Domingo, 11 Julio 2021 05:24

Haití y EE.UU., un vínculo tóxico

 Cientos de haitianos se congregan frente a la sede de la embajada de Estados Unidos con la esperanza de que les concedan un visa para abandonar su país.. Imagen: EFE

La política de Estados Unidos hacia Haití, bajo la lupa tras el asesinato de Moïse

La crisis actual hace temer que éste sea un nuevo episodio en un vínculo que nunca resultó ventajoso para el país caribeño.

 

En 1915, después del asesinato de Jean Vilbrun Guillaume Sam, el presidente de Haití en ese momento, Estados Unidos decidió enviar tropas al país caribeño con la excusa de que ayudarían a mantener el orden y lograr una estabilización. Se quedaron hasta 1934. Ahora, tras un episodio similar, el gobierno interino haitiano recurrió a la Casa Blanca para buscar apoyo en medio de la crisis, lo que volvió a poner el foco en la política exterior de Washington hacia Puerto Príncipe.

La crisis actual desatada a partir del asesinato del presidente Jovenel Moïse hace temer que este sea un nuevo episodio en un vínculo que nunca resultó ventajoso para Haití.

La relación entre Estados Unidos y Haití es espinosa desde el inicio. Mientras el país del Caribe comenzaba a buscar su independencia a fines del siglo XVIII, Estados Unidos apoyó a los franceses, recordó este sábado el sitio Vox. Con temor a que el levantamiento de los esclavos haitianos sirviera como ejemplo para los que estaban en territorio nortemericano, Estados Unidos tardó décadas en reconocerle la independencia, mucho más que Francia.

Luego, en el siglo XX, llegaron las intervenciones. Nunca una ocupación de Washington hacia Haití –la de 1915 no fue la última– tuvo efectos positivos para la nación caribeña, una de las primeras en el continente en dejar de ser colonia europea, pero la más pobre del hemisferio occidental actualmente. En la década de 1990, el país norteamericano volvió a invadir para reponer en su puesto al presidente Jean-Bertrand Aristide. Hoy, Estados Unidos es el principal donante de un país que, especialmente desde el devastador terremoto de 2010, depende de los poderes extranjeros y de los organismos internacionales.

Tras el asesinato de Moïse, el primer ministro haitiano Claude Joseph pidió que Estados Unidos enviara tropas al país. El pedido no cayó bien en su propio país, en el que la legitimidad de Joseph también está en duda. Pero además avivó el recuerdo de las anteriores intervenciones.

En los años recientes, Estados Unidos prefirió mantenerse al margen de la situación de Haití. Cuando Moïse asumió en 2017, un año después de ser elegido, su llegada a la presidencia coincidió con el inicio del mandato de Donald Trump. Durante su gobierno, el republicano apoyó a Moïse principalmente porque el haitiano respaldaba su campaña contra Venezuela y Nicolás Maduro. Pero cuando cambió el gobierno en Estados Unidos a principios de 2021, la nueva administración demócrata se limitó a aceptar el argumento de Moïse de que todavía le quedaba un año por gobernar, aunque sectores de la oposición haitiana esgrimían que el mandato ya había terminado.

Concentrado en la pandemia y preocupado más por la política exterior hacia China y Rusia, el actual presidente estdounidense Joe Biden prefirió dejar a Haití en un segundo plano. Se limitó a enviar una partida de 75,5 millones de dólares al país caribeño, que serían destinados a salud, educación, desarrollo de la agricultura y las actividades previas a las elecciones previstas para este año. También paró la deportación de haitianos y restableció el estatus de protección migratoria para quienes vengan de ese país.

Sin embargo, la noticia del asesinato de Moïse obligó a la Casa Blanca a volver la mirada hacia el Caribe. “Estados Unidos ofrece sus condolencias al pueblo de Haití y estamos listos para ayudar mientras continuamos trabajando por un Haití seguro”, dijo Biden en un comunicado tras el asesinato.

En medio de las críticas hacia lo que la administración estaba haciendo en cuanto a política exterior sobre el país caribeño, reapareció un video de Biden de una entrevista de 1994. “Si Haití se hundiera silenciosamente en el Caribe o se elevara 100 metros, no importaría muchísimo en relación a nuestros intereses”, había dicho ese año.

Obligada a dar una respuesta más fuerte ante la crisis en Haití, la Casa Blanca insistió en los últimos días que “Estados Unidos continúa atento y envuelto en consultas estrechas” con sus socios “para apoyar al pueblo haitiano después del asesinato del presidente”. El gobierno también dijo que enviará personal del FBI y del Departamento de Seguridad Nacional a Puerto Príncipe “tan pronto como sea posible para evaluar la situación”, según informó la secretaria de Prensa, Jen Psaki. “Fortalecer la capacidad de las fuerzas de seguridad de Haití es una prioridad clave de Estados Unidos. Lo era antes del asesinato de hace unos días y continúa siéndolo”, dijo.

La Casa Blanca también adelantó que enviará  cinco millones de dólares para “fortalecer la capacidad de la Policía Nacional Haitiana para trabajar con las comunidades para resistir a las pandillas”. El envío de tropas, en un momento en que Biden está más concentrado en retirar las que estuvieron en Afganistán por dos décadas, por ahora no está previsto.

11 de julio de 2021

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Enfrentamientos en la ciudad de Beita entre palestinos (en la imagen) y las fuerzas israelíes. Foto Afp

Ginebra. El relator de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre la situación de derechos humanos en los territorios palestinos ocupados pidió que las colonias israelíes sean clasificadas como "crímenes de guerra".

Al presentar ayer su más reciente informe al Consejo de Derechos Humanos (CDH) en Ginebra, Suiza, Michael Lynk afirmó que las colonias israelíes constituyen una “violación de la prohibición absoluta de la implantación de colonos.

"La comunidad internacional calificó esta práctica de crimen de guerra cuando adoptó el Estatuto de Roma en 1998", indicó en un comunicado de prensa. Lynk está autorizado por el CDH, pero no habla a nombre de la ONU.

El relator pidió a la comunidad internacional evaluar las "numerosas medidas" posibles para pedir cuentas a Israel, a escala diplomática o jurídica. "Ha llegado el momento de hacer comprender a Israel que su ocupación ilegal y su desprecio por el derecho y la opinión internacionales no pueden ser gratuitos".

Israel, que no reconoce el mandato de Lynk y nunca le ha dado acceso a los territorios palestinos, no asistió a los debates.

El experto, de nacionalidad canadiense, subrayó que muchas resoluciones de la ONU han calificado de ilegal la política israelí de colonización.

Cisjordania es un territorio palestino ocupado desde 1967 por Israel, y todas las colonias israelíes que se encuentran ahí son consideradas ilegales, según el derecho internacional.

La colonización israelí en los territorios palestinos experimentó gran avance en los años recientes con el impulso del ex primer ministro Benjamin Netanyahu y tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Según el experto de la ONU, Jerusalén Este, el sector palestino de la ciudad, ocupado y anexionado por Israel, y Cisjordania ocupada tienen cerca de 300 asentamientos, donde viven más de 680 mil colonos.

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La herencia de Netanyahu en Israel: una fuerte erosión de la democracia

El país dividido que deja Benjamín Netanyahu a sus sucesores debe cambiar radicalmente para no hundirse en un ensimismamiento dañino para la sociedad. Si atendemos a la erosión que ha experimentado en los últimos doce años, la democracia israelí está en peligro. Netanyahu ha atacado con una energía sin precedentes a las principales instituciones del país, desde la judicatura hasta la prensa.

 

 Los últimos doce años al frente del gobierno (2009-2021) y los tres años anteriores en el mismo cargo (1996-1999) han convertido a Benjamín Netanyahu en el político occidental que más tiempo ha ocupado esa posición, con excepción de la canciller Angela Merkel, y le han permitido moldear el estado judío a su antojo, dejando una herencia que ha erosionado la democracia y que sin duda perdurará en el futuro.

El descrédito de la democracia puede observarse en numerosos aspectos de la sociedad israelí y es consecuencia natural del nacionalismo y el religionismo.

Durante su prolongado mandato el país se ha convertido en lo que se denomina una "democracia iliberal", en la que todo el poder se ha concentrado en sus manos, sirviéndose de las mayorías que le han dado las urnas para oprimir a los sectores que no comulgaban con sus ideas.

La justicia

La judicatura ha sido posiblemente el frente de la política interior al que Netanyahu ha dedicado más tiempo. Lo ha debilitado todo lo que ha podido, tanto él como los ministros de Justicia que ha designado y que permanentemente se han enfrentado a los jueces, especialmente a los del Tribunal Supremo. Ha sido una persecución en toda regla argumentando que el parlamento, y no los jueces, es quien debe decidir lo que se hace y que el parlamento no debe obedecer las decisiones del Supremo cuando hay discrepancias entre los dos poderes.

Sus ataques a la justicia se han intensificado en los últimos años, ya desde antes de que comenzara el juicio contra la corrupción que ahora se está celebrando en un tribunal de distrito en el sector ocupado de Jerusalén.

Netanyahu ha creído que, respaldado por una mayoría parlamentaria, podía hacer y deshacer a su antojo al margen de las leyes, y no está claro cómo y hasta dónde podrá recuperarse el Supremo de esos embates que lo han desacreditado entre una buena parte de la población más populista.

La crispación

La crispación ha alcanzado límites desconocidos, incluso superiores a los que existieron en el periodo previo al asesinato de Yitzhak Rabin en noviembre de 1995. Los citados ataques contra la justicia, o contra la policía y la prensa, han contribuido a crear un clima de tensión y división permanente que Netanyahu y su entorno han impulsado conscientemente puesto que consideraban que la crispación y la división les beneficiaba electoralmente.

Esa misma política de enfrentamiento es la que Netanyahu ha empezado a aplicar en el parlamento desde mediados de este mes de junio como jefe de la oposición. Su nueva responsabilidad en la Kneset sin duda augura malos momentos para el gobierno de Naftalí Bennett, especialmente si, como todo parece indicar, mantiene el sistemático descrédito del sistema en su conjunto.

Palestinos

Los doce últimos años se han caracterizado por una creciente expansión colonial judía en los territorios ocupados, encerrando a los palestinos en guetos cada día más precarios que se sostienen por la ayuda que reciben de Occidente. Netanyahu ha conseguido que los palestinos sobrevivan en un estado de hibernación permanente a la espera de que más pronto o tarde se presente la ocasión de darles la patada definitiva.

Esta misma política continuará con el nuevo gobierno si EEUU y Europa no dan un golpe sobre la mesa y obligan a Israel a cumplir las resoluciones internacionales. Es una cuestión que sobre todo está en las manos de Biden, pero también de los europeos. Los mandatarios Angela Merkel y Emmanuel Macron deberían implicarse puesto que la solución de este conflicto redundará en beneficio de Europa y apuntalará su estabilidad.

Irán

Irán es una bicoca que permite a Israel apartar la atención internacional de la brutal ocupación militar de los territorios palestinos. Con las negociaciones de Viena a pleno rendimiento, es muy probable que pronto se restablezca el acuerdo nuclear de Barack Obama de 2015, un acuerdo contra el que Netanyahu ha luchado con todas sus fuerzas.

No está del todo claro cuál será la actitud del nuevo gobierno con respecto a Teherán, entre otras cosas porque dependerá de las decisiones que adopte el presidente Joe Biden, pero el choque con Irán seguirá siendo positivo y ventajoso para Israel por muchos motivos, en particular porque pone en la órbita israelí a varios países sin escrúpulos, como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, lo que se traducirá en importantes negocios, sobre todo militares y de inteligencia.

El objetivo de las potencias mundiales debe ser impulsar la cooperación entre los países de Oriente Próximo, pero esto solo puede hacerse partiendo de la justicia. Durante décadas el cinismo occidental ha contribuido a la desestabilización de la región, lo que se ha traducido en una instabilidad que ha llegado a Occidente de manera repetida y constante.

Encaminar a Oriente Próximo hacia un futuro mejor requiere ante todo resolver el conflicto entre Israel y los palestinos, algo en lo que Netanyahu no tiene el menor interés. El nuevo primer ministro Bennett es de la misma escuela, de hecho empezó su carrera política a las órdenes de Netanyahu y es tan radical como él. Si ese problema persiste, lo más probable es que toda la región continúe bajo la precariedad e inestabilidad de las últimas décadas.

23/06/2021 12:08 Actualizado: 24/06/2021 07:44

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Una mujer palestina toma una fotografía a una amiga frente a una pintada en el muro con Israel que representa a Iyad al-Halaq, un palestino autista y desarmado que fue asesinado a tiros por la policía israelí, en Belén, en la Cisjordania ocupada. REUTERS / Mussa Qawasma

Un alto el fuego más, después de tantos otros, en la ocupación colonial de Palestina por Israel; otra estadística de muertes para los archivos del olvido; otra oportunidad para pacificar la conciencia de la comunidad internacional, especialmente estadounidense y europea; otro período de banalización de la humillación diaria de quienes, por motivos laborales, cruzan los puestos de control israelíes; otro proceso de intensificación de las provocaciones hasta los próximos bombardeos; otro momento de limpieza étnica por parte de una potencia colonial y violenta.

La historia es conocida. Las atrocidades cometidas contra los judíos por el régimen nazi alemán durante la Segunda Guerra Mundial colocaron a Occidente ante el deber moral de atender la reivindicación sionista de la creación de un Estado judío. Fue en este contexto que, poco después de la constitución de las Naciones Unidas, el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina, liderado por Estados Unidos y la entonces URSS, presentó un Plan de Partición del territorio. Este plan, que preveía la división de Palestina en un Estado judío (55% del territorio) y un Estado palestino (45% del territorio), tiene su origen en el proyecto colonial moderno, y se asemejó a varios otros proyectos de partición cuyos conflictos aún siguen sin resolverse en la actualidad (por ejemplo, de las dos Coreas o de la India y Pakistán). En un contexto en el que la ONU aún contaba con una débil participación de las naciones del Sur, se aprobó el Plan, aunque los Estados árabes no reconocieron al nuevo Estado de Israel. De la consiguiente guerra entre Israel y los Estados árabes y las fuerzas palestinas (1948-1949), salió vencedor Israel, que ocupó varias regiones, expandiendo el territorio cerca de 20 mil km² (75% de la superficie de Palestina). El territorio restante fue ocupado por Jordania, que se anexó Cisjordania, y por Egipto, que ocupó la Franja de Gaza. Estos episodios violentos, en el origen del Estado de Israel, provocaron el desplazamiento forzado de casi un millón de palestinos, quienes abandonaron las áreas incorporadas por Israel[1]. Este enorme contingente de refugiados, dispersos en campamentos de países del Oriente Próximo y del resto del mundo, está en el origen de la "cuestión palestina". Como subrayó Tariq Ali, lo que hasta entonces había sido una cultura común para musulmanes árabes, cristianos y judíos, sufrió una profunda brecha, que los palestinos bautizarían como la Nakba, la catástrofe[2].

Nada de lo que se escriba en defensa del pueblo palestino podrá ayudarlo a aliviar los tormentos que ha sufrido desde la creación de Israel, un sufrimiento aún más injusto por ser impuesto para expiar los crímenes de los europeos. Tampoco puede ayudar gran parte del pueblo judío a desvincularse del proyecto colonial sionista que está llevando a cabo Israel en Palestina, tal es la intoxicación ideológica a la que está hoy sometido. Cuando se trata de Palestina, escribir no es más que un acto de contención de la rabia, un grito escrito de desesperación e impotencia. En esto radica paradójicamente el papel crucial de esta tragedia: muestra con inquietante transparencia la falsedad histórica, filosófica y sociológica de los "hechos" que más decisivamente sostienen las políticas dominantes de nuestros días. Siempre que la mentira y la mala fe se convierten en política de Estado, la buena fe y la verdad las combaten sin armas. Son piedras contra bombas. Nos enfrentamos a una destrucción masiva de sentido. Albert Camus solía decir que "las ideas falsas terminan en sangre, pero en todos los casos se trata de la sangre de otros"[3]. Palestina es el gran descodificador de la hipócrita falsedad de los mecanismos dominantes para hacer prevalecer los "valores occidentales", que incesantemente conducen a su propia violación. Los mismos mecanismos ya están siendo "remasterizados" para el próximo uso catastrófico: la guerra con China.

Falsificación histórico-teológica. Jerusalén no es ni puede ser la capital de Israel. Jerusalén es, desde hace muchos siglos, una ciudad sagrada y, como tal, pertenece a todos los que profesan las religiones que allí conviven. Los Estados tienen capital; los pueblos, no. Israel reivindica ser un Estado judío. Como Estado, no tiene derecho a Jerusalén, a menos que se reduzca a cenizas el derecho internacional; como pueblo, es un absurdo teológico tener capital. Como dice el rabino Yaakov Shapiro: los pueblos no tienen capital, el pueblo judío no tiene capital.

Falsificación política 1. Se ha invocado la defensa de la democracia para justificar la posición occidental. Como señaló el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al firmar el programa de ayuda a Israel hasta 2028, Estados Unidos e Israel son dos "democracias vibrantes" que comparten los mismos valores y deben ser defendidas por igual de sus enemigos. Es una invocación doblemente falsa. Israel es tan democrático como lo era Sudáfrica en la época del apartheid. Los palestinos que viven en el Estado de Israel (alrededor del 21% de la población) son los descendientes de los aproximadamente 150.000 palestinos que se quedaron en lo que hoy es Israel, una pequeña minoría en comparación con los que fueron expulsados ​​de su tierra y ahora viven en los territorios ocupados. Son ciudadanos de segunda clase con fuertes limitaciones legales y políticas, sobre todo desde que en 2009 Benjamin Netanyahu llegara al poder y comenzara su política de sobreponer el carácter judaico de Israel al carácter democrático. Ante la constante erosión de los derechos a los que están sujetos, unos luchan por la igualdad de derechos, otros abandonan la política.[4] Actualmente viven divididos por el dilema de "mi Estado está en guerra con mi nación". La otra falsedad se refiere al gobierno de los territorios ocupados. En Palestina, como en el resto del mundo, la democracia solo es reconocida cuando favorece los intereses occidentales. Como en Palestina los intereses occidentales son los intereses de Israel, no se reconoció la victoria libre y justa de Hamás en las elecciones legislativas de 2006 (74 diputados frente a los 45 de Al Fatah, en un Parlamento de 132 diputados). Lo ocurrido en los últimos dieciséis años no se puede entender sin tener en cuenta esta decisión arbitraria de los países occidentales bajo la presión de Israel y su aliado, Estados Unidos.

Falsificación política 2. Vengo defendiendo que el colonialismo no desapareció con la independencia política de las colonias europeas. Solo ha desaparecido una forma de colonialismo, el colonialismo de ocupación extranjera e incluso esta ni siquiera del todo. Basta mencionar el colonialismo al que está sujeto el pueblo saharaui. Actualmente existe bajo otras formas, de las cuales las dos más obvias son el racismo estructural y el régimen de apartheid impuesto por Israel en los territorios ocupados. Reconocer la existencia del apartheid es reconocer la existencia del colonialismo. La más pronorteamericana de las organizaciones de derechos humanos, Human Rights Watch, publicó en abril de 2021 un informe que caracteriza a Israel como un Estado de apartheid. Cabe recordar que en 1973 la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención Internacional para la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid (Resolución 3068), que entró en vigor en 1976. En los territorios ocupados (Jerusalén Este, Cisjordania Palestina y la Franja de Gaza), el autogobierno de los palestinos está totalmente subordinado a la potencia ocupante. La opresión es sistemática y la discriminación es institucional: expropiación de tierras, cambio forzoso de residencia, control de movimientos, gestión del agua y la electricidad, negación de servicios esenciales (últimamente las vacunas contra el COVID-19). Una ocupación violenta que convirtió la Franja de Gaza en la prisión al aire libre más grande del mundo. En fin, colonialismo puro y duro. Si la ONU reconoce el apartheid como un crimen contra la humanidad, ¿por qué no se juzga a Israel por tal crimen? Porque los valores occidentales se utilizan solo cuando conviene a quienes tienen poder para beneficiarse de ellos.

Pero el colonialismo al que está sometido el pueblo palestino tiene muchas otras caras que lo identifican con el colonialismo histórico. Una de ellas es la eliminación de la identidad palestina y de la memoria de la anexión del 78% del territorio de Palestina por parte de Israel en 1948, la Nakba. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA por su sigla en inglés) que, como su nombre indica, tiene como objetivo cuidar a los refugiados palestinos expulsados ​​violentamente de sus hogares en 1948 y 1967, así como a sus descendientes, ha sido duramente criticada por organizaciones sionistas conservadoras por estar contribuyendo a que los palestinos "no pierdan su identidad y sean asimilados por la sociedad que los rodea". ¿Cuál es la diferencia entre esto y las políticas de los colonizadores en las Américas y en África para eliminar la identidad y la memoria de los pueblos originarios?[5]

La falsificación de las equivalencias. Al contrario de lo que dice Israel, no se trata de responder con violencia a la violencia. No defiendo el lanzamiento de misiles contra Israel ni las muertes que causa, pero la desproporción entre los ataques de Hamás y la respuesta israelí es tan impactante que no es aceptable como justificación para la matanza indiscriminada de miles de personas inocentes. Israel tiene el cuarto ejército más poderoso del mundo. Entre los recurrentes estallidos de violencia, basta recordar que en 2014 los ataques de Israel duraron 51 días y mataron a más de 2.200 palestinos, incluidos 551 niños. Esta vez, en 11 días (el 20 de mayo se impuso un alto el fuego), del lado palestino hubo 232 muertos, de los cuales 65 eran niños, y 12 muertos del lado israelí (incluidos dos niños), además de la brutal destrucción de infraestructuras en la Franja de Gaza, incluyendo escuelas. Estamos ante un terrorismo de Estado que utiliza las armas más sofisticadas proporcionadas por Estados Unidos para mantener a un pueblo en un estado de terror constante desde 1948.

La falsificación mediática. Los medios de comunicación mundiales se avergonzarán algún día de los prejuicios con los que informan lo que está sucediendo en Palestina. Dos ejemplos. La opinión pública mundial se entera de que lo que desencadenó el ataque más reciente de Israel contra la Franja de Gaza fueron los misiles lanzados por Hamas. Porque más allá de eso no pasó nada. No ocurrieron antes para los medios la invasión de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, y los disparos contra creyentes en oración, en medio del Ramadán (un mes sagrado para los musulmanes); ni tampoco ocurrieron los ataques, durante meses, de grupos de fanáticos en Jerusalén Este contra viviendas y casas comerciales. La culpa, por lo tanto, es de Hamas e Israel solo se está defendiendo. Segundo ejemplo: durante los ataques israelíes, los palestinos simplemente "mueren", mientras que los israelíes son "asesinados por Hamas" o "asesinados por ataques con misiles".

El horror de una simetría impensable. El gran historiador judío Illan Pappé fue quizás el primero en preguntarse, con angustia, cómo se podía imaginar que, setenta años después del Holocausto, los israelíes usaran contra los palestinos las mismas tácticas de destrucción, humillación y negación que los nazis habían usado contra los judíos. En 2002, José Saramago, de visita en Palestina, hizo comparaciones polémicas entre el sufrimiento de los palestinos bajo la opresión israelí y el sufrimiento de los judíos bajo la opresión nazi. En una entrevista con la BBC, aclaró: "Evidentemente fue una comparación forzada a propósito. Una protesta formulada en términos habituales puede que no provocase la reacción que ha provocado. Por supuesto que no hay cámaras de gas para exterminar a los palestinos, pero la situación en la que se encuentra el pueblo palestino es una situación de campo de concentración… [y añadió premonitoriamente] Esto no es un conflicto. Podríamos llamarlo un conflicto si fueran dos países, con una frontera, y dos estados, cada uno con su propio ejército. Es algo completamente diferente: apartheid". En 1933, la mayoría de los judíos alemanes no eran sionistas, es decir, no abogaban por la creación de un Estado para los judíos. De hecho, la organización judaica más grande se autodenominó "organización central de ciudadanos alemanes de fe judía".

Mucho antes de ordenar el Holocausto, Hitler, obsesionado con expulsar a los judíos de Alemania (y más tarde de Europa), negoció con la organización sionista (la Federación Sionista de Alemania) un acuerdo (muy controvertido entre los judíos) para transferir judíos a Palestina (entonces bajo control británico), ofreciéndoles "mejores" condiciones (es decir, menos vergonzosas) que las imperantes para la emigración a otros países. Bajo el Acuerdo Haavara de Transferencia (1933), el Estado les confiscó todos los bienes que poseían, pero transfirió el 42,8% de ese capital a la Agencia Judía en Palestina, el 38,9% de esa cantidad en forma de bienes industriales producidos en Alemania. Es evidente la humillación de obligar a los emigrantes forzados a utilizar los productos del Estado que los expulsó. Se estima que entre 1933 y 1938 solo unos 40.000 alemanes y 80.000 polacos emigraron a Palestina. Habrían sido aún menos si los países europeos hubieran estado más dispuestos a aceptar inmigrantes judíos, incluso si más tarde quedó claro que el objetivo final era "una Europa sin judíos"[6].

En nuestro tiempo, el Estado de Israel se creó sobre la base de una operación masiva de limpieza étnica: 750.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus hogares y tierras, a los que se sumaron más de 300.000 después de la guerra de 1967. Hoy crecen en Israel los grupos de extrema derecha que proclaman la expulsión de todos los palestinos de los territorios ocupados hacia los países árabes vecinos. E incluso los "árabes israelíes" están legalmente prohibidos de residir en ciertas ciudades. En 2011, la Knéset promulgó una ley que permite a las ciudades del Negev y de Galilea, con una población de hasta 400.000 familias, crear comités de admisión que pueden negar la admisión a personas que "no sean adecuadas para la vida social de la comunidad" o que sean incompatibles con "el perfil sociocultural"[7]. Durante décadas, ciudades enteras fueron destruidas y se deja morir a los palestinos heridos debido a que el ejército israelí bloquea el paso de las ambulancias. Ante la sospecha de algún acto individual de resistencia por parte de los palestinos, las autoridades ocupantes detienen a padres, familiares, vecinos, les cortan el agua y la luz. Nada de esto es nuevo y trae recuerdos horribles. Según el diario israelí Maariv, citado por el prestigioso periodista Robert Fisk, un destacado militar israelí aconsejaba a las tropas, en caso de entrada en campos de refugiados densamente poblados, seguir las lecciones de batallas pasadas, incluidas las del ejército alemán en el gueto de Varsovia[8].

Lo que sucede hoy en Sheikh Jarrah es un microcosmos de la repetición de la historia. En 1956, 28 familias palestinas, expulsadas de su tierra en 1948, se establecieron en este barrio de Jerusalén Este con la esperanza de no ser expulsadas de nuevo de su hogar. En ese momento, este vecindario y toda Cisjordania estaban bajo administración jordana (1951-1967) y la instalación se negoció con Jordania, la ONU y organizaciones de derechos humanos de Jerusalén. Hoy en día, están siendo desalojados de sus hogares por orden de la Corte Suprema de Israel y durante años han visto sus casas apedreadas por fanáticos, algunos de los cuales se instalan en la parte principal de la casa y obligan a sus residentes a acomodarse en la parte trasera de la casa. Con la complicidad de la policía, extremistas israelíes deambulan por las calles del barrio de noche gritando "Muerte a los árabes". Las casas incluso llegan a ser marcadas para que no haya errores en los ataques. ¿Todo esto no hace recordar otras épocas.

El rayo de esperanza. Es difícil hablar de esperanza de una manera que no ofenda al pueblo palestino. La esperanza no puede residir en los acuerdos de alto del fuego porque el propósito de estos es mantener estables las alianzas entre las potencias que son cómplices de la continuación del sufrimiento injusto del pueblo palestino, y preparar el siguiente alto el fuego que seguirá al próximo estallido de violencia. En este momento, la única esperanza proviene de la sociedad civil internacional. Se han venido fortaleciendo tres iniciativas muy diferentes, pero que convergen en provocar el creciente aislamiento de Israel de lo que podría resultar del cumplimiento de las resoluciones de la ONU, si no es demasiado tarde. La primera iniciativa son las manifestaciones públicas, más numerosas e incisivas que nunca, de intelectuales, periodistas, reconocidos artistas judíos contra las políticas de Israel. Las fuentes de este texto son prueba de ello. La segunda iniciativa son las manifestaciones públicas, en varias partes del mundo, que demandan cada vez más el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. La tercera iniciativa está inspirada en la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. El desequilibrio de fuerza violenta entre la población negra de gran mayoría y la minoría blanca era menor que el desequilibrio entre las fuerzas de guerra israelíes y la resistencia palestina. Una de las iniciativas que más contribuyó al fin del apartheid fue el movimiento internacional para aislar a Sudáfrica: boicot a empresas sudafricanas, así como a algunas empresas internacionales especialmente involucradas en el apartheid; boicot académico, turístico y deportivo a nacionales sudafricanos. Inspirado por este movimiento, existe desde 2005 el movimiento internacional de boicot, desinversión y sanciones contra Israel (BDS), que se ha ido expandiendo en los últimos años. Es una iniciativa activa de no violencia que no está exenta de problemas, ya que puede implicar costos para los medios de vida legítimos de personas inocentes. Pero, curiosamente, es un movimiento que puede contar con el apoyo de quienes, viviendo en estos países, se oponen a las políticas de apartheid actualmente vigentes. Recuerdo que cuando participé en el embargo académico a Sudáfrica durante la era del apartheid, los colegas sudafricanos blancos no solo entendieron, sino que apoyaron las acciones, ya que fortalecían su lucha en el ámbito interno.

Hoy, el contexto y la situación son diferentes. Ante el injusto martirio del pueblo palestino que está siendo castigado por un crimen cometido por los europeos, y ante la hipócrita indiferencia de la comunidad internacional, ¿hasta cuándo vamos a seguir pensando que el problema palestino no es nuestro problema? Toda mi vida he luchado contra el antisemitismo y es en nombre de esta coherencia que denuncio la limpieza étnica que está llevando a cabo Israel en contra el pueblo palestino.

 

22 junio, 2021

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

NOTAS

[1] De hecho, la limpieza étnica de Palestina comenzó a principios de diciembre de 1947 con una serie de ataques a aldeas palestinas por parte de las milicias sionistas. Antes de que los soldados árabes llegaran a Palestina, 300.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras y hogares. Por ejemplo, Deir Yassin era una pequeña aldea palestina situada al oeste de Jerusalén. La aldea había firmado un pacto de no agresión con Haganá, una organización paramilitar sionista que existió entre 1920 y 1948. Sin embargo, la noche del 8 de abril de 1948, las fuerzas sionistas atacaron la aldea y mataron a más de 100 palestinos inocentes (30 de ellos niños). Las cuatro aldeas cercanas (Qalunya, Saris, Beit Surik y Biddu) fueron destruidas por la misma milicia y sus habitantes fueron expulsados ​​(Ilan Pappe, The Ethnic Cleansing of Palestine, Oxford: Oneworld Publications, 2006, págs. 90-91). Al inicio de su libro, Pappe cita una declaración vergonzosa de Ben Gurion en junio 1938 en la Jewish Agency Executive: "Apoyo el traslado obligatorio de poblaciones; no veo nada inmoral en ello". Diez años después, Ben Gurion sería el primer ministro de Israel.
[2]El choque de los fundamentalismos: cruzadas, yihads y modernidad. Madrid, Alianza, 2002.
[3] John Foley, Albert Camus: from the Absurd to Revolt. Londres, Routledge, 2008, pág. 49.
[4] As'ad Ghanem, "Israel's Second-Class Citizens: Arabs in Israel and the Struggle for Equal Rights", Foreign Affairs, julio/agosto, 2016, págs. 37-42. Se puede consultar una lista de las leyes discriminatorias en Israel en: https://www.adalah.org/en/law/index.
[5] Peter Beinart, "Teshuvah: A Jewish Case for Palestinian Refugee Return", Jewish Currents, 11 de mayo de 2021. Disponible en: https://jewishcurrents.org/teshuvah-a-jewish-case-for-palestinian-refugee-return/
[6] Samuel Miner, "Planning the Holocaust in the Middle East: Nazi Designs to Bomb Jewish Cities in Palestine", Jewish Political Studies Review, Fall 2016, p. 7-33.
[7]Human Rights Watch, 2021, p. 59.
[8] W. Cook (org.) The Plight of the Palestinians. Palgrave Macmillan, New York, 2010, p. 16

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Sábado, 12 Junio 2021 06:42

Israel y Palestina: el laberinto

Israel y Palestina: el laberinto

Fnalmente, Bibi (Benjamin Netanyahu) será depuesto. El próximo domingo el Knéset (el parlamento) votará su sustitución por Naftali Bennett, representante de una amplia –y hasta bizarra– coalición de partidos políticos de izquierda, centro y derecha, que incluye a las formaciones árabes. El resultado de las elecciones de marzo fue inobjetable al respecto: la mayoría de la población israelí quiere verlo fuera del gobierno y del poder. La celebración popular de su derrota alcanzó el paroxismo de un carnaval, pero Netanyahu es hábil hasta lo obsceno. Acusado de corrupción, tráfico de influencias, coerción a la prensa (y uno espera que pronto por crímenes de guerra) aún guarda sus últimos cartuchos para boicotear el mandato de las urnas. Hay algo que el político-policía no soporta: la lejanía del poder. El único error que cometió Fouché en su vida fue no saber cuándo retirarse. El mismo que acabó con Fernando Gutiérrez Barrios en México.

El dilema reside en la composición del Knéset, donde la aritmética de la votación no correspondió a la distribución de los curules. El bloque de derecha y ultraderecha que gobernó a Israel en el último cuarto de siglo quedó tan sólo a dos asientos de la mayoría. Una invitación a Bibi para maniobrar hasta el último momento. Habrá que aguardar hasta el domingo.

Algunos observadores sostienen que el último y artero ataque militar contra la población de Gaza perseguía el propósito de mantenerlo en el poder. No es improbable. En el gobierno, el primer ministro tiene poderes plenipotenciarios sobre el aparato tecnológicomilitar. Netanyahu es capaz de eso y mucho más.

El último intento serio de la política israelí por encontrar una solución pacífica al conflicto con los palestinos fue sepultado en 1995 con el asesinato de Isaac Rabin. Para percibir la dimensión del efecto de este magnicidio, piénsese tan sólo en que las estadísticas de homicidios en Israel son una de las más bajas en el mundo. Hay años que no suman más de 150 casos. Matar entre israelíes continúa siendo un acto en extremo sacrílego.

Ninguno de los gobiernos de Likud que siguió a los acuerdos de Camp David, no sólo no buscó una solución pacífica, sino que, más grave aún, nunca aceptó la opción de dos Estados. Antes lo ocultaban, hoy lo dicen abiertamente. ¿Cuál ha sido entonces el propósito de esta política extrema? Basta con examinar las estrategias que rigen a los ataques militares a Gaza para darse una idea. Están siempre dirigidos contra escuelas, hospitales, caminos, ductos, silos de armas (por supuesto) y nuevas construcciones oficiales. El objetivo es sofocar las posibilidades de la vida en Gaza, crear las obscenas condiciones que obliguen a sus habitantes a la diáspora. En resumen, una política de expulsión de la población. La sorpresa ha sido que los palestinos resisten (y resisten) frente a todas las inclemencias de este asedio.

Desde la percepción oficial israelí, la situación palestina se reduce, en esencia, a lo siguiente: una nación sin Estado. Fue Hanna Arendt la que llamó la atención por primera vez a la condición de los sin Estado como una de las claves para descifrar las transformaciones de la hegemonía y la dominación en la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo de manera breve en un par de ensayos. La historiadora y socióloga Wendy García expandió recientemente, en su tesis de doctorado ( La nación y lo vivo), la comprensión de este concepto para descifrar los vericuetos del laberinto en el que hoy habitan, entre muchas otras, las vastas poblaciones de migrantes a los países industriales, el drama del Tibet, la dilemática situación de Cataluña, Escocia y Quebec y, por supuesto, la condición de los palestinos.

Por su parte, la representación política de quien hoy rige en Gaza no es precisamente un dechado de virtudes. Después de haber ganado las elecciones a Fatah –la antigua organización civil que inició la resistencia desde la década de los 60–, y perseguir y expulsar a todos sus miembros de Gaza, Hamás nunca ha convocado a elecciones. No existe la libertad de expresión y los partidos políticos no están permitidos. El poder se encuentra en manos exclusivas de esta organización religiosa cuya misión, según sus propios documentos, reside en la conformación de un Estado panislámico en Palestina. En otras palabras, una teocracia hecha a la medida de hoy. Por supuesto, no reconoce la existencia del Estado de Israel. La paradoja es que el gobierno israelí fue el que más apoyó su desarrollo, en parte, para debilitar la influencia de la Organización para la Liberación de Palestina, de Yasser Arafat. En política nunca se sabe dónde comienza el amigo y dónde el enemigo.

Se trata de un conflicto entre dos fuerzas que parecen darse la mano en aquello que precisamente las confronta. Una mano del todo asimétrica: de un lado, una de las maquinarias teconológico-militares más mortíferas y precisas; del otro, morteros manuales y recursos de combate precarios. La política israelí parece haber olvidado del todo que incluso la guerra tiene un método de la dignidad. El saldo de todo esto: el sufrimiento interminable de la población palestina en Gaza. Para doblegar a la derecha que gobierna en el Knéset, el movimiento palestino requeriría de un Gandhi o un Nelson Mandela, y no de un grupo de jeques e imanes que prometen salvación a cambio del martirio de una población entera.

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¡El ex presidente estadunidense Jimmy Carter impugnó el apartheid de Israel hace 15 años!

Un cuarto de siglo después de haber sido eyectado de la presidencia, Jimmy Carter escribió “Palestina: paz, no apartheid” (https://amzn.to/3fZU6Mr), que hoy, 15 años más tarde, cobra mayor relevancia y que, en su momento, provocó la furia de los encriptados supremacistas judíos (https://nyti.ms/3uJmjwt), que han mostrado su verdadero rostro irrendentista de imponer su solución de “un (sic) solo Estado”, que tiene sitiados a 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo –cuatro Palestinas (https://bit.ly/3v3h1fW) y cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3uaAbze)– sin contar los otros 6 millones de refugiados: arrumbados en los países aledaños a Israel como consecuencia de su masiva expulsión (https://bit.ly/3vCoeEe).

La magia de la cronogeopolítica: el libro de Carter sobre el inocultable apartheid del supremacismo fundamentalista judío toma su verdadera dimensión 15 años después con los reportes que lo avalan: tanto de la ONG israelí B’Tselem como de HRW (https://bit.ly/3vcH58x), no se diga la explosiva declaración del canciller francés Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs), en medio del despertar conjugado de Black Lives Matter y Palestinian Lives Matter en Estados Unidos, primordialmente con la base progresista de influyentes congresistas del Partido Demócrata.

La tesis nodal de Carter hace 15 años –prácticamente la era supremacista fundamentalista judía del saliente premier Netanyahu– fue que los ilegales asentamientos de colonos israelíes y el control militar de Israel de los territorios ocupados constituyen los principales obstáculos a un acuerdo de paz integral cada vez más elusivo en el Medio Oriente.

A diferencia de su compañero de partido Obama –que obtuvo un Premio Nobel de la Paz pirata sin ninguna concreción pacifista–, Carter fue el mediador para conseguir el Tratado de Paz entre Egipto e Israel. A juicio de Carter, el propósito último de su libro es “presentar hechos (sic) sobre el Medio Oriente que son ampliamente desconocidos (sic) en Estados Unidos”. ¡Increíble!

Tanto el control de los multimedia globales como el eje Hollywood/Las Vegas/Silicon Valley/Wall Street, lubricados por su legendaria Hasbará (distorsión publicitaria del gobierno israelí), consiguieron desinformar, cuando no ocultar, la supervivencia de 6 millones de palestinos semitas autóctonos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, no se diga de los otros 6 millones de refugiados expoliados.

Para Carter, hace 15 años –lo cual evidentemente ha involucionado debido al obsceno irredentismo neocolonial y neomalthusiano del supremacismo fundamentalista judío, que busca expulsar a todos los palestinos semitas autóctonos del río Jordán al mar Mediterráneo – existían “dos obstáculos interrelacionados (sic) para una paz permanente en el Medio Oriente”: 1) “algunos (sic) israelíes creen que tienen el derecho de confiscar (sic) y colonizar la tierra palestina y tratan de justificar la subyugación (sic) sostenida y la persecución de los palestinos cada vez más agraviados y sin esperanza”; y 2) “algunos (sic) palestinos reaccionan al honrar a sus suicidas como mártires para ser recompensados en el cielo y consideran la muerte de israelíes como victorias”.

No detecto ninguna correlación entre un asunto meramente catastral, que infringe las resoluciones de la ONU y el derecho internacional, con el último recurso de resistencia de los sitiados palestinos.

Después de 15 años, la dinámica doméstica intraisraelí e intrapalestina, no se diga el ecosistema regional, han variado sustancialmente en detrimento de la autodeterminación de los palestinos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. Vale la pena reconocer la temeridad de Carter hace 15 años antes de la parusía de Black Lives Matter y de Palestinian Lives Matter .Quizá lo más valioso de su libro haya sido su temerario título sobre el apartheid –cuando nadie se atrevía a pronunciar lo evidente como muy pocos osamos hacerlo– que ejerce el supremacismo fundamentalista judío en la Palestina histórica.

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Fuentes: Counterpunch [Foto: Nathaniel St. Clair]

Ha llegado el momento de Palestina

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

El “levantamiento palestino de 2021” pasará a la historia como uno de los acontecimientos más influyentes de los que han configurado irreversiblemente el pensamiento colectivo en Palestina y fuera de ella. Solo otros dos sucesos pueden compararse con el que acaba de ocurrir en Palestina: el levantamiento de 1936 y la Primera Intifada de 1987.

La huelga general y la rebelión de 1936-1939 fueron cruciales porque representaron la primera expresión inconfundible de los objetivos políticos palestinos. A pesar de su aislamiento y de los humildes instrumentos de la resistencia, el pueblo palestino se alzó por todo el territorio para enfrentarse al colonialismo británico y al sionista.

La Intifada de 1987 también tuvo carácter histórico. Fue una acción colectiva sostenible sin precedente que unificó Cisjordania y Gaza tras la ocupación israelí de lo que quedaba de la Palestina histórica en 1967. A pesar de su alto precio en sangre y sacrificios, esa legendaria sublevación popular permitió a los palestinos recuperar la iniciativa política y, una vez más, manifestarse como un solo pueblo.

Dicha intifada quedó finalmente frustrada tras la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993. Para Israel, Oslo fue un regalo de la dirección palestina que le permitió acabar con la intifada y utilizar a la recién inventada Autoridad Palestina como un amortiguador entre el ejército israelí y los ocupados y oprimidos palestinos.

Desde esos días la historia de Palestina ha seguido una trayectoria deplorable de desunión, faccionalismo, rivalidad política y, para unos pocos privilegiados, enorme riqueza. Se han desperdiciado casi cuatro decenios en un discurso político derrotista centrado en las prioridades estadounidenses-israelíes, en su mayor parte interesadas en la “seguridad israelí” y el “terrorismo palestino”.

Se han reemplazado algunos términos anticuados pero de plena validez como “liberación”, “resistencia” y “lucha popular”, por un lenguaje más “pragmático” que alude al “proceso de paz”, la “mesa de negociaciones” y la “diplomacia itinerante”. La ocupación israelí de Palestina, según este discurso engañoso, ha sido descrita como un “conflicto” y una “disputa”, como si los derechos humanos básicos pudieran ser objeto de interpretación política.

Como era de esperar, el ya poderoso Israel se envalentonó mucho más, triplicando sus colonias ilegales y el número de colonos en Cisjordania. Palestina fue fraccionada en diminutos y aislados “bantustanes”, como los existentes en la Sudáfrica del apartheid, cada uno de ellos en función de un código (Áreas A, B y C) y la movilidad de los palestinos en su propio país quedó condicionada a la obtención de permisos de diversos colores concedidos por el ejército israelí. Las mujeres que dan a luz en los puestos de control de Cisjordania, los pacientes de cáncer que mueren en Gaza a la espera de un permiso para poder llegar al hospital y muchos más casos parecidos se han convertido en la realidad cotidiana de los palestinos.

Con el tiempo, la ocupación israelí de Palestina se convirtió en un asunto marginal dentro de la agenda de la diplomacia internacional. Mientras tanto, Israel consolidaba sus relaciones con numerosos países de todo el mundo, incluyendo algunos del hemisferio sur que históricamente se habían mantenido del lado palestino.

Incluso el movimiento internacional de solidaridad por los derechos de los palestinos parecía confundido y fragmentado, como expresión directa de la propia confusión y fragmentación palestina. En ausencia de una voz unificada capaz de superar la prolongada enemistad política de los palestinos, muchos se tomaron la libertad de darles lecciones sobre cómo resistir, cuáles eran las “soluciones” por la que deberían luchar y cómo comportarse políticamente.

Daba la impresión de que Israel había conseguido finalmente ventaja, esta vez, definitivamente.

Desesperados por ver alzarse de nuevo a los palestinos, muchas personas proponían una tercera intifada. En realidad, a lo largo de muchos años, intelectuales y líderes políticos la defendieron, como si el curso de la historia, en Palestina o en otros lugares, se ajustara a nociones académicas fijas o pudiera forzarse solo porque así los exijan algunos individuos u organizaciones.

La respuesta racional era, y lo sigue siendo, que solo el pueblo palestino determinará la naturaleza, alcance y dirección de su acción colectiva. Las revueltas populares no son el resultado del deseo sino de las circunstancias, y el punto de inflexión de las mismas solo puede decidirlo el propio pueblo.

Puede que ese punto de inflexión haya sido mayo de 2021. Los palestinos se han levantado al unísono desde Jerusalén hasta Gaza y todos los rincones de la Palestina ocupada, incluyendo las comunidades de refugiados palestinos esparcidas por todo Oriente Próximo y, con ello, han resuelto asimismo una ecuación política imposible. El “problema” palestino ya no era solo el de la ocupación israelí de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, sino también el del racismo y el apartheid que afecta a las comunidades palestinas del interior de Israel. Además, era también una crisis de liderazgo y motivada por el arraigado faccionalismo y la corrupción política.

Cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu decidió el 8 de mayo lanzar a las hordas de policía y extremistas judíos contra los fieles palestinos en la mezquita Al-Aqsa, que protestaban por la limpieza étnica que estaba teniendo lugar en el barrio de Sheikh Jarrah en Jerusalén Este, su única intención era ganar puntos entre los votantes derechistas israelíes más chovinistas. Pretendía además mantenerse en el poder o, al menos, evitar la prisión como resultado del juicio al que está siendo sometido por corrupción.

Pero no anticipaba que iba a desencadenar uno de los acontecimientos de mayor relevancia histórica en Palestina, que en último término resolvería el aparentemente imposible dilema palestino. Es cierto que la guerra de Netanyahu contra Gaza ha matado a cientos y herido a miles y que la violencia desarrollada en Cisjordania y en los barrios árabes de Israel ha matado a decenas más. Pero el 20 de mayo fueron los palestinos quienes clamaron victoria, cuando cientos de miles se echaron a las calles para expresar su triunfo como una nación unificada y orgullosa.

La victoria o la derrota en las guerras de liberación nacional no puede medirse en función del número de muertos o del grado de destrucción causado por cada bando. Si así fuera, ninguna nación colonizada habría logrado su libertad.

Los palestinos han ganado porque, una vez más, han surgido de los escombros producidos por los bombardeos israelíes como un todo, como una nación resuelta a conseguir su libertad a cualquier precio. Este logro quedó simbolizado en las multitudes palestinas que celebraron el fin de esta guerra agitando los estandartes de todas las facciones políticas, sin prejuicios y sin excepción.

Por último, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la resistencia palestina se ha apuntado una importante victoria, tal vez sin precedentes en su orgullosa historia. Es la primera vez que Israel se ha visto obligado a aceptar que las reglas del juego han cambiado, posiblemente para siempre. Ya no es la única parte que determina los resultados políticos en la Palestina ocupada, porque el pueblo palestino es por fin una fuerza a la que hay que tener en cuenta.

 

Por Ramzy Baroud | 01/06/2021

Ramzy Baroud es periodista y editor de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros, el último de los cuales lleva el título de These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es un destacado investigador no-residente del Center for Islam and Global Affairs (CIGA) y del Afro-Middle East Center (AMEC). Su página web es: www.ramzybaroud.net

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Hong Kong: "Pero yo opté por vivir en la verdad"

Declaración ante el tribunal del dirigente sindical encarcelado en Hong Kong, Lee Cheuk-yan. Transcribimos el texto completo de la declaración que presentó Lee Cheuk-yan ante el tribunal el lunes 24 de mayo, en el juicio en su contra relacionado con la concentración no autorizada del 1 de octubre de 2019. El veredicto será pronunciado este viernes 28 de mayo. Anteriormente, Lee había sido condenado a 14 meses por otros dos cargos.

Su Señoría,

Es bien sabido, y su Señoría lo ha dejado claro, que una decisión de condena o sentencia debe basarse en la ley y no en la política. Sin embargo, deseo hacer las siguientes observaciones para ayudar a este Honorable Tribunal a entender las convicciones políticas que subyacen a los acontecimientos en este caso, que yo calificaría como una protesta pacífica realizada el 1 de octubre de 2019.

En 1975 fui admitido en el Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Hong Kong. Al igual que muchos estudiantes universitarios de mi generación, fui profundamente influenciado por el movimiento estudiantil de aquella época que proclamaba "Conoce la China y preocúpate por la sociedad". Ahí empecé a pensar en mi responsabilidad con la sociedad y con mi país.

Todavía recuerdo una de las propuestas de entonces: "¿Qué futuro para la China?" Esa pregunta dio lugar a un sinnúmero de reflexiones a lo largo de los años y sigue siendo vigente hasta el día de hoy. Sembró la semilla de mis 40 años de compromiso con la búsqueda de un proyecto para la China.

Una vez que obtuve mi diploma, me comprometí con el movimiento obrero y democrático y con las campañas a favor de los derechos humanos en China. Estoy firmemente convencido de que la reforma democrática es la respuesta a la interrogante sobre el futuro de la China.

El movimiento cívico chino de 1989, en particular, cambió mi vida. Al principio, participé en la movilización por el apoyo de Hong Kong al movimiento y ayudé a fundar la Alianza de Hong Kong para el Apoyo a los Movimientos Patrióticos Democráticos de China (HKA).

Luego, el 30 de mayo de 1989, llevé a Pekín algunas de las donaciones recogidas por el HKA, a la plaza de Tiananmen, donde pude encontrar a los estudiantes, trabajadores e intelectuales del movimiento.

La noche de los sucesos del 4 de junio, me dijeron que me fuera porque había rumores sobre una evacuación de la plaza de Tiananmen por parte del ejército.

Desde mi hotel, durante toda la noche, oí disparos. Vi cómo los tanques entraban en la plaza de Tiananmen a primera hora de la mañana y vi también cómo los triciclos pasaban sin descanso delante de mi hotel, en la avenida Chang'an, cargando muertos y heridos. El 5 de junio de 1989 me arrestaron y me encarcelaron. Los siguientes tres días fueron los más espantosos de mi vida.

Pero afortunadamente, llegaron algunos hongkoneses [para obtener mi libertad] y pude volver a Hong Kong el 8 de junio de 1989. Mi optimismo y mi esperanza de una China democrática se convirtió de pronto en desesperación. Creo que muchos chinos y hongkoneses de aquella época compartían mis sentimientos, pero no claudicamos. Luchamos contra viento y marea con la esperanza de una China libre y democrática.

Desde entonces, cada 1° de octubre, día de la fiesta nacional china [1-10-1949, creación de la República Popular China, ndt], no ha sido organizada ninguna fiesta oficial, pero expresamos nuestro dolor ante la tragedia nacional.

El 1 de octubre de 2019, efectuamos los mismos rituales de siempre en las calles, levantando las mismas exigencias de que las víctimas de los acontecimientos del 4 de junio de 1989 sean vengadas, y llamamos a la instauración de la democracia.

Su Señoría, durante más de 40 años, he luchado por una reforma democrática en China. Es un amor con el corazón desgarrado, un amor no correspondido.

Recuerdo una dolorosa cita de Bai Hua, un escritor emblemático de aquella época de la "literatura de las cicatrices" en China: "Amas a tu país, pero ¿tu país te ama a ti?".

Recientemente, el término "patriota" ha sido profusamente discutido en Hong Kong, y el gobierno chino propugna la "dominación de Hong Kong por los patriotas". Pero, ¿quién es un verdadero patriota? Si el amor a la patria significara el amor al Partido Comunista Chino (PCC), la respuesta sería mucho más fácil porque los principios políticos del PCC implican una obediencia absoluta. Hay un famoso dicho que dice que apoyar al PCC significa "aplicar cuando se entiende, aplicar cuando no se entiende, y entender a fondo cuando se aplica", y creo que eso lo explica todo.

Sin embargo, opté por vivir en la verdad y por pensar como pienso. Según mi propia definición, el patriotismo consiste en amar a su pueblo. La función del Estado ha de ser la de proteger la libertad y la dignidad de sus ciudadanos, pero no la de controlar sus conciencias y su comportamiento.

Su Señoría, elegí el camino de la democracia. Durante todos estos años he manifestado en la calle y siempre me he mantenido fiel a mis ideas y a mi compromiso inicial.

Traducción de Ruben Navarro para Correspondencia de Prensa

secretario general de la Confederación sindical de Hong Kong HKCTU https://en.hkctu.org.hk/

Por Lee Cheuk-yan 

30/05/2021

Fuente:

A l'encontre, 27 de mayo 2021

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La ONG israelí B’Tselem desnuda el apartheid y "supremacía judía" del río Jordán al Mediterráneo

 Mucho antes que el demoledor reporte de Human Rights Watch (https://bit.ly/3vcH58x) y la inquietante declaración del canciller francés Jean-Yves Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs), sobre el apartheid del gobierno del saliente premier Benjamin Netanyahu, la ONG israelí B’Tselem (a imagen de Dios, en hebreo), con sede en Jerusalén y filial en Washington DC, se había atrevido a publicar su sonoro reporte a principios de este año: U n régimen de supremacía judía desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo: Esto es apartheid (https://bit.ly/3umTllN).

No faltarán perfeccionistas que critiquen que B’Tselem se tardó 32 años, cuando muchos ya habíamos denunciado desde hace bastante tiempo el flagrante apartheid y neo-malthusianismo demográfico de Israel para atomizar y segregar a 6 millones de palestinos que todavía quedan del río Jordán al mar Mediterráneo (https://youtu.be/fr7FGtv6eek).

B’Tselem se dio a conocer hace ocho años por su reporte La política israelí en el área C en Cisjordania (https://bit.ly/3uyzike). El "área C" aludida abarca más de 60 por ciento (sic) de Cisjordania, totalmente bajo control militar de Israel, donde han asentado sus reales 400 mil colonos supremacistas judíos –sin contar los más de 200 mil colonos israelíes que han despojado a los palestinos autóctonos en 12 barrios de Jerusalén Oriental, Al-Quds, y de la que buscan su judaización total.

La aplastante mayoría de los colonos israelíes son ashkenazis: jázaros de origen mongol centroasiático conversos a la religión judía, según Shlomo Sand, historiador emérito de la Universidad de Tel-Aviv (https://amzn.to/3vmqq2x), y Arthur Koestler, autor de La decimotercera tribu (https://amzn.to/34q34No).

El explosivo reporte de B’Tselem no dista mucho de mi anatomía sobre "Las cuatro Palestinas" (https://bit.ly/3v3h1fW) y "Los cuatro subtipos de palestinos" (https://bit.ly/3whsQPX): “el régimen israelí ha dividido la zona en varias unidades ( sic) que define y gobierna en forma diferente. División relevante sólo para palestinos.

El espacio geográfico, contiguo al de los judíos, es un mosaico (sic) fragmentado para los palestinos como se aprecia en Conquista y divide; (https://bit.ly/3fA8aNP).

Según el perturbador reporte,“Israel otorga a los palestinos un diferente paquete (sic) de derechos en cada unidad –que son inferiores (sic) comparados a los derechos de los judíos–, cuando "el objetivo del supremacismo (sic) hebreo es avanzar en forma diferente en cada unidad" mediante "cuatro métodos": 1) Restringir la migración a los no-judíos y enajenar los terrenos palestinos para la construcción de comunidades judías. 2) Relegar a los palestinos a pequeños enclaves de ultra-centrifugación demográfica de hacinamiento antihigiénico. 3) Restricciones drásticas al movimiento de los palestinos no ciudadanos. 4) Negación de los derechos políticos.

La masiva inmigración de judíos a Palestina inició en 1882. Ya hace 13 años, Jewish Agency and Absorption Ministry (https://bit.ly/3p47G5p) señaló que desde 1948 (creación de Israel) más de 3 millones de "olim (migrantes)" de más de 90 ( sic) países –cuya mayoría provino de la ex Unión Soviética– se instalaron en Israel y en los territorios colonizados (https://bit.ly/3fwXPSJ).

B’Tselem toca un punto nodal sobre la selectiva inmigración a Israel que es legalizada "únicamente para judíos", en detrimento de los palestinos autóctonos” cuando la permisividad selectiva a judíos contrasta con la discriminación a los palestinos. LA ONG pone el dedo en la llaga sobre la Ley Básica de Israel (https://bit.ly/3wFpUN9), que consagra la supremacía del Estado judío por encima de los indefensos palestinos carentes de derechos ciudadanos, no se diga humanos.

Desde hace 73 años, la crono-demografía enfatiza la "guerra demográfica" y neo-malthusiana en curso: llegada masiva de la ex Unión Soviética de más de 3 millones de migrantes jázaros ashkenazis no-semitas a Israel, mientras han sido expoliados 6 millones de palestinos autóctonos, arrumbados en los países aledaños a Israel.

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Un policía palestino inspecciona, el sábado pasado, las ruinas de un edificio gubernamental destruido por los ataques aéreos israelíes en la Ciudad de Gaza. Foto Xinhua

Israel perdió la batalla de la opinión pública en su "Occidente": manifestaciones multitudinarias por la "autodeterminación palestina" en Londres, París y en las entrañas de Nueva York –la mayor ciudad de judíos en el mundo–, donde convergieron las huestes de Black Lives Matter con los adherentes de Palestinian Lives Matter (https://youtu.be/fr7FGtv6eek).

Se repliegan los dos supremacismos racistas de Netanyahu y Trump, con su yerno talmúdico de turbios negocios castastrales Jared Kushner, y colocan en la picota sus espurios “Acuerdos Abraham (https://bloom.bg/3hUuenI)”.

Detecto cuatro consecuencias inmediatas: 1) reconexión de Hamas, agazapada en Gaza –gueto de 2 millones de habitantes que sufre un bloqueo inhumano desde hace siete años por cielo, mar y tierra–, con sus hermanos palestinos en “Jerusalén Oriental (https://bit.ly/3volfyZ)”, con los asombrosos millennials de Cisjordania y con los 6 millones (sic) de refugiados palestinos: esparcidos deliberadamente en Jordania (2.1 millones), Siria (528 mil 616), Líbano (452 mil 669) y Arabia Saudita (240 mil); 2) prodigioso despertar millennial de los "palestinos israelíes (sic)", discriminados como ciudadanos de segunda clase que propenden a una "guerra civil" y a la balcanización de Israel, según Shlomo Sand, historiador emérito de la Universidad de Tel-Aviv (https://bit.ly/3fpPVdT). El autor de La invención (sic) del pueblo judío (https://amzn.to/3vmqq2x)” pondera "si un Israel dividido se convertiría en Yugoslavia"; 3) fractura del Partido Demócrata: desde Black Lives Matters, pasando por la carta abierta de 500 ayudantes electorales de Biden (https://bit.ly/3hSOaqV), hasta SQUAD que encabeza la millennial AOC en alianza con el admirable judío progresista Bernie Sanders, quien calificó al premier Netanyahu de "racista" por su “alianza con Itamar Ben-Gvir y su partido extremista Fuerza Judía –que busca la instauración de un Estado supremacista teocrático judío– en su artículo al NYT (https://nyti.ms/3hT6joA).

La rebelión de la base y de influyentes congresistas del Partido Demócrata no es menor cuando dos israelíes-estadunidenses llevan la batuta conceptual para aplicar la etérea "solución de dos estados": el secretario de Estado Antony Blinken y el asesor de Seguridad Nacional Jacob Jeremiah Sullivan –sin contar que el esposo de la vicepresidenta Kamala Harris es el también israelí-estadunidense Douglas Craig Emhoff, abogado del lobby propagandista de Hollywood y su legendaria "Hasbara (publicidad distorsionada)", y 4) se tambalea el leitmotiv de los derechos humanos de la administración Biden que aplica dos pesas y dos medidas cuando se trata de proteger el apartheid de Israel.

La "solución de dos estados" de Biden parece encaminada a lidiar con un contencioso atomizado de "refugiados", de 12 millones de palestinos, que a otorgarles su autodeterminación y sus igualitarios derechos ciudadanos: en el seno de Israel, donde constituyen 20 por ciento, y en los territorios colonizados bajo ocupación ilegal del ejército judío.

El barómetro de los derechos humanos de Biden no será Xinjian (China), sino el devenir de las “cuatro Palestinas (https://bit.ly/3v3h1fW)” y los “cuatro subtipos de palestinos (https://bit.ly/3whsQPX)”.

El Apartheid de Israel no es menor cuando, tras haber sido denunciado tanto por Human Rights Watch (https://bit.ly/3fuMbGy) como por B’Tselem –Centro de Información de Israel para Derechos Humanos en los Territorios Ocupados (https://bit.ly/3umTllN)–, ha sido repudiado por nada menos que el canciller francés, Jean-Yves Le Drian (https://bit.ly/3fO6wXs).

La denuncia de B’Tselem es perturbadoramente demoledora: “un régimen de supremacismo (sic) judío del río Jordán al mar Mediterráneo: esto es apartheid”.

Otra ONG digna de consulta sobre las exac­ciones supremacistas del gobierno de Ne­tanyahu es Breaking the Silence, compuesta por veteranos del ejército israelí (https://bit.ly/3hWsAls).

¿Cuál será el destino aleatorio de seis millones de palestinos que todavía quedan en la "Palestina histórica" desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo?

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