Viernes, 10 Junio 2016 07:10

El final del posneoliberalismo

El final del posneoliberalismo

 

Se acaba un tiempo en el continente en que varios gobiernos progresistas sucedieron a las dictaduras y a gobiernos neoliberales y en los que se observaron beneficios para los pobres sin afectar seriamente los ingresos de los ricos. Estos finalmente, retomaron el camino hacia la derecha. Se abre un nuevo tiempo en el que en el que la unidad de los sectores populares vuelve a ser el camino.

 

América Latina fue el único continente donde las opciones neoliberales fueron adoptadas por varios países. Después de una serie de dictaduras militares, apoyadas por los Estados Unidos y portadoras del proyecto neoliberal, las reacciones no se hicieron esperar. La cumbre fue el rechazo en 2005 del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá, el resultado de la acción conjunta entre movimientos sociales, partidos políticos de izquierda, organizaciones no gubernamentales e iglesias cristianas.

 

Los nuevos gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Paraguay y Bolivia, pusieron en marcha políticas restableciendo el Estado en sus funciones de redistribución de la riqueza, de la reorganización de los servicios públicos, en particular el acceso a la salud y a la educación y de inversiones en obras públicas. Se negoció una distribución más favorable del ingreso de las materias primas entre multinacionales y Estado nacional (petróleo, gas, minerales, productos agrícolas de exportación) y la coyuntura favorable, durante más de una década, permitió importantes ingresos para las naciones en cuestión.

 

Hablar sobre el final de un ciclo introduce la idea de un cierto determinismo histórico, lo que sugiere la inevitabilidad de alternancias de poder entre la izquierda y la derecha, concepto inadecuado si el objetivo es sustituir la hegemonía de una oligarquía por regímenes populares democráticos. Sin embargo, una serie de factores permiten sugerir un agotamiento de las experiencias post-neoliberales, partiendo de la hipótesis que los nuevos gobiernos fueron post-neoliberales y no post-capitalistas.

 

Obviamente, sería ilusorio pensar que en un mundo capitalista, en plena crisis sistémica y por lo tanto particularmente agresiva, el establecimiento de un socialismo “instantánea” es posible. Se plantea la cuestión de las transiciones necesarias.

 

 

Un proyecto posneoliberal

 

El proyecto de los gobiernos “progresistas” de América Latina para reconstruir un sistema económico y político capaz de reparar los desastrosos efectos sociales del neoliberalismo, no fue una tarea fácil. La restauración de las funciones sociales del Estado supuso una reconfiguración de este último, siempre dominado por una administración conservadora poco capaz de constituir un instrumento de cambio. En el caso de Venezuela, es un Estado paralelo que se instituyó (las misiones) gracias a los ingresos del petróleo. En los demás casos, nuevos ministerios fueron creados y renovaron gradualmente a los funcionarios. La concepción del Estado que presidió al proceso fue generalmente centralizadora y jerarquizada (importancia de un líder carismático) con tendencias a instrumentalizar los movimientos sociales, el desarrollo de una burocracia a menudo paralizante y también la existencia de la corrupción (en algunos casos a gran escala).

 

La voluntad política por salir del neoliberalismo tuvo resultados positivos: una lucha efectiva contra la pobreza para decenas de millones de personas, un mejor acceso a la salud y la educación, inversiones públicas en infraestructura, en pocas palabras, una redistribución por lo menos parcial del producto nacional, considerablemente aumentado por el alza de los precios de las materias primas.

 

Esto dio lugar a beneficios para los pobres sin afectar seriamente los ingresos de los ricos.

 


Se añadieron a este panorama importantes esfuerzos a favor de la integración latinoamericana, creando o fortaleciendo organizaciones como el Mercosur, que reúne a unos diez países de América del Sur, UNASUR, para la integración del Sur del continente, la CELAC para el conjunto del mundo latino, más el Caribe y, finalmente, el ALBA, una iniciativa venezolana con unos diez países.

 

En este último caso, se trataba de una perspectiva de cooperación bastante novedosa, no de competencia, sino de complementariedad y de solidaridad, porque, de hecho, la economía interna de los países “progresistas” permaneció dominada por el capital privado, con su lógica de acumulación, especialmente en los sectores de la minería y el petróleo, las finanzas, las telecomunicaciones y el gran comercio y con su ignorancia de las “externalidades”, es decir los daños ambientales y sociales. Esto dio lugar a reacciones cada vez mayores por parte de varios movimientos sociales. Los medios de comunicación social (prensa, radio, televisión) se mantuvieron en gran medida en manos del gran capital nacional o internacional, a pesar de los esfuerzos hechos para rectificar una situación de desequilibrio comunicacional (Telesur y las leyes nacionales en materia de comunicaciones).

 

 

¿Qué tipo de desarrollo?

 

El modelo de desarrollo se inspiró en los años 60 del “desarrollismo”, cuando la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL) propuso sustituir las importaciones por el aumento de la producción nacional. Su aplicación en el siglo XXI, en una coyuntura favorable de los precios de las materias primas, combinada con una perspectiva económica centrada sobre el aumento de la producción y una concepción de redistribución de la renta nacional sin transformación fundamental de las estructuras sociales (falta de reforma agraria por ejemplo) condujo a una “reprimarización” de las economías latinoamericanas y al aumento de la dependencia con respeto al capitalismo monopolista, yendo incluso hasta una desindustrialización relativa del continente.

 

El proyecto se transformó gradualmente en una modernización acrítica de las sociedades, con matices dependiendo del país, alguno, como Venezuela haciendo hincapié en la participación comunitaria. Esto dio lugar a una amplificación de consumidores de clase media de bienes del exterior. Se estimularon los megaproyectos y el sector agrícola tradicional fue abandonado a su suerte para favorecer la agricultura agroexportadora destructora de los ecosistemas y de la biodiversidad, incluso llegando a poner en peligro la soberanía alimentaria. Cero rastros de verdaderas reformas agrarias. La reducción de la pobreza en especial mediante medidas asistenciales (que también fue el caso de los países neo-liberales) apenas redujo la distancia social, siendo la más alta del mundo.

 

 
¿Se podría haber hecho de otra manera?
 

Uno puede preguntarse, por supuesto, si era posible haberlo hecho de otra manera. Una revolución radical hubiera provocado intervenciones armadas y los Estados Unidos disponen de todo el aparato necesario para ello.

 

Por otra parte, la fuerza del capital monopolista es de tal manera que los acuerdos hechos en los campos de petróleo, minería, agricultura, rápidamente se convierten en nuevas dependencias. Hay que añadir la dificultad de llevar a cabo políticas monetarias autónomas y las presiones de las instituciones financieras internacionales, sin hablar de la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, como lo demuestran los documentos de Panamá.

 

Por otra parte, el diseño de la formación de los líderes de los gobiernos “progresistas” y de sus consejeros era claramente el de una modernización de las sociedades, sin tener en cuenta logros contemporáneos, tales como la importancia de respetar el medio ambiente y asegurar la regeneración de la naturaleza, una visión holística de la realidad, base de una crítica de la modernidad absorbida por la lógica del mercado y finalmente la importancia del factor cultural. Curiosamente, las políticas reales se desarrollaron en contradicción con algunas constituciones bastante innovadoras en estas áreas (derecho de la naturaleza, “buen vivir”).

 


Las nuevas contradicciones

 

Esto explica una rápida evolución de las contradicciones internas y externas. El factor más dramático fue, obviamente, las consecuencias de la crisis del capitalismo mundial y, en particular, la caída, en parte planificadas, de los precios de las materias primas y en especial del petróleo. Brasil y Argentina fueron los primeros países en sufrir los efectos, pero rápidamente siguieron Venezuela y Ecuador, Bolivia resistiendo mejor, gracias a la existencia de importantes reservas de divisas. Esta situación afectó inmediatamente el empleo y las posibilidades consumistas de la clase media. Los conflictos latentes con algunos movimientos sociales y una parte de intelectuales de izquierda salieron a la luz. Las fallas del poder, hasta entonces soportadas como el precio del cambio y sobre todo en algunos países, la corrupción instalada como parte integrante de la cultura política, provocaron reacciones populares.

 

Obviamente la derecha se tomó de esta situación para iniciar un proceso de recuperación de su poder y su hegemonía. Apelando a los valores democráticos que nunca había respetado, logró recuperar parte del electorado, sobre todo tomando el poder en Argentina, conquistando el parlamento en Venezuela, cuestionando el sistema democrático de Brasil, asegurándose la mayoría en las ciudades en Ecuador y en Bolivia. Trató de tomar ventaja de la decepción de algunos sectores, en particular de los indígenas y de las clases medias. También con el apoyo de muchas instancias norteamericanas y por los medios en su poder, trató de superar sus propias contradicciones, sobre todo entre las oligarquías tradicionales y los sectores modernos.

 

En respuesta a la crisis, los gobiernos “progresistas” adoptaron medidas cada vez más favorables a los mercados, hasta el punto de que la “restauración conservadora” que denuncian con regularidad, se introdujo subrepticiamente dentro de ellos mismos. Las transiciones se convirtieron entonces en adaptaciones del capitalismo a las nuevas exigencias ecológicas y sociales (un capitalismo moderno) en vez de pasos hacia un nuevo paradigma poscapitalista.

 

Todo esto no significa el final de las luchas sociales, al contrario.

 

La solución radica, por una parte, en la agrupación de las fuerzas para el cambio, dentro y fuera de los gobiernos, para redefinir un proyecto y las formas de transición y por otra, en la reconstrucción de movimientos sociales autónomos con objetivos enfocados en el medio y largo plazo.

 

 

 

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“El modelo de Correa es de hecho posneoliberal, pero aún no poscapitalista”

Noticias Aliadas

 

Nacido en Bélgica, François Houtart —sacerdote católico, destacado promotor de la Teología de la Liberación, sociólogo, profesor— conoce el Ecuador desde los años 70, pero reside en Quito desde el 2010. Actualmente, es profesor en el Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN), institución universitaria pública de especialización de postgrado.

 

Paolo Moiola, colaborador de Noticias Aliadas, conversó en Quito con esta reconocida figura del movimiento altermundista. A continuación presentamos un extracto de este diálogo en el que Houtart analiza aquello que él define como la “crisis multidimensional” (económica, ambiental, de valores) del mundo moderno y hace un balance del gobierno del presidente Rafael Correa (quien fue su alumno en la Universidad de Lovaina) con quien dice tener una correspondencia bastante frecuente, “incluso si no estamos de acuerdo en varios aspectos”.

 

La Constitución del Ecuador, aprobada en el 2008 durante el primer mandato del presidente Rafael Correa, es realmente innovadora.

 

Tal vez contenga demasiados artículos, pero es realmente vanguardista. En ella, se han introducido los conceptos de país plurinacional y pluricultural. Y luego, única en el mundo, los derechos de la naturaleza. Ciertamente, una cosa es escribir una Constitución, y otra cosa es aplicarla. Es, en este sentido, también aquí en Ecuador, donde hay un abismo entre el texto y lo que sucede en la realidad. Como me comentaba con ironía un amigo boliviano: “En Bolivia tenemos una Constitución magnífica, pero todas las leyes son anticonstitucionales”. Esto es obviamente una exageración, pero el problema existe.

 

En el mundo es evidente tanto el fracaso destructivo del sistema económico neoliberal, como el rápido agravamiento de la cuestión ambiental. Esta crisis no se cura con más neoliberalismo.

 

Actualmente se vive en el mundo una crisis multidimensional, una crisis que es a la vez financiera, económica, alimentaria, energética, climática, una crisis de sistema, valores y civilización. Y sin embargo en Asia el neoliberalismo aparece como una oportunidad de desarrollo. Asimismo en África, en Medio Oriente y en la propia Europa, donde las medidas contra la crisis son, simplemente, más neoliberalismo.

 

No digo que se deba llegar súbitamente a un nuevo paradigma, a aquello que yo llamo “el bien común de la humanidad”. Sería utópico e ilusorio. Pero sí se podrían dar pasos en esta dirección. Hasta ahora, sin embargo, sólo ha habido adaptaciones del sistema a las nuevas demandas sociales y culturales.

 

Hasta hace poco tiempo América Latina parecía el lugar de la experimentación y de la alternativa. Entonces todo comenzó a derrumbarse. De Venezuela a la Argentina, pasando por las derrotas (aunque diversas) de Dilma Roussef en Brasil y de Evo Morales en Bolivia.

 

Pero América Latina era el único lugar donde se intentó realizar un cambio, como sucedió en Ecuador. Aquí se ha hecho algo notable: reconstruir el Estado y los ciudadanos; dar más importancia a los servicios públicos como la salud y la educación. El modelo de Correa es de hecho un modelo postneoliberal, pero aún no postcapitalista, como él mismo reconoce.

 

El problema es que la mayoría de los líderes políticos están todavía en la antigua visión del desarrollo intenso que se entiende como la explotación de la naturaleza y dentro de una modernidad vista como el rechazo de las diferentes tradiciones y culturas. No han entrado en esta nueva perspectiva donde la naturaleza y la cultura son elementos fundamentales del desarrollo humano. Necesitamos formar nuevos líderes, pero sin demasiada demora porque esta situación puede convertirse en un desastre.

 

Naturaleza como recurso por explotar versus naturaleza como fundamento de desarrollo. La Constitución del Ecuador ha hecho una elección clara dedicando cuatro artículos a los “derechos de la naturaleza”.

 

La primera dificultad está en definir lo que significa derecho de la naturaleza. Sólo en la cosmovisión indígena la naturaleza es un ser vivo que percibe sensaciones. Los árboles, los ríos, los animales son nuestros hermanos y hermanas. Esta visión es magnífica, pero no se adapta a la mentalidad de la mayoría de la gente de hoy en día. En la Conferencia Mundial por los Derechos de la Madre Tierra, en Cochabamba, Bolivia, en el 2010, hubo más de 30,000 indígenas hablando de cosmovisión, cambio climático y derechos de la Madre Tierra, de la Pachamama. Se intentó adoptar un texto, pero hubo una fuerte oposición, por ejemplo, de Vía Campesina.

 

¿Cuál es el problema? La integración de los derechos de la naturaleza en una perspectiva jurídica, porque la naturaleza, como resulta evidente, no puede defender sus prerrogativas. Son solamente los seres humanos quienes pueden reconocerlos y por tanto defenderlos. O, por el contrario, violarlos o destruirlos. Por lo tanto, el derecho de la naturaleza es —como se ha dicho— un “derecho vicario” del cual no se puede hablar sin la intermediación del hombre. Y esto nos lleva a la toma de conciencia de la responsabilidad humana ante la naturaleza.

 

Estoy trabajando en el sector agrario y veo una agricultura campesina e indígena completamente abandonada. Estoy visitando la Amazonia en varios países y me quedo impresionado por su destrucción sistemática y por las consecuencias [medioambientales y sociales] que eso conlleva. Del tema ambiental habla también la encíclica del papa Francisco, pero no sé cuántos la han leído realmente.

 

La Constitución del Ecuador dedica un espacio importante a los pueblos indígenas. ¿Cómo es su situación?

 

Hubo un renacimiento de la identidad indígena. Su cultura salió de la clandestinidad. Por ejemplo, hoy los chamanes son reconocidos. Yo he participado con ellos en ceremonias públicas, vestido de sacerdote católico. Su participación en las últimas elecciones ha sido masiva. Esto muestra claramente los méritos de Monseñor Leonidas Proaño [teólogo de la liberación ecuatoriano conocido como el Obispo de los Indígenas que falleció en 1988].

 

En esta sociedad los indígenas tienen un peso importante aunque en los últimos 30 años ha habido un cambio estructural importante con el crecimiento de la clase media, especialmente con Correa, que ha podido beneficiarse de muchos ingresos.

 

Hubo una creciente urbanización y al mismo tiempo un abandono del campo y en especial de la agricultura campesina. Una gran parte de la población indígena vive en áreas urbanas. Y ahí los jóvenes se interesan ciertamente más por sus celulares que por sus orígenes indígenas. Es un proceso de cambio cultural. Las organizaciones han perdido por lo tanto una parte de su base social y de su fuerza política.

 

El presidente Correa y su gobierno impulsan lo que han llamado Revolución Ciudadana que considera a los indígenas ciudadanos como los demás.

 

Lo que no es un proyecto socialista. Rafael Correa y Alianza País [coalición de sectores de izquierda y de derecha] hablan de un capitalismo moderno. Quieren tener a todos los ciudadanos con los mismo derechos y deberes al interior de una sociedad modernizada.

 

Sí [considera ciudadanos a los indígenas], pero ciudadanos “atrasados”, como afirma el presidente, que se deben modernizar, y que no se reconocen como pueblos. Pero está la Constitución que, en su artículo 1, habla de plurinacionalidad. Está la definición y el reconocimiento de los territorios indígenas. Los indígenas más conscientes —los agrupados en la CONAIE [Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador]— sufren mucho por esta agresión cultural y política. Por eso, después de haber apoyado a Correa, poco a poco han tomado distancia.

 

Las últimas leyes —aquellas del agua [junio 2014] y de la tierra [enero 2016], por ejemplo— excluyen a los grupos indígenas, a pesar de un vocabulario que parece favorable a ellos. Promueve una agricultura para la exportación, de monocultivos, haciendo desaparecer los pequeños productores y campesinos indígenas. De esta manera, la fractura con el gobierno se fue ampliando cada vez más. El peligro es que, por causa del conflicto con Correa, una parte del movimiento indígena pueda cerrar un acuerdo con la derecha, una derecha que nunca los defenderá, pero que quiere tan solo utilizarlos.

 

El lenguaje utilizado por Correa hacia los indígenas es a menudo vulgar. Y es una verdadera lástima porque Rafael Correa es el único líder político [en Ecuador] que habla kichwa.

 

De la bellísima (pero a menudo no aplicada) Constitución a la bellísima promesa de Correa (en marzo del 2007) de no tocar el Parque Nacional Yasuní, verdadero tesoro mundial de la biodiversidad, pero también importante reserva petrolífera. Al parecer, estamos frente a una promesa rota.

 

El Ecuador decidió hacer una propuesta a la comunidad internacional de no tocar aquel petróleo si esta ayudaba pagando, por un cierto número de años, la mitad de aquello que el país habría podido ganar con los beneficios de aquellos yacimientos. Hubo comentarios positivos, sobre todo de parte de Alemania. Luego, todo decayó con la llegada al poder de [Angela] Merkel. En ese momento, el presidente Correa dijo que la comunidad internacional no había respondido a la propuesta del Ecuador y que, por lo tanto, comenzaría a explotar el petróleo.

 

En realidad, este plan B ya existía porque había intereses económicos locales que promovían la explotación de esos yacimientos. El gobierno dijo que iría a explotar solamente un poco más del 1% del parque, utilizando tecnología de punta. De acuerdos a mis informaciones, parece que la destrucción local es bastante mayor que la que el gobierno afirma.

 

En el parque y en las inmediaciones viven por lo menos tres diferentes grupos indígenas: los Shuar, los Kichwa y sobre todo los Huaorani. Contra la decisión de iniciar la explotación petrolífera del Yasuní, se han producido protestas indígenas, pero no con una voz al unísono.

 

El gobierno ha obtenido el apoyo de la mayor parte de los sindicatos del territorio —unos 40, muchos de los cuales son indígenas—, prometiéndoles que una parte sustancial de las ganancias irían a la municipalidad.

 

Hubo una reacción muy fuerte de la juventud, especialmente urbana. Se creó el movimiento ‘Yasunidos’. Ha tenido un éxito extraordinario, logrando reunir más de 700,000 firmas contra la explotación petrolera. Sin embargo, la auditoría gubernamental redujo las firmas válidas a menos de 300,000. [De esa manera, el gobierno logró impedir la consulta popular].

 

Finalmente, ¿qué opinión le merece Correa?

 

Felizmente ha renunciado a la reelección. Tal vez por razones más familiares que políticas. Sin embargo, ya que es joven, podría darse cuatro años de reposo y después representarse nuevamente. No tengo ninguna objeción a eso, pero espero que aproveche de este período para leer, conocer gente, para viajar por el mundo y sobre todo para transformar su visión adaptándola a la realidad del mundo actual. Es un hombre sincero. A veces demasiado sincero. Y a veces también un poco prepotente, porque no acepta consejos. Pero es un hombre de valores y un gran trabajador.

 

 

 

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EL POSNEOLIBERALISMO: APUNTES PARA UNA DISCUSIÓN

El concepto de “posneoliberalismo” ha sido utilizado para calificar a la ruptura con el neoliberalismo que provocaron en su momento los gobiernos autodenominados “progresistas” en América Latina; sin embargo considero pertinente problematizar este concepto, porque ello quizá nos permita comprender el rol histórico que cumplieron esos gobiernos “progresistas” al interior de las dinámicas de la acumulación del capitalismo. Para el efecto, quizá sea conveniente establecer una línea teórica demarcatoria con el concepto de “neoliberalismo”.

El concepto de “neoliberalismo” está relacionado con Friedrich Hayek, Milton Friedman, F. Knight, Ludwig Von Mises, entre otros, y la “Sociedad del Monte Peregrino”. Este concepto nace en Europa luego de la segunda guerra mundial como una necesidad de renovar al discurso del liberalismo clásico y ponerlo a tono en un contexto en el cual el Estado liberal asume el formato de “Estado de Bienestar” y la existencia de economías socialistas centralmente planificadas[1]. La discusión teórica sobre el concepto “neoliberalismo” es abundante y se ha convertido, de hecho, en el mainstream del pensamiento económico, político, ideológico y social de la globalización. Las críticas al neoliberalismo son, asimismo, prolíficas.


El concepto de “posneoliberalismo”, por el contrario y hasta el momento, solo tiene sentido y significación en el debate político latinoamericano. En efecto, esta noción nace desde América Latina y como una necesidad de caracterizar el tiempo histórico de los gobiernos latinoamericanos que surgieron desde las luchas sociales en contra del neoliberalismo y que configuraron los denominados “gobiernos progresistas” en referencia a Hugo Chávez y la “Revolución Bolivariana” en Venezuela; Evo Morales y el “Movimiento Al Socialismo” (MAS) en Bolivia; Rafael Correa y la “Revolución Ciudadana” en Ecuador; Néstor y Cristina Kirchner en Argentina; Lula Da Silva y Dilma Roussef y el “Partido de los Trabajadores”, en Brasil; Tabaré Vásquez y José Mujica y el “Frente Amplio” en Uruguay, principalmente.


Fue una expresión utilizada por Emir Sader, Atilio Borón[2], Carlos Figueroa Ibarra, entre otros[3], para marcar una distancia con aquellos gobiernos neoliberales adscritos a la agenda del Consenso de Washington. Con el concepto de “posneoliberalismo” se trataba de ubicar en la nueva geopolítica a los regímenes latinoamericanos que surgían en disputa con EEUU y fuertemente críticos con el modelo neoliberal. Estos gobiernos cambiaron el sentido de las políticas públicas hacia políticas más inclusivas y con mayor sensibilidad social, preocupándose por la inversión social y la lucha contra la pobreza. En un inicio, algunos de estos gobiernos latinoamericanos incluso acudieron a la ideología del socialismo para legitimarse[4].


Sin embargo, las derivas extractivistas de estos gobiernos y su creciente separación con los movimientos sociales hasta llegar al punto de la confrontación abierta, entre otras señales, ameritan una reflexión adicional sobre la significación real del “posneoliberalismo”. ¿Se trata de una nueva categoría ecónomica y política que rompe radicalmente con la tradición del neoliberalismo en América Latina o más bien es una continuación de este? y, además, ¿Por qué llamarlo posneoliberalismo? ¿Qué sentido tiene añadir una preposición a un prefijo?


Para Carlos Figueroa y Blanca Cordero, por ejemplo, en “el posneoliberalismo, el Estado vuelve a adquirir la dimensión de agente rector de la vida social y lo público se coloca encima de lo privado” (Figueroa Ibarra y Cordero, Blanca, 2011: 13) pero no se problematiza sobre el retorno del Estado ni tampoco sobre el sentido que tiene “lo público”. Es decir, se asume que toda recuperación del Estado es ya una ruptura fuerte con el neoliberalismo. Se asumen las formas que asume la política como criterios determinantes para calificar el tiempo político de los “gobiernos progresistas”.


Empero, más allá de las formas que puede asumir el Estado, sobre todo con referencia a los “gobiernos progresistas” latinoamericanos, pienso que es necesario darle un mayor contenido analítico y espesor epistemológico al concepto de “posneoliberalismo”, porque este concepto corre el riesgo de convertirse en un tópico ideológico destinado a encubrir y legitimar prácticas gubernamentales que lesionan los derechos de los trabajadores, destruyen el tejido social, cooptan a las organizaciones sociales en el interior del aparato del gobierno, expanden la frontera extractiva, criminalizan las disidencias, entre otros fenómenos, y que son invisibilizados porque provienen desde los “gobiernos progresistas”. La discusión sobre el significado del “posneoliberalismo” no es académica sino política. La delimitación y aclaración de este concepto puede ayudar a visibilizar y comprender de mejor manera las resistencias de los movimientos sociales de la región.


Para el efecto, es necesario comprender que América Latina como región ha sido integrada al sistema-mundo capitalista desde una relación asimétrica y desigual que corresponde a las nociones de centro-periferia (Wallerstein, 2004) y que los discursos políticos e ideológicos también forman parte de esa relación centro-periferia. Los países capitalistas más avanzados conforman el centro del sistema-mundo e imponen sus condiciones a la periferia por medio de diferentes mecanismos, entre ellos, el intercambio desigual, o la colonización económica y monetaria del cual fue garante y condición el FMI, por la vía de los programas de ajuste económico (Dávalos, 2011), pero también crean las ideas, los conceptos y los marcos teóricos que definen y estructuran la comprensión de Lo Real. Como en esos países no consta entre sus prioridades el debate teórico sobre el “posneoliberalismo” entonces este debate no existe. Es necesario, en consecuencia, visibilizar ese debate, descolonizarlo de las relaciones de poder/saber centro-periferia y vincularlo con los procesos recientes del capitalismo como sistema-mundo desde aquello que Boaventura de Souza Santos denomina las “Epistemologías del Sur” (De Souza Santos, 2013).


Posneoliberalismo, financiarización y gestión de riesgo en el sistema-mundo


Existen importantes mutaciones del capitalismo del siglo XXI que es necesario advertir y que marcan transiciones importantes en la regulación del sistema capitalista. La emergencia del discurso del neoliberalismo, de hecho, está asociada a los cambios en los patrones de la acumulación del sistema-mundo, desde la industrialización hacia la financiarización y la especulación. El discurso del neoliberalismo y su apelación a la liberalización de los mercados de capitales y la flexibilización de los mercados de trabajo correspondía, precisamente, a esa transición del capitalismo desde la industrialización hacia la financiarización. El neoliberalismo era el discurso que encubría y legitimaba las formas de ganancia especulativa financiera y la desarticulación del poder de los sindicatos por restablecer la capacidad adquisitiva de los salarios. Esa transición está caracterizada por las nuevas formas de propiedad y de gestión de las grandes corporaciones transnacionales (Aglietta, M. y Rebérioux, A., 2004).


Empero, la caída del muro de Berlín y la implosión de los países socialistas significó la emergencia de un capitalismo global que no tenía como límites sino a sí mismo. El capitalismo de financiarización, en esta coyuntura, produce un pliegue sobre sí mismo y pasa a gestionar el riesgo de la especulación y la financiarización como dinámica global en el sistema-mundo. Aquello que irrumpe es una situación de riesgo sistémico asociado a la financiarización y centralización del capital a escala mundial en un contexto de debilidad política de los sindicatos, pérdida de sentido emancipatorio para los partidos de izquierda y movimientos sociales en busca de marcos interpretativos más amplios.


El capitalismo del siglo XXI apuesta al riesgo, lo produce, lo genera y lo establece como condición de posibilidad de la economía mundial, porque la gestión de riesgo le permite crear niveles de rentabilidad jamás imaginados y que superan incluso la rentabilidad de la especulación financiera. Para que se tenga una idea, en el mes de diciembre del año 2015 la especulación en productos financieros derivados alcanzó los 493 billones de USD, una cantidad casi ocho veces más importante que toda la riqueza mundial medida en términos de P.I.B.[5]. De estos instrumentos, aquellos dedicados específicamente a provocar las crisis financieras y monetarias, y que se conocen con el nombre de Credit Default Swaps (CDS), en junio de 2015 fueron de 24.47 billones de USD, el doble del P.I.B. de la Unión Europea en su conjunto para el mismo año[6].


Toda la política monetaria de EEUU, Canadá, la Unión Europea y Japón, entre las economías más importantes del sistema-mundo, están condicionadas y definidas desde la dinámica de la especulación financiera y la gestión del riesgo de esa misma especulación. Los bancos centrales del mundo se han convertido en prestamistas de última instancia y garantes del juego de casino del capitalismo financiero en donde, paradójicamente y gracias a los instrumentos financieros complejos como los derivados, ahora es más lucrativo provocar una crisis que resolverla.


En la gestión y administración del riesgo financiero-especulativo ya no es la capacidad productiva de una sociedad la que se integra a los circuitos de la especulación y financiarización sino el conjunto de la sociedad en cuanto sociedad. Aspectos que antes estaban por fuera del mercado y de la especulación ahora pertenecen a él. El mercado financiero-especulativo integra en sus propios circuitos al conjunto de la sociedad más allá de cualquier referencia a la producción, la distribución o el consumo.


El marco teórico del neoliberalismo clásico resulta insuficiente para comprender esa mercantilización e incorporación de toda la vida social a los circuitos financiero-especulativos y de gestión del riesgo de esa especulación, porque su episteme está acotada a los mecanismos monetarios y mercantiles de la circulación y la producción. Es un marco teórico muy restringido para las derivas que asume la especulación financiera internacional. Es necesario, por tanto, un marco teórico más comprehensivo, más inter y transdisciplinario y que surja desde la misma episteme neoliberal, porque aquello que se integra a los circuitos especulativos del mercado mundial es el conjunto de la vida social.


El plexo social se pliega en los circuitos financieros y de gestión de riesgo especulativo en su totalidad y la forma por la cual el nuevo discurso económico comprende este pliegue de la vida social en la financiarización es a partir de las instituciones. Las instituciones son la respuesta teórica creada desde la episteme neoliberal para ampliar su propio marco teórico, pero no por cuestiones académicas sino por razones pragmáticas. No se trata de aquellas instituciones que fueron estudiadas por Castoriadis (2010), por poner un ejemplo, y en la cual subyace la complejidad de las sociedades; en absoluto, se trata de la visión liberal de las sociedades en las cuales las instituciones representan las reglas de juego de actores individuales que tienden a maximizar su egoísmo. En consecuencia, el marco teórico que emerge en la financiarización y administración del riesgo es, precisamente, aquel que toma como referencia a las instituciones como conjunto de la vida social e histórica.


El neoliberalismo tradicional y monetarista se transforma en un “neoliberalismo institucional”. Es decir, en un discurso más complejo, más vasto, más comprehensivo. Un discurso que incluso entra en contradicción y conflicto con la misma teoría tradicional del neoliberalismo. Es una transformación provocada y exigida desde las formas especulativas y financieras de la acumulación del capitalismo que integra a las instituciones de la vida social al juego de casino mundial.


Existe, por tanto, una presión desde los circuitos de la especulación y la gestión de riesgo de esa especulación, por involucrar a todas las instituciones sociales en su juego especulativo. Estas transformaciones en la regulación del capitalismo alteran al sistema-mundo de forma importante porque generan presiones a la periferia que nacen desde la regulación por financiarización y la privatización de las instituciones que sostienen y estructuran a la vida social.


Estas imposiciones producen en los países de la periferia del sistema-mundo capitalista una dinámica de despojo de territorios, de saqueo de recursos, de destrucción de las solidaridades y reciprocidades existentes, de expoliación a las sociedades y de uso estratégico de la violencia que, de cierta manera, repiten las formas primitivas de violencia que existieron durante la acumulación originaria del capital de los siglos XVIII y XIX.


Es como si esa violencia originaria, y que constituyó al capitalismo históricamente, fuese la condición de posibilidad del capitalismo en su periferia pero en forma permanente y continua. A más desarrollo capitalista en los países del centro, más violencia, más saqueo, más despojo en las regiones de la periferia. Es como si el capitalismo tuviese dos relojes: en el primer reloj las regiones del centro del sistema-mundo tienen un tiempo hacia delante, mientras que en la periferia ese mismo reloj las lleva al pasado. A este proceso que repite las formas primitivas y originarias de violencia de la acumulación capitalista en las regiones de la periferia del sistema-mundo, la economía política lo ha denominado como “acumulación por desposesión”[7] y están asociadas a las nuevas formas de regulación por financiarización y gestión de riesgo especulativo a escala global.


La trama institucional del posneoliberalismo: hacia el neoliberalismo institucional


Ahora bien, la acumulación por desposesión se inscribe en el interior de una trama institucional que sirve de soporte a la financiarización y la gestión de riesgo del capitalismo especulativo. La trama institucional es clave para ese proceso especulativo porque a partir de ella se crean nuevas oportunidades y nuevas condiciones de posibilidad para la especulación. El eje más importante de esa trama institucional es, definitivamente, el Estado.


Sin el Estado no hay soporte para esa trama institucional y sin esa trama la especulación financiera y la gestión de riesgo perderían una de sus principales bazas. Por ejemplo, el mercado de carbono que involucra a los principales bancos del mundo y que generó en el año 2012 instrumentos derivados por cerca de 200 mil millones de USD (Lohmann, 2012), sería imposible sin la existencia del Estado y las regulaciones de cambio climático. De igual manera con toda la industria de los “servicios ambientales”, sería imposible sin la regulación que la codifica, estructura y establece. El “neoliberalismo institucional” necesita del Estado como actor fundamental de la economía global.


El retorno del Estado es una necesidad económica de la globalización financiera y la privatización de las instituciones de la vida social. El retorno del Estado fue ya propuesto por el Banco Mundial en su Informe de Desarrollo Humano del año 1997. Para el Banco Mundial, no se trataba de saber si el Estado tenía que formar parte activa de la economía sino la medida de esa participación. Ese informe del Banco Mundial, de hecho, tuvo como consultor principal a Douglass North, premio “Nobel” de economía y teórico importante del “neoliberalismo institucional”.


El nuevo marco teórico del “neoliberalismo institucional” articula conceptos y categorías que parecen alejadas del neoliberalismo tradicional pero que, en realidad, lo continúan a otro nivel, como por ejemplo: elecciones y conducta no-racional, costos de transacción, acción colectiva, economía de la información, derechos de propiedad, seguridad jurídica, inversión extranjera directa, externalidades, incertidumbre, contractualidad, organización económica, principal y el agente etc., es decir, el discurso del neoinstitucionalismo económico[8].


El retorno del Estado a la economía no es una iniciativa de los “gobiernos progresistas” latinoamericanos sino una dinámica que se inscribe en el interior de la acumulación del capitalismo y su necesidad de ampliar la mercantilización y la especulación hacia la trama institucional de la sociedad. La recuperación de la violencia legítima del Estado tenía también por objeto garantizar la transferencia de la soberanía política del Estado hacia las corporaciones transnacionales y hacia la finanza corporativa mundial en el formato de los Acuerdos Internacionales de Inversión que tienen en la Organización Mundial de Comercio (OMC) su instancia más importante.


El “neoliberalismo institucional” tiene como centro de gravedad de sus preocupaciones teóricas, precisamente, los derechos de propiedad, y la institución que vigila y protege los derechos de propiedad en el ámbito internacional es, justamente, la OMC. La mayor parte de los Estados-nación en la globalización están articulando y armonizando sus leyes internas en función de lo establecido desde la OMC, a este proceso lo denomino “convergencia normativa”.


El Estado y la violencia posneoliberal


La vinculación de la trama institucional a los circuitos de especulación y de gestión de riesgo financiero-especulativo desgarra el tejido social. Produce una violencia que se extiende por todo el sistema-mundo. Ya no se trata solamente de la violencia de la producción mercantil sino la desestructuración de instituciones ancestrales que habían servido de soporte para la vida de las sociedades desde su misma conformación histórica. Un ejemplo de esa tensión provocada desde la especulación y la gestión de riesgo especulativo es la incorporación de los territorios a los circuitos financieros especulativos internacionales. Millones de seres humanos son desalojados de sus territorios ancestrales porque ahora estos territorios son fichas importantes en el juego de casino mundial, el extractivismo es una forma de esa violencia. Para procesar esa violencia el Estado no solo es fundamental sino también estratégico[9].


Efectivamente, el rol del Estado es clave porque desde ahí se fundamenta la legitimidad de la violencia de los modelos de dominación política. Se trata, en consecuencia, de otorgar al Estado la suficiente fuerza política que permita absorber a su interior toda la energía social y permitir, de esta forma, la acumulación por desposesión; con esa energía política el Estado puede disciplinar a sus sociedades desde una matriz de violencia sustentada en el discurso de la ley y el orden.


Pero la violencia de la desposesión se invisibiliza. El retorno del Estado se asume como un triunfo político en contra del neoliberalismo tradicional. El posneoliberalismo crea esa invisibilización de la violencia de la desposesión, porque utiliza mecanismos de control social que aparecen como medidas económicas en beneficio de los más pobres, como por ejemplo las políticas de inclusión social de las transferencias monetarias condicionadas, o la política fiscal en salud, educación, o “inclusión social” como la llama el Banco Mundial. Mas, en realidad, son dispositivos estratégicos que encubren la violencia de la desposesión.


De todos esos dispositivos quizá el más importante porque al tiempo que encubre la violencia la legitima, es aquel de la “lucha contra la pobreza” y su correlato del “financiamiento al desarrollo”. Los denominados “gobiernos progresistas” fueron los instrumentos, por así decirlo, más idóneos para encubrir la violencia de la desposesión. Su discurso de financiar la lucha contra la pobreza a través del extractivismo fue el argumento legitimante de esa violencia y que se expresó de múltiples formas. Por ello, muchos críticos con el neoliberalismo y que provenían de la izquierda fueron conniventes con la violencia de la desposesión que desplegaron los “gobiernos progresistas” latinoamericanos, porque nunca visibilizaron esa violencia y consideraron que el momento posneoliberal era una ruptura definitiva con la violencia del neoliberalismo[10].


Ahora bien, la invisibilización de la violencia de la desposesión es un fenómeno más complejo, porque apela a universos simbólicos, imaginarios sociales y mecanismos de control y disciplina a la sociedad que dan cuenta de una estrategia de dominación política con un alto contenido heurístico. Es decir, a medida que la sociedad resiste que su trama institucional sea privatizada y crea nuevas formas de resistencia, la estrategia de dominación política trata de estar siempre un paso por delante de esas resistencias, trata de anticiparlas para anularlas, controlarlas y destruirlas. A esa capacidad política de controlar las resistencias que tienen ahora los Estados que emergen desde la transición del neoliberalismo tradicional hacia el neoliberalismo institucional, la denomino “modelo de dominación política” y son consustanciales del posneoliberalismo.


A todos estos procesos que configuran una nueva racionalidad política sustentada en mecanismos liberales de la política, como las elecciones, y que tienen como sustento cambios institucionales profundos con el objetivo de situar la trama institucional de la sociedad en el interior de los circuitos de financiarización y gestión de riesgo especulativo, con Estados fuertes y modelos de dominación social y política que invisibilizan la violencia de la desposesión la denomino posneoliberalismo.


Acudo a esta denominación para distinguir el neoliberalismo del Consenso de Washington y la imposición colonial del Fondo Monetario Internacional, en especial durante la década de los años ochenta, de aquellas formas diferentes que asume la política en las etapas posteriores al ajuste del FMI porque, aparentemente, propone una ruptura con las recomendaciones del Consenso de Washington, pero continúa con los cambios institucionales y sociales imprescindibles para garantizar la acumulación en el capitalismo tardío. En consecuencia, me desprendo de la interpretación hecha, entre otros, por Emir Sader o Atilio Borón, que ven en el posneoliberalismo una ruptura con el neoliberalismo clásico.


Más bien al contrario, considero al posneoliberalismo como un proceso complejo y que integra varias dimensiones que continúan, profundizan, consolidan y extienden la violencia neoliberal. Las dimensiones que configuran al posneoliberalismo, son las reformas estructurales de tercera generación, la convergencia normativa, los modelos de dominación política, etc.


La noción de posneoliberalismo nos permite comprender esa aparente contradicción entre los cambios políticos que se suscitaron en la región, muchos de ellos de la mano de gobiernos críticos con el FMI, con las relaciones de poder que emergen desde la acumulación por desposesión, con la consecuente tensión y conflictividad social que ahora utiliza el recurso de criminalizar a la sociedad para proteger el sentido y la dinámica de la acumulación capitalista.

El posneoliberalismo nos permite estar alertas de esa intención de poner a la economía entre paréntesis y provocar cambios políticos sin alterar un milímetro el sentido de la acumulación y las relaciones de poder que le son correlativas.


La noción de posneoliberalismo problematiza la tradicional topología de la política entre partidos y organizaciones de “izquierda”, de “derecha” y de “centro”, porque las convierte en meros dispositivos ideológicos de la acumulación del capital en el interior de los modelos de dominación política. En el momento posneoliberal, para la acumulación por desposesión y la violencia que suscita, el hecho de que un gobierno sea de “izquierda” o de “derecha” es irrelevante. Su relevancia proviene de la forma por la cual administra la dialéctica consenso/disenso en el interior de los modelos de dominación política.

Fuera de esta dialéctica, su importancia es prácticamente nula.


Ahora se puede comprender, por ejemplo, que Alianza País en el Ecuador, o el Partido de los Trabajadores en Brasil, fueron la forma política que asumió la acumulación capitalista en momentos del colapso de una variante del neoliberalismo, aquel del ajuste macrofiscal del FMI. El ajuste fondomonetarista, al menos en América Latina, finalmente se agotó, pero cedió sus posibilidades hacia una variante del neoliberalismo que tiene su interés en las instituciones de la vida social en el sentido más amplio del término y en la disciplina y control a las sociedades. Aquello que está en disputa no es la colonización monetaria y fiscal que realizó el FMI sino la puesta en valor de las instituciones por la vía del extractivismo minero, de las industrias de los servicios ambientales, transgénicos, agrocombustibles, ejes multimodales de transporte, etc. Esta puesta en valor de las instituciones de la vida social implica violencia y criminalización social[11].


El posneoliberalismo permite comprender varias dinámicas básicas, como por ejemplo, la acumulación por desposesión, el cambio institucional del Estado y del mercado, y los modelos de dominación política, en el interior de un solo proceso histórico signado por la mutación del capitalismo desde la financiarización hacia la gestión del riesgo especulativo. Es cierto que este proceso comprende al Estado de forma diferente al neoliberalismo del Consenso de Washington, pero no significa que implique una ruptura con este.


Se llega a esta conclusión luego de analizar la forma que asumió la política y la economía durante el período de los “gobiernos progresistas” de la región. Estos gobiernos nunca rompieron con los esquemas, dinámicas, procesos y el sentido mismo que imponía la violencia de la acumulación del capital, más bien los consolidaron.


Bibliografía:


Aglietta, Michel y Rebérioux, Antoine (2004) Dérives du capitalisme financier. París: Ed. Albin Michel.
Audier, Serge (2012) Néoliberalisme(s) Une archéologie intelectuelle. Paris: Grasset.
Dávalos, Pablo (2011) Hacia un nuevo modelo de dominación política: violencia y poder en el posneoliberalismo. En Gutiérrez, Raquel (Coord.): Palabras para tejernos, resistir y transformar en la época que estamos viviendo. Oaxaca-Puebla México: Ed. Pez en el Arbol
De Souza Santos, Boaventura (2013) Descolonizar el saber, reinventar el poder. Santiago de Chile: Ediciones Trilce
Figueroa Ibarra, Carlos y Cordero Díaz, Blanca (Eds.) (2011) ¿Posneoliberalismo en América Latina? Los límites de la hegemonía neoliberal en la región”. México: Universidad de Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego
Lohmann, Larry (2012): Mercados de carbono. La neoliberalización del clima. Quito: Ed. Abya Yala.


NOTAS


* Este texto forma parte del primer capítulo del libro: Alianza País o la reinvención del poder. Siete ensayos sobre el posneoliberalismo en Ecuador. Pablo Dávalos, 2014, Ed. Desde Abajo, Bogotá-Colombia.
[1] Puede verse: Dávalos, Pablo (2013) El proyecto político de la Sociedad del Monte Peregrino. Versión en internet: http://pablo-davalos.blogspot.com. También: Cocket, Richard (1994) Thinking the Unthinkable. Tink Tanks and the Economic Counter Revolution 1931-1983. London: HarperCollins Publisher. Sobre una historia exhaustiva del neoliberalismo puede verse también: Audier, Serge (2012) Néoliberalisme(s) Une archéologie intelectuelle. Paris: Grasset.
[2] Boron, Atilio A.. El pos-neoliberalismo: un proyecto en construcción. En La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social. Emir Sader y Pablo Gentili (comp.) (2003) Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales ( 2ª ed.) (192) Buenos Aires, CLACSO.
[3] Ver por ejemplo: Figueroa Ibarra, Carlos y Cordero Díaz, Blanca (eds): ¿Posneoliberalismo en América Latina? Los límites de la hegemonía neoliberal en la región. Universidad de Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” (2011) México. Sader, Emir (2008) Refundar el Estado. Posneoliberalismo en América Latina. Buenos Aires: Instituto de Estudios y Formación de la CTA. Existe una crítica a Emir Sader desde una posición teórica cercana a lo planteado en el presente texto, realizada por la politóloga mexicana Beatriz Stolowicz Weinberger, ver Stolowicz, Beatriz (2011) “El posneoliberalismo no es más que un manual táctico conservador para apuntalar al gran capital”. Recuperado de Internet: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120994
[4] Hans Dieterich acuñaría el término de “socialismo del siglo XXI” para caracterizarlos. Dieterich, Hans El socialismo del Siglo XXI, versión electrónica: http://www.rebelion.org/docs/121968.pdf. Visita de enero de 2014.
[5] Ver: Banco de Pagos Internacionales BIS (2013) Statistical release. OTC derivatives statistics at end-December 2015. Monetary and Economic Department. Disponible en Internet: www.bis.org
[6] BIS (2013) op. cit.
[7] La “acumulación por desposesión” es una hipótesis originalmente propuesta por Rosa Luxemburg y que ha sido retomada por el geógrafo marxista David Harvey, quien recoge la afirmación de Marx en la cual el denominado periodo de la acumulación originaria del capitalismo estuvo conformada por momentos de explotación, saqueo, violencia, como por ejemplo las Enclosure Acts, la sobreexplotación salarial, o la conquista Europea a América. Para David Harvey, estás dinámicas de saqueo y violencia aún continúan en el capitalismo de la periferia. Cfr. Harvey, David (2003) The New Imperialism. Nueva York: Oxford University Press.
[8] Sobre el neoinstitucionalismo ver: Dávalos, Pablo: Neoinstitucionalismo y Banco Mundial. Revista electrónica:http://www.alainet.org, disponible en internet: http://alainet.org/active/42669&lang=es Ver también el texto ya clásico de Douglas North (1993) Instituciones, cambio institucional y desempeño económico. México: FCE. Ver también el estudio clásico del institucionalismo político: March, James y Olsen, Johan (1997) El Redescubrimiento de las Instituciones. La base organizativa de la política. México: FCE
[9] Por ejemplo, en la Ley de Aguas aprobada en el año de 2014 por el gobierno de Alianza País, consta lo siguiente: “Art. 52.- El Consejo Nacional de Recursos Hídricos determinará la disponibilidad de las aguas de los ríos, lagos, lagunas, aguas corrientes o estancadas, aguas lluvias, superficiales o subterráneas y todas las demás que contemplan esta Ley, como aptas para los fines de riego.” La regulación incluso de la lluvia es el correlato de su privatización, porque esta regulación se inscribe al interior de los procesos de convergencia normativa del posneoliberalismo.
[10] Ver por ejemplo, a este respecto, la posición connivente de Marta Harnecker con respecto al proceso ecuatoriano y Alianza País, Harnecker (2011).
[11] Con relación a las disputas sobre los territorios en América Latina puede consultarse: Porto-Gonçalves, Carlos Walter (2009) Territorialidades y lucha por el territorio en América Latina. Geografía de los movimientos sociales en América Latina. Caracas-Venezuela: Ediciones IVIC

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América latina: el final de un ciclo o el agotamiento del posneoliberalismo

América Latina fue el único continente donde las opciones neoliberales fueron adoptadas por varios países. Después de una serie de dictaduras militares, apoyadas por los Estados Unidos y portadoras del proyecto neoliberal, las reacciones no se hicieron esperar. La cumbre fue el rechazo en 2005 del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá, el resultado de la acción conjunta entre movimientos sociales, partidos políticos de izquierda, organizaciones no gubernamentales e iglesias cristianas.

 

Los gobiernos progresistas

 

Los nuevos gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Paraguay y Bolivia, pusieron en marcha políticas restableciendo el Estado en sus funciones de redistribución de la riqueza, de la reorganización de los servicios públicos, en particular el acceso a la salud y a la educación y de inversiones en obras públicas. Se negoció una distribución más favorable del ingreso de las materias primas entre multinacionales y Estado nacional (petróleo, gas, minerales, productos agrícolas de exportación) y la coyuntura favorable, durante más de una década, permitió importantes ingresos para las naciones en cuestión.

Hablar sobre el final de un ciclo introduce la idea de un cierto determinismo histórico, lo que sugiere la inevitabilidad de alternancias de poder entre la izquierda y la derecha, concepto inadecuado si el objetivo es sustituir la hegemonía de una oligarquía por regímenes populares democráticos. Sin embargo, una serie de factores permiten sugerir un agotamiento de las experiencias post-neoliberales, partiendo de la hipótesis que los nuevos gobiernos fueron post-neoliberales y no poscapitalistas.

Obviamente, sería ilusorio pensar que en un mundo capitalista, en plena crisis sistémica y, por lo tanto, particularmente agresivo, el establecimiento de un socialismo "instantáneo" es posible. Por cierto también existen referencias históricas sobre el tema. La NEP (Nueva Política Económica) en los años veinte en la URSS, es un ejemplo para estudiar de manera crítica. En China y en Vietnam, las reformas de Deng Xio Ping o del Doi Moi (renovación) expresan la convicción de la imposibilidad de desarrollar las fuerzas productivas, sin pasar por la ley del valor, es decir, por el mercado (que se supone el Estado debe regular). Cuba adopta, de forma lenta pero prudente a la vez, medidas para agilizar el funcionamiento de la economía, sin perder las referencias fundamentales a la justicia social y el respeto por el medio ambiente. Entonces se plantea la cuestión de las transiciones necesarias.

 

- Un proyecto posneoliberal

 

El proyecto de los gobiernos "progresistas" de América Latina para reconstruir un sistema económico y político capaz de reparar los desastrosos efectos sociales del neoliberalismo, no fue una tarea fácil. La restauración de las funciones sociales del Estado supuso una reconfiguración de este último, siempre dominado por una administración conservadora poco capaz de constituir un instrumento de cambio. En el caso de Venezuela, es un Estado paralelo que se instituyó (las misiones) gracias a los ingresos del petróleo. En los demás casos, nuevos ministerios fueron creados y renovaron gradualmente a los funcionarios. La concepción del Estado que presidió al proceso fue generalmente centralizadora y jerarquizada (importancia de un líder carismático) con tendencias a instrumentalizar los movimientos sociales, el desarrollo de una burocracia a menudo paralizante y también la existencia de la corrupción (en algunos casos a gran escala).

La voluntad política por salir del neoliberalismo tuvo resultados positivos: una lucha efectiva contra la pobreza para decenas de millones de personas, un mejor acceso a la salud y la educación, inversiones públicas en infraestructura, en pocas palabras, una redistribución por lo menos parcial del producto nacional, considerablemente aumentado por el alza de los precios de las materias primas. Esto dio lugar a beneficios para los pobres sin afectar seriamente los ingresos de los ricos. Se añadieron a este panorama importantes esfuerzos a favor de la integración latinoamericana, creando o fortaleciendo organizaciones como el Mercosur, que reúne a unos diez países de América del Sur, UNASUR, para la integración del Sur del continente, la CELAC para el conjunto del mundo latino, más el Caribe y, finalmente, el ALBA, una iniciativa venezolana con unos diez países.

En este último caso, se trataba de una perspectiva de cooperación bastante novedosa, no de competencia, sino de complementariedad y de solidaridad, porque, de hecho, la economía interna de los países "progresistas" permaneció dominada por el capital privado, con su lógica de acumulación, especialmente en los sectores de la minería y el petróleo, las finanzas, las telecomunicaciones y el gran comercio y con su ignorancia de las "externalidades", es decir los daños ambientales y sociales. Esto dio lugar a reacciones cada vez mayores por parte de varios movimientos sociales. Los medios de comunicación social (prensa, radio, televisión) se mantuvieron en gran medida en manos del gran capital nacional o internacional, a pesar de los esfuerzos hechos para rectificar una situación de desequilibrio comunicacional (Telesur y las leyes nacionales en materia de comunicaciones).

 

- ¿Qué tipo de desarrollo?

 

El modelo de desarrollo se inspiró en los años 60 del "desarrollismo", cuando la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL) propuso sustituir las importaciones por el aumento de la producción nacional. Su aplicación en el siglo XXI, en una coyuntura favorable de los precios de las materias primas, combinada con una perspectiva económica centrada sobre el aumento de la producción y una concepción de redistribución de la renta nacional sin transformación fundamental de las estructuras sociales (falta de reforma agraria, por ejemplo) condujo a una "reprimarización" de las economías latinoamericanas y al aumento de la dependencia con respeto al capitalismo monopolista, yendo incluso hasta una desindustrialización relativa del continente.

El proyecto se transformó gradualmente en una modernización acrítica de las sociedades, con matices dependiendo del país, alguno, como Venezuela haciendo hincapié en la participación comunitaria. Esto dio lugar a una amplificación de consumidores de clase media de bienes del exterior. Se estimularon los megaproyectos y el sector agrícola tradicional fue abandonado a su suerte para favorecer la agricultura agroexportadora destructora de los ecosistemas y de la biodiversidad, incluso llegando a poner en peligro la soberanía alimentaria. Cero rastros de verdaderas reformas agrarias. La reducción de la pobreza en especial mediante medidas asistenciales (que también fue el caso de los países neo-liberales) apenas redujo la distancia social, siendo la más alta del mundo.

 

- ¿Se podría haber hecho de otra manera?

 

Uno puede preguntarse, por supuesto, si era posible haberlo hecho de otra manera. Una revolución radical hubiera provocado intervenciones armadas y los Estados Unidos disponen de todo el aparato necesario para ello: bases militares, aliados en la región, el despliegue de la quinta flota alrededor del continente, informaciones por satélites y aviones awak y han demostrado que intervenciones no estaban excluidas: Santo Domingo, bahía de cochinos en Cuba, Panamá, Granada.

Por otra parte, la fuerza del capital monopolista es de tal manera que los acuerdos hechos en los campos de petróleo, minería, agricultura, rápidamente se convierten en nuevas dependencias. Hay que añadir la dificultad de llevar a cabo políticas monetarias autónomas y las presiones de las instituciones financieras internacionales, sin hablar de la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, como lo demuestran los documentos de Panamá.

Por otra parte, el diseño de la formación de los líderes de los gobiernos "progresistas" y de sus consejeros era claramente el de una modernización de las sociedades, sin tener en cuenta logros contemporáneos, tales como la importancia de respetar el medio ambiente y asegurar la regeneración de la naturaleza, una visión holística de la realidad, base de una crítica de la modernidad absorbida por la lógica del mercado y finalmente la importancia del factor cultural. Curiosamente, las políticas reales se desarrollaron en contradicción con algunas constituciones bastante innovadoras en estas áreas (derecho de la naturaleza, "buen vivir").

Los nuevos gobiernos fueron bien recibidos por las mayorías y sus líderes reelegidos en varias ocasiones con resultados electorales impresionantes. De hecho, la pobreza había disminuido notablemente y las clases medias se habían duplicado en peso en pocos años. Existía un verdadero apoyo popular. Por último, hay que añadir también que la ausencia de una referencia creíble "socialista", después de la caída del muro de Berlín, no incitaba a presentar otro modelo que el post-neoliberal. El conjunto de estos factores sugieren que era difícil, objetiva y subjetivamente, esperar otro tipo diferente de orientación.

 

- Las nuevas contradicciones

 

Sin embargo, esto explica una rápida evolución de las contradicciones internas y externas. El factor más dramático fue, obviamente, las consecuencias de la crisis del capitalismo mundial y, en particular, la caída, en parte planificadas, de los precios de las materias primas y en especial del petróleo. Brasil y Argentina fueron los primeros países en sufrir los efectos, pero rápidamente siguieron Venezuela y Ecuador, Bolivia resistiendo mejor, gracias a la existencia de importantes reservas de divisas. Esta situación afectó inmediatamente el empleo y las posibilidades consumistas de la clase media. Los conflictos latentes con algunos movimientos sociales y una parte de intelectuales de izquierda salieron a la luz. Las fallas del poder, hasta entonces soportadas como el precio del cambio y sobre todo en algunos países, la corrupción instalada como parte integrante de la cultura política, provocaron reacciones populares.

Obviamente la derecha se tomó esta situación para iniciar un proceso de recuperación de su poder y su hegemonía. Apelando a los valores democráticos que nunca había respetado, logró recuperar parte del electorado, sobre todo tomando el poder en Argentina, conquistando el parlamento en Venezuela, cuestionando el sistema democrático de Brasil, asegurándose la mayoría en las ciudades en Ecuador y en Bolivia. Trató de tomar ventaja de la decepción de algunos sectores, en particular de los indígenas y de las clases medias. También con el apoyo de muchas instancias norteamericanas y por los medios en su poder, trató de superar sus propias contradicciones, sobre todo entre las oligarquías tradicionales y los sectores modernos.

En respuesta a la crisis, los gobiernos "progresistas" adoptaron medidas cada vez más favorables a los mercados, hasta el punto de que la "restauración conservadora" que denuncian con regularidad, se introdujo subrepticiamente dentro de ellos mismos. Las transiciones se convirtieron entonces en adaptaciones del capitalismo a las nuevas exigencias ecológicas y sociales (un capitalismo moderno) en vez de pasos hacia un nuevo paradigma poscapitalista (reforma agraria, apoyo a la agricultura campesina, tributación mejor adaptada, otra visión de desarrollo, etc.).

Todo esto no significa el final de las luchas sociales, al contrario. La solución radica, por una parte, en la agrupación de las fuerzas para el cambio, dentro y fuera de los gobiernos, para redefinir un proyecto y las formas de transición y por otra, en la reconstrucción de movimientos sociales autónomos con objetivos enfocados en el medio y largo plazo.

Quito, para Le Drapeau Rouge, Bruselas, No 56 (mayo-junio 2016)

Traducido por Pilar Castelano

 

Publicado enPolítica
Martes, 09 Septiembre 2014 11:38

Alianza PAIS o la reinvención del poder

Alianza PAIS o la reinvención del poder

 

Edición 2014. Formato 17 x 24 cm. 402 páginas.
P.V.P:$37.000   ISBN:978-958-8454-99-3

 

Reseña:

Durante la "década progresista", en América Latina germinaron nuevas formas de dominación transformadas en hegemónicas a caballo de gobiernos proclamados de izquierda, incluso revolucionarios. Irónico. Estamos ante formas más complejas de administrar los estados, de maneras menos transparentes y, por tanto, más profundas y eficaces para el disciplinamiento de los sectores populares. Modos que neutralizan la capacidad de lucha de los movimientos, pero que a la vez dan rienda suelta a los modelos extractivos de acumulación del capital, mientras domestican camadas enteras de la sociedad con políticas sociales que no alcanzan a modificar la desigualdad.

Ante este conjunto de dificultades, es imperioso afilar el estilete del análisis y empuñar con precisión el cincel de la crítica, para dar cuenta de las nuevas realidades. No puede lucharse contra lo indescifrable ni combatir en la confusión, cualidades que son más eficaces como instrumentos de la dominación que como palancas de la emancipación. Es urgente, por tanto, alumbrar el presente, explicar cómo se engarzan los eslabones de las nuevas cadenas, no menos terribles que las anteriores.

Alianza PAIS o la reinvención del poder de Pablo Dávalos, es un instrumento valioso, un aporte sustancial para quienes, abajo y a la izquierda, trabajamos para seguir construyendo un mundo nuevo. Consigue desvanecer la bruma de este "tiempo ambiguo"; muestra con abundancia de datos y análisis precisos, tanto las continuidades como las novedades del régimen de Alianza País, incluyendo los atributos de su liderazgo autoritario.

El mérito especial de Dávalos radica en la comprensión integral de la "Revolución Ciudadana" ecuatoriana, abarcando todas sus facetas, desde la economía y la política hasta la estética y la semiótica. En mi opinión, lo mejor que puede decirse de un trabajo como el de Pablo, es que constituye una valiosa herramienta para quienes seguimos resistiendo el capitalismo y luchando por la emancipación.

Raúl Zibechi

 

Pablo Davalos. Economista ecuatoriano con estudios de posgrado en Lovaina (Bélgica) y en Grenoble (Francia). Ex Viceministro de Economía (2005). Profesor titular de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador en el área de Economía Política. Profesor de posgrado y profesor visitante de la Universidad Pierre Mendes France, de Grenoble-Francia.

 

 

Artículos relacionados:

Reseña Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº138, septiembre 2014

 

 

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El fin del neoliberalismo

El neoliberalismo tocó fin definitivamente con la crisis estallada en 2008. No hay vuelta atrás. El mercado, por sí mismo, es autodestructivo. Necesita soportes y contenedores. La sociedad capitalista, arbitrada por el mercado, o bien se depreda, o bien se distiende. No tiene perspectivas de largo plazo.

Después de 30 años de neoliberalismo ocurrieron las dos cosas. La voracidad del mercado llevó a límites extremos la apropiación de la naturaleza y la desposesión de los seres humanos. Los territorios fueron desertificados y las poblaciones expulsadas. Los pueblos se levantaron y la catástrofe ecológica, con un altísimo grado de irreversibilidad, comenzó a manifestarse de manera violenta.

Los pueblos se rebelaron contra el avance del capitalismo bloqueando los caminos que lo llevaban a una mayor apropiación. Levantamientos armados cerraron el paso a las selvas; levantamientos civiles impiden la edificación de represas, la minería intensiva, la construcción de carreteras de uso pesado, la privatización de petróleo y gas y la monopolización del agua. El mercado, solo, no podía vencer a quienes ya estaban fuera de su alcance porque habían sido expulsados y desde ahí, desde el no-mercado, luchaban por la vida humana y natural, por los elementos esenciales, por otra relación con la naturaleza, por detener el saqueo.

El fin del neoliberalismo inicia cuando la medida de la desposesión toca la furia de los pueblos y los obliga a irrumpir en la escena.

Los cambios de fase

La sociedad capitalista contemporánea ha alcanzado un grado de complejidad que la vuelve altamente inestable. De la misma manera que ocurre con los sistemas biológicos (Prigogine, 2006), los sistemas sociales complejos tienen una capacidad infinita y en gran medida impredescible de reacción frente a los estímulos o cambios. El abigarramiento con el que se edificó esta sociedad, producto de la subsunción pero no eliminación de sociedades diferentes, con otras cosmovisiones, costumbres e historias, multiplica los comportamientos sociales y las percepciones y prácticas políticas a lo largo y ancho del mundo y abre con ello un espectro inmenso de sentidos de realidad y posibilidades de organización social.

La potencia cohesionadora del capitalismo ha permitido establecer diferentes momentos de lo que los físicos llaman equilibrio, en los que, a pesar de las profundas contradicciones de este sistema y del enorme abigarramiento que conlleva, disminuyen las tendencias disipadoras. No obstante, su duración es limitada. En el paso del equilibrio a la disipación aparecen constantemente las oportunidades de bifurcación que obligan al capitalismo a encontrar los elementos cohesionadores oportunos para construir un nuevo equilibrio o, en otras palabras, para restablecer las condiciones de valorización del capital. Pero siempre está presente el riesgo de ruptura, que apunta hacia posibles dislocamientos epistemológicos y sistémicos.

Los equilibrios internos del sistema, entendidos como patrones de acumulación en una terminología más económica, son modalidades de articulación social sustentadas en torno a un eje dinamizador u ordenador. Un eje de racionalidad complejo que, de acuerdo con las circunstancias, adopta diferentes figuras: en la fase fordista era claramente la cadena de montaje para la producción en gran escala y el estado en su carácter de organizador social; en el neoliberalismo el mercado; y en el posneoliberalismo es simultáneamente el estado como disciplinador del territorio global, es decir, bajo el comando de su vertiente militar, y las empresas como medio de expresión directa del sistema de poder, subvirtiendo los límites del derecho liberal construido en etapas anteriores del capitalismo.

Los posneoliberalismos y las bifurcaciones

La incertidumbre acerca del futuro lleva a caracterizarlo más como negación de una etapa que está siendo rebasada. Si la modalidad capitalista que emana de la crisis de los años setenta, que significó una profunda transformación del modo de producir y de organizar la producción y el mercado, fue denominada por muchos estudiosos como posfordista; hoy ocurre lo mismo con el tránsito del neoliberalismo a algo diferente, que si bien ya se perfila, todavía deja un amplio margen a la imprevisión.

Posfordismo se enuncia desde la perspectiva de los cambios en el proceso de trabajo y en la modalidad de actuación social del estado; neoliberalismo desde la perspectiva del mercado y del relativo abandono de la función socializadora del estado. En cualquiera de los dos casos no tiene nombre propio, o es un pos, y en ese sentido un campo completamente indefinido, o es un neo, que delimita aunque sin mucha creatividad, que hoy están dando paso a otro pos, mucho más sofisticado, que reúne las dos cualidades: pos-neo-liberalismo. Se trata de una categoría con poca vida propia en el sentido heurístico, aunque a la vez polisémica. Su virtud, quizá, es dejar abiertas todas las posibilidades de alternativa al neoliberalismo –desde el neofascismo hasta la bifurcación civilizatoria–, pero son inciertas e insuficientes su fuerza y cualidades explicativas.

En estas circunstancias, para avanzar en la precisión o modificación del concepto es indispensable detenerse en una caracterización de escenarios, entendiendo que el espectro de posibilidades incluye alternativas de reforzamiento del capitalismo –aunque sea un capitalismo con más dificultades de legitimidad–; de construcción de vías de salida del capitalismo a partir de las propias instituciones capitalistas; y de modos colectivos de concebir y llevar a la práctica organizaciones sociales no-capitalistas. Trabajar todos los niveles de abstracción y de realidad en los que este término ocupa el espacio de una alternativa carente de apelativo propio, o el de alternativas diversas en situación de coexistencia sin hegemonismos, lo que impide que alguna otorgue un contenido específico al proceso superador del neoliberalismo.

El posneoliberalismo del capital

Aun antes del estallido de la crisis actual, ya eran evidentes los límites infranqueables a los que había llegado el neoliberalismo. La bonanza de los años dorados del libre mercado permitió expandir el capitalismo hasta alcanzar, en todos sentidos, la escala planetaria; garantizó enormes ganancias y el fortalecimiento de los grandes capitales, quitó casi todos los diques a la apropiación privada; flexibilizó, precarizó y abarató los mercados de trabajo; y colocó a la naturaleza en situación de indefensión. Pero después de su momento innovador, que impuso nuevos ritmos no sólo a la producción y las comunicaciones sino también a las luchas sociales, empezaron a aparecer sus límites de posibilidad.

Dentro de éstos, es importante destacar por lo menos tres, referidos a las contradicciones inmanentes a la producción capitalista y su expresión específica en este momento de su desarrollo y a las contradicciones correspondientes al proceso de apropiación y a las relaciones sociales que va construyendo:

1. El éxito del neoliberalismo en extender los márgenes de expropiación, lo llevó a corroer los consensos sociales construidos por el llamado estado del bienestar, pero también a acortar los mercados. La baja general en los salarios, o incluso en el costo de reproducción de la fuerza de trabajo en un sentido más amplio, fue expulsándola paulatinamente del consumo más sofisticado que había alcanzado durante el fordismo. La respuesta capitalista consistió en reincorporar al mercado a esta población, cada vez más abundante, a través de la producción de bienes precarios en gran escala. No obstante, esta reincorporación no logra compensar ni de lejos el aumento en las capacidades de producción generadas con las tecnologías actuales, ni retribuir las ganancias esperadas. El grado de apropiación y concentración, el desarrollo tecnológico, la mundialización tanto de la producción como de la comercialización, es decir, el entramado de poder objetivado construido por el capital no se corresponde con las dimensiones y características de los entramados sociales. Es un poder que empieza a tener problemas serios de interlocución.

2. Estas enormes capacidades de transformación de la naturaleza en mercancía, en objeto útil para el capital, y la capacidad acumulada de gestión económica, fortalecida con los cambios de normas de uso del territorio y de concepción de las soberanías, llevaron a una carrera desatada por apropiarse todos los elementos orgánicos e inorgánicos del planeta. Conocer las selvas, doblegarlas, monopolizarlas, aislarlas, separarlas en sus componentes más simples y regresarlas al mundo convertidas en algún tipo de mercancía fue –es– uno de los caminos de afianzamiento de la supremacía económica; la ocupación de territorios para convertirlos en materia de valorización. Paradójicamente, el capitalismo de libre mercado promovió profundos cercamientos y amplias exclusiones. Pero con un peligro: Objetivar la vida es destruirla.

Con la introducción de tecnologías de secuenciación industrial, con el conocimiento detallado de genomas complejos con vistas a su manipulación, con los métodos de nanoexploración y transformación, con la manipulación climática y muchos otros de los desarrollos tecnológicos que se han conocido en los últimos 30 años, se traspasó el umbral de la mayor catástrofe ecológica registrada en el planeta. Esta lucha del capitalismo por dominar a la naturaleza e incluso intentar sustituirla artificialmente, ha terminado por eliminar ya un enorme número de especies, por provocar desequilibrios ecológicos y climáticos mayores y por poner a la propia humanidad, y con ella al capitalismo, en riesgo de extinción.

Pero quizá los límites más evidentes en este sentido se manifiestan en las crisis de escasez de los elementos fundamentales que sostienen el proceso productivo y de generación de valor como el petróleo; o de los que sostienen la producción de la vida, como el agua, en gran medida dilapidada por el mal uso al que ha sido sometida por el propio proceso capitalista. La paradoja, nuevamente, es que para evitar o compensar la escasez, se diseñan estrategias que refuerzan la catástrofe como la transformación de bosques en plantíos de soja o maíz transgénicos para producir biocombustibles, mucho menos rendidores y tan contaminantes y predatorios como el petróleo.

El capitalismo ha demostrado tener una especial habilidad para saltar obstáculos y encontrar nuevos caminos, sin embargo, los niveles de devastación alcanzados y la lógica con que avanza hacia el futuro permiten saber que las soluciones se dirigen hacia un callejón sin salida en el que incluso se van reduciendo las condiciones de valorización del capital.

3. Aunque el neoliberalismo ha sido caracterizado como momento de preponderancia del capital financiero, y eso llevó a hablar de un capitalismo desterritorializado, en verdad el neoliberalismo se caracterizó por una disputa encarnizada por la redefinición del uso y la posesión de los territorios, que ha llevado a redescubrir sociedades ocultas en los refugios de selvas, bosques, desiertos o glaciares que la modernidad no se había interesado en penetrar. La puesta en valor de estos territorios ha provocado una ofensiva de expulsión, desplazamiento o recolonización de estos pueblos, que, evidentemente, se han levantado en contra.

Esto, junto con las protestas y revueltas originadas por las políticas de ajuste estructural o de privatización de recursos, derechos y servicios promovidas por el neoliberalismo, ha marcado la escena política desde los años noventa del siglo pasado. Las condiciones de impunidad en que se generaron los primeros acuerdos de libre comercio, las primeras desregulaciones, los despojos de tierras y tantas otras medidas impulsadas desde la crisis y reorganización capitalista de los años setenta-ochenta, cambiaron a partir de los levantamientos de la década de los noventa en que se produce una inflexión de la dinámica social que empieza a detener las riendas sueltas del neoliberalismo.

No bastaba con darle todas las libertades al mercado. El mercado funge como disciplinador o cohesionador en tanto mantiene la capacidad desarticuladora y mientras las fuerzas sociales se reorganizan en correspondencia con las nuevas formas y contenidos del proceso de dominación. Tampoco podía ser una alternativa de largo plazo, en la medida que la voracidad del mercado lleva a destruir las condiciones de reproducción de la sociedad.

El propio sistema se vio obligado a trascender el neoliberalismo trasladando su eje ordenador desde la libertad individual (y la propiedad privada) promovida por el mercado hacia el control social y territorial, como medio de restablecer su posibilidad de futuro. La divisa ideológica del “libre mercado” fue sustituida por la “seguridad nacional” y una nueva fase capitalista empezó a abrirse paso con caracaterísticas como las siguientes:

1. Si el neoliberalismo coloca al mercado en situación de usar el planeta para los fines del mantenimiento de la hegemonía capitalista, en este caso comandada por Estados Unidos, en esta nueva fase, que se abre junto con la entrada del milenio, la misión queda a cargo de los mandos militares que emprenden un proceso de reordenamiento interno, organizativo y conceptual, y uno de reordenamiento planetario.

El cambio de situación del anteriormente llamado mundo socialista ya había exigido un cambio de visión geopolítica, que se corresponde con un nuevo diseño estratégico de penetración y control de los territorios, recursos y dinámicas sociales de la región centroasiática. El enorme peso de esta región para definir la supremacía económica interna del sistema impidió, desde el inicio, que ésta fuera dejada solamente en las manos de un mercado que, en las circunstancias confusas y desordenadas que siguieron al derrumbe de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, podía hacer buenos negocios pero no condiciones de reordenar la región de acuerdo con los criterios de la hegemonía capitalista estadounidense. En esta región se empieza a perfilar lo que después se convertiría en política global: el comando militarizado del proceso de producción, reproducción y espacialización del capitalismo de los albores del siglo XXI.

2. Esta militarización atiende tanto a la potencial amenaza de otras coaliciones hegemónicas que dentro del capitalismo disputen el liderazgo estadounidense como al riesgo sistémico por cuestionamientos y construcción de alternativas de organización social no capitalistas. Sus propósitos son el mantenimiento de las jerarquías del poder, el aseguramiento de las condiciones que sustentan la hegemonía y la contrainsurgencia. Supone mantener una situación de guerra latente muy cercana a los estados de excepción y una persecución permanente de la disidencia.

Estos rasgos nos llevarían a pensar rápidamente en una vuelta del fascismo, si no fuera porque se combinan con otros que lo contradicen y que estarían indicando las pistas para su caracterización más allá de los “neos” y los “pos”.

Las guerras, y la política militar en general, han dejado de ser un asunto público. No solamente porque muchas de las guerras contemporáneas se han enfocado hacia lo que se llama “estados fallidos”, y en ese sentido no son entre “estados” sino de un estado contra la sociedad de otra nación, sino porque aunque sea un estado el que las emprende lo hace a través de una estructura externa que una vez contratada se rige por sus propias reglas y no responde a los criterios de la administración pública.

El outsourcing, que se ha vuelto recurrente en el capitalismo de nuestros días, tiene implicaciones muy profundas en el caso que nos ocupa. No se trata simplemente de privatizar una parte de las actividades del estado sino de romper el sentido mismo del estado. La cesión del ejercicio de la violencia de estado a particulares coloca la justicia en manos privadas y anula el estado de derecho. Ni siquiera es un estado de excepción. Se ha vaciado de autoridad y al romper el monopolio de la violencia la ha instalado en la sociedad.

En el fascismo había un estado fuerte capaz de organizar a la sociedad y de construir consensos. El estado centralizaba y disciplinaba. Hoy apelar al derecho y a las normas establecidas colectivamente ha empezado a ser un disparate y la instancia encargada de asegurar su cumplimiento las viola de cara a la sociedad. Ver, si no, los ejemplos de Guantánamo o de la ocupación de Irak.

Con la reciente crisis las instituciones capitalistas más importantes se han desfondado. El FMI y el Banco Mundial son repudiados hasta por sus constructores. Estamos entrando a un capitalismo sin derecho, a un capitalismo sin normas colectivas, a un capitalismo con un estado abiertamente faccioso. Al capitalismo mercenario.

El posneoliberalismo nacional alternativo

Otra vertiente de superación del neoliberalismo es la que protagonizan hoy varios estados latinoamericanos que se proclaman socialistas o en transición al socialismo y que han empezado a contravenir, e incluso revertir, la política neoliberal impuesta por el FMI y el Banco Mundial. Todas estas experiencias que iniciaron disputando electoralmente la presidencia, aunque distintas entre sí, comparten y construyen en colaboración algunos caminos para distanciarse de la ortodoxia dominante. Bolivia, Ecuador y Venezuela, de diferentes maneras y con ritmos propios, impulsan políticas de recuperación de soberanía y de poder participativo, que se ha plasmado en las nuevas Constituciones elaboradas por sus sociedades1.

La disputa con el FMI y el Banco Mundial ha determinado un alejamiento relativo de sus políticas y de las propias instituciones, al tiempo que se inicia la creación de una institucionalidad distinta, todavía muy incipiente, a través de instancias como el ALBA, el Banco del Sur, Petrocaribe y otras que, sin embargo, no marcan una pauta anticapitalista en sí mismas sino que apuntan, por el momento, a constituir un espacio de mayor independencia con respecto a la economía mundial, que haga propicia la construcción del socialismo. Considerando que, aun sin tener certeza de los resultados, se trata en estos casos por lo menos de un escenario posneoliberal diferente y confrontado con el que desarrollan las potencias dominantes, es conveniente destacar algunos de sus desafíos y paradojas.

1. Para avanzar en procesos de recuperación de soberanía, indispensable en términos de su relación con los grandes poderes mundiales --ya sea que vengan tras facetas estatales o empresariales--, y para emprender proyectos sociales de gran escala bajo una concepción socialista, requieren un fortalecimiento del estado y de su rectoría. Lo paradójico es que este estado es una institución creada por el propio capitalismo para asegurar la propiedad privada y el control social.

2. Los procesos de nacionalización emprendidos o los límites impuestos al capital transnacional, pasándolo de dueño a prestador de servicios, o a accionista minoritario, marca una diferencia sustancial en la capacidad para disponer de los recursos estratégicos de cada nación. La soberanía, en estos casos, es detentada y ejercida por el estado, pero eso todavía no transforma la concepción del modo de uso de estos recursos, al grado de que se estimulan proyectos de minería intensiva, aunque bajo otras normas de propiedad. Para un “cambio de modelo” esto no es suficiente, es un primer paso de continuidad incierta, si bien representa una reivindicación popular histórica.

3. El reforzamiento del interés nacional frente a los poderes globales o transnacionales va acompañado de una centralización estatal que no resulta fácilmente compatible con la plurinacionalidad postulada por las naciones o pueblos originarios, ni con la idea de una democracia participativa que acerque las instancias de deliberación y resolución a los niveles comunitarios.

4. Las Constituyentes han esbozado las líneas de construcción de una nueva sociedad. En Bolivia y Ecuador se propone cambiar los objetivos del “desarrollo” por los del “buen vivir”2, marcando una diferencia fundamental entre la carrera hacia delante del desarrollo con la marcha horizontal e incluso circular del buen vivir, que llamaría a recordar la metáfora zapatista de caminar al paso del más lento. La dislocación epistemológica que implica trasladarse al terreno del buen vivir coloca el proceso ya en el camino de una bifurcación societal y, por tanto, la discusión ya no es neoliberalismo o posneoliberalismo sino eso otro que ya no es capitalista y que recoge las experiencias milenarias de los pueblos pero también la crítica radical al capitalismo. Los apelativos son variados: socialismo comunitario, socialismo del siglo XXI, socialismo en el siglo XXI, o ni siquiera socialismo, sólo buen vivir, autonomía comunitaria u horizontes emancipatorios.

Ahora bien, la construcción de ese otro, que genéricamente podemos llamar el buen vivir, tiene que salirse del capitalismo pero a la vez tiene que transformar al capitalismo, con el riesgo, siempre presente, de quedar atrapado en el intento porque, entre otras razones, esta búsqueda se emprende desde la institucionalidad del estado (todavía capitalista), con toda la carga histórica y política que conlleva.

El posneoliberalismo de los pueblos

Otro proceso de salida del neoliberalismo es el que han emprendido los pueblos que no se han inclinado por la lucha electoral, fundamentalmente porque han decidido de entrada distanciarse de la institucionalidad dominante. En este proceso, con variantes, se han involucrado muchos de los pueblos indios de América, aunque no sólo, y su rechazo a la institucionalidad se sustenta en la combinación de las bifurcaciones con respecto a la dominación colonial que hablan de rebeliones larvadas a lo largo de más de 500 años, con las correspondientes a la dominación capitalista. Las naciones constituidas en el momento de la independencia de España y Portugal en realidad reprodujeron las relaciones de colonialidad interna y por ello no son reconocidas como espacios recuperables.

La resistencia y las rebeliones se levantan a veces admitiendo la nación, más no el estado, como espacio transitorio de resistencia, y a veces saltando esta instancia para lanzarse a una lucha anticapitalista-anticolonial y por la construcción-reconstrucción de formas de organización social simplemente distintas.

Desde esta perspectiva el proceso se realiza en los espacios comunitarios, transformando las redes cotidianas y creando condiciones de autodeterminación y autosustentación, siempre pensadas de manera abierta, en interlocución y en intercambio solidario con otras experiencias similares.

Recuperar y recrear formas de vida propias, humanas, de respeto con todos los otros seres vivos y con el entorno, con una politicidad libre y sin hegemonismos. Democracias descentradas. Este es el otro camino de salida del neoliberalismo, que sería muy empobrecedor llamar posneoliberalismo porque, incluso, es difícil de ubicar dentro del mismo campo semántico. Y todos sabemos que la semántica es también política y que también ahí es preciso subvertir los sentidos para que correspondan a los nuevos aires emancipatorios.

Lo que viene después del neoliberalismo es una abanico abierto con múltiples posibilidades. No estrechemos el horizonte cercándolo con términos que reducen su complejidad y empequeñecen sus capacidades creativas y emancipatorias. El mundo está lleno de muchos mundos con infinitas rutas de bifurcación. A los pueblos en lucha toca ir marcando los caminos.

Bibliografía

Acosta, Alberto 2008 “La compleja tarea de construir democráticamente una sociedad democrática” en Tendencia N° 8 (Quito).

Prigogine, Ilya 2006 (1988) El nacimiento del tiempo (Argentina: Tusquets).

Constitución de la República del Ecuador 2008.

Asamblea Constituyente de Bolivia 2007 Nueva Constitución Política del Estado (documento oficial)
Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa de la autora, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Ana Esther Ceceña
Rebelión

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