Un rosario de reclamos al Gobierno: vocero de víctimas de Iota denuncia incumplimientos y fallos en la reconstrucción de San Andrés

El líder sanandresano Alberto Gordon May asegura que el Gobierno no ha cumplido con lo pactado en el plan de reconstrucción del Archipiélago.

 

Después de casi cuatro meses de que el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina fue golpeado por el huracán Iota, sus pobladores hablan sobre lo que dicen ser un atropello del Gobierno Nacional en la región.

Así lo hizo saber en entrevista con El Espectador el pastor Alberto Gordon May, presidente de la Autoridad Raizal, órgano que representa a los habitantes nativos del Archipiélago, quien además es el líder de las víctimas del huracán Iota.

Según el vocero, la administración Duque implementó “prácticas neocolonialistas” en las islas, y ha ignorado a sus gobernantes y comunidades. Son varios los problemas que el líder manifiesta como desatendidos en las islas, empezando por el incumplimiento del gobierno Duque respecto al plazo de 100 días que se planteó para la reconstrucción de la región.

De acuerdo con las declaraciones de Gordon May, en El Espectador, “el plazo puesto por el mandatario finalizó el 27 de febrero pasado. Después se extendió hasta el 10 de abril, término que ya se amplió hasta el primer trimestre de 2022. Para ser sincero, dudamos de que haya reconstrucción en los próximos mil días”.

Esta percepción, según el líder, es algo que “todos los miembros de la comunidad comparten”, ya que manifiesta que los sanandresanos hoy están mucho peor que antes del paso de Iota, “antes tenían casa, cubiertas sus necesidades de energía, agua y otros elementos necesarios. Las condiciones a que están sometidos ahora son lamentables, deprimentes e inhumanas”, asegura Gordon May en el diario nacional.

Además, afirma que desconocen el Plan 100 y que tampoco han sido enterados “de un plan anual que se ha anunciado a pesar de las múltiples visitas de Iván Duque”. También agrega que, “Contrario a la Ley 1523 de 2012 (Sistema de Gestión del Riesgo de Desastres), elaborada para ocasiones como la que sufrimos ahora, el Plan de Acción Específico (PAE) para el archipiélago, que será la carta de navegación para las islas, según Susana Correa, gerente de reconstrucción de Providencia, no ha sido ni siquiera firmado por el consejo de ministros”.

Para Gordon May, “el Gobierno ha tenido dos “planes”: el que le cuenta a la comunidad y el que manipula”, y señala a su vez que, “la gente ha venido reaccionando a la improvisación diaria, lo que nos parece sumamente grave porque reinan el desespero y la incertidumbre. Los habitantes están viviendo a sol y lluvia, aunque esta fase de la crisis debió haber sido superada en la primera etapa de la emergencia”.

De acuerdo con el líder sanandresano, “hasta este momento la única persona que conoce el PAE es Susana Correa”, pero aún así el pastor señala que la funcionaria “no lo ha compartido ni discutido con nadie y se escuda en diversas disculpas para protegerse”, además asegura que Correa, “sale a mentir ante los medios” y que, “el Gobierno ha desconocido la totalidad de la ley y ha ignorado, principalmente, los principios de igualdad, protección, el participativo que ordena reconocer y promover la colaboración activa de las comunidades, y, muy importante, el principio de diversidad cultural que exige respetar las particularidades de cada comunidad y aprovechar al máximo los recursos de la misma”.

Esto, según el vocero, fue una acción del Gobierno en la que no se acogió estrictamente a la ley, ya que manifiesta que si “la hubiera cumplido, no habría tanto desespero. La población de las islas está al borde de un colapso emocional por la incertidumbre sobre su presente y, ante todo, sobre su futuro

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Las condiciones actuales en las que viven los sanandresanos

 

Gordon May informó en El Espectador que “mucha gente pasa los días en carpas. Las viviendas a las que les han reparado techos sin reconstruir, sus bases no cuentan con los amarres y las técnicas antihuracán, a pesar de que el propio Ministerio de Vivienda reconoce que hay que cumplirlas”.

A su vez, asegura que a pesar de que “la energía ha sido restablecida y se instalaron unas plantas desalinizadoras (del agua marina), es preciso resaltar que la disponibilidad de agua del embalse Fresh Water Bay ha venido disminuyendo por causa de los procesos erosivos de la cuenca y que este es el único embalse que existe”.

Por eso, señala que “en las épocas de sequía hay escasez. Pero, en este momento, otro motivo de gran preocupación es qué va a suceder con el suministro del líquido, además de la sequía, por la sobrecarga de personas de afuera que llegaron sin medir su impacto”.

En la misma línea, habla del impacto negativo que ha causado el aumento del 20% de la población en las islas, proveniente de personas que están llevando a cabo las labores de reconstrucción. Gordon May asegura que esto ha sido un “un desastre”, empezando por el ámbito ambiental.

“Los servicios de energía y agua que son precarios, igualmente son escasos. Por lo tanto, no dan abasto con el incremento poblacional. También nos preocupa el brusco cambio de relacionamiento social con grupos tan numerosos de personas ajenas a nuestra cultura”, asegura el líder en El Espectador.

Asimismo, afirma que “se desconocen los términos de referencia y códigos de reconstrucción de las viviendas porque las condiciones contractuales con Findeter no han sido puestas a consideración de la comunidad”, ya que según Gordon May, si estos trabajos se hicieran “con las especificaciones técnicas descritas, se podría suplir con trabajo local gran parte de las obras de construcción, para lo cual la comunidad se ha venido organizando. Consideramos que la vinculación laboral externa debe ser gradual y organizada para evitar efectos negativos y garantizar la sostenibilidad social, ambiental y económica”.

De igual forma, el líder reconoce que hay otros problemas en las islas, como que el Gobierno quiso obviar el derecho constitucional de la consulta previa, algo que señala se pudo evitar gracias a que “un grupo de raizales, en la diáspora, ayudó a preparar varias propuestas de casas.

Solo después de insistentes reclamos por parte de líderes de la comunidad, el Gobierno, al parecer, finalmente incluirá tales diseños en sus planes. La vocería y la presión de un grupo de líderes, la veeduría local, a través de tutelas, la Autoridad Raizal, la Comunidad Raizal en la Diáspora, a quienes agradecemos inmensamente, y la prensa local e internacional, ayudaron a que la administración Duque atendiera los reclamos comunitarios”, señaló en el diario nacional el vocero sanandresano.

Gordon May también habló del puente entre San Andrés y Providencia que no ha sido recuperado, pero que en cambio sí se construyó un muelle sin consulta previa de la comunidad, además de otros proyectos como la construcción de la base de Guardacostas o de Salvamento Marítimo que la Armada Nacional ha querido edificar en el sector de Old Town” y el cual también rechazan los raizales.

El líder mencionó además que a tres meses de que empiece la temporada de huracanes en el Caribe, aún no se ha construído por lo menos un albergue en las islas.

7 de Marzo de 2021

Publicado enColombia
El negocio de los mares: un puñado de empresas explotan todos los recursos ante la escasa regulación internacional

Un estudio reciente de la revista 'Science' alerta de cómo muy pocas empresas concentran cada vez más poder en los océanos y cómo la debilidad de las regulaciones, nacionales e internacionales, fomenta la sobreexplotación de los ecosistemas marinos.

 

Las aguas del planeta Tierra son cada vez más opacas. En las últimas décadas, el uso comercial de los océanos ha ido creciendo, convirtiendo los mares en recipientes industrializados donde el extractivismo se impone a la biodiversidad. Las lógicas de explotación guardan una coherencia con las economías terrestres, ya que la mayor parte de la economía marina global se concentra tan solo en cien empresas transnacionales, de las que diez controlan el 45% de la riqueza proporcionada por los ecosistemas oceánicos. Así lo evidencia una investigación recién publicada por la revista Science, que resalta cómo la falta de controles internacionales sobre los océanos han favorecido el desarrollo de actividades contaminantes y con un gran impacto ambiental.

"Ver al océano como un motor para el crecimiento económico futuro puede entrar en conflicto con las dimensiones sociales y ambientales de los objetivos para el uso sostenible de los océanos acordados a lo largo de décadas en compromisos y tratados internacionales", sostiene la investigación, que alerta de que las industrias oceánicas podrían echar por tierra el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y agravar las consecuencias de la crisis climática.

De hecho, nueve de las diez principales empresas que más beneficios obtienen de la explotación oceánica se dedican a la extracción de petróleo y gas de yacimientos marinos. Saudi Aramco, Petrobras, National Iranian Oil Company, Pemex, Exxon Mobil, Royal Dutch Shell, Equinor, Total y BP encabezan un ranking en el que todas las actividades relacionadas con los combustibles fósiles marinos representan el 65% de los beneficios globales que da el mar. En ese top 10, sólo hay una compañía, AP Moller-Maersk, que no se dedica a la extracción de recursos fósiles y sus ganancias se deben al transporte de mercancías.

A los combustibles fósiles le siguen el transporte marítimo, que genera el 12% del total de la economía marina; la construcción naval, responsable del 8 % de los beneficios; la construcción de plataformas marítimas, con el 5%; la industria del marisco, que da el 4% de las ganancias globales; el turismo de cruceros, responsable del 3%; y las actividades portuarias, que acumulan el 2% de las ganancias de la economía oceánica. No se incluyen en el análisis realizado por Science nuevas prácticas económicas relacionadas con la transición ecológica, como la implantación de plantas de energía renovable, así como otras actividades económicas como la búsqueda de patentes genéticas para la industria farmacéutica.

Pilar Marcos, bióloga y responsable de la campaña de Océanos de Greenpeace, explica a Público que los datos de esta investigación científica certifican que la industria del petróleo no sólo se resiste a morir, sino que ha encontrado una forma de seguir siendo una fuente de riqueza, pese a los impactos que tiene la extracción y la quema de estos combustibles. "Los propios tratados internacionales, como el Acuerdo de París, nos dicen que no podemos extraer ni una gota más de petróleo o gas si queremos frenar el cambio climático", apunta la experta, quien señala como la falta de normativas internacionales que regulen la explotación de los mares da facilidad a que estas prácticas se sigan perpetuando.

Esa misma visión es recogida también por los investigadores de Science. Los autores indican que "los altos niveles de concentración en la economía oceánica" en "un pequeño puñado de empresas transnacionales" suponen un riesgo "evidente", si se tiene en cuenta que la ausencia de tratados internacionales sobre el mar les permite actuar como grupos de presión sobre los gobiernos en los que se asientan sus sedes, de tal forma que las regulaciones de sobre las aguas nacionales quedan, en cierta medida a su antojo. "Tal concentración ha contribuido a los desequilibrios en el poder político y, en algunos casos, al acaparamiento de océanos, donde los recursos caracterizados como bienes públicos son capturados por unos pocos", señala.

Y es que, mientras que el Acuerdo de París trata de obligar a los países firmantes a reducir la quema de combustibles fósiles, en los mares, tanto en aguas nacionales como internacionales, no existen tratados internacionales consensuados que asienten unos mínimos sobre la explotación. "Todo depende de la voluntad de los países y hay muchas potencias a las que no les interesa firmar los tratados o cumplirlos", expone Ricardo Aguilar, coordinador de Expediciones de la organización Oceana

El Ártico, ejemplo de desprotección

El Ártico es, quizá, el mejor ejemplo de esa laxitud normativa en torno a la regulación de la economía marina. En 2018, Rusia, China y Noruega vetaron la decisión de la Comisión Oceánica del Ártico para elevar la protección del ecosistema y evitar la proliferación de exploraciones petrolíferas y de gas. "Es una tragedia y un círculo vicioso, porque un tercio de las reservas fósiles se encuentran bajo el hielo de esta zona y, como el cambio climático está provocando el deshielo, cada vez hay más empresas y naciones con sus ojos puestos en la zona, en busca de nuevos yacimientos", denuncia Marcos.

El periodista Neil Shea es testigo de las consecuencias que esta falta de regulación está teniendo en la zona. Tanto es así que en 2019 documentó en un reportaje para National Geographiccómo este ecosistema se está convirtiendo en un escenario de "guerra fría" donde las naciones han desplegado ya ejércitos para controlar un territorio que, con el deshielo, descubrirá nuevos yacimientos.

"El problema del Ártico no tiene tanto que ver con la regulación internacional como con los acuerdos que alcancen los países que tienen territorio allí. Al final es una zona que está bien troceada y que, según se va produciendo el deshielo, aparecen lugares nuevos para explotar. Precisamente, estas nuevas actividades van a favorecer que ese deshielo se acelere", advierte Aguilar. "En el caso de que hubiera acuerdos internacionales sobre este problema, al final todo dependería de que los Gobiernos tuvieran voluntad. Es como cuando le decimos a Brasil que no puede arrasar la Amazonia, son sus tierras y puede hacer lo que quiera. Lo único que se puede hacer en estos casos es que los países pongan sanciones".

Mecanismos de protección

Dada a concentración de poderes y la ausencia de organismos que regulen con firmeza las actividades que se desarrollan en los océanos, Science ve en las "finanzas azules" una fuente capaz de frenar la sobreexplotación de los mares. "Los bancos, en particular, pueden promover la sostenibilidad dada su capacidad para vigilar a las empresas y adaptar los términos de los préstamos. Incorporando criterios de sostenibilidad en los convenios de préstamos y obligando a las empresas a revelar información no financiera, evaluaciones de riesgo ambiental, reducción de las emisiones de CO2, establecimiento de objetivos basados ​​en la ciencia, etc., los bancos podrían incentivar el uso responsable del océano y acelerar la transformación hacia mejores prácticas", apunta la investigación.

Aguilar señala también a las grandes compañías aseguradoras como elementos capaces de frenar el desarrollo de una economía intensiva en los mares. "Por ejemplo, nosotros estamos trabajando en un acuerdo para que estas empresas no aseguren los negocios relacionados con pesca ilegal en aguas internacionales", expone el experto. Sin embargo, los investigadores de Science advierten que las herramientas financieras son sólo un elemento importante, pero una solución: "No se puede ni se debe esperar que los esfuerzos corporativos voluntarios para operar de manera sostenible sustituyan a las políticas públicas".

"Los gobiernos tienen un papel crucial que desempeñar no sólo en proporcionar un contexto regulatorio que proteja los valores ecológicos y sociales ajenos al mercado, sino también en la creación de incentivos para la innovación rápida en la estrategia y práctica empresarial hacia la administración corporativa y codificar los marcos legales y regulatorios en consecuencia", zanja la investigación.

madrid

28/01/2021 23:32

Por alejandro tena

Publicado enPolítica
Martes, 08 Diciembre 2020 05:46

Como si no existieran

Como si no existieran

Nicaragua ha sufrido en menos de dos semanas el paso desolador de dos huracanes marcados con las letras griegas Eta y Iota, entrando ambos por el mismo lugar del litoral del Caribe norte donde el segundo de ellos arrasó con lo que el primero había dejado en pie. En Managua, bajo las intensas lluvias, nombres como Bilwi, Lamlaya, Wawa Boom, escenarios de la destrucción, repetidos en las redes sociales, siguen sonando sin embargo lejanos.

En Lamlaya, comunidad costera, el paisaje es de destrucción, y el fango espeso atrapa los pies en cada pisada, escriben los periodistas de La Prensa que han logrado llegar hasta allá. El muelle sigue bajo el agua, las casas perdieron los techos. Nadie ayuda a los habitantes, que han recibido a gente de otras comunidades que quedaron peor. Es como si no existiéramos, dice una mujer que ha perdido todo.

Cuesta a muchos de quienes viven del lado de la costa del Pacífico aceptar que sigue habiendo dos Nicaraguas, y que la costa, como se la llama a secas, es un territorio ignorado, ajeno; tanto que se llama también la costa atlántica a esos territorios que comprenden casi la mitad del país, a pesar de que el océano Atlántico se halla muy lejos.

Es una barrera levantada desde hace siglos y que separa a ese Caribe, africano, misquito, zambo, mayangna, creole, garífuna, rama, y también mestizo, el Caribe del wallagallo, el reggae y el maypole, bajo el dominio de la corona inglesa hasta finales del siglo XIX.

El obispo de Bluefields, monseñor Pablo Smith, dice que estos dos huracanes sumados han sido más catastróficos de lo que fue el terremoto que destruyó Managua en 1972. Decenas de comunidades que se hayan aisladas entre ríos crecidos y caminos vecinales destruidos, sin techo, sin alimento, con el agua a la rodilla.

La costa sólo aparece en las noticias cuando caen sobre ella los huracanes, o, tal vez, cuando las bandas de forajidos armados llegan desde el Pacífico a desalojar a sangre y fuego a los misquitos y mayangnas en la reserva de Bosawás para convertir la selva en tierras ganaderas, no importa que Bosawás haya sido declarada reserva mundial de la biosfera. Tienen apoyos poderosos, y con el tiempo reciben títulos de propiedad.

Y cuando la abogada misquita Lottie Cunningham, nacida en Bilwaskarma, defensora de los derechos humanos de esas comunidades, ganó este año el Premio Right Livelihood, llamado el Nobel Alternativo, fue una noticia efímera de este lado.

Los huracanes lo único que hacen es remover la capa de olvido ancestral que cubre a la costa del Caribe, pero esa capa pertinaz vuelve a asentarse al paso de los días y a ocultar otra vez el paisaje desolado y a sus gentes que quedan chapoteando lodo, buscando recuperar las viejas láminas de zinc que el viento arrancó de sus techos, para volver a empezar.

Para colmo, el régimen prohibió la recolección de ayuda destinada a los damnificados, ropa, medicinas, alimentos, y la policía cercó los lugares donde se pretendía recogerla, una de las aberraciones para las que es imposible encontrar explicaciones en un país donde el monopolio absoluto del poder prohíbe la solidaridad, y se apropia de ella.

Pero ya desde antes eran damnificados. Son damnificados permanentes. En un reciente artículo en el diario La Prensa el economista Carlos Muñiz se preguntaba cómo es posible que haya nicaragüenses, como los de esas comunidades caribeñas, que vivan en casas que más bien parecen casetas de excusado. Casas que ya estaban allí, fruto del cataclismo de la pobreza, y que seguramente se llevó también la furia del primero o del segundo huracán.

Y los damnificados permanentes están por todas partes en el país. Porque hay otra frontera, detrás de la cual está la Nicaragua rural que queda expuesta cada vez por las erupciones volcánicas, los terremotos, las sequías, las inundaciones y los deslaves causados por los huracanes.

El Iota alcanzó con su furia todo el te­rritorio nacional, y causó más de 30 muertos, entre ellos una familia campesina de la comunidad de La Piñuela, departamento de Carazo, en el Pacífico. Los padres Óscar Umaña y Fátima Rodríguez murieron ahogados junto con sus dos hijos, David de 11 años, y Daniela de ocho, cuando las aguas del río Gigante crecieron hasta alcanzar su humilde vivienda mientras dormían.

Hay una foto que habla mejor de lo que nadie podría hacerlo acerca de esta tragedia: los ataúdes esperan al lado de la sepultura en que van a ser enterrados, pero sólo son tres. Supongo que habrá habido alguna colecta para comprar las cajas entre la misma gente pobre de la comunidad, pero no ha alcanzado para la cuarta. David, el niño de 11 años, ha sido puesto en un envoltorio de plástico, y así irá a la fosa. Pero eso hubiera sido lo mismo aun sin huracán.

David y los suyos están entre los damnificados permanentes.

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Habitantes del estado de salvan algunos de sus enseres en una avenida inundada por el huracán Eta en Tabasco, México. EFE/Jaime Ávalos

TEMPORAL IOTA

Iota es el trigésimo temporal con nombre en lo que va de año, lo que hace de 2020 la temporada con más huracanes desde que hay registros. El incremento de estos huracanes que están azotando Centroamérica viene asociado con una mayor fuerza de sus vientos y su duración. Las consecuencias sociales, el incremento de las migraciones climáticas o las numerosas muertes ponen sobre la mesa los efectos que puede tener la crisis climática.

Bautizados con nombres de letras griegas, Eta e Iota, son los dos últimos huracanes que han sacudido Centroamérica, con consecuencias devastadoras en seis países de la región. Por el momento se han contabilizado 261 muertes y decenas de desaparecidos, según los datos de Cruz Roja Internacional, organización que señala a Honduras como el país más afectado por el primero de los fenómenos extremos, no sólo por el número de muertes y desperfectos, también por que cerca del 20% de la población podría haber quedado sin ningún techo, en mitad de un segundo huracán, y sin apenas alimentos que llevarse a la boca.

Unas cifras de daños que sólo se vinculan al primero de los huracanes, Eta, y que podrían aumentar en los próximos días ya que la misma región del continente está ahora sufriendo las consecuencias de Iota, ha llegado a registrar "vientos sostenidos de 250 kilómetros por hora", según informa a Público la física y meteoróloga de eltiempo.es Irene Santa. "Aunque sus vientos se hayan debilitado, las lluvias continuarán afectando la región por varios días causando más estragos, tras los fuertes vientos que azotaron la costa este y la marejada ciclónica de varios metros de altura que ha causado inundaciones", expone la experta.

La llegada de estos fenómenos no es casual y, tal y como advierte Cecilia Carballo, directora de Programas de Greenpeace, guardan una relación con el cambio climático, sobre todo en lo relacionado con su virulencia.  "Sabemos que las aguas oceánicas son más cálidas por el calentamiento del planeta, lo que ayuda a que este tipo de tormentas se intensifiquen. Nos encontramos con que el mar y la atmósfera son más calientes, lo que hace que estos fenómenos tengan más energía y lleguen con más fuerza a la tierra".  

Según un reciente estudio publicado por Nature, la crisis climática está provocando que los huracanes como Eta e Iota se debiliten de una forma mucho más lenta que los temporales atlánticos de hace cincuenta años. Tanto es así, que si en 1960 perdían cerca del 75% de su fuerza al día siguiente de tocar tierra, en la actualidad, sólo pierden el 50% de su energía después de alcanzar la costa.

Pero no sólo se están mostrando más letales. La recurrencia de estos huracanes también parece ser un factor ligado al cambio climático. Tanto es así que Iota, todavía activo, es la trigésima tormenta con nombre en lo que va de 2020, lo que hace que este sea el año con mayor cantidad de fenómenos registrados, según los datos del Observatorio de la Tierra de la NASA (NASA Earth Observatory). Además "nunca se había formado un huracán de máxima categoría (5) tan tardío en el Atlántico Norte, a solo dos semanas de que acabe oficialmente la temporada", expone Santa. "Con Iota, ya son 5 temporadas consecutivas en las que se han dado huracanes de máxima categoría en el Atlántico, algo que nunca antes había ocurrido, según los registros. Esta tendencia encaja bien con el contexto de cambio climático en el que vivimos actualmente: desde los años ochenta se ha producido un aumento de la intensidad, la frecuencia, la duración y el número de grandes huracanes [de categoría 4 o 5] en el Atlántico Norte".

Consecuencias desoladoras

Si algo demuestran estos dos últimos huracanes es que las consecuencias meteorológicas del cambio climático tienen un impacto directo en la vida de las personas. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la llegada de Eta a la región Centroaméricana el pasado 3 de noviembre provocó que al menos 120.000 personas tuvieran que abandonar sus hogares debido la difícil adaptación de los entornos empobrecidos a las lluvias y las rachas de viento.

"El impacto de la tormenta se da en medio de una contracción económica ya crítica en la región como resultado de la pandemia, lo que ocasiona más dificultades tanto para las personas desplazadas por la fuerza, como para las comunidades de acogida. Ahora es más probable que aumenten los desplazamientos a través de las fronteras, incluso de personas que huyen de la violencia y la persecución", ha valorado Giovanni Bassu, representante de esta agencia de la ONU.

Beatriz Felipe, investigadora de migraciones climáticas de la Fundación Ecología y Desarrollo (ECODES), explica que estos temporales en regiones de América Latina no sólo contribuyen a que haya un mayor movimiento migratorio dentro de los países, sino que afecta a cientos de personas que ya se estaban en pleno viaje migratorio por causa de otros elementos vinculados al cambio climático, como las sequías, "una de las causas más presentes entre las caravanas de migrantes rumbo a EEUU". "La mayoría de las migraciones climáticas son internas y ocurren dentro de los propios países, pero en esta región América Latina se suman otros factores de pobreza que obligan a las personas a ir hacia el norte", expone la experta.

"Los refugiados climáticos no están reconocidos como tal dentro de la Convención de Ginebra, pero está comprobado que hay un incremento de desplazamientos forzosos por causa del cambio climático. En el caso de Centroamérica, la sequía y la pérdida de cosechas son los factores principales de los fenómenos migratorios asociados a la crisis climática. Si a esto le sumas el incremento de temporales, lo que ocurre es que habrá más presiones sobre los puntos calientes de la frontera", denuncia Carballo.

Las cifras de los desastres climáticos

Huracanes, olas de calor, megaincendios, sequías..., la lista de desastres ambientales vinculados al cambio climático es demasiado larga y sus consecuencias son desoladoras. Tanto, que al menos 1.700 millones de personas se han visto afectadas por alguno de estos fenómenos en la última década y otras 410.000 perdieron la vida, según los datos de la Federación Internacional de la Cruz Roja (FICR).  La misma organización denuncia que en los últimos 30 años este tipo de desastres naturales han experimentado un incremento del 35%.

Según Oxfam Intermon, los países más empobrecidos viven en la contradicción de ser los que menos contribuyen al cambio climático a la vez que sufren en mayor medida sus consecuencias, sea en forma de inundaciones, falta de alimentos o temporales como los vividos estos meses en Centroamérica. No sólo eso, sino que las poblaciones de estos estados apenas tienen recursos para afrontar este tipo de fenómenos sin pérdidas, en tanto que el 97% de las personas con bajos ingresos del planeta no dispone de una cobertura de seguros para afrontar catástrofes medioambientales, ni de apoyo social brindado por las instituciones públicas y los gobiernos locales.

A ello, se suma la importante brecha de género que deja a las mujeres en una situación de vulnerabilidad ante este tipo de desastres. Según un informe de Oxfam, una mujer tiene 14 veces más posibilidades de morir ante un fenómeno climático que un hombre.

18/11/2020 07:14 ACTUALIZADO: 18/11/2020 07:29

ALEJANDRO TENA

 @AlxTena

Publicado enMedio Ambiente
Foto de: Ahmad Al-Rubaye

El 1 % más rico de la población mundial ha sido responsable de más del doble de la contaminación por carbono que los 3100 millones de personas que conforman la mitad más pobre de la humanidad durante un período de 25 años en el que las emisiones han alcanzado niveles sin precedentes. 

El nuevo informe de Oxfam Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono se basa en una investigación llevada a cabo con el Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo y se publica en un momento en el que los líderes mundiales se preparan para reunirse en la Asamblea General de las Naciones Unidas para debatir los desafíos globales, incluyendo la crisis climática.  

El informe evalúa las emisiones de consumo de los diferentes grupos de ingreso entre 1990 y 2015, 25 años en los que la humanidad duplicó la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera. Concluye que:     

  • El 10 % más rico de la humanidad fue responsable de más de la mitad (52 %) de las emisiones acumuladas en la atmósfera entre 1990 y 2015. El 1 % más rico fue responsable del 15 % de las emisiones durante ese período, más que toda la población de la UE y el doble que la mitad más pobre de la humanidad (responsable del 7 %).  
  • Durante este período, el 10 % más rico dilapidó un tercio del presupuesto global de carbono restante para mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 ºC, en comparación con sólo el 4 % de la mitad más pobre de la población mundial. El presupuesto de carbono es la cantidad de dióxido de carbono que puede añadirse a la atmósfera sin provocar que la temperatura media global se eleve por encima de 1,5 ºC, el objetivo establecido por los Gobiernos en el Acuerdo de París para evitar los peores impactos de un cambio climático descontrolado. 
  • Las emisiones anuales crecieron un 60 % entre 1990 y 2015. El 5 % más rico de la población fue responsable de más de un tercio (37 %) de este aumento. El aumento total de las emisiones del 1 % más rico fue tres veces mayor que el del 50 % más pobre.  

Tim Gore, responsable de Política Climática de Oxfam y autor del informe, declara: “El consumo excesivo de una minoría rica está exacerbando la crisis climática, pero son las comunidades en situación de pobreza y las personas jóvenes quienes están pagando el precio. Esta desigualdad extrema de emisiones de carbono es una consecuencia directa del afán durante décadas de nuestros Gobiernos por fomentar un crecimiento económico extremadamente desigual y basado en el carbono.” 

Es probable que las emisiones de carbono vuelvan a repuntar rápidamente a medida que los Gobiernos levanten los confinamientos relacionados con la COVID-19. Si las emisiones no siguen disminuyendo año tras año y la desigualdad de las emisiones de carbono no se controla, el presupuesto de carbono restante para mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5 ºC se habrá agotado por completo para 2030. Sin embargo, la desigualdad de las emisiones de carbono es de tal magnitud que el 10 % más rico de la población mundial agotaría por sí solo el presupuesto global de carbono para 2033 incluso aunque el resto de la población mundial redujese sus emisiones a cero. 

En 2020, con un calentamiento global que ya ha alcanzado 1 ºC, el cambio climático ha provocado ciclones mortales en la India y Bangladesh, enormes plagas de langostas que han arrasado con cosechas en toda África y olas de calor e incendios forestales sin precedentes en Australia y Estados Unidos.  Nadie es inmune, pero las personas en mayor situación de pobreza y exclusión son las más afectadas. Por ejemplo, las mujeres corren un mayor riesgo de experimentar violencia y abusos después de un desastre.  

El informe Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono estima que las emisiones per cápita del 10 % más rico tendrán que ser alrededor de 10 veces más bajas para el año 2030 si queremos mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5 ºC, lo que equivale a reducir las emisiones anuales globales en un tercio. E incluso si se redujese la huella de carbono per cápita del 10 % al nivel de promedio de la UE, se recortarían las emisiones anuales en más de un cuarto.  

Los Gobiernos pueden hacer frente tanto a la desigualdad extrema como a la crisis climática si abordan las emisiones excesivas de las personas más ricas e invierten en las comunidades en mayor situación de pobreza y vulnerabilidad. Por ejemplo, un estudio reciente descubrió que el 10 % de los hogares más ricos utiliza casi la mitad (45 %) de toda la energía vinculada al transporte terrestre y tres cuartas partes de toda la energía vinculada a la aviación. El transporte representa alrededor de un cuarto de las emisiones mundiales actuales, mientras que el mercado de SUV constituyó el segundo factor de crecimiento de las emisiones mundiales de carbono entre 2010 y 2018. 

Según afirma Tim Gore: «Limitarnos a reiniciar nuestras economías anticuadas, injustas y contaminantes pre-covid ya no es una opción viable. Los Gobiernos deben aprovechar esta oportunidad para remodelar nuestras economías y construir un futuro mejor para todo el mundo.  

Los Gobiernos deben poner freno a las emisiones de las personas más ricas a través de impuestos y restricciones a las emisiones de carbono en artículos de lujo como los SUV y los vuelos frecuentes.  Debería invertirse esta recaudación en servicios públicos y en sectores de bajas emisiones de carbono para crear puestos de trabajo y contribuir a erradicar la pobreza», añade Gore

25 septiembre 2020

Notas:

La nota informativa titulada Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono y el informe completo de la investigación y los datos en los que se basa están disponibles aquí.

El 50 % más pobre de la humanidad ascendía aproximadamente a 3100 millones de personas de promedio entre 1990 y 2015, el 10 % más rico estaba compuesto por cerca 630 millones de personas, el 5 % más rico aproximadamente por 315 millones de personas y el 1 % más rico por alrededor de 63 millones de personas.  

En 2015, alrededor de la mitad de las emisiones del 10 % más rico (personas con ingresos netos superiores a 38 000 dólares) pertenecían a ciudadanos y ciudadanas de Estados Unidos y la Unión Europea, y alrededor de una quinta parte de China y la India. Más de un tercio de las emisiones del 1 % más rico (personas con ingresos netos por encima de 109 000 dólares) están vinculadas a ciudadanos y ciudadanas de Estados Unidos, seguidas por Oriente Medio y China. Los ingresos netos se basan en los umbrales de ingresos para 2015 y están representados en dólares PPA de 2011 (paridad de poder adquisitivo). 

La investigación se basa en estimaciones de las emisiones derivadas del consumo, es decir, las emisiones que se consumen dentro de un país  incluyendo las emisiones generadas por las importaciones y excluyendo las de las exportaciones.  Las emisiones nacionales vinculadas al consumo se dividieron entre los hogares individuales basándose en los conjuntos de datos más recientes sobre la distribución de los ingresos y una relación funcional entre las emisiones y los ingresos. Basándose en los hallazgos de numerosos estudios, se asume por lo tanto que las emisiones aumentan en proporción a los ingresos, por encima de un límite mínimo de emisiones hasta un límite máximo. Las estimaciones de las emisiones nacionales derivadas del consumo de los hogares (para 117 países y desde 1990 hasta 2015) se clasifican posteriormente en una distribución mundial según los ingresos. El informe de investigación ofrece más detalles acerca de la metodología utilizada.  

Publicado enMedio Ambiente
Las poblaciones de fauna salvaje han caído un 68% desde 1970

Pérdida de biodiversidad

Un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) alerta de que la población de vertebrados ha descendido hasta un 94% en América Latina

 

La pérdida de biodiversidad es cada vez más alarmante. Tanto es así, que las poblaciones de fauna salvaje han caído una media del 68% desde 1970, según el Indice del Planeta Vivo publicado este jueves por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). El ritmo en el que los vertebrados van desapareciendo ha crecido un 8% respecto a los datos del último estudio, que fue publicado hace dos años.

La situación en la región de Latinoamérica y el Caribe se presenta especialmente dramática, ya que allí el descenso de población animal ha caído una media del 94% entre 1970 y 2016. Lo mismo ocurre con la caída de especies de agua dulce, que han disminuido un 84% en todos estos años.

Las causas de esta degradación tienen que ver, según los expertos del grupo conservacionista, con la actividad humana, que ha dañado "gravemente" los hábitats y los recursos naturales de los que depende la vida silvestre. De esta forma, la publicación señala directamente a la deforestación, la agricultura intensiva y el tráfico de especies como principales causantes de la pérdida de biodiversidad.

El ser humano se ha expandido por todos los rincones del planeta, extrayendo sus recursos sin límites. Esta realidad ha propiciado que el 75% de la superficie terrestre no helada haya sido modificada por el hombre. Apenas quedan lugares vírgenes en este mundo, lamenta el informe, que señala pequeños resquicios territoriales donde la biodiversidad permanece intacta (en Rusia, Canadá, Brasil o Australia).

"La conclusión es clara: la naturaleza está siendo transformada y destruida a una velocidad sin precedentes en la historia, con un coste muy alto para el bienestar del planeta y de la humanidad. La pérdida de biodiversidad es un auténtico reto para la economía, el desarrollo y la seguridad global", ha señalado Enrique Segovia, Director de Conservación de WWF España.

La publicación recalca también que la pérdida de biodiversidad tiene unas consecuencias directas en las formas de vida de los seres humanos, sobre todo en términos de seguridad alimentaria, ya que la caída de poblaciones animales y vegetales rompe el equilibrio de los ecosistemas y disminuye los recursos alimentarios de los que dispone el ser humano. Es por ello que desde WWF reclaman un cambio de rumbo global que ponga fin a los sistemas agrícolas y ganaderos de tipo intensivo, principales causantes de esta crisis ecológica. 

"Sabemos que esta gran transformación requerirá un esfuerzo colectivo global sin precedentes; que el aumento de los esfuerzos de conservación es imprescindible, pero que debe sumarse a los cambios en la forma de producir y consumir nuestros alimentos y energía. Los ciudadanos, los gobiernos y los líderes empresariales de todo el mundo deberán formar parte de un movimiento por el cambio con una escala, urgencia y ambición nunca antes vistas", concluye Segovia.

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Las fuerzas de seguridad libanesas dispersaron con gases lacrimógenos a decenas de manifestantes enfurecidos, quienes acusaron a las autoridades de incompetencia y corrupción al desoír la advertencia sobre el cargamento de 2 mil 750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas en el puerto, el cual explotó el pasado martes y causó 149 muertos y 5 mil heridos. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, acudió ayer a la zona de la tragedia y prometió apoyo e investigación internacional. Foto Xinhua. Agencias

Crean comisión investigadora y le dan 4 días para rendir un informe

 

Beirut. Las fuerzas de seguridad libanesas dispersaron anoche con gas lacrimógeno a decenas de manifestantes enfurecidos por las explosiones del martes en el puerto de Beirut, tragedia que se convirtió en símbolo de la incompetencia y la corrupción de las autoridades. Horas antes, al grito de "¡revolución, revolución!", multitudes asediaron al presidente francés, Emmanuel Macron, de visita en esta capital, quien prometió apoyo e investigación internacional y afirmó que "sin reformas, Líbano seguirá hundiéndose".

Los manifestantes destrozaron comercios y lanzaron piedras a la policía en el barrio del Parlamento, según la Agencia Nacional de Información. La policía respondió y varios manifestantes resultaron heridos.

La ira y la consternación se acrecientan en Beirut luego de que medios de comunicación confirmaron que las autoridades recibieron advertencias sobre el cargamento de 2 mil 700 toneladas de nitrato de amonio almacenadas en el puerto que estallaron el martes dejando 149 muertos, 5 mil heridos y 300 mil personas sin techo.

Durante el recorrido de Macron por las devastadas calles capitalinas la multitud enfurecida le gritaba: "Queremos la caída del régimen. (El presidente) Michel Aoun es terrorista. ¡Ayúdenos!"

El mandatario prometió que propondrá un nuevo pacto político y reiteró que su país dará a la nación asistencia médica y humanitaria que "no terminará en manos corruptas", e instó al gobierno a implementar "reformas indispensables" para evitar el "hundimiento" de Líbano. También anunció una conferencia internacional para recaudar fondos para la nación.

Macron pidió una investigación internacional sobre las explosiones provocadas por el incendio en un depósito del puerto donde se guardaban 2 mil 700 toneladas de nitrato de amonio desde 2014.

"Líbano no está solo", tuiteó el presidente francés.

Macron se dirigió primero al puerto y luego al devastado barrio de Gemmayze, donde enfrentó a una multitud enojada con la clase política, que apenas ha cambiado desde el final de la guerra civil (1975-1990), y a la que acusa de corrupción y negligencia.

Francia, que ejerció un mandato sobre Líbano desde la década de 1920 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y conserva lazos profundos con el país, quiere "organizar la cooperación europea y más ampliamente la ayuda internacional", mientras la diáspora libanesa ya empezó a movilizarse.

Varios países ya enviaron socorristas y material y la Unión Europea anunció ayuda de emergencia por 33 millones de euros (unos 40 millones de dólares).

El jefe de la diplomacia libanesa, Charbel Wehbé, anunció ayer la creación de una comisión investigadora "que tiene cuatro días para dar un informe detallado con el fin de deslindar responsabillidades".

Las autoridades no pusieron en marcha ningún dispositivo para albergar a las personas sin techo, pero los libaneses salieron a las calles a limpiar los escombros y acogieron a quienes perdieron sus hogares.

Según fuentes de seguridad, las autoridades del puerto, los servicios de aduanas y los de seguridad estaban todos al corriente de que había material químico peligroso en el puerto, hablaban incluso de una "bomba flotante", pero se acusan mutuamente de ser responsables. En Twitter circulaba la tendencia #Cuélguenlos para exigir castigo a los culpables.

Esta tragedia ocurre en un país sumido en una crisis económica, con hiperinflación y despidos masivos, además de la pandemia de coronavirus.

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Los silos del principal granero de Líbano en Beirut quedaron destruidos por las devastadoras explosiones de 2 mil 750 toneladas de nitrato de amonio, las cuales se hallaban almacenadas en el puerto desde 2014. "No hay crisis de pan o harina. Aunque tenemos reservas para menos de un mes, ya vienen en camino naves para cubrir las necesidades", expuso Raoul Nehme, ministro de Economía. Foto Afp

Hay momentos en la historia de una nación que quedan congelados para siempre. Tal vez no sean las peores catástrofes que han abrumado a su gente, ni las más políticas. Sin embargo, capturan la interminable tragedia de una sociedad.

Viene a la mente Pompeya, cuando la confianza y corrupción imperial de Roma fueron abatidas por un acto de Dios, tan calamitoso que a partir de allí podemos contemplar la ruina de los ciudadanos, incluso sus cuerpos. Se necesita una imagen, algo que pueda enfocar nuestra atención por un breve segundo en la locura que yace detrás de una calamidad humana. Líbano acaba de proporcionarnos un momento así.

No son los números lo que importa en este contexto. El sufrimiento de Beirut esta semana no se acerca siquiera a un baño de sangre casual de la guerra civil en el país, ni al salvajismo casi cotidiano de la muerte en Siria, para el caso. Aun si se cuentan sus víctimas totales –de 10 a 60 y a 78 horas después de la tragedia–, apenas si alcanzarían registro en la escala de Richter de la guerra. No fue, al parecer, consecuencia de la guerra, en el sentido directo que ha sugerido uno de los líderes más dementes del mundo.

Lo que se recordará es la iconografía, y lo que todos sabemos que representa. En una tierra que apenas puede lidiar con una pandemia, que existe bajo la sombra del conflicto, que se enfrenta a la hambruna y espera la extinción. Las nubes gemelas sobre Beirut, una de las cuales dio obsceno nacimiento a la otra, monstruosa, jamás serán borradas. Las imágenes del fuego, el estallido y el apocalipsis que los equipos de video recogieron en Beirut se unen a las pinturas medievales que intentan capturar, a través de la imaginación, más que de la tecnología, los terrores de la peste, la guerra, el hambre y la muerte.

Todos sabemos el contexto, claro, el tan importante “trasfondo” sin el cual ningún sufrimiento está completo: un país en bancarrota que ha estado durante generaciones en manos de viejas familias venales, aplastado por sus vecinos, en el que los ricos esclavizan a los pobres y su sociedad es mantenida por el mismo sectarismo que la está destruyendo.

¿Podría haber un reflejo más simbólico de sus pecados que los venenosos explosivos almacenados de manera tan promiscua en el centro mismo de una de sus mayores metrópolis, cuyo primer ministro dice después que los “responsables” –no él, no el gobierno, ténganlo por seguro­– “pagarán el precio”? Y ni aun así han aprendido, ¿o sí?

Y, por supuesto, todos sabemos cómo esta “historia” se desenvolverá en las horas y días siguientes. La incipiente revolución libanesa de los ciudadanos jóvenes y cultivados debe sin duda adquirir nueva fuerza para derrocar a los gobernantes de Líbano, llamarlos a cuentas, construir un Estado moderno, no confesional, a partir de las ruinas de la “república” creada por los franceses en la que se les condenó sin piedad a nacer.

Pues bien, la tragedia en cualquier escala es un mal sustituto del cambio político. La promesa inmediata de Emanuel Macron después de los incendios del martes –que Francia “siempre” estará al lado de la nación baldada que con arrogancia imperial creó hace cien años– fue una de las ironías más punzantes de la tragedia, y no sólo porque el ministro francés del exterior apenas pocos días antes se había lavado las manos de la economía libanesa. Allá por la década de 1990, cuando planeábamos crear un Medio Oriente más después de la anexión de Kuwait por Saddam Hussein, militares estadunidenses (tres en mi caso, en el norte de Irak) empezaron a hablarnos de la “fatiga de la compasión”.

Aunque parezca escandaloso, lo que esto quería decir era que Occidente estaba en peligro de huir del sufrimiento humano. Ya era demasiado: todas esas guerras regionales, año tras año, y vendría un momento en que tendríamos que cerrar las puertas de la generosidad. Tal vez el momento llegó cuando los refugiados de la región comenzaron a marchar por cientos de miles a Europa, prefiriendo nuestra sociedad a la versión ofrecida por el Isis.

Pero regresemos a Líbano, donde la compasión en el terreno podría ser muy escasa. Siempre se puede evocar la perspectiva histórica para escondernos de la onda expansiva de las explosiones, de la nube hongo que se eleva y de la ciudad destrozada. Pompeya, dicen, costó solo 2 mil vidas. ¿Y qué hay del terrible lugar de la propia Beirut en la antigüedad? En el año 551, un terremoto sacudió Beritus, hogar de la flota imperial romana en el Mediterráneo, y destruyó la ciudad entera; según las estadísticas de ese tiempo, murieron 30 mil almas.

Todavía se pueden ver las columnas romanas en el lugar donde cayeron, postradas a escasos 800 metros de la explosión del martes. Incluso podríamos tomar nota de la locura de los antepasados de Líbano. Cuando la marejada se retiró, caminaron en el lecho marino para saquear navíos que habían naufragado tiempo antes… solo para ser engullidos por el tsunami que sobrevino.

Pero, ¿puede cualquier nación moderna –y uso conscientemente la palabra “moderno” en el caso de Líbano– restaurarse en medio de una combinación tan fétida de aflicciones? Aunque ha librado hasta ahora los fallecimientos en masa por Covid-19, el país enfrenta una peste con deplorables medios de auxilio.

Sus bancos se han robado los ahorros de la gente, su gobierno demuestra ser indigno de ese nombre, ya no digamos de sus ciudadanos. Gibrán Jalil, el más cáustico de sus poetas, nos llamó a tener piedad de “la nación cuyo estadista es un zorro, cuyo filósofo es un malabarista y cuyo arte es el arte de parchar e imitar”.

¿A quién pueden imitar los libaneses de hoy día? ¿Quién elegirá a los próximos zorros? Los ejércitos tienen la fama de meterse en los zapatos hechos a la medida de los potentados árabes; Líbano ya intentó eso antes en su historia, con dudosos resultados.

Este martes se nos llama a considerar esta monstruosa explosión como una tragedia nacional –digna, por tanto, de “un día de duelo”, sea cual fuere su significado–, aunque no dejé de advertir, entre aquellos a quienes llamé a Líbano después de lo ocurrido, que algunos señalaban que el sitio de la explosión, y del mayor daño, parecía estar en el sector cristiano de Beirut. Este martes murieron hombres y mujeres de todas las creencias, pero será un horror especial para una de las minorías más grandes del país.

En el pasado, después de numerosas guerras, el mundo –estadunidenses, franceses, la OTAN, la Unión Europea, incluso Irán– ha acordado volver a poner a Líbano de pie. A los estadunidenses y franceses los echaron a fuerza de bombazos suicidas. Pero ¿pueden los extranjeros restaurar una nación que parece irrecuperable?

Hay una opacidad en el lugar, una falta de responsabilidad política que es lo bastante endémica para convertirse en moda. Jamás en la historia de Líbano un atentado político –de presidentes, primeros o ex primeros ministros, parlamentarios o miembros de partidos políticos– ha sido resuelto.

Así pues, he aquí una de las naciones más cultas de la región, con el más talentoso y valiente de los pueblos –y de los más generosos y amables–, bendecida por nieves, montañas, ruinas romanas, excelsa comida, un gran intelecto y una historia milenaria. Y, sin embargo, incapaz de manejar su moneda, suministrar energía eléctrica, curar a sus enfermos o proteger a su pueblo.

¿Cómo es posible que se hayan almacenado durante tantos años 2 mil 700 toneladas de nitrato de amonio en un endeble edificio, después de retirarlas de un navío moldavo de camino a Mozambique en 2014, sin que quienes decidieron dejar este vil material en el centro mismo de su ciudad capital hayan tomado ninguna medida de seguridad?

Y, sin embargo, todos nos quedamos con este infierno colosal y su cancerosa onda blanca de choque, y luego la segunda nube en forma de hongo (no mencionemos ninguna otra). Este es el sustituto de Gibrán Jalil, la inscripción final de todas las guerras. Contiene el vacío del terror que aflige a todos cuantos viven en Medio Oriente. Y, por un instante, del modo más aterrador, el mundo entero lo vio.

Por Robert Fisk | miércoles, 05 ago

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Un grupo de personas camina delante de edificios dañados por las explosiones en el barrio Achrafyeh Rmeil de Beirut.  ________________________________________ Imagen: EFE

La tragedia del Líbano contada en primera persona

Tras el estallido en el puerto de Beirut la onda expansiva llegó hasta la isla de Chipre ubicada a 200 km de la capital. "Estábamos con mi marido sentados en el balcón de casa y por el efecto de la bomba me caí de la silla", contó Noemí Made, tucumana que vive en Beirut hace 23 años.

 

Dos ráfagas explosivas sorprendieron a la ciudad de Beirut el martes pasado. La primera hizo que mucha gente abonadone sus labores para ver qué pasaba en la Suiza de Medio Oriente. La segunda, sumió al país en la tragedia. Tras el estallido un hongo de humo blanco se levantó en el puerto de Beirut. La onda expansiva llegó hasta la isla de Chipre ubicada a 200 km de la capital del Líbano. Noemí Made, tucamana que vive en Beirut desde hace 23 años, contó que la explosión hizo temblar a toda la ciudad. “Acá hubo ataques pero nunca vi algo de esta magnitud”, dijo Made en diálogo con Página/12.

"Vimos fuego y humo negro"

La explosión en el puerto de Beirut llegó en el peor momento para el Líbano, un pequeño país de Oriente Medio con costas bañadas por el Mediterráneo. Desde hace años viene sumido en una profunda crisis económica que estalló en junio de este año. La libra libanesa comenzó a devaluarse como hace mucho tiempo no pasaba. En el mercado negro el “dólar blue” se vende a casi cuatro o cinco veces su valor oficial. En el último año el precio de la canasta básica casi se duplicó. Según el Banco Mundial el 50 por ciento de la población del país ya se encuentra por debajo de la línea de la pobreza.

En ese contexto se produjo la explosión de una reserva de nitrato de amonio ubicada en el puerto de la capital. Hasta el momento el gobierno confirmó 135 muertos, más de 5.000 heridos y decenas de desaparecidos. Se estima que unas 350 mil personas tuvieron que abandonar sus hogares, en una ciudad donde viven 2,2 millones de almas. Los videos del estallido son impresionantes: en tiempo real puede verse como la onda expansiva va destruyendo todo a su paso. El piso de toda la ciudad tembló, según narró Made, que vive a 12 kilómetros del lugar del impacto. “Estábamos con mi marido sentados en el balcón de casa y por el efecto de la bomba me caí de la silla. Cuando fue la primera explosión miramos hacia la ciudad y vimos una columna de humo blanco. No pasaron dos segundos y sentimos otra explosión. Esta vez vimos fuego y humo negro", explicó Made.

En la cuidad de Jounieh, ubicada 20 kilómetros al norte de la capital, Jean Chaina Akiki de 25 años, trabajaba en un restaurante de la costa cuando sintió la explosión. “El sonido fue terrible. Temblaron los vidrios. Fue muy fuerte y una enorme sorpresa. Lo primero que pensamos es que había estallado el Parlamento o algún edificio del gobierno”, dijo Chaina. A la mañana siguiente todavía podían verse resabios de la explosión. “El viento trajo en el aire partículas y lo sentimos en los ojos. Se ve en la mesa del restaurant, tuvimos que limpiar varias veces. El aire está lleno de cosas”, contó el joven camarero.

Beirut es una ciudad lujosa, pero con contrastes. Cerca de la zona donde ocurrieron los estallidos hay actividad comercial y vida de noche. “Las explosiones fueron a las seis y eso creo que colaboró en que haya menos muertos, porque a las cinco la gente ya vuelve a sus casas. El problema con el puerto es que el movimiento no para, siempre hay gente”, contó Chaina. Los grandes edificios vidriados quedaron desnudos. Muchas personas salieron a las calles para levantar escombros. Nabin Emboz, un librero del centro, perdió casi todo. "Lo único que le pido a este sistema es que al menos haga pagar al responsable de todo esto", dijo Emboz a la agencia EFE.

 

"Los hospitales ya estaban al límite"

 

El combo entre crisis económica, coronavirus y ahora el desastre hicieron aparecer la solidaridad del pueblo libanés. El día después a las explosiones cientos de vecinos abrieron las puertas de sus casas para los miles abandonados en las calles. “Además se ofrecen habitaciones de hoteles gratis, con servicios. Por WhatsApp y Facebook llegan mensajes de lugares que brindan ayuda. Los monasterios también están dando una mano”, indicó Chaina. Desde Qatar llegaron en barco dos hospitales de campaña con 500 camas, respiradores y equipamiento sanitario. “Eso está ayudando muchísimo. Los hospitales estaban al límite por la pandemia. Y algunos quedaron destruidos. La sanidad está siendo uno de los problemas más graves”, contó Mabe. Ahora el peligro pasa por el desabastecimiento. Muchas personas se volcaron a los supermercados para hacerse de harina. “Teníamos fronteras cerradas por la pandemia y había muy poca reposición de alimentos. Acá todo es importado. Con esta situación vamos a estar mucho más complicados", informó la tucumana en Beirut.

Ante el desastre apareció la ayuda de las grandes potencias. Europa, de la mano del presidente de Francia Emmanuel Macron, anunció que enviará insumos. El bloque europeo en su conjunto dijo que dará ayuda económica. Sin embargo, hace unos meses el Líbano no aparecía en el mapa para el primer mundo. El país tenía bloqueados 11.000 millones de dólares de CEDRE, una conferencia celebrada en París en 2018. Los donantes internacionales pidieron a cambio del dinero una serie de reformas estructurales que Beirut no cumplió hasta el momento. De la misma manera actuó el Fondo Monetario Internacional (FMI). Las negociaciones con el organismo por 10.000 millones de dólares están estancadas desde mayo. Tal vez la explosión logre sensibilizarlos.

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Hiroshima o el genocidio como espectáculo

A 75 años del bombardeo atómico de EE.UU. a la ciudad japonesa

 

Hoy sigue viva la pregunta sobre cómo fue posible semejante ataque. La idiosincrasia violenta de Estados Unidos y su culto fetichista por las armas como telón de fondo.

 

Espanta la foto de un hombre, de espaldas, mirando la devastación. Piedra sobre piedra, solo ve muerte. Fue el 6 de agosto de 1945, a la hora de la mañana en que había más gente en la calle. Inesperadamente, un ataque atómico elevó la temperatura a 3.000 grados centígrados y todo ardió a cuatro kilómetros a la redondaComo se ufanaban los noticieros norteamericanos de la época “Hiroshima había sido borrada del mapa”.

Hoy, 75 años después, sigue viva la pregunta sobre cómo fue posible. ¿Cómo cientos de personas, aún conscientes del daño que provocaban, fabricaron, transportaron y cargaron una bomba atómica para que finalmente alguien la arrojara sobre una ciudad indefensa donde sólo había niños, mujeres y viejos porque los hombres estaban todos en el frente? ¿Cómo llega alguien a considerar eso un acto normal? ¿Cómo puede ser un genocidio deseable?

El historiador norteamericano H. Bruce Franklin buscó comprender las razones profundas de la idiosincrasia violenta de EE.UU. y su culto fetichista por las armas. En su libro War Stars. Guerra, ciencia ficción y hegemonía imperial, rastrea el origen de esa doctrina estructural para el pensamiento y la acción de EE.UU., según la cual para ayudar a un país hay que bombardearlo. “Incluso los responsables del bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki –afirma- se convencieron a sí mismos de que sus actos fueron humanitarios, para salvar vidas y restablecer el reinado de la paz.”

El primero en promover el uso de un arma de altísima letalidad para instaurar un reino de paz y prosperidad fue Robert Fulton (1765-1815), pionero de la guerra submarina. A partir de allí –explica el historiador- se va consolidando lentamente una tríada macabra entre el desarrollo tecnológico-armamentista, la moral y la cultura. Sin una eficaz batalla cultural no es posible vencer el rechazo moral a los crímenes masivos (y el temor a la propia muerte) y sin haber superado ese límite el ciudadano común rechazaría no sólo el desarrollo científico de las armas, sino también que el dinero de sus impuestos vaya a parar al Pentágono.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX las líneas rectoras de las obras de ficción fueron la agresión extranjera al país, la dominación mundial de EEUU, los terrores apocalípticos y la abolición de la guerra gracias a la existencia de una superarma definitiva. “Esa doctrina que moldeó nuestra política nacional fue presentada por primera vez en el imaginario cultural por las novelas de las guerras futuristas”, escribió Franklin, basado en el análisis de un amplio corpus literario y cinematográfico.

Un relato publicado en 1910 anticipa el exterminio de Nagasaki e Hiroshima. En “La invasión sin paralelo” de Jack London, la acción transcurre en 1976. China ha ascendido a primera potencia mundial y EEUU debe defenderse. La solución final es liquidar a todos los hombres, mujeres y niños chinos mediante el bombardeo de una “lluvia infecciosa”. Escribe Franklin: “Las hordas japonesas y chinas en los textos de la primera mitad del siglo XX plantean una amenaza tan grande que legitiman una guerra aérea genocida”.

Según el gobierno de Japón, aproximadamente 166.000 personas fueron asesinadas en Hiroshima y 60.000 en Nagasaki. La radiación dejó lesiones y cánceres de todo tipo. El aparato cultural norteamericano, una vez cometido el crimen en la vida real, puso toda la fuerza para minimizarlo. En el semidocumental El honor de su nombre (1952), por ejemplo, el horror y la tragedia humana quedan reducidos a la angustia doméstica de un matrimonio estadounidense. “El coronel Paul Tibtets (Robert Taylor), comandante del B-29, no le podía contar a su esposa (Eleonor Parker), acerca del arma secreta que se estaba preparando para lanzar sobre Hiroshima y esto arruinó temporalmente su vínculo. La película presenta un subtexto que insta a los civiles a aceptar el secreto, a no entrometerse en los asuntos militares y a estar agradecidos a la bomba”, analiza Franklin en su libro.

Antes de la Segunda Guerra Mundial el esfuerzo propagandístico se orientó a promover la actividad nuclear, después de la guerra, en hacer “amigable” la carrera armamentista.

En 1942, el Proyecto Manhattan logró la construcción de la primera bomba nuclear. En esa década, el gobierno y un amplio sector de la industria desplegaron una campaña masiva cuyo lema era “átomos por la paz”. Por entonces, la Comisión de Energía Atómica y la compañía General Electric preparaban los contenidos de exposiciones, películas y hasta textos para ciertas materias de la escuela secundaria. El padre de la bomba atómica, en persona, el general Leslie Groves, proveyó de información, para tiras de historieta para los diarios.

Después de 1945, las élites norteamericanas apelaron tanto al hard como en el soft-power a favor del aparato militar industrial. “Existió un sofisticado sistema de coacción y propaganda. Quienes cuestionaban, sobre todo en el influyente campo de la cultura, fueron acallados. Los textos u obras que se oponían a la carrera armamentista fueron proscriptas y hubo purgas en los medios de comunicación, en la educación y en los sindicatos” afirma Franklin, quien señala que Hollywood produjo sólo dos películas de contenido pacifista: Five, dirigida por Arch Oboler y El día que paralizaron la tierra, de Robert Wise, ambas de 1951. Todas las demás se prohibieron. “De 1952 a 1958, las películas sobre armas atómicas se volvieron panfletos a favor de la Guerra Fría”.

Mientras al ciudadano de a pie se le suministraban argumentos para que abandonara sus pruritos éticos, en la cúpula del poder el cinismo moral era descarnado. Esto se ve con claridad en el extraordinario documental de Errol Morris, “Fog of the War” (Niebla de la guerra), una expresión militar que alude a una particular situación de confusión mental que suelen padecer los soldados en medio de la guerra al punto que pierden todo punto de referencia y pueden encaminarse hacia el frente enemigo pensando que es el propio.

La película es una conversación con Robert McNamara. Ya octogenario, el ex ministro de Defensa de EEUU no sólo expone sus cavilaciones durante la guerra de Vietnam sino, que detalla los silogismos perversos que sustentaron los genocidios en Hiroshima y Nagasaki.

“En marzo de 1945 yo estaba en la isla de Guam. Analizaba cómo hacer los bombardeos más eficientes, no en el sentido de matar civiles sino de debilitar al adversario”, dice McNamara a la cámara. A los 29 años, la Fuerza Aérea lo había reclutado en la universidad por su mente brillante para las estadísticas. “En una noche quemamos vivos a cien mil japoneses; 135 kilómetros cuadrados de Tokio ardieron porque sus viviendas eran de madera y nosotros arrojamos bombas incendiarias. Yo fui parte de un mecanismo amplio que lo recomendó. ¿Era eso moral? ¿Fue necesario lanzar la bomba atómica cuando ya habíamos matado entre 50 y 90 % de las personas en 67 ciudades de Japón?”, se pregunta en el documental el genio de las estadísticas.

Aunque en Europa, la Alemania nazi había capitulado en mayo de 1945, Japón seguía en guerra. La historia oficial dice que el presidente Harry Truman ordenó lanzar dos bombas como forma de poner fin al conflicto. No obstante, la magnitud del ataque huele a represalia racista y mensaje mafioso.

No sin cinismo McNamara reflexiona ante la cámara: “Arrojamos dos bombas ¿Fue desproporcionado? Para algunos sí. El general que dio la orden nos decía que si hubiéramos perdido nos habrían juzgado como criminales de guerra por nuestros actos inmorales. ¿Por qué es inmoral si se pierde y no lo es si se gana?”

A 75 años de los peores crímenes contemporáneos es hora de un NUNCA MAS de Estados Unidos. En momentos difíciles de transición hegemónica, es hora de una profunda reflexión global a favor de la paz.

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