“El Ejército en tareas de seguridad interna fue funcional al crimen organizado”

La investigadora centra su análisis en las pandillas y en la criminalización de los jóvenes pobres. “Mirar El Salvador sirve para entender lo que no hay que hacer en políticas de seguridad”, dice sobre un proceso que tuvo como uno de los pilares la participación de los militares.

 

Pese a la resistencia social y política a una inminente militarización de la seguridad interior, el gobierno nacional de Mauricio Macri defendió una vez más la reforma de las Fuerzas Armadas impulsada por el decreto 638/18, violatorio de la legislación vigente, al reivindicar la importancia de que los militares colaboren con la seguridad interior. Aunque anclado en un pasado distinto –una guerra civil que duró más de diez años–, también en El Salvador el proceso de militarización agravó los niveles de violencia existente al tiempo que la participación del Ejército en tareas de seguridad interna fue funcional al crimen organizado, afirma Amparo Marroquín Parducci, profesora de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. En la base social, las pandillas cambiaron su composición y afinaron sus prácticas delictivas. A nivel político, gobiernos de diverso tinte ideológico impulsaron políticas de seguridad de tolerancia cero y conminaron a los jóvenes a abandonar los barrios y pasar a la clandestinidad. Los medios de comunicación tuvieron un rol clave: “antes de que la violencia alcanzara esos niveles, ya habían construido al gran monstruo”, concluye la investigadora salvadoreña.
–¿En qué situación se encuentra actualmente el conflicto entre pandillas en El Salvador?

–Mirar El Salvador sirve para entender lo que no hay que hacer en políticas de seguridad. “Vean lo que nos pasó, no repitan esa estrategia”, sería el mensaje. Tanto los gobiernos de izquierda como los de derecha han apostado de manera sistemática a medidas de seguridad de tolerancia cero; lo único que lograron es aumentar la violencia. Las pandillas son grupos juveniles de los barrios, que nacieron en la década de los ‘80 en El Salvador, durante el conflicto armado. Cuando finalizó la guerra civil y se firmaron los acuerdos de paz sufrieron una transformación.


–¿En qué consiste esa transformación?


–En ese momento, mucha gente volvió a El Salvador y también hubo una primera ola de deportaciones desde Estados Unidos, entre estos deportados había algunos pandilleros que habían construido su práctica allá. Las organizaciones se mezclaron entre sí, entre los años ‘90 y los 2000, otros grupos barriales desaparecieron y se consolidaron dos pandillas que habían nacido en Estados Unidos: La Mara Salvatrucha y El Barrio 18. Una vez que esas dos pandillas tomaron protagonismo, las políticas de mano dura provocaron que los chicos dejaran los barrios y se clandestinizaran. Eso complicó la situación: en los últimos años, las prácticas de la violencia dentro de las pandillas se afinaron cada vez más, con la consecuente degradación del tejido social que se traduce en un incremento de homicidios y amenazas a la seguridad en los barrios.


–¿Qué formas concretas toman las amenazas a la seguridad en los barrios?


–Uno de los modos de extorsionar a las personas es pedir una cantidad de dinero mensual, cuando las personas ya no pueden pagar se tienen que mover del lugar. En el año 2009, la izquierda llegó al poder y el presidente Mauricio Funes decidió construir un espacio de negociación, que posteriormente se conoció como “La Tregua”. Para mí, el mayor problema de esa negociación es que no se hizo de manera abierta y de cara a la sociedad. Se prometió a los pandilleros cosas que no son las mejores, como aminorar el tipo de castigo en las cárceles de máxima seguridad y otra serie de prerrogativas que terminaron generando malestar entre los pandilleros que no estaban en las cárceles y, por supuesto, con la población salvadoreña.


–¿Qué consecuencias trajo ese malestar?


–En lugar de debilitar la fuerza de las pandillas, esa tregua produjo nuevas escisiones entre las pandillas. Los que están en las cárceles perdieron su liderazgo y se produjo una atomización muy particular. Considero que la única salida posible ahora sería un proceso de negociación de cara a la sociedad.


–¿Qué características distintivas habría tenido una negociación de cara a la sociedad?


–Una tregua es simplemente un cese momentáneo del enfrentamiento violento. Una negociación donde la sociedad intervenga no debería ser un cese momentáneo de la violencia. La tregua es: yo necesito que me bajes la cantidad de homicidio porque eso me está jodiendo, entonces bájamelos y yo te doy algo... y después veremos qué hacer. La negociación implica una estrategia a largo plazo: un proceso de reincorporación de los jóvenes y generación de puestos de trabajo, implica buscar otros medios de subsistencia que no sean la pandilla misma. Una negociación requiere, además, procesos claros en los que los líderes que hayan cometido crímenes contra la sociedad se sometan a juicio; son los elementos de base de una negociación con cualquier otro actor que esté por fuera de los procesos legales de un gobierno. La tregua termina dando un respiro en el cual las dos partes se rearman y el enfrentamiento continúa de una manera más violenta.


–En forma paralela a esta tregua, se aprovecharon los altos niveles de enfrentamiento y violencia para impulsar una política crecientemente punitiva.


–Antes de que la violencia alcanzara esos niveles, los medios de comunicación ya habían construido al gran monstruo. La sociedad salvadoreña siempre ha necesitado un otro a quien culpar de lo que las mismas élites no hacen. Las élites, los dirigentes políticos de izquierda y de derecha, no se han preocupado por construir un país; entonces es muy cómodo tener a quien echarle la culpa de que el asunto no funcione. Primero, el culpable del problema del desarrollo fue el indígena, posteriormente se echó la culpa a los comunistas y a los estudiantes revoltosos, durante la guerra civil fue por culpa de la guerrilla salvadoreña... y cuando se firmaron los acuerdos de paz, se quedaron sin nadie a quien culpar. Es allí donde quizá algún creativo del marketing político inventó a los nuevos culpables: los pandilleros.


–¿Qué hay detrás de crear al nuevo responsable/culpable de que la sociedad no avance?


–En El Salvador tenemos un capitalismo neoliberal muy voraz, extractivista, que le apostó a la tercerización de la economía y debilitó profundamente la agricultura. El Salvador es, además, una economía dolarizada.


–¿Qué sector o sectores son responsables del crimen organizado en El Salvador?


–Muchos sectores. La diferencia con otro tipo de lógicas violentas es que el crimen organizado debe tener complicidad del Estado. El Salvador es fundamentalmente una zona de paso, como lo es Centroamérica en general: la droga que viene del Sur hacia los Estados Unidos pasa por allí. Entonces, la pelea mayor es el control de los territorios y las rutas. Ahora, ¿eso lo hacen las pandillas? Depende, algunas sí, otras se dedican a otro tipo de negocios criminales (tráfico de armas, extorsión, narcomenudeo, etc.).


–¿Qué implicancias sociales tiene el proceso de militarización en El Salvador, frente a un enemigo definido como “omnipresente”, y cuán legal es esa intervención de las fuerzas armadas en las políticas de seguridad?


–El proceso de militarización empieza con las políticas de mano dura. Con los acuerdos de paz en El Salvador –proceso que culminó en 1992–, parte de las discusiones consistieron en desmantelar algunas instancias coercitivas que habían sido violatorias de los derechos humanos, habían cometido desapariciones, torturas y asesinatos. Desaparecieron algunas estructuras y se crearon otras que garantizaran la seguridad, como la Policía Nacional Civil, al tiempo que el Ejército dejó de estar vinculado a tareas de seguridad. Pero los niveles de violencia empezaron a aumentar y en 2001 resurgió la política de mano dura.


–¿En qué consistió esa política de mano dura?


–Es una política de tolerancia cero a la delincuencia y de régimen de excepción. Con el argumento de que con los efectivos de la Policía Nacional Civil no era suficiente para cubrir todo el territorio, se pidió la excepcionalidad para que el Ejército saliera a las calles e hiciera tareas de apoyo. Independientemente de la historia que se ha vivido, en El Salvador la autoridad militar tiene legitimidad en la visión popular: se cree que con el Ejército estaremos más seguros. Los medios de comunicación también juegan un papel importante en la construcción de esa imagen del militar como una institución que verdaderamente nos puede salvar, que es incorruptible. En los últimos ochos años, la remilitarización ha sido mucho mayor. El agravante de la militarización es que el Ejército, al igual que otras estructuras del Estado, se infiltra y termina sirviendo al crimen organizado.


–¿En qué medida la política de mano dura, impulsada con el argumento de circunscribir y combatir a las pandillas, se expande hacia la coerción de otros sectores de la sociedad?


–En este último período gubernamental que terminará en mayo de 2019, se impulsaron medidas extraordinarias que permiten apresar más fácilmente a un sospechoso y tenerlo detenido durante un tiempo largo sin que hubiera empezado necesariamente una investigación o el juicio. Estas medidas son violatorias de los derechos humanos de los encarcelados, tanto los que están con condena como los que no, cuyos derechos no se respetan. Y el mayor peligro es que volvemos a presenciar una judicialización y una condena de la pobreza a priori. Cada vez más la policía local apresa a los chicos porque sí: porque son skaters, porque tienen tatuajes, porque “parecen pandilleros”, porque son pobres.


–¿Hay algún tipo de resistencia frente a estas violaciones a los derechos humanos?


–Hay un movimiento que se llama “Azul originario”, encabezado por Wendy Morales, una chica que estuvo encarcelada tres meses y le dijeron: “ups perdone, usted tiene razón, no es culpable”. “Azul originario” y “Los siempre sospechosos de todo” son movimientos que nacen de condenas injustas y ayudan a jóvenes que están encarcelados esperando un juicio sin ninguna prueba que muestre que ellos son pandilleros o que han cometido algún tipo de ilícito. En algunos casos se probó que la policía sembró droga en la mochila de algunos jóvenes para apresarlos. Volvemos a encontrar fuerzas armadas y policiales terriblemente coercitivas. Más que la pobreza, el problema en El Salvador es la desigualdad que lleva a estos altos niveles de violencia.


–¿En qué medida logra colarse la palabra oficial, gubernamental, en el discurso mediático?


–Hay allí, al menos, tres cuestiones. La primera tiene que ver con una sociedad profundamente autoritaria de la cual el periodista forma parte y, por ende, está acostumbrado a multiplicar ese discurso oficial. Es complejo también exigirle al periodista que salga de esa lógica social en la cual está inmerso, donde además, probablemente viva en zonas controladas por pandillas y también sea extorsionado. La segunda cuestión se refiere a la lógica perversa de muchos medios de comunicación que hacen que un mismo reportero tenga que cubrir cinco notas en un día, de temas muy distintos y en espacios muy distintos. Eso te crea una aproximación muy básica al tema que estás cubriendo. Entonces, imagínate la siguiente escena. El presidente dice: “Llevamos 1500 homicidios pero no te preocupes que 1000 de esos son pandilleros. Esos, que se maten”. El periodista alcanza a tomar nota, no tiene datos para hacer una repregunta y sabe que dentro de media hora debe estar cubriendo otra nota. La propia lógica mediática nos impide construir discursos más articulados. La tercera cuestión es la compra de periodistas por parte del Estado.


–¿Cómo se llega a esa cooptación de los periodistas?


–Hay periodistas que prácticamente son comunicadores institucionales cuidando la imagen estatal, que en lugar de hacer preguntas de fondo a un funcionario reproducen lo que el funcionario está diciendo. En ciertos casos, se sabe que hubo sobresueldos cobrados por periodistas desde distintos espacios por determinados favores.


–¿Es posible establecer continuidades entre el derrotero de la guerra civil en El Salvador y la forma que tomaron los acuerdos de paz con el rasgo autoritario que usted asigna a la sociedad salvadoreña?


–La guerra civil en El Salvador forma parte de estos procesos latinoamericanos en donde grupos de campesinos, grupos de estudiantes, obreros de fábricas entre otros, se dan cuenta de que nuestros Estados, que en casi toda América Latina estaban liderados por militares, eran autoritarios y promovían una profunda desigualdad socioeconómica. Frente a ello, deciden emprender una lucha revolucionaria para intentar cambiar el sistema. La terrible represión de los años ‘70 no logra bajar los niveles de lucha. Por el contrario, el slogan del momento era: “a más represión, más lucha, más organización”. El 15 de octubre de 1979 llega al poder la Junta Revolucionaria de Gobierno que da un golpe de Estado al general Carlos Humberto Romero, el presidente de entonces. Pero a los seis meses nuevamente se le da un golpe a la Junta Revolucionaria y se vuelve otra vez a los procesos represivos. A principios de 1980 matan a Mario Zamora, uno de los grandes dirigentes de la Democracia Cristiana y asesinan también a Oscar Arnulfo Romero, un arzobispo muy famoso en El Salvador que denunciaba las injusticias cometidas por el gobierno militar.


–El asesinato del arzobispo Romero fue un punto de inflexión para la sociedad salvadoreña, durante la dictadura.


–Sí. En ese momento, la sociedad tomó conciencia de que ese asunto no iba a mejorar mediante pequeñas reformas y mucha gente decidió tomar las armas. El 10 de octubre de 1980, cinco organizaciones guerrilleras militares –provenientes de distintas perspectivas político-sociales que, además, estaban dispersas en distintos puntos del país– decidieron crear el Frente Farabundo Martí por la Liberación Nacional (FMNL). Esa lucha se prolongó diez años y después vinieron los acuerdos de paz. Yo destacaría dos cuestiones. Una, que los dos partidos políticos que han estado en el poder nacen de una guerra militar y sus dirigentes tienden a reproducir estrategias político-militares; eso se mantiene.


–¿Y la segunda cuestión?


–Una de las grandes deudas de los acuerdos de paz en El Salvador es no haber trabajado con la víctima ni con el proceso de reconciliación. En una sociedad autoritaria, al igual que en una familia autoritaria, se dice: “nos callamos y no se vuelve a hablar del asunto”. En El Salvador no hubo un proceso de diálogo, de ver cómo nos sentimos, qué fue lo que pasó.
–¿Los acuerdos de paz no incluyeron un proceso de diálogo?


–No incluyeron trabajar la reconciliación. Cuando se firman esos acuerdos, después de crear una comisión de la verdad que investiga crímenes, se produce una amnistía general para todos... y borrón y cuenta nueva. Entonces, veinticinco años después de los acuerdos de paz, la gente empieza a preguntarse si no tendríamos que hablar de esos temas, si no se tendría que hablar de las masacres que han pasado, si no habría que reconocer a la víctima.


–El que no haya habido una política de memoria se traduce en avances tibios por parte de los gobiernos de izquierda. En forma paralela, hay batallones que mantienen el nombre de los generales que encabezaron masacres a la población durante la dictadura.


–Sí. Al mismo tiempo, en la sociedad salvadoreña se está creando mayor conciencia de la importancia de trabajar la memoria. Surgen nuevas propuestas y peticiones de la sociedad civil, como el año pasado, durante la celebración de los 25 años de los acuerdos de paz, el gobierno se comprometió a construir un Museo de la Memoria. Los Museos de la Memoria que tenemos han sido creados y administrados por la sociedad civil; lo que el Estado no hace lo va construyendo la gente. En materia de memoria, destaco el trabajo del Museo de la Palabra y la Imagen, pero también hay museos en sitios donde hubo masacres, pequeños espacios donde la gente intenta mantener la memoria de su historia.


–En su estudio sobre las migraciones de ciudadanos salvadoreños hacia Estados Unidos, describe los rasgos de una “cultura nómada”. ¿De qué se tratan esos rasgos?


–En El Salvador subyace un discurso construido desde los medios de comunicación según el cual la migración es la gran posibilidad de movilidad social. El último informe de desarrollo humano, realizado hace aproximadamente seis años, afirma que de cada tres salvadoreños que consiguen trabajo, dos están fuera del país. Esto da una pauta de la problemática a la que se enfrenta cualquier salvadoreño que está intentando construir un proyecto de vida en el país. Esta cultura migrante asume que El Salvador es un lugar que te cierra las puertas. Actualmente, los jóvenes de clases populares tienen dos opciones como posibilidad de defensa: ingresar a la pandilla o migrar.


–¿Entrar a la pandilla supone una suerte de ascenso social?


–Si entras a la pandilla, aunque te maten muy joven, te aseguras que al menos tu mamá y tus hermanos tendrán casa o posibilidades de estudiar. Más que ascenso, hay una suerte de protección de la propiedad. La pandilla y la migración llegan a donde el Estado no llega. Aunque el Estado salvadoreño se comprometa a decir: “Los vamos a convencer y no van a migrar más”, la gente seguirá migrando. Y además, la reunificación familiar se vuelve muy importante. En este momento, la primera causa de migración es la reunificación familiar, la segunda causa de migración es la violencia: la pandilla te amenaza y te tienes que ir. En Centroamérica, la sociedad civil está muy sola. Vemos estrategias de supervivencia en esta moderna soledad que se habita.

Publicado enInternacional
Lunes, 25 Septiembre 2017 11:08

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 16

 

Recostado en el sofá Marlowe sostiene una bolsa de hielo contra el mentón mientras con la otra mano mantiene en el aire un pequeño libro de poemas. Un verso se le ha quedado grabado en la mente sin saber muy bien por qué: “The disturbed eyes rise,/ furtive, foiled, dissatisfied/ from meditation on the true/ and insignificant.” Marlowe lee varias veces el verso como si las palabras del poeta estuvieran dirigidas directamente a él. “True and insignificant”, repite. “True and insignificant”...

 

El sonido del teléfono celular interrumpe los pensamientos de Marlowe. “¿Y ahora qué?”, piensa, antes de responder. “¿Agente Marlowe?”, dice una voz del otro lado, “soy el agente Rodríguez de Inteligencia, tengo en mis manos un mensaje dirigido al señor.” “¿Qué tipo de mensaje?”. “El tipo de mensaje que se deja en el cuerpo de una mujer asesinada.”

 

El edificio de la Corte Suprema está ubicado sobre la avenida séptima, frente a una pequeña plazoleta con la estatua del Libertador y un conjunto de placas de metal que exhiben fotos antiguas de la ciudad. Es un edificio moderno, de 20 pisos. La fachada está cubierta por un vidrio oscuro que refleja las luces de los edificios contiguos y las lámparas y semáforos de la avenida. En el piso 17, al lado de un amplio escritorio de caoba, yace el cuerpo sin vida de la abogada Laura Alcaba. Una mujer de unos 45 años, de tez morena, delgada, de pelo negro y nariz pequeña y achatada. Lleva un vestido de color gris oscuro y a no ser por el rictus extraño que domina su rostro y la rigidez de sus miembros, podría pensarse que está a punto de salir a una fiesta.

 

Las marcas moradas a ambos lados de su cuello no dejan muchas dudas sobre las causas de la muerte. Un poco más abajo, justo donde termina el escote de su vestido, está escrito con tinta roja el nombre de Marlowe y una combinación de números y letras. “Los vigilantes dicen que la abogada entró con alguien pero no notaron nada sospechoso”, dice el agente Rodríguez. Rodríguez es un hombre joven, de unos 30 o 35 años, blanco, de ojos negros y grandes que parecen a punto de salirse de sus órbitas. “¿Hombre o mujer?”, pregunta Marlowe. “No están seguros”. “¿Y la cámara?”, dice Marlowe señalando una esquina del techo. “La desconectaron”.

 

Marlowe se acerca al cadáver y observa detenidamente aquella combinación de signos. “¿Alguna idea?”, dice el agente Rodríguez. “Ninguna”. “Puede ser de un cofre de seguridad”. “Puede ser”, dice Marlowe, desconfiado. “¿Tiene que ver con el caso del filósofo?”, dice Rodríguez de improviso. Marlowe lo observa de reojo. “Todo el mundo está hablando del caso.” Rodríguez habla con mucha propiedad, como alguien muy seguro de sí mismo, un tipo de actitud que Marlowe detesta. “Gracias por llamarme, agente”, dice Marlowe incorporándose y cortando la conversación. “Si encuentran algo más, le pido que me informe”. “Claro, colega”, dice Rodríguez estirando la mano hacía Marlowe. Marlowe duda un momento pero finalmente le aprieta la mano sin mucha convicción.

 

Antes de salir del edificio, Marlowe anota la combinación en su libreta y vuelve a guardarla en el bolsillo. Afuera una masa compacta de periodistas y curiosos se amontonan contra la cinta de seguridad, atrás de varios policías que custodian la entrada. “¡Detective, detective! ¿Alguna pista sobre el asesino?”, grita una periodista cuando ve salir a Marlowe. “¿Se trata de algún complot contra el gobierno?”. “¿Algún grupo se adjudica el hecho?”. Marlowe continúa caminando pausadamente hacia su auto sin mirar hacia el lugar donde están los periodistas. “El tipo ni sabe español, cómo va a resolver el caso”, dice uno de ellos y los demás ríen. Marlowe se devuelve, se acerca lentamente donde el periodista que habló y lo llama con el dedo. El hombre le acerca el micrófono pensando que Marlowe va a decir algo, pero Marlowe le da un puño seco al micrófono hacia arriba golpeando al periodista en la boca y la nariz que empieza a sangrar a borbotones.

Publicado enEdición Nº239
Sábado, 02 Septiembre 2017 09:14

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 15

 

Marlowe sale del restaurante y sube a su auto. La lluvia se ha detenido pero el ambiente está helado. La placa ubicada junto al semáforo en la esquina de la calle marca cinco grados. Marlowe avanza dos cuadras por la calle once hacia el sur y luego da vuelta hacia la izquierda y regresa por la carrera novena. Una cuadra más adelante estaciona junto a un árbol al final de una calle con poca iluminación. Después de caminar un poco llega hasta el muro de ladrillo cubierto por hiedra que separa la casa del restaurante de la acera de la calle 85. Luego de dos intentos fallidos, Marlowe consigue subir al muro y saltar al otro lado. Las hojas húmedas acumuladas sobre la tierra amortiguan la caída y disminuyen el ruido que provoca el cuerpo de Marlowe al chocar contra el suelo, pero aún así el dolor en la rodilla izquierda vuelve a recordarle el peso de sus años. A lo lejos se escuchan las voces que salen de la sala principal del restaurante. Marlowe se acerca a la parte posterior de la casa buscando alguna entrada. Hacia la izquierda, al lado de dos grandes contenedores con bolsas negras de basura, hay una puerta de hierro. La puerta no está trancada.

 

Desde el corredor que Marlowe atraviesa se escuchan muy cerca las voces que vienen de la cocina y los pedidos a gritos de los meseros. Hacia el final del corredor hay una puerta de madera que Marlowe abre con cuidado. No hay nadie. Al lado de la puerta hay un pequeño ascensor. Del otro lado el corredor continua hacia el lugar donde se originan las voces. Marlowe entra al ascensor y oprime el botón del subsuelo.

 

Un corredor poco iluminado comunica la puerta del ascensor con una escalera de madera. La escalera desemboca en una pequeña sala con dos sofás de cuero y una chimenea encendida. Atravesando esta pequeña sala hay un corredor más amplio e iluminado con varias puertas de madera a ambos lados. Marlowe se acerca a la primera puerta y coloca su oído contra la superficie. “Quinientos”, dice una voz masculina. “Sus quinientos y quinientos más”, responde otra. Se escuchan algunas risas apagadas y el sonar de vasos siendo servidos. Marlowe continua avanzando por el corredor. Se acerca a una de las puertas de la derecha pero no logra distinguir lo que oye. Parece un quejido pero no está seguro. Luego escucha un golpe seco y de nuevo aquel quejido lejano. Intenta dar la vuelta a la manija pero la puerta no abre. De repente escucha pasos viniendo desde el fondo del corredor. Marlowe se aproxima a la puerta siguiente y mueve la manija. La puerta se abre sin hacer ruido y Marlowe entra.

 

En el cuarto no hay nadie. Hacia el fondo y al centro hay una estructura de madera formando una especie de arco. De la parte superior cuelgan dos cadenas. Otras dos cadenas reposan sobre el piso a cada lado de los soportes de la estructura. En una mesa de hierro a un lado brillan algunos objetos bajo la luz débil de un bombillo. Una máscara de cuero, algo parecido a una pinza de acero, y una cadena no tan gruesa como las que cuelgan de la estructura. Marlowe se acerca nuevamente a la puerta y no oye nada. La abre y da un paso hacia fuera. En ese momento siente la presión sobre su cuello y luego un golpe pesado en la boca del estómago que lo hace perder la fuerza en las piernas. Hubiera caído al piso si el hombre que lo sujeta por el cuello no sostuviera el peso de su cuerpo. Marlowe es arrastrado hasta el fondo del corredor. Atraviesan la puerta y luego algunos metros sobre la tierra húmeda hasta una puerta de hierro abierta que da hacia la calle. Uno de los hombres le da otro golpe en el rostro antes de lanzarlo contra la acera. Desde el piso Marlowe escucha el sonido de la puerta al cerrarse.

Publicado enEdición Nº238
Sábado, 27 Mayo 2017 08:28

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes


Capítulo 12

 

Las oficinas del diario El espacio, ocupan un viejo edificio blanco de la zona industrial, al lado de una bodega, aparentemente vacía, y de una pequeña fábrica de velas. El movimiento en el interior del edificio contrasta abruptamente con la calma de la calle que a esa hora permanece en una quietud casi fantasmagórica. En la recepción Marlowe pide hablar con el director del periódico. “¿Tiene cita marcada?”, dice la recepcionista con una mirada irónica. “Sí, claro”, dice Marlowe mostrándole la placa muy cerca de los ojos. “Un momento, por favor”. La recepcionista aprieta un timbre debajo de la mesa y en pocos segundos aparece un hombre bajo y calvo que camina directamente hacia Marlowe con una sonrisa exagerada en la boca. “Detective, mucho gusto, mi nombre es Raúl Borja, el director no se encuentra en este momento en la ciudad, yo soy su asesor, ¿en qué puedo ayudarle?”. Marlowe pensó en decirle que quería hablar con el dueño del circo y no con los payasos, pero se contuvo, tal vez podría ayudarle realmente. “¿Podemos hablar en otro lugar?”, dice Marlowe. “Claro, pase por aquí por favor”, dice Borja mientras le señala el camino hacia una sala lateral

 

En mitad de la pequeña sala hay una mesa redonda con tres sillas. En la pared del fondo una estante adornada con artesanías y algunas placas que hacen referencia a premios obtenidos por el periódico. “Mejor crónica Año 1999”. “Mejor Fotografía Periodística Año 2003”, “Mejor Entrevista Año 2005”. Increíble, piensa Marlowe, premios para un periódico que chorrea sangre por todas sus páginas. Borja se sienta en una de las sillas, de espalda al estante y Marlowe en la silla de enfrente. “Estoy buscando a uno de sus colaboradores”, dice Marlowe directamente mientras siente en la espalda el duro respaldo de madera que una espuma demasiado fina no logra disimular. “¿De quién se trata?”. “De Quincey”. Borja lo mira como si el nombre no le fuera familiar. “Usa el pseudónimo de Thurtel en su columna de crónica”. “Ah, Thurtel”, dice Borja, haciendo un extraño chasquido con la boca. “¿Está metido en algún problema?”. “Sólo quiero hablar con él, aclarar algunas dudas”, dice Marlowe. “Le aseguro que se trata de un hombre decente, excéntrico tal vez, algunos incluso lo tildan de loco, ¿pero quién no está un poco loco estos días cierto?”, dice Borja al tiempo que emite una especie de carcajada que no parece natural. “Le confieso una cosa, para mí es uno de los mejores cronistas de policiales que ha pasado por este diario en años, yo diría en décadas”. “¿Dónde lo encuentro?”, dice Marlowe cortando el entusiasmo de su interlocutor. “Imagino que ya fue a su casa, ¿cierto?”. Marlowe lo mira a los ojos. “Claro. Hace días tampoco aparece por aquí, pero es normal”. “¿Cómo así?”, pregunta Marlowe. “Thurtel no tiene una rutina convencional como el resto de nuestros colaboradores. Suele trabajar en la noche y en la madrugada, duerme de día, a veces pasa varios días sin dormir recorriendo las calles como un sonámbulo... además está lo del opio”. “¿Opio?”. “Ah, eso ya no es un secreto, él mismo lo ha confesado de manera pública. Thurtel es adicto al opio”. “¿Hace cuántos días no aparece por el periódico?”. “Creo que la última vez que estuvo aquí fue la semana pasada. Vino en la noche, entrego su crónica, recogió el cheque y volvió a salir sin hablar con nadie, como es su costumbre. Aquí adentro no tiene amigos. Yo creo que los demás lo envidian. Por su forma de escribir, quiero decir. Muchos de estos periodistas, formados en algunas de las mejores facultades del país, no tienen ni el diez por ciento del talento de Thurtel. Lo digo en serio.” “Bien, es todo lo que necesito saber. Si aparece por aquí dígale que quiero hablar con él”, dice Marlowe al tiempo que le entrega una tarjeta. “Claro, con todo gusto”, dice Borja con la misma fingida y exagerada amabilidad.

Publicado enEdición Nº235
Sábado, 25 Marzo 2017 09:59

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 10

 

Aunque el sol todavía no logra imponerse a la niebla, el día ya ha comenzado con toda su actividad frenética cuando Marlowe sale del edificio. Los trabajos en varias avenidas hacen que la ciudad parezca un inmenso laberinto en medio a un paisaje de posguerra. Cada nuevo desvío lleva a un nuevo congestionamiento. Algunos conductores irritados tocan la bocina desesperadamente como si eso sirviera de algo. En esos momentos especiales, Marlowe suele preguntarse por qué diablos dejó su soleada California para venir a parar a este infierno congelado del tercer mundo. Aunque en el fondo sepa muy bien los motivos y eso sea algo por lo cual no se siente particularmente orgulloso.

 

Después de casi una hora de viaje estaciona frente al edificio Solar en la esquina de la calle 12 con Avenida Jiménez. El edificio fue remodelado recientemente. Tiene la forma de un triángulo terminando de manera arredondeada en el vértice. La parte frontal del edificio está cubierta con grandes ventanales de vidrio lo que le da una apariencia moderna que contrasta con la arquitectura colonial de las casas vecinas. En el edificio funcionan varias firmas de abogados, consultores financieros y una agencia de viajes. Marlowe atraviesa la puerta giratoria y pregunta por Eduardo Contreras. El hombre de uniforme atrás del balcón de la recepción revisa un cuaderno cuadriculado de tapas rojas. “Oficina 618”, dice, “tiene que dejar un documento”. Marlowe le muestra la placa y el hombre asiente con una mirada cómplice.

 

Hombres de corbata impecablemente vestidos y mujeres de sastre oliendo a perfume caro suben con Marlowe en el ascensor. Todos permanecen en silencio. El ascensor para en el cuarto piso, algunos ocupantes salen y se despiden educadamente. En el sexto y antes de que la puerta se abra por completo Marlowe alcanza a ver la figura de un hombre que se precipita por las escaleras a toda velocidad. Marlowe sale del ascensor y comienza a correr detrás de él. A pesar del esfuerzo del hombre la distancia entre los dos se va haciendo cada vez más pequeña. El que corre adelante es un poco gordo, lleva saco y pantalón de color gris y unos zapatos negros de charol que no son los más indicados para escapar de una persecución policial. En el tercer piso el hombre gira sorpresivamente hacia el corredor tratando de alcanzar la puerta de servicio. En ese momento y haciendo un gran esfuerzo, Marlowe aprovecha para dar un salto y caer sobre él. “Estoy muy viejo para hacer esto”, piensa Marlowe sintiendo el dolor a un costado de la espalda. Los dos caen al piso y rápidamente Marlowe lo domina y lo levanta sujetándolo por las solapas del saco. “¿Por qué la prisa Contreras?”, le dice. “Por favor no me mate, yo no sé nada”, dice Contreras asustado. “¿Y por qué lo iba a matar?”. “Ya mataron a Carlos...”. “Cálmese, soy de la policía, no le va a pasar nada”. Contreras recupera un poco la calma y mira a Marlowe aún incrédulo. “Estoy investigando la muerte de Carlos, por eso estoy aquí”. Contreras respira tres veces de forma profunda y cierra los ojos un instante. Marlowe lo suelta. “¿Por qué Carlos se sentía amenazado?”. Contreras saca un pañuelo blanco del bolsillo de atrás de su pantalón y se seca el sudor de la frente. Después mira a ambos lados como si existiera la remota posibilidad de que alguien los estuviera escuchando. “Carlos me dijo que su profesor, el tipo que mataron en el centro, le había contado algo sobre un grupo...”. “Eso ya lo sé”, dice Marlowe impaciente, “necesito saber si Carlos le dio algún detalle que pueda ayudarnos a encontrar a esa gente, un nombre, un lugar de encuentro, cualquier cosa”. Contreras se queda pensativo un momento. “¿Pueden darme protección, al menos por un tiempo?”. “Veré qué se puede hacer”. “Zubiria llegó a decirle a Carlos dónde se reunía el grupo. Es un lugar en el barrio Cabrera, sobre la calle 86. Aparentemente es un bar-restaurante muy exclusivo, pero en el subsuelo funcionan varias salas clandestinas. En una de ellas se hacían las reuniones del grupo.” “Algo más. ¿Algún nombre?”. “Carlos siempre hablaba de De Quincey, decía que era el líder del grupo, nunca mencionó ningún otro nombre”. “Esta bien, llame a este número, pregunte por el subteniente García y dígale que llama de mi parte, él sabrá qué hacer”. Marlowe le entrega un papel con un número y baja por las escaleras hacia la salida del edificio.

Publicado enEdición Nº233
Martes, 24 Enero 2017 15:45

Capítulo 8

Capítulo 8

Marlowe no acababa aún de incorporarse de un sueño intranquilo donde se mezclaban imágenes del asesinato en medio a la manifestación, la sala de estudio en penumbra de la facultad de filosofía y el cadáver desnudo de Zubiria sobre la mesa de autopsias, cuando suena su teléfono celular. “¿Detective Marlowe?”, dice una voz desconocida para él del otro lado. “Sí, ¿qué pasa?”. El reloj sobre la mesa de noche marca las 4 y 20 de la mañana. “Soy Martín Cruz de la Estación Norte. Encontramos un cadáver esta madrugada que tal vez le interese.” “¿Y por qué podría interesarme?”, dice Marlowe alzando el tono de su voz. “El hombre tenía su tarjeta en el bolsillo”.

 

Dos patrullas de la policía, con las luces rojas del techo encendidas, permanecen estacionadas afuera de un edificio de clase media en el barrio El Polo, al norte de la ciudad, llamando la atención de los vecinos que se asoman por las puertas y ventanas de sus casas y apartamentos, algunos aún en pijama, otros listos para comenzar otro aburrido día de trabajo. Marlowe entró sin saludar a nadie. Se dirigió a uno de los policías de la entrada que interrogaba al portero del edificio mostrándole su placa. “¿Qué apartamento?”. “402”.

 

Al entrar la luz del flash de una cámara deslumbra momentáneamente a Marlowe. Poco a poco el contorno vuelve a hacerse perceptible y distingue el cuerpo de un hombre en un costado de la sala, junto a una mesa de madera de cuatro puestos con varios libros encima. La sangre, cerca a la cabeza y el cuello ha dejado una mancha oscura sobre un gastado tapete café. A un costado hay un estante con libros. En una esquina un pequeño televisor que a Marlowe le parece tan antiguo que piensa en imágenes en blanco y negro. El fotógrafo de la pericia continúa con su trabajo y el constante reflejo del flash hace que Marlowe tenga que cerrar los ojos con frecuencia.

 

“¿Lo conocía?”, dice el agente Cruz, un hombre de altura media, hombros anchos y rostro de facciones indígenas. “Levemente”, dice Marlowe mientras observa el cadáver. “Lo interrogué esta tarde por otro caso, ¿y eso?”, dice Marlowe señalando un enorme martillo a un lado del cadáver. “El arma del crimen probablemente”, dice Cruz. “Le dieron primero con el martillo en la cabeza y una vez inconsciente le abrieron la garganta con eso”. El agente Cruz señala una especie de bisturí antiguo untado de sangre que permanece a un lado del martillo como si hubiese sido colocado allí con cuidado, como piezas de un cuadro, o elementos de una instalación artística. Marlowe observa el martillo y ve que en la empuñadura están marcadas las letras “J.P.”

 

“¡Agente Cruz!”, grita alguien desde el cuarto de servicio, en la parte posterior del apartamento. “¡Tiene que ver esto!”. Cruz y Marlowe se dirigen hacia el cuarto. En su interior, en la esquina derecha, debajo de una pequeña ventana que da hacia una calle paralela, hay una caja de cartón con piso de arena. La arena tiene ahora una coloración oscura en varios lugares, formando manchas irregulares. En el centro de la caja hay un gato negro con el cuello cortado. La cabeza está casi desprendida del resto del cuerpo. Cruz mira a Marlowe incrédulo. “¿Qué tipo de loco es este?”, le dice. “Todavía no lo sé”, dice Marlowe, mientras camina buscando la puerta de salida del apartamento.

Publicado enEdición Nº231
Lunes, 28 Noviembre 2016 14:44

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 7

 

Donde antes se concentraba el lumpen de la ciudad, formando a su vez una pequeña ciudad paralela construida con restos de basura, cajas de cartón y tejas de zinc destrozadas, hay ahora una plaza en forma circular con caminos en cemento, estatuas abstractas y árboles de media altura. El progreso, vestido con el uniforme de la fuerza de choque policial, desplazó al lumpen que ahora deambula por otros barrios y duerme debajo de los puentes o en el espacio que dejan algunas casas y edificios frente a la acera. Junto a esta nueva plaza, en una construcción de una sola planta, pintada de color rosado, funcionan las instalaciones de Medicina Legal.

 

Son casi las diez de la noche cuando Marlowe entra al lugar y sigue directamente a la sala de autopsias. Dos potentes lámparas fluorescentes arrojan una luz blanca hacia el cadáver sobre la mesa en el centro de la sala. Otras cuatro mesas, dos a cada lado de la mesa del centro, con cadáveres tapados con una manta blanca ocupan el resto del espacio. Un hombre de unos sesenta años, de pelo y barba blanca hace anotaciones en un block que sostiene en un soporte de madera en la mano derecha. “¿Cómo andas Estévez?”, dice Marlowe al entrar. El hombre de barba blanca ni siquiera se voltea para verlo. “Feliz, como siempre. ¿Qué te trae esta vez por aquí o es sólo por placer?”. “Ya te dije que no quiero volver hablar de ese asunto, ¿entendido?”. “Tranquilo, es una broma, relájate”. “¿Encontraste algo raro en la autopsia de este tipo?”, dice Marlowe mirando hacia el cadáver de Zubiria acostado boca abajo sobre la mesa. “Mira esto” dice Estévez mientras le muestra el lugar de una herida profunda en la parte baja de la espalda. “¿Y?”, dice Marlowe. “¿Qué tipo de arma puede producir esa forma? No es un cuchillo normal, una navaja, un destornillador, un picahielos, nada que se le parezca.” “Yo no soy el experto”. “Bueno, después de hacer una investigación en mis archivos logré descubrir el tipo de arma usado en el crimen y no lo vas a creer...”. “No estoy para misterios Estévez, tengo sueño, hambre y dolor en la espalda, así que vayamos al punto”. “Ese tipo de herida debe haber sido causada por un arma antigua, una pequeña cimitarra, similar a las acinacoe persas o las sicoe romanas”. “Mi griego no es muy bueno Estévez, ¿qué mierda significa eso?”. “No lo sé exactamente, tú eres el detective. Parece que tu asesino tiene algún gusto particular por las antigüedades. Pero hay algo más interesante”. Marlowe espera que Estévez continúe y al mismo tiempo observa de reojo el cadáver de Zubiria. Sin que pueda evitarlo su mirada empieza a recorrer lentamente el cuerpo desnudo sobre la mesa de aluminio lo que le proporciona las primeras punzadas de placer localizadas en la boca del estómago. Marlowe debe hacer un esfuerzo para concentrarse nuevamente en las palabras del médico que parecen venir de un lugar distante. “Ese tipo de arma era usada por los Sicarios Judíos, un grupo de asesinos que actuaba en Siria durante los primeros años del Emperador Nerón. ¿Y adivina cuál era el método usado en los asesinatos de los Sicarios Judíos?”. “Asesinaban en medio a la multitud”, dice Marlowe con desgano. “¡Exacto detective! La multitud les servía de cómplice como la oscuridad en un callejón solitario. Los Sicarios Judíos consideraban que las grandes multitudes eran una especie de densa oscuridad donde no era posible descubrir quién había dado el golpe mortal. El historiador romano Josefo afirma que fue de este modo, en medio a la gran fiesta pascual en Jerusalén como asesinaron a Jonatán el Máximo Pontífice”. “Interesante”, dice Marlowe mientras camina hacia la puerta, no sin antes darle una última mirada a la espalda desnuda sobre la mesa. “Ah, otra cosa”, dice, “¿has oído hablar de un tal De Quincey?”. “¿Thomas De Quincey, el periodista?”. “El filósofo”, dice Marlowe. “Sí, también es periodista y escritor. Tiene una columna de crónica roja en El Espacio. Firma con el seudónimo de Thurtel. Creo que te gustarían sus detalladas descripciones de los crímenes. Pasa frecuentemente por aquí para tomar fotografías. Un tipo algo excéntrico, si me permites usar esta palabra. ¿Por qué?”. La pregunta de Estévez se queda sin respuesta, flotando en el aire como las partículas de polvo que se reflejan bajo la luz de las lámparas fluorescentes del techo.

Publicado enEdición Nº230
“Los blancos creyeron que todo seguía igual”

El “modelo sudafricano” fue presentado como un contraste con los juicios por la verdad. La autora de un libro esencial sobre la Comisión de Verdad y Reconciliación explica qué falló y qué fue un modelo específico de una cultura diferente.


Antjie Krog cubrió los dos años de audiencias de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica. Poeta en afrikaans, trabajó de periodista, primero como editora de un diario de izquierda y durante las audiencias como directora del equipo de la radio del Estado. La radio era el medio de comunicación más importante, dice Krog, “con la mayoría del país pobre, sin televisión y analfabeta, las emisoras en lenguas aborígenes son un enorme medio de comunicación y tienen enorme impacto. La gente estaba increíblemente hambrienta de cualquier cosa que podíamos informar”. Escribió su experiencia en País de mi Calavera publicado en 1998, un libro que el Premio Nobel John Maxwell Coetzee describe como “una intensa crónica personal de la experiencia vivida” donde “entreteje ficción y no ficción, prosa y poesía con el propósito de captar la complejidad de un período decisivo en la historia de Sudáfrica”.


El libro acaba de ser publicado por primera vez en español por la Universidad Nacional de San Martín. En manos de Krog, las noches y tensiones de la Comisión son también una indagación sobre un mundo de sentidos sobre posibilidades y límites de lo “humano”, de la filosofía del “ubuntu” con su incómoda dialéctica entre víctimas y perpetradores, perdón y reconciliación, tan a mano aquí de las derechas y de los perpetradores. Krog dice cosas como “al perpetrador sólo puede cambiarlo la humanidad de la víctima: la víctima sólo puede curarse cuando el perpetrador vuelve a ganar su humanidad”. Y, durante la entrevista, advierte: “Era la Comisión o no nada, amenazarlos con llevarlos a la Justicia hubiera destrozado el proceso completamente”.


Krog es como los retratos que hizo el mundo de ella cuando en 2004 se estrenó En mi país, la película basada en el libro y con Juliette Binoche de protagonista. Uñas sin pintar, ojos celestes lavados, cara limpia, pelo blanco de tiempos vividos como quiso vivir. ¿Cómo acercarse a su texto desde Argentina? ¿Cómo hacerlo en este nuevo contexto? Como profesora invitada de la Cátedra Literaturas del Sur de Coetzee, participó de distintos workshops. Oyó a Daniel Rafecas explicar cómo aquí la Comisión por la Verdad nunca se pensó como cierre sino como primer paso del proceso de Justicia. Oyó a Daniel Feierstein sospechar de encuentros entre perpetradores y victimarios en igualdad de planos. Sabe que aquí la reconciliación es impunidad y un reclamo que viene de las derechas y represores. Ella misma sospechó de los sentidos de la palabra años atrás, como cuando en las páginas de su increíble crónica muestra a algunos de los personajes, líderes de la derecha blanca, condicionando el avance del proceso a la aceptación de esa alternativa. Habla de “grieta”. Va a casa de sus hermanos blancos. Describe sus diálogos en los que despunta la posibilidad de lo imposible de la sutura.


–¿Qué cambió en su mirada en estos veinte años?


–Hay varias cosas que tengo que decir primero. Esto no era una cuestión de la Comisión de la Verdad o la justicia, la Comisión o juicios: era la Comisión o nada. El régimen tenía un control total sobre el Ejército y la policía, y tenia una bomba nuclear. Amenazarlos con llevarlos a la justicia hubiera destrozado el proceso completamente. Sobre la base de las experiencias sudamericanas, se decidió avanzar con tres cambios importantes. Que todas las audiencias fuesen públicas. Individualizar la amnistía: solamente podía obtener la libertad quien personalmente iba y contaba lo que había hecho con todo detalle. Y que quien pedía amnistía debía implicar a quien había dado las órdenes y expresar el contexto político. Por eso, para entender el vínculo entre reconciliación, perdón e impunidad uno tiene que entender el paradigma del proceso. Los intelectuales negros habían criticado el concepto de Jacques Derrida y Hannah Arendt. Derrida dice que perdonar lo imperdonable es imposible a menos que existan milagros. Los intelectuales africanos dicen: ‘La víctima tiene una variedad de deseos que no tienen nada que ver con la venganza, quieren que se reconozca lo que han sufrido y qué es verdad’. Y las víctimas quieren tener el poder de perdonar, de rechazar o hablarle al perpetrador. Entonces, la interacción para algunas víctimas era muy importante. En mi libro cito a la señora que dijo que “entiendo que mató a mi hijo porque perdió su humanidad. Y porque él perdió su humanidad y yo perdí a mi hijo, mi propia humanidad también la perdí. Y esto puede querer decir que si lo perdono, él tal vez recupere su humanidad, pueda volver a ser un humano y entonces yo podría volver a ser un humano también. Entonces lo perdono”. En este sentido, la reconciliación da vuelta el concepto de vengar, matar, castigar. Salir del círculo de violencia-venganza es cambiar al perpetrador. Y al perpetrador sólo puede cambiarlo la humanidad de la víctima, la víctima sólo puede curarse cuando el perpetrador vuelve a ganar su humanidad.


–Eso fue entonces, ¿y ahora?


–Si hablo de ahora las, víctimas están enojadas. Lo que dicen los académicos es que están enojadas porque el proceso de Verdad fue forzado por el partido de la liberación y el obispado. No estoy de acuerdo. Creo que la Comisión fue aceptada para lograr una nueva sociedad. Creo que los negros pensaron que los represores iban a cambiar e iban a poder edificar entre todos un nuevo país. Pero los blancos no lo entendieron así. Los blancos entienden la venganza. El hecho de que los negros no quisieran venganza fue para ellos un indicio de que se podía seguir como antes. Entonces, no cambiaron. Por eso los negros están enojados. Un poeta dice que la reconciliación abraza al mal, pero con esta otra cosmovisión el abrazo con el mal es precisamente lo que tenia que suceder. Esa persona no es un diablo, es un ser humano. Y hay que devolverlo a la humanidad. Porque en el momento que señalás a alguien como diablo, estás diciendo que sos un ángel.


–¿Cómo fue el proceso que la llevó a este libro?


Soy una poeta en afrikaans, no podes vivir de eso, por lo tanto tenés un trabajo. Entonces, soy periodista. Era editora de un diario de izquierda. Cuando llegó la hora pensamos: “Ahora la izquierda ya no es necesaria porque está gobernando”. Me propusieron unirme al equipo de la Radio para la Nueva Sudáfrica. Como era poeta, me pidieron que escribiera historias más humanas, no noticias. Había poca gente y muchas cosas para hacer. Me pidieron que hiciera el informe sobre el Comité de Justicia, la escritura de la Ley para el Comisión de la Verdad y la Reconciliación, reconocida como la más compleja en mi país. Nuestra radio conseguía dinero de Suecia. Y la radio era central. La mayoría de los sudafricanos son pobres, no tienen televisión y son analfabetos. No pueden leer y no compran los diarios. Entonces las radios en lenguas aborígenes son un enorme medio de comunicación y tienen enorme impacto. Fui la jefa de un equipo grande y de negros. Como periodista no te preguntas si tenés derechos, quién sos, desde dónde hablás. Hay tanto trabajo que simplemente escribís, informás. Pero así como analizas un poema, te das cuenta que cada testimonio puede ser analizado como poema. Es muy importante tener en cuenta cada matiz y cada vibración. En la radio no hay tiempo. Hay 48 segundos o 2 minutos. Lo que te viene de información filosófica no va, sólo tenés que mandar datos concretos. Una vez por semana hacíamos un repaso. Y lo bueno de las audiencias es que siempre venían académicos interesantes. Hablaban del dolor, de los efectos. Pero no lo podías terminar de digerir o entender en el momento, esa es la base del libro. Permitir un espacio de contradicciones.


–El libro fue presentado de distintas maneras, como ensayo, crónica y periodismo, todo de un modo muy personal.


- Hubiese sido muy deshonesta si exponía a las personas y las dejaba totalmente vulnerables. Me refiero a lo que ellos contaban. Entendí que lo mínimo que podía hacer era mirar para adentro y contar lo que veía. Académicamente, recibió muchas criticas y hoy no volvería a escribirlo así: soy académica y veo todos los problemas, pero muchos me dijeron “esto hizo que el proceso para mí fuera accesible”. Mandamos el primer borrador a un escritor. Lo leyó. Dijo que los testimonios eran demasiado duros, que había que sacarlos, pero dejar lo que escribí sobre mí. Por eso entendí que debía usarme a mí misma para forzar a la gente a leer los testimonios. Los cambiamos de orden porque inicialmente estaban en la primera parte. Un editor muy cuidadosamente sacó titubeos y repeticiones. La lectura del texto que hice en voz alta en el workshop es un ejemplo de esos recursos. Cuando los testimonios se hacen muy pesados, te pones al lector a upa y lo metes adentro del testimonio. Acá se hace muy pesado. Entonces haces una pausa. Decís no puedo respirar. Paremos. Vamos a tomarnos un café. Y luego, lo pones a caballito de nuevo y lo seguís llevando por los testimonios. Después de estos años de academia presento el libro como “conversaciones”. Algunas reales, otras las agregué. Cambié los nombres de mis colegas para ganar libertad y traer miradas opuestas.


–Recién habló de la figura de la víctima y del “poder”. ¿Cómo funciona la escritura con la idea de dotar a la víctima de poder?


–Hubo un gran debate acerca de cómo debían ser llamadas: víctimas o sobrevivientes. Psicólogos de la Comisión se sentían muy frustrados al llamarlas “víctimas” porque cuando alguien se reconoce víctima no tiene manera de cambiar las cosas. No tiene poder ni chances para el futuro. Yo misma, como persona blanca vi víctimas negras como gente que sufrió inmensamente, acepté sus victimización, pero siempre me movilizó cómo comprendían. Especialmente a los perpetradores. A veces en las audiencias de amnistía, los oías decir que les daba pena la esposa o los hijos del perpetrador. Debido al liderazgo del arzobispo Desmond Tutu (Nobel de la Paz 1984 y presidente de la Comisión), los negros fueron moralmente superiores a los blancos. Mi frustración fue ver que los blancos no pudieran ver eso.


–“Ubuntu” se define como “la filosofía humanista de Africa” que se opone “a la victimización”. Una sobreviviente de un campo argentino me dijo que le parecía una ingenuidad.


–La Comisión recibió muchísimas críticas del mundo académico. Diría que 90 por ciento está en contra, pero no he visto ninguna alternativa por ningún lado. Pienso que la Comisión mostró que los sudafricanos tienen increíbles niveles para relacionarse unos con los otros. Y todo lo que se ve en el mundo es venganza y consecuencias de la venganza. Puede ser que la venganza venga a Sudáfrica, no lo sé. Pero hasta entonces, éste es el único ejemplo. Frente a distintos colegas que estuvieron, me asombró de cómo cada uno encuentra una razón para entender por qué el proceso no es para ellos. Justificar la justicia retributiva. Los occidentales pasaron por cuántas guerras y asesinatos. Pienso que la mirada del Tercer mundo sobre la posibilidad de tejer redes tiene mucho más que ver con el futuro.


–Está clara la mirada sobre las víctimas y el proceso ¿qué pasa con los perpetradores?


–Es muy importante entender que la Comisión tuvo las dos narrativas: la víctima y el perpetrador. Yo misma siempre rechacé a los afrikaners, desde el secundario. Despreciaba sus liderazgo en escuela, en la iglesia. Vas a las iglesias de los negros, las escuelas de los negros y decís “son mi gente”. Me sorprendí en las audiencias. Frente a los perpetradores, te sentás con enojo y querés escribir cosas muy duras sobre ellos, pero ves a los negros acercarse a hablarles, perdonarlos, hablarles. Acariciar a la esposa de uno cuando pasa al lado. Y entonces te da vergüenza tu propia intolerancia. Mi enojo personal es contra (Frederik Willem) De Klerk, el último presidente blanco, creo tendría que haber pedido perdón en nombre de los blancos.


–Era entonces el líder del Partido Nacional.


–Es abogado pero dijo que no había hecho nada malo y que por lo tanto no iba a pedir perdón en nombre de nadie. Por eso cada vez que lo veo en televisión siento ira. Pero después pienso en Tutu que lo perdonó, y me pregunto: quién soy yo. Entonces cambia mi visión. Muchos se han visto atrapados. Esto da una ruta para ser hombre, aceptado, respetado. Los políticos son inteligentes en crear contextos en los que cada cosa que hacen tiene sentido. Ahora, cuando viven toda esta situación, todo tu marco colapsa. Y quedás parado como un alma desnuda y tenés que decirle a las personas: “Está bien decir no, ahora podés decir ‘estuvo mal’”.


–¿Lo dijeron?


–Algunos. Pero Nelson Mandela fue una figura tan fuerte del perdón que durante muchos años se paraba y en una mano tenía a un diputado blanco y en la otra, uno negro. Si vos cerrás los ojos, verás que no hay ningún cuadro similar de un blanco con un negro y a un blanco. Por supuesto, jamás una mujer. Tiene que ser un hombre, pero ni así. Hubo un hombre blanco muy poderoso, el ministro de Policía Adriaan Vlok que fue casa por casa a pedir perdón a las víctimas. Fue a la casa de uno de los mayores líderes negros, al que había intentado envenenar. Se agachó, le lavó los pies y le pidió perdón. Después hizo lo mismo con sus cuatro esposas. Hubo una reacción de los blancos, que empezaron a destratar a Vlok. No fueron los negros, fueron los blancos. Esto me enseñó otra vez que los blancos no quieren que alguien admita que es culpable, porque así ellos no son culpables.


–¿Imagina una nueva etapa con justicia?


–No. Tenemos muchísimos crímenes. Muertes, violaciones, drogas, corrupción. De vez en cuando hay un cable diciendo que la gente que no tuvo amnistía tendría que ser sometida a juicio. Pero después todo se revuelve, se mezcla y el tema vuelve a la raza. La Comisión sacó el tema de la raza y dijo: todos son seres humanos y tienen la capacidad de ser buenos y malos. Hay buenos y malos negros, así empezaban las audiencias. Mandela sacó el tema de la raza..

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–Usted se pregunta por la objetividad o neutralidad del periodismo. Nosotros decimos que debe ser constructor del proceso de memoria, verdad y justicia.


–Yo estaba entrenada en esa objetividad pero no la creo posible. Uno trae su propia crianza, cultura. En todo el mundo es claro que hay agendas. Quien paga el diario, quien pone avisos, conforma agendas. Por eso es importante cómo uno informa. Si informás para hacer que la gente se enoje, por ejemplo. En Sudáfrica nos dimos cuenta de que si publicás la noticia en una hoja separada con el logo de la Comisión, la gente no la lee, la saltea. Si aparece entre las noticias, la gente lo lee. Pero no en la radio. La gente tenía un hambre increíble de cualquier cosa que le pudiéramos informar. Por eso los periodistas son muy poderosos. Cuando fui a casa de mis hermanos me dijeron: ¡viste estos negros, lloran cada vez que las cámaras los enfocan! Yo me preguntaba por qué lo decía, si no era verdad. Después me di cuenta al mirar televisión que ponían a una periodista muy bonita, blanca y muy arreglada con el micrófono, y de repente la cámara mostraba a una mujer negra que estaba devastada, llorando. El contraste muy fuerte decía muchas cosas. En la radio, yo leía los testimonios con mi propia voz para hacer una especie de entrada y no causar ese efecto, entre la blanca bonita y la negra llorando y devastada.

 

 

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Jomary Ortegón –presidenta del Colectivo– y Marisol Garzón Forero –hermana del asesinado Jaime Garzón

Un reciente fallo del Consejo de Estado atribuyó la responsabilidad por la muerte de Jaime Garzón al Estado colombiano. Agentes de organismos de inteligencia (DAS) e integrantes del ejército conspiraron para determinar la muerte hace 17 años del reconocido humorista y desviar así la investigación relacionada con su homicidio. Comienza a esclarecerse uno de los asesinatos que más impacto tuvo en el país, con el cual el Estado pretendió silenciar toda crítica inteligente, o toda mordaz oposición. Hermana de Garzón y la presidenta del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo confieren una rueda de prensa para hablar del fallo.

 

Hacía el mediodía del jueves 14 de septiembre tuvo lugar, en las instalaciones del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo (Cajar), una rueda de prensa a cargo de Jomary Ortegón –presidenta del Colectivo– y Marisol Garzón Forero –hermana del asesinado Jaime Garzón–. Agencias de prensa y medios de comunicación concurrieron a la cita para conocer las primeras reacciones frente al reciente fallo del Consejo de Estado que atribuyó al Estado colombiano la responsabilidad por el asesinato del humorista.

Son al menos tres las claridades que derivan del juicio emitido por el alto tribunal, en palabras de Jomary Ortegón: “En primer lugar, se establece que en este caso la responsabilidad del Estado es agravada por tratarse de una grave violación a los derechos humanos. En segundo lugar, el Consejo de Estado señala claramente que este caso es un crimen de lesa humanidad, para nosotros es un mensaje a toda la judicatura para que actúe en consecuencia y la Fiscalía General de la Nación tome una decisión en el mismo sentido. En tercer lugar, se establece que existió una actuación coordinada por parte del Ejército Nacional y grupos paramilitares en la definición del asesinato, su ejecución y, por lo tanto, existe una responsabilidad agravada del Estado colombiano”.

 

Voces que claman por justicia y verdad.

 

La presidenta del Colectivo de Abogados también se refirió a la responsabilidad propia de los organismos de inteligencia del Estado: “Finalmente, quisiéramos señalar que constituye un importante avance para la verdad, para el esclarecimiento de los hechos, que se establezca quiénes participaron en la toma de decisiones, en la ejecución del asesinato, pero también en el encubrimiento del crimen, y aquí el Concejo de Estado señala la responsabilidad del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en el desvío de la investigación y encubrimiento de los verdaderos autores”.

Marisol Garzón, quien asumió desde la ocurrencia de los hechos la vocería de la familia, pronunció en la rueda de prensa: “Queremos la verdad, eso es lo que buscamos, más que una reparación económica que todo el tiempo hemos dicho ‘a nosotros no nos pagan los muertos, a los que nos han asesinado un familiar, no nos lo pagan, no tienen precio, menos Jaime, no tiene precio’. Hay una reparación económica que seguramente tendremos que asumir, pero que lo más importante es esa verdad, como ya lo decía la doctora Jomary, para nosotros es muy importante que la Fiscalía oiga este llamado que se hace de declararlo un crimen de lesa humanidad cuando por todas partes lo vemos así, porque realmente fue un crimen de lesa humanidad, que no nos está garantizando el que se llegue a la verdad aunque la buscamos”.

La verdad no solo adquiere un papel relevante para la familia Garzón en el esclarecimiento de los hechos, es imprescindible, fundamental: “[...] el Estado es el que tiene que cuidar a los ciudadanos y no lo cuidaron, al contrario fueron ellos quienes señalaron que dizque Jaime era guerrillero. Eso también es muy importante, más importante que si nos van a reparar económicamente es que se pueda declarar, y eso lo pedimos como familia, que públicamente se diga como se lo dije al general Mora allá en La Habana. Para eso fue que fui yo, no a abrazarme con nadie, no para ser amiga de nadie, y en esto debo decir que yo no estoy de acuerdo con asesinatos de ningún lado, pero sí para decirle que Jaime no era guerrillero y esto lo está demostrando, porque eso es lo que están haciendo, enlodar a lo largo del tiempo, es decir revictimizarnos, enlodar el nombre de Jaime, como lo quiere hacer RCN con una novela [...]”.

Además de la verdad piden que la Fiscalía se pronuncia acatando en fallo del Consejo de Estado, y declare el crimen como de lesa humanidad: “No solamente es decirlo, es también que la Fiscalía se pronuncie y diga sí es un caso de lesa humanidad, hay que declararlo así, hay que buscar la verdad. Las víctimas lo único que queremos es buscar la verdad, con eso ya nos están reparando. La reparación no es que nos den un ladrillo o nos den plata, no hay reparación, no nos devuelven a nuestros muertos, y menos a Jaime, de esta manera. ¡Cuánta falta le hace Jaime a este país en este momento histórico!, ¡cuánto estaría haciendo y diciendo!, pero tuvieron que matarlo para que reinaran otros y para que le metieran a la gente en la cabeza muchísimas otras cosas”.

 

La Justicia Especial para la Paz, ¿podrá juzgar este tipo de asesinatos?

 

El asesinato de Jaime Garzón pone sobre la mesa la discusión respecto a si la denominada Justicia Especial para la Paz tiene competencias para procesar a los autores de este tipo de homicidios. A muchos preocupa esta posibilidad, pues los beneficios sobre los victimarios podrían dejar en la impunidad muchos delitos que no encuadran dentro de la dinámica del conflicto armado en Colombia. Jomary Ortegón, habló al respecto: “Ahora, sobre la pregunta de si este es un crimen que se cometió en el marco del conflicto armado, nosotros esperaríamos que justamente podamos dar esa discusión en el sentido de diferenciar entre crímenes cometidos en el conflicto armado, es decir en el desarrollo de hostilidades y graves violaciones a derechos humanos. Cuando aquí se dice que Jaime Garzón Forero no era un guerrillero, sino que era un civil que desarrollaba acciones de paz, que era un gestor humanitario, eso ya nos dice que el crimen no fue como consecuencia del conflicto armado, que fue una decisión planificada desde las altas esferas del ejército en la que además, posteriormente participaron órganos de inteligencia”.

Todo parece indicar que el de Garzón, no fue un crimen cometido en el contexto del conflicto: Jaime fue asesinado porque fue catalogado por agentes de inteligencia del Estado como otro de los enemigos internos que había que eliminar. Prosigue Ortegón: “Igualmente aquí se señala que es el Estado el responsable, no se habla de un enfrentamiento entre dos bandos, se habla de decisiones del Estado para eliminar a alguien a quien consideraban incomodo, a quien consideraban parte de ese enemigo interno a destruir, eso es lo que tiene que cambiar en este país y cuando se habla de garantía de no repetición, ese es el tipo de doctrina que persiste al interior del ejército que facilita que se sigan cometiendo violaciones de los derechos humanos. La contribución del fallo es justamente identificar cuáles son esos elementos que nos permiten hablar de prácticas generalizadas y sistemáticas al interior del ejército, que utilizó la alianza paramilitar para cometer este tipo de crímenes”.

Sin embargo la familia de Garzón no centra sus energías en ser vengada por la justicia, así lo expresó Marisol Garzón: “[...] tampoco vamos a decir mire, “¡hasta que no pague no se quien!” porque este país también necesita que nos sentemos y charlemos y cada uno, de acuerdo a la justicia, responda por sus actos, porque aquí no se trata que el señor Narvaez se la pasa diciendo que es inocente, que pobrecito él, hasta un día dijo que sus hijitas, que pobrecitas, casi no podían ir al colegio porque yo había dicho que era responsable, yo no lo digo, lo dice la justicia, y cómo así que ahora el lobo feroz es el bondadoso y caperucita está llevada, no sumercé, hay que ser coherente y hay que ser sensatos y para eso está la Ley”.

 

El fallo del Consejo de Estado pone tilde sobre las íes

 

Como trascendental ha sido catalogado este fallo del Concejo de Estado. Algunas de sus palabras resuenan demasiado fuertes teniendo en cuenta que hasta hace pocos años era negada de manera tajante cualquier vínculo entre el Estado y grupos armados al margen de la Ley, vínculos que reafirma el fallo de la siguiente manera: “Para la Sala es inadmisible y censurable la existencia de este tipo de relaciones entre la Fuerza Pública y grupos al margen de la Ley que nacieron con un fin vengativo para con la guerrilla y extendieron esa pasión y odio a todos los que consideraban sospechosos de participar en actividades subversivas, sospechas que marcaron la comisión de violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos y derecho internacional humanitario, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, torturas, masacres en las que en muchas ocasiones resultaron víctimas personas ajenas al Conflicto. Por tal motivo, concluye la Sala, que la ejecución extra judicial del periodista Jaime Hernando Garzón Forero, ocurrida en este contexto de violaciones generalizadas y sistemáticas de derechos humanos, es constitutiva de un crimen de lesa humanidad”.

Avanzan los años y la luz de la verdad parece alumbrar a victimarios y deslumbrar a víctimas que como la familia de Jaime Garzón, ven que comienzan a esclarecerse los sucesos que causaron en ellas luto y dolor. Sin embargo, todas las víctimas no tienen la misma suerte, y siguen aguardando en el umbral de la justicia por la verdad y cualquier artificio que pueda constituir la reparación por parte de un Estado que asesinó, en persecución de un enemigo interno, a cientos de colombianos a los que debía proteger.

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"Fue un trabajo interno": revelan quién asesinó a Kennedy

Un exmiembro de la guardia presidencial confesó al cineasta estadounidense Oliver Stone los detalles que envuelven la muerte del que fuera presidente de EE.UU.

 

El director de cine estadounidense Oliver Stone reveló detalles de una confesión sobre el asesinato de John F. Kennedy que un supuesto exagente del Gobierno de EE.UU. decidió hacerle poco antes de morir. El hombre, oculto bajo el seudónimo de 'Ron', aseguró haber pertenecido a la guardia presidencial de ese entonces y afirmó que "alguien de su propio equipo había disparado contra el presidente", informa 'Daily Mail'.


El cineasta señaló que Ron contactó con él por primera vez a través de una serie de cartas luego de que dirigiera en 1991 la película 'JFK', en donde plantea la hipótesis de que el crimen de Kennedy fue producto de una conspiración del Gobierno. Tiempo después, tras conocerse personalmente, el supuesto exveterano, enfermo de cáncer, decidió compartir el secreto, que hasta el momento solo conocía su propio hijo.


Según palabras del propio Ron, el disparo mortal fue "un trabajo interno" hecho por un francotirador perteneciente a la guardia de seguridad encargado de asegurar el perímetro. Al respecto, Stone añade que en un principio se tornó escéptico frente a las afirmaciones del supuesto exfuncionario dada la gran cantidad de teorías y señalamientos en torno a la muerte de Kennedy. Sin embargo, asegura que logró disipar sus dudas al constatar que Ron fue marinero en Vietnam, de lo que se convenció al oír su jerga militar y los intrincados detalles, que el director describe como "plausibles y muy auténticos".
"El escenario que supone [Ron] es muy práctico. Esa sería la manera en que yo lo haría si tuviera que hacer algo por el estilo", añade Stone.


Aunque el aclamado director desconoce el principal motivo de por qué Ron decidió hacerle la confesión, subrayó luego de su último encuentro con él en un hotel en Rochester, en Nueva York, que el exveterano "no quería dinero ni reconocimiento" y que actuó movido únicamente por su conciencia.


Los detalles de la confesión fueron conocidos por primeras vez por Matt Zoller Seitz, biógrafo de Stone, y serán expuestos en el libro titulado: 'The Oliver Stone Experience', que saldrá a la venta el próximo 13 de septiembre.

 

Publicado: 29 ago 2016 10:26 GMT

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