Miércoles, 21 Agosto 2019 05:53

Terrorismo y masculinidad

Terrorismo y masculinidad

M. sale de casa, todo está listo, la adrenalina bulle, no hay marcha atrás. Las armas cargadas, el plan bien meditado: llegó el momento. 

M. está frente a la pantalla del ordenador, navega por el foro donde ha pasado tantas horas en los últimos tiempos. En este espacio ha leído y visto muchas cosas. Cosas en las que reconocerse, cosas para exaltarse, cosas que reafirman lo injusto e inmenso de la afrenta cometida contra su persona y el nosotros al que pertenece, cosas que calman su dolor, avalan su rabia y le señalan un camino.

No es la primera vez que M. escribe un mensaje en este foro, pero esta es la definitiva, la que dejará huella. Porque lo de M. ya no es un mensaje, inane palabrería sin consecuencias, es un manifiesto, un comunicado, cosas que no escribe cualquiera, sólo la gente grande, esa que está dispuesta a hacer lo que se tiene que hacer, cuyas acciones trascenderán.

M.. sale de casa, todo está listo, la adrenalina bulle, no hay marcha atrás. Las armas cargadas, el plan bien meditado: llegó el momento. M. no es cobarde, tiene las agallas para pasar a la acción y va a demostrarlo. “¡Se van a cagar esos hijos de puta!” —se dice apretando la mandíbula.

Llega a su objetivo, se siente fuerte, trascendente, empieza a disparar. Ha fantaseado muchas veces con este momento. No le faltan referentes en el cine o en los videojuegos. Su mente se llena fácilmente de imágenes de violencia y muerte. Pero hoy es diferente, todo es real y M. es quien lo hace posible. Tiene el poder, ya han caído varios cuerpos. Los llantos y gritos de terror alimentan su adrenalina y su pulsión de destrucción. En unas horas, los medios de comunicación difundirán la gesta de M. las manchas de sangre en el suelo, las caras aterradas de sus víctimas.

¿Quién será M.? ¿Un islamista que quiere vengar la humillación del los musulmanes del mundo sembrando el terror contra civiles occidentales para que tiemblen esas grandes potencias infieles y enemigas? ¿será M. simpatizante del supremacismo blanco, habrá salido a la palestra para defender a su pueblo de esos bárbaros islámicos, de la invasión latina? ¿De qué hablará su manifiesto? ¿De la yihad? ¿De Soros y el gran reemplazo? ¿serán sus víctimas turistas europeos, musulmanes en una mezquita o un mercado, personas LGTBIQ en una discoteca, latinos que hacían la compra, jóvenes socialistas en un campamento? Todas estas opciones son posibles.

Y M., a quien hasta ahora no hemos asignado un género, ¿será un hombre o una mujer?

El terrorismo ocupa un lugar central en la agenda global, genera una parte importante de los titulares que aparecen en los diarios, es uno de los principales fantasmas que acechan el futuro y el presente, habita los programas y arengas partidarias. Se recurre a los miedos que espolea para hacer políticas represoras y liberticidas. A veces se emplea para descalificar luchas justas contra la opresión. Otras se enarbola para descalificar al oponente político acusándole de inacción e incapacidad o directa complicidad.

En la historia reciente, los denominados grupos terroristas se alterizaron en gran medida. Desactivadas las brigadas Rojas y el IRA , ETA o la alemana Baader-Meinhof, los terroristas comenzaron a encarnar cada vez más un otro amenazador, un fundamentalista dispuesto a desplegar todo su exótico fanatismo en forma de muerte y destrucción.

Ahora discutimos por qué los actos criminales si son cometidos por alguien que se ajuste a este patrón alterizado, son identificados como atentados, mientras que, cuando la masacre es perpetrada por una persona blanca es definida como un tiroteo o ataque. ¿Por qué en lo que unos es fanatismo religioso, en los otros es desorden mental e innadaptación? Esta perspectiva es necesaria y urgente en términos antirracistas y antifascistas. Pero de lo que mucha menos gente habla es de por qué, sea supremacista, fundamentalista árabe o cerril antisemita, lo más probable es que M. sea un maromo.

La estudiosa de las masculinidades R.W. Connell ha desarrollado la idea de masculinidad hegemónica como una forma de organización social (relacional, dinámica y en disputa) que no solo tiene que ver con la dominación patriarcal sobre las mujeres sino que establece jerarquías entre los hombres. En grandes rasgos en lo más alto de las relaciones de poder entre géneros están los hombres blancos heterosexuales y un repertorio de cualidades que tienen que ver con la valentía, el poder, la autoridad, la fuerza, la ausencia de debilidad o características asociadas a lo femenino.

En esta situación relacional, Connell apunta que dado que sólo hay una pequeña cantidad de hombres que ocupan esa posición hegemónica el sistema debe por fuerza sostenerse sobre un grupo mucho más amplio, hombres que sin estar arriba apoyan esta estructura y aspiran a ascender en ella: se trata de la masculinidad cómplice. También habla la autora de la masculinidad marginal, aquellos a quienes les es negada la posibilidad de ejercer esta masculinidad por razones de clase, de raza, de orientación sexual o una mezcla de todos ellas.

La violencia puede llegar a ser una forma de exigir o afirmar la masculinidad en luchas de grupo, dice Connell. U operar, añade, como una afirmación de la masculinidad marginada frente a otros hombres. Así, en lo que se ha llamado crisis de la masculinidad —Connell prefiere definirla como una crisis en el orden de género— la masculinidad cómplice se siente frágil y atacada, el recurso a la violencia es una forma de canalizar este malestar.

El terrorismo Incel, la violencia de aquellos hombres que prácticamente admiten que es su exclusión de la masculinidad hegemónica e incapacidad de obtener sus privilegios en forma de sexo y relaciones con las mujeres la que les impulsa a matar, es sólo el ejemplo más evidente de esto. Si usamos el concepto de violencia expresiva del que habla Rita Segato en referencia a la guerra contra las mujeres, es decir, la violencia no con una función instrumental sino con un fin comunicativo —un decir algo a los otros hombres, una afirmación de masculinidad hacia quienes al día siguiente con M. muerto o prisionero, comentarán la gesta entre sí o en los foros y fantasearán con emularle— podemos ver bajo otra luz estos actos de terrorismo.

Nadie afirma aquí que todos los hombres sean violentos, o que no haya una parte importante de estos que —consciente o inconscientemente— desafíen esa masculinidad hegemónica, y por supuesto, nadie apunta a una disposición latente en cada hombre hacia el terrorismo. Obviamente, hay muchos más hombres víctimas de atentados y ataques que victimarios. Pero todo esto no está reñido con el hecho de que la gran mayoría de terroristas son varones.

No hay lucha entonces contra la violencia en general, y por ello, tampoco la hay contra el terrorismo que no pase por poner la masculinidad bajo el foco, abrirla en canal y pensar ya de qué modos vamos a desactivar los mecanismos de esa bomba sensible a la frustración, la sensación de humillación e impotencia, que hace que M. pase su vida vertiendo su odio en foros, y siembre la muerte tras armarse hasta los dientes convencido de estar haciendo lo justo y lo necesario. Un terrorismo líquido y narcisista cuyos objetivos no parecen ir mucho más allá de saciar su propia pulsión de destrucción y reivindicarse a uno mismo como hombre.

 

Por Sarah Babiker


publicado

2019-08-20 15:13

Publicado enCultura
Viernes, 26 Octubre 2018 05:48

La irresistible atracción del macho alfa

La irresistible atracción del macho alfa

Las elecciones brasileñas muestran una enorme diferencia de comportamientos entre varones y mujeres, tan amplia y profunda como pocas veces se registra en nuestras sociedades. Según la primera encuesta de Datafolha luego de la primera vuelta, existe un "empate técnico" entre las preferencias femeninas: 42 por ciento apoyaban a Jair Bolsonaro y 39 por ciento a Fernando Haddad, cuando el primero tiene casi 20 puntos de diferencia (goo.gl/B769dj).

Las preferencias masculinas se vuelcan en 57 por ciento por el candidato de la extrema derecha y sólo 33 por ciento por Haddad. La diferencia es tan grande que merece alguna explicación. Bolsonaro es un personaje machista, militarista y racista, que nunca ocultó sus opiniones y hasta se jacta de ellas, de modo que quienes lo apoyan es porque simpatizan con sus ideas y actitudes. Lo que debemos explicarnos entonces son las razones por las cuales la mayoría de la población brasileña se siente atraída por él.

La primera es la profunda crisis, tanto económica como social, con un aumento importante de la violencia. En 2017 se produjeron casi 64 mil muertes violentas, una cifra que aumenta de modo exponencial: al comienzo del periodo neoliberal en 1990 eran 14 mil y en 2002, cuando Lula ganó las elecciones, eran 49 mil personas muertes cada año (goo.gl/82jd9i). La violencia no deja de crecer y se ha llevado medio millón de personas en la reciente década.

Un aspecto central de la crisis es la disolución de los vínculos sociales y comunitarios. Mucho antes de la centralidad que adquirió Bolsonaro, las grandes ciudades se habían convertido en espacios de violencia desbordada. La principal diferencia desde 2013, es que ahora la violencia arraigó también en los barrios de clase media, cuando históricamente estuvo focalizada en las favelas y periferias urbanas, donde la sociedad más desigual del mundo descerrajaba sus armas contra la población negra.

La segunda es el clima de inseguridad imperante. Por curioso que parezca, en los barrios populares las cosas han cambiado poco. En la noche, en la Maré, la mayor favela de Brasil en Río de Janeiro, la gente continúa haciendo su vida en calles que siempre están atestadas. En los barrios "nobles" (así le llaman en este país a la ciudad formal), las calles están desiertas y los pocos peatones deambulan como fantasmas apurando el paso.

La inseguridad es cosa de clase media, ya que los más pobres nunca vivieron otra realidad que el temor a la Policía Militar y a sus aliados: políticos conservadores, traficantes y, más recientemente, iglesias pentecostales y evangélicas que persiguen con saña las religiones afro.

Son los miedos de las clases medias los que se vuelven noticias, sus paranoias ganan titulares y sus barrios se llenan de guardias privados, cuando pueden pagarlos. Con la crisis un sector muy amplio de las clases medias teme, además, perder el empleo y el estatus económico y social. En este punto, Bolsonaro promete acabar con la inseguridad, se ofrece como el gran protector, liberando el gatillo contra los pequeños delincuentes y prometiendo castración química a los violadores. Todo parece tan fácil que resulta poco creíble.

La tercera cuestión es que el macho alfa, en sus variantes duras o blandas, es el estereotipo conocido, tanto a derecha como a izquierda. Salvo el pequeño sector de universitarios exitosos, el resto de la población sigue creyendo en la mano dura y el hombre fuerte que la practique, desde la familia y el barrio hasta las instituciones estatales. Por algo las fuerzas armadas gozan de tan buena reputación, al punto que toda la campaña de Bolsonaro gira en torno a militares que no rechazan ni la tortura ni las soluciones represivas.

La cuarta cuestión se relaciona con el campo emancipatorio. Los partidos y movimientos, incluso los varones que nos decimos antipatriarcales, no hemos trabajado otros modelos masculinos diferentes a los que nos ofrece el sistema. Nuestra izquierda sigue apostando en caudillos, algo que parecía hasta cierto punto entendible hasta la revolución mundial de 1968.

Hemos hablado de leninismo, de peronismo y de castrismo. Ahora seguimos por el mismo camino: chavismo, lulismo y todos los ismos imaginables vinculados siempre a un caudillo que, naturalmente, remite al patriarcado. Somos tan grotescos que incluso cuando un movimiento cubre las caras de sus portavoces y los denomina subcomandantes para que se entienda que obedecen a las comunidades, incluso en este caso, los analistas creen que son Galeano y Moisés los que mandan.

Nuestra cultura política no deja de producir machos alfa. Vladimir Putin y Xi Jinping provocan suspiros de amor revolucionario entre no pocos intelectuales que, en tanto, se horrorizan cuando el macho resulta de signo contrario a sus ideologías.

Finalmente, creo que no debe confundirse la figura del guerrero/guerrera, necesaria para defendernos, con el macho alfa. Éste se manda solo y hace lo que su testosterona le indica. El guerrero obedece a su pueblo.

Publicado enPolítica
Crisis, miedos sociales e imaginación utópica

La civilización actual es producto de una ruptura en la naturaleza que se remonta a algunos millones de años. La naturaleza, concebida como una obra de arte que se reproduce a sí misma, posibilitó el pensamiento, el nous, el espíritu. Ese mismo que, según E.M., Cioran, hace del hombre un animal interesante. Sin embargo, es posible que ese espíritu, esa conciencia, haya sido la última fantasía de la naturaleza, pues a partir de allí, el hombre vio la physis, el mundo natural, como objeto de sus designios; como un espacio sobre el cual proyectarse con todos sus sueños y sus ilusiones. Desde ese momento, gracias al poder que otorga el pensamiento, el hombre perteneció a dos dimensiones: la natural y la transnatural. Dimensiones que en la actualidad están en una tensión tal vez insalvable.


La dimensión transnatural comporta el proyecto propio del ser humano, la razón, la imaginación, el arte, la religión, los mitos, la creación, el derecho, el Estado, las formas políticas, la ciencia, la técnica, la industria, el mundo de la información, etcétera. Esta dimensión fue posible gracias a lo que he llamado antropoiesis (1). Este es un concepto antropológico-poético que denota la autoproducción y reproducción de la vida humana a partir de su capacidad creativa, previsora y proyectora de sus facultades; explica el mundo creado por el ser humano con todas sus consecuencias para la vida biológica del planeta: la dimensión productiva de la especie humana se potenció desmesuradamente a tal punto que ocasionó un desequilibrio entre el mundo natural y la civilización, produciendo una contradicción con su propia dimensión natural, biológica. El resultado: el equilibrio vitalista entre ambas dimensiones se quebró (2). Esta es la explicación de la crisis ambiental actual que implica un suicidio humano o, mejor, una antropofagia causada justamente por esta sociedad pomposamente trivial, inconsciente, hedonista, individualista y consumista.


En realidad, en la actualidad vivimos una crisis civilizatoria de múltiples dimensiones. Y en toda crisis, algo profundo en el orden de la vida humana, “cierto conflicto”, ha empezado a revelarse. La filósofa española María Zambrano ha definido las crisis de la siguiente manera:

La crisis muestra las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia meta alguna y que no encuentra justificación […] En los instantes de crisis, la vida aparece al descubierto en el mayor desamparo, hasta llegar a causarnos rubor. En ellos el hombre siente la vergüenza de estar desnudo y la necesidad terrible de cubrirse con lo que sea. Huida y afán de encontrar figura que hace precipitarnos en las equivocaciones más dolorosas (3).

Las crisis son momentos donde las creencias –esas ideas fosilizadas en las cuales vivimos y somos– en las cuales “estamos”, “moramos” y habitamos en la vida cotidiana, como decía Ortega y Gasset, pierden forma y se desvanecen. En las crisis históricas los fundamentos mismos de la cultura se corroen, volatilizan, estremecen y confunden; el ser humano queda en la intemperie a la vera de la historia y al vaivén de los acontecimientos, sin un futuro claro y con el horizonte empañado; en fin, en las crisis el ser humano pierde claridad, sentido, y queda inerme, sin sostén, en desamparo, soledad y desorientación.


Pero hay más: en las crisis el orden social, constituido por normas, valores, grupos, instituciones, técnicas, ya no da respuesta a las necesidades humanas (4), por lo que se presenta la tendencia a entrar en lo que Antonio Gramsci llamó crisis orgánicas. De este modo, las expectativas de los colectivos, de la gente, no encuentran respuesta en un mundo que ya no los acoge y que, en síntesis, está en proceso de degradación, corrupción y fenecimiento… un mundo viejo que perece borrando las posibilidades del futuro.


¿Cuál es la fuente de todo esto en la actualidad? Yo diría que la crisis de la razón moderna, más precisamente, del racionalismo. En estricto sentido, sólo hay una razón que tiene múltiples modalidades. Y en el caso específico de la civilización cristiana occidental, su razón instrumental ha entrado en un callejón sin salida, al crear una sociedad unidimensional basada en el cálculo, la previsión, el dominio, el cómputo y la administración. Es una razón que perdió el vuelo y su trascendencia; que renunció a la causalidad profunda y que perdió de vista la racionalidad de los fines y de los medios para alcanzarlos. Si la razón perdió el horizonte, como decía el pensador colombiano Darío Botero Uribe, quiere decir que el fundamento de la modernidad entró en crisis. Esa razón construyó el Estado de derecho, la democracia moderna, la ciencia y la técnica, la Ilustración, etcétera, pero al pervertirse produjo todas las anomalías y las patologías que padecemos hoy: viciado el fundamento, se prostituyen y corrompen sus productos. Por eso vivimos en un mundo donde todo es susceptible de empeorar, donde la irracionalidad misma, como decía Herbert Marcuse, se disfraza de racionalidad, un mundo que es un remedo de razón.


Lo que tenemos hoy es una razón cósica, que se identifica con lo que es, con el estado de cosas imperante, sin posibilidad de trascender… sin posibilidad crítica. Vivimos la crisis de la crítica, pues ésta está sometida a las conveniencias, a los favores políticos y a los réditos económicos. La economía, esa ciencia pretenciosa y aventurera, es la nueva teología de la sociedad neoliberal. Ella somete, como en la Edad Media, todo a sus designios, ella mata o condiciona cualquier pensamiento subversivo, trans-figurativo, contestatario, independiente y vigoroso. Esa razón cósica mata cualquier posibilidad diferente de pensar, hacer, imaginar, proyectar, valorar. Si la racionalidad, en un sentido múltiple, diverso y pluricultural, no es más que una cierta “lógica”, manera y modo de “tratar con lo real”; si las racionalidades son maneras de vérselas y arreglárselas con el mundo, ya sea para interpretarlo, organizar la vida social y comunitaria, o para producir, etcétera, la razón cósica e instrumental, como razón hegemónica, aniquila la diversidad cultural y sus cosmovisiones. De esa manera, el imperialismo racional de Occidente mata la rica pluridimensional humana del planeta y nos condena a la civilización unidimensional.


Crisis civilizatoria, riesgos y miedos sociales


Esta racionalidad hegemónica al servicio del capitalismo, es la causante de las demás crisis civilizatorias. En primer lugar, la crisis del actual modelo económico mundial, el modelo neoliberal, un modelo cuya crisis vive de moratoria en moratoria gracias a la capacidad interna que tiene para reinventarse y perpetuarse. Ese modelo muestra que las instituciones del Estado, las instituciones administrativas y democráticas de la sociedad, al supeditarse a la lógica del mercado, no pueden responder ya a las necesidades de las personas. Nadie tiene garantizada siquiera la seguridad producto de la llamada soberanía estatal, pues fenómenos como el terrorismo la ponen en cuestión. Ni qué decir de la vida misma, diariamente amenazada debido al desempleo, la precariedad laboral, la pobreza, la inestable edad de los sistemas de salud en el mundo, que están a punto de colapsar. En este sistema, el Estado ha hecho un striptease a favor del mercado. El Estado se desnuda así de sus obligaciones de ofrecer bienestar a los más desfavorecidos, a la vez que la democracia ha sido secuestrada por los intereses privados. Así, la responsabilidad de los gobernantes y la participación ciudadana es anulada.

 A la crisis del modelo económico le sigue la crisis ambiental, producto de una civilización del despilfarro, la acumulación, la competencia, el exitismo, que ha hecho de su recortada visión del progreso un credo que justifica la depredación de la naturaleza, depredación que no es más que un irresponsable suicidio colectivo o una autofagia. Hoy sabemos que ni siquiera las potencias del mundo están a salvo del desequilibrio ambiental y climático que han generado. Las señales que está dando la naturaleza con huracanes, terremotos, tsunamis, etcétera, generan nuevos miedos, crean zozobra social frente a las catástrofes naturales. Esa crisis ambiental condena el planeta a convertirse en un desierto superpoblado, insostenible, donde habrá, seguramente, guerras por el agua.


En tercer lugar, tenemos la crisis alimentaria producto de la desposesión mundial de tierras, del acaparamiento, de la destrucción del ambiente por el extractivismo minero y de hidrocarburos, por las políticas de escasez, etcétera, que mata a miles de personas diariamente y que en 2008 llevó a protestas en más de 35 países, más los millones que viven con déficit nutricional en el mundo. Aquí el miedo correlativo es existencial, es la condena a morir de inanición por la imposibilidad de siquiera reproducir la corporalidad viviente.


 En cuarto lugar, la crisis energética es inevitable con las reservas de petróleo existentes. Y lo más grave es que parte de las posibilidades alternativas a esta crisis, basada en los agro-combustibles, profundizarán las mencionadas crisis alimentaria y ambiental. A estas crisis debemos sumarle el problema demográfico mundial que desbalancea la distribución de recursos y los espacios ambientales habitables. La especie humana se extiende como un cáncer sobre la tierra, arrasando lo que encuentra a su paso, con una voracidad insaciable. Este comportamiento depredador es impulsado por la cultura irresponsable del consumo, del desecho, del descarte y la obsolescencia programada, que incita a la neo-filia o “amor por lo nuevo” simplemente por ser nuevo.


Finalmente está la crisis cultural, del sentido, del nihilismo generalizado, donde la desconfianza, la avaricia, la insolidaridad, la indiferencia, etcétera, son valores naturalizados por una sociedad egoísta que práctica el darwiniano “sálvese quien pueda”. Es lo que podemos llamar la “degradación espiritual del ser humano”. En esta sociedad impera la cultura del espectáculo, la trivialidad, el hedonismo, el facilismo, la diversión, etcétera, tal como en los actuales programas Gordie Shore de la cadena Mtv que imbeciliza las subjetividades de los jóvenes.


Estas crisis provocan que el miedo se convierta en constitutivo del ser humano. El miedo pasa a ser una categoría ontológica que limita las posibilidades de realización de las personas, a la vez que sofoca el “tomar parte” por un mundo mejor.


Estas crisis generan un nuevo tipo de sociedad, tal como ha mostrado la sociología reflexiva. Esta sociedad es producto de la crisis de la modernidad tardía, de la mal llamada posmodernidad: ya no hay un centro de seguridad o un foco dador de sentido o puntos gravitaciones, sino más bien, contingencia radical. En esta sociedad “todo lo sólido se desvanece en el aire”, quedando el individuo desnudo e inerme, sometido a las incertidumbres vitales. Es lo que Ulrich Beck llamó la sociedad del riesgo. Ésta se caracteriza por:


La proliferación de las amenazas globales y personales, la mayoría de las cuales escapan a nuestro control. Es una sociedad de la inseguridad permanente. Los dispositivos de seguridad implantados por la sociedad industrial ya no sirven para contener los riesgos que la acción humana genera todo el tiempo. Riesgos globales como la guerra nuclear, el terrorismo o el calentamiento global, pero también riesgos personalizados como el cáncer, el desempleo o incluso los fracasos amorosos. En todos los lados aparece lo no previsible, lo no-calculable […] se erosionan las seguridades ontológicas y modernas, la vida se vuelve riesgosa (5).


La sociedad del riesgo es aquella del miedo al fracaso y la pobreza; el miedo a perder la estabilidad, el poder, la prestancia y significaciones sociales; el miedo a desencajar y al aislamiento. Es la sociedad de la depresión y, como ha dicho Byung Chul Han, de la auto-inculpación, pues el responsable del fracaso siempre es “uno mismo” y no las estructuras sociales. La sociedad del riesgo es la sociedad de la parálisis, el vacío, la angustia y el terror, los cuales pueden desembocar en la desesperación y el suicidio. Es una sociedad trituradora de vidas y esperanzas.


Toda sociedad produce sus miedos y busca la manera de inmunizarse frente al Otro; toda sociedad busca la manera de exorcizarlos. Por ejemplo,

 

En Europa y Estados Unidos […] se han expandido los miedos a la amenaza de las “invasiones bárbaras” provenientes de países del tercer y cuarto mundo, lo que genera cada día más exclusión al extranjero, más rechazo al diferente y una potenciación peligrosa de los nacionalismos neofascistas […] el racismo se establece como un arma para rechazar la amenaza de la invasión de lo extranjero y diferente. Europa y Estados Unidos explotan esos miedos (6).

Estos miedos, más la denuncia de la mal llamada ideología de género (como en Brasil y en Colombia) son muestra del retroceso intelectual y del fanatismo de esta sociedad. Es un sectarismo que raya en la ignorancia y en las intolerancias absolutas. Lo peor es que frente a la proliferación de los valores que siguieron al declive de la modernidad, sobreviene el cierre del discurso libre, tolerante y crítico. Los logros de la secularización no desembocaron en una sociedad más abierta, como llegó a soñar Karl Popper, sino en una recalcitrante jaula de hierro que encarcela la bella diversidad del mundo y sus gentes.


Imaginación utópica y perspectiva de futuro.


Las crisis no son, con todo, hechos totalmente fallidos, inanes. De ellas puede surgir el extremismo que busca una solución rápida al caos, lo cual ha sido nefasto para la historia europea; o pueden emerger grandes posibilidades. Las crisis son como lagos de arena, donde quien se hunde busca aferrarse a algo para sobrevivir. Lo importante es no desesperar y elegir o crear bien ese medio de supervivencia y salvación. En realidad toda crisis es un naufragio y en el naufragio lo que se juega es la vida misma, así sea la vida histórica. Por eso,


Ortega y Gasset ha señalado la situación de naufragio como la más propicia para que surja el pensar, el movimiento del pensar […], ya que todo da a entender que sólo in extremis el hombre piense. La muerte, sería, entonces, la insustituible presencia que hace nacer el pensar (7).

Este pensar en tiempos de crisis sirve, no solamente para esclarecer o transparentar la realidad sumergida, en proceso de anomía social, sino que implica también crear. Pensar es crear, es otear posibilidades, es actualizar en el pensamiento rutas y caminos posibles para salir de la crisis, para cruzar el dintel de las imposibilidades del vivir, para franquear las posibilidades históricas y abrirse al porvenir. Pensar es, también, trascender la racionalidad inmanente y, por medio de la imaginación, despejar un horizonte que salga como un camino a nuestro encuentro. Es así como el pensamiento se convierte en ruta de vida, pues sólo así vamos tras la filosofía que se busca, que es ya, de cierta manera, la filosofía que se hace.


La respuesta a la crisis que nos traspasa, que nos envuelve en la actualidad, no está en la conformidad, la indiferencia o la inacción; no está en la resignación enfermiza, ni en la vegetación del espíritu. No. Está en una razón libidinal transmoderna que no humilla ninguna realidad; que le apuesta a la alegría de vivir, al goce, al entusiasmo, al disfrute de las pequeñas cosas; es una razón que entiende que nada de lo real, de lo contenido en la diversidad humana, puede ser negado. La Razón libidinal, concepto que re-significo más allá de Marcuse (8), es la erotización de la vida, la recuperación de la sensibilidad y el compromiso solidario con los otros: es la apuesta por una forma vida orgánica que supere el racionalismo y que como, en una poesía cósmica, nos religue con los circuitos y flujos vitales (9). Esa forma vida orgánica concibe la amistad como la articulación de las singularidades afectivas; la ayuda, la solidaridad y el compromiso mutuo.


Se trata, en últimas, de utopizar, pues la utopía, como dice Darío Botero Uribe, es “lo posible que no está contemplado en la racionalidad dominante”, “es el reconocimiento de dos líneas paralelas: una, la de lo que se hizo, la historia tal como se ha dado; la otra, la historia como podría ser” (10). Es lo que he llamado una imaginación utópica para escapar al asco del presente y a la fealdad del mundo, pues sólo la imaginación puede volar sobre el muro de la necesidad histórica. No sólo es importante en la literatura, la filosofía o el arte, sino en la ciencia misma como ya sabía Einstein. La imaginación crea posibles, prevé lo distinto, articula elementos antes in-imaginados, produce realidades soñadas alternas. La imaginación es el alimento de la utopía y de cualquier creación; es la que permite atizar el advenimiento de lo posible. En esta tarea, el papel del arte es imprescindible. Por eso celebro con beneplácito la exposición “El ruido de las pequeñas cosas al caer”, y su intención, pues como dijo Albert Camus:

El arte también es ese movimiento que exalta y niega al mismo tiempo. “Ningún artista tolera lo real”, dice Nietzsche. Es cierto; pero ningún artista puede prescindir de lo real. La creación es exigencia de unidad y rechazo del mundo. Pero rechaza al mundo a causa de lo que le falta y en nombre de lo que es a veces (11).

 

1. Damián Pachón Soto, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Bogotá, Colombia: Ediciones Desde abajo, 2013. El concepto une las voces antropos y poiesis, para aludir a la creación humana de su propio proyecto vital.
2. Darío Botero Uribe, Vitalismo Cósmico, Bogotá, Colombia, Corteza de Roble Editores, 2007.
3. María Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, Buenos Aires, Argentina: Editorial Losada, 2005, pp. 93-95.
4. Orlando Fals Borda, La subversión en Colombia. El cambio social en la historia, Bogotá, 1967, Cap. II.
5. Santiago Castro-Gómez, Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault, Bogotá, Siglo del hombre editores, Universidad Javeriana y Universidad Santo Tomás, 2010, pp. 253-254.
6. Carlos Fajardo Fajardo, “Sobre miedo y deshumanizaciones”, en: Le Monde diplomatique, Nº 172, Edición Colombia, noviembre de 2017, p. 29.
7. María Zambrano, Notas de un método, Madrid, España, Tecnos, p. 70.
8. Damián Pachón Soto, Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse, Bogotá, Universidad Santo Tomás, 2ª edición, 2016.
9. Damián Pachón Soto, Preludios filosóficos a otro mundo posible, op. cit., p. 117 y ss.
10. Darío Botero Uribe, El derecho a la utopía, Bogotá, Universidad Nacional, 2005, p. 25 y 30.
11. Albert Camus, El hombre Rebelde, Buenos Aires, Argentina: Losada, 1953, p. 235.

 

* Doctor en Filosofía. Escritor. Profesor Universidad Industrial de Santander. Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Lunes, 26 Marzo 2018 08:47

Una sociedad de miedos

Nicolás de la Hoz

La sangre continúa impregnando el campo y las ciudades colombianas. En su informe 2017-2018, “La situación de los Derechos Humanos en el mundo”, Amnistía Internacional recuerda que en Colombia “[…] el conflicto armado persistía en 2017, y en algunas partes del país parecía haberse intensificado”. Y especifica: “La población civil, especialmente los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y campesinas, y los defensores y defensoras de los Derechos Humanos, seguía siendo la más afectada por el conflicto armado que aún continuaba”.

Más adelante redondea un cifra: “Los delitos contra 31.047 víctimas del conflicto armado se registraron por primera vez entre enero y octubre de 2017” (1).

La cifra no es intrascendente y, si a ella fueran sumadas las víctimas del conflicto mismo afectadas entre finales del 2017 e inicios de 2018, se incrementaría en varios cientos o miles. Víctimas desprevenidas en unos casos, como la de Flover Sapuyes Gaviria, líder social, defensor de Derechos Humanos, integrante de la Coordinadora Nacional de Cultivadores de Coca, Amapola y Marihuana (Coccam), y líder activo del movimiento Marcha Patriótica, asesinado el 23 de febrero en la vereda La Esperanza del municipio de Balboa, Cauca (2). O como la de Juan Carlos Páez, condenado por rebelión y sindicado de pertenecer al Eln, quienn luego de estar en prisión dos añoa y medio en el establecimiento de alta y mediana seguridad de Palogordo, obtuvo el beneficio de prisión domiciliaria; trasladado el día 20 de febrero por funcionarios del Inpec a su lugar de residencian en el municipio de San Pablo –sur del departamento de Bolívar– a las 8:30 a.m., en horas de la noche fue asesinado por dos sicarios (3). ¿Sabían de antemano los autores intelectuales del homicidio, y de su traslado y ubicación a su casa de familia los pistoleros? ¿Venganza? ¿Quién filtró la información?

Esta es una de las decenas de exguerrilleros asesinados en los últimos meses; los que estuvieron alzados en armas con las Farc registran un saldo que proyecta todo un plan de exterminio que nadie puede anticipar hasta dónde llegará, pero lo que sí es posible vaticinar es que no quedará estancado en los más de 30 asesinatos denunciados por las Farc el pasado 1º de febrero (4).

Da miedo el nivel de violencia en que continúa sumido el país, y da miedo asimismo la disposición para la venganza que bulle por doquier. Existe en Colombia una mentalidad de guerra que no será de fácil desmonte. Los 30,6 billones de pesos destinados en el Presupuesto General de la Nación 2018 para las Fuerzas Armadas así permiten deducirlo. 

Esa mentalidad de guerra cubre todo el establecimiento y se extiende como pensamiento sectario por nuestro frágil tejido social, de manera similar a lo conocido y sufrido por el país en los años 40 y 50 del siglo XX. Esa mentalidad deja claro, luego de un año y unos meses de la firma del Acuerdo Gobierno-Farc, que para llegar a un clima de paz es necesario mucho más que una firma de complacencia: economía, sociedad, cultura, etcétera, deben sufrir un cambio estructural para que así sea.

Es la misma mentalidad que alimenta e inspira los actos de saboteo de las manifestaciones político-electorales de las Farc. Como es conocido, la otrora insurgencia más numerosa del país, luego de firmar unos acuerdos que de una u otra manera les daban respuesta  a sus aspiraciones políticas y sociales, quedó sorprendida por el sustancial cambio, en el Congreso de la República, del espíritu del Acuerdo mismo, pero además por el deseo latente entre los sectores que por siempre han detentado el poder en el país de lincharlos –en el sentido literal de la palabra– en todos los niveles: hacerlos comer polvo. La falta de implementación de la legislación relativa a la mayoría de los puntos del acuerdo de paz, como lo recuerda Amnistía Internacional, es parte de ello (5).

No fuera raro que algunos de sus dirigentes amanecieran cualquier día en cárceles de los Estados Unidos o que fueran sometidos a otras situaciones extremas. La reciente sindicación de lavado de dinero, a través de las tiendas Supercundi y Merkandrea, indica claramente que les espulgarán hasta el más íntimo de sus rincones, labor que, como todos recordamos, en este país no avanza de manera exitosa sin la mano complaciente de la metrópoli, llámese FBI, CIA, DEA o cualesquiera otras de sus agencias de seguridad, y de sus aliados, Israel, Reino Unido o Francia. 

¿A dónde pretenden llegar quiénes están detrás de todo esto? El espíritu de venganza que bulle tras estas actuaciones gubernamentales no da para pensar menos, en un espíritu que transmite miedo, pues raya en la más ‘santa’ imagen de aquello conocido como Tradición, Familia y Propiedad, o defensa del status quo al precio que sea, con aprendizaje y disposición para que en este país nunca llegue a cuajar lo que ocurrió en El Salvador con los exguerrilleros o lo vivido por Uruguay, que según su pensar ya sería la debacle. Es notoria la disposición imperante por cerrarles el paso a los desmovilizados, bajo todo tipo de argucias y maniobras. Se trata de una resolución del poder todo, proyectada, además, con la plena indisposición de parte de ricos y poderosos por ceder así sea un pequeño porcentaje de su poder económico y político, urbano y rural. ¡Da miedo una mentalidad tan cerrada! 

Da miedo este país sometido a una minoría de millonarios dispuestos a seguir ahondando en privilegios, en propiciar miseria y potenciar las causas que originaron el conflicto armado, como la extensión de su mentalidad en el conjunto social: así se pudo percibir en expresiones de vecinos y propietarios de negocios aledaños a las saqueadas tiendas Supercundi y Merkandrea.

Preguntada una vecina de estos locales por lo que había visto, no dudó en decir: “Era un montón de gente sacando todo, papas, todo, como si fuéramos venezolanos […]. Aquí trabajamos, cada uno tiene con qué resolver lo suyo […]”. Esa respuesta deja a la luz varios aspectos sustanciales: su clasismo (¿somos mejores que “los otros”?); el desconocimiento del país real que habitamos, donde un porcentaje no despreciable de sus miembros padece desempleo o sobrevive en la informalidad y donde la inmensa mayoría no recoge lo necesario para vivir en dignidad; y el nivel de penetración logrado por el discurso sobre Venezuela, país sumido en grave crisis pero donde muchos de sus pobladores solamente ahora conocen niveles de necesidad extrema que obligan a pedir, y rebuscar en la basura y similares, como lo ha difundido la prensa oficialista u oficiosa. ¿Alguien recuerda desde cuándo vivimos tales extremos en Colombia? ¿Somos ciegos? Produce molestia que nos tapemos los ojos ante nuestro entorno, que lo neguemos, pues, como dice el refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

A la vez, interrogado un comerciante aledaño a estos negocios en Bogotá, ofendido por el intento de saquear su local, no dudó en decir: “[…] señor Alcalde, señor Presidente, si esta situación les quedó grande; si no son capaces de controlar, déjenos actuar a nosotros”. Justicia por mano propia es lo que reclama este comerciante, la misma que les dio paso a las Convivir, antesala de los grupos paramilitares. Y ya sabemos el nivel de violencia que hay detrás, en medio y a los lados de todo esto; nivel de violencia potenciado por la propia actuación desde el alto Estado, como por sus fuerzas de seguridad; violencia para proteger privilegios, para ahondar el terror; para generar temor, pasividad, desconfianzas. Da miedo el miedo que potencian y la mentalidad que lograron introducir en el tejido social. Sin poder olvidar, ante todo esto, aquel otro decir del adagio popular: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”.

Estamos ante manifestaciones del poder y su real concreción en Colombia, aquel que padecen millones, no el adornado por los medios de información oficiosos, que ahora, en la aceptación que consigue Gustavo Petro como candidato a la Presidencia en un sector de la sociedad, permite divisar niveles de inconformidad social y deseos de cambio. Son anhelos cimentados por las pocas medidas de beneficio social que logró poner en marcha en su bloqueada administración como alcalde de Bogotá: reducción de tarifas en el transporte urbano; ampliación del cubrimiento de servicios y derechos básicos como los de salud, medio ambiente y el mínimo vital al agua; asignación al nuevo al Estado –en este caso Distrital– de funciones públicas arrebatas por el capital privado (recolección de basuras). Todo ello, de ser así, significaría que los más pobres anhelan un cambio signado en medidas concretas, más que en promesas, las que nunca tomarán cuerpo, mucho menos cuando la campaña electoral en Colombia no aborda las medidas que ciertamente ejecutará quien llegue al Ejecutivo, obligado por el capital internacional, a través de las anunciadas reformas fiscal, pensional, laboral, de la salud y otras, todas ellas dispuestas y necesarias para ahondar el poder económico y político de quienes lo controlan.

Hay un desborde de confianza y esperanza de cambio del régimen económico, social y político que tiene signos de similitud con la disposición de un sector social a saquear un local del que están seguros que todo se perderá si queda bajo control del Estado, como lo dijo uno de los pobladores entrevistados con ocasión de los sucesos comentados: “Nos metimos a coger las cosas, pues, si cierran el almacén, todo se perderá”.

La simpatía expresada con el candidato que por ahora puntea en las encuestas, tal vez en el techo de su popularidad electoral, por un lado proyecta una luz de esperanza en que no todo es apatía y sumisión en este país, como lo expresara con preocupación un importante investigador social: “[…] en Colombia, donde la apatía es de lo más brutal. Es uno de los países más apáticos, pasivos, más sumisos. ¡La gente es de una sumisión, de un aguante! No estallan. Eso no puedo entenderlo” (6). Pero, por el otro, denota que la gente, en vez de buscar una solución del conflicto histórico que nos arrinconó como uno de los países más desiguales y violentos del mundo, busca que alguien resuelva las frustraciones de una vida plagada de carencias, Busca un caudillo, delegando en él todo tipo de poderes y esperanzas. Da miedo esta decisión y sus consecuencias. El reto de un sujeto histórico, con vocación colectiva y decisión de romper todo tipo de barreras, continúa latente en Colombia.

Sin embargo, y, aunque la realidad esté llena de contradicciones y limitantes, la luz de cambio que proyecta el sector social que ahora permanece en la cabeza de la disputa electoral, a quien el poder y sus defensores de oficio han despreciado y maldecido desde años atrás, permite deducir que el miedo va perdiendo espacio y que, tal vez como ya lo expresó el poeta español León Felipe (1884-1968) (7), casi en silencio, con humildad, el miedo le dé paso a su opuesto:

Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que rueda
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas 
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...

1. https://www.amnesty.org/es/

2. http://www.reddhfic.org/

3. Comunicado del Colectivo de presos políticos Rafael Lombana Cabrera, cárcel de Palogordo-Girón; Movimiento nacional carcelario 

4. http://www.resumenlatinoamericano.org/2018/02/24/colombia-asesinado-preso-politico-del-eln/

5.https://colarebo.com/2018/02/01/partido-farc-denuncia-asesinato-de-cuatro-de-sus-miembros/

6. Amnistía Internacional, op. cit.

7. Huergo Jorge y Morawicki Kevin, Memoria y promesa. Conversaciones con Jesús Martín-Barbero, Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 2016, p. 184.

Publicado enColombia
Miércoles, 22 Noviembre 2017 06:21

Honduras, potencial foco de tensión

Honduras, potencial foco de tensión

Honduras es un país muy pequeño en América central, usualmente desconocido para la mayoría de personas en el mundo. En los años 80, era conocido como el portaaviones de Estados Unidos para agredir la naciente revolución en Nicaragua. Al finalizar esa década, pasó al olvido hasta que, en 2009, se perpetraba con éxito un violento golpe de Estado militar que terminó con la administración del presidente Manuel Zelaya Rosales.


Es complicadísimo responder a la pregunta ¿Qué tiene Honduras que los yanquis son capaces de retenerla a costa de lo que sea?. Sin embargo, está claro que la ultraderecha de América Latina, dirigida desde la NSA (Agencia de Seguridad Nacional)y el Comando Sur siempre usan “lo mejor de su arsenal” en defensa de sus intereses económicos y estratégicos en este frente único de batalla.


Este domingo 26 de noviembre se llevarán a cabo elecciones presidenciales, legislativas y municipales, simultáneamente. En ella participa el actual presidente de extrema derecha Juan Orlando Hernández y su Partido Nacional, contra una coalición coordinada por el ex presidente Zelaya, y que postula como candidato a la presidencia a Salvador Nasralla, hombre surgido en los medios de comunicación deportivos del país.


La semana pasada, el oficialismo inició una campaña de miedo, en la que involucró directamente a la bolivariana Venezuela, la que fue acusada ante Luis Almagro de “haber introducido 145 expertos en desestabilización y acciones terroristas para sabotear el proceso electoral”. La acusación la presentó la Fundación Arcadia, dirigida por Otto Reich, halcón de origen cubano y enemigo declarado de la integración latinoamericana, y un oscuro venezolano en el exilio, de nombre Robert Carmona.


El mismo día que Reich apareció con su denuncia, el gobierno hondureño secuestró durante varias horas al emblemático grupo musical venezolano “Los Guaraguo”, en las instalaciones de migración del aeropuerto de San Pedro Sula. Luego del inaudito cautiverio, los músicos fueron deportados hacia Venezuela y escoltados por la interpol hondureña. En las últimas horas el gobierno hondureño subió nuevamente el tono belicoso y estableció que los ciudadanos de origen venezolano deberán usar “visas consultadas” para entrar a territorio nacional.


Mientras tanto, la policía militarizada allanó una vivienda en Tegucigalpa, en la que encontró la siguiente lista de pertrechos: banderas de la alianza, manuales para fabricar cócteles molotov, una libra de marihuana. El burdo montaje fue divulgado por los medios de información locales, totalmente cooptados por el régimen de Hernández.


Todo indica que han iniciado una fase que busca atemorizar a las personas para evitar la asistencia masiva a las urnas. Según estudios confiables, el oficialismo estaría al borde de una derrota electoral catastrófica, y muchos escenarios son posibles. Todo esto impulsado por los halcones de Washington y los cubanos de Miami. Vale la pena seguir de cerca este proceso que luce como un potencial foco de tensión para el continente.

 

Por Ricardo Salgado, analista político hondureño.

Publicado enInternacional
Sábado, 21 Octubre 2017 06:54

Soy mujer, escucha mi rugido

Soy mujer, escucha mi rugido

“Soy mujer, escucha mi rugido, en números imposibles de ignorar”. Así comienza la famosa canción de Helen Reddy, que en 1972 se convirtió en himno del creciente movimiento por los derechos de las mujeres. A 45 años de su debut, esta canción podría servir como banda sonora de una película que documente el abusivo ascenso y la estrepitosa caída del magnate de Hollywood Harvey Weinstein. Ojalá fuera tan solo una película. Hasta el momento, 55 mujeres han tomado la valiente decisión de hablar públicamente y han acusado a Weinstein de diversos delitos sexuales, desde acoso sexual hasta violación. Esto colocó en primer plano el tema de la violencia contra las mujeres en la vida estadounidense.


La ola de declaraciones personales ya fue mucho más allá de Weinstein, y fue canalizada en las redes sociales bajo la etiqueta “YoTambién” (“MeToo”, en inglés), propuesta el domingo en un posteo por la actriz Alyssa Milano. “Si todas las mujeres que han sido abusadas o acosadas sexualmente escribieran ‘yo también’ en su estado, podríamos darles a las personas una idea de la magnitud del problema”, escribió, y agregó: “Si has sido acosada o agredida sexualmente, escribe ‘yo también’ en respuesta a este tuit”. Más de medio millón de mujeres (y algunos hombres también) han usado la etiqueta #YoTambién y expusieron en pocos días lo generalizados que están los delitos de acoso sexual y violación.


Si bien Alyssa Milano impulsó el movimiento “YoTambién” en el foro público, este fue fundado hace 10 años por Tarana Burke, una feminista afroestadounidense de larga trayectoria que actualmente se desempeña como directora de programa en Girls for Gender Equity, una organización que lucha por la igualdad de género.


Tarana Burke relató en una entrevista para Democracy Now!: “Como sobreviviente de violencia sexual, como una persona que se encontraba luchando por averiguar cómo podía llegar a curarse, también veía personas jóvenes, y particularmente a mujeres jóvenes de color, en la comunidad en la que trabajaba, que luchaban con la misma problemática e intentaban hallar una forma concreta de mostrar empatía. El ‘YoTambién’ es muy poderoso, porque alguien me dijo eso y cambió el curso de mi proceso de curación”.


Los perpetradores que son celebridades, así como las víctimas que también lo son, pueden poner rápidamente un problema en primer plano. Pero Burke ha estado trabajando durante décadas con gente común: “Por cada R. Kelly o Bill Cosby o Harvey Weinstein, está el dueño de la tienda de comestibles, el entrenador, el maestro, el vecino, que están haciendo lo mismo... no le prestamos atención hasta que se trata de una gran celebridad. Pero este trabajo es permanente, porque es un problema generalizado”.


Alicia Garza, una de las fundadoras del movimiento Black Lives Matter (“Las vidas afroestadounidenses importan”, en español), también habló del tema en Democracy Now!: “Primero quiero expresar mi profundo agradecimiento a Tarana por crear este espacio para sobrevivientes como yo. Sin ese espacio, no hubiera podido contar mi historia, y miles y miles de otras personas que conozco no podrían contar sus historias”. Garza agregó: “Este tipo de violencia es tan estadounidense como nuestra famosa tarta de manzana”.


Además de la avalancha de acusaciones que enfrenta Harvey Weinstein, el Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York y Scotland Yard están realizando nuevas investigaciones penales. Con este tema instalado en el debate público, el director de Amazon Studios, Roy Price, se vio obligado a renunciar cuando aparecieron acusaciones de haber acosado sexualmente a una productora.


Todo esto ocurre en el primer aniversario de la difusión de una grabación del programa “Access Hollywood” de 2005, en la que Donald Trump fue capturado por la cámara cuando presumía ante el presentador de televisión Billy Bush sobre su acoso sexual hacia las mujeres: “Me atraen automáticamente [las mujeres] bellas... Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Simplemente las beso. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa. [...] Agarrarlas por el chocho. Puedes hacer cualquier cosa”. Sí, así hablaba Donald Trump sobre agarrar a las mujeres de sus genitales y “hacer cualquier cosa” con ellas.
Dos años más tarde, en 2007, Summer Zervos, concursante del programa “El aprendiz”, denunció que Trump la había agredido sexualmente: “Me abrazó por la fuerza e intenté apartarlo. Empujé su pecho para que hubiera más espacio entre nosotros. Luego dije ‘vamos, hombre, compórtate’ y él repetía mis palabras lentamente, ‘compórtate’, mientras comenzaba a apoyar sus genitales contra mi cuerpo. Intentó besarme de nuevo, incluso cuando mi mano seguía sobre su pecho”.


Trump negó las acusaciones de Zervos, así como otros testimonios similares de más de una decena de mujeres que el año pasado lo acusaron públicamente de haberlas agredido sexualmente. Trump prometió demandarlas después de las elecciones. A la fecha, no lo ha hecho. Sin embargo, Zervos sí ha presentado una demanda contra Trump, donde lo acusa de difamación por usar su poderoso púlpito acosador (pongamos énfasis en la palabra “acosador”) para tratarla de mentirosa. Como parte de su demanda, la abogada de Zervos ha pedido que se cite a la campaña de Trump por todos los documentos relacionados con su cliente y con otras mujeres que declararon haber sufrido contacto inapropiado o no deseado por parte de Trump.


Al terminar la entrevista con Democracy Now!, Tarana Burke se quitó su suéter animal-print y exhibió con orgullo su camiseta negra. Adelante, en letras rosadas, se podía leer “Yo también”. Burke se dio vuelta con una sonrisa. En la parte posterior, la consigna decía: “No estás sola... ¡Esto es un movimiento!”.
________________________________________
Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional
Viernes, 07 Julio 2017 07:06

Brujas, perras y narcoparamilitares

Brujas, perras y narcoparamilitares

"Muerte a las perras", se titula el panfleto distribuido por las Águilas Negras en el correo electrónico de una organización social de Bogotá. En este caso, la banda paramilitar amenaza a defensoras de derechos humanos (todas mujeres) y muestra un lenguaje y estilo que desnuda el carácter violento y machista del grupo armado.

"Malditas perras sapas del gobierno gonorreas las bamos a matar por sapas y por andar de metidas donde no deben sapas hp luchando por los derechos de la mujer que mierda son si lo unico que son es sirvientas de nosotros aver si se van a hacer oficio de la casa malparidas", reza textualmente el volante reproducido parcialmente por la página pacifista.co (goo.gl/hoL4Hy).

La amenaza va dirigida a las integrantes de la Mesa Nacional de Víctimas: "Van a caer con sus familias y a estos hp malparidos por estar apoyandolas los bamos a matar por metiches y no ser fieles a la causa".

Una de las amenazadas dijo a los medios: "El gobierno no ha hecho nada para protegerme. Todos los días matan a líderes sociales en el país y a ellos parece no importarles porque no hacen nada. Hago responsable al Estado por lo que me pase a mí, a mi familia y a mis compañeras". Este es el punto central.

Águilas Negras proviene de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), supuestamente desmovilizadas, y su accionar se ha destacado en departamentos conflictivos como el Cauca, donde ha amenazado y asesinado a dirigentes indígenas. También en las regiones de población negra y en Ciudad Bolívar, la periferia sur de Bogotá.

En 2016 fueron asesinados 94 defensores de derechos humanos y líderes sociales, la cifra más alta desde que comenzó el proceso de paz. Las víctimas son en su inmensa mayoría militantes ligados a Marcha Patriótica, al Congreso de los Pueblos y a diversos movimientos populares.

Este tipo de violencia es bien diferente de la que afectó en la década de 1980 a la Unión Patriótica. En aquellos años fueron asesinados más de 2 mil militantes, incluyendo alcaldes, concejales, diputados, senadores y candidatos a la presidencia, por una alianza de paramilitares y narcotraficantes que arrasaron con la izquierda electoral vinculada al Partido Comunista y las FARC.

Parece necesario detenerse en las principales características de esta violencia sistemática contra los sectores populares organizados, ya que no se registra sólo en Colombia sino que se ha convertido en un modo de regular las relaciones sociales en todo el continente, con especial desarrollo en México y Guatemala. En este punto, debemos recordar el papel del general Óscar Naranjo, actual vicepresidente de Colombia, en la "exportación" de la "narcodemocracia" a México, como ha consignado Carlos Fazio (goo.gl/vT7Xt).

La primera cuestión es que se trata de una violencia difusa, sin centro dirigente aparente, lo que hace difícil identificar a sus autores al punto que las autoridades niegan la existencia de las Águilas Negras. La dirección de Inteligencia de la Policía de Colombia asegura que la organización ya no existe, lo que puede ser cierto si pensamos en un aparato estructurado con mando centrales.

Un informe de la BBC sobre las Águilas Negras, sostiene que es "una razón social que utilizan varios grupos" y pone un ejemplo: "En el Cauca, a raíz de un conflicto interno en una universidad, un grupo de gente decidió sacar un panfleto firmado Águilas Negras contra unos profesores" (goo.gl/0gGOQw). Este es el punto: una maquinaria narcoparamilitar desterritorializada, convertida en cultura política de control de las relaciones sociales a cielo abierto.

La segunda es que estamos ante una forma brutal de regular las relaciones entre personas y, de modo muy particular, de enfrentar a los movimientos sociales. El excelente informe "Mujeres y guerra: víctimas y resistentes en el Caribe colombiano", del Centro Nacional de Memoria Histórica (2014), destaca que las masacres son el límite más brutal de la violencia paramilitar. A partir de ellas, consiguieron imponer un nuevo orden social.

“A través del uso del lenguaje, la regulación del cuerpo, el espacio y las prácticas sociales, estos actores lograron imponer sus ideas de orden, ‘buen’ comportamiento y disciplina” (p. 37). De ese modo, establecieron un orden patriarcal, racista, capaz de regular los mínimos intersticios de la vida cotidiana. Las mujeres relegadas a sus casas, los negros y homosexuales sistemáticamente humillados, y "los hombres debían comportarse de forma viril y ceñirse a un modelo de hombre guerrero y militar" (p. 38).

La tercera se relaciona con la continuidad de este modelo de control una vez finalizada la guerra. En las regiones dominadas por los paramilitares, la guerra continúa pero con otros actores, como las pandillas que actúan sobre el legado de miedo dejado por la violencia, usando métodos muy similares.

Por eso debemos hablar de una maquinaria, un nuevo modo de control de la población como lo fue el panóptico, que con el tiempo se ha convertido en el sentido común para organizar los espacios de encierro y funciona "naturalmente", sin que un mando central deba promoverlo o planificarlo.

Por último, debe entenderse que estamos ante una violencia sistémica, no coyuntural. Los feminicidios y el narco son los modos de control de los de abajo en la zona del no-ser; el modo de tener controlados a indios, negros y mestizos. No depende, por tanto, de la actitud "progresista" de las autoridades o de la "benevolencia" de los varones. Es como la plusvalía: funciona aunque el patrón pague salarios "justos", porque la explotación del trabajo asalariado es inherente al capitalismo.

Por brutal que sea, la violencia nunca es el objetivo final, sino el medio para construir un orden social jerárquico, patriarcal, capitalista. Es el genocidio que el sistema necesita para imponer la "cuarta guerra mundial" contra los pueblos y la vida. Esto es lo que no podemos perder de vista en la imprescindible denuncia sobre las violaciones de los derechos humanos.

Publicado enColombia
"Trump conoce bien la ecuación estadounidense: la ignorancia lleva al miedo y el miedo al odio"

En el festival de cine de Tribeca, el documentalista ganador del Oscar habló sobre el presidente de EEUU y sobre la vigencia de su película 'Bowling for Columbine'


Hace 15 años, el estreno de Bowling for Columbine, el emblemático documental de Michael Moore, se convirtió en un éxito nacional que despertó la polémica y cosechó los elogios de la crítica. Centrado en el tiroteo en el instituto de Columbine (1999) y en la emergente amenaza de la violencia con armas de fuego en EEUU, la cinta ganó el Oscar al mejor documental.


También sirvió como una profética advertencia de la agitación política y social que pronto tendría en vilo a la sociedad estadounidense. Como dijo el propio Moore, si se "presentara esta película este mismo viernes, por desgracia tendría probablemente la misma relevancia".


Durante una charla pública celebrada junto a la proyección de 'Bowling for Columbine' (la semana pasada se cumplió otro aniversario del tristemente célebre tiroteo) en el festival de cine de Tribeca, Moore y el pionero de los documentales D.A. Pennebaker ofrecieron su desalentadora perspectiva sobre el clima político en la era de Donald Trump.


"Creo que hemos pasado por 40 años de un país en el que se ha bajado el nivel intelectual", dijo Moore. "Hemos desinvertido en nuestras escuelas y hemos dejado que queden en un estado deplorable. Las clases de arte han sido canceladas y, en la actualidad, las clases de educación cívica han desaparecido de un tercio de nuestras escuelas", añadió.


La de Moore fue una de las pocas voces que durante las elecciones de EEUU se atrevieron a predecir la presidencia de Trump. En Tribeca recordó la vez en que fue abucheado durante de la grabación del programa de HBO Real Time with Bill Maher por decir que el magnate republicano se convertiría en una especie de rey supremo. "No lo dije porque quería que pasase, estaba tratando de advertir de algo que podía suceder".


Moore opinó además sobre esa idea que caracteriza a las zonas urbanas como burbujas aisladas. "Hay una burbuja en Brooklyn, amigos, y es tóxica. Vi lo que sucedía en otras partes del país [tras la victoria de Trump] y todo el mundo estaba de fiesta".


Pennebaker también dio su punto de vista sobre el presidente. "Trump es como alguien a quien le acabas de dar una Ferrari, no sabe conducir y, sin embargo, se aleja de tu vida con el coche". "Con tu niño en el asiento delantero", completó Moore con ironía.


El documental que cambió algunas cosas


Estrenada un año después de los ataques del 11 de septiembre, Bowling for Columbine provocó grandes cambios (en una de las secuencias más memorables, la cadena de supermercados Kmart decidió dejar de vender balas). Estaba llena de menciones a líderes conservadores del pasado, como George W. Bush, o el ya fallecido símbolo de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), Charlton Heston, al que se lo ve durante una airada entrevista con Moore en su casa de Los Ángeles.
Pero, según Moore, nunca fue su intención que el documental se convirtiera en una proclama por el control de armas.

"Hicimos la película para tener una mirada sobre nosotros mismos porque nos preguntábamos: ¿por qué nos pasa a nosotros?", dijo haciendo referencia a la epidemia de armas que sufre EEUU y que no sufren otras partes del mundo. "Somos buena gente, somos un buen país. ¿Por qué estas cosas pasan aquí y no en otro lado? Todos nosotros tenemos la misma cantidad de cromosomas. Los canadienses no son mejores que nosotros... aunque no es tan fácil decir eso ahora, ¿no?".


Moore dice con ironía que las razones detrás de la victoria de Trump y de la falta de acción por la violencia con armas de fuego son dos caras del mismo problema. "Es la ecuación estadounidense: baja el nivel intelectual de la población; conviértelos en ignorantes y estúpidos. La ignorancia lleva al miedo, y el miedo, al odio. Trump conocía muy bien esa parte de la ecuación. Y el odio lleva a la violencia".


Moore también opinó sobre las últimas noticias referidas a su archienemigo político Bill O’Reilly. El día que el presentador de Fox News fue despedido por la cadena. recordó una graciosa anécdota en Twitter. "O’Reilly pasaba con una limusina cerca de donde estaba yo en la calle. Me ve y le dice al conductor que frene de inmediato. Entonces sale disparado del coche gritándome. De casualidad alguien retrató el momento con una foto", contó Moore. "Pero yo todavía sigo aquí y él no".


Pese a todo, Moore compartió una visión esperanzadora del futuro. "Una gran cantidad de nuestros compatriotas estadounidenses ha empezado a moverse. Los políticos ya no son los únicos involucrados activamente en política. Ahora mismo hay mucha gente que está informada y participando".
Traducido por Francisco de Zárate

Publicado enInternacional
El proyecto tendrá sensores para detectar actividades de excavación, contará con una inversión de unos 470 millones de euros.

 

El Ministro de Defensa de Israel informó este miércoles sobre la construcción de un muro subterráneo para rodear la Franja de Gaza, en Palestina, bajo la excusa de “prevenir infiltraciones de milicianos palestinos en su territorio a través de túneles”, reseñan medios israelíes.

 

La medida se suma a las numerosas restricciones que sufren los palestinos en su propio territorio a causa de la ocupación ilegal israelí, que ha sido condenada por la comunidad internacional.


El muro tendrá sensores para detectar actividades de excavación y rodeará por completo la Franja de Gaza. Veinte empresas han sido convocadas a participar en el concurso para la construcción de la barrera.


Las empresas en concurso estarán cubriendo diez de los sesenta kilómetros de frontera con el enclave costero, informó el diario Yediot Aharonot en su versión digital.


Asimismo, se espera que los trabajos inicien el próximo mes de octubre y que haya cuatro empresas israelí involucradas, previsiblemente con el apoyo de firmas extranjeras con experiencia en la construcción de barreras subterráneas, y se calcula que el proyecto tendrá un coste de unos 470 millones de euros.


Este muro será el tercer sistema de defensa de este tipo construido por Israel a lo largo de las lindes de la Franja de Gaza con los territorios ocupados palestinos. El primero, de 60 kilómetros, fue levantado en 1994 tras los acuerdos de Oslo, y el segundo después de la retirada de Gaza, en 2005.


El régimen israelí mantiene desde 2007 un bloqueo contra Gaza, mediante el cual impide a los ciudadanos de esta región ejercer sus principales derechos, entre ellos, el trabajo, la salud, la educación y la libertad de circulación.


Las fuerzas sionistas promueven una escalada de violencia contra la población palestina en los territorios ocupados tras los hechos del pasado 13 de septiembre, cuando fuerzas de seguridad israelíes invadieron la mezquita Al-Aqsa de Jerusalén mientras cientos de árabes practicaban la oración. Desde entonces, han muerto unos 80 palestinos a manos del Ejército israelí, según datos de la ONU.


(Tomado de TeleSur)

 

 

 

Publicado enInternacional
Martes, 02 Agosto 2016 07:52

Máscaras trágicas

Máscaras trágicas

Los cruzados de la guerra al terrorismo no parecen advertir que esa guerra es imposible, porque el terrorismo es un recurso violento perverso, pero no un enemigo concreto. El enemigo podría ser quien lo emplea, pero no el recurso mismo: no puede haber una guerra contra las minas antipersona, por perverso que sea su uso.

 

Esta guerra imposible hace del terrorismo un difuso concepto mediático abstracto, pero si la criminología quiere hacer algo para prevenirlo, no tiene otra opción que considerar los hechos concretos, donde identificar la diversidad de los fenómenos.


Por un lado, hay un grupo político que, con pretexto religioso, emplea métodos aberrantes y criminales, lo que no tiene nada de nuevo, porque han existido otros muchos a lo largo de la historia.


Por otro lado, es evidente que se manipula el concepto abstracto, para considerar terroristas a todos los que no gustan a algún poder. Esto tampoco es nuevo; hace un siglo eran anarquistas, ácratas, etc.


Pero entre los hechos concretos que cabe observar, llama la atención que en Europa aparezcan solitarios que cometen atrocidades en nombre de un movimiento al que no están vinculados y de una religión que no profesan, que nacieron y crecieron en el mismo suelo que sus víctimas y que se expresan en su misma lengua. En Estados Unidos se reiteran fenómenos parecidos, que no pueden explicarse sólo por el fácil acceso a armas.


Respecto de estos casos, seguramente se sostendrá que se trata de algo nunca antes visto. Pero si bien la particularidad de todo fenómeno es irrepetible, la base común que permite acercarse a su criminodinámica no es nada novedosa.


Los cruzados de la famosa guerra suelen repetir que el terrorista desconoce la condición de persona de sus víctimas. Si bien esta es una notoria obviedad, es la punta del hilo desde la cual desenredar la madeja que envuelve la aparición del solitario.


La Declaración Universal de 1948 prescribe que todo ser humano es una persona. No obstante, en la realidad social, este deber ser sólo un objetivo a conseguir, por el cual debemos luchar continuamente, pero que está lejos de ser alcanzado.


La palabra persona evoca la máscara del antiguo teatro griego. ¿Significa esto que en la vida real carecen de toda máscara los que son considerados como no-personas? No es cierto, porque desde el interaccionismo sabemos que todos llevamos alguna máscara en esta dramaturgia mundial.


Esto se explica porque para no considerar persona al otro, es también necesario colocarle una máscara diferente: la de enemigo, real o potencial. La máscara de enemigo oculta el rostro del ser humano satanizado (se puede inventar el neologismo enemizado, porque Satán en hebreo significa enemigo).


La máscara de enemigo oculta el rostro del ser humano, lo que explica que el satanizador (enemizador) pase a ver en el pacífico y simpático vecino de ayer, sólo a un otro enemigo como mero integrante de un colectivo diabólico que debe destruirse o neutralizarse por cualquier medio, incluso la muerte.


Pero dejemos al satanizado y pasemos a observar al satanizador. ¿Qué lo impulsa a repartir máscaras de enemigo? No es otra cosa que su propia debilidad subjetiva: necesita saber quién es. Al enmascarar al otro siente que supera su propia fragilidad como sujeto, definiéndose por exclusión: No soy el otro, el negro, el salvaje, el gay, el indio, etc. Soy lo que no soy.


Toda discriminación creadora de enemigos es una semilla de genocidio. Si observamos cómo opera este juego de máscaras en Europa, podremos acercarnos un poco a la criminodinámica de los casos que se consideran nuevos.


La Europa colonialista puso millones de máscaras de potenciales enemigos peligrosos en todos sus colonizados. Cometió crímenes de increíble crueldad, en particular en África. No hubiese podido cometerlos sin el previo enmascaramiento de sus colonizados. Con el curso del tiempo llevó a muchos a su propio territorio, donde su población no crecía al ritmo que necesitaba su aparato productivo.


Pero no los incorporó culturalmente, ni a los inmigrados ni a sus descendientes, porque la máscara del salvaje colonizado había sido asimilada por sus sociedades. Se produce un doble juego de máscaras : el portador de la máscara salvaje adquiere una subjetividad en extremo frágil, siente el peso de ésta en el rechazo social, pero tampoco la asume, porque ya no pertenece a la cultura salvaje.


No necesitamos aventurarnos en el campo de la patología para verificar que, en algunos sujetos, la debilidad subjetiva es tan extrema que les provoca una angustia insoportable, de la que quieren escapar mediante un generalizado enmascaramiento de colonizador, contra toda la sociedad que no acaba de incorporarlo. La fragilidad subjetiva extrema le lleva a responder al ¿Quién soy? con un No soy el enemigo colonizador.


Por otro lado, los crímenes masivos atroces que estos sujetos cometen, provocan una reacción xenófoba que refuerza estereotipos discriminadores, reafirmando el reparto de máscaras de no persona. No es difícil prever que esta reacción agudice la muy marcada fragilidad subjetiva de otros, derivando en nuevos desastres.


En síntesis: el doble juego de máscaras de enemigo no es inocuo, al menos cuando opera sobre personas que, por razones individuales, llegan al extremo de la fragilidad subjetiva y lo vivencian con tal intensidad insoportable, que estallan en brotes de destrucción masiva y, en el fondo, en un suicidio triangular.


En los Estados Unidos operan razones en parte diferentes para producir subjetividades frágiles. El caso europeo parece extremo y más claro. Pero cabe preguntarse si el mundo globalizado (antes llamado occidental), en este momento de transición de paradigmas –al decir de Boaventura de Souza Santos– no está debilitando las culturas con el resultado de reproducción de subjetividades frágiles.


De toda forma, se impone poner especial atención en el reparto de las máscaras, porque se trata de un juego que acaba en un carnaval demasiado trágico, que tiene por escenario un mundo que no logra dotar de la máscara de persona a más de la mitad de los habitantes del planeta.

 

Por E. Raúl Zaffaroni, profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires.

 

 

Publicado enSociedad
Página 1 de 2