Viernes, 31 Mayo 2019 06:21

La izquierda europea en ruinas

La izquierda europea en ruinas

Las fuerzas a la izquierda de la socialdemocracia demostraron una vez más su incapacidad para construir una alternativa política regional que involucre a las mayorías. Mientras las protestas y el descontento con el neoliberalismo van en aumento, la militancia permanece dividida frente al desafío de la integración europea.

Las elecciones al Parlamento Europeo volvieron a mostrar hasta qué punto sigue siendo difícil articular alternativas políticas comunes y trasnacionales a nivel continental. “Europa sigue presa de una pura yuxtaposición de políticas nacionales”, titularon su columna en el diario Le Monde (28-V-19) representantes del grupo de reflexión Groupe d’Études Géopolitiques, tras la publicación de los resultados de los comicios del pasado domingo. “Paradójicamente, la única gran concentración callejera trasnacional durante la campaña fue organizada en la Piazza del Duomo en Milán, por Matteo Salvini y ante la presencia de Marine Le Pen, representantes de Afd (N de E: el partido Alternativa para Alemania), el Fpö (N de E: el Partido de la Libertad de Austria) y varios otros de sus aliados neonacionalistas europeos”, señalan los autores.


La alternativa paneuropea de izquierda Diem25 (Democracia para Europa) se presentó a las elecciones en siete países diferentes con un ambicioso “Green New Deal” (con enormes inversiones en empleo, infraestructura y agricultura que permitan transformar la matriz productiva en una ecológicamente sustentable), pero (al cierre de esta edición con casi todos los votos escrutados) no logró llevar ninguno de sus candidatos al parlamento en Estrasburgo. El más conocido de sus líderes, el ex ministro de Economía griego Yanis Varoufakis, encabezó la lista en Alemania, pero sólo consiguió 0,3 por ciento de los votos y no fue electo. Con un optimismo algo forzado, aseguró al día siguiente de las elecciones que “hoy Diem25 tiene todos los motivos para festejar”. Varoufakis reconoció que haber optado por ser fiel a su política y a su independencia le había costado a su formación, pero que ese costo “no era inesperado”. “Siempre supimos que el camino sería largo y tortuoso. Pero también sabíamos que esta elección al Parlamento Europeo se trataba de mucho más que de los escaños ganados o perdidos. Se trataba de presentar una nueva visión para Europa”, escribió en su blog personal (yanisvaroufakis.eu, 27-V-19).


SIN LEVANTAR CABEZA.


“Esta tarde la izquierda de la izquierda está en ruinas (…) ahora debemos repensar todo”, comentó, por su parte, Olivier Besancenot en Twitter. El otrora muy popular candidato presidencial del francés Nuevo Partido Anticapitalista se refería sobre todo a los resultados franceses. Tras medio año de protestas sociales sostenidas y protagonizadas por los chalecos amarillos, los resultados fueron más que desalentadores: no sólo el Partido Socialista (que hace menos de dos años gobernaba el país) se quedó con un magro 6,2 por ciento de los votos, sino que Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon, que se presenta como la alternativa anti-establishment por izquierda, cosechó apenas un 6,3 por ciento.
A nivel europeo y diez años después del comienzo de la debacle económica que sacudió los cimientos de lo que quedaba de los Estados de bienestar, estas elecciones dejaron muy claro que la izquierda en Europa todavía no es considerada como una alternativa política creíble. Ni las casi inexistentes iniciativas paneuropeas, ni las formaciones políticas nacionales lograron presentarse como tal. El desplome de la socialdemocracia desde los años noventa no se ha traducido en aumento alguno del apoyo a las formaciones a su izquierda. Durante este mismo período, se han mantenido en el mismo nivel en el Parlamento Europeo (con entre 5 y 7 por ciento de los escaños).


EL TRAUMA GRIEGO.


“Las izquierdas europeas no se han repuesto de la derrota griega”, analizaba Gustavo Buster (Sinpermiso.info, 26-V-19) cuando los votos todavía no habían sido contados. Su premonición se basa en una serie de observaciones, entre ellas que “el declive de las protestas sociales y laborales ha continuado su tendencia en especial tras la imposición del tercer memorándum a Grecia en 2015”. “Sin una estrategia de conjunto frente al pacto fiscal”, apuntó Buster, la izquierda ha “echado mano de la distopía de una salida de la UE en nombre de una recuperación de la soberanía nacional como marco de una nueva acumulación de fuerzas. Ante la debilidad y desorganización del movimiento obrero y social, ese campo le ha sido disputado por la derecha extrema populista. Pero si alguna lección hay que sacar del fracaso del Grexit como estrategia B nunca aplicada (Varoufakis) y de las negociaciones de los conservadores británicos con la UE para el Brexit es que la integración neoliberal europea (…) ha llegado a un punto que no es posible revertir sin un cambio sustancial en la correlación de fuerzas a nivel europeo, que está, por el momento, fuera del horizonte”.

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  Médicos estadounidenses de la base de operaciones de Howz-e- Madad tratan a un empleado afgano de una compañía de seguridad privada, quien ha resultado gravemente herido. El miliciano afgano estaba custodiando un convoy de la OTAN cuando fue emboscado por los talibanes. 17 de julio de 2010, Zhari District, provincia de Kandahar, Afganistán.

Hace 40 años los soviéticos cayeron en la trampa. En condiciones mucho más favorables, los americanos han multiplicado su desastre


Hace cuarenta años el ejército soviético entró en Afganistán. Aquel diciembre de 1979 hacÍa ya cinco meses que el presidente Carter y su consejero de seguridad, el fanático anti ruso de origen polaco Zbigniew Brzezinski, habían iniciado, con sus amigos saudíes, una multimillonaria ayuda para fomentar, financiar y armar un integrismo sunita en Afganistán. Los célebres muyahidines, “luchadores por la libertad”.


En París, algunos de los que entonces eran entusiastas valedores de aquellos oscuros personajes del siglo XVIII y los elevaban al título de héroes positivos son hoy especialistas en su consecuencia: el terrorismo integrista que llega a sus ciudades como resultado, entre otras cosas, de aquella cruzada anticomunista. Todo sin mediar la más mínima consideración autocrítica.


Hasta mediados de los años setenta, Afganistán era un país atávico que los hippies cruzaban en su ruta hacia la India. Los fusiles de los invasores británicos del siglo XIX que se cargaban por el cañón, las escopetas de caza y los trabucos, eran las armas habituales en su mundo rural. El conflicto Este/Oeste transformó aquello en un universo de armas automáticas, blindados, helicópteros, minas antipersonal, morteros y misiles antiaéreos portátiles Stinger, creando un desastre bíblico con más de dos millones de muertos y la destrucción de una sociedad que se contaba (y se cuenta) entre las más pobres del mundo.


El dinero de la CIA y de los saudíes y los cuadros del servicio secreto pakistaní, el ISI, introducían el fundamentalismo islámico en las repúblicas de tradición musulmana de la URSS, y también algunos comandos en acciones de sabotaje cerca de la frontera en las entonces repúblicas soviéticas de Tayikistán y Uzbekistán. En Pakistán, la CIA y el ISI organizaron una red de campos de entrenamiento para los afganos, cuyos comandos entraban en el país acompañados por supervisores militares paquistaníes en acciones de sabotaje.


“Las misiones iban de voladuras de oleoductos hasta ataques con cohetes a un aeropuerto o emboscadas”, explica en sus memorias (The Bear Trap) Mohammad Yousaf, jefe del departamento afgano del ISI. “Entre 1981 y 1986 pasaron por aquellos campos 80.000 guerrilleros afganos”, recordaba el militar con orgullo.


Los soviéticos entraron llamados por el Gobierno filocomunista afgano, dividido en facciones irreconciliables, tras una sucesión vertiginosa de golpes internos y asesinatos. Creyeron que sería una misión de algunos meses para pacificar el país y poner orden en su régimen, pero terminaron empantanados.


“Escribí al presidente Carter diciéndole que ahora teníamos la ocasión de darle a la URSS su Vietnam”, dijo Brzezinski en una de sus últimas entrevistas. Los soviéticos permanecieron en aquella trampa una década, hasta que la voluntad de Gorbachov de distender las relaciones con China y Occidente se impuso. Para entonces (1989), la URSS había perdido 15.000 soldados y otros 50.000 habían resultado heridos; la factura para Afganistán fue mucho peor; 1,3 millones de muertos, 2 millones de desplazados en el interior del país, y 4,5 millones de refugiados en los países vecinos.


La guerra soviética logró establecer un gobierno estable en el país –con todos sus horrores, el mejor que ha tenido aquel desgraciado país, tal como valoraban, por amplísima mayoría, los afganos en una encuesta de 2008– y organizar unas fuerzas armadas relativamente eficaces. Cuando los soviéticos concluyeron su retirada en 1989, aquel gobierno y aquel ejército aún se mantuvieron tres años, controlando todas las ciudades y las carreteras que las unían. El gobierno solo cayó cuando la Rusia de Yeltsin cesó todo suministro en 1992. Siguió una década de caos y guerra civil entre facciones en la que, sobre un panorama de ruinas y oscurantismo, se acabaron imponiendo los talibanes a partir de 1996, sin que la guerra cesara en el norte.


Diez años después de la retirada soviética, llegaron los americanos. Oficialmente para combatir a Bin Laden y su organización, que era uno de los desastres incubados por su propia política contra los soviéticos durante las dos décadas anteriores. Tampoco hubo autocrítica alguna. Brzezinski hasta se enfadó cuando le preguntaron hace un par de años si no reconocía su error: “¿Cómo voy a lamentarlo? ¡ fue una excelente idea, con ella metimos a los soviéticos en la trampa…!”


Los especialistas americanos –y tras ellos los papagayos del complejo mediático occidental– explicaban aquel otoño de 2001, por qué ahora nada iba a ser igual que en 1979 cuando entraron los soviéticos. El ejército de la URSS estaba integrado por reclutas sin experiencia, estaba mal equipado, su intendencia era desastrosa, con pésimas raciones de alimentos y bajos niveles de higiene que causaban enormes bajas por enfermedad, decían.


“Nada permite establecer un paralelismo entre la operación antiterrorista de ahora y la invasión soviética de 1979”, escribía en La Vanguardia hasta el malogrado Xavier Batalla, sin duda el comentarista internacional más competente, glosando aquel pronóstico general.


En un cochambroso hotel de la frontera afgana asistí aquel otoño a la llegada de los primeros contingentes de la CIA, tipos que hablaban uzbeco con acento de Oklahoma y que llevaban en sus mochilas papel higiénico, soluciones para potabilizar el agua y todo tipo de tecnologías y que decían trabajar para oscuras organizaciones “humanitarias” o “no gubernamentales”. Su conocimiento del país era pésimo. La Rusia de Putin les ofreció toda su cooperación en materia de inteligencia afgana, lo que no sirvió de gran cosa para la mejora de relaciones que el Kremlin buscaba entonces, a cambio de un mínimo reconocimiento de sus intereses en Washington. El 8 de octubre de 2001 comenzaron los bombardeos. A las pocas semanas habían matado más gente que el número de víctimas de las torres gemelas de Nueva York. Dos meses después, con la caída de Kandahar, último bastión talibán, se daba la guerra por concluida.


Dieciocho años después, la guerra continúa. Ahí están empantanados, con toda su tecnología militar, ayudados por los vasallos europeos (España se gastó 3.600 millones en esa campaña), sin una superpotencia que financie a sus adversarios pero con todo lo demás tan parecido. La simple realidad es que en condiciones mucho más favorables, los americanos han multiplicado el desastre de los soviéticos en Afganistán y han perdido la guerra.


El pasado enero un gran convoy militar fue atacado por los talibán en la provincia de Faryab. Más de treinta vehículos militares y de transporte fueron destruidos en aquella provincia fronteriza con Turkmenistán que pasa por tranquila. Con pocos días de diferencia, el ataque al cortejo del gobernador de otra provincia, Lowgar, mató a diez de sus escoltas y una acción contra una base de las brutales tropas especiales entrenadas por la CIA, causó la muerte de unos 200 soldados de aquel cuerpo.


En el conjunto Afganistán/Paquistán esta segunda guerra ha ocasionado 1,2 millones de muertos, según la contabilidad del reportero británico Nicolas J.S. Davies. El Gobierno afgano y sus mentores solo controlan alrededor de la mitad de los 407 distritos del país. El narcotráfico, ese negocio tradicional para sufragar las cajas negras de la CIA, campa a sus anchas. El opio afgano está creando serios problemas de drogadicción en Rusia. La dimensión del fiasco es tal que se han abierto negociaciones y conversaciones con los talibán. Con 18 años de retraso se habla de “talibanes moderados”.


El problema de los anuncios de retirada militar formulados por Donald Trump (y vale igual para Siria) es que al Pentágono no le gusta retirarse de una base que es importante para vigilar a sus reales adversarios, China y Rusia. Los chinos quieren usar un Afganistán pacificado para ampliar las conexiones de sus “rutas de la seda” a lo largo de Asia central y meridional. Los militares americanos buscarán la manera de quedarse de una forma o de otra.


Estados Unidos ha perdido la guerra de Afganistán de una manera no muy diferente a sus predecesores. Evidentemente, esa derrota no ha sido una victoria para los afganos. La guerra de los cuarenta años que trajeron, fomentaron y amplificaron los extranjeros ha sido para ellos una calamidad bíblica.

20 de Febrero de 2019

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Viernes, 22 Febrero 2019 06:52

Réquiem por las FARC-EP

Réquiem por las FARC-EP

El partido FARC observa pasivamente, desde la oscura zanja del incumplimiento estatal, cómo Rodrigo Londoño y su círculo: Lozada y Alape entre otros, entierran en una tumba sin nombre 50 años de lucha del pueblo colombiano y el legado de Jacobo, Manuel, Alfonso y miles más que entregaron su vida en la lucha contra la más bárbara oligarquía de Latinoamérica. 

La constitución y la ley colombianas, es decir, la voluntad escrita de ésa oligarquía nacional, los manuales de buenos modales y de diplomacia, la corrección política y doctrinas del capitalismo con rostro humano son ahora las fuentes de pensamiento de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. No ya el marxismo-leninismo, no el pensamiento bolivariano, ahora rige en este partido la biblia de la fraternidad y de la obediencia, el “Acuerdo Final para Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”.


Del principio de crítica y autocrítica nada queda, no hay crítica contra el Estado y la oligarquía, como tampoco hay autocrítica respecto a lo que ya se sabe: el proceso de paz ha fracasado y fue un “error” entregar las armas sin que hubiese dado cumplimiento alguno del Acuerdo Final: 18% de implementación, falseamiento total a lo acordado en La Habana por la contraparte, 0.0 metros cuadrados de tierra para el campesinado y los exguerrilleros, más de 88 exrebeldes y sus familiares asesinados. ¿Qué pasará cuando a estos les deje de llegar el subsidio (menos de un mínimo) que solo cubre dos años del cual ya pasó uno?


El discurso de la reconciliación ha llegado a su límite, ha hastiando al movimiento social porque la reconciliación equivale a la conciliación. Sólo se puede construir un sujeto para la revolución creando antagonismos, no suavizándolos. La oligarquía con su Estado ha dejado claro que no tiene voluntad de ceder en nada y cuenta con plena determinación de revertir lo que está escrito. Duque no ha mostrado la más mínima intención de poner a andar la implementación y no tiene por qué hacerlo, pues no hay contraparte que lo obligue. Ha sido un “proceso de paz” mezquino, uno que consiste solo en la desmovilización de la guerrilla y ningún cambio real para los miserables de Colombia.


Resulta que el partido FARC es el ÚNICO partido de Colombia que se acoge plenamente a la ley de la burguesía nacional, no sólo de palabra sino también de hecho, ¡ley que ni esa burguesía cumple! Ello equivale al sometimiento absoluto de la organización a la voluntad de las clases dominantes en poder del Estado, a la sumisión del pensamiento. El partido no se piensa más allá de los límites institucionales. Cumple bien su mandato la línea hegemónica de la dirección del partido.


Cual señores feudales, rodeados del aura de la burocracia neoliberal, abrazados con la ONU, con “exparamilitares” y funcionarios del Estado, dirigentes del partido hicieron cumplir la voluntad de su majestad Juan Manuel Santos (ahora lo harán con Uribe 3): prohíben la protesta y la lucha de clases a sus propias bases bajo amenaza de represión estatal, censuran paros campesinos mientras hacen negocios con multinacionales en el sur del país, negocios que van en contra de los intereses de las poblaciones que durante décadas acogieron y protegieron a las FARC-EP. Recientemente hacen acuerdos electorales con el fascismo para “tener un candidato único”.


La fracción reformista de la dirigencia nacional del partido FARC, encabezada por sujetos que cada vez pierden mayor legitimidad interna y ganan más poder mediante su intermediación en los recursos para la reincorporación, recorre el país de foro en foro, legitimando unos acuerdos cuyo primer beneficiario de facto es el Estado y la burguesía internacional. Los excombatientes se mantienen en el partido no porque crean en él, sino porque los recursos de su reincorporación están atados a esa organización política y es ella la que nombra gente en el Consejo Nacional de Reincorporación (CNR). Cualquier opinión no autorizada puede significar quedar por fuera de la reincorporación.


Una mentira mil veces repetida se hace verdad, el credo del uribismo, hoy es usado por dirigencia hegemónica del partido FARC para engañar a su militancia. Se repite cual cántico en iglesia evangélica que las cifras de muertos y de violencia propia del conflicto armado se han reducido, de allí se deriva maliciosamente que el “Acuerdo Final” y su implementación es un éxito. Este argumento es falso, la única cifra de muertos que ha bajado significativamente es la de los militares estatales, considerando que van más de 88 ex guerrilleros asesinados. Es falsa, además, porque no reconoce distinciones en el ejercicio de la violencia, asemeja la lucha popular al terrorismo de Estado y al paramilitarismo, con ello se oculta la naturaleza social y política del conflicto armado, su historia, desconociendo que hay dos grandes bloques o clases en confrontación que no son evidentemente iguales, por eso su ejercicio de la violencia tampoco es equiparable. La reducción de muertes producto del conflicto se muestra como distractor, su precio no se muestra, como no se muestra que esa violencia simplemente toma otra forma mucho más degradada, se oculta la entrega de las comunidades al terror paramilitar, la impunidad de los criminales de Estado, la aceptación de la versión oficial de la historia, los incumplimientos del Estado, etc.


El Dr. Londoño llama hoy “arrepentidos” a quienes mantenemos una postura crítica frente al acuerdo, habría que pedirle que cuide sus propias redes, pues en el canal de YouTube del partido de la rosa consta una conferencia de Jacobo Arenas en 1990, en que dice esto exactamente:


“Hay gente que viene al movimiento revolucionario y al año está cansada o considera que se equivocó de vehículo y entonces pide que lo releven de esa tarea, pide que le cambien de frente de trabajo o simplemente plantea que él quiere irse para su casa, donde su mamá y su papá, cosas de esas, y otros a los 5 años, y otros a los 10 y otros a los 20, y otros a los 25 aun cuando se percaten de que ese es un grave error, pero su condición de clase no les permite que prolonguen su vida en un proceso revolucionario que puede que asuma muchos años, porque ellos no se casan con el proceso revolucionario, no hacen el compromiso con el proceso, sino como que hacen el compromiso de llegar al poder y cuanto antes mejor. Los verdaderos revolucionarios no hacemos ese tipo de compromiso, los verdaderos revolucionarios hacemos el compromiso de vanguardiar las luchas de nuestra clase y las luchas de nuestro pueblo… Por eso los otros se cansan de la lucha y con relativa facilidad caen envueltos en la promesas del gobierno, que puede que los vuelvan gobierno y después los sacan a patadas cuando la oligarquía considere que ya no les son útiles… Si asume el gobierno un compromiso para cambiar el medio ambiente de la vida económica, de la vida social, de las expresiones culturales de la nación colombiana, y en ese entorno nuevo, en ese medio ambiente distinto, entonces encaramos el problema del movimiento armado… Cuando hay plenas libertades democráticas, si para todo el mundo hay trabajo en Colombia y no hay hambre, miseria, desocupación, violencia, terror, hay educación para los hijos de todo el mundo… por qué no desmovilizamos la guerrilla… Porque se ha cumplido la esencia del planteamiento que hicimos nosotros desde un principio… Ese planteamiento no lo entendieron los que están hoy negociando con el gobierno y les dieron dádivas y además se cansaron de la lucha revolucionaria porque no tenían en su consciencia una elaboración ideológica de lo que significa el compromiso del revolucionario”.


Son los “arrepentidos” a que se refería Jacobo Arenas, los que nunca construyeron una verdadera conciencia, los que hoy agachan la cabeza ante los medios, a los que les da penita lo que hicieron por 50 años. Nada le molesta hoy más a la dirigencia de la FARC que los llamen por su nombre de guerra, les molesta porque se avergüenzan de su historia. ¿Qué pensaría Jacobo Arenas al ver que se desmovilizó una guerrilla a cambio de nada, de unos puestos en el Gobierno?


Jesús Santrich ha mantenido una posición limpia, honesta frente a lo que hoy son unos acuerdos fallidos, tuvo el carácter para denunciar el incumplimiento deliberado y prevenir al ELN, fue el único capaz de observar con verdadero criterio objetivo los “errores” del proceso de paz y por eso está preso. A los hoy todopoderosos integrantes de la dirección nacional del partido FARC les incomodaba mucho una voz que hiciera ver lo evidente, por eso se hizo necesario deshacerse de él inmediatamente (útil sería la DEA), curiosamente fue el ciego el que más vio.


A Iván Márquez le espera el mismo destino, hoy lo pretenden reducido, según Sandra Ramírez sus opiniones son personales y no expresan el sentir de la mayoría de exguerrilleros, algo improbable para quien conoce el estado del partido. Lo que se sabe con certeza es que las posturas políticas de la dirección dominante del partido encarnan bien las preocupaciones de la oligarquía y el Estado colombiano. Algún día sabremos por qué Juan Manuel y Enrique Santos se sintieron más cómodos llevando a Timochenko a La Habana para “agilizar el diálogo”, al parecer con Iván Márquez como jefe negociador no les resultaba posible alcanzar sus fines.


El argumento de moda en el partido FARC es que “ahora tenemos más aliados que los que teníamos en la guerra”, vale la pena preguntarle doctor Londoño, ¿qué entiende por “aliados” y a quién considera como tales, a la ONU acaso, o a los empresarios que algo dan para la reincorporación? Pero más importante es preguntarle: ¿qué costo tienen esos aliados, acaso no es otro que el de renunciar a cualquier proyecto de cambio, renunciar a transformar el orden, serían igualmente aliados si la FARC hubiera tomado alguna acción política en ése sentido?


¿Ha parado la oligarquía de usar todas las formas de lucha contra el pueblo, se ha roto con la estigmatización y los medios de guerra propagandística para llegar a la “batalla de ideas”? Es una tesis cuestionable, cuando se siguen lanzando sobre la población por la contraparte mentiras nuevas y viejas que profundizan representaciones sociales negativas sobre las FARC, por ejemplo, la supuesta acumulación de tierras por la guerrilla, su condición de guerrilla millonaria o las fantasías sobre las violaciones masivas. Esa guerra mediática se encuentra casi intacta, no es posible afirmar que los acuerdos de paz hayan contribuido a democratizar la sociedad en este sentido.


Para evidenciar lo anterior es bueno tomar un ejemplo. Muchos exguerrilleros se han quejado del monumento hecho con sus armas por la artista Doris Salcedo, el monumento es brillante porque refleja la realidad de lo que fue el acuerdo: pisotear a las FARC-EP. La obra sirve como un piso para que la oligarquía, el lumpen de las ciudades y funcionarios de organismos internacionales vayan a tomarse fotos, celebren su victoria y tal vez dejen algún centavo para la implementación del proceso de paz. ¿Y las palabras oficiales del partido al respecto? Seguramente las de felicitación a la artista. Como prístino detalle, hubo un “ritual de sanación” por el cual las “víctimas” martillaron las láminas de metal que salieron de las armas fundidas de las FARC-EP, creyeron que martillaban las armas de sus victimarios, pero fueron las armas de las FARC-EP las únicas que se fundieron, como consecuencia lógica, la guerrilla es la victimaria en el conflicto y el Estado y los paramilitares las víctimas. Primero se pisotea una historia y luego se implanta otra a martillazos.


Por otro lado, nos enseña con sus reproche y llamados de atención el señor Londoño que de la noche a la mañana los exguerrilleros han tomado la decisión individual, libre y autónoma de volverse delincuentes, así, introduce la tesis útil a los intereses estatales de que el Acuerdo es “excepcional” en su letra e implementación, que no existen incumplimientos, que lo que hubo fue un generoso regalo de la oligarquía a la guerrilla, de modo que cualquiera que disienta de la realidad objetiva del Acuerdo Final se convierte, necesariamente, en un disidente narcotizado. Como los exguerrilleros disfrutan hoy de las mejores condiciones de vida posible, no tienen ningún motivo válido para retirarse del proceso en pro de sobrevivir a la pobreza. Todo esto equivale a reemplazar el pensamiento histórico de las FARC-EP con el idealismo, liberal burgués: si según el máximo líder de la FARC, cada militante es responsable de su situación, pues su realidad es producto de su voluntad y no de la historia y la sociedad colombiana ¿qué diferencia hay entre esto y el pensamiento digno de cualquier centro de ideas neoliberales?


Se ha introducido la tesis de que existen “trabas burocráticas” a la implementación, según las cuales el partido de la rosa rosada se ha “enredado” ante su inexperiencia en los trámites estatales, de lo que se deduce que la implementación de los acuerdos tiene problemas técnicos, no políticos, haciendo creer que el Estado colombiano “no tiene la capacidad” de cumplir los acuerdos, pero que una vez se superen (por alguna razón mágica) las barreras administrativas, las mieles del acuerdo van a fluir a plenitud. Esta tesis sirve en esencia para ocultar una incómoda verdad: no existe tal cosa como una “traba burocrática”, existe la voluntad y las acciones concretas dirigidas tanto a no cumplir el acuerdo como reversarlo por parte del Estado.


Irónicamente, después de 50 años, no fue la oligarquía colombiana ni fueron los gringos los que acabaron con las FARC-EP, sino gente de “adentro”. Pero las mareas cambian y no se echa por tierra la dignidad de un pueblo y su legado tan impunemente. El pueblo colombiano es contradictorio, más sumiso que rebelde, pero como todos los pueblos tiene su punto de quiebre y allá hay que ir.

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Viernes, 22 Febrero 2019 06:38

Promesas rotas

Promesas rotas

Tras la debacle sufrida en El Salvador por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en las elecciones presidenciales, los 14 comandantes históricos que forman la cúpula suprema del partido, anunciaron su jubilación por medio del comandante Medardo González, secretario general, asumiendo: "la responsabilidad de los resultados electorales".

No se cuán desapercibida ha pasado esta noticia, toda una novedad en un partido que por su autoproclamada naturaleza revolucionaria, está en la lista de aquellos que conceden a sus dirigentes históricos el privilegio de la inamovilidad. Sorprendente, porque es lo que ocurre en las formaciones políticas modernas, sobre todo en Europa, donde los derrotados renuncian por regla y se van para sus casas.

Tanto el Frente Farabundo Martí como el Frente Sandinista de Nicaragua estuvieron divididos en tendencias y llegaron a alcanzar la unidad; y tras el triunfo de 1979, el sandinismo se lo jugó todo de cara a Estados Unidos para apoyar a la organización salvadoreña en armas.

La razón que la administración Reagan alegó siempre para financiar a los contras que trataban de derrocar al gobierno sandinista, fue que sólo buscaba interrumpir las líneas de apoyo logístico que iban desde Nicaragua hacia la insurgencia en El Salvador; si ese apoyo cesaba, la revolución nicaragüense sería dejada en paz.

El respaldo continuó por una década, a un costo desmesurado, pues la guerra de los contras devastó a Nicaragua; y lejos de un triunfo militar, lo que el FMLN consiguió fue un acuerdo de paz con el gobierno del presidente Alfredo Cristiani, del partido Arena, firmado en México en 1992, lo que le permitió convertirse en una fuerza política legal a cambio del abandono de las armas.

Desde entonces se creó un tenso equilibrio político entre dos partidos, Arena a la derecha, y el FMLN a la izquierda, el cual duró cerca de 30 años, al viejo estilo tradicional latinoamericano donde el escenario se solía dividir entre dos fuerzas históricas de signo contrario. Hasta que, igual que en otros países, llegó la hora de las terceras fuerzas, con el triunfo aplastante de Nayib Bukele.

El FMLN llegó a conseguir un caudal de votos suficientes para emparejar a Arena como fuerza parlamentaria, y después pudo conquistar la presidencia en 2009 con Mauricio Funes, ajeno a las lides guerrilleras, y luego en 2014 con uno de sus fundadores, el comandante Salvador Sánchez Cerén.

Una guerrilla que llevó adelante una lucha sacrificada de años, y vivió los riesgos del combate en el que tantos cayeron, al convertirse en partido político, y alcanzar el poder, despierta inmensas esperanzas, sobre todo entre los más humildes.

Confían en que se cumplan las promesas heroicas que marcaron los años de combate. Esperan una forma de hacer política alejada de la demagogia, esperan la restauración de la ética.

Si advierten que quienes se han comprometido a cerrar los abismos de pobreza y acabar con la corrupción olvidan lo que ofrecieron, y todo sigue siendo lo mismo, harán lo que ha sucedido, castigar al partido de las promesas rotas.

¿Cómo es posible que un partido que se presenta como la encarnación de la guerrilla que se sacrificó por la causa de los pobres, ampare un presidente suyo, acusado de corrupción y lavado de dinero?, es una de tantas preguntas dolidas de quienes han dejado de votar al FMLN. Funes, reclamado por la justicia salvadoreña, se encuentra prófugo en Nicaragua, donde ha recibido asilo político de parte del gobierno de Daniel Ortega, sin que el gobierno de Sánchez Cerén haya reclamado su extradición.

No es de extrañarse entonces que centenares de miles de viejos simpatizantes del FMLN desertaran para ir a votar por Bukele, expulsado antes de las filas del partido por contradecir la línea ortodoxa, y que siendo tan joven haya atraído el voto de los jóvenes.

La renuncia de la cúpula histórica abre esperanzas, pero también interrogantes. La primera pregunta es si habrá de verdad una nueva dirigencia del FMLN renovada, abierta al libre debate de las ideas y a la pluralidad interna de opiniones; o si se trata sólo de instalar otras caras viejas que vengan a representar lo mismo, el rígido anillo de poder partidario que protege el pensamiento vertical y único.

Apenas en 2015, el congreso del partido estableció oficialmente que “un elemento esencial del fortalecimiento ideológico y político del FMLN es erradicar de sus filas cualquier vestigio de la ideas reformistas, derrotistas y claudicantes…”, contrarias "a los principios históricos de la izquierda". Entre quienes ahora hacen mutis, una de las altas dirigentes dijo tras conocerse los resultados electorales: "nosotros somos más que votos".

Esa no es sino la vieja idea de la vanguardia, que se sitúa por encima de la voluntad popular, y sigue teniendo la razón eterna aunque pierda. Con concepciones así, no hay renovación posible. Por eso, el FMLN sólo podrá sobrevivir si quienes asumen las riendas abren puertas y ventanas y dejan entrar la luz y el aire.

Lisboa, febrero 2019

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Domingo, 11 Noviembre 2018 05:39

Una ópera de tres centavos

Una ópera de tres centavos

En 1978, Robert DeNiro fue a visitar a Martin Scorsese a una clínica de desintoxicación en las afuera de Nueva York. DeNiro y Scorsese eran como hermanos. Habían filmado juntos Calles Peligrosas cuando nadie los conocía, habían alcanzado fama y gloria con Taxi Driver y venían de ser despedazados por hacer New York, New York. DeNiro no había padecido tanto porque él era el actor nomás, y New York New York era evidentemente una película de director, pero Scorsese había padecido un colapso triple: el fracaso de su película, la intempestiva partida a Europa de Isabella Rosellini, su novia de entonces, y su adicción a la cocaína. DeNiro no sabía con qué iba a encontrarse pero igual fue con un libro bajo el brazo. Scorsese lo esperaba con otro libro para regalarle. Los dos pensaban lo mismo: en el traslado al cine de ese libro que tenían entre las manos estaba la oportunidad de ambos para volver a la buena senda, a los buenos tiempos. El libro que Scorsese tenía para DeNiro era La última tentación de Cristo, de Kazantzakis. El que DeNiro le dio a Scorsese era la autobiografía del boxeador Jake LaMotta. 

Dos días después DeNiro volvió a la clínica y le dijo a Scorsese que el libro de Kazantzakis no le decía absolutamente nada. Scorsese le contestó que a él le pasaba exactamente lo mismo con el de Jake LaMotta. Scorsese quería que Travis Bickle hiciera de Cristo, era una idea potentísima pero él estaba demasiado débil para defenderla. Y DeNiro tenía miedo de colapsarlo si le decía lo que realmente pensaba: porque, sin decirle nada, ya había pagado de su bolsillo los derechos para llevar al cine la vida de Jake LaMotta y no se le ocurría ningún otro director que pudiera filmarla.


“Pero yo no sé nada de box, nunca me interesó”, le decía Scorsese con un hilo de voz. DeNiro insistía, apelando al corazoncito itálico de su amigo: “Imagínalo como un gladiador que sale a la arena. Imagina toda esa gente que quiere verlo devorado por los leones”. Y le describía la capacidad sobrehumana de LaMotta para asimilar el castigo sin caer a la lona, las veces que había remontado con un KO providencial peleas que estaba perdiendo alevosamente por puntos. “Marty, sólo tú puedes transmitir lo que significaba LaMotta para nuestra gente. Te estoy hablando de un tipo que perdió cinco veces contra Ray Sugar Robinson y al final de cada pelea, con la cara tumefacta y sangrante, iba a abrazarlo y le decía al oído: Tampoco esta vez pudiste noquearme, Ray. Imagina un boxeador que pelea como si no mereciera vivir. Imagina lo que puedes hacer con la cámara cuando filmes cada golpe, las gotas de sudor y de sangre volando por el aire y salpicando los tapados de piel y los smokings de la gente en el ringside. Te estoy hablando de una ópera, Marty. Las peleas serán como las arias. Sólo tú puedes convertir esta historia en una ópera del Bronx”.


Hoy es difícil imaginar un DeNiro así, pero en aquel tiempo estaba prendido fuego: venía de hacer Taxi Driver y El Padrino, y mientras convencía a Scorsese hizo El Francotirador. A mí no me parece casualidad que, en El Francotirador, eligiera mal su papel y dejara que Christopher Walken se robase la película. Tenía toda la libido puesta en convencer a su hermano Marty para hacer juntos esa ópera del Bronx. Las palabras “ópera” y “Bronx” tocaron un punto neurálgico en la vapuleada humanidad de Scorsese. En New York New York había intentado que confluyeran sus ambiciones contrapuestas de ser un grande de Holywood a la manera de Vincente Minelli o John Ford y un trangresor a la manera de Fassbinder o Godard. La crítica le había hecho saber de mala manera que no se podía ser las dos cosas al mismo tiempo, pero él seguía creyendo que sí se podía, si el vehículo elegido era el correcto.
Recordemos aquellos tiempos: Bob Fosse acababa de de filmar Lenny en blanco y negro, con Dustin Hoffman haciendo un Lenny Bruce monumental, y el gran éxito del año anterior había sido Rocky, una película de boxeo, una película de losers. En cuanto le dieron el alta a a Scorsese, DeNiro lo arrastró a un burlesque de la calle 47 donde La Motta hacía de patovica a cambio de que lo dejaran subir un rato al escenario, donde recitaba trozos de Shakespeare con su dantesco acento del Bronx, para las risotadas del público. DeNiro miró a su amigo. Scorsese ya estaba imaginando la película. Esa misma noche decidieron que había que filmar en blanco y negro, porque así era el box para el inconsciente colectivo norteamericano: como lo habíantodos visto por primera vez, por televisión, en aquellas míticas peleas de sábado a la noche en blanco y negro.


Scorsese sabía que no cotizaba nada bien después de la catástrofe de New York, New York y de su internación para desintoxicarse. Pero tenía una película de boxeadores. Y tenía a DeNiro. Y tenía también a Paul Schrader, que era una garantía: venía de una racha de guiones exitosos desde Taxi Driver. Es decir que ya tenía su ópera de tres centavos. Schrader lograría sacar, de la tosca acumulación de confesiones que era el libro de La Motta, un guión que era un directo al plexo. Empezaba con un plano negro, ruido de gritos y muebles rotos y por encima un vozarrón que decía: “¡Acábenla de una vez! ¿Son animales o qué?” (El batifondo era La Motta fajando a su mujer embarazada). Y la última escena era en un calabozo, La Motta preso en Miami por chulear pibas de catorce, en su momento de mayor degradación, solo en aquel calabozo, donde procedía a masturbarse mientras murmuraba con la cabeza gacha: “No soy un animal, no soy un animal”.


Por supuesto, en el imaginario mundial, El Toro Salvaje es la película con la que DeNiro ganó un Oscar por engordar un millón de kilos para encarnar un LaMotta crepuscular, después de haber hecho todas las escenas del LaMotta boxeador con un cuerpo que era más fibroso y eléctrico que un cable de alta tensión corcoveando. La leyenda dice que DeNiro entrenó un año entero bajo la supervisión directa del propio LaMotta, que hizo más de mil rounds de guantes con sparrings que le bajaron varios dientes y a los que él les rompió una que otra costilla, que filmó contra reloj todas las escenas de LaMotta joven y a continuación se fue cuarenta días de caravana por trattorias de pueblo del norte de Italia, comiendo siete y a veces ocho veces al día hasta agregarle treinta kilos a su fibrosa osamenta de sesenta y cinco.


El Toro Salvaje es la última gran película de DeNiro y su último Oscar. Es también la última gran película americana de los años 70, además de ser la mejor película de box de todos los tiempos y la gran derrotada de los Oscar de1980, donde perdió contra Gente como uno, y Scorsese cayó como mejor director contra Robert Redford. La leyenda dice que El Toro Salvaje perdió toda chance de Oscar cuando el loco John Hinckley quiso asesinar a Ronald Reagan bajo la influencia de Taxi Driver. Scorsese no quería ni ir a la entrega de los Oscars, finalmente asistió escoltado por agentes del FBI disfrazados de invitados, y se lo llevaron antes de que terminara la ceremonia. Había sido, una vez más, el gran derrotado de la noche. En el avión que se lo llevó de Los Angeles esa misma noche encontró consuelo releyendo por enésima vez su ejemplar recontrasubrayado de La última tentación de Cristo, sin saber que lo esperaban nueve años de penuria hasta plasmar en la pantalla grande esa preproducción mental que lo distrajo del fracaso en aquel vuelo nocturno de Los Angeles a Nueva York.

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Afganistán, ese pequeño y sucio secreto de la campaña estadounidense

Ambos candidatos están ignorando la guerra en Afganistán: en los tres debates presidenciales el conflicto solo se ha mencionado una vez
De acuerdo con estimaciones de Estados Unidos, los talibanes controlan actualmente más territorio que nunca desde 2001
La esperanza de que el ejército y la policía entrenados por la OTAN remplacen con éxito a los soldados occidentales, se ha demostrado ilusoria

 

Como demuestra el asesinato esta semana de 30 personas en la provincia de Ghor, el asunto de Afganistán tiene formas de forzar su entrada en el foco político. Barack Obama aprendió está lección a la fuerza. Prometió acabar con la guerra. En su lugar, la intensificó, después flaqueó y finalmente perdió el interés.


La estrategia de Obama de 2009 de aumento de presencia estadounidense en el país, apoyada por Clinton, entonces secretaria de Estado, envió 51.000 soldados adicionales a Afganistán. Pero los refuerzos fracasaron en su objetivo de acabar con la insurgencia talibán. En 2014 Obama dijo que la guerra estaba acabando. Pero se ha tenido que comer sus palabras. Mientras deja el cargo, 8.400 soldados estadounidenses y un amplio contingente aéreo siguen allí.


Los talibanes afganos, apoyados por células en Pakistán, siguen siendo el enemigo más numeroso y mortífero. Análisis recientes sugieren que los talibanes están ganado territorio en Helmand, donde una vez combatieron los soldados británicos. Las continuas ofensivas en la zona de Kunduz en el norte y los osados ataques en Kabul han sido repelidos, pero con mucha dificultad.


Los yihadistas de al Qaeda, razón por la cual entró Estados Unidos en Afganistán en 2001, siguen activos en al menos siete provincias, mientras que el ISIS se ha afianzado en Nangarhar. Señores de la guerra enfrentados étnicamente complican aún más el panorama.


Afganistán es ya la guerra más larga de Estados Unidos. Su 15º aniversario se cumplió el pasado 7 de octubre. Más de 2.300 soldados estadounidenses han muerto en Afganistán. El conflicto ha costado a los contribuyentes estadounidenses 628.700 millones de euros.


Incluso a pesar de las recientes e inciertas conversaciones de paz, el conflicto está lejos de terminarse. Afganistán se ha convertido en el pequeño y sucio secreto de la campaña presidencial de Estados Unidos sobre el que ningún candidato se preocupa en discutir.


En los tres debates presidenciales, Afganistán solo se ha mencionado una vez, por Clinton, y después solo de pasada. La demócrata, ya atacada por su apoyo a la invasión de Irak de 2003 y la intervención estadounidense en Libia en 2011, tiene muy pocos alicientes para llamar la atención de un problema inconcluso en Afganistán. Sabe que la guerra es sumamente impopular entre los votantes.


Por su parte, Trump parece entender muy poco e importarle menos. Una vez dijo que la guerra era un “error terrible”, pero no tiene una política conocida. Hasta los talibanes parecen ofendidos. Un portavoz talibán, mencionado por el analista Yochi Dreazen, señaló tras el primer debate que Trump dice “lo primero que se le ocurre” y que “no es serio”.


Esta indiferencia no puede durar, escribe Dreazen. “Cualquiera que sea el motivo, el silencio sobre Afganistán es una auténtica vergüenza, ya que el futuro de la larga guerra liderada por Estados Unidos será una de las primeras y principales decisiones que tanto Trump o Clinton tendrán que tomar... El próximo presidente tendrá que decidir si dejar allí las tropas, enviar más, o traer todavía más a casa”, señala.


Abandonar Afganistán no es probablemente una opción, no importa lo mucho que a los países occidentales les gustase hacer desaparecer el problema. A pesar del fracaso de muchos proyectos de reconstrucción rural, 70 países donantes se han comprometido a dar otros 13.900 millones de euros durante los próximos cuatro años.


Aunque las necesidades humanitarias son, sin duda, acuciantes, semejante generosidad parece ser un triunfo de la esperanza sobre la experiencia. La situación en materia de seguridad es grave en muchas zonas, el gobierno afgano en Kabul es débil y la corrupción oficial es endémica.


La violencia contra las mujeres continúa a pesar de los arduos esfuerzos para combatirla. Más de 5.000 casos —incluidos 241 asesinatos— fueron denunciados en la primera mitad del año. La producción de opio vuelve a estar alta. Los refugiados afganos continúan dirigiéndose a Europa en grandes cantidades. El conflicto continúa desestabilizando a Pakistán.


La esperanza entusiasta de que el ejército y la policía tan entrenados por la OTAN remplacen con éxito a los soldados occidentales y que proporcionen la seguridad adecuada se ha demostrado ilusoria. De acuerdo con análisis de Estados Unidos, los talibanes controlan actualmente más territorio que nunca desde 2001. En lo que llevamos de 2015, cerca de 2.500 civiles han muerto, según cifras de la ONU. Muchos de ellos fueron asesinados por fuerzas gubernamentales. Y las muertes de menores han crecido un 15%.


Piensen lo que piensen Clinton y Trump, Afganistán no es un problema que pueden esquivar por mucho tiempo.

 

theguardian


Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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Lunes, 17 Octubre 2016 07:11

Un guerrero triste y cansado

Un guerrero triste y cansado

 

El jueves 27 de octubre el ciudadano brasileño Luiz Inácio da Silva cumplirá 71 años de vida. Cinco menos que Pelé, que habrá cumplido 76 cuatro días antes. Uno menos que Chico Buarque, que cumplió 72 el pasado 19 de junio. Veintisiete más que su más cruel verdugo y perseguidor, el juez provinciano de primera instancia Sergio Moro, que anda por sus verdes 44 años sintiéndose una especie de dios vengador designado para impartir el castigo divino a su presa favorita.


Pero la verdad es que Luiz Inácio da Silva, Lula da Silva, ex presidente, fundador y creador del Partido de los Trabajadores, el PT, principal líder político del país más habitado y más rico de América latina, no anda con espíritu de celebrar nada.


Hace un tiempito le pregunté, en un almuerzo con otros dos amigos, si él no se cansaba nunca. Quise saber de dónde sacaba semejante energía. “A veces sí, me siento cansado, pero no puedo regalarme siquiera ese lujo, el cansancio”, me dijo.


Hablábamos de lo que pasa en Brasil, y él quiso saber cómo me sentía. “Indignado, irritado, impotente y triste”, contesté. Y Lula comentó: “Yo también me siento triste. Al fin y al cabo, hice lo que hice, empecé lo que empecé, y ahora me pasa lo que pasa...”.


¿Y qué es lo que le pasa? Pues le toca asistir a la demolición implacable de su PT, un partido nacido para reformular la política y airear un ambiente históricamente plagado de vicios e inmoralidades, y que terminó por aliarse a los enemigos y se dejó salpicar por el lodo.


Un ataque implacable de los mismos medios hegemónicos de comunicación que él creyó haber seducido, pero que a la hora de la verdad, se pusieron, con una sola y única voz, en su contra.


Por estos días, Lula da Silva trata de buscar una salida para el PT. Las elecciones municipales del domingo 2 de octubre masacraron su partido. Era algo esperado, pero no en tales dimensiones. Ha sido el peor desempeño del Partido de los Trabajadores en los últimos veinte años o más.


“Era algo esperado”, admite Lula. “Pero volveremos a ser lo que fuimos y seremos”, agrega, con la mirada fulminante puesta en algún espacio vacío y perdido.


Cuando conocí a Lula, hace como treinta y pico de años, era un hombre con mirada inquieta y feroz. Su voz ronca anunciaba cambios radicales. Ese Lula furioso ha sido drásticamente cambiado en la campaña electoral del 2002, cuando un publicista de mucho talento y escaso carácter –eligió, vendiendo personas como se fuesen jabón, a tipos de extrema derecha igual que de izquierda– creó la imagen de “Luliña paz y amor”.


Aquel Lula, el de 2002, se comprometió en una “Carta a los brasileños” a preservar puntos cruciales de la política económica de su antecesor, el neoliberal Fernando Henrique Cardoso, y lo hizo. Pero a la vez promovió cambios radicales en el panorama socioeconómico brasileño.


Los números no permiten dudas: el obrero que cometía errores básicos de gramática, que eliminaba el plural en sus frases, que tenía un discurso tosco y directo, montó un gobierno que eliminó a Brasil del mapa del hambre de las Naciones Unidas. En su gobierno, 42 millones 800 mil brasileños abrieron, por primera vez en sus vidas, una cuenta corriente en los bancos.


La libreta de ahorro, único instrumento de que disponían, quedó en la memoria. Se vendieron, como nunca, heladeras, cocinas, motos, coches. Ha sido como si una Argentina entera entrase en el mercado de consumo: 42 millones 800 mil tipos por siempre ninguneados.


Pasados los años, Lula sigue creyendo que hizo lo que tenía que hacer. “El presupuesto del Estado tiene que contemplar a los pobres, no se debe hablar de gasto, en el presupuesto para educación y salud públicas: es inversión. Inversión en el futuro de la gente”, dice.


El problema es que, en el sistema político brasileño, existen 35 partidos políticos activos y en el Congreso hay como 28. Así que ningún presidente se elige contando con mayoría en diputados y senadores. Como consecuencia, es imperioso armar alianzas políticas. Y las alianzas que armó el PT fueron con lo que de más sucio existe en la vida política brasileña. A tiempo: exactamente la misma alianza que ahora sostiene a Michel Temer, que no fue elegido, que llegó a la presidencia a raíz de un golpe institucional.


¿Qué dice Lula de esa experiencia? “Lo importante era tener una base para gobernar.” Su partido, otrora una especie de vestal contra la corrupción dominante en el escenario político brasileño, se mezcló en el lodo.


¿Y ahora? Bueno, ahora hay que empezar todo otra vez.


El mismo Lula es convocado para volver a presidir su partido, el PT. Pero se resiste. Sus interlocutores más cercanos, sus amigos, dicen que más urgente es preparar su defensa contra el acoso irremediable de una Justicia Injusta, que entre otras cosas es capaz de mantener en prisión a su ex ministro de Hacienda, Antonio Palocci, “mientras se buscan pruebas en su contra”. Esa historia de presunción de inocencia, y que les toca a los fiscales probar la culpa, quedó definitivamente eliminada del escenario judicial brasileño. Aquí en Brasil, primero se acusa, luego se detiene al sospechoso, y luego a ver cómo probar sus crímenes.


Lula da Silva anda un tanto tristón. Su mirada pasea por un horizonte invisible. Está cansado. El hombre que dice no cansarse nunca está cansado. Está visiblemente cansado. Mastica despacio y con cuidado cada parte del asado de cordero que eligió. Es un almuerzo entre amigos. De repente, le pregunto: “¿Es que no te cansás nunca?” Y él me mira, una mirada de mil fuegos, y dispara: “Es que no tengo tiempo para cansarme”. Miente. Es evidente que miente. La mentira está estampada en sus pelos, cada vez más ralos; en la mirada, cada vez más opaca; en la voz, cada vez más ronca.


Mañana o pasado o en unos días más lo detendrán. La imagen de Lula preso es, será, la gloria máxima del golpe de Estado, golpe institucional que se dio en mi país, el país de Lula. ¿Ha sido el suyo un gobierno corrupto? No. ¿Hubo corrupción en su gobierno? Claro que sí. ¿Ha sido complaciente con esa corrupción? Quizá. Muy probablemente, sí. En países como el mío, es o eso o la nada.


Me doy cuenta de que Lula tiene una coronita de perlas, de lágrimas, en la frente. De sudor, pues.


Terminamos de almorzar, nos despedimos, nos abrazamos. Nunca fui y jamás seré del PT. Mis críticas al partido creado por Lula da Silva desbordarían el espacio que me concede este diario. Pero salgo de este almuerzo largo y tardío con las palabras que dijo Lula cuando, de manera absolutamente ilegal, lo llevaron a prestar testimonio en la Policía Federal, hace como cinco, quizá seis meses.


Dijo Lula da Silva: “Si me matan, seré mártir. Si me detienen, seré héroe. Si me dejan libre, seré presidente otra vez”.
Si me permiten una participación personal, estoy seguro de que lo detendrán. Mañana o el miércoles o la semana que viene. ¿El crimen? No importa. Por ser obrero, apenas alfabetizado, y haber saneado lo mismo que hirieron sus antecesores.


Lo detendrán y condenarán por haber sido el primer obrero en alcanzar el poder, y que por intuición –mucho más que por ideología– cambió el mapa social de mi país. Es decir: que no robó nada.


Y por eso...

 

 

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Domingo, 03 Julio 2016 07:45

Por qué ha fracasado Podemos

Por qué ha fracasado Podemos

Para entender la derrota de Podemos hay que atreverse a hacer un pequeño viaje en el tiempo, al menos cinco años atrás, cuando el 15 M estaba levantando las acampadas de las plazas al grito de “Lo llaman democracia y no lo es”. En aquel entonces el movimiento rehuía la construcción de liderazgos personales, defendía una política horizontal y amateur, y tenía en el centro de sus preocupaciones incluir al mayor número de gente común. El éxito de Podemos en sus primeros tiempos, cuando se declaraba como un partido “antipartido”, se debió a que fue un calco político del 15 M, que se expandía según el mismo patrón de proliferación de asambleas locales (círculos) y de replicación en redes.


Su primera crisis seria se produjo cuando empezó a asomar como un partido más, con su dirección oligárquica y sus infinitas trifulcas por el poder interno, y cuando su estrategia de transversalidad se fue al traste por la irrupción de Ciudadanos. De aquella franja de entre el 15 y el 18 por ciento de expectativa de voto, en la que estaban encallados desde la primavera de 2015, no le salvaron sus propios aciertos sino el éxito de las candidaturas municipalistas que en algunas ciudades, y de acuerdo con formas de comunicación, implicación y organización más próximas al 15 M, volvieron a elevar el techo electoral. El recuerdo de éstas fue lo que empujó también las posibilidades de Podemos. El 20 de diciembre pasado obtuvo sus mejores resultados allí donde fue en “confluencia”.


El domingo ya no quedaba mucho de ese impulso social distribuido. Lo único que hizo la campaña electoral fue confirmar esta ausencia. La moderación, la “socialdemocracia”, el triunfalismo dejaron indiferentes a los más. Y muchos finalmente no fueron a votar. La única diferencia significativa entre la campaña del 20 D y la del 26 J ha sido de grado, en el sentido de una campaña de partido, que sólo depende del partido y que cada vez encuentra menos elementos de resonancia externa. No es un problema exclusivo de la dirección de Podemos, sino de una lógica compartida por la “nueva política” dirigida exclusivamente a recuperar la representación. De hecho, se perdieron votos en todas las autonomías. Más de 200 mil en Andalucía y otro tanto en Madrid, que juntas acumularon el 40 por ciento de ese 1,1 millones de “votos ausentes”. Pero también se perdieron en las “confluencias”, donde la dirección de campaña dependía mucho menos de “Madrid” que de los activos locales: 130 mil en Valencia, 80 mil en Cataluña y más de 60 mil en Galicia, un aviso a los navegantes de que el legado municipalista no es eterno.


Durante este último año y medio Podemos ha prometido esencialmente dos cosas: que podía ganar las elecciones y que con el gobierno en su mano daría cumplida respuesta a las exigencias de cambio. La segunda promesa es siempre dudosa y, desde luego a tenor de algunas de sus manifestaciones locales, como Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, parece por completo desmentida. La primera ha funcionado como un narcótico para infinidad de gente, que por puro interés (porque querían formar parte de la industria de la representación), por necesidad de creer o por buena fe, pensó que este era el momento de la política profesional, de delegar en un grupo inteligente y capaz de desencallar lo que la “gente” no iba a ser capaz de hacer por sí misma. El domingo esa promesa se demostró, una vez más, falsa. Sin la “gente” y sin política que vaya más allá de los expertos y de la lengua de palo de los políticos profesionales no se ganan elecciones, no al menos si lo que se pretende es empujar un proyecto de cambio real.


El terremoto puede desencadenar nuevos seísmos. Puede abrir la guerra interna del partido entre los partidarios de Pablo y los de un Errejón que, a pesar de ser responsable principal de este fracaso, considera que esta es su hora. O puede, en el mejor de los casos, promover movimientos de cambio y reflexión interna que, siempre que no encallen en soluciones mágicas (como las superficiales de un cambio de dirección y discurso), quizás sirvan como un saludable revulsivo interno. Sea como fuere, todo el que no entienda que la radicalización democrática no encaja bien en los canales de la política institucional, en los partidos oligárquicos convencionales, en la adhesión incuestionable a las figuras carismáticas, volverá a recaer en las ilusiones del 26 J.


Desgraciadamente es muy poco probable que se recuperen la frescura y la mirada que hace apenas unos años era todavía el sentido común de aquella gigantesca ola de cambio, que un día como hoy de 2011 pensaba en ampliar y multiplicar lo que ya se había conseguido en seis semanas de acampadas en las plazas.


• Sociólogo e historiador, integrante de la Fundación de los Comunes. Autor de los libros Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios e Hipótesis democracia. Tomado de Público.es. Brecha reproduce fragmentos de esa nota.

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Colombia: Santos quiere diálogo, Navas derrota y rendición.
El Presidente de Colombia afirmó recientemente que la "victoria es la paz". Navas, el militar de mayor jerarquía en las Fuerzas Armadas, insiste en la derrota, rendición y exterminio del enemigo guerrillero revolucionario. No coinciden. Navegan en dirección contraria dentro del mismo gobierno.

El tema de la paz ha cobrado relieve en el reciente debate público nacional. Las noticias indican que importantes funcionarios gubernamentales, incluidos militares de alto nivel, han sostenido reuniones y encuentros con destacados lideres de las FARC en territorio de otro Estado cuyo gobierno ha facilitado la distensión entre los contendientes de la guerra civil nacional. El episodio parece ser la parte de mayor reserva y discreción que requiere un proceso de estos tan complejo toda vez que someterlo a una excesiva deliberación pública inicial es arriesgar cualquier eventual acuerdo porque los opositores de la conciliación tendrían servido en bandeja de plata el pretexto para el torpedo mediante la manipulación de la sensible opinión ciudadana con el uso/abuso de los medios plutocráticos de comunicación.

Ya tenemos aprobado el Marco legal para la paz, después se hará su reglamentación con el fin de dar cobertura legal y legitimidad a los acuerdos y  desarrollos que ocurran para que el escenario de la paz y la concordia sea un hecho histórico en esta nación hastiada de la guerra y  muerte.

El puzzle de la paz se extiende a otros campos. Hay una crisis en el gabinete ministerial y los síntomas de la recomposición muestran tendencias que derivan en la estrategia del diálogo y la negociación con los movimientos guerrilleros. Todos los partidos, excepción de la derecha fascista (uribista), aplauden los pasos ocurridos. Los dirigentes de las agencias partidistas apoyan sin vacilación al señor Santos en todos los actos que lo coloquen en una mesa de conversaciones para resolver definitivamente la prolongada guerra de guerrillas de los combatientes campesinos y revolucionarios.

Lo interesante de la coyuntura es que el dialogo perfilado ocurre en circunstancias de deterioro de la economía y la caida del recaudo fiscal porque ya nos llegó la crisis financiera global con todo su daño. El Ejercito colombiano esta sobredimensionado mostrando su incapacidad para aplastar el movimiento partisano, al tiempo  los gringos se corrieron de seguir dando su apoyo financiero al Plan Patriota debido a la crisis fiscal de su Estado. Es lo que explica que el primer Ministro designado sea el de Hacienda para hacer frente a la crisis  financiera internacional y la revaluación que destruye la industria y la agricultura.

Un escenario así lo vimos en los tiempos de los diálogos de San Vicente del Caguan cuando la élite dominante, ante la formidable crisis económica de finales de siglo, simuló un dialogo y una negociación que frustró después de haber comprometido descomunales partidas desde los Estados Unidos y canalizados con el Plan Colombia para expandir el aparato militar y paramilitar. El resto de la historia la sabemos. Para que repetirla.

Hago esta observación para que aprendamos la lección y no se proyecten ilusiones absurdas.

Si vamos a unos diálogos y negociaciones estos deben ocurrir en términos de franqueza y sinceridad para con todo el país.

Sobre el primado de la política parece existir una real decisión que favorece el camino de la paz. La paz es la victoria ha dicho Santos. La paz es la ruta, agregan los príncipes de la Iglesia católica que aportan su sabiduría centenaria inclinada por el pacifismo.

Es lo que no entienden los militares objeto de una burda manipulación por la extrema derecha delirante y delincuencial.

Navas, el más alto jerarca de los militares colombianos ya salió a deliberar y "tirar línea" a la tropa. Sus declaraciones de ayer van en otra dirección. En una dirección contraria, anclada en el pasado de los últimos 8 años. Ha dicho que su mira es la derrota y rendición de los combatientes revolucionarios. Cosa que no hemos visto en los últimos años no obstante haberse anunciado por otro general idiota, coterraneo de Navas,  que estábamos en el fin del fin del exterminio de las Farc.

La posición de los "militares politizados en la fantasía derechista", a los que parece abandonar rápidamente el Ministro Pinzón de la Defensa en sus recientes discursos, no es una buena cosa para lo que quiere Santos. Es un escollo que él debe resolver prontamente. Seguramente lo logrará cuando explique al Alto mando las cifras de la economía que no dan más para seguir con el guerreo y toda su parafernalia de despilfarro y gasto improductivo. A los militares los aterrizara la cruel realidad de la economía que presiona el declive del gasto público en un momentos de enormes compromisos con la Ley de Victimas y los programas sociales de la Presidencia de la República para apuntalar la reelección de Santos por otros cuatro años. Y esas son palabras mayores de la política que sobredetermina el resto del universo social, incluidos los uniformados del Ejército.

Esperemos que Santos aproveche la crisis ministerial para desalojar de su alta gerencia a los promotores militares del sabotaje a la paz, que no son más que fichas de la extrema derecha uribista en el campo militar oficialista.

Santos debe saber que la llave de la paz no le funcionará si permite la continuación de la presión de Navas y los generales que le hacen el coro.
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La opinión pública italiana, a la que muchos daban por anestesiada, utilizó este lunes la herramienta del referéndum popular para firmar en las urnas el finiquito político de Silvio Berlusconi. El segundo desastre en solo quince días, tras el sufrido por la derecha en las elecciones municipales, ha parecido incluso más elocuente que el primero. Casi 30 millones de ciudadanos, movilizados gracias a Internet, la oposición y los movimientos ecologistas y católicos, han desoído la invitación a la abstención del jefe del Gobierno y han aprobado por abrumadoras mayorías, cercanas al 95%, los cuatro referendos en juego. Quedan así abolidos el programa nuclear, la privatización del agua y el encarecimiento de tarifas, además de la ley del legítimo impedimento, que permitía a Berlusconi aducir empeños institucionales para no presentarse a sus juicios.

La participación ha llegado el 55,8% de los 50,5 millones de electores censados, por encima de todas las previsiones y del 50% necesario para que las consultas fueran vinculantes. La cifra que permitía superar el quórum era de 25.209.346 electores. Según los datos oficiales, han votado 29,9 millones de personas. El quórum ha sido alcanzado en todas las regiones del país, con las cifras más altas en el norte, y ha dejado sin efecto la enorme chapuza cometida con los 3,3 millones de residentes en el extranjero, que respondieron a la consulta de la energía atómica con unas papeletas inservibles, emitidas antes de que el Gobierno aprobara sobre la marcha una moratoria temporal del nuclear para tratar de sortear el referéndum.

El líder de la oposición, Pierluigi Bersani, que había vaticinado el fácil triunfo de los cuatro síes derogatorios, ha afirmado que esta "masiva demostración democrática certifica que el país está vivo y divorciado de su Gobierno", y ha pedido a Berlusconi que "dimita y suba al Quirinal para poner su cargo a disposición del presidente de la República". El primer ministro ha afirmado en una escueta nota que los italianos habían "expresado de forma neta su voluntad", pero ha reiterado que su intención es agotar los dos años que quedan de legislatura. Horas antes del cierre de los colegios electorales, en conferencia de prensa con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, Berlusconi había dado por hecha la derrota al afirmar: "Italia se apresta a decir adiós a la energía nuclear y tendrá que apostar fuerte por las renovables".

La intervención, que ha disparado en la Bolsa los títulos de las empresas del ramo, ha sido duramente criticada por la oposición, que le ha recordado que la ley prohíbe hablar a los políticos mientras las urnas están abiertas. El ministro del Interior, Roberto Maroni, también ha violado la norma al anunciar a mediodía que se alcanzaría el quórum.

Ha sido una jornada festiva e histórica, porque desde 1995 ningún referéndum derogatorio había obtenido el quórum en el país, y parece abrir una brecha insanable entre la ciudadanía y el magnate que ha marcado la política nacional desde hace 17 años. Los sondeos indicaban que gran parte del electorado que eligió hace tres años a Berlusconi le ha abandonado: un 44% de los 18 millones de votantes del Pueblo de la Libertad (PDL) ha contribuido hoy a abolir las leyes aprobadas por su mayoría parlamentaria. El partido había dado libertad de voto, y varios notables del PDL y de la Liga, como Ganni Alemanno, Renata Poverini o Luca Zaia, han acudido a depositar sus papeletas.

Las cuatro victorias aplastantes del 'sí' en las cuatro preguntas planteadas han sido celebradas en las calles por los grupos ecologistas y la oposición. En la Red ha habido una explosión de vídeos y mensajes contra Berlusconi y su Gobierno. "Ciao, Silvio", "Sí, sí, sí, sí. Legitimo godimento" (legítimo gozo), decían, jugando con la derogada ley del legítimo impedimento.

Tensiones con la Liga Norte

El resucitado entusiasmo ciudadano ofrece poco espacio para interpretaciones: ha sido un voto masivo, libre y por tanto de alto significado político. La derrota es especialmente dura para Berlusconi porque se produce contra la tendencia impuesta en las televisiones, que ignoraron casi por completo el referéndum. Cae así el sofisma que dice que sin televisión no se ganan votaciones.

La oposición en bloque coincide en que la cuádruple derrota es un puñetazo tanto a la política del primer ministro como a su estilo cada vez más autoritario de gobernar el país y el partido. Por un lado cancela la base de su política energética, el programa nuclear, y repudia las trampas que Berlusconi inventó sobre la marcha para tratar de hurtar el juicio popular. Además, el pueblo le ha recordado que la ley es igual para todos, al derogar la ley 'ad personam' del legítimo impedimento, pese a que el Tribunal Constitucional ya la había suavizado en su día. Y, por fin, deroga la privatización del agua y la posibilidad de subir las tarifas hasta un 7% sin mejorar el servicio, rechazando la tradicional alergia de Berlusconi hacia el sector público y su tendencia a confundir lo público y lo privado.

El Ejecutivo queda en una situación más que delicada. La Liga del Norte ha hecho saber que está "harta de recibir bofetadas" en las urnas y ha anunciado que el día 19, fecha en que celebra su fiesta anual en Pontida, Umberto Bossi dará a conocer las nuevas condiciones a Berlusconi para apoyarle en la crucial sesión parlamentaria del día 22.

Ahora todo el mundo sabe que la mayoría actual, que sobrevive gracias al mercado de tránsfugas y en virtud de una ley electoral que premia a la lista más votada (como pasaba en tiempos de Mussolini), no representa ya a la mayoría social del país. "El resultado es perfectamente coherente con lo sucedido en los últimos meses. Y más allá del contenido, es un mensaje directo de todos los electores al Gobierno", ha resumido un portavoz de la Conferencia Episcopal.

La gran fiesta democrática recuerda también que, pese a haber vivido una larga era de manipulación y propaganda, la cultura política sigue bien viva en Italia. Incomprendidos fuera del país por su excesiva paciencia con la mala gestión, los italianos han hablado como un pueblo libre y han dado una lección de pasión democrática. Mientras eso sucedía, su primer ministro compraba, una tarde más, bisutería en una céntrica tienda romana y bromeaba sobre el 'bunga bunga' con Netanyahu.

Las cuatro preguntas del referéndum

CUESTIÓN 1. Papeleta rosa. Derogación de la ley que acelera la privatización del agua pública. Aprobada por el 95,6% de los votos.

CUESTIÓN 2. Papeleta amarilla. Derogación del cálculo de las nuevas tarifas del agua según el capital invertido por la compañía (aumentos de un 7% en la factura sin mejorar el servicio a cambio). Aprobada por el 96% de los votos.

CUESTIÓN 3. Papeleta gris. Derogación de las nuevas normas que consienten la producción de energía nuclear en territorio nacional. Aprobada por el 94,4% de los votos.

CUESTIÓN 4. Papeleta verde. Derogación de la Ley del Legítimo impedimento, que permite al primer ministro y a sus ministros invocar empeños institucionales para no acudir a los juicios donde estén acusados de delitos penales no cometidos en el ejercicio del cargo. Aprobada por el 94,9% de los votos.
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