Sábado, 25 Enero 2020 05:57

Por la vía rápida

Por la vía rápida
Apenas el presidente Vladimir Putin mencionó, en su mensaje ante los miembros del Parlamento ruso, la conveniencia de hacer enmiendas a la Constitución, la Cámara Baja aprobó en lo general la iniciativa de reforma constitucional del Kremlin que modifica 22 artículos y crea las bases para que él procure continuar gobernando después de 2024, cuando concluya su cuarto y último (de acuerdo con la actual Carta Magna) mandato en la presidencia.

Sorprendidos todos, se discute aquí qué era menos esperado para comenzar el año: si las propuestas de Putin para poner de cabeza el sistema político o la celeridad con que quiere llevar a cabo el cambio cardinal. ¿Por qué ahora?, tomando en cuenta que le quedan cuatro años como presidente.

Por ello, la reforma de Putin plantea –salvo su obvio deseo de perpetuarse en el poder– más preguntas que respuestas. Y las prisas escapan a toda lógica: para qué crear un grupo de 75 incondicionales –sólo 11 expertos en derecho– para supuestamente analizar las iniciativas y, antes de que ese conjunto de comparsas diera una sola opinión, mandar el borrador a la Cámara Baja. ¿Qué se puede esperar de una Asamblea Constituyente que no habrá y de un referéndum que no lo será, sino una simple votación popular a saber bajo qué reglas?

La reforma constitucional urgente, sólo se explica con que es insostenible el mito de la popularidad de Putin, mientras crecen los riesgos que el malestar de la población implica para las elecciones legislativas del otoño del año siguiente.

Putin quiere dejar resuelto su futuro –y el de los privilegiados magnates de su entorno– al margen de los resultados que arrojen las urnas. Porque, a diferencia de lo que ofreció para reforzar el Parlamento, sus enmiendas buscan sólo ampliar las facultades del Presidente (para los 4 años que le quedan) y convierten al Consejo de Estado, ahora simple órgano consultivo, en la máxima instancia de poder, si así lo establece la ley aún por promulgar.

En suma, antes de las legislativas de 2021, Putin quiere tener todas las riendas del poder para decidir conforme a los resultados de la votación. Sin embargo, ese intento de resolver por la vía rápida su futuro como gobernante, puede quedarse en papel mojado, ya que la última palabra la tienen no sus operadores políticos, sino los rusos.

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Cinco apuntes sobre el paradójico tiempo político latinoamericano

2020, ¿dónde están los horizontes?

Después del declive del período progresista, 2020 revela la evolución de un convulso y amenazante nuevo tiempo político para América Latina. Pero este tiempo particular es lo menos cercano a un tiempo lineal y predecible. Es en cambio, un tiempo extraño, amorfo, fragmentado, volátil. Y también paradójico, porque al mismo tiempo, de esta extraordinaria crisis que vivimos brotan nuevas subjetividades, solidaridades, pulsiones de vida y emancipación, nuevas formas de hacer política. Proponemos cinco apuntes preliminares que, sin pretensión de completud o prescripción, buscan sumar al crucial debate latinoamericano.

El lustro que se va cerrando en este 2020 revela la evolución de un convulso y amenazante nuevo tiempo político para América Latina, después del declive del período progresista. Tiempo en el que se ven agudizarse las contradicciones sociales, económicas, políticas, geopolíticas, territoriales y ambientales. ¿Quién no fue estremecido, de una u otra forma, por el 2019? No estamos sólo ante una ‘tormenta’; se nos están moviendo las placas tectónicas. Todo, a escala global, se mueve bajo nuestros pies. Y seguirá pasando. Los inicios del 2020, con cosas como los incendios en Australia o las confrontaciones bélicas en Irán, dan muestras de cómo nos la estamos jugando entre puntos de inflexión y eventos límite.

Pero este tiempo particular es lo menos cercano a un tiempo lineal y predecible. Es en cambio, un tiempo extraño, amorfo, fragmentado, volátil. Y también paradójico, porque al mismo tiempo, de esta extraordinaria crisis brotan nuevas subjetividades, nuevas solidaridades, nuevas pulsiones de vida y emancipación, nuevas formas de hacer política. El que ha sido entendido como un tiempo ‘distópico’, es en realidad uno profundamente paradojal.

Aún retumba la pregunta: ¿qué hemos aprendido de la experiencia progresista reciente? Son reflexiones necesarias, vitales. Pero el frenético cambio de época actual nos desborda y en la marcha nos exige también tratar de comprender qué es lo que está ocurriendo ahora; hacia qué escenarios nos estamos insertando; cuáles son las amenazas a las que nos enfrentamos, y con qué potencialidades y posibilidades contamos.

Proponemos algunas reflexiones, que en realidad son parciales, preliminares, experimentales y en cierta forma fragmentadas sobre los actuales tiempos en América Latina. Buscan sumar al debate, sin ninguna pretensión de completud o prescripción. Son cinco apuntes que apenas buscan cartografiarnos, y que se unen a una cadena de voces, pensares y sentires que navegan este bravo río nuestroamericano.

  1. Nuevo tiempo político: inestabilidad y neoliberalismo de tercera generación

Algunos en los últimos meses/años han anunciado lo que sería el surgimiento de un “nuevo ciclo” o “ nueva ola ” progresista (en buena medida motivado por la llegada de AMLO en México y Fernández en Argentina, junto a otras figuras político-partidistas emergentes en otros países); otros en cambio, plantearon la llegada de una ola arrasadora de las derechas, que propinaría una prolongada derrota a los progresismos y restauraría el viejo orden previo a este período. Sin embargo, el nuevo tiempo latinoamericano no parece estacionarse en una matriz ideológica dominante, en una discursividad y simbología hegemónica, o en una correlación de fuerzas consolidada. Lo que parece determinar este tiempo es la alta inestabilidad e hibridación.

Esto de ninguna manera supone decir que nos encontramos ante un nuevo ‘fin de la historia’, un vacío político o una especie de tiempo ‘post-ideológico’, pero sí nos permite pensar en al menos tres aspectos:

  1. a) que la política se ha vuelto mucho más contingente, y que esto está relacionado con diversos factores materiales y simbólicos que están en profunda crisis. El creciente descontento social, la crisis hegemónica y el descrédito de la política en general; los límites histórico-estructurales de las economías dependientes de la región; la profunda crisis de la economía global; la inestabilidad ambiental y climática. Estos y otros factores, precarizan la perdurabilidad política;
  2. b) que, en este sentido, los factores que producen conflictividad se maximizan, potenciando la actual situación; y
  3. c) que el agotamiento, descrédito y la insostenibilidad de los proyectos políticos que han sido dominantes están haciendo prevalecer un pragmatismo, sin mayores distinciones, que desdibuja aún más la diferenciación binaria izquierda/derecha y progresismo/neoliberalismo. Esto le da prevalencia a una política cortoplacista, del acontecimiento, de lo instrumental. A esto se le puede atribuir que hoy, hablemos de tiempos de ‘confusión’.

El tiempo híbrido e inestable que vivimos es por tanto un tiempo de enorme incertidumbre, atomizante, accidentado, de efectos dominó. Pero no por ello se evaporan los formatos políticos dominantes. Mutan, se fusionan, se camuflan. El progresismo no desaparece, más bien re-aparece, con la forma propia del tiempo que vivimos. Mientras Alberto Fernández afirmaba en 2019 que inauguraba la rama del “ liberalismo progresista peronista ”, el Foro de Sao Paulo se descafeína y más que hablar de la revolución, en ese año revindica en su lema cosas como la “Prosperidad” (término más propio de liberales y neoliberales).

Pero similar cosa ocurre con el neoliberalismo. Varias voces han propuesto, a raíz de las protestas contra políticas neoliberales que se han suscitado en varias partes del mundo durante 2019, que estaríamos ante el fin del neoliberalismo . Sin embargo, el hecho que este esté siendo tan contestado –en realidad lo es prácticamente desde que se comenzó a imponer– no implica necesariamente su fin, sino que también revela el terreno que ha ganado previamente, y lo que podría ser su potencial radicalización.

Esto último podría estar configurando un neoliberalismo de tercera generación: si desde los años 80 y 90 (primera generación), se logra imponer la receta ortodoxa del llamado ‘Consenso de Washington’, el cual genera grandes estallidos sociales y caídas de gobiernos; si desde la década de 2000, se abre el camino a lo que hemos llamado un ‘neoliberalismo mutante’ (segunda generación), que en cambio presenta un modo heterodoxo, híbrido, más versátil y flexible de ejecutar sus políticas, combinando, por ejemplo, corporativización, desregulación o financiarización, con formas de intervención estatal, algunos mecanismos de distribución social de excedentes y formas de inclusión cultural; en la actualidad, ante la clara agudización de las tensiones y contradicciones sociales, políticas y geopolíticas de la época, y el alto nivel de contestación que genera este formato capitalista contemporáneo, se configura un cierto agotamiento de los mecanismos de poder de imposición/hegemonía neoliberal, lo que nos coloca ante la potencial conformación de un neoliberalismo extremo que, sin renunciar a sus lógicas privatizantes, mercantilizantes, desregularizadoras y corporativizantes, recurra a mucho mayores niveles e intensidades de violencia organizada y sistemática. En este sentido, queda la interrogante de si la restauración y el mantenimiento de la tasa de ganancia capitalista, la apropiación de recursos estratégicos y el control de mercados neoliberal, se posibilitaría a costa de la instalación de un régimen de guerra permanente.

  1. Regímenes de gubernamentalidad y descontento social: ¿polarización entre el estado de excepción y la revuelta?

El agotamiento de algunos mecanismos tradicionales de intermediación (estados de bienestar y políticas de asistencia social masiva, sistema de partidos e instituciones electorales, marcos jurídicos de derechos civiles), sea por el socavamiento de su legitimidad o por representar un obstáculo ante la necesidad que tiene el capital de un ajuste radical, ha abierto canales importantes a expresiones más extremas para dirimir los asuntos políticos: explosiones sociales, para-política y crimen organizado, migraciones masivas, militarización de la sociedad, estados de guerra y suspensión fáctica de derechos.

Además de pulsiones de libertad y rebeldía, las revueltas y movilizaciones sociales masivas del año 2019 en América Latina son también el síntoma de estas y las varias contradicciones descritas en este artículo, llevadas a un punto de ebullición. Están a flor de piel, a la vuelta de la esquina, pueden surgir en cualquier lugar y en cualquier momento, incluso en los menos pensados (como ocurrió en Chile y Colombia). Son coyunturales, ciertamente, pero llegados a este punto, son también constitutivas de este particular tiempo político.

La contracara de ello se evidencia con el desarrollo de un escenario de “situación extraordinaria” o de “emergencia”, que sirve de pilar a la normalización y permanencia de regímenes de excepción en la región . Desde hace varios años, tanto en gobiernos conservadores como en progresistas (desde el Gobierno de Bolsonaro en Brasil, pasando por el de Lenin Moreno en Ecuador, hasta el de Nicolás Maduro en Venezuela), han comenzado a proliferar normativas de emergencia y nuevas doctrinas de seguridad nacional, donde prevalecen los criterios de eficiencia política en detrimento del estado formal de derechos sociales consagrados; aumento dramático de la militarización de la vida, así como narrativas beligerantes aludiendo al combate al ‘enemigo público’ (o cualquier otra categoría que tipifica ‘amenazas’, como la de ‘terrorista’). Las protestas de 2019 sacaron a relucir de formas más explícitas la centralidad del estado de excepción en este período político, algo que hay que entender en su más amplio sentido: no sólo como un decreto gubernamental particular para una coyuntura determinada, sino un modo de gobernabilidad permanente estructurado fundamentalmente por lógicas de guerra –y valga recordar la ya famosa frase de Sebastián Piñera en octubre de 2019 ante las protestas en Chile, “estamos en guerra contra un enemigo poderoso”. ¿Puede ser el estado de excepción permanente una marca del neoliberalismo de tercera generación?

Todo estos factores, y sobre todo en la medida en la que se agudicen estas contradicciones, podría configurar una polarización entre el estado de excepción y la revuelta popular. Esto no debe ser entendido como un nuevo binarismo; más bien representa los puntos de fuga extremos (desbordamiento y beligerancia) propios de estos escenarios. Tampoco nos debe remitir a pensar esto como procesos homogéneos. El estado de excepción hoy en América Latina se está desarrollando como un complejo ensamblaje de políticas, articulaciones, territorializaciones, discursos diferenciados y estados afectivos, que varía dependiendo del país y la coyuntura. Del mismo modo, la revuelta hoy se compone de actores bastante heterogéneos, con motivaciones, emocionalidades y métodos muy diferentes que no podemos sólo interpretarlos romántica y abstractamente como la ‘revolución de los pueblos’.

La cuestión es que, sea un plan o una tendencia, el estado de excepción no es una modalidad irresistible, sino que también depende de su propia viabilidad en el tiempo y de la correlación de fuerzas del momento. Y en esto es crucial el rol que han jugado la revuelta y las movilizaciones, en la medida en la que, en primera instancia rechazan directamente en las calles la opresión y el sistema de cosas imperante, y en segunda instancia, ejercen fuerza para revertir la suspensión de la democracia, abriendo camino más bien para posibilitar a esta, para expandirla y potenciarla.

  1. La condición insurrecta del nuevo tiempo: hartazgo, desobediencia y nuevas subjetividades

En medio de las diferentes formas, motivaciones e intensidades de las masivas movilizaciones latinoamericanas de 2019, podemos hallar algunos elementos compartidos a escala regional, que además son respuesta al avance de los procesos de neoliberalización y conservadurismo (propio tanto de gobiernos de derecha como de izquierda) en este nuevo tiempo político.

Un factor compartido en las protestas es una sensación de profundo hartazgo. Hartazgo de las políticas empobrecedoras neoliberales, de una corrupción absolutamente generalizada, de la imposibilidad de construir futuro para los jóvenes, de gobiernos y élites difíciles de reemplazar, de las enormes dificultades para ver materializado un cambio social. Pero es un hartazgo que debe ser entendido no sólo como uno de carácter coyuntural, sino también de más largo alcance. Es difícil poder determinar el peso diferenciado de otros factores más históricos, y mucho más en la vasta diversidad de los sujetos y grupos que se movilizan; sin embargo, es importante valorar aspectos como el efecto de desencanto producto del largo desgaste de la izquierda (proceso que podríamos ubicar a partir de 1989, con la caída del muro de Berlín), lo que incluye a la fallida experiencia del período progresista latinoamericano reciente; o la sensación de colapso y pérdida de horizonte ante la crisis ambiental/climática global (que afecta principalmente a las generaciones recientes). Estos y otros aspectos más, componen este particular espíritu de hartazgo del tiempo político actual, un hartazgo que, por tanto, lo entendemos como cualitativamente diferente a aquellos del pasado.

De estas movilizaciones también se desprenden, emergen y/o evidencian nuevos códigos de lo político y nuevas subjetividades, que en muchos casos no están adscritos ni necesariamente se articulan con las narrativas y organizaciones tradicionales de las izquierdas, pero que igualmente revelan una particular e interesante politicidad de insubordinación, viralidad, contagio social y disposición al cambio (además de otras formas de organizarse, mirar y sentir la política). Estas nuevas subjetividades están presentes en mayor medida entre los grupos de jóvenes (algunos muy jóvenes); desbordan las convocatorias de los grupos de izquierda tradicional (como por ejemplo ocurriera en Colombia o Ecuador con los sindicatos) y se movilizan con dinámicas de ‘auto-convocados’ (recurriendo en buena medida a las redes sociales); y actúan con frecuencia bajo un fuerte espíritu de desobediencia, pudiendo registrarse una pérdida de miedo a la represión (lo que resalta por ejemplo en el caso de Colombia, con su brutal historial represivo; o en el caso de Chile, en donde a medida que el Gobierno arreciaba la violencia de los cuerpos de seguridad, las movilizaciones de vigorizaban más).

Todo este hartazgo generalizado puede ser muy significativo si, más que un sentir coyuntural, es la expresión del espíritu de la época. Lo es porque con la persistencia de su fuerza va agotando, socavando y haciendo caducar los modos de gobernabilidad política dominantes, las formas en las que se ejerce el poder (planteando el potencial escenario de cambio en el estado de cosas); lo es porque parece negado a subordinarse a lo mismo. No obstante, su fuerza positiva es muy heterogénea, en muchos sentidos contingente, y presenta enormes desafíos para conformar un proyecto amplio, articulado y sostenido de lo común. Está atravesada por la fragmentación propia de esta época. Y sobre todo, posee un poderoso componente nihilista, que si bien es desafiante puede también ser atomizante. Esta condición es también una expresión el paradójico tiempo político latinoamericano.

En todo caso, esta enorme diversidad del descontento también ha conseguido elementos aglutinadores en narrativas, prácticas y códigos de movimientos sociales, principalmente desde los diferentes movimientos feministas, que han logrado no sólo posicionar en los debates y políticas la defensa de derechos de las mujeres en la sociedad, y transversalizar la crítica al patriarcado en numerosos temas políticos centrales, sino también lograr, en varios países, masividad en la convocatoria y movilizaciones, convirtiéndose en referente y a la vez en horizonte de muchas de estas perspectivas de cambio que están en juego. Del mismo modo, los diferentes ecologismos latinoamericanos y las luchas de los pueblos indígenas y campesinos también han logrado permear en los imaginarios y narrativas de las demandas sociales, imprimiendo además valores y dimensiones socio-ecológicas clave para pensar la política, y visibilizando las luchas en los territorios y por los bienes comunes, que en variados casos se convierten en banderas y emblemas de las movilizaciones sociales en un país.

La gran pregunta que ha surgido, es si luego del declive del período progresista estamos ante un nuevo ciclo de luchas sociales en América Latina. Así lo parece, y de hecho, también parece estar conectado, en ciertas dimensiones constitutivas, con movilizaciones y revueltas ocurridas en otras partes del mundo como Hong Kong, Francia, Irak, Líbano, Catalunya, entre otras. Si pudiésemos hablar de un levantamiento de carácter mundial, el punto de inicio de este ciclo corto de movilizaciones podríamos ubicarlo en 2011, cuando brotaron protestas en el Sur Global, como las llamadas ‘Primaveras Árabes’, y en el Norte Global, como la de los Indignados, Occupy Wall Street entre otros. Lo que se comparte en el conjunto de estas luchas es la resistencia al efecto neoliberalizador provocado después de la Crisis Económica Mundial 2008-2009; la ampliación y fortalecimiento de una diversidad de luchas identitarias y de mecanismos de organización y acción más descentralizados (una especie de movimiento post-altermundialista), y la disposición a una comunicación viralizada y reticular que propone otra relación espacio-tiempo en las movilizaciones sociales.

  1. El malestar en la globalización tardía: ¿hacia dónde puede converger el descontento social?

El descontento masivo es prácticamente condición propia del régimen neoliberal y la globalización. Es amplio, cada vez más amplio. Pero este descontento no necesariamente garantiza, como lo pensara Marx en el siglo XIX, la inevitable revolución social y el derribo del capitalismo. Así como ocurriera en Italia, el período de enorme crisis económica en Alemania, después de la Gran Depresión de inicios de la década de los 30 del siglo XX, sería capitalizado por el nazismo, con las devastadoras consecuencias que ya conocemos. Así que, una ola de descontento puede también catapultar procesos reaccionarios.

El gran hartazgo social y la profunda crisis económica global desencadenada desde 2008/2009, allana el camino para una abierta disputa por la capitalización y canalización de todo este descontento. A pesar de que los poderes, grupos y rostros tradicionales también se mantienen en competencia, destacamos de manera general y panorámica otros actores que tienen y tendrán trascendencia en esta disputa regional:

  1. a) Iglesias evangélicas y fundamentalismos religiosos : con un notable trabajo de expansión, difusión y captación, las iglesias evangélicas y pentecostales han registrado un extraordinario crecimiento en América Latina (en unos países más que en otros), fundamentalmente entre las clases populares. Bolsonaro se catapulta a la presidencia de Brasil, a partir del apoyo de estas iglesias; la vanguardia del golpe consumado después de la renuncia de Evo Morales en Bolivia en noviembre de 2019, anuncia el regreso de la biblia al Palacio Quemado; y Nicolás Maduro en Venezuela declara en diciembre de ese año, sin pudor, su alianza con el sector evangélico y propone la creación de “ un poderoso Movimiento Cristiano Evangélico por Venezuela ”. La iglesia evangélica refresca al capitalismo individualista con una nueva teología de la prosperidad, mientras promueve una teocratización de la política, es decir, una penetración de lógicas religiosas en las prácticas de poder y organización. El tiempo de auge de diversos fundamentalismos parece evidenciar cómo podrían llenarse los vacíos que ha dejado el debilitamiento de la política secular, y su creciente incapacidad para construir horizontes emancipadores y prometedores.
  2. b) El crimen organizado : ha evolucionado notablemente en los últimos lustros, mejorando y versatilizando notablemente su disposición de armamento, tecnologías, entrenamiento y financiamiento en comparación con las fuerzas de seguridad de los gobiernos; al mismo tiempo, se ha expandido geográficamente, ha transnacionalizado su accionar, ha incrementado sus volúmenes de ingreso y se ha diversificado económicamente, y ha penetrado considerablemente instituciones estatales (en grados diversos dependiendo del país). En este marco, el crimen organizado ha ampliado notablemente su capacidad para ofrecer ingresos a la población en las economías ilícitas, ha conformado en algunos territorios sistemas de protección y asistencia social (lo que se ha dado a llamar ‘ Estados sustitutos ’) y proporciona acceso a los símbolos de status social (dinero, armas, autos, mujeres), sobre todo en la población más joven. Su expansión sobre los tejidos sociales se ha producido tanto en lugares donde el Estado ha dejado más en el abandono a la población, como en los territorios donde ha logrado penetrar más al Estado y a la política en general (principalmente en países de Centroamérica, Brasil, Colombia, México, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia). Esto último revela no sólo la relevante dimensión política del crimen organizado, sino también su potencial para producir nuevas formas de estatalidad.
  3. c) ‘Nuevas derechas’ y extremas derechas : del seno de la política latinoamericana ha surgido con fuerza un nuevo perfil de extrema derecha, que tiene en Jair Bolsonaro su principal figura. Bolsonaro, que pasó de ser un outsider a ganar rápidamente popularidad y convertirse en Presidente de Brasil, se ha caracterizado por una postura nacionalista conservadora, partidario de un Estado religioso (antisecularista), defensor de las armas y el militarismo, ultra-liberal, anti-comunista y anti-izquierda, anti-feminista y de la diversidad sexual, racista y con posiciones alineadas a los Estados Unidos. El descontento social, los errores de la izquierda, el discurso populista, el uso del miedo y el apoyo de sectores poderosos tanto económicos como religiosos, han posibilitado este vertiginoso y significativo ascenso. En numerosos países de la región, emergen figuras de similar perfil, como el empresario boliviano Luis Fernando Camacho, quien se asumió a la cabeza del movimiento para derrocar a Evo Morales en noviembre de 2019 y que es en la actualidad candidato presidencial para 2020; el ex-candidato presidencial chileno, José Antonio Kasty su movimiento Acción Republicana, quien obtuvo 8% de votos en las elecciones de 2017; u otros grupos y dirigentes que buscan crecer, aunque siguen siendo minoritarios. Cabe destacar también que una parte de las derechas latinoamericanas (que no son sólo sectores partidistas, sino también económicos, comunicacionales, académicos, etc.) se ha vuelto, en general, más flexible y adaptable a los nuevos escenarios políticos y el electorado; planteando nuevas figuras políticas (algunas de ellas jóvenes), otorgando algunas concesiones sociales, culturales y hasta ambientales (sea en el discurso o en políticas puntuales) y relaciones geopolíticas más abiertas. Estas ‘nuevas derechas’, que también se presentan como la alternativa para salir de la ‘amenaza’ del progresismo, buscan traducir y captar, de maneras más moderadas, el descontento social.
  4. d) Las izquierdas : después de la debacle del período progresista, las izquierdas buscan renovación y refrescamiento. Ciertamente, experiencias como la de Colombia Humana, el liderazgo de Gustavo Petro y diversas coaliciones locales y regionales, han logrado sumar voluntades y electores para la toma del poder del Estado en ese país; podríamos también mencionar los esfuerzos del movimiento Nuevo Perú bajo el liderazgo de Verónica Mendoza, o la oficina colectiva ‘Gabinetona’ encabezada por la diputada Áurea Carolina (Cámara Municipal de Belo Horizonte, Brasil), como otras expresiones de ese intento de refrescamiento. Coaliciones como estas y otras similares pueden ser potenciadas, en la medida en la que logren capitalizar el descontento social, traducir las nuevas expectativas o bien que se logren presentar como la ‘salida’ a lo establecido (como pasó con Alberto Fernández, quien logró concentrar parte de los votos del descontento con Macri). Sin embargo, hemos mencionado que profundos cambios también están ocurriendo en las perspectivas sociales y culturales en la región y que las izquierdas están enfrentado un importante proceso de agotamiento que tiene que ser discutido y asumido. El entrampamiento permanente en el reformismo (cuando estas fuerzas llegan a gobernar), que en plazos más largos tiende siempre a socavar y mermar los procesos de cambio impulsados previamente por el descontento popular y la emergencia de nuevos movimientos políticos, ha dejado a lo largo del tiempo profundas decepciones y sensaciones de hartazgo en parte de sus seguidores. Por otro lado, las izquierdas dominantes han sido muy determinadas por un talante desarrollista, verticalista, personalista, autoritario, patriarcal, dogmático y anti-ecológico que se encuentra muy arraigado y que se ha expresado tanto en sus prácticas de organización interna, como en sus relaciones políticas y sus gestiones de gobierno. Estos patrones generan profundos distanciamientos con corrientes político-culturales que promueven miradas y accionares alternativas en, e incluso fuera, de las izquierdas. Como si fuese poco, estas izquierdas dominantes tendieron a criminalizar esta otredad en el seno de estos sectores críticos, ridiculizándola o señalándola como promotores del imperialismo estadounidense, por el hecho de tratar de poner sobre la mesa temas fundamentales que debían ser enfrentados. ¿Qué es la izquierda hoy? ¿Son AMLO y Fernández los referentes de la izquierda hoy en América Latina? ¿Sigue siendo el Gobierno de Maduro un punto de honor para las izquierdas? ¿Están estas logrando comunicar y posicionar un proyecto político emancipador en el grueso de la población? Estas son preguntas ineludibles. Sectores de la sociedad e incluso movimientos sociales ya no ven sentido, pertinencia y pertenencia en el binarismo izquierda/derecha. Otros perciben que la izquierda es sólo una variante del mismo formato de poder dominante. Esto no debe ser interpretado necesariamente como un ‘neutralismo’, ‘centrismo’ o una forma de apoliticidad. En cambio, muestran otros entramados de pensamiento político, otras coordenadas, otras epistemes de la transformación que no deberían ser desmeritadas. Efectivamente, las izquierdas son diversas y también existen disputas entre sus sectores; pueden transformarse y crearse corrientes novedosas, aunque siguen siendo marcadas por los sectores tradicionalmente dominantes (generalmente concentrados en los partidos políticos). Sin embargo, es necesario resaltar que estas se encuentran ante una encrucijada histórica, no sólo ante la posibilidad de condensar el descontento social, sino también de materializar una transformación favorable a los pueblos y la naturaleza. Sin poder resolver mínimamente este dilema, podrían también ser absorbidas en el descrédito y hartazgo generalizado que atraviesa a la política tradicional.
  5. e) Movimientos sociales, organizaciones populares de base y plataformas de articulación : como ya hemos mencionado, diversos movimientos han logrado incidir políticamente en procesos reivindicativos, de ejercicio de derechos, de defensa de territorios y comunidades, y de posicionamiento de temáticas particulares en los debates públicos. Entre estos están la defensa de los derechos de igualdad de género y diversidad sexual, derechos de la naturaleza, negativa a grandes proyectos extractivistas como los mineros e hidroeléctricos, derechos de los pueblos indígenas y consultas populares, entre otros. La insistente movilización, que varía dependiendo de los países, ha logrado instalar y fortalecer conceptos, demandas sociales y políticas que, además de tener un profundo impacto cultural, conforma condiciones y correlaciones de fuerza para pedir más democracia. Más que transformar el descontento en la toma del poder del Estado, estos sectores de la sociedad promueven formas de apropiación de los procesos políticos a escala local y regional, y la consolidación de pilares políticos desde abajo, para la conformación de una base de disputa desde donde afrontar este complejo tiempo latinoamericano. Sin embargo, es también importante resaltar que estos sectores son también atravesados por las paradojas y tensiones propias de este tiempo político. Por ejemplo, la creciente violencia generada desde las estructuras de poder estatal y territorial, así como las condiciones de precariedad socio-económica, merman sus capacidades y potencialidades transformadoras; por otro lado, se generan grandes dificultades para poder trascender, incidir y articular más allá de una política local, sin tener que ser absorbidos por la política tradicional de partidos. Dilemas como estos son significativos al momento de pensar cuáles han sido y/o podrían ser los alcances de la transformación a partir de la política ‘desde abajo’.
  6. Estamos al interior del ‘futuro’: repensarnos lo común en tiempos paradójicos

América Latina está hoy, de nuevo, en el punto de mira mundial, pues ha sido la región dónde han brotado la mayor cantidad de estas movilizaciones recientes a nivel planetario. Estas expresiones populares han representado un gran refrescamiento del clima político regional, aunque parecen insertas en el escenario de lo que podría ser un largo período muy contradictorio y conflictivo.

Las paradojas de estos tiempos que corren, probablemente se desarrollen entre aperturas y clausuras de oportunidades, procesos, posibilidades. Cada ámbito, espacio, escala en disputa es y será vital: derechos laborales, mega-proyectos extractivos detenidos, expansión de economías locales comunitarias, bosques conservados, transiciones hacia energías renovables, tierras recuperadas, políticas climáticas globales, revisión y moratorias del pago de la deuda externa, organización popular para las luchas, y un muy largo etcétera.

Sin embargo, cuando pensamos no sólo en la imperiosa necesidad de un cambio civilizatorio, de trascender el sistema histórico capitalista, sino también en los dramáticos escenarios que podrían cambiar drásticamente las condiciones de vida en el planeta Tierra, se hace necesario reconocer que nos encontramos ante una extraordinaria paradoja temporal reflejada en el central dilema transición/ruptura (transformaciones paulatinas/cambio radical), dilema que parece llegar a un punto de tensión máxima. Por un lado, la transformación de una serie de patrones, infraestructuras, cosmovisiones, sistemas, estructuras de poder, instituciones y tecnologías dominantes requieren de tiempos relativamente prolongados para materializarse; por el otro, la posibilidad de que se desate tanto un colapso sistémico como un planeta socio-ecológicamente hostil, exige un muy rápido viraje en relación a las tendencias actuales. Las izquierdas y la amplia diversidad de movimientos sociales, organizaciones populares y pueblos movilizados trazan diferentes rutas para la transformación (locales, a través del Estado, orientado a lo simbólico, territorializando, etc); sin embargo, todas se debaten, implícita o explícitamente, entre estas diferentes temporalidades. Las opciones y caminos a tomar serán cruciales en el desenlace de los acontecimientos próximos.

Esta época de confusión y desasosiego, nos deja con muchas más preguntas que respuestas, y con una carga muy grande de incertidumbre. Los horizontes se difuminan, su visualización parece bloqueada. ¿Qué es el futuro? ¿Cómo nos imaginamos el curso de la extraordinaria crisis actual? ¿Cómo nos imaginaríamos el colapso del sistema global? ¿Qué pasa si pensamos que ese colapso, antes que una ola gigante arrasando una ciudad (al estilo hollywoodense), antes que la idea religiosa y literaria del “fin del mundo” o el “fin de los tiempos”, es un largo período de crisis en la historia reciente de la humanidad en el que cambian drásticamente las estructuras sociales y las condiciones de vida; pero en el que sigue la vida bajo otras condiciones?

Creemos que estamos ya al interior de esta crisis. Estamos al interior del ‘futuro’, del cambio climático, de los límites del planeta, de la extraordinaria crisis de los patrones energéticos y los metabolismos sociales. Se trata de un proceso continuo, que sigue en desarrollo, aunque lográramos en 10 años disminuir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Es necesario, vital, asumir esta interioridad nuestra en el ‘futuro’, aprender a lidiar con ello, y repensarnos desde ahí. Algo que de ninguna manera implica que transitaremos pasivamente una senda que ya está trazada. Más bien conviene recordar que la muy alta carga de incertidumbre que determina al sistema global, supone también que hay un camino abierto para la creación, para la producción de lo nuevo.

Las inesperadas e inspiradoras movilizaciones en Chile, al igual que las de Colombia, por mencionar dos buenos ejemplos, muestran, por un lado, que las predicciones lineales y deterministas se quedan cortas; el factor sorpresa desborda incluso a los propios actores que están impulsando esos procesos. Por otro lado, reflejan cómo en la propia insubordinación social, cómo desde el propio seno del conflicto, se producen también nuevos marcos de relacionamiento y solidaridad, nuevas subjetividades, cargadas con potentes pulsiones de vida e irreverencia. Incluso en los escenarios más adversos, se evidencia la sustancia y emergen los factores constitutivos de lo común.

El nuevo tiempo político latinoamericano, en el que la fragmentación se vuelve normalidad, en el que se revelan con mucha claridad los límites de los proyectos dominantes de las izquierdas, en el que los grandes referentes se encuentran en crisis, y se avizoran enormes obstáculos, parece señalarnos la vital importancia de re-centrar la política en torno a lo común. Esto es, colocar en el centro, en el punto de partida, una política en consonancia con la reproducción de la vida humana y no humana en el planeta Tierra, con la expansión de redes de solidaridades y resiliencia; de celebración de la otredad, de la diversidad; de la simbiosis y el mutualismo; de la defensa de una cosmovisión complementaria, holística, inmanente y reproductiva; pero también de desafío colectivo al estadocentrismo y a los inviables proyectos políticos dominantes.

No parece que el tiempo turbulento que nos toca transitar pueda ser sorteado con éxito sin privilegiar una política del cuidado. Cuidar del otro (humano y no-humano), de esa otredad, en defensa de la vida.

Antes que en el ‘fin de los tiempos’, estamos ante una particular historia que apenas empieza.

Por Emiliano Teran Mantovani*

Rebelión

*Emiliano Teran Mantovani es sociólogo y miembro del Observatorio de Ecología Política de Venezuela

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Los activistas climáticos deben evitar "la enfermedad de Davos"  Jem Bendell

Cuando el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF) anunció el tema para Davos 2020, explicó que: “La gente se está rebelando contra las ‘élites’ económicas porque creen que les han traicionado…

Por si no te diste cuenta, el profesor Klaus Schwab no recibió bien la noticia. No estaba celebrando el levantamiento de la gente pidiendo un sistema económico diferente frente a las crisis climática y ecológica causadas por la sociedad industrial consumista. En su lugar, estaba alertando a los delegados de Davos de la amenaza al sistema que sustenta sus privilegios. Es importante entender esto, ya que enmarca cualquier respuesta potencial que el WEF y sus delegados puedan dar a los activistas climáticos que participan en la cumbre este año. Puede parecer razonable comprometer a las elites mundiales en la búsqueda de un cambio rápido, pero después de que yo mismo lo he estado intentado durante años, las pruebas que apoyan esta estrategia son escasas. Explicaré por qué, antes de abordar lo que los activistas podrían plantearse en su lugar.

Recuerdo cuando en 2013 el profesor Schwab me recibió en Davos como uno de los “jóvenes líderes mundiales”, diciéndonos que no había nada malo en ser elite. Recuerdo que pensé que depende de cuánta explotación, injusticia y degradación medioambiental nos mantiene en ese lujo y si tenemos la clase de influencia equivocada en el mundo. ¿Por qué alertaría a las elites de la reacción negativa actual? Es en parte una invitación a que intenten abordar los problemas mundiales con más intensidad. A medida que la ciencia y los efectos del cambio climático empeoran cada mes, el profesor Schwab dijo “...nuestros intentos de mantener el calentamiento global a 1,5º C se están quedando peligrosamente cortos”. Dibujó un escenario preocupante como contexto para lanzar un nuevo “Manifiesto de Davos” sobre el papel de las empresas en la sociedad. Échale un vistazo al texto y el manifiesto parece positivo al invitar a los ejecutivos de las empresas a centrarse más en los problemas globales como el cambio climático que en la maximización de beneficios. Sin embargo una lectura más profunda revela que el Foro y su estrategia hacia el desastre climático mundial no es inefectivo ni, lo que es peor, realmente antitransformador porque distrae de lo que se necesita realmente.

En el Manifiesto de Davos no se declara nada sobre cambiar el sistema que nos está llevando a una pesadilla ecológica. No hay nada en el Manifiesto sobre que las empresas no socaven la democracia o el papel del Estado para hacer las intervenciones necesarias en los mercados, para promover la justicia social, mientras reducen la desigualdad y la destrucción medioambiental. Por ello, el Manifiesto de Davos ignora la causa de los problemas a los que supuestamente está respondiendo. La sección final del manifiesto llama a que las corporaciones globales se impliquen de manera más positiva en los asuntos globales. Pero demuestra cómo sus autores no tuvieron en cuenta que creer en la representación política significa que hay un problema con que las empresas globales ejerzan más influencia global.

¿Puede cambiar algo si las elites se dan cuenta de que hace falta cambiar el sistema económico? Algunos lo pueden esperar. Podrían apuntar a cómo Davos está dando la bienvenida este año a algunos representantes de los movimientos de protesta. Los activistas primerizos pueden, por un momento, verse seducidos por la idea de que pueden salvar a la humanidad usando las palabras correctas a la hora del canapé. Sin embargo la WEF siempre ha dado la bienvenida a activistas y contrarios para ayudar a legitimar sus paneles sobre asuntos globales. Esos mismos paneles ofrecen a los jefes corporativos y a los economistas neoliberales otra plataforma más para hacer girar sus limitadas narrativas sobre cualquiera que sea la preocupación pública que acapare las noticias ese año.

Los activistas necesitan aprender de lo que no ha funcionado. Podrían hablar con activistas que durante décadas han intentado que las elites se comprometan. Cuándo fui esa vez a Davos el secretario general de Amnistía, Kumi Naidoo, me dijo que los activistas necesitan entender que el acceso no implica influencia. Los activistas también podrían mirar a los precedentes de si aquellos en el poder normalmente cambian o no cambian los sistemas que sustentan sus privilegios. En particular, los activistas climáticos necesitan aprender sobre economía y poder con la rapidez suficiente para encontrar caminos para el cambio que tienen más trayectoria que pedir a los jefes de grandes organizaciones que cambien lo que no tienen poder para cambiar. No tenemos tiempo para que los activistas climáticos cojan la “enfermedad de Davos” y piensen que pueden cambiar el mundo pidiéndoselo a las élites actuales.

Una vez dentro de los pasillos del poder, los activistas pueden escuchar lo que yo escuché a menudo en los eventos de Davos. “Oh, a los críticos les gusta quejarse, pero no tienen soluciones que ofrecer”. Esa es una mentira conveniente, mientras los delegados intentan asegurarse los unos a los otros que son personas decentes y capaces, a medida que el mundo en el que tuvieron éxito comienza a desmoronarse a su alrededor. Había muchas más soluciones políticas para los problemas mundiales de pobreza, desigualdad y conservación cuanto teníamos un clima estable. Mira cualquier manifiesto del Partido Verde de finales de los 80 y con esas políticas quizá no hubiésemos llegado ahora a esta crisis. En su lugar, organizaciones como el WEF y sus miembros apostaron por un Estado menos influyente, extendiendo los mercados y facilitando el capitalismo financiero global, con el mantra de que el crecimiento económico nos salvaría de todos los problemas. Recuerdo un evento de Davos en el que se nos dieron unas pequeñas tarjetas que nos preguntaban que reflexionásemos seriamente sobre una cosa que podríamos hacer “para contribuir al crecimiento económico”. Ahora que ha pasado el tiempo me puedo reír de esto, pero en ese momento la tarjeta me apuñaló el alma.

¿Cuáles son las soluciones ahora, a medida que el clima cambiante amenaza con desestabilizar nuestras sociedades? Es claramente más difícil después de décadas perdidas con la ideología neoliberal. Todavía necesitamos una transformación económica, pero no para detener el desastre, simplemente para ayudar a reducir los daños y comprar algo de tiempo extra para la humanidad. Expliqué en un blog de Extinction Rebellion (XR) algunas de las ideas sobre políticas para esa transformación. La clase de cambios para conseguir rápidamente unas emisiones de carbono cero son tan drásticos que tienen que venir acompañados de fuertes políticas de redistribución de riqueza si no queremos que deriven en revueltas generalizadas.

Sin embargo también necesitamos admitir que la amenaza de perturbaciones a las que ahora se enfrenta la humanidad no tiene precedentes. Se necesita un paradigma de debate político completamente nuevo, al que llamo Adaptación Profunda. ¿Podrían las elites en el poder unirse a ese proceso sin traer sus ideologías obsoletas de crecimiento, progreso, emprendimiento heroico y supremacía tecnológica? Después de haber debatido con ellos en cumbres durante las décadas pasadas lo dudo seriamente. Como escribí a los ejecutivos que expresaban su apoyo a XR, les dije que el mejor manifiesto de los lideres económicos debería comenzar con “hemos fracasado, estamos equivocados”.

Así que ¿por qué molestarse en hablar sobre Davos?

Creo que los debates en Davos ofrecen una prueba de fuego para ver qué harán las elites en el poder cuando despierten a la escala del desastre al que se enfrenta la humanidad. Los resultados iniciales sugieren que seguirán reinventando los mismos mensajes autoapaciguadores sobre cómo usar su poder con más empatía. Quizá mientras construyen un bunker en secreto, con la vana esperanza de que sus guardas de seguridad acudirán a trabajar si la sociedad comienza a desmoronarse.

Cualesquiera que sean las iniciativas verdes del WEF, nuestro creciente caos climático prueba que el modelo corporativo de dirigir el mundo ha fracasado. El único manifiesto que necesitamos de Davos es sacar el dinero de sus miembros de la política y de los medios y dejar que la gente ordinaria decida cómo responder a la crisis global que han presidido las elites actuales.

Si algún activista está leyendo esto ahora desde Davos le recomiendo que olvide cualquier esperanza de ver alguna medida significativa de los delegados actuando como una “clase” de personas que trabajan juntos para responder a tus preocupaciones. No sucumbas a esa “enfermedad de Davos”. En su lugar, busca desobedientes potenciales que podrían ayudarte a hacer lo que ya has decidido que es importante. Así que dirígete directamente a los billonarios y pídeles una donación totalmente desinteresada para tu activismo de base. Si ellos piden influenciar de alguna manera lo que estás haciendo, diles que vayan a masajear su ego con otros. Luego, después de eso, encuentra algún líder de alguna organización benéfica importante, de un sindicato o un líder espiritual que aparezca en Davos y debate sobre los pasos a seguir para una huelga general global que demande que todas las empresas coloquen la mitigación y la adaptación climática antes que el crecimiento de sus negocios y de la maximización de beneficios.

jembendell.com

Traducido por Eva Calleja

Publicado enMedio Ambiente
Claver-Carone, el hombre (y la misión) detrás del conflicto de Trump con Venezuela

En un mitin al estilo electoral en Miami, hace casi un año, Donald Trump emitió una clara advertencia al presidente venezolano, Nicolás Maduro, a quien el mandatario estadounidense ha querido derrocar desde el día en que ingresó a la Casa Blanca, dos años antes. “Se avecina un nuevo día en América Latina”, proclamó Trump, apuntando no solo a Maduro, sino también a Cuba.

Para los observadores casuales, fue fácil detectar la influencia de John Bolton en el enfoque cada vez más agresivo del presidente hacia las Américas. Bolton, a quien Trump había nombrado su asesor de Seguridad Nacional la primavera anterior, había declarado a los Gobiernos izquierdistas de Venezuela, Nicaragua y Cuba como la “troika de la tiranía”. Solo unas semanas antes, Trump había reconocido al “autoproclamado” Juan Guaidó como presidente interino del país, declarando abiertamente la intención de los Estados Unidos de “poner fin al régimen de Maduro con la fuerza militar si fuese necesario”.

Pero las manos veteranas de la política exterior en Washington y el sur de Florida también vieron las huellas dactilares de otro asesor menos conocido, con un historial de línea dura y el tipo de lengua retórica afilada, que había definido el enfoque reciente de Trump –y de Bolton– hacia América Latina. El discurso de Trump, pensaron muchos de esos expertos, sonaba como si hubiera sido escrito por Mauricio Claver-Carone.

Claver-Carone, quien se desempeña como el principal asesor de Trump para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional (NSC, inglés), es poco conocido fuera de Washington, pero tiene mala fama dentro de los círculos relacionados con América Latina en esa ciudad como un “bulldog” para la comunidad de línea dura que favorece posturas aún más extremas hacia el Gobierno de Cuba y todavía ve a la región como el frente clave para las batallas al estilo de la Guerra Fría contra amenazas comunistas.

Capacitado como abogado, Claver-Carone ha pasado la mayor parte de las últimas dos décadas como un influyente cabildero y principal antagonista de cualquiera –incluido el expresidente Barack Obama– que buscara revertir el bloqueo de casi 60 años que aún no ha logrado su declarado propósito de terminar con el Gobierno de Cuba.

Pero en la era Trump se involucró en el Gobierno, y durante los últimos 16 meses ha disfrutado de una influencia sin igual en las políticas del presidente hacia Venezuela, a tal punto que los embajadores extranjeros se han quejado en privado sobre su ascendencia en esa área.

Desde que ingresó a la Casa Blanca, el presidente Trump ha mostrado una obsesión simplista con Maduro, la cual se ha hecho mayor en medio de la crisis económica que ha provocado.

Pero la presión de Trump por una agresión chocó incluso a aquellos dentro del aparato de política exterior que durante mucho tiempo han ansiado una oportunidad para adoptar un enfoque más enérgico. “Soy un halcón en las reuniones interdepartamentales, pero en la Oficina Oval soy la paloma”, así se lamentaba un alto funcionario ante sus colegas cuando salía de las reuniones en las que Trump pedía opciones militares o políticas hacia Maduro más hostiles de lo que recomendaban sus asesores.

La visión simplista e inconsistente de Trump del mundo ha dejado desconcertados, incluso, a los más cercanos a él, preguntándose por qué un presidente tan dispuesto a hacer trizas un acuerdo negociado con Irán favorece el diálogo con Corea del Norte, o cómo un líder que apoya la necesidad de reducir los compromisos militares en Medio Oriente ha estado tan ansioso por comenzar otro en América del Sur.

Buscar coherencia en la política exterior de Trump es una misión por descubrir “algo que simplemente no está allí”, dijo Fernando Cutz, quien sirvió en el Consejo de Seguridad Nacional bajo los Gobiernos de Obama y Trump. “Va a ser país por país, artículo por artículo. E incluso así, puede que no sea consistente”.

La política exterior del presidente está, en esencia, guiada por el mismo narcisismo que impulsa su toma de decisiones sobre cualquier otro tema: Trump quiere ganar. Y en Venezuela, la coerción es su única estrategia.

Mientras otros –incluido Bolton, a quien Trump despidió en septiembre del año pasado, en parte por “contenerlo” en el tema de Venezuela– tuvieron que hacer concesiones para trabajar en ese entorno, Claver-Carone está viviendo su sueño. Tiene la oportunidad de implementar la estrategia de “máxima presión” que él y otros exponentes de la línea dura han creído por mucho tiempo que se necesita en Venezuela, el respaldo de un presidente que comparte esa visión y el mandato para garantizar que el resto del Gobierno ayude a Trump a aumentar la presión a su máximo real.

Aparentemente, aún no lo han alcanzado, incluso un año después de que la estrategia comenzara abiertamente con el reconocimiento de Guaidó.

“Si me hubieras preguntado en enero de 2017 quién es la peor persona que podría estar en ese puesto de director, habría dicho: ‘Él’, dijo Ben Rhodes a HuffPost el año pasado sobre Claver-Carone. (Rhodes había encabezado los esfuerzos de Obama para normalizar las relaciones de Estados Unidos con Cuba).

No es una visión poco común: Claver-Carone no es el tipo de entendido regional o diplomático experimentado que típicamente ha ocupado su posición en el Consejo de Seguridad Nacional, y tiene poca experiencia en cuanto a los países más grandes de América, una preocupación que casi una docena de expertos en políticas sobre América Latina o exfuncionarios del Gobierno expresaron en entrevistas con HuffPost.

Claver-Carone ha pasado su carrera centrado casi por completo en Cuba, con incursiones ocasionales en las relaciones de Estados Unidos con los Gobiernos de Venezuela y Nicaragua, a los que él y muchos otros de línea dura ven como “regímenes títeres del Gobierno cubano”.

“Es alucinante que tengamos una política determinada por estos tres países, mientras pasamos por alto a Brasil, Chile, Argentina, México”, dijo Christopher Sabatini, profesor de Asuntos Globales en la Universidad de Columbia y fundador de Global Americans, una organización sin fines de lucro centrada en los estudios sobre la región.

“Imagine tener un director de Consejo de Seguridad Nacional para Asia que no supiera nada más que de Laos. De eso estamos hablando. Tienes a Japón y las Coreas, China y Vietnam, y este tipo solo conoce a Laos. Imagine eso”.

Claver-Carone es un anticastrista de pura cepa, criado en el sur de Florida por una madre cubanoamericana. Él “se volvía loco” ante la mención de Fidel Castro, contó a USA Todayun amigo de los tiempos del bachillerato. Como estudiante en el Rollins College de Orlando, Claver-Carone se quedaba después de clase para discutir con su mentor “lo ingenua que es la gente” cuando se trataba de Cuba, informó el periódico.

Si el interés de Trump en Venezuela y Cuba es en su mayoría, y tal vez por completo, una búsqueda cínica de victoria –sobre Maduro y en la Florida (y más allá) en las elecciones de 2020–, Claver-Carone es todo lo contrario. Para él Cuba debería ocupar un lugar prominente en la agenda de cualquier presidente de los Estados Unidos. Ha dedicado su carrera a esa causa.

Después de un breve período como abogado del Departamento del Tesoro durante la Administración de George W. Bush, Claver-Carone inició una carrera como cabildero de la política hacia Cuba. Fue un momento tenso para los intereses a favor del bloqueo. La opinión pública en los Estados Unidos había comenzado a cambiar, el Congreso había dado pequeños pasos para aflojar las restricciones, y la mayor institución probloqueo en Washington se había fragmentado, dejando un vacío en el lado de línea dura.

El primer acto de Claver-Carone como director ejecutivo de Cuba Democracy Advocates –un nuevo grupo sin fines de lucro lanzado por dos ricos empresarios cubanoamericanos que querían llenar ese vacío de línea dura–, fue encargar una encuesta que midiera el apoyo de los votantes cubanoamericanos al esfuerzo de aliviar las restricciones sobre Cuba. La encuesta encontró que la mayoría de los encuestados se oponía a cualquier cambio en el enfoque de los Estados Unidos hacia la Isla.

El sondeo llamó la atención de los medios en Miami, aunque no toda esa atención fue positiva. Al notar que las preguntas de la encuesta eran excesivamente dirigidas o sesgadas, un experto en encuestas lo ridiculizó en las páginas del periódico más grande de Miami como “inútil para determinar las actitudes hacia la política cubana”.

Claver-Carone también dirigió el PAC US-Cuba Democracy (Comité de Acción Política Democracia Estados Unidos-Cuba), que durante los 2000 ha ayudado a atenuar cada impulso para aflojar el bloqueo. Entre 2004 y 2015, ese PAC recaudó más de cuatro millones de dólares e hizo contribuciones a más de 600 comités de campaña.

La primera vez que el nuevo Congreso demócrata votó sobre Cuba, en 2007, un total de 66 demócratas, incluidos varios miembros del liderazgo del partido, votaron contra un esfuerzo por debilitar el bloqueo. De ellos, 52 habían recibido donaciones del grupo de Claver-Carone.

Para 2009, 18 miembros del Congreso habían cambiado su posición sobre el embargo después de recibir dinero del PAC Democracia Estados Unidos–Cuba, según Public Campaign, una organización sin fines de lucro que abogaba por la reforma del financiamiento de campañas. Entre 2003 y 2009, los partidarios del PAC, individualmente y a través del PAC, gastó casi 11 millones de dólares en candidatos al Congreso, dijo Public Campaign.

Una tercera organización liderada por Claver-Carone, Cuba Democracy Public Advocacy Corp., recibió más de 250 000 dólares para hacer lobby en el Congreso acerca de varias iniciativas legislativas relacionadas con Cuba entre 2006 y 2016.

Los esfuerzos de Claver-Carone generaron quejas legales y éticas de Ciudadanos por la Responsabilidad y la Ética en Washington (Citizens for Responsibility and Ethics in Washington, CREW), un grupo de vigilancia liberal sin fines de lucro, que alegó en cuatro quejas de financiamiento de campañas separadas que los grupos que Claver-Carone supervisó habían violado varias leyes.

La queja más explosiva fue que las tres organizaciones que dirigió estaban inapropiadamente interconectadas. Pero incluso cuando la Comisión Federal de Elecciones expresó su preocupación por las prácticas en múltiples casos, nunca encontró a Claver-Carone o los grupos culpables de violaciones graves, y lo absolvió en el caso más grande que CREW presentó. Entonces, siguió adelante.

Barack Obama ganó Florida en 2008, a pesar de la promesa de reunirse con Raúl Castro, y mantuvo el estado cuando ganó la reelección cuatro años después. Pero Claver-Carone –que había sido anfitrión de una recaudación de fondos en 2012 en la que el nominado republicano Mitt Romney prometió que, si ganaba, “Fidel Castro finalmente será sacado de este planeta”– fue siempre una molestia para Obama cuando el presidente actuó para normalizar las relaciones con Cuba.

Junto con su cabildeo y otras actividades políticas, Claver-Carone dirigía a los cubanos de Capitol Hill, un blog ahora cerrado que durante años fue una lectura obligada para cualquiera que siguiera la política estadounidense sobre Cuba. Actualizó el blog todos los días y también operaba un servidor de listas de correo electrónico para enviar noticias a cualquiera que se inscribiera. El sitio se desconectó cuando Claver-Carone se unió a la Administración Trump. También escribió en su blog para HuffPost: en 2015 escribió que la política de Obama de “hablar por hablar” solo había “servido como una distracción útil para el mundo” mientras el Gobierno cubano fortaleció “su control político y económico sobre el pueblo y su futuro”.

Rhodes, el exasesor adjunto de Seguridad Nacional que se enfocó en los esfuerzos de la Administración de Obama en el tema Cuba, siempre estuvo atento a los boletines diarios y publicaciones en blogs de Claver-Carone. También lo hizo el resto de la Administración.

“Leía su blog y sus correos electrónicos en ráfagas porque descubrí que eran el mejor barómetro de cuál era la reacción más extrema de la línea dura a lo que estábamos haciendo”, recordó Rhodes. “Estábamos muy al tanto de él”.

“Pensé en él como una especie de troll”, dijo Rhodes.

Otros en la comunidad política cubana fueron incluso más duros en su evaluación.

“Es un lanzallamas que hace que todo sea personal y político”, dijo James Williams, director ejecutivo de Engage Cuba, una organización sin fines de lucro opuesta al bloqueo. “Si usted ve el bloqueo de los Estados Unidos como una política ineficaz, será agresivamente etiquetado por él como un cabildero del régimen”.

Para 2015, las bases locales de la política cubana habían cambiado. En la Florida, incluso, la comunidad cubanoamericana se había enfriado en torno a un enfoque duro hacia la Isla, según mostraron las encuestas . Pero la firma de cabildeo de Claver-Carone intensificó sus esfuerzos, su PAC elevó sus contribuciones a los candidatos entre 2014 y 2016, y la legislación del Congreso para levantar completamente el bloqueo nunca progresó.

Para Claver-Carone y sus aliados, las elecciones de 2016 presentaron la oportunidad de elegir a un republicano que quitara fuerza al acercamiento limitado de Obama con Cuba y aumentara la presión sobre los esfuerzos del Gobierno cubano para ejercer más influencia en todo el hemisferio, especialmente en Venezuela.

Al igual que muchos de los más altos funcionarios de la actual Administración, Claver-Carone no tenía la intención de trabajar para Trump. Al comienzo de las primarias republicanas de 2016, apoyó al senador de Florida Marco Rubio, un antiguo aliado de Capitol Hill, y a Jeb Bush, el exgobernador del estado.

Cualquiera de los candidatos, creía Claver-Carone, revertiría de inmediato los acuerdos históricos de Obama con Cuba e impulsaría el objetivo de acabar finalmente con el Gobierno de la Isla.

No era solo que Claver-Carone prefería a sus dos compañeros floridanos. Rechazaba a Trump. En su blog, denunció al favorito del Partido Republicano como alguien que “pondría en riesgo el liderazgo moral e internacional de los Estados Unidos” y lo atacó en publicaciones en Twitter. Temía que Trump, que alguna vez había explorado oportunidades de negocios potenciales en La Habana y nunca había mostrado públicamente una postura particularmente agresiva hacia Cuba, fuera un aliado poco confiable.

Sin embargo, una vez que quedó claro que Trump sería el nominado republicano, Claver-Carone se las arregló para tener el favor del candidato. Se unió a la campaña de Trump como asesor y comenzó a influir en el futuro presidente. En septiembre de 2016, Trump le dijo a una ruidosa multitud en Miami que revocaría las “concesiones” de Obama a Cuba “a menos que el régimen de Castro cumpla con nuestras demandas”.

El lenguaje de Trump “podría haber venido directamente del blog de cubanos Capitoll Hill de Claver-Carone”, observó USAToday más tarde .

Después de que Trump se convirtió en presidente, el secretario de Estado, Rex Tillerson, bloqueó a Claver-Carone, quien había trabajado en el equipo de transición, en el intento por conseguir un trabajo en el Departamento de Estado, dijeron múltiples fuentes. Claver-Carone se conformó con un puesto en el Departamento del Tesoro. Más tarde, se trasladó a la junta ejecutiva del Fondo Monetario Internacional.

Mientras tanto, algunos de los asesores iniciales de política exterior de Trump favorecieron un enfoque hacia Venezuela y Cuba de mayor confrontación que el de la Administración Obama. Pero también vacilaban en aceptar los caprichos más duros del presidente, incluidas sus sugerencias de que Estados Unidos simplemente invadiera Venezuela para eliminar a Maduro o su solicitud de que le presentaran opciones militares para hacerlo.

En cambio, Estados Unidos se centró en elaborar un enfoque diplomático que puso a una coalición de Gobiernos latinoamericanos, conocidos ahora como el Grupo de Lima, en el frente para atacar a Maduro. Y Trump, a pesar de sus promesas de campaña, solo revirtió parcialmente los esfuerzos de Obama para normalizar las relaciones con Cuba.

Sin embargo, para agosto de 2017 la Administración había comenzado a intensificar su propia campaña de presión contra Maduro con una nueva ronda de sanciones contra los principales funcionarios venezolanos, que se basó en las que Obama había impuesto. Si bien las sanciones no tuvieron el éxito inmediato que Trump había deseado, le dieron buena prensa. Muchas de las primeras movidas políticas del presidente (represión de la inmigración, una prohibición a los viajeros de varias naciones de mayoría musulmana) le habían valido reprimendas judiciales y provocaron protestas masivas. Entonces, Trump, que está obsesionado con la forma en que los medios lo siguen, disfrutó la respuesta a sus medidas contra Venezuela.

“Casi todo lo que hizo el presidente recibió críticas terribles en la prensa, excepto Venezuela”, dijo un exfuncionario de la Administración Trump. “Por la prohibición musulmana, fueron criticados. Y luego, cuando comenzaron a sancionar a los venezolanos, recibieron una prensa entusiasta. Hasta cierto punto, vieron las sanciones como el regalo que sigue llegando más allá de los esperado”.

En marzo de 2018, de repente, Trump despidió a Tillerson y al asesor de Seguridad Nacional H. R. McMaster. Su decisión de contratar a Bolton para reemplazar a McMaster provocó que varias voces más moderadas sobre Venezuela, incluidos algunos restos del Gobierno de Obama, abandonaran la Casa Blanca. Del mismo modo, asesores que habían favorecido los enfoques diplomáticos a la crisis abandonaron el Departamento de Estado justo antes o inmediatamente después de la expulsión de Tillerson. Varios meses después, Trump y Bolton instalaron a Claver-Carone como el principal asesor del Consejo Nacional de Seguridad para el hemisferio occidental.

Fue una victoria para los de la línea dura en Washington y la Florida, que se habían decepcionado por la lenta marcha inicial de Trump en la política hacia Cuba y su falta de acción contundente hacia Venezuela. Rubio, un ardiente crítico de Cuba, había reparado su relación con Trump y se había convertido en una especie de secretario de Estado en la sombra para la Casa Blanca. Luego, en mayo de 2018, Maduro ganó la reelección. Estados Unidos calificó la elección como “un insulto a la democracia” y los intransigentes creyeron que presentaba una oportunidad para una acción más agresiva contra el líder venezolano.

Trump había “sido muy lento para actuar” en sus esfuerzos por “corregir algunos (pero no todos) los errores de la Administración Obama” en Cuba y Venezuela, dijo Everett Briggs, un embajador de la era Reagan en Panamá y Honduras y una destacada figura en la comunidad de línea dura hacia Cuba. Los primeros días de la presidencia de Trump estuvieron marcados por una “lasitud general”, dijo Briggs, al asegurarse de que las posiciones claves fueran ocupadas por “personas que compartan la perspectiva del presidente”.

Claver-Carone ayudaría a solucionar esos problemas, y más. Para la multitud de línea dura, su carrera hiperenfocada en Washington fue una prueba, no de que no tenía experiencia, sino de que era justo lo que Trump necesitaba.

El 23 de enero de 2019, Guaidó se autoproclamó presidente del país, también alegando fraude en las elecciones de mayo de 2018. Estados Unidos respaldó de inmediato y oficialmente el reclamo de legitimidad de Guaidó, una medida que Bolton y Claver-Carone habían instado a Trump a tomar.

El surgimiento de simpatizantes Gobiernos de extrema derecha en Brasil y otras partes de la región también fortaleció los esfuerzos de la Administración Trump e impulsó la estrategia de máxima presión. Estados Unidos acumuló más sanciones contra funcionarios específicos de Maduro, el Gobierno venezolano en general y los pilares de la economía venezolana, incluida la compañía petrolera estatal PDVSA. La idea era simple: las sanciones obligarían a los oficiales militares leales a Maduro a romper con su Gobierno. O fomentarían un levantamiento popular contra él entre los venezolanos enojados.

Mientras tanto, un viejo enemigo de los Estados Unidos fue señalado como un culpable clave de los problemas de Venezuela: los cubanos. En su discurso en Miami en febrero de 2019, una diatriba ostensiblemente dirigida a Venezuela que pintó la lucha para derrocar a Maduro como una lucha hemisférica contra el socialismo, Trump mencionó a Cuba 18 veces.

Desde que Claver-Carone se unió al NSC, la Administración Trump no ha perdido una oportunidad para dirigir la política de Cuba hacia la derecha. Revirtió los planes de normalización de Obama el verano pasado, restableciendo la prohibición de viajar para los ciudadanos estadounidenses e imponiendo sanciones a la Isla. Incluso, bloqueó el acuerdo de la Major League Baseball con Cuba para garantizar la transferencia segura de jugadores cubanos a los Estados Unidos, e intentó sumar a la MLB a las acciones de presión a Cuba para que deje de apoyar a Maduro.

Claver-Carone no es el único responsable de elaborar la estrategia de la Administración, ni tampoco es el único funcionario de línea dura a cargo. Pocos días después de reconocer a Guaidó, Trump nombró a Elliott Abrams, el veterano diplomático neoconservador, como enviado especial del Departamento de Estado para Venezuela.

Pero muchos en la multitud de línea dura, incluidos los cercanos a la Casa Blanca, han dado crédito a Claver-Carone por la elaboración del enfoque más agresivo de la Administración. Con gran parte del equipo de política exterior de Trump, incluido el secretario de Estado, Mike Pompeo, centrado prinmariamente en otras amenazas, reales o percibidas, desde Corea del Norte e Irán, había “un vacío” en el tema América Latina que Claver-Carone ayudó a llenar, según Otto Reich, contrarrevolucionario y terrorista de origen cubano, asociado históricamente a los grupos de la extrema derecha del Partido Republicano de Estados Unidos, que sirvió como embajador en Venezuela a fines de los ochenta.

Rubio, el senador de Florida al que se le atribuye haber movido los hilos de la política latinoamericana de Trump y que ayudó a instalar a Claver-Carone en el NSC, estuvo de acuerdo con ese sentimiento en enero pasado. “Una vez que Mauricio entró, la política pasó a hiperimpulsor”, dijo a The New York Times.

Y lo que ha hecho la influencia de Claver-Carone es solo crecer en los meses posteriores al despido de Bolton. Esa influencia también es evidente para los diplomáticos extranjeros. En noviembre, el embajador de Colombia en los EE.UU. fue grabado en una cinta quejándose de que el Departamento de Estado había perdido gran parte de su capacidad para dar forma a la política latinoamericana y que “las decisiones referentes a políticas las toma ahora principalmente Claver-Carone”.

Claver-Carone “ha facilitado todos los procesos dentro de la Casa Blanca para aumentar el nivel de presión” sobre Maduro, dijo Carlos Vecchio, embajador de Guaidó en Washington. “Es uno de los aliados más importantes dentro de la Administración”.

No cabe duda de que Claver-Carone ha tenido éxito en implementar el enfoque más agresivo que tanto él como el presidente favorecen. En febrero pasado, Estados Unidos lanzó una misión humanitaria propagandística a través de la frontera colombiana con Venezuela, con el objetivo de entregar una supuesta ayuda humanitaria cuando lo que buscaban era enfrentamientos entre la oposición y el ejército, para crear el pretexto de la intervención.

El 30 de abril de 2019, Estados Unidos respaldó el fallido levantamiento militar de Guaidó contra Maduro. En agosto, la Administración Trump impuso otra ronda de sanciones a Venezuela, estableciendo casi un bloqueo total sobre el país. Un mes después, a instancias de EE.UU., varios Gobiernos de América invocaron el Tratado de Río, un pacto de defensa de la era de la Guerra Fría, para cooperar en las sanciones contra el Gobierno de Caracas. A principios de diciembre, buscaron hacer que esas sanciones fueran aún más agresivas, y Estados Unidos también ha pedido a Europa que endurezca sus sanciones. “Necesitamos aumentar el nivel de presión de la comunidad internacional”, dijo Vecchio.

Hasta ahora, la presión no ha funcionado. Guaidó puede generar algunas manifestaciones contra Maduro con un solo tuit, pero no ha sido capaz de fomentar un movimiento sostenido, gran parte de la energía detrás de sus esfuerzos para desalojar a Maduro parecen haberse esfumado.

Mientras tanto, Estados Unidos parece haber sobreestimado la disposición de funcionarios de Maduro a cambiar de bando y subestimado las complejidades de la crisis. Está claro que el control de Guaidó sobre la Asamblea en desacato se ha debilitado un año después de que su declaración de legitimidad sugiriera por primera vez que el “nuevo día de Venezuela era inminente”.

La Casa Blanca ha rechazado continuamente las afirmaciones de que Trump y otros altos funcionarios estadounidenses creían que la lucha para derrocar a Maduro sería fácil. En sus palabras, el problema es que su olla a presión aún no ha alcanzado su máximo.

Pero muchos observadores externos ven una Administración que se está quedando sin opciones, con una estrategia que no es tan estratégica. “Es la presión máxima por la presión máxima”, dijo Mark Feierstein, quien ocupó el puesto de Claver-Carone en el NSC bajo Obama, haciéndose eco de las preocupaciones que otros han tenido desde el principio. “No hay una estrategia detrás de esto”.

Los observadores de la política exterior han advertido durante mucho tiempo que la excesiva dependencia de las sanciones por parte de Estados Unidos puede haberlos dejado sin efectividad, especialmente porque su efecto primario es que lastiman a la gente común en lugar de a los líderes que buscan castigar o derrocar.

“Las sanciones de Estados Unidos son una forma muy efectiva de mostrar oprobio moral, pero históricamente no han sido una forma efectiva de lograr un cambio de régimen en otros estados”, dijo Daniel Erikson, un exfuncionario del Departamento de Estado y autor de The Cuba Wars, una mirada detallada a la política estadounidense hacia el país caribeño. “Si quieren demostrar su extremo disgusto y desconfianza hacia Venezuela y Cuba, las sanciones pueden hacerlo. Lo que no pueden hacer es producir el resultado político que desean”.

El efecto principal de las sanciones venezolanas ha sido exacerbar la crisis para los ciudadanos comunes, provocar continua escasez de alimentos y medicamentos.

Sin embargo, los funcionarios estadounidenses han rechazado recientemente la idea de que las sanciones están perjudicando a la población venezolana. La Administración que una vez enfatizó la acción rápida también comenzó a cambiar su enfoque hacia el largo plazo. Hablando de Venezuela en diciembre, Pompeo señaló que la Unión Soviética tardó más de 40 años en colapsar y que los esfuerzos de Estados Unidos no funcionaron “hasta que lo hicieron”.

“Para mí, si intentas una política y después de 60 años no funciona, no debes intentar repetir esa política”, dijo Cutz, el exfuncionario de NSC. “Podríamos fácilmente habernos metido en una caja donde, dentro de 60 años, tenemos las mismas políticas, todos preguntan por qué no nos gusta Venezuela, y nadie puede recordarlo”.

Claver-Carone y el presidente al que sirve perseveran. A principios de enero, la Administración impuso aún más restricciones a los viajes a Cuba. Pompeo dijo que Estados Unidos tomó la medida, en parte, debido al “apoyo desmedido” de Cuba a Maduro y Venezuela.

Fue una señal más de que la Administración sigue comprometida con su enfoque. El único problema que Trump y su equipo parecen ver con su estrategia de máxima presión es que el “máximo” que realmente hará el trabajo siempre está en el horizonte.

24 enero 2020

(Publicado en HuffPost/ Traducción Cubadebate)

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Manifestantes cierran las calles mientras las fuerzas de seguridad usan gases lacrimógenos durante una protesta en el centro de Bagdad, Irak.Foto Ap

La confrontación de Estados Unidos contra Irán, que lleva 41 años, se centra hoy en Irak.

EU manipuló la guerra de Irak –gobernada por el sunnita Saddam Hussein– contra Irán de 1980 a 1988 cuando abastecía de armas en forma perversa a ambas partes para que se debilitaran y así beneficiar al irredentismo de Israel.

Dejó de lado la cooperación clandestina del "Irán-Contras (1985-1987)" entre los republicanos Reagan/Oliver North y la teocracia chiíta.

La primera guerra de Daddy Bush contra Irak en 1991 fue para controlar su pletórico petróleo.

La segunda guerra de EU en 2003 contra Irak, mediante las "mentiras (sic) de destrucción masiva" de Baby Bush, derrocó al sunita Saddam Hussein y consolidó la conectividad de Irán con sus correligionarios chiítas que conforman 75 por ciento del país árabe de Irak, donde se encuentran dos sitios sagrados de la cosmogonía esotérica chiíta: su capital espiritual Najaf (donde está enterrado el Imam Alí) y Karbala (sitio del martirio de Hussein, nieto del profeta Mahoma).

Hoy la estrategia conjunta de EU e Israel (vía el cuarteto Trump/Mike Pence/Jared Kushner/Netanyahu) todavía consiste en balcanizar a Irak en tres pedazos: chiíta, sunita y kurdo (https://bit.ly/2GarcYj).

En un abordaje multidimensional, que tome en cuenta la hipercomplejidad no-lineal con los multiniveles del "Gran Medio Oriente", en general, y de Irak, en particular, el asesinato del icónico general iraní Soleimani en Bagdad expuso en un nivel transcendental el macabro plan de Trump y el "evangelista sionista" Mike Pompeo (https://bit.ly/2uoJ5zS) de controlar el pletórico petróleo de Irak e impedir su venta a China, además de descarrilar la Ruta de la Seda.

Soleimani –quien pasará a la historia por haber contribuido a la derrota de los yihadistas sunitas en Siria/Líbano y, sobre todo, en la región kurda de Irak– tuvo una etapa de colaboración con el ejército de EU, durante la fase de Obama, lo cual finiquitó Trump en forma dramática.

Después de 17 años de ocupación ininterrumpida bajo todos los pretextos del mundo, hoy Trump en forma desvergonzada reclama 50 por ciento (¡mega-súper-sic!) de los ingresos del petróleo de Irak como compensación a su ocupación(https://bit.ly/2NQ3JjA).

Los ingresos de petróleo de Irak, segundo productor de la OPEP, arrojó 112 mil millones de dólares en 2019.

Hoy Irak se encuentra el borde del colapso bajo la amenaza de las sanciones de Trump y del bloqueo a sus cuentas abiertas por el Banco Central de Irak en la Federal Reserve Bank en Nueva York, donde Bagdad guarda sus ingresos vigilados de petróleo que conforman 90 por ciento de su presupuesto nacional (https://bit.ly/3avRkuN) –en represalias por la exigencia del Parlamento iraquí de expulsar a 5 mil 200 soldados de EU.

Pero, ¿A quién se le ocurre depositar cuentas estatales en el Federal Reserve Bank de Nueva York?

Las sanciones financieras y el secuestro de los depósitos ajenos están resultando en manos de Trump un arma tan deletérea como sus bombas nucleares.

Las confesiones del saliente primer mnistro iraquí, Adil Abdul-Mahdi, exponen el diseño de Trump en el "Gran Medio-Oriente" y su doble trampa para asesinar a Soleimani (https://bit.ly/2TJzWN9).

Trump y Mike Pence no perdonaron la visita del primer ministro iraquí, Adil Abdul-Mahdi, a Pekín del 19 al 23 de septiembre de 2019, donde se ve radiante el mandarín Xi (https://bit.ly/36ky28x) –tres meses antes del asesinato de Soleimani quien acudió a Bagdad en una misión de paz (https://dailym.ai/2TJYHsE).

Bajo el creativo esquema "Petróleo por Reconstrucción", Irak exportaría 100 mil barriles diarios a China, que a cambio se haría cargo de su reconstrucción y, de paso, conectaría al desahuciado Irak a la mirífica Ruta de la Seda (https://bit.ly/37hvxVt).

Una semana antes del asesinato de Soleimani ocurrieron los ejercicios militares de Rusia, China e Irán en el golfo de Omán/océano Índico (https://bit.ly/36heyRQ).

El asesinato del icónico Soleimani, más que dañar a Irán, que ahora restaña sus heridas, perjudicó sobre todo a Irak e intenta poner en jaque a China y a Rusia quienes no se quedarán con los brazos cruzados.

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Los psicólogos James E. Mitchell (I) y John 'Bruce' Jessen (D) durante su declaración a puerta cerrada en la demanda interpuesta por tres detenidos acusados de terrorismo. ACLU

- James E. Mitchell y John 'Bruce' Jessen declaran como testigos en el juicio contra los cinco principales acusados de llevar a cabo los atentados del 11 de septiembre

- Los psicólogos fueron fichados por la CIA por su experiencia en la escuela de Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape de la Fuerza Aérea de EEUU, encargada de entrenar a soldados para resistir torturas en caso de caer presos

- Primero recibían hasta 1.800 dólares al día por aplicar su programa de torturas y después formaron una empresa que recibió 81 millones de dólares de la CIA

 

La teoría de la "indefensión aprendida" sostiene que se puede romper la voluntad de una persona sometiéndola a acontecimientos incontrolables y adversos. En esta teoría se basaron los psicólogos James E. Mitchell y John 'Bruce' Jessen para diseñar el programa de torturas de EEUU. La CIA los fichó por su experiencia en el ejército de EEUU entrenando a militares a soportar todo tipo de abusos en caso de caer en manos enemigas.

18 años después de su trabajo para la CIA, Mitchell y Jessen han declarado este martes como testigos por primera vez en un juicio abierto. Se trata de las audiencias previas en el juicio de los atentados del 11-S contra los cinco principales detenidos en este caso.

Los dos psicólogos que diseñaron el programa de torturas de EEUU en el marco de la guerra contra el terrorismo han sido convocados por los abogados de la defensa, que quieren que se invaliden las declaraciones de sus clientes por considerar que se obtuvieron de forma ilegal.

"Es muy importante porque estos dos psicólogos nunca han testificado en un tribunal abierto antes y lo van a hacer en condiciones adversas e interrogados por los abogados de la defensa", señala Julia Hall, experta de Amnistía Internacional en terrorismo.

Hall está siguiendo las sesiones desde 'la galería' del tribunal de Guantánamo, donde un triple cristal le separa de la sala principal y donde el sonido llega a través de un altavoz con 45 segundos de retraso para que en caso de que alguien revele información clasificada, las autoridades puedan activar una alarma y no escuchen secretos que no deben.

Psicólogos militares

Antes de trabajar para la CIA, Jessen y Mitchell trabajaban como psicólogos e instructores en la escuela de Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape de la Fuerza Aérea de EEUU (SERE, por sus siglas en inglés). SERE se creó al final de la guerra de Corea con el fin de entrenar a sus soldados para soportar técnicas de abuso si caían prisioneros. Tras la guerra de Vietnam, el programa de entrenamiento extremo se expandió al resto del ejército.

En diciembre de 2001 escribieron un análisis sobre el conocido como 'Manual de Manchester' de Al Qaeda y lo enviaron a la cúpula de SERE. El manual enseña a los terroristas a mentir en los interrogatorios. El texto de los psicólogos circuló por las más altas esferas hasta que finalmente recibieron el encargo de la CIA de desarrollar un programa de 'técnicas de interrogatorio reforzado' para sacar información a los detenidos acusados de terrorismo.

Los psicólogos entonces invirtieron su dinámica de trabajo habitual: de entrenar a soldados para soportar torturas, a diseñar torturas que puedan hacer cantar a los soldados enemigos. "Mitchell se sentó al teclado y juntos escribimos nuestra lista", afirmó Jessen en un testimonio a puerta cerrada por una demanda civil interpuesta por tres personas que fueron torturadas.

Su trabajo se basó en la teoría de la "indefensión aprendida", la cual sostiene que se puede romper la voluntad de los detenidos hasta convertirlos en pasivos y depresivos con acontecimientos incontrolables y adversos. En esa infame lista se incluía el ahogamiento simulado, encerrar al detenido en pequeños cubículos, privación de sueño, golpear al detenido contra la pared, etc.

Aún así, tal y como señala el informe del Senado de 2014 sobre el programa de torturas, "ningún psicólogo tenía experiencia como interrogador ni conocimientos especializados en Al Qaeda, en antiterrorismo ni ninguna experiencia cultural o lingüística relevante". Aun así, los psicólogos adquirieron un enorme poder en el programa de interrogatorios que va mucho más allá de su simple planificación.

Mitchell y Jessen llegaron incluso a llevar a cabo personalmente algunos de esos interrogatorios sobre detenidos del más alto nivel. También analizaron si el estado psicológico de los detenidos permitía continuar aplicando su programa y evaluaron su efectividad.

Jessen y Mitchell recibían hasta 1.800 dólares al día por aplicar su programa, cuatro veces más que los interrogadores que no podían usar las 'técnicas de interrogatorio reforzado', según señala el informe del Senado. En 2005, Jessen y Mitchell crearon la empresa 'Jessen, Mitchell y Asociados', constituida específicamente para continuar con el programa que ellos mismos habían diseñado y que la CIA había decidido subcontratar. El valor del contrato entre la empresa de los psicólogos y la CIA superaba los 180 millones de dólares. Cuando se anuló el contrato en 2009, los contratistas habían recibido 81 millones. El contrato incluía una cobertura de hasta cinco millones de dólares para hacer frente a costes legales que pudieran surgir de posibles demandas contra los psicólogos por su trabajo.

Desde entonces, Jessen ha mantenido un perfil bajo y no ha hecho declaraciones a medios de comunicación. Mitchell, sin embargo, se ha convertido en un asiduo comentarista de Fox News, ha dado entrevistas defendiendo su trabajo e incluso ha publicado un libro con sus memorias sobre todo el asunto (Interrogatorio reforzado: dentro de las mentes y las motivaciones de los terroristas islamistas que están intentando destruir América).

"Es mucho más complicado que la narrativa que circula por ahí de que me presenté en la CIA, llamé a la puerta y dije: dejadme entrar, quiero torturar a gente y puedo enseñaros cómo", afirmó Mitchell en una entrevista con The Guardian para intentar desmentir las conclusiones de la investigación del Senado.

En la entrevista cuenta que aunque el informe destaca su falta de experiencia, ha pasado parte de su carrera estudiando la mentalidad de los terroristas cuando trabajaba como especialista en desactivación de bombas, después como negociador en secuestros y también en la escuela de supervivencia del ejército del aire. Mitchell señala que fue destinado al Mando de Operaciones Especiales del Ejército del Aire en Fort Bragg para "desarrollar un protocolo para evaluar perfiles de criminales de guerra y de gente que probablemente hiciera cosas con multitud de bajas".

Mitchell insiste en que el programa de 'interrogatorio reforzado' funcionó, aunque el Senado en sus conclusiones no opinaba lo mismo. "Estoy seguro que hay gente que piensa que si EEUU reconoce que la coerción funcionó, hay una probabilidad mayor de que la gente use la coerción contra nuestra gente. En el cuento de hadas en el que viven, todo lo que tienes que hacer es darle a alguien un té y una galleta y todo irá bien".

El caso Zubaydah

Abu Zubaydah fue el primer conejillo de indias sobre el que los psicólogos aplicaron su programa de torturas. El Gobierno afirmaba que era uno de los más importantes dirigentes de Al Qaeda, pero después reconoció que se había equivocado (era peligroso, pero no formaba parte de la cúpula de Al Qaeda). Zubaydah fue sometido 83 veces a ahogamientos simulados, sufrió privación de sueño, le pusieron música a todo volumen, le quitaron la ropa…

Aunque Zubaydah nunca dio la información para la cual se habían justificado las torturas, tal y como señala el informe del Senado, los dos psicólogos dijeron que había tenido éxito y que se debería utilizar como "modelo" sobre otros detenidos no porque las 'técnicas de interrogatorio reforzado' produjesen información útil, sino porque su uso confirmaba que Abu Zubaydah no tenía la información que la CIA pensaba que tenía.

"Nuestro objetivo era llegar a la fase en la que hubiésemos roto su voluntad o habilidad a resistirse o negarse a darnos información. Buscamos llevar al sujeto al punto en el que evaluamos con seguridad que no tiene información o inteligencia que pueda prevenir un ataque terrorista", afirmaron los psicólogos en un documento.

Prohibido citar libros

La declaración de los psicólogos en la audiencia de Guantánamo se rige por unas normas muy estrictas en las que ni siquiera la defensa tiene permitido citar libros en los que se hable del programa de torturas –aunque hayan pasado por el filtro de la CIA para su publicación–.

Uno de esos libros podría ser el del exagente del FBI Ali Soufan, que en el libro'The black banners' (Las banderas negras) relata un fuerte enfrentamiento con Mitchell (a quien se refiere con el pseudónimo Boris) en el interrogatorio a Zubaydah en una cárcel secreta de la CIA. Soufan dedica todo un capítulo a criticar su intromisión en los interrogatorios y sus tácticas. El exagente del FBI cuenta que Mitchell y sus hombres no consiguieron ninguna información adicional a la que había conseguido él previamente y Soufan acabó abandonando el interrogatorio y volviendo a EEUU tras su enfrentamiento con 'Boris'.

Lo siguiente es un diálogo entre Mitchell y Soufan tal y como lo describe el exagente en su libro:

— La gente como Abu Zubaydah está preparada para morir por su casa. Está preparada para volarse por los aires.

— Esto es ciencia.

— ¿Has interrogado antes a algún terrorista islamista?

— No.

— ¿Has hecho alguna vez un interrogatorio?

— No.

Mitchell le respondió en la entrevista con The Guardian: "Se te pide que creas que él estaba consiguiendo toda esta buena información y que la CIA dijo: 'Bueno, no importa. No nos interesa esa información. No nos interesa la verdad. Vamos a hacer esto otro'".

En un momento determinado, ambos psicólogos abogaron por dejar de practicar el ahogamiento simulado, pero la CIA no quiso. "Me decían constantemente que iba a explotar una bomba atómica en EEUU y como les dije que parasen, iba a ser mi culpa", afirmó Jessen. Mitchell confirmó lo sucedido y aseguró que les llamaron "maricones". "Va a haber otro ataque y tendréis las manos manchadas de sangre de civiles muertos", cuentan que les dijeron.

Los "equipos limpios"

Cuando Khalid Shaikh Mohammed (KSM) fue trasladado a Guantánamo en 2006 ya había hablado en interrogatorios de la CIA realizados durante sus tres años y medio de reclusión en una cárcel secreta y bajo torturas.

Esas declaraciones, por tanto, no se podían utilizar en el juicio. Entonces el Gobierno mando "equipos limpios" del FBI para interrogar de nuevo a KSM y el resto de acusados. El objetivo de la defensa al llamar a declarar a los dos psicólogos es desestimar también las declaraciones obtenidas por esos "equipos limpios". Los abogados de los acusados quieren demostrar que el FBI también estuvo implicado en las torturas y sostienen que las declaraciones obtenidas bajo tortura no se pueden separar de las que se obtuvieron sin ella.

En 2018, el juez prohibió el uso de los interrogatorios del FBI realizados en Guantánamo, los cuales la Fiscalía considera "la prueba más crítica en este caso". El nuevo juez del caso está estudiando ahora la reincorporación de esas pruebas. La actual sesión previa en la que participan Mitchell y Jessen se extenderá hasta el 1 de febrero, según afirma Amnistía Internacional.

 

Por Javier Biosca Azcoiti

21/01/2020 - 21:17h

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Francia congelará la ‘tasa Google’ para evitar las sanciones de Trump

París se prepara para anunciar el miércoles en Davos que aplaza el pago del impuesto hasta diciembre si EE UU se compromete a no imponer nuevos aranceles

 

Nadie entierra aún el hacha de guerra, pero la idea es no agitarla demasiado y dejar así espacio para encontrar una solución en la larga batalla por la tasa Google que tiene de uñas a París y Washington. En un gesto conciliador, Francia ha ofrecido aplazar el cobro en 2020 del impuesto que aprobó el año pasado para las grandes compañías digitales extranjeras que operan en su territorio. A cambio, Estados Unidos estaría dispuesto a no imponer nuevos aranceles a productos franceses. La idea, que de aprobarse será anunciada el miércoles en el foro económico de Davos, es dar tiempo a que se logre pactar un impuesto internacional que debe proponer la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) este mismo año.

“Es una posibilidad sobre la mesa de negociaciones”, confirmó a EL PAÍS una fuente francesa próxima a las negociaciones. La idea, explicó, es “posponer” los pagos de la tasa —los cobros se realizan en abril y noviembre— hasta diciembre, “para permitir hallar un acuerdo en el marco de la OCDE”, que siempre ha sido el objetivo declarado de París. Los contactos en los últimos días han sido “muy regulares” entre los equipos negociadores de Washington y París, pero las conversaciones son “complejas”, admitió.

Francia aprobó en 2019 un gravamen de cerca del 3% del volumen de negocios de las compañías tecnológicas en el país que obtengan ingresos anuales de al menos 750 millones de euros (unos 830 millones de dólares) en sus actividades digitales mundiales. El primer cobro se realizó en noviembre, pero si se acepta la propuesta de París, podría también ser el último. Francia, que niega tajantemente la acusación de Washington de que se trata de un impuesto para sancionar a empresas norteamericanas, se ha manifestado desde el principio dispuesta a acabar con su tasa Google si se acuerda un tipo de pago de forma internacional, tarea que ha sido encargada a la OCDE. Francia está dispuesta, incluso, a reembolsar a las plataformas afectadas la diferencia entre la tasa cobrada y la que se llegue a fijar.

A cambio de la congelación de los cobros, Estados Unidos no hará realidad su amenaza de imponer un arancel de hasta el 100% a productos franceses importados, como el vino, por valor de 2.400 millones de dólares (unos 2.200 millones de euros).

Que había aires de acuerdo lo dejó caer ya el presidente francés, Emmanuel Macron, la noche del lunes, cuando anunció por Twitter que había mantenido el domingo una “excelente” conversación con el estadounidense Donald Trump sobre la tasa Google (que en Francia llaman GAFA, por las siglas de las principales plataformas digitales: Google, Amazon, Facebook y Apple). “Gran conversación con Donald Trump sobre la tasa digital. Trabajaremos juntos en un buen acuerdo para evitar la escalada de los aranceles”, escribió Macron. "¡Excelente!", respondió el presidente estadounidense.

Los principales negociadores del acuerdo, el ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, el secretario norteamericano del Tesoro, Steven Mnuchin, y el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, se reunirán este miércoles en Davos.

En un evento como el Foro de Davos, dominado por las firmas estadounidenses y por el sector tecnológico, la tasa Google ocupa los primeros puestos de la agenda. La decisión de Francia de aplazar hasta diciembre su aplicación fue recibida con alivio, no solo por las empresas afectadas sino porque la decisión evita una nueva escalada comercial y un agravamiento de las tensiones entre EE UU y la Unión Europea.

Alivio en Davos

“Si es cierto que ocurre, es una buena noticia. La OCDE necesita más tiempo para articular una propuesta respecto a una tasa digital que sea aceptable para todos. Eso evitará que EE UU imponga sanciones por 2.400 millones de dólares a Francia y que eso desate una nueva escalada comercial”, sostiene Chad Brown, experto en comercio del Instituto Peterson en Washington. A su lado, el secretario general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Roberto Azevedo, advertía: “Esto no va a quedar aquí, a esta cuestión le queda mucho recorrido”.

Trump mantuvo ayer un encuentro con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que expresó su deseo de trabajar con el presidente de EE UU. “Estoy convencida de que podemos comprometernos con una agenda positiva en el ámbito comercial, pero también en tecnología, energía y muchos otros ámbitos”, declaró en un comunicado tras el encuentro. "Llevamos trabajando un tiempo en ello y esperemos que podamos conseguir algo importante. Un acuerdo con Europa es algo que todos queremos conseguir", apuntaba el mandatario estadounidense. Poco después, Trump agradecía la decisión a su homólogo francés, Emmanuel Macron: “Estados Unidos está muy contento con el resultado y agradecemos mucho lo que ha hecho el presidente Macron”.

La encuesta de PwC a directivos publicada el lunes revela la elevada preocupación entre los ejecutivos ante el aparentemente inevitable fin del actual modelo de desarrollo tecnológico. La mayoría de directivos encuestados auguran que se empezarán a regular tanto el contenido como la estructura de la Red, la ruptura de las grandes compañías para reducir su poder y el establecimiento de algún tipo de compensación por el uso de los datos personales. “Si la economía global quiere poner en marcha las expectativas generadas por la cuarta revolución industrial, hará falta mayor coordinación en todos estos temas”, concluye el informe de la consultora.

París / Davos (Suiza) 21 ENE 2020 - 13:04 COT

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Guaidó y Pompeo se reunieron en Bogotá  en el marco de una conferencia regional sobre lucha contra el terrorismo.  Imagen: EFE

Pompeo dijo que su país continúa la estrategia contra el gobierno de Maduro

El opositor venezolano fue reacio a ahondar en las solicitudes de ayuda que le realizó al Secretario de Estado estadounidense en Bogotá. 

 

El jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, anticipó este lunes que su país emprenderá "más acciones" en apoyo al opositor Juan Guaidó y su lucha para sacar a Nicolás Maduro del poder en Venezuela.

Al término de un encuentro en Bogotá con el líder opositor, Pompeo aseguró que se deben esperar "más acciones de Estados Unidos para continuar apoyando al presidente Guaidó y al pueblo venezolano".

Aunque evitó hablar de sanciones puntuales -que se sumarían a los castigos vigentes, incluido un embargo petrolero-, el secretario de Estado agregó que Washington no "ha terminado" en su estrategia contra el gobierno chavista.

"El trabajo que hemos realizado en los últimos meses nos ha traído al lugar en el que nos encontramos hoy", dijo, enfatizando en que hay una "oportunidad real" de que Maduro deje el poder.

Pompeo y Guaidó se reunieron durante cerca de una hora y 45 minutos en el marco de una conferencia regional sobre lucha contra el terrorismo presidida por el presidente colombiano, Iván Duque, en Bogotá. 

Además de denunciar presuntos apoyos de Caracas a rebeldes colombianos del ELN, disidencias de las FARC y milicias chiitas de Hezbolá, el parlamentario venezolano volvió a dejar sobre la mesa "la polémica opción del apoyo militar" para sacar a Maduro del poder. "Es una opción que ha estado contemplada. ¿Cuál privilegiamos o cuál quisiéramos? Elección realmente libre con arbitro creíble", señaló.

Durante meses el gobierno de Donald Trump dijo que ninguna opción estaba descartada en el caso venezolano, entre ellas la intervención militar, aunque recientemente se distanció de esa alternativa.

Guaidó fue reacio a ahondar en las solicitudes de ayuda que le realizó a Pompeo: "Hay elementos de Estado que no voy a revelar, por supuesto aumentar la presión, el acompañamiento, todo lo que tiene que ver con el tema migratorio, no permitir el contrabando de oro de Venezuela, catalogado como oro de sangre, otras cosas".

Estados Unidos encabeza la lista de los países que reconocen al dirigente opositor como presidente interino, tras denunciar el fraude de la reelección de Maduro en 2018.

Desde que Maduro asumió la presidencia por primera vez en 2013, Venezuela, que posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, ha sufrido una aguda contracción de su economía.

La honda crisis financiera desencadenó el exilio de 4,6 millones de venezolanos en los últimos años, de los cuales 1,6 millones de migrantes están en Colombia.

A pesar de la crisis de los intentos desestabilizadores de la derecha venezolana apoyada por Washington, y de las sanciones estadounidenses,  Maduro sigue en el poder respaldado por las fuerzas de seguridad, así como por Cuba, Rusia y China.

Estados Unidos y la Unión Europea mantienen firme su respaldo a Guaidó, pese a un desplome de su popularidad. Y pese a que hubo una división en la oposición venezolana: Luis Parra asumió la presidencia de la Asamblea Nacional. 

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Lunes, 20 Enero 2020 06:03

Escuchar al perpetrador

Escuchar al perpetrador

Con la académica mexicana Karina García.

Conversó con 33 hombres que integraron las principales organizaciones criminales de su país, entre ellos sicarios y secuestradores, para intentar saber cómo se gesta la violencia del narco y cómo la piensan sus miembros. Para García, escuchar y analizar sus voces permite entender por qué fracasa la “guerra contra el narcotráfico”.

Karina G García es doctora en Ciencia Política y docente de la Escuela de Sociología, Política y Relaciones Internacionales y del departamento de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bristol. Su tesis doctoral Pobreza, género y violencia en las narrativas de 33 ex narcos: entendiendo la violencia del tráfico de drogas en México ganó el premio a la mejor tesis de la Facultad de Ciencias Sociales y Leyes para el período 2018-2019 de esa universidad británica. En su trabajo, García entrevistó a 33 hombres que habían integrado algunos de los carteles y organizaciones delictivas mexicanas y que en ese momento asistían al centro de rehabilitación de la organización Cristo Vive, ubicado en el estado de Coahuila, en el norte de México. El texto indaga sobre las razones y las formas que, para estos hombres, adquiere la violencia y propone la adopción de enfoques distintos a la militarización a la hora de combatirla. Su trabajo académico1 hoy está dando la vuelta al mundo gracias a un resumen publicado en el sitio web del Centro de Investigación Periodística bajo el título “Por qué fracasa la ‘guerra contra el narcotráfico’” (Ciper, 3-I-20). Brecha conversó con García para saber más sobre sus hallazgos.

—En tu tesis identificás cuatro “dimensiones” de la violencia relacionadas con el narcotráfico. La primera de ellas tiene que ver con la violencia entendida como un oficio que se aprende y se perfecciona, pero también como un negocio. ¿Cómo explicás este enfoque?

—Creo que muchas veces nos enfrascamos en este discurso que viene de Estados Unidos, de esta guerra abstracta contra las drogas –se habla en abstracto de las “drogas” y en abstracto de los “carteles”–, sin pensar o entender realmente los diferentes tipos de violencia que existen. Muchos de mis entrevistados me explicaban que tenían un calendario establecido de a quién levantar2, a quién torturar, cómo torturarlo, cuánto tiempo torturarlo, a quién desaparecer, cómo desaparecerlo… Todo esto se sistematizaba. Esa lógica, de cualquier tipo de violencia como negocio, es la que creo que se sigue reproduciendo en algunos niños y jóvenes.

¿Cómo es posible que haya niños y jóvenes dispuestos a ganarse la vida a través de torturas, asesinatos, secuestros? Para mí eso se ha explorado poco. Es difícil, es complejo, pero para poder diseñar políticas de seguridad efectivas hay que entender cómo llega ese individuo a considerar la realización, no ya de una actividad ilegal como el tráfico de drogas, sino de estos actos violentos.

—En tu trabajo citás la idea del “capitalismo gore”, esta exacerbación del modelo económico neoliberal que, en contextos de pobreza, genera violencia extrema y da lugar a un emprendedor criminal que progresa dentro de la estructura del cartel.

—Definitivamente. Ligado al discurso sobre la pobreza que encontré –los hombres que entrevisté veían el mundo como un lugar hostil, la pobreza como una condición fija e inevitable–, los entrevistados se consideraban a sí mismos como personas desechables, sin futuro por delante. La única manera que veían para disfrutar su juventud, o los años que les quedaban de vida –porque asumían que iban a morir jóvenes–, era insertarse en la sociedad de consumo orientada al dinero. Entonces se preguntaban, ¿cuál es la manera real que tengo de insertarme en esta lógica? Bueno, es a través del narcotráfico, y uno de los trabajos que más paga ahí es el que involucra la violencia: torturar, secuestrar y desaparecer cuerpos.

—La segunda dimensión de la que hablás es la de la violencia como parte de las reglas del juego.

—En mi tesis cito algo que me dijo uno de mis entrevistados, algo que a mí me quedó muy grabado. Él era sicario, pero su trabajo también era torturar y desaparecer cuerpos. Cuando me estaba contando los detalles más sádicos de cómo torturaba a sus víctimas, yo trataba de justificarlo de alguna manera. Entonces le decía: “Bueno, pero tú estabas bajo el influjo de las drogas para hacer esto”, y él me decía: “No”. Y yo: “Bueno, pero era la parte de tu trabajo que casi no te gustaba”, y él: “No, era parte de mi trabajo”. Creo que él se dio cuenta de que yo trataba de justificarlo con mi propia lógica y me contestó con una pregunta: “¿Tú cuestionarías a un carnicero por matar cerdos o gallinas?” Para él, su lógica es “este es mi trabajo, punto, no lo cuestiono, así es”. Para mucha gente esto es incomprensible, pero cuando se observa esa lógica a través de sus historias de vida, a través de las experiencias que estos hombres han tenido, es mucho más entendible; no justificable, pero sí mucho más entendible. Estas personas no llegan a descuartizar o decapitar personas de la nada; nacen y crecen rodeados de muchísima violencia, de diferentes tipos de violencia: doméstica, de género, de pandillas; rodeados de mucha inseguridad, y aprendieron desde muy pequeños que la violencia es la única manera, no solamente de sobrevivir, literalmente, sino de ser respetados. Ser respetados en este contexto significa no ser molestados, no tener que defender su integridad física día a día. Cuando hablamos de la violencia del narcotráfico, para ellos tenía sentido porque esa lógica ya la tenían desde niños y jóvenes, porque impera en los barrios pobres, con las pandillas juveniles. La frase que más me decían era: “Cada quién se rasca con sus propias uñas”. Esa experiencia se traslada a su trabajo ya como narcotraficantes. Obviamente, en el narcotráfico los niveles de violencia y su sistematización son mucho mayores, pero esa lógica la mayoría de los entrevistados ya la traían desde niños.

—También hacés mención a una tercera perspectiva, que es la de la violencia como un divertimento. Algo que va en paralelo; por un lado, ellos lo viven como un trabajo, pero, al mismo tiempo, algunos te dicen que prácticamente se vuelven adictos a matar.

—Esa es otra dimensión de la violencia que se tiene que atacar, y, de nuevo, está ligada a sus experiencias de vida. Tener este control sobre la vida de otra persona los hace sentirse poderosos. Efectivamente, algunos confesaron que la violencia para ellos era como un hobby, un pasatiempo; mencionaban mucho la palabra “adrenalina”, decían que les daba mucha adrenalina todo este proceso de levantar a las personas, escuchar cómo sufrían. Es escalofriante, pero así era. ¿Por qué? Regreso a esta autodefinición de ellos mismos como personas desechables. Realmente creían que no había otra forma de ser respetados, que no había posibilidad de sobresalir en otro campo. Esto es muy importante, porque no se metieron al narcotráfico sólo por el dinero, sino también por el respeto; la dignidad que no tenían antes la obtenían a través del miedo y del dominio sobre la vida de otras personas.

—Por un lado, viven la violencia como un hobby, por otro, lo entienden como parte de las reglas del juego o como un negocio. Pero también muchos te dicen que pensaron repetidamente en suicidarse. ¿Cómo entendés vos esto? ¿Por qué tienen esa idea en la cabeza?

—Lo más importante, desde mi punto de vista, es que su vida diaria, desde muy pequeños, es en verdad insoportable. Desde que tienen uso de razón están rodeados de violencia. Muchos de los entrevistados contaban que sus padres eran extremadamente violentos. Imagínate crecer con ese miedo, con tanta inseguridad. En el núcleo familiar, que es donde se supone que te dan el apoyo para que salgas adelante, es donde menos apoyo tenían. No hay felicidad. Ese es otro punto muy importante; su único escape –y por eso ingresaron a las pandillas y empezaron a utilizar drogas desde muy pequeños– era drogarse y evadir la realidad. Esto va aunado a esta idea de que ya se sabe cómo van a terminar las cosas: asumen desde muy chiquitos, seis, siete, ocho años, que van a morir, ya sea de una sobredosis –porque la drogadicción es la manera en que la mayoría de los niños y jóvenes de sus entornos lidian con esa realidad tan cruda–, o en alguna riña callejera, o bien en alguna balacera. Esto se asume. Así como otras personas, en otros contextos, cuando crecen, asumen que van a estudiar una carrera, formar una familia. ¿Por qué? Porque es lo que les rodea. Ese día a día para mí es muy importante para entender cómo y por qué ellos se sienten desechables. Contestando a tu pregunta, morir es un alivio, porque ya no se tiene que lidiar con eso, con el sufrimiento que arrastran desde su niñez por el abuso de los padres y por esa falta de propósito, esa falta de dignidad. Aun en el narcotráfico –y esto me pareció muy interesante–, por más que intentaron, no lograron sentirse felices. Terminaron de una u otra manera como drogadictos, en las calles, muchas veces como vagabundos; muchos perseguidos por los carteles, en condiciones casi infrahumanas. Así es como llegaron al centro de rehabilitación.

—La cuarta perspectiva es la del “culto a la muerte”, el ritual. La violencia vista casi como un deber ante una entidad superior. ¿Cómo encaja esto con todas las dimensiones anteriores que planteás?

—Hay muy poca investigación al respecto, al menos en México, ya sea académica o periodística, pero, al parecer, por lo que vi en mis entrevistas, eso era una constante. Creo que es algo que todavía se hace en el cartel de Los Zetas, que de una u otra manera obligaba a sus integrantes a ser parte de este “culto a la muerte”. Para protegerse, no tanto para tener una vida digna, sino para tener una muerte digna, hacían este ritual con ofrendas, en el que ofrecían vidas a la santa Muerte. Las víctimas, muchas veces, eran personas inocentes, niños, jóvenes de la calle.

—Una de estas personas te contó que mató a un amigo porque se lo pidió la santa Muerte.

—Ellos creían firmemente que existe esta entidad, digamos, sobrenatural. Obviamente hay que contextualizar estas narrativas, porque durante su experiencia en el narco estas personas estaban bajo el influjo de varias drogas. Lo que dicen es que escuchaban una voz; esta persona dice: “No me acordaba, no sabía que lo había matado; me comentaron que, de la nada, agarré una pistola y le disparé”, y al que le disparó era uno de sus mejores amigos. Eso me llamó mucho la atención, porque ellos no se excusaron por su violencia de ninguna manera, y por eso es que hice esta identificación de los tipos de violencia: como negocio, como reglas de juego, como hobby. Pero cuando se trataba del culto a la santa Muerte, ahí sí se veían como indefensos, no podían cuestionar a la santa Muerte; tenían que hacer lo que les pedía. Esos rituales involucraban cuestiones muy sádicas. No tengo más información al respecto, los participantes que pertenecían a estos carteles fueron los que me comentaron más. Pero, insisto, creo que se tiene que hacer más investigación sobre este tema, sobre todo en el contexto de desapariciones que tenemos actualmente en México, que es un problema gravísimo.

—En tu trabajo hacés referencia a la Guardia Nacional (GN) creada el año pasado por el presidente, Andrés Manuel López Obrador. No terminás de verla como algo positivo o que pueda colaborar a solucionar el problema.

—Entiendo la idea detrás de la creación de este nuevo cuerpo policíaco. Entiendo la preocupación del nuevo gobierno, porque efectivamente existe mucha evidencia sólida de que había mucha corrupción en la Policía Federal, y ni se diga en las policías estatales y locales. Entiendo y, de cierta manera, apoyo esa iniciativa, pero se tendría que haber complementado con otras estrategias en paralelo. Hasta donde yo puedo ver, la GN no ha ayudado a disminuir la violencia, que incluso se ha incrementado; 2019 fue uno de los años más violentos en México.

Habrá que preguntarle al gobierno cuál es la estrategia. Para mí esa es la pregunta principal que hasta ahora no ha sido respondida por el presidente. ¿Qué se espera obtener? ¿Cómo esta nueva corporación ayuda a prevenir y disminuir la violencia del narcotráfico? Lo que yo trato de resaltar en el artículo es simple y sencillamente la importancia de la prevención, actuar más bien a través de políticas locales, de programas que ataquen los problemas de raíz. Hay que repensar las estrategias y, para poder repensarlas y que sean efectivas, hay que escuchar también a los perpetradores, y basados en esas experiencias empezar a diseñar nuevas políticas públicas.

  1.   Publicado originalmente en inglés como Poverty, gender and violence in the narratives of former narcos en www.bristol.ac.uk
  2.            En la jerga de los carteles, “levantar” refiere al secuestro de una persona.

Rafael Rey

17 enero, 2020

Publicado enSociedad
El FBI , el Departamento de Seguridad Nacional y la Policía local tienen licencias de la alpicación Clearview. EFE

'Clearview', es una aplicación de reconocimiento facial que hace posible recuperar, de forma inmediata, centenares de imágenes públicas de una persona junto a los enlaces de los sitios web en los que aparecieron. 

Más de 600 agencias y cuerpos del orden en Estados Unidos han comenzado a utilizar durante el pasado año una nueva aplicación de reconocimiento facial que permite identificar inmediatamente a casi cualquier persona, informó este sábado The New York Times.

La aplicación, Clearview, utiliza para ello una base de datos con más de 3.000 millones de imágenes recopiladas de Facebook, Instagram YouTube y multitud de webs. Gigantes de internet como Google han evitado hasta ahora ofrecer este tipo de tecnología por los enormes problemas de privacidad que plantea, según recuerda el Times. Mientras, sin despertar mucha atención y en medio de un gran secretismo, Clearview la ha desarrollado y ha comenzado a comercializarla, principalmente entre cuerpos de Policía, aunque también ha vendido licencias a algunas compañías para fines de seguridad. Entre otros, disponen de la aplicación el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional y numerosas fuerzas de Policía locales, asegura el diario.

El sistema permite subir la foto de un individuo y ver de inmediato imágenes públicas de esa persona junto a enlaces a los sitios web en los que aparecieron. Así, además de la identidad, el usuario puede tener acceso a menudo a la ocupación, el lugar de residencia o los conocidos de esa persona. 

The New York Times analizó el código de la app y descubrió que incluye una opción para utilizarse junto a gafas de realidad aumentada, lo que potencialmente podría permitir a los usuarios identificar a cualquier persona que vean. 


Clearview fue fundada por el australiano Hoan Ton-That, responsable de varias aplicaciones poco exitosas para teléfonos móviles y por Richard Schwartz, un ayudante de Rudolph Giuliani durante su tiempo como alcalde de Nueva York. Además, cuenta con respaldo financiero por parte del magnate de Silicon Valley Peter Thiel, un inversor cercano a Donald Trump y que está involucrado en compañías como Facebook.

Las fuerzas del orden disponen en EE.UU. de acceso a sistemas de reconocimiento facial desde hace años, pero tradicionalmente limitados a buscar en fotografías en poder de las autoridades, como retratos de arrestados. Mientras tanto, algunas grandes ciudades han prohibido a sus agentes el uso de este tipo de tecnología por los problemas de privacidad que plantea.

nueva york

19/01/2020 13:06 Actualizado: 19/01/2020 13:20

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