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Miércoles, 05 Mayo 2021 06:37

Frankenstein revisitado

Frankenstein revisitado

 Con angustia, el paciente expresa: "Busco a la mujer ideal". Acuciosa, la terapeuta inquiere: "¿La real le da miedo?"

Ahora bien. ¿Cambiaría la pregunta si el paciente angustiado dijera que anda buscando la "sociedad ideal"? De mi lado, creo que si el paciente fuese mujer, ambas inquietudes hubieran tenido otra formulación. Porque de lo que llevo aprendido, los devaneos masculinos raramente han sido de su interés. Moraleja (tentativa): la mujer, el hombre y la sociedad "ideales", nunca existieron.

Obviamente, sería pueril concluir que luchar por ideales es un error. A no ser, claro, que los anhelos de cambiar la realidad naufraguen en meras declaraciones ideológicas.

La noción moderna de ideología empezó a tomar forma durante la Gran Revolución (1789-99). Desde entonces, con disímiles connotaciones, gravita en la política, la economía, la sociedad y la cultura, usándose para señalar emociones, conciencia, intereses, proyectos, ilusiones, programas políticos… siga usted.

Implícita y sugestivamente, el vocablo ideología aparece con los primeros indicios de una sicología social: “Todo lo síquico tiene su origen en la sensio (sensibilidad, percepción)”, apunta el filósofo inglés Thomas Hobbes en Sobre el hombre (1658). Una sicología social que los protagonistas de la Gran Revolución encendieron al rojo vivo.

Con ligereza binaria, se ha dicho que los términos izquierda y derecha provienen de la ubicación de los asambleístas franceses con respecto al centro del presídium. A la izquierda, "los de abajo" (jacobinos); a la derecha, "los de arriba" (girondinos).

No obstante, en su biografía Fouché, el genio tenebroso (1929), Stefan Zweig señala que en las bancas de arriba estaban "los de abajo" (o jacobinos: Danton, Marat, Robespierre), y en las de abajo "los de arriba" (o girondinos: Brissot, Condorcet, Roland).

Mientras que "afuera", faltaba más, estaban los sans coulottes (sin calzones). Es decir, la plebe que tomó La Bastilla y derrocó a la monarquía, para luego ser tropa en los ejércitos de la revolución y, con Napoleón, eficaces verdugos de los pueblos de Europa.

La Gran Revolución quedó consagrada en los magníficos óleos "ideales" de David. Y en los "reales" de Goya, o en la novela Los dioses tienen sed (Anatole France, 1912), devorando a sus hijos. O hijas. Entre ellas, Olympia de Gougés (1748-93), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), quien para escándalo de "los de abajo" y "de arriba" decía que el matrimonio era "la tumba de la confianza y el amor".

Vertientes ideológicas de la cultura y la filosofía política occidental, que con Lord Byron y el Che alcanzaron cotas máximas de expresión. El poeta tenía una goleta llamada Bolívar, admiraba al general José Antonio Páez (1790-1873) y estuvo a punto de enrolarse en la guerra de independencia de Venezuela. Bueno, murió en la de Grecia, aunque de sepsis (1824). Y en México, el Che se incorporó a la lucha victoriosa de Cuba, peleó sin suerte en el Congo colonial y murió asesinado por la CIA, tras ser abandonado por los comunistas bolivianos (1967).

¿A partir de cuándo buena parte de los pensadores y luchadores sociales de América Latina le dieron las espaldas a nuestra historia, y emulando liberales y conservadores empezaron a razonar con matrices ideológicas eurocéntricas que se pretenden universales?

Pero ahí siguen y ahí están: pendientes del pensador de moda europeo, y remachando sus ideas bajo las formas del colonialismo ideológico y la dependencia intelectual.

Junto con Manuela Sáenz y Eva Perón (a las que ya dediqué breves ensayos), siempre regreso con Mary Shelley. Una mujer que recurrió a la imaginación, para dar cuenta de la realidad. ¿Acaso Frankenstein (1818) no es una metáfora del delirio masculino cuando se olvida que "ciencia sin conciencia es ruina del alma"?

La Gran Revolución abrió de par en par las puertas del romanticismo y el idealismo modernos. Y con Frankenstein, Mary Shelley dio cuenta de los errores y horrores de las ideologías que subestiman (o de plano pierden) la brújula política.

El invaluable legado de la Gran Revolución, mujeres como Olympia de Gougés y personajes como el poeta Lord Byron y el Che, muestran con claridad que ideología y política son dedo y uña, o están predestinadas a naufragar cuando se aventuran en el mar de los sargazos.

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¿Izquierda democrática o liberalismo de la Guerra Fría?

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

 

Si la guerra es la fuerza que nos da sentido, como escribió Chris Hedges en su famoso libro, ¿qué propósito queda en pie cuando se ha ganado la batalla final? Esta pregunta incomodó a muchos intelectuales estadounidenses al finalizar la Guerra Fría, cuando Estados Unidos asumía una posición geopolítica sin contrincantes a su altura.

Para aquellos que permanecieron demasiado tiempo en las trincheras ideológicas, era imposible dejar esa cuestión atrás. Escépticos de la idea de que los desafíos enfrentados por Estados Unidos podían resolverse mediante ajustes tecnocráticos, les costaba creer que ahora el país estaría a salvo. Durante tres décadas, estos personajes han estado preparados para hacer sonar la campana ante la aparición de nuevos enemigos en el horizonte. Esta postura belicosa es un significativo legado del liberalismo de la Guerra Fría, un posicionamiento político sobre el que aún existen disputas interpretativas, aunque las condiciones históricas que lo originaron sean claras.

Antes de la Primera Guerra Mundial, ser liberal significaba generalmente defender valores universales y el racionalismo. Los liberales tenían una perspectiva optimista sobre la naturaleza humana y creían en el progreso histórico. Pero el ascenso de los regímenes fascistas y la movilización de fuerzas militares mundiales requeridas para acabar con el nazismo le asestaron un golpe a esta visión. Como secuela de la Segunda Guerra Mundial, surgieron nuevas amenazas con la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y luego la Cuba de Castro. Si el liberalismo tenía alguna chance de sobrevivir, tendría que volverse más agresivo en su defensa de la libertad en contra del espectro del totalitarismo comunista. Para los intelectuales de la Guerra Fría, tanto fuera como dentro de la academia, la democracia liberal no estaba destinada a triunfar. Era frágil y necesitaba una defensa constante.

Intelectuales y decisores políticos como W.W. Rostow, John Kenneth Galbraith y Isaiah Berlin creían que la seguridad de los pueblos dependía de la predisposición del gobierno estadounidense a proyectar ideales democráticos –y exhibir su poderío militar– en el extranjero. Historiador y seguidor de John F. Kennedy, Arthur M. Schlesinger Jr. escribió en 1950 que los estadounidenses debían aceptar «la necesidad de asumir amplias e indefinidas responsabilidades e intervenciones en el exterior» como resultado de la «nueva posición histórica de Estados Unidos como potencia en el mundo libre».

Los liberales de la Guerra Fría depositaron su fe en los militares y dependieron del presupuesto destinado a ellos para obtener beneficios sociales –empleo, crecimiento económico y compromiso cívico– ante la ausencia de un Estado de Bienestar más amplio. La lucha contra el comunismo en el exterior también dio visibilidad al problema de la desigualdad racial interna. Como sostuvo el secretario de Estado Dean Acheson en 1947, «la discriminación hacia los grupos minoritarios en el país tiene un efecto adverso en nuestras relaciones con otros países». El realismo político llevó a los liberales a tomar medidas para combatir el racismo, como el reconocimiento de los derechos civiles de los afroestadounidenses, el impulso al fortalecimiento de los sindicatos y la promoción del pleno empleo mediante los mecanismos del Estado de seguridad nacional.

Para competir con los soviéticos, los liberales de la Guerra Fría concibieron un proyecto de financiación masiva de la educación universitaria con apoyo federal, para que los estadounidenses de clase media y trabajadora asistieran a la universidad con el fin de incrementar la mano de obra calificada. También apoyaron el servicio militar obligatorio para todos los ciudadanos varones. Una población bien formada y educada, comprometida con la defensa de Dios y de la patria era el único medio para preservar la república estadounidense.

Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, muchos de los principios intelectuales del liberalismo de la Guerra Fría continúan entre nosotros. Figuras públicas e intelectuales, desde Francis Fukuyama y Steven Pinker hasta George Packer y Mark Lilla, siguen escribiendo sobre la fortaleza psicológica necesaria para confrontar a los enemigos de la democracia. Esta ideología cobró nueva vida en la era Trump y cambió para amoldarse a las ansiedades públicas sobre el futuro de la democracia. Si bien no se oponen a la democracia social o al Estado de Bienestar, los nuevos liberales de la Guerra Fría no defienden los derechos sociales y económicos con el mismo celo que sus predecesores y prefieren enfocarse en acontecimientos que suponen una amenaza a su visión del mundo.

Estas figuras tuvieron un primer resurgimiento después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero cuajaron como un bloque ideológico más coherente después de las elecciones de 2016. Los une su oposición a las «políticas de la identidad»; el temor de que las democracias liberales se encuentren a la defensiva, enfrentando la arremetida de gobiernos autoritarios, especialmente en Rusia y China; y la preocupación por una población apática y desinformada que confía en la circulación desregulada de desinformación en las redes sociales.

A pesar de su fortaleza moral, los académicos, los intelectuales públicos y los expertos de estos círculos demostraron estar mal preparados para hacer frente a los desafíos de una pandemia global exacerbada por la austeridad neoliberal, el racismo antinegro y la desigualdad extrema. El liberalismo de la Guerra Fría se convirtió hoy en una ideología zombi. Sus políticas se reducen a estar preparados: el deseo de inculcar una urgencia bélica en el cuerpo político, exigiendo sacrificio sin solidaridad e introspección individual como camino hacia la libertad. Mientras tanto, considera que proyectos como el acceso universal a la salud, el Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) y la educación universitaria gratuita son una distracción innecesaria de la promoción de la democracia en el país y en el exterior.

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

La universidad de la Guerra Fría

El Estado de seguridad nacional proporcionó una base material y un contexto intelectual para la actitud vigilante del liberalismo de la Guerra Fría. El sector militar y las universidades estadounidenses se acercaron durante la Segunda Guerra Mundial, aunque fue el ingreso de Estados Unidos a la Guerra de Corea en 1950 lo que precipitó una relación institucional casi permanente. Los fondos del Departamento de Defensa ingresaron en universidades como el Instituto de Tecnología de Massachussetts (MIT) y la Universidad de Stanford para el desarrollo de productos militares de alta tecnología. El gasto del Pentágono financió la expansión de la educación superior y mejoró los salarios de los profesores. Además, la Ley de Educación para la Defensa Nacional de 1958 proporcionó préstamos estudiantiles a bajo interés para mejorar «la calidad y cantidad de mano de obra requerida para satisfacer las necesidades de defensa nacional de Estados Unidos» hasta bien entrada la década de 1970.

La universidad de la Guerra Fría ayudó a engendrar, usando la frase de Galbraith, una «sociedad acomodada» dependiente del vínculo entre producción intelectual y seguridad nacional. Llevó la educación superior a las masas, sobre todo a través de la G.I. Bill (Ley del Soldado) de 1944. También estableció conexiones intelectuales que aún hoy continúan resonando. El desarrollo de programas de area studies, enfocados en regiones geográficas específicas, creó, por ejemplo, una clara vía para que la academia estadounidense ingresara en los círculos de diseño de políticas del Departamento de Estado y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al tiempo que consagró perspectivas orientalistas sobre la raza y la política exterior. En términos más generales, muchos de los humanistas académicos más importantes e influyentes de la época –historiadores como Schlesinger y Richard Hofstadter, o filósofos como Reinhold Niebuhr, Sidney Hook y Hannah Arendt– estaban comprometidos con un consenso liberal que ponía el acento en los aspectos comunes compartidos por todos los ciudadanos democráticos, especialmente en Estados Unidos. Combinada con el Temor Rojo (Red Scare), que purgó cientos de profesores de izquierda en la década de 1950, la universidad de la Guerra Fría produjo un entorno intelectual conformista.

Ese consenso se convirtió en blanco de críticas en los años 60 y 70. La Nueva Izquierda cuestionó tanto las conexiones institucionales de la universidad con el Estado de seguridad así como la cultura del conformismo que reflejaba. Los pensadores de la Escuela de Fráncfort, como Herbert Marcuse y Theodor Adorno, junto con sus colegas estadounidenses como C. Wright Mills, ofrecieron una crítica de nuevo cuño en torno de la militarización de la universidad y su lugar en lo que Mills denominó la «elite del poder». La reacción negativa a la Nueva Izquierda tuvo como consecuencia una contrarrevolución en las ideas; muchos liberales de la Guerra Fría se reconvirtieron en intelectuales neoconservadores temerosos de que el radicalismo estudiantil significara un nuevo relativismo moral –un desprecio por la religión, el individualismo liberal y una sociedad sustentada en un orden discernible–. Como sostuvo Irving Kristol en un ensayo de 1973: «El enemigo del capitalismo liberal hoy en día no es tanto el socialismo como el nihilismo».

El fin de la Guerra Fría hizo poco por apaciguar a los defensores del orden liberal. Ahora advertían que el posmodernismo se estaba extendiendo como una epidemia por los campus del país, dejando a las impresionables mentes jóvenes confundidas y sin norte. Como sostuvo el historiador Tony Judt en su libro de 1992 Pasadoimperfecto: «La deconstrucción, la posmodernidad, el posestructuralismo y su progenie prosperan, por inverosímil que sea, de Londres a Los Ángeles». A Judt también le molestaba la persistente fascinación de la academia estadounidense con el marxismo francés. El intelectual francés al que más admiraba era el liberal Raymond Aron: el principal opositor a la escena marxista francesa y un conocido crítico del movimiento de protestas estudiantiles y huelgas obreras del Mayo francés.

Fukuyama se hizo eco de estas críticas, calificando de «puras sandeces» los dichos de los académicos que apoyaban «una especie de relativismo nietzscheano que postulaba que no existe la verdad (…) y aun así estaban comprometidos con una agenda esencialmente marxista». Lilla escribió ensayos en el que advertía sobre las mentes posmodernas insensatas de Jacques Derrida, Michel Foucault y Martin Heidegger. El neoconservador Roger Kimball culpó al posmodernismo de corromper la educación superior en su polémico Tenured Radicals de 1990.

Estas críticas se basaban en la creencia de la Guerra Fría de que las instituciones de educación superior de elite tenían la responsabilidad intelectual de impartir las virtudes de la ciudadanía estadounidense y los valores del consenso.

Combatir el mal después del 11 de septiembre

La preocupación por el posmodernismo se vio rápidamente eclipsada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los académicos y especialistas apelaron a la sabiduría del liberalismo de la Guerra Fría para derrotar al enemigo encarnado en el islam radical. Decepcionados de que algunas figuras de la izquierda liberal hubieran adoptado una postura antibélica, libros destacados, como The Good Fight: Why Liberals—and Only Liberals—Can Win the War on Terror and Make America Great Again (2006), de Peter Beinart, abogaban por la rehabilitación de los ideales del siglo XX (los liberales, y solo los liberales, pueden ganar la guerra contra el terrorismo y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, proclamaba el título del libro). Para Beinart, Cold Warriors como Galbraith, Schlesinger y George F. Kennan mostraron de qué modo los liberales podían combinar un estridente anticomunismo con un compromiso con las oportunidades económicas.

En respuesta a los críticos que argumentaban que su proyecto no se diferenciaba del neoconservadurismo de la administración Bush, Beinart escribió que los liberales, a diferencia de los conservadores, sabían que Estados Unidos podía ser corrompido por el poder. Los liberales «buscan los límites que los imperios rechazan», saben que «la democracia es algo que perseguimos más que algo que encarnamos» y «la promovemos no simplemente exhortando a los demás, sino luchando contra el mal en nosotros mismos». En relación con esto último, Beinart tenía en mente al teólogo protestante Reinhold Niebuhr, también favorito de Barack Obama.

En 2007 Obama le dijo a David Brooks que a él lo había inspirado «la idea convincente de Niebuhr de que existe un terrible mal en el mundo, dolor y adversidad. Y debemos ser humildes y modestos en nuestra creencia de que podemos eliminar esas cosas. Pero no debemos usar eso para justificar el cinismo y la inacción». Los asesores en seguridad nacional de Obama describieron su política exterior como «pragmatismo por encima de la ideología». En la práctica, eso significó a menudo una política exterior con más continuidades que rupturas con la guerra contra el terrorismo de Bush.

Trump, el agente subversivo

La era Obama –con sus llamamientos al consenso moral, la proyección algo contenida del poder estadounidense y su limitada adhesión al reformismo en materia de política social– fue una época de relativa satisfacción para los liberales de los últimos tiempos de la Guerra Fría. La elección de Donald Trump, por el contrario, trajo consigo renovados llamamientos a la defensa urgente de la democracia liberal. Los intelectuales liberales pidieron una posición no partidaria de resistencia a las medidas del gobierno de Trump tanto en el ámbito nacional como en el internacional. El flagrante nativismo y la xenofobia que Trump representaba y aprovechaba fueron comparados con el ascenso del fascismo; las comparaciones entre Trump y Hitler abundaron entre los analistas políticos. Y las conexiones de Trump con Rusia, junto con la intromisión de Moscú en las elecciones de 2016 a favor de su campaña, suscitaron la preocupación de que el presidente fuera un agente subversivo a las órdenes de Vladímir Putin, dispuesto a poner en jaque la democracia ya sea por chantaje ruso o por interés financiero personal.

La narrativa poselectoral de que Trump era tanto un fascista como el candidato torpe de Manchuria (una referencia a la novela de Richard Condon, llevada al cine) reflejaba el legado del liberalismo de la Guerra Fría. Trump comenzó a ser asociado con ambas formas de totalitarismo –el comunismo soviético y el nazismo– convirtiéndose en una especie de amenaza contradictoria. La destitución de Trump era por ello esencial para defender los intereses de la seguridad nacional; su presidencia significaba un peligro de gran alcance para la democracia estadounidense en términos globales.

Varios académicos presentaron a Trump como una amenaza a la seguridad nacional. En su libro de la extensión de un panfleto, Sobre latiranía, Timothy Snyder ofreció lecciones aforísticas de la historia del siglo XX –«defiende las instituciones»; «establece contacto visual y habla poco»– diseñadas para blindar a los estadounidenses contra un esfuerzo inminente por establecer las condiciones para el control autoritario. Politólogos como Yascha Mounk y Larry Diamond situaron la vigilancia individual en el centro de la política, al tiempo que restaron prioridad a la política de masas y la justicia social. Mounk denunció la amenaza del populismo contra la democracia liberal, tanto en la derecha como en la izquierda. Los populistas de izquierda «no se consideran a sí mismos autoritarios», pero a Mounk le preocupa que a los izquierdistas les resulte «muy tentador abolir instituciones independientes como los tribunales, suprimir las voces críticas en la prensa y concentrar cada vez más poder en sus propias manos».

Para muchos liberales, la oposición a Trump se convirtió en un deber cívico que requería poner el país por encima de los partidos. Rehuyeron a la división en favor de la unidad, sin importar los antecedentes políticos de cada uno antes de 2016. En este contexto surgió una renovada crítica de la política de la identidad. En su libro The Once and Future Liberal, Lilla arremetió contra los liberales y la izquierda por abrazar «el movimiento de la política de la identidad, por perder el sentido de lo que compartimos como ciudadanos y lo que nos une como nación». Fukuyama siguió el mismo camino, argumentando que la política de la identidad refleja una «necesidad de reconocimiento» que no logra responder por y trabajar en favor de «un entendimiento universal de la dignidad humana». Académicos como Lilla y Fukuyama relanzaron críticas de larga data sobre el posmodernismo y las dirigieron a la política de igualdad de género, racial y sexual en la era Trump. El «deconstruccionismo» y el «pluralismo cultural», para usar los términos de Lilla, rebasaron la virtud cívica y las nociones corrientes de libertad. En primer lugar, la política de la identidad habría llevado a los votantes blancos a votar por Trump y habría cerrado la posibilidad de un movimiento capaz de restaurar la democracia que este corrompió. Sin embargo, en lugar de procurar una política de resistencia, sus críticas dieron pábulo a los defensores del trumpismo, culpando a la oposición de izquierda por su ascenso.

China y la «Nueva Guerra Fría»

El temor al populismo de izquierda y al trumpismo patrocinado por Rusia coincidió con la preocupación por un renovado conflicto con China. Muchos advirtieron sobre una «segunda» o «nueva» Guerra Fría, citando el crecimiento económico de China en las últimas dos décadas, su poderío naval en el Mar de la China Meridional y planes de desarrollo económico como la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el Sur global como prueba de la competencia entre grandes potencias. Los nuevos Cold Warriors también expresaron su preocupación por el régimen de gobierno de Xi Jinping y su capacidad para exportar un «modelo autoritario» que rivalizaría y acabaría eclipsando la promoción estadounidense del capitalismo global basado en el liberalismo y la democracia.

Mientras que los conservadores ven una potencial amenaza de China principalmente en términos geopolíticos, los liberales de la Guerra Fría apelan a los derechos humanos para defender una postura agresiva. Argumentan que el historial bien documentado de abusos de derechos humanos en China, en concreto, el trato que reciben los musulmanes uigures –que incluye tortura, esterilización forzada e internamiento en la provincia de Xinjiang– exige una intervención. El año pasado, en un artículo de The Guardian, el historiador británico Timothy Garton Ash bregó por una idea de seguridad nacional proyectada a través de la promoción de los derechos en el país y en el exterior. Garton Ash sostuvo que «el liderazgo del Partido Comunista chino bajo Xi Jinping» auguraba «un largo recorrido» de conflictos por delante.

Al igual que los Cold Warriors de antaño, los halcones en relación a China consideran que Estados Unidos no solo debe renovar su política exterior, sino también reorganizar su política interior y su economía política para hacer frente a la amenaza. El país entero debe estar en pie de guerra. Para vencer a China, sostiene Garton Ash, se necesitarán «todos los conocimientos que podamos obtener sobre la historia, la cultura y la política china y asiática en general». Así como ocurrió durante la Guerra Fría, la seguridad nacional proporciona las bases para el proyecto de ampliación de una educación superior asequible que alcance a más estadounidenses. Pero en una época en que la academia ha sido vaciada por recortes presupuestarios, no deberíamos esperar que la universidad de la Nueva Guerra Fría amplíe los horizontes educativos de la clase trabajadora estadounidense. La batalla con China sobre quién aportará el conocimiento para impulsar la hegemonía en los campos de la ciencia y la tecnología probablemente profundizará la desigualdad educativa que ha crecido con el ascenso de la «elite meritocrática» en la era neoliberal.  

Si se produce un refuerzo para competir con China, podemos esperar que las elites de la seguridad nacional se entrecrucen con los críticos de la política de la identidad, muchos de cuyos profesionales trabajan en áreas consideradas ajenas a los intereses nacionales.

El fin de una era

El liberalismo de la Guerra Fría, argumenta el historiador Samuel Moyn, coloca el temor al colapso de la libertad en el centro del pensamiento político. Fuerzas hostiles en el exterior, como el islam, Rusia y China, sumadas a enemigos internos como el posmodernismo, la política de la identidad y el populismo, buscarían socavar los valores democráticos liberales. Para repeler estas amenazas, los liberales de hoy prefieren el Estado de seguridad a cualquier compromiso de las instituciones con la redistribución económica, y la formación efectiva de las futuras elites en las universidades más prestigiosas del país a un programa de educación pública inclusiva. Rechazan la propuesta de la izquierda de avanzar sobre las causas subyacentes de la desigualdad e inseguridad que producen condiciones políticas desestabilizadoras. En lugar de un plan económico, el liberalismo de la nueva Guerra Fría ofrece consignas vacías, como «confíen en los expertos». Pero si hay algo que la victoria de Trump demostró es hasta qué punto quedó atrás la visión de la Guerra Fría sobre la pericia tecnocrática. Hay muchos que ya no están dispuestos a confiar en una elite educada.

A su vez, los liberales de la Guerra Fría desconfían de las masas. Ven no solo a los votantes de Trump, sino también las masivas manifestaciones y movimientos en contra de la supremacía blanca y la desigualdad económica, como señales de que el populismo está poniendo en aprietos a la democracia. La furia por el «antiliberalismo» de las protestas de Black Lives Matter, por la resistencia de los activistas de participar del toma y daca en las pujas de prestigio entre la elite, se consolida como la base del esfuerzo para mantener vivo y pujante el statu quo neoliberal.

Llegó el momento de reflexionar. Hoy, pensar de manera innovadora sobre educación, economía y política requiere de una ruptura con las preocupaciones que guiaron al liberalismo de la Guerra Fría. Las generaciones más jóvenes sin una memoria viva de la Guerra Fría heredaron las guerras perpetuas del país y su constante tendencia a priorizar el capitalismo por sobre una democracia genuina. Existen señales esperanzadoras de que están listos para superar la política del miedo y la ansiedad a través de la reestructuración de las instituciones estadounidenses para priorizar la protección social por sobre el Estado de seguridad, el rechazo de las guerras sin fin y el desarrollo de un proyecto igualitario que brinde mayor igualdad económica e inclusión política. No hay razones para permanecer atado a la lógica de una era que ya terminó.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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La coalición entre el autodenominado “centro” político y la izquierda representada por Gustavo Petro, se ve obstaculizada por diferencias ideológicas de fondo. El “centro” no parece estar dispuesto a resolver las demandas sobre reformas estructurales acalladas durante la guerra, que emergieron con el proceso de paz y fueron representadas por Petro en 2018.

Parece a destiempo, pero no es así. Las disputa por la presidencia empezó a agitarse desde mediados de diciembre con la reunión del expresidente Uribe y representantes del llamado “clan Char” en la hacienda El Ubérrimo. Los detalles del encuentro no trascendieron al ámbito público, pero la noticia fue suficiente para que otros actores iniciaran sus apuestas de cara a la contienda electoral. Así, el 28 de enero de 2021, en un club del norte de Bogotá, se dieron cita varios sectores del autodenominado “centro” político.

Allí concurrieron Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano; Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán y Juan Fernando Cristo, con trayectoria en el Partido Liberal; representantes del Partido Verde, como Angélica Lozano, y Jorge Robledo del movimiento Dignidad, la divisa electoral del Moir. Aunque no parece ser un consenso, algunos de ellos, como Fajardo y Lozano, se pronunciaron contra una consulta popular que incluya a Gustavo Petro, de Colombia Humana, para forjar una candidatura presidencial unificada, argumentando que su propósito es ofrecer una alternativa a la “polarización”, supuestamente producida por el antagonismo entre el uribismo y el excandidato presidencial.

De cerrarse la posibilidad de una coalición entre los sectores “alternativos” para la primera vuelta presidencial, a realizarse en mayo de 2022, podría repetirse el escenario de 2018, cuando los votos se dividieron entre Petro y Fajardo, forzando a una segunda vuelta con el candidato del uribismo, Iván Duque, que le dio el tiempo suficiente para alinear contra Petro la totalidad de las fuerzas políticas tradicionales.

En la exclusión de Petro se expresa el temor a que el candidato pueda imponerse en la eventual consulta, especialmente sobre su anterior contrincante, Sergio Fajardo. Sin embargo, los obstáculos que enfrenta la coalición hunden sus raíces en profundas diferencias ideológicas, producto de los diversos intereses que cada alternativa representa. Si bien entre los sectores “alternativos” puede existir una oposición común al uribismo, tienen posiciones distintas e incluso antagónicas sobre la construcción de paz y el modelo neoliberal, entre otros.
El “centro”

En años recientes se ha discutido si existe un centro político en Colombia e incluso si es posible su existencia. En términos generales, tal centro puede referirse a dos fenómenos: al posicionamiento de determinados actores hacia el medio en el continuo ideológico izquierda-derecha o a una identidad política particular.


En el primer caso, los actores se ubican en relación con principios filosóficos entre dos extremos de naturaleza típico-ideal. Así, por ejemplo, se asume que determinado actor es de centro si adopta una posición moderada entre una robusta intervención del Estado en la economía para garantizar los derechos sociales (izquierda) y la absoluta “autorregulación” del mercado por la competencia individual (derecha). Desde esta perspectiva, en Colombia la mayoría de los actores políticos tienden al centro del espectro ideológico. Esta es una constante en la historia política del país. A partir del Frente Nacional los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, tendieron a converger en el centro.

La excepción, coincidente con el declive del bipartidismo, fue el uribismo, que ha configurado una opción claramente de derecha. Pero incluso las propuestas más “radicales” de la izquierda se mantuvieron en reivindicaciones socialdemócratas: reforma urbana, redistribución de la propiedad de la tierra, apertura política, etcétera. De hecho, con posterioridad a la caída del Muro de Berlín, la izquierda de partidos y movimientos tendió hacia el centro hasta el punto de erigir la defensa de la Constitución de 1991 en su principal objetivo.

En el segundo caso, el centro como identidad política alude a un posicionamiento concreto, un proyecto que diferencia a un actor o conjunto de actores ubicándolos en una cartografía en relación ya no con principios sino con los demás actores en disputa en un campo político. El posicionamiento en el continuo izquierda-derecha es necesario pero no suficiente para determinar la existencia de una identidad política. Se requiere un discurso político que establezca las fronteras para articular unos actores excluyendo otros. Por ejemplo, el “uribismo” es una identidad política que se ubica a la derecha del espectro ideológico, pero que además ha establecido claramente unas fronteras discursivas, de antagonismo y de diferencia, con los demás actores del escenario político colombiano.

Los actores del “centro” han tenido grandes dificultades para construir una identidad, un discurso consistente que establezca dichas fronteras frente a lo que rechazan: el uribismo y la izquierda, y se exprese en un proyecto común. Pueden tender hacia el medio en el espectro ideológico, pero no configuran una identidad análoga, por ejemplo, al “uribismo” o, incluso, al llamado “petrismo”. Esa identidad ni siquiera tomó consistencia tras la elección de Claudia López, del Partido Verde, como alcaldesa de Bogotá, puesto que su proyecto no se distinguió sustancialmente de su antecesor, Enrique Peñalosa, ni de los intereses socioeconómicos que este representó, mientras en la práctica su gobierno ha dado cabida a actores de todo el espectro ideológico, incluyendo la derecha uribista.

De hecho el “centro” se convirtió en lo que popularmente se llama un “escampadero”, con propósitos meramente electorales y sin preocupación por la construcción de un proyecto alternativo de país. Su principal disputa política es por representar los intereses de la parte de la clase dominante que hoy representa el uribismo. Por eso su consigna preferida, al igual que el de los uribistas, es contra la “polarización”. Allí convergen personalidades de los partidos tradicionales que buscan reinventarse como “alternativos”, muchos de los cuales hicieron hasta no hace mucho parte activa del uribismo, junto con herederos del capital político de Antanas Mockus, reencauchando su electoralmente exitosa “antipolítica” como lucha contra la “polarización”, y una parte de la izquierda.


La “polarización”

La autoidentificación de “centro” apareció en las elecciones presidenciales en 2018, con el claro objetivo de tomar distancia de Petro, y está necesariamente ligada a un rechazo de la “polarización” del escenario político. La convergencia de “centro”, formada por el Partido Verde, Compromiso Ciudadano y el Polo Democrático, tuvo inicialmente como eslogan fundamental la lucha contra la corrupción. Pero una vez se produjo el ascenso de Petro en las encuestas se utilizaron dos grandes consignas. Primero, Fajardo era el único que podría vencer a Duque, candidato del uribismo, en segunda vuelta. Segundo, Petro y Duque eran dos extremos que, literalmente, acabarían con el país de llegar al gobierno.

Tal estrategia pretendía atraer el electorado de Petro hacia Fajardo. Sin embargo, terminó por descuidar la frontera discursiva entre el “centro” y el uribismo, por ejemplo, al abandonar la lucha contra la corrupción. Incluso es probable que, ante la vehemencia con que se denunció el peligro de que Petro, asimilado al “castrochavismo”, llegara al gobierno, muchos votantes derechistas de Fajardo se decidieran al final por el uribismo. Así pues, la estrategia demostró que la incipiente identidad política del centro y su diagnóstico de “polarización” más que en un proyecto alternativo de país se basaba en el “antipetrismo”.

No obstante, las diferencias entre los actores “alternativos” no se reducen a cálculos electorales, sino que comprometen diferencias ideológicas de fondo, que hoy vuelven a obstaculizar la posibilidad de una coalición. Las propuestas de Petro no son radicales en términos de su posición en el continuo izquierda-derecha. Su “capitalismo humano”, incluso con la reconversión del modelo extractivista hacia uno basado en el “conocimiento”, a lo sumo podrían ubicarse en la centro-izquierda, puesto que ni siquiera cuestionan de fondo el rol pasivo del Estado en la economía.

¿Por qué Petro “polariza” o produce “odio de clases”, como se dijo en 2018? La respuesta tiene que ver menos con sus principios y propuestas explícitas que con aquello que llegó a representar. En efecto, ante la progresiva fragmentación y posterior huida hacia el centro del partido mejor organizado en la izquierda, el Polo Democrático, fue Petro quien, a pesar de sí mismo y de muchas de sus propuestas explícitas, representó políticamente la diversidad de demandas que emergieron con ocasión del proceso de paz.

Se trata de reivindicaciones sobre problemas estructurales aplazados por la guerra que, simultáneamente, están en la raíz de los ciclos de violencia política: redistribución de la propiedad agraria, respuestas consistentes contra la pobreza y desigualdad extremas, terminar con la exclusión política vía genocidio, garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición, entre otras, blandidas por los actores populares en las grandes protestas que tuvieron lugar durante el gobierno Santos.


La coalición

Así las cosas, uno de los principales obstáculos para la coalición es el rechazo del “centro” no solo a Petro sino a lo representado por él, pues permite inferir que entre los “alternativos” existen concepciones muy distantes sobre la construcción de paz. La premisa que haría posible la coalición hacia 2022 es que tanto el “petrismo” como los sectores del “centro” comparten el antiuribismo y propuestas básicas como la implementación del Acuerdo de Paz, que el gobierno Duque sistemáticamente ha obstaculizado.

El problema, no obstante, es ponderar el compromiso con la construcción de paz por parte del “centro”: ¿es posible construir paz cuando varias de las demandas que justificaron el Acuerdo son concebidas como “extremas”, “polarizantes” o generadoras de “odio de clases”?

Claramente, estos sectores abanderan una concepción minimalista de la paz, que se conforma con una situación de ausencia de combates pero que no necesariamente resuelve los problemas que están en la raíz de los ciclos de violencia. Si bien esa concepción puede corresponder con lo que se pactó en La Habana, dista de las expectativas que el proceso de paz creó y no responde a las reivindicaciones que emergieron en tal coyuntura.

Por consiguiente, el rechazo del “centro” es en últimas a la posibilidad de que un gobierno de Petro implemente reformas estructurales que afecten los intereses de sectores sociales y económicos que este sector representa, esto es, una parte de la clase dominante que ya no comparte los medios con que el uribismo hace política. Muchas de las decisiones de Petro como Alcalde de Bogotá, empezando por recobrar para el Distrito la gestión del sistema de recolección de residuos, afectaron esos intereses. De hecho, la homologación de Petro con el “castrochavismo” se basa en la burda analogía entre la conservación y fortalecimiento de las empresas públicas y las políticas de nacionalización implementadas por el chavismo en Venezuela.

Eso muestra otro gran obstáculo para una eventual coalición: el “centro” no está dispuesto a tocar el modelo socioeconómico neoliberal sobre el que se basan los privilegios e intereses de los sectores que representa, ni siquiera cuando las propuestas de Petro en ese orden son tímidas.


La izquierda

Debido en gran medida a la necesidad de desmarcarse de la “lucha armada”, en las últimas décadas la izquierda colombiana se movió hacia el centro del espectro ideológico. Como consecuencia, las demandas de amplios sectores sociales han quedado sin representación política, teniendo que expresarse por vías como la protesta social. Además, dichas demandas, que emergieron durante el proceso de paz y que en otro contexto se verían como reformas modernizantes, se perciben como “extremas”. Así, el costo del desplazamiento de la izquierda hacia el centro ha sido la conservadurización del escenario político.

La fragmentación del Polo Democrático, con la separación de Dignidad, que ha pasado a engrosar las filas del “centro”, es un efecto de esa tendencia de largo plazo. Sin embargo, en la coyuntura electoral tal tendencia se profundiza. El Polo Democrático por un lado apuesta a una coalición entre el “centro” y Petro, y por otro está comprometido con el gobierno de Claudia López. De ahí que sus líderes eviten toda crítica pública que pueda comprometer la posibilidad de tal coalición.

Pero incluso las cabezas visibles de Colombia Humana parecen haber aceptado el diagnóstico según el cual el escenario político está “polarizado” y, por lo tanto, hacen esfuerzos por desmarcarse del estigma de “castrochavistas”, moviéndose hacia el centro del espectro ideológico y apostando por obtener así mejores dividendos electorales. Como consecuencia, las demandas sobre problemas estructurales de la sociedad colombiana, que emergieron con las grandes protestas en el marco del proceso de paz y que representó Petro en 2018, tiendan a quedar nuevamente sin representación política.

El diagnóstico que hoy justifica ese posicionamiento de la izquierda se basa en la premisa de que es necesario evitar otro gobierno uribista y posibilitar la implementación del Acuerdo de paz. Este imperativo relega una agenda más amplia de reformas, entre las cuales debería ubicarse el abandono del modelo neoliberal, ante la necesidad de encontrar una alianza para las elecciones presidenciales. El gobierno uribista ha tenido un efecto perverso sobre la implementación del Acuerdo y, como consecuencia, la generación de un nuevo ciclo de violencia política, que se expresa fatalmente en el genocidio político en ciernes. Por lo tanto, es comprensible que el principal propósito de la izquierda, en una situación de repliegue táctico, sea evitar otro gobierno del mismo tipo.

Sin embargo, la construcción de la paz, e incluso la implementación del Acuerdo, por tímido que haya resultado, pasan necesariamente por resolver las demandas que emergieron durante el proceso de paz referentes a los problemas estructurales que generan cíclicamente la violencia política. Por consiguiente, ese debería ser el núcleo de un acuerdo programático entre el “centro” y la izquierda, más allá de todo cálculo electoral.

 

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Publicado enEdición Nº276
Kyle Glenn - https://unsplash.com/photos/IFLgWYlT2fI

La coalición entre el autodenominado “centro” político y la izquierda representada por Gustavo Petro, se ve obstaculizada por diferencias ideológicas de fondo. El “centro” no parece estar dispuesto a resolver las demandas sobre reformas estructurales acalladas durante la guerra, que emergieron con el proceso de paz y fueron representadas por Petro en 2018.

Parece a destiempo, pero no es así. Las disputa por la presidencia empezó a agitarse desde mediados de diciembre con la reunión del expresidente Uribe y representantes del llamado “clan Char” en la hacienda El Ubérrimo. Los detalles del encuentro no trascendieron al ámbito público, pero la noticia fue suficiente para que otros actores iniciaran sus apuestas de cara a la contienda electoral. Así, el 28 de enero de 2021, en un club del norte de Bogotá, se dieron cita varios sectores del autodenominado “centro” político.

Allí concurrieron Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano; Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán y Juan Fernando Cristo, con trayectoria en el Partido Liberal; representantes del Partido Verde, como Angélica Lozano, y Jorge Robledo del movimiento Dignidad, la divisa electoral del Moir. Aunque no parece ser un consenso, algunos de ellos, como Fajardo y Lozano, se pronunciaron contra una consulta popular que incluya a Gustavo Petro, de Colombia Humana, para forjar una candidatura presidencial unificada, argumentando que su propósito es ofrecer una alternativa a la “polarización”, supuestamente producida por el antagonismo entre el uribismo y el excandidato presidencial.

De cerrarse la posibilidad de una coalición entre los sectores “alternativos” para la primera vuelta presidencial, a realizarse en mayo de 2022, podría repetirse el escenario de 2018, cuando los votos se dividieron entre Petro y Fajardo, forzando a una segunda vuelta con el candidato del uribismo, Iván Duque, que le dio el tiempo suficiente para alinear contra Petro la totalidad de las fuerzas políticas tradicionales.

En la exclusión de Petro se expresa el temor a que el candidato pueda imponerse en la eventual consulta, especialmente sobre su anterior contrincante, Sergio Fajardo. Sin embargo, los obstáculos que enfrenta la coalición hunden sus raíces en profundas diferencias ideológicas, producto de los diversos intereses que cada alternativa representa. Si bien entre los sectores “alternativos” puede existir una oposición común al uribismo, tienen posiciones distintas e incluso antagónicas sobre la construcción de paz y el modelo neoliberal, entre otros.
El “centro”

En años recientes se ha discutido si existe un centro político en Colombia e incluso si es posible su existencia. En términos generales, tal centro puede referirse a dos fenómenos: al posicionamiento de determinados actores hacia el medio en el continuo ideológico izquierda-derecha o a una identidad política particular.


En el primer caso, los actores se ubican en relación con principios filosóficos entre dos extremos de naturaleza típico-ideal. Así, por ejemplo, se asume que determinado actor es de centro si adopta una posición moderada entre una robusta intervención del Estado en la economía para garantizar los derechos sociales (izquierda) y la absoluta “autorregulación” del mercado por la competencia individual (derecha). Desde esta perspectiva, en Colombia la mayoría de los actores políticos tienden al centro del espectro ideológico. Esta es una constante en la historia política del país. A partir del Frente Nacional los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, tendieron a converger en el centro.

La excepción, coincidente con el declive del bipartidismo, fue el uribismo, que ha configurado una opción claramente de derecha. Pero incluso las propuestas más “radicales” de la izquierda se mantuvieron en reivindicaciones socialdemócratas: reforma urbana, redistribución de la propiedad de la tierra, apertura política, etcétera. De hecho, con posterioridad a la caída del Muro de Berlín, la izquierda de partidos y movimientos tendió hacia el centro hasta el punto de erigir la defensa de la Constitución de 1991 en su principal objetivo.

En el segundo caso, el centro como identidad política alude a un posicionamiento concreto, un proyecto que diferencia a un actor o conjunto de actores ubicándolos en una cartografía en relación ya no con principios sino con los demás actores en disputa en un campo político. El posicionamiento en el continuo izquierda-derecha es necesario pero no suficiente para determinar la existencia de una identidad política. Se requiere un discurso político que establezca las fronteras para articular unos actores excluyendo otros. Por ejemplo, el “uribismo” es una identidad política que se ubica a la derecha del espectro ideológico, pero que además ha establecido claramente unas fronteras discursivas, de antagonismo y de diferencia, con los demás actores del escenario político colombiano.

Los actores del “centro” han tenido grandes dificultades para construir una identidad, un discurso consistente que establezca dichas fronteras frente a lo que rechazan: el uribismo y la izquierda, y se exprese en un proyecto común. Pueden tender hacia el medio en el espectro ideológico, pero no configuran una identidad análoga, por ejemplo, al “uribismo” o, incluso, al llamado “petrismo”. Esa identidad ni siquiera tomó consistencia tras la elección de Claudia López, del Partido Verde, como alcaldesa de Bogotá, puesto que su proyecto no se distinguió sustancialmente de su antecesor, Enrique Peñalosa, ni de los intereses socioeconómicos que este representó, mientras en la práctica su gobierno ha dado cabida a actores de todo el espectro ideológico, incluyendo la derecha uribista.

De hecho el “centro” se convirtió en lo que popularmente se llama un “escampadero”, con propósitos meramente electorales y sin preocupación por la construcción de un proyecto alternativo de país. Su principal disputa política es por representar los intereses de la parte de la clase dominante que hoy representa el uribismo. Por eso su consigna preferida, al igual que el de los uribistas, es contra la “polarización”. Allí convergen personalidades de los partidos tradicionales que buscan reinventarse como “alternativos”, muchos de los cuales hicieron hasta no hace mucho parte activa del uribismo, junto con herederos del capital político de Antanas Mockus, reencauchando su electoralmente exitosa “antipolítica” como lucha contra la “polarización”, y una parte de la izquierda.


La “polarización”

La autoidentificación de “centro” apareció en las elecciones presidenciales en 2018, con el claro objetivo de tomar distancia de Petro, y está necesariamente ligada a un rechazo de la “polarización” del escenario político. La convergencia de “centro”, formada por el Partido Verde, Compromiso Ciudadano y el Polo Democrático, tuvo inicialmente como eslogan fundamental la lucha contra la corrupción. Pero una vez se produjo el ascenso de Petro en las encuestas se utilizaron dos grandes consignas. Primero, Fajardo era el único que podría vencer a Duque, candidato del uribismo, en segunda vuelta. Segundo, Petro y Duque eran dos extremos que, literalmente, acabarían con el país de llegar al gobierno.

Tal estrategia pretendía atraer el electorado de Petro hacia Fajardo. Sin embargo, terminó por descuidar la frontera discursiva entre el “centro” y el uribismo, por ejemplo, al abandonar la lucha contra la corrupción. Incluso es probable que, ante la vehemencia con que se denunció el peligro de que Petro, asimilado al “castrochavismo”, llegara al gobierno, muchos votantes derechistas de Fajardo se decidieran al final por el uribismo. Así pues, la estrategia demostró que la incipiente identidad política del centro y su diagnóstico de “polarización” más que en un proyecto alternativo de país se basaba en el “antipetrismo”.

No obstante, las diferencias entre los actores “alternativos” no se reducen a cálculos electorales, sino que comprometen diferencias ideológicas de fondo, que hoy vuelven a obstaculizar la posibilidad de una coalición. Las propuestas de Petro no son radicales en términos de su posición en el continuo izquierda-derecha. Su “capitalismo humano”, incluso con la reconversión del modelo extractivista hacia uno basado en el “conocimiento”, a lo sumo podrían ubicarse en la centro-izquierda, puesto que ni siquiera cuestionan de fondo el rol pasivo del Estado en la economía.

¿Por qué Petro “polariza” o produce “odio de clases”, como se dijo en 2018? La respuesta tiene que ver menos con sus principios y propuestas explícitas que con aquello que llegó a representar. En efecto, ante la progresiva fragmentación y posterior huida hacia el centro del partido mejor organizado en la izquierda, el Polo Democrático, fue Petro quien, a pesar de sí mismo y de muchas de sus propuestas explícitas, representó políticamente la diversidad de demandas que emergieron con ocasión del proceso de paz.

Se trata de reivindicaciones sobre problemas estructurales aplazados por la guerra que, simultáneamente, están en la raíz de los ciclos de violencia política: redistribución de la propiedad agraria, respuestas consistentes contra la pobreza y desigualdad extremas, terminar con la exclusión política vía genocidio, garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición, entre otras, blandidas por los actores populares en las grandes protestas que tuvieron lugar durante el gobierno Santos.


La coalición

Así las cosas, uno de los principales obstáculos para la coalición es el rechazo del “centro” no solo a Petro sino a lo representado por él, pues permite inferir que entre los “alternativos” existen concepciones muy distantes sobre la construcción de paz. La premisa que haría posible la coalición hacia 2022 es que tanto el “petrismo” como los sectores del “centro” comparten el antiuribismo y propuestas básicas como la implementación del Acuerdo de Paz, que el gobierno Duque sistemáticamente ha obstaculizado.

El problema, no obstante, es ponderar el compromiso con la construcción de paz por parte del “centro”: ¿es posible construir paz cuando varias de las demandas que justificaron el Acuerdo son concebidas como “extremas”, “polarizantes” o generadoras de “odio de clases”?

Claramente, estos sectores abanderan una concepción minimalista de la paz, que se conforma con una situación de ausencia de combates pero que no necesariamente resuelve los problemas que están en la raíz de los ciclos de violencia. Si bien esa concepción puede corresponder con lo que se pactó en La Habana, dista de las expectativas que el proceso de paz creó y no responde a las reivindicaciones que emergieron en tal coyuntura.

Por consiguiente, el rechazo del “centro” es en últimas a la posibilidad de que un gobierno de Petro implemente reformas estructurales que afecten los intereses de sectores sociales y económicos que este sector representa, esto es, una parte de la clase dominante que ya no comparte los medios con que el uribismo hace política. Muchas de las decisiones de Petro como Alcalde de Bogotá, empezando por recobrar para el Distrito la gestión del sistema de recolección de residuos, afectaron esos intereses. De hecho, la homologación de Petro con el “castrochavismo” se basa en la burda analogía entre la conservación y fortalecimiento de las empresas públicas y las políticas de nacionalización implementadas por el chavismo en Venezuela.

Eso muestra otro gran obstáculo para una eventual coalición: el “centro” no está dispuesto a tocar el modelo socioeconómico neoliberal sobre el que se basan los privilegios e intereses de los sectores que representa, ni siquiera cuando las propuestas de Petro en ese orden son tímidas.


La izquierda

Debido en gran medida a la necesidad de desmarcarse de la “lucha armada”, en las últimas décadas la izquierda colombiana se movió hacia el centro del espectro ideológico. Como consecuencia, las demandas de amplios sectores sociales han quedado sin representación política, teniendo que expresarse por vías como la protesta social. Además, dichas demandas, que emergieron durante el proceso de paz y que en otro contexto se verían como reformas modernizantes, se perciben como “extremas”. Así, el costo del desplazamiento de la izquierda hacia el centro ha sido la conservadurización del escenario político.

La fragmentación del Polo Democrático, con la separación de Dignidad, que ha pasado a engrosar las filas del “centro”, es un efecto de esa tendencia de largo plazo. Sin embargo, en la coyuntura electoral tal tendencia se profundiza. El Polo Democrático por un lado apuesta a una coalición entre el “centro” y Petro, y por otro está comprometido con el gobierno de Claudia López. De ahí que sus líderes eviten toda crítica pública que pueda comprometer la posibilidad de tal coalición.

Pero incluso las cabezas visibles de Colombia Humana parecen haber aceptado el diagnóstico según el cual el escenario político está “polarizado” y, por lo tanto, hacen esfuerzos por desmarcarse del estigma de “castrochavistas”, moviéndose hacia el centro del espectro ideológico y apostando por obtener así mejores dividendos electorales. Como consecuencia, las demandas sobre problemas estructurales de la sociedad colombiana, que emergieron con las grandes protestas en el marco del proceso de paz y que representó Petro en 2018, tiendan a quedar nuevamente sin representación política.

El diagnóstico que hoy justifica ese posicionamiento de la izquierda se basa en la premisa de que es necesario evitar otro gobierno uribista y posibilitar la implementación del Acuerdo de paz. Este imperativo relega una agenda más amplia de reformas, entre las cuales debería ubicarse el abandono del modelo neoliberal, ante la necesidad de encontrar una alianza para las elecciones presidenciales. El gobierno uribista ha tenido un efecto perverso sobre la implementación del Acuerdo y, como consecuencia, la generación de un nuevo ciclo de violencia política, que se expresa fatalmente en el genocidio político en ciernes. Por lo tanto, es comprensible que el principal propósito de la izquierda, en una situación de repliegue táctico, sea evitar otro gobierno del mismo tipo.

Sin embargo, la construcción de la paz, e incluso la implementación del Acuerdo, por tímido que haya resultado, pasan necesariamente por resolver las demandas que emergieron durante el proceso de paz referentes a los problemas estructurales que generan cíclicamente la violencia política. Por consiguiente, ese debería ser el núcleo de un acuerdo programático entre el “centro” y la izquierda, más allá de todo cálculo electoral.

 

Publicado enColombia
Viernes, 16 Octubre 2020 05:49

Weltschmerz

Weltschmerz
  1. Cuando los románticos alemanes (bit.ly/3j5ZJZV) acuñaron a mitades del siglo XIX el término "el dolor del mundo" ( Weltschmerz), para denominar un particular sentimiento de "melancolía" y "pesimismo frente a la realidad", no se imaginaban qué tan adecuado iba a ser éste para describir la condición de la izquierda a principios del siglo XXI. Pero la afinidad siempre ha estado allí. De allí la cercanía de Marx con el romanticismo (Löwy). De ahí, también, la melancolía como una categoría perfecta para hablar de la política revolucionaria capaz de mirar a la vez el pasado y el presente de las luchas y "alimentarse de la memoria de los vencidos" (Benjamin, Bensaïd) o de la historia de sus derrotas, sin cancelar el horizonte de su futuro (Traverso).
  1. El auge de la extrema derecha, etnonacionalismo, racismo y oscurantismo (bit.ly/2ImFxFo), las incesantes guerras neocoloniales, la crisis de los refugiados, la crisis económica y ambiental, los ataques sin fin a las conquistas sociales, una serie de derrotas: Lula/Dilma, Corbyn, Sanders, Morales, Mélenchon, la capitulación de Syriza, “la política kitsch” de Podemos, etcétera. Los tiempos no son alentadores. Tal como "el dolor del mundo" evolucionó de un sentimiento personal a un amplio "espíritu del tiempo" ( Zeitgeist) aparte –una anormal hipersensibilidad a los males que da lugar a ansiedad y frustración−, hoy el Weltschmerz encaja con el espíritu dominante de las comparaciones históricas sin fin (véase: bit.ly/2IugsZo) –a Hitler, al nazismo, etcétera, que más que vaticinar una repetición directa, reflejan un cierto estado de ánimo.
  1. Si Donald Trump en realidad es un "líder débil" (bit.ly/34Nugp6 y véase: Mommsen sobre Hitler: bit.ly/3747KLp) –sin una fija visión del mundo ( Weltanschauung), que no logró llevar a cabo una "sincronización" ( Gleichschaltung) de diferentes sectores del Estado (bit.ly/3nVl0Z9), ni traducir su "sigilosa quema de Reichstag" ( wapo.st/3iT571n) a una toma del poder total− el problema es que la izquierda es aún más débil que él. Trump es la contrarrevolución sin la revolución. Un posfascista que llega a reconfirmar la hegemonía del capital, sin realmente tener que defenderlo (en las filas demócratas la corriente corporativista neoliberal de Joe Biden solita se encargó de frenar la tibia socialdemocracia de Bernie Sanders). Como en una unidad dialéctica, sin una amenaza real del comunismo, una amenaza real del fascismo se desvanece en el aire... (bit.ly/3j21rdI).
  1. Ante la inexistencia del enemigo, los posfascistas –Trump, Bolsonaro, Johnson, Orbán, Kaczyński, Modi et al.– se encargan de crearlo. Vivimos en una época de "anticomunismo sin comunismo" (bit.ly/3kQtPAP) que emplea los viejos recursos: conspiracionismo, nacionalismo, clichés antisemitas ("judeobolchevismo"). En el mundo según Trump el centro-derechista Biden −que se ufana más de “haber parado al ‘zurdo’ Sanders” que de enfrentar a Trump−, es "un caballo de Troya de la izquierda radical" (sic), #BlackLivesMatter "una organización marxista" (¡ojalá...!) y el "marxismo cultural" ha permeado "todos los ámbitos de la república".
  1. "Comparativitis" tiende a alimentar una falsa superioridad moral ("estamos enfrentando a Hitler") y a la vez el fatalismo ("qué podemos hacer..."). Ambos refuerzan la melancolía nutrida de la intrínseca ambigüedad de las comparaciones históricas. Pero si hay una lección de los errores de la izquierda alemana dela década de los 30 −como insisten los partidarios de "analogizar" nuestros tiempos y proponentes de la estrategia del "mal menor" para frenar a Trump (Chomsky, Moore et al.)– y un punto preciso donde el Weltschmerz de la izquierda se fusiona con el Zeitgeist de las über paralelas, que tal ésta: cuando los socialdemócratas llamaron a votar por Hindenburg –el doppelgänger de Biden− para parar a Hitler −el doppelgänger de Trump− el primero tardó sólo seis meses en entregarle el poder al segundo, abriendo el camino a uno de los periodos más oscuros de la historia. O sea...
  1. Hizo falta un golpe parlamentario-judicial (y el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva) para subir a Jair Bolsonaro al poder en Brasil, pero el PT –"la izquierda amigable a los negocios"− también hizo su parte. Implementando su ciega estrategia de "conciliación de clases". Negándose a llevar una verdadera reforma política o agraria. Desarticu-lando los movimientos sociales con tal de conservar el sistema a punto "de portarse como la SPD en tiempos de Rosa" (Löwy). Alimentando los mismos sectores −medios, agronegocios, micropartidos de la derecha− que luego se volcaron en contra de él (hoy el procapitalista PT es, según Bolsonaro, "el comunismo" detrás de todos los males). "El fascismo siempre es una muestra de una revolución fracasada" (Benjamin).
  1. El Weltschmerz ofrece "falsas comodidades" que hay que, como en caso de la izquierda brasileña, rechazar y aprender a "convertir el luto en la lucha" (bit.ly/3dtaovt). Y, como en el de la izquierda estadunidense, en una fuente de resistencia (bit.ly/3lJpe41). Pero evitar las trampas de la melancolía y las rituales lamentaciones acerca de la "desorientación de la izquierda" significa también ser honestos con nosotros mismos (Hall): aprender de las derrotas sin culpar los acontecimientos externos (el auge del posfascismo, etcétera), analizando más bien nuestra propia postura frente –o detrás− de ellos (bit.ly/3jXt7Sv).
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Lunes, 02 Marzo 2020 19:14

Nuevas derechas, nuevas resistencias

Nuevas derechas, nuevas resistencias

En un período como éste, sería irresponsable lanzar las campanas al vuelo creyendo que el triunfo del mundo nuevo está a la vuelta de la esquina, un sentimiento que cultivamos con fruición los setentistas y que, ahora, vuelve de la mano de las culturas juveniles y feministas, quizá por el agobio de tantas opresiones y la necesidad de respirar nuevos aires, sin más demora, aquí y ahora. Siento que es positivo para la lucha emancipatoria, porque lo peor sería congelarnos en el lugar de víctimas, esperando una mano del Estado o del caudillo de turno.

Para avanzar, necesitamos practicar un doble ejercicio. Por un lado, tantear el terreno, reconocer la realidad por desagradable que sea, sin concesiones pero incluyendo también nuestros errores e insuficiencias. La otra tarea consiste en potenciar lo que ya somos, los espacios y potencialidades de los mundos otros, no capitalistas ni patriarcales ni coloniales. En suma, resistir y crear, resistir creando, porque necesitamos espacios propios (de los pueblos, de las mujeres, de las más diversas opresiones) para fortalecer las resistencias.

España: la coalición de izquierda llegó a La Moncloa

El PSOE y Unidas Podemos pondrán en marcha un programa que apunta a la recuperación de los derechos sociales y económicos.

España ha puesto en marcha su primer Gobierno de coalición y de izquierda desde el retorno a la democracia. El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, junto a sus tres vicepresidentas y un vicepresidente, más el resto del Consejo de Ministros, ha jurado su cargo frente al rey Felipe VI.

Después de un debate de investidura muy virulento, y de unas largas y difíciles negociaciones con Esquerra Republicana de Catalunya para obtener su apoyo, el líder socialista ha podido darle forma a un Ejecutivo que asuma el programa progresista que el PSOE y Unidas Podemos delinearon para la próxima legislatura.


La estructura del Gabinete y el perfil de los ministros revelan que Sánchez buscará sostener firmemente el timón político del Gobierno, y, a su vez, el orden de las cuentas públicas. Un doble objetivo que aspira, por un lado, a neutralizar el protagonismo de Pablo Iglesias como vicepresidente; y, por otro, a rechazar la histeria de las fuerzas conservadoras que agitan el fantasma de la crisis económica desatada durante la última presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero.


La experimentada Carmen Calvo, mano derecha de Sánchez en la gestión reciente y figura fuerte del ala feminista del Gabinete, ocupará el cargo de vicepresidenta primera con competencias en memoria histórica. Un marco en el que se inscribió la exhumación de los restos del dictador Franco en octubre pasado.


La segunda vicepresidencia será ocupada por Nadia Calviño, quien también será la ministra de Economía. Calviño es la cara más amable del Gobierno con el establishment económico europeo. La importancia de su jerarquía puede interpretarse como un mensaje a los halcones de Bruselas, siempre dispuestos a mantener a raya el déficit fiscal de los países miembro.


Teresa Ribera ocupará la tercera vicepresidencia, que compaginará con su cargo de ministra de Transición y Reto Ecológico. Una muestra de la prioridad que Sánchez quiere imprimirle a la lucha contra el cambio climático, y a la transformación de la matriz energética del país.


Las tres vicepresidentas expresan también el lugar prioritario que el líder socialista reservó para las mujeres en su Gabinete. Y, aunque pueda no ser el objetivo original, también supone un contrapeso estratégico a la figura de Pablo Iglesias. El dirigente de Unidas Podemos será el vicepresidente cuarto, y pondrá en marcha la agenda de Derechos Sociales.


En línea con la jerarquía que se le ha dado a la economía en el Consejo de Ministros, Sánchez eligió a otras dos mujeres con trayectoria en el mundo económico para ocupar los cargos de ministra de Hacienda y responsable de la diplomacia. La primera es María Jesús Montero, que ya estaba al frente de esa cartera, pero sumará la portavocía del Gobierno. Por su parte, Arancha González Laya, dejará su cargo en la Organización Mundial del Comercio para ser la ministra de Exteriores. Esa preponderancia de los perfiles técnicos en el Ejecutivo, es también un signo de precaución ante una economía global que prendió alarmas.


En el equipo de las mujeres se destaca Irene Montero, portavoz de Unidas Podemos. La dirigente se suma al primer Gobierno de coalición para conducir el ministerio de Igualdad. Una cartera que había creado el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, sin suerte para sostenerla en el tiempo. Montero puede destacarse ella misma y a su partido en una agenda, la de la igualdad de género y de lucha contra la violencia machista, de especial preponderancia en el país ibérico.


Del panorama que dibujan los elegidos para el Consejo de Ministros, se desprende que la cuestión territorial -con Cataluña al frente-, no será la máxima prioridad del Gobierno. A juzgar por los diversos programas que presentó el PSOE desde las elecciones generales de abril de 2019, la gran apuesta de los socialistas es la recuperación de los derechos sociales y económicos que los españoles perdieron durante las gestiones del Partido Popular.


Sin embargo, Sánchez se ha reservado algunos nombres de peso para conducir la mesa entre Gobiernos (de España y Cataluña), que se acordó con Esquerra Republicana durante la negociación de investidura. Salvador Illa, número dos del Partido Socialista Catalán, y uno de los artífices del acuerdo con la fuerza de Oriol Junqueras, ocupará el ministerio de Sanidad. Junto a él, estará otro hombre que participó de esas negociaciones, José Luis Ábalos. Una de las personas de mayor confianza del presidente, Ábalos seguirá al frente del ministerio de Fomento. Además, en las arenas del conflicto catalán, Sánchez siempre podrá recurrir a las ayudas de Pablo Iglesias, de buena relación con Junqueras y, en general, con el independentismo catalán.


La jura del Gabinete ha coincidido con la propuesta de la exministra de Justicia, Dolores Delgado, para ser la nueva Fiscal General del Estado. La asociación de Fiscales de España ha rechazado la elección de Sánchez porque supone que la Fiscalía esté “sometida” al Ejecutivo. El Partido Popular, por su parte, ha dicho que recurrirá esa decisión por “ir contra la separación de poderes”. Lo que denuncia la oposición y buena parte de la Fiscalía, es que el líder socialista intentará con Delgado desjudicializar el proceso independentista de Cataluña. Una iniciativa que puede haber sobrevolado en la negociación con Esquerra Republicana, pero que nunca se imprimió sobre un papel.


En cualquier caso, la constitución del Gabinete y la propuesta para la Fiscalía del Estado, son reflejos muy claros del impulso con que Sánchez quiere darle inicio a la legislatura. Sabe que, unos días atrás, las fuerzas conservadoras prometieron trabajar sin tregua para que la primera coalición de izquierda de la democracia reciente naufrague lo antes posible.

Publicado enPolítica
Sábado, 15 Junio 2019 06:05

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

Las recientes elecciones en España y las experiencias latinoamericanas hablan de un divorcio entre el imaginario social progresista y una realidad conservadora. La llamada izquierda política defrauda, no cumple, se refugia en discursos ambiguos, se deja llevar por el marketing electoral y pierde identidad. La falta de coherencia, proyectos y programas de cambio social democráticos trastocan en gestión institucional. Lo que se atisbaba como una revolución abajo y a la izquierda se diluye en un discurso demagógico donde no se encuentra ni el abajo, ni la izquierda. Cuando han gobernado han sido incapaces de modificar el rumbo del capitalismo. Eso sí, han reivindicado todo lo reivindicable como ejercicio político de progresismo. Multiculturalidad, libertad sexual, ciudades limpias, carriles bici, etcétera. Son eficientes. Los indignados del siglo XXI se han plegado a los poderes económicos, las trasnacionales y el capital financiero.

Más allá del momento emocional constituyente, el resultado ha sido nefasto. El sí se puede mutó en hacemos lo que nos dejan. Baste recordar el ejemplo de Grecia. El triunfo de Alexis Tsipras líder de Syriza, despertó a las adormecidas izquierdas occidentales. En 2015 era un proyecto anticapitalista. En poco tiempo torcieron el rumbo. Bajo las presiones de la Europa de la Troika renunciaron al lenguaje de izquierdas. El ex ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, fue el chivo expiatorio. Imagen de la impotencia y la traición. Mientras el pueblo griego pedía a gritos cumplir el programa electoral, Tsipras renegó de su ministro, plegándose a los planes de ajuste. Más privatizaciones, aumento de la pobreza, desigualdad y pérdida de soberanía. La Troika encontró en Syriza un aliado para las reformas neoliberales que la derecha y la socialdemocracia no eran capaces de realizar. Tsipras fue el elegido. Hoy es un político amortizado para la derecha. Obligado a convocar elecciones extraordinarias, dilapidó un capital social tanto como una esperanza de cambio democrático.

En España, Podemos, cuyos dirigentes viajaban a Grecia y veían en Syriza un ejemplo donde reconocerse, han seguido el mismo camino. En un lustro, inmersos en guerras intestinas se desgastan. La izquierda política española se encuentra peor que en 2014, antes de su fundación. Sin proyecto e incapaz de entender que ha pasado, Podemos sufre las consecuencias de su mojigatería. Por ineptitud más que por acierto de sus adversarios quedó presa de sus mentiras. Se convertirían en la primera fuerza política del país, el PSOE acabaría sucumbiendo. Serían poder y entrarían en La Moncloa. Se veían presidiendo el Consejo de Ministros. Entrarían en la historia con mayúsculas. Podemos representaba la unidad de lo nuevo. Una generación de emprendedores y empoderados reemplazaba a la vetusta Izquierda Unida y los comunistas. Podemos encarnaba el futuro. Era el momento de dar un paso adelante. Con una verborrea digna de los mejores sofistas la emprendieron contra todo. La constitución de 1978 sería derogada, la banca nacionalizada. Podemos era la herramienta para cambiar el destino de la gente. No a las castas, no al bipartidismo, no a la negociación de pasillos, no a la corrupción. Trasparencia y democracia directa. Intelectuales, académicos y políticos conversos escribieron ríos de tintas avalando a sus dirigentes, fueron los portavoces oficiosos de la propuesta. Incluso pensaron en fundar un Podemos trasversal latinoamericano. Era la luz al final del túnel. De paso despreciaban y silenciaban cualquier crítica. Cautivados por el fulgurante triunfo electoral, han sido víctimas de sus fantasías y de mucho postureo. Vinieron a compartir las mieles del corto plazo. Los nuevos diputados, senadores, concejales y alcaldes los convirtieron en sus padres intelectuales. Hoy, tras la debacle, no han producido ningún ensayo explicando las causas del fracaso. Los cantos de sirenas han acallado las conciencias. Es más la conclusión a la que han llegado es del todo sorprendente. No han sido capaces de trasmitir la propuesta y sólo han visto batallas intestinas. En otras palabras no hubo errores políticos. Aunque hoy defiendan la Constitución de 1978, hablen de pactos con el PSOE, hagan referendos para entregar alcaldías a la derecha, señalen la necesidad de la discreción como forma de negociación y renieguen de la transparencia.

La izquierda social, aquella que vive en los movimientos populares, emprende una lucha de resistencia sin un colchón político para sus reivindicaciones. En lo que va del siglo XXI, las propuestas como Syriza, Podemos o Frente Amplio en Chile generan desazón a medio plazo. Las clases trabajadoras, dominadas y explotadas, pierden derechos laborales, civiles, sociales y políticos. Inmersas en un cúmulo de contradicciones acaban siendo las víctimas propicias de las derechas neoconservadoras. La izquierda política se diluye y la institucional existente va por detrás de las reivindicaciones democráticas de la mayoría social que pide a gritos una ruptura, un cambio de rumbo. Lamentablemente, la realidad es tozuda. Cuando han coincidido izquierda política y social, la primera ha decidido virar a la derecha, bajo el argumento pueril de: si se puede, pero poquito

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“La izquierda tiene responsabilidad en el ascenso fascista por rendirse al mercado cuando gobierna”

El ex director general de Amnistía Internacional habla con 'Público' sobre la actualidad migratoria en Europa, el panorama político en Brasil y el auge de los movimientos de ultra derecha.


El senegalés Pierre Sané (Dakar, 1948) es creador del Imagine África Institute, un think tank cuyo lema es “alimentar para pensar, pensar para actuar” y busca “recrear el continente, descolonizando su futuro”. Sané es, también, ex Director Adjunto para Ciencias Sociales y Humanas de la UNESCO (2001-2010) y ex Director General de Amnistía Internacional (1992-2001). Miembro del partido socialdemócrata de Senegal, Sané se ha convertido, además, estas semanas previas a las presidenciales brasileñas, en vehemente voz de alerta ante la inhabilitación para la reelección del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el riesgo que encarna el violento candidato fascista Jair Bolsonaro.


“Os referiré el caso de un candidato progresista, defensor de los intereses de la mayoría social, injustamente acusado de corrupción, encarcelado por ello sin pruebas y apartado así de la carrera electoral”, comenzó Sané su intervención en el encuentro Amenazas a la democracia y el orden multipolar el viernes 14 en Sao Paulo (Fundación Perseu Abramo) “¿Os suena? Pues hablo del alcalde de Dakar, Khalifa Sall”.


Sané fue el único, junto al ex ministro de Asuntos Exteriores de Lula y de Defensa de Dilma Rousseff, Celso Amorim, promotor de la iniciativa, en acudir a la doble cita, en Sao Paulo y el 17 en Madrid (Common Action Forum y Casa América) donde ex presidentes como José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González, Dominique de Villepin, Massimo D’Alema, abogados y jueces como William Bourdon, Renata Ávila o Baltasar Garzón e intelectuales y periodistas como Noam Chomsky y Juan Luis Cebrián denunciaron “un doble golpe, parlamentario contra Rousseff y judicial contra Lula” así como las consecuencias globales de una victoria de la ultraderecha en las elecciones del 7 y 28 de octubre. “Sobre todo en África”, puntualizó Sané, “continente para el que Brasil ha sido referente con medidas del Partido de los Trabajadores (PT) como la bolsa de familia -subsidio a más de quince millones de familias bajo el umbral de la pobreza a cambio de escolarización y vacunación infantil-. “Las fuerzas reaccionarias africanas están atentas y si el golpe se consolida lo podrán imitar”.


¿Democracia y derechos humanos están hoy especialmente amenazados?


Amenazas siempre ha habido y habrá porque derechos humanos y democracia son fruto de un combate cotidiano. Hay avances y retrocesos, victorias y derrotas. Nunca llegaremos al “¡Conseguido, a otra cosa!”. Porque en la gobernanza pública siempre habrá intereses económicos contrapuestos: el de los poderosos que tratan de mantenerse en el poder y el resto que aspira a acceder.


¿El peligro actual viene más del auge fascista o de la idea extendida de que derechos humanos y democracia son una bella pero inalcanzable utopía?


A mí me gusta la definición de democracia de John Keane en su obra Life and death of democraty: “El gobierno de los humildes, por los humildes, para los humildes”. De acuerdo que es, como los derechos humanos plenos, un ideal. Pero si el mundo avanza, es en la persecución del ideal, de la utopía. Y el pasado más reciente demuestra, con Martin Luther King o Nelson Mandela, que lo que hace 50 años eran utopías se han convertido en realidades. El que un joven negro fuera presidente de EEUU no realiza el sueño de igualdad racial de Luther King, pero sí señala que, como él decía, “el arco de la historia tiende hacia la justicia”.


España acaba de vender armas a Arabia para no perder empleos del sector naval. ¿Los principios son un lujo frente a las necesidades económicas?


El ideal sería abolir la guerra y por ello luchan entidades pacifistas que quizá en el futuro lo consiga. Pero, dado el peso de la industria bélica en economía y empleo, las entidades de derechos humanos plantean batallar, más que por la abolición total, por enmarcar el comercio de armas en el derecho internacional. Y este dicta la prohibición de vender armas a un régimen en plena campaña de violación de derechos humanos y crímenes de guerra.


Elecciones en Brasil


¿Por qué su denuncia activa del encarcelamiento de Lula y el impulso del fascista Bolsonaro?


Dilma Rousseff fue destituida y Lula encarcelado e inhabilitado para la reelección porque el PT construía en Brasil una alternativa, un cambio de paradigma. Por primera vez en la historia de Brasil tenemos un movimiento obrero de gente corriente que llega al poder, lo ejerce doce años y, con la reelección de Lula, podrían haber sido veinte. La élite brasileña siempre lo ha visto como una amenaza porque, defiende los intereses de la mayoría demográfica, la igualdad racial en un país con 54 por ciento de población negra y, como votar, en Brasil, es obligatorio, en la dinámica electoral siempre tiene las de ganar. La única manera de impedirles gestionar el país es usando métodos anticonstitucionales y antidemocráticos. Si la estrategia triunfa tendrá consecuencias internacionales.


¿Especialmente en África?


El continente africano, con lazos históricos, demográficos y culturales fuertes con Brasil, se ha mirado mucho en su espejo en la etapa del PT porque suponía un ejemplo de lucha eficaz contra la pobreza, la desigualdad de clases y razas. Pero también porque desarrolló una política internacional que tenía muy presente a África e impulsaba un equilibrio mundial multilateral.


Ha criticado duramente que Brasil desoiga al Comité de Derechos Humanos de la ONU que pide que se deje a Lula presentarse, leyendo la lista de sus 18 miembros internacionales. ¿La ONU se ha labrado su falta de peso justo por su incapacidad para que las resoluciones sean vinculantes (caso de Palestina, o el Sahara Occidental)?


En toda la sociedad, incluida la internacional, hay un sistema de funcionamiento: leyes que se deben respetar. La ONU es grupo de diálogo entre estados. Son los estados quienes escriben las leyes, se comprometen a respetarlas y se someten al sistema de control mutuo. Cuando uno de los estados se pone fuera de la ley, como es el caso actual de Brasil, es a él a quien hay que culpar y no a los encargados de monitorizar el comportamiento de todos: la ONU. Ahora bien, hay que ser conscientes de que los estados sólo respetan las leyes por la presión moral del resto de estados y de la sociedad civil internacional.


Los juicios anti-corrupción que han encarcelado a Lula en Brasil y el alcalde de Dakar, según han dicho en estos encuentros, buscan eliminar al opositor. ¿Cómo perseguir la corrupción sin confiar en el poder judicial?


La lucha anti-corrupción no puede depender sólo del poder judicial. Porque este, aunque independiente del político, forma parte de la estructura de poder del sistema. Así que hay que seguir luchando contra la corrupción en los tribunales, sí. Pero también desde una sociedad civil vigilante, organizada, en sindicatos, asociaciones, ONGs, movilizada, defensora de los principios del derecho internacional: igualdad, libertad y justicia. Las instituciones hay que perfeccionarlas.


Alternativa y responsabilidad de la izquierda


¿Cómo socialdemócrata, hace alguna auto-crítica sobre al ascenso del voto ciudadano internacional a líderes mesiánicos, neofascistas?
Sí, los partidos de izquierda, progresistas tienen una parte de responsabilidad en el ascenso de la extrema derecha. Porque la izquierda, los socialdemócratas llegan al poder sobre una promesa de mejorar las condiciones de vida ciudadana, de profundizar en democracia y libertad y contribuir a un mundo de paz. Pero cuando alcanzan el poder traicionan estas promesas y dicen a la gente que es el mercado quien obliga a ir a esta o esta dirección. Cuando la gente no ha votado al mercado, sino a ellos para que apliquen políticas alternativas.


¿Quién gobierna de verdad el mundo?


Parece que GP Morgan, Goldman Sach, Bank of America, City Bank, Deutche Bank, HSBS… los grandes bancos internacionales. Porque el mundo hoy está gobernado por el poder de las finanzas.


¿Hay una alternativa progresista a este estado de cosas?


La alternativa existe, teorizada en universidades, think tanks y ONGs, pero todavía no es hegemónica. Así que, mientras, la tendencia de los partidos socialistas es a continuar la política neoliberal sólo que con añadidos de programas sociales. No es suficiente. Son remiendos. Zapatero propuso una alianza internacional de think tanks progresistas para dar forma a esta alternativa económica y yo añadiría una nueva internacional progresista como la propuesta por Bernie Sanders y Varoufakis, con militantes, sindicatos y medios de comunicación. La idea compartida por muchas organizaciones progresistas es que no se puede seguir una agenda de globalización de la democracia si no se sigue una agenda de democratización de la globalización.


¿La respuesta debe ser simultánea y multinacional?


Un solo país no podrá hacerla, está claro. Y eso es una dificultad porque, en la UE, por ejemplo, no van a llegar a las presidencias de gobierno todos los socialistas a la vez. Es el caso en España, ahora, pero si la mayor potencia, Alemania, sigue en manos conservadoras será difícil desarrollar la agenda alternativa. Ahora bien, en el actual contexto europeo, yo preveo que el cambio va a abrirse camino de la mano de la mano del laborismo de Jeremy Corbyn.


¿De qué manera?


El ha conseguido que la militancia pase de 120.000 a medio millón, haciendo del partido laborista, el de izquierda europea con mayor base. Le apoya una militancia joven y comprometida. Corbyn, creo, preferiría no repetir el referéndum y que Gran Bretaña no permaneciera en la UE porque entiende que es un foro neoliberal donde será más difícil aplicar su agenda social. Una agenda que no le veo con vocación de exportar a Europa, ni internacionalmente vía alianza con Sanders y Varoufakis. Pero como no va a tener más remedio que repetir el referéndum y permanecerán en la UE, entonces tendrá que aliarse con otros socialdemócratas. La vía de llegada a Europa de una agenda alternativa, de progreso social viene por este joven y activo laborismo.


¿Superará la izquierda su tendencia a la división?


Junto a la tendencia autocrítica, cierta, los progresistas hoy afrontan la gran dificultad de identificar al enemigo porque el poder del capitalismo, su potencia política es difusa. Se puede decir que el enemigo son los bancos, poderes financieros, la industria del armamento… Y ante eso surgen movimientos de mujeres, antirracistas, ecologistas, de lucha de clase, de solidaridad con los pueblos del sur… El gran reto es analizar todos estos desafíos a través de una narrativa única que nos permita plantear una alternativa de conjunto. Hacer entender a todos que, si bien la solución es muy compleja, enfrentamos todos el mismo combate contra la misma estructura de dominación, responsable de la opresión de las mujeres, de los trabajadores, y de personas su identidad racial y sexual.


Migración y África


América y Europa comparten ser escenario del rechazo a migrantes y refugiados. ¿Qué hacer?


Luchar contra el racismo. Porque en Grecia desde 2009, 500.000 jóvenes griegos han abandonado el país para instalarse en otros países europeos y no se les llama migrantes. Senegal con 14 millones de habitantes tiene a 30.000 franceses y más y más emprendedores españoles e italianos se instalan sin que se les llame migrantes. Vivimos en un mundo donde cuando eres blanco y vienes de país desarrollado puedes viajar libre e instalarte y cuando vienes de un país pobre y de color te identifican como migrante. También está la discriminación económica.


A los príncipes árabes instalados en París no se les llama migrantes. Los europeos deben aceptar que entramos en mundo multicultural, multirracial. La migración siempre ha existido. América del norte y Latinoamérica son fruto de la migración masiva de europeos y entramos en un periodo de migración africana y árabe a Europa que no se puede encarar levantando vallas que la dejen aprisionada. Es absurdo porque en 2100 el 41 por ciento de la población mundial será africana. Europa debe cambiar de mentalidad y aceptar que no será exclusivamente blanca sino también negra y amarilla. Porque, además, necesita, población joven, mano de obra y esa riqueza vendrá de África.


¿Tiene África esperanza? ¿Cuál?


La esperanza de África, en el sentido de su aspiración, es idéntica a la del resto de habitantes del planeta: el deseo de democracia, libertad y derechos humanos se ha universalizado y todo el mundo quiere vivir en sociedades justas y libres. Pero la expectativa africana en términos de desarrollo tiene que venir del cambio económico: no se puede crear empleo sin industrializar y no se industrializa con el sistema de vender materias primas e importar manufacturas. En Senegal producimos oro e importamos joyas, Costa de Marfil exporta cacao y trae chocolate, Gabón madera y trae muebles. El valor añadido y los empleos se crean en el primer mundo. O África empieza a transformar in situ la riqueza natural en producto de consumo o los jóvenes seguirán emigrando para trabajar.


China invierte fuerte en el continente africano. ¿Teme que imponga su modelo político y social, tan deficitario en los estándares democráticos?


El riesgo siempre existe. Dependerá del equilibrio de fuerzas. Actualmente, en África, no intentan imponer su modelo. Se limitan a hacer negocios con regímenes de todo tipo. ¿Eso va a evolucionar? ¿Para mantener su ambición de ser la primera potencia económica recurrirán a lo militar? No lo sé. Lo que sí sé es que África debe definir sus relaciones con China, elegir su futuro económico y político. Y para eso hay que reforzar la unidad africana y que el continente hable con una sola voz al mundo exterior. Sólo con visión compartida, lo logrará.


Como ex director general de AI, ¿ve la denuncia de abusos en ONGs como Oxfam como campaña de desprestigio o necesaria medida regenerativa?


Las ONGs son organizaciones humanas, con sus debilidades. Deben someterse a la crítica pública, con la misma exigencia que aplican al mundo económico y político y tener mecanismos de auto corrección. Si en una ONG hay corrupción, abusos, o comportamientos no éticos deben ser criticadas para corregirse. Lo que no comparto es el cuestionamiento de la legitimidad. Quienes dice: ¿Qué derecho tiene Amnistía para venir a cuestionar el respeto a los derechos humanos aquí? La Declaración de Derechos Humanos señala que, junto a los estados, organizaciones y sociedad civil, deben trabajar para universalizarlos.


Cuándo levanta la vista, ¿ve a la ciudadanía preocupada por los derechos humanos y la democracia?


En todas las sociedades habrá siempre militantes más concernidos que el resto de población y es normal. Estar preocupado no implica tampoco dejar de llevar una vida normal, incluido salir a cenar y disfrutar. Pero sí que la gente debe asumir que, si se quieren mejorar las cosas, no basta hablarlo en casa, todos somos responsables y debemos intentar avanzar con los medios al alcance.

 

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“Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo”: Gioconda Belli

Gioconda Belli, ex dirigente del FSLN y escritora, esgrime una fuerte crítica contra el gobierno de Nicaragua y se lamenta por la situación que atraviesa su país.

En la novela El país de las mujeres, Gioconda Belli imagina un país gobernado exclusivamente por mujeres. Las audaces integrantes del Partido de la Izquierda Erótica ganan las elecciones en Faguas y emprenden el desafío de transformar la geometría del poder. A la ciudadanía la redefinen como “cuidadanía”. No se trata sólo de problematizar la inequidad en la participación sino de repensar las lógicas de hacer política. A ocho años de su publicación, la escritora nicaragüense asegura que, más que una ficción, el libro es “una guía para la acción”, con pistas concretas para trastocar la cultura política patriarcal. Belli, quien aborda en varios otros textos el tópico mujeres y política -otro emblemático es La mujer habitada-, se entusiasma con el auge del movimiento feminista en América Latina: “Para que el mundo sea mejor, las mujeres tenemos que tener más poder”.

Nacida en Managua en 1948, publicó sus primeros poemas en 1970 y, como muchos intelectuales, se metió de lleno en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Fue correo clandestino, transportó armas, y luego como exiliada viajó por el mundo difundiendo la lucha sandinista. Después del triunfo de la revolución, fue vocera del FSLN y ocupó varios cargos, hasta que en 1993 fue parte de la camada que rompió con el partido y recorrió un camino desde el desencanto a la indignación con la conducción de Daniel Ortega.

A la conflictividad social que vive Nicaragua desde el 18 de abril la caracteriza como “una explosión espontánea y de todos los extractos sociales”. Niega tajantemente la injerencia estadounidense, denuncia que “han reprimido con una violencia nunca vista” y despotrica contra el presidente: “Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo”.

—¿Cuál es su lectura de lo que viene pasando en Nicaragua? ¿Cómo es la composición de los sectores movilizados?

—El 18 de abril se dio una protesta contra la reforma del seguro social, pero la manera en que fue reprimida generó una explosión social. Una explosión de todos los estratos sociales. Lo más interesante es que se ha dado una unidad nacional alrededor del repudio a la actuación del gobierno, a un gobierno que nos venía oprimiendo, asfixiando, quitándonos todas las vías de una solución cívica porque desnaturalizaron completamente el proceso electoral. Nos sentimos atrapados con este gobierno que tiene dominio de todos los poderes. Fue como que la gente dijo “ya, esta va a ser nuestra manera de votar” y empezó este enorme movimiento a nivel nacional. El problema es que han reprimido con una violencia nunca vista. Hay más de 400 muertos, miles de heridos, mucha gente que tuvo que huir.

 

—Daniel Ortega caracteriza la situación como un “golpe blando”, como un intento de desestabilización fogoneado y financiado desde Estados Unidos.

—Eso es totalmente falso, es como una muletilla. Lo dice por desesperación, no quiere aceptar el gran descontento. No hay plata de los Estados Unidos, ahora están diciendo que son las ONG, pero tampoco es cierto. Lo más hermoso que ha pasado es que esto fue autoconvocado, ni siquiera se le puede echar la culpa a un partido o a un grupo. Es un movimiento completamente espontáneo.

 

—Mucha gente progresista y de izquierda en América Latina se posicionó junto a Daniel Ortega y avaló la tesis de la injerencia norteamericana. También está la inquietud de que si cayera el gobierno sería la derecha quien lo capitalizaría. ¿Qué opina?

—Yo estoy muy desilusionada con lo que está diciendo la izquierda latinoamericana con relación a Nicaragua. ¿Porque es Daniel Ortega se puede matar a 400 personas y no me importa porque es de izquierda? Y no es cierto que sea de izquierda, Daniel Ortega dejó de ser de izquierda hace muchísimo tiempo, una vez en el poder se alió con los grandes capitales. Nosotros tenemos la enorme capacidad para tomar el poder sin la necesidad de la derecha. Hay mucha gente de izquierda luchando porque nosotros no vemos, como izquierda, que Daniel Ortega sea de izquierda. Daniel Ortega es una ficción, autorizó un robo que se llamó “La Piñata” donde se repartieron tierras y casas, se creó una burguesía sandinista, se privatizó la energía de la ayuda venezolana y toda su familia es dueña de los medios de comunicación. Hizo fraude para dominar la Asamblea Nacional, cambió la Constitución para reelegirse indefinidamente, puso a su mujer de vicepresidenta en un país donde tuvimos una dinastía, manejan un lenguaje horriblemente religioso, la esposa de Ortega habla todos los días y parece la Madre Teresa de Calcuta, abolieron el aborto terapéutico. Definitivamente no puede considerarse un gobierno de izquierda.

—Pensando a Nicaragua en el contexto latinoamericano, ¿qué reflexión hace sobre el momento que atraviesa la región?

—Creo que lo más importante es que tenemos que creer en nosotros. Necesitamos una democracia más radical, que venga de abajo hacia arriba. Ha habido mucho cinismo, mucha desilusión, y eso a veces nos hace tener miedo o volvernos indiferentes, individualistas y no salir de nuestro pequeño mundo. Yo animo a todos los que quieren cambiar América Latina a que participemos más, a que nos involucremos en política, en luchas comunitarias, en las luchas de las mujeres, porque somos nosotros y nosotras los que la vamos a cambiar, nadie lo va a hacer por nosotros.

 

—¿Cómo está viviendo el auge del movimiento feminista en América Latina y el cambio cultural que se viene dando en algunos países como aquí en Argentina?

—Creo que el movimiento feminista en América Latina ya no puede ser detenido. En todo el mundo se están exigiendo cambios. Uno de los grandes retos que tenemos en la región es superar el machismo, que sigue teniendo una fuerza tremenda. ¿Cómo es posible que en Argentina no se haya aprobado el aborto siendo que las mujeres van a seguir abortando pero en condiciones peligrosas? Toda esta corriente de cambios lleva a los sectores más conservadores a atrincherarse en unos valores que ya no pueden seguir siendo predominantes en el mundo de hoy. Esos valores se están acabando. Un gran problema de la humanidad es que nos intentaron inculcar que el cuerpo de la mujer es algo pecaminoso y que no tenemos derecho a ser dueñas de nuestros cuerpos. Para que el mundo sea mejor las mujeres tenemos que tener más poder, porque somos más conciliadoras, tenemos una ética del cuidado, un sentido de la ecología, porque nuestro cuerpo está conectado con la naturaleza. No digo que todas las mujeres sean buenas pero creo que tenemos un sentido mucho más agudo de lo que significa cuidar un país. Lo que pasa es que también entramos al poder bajo unas reglas masculinas, por eso en mi novela El País de las Mujeres hablo de un gobierno de mujeres donde se cambien las reglas.

—¿Qué cree que se puede tomar de esa novela para aplicar a la realidad política? Y ¿cuáles son los desafíos para que una mayor participación de las mujeres implique también un cambio en esas reglas de la política?

—Una de las cosas más importantes que planteo en esa novela es la reformulación del espacio del trabajo. La vida laboral no se adaptó a que muchísimas mujeres que trabajan tienen gran responsabilidad en la crianza, faltan mecanismos sociales como guarderías o lugares en los trabajos donde tener a los niños si se enferman. Hay muchas cosas que se podrían hacer. Están habiendo cambios pero es necesario repensar todo el mundo laboral. Creo que la explotación de la mujer en sus diferentes formas es la semilla de todos los males porque esa dominación empieza desde la infancia. Y en relación al poder, la mujer tendría que entrar de otra manera. Es un proceso largo, en esa novela doy un montón de ideas, lo central es que el poder tiene que cambiar de naturaleza.

 

—Más que ficción es una guía de acción…

—Sí, no es tan ficción, realmente si esas cosas existieran se podría cambiar mucho la mentalidad. Todo el mundo lo ve como ficción pero todo es practicable. Lo que falta es la voluntad política.

 

*Por Gerardo Szalkowicz y Lucio Garriga para Tiempo Argentino

 


 

Detienen a unos 20 universitarios

 

Disparan a caravana opositora en la capital de Nicaragua

La Jornada
 

Managua. Presuntas fuerzas de choque del gobierno de Nicaragua atacaron ayer a balazos una caravana de vehículos de activistas opositores que intentaban recorrer la capital, sin que hasta el momento se hayan difundido cifras de heridos, informaron medios locales.

La caravana, que había salido de la rotonda Jean Paul Genie, sur de Managua, fue interceptada cerca de una estación policial por motociclistas que portaban banderas rojinegras del gobernante Frente Sandinista, del presidente Daniel Ortega, y dispararon con la aparente intención de disolver la protesta.

Asimismo, al menos 21 estudiantes de la Coordinadora Universitaria por la Democracia y la Justicia (CUDJ) fueron detenidos este sábado por la policía en la provincia de Carazo, denunciaron opositores.

Los activistas desistieron de participar en la marcha Nicaragua unida jamás será vencida, debido a que policías y paramilitares armados se apostaron a lo largo de la carretera que va de la capital a Granada.

Los manifestantes se habían concentrado inicialmente para dirigirse hacia Granada (oriente) y sumarse por la tarde a una marcha nacional antigubernamental, pero se vieron obligados a protestar en la capital luego de que la carretera que conduce a esa ciudad fue tomada desde temprano por policías y paramilitares armados, reportaron medios de prensa.

Según imágenes de Canal 100% Noticias, que transmitió el incidente en vivo, la caravana fue perseguida por un contingente de policías encapuchados y fuertemente armados. Luego, interceptada por los motorizados y agentes que fueron captados pistola en mano esperando el paso de los vehículos.

Una turba de motociclistas con banderas rojinegras comenzó a disparar. Nos perseguían camionetas llenas de policías. Es una grosería que estén impidiendo la movilización de ciudadanos, aseveró un periodista de la televisora mientras huía del lugar.

La policía no debe asustarnos ni atacarnos. Estamos en contra de una persona a la que se le ha ido la mano gobernando. Todos somos nicaragüenses, todos nacimos acá y somos hermanos. No deben atacarnos, declaró un manifestante a la televisora.

En las redes sociales el oficialismo convocó a sus partidarios a una caravana para dirigirse a Granada, donde los activistas opositores marcharon por la tarde para protestar contra la represión gubernamental.

A lo largo de la carretera que comunica a Managua con Granada se instalaron retenes policiales, en los cuales se revisan vehículos y resguarda a partidarios del gobierno.

Los universitarios, quienes se dirigían hacia la ciudad de Granada para participar en una marcha nacional contra el gobierno de Ortega convocada por la CUDJ, fueron llevados por la policía a Jinotepe, capital de esa provincia, denunció la activista opositora Mónica López en el Canal 100% Noticias.

Los jóvenes fueron detenidos de forma arbitraria por la policía cuando se dirigían a Granada y lograron transmitir su detención en su página de Facebook, expresó López. Agregó que una de las detenidas es Henried Martínez, de la mesa de diálogo nacional por la opositora Alianza Cívica.

Lo que estamos viendo acá es la imposición totalmente arbitraria del mundo al revés que está en la cabeza de los Ortega (la pareja presidencial). Tenemos derecho a manifestarnos y movilizarnos, porque Nicaragua (...) no es de ningún dictador, mucho menos de hordas paramilitares y criminales que se dedican a imponer la política de terrorismo de este régimen, apuntó.

En un tuit, el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, dijo que es inadmisible criminalizar al pueblo por ejercer su derecho de protestar y tratarlo como terrorista. La paz social no se impone a fuerza de balas, intimidación, encarcelamientos y procesos judiciales injustos.

Nicaragua vive desde el 18 de abril la peor crisis política en cuatro décadas, que según organismos de derechos humanos independientes ha dejado cerca de 450 muertos, la mayoría manifestantes antigubernamentales. Las autoridades sólo reconocen 198 decesos.

En distintas ciudades de Nicaragua miles más se movilizaron exigiendo la libertad de presos políticos y la salida del presidente Daniel Ortega, mientras seguidores del gobierno se movilizaron en apoyo del mandatario.

En Granada, uno de los principales puntos de reunión, cientos de vecinos opositores al gobierno marcharon por las calles, pese a un fuerte dispositivo policial y la presencia de grupos de choque, según comunicó una de las organizadoras de la movilización, la universitaria Valeska Valle.

Los manifestantes portaban una bandera de Costa Rica y el mensaje de gracias, hermanos, para agradecer la solidaridad brindada por ese país a cientos de nicaragüenses que han emigrado hacia allí escapando de la violencia.

Coincidentemente, cientos de costarricenses y nicaragüenses marcharon en la capital de Costa Rica contra la xenofobia y en defensa de los migrantes, en protesta por ataques xenófobos ocurridos en un parque de San José.

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