La RAE frente al lenguaje inclusivo: cuando la batalla del género se juega en la lengua

La Docta Casa responde a una consulta sobre el uso de "todes" o "chiques" rechazando la utilización de la letra 'e' como supuesta marca de género inclusivo. La decisión abre de nuevo el debate sobre la pertinencia del lenguaje

 

Una reciente respuesta de la RAE vía Twitter ha dado carpetazo (de momento) al debate sobre el lenguaje inclusivo. Una usuaria tuvo a bien preguntar este martes a través del hashtag #dudaRAE si utilizar "chiques o todes a cambio de chicos y todas es un idiotismo". La réplica de la Docta Casa dejaba claro que "el uso de la letra 'e' como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ('chicos') ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género". 

Dicho lo cual, la RAE despachaba de nuevo el recurrente asunto del lenguaje inclusivo. Lo hacía, además, en casi idénticos términos a los utilizados cuando se le inquirió por la siempre controvertida 'x': "El uso de la 'x' como supuesta marca de gén. inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario e impronunciable; el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de gén.: 'Los chicos están felices'".

Así las cosas, la posibilidad de que se abra una brecha en la Academia en favor del lenguaje inclusivo queda blindada por el momento, pese a que el debate no tiene visos de remitir. Algo que, según los expertos, responde −entre otras cuestiones− a un proceso creciente de desestabilización del masculino genérico. Un proceso que, por cierto, no sólo afecta al español, otras lenguas romances están inmersas en debates similares en torno al género.

"Hay discursos cambiantes sobre el rol y la posición de las mujeres en la sociedad, muchas no se sienten interpeladas por este tipo de lenguaje, es una cuestión de representación y de cómo los hablantes moldean la lengua sobre la marcha", explica Maite Puigdevall, investigadora del grupo Lengua, cultura e identidad de la Universitat Oberta de Catalunya. Un proceso de cambio constante que la Academia recoge y estipula conforme al poder y la influencia que ocupa en una determinada comunidad lingüística.

"La academia siempre va por detrás −prosigue Puigdevall− las innovaciones lingüísticas las producen los y las hablantes como sujetos que hacen uso de esa lengua determinada, son las prácticas lo que importan y estas son muy diversas porque los espacios de práctica también lo son, la variedad de registros permiten esa flexibilidad de usos". Una cintura a la hora de dar su bendición a nuevas incursiones de la que, por el momento, carece la Docta Casa.

"Elle", un pronombre en disputa

A finales de octubre, otro dictamen de la RAE suscitó cierto revuelo. Todo a causa de la incorporación del pronombre "elle" en el llamado Observatorio de Palabras. Duró poco en el citado observatorio, apenas un mes. Luego desapareció. 

"Pronombre de uso no generalizado creado para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno los dos géneros tradicionalmente existentes". Así aparecía definida la palabra de marras, pero no cuajó. Un tuit tardío de la RAE explicaba su exclusión: "Debido a la confusión que generaba la presencia de 'elle' en el Observatorio de Palabras, se ha preferido sacar la entrada. Cuando se difunda ampliamente el funcionamiento y cometido de esta sección, se volverá a valorar". Quizá sea eso, quizá sea una cuestión de tiempo.

MADRID

17/12/2020 22:40 ACTUALIZADO: 18/12/2020 10:12

JUAN LOSA

 @jotalosa

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El presidente electo de EEUU, Joe Biden. - REUTERS

Continúa la destrucción programada y sistemática de Siria. El país que un día fue uno de los pesos pesados del mundo árabe ha sido borrado del mapa, al igual que Irak y Libia, gracias a la ingeniería militar de EEUU e Israel y su capacidad de manipular la opinión pública. Desde 2011 (fecha del inicio de los tres conflictos sirios), medio millón de su gente ha sido asesinada, cientos de miles de sus mujeres y niñas han sido violadas, doce millones han tenido que huir de sus casas, y el resto recoge su vida destrozada entre los escombros, la pobreza y la desesperación absoluta. Y la situación puede seguir este curso más años a pesar de que la guerra ha cumplido sus principales objetivos.

Siria no estuvo presente en la campaña electoral de EEUU. Las prioridades de la política exterior del futuro presidente Joe Biden serán China, Irán y recuperar el multilateralismo, sobre todo su lado militar representado por la OTAN.

Tres presidentes de EEUU frente a un Assad

Biden hereda una Siria fruto de los cinco años del gobierno de Obama, en el que estuvo de vicepresidente, y cuatro de Donald Trump:

1- Lo que hizo la Administración Obama-Biden

. Aprovechar las "primaveras árabes" y el descontento interno en Siria para crear un Afganistán en Eurasia.

. No poner "las botas en el suelo" sirio, sino intervenir mediante la organización internacional de mercenarios "yihadistas", trasladada desde Irak, Afganistán y Jordania. Primero la llamó "rebeldes moderados" o "Ejercito Libre de Siria" para después bautizarle como "Estado islámico", justificando así los ataques con misiles para desmantelar el Estado sirio: debe haber un terrorismo para que haya una lucha "anti-terrorista". Lo admitió Evan McMullin, un candidato presidencial de 2016: "Mi papel en la CIA era salir y convencer a los operativos [terroristas por la democracia]de Al Qaeda para que trabajaran con nosotros". Este juego sucio ha permitido a EEUU obtener, por primera vez en su historia, no una sino al menos 11 bases militares en el país euroasiático. Aunque, en 2015, las discrepancias entre la CIA, que aboga por respaldar a los kurdos, y el Pentágono -que prioriza salvar las relaciones estrategias con Turquía-, dividen a los mercenarios y enfrenta a los estados que los patrocinan: Turquía, Arabia Saudí, Qatar, Emiratos, Israel, los países europeos, etc.

. A pesar de desatar la "crisis de refugiados", organizada por Turquía, Arabia Saudí, Israel y los halcones de EEUU, cuyo objetivo fue forzar a Obama a derrocar a Assad, mostrando en los medios además imágenes de decapitaciones por los terroristas, el presidente de EEUU se niega porque 1) no iba a espantar a Irán, con el que estaba firmando su desarme nuclear matando a un mandatario con fecha de caducidad, y 2) un Assad vivo le serviría para convertir a Siria en una trampa y así desgastar a Rusia, Turquía, Irán y otros, rivales y enemigos. Fue por eso que Biden negoció con Rusia la retirada de las armas químicas sirios, neutralizando las presiones para una intervención directa y establecer zonas de exclusión aérea, preludio de la partición siria.

2- Lo que hizo la Administración Trump

. Inicialmente, no mostró ningún interés especial por Siria.

. En abril de 2017, y ante la acusación del uso de armas químicas por el gobierno de Assad, Trump lanzó 59 misiles de crucero contra una base aérea siria. Fue muy aplaudido en Washington. "Los combatientes respaldados por la CIA pueden haber matado o herido a 100.000 soldados sirios y sus aliados en los últimos cuatro años", afirma el periodista de The Washington Post David Ignatius, entusiasmado por aquella carnicería.

. En febrero de 2018 bombardeó un convoy del ejército sirio que  intentaba recuperar el yacimiento de gas Conoco (nombre de la empresa petrolífera de EEUU que lo controla), cerca de Deir Ezzor. Aunque el pretexto de la presencia militar sigue siendo "proteger los campos petroleros del ISIS", la realidad es otra: a) las unidades de artillería que ha instalado en la zona no sirven para la lucha antiterrorista, sino, como confiesa el ex Secretario de Defensa Mark Esper, están para impedir el legítimo acceso del ejército sirio al yacimiento; b) Permite que sus aliadas, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), se financien de la venta de este gas y poder pagar a sus 60.000 combatientes y mantener a miles de presos "yihadistas" y sus familias del bolsillo de los sirios. En Afganistan EEUU ha financiado a los Muyahedines mediante la venta del opio, y en América Latina a través del negocio de la cocaína colombiana.  

. Cerró la ruta en Al-Tanf que conecta Irán a Siria desde Irak.

. Apoyó la ocupación turca de Idlib, y luego, en octubre de 2019, (aconsejado por el Pentágono) autorizó al "increíble líder" Tayyeb Erdogan el asalto a los aliados kurdos: un regalo envenenado con el objetivo de empantanar a una Turquía que se estaba acercando demasiado a Rusia. Pero, meses después, asignó 300 millones de dólares para las SDF. Si eso no es un "doble juego" ¿Qué es, entonces?

. Aprobó la Ley César en junio de 2020, que impone sanciones a las personas, empresas y países que apoyan a Bashar al-Assad o trabajan con su gobierno, y prohíbe la reconstrucción del país mientras aquel presidente sigue en el poder.

. Cortó la ayuda humanitaria a los civiles, y ralentizó el trámite de la petición de refugio de cerca de 120.000 solicitantes sirios,  prisioneros en los campos de refugiados infrahumanos.

. Ordenó la retirada de las tropas de EEUU de Siria, a pesar de la oposición del Congreso con 354 votos en contra. Sin embargo, Jim Jeffrey, enviado especial de Trump para Siria, revela que el Pentágono engañó al presidente para disuadirlo de retirar las tropas y no le comunicó el verdadero número de los soldados, que entre los uniformado y los mercenarios armados deben ser decenas de miles. En los últimos meses, EEUU ha reforzado sus bases en las áreas ocupadas de Hasakah, Raqqa y Deir Ez-Zour, enviado convoyes desde Irak. Seguramente la CIA tampoco hizo caso a Trump que mandó acabar sus operaciones en este país.

. Reconoció la soberanía ilegal de Israel sobre los Altos de Golán sirios.

Por lo que, el mandato de Trump no ha reducido la influencia de EEUU en Siria, solo la ha ocultado. Esta potencia sigue siendo el principal y el actor más determinante de este escenario.

3- Lo que planea hacer la Administración Biden

Hay varias cuestiones que habría que tener en cuenta:

  1. Biden prioriza la política exterior, a pesar de que los medios afirman que al menos 250.000 ciudadanos más pobres han muerto a causa de la coid-19: las primeras personas designadas para su gabinete fueron, no el Secretario de Sanidad o de Asunto Sociales, sino de la política exterior y de la seguridad nacional. Antony Blinken, su Secretario de Estado, es un veterano belicista, que a pesar de que no descarta la normalización de las relaciones con el presidente Assad (como hizo Obama en febrero de 2010), afirma que este "no es un escenario probable en los próximos cuatro años". Blinken utilizará el control ilegal sobre el petróleo sirio como "un punto de influencia porque al gobierno sirio le encantaría tener dominio sobre esos recursos. No debemos renunciar a eso gratis".
  2. Biden ha anunciado que corregirá los errores que cometió en Siria. ¿Cuáles? ¿Enviar a miles de "yihadistas" o no romper Siria en líneas sectarias y étnica? En 2006, el senador Biden propuso dividir a Irak en tres regiones independientes: árabe suniita, árabe chiita y kurdo sunnita.
  3. Alrededor del futuro Gobierno de Biden se están reorganizando los defensores de las "guerras perpetuas" como los funcionarios del gobierno de Bush, o criminales de las guerras sucias como John Negroponte, Chuck Hagel, Eliot Cohen, Richard Armitage, Victoria Nuland o Susan Rice que se opusieron a Trump por su "aislacionismo".
  4. Biden mantendrá tranquila a la ala izquierdista del Partido Demócrata con políticas económica sociales para tener las manos abiertas en una política exterior agresiva, aunque por el momento recurrirá a la fórmula del "imperialismo liberal": proporcionar recursos a determinados grupos para minar un régimen desde dentro, bajo el nombre de "solidaridad con la sociedad civil". Significa recuperar el estatus de EEUU como la policía del mundo, violando la soberanía nacional de otros estados, para convertirlos en territorios sin estado. Formar un gabinete con personas con diferentes sexo, color de piel, y origen nacional es una respuesta a las deficiencias políticas en el interior de EEUU, y de ninguna manera significa un cambio en las políticas del imperialismo en el mundo. La vicepresidenta electa Kamala Harris declaró que el gobierno de EEUU "una vez más apoyará a la sociedad civil y los socios prodemocracia en Siria y ayudará a avanzar en un acuerdo político en el que el pueblo sirio tenga voz". Los lobbies financiados por los multimillonarios judíos, como la Fundación para la Defensa de las Democracias o American Enterprise Institute de Paul Wolfowitz, estarán encantados de volver a colocar el cartel "Israel, primero". Un Biden que ha sido uno de los responsables de la desastre siria no podrá, ni pretende darle una solución menos cruel a Siria: puede empezar con una serie de presiones diplomáticas de "palo y zanahoria", para pasar a gestionar el conflicto en vez de colaborar en su solución.

El diseño del llamado "Enfoque 4-R"-Reevaluación,  Reestructuración, Realineación, y no Repetir viejos errores presenta el siguiente panorama:

. Corregir lo que los demócratas consideran el mayor error de EEUU en Siria: dejar que los militares de CENTCOM decidan la estrategia de la superpotencia. Aunque, provocar caos en Oriente Próximo y Asia Central ha sido una estrategia, no un error.

. Revitalizar la diplomacia y el multilateralismo para repartir los gastos y las responsabilidades en sus futuras incursiones militares, como lo hizo en Yugoslavia o Libia.

. Seguir politizando la cuestión humanitaria de los refugiados, condicionando su regreso a realizar amplias "reformas" por Assad o directamente a su salida del poder, ¿para reemplazar el último gobierno semisecular de Oriente Próximo por otro islamista, que es lo que EEUU ha ido haciendo en los últimos 40 años?

. Mantener la Ley César, para forzar a Rusia, Irán y el propio Damasco a una transición "pacifica". Si no lo hace, no habrá reconstrucción de Siria. Para Vladimir Putin, que no recibió a Assad hasta 2015, lo importante no es rescatar a Assad (total, algún día tendría que apartarse, siendo Siria una república) sino preservar lo que ha logrado en Siria y abandonar una guerra muy costosa. En 2016, el embajador ruso ante la ONU, Vitali Churkin, criticó a Assad por su deseo de continuar la contienda hasta recuperar todo el territorio sirio. Entre los 20 propósitos de Rusia en Siria, no está tal objetivo.

. Reactivar la Resolución 2254 del 2015 del Consejo de Seguridad de la ONU (o sea, con los votos favorables también de Rusia y China) que establece la convocatoria de elecciones libres supervisadas por la ONU.

. Mantener la ocupación de Siria. Incluso podrá desplegar tropas árabes para que mueren y maten por los intereses de EEUU, y de paso contengan a Rusia, Irán y Turquía. Los estados árabes no han tenido una política sofisticada y elaborada en la región. Según Lee Smith, columnista de Huston Institute, Obama admiraba a Ghasem Soleimani y su labor de crear redes de apoyo a la política de la República Islámica en la zona. Había dicho a un grupo de funcionarios árabes que "necesitan aprender del ejemplo de Irán", de saber usar el poder blando en los países de su interés y ser más sutiles, más furtivos, más efectivos… bueno, más como Irán.  Arabia Saudí, que ha destituido al hombre de guerra del Ministerio de Exteriores Adel al-Jubeir, ahora puede hasta proteger a Assad ya que la opción del Partido Demócrata de EEUU de instalar a un hombre de la Hermandad Musulmana (HM), poderosa organización sunnita patrocinada por Turquía y Qatar, es más perjudicial para sus intereses que un presidente secular. Además, así podrá alejar a Assad de Irán, sacándole de la "Comunidad chiitas" para reingresarle en la "Comunidad árabe"; de paso, provocar un enfrentamiento entre Assad y Turquía, el principal enemigo de Riad: los árabes hasta regalaron varios millones a los kurdos sirios por su lucha contra el ejército turco. Los jeques no olvidan que Barak Obama se estrenó en 2009 como presidente con una conferencia en la universidad Al Azhar de HM en el Cairo. Assad que, por su parte, necesitan los petrodólares árabes para reconstruir el país, ha ido alejándose de Teherán.

***

Hace un siglo, Francia y Reino Unido plasmaron, con el Tratado de Picot y Sykes, las líneas de sus intereses en el mapa de Oriente Próximo sobre los restos del Imperio Otomano. En 191, y con la desaparición de la Unión Soviética, EEUU intenta rediseñar este mapa a la medida de sus intereses

 

Por Nazanín Armanian

8 diciembre 2020

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Martes, 01 Diciembre 2020 06:00

Biden o la restauración del Estado canalla

Biden o la restauración del Estado canalla

El pasado 23 de noviembre, al anunciar sus primeros nombramientos, el virtual presidente electo de Estados Unidos (EU), Joe Biden, aseveró que "no hay tiempo que perder cuando se trata de nuestra seguridad nacional y política exterior". En lenguaje orwelliano, Biden expresó su decisión de restaurar el papel del hegemón del capitalismo mundial como "Estado canalla" (roguestate); la aplicación del imperio de la fuerza en los asuntos mundiales que diferentes administraciones demócratas del último medio siglo han practicado con total fruición al margen de la Organización de Naciones Unidas y el derecho internacional.

"Necesito un equipo listo desde el primer día que me ayude a recuperar el lugar de Estados Unidos en la cabecera de la mesa, unir al mundo para enfrentar los mayores desafíos que tenemos y promover nuestra seguridad, prosperidad y valores", indicó Biden, recuperando los principales lineamientos de la doctrina de Estado canalla, que en distintos episodios contemporáneos ha exhibido la alarmante exacerbación del "menosprecio de las obligaciones contractuales" de Washington en el concierto internacional.

Según Noam Chomsky, como muchos otros términos del discurso político, el concepto "Estado canalla" tiene dos usos: uno propagandístico, aplicado a determinados enemigos de EU, y un uso literal, que se aplica a los estados que no se consideran obligados a actuar de acuerdo con las normas internacionales, como ha sido el caso de EU. Ejemplos sobran.

En 1963, en un informe a la American Society of International Law (ASIL, por sus siglas en inglés), el ex secretario de Estado Dean Acheson, consejero de cuatro presidentes de EU y principal artífice de la diplomacia de guerra de Washington en la época de la guerra fría, afirmó que la "conveniencia" de una respuesta a un “desafío (al) poder, posición y prestigio de EU (…) no es una cuestión legal”. Según él, el derecho internacional "no obliga" a EU. Acheson se refería al bloqueo a Cuba, uno de los principales blancos de la subversión, el terrorismo de Estado y la guerra económica de 11 sucesivas administraciones en la Casa Blanca.

En 1993, el presidente Bill Clinton informó a la ONU que EU "actuará multilateralmente cuando sea posible, pero unilateralmente cuando sea necesario". Y en 1999, durante el segundo mandato del demócrata, su secretario de Defensa, el republicano William Cohen –con el Congreso dominado por los republicanos Clinton nombró a Cohen jefe del Pentágono para enviar la señal de trabajar con espíritu bipartidista en temas de Seguridad Nacional−, declaró: "No podemos convertirnos en la policía del mundo, pero tampoco debemos convertirnos en los prisioneros de los acontecimientos mundiales". Agregó que EU estaba dispuesto a hacer "uso unilateral del poder militar" para defender "intereses vitales", que incluían "asegurar el acceso sin obstáculos a mercados clave, aprovisionamiento de energía y recursos estratégicos" y, desde luego, todo lo que Washington pueda decidir que está dentro de su "jurisdicción interna".

Ahora, con absoluta fidelidad a los mitos del Destino manifiesto y el "excepcionalismo" estadunidense, Biden quiere sentar a EU en la "cabecera" de la mesa de las negociaciones internacionales. Para ello, los nombramientos de Antony Blinken como secretario de Estado, y de Avril Haines como directora de la Inteligencia Nacional, envían la señal de que habrá continuidad a la proyección imperial de Washington.

Descrito como el alter ego de Biden y "vendido" con fines propagandísticos como reputado "europeísta" y garante del "multilateralismo", Blinken, cuya nominación deberá ser confirmada por el Senado, forma parte del "partido de la guerra" de la era Obama, y desde el gobierno de Clinton se destacó por sus posiciones intervencionistas. Como asesor adjunto de Seguridad Nacional (2013-15) bajo la vicepresidencia de Biden, Blinken, cercano al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, desarrolló planes de agitación y desestabilización política en todo Medio Oriente. Fue uno de los impulsores de la patraña sobre los arsenales de armas químicas de Bashar Al Assad en Siria, que llevó a la intervención militar de EU y al patrocinio encubierto, con 500 millones de dólares, de las milicias y grupos terroristas como parte de una operación de "cambio de régimen" de la administración Obama. Antes había apoyado la catastrófica invasión a Libia, en 2011. Como operador de la diplomacia de guerra de Washington, intentará ahora reforzar el papel de la OTAN para cercar a Rusia.

Colaboradora de Biden, Avril Haines trabajó en la CIA en el gobierno de Obama, antes de suceder a Blinken como asesora adjunta de Seguridad Nacional. En 2013, como vicedirectora de la CIA defendió el uso de técnicas de "interrogatorio mejorado" (sic) sobre militantes islamitas, prácticas que una investigación del Comité de Inteligencia del Senado calificó de "tortura". Además, es responsable del marco legal de la secreta guerra de drones que costó la vida a casi 800 civiles presuntos terroristas en Pakistán, Somalia y Yemen; ella decidía quién debía ser asesinado. Ahora se convertirá en la primera mujer al frente de la llamada "comunidad de inteligencia", una federación de 16 agencias que incluye a la inteligencia militar y civil, y oficinas civiles de análisis-estadístico que contribuyen a la planificación de misiones militares y actividades de espionaje en el exterior. Haines responderá directamente ante el presidente Biden.

El próximo asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, es partidario de acentuar las herramientas no militares, en particular la guerra económica, para intentar separar a China, Rusia y Cuba de Venezuela, a fin de derrocar al presidente Nicolás Maduro; sus ideas respecto a cómo hacerlo coinciden bastante con la estrategia empleada por Trump.

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Decenas de personas hacen fila para votar en Río de Janeiro, en unas elecciones marcadas por la abstención a causa del coronavirus Fábio Motta / Efe

Bolsonaro, que no tiene partido, dio su apoyo a 13 aspirantes a la alcaldía de alguna de las 57 grandes ciudades; 11 fueron derrotados

 

El centroderecha ha ganado este domingo las alcaldías de Sao Paulo y Río de Janeiro. En esta última ciudad, el 'bolsonarismo' ha sufrido además un nuevo golpe, tras la derrota en la segunda vuelta de las municipales de Brasil del actual regidor, el obispo evangélico Marcelo Crivella.

Este domingo estaban llamados a las urnas en Brasil 38 millones de personas, el 25% de los votantes del país, para elegir alcalde en 57 grandes ciudades. Entre ellas, Recife, donde el Partido de los Trabajadores (PT) del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva firmó su debacle tras perder la posibilidad de ganar una gran capital.

En Sao Paulo, el mayor colegio electoral del país con nueve millones de votantes, se cumplieron las proyecciones de las encuestas con la reelección del alcalde Bruno Covas, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), de centroderecha. El regidor cuenta con el aval del actual gobernador del estado, Joao Doria, el principal rival político de Bolsonaro entre los conservadores.

Covas ha sido reelegido con un 59,3 % de los votos, lo que supone una amplia ventaja frente al profesor universitario y líder de los sin techo Guilherme Boulos (40,6%), que no pudo ir a votar tras dar positivo por coronavirus en la recta final de la campaña electoral.

Boulos, de 38 años, se ha alzado como la principal voz de la izquierda en Brasil tras llegar a las urnas de la mano del emergente Partido Socialismo y Libertad (PSOL), formación surgida en 2004 tras una purga promovida por el PT, y ha asumido una parte del protagonismo que durante décadas ha tenido Lula dentro del campo progresista.

En Río de Janeiro, la Alcaldía recayó en manos del exalcalde Eduardo Paes, que obtuvo el 64,11% de los votos tras recibir el apoyo crítico de un variopinto grupo de partidos tanto de izquierda como de derecha que tienen en común su animadversión al presidente Jair Bolsonaro.

Crivella (35,89%) contaba con el aval del líder de la ultraderecha brasileña, quien tenía sus cartas puestas en Río de Janeiro tras el varapalo sufrido en la primera vuelta por los candidatos bendecidos por él.

Bolsonaro, que no tiene formación tras abandonar el año pasado el Partido Social Liberal (PSL) por divergencias con sus líderes, transfirió su apoyo público a un total de 13 aspirantes, de los cuales 11 fueron derrotados en las urnas.

Además de Río de Janeiro, el 'bolsonarismo' también cedió este domingo en Fortaleza (nordeste), donde Wagner Sousa Gomes, conocido como el 'capitán Wagner', perdió por un estrecho margen.

El PT de Lula sella su debacle

Pese a que la izquierda consiguió contener la sangría vivida en las municipales de 2016, el tradicional Partido de los Trabajadores terminó de confirmar el descalabro ya vivido en la primera vuelta tras perder las elecciones en Recife y Vitoria (nordeste), las dos capitales que disputaba.

En Recife, Marilia Arraes, ahijada política de Lula, perdió ante su primo Joao Campos, que se convirtió en el alcalde electo más joven en una capital de Brasil, con 27 años.

En Vitoria, un antiguo reducto electoral del PT, el candidato del partido Republicanos, el comisario Lorenzo Pazolini, desbancó al progresista Joao Coser con un 58,50% de los votos.

Esta es la primera vez que el PT, considerado por muchos años como el principal referente del campo progresista de Brasil, no gobernará a ninguna de las capitales brasileñas desde 1985.

El PT, que ya gobernó por dos veces Sao Paulo, la mayor ciudad del país, llegó al récord de nueve capitales en 2004, en el segundo año del mandato presidencial de Lula (2003-2010).

Jornada electoral sin incidentes

Con una abstención récord en Sao Paulo y Río de Janeiro, el proceso se desarrolló casi sin incidentes y bajo estrictas medidas de seguridad por la covid-19, ya que Brasil es el segundo país con más muertes en el mundo por la enfermedad, con más de 172.000 fallecidos, y el tercero con más casos, con cerca de 6,3 millones de contagios.

El escrutinio fue notablemente más rápido que en la primera vuelta, cuando un intento de ataque cibernético retrasó varias horas la divulgación de los resultados.

En Brasil, el voto es obligatorio y se hace mediante urna electrónica, una modalidad considerada fiable según los especialistas, pero que ha sido puesto en duda por el presidente Jair Bolsonaro.

El líder ultraderechista no sólo cuestionó hoy el sistema electrónico de Brasil, sino que aprovechó la cita para denunciar el "fraude" en los comicios estadounidenses, donde el voto es en papel.

"La prensa no lo divulga, pero yo tengo mis informaciones, y no sirve de nada decírselas a ustedes porque no las van a divulgar, de que realmente hubo muchos fraudes (en las elecciones de Estados Unidos)", afirmó el jefe de Estado brasileño, uno de los pocos mandatarios que aún no ha felicitado a Joe Biden por su elección como presidente de Estados Unidos.

30 de noviembre de 2020 07:34h

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El entonces vicepresidente de EE.UU., Joe Biden, estrecha la mano con el presidente de China, Xi Jinping, en Pekín en diciembre de 2013 (POOL New / Reuters)

Pero no se correrá a revocar todas las políticas de Donald Trump

 

Durante cuatro años, los funcionarios chinos no han dejado de refunfuñar diciendo que el presidente Donald Trump es un matón impredecible, guiado a veces por sus propios intereses egoístas y en otros momentos por asesores que detestan al Partido Comunista. Una nota diplomática filtrada citaba al jefe del Partido Comunista de China, Xi Jinping, quejándose a unos visitantes europeos de que las relaciones con Estados Unidos parecen un “combate de boxeo sin reglas”. El equipo que rodea al presidente electo Joe Biden quiere que la contienda sea a la vez más ordenada, menos abiertamente ideológica y más difícil para China. Como si planearan el regreso de un campeón de peso pesado, los demócratas entrantes quieren ver a un Estados Unidos más en forma e inteligente que sea capaz de seleccionar con más cuidado las peleas con China y luego de entrenarse mucho para ganarlas.

Una China cautelosa intentará aliviar las tensiones, pero no se hace ilusiones acerca de un reconfiguración total de las relaciones. No habrá una vuelta a los días anteriores a 2016, cuando los presidentes estadunidenses de ambos partidos sostenían que la colaboración podía lograr de China a una apertura al mundo de su economía (y quizá de su sociedad). En cambio, Biden hará una crítica diferente a Trump: que por arremeter con demasiada fuerza contra la asertiva China de la época Xi, no ha logrado asestar golpes decisivos.

La llegada de Joe Biden

China no se hace ilusiones acerca de un reconfiguración total de las relaciones

La decepción aguarda a los empresarios que esperan que Biden corra a cancelar, en bloque, los aranceles impuestos por Trump a dos tercios de las importaciones procedentes de China. Biden tampoco va a desmontar de repente todos los controles a la exportación y las restricciones a la inversión impuestas por el gobierno de Trump a las empresas tecnológicas chinas. Biden debe tratar con unos dirigentes chinos convencidos de que Estados Unidos está empeñado en contener a China, lo cual hace inevitable una contienda entre grandes potencias. Para mantener la influencia, tiene interés en desmantelar sólo con mucho cuidado las barreras comerciales de Trump.

Sonará a veces verdaderamente trumpiano cuando hable de la necesidad de reciprocidad en los tratos con China y de lograr la vuelta de puestos de trabajo a Estados Unidos con políticas industriales y reglas de “Compre estadounidense” en apoyo de las empresas nacionales si es necesario. Si bien durante cuatro décadas respaldó con frecuencia los acuerdos de libre comercio en el Senado, ahora dirige un Partido Demócrata más escéptico que nunca con respecto a la globalización. Como vicepresidente, Biden fue un entusiasta de las alianzas de libre comercio, como la Asociación Transpacífica, diseñadas para contrarrestar los métodos mercantilistas de China. Como presidente, Biden no correrá a comprometerse en pact

China se encontrará con algunos cambios tranquilizadores. La Casa Blanca de Biden tendrá economistas ortodoxos que creen que los aranceles comerciales son en su mayoría contraproducentes y que ven graves riesgos en el uso del sistema financiero denominado en dólares como instrumento para contener a China, una táctica que sedujo a algunos asesores importantes de Trump. La puerta de la Oficina Oval de Biden estará más abierta a los directivos tecnológicos del Valle del Silicio, quienes rogarán al gobierno que sea mucho más selectivo a la hora de considerar como amenazas para la seguridad nacional ciertos productos de alta tecnología y ciertas cadenas de suministro, y que eso no debe involucrar a China.

Aún así, algunas detalles de una administración Biden conocedora de la tecnología le dificultarán las cosas a China. El presidente hará un llamamiento para que Estados Unidos mantenga la primacía sobre China en tecnologías fundamentales del futuro, desde la inteligencia artificial hasta la computación cuántica, con la ayuda de inversiones masivas en ciencia básica. Se mostrará menos alarmado por aplicaciones como TikTok, una plataforma digital creada en China en la que los adolescentes filman sus movimientos de baile. Acogerá, con mayor probabilidad que Trump, a estudiantes chinos en universidades estadounidenses y dirá que confía en el FBI para detectar el pequeño número de ellos enviado para robar secretos. Un Estados Unidos más abierto tiene ventajas e inconvenientes para los funcionarios chinos que intentan que los investigadores con talento vuelvan a casa.

Biden tendrá economistas ortodoxos que creen que los aranceles comerciales son en su mayoría contraproducentes

En privado, los funcionarios chinos admiten abiertamente que les gustó la falta de interés de Trump por los derechos humanos o los valores democráticos liberales. Saben que eso cambiará. Cabe destacar que los asesores de Biden han dicho que su jefe ve que se está abriendo una preocupante brecha entre las tecnodemocracias, que utilizan herramientas digitales para ampliar las libertades, y un bloque tecnoautoritario encabezado por China. Aunque Biden se incline por mostrarse cauteloso, el Congreso exigirá sanciones por el aplastamiento de las libertades civiles por parte de China en Hong Kong y por la “reeducación” forzosa de los uigures musulmanes en la región occidental de Xinjiang.

Biden se moverá con cautela en lo que respecta a la isla democrática de Taiwán. Mantendrá un equilibrio de décadas mediante el cual Estados Unidos utiliza sus fuerzas armadas para disuadir a China de intentar invadir la isla y a la vez asegura a los dirigentes chinos que no fomentará una declaración formal de independencia de Taiwán.

En lo que supondrá un gran cambio, Biden buscará la ayuda de China para hacer frente a problemas mundiales que Trump despreció, como el cambio climático, o que prefirió abordar en solitario, como el desarrollo de tratamientos contra la covid-19. Biden puede pedir a China que se una a él para resucitar el pacto nuclear firmado por Barack Obama con Irán y las principales potencias mundiales, y del que luego Trump renegó. Esas ramas de olivo ofrecidas a China serán denunciadas por los republicanos; en particular, por quienes tengan los ojos puestos en 2024.

Por último, Estados Unidos volverá a implicarse en la creación de coaliciones, o al menos a buscar menos peleas con sus aliados. Biden quiere a amigos en su rincón mientras se enfrenta a China. Con reglas o sin ellas, se avecina una dura contienda.

Biden buscará la ayuda de China para hacer frente a problemas mundiales que Trump despreció, como el cambio climático

Por David Rennie | jefe de la oficina de Pekín en The Economist

26/11/2020 06:00| Actualizado a 26/11/2020 10:51

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De The Economist, traducido para La Vanguardia, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, puede consultarse en www.economist.com.

Traducción: Juan Gabriel López Guix

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Las elecciones municipales brasileñas de 2020 no se pueden entender como una fotografía. Es necesario insertar la escena del domingo 15 de noviembre en una película con varias tomas.

Las elecciones municipales en Brasil, el 15 de noviembre, mostraron un debilitamiento del bolsonarismo en el plano local. Al mismo tiempo, se observa una recuperación de la derecha y el centro tradicionales. No obstante, la izquierda logró algunos éxitos, sobre todo con candidaturas jóvenes. También las postulantes negras y trans dejaron ver la potencialidad de una izquierda de base más amplia.

 

Hace dos años, un proyecto autoritario que predicaba la intolerancia ganó las elecciones presidenciales y se amplificó una bancada de congresistas que representaban lo más retrógrado del país: agronegocios, iglesias neopentecostales ultraconservadoras y punitivismo proarmas. Así, la denominada bancada BBB (buey, Biblia y bala) se constituyó como un importante punto de apoyo para Jair Bolsonaro y colocó a Brasil en el grupo de países del mundo gobernados por fuerzas políticas alineadas con Donald Trump y proyectos antidemocráticos. El año 2018 fue la coronación de un proceso que dio sus primeras señales en 2013, cuando la derecha ocupó las calles del país contra el proyecto democrático-popular del Partido de los Trabajadores (PT), que había estado al frente del gobierno federal durante 11 años.

En 2014, fue reelegida la presidenta Dilma Rousseff. Pero la derecha –que se había fortalecido desde el año anterior a partir de la consolidación de un sentimiento antipetista– no aceptó el resultado de las urnas y operó un proceso de destitución –un «golpe parlamentario»– por el cual Rousseff finalmente fue depuesta en 2016. Una de las escenas más recordadas es la de Jair Bolsonaro –entonces diputado– durante su voto en el Congreso para la destitución reverenciando al coronel Carlos A. Brilhante Ustra, quien fuera el torturador de la entonces presidenta durante el periodo de la dictadura militar (1964-1985).

Pero volvamos a 2020. Brasil está en la lista de los países con mayor número de muertes por covid-19, solo por detrás de Estados Unidos. La posición del presidente Bolsonaro ante la mayor pandemia del siglo fue crucial para el aumento descontrolado de las cifras de contagio. Negó la pandemia, difundió como panacea medicamentos no aprobados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), llamó a a la enfermedad «gripecita», se posicionó contra el aislamiento social, apoyó a los manifestantes que tocaban bocina frente a los hospitales e hizo campaña contra la vacunación obligatoria. Durante ocho meses de pandemia, cuatro ministros diferentes pasaron por el Ministerio de Salud, mostrando total incapacidad para manejar la crisis. El resultado: más de 160.000 vidas oficialmente perdidas, un PIB reducido, un número récord de desempleados.

Este escenario caótico puede haber cambiado la percepción de la gente sobre «qué esperar del Estado y de la política». Si hace dos años Bolsonaro ganó las elecciones con un discurso antisistema, con una postura de outsider y en favor de un Estado mínimo, el 15 de noviembre los candidatos con estas características no tuvieron el mismo éxito electoral.

La crisis del coronavirus ha impuesto al país una reflexión sobre el papel del Estado en la vida de las personas. Brasil cuenta con el Sistema Único de Salud (SUS) que garantiza, en el marco de la Constitución de 1988, acceso a la atención universal y gratuita. Fue el Estado el que debió garantizar la subsistencia de las familias devastadas por la crisis económica mediante la transferencia de recursos, con la llamada «ayuda de emergencia». Por último, en medio de la mayor crisis sanitaria, social y económica de las últimas décadas, el Estado y la política fueron las principales herramientas que buscaron garantizar la vida de las personas.

Esta comprensión tiene una dimensión muy concreta. No son percepciones etéreas, producidas por los medios de comunicación. Está ahí, palpable para la mayoría de la población: cuando lo necesitaban, fue el Estado el que garantizó la atención sanitaria, los cuidados y los ingresos. Y esta experiencia afectó e influyó en el voto. Así, si en 2018 salió victoriosa de las urnas una plataforma antisistema, antipolítica, antiestatal y contra la Constitución de 1988, en 2020 se verificaron algunas tendencias que se mueven en la dirección opuesta. Sin embargo, esto no significa que sea la oposición más progresista la que haya llevado al debilitamiento de esta plataforma bolsonarista. Los brasileños parecen haber optado –al menos en el plano municipal, que es el que estaba en juego– por la estabilidad y la continuidad de la antigua derecha ya conocida.

Sin embargo, también merecen atención algunos signos positivos relativos al aumento de la representación de los negros, los jóvenes, las mujeres y los colectivos LGBTI, así como la renovación en varios concejos municipales. Así, mientras que los representantes de la política más tradicional tuvieron buen desempeño en la elección de alcaldes, los nuevos cuadros de la izquierda se destacaron en las disputas por las concejalías con un programa de profundización de la democracia y lucha contra las desigualdades.

Es posible resumir algunas tendencias de estas elecciones municipales: a) debilitamiento del bolsonarismo; b) victoria del centro y la derecha tradicionales; c) constitución de frente amplios de izquierda y signos de resistencia.

Es importante tener en cuenta que de los 5.567 municipios brasileños, 95, los que tienen más de 200.000 electores, podrían tener una segunda vuelta (los pequeños solo tienen una vuelta). Solo en 35 de estos municipios uno de los candidatos tenía más de la mitad de los votos válidos y ganó en la primera ronda. En otras palabras, todavía hay que esperar el segundo turno del 29 de noviembre para completar el mapa electoral.

Debilitamiento de Bolsonaro

Bolsonaro, que abandonó el Partido Social Liberal (PSL) en 2019 por disputas internas, no logró viabilizar a su propio partido, Aliança Brasil. Su estrategia fue no atarse a ningún partido para no tener que enfrentarse a posibles derrotas. Así, a pesar de una aprobación todavía significativa (entre 30% y 40%, según la encuestadora), el presidente encontró un terreno poco fértil para transferir apoyo a sus candidatos. Esta tendencia se confirmó y el resultado estuvo por debajo de las expectativas.

De los 78 «Bolsonaros» registrados por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) en todo el país (varios candidatos optaron por ponerse ese nombre como forma de propaganda electoral), el único ganador fue el hijo del presidente, Carlos Bolsonaro, quien retuvo su banca de concejal en Río de Janeiro. Recibió el apoyo de su padre en la carrera, con publicaciones recurrentes en las redes sociales pidiendo el voto. Bolsonaro hijo terminó con 71.000 votos, la segunda mayor votación para el concejo municipal, detrás de un candidato del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), un número bastante menor a los 106.000 votos obtenidos en 2016.

De todos los alcaldes que tuvieron un apoyo más enfático del presidente, solo dos pasaron a una segunda vuelta: Wagner Sousa Gomes, conocido como el «capitán Wagner» (Partido Republicano de Orden Social, PROS) pasó al balotaje, pero más bien escondiendo que mostrando a Bolsonaro en su campaña; y en Río de Janeiro quedó segundo Marcelo Crivella (Republicanos), el actual alcalde evangélico, detrás del candidato de derecha Eduardo Paes. Celso Russomano (Republicanos), quien también contó con declaraciones de apoyo del presidente, bajó de 29% de intención de voto a principios de septiembre a 10% y terminó en cuarto lugar en San Pablo, la ciudad más grande del país.

El debilitamiento de Bolsonaro también es evidente en su importante base de apoyo: los profesionales de la seguridad. Los datos del TSE tabulados a petición de la revista Piauíindican que fueron elegidos 50 alcaldes y 807 concejales del área de seguridad. Hubo unos 8.000 candidatos vinculados a las fuerzas de seguridad (Policía y Fuerzas Armadas), lo que supone 10,2% de éxito, un alto porcentaje para un sector específico de la sociedad. Sin embargo, si en 2018 este sector eligió partidos ubicados en la extrema derecha (como el PSL al que entonces adhería Bolsonaro), en 2020 30,2% de los candidatos de la «bala» se postularon por partidos de centroderecha, donde evaluaron que sus posibilidades de ganar podrían ser mayores. También se vieron obligados a cambiar algunas de sus consignas de campaña: por ejemplo, en lugar de anunciar «bandido bueno, bandido muerto» (el lema de campaña de los bolsonaristas hace dos años), pasaron a formular otras propuestas más relacionadas con la vida cotidiana de las ciudades.

Bolsonaro, de todos modos, no ha sido derrotado. Pero ciertamente salió debilitado de estas elecciones, lo que obligará al presidente a buscar alternativas de apoyo si quiere llegar con posibilidades a la carrera electoral en 2022.

La victoria de la derecha tradicional y el centrão

El debilitamiento del bolsonarismo en el plano municipal no implicó, obviamente, una victoria automática de la oposición de izquierda. La derecha tradicional que salió derrotada en 2018 –por ejemplo, Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB, centroderecha) no llegó a 5%– puede mostrar signos de recuperación, al igual que el denominado centrão, un grupo de partidos políticos que no tienen una orientación ideológica clara y solo tienen como objetivo mantener una relación con el Poder Ejecutivo para que este les garantice ventajas a cambio de apoyo a sus proyectos en el Legislativo.

En siete de las 26 capitales, la elección se decidió en la primera vuelta, con victorias de la derecha y la centroderecha. En las otras 18 capitales, habrá balotaje. Los candidatos que pasaron a la segunda vuelta indican un freno en la ola antipolítica y el voto a fuerzas más tradicionales, lo que demuestra que la capilaridad y la estructura de los partidos siguen siendo relevantes. Demócratas (DEM) es el partido que ha elegido el mayor número de alcaldes en las capitales, con tres alcaldes elegidos, seguido por el PSDB y el Partido Social Democrático (PSD, centro), que fue el partido que más terreno ganó en las 100 ciudades más grandes: tenía seis alcaldes, ya ha garantizado cinco y puede llegar a 19 después de la segunda vuelta.

Las elecciones municipales volvieron a colocar al Movimiento Democrático Brasileño (MDB) a la cabeza del ranking de alcaldías obtenidas por partido (777 de los 5.567 municipios). El Partido Progresista (PP) y el PSD y DEM fueron los que más aumentaron proporcionalmente en número de municipios gobernados en el país. Todos estos partidos también tuvieron un buen desempeño en cuanto al número de concejales elegidos, lo que demuestra que la liberación de fondos parlamentarios del gobierno federal a los diputados a cambio del apoyo a sus proyectos legislativos puede haber tenido un efecto electoral en el ámbito local.

El conservadurismo puede mostrar así signos de cambio de ropa: las máscaras de una extrema derecha antipolítica se cambian a una derecha más tradicional, asociada a lo que en Brasil se denomina la política «fisiológica».

Frentes amplios de izquierda y signos de resistencia

Si el voto a la centroderecha y la derecha indica que el electorado dio señales de que prefiere lo ya conocido frente al extremismo antipolítico, más a la izquierda el electorado mostró que exige renovación y unidad. Aunque estos signos son más contundentes en los concejos municipales, algunas capitales también han expresado este deseo de mantener los sueños de cambio.

Los jóvenes dirigentes menores de 40 años se convirtieron en los grandes protagonistas del campo de la izquierda. Liderando este fenómeno, el candidato a la Alcaldía de San Pablo por PSOL, Guilherme Boulos, de 38 años, alcanzó el 20% de los votos y competirá en la segunda vuelta con el actual alcalde del PSDB. Ya declararon el apoyo al candidato el PT y el Partido Comunista de Brasil (PCdoB). Boulos pertenece al Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y se ha transformado en una figura capaz de renovar el apoyo a la izquierda.

En el sur del país, en Porto Alegre, Manuela D’Ávila es otra joven candidata de la izquierda que obtuvo una fuerte votación: 29% de los votos válidos. La postulante del PCdoB había acompañado a Fernando Haddad, del PT, como candidata a vicepresidenta en 2018, y ahora tiene como acompañante de fórmula a Miguel Rossetto, un referente del PT. En Recife, la segunda vuelta será disputada por dos primos, ambos menores de 40 años: Marília Arraes (PT) y João Campos (Partido Socialista Brasileño). Este último es hijo de Eduardo Campos, un ex-gobernador de Pernambuco que murió en un accidente de avión cuando se presentaba a la Presidencia en 2014.

No tan joven, pero con un buen resultado producto de un frente amplio bien construido, Edmilson Rodrigues, del PSOL, quedó en primer lugar y pasó al balotaje en Belém do Pará. El PT y el PSOL son algunas de las siglas que más han crecido en la disputa de las alcaldías de las 100 ciudades más grandes del país. Juntos, ambos partidos, que hoy en día no tienen alcaldes en estos municipios, pueden llegar a tener 15 representantes: 13 el PT y dos el PSOL.

Además, en el año del debut de la norma que obliga a los partidos políticos a distribuir los fondos públicos de campaña proporcionalmente entre los candidatos blancos y negros, los negros y los «pardos» tuvieron un avance en la elección de alcaldes: 32% más que en 2016. En cuanto a las mujeres, el aumento fue de 11,7% de todos los alcaldes elegidos en 2016 a 12,1% en 2020. El desempeño, aunque está lejos de reflejar a la población brasileña (mayoría negra, «parda» y femenina), ya es un avance y podría representar una tendencia para las próximas elecciones.

Una encuesta realizada por el diario O Estado de S. Paulo muestra que candidatas que presentaron agendas LGBTI, feministas, antirracistas o de pueblos indígenas fueron elegidas en diferentes regiones de Brasil. Al menos 25 transexuales y travestis fueron elegidas concejales en diferentes municipios, uno de cuyos ejemplos es Erika Hilton (PSOL de San Pablo), la segunda concejala de izquierda más votada de la ciudad.

En Curitiba, Carol Dartora, del PT, fue elegida como la primera concejal negra de la ciudad. En Belo Horizonte, la profesora Duda Salabert (Partido Democrático Laborista, PDT), que es trans, tuvo récord de votos como candidata individual. En Belém, Bia Caminha (PT) salió de las urnas como la concejal más joven de la historia de la ciudad. A los 21 años, se define como una feminista negra y bisexual. Y este escenario se repite prácticamente en todas las capitales. Según los datos de la Asociación Nacional de Travestis y Transexuales (Antra), el aumento de la representación es el resultado de un número récord de candidaturas de este colectivo. Un estudio de la entidad muestra que este año se registraron 294 candidaturas, 25 de ellas elegidas, lo que supone un aumento de 212% en comparación con 2016.

Las candidaturas colectivas también tuvieron buenos resultados: solo en San Pablo hubo dos de naturaleza negra y periférica, como Quilombo Periférico y Bancada Feminista, y Juntas (una candidatura colectiva del MTST) quedó como primera suplente en el PSOL. En Río de Janeiro, el legado de Marielle Franco (una joven concejal del PSOL y activista de derechos humanos asesinada en 2018 por milicias de extrema derecha) también estuvo presente, a través de la victoria de las mujeres de su colectivo en la ciudad.

En Belo Horizonte, el número de mujeres concejales se ha triplicado. En Uberlândia (Minas Gerais), una joven negra fue la más votada de la ciudad. En Contagem (Minas Gerais) y Natal (Rio Grande do Norte), también fueron elegidas dos jóvenes del movimiento estudiantil: Moara Saboia y Brisa Bracchi, ambas del PT. Además, el estado de Roraima eligió por primera vez dos alcaldes y tres vicealcaldes indígenas. Un tercio de las ciudades de ese estado amazónico tenían candidatos indígenas a las alcaldías.

Los mayores índices de desaprobación a Bolsonaro se dan entre las mujeres y los jóvenes de entre 16 y 24 años, y estos grupos de la población están ahora –más que nunca– representados en los espacios de poder local. Aunque estas elecciones han fortalecido a una derecha tradicional y al centrão, no se puede dejar de ver como una victoria el debilitamiento de Bolsonaro y la perspectiva de reconstruir una izquierda de bases más amplias y unitarias, liderada por jóvenes, negros y mujeres con fuerza y capacidad para actualizar un programa democrático para los nuevos tiempos.

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Lunes, 16 Noviembre 2020 07:05

Buenas y malas

Buenas y malas

La buena noticia es que la derrota de Trump fue por una cifra récord de 78.7 millones de votos que entregaron el triunfo a su contrincante demócrata Joe Biden y su compañera de fórmula Kamala Harris (primera mujer y primera persona de color en obtener la vicepresidencia), frenando así por ahora –si es que el presidente finalmente acepta irse– el avance de un proyecto neofascista en Estados Unidos.

La mala noticia es que Trump obtuvo 73 millones de votos –el segundo total más alto jamás registrado para un candidato presidencial– incrementando en más de 9 millones su base electoral de hace cuatro años, a pesar de su promoción de una agenda populista de derecha con todos sus detalles racistas y xenófobos (aun así, elevó su numero de votantes latinos y afroestadunidenses, algunos sectores de mujeres y de la comunidad gay) y su manejo criminal de la pandemia.

Como muchos concluyen, se derrotó a Trump pero no al trumpismo y sus raíces y razones seguirán presentes.

No es que nada cambie. Por ejemplo, Biden ha prometido que de inmediato renovará la protección contra la deportación a los soñadores –inmigrantes que llegaron siendo menores de edad– afectando a unos 700 mil, en su mayoría mexicanos; reanudará la protección temporal para cientos de miles de inmigrantes y propondrá una reforma para legalizar a más de 11 millones de indocumentados, entre otras medidas. Más aún, ha prometido reingresar de inmediato al Acuerdo de París sobre cambio climatico y a la Organización Mundial de Salud, entre otras cosas. Son cambios limitados pero significativos, y los que han argumentado que Trump y Biden daban lo mismo para México y otros países latinoamericanos, tal vez deberían consultar tanto a sus paisanos aquí adentro como a los jóvenes de todo el mundo que temen por el futuro de su planeta.

Pero Biden no es ningún salvador, y los progresistas no se han olvidado de que es un político neoliberal con una larga carrera de 47 años como representante fiel del establishment. Vale repetir que para el amplio abanico de progresistas en Estado Unidos, esta elección nunca se trató de una contienda entre Biden y Trump, sino de una batalla para rescatar derechos básicos y otras conquistas sociales democráticas contra un asalto neofascista.

Biden hizo campaña esencialmente ofreciendo un "regreso a la normalidad", pero progresistas coinciden en que esa normalidad, producto de cuatro décadas de neoliberalismo bipartidista, fue justo lo que llevó a una crisis que culminó con el fenómeno de Trump.

Pero al mismo tiempo han florecido fuerzas progresistas que se han expresado a través de las campañas de Bernie Sanders y otros, como movimientos sociales masivos incluyendo los de por la justicia racial, inmigrantes, ambientalistas, antiarmas, de derechos indígenas, derechos de las mujeres, y más, que no sólo fueron fundamentales en la derrota de Trump en esta elección, sino que son la clave para el futuro del país.

El triunfo de Biden y Harris marca sólo el inicio de la próxima etapa de una lucha para la democratización de Estados Unidos, reiteran casi todas las fuerzas progresistas, las cuales ya han estado abordando que significa reconstruir un país donde amplias capas sociales han sido devastadas por el neoliberalismo (incluidas algunas que forman parte de la base de Trump). Saben que será sólo por sus esfuerzos de organización y movilización constante que se lograrán los cambios necesarios para democratizar a fondo este país. Esa es la buena noticia.

La mala noticia es que, si fracasan, advierten algunos, como el periodista Chris Hedges, podría regresar un régimen fascista cristiano más disciplinado que el de Trump, y por lo tanto más peligroso.

El país que pretende ser "faro de la democracia" para el mundo ahora necesita del resto del mundo para encender y mantener esa luz aquí adentro.

"Lo único que hicimos mal fue quedarnos en el desierto demasiado tiempo; lo único que hicimos bien fue el día que empezamos a luchar". Eyes on the Prize. Springsteen y Seeger Sessions.

https://open.spotify.com/track/ 6H58IiE3Pjg2V3CGTTYLFB?si= fx3OVHibRmyziBpqo4_HDQ


 Joe & Kamala: la agenda de Davos

Carlos Fazio

A casi dos semanas de los comicios, la distopía electoral estadunidense exhibe aristas propias de una "república bananera" y profundiza la crisis múltiple de la "democracia" liberal, anclada en un bipartidismo cuya dicotomía liberalismo vs. conservadurismo más que antagonizar se complementan y combinan para retroalimentar la cultura dominante y reproducir el consenso y, con ello, el sistema de dominación con sus estructuras y mecanismos.

Todo indica que Donald Trump y el nacional trumpismo, como producto de la descomposición del capitalismo y de la generación en sus entrañas del totalitarismo y el neofascismo, va de salida; que la retórica patriotera, populista, chovinista, nativista, machista, negacionista, racista y xenófoba apoyada en la cultura del miedo del matón de la Oficina Oval, ha sido derrotada.

Como definió el profesor Cornel West, la elección fue "entre el fascistoide de la Casa Blanca y el ala neoliberal del Partido Demócrata"; "entre el peor y el malo" (Atilio Borón dixit). El 20 de enero próximo Joe Biden y Kamala Harris llegarán al gobierno a hacer el control de daños; pero la naturaleza del sistema seguirá intacta. En virtud del pragmatismo que caracteriza la vida política en EU, ambos tratarán de aplicar correctivos y limar la herencia más extremista del prepotente y peligroso Trump. Pero no llegarán a cambiar el status quo, sino a reproducir la lógica del imperialismo, con su base clasista común –hoy más elitista y excluyente−, la de la plutocracia monopólica y financiera (la "guerra de clases" de Buffett, pero con esteroides), cuyo núcleo se resume en la esencia blanca, anglosajona y protestante( white, anglosaxon, protestant).

Como ha señalado Biden, dado que el mundo necesita un líder y EU debe retomar ese papel, su misión −con eje en un "credo" basado en estereotipos y mitos difundidos en el imaginario popular, como el de la Tierra prometida, el Destino manifiesto− será regenerar el sistema capitalista, monopolista-estatal, imperialista. Su mensaje ha sido Build back better (Volver a construir mejor), eufemismo para aplicar la agenda salvacionista del great reset y la "nueva normalidad" de Davos. Lo que augura un recrudecimiento de la diplomacia de guerra, consustancial al papel de EU como potencia hegemónica del capitalismo mundial, desafiado hoy por China en los campos de la producción y las comunicaciones de 5G, y del multilateralismo en Naciones Unidas.

A diferencia de Trump, quien pese a su fama de apocalíptico fue el único presidente de EU que no inició ninguna guerra en décadas, Biden sabe cómo hacerlo, ya que durante 40 años en los laberintos del poder en Washington −36 como senador y ocho como vicepresidente de Obama, quien lo apadrinó a la presidencia− fue cómplice, beneficiario o testigo de los jugosos contratos y concesiones ofrecidas a las corporaciones del complejo militar-industrial; uno de los arquitectos claves en la implementación del Plan Colombia en 1999 (con Clinton), que militarizó y paramilitarizó a la sociedad de ese país, con saldo de 7.4 millones de desplazados y la reconversión de los narcotraficantes en narcoterroristas después del 11 de septiembre de 2001, con Bush, para justificar el modelo de "guerra a las drogas" que luego se exportó a México durante el gobierno de Felipe Calderón; proporcionó cobertura política para la invasión a Irak de George W. Bush con eje en la fake news sobre las armas de destrucción masiva; después del crash de las hipotecas subprime de 2008 apoyó el salvataje concedido por el Tesoro a los banqueros corruptos; como vicepresidente del premio Nobel de la Paz, Obama, el "somnoliento" Joe (como lo llamó Trump) impulsó la doctrina de la "guerra preventiva" de Bush para desatar una gue-rra civil en Siria y un largo etcétera.

Amén de que con una renovada retórica propagandística de guerra fría, Biden calificó al gobierno de Putin como "sistema de cleptocracia autoritario" y llamó "matón" al presidente chino Xi Jinping. Y de que con Kamala Harris haya declarado que Venezuela y Cuba son "dictaduras", lo que augura la continuación de la política bipartidista de "cambio de régimen", misma que según Obama no funcionó durante 60 años con la isla.

Como lo demuestran los millonarios donativos para las campañas de Trump, (Mike) Pence, Biden y Harris, los partidos Demócrata y Republicano responden a los intereses de los grandes fondos de inversión y las corporaciones, lo cual −aunque representa a fracciones diferenciadas del gran capital− les imprime una similar identidad clasista. Ambos partidos son administradores del imperio. La polarización en EU no es entre ellos, sino refleja la contradicción antagónica básica del sistema capitalista: capital/trabajo; deriva de la desigual distribución de la riqueza, contradicción que en la coyuntura electoral los aparatos ideológicos y otros mecanismos de control y poder del Estado han ocultado, para imponer la ideología de la clase dominante.

La fórmula Biden-Harris fue acuñada por los intereses del complejo digital-financiero, por lo que el poder real seguirá en manos de BlackRock, Vanguard, State Street; los consorcios digitales (Big Tech) de los plutócratas del Silicon Valley: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft);las grandes compañías farmacéuticas y fundaciones privadas como Gates y Wellcome Trust. La agenda de Davos requiere al dúo Biden/Harris, no a los ahora disfuncionales Trump/Pence. Y con Larry Fink "asesorando" a la FED, a partir de enero Washington intentará una nueva "revolución"mundial; la instauración de una distopía planetaria sin precedente.

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Sábado, 31 Octubre 2020 06:20

Noticias desde la izquierda

Noticias desde la izquierda

En un mundo tan fragmentado como el actual, se antoja como algo impensable trazar cualquier tipo de generalización sobre las actitudes y posturas que han adoptado las diversas –y a veces contrapuestas– franjas de la izquierda frente a la crisis que ya lleva el signo inevitable de la pandemia del coronavirus. Enumero tan sólo algunos casos ostensibles.

En Chile, no obstante el largo estado de emergencia decretado por el gobierno de Sebastián Piñera, la cuantiosa coalición social y política que se conformó durante las movilizaciones previas al estallido de la emergencia sanitaria, logró finalmente su cometido: imponer el referéndum por una nueva Constitución y, sobre todo, ganarlo. Por lo pronto, Chile deja atrás el capítulo más oscuro y ominoso de su historia: no sólo la herencia amarga del pasado fraguado por Augusto Pinochet, sino el relato caníbal que hacía del pinochetismo la piedra de toque de la modernización del país. Cuando en realidad esa modernización, incluídas sus víctimas y desigualdades, fue obra de las fuerzas reunidas por el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. Cae con el referéndum no sólo es el manto que vindicaba a la dictadura, sino la legitimidad del modelo más supuestamente exitoso que el neoliberalismo encontró en América Latina. Lo esencial es que la izquierda chilena, con todas las diferencias que separan a sus agrupamientos, enfrentó a uno de los regímenes más represivos de los últimos años con la movilización social y la salida democrática.

En Bolivia, el Movimiento al Socialismo no cedió ante las tentaciones del golpismo de arrastrar a la nación hacia una espiral de violencia y polarización. Por más que Evo Morales Ayma cometió la pifia de pretender relegirse por cuarta vez, trece años de una administración que hizo crecer económicamente a Bolivia a un ritmo mayor que el de Chile, que consolidó organizaciones sociales, comunidades y gobiernos indígenas autónomos, que impulsó la educación y los sistemas de salud social, lograron sostener la cohesión de una resistencia civil y pacífica al golpe. El inobjetable triunfo electoral del MAS convalida la máxima de que una izquierda comprometida efectivamente con las prácticas democráticas es capaz de allanar un camino alternativo para el conjunto de la sociedad.

En la península ibérica, las noticias son disímbolas. En Portugal, la alianza gobernante desplegó una estrategia masiva de apoyo y protección a la tercera edad durante la pandemia, que redundó en un reducido número de defunciones y una política de efectivos estímulos a la economía. (Cabe señalar que en Uruguay una coalición de derecha logró resultados aún más espectaculares). En España, por el contrario, la coalición entre el PSOE y Podemos nunca logró emprender iniciativas equivalentes. Después de décadas de privatización de los sistemas de salud, las opciones públicas sanitarias están desechas. En Grecia, en cambio, las redes sociales del anarquismo, y en parte de Tziriza, que gobiernan la vida cotidiana de la mayor parte de sus ciudades, muestran que la sociedad puede erigirse como la protectora de la sociedad misma de una manera más eficiente que el Estado.

Por más que haya dañado la legitimidad de la izquierda en su conjunto, el socialismo burocrático (Zizek dixit) –China, Vietnam, Cuba y, cada vez más cerca, Venezuela– se reveló como el sistema social con la mayor capacidad para enfrentar un colapso económico y sanitario como el impuesto por el Covid-19. Uno podría fácilmente aducir el argumento de que se trata de órdenes tan coherentes y unísonamente autoritarias que el control de sus poblaciones resulta simplemente un corolario. Pero se requiere mucho más que un régimen autoritario para hacer frente a un desafío de esta envergadura: sistemas públicos de salud, formas horizontales de solidaridad, destinar recursos especiales para mantener la economía en marcha, adecuar al conjunto de la sociedad para evitar la desmovilización.

Siempre queda pendiente de revisión la formulación del filósofo Byung-Chul Han sobre la "hipótesis oriental". Las sociedades del Lejano Oriente contendrían formas de civilidad, cuidado mutuo y cooperación que simplemente no existen en Occidente. En rigor, el número de defunciones en Europa (si se toma como parámetro a la Comunidad Europea y no el sofisma de nación por nación) son ya mayores que en Estados Unidos. Ni hablar de América Latina. Lo que ya es evidente es que el Covid-19 es un virus occidental, es decir, un virus que prospera con mucha más facilidad en las formas de vida de Occidente. Todo el espectáculo actual de los estados de emergencia en las naciones europeas no hace más que afirmar la tesis de que se trata de un nuevo tipo de estado de excepción que poco tiene que ver con la pandemia.

Queda por último el kirchnerismo y su homólogo en México, el gobierno de Morena.

No se trata evidentemente de fuerzas de izquierda y, sin embargo, son coaliciones nacionales que parecerían adoptar algunas de sus políticas y, sobre todo, sus gestos. Ambas formaciones parecen haber empantanado a sus países guiadas por una visión del Estado y la sociedad simplemente inadecuada a las condiciones actuales. Basta con decir que el neopopulismo social y la izquierda resultan cada vez más incompatibles.

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Lunes, 24 Agosto 2020 05:51

Entreactos

Una familia de LNU Lightning Complex en Vacaville, California, perdió su casa en uno de los incendios más grandes que han afectado a la entidad.Foto Afp

En el intermedio entre los espectáculos de las convenciones nacionales del duopolio político nacional, la letra que tal vez mejor resume el momento es la del coro de Getting Better de los Beatles: "tengo que admitir que está mejorando, un poco mejor todo el tiempo (no podría empeorar más...)".

Cuatro días del show político demócrata la semana pasada ofrecieron el mosaico de Estados Unidos de sectores sociales, razas, etnias, diversas corrientes políticas, algo que no se verá en los próximos cuatro días de la Convención Nacional Republicana, donde habrá un mar blanco presidido por la familia Trump... debería llamarse la Convención Nacional Trump.

Los demócratas lograron, por ahora, proclamarse unidos no por un gran entusiasmo en torno a su abanderado Joe Biden, sino en su tarea de derrotar a quien es el presidente más peligroso en la historia moderna del país. Biden fue presentado una y otra vez como un hombre "decente" y "experimentado", en marcado contraste con el actual ocupante de la Casa Blanca. Al concluir la convención demócrata la impresión general era de que muchos se sintieron "un poco mejor"… ya que las cosas no podrían estar peor.

Y las cosas están espantosas. La república está sobre el precipicio del autoritarismo, dixit los demócratas y hasta la izquierda no alineada. Estados Unidos sigue como el país "avanzado" con más contagios y muertes por Covid-19 y una crisis económica aproximando las dimensiones de la Gran Depresión, un asalto oficial constante contra los derechos civiles y laborales y la promoción del odio racial, la persecución brutal de migrantes y un presidente que está abiertamente amenazando con un golpe de Estado si no gana la relección.

Mientras arde (más de 500 incendios en California), o se inunda (dos huracanes amenazando a Florida), o millones se enferman, o millones más pierden sus empleos y sus casas en este imperio, el emperador juega golf después de enviar tuits como el de ayer: "Feliz domingo. Queremos DIOS". Punto.

Algunos comentan que es así como se escucha el último grito de un orden moribundo, el último acto histérico por una facción de la cúpula que sabe que está ante el fin de esta fase del imperio donde la "frontera" estadunidense era el mundo, y por ello esas justificaciones oficiales de "seguridad nacional" para intervenciones y guerras en varias esquinas del planeta, bajo el mito de que Estados Unidos era el "país esencial" como promotor global de la "democracia" y "la libertad".

"Pero hoy día esa frontera se ha cerrado", argumenta el historiador premio Pulitzer Greg Grandin. Después de siglos de empujar esa frontera a través del dominio, primero territorial y después económico y militar a escala mundial, hoy ese mito ha dejado de existir. Con ello “donde la frontera (del poder estadunidense) antes simbolizaba un renacimiento perenne, el muro fronterizo de Donald Trump… ahora surge como una lápida sepulcral”.

Grandin argumentó el año pasado que con el fin del expansionismo ilimitado de Estados Unidos, aparecen dos corrientes políticas, el nativismo –cuyo representante es Trump– y alguna versión de la socialdemocracia, y pronosticó que las próximas generaciones enfrentarán una decisión entre "el barbarismo y el socialismo".

Biden, en su discurso final en la convención demócrata, recurrió a una cita de Ella Baker, figura heroica del movimiento de derechos civiles desde los años 30 hasta los 80, que dice que si das luz a las personas, ellas encontrarán el camino. Pero eso sí, no mencionó que esa nieta de esclavos declaró en otro discurso en 1974: "tú y yo no podemos ser libres en Estados Unidos o cualquier otro lugar donde existan el capitalismo y el imperialismo".

Por ahora, ante la posibilidad de que las cosas empeoren, a veces hay indicaciones de que las cosas están mejorando.

Estados Unidos está en los entreactos.

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Pese al manejo desastroso que ha hecho Trump de la pandemia del Covid-19, podría relegirse si crece el abstencionismo entre la llamada Generación Z. Foto Afp

Patti Waldmeir (PW), del rotativo globalista Financial Times (18/8/20), arguye que "a los votantes estadunidenses más jóvenes les desagrada la selección" entre Trump y Biden "quienes no consiguen inspirar a la Generación Z", lo cual "podría significar un mayor abstencionismo".

Según PW, los centennials (Generación Z) representan sólo 10 por ciento de los votantes, pero pueden significar la diferencia si la elección es más apretada de lo que sugieren las encuestas actuales.

Mucho más allá de las controvertidas encuestas que no consiguen escrutar los "votos silenciosos" a favor de Trump por no ser "políticamente correctos", sobre todo para la aplastante mayoría de los multimedia que abominan al presidente Nº 45, la elección se antoja muy reñida, conflictiva y fraudulenta, cuando Trump ha puesto en tela de juicio el sufragio de 51 millones de votos mediante el polémico cuan anacrónico correo USPS, carente de vigilancia: desde la transmisión hasta la recepción de la boleta, no se diga su renvío y su conteo.

De acuerdo a PW, los centennials "tendrían la llave para que EU elija a su presidente de mayor edad en su historia": Biden, quien tendría 78 años en noviembre. Define a la Generación Z en forma laxa: nacidos entre 1995 y 2010 y que no muestran mucho entusiasmo por votar.

Pew Research Center mezcla a sufragantes centennials y millennials: entre 18 a 29 años, quienes exhiben una preferencia similar de 10 por ciento con Trump y 11 por ciento por Biden ( https://pewrsr.ch/3l4Clx7 ).

Definitivamente EU padece la "encuestitis", cuya industria maneja enormes cantidades de dinero, ya que redirecciona a un gran sector de sufragantes "volátiles".

PW cita una "encuesta Harris", anterior a la convención del Partido Demócrata que se celebró en forma virtual en Milwaukee (Wisconsin), donde se vuelve a refrendar la proclividad, todavía mayor a la del año pasado ( https://bit.ly/3aTcEuU ), de que 59 por ciento (¡super-sic!) del rango entre 18 y 39 años prefiere "vivir en un país socialista (¡mega-sic!) que en uno capitalista, 9 por ciento mayor al año pasado", lo que puede alejar a los "centristas", a cuyo segmento pertenece Biden.

Esa es precisamente la grave fractura ideológica en el seno del "antidemocrático" Partido Demócrata que tuvo que operar un fraude para sacar de la jugada en Iowa al "socialista" Bernie Sanders, judío progresista e ídolo de los "jóvenes socialistas".

Justamente, la coalición del Partido Demócrata, a quien hoy unifica más su aversión a Trump que sus ideales y programas, se halla fracturado entre sus multimillonarios Bloomberg/Soros, al unísono de los jerarcas de Silicon Valley que apuestan por Kamala Harris –la ungida vicepresidenta casada con Douglas Emhoff: israelí de Brooklyn y abogado de la industria cinematográfica de Hollywood (https://bit.ly/2YpXS9P)– y el ala "izquierdista" notablemente antisionista del Squad, encabezada por la millennial Alexandria Ocasio-Cortez.

Mucho se comenta que en la elección anterior la apatía de los millennials, agraviados por el fraude interno en Iowa, perjudicó a Hillary y favoreció a Trump.

Cabe señalar que los millennials han sido flagelados por "una segunda crisis financiera debido a las consecuencias económicas de la pandemia del Covid-19" cuando se encuentran muy endeudados (https://on.wsj.com/3hj86QP). A los millennials se les dificulta más que a sus generaciones previas iniciar una carrera y conseguir su independencia financiera cuando ostentan una tasa de desempleo de 12.5 por ciento mayor a sus antecesores.

¿Saldrán de su apatía, los hoy confinados centennials y millennials, para votar por correo, lo cual favorecería quizás a Biden?

No sólo los votos de los centennials "podrían detentar el equilibrio del poder en esta elección", sino que, también, a mi juicio, a mayor abstencionismo de los centennials (Generación Z) existirá una mayor probabilidad de que pueda relegirse Trump, pese a su manejo desastroso de la pandemia del Covid-19, pero a quien le beneficia el alza antigravitatoria de la bolsa de valores de Wall Street. El abstencionismo beneficia a Trump.

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