Guerra fría entre EU y China es una amenaza a la paz mundial: expertos

Expertos internacionales señalaron ayer que los comentarios y acciones agresivos del gobierno de Estados Unidos contra China representan una amenaza para la paz mundial, y una potencial nueva guerra fría sobre China es contraria a los intereses de la humanidad. Los comentarios surgieron durante una reunión virtual sobre la campaña internacional contra una nueva guerra fría sobre China, que reunió a expertos de varios países incluyendo Estados Unidos, China, Reino Unido, India, Rusia y Canadá.

Jenny Clegg, conferencista de estudios internacionales de la Universidad de Lancashire Central, dijo que el deterioro en las relaciones entre las dos potencias es una significativa amenaza para la paz mundial.

John Ross, importante miembro del Instituto Chongyang, de la Universidad Renmin de China, describió la actitud hostil de Estados Unidos con sus ataques verbales y bélicos a Irán, Irak y Libia, el abandono del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) y las sanciones unilaterales sobre Irán y Venezuela.

"Por supuesto, la amenaza de guerra con China por sí misma sería una catástrofe inimaginable", indicó.

Medea Benjamin, cofundadora de Codepink, una organización de bases dirigida por mujeres que trabaja para dar fin a las guerras, comentó que es preocupante que líderes estadunidenses reclamen por una agresión china cuando Estados Unidos tiene bases militares en todo el mundo. "Estados Unidos necesita entender que China no es nuestro enemigo, pedimos cooperación con China", indicó Benjamin.

Dirección equivocada

Magaret Kimberley, columnista de Black Agenda Report, señaló que Washington acusó erróneamente a China sobre asuntos relacionados con la pandemia del Covid-19, y ha escalado en su agresión al clausurar el consulado de China en Houston, en violación al derecho internacional.

Expertos asistentes a la reunión emitieron un comunicado en el que piden a Estados Unidos retirar su amenaza de una guerra fría y también de otros peligrosos amagos hacia la paz mundial en que se ha involucrado.

Dijeron que Estados Unidos sigue una dirección equivocada al retirarse del Tratado INF, del Acuerdo de París sobre cambio climático, así como su creciente separación de organismos de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

"Apoyamos a China y a Estados Unidos basando sus relaciones en el diálogo mutuo y centradas en asuntos comunes que unan a la humanidad", dijo el comunicado, pidiendo un esfuerzo colectivo para manejar desafíos globales como cambio climático, pandemia y desarrollo económico.

Uniformados entran en consulado chino

Pekín condenó la entrada de fuerzas de seguridad de Estados Unidos en el territorio del consulado general chino en Houston, Texas, declaró este sábado el portavoz del Ministerio de Exteriores de China, Wang Wenbin.

El periódico Houston Chronicle informó ayer que varios uniformados estadunidenses entraron en el consulado chino en Houston cerrado por orden del gobierno de Donald Trump, 40 minutos después de que lo abandonaran los diplomáticos chinos.

"El edifico del consulado general de China en Houston es un territorio del consulado diplomático, así como una propiedad estatal de China. Con arreglo a la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, la parte estadunidense no debe entrar en ningún caso en el territorio del consulado", dijo Wang.

Según el diplomático, “China expresó una fuerte insatisfacción y una enérgica protesta contra una entrada forzada de la parte estadunidense en el territorio del consulado.

"China, por lo tanto, tomará medidas necesarias y legales de respuesta", indicó.

Washington ordenó a China que cerrara este fin de semana su consulado en Houston por las acusaciones de que los diplomáticos estaban involucrados en operaciones de espionaje ilegal e injerencia en el país.

El viernes, Pekín ordenó el cierre del consulado de Estados Unidos en Chengdu.

Una científica china, acusada de ocultar sus vínculos con el ejército de China en su solicitud de visa para trabajar en Estados Unidos, fue fichada en una cárcel del norte de California y está previsto que el lunes comparezca ante una corte federal.

Los registros carcelarios del condado de Sacramento muestran que Juan Tang, de 37 años, fue encarcelada el viernes en nombre de las autoridades federales tras ser arrestada por agentes del Servicio de Alguaciles Federales de Estados Unidos.

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¿Brasil se prepara para una guerra en Sudamérica?

Ha ingresado al Parlamento la nueva Política Nacional de Defensa, un documento de 21 páginas que promueve un viraje militar de Brasil hacia la región y asegura que Sudamérica dejó de ser un "área libre" de conflictos y apunta la posibilidad de "tensiones y crisis" que pueden llevar al país a movilizar sus FFAA para defender la Amazonía.

La noticia partió del diario conservador O Estado de Sao Paulo, y destaca que el documento define tanto la Amazonía como las reservas de petróleo off shore, en la plataforma continental en el Atlántico Sur, como sus prioridades estratégicas. Lo más grave es que el documento apunta directamente a Venezuela, sin nombrarla.

"No se pueden ignorar las tensiones y las crisis en el entorno estratégico, con posibles consecuencias para Brasil, de modo que pueda estar motivado para contribuir a la solución de posibles controversias o incluso para defender sus intereses", puede leerse en la PND según el diario.

El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva respondió a la revisión de la PND diciendo que Brasil corre el riesgo de ser empujado a una guerra contra Venezuela para servir los intereses económicos y geopolíticos de EEUU. Agregó que su Gobierno se empeñó en que la PND y la Estrategia Nacional de Defensa (END) sean "instrumentos de paz, soberanía y desarrollo autónomo".

"Es alarmante darse cuenta de que las viejas teorías sobre rivalidades con los vecinos están resucitando y que nuestras Fuerzas Armadas puedan ser utilizadas para acciones incompatibles con los principios constitucionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos", señaló el expresidente.

El punto central de su análisis, compartido por analistas y periodistas, es la denuncia de la creciente sumisión del presidente Jair Bolsonaro y de los militares que lo rodean a EEUU, que se traduce en una "alineación automática" de Brasilia con Washington.

El ex alcalde de Sao Paulo y candidato del Partido de los Trabajadores a la presidencia en las elecciones de 2018, Fernando Haddad, se pregunta si "el contribuyente brasileño va a pagar por una guerra que no es nuestra contra un vecino que nunca representó una amenaza para la soberanía brasileña".

La presión de los militares en el Gobierno puede haber sido decisiva en esta inflexión. Según un reciente informe del Tribunal de Cuentas de la Unión, en 2018 había 2.765 militares en cargos civiles en el Gobierno federal. En 2019, primer año de Bolsonaro, el número llegó a 3.515. Ya en 2020 alcanzó la astronómica cifra de 6.157, lo que representa un crecimiento de la presencia militar del 122% en sólo tres años.

El diario Folha de Sao Paulo hizo un estudio de largo plazo, que concluye que la presencia militar en el Gobierno se duplicó en los últimos 20 años. Ahora los militares tienen presencia en 18 órganos de gobierno, incluyendo Salud, Economía y Educación.

Por el contrario, desde mediados de la década de 1990 hasta 2016, la presencia militar estaba restringida al Ministerio de Defensa, a la vicepresidencia y al gabinete de Seguridad Institucional que se encarga de la seguridad del presidente. Durante los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma Rousseff, el Mnisterio de Defensa fue dirigido siempre por un civil.

En Brasil se manejan tres tipos de documentos respecto a la política militar:

  • La Política Nacional de Defensa establece los objetivos nacionales y las tareas a llevar adelante en la región;
  • La Estrategia Nacional de Defensa, delineada en 2008 bajo el mando de Lula y un equipo de intelectuales, define las directrices y la forma de actuación para conseguir los objetivos;
  • El Libro Blanco, finalmente, informa a la opinión pública la situación de la Defensa.

La PND también pide un incremento de los presupuestos de Defensa, que deberían llegar al 2% del PIB, frente al 1,3% actual, que incluyen gastos del personal no activo, como reserva y jubilados. Durante el primer año de Bolsonaro, el sector militar fue el que más expandió los gastos federales, a pesar de lo cual varios programas están retrasados, como la construcción de submarinos.

Un factor adicional que resulta tan preocupante como las mencionadas "tensiones y crisis" en la región, consiste en la mención de "actores exóticos" peligrosos para Brasil, en obvia referencia a China que es el principal sostén del régimen venezolano y además está en el ojo de la Casa Blanca y del Pentágono.

Según el periodista Igor Gielow, especialista en geopolítica y asuntos militares y colaborador del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos con sede en Londres, la presencia de China en América del Sur "entró oficialmente en el radar militar brasileño" a instancias de Washington.

Es posible que el ex canciller y ex ministro de Defensa de Lula, Celso Amorim, haya acertado al decir que las Fuerzas Armadas viven un proceso de "desmoralización" como consecuencia de su alineamiento con Bolsonaro. En su opinión, los militares fueron "demasiado lejos" al ingresar de forma masiva en el Gobierno, para concluir que están siendo contaminadas por el bolsonarismo y apartarse de la política para cumplir su papel institucional.

Al ser la primera vez que la Política Nacional de Defensa se aparta de sus anteriores ediciones desde 1999, que aseguraban que no existía riesgo de conflictos en la región, Amorim considera "grave" el viraje en curso. "Es un pasaporte para la intervención militar, cambia estructuralmente la idea de la estrategia nacional de defensa en relación a América del Sur que siempre fue de disuasión hacia fuera y cooperación hacia adentro".

A mi modo de ver, no se debe interpretar la omnipresencia militar en el Gobierno, así como la sumisión a EEUU, con las concepciones clásicas sobre democracia y soberanía nacional. Desde el punto de vista tradicional, lo que sucede en Brasil sería una desviación anti-democrática y anti-nacional.

Pero el tema es otro. En momentos de declive del sistema mundial, de creciente caos geopolítico y social que se prolongará por décadas, las Fuerzas Armadas se erigen como garantes del Estado. En esa tarea no importan ni los derechos humanos, ni los derechos democráticos. Quedan suspendidos. Lo único importante, en esta mentalidad, es mantener aferrado el timón del control estatal. Para esa tarea, las Fuerzas Armadas y policiales son las más adecuadas.

17:07 GMT 24.07.2020URL corto

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El misterioso Acuerdo Estratégico para 25 años entre China e Irán

"Hemos escuchado que quieren firmar un nuevo acuerdo de 25 años con un país extranjero, a espaldas del pueblo". Con esta frase rebosante de sospechas, un resucitado expresidente Mahmud Ahmadinejad provocó la semana pasada un terremoto político en Irán que ha puesto en jaque hasta al jefe del Estado, el Ayatolá Jamenei, responsable máximo de la política exterior de la República Islámica (RI).

Ahmadinejad, que sueña con ganar las elecciones presidenciales de 2021, se refiere a un documento secreto que la RI ha firmado con China para los próximos 25 años, oculto incluso al parlamento, donde entran sólo los fieles al Ayatolá. Mientras, el Gobierno alega que se trata de un "borrador y no acuerdo" y jura que lo publicado en diferentes periódicos extranjeros sobre el contenido del texto es falso: dice que la gigantesca inversión china en Irán no es a cambio de convertirse en una colonia de China; que no habrá un desembarco de 5.000 efectivos chinos en Irán para proteger sus proyectos; ni tampoco se arrendará a China las islas iraníes en el Golfo Pérsico, ni tampoco se otorgará al gigante chino el monopolio de la compra del petróleo iraní y a precios muy bajos.

"Esos ajund (término despectivo para referirse al clérigo), con tal de permanecer en el poder, están dispuestos a vender a Irán a los chinos" es la frase más bonita que los iraníes, muy sensibles a lo que refiere a su milenaria tierra, están dedicando a la RI, cuyo líderes presumen de su identidad "islámica" por encima de la "iraní" y sueñan con instalar un "imperio chiita". A China, también le acusan del intento de apuntalar a una RI en sus momentos más bajos y de cometer el mismo error que cometió cuando el sucesor de Mao, Hua Guofeng, visitó Irán en 1978 para apretar la mano del Sha, un dictador sanguinario que meses después era derrocado. Cierto que China no suele crear Estado vasallos, pero tampoco se destaca por tener análisis acertados en su política exterior.

¿Qué contiene el acuerdo?

Por lo publicado por The New York Times, The Asia Times y otros diarios extranjeros, la "versión final" del acuerdo de 18 páginas, fechada el 21 de mayo, estipula que China:

. En el marco de su Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda (IFRS), China invertirá en Irán en los próximos 25 años entre 120.000 y 400.000 millones de dólares en un centenar de proyectos que incluyen los campos de energía (gas y petróleo), tecnología, infraestructura (aeropuertos, presas, puertos) y transporte (trenes de alta velocidad y metro).

. Construirá una carretera de 2.300 kilómetros que uniría Teherán con Urumqi en Xinjiang, conectando con el puerto pakistaní de Gwadar en el Mar arábigo, como una ruta alternativa al estrecho de Malaca.

. Unirá con ferrocarriles a Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán con Irán, para alcanzar Europa pasando por Turquía.

. Recibirá trato de favor en las licitaciones de los nuevos proyectos de gas y petróleo iraníes y recibirá un descuento mínimo garantizado de 12% .

. Instalará en Irán empresas manufactureras, utilizando la mano de obra barata iraní, para luego enviar los productos a los mercados europeos, a través de los enlaces que va a crear en Irán, desde las islas del Golfo Pérsico hasta la frontera con Turquía.

. Se le dará el derecho a retrasar el pago de sus deudas hasta en dos años, y luego abonarlas en yuanes o monedas que no serán ni euro ni dólar.

. Habrá cooperación militar: entrenamientos, intercambio de inteligencia en materia antiterrorista, y el uso de las bases militares iraníes por China (que no viceversa) y el despliegue de las capacidades de guerra electrónica (EW).

. Dará a Irán el acceso al GPS chino y construir infraestructura para el despliegue de 5G.

Estos y otros puntos del texto que le aleja de un contrato vinculante, se parecen más a una lista de deseos de la RI, además por surrealistas, como lo es el apartado militar, y después de lo que pasó con la Asociación estratégica ruso-iraní": desapareció antes de nacer.

La idea de una Asociación Estratégica Integral fue planteada durante la visita del presidente Xi Jinping a Teherán en 2016, después de la firma del acuerdo nuclear de los 5+1 con Irán, el levantamiento (parcial) de las sanciones, y unos 10 meses antes de la presidencia de Donald Trump. Entonces, la RI no mostró interés hacia China, intentando atraer la inversión de las compañías occidentales a Irán. La reactivación de las sanciones por Trump (por las presiones ejercidas desde Israel y Arabia Saudí) mostró que el gobierno islamista tampoco conoce su lugar en la región y en el mundo: ahora ni las empresas chinas y rusas querían trabajar en Irán, por el temor a las represalias de Washington.

A pocos meses de las elecciones presidenciales de EEUU y la probabilidad de la expulsión de Trump del poder, y la promesa de Joe Biden de regresar al acuerdo nuclear y levantar las sanciones contra Irán, China -también acosada y cercada por EEUU-, regresa a Irán, con la ilusión de:

. Utilizar la "carta de Irán" en sus negociaciones con EEUU.

. Acceder a las inmensas reservas de gas y petróleo iraní y disminuir su dependencia al petróleo ruso y saudí.

. Reducir drásticamente el tiempo de transporte de sus mercancías a Oriente Próximo, Asia Central y Europa, burlando el cerco Indo-Pacífico de EEUU.

. Entrar, casi de forma exclusiva, en el mercado iraní de 80 millones de habitantes, y a otros 4.600 millones de personas de habitantes de Eurasia.

Por su parte, Teherán así demuestra sus opciones a la Unión Europea -, pasiva y sin una política exterior independiente de EEUU.

¿Qué dice la oposición?

Todos los partidos políticos iraníes, desde el exilio, han expresado su preocupación por la opacidad de la RI:

. El partido Tudeh, comunista, mientras espera la versión oficial para dar su opinión, afirma que la defensa de los intereses del pueblo iraní está por encima de cualquier otra consideración (geopolítica), y apunta a la naturaleza del totalitarismo medieval-religioso gobernante, la falta de cualquier control sobre el poder, la monumental corrupción, y las políticas anti-iraníes del régimen en favor de sus ambiciones islamistas, para plantear la pregunta de si este sistema tiene voluntad y capacidad de defender los intereses de la nación iraní. De hecho, la RI perdió buena parte de los derechos de Irán sobre el Mar caspio tras el fin de la URSS, firmando sin más el reparto que Vladimir Putin le puso delante.

. "Si es un acuerdo beneficioso para el pueblo ¿Por qué lo ocultan?", pregunta el Partido de Izquierda de Irán (fedaínes del pueblo) que acusa a la RI de tener la intención de transferir la mayoría de las áreas económicas del país a otro gobierno, cuando Irán necesita tener relaciones equilibradas con todos los países del mundo.

. El Frente Nacional (Chebheye Mel.li),el partido del mítico Doctor Mosaddeq, compara el acuerdo con la firma de los tratados de Golestán (1813) y Turkmenchay (1828) con la Rusia zarista, por los que los mandatarios incompetentes iraníes perdieron dos guerras y cerca de 250.000 kilómetros del territorio del país (los actuales Georgia, Azerbaiyán, Armenia), le otorgaron un trato preferencial para sus exportaciones en los artículos no competitivas en los mercados europeos, y le cedieron los derechos de Irán sobre el Mar Capsio, a cambio de que Moscú apoyase al odiado príncipe heredero Abbas Mirza Qayar. La ira de los iraníes se desató: asaltaron la embajada rusa en Teherán el 11 de febrero de 1829, matando a todos los funcionarios, incluido al embajador Aleksandr Griboyédov. Así nacieron los sentimientos "anti-rusos" en Irán , explotados hábilmente por los regímenes del Sha y de los islamistas contra la Unión Soviética, cuando fue justamente Lenin quien en 1917 abolió el Turkmenchay. Los mosaddequistas piden un referéndum controlado por los observadores internacionales para que los ciudadanos iraníes decidan al respecto.

. El expríncipe Reza Pahlavi tacha el acuerdo de "vergonzoso" por "colocar a los soldados extranjeros en nuestro suelo". No se acuerda que su padre, El Sha, hospedó a cientos de militares de EEUU en el territorio iraní. Es más, la delicada posición geográfica de Irán también forzó al Sha a buscar equilibrios: firmó en 1965 con la Unión Soviética la construcción de la primera fábrica siderúrgica de Irán en Isfahán y la de Maquinaria pesada de Arak a cambio del gas iraní.

Firmar este tipo de acuerdos por China no es nada extraño: lo hizo con Pakistán en 2018 por el valor de 62.000 millones de dólares para el desarrollo de proyectos de comercio, inversión, energía e infraestructura. En 2014, también puso su autógrafo a un "acuerdo estratégico", de 20 años con Iraq -colonia político-militar de EEUU-, por lo que Bagdad exportaría 100 mil barriles de crudo a China a cambio de la construcción de infraestructura. Sin embargo, cuando en 2016 EEUU introdujo al Estado Islámico en Iraq desde Siria, aquel proyecto se congeló.

Además de los iraníes, se oponen al pacto, obviamente EEUU, Israel (que sufrió las mismas olas de protesta cuando en 2018 Shanghai International Port Group –SIPG– consiguió la gestión del puerto de Hifa), y los países árabes, pero también la India, país "hermano" de Irán, enemigo de China, porque:

. El acuerdo amplía el acceso de China al Océano Índico.

. Pone fuera del juego a Nueva Delhi, que iba a invertir en el estratégico puerto de Chabahar, el único puerto oceánico de Irán, situado en el Océano Índico, y el acceso más cercano a las aguas abiertas para países sin litoral de Asia Central; también iba a desembolsar dinero en el desarrollo del campo de gas Farzad-B. Teherán está muy molesto que el país que un día fue "no alineado", dejara de comparar el petróleo iraní, contribuyendo a la grave crisis económica que padece. Este acuerdo sería el segundo gran golpe a Modi por su "alineación" con Trump: el otro, fue la entrega de Afganistán a Pakistán por el presidente de EEUU.

El punto común de la mayoría de las críticas es que "alargará la vida de la RI", pensando que las sanciones de EEUU sobre una población desesperada acabaría con el régimen: Los 12 años del embargo criminal del Consejo de Seguridad sobre el pueblo iraquí (1991-2003) no terminaron con Saddam: las revoluciones no las hacen los moribundos, y la igual que en Iraq, el objetivo de estas sanciones es la nación iraní que no a la RI. Los bazaríes, la burguesía comercial, instalada en el poder desde 1978, ha hecho su agosto con las sanciones de EEUU, importando de China y Turquía incluso aquellos productos que el propio Irán fabricaba, forzando a miles de talleres a cerrar y enviar a millones de trabajadores a la miseria: ¡Importan hasta la alfombrilla para rezar y la tela para el velo!

¿Llegará a materializarse?

Una cosa es agitar un documento "estratégico" y otra es poder ponerlo en marcha.

. Este acuerdo sufre el resultado de un siglo de propaganda anticomunista de los Pahlavi y los islamistas, creando en los ciudadanos una desconfianza irracional hacia Oriente, representado por China y Rusia, y una pasión por Occidente.

. Esta región es el lugar del pulso entre las potencias mundiales y regionales, y este tipo de proyectos son demasiado irrealistas para que cumplan sus objetivos.

. Las incursiones militares de Israel-EEUU contra Irán en la región y ahora también en el propio suelo iraní, que le convierten en un lugar inseguro para invertir.

. Las sanciones de EEUU que afectan a la tecnológica Made in USA que China utiliza en sus proyectos. En 2019, china abandonó las obras del campo de gas de Pars Sur, el más grande del mundo, por las amenazas de Washington.

. Además de un entorno favorable, Irán necesita un cambio político que invite la participación libre de las empresas, y no como ahora que una élite militar (al igual que en Pakistán y Egipto) ha monopolizado la totalidad de la economía y fuera de cualquier control popular. Para más inri, Irán representa el principal país del mundo en fuga de capital humano y de cerebros.

. La economía iraní que, al igual que en la era Pahlavi sigue fuertemente dependiente de la renta del petróleo, y esta renta está al servicio de la clase gobernante y su militarismo. El mencionado acuerdo, por la estructura del poder y un neoliberalismo presentado "economía islámica", encaja dentro del llamado circulo vicio del "desarrollo del subdesarrollo".

Irán se equivocó en 2016 al pensar que China por sus intereses estratégicos en Irán, asumiría los riesgos en su relación con EEUU. Beijing votó en favor de las seis resoluciones en el Consejo de Seguridad contra Irán por su programa nuclear, y se ha negado, a pesar de la insistencia de Rusia, a dimitirle como miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái.

. La profunda desigualdad entre los perfiles de ambos países, está descartada la fórmula "ganar-ganar". La RI no está en condiciones de conseguir un acuerdo justo: pasó lo mismo con el opaco acuerdo nuclear con los 5+1, que tuvo más sombras que luces para Irán (aun sin ser publicado oficialmente), y al final Irán perdió por goleada.

. Si Biden ocupa la Casa Blanca, EEUU regresará al acuerdo nuclear y levantará las sanciones, lo cual significa la reanudación de las relaciones comerciales de EEUU este país y la UE con Irán. ¿En qué quedará, entonces, el acuerdo con China? El actual parlamento, -francófilo y anglófilo-, pondrá pegas al acuerdo si consigue reactivar la alianza con los occidentales. De hecho, ha sido un diputado, Mahmud Ahmadi, quien reveló que el acuerdo incluye la cesión de "todas las islas iraníes a China".

. No se descarta que este sea una maniobra de la RI para presionar a un desesperado Trump que busca un logro en su política exterior: le da la oportunidad de firmar un nuevo acuerdo nuclear y levantar las sanciones, antes de las elecciones de noviembre; a pesar del asesinato de Soleimani, que fue una puñalada por la espalda a la RI, y puso fin a la discreta cooperación de ambos países en Siria, Irak y Afganistán, la RI sigue buscando fórmulas para una "coexistencia Pacífica" con EEUU.

24 julio 2020

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El ministro de Exteriores de China, Wang Yi. / EFE

Según la cartera de Exteriores china, la situación actual entre ambos países no es deseable para el país asiático y ha delegado "enteramente" la responsabilidad en Estados Unidos.

 

China ha ordenado a Estados Unidos que cierre su Consultado General en Chengdu, en la provincia de Sichuan (suroeste), en respuesta al cierre de su misión en Houston, Texas, por parte de Washington.

El Ministerio de Exteriores de China ha comunicado que ha informado a la Embajada de Estados Unidos en el país asiático de su decisión este viernes. Asimismo, ha señalado requisitos específicos sobre el cese de todas las operaciones y eventos por parte del Consulado General, según ha informado el diario 'Global Times'.

Según la cartera de Exteriores china, la situación actual entre ambos países no es deseable para el país asiático y ha delegado "enteramente" la responsabilidad en Estados Unidos. "Urgimos de nuevo a Estados Unidos a que revoque inmediatamente su errónea decisión y cree las condiciones necesarias para el retorno de las relaciones bilaterales a la normalidad", ha detallado.

Estados Unidos dio 72 horas a China para cerrar su consulado en Houston, argumentando que hay un "desequilibrio" en las relaciones bilaterales y justificando que la medida es para proteger "la propiedad intelectual" y la "información privada" del país. Por su parte, Pekín lo consideró una "provocación política" y amenazó a Washington con adoptar "contramedidas".

China y Estados Unidos llevan años inmersos en una escalada de tensión que va desde la guerra comercial hasta las restricciones a periodistas y medios, si bien en los últimos meses se ha disparado a cuenta de la pandemia de la covid-19, de la que Washington culpa directamente a Pekín.

 

24/07/2020 09:26

 

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Fuente: ‘Territorios vigilados’ de Telma Luzzani. Diseño: Alejandro Acosta Hechavarría / Granma.

En los últimos años hemos visto cómo se integra cada vez más el ejército estadounidense en las estructuras militares de América Latina y el Caribe. Las operaciones multinacionales en la región son apenas la punta del iceberg, que raya en el espectáculo, de una organización transnacional cuyo epicentro se encuentra en las oficinas del Pentágono, en Virginia, Estados Unidos.

Uno de los 10 comandos del ejército estadounidense, el llamado Comando Sur, está encargado de preservar militarmente los intereses de la Unión y de las diferentes industrias y grupos de poder que controlan el aparato político-económico-cultural del angloimperio en lo que en Washington consideran el “patio trasero” de Norteamérica.

Sudamérica, bajo el dominio de la dependencia estadounidense, ha sido un territorio para el reposicionamiento de Estados Unidos en su despliegue militar unilateral, con más de 70 bases en los países de la región, siendo Panamá (con 12) y Colombia (con 9) los que mayor cantidad tienen. Sin bases no hay imperio.

La integración del ejército estadounidense a las estructurales militares de algunos estados en Sudamérica a través del Comando Sur se profundiza, al punto de que algunos ejércitos nacionales parecen prestos a abandonar cualquier resquicio de soberanía e independencia de sus bases fundamentales.

Lo confirma la visita del magnate presidente Donald Trump a los cuarteles generales del Comando Sur en Doral, estado de Florida, acompañado por el secretario de Defensa, Mark Esper, en donde se le dio un balance oficial de la supuesta “lucha contra las drogas” en la región.

En su participación ante Trump, el almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur, decidió presentar a dos altos oficiales sudamericanos, uno colombiano y otro brasileño, señalándolos de empleados directos de su oficina castrense: “Trabajan para mí”.

Colombia, lo sabemos, se ha sumergido en la dependencia militar estadounidense, prestando y adjudicando territorios y bases locales a los altos oficiales de Estados Unidos para su despliegue y apresto operacional. Además, es socio global de la OTAN, la principal alianza mundial militar liderada por el Pentágono, lo que el Comando Sur en su postura de este año felicita ya que la nación latinocaribeña, junto con Brasil y Chile, “continúan aumentando sus contribuciones a la seguridad global”.

Aparte de asistir de primera mano al Comando Sur en su “lucha contra el narcotráfico”, el ejército colombiano también aporta asistencia a seis países de Centroamérica en el marco de un plan de educación militar y policial redactado por el Pentágono.

Por otro lado está Brasil, cuyo ejército, desde que llegó la derecha y extrema derecha al poder con Michel Temer vía golpe y luego Jair Bolsonaro a través de las urnas, ha decidido trabajar de cerca con los estadounidenses, al punto de unirse, junto a Colombia y Perú, el Grupo de Trabajo Aéreo-Terrestre Marino del Cuerpo de Infantería de la Marina liderada por oficiales del Pentágono, que operan en todo el hemisferio.

Esos mismos países sudamericanos forman parte de las misiones del USS Comfort, el buque hospital militar insignia de Estados Unidos en la región.

“Recientemente designado como un importante aliado no perteneciente a la OTAN y el socio más nuevo en el Programa de Asociación Estatal (SPP), trabajamos en estrecha colaboración con Brasil en una gama de misiones prioritarias”, dice el Comando Sur en la declaración de postura 2020.

En ese mismo documento destaca que el Comando Sur junto con Brasil están en la vanguardia regional “para exponer actividades maliciosas por parte de partidarios de grupos terroristas como el Hezbollah libanés”, al lado de Chile, Argentina y Paraguay.

El mismo Jair Bolsonaro ofreció una base militar a Trump el año pasado. La Base de Alcántara podría pasar a manos estadounidenses. De esta manera Brasil pasaría a formar parte de la confirmación de hegemonía en la región y en un país con alcances geopolíticos, aunque malogrados por Bolsonaro, en los BRICS.

Estados Unidos autoriza a Brasil y a Colombia usar cohetes y aeronaves nacionales o extranjeras que tengan partes tecnológicas desarrolladas por su complejo industrial-militar. En sus contratos existen cláusulas que protegen la tecnología estadounidense y establecen normas para los técnicos brasileños y colombianos respectivamente en cuanto al uso de las bases y a la circulación en su perímetro. Colombia y Brasil ya han sido invadidos y conquistados por esa parte del capital monopolista que encuentra su negocio en la guerra y carrera armamentística.

Por esa misma condición es que son descritos como subalternos que trabajan personalmente para uno de los representantes clave del complejo industrial-militar bajo el uniforme de jefe del Comando Sur.

Aquello no se entiende sin la dimensión geopolítica que significa el ascenso global de China y su Iniciativa del Cinturón y la Ruta en América Latina más la alianza estratégica de Rusia con Venezuela y otros países anti-imperialistas y bloqueados por Washington, una dimensión que funge de alternativa a la unilateralidad militarista de Estados Unidos.

El cerco del Comando Sur sobre nuestros países es la otra cara de la moneda que domina la doctrina militar estadounidense, como amenaza sobre los estados aún soberanos que quedan en la región y como muestra de fuerza ante el bloque emergente anti-hegemónico. En ese marco, Brasil y Colombia son dos factores que el Pentágono prefiere de lacayos que asumidos soberanos.

22 julio 2020

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El presidente sirio Bashar al-Assad y su esposa Asma se registran para emitir su voto durante las elecciones parlamentarias. / Europa Press

Tras las elecciones parlamentarias celebradas el domingo, y cuyos resultado no tendrán ninguna incidencia, Siria vuelve a la realidad cotidiana de las sanciones internacionales. Estos días se cumplen veinte años del ascenso al poder de Bashar al Asad, y tras casi una década de guerra civil, nadie alberga ninguna esperanza de que la situación vaya a mejorar a corto plazo.

 

Veinte años después de su ascenso al poder, el presidente Bashar al Asad participó el domingo a unas nuevas elecciones parlamentarias, las terceras desde el inicio del conflicto en 2011, elecciones que lo ratifican al mando de Siria pese a la enorme presión y las innumerables sanciones de Estados Unidos, Israel y la comunidad occidental en general. 

En el verano de 2000, a la edad de 34 años, Asad, un oftalmólogo educado en el Reino Unido, alcanzó el poder tras la muerte de su padre Hafez al Asad. Él mismo declaró entonces que planeaba liberalizar hasta cierto punto la política y la economía, pero enseguida tuvo que dar marcha atrás y consolidar la autocracia que heredó.

Un país como Siria, de una enorme complejidad étnica y religiosa, es casi ingobernable. Una liberalización de la política habría entregado el poder a islamistas de todo pelaje y condición, y habría sido un paso importante en la dirección de una cruenta guerra civil.

A los visionarios americanos que azuzaron el caos en Oriente Próximo obedeciendo a los intereses y consignas de Israel, no les importaba un rábano esa posibilidad, como demostraron en Irak. No es de extrañar que el último embajador americano en Damasco, Robert Ford (2010-2014), recorriera el país excitando a la población para que se rebelará contra Asad. Las consecuencias llegaron pronto y son las que todos conocemos.

A día de hoy está claro que no hay ni nunca ha habido libertad política en Siria y que eso debe achacarse básicamente a las ambiciones de las fuerzas islamistas de crear un estado islámico mucho más sectario que el de Asad, ambiciones que el gobierno ha reprimido sin contemplaciones para poder subsistir. Ciertamente, el gobierno de Asad no es el ideal, pero las alternativas que se ofrecen fácilmente podrían ser mucho peor.

Las cárceles siempre han estado llenas de islamistas. En los ochenta los islamistas echaban ácido en la cara de las jóvenes que no se cubrían el rostro, y cometían toda suerte de atentados. La matanza de Hama en 1982, ejecutada por el tío de Asad, fue el momento más álgido de la represión. Hoy Rifaat al Asad, el más proamericano del régimen, en su dorado exilio europeo, contrata abogados israelíes vinculados al gobierno de Benjamín Netanyahu para defenderse de los cargos de corrupción, según ha recogido la prensa hebrea esta semana con nombres y apellidos y sin que los interesados lo hayan desmentido.

El lector puede hacerse una idea de las cárceles sirias leyendo El caparazón. Su autor, Mustafa Khalifa, es un cristiano que por error fue encarcelado en la notoria prisión de Tadmor, especializada en islamistas. Khalifa cuenta sin cortarse un pelo sus experiencias hasta que años después, descubierto el error, fue trasladado a una prisión para no islamistas, donde había desde disidentes comunistas hasta liberales que vivían en unas condiciones más relajadas que los presos de cualquier prisión europea, con sus juergas, buena vida y alcohol incluidos.

Naturalmente, hay grupos liberales, especialmente en Occidente, pero también dentro de Siria, que aunque son minúsculos piensan que todo sería mucho mejor si se descabalgara a Asad. Las cosas irían de rositas y todos seríamos felices y comeríamos perdices. En esta gente han encontrado una excusa los gobiernos occidentales para implicarse directamente en el conflicto. Por eso muchos países occidentales y de la región han apoyado a los yihadistas más radicales que rebanaban cuellos con armas, dinero y logística, para acabar con el gobierno de Damasco.

Pero la realidad ha sido tozuda. Cuando empezaron las injerencias occidentales tras las llamadas primaveras árabes, algunas voces locales poco sospechosas de radicalismo ya advirtieron que lo que se estaba cociendo era un colosal error, pero nadie les hizo caso. Una de esas voces, la del patriarca maronita (católico) de Líbano, Bishara al Rai, puso el grito en el cielo a causa de la brutal injerencia que ponía en peligro la estabilidad y la convivencia logradas a través de los siglos, en Siria, en Irak y más allá. Nadie lo escuchó.

Las potencias regaron con armas y dólares a la "oposición moderada", es decir a grupos presuntamente liberales cuyos miembros podían contarse con los dedos de una o dos manos, y que no representaban a nadie más que a ellos mismos. Pero también regaron de armas a grupos yihadistas como el Estado Islámico y Al Qaeda que rebanaban cuellos y que eran la verdadera "oposición". Residuos importantes de estos grupos perviven en la provincia de Idlib sin que nadie los combata.

En la tesitura actual, Asad no tiene más remedio que aferrarse al poder. Al principio, cuando estallaron las revueltas, muchos creían que iba a poner tierra por medio y se iba a apartar, y que el país descendería al caos. El caos llegó de todas maneras impulsado por dirigentes extranjeros, y ahora hay que aceptar la nueva realidad y no seguir soñando con lo que sería lo ideal, como hacen los cuatro liberales que quedan.

El problema es que Occidente no va a aceptar la realidad, como no la aceptó en Irak o Afganistán, como no la acepta estos días en Libia ni en otras partes. En lugar de influir en la región de una manera positiva, los europeos se mantienen al margen cuando se les necesita o participan en los conflictos persiguiendo ideales irrealizables o intereses económicos, principalmente venta de armas. Las duras sanciones impuestas harán la vida mucho más difícil para la población siria en general y no resolverán ningún problema.

JERUSALÉN

21/07/2020 07:49

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

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Martes, 21 Julio 2020 05:57

El dilema chino de Londres

Londres ha dado a Huawei hasta el 2027 para retirarse de la red 5G británica (Hollie Adams / Bloomberg L.P. Limited Partnership)

El Reino Unido no sabe cómo obtener dinero de Pekín sin enfurecer a Trump

 

El lema del Brexit fue “recuperar el control”. Boris Johnson y su banda de euroescépticos vendieron a los votantes la edad de oro de una “Gran Bretaña global” que disfrutaría de ventajosos tratados comerciales con Estados Unidos y China, seguiría disfrutando de su relación especial con Washington, recuperaría una butaca de primera fila en el gran teatro geoestratégico, tendría un papel protagonista en la seguridad planetaria, y no necesitaría para nada de la Unión Europea, bendito divorcio.

Pero, por el momento, las cosas no están saliendo precisamente de esa manera. Y aunque la pandemia no ayuda, sería injusto culparla de ella. El Reino Unido ha intentado un triángulo amoroso con Washington y Pekín, pero ha tenido que renunciar a la aventura casi antes de empezarla. Donald Trump le ha dicho a Boris Johnson que, o bien cancela progresivamente la participación de la empresa Huawei en el desarrollo de la red 5G de tecnología móvil británica, o bien se puede olvidar de ese fabuloso acuerdo comercial con el que sueña para compensar la salida de la UE. Y el premier no ha tenido más remedio que bajar la cabeza y decir que sí.

Pero las cosas no han quedado ahí, porque Londres se encuentra contra su voluntad en medio de la guerra comercial, política y estratégica entre los dos gigantes, el norteamericano y el asiático, recibiendo palos por todos los lados. Ayer, el ministro de Exteriores, Dominic Raab, anunció, una vez más bajo presiones del otro lado del Atlántico, la suspensión inmediata del Tratado de Extradición con Hong Kong y de la venta al territorio autónomo de material policial y militar antidisturbios, en vista de la autoritaria ley de seguridad impuesta recientemente por Pekín.

“Queremos tener una relación lo más cordial posible con la República Popular, pero estamos muy preocupados por los acontecimientos en Hong Kong y por la represión de la población uigur en la provincia de Xinjuag –señaló Raab en la Cámara de los Comunes–. Se trata por nuestra parte de una respuesta razonable y proporcionada al incumplimiento por parte de China de sus responsabilidades internacionales. A pesar de ello, consideramos que hay margen para una colaboración constructiva”.

Pero el belicoso embajador chino en Londres, Liu Xiaoming, no tardó en amenazar veladamente con represalias diplomáticas y comerciales. Y las cosas seguramente irán a peor, en vistas de que los halcones del Partido Conservador próximos a Trump pretenden que el Gobierno Johnson prohiba la aplicación TikTok, que utilizan centenares de miles de británicos para comunicarse por las redes sociales, por estimar que “su proximidad a los servicios de inteligencia chinos la convierten en una amenaza para la seguridad nacional”.

En un momento en que las placas tectónicas de la geoestrategia global están moviéndose, que China muestra las garras y las políticas de Trump, con su nacionalismo de América primero , han debilitado tal vez de forma permanente el viejo orden político, económico y de seguridad internacional, el Reino Unido creía que tras el Brexit iba a ser capaz de prosperar como potencia independiente de Europa y amiga de todos los pesos pesados, protegida de las tormentas por el paraguas diplomático de Washington, con un tratado comercial privilegiado con Pekín, y lavando el dinero de los oligarcas rusos en los bancos de la City. Pero se encuentra con que los sueños son una cosa y la realidad otra muy distinta, que las pelotas se le caen de las manos, es más vulnerable y está más aislado que nunca.

No se puede contentar a todo el mundo al mismo tiempo, pero Boris Johnson lo va a intentar en cualquier caso. De entrada se ha bajado los pantalones ante Trump, como Blair hizo ante Bush con la guerra de Irak, y ha dado a Huawei hasta el 2027 para su retirada de la red 5G, al tiempo que contempla nuevas restricciones a la participación china en la construcción de centrales atómicas en Somerset y Essex, suspende el Tratado de Extradición con Hong Kong y estudia qué medidas a tomar respecto a TikTok. Pero por otro le cuchichea a Xi Jinpin que no es cosa suya sino que la Casa Blanca le ha puesto entre la espada y la pared, y que si en noviembre gana Joe Biden las elecciones norteamericanas habrá “más flexibilidad” y las cosas serán diferentes. Pide tiempo.

Conocida es la frase del exsecretario de Estado norteamericano Dean Acheson cuando dijo que “Gran Bretaña ha perdido un imperio pero no ha encontrado su lugar en el mundo”. Lo cierto es que sus propias decisiones (Brexit) y la actitud de Trump no le están ayudando a encontrarlo. El desdén del presidente norteamericano por los valores democráticos tradicionales, su guerra comercial y política más o menos abierta con China y la renuncia a ejercer de sheriff del mundo han desestabilizado el papel del Reino Unido como potencia global de segundo orden con armas nucleares y asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, y han azuzado una crisis de identidad de la que forma parte el divorcio de la UE.

En el fondo de su ser, Boris Johnson y el Foreign Office saben que no pueden permanecer indiferentes al expansionismo chino, la intimidación creciente a Taiwán, la inquietante predisposición a enfrentarse con la India por la frontera en el Himalaya, los conflictos con Filipinas y Vietnam, la censura de Internet, el ciberespionaje, la opresión de los uigures, las nuevas leyes de seguridad y la violación de los pactos en virtud de los cuales el Reino Unido devolvió Hong Kong a la República Popular en 1997. Pero Londres carece de independencia económica y tecnológica, y necesita el comercio y el dinero chinos. Por eso nada entre dos aguas.

Tras traspasar a su estrella Babe Ruth a los Yankees de Nueva York por 125.000 dólares, el equipo de béisbol de los Medias Rojas de Boston se pasó ochenta y seis años sin ganar las Series Mundiales. Es lo que en el mundo del deporte se conoce como “la maldición del bambino”. La “maldición del Brexit” sería que Gran Bretaña, tras hacer el Brexit para “recuperar el control”, acabe perdiendo el poco que tenía.

Por Rafael Ramos | Londres, Reino Unido. Corresponsal

21/07/2020 01:34| Actualizado a 21/07/2020 02:24

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El nuevo canciller uruguayo definió a Venezuela como una dictadura 

Importante giro en la cartera comandada por Francisco Bustillo 

Bustillo dijo que la situación venezolana es distinta a la de Bolivia, ya que allí hay un proceso electoral en curso destinado a "recuperar la democracia". 

 

A diferencia de sus antecesores, el nuevo canciller de Uruguay, Francisco Bustillo , aseguró sin rodeos que Venezuela "es una dictadura" durante la presentación de los lineamientos que seguirá su cartera. Su par venezolano, Jorge Arreaza, le salió inmediatamente al cruce y le sugirió "refrescar sus conocimientos" sobre derecho internacional. Bustillo dijo además que la situación de Venezuela es distinta a la de Bolivia, ya que allí hay un proceso electoral destinado a "recuperar la democracia", y afirmó que buscará "seducir" a los países miembros del Mercosur. La principal polémica que rodeó al excanciller Ernesto Talvi  antes de su salida del cargo fue justamente su negativa a tildar a Venezuela de dictadura. Se esperaba la opinión de Bustillo al respecto, algo que no había querido adelantar hasta su presentación formal luego de cumplir con la cuarentena tras su arribo al país desde España, donde ejercía funciones como embajador. 

"Conforme al derecho internacional público, las normas democráticas que nos hemos dado en nuestra América, mi propia convicción, la del presidente de la República, del gobierno todo y no tengo dudas que de cualquier habitante nacido en la tierra de Artigas, con libertad no ofendo ni temo, Venezuela es una dictadura", enfatizó el flamante ministro de Relaciones Exteriores uruguayo desde la sede de Cancillería. Sin embargo, dijo que Uruguay "no tiene vocación de gendarme internacional", por lo tanto no le corresponde señalar ni perseguir dictaduras.

A su vez, Bustillo sostuvo que permanecerá en los grupos que buscan una solución pacífica del conflicto venezolano aunque no promoverá más diálogo por "la falta de voluntad de una de las partes", en referencia al gobierno de Nicolás Maduro. "Vamos a dejar clara la posición de Uruguay en cada foro internacional, entre ellos la Organización de los Estados Americanos (OEA)", aseguró el canciller, quien agregó que el país seguirá perteneciendo al Grupo de Contacto Internacional y el Mecanismo de Montevideo, ambos espacios creados para debatir y buscar soluciones a la "crisis venezolana".

Las declaraciones de Bustillo ponen fin a una preocupación central del presidente uruguayo. Tanto Luis Lacalle Pou como Ernesto Talvi repitieron en campaña que lo que había en Venezuela era una dictadura. Muy distinta fue la actitud del gobierno del Frente Amplio (2005-2020), que en septiembre de 2018 decidió por unanimidad expulsar del partido al secretario general de la OEA y excanciller entre 2010 y 2015, Luis Almagro, luego de que éste asegurara que no se debía descartar una intervención militar en el país caribeño. En tanto, en enero de 2019 el gobierno del entonces presidente Tabaré Vázquez se negó a acompañar la declaración del Grupo de Lima que definió como "ilegítimo" el nuevo período de gobierno de Maduro al frente de Venezuela, al proponer en cambio una postura pacífica y dialoguista frente al conflicto.

Las fuertes palabras del flamante canciller uruguayo no tardaron en llegar a Venezuela. Fue su par venezolano, Jorge Arreaza, quien recogió el guante. "Le sugiero refrescar sus amplios conocimientos sobre los principios del Derecho Internacional, estudiar el Derecho Constitucional de Venezuela y evitar ideologizar la política exterior de su país por afinidades. ¡Que vivan Bolívar y Artigas!", planteó Arreaza en su cuenta de Twitter.

Pero Venezuela no fue el único país de la región que mereció un pronunciamiento de Bustillo. Consultado sobre Bolivia, el flamante canciller dijo que está en un proceso electoral "en aras de recuperar la democracia en todo su esplendor". Respecto al Mercosur, consideró que Uruguay tiene una vocación "de regionalismo abierto" en el que intentará seducir a los socios del bloque para buscar "acuerdos a distintas velocidades". Además, Bustillo aseguró que confía en poder firmar el acuerdo Unión Europea - Mercosur durante estos seis meses de presidencia pro tempore del bloque regional.

Bustillo llegó a ocupar el lugar que dejó vacante Talvi, quien renunció a su cargo el pasado primero de julio. Talvi, anterior canciller y excandidato a la presidencia, dijo a El Observadorque no utilizaría la palabra dictadura para referirse a Venezuela mientras ocupara el cargo. Los dichos del dirigente colorado generaron cortocircuitos dentro del Ejecutivo, elemento que detonó su pronta salida de la Cancillería.

El hasta ahora embajador de Uruguay en España arribó el 5 de julio a Montevideo en el primer vuelo de línea de la aerolínea española Iberia desde el cierre de fronteras por la covid-19. Tras cumplir una semana de cuarentena obligatoria pese a que contaba con un test negativo de coronavirus realizado en España, Bustillo mantuvo reuniones con los expresidentes Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000), Lacalle Herrera (1990-1995), José "Pepe" Mujica (2010-2015) y Tabaré Vázquez (2005-2010 y 2015-2020).

Bustillo cuenta con un extenso pergamino diplomático. Entre otros cargos, fue jefe de gabinete del ministerio de Relaciones Exteriores durante la gestión del entonces canciller Almagro y embajador en Ecuador, Argentina y España. En su conferencia de prensa del lunes, aseguró que en 34 años en el exterior recorrió muchas embajadas y "mucha gente habla sin conocimiento de causa" y sin "haber puesto un pie" en las sedes diplomáticas, palabras que, aunque sin nombrarlo, parecían dirigidas al excanciller Talvi.

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“Podía vivir con eso”: cómo la CIA hizo Afganistán seguro para el opio

La producción de opio en Afganistán aumentó espectacularmente al amparo de la política exterior de Estados Unidos, que se sustentó en el apoyo y la financiación a los grandes traficantes y productores de la región.

 

La primera imagen indeleble de la guerra en Afganistán para muchos estadounidenses fue probablemente la del periodista de la CBS Dan Rather, envuelto en las voluminosas ropas de un luchador muyahidín, con el aspecto de un pariente saludable de Lawrence de Arabia —aunque con pelo que parecía recién secado con secador, como algunos espectadores señalaron rápidamente—. Desde su ladera de montaña secreta “en algún lugar en el Hindu Kush”, Rather descargó sobre su público un cargamento de sinsentidos sobre el conflicto. Los soviéticos, confió Rather portentosamente, habían puesto un precio a su cabeza de “muchos miles de dólares”. Continuó: “Fue el mejor regalo que me podían haber dado. Y que mi cabeza tenga precio era un pequeño precio a pagar por las verdades que contamos sobre Afganistán”.

Cada una de estas observaciones resultaron completamente falsas. Rather describió al Gobierno de Hafizullah Amin como un “régimen marioneta instalado por Moscú en Kabul”. Pero Amin tenía vínculos más cercanos con la CIA que con el KGB. Rather llamó a los muyahidines “los luchadores por la libertad afganos… que participaban en una lucha a muerte profundamente patriótica por su hogar”. Los muyahidines apenas estaban luchando por la libertad, en cualquier sentido con el que Rather hubiera estado cómodo, sino más bien por imponer uno de los estilos de fundamentalismo islámico más represivos conocidos en el mundo, bárbaro, ignorante y notablemente cruel para las mujeres.

Era un “hecho”, anunció Rather, que los soviéticos habían usado armas químicas contra aldeanos afganos. Esta era una afirmación promovida por el Gobierno de Reagan, que hizo la acusación de que la extraordinariamente precisa cifra de 3.042 afganos habían muerto a causa de esta lluvia química amarilla, una sustancia que había conseguido gloriosas victorias propagandísticas en su manifestación en Laos unos años antes, cuando la lluvia amarilla resultó ser excrementos de abeja altamente cargados con polen. Como Frank Broadhead señaló en el London Guardian, “su composición: una parte excrementos de abeja, más muchas partes de desinformación del Departamento de Estado mezcladas con credulidad de los medios”.

Rather afirmó que los muyahidines tenían una escasez severa de equipamiento, haciéndolo lo mejor que podían con rifles kalashnikov tomados de soldados soviéticos muertos. De hecho, los muyahidines estaban extremadamente bien equipados, al ser los receptores de armas proporcionadas por la CIA en la guerra encubierta más cara que la Agencia había jamás montado. Llevaban armas soviéticas, pero llegaron por cortesía de la CIA. Rather también mostró imágenes periodísticas que, según él, eran bombarderos soviéticos ametrallando pueblos afganos indefensos. El “bombardero soviético” era en realidad un avión de la fuerza aérea paquistaní en una misión de entrenamiento sobre el noroeste de Pakistán.

CBS afirmó haber descubierto en áreas bombardeadas por los soviéticos animales rellenos de explosivos soviéticos, diseñados para hacer volar en pedazos a niños afganos. Estos juguetes trampa de hecho habían sido fabricados por los muyahidines con el único propósito de estafar a CBS News, como un entretenido artículo en el New York Post aclaró posteriormente.

Rather recorrió de forma heroica el camino hasta Yunas Khalis, descrito como el líder de los guerreros afganos. En tonos de admiración que normalmente reserva para huracanes en el Golfo de México, Rather recuerda en su libro La cámara nunca parpadea dos veces, “la creencia en que lo correcto crea el poder puede haber estado desvaneciéndose en otras partes del mundo. En Afganistán estaba sana y salva, y golpeando a los soviéticos”. Khalis era un despiadado carnicero, con sus tropas presumiendo con cariño de su matanza de 700 prisioneros de guerra. Pasó la mayor parte de su tiempo luchando, pero las guerras no eran principalmente con los soviéticos. En vez de eso, Khalis combatía contra otros grupos rebeldes afganos, siendo el objeto de los conflictos el control de los campos de amapola y las carreteras y senderos desde ellos a sus siete laboratorios de heroína cerca de su cuartel general en la ciudad de Ribat al Ali. El 60% de la cosecha de opio de Afganistán se cultivaba en el Valle de Helmand, con una infraestructura de irrigación garantizada por USAID.

En sus informes desde el frente Rather mencionaba el comercio local de opio, pero de una forma notablemente falsa. “Los afganos”, dijo, “habían convertido Darra en una ciudad en auge, vendiendo su opio de cultivo local a cambio de las mejores armas disponibles, y después regresando a luchar a Afganistán”.

Darra es una ciudad en el noroeste de Pakistán donde la CIA había instalando una fábrica para producir armas de estilo soviético que estaba repartiendo a todos los afganos que llegaban. La fábrica de armas estaba dirigida bajo contrato por la Dirección de Inteligencia Inter-Services de Pakistán. Gran parte del opio transportado en camiones a Darra desde Afganistán se vendía al gobernador paquistaní del territorio del noroeste, el teniente general Fazle Huq. Desde este opio la heroína se refinaba en laboratorios en Darra, se colocaba en camiones del Ejército paquistaní y se transportaba hasta Karachi, para después ser embarcada a Europa y Estados Unidos.

Rather menospreciaba la reacción del Gobierno de Carter al golpe respaldado por los soviéticos en 1979, con la acusación de que la respuesta de Carter había sido tibia y tardía. De hecho, el presidente Carter había reaccionado con una gama de movimientos que deberían haber causado envidia a los halcones de Reagan que, un par de años después, le estaban atacando por ser un cobarde de la Guerra Fría. Carter no sólo retiró a Estados Unidos de los Juegos Olímpicos de 1980, sino que cortó las ventas de cereales a la Unión Soviética, para gran angustia de los granjeros del medio oeste; detuvo el tratado SALT II; se comprometió a aumentar el presupuesto de defensa de EE UU en un 5% al año hasta que los soviéticos salieran de Afganistán; y reveló la doctrina Carter de contención en el sur de Asia, sobre la que el historiador de la CIA John Ranelagh dice que llevó a Carter a aprobar “más operaciones secretas de la CIA de lo que Reagan hizo más tarde”.

Carter confesó posteriormente en sus memorias que estuvo más agitado por la invasión de Afganistán que por cualquier otro acontecimiento de su presidencia, incluida la revolución iraní. La CIA convenció a Carter de que podía ser el comienzo de un impulso de los soviéticos hacia el Golfo Pérsico, un escenario que llevó a que el presidente seriamente considerara el uso de armas nucleares tácticas.

Tres semanas después de que los tanques soviéticos llegaran a Kabul, el secretario de Defensa de Carter, Harold Brown, estaba en Beijing, acordando una transferencia de armas de los chinos a las tropas afganas apoyadas por la CIA reunidas en Pakistán. Los chinos, a los que se compensó generosamente por el acuerdo, aceptaron e incluso consintieron en enviar consejeros militares. Brown consiguió un acuerdo similar con Egipto para comprar 15 millones de dólares en armas. “EE UU me contactó”, Anwar Sad recordaba poco antes de su asesinato. “Me dijeron: ‘Por favor abre tus almacenes para nosotros para que podamos dar a los afganos el armamento que necesitan para luchar’. Y les di el armamento. El transporte de armas a los afganos empezó desde El Cairo en aviones estadounidenses”.

Pero pocos en el Gobierno de Carter creían que los rebeldes tuvieran alguna posibilidad de derrotar a los soviéticos. Bajo la mayor parte de los escenarios, la guerra parecía destinada a ser una matanza, con civiles y rebeldes pagando un precio importante. El objetivo de la doctrina Carter era más cínica. Era desangrar a los soviéticos, con la esperanza de entramparles en un atolladero al estilo Vietnam. El alto nivel de bajas civiles no perturbó a los arquitectos de la intervención encubierta estadounidense. “Decidí que podía vivir con eso”, recordaba el director de la CIA de Carter, Stansfield Turner.

Antes de la invasión soviética, Afganistán apenas suponía un tema de interés para la prensa nacional, apareciendo en sólo un puñado de historias anuales. En diciembre de 1973, cuando la distensión estaba cerca de su cénit, el Wall Street Journal publicó una extraña historia en la portada sobre el país, titulada “¿Codician Afganistán los rusos? Si es así, es difícil figurarse por qué”. El reportero Peter Kann, que después se convertiría en presidente y editor de Journal, escribía que “los grandes estrategas del poder tienden a considerar Afganistán como una especie de eje sobre el que se mueve el equilibrio mundial de poder. Pero de cerca, Afganistán parece menos un eje, dominó o paso intermedio que una inmensa expansión de desierto baldío con unos pocos bazares llenos de moscas, un buen número de tribus enemistadas y mucha gente miserablemente pobre”.

Después de que la Unión Soviética lo invadiera, este páramo adquirió rápidamente el estatus de un precioso premio geopolítico. Un editorial del Journal tras la entrada soviética decía que Afganistán era “más serio que un mero paso intermedio” y, en respuesta, pedía el estacionamiento de tropas estadounidenses en Oriente Medio, el aumento de gastos militares, la expansión las operaciones encubiertas y el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Drew Middleton, en aquel momento corresponsal del New York Times en el Departamento de Defensa, presentó un temible análisis post-invasión en enero de 1980: “La sabiduría convencional en el Pentágono”, escribió, “es que en términos puramente militares, los rusos están en una posición frente a Estados Unidos mucho mejor que como estaba Hitler contra Gran Bretaña y Francia en 1939”.

La máquina de agitprop del Pentágono y la CIA subió de marcha: el 3 de enero de 1980, George Wilson, del Washington Post, informó de que líderes militares esperaban que la invasión “ayudara a curar la resaca ‘nunca más’ de Vietnam del público estadounidense”. Newsweek dijo que el “impulso soviético” representaba “una severa amenaza” para los intereses de EE UU: “El control de Afganistán pondría a los rusos a 350 millas [563 km] del Mar Arábigo, el salvavidas petrolífero de Occidente y Japón. Los aviones de guerra soviéticos situados en Afganistán podrían cortar el salvavidas a voluntad”. The New York Times apoyó la petición de Carter de mayor gasto militar y defendió los programas de misiles Cruise y Tridente, “investigación más rápida sobre el MX o algún otro misil de tierra móvil”, y la creación de una fuerza de despliegue rápido para la intervención en el Tercer Mundo, llamando a esta última una “inversión en diplomacia”.

En resumen, Afganistán demostró ser una gloriosa campaña tanto para la CIA como para el Departamento de Defensa, una fulgurante ofensiva en la que olas de crédulos y sumisos periodistas fueron enviados para promulgar la grotesca proposición de que Estados Unidos estaba bajo amenaza militar. Para cuando Reagan tomó posesión, él y su director de la CIA William Casey recibieron apoyo para su propio plan afgano intensificado desde un origen improbable, el Congreso controlado por los demócratas, que estaba presionando para duplicar el gasto en la guerra. “Fue un beneficio imprevisto [para el Gobierno de Reagan]”, dijo un miembro del personal del Congreso al Washington Post. “Habían recibido tanta oposición a la acción encubierta en Centroamérica y aquí viene el Congreso a ayudar y a lanzarles dinero, y ellos dicen ‘¿Quiénes somos nosotros para decir que no?”.

Mientras la CIA aumentaba su respaldo a los muyahidines —el presupuesto de la CIA para Afganistán alcanzó finalmente los 3.200 millones de dólares, la operación secreta más cara de su historia—, un miembro de la Casa Blanca del Consejo Estratégico del presidente sobre Abuso de Drogas, David Musto, informó a la administración de que la decisión de armar a los muyahidines fallaría: “Dije al Consejo que estábamos yendo a Afganistán a apoyar a los cultivadores de opio en su rebelión contra los soviéticos. ¿No deberíamos intentar evitar lo que habíamos hecho en Laos? ¿No deberíamos intentar pagar a los cultivadores si erradican su producción de opio? Hubo silencio”.

Tras lanzar esta advertencia, Musto y un colega en el consejo, Joyce Lowinson, siguieron cuestionando la política de EE UU, pero vieron sus indagaciones bloqueadas por la CIA y el Departamento de Estado. Frustrados, recurrieron a la página de opinión del New York Times y escribieron, el 22 de mayo de 1980: “Nos preocupa el cultivo de opio en Afganistán o Pakistán por miembros de tribus rebeldes que aparentemente son los principales adversarios de las tropas soviéticas en Afganistán. ¿Nos estamos equivocando al hacer amistad con estas tribus igual que hicimos en Laos cuando Air America (fletada por la Agencia Central de Inteligencia) ayudó a transportar opio crudo desde ciertas zonas tribales?”. Pero Musto y Lowinson chocaron con el silencio de nuevo, no sólo de la administración sino de la prensa. Era una herejía cuestionar la intervención encubierta en Afganistán.

Más adelante en 1980, Hoag Levins, un escritor del Philadelphia Magazine, entrevistó a un hombre al que identificaba como un cargo de seguridad de “alto nivel” en el Departamento de Justicia del Gobierno de Carter y le citaba así: “Tienes al Gobierno caminando de puntillas alrededor de esto como si fuera una mina terrestre. El tema del opio y la heroína en Afganistán es explosivo… En el discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente mencionó el abuso de drogas pero fue muy cuidadoso en evitar mencionar Afganistán, aunque Afganistán es donde las cosas están pasando ahora… ¿Por qué no estamos adoptando una mirada más crítica hacia las armas que estamos enviando ahora a bandas de narcotraficantes que obviamente van a usarlas para aumentar la eficiencia de su operación de tráfico de drogas?”.

La DEA era bien consciente de que los rebeldes muyahidines estaban profundamente involucrados en el comercio de opio. Los informes de la agencia de drogas en 1980 muestran que las incursiones rebeldes afganas desde sus bases de Pakistán contra posiciones soviéticas estaban “en parte determinadas por la plantación de opio y las estaciones de cosecha”. Los números eran crudos e imponentes. La producción afgana de opio se triplicó entre 1979 y 1982. Había pruebas de que para 1981 los productores afganos de heroína se habían hecho con el 60% del mercado de la heroína en Europa occidental y Estados Unidos (éstas son cifras de la ONU y la DEA).

En 1971, en el momento álgido de la participación de la CIA en Laos, había alrededor de 500.000 adictos a la heroína en Estados Unidos. Para mediados y finales de los 70 este total había caído a 200.000. Pero en 1981 con la nueva afluencia de heroína afgana y los consiguientes bajos precios, la población adicta a la heroína aumentó hasta 450.000. En la ciudad de Nueva York, sólo en 1979 —el año en que empezó el flujo de armas a los muyahidines—, las muertes relacionadas con la heroína se incrementaron un 77%. Las únicas víctimas estadounidenses públicamente reconocidas en los campos de batalla afganos fueron algunos musulmanes negros que viajaron al Hindu Kush desde Estados Unidos para luchar en nombre del profeta. Pero las víctimas de la droga dentro de EE UU desde la guerra secreta de la CIA, particularmente en las ciudades del interior, se contaban por miles, además de la indecible desgracia y sufrimiento social.

Desde el siglo XVII las amapolas de opio han sido cultivadas en el así llamado Creciente Dorado, donde convergen las tierras altas de Afganistán, Pakistán e Irán. Durante casi cuatro siglos este era un mercado interno. Para la década de 1950 se producía muy poco opio tanto en Afganistán como en Pakistán, con quizás 2.500 acres bajo cultivo en estos dos países. Los fértiles campos de cultivo del valle de Helmand en Afganistán, para los 80 bajo intenso cultivo de amapola de opio, estaban cubiertos con viñedos, campos de trigo y plantaciones de algodón.

En Irán, la situación era claramente diferente a principios de los 50. El país, dominado por empresas petrolíferas y agencias de inteligencia británicas y estadounidenses, estaba produciendo 600 toneladas de opio al año y tenía 1,3 millones de adictos al opio, solo superado por China donde, en el mismo momento, los imperialistas occidentales del opio todavía dominaban. Entonces, en 1953, Mohammed Mossadegh, el equivalente nacionalista de Irán del chino Sun Yat-sen, ganó las elecciones e inmediatamente buscó suprimir el comercio de opio. En unas pocas semanas, el Secretario de Estado de EE UU John Foster Dulles estaba llamando loco a Mossadegh, y el hermano de Dulles, Allen, dirigente de la CIA, envió a Kermit Roosevelt para organizar un golpe contra él. En agosto de 1953 Mossadegh fue derribado, el shah fue instalado por la CIA, y los campos de petróleo y opio de Irán estaban de nuevo en manos amigas. La producción siguió inalterada hasta la toma del poder en 1979 del ayatolá Jomeini, punto en el cual Irán tenía un problema muy serio con el opio en términos de la adicción de su propia población. A diferencia de los caudillos muyahidines, el ayatolá era un constructivista estricto de la ley islámica en el tema de los intoxicantes: los adictos y los traficantes se enfrentaban a la pena de muerte. La producción de opio en Irán cayó drásticamente.

En Afganistán en los 50 y 60, el relativamente escaso comercio de opio estaba controlado por la familia real, encabezada por el rey Mohammed Zahir. Todos los grandes estados feudales tenían sus campos de opio, principalmente para satisfacer el consumo doméstico de la droga. En abril de 1978 un golpe populista derribó al régimen de Mohammed Daoud, que había formado una alianza con el shah de Irán. El shah había enviado dinero en dirección a Daoud —2.000 millones de dólares según un informe— y se trajo a la policía secreta iraní, el Savak, para entrenar a la fuerza de seguridad interna de Daoud. El nuevo Gobierno afgano estaba dirigido por Noor Mohammed Taraki. El Gobierno de Taraki hizo movimientos hacia la reforma agraria, por lo tanto un ataque contra los estados feudales cultivadores de opio. Taraki fue a la ONU, donde solicitó y recibió préstamos para sustitución de cosechas para los campos de amapolas.

Taraki también presionó con dureza contra la producción de opio en las zonas fronterizas dominadas por fundamentalistas, ya que éstos estaban utilizando los ingresos del opio para financiar ataques contra el Gobierno central afgano, al que veían como una encarnación malsana de la modernidad que permitía a las mujeres ir al colegio e ilegalizaba los matrimonios concertados y el precio de la novia.

Para la primavera de 1979 el protagonista de los héroes de Dan Rather, el muyahidín, también estaba empezando a surgir. The Washington Post informó que a los muyahidines les gustaba “torturar a sus víctimas primero cortando sus narices, orejas y genitales, después quitando un trozo de piel tras otro”. Durante ese año los muyahidines manifestaron particular animosidad hacia los occidentales, matando seis alemanes del oeste y un turista canadiense y golpeando con severidad a un agregado militar estadounidense. Es también irónico que en ese año los muyahidines estuvieran consiguiendo dinero no sólo de la CIA sino de Muamar el Gadafi de Libia, que les envió 250.000 dólares.

En el verano de 1979, más de seis meses antes de que los soviéticos entraran, el Departamento de Estado de EE UU produjo un memorándum que dejaba claro cómo veía las apuestas, sin importar lo moderno de mente que pudiera ser Taraki, o lo feudales que fueran los muyahidín: “El mayor interés de Estados Unidos… se vería satisfecho por la muerte del régimen Taraki-Amin, a pesar de cuales fueran los reveses que esto podría significar para futuras reformas sociales y económicas en Afganistán”. El informe continuaba: “El derrocamiento de la RDA [República Democrática de Afganistán] mostraría al resto del mundo, concretamente al Tercer Mundo, que la visión de los soviéticos del curso socialista de la historia como inevitable no es correcta”.

Muy presionado por las fuerzas conservadoras en Afganistán, Taraki apeló a los soviéticos en busca de ayuda, lo que declinaron en base a que eso era exactamente lo que sus mutuos enemigos estaban esperando.

En septiembre de 1979 Taraki fue asesinado en un golpe organizado por responsables militares afganos. Hafizullah Amin fue instalado como presidente. Tenía impecables credenciales occidentales, habiendo estado en la Universidad de Columbia de Nueva York y la Universidad de Wisconsin. Amin había sido presidente de la Asociación de Estudiantes Afganos, que había sido financiada por la Fundación Asia, un grupo intermediario, o fachada, de la CIA. Tras el golpe Amin empezó a encontrarse regularmente con responsables de la Embajada de EE UU en un momento en el que EE UU estaba armando a rebeldes islámicos en Pakistán. Temiendo a un régimen fundamentalista respaldado por EE UU presionando contra su propia frontera, la Unión Soviética invadió Afganistán por la fuerza el 27 de diciembre de 1979.

Después comenzó la expansión de la CIA iniciada por Carter que tanto preocupó al experto sobre drogas de la Casa Blanca David Musto. En una réplica de lo que ocurrió tras el golpe apoyado por la CIA en Irán, los estados feudales pronto volvieron a la producción de opio y el programa de sustitución de cosechas terminó.

Debido a que Pakistán tenía un programa nuclear, EE UU tenía una prohibición de ayuda exterior sobre el país. Pronto fue levantada a medida que el desarrollo de una guerra próxima en Afganistán se convertía en política prioritaria. De forma bastante rápida, sin ninguna desaceleración discernible en su programa nuclear, Pakistán se convirtió en el tercer mayor receptor de ayuda estadounidense a nivel mundial, justo detrás de Israel y Egipto. Las armas llegaban a Karachi desde EE UU y eran enviadas a Peshawar por la Célula Nacional de Logística, una unidad militar controlada por la policía secreta de Pakistán, el ISI. Desde Peshawar esas armas que no eran simplemente vendidas a todo tipo de clientes (los iraníes consiguieron 16 misiles Stinger, uno de los cuales fue utilizado contra un helicóptero de EE UU en el Golfo) eran repartidas por el ISI a las facciones afganas.

Aunque la prensa de EE UU, con Dan Rather en primer plano, retrataba a los muyahidín como una fuerza unificada de luchadores por la libertad, el hecho —nada sorprendente para cualquiera con idea de historia afgana— era que los muyahidin consistían en al menos siete facciones en guerra, todas combatiendo por territorio y control del comercio de opio. El ISI dio la mayor parte de las armas —según un cálculo el 60%— al fundamentalista particularmente fanático y enemigo de las mujeres Gulbuddin Hekmatyar, que hizo su debut público en la Universidad de Kabul matando a un estudiante izquierdista. En 1972 Hekmatyar voló a Pakistán, donde se convirtió en agente del ISI. Instó a sus seguidores a lanzar ácido a las caras de las mujeres que no llevaran velo, secuestró a líderes rivales y acumuló un arsenal nutrido por la CIA para el día en que los soviéticos se marcharan y la guerra por el dominio de Afganistán realmente estallara.

Uno de los principales rivales de Hekmatyar en los muyahidin, Mullah Nasim, controlaba los campos de amapolas de opio en el valle de Helmand, produciendo 260 toneladas de opio al año. Su hermano, Mohammed Rasul, defendía esta iniciativa agrícola afirmando: “Debemos cultivar y vender opio para luchar en nuestra guerra santa contra los no creyentes rusos”. A pesar de este pronunciamiento bien calculado, pasaban casi todo su tiempo luchando contra sus hermanos creyentes, utilizando las armas enviadas por la CIA para intentar conseguir la ventaja en estas luchas internas. En 1989 Hekmatyar lanzó un asalto contra Nassim, intentando hacerse con el control del valle de Helmand. Nassim luchó contra él, pero pocos meses después Hekmatyar maquinó con éxito el asesinato de Nassim cuando ostentaba el puesto de viceministro de Defensa en el Gobierno provisional afgano post-soviético. Hekmatyar ahora controlaba el opio que crecía en el valle de Helmand.

Los agentes estadounidenses de la DEA estaban totalmente informados del control de la droga por los muyahidin concertados con líderes de inteligencia y militares paquistaníes. En 1983 el enlace de la DEA con el Congreso, David Melocik, dijo a un comité del Congreso: “Puedes decir que los rebeldes hacen su dinero de la venta de opio. No hay ninguna duda sobre ello. Estos rebeldes mantienen su causa mediante la venta de opio”. Pero hablar sobre que “la causa” dependía de ventas de droga no tenía sentido en ese momento en concreto. La CIA estaba pagando por todo de todas maneras. Los ingresos del opio estaban acabando en cuentas offshore en el Banco Habib, uno de los mayores de Pakistán, y en las cuentas de BCCI, fundada por Agha Hasan Abedi, que empezó su carrera bancaria en Habib. La CIA estaba utilizando simultáneamente el BCCI para sus propias transacciones secretas.

La DEA tenía pruebas de que más de 40 organizaciones de heroína funcionaban en Pakistán a mediados de los 80 durante la guerra afgana, y había pruebas de más de 200 laboratorios de heroína funcionando en el noroeste de Pakistán. Aunque Islamabad alberga una de las mayores oficinas de la DEA en Asia, nunca se tomó ninguna acción por agentes de la DEA contra ninguna de estas operaciones. Como un responsable de Interpol dijo al periodista Lawrence Lifschultz, “es muy extraño que los estadounidenses, con el tamaño de sus recursos, y el poder político que tienen en Pakistán, no hayan conseguido romper un solo caso. No se puede encontrar la explicación en una falta de adecuado trabajo policial. Han tenido algunos hombres excelentes trabajando en Pakistán”. Pero trabajando en las mismas oficinas que esos agentes de la DEA estaban cinco responsables de la CIA que, así lo contó uno de los agentes de la DEA posteriormente al Washington Post, les ordenaron retirar sus operaciones en Afganistán y Pakistán durante la duración de la guerra.

Esos agentes de la DEA eran muy conscientes del perfil marchado por la droga de una compañía que la CIA estaba utilizando para suministrar efectivo a los muyahidines, de nombre Shakarchi Trading Company. Esta empresa de propiedad libanesa había sido objeto de una larga investigación de la DEA sobre lavado de dinero. Uno de los principales clientes de Shakarchi era Yasir Musullulu, quien en una ocasión había sido agarrado intentando entregar un cargamento de 8,5 toneladas de opio afgano a miembros del sindicato del crimen de Gambino en Nueva York. Un informe de la DEA apuntó que Shakarchi mezclaba “el dinero de los traficantes de heroína, morfina base y hachís con el de los joyeros que compran oro en el mercado negro de los traficantes de Oriente Medio”.

En mayo de 1984 el vicepresidente George Bush viajó a Pakistán para conferenciar con el general Zia al Huq y otros miembros de alto rango del régimen paquistaní. En ese momento, Bush era el dirigente del Sistema Nacional de Interdicción de Narcóticos en la Frontera. En esta última función, uno de los primeros movimientos de Bush fue expandir el papel de la CIA en operaciones de drogas. Dio a la Agencia la principal responsabilidad en el uso de, y el control sobre, los informadores de droga. El dirigente operativo de este grupo de trabajo era el almirante retirado Daniel J. Murphy.

Murphy impulsó el acceso a la inteligencia sobre organizaciones de droga pero se quejó de que la CIA siempre estaba dando largas. “No gané”, dijo más tarde al New York Times. “No conseguí tanta participación efectiva de la CIA como yo quería”. Otro miembro del grupo de trabajo lo dijo sin rodeos: “La CIA podría ser de valor, pero necesitas un cambio de valores y actitud. No sé de una sola cosa que jamás nos hayan dado que fuera útil”.

Bush ciertamente sabía bien que Pakistán se había convertido en el origen de la mayoría de la heroína de alta calidad que entraba en Europa occidental y Estados Unidos y que los generales con los que estaba tratando estaban profundamente involucrados en el comercio de drogas. Pero el vicepresidente, quien proclamó más tarde que “nunca negociaré con traficantes de droga en EE UU o en suelo extranjero”, utilizó su viaje a Pakistán para alabar el régimen de Zia por su inquebrantable apoyo a la Guerra contra las Drogas. (Entre estas excursiones retóricas encontró tiempo, hay que decir, para extraer de Zia un contrato para comprar 40 millones de dólares en turbinas de gas fabricadas por General Electric).

Como era predecible, durante los 80 los gobiernos de Reagan y Bush hicieron todo lo posible por cargar la culpa del auge en la producción de heroína paquistaní sobre los generales soviéticos en Kabul. “El régimen mantiene una absoluta indiferencia ante cualquier medida para controlar la amapola”, declaró el fiscal general de Reagan, Edwin Meese, durante una visita a Islamabad en marzo de 1986. “Creemos firmemente que en realidad hay estímulo, al menos tácitamente, sobre la creciente amapola de opio”.

Meese sabía del tema. Su propio Departamento de Justicia había estado rastreando la importación de drogas desde Pakistán desde al menos 1982 y era muy consciente de que el comercio estaba controlado por rebeldes afganos y el Ejército paquistaní. Pocos meses después de un discurso de Meese en Pakistán, la Oficina de Aduanas de EE UU detuvo a un hombre paquistaní llamado Abdul Wali mientras intentaba descargar más de una tonelada de hachís y una cantidad más pequeña de heroína en Estados Unidos en Port Newark (New Jersey). El Departamento de Justicia informó a la prensa de que Wali dirigía una organización de 50.000 miembros en el noroeste de Pakistán, pero la vicefiscal general Claudia Flynn se negó a revelar la identidad del grupo. Otro responsable federal dijo a Associated Press que Wali era un líder de los muyahidin.

También era conocido para los responsables de EE UU que personas con estrechas relaciones con el presidente Zia estaban haciendo fortunas con el comercio de opio. La palabra “fortuna” aquí no es ninguna exageración, ya que uno de estos asociados de ZIA tenía 3.000 millones de dólares en sus cuentas de BCCI. En 1983, un año antes de la visita de George Bush a Pakistán, uno de los médicos del presidente Zia, un herbalista japonés llamado Hisayoshi Maruyama fue arrestado en Ámsterdam empaquetando 17,5 kilos de heroína de alta calidad producida en Pakistán con opio afgano. En el momento de su arresto estaba disfrazado de boy scout.

Interrogado por agentes de la DEA tras su arresto, Maruyama dijo que él sólo era un correo para Mirza Iqbal Baig, un hombre a quien los agentes de aduanas describían como “el traficante de droga más activo en el país”. Baig tenía estrechas relaciones con la familia Zia y otros altos oficiales del Gobierno. Había sido dos veces objetivo de la DEA, a cuyos agentes se les dijo que no realizaran investigaciones sobre él debido a sus vínculos con el Gobierno de Zia. Un importante abogado paquistaní, Said Sani Ahmed, contó a la BBC que éste era el procedimiento estándar en Pakistán: “Podemos tener pruebas contra una individuo concreto, pero aun así nuestras agencias de seguridad no pueden poner las manos encima de gente así, porque sus superiores les prohíben actuar. Los verdaderos culpables tienen suficiente dinero y recursos. Francamente, están disfrutando de algún tipo de inmunidad”.

Baig era uno de los magnates de la ciudad paquistaní de Lahore, dueño de cines, centros comerciales, fábricas y una planta textil. No fue procesado por cargos de drogas hasta 1992, tras la caída del régimen de Zia, cuando un tribunal federal estadounidense de Brooklyn le procesó por tráfico de heroína. EE UU finalmente ejerció la suficiente presión sobre Pakistán como para arrestarle en 1993; en la primavera de 1998 estaba en la cárcel en Pakistán.

Uno de los socios de Baig (como describió Newsweek) en sus negocios con la droga era Haji Ayub Afrid, un aliado cercano del presidente Zia, que había formado parte de la Asamblea General Paquistaní. Afridi vive a 35 millas [56 km.] de Peshawar en un gran complejo sellado por muros de seis metros de alto con alambre de concertina en la parte de arriba y con defensas que incluyen una batería antiaérea y un ejército privado de hombres de su tribu. Se decía que Afridi estaba a cargo de comprar opio crudo de los señores de la droga afganos, mientras Baig cuidaba de la logística y el envío a Europa y los Estados Unidos. En 1993 presuntamente ofreció dinero para acabar con la vida de un agente de la DEA que trabajaba en Pakistán.

Otro caso próximo al Gobierno de Zia implicó el arresto por cargos de droga de Hamid Hasnain, el vicepresidente de la mayor entidad financiera de Pakistán, el Banco Habib. El arresto de Hasnain se convirtió en la pieza central de un escándalo conocido como el “asunto de la Liga Paquistaní”. La banda de narcotraficantes fue investigada por un tenaz investigador noruego llamado Olyvind Olsen. El 13 de diciembre de 1983 la policía noruega requisó 3,5 kilos de heroína en el aeropuerto de Oslo en el equipaje de un paquistaní llamado Raza Qureishi. A cambio de una sentencia reducida Qureishi aceptó dar los nombres de sus suministradores a Olsen, el investigador de narcóticos. Poco después de su entrevista con Qureishi, Olsen voló a Islamabad para destapar a los otros miembros de la organización de heroína. Durante más de un año Olsen presionó a la Agencia de Investigación Federal (AIF) de Pakistán para arrestar a los tres hombres que Qureishi había señalado: Tahir Butt, Munawaar Hussain y Hasnain. Todos eran asociados de Baig y Zia. No fue hasta que Olsen amenazó con condenar públicamente el comportamiento de la AIF que la Agencia realizó alguna acción: finalmente, el 25 de octubre de 1985 la AIF arrestó a los tres hombres. Cuando los agentes paquistaníes atraparon a Hasnain fueron asaltados por un aluvión de amenazas. Hasnain habló de “terribles consecuencias” y afirmó ser “como un hijo” para el presidente Zia. Dentro del maletín de Hasnain los agentes de la AIF descubrieron registros de las extensas cuentas bancarias del presidente Zia además de las de la esposa e hija de Zia.

Inmediatamente después de conocer el arresto de Hasnain, la esposa de Zia, que estaba en Egipto en ese momento, telefoneó al jefe de la AIF. La mujer del presidente demandó imperiosamente la liberación del “banquero personal” de su familia. Resultó que Hasnain no sólo atendía los asuntos financieros secretos de la familia presidencial, sino también de los altos generales paquistaníes, que estaban robando dinero de las importaciones de armas de la CIA y haciendo millones del tráfico de opio. Pocos días después de la llamada de su esposa, el presidente Zia mismo estaba al teléfono con la AIF, exigiendo que los investigadores explicaran las circunstancias respecto al arresto de Hasnain. Zia pronto consiguió que Hasnain saliera bajo fianza a espera de juicio. Cuando Qureishi, el correo, subió al estrado para testificar contra Hasnain, el banquero y su coacusado pronunciaron amenazas de muerte contra el testigo en pleno juicio, suscitando una protesta del investigador noruego, que amenazó con retirarse de los procedimientos.

En última instancia el juez del caso tomó medidas, revocando la fianza de Hasnain y dándole una dura condena a prisión tras su condena. Pero Hasnain era sólo un pez relativamente pequeño que fue a la cárcel mientras generales culpables salieron libres. “Se le ha convertido en un cabeza de turco”, dijo Munir Bhatti al periodista Lawrence Lifschultz: “La CIA estropeó el caso. Las pruebas estaban distorsionadas. No hubo justificación para dejar escapar a los culpables reales que incluyen importantes personalidades en este país. Había pruebas en este caso que identificaban a esas personas”.

Esos eran los hombres a quienes la CIA estaba pagando 3.200 millones de dólares al año para dirigir la guerra afgana, y no hay persona que mejor personifique esta relación que el teniente general Fazle Huq, quien supervisó operaciones militares en el noroeste de Pakistán para el general Zia, incluyendo el armamento de los muyahidin que estaban utilizando la región como una base para sus ataques. Fue Huq quien se aseguró de que su aliado Hekmatyar recibió el grueso de los envíos de armas de la CIA, y también fue Huq quien supervisó y protegió las operaciones de los 200 laboratorios de heroína dentro de su jurisdicción. Huq había sido identificado en 1982 por la Interpol como un jugador clave en el comercio de opio afgano-paquistaní. Los líderes de la oposición paquistaní se refirieron a Huq como el Noriega paquistaní. Había sido protegido de investigaciones sobre droga por Zia y la CIA y posteriormente presumió de que con esas conexiones podía escapar “de cualquier cosa”.

Como otros narco-generales en el régimen de Zia, Huq también estaba muy relacionado con Agha Hassan Abedi, el jefe del BCCI. Abedi, Huq y Zia cenaban juntos casi todos los meses, y trataron varias veces con el director de la CIA de Reagan William Casey. Huq tenía una cuenta en el BCCI de tres millones de dólares. Después de que Zia fuera asesinado en 1988 por una bomba colocada (probablemente por importantes cargos militares) en su avión presidencial, Huq perdió algo de su protección oficial, y pronto fue arrestado por ordenar el asesinato de un clérigo chií.

Después de que la primera ministra Benazir Bhutto fuera depuesta, su sustituto Ishaq Khan liberó rápidamente a Huq de prisión. En 1991 Huq murió de un disparo, probablemente en venganza por la muerte del clérigo. El general del opio recibió un funeral de estado, donde fue elogiado por Ishaq Khan como “un gran soldado y competente administrador que jugó un encomiable papel en el progreso nacional de Pakistán”.

Benazir Bhutto había llegado al poder en 1988 entre fieras promesas de limpiar la corrupción bañada en droga de Pakistán, pero no pasó mucho tiempo hasta que su propio régimen fuera el centro de serias acusaciones. En 1989 la Administración para el Control de Drogas de EE UU encontró información de que el marido de Benazir, Asif Ali Zardari, podía haber estado financiando grandes envíos de heroína desde Pakistán a Gran Bretaña y Estados Unidos. La DEA asignó uno de sus agentes, un hombre llamado John Banks, para que trabajara clandestinamente en Pakistán. Banks era un antiguo mercenario británico que había trabajado clandestinamente para Scotland Yard en grandes casos de droga internacionales.

Mientras estaba en Pakistán, Banks afirma que se presentaba como un miembro de la Mafia y que se había encontrado con Bhutto y su marido en su casa de Sind. Banks afirma también que viajó con Zardari a Islamabad, donde grabó secretamente cinco horas de conversación entre Zardari, un general de la fuerza aérea paquistaní y un banquero paquistaní. Los hombres discutían la logística de transportar heroína a EE UU y Gran Bretaña: “Hablamos sobre cómo iban a enviar las drogas a Estados Unidos en un cúter metálico”, dijo Banks en 1996. “Me dijeron que el Reino Unido era otra zona donde habían enviado heroína y hachís de forma regular”. La Oficina de Aduanas Británica también había estado vigilando a Zardari por tráfico de drogas: “Recibimos inteligencia de tres o cuatro fuentes, sobre su presunta participación como financiero”, contaba un responsable británico de aduanas retirado al Financial Times. “Se informó de todo esto a la inteligencia británica”. El oficial de aduanas dice que su Gobierno no actuó en base a este informe. De igual forma, Banks afirma que la CIA detuvo la investigación de Zardari. Todo esto surgió cuando el Gobierno de Bhutto cayó por segunda vez, en 1996, bajo cargos de corrupción presentados principalmente contra Zardari, que está ahora en prisión por su papel en el asesinato de su cuñado Murtaza. Zardari también sigue acusado de malversar más de mil millones de dólares en fondos del Gobierno

En 1991 Nawz Sharif dice que mientras ejercía como primer ministro se le acercaron dos generales paquistaníes —Aslam Beg, jefe de personal para el Ejército, y Asad Durrani, jefe del ISI— con un plan para financiar decenas de operaciones encubiertas mediante la venta de heroína. “El general Durrani me dijo: ‘Tenemos un proyecto preparado para su aprobación”, explicó Sharif al periodista del Washington Post John Ward Anderson en 1994. “Estaba totalmente atónito. Tanto Beg como Durrani insistieron en que el nombre de Pakistán no sería citado en ningún lugar porque toda la operación sería llevada a cabo por terceros de confianza. Durrani después continuó mencionando una serie de operaciones militares encubiertas que tenían una desesperada necesidad de dinero”. Sharif dijo que rechazó el plan, pero cree que fue puesto en práctica cuando Bhutto recuperó el poder.

El impacto de la guerra afgana en las tasas de adicción de Pakistán fue incluso más drástico que el auge en la adicción a la heroína en EE UU y Europa. Antes de que empezara el programa de la CIA, había menos de 5.000 adictos a la heroína en Pakistán. Para 1996, según Naciones Unidas, había más de 1,6 millones. El representante paquistaní en la Comisión de la ONU sobre Narcóticos, Raoolf Ali Khan, dijo en 1993 que “no hay rama del gobierno donde no esté extendida la corrupción de la droga”. Como ejemplo señaló el hecho de que Pakistán se gaste sólo 1,8 millones de dólares al año en esfuerzos antidroga, con una asignación de mil dólares para comprar gasolina para sus siete camiones.

Para 1994 el valor del tráfico de heroína en Pakistán era el doble del presupuesto gubernamental. Un diplomático occidental dijo al Washington Post en ese año que “cuando llegas a la fase en la que los narcotraficantes tienen más dinero que el Gobierno, van a ser necesarios notables esfuerzos y notables personas para darle la vuelta”. La magnitud del compromiso que se requiere es ilustrada por dos episodios. En 1991 la mayor redada antidroga en la historia del mundo ocurrió en la carretera de Peshawar a Karachi. Los funcionarios de aduanas paquistaníes se hicieron con 3,5 toneladas de heroína y 44 toneladas de hachís. Varios días después la mitad del hachís y la heroína se habían desvanecido junto con los testigos. Los sospechosos, cuatro hombres con vínculos con la inteligencia paquistaní, habían “escapado misteriosamente”, por usar los términos de un funcionario de aduanas paquistaní. En 1993 guardas fronterizos paquistaníes requisaron ocho toneladas de hachís y 1,7 toneladas de heroína. Cuando el caso se pasó a la junta de control de narcóticos paquistaní, todo el personal se fue de vacaciones para evitar verse involucrado en la investigación. Nadie fue castigado o molestado de alguna forma y los narcotraficantes salieron impunes. Incluso la CIA se vio eventualmente obligada a admitir en un informe al Congreso de 1994 que la heroína se había convertido en “la savia de la economía y el sistema político paquistaní”.

En febrero de 1989 Mijaíl Gorbachov sacó las tropas soviéticas de Afganistán, y pidió a EE UU que aceptara un embargo sobre la provisión de armas para cualquiera de las facciones muyahidines afganas, que estaban preparándose para otra fase de la guerra interna por el control del país. El presidente Bush se negó, asegurando así un período de continuación de la miseria y el horror para la mayoría de afganos. La guerra ya había convertido a la mitad de la población en refugiados, y generado tres millones de heridos y más de un millón de muertes. Las inclinaciones de los muyahidin en este punto se ilustran con un par de anécdotas. El corresponsal en Kabul de la Far Eastern Economic Review informó en 1989 sobre el tratamiento por los muyahidin de los prisioneros soviéticos: “Un grupo fue asesinado, despellejado y colgado en una carnicería. Un cautivo se convirtió en el centro de atracción en una partida de buzkashi, esa forma ruda de polo afgano en la que normalmente la pelota es una cabra sin cabeza. En su lugar se utilizó al cautivo. Vivo. Fue literalmente despedazado”. La CIA también tenía pruebas de que sus luchadores por la libertad habían drogado a más de 200 soldados soviéticos con heroína y les había encerrado en jaulas de animales donde, informó el Washington Post en 1990, llevaban “vidas de horror indescriptible”

En septiembre de 1996 los talibanes, fundamentalistas nutridos originariamente en Pakistán como criaturas tanto del ISI como de la CIA, tomaron el poder en Kabul, donde el mulá Omar, su líder anunció que todas las leyes incompatibles con la sharia musulmana se cambiarían. Se obligaría a las mujeres a asumir el chador y quedarse en casa, con segregación total de los sexos y las mujeres fuera de los hospitales, escuelas y baños públicos. La CIA continuó su apoyo de estos fanáticos medievales que, según Emma Bonino, la comisaria de la Unión Europea para Asuntos Humanitarios, estaban cometiendo “genocidio de género”.

Una ley en conflicto con la sharia que los talibanes aparentemente no tenían interés en cambiar era el mandato del profeta contra los intoxicantes. De hecho, los talibanes instaron a sus granjeros afganos a aumentar su producción de opio. Uno de los líderes talibanes, el “zar de la droga” Abdul Rashid, apuntó: “Si intentamos parar esto [el cultivo de opio] el pueblo estará en nuestra contra”. Para finales de 1996, según la ONU, la producción de opio afgano había alcanzado 2.000 toneladas métricas. Se estimaba que había 200.000 familias en Afganistán trabajando en el comercio de opio. Los talibanes tenían el control del 96% de toda la tierra afgana con cultivo de opio e impusieron un impuesto sobre la producción de opio y un peaje sobre los camiones que llevaban la cosecha.

En 1997 un granjero de opio afgano dio una respuesta irónica a la amenaza de Jimmy Carter sobre usar armas nucleares como parte de una respuesta a la invasión soviética de Afganistán en 1979. Amhud Gul dijo a un reportero del Washington Post: “Estamos cultivando esto [el opio] y exportándolo como una bomba atómica”. La intervención de la CIA había agitado su varita de nuevo. Para 1994, Afganistán, según el programa de control de drogas de la ONU, había sobrepasado a Burma como el suministrador número uno del mundo de opio crudo.

Por Jeffrey St. Clair

Traducción: Eduardo Pérez

20 jul 2020 06:00

Artículo original

Artículo publicado en CouterPunch y traducido para El Salto por Eduardo Pérez

Publicado enInternacional
Viernes, 17 Julio 2020 05:56

Los pergaminos del nuevo mundo

Los pergaminos del nuevo mundo

Los próximos meses y años forzarán cambios geopolíticos a escala nacional y global que reconfigurarán el actual orden mundial. Los desafíos deben ser afrontados con unidad, no con confrontación.

 

Aunque resulte muy difícil pronosticar cómo será el mundo post-covid-19, parece haber consenso entre los principales analistas en que se producirán profundos cambios en el orden vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, orden que incluye las importantes transformaciones geopolíticas –menos estables de lo que se suponía– que se dieron con la caída del «socialismo real» y la disolución de la Unión Soviética.

Uno de los cambios más predecibles, sobre el que no parece haber mucho desacuerdo (al margen de los juicios de valor al respecto), es que China ha superado a Estados Unidos como la mayor economía del planeta. Esta superación ya se ha producido en términos de poder adquisitivo, un criterio utilizado a menudo por las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, para depurar las fluctuaciones cambiarias a la hora de medir el peso económico de cada país. En unos pocos años más, con toda probabilidad, la economía china superará a la estadounidense también en términos de PIB medido en precios de mercado.

Cabe señalar que el ascenso económico de China, como suele ocurrir, se refleja en el plano político y, en menor medida –pero de manera perceptible–, en el terreno militar-estratégico. Incluso los pensadores occidentales, en particular los estadounidenses, señalan el crecimiento del llamado «poder blando» (soft power) chino, en contraste con la pérdida de atractivo de Estados Unidos. Investigaciones recientes, realizadas durante la pandemia, han puesto de manifiesto esa pérdida de popularidad de la autodenominada «tierra de la libertad» en el imaginario de los países europeos, en especial en Alemania. En los últimos años se ha registrado un incremento del atractivo de China gracias a programas como la «Iniciativa de la Franja y la Ruta», también llamada «Nueva Ruta de la Seda», que han llevado al país asiático a líderes de varias naciones desarrolladas. El atractivo de China, a pesar de que se mantengan reticencias respecto a su régimen político, tenderá a acentuarse a corto y medio plazo por la percepción de que, mejor o peor, el país fue capaz de contener el virus, por su activismo diplomático en acciones de cooperación relacionadas con la pandemia, y por su mayor disponibilidad para realizar inversiones en otras regiones del mundo. Al mismo tiempo, la actitud de indiferencia o incluso de hostilidad de Donald Trump hacia otros países dará lugar, como señaló entre otros Joseph Nye (creador del concepto), a un declive aún más pronunciado del «poder blando» estadounidense.

Una de las grandes incógnitas, que se aclarará en los próximos meses, es precisamente hacia dónde se dirige la política exterior de Estados Unidos. Es obvio que los intereses estructurales estadounidenses seguirán siendo los mismos, empezando por el capital financiero, las grandes empresas de tecnología y las consideraciones estratégico-militares, aunque los intercambios internos derivados de la pandemia y la creciente agitación de la población afroestadounidense puedan modular sustancialmente la forma en que esos intereses se presenten y defiendan en todo el mundo. En esencia, se trata de saber, a la hora de elegir entre Joe Biden y Trump, si Washington mantendrá una actitud de defensa agresiva de sus intereses económicos y estratégicos, sin tener en cuenta otras posiciones o sensibilidades; o si, como ha ocurrido en gran medida desde la Segunda Guerra Mundial, tratará de modular su acción para evitar conflictos arriesgados y enfrentamientos innecesarios. Tendremos respuesta a esta pregunta en los primeros días de noviembre.

Este retroceso de Estados Unidos frente a China podría indicar que el mundo transitará del remedo de unipolaridad que sucedió a la Guerra Fría, que ya se había ido desvaneciendo en las dos últimas décadas, hacia una nueva bipolaridad (algunos analistas hablan de una «nueva Guerra Fría»). No hay que subestimar el potencial de conflicto y rivalidad entre las dos economías más grandes del mundo. Un respetado analista político que ha ocupado importantes cargos en el gobierno de Estados Unidos, Graham Allison, acuñó la expresión «trampa de Tucídides», relativa al riesgo (o la casi certeza) de confrontación o guerra cuando una potencia emergente supera o amenaza la supremacía de otra hasta entonces dominante. Esto fue lo que pasó entre Atenas y Esparta en la Guerra del Peloponeso, cinco siglos antes de nuestra era.

Pero esto no es necesariamente así. En primer lugar, desde un punto de vista estratégico-militar, no se puede descartar a Rusia, cuyo potencial de armamento moderno altamente destructivo ha sido continuamente actualizado y mejorado; desde cohetes hipersónicos hasta torpedos de gran alcance con capacidad nuclear. Además, Rusia posee un vastísimo territorio, que va desde el corazón de Europa hasta las lejanas tierras árticas del Extremo Oriente, rico en recursos naturales, empezando por petróleo y gas, cuyo papel en la economía mundial no necesita comentario alguno. Por no mencionar el hecho de que, tras el periodo de «resaca» yeltsiana, tras la disolución de la Unión Soviética, Moscú demostró de nuevo una gran firmeza en la escena internacional, ilustrada, entre otras cosas, por sus acciones en Crimea y Siria. Así, desde un punto de vista estratégico-militar, pero con evidente impacto político, sería quizás más correcto hablar, en lugar de bipolaridad, como mencioné antes, de un «trípode» en el que tres superpotencias buscarían equilibrios variables.

Hoy, este equilibrio tiende a manifestarse mediante una alianza «euroasiática» entre Moscú y Beijing, frente a un gobierno estadounidense deliberadamente agresivo y muy imprevisible, como quedó demostrado en los conflictos de Siria y Afganistán y, en cierta medida, en relación con Corea del Norte. Pero la estabilidad de esta alianza está lejos de ser algo permanente. Nada descarta la posibilidad de que, como en el pasado (¿quién no recuerda el conflicto chino-soviético de los años 60 y 70?), se produzcan choques de intereses entre las dos grandes potencias del continente euroasiático de los que, llegado el momento, pueda beneficiarse Washington. Una frontera común muy extensa puede dar lugar a importantes acciones de cooperación, pero a menudo también es una fuente de fricción. Este no es el escenario más probable por el momento, dada la gran dependencia de Rusia de la inversión y el apoyo económico chino, pero no hay que descartarlo en un escenario a largo plazo.

Este «trípode estratégico» no agota el cuadro de actores que conformarán el nuevo orden mundial posvirus, sin embargo. En un mundo reconstruido, la Unión Europea seguirá teniendo un peso relevante. Las decisiones recientes parecen indicar una voluntad renovada de sus integrantes más importantes, en particular la Alemania de Angela Merkel y la Francia de Emmanuel Macron, de fortalecer a la Unión, especialmente en lo que refiere a una nueva comprensión del papel de las instituciones europeas en la política fiscal. Además de los préstamos, los gobiernos europeos han acordado importantes incentivos directos, en forma de subvenciones en el rango del billón de euros, para impulsar la reconstrucción después de la pandemia. Obviamente, es necesario esperar para ver cómo estas buenas intenciones anunciadas por la Comisión Europea se traducen en proyectos concretos en beneficio de las economías más afectadas por la crisis. En un sistema multipolar, en el que será necesario contrarrestar el ejercicio bruto del poder con actitudes de auténtica cooperación, no debe subestimarse la capacidad de iniciativa y negociación de la Unión Europea. Paradójicamente, a mediano plazo, el Brexit, que siempre se señaló como un síntoma de debilidad, puede haber contribuido a reforzar el eje París-Berlín, con ramificaciones, sobre todo, en el sur de Europa. Por supuesto, la unidad europea seguirá enfrentando a grandes desafíos, entre ellos la tendencia autocrática de algunos países de la antigua órbita soviética, que amenaza con debilitar la imagen democrática que el Viejo Continente desea proyectar. En cualquier caso, en las principales negociaciones sobre cuestiones globales, como el clima, la inmigración, el comercio y los derechos humanos, Europa tenderá a actuar de manera coordinada. En un mundo de grandes bloques (Estados Unidos, China y Rusia son bloques en sí mismos), la Unión Europea hará sentir su influencia.

Esto nos lleva, finalmente, a la pregunta: ¿cuál es el lugar de América Latina y el Caribe y, en particular, de Brasil en la construcción del Nuevo Orden? Una opción para los países de la región sería actuar de forma aislada, tratando cada uno de ellos de sacar el máximo número de ventajas individuales de alianzas preferenciales con alguno de los principales polos estratégicos. Esta opción por la «subalternidad», que de hecho ha sido practicada ya por algunos gobiernos, nos dejará rehenes de los intereses de una de las grandes potencias responsables del equilibrio mundial. Siempre que el interés de un país o de la región choque con el poder hegemónico, el país o la región tendrán que ceder. En cuanto a los valores, se dejarán de lado ideas como la solidaridad, la cooperación y el diálogo pacífico en favor del «destino manifiesto» del país líder. Parecería más lógico, en una nueva «multipolaridad» (aunque con rasgos de bipolaridad) que se avecina, que las naciones de América Latina y el Caribe actúen lo más unidas que sea posible, ya que como países en desarrollo, deben seguir preparándose para los grandes retos económicos y tecnológicos del futuro.

Por supuesto, se hace hasta difícil imaginar hoy en día, con gobiernos tan dispares y con el mayor de los países de la región adoptando una política de sumisión explícita, que se pueda producir un escenario de mayor independencia. Pero es fundamental que mantengamos claridad al respecto, para poder implementar una verdadera política de integración y cooperación latinoamericana y caribeña (si es necesario, en nuestro caso, precedida de una mayor integración sudamericana), cuando las condiciones lo permitan.

Este sueño de una unidad sur/latinoamericana (y caribeña), para ser efectivo, no puede prescindir de asociaciones con otros grupos de países en desarrollo. A pesar de su diversidad de situaciones y de inclinaciones políticas, África ha sabido mantenerse unida en las principales cuestiones mundiales, desde el cambio climático hasta el acceso a las vacunas, desde la oposición a las sanciones económicas hasta la promoción del multilateralismo. La cooperación con África, en el caso de Brasil una obligación histórica y cultural, es esencial para satisfacer los intereses de las naciones en desarrollo, como se ha puesto de manifiesto en más de una ocasión en los debates sobre medio ambiente, comercio o salud mundial. Algo similar ocurrirá con los países en desarrollo de Asia (además de China, que, en sentido estricto, no puede considerarse «en desarrollo»), comenzando por la India, cuya economía, medida por el poder adquisitivo, está entre las cinco más grandes del mundo. Hasta qué punto estas naciones lograrán una posición independiente sin caer en la subordinación o, por el contrario, en la hostilidad hacia China, es algo que tendrá que ser observado y sobre lo que no nos es posible hacer predicciones claras.

Cabe hacer aquí un paréntesis para señalar que la visión estratégica que prevalece hoy en Washington ya está tratando de subvertir la eficacia de este «arreglo multipolar». En mitad de la pandemia y bajo el liderazgo del secretario de Estado estadounidense, titulares de la cartera de asuntos exteriores de siete países se reunieron por vía virtual. Además de Estados Unidos, según noticiarios indios, estuvieron presentes ministros y ministras de relaciones exteriores de Brasil, Israel, la India, Australia, Japón y Corea del Sur. Este grupo, aparentemente heterogéneo, tiene un rasgo común: ya sea por razones ideológicas o por intereses y rivalidades regionales, se los considera aliados potenciales en una hipotética política de confrontación con China. Curiosamente, entre ellos no encontramos ningún país de Europa, cuyos gobiernos se han venido mostrando bastante pragmáticos respecto a Beijing. Aunque sería prematuro valorar la estabilidad de esta configuración, sí pone de manifiesto cómo el actual gobierno estadounidense prevé un eventual régimen de corte antichino, uno, por cierto, totalmente contrario a nuestros intereses como país y como región. Grupos como los BRICS y el Foro IBSA (India, Brasil, Sudáfrica), de los que Brasil forma parte, pueden y deben actuar para diluir esta visión de confrontación.

Sería muy simplista no considerar, en previsión de lo que podría ser un nuevo orden mundial, los cambios que se producirán en los países o transversalmente dentro de ellos. Las impresionantes manifestaciones antirracistas que se han extendido desde Estados Unidos al mundo, con fuertes connotaciones de prácticas colonialistas aún presentes en las políticas migratorias de los países europeos, exigirán reformas de largo aliento, que se sumarán a otras ya exigidas por la pandemia, como mejores servicios de salud o la ampliación de la esfera pública en cuestiones sociales y culturales. Por otra parte, el cansancio en relación con el neoliberalismo, que ha provocado protestas masivas en países como Chile, Colombia y Ecuador, tenderá a extenderse por toda la región en la estela de la recesión y del desempleo, en la medida en que las políticas de austeridad miopes no den paso a la inversión pública y a una mayor participación directa del Estado. No puede descartarse que, en algunos países de instituciones frágiles o debilitadas, se produzcan grandes convulsiones sociales, que tanto podrían apuntar hacia una verdadera democratización de la sociedad, como –hay que reconocerlo– despertar anhelos de seguridad y orden con connotaciones fascistas, más allá de las tendencias ya presentes en países como Brasil y Bolivia. Tales transformaciones internas, cuya dirección dependerá, en parte, de la capacidad de articulación de las fuerzas progresistas, no pueden ser ignoradas en el diseño del futuro orden internacional.

En definitiva, en los meses y años venideros, los cambios internos y los del marco geopolítico mundial interactuarán para que un nuevo orden sustituya al actual. Esto debería tener lugar, en diversos grados, en instituciones oficiales, como la Organización de las Naciones Unidas, y en las informales, como las diversas «G», en las que se debaten cuestiones mundiales y se elaboran consensos que luego orientarán decisiones nacionales e internacionales. Cuestiones como el clima, la pandemia y el empleo estarán en el centro de estos debates. Que se produzcan desde una perspectiva de solidaridad y cooperación o de egoísmo y conflicto dependerá de las articulaciones que puedan hacer los Estados nacionales y los grupos transnacionales, incluida la sociedad civil. Como siempre, la historia solo plantea los problemas. Depende de los seres humanos, debidamente conectados, resolverlos.

Este artículo es producto de la alianza entre Nueva Sociedad y la Internacional Progresista. Lea el contenido original aquí

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