesante, que yo conocí gracias a sin permiso, Daniel Raventós, etc porque a parte de que tiene estas frases colosales que se te quedan como “es justicia y no caridad, es cuestión de derecho”, el tipo vive en primera persona la independencia de Estados Unidos y escribe uno de los textos llamado Sentido Común, que es el mayor best seller de la historia, y se vuelve un personaje muy importante dentro del proceso de independencia. Pero luego se va a Francia y vive también en primera persona la revolución francesa. Lo curioso e interesante es que el texto de Justicia Agraria, que es el más conocido, surge en medio de los debates tan profundos que hay en medio de la revolución francesa sobre qué hacemos con el tema de la propiedad y la redistribución de la riqueza.

Todo esto, como señalas, sucede en un momento de construcción, de cambio de régimen ¿cómo retomar estos debates en momentos de reacción, cuando muchos esfuerzos se van en no perder lo conseguido, más que en transformar lo que hay?
Es difícil hacer paralelismos muy claros, pero lo que sí creo que es un paralelismo que se puede hacer, o que es interesante pensarlo de este modo, es que aquel era un momento de transición entre dos mundos: el inicio de la modernidad.  Y ahora estamos en transición hacia otra cosa que todavía no está escrito lo que puede ser. Creo que no es casualidad que en este tipo de momentos surjan ideas similares.

También —esto lo cuento al final del libro en el contexto de Paine y también de Spencer en Inglaterra— están las leyes de pobres que con todas las salvedades del mundo son sistemas similares a las rentas mínimas que podemos tener ahora. Los autores las conocen y están en muchas momentos en conflicto con ellas. Paine había sido administrador de estas leyes de pobres: estaban ejerciendo una función dentro de este proceso de transición, de sostenimiento de la gente a las que habían dejado sin tierras para poder producir, tras privatizarlas. De ahí la necesidad de estas leyes que daban sustento a las familias pobres. Viendo los problemas que estaban surgiendo ahí, e incluso los problemas que había en EE UU, llegar a Norteamérica era llegar a un mundo entero abierto a todas las posibilidades, esta idea aparece y parece razonable. Así, creo que existe un paralelismo interesante en cómo es razonable en ese momento y es razonable ahora pensar en que podemos tener una herramienta de seguridad de las características de la renta básica.

Leyendo tu libro he recordado Calibán y la Bruja de Silvia Federici, y cómo los cercamientos de tierras despiertan gran resistencia en la época porque la gente entiende que esos espacios son comunes y de ellos dependen. Cuando Paine y Spencer escriben estos textos la memoria de los comunes está más reciente. Parece que más de dos siglos después se haya diluido esta idea.
Este es uno de los puntos clave por los que me parece útil volver a leer a esta gente. Por ejemplo, el texto de los derechos de los infantes de Spencer gira en torno a la misma idea de cómo el derecho a la vida debe y puede ser garantizado en una sociedad. Es un razonamiento teológico el que ellos hacen pero que es de sentido común defender esto. Lo plantean en muchos sentidos como una defensa frente a lo que está apareciendo en estos momentos, a la economía dominante, a mi me parece muy potente.

Me llamó mucho la atención ver que el debate en contra del proceso de cercamiento de tierras de Federici —que lo retoma de Marx— es uno de los inputs principales para empezar a escribir y terminar introduciendo la idea de la necesidad de una renta básica. Spencer lo cuenta como un problema local de New Castle, que es una ciudad del norte de Inglaterra, lo presenta como un problema muy acotado pero que con la perspectiva histórica sabemos la importancia que tuvo ese debate para la conformación de lo que llamamos capitalismo.  Creo que ese es de los puntos que me ha llevado a pensar que tenía sentido traducir estos textos.

Es un poco estremecedor ver cómo la idea del republicanismo: que la libertad y la igualdad están ligadas y que no hay libertad sin seguridad material, tan evidente ya hace dos siglos, parezca casi una proclama revolucionaria en estos tiempos
Una de las cosas que ves cuando estudias el texto de Justicia Agraria es que se escribe en un contexto de debate, ya a casi 10 años del inicio de la Revolución Francesa cuando a los jacobinos les han conseguido echar y ha empezado este momento que se llama la revolución termidoriana, cuando se dan una serie de pasos atrás, uno de ellos es el de volver a ligar —en la nueva constitución que quieren realizar los termidorianos— el derecho al voto, los derechos políticos con los derechos de propiedad, que esto es una  cosa que lo jacobinos habían quitado.

Cuando Paine está escribiendo Justicia Agraria, entra en este debate diciendo: no, la revolución solo puede seguir siendo la grandiosa revolución en la que yo he participado si sigue manteniendo la idea de que sin derechos materiales, los derechos políticos no son posibles, y por lo tanto la redistribución en forma de capital básico de la propiedad es fundamental para que todo el mundo tenga los mismos derechos políticos. Mezcla las dos cosas de una forma muy intuitiva, de hecho no habla de derechos políticos y derechos económicos porque es una cosa muy posterior. Pero lo explica de esta manera: no podemos desviar una cosa de la otra porque si no los principios de la revolución se van a caer.

Es muy interesante, además, que en los debates sobre la renta que mantienen Paine y Spencer, sobre todo el primero, hay una misma estructura:  primero una especie de debate ético normativo de lo positiva y filosóficamente justa que es la medida, pero luego el tío se pone a  hacer cuentas —igual que han hecho Daniel Raventós, Lluis Torrens y Jordi Arcarons—,  se va a ver los presupuestos de Inglaterra, saca el dinero en las proyecciones y te explica cómo se implementa, a partir de parroquias locales, etc, que eran las que sustentaban en ese momento las ayudas de pobres.

También llama la atención cuando hablan de dar una cantidad de dinero a los mayores de 21 años en Estados Unidos, para que puedan empezar con su vida. Manifiesta que no es lo mismo empezar teniendo un poquito que no teniendo nada. Algo que parece una perogrullada y sin embargo, aún andamos con la discusión de la meritocracia por aquí.
El texto en el que Paine habla de esto lo escribe en 1775, más de 20 años antes de Justicia Agraria y antes de la revolución francesa, cuando llevaba poco tiempo en Estados Unidos. El dato de un décimo [que una décima parte de lo heredado pase al común] lo da en el de Justicia Agraria pero en este que firma como Amicus habla como inglés recién llegado a Estados Unidos que dice: aquí estamos haciendo una revolución, vamos a ganar dentro de poco la guerra de independencia, cómo no vamos a tener una propuesta que diga que a todos los jóvenes que empiezan su vida en este nuevo país hay que darles un mínimo básico para que después puedan desarrollarse  y hacer su vida con libertad. El artículo es muy bueno porque lo cuenta con total naturalidad, dice: en Inglaterra tenemos una serie de cosas que no están funcionando muy bien. Pero ya que hemos venido aquí y estamos haciendo una cosa nueva, pues vamos a intentar hacer esta propuesta

Claro, pero ahora y entonces, una cosa son las ideas, los debates entre los intelectuales o en la academia. Y otra cosa es quién las pelea.
Lo que estoy estudiando ahora es cómo surgen estos debates en EE UU, una cosa que tampoco solemos recordar es que Martin Luther King y el movimiento por los derechos sociales —una parte del movimiento se llamaba movimiento por el bienestar—  tenían proyectos de renta básica o, si se quiere matizar, medidas como rentas garantizadas en sus agendas. Luego estaban también los técnicos o los economistas que estaban elaborando propuestas, pero esta vía se defendía desde la movilización popular. Sobre todo el movimiento afroamericano, aparecen y dicen: nos estáis dejando a un cuarto del país fuera del bienestar.

También dentro del feminismo ves que hay una historia de debates sobre este tema. A principios del siglo xx, también en Inglaterra, con los salarios de ama de casa y todos esas discusiones, aparecen propuestas de renta básica. De hecho yo creo que el sujeto de movilización son los movimientos más fuertes ahora: el feminismo y el ecologismo, creo que son dos grandes movimientos que podrían incorporar en sus propuestas formas de renta básica. Pero hay tensiones en la izquierda con apoyar o no la renta básica, en el feminismo también hay controversia, mientras en el ecologismo creo que está empezando a surgir ahora el debate sobre cuál podría ser la función de una renta básica. En mi opinión, por ahí tienen que ir los tiros.

Ahora que estamos con la Iniciativa Ciudadana Europea, parece que está costando conseguir las firmas, un millón en toda Europa. En firmar solo se tarda un momento, ¿por qué crees que hay esta especie de desinterés? ¿Se ve poco posible?  ¿o poco deseable?
Creo que las dos cosas. A nivel de no verlo como algo deseable, creo que la épica del trabajo es clave: ahí hay una pelea de la renta básica que es cultural, y es muy fuerte. Por ejemplo, con las ayudas universales por hijo o las pensiones universales la gente sí que acepta que si tu eres mayor, de una cierta edad, hayas cotizado mucho o poco tú tengas derecho a una pensión. Y tenemos las pensiones no contributivas que cubren ese espacio aunque sean muy bajas. Habría un cierto sentido común para aceptar que si tú eres menor de edad también deberías tener la existencia garantizada. La traducción de los derechos de los infantes es súper interesante en este debate: Spencer es el que escribe, pero lo hace como si fuese una mujer discutiendo con un aristócrata, y precisamente apunta al derecho a la existencia de los infantes, como una pelea básica que tienen que dar las mujeres contra los terratenientes en ese momento. Lo más difícil es defender esta idea con quienes están en edad de trabajar porque aquí sí que esa épica del trabajo opera de forma muy fuerte, el tema de las paguitas y demás.

Por eso son súper potentes para mí los debates sobre la renta básica, porque van a tocar puntos clave de la ideología dominante. Y sobre la financiación yo creo que el mayor éxito de las propuestas que han hecho Raventós, Torrens y Arcarons es que han demostrado que matemáticamente se puede, han ayudado a romper un poco esta idea de la imposibilidad, además haciendo unos casos muy específicos, poner cifras aproximadas para hacernos una idea:  obviamente es una medida cara y compleja de hacer, pero creo que se ha dado mucha pelea para combatir esa idea de que no es financiable.

Para cerrar, ¿qué focos de esa retrospectiva histórica crees que pueden ser más fértiles para nuestro presente y futuro?
Volviendo a los cercamientos, algo que hacen los historiadores marxistas ingleses —el grupo integrado por gente como Eric Hobsbawm, E.P. Thompon o Christopher Hill— en los años 60 es empezar a reconstruir e investigar todos estos movimientos populares de Inglaterra, que son super visibles a finales del siglo XVII, la Commonwealth of England, Cromwell y demás. Rescatan estas tradiciones que son muy conocidas como los Levellers, o los True Levellers que vienen de una serie de sectas protestantes que se oponían a la iglesia oficial de ese momento a partir de nociones comunitaristas de la tierra. El libro lo termino con una cita de uno de estos tíos del siglo XVII que básicamente vienen a promulgar ya la idea de los derechos humanos a la propiedad común de la tierra, y que de ahí surja también la idea de la renta básica me parece una idea importante, de la que no se habla.

Frente a la acusación que se hace a esta herramienta de querer disolver lo comunitario, la intención que yo tenía al rescatar estos textos es romper esa idea. Como Milton Friedman hizo su propuesta del impuesto negativo que es una idea similar a la renta básica en muchos sentidos, pues hay mucha gente que acusa a la renta básica de ser una propuesta neoliberal porque surge en los 80, pero no, hay ideas de fondo que están en la base de la renta básica que vienen de un mundo que lo que está haciendo  es resistir a la llegada del capitalismo y encontrar formas alternativas de vida y de existencia que no sean solo trabajar para otra persona, para el propietario.

Por Sarah Babiker

26 jun 2021 06:00

Publicado enSociedad
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