Sábado, 15 Junio 2019 06:05

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

Las recientes elecciones en España y las experiencias latinoamericanas hablan de un divorcio entre el imaginario social progresista y una realidad conservadora. La llamada izquierda política defrauda, no cumple, se refugia en discursos ambiguos, se deja llevar por el marketing electoral y pierde identidad. La falta de coherencia, proyectos y programas de cambio social democráticos trastocan en gestión institucional. Lo que se atisbaba como una revolución abajo y a la izquierda se diluye en un discurso demagógico donde no se encuentra ni el abajo, ni la izquierda. Cuando han gobernado han sido incapaces de modificar el rumbo del capitalismo. Eso sí, han reivindicado todo lo reivindicable como ejercicio político de progresismo. Multiculturalidad, libertad sexual, ciudades limpias, carriles bici, etcétera. Son eficientes. Los indignados del siglo XXI se han plegado a los poderes económicos, las trasnacionales y el capital financiero.

Más allá del momento emocional constituyente, el resultado ha sido nefasto. El sí se puede mutó en hacemos lo que nos dejan. Baste recordar el ejemplo de Grecia. El triunfo de Alexis Tsipras líder de Syriza, despertó a las adormecidas izquierdas occidentales. En 2015 era un proyecto anticapitalista. En poco tiempo torcieron el rumbo. Bajo las presiones de la Europa de la Troika renunciaron al lenguaje de izquierdas. El ex ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, fue el chivo expiatorio. Imagen de la impotencia y la traición. Mientras el pueblo griego pedía a gritos cumplir el programa electoral, Tsipras renegó de su ministro, plegándose a los planes de ajuste. Más privatizaciones, aumento de la pobreza, desigualdad y pérdida de soberanía. La Troika encontró en Syriza un aliado para las reformas neoliberales que la derecha y la socialdemocracia no eran capaces de realizar. Tsipras fue el elegido. Hoy es un político amortizado para la derecha. Obligado a convocar elecciones extraordinarias, dilapidó un capital social tanto como una esperanza de cambio democrático.

En España, Podemos, cuyos dirigentes viajaban a Grecia y veían en Syriza un ejemplo donde reconocerse, han seguido el mismo camino. En un lustro, inmersos en guerras intestinas se desgastan. La izquierda política española se encuentra peor que en 2014, antes de su fundación. Sin proyecto e incapaz de entender que ha pasado, Podemos sufre las consecuencias de su mojigatería. Por ineptitud más que por acierto de sus adversarios quedó presa de sus mentiras. Se convertirían en la primera fuerza política del país, el PSOE acabaría sucumbiendo. Serían poder y entrarían en La Moncloa. Se veían presidiendo el Consejo de Ministros. Entrarían en la historia con mayúsculas. Podemos representaba la unidad de lo nuevo. Una generación de emprendedores y empoderados reemplazaba a la vetusta Izquierda Unida y los comunistas. Podemos encarnaba el futuro. Era el momento de dar un paso adelante. Con una verborrea digna de los mejores sofistas la emprendieron contra todo. La constitución de 1978 sería derogada, la banca nacionalizada. Podemos era la herramienta para cambiar el destino de la gente. No a las castas, no al bipartidismo, no a la negociación de pasillos, no a la corrupción. Trasparencia y democracia directa. Intelectuales, académicos y políticos conversos escribieron ríos de tintas avalando a sus dirigentes, fueron los portavoces oficiosos de la propuesta. Incluso pensaron en fundar un Podemos trasversal latinoamericano. Era la luz al final del túnel. De paso despreciaban y silenciaban cualquier crítica. Cautivados por el fulgurante triunfo electoral, han sido víctimas de sus fantasías y de mucho postureo. Vinieron a compartir las mieles del corto plazo. Los nuevos diputados, senadores, concejales y alcaldes los convirtieron en sus padres intelectuales. Hoy, tras la debacle, no han producido ningún ensayo explicando las causas del fracaso. Los cantos de sirenas han acallado las conciencias. Es más la conclusión a la que han llegado es del todo sorprendente. No han sido capaces de trasmitir la propuesta y sólo han visto batallas intestinas. En otras palabras no hubo errores políticos. Aunque hoy defiendan la Constitución de 1978, hablen de pactos con el PSOE, hagan referendos para entregar alcaldías a la derecha, señalen la necesidad de la discreción como forma de negociación y renieguen de la transparencia.

La izquierda social, aquella que vive en los movimientos populares, emprende una lucha de resistencia sin un colchón político para sus reivindicaciones. En lo que va del siglo XXI, las propuestas como Syriza, Podemos o Frente Amplio en Chile generan desazón a medio plazo. Las clases trabajadoras, dominadas y explotadas, pierden derechos laborales, civiles, sociales y políticos. Inmersas en un cúmulo de contradicciones acaban siendo las víctimas propicias de las derechas neoconservadoras. La izquierda política se diluye y la institucional existente va por detrás de las reivindicaciones democráticas de la mayoría social que pide a gritos una ruptura, un cambio de rumbo. Lamentablemente, la realidad es tozuda. Cuando han coincidido izquierda política y social, la primera ha decidido virar a la derecha, bajo el argumento pueril de: si se puede, pero poquito

Publicado enPolítica
Lunes, 18 Junio 2018 07:01

Colombia: un país distinto

Colombia: un país distinto

Si Duque no hubiera sido el candidato menos agresivo para los votantes indecisos, no habría ganado esta batalla de miedos

Una propuesta de izquierdas ajena a los partidos tradicionales ha logrado ocho millones de votos en Colombia. En la primera vuelta, una plataforma de centro progresista alcanzó los cuatro millones y medio, sumando más de nueve junto a la primera. La victoria, la presidencia, ha recaído sobre el candidato más moderado y más limpio de todo el menú que tenía a su disposición un expresidente que tuvo que quedarse sentado, en segundo plano, durante la celebración de la noche electoral. El más asociado con el establishment ni siquiera alcanzó el 8%: ni las maquinarias ni la opinión (si es que marcar una división entre ambas tiene sentido) le dieron su confianza.


Por todo ello, Colombia ya es un país distinto.


Un país que recogerá Iván Duque, que logró ampliar la coalición del “no”, o del uribismo (que tuvo 6.5 millones en 2016, y 6.9 millones en 2014). Hay tres maneras de leer esto: una, la simple (casi simplista), vendría a decir que el uribismo gana adeptos. Otra, probablemente más ajustada a la realidad e igualmente popular, atribuiría la victoria de Duque al miedo a Petro: el "argumento Venezuela" ha funcionado, y le ha dado esos votos extra. Sin embargo, la tercera explicación es necesaria para que la segunda también sea cierta: si Duque no hubiera sido el candidato más centrado, menos agresivo para los votantes indecisos, no habría ganado esta particular batalla de miedos en que se ha convertido la segunda vuelta.


En definitiva, el núcleo duro del uribismo tiene que aceptar que sus dudas sobre la idoneidad de Duque como candidato eran infundadas. Sin embargo, ahora vendrán las cuestiones sobre el Duque presidente. Y sobre él, como candidato que ha logrado aunar a la derecha y al centro-derecha, penderá una duda que es al mismo tiempo una amenaza que tiene dos ejecutores. La duda es si, o cuánto, se va a distanciar Duque de Uribe. Quizás se da un volteo tan radical como el de Santos en el ciclo 2010-2014, que reconfiguró toda la política colombiana al traicionar a su padrino, el expresidente. Pero es posible también que todos, incluso el propio Uribe, haya descontado cierto giro. Pero, ¿hasta dónde? Y aquí entra la amenaza: si no se mueve tanto como esperan sus votantes moderados, quizás su plataforma sufra un castigo en 2022. Pero si se mueve demasiado, tal vez otros se sientan traicionados. Duque es, en no poca medida, una caja de esperanzas para una coalición más heterogénea de lo que parece a simple vista.


Colombia es también un país en el que un candidato de izquierda puede alcanzar más de un 40% de los sufragios. Aunque pase a la segunda vuelta por sólo 300.000, esto significa que una parte importante (si bien no mayoritaria) de los votantes progresistas están dispuestos a ponerse detrás de una propuesta en el extremo del espectro político. Es cierto que, probablemente, muchos de ellos llegarán ahí sin entusiasmo y con dudas. El apoyo de dos miembros clave del centro regeneracionista como Claudia López y Antanas Mockus habrá sido importante para disipar parte de las mismas. Así que ahora, en la oposición, se abre una dinámica que durante cuatro años combinará cooperación y conflicto.


Gustavo Petro cuenta con la impresionante cifra de la primera vuelta y con el recientemente aceptado puesto en el Senado que le dará una plataforma mediática sin par. Mientras, el centro (sea Fajardo quien lo siga representando, sea otro) tendrá en su mano los votos que ganó en primera vuelta. Ambos comparten el interés en derrocar a la derecha, pero discrepan en cómo hacerlo, y sobre todo en qué hacer una vez lo logren. Estas diferencias son demasiado grandes y demasiado evidentes como para que desaparezcan en tres semanas, o en cuatro años. Pero la verdad es que Petro ganó dos veces en ese periodo de tiempo: una, cuando realmente sobrepasó al centro. Otra, cuando alcanzó el umbral psicológico del 40%. De ahí la esperada combinación de cooperación y conflicto: un resultado más pobre de Petro le habría dado alas a sus rivales, pero habría hecho falta una diferencia mayor el 27 de mayo para darle a la izquierda el reinado indiscutible de la oposición. Esta lucha solapada tendrá como primera meta volante las elecciones locales y regionales de octubre de 2019.


En definitiva, Colombia es un país donde las luchas ideológicas dentro de cada bloque (el conservador, que ahora está en el gobierno, y el progresista, que ocupará la oposición) van a definir los próximos cuatro años. Lo cual reproduce en cierta medida las dinámicas de la larguísima campaña que llevó al país a la primera vuelta, a la que probablemente ha sido la elección más plural de la historia de la República. También la más pacífica en medio siglo. Y ambos factores están íntimamente relacionados. Porque el país continúa embarcado en un ciclo que ha abierto la política. Lo ha hecho, por un lado, a segmentos e ideas tradicionalmente excluidos (como la izquierda). Pero, por otro, ha profundizado en una fragmentación de las élites establecidas que también favorece la multiplicación de perspectivas. En otras palabras: si todo sigue como hasta ahora, Colombia será, cada vez más, un país plural.

Por JORGE GALINDO
18 JUN 2018 - 08:58 CEST

Publicado enColombia