MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Jueves, 13 Mayo 2021 05:38

Freud en el mes de su nacimiento

Freud en el mes de su nacimiento

La intacta potencia revulsiva del pensamiento freudiano

La impiadosa visión negativa y el encarnizamiento pasional testimonian que sus ideas siguen siendo indigestas para una sociedad no menos hipócrita que la suya.

 

En 1916 Freud ubicó al psicoanálisis dentro de los tres grandes descubrimientos que hirieron el amor propio de la humanidad. Copérnico mostró que la Tierra no es el centro del universo, conmoviendo la pretensión del hombre de sentirse dueño de este mundo. Darwin puso fin a la arrogancia humana de crear un abismo entre su especie y la del animal. Pero ni la afrenta cosmológica ni la afrenta biológica han sido tan sentidas por el narcisismo como la afrenta psicológica. Porque el psicoanálisis enseña que el yo, no sólo no es amo del mundo ni de la especie, sino que no es amo en su propia casa.

Ubiquemos los comienzos del psicoanálisis, ya que en ellos está en germen su particularidad. Freud tiene una formación racionalista, su espíritu es kantiano, es decir que él es un racionalista crítico. Tiene la vocación iluminista de querer salir de la minoría de edad sin otra tutela --como dice Kant-- que no sea la de la razón. Su descubrimiento le mostrará el límite de la razón: la sexualidad. De este modo, el psicoanálisis se presenta como la Filosofía de las luces, interpelada, asediada, alterada por el "factum" freudiano de la pulsión. El psicoanálisis no es oscurantista, por eso Lacan nos dice que Freud prosigue el debate de las luces. Pero también indica el punto en el que estas se apagan, y esto conduce a su ética: las luces deben se moderadas.

La vida pulsional de la sexualidad no puede domesticarse plenamente, lo que no se integra se reprime, nuestra morada está habitada por aspectos que no queremos reconocer, ya que no entran en armonía con nuestros ideales. Pero el empeño por rechazar fracasa y lo más extraño de nosotros emerge desfigurado a través de los síntomas. No cabe asombrarse, afirma Freud, que el yo no le otorgue su favor al psicoanálisis y se obstine en rehusar su crédito. Diremos que tanto ayer como hoy.

Las terapias no analíticas son aceptadas pues se empeñan por erigir al yo como soberano, le enseñan cómo liberarse mejor de lo que irrumpe, elevan su apetito de control, lo invitan a no acercarse nunca al suelo molesto de su hábitat. Pero ello, no lo dudamos, conducirá siempre a lo peor, no sólo porque se habrá limitado el campo del conocimiento, sino por el destino infernal que sufrirá lo que se intenta elidir.

Freud invita a la aventura humana que es la cura psicoanalítica, aventura de ese explorador que, recorriendo los caminos más alejados de sus creencias vuelve con recursos de los que no disponía. Y esas energías gastadas antaño en preservar sus dominios, estarán libres para fines acordes al deseo que siempre excede los límites del yo.

En los últimos tiempos, el pensamiento de Sigmund Freud es objeto de crecientes críticas. Podría decirse, es cierto, que las impugnaciones al psicoanálisis lo acompañan desde sus propios orígenes. Pero al período de las resistencias iniciales le sucedió otro de amplia difusión y aceptación general logradas muchas veces, también hay que decirlo, a expensas del rigor. La impiadosa visión negativa, el encarnizamiento pasional, testimonian que la potencia revulsiva del pensamiento de Freud permanece intacta y sus ideas siguen siendo indigestas para una sociedad no menos hipócrita que la suya. Más sutilmente hipócrita, eso sí. Si es cosa de suprimir síntomas molestos, poner lo más rápidamente posible a un sujeto en condiciones de retomar el automatismo ciego de la vida actual, reintegrarlo al mercado como productor exitoso y --sobre todo-- consumidor voraz e insaciable, reactivando sus apetencias, es plausible que el tratamiento psicoanalítico no sea el camino más indicado. Mejor Prozak o la reeducación cognitivista.

La práctica analítica es altamente efectiva si se trata de emprender una de las pocas aventuras aún accesibles al hombre de nuestro tiempo, en un mundo ya totalmente explorado y donde incluso los viajes han sido expropiados por la industria del turismo. El psicoanálisis no es solo una cura, que nunca fue el interés prioritario de Freud, él como explorador de la vida anímica, quiso construir un sujeto a la altura de la época, un sujeto que al ampliar y redefinir el campo de la subjetividad, sea apto para desenvolverse digna y humanamente en los tiempos de la muerte de Dios. Es decir, en el trance de la devaluación de los valores más altos que identificaron a Occidente, del derrumbamiento del orden tradicional, de la pérdida de toda referencia y, por ende, de la errancia planetaria

Freud no quería ser médico, le interesaba la ciencia, la biología, la investigación. Deudor de distintos descubrimientos y de una Viena liberal luego de la destrucción del imperio austro-húngaro, el psicoanálisis tiene una especificidad propia. El anhelo freudiano por descifrar los enigmas del mundo fue superior al de curar. Creía en la ciencia y en su juventud, el laboratorio de Brucke le permitió afincarse en la fisiología histológica. Y fue éste --su maestro admirado-- quien le advirtió que, en vista de sus reducidas posibilidades materiales, no le sería posible una dedicación a una carrera puramente teórica por la cual sentía devoción. Es así que pasa de la histología del sistema nervioso a la neuropatología, y más tarde, será un enigma --el de la neurosis-- quien dará lugar a su creación: el psicoanálisis. Este encuentro hará que Freud tome un interés creciente en la clínica, pie fundamental para una teoría que jamás se separó de ella. Siempre recordó una frase de Charcot que éste emitió sin darle importancia y la evocó a lo largo de su vida cuando conmovía al mundo con lo que le revelaba: “La teoría es buena pero no impide que los hechos existan”. Creyente de la ciencia, gustaba definirse como explorador: “No soy en absoluto un hombre de ciencia, ni un observador, ni un experimentador, ni un pensador. Por temperamento no soy más que un conquistador, un aventurero, si quieres traducir esta palabra, con toda la curiosidad, la osadía y la tenacidad de ese tipo de hombre”.

Freud nació en un siglo fuertemente marcado por la impronta biológica, por el positivismo y es desde esta base que descubre el síntoma histérico como no respondiendo a esta lógica. Nada más alejado del psicologismo que pretende vincular todo lo que sucede en el cuerpo con un correlato psíquico, haciendo de tales campos un todo indivisible. Lacan dice que no hubiese sido posible el paso freudiano sin el cartesiano. Aclaremos: Freud no quería ser médico ya que le interesaba fundamentalmente la investigación aunque, de todos modos, su saber como médico concordaba con el de su época. Lejos de la medicina hipocrática, la medicina de su tiempo --como también la de hoy-- considera que el hombre tiene un cuerpo, lo que no era algo obvio, antes del paso cartesiano. En efecto, Descartes introduce un corte, a partir del cual quedan atrás la unidad del ser humano, el alma como forma del cuerpo. La división está hecha. Dice Lacan que, de aquí en más el médico encarará al cuerpo con la actitud de un señor que desmonta una máquina. Y que es desde esta posición de la que Freud partió, siguiendo lo que era su ideal: la anatomía patológica, el sistema nervioso. Si el síntoma histérico habla de un cuerpo que no es el biológico, fue sin embargo necesaria la fundación de la biología para ubicarlo en otro paradero.

A fines de 1800 el conocimiento médico era el hegemónico: el saber lo tenía el médico y el paciente escuchaba obedeciendo. Pero ya en los primeros casos freudianos se halla un cambio fundamental, su modo de trabajar parte de suponer saber en sus pacientes, invirtiendo así la posición del saber. En pocas palabras: hay un cambio en la idea de razón a partir de Freud cuyas incidencias en el campo del conocimiento son sin precedentes.

Por Silvia Ons

13 de mayo de 2021

Silvia Ons es psicoanalista.

Sigmund Freud nació el 6 de mayo de 1856.

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Informe MacBride; enseñanza de la comunicación

Ya se veía venir una relación "conflictiva" entre el proceso de monopolización acelerada de los llamados "medios de comunicación" frente a los modelos educativos de los Estados. La Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación en su informe de 1980 (conocido como Informe MacBride) advierte: "una complicación adicional es el hecho de que las implicaciones de estos desequilibrios no se entienden correctamente y, en consecuencia, encontramos con frecuencia algunas generalizaciones universales y aplicaciones entre culturas que no son válidas", pág. 191.

Como en otros muchos casos paradójicos, la inversión gubernamental en educación otorga a la industria mass media una especie de "subsidio" bizarro que educa y expulsa a miles de jóvenes a las fauces de la industria mediática monopólica incapaz de ofrecer fuentes de trabajo suficientes, que no tiene interés en pagar salarios dignos y que se acostumbró a explotar a quien acepte (con placer o sin él) las reglas, la ética y la estética del mercado comunicacional. La cosa no es muy distinta cuando el empleador es el gobierno.

Hay una lista enorme de urgencias amontonadas gracias al olvido funcional, la indiferencia y la corrupción. Hay que abrir los libros, en todos los sentidos, mirar qué cuentas manejan en lo económico y en lo académico, ver sus deudas y sus inversiones, sus sueldos y los de todos, ver las tecnologías y las canonjías. Ver las postergaciones y sus razones, los silencios y los corrillos, hay que ver los documentos y los emolumentos. Revisar los contenidos teóricos, las prácticas, los casos concretos, las investigaciones, la experimentación… las publicaciones. A quién sirven, para qué. Abrir los libros para ver cómo se reparten los puntos y ascensos, las vacaciones, becas, apoyos didácticos. Cómo se negocian las investigaciones, las citas mutuas, cuántos puntos vale, cuánto vale asistir a congresos, cursos, posgrados… abrir los libros y sacar las cuentas en público y sin concesiones. "Los programas de enseñanza e investigación debieran incluir también el estudio de un nuevo orden mundial de la comunicación: sus parámetros actuales, sus propuestas para cambiar los patrones existentes": Informe MacBride, pág. 187.

Hay que ver en qué estado está la producción y repetición de conocimiento en las aulas, examinar qué se produce, expone, analiza… para enriquecer el conocimiento en colectivo, guiado por un programa científico. Verificar la independencia económica y política de la ciencia frente a ciertos devaneos mercantiles o sectarios, revisar su rigor y su capacidad de intervención social. revisar que el acto fundamental de la producción del conocimiento, de manera colectiva, crítica y dialéctica tenga por certeza la mayor pasión por la verdad y la fortaleza de la ciencia al servicio de la libertad humana y de su comunicación no alienada y desalienante. Verificar que las aulas y los talleres no sean indiferentes a lo que pasa en las calles, en las fábricas, en las cabezas de los pueblos. constatar que cuando el trabajo de producir conocimiento en comunicación se cumpla, con calidad y utilidad social, se pague un salario justo.

Mayormente, la educación en materia de "comunicación", pública o privada, es una mercancía más determinada por las leyes del mercado y las necesidades de control burgués sobre las masas. No pocas escuelas acomodan la teoría y la práctica académicas, no para intervenir en los problemas sociales centrales y sí, a cambio, para generar mano de obra acrítica y sumisa. Las "ciencias de la comunicación", cuyo rigor suele ser cuestionado, se producen, se venden y se compran como otro artículo cualquiera. Sus productores no son ajenos a la alienación. Fue advertido en 1980 “…la metodología deberá adaptarse a las condiciones, las tradiciones culturales y la estrategia de desarrollo locales”, pág 187.

En las escuelas de comunicación se reproduce la lucha de clases, hay profesionales del arribismo, de la mentira y de la explotación en contubernio con los burócratas (y viceversa). Esto significa que se produce lo vendible, que reina un clientelismo interesado sólo por los "puntos", las opiniones positivas y las colegiaturas antes que por el diagnóstico serio de los problemas y la ruta de las soluciones desde la ciencia. Se vende lo rentable, lo que da beneficio a los dueños o directivos. La educación en comunicación es un campo de entrenamiento no sólo para capacitar sirvientes económicos o lebreles burocráticos, ahí el ideal es el endiosamiento de la mercancía para ganar audiencias, vender mucho y consolidarse como "caballos de Troya" ideológicos en todo lugar y a cualquier hora. "Las circunstancias históricas en las que se desarrolló la investigación ayudaron a crear una situación de dependencia, agravada por lo inadecuado de la investigación extranjera para sus necesidades", pág. 190.

Y, sin embargo, en lucha desigual y combinada, también hay docentes, trabajadores, capaces de pelear codo a codo con los estudiantes por una educación emancipadora, científica de verdad y útil contra la alienación. Hay eruditos honestos, catedráticos serios, investigadores comprometidos y especialistas críticos muy diversos, en general mal pagados, mal tratados, ninguneados… docentes militantes de la honestidad teórica y estudiantes en actuación social plena, en lucha permanente por ese Nuevo Orden Mundial de la Comunicación y la Información (NOMIC) reclamado por el Informe MacBride en 1980. ¿Lo veremos?

Por, Fernando Buen Abad Domínguez, filósofo y director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús

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La nueva novela de Ishiguro se adentra en el mundo de la técnica CRISPR, que permite alterar el código genético a voluntad. Para el autor, abre una peligrosa vía a la mejora de la especie humana. «Debemos despertar», dice.

El poder de los robots, la manipulación genética, algoritmos que generan sentimientos… El Premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro describe en su nueva novela un futuro perturbador. Pero sobre todo indaga sobre una constante de su obra: qué nos hace humanos. Hablamos con él.

Cuando se le concedió el Premio Nobel de Literatura de 2017 a Kazuo Ishiguro, apenas hubo voces discrepantes, algo bastante excepcional. A pesar de contar con una obra relativamente exigua, no había duda de que el por entonces escritor de 63 años se merecía el principal galardón del mundo literario. Su libro más conocido, Los restos del día (1989), es la historia de un mayordomo en la Inglaterra de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su obra más destacada es Nunca me abandones (2005), donde tres niños clones crecen en un internado para ser usados como fuente de repuestos humanos.

En Klara y el Sol (Anagrama), Ishiguro vuelve a reflexionar sobre lo que nos puede aguardar en un futuro no muy lejano y su posible significado moral y ético. Su primera novela desde la concesión del Nobel se desarrolla en un mundo de grandes avances científicos y enormes desigualdades sociales. La protagonista y voz narradora, Klara, es una inteligencia artificial, un robot au pair que tiene como tarea cuidar a un adolescente llamado Josie.

XLSemanal. Su novela está ambientada en un futuro en el que la mayoría de los niños han sido optimizados genéticamente. ¿’Elevaría’ usted a su hija, como llama usted en el libro a esa mejora?

Kazuo Ishiguro. En el mundo que describo hay una enorme presión sobre los padres para que mejoren a sus hijos, para que los hagan más inteligentes y más sanos. Llegados a este punto, creo que es obligatorio hablar sobre la CRISPR/Cas.

… Abreviatura de una técnica que permite eliminar o intercambiar fragmentos del código genético a voluntad y con total precisión. También se la conoce como ‘tijeras genéticas’.

K.I. Es una tecnología que puede proteger a nuestros hijos de enfermedades hereditarias graves, así como de otras como el sida o el cáncer. Y no es descabellado pensar que algún día la usemos también para optimizarlos intelectualmente. Me sorprende que no haya mucha más gente hablando sobre este tema. Deberíamos decidir si realmente queremos usar este método y de qué manera queremos hacerlo

Las descubridoras de la técnica CRISPR/Cas, Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, ganaron el Premio Nobel el año pasado.

K.I. Y las dos llevan mucho tiempo pidiendo de forma clara y rotunda que se desarrolle una normativa internacional y se adopte una moratoria en todo el mundo para evitar que se emplee en la genética humana. Sin embargo, este tipo de cuestiones solo aparecen en publicaciones especializadas. Por desgracia, no hay un debate público.

¿Cree que la técnica CRISPR/Cas cambiará nuestro mundo radicalmente…?

K.I. Sí. En las democracias liberales vivimos con la idea de que todos los seres humanos son iguales. Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos hacer que unos seres humanos fuesen mejores que otros? A diferencia de lo que ocurre en los sistemas de castas o en el apartheid, aquí partimos de la meritocracia, todos los que alcanzan algún logro reciben una recompensa por ello. Sin embargo, la meritocracia puede ser cruel si creamos una clase de personas más inteligentes, útiles y sanas que las demás. El sistema dejaría de funcionar.

En 2018, el investigador chino He Jiankui saltó a los titulares por usar la técnica CRISPR en embriones humanos.

K.I. Anunció que había modificado el ADN de una pareja de gemelas para que quedaran protegidas de contagiarse con el VIH de su padre. A grandes rasgos abrió el camino hacia un futuro en el que seremos capaces de vencer un buen número de enfermedades. He Jiankui pensaba que se haría famoso, que ganaría el Nobel. Estaba orgulloso de su logro, pero acabó en arresto domiciliario y luego condenado a tres años de cárcel por prácticas médicas ilegales, por emplear de forma precipitada técnicas de ingeniería genética en la medicina humana. Su caso prueba la confusión que reina en la sociedad.

Buena parte de la investigación en estos campos se está desarrollando en California. ¿Cree que en Silicon Valley hay preocupación por los riesgos que implican estas técnicas?

K.I. No conozco personalmente a ningún empresario de Silicon Valley, pero sospecho que la gran mayoría prefiere mantener sus trabajos en secreto. Lo que no quieren para nada es ni regulaciones ni supervisión estatal; de hecho, algunos de ellos pretenden establecer sus sedes en altamar, es decir, fuera de todo control y de toda jurisdicción. Me parece algo muy inquietante.

En su novela describe un mundo en el que los robots son tan habituales como las cafeteras eléctricas. A los jóvenes se les adjudica un amigo artificial como compañero. Estos acompañantes son seres inteligentes que incluso tienen sentimientos.

K.I. La investigación en inteligencia artificial ha avanzado enormemente desde que empecé a trabajar en el libro. En 2016, el programa informático AlphaGo ganó 4 a 1 al campeón del mundo de Go, el surcoreano Lee Sedol. El programa lo desarrolló DeepMind, una filial de Google especializada en inteligencia artificial.

Durante mucho tiempo se pensó que este juego de mesa asiático, el Go, era demasiado complejo para los ordenadores porque, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, no hay un número tan limitado de movimientos posibles para cada jugada.

K.I. El Go sirve como indicador del estadio en el que se encuentra la investigación en inteligencia artificial. Hasta aquel momento, nadie había creído que un programa pudiese ganar al Go a un ser humano, entre otros motivos porque es un juego en el que la intuición tiene un papel destacado. Lo más interesante es que los expertos eran incapaces de seguir la forma de jugar de AlphaGo, no le veían el sentido, los comentaristas incluso se reían, decían que algunos de los movimientos eran absurdos, que aquello era una broma publicitaria. Hoy, dos de los movimientos que realizó AlphaGo son legendarios porque, analizados a posteriori, se ha visto que fueron decisivos. Eso quiere decir que no solo estamos ante una inteligencia artificial que es intelectualmente superior, sino que, además, piensa de una forma completamente diferente a la nuestra.

AlphaZero, el sucesor de AlphaGo, era aún más inteligente.

K.I. Sí, en 2017 jugó 100 partidas contra el mejor programa de ajedrez del mundo, el Stockfish 8, y no perdió ni una sola. Y con unas pocas horas de entrenamiento ya fue capaz de ganar 60 de 100 partidas a AlphaGo. AlphaZero renuncia a la experiencia humana, aprende de los aciertos y errores que comete jugando contra sí mismo. DeepMind ha presentado este diciembre un algoritmo llamado AlphaFold 2.0, se dice que podría usarse para resolver el problema del plegamiento de las proteínas. No entiendo nada de la materia, pero hay gente que está hablando ya de la mayor revolución científica del siglo. Del primer Premio Nobel para una inteligencia artificial.

¿Algún día habrá programas inteligentes que escriban las novelas por nosotros?

K.I. Eso mismo se lo pregunto yo a todos los expertos con los que hablo. Y su respuesta es que sí, aunque probablemente será una literatura de un tipo que todavía no conocemos. Puede que en el fondo no sea algo tan sorprendente, tampoco yo estoy muy seguro de cuáles son los componentes con los que se construye un libro. Pero ¿qué pasaría si una máquina consiguiera escribir una novela que nos conmoviese hasta las lágrimas?

Sería terrible.

K.I. Si llegara a pasar, me preocuparía sobre todo por la sociedad. Significaría que un algoritmo entendería nuestros sentimientos y emociones, y sabría cómo manipularlos y controlarlos. Me pondría muy muy nervioso si una inteligencia artificial consiguiera generar emociones concretas de forma premeditada, específica. Usar esa habilidad con fines políticos podría resultar muy eficaz.

Una cuestión central en su novela es si existe el corazón en sentido metafórico.

K.I. Mi protagonista, Klara, no pertenece a la familia humana y tiene que plantearse preguntas como ¿por qué se aman las personas? ¿Qué es lo que amamos de los demás? ¿Es su apariencia exterior o lo que hay en el interior? ¿Y de verdad hay algo en el interior? Si la respuesta es ‘no’ y en el fondo solo somos máquinas y nuestras emociones, una especie de pienso empalagoso que nos permite funcionar, ¿sigue teniendo sentido decir ‘te quiero’? ¿O en realidad no es más que un vestigio de tiempos primitivos en los que todavía creíamos en el alma?

Unas preguntas muy positivas todas ellas, la verdad…

K.I. Pues aquí van un par más: ¿de verdad somos individuos únicos o solo lo somos de una forma superficial? ¿Nuestros actos son únicamente la suma de procesos bioquímicos? Es posible que algún algoritmo pueda llegar a la conclusión de que las personas somos sustituibles… y de que nuestra sociedad no tiene por qué basarse necesariamente en los derechos humanos. Quizá avances científicos como la inteligencia artificial acaben cuestionando algunas de las cosas que hoy damos por sentadas.

¿Se siente preocupado por la democracia?

K.I. Hay sistemas políticos que no comparten nuestros valores, pero que funcionan muy bien en el plano económico. Por otro lado, en los últimos años no nos hemos comportado de una forma muy loable que digamos. Más bien hemos dado muestra de que podemos generar caos y división y de que tampoco somos especialmente buenos a la hora de cuidar del prójimo. Me preocupa la generación de mi hija Naomi, que tiene 28 años, y de mis futuros nietos. ¿Podrán disfrutar de una vida libre de temores, podrán disfrutar de libertad y bienestar? ¿O solo de la libertad de quejarse?

¿Cree usted que esta conversación que estamos manteniendo por Zoom está siendo grabada y controlada?

K.I. Pues es muy posible. Los modelos de negocio son diferentes, han cambiado desde los tiempos en los que las llamadas internacionales te costaban una fortuna. Ahora salen gratis, incluso podemos vernos mientras hablamos. Pero la factura que pagamos por este servicio, obviamente, se esconde en otro sitio. ¿Facilitando datos para el reconocimiento facial quizá o para la investigación de las emociones?

Usted se crio en una época relativamente libre de preocupaciones.

K.I. Sí, desde que tengo uso de razón parecía que todo iba evolucionando en la dirección correcta. Nos quejábamos de esto o de aquello, pero pensábamos que las cosas siempre iban a ir a mejor. El movimiento feminista, los movimientos contra el racismo y la homofobia eran buena prueba de ello. Pero ahora, cuando pienso en el brexit y en lo que ha ocurrido estos últimos años en Estados Unidos, tengo la sospecha de que había mucho de autocomplacencia. Cuando era joven, todos hablábamos de la ONU con respeto y confianza; hoy es objeto de burlas.

¿Sigue creyendo en el amor?

K.I. ¡Absolutamente! Un día, tendría unos 15 años, vi en televisión una charla entre la escritora Edna O’Brien y el cantante Charles Aznavour. Hablaron sobre qué era más doloroso, si estar enamorado o dejar de ser amado. Los dos pensaban lo mismo: estar enamorado. Me pareció una idea fascinante y la apunté para que no se me olvidara.

¿Y qué piensa hoy?

K.I. Anhelar el amor y no tenerlo, eso es lo peor. Pero me temo que no soy el más indicado para responder esa pregunta. Mi mayor dicha es poder compartir desde 1980 una relación muy feliz con Lorna, mi mujer. Cuando la gente habla de amor y de historias románticas, normalmente se refieren a la época en la que se conocieron y en la que se enamoraron. Y eso solo es el prólogo a la prehistoria de la relación. Es ahí donde empieza la verdadera historia.

¿Prolongaría su vida 100 años si fuese posible?

K.I. No quiero ser una novela breve, pero tampoco una de 1000 páginas. Prefiero ser una novela de 300 páginas entretenidas y de calidad. ¡Y con un final feliz!

Privadísimo

  • Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero cuando tenía 5 años se trasladó a Inglaterra con sus padres. Su madre sobrevivió al ataque de la bomba atómica en 1945.
  • Su padre era científico, un oceanógrafo al que el Gobierno británico ofreció un trabajo, y la familia ya nunca volvió a Japón.
  • Cuando era pequeño, quería ser músico y empezó a estudiar piano, pero a los 12 años lo dejó. Más tarde ejerció como cantautor y sus grandes ídolos son Leonard Cohen y Bob Dylan.
  • Dos de sus novelas han sido llevadas acine. Lo que queda del día (con Anthony Hopkins y Emma Thompson) y Nunca me abandones (con Carey Mulligan y Keira Knightley).
  • Su mujer, Lorna, con la que está casado desde 1986, es trabajadora social y de ella dice que es su mayor crítica.

Por Dirk Van Verseendal/ Fotografía: Jonas Holthaus

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Sábado, 03 Abril 2021 07:22

Revolucionar al humanismo

Revolucionar al humanismo

No es lo mismo el derecho en pueblos que jamás han vivido la justicia social. En cada territorio, son las condiciones objetivas las que determinan la conciencia y la práctica sobre los derechos humanos, por más organizaciones especializadas que militen. Donde reinan el analfabetismo, el hambre, el desempleo y la insalubridad, ¿qué significa la Declaración Universal de Derechos Humanos? Poco o nada.

No hay defensa de la humanidad que valga si sólo es ilusionismo –sin territorio– de buenos propósitos. Los territorios no son sólo geografía, son historia y sentido, sabores y olores generados por la lucha de clases que habita en todas las relaciones sociales y todas las escalas emocionales y simbólicas. Los derechos humanos no pueden invocarse aislados del territorio ni de las tensiones semánticas de los "terruños". Donde todo es corrupción, humillaciones y desprecio contra los pueblos, el discurso de los derechos humanos simplemente es palabrería de salón o engañifa de burócratas. A pesar del significado y valor histórico de la carta de los derechos humanos como herramienta opositora al proyecto nazi-fascista que merodeaba en tiempos de su nacimiento el 10 de diciembre de 1948.

Ahí donde los pueblos originarios son golpeados por todas las aberraciones y privaciones impuestas por las burguesías nacionales, los derechos humanos sólo significan, paradójicamente, palabrería enemiga e ideología burguesa. El territorio pesa sobre el significado.

Ahí donde los obreros son víctimas de la triple extorsión patronal, fiscal y sindical, hablar de derechos humanos es simplemente grotesco si no ofrece instrumentos reales de transformación concreta en lugar de idilios escapistas. Es la realidad la que determina la conciencia sobre los derechos humanos. Semántica en crisis.

Es imprescindible que toda la Declaración Universal de Derechos Humanos sea revisada con la óptica y el escrutinio que interpela el carácter individualista de los derechos, contrastándolo con su carácter social ineludible y por definición político. Es un debate obligatorio, es una asignatura pendiente e histórica, que va recorriendo las décadas en busca de una consonancia semiótica territorial, es decir, geo-semiótica, en la que se haga visible el poder crítico de los derechos humanos en los territorios y se haga visible, también, la necesidad de una carta humanista revolucionaria capaz de transformar al humanismo. En estas condiciones ya es imprescindible que todo análisis recorra, con detalle, el universo de las cajas de resonancia semántica que tiene todo postulado cuya pretensión ascienda a la generalidad de los seres humanos, de sus problemas históricos y a la urgencia de la praxis transformadora.

Geo-semiótica significa aquí el esfuerzo teórico-práctico por caracterizar la red compleja, diversa y dinámica de la dialéctica del sentido, las leyes generales de su desarrollo, en cada territorio. La red compleja y no pocas veces interconectada de los significados con que se organiza la conducta de clase cotidiana de los pueblos, sus basamentos filosóficos y sus expresiones morales y éticas.

Con el supuesto de que toda acción está precedida de un conjunto de nociones sobre la realidad y sobre lo que se pretende en el futuro, esta idea, la geo-semiótica, se enraíza en la necesidad de caracterizar, también, localmente los modos de producción de sentido y las relaciones de producción de sentido, en las condiciones concretas en que se desarrolla. No se trata de una categoría esotérica para hacer, todavía más, incomprensible a la semiótica y a su responsabilidad como instrumento de combate contra la ideología de la clase dominante. Se trata, por el contrario, de enriquecer el instrumental de acción o de praxis científica para facilitar su ascenso en las realidades concretas de cada pueblo.

Todas las tareas que sean necesarias en la lucha cotidiana por la emancipación del sentido tienen, ante la carta de los derechos humanos, un reto de urgencia crítica que compromete, de manera multidisciplinaria, a quien pretenda contribuir a orientar las luchas emancipatorias para oponerse al humanismo de las formas dogmáticas, mecanicista o esquemático con que se pretende resolver no sólo la problemática humana de nuestro tiempo, sino también la idea de un derecho separado del principio urgente de la justicia social.

Revolucionar la carta de los derechos humanos no es una utopía más cuando la pandemia ha desnudado la crueldad burguesa que atesora vacunas al ritmo del mercado y de la crueldad capitalista. Revolucionar al humanismo implica producir herramientas que muestren permanentemente el rostro de nuestros pueblos atónitos que miran, con desesperanza y rabia, la demora de su derecho a las vacunas; que miran la demora del derecho a la educación, la nutrición, el trabajo, la vivienda y la cultura emancipada. El derecho a vivir viviendo y no sobreviviendo en las condiciones inmorales en que se vive bajo el capitalismo.

Revolucionar al humanismo de los derechos humanos implica combatir el ilusionismo filantrópico con una declaración de acción concreta contra las sociedades divididas en clases, donde reina lo inhumano del modo de producción dominante y de las relaciones de producción alienantes con todos sus significados. Sus medios y sus modos.

Por Fernando Buen Abad Domínguez, director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús

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Jueves, 25 Marzo 2021 05:42

Palabra y gesto

Palabra y gesto

Lo que no muere en la pandemia

En el último tiempo pienso en que la pandemia trajo aires de muerte por todos lados. Todxs estuvimos o estamos más cerca de ella en este último tiempo. A veces puedo hasta dejarme llevar por esa idea de “total, todxs nos vamos a morir”. Y no. O sea, sí. Todxs nos vamos a morir algún día. Pero mientras tanto ¿qué? ¿Cómo situarse, posicionarse, en esta vida pandémica con la muerte parada en la esquina? ¿Cómo transitar esta vida que cada día nos recuerda, con mayor intensidad, que la muerte es parte de ella? No crean que tengo respuestas, pero vengo reflexionando al respecto.

Releo seminarios de Lacan y algunos textos de Freud, trato de encontrar en ellos la respuesta. No está. Nadie tiene la posta. Sin embargo, han sabido construir conceptos y generar una transmisión que colaboran profundamente con mis pensamientos y con el de muchxs otrxs analistas y colegas.

Somxs mortales. Somxs humanxs, estamos atravesadxs por la cultura, el lenguaje y el uso del símbolo crea un nuevo orden del ser. En el mundo de la palabra, el mundo humano, todo lo que instaura es una realidad en la realidad.

En el Seminario I (1953-54) Lacan retoma la Fábula de Ulises, precisamente cuando es protagonista en “La odisea”. Si la recuerdan, este texto da cuenta del recorrido de Ulises desde la guerra de Troya hasta sus tierras. Recorrido complejo, arduo, dura como 10 años y está lleno de obstáculos. Lo que recorta Lacan es el momento donde Circe (una mujer que hacía hechicería en la Isla de Eea) transforma a su tripulación en cerdos. Dirá que a partir de allí estos cerdos emiten gruñidos, conformando una comunidad, una sociedad, se comunican y comunican mediante gruñidos sus necesidades: si tienen hambre, sed, y también sus cuestiones anímicas.

Lacan se pregunta: ¿son mensajes estos gruñidos? ¿Cómo reconocer que en esos gruñidos hay palabras? Dice escuchar en los gruñidos de los cerdos que “extrañan a Ulises”; sin embargo, esa misma tripulación estaba bastante cansada de Ulises y sus exigencias. Ahora bien, también Ulises era destacado por su astucia. Por lo tanto, dirá Lacan, esos gruñidos son ambivalentes: ¿quieren volver a ver a Ulises, lo aman? O ¿añoran su astucia para que los libere de su actual animalidad?

Esta ambivalencia, dice Lacan, demuestra que hay dudas acerca de lo que los gruñidos comunican. Pero ¿alcanza esto para pensar el gruñido como palabra? La verdad es que no.

Un gruñido solo se transforma en palabra cuando alguien se pregunta ¿qué quiere decir eso? “Una palabra solo es palabra en la exacta medida en que alguien crea en ella", dicen Lacan.

Creer y crear palabra, ¿el único modo de transformar dolor en alguna otra cosa? Podemos convenir en que hay experiencias de la vida humana que son bellísimas de vivir, que el placer no se agota en el dolor ni viceversa, que a veces, parafraseando al Indio, el infierno está encantador pero que también a ese infierno habrá que nombrarlo para poder tomar decisiones (por más dolorosas que puedan ser). El análisis me enseñó algo fundamental: la palabra es el medio para poder nombrar los afectos que estrujan el alma y que desbordan al aparato psíquico.

Alojar los gruñidos y preguntarse ¿qué quiere decir eso? ¿por qué gruñe (o gruño) así? Eso sí es posible, siempre y cuando, exista ese Otro que crea en que ese gruñido tiene algo para decir, contar, es palabra. La palabra tiene una función creadora, crea el mundo en el que vivimos; sigamos gruñiendo porque si bien es cierto que Dios ha muerto todavía hay un Otro que cree que seguimos siendo humanxs.

Por último, quisiera resaltar --porque me invade la pregunta-- ¿y el "gesto"? ¿no nos hace humanxs, tanto como la palabra? ¿qué pasa con el gesto? ¿no es cierto que existen gestos que alivian el alma? Gestos que no son palabras (o que a veces podrían serlo, como no). La palabra está afectada. El gesto es parte de ese afecto, un gesto del Otro es un don que recibo que en el mundo humano tendrá diversas significaciones. Como dice mi colega Leila Wainzek (2019), "la ternura en tanto afecto primordial y estructurante del psiquismo humano bajo la forma del gesto de amor (...) instaura al sujeto de lo inconsciente en el seno de un tipo particular de lazo de amor al Otro, es decir, entre “lo íntimo” del gesto humano (...) y “lo común” de las subjetividades de una determinada sociedad, comunidad y cultura".

Eso "íntimo" del gesto humano que nombra la autora es lo que reúne "lenguaje, cuerpo y afecto" (Wainzek, 2019). De este modo, podríamos decir que para no morir tanto cada día habrá que seguir apostando a la palabra y al gesto de amor. Si ser humanxs es habitar la cultura, no podríamos quedarnos por fuera del gesto lenguajero, esos con los que andamos por la vida y de los que también estamos hechos; no es un slogan del estilo "más amor por favor" o "todo lo que necesitas es amor", dejemos de sobrecargar el concepto de amor rellenandolo de "chucherías". El gesto de amor que anuda el lenguaje con sus palabras hace cuerpo en el lazo social. Somxs también esos cuerpos, los que ya no están, los que han desaparecido, los que viven día a día luchando por una causa, etc, somxs cuerpo hecho de discursos y de gestos. Por supuesto, existen otros gestos, pero me interesa el gesto de amor porque es el único que comporta la potencia de aliviar el alma cuando la muerte está en la esquina y nos ataja los penales que, ineludibles, van a hacer gol alguna vez.

María Florencia González es psicoanalista. Docente UBA. Investigadora UBACyT.

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Fuentes: CTXT [Ilustración: Fake News Circus, LA BOCA DEL LOGO]

Derecho a la información veraz

La mentira es un arma de destrucción social que esclaviza a los seres humanos, pues puede hacer que actuemos en contra de nuestros intereses y que renunciemos a ser auténticamente libres

El enorme protagonismo que han tenido las mentiras en el mandato de Donald Trump (se le han contabilizado 30.573 en los cuatro años de presidencia) y su masiva circulación a través de las redes sociales pueden llevar a un error importante sobre su verdadera naturaleza, causas y propósitos.

Nos referimos a creer que las ahora llamadas fake news o posverdad son un fenómeno de nuestro tiempo, vinculado a un auge coyuntural de las posiciones políticas extremistas que antes o después desaparecerán, y algo derivado exclusivamente del uso de las nuevas plataformas digitales.

La mentira, el engaño, la difusión de información falsa, de bulos o de dudas malintencionadas son tan antiguas como la humanidad. Y no se trata tan solo de un fenómeno que sea exclusivo de la vida política sino que constituye una auténtica industria puesta al servicio de estrategias comerciales e incluso de los mecanismos más viejos que se conocen para lograr el dominio de unos seres sobre otros. La historia de la comunicación social y de los medios es la de la manipulación informativa y de la decadencia de la verdad.

La larga historia de la mentira en la comunicación social

Falsear la verdad, fabricar noticias, extender bulos y mentir en interés propio a través de los medios de comunicación social ha sido una práctica muy corriente en el último siglo y medio.

La “derrota de la razón” que con tanta brillantez y dolor describió Stefan Zweig, el ascenso del nazismo, o lo que sucedió en España a partir de 1936 no podrían entenderse sin tener presente el papel de los medios como deformadores de la verdad. 

La difusión de noticias falsas y la manipulación de la información se ha utilizado en campañas electorales, en publicidad y en estrategias comerciales, como las que durante años han tratado de ocultar los efectos mortales del tabaco o los costes reales de la sanidad privada. Más recientemente, hemos vivido auténticos procesos de intoxicación comunicativa para ayudar a propagar falsedades sobre hechos o procesos de gran trascendencia: guerra de Irak, 11-M en España, brexit o independencia de Cataluña, entre muchos otros. Por no hablar de la mentira al menudeo que se difunde día a día a través de todo tipo de medios.

Es una evidencia histórica, por tanto, que el engaño y la difusión de falsedades como parte de estrategias para tratar de conseguir determinados objetivos, bien sea de naturaleza política o comercial, no son fenómenos recientes ni casuales sino bien antiguos y deliberados.

Sin embargo, también es un hecho que la difusión de la mentira y el deterioro generalizado de la verdad se están produciendo en los últimos años de una forma más extendida y con consecuencias mucho peores que en épocas anteriores. Pero sería un error, como dijimos, creer que eso se debe solamente a que han cambiado las infraestructuras a través de las cuales fluye la información.

Mentira e ignorancia inducida en la comunicación digital

Es cierto que la proliferación de las nuevas plataformas, redes y artefactos que sirven de medios para producir, almacenar, transmitir y consumir información sin apenas dependencia del tiempo y el espacio y a mucha mayor velocidad, tienen tres efectos principales que facilitan la desinformación y la propagación de mentiras.

En primer lugar, la “balcanización” del sistema de comunicación al generarse miríadas de puntos de emisión y redifusión, periféricos, excéntricos, marginales… pero con gran capacidad de incidencia en amplias zonas o incluso en la totalidad del sistema. Esto hace que, a través de las redes y plataformas, sea más fácil y barato disponer de capacidad para difundir falsedades, bulos o dudas malintencionadas que producen ignorancia e impiden descubrir la verdad. Entre otras cosas, porque –con independencia de que se tenga algún otro tipo de interés político para llevarla cabo– la difusión de información falsa a través de las redes digitales se ha convertido en un negocio muy rentable económicamente (porque se cobra por visualizaciones o reenvíos y los sesgos cognitivos asociados al uso de la red hacen que las informaciones falsas se reenvíen un 70% más que las reales). 

En segundo lugar, la velocidad con que hay que operar en estas plataformas obliga a empaquetar la información de forma mucho más intuitiva y simplificada, con lenguaje menos analítico, más emocional, y vinculado a la experiencia personal y a la opinión que a los hechos y a su análisis objetivo. De este modo, el falseamiento de la verdad se produce más fácilmente y resulta más difícil descubrir la realidad de los hechos.

La intervención de los algoritmos refuerza el sesgo de autoconocimiento que consiste en darle más credibilidad a los datos que ratifican nuestras ideas previas

En tercer lugar, hay que tener en cuenta que los nuevos medios no proporcionan la información limpiamente, o como respuesta directa a la demanda de los receptores, sino a través de algoritmos que previamente determinan el tipo de información que mejor se ajusta a sus perfiles personales. La información que llega a los receptores no es la que se corresponde directa u objetivamente a la demanda que hayan realizado, sino la elaborada o seleccionada “a propósito” por el algoritmo para que pueda ser reconocida más fácil y rápidamente como propia o deseada y sin con la menor reflexión posible.

Así, la intervención de los algoritmos refuerza el sesgo de autoconocimiento que consiste en darle más credibilidad a los datos que ratifican nuestras ideas previas y, por tanto, dificulta que los receptores de información puedan ponerla en duda cuando es falsa. 

Para evitar este y otros sesgos semejantes asociados a la comunicación digital, es decir, para poder discernir sobre lo que es verdad o mentira en la comunicación digital de nuestro tiempo, es preciso que el consumidor de información no solo tenga acceso a ella sino que, además, conozca a la perfección la naturaleza de la infraestructura (del algoritmo) que le permite poseerla, lo que equivale a decir que se encarece la inversión necesaria para descubrir la verdad, haciendo más barato y sencillo propagar falsedades.

Ahora bien, por muy presentes que estén estas circunstancias que abaratan la difusión de la mentira y dificultan y encarecen el descubrimiento de la verdad, a pesar de la abundancia de información y de la pluralidad de fuentes a nuestra disposición, la proliferación de la mentira en nuestro tiempo tiene que ver, en mucha mayor medida, con otras dos circunstancias.

Desigualdad, concentración del poder y desinformación

La primera de ellas es el aumento sin parangón que está registrando la desigualdad en los últimos años. Un fenómeno que necesariamente va unido a la polarización y al aumento de la ya de por sí gran concentración de la propiedad y del poder de decisión no solo en los medios tradicionales de comunicación sino en las nuevas plataformas y también en la economía, las finanzas y la política.
Cuando eso ocurre, para que los de arriba puedan acumular sin descanso privilegios, renta y riqueza a costa, lógicamente, de los de abajo, es imprescindible que estos últimos no sean conscientes de lo que está sucediendo. Quienes disfrutan del poder y de los privilegios necesitan convencer al resto de la población de que no hay alternativa posible a la situación en la que se encuentran y, al mismo tiempo, han de conseguir que quienes afirmen lo contrario no dispongan de capacidad ni poder mediático suficientes para divulgar sus propuestas. Algo que solo se puede conseguir logrando que la población a quien se quiere dominar no perciba la realidad tal cual es e impidiendo que identifique correctamente la naturaleza real de los problemas que le afectan y sus intereses auténticos.

La desigualdad extraordinaria de nuestro tiempo es, al mismo tiempo, la causa y la consecuencia de que la agenda de los medios, lo que se dice en la prensa o en los programas de radio y televisión, lo que se puede hacer o decir o no en las redes… estén cada vez más controlados por un grupo cada vez más reducido de propietarios y editores que se han adueñado del poder omnímodo que permite producir y difundir como verdades las mentiras que les interesan a sus dueños.

Relativismo y debilidad de los mecanismos de contrapoder social

El último fenómeno que a nuestro juicio explica el por qué de la gran decadencia de la verdad que estamos viviendo tiene que ver con el tipo de civilización que ha generado el neoliberalismo.

En las últimas cuatro décadas se ha conseguido forjar una no-sociedad basada en el individualismo, de personas ajenas a su alteridad que viven ajenas a su condición de seres sociales, prácticamente aisladas unas de otras y que socializan, si lo hacen, en grupos virtuales, que solo les pueden proporcionar una confluencia líquida, en el sentido de Zygmunt Bauman, es decir, efímera, incierta, volátil, intangible… en la práctica, completamente irreal.

Eso, por una parte, ha permitido que crezca y se consolide en nuestras sociedades el relativismo que lleva a creer que no existe una verdad objetiva e independiente de nuestra preferencia o percepción subjetiva, que cualquier expresión tiene valor como verdad. Pareciera que el derecho a tener opinión propia se haya sustituido por el de disponer de nuestros propios hechos, de modo que nos estaría permitido definir o percibir la realidad objetiva que nos rodea a nuestro libre albedrío, ajustada a nuestra preferencia. Y, por otra, esa ceguera de la realidad objetiva impide que se puedan generar intereses comunes, resistencias de grupo, contrapoderes frente a los grupos sociales que dominan y utilizan las plataformas y los medios de comunicación social para producir la ignorancia inducida sin la que sería imposible que mantengan sus privilegios.

Estrategias frente a la desinformación y la mentira

Para terminar, hay que preguntarse qué se puede hacer para enfrentarnos a esta especie de Edad de la Mentira en la que se está convirtiendo la era digital que cabalga a lomos de los viejos productores de la desinformación que ahora disponen de más poder mediático, financiero y político que nunca. A nuestro juicio, cabe avanzar por tres grandes líneas de actuación.

La primera y sin la cual nada se podrá hacer para hacer que el respeto a la verdad prevalezca en nuestras sociedades es combatir la desigualdad, distribuir más justamente la riqueza, fortalecer la democracia e impedir que la propiedad de los medios que los seres humanos necesitamos tener a nuestro alcance para vivir en libertad se concentre en tan pocas manos como ahora.

La segunda debería encaminarse a procurar que nuestras sociedades den valor a la verdad.

Más en concreto, para poder combatir la desinformación y la mentira es imprescindible reconocer que las sociedades no pueden desarrollarse en paz y quizá ni siquiera sobrevivir tolerando la indiferencia entre lo verdadero y lo falso. Hay que entender y asumir que la mínima cohesión que precisa una sociedad libre y democrática sólo se puede conseguir compartiendo un concepto de verdad respetado generalizadamente. Y que la mentira, por el contrario, es un arma de destrucción social que esclaviza a los seres humanos, pues puede hacer que actuemos en contra de nuestros intereses y que renunciemos a ser auténticamente libres. De hecho, esta utilidad de la mentira es lo que explica que se produzca y difunda estratégica y deliberadamente a través del sistema de comunicación social, cuando unos grupos de población más poderosos tratan de dominar al resto de la población.

Se ha conseguido forjar una no-sociedad basada en el individualismo, de personas ajenas a su alteridad que viven ajenas a su condición de seres sociales

El corolario de estos principios tan elementales pero en la práctica olvidados hoy día es que la verdad, el reflejo del hecho objetivo, tiene un valor intrínseco para la sociedad, para la convivencia y el bienestar de los seres humanos, para el sostenimiento de la vida y que, por tanto, debe ser protegida con la mayor firmeza posible y con eficacia.

La tercera vía de actuación podríamos describirla como consistente en aumentar el precio, hoy día tan bajo, que se paga por mentir.

Tal y como se puede deducir de lo que venimos exponiendo, es difícil evitar la producción de mentiras y su difusión pero sí se puede exigir responsabilidad a quienes las lleven a cabo, hacerles pagar por ello y, además, mejorar las capacidades para distinguir entre lo verdadero y lo falso, utilizando cuatro grandes tipos de instrumentos.

El más importante de ellos es la educación integral y la alfabetización mediática.

No hay mejor defensa contra la mentira que la formación, el aprendizaje del pensamiento crítico y la alfabetización que permita conocer el funcionamiento de los medios y las servidumbres de las nuevas plataformas, la socialización en valores ciudadanos y el cultivo de la reflexión, del debate en condiciones de igualdad y de la duda que es, como dijo Francis Bacon, la escuela de la verdad.

Otro instrumento fundamental es el desarrollo y la utilización de herramientas contra la desinformación que permiten detectar los mensajes fraudulentos, los bots maliciosos (programas automatizados que simulan comportamientos humanos); establecer baremos de puntuación de credibilidad; seguir los flujos de desinformación; verificar la información para denunciar la falsa; elaborar listas blancas con fuentes de información confiables y otras de no verificadas o denunciables… por poner tan solo algunos ejemplos. 

El tercero, la promoción del periodismo y de los medios independientes y plurales que son los que pueden tratar y proporcionar la información sin la esclavitud que supone estar al servicio o ser propiedad de los grandes grupos mediáticos, económicos, financieros o políticos.

Finalmente, hay que tener en cuenta que el desequilibrio entre el poder de los diferentes sujetos del sistema de mediación social es tan grande que resultará imposible evitar que los más poderosos puedan producir y difundir desinformación sin que exista un poder regulador superior que, por definición, no puede ser sino el que cuente con la legitimación del sistema democrático.

Para reconocer y defender la verdad es imprescindible una regulación estricta, rigurosa, basada en el mejor conocimiento posible de cómo funciona la maquinaria de la mentira en nuestro tiempo, que facilite la persecución y sancione la falsedad sin ningún tipo de complejo, asumiendo que la verdad existe y que es imprescindible que esté protegida. Pero sin equivocarse sobre el mal que se quiere combatir ni confundir al responsable del daño que causa; es decir, sin producir más lesión a la democracia y la libertad de la que tratara de evitar, como sucede cuando se recurre a la censura o se culpabiliza a los aparatos y no a las personas que los utilizan para difundir la mentira. A quien hay que perseguir y penalizar es a quien produce desinformación y a quien, por cualquier vía, se beneficia de crearla o distribuirla.

Se trata, en fin, de respetar, por un lado, un principio elemental: los hechos son sagrados, las opiniones libres. Y, por otro lado, de algo que no se puede considerar ni muy exagerado, ni radical: simplemente, garantizar que se haga realidad un derecho reconocido en el artículo 20 de nuestra Constitución: el de “comunicar y recibir libremente información veraz”.

Por Emelina Fernández Soriano, Juan Torres López | 06/03/2021

Emelina Fernández Soriano es doctora en Comunicación Audiovisual y expresidenta del Consejo Audiovisual de Andalucía.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

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Lunes, 01 Marzo 2021 05:18

Confesiones de un vicioso

Confesiones de un vicioso

En una conversación de días pasados con Elena Poniatowska, mediada por Antonio Ramos Revilla, director de la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, hablamos del universo infinito de las lecturas, empezando por aquellas de la infancia que se recuerdan siempre con el gusto de la nostalgia.

Para Elena su primer libro, leído en francés, fue Heidi, la novela sobre la huerfanita de las montañas alpinas, de la escritora suiza Johanna Spyri, famosa en muchas lenguas a partir de su publicación en 1880, y que lo sigue siendo al punto de que ha pasado a convertirse en una historieta anime en Japón.

Yo recordé que había hallado el sentido de la aventura en los personajes de las historietas cómicas de identidad oculta, como El fantasma, creado por Lee Falk en 1936, "el duende que camina" sentado en el trono de la Calavera en una cueva en lo profundo de la selva, desde donde salía a vérselas con sórdidos malandrines.

Y decía también que la mejor manera de inducir a alguien a volverse un vicio­so de la lectura es colocarlo frente a una vitrina de libros prohibidos, encerrados bajo llave, pues sin duda se hará de una ganzúa para sacarlos y leerlos en ­clandestinidad.

Cuando terminaba la escuela primaria, tuve acceso a un cuaderno mecanografiado con pastas de papel manila y cosido con hilo como los folios judiciales, que amenazaba deshacerse de tan manoseado. Su dueño era un lejano primo por parte de mi madre, llamado Marcos Guerrero, de pelo y barba rizada y ojos de fiebre, como un personaje de D.H. Lawrence. Vivía solitario en una casa desastrada, sus gallos de pelea por única compañía.

Lo guardaba con celo en un cajón de pino, de esos de embalar jabón de lavar ropa, junto con libros tan dispares como El conde de Montecristo, Gog, de Giovanni Papini, o Flor de fango, de Vargas Vila, y sólo lo prestaba bajo juramento de secreto. De modo que mi lectura de ese cuaderno, que no tenía título ni autor, fue mi iniciación no sólo en el rito de la lectura, sino también en el de la ­sensualidad.

Trataba acerca de la condesa Gamiani, refinada en juegos sexuales no sólo con hombres de cualquier calaña, criados o nobles, y con otras mujeres, sino también con animales, principalmente perros de caza. Sólo muchos años después, en mis correrías por tantas librerías, volví a encontrarme con este libro que se llamaba, en verdad, Gamiani: dos noches de excesos, y descubrí que no había sido escrito por una mano anónima, sino por Alfred de Musset.

Esa sensualidad de las lecturas ha permanecido intacta en mí desde entonces, y se ha trasladado al cuerpo mismo de los libros. Siempre entro en ellos oliendo primero su perfume, y no dejo de recordar aquellos tomos en rústica de cuadernillos cerrados que era necesario romper con un abrecartas, una manera de ir penetrando poco a poco en los secretos de la lectura oculta en cada pliego sellado. Por eso es que desconfío tanto de esas horribles predicciones de un futuro en que esas caricias deberemos traspasarlas a las frías pantallas de cuarzo.

Pero también volvemos en la memoria a los libros que fueron herramientas para aprender a escribir. A Chejov regreso con toda confianza, como quien visita una casa a la que se puede entrar sin llamar porque sabemos que la puerta no tiene cerrojo, y lo imagino siempre sosteniendo sus quevedos de médico provinciano para examinar a las legiones de pequeños seres que se mueven por las páginas de sus cuentos, tan tristes de tan cómicos, y tan desvalidos.

Como O. Henry también, ahora tan olvidado, pero cuyos cuentos, que repasé tantas veces en un tomo de tapas rojas, siguen siendo para mí una lección de precisión matemática, como perfectos teoremas que se resuelven sin tropiezos; y lo imagino aburrido en su exilio del puerto de Trujillo en la costa del Caribe de Honduras, adonde había huido después de defraudar a un banco, y donde escribió su novela De coles y reyes, en la que inventó el término banana republic.

Y hay otros libros que tampoco se olvidan porque fueron puertas de entrada a otras lenguas. La perla, de John Steinbeck, el primero que leí en inglés, esforzándome en noches de desvelo con el diccionario Webster de bolsillo, durante aquel curso de verano en la escuela de idiomas de la Universidad de Kansas en 1966. Y la vez que recostado bajo un tilo en el Volkspark de Berlín en 1973, cerré el ejemplar de La metamorfosis y le dije triunfalmente a Tulita, mi mujer: "Ya puedo leer a Kafka en alemán".

Lecturas infinitas e infinitas esperan por más lecturas. Tengo más libros de los que alcanzaré a leer durante mi vida y, sin embargo, cada vez que entro en una librería me domina la avidez de quien no es dueño de uno solo. Todo vicio tiene su ingrato síndrome de abstinencia.

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Jueves, 25 Febrero 2021 05:26

Imagen, imaginación y sentido

Imagen, imaginación y sentido

Ya James Joyce, para quien la imaginación tiene la cualidad de un fluido y hay que sujetarla con fuerza para que no se vuelva imprecisa, y al mismo tiempo con delicadeza, para que no pierda sus poderes mágicos, lamentaba el sensacionalismo frenético de su época: el hombre actual tiene epidermis más que alma, lo que señalaría quizá una carencia general de fuerza imaginativa. En nuestros tiempos la superficie del mundo está sobretapizada de imágenes, pero la potencia imaginativa, o la imaginación, no parece, ante la producción excesiva de imágenes, tener a buen resguardo su lugar. Las imágenes que venden, mercancías más que imágenes, se han enseñoreado sobre las que dicen, sobre las expresan sentido.

Pierre Reverdy dice que lo propio del poeta (artista, creador) es apreciar las cosas en la medida en que se prestan a la formación de imágenes, las cuales constituyen su particular medio de expresión. Las imágenes que expresan sentido son, para quien esto escribe, las verdaderas (reconocidamente emparentadas con el símbolo, con el mito, con el ritual).

Rodolfo Cabrales habla del poder evocatorio de la imagen, del poder evocatorio de lo poético y lo verdadero en indisoluble unidad. En una de sus versiones, no necesariamente la del estudioso, la imagen como evocadora del origen, los orígenes, lo original. Dostoyevsky:

Su imaginación de nuevo está lista para despertar, suscitarse, y de pronto otra vez un nuevo mundo, una nueva y maravillosa vida brilla junto a él en su centelleante perspectiva. ¡Un nuevo sueño, una nueva vida!

Quise suprimir la frase admirativa, mas qué admirablemente conecta con este comentario de Tomás Segovia respecto de Gérard de Nerval: La imaginación es la doble lectura simultánea de la vida y el sueño. Y con: La vida imaginada muestra no sólo el sentido de la imaginación sino el sentido de la vida.

Tenemos que para cierto inconforme, Max Aub, el ideal, ahora, es un mundo sin imaginación. Hay en nuestro mundo (John Berger), como en el infierno del Bosco, “el clamor de un presente desigual y fragmentario… lleno de sorpresas y sensaciones… donde nada fluye libremente; sólo hay interrupciones…; una infinidad similar de emociones inconexas, un frenesí similar”.

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Shutterstock / Lorelyn Medina

La Educación Culturalmente Relevante (ECR) es una pedagogía que reconoce la importancia de incluir los legados culturales del alumnado en todos los aspectos del aprendizaje.

Se trata de un enfoque poco o nada conocido y constituye una oportunidad para potenciar significativamente el éxito de los y las estudiantes culturalmente diversos/as.

La cultura es fundamental para el aprendizaje. Desempeña un papel no solo en la comunicación y recepción de información, sino también en la configuración del proceso de pensamiento de grupos e individuos. Una pedagogía que reconoce las culturas presentes en el aula ofrece un acceso pleno y equitativo a la educación de todos el alumnado.

Pero ¿por qué debemos abordar la diversidad cultural en el aula? A medida que más y más estudiantes de diferentes orígenes pueblan las aulas y aumentan los esfuerzos para identificar métodos efectivos para enseñar a población escolar cultural y lingüísticamente diversa, se intensifica la necesidad de enfoques pedagógicos que sean sensibles a esa diversidad.

Las aulas culturalmente plurales requieren que los y las docentes enseñen a estudiantes de diferentes culturas, idiomas, habilidades y muchas otras características. No faltan, de ningún modo, argumentos que justifiquen la paulatina necesidad de un modelo pedagógico como este, a la luz de ciertas tendencias sociales y culturales de la modernidad, la creciente globalización económica, el desarrollo de la sociedad digital, la seducción por el impulso de las competencias individuales y la exclusión de colectivos y grupos cada vez más vulnerados en sus derechos.

Una pedagogía culturalmente sensible

Para enfrentar estos desafíos, los/as docentes deben emplear no solo una pedagogía teóricamente sólida sino también culturalmente sensible, creando una cultura en el aula donde todo el alumnado, independientemente de su origen cultural y lingüístico, sea bienvenido y apoyado y se le brinde la mejor oportunidad de aprender.

Para muchos estudiantes los comportamientos requeridos en la escuela (por ejemplo, sentarse en el asiento y solo hablar cuando se les solicita) y los tipos de discurso (directo o indirecto) contrastan con la cultura del hogar y con sus prácticas lingüísticas.

Para aumentar la calidad de la escolaridad del alumnado, y en concreto su éxito académico, es imperativo que los/as docentes ayuden a los estudiantes a superar esta discontinuidad entre el hogar y la escuela como medio para favorecer su inclusión social y educativa, en condiciones de igualdad y de ciudadanía.

Orígenes de la ECR en EE UU

La ERC apareció en Estados Unidos en los 90. Se trata de una estrategia pedagógica que contribuye a la literatura alrededor de la educación intercultural, recibiendo múltiples denominaciones, tales como "pedagogía culturalmente apropiada", "congruencia cultural en la instrucción", "educación culturalmente responsable/sensible" o "culturalmente sostenible".

Pretende dar respuesta a la mejora en el rendimiento académico del alumnado culturalmente diverso y para ello cuestiona la enseñanza tradicional.

Propone aumentar la relación entre la cultura de la escuela, lo que se aprende en ella, y la cultura de los hogares, es decir, los conocimientos que se traen desde casa. La falta de conexión entre ambos podría explicar el fracaso escolar en determinados colectivos culturales por la infravaloración, incluso rechazo o desconocimiento, que tiene la cultura escolar sobre las múltiples formas de vida y cultura del alumnado.

Para ello, la ERC da espacio y tiempo en el currículum, incluyendo las experiencias y conocimientos del alumnado, y lo hace teniendo en cuenta su cultura y su identidad.

El supuesto es que, si la organización de la actividad escolar se acerca a la experiencia y formas de vida del alumnado, se reconoce su bagaje cultural, se facilita la conexión escuela, familia y entorno social, optimizando el compromiso y sentido del contexto educativo escolar y lo que en él se hace.

La ERC implica en el/la docente un cambio de mirada que lleva a cuestionarse sus actitudes: ¿Considera que el alumnado culturalmente diverso viene con un déficit cultural que la escuela debe cubrir, o valora el bagaje cultural/lingüístico del alumnado como una aportación al currículum? Además, debe reflexionar sobre su forma de enseñar, cómo planifica la actividad docente y cómo evalúa.

Las "madres" de esta pedagogía

En este campo de trabajo destacan principalmente dos investigadoras: Gloria Ladson-Billings y Geneve Gay. Para la primera, la ERC es aquella educación "que empodera intelectual, social, emocional y políticamente a los estudiantes mediante el uso en la enseñanza de sus referentes culturales". Por eso, ponía énfasis en cómo y por qué las creencias del profesorado, su sentido ético y sus ideas sobre la docencia son factores sustantivos en la acogida que dispensan a los estudiantes culturalmente diversos.

En conclusión, la ECR plantea la necesidad de crear nuevos enfoques pedagógicos, éticos y de pensamiento didáctico sobre cómo la diferencia cultural debe transformarse en deferencia hacia el otro. Este enfoque supone ir más allá de la educación compensatoria y de la perspectiva del déficit al reconocer una riqueza intrínseca a las personas, más allá de su condición lingüística, económica, religiosa que, en ocasiones, suelen ser invisibles para la cultura escolar.

Además, la ECR es una invitación a romper el enfoque etnocéntrico de la enseñanza, a considerar que el alumnado aporta fondos de cultura y a empapar a la comunidad educativa de los mismos.

Por Rosa M. Rodríguez-Izquierdo

Profesora Titular Dpto. Educación y Psicología Social, Universidad Pablo de Olavide (2004 hasta la actualidad), Universidad Pablo de Olavide

24/02/2021

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La cantante brasileña Maria Bethania, en una imagen de febrero de 2021.Jorge Bispo / Divulgação

La artista brasileña habla sobre la tristeza que le provoca su país y del concierto que ofrecerá este sábado, el día que cumplirá 56 años de su debut musical

 

Maria Bethânia (Santo Amaro, 75 años) fue aconsejada por Boninho, director de televisión de la cadena Globo, para que hablara bastante durante el recital en directo que ofrecerá este sábado y que podrá verse de forma gratuita a través de la plataforma Globoplay. Le sugirió que evitara el vacío entre las canciones ante la ausencia de aplausos, ya que no habrá público. La cantante sonríe: “Le dije que se quedara tranquilo, porque soy la cantante brasileña que más pega una canción con la otra, ya sea con un texto, con una introducción. Odio esos vacíos, no me gusta darles espacio”, comenta por teléfono la también hermana de Caetano Veloso. “Espero los aplausos, pero no cuento con ellos. Muchas lecciones de Fauzi”, dice la cantante, nombrando a Fauzi Arap, el director y dramaturgo que fue su gran maestro en la sabiduría de casar texto y música en los espectáculos, una dinámica que se tornó su marca registrada.

Rosa de los vientos, un espectáculo fundamental de la colaboración entre Bethânia y Fauzi, cumple 50 años en 2021 y se celebrará en el directo de este sábado, su primera experiencia en este formato, que se emitirá desde el espacio cultural Ciudad de las Artes, en Río de Janeiro. No es la única efeméride que marca la presentación. Bethânia recuerda, “perfectamente”, el 13 de febrero de 1965, día de su debut en el espectáculo Opinión: “Recuerdo mi llegada al Teatro Opinião, entré con Caetano. Tereza Aragão [actriz y productora] me recibió y me llevó al camerino. Recuerdo que era muy pequeño, pero cálido. Una luz ámbar, un espejo cuadrado, sencillo. El camerino desnudo”, describe con detalle. Una osadía para aquellos años. Brasil vivía en dictadura después del golpe militar de 31 de marzo de 1964.

Días antes del audaz espectáculo, Bethânia había llegado desde Bahía. Estaba allí para sustituir a otra estrella de la música brasileña, Nara Leão. Ya había cantado en Salvador, capital del Estado de Bahia, pero Opinión sería su debut nacional. “El Grupo Opinión me pidió una hora en una peluquería al día siguiente de mi llegada, no les gustó mi pelo”, recuerda. “Me pasé toda la mañana en esa peluquería. No me gustó nada cómo quedó. En el camerino, el día del estreno, me miraba y pensaba: ‘Este no es mi pelo’.” Minutos antes de entrar, un gran escenógrafo, amigo de Tereza, vio que no estaba satisfecha, me cogió el pelo y me hizo ese moño con el que canté Carcará. Me preguntó si estaba bien, le dije que estaba mucho mejor que antes. Subí al escenario feliz, descalza, para cantar É de manhã, de Caetano. Había conseguido convencerles de entrar con esta canción de mi hermano, que por aquel entonces era un artista desconocido. Y el moño se convirtió en una marca”.

Bethânia recuerda que estaba tranquila: “Tereza estaba muy nerviosa, Caetano también, yo no”. Pero no estaba indiferente. Estaba ansiosa por subir al escenario y mostrar lo que había preparado. La misma sensación que tiene poco antes de su primer directo virtual, 56 años después de aquel espectáculo. “Siempre es así, hasta hoy. Por eso me gusta ensayar, mucho. Sé hacerlo, lo he aprendido, esto es lo que he elegido, voy a mostrarlo”, afirma Bethânia, anticipando que el espectáculo Opinión será recordado brevemente en el directo “con una estrofa”. “No voy a cantar Carcará. Pero cantaré algunos éxitos y algunas cosas de Noturno”.

Noturno es el disco que lanzará en los próximos meses, con canciones de compositores como Adriana Calcanhotto, Chico César y Tim Bernardes, algunas de ellas extraídas del espectáculo Claros breus, de 2019. Carcará — nombre de una ave del norte de Brasil — es un marco de la historia musical, una música de protesta metafórica en contra los militares. Su letra tiene versos como Carcará es malo y valiente… coge, mata y come.

Bethânia tiene una ansiedad tranquila por el recital de este sábado. Se afirma en la certeza de que el 13 de febrero es “el día de la buena suerte, el día de la bendición”. Ese día, en 2016, la escuela de samba Mangueira, de Río de Janeiro, ganó el Desfile de Carnaval de ese año con el tema María Bethânia: la niña de los ojos de Oyá, en honor a la cantante, otro recuerdo que se invocará en el directo, en el que estará acompañada por dos guitarras, bajo y percusión.

“El 13 de febrero es inolvidable. Es el mes de Nuestra Señora de la Purificación, siempre estoy en Santo Amaro para las fiestas, que no se han celebrado este año”, se lamenta. “Siempre reservo el 13 de febrero para pasarlo con un amigo, descorchar un champán, beber una cerveza. Es un gran día. La gente le tiene un poco de manía al 13, pero para mí es todo lo contrario”.

El lamento de estar lejos de Santo Amaro estos días se hace más fuerte en esta era de noticias falsas. Un vídeo, realizado en 2019, en el que aparecen Bethânia y Caetano en una fiesta en Santo Amaro, se compartió como si fuera de esta pasada Nochevieja. Es decir, se les acusó falsamente de asistir, durante la pandemia, a un evento donde había multitud de gente y sin llevar mascarilla. “Ni siquiera he visto el vídeo, pero por supuesto me he enterado”, dice Bethânia. “También he oído que se ha desmentido. Que tampoco sirve de nada, porque todo el mundo sabía que no era verdad, pero no se trata de eso. El mundo se ha convertido en esto. La pandemia llegó como una marca de hierro de esta cosa vulgar, pequeña, perversa y mala que vivimos. Y no parece que Brasil vea que hay una salida. Pero un día lo hará”.

El Brasil de 2021 que describe Bethânia no se parece en nada al país de belleza profunda y luminosa que cantó con ternura en Brasileirinho, un álbum de 2003. Pero afirma que aquella patria de sussuaranas, de Heitor Villa-Lobos y de cigarrillos de paja aún permanece: “Brasil sigue siendo el mismo, pero está dormido, aterrorizado, asustado, enfermo y triste. Ya no me gusta hablar de Brasil. Me dan ganas de llorar”.

Noturno, el nuevo disco de Bethânia, no es una respuesta a ese estado de cosas: “Este Brasil no me inspira”. Pero, como ella misma explica, el álbum no ignora su tierra, su tiempo. Su repertorio incluye, por ejemplo, “2 de junio”, lanzada por la cantante Adriana Calcanhotto en 2020 sobre la muerte del niño Miguel Otávio, que se cayó de un edificio de lujo en Recife mientras su madre, una empleada del hogar, paseaba al perro de su empleadora. Ese caso de marcada negligencia por parte de los empleadores expone (y la canción lo pone de manifiesto) profundos nudos en la cuestión racial y la desigualdad social que han formado y forman Brasil.

Noturno invoca una sobriedad, una calma, una madurez”, dice Bethânia. “Pero es un disco de una mujer de 74 años, una cantante brasileña, en una pandemia, con las angustias y situaciones que todo eso implica. También trae una canción como Lapa santa, inédita, de Roque Ferreira y Paulo César Pinheiro, que canta este Brasil de hoy, de manera fuerte, nordestina, honesta. En uno de los versos, se pregunta: ‘¿Dónde está el dueño de la casa?”. En un país que no ve salida, la pregunta podría estar inscrita en la bandera.

Leonardo Lichote

Río de Janeiro - 12 feb 2021 - 23:56 UTC

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