La “disputa del sentido común” entre códigos mafiosos

Prometen que resolverán problemas, que corregirán desigualdades, que desterrarán el hambre, la desnutrición y la pobreza. Prometen recortar impuestos, abrir más escuelas, mejorar los salarios, construir hospitales, carreteras, presas e infraestructura de “primer mundo”. Juran que serán infatigables, que no habrá despotismo, autoritarismo, sectarismo ni privilegios para amigos ni familiares. Se desgarran las vestiduras por la patria, por la república, por las leyes y por las “buenas costumbres” y bla, bla, bla. Todo eso montado en la ninguna estructura legal que los obligue a rendir cuentas por cada mentira proferida y cada falacia premeditada. “Por el engaño nos han dominado más que por la fuerza” decía Simón Bolívar. Hoy incluye engaño con “trolls”, “bots”… y todo tipo de canalladas en “redes sociales”. 

No se trata de un “arte de genios”, engañar a los pueblos es una industria del capitalismo, muy rentable, ideada para ganar votos -a como dé lugar- gracias a emboscadas mafiosas que “naturalizan” conductas delincuenciales como si fuesen prendas morales inmaculadas. Fabrican un cierto “sentido común” cuajado de mentiras disfrazadas de “procesos electorales” donde engañar, impúdicamente, parece ser “cualidad” de “políticos”. Un “mérito” de la modernidad... un logro de la estulticia. Pero en realidad es un delito... es un fraude.


Los sistemas y procesos electorales, con sus leyes y sus reglamentos, sus “valores entendidos” y sus tradiciones… (que nada tienen de ingenuos) han permitido una serie de perversiones mediáticas diseñadas por “expertos” para hacer pasar por “democráticos” los embustes de los “candidatos” oligarcas, sus partidos y sus adláteres. Nos han llenado las páginas de la historia con engaños de todo tipo, especialmente con saliva de “políticos” lenguaraces que, para “ganarse la confianza” de los electores, despliegan todo género de argucias y falacias. Y todo eso legalizado y naturalizado por la fuerza del negocio implícito en vender campañas políticas al margen de la ética más elemental. Otro capítulo es el delito de lesa humanidad que consiste en prometer el cumplimiento de tareas que jamás se cumplen o que se cumplen al contrario de lo prometido. “Fortaleceremos la economía”, “defenderemos el empleo”, “garantizaremos la salud”, “mejoraremos la educación”, “garantizaremos la vivienda” y bla, bla, bla, bla. Jamás un tribunal especializado en delitos de falacias electorales, fraudes o traiciones a mansalva. Jamás una herramienta de justicia para los pueblos que miran desfilar ante sus ojos y sus oídos la retahíla nauseabunda de palabrería electorera diseñada corruptamente para el engaño serial. Delincuencia con premeditación, alevosía y ventaja. Sin atenuantes.


Millones de dólares gastan las campañas políticas. Maquillan el oportunismo electoral con artilugios de propagada, rostros felices, poses glamorosas. Casi nunca ideas y menos trabajo real. Lo urgente, para ellos, es sumar votos, más tarde les vendrá un sueldo y para las masas el olvido. Se trata de vender ilusiones. Plagan las ciudades con carteles, volantes, anuncios televisivos, radiales, periodísticos. Saturan cuanto espacio está al alcance de sus patrocinadores, (sus patrones), para aparecer renovados y resucitar de su mediocridad, frescos, carentes de memoria... recién nacidos... van por el mundo recitando soluciones que presumen conocer y que pueden aplicar en un santiamén. Dicen que lo pueden todo, que lo quieren todo para el pueblo todo, todo a cambio de votos, votos, muchos votos. Las campañas basadas en despliegues mediáticos ostentosos suelen ser repeticiones de lo mismo, de mala calidad y poca información: frases ambiguas, remates rimbombantes y desconocimiento de problemas reales y urgentes en la vida cotidiana. Invierten sumas obscenas. Por ejemplo Odebrecht


Hay escándalos de financiamientos irregulares en Inglaterra, Alemania, Francia, España, Colombia, Brasil; Nicaragua, Perú, Ecuador. Parece que es cosa frecuente y nunca sancionada. Hay cuentas especiales que se manejan en secreto para engordar los montos de presencia pública. No pocos sospechan de dinero aportado por narcotraficantes y mafias de toda índole. Acaso la subsistencia de estos últimos dependa de ciertas alianzas con aquellos funcionarios golondrinos. La mitad de la población mundial padece pobreza y exclusión.
Los grandes beneficiados de las campañas, además de los aparatos burocráticos que pagan, son los monopolios multimedia, las agencias publicitarias y los estudios de marketing político que reinan impúdica e impunemente en alianzas con funcionarios de turno. Esas campañas quieren hacernos creer que su idea de política nos es imprescindible, que es muy decente, muy oportuna. Quieren hacernos creer que eso es la democracia, que la democracia consiste sólo en votar, que votar es ser “buen ciudadano”, “buen patriota”, votar para que otros decidan y gasten. Especialmente los que más se anuncian y luego el olvido. Su único programa de fondo es conservar al capitalismo vivo cueste lo que cueste. Y ya costó mucho.

Mientras esto no quede superado desde abajo, nosotros debemos evaluar y sancionar, la justicia y la defensa de los votos democráticos de verdad; evaluar y sancionar la injerencia de los monopolios mediáticos y la intromisión de caciques banqueros, terratenientes y empresariales. Evaluar y sancionar cuánto abonan y pagan para profundizar la alienación y deformar la realidad para acaparar votos. Con evidencias nítidas sobre la asimetría tecnológica y el derecho a las herramientas electorales... con la garantía irrevocable del derecho al referéndum revocatorios en todos los cargos; con fundamentos hacia una nueva legislación la justicia electoral en términos de derecho y de igualdad de condiciones para la participación de todos... un referéndum con voto directo y comprometido que sea capaz de poner a consideración de todos la urgencia de una nueva educación electoral bien informada, sin coerciones, sin emboscadas… Referéndum revocatorio contra toda mentira y todo mentiroso, en fin, Justicia electoral de cabo a rabo como herramienta emancipadora y como ventana abierta de la democracia verdadera.


Mientras avanzamos hacia ese consenso, producto de nuestra organización y nuestra movilización, con un programa de transparencia electoral y participación directa de las bases, llamémonos a perfeccionar la crítica contra todas las trampas ideológicas que se pasean impunemente por todos los medios. Esto es un problema de seguridad nacional, tan peligroso y amenazante como las bases militares imponiéndose en nuestros territorios.


Que nunca más quienes roban, torturan, reprimen, saquean y humillan sistemáticamente a un pueblo, puedan salir victoriosos en unas elecciones. Que nunca más el que exhibe con impudicia –impune- en los hechos, su obscenidad ideológica, sus derroches, sus corruptelas, su servilismo, su entreguismo… su estulticia, pueda ganar el voto de una mayoría y representarla. Esos que se muestran circenses y faranduleros, insensibles al dolor popular, embriagados con su “vida empresaria” o “funcionaria”, henchidos de glorias fraudulentas, desfigurado el rostro por su mentalidad corrupta, deformados por su ignorancia y señalados como delincuentes, criminales y traidores… todo junto y por partes no pueden ser elegidos. Tenemos a la vista casos estruendosos. Todo análisis simplista prueba ser fallido.


Si se cree que todo lo resuelve una “buena foto” y un “buen slogan” repetidos hasta la nausea… si todas las formas del maltrato operan ideológicamente como fatalidad para el pueblo y golpe de suerte para el “político”… en suma si los trabajadores nos son protagonistas ni conductores de la acción política, incluso electoralmente ¿En qué piensa el que vota, cuando vota? Como está de moda que los “candidatos” de las oligarquías no expliquen, no respondan no postulen… convicciones, programas o planes. (moda en España, México, Argentina, Colombia…) porque es “tendencia” en el mercado de las “ingenierías de imagen”. Como se estila la pose más que la idea, quizá en la lógica “moderna” de la burocracia burguesa prospera el silogismo infeliz de que: el elector que no piensa es el elector anhelado. O mejor aún, el elector que sólo piensa lo que le decimos que piense, es decir nada, será el elector más codiciado por los estrategas de la vaciedad electoral.


Y todo eso a precios demenciales con episodios de obscenidad inenarrable a la hora en que no hay cuenta que salga si hacemos balance de costos de “campañas” electorales. Los grandes triunfadores como siempre son los monopolios y consorcios televisivos, radiofónicos y editoriales que con formato de “propaganda oficial” o camuflados con entrevistas, referencias o noticias facturan a destajo en el reino del mercenarismo mediático esta vez disfrazado de “democracia”. El costo por voto es una bofetada (otra más) a la clase trabajadora que paga por estos circos el precio de ser humillada, despreciada y robada por el modelo de fraudes políticos consuetudinarios. Y dicen, algunos “politólogos” que eso es lo “moderno”.
Dicen muy despatarrados los señorones y los señoritos que medran con los procesos electorales (funcionarios, publicistas, asesores, encuestadores, periodistas….ufff) que al pueblo le gusta ver a los “políticos” en contacto con la realidad (pero sin decir qué harán con ella, qué mandato obedecen ni cuánto cobran por eso) Dicen los “eruditos” del voto que a la gente le gusta que el “político” debata (pero al estilo televisivo, con tiempos recortados, sin mucho enredo y calculando los anuncios publicitarios sin los cuales en negocio de la imagen no se sostiene… dicen) Dicen los “jefes de campaña”, de los candidatos oligarcas, que la gente vota por la “gestión” y no por el discurso. Y le llaman gestión a salir en la foto, en la tele, en los cines en carteles públicos… con su sonrisa de vencedor y su slogan de coyuntura. Dicen que eso es hacer “política”. Confunden a los pueblos con los “públicos”.


En el fondo de la historia la cosa es muy distinta. Los pueblos votan acosados por una sistema de presión primero económico-política, con ello ideológica y mediática, en el que reina la incertidumbre y el chantaje omnipresentes, bajo miles de trastadas cotidianas y en el pantano de la desinformación y la manipulación de la realidad. Si hubiese información libre y suficiente, si la comunicación sirviera para organizarnos críticamente y para confiar en la fuerza de los trabajadores y no para el individualismo y el linchamiento mediático de las luchas a nadie se le ocurriría votar por sus verdugos aunque se disfrazaran de santos o de “buenos muchachos”. Nadie pondría un voto a cambio de babas gerenciales salpicadas contra la historia de despojos y humillaciones incontables. Nadie votaría ni por el “glamour” de campaña ni por el fetiche. Nadie pondría su confianza en el torturador histórico que ha mentido, robado y vuelto a mentir y robarnos sempiternamente. Nadie permitiría semejante farsa y fraude, si pudiésemos votar libremente. Sin capitalismo. Votaríamos sólo por quienes conocemos, con nosotros, en lucha hombro a hombro, diariamente y por el bien de todos. ¿Exagero?


Es urgente una Revolución de la Justicia Social en los procesos electorales. Antes, durante y después. Sanciones para los que mienten, para los que no sancionan las mentiras, para lo que idean y ejecutan fraudes con votos y con promesas… sanciones al aparato electoral de los oligarcas por desigual, opaco, amañado y excluyente. Sanción para quien permita elecciones asediadas, plagadas con amenazas (así sean “sutiles”), sin auditorias o sin protocolos éticos manejados por los electores. Sanción para el dispendio y para la censura… para el tráfico de miedos. Sanciones para los que ponen la cara en episodios electorales y jamás vuelven a las bases, para los que no rinden informes y para lo que se disfrazan de “reporteros”, comentaristas u opinólogos para hacer propaganda embozada. Someter a juicio a la democracia burguesa.

Por Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación

Publicado enPolítica
Sábado, 07 Abril 2018 06:27

Pero ¿qué es el populismo?

Pero ¿qué es el populismo?

La palabra populismo se ha convertido en un significante sin significado que sirve en interminables artículos de prensa e intervenciones en televisión para designar una cosa, la contraria y, a menudo, cualquier cosa.

 

¿Hugo Chávez? Populista. ¿Marine Le Pen? Populista. ¿Mélenchon, Donald Trump, Putin, el zapatismo y el 'brexit'? Populistas. Hay de qué sorprenderse: la palabra populismo se ha convertido en un significante sin significado que sirve en interminables artículos de prensa e intervenciones en televisión para designar una cosa, la contraria y, a menudo, cualquier cosa. De la izquierda radical a la extrema derecha, a cualquiera que ataque el sistema económico y político establecido se le cuelga la etiqueta, considerada un insulto —“¡El populismo, ése es el enemigo!”, ironizaba Serge Halimi en las páginas de Le Monde Diplomatique en 1996. Sin embargo, la palabra tiene una rica historia social tanto en Rusia como en Estados Unidos, los primeros países que vieron nacer movimientos que lo reivindicaban. En este momento en que el tan discutido “populismo de izquierdas” se hace un cómodo hueco en el espacio político, se impone un retorno a los orígenes, sintético y sereno.


El pasado 7 de enero, en las ondas de RTL Emmanuel Macron se vio tratado de populista por el presidente del Senado, Gérarf Larcher. Este último considera la voluntad de limitar a tres el número de mandatos de los senadores como un “artilugio” político que amenaza con “alimentar el populismo”. Encarnación de los altos funcionarios del Estado, ex del banco Rothschild, el presidente de la República francesa no presenta ni por asomo un perfil del “populista”. Si la salida de Larcher puede sorprender a primera vista, no hay que echarse las manos a la cabeza. En un editorial de Le Monde, el periodista Alain Frachon se sorprende de que a pesar de la “recuperación del crecimiento económico”, el populismo no desciende. Y amalgamar bajo este vocablo movimientos tan diversos como numerosos. ¿La “ultraderecha eurogruñona” en el poder en Polonia y en Hungría? ¿El poder estadounidense? ¿El movimiento independentista catalán? Populistas, por supuesto. La revista liberal Contrepoints fustiga, por su parte, en una sutil alusión a la China maoísta, “el pequeño libro rojo del perfecto populista” de Jean-Luc Mélenchon.


¿De dónde viene entonces este concepto, especialmente de moda desde hace algunos años? Aparece por primera vez utilizada en el sentido corriente que le damos hoy en día en 1984 en la pluma del politólogo Pierre-André Taguieff: la define como una “solución autoritaria” basada en el carisma de un jefe y caracterizada por la llamada al pueblo contra las élites oligárquicas. Denunciada por la socióloga Annie Collovald por su pobreza conceptual, la noción de populismo está caracterizada por una extrema vaguedad que le permite confundir movimientos procedentes de todo el espectro político. ¿A qué pertinencia científica puede aspirar una noción que mete en el mismo saco formaciones tan radicalmente diferentes como el Partido Comunista francés, el movimiento independentista catalán, la extrema derecha húngara o el Partido Republicano estadounidense?


Como señala el historiador Guillaume Roubaud-Quashie, “desde un simple punto de vista descriptivo, meter a Marine Le Pen y Hugo Chávez en la misma categoría política no es un progreso del pensamiento poltítico... Son pensamientos profundamente diferentes, así que forjar una palabra que explica que son lo mismo es una regresión sobre el plano intelectual”. La vaguedad de la noción es voluntaria, porque le permite desacreditar cualquier voluntad de cambio radical del sistema económico y político establecido.


Como apunta el filósofo Jacques Rancière, la noción de populismo se articula en torno a tres ejes principales: una retórica que se dirige directamente al pueblo, sin pasar por sus representantes; la denuncia de la corrupción de las élites dirigentes; un discurso identitario que expresa el rechazo y el miedo a los extranjeros. Así, este término no sirve para designar una fuerza política en particular sino que “se aprovecha de las amalgamas que permite realizar entre fuerzas políticas que van de la extrema derecha a la izquierda radical. [...] sirve simplemente para dibujar la imagen de un cierto pueblo”. En efecto, la noción de populismo da la imagen de un pueblo “caracterizado por una temible aleación de una capacidad —el poder bruto de las masas —y de una incapacidad— la ignorancia atribuida a estas mismas masas”. Vehicula también el cliché de un pueblo intrínsecamente xenófobo, “una jauría guiada por una pulsión primaria de rechazo contra los gobernantes a quienes califica de traidores, incapaz de comprender la complejidad de los mecanismos políticos, y contra los extranjeros a quienes teme por un apego atávico a un estilo de vida amenazado por la evolución demográfica, económica y social”.


La noción de populismo, tal y como la emplean los medios mainstream y la mayor parte de los actores políticos, no es en realidad más que el avatar más reciente de una desconfianza secular en el pueblo. Ya en la segunda mitad del sigo XIX, los promotores de la psicología de las masas Hyppolyte Taine y Gustave Le Bon veían al pueblo como una masa estúpida y gregaria, susceptible de seguir a cualquier líder que apelara de forma demagógica a sus supuestos bajos instintos. Pero el término populismo no se empleaba en este sentido en esa época, porque servía para designar una realidad muy diferente.


El populismo histórico: el caso ruso y estadounidense


En el siglo XIX y a principios del XX el término sirve, en efecto, para describir fuerzas políticas con contornos bien definidos. En Rusia se conoce bajo el nombre de narodnichestvo y designa el movimiento de oposición de una parte de los intelectuales rusos al zarismo. Salidos de la clase media, impregnados de cultura occidental y conscientes del retraso económico de su país respecto a Europa Occidental, estos militantes se imponen como objetivo la educación del campesinado a través de una “cruzada hacia el pueblo” basada en una agitación política del campo.


El fracaso es total: perseguidos sin piedad por la policía, los populistas se enfrentan a la desconfianza de los campesinos. Frente a este revés el movimiento populista se escinde en dos tendencias: el grupo La Voluntad del Pueblo, partidario de la propaganda por el hecho y de la violencia revolucionaria (responsable del asesinato del zar Alejandro II en 1882); la organización Reparto Negro, que aglutina a los promotores de la agitación política. De esta última nacerán dos de los principales actores de las revoluciones de febrero y octubre de 1917: el Partido de los Constitucionales-Demócratas (reformistas favorables a la instauración de un parlamentarismo) y el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. El movimiento populista firma así la partida de nacimiento de la izquierda política en Rusia. Reagrupa en su seno a los ancestros de las principales fuerzas políticas de izquierda que tomarán impulso a finales del siglo XIX y principios del XX: liberales, socialistas y anarquistas.


En Estados Unidos el populismo nace a finales del siglo XIX. Movimiento rural, adquiere notoriedad en el contexto de la Gran Depresión de 1873 que golpea con dureza el campo. Los granjeros ven desplomarse su nivel de vida con la doble acción de la caída de los precios agrícolas y el alza del precio de los productos manufacturados. La especulación inmobiliaria y el aumento de las tarifas ferroviarias abocan a los rurales al crédito, dejándoles en manos de los bancos. El campesinado comienza a organizarse principalmente a través de la creación de las Granjas, una suerte de cooperativas que reagrupan a 800.000 miembros en 1875 en el oeste y el sur. En Iowa, Wisconsin, Minnesota e Illinois, mayorías políticas locales favorables a las Granjas consiguen ser elegidas. A principios de la década de 1890, una alianza de cooperativas funda el Partido Populista, con un programa radical: nacionalización de los ferrocarriles, creación de un impuesto de la renta progresivo, oferta ilimitada de moneda (contra la moneda escasa que aumenta el precio de los préstamos), voto secreto, recurso al referéndum. “¡El Pueblo está acorralado! que los sabuesos del dinero que nos acorralan tengan cuidado!”, advierte por entonces una de sus militantes para denunciar el poder “de Wall Street”. James Weaver, candidato del partido a las elecciones presidenciales de 1892, consigue reunir un millón de votos entre los 12 millones de sufragios totales. En las legislativas de 1894 el partido consigue 1,5 millones de votos y obtiene siete representantes. Es sin embargo el principio del fin para los populistas estadounidenses: el Partido Demócrata consigue recuperar la mayor parte de la bases militante del Partido Populista integrando en su programa algunas de sus reivindicaciones. En las presidenciales de 1896, el candidato populista se retira a favor de William Jennings Bruan, figura del ala izquierda de los demócratas.


Desde una perspectiva histórica, el término de “populismo” designa fenómenos políticos específicos. En Rusia es una tentativa de politización popular llevada a cabo por intelectuales salidos de la clase media propugnando un programa de reformas claro: la instauración de libertades políticas esenciales, parlamentarismo, reforma agraria... En Estados Unidos es un movimiento puramente popular que ve cómo centenares de miles de campesinos se organizan en cooperativas antes de desembocar en una vía institucional con la creación del Partido Populista.


Tanto en el caso ruso como en el ejemplo estadounidense, el término populismo no es un concepto y no describe una categoría política: describe una realidad específica. Antes de que analistas políticos como Pierre-André Taguieff se lo apropiaran para mezclar todos los movimientos que contestan el orden establecido, el término de populismo no estaba generalmente asociado a la izquierda (pensemos de hecho en el premio literario francés a la novela populista, creado en el periodo entre dos guerras para “acabar con los personajes de la buena sociedad”). Desde el principio de los años 80, un cierto número de intelectuales postmarxistas han intentado reapropiarse de este término cargado históricamente y darle una nueva consistencia conceptual con el objetivo de convertirlo en los cimientos de una renovación intelectual de la corriente progresista.


El populismo de izquierdas: ¿Qué renovación teórica?


En 1985 aparece la gran obra de los filósofos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe Hegemonía y estrategia socialista, situado en la base de lo que se convertirá en el “populismo de izquierdas”. Estos dos intelectuales pertenecen a una corriente que podemos calificar de “post-marxista” —una de sus características es la crítica de la idea marxista según la cual la clase obrera tendría un interés fundamental en el socialismo. Dicho de otra forma, según los postmarxistas, la posición de un individuo en el sistema económico no determina en ningún caso su posicionamiento político: “La sociedad no puede ser concebida como el despliegue de una lógica que le sería ajena, sea cual sea el punto de partida de esta lógica: fuerzas productivas, espíritu absoluto como lo entendía Hegel, leyes de la historia u otros. Todo orden resulta de la articulación temporal y precaria de prácticas contingentes”. El marxismo ortodoxo es denunciado aquí como un esencialismo “que hacía de la existencia de ideas políticas la premisa a su articulación en el discurso” y “en el cual las identidades políticas dependían de la posición del actor social en las relaciones de producción”.


El populismo de izquierdas de Mouffe y Laclau es la respuesta a este supuesto error de los marxistas ortodoxos. Reposa sobre dos nociones esenciales: el antagonismo y la hegemonía. Anatagonista (que enfrenta a dos enemigos) —o más bien agonística (dos adversarios)— la política lo es necesariamente: no puede escapar a la negatividad, recorrida como está por conflictos para los que simplemente no hay solución racional: al no existir un “bien común” en sí mismo, siempre habrá una lucha por su definición, la lucha agonística. Cualquier orden político y social es hegemónico al ser el resultado de “prácticas que buscan establecer un orden en un contexto de contingencia”.


Todo orden político es precario: es el resultado del trabajo hegemónico de una alianza de actores sociales. La influencia del pensador comunista italiano Gramsci sobre los populistas de izquierdas es aquí manifiesta: “Para conseguir establecer una hegemonía es necesario articular diferentes grupos creando entre ellos una voluntad colectiva”. La Revolución Francesa puede así ser descrita como la culminación de la alianza de la burguesía del tercer estado y de las clases populares de las ciudades y el campo -lo que Gramsci califica como “bloque histórico”.


¿Por qué, por consiguiente, los post-marxistas que son Mouffe y Laclau reivindican la etiqueta populista? Porque el objetivo de las fuerzas progresistas debe ser la construcción de un pueblo. El “pueblo”, para los dos filósofos, no existe simplemente en sí mismo: desde una perspectiva constructivista, debe ser creado por prácticas hegemónicas (relativas al discurso, principalmente). La construcción de una hegemonía, como subraya uno de los dirigentes de Podemos, Íñigo Errejón, pasa por tres etapas.


En primer lugar la encarnación de lo universal por un particular: el grupo social que busca imponer su visión del mundo debe aparecer como el garante del interés general. La famosa teoría del goteo, muy popular a principios de los años ‘80, ilustra de maravilla este principio: según los economistas neoliberales, el dinero adjudicado a los más ricos a través de las bajadas de impuestos beneficiará a todo el mundo —lo que ahorran en impuestos los ricos, lo harán disfrutar a todos y cada uno gracias a las inversiones que podrán efectuar—. Segunda etapa hegemónica, la creación de un consentimiento: “Los que mandan son quienes tienen la capacidad de construir un consentimiento general en torno a su orientación y hacer que la gente vea el mundo a través de sus propios lentes, las palabras, los conceptos de los sectores dirigentes”.


La tercera y última etapa es la construcción del terreno en el que mantener el debate. En otros términos, el grupo social que intente establecer un orden hegemónico debe asegurarse de llevar a los adversarios a su propio terreno, obligarles a utilizar sus propias palabras, razonar en su marco de pensamiento. Margaret Thatcher, preguntada sobre el éxito político del que estaba más orgullosa, respondió que se trataba de “Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión”. Para los populistas de izquierdas, las fuerzas progresistas deben adoptar esta estrategia hegemónica que el neoliberalismo ha sabido emplear perfectamente. Es el único medio de construir una alianza política y social susceptible de tomar el poder, conservarlo y hacer algo con él.


Desde una perspectiva agonística, el discurso de los populistas de izquierdas debe fundarse sobre la articulación de un “nosotros” (el pueblo, el 99%...) y de un “ellos” (la casta, la oligarquía, la pequeña élite política y económica en el poder). Solo esta articulación, claramente más eficaz que el discurso del antagonismo de clases del marxismo ortodoxo, es capaz de permitir conquistar el poder a las fuerzas de progreso. Esta renovación teórica ha conocido diferentes tentativas de traducción política.


El movimiento español Podemos es sin duda el ejemplo más llamativo. En el seno del partido, fuera los referentes tradicionales de la izquierda (ya sean las consignas, los colores y hasta el propio término de “izquierda”): estos códigos, desacreditados a su modo de ver por las políticas neoliberales de los socialistas españoles, deben abandonarse en beneficio del díptico “nosotros” / “ellos” que consideran mucho más movilizador. En Francia, la France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon ha probado esta estrategia durante la última elección presidencial: desaparición de las banderas de partido a favor de los colores nacionales durante los mítines (expresión polémica de acento patriótico que la FI, como Podemos, no intenta disimular), virtual abandono de las referencias a “la izquierda” en favor de un discurso de denuncia de “la casta” o “la oligarquía”.


La estrategia populista —que irriga en este momento una parte significativa de la izquierda europea contemporánea, de Podemos a la France Insoumise, hasta el giro dado por el laborismo británico desde la elección de Jeremy Corbyn (mezclando retórica populista y referencias a la historia y a los códigos del viejo movimiento laborista pre-Tony Blair)— cuenta, por supuesto, con su cohorte de detractores; abundan las críticas. Sólo evocaremos aquí aquellas provenientes de la izquierda y más precisamente de la izquierda marxista. Si, para el antropólogo Jean-Loup Amselle, el populismo está intrínsecamente ligado al racismo y a la confusión “roji-parda”, el término de “pueblo” no puede, a los ojos del filósofo comunista Alain Badiou, tener más que dos significados, negativos, en las sociedades occidentales: el de un pueblo fundado sobre una identidad nacional o racial; el de un pueblo entendido como “clase media”, el pueblo del neoliberalismo, “libre de consumir los vanos productos con los que le atiborra el Capital”.


Así este término no puede en ningún caso ser un referente aceptable para las fuerzas progresistas, excepto en el caso de una lucha de liberación nacional —la lucha de clases por sí misma, fundada sobre la alianza de intereses objetivos, debe guiar la acción de izquierdas—. Guillaume Roubaud-Quashie, miembro del Partido Comunista francés, desarrolla una argumentación similar: el abandono de la referencia a las clases sociales en sí pertenece a un “postmodernismo característico del pensamiento de los años 80, un pensamiento por cierto muy envejecido: no hay realidad sino discursos insuperables. No hay interés objetivo de clase; de ahí la importancia acordada al término más vago de pueblo”. La influencia del filósofo Gilles Deleuze explica aquí la acusación en postmodernismo — para Roubaud-Quashie, la cuestión de clase ha adquirido, al contrario, una mayor importancia con la llegada del neoliberalismo y la creación de un nuevo proletariado.


La segunda crítica se dirige contra el carácter insuperable de los conflictos para Mouffe y Laclau: “Decir que renunciamos al objetivo de superar los conflictos de clase, en un momento en el que el capitalismo es cada vez más ineficiente y criminal, me parece inoperante y negativo. [...] La proposición teórica de Mouffe [...] desemboca en un horizonte limitado. Se trataría de renunciar al comunismo en el momento en el que el capitalismo claramente ya no consigue responder a las posibilidades de desarrollo de la humanidad”.

Por Pierre-Louis Poyau
Traducción: Rafael Cepa

Publicado enCultura
Lunes, 31 Julio 2017 06:38

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El dicho de que “Washington es show business para la gente fea” (la otra versión es que Washington es el Hollywood para gente fea) se comprobó esta semana, cuando lo feo imperó sobre todo lo demás.


Los insultos, las ofensas y majaderías que brotaron en público desde la Casa Blanca no se limitaron sólo al vocabulario, sino a acciones y hechos. Nunca se ha visto algo parecido, en público, en el ágora político.


Para intentar hacer un breve resumen, la semana empezó con la humillación pública del presidente al procurador general Jeff Sessions y al director de la FBI y continuó con un discurso crudo ante decenas de miles de boy scouts y sus familias que fue tan extremo que, ante la ola de ira y crítica de líderes y padres de familia, el director ejecutivo de esa sagrada organización se vio obligado a emitir una carta de disculpa por lo dicho por el presidente. Concluyó con jefes de policía de todo el país condenando su invitación a la brutalidad policiaca y culminó con un insulto colectivo a toda la bancada republicana del Congreso.


Se ven como tontos, escribió Trump en Twitter el sábado, al referirse a los senadores republicanos después de que fracasaron en aprobar una contrarreforma de salud, y hasta dijo que si no lo intentan de nuevo, ahora mismo, serían unos cobardes.


En medio de todo eso, Trump expulsó al jefe del gabinete después de una agresión verbal del recién llegado director de comunicaciones Anthony Scaramucci –quien ha sido bautizado como el mini-me del presidente–, quien declaró que estaba por chingarse a su rival, y al mismo tiempo arremetió contra el estratega político de la Casa Blanca, Steve Bannon, con una alusión al acto sexual de un contorsionista. Ah, sí, y habló de matar a personas dentro del gobierno que se atrevieran a filtrar información a los medios. Con ello quedó de manifiesto el verdadero vocabulario pornográfico del poder en este momento.


Las acciones impulsadas no eran menos feas que las palabras: el objetivo principal de la semana –el cual fracasó por ahora– era anular la reforma de salud implementada por Barack Obama con el deseo explícito del presidente y del liderazgo republicano de dejar a hasta 32 millones sin seguro mientras se realizaba un traslado fabuloso de riqueza de los pobres a los ricos por medio de un mecanismo para reducir dramáticamente los impuestos y transferir fondos públicos a los mercados privados de salud. Claro, afirmaban apasionadamente que era para el bien del pueblo.


Por otro lado, mientras casi todos se enfocaban en el horror y la comedia del circo en la cúpula, la Cámara de Representantes promovió medias para elevar el gasto militar y continuar con las guerras eternas de este país alrededor del mundo. Algunas de éstas en Irak y Siria, ahora, desde la llegada de Trump, están cobrando más vidas civiles que nunca. Desde 2014 han perecido por lo menos 4 mil 700 civiles, incluidos casi mil niños, en ataques aéreos según el grupo de vigilancia Airwars (https://airwars.org). Más aún, Trump, junto con la cúpula política de ambos partidos, continuaron con su deporte bélico repleto de amenazas y medidas intervencionistas contra Irán, Rusia, China, Corea del Norte y Venezuela.


Ese mismo paquete presupuestal incluye el primer enganche para el muro fronterizo con México –1.6 mil millones de dólares– que es parte de la política antimigrantes que todos los días rompe familias, deja abandonados a menores de edad, aumenta el clima de terror e invita a un incremento dramático de crímenes de odio contra inmigrantes y minorías por todo el país. Las lágrimas están inundando calles, innumerables comunidades inmigrantes, escuelas, hogares, sitios de trabajo, iglesias y más.


Todo esto mientras se reporta el caos dentro de la Casa Blanca (asombra cuántos funcionarios han sido despedidos o expulsados en sus primeros seis meses) encabezada por un malcriado vanidoso que aparentemente no aguanta que le digan que es débil o que no puede hacer lo que se le antoje. O sea, un bully clásico.


“Trump está atrapado en una caricatura de masculinidad que corroe su juicio... Pero después de toda su fanfarronería de ser un gran negociante que sella el acuerdo, es el presidente Trump quien no la puede hacer”, sobre la contrarreforma de salud, o la relación con Rusia, y más, comenta la columnista Maureen Dowd, en el New York Times, quien concluye que el verdadero débil en Washington es Trump.


Hace unos días, Trump declaró en un discurso: A excepción del gran Abraham Lincoln, yo puedo ser más presidencial que cualquier presidente que haya ocupado este puesto. Sólo él lo cree, ya que en los sondeos, mayorías opinan justo lo opuesto, y al parecer, también los boy scouts, jefes de policía, legisladores, ni hablar de la gran mayoría que voto en su contra, y los millones que lo han expresado, incluso a veces en las calles de este país, a lo largo de su primer semestre.


El legendario periodista Carl Bernstein –quien junto con Bob Woodward fueron los que destaparon el escándalo de Watergate que llevó a la renuncia de Nixon– comentó en un tuit después del despido más reciente de la Casa Blanca que “el problema no es el jefe del gabinete. El problema –peligroso más allá que de cualquier presidencia moderna– es el presidente”.


Por otro lado, los cosas son tan extraordinarias que no pareció exagerado que un periódico nacional publicara un artículo de opinión con el título ¿Que hacemos si Trump verdaderamente está loco?, firmado por el destacado periodista Dana Milbank en el Washington Post. El mismo señala que hace unos días, dos senadores, sin darse cuenta que su micrófono estaba prendido, comentaron: yo creo que está loco, dijo el senador demócrata Jack Reed, a lo que su colega republicana Susan Collins respondió: estoy preocupada.


Pero vale subrayar que no es sólo Trump, sino sus cómplices en las cúpulas políticas y económicas del país, que también son responsables de este momento.
La coyuntura es peligrosa, preocupante y fea. Por eso, tal vez para resumirla se tiene que recurrir a esos garabatos que usan en las historietas para las expresiones indecentes.

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Viernes, 27 Enero 2017 06:38

Trump, Assad y Al Sisi: rasgo común

Trump, Assad y Al Sisi: rasgo común

A los reporteros nos encantan las cifras. Entre más grande es la multitud, mejor es la nota. A los políticos también les gustan. Entre más grandes son las masas, mayor es su popularidad. Ni pregunten quién dijo: "Estaba ahí y dije mi discurso. Me asomé a la explanada y era como un millón; millón y medio de personas". Ah... esos millones.

En 2011, cuando las multitudes en la plaza Tahrir llegaron a cientos de miles, Al Jazeera calculó un millón de egipcios. O quizá fue un millón y medio de personas en el centro de El Cairo. Ellos ayudaron a derrocar a Hosni Mubarak con ayuda del ejército, claro, el protector del pueblo. Expertos consideran que lo más que puede atestar el distrito de Tahrir son 300 mil personas. Pero ¿qué importa? Era una revolución.

Así fue como Mohamed Mursi ganó la primera elección democrática en la historia moderna de Egipto, pero dos años después las multitudes volvieron a las calles de la nación árabe más poblada y ahora querían derrocar a Mursi y a la mano dura del protector del pueblo, el ejército. Una petición del movimiento de la juventud reunió, según reportes, 22 millones de firmas y tenían de su lado al general, quien más tarde sería mariscal de campo y posteriormente, presidente, Abdel Fattal al Sisi. Sus publicistas anunciaron que su coup d’etat tuvo el respaldo de los inconformes que participaron en "las manifestaciones más concurridas en la historia de la humanidad". Aseguraron que en todo el país se congregaron 33 millones de personas: más de un tercio del total de la población egipcia. Esto era fantasioso, pero obsesivo.

No es de extrañar que Donald Trump se encontró con Sisi el año pasado y afirmó que el líder egipcio era "un tipo fantástico". Y no olvidemos que la administración de Obama se creyó la información no verificada sobre las firmas en la tristemente célebre "petición". El Departamento de Estado, entonces encabezado por Hillary Clinton, declaró que Estados Unidos no podía contravenir la voluntad de "22 millones de personas que hablaron (sic) y cuyas voces fueron escuchadas". Pero fue esa escala de los 33 millones lo que el ejército utilizó para proclamar su legitimidad. Cuando la BBC reportó esta exageración digna de Hollywood, los acólitos de Al Sisi citaron a su vez a la cadena británica, lo que dio autenticidad a la fantasía.

El servicio en árabe de la BBC tenía sus dudas y señaló que "decenas de miles" habían exigido el derrocamiento de Mursi, pero el daño estaba hecho. Una televisora local egipcia afirmó: "CNN informó que 33 millones de personas estuvieron hoy en las calles. La BBC señala que es la movilización más grande de la historia". La cadena británica no autentificó dicha cifra, como señaló el periodista Max Blumenthal, uno de los pocos escritores estadunidenses que cuestionaron esta exageración tan publicitada.

Después, un "oficial militar anónimo", que pudo o no haber existido, afirmó que 17 millones protestaron contra el gobierno de Mursi y exigieron nuevas elecciones. Si bien es una cifra ligeramente menos ambiciosa que 22 millones o 33 millones, este número también fue una alucinación; un "hecho alternativo" como han existido otros. Pero que dé un paso al frente un hombre que entendía de popularidad personal, que estaba hambriento de admiración y quien, sin duda, también pensaba que Al Sisi es "un tipo fantástico". Este eminente estadista nos dijo que "17 millones de personas en las calles no es lo mismo que una elección, pero es una increíble manifestación del poder popular". Sí, fue Tony Blair.

Nuevamente "hechos alternativos". ¿Pero qué se podía esperar de lord Blair de Kut al Amara, quien nos dio armas de destrucción masiva y alertas de 45 minutos y quien aparentemente no notó al millón de británicos (de acuerdo con la BBC) que marcharon por las calles inglesas en 2003 porque no querían invadir a Irak?

La cifra egipcia de 2013 cayó brevemente a 14 millones, pero incluso esa cantidad era bastante "alternativa". Un bloguero egipcio determinó que si cada manifestante en El Cairo ocupaba un espacio de 0.45 metros cuadrados, el total de manifestantes pro Sisi que podían caber en el centro de todas las ciudades egipcias eran sólo 2.8 millones. Bastante pobre. Ni siquiera el doble del millón y medio que logró reunir Trump.

Pero hablemos del millón de Trump por un momento. Cuando los libaneses quisieron condenar el asesinato de su ex primer ministro, Rafiq Hariri, en 2005, cientos de miles se congregaron en el centro de Beirut y exigieron que las tropas sirias se retiraran de su país. A los reporteros les gustó llamar a esto "la revolución del cedro". ¿Fueron 500 mil manifestantes, como sugirió Ap? ¿O entre 800 mil y 1.2 millones, como proclamaron otros? Digamos que fue un millón, aunque Hezbolá logró un mitin en apoyo a Siria con quizá medio millón (posiblemente hasta 800 mil), unos días más tarde.

Mientras Washington rondaba Damasco, el presidente Bashar al Assad se sintió agraviado por los manifestantes antisirios. La revolución del cedro era un título que no inventaron los libaneses, sino un funcionario del Departamento de Estado estadunidense. Assad alegó que sus antagonistas en Beirut eran menos y habló de las cámaras "sesgadas" y las tomas que jamás hacían acercamientos.

Pero podemos ver a lo que el extraño vocero de Trump se refería cuando dijo que "este es el público más concurrido jamás visto en una toma de posesión". Independientemente de lo que hayan sido los resultados finales de la elección estadunidense que le dieron la victoria a su patrón, Sean Spicer dijo mentirosamente lo que su amo en realidad deseaba escuchar: que la voluntad del pueblo debe cumplirse. Las multitudes cuentan. Cuando el ejército egipcio protagonizó el golpe, Blair, el amigo de Al Sisi, de hecho afirmó que se había cumplido "la voluntad del pueblo".

Quizá el número de participantes en un acto está sustituyendo a las encuestas, que hace mucho tiempo eran equivalentes a elecciones en la imaginación colectiva, y el número mágico de un millón (o millón y medio) es la nueva obsesión de los presidentes estadunidenses, como ha sido de los presidentes árabes durante años. Enfoquémonos en Trump, pero no nos pongamos obsesivos. Lo único que dijo es que vio "una increíble manifestación del poder de la gente".

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

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Lunes, 10 Octubre 2016 07:04

Política moral

Política moral

Este es un país donde políticos pueden anunciar, promover u ordenar guerras que matan a miles, calificar de "violadores" y "asesinos" a todos los mexicanos, deportar comunidades enteras, torturar, desaparecer y detener de manera indefinida a cualquier extranjero, vigilar de manera ilegal a la población entera, envenenar las aguas de pueblos enteros, permitir que uno de cada seis niños en el país más rico del mundo padezca hambre, dejar impune el asesinato de civiles desarmados por la policía, pero aparentemente esos mismos políticos no pueden tocar el tema del sexo, ni para bien o para mal, en público.

A veces es difícil entender dónde está esa línea que no se puede cruzar y a diferencia de muchos otros países, aquí todo político tiene que pretender que es una persona ética y moral, aun cuando nadie les cree. Más aún, como se exhibió esta semana, esto puede llegar al absurdo de que hombres en la política que llaman a respetar a las mujeres y que denunciaron las declaraciones de Donald Trump sobre su agresión sexual –dijo que cree que puede tocar donde quiera y cuando quiera a cualquier mujer– son los mismos que violan el fundamental derecho de una mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Casi todos los políticos republicanos que condenaron a su abanderado por su falta de respeto a las mujeres se oponen al aborto y, más aún, han promovido limitar e incluso anular servicios de salud para mujeres por todo el país.

Las declaraciones de Trump en una grabación difundida por el Washington Post el viernes pasado podrían ser el último clavo en el ataúd de su campaña política, pero nadie puede fingir que fue sorprendido; el multimillonario tiene una larga historia repugnante de trato verbal y físico hacia las mujeres (sin hablar de sus declaraciones antimigrantes, racistas, xenófobas, sus propuestas anticonstitucionales, incluyendo más tortura, sus burlas hacia los descapacitados y veteranos de guerra, y más).

Pero estas declaraciones de hace una década, reveladas el viernes, aparentemente fueron too much. Aunque Trump primero insistió en que sus palabras no eran más que "plática de vestidor" entre hombres, o sea, algo común, Trump no estaba hablando de su gran poder de seducción o de sus conquistas sexuales, sino que, literalmente, estaba describiendo que había cometido y deseaba cometer actos de agresión sexual, alabando su poder para hacerlo.

Un activista político veterano aquí explicó que “ una cosa es decir que todos hablamos de cómo deseamos a una mujer atractiva... pero otra muy diferente es lo que dijo Trump: forzar a una mujer a hacer lo que queremos; los cuates no hablan así, eso es hablar de violacion sexual”.

Pero entonces ¿sí se puede hablar de deportaciones y de dividir familias, de bombardear aldeas donde mueren mujeres y niñas, de pintar como amenaza a toda una fe religiosa y más, pero eso no descalifica a un político aquí? "Pues sí, a fin de cuentas estamos en un país imperialista, puritano y racista", resume un veterano del movimiento de derechos civiles y políticos de los latinos. Explica que esos son "extranjeros", que esta superpotencia se adjudica el derecho a bombardear y matar cualquier país o fuerza que considere una "amenaza", y que todo eso es "moralmente justificado" por los políticos. Además, todos esos no votan, explicó otro observador.

Otros señalan que este escándalo no es un asunto moral, sólo está disfrazado de moral. Afirman que es mucho más sencillo y se reduce a aritmética nada más: las mujeres son más de la mitad del electorado y en las últimas elecciones presidenciales representaron 53 por ciento del voto emitido.

Por lo tanto, todo esto no tiene que ver con el "respeto" a las mujeres, sino evitar el suicidio político de un candidato o de un partido entero.

Aunque la farsa moral es espectacular, es más curiosa aún la aparente necesidad de mantener la obra en pie. Desde la amante esclava de Jefferson a John Kennedy y Marilyn Monroe, a los juegos sexuales del presidente Bill Clinton en la Casa Blanca, pasando por una historia maravillosamente perversa de un desfile de políticos y figuras religiosas de gran influencia política y otros que se presentaron como los defensores de los "valores familiares" (o sea, la homofobia, antifeminismo y más) que finalmente se colgaron por su propia soga moralista al ser descubiertos en todo tipo de aventuras sexuales, algunas criminales.

Este domingo, Trump respondió a todos los líderes y políticos de su partido que lo denunciaron en estos dos días: "Tantos hipócritas con aires de superioridad", escribió en un tuit, afirmando que no necesitará del apoyo de ellos para ganar la elección. En lo primero tiene razón, y lo segundo aún no está descartado.

La violencia sexual, sobre todo contra mujeres en Estados Unidos, es espeluznante. Cada 109 segundos un estadunidense sufre un asalto sexual, y cada 8 minutos esa víctima es un menor de edad. Una de cada 6 mujeres ha sido víctima de una violación sexual o un intento de violación, según estadísticas de RAINN, la organización nacional contra la violencia sexual en este país, y datos oficiales del gobierno.

Que un candidato a la presidencia sea una de las caras de las estadísticas en este tipo de agresiones y violencia contra las mujeres, es obviamente repugnante y espantoso.

Pero hay muy pocos entre la clase política, incluida la contrincante de Trump, que pueden atreverse a ser jueces de la moralidad. Y ese es el gran problema que se está exhibiendo en esta elección. Más aún, tal vez lo más escandaloso de todo es que los políticos se atrevan a usar la palabra "moral".

Tal vez debería haber una moratoria sobre el uso de esa palabra entre la clase política, por ahora. Sería un alivio tanto para ellos como para todos los que tenemos que escucharlos.

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Martes, 25 Agosto 2015 08:24

Sólo nos faltaba esto a los artistas

Sólo nos faltaba esto a los artistas

Ser tratados peor que a delincuentes, es la impresión que da, por la manera como se viene desarrollando la política cultural de convocatorias que hace la Secretaría de Cultura Recreación y Deportes, Idartes y la Fundación Julio Mario Santodomingo, lo que no sólo deja un malestar en los que confían en la institución cultural (que se supone es para promover la vida artística, cultural y deportiva de los bogotanos), sino el deseo de no volver a hacer caso a esas convocatorias.

Resulta que la convocatoria de coproducción que hacen estas tres entidades: SCRD, Idartes y la Fundación Santodomingo, para las becas en coproducción de Gran Formato y Mediano Formato, cuyo objetivo es la puestas en escena de dos obras en los teatros de la Fundación Santodomingo y el Jorge Eliécer Gaitán, pareciera que ya las tuvieran destinadas, simplemente cumplen el trámite de convocar a los trabajadores de las artes escénicas, para que presenten proyectos y que por razones ajenas al objetivo de las becas, terminan siendo rechazados sin que las propuestas o proyectos lleguen a los jurados, que serían los que deberían decidir cuáles propuestas son viables en su realización, teniendo en cuenta los escenarios y el compromiso adquirido con las entidades que convocan, y entre ellas escoger las dos mejores propuestas para gran y mediano formato.


Herederos del Maíz es una propuesta dramatúrgica que presentó la agrupación Jícaro Teatro, en la convocatoria para la beca de Gran Formato 2015-2016, que desde hace dos años promueven estas entidades, y que hasta el momento no ha logrado una puesta en escena renovadora para las artes escénicas de la ciudad. Es como si esa política aplicada por el Festival Iberoamericano de Teatro, de menospreciar el movimiento teatral colombiano, hubiera calado al interior de las instituciones culturales del distrito capital, hasta el punto que la última beca de gran formato se la dieron a una puesta en escena de Otelo, que se presentó en los dos teatros sin pena ni gloria, simplemente se cumplió el requisito de las funciones en el Teatro J. M. Santodomingo y el Jorge Eliécer Gaitán, pero las propuestas ganadoras poco han trascendido más allá de estos escenarios.


Supuestamente las convocatorias que promueven esas instituciones, es para motivar y apoyar a los artistas capitalinos, más cuando son recursos públicos con los que se quiere incentivar la originalidad y talento colombiano. No obstante, por requisitos burocráticos y policiales de exigir la dirección de los participantes invitados, al igual que sus firmas, hace que se desestime participar en dicha convocatoria, porque con tanta 'seguridad' que ofrece la Bogotá Humana, facilitar la dirección de la casa resulta arriesgado, más cuando no existe un compromiso escrito ni la seguridad de ganarse la beca. No se entiende entonces, el papel que juegan los tres directores creativos que firman; ellos son la garantía del cumplimiento, hasta el final de la puesta en escena.


Es de lógica, que los convocantes tienen que curarse en salud respecto a la seguridad de los proyectos presentados, lo que se aprecia en el contenido de las propuestas y las personas que los presentan. No obstante, una de las exigencias de la cartilla es la póliza de seguro cumplimiento para los ganadores, además de la fiducia con un banco para el manejo financiero del proyecto. Con todo y esto, el numeral 9 de la cartilla y la página 6 del formulario exigen la UPZ, dirección y localidad, y la firma. Como quien dice: fichados "y lo mejor es que no cambie de domicilio hasta después del estreno, porque los señores de Idartes, la SCRD, o quién sabe quién, lo requiera". ¿Los cuadrantes policiales de la Cultura? Tal pareciera que ese fuera el objetivo de estas convocatorias.


Con ingenuidad se participa creyendo en la transparencia de los convocantes, sean de la Secretaría de Cultura Recreación y Deporte del Distrito Capital o del Ministerio de Cultura. Insisto, las becas están asignadas y la manera de eliminar propuestas que pueden hacerle sombra a 'los elegidos', es rechazarlas con exigencias burocráticas que nada tienen que ver con la calidad artística. Incluso ¿se podría hablar de un carrusel de la contratación cultural?


Resulta que hasta la paz ha servido para promover la exclusión. Así ocurre con las actividades que hacen por la paz, donde invitan a las 'personalidades' de la cultura colombiana, actividades excluyentes de las que no queda nada, sólo figurones que se dan el lujo de despotricar contra los que organizan la actividad, como les pasó este año con Fernando Vallejo. No es de extrañar que esto ocurra, porque la paz en Colombia la están parcelando, pareciera propiedad privada de los llamados violentólogos, politólogos y otros calificativos que les da derecho a pontificar sobre la paz, en ocasiones con análisis irresponsables y mediáticos, sin profundizar en las causas históricas del conflicto. Si algo falta a los diálogos de paz de La Habana y todas las actividades que se promueven en torno a la palabra que más anhelamos en el ahora de los colombianos, es transparencia, inclusión, más cuando se trata de programas con los que se pretende incentivar las artes, tal como lo anuncian. De momento, rechazaron propuestas que no cumplían el requisito burocrático y policíaco de facilitar la dirección de todos los integrantes de la agrupación, no por temor a nada, sino porque resulta un requisito absurdo, cuando hay tres directores creativos que firman una propuesta multidisciplinar, y todos los trámites de pólizas, fiducias no son garantía.


¿A qué juegan?Sería más honesto no convocar y simplemente anunciar los proyectos que han considerado merecen esas becas, así los artistas no pierden tiempo y dinero, que tanto cuesta conseguirlo, creyendo en convocatorias donde pareciera que todo está 'amarrado' desde antes de convocar. La burocracia de la exclusión correspondiendo a favores, nunca se sabe en medio de tanta corrupción que campea por las instituciones a nivel nacional, departamental y local. Ni la llamada izquierda se salva de la corrupción, esa palabra que tanto molesta a los políticos, jueces, fiscales, militares, policías, el clero, y todos aquellos que piensan y actúan desde la mente, el ego los envanece y se olvidan del Ser.


M. G. Magil


Bogotá, agosto de 2015

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Lunes, 26 Enero 2015 07:09

Demos y capital

Demos y capital

Ay, qué lindos. Dicen que están preocupados por todos nosotros –o sea, el 99 por ciento que no invitaron a su fiesta– y que harán lo posible por ayudarnos.

Algo apesta cuando los ricos de repente expresan su preocupación por la pobreza y el deterioro del planeta. Huele feo cuando mil 700 jets privados aterrizan en los Alpes, donde los maestros del universo se juntaron en Davos para abordar el cambio climático y afirmaron, mientras consumían caviar, que la desigualdad económica tiene que remediarse.

Algo está sospechoso cuando políticos prominentes de ambos partidos en Washington, desde precandidatos presidenciales republicanos (Mitt Romney, Jeb Bush) hasta demócratas como el presidente Barack Obama –muchos de ellos millonarios– declaran que su nuevo enfoque es sobre la gente trabajadora y los pobres.

Oxfam emitió un informe en el que señala que si las tendencias actuales continúan, el uno por ciento más rico captará más riqueza que el total del restante 99 por ciento para 2016. El año pasado, Oxfam calculó que el uno por ciento más rico era dueño de 48 por ciento de la riqueza mundial y señaló que hoy día sólo 80 individuos tenían la misma riqueza neta que la de 3 mil 500 millones de seres humanos.

Algo chistoso ocurre: partes de la cúpula económica y política se dan cuenta de que su juego está en riesgo, no por un poderoso enemigo ni por una ola revolucionaria, sino por su propia mano. O sea, están contemplando, horror, que tal vez Marx tenía razón. Nada menos que Christine Lagarde, directora administrativa del Fondo Monetario Internacional, en una conferencia empresarial en Londres el año pasado, citó al autor del Capital de que "el capitalismo lleva las semillas de su propia destrucción", y señaló que en tiempos recientes el capitalismo "se ha caracterizado por el 'exceso'", lo cual no sólo llevó a la destrucción masiva de valor durante la gran recesión, sino también está asociado con "el alto desempleo, tensiones sociales y una creciente desilusión política". Agregó que esto ha reducido "la confianza en líderes, en instituciones y en el libre mercado".

No es la única voz de alarma. Multimillonarios como George Soros y Warren Buffett han repetido que el "exceso" y las consecuencias de la desigualdad ponen en jaque el juego capitalista (algunos conservadores los han acusado de traidores a su clase por atreverse a decirlo). Algunos empresarios y financieros también se han sumado, y todos ahora hablan de la urgencia de la "inclusión" de las masas (bueno, no de todas, tampoco hay que exagerar).

No se refieren sólo a los efectos de todo esto, ya tan documentado, en lo que aún se llama tercer mundo, sino dentro de los países supuestamente "avanzados", cuyas consecuencias están a la vista en Europa y Estados Unidos. Aquí, en el país más rico de todos, a pesar de una recuperación económica de cinco años que generó 11 millones de empleos (aunque muchos de salarios inferiores), para la abrumadora mayoría los ingresos se han mantenido estancados, mientras el uno por ciento más rico concentra cada vez más riqueza. Eso después de que en la gran recesión se perdieron 8 millones de empleos y millones más perdieron sus casas y sus ahorros, todo gracias a algunos de los maestros del universo reunidos en Davos y sus cómplices políticos en Washington.

Son los mismos que promueven políticas donde siempre hay dinero para la muerte (las operaciones bélicas y gastos de "seguridad nacional" siguen al alza), pero no para la vida. Por primera vez en 50 años, la mayoría de los estudiantes en las escuelas públicas de Estados Unidos viven en la pobreza. No hay fondos suficientes, dicen, para otorgar vivienda, alimento y salud para todos en el país más rico del mundo, donde casi 16 millones de niños viven en hogares con insuficiencia alimentaria (cifra que creció de 12.4 millones en 2008, cuando se inició la presidencia de Obama), y una cifra récord de familias sin techo. Todo esto con gobiernos republicanos y demócratas, o sea, resultado de un consenso bipartidista. Y aun así insisten en que el libre mercado, la libre empresa, el libre comercio y otras "libertades" son la solución.

"Estimado capitalismo: no son ustedes, somos nosotros. Es broma. Sí, son ustedes", se lee en una pancarta, en una manifestación contra la concentración de la riqueza.

Tal vez desde la cuna de la democracia occidental llegue la respuesta: un movimiento de solidaridad social en el cual la gente atiende a la gente, sin pedir permiso, sin jerarquías que giran órdenes, sin tecnócratas. The Guardian reporta un extraordinario panorama de cientos de proyectos ciudadanos, clínicas médicas, centros de educación, cooperativas de trato directo entre granjeros y consumidores (los granjeros ganan 25 por ciento más y el consumidor paga 25 por ciento menos al marginar a los supermercados) y asesoría legal–, que han surgido de los escombros de la devastación provocada por las políticas de austeridad y que impulsan un resurgimiento de la izquierda política que esta, según resultados preliminares, por tomar las riendas del país de Platón y Sócrates.

Uno de los participantes cuenta que el movimiento de solidaridad griego promueve "un sentido diferente de lo que debería ser la política; una política de abajo hacia arriba, que empieza con las necesidades reales de la gente. Es una crítica práctica a la política vacía, de arriba abajo, representativa, que aplican nuestros partidos políticos. De hecho, es de cierta manera un nuevo modelo. Y funciona".

Fue en Grecia donde se originó la palabra "democracia", concepto que parece no formar parte del menú en las mesas de lujo en Davos y Washington ya que, aparentemente, les causa indigestión a los maestros del universo.

"Los ricos harán cualquier cosa por los pobres, todo menos bajarse de sus espaldas": León Tolstoi (aunque frecuentemente se atribuye a Carlos Marx).

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Barack Obama: el Presidente menos transparente de la historia

28 de marzo de 2014 — Después de seis años de mandato, la promesa del presidente Obama de iniciar "una nueva era de transparencia gubernamental" parece otra gran promesa cínicamente incumplida.


"Mi administración se compromete a crear un nivel de transparencia del Gobierno sin precedentes", escribió el Presidente Barack Obama el 29 de enero de 2009, apenas días después de haber asumido la presidencia. Y agregó: "La transparencia fortalecerá nuestra democracia y promoverá la eficiencia y la eficacia del Gobierno". Hoy, tras seis años de mandato, la "nueva era de transparencia del Gobierno" parece otra gran promesa cínicamente incumplida.


Durante el "Sunshine Week", el evento que la industria de los medios de comunicación celebra cada año para educar a la población sobre la importancia de la transparencia del Gobierno, Associated Press informó que "el año pasado, más que nunca antes en la historia, el Gobierno censuró partes de expedientes gubernamentales o directamente denegó el acceso a ellos al público en virtud de la Ley de Libertad de Información de Estados Unidos (FOIA, por sus siglas en inglés)". El informe de AP agrega: "El año pasado fue el peor desde que Barack Obama asumió la presidencia en lo que respecta a los esfuerzos del Gobierno de ser más transparente con respecto a sus actividades".


La noticia no tomó por sorpresa a Ryan Shapiro, un estudiante de posgrado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) que acaba de entablar una demanda a nivel federal contra el FBI, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) para intentar obtener registros públicos sobre el papel desempeñado por Estados Unidos en el arresto de Nelson Mandela en 1962, que lo harían pasar los siguientes 27 años en prisión. Cuando sus solicitudes de información sobre Mandela, en virtud de la Ley de Libertad de Información, fueron denegadas, Ryan Shapiro decidió entablar una demanda. "Quiero encontrar estos expedientes, en primer lugar, porque me interesa saber por qué la comunidad de inteligencia de Estados Unidos consideraba a Mandela una amenaza a la seguridad estadounidense y qué papel desempeñó la comunidad de inteligencia de Estados Unidos en el boicot a la lucha de Mandela por la justicia racial y la democracia en Sudáfrica".


Cuando Shapiro presentó su pedido de información a la NSA para obtener detalles del arresto de Mandela hace más de 50 años, la agencia le respondió: "Con respecto a su solicitud de información de inteligencia sobre Nelson Mandela, hemos determinado que la existencia o inexistencia de los materiales que solicita es actualmente un asunto clasificado". ¿Medio siglo más tarde?


Shapiro también quiere obtener información sobre la inclusión de Mandela en la lista de sospechosos de terrorismo de Estados Unidos hasta 2008, muchos años después de que fuera el primer presidente de Sudáfrica elegido democráticamente y varios años después de haber obtenido no solamente el Premio Nobel de la Paz, sino también la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos y la Medalla Presidencial de la Libertad, condecoración otorgada por el presidente de Estados Unidos.


Le pregunté a Shapiro por qué quería obtener los documentos. "La respuesta está relacionada con una concepción muy estrecha de la seguridad nacional, esta concepción miope que antepone las alianzas militares y el lucro empresarial a los derechos humanos y las libertades civiles".


Por su trayectoria, Shapiro tiene un interés personal en el hecho de que el Gobierno califique a los activistas de "terroristas". En 2002, participó en un acto de desobediencia civil cuando se infiltró en una granja donde se crían patos para la producción de foie gras: "Los animales están encerrados en jaulas tan pequeñas que no pueden estar de pie, ni moverse ni extender las alas, estas condiciones horrorosas son la regla general en los criaderos industriales. Rescaté o robé abiertamente a los animales de la granja industrial y realicé un documental al respecto. Lo hice como un acto de desobediencia civil, pero es un delito, por el que tuve que cumplir 40 horas de servicio comunitario". Desde entonces, buena parte de los estados del país han ido aprobando las denominadas leyes 'Ag-Gag' que equiparan este tipo de activismo por los derechos de los animales con actos de terrorismo y pueden implicar penas de prisión severas.


Shapiro afirma que la tesis en la que está trabajando, titulada: "Cuerpos en Guerra: animales, la libertad científica y la seguridad nacional en Estados Unidos", investiga "el uso de la retórica y el aparato de seguridad nacional para marginar a los activistas que protegen los derechos de los animales, desde el siglo XIX hasta la actualidad ". Para encontrar la respuesta a su investigación, Shapiro necesita acceder a una gran cantidad de documentos públicos. Ha presentado 700 solicitudes ante el FBI, en virtud de la Ley de Libertad de Información, y está en busca de 350.000 documentos clasificados, lo que le ha ganado el mote del solicitante "más prolífico" del Departamento de Justicia. Por su parte, El FBI calificó parte de su tesis como una amenaza a la seguridad nacional.


En 2008, cuando Barack Obama estaba en plena campaña electoral, era a menudo presentado como catedrático de derecho constitucional. Como tal, suponemos que estudió las obras de uno de los autores de la Constitución, James Madison, el cuarto Presidente de Estados Unidos, considerado el "Padre de la Declaración de Derechos". Madison escribió en 1822: "Un gobierno popular, sin información popular ni los medios para obtenerla, no es sino el prólogo de una farsa o una tragedia, o quizá de ambas". Tras las revelaciones de Edward Snowden acerca del amplio espionaje y vigilancia de la NSA y los pésimos antecedentes de falta de transparencia del Gobierno, el Presidente Obama ya ha sobrepasado trágicamente la farsa.


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© 2014 Amy Goodman
Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Viernes, 19 Octubre 2012 06:27

La tormenta perfecta

Con el amigo de esta historia me encuentro generalmente en las salas de espera de los aeropuertos. Vive a caballo entre Miami y Managua, pues cuando en los 80 sus propiedades fueron confiscadas, en medio furor de la revolución, que quería para el estado la plusvalía de la riqueza y así distribuirla con largueza a los pobres, se fue al exilio maldiciendo, estableció negocios allá en la Florida, y luego de la derrota sandinista en las urnas en 1990, regresó, y recuperó sus propiedades, o recibió indemnización por ellas.


Nos entregamos siempre a largas conversaciones mientras esperamos el avión, y solemos hablar de mis libros, porque es buen lector de ellos, y también de Nicaragua y su futuro. Siempre me dice que hice muy bien en alejarme de la política, porque así la literatura salió ganando, y yo se lo agradezco, en mi entendido personal de que, al menos, quien salió ganando fui yo. En cuanto al futuro de Nicaragua, si antes nos poníamos fácilmente de acuerdo, ya no, y solemos disentir cordialmente porque ahora el es un entusiasta defensor del gobierno del comandante Ortega, y yo un crítico; un enemigo acérrimo, dicen los voceros del régimen.


Pero no estamos hablando de mí, sino de mi amigo empresario, que en la última de nuestras conversaciones me ha hecho un listado de las bondades de las políticas oficiales, que hacen avanzar a Nicaragua hacia buen puerto, según su propia expresión: primero, un entendimiento ejemplar con los empresarios privados: ellos se dedican a producir y a expandir sus negocios, y a exportar lo que producen, y el comandante se dedica a manejar la política, en lo que ellos no se meten. Dentro de esta veda política, entran, por supuesto, las elecciones justas y libres, la independencia de poderes y el estado de derecho.


Él atribuye a esta perfecta división del trabajo el crecimiento económico sostenido del país, el incremento de las exportaciones, la sanidad de las cuentas nacionales, el aumento de las reservas, y el equilibrio fiscal, ya que, lo cito, si los empresarios fueran a la vez líderes políticos, y se la pasaran oponiéndose al gobierno, no habría quien produjera la riqueza. Gracias a Dios, me dice, los obispos de la Conferencia Episcopal, que parecen más bien un partido político de oposición, no sé si ya leíste su última carta pastoral donde acusan al comandante de autoritario y antidemocrático, no manejan fincas de café, ni de ganado, ni tienen nada que ver con los bancos; estaríamos en la ruina.


Además, continúa, las relaciones con Venezuela son una bendición. Nos pagan bien la carne, nos dan el petróleo a mitad de precio. Puede ser que no me guste Chávez en lo personal, y aquí en confianza te confieso que tampoco me gusta el comandante Ortega en lo personal, y no lo invitaría a una fiesta de cumpleaños en mi casa; pero si yo fuera venezolano, votaría por Chávez, imagínate a Capriles de presidente, y a las masas chavistas en las calles haciéndole la vida imposible, huelgas y alborotos, paradas las refinerías, todo se iría al carajo. Como se ha visto, los deseos de mi amigo se han cumplido.


Le pregunto si es lo mismo que piensa del comandante Ortega, que si estuviera en la oposición, la economía del país se vería afectada con paros, huelgas, tranques de carreteras. Claro que sí, me responde, ¿no lo vimos ya antes, cuando él no había vuelto a la presidencia? Fijate hoy. Ni una sola huelga, porque todos los sindicatos le obedecen. No hay conflicto ni siquiera con la aprobación de los aumentos del salario mínimo, que se acuerdan en privado antes con las cámaras empresariales, y cuando se llega a la mesa de negociaciones, todo va ya resuelto.


Por otro lado, fijate lo que significa para la estabilidad de un país que todas las leyes sean aprobadas casi por unanimidad, porque el comandante tiene una mayoría inmensa de diputados. Nada de eternas discusiones. Y las leyes económicas, las de impuestos, son consultadas antes a las cámaras. Es la situación perfecta para que avancemos. ¿Y los partidos de oposición? Casi no existen, perfecto, poca falta hacen. ¿Y qué es lo que llaman populismo? ¿Que los pobres reciban algo y estén contentos? Perfecto también.


Mi amigo empresario habla de manera apasionada. Me toma del brazo, como si quisiera conducirme hacia algún lugar, y me dice: la verdad, es que nosotros lo que necesitamos es una sola persona que conduzca el barco, una persona que se pueda imponer, a la que todos obedezcan; si la democracia es que unos dicen una cosa y otros dicen otra, el presidente manda una ley a la asamblea, y la asamblea no la aprueba, viene un tribunal y contradice lo que el presidente decidió, o aparece la contraloría y dice que determinada inversión en una carretera está mal hecha y hay que parar la carretera, o la construcción de una represa, ese tipo de democracia no nos conviene.


Ahora, me dice, un poco más calmado, hay cosas que verdaderamente no me gustan, pero no me parecen esenciales. Ese odio contra Estados Unidos, esos ataques contra el capitalismo, eso de hablar del neoliberalismo como si fuera lo peor del mundo; me gustaría que esos discursos fueran más calmados, más conciliadores; ¿pero sabes de qué me he convencido? De que, en el fondo, todo es de la boca para afuera. Ya los yanquis se acostumbraron a esos ataques, y no les hacen caso, porque saben que es pura retórica, el comandante tiene que hablar así porque en su partido hay gente radical a la que le gusta oír esos sermones antimperialistas.


Están llamando a abordar mi vuelo, y tenemos que despedirnos. Será en el próximo encuentro que podré hacer a mi amigo todas las preguntas que su entusiasmo ante lo que ahora celebra, y antes tanto temió, dejó mudas. Preguntarle, para empezar, si no piensa que la situación perfecta que él pinta, puede llegar a convertirse en la tormenta perfecta.


Pero será la próxima vez.

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Sindicalistas, ambientalistas, pacifistas, latinos... todos, desilusionados con Obama
Charlotte, 5 de septiembre. En este festejo de la “clase media”, una frase tan ambigua que pocos estadunidenses se consideran otra cosa, hay de todo, desde trabajadores (al parecer no tienen clase, pero sí bajos salarios) al 1 por ciento, y los que dicen representar al otro 99 por ciento (casi todos los políticos que están aquí gracias en parte al 1 por ciento) en un espectáculo que tiene como sede foros con nombres empresariales: la Arena Time Warner y el Estadio Bank of America.


Tal vez por eso dicen que es “democrática” la cosa; todos caben. A fin de cuentas afirman que el Demócrata es el partido de la inclusión.


Mientras cada discurso desde el podio elogia a los ciudadanos comunes, a los trabajadores, a la clase media, los ricos están aquí para donar sus miles, sus decenas de miles de dólares a la campaña de Barack Obama. Aunque su presencia no es tan ostentosa como la de sus contrapartes en la Convención Republicana la semana pasada, son igual de importantes en lo que será la contienda más cara de la historia. En las fiestas de los “ricos y poderosos” y sus servidores se ve a embajadores, legisladores federales, empresarios y estrellas de Hollywood. Dependiendo del monto de sus donaciones a la campaña, el Fondo de Victoria Obama, se les ofrecen diferentes recompensas como un brindis con el ex presidente Bill Clinton o, a los que dan la donación máxima de 75 mil 800 dólares, se les ofrece asistir a un desayuno con la primera dama Michelle Obama, según reportaron Politico y el Charlotte Observer.


No sólo eso, sino que obviamente se les reservaron los mejores hoteles y tendrán acceso a suites de lujo en la arena Time Warner, sede de la Convención. Los que den más de 100 mil dólares en parte a la campaña y a los Súper-PAC que apoyan al presidente, tendrán boletos para una fiesta después del discurso de Obama el jueves, que amenizarán la actriz Jessica Alba y un par de bandas musicales. Además, podrán asistir a cocteles y sesiones informativas con asesores y estrategas demócratas, y una recepción en la casa de un multimillonario local a la que asistirán el líder demócrata del Senado, Harry Reid, y la líder demócrata de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, entre otros. Claro, ahí todos hablarán de su compromiso con los ciudadanos comunes.


Pero en los pasillos y las calles alrededor de esta convención, hay un gran mosaico estadunidense. Musulmanes y judíos, protestantes y católicos, sikh y latinoamericanos, caribeños, barbudos demasiado friendly y anglosajones bien vestidos e incómodos con todo contacto físico con otro ser humano, asiáticos e indígenas estadunidenses, y afroestadunidenses, algunos como delegados, otros políticos electos y representantes de diversas corrientes del partido. También hay pacifistas con camisetas de “soy votante por la paz”, activistas de derechos de las mujeres, algunas de las grandes ONG nacionales, y más.


Las tensiones dentro del partido tienen que ver con diferencias entre las diversas corrientes de la base de y la cúpula. El desencanto de los primeros cuatro años de Obama se expresa de varias maneras entre éstas, pero ninguna tiene adónde ir. No hay otra opción política electoral para ellos en este país.


Para los latinos la desilusión con Obama tiene que ver con la ausencia de una reforma migratoria y una crisis que los ha golpeado de manera severa, para los antiguerra es porque continúan las acciones bélicas de este gobierno, ahora hasta en más puntos del planeta, los ambientalistas ven concesiones en torno al control de las industrias energéticas, y poca acción contra el cambio climático. Todos están aquí, todos dicen que urge relegir a Obama ante la amenaza republicana, pero no tienen muchos argumentos que ofrecer a favor de este candidato.


Para los sindicalistas no hay avances en defensa de derechos laborales y menos sindicales, sobre todo ante la ola antisindical, principalmente en el sector público. Aunque cada vez más debilitado, el todavía más poderoso movimiento social organizado y secular en este país, los sindicatos, sigue siendo tal vez la base social más importante para el partido, tanto por los cientos de millones que invierte en las campañas como por su función como el ejército electoral más organizado y efectivo. Pero también están presentes las tensiones entre una cúpula que casi ni menciona ya los derechos laborales y menos los sindicales y bases golpeadas económica y políticamente por la ofensiva neoliberal en este país.


José LaLuz, un líder de AFSCME, el sindicato nacional de trabajadores del sector público, quien también es subdirector para asuntos latinos en la campaña de Obama en Florida, estado que será determinante en la elección nacional, comenta: “somos el blanco principal de los republicanos que están atacando a los sindicatos, ante ello tenemos que relegir a Obama, pero también tenemos que poder batallar cada vez más de manera independiente, o sea, no podemos subordinarnos al partido, sino impulsar a candidatos de nuestras filas”. Agregó, en entrevista con La Jornada aquí, que es parecido lo que está sucediendo con los latinos. “Todos saben que la relección de Obama depende fundamentalmente del voto latino” pero a la vez, “no se puede dejar de impulsar la lucha por los derechos inmigrantes y civiles de nuestra comunidad, tanto dentro como fuera del partido”.


La disidencia en las calles


Mientras, en las calles también hay expresiones disidentes. La Coalición para Marchar en Wall Street Sur se expresó el pasado fin de semana con una marcha de entre 800 a 2 mil (dependiendo de quién cuente) contra ambos partidos por sus vínculos con el gran empresariado, sobre todo el sector financiero. Ben Carroll y Zaina Alsous, activistas de este movimiento, comentaron que Charlotte es “el Wall Street del sur, sede mundial del Bank of America y de la división del este de Wells Fargo… ambos representan lo peor de los bancos por su papel en generar la crisis económica, el desempleo masivo, el embargo hipotecario de hogares, el complejo prisión-industrial –incluidos los centros de detención de inmigrantes–, y de financiar la destrucción ambiental” entre otras cosas.


Señalan que Charlotte tiene la segunda concentración de capital financiero después de Wall Street, y a la vez es el estado con la menor tasa de sindicalización en el país y es bastión en el sur de políticas y legislación antisindical, incluida la prohibición de la sindicalización de trabajadores del sector público.


Durante esta semana pequeños contingentes de Ocupa Wall Street y otros han denunciado todo esto, y lo que reiteran es la “compra de la democracia por el 1 por ciento”.


Este es el debate dentro y fuera de esta arena. Aquí no quedará resuelto.

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