Martes, 06 Octubre 2020 06:07

Redes sociales y pánico moral

Redes sociales y pánico moral

El documental El dilema de las redes sociales aborda la problemática de la adicción a las redes sociales y el auge de los discursos de odio. Sin embargo, la simplificación y las teorías de la manipulación (que suponen que los seres humanos solo son conejillos de indias del poder tecnológico) empobrecen el debate. El documental, que rechaza las nuevas teorías conspirativas que «surgen en las redes», también apela a una de ellas: la que sindica a los «villanos de Silicon Valley» como responsables de todo.

 

The great hack [El gran hackeo], el documental de Netflix sobre Cambridge Analytica, comienza con una sentencia interesante. David Carroll, profesor asociado en Parsons School of Design de Nueva York, está sentado frente a un pequeño grupo de estudiantes y pregunta:

–¿Quién no ha visto un anuncio que le haya hecho pensar que su micrófono está escuchando sus conversaciones?

Entonces, se producen las risas incómodas de los alumnos. Y Carroll afirma:

-Nos cuesta imaginar cómo funciona (...) Los anuncios que parecen increíblemente precisos nos hacen pensar que nos espían, pero es muy probable que sean una evidencia de que el targeting funciona y que puede predecir nuestra conducta.

La respuesta de Carroll plantea interrogantes que no han perdido vigencia. ¿Qué datos almacenan las plataformas de redes sociales? ¿Son usados solo para la publicidad? ¿Tiene un límite el extractivismo de datos? ¿Qué hacen las empresas con toda esa información de los usuarios?

El documental también pone el foco en escándalo de Cambridge Analytica, los problemas de privacidad de Facebook, las fake news y la consecuente «manipulación de las personas». Con esa finalidad, se analizan el Brexit y la campaña presidencial de Donald Trump de 2016. La confirmación de lo que ocurría tras bambalinas en Cambridge Analytica se valida en la voz de Brittany Kaiser, una ex empleada de la consultora que ahora se muestra arrepentida. El hilo narrativo del film acompaña a Brittany expiando sus pecados en el festival Burning Man o en un lujoso hotel en algún lugar de Tailandia. Después del éxito y el frenesí, la hija pródiga regresa para reconocer sus errores y tratar de enmendarlos.

Sin embargo, el documental da por sentados hechos que vale la pena poner en tela de juicio. Sobre todo, uno central. ¿Por qué se asume que las personas pueden ser manipuladas por una combinación de big data, algoritmos y tácticas de psicología conductual?

El dilema de las redes sociales retoma algunos temas que ya fueron enunciados en The great hack. Entre ellos, se destacan la polarización, las fake news y el extractivismo de datos. Pero se incorpora un nuevo elemento: el del vínculo entre la adicción a la tecnología y la manipulación de la que son víctimas los usuarios. Sin embargo, la liviandad de la denuncia queda en evidencia cuando se pone el foco en cuestiones técnicas como las notificaciones emergentes, el scrolleo infinito y la recomendación de contenido personalizado. Los testimonios de diseñadores y ex ejecutivos –todos arrepentidos– pretenden darle más espesor a la denuncia y son entrelazados con una ficción que pone en la piel de los personajes la adicción y la permeabilidad que se atribuye a las y los usuarios.

La historia ficcional está construida sobre un tendal de estereotipos y posiciones «políticamente correctas» y un centrismo casi ingenuo en el plano político. Así, se puede ver a una familia étnicamente diversa, en la que los padres, ligeramente amables y desconcertados, tratan de lidiar con la tecnología, mientras sus tres hijos presentan un abanico de posibilidades. La conciencia ética recae sobre la hermana mayor (que no usa celular y lee a Shoshana Zuboff), mientras que la más pequeña es presa de su adicción (con la que se pretende mostrar a una «generación perdida»). El plato fuerte, sin embargo, puede verse en la lenta y permanente caída del hijo adolescente que se aleja de los deportes y de sus amigos, para sumergirse rápidamente en una espiral de odio y fanatismo gobernado por el contenido personalizado de las redes sociales.

Todo el set de críticas que plantea El dilema de las redes sociales pueden ser resueltas por el Center for Humane Technology (fundado, entre otros, por Tristan Harris, principal orador del film). Identificar el problema, difundirlo y vender la solución. El punto central es exactamente ese: que los problemas sociales que ocasiona la tecnología solo serán resueltos por –y a través de– la tecnología. Evgeny Morozov llamó a esto la «locura del solucionismo tecnológico».

En este entramado, una decena de arrepentidos de Silicon Valley reconoce haber trabajado para generar que los usuarios pasen más horas frente a la pantalla, pero también aseguran haber padecido ellos mismos esa adicción que los convirtió en víctimas. Tim Kendall, ex ejecutivo de Facebook y ex presidente de Pinterest, reconoció que no podía soltar el celular cuando llegaba a su casa. La solución sugerida, una y otra vez, es desactivar notificaciones y medir el tiempo de uso.

Uno de los riesgos que involucra este documental y su estrategia panfletaria es el incremento del pánico moral (algo similar ocurrió con la campaña #DeleteFacebook, después de que se conociera el escándalo de Cambridge Analytica). Aunque se denuncia que el problema radica en el modelo de negocios que sostiene a las plataformas, la acusación se desdibuja y deja pasar la oportunidad de generar una crítica más sólida para entregarse a los golpes de efecto.

El film se engolosina señalando la forma en la que la Inteligencia Artificial (IA) que administra los datos personales está apuntada contra el cerebro de los usuarios. En definitiva, afirma que los manipula y los vuelve adictos. Una vez más se pierde de vista uno de los aspectos más perjudiciales del uso de estos sistemas de mediación algorítmica. Diversos estudios, como los de Virginia Eubanks, Cathy O'Neil y Safiya Umoja Noble, analizan cómo estas decisiones automáticas involucran datos incompletos y algoritmos sesgados y concluyen que, si son usados para apuntalar políticas públicas, terminan aumentando la desigualdad, reforzando estereotipos e intensificando la discriminación racial y sexual.

A lo largo de El dilema de las redes sociales opera todo un conjunto de simplificaciones que buscan antes el impacto sensacionalista que el estímulo de una mirada reflexiva. En primer lugar, tiene una narrativa centrada en Estados Unidos, pero pretende extenderla a todo el planeta, desconociendo los contextos particulares donde son usadas las redes sociales. Por otra parte, hay una generalización sobre Facebook en primer lugar –seguido de lejos por Twitter– y su funcionamiento que no da cuenta de las particularidades de otras plataformas, tanto en lo que remite a usos como a sus principales características. El tercer punto es que ignora el ecosistema de medios donde se insertan las redes sociales: estas no funcionan en el vacío, sino que establecen vínculos y relaciones con otros agentes en la esfera pública. Los entrevistados afirman en repetidas ocasiones que las redes sociales constituyen una amenaza sin precedentes. De ese modo, no solo parecen desconocer los centenares de estudios realizados no solo sobre la radio y la televisión (y su influencia sobre los usuarios, como apuntaban Robert K. Merton y Paul F. Lazzarfeld en un famoso análisis de la década de 1940: «Comunicación de masas, gusto popular y acción social organizada»), sino que omiten los diversos análisis comparativos entre estas nuevas plataformas y las ya «clásicas».

El documental sostiene, además, supuestos equívocos, como el que considera que la exposición a los discursos de odio, implica comulgar con aquello que propugnan. Según los creadores de este film, el hecho de estar expuestos a una mentira resulta suficiente para creer en ella. Por último, se ocluye la dimensión creativa que flota y atraviesa las redes sociales. En este sentido, la periodista Evan Green desarrolló un hilo de tuits en el que enuncia toda una serie de omisiones que bien podrían haber enriquecido el documental, pero que, en miras del pánico social y moral que se buscó generar, lo habrían debilitado.

Las redes sociales no son el único nicho para el florecimiento de los discursos de odio, aun cuando resulta indudable que estos discursos y teorías se han valido de los algoritmos de personalización y recomendación (de YouTube y Facebook particularmente) para circular a una mayor velocidad. Sitios como 8chan, 4chan o Stormfront, entre otros, fueron la cuna de dichos movimientos y el lugar donde se cocinaron muchas teorías conspirativas. Asimismo, resulta extraño que una plataforma como Netflix, cuyo sistema de recomendación estuvo en la mira varias veces por el uso de los datos de sus usuarios, hoy contribuya a denunciar estas problemáticas.

Los algoritmos filtran la información, la jerarquizan, la ordenan y exhiben una determinada concepción del mundo, mientras las plataformas compiten unas con otras por la atención de los usuarios y, con ese propósito, agregan funcionalidades, se modifican en base a los usos desviados (no planificados), cambian y se homogeinizan (Twitter pasó de la estrellita al corazoncito). Pero afirmar que estas empresas compiten por la «hora-pantalla» de los usuarios es muy distinto a sostener, como lo hacen los «arrepentidos» de Silicon Valley en The Social Dilemma que, al monopolizar la atención, generan adicción y «manipulan las conciencias».

Este pánico para dummies, que desconoce la historia de los medios masivos de comunicación, que confunde la adicción a los cigarrillos con el uso desmedido de las redes sociales, que compara la invención de la bicicleta con las plataformas de redes y que sindica a todos los males contemporáneos como parte de una conspiración de algunos «villanos» de Silicon Valley, también pretende ofrecer una «solución». Apela a una receta de varios pasos y a una Iglesia en la que tramitar la adicción: el Center for Humane Technology. Para El dilema de las redes sociales todo es sencillo: el caos creado por las redes sociales puede deshacerse simplemente reescribiendo el algorítmo. El problema es que al errar en el análisis no puede creerse ningún tipo de solución

Juegos de guerra 2019 de Rand: Rusia y China derrotan a EU en una Tercera Guerra Mundial

En un reciente panel en el Center for New American Security (CNAS), analistas del cotizado think tank Rand revelaron que en sus "juegos de guerra" contra Rusia y China, EU sufría una paliza brutal con severos descalabros en todos (sic) los cinco dominios del campo de batalla: tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio (https://bit.ly/2u8XFbo).

David Ochmanek, analista de Rand, confesó: "perdimos mucha gente. Perdimos mucho equipo. Fracasamos en conseguir nuestro objetivo de prevenir la agresión del adversario" (https://bit.ly/2UrW8J2).

Según el estudioso, las "cosas que dependen en sofisticadas infraestructuras de base como pistas y tanques de combustible tendrán tiempos difíciles. Las cosas (sic) que navegan en la superficie de los mares tendrán duros tiempos", mientras que "Rusia y China desarrollan cazas de quinta generación y misiles hipersónicos". Remember el Avangard hipersónico de Putin (https://bit.ly/2CnYFwT).

Con la ciberguerra, Ochmanek consideró que los satélites de EU y sus redes inalámbricas podrían ser inefectivas en caso de que las fuerzas militares chinas emplearan "su sistema de destrucción de guerra" ya que "el cerebro y el sistema nervioso que conecta todas estas piezas no sólo está suprimido, sino hecho pedazos".

Robert Work, anterior vicesecretario de Defensa y experimentado "jugador de guerras simuladas", señaló que si bien el “ F-35 domina los cielos cuando se encuentra en el aire. En el suelo es prácticamente aniquilado en gran número” (https://bit.ly/2TL6Hdi).

Robert Work agregó que "tales son las cosas (sic) que los juegos de guerra muestran una y otra vez" por lo que EU necesita "una nueva manera de hacer la guerra" y juzga que un conflicto mayor no es probable que acontezca en los próximos 10 o 20 años, por lo que EU tiene tiempo para reforzar sus fuerzas militares en caso de que estalle la Tercera Guerra Mundial.

Los barcos de guerra fueron hundidos en otros escenarios, mientras las bases de EU fueron hechas añicos debido a su carencia de suficiente capacidad defensiva misilística y antiaérea para contrarrestar los ataques.

Tanto las bases de la fuerza aérea de EU como sus portaviones fueron el objetivo de misiles guiados de precisión de largo alcance, mientras las brigadas de tanques del ejército fueron aporreadas por misiles crucero, drones y helicópteros.

Según Sputnik, la más reciente simulación de guerra es posterior a la publicación del Reporte de National Defense Strategy Commission de noviembre/2018 (https://bit.ly/2QPFUYI), donde los expertos sentencian que en caso de que EU fuese a una guerra contra Rusia o China, "podría enfrentar una amenaza militar decisiva". La guerra se pudiera desatar en la región del Báltico o en Taiwán.

Según el reporte de marras, Rusia y China “poseen capacidades de golpes precisos, defensas aéreas integradas, cruceros y misiles balísiticos, capacidades antisatelitales y ciberguerra avanzada, fuerzas navales y aéreas significativas y armas nucleares –un conjunto de capacidades avanzadas hasta ahora poseídas sólo por EU”.

Según National Defense Strategy Commission, "el ejército de EU podría perder su próxima guerra" contra Rusia y/o China, ya que "enfrentaría desalentadores desafíos para establecer una superioridad aérea o un control marítimo, así como recapturar tempranamente el territorio perdido en un conflicto" cuando sería "enorme" combatir a un "enemigo equipado con capacidades avanzadas de antiacceso/área de negación (A2/AD)" concomitante al “desgaste de los activos capitales de EU –barcos, aviones, tanques”.

Los estrategas militares de Rusia y China leen obsesivamente los juegos de guerra de la Rand y no es improbable que se inspiren en ellos o hasta los mejoren.

¿No sería más saludable para los estrategas consagrados a simulaciones de juegos de guerra de la Rand sentarse a negociar la arquitectura de un nuevo orden mundial tripolar de EU/Rusia/China antes de que sea demasiado tarde y evitar al género humano epílogos apocalípticos que cesarían de ser lúdicos?

¿Cuándo empiezan los "juegos armónicos de negociación tripolar" de la Rand?

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La izquierda de la izquierda europea busca su espacio.

En Europa, a la izquierda llamada “radical” le cuesta enormidades ocupar el espacio que le abrió el desplome generalizado de la socialdemocracia. Las elecciones italianas fueron el ejemplo más reciente de las dificultades que se le plantean para emerger. La experiencia portuguesa, en cambio, le permite ver las cosas con un poco más de optimismo.

Hace tan sólo unos años, un par de décadas digamos, un analista político que hubiera colocado al Podemos español, al Bloque de Izquierda portugués, al Die Linke alemán, al laborismo inglés liderado por Jeremy Corbyn o a los “insumisos” franceses de Jean-Luc Mélenchon en la galaxia de la “extrema izquierda” habría sido expulsado manu militari de la academia. La relatividad de las cosas y de los tiempos –pautada por el corrimiento a la derecha de las dirigencias políticas tradicionales–, el facilismo del etiquetado y la voluntad de estigmatizar a quien ensaye algún tipo de propuesta que se salga de los moldes por el lado zurdo hizo que ahora ya no sea tan así y que para hablar de esos partidos ese politólogo medio –o ese periodista medio– sea incluso alentado a ubicarlos en la punta siniestra, en lo posible buscándoles a sus líderes contactos –foto por aquí, factura por allá, reales o inventadas– con Nicolás Maduro, Evo Morales, Raúl Castro, los ayatolás iraníes o hasta el mismísimo Kim Jong-un.

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Sus orígenes son muy dispares: la plataforma “ecosocialista” Francia Insumisa es dirigida por un político relativamente veterano como Jean-Luc Mélenchon, escindido del PS, y aglutina desde 2016 a movimientos sociales y a partidos desprendidos de la extremadamente debilitada izquierda tradicional francesa; Podemos surgió hace justo cuatro años de la “indignación” de las plazas españolas, protagonizada sobre todo por jóvenes de clase media; los portugueses del Bloque de Izquierda nacieron a fines de los noventa, a partir de la confluencia de grupos maoístas, trotskistas, fracciones del Partido Comunista; el septuagenario Jeremy Corbyn está intentando transformar desde dentro al legendario Partido Laborista británico, que desde comienzos de los años ochenta, bajo la influencia de los inspiradores de la Tercera Vía, marchó por el andarivel derecho a un ritmo aun más acelerado que el Psoe español; la germana Die Linke nació en 2007 de la fusión de la formación heredera del viejo partido comunista de la ex Alemania Oriental y una escisión de la socialdemocracia. Casi todos estos partidos (salvo el laborismo, adscrito al Grupo Socialista) comparten espacio en el Europarlamento, el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea (Gue), al que también pertenece el Syriza griego. Los helenos dirigidos por el actual primer ministro Alexis Tsipras fueron durante unos años el faro, el referente excluyente de esta “izquierda alternativa”, su pata de mayor peso electoral, la primera en llegar al gobierno con un programa que desafiaba a las políticas de austeridad aplicadas por socialdemócratas y conservadores y no dudaba en plantar cara a las instituciones financieras regionales e internacionales como el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Duró hasta que Tsipras –ahogado por todos los costados– cedió en toda la línea y borró con el codo lo que había prometido en campaña y había tímidamente comenzado a implementar. Desde entonces (2015), Syriza (una sigla que se traduce por Coalición de la Izquierda Radical) cayó en desgracia y de referente se convirtió en repelente para quienes aspiran a llegar al poder en Europa para “romper con el pensamiento único y demostrar que otras políticas, favorables a los sectores populares, son posibles”.


Los benjamines de esta familia son los italianos de la coalición Potere al Popolo (Poder al Pueblo, Pap), cuyo nacimiento, hace apenas tres meses, recibió la bendición de Mélenchon, de algunos de los principales dirigentes de Podemos, de Corbyn, de los bloquistas portugueses. Pap, que se define como“anticapitalista, ecologista, feminista, secular, pacifista y libertaria” y es producto de la alianza de formaciones como el Partido de la Refundación Comunista, grupos ecologistas y centros sociales, sobre todo del sur pobre de la península, tuvo su estreno electoral este mes. Se sabía que no podía llegar demasiado lejos, pero en la “izquierda radical” se pensaba que el objetivo de alcanzar el 3 por ciento de los votos, el nivel mínimo para ingresar al parlamento, no era un imposible. El 1,1 por ciento que recibió (algo menos de 400 mil votos) fue decepcionante, aunque sus dirigentes declararon que en el contexto en que se daban estas elecciones, con un Movimiento Cinco Estrellas “atrapa todo” y apabullante, no estaba tan mal como puntapié inicial.


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Si el laborismo (segunda fuerza política en Reino Unido, con casi el 40 por ciento del electorado), los insumisos (tercer partido en Francia, con casi el 20 en las presidenciales del año pasado) y Podemos (también tercero en España, también con 20 por ciento, pero gobernando en las principales ciudades del país) son las principales catapultas de los “radicales” en Europa, el partido de esta sensibilidad que más lejos ha llegado ha sido el Bloque de Izquierda en Portugal. No desde el punto de vista electoral (en 2015 obtuvo el 10,5 por ciento de los votos), sino por la incidencia que ha tenido sobre las políticas del gobierno del socialista António Costa. Los socialistas habían llegado a las elecciones de tres años atrás con un programa liberal que en poco los distinguía de los conservadores y que marcaba una continuidad con la línea que habían seguido en las últimas décadas.

Pero fueron superados en votos por fuerzas de derecha. Su única posibilidad de formar gobierno, una vez descartada la eventualidad de una “gran coalición” con los conservadores al estilo alemán, era pactar con partidos a su izquierda: el Bloque y el Partido Comunista, que le daban una mayoría más que suficiente. “Nunca había habido en Portugal negociaciones entre los distintos partidos de izquierda para tomar medidas de gobierno”, dijo Jorge Costa, diputado del Bloque. Parte de las bases del PS, sobre todo en las áreas más empobrecidas del país, presionaban desde hace tiempo para que tuvieran lugar, pero el grueso de su dirigencia socialista se resistía. “La realidad se impuso y terminaron cediendo. En parte, pero cediendo al fin”, comentó la líder del Bloque de Izquierda, Catarina Martins. Lo que se pactó fue un apoyo crítico, desde fuera del gobierno, del Pcp y del Bloque al Ejecutivo. Los comunistas y el Bloque, cada cual por separado (los comunistas consideran a los bloquistas como “pequeños burgueses radicalizados” y mantienen con ellos malas relaciones institucionales, aunque coinciden en “algunos puntos programáticos”), fijaron sus líneas rojas, los socialistas las suyas. Los primeros condicionaron su respaldo parlamentario al Ejecutivo a que se redujeran los impuestos pagados por los asalariados de menores ingresos, se aumentara el salario mínimo todos los años hasta llegar a 600 euros en 2019, se ajustaran al alza las jubilaciones de menor monto, se definiera una serie de “programas sociales”, se acabara con las privatizaciones de empresas públicas (iniciadas por gobiernos en los que los socialistas eran mayoritarios) y con el despido de funcionarios del Estado y se abandonara toda pretensión de reformar el derecho del trabajo para dar mayor libertad a las empresas y limitar el poder de los sindicatos. Los socialistas aceptaron, y desde octubre de 2015 bloquistas y comunistas aprueban con sus votos en el parlamento el presupuesto del Estado. “En ningún otro país gobernado por los socialdemócratas, solos o en coalición, se han tomado decisiones de este tipo, que están lejos por supuesto de ser revolucionarias, pero suponen avances claros para las mayorías populares”, señaló el legislador comunista Miguel Tiago (Mediapart, 28-XII-17). En Grecia, Syriza no pudo poner en práctica casi ninguna de esas medidas. “Es cierto que la economía portuguesa es más sólida que la griega y que nuestro endeudamiento, y en consecuencia nuestro nivel de sujeción, es menor al helénico, pero sin grandes alharacas hemos recorrido cierto camino”, apuntó Catarina Martins.


Las diferencias entre las tres fuerzas en temas de fondo se mantienen: bloquistas y comunistas se resignaron a no reclamarles a los socialistas que retiren a Portugal de la Otan o del euro, o que dejen de apoyar la negociación de un tratado de libre comercio de la UE con Estados Unidos o que aumenten los impuestos a las empresas, o que vayan más allá de lo acordado en el plano fiscal, o que eliminen disposiciones que favorecen a los inversores extranjeros o que tomen medidas más “radicales” para combatir el trabajo precario, o que combatan por cambiar el sentido de la integración europea, o que… “Nosotros seguiremos luchando por esos objetivos, pero mantendremos nuestro compromiso de no provocar la caída del gobierno si el PS cumple con lo acordado en las negociaciones”, dijo Costa (Mediapart, 28-XII-17).


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A fines de 2019 habrá elecciones en Portugal y estará en el tapete la continuidad o no por un nuevo período legislativo de la experiencia de la alianza tal cual se ha ido formulando, su profundización o su abandono. El ala derecha de los socialistas aspira a que el partido continúe creciendo y pueda “liberarse” de la obligación de pactar con grupos a su izquierda.


Las elecciones municipales de octubre de 2017 mostraron una consolidación del PS, que conservó sus bastiones y conquistó ciudades antes controladas por los comunistas. El PC cayó y el Bloque aumentó su votación, aunque sin dejar de ser una formación marginal en el plano local. Algunos politólogos consideran que la alianza con el Bloque y el PC les ha servido a los socialistas para reconquistar franjas del electorado popular que habían perdido en manos de la derecha, sin por ello operar un viraje a la izquierda. El diputado socialista João Galamba no se aleja demasiado de este razonamiento. “Nos ha favorecido este pacto”, dijo.


Bloquistas y comunistas se interrogan sobre cómo seguir. Jorge Costa piensa que lo peor que podría hacer su partido es “abandonar el terreno de lo social, dejar de movilizarse en las calles junto a los sindicatos y los movimientos sociales. El PS sigue siendo tan liberal como era, pactó obligado por las circunstancias, y dejará de hacerlo si considera que puede gestionar solo. Lo esencial para una fuerza como la nuestra no debería ser alcanzar el gobierno a cualquier costo, sino para cambiar las cosas. Lo que logramos con este pacto es aprovechar el debilitamiento de los socialdemócratas para conseguir que apliquen políticas que mejoren las condiciones de vida de la gente. Está bueno, pero tampoco hay que sobreestimarlo”. El comunista Miguel Tiago no lo contradice: “Están demasiado apegados al capitalismo los socialistas como para superar ciertos límites así como así. La presión desde abajo seguirá siendo esencial”.


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Tensiones y dilemas similares se viven en Podemos y en Die Linke, que para poder gobernar consideran que deben sí o sí encontrar alguna fórmula de entendimiento con el Psoe, el primero, y el Spd, el segundo, dos partidos que han perdido buena parte de su electorado (ambos están hoy en sus mínimos históricos), pero siguen siendo mayoritarios en el campo “progresista”. Cómo llevarlos a acordar y desde qué posiciones, divide a los podemitas y a los “radicales” germanos en campos de fuerza más o menos equivalentes. En Alemania, la decisión de los socialdemócratas de integrar una vez más una “gran coalición” con los conservadores liderados por Angela Merkel echó por tierra la perspectiva de una “unión de izquierda” entre Die Linke, el Spd y los Verdes, que por un breve tiempo estuvo en el tapete. Los ecologistas se fueron decantando igualmente hacia una negociación con los conservadores y los liberales antes que hacer una convergencia con la “izquierda radical”, una etiqueta que décadas atrás se les colgaba a ellos también, pero que se han ido encargando de despegársela.


Desde que se creara, en 2007, Die Linke nunca bajó del 7 por ciento ni superó el 12. En las últimas legislativas, el año pasado, se situó en el medio: 9,2 por ciento. En paralelo, el Spd cayó al 20,5. La Izquierda aprovechó sólo en parte ese desplome: el grueso de los antiguos votos socialdemócratas fue a parar a la ultraderechista Alternativa por Alemania (Afd) o reforzó la abstención. El fenómeno fue particularmente fuerte en los Länder (los estados) del este, bastiones de Die Linke y entre el electorado obrero de todo el país, en el que la Afd duplicó a los izquierdistas. Die Linke perdió su condición de tercera fuerza política del país a manos de la extrema derecha.


La captación de ese voto “tránsfuga” desde el Spd hacia la Afd (esencialmente “popular”) es lo que más ha dividido las aguas en Die Linke. Un sector, liderado por la jefa de la bancada parlamentaria Sahra Wagenknecht, y su marido, el ex socialdemócrata y cofundador de Die Linke, Oskar Lafontaine, salió a la caza del electorado de la ultraderecha reflotando “valores” como el patriotismo o la identidad nacional y criticando la política migratoria de puertas abiertas del gobierno de Merkel. Las clases populares sufren por la competencia de la migración masiva que está llegando a Alemania, llegó a decir Wagenknecht. “Aquellos que abusan del derecho a la hospitalidad pierden ese derecho”, dijo también (Mediapart, 1-III-18). “Tenemos que crear un gran partido popular que una a todas las izquierdas a partir de una conexión con los sentimientos reales de la gente, en especial de la gente de abajo”, apuntó a su vez Lafontaine.


La dirigencia actual de Die Linke, encabezada por sus dos copresidentes, Katia Kipping y Bernd Riexinger, se resiste a una estrategia de ese tipo, que considera suicida a todos los niveles, para la supervivencia de Die Linke y para una propuesta alternativa de izquierda, “que nunca puede confundirse con los planteos de la extrema derecha”, afirmó la primera (Mediapart, 1-III-18). En junio próximo, ambas facciones se verán las caras en un congreso que promete ser uno de los más movidos de la corta vida de Die Linke.


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Viola Carofalo no tiene, por lo menos por ahora, esas preocupaciones. La formación de la que es portavoz nacional, Potere al Popolo, apenas “pesa” algo más del 1 por ciento del electorado italiano. “Desde ese zócalo lo único que podemos plantearnos es crecer mirando hacia las experiencias de los vecinos, sobre todo las de Podemos y Francia Insumisa. En Italia las cosas están muy mal. La izquierda, que aquí había tenido una fuerza especialmente grande, tanto en sus expresiones parlamentarias moderadas como extraparlamentarias radicales, ha quedado reducida a la nada, y sus bases han huido hacia el populismo ‘aideológico’ del Movimiento Cinco Estrellas, los grupos soberanistas de extrema derecha o la abstención”, dice esta profesora napolitana de 37 años. Docente de filosofía especializada en el pensamiento “decolonial” de Frantz Fanon y políticamente formada en los movimientos de ocupación de los primeros años dos mil, Carofalo se proyectó a partir de Je Só Pazzo (“Soy loco”, en dialecto napolitano), un “centro social” levantado en un antiguo monasterio que entre sus múltiples actividades ha servido de consultorio médico y legal gratuito para la población de un barrio popular de la ciudad más habitada del sur de Italia. “Los centros sociales han sido una escuela de acción particularmente rica. Quienes allí actuamos hacemos política desde los territorios, todos los días, y eso nos da una conexión directa con la gente que los políticos profesionales no tienen”, dice Carofalo. Potere al Popolo funciona de modo asambleario y de esa manera pretende seguir haciéndolo aun si algún día logra tener presencia en el parlamento. “Lo haremos como lo hace la gente de Podemos, con ese mismo estilo de hombres y mujeres de la calle, cobrando el sueldo de un obrero especializado y donando el resto a centros sociales y asociaciones. Pero cambiar las cosas en el país requiere hacer política a todos los niveles. El de los territorios es uno, el del parlamento es otro”. Por primera vez en muchos años, dijo Carofalo semanas atrás al diario argentino Página 12 (19-II-18), la izquierda de la izquierda europea tiene un espacio donde crecer, sobre las ruinas de la vieja socialdemocracia. “Empieza a tener una presencia concreta y no es más sólo un fantasma como lo fue en los últimos diez años”, piensa, y sueña con una Europa “otra”, bien distinta a la actual, “solidaria hacia dentro y hacia afuera”. “Por ahora, es cierto, seguimos estando muy lejos”, admitió en un discurso público en Nápoles, hace unos diez días, mientras en las calles de su devastada ciudad, Luigi di Maio, el joven líder del Movimiento Cinco Estrellas, festejaba “el triunfo posideológico” (elperiodico.com, 5-III-18) de su partido.

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