“La JEP puede convertirse en un referente mundial”: Corte Penal Internacional

El vicefiscal de la Corte Penal Internacional, James Stewart y la jueza Luz Ibañez Carranza se refirieron al papel de la Jurisdicción Especial para la Paz. También dijeron que su diseño es pionero en el mundo.

 

Dos integrantes de la Corte Penal Internacional (CPI) se pronunciaron sobre el papel de la JEP en el país. El vicefiscal de este organismo internacional, James Stewart, y la jueza Luz Ibañez Carranza, señalaron, durante el encuentro “Impacto de los tribunales internacional de jurisdicción subsidiaria”, que esta justicia especial puede convertirse en un modelo referente en el mundo.

Además de esto, los dos miembros de la CPI también comentaron que la JEP y la justicia de este organismo internacional, no chocan entre sí y manifestaron que si logran trabajar de manera articulada y ejecutar proyectos en conjunto "Colombia no solo logrará perfeccionar un modelo que busca investigar y enjuiciar a los máximos responsables de los delitos cometidos en el marco del conflicto, sino que terminará siendo referente para el mundo.

Por otro lado, Stewart afirmó que Colombia terminó siendo pionero en el diseño de un sistema “para lidiar con el legado de violaciones graves a los Derechos Humanos y lograr que haya rendición de cuentas, justicia y reconciliación”.

Por su parte, la jueza Luz Ibañez Carranza, de la Corte Penal Internacional, dijo que “ambas jurisdicciones buscan un mismo fin y se deben apoyar en sus esfuerzos. Eso es lo que hemos visto entre las cortes de Bosnia, que se vieron complementadas por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia”.

El vicefiscal Stewart señaló que “cuando se crea la JEP, las autoridades desarrollan un sistema de rendición de cuentas que puede lidiar con ese gran universo de crímenes. Esta es la forma en que una nueva jurisdicción sanciona conductas que de otro modo podrían ser competencia de la CPI (...) El examen lleva tiempo porque entendemos lo que implica la investigación y enjuiciamiento de conjuntos completos de delitos que involucran a una variedad de actores”.

La JEP: un modelo pionero para el mundo

James Stewart, vicefiscal de la CPI, durante ese encuentro, “Respuestas emergentes a atrocidades contemporáneas”, también afirmó que la coordinación que se ha dado con la JEP está enfocada “sencillamente en entender cuáles son los procesos que se llevarán a cabo en un país que terminó siendo pionero en el diseño de un sistema que incluyó toda una gama de mecanismos, utilizados por las sociedades, para lidiar con el legado de violaciones graves a los derechos humanos y lograr que haya rendición de cuentas, justicia y reconciliación”.

A ese mismo argumento se sumó la jueza de la CPI, Luz Ibáñez Carranza. Para ella, “ambas jurisdicciones apuntan a sancionar y prevenir atrocidades masivas. Una tarea noble, pero sumamente ardua. Como dirían: es como apuntar a un blanco en movimiento”. Ibáñez agregó que “es falsa la presunta dicotomía entre justicia y paz. La una no está divorciada de la otra. Es más, la justicia es base y pilar fundamental para una paz estable y duradera”.

La CPI sostuvo que cuando se habla de justicia transicional se refieren a procesos excepcionales y provisionales que las sociedades en conflicto o posconflicto ponen en marcha con el objeto de facilitar transiciones, ya sea de una dictadura o periodo de conflicto a escenarios de paz y una democracia.

En el caso colombiano, por ejemplo, la Oficina de la Fiscal de la CPI viene realizando un examen preliminar desde el 2004. De acuerdo con Stewart, “en 2012 se identificaron unos crímenes del Estatuto de Roma que parecían necesitar atención. Teníamos que darles un tiempo a las autoridades para abordar estos temas en lugar de concluir que debíamos abrir una investigación. Este llamado ha funcionado en beneficio de la aplicación local de los parámetros internacionales de justicia”.

Precisamente, los siete macrocasos que viene investigando la JEP se caracterizan por tres principios fundamentales, como explicó el presidente de la Sección de Apelación, magistrado Danilo Rojas, durante la moderación del tercer panel de expertos: 1) Priorizan graves violaciones a los derechos humanos y al Derecho Internacional Humanitario. 2) Involucran máximos responsables y determinantes de tales violaciones y 3) Enfatizan en patrones y no tanto en casos individuales.

Finalmente, la jueza Ibáñez insistió en que hay un principio de complementariedad de la CPI negativo que funciona por petición de un país. Se presenta porque “el Estado no puede investigar o no tiene capacidad para hacerlo” y otro positivo cuando la Corte es vista como un referente por sus buenas prácticas y es consultada por los Estados para apoyar la aplicación de la justicia, porque “la Corte tiene un sistema especializado de actuación complementario y no subsidiario”, concluyó.

3 de Noviembre de 2020

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Donald Trump. Foto de Brian Copeland

Analizar su legado en torno a cuatro de los más importantes mitos de excepcionalidad que le rodean sirve para entender el futuro de esta gran potencia: la mala educación, su intención de recuperar el estatus económico de los blancos en zonas desindustrializadas, una gobernanza caótica y el mito de que es, simplemente, un Mussolini o un Hitler preparado para concentrar todo el poder y arrestar a sus adversarios.

 

Roy William Cobby

3 nov 2020 06:00

Tras cuatro años, ¿qué legado concreto podemos atribuir a Trump, y qué es mera inercia histórica en una gran potencia como Estados Unidos? Trump es leído muchas veces como una figura sin precedentes. Por ejemplo, el pensador Slavoj Zizek generó una gran controversia en 2016 cuando mostró su rechazo ante una victoria de Hilary Clinton. En su caso, era preferible que ganase Donald Trump a la candidata demócrata, cuyo programa suponía un continuismo con el legado moderado de Barack Obama. Por supuesto, Zizek realizó esta afirmación en un contexto parecido al actual, en el que la victoria de Trump parece inalcanzable. A la vista de la primera derrota del socialista Sanders en las primarias demócratas, su hipótesis era que sólo la presidencia de un líder improbable como el magnate inmobiliario causaría suficiente caos como para reactivar a la izquierda estadounidense.  Algunos verán en el auge de figuras como Alexandria-Ocasio Cortez una confirmación de esta hipótesis; otros argumentarán que el filósofo estaba frivolizando con las serias consecuencias de las políticas del candidato ultraconservador.

Mas allá de la polémica, hay un hilo común a derecha e izquierda en determinar que Trump es algo único en la historia estadounidense. Analizar su legado en torno a cuatro de los más importantes mitos de excepcionalidad que le rodean sirve para entender el futuro de esta gran potencia. En primer lugar, que sus formas maleducadas, su racismo desenmascarado y su rechazo a condenar a la extrema derecha son un caso único en el mayoritariamente moderado Partido Republicano. En segundo lugar, que su versión de la derecha populista apuesta por recuperar el estatus económico de los blancos en zonas desindustrializadas. En tercer lugar, que su gobernanza ha sido caótica o totalmente impotente a la hora de conseguir sus objetivos. Finalmente, el cuarto mito que rodea al magnate es que es simplemente un Mussolini o un Hitler preparado para concentrar todo el poder y arrestar a sus adversarios. ¿Qué hay de cierto en estas lecturas sobre el 45º presidente de los Estados Unidos de América?

Trump, historia y mito en el siglo estadounidense

Tras la imagen de estrella de programa de telerrealidad del patriarca, la saga Trump está profundamente conectada a la historia reciente de Estados Unidos. En concreto, al auge y caída del consenso del New Deal en los 30 y de la Great Society en los 60. Ambos programas, iniciados respectivamente por los demócratas Franklin Roosevelt (FDR) y Lyndon Johnson, fueron lo más parecido a la socialdemocracia europea en el contexto estadounidense. Fred Trump Sr., el padre de Donald Trump, hizo en parte su fortuna construyendo vivienda pública promovida por el Gobierno federal de FDR. En sus últimos años, el trovador Woody Guthrie, que fue un artista apoyado también por el New Deal, acabó de inquilino de Trump senior. Le dedicó una canción nunca grabada criticando la política racista de su imperio inmobiliario, que evitaba alquilar viviendas a los afroamericanos. En tiempos en que el joven Donald comenzaba a gestionar negocios familiares, el éxito demócrata post-Kennedy llevó a Nueva York a tener los mejores servicios públicos del país. Además de su conocido metro, sucesivas administraciones locales expandieron clínicas públicas, escuelas, bibliotecas y todo tipo de programas sociales. 

Como narramos en este medio, todo llegaría a su fin con la famosa crisis fiscal de Nueva York. En su obra, Fear City, Phillips-Fein contextualiza esta crisis fiscal en detalle. En Nueva York, la inversión federal aumentada de los años 70 llevo a políticas ejemplares y que hoy parecen de ciencia ficción, como la universidad gratuita. Pero la crisis económica por la subida del precio del petróleo en 1973 y la reducción en los ingresos fiscales, añadidos al fin del apoyo federal, llevaron a la ciudad a una crisis de deuda en 1975. El resultado fue la imposición de austeridad y la venta desesperada de activos, como el primer hotel de lujo que Trump adquirió a precio de saldo en la isla de Manhattan. Seguramente, fue el momento en que el joven Trump entendió la importancia de Washington y la política en general. Muchos de los consejeros que guiaron al presidente Ford en la pionera gestión neoliberal de esta crisis tuvieron carreras ilustres. Ahí estaban Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa con Ford y promotor de la invasión de Iraq con Bush junior; o Alan Greenspan, seguidor de Ayn Rand que luego presidió la Reserva Federal (el banco central estadounidense). Este último admitiría durante la crisis financiera de 2008 un “fallo” en su ideología laissez faire y su desastrosa gestión, basada en la creencia que los mercados se autorregularían

Lo cierto es que estos mercados supuestamente “autorregulados” (en realidad, regulados en favor de unos pocos) generaron muchos Trumps, que no necesitan presentarse a las elecciones para influir en política. Algunos ejemplos incluyen los hermanos Koch, cuyo patriarca inventó un método revolucionario para refinar petróleo. Sus descendientes, promotores de multitud de think tanks y organizaciones conservadoras, seguramente encuentren irónico que su padre hiciese fortuna como ingeniero en la URSS de Stalin. Los Koch, el programador financiero Robert Mercer, el inversor en Silicon Valley Peter Thiel, el antiguo promotor de Eurovegas en Madrid Sheldon Adelson y el “corporate raider” Carl Icahn son figuras que llevan medio siglo financiando campañas conservadoras para desregular las finanzas, bajar impuestos a los ricos, recortar en derechos sociales y promover una visión fundamentalista cristiana de los derechos individuales. También apoyan a Trump y a sus aliados. El gabinete Trump tenía una riqueza combinada de más de cinco mil millones de dólares (prácticamente el doble que la del gabinete Obama). 

En 2016, en los periódicos moderados existía una percepción que los conocidos como “republicanos moderados” estaban horrorizados ante la victoria de Trump y jamás colaborarían con él en el Senado. Lo cierto es que llevan aceptando dinero de donantes con visiones igual o más conservadoras que las del propio Trump durante décadas. El mayor símbolo de esta ilusoria resistencia, el excandidato presidencial y senador Mitt Romney, aceptó recientemente confirmar lo antes posible a la candidata ultraconservadora al Tribunal Supremo Amy Coney Barrett; con el objetivo último de prohibir el derecho al aborto.  Tanto en la cercanía del joven Trump con el grupo de poder republicano de los años 70 y 80, como su capacidad de ganar votaciones clave en el Senado una y otra vez, demuestran que el Partido Republicano lo ha aceptado como uno de los suyos.

Desnudando el obrerismo del populismo de derechas

Si hay tantos ricos detrás de Trump, ¿qué hay de aquellos ecos de obrerismo y reindustrialización del Trump de 2016? Las preferencias culinarias del magnate por la comida rápida y otras aficiones populares lo han hecho parecer incluso más campechano que la estrella de Hollywood Ronald Reagan. Como con este último, sin embargo, la apariencia sencilla esconde también aficiones elitistas como el golf, las fiestas con celebridades y la asistencia a eventos deportivos en cabinas VIP. En la práctica, es la segunda faceta de Trump la que ha determinado sus políticas. El Economic Policy Institute recogía 50 medidas del presidente contra los trabajadores. Por ejemplo, la supresión de reglas que protegían pensiones privadas ante cambios en sus empresas y leyes que garantizaban el pago de horas extra en sectores informales; la relajación de inspecciones de seguridad en minas y otros lugares; o la eliminación de moratorias a la contratación pública de empresas que hayan infringido leyes contra el acoso sexual o el derecho a sindicarse

Respecto al mito obrero de Trump, hay que recordar el hecho de que los demócratas reciben la mayoría de los votos de los más pobres. En 2016, Trump sólo ganó en el importante sector de trabajadores blancos no cualificados.  ¿Se debió esto a un apoyo auténtico, o a la errada candidatura de Clinton? Hay otra hipótesis: mediante los ataques a China y a otros competidores, Trump ha logrado recuperar un discurso desvirtuado pero atractivo de lucha de clases; mientras que su adversario se centra en cuestiones identitarias y de derechos civiles.  La vía trumpista al corazón de los trabajadores blancos no cualificados podría ser una combinación sencilla de elitismo e incompetencia demócrata y xenofobia republicana, construida por los evangélicos que auparon a Reagan en los 80. Sin embargo, al igual que las victorias conservadoras en la Inglaterra desindustrializada, no ha generado ninguna estrategia económica consistente. Que el populismo de derechas es más de lo mismo ha quedado claro durante la pandemia cuando, mientras Wall Street alcanzaba cifras de récord, los americanos de a pie luchaban por sobrevivir. De momento, los republicanos pueden agradecer que los demócratas no hayan descubierto esta oportunidad tan obvia de recuperar su apoyo en zonas post-industriales.

Ante esta y otras inconsistencias, ¿podemos afirmar que la gestión de Trump ha sido caótica? Volviendo al ejemplo inicial de la crisis fiscal de Nueva York, es útil recordar la conceptualización de Naomi Klein de la doctrina del shock: el uso de situaciones de excepción para aprobar políticas impopulares para la mayoría de la población.  Los gestores como Trump y su gabinete de millonarios no experimentan las crisis como la mayoría. Al contrario de lo que parece, la tendencia cada vez mas frecuente del capitalismo a incurrir en crisis, como detalla Philip Mirowski, ofrece oportunidades para ajustar aquellas políticas económicas que ralentizan o reducen las tasas de ganancia. Efectivamente, de acuerdo con un análisis reciente de Taylor y Ömer, tanto Reagan como Trump tienen en común la capacidad de atacar el consenso del New Deal. Sus agendas económicas han permitido reducir o mantener los salarios, aumentar el valor de activos (como las propiedades de Trump) y suprimir aquellas instituciones estatales que reequilibran ganancias. Por supuesto, la colaboración de muchos demócratas y su negativa a cuestionar este consenso han sido fundamentales para mantener esta redistribución hacia las élites de la riqueza generada en Estados Unidos. 

Finalmente, en política exterior, la estrategia de Trump ha sido mucho mas coherente de lo que se le atribuye. Inspirado en las narrativas de auge y caída de los imperios, el presidente cogió el relevo con la percepción de que Estados Unidos estaba perdiendo su lugar en el mundo. El falso papel de policía global no había servido para impedir la recuperación de Rusia e Irán, el auge de China y la extensión de gobiernos escépticos a los EE. UU. en Latinoamérica. Además, el proceso de integración europea había permitido al viejo continente ganar asertividad, si no en el terreno militar, al menos en el económico. Trump sigue las tesis de Paul Kennedy, que asoció en el pasado siglo la capacidad histórica de los imperios a sobrevivir mediante su expansión geopolítica y comercial. La intención de Trump es, como un hombre de negocios acosado por la competencia, actuar en todos los frentes al mismo tiempo para que el caos impida reaccionar a los adversarios. Su apoyo abierto al Brexit, la ofensiva “lawfare” contra los líderes de izquierda en Latinoamérica, la guerra comercial contra China, su negativa a corroborar el acuerdo nuclear con Irán, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel…  La alianza de su figura y sus consejeros con la extrema derecha mundial al estilo de Bolsonaro, VOX o el Front Nacional surge también del deseo de un mundo más conflictivo, donde la supremacía militar y tecnológica de los norteamericanos recupere la importancia que merece. 

¿Es Trump fascista? Habrá que esperar al 3 de noviembre

Muchos de los mitos que rodean a Trump carecen de base real. Ni es un republicano excepcional, ni su conservadurismo es de alguna manera obrerista o sus políticas se deciden de manera caótica. Sin embargo, qué hay del ultimo mito: ¿es Trump un fascista? Trump presenta muchos rasgos como mínimo fascistoides. La criminalización del movimiento antifascista y la aceptación del apoyo tácito del neofascismo es el más evidente; hay más ejemplos: poner en duda la legitimidad del proceso electoral, contar con consejeros como Bannon, la prohibición de entrada a los musulmanes, los insultos a mexicanos e hispanos… Paradójicamente, y al contrario de lo que piensan algunos progresistas, no es en su política económica donde Trump se distancia del fascismo: Mussolini comenzó su gestión como un campeón del libre mercado y la desregulación; y Hitler no habría llegado jamás al poder de no ser por el apoyo de varios líderes industriales. Al mismo tiempo, colocarlo al mismo nivel que Hitler o Mussolini supondría banalizar el fascismo histórico de los años 30. En el mundo hoy, hay países donde apenas existe separación de poderes; hay periodistas y disidentes en prisión; ONGs y asociaciones son vistas como agentes extranjeros; sagas familiares se reparten las administraciones del Estado... Nada de esto sucede en los EE. UU. Como máximo, podríamos decir que Trump no es fascista, pero que muchos de sus apoyos sí lo son.

Pero por mucho que pese a los demócratas, la presidencia Trump no ha sido más o menos inconstitucional que otras. Recordemos que Obama, por ejemplo, presidió sobre el uso de la tortura, el envío de drones militares a países sin autorización, el espionaje a supuestos aliados como Merkel; y ni si quiera fue capaz de cerrar Guantánamo, que Trump ha confirmado estará abierto de manera indefinida. El mito de la conspiración rusa tampoco se ha podido constatar: pese a que existen evidencias de interferencia extranjera, no está probada ni la colusión del Kremlin ni que sus efectos fuesen definitivos. Resulta llamativo que el liderazgo demócrata pasase cuatro años esforzándose en derrotar “constitucionalmente” a Trump, en lugar de en trabajar por una agenda política alternativa. El 3 de noviembre, si estos últimos consiguen ganar con el candidato “por defecto” Joe Biden, el mundo podrá comprobar si Donald Trump es verdaderamente un fascista. Por otro lado, si es capaz de abandonar la Casa Blanca por su propia voluntad, los norteamericanos tendrán que acostumbrarse a una incómoda realidad: que el magnate inmobiliario es efectivamente hijo natural de las peores tendencias del sistema político estadounidense

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Luis Arce, el 11 de marzo de 2019.Foto Roberto García Ortiz

Al nuevo gobierno le llevará hasta dos años y medio recuperarse del desastre financiero que deja el régimen de facto

Hace menos de un año, Luis Arce, ministro de Economía del gobierno de Evo Morales, se refugió en México. Este 8 de noviembre, tomará posesión como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

 

Triunfador en los pasados comicios con más de 55 por ciento de la votación, artífice del milagro económico que su país vivió durante 13 años, se enfrentará ahora al desastre financiero dejado por el gobierno golpista de Jeanine Áñez. En escasos 11 meses la economía cayó entre 8 y 11 por ciento.

En entrevista exclusiva para La Jornada, Arce anuncia que a su país le tomará hasta dos años y medio recuperar las tasas de crecimiento que tenía antes del gobierno de facto.

A continuación, una síntesis de la charla con el mandatario electo.

–Un año después de un golpe de Estado, usted toma posesión como presidente de su país. ¿Cómo explicar este vuelco en la correlación de fuerzas? ¿De qué es resultado?

–Es una suma de cosas. La primera, lo ocurrido con los movimientos sociales. Cuando dan el golpe, nos encuentra desorganizados, desunidos y con una victoria en las elecciones, empañada por la participación de la OEA, que veía un supuesto fraude.

“Las organizaciones sociales estaban en la incertidumbre ante una derecha que tenía 21 días bloqueando el país, particularmente las ciudades, con efectos en la gestión y en la economía. Ese movimiento desata el golpe de Estado.

“Nuestras organizaciones sociales se movilizaron tímidamente para defender al gobierno del compañero Evo. No pudieron reaccionar oportunamente. Cuando viene la reacción es tarde, porque el golpe se consuma. Vienen las fuerzas armadas, la policía y todos los órganos represivos del Estado y se consolida el golpe.

“Fue un golpe de Estado cruento, que instauró un régimen que no era democracia. El ascenso de la señora Áñez fue inconstitucional. La población tiene una herida de no haber podido reaccionar oportunamente. Tiene una deuda con el Movimiento al Socialismo (MAS), luego de haber hecho tantas cosas por el país: de haber crecido, hecho obras, mejorado la educación, la salud, el nivel de vida de la gente. Todo eso se acumula junto con la derrota por la fuerza del pueblo en las calles. Ahí hay una herida en el pueblo boliviano que no estaba cicatrizada.

“El segundo consiste en que el gobierno de facto, en lugar de hacer gestión, empieza a hacer persecución política a dirigentes con el pretexto de la pacificación. Mete a muchos de ellos en la cárcel por actos supuestamente sediciosos.

“Luego viene una sensación de que la economía está mal. En el último trimestre del año pasado y en el primer trimestre de este año, sin coronavirus, el manejo económico era malo.

“El tercer elemento tiene que ver con la pandemia, su mal manejo, y el uso que le dan. La derecha tenía el plan de que las elecciones se realizaran hasta 2021. La pandemia les da oportunidad de postergarlas. En una primera instancia, la fecha de elecciones era el 3 de mayo. En abril, deciden llevarlo a agosto, luego a septiembre y luego a octubre. El pueblo, a través de la Central Obrera Boliviana y el Pacto de Unidad, se moviliza en plena pandemia y logra arrancar una fecha definitiva para las elecciones: el 18 de octubre.

“Son un cúmulo de cosas, más el mal manejo de la pandemia, que puso a Bolivia en el sexto lugar en la relación de muertes con respecto a habitantes. En las elecciones se va viendo eso y a una derecha sin ideas, sin propuestas. No proponían algo nuevo. Su consigna era ‘que no vuelva el MAS’.

"En cambio, nosotros fuimos con una propuesta para salir de la crisis. Tuvimos el voto oculto de la clase media, que había participado en las jornadas de octubre del año pasado y que se volcó al MAS, porque era el único partido que le podía proponer y garantizar estabilidad económica, política y social."

–En el golpe de Estado desempeñó un papel muy importante el Ejército y la policía. Al parecer se subestimó cómo estos actores podían involucrarse en una iniciativa golpista. ¿Qué garantía hay ahora de que eso no volverá a suceder?

–Nunca existe una garantía cuando están las cosas así y además la policía es endeble. Pero ahora las condiciones son diferentes.

"Primero, tenemos una victoria contundente del pueblo boliviano con 55 por ciento, inobjetable. Con un árbitro de ellos, designado por este gobierno, por la dictadura, por los partidos políticos que participaron en el golpe Estado. Las fuerzas armadas y la policía han sido duramente criticadas por el pueblo de Bolivia por lo que ocurrió. Ellos saben que han dañado su imagen e institucionalidad. La población se está dando cuenta ahora de que en realidad estos minoritarios son los que buscan la violencia, no nosotros."

–El golpe de Estado se impuso a sangre y fuego, con masacres en Senkata y Sacaba y civiles muertos. ¿Serán juzgados y castigados los responsables de esa represión?

–La Asamblea Legislativa Plurinacional ya ha dado un paso importante, al aprobar un juicio de responsabilidades para el gobierno autor. Anteriormente, ha habido grupos civiles que han iniciado cuestiones judiciales contra los asesinatos, que superan 36, y miles de heridos. La sentencia que corresponde escapa al control del Ejecutivo.

–¿Hay posibilidades de recomponer la economía en corto plazo? ¿Qué tan mal dejaron los golpistas las cosas?

–Para darle algunas cifras de comparación. La proyección de interno bruto para esta gestión 2020 está entre menos 8 y menos 11 por ciento. Es más, de acuerdo con las cifras oficiales de este gobierno, tres meses atrás ya habríamos alcanzado menos 8. Estamos con rumbo a profundizar la crisis. Esto, cuando Bolivia crecía a 8.2 por ciento. Es una caída de 15 o 16 puntos porcentuales, que es mucho. Por otra parte, el desempleo. Teníamos un desempleo de apenas 4 por ciento. Ahora supera 30 por ciento.

“Otro elemento es el déficit fiscal. Planteamos que íbamos a llegar a 6 por ciento de déficit fiscal. Pero ellos, ya a esta altura –y no ha acabado el año–, están en 9 por ciento de déficit fiscal. ¡50 por ciento más!

“El otro tema es la deuda. Es un tema muy preocupante. La deuda la dejamos en 25 por ciento del PIB. Ahora ya está a más de 32 por ciento, acercándose a 38 por ciento.

“Lo más importante: ha crecido la deuda interna del Banco Central, es decir, la maquinita de hacer billetes. Nosotros dejamos una deuda de cerca de 3 mil millones, más o menos, y ellos, en este tiempo, ya se han prestado entre 7 mil y 9 mil millones. Sumando estos 3 mil, ya estamos entre 11 y 12 mil millones. Es la estimación, porque no hay cifras. Estamos hablando que se habría cuadruplicado la deuda interna, con sus consiguientes riesgos sobre la inflación.

“El deterioro es muy fuerte. Con las cifras que hemos visto, salir de la crisis, para retomar el nivel de crecimiento, nos va a demandar entre uno y medio y dos y medio años. Va a ser un trabajo duro.

"Felizmente tenemos un plan para sacar el país adelante. Queremos implementarlo a la brevedad. Entre el siguiente año, el año y medio que viene, vamos a estar retomando las cifras que teníamos antes del golpe de Estado y de la pandemia."

–¿El triunfo de ustedes en Bolivia anuncia un cambio en la correlación de fuerzas en toda América Latina?

–Nuestra victoria en los comicios es del pueblo boliviano que recupera la democracia, el proceso de cambio. El mensaje es claro: no se puede, con un golpe de Estado, destruir un proceso que ha estado dando prosperidad a un pueblo, en lo económico en lo social. El pueblo, al final, sabe entender y es muy justo; es muy sabio al momento de decidir.

–¿Algún mensaje para México?

–Nuestro mensaje a los amigos allá que nos recibieron con los brazos abiertos es de un agradecimiento profundo, una predisposición completa a que trabajemos con el pueblo y con el gobierno mexicano, que estrechemos vínculos. Tenemos muchas cosas en común. Esperemos que con el gobierno del MAS y con el del presidente Andrés Manuel López Obrador podamos generar un clima propicio para mejorar nuestras relaciones.

"Un gran abrazo a todo lo que ha hecho el pueblo mexicano por los bolivianos que estábamos asilados allá. A nuestra embajadora, María Teresa Mercado, a la que siempre recuerdo, un gran saludo. Ella se impuso y permitió que saliera del país. Igual, quizás la historia hubiese sido otra. Muchas gracias. Esperemos que cada vez estemos más unidos en una diplomacia de los pueblos."

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Lunes, 02 Noviembre 2020 06:33

No da igual

No da igual

Momentos inéditos en los que no se sabe si se salvará lo que queda de una democracia dañada, si correrá sangre en las calles, si habrá un intento de un autogolpe, o si las policías y las fuerzas armadas intervendrán si estallan disturbios –palabra tramposa que oculta quién está detrás de la violencia– o si se sabrá o no quién ganó y quién fue derrotado, y si va a imperar un proyecto con tintes neofascistas que pondrá en peligro no sólo a progresistas, trabajadores, mujeres, a la comunidad gay, a toda minoría, y en particular a todo inmigrante dentro del país, sino al planeta mismo.

Aunque se ha reportado una y otra vez que esta es una elección sin precedente en torno al presidente más peligroso de la historia, existe una percepción muy curiosa y desafortunada entre algunos sectores progresistas en otras partes del mundo, incluido México, de que da igual quién gane.

Esto no se trata de otra contienda más entre dos partidos que según los mejores críticos estadunidenses, como Gore Vidal, forman un sistema de un solo partido con dos alas conservadoras, ambos manchados de guerras, golpes de Estado, intervenciones y agendas neoliberales tanto en el extranjero como en su propio país, el cual ha llevado a la mayor concentración de riqueza en un siglo, junto con la violencia sistémica racial, dentro de este país. No es otra elección para escoger quién es la opción menos peor, ni es una para evaluar quién nos conviene más.

Para cualquier progresista en cualquier parte del mundo, la amenaza neofascista es un peligro intolerable para todo amante de los principios de justicia, los derechos humanos y la defensa de la libertad de todos. Esto tiene larga historia. Cuando Franco era quien amenazaba con fascismo en España, progresistas en todo el mundo se sumaron a los esfuerzos de solidaridad e incluso a participar en la guerra en las brigadas internacionales (incluidos estadunidenses en las Brigadas Abraham Lincoln), la resistencia antinazi por toda Europa antes y a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, el apoyo y solidaridad con luchas de liberación contra dictadores en África, Asia y América Latina, o contra regímenes golpistas, eran parte de la lucha progresista en otros países, no sólo porque había consecuencias, sino por principio. Pinochet no daba igual a otro candidato, sino que era enemigo de todos los que se proclamaban como progresistas en todo el mundo. Es un principio internacionalista de lo más hondo.

Ahora esta misma amenaza enfrenta a Estados Unidos, algo que pocos esperaban pero que algunos advertían desde hace décadas, y eso, por ser la superpotencia, afecta a todos y al planeta mismo. Las palabras fascismo y/o autoritarismo en este caso no se emplean con propósitos de propaganda política, sino para describir objetivamente aspectos reales del actual gobierno por una amplísima gama de voces, desde conservadores tradicionales como George Will a destacados ex generales y almirantes, ex jefes de inteligencia como figuras de izquierda como Noam Chomsky, Cornel West, Angela Davis y líderes de diversos movimientos sociales.

Algunos, tal vez millones, están preparados para inundar las calles del país si hay un intento de autogolpe, incluyendo agrupaciones nacionales y hasta veteranos de guerra progresistas (About Face, VoteVets, Common Defense). Hay un mosaico multirracial, multi-generacional extraordinario de organizaciones y movimientos que han surgido de luchas recientes –Black Lives, el movimiento ambientalista, el de control de armas, de defensa de inmigrantes–, muchos encabezados por jóvenes que están no sólo pensando en cómo defender sus voces y votos, sino en promover una democratización radical del país.

Todos estos están enfrentando esta amenaza, todos estos son los verdaderos aliados de movimientos y gobiernos progresistas en otras partes del mundo, incluido México.

La lucha para frenar la amenaza neofascista y democratizar a la superpotencia requiere de la solidaridad de los que están librando esa misma lucha en otros países, o por lo menos que no les dé igual.

https://open.spotify.com/track/ 1Lf4Dp7RTPwNI1pw9uOLrK?si=pPhNBYvrR9 aAxhw5n6AH4A

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Lunes, 02 Noviembre 2020 06:18

El eje

El eje

Sobra decir que los tiempos que corren son convulsos. La pandemia lo ha cambiado todo, exige un constante acomodo para atender la salud de la gente, preservar los sistemas de atención médica y sostener un cierto nivel de actividad económica. La sociedad está en jaque.

El equilibrio es precario por necesidad; depende de las condiciones políticas y sociales de cada país y, cada vez más de la voluntad de la población para acatar las disposiciones oficiales: desde las prácticas de protección individual, hasta una nueva ola de restricciones para el confinamiento voluntario, o el impuesto por disposiciones punitivas. Las provocaciones en contra de la acción gubernamental aparecen en diversos lugares del mundo. Para muchos no hay más opción que trabajar y tener ingresos en medio del contagio y eso define lo precario que puede ser la situación, como ocurre en México.

Hay también una inercia de los procesos sociales que estaban encaminados antes de la pandemia. Para nosotros, en México, el conflicto político-electoral en Estados Unidos es un fenómeno cercano, relevante y llamativo.

Está culminando un periodo de gobierno que ha tensado las condiciones políticas internas y externas, ha extendido la desigualdad social, fracasado en la gestión de la pandemia y expuesto de modo maniqueo las condiciones económicas generadas en los últimos cuatro años.

Ha fomentado, también, el resurgimiento de los grupos de la ultraderecha, los supremacistas blancos, en un entorno de rudo enfrentamiento racial y étnico. Mañana serán las elecciones y el panorama político es incierto, sobre todo por el cuestionamiento que el presidente puede hacer de los resultados de la votación.

El fenómeno estadunidense expresa buena parte de las contradicciones políticas que, con las recurrentes crisis económicas, enmarcan el curso del siglo XXI. Se exponen de modo fehaciente las contradicciones inherentes al eje social básico compuesto en uno de sus extremos por la necesidad de crear mayor bienestar social y, en el otro, la reconstrucción de los procesos de generación de una mayor riqueza por medio de la producción y el empleo y su más equitativa distribución. En esto es necesaria la clara definición de las responsabilidades del Estado y los gobiernos.

Trump no es una mera casualidad histórica, expresa un extremismo de múltiples dimensiones al que los políticos republicanos se han sometido por conveniencia, más que por convicción. Entre el ejercicio del poder y las potestades de los ciudadanos ha de haber una correspondencia funcional más allá del voto emitido periódicamente.

Se trata, asimismo, de la manifestación del cambio en la operación del capitalismo global y la predominancia de los procesos e intereses financieros. A ello se ha sumado un trabajo largo y tenaz de gran cantidad de centros de divulgación ideológica, compatible con el quiebre al que ha llegado el sistema político de ese país.

Este proceso fue ideado de manera consistente y puesto en marcha en términos académicos, entre otros, pero de modo reconocido, por James M. Buchanan, quien desarrolló la teoría de la elección pública desde principios de la década de 1960, creó la llamada Escuela de Economía Política de Virginia (por la universidad donde trabajó) y recibió el Nobel de Economía en 1986.

Una parte sustancial de ese proyecto, que se ha extendido por los centros académicos y profesionales de ese país, ha sido financiado por los muy conocidos y multimillonarios hermanos Charles y David Koch. Éstos fueron descritos con tino por la revista Rolling Stone señalando que han "acorralado el mercado de la política republicana", con un claro objetivo por el control del Congreso y de la Casa Blanca.

Financiaron el otrora movimiento populista y conservador del Tea Party, surgido en 2009 en plena crisis financiera y que postulaba frenar la ley de salud de Obama, controlar el déficit público y evitar que el gobierno decidiese qué partes de la economía debían ser rescatadas.

La influencia de los Koch y las numerosas organizaciones afiliadas a su proyecto han ido afirmándose durante varias décadas en el seno académico, en la definición de las políticas públicas y la configuración y el trabajo del Partido Republicano.

El pensamiento conservador en Estados Unidos tiene una larga trayectoria y diversas vertientes. Es una ideología que ha creado una gestión política a escala estatal y federal, ciertamente compatible con el desenvolvimiento del capitalismo global y los antagonismos que lo definen, lo que implica la restructuración de los intereses internos y externos del poder estadunidense.

Esta ideología –y sus expresiones prácticas en materia de inversiones, trabajo, gestión fiscal y monetaria y, también, en las acciones de la política social– ha sido muy eficaz para ejercer el dominio de las cosas públicas y privadas. En eso ha sobresalido más que cualquier movimiento de raigambre liberal en ese país, de los grupos hoy considerados de izquierda y de los movimientos progresistas. El tradicional liberalismo de esa sociedad está contra las cuerdas.

Todo esto ocurre cada vez más en otras partes del mundo.

La noción y el contenido práctico de la democracia, cualquiera sea su apellido, están en un proceso de recomposición, lo que exige un reacomodo eficaz de las distintas fuerzas políticas.

El entorno hoy es el de un capitalismo dañado por su propio funcionamiento, tensado hasta el extremo y ahora bajo el embate de la pandemia. El eje está quebrado. No es un escenario alentador.

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Elecciones en Estados Unidos: qué es y cómo funciona el Colegio Electoral

Los que realmente eligen al presidente

 

Cuando el electorado estadounidense emite su voto, no elige un presidente o un vicepresidente. Vota, en realidad, por miembros del colegio electoral. Estos serán los que finalmente elijan quién se queda con la Casa Blanca. Desde sus inicios, Estados Unidos tiene un sistema indirecto de votación. Uno que genera consecuencias en la forma de hacer campaña y, sobre todo, diferencias entre el resultado de las elecciones y la voluntad de la mayoría.

La composición del colegio electoral

El colegio electoral en Estados Unidos siempre está compuesto por 538 miembros. Este número es el mismo de la suma de los 435 integrantes de la Cámara de Representantes, los 100 del Senado y 3 más para el Distrito de Columbia, que no tiene representación con voto en el Congreso, pero sí vota en las elecciones.

La forma en la que esos 538 electores se distribuyen entre los distintos estados depende de la cantidad de personas que vivan en cada uno. Los estados con mayor población tienen una mayor proporción de miembros del colegio electoral que aquellos con menor población. Esto es porque el número que se le asigna a cada estado está relacionado con la cantidad de integrantes que tiene su delegación al Congreso y esta depende, a su vez, de los resultados del censo.

Hay un mínimo de tres electores para cada estado, por los dos miembros del Senado que le corresponde a cada uno y la cantidad base de representantes. Estados como Alaska o Montana, que solo envían dos senadores y un representante al Congreso, tienen solo tres electores en el colegio electoral. Distinto es el caso de estados como California y Nueva York, que aportan 55 y 29 electores respectivamente, porque al tener una mayor población, tienen también mayor representación en la Cámara de Representantes.

En Estados Unidos no es presidente la persona que saque la mayor cantidad de votos, sino la que logra mayoría en el colegio electoral. Es decir, el candidato que gane los estados suficientes como para que sus miembros del colegio electoral sumen por lo menos 270. Por eso, en 2016, Donald Trump asumió la Presidencia, a pesar de que había perdido el voto popular contra Hillary Clinton. En la última elección presidencial, el candidato republicano sumó 304 electores, mientras que Clinton cosechó 227.

En 48 estados y en el Distrito de Columbia, el partido que saca mayor cantidad de votos a nivel estatal se lleva todos los electores disponibles. Por ejemplo, si el Partido Demócrata es el más votado en Oregon, los siete electores de este estado serán solamente para este partido. Hay dos excepciones, Maine y Nebraska. Estos estados no se rigen por el sistema “el ganador se lleva todo”, sino que asigna sus electores según sus distritos internos.

Si este martes, el Partido Demócrata gana en Nueva York y en el Distrito de Columbia no habrá ninguna sorpresa. Son lugares en los que ha ganado históricamente. Por el contrario, hay bastiones republicanos tradicionales como Oklahoma o Wyoming. Se descarta, por ejemplo, que ahí va a ganar Trump. En los estados seguros como Hawaii para los demócratas o Idaho para los republicanos, no hay apariciones de las principales figuras de la campaña.

Los "swing states", claves para definir la elección

En el medio quedan los estados que en cualquier elección pueden ir para un lado o para el otro. Se los conoce en inglés como “swing states” y por ahí pasa verdaderamente la campaña. Son votos que no están garantizados para ningún partido y entonces, cada cuatro años, allí van los candidatos a tratar de persuadir a los votantes. Ahí se llevan a cabo los actos y las principales actividades de recaudación de fondos.

Florida y Ohio son los swing states por excelencia. El primero da la codiciada suma de 29 miembros para el colegio electoral. El segundo está asociado también con la capacidad de predecir el resultado de las elecciones. Un triunfo ahí solía significar un triunfo en el colegio electoral, pero este año quedó relegado en los análisis y en las campañas. Trump tuvo un solo acto allí en las últimas semanas y el equipo de Joseph Biden prefirió dirigir sus gastos en publicidad hacia otros estados más acordes a su estrategia.

También están dentro de esta categoría Pensilvania, Wisconsin, Michigan, Arizona y Nevada. Este año, estados que siempre fueron seguros para los republicanos como Georgia y Carolina del Norte ahora aparecen como terrenos de batalla para las campañas. El caso más destacado es Texas. Un triunfo en el gigante sureño no estaba dentro de los cálculos del Partido Demócrata, pero ahora está en juego y nadie se aventura a predecir un resultado.

La selección de los delegados del colegio electoral

La selección de la delegación del colegio electoral depende de cada estado, como muchos aspectos en las elecciones de Estados Unidos. A veces, los partidos hacen convenciones estatales. En otros casos, los senadores y los representantes que pertenecen a cada estado nominan a los electores. También está la opción del voto popular para elegirlos. No hay un método unificado.

Tradicionalmente, los encargados de declarar al ganador de las elecciones son los medios de comunicación. Las cadenas de televisión o la Associated Press tienen equipos de analistas que pueden identificar las tendencias a medida que se cuentan los votos la noche de la elección. Cuando estas son irreversibles, anuncian qué partido gana cada estado. Una vez que pueden sumar 270 electores para un partido, declaran un vencedor.

Este año, con las demoras que se anticipan debido a la gran cantidad de votos por correo, hay chances de que no se conozca una tendencia. Hay estados que procesan las boletas a medida que van llegando. Hay otros, como Wisconsin y Pensilvania, claves para el resultado en 2020, en los que solo empezarán a contar las boletas a partir del martes.

El resultado final del colegio electoral, que es en definitiva el que elige al presidente, llega generalmente un mes después de las elecciones. En ese momento, los electores van al Congreso de Estados Unidos y anuncian a qué candidato le adjudican sus votos. No siempre siguen lo que les dictó el voto en sus estados. En 2016, hubo “electores infieles” que votaron en el Congreso por el senador Bernie Sanders, el ex secretario de Estado Colin Powell, el ex gobernador de Ohio John Kasich y el ex congresista Ron Paul. La activista sioux Faith Spotted Eagle también recibió un voto en el colegio electoral y se convirtió en la primera persona de un pueblo nativo en hacerlo.

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Domingo, 01 Noviembre 2020 06:06

Las elecciones del apocalipsis

 Donald Trump llega a Carolina del Norte en el marco de la campaña electoral. AFP, SAUL LOEB

Estados Unidos en el tramo final de la campaña

 

Unos 150 millones de ciudadanos completarán el martes la elección de quien será, a partir de enero, presidente estadounidense por cuatro años. Los comicios ocurren en medio de una pandemia que no mengua, inestabilidad económica, decenas de millones de desempleados y una polarización extrema en la que las partes ya no sólo difieren en opiniones políticas, sino que se ven mutuamente como fuerzas demoníacas.

 

QUÉ SE ELIGE

El presidente Donald Trump, que se ha apropiado del Partido Republicano y quien en 2016 fue elegido por una minoría del voto popular, busca quedarse en la Casa Blanca hasta 2024. El exvicepresidente y candidato demócrata Joe Biden promete que retornará el país a la sensatez, encarará la pandemia con apoyo de la comunidad científica y sanará el divisionismo que Trump ha fomentado. Pero hay, en esta elección, otros niveles que son igualmente importantes.

En el Senado, los republicanos ocupan 53 curules y los demócratas 45, con dos independientes que casi todo el tiempo votan con los demócratas. Este año hay 33 puestos en el Senado sujetos a elección, de ellos 23 son republicanos y diez son demócratas. El hecho de que en estos últimos cuatro años los republicanos han tenido mayoría en el Senado ha resultado en una casi parálisis del Congreso, donde la Cámara de Representantes, con mayoría demócrata, aprueba proyectos de ley que el Senado ignora o rechaza según plazca a Trump.

Si Biden gana la presidencia y los demócratas alcanzan la mayoría en la Cámara Alta, el Partido Demócrata controlará ambas ramas del gobierno. Es que en la Cámara de Representantes, donde ahora todos los escaños están sujetos a elección, los demócratas ocupan 232 puestos, los republicanos tienen 197 y hay seis vacantes. Todo indica que los demócratas fácilmente conservarán su mayoría y algunas encuestas sugieren que la ampliarán.

Finalmente, están sujetos a elección 11 gobiernos estatales: siete tienen ahora gobernadores republicanos y cuatro son demócratas. En la actualidad 26 estados tienen gobernadores republicanos y 24 tienen demócratas. Un cambio en este balance puede modificar sustancialmente la relación entre los estados y el gobierno federal.

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

En febrero, cuando recibió las primeras informaciones acerca de un coronavirus novedoso que causaba estragos en China y recién había llegado a Estados Unidos, Trump dijo en declaraciones grabadas al periodista Bob Woodward que el covid-19 era altamente contagioso y letal, una enfermedad mucho más peligrosa que la gripe común. Pero en público, en encuentros con la prensa y en los mítines ante sus seguidores devotos Trump dijo entonces, y sigue diciendo, que el covid-19 no es cosa tan seria. Dijo en marzo que habría, quizá, 14 personas muertas y que pronto el virus desaparecería, «como un milagro». Trump se ha burlado del asesoramiento científico, ha calificado de «idiotas» a los expertos en enfermedades contagiosas, se ha rehusado a ponerse una máscara y ha incitado a sus seguidores a desecharla.

Y, aun así, hay millones de estadounidenses que concurren, desenmascarados, A los mítines en los cuales Trump divaga, se regodea en ponerles motes ofensivos a sus adversarios y promete que pronto habrá vacunas y tratamientos para el covid-19. Ha dicho que quizá no acepte el resultado de la elección si es que pierde. Sigue afirmando, sin pruebas, que hay fraude en los millones de votos ya depositados vía correo. Ha indicado a los grupos extremistas de derecha que «den un paso atrás y se mantengan listos» para un eventual período turbulento mientras se completa el escrutinio de votos.

Así, la campaña de Trump ha ido sumergiéndose más y más en los insultos personales, la denuncia de ininteligibles casos de corrupción entre sus adversarios, el desdén hacia más de 8 millones de casos y más de 230 mil muertes por covid-19, el aliento insinuado a las milicias blancas… Y todo ello a la sombra del guiso de conspiraciones denominado QAnon.

El 17 de octubre unas 100 personas se congregaron para la conferencia Q Con Live! en Scottsdale, Arizona, y escucharon a uno de los promotores más prominentes de QAnon, Alan Hostetter. De acuerdo con un audio grabado de su discurso, Hostetter, quien sostiene que «los medios» han exagerado la gravedad de la pandemia y que las máscaras forman parte de un intento tiránico para controlar al pueblo, dijo que Estados Unidos está al borde de una guerra civil y que es necesaria la reelección de Trump para impedir que el país se hunda en un conflicto armado.

Los seguidores de QAnon, una especie de secta religiosa online que ha sido declarada por el FBI como una potencial amenaza terrorista, aseguran, sin que se les mueva una ceja, que los líderes demócratas y las estrellas de Hollywood integran todos ellos una secreta red internacional de pederastas adoradores de Satán. El único decidido a desenmascararlos, dicen, es Trump, quien planea un providencial golpe de Estado para enviarlos en masa a la cárcel. Y, aunque la preparación real para tales aventuras armadas es un área en la que medran las milicias derechistas, el presidente Trump se las ha arreglado para no desautorizar a QAnon o distanciarse claramente de ese movimiento.

EL ESCONDIDO

A los 77 años de edad y con una carrera política de 46, el exsenador de Delaware Biden aparece en la casi totalidad de las encuestas con una ventaja de diez puntos porcentuales sobre su rival. La campaña demócrata ha mesurado y dosificado hábilmente la exposición pública del candidato, a sabiendas de que la confrontación personal es el territorio preferido de Trump y donde el presidente acapara la atención con insinuaciones maliciosas, insultos y falsedades.

En lugar de trenzarse en un mano a mano con Trump, Biden ha participado en mítines en los que la audiencia se mantiene a distancia y usa mascarillas, y donde el discurso llama al optimismo, a la unidad nacional y a superar el caos de la era trumpiana. En contraste con el discurso arrebatado de Trump, que no ha ofrecido ideas sobre qué haría en un segundo mandato, Biden ha presentado planes para la reactivación económica, la creación de empleos en la energía alternativa, políticas ambientales y atención a los inmigrantes indocumentados.

Y la campaña, mientras esconde al candidato de los pugilatos verbales con Trump, ha movilizado una miríada de organizaciones no gubernamentales, iglesias, grupos de derechos humanos, coaliciones de mujeres y minorías, sindicatos, empresarios y, sobre todo, prominentes exfuncionarios y políticos republicanos que se han volcado por la candidatura demócrata. Decenas de exfiscales federales y cientos de exfuncionarios militares y de los servicios de seguridad nacional e inteligencia han publicado condenas de Trump y elogios de Biden. Una horda de oposición para la que la campaña republicana no ha hallado respuestas.

ELECCIÓN EN MARCHA

A este viernes, cuatro días antes del Día de la Elección, probablemente más de 80 millones de ciudadanos ya habrán votado, sea depositando su sufragio personalmente o remitiéndolo por correo. Esta modificación de los períodos de votación –causada por las preocupaciones por la pandemia y para evitar la aglomeración de votantes en un solo día– ha tornado ya medio fútiles las campañas y las tretas de último momento: más de la mitad del electorado previsto en 2020 ya ha pronunciado su voto. En un país que el gobierno de Trump ha contribuido a polarizar y radicalizar, cuesta creer que todavía quede un número sustancial de votantes indecisos.

Los indicios del voto anticipado apuntan a una victoria del Partido Demócrata, pero también es posible que millones de simpatizantes del presidente, que desconfían del correo a instancias de su caudillo, salgan a votar el martes 3. Ambas campañas han reclutado verdaderos batallones de abogados en anticipo de los litigios en el escrutinio y la advertencia de Trump de que podría desconocer un resultado adverso estampa en lo que pueda ocurrir después del martes un relieve de incertidumbre y aprensiones.               

Para muchos trumpistas, y en particular los contagiados por la irracionalidad de QAnon, esta elección tiene un significado apocalíptico. Para el resto de los estadounidenses es una oportunidad de retornar a cierto grado de moderación, respeto mutuo y un gobierno racional.

Por Jorge A. Bañalesdesde Washington 
30 octubre, 2020

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Jair Bolsonaro durante una ceremonia en el Palacio de Planalto, el 19 de octubre.

Elecciones municipales en Brasil

Los postulantes, alineados en su gran mayoría con la agenda conservadora, siguen el ejemplo de la victoria de Bolsonaro y del “bloque de la bala” en el Congreso

 

Las elecciones municipales de este año en Brasil serán un examen de fuego para los representantes de las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, que este año se han volcado a las papeletas: las candidaturas que provienen del área de seguridad han aumentado un 21% respecto de los comicios de 2016. Alineados con la agenda conservadora, policías, militares, bomberos (también una fuerza militarizada) y guardias civiles intentan, en su mayoría, pegarse a la imagen del presidente ultraderechista, Jair Bolsonaro, para conquistar los cargos de alcalde y concejal. Este año hay 8.730 candidatos a los ejecutivos municipales y los legislativos locales en 5.569 municipios. Cuatro años atrás, 6.897 dejaron los cuarteles y las comisarías para disputar elecciones. Los datos constan en la base de datos del Tribunal Superior Electoral (TSE).

En ese grupo también hay policías identificados con ideas progresistas, opositores al presidente y excapitán del Ejército. Algunos, sin embargo, no siempre están dispuestos a levantar la bandera de opositor, temiendo perder votos de los cuarteles. “Es mi primera elección, no estoy de acuerdo con casi nada de lo que defiende Bolsonaro, pero si digo algo que le desagrade a él o a sus electores, puedo perder votos entre los policías que represento”, dijo un oficial de la PM (policía militar) que es candidato a concejal en una capital y afiliado al Partido Democrático Laborista, fundado por un histórico líder de la izquierda brasileña, Leonel Brizola.

El número de candidaturas se disparó debido al éxito electoral obtenido por el presidente, pero también por los congresistas victoriosos en 2018. Ese año, hubo un salto de 36 a 102 diputados federales y senadores electos como miembros del Frente Parlamentario de la Seguridad Pública, una agrupación formada por legisladores de diferentes partidos en el Congreso y conocida como “bloque de la bala”. La diseminación de candidaturas es tan grande que en 14 de las 26 capitales hay candidatos a las alcaldías que son o fueron policías, bomberos o militares de la Marina, el Ejército o la Aeronáutica. “Es un intento de reforzar el discurso de la ley y el orden, que se hizo fuerte en la población. Dejan de lado los debates sobre educación y sanidad, por ejemplo, para discutir la seguridad, como si esta no dependiera de otros factores”, dice el politólogo David Fleischer, profesor de la Universidad de Brasilia (UnB).

Los correligionarios del “bloque de la bala”, desparramados por todo el país, también tienen en la mira un enorme contingente de votos. Datos del Anuario Brasileño de la Seguridad Pública, lanzado esta semana, muestran que policías y miembros de las Fuerzas Armadas suman 5,6 millones de personas, el 3,8% del electorado nacional. Si se tiene en cuenta el tamaño promedio de las familias brasileñas, de 3,3 personas, estamos hablando de 18,5 millones de habitantes, lo que significa un 9% de la población que está directamente ligada a policías y militares. “Tengo la misma línea de pensamiento del presidente, que defiende a la familia y la seguridad pública”, dice uno de los candidatos bolsonaristas, el coronel Alírio Villasanti, que compite para concejal en Campo Grande (en el Estado de Mato Grosso do Sul) por el Partido Social Liberal (partido de ultraderecha por el que Bolsonaro fue candidato en 2018, aunque luego se desafilió).

Según los datos del TSE, los partidos que más policías y militares lanzaron como candidatos son el citado PSL (618) y cinco siglas de su base de apoyo, y el llamado “Centrão”: Republicanos (417), PSD (413), MDB (395), PP (379) y PL (375). En la otra punta están los izquierdistas PCdoB (45), Rede (38), PSOL (25) y PSTU (1). El único intruso entre los que tienen menos candidatos de ese tipo es el derechista NOVO (5).

En el Nordeste, la región donde la oposición a Bolsonaro fue mayor en las últimas elecciones y en la que ningún gobernador es fiel aliado del presidente, hay miembros de las fuerzas de seguridad en las disputas de ocho de las nueve capitales. Solamente São Luís, capital del Maranhão, no tiene un candidato policía o militar. Y apenas en Salvador, capital de Bahia, hay una candidata uniformada de izquierda, la mayor de la PM Denice Santiago, del Partido de los Trabajadores (PT). En la región, por ahora, los candidatos no quieren vincularse directamente a Bolsonaro.

Sin afiliación partidaria desde que dejó el PSL, el presidente solo declaró su apoyo a cinco candidatos a alcalde en todo Brasil, uno de ellos es el diputado federal y capitán Wagner Sousa Gomes, del PROS, que lidera las encuestas en Fortaleza, capital de Ceará. Sin mencionar el nombre de su apadrinado, el presidente dijo en una transmisión en vivo por sus redes sociales que en Fortaleza apoyaba a un capitán. Wagner, que comenzó su carrera política luego de liderar una huelga ilegal de policías en Ceará, evita el rótulo de “alcalde de Bolsonaro” porque 64% de los electores de su ciudad rechazarían a un candidato apoyado por el presidente, de acuerdo con la encuesta publicada por el diario local O Povo.

La tentativa de la izquierda de lanzarse a conquistar un segmento tan identificado con el bolsonarismo se ha debilitado año tras año. De acuerdo con un estudio realizado por el Foro Brasileño de Seguridad Pública para su anuario, el 87,7% de estos candidatos a concejal y alcalde se identifica con partidos de derecha o centroderecha, y solo 12,4% con partidos de izquierda o centroizquierda. En 2016, la proporción era de 80,4% contra 19,7% y, en 2012, de 74,4% contra 25,6%. Las informaciones fueron obtenidas cruzando datos de la agencia tributaria, del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE) y del TSE.

Desde el punto de vista de quien milita políticamente en el área de seguridad, este aumento de candidaturas de derecha ocurrió porque la izquierda no supo aproximarse a policías y militares. “La derecha se favorece porque la izquierda siempre vio al policía como una especie de enemigo, no como un aliado, un trabajador”, dice el comisario Orlando Zaccone, uno de los coordinadores nacionales del Movimiento de Policías Antifascismo.

Candidato a concejal por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) en Recife, el agente de policía Áureo Cisneros dice que el gran desafío es demostrar el que el policía es un “garante de derechos y vidas”. “Nosotros no somos exterminadores de vidas, no somos el brazo armado del Estado”, dice. Otro que sigue la misma línea es el policía militar retirado Martel Del Colle, que disputa un escaño en la Cámara Municipal de Curitiba, estado de Paraná, por el PDT. “Queremos formar el bloque ‘antibala’, preservando los derechos humanos en vez de invertir en la violencia”, dice.

Para Fleischer, la tendencia es que 2020 sea un año marcado por el avance de los representantes de la seguridad en las cámaras municipales. “Es un momento en el que las personas aprovechan la angustia del electorado para explotar el mediático tema de la seguridad pública”. El politólogo resalta además que las disputas en las dos mayores ciudades del país, Río y São Paulo, pueden servir de ejemplo para las demás. En la capital paulista no hay un candidato del área de la seguridad, pero al menos dos tienen discursos semejantes a los de los policías: Celso Russomanno (Republicanos) y Márcio França (PSB). Mientras que en Río, tercera en las encuestas, la exjefa de la Policía Civil Martha Rocha (PDT) es vista como una de las candidatas capaces de romper la polarización entre el actual alcalde, Marcelo Crivella (Republicanos), y su antecesor, Eduardo Paes (DEM).

Por Afonso Benites

Brasilia - 31 oct 2020 - 22:00 COT

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Sábado, 31 Octubre 2020 06:20

Noticias desde la izquierda

Noticias desde la izquierda

En un mundo tan fragmentado como el actual, se antoja como algo impensable trazar cualquier tipo de generalización sobre las actitudes y posturas que han adoptado las diversas –y a veces contrapuestas– franjas de la izquierda frente a la crisis que ya lleva el signo inevitable de la pandemia del coronavirus. Enumero tan sólo algunos casos ostensibles.

En Chile, no obstante el largo estado de emergencia decretado por el gobierno de Sebastián Piñera, la cuantiosa coalición social y política que se conformó durante las movilizaciones previas al estallido de la emergencia sanitaria, logró finalmente su cometido: imponer el referéndum por una nueva Constitución y, sobre todo, ganarlo. Por lo pronto, Chile deja atrás el capítulo más oscuro y ominoso de su historia: no sólo la herencia amarga del pasado fraguado por Augusto Pinochet, sino el relato caníbal que hacía del pinochetismo la piedra de toque de la modernización del país. Cuando en realidad esa modernización, incluídas sus víctimas y desigualdades, fue obra de las fuerzas reunidas por el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. Cae con el referéndum no sólo es el manto que vindicaba a la dictadura, sino la legitimidad del modelo más supuestamente exitoso que el neoliberalismo encontró en América Latina. Lo esencial es que la izquierda chilena, con todas las diferencias que separan a sus agrupamientos, enfrentó a uno de los regímenes más represivos de los últimos años con la movilización social y la salida democrática.

En Bolivia, el Movimiento al Socialismo no cedió ante las tentaciones del golpismo de arrastrar a la nación hacia una espiral de violencia y polarización. Por más que Evo Morales Ayma cometió la pifia de pretender relegirse por cuarta vez, trece años de una administración que hizo crecer económicamente a Bolivia a un ritmo mayor que el de Chile, que consolidó organizaciones sociales, comunidades y gobiernos indígenas autónomos, que impulsó la educación y los sistemas de salud social, lograron sostener la cohesión de una resistencia civil y pacífica al golpe. El inobjetable triunfo electoral del MAS convalida la máxima de que una izquierda comprometida efectivamente con las prácticas democráticas es capaz de allanar un camino alternativo para el conjunto de la sociedad.

En la península ibérica, las noticias son disímbolas. En Portugal, la alianza gobernante desplegó una estrategia masiva de apoyo y protección a la tercera edad durante la pandemia, que redundó en un reducido número de defunciones y una política de efectivos estímulos a la economía. (Cabe señalar que en Uruguay una coalición de derecha logró resultados aún más espectaculares). En España, por el contrario, la coalición entre el PSOE y Podemos nunca logró emprender iniciativas equivalentes. Después de décadas de privatización de los sistemas de salud, las opciones públicas sanitarias están desechas. En Grecia, en cambio, las redes sociales del anarquismo, y en parte de Tziriza, que gobiernan la vida cotidiana de la mayor parte de sus ciudades, muestran que la sociedad puede erigirse como la protectora de la sociedad misma de una manera más eficiente que el Estado.

Por más que haya dañado la legitimidad de la izquierda en su conjunto, el socialismo burocrático (Zizek dixit) –China, Vietnam, Cuba y, cada vez más cerca, Venezuela– se reveló como el sistema social con la mayor capacidad para enfrentar un colapso económico y sanitario como el impuesto por el Covid-19. Uno podría fácilmente aducir el argumento de que se trata de órdenes tan coherentes y unísonamente autoritarias que el control de sus poblaciones resulta simplemente un corolario. Pero se requiere mucho más que un régimen autoritario para hacer frente a un desafío de esta envergadura: sistemas públicos de salud, formas horizontales de solidaridad, destinar recursos especiales para mantener la economía en marcha, adecuar al conjunto de la sociedad para evitar la desmovilización.

Siempre queda pendiente de revisión la formulación del filósofo Byung-Chul Han sobre la "hipótesis oriental". Las sociedades del Lejano Oriente contendrían formas de civilidad, cuidado mutuo y cooperación que simplemente no existen en Occidente. En rigor, el número de defunciones en Europa (si se toma como parámetro a la Comunidad Europea y no el sofisma de nación por nación) son ya mayores que en Estados Unidos. Ni hablar de América Latina. Lo que ya es evidente es que el Covid-19 es un virus occidental, es decir, un virus que prospera con mucha más facilidad en las formas de vida de Occidente. Todo el espectáculo actual de los estados de emergencia en las naciones europeas no hace más que afirmar la tesis de que se trata de un nuevo tipo de estado de excepción que poco tiene que ver con la pandemia.

Queda por último el kirchnerismo y su homólogo en México, el gobierno de Morena.

No se trata evidentemente de fuerzas de izquierda y, sin embargo, son coaliciones nacionales que parecerían adoptar algunas de sus políticas y, sobre todo, sus gestos. Ambas formaciones parecen haber empantanado a sus países guiadas por una visión del Estado y la sociedad simplemente inadecuada a las condiciones actuales. Basta con decir que el neopopulismo social y la izquierda resultan cada vez más incompatibles.

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El golpe que Trump puede dar para seguir en el poder aunque pierda

Una estrategia cívica, llena de abogados

 

Por primera vez en dos siglos y algo más de vida independiente y 230 de elecciones, los norteamericanos andan discutiendo con alguna seriedad si Donald Trump puede dar un golpe militar. Como se pasó cuatro años maltratando a generales prestigiosos y diciendo cosas como que servir y morir en una guerra es cosa de perdedores, se asume que no va a seguir en el poder sentado en las bayonetas: los de uniforme no le deben su lealtad. Con lo que sí se está discutiendo y con mucha seriedad es que Trump pierda este martes y se niegue a aceptarlo, que efectivamente dé un golpe pero cívico, ambiguo, más en la tradición norteamericana. Sería uno lleno de abogados, de golpes mediáticos, de movilizaciones digitales y de milicias en la calle atacando a quien proteste, cosa de crear "anarquía" y justificar una represión dura. 

Si esto parece exagerado, hay que recordar que Trump es impulsivo y es de hacer lo que se le pase por la cabeza. Un día se le ocurrió ordenar que los marines fusilaran a quien cruzara el Río Grande, otro día que invadieran Venezuela. Como todavía tenía en el gabinete alguna gente con límites, le explicaron que lo uno era ilegal -y que las tropas proablemente no obedecerían esa orden- y que lo otro sería peor que Irak. Trump aprendió la lección y depuró su gobierno, con lo que ahora está rodeado de perfectos leales, de creyentes o de chupamedias, en todo caso de gente que no le va a decir que no.

Este martes es el día oficial de votación, como manda la constitución, pero no va a ser el día en que se sepa quién es presidente. En general, en este super-martes se sabe la tendencia del voto, que en general termina siendo el resultado final. Pero como bien sabe Al Gore, todo se puede demorar y terminar amañado por los abogados. Este martes, un escenario más que posible es que la primera tendencia le dé ventaja a Trump, porque muchos republicanos van a ir a votar ese mismo día y esos votos se cuentan rápido. Una gran cantidad de demócratas parecen haber votado por correo o por adelantado, opciones legales en el extraño sistema electoral norteamericano que se cuentan bastante más despacio.

Trump viene preparando el tema hace rato, diciendo que le van a hacer fraude por correo. Como el conteo se va a demorar varios días tiene tiempo de instalar que él ganó y le están haciendo trampa. Ahí se le abren dos opciones sabrosas. Una es declarar que las elecciones son inválidas y seguir en el poder para llamar a otras a futuro. Otra es cuestionar con demandas legales todas y cada una de las elecciones en los estados donde empate o ande cerca, que son varios. 

Para esto tiene cuatro herramientas fundamentales. Una es el departamento de Justicia, a manos de su muy leal y bastante amoral William Barr, que también lleva un buen rato hablando de fraude. Otra es la inteligencia interna, a cargo del también leal John Rattcliffe. La tercera es la flamante Corte Suprema con mayoría conservadora de seis a tres. Con menos margen, George Bush el joven le birló la presidencia al demócrata Gore.

La cuarta herramienta es la más rica y poderosa, y puede usarse en tres estados clave: Pensilvania, Michigan y Wisconsin. Como se sabe, los votantes no eligen presidente sino electores, que se reúnen en un Colegio y votan al presidente, teóricamente según el  mandato recibido de sus votantes. Pero en esos tres estados las encuestas dan cerca, con lo que puede ocurrir que las legislaturas, todas en manos de los republicanos, validen un grupo de electores que le parezca a ellas y lo mande a Washington, mientras que los gobernadores, todos demócratas, validen a otro grupo para votar en la capital. Cada bando tendrá razones abogadiles suficientes y puede armar un espectacular enredo judicial que patee todo al futuro.

Mientras todo esto ocurre, la cadena Fox, los interminables medios digitales de derecha y los grupos como Qanon van a gritar que hubo fraude, que se robaron urnas, que no dejaron votar a los fieles. También se van a movilizar los demócratas y los progresistas, y van a abundar las protestas públicas. Milicias y grupos armados como los Boogaloo, los Proud Boys, los Patriot Prayer, los Three Percenters, los Oath Keepers y la Light Foot Militia, para nombrar algunos, ya están movilizando abiertamente para "defender el voto". 

Semejante caos da para todo, hasta para anular el acto electoral -lo que nunca ocurrió- y buscar una salida con un barniz de legalidad. Una, ya se dijo, es que la Corte Suprema decida. Otra es que voten los diputados, que en un caso así, contemplado en la constitución para casos de empate, votan por estado y no por bloque, con lo que los porotos le dan fácil a Trump

El calendario de eventos augura un fin de año  movido: este martes se vota, el 14 de diciembre se reúne el colegio electoral, el 3 de enero asume el nuevo Congreso, el 6 se reúnen ejecutivo y legislativo para certificar la votación del colegio electoral y el 20 asume el nuevo presidente. Entre una fecha y la otra, Estados Unidos puede tener claridad o mostrar abiertamente que a la derecha no le importa nada que no sea seguir en el poder.

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