Bloqueos y protesta de la derecha en Santa Cruz de la Sierra  ________________________________________ Imagen: EFE

El país está en calma, con sus actividades normalizadas, sin cuarentena. Pero los focos de protesta se mantuvieron en Santa Cruz y, en menor medida,  Cochambamba.

 

Desde La Paz. Bolivia es un río revuelto de acontecimientos a menos de 48 horas de la toma de posesión de Luis Arce y David Choquehuanca. Se trata de una situación fuera de lo común: un gobierno de facto en retirada desordenada con mezcla de huida y movimientos desesperados, y un gobierno electo bajo amenazas y con gran respaldo popular.

La última de esas amenazas, pasada al acto, fue el ataque con dinamita al local del Movimiento al Socialismo (MAS) donde se encontraba Arce, que ocurrió el jueves en la noche en la ciudad de La Paz. La detonación tuvo lugar luego de un nuevo intento de movilización por parte de sectores de derecha que denuncian que tuvo lugar un fraude electoral y piden que se suspenda la toma de posesión.

El intento de generar acciones fuertes en La Paz no dio resultado hasta el momento. La ciudad está en calma, con sus actividades normalizadas, sin cuarentena. Los focos de protesta se mantuvieron en las zonas fuertes de la derecha, en Santa Cruz y, en menor medida, Cochabamba, en lo que es la geografía actual del conflicto boliviano: con fuerza en oriente, menor capacidad en el centro, hasta poco o casi nada en el centro del poder político paceño.

Las protestas tampoco demostraron un gran apoyo popular en el principal bastión cruceño. Allí, donde comenzó el viernes un “paro cívico” anunciado por el Comité Cívico, se reportaron tensiones entre quienes llevan adelante los bloqueos y habitantes de algunos barrios debido a la falta de consenso. En Cochabamba, donde la derecha desplegó grupos armados, se reportaron enfrentamientos con transportistas.

Rómulo Calvo, presidente del Comité, quien pedía a Jeanine Añez que suspendiera la toma de posesión del próximo domingo, afirmó en la tarde del viernes que “lamentablemente las acciones más importantes que tenía que haberlas dado nuestra presidenta, como parar el cambio de mano, no lo ha hecho, está dejando un país convulsionado”.

Junto a las acciones callejeras sin la repercusión esperada por sus dirigentes, se han dado nuevos intentos de desconocer los resultados electorales del pasado 18 de octubre. El principal acontecimiento tuvo lugar el jueves con una carta enviada por la vocal del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Rosario Baptista, al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, para solicitarle una “auditoría especializada e independiente”, debido a la “posible existencia de un bloque de data alterno, técnicamente reservado, con acceso privilegiado, restringido y secreto (…) que podría haber condicionado el resultado final”.

La carta enviada por Baptista se tradujo en que otros dirigentes de la derecha se sumaran a cuestionar el resultado del 18 de octubre, como Jorge Quiroga, quien había desistido de su candidatura presidencial poco antes de la contienda. Carlos Mesa, segundo en las elecciones -con 26 puntos menos que Arce-, pidió al TSE dar explicaciones acerca de la carta presentada por Baptista.

La Sala Plena del TSE, encabezada por su presidente Salvador Romero, volvió a ratificar los resultados de las elecciones en una conferencia de prensa. El jefe de la misión del Centro Carter, José Antonio de Gabriel, quien fue parte de la observación electoral, también respaldó el resultado: “cuando se pone en duda una elección que se ha conducido con tanta transparencia, es muy importante que de manera igualmente transparente se aporten datos concretos (…) no simplemente echar una sombra de duda”.

En ese contexto, el gobierno de facto emite diferentes mensajes. Por un lado, el ministro de la presidencia, Yerko Nuñez, también le solicitó una auditoría al TSE. Por otro lado, Añez, envió un mensaje de cierre de gestión, y en cuanto a Arturo Murillo, quien fue ministro de facto de Gobierno, se especula que podría intentar una fuga del país, suposición que toma fuerza con la notificación hecha por la justicia a migraciones sobre la prohibición de salida del país de Murillo y de Fernando López –ex ministro de facto de Defensa.

El plan de última hora de un sector de la derecha parece entonces estar en proceso de naufragar debido al poco consenso social, falta de unidad, y activación tardía de las acciones. Mientras tanto, en la mañana del viernes, Arce y Choquehuanca estuvieron en el Tiwanaku, donde se realizó una ofrenda a la Pachamama, y ambos recibieron el bastón de mando de los amautas “para gobernar en paz, prosperidad y unidad”, según afirmó el nuevo presidente de Bolivia que asumirá el domingo.

En el centro de La Paz ya han comenzado a reunirse en la Plaza Murillo los primeros movimientos sociales, indígenas, venidos de diferentes puntos del país. Se espera también la llegada de la Central Obrera Boliviana que se declaró en emergencia y vigila debido a las amenazas de sectores de la derecha golpista. La toma de posesión del nuevo gobierno estará acompañada en las calles por quienes protagonizaron meses de resistencia, primero para impedir el golpe, luego ante sus imposiciones, persecuciones y masacres, y finalmente para lograr que se realizaran las elecciones que le dieron la victoria al MAS.

La jornada del domingo será seguida de la llegada de Evo Morales a Villazón el día lunes, desde donde comenzará una caravana que se espera multitudinaria hasta llegar a Chimoré el día 11 de noviembre, con una gran carga simbólica ya que, desde ese sitio, exactamente un año antes, tuvo que dejar el país producto del golpe de Estado y la persecución desatada. Con la asunción de Arce y Choquehuanca, y el regreso de Morales, habrá comenzado una nueva etapa en Bolivia, compleja y bajo asedios anunciados de un sector de la derecha. 

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Elecciones en Estados Unidos: "pueblo de brutos"

"Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur"

 

"La condición de un pueblo embrutecido es peor que la condición de un pueblo de brutos ". 257 años separan esta frase escrita en 1763 por el filosofo francés y creador de la Enciclopedia Denis Diderot de este final de 2020. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos en este momento respira en cada palabra de esa frase. Un pueblo embrutecido elige a un déspota y regala su libertad. La brevedad lapidaria de Diderot retrata magistralmente, más allá de los tiempos, la involución dramática de una sociedad y de una cultura que representó lo más avanzado de la modernidad democrática, muy por encima del cínico almidón europeo. 

Donald Trump boicotea su propio país con la misma filosofía con la que los esbirros de Washington boicotearon nuestras democracias durante un largo periodo del Siglo XX. Sus sicarios se llamaron Pinochet, Videla, Duarte, Bordaberry o Stroessner y diseminaron en los años 70 un tendal de horrores que la memoria colectiva guarda como actos de barbarie encubiertos por la impunidad y la fuerza. De Siglo a Siglo, de Pinochet y Videla a Donald Trump, se derrumba una ficción alimentada por el imperio y surge, potente e íntegra, una fuerza que dio vuelta la historia y puso al Sur de América en el camino de su resurrección soberana y al exportador de crímenes ante los mismos extremos que el expandió. La víctima de esos crímenes tiene las manos en las riendas de su destino. Chile, con el plebiscito para la reforma de la Constitución, se sacó de encima la herencia del autoritarismo, de la violación de la ley y la contaminación de las instituciones con la que Trump ha gobernado e intenta seguir en el poder. La historia vuelve a ser nuestra y respira en el Sur.

Los procesos son simultáneos: Chile se libera y nos libera en lo real y lo simbólico de ese pasado de sicariato, de una Constitución diseñada en Washington, mientras Estados Unidos ingresa en el túnel del tiempo del que Chile acaba de salir: el imperio que exportó muertes, torturas y dictaduras se fabricó un autócrata mentiroso y corrupto que pisoteó todas las leyes y dejará un legado mucho más arraigado de lo que se sospecha: el trumpismo no se acaba con Donald Trump sino que recién empieza. 

En 2020, Donald Trump le agregó 5 millones de votos (68 millones) a los que había obtenido en 2016. Instituciones vaciadas o corrompidas, un Partido Republicano aliado a lo más nefasto que haya existido y orientado hacia la confrontación y la trampa, servicios secretos y organismos de seguridad en el fango y una Corte Suprema cautiva del trumpismo se han instalado por unas cuántas décadas en el corazón de esa democracia degradada. Mientras Chile despedía el legado de la dictadura-cultura que Washington exportó, Estados Unidos entraba de lleno en la era del autoritarismo mesiánico. El renacido espectro de Augusto Pinochet se mudó al Capitolio y allí permanecerá por un tiempo. En el discurso que pronunció cuando prestó juramento (27 de enero de 2017), Trump saludó a aquellos norteamericanos que habían votado por él “para formar un movimiento histórico como el mundo jamás ha visto hasta el momento”. Y allí está, lejos, muy lejos de la “majestad de la democracia norteamericana” con la que el ex presidente Georges Bush saludó la victoria de Bill Clinton en las elecciones de 1993. 

La “majestad” es un trapo pisoteado por un demente en quien millones de votantes siguen viendo un Mesías. Trump es más que Trump: es el interciso a través del cual se ve el derrumbe moral de una sociedad que se cansó de fabricar en el cine héroes morales para terminar eligiendo al actor más acabado de la inmoralidad. El sueño americano se transmutó en pesadilla planetaria. En el abismo entre uno y otro, del sueño a la pesadilla, no sólo cae la puerilidad del mito. En esa caída también se desnuda nuestra mansa y constante rendición a los pies de un modelo cultural, financiero y tecnológico que ha hipnotizado a todo el planeta. Los años durante los cuales, en América Latina y en Europa, se exploraban y realizaban intentos de estéticas soberanas en muchos campos culturales se esfumaron o reciclaron en una dependencia cultural y tecnológica que no tiene precedentes en la historia humana. Jamás hubo tantos millones de seres humanos, oriundos de culturas y geografías tan diferentes como distantes, usando o mirando embobados los productos confeccionados por un mismo imperio. 

La dependencia mental con respecto a Estados Unidos ha sido una abdicación global. Ni siquiera el imperio ha podido controlar sus propias invenciones. Ha acumulado una fuerza imperial tan destructora que ya no tiene armas para protegerse a sí mismo. Una vez más, Facebook, Twitter o YouTube fueron incapaces de frenar o gestionar el flujo de informaciones falsas generado por las elecciones en Estados Unidos y el posterior diluvio de aberraciones difundidas por Donald Trump y sus partidarios. En inglés --únicamente en inglés-- Twitter colgó una advertencia sobre los dudosos mensajes de Trump, pero no evitó su propagación. En cuanto a Facebook, la totalidad de los mensajes mentirosos del mandatario denunciando supuestos “fraudes masivos” están en acceso libre. En español o en francés no hay freno alguno: los repetidores conspiracionistas los traducen y los retwittean con plena holgura. Así aparecieron en español mensajes vistos por millones de personas que hablaban de fraudes en Arizona o denunciaban la presencia imaginaria de milicias de ultra izquierda desplegándose en el territorio norteamericano. Ni hablar de YouTube y sus canales alternativos. 

Las mal llamadas redes sociales han vuelto a probar que son Armas de embrutecimiento masivo (AEM). De esa subcultura surgió Qanon. Este grupo de extrema derecha radical, adepto a la violencia, híper trumpista, antisemita, islamofóbico, anti latino y anti afroamericano funciona mediante mensajes encriptados propagados en la red y cree que existe un Estado profundo manejado por una elite de pedófilos que conspira contra quien es, para ellos, el salvador del mundo, Donald Trump. Ese delirio violento presentó 20 candidatos y uno de ellos ingresó hace unos días a la Cámara baja: la hoy senadora Marjorie Greene (Georgia). Es rubia, racista, pro Qanon, armada hasta los dientes, promotora de una campaña bélica contra los “pedosatánicos” del supuesto “Deep State” y los socialistas. El FBI considera a Qanon como una amenaza terrorista con “capacidades de motivar a extremistas nacionales a llevar a cabo actividades criminales y violentas”. El más perfecto y expandido útil tecnológico engendró un monstruo que se come su propia democracia.

A los verdaderos demócratas de Occidente les vendría muy bien mirar hacia nuestro Sur para reinventarse. Hemos resistido dictaduras asesinas, a las desapariciones, las torturas, al terrorismo de Estado, a las privatizaciones, al colonialismo interior, a los evangelistas liberales, a la expoliación de nuestros recursos naturales, a la deslealtad de nuestras burguesías, a la manipulación de las instituciones, a la corrupción, la impunidad, el subdesarrollo, la desigualdad como filosofía política y a la guerra permanente que, desde el inicio, Estados Unidos le declaró a América Latina. Siempre han estado en guerra contra nosotros. No ha habido presidente norteamericano que no nos haya legado una dictadura. Obama nos dejó el golpe de Estado en Honduras (Manuel Zelaya) y Trump y la OEA la mascarada patética del golpe en Bolivia contra Evo Morales. 

Hemos mirado a los ojos y respirado el aliento de la barbarie durante décadas. Nunca dejamos de ser el sueño colectivo de libertad con la que se forjaron nuestras historias americanas. ¡Qué enorme y sórdida paradoja ! Hoy le toca a la primera potencia mundial y a la democracia piloto luchar por su propia libertad. Y los demás imperios coloniales de Europa están sacudido e invadidos por una extrema derecha violenta y xenófoba que corroe todo lo que roza. La Argentina le está diciendo al mundo mucho más de lo que la confrontación interna y la basura mediática permite escuchar. Bolivia regresó a los tiempos modernos democráticos después de una pausa en el Siglo XIX y Chile desterró los suspiros moribundos de una infamia institucional. Los medios globales miran el Brasil de Bolsonaro, pero la epifanía somos nosotros. Late en ese triángulo mágico del Sur acechado y violentado que ha sabido restaurar y creer en lo que Occidente no cree más. El autoritarismo galopante que se extiende en Occidente contrasta con la lenta pero firme conquista de nuestras libertades. 

El Siglo de las Luces que preside el nacimiento de la democracia occidental se dejó envolver por el sigilo de las sombras. ¿Quién nos hubiese dicho que un fantoche grosero convertiría la Casa Blanca en el Castillo sombrío de una autocracia naciente? El trumpismo nos revela mucho de nosotros porque enfoca, en su fatal contradicción, nuestra potencia emancipadora, los horrores que padecimos por la libertad y la forma irrenunciable en que la fuimos consolidando. También nos demuestra la futilidad de la dependencia y el costo que aún acarrea. 

Hoy es el Sur quien puede ayudar, con las manos abiertas y la memoria sin rencores, al pueblo estadounidense a liberarse. Tenemos mucha experiencia en autócratas formados en Washington. Sabemos, mejor que ellos, cómo salir vivos y libres de la sumisión. No hemos levantado una Escuela de las Américas para capacitar dictadores como lo hizo Estados Unidos, sino desarrollado una práctica democrática con identidad nueva.

Empieza ya un viaje al revés. El Sur le puede transmitir al Norte la ética de la emancipación y la libertad que ese mismo Norte tantas y tantas veces interceptó para su conveniencia. Pueden contar con nosotros. Tal vez, nuestras debilidades e imperfecciones institucionales no nos legitimen ante Occidente. Pero somos hoy un halo de luz. Las sombras que proyecta el imperio iluminan nuestra propia grandeza colectiva, nuestro hondo pasado de violencia importada y nuestra resurrección soberana. Pueblo norteamericano, nuestras fosas comunes, nuestros vuelos de la muerte, nuestros desaparecidos, nuestros hijos robados, nuestros escuadrones de la muerte, nuestros pueblos originarios despojados, nuestras democracias vendidas son parte de la guerra encubierta que las sucesivas administraciones norteamericanas fueron implementando con los lacayos nacionales. Hemos vencido esas vicisitudes sangrientas. En la Argentina hemos hecho justicia y condenado a los criminales contra la humanidad. Tenemos mucha sabiduría acumulada para compartir. Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur.

Por Eduardo Febbro

Desde París.

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Jalife-Rahme: "Si Biden gana, dirán que no es funcional y ahí va a entrar Hillary Clinton"

En caso de que se concrete el triunfo de Joe Biden en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, este se convertiría en el presidente más viejo en la historia de aquel país; por lo cual, crece la duda sobre cuánto tiempo podría estar al frente del Gobierno estadounidense.

 

Para el analista político Alfredo Jalife-Rahme la llegada de Biden a la Casa Blanca supondría un estado de ingobernabilidad para Estados Unidos, pues este no es apto para gobernar debido a que tiene problemas de salud.

"Biden un día antes de la elección confundió a su, en paz descanse, hijo difunto Bob con su nieta. No solamente confunde las edades, sino confunde en su familia a su hijo y su nieta. Esto habla de que él está en un grado, digo yo soy de formación de psiquiatra y no quiero ser cruel, pero esto no habla de un candidato que esté apto para gobernar", declaró Jalife-Rahme en una entrevista.

Ahora bien, en un caso hipotético en el que Biden sea presidente pero por circunstancias colaterales no pueda estar al frente del cargo, quien tendría que asumir la presidencia tendría que ser la vicepresidenta Kamala Harris.

Sin embargo, el analista apunta que en la vía de los hechos sería Hillary Clinton quien gobernaría Estados Unidos; esto a pesar de que ella no esté directamente en la silla presidencial, por lo que estaría gobernando desde la vicepresidencia.

"Si gana Biden van a lanzar la enmienda 25 donde optan para decir que no es funcional el presidente y ahí va a entrar una vicepresidenta de entrada digo quién va a ser...Hillaty Clinton", comentó.

"Hillary Clinton sería dos veces; sería la verdadera presidenta y sería la vicepresidenta y nunca en la historia de Estados Unidos se había dado un escenario así, no solamente con la primera presidente de su historia, sino con dos mujeres", señaló.

Hillary Clinton: una dama de hierro norteamericana

Hillary Clinton es una de las figuras políticas más importantes de Estados Unidos. Su poder es tal que podría compararse con personajes como la exprimera ministra de Reino Unido, Margaret Tacher, o la canciller de Alemania, Angela Merkel.

Aunque cabe mencionar que Clinton no se identifica con Tacher, por lo que no la incluyó en su último libro sobre mujeres emblemáticas en la historia: The Book of Gutsy Women: Favorite Stories of Courage and Resilience.

Hillary estudió derecho en la Universidad de Yale, de donde se graduó en 1973, y desde entonces comenzó a realizar labores sociales. En 1978 fue designada como presidenta de la Corporación de Servicios Legales, y al año siguiente se convirtió en la primera mujer en ser socia de la firma de abogados Rose Law Firm en Little Rock, en el estado de Arkansas.

Sin embargo, su carrera política comenzó cuando su esposo, el expresidente Bill Clinton, se convirtió en gobernador de Arkansas en 1983 y se consolidó cuando este ganó la presidencia de Estados Unidos en 1993. Como primera dama, Hillary impulsó una serie de reformas enfocadas principalmente en el sistema de salud.

Desde entonces, empezó a participar activamente en la política estadounidense y en el año 2000 se lanzó como candidata al senado por el Partido Demócrata; de esta forma, se convirtió en la primera mujer senadora de Nueva York, cargo que ocupó hasta 2009.

En 2008, Clinton participó en las primarias del Partido Demócrata para conseguir la candidatura a la presidencia, pero perdió contra Barack Obama. Posteriormente, en 2009 se convirtió en secretaria de Estado de la nación estadounidense de la administración Obama, puesto que le dio mayor visibilidad a su carrera política por su papel en temas de política internacional.

En 2016 se convirtió en la primera mujer candidata a la presidencia por uno de los partidos más importantes de Estados Unidos, y aunque no ganó las elecciones fue una de las figuras más votadas en la historia estadounidense.

De este modo, Hillary Clinton se ha convertido en una de las mujeres más relevantes de la política estadounidense con una trayectoria de más de 40 años; además, a principios de 2020 se rumoraba que podría ser ella la elegida para la vicepresidencia demócrata.

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Domingo, 01 Noviembre 2020 06:06

Las elecciones del apocalipsis

 Donald Trump llega a Carolina del Norte en el marco de la campaña electoral. AFP, SAUL LOEB

Estados Unidos en el tramo final de la campaña

 

Unos 150 millones de ciudadanos completarán el martes la elección de quien será, a partir de enero, presidente estadounidense por cuatro años. Los comicios ocurren en medio de una pandemia que no mengua, inestabilidad económica, decenas de millones de desempleados y una polarización extrema en la que las partes ya no sólo difieren en opiniones políticas, sino que se ven mutuamente como fuerzas demoníacas.

 

QUÉ SE ELIGE

El presidente Donald Trump, que se ha apropiado del Partido Republicano y quien en 2016 fue elegido por una minoría del voto popular, busca quedarse en la Casa Blanca hasta 2024. El exvicepresidente y candidato demócrata Joe Biden promete que retornará el país a la sensatez, encarará la pandemia con apoyo de la comunidad científica y sanará el divisionismo que Trump ha fomentado. Pero hay, en esta elección, otros niveles que son igualmente importantes.

En el Senado, los republicanos ocupan 53 curules y los demócratas 45, con dos independientes que casi todo el tiempo votan con los demócratas. Este año hay 33 puestos en el Senado sujetos a elección, de ellos 23 son republicanos y diez son demócratas. El hecho de que en estos últimos cuatro años los republicanos han tenido mayoría en el Senado ha resultado en una casi parálisis del Congreso, donde la Cámara de Representantes, con mayoría demócrata, aprueba proyectos de ley que el Senado ignora o rechaza según plazca a Trump.

Si Biden gana la presidencia y los demócratas alcanzan la mayoría en la Cámara Alta, el Partido Demócrata controlará ambas ramas del gobierno. Es que en la Cámara de Representantes, donde ahora todos los escaños están sujetos a elección, los demócratas ocupan 232 puestos, los republicanos tienen 197 y hay seis vacantes. Todo indica que los demócratas fácilmente conservarán su mayoría y algunas encuestas sugieren que la ampliarán.

Finalmente, están sujetos a elección 11 gobiernos estatales: siete tienen ahora gobernadores republicanos y cuatro son demócratas. En la actualidad 26 estados tienen gobernadores republicanos y 24 tienen demócratas. Un cambio en este balance puede modificar sustancialmente la relación entre los estados y el gobierno federal.

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

En febrero, cuando recibió las primeras informaciones acerca de un coronavirus novedoso que causaba estragos en China y recién había llegado a Estados Unidos, Trump dijo en declaraciones grabadas al periodista Bob Woodward que el covid-19 era altamente contagioso y letal, una enfermedad mucho más peligrosa que la gripe común. Pero en público, en encuentros con la prensa y en los mítines ante sus seguidores devotos Trump dijo entonces, y sigue diciendo, que el covid-19 no es cosa tan seria. Dijo en marzo que habría, quizá, 14 personas muertas y que pronto el virus desaparecería, «como un milagro». Trump se ha burlado del asesoramiento científico, ha calificado de «idiotas» a los expertos en enfermedades contagiosas, se ha rehusado a ponerse una máscara y ha incitado a sus seguidores a desecharla.

Y, aun así, hay millones de estadounidenses que concurren, desenmascarados, A los mítines en los cuales Trump divaga, se regodea en ponerles motes ofensivos a sus adversarios y promete que pronto habrá vacunas y tratamientos para el covid-19. Ha dicho que quizá no acepte el resultado de la elección si es que pierde. Sigue afirmando, sin pruebas, que hay fraude en los millones de votos ya depositados vía correo. Ha indicado a los grupos extremistas de derecha que «den un paso atrás y se mantengan listos» para un eventual período turbulento mientras se completa el escrutinio de votos.

Así, la campaña de Trump ha ido sumergiéndose más y más en los insultos personales, la denuncia de ininteligibles casos de corrupción entre sus adversarios, el desdén hacia más de 8 millones de casos y más de 230 mil muertes por covid-19, el aliento insinuado a las milicias blancas… Y todo ello a la sombra del guiso de conspiraciones denominado QAnon.

El 17 de octubre unas 100 personas se congregaron para la conferencia Q Con Live! en Scottsdale, Arizona, y escucharon a uno de los promotores más prominentes de QAnon, Alan Hostetter. De acuerdo con un audio grabado de su discurso, Hostetter, quien sostiene que «los medios» han exagerado la gravedad de la pandemia y que las máscaras forman parte de un intento tiránico para controlar al pueblo, dijo que Estados Unidos está al borde de una guerra civil y que es necesaria la reelección de Trump para impedir que el país se hunda en un conflicto armado.

Los seguidores de QAnon, una especie de secta religiosa online que ha sido declarada por el FBI como una potencial amenaza terrorista, aseguran, sin que se les mueva una ceja, que los líderes demócratas y las estrellas de Hollywood integran todos ellos una secreta red internacional de pederastas adoradores de Satán. El único decidido a desenmascararlos, dicen, es Trump, quien planea un providencial golpe de Estado para enviarlos en masa a la cárcel. Y, aunque la preparación real para tales aventuras armadas es un área en la que medran las milicias derechistas, el presidente Trump se las ha arreglado para no desautorizar a QAnon o distanciarse claramente de ese movimiento.

EL ESCONDIDO

A los 77 años de edad y con una carrera política de 46, el exsenador de Delaware Biden aparece en la casi totalidad de las encuestas con una ventaja de diez puntos porcentuales sobre su rival. La campaña demócrata ha mesurado y dosificado hábilmente la exposición pública del candidato, a sabiendas de que la confrontación personal es el territorio preferido de Trump y donde el presidente acapara la atención con insinuaciones maliciosas, insultos y falsedades.

En lugar de trenzarse en un mano a mano con Trump, Biden ha participado en mítines en los que la audiencia se mantiene a distancia y usa mascarillas, y donde el discurso llama al optimismo, a la unidad nacional y a superar el caos de la era trumpiana. En contraste con el discurso arrebatado de Trump, que no ha ofrecido ideas sobre qué haría en un segundo mandato, Biden ha presentado planes para la reactivación económica, la creación de empleos en la energía alternativa, políticas ambientales y atención a los inmigrantes indocumentados.

Y la campaña, mientras esconde al candidato de los pugilatos verbales con Trump, ha movilizado una miríada de organizaciones no gubernamentales, iglesias, grupos de derechos humanos, coaliciones de mujeres y minorías, sindicatos, empresarios y, sobre todo, prominentes exfuncionarios y políticos republicanos que se han volcado por la candidatura demócrata. Decenas de exfiscales federales y cientos de exfuncionarios militares y de los servicios de seguridad nacional e inteligencia han publicado condenas de Trump y elogios de Biden. Una horda de oposición para la que la campaña republicana no ha hallado respuestas.

ELECCIÓN EN MARCHA

A este viernes, cuatro días antes del Día de la Elección, probablemente más de 80 millones de ciudadanos ya habrán votado, sea depositando su sufragio personalmente o remitiéndolo por correo. Esta modificación de los períodos de votación –causada por las preocupaciones por la pandemia y para evitar la aglomeración de votantes en un solo día– ha tornado ya medio fútiles las campañas y las tretas de último momento: más de la mitad del electorado previsto en 2020 ya ha pronunciado su voto. En un país que el gobierno de Trump ha contribuido a polarizar y radicalizar, cuesta creer que todavía quede un número sustancial de votantes indecisos.

Los indicios del voto anticipado apuntan a una victoria del Partido Demócrata, pero también es posible que millones de simpatizantes del presidente, que desconfían del correo a instancias de su caudillo, salgan a votar el martes 3. Ambas campañas han reclutado verdaderos batallones de abogados en anticipo de los litigios en el escrutinio y la advertencia de Trump de que podría desconocer un resultado adverso estampa en lo que pueda ocurrir después del martes un relieve de incertidumbre y aprensiones.               

Para muchos trumpistas, y en particular los contagiados por la irracionalidad de QAnon, esta elección tiene un significado apocalíptico. Para el resto de los estadounidenses es una oportunidad de retornar a cierto grado de moderación, respeto mutuo y un gobierno racional.

Por Jorge A. Bañalesdesde Washington 
30 octubre, 2020

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El golpe que Trump puede dar para seguir en el poder aunque pierda

Una estrategia cívica, llena de abogados

 

Por primera vez en dos siglos y algo más de vida independiente y 230 de elecciones, los norteamericanos andan discutiendo con alguna seriedad si Donald Trump puede dar un golpe militar. Como se pasó cuatro años maltratando a generales prestigiosos y diciendo cosas como que servir y morir en una guerra es cosa de perdedores, se asume que no va a seguir en el poder sentado en las bayonetas: los de uniforme no le deben su lealtad. Con lo que sí se está discutiendo y con mucha seriedad es que Trump pierda este martes y se niegue a aceptarlo, que efectivamente dé un golpe pero cívico, ambiguo, más en la tradición norteamericana. Sería uno lleno de abogados, de golpes mediáticos, de movilizaciones digitales y de milicias en la calle atacando a quien proteste, cosa de crear "anarquía" y justificar una represión dura. 

Si esto parece exagerado, hay que recordar que Trump es impulsivo y es de hacer lo que se le pase por la cabeza. Un día se le ocurrió ordenar que los marines fusilaran a quien cruzara el Río Grande, otro día que invadieran Venezuela. Como todavía tenía en el gabinete alguna gente con límites, le explicaron que lo uno era ilegal -y que las tropas proablemente no obedecerían esa orden- y que lo otro sería peor que Irak. Trump aprendió la lección y depuró su gobierno, con lo que ahora está rodeado de perfectos leales, de creyentes o de chupamedias, en todo caso de gente que no le va a decir que no.

Este martes es el día oficial de votación, como manda la constitución, pero no va a ser el día en que se sepa quién es presidente. En general, en este super-martes se sabe la tendencia del voto, que en general termina siendo el resultado final. Pero como bien sabe Al Gore, todo se puede demorar y terminar amañado por los abogados. Este martes, un escenario más que posible es que la primera tendencia le dé ventaja a Trump, porque muchos republicanos van a ir a votar ese mismo día y esos votos se cuentan rápido. Una gran cantidad de demócratas parecen haber votado por correo o por adelantado, opciones legales en el extraño sistema electoral norteamericano que se cuentan bastante más despacio.

Trump viene preparando el tema hace rato, diciendo que le van a hacer fraude por correo. Como el conteo se va a demorar varios días tiene tiempo de instalar que él ganó y le están haciendo trampa. Ahí se le abren dos opciones sabrosas. Una es declarar que las elecciones son inválidas y seguir en el poder para llamar a otras a futuro. Otra es cuestionar con demandas legales todas y cada una de las elecciones en los estados donde empate o ande cerca, que son varios. 

Para esto tiene cuatro herramientas fundamentales. Una es el departamento de Justicia, a manos de su muy leal y bastante amoral William Barr, que también lleva un buen rato hablando de fraude. Otra es la inteligencia interna, a cargo del también leal John Rattcliffe. La tercera es la flamante Corte Suprema con mayoría conservadora de seis a tres. Con menos margen, George Bush el joven le birló la presidencia al demócrata Gore.

La cuarta herramienta es la más rica y poderosa, y puede usarse en tres estados clave: Pensilvania, Michigan y Wisconsin. Como se sabe, los votantes no eligen presidente sino electores, que se reúnen en un Colegio y votan al presidente, teóricamente según el  mandato recibido de sus votantes. Pero en esos tres estados las encuestas dan cerca, con lo que puede ocurrir que las legislaturas, todas en manos de los republicanos, validen un grupo de electores que le parezca a ellas y lo mande a Washington, mientras que los gobernadores, todos demócratas, validen a otro grupo para votar en la capital. Cada bando tendrá razones abogadiles suficientes y puede armar un espectacular enredo judicial que patee todo al futuro.

Mientras todo esto ocurre, la cadena Fox, los interminables medios digitales de derecha y los grupos como Qanon van a gritar que hubo fraude, que se robaron urnas, que no dejaron votar a los fieles. También se van a movilizar los demócratas y los progresistas, y van a abundar las protestas públicas. Milicias y grupos armados como los Boogaloo, los Proud Boys, los Patriot Prayer, los Three Percenters, los Oath Keepers y la Light Foot Militia, para nombrar algunos, ya están movilizando abiertamente para "defender el voto". 

Semejante caos da para todo, hasta para anular el acto electoral -lo que nunca ocurrió- y buscar una salida con un barniz de legalidad. Una, ya se dijo, es que la Corte Suprema decida. Otra es que voten los diputados, que en un caso así, contemplado en la constitución para casos de empate, votan por estado y no por bloque, con lo que los porotos le dan fácil a Trump

El calendario de eventos augura un fin de año  movido: este martes se vota, el 14 de diciembre se reúne el colegio electoral, el 3 de enero asume el nuevo Congreso, el 6 se reúnen ejecutivo y legislativo para certificar la votación del colegio electoral y el 20 asume el nuevo presidente. Entre una fecha y la otra, Estados Unidos puede tener claridad o mostrar abiertamente que a la derecha no le importa nada que no sea seguir en el poder.

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A una semana de la elección en EU todo indica una derrota de Trump

Pandemia, el flanco más vulnerable del magnate // Casi 70 millones de personas ya votaron

 

A una semana de las elecciones del 3 de noviembre, la lucha de máscara contra sin máscara sobre el destino de esta democracia entra en la recta final con todos los indicadores apuntando hacia una derrota de Donald Trump, pero impera la incertidumbre ante la intención del presidente de provocar una crisis constitucional y política.

Ambos candidatos, el demócrata Joe Biden siempre llegando y saliendo con máscara; el presidente a propósito desenmascarado ignorando los protocolos sugeridos por sus propios expertos y con brotes contagiando su Casa Blanca, todo ilustrando que la pandemia ha contagiado esta batalla electoral.

Biden realizó dos actos en Georgia, donde reiteró su compromiso de actuar de inmediato y con base en el consenso científico y los expertos de salud para tomar control de la pandemia. Y como siempre, recordó que el uso de cubrebocas hubiera reducido el nivel de contagio y mortalidad en el país, y pidió a todos: "pónganse sus máscaras", tal como hizo él al concluir.

Trump tenía actos programados en Michigan y Wisconsin, dos estados que fueron claves para su elección en 2016, pero donde ahora está perdiendo en las encuestas, y uno más en Nebraska. En el primero continuó con su estrategia hasta ahora aparentemente fallida de minimizar la pandemia, insistiendo en que sólo se están reportando más casos porque se están haciendo más exámenes. Repetidamente ha insistido en que las noticias cada vez peores sobre la pandemia son parte de una “conspiración de los medios de fake news”, y ayer siguió minimizando las dimensiones de la pandemia, y afirmó contra evidencia que ya se está superando; todo, por supuesto, sin máscara a la vista.

Pero le guste o no al presidente, la pandemia está al centro de este ciclo electoral con el manejo incompetente e irresponsable de la respuesta a la peor crisis de salud en un siglo y sus consecuencias económicas y sociales expuesto por todo el país. Ése sigue siendo su flanco político más vulnerable, y por lo tanto el enfoque del ataque demócrata. Y la pandemia parece estar del lado demócrata, al registrar los índices más altos de nuevos contagios diarios los pasados viernes y sábado, y con emergencias por falta de capacidad médica en varios estados republicanos como Texas y Utah.

Ambos candidatos ya están empleando sus mensajes finales para animar a sus bases y tratar de convencer a los pocos indecisos que quedan. Trump una y otra vez promete un retorno a "la grandeza" y advierte que si Biden gana la "izquierda radical" tomará el poder y convertirá al país en un caos socialista. Ayer declaró que la senadora Kamala Harris, candidata demócrata a la vicepresidencia, es una izquierdista que "hace que Bernie Sanders se vea como un conservador serio", y que podría muy bien tomar el lugar de Biden si éste resulta incapacitado.

El mensaje en los discursos finales de Biden se centra en superar lo cultivado por Trump, reiterando: "estoy en campaña para unir y curar a esta nación". Con referencias a fuerzas divinas, el Papa, el presidente Franklin Roosevelt y tocando sobre los temas del movimiento antirracista, dijo en Georgia que "Dios y la historia nos han llamado a este momento y a esta misión. Con nuestras voces y nuestros votos, tenemos que liberarnos de las fuerzas oscuras, las fuerzas de la division y las fuerzas de ayer", para promover "una nueva ola de justicia" en Estados Unidos.

Mientras, el ex presidente Barack Obama continuó con los actos en apoyo de su ex vicepresidente en el estado clave de Florida.

Casi 70 millones de personas ya han emitido su voto en centros de votación anticipada y por correo, batiendo récords e indicando una tasa de participación electoral sin precedente en las últimas décadas. Los sufragios ya emitidos equivalen aproximadamente a la mitad del total de votos de 2016, a una semana de la elección, día en que tradicionalmente se registra la mayoría de los votos. La pandemia ha nutrido esta forma alternativa de votar, y con ello, ha creado dificultades para los que se dedican a pronosticar los resultados, y también para saber cuáles serán los estados claves.

Vale recordar que no hay voto directo para elegir presidente en Estados Unidos, y que el ganador del voto popular nacional no necesariamente es el victorioso en la contienda, como fue el caso de Trump en 2016 (Hillary Clinton recibió casi 3 millones de votos más que Trump). Por el sistema del Colegio Electoral, la contienda se determinará en unos cuantos estados claves.

Por eso, aunque los sondeos nacionales otorgan amplia ventaja a Biden, con más de 9 puntos en promedio, las tendencias en los estados claves son más importantes para descifrar la contienda, y aunque Biden goza de ventajas en muchos de ellos, son por un margen menor y a veces casi nulo.

Los estados considerados claves donde los expertos creen que se determinará el resultado final de la elección presidencial incluyen Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Florida y tal vez Arizona (en todos estos, Biden tiene ventaja). Pero también cambia el mapa electoral si estados como Georgia y Texas, hasta ahora considerados republicanos, sorprenden y se vuelcan hacia los demócratas.

Y aunque los expertos en elecciones y encuestas concluyen que las posibilidades de un triunfo de Biden son muy altas (el modelo famoso de FiveThirtyEight que realiza 40 mil simulaciones, concluye que Biden gana en 88 de cada 100), el fantasma de 2016 sigue presente: Clinton gozaba de ventajas suficientes como para que casi todos los expertos pronosticaran su triunfo. Por eso, los opositores a Trump aún no se atreven a comprar la champaña.

Pero más que el voto mismo, la incertidumbre y hasta la alarma crecen cuando Trump repite que no reconocerá los resultados si pierde, ya que eso sólo sería posible por un "fraude", y sigue rehusando garantizar una transición pacífica del poder.

Por primera vez en este país se habla de un posible golpe de Estado por el jefe del Estado, o sea, un autogolpe para mantenerse en el poder. Para evitar una crisis constitucional y política, los estrategas demócratas están tratando de impulsar una "ola" suficientemente grande que no permita disputar el resultado.

En tanto, decenas de organizaciones y ejércitos de abogados a lo largo del país se están preparando de manera inédita para enfrentar todo intento de descarrilar el proceso antes, durante y después de los comicios.

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Lunes, 26 Octubre 2020 05:23

Abriendo puertas

Una manifestante que se opone a la confirmación de Amy Coney Barrett para ocupar un lugar en la Suprema Corte de Estados Unidos es conminada a bajar de la estatua Contemplación de la Justicia, a la cual se encadenó.Foto Ap

¿Habrá un autogolpe de Estado? ¿Habrá una ola anti-Trump lo suficientemente masiva como para frenar el caos poselectoral que el propio mandatario fomenta? ¿Habrá conflictos armados en algunas calles del país? ¿Intervendrán las fuerzas federales, incluso los militares, si el comandante en jefe les ordena reprimir a opositores? ¿Se rescatará lo que queda de la democracia estadunidense? Nunca antes se habían escuchado estas cosas en una coyuntura electoral en esta nación, y nadie puede pronosticar lo que está por ocurrir.

Varias organizaciones y sus redes dicen estar preparándose para "defender el voto" ante un intento para anularlo o descartarlo por el presidente y su equipo. Algunos se están dedicando a capacitar y alertar a ciudadanos para enfrentar un golpe de Estado por parte del presidente, o sea, un autogolpe para mantenerse en el poder.

En estos días previos a la elección del 3 de noviembre, organizaciones opositoras están dedicadas día y noche a impulsar lo que ya se perfila como una participación electoral histórica (en un país en el cual, cuando hay elecciones presidenciales, casi la mitad de los que tienen derecho al voto decide no participar por varias razones), y con ello generar una ola de votos suficientemente grande como para anular la disputa sobre los resultados que tanto ha promovido Trump desde hace semanas.

El candidato demócrata Joe Biden no provoca gran entusiasmo justo por ser otro político centrista del establishment, con una carrera de 47 años; de hecho, eso ha permitido que Trump se presente otra vez como en candado antiestablishment.

Pero esta elección no es un concurso entre los dos candidatos, sino que es un referendo sobre Trump.

Curiosamente, a pesar de que una muy amplia gama de voces distinguidas estadunidenses declaran a Trump como "el presidente más peligroso de la historia", algunos fuera del país expresan que esta elección da igual porque ambos candidatos ofrecen más de lo mismo para el resto del mundo.

Ante ello, tal vez es necesario explicar que Biden como candidato en parte depende de corrientes sociales progresistas poderosas dentro y fuera del partido. Por ello, él ya ha tenido que ceder ante algunas de estas fuerzas para obtener su apoyo, adoptando posiciones como, por ejemplo, declarar que protegerá a los dreamers y prometiendo que en sus primeros 100 días presentará una propuesta para otorgar una ruta a la legalización y hasta ciudadanía para 11 millones de indocumentados, todo gracias a la presión organizada de los propios dreamers y algunas organizaciones latinas.

También ha adoptado partes diluidas de las propuestas de fuerzas progresistas sobre medio ambiente y de salud como resultado de las fuerzas que surgieron con la candidatura de Bernie Sanders y otros politicos progresistas. Y, ni hablar, ha tenido que asumir una posición muy clara ante el estallido antirracista de Black Lives. Todo eso, entre otras cosas, marcan una diferencia con las políticas de Trump y lo que él representa.

Las fuerzas progresistas en Estados Unidos subrayan que la tarea más urgente es deportar a Trump del poder, y eso requiere, por ahora, votar por Biden.

No da igual quien gane y las diferencias entre ambos tienen implicaciones potencialmente de vida y muerte –literal– para millones dentro y fuera de este país.

Para muchos, esto ya no se trata de una elección estadunidense más, sino que es parte de una lucha para frenar la consolidación de un proyecto neofascista, el cual tiene vínculos con sus pares en otras partes del mundo, incluso en América Latina.

Con una derrota de Trump se abre una puerta en el muro que invita a pasar hacia un futuro más democrático en Estados Unidos, lucha que requiere de la solidaridad desde el sur al norte.

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En El Alto, Bolivia, mujeres participan en los festejos por la victoria con mayoría absoluta del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones generales del 18 de octubre.Foto Xinhua

La Paz., Vestidos de azul, con banderas indígenas wiphala, danzas y música de pueblos originarios, decenas de miles de personas celebraron ayer en Bolivia la victoria del Movimiento al Socialismo (MAS), alcanzada en las elecciones del pasado domingo.

El presidente y vicepresidente electos, Luis Arce y David Choquehuanca, participaron en la gran festividad en la ciudad de El Alto, adonde llegaron también habitantes de los más lejanos territorios del país andino-amazónico.

Arce y Choquehuanca fueron recibidos en medio de un ritual andino en el que chamanes aymaras –ataviados con tradicionales ponchos y gorros de lana de alpaca– les colgaron coronas de flores al cuello, y en una mesa con palos de madera quemaron una pequeña llama para pedirle a la Pachamama (Madre Tierra) que los acompañe en su gobierno.

"El pueblo conquistó con su lucha la alegría de la victoria. Unidos, al ritmo de moseñadas, bandas musicales y grupos autóctonos, celebramos la recuperación de la esperanza para todas y todos los bolivianos. Con la fuerza del pueblo #VamosASalirAdelante", escribió el presidente electo en su cuenta en Twitter.

Asimismo, Choquehuanca, ex canciller y ex secretario de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, aseguró que el MAS, junto a los distintos pueblos ancestrales que conforman el país, organizaciones sindicales, estudiantiles y otras, logró recuperar la democracia.

Luego de casi un año de un gobierno de facto instalado en el poder vía un golpe de Estado contra el entonces presidente Evo Morales, gran parte de los bolivianos celebra la derrota del golpismo.

Las autoridades transitorias (de acuerdo con numerosas denuncias), además de cometer matanzas, perseguir a los dirigentes y simpatizantes del MAS, incurrir en delitos de corrupción y desmantelar los programas sociales y económicos a favor de las mayorías, consumó actos de racismo.

Uno de los primeros fue desconocer la bandera wiphala que ondeaba en el palacio de gobierno, símbolo de la pluriculturalidad de este país, y además, llamar "salvajes" a los indígenas.

El gobierno encabezado por la saliente mandataria de facto, Jeanine Áñez, fue incapaz de atender con eficiencia la pandemia de Covid-19, la cual sirvió de pretexto a su régimen para cometer ilícitos, como la compra de respiradores artificiales a sobreprecio, entre otros.

“¡Un jallalla para todos! Esto es una demostración cultural por la recuperación de la democracia; el pueblo ha recuperado su ajayu y su coraje, el pueblo perdió el miedo”, expresó Choquehuanca en medio de la música, los vítores y la alegría.

El pasado domingo, con una participación superior a 80 por ciento, el binomio del MAS ganó en primera vuelta y de manera rotunda los comicios en Bolivia.

Arce y Choquehuanca obtuvieron 55.09 por ciento de los sufragios, 27.10 puntos porcentuales por encima de Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana, y 41.9 sobre Fernando Camacho, de Creemos.

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Sábado, 24 Octubre 2020 06:09

La derrota del racismo

Luis Arce y David Choquehuanca, elegidos presidente y vicepresidente de Bolivia, durante la campaña electoral. AFP, MAS

El nacimiento de un nuevo ciclo político en Bolivia

 

Tras el abrumador triunfo del MAS y con el fin del régimen de Áñez, se abre un nuevo escenario que va más allá de un simple retorno de los partidarios de Evo Morales al Palacio Quemado: ahora la derecha es más fuerte que en 2005 y las bases masistas se encuentran empoderadas y movilizadas luego de su tenaz resistencia al despotismo.

 

En sus primeras declaraciones, el presidente electo, Luis Arce Catacora, esbozó modos y maneras diferentes a las practicadas por Evo Morales en sus 14 años de mandato: «Vamos a construir un gobierno de unidad nacional, vamos a trabajar y vamos a reconducir el proceso de cambio sin odios y aprendiendo y superando los errores como Movimiento al Socialismo [MAS]».

Esas declaraciones encarnan lo que siente una parte del 52 por ciento del electorado que el domingo 18 votó por la candidatura Arce-Choquehuanca. De primar ese sentimiento, es posible que Bolivia se encamine ahora en una dirección distinta a la que predominó durante los gobiernos de Morales-García Linera y, en especial, durante el año en que gobernó Jeanine Áñez.

Es que algo importante parece haber cambiado en el seno del MAS, en particular entre las dirigencias que permanecieron en el país durante un año plagado de incertidumbres y haciendo frente al odio racista desplegado por el gobierno golpista. Un cambio que se refleja en las palabras dichas el lunes 19 por la presidenta del Senado, la masista Eva Copa, sobre el anunciado retorno de Morales: «Nosotros no creemos que sea el momento adecuado, él tiene temas que solucionar todavía. Pero nosotros a la cabeza de Luis Arce y como Asamblea [Parlamento] tenemos tareas que culminar».

UN RESULTADO TRANSPARENTE

Explicar por qué el MAS, sin Morales como candidato, recogió siete puntos más que lo hecho hace un año atrás requiere una doble mirada. Por un lado, a la hora de desmenuzar los resultados, casi todos los analistas colocan en un lugar destacado la gestión del gobierno de Áñez y en particular la del ministro de Gobierno, Arturo Murillo.

«Áñez fue la gran jefa de campaña del MAS», dijo el lunes a la emisora Erbol el politólogo y docente de la Universidad Mayor de San Andrés Roger Cortez, quien agregó que habría que dar «medallas especiales a los ministros de Gobierno y Defensa». El caso de Murillo enseña los peores rasgos de un gobierno de transición que deseaba quedarse el mayor tiempo posible. El rechazo a Murillo provino no sólo de una parte importante de la población, sino también de varios ministros que renunciaron a sus cargos por disconformidad con sus declaraciones, ya que acostumbraba a lanzar amenazas e investigaciones contra oponentes, periodistas y compañeros de gabinete que osaran cuestionarlo. El racismo y las posiciones ultraderechistas enajenaron del oficialismo incluso a parte de las clases medias que se pronunciaron contra Morales en octubre de 2019.

Lo cierto es que el MAS ganó en los cinco departamentos de mayoría indígena: en La Paz superó el 68 por ciento y en Oruro, el 62 por ciento; en Cochabamba votó por encima del 65 por ciento; en Potosí alcanzó el 57 por ciento y en Chuquisaca, el 49. Ganó también en Pando, con el 45 por ciento. Carlos Mesa, sin fibra y muy escorado a la derecha, ganó en Tarija con casi diez puntos de ventaja, pero en Beni con un margen más ajustado.

La polarización territorial es evidente, tanto como el crecimiento de una nueva derecha radical. Recordemos que en las elecciones de 2014 el MAS había obtenido el 49 por ciento de los votos en Santa Cruz y que ahora quedó estancado allí en el 35 por ciento, a contracorriente de su ascenso en el resto del país con respecto a 2019. En ese departamento ganó con holgura el domingo el ultraderechista Luis Fernando Camacho, con el 45 por ciento de los votos.

Para Cortez, la victoria del MAS se explica por el predominio de un electorado conservador, pero no en el sentido ideológico de la palabra, sino en su adhesión al pragmatismo. Una buena parte de los votantes, afirma, se inclinó por Arce «por la situación que vive el país, porque, aunque conoce las fechorías del gobierno del MAS, también sabe y recuerda los resultados que este obtuvo en materia de pobreza e igualdad». En suma, votó por lo conocido, ya que «Arce tiene mejores posibilidades que sus contrincantes de hacerlo bien».

Sin embargo, el analista no se muestra nada optimista de cara al futuro inmediato. Sostiene que el MAS va a tener en contra enemigos más poderosos que los que tuvo en las elecciones: el coronavirus y la inminencia de una segunda ola, y una economía con ingresos decadentes por exportaciones de gas e inversiones en petróleo que, en vistas del actual contexto internacional, difícilmente llegarán.

EL FACTOR CHOQUEHUANCA

El vicepresidente electo tiene una extensa trayectoria política. Durante el gobierno de Morales fue canciller (2006-2017), hasta que el jesuita Xavier Albó tuvo la ocurrencia de mencionarlo como eventual candidato a la presidencia del MAS, ya que el referendo de 2016 había denegado a Evo esa posibilidad. Mantiene un largo diferendo con el exvicepresidente Álvaro García Linera (quien lo tildó de «pachamámico» por su apoyo a la espiritualidad ancestral) y Evo lo aceptó como vice para estas elecciones a regañadientes, presionado por las bases y los movimientos sociales, que se empeñaron en defender su candidatura (véase «La última palabra», Brecha, 24-I-20).

Para algunos, su presencia en la boleta fue clave para el triunfo holgado del domingo. Pablo Solón, exembajador ante la ONU por el gobierno de Morales (2009-2011), lo escribió sin matices al día siguiente de las elecciones: «El MAS no ganó por Evo, sino a pesar de Evo. Evo quería marginar a David Choquehuanca, que es el candidato elegido por las organizaciones sociales, principalmente indígenas de las tierras altas y los valles. El triunfo del MAS fue aplastante en las áreas rurales de estas regiones en gran medida debido a la candidatura de David».

En esas regiones es donde el MAS recuperó los niveles de votación más altos que tuvo en su historia y que habían caído hasta mínimos en octubre de 2019. Este domingo, en Oruro, Potosí y La Paz el voto masista creció entre 15 y 18 puntos en sólo un año. El desastroso gobierno de Áñez y Murillo parece no bastar para explicar este repunte.

Solón recuerda en su blog que en el congreso del MAS de este año «las organizaciones sociales indígenas del altiplano y los valles asumieron una determinación democrática desde las bases que hicieron prevalecer a medias frente a Evo, porque su posición original era “David presidente”». La conclusión del exdiplomático es lapidaria: los resultados de estas últimas elecciones demuestran que en 2019 el MAS se habría evitado contratiempos si hubiera dejado de insistir en la reelección de Morales, forzada a contrapelo de un plebiscito y de la propia Constitución.

Lo cierto es que el factor Choquehuanca no es un asunto de afinidades personales, sino un emergente de las relaciones entre la cúpula del MAS (Morales y García Linera) y las organizaciones sociales. Es probable que en los primeros meses no se repitan escenas de intimidación y cooptación de los movimientos como las vistas durante los gobiernos pasados del MAS, sino que la pelea interna se focalice en arrinconar al nuevo vice, contando con la neutralidad del nuevo mandatario.

«Arce está decidido a mostrar otra cara», explicó Cortez, «pero la situación interna del MAS es complicada». El analista vaticinó, incluso, que el actual presidente podría no cumplir los cinco años de su mandato, ya que a los problemas internos del partido de gobierno se debe sumar una crisis económica que no dará tregua.

MOVIMIENTOS Y PROCESO DE CAMBIO

El director del periódico Pukara, de orientación indianista, Pedro Portugal, señaló este martes que «cuando Evo Morales renunció al poder, tras las elecciones fallidas de 2019, se vislumbró que sectores populares e indígenas eran contrarios al expresidente o estaban indiferentes a su suerte» (Página Siete, 20-X-20).

Pukara reúne a buena parte de la intelectualidad aymara en evidente pugna con García Linera por el relato histórico-político del proceso político boliviano (el exvicepresidente lidera a su vez lo que los indianistas denigran como «el entorno blancoide» de Morales). Según su director, Choquehuanca se movió a sus anchas en el mundo andino durante la campaña electoral. Entre otras cosas, relata, además, que como canciller fue discriminado y excluido de un gobierno en el que se lo consideraba un mero «representante indígena». El conflicto que tuvo con Linera, e indirectamente con el mismo Evo Morales, le habría servido para congeniar con sectores indígenas que empezaban a tener una actitud crítica al MAS, sostiene Portugal.

Prueba de ello son las charlas que Choquehuanca mantuvo durante la campaña con Felipe Quispe, el Mallku, histórico dirigente aymara del altiplano que asumió el liderazgo de varios bloqueos con los que, en agosto, protestaron contra la constante postergación de las elecciones ejercida por el régimen (véase «En suspenso» , Brecha, 28-VIII-20). Días antes de los comicios, Quispe dijo que iba votar por el MAS para respaldar a Choquehuanca: «En estas elecciones tenemos que votar para nuestros propios hermanos que están como candidatos, [como es] el caso de nuestro hermano David Choquehuanca» (Eju.tv, 15-X-20).

Quispe mantuvo tensos enfrentamientos con Morales durante el ciclo de protestas del período 2000-2005, que se saldó con la llegada del MAS al gobierno. Cuando su hijo Ayar fue asesinado en mayo de 2015 en una plaza de El Alto, llegó incluso a acusar indirectamente a su excompañero de guerrilla, el entonces vicepresidente, García Linera, de haber sido el inspirador del crimen (Correo del Sur, 3-VI-15).

Lo cierto es que los vientos no corren a favor de los cuadros que encabezaron el gobierno de Evo. Las juventudes del MAS se han pronunciado en contra del retorno inmediato del expresidente, apelando a la figura andina de la rotación: «Las 20 provincias hemos propuesto que el hermano presidente Evo Morales no tenía que volver porque él ya ha trabajado» (Radio Fides, 19-X-20).

Las bases de los movimientos sociales parecen tener claro que no debe repetirse el libreto anterior, en particular en las relaciones con el gobierno. El exdirigente fabril Oscar Olivera, referente principal de la guerra del agua –que en abril del año 2000 dio inicio al ciclo de protestas antineoliberales–, dijo a Brecha que «la gente confía en reconducir el proceso de cambio» y se mostró favorable a Choquehuanca.

Solón coincide con esta apreciación: «La clave para un relanzamiento del proceso de cambio no está tanto en el futuro gobierno, sino en la capacidad de autogestión y autonomía de las organizaciones sociales y su capacidad de retomar un curso de propuestas alternativas a todos los niveles». Además, piensa que las demandas de 2003, articuladas en torno a la Agenda de Octubre que inspiró al primer gobierno de Evo, están agotadas y que es necesaria una nueva estrategia.

Un dato mayor a tener en cuenta en el nuevo período será la casi inevitable repetición del proceso de entrega de prebendas a dirigentes, una historia que se arrastra desde la revolución de 1952, en reiteración de un vínculo corrupto que ya es cultura política y práctica asentada. Esto viene agravado por el surgimiento durante los gobiernos del MAS de lo que Solón denomina «nueva burguesía», un clase social «asociada a la burocracia estatal, los contratos con el Estado, el comercio, el contrabando, las cooperativas mineras y la producción de la hoja de coca ligada al narcotráfico».

Piensa que estas nuevas elites seguirán incidiendo en el gobierno y en el partido. «El futuro gobierno del MAS es ya un espacio en disputa». Pero ahora la palabra la tendrán, una vez más, las bases sociales rurales y urbanas, esas que llevaron a Morales al gobierno, que lo dejaron caer al no movilizarse en su defensa y luego pelearon y se sacrificaron contra la derecha racista hasta doblegarla. Acumulan una larga experiencia y sabiduría y las pondrán en juego en los próximos meses.

 

Por Raúl Zibechi
23 octubre, 2020

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¿Por qué volvió a ganar el MAS? Lecturas de las elecciones bolivianas

Contra todos los pronósticos, el Movimiento al Socialismo (MAS) se impuso en las elecciones bolivianas con más del 50% según todos los conteos rápidos. ¿Qué explica este resultado a solo un año de la caída de Evo Morales?

 

El triunfo del binomio Luis Arce-David Choquehuanca en primera vuelta, con más de 50% de los votos, acabó abruptamente con muchos de los análisis vertidos durante toda la campaña y le permite al Movimiento al Socialismo (MAS) volver al poder a solo un año de haber sido ejecutado por unas movilizaciones combinadas con un motín policial y, finalmente, el aval de las Fuerzas Armadas.

¿Qué explica está victoria y el fracaso de la candidatura de centroderecha de Carlos Mesa? ¿Qué nos dice este proceso electoral, que logró desarrollarse en orden y con un rápido reconocimiento de los resultados, aún preliminares, por parte de todas las fuerzas políticas? Para responder a estas preguntas, Nueva Sociedad pidió la opinión de analistas e investigadores sociales, que proyectan sus miradas más allá y más acá de las elecciones del pasado 18 de octubre.

Pablo Ortiz (periodista)

Un año después de su caída, el MAS vuelve a ser el partido hegemónico de la política boliviana. Es el único realmente estructurado, con una militancia y un voto fidelizado, que resiste incluso la salida del escenario político de su máximo líder y fundador: Evo Morales.

La elección general de 2020 es la primera elección sin Evo Morales desde 1997 y es la primera votación que cumple con el referendo del 21 de febrero de 2016, que le dijo a Morales que no podía aspirar a una nueva reelección. Durante toda la campaña se había hablado del siguiente quinquenio presidencial como un ejercicio de transición antes de llegar al posmasismo, pero las urnas decidieron contradecir a los pronosticadores de la política y dictaron sentencia: no era el proyecto del MAS el que estaba agotado, sino el mando único, la repetición sin fin de la figura de Morales como presidente.

Luis Arce Catacora concluirá primero cuando se termine de contar los votos y habrá logrado entre seis y diez puntos más que Morales en las elecciones fallidas de 2019. Para eso necesitó algunas herramientas que lo llevaron a un triunfo con una ventaja insospechada.

La primera fue la estrategia correcta. Mientras que Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y otras fuerzas menores apostaron al clivaje MAS/anti-MAS (todos se presentaban como la mejor opción para que el anterior partido de gobierno jamás volviera), el MAS puso el acento en la crisis económica y la estabilidad como ejes de discurso y apostó a consolidar su voto duro como objetivo público número uno. El MAS desarrolló una campaña en los márgenes de las ciudades, con caminatas y concentraciones pequeñas, mezclando reuniones sindicales con conferencias académicas para alejarse de la imagen que predominó en la última campaña de Morales.

Arce y sus estrategas apostaron por las barrios alejados, por los pobres y los empobrecidos del coronavirus; por quienes pasaron de la pobreza a la clase media durante los 14 años de gobierno de Morales y volvieron a caer en la pobreza por el coronavirus; por la nostalgia que el agravamiento de la crisis (a principios de mayo, 3,2 millones de bolivianos no tenían lo suficiente para comprar alimentos, por culpa de la pandemia y la cuarentena) creó de los años de bonanza del MAS.

Para eso tuvo aliados involuntarios, ambos llegados desde el Oriente boliviano, las regiones del país que siempre se le resistieron a Morales. La primera «ayuda» fue la del gobierno de transición. El gobierno de Jeanine Áñez era leído como la continuación de la llamada «revolución de las pititas», la revuelta ciudadana que precedió al motín policial y la «sugerencia» de renuncia de la Fuerzas Armadas a Evo Morales. La presidenta, surfeando sobre los 100 días de luna de miel, se animó a lanzar su candidatura en enero pasado para unas elecciones que debían ser en mayo, y con ello destruyó las bases de su gobierno: un pacto no escrito entre todas las figuras del antievismo para asegurar una transición que finalizara con un partido distinto del MAS en el poder, y la colaboración de los dos tercios de diputados y senadores del MAS en la Asamblea Legislativa, que entendían que colaborando con Áñez llegarían antes a unas elecciones que los devolverían al poder.

Con el inicio de la campaña, cayó el coronavirus. Al tiempo que familiares y ministros de Áñez comenzaban a disfrutar de las ventajas del poder (aviones, fiestas), sus aliados de retiraban dejando un reguero de hechos de corrupción que destruyeron uno de los primeros mitos fundacionales del antievismo: ellos eran capaces de cometer los mismos actos de corrupción y abuso de poder que el MAS. El tiro de gracia a la popularidad de Áñez llegó en plena cuarentena: se compraron más de 100 respiradores de origen español que no solo se pagaron cuatro veces más de su precio de lista, sino que no servían para terapia intensiva. Así, los reemplazantes de los supuestos corruptos y fraudulentos no solo eran corruptos, sino también altamente ineficientes. En pocos meses, y en medio de la pandemia, cayó un ministro de Salud tras otro.

Pero hubo una «ayuda» más. De las calles surgió un liderazgo potente y que prometía victoria: Luis Fernando Camacho, el hombre que había liderado la «revolución de las pititas» e incluso había forzado a Morales a abandonar Bolivia (tras la renuncia del presidente, él mismo anunció que estaban buscándolo para arrestarlo, lo cual precipitó la evacuación hacia México), se postuló para presidente aprovechando su gran popularidad en Santa Cruz.

El MAS y Arce aún eran hegemónicos en La Paz y Cochabamba, pero necesitaban que la renuente Santa Cruz, la segunda región con mayor cantidad de votantes de Bolivia e históricamente antimasista, no se inclinara por Mesa, el candidato que más cerca estaba de Arce. En 2019 se había dado un escenario parecido. Morales lideraba las encuestas y Santa Cruz estaba controlada por Óscar Ortiz, candidato local que aspiraba a ser presidente, pero en la última semana la estrategia de «voto útil» de Mesa le dio 47% de los votos cruceños y lo acercó lo suficiente a Morales como para discutir si había ganado en primera vuelta o no.

Esta vez, Camacho no sufrió el mismo efecto de desgaste. Surgido de las calles, religioso y con un discurso que exuda testosterona, tiene una impronta más emocional que propositiva y se planteó a sí mismo como el garante de que Morales no volvería al país. Pero esa no fue la clave para que se impusiera ante la estrategia del voto útil de Mesa, sino que logró exacerbar el orgullo identitario del cruceño y convertirlo en voto. A diferencia de Ortiz, Camacho no trató de «nacionalizarse» para conquistar votos, sino que apostó por convertir al resto de los bolivianos en cruceños. Eso, sumado a la juventud del votante cruceño, convirtieron a Camacho en una fuerza local e irreductible que cerró el territorio de Santa Cruz a Mesa y polarizó el voto con Arce, lo que le permitió a este una victoria más holgada.

Eso sí, nadie se esperaba que Arce, que no es caudillo sino tecnócrata, superara el 50% de los votos. Para ello tuvo que hacer algunas jugadas finales, que lo acercan a priori a ser el primer presidente del posevismo antes que la continuidad de Morales. Lo primero fue tener la capacidad de criticar la gestión de Morales y cuestionar el entorno con el que gobernó el «primer presidente indígena». Arce ha prometido un gobierno de jóvenes, de nuevas figuras. Lo segundo fue alejar del votante boliviano esa idea de que el MAS viene a eternizarse en el poder. Arce ha prometido gobernar solo cinco años y «reencaminar el proceso de cambio». Y la tercera promesa fue desterrar la idea de que con el MAS volverían las persecuciones políticas y el revanchismo. Arce ha prometido también que no perseguirá a policías ni a militares involucrados en la renuncia de Morales.

Así, el tecnócrata logró resetear el proceso de cambio y podrá gobernar con mayoría absoluta en ambas cámaras de la Asamblea Legislativa. Sin embargo, para saber si de verdad el MAS entró en la era posevista, habrá que ver cuál será el rol de Morales cuando regrese a Bolivia. De ello no solo dependerá la autoridad que podrá ejercer Arce sobre su bancada y sobre el país, sino también su estabilidad política. Para ganar, para cerrar el territorio cruceño a Mesa, el MAS hizo crecer a golpes a Camacho. Ahora, con todo el poder territorial conseguido en el Oriente, este será el único opositor con capacidad de movilización con el que tendrán que lidiar.

Julio Córdova Villazón (sociólogo, investigador sobre movimientos religiosos y cultura política)

Según los conteos rápidos no oficiales, el MAS obtuvo una contundente victoria en primera vuelta con 52% de los votos. ¿Por qué el desempeño electoral del MAS fue tan exitoso, excediendo las expectativas, incluso de los más optimistas? Por tres razones principales.

Primero, por la emergencia de un «voto de resistencia» de sectores urbano-populares y campesinos. Estos sectores fueron objeto de varias violencias en los últimos meses: a) la violencia electoral: su voto por el MAS en 2019 fue escamoteado a raíz de una falsa denuncia de fraude avalada por la Organización de Estados Americanos (OEA); b) la violencia simbólica: hubo constantes descalificaciones desde el Estado y en las redes sociales pobladas por sectores conservadores de clases medias, se difundió la imagen de «hordas de violentos e ignorantes» en referencia a estos sectores populares, y en noviembre de 2019 algunos policías quemaron la wiphala (bandera indígena reconocida constitucionalmente); c) la violencia militar-policial, concretada principalmente en las masacres de Sacaba (en los valles) y de Senkata (en el Altiplano); d) la violencia económica: las medidas de cuarentena frente al covid-19 fueron tomadas en desmedro del sector informal de la economía.

Segundo, por la rearticulación de las organizaciones sindicales y campesinas. En los últimos años estas organizaciones resultaron debilitadas por su propia relación clientelar con el gobierno de Evo Morales. Después de la renuncia del presidente en noviembre de 2019, estas organizaciones lograron rearticularse rápidamente, en un tejido social vigoroso, que mostró su musculatura paralizando Bolivia a principios de agosto de este año para impedir el prorroguismo del gobierno de transición. Este tejido organizacional fue la base de un renovado apoyo electoral al MAS.

Tercero, por la propia debilidad política y electoral de los competidores de derecha del MAS, fragmentados y enfrentados entre sí. El candidato de centroderecha Carlos Mesa no logró articular un proyecto de país ni un discurso electoral capaz de seducir a los indecisos del Occidente boliviano. El candidato de la derecha empresarial, Fernando Camacho, tampoco logró convencer a los indecisos del Oriente del país. Hasta una semana antes de las elecciones, en el bastión electoral de Camacho, en el departamento de Santa Cruz, había 28% de indecisos, que representan 7,5% del padrón electoral total. Son personas de sectores pobres que fueron excluidos por los empresarios a los que representa el líder cruceño, y que fueron violentadas en las movilizaciones que lideró este empresario contra Evo Morales hace un año. En la elección del 18 de octubre, estos indecisos de tierras bajas optaron por el MAS, en rechazo a una elite empresarial incapaz de incluirlos en su «modelo de desarrollo». Por eso el MAS obtuvo 35% de los votos en esa región.

El próximo gobierno del MAS, con Arce a la cabeza, estará signado por la crisis económica, el conflicto social y la emergencia sanitaria por el covid-19. El apoyo de 52% del electorado no significa una sólida base social necesariamente. El MAS no logrará controlar los dos tercios de la Asamblea Legislativa como lo hizo en los últimos años. La coyuntura política requiere de una cultura democrática de construcción de acuerdos con otros actores políticos. Y tal cultura es muy débil, casi inexistente, en un MAS acostumbrado a un tipo de hegemonía política que ya no existe en Bolivia.

Verónica Rocha Fuentes (comunicadora social)

Durante toda la campaña para las elecciones del 18 de octubre se evidenció la existencia de una categoría de voto que había tenido poca relevancia en otras elecciones anteriores, aquella que se denominó «voto oculto». Esa categoría de votos, junto con la de «voto indeciso», fue determinante para establecer una diferencia que, según todas las proyecciones, es de más de 20 puntos en favor de Luis Arce Catacora. Los múltiples estudios de opinión que se presentaron durante el periodo de campaña electoral habían logrado detectar la existencia de ese voto con una prevalencia mucho mayor a los datos históricos. Lo que no lograron las instituciones de estudios de opinión fue detectar a dónde se iba a dirigir esa votación. En las primeras horas de conocerse esta tendencia, todo parece indicar que fueron esas categorías de voto las que terminaron definiendo la amplia victoria del MAS en primera vuelta.

Un voto que se llamó oculto durante el periodo de campaña y que, tras la jornada electoral, bien podría apellidarse «paciente» podría ser útil para graficar no solo el inesperado virtual resultado, sino además el proceso electoral más largo y difícil de la reciente historia democrática de Bolivia. El voto oculto y paciente no habría sido otro fenómeno distinto de aquel que durante el periodo de la democracia pactada y neoliberal se conocía como el de la «Bolivia profunda». La misma que, habiendo «salido a la superficie» en los últimos años –proceso constituyente de por medio– casi desapareció por completo durante el año de gobierno transitorio en el que se desarrolló el proceso electoral de 2020, y cuya presencia se extinguió en la maquinaria simbólica, institucional, mediática y empresarial que suele establecer las narrativas en pugna política. Tras un año de cotidiana y sistemática estigmatización del «masismo» (o cualquiera que «pareciera» pertenecer o adherir al MAS), todo apunta a que sus partidarios optaron por ocultarse y esperar las urnas. Ocultarse por miedo, ocultarse por vergüenza o quizá hasta ocultarse por estrategia.

Voto oculto sí, pero también inusitadamente paciente. Ese voto que terminó definiendo una virtual pero amplia e indiscutible victoria en primera vuelta tuvo que atravesar una crisis institucional, un gobierno transitorio, una pandemia, un inicio de crisis económica, cuatro cambios de fecha de votación, una jornada electoral bajo amenazas del gobierno, cambios en los planes del Tribunal Supremo Electoral de ultimísima hora, votar bajo un país militarizado y no contar con ningún resultado durante la jornada electoral para, finalmente, con una paciencia que varias veces rozó el límite pero no cedió, aferrarse a lo último que le quedaba a Bolivia antes del precipicio: las urnas.

Así, en menos de un año, bajo la narrativa de un fraude electoral, Bolivia ha transitado abruptos, forzados y violentos reacomodos de su tejido político, institucional y mediático; todo esto a la sombra de un complejo tejido social que, aunque dañado, pareciera haber mantenido sus estructuras en pie. Y que, oculta y pacientemente solo, parecía esperar la oportunidad legítima para volver a dejarse ver. Al menos, ese pareciera, por ahora, el principal resultado de las recientes elecciones que, sin duda, van mucho más allá de una virtual victoria del MAS, pues establecen los mínimos sobre los cuales tocará establecer un urgente proceso de reconciliación nacional.

Fernando Molina (periodista y escritor)

No cabe duda de que los adversarios del MAS subestimaron el potencial electoral de este partido y de su candidato Luis Arce. Por un lado, las encuestas –que no detectaron la verdadera intención de quienes se presentaban como indecisos– los despistaron. Por el otro lado, esta subestimación se debió a la incapacidad de estos grupos políticos, que representan a las elites tradicionales, de reconocer al MAS como una expresión genuina de los sectores sociales menos pudientes y más indígenas del país. En cambio, normalmente han visto al MAS como «marioneta del chavismo», «organización delincuencial», «grupo de narcoterroristas» y han considerado la adhesión que despierta como un fenómeno puramente clientelar.

En esta miopía existe una fuerte carga de racismo. Desde siempre, los sectores tradicionalmente dominantes del país han concebido la politización de los subalternos –que socava los pilares meritocráticos y hereditarios de su poder– como una irrupción de la irracionalidad y la codicia. Esto viene desde el siglo XIX, cuando los representantes de la oligarquía de la época, los septembristas, se quejaban por «tener que descender» a la actividad política a causa de la invasión de esta por el «cholaje belzista» (por los seguidores de Isidoro Belzu), que era tanto como decir la «barbarie».

La subestimación de la que hablamos estuvo presente en el candidato Carlos Mesa, que fue incapaz de construir un partido con incidencia en el mundo indígena. También estuvo presente en el gobierno interino de Jeanine Áñez, que gobernó con la mente puesta en las clases sociales más elevadas, las cuales querían vengarse del MAS y estaban acostumbradas a ver a los indígenas exclusivamente como empleados o incordios sociales.

Las elites se han revelado incapaces de analizar por qué Evo Morales les ganó en 2005, las razones del predominio político de este durante tantos años y las causas por las que el MAS no se hizo trizas después de su caída en noviembre de 2019. Bolivia no es censitaria desde 1952, pero la mentalidad de sus elites tradicionales sigue siéndolo.

De este modo, pese a que estas triunfaron sobre Morales el año pasado y tenían posibilidades de construir una hegemonía –contaban con el apoyo de la parte más educada y económicamente acomodada de la población, así como con un respaldo «intenso» de las Fuerzas Armadas y la Policía–, perdieron el poder que tanto anhelaban solo un año después de haberse hecho de él.

Unas elites oligárquicas y racistas gobernaron el país de 1825, fecha de su nacimiento, hasta 1952, año de la Revolución Nacional. Lo hicieron sobre la base de la imposición ciega y violenta de su voluntad sobre una mayoría ignorante y a menudo silenciosa. Las condiciones de este dominio fueron desapareciendo en el último medio siglo, pero la elite misma solo cambió superficialmente. Hasta hoy sigue siendo «tradicional» y con tendencias a oligarquizarse. Esta es la «paradoja señorial» de la que hablaba René Zavaleta.

La transformación más importante en las condiciones de dominio se dio cuando los sectores subalternos encontraron la forma de crear su propia expresión político-electoral: el MAS. Desde ese momento, la acción electoral ha resultado manifiestamente adversa a los partidos de las elites tradicionales. Teóricamente hablando, la forma en que estas podrían recuperar el poder de una manera algo más durable sería por medio de la fuerza bruta, como en los años 60 y 70, pero esta vía es imposible hoy por las características «epocales».

Por otra parte, una reforma de las elites tradicionales parece imposible. Si no aprendieron la lección después de que Morales se aprovechara de sus errores, abusos y excesos durante el neoliberalismo para derrotarlas, es difícil pensar que aprenderán alguna vez. En efecto, apenas tuvieron una oportunidad de prevalecer nuevamente, desnudaron los mismos vicios y la misma miopía que tenían en los años 90, o unos vicios y una miopía peores aún, porque en este tiempo no impera el neoliberalismo sino una forma particularmente perversa del conservadurismo, el populismo de derecha.

Al mismo tiempo, el MAS haría mal si también menospreciara a sus adversarios en el futuro. Aunque esta no parece capaz de generar un proyecto sostenible de poder en un país insumiso y mayoritariamente indígena como Bolivia, de todas formas está furiosa, resentida, acumula gran parte del capital económico y casi todo el capital cultural y, como demostró en el último año, tiene fuerza suficiente, en alianza con las clases medias militares y policiales, para destrozar las bases de sustentación del proyecto antagónico. Puede salirse del marco democrático cuando esto le sea posible.

Las elites tradicionales pueden aprovechar las deficiencias y fallas del bloque popular (como hizo con el narcisismo de Morales y la corrupción de su gobierno) y atacar justo cuando este pierda pie, se equivoque, se confunda y entonces deje de ser 50% más uno del pueblo boliviano.

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