Martes, 15 Junio 2010 06:59

Verde verde. Centro centro

Concluye lánguidamente la coyuntura electoral, y de alguna manera en forma anticipada si miramos sus resultados ya cantados.

Todo era promisorio desde el 26 de febrero cuando la Corte Constitucional cerró el paso a la perpetuación en persona de Alvaro Uribe en la presidencia de Colombia, pero estamos llegando al final infeliz de escoger entre dos modalidades de continuismo: el declarado de Uribe en cuerpo ajeno, y el del neoliberalismo antipolítico y decente.

Va pasando la “calentura” y regresan las aguas a sus cauces de antes del 26 de febrero; la polarización entre una izquierda democrática minúscula y un establecimiento prepotente con nueva cara y mejor apellido en la casa presidencial. Por un lado el uribe-santismo fortalecido cuantitativamente con sus aliados tradicionales, y por el otro, el Polo y lo que quede del partido Liberal, en el mejor de los casos acompañados de los sectores más independientes de la sociedad civil: parte del periodismo investigativo y de opinión, otra parte aún más pequeña de la academia, algunos sectores de la justicia, algunas minorías culturales, defensores de derechos humanos y organizaciones de lucha contra la pobreza.

La política colombiana se ha vuelto trágicamente previsible. Es como si se hubiera escapado a la Ciencia Social y se burlara de quienes tratamos de interpretarla a diario buscando sus desajustes, sus esguinces y sus novedades en cada coyuntura. Aquí estamos pues de nuevo, en la polarización, en la continuidad del presidente más polarizante que ha tenido Colombia después de Laureano Gómez, y la continuidad también de una oposición golpeada con todas las armas posibles siempre al borde de su desaparición, cuando no desaparecida de verdad y luego resucitada.

Hablar de polarización remite a dos cuestiones básicas: a la estructura socioeconómica y sus indicadores, y a la estructura política con sus expresiones partidistas; dos asuntos que a muy pocos les gusta relacionar, y al no hacerlo contribuyen tanto a la confusión como a no pocas frustraciones colectivas.

En busca de la clase media

En lo social, Colombia es un país fuertemente polarizado por donde se le mire. Es la sociedad nacional más desigual o inequitativa de América Latina y la de mayor índice de desempleo, con cerca de cinco millones de desplazados y altísimos índices de pobreza e indigencia; la concentración del ingreso es una de las más altas del mundo. Todo lo anterior nos conduce a la pregunta por las “clases medias” en Colombia; la pregunta por su existencia, su dinámica y sus tránsitos, para luego pisar los terrenos de sus expresiones políticas y partidistas.

Durante la existencia del incipiente estado de bienestar colombiano, convengamos que hasta la década de los 70s, fungieron como clases medias en nuestro país los profesionales, los empleados del sector de los servicios, bancarios, educativos, de la salud, etc., los pequeños comerciantes, artesanos, pequeños industriales y mandos medios de la industria. Todos estos sectores, a partir de complejos procesos de política económica, han sido despojados de sus privilegios y hoy son damnificados de un aparato económico fuertemente informalizado que quebró sus relaciones laborales y sus lazos de integración con los grandes capitales del país. La casi totalidad de esas fuerzas sociales subsisten ahora como contratistas asimétricas frente a verdaderos pulpos del capital globalizado. Muchos han tenido que correr a afiliarse al Sisben y han hecho así inviable el neoliberal sistema nacional de salud. Su pauperización es generalizada!

No podemos seguir hablando alegremente de clases medias en Colombia, o que nos expliquen en la mitad de qué es que están, o entre quiénes es que pueden mediar esas clases. El centro social ha desaparecido prácticamente en este país. Dejó de desarrollarse y al contrario, tiende a cero el desarrollo de esas fuerzas sociales que en otras sociedades garantizan los equilibrios políticos, las estabilidades y la tramitación democrática de los grandes conflictos. En tanto el centro social es un vacío, el centro político es “una casa en el aire” donde solo habita la Antipolítica.

¿Y el centro?

Una cosa son las democracias europeas, donde los centrismos tienen bases sociales importantes que en alguna medida sustentan la estabilidad y la alternación en el poder; y otra bien distinta sociedades como la nuestra, donde la voracidad de sus clases dirigentes ha desmontado las bases materiales del equilibrio político para perpetuar privilegios cada vez más ilegítimos.

La erradicación de esas bases materiales ha sido al mismo tiempo la erradicación del centro político como opción de poder en Colombia. Las “opciones centro”, el “centro-centro” y el “centro profundo” que soplan sobre la política Colombiana cada vez que tenemos elecciones a la vista, han sido y son alternativas que terminan girando alrededor de los nuevos modales que se proponen para el establecimiento. Eso han sido, para aterrizar esta hipótesis, los dos gobiernos de Mockus en Bogotá y el de Fajardo en Medellín.

El Centro político en Colombia, hoy encasillado en la antipolítica Mockus-fajardista y el neoliberalismo peñalosista, no se ha atrevido a reivindicar los privilegios perdidos de las clases medias colombianas, es decir, se niega a representar al Centro social porque si lo hace, queda atrapado por el programa del Polo Democrático. A cambio de correr ese riesgo, nuestros centristas verdes, principalmente durante el último mes al verse obligados a ser explícitos, han declarado que el discurso de la equidad social tiende a justificar la violencia, que la salud y la educación no tienen que ser derechos fundamentales, rechazaron formular una nueva política internacional basada en la soberanía nacional, y como si algo les quedara faltando, aclararon que ellos no serán un partido de oposición, que simplemente apoyarán la continuidad de lo bueno y criticarán lo malo del antecesor, es decir el “ni uribismo ni antiuribismo” ya conocido de Fajardo.

El Centro en Colombia, solo puede existir como retórica para producir fenómenos electorales, así haya sido utilizada por nuestros bien intencionados exalcaldes, además alcanzando una votación mayoritariamente juvenil que envidian la izquierda y los partidos tradicionales.

Centro quiere decir comodín, o más bien estación de paso de todos aquellos que transitan de un lado al otro del espectro político.

Ahora: parece haber entonces, un secreto en los muy buenos resultados electorales del Centro, que en principio convocaba contra la trampa y la cultura del atajo enquistada en el uribismo, pero que se deslizó al final hacia la generalización maniquea de todo lo político como sujeto de corrupción.

Otra hipótesis es que ese secreto del éxito verde se llama Antipolítica, una práctica que empieza por “rebelarse” contra la correspondencia entre los discursos y los intereses, entre economía y política, entre formaciones partidistas y clases sociales, entre la lucha política y la estructura social. Proclamando la identidad maniquea entre corrupción y política trata de resolver su dilema huyendo de todo lenguaje que suponga conflicto, para refugiarse en los gestos y los símbolos, entre los cuales se prefieren los más simples y efectistas, los más aptos para consumidores despolitizados del video.

Su aspiración es a una política visual, liberada de complicaciones racionales ni preguntas alusivas a la crudeza de las materialidades sociales. La pregunta por su propia representación social sería perturbadora; interrogar su política de acuerdos y alianzas es una indiscreción; consultar si entrarán a la “unidad nacional” o harán oposición, es una necedad.

La anti, novedad continuista

La antipolítica es una expresión ideológica del liberalismo “neo” que después de la caída del muro de Berlín proclamó la victoria de su “pensamiento único” y la sepultura eterna y simultánea de la historia, las ideologías y las utopías. De tal suerte que su única verdad es el mercado, y en tanto la política no lo interprete o no sea su copia auténtica, debe también entrar al museo.

La Antipolítica en Colombia no se reduce a la simbología unas veces grotesca y otras veces confusa de Mockus; también hace parte de su baúl ese purismo ingenuo del que no se entiende con el otro para no perder la identidad, que nos retrae al sectarismo mesiánico de la vieja izquierda conspirativa de los años 60-70s, y que puede llevar a la cuestionada estrategia de convocar militancias ajenas al tiempo que se desprecian las “maquinarias” que las representan; todo bajo la tesis de las “alianzas ciudadanas”.

La Antipolítica además, es un boquete abierto en el estado a través del cual se introducen no unicamente exalcaldes exitosos. Ojalá así fuera. También entran, especialmente a los cuerpos legislativos, personajes de éxito en la televisión, el deporte y otros campos de la vida social muy poco vinculados con la gestión del interés público y de la sociedad en su conjunto.

La ola y el partido Verde podrían subsistir obviamente. Nadie les puede fabricar su lápida aún, mucho menos si hacen un giro a la izquierda o terminan el que ya iniciaron a la derecha; deberán precisar eso sí, su representación social y además, “reverdecerse” de verdad, ya que en esta campaña electoral nos dejaron esperando sus planteamientos y proyectos sobre la crisis ambiental del país, sobre la recuperación de sus ecosistemas estratégicos, los estragos ambientales de la minería industrializada, el destaponamiento del Darién, la sostenibilidad de nuestro desarrollo y un largo etcétera que en cualquier parte del expectro que se ubiquen, por lo menos les aportarían identidad y proyecto político.

De tal suerte que los Verdes no son todavía algo novedoso en la política colombiana. Aunque más desapercibidos, ya habíamos tenido Centrismo y Antipolítica en pasadas coyunturas electorales. Nuestra política tiende de nuevo a cerrarse en su propia “guerra fría” interna, ojalá no sea por otro largo cuatrenio.


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El pasado 10 de marzo se realizó en la Universidad Javeriana de Bogotá, un foro para discutir sobre la reelección del presidente Uribe en 2010. Un tema que los medios de comunicación quieren imponer en el ambiente social colombiano, pese a la urgencia de confrontar ideas ante la crisis económica mundial, las opciones para América Latina y el papel que deberá jugasr Colombia.

Al evento, organizado por una organización denominada “Revel”, fueron invitados los senadores Marta Lucía Ramírez, del Partido de la U; Rodrigo Lara Restrepo, de Cambio Radical; y Jaime Dussán, del Polo Democrático; además del representante Roy Barreras, de Cambio Radical; el ex precandidato a la Presidencia Rodrigo Rivera, del Partido Liberal; el periodista español Jorge Rabago, miembro del Partido Popular de su país, y el asesor presidencial José Obdulio Gaviria. Solamente este último dejó de asistir, ¡vaya alguien a saber por qué!

El evento, programado para las 8 de la mañana, desde muy temprano despertó el interés del público, en especial universitario, pues la fundación organizadora está conformada por miembros de distintos centros privados de educación. Más cerca de las 8 fueron llegando los asistentes más adultos, los panelistas invitados y los periodistas.

El auditorio Luis Carlos Galán, con lleno total, se alistaba para presenciar un debate democrático que seguramente, pretendiendo reflejar los resultados reales o amañados de las encuestas, contaba con un 85 por ciento de panelistas que son simpatizantes del gobierno Uribe, con un Jaime Dussán en representación del porcentaje restante. En ese momento no era muy claro el sentimiento político del auditorio, pero por los panelistas uno podía suponer que los más interesados serían los oficialistas; sin embargo, aún no era el momento de cálculos significativos. Luego de esperar por mucho tiempo a Roy Barreras y al asesor José Obdulio, el moderador procedió a comenzar el evento sin la totalidad de los invitados. Todo empezó como suele empezar ese tipo de cosas, con himnos e intervenciones que simplemente le dan una formalidad de la que la gente poco se percata.

En concordancia con los motivos de la convocatoria, se le dio la palabra a Rodrigo Rivera, quien en un discurso muy bélico habló de buscar la paz “a través de bombas atómicas populares por parte de los colombianos contra el terrorismo”, de su ya conocida propuesta de hacer de la ‘seguridad democrática’ una “política de Estado”. La solución política y negociada del conflicto armado en el ex senador Rivera es nula, pues, pese a los logros que, según él, ha dado la política guerrerista de Álvaro Uribe, no es factible negociar con una insurgencia “tan debilitada”. Para Rivera, el próximo presidente de Colombia no puede ser un “manoblandita” (retomando el término, sin rubor alguno, del ahora héroe suyo), celebra la extradición de los jefes paramilitares sin mencionar a las víctimas y pide más golpes “a todo tipo de criminales”. Dijo que la reelección de Uribe, de darse, no será por razones jurídicas ni políticas sino por mero “instinto de conservación”. Rodrigo Rivera nunca aclaró dónde estuvo el cambio en el ambiente político que lo ha llevado, en tres años, de hacer campaña contra la reelección del Presidente, y en pro de su propia elección, a estar hoy alzando muy fuerte las banderas del uribismo. ¿Involución pudiera llamarse este paso?

El siguiente en tomar la palabra fue Jaime Dussán, representante de la oposición en este foro tan ‘plural’. Dussán criticó fuertemente la estrategia política de Álvaro Uribe para aprobar la posibilidad de ser reelegido en 2010. Instigó la idea de constantes reformas a la Constitución, como lo hacen “Uribe y Chávez para hacerse reelegir”; señaló que el presidente Uribe nunca hubiera llamado a la oposición para juntos tratar de encontrar el camino hacia la paz, y mostró dos puntos estratégicos del Presidente para aprobar el “articulito” que le permita aspirar a una segunda reelección: por un lado, la aprobación a toda costa del referendo en el Congreso y, por otro, la aprobación de la reelección de alcaldes y gobernadores. Aseguró que Uribe quiere “hacerse el imprescindible”, mostrando como candidatos de su bancada a candidatos viejos o muy jóvenes que fortalecen “su imagen de imprescindible”. Criticó la fuerte crisis institucional que se agudiza cada día aupada por la reelección y el peligro que corre la división de poderes en Colombia.

Luego era el turno de la madre de la ‘seguridad democrática’, la senadora Martha Lucía Ramírez, quien ganó algunos minutos haciendo ostentación de su espíritu javeriano, saludando a la comunidad de su alma máter, a los estudiantes universitarios en general, a sus profesores, etcétera. Recordó que los colombianos no tienen necesidad de volver a “tomar decisiones políticas por temor” y que “la guerrilla está derrotada, al igual que el paramilitarismo”, sin tener en cuenta, por supuesto, las denuncias provenientes de todas partes frente al crecimiento de las llamadas bandas “emergentes” de paramilitares. Se ufanó de que en el país hay pluralismo político, aunque se le olvidó que el organismo que controla a la rama judicial y la oposición es el DAS. Ramírez cree en la continuidad de las ideas y en que las cosas no funcionaron antes en el país porque nunca hubo continuidad, omitiendo, por ejemplo, la hegemonía conservadora que gobernó entre 1887 y 1930, o la liberal, que lo hizo entre 1930 y 1946, entre otros muchos ejemplos. De pronto, para ella, la continuidad de las ideas es simplemente la continuidad de una persona en el poder. Pero al menos Martha Lucía reconoció que la falta de oportunidades sí es el sustento del conflicto armado y habló de políticas para solucionar tal problemática. Señala la “imprescindibilidad de Uribe”, ya que es quien se necesitaba para “frenar a la insurgencia”. No fija una decisión clara frente a la reelección, pues dice que, si los colombianos quieren reelección, sigue la ‘seguridad democrática’ por Uribe y, si no, por interpuesta persona, pero no contempla interrupciones en esa política.

Quien seguía a Ramírez era el senador Rodrigo Lara Restrepo, quien empezó hablando en un tono muy violento, pero no en el sentido guerrerista del oficialismo sino en el sentido de los argumentos jurídicos de algunos dignos representantes de quienes las encuestas han relegado al 15 por ciento. Para Lara, la discusión sobre la reelección no debe girar en torno a la ‘seguridad democrática’ y sus logros sino frente a la democracia en Colombia, y el respeto a las instituciones y al imperio de la ley. Para él, el pueblo colombiano es “inteligente y no dependerá de una sola persona para garantizar la seguridad”. Comparte con su colega Dussán su miedo por la amenaza a la división de poderes en el marco de una eventual reelección presidencial. Para él, “es demagógico acudir al pueblo para legitimarse” y, como Dussán cree que los “tiranos como Chávez” son quienes acuden constantemente a referendos, que desde su punto de vista sólo “agudizan la polarización y agravan las crisis sociales”, considerando eso como otro reflejo del irrespeto a las leyes. Señala que el buen gobernante es “quien respeta las leyes y no el líder providencial que hace buenas leyes”, en un tono irónico respecto al mesianismo creado alrededor de la figura de Uribe. Como argumento mayor, dice que es claro que el pueblo no quiere reelección, pues ésta, según la última encuesta, sólo tiene respaldo del 45 por ciento de los colombianos, aunque “los medios la manipularon y la mostraron como del 80”. Finalizó diciendo que estas figuras de “líderes providenciales” desacreditan el debate público a través de las encuestas.
Luego tendría la palabra el representante Roy Barreras, quien arrancó defendiendo el referendo como derecho del pueblo, ignorando la intervención del senador Lara sobre el reflejo en las encuestas de la voluntad nacional. Afirmó que el Congreso no es la representación de la voluntad del pueblo, por lo cual “la reelección es una decisión que debe ser tomada por el pueblo”. Señaló que los colombianos sí saben decidir y, por eso, en un referendo tomarán la mejor decisión. Sin embargo, señaló que lo único que resta, y como tarea de todos, es “reequilibrar la división de poderes”.

Finalmente, era el turno del español Rabago, quien en una intervención muy breve dijo que él respeta la coyuntura colombiana y que lo único que puede decir es que en España, por tradición, en cada campaña los ciudadanos deciden si reelegir o no. Sin embargo, desde su consideración, Colombia ya le dijo sí a la reelección. Sin duda, fue una intervención en la que la gente no entendió el sentido invitar a este personaje.

Finalizadas las intervenciones, se abrió una ronda de preguntas algo desordenada y en la cual tuvieron la palabra solamente los javerianos, una extraña coincidencia. Sin embargo, probablemente con un mal cálculo, las encuestas se voltearon y de repente las preguntas dirigidas en su mayoría a Rodrigo Rivera y a Martha Lucía Ramírez eran verdaderos dardos contra la ‘seguridad democrática’. Uno que otro disparo contra Rodrigo Lara y Jaime Dussán, controlado por el resto del público cuando, al final de cada respuesta, aplazaban las preguntas con prolongados aplausos. Inadvertido pasó Roy Barreras, quien sólo recibió una pregunta y eso que fue una de esas generales, y usó su intervención para atacar al Polo y su decisión del pasado Congreso de ratificar a Carlos Gaviria en la presidencia del PDA, a lo cual Dussán respondió que Gaviria la había tomado “sólo por tres meses”, y que va a ser lanzado a la precandidatura presidencial luego de ese período, a lo cual el público respondió con más aplausos prolongados. Desde ahí, Barreras poco y nada se vio.

Las intervenciones no tuvieron mucho de novedoso. En la de Rodrigo Lara, lo sorprendente no fue el contenido sino la persona, pues del vocero de Cambio Radical en el Senado nadie hubiera esperado críticas de ese calibre para el gobierno del presidente Uribe, lo que sorprendió a la concurrencia.
Muchas dudas quedaron al respecto, pues no todos fueron claros al responder la pregunta clave, ya que, por un lado, el temor a los argumentos mostrado por el periodista español, y, por otro, las aspiraciones políticas de Ramírez y Rivera, los coartaron para hablar con cierta libertad. Ese cálculo político les restó franqueza para responderles a los asistentes y sustentar con argumentos desde una postura guerrerista, como lo hizo Barreras, quien dio un sí radical; desde una postura política, como Dussán, quien dio un no rotundo; o desde una postura jurídica al estilo de Lara, quien lanzó un no profundísimo.

El evento terminó con la lagartería de siempre, con caras bajas en Rodrigo Rivera, Roy Barreras y Martha Lucía Ramírez, con un buen semblante en Dussán y Lara, y con un español que ratificó haber sido invitado sólo por su carné del Partido Popular. En fin, los javerianos como que dejaron ver el lado crítico de su formación jesuítica.

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“Retornamos a nuestras regiones pero no nos vamos”. Así lo enfatizó Aída Quinqué, Consejera Mayor de Tierradentro y representante del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric). La frase fue pronunciado el domingo 23 de noviembre, en horas de la tarde, al momento de socializar los resultados de la reunión sostenida el sábado 22 con los representantes gubernamentales, en la cual el NO oficial fue la constante. El informe no pudo dibujar de manera más meridiana la voluntad política y el carácter del actual gobierno, obstinado en desconocer los derechos indígenas y los acuerdos firmados con representantes estatales en los últimos 17 años.

No a desistir del TLC. No a revisar las leyes rurales, de aguas y minera. No a la aprobación de la Convención de los pueblos indígenas firmada por la mayoría de países  miembros de Naciones Unidas. Así trascurrieron las 11 horas de debate en el recinto del Congreso de la República. No pudo obviarse, en el debate, desde luego, lo sucedido en el Resguardo La María, Piendamó, entre el 14 y 15 de octubre, días durante los cuales fue asesinado por tiro de fusil un comunero y heridos, por explosiones y tiros recalzados, no menos de otros 150 indígenas. La nota sobresaliente de esta parte del debate provino del coordinador de la Guardia Indígenas, que ante la crítica del Ministro de Defensa por el castigo –según el tortura- proferido contra un soldado infiltrado en La Minga, respondió: “Si, nos equivocamos en ese castigo pues al que se debiera de latigar es a usted”. 

Para negarse a cumplir con las demandas de los pueblos indígenas, que ahora ganan más y más simpatía nacional, el gobierno se valío de estratagemas jurídicas que realzan la seguridad democrática, la recuperación de la confianza inversionista y, que dejan en último lugar la inversión social, lo que impide a todas luces la sola posibilidad de diálogo sobre aspectos de beneficio común, así como dar cumplimiento a los acuerdos firmados de vieja data con diversidad de comunidades indígenas.

Razón más que suficiente para que La Minga continúe, no sólo como mecanismo para concretar los cinco puntos que le dieron origen y la dinamizan, sino además, y esto como factor fundamental, como estrategia y metodología para integrar los movimientos sociales colombianos, dotándolos de un referente de poder. La decisión de instalar el Congreso de los Pueblos, el próximo 12 de octubre, así lo confirma.

El regreso

Este lunes 24 partirán para sus regiones los más de 10.000 indígenas que con espíritu aguerrido emprendieron este largo viaje desde hace más de 20 días, caminando la palabra por distintas regiones del país y enseñándole a los citadinos que los indígenas no son como los pintan, indicándoles con total vitalidad que contra la injusticia y el mal gobierno el camino no puede ser el conformismo, sino la unidad y las resistencia civil de todo el pueblo colombiano.

Ayer domingo 23 partieron para sus regiones las comitivas del Tolima y Risaralda. Los viajantes desbordaban felicidad, las bocinas de la chivas sonaban a rabiar, mientras un ritual de manos en alto agradecían y proyectaban seguridad de triunfo para las luchas sociales. Una Minga que sintetiza, en su etapa inicial, el trasegar de la palabra. Y su desarrollo – proyección cuando los indígenas y sectores sociales del país entero comiencen a darle forma a una perspectiva de legislación de los pueblos.

Queda pendiente la evaluación colectiva de este ejercicio de resistencia. Por lo pronto algunos detalles, como los resumidos por Feliciano Valencia, Representante Cric, y vocero de La Minga, “muchos no conocían Bogotá. Para ellos esto es un sueño hecho realidad. Tomamos la decisión desde un comienzo de estar en la Universidad Nacional porque es el centro de pensamiento del país. Pero, quién lo iba a pensar, nosotros con esta Minga ya hemos estado en varias universidades: pasamos por la del Valle, luego por la del Quindio, Cundinamarca y ahora La Nacional. Y ha sido muy bonito, porque nosotros hemos aprendido de los estudiantes y ellos han aprendido de nosotros, esto es un intercambio de culturas. La Minga es una Universidad”.

Este lunes 24 se llevará a cabo una rueda de prensa, la entrega oficial de la Univesidad a sus autoridades y estudiantes y un mitín frente a la embajada de los Estados Unidos, con el cual los comuneros dejarán en claro su posición frente a la posiblidad de un TLC con ese país, al igual que con respecto a otros países, como Canadá y los mismos europeos, los cuales no hacen más que concretar beneficios para las multinacionales en Colombia. Acto que pretende ir al fondo “ir a la causa de la enfermedad. Tenemos que curar esa causa para no seguir enfermos y por eso tenemos que llegar a esos países, pues son ellos los que han generado este conflicto social, con su cultura de individualismo y consumo”, agregó Feliciano Valencia.

Por: Julián Carreño

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