Viernes, 22 Febrero 2019 06:38

Promesas rotas

Promesas rotas

Tras la debacle sufrida en El Salvador por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en las elecciones presidenciales, los 14 comandantes históricos que forman la cúpula suprema del partido, anunciaron su jubilación por medio del comandante Medardo González, secretario general, asumiendo: "la responsabilidad de los resultados electorales".

No se cuán desapercibida ha pasado esta noticia, toda una novedad en un partido que por su autoproclamada naturaleza revolucionaria, está en la lista de aquellos que conceden a sus dirigentes históricos el privilegio de la inamovilidad. Sorprendente, porque es lo que ocurre en las formaciones políticas modernas, sobre todo en Europa, donde los derrotados renuncian por regla y se van para sus casas.

Tanto el Frente Farabundo Martí como el Frente Sandinista de Nicaragua estuvieron divididos en tendencias y llegaron a alcanzar la unidad; y tras el triunfo de 1979, el sandinismo se lo jugó todo de cara a Estados Unidos para apoyar a la organización salvadoreña en armas.

La razón que la administración Reagan alegó siempre para financiar a los contras que trataban de derrocar al gobierno sandinista, fue que sólo buscaba interrumpir las líneas de apoyo logístico que iban desde Nicaragua hacia la insurgencia en El Salvador; si ese apoyo cesaba, la revolución nicaragüense sería dejada en paz.

El respaldo continuó por una década, a un costo desmesurado, pues la guerra de los contras devastó a Nicaragua; y lejos de un triunfo militar, lo que el FMLN consiguió fue un acuerdo de paz con el gobierno del presidente Alfredo Cristiani, del partido Arena, firmado en México en 1992, lo que le permitió convertirse en una fuerza política legal a cambio del abandono de las armas.

Desde entonces se creó un tenso equilibrio político entre dos partidos, Arena a la derecha, y el FMLN a la izquierda, el cual duró cerca de 30 años, al viejo estilo tradicional latinoamericano donde el escenario se solía dividir entre dos fuerzas históricas de signo contrario. Hasta que, igual que en otros países, llegó la hora de las terceras fuerzas, con el triunfo aplastante de Nayib Bukele.

El FMLN llegó a conseguir un caudal de votos suficientes para emparejar a Arena como fuerza parlamentaria, y después pudo conquistar la presidencia en 2009 con Mauricio Funes, ajeno a las lides guerrilleras, y luego en 2014 con uno de sus fundadores, el comandante Salvador Sánchez Cerén.

Una guerrilla que llevó adelante una lucha sacrificada de años, y vivió los riesgos del combate en el que tantos cayeron, al convertirse en partido político, y alcanzar el poder, despierta inmensas esperanzas, sobre todo entre los más humildes.

Confían en que se cumplan las promesas heroicas que marcaron los años de combate. Esperan una forma de hacer política alejada de la demagogia, esperan la restauración de la ética.

Si advierten que quienes se han comprometido a cerrar los abismos de pobreza y acabar con la corrupción olvidan lo que ofrecieron, y todo sigue siendo lo mismo, harán lo que ha sucedido, castigar al partido de las promesas rotas.

¿Cómo es posible que un partido que se presenta como la encarnación de la guerrilla que se sacrificó por la causa de los pobres, ampare un presidente suyo, acusado de corrupción y lavado de dinero?, es una de tantas preguntas dolidas de quienes han dejado de votar al FMLN. Funes, reclamado por la justicia salvadoreña, se encuentra prófugo en Nicaragua, donde ha recibido asilo político de parte del gobierno de Daniel Ortega, sin que el gobierno de Sánchez Cerén haya reclamado su extradición.

No es de extrañarse entonces que centenares de miles de viejos simpatizantes del FMLN desertaran para ir a votar por Bukele, expulsado antes de las filas del partido por contradecir la línea ortodoxa, y que siendo tan joven haya atraído el voto de los jóvenes.

La renuncia de la cúpula histórica abre esperanzas, pero también interrogantes. La primera pregunta es si habrá de verdad una nueva dirigencia del FMLN renovada, abierta al libre debate de las ideas y a la pluralidad interna de opiniones; o si se trata sólo de instalar otras caras viejas que vengan a representar lo mismo, el rígido anillo de poder partidario que protege el pensamiento vertical y único.

Apenas en 2015, el congreso del partido estableció oficialmente que “un elemento esencial del fortalecimiento ideológico y político del FMLN es erradicar de sus filas cualquier vestigio de la ideas reformistas, derrotistas y claudicantes…”, contrarias "a los principios históricos de la izquierda". Entre quienes ahora hacen mutis, una de las altas dirigentes dijo tras conocerse los resultados electorales: "nosotros somos más que votos".

Esa no es sino la vieja idea de la vanguardia, que se sitúa por encima de la voluntad popular, y sigue teniendo la razón eterna aunque pierda. Con concepciones así, no hay renovación posible. Por eso, el FMLN sólo podrá sobrevivir si quienes asumen las riendas abren puertas y ventanas y dejan entrar la luz y el aire.

Lisboa, febrero 2019

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A Xi Jinping refuerza su poder en una reunión clave del Partido Comunista

El 6 Pleno del Comité Central le concede el título de "núcleo", que le equipara con Mao o Deng



El poderoso presidente chino, Xi Jinping, ha logrado una victoria crucial para consolidarse como el líder indiscutible de su país y arrinconar a sus rivales, al comienzo de un año de transición dentro del régimen. El 6 Pleno, la reunión anual de los principales dirigentes del régimen, le ha declarado “núcleo” (“hexin”) del Partido Comunista. Es un título honorífico, pero con importantes connotaciones en la política de China y que le pone a la altura de líderes históricos como Mao Zedong y Deng Xiaoping.


El nuevo estatus confirma oficialmente que Xi “es el líder más importante del partido. Nadie debe tocarlo”, explica Willy Lam, profesor en la Universidad China de Hong Kong. "Sus enemigos este año van a mantenerse muy callados".


La designación se ha divulgado en un comunicado al término del Pleno, una cita que ha reunido durante cuatro días a casi 400 dirigentes a puerta cerrada y dentro de un estricto cordón de seguridad en un hotel militar del oeste de Pekín. El documento, distribuido por la agencia oficial, Xinhua, insta a los 89 millones de militantes del Partido Comunista de China a “unirse firmemente en torno al Comité Central, con el camarada Xi Jinping como núcleo”.


Xi ya es el líder más poderoso de su país en décadas. Además de su calidad de secretario general del Partido, presidente de la Comisión Militar Central y jefe de Estado, encabeza toda una serie de comisiones cuyas competencias abarcan desde la seguridad del estado a la reforma económica.


“Núcleo” es una palabra que Deng utilizó para referirse a él mismo, a Mao Zedong, y a Jiang Zemin, su sucesor, para describir a los grandes líderes del Partido y señalar que sus órdenes no debían discutirse. Pero durante el mandato de Hu Jintao (2002-2012), el término cayó en desuso. Hu nunca fue declarado “núcleo” y su etapa se caracterizó por un mando colegiado, en el que las principales decisiones se tomaban por consenso más o menos estricto de los miembros del Comité Permanente, el órgano de poder más alto del partido.


A comienzos de este año varios dirigentes regionales empezaron a recuperar el término y aplicarlo a Xi, en medio de una campaña del entorno del presidente para reclamar “lealtad” a los mandos del partido. Pero su uso desapareció al cabo de unos meses, al parecer debido a la resistencia de otros cuadros a reconocerle ese estatus especial.


El propio comunicado de este jueves parece querer matizar el alcance de la designación. El documento insiste en la importancia de una dirección colegiada, la regla interna que el partido aprobó en pleno post-maoísmo, después del trauma de la Revolución Cultural, para evitar que una sola persona pudiera acumular tanto mando como el Gran Timonel. La dirección colegiada es un sistema que “al que siempre hay que adherirse, y que ninguna organización o individuo debe violar bajo ninguna razón o circunstancia”, insiste.


La clausura del Pleno da el pistoletazo de salida a un año de transición que culminará el próximo otoño con la celebración del nuevo Congreso del Partido, una reunión que solo se celebra cada 5 años y en la que cerca de 2.000 delegados nombrarán a los nuevos integrantes de los tres principales órganos de poder: el Comité Permanente, de siete miembros; el Politburó, de 25, y el Comité Central, de casi 400 miembros, permanentes o alternos.
En el Comité Permanente solo continuarán Xi y su primer ministro, Li Keqiang; el resto debe jubilarse, al haber superado los 68 años, la edad que establecen las normas internas. En el Politburó se abren seis huecos.


A lo largo de este año, las diversas facciones del Partido debatirán entre bambalinas cómo repartirse las vacantes y quién debe ocupar qué cargo. Será una lucha feroz: Xi quiere rodearse en lo más alto de sus partidarios, mientras que otras facciones, como el Grupo de Shanghai o la Liga de Jóvenes Comunistas, no quieren perder el poder de que gozaban hasta ahora. Algunos analistas han anticipado la posibilidad de que el presidente chino quiera prorrogar su mandato más allá de los diez años previstos y continuar cinco años más, hasta 2027.


Y ahí es donde, advierte Lam, es especialmente relevante el nuevo estatus de Xi. Los dirigentes “núcleo”, subraya, “no tienen límite de tiempo, ni de edad, para su mandato. Pueden continuar en el cargo todo el tiempo que quieran. Como los emperadores”.


Aunque no todo será más fácil para el nuevo “hexin”. Acumular más poder implica también acumular más responsabilidad directa sobre la marcha del país, advertía el analista Zhang Lifan, en una entrevista previa. Y China es un país cuya economía ha visto aminorar su crecimiento, en el que las empresas estatales mantienen aún un enorme poder y cuyo ascenso genera una enorme desconfianza entre sus países vecinos. “El manejo de un poder muy centralizado no es muy fácil. Cuando el poder se acumula demasiado, gestionarlo todo al mismo tiempo es complicado”.


Concederle el título de “núcleo” no es la única medida favorable a Xi que ha adoptado el Pleno. Los miembros del Comité Central han aprobado también dos documentos que intensifican la lucha contra la corrupción, uno de los pilares del mandato del líder chino, y la vigilancia de la disciplina interna.

 

Pekín 27 OCT 2016 - 17:40 COT

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Sábado, 19 Marzo 2011 10:14

Aquel Vargas

Empezaban los ’90. América latina era algo muy distinto. Estaba llena de indígenas, eso sí, como ahora, aunque ellos no estaban en la agenda de ningún aspirante a presidente con chances ni entre sus electorados militantes. De hecho, no se usaban los militantes. Comenzaba el culto al “independiente”. Los grandes medios y los dirigentes políticos celebraban el crecimiento abrumador de esa categoría de ciudadanos. Eran en muchos casos ex adherentes a partidos políticos que los habían traicionado, pero en muchos otros eran ciudadanos en retirada, ciudadanos inorgánicos que se veían a sí mismos casi siempre como otra cosa: vecinos, consumidores, clientes, usuarios, lectores, socios, pagadores de impuestos en el mejor de los casos.

Recuerdo una imagen desoladora de Mario Vargas Llosa un día después la primera vuelta electoral en la que el resultado lo obligaba a un ballottage con Alberto Fujimori. El hombre caminaba por una playa, con una sobrina. La foto robada lo mostraba de espaldas. Caminaba encorvado, con la cabeza gacha, sosteniendo el saco que se había sacado con una mano sobre su hombro. El viento le revolvía el pelo abundante. Las marcas en la arena daban cuenta de que arrastraba los pasos. Esa imagen que publicaron esa mañana los diarios peruanos nos dio a los periodistas que teníamos que mandar despachos urgentes el material necesario: Vargas Llosa estaba deprimido. Después de escuchar el resultado se había ido de Lima con rumbo desconocido. Eso se confirmaría con su derrota en el ballottage, un mes y medio después, y con su rápido abandono del país. Más tarde, con su renuncia a su ciudadanía.

Estuve en Lima en las dos vueltas electorales y aquélla fue la cobertura política más curiosa que me tocó en la vida. Había llegado al Perú con la certeza del triunfo de Vargas Llosa, como todos. El Sheraton, donde el escritor había ubicado su bunker de campaña, hacía un descuento del 50 por ciento a los periodistas acreditados, de modo que con una colega que conocí en el avión allí nos fuimos, a ver lo más cerca posible el espectáculo de una victoria. Alojarnos juntas también tuvo que ver con la tensión de Lima en esos años: había guerrilla y había paramilitares, había cortes de luz a cada rato, había atentados. Cuando llegamos al hotel nos impresionó la hilera de soldados de caras encapuchadas y armas largas que lo rodeaban. Adentro, en el centro de prensa del candidato escritor, todo era canapé, exquisitez y cierto exotismo refinado.

Apenas tres días antes de las elecciones, el nombre de Fujimori empezó a emerger entre el puñado de candidatos presidenciales. Nadie sabía quién era. Me llamaron del diario y me pidieron que ese mismo día mandara una nota sobre él. A todos nos pasaba lo mismo: las agencias internacionales habían difundido las últimas encuestas, y Fujimori, que hasta entonces casi ni figuraba, rozaba a Vargas Llosa.

Fujimori esa tarde improvisó una conferencia de prensa en la sala de un hotel que estuvo abarrotada. No había credenciales plastificadas, como en el Sheraton, sino cuadraditos de cartulina cortada a mano que los parientes de Fujimori nos prendían en los sacos con alfileres. Fujimori era un ingeniero mediocre que después hizo un gobierno desastroso, absolutamente a tono con la época. Viéndolo a la distancia, uno advierte que el FMI seguía con tranquilidad aquellas elecciones: en materia de política económica, ningún candidato era preocupante.

Una de las explicaciones sobre aquel resultado inesperado, o mejor dicho, sobre la pobre performance de las encuestas, era que el Perú es un país muy difícil de encuestar. Su población indígena suele considerar las preguntas de un encuestador como una pregunta de hombre blanco. Y ellos a los blancos le dicen lo que se imaginan que quieren escuchar. Por eso las encuestas le daban tan bien a Vargas Llosa.

Sobre la relación entre los pueblos originarios y el escritor peruano, habla una carta abierta a Vargas Llosa que publicó en estos días la agencia Paco Urondo. La escribió a fines del año pasado el indígena peruano Hugo Blanco, en ocasión del Nobel, y tiene algunos párrafos notables, en las que el director de Lucha Indígena considera ese premio como “un golpe más del neoliberalismo a las poblaciones indígenas, ya que difícilmente podrá encontrarse mayor enemigo de ellas que su persona”.

Para ubicar a Vargas Llosa en ese contexto, Blanco da un par de ejemplos. Uno de ellos fue lo ocurrido el 5 de junio de 2009, Día Mundial del Medio Ambiente, cuando el gobierno de Alan García reprimió y masacró a 200 indígenas de la selva amazónica. Hubo fuertes protestas en Lima, y el gobierno debió retroceder cajoneando dos decretos reclamados por el ALCA, por los cuales, contra la legislación internacional vigente, se abría la Amazonia para nuevos negocios.

“¿Cuál fue la actitud de usted? Al contrario de la mayoría del pueblo peruano, escribió ‘Victoria pírrica’, manifestando que futuros gobiernos peruanos no osarán ‘volver a meter mano’ en la Amazonia para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región (...). No se detiene ahí, considerando a los habitantes amazónicos como retardados mentales, no concibe que la resistencia pueda haber sido pensada por ellos, dice que fueron instigados por Hugo Chávez y Evo Morales.”

El otro ejemplo que da Blanco para ubicar a Vargas Llosa en el marco de este tema es el Seminario “Las amenazas de la Democracia en América Latina: Terrorismo, Debilidad del Estado de Derecho y Neopopulismo”, un evento cuyo nombre exime de describir su orientación política, desarrollado en Bogotá entre el 19 y el 22 de noviembre de 2009. Blanco cita a Vargas Llosa, que dijo: “El desarrollo y la civilización son incompatibles con ciertos fenómenos sociales y el principal de ellos es el colectivismo (...). El socialismo, el nazismo y el fascismo son los fenómenos colectivistas del pasado. Hoy se expresa en América latina de una manera muy sinuosa y revistiéndose con ropajes que no parecen ofensivos sino prestigiosos (...). El indigenismo de los años ’20 que parecía haberse rezagado es hoy día lo que está detrás de fenómenos como el señor Evo Morales en Bolivia. El indigenismo en Ecuador, Perú y Bolivia está provocando un verdadero desorden político y social, y por eso hay que combatirlo”. Más adelante, con un cinismo a prueba de blindex, afirmó: “En el movimiento indígena hay un elemento profundamente perturbador que apela a los bajos instintos, a los peores instintos del individuo, como la desconfianza hacia el otro, al que es distinto”. Es muy interesante que de la carta de Blanco se desprenda que un debate intelectual, político y literario, que debería ser abordado en la Feria del Libro, es el paradigma que se expresa en la obra de Vargas Llosa y en el de José María Arguedas. Y hablándose del Perú, aquí debe mencionárselo a modo de homenaje a Manuel Scorza, cuya revisita es urgente.

Le contesta Blanco a Vargas Llosa: “Es la sociedad que usted defiende la que aplasta la individualidad y exalta el individualismo, que es el egoísmo supremo. El mejor ejemplo de esto es que las grandes empresas multinacionales están dirigidas por personas que saben que con la desbocada emisión de gases de invernadero están conduciendo a la extinción a la especie humana, pero ya no les importan sus nietos ni sus hijos, sino cumplir con el sagrado mandamiento neoliberal: ganar la mayor cantidad de dinero posible en el menor tiempo posible”.

A Vargas Llosa, por su racismo, que lo hace opinar que los pueblos originarios deberían abandonar sus tradiciones en pos del desarrollo, le han contestado ya líderes de muchos pueblos, cuyas voces se acallan, pero también intelectuales como José Saramago, que se hizo una pregunta cuyo eco sigue rebotando: “Que alguien haya podido decir que el movimiento indígena es un peligro para la democracia me parece algo increíble. ¿Cómo de una cabeza inteligente puede salir una afirmación tan monstruosa como ésa?”.

Por Sandra Russo
Publicado enInternacional