El ‘boom’ de los ‘podcasts’: esta revolución sí será radiada, ¿o no?

Medio de comunicación al alcance de cualquiera, versión siglo XXI de las radios libres o un soporte más que las grandes corporaciones usarán y tirarán en su búsqueda de beneficios, los podcasts radiofónicos viven una explosión que no oculta las múltiples caras de este fenómeno.

 

En 2020 se crearon dos nuevos podcasts cada minuto en todo el mundo, unos 17.000 a la semana. Un total cercano a los 900.000 programas de radio digitales y descargables se estrenó durante el año pasado, frente a los 300.000 que lo habían hecho en 2019. Aunque un tercio de esos nuevos podcasts no prolongó su vida más allá del tercer episodio —se trataba, sobre todo, de pruebas para chequear el funcionamiento de herramientas gratuitas—, el 23% ha superado los diez publicados durante los últimos meses, lo que refleja una voluntad de continuidad y la constatación de que el podcasting es una de las manifestaciones culturales más representativas de esta época. En ella confluyen elementos tan dispares como la recuperación del audio y la voz como herramientas sociales, el capitalismo de grandes plataformas, las nuevas narrativas digitales, la prescripción desde los márgenes o el consumo de medios de comunicación en el siglo XXI.

Casi la mitad de esos 900.000 nuevos podcasts se emite en idiomas que no son el inglés, con un importante incremento del hindi, el portugués y el chino. Los podcasts en español se multiplicaron por siete durante 2020. Los datos los ofrece el portal Chartable, especializado en la medición de audiencias, descargas, anunciantes y volumen de negocio en el mundo del podcast, que califica como “increíble explosión” lo sucedido en el último año con esta forma de comunicación y señala el telón de fondo en el que se produce: la creciente competencia corporativa y la consolidación de un sector industrial. La batalla entre compañías como Spotify, Apple, Amazon, iHeartMedia, Podium, Podimo, iVoox o SiriusXM por el pastel de los podcasts promete ser cruenta. Lo está siendo ya, con inversiones multimillonarias y compras de plataformas, productoras y aplicaciones. El riesgo, evidente, reside en la uniformidad de contenidos que imponen estas grandes empresas y sus algoritmos. También en la más que posible conversión de contenidos hasta ahora de distribución gratuita en servicios de pago, como los de las plataformas de vídeo bajo demanda.

En 2001 Apple lanzó iPod, uno de los primeros reproductores portátiles de audio digital, y en 2004 Ben Hammersley utilizó en The Guardian por primera vez el término podcasting, mezcla de iPod y broadcasting (radiodifusión). Ese mismo año, Comunicando, de José Antonio Gelado, fue el primer podcast nativo digital en España, si bien anteriormente ya emitían por internet proyectos como Radio Gladys Palmera o Scanner FM. Uno de los hitos en la historia de los podcasts fue Serial, una investigación periodística de Sarah Koenig sobre el asesinato de una adolescente en Baltimore (Maryland, Estados Unidos) cuya primera temporada, emitida durante el otoño de 2014, logró cerca de 70 millones de oyentes.

Según el Digital News Report 2020, encuesta online realizada entre finales de enero y principios de febrero, cuatro de cada diez internautas escuchan podcasts en España. Lo que más aprecian es la comodidad del formato para informarse (54%), la variedad de temas y puntos de vista que ofrece (53%), el modo entretenido de conocer las noticias (53%) y la profundidad (51%) en el tratamiento de los temas.

Por edad, es significativa la diferencia de consumo entre los internautas hasta 44 años, entre los que la mitad (51%) es oyente. A partir de 45 años, la mayoría no lo es (67%). Entre 18 y 24 años, seis de cada diez internautas escuchan podcasts.

La encuesta también encuentra variaciones en el consumo según el género. Entre los hombres, hay un mayor porcentaje de oyentes de podcasts sobre actualidad (17%), deporte (16%) y especializados en temas de ciencia, salud, tecnología, negocios o medios de comunicación (15%). Las mujeres escuchan más podcasts de temas relacionados con los estilos de vida, arte, literatura, viajes, ocio y gastronomía. 

Según la selección de plataformas, sitios web y aplicaciones consideradas en este estudio, YouTube (55%), Spotify (32%), iVoox (17%), Google Podcasts (17%) y los de Radiotelevisión Española (14%) son los más utilizados por los internautas que escuchan podcasts en España.

Estamos en el aire

Georgina Marcelino ha encontrado en el podcast un espacio seguro, un lugar de aprendizaje y un altavoz más efectivo que otros para expresar sus preocupaciones y las de mujeres como ella, negra e inmigrante. Junto a Yania Concepción acaba de terminar la primera temporada de La güira, un programa de radio en internet que responde a la “necesidad de las dos, y de otras compañeras, mujeres racializadas, de un espacio en español que sirviese como punto de encuentro para hablar y comentar nuestras experiencias”.

Ninguna tenía experiencia previa y han ido aprendiendo sobre la marcha a escribir guiones, grabar y editar. La respuesta obtenida les dibuja una sonrisa en la cara: “Nos escuchan compañeras, mujeres que sienten ese espacio que queríamos crear. Nos escriben mensajes diciendo que les representa, que les gusta, que tal episodio les encantó, que están aprendiendo mucho… Nos ha permitido llegar y conocer a mujeres que están en otros países como Colombia o República Dominicana. Estamos recibiendo muchísimo apoyo de la comunidad negra de aquí, es muy agradable sentir esto”.

Lo que se escucha en La güira son “voces negras que ponemos en común cosas que se han silenciado durante mucho tiempo: nuestras experiencias a viva voz, sin paternalismos, sin la guía de una voz blanca que se imponga”. Como objetivo, este proyecto aspira a crear comunidad entre las mujeres negras y afrodescendientes, pero Marcelino sabe que al otro lado puede haber una audiencia amplia: “Nos dirigimos a todas las personas que están interesadas en escuchar y descubrir, desde voces negras, lo que es la experiencia de la mujeridad y la negritud, desde nuestros propios cuerpos”.

La güira está disponible en Spotify e iVoox, “plataformas abiertas, gratuitas para el público”, señala Marcelino, quien explica sus motivos para estar ahí: “Spotify es muy utilizada, todo el mundo la tiene instalada y es fácil seguir podcasts por allí, e iVoox es la plataforma más importante de podcasts en español, el público que te encuentra allí ya está acostumbrado a escuchar podcasts y los busca intencionadamente”. De momento, no obtienen un retorno económico, aunque han recibido algunas propuestas que están estudiando de cara a la segunda temporada. Marcelino concluye con una reflexión general, más allá de su programa: “El podcast es un espacio que nos está abriendo las puertas a muchas mujeres para hablar de las cosas que nos interesan, no solamente de modo experiencial y testimonial. Permite bastante libertad y llegar a personas a las que no llegarías tanto con otras actividades”.

A Isabel Cadenas Cañón le intriga cómo el pasado influye en el presente. También le atrae el silencio, como materia informativa y para romperlo. Lo materializa en(De eso no se habla), un podcast en el que han cristalizado varios conceptos con los que trabaja desde hace tiempo. “Me interesa entender cómo una guerra civil, una dictadura y una transición hecha de aquella manera siguen determinando los silencios que hay hoy en nuestra sociedad”, explica.

Mediante la narración de relatos personales, (De eso no se habla) se ha integrado en la comunidad que se afana por recuperar la memoria histórica en España. Esa mirada, admite su creadora, facilita llegar a un público que pudiera ser reacio a escuchar un programa sobre esta temática. Además de encontrar la financiación necesaria, localizar esas historias personales y a sus protagonistas es lo que más le está costando: “Es la parte más compleja, siempre, también una de las más emocionantes, porque en el fondo lo que más me gusta es escuchar historias de gente y los mundos que se abren con ellas”.

(De eso no se habla) forma parte de PRX y Google Podcasts. Cadenas detalla el vínculo con estas empresas: “Hace dos años, lanzaron un programa de profesionalización, con apoyo económico, formación y la creación de una comunidad internacional de creadores y creadoras de podcasts. Google puso el dinero y el programa lo llevó a cabo PRX, así que con Google no tuve relación más allá de conocer a algunas personas durante las formaciones en Boston. Con PRX sigo teniendo mucha relación, porque nuestro podcast es parte de su red y además usamos su plataforma de publicación para nuestros episodios”.

Para ella, no deberían existir grandes diferencias entre la radio y el podcast puesto que la materia prima es la misma: contar historias con audio. Pero considera que las emisoras convencionales no están apostando por la creación de contenidos, así que quienes quieren probar nuevas experiencias han encontrado su lugar en los podcasts. “No hay nadie poniendo límites al formato, ni a la duración, ni al tiempo que dedicas a cada historia. El podcast nos ofrece libertad. Ojalá eso cambie algún día y la radio convencional decida tomar más riesgos”.

La pandemia y el confinamiento para evitar su expansión se llevaron por delante el estreno de la segunda temporada de Invisibles, previsto para abril de 2020. Finalmente fue en noviembre cuando se empezó a emitir. “Ese parón inesperado nos sirvió para pensar qué queríamos hacer y cómo, y sacar una temporada distinta y mucho más rica”, valoran desde el equipo que realiza este podcast narrativo en forma de documental de no ficción cuyo primer episodio se lanzó en 2019 con el propósito de “hacer un periodismo en profundidad y reflexivo que también adoptara herramientas de las ciencias sociales”.

Invisibles se centra en tres inquietudes: el género, la migración y el racismo. En la primera temporada abordaron el trabajo del hogar y los cuidados, teniendo en cuenta que “debían ser las mujeres atravesadas por esta realidad las protagonistas y las que hablasen: escapar así del victimismo que a veces tiñe estas historias y de esa idea de que el periodismo es ‘dar voz’”.

En la segunda temporada, con cinco personas a cargo del programa, han tratado temas como el asilo en la población lgtbi, el problema de la vivienda, el trabajo sexual, los ataques racistas a centros de menores migrantes, la salud mental... “También en este tiempo le hemos dado más peso al diseño sonoro”, apuntan.

Invisibles está en Podium, Spotify, iVoox, Google Podcast y Apple Podcasts. Con Podium tienen un acuerdo para esta segunda temporada: “Publicar el podcast a través de ellos nos ha ayudado a amplificar el proyecto y su distribución y llegar a más personas, además de mejorar en algunos aspectos por el acompañamiento de Jimena Marcos, su editora jefa”.

En cuanto al futuro, se ven haciéndolo a largo plazo aunque, por el momento, “todo el retorno económico se invierte en el proyecto. Es decir, no vivimos de Invisibles. La primera temporada contó con el apoyo de Alianza para la Solidaridad. Y la segunda la pudimos realizar porque hicimos un crowdfunding y porque contamos con el apoyo de Podium Podcast”.

Trincheras de la cultura pop comenzó en mayo de 2018 como laboratorio de ideas, un work in progress sonoro desde el que abordar diferentes aspectos de la cultura popular con ánimo crítico, según lo describen sus responsables, Elisa McCausland y Diego Salgado, periodistas culturales y colaboradores de El Salto con su sección Ruido de Fondo.

En el podcast, que graban en casa, se plantean analizar en cada programa una faceta de la cultura popular, o la relación de la misma con otros imaginarios colectivos como la religión, la ecología, los totalitarismos o las pandemias. Reconocen que el alcance obtenido les resulta sorprendente: “Después de 28 episodios, solo en iVoox cada uno de ellos alcanza una media de mil escuchas que, dada la naturaleza de nuestro programa, nos parece una barbaridad”. Y encuentran una explicación en la diversidad de perfiles a la que llega una propuesta como la suya: “Queremos pensar que Trincheras, que nunca ha tenido más promoción que la justa y necesaria, ha crecido en oyentes gracias al efecto boca-oreja, la recomendación personal. Y eso implica tipos muy variados de personas, un oyente que visualizamos casi como un gran interrogante, lo que nos estimula mucho”.

Además de en iVoox, Trincheras de la cultura pop se puede escuchar en Spotify y en Apple Podcasts, pero de la distribución de este podcast se encarga consonni, productora de arte contemporáneo y editorial afincada en Bilbao. De hecho, forma parte de su proyecto radiofónico desde que este dio comienzo. McCausland y Salgado consideran que no tendría sentido fuera de allí y agradecen el trato dispensado: “Hay un retorno económico porque las amigas de consonni son muy legales en esto y no habrían dejado de ninguna manera que hiciésemos el programa gratis, pero tenemos claro que no lo hacemos por la remuneración”. 

Como uno de los motivos para el auge de los podcasts apuntan que “en estos tiempos convulsos, a la gente le gusta sentirse acompañada por el sonido de la voz humana, como antaño ocurrió con la radio o la televisión en su vertiente más social”.

¿La nueva radio libre?

Tras más de 200 programas y ocho temporadas, Sangre fucsia se encuentra en una fase de reajuste. Veterano programa de perspectiva feminista emitido en radios libres, el proyecto afronta ahora una reestructuración. Aunque les dé cierto pudor, la etiqueta de podcast feminista pionero se ajusta a lo que han lanzado a las ondas en este tiempo. “El podcast Hacia el sur en el Atlántico fue una inspiración directa y explícita cuando creamos Sangre fucsia pero es cierto que en 2013, cuando empezamos, el ecosistema feminista y de podcasts —y de podcasts feministas, claro— no tenía, ni de lejos, la efervescencia que experimenta actualmente”, recuerda Laura Gaelx, una de sus realizadoras.

Según ellas lo entienden, el formato podcast es propicio para amplificar las voces e ideas de sujetos no hegemónicos. “Siempre decimos que la radio es un medio especialmente feminista o accesible, ya que —en resumen— es barata y fácil de hacer y, además, nos libra de la dictadura de la imagen. Por supuesto, como en cualquier otro canal, conviven mensajes de todo tipo”.

Sangre fucsia, que sus creadoras suelen definir como fanzine sonoro, habita en varios mundos. “En el lado más activista —señala Gaelx—, lo subimos a Archive.org, un repositorio de materiales bajo licencias libres; a la web de nuestra emisora, Ágora Sol Radio; a nuestro propio blog y a la página de Pikara Magazine, con quienes colaboramos. Pero también se puede escuchar en plataformas más mainstream, como iVoox y Spotify”.

Para ellas, no hay duda de que los podcasts cumplen la función que en los años 80 y 90 cumplieron las radios libres: “El espíritu DIY [do it yourself, hazlo tú misma] se mantiene, al menos en nuestro caso, pero, al trasladarse a internet, lo que se logra es ampliar los públicos. Es indudable que los podcasts, en comparación con las radios libres, llegan a mucha más gente”.

La escritora Silvia Nanclares comparte esa apreciación sobre los podcasts y las radios libres: “Alguien dijo que el podcast es la radio sin todo lo que la radio no te permite hacer. La radio, no las radios libres, está sujeta a muchos corsés: anunciantes, editoriales, casi hasta morales, y temáticos. En el podcast no siempre hay esos límites, es mucho más libre. De hecho, tiene mucho más que ver con la tradición de las radios libres y la cultura digital”. Ella vaticina que los podcasts no van a ser flor de un día sino que permanecerán. “Son como hijos gamberros de la radio y la cultura digital, conviven perfectamente. E irán mutando con soltura”.

Nanclares lleva una temporada estudiando el universo de los podcasts para “SModa”, la revista de moda y tendencias de El País, tras aficionarse a la escucha después de ser madre. En sus indagaciones, se deja llevar para encontrar regalos para sus oídos. “Busco calidad técnica, parece una chorrada pero me condiciona mucho que el sonido me meta o no, y no hablo solo de buenos micros, sino de una propuesta de diseño sonoro, que no sea hablar sin más, que haya una creación en ese sentido”, asegura. Como oyente atenta, Nanclares separa el grano de la paja y advierte de algunos riesgos: “En todos los formatos acaban acampando los forococheros, pero sin duda, y sobre todo por esa genealogía que trazan con las radios libres, los podcasts tienen una vocación subversiva muy marcada, partiendo también de esa posibilidad que da el Juan Palomo o do it yourself. Pero, vamos, que morralla de contenido te encuentras también a espuertas”.

La comunicadora mexicana residente en Vallecas Susana Albarrán opina que el podcast es ya un lenguaje propio y que eso hace que se distancie de lo que significa hacer radio, aunque siga bebiendo de ahí. “Cumplen su función en la realidad de su tiempo: escucha a la carta, soportes individualizados, comunidades identitarias cada vez más segmentadas, lo que te lleva a ser un oyente mucho más selectivo”, explica y destaca que las radios libres y comunitarias siguen siendo la escuela para mucha gente que ahora hace podcasts, como lo fueron antes para muchas personas que acabaron trabajando profesionalmente en la radio.

Sin nostalgia, pero con ojo crítico, señala algunas diferencias entre los modos de hacer. “El tiempo de aprendizaje de las herramientas se ha acortado y con ello se pierde cierto sentido precisamente de vivir el proceso y de hacerlo en comunidad: el hecho de reunirse en las instalaciones de unos estudios, de una emisora, que te permitía socializar con gente muy diversa. Actualmente veo muchos podcasts con equipos de producción muy reducidos, y en una buena parte individuales”.

Albarrán participa activamente en El Salto Radio, donde destaca que “estamos casi experimentando y dando espacio a mucha gente que empieza, de nuevas, la experiencia de hacer podcast, eso trae frescura y te permite abrir bastante la mente”.

Por Juan Vallecillos

Jose Durán Rodríguez

@j_duran_r

20 mar 2021 06:00

Publicado enCultura
El nuevo reto de Wikipedia: crear un idioma universal

La Wikipedia se ha convertido en la mayor enciclopedia de la historia. Es editada 350 veces por minuto y leída más de 8000 veces por segundo. A ella acceden 1.500 millones de dispositivos únicos mensualmente y se lee más de 15.000 millones de veces cada mes. Su próximo reto: crear un lenguaje universal para hacerse aún más grande.

 

El futuro empezó el 1 de abril de 2020. Ese día, el informático Zdenko Vrandecic hizo pública su visión: conseguir que Wikipedia –la enciclopedia on-line– no solo sea diez veces más grande, sino también más fiable y más actualizada. Wikipedia Abstracta es el nombre del proyecto. Por su objetivo y por la fecha en la que se publicó, el Día de los Inocentes en el mundo anglosajón, la idea de una Wikipedia abstracta casi suena a broma: lo que este informático quiere es inventar una especie de lenguaje universal. De esta manera, todos los artículos de la Wikipedia escritos, por ejemplo, en inglés podrían leerse también en suajili, y a la inversa.

A Vrandecic, un informático de 42 años, en el mundillo especializado se lo conoce como ‘Denny’. Nos recibe de buen humor y rodeado de cajas. Acaba de dejar su trabajo en Google y se ha trasladado a la localidad de Berkeley para centrarse en su nuevo proyecto, ahora como empleado de la Fundación Wikimedia.

El gigantesco libro de consulta on-line que es la Wikipedia comprende hoy más de 55 millones de artículos, 100 veces más entradas que la mayor enciclopedia impresa de todos los tiempos. En total hay más de 300 Wikipedias en diferentes idiomas y dialectos, desde el albanés hasta el yoruba y el zulú, pasando por el escocés y el yidis.

Pero ese tamaño y esa variedad engañan, advierten los expertos. El crecimiento explosivo ha quedado atrás, el número de contribuyentes activos se ha estancado. La fiabilidad de las entradas va en aumento, pero a cambio de una maraña de reglas que se lo ponen muy difícil a los nuevos autores. La mayoría de las entradas están elaboradas por hombres blancos procedentes de sociedades ricas. Los Países Bajos, por ejemplo, tienen más autores que toda África.

El objetivo es evitar la falta de diversidad. La mayoría de las entradas están hechas por hombres blancos de sociedades ricas. Los Países Bajos, por ejemplo, tienen más autores que toda África

La versión más grande es la de lengua inglesa, con más de seis millones de entradas. La alemana, con unos 2,5 millones de artículos, ocupa la segunda posición. Pero sorprendentemente hay más de un millón de entradas redactadas solo en alemán que carecen de versión en inglés. Versiones en otros idiomas están igualmente aisladas unas de otras, son como islas en un vasto océano.

Y eso es lo que quiere cambiar Vrandecic: desea que todas las entradas de la enciclopedia sean accesibles a todo el mundo, que todas las personas puedan disfrutar del conocimiento atesorado por la humanidad, incluido el de las regiones más apartadas del planeta.

El fracaso y las burlas

Cuando Wikipedia nació, esta idea habría sido impensable. La enciclopedia on-line llegó a Internet el 15 de enero de 2001, hace ya 20 años. Todo empezó con un fracaso. Jimmy Wales, hombre de negocios estadounidense, dirigía desde Florida una especie de revista en línea dirigida al público masculino llamada Bomis, con contenidos de deporte y erotismo. Esta base le permitió crear en el año 2000 una enciclopedia comercial on-line bajo el nombre de Nupedia. Pero la cosa no funcionó. Así que Wales abandonó su idea de negocio y transformó la enciclopedia en un proyecto amateur voluntario. Y llegó la sorpresa: empezó a crecer a un ritmo increíble.

Al principio, la Wikipedia era objeto de muchas burlas, «el equivalente académico a un Big Mac», decían. Pero, para pasmo de los críticos, los estudios demuestran que los artículos de la Wikipedia tienen una fiabilidad similar a los de la Encyclopædia Britannica. Los servidores de Wikipedia están gestionados por la matriz Wikimedia, una organización sin ánimo de lucro con sede en San Francisco y que se financia mediante unas donaciones que alcanzan un valor de 110 millones de dólares al año.

Sin embargo, aunque la Wikipedia es un éxito, muchos de sus problemas siguen sin resolverse. «La mayoría de las entradas están redactadas de una forma enrevesada –se lamenta Vrandecic–. El otro día estaba con mi hija en el parque, y por curiosidad me puse a mirar la entrada de ‘margarita’. Solo entendí la mitad porque no tengo un doctorado en Biología».

Como la comunidad de autores voluntarios no parece tener ganas de simplificar los textos, Vrandecic confía en que su programa de traducción sea capaz de elaborar versiones sencillas de una forma automática.

Vrandecic es un hombre polifacético. En la universidad estudió una dupla de carreras tan poco habitual como Informática y Filosofía. Y más tarde desarrolló Wikidata, una base de datos puros. Wikidata se usa de forma global, independientemente de cada idioma. La intención de Vrandecic es extender el principio en el que se basa Wikidata a artículos enteros de la enciclopedia.

Las ‘alucinaciones’

¿Y por qué no recurre a programas de traducción automáticos, como Google Translate? «Solo funcionan bien si los dos idiomas cuentan con enormes cantidades de textos en formato legible por máquina», responde. Cuanto menor es la cantidad de textos digitalizados, mayor es la cantidad de morralla que producen. En el mundo especializado se suele hablar de ‘alucinaciones’ para referirse a esos resultados que no tienen ni pies ni cabeza.

Por eso, Vrandecic está desarrollando algo tan ambicioso. «Queremos formular las entradas de la Wikipedia de manera que sean independientes de un lenguaje natural –dice–. Tomemos, por ejemplo, el concepto ‘la mitad’, que se puede expresar de una forma precisa e independiente de cualquier idioma mediante la fórmula ‘50%’. En el siguiente paso, a partir de ese ‘50%’ ya se podría generar el inglés ‘half’ o el francés ‘la moitié’».

Los nombres de lugares, por su parte, se pueden sustituir por códigos alfanuméricos. Por ejemplo, en Wikidata la ciudad de San Francisco tiene adjudicado el ‘Q62’. Los autores podrían utilizar estos datos, áridos pero sólidos, para formular a partir de ellos una entrada perfectamente legible de la Wikipedia en el idioma propio.

Lo del idioma universal es un sueño muy antiguo de la humanidad. El filósofo René Descartes ya propuso en el siglo XVII una «lingua universalis», una lengua de la verdad que permitiera «enumerar todos los pensamientos de los hombres y ponerlos en orden», además de «distinguirlos de forma que sean claros y simples».

«Nosotros somos mucho más modestos, nuestra lengua aspira a ser simple y funcional», dice Vrandecic. Por ejemplo, un armazón de datos puros sobre San Francisco podría ser más o menos así: «instance: San Francisco (Q62), class: object_with_modifier_and_of(».

Esta serie de expresiones de raíz informática no se parecerá a la lengua soñada por Descartes, no tendrá nada de armónica sucesión de pensamientos. Un software de renderizado será el encargado de transformar las series de elementos en un lenguaje comprensible para las personas, dando pie a un ‘artículo resumido’ que luego será pulido por los autores de las entradas de la enciclopedia.

Heather Ford, profesora de Medios Digitales en la Universidad Tecnológica de Sídney, ve un problema: en su opinión, la Wikipedia Abstracta es tan exigente que contribuirá a seguir reforzando el dominio de los países desarrollados en la enciclopedia.

Al contrario, replica Vrandecic: mediante una traducción precisa, las entradas elaboradas en idiomas minoritarios podrían encontrar un acceso más fácil a la Wikipedia inglesa. Además, las traducciones no serían un sustitutivo, sino una herramienta adicional para los autores, que siempre conservarían el control sobre sus textos: «Lo que quiero es que una entrada sobre la cultura amhara venga del amhara, y que una entrada sobre las danzas bengalíes también esté escrita por bengalíes».

Está previsto que la Wikipedia Abstracta presente sus primeros resultados para 2023.

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 Mensaje en que la red social Twitter notifica que la cuenta @realDonaldTrump, perteneciente al presidente estadunidense –que contaba con 88.7 millones de seguidores–, fue suspendida permanentemente debido "al riesgo de mayor incitación a la violencia".Foto Ap

Debido a la inquisitorial censura del GAFAM/Twitter, una plétora de libertarios optó por Signal, alentado por Elon Musk, y Telegram que rebasó ya 500 millones usuarios.

Así como Trump censuró a los chinos de Tik Tok y a Huawei, apuesto a que el equipo de Biden prohibirá Telegram en EU y en su periferia satelital, bajo el pretexto exorcista de ser ruso.

Biden y Trump son las dos caras de la misma moneda del cibertotalitarismo neoliberal (sic) cuando cunde la Guerra de la ciberseguridad (https://bit.ly/3boiuqhx) –planeada hace nueve años y ejecutada ahora como "nuevo 11/9 cibernético"– que ya pusieron en jaque las libertades básicas en EU y en los países donde opera el GAFAM/Twitter en forma supraconstitucional. Se decanta así un G-2: Biden contra Rusia y Trump contra China.

Es el Pentágono –y sus tentáculos del deep State (CIA, FBI, etcétera), al unísono de la bancocracia plutocrática– que controla a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, al GAFAM y al minúsculo Twitter (pero con enorme poder letal): mediante el oculto big brother orwelliano del Consejo de Innovación de Defensa.

El año 2021 es ya el 1984, de Orwell, y el Mundo feliz (¿con vacunas del GAVI (https://bit.ly/35C1DfV)?), de Huxley: premonitorias obras inglesas.

La canciller alemana, Angela Merkel, quien se caracterizó por su colisión con Trump, arremetió contra la censura del GAFAM/Twitter y comentó que la “libertad de opinión es un derecho fundamental ( Daily Mail, 11/1/21)”. Su preocupación radica en que tal censura es "problemática" porque otorga "demasiado poder a los jerarcas de las redes sociales": este "derecho fundamental puede ser interferido a través de las leyes y del marco definido por la legislatura y no de acuerdo con la decisión de la gestión de las plataformas de las redes sociales". ¿Golpe de Estado cibernético privado contra los estados?

Global Times, de China, anti-Trump, critica el "silenciamiento de Trump" que rompe el principio de la libertad de expresión y que juzga mucho más relevante que la “intrusión al Capitolio (https://bit.ly/2MY9iii)”. ¡Mega-uf!

En Rusia, donde se exiló Edward Snowden, feroz crítico de Mark Zuckerberg (https://bit.ly/39v1rAt), causó estupor el pisoteo politizado de la libertad de expresión.

En México, el presidente López Obrador alertó sobre el advenimiento de un "gobierno mundial (sic)" bajo la égida del GAFAM/Twitter (https://bit.ly/35z3zWE).

El israelí progresista Thierry Meyssan hace honor al apotegma laico y tolerante de Voltaire: "Desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo" y expone en el portal francés Réseau Voltaire que “la arbitrariedad y la censura han regresado a Occidente (https://bit.ly/2LLiZQk)”. Advierte que se necesitarán siglos (sic) para "restablecer la libertad de expresión".

La tragedia novelesca de EU, que semeja más a las parodias de Netflix (controlado por Obama), pretende competir con las tragedias griegas cuando Ivanka vendió a su padre, bajo el "factor Jared Kushner", para asistir a la toma de posesión de Biden (https://bit.ly/3sdUNah), lo cual se veía venir cuando sus dos grandes aliados en el gabinete –el israelí-estadunidense Steve Mnuchin, secretario del Tesoro, y el "cristiano sionista" Mike Pompeo, ex director de la CIA y saliente secretario de Estado– traicionaron a Trump a quien deseaban aplicar la Enmienda 25 por disfuncionalidad mental.

No fue nada casual el encuentro antier a la vista pública de Pompeo con el director del Mossad en el Café Milano, según reporta la connotada periodista Meredith McGraw (https://bit.ly/38DagZK).

La cibercra-"CIA" aplica ya la ominosa "técnica Hasbara" del Mossad/Israel cuando en su Santa Inquisición afloran los mismos términos y la misma metodología (https://bit.ly/3qcUKcT).

La técnica Hasbara es el manual lingüístico desinformativo del sionismo cuando lo negro lo hacen blanco y viceversa: poderosa propaganda negra gracias a su control de los multimedia globales y ahora con su manejo liberticida de la cibercra-"CIA".

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Shoshana Zuboff: "Las grandes tecnológicas de Silicon Valley han dado un golpe de Estado contra la humanidad"

Este año, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a importantes batallas judiciales tanto en Estados Unidos como en Europa. Responderán, entre otras cosas, por la desinformación y por su situación de monopolio. Esta socióloga fue una de las primeras voces que nos advirtió del enorme poder de estas compañías. Y ya es considerada una de las personas más influyentes de este siglo.

 

Silicon Valley ha perpetrado un golpe de Estado contra la humanidad. Así lo cree la socióloga y economista estadounidense Shoshana Zuboff. «Se ha hecho sin que nos percatemos y sin sangre».

Zuboff explica que los usuarios de la tecnología ya no son meros clientes, sino la materia prima de un nuevo sistema industrial; a los que se exprime para extraer sus datos, hacer predicciones sobre su conducta y vender productos a terceros. Este es el hilo conductor que recorre La era del capitalismo de vigilancia (Paidós), considerado ya como uno de los libros más influyentes de este siglo. A Zuboff se la compara con el economista Thomas Piketty, que alertó de que la creciente concentración de la riqueza es inevitable si no se modifica el sistema, pero, a diferencia de Piketty, Zuboff concita el aplauso del Financial Times y The Wall Street Journal.

XLSemanal. Hay una idea muy potente en su libro y es que nuestras vidas digitales no tienen por qué ser como son ahora, que podrían, y deberían, ser de otra manera…

Shoshana Zuboff. No solo me refiero a lo que hacen Google o Facebook, sino a toda una lógica económica que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas. El capitalismo de vigilancia demanda nuestra atención continua con técnicas de persuasión y de ingeniería de la conducta que antes habían sido probadas y perfeccionadas por las empresas de juego, porque cualquier casino sabe que no hay nada más rentable que un adicto. Y el capitalismo de vigilancia se agarra al poder de muchas formas. Una de ellas es la retórica. Ha aprendido a confundir a todo el mundo durante veinte años. Cuando te quejas de algo de lo que hacen, ellos te responden que es la consecuencia inevitable de la tecnología digital.

¿Y no lo es?

S.Z. Para nada. Le pondré un ejemplo. Cuando el público descubrió que Google se quedaba con todos esos datos de nuestras búsquedas, Eric Schmidt –el antiguo CEO– reconoció que era verdad que los motores de búsqueda retenían información. ¡Pero eso es retórica! Porque en el fondo está diciendo: «Hey, no soy yo; es la máquina». Y no es verdad. Son ellos los que se quedan con los datos para alimentar a la inteligencia artificial y hacer predicciones.

¿No es un peaje razonable a cambio de un servicio gratuito?

S.Z. Es que estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. Una es la tecnología digital. Y otro es la lógica económica basada en extraer datos en secreto, apropiárselos y venderlos. Esa lógica económica no puede sobrevivir sin lo digital, pero es muy fácil imaginar la tecnología digital sin capitalismo de vigilancia.

Perdone que sea un aguafiestas, pero a estas alturas dudo de que sea fácil…

S.Z. En 2000, un grupo de ingenieros de Georgia Tech diseñó un proyecto que llamaron Aware Home, un precedente de lo que hoy conocemos como ‘hogar inteligente’: con teleasistencia para ancianos, eficiencia energética… Pero los datos circulaban en un bucle cerrado. Los aparatos de la casa le proporcionaban información exclusivamente a los que residían en ella. Porque son datos muy privados. Esa tecnología era respetuosa. Pues bien, pasó el tiempo, y en 2017 dos expertos legales de la Universidad de Londres analizaron algunos altavoces inteligentes, tipo Google Home (o Nest), de los que puedes poner en tu salón. Y calcularon que un consumidor informado debería revisar un mínimo de mil contratos de privacidad, porque ese dispositivo recoge datos de lo que hablan los inquilinos, en qué habitación están, los ruidos… Y se comunica a su vez con otros aparatos inteligentes de la casa. Y envía esos datos a Google. Y Google los vende a terceros. Y estos los revenden…

No hace falta comprarse un altavoz, mucha gente se va a la cama con el móvil. Y es lo primero que consulta cuando se levanta.

S.Z. No queda ahí la cosa. Google dice que no asume ninguna responsabilidad de lo que hagan esos terceros con los datos. Y cada contraparte dice lo mismo. Así que hay cientos de compañías que tienen un dominio completo sobre tus datos. Toman lo que quieren y lo usan como quieren, sin transparencia y sin control. Y esto viene a cuento porque hace 17 años teníamos un futuro prometedor: un hogar inteligente para vivir mejor. Y esa idea ha sido traicionada. Y en nuestro hogar, que debería ser un santuario, no solo entran Google, Apple, Amazon y Facebook, entran cientos de compañías que no conocemos. No puedes cerrar la puerta de tu casa. Y, aunque la cierres, da igual porque ya están dentro. Y esto no debería ser así; se nos ha impuesto de manera unilateral, ilegítima y secreta. Pero no es inevitable.

Muchos niños manejan el móvil mejor que sus padres. ¿De verdad cree que se le puede dar la vuelta a esto?

S.Z. Sí, pero va a llevar algún tiempo… Si hubiéramos estado los últimos veinte años intentándolo y no lo hubiéramos conseguido, sería pesimista, como usted, pero la verdad es que no lo hemos intentado. El capitalismo de vigilancia ha tenido barra libre. La democracia se ha dormido al volante. Tenemos una oportunidad porque ahora conocemos sus peligros. Es hora de remangarse y hacer una labor crucial para nuestro futuro y el de nuestras democracias.

¿Pero estamos por la labor?

S.Z. A principios del siglo XX había niños trabajando en las fábricas. Las grandes compañías tenían todo el poder en Estados Unidos. Ni los trabajadores ni los consumidores podían enfrentarse a ellas. Sus abogados ganaban todos los pleitos. Pero fuimos capaces de utilizar la democracia, la ley y la política para crear nuevos derechos y contener los excesos del capitalismo industrial. Y ¿sabe qué? La segunda mitad del siglo XX fue muy próspera en muchos países. Nada es perfecto, pero ahora tenemos una oportunidad similar. Entramos ahora en una década en la que se va a decidir el futuro del siglo XXI. Y creo que veremos emerger un paradigma nuevo que va a poner freno o, por lo menos, a limitar los aspectos más perniciosos del capitalismo de vigilancia. Y creo que será necesario que algunas de sus actuaciones se ilegalicen porque son conductas criminales.

Ya se está investigando a las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg y Jeff Bezos han tenido que responder ante el Congreso, pero de ahí a considerarlos delincuentes va un trecho.

S.Z. Yo considero a los ejecutivos de Silicon Valley como emperadores. Ejercen un poder que no da cuentas a nadie. No queremos a estos ejecutivos poderosos a los que les importan un bledo nuestras vidas, que son radicalmente indiferentes a los problemas reales de la gente. ¡No los queremos!

¿Cómo convence a la gente de que Google o Facebook son peligrosos, aunque nos hagan la vida más fácil?

S.Z. No creo que tenga que convencer a nadie. Recientemente se ha publicado una gran encuesta en Estados Unidos. Se les preguntó a los norteamericanos si los riesgos de que las compañías recopilen sus datos eran mayores que los beneficios. Y es la primera vez que el 81 por ciento considera que los riesgos exceden a los beneficios. Es un punto de inflexión. Estábamos acostumbrados a preocuparnos por cómo manejan nuestros datos los gobiernos y no tanto las corporaciones, pero ahora las cosas han cambiado.

Pero entre los ganadores de la pandemia están las tecnológicas. Bezos ha duplicado su fortuna desde marzo y es el ser humano más rico de la historia.

S.Z. Las encuestas detectan otra tendencia. El 84 por ciento de los norteamericanos no confían en que las compañías que poseen las redes sociales arreglen los problemas que han creado. Y un estudio global de Pew Research señala que once países consideran que la desinformación es la mayor amenaza contra la democracia. Lo que estamos viendo es una pérdida de fe en estas corporaciones. La gente ahora se moviliza. Ve el riesgo.

¿Qué hay de malo en que Netflix y Amazon conozcan nuestros gustos y nos recomienden libros o series?

S.Z. Los gigantes tecnológicos quieren que creamos que la privacidad es privada. Que nosotros tenemos el control de lo que queremos exponer y lo que no. Yo les doy unos pocos datos a Facebook a cambio de un servicio que es gratis.

Se supone que ese es el trato, ¿no? Las condiciones de servicio que pocos leen y casi todos aceptan para tener correo, mapas, hacer búsquedas, compartir fotos…

S.Z. Pero lo que hemos aprendido es que, cada vez que consentimos darles datos, ellos toman muchos más de los que creemos. Si publicas algo en Facebook, no les importa lo interesante o veraz que pueda ser, pero lo desmenuzan. Examinan si usas signos de admiración para sacar conclusiones sobre tu estado emocional. Porque las emociones son comportamientos fáciles de predecir. Y muy rentables. La inteligencia artificial de Facebook examina billones de esos datos cada día y es capaz de producir seis millones de predicciones por segundo. Y muy pocos de esos billones de datos los damos a sabiendas ni por propia voluntad. Los cogen sin que nos enteremos. Cada vez que utilizamos las redes sociales, alimentamos a un sistema cuyas asimetrías de poder y de conocimiento están minando nuestras democracias y aumentando la desigualdad.

¿A qué se refiere cuando habla de asimetrías?

S.Z. A que hay una gran diferencia entre lo que ellos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos; entre lo que podemos hacer y lo que ellos nos pueden hacer. El conocimiento y el poder son inextricables.

Siempre lo han sido…

S.Z. Pero ahora vemos, por ejemplo, que el sistema de reconocimiento facial de Microsoft, desarrollado con fotos de Facebook, no se utiliza solo con propósitos académicos, como nos habían contado, sino que Microsoft lo vendió a clientes militares, incluido el Ejército chino, que mantiene a los uigures musulmanes sometidos a una vigilancia constante. Nuestras fotos de Facebook están sirviendo para encarcelar a gente inocente en una campaña genocida contra una minoría religiosa. No es algo trivial. Estamos exponiendo no solo a nuestra sociedad, sino a todas las sociedades, a estos sistemas. Y la gente empieza a entenderlo. Es un desafío político y legal. Nos están robando una parte de nuestras vidas sin nuestro permiso. Tenemos que parar esto. Y creo que podemos.

 

Por Carlos Manuel Sánchez / Fotografía: Bernd Von Jutrczenka

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Oficinas del Banco de Francia incendiadas durante la marcha contra la nueva ley de seguridad nacional en París.GEOFFROY VAN DER HASSELT / AFP : REUTERS

Decenas de miles de personas protestan contra los límites de filmar a policías y gendarmes en varias ciudades del país. En París, algunos grupos han provocado incidentes violentos

 

Más de 100.000 personas salieron este sábado en Francia a protestar contra la ley de Seguridad Global que promueve el Gobierno de Emmanuel Macron, especialmente por el controvertido artículo 24 que prevé limitar la difusión de imágenes de los agentes de las fuerzas del orden. La protesta más masiva tuvo lugar en París, donde algunos incidentes violentos provocados por grupúsculos de extrema izquierda ensombrecieron el final de una “marcha por las libertades” convocada por periodistas, políticos de la oposición y organizaciones de derechos humanos que, pese a todo, fue mayoritariamente pacífica.

egún el Ministerio del Interior, 133.000 personas se manifestaron en todo el país. Los organizadores cifraron la asistencia en medio millón de personas. Solo en París, marcharon al menos 46.000, de acuerdo con las cifras oficiales. Otras manifestaciones con fuerte participación fueron las de ciudades como Marsella, Montpellier, Rennes o Lille, una semana después de movilizaciones más minoritarias por el mismo motivo. La parisina fue la convocatoria más concurrida y, también, la que registró algunos episodios de violencia que provocaron que la policía disolviera el final de la manifestación con gases lacrimógenos y camiones de agua. Alrededor de medio centenar de personas fueron detenidas en la capital francesa por enfrentarse a los agentes e incendiar vehículos, mobiliario urbano y hasta algunos locales comerciales, entre ellos una oficina del Banco de Francia. El ministro del Interior y principal impulsor de la polémica norma, Gérald Darmanin, informó de que al menos 37 agentes habían resultado heridos, en una nueva muestra, dijo, de “violencia inaceptable contra las fuerzas del orden”.

Las condiciones para una protesta masiva estaban dadas. El sábado amaneció fresco, pero soleado y era, además, el primer día de “aligeramiento” del confinamiento nacional, con la reapertura de comercios y la extensión del permiso de salir tres horas y hasta a 20 kilómetros del domicilio. Pero sobre todo, hervía la indignación. Los franceses han vivido los últimos días una “consternación” compartida hasta por el propio Macron, tras una sucesión de casos de violencia policial destapados por grabaciones de cámaras que han dado más argumentos que nunca contra quienes afirman que la normativa aprobada esta misma semana en primera lectura en la Asamblea Nacional es “liberticida” y favorecerá la impunidad policial. Tras el desmantelamiento violento el lunes de un campamento de inmigrantes en la céntrica plaza de la República de París —punto de partida este sábado de la manifestación capitalina—, el jueves se conoció la brutal paliza que varios agentes propinaron a Michel Zecler, un productor musical negro. El incidente fue registrado por una cámara de seguridad y por vecinos. El artículo más controvertido de la ley es el 24, que prevé penas de hasta un año de prisión y 45.000 euros de multa por difundir imágenes de policías o gendarmes con la intención de dañarles.

“Francia es el país de los derechos humanos y es normal que se proteja a la policía, pero sobreprotegerla en detrimento de la población no puede ser. Esta ley es mala”, explicaba Alexandre, un veinteañero que participó en la protesta de París con un grupo interracial de amigos. “El problema del racismo siempre ha estado ahí, pero veo que cada vez hay más gente, no solo negros, que se dan cuenta de la situación, gente de todos los estratos sociales y edades”, comentaba a su lado Césaire, un joven negro que acaba de terminar sus estudios y está buscando su primer empleo.

“No es normal que tengamos miedo de la policía, hasta yo, que soy blanca y mujer lo tengo”, decía también Lucie Lafargie, una adolescente que se manifestó con sus dos hermanas y sus padres. “En democracia no hay nada más antidemocrático que impedir filmar. Con George Floyd vimos la importancia de grabar” a la policía, acotó su madre, Marie, quien dijo sentirse “asqueada” por las escenas de racismo policial que se han denunciado en el país en los últimos meses.

La Marcha por las Libertades había sido convocada por el comité Stop la Ley de Seguridad Global, compuesto de sindicatos, asociaciones de periodistas y organizaciones de derechos humanos, entre otros. “Sin imágenes difundidas por la sociedad civil, la violencia policial quedará impune. No queremos una sociedad donde el Estado puede ver con drones y cámaras peatonales sin ser visto”, señala su manifiesto.

El cortejo parisino discurrió desde la plaza de la República hasta la de la Bastilla, donde se registraron los principales incidentes. A la manifestación de la capital asistieron representantes de sindicatos y organizaciones periodísticas, como Reporteros Sin Fronteras, así como los responsables de los principales partidos de izquierda, desde el socialista Olivier Faure, que marchó junto con el líder de los ecologistas, Yannick Jadot, al líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon o el excandidato presidencial socialista Benoît Hamon. Faure denunció la “brecha creciente” entre la policía y una parte de la sociedad, en la que “el Gobierno tiene una fuerte responsabilidad”. “El artículo 24 de la Ley de Seguridad Global ha dado una señal de impunidad a los policías violentos”, lamentó, y reclamó la retirada de “todos los artículos liberticidas” de la polémica normativa. Mélenchon llamó a una “refundación de la policía (…) para reconstruir los vínculos de confianza con la sociedad”.

Tanto el artículo 24 como el resto de la norma han sufrido ya diversas modificaciones antes de su aprobación el lunes gracias a la mayoría macronista en la Asamblea Nacional. Las imágenes de la paliza al productor musical Zecler, difundidas el pasado jueves, han provocado sin embargo una fuerte tormenta en el seno del Gobierno, cuya respuesta, proponer una comisión independiente que vuelva a redactar el artículo 24 de la ley, no ha logrado calmar los ánimos del país, como demostraron las manifestaciones de este sábado. Además, ha provocado una crisis política que ha enfrentado al Ejecutivo incluso con sus diputados, muy dolidos, al igual que otros parlamentarios, por el “cortocircuito” que sienten supuso la propuesta de que una comisión no parlamentaria revise un texto legal que está siendo trabajado aún por el poder legislativo. Finalmente, el primer ministro, Jean Castex, tuvo que dar marcha atrás el viernes y asegurar que la comisión no reescribirá la ley, pese a lo cual el malestar político tampoco se ha disipado.

Por SILVIA AYUSO

París - 28 NOV 2020 - 17:22 COT

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Lunes, 09 Noviembre 2020 05:40

Los periodistas deben combatir la mentira

Detalle de un mural que conmemora el 'Domingo sangriento', Derry, Estados Unidos

Luego de la muerte de Robert Fisk el pasado viernes 30 de octubre, el 1 de noviembre de 2020 'The Independent' reprodujo algunos de sus mejores envíos en treinta años de labor informativa.

Publicado originalmente el 17 de enero de 2000, en este artículo Robert Fisk cuestiona por qué tantos corresponsales terminan a menudo como voceros de la propaganda militar cuando cubren guerras.

 

¿Quién podría sentirse sorprendido por los informes de que a Mark Laity, el corresponsal de defensa de la bbc, se le ha ofrecido el puesto de segundo al mando del vocero de la otan, James Shea? “No sentí que Jamie Shea me mintiera en absoluto”, anunció Laity. Esto lo dice después de una guerra en la que la otan contó mentirijillas acerca de sus ataques a convoyes de refugiados, del bombardeo en el centro de Prístina, de atacar un hospital de Surdulica, sobre el número de tanques serbios destruidos, y de que –asombrosamente– rehusó contestar las preguntas de una comisión de la onu sobre el uso de municiones de uranio deprimido en el bombardeo a Kosovo.

Pero, ¿qué pasa con los corresponsales de defensa que tan a menudo terminan en voceros de la más cruda propaganda militar? Sin duda no es nada nuevo. En la primera guerra mundial, los corresponsales informaban obedientemente sobre niños crucificados por los alemanes en las puertas de las iglesias y de cómo los alegres soldados británicos tomaron la sangrienta batalla del Somme como si fuera cosa de todos los días.

De hecho, Jamie Shea escribió su tesis de doctorado acerca de la propaganda británica en la primera guerra mundial. Se deja ver. La otan realizó su campaña de propaganda desde Bruselas como una tirada populista en la que Shea citó a Shakespeare –“incómoda descansa la cabeza que lleva una corona”– para ilustrar los problemas del líder serbio Slobodan Milosevic, a quien luego llamó Al Capone. Mientras se montaba este teatro encantador, los corresponsales de defensa que se reunían para las conferencias cotidianas eran arcilla en sus manos. Los serbios cometían crímenes de guerra, atrocidades –y de hecho lo eran–, así que, ¿quién osaría criticar a la otan?

En realidad, Laity es un tipo simpático, y sus constantes y confiadas apariciones en Bruselas eran un bálsamo para los espectadores de la bbc que, al leer periódicos más críticos, se preguntaban si podría haber algo indebido en una campaña de bombardeos de la otan que comenzó contra cuarteles militares y luego se extendió con promiscuidad hacia puentes, un tren, vías férreas, fábricas, convoyes de refugiados, hospitales y a veces hasta un tanque serbio. Así pues, cuando la otan masacró a docenas de refugiados albaneses en el primero de sus “errores” masivos, Laity sabía de qué lado estaba su juicio.

Shea apremió a los periodistas a parar el fuego, a no acusar a la otan de asesinar a los refugiados hasta que no presentara una explicación. No tuvo problemas con Laity. “Entendí desde el principio que aquí había una guerra de propaganda”, reconoció Laity más tarde. “Y mi juicio era que los serbios eran muy capaces de crear confusión deliberadamente; sabíamos –y con el tiempo los sucesos lo demostraron sin lugar a dudas– que los serbios mataban un montón de albaneses. Deliberadamente. Así que, si mataban albaneses deliberadamente y podían culpar a la otan a la vez, pues era una especie de doble golpe. Así pues, yo lo que quería era que la gente tomara las cosas con calma.”

Sólo después de que algunos periodistas fueron llevados a Kosovo por los serbios, y la evidencia que encontraron –The Independent recogió de la escena las claves de computadora de pedazos de bombas– demostró que la otan era responsable, fue cuando Shea presentó al comandante de los jets estadunidenses que bombardearon el convoy. En su mayoría, nuestros colegas en Bruselas recibieron la línea de la otan y la repitieron al aire como loros. “La otan tiene plena confianza en que atacó un convoy militar”, informó Laity en un principio. Nótese la redacción. No informó que la otan “dijo” tener confianza. Su confianza fue tomada como un hecho, exactamente como Shea quería.

Podemos entender los problemas de los corresponsales de defensa, en especial si trabajan para la bbc. No quieren perder sus contactos. “Yo hablaba con buenas personas, no con propagandistas”, diría Laity más tarde acerca de sus fuentes. Si los periodistas se volvían indebidamente escépticos, podrían ser considerados fuera de lugar, cínicos, incluso antipatrióticos. Nada nuevo en eso. Todavía recuerdo cómo un montón de corresponsales intentaron justificar la matanza del Domingo Sangriento en Derry en 1972 repitiendo las mentiras del ejército británico. Lo mismo ocurrió en la Guerra del Golfo de 1992.

El Servicio Mundial de la bbc eliminó poco a poco cualquier comentario crítico de su cobertura en el Golfo. Recuerdo haber encontrado un convoy médico del ejército británico, enviado a la frontera de Kuwait sin mapas, a punto de cruzar hacia territorio iraquí ocupado. Un montón de fuerzas especiales estadunidenses, un fotógrafo francés y yo los encontramos cuando intentaban negociar para que los dejaran cruzar la estación fronteriza saudita en Khafji, mientras su comandante –proveniente de Armagh, en Irlanda del Norte– me rogaba usar mi mapa porque no traía uno.

Cuando di cuenta de esto, la bbc optó por no entrevistarme. En cambio, dos reporteros fueron al aire para desacreditar mi reporte. “Anecdótico”, dijeron. Uno de ellos era Mark Laity.

Tal vez ese es el trabajo de un corresponsal de defensa: presentar el punto de vista del ejército. Por eso –con crueldad, pero, me temo, con veracidad– me referí en este diario al desempeño de Laity como el de “una oveja con piel de oveja”.
No he cambiado de opinión. Los corresponsales
de defensa fallaron en confrontar a Shea sobre el uso de cartuchos de uranio deprimido, sobre los civiles muertos en el hospital de Surdulica donde se escondían soldados serbios, sobre los informes de testigos de que el piloto de la otan que lanzó cohetes al tren yugoslavo en Gurdulice regresó para un segundo ataque, y sobre la crítica demanda de la otan de que los serbios permitieran que las tropas aliadas cruzaran por Yugoslavia, nación que fue simplemente abandonada al final de la guerra de Kosovo. Ningún reportero en Bruselas preguntó qué protección planeaba dar la otan a la minoría serbia en Kosovo después de la guerra. En su momento, la mayoría fueron “limpiados” por los albaneses a plena vista de la otan.

Los reporteros de la cadena británica itv tuvieron muchas más agallas. Quien haya observado la soberbia transmisión de Jonathan Dimbleby en la televisora lwt de esa cadena –desde dentro de Kosovo– puede ver de qué debe tratarse la información televisiva. Su cobertura de las expulsiones de serbios, de la intimidación del Ejército de Liberación de Kosovo a sus propios ciudadanos, y de la incapacidad de la otan de imponer orden, fue todo un modelo.

Dimbleby, junto con Keith Graves, de Sky, y otros, tal vez sean lobos en piel de lobo, pero hacen su trabajo, a diferencia de otros entre nuestros colegas durante la guerra. Veamos, por ejemplo, ese tren al que se ve acercarse a velocidad a la vista del bombardero en Gurdulice, demasiado tarde para poder evitar el ataque. ¿Parece que va demasiado rápido para ser un tren eléctrico que corre por un viaducto sobre el desfiladero de un río? En el video que Shea mostró a los chicos de la defensa, parecía moverse a la velocidad del Eurostar. Ahora resulta que la otan aumentó tres veces la velocidad del filme. Los reporteros en Bruselas no se dieron cuenta. Confiaron en la otan. Creían que la otan nunca mentía.

El 30 de agosto del año pasado, escasos dos meses después del fin de la guerra de Kosovo, los periodistas de la televisión se reunieron en Edimburgo para debatir su cobertura. Hubo algunos mea culpa y un montón de palmadas en la espalda –los chicos de la tele no se distinguen por su modestia– y, cuando sugerí que la cobertura de la otan había estado en el nivel de una revista militar para hombres, muchos menearon la cabeza. Laity calificó de “diatriba” mis críticas –yo había repetido la descripción de la “oveja”– y trató de justificar la guerra de la otan comparando el número de “errores” con el de ataques “exitosos”, proporción que, según recuerdo, supuestamente ascendía a uno por mil. En algún momento Laity reveló que, en las últimas etapas de la guerra, la otan tomó la decisión táctica de dejar de disculparse por la muerte de civiles en Yugoslavia. Era la primera vez que yo sabía de eso. ¿Por qué no nos lo dijeron en su momento?

Pero yo no estoy en contra de Laity. Estoy en contra de la cultura de la profesión de los corresponsales de guerra, como si su razón de ser fuera ofrecer el lado militar del argumento en vez de desafiar a los poderosos generales sobre un tema en el que se supone que los corresponsales son expertos. Los corresponsales de defensa trabajan duro. Recuerdo que Laity dijo que había hecho más de ochocientas transmisiones desde el cuartel de la otan durante el bombardeo; probablemente hizo muchas más en Bruselas, y a bajo costo, desde luego, para sus patrones. Pero luego, con una gran sonrisa, añadió en broma: “Yo era fácil, salía barato.”

Informes sobre la propuesta de empleo de la otan a Laity indican que todavía negocia una cifra más alta que las 100 mil libras que se piensa que le han ofrecido. Fácil, tal vez. Pero, sin duda, nada barato l

-08 Nov 2020 07:04


The Independent
Traducción de Jorge Anaya

Publicado enSociedad
Jueves, 05 Noviembre 2020 05:51

Lo público es del pueblo

Lo público es del pueblo

Límites de la libertad de prensa

La comunicación de la comunidad no puede reducirse al rédito económico y el negocio de los medios tiene que tener un límite y una orientación, porque el espectro radioeléctrico es un bien de dominio público y debe ser regulado en bien de la democracia.

 

Las declamaciones en defensa de la exorbitada referencia a la “libertad de prensa” de muchos medios podrían resumirse a “los negocios no se tocan”. A pesar de este repiqueteo descalificador no lograron impedir que muchas otras voces comenzaran  a  hacerse oír. Lejos se está de negar el acentuado carácter comercial de buena parte de los emprendimientos de medios. Pero hay dos cosas que no se pueden obviar. Una, que la comunicación de la comunidad no puede reducirse a un negocio, porque el reduccionismo mercantilista de la comunicación es una forma de atribuirle un poder totalitario. Dos, la posibilidad del negocio de los medios tiene que tener un límite y una orientación. El espectro radioeléctrico es un bien de dominio público y debe ser regulado. Este es el camino para una verdadera democracia. El filósofo J.Habermas se preguntaba cómo ejercer la libre representación de lo público en un espacio que tiene dominio privado cuyo objetivo no es político, sino económico.

La uniforme voz de los medios más importantes ha dejado de ser para muchos la voz de la verdad única. El halo de infalibilidad y autoridad que muchos medios y periodistas ejercieron por muchos años se ha ido desmoronando. Hace tiempo que no puede ya sostenerse que todo lo que ocurre en la sociedad es verdad porque así lo dicen la televisión, los diarios o la radio.

La destronada arrogancia de los medios

¿De dónde ha venido esa arrogancia de los medios para considerarse dueños indiscutibles de la verdad? Se podría pensar si algo de esto no lo han heredado o tomado de lo religioso. La actitud todopoderosa de los religiosos, en muchos momentos de la historia, definía los límites entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo justo de lo injusto. El poder que provee tener información pone una distancia y un grado de superioridad en una relación que parece inhibir toda crítica. Pero los tiempos de la autoridad religiosa impositiva como la de los medios han terminado, la verdad no les pertenece. La verdad se va creando en la verdadera comunicación sin ataduras de la comunidad toda. La comunicación democrática se abre paso.

Nuestro país ha vivido muchos períodos de oscuridad y opresión que han costado muchas vidas, impedido mucha creatividad, producido mucho dolor. No se pueden plegar las banderas de la ciudadanía responsable por el atropello de unos pocos que solo tienen el argumento de su fuerza y su poder económico. Esta es una hora para sacar a la luz a su propios fundamentos y hermanarse con el pueblo todo en la búsqueda de la comunidad solidaria.

En la era del control y el desprecio por la verdad

Mucho se ha hablado sobre el control de los medios y el control de las mentes como una relación inevitable. Lo cierto es que las intenciones de dominación no siempre logran los resultados buscados. Del control de medios al control de mentes hay una gran distancia. Decía Ignacio Ramonet, destacado investigador de la comunicación, que el problema no está en decir que la televisión nos manipula. Para él, el problema está en saber cómo manipula y esto no es tan evidente. La propuesta de un monitoreo de toda información tiene que ser una herramienta útil para valorar y mostrar buenas y malas intenciones de los medios.

Una enérgica acción es ineludible respuesta. Muchos comunicadores, entre los que se encuentran jóvenes bien capacitados, son incansables trabajadores por la democratización de la comunicación, y repetidamente insisten en que se necesitan políticas públicas activas. La salud de la comunidad toda lo necesita.

* Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.

Publicado enCultura
Sábado, 24 Octubre 2020 05:36

La puñalada

La puñalada

Los medios globales y su abandono de Julian Assange

 

Mientras se lo juzga para ser extraditado a Estados Unidos, donde podría ser condenado a 175 años de prisión, la suerte del periodista australiano brilla por su ausencia en las portadas de los principales periódicos de alcance mundial. Detrás de ese silencio asoma una política de complicidades que hiere de muerte la noción misma de periodismo.

El 4 de enero se sabrá la suerte de Julian Assange. Ese día, en Londres, la Justicia británica decidirá finalmente si concede o no la extradición del fundador de Wikileaks a Estados Unidos, que lo quiere juzgar por espionaje. Si así fuera, si los jueces de Su Majestad consideraran que la demanda es pertinente y la condena a la que podría ser sometido al otro lado del Atlántico no es «desproporcionada» o incompatible con el «respeto a los derechos humanos», el casi quincuagenario australiano podría pasar el resto de su vida en la cárcel: los cargos que se le imputan en Estados Unidos le valdrían una condena de 175 años.

Julian Assange está detenido en una cárcel de alta seguridad inglesa desde abril de 2019, en condiciones denunciadas por relatores de la Organización de las Naciones Unidas como análogas a la tortura. Los siete años anteriores los pasó en la embajada ecuatoriana en Londres, donde se refugió en 2012, cuando en Quito gobernaba Rafael Correa. Assange era reclamado entonces por la Justicia sueca debido a acusaciones de violación que terminaron siendo abandonadas por su endeblez (véase «Operaciónmasacre», Brecha, 7-II-20). Él ya temía que la demanda sueca fuera parte de un plan para entregarlo –tras una breve escala judicial en Estocolmo– a Estados Unidos. La llegada al gobierno de Ecuador, en 2017, de Lenín Moreno, que acabó alineado con Washington, supuso el descenso del australiano a los infiernos: primero le hicieron la vida imposible en la embajada, luego le sacaron la protección. La Policía inglesa lo detuvo apenas pudo traspasar la puerta del local diplomático. En Washington, el gobierno de Donald Trump se refregó las manos (lo mismo habría hecho Hillary Clinton de haber ganado las elecciones de 2016): por fin podría darle su merecido a este «espía», acusado fundamentalmente de haber revelado, desde 2010, cientos de miles de documentos clasificados relacionados con las guerras de Irak y Afganistán; entre ellos, pruebas de asesinatos cometidos por las fuerzas estadounidenses en el marco de conflictos en los que los aliados de la superpotencia también están implicados. Desde Wikileaks, Assange había hecho eso y mucho más: denunció tramas de corrupción y enjuagues múltiples de multinacionales y fue de los primeros en advertir sobre la magnitud a la que llegaría el ahora llamado capitalismo de vigilancia.

***

A pocos parece interesarles hoy la suerte del australiano. Como otros célebres «lanzadores de alertas» (whistleblowers), del tipo de Edward Snowden y Chelsea Manning, Assange se ha quedado solo. Medios de prensa que gran lucro obtuvieron en su momento, cuando el fundador de Wikileaks los eligió a ellos para difundir sus filtraciones (The Guardian, El País de Madrid, The New York Times, The Washington Post, Der Spiegel, entre otros), le han soltado la mano. Poco y nada se puede leer en esos diarios o semanarios –que, en su mayoría, pasan por progresistas– sobre las condiciones de detención de Assange en la prisión de alta seguridad de Belsmarch o sobre el propio proceso de extradición, cuyas irregularidades y los peligros que estas representan para el derecho a la información han denunciado abogados, organizaciones de defensa de los derechos humanos y medios independientes. Abundan, en cambio, en esas publicaciones progres, los relatos sobre el «vedetismo» y el «narcisismo» del australiano, sus aventuras sexuales, sus «excesos», su «afán de poder», su «decadencia».

***

En una nota publicada originalmente en Counter Punch (rebelión.org difundió su versión española en dos partes, el 2 y el 3 de octubre, bajo el título «¿Por qué The Guardian guarda silencio?»), el periodista británico Jonathan Cook sostiene que, cuando Assange concedió a esos medios la exclusiva de sus filtraciones, ya era consciente de que en algún momento podría ser víctima de una puñalada trapera. Si había habido un acuerdo entre Wikileaks y esas publicaciones era porque circunstancialmente ambos ganaban. Pero, en verdad, poco los unía. Cook recuerda que cuando Barack Obama lanzó, en 2011, su ofensiva contra Assange, al que denunció en función de una draconiana ley de espionaje que data de 1917, la estrategia estadounidense estaba basada en crear una brecha entre el fundador de Wikileaks y los medios liberales que habían colaborado con él. Nada tenían que temer esos medios ni sus periodistas: habían obrado de buena fe, decían por entonces los abogados de la Casa Blanca. Assange, en cambio, no era un periodista, apenas un espía que pretendía dañar a Estados Unidos.

Los defensores de Assange optaron entonces por la contraria: Assange no sólo era periodista, sino que practicaba el periodismo del bueno, ese que deja al desnudo las manipulaciones y el accionar ilegal de los poderosos del mundo. El propio fundador de Wikileaks afirmaba en una entrevista que concedió a su compatriota Mark Davis en 2011: «Si he conspirado para cometer espionaje, todos los otros medios de comunicación y sus principales periodistas también han conspirado para cometer espionaje». «Lo que hace falta es tener un frente unido en este asunto», agregaba, invitando a quienes habían sido sus socios a seguir con la colaboración. Pero no hubo tal frente: convocado por el Ministerio de Justicia estadounidense, el editor de The New York TimesBill Keller dijo que su diario se había limitado a obrar como receptor pasivo de la documentación enviada por Wikileaks. Era una falsedad (todos los medios que recibieron las filtraciones las ordenaron y «trabajaron»), pero marcaba lo que sería, de ahí en más, la actitud de las publicaciones liberales en este asunto. Aun así, destaca Cook, el gobierno de Obama no encontró la manera de imputar a Assange sin, al mismo tiempo, perjudicar a medios tradicionalmente aliados del Partido Demócrata, como el propio Times y The Washington Post, y a sus principales plumas. Debió, entonces, abandonar esa línea.

***

La estrategia desplegada actualmente por los abogados estadounidenses es la opuesta: reconocen explícitamente la condición de periodista de Assange y, tal como lo advertía él mismo años atrás, al hacerlo lanzan una advertencia contra todos los periodistas que intenten, de lejos o de cerca, seguir el camino de los wikileakeros: corren el riesgo de ser imputados por espionaje allí donde se encuentren. De este cambio de línea, que se produjo durante el juicio de extradición que se sigue en Londres y que supone una amenaza para la profesión periodística como tal, ni una línea se publicó en aquellos grandes medios que buen partido sacaron de su colaboración de antaño con Wikileaks, denuncia Cook. En Gran Bretaña, The Guardian ha obrado, de hecho, como punta de lanza de las acusaciones contra Assange.

Durante el proceso, investigadores independientes han denunciado «prácticas desleales» de los editores del venerado matutino británico, así como de otros medios asociados. Entre las principales acusaciones estadounidenses contra Assange, se afirma que en la documentación que filtró aparecían los nombres de agentes secretos que por su culpa corrieron el riesgo de ser asesinados y que el australiano era muy poco cuidadoso en su forma de operar. David Leigh, editor de The Guardian que trabajó con Assange en 2011, hizo esa misma afirmación en un libro que publicó aquel año junto con otro periodista del mismo diario, Luke Harding: Wikileaks: Inside Assange’s War on Secrecy. Christian Grothoff, experto en informática de la Universidad de Berna; John Goetz, periodista de Der Spiegel; Nicky Hager, periodista de investigación neozelandés, y John Sloboda, profesor y miembro del Iraq Body Count (un proyecto que contabiliza los muertos de la guerra de Irak),relataron, en cambio, que fueron «sus socios mediáticos» –en especial Leigh– quienes presionaron a Assange para que les brindara las sumamente engorrosas contraseñas que utilizaba para encriptar la documentación.

Grothoff, Goetz, Hager y Sloboda colaboraron con el australiano en eliminar nombres en los cables a filtrar. «Assange podía llegar a ser exasperante en su minuciosidad […]. En esa época me irritaba mucho su obsesión por recordarnos constantemente que debíamos asegurarnos, que necesitábamos encriptarlo todo, que teníamos que usar chats encriptados. Yo creía que era un insensato y que estaba paranoico, pero luego el procedimiento se convirtió en la práctica periodística normalizada», dijo, por ejemplo, Goetz en una de las recientes audiencias de extradición. En su libro, Leigh reveló una de las contraseñas generadas con esa metodología y «ese escandaloso error de The Guardian abrió la puerta para que cualquier servicio de seguridad del mundo penetrara en los documentos una vez que pudieron crackear la sofisticada fórmula de Assange para idear claves», indica Cook. «Gran parte del furor provocado por la supuesta incapacidad de Assange de proteger los nombres en los documentos filtrados por él publicados –lo que ahora es el núcleo del caso de extradición– viene del papel que jugó Leigh en el sabotaje del trabajo de Wikileaks. Assange debió realizar una operación de control de daños debido a la incompetencia de Leigh, la que lo obligó a publicar los documentos a toda prisa, para que cualquiera que estuviera preocupado por si era nombrado en los documentos pudiera saberlo antes de que servicios de seguridad hostiles lo identificaran», añade.

En cuanto a Harding, el coautor del libro de Leigh, fue quien hace un par de años difundió, en el propio The Guardian, una serie de «revelaciones» –que luego se comprobaron falsas– sobre supuestas reuniones de Assange con enviados del gobierno de Trump y agentes rusos, que habrían tenido lugar mientras el australiano estuvo refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. La tesis de The Guardian, así como de The New York Times y The Washington Post, es que fue para apuntalar la elección de Trump que Wikileaks filtró en 2016 el contenido de reuniones de la dirección demócrata en las que se perjudicaba al socialista Bernie Sanders y se favorecía a Hillary Clinton. Cook recuerda que, de la misma forma que los dos diarios estadounidenses operaron abiertamente en favor de Clinton en aquella interna partidaria (la misma Clinton que, según se reveló en 2016, llegó a barajar la posibilidad de eliminar a Assange con un dron), The Guardian hizo todo lo que estuvo a su alcance para sabotear al socialista Jeremy Corbyn, a quien asoció con el antisemitismo y tildó de «populista de izquierdas» cuando este dirigía el laborismo británico.

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En la entrevista de 2011 con Mark Davis, Assange se refería a sus «socios mediáticos» en estos términos: «Lo que mueve a un diario como The Guardian y The New York Times no son sus valores éticos, sino su mercado. En Reino Unido ese mercado es el de los “liberales educados”. […] El periódico no es un reflejo de los valores de la gente que forma esa institución, sino un reflejo de la demanda del mercado». Cook aporta, en su nota de CounterPunch, su propia reflexión: La indiferencia de los grandes medios de comunicación ante el juicio a Assange «pone de manifiesto que practican muy poco el tipo de periodismo que supone una amenaza para los intereses empresariales y del Estado y que desafía al poder real. No sufrirán la suerte de Assange porque no pretenden hacer el periodismo en el que se especializaron Assange y Wikileaks». En Estados Unidos, medios como The New York Times y The Washington Post «reflejan los mismos defectos que los partidos Demócrata y Republicano», piensa el británico: «Celebran el capitalismo globalizado basado en el consumo, favorecen una política insostenible de crecimiento infinito en un planeta finito e invariablemente respaldan las guerras coloniales, motivadas por el beneficio y esquilmadoras de recursos, aunque en la actualidad se disfracen de intervenciones humanitarias. Los medios de comunicación y los partidos políticos alineados con las grandes corporaciones sirven a los intereses de la misma clase dirigente, porque están integrados en la misma estructura de poder». Wikileaks, en cambio, «nos ha permitido contemplar al poder en bruto, desnudo, antes de que se vista de traje y corbata, se engomine el cabello y esconda el cuchillo».

Por Daniel Gatti
23 octubre, 2020

Publicado enInternacional
Estados Unidos demandó a Google por prácticas monopólicas

La compañía controla cerca del 80% de las búsquedas en internet en ese país

La presentación del Departamento de Justicia estadounidense es por infringir la ley de competencia. Exigen cambios "estructurales" en la compañía.

 

El Gobierno de Estados Unidos presentó este martes una demanda judicial contra Google por infracción de la ley de competencia y exigió cambios "estructurales" en la compañía, a la que acusa de abusar de su posición para mantener un monopolio ilegal sobre búsquedas y publicidad en Internet.

 “Hace dos décadas, Google se convirtió en el niño mimado de Silicon Valley como una empresa incipiente con una forma innovadora de buscar en Internet emergente. Ese Google se fue hace tiempo ”, alega la demanda.

En la actualidad, dice el Departamento de Justicia de Estados Unidos en sus fundamentos, Google se ha convertido en un "guardián del monopolio de Internet" que utiliza tácticas anticompetitivas "perniciosas" para mantener y ampliar sus monopolios.

Google y el monopolio de las búsquedas online

En concreto, el Departamento de Justicia estadounidense acusa a Google, subsidiara de Alphabet, de emplear miles de millones de dólares recolectados de anuncios en su plataforma para pagar a compañías de teléfonos y otros buscadores para que la mantengan como su motor de búsqueda básico.

El gigante tecnológico, con sede en Mountain View (California), controla cerca del 80% de las búsquedas en internet en EE.UU.

Los funcionarios de justicia también han impugnado un acuerdo en el que la aplicación de búsqueda de Google está precargada y no se puede eliminar en los teléfonos móviles que ejecutan su sistema operativo Android. 

La compañía paga miles de millones cada año para "asegurar el estado predeterminado de su motor de búsqueda general y, en muchos casos, para prohibir específicamente que las contrapartes de Google traten con los competidores", afirma la demanda, en una medida que ha "excluido la competencia para la búsqueda en Internet". 

Las supuestas prácticas anticompetitivas de Google son "especialmente perniciosas porque niegan la escala de los rivales para competir de manera efectiva" y frustran la innovación potencial, alega la demanda.

La reacción de Google

En un comunicado, Google calificó la acción judicial en su contra como "profundamente defectuosa". "La gente usa Google porque así lo desea, no porque se vea obligada a hacerlo o porque no pueda encontrar alternativas", dijo la compañía.

Desafío antimonopolio

La demanda antimonopolio es el desafío legal más importante para una empresa de tecnología en décadas y se produce cuando las autoridades estadounidenses son cada vez más críticas con las prácticas comerciales de este tipo de compañías.  

Con la transformación de Google en uno de los gigantes de la tecnología, la empresa ha sido vigilada de cerca por las autoridades de EE.UU. La Comisión Federal de Comercio del país, que también tiene autoridad para investigar casos de monopolio, ya ha llevado a cabo pesquisas en torno a Google, aunque las finalizó en 2013 sin pruebas suficientes.

Debido a la gran cantidad de poder que acumulan, los desorbitados beneficios que obtienen y los bajos impuestos que tributan, la vigilancia sobre los monopolios tecnológicos ha ido creciendo a lo largo de todo el mundo. 

Hace dos años, los reguladores europeos han multado a Google por prácticas anticompetitivas. En ese momento, Donald Trump atacó las decisiones de la Unión Europea (UE). "¡Te lo dije! La UE acaba de imponer una multa de cinco mil millones de dólares a una de nuestras grandes empresas, Google ”, tuiteó Trump. "Realmente se han aprovechado de Estados Unidos, ¡pero no por mucho tiempo!"

Desde entonces, el estado de ánimo de Trump y otros conservadores, que se unieron a los liberales para atacar el dominio de empresas tecnológicas como Amazon, Google, Facebook, ha cambiado.

"Demasiado poder"

La demanda de Estados Unidos contra Google se produce después de que un informe del subcomité de la Cámara de Representantes concluyera que las empresas Big Tech ejercían "demasiado poder" y censuraban el discurso político, difundían noticias falsas y "mataban" los motores de la economía estadounidense.

Desde la famosa demanda contra Microsoft en 1998, esta es la primera vez que el gobierno de Estados Unidos ha acusado a una empresa de operar un monopolio bajo la Ley Sherman, una norma que data de 1890 y fomenta la competencia entre empresas.

Google tiene $120 mil millones de dólares en efectivo y profundos vínculos políticos en Washington, por lo que el caso podrá demorarse varios años y desencadenar una cascada de acciones legales. 

Publicado enSociedad
Domingo, 11 Octubre 2020 05:43

Las dos Internet

Las dos Internet

Estados Unidos y China se disputan la red global

 

ofensiva de Trump contra el gobierno chino, dirigida a las empresas Huawei, Tiktok y Wechat como objetivos inmediatos, se da en uno de los frentes claves de la guerra fría de nuestro tiempo. El resultado será la polarización del mundo digital.

La orden de la Casa Blanca de prohibir el suministro de semiconductores a partir del mes pasado es un poderoso golpe contra Huawei. La empresa china, que domina el 5G, depende de la compra de chips y puede quedarse sin acceso a sus proveedores. El efecto es mundial: una empresa de Taiwán, Mediatek, ha pedido permiso a las autoridades estadounidenses para seguir vendiéndole, pero el Departamento de Comercio, que dirige la operación bajo las órdenes del presidente, Donald Trump, se apresta a rechazar la licencia. Incluso el principal proveedor chino, SMIC, puede tener que cerrar sus negocios con Huawei, ya que depende de equipos importados de Estados Unidos y no puede arriesgarse a perderlos.

Varios aliados de Trump –como el premier británico, Boris Johnson, y el gobierno australiano– ya obedecieron la orden de cancelar los contratos con Huawei. Portugal se encuentra en una posición curiosa, dado que está bajo la presión de la Casa Blanca para cortar los lazos con la compañía, aunque desde 2011 su mayor empresa energética está en manos de capitales oficiales de Beijing. En cualquier caso, dada su ventaja en el 5G, Huawei sigue aumentando su participación de mercado, por lo que Washington ha decidido atacar su cadena de suministro. Por ahora, este bombardeo es efectivo, puesto que la industria estadounidense aún domina en segmentos de máquinas sofisticadas y tiene una ventaja en los semiconductores. Pero esto tiene un revés: China procurará avanzar rápidamente en la producción de esos equipos y en la investigación de chips o en sistemas operativos. Y se puede poner al día en unos años. Si es así, las empresas chinas podrán volverse autosuficientes en tecnología de punta.

REDES BIPOLARES

Sabiendo que el conflicto no tiene solución en la batalla contra Huawei y que se trata, en realidad, de una disputa por el mercado global, Trump, que todavía controla los circuitos financieros y algo de los de alta tecnología, también ataca las redes de difusión y fidelización de usuarios. Por eso apuntó contra Tiktok –que tiene 100 millones de usuarios en Estados Unidos– y Wechat, dos de las empresas chinas con mayor penetración en el mercado estadounidense. El argumento de la sospecha desplegado contra esas empresas es débil. Hay muchas más evidencias de abuso de posición dominante y falta de respeto de los derechos de los usuarios por parte de Facebook y Twitter que por parte de Tiktok, sobre la que sólo pende la denuncia de la nacionalidad de la empresa propietaria y un deseo de venganza personal por el flagrante fracaso –organizado por algunos de sus usuarios– de un mitin electoral del presidente estadounidense. Hasta donde sabemos, Cambridge Analytica se basó en los datos disponibilizados por Facebook y no por una empresa china. En cualquier caso, estamos ante otra serie de medidas tendientes a dividir el mundo en dos Internet: Facebook y Google están prohibidos en China, y, si Trump se impone, las empresas chinas serán prohibidas en Occidente.

Y, ADEMÁS, LOS JUEGOS

La tecnología de producción y los sistemas de acceso son, por tanto, los dos primeros frentes de este conflicto. Y hay un tercero: los juegos. La empresa china Tencent, propietaria de Wechat y poseedora de un margen operativo mayor que el de Facebook, apuesta a la transmisión de juegos en streaming fusionando las plataformas Huya y Douyu. Tendría, así, 300 millones de usuarios sólo en China, a lo que hay que sumar su posición dominante en otros mercados: cuando Tencent compró, en Estados Unidos, la empresa Riot Games, adquirió League of Legends, cuya final de campeonato fue vista online por 44 millones de personas, más del doble de quienes vieron la final de béisbol de ese país. En este dominio, la pugna todavía es entre empresas: Apple y Google contra Epic Games, que produce Fortnite (y tiene un 40 por ciento de sus acciones en manos chinas), y todas las empresas estadounidenses contra Tencent. Pronto será entre gobiernos. Las dos Internet luchan por la atención y los datos, las armas más poderosas de nuestro tiempo. La guerra ya comenzó.

Por Francisco Louçã
9 octubre, 2020

(Nota publicada originalmente en portugés en Expresso. Brecha la publica con la autorización del autor.)

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