Martes, 04 Agosto 2020 06:01

El discreto desencanto de la burguesía

El discreto desencanto de la burguesía

Agosto de 2020. La pandemia de covid-19 continúa azotando al planeta. Su letalidad es baja pero ya infectó a cerca de 15 millones y se cargó a centenares de miles. Un interrogante insólito atormentó –y, hasta cierto punto, continúa haciéndolo– a la mayoría de los gobiernos: “¿la economía o la vida?”. Gran parte de los que optaron por la “economía” luego tuvieron que adaptarse un poco más a los requerimientos de la “vida” y los que optaron –en una forma demasiado concesiva de decirlo– por la “vida” más tarde debieron inclinarse hacia la “economía”. Todos estos cambios, no obstante, resultan de lo más pragmáticos y en muchas oportunidades responden esencialmente a las “relaciones de fuerzas” y no a algún tipo de evaluación científica de “algo”. Dicho más prosaicamente, responden, en buena medida, al temor de los gobiernos a que “se los lleven puestos”.

Lo cierto es que los brotes y rebrotes de un virus –con comportamientos aún desconocidos por las ciencias médicas– paralizaron en una porción significativa a la economía capitalista mundial, poniendo en acto una crisis peor que la de 2008/9 y la más profunda desde la Gran Depresión de la década del ‘30. Una cuestión que ya es manifiesta en términos de caída del PBI global o del empleo –en lo observable hasta el momento, al menos, en países como Estados Unidos o España– y aún está por verse en lo relativo a la contracción del crecimiento del comercio mundial [1]. Como resultado, el planeta está preñado de una incertidumbre profunda, mezcla de catástrofe en apariencia “natural” con hecatombe económica que pone al desnudo la vulnerabilidad del sistema. Un sistema que a pesar del desarrollo de las “redes neuronales”, la robótica y los niveles alcanzados por la manipulación genética –que por momentos lo hacían lucir invencible– queda sometido a opciones que más bien parecen de la Edad Media.

Si miramos un poco más atrás, vemos que este shock dual y entrelazado de pandemia y crisis se acopla al estancamiento relativo, a la debilidad endémica y a la particular falta de fuerzas que la economía capitalista venía arrastrando en el curso de los últimos diez años, es decir, en el período de la recuperación post 2008/9. No resulta una cuestión menor este encadenamiento. Los ritmos de la pandemia determinarán, en parte, los tiempos y la dinámica de una recuperación económica que, naturalmente, emergerá en algún momento. Sin embargo, diversas circunstancias [2] hacen esperar que resulte –al menos en el mediano plazo– aún más débil que la del período post Lehman, sin que la economía consiga retornar a la tendencia pronosticada antes de la crisis. Si en el curso de la década pasada emergieron de manera abierta los límites del neoliberalismo y la globalización –que constituyeron, vale recordarlo, las condiciones de salida de la economía capitalista de la crisis de la década del ‘70–, esos confines se magnifican bajo las condiciones actuales. Una de las definiciones más interesantes del período actual reside en la constatación de que el capitalismo se encuentra falto de una estrategia clara de reemplazo. La debilidad económica lacerante y la ausencia de estrategia, reforzadas ahora por la pandemia y el Gran Confinamiento, vienen dando lugar a dos circunstancias que, consideradas conjuntamente, tienen el aspecto de novedad histórica.

Incertezas

La primera consiste en el hecho de que la clase dominante deja ver, a través de muchos de sus ideólogos, una pérdida de confianza o de certeza respecto de la infinitud, de la eternidad o, si se quiere, de las fuerzas internas del capitalismo. Una cuestión que se pone de manifiesto en al menos tres dimensiones.

Primero, en la tesis del “estancamiento secular”. Sostenida fundamentalmente por el ex Secretario del Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, constata esencialmente que a diferencia de lo sucedido en los mejores momentos de las décadas neoliberales, las gigantescas masas de dinero introducidas desde la crisis de 2008/9, no logran que la economía vuelva a la tendencia pronosticada previamente. Es decir, verifica el hecho novedoso y alarmante de que la economía capitalista no encuentra una fuerza que la dinamice siquiera al ritmo de la moderación de las décadas previas. Hace algunos años, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos [3]. Es de esperar que la debilidad endémica de la economía continúe reinando al menos en el mediano plazo del próximo mundo post pandemia.

Segundo, en la famosa tesis del “fin del trabajo”. Un concepto que si bien merece ser discutido desde su propia definición –debido a que conlleva una carga propagandística poderosa y planteada en los estrechos límites del capitalismo resulta falsa– también guarda un elemento de verdad. Jeremy Rifkin, autor de la vieja tesis homóloga –en boga en la década del ‘90 [4]– y miembro permanente del establishment de la Unión Europea, escribió hace unos pocos años un libro titulado The zero marginal cost society (La sociedad del costo marginal cero) [5]. En ese libro –en el que, vale señalar, “el eclipse del capitalismo” aparece mencionado desde la bajada del título– Rifkin alerta que gran parte de la “vieja guardia” en el ámbito comercial no puede imaginar cómo procedería la vida económica en un mundo en el que la mayoría de los bienes y servicios resultaran casi gratuitos, las ganancias caducaran, la propiedad perdiera sentido y el mercado fuera superfluo [6]. El autor se refiere a la que sería la consecuencia lógica del desarrollo libre y acabado de las nuevas tecnologías que, al menos en el terreno digital, muestran la capacidad de reproducir ciertos servicios –música, películas, libros, etc.– sin necesidad de incorporar trabajo y casi sin gasto de capital, lo que en términos neoclásicos, se define como “costo marginal cero”. Aunque no vamos a desarrollar este complejo tema aquí resultan necesarias dos acotaciones. La primera consiste en que no puede pensarse el desarrollo libre de las tecnologías bajo condiciones capitalistas. La propiedad privada de los medios de producción moldea y hasta cierto punto coarta el desarrollo tecnológico, adaptándolo –hasta donde le es posible– a sus necesidades. Las patentes, las “subvenciones cruzadas” [7], entre otros mecanismos, son parte de las múltiples formas a través de las cuales el capital consigue convertir en valor aquello que no lo era o ponerle precio a aquello que no lo tiene. La segunda consiste en constatar la parte de verdad relativa contenida en el razonamiento de Rifkin. Porque si las tecnologías no estuvieran sujetas a los condicionamientos del capital, efectivamente su desarrollo libre exigiría cada vez menos esfuerzo de trabajo humano, supondría una mayor abundancia de bienes y servicios, el avance hacia la gratuidad, la pérdida de sentido de la propiedad privada y del mercado y, junto con ellos, de las ganancias. Advertimos que, aunque en absoluto se trate de un fenómeno enteramente nuevo –“abundancia” y “escasez” constituyen términos relativos y determinados socialmente–, lo cierto es que se vuelve mucho más agudo y contradictorio para el propio capital desde el momento en el que es posible la reproducción gratuita de determinados servicios digitales. La idea general del “fin del trabajo” en tanto tendencia y como sustrato de la eliminación progresiva del valor, los precios y la propiedad privada de los medios de producción es, a decir verdad, original de Marx y está expresada desde hace muchas décadas en los Grundrisse [8]. Los ideólogos del capital la reviven de una manera doble: por un lado, como propaganda y amenaza con pretensiones disciplinadoras de aquello que podría suceder bajo condiciones de producción capitalistas y por el otro, como percepción de la fuerza de una tendencia histórica. Vale destacar que, incluso en su acepción propagandística, la idea del fin del trabajo presupone de algún modo la segunda arista dejando traslucir la impresión de un sistema que se imagina impotente para garantizar por sus propios mecanismos internos la subsistencia de las mayorías. Una cuestión que se aprecia con bastante claridad en la difusión de la idea de la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta sujeta a múltiples interpretaciones y cada vez más “conversada” en el contexto pandémico. Es bueno resaltar, no obstante, que las tribulaciones más actuales sobre la RBU se derivan de las consecuencias de la crisis económica y no precisamente de las del “desempleo tecnológico”.

Tercero, en la constatación del crecimiento aberrante de la desigualdad social que –con mucho atraso– conmovió al mundo académico y al establishment. Corroboración teorizada y popularizada en los últimos años por Thomas Piketty [9], economista francés que sigue los postulados del Mainstream –aunque en la actualidad viene mostrando un relativo giro a la izquierda [10]. La tesis de Piketty consiste esencialmente en demostrar que el incremento de la desigualdad patrimonial y del ingreso –característica de las décadas neoliberales– se deriva de la combinación de una alta tasa de rendimiento del capital y una baja tasa de inversión que da origen al crecimiento rezagado de una economía ascendentemente “rentística”. En sus términos, esta realidad conjunta representa la “norma” del capitalismo que resultó limitada solo excepcionalmente tras grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30. El retorno de la “norma”, determina que la desigualdad tienda a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de fines del siglo XIX. El problema para Piketty es que, como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún persiste una “clase media patrimonial” amenazada de empobrecimiento que suscitará fuertes reacciones políticas.

La tesis de Robert Gordon, economista de Harvard e integrante a través de las décadas de distintos órganos de consejo estatal, guarda puntos de contacto con la de Piketty aunque su objeto de estudio radica en la historia de las tecnologías, la productividad y el crecimiento de la economía norteamericana. Desde una visión de la economía en la que la especificidad histórica del capital y el capitalismo desaparecen casi por completo, Gordon remite a una mayoría de la existencia humana caracterizada por una “normalidad” de bajo crecimiento. Statu quo sacudido solo por el “siglo revolucionario” que se extiende entre la Guerra Civil norteamericana y la década de 1970 aunque, muy particularmente, por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. A partir de los años ‘70 la economía pierde fuerza y –con la excepción del período 94/2004– tiende a restablecerse la “normalidad” de bajo crecimiento que se intensifica en el período post Lehman. Para el próximo cuarto de siglo, Gordon –opositor acérrimo a la tesis de una “Cuarta Revolución Industrial”– vaticina un crecimiento de la productividad y del producto claramente por debajo del promedio de los años 1970-2014. Una situación que incluso podría empeorar debido a lo que denomina “vientos en contra” conformados por la desigualdad creciente, el rezagado incremento del nivel educativo, el bajo crecimiento poblacional y la jubilación de la generación de baby boomers y, finalmente, la trayectoria ascendente e insostenible de la relación deuda/PBI [11].

En términos más generales, la constatación de la debilidad del crecimiento económico y de la inversión “real” junto con el incremento de todo tipo de deudas –personales, públicas, corporativas–, la “amenaza” tecnológica y el aumento acelerado de la desigualdad, trasciende distintas vertientes ideológicas [12] y emerge como una suerte de “nueva normalidad”. Una de sus consecuencias más inquietantes reside en la destrucción de las “clases medias” –eufemismo que normalmente se emplea para hacer referencia a amplios sectores de las clases trabajadoras [13]– o de su símbolo más acabado, el “sueño americano”, como base necesaria de sustentación de las “democracias capitalistas”. Un tema ya recurrente que, al calor de la pandemia, emerge como más urgente y preocupante en el pensamiento de diversos autores como, por ejemplo, en el del principal comentarista económico de Financial TimesMartin Wolf.

Falsas promesas (o el fin del “progreso”)

La segunda circunstancia surge del modo en el que estas vulnerabilidades del capital se traducen en la sensibilidad de millones de trabajadores y sectores populares de los países centrales y no centrales.

Lo cierto es que la debilidad económica post crisis 2008/9 aniquiló el sustituto débil de “progreso” ofrecido por el neoliberalismo a cambio de la “globalización” y la destrucción de las conquistas del llamado “Estado de Bienestar”. De alguna manera y en particular en el curso de las décadas del ‘90 y ‘2000, la proliferación del crédito al consumo –incluidas las hipotecas subprime–, la mitigación de la desigualdad entre países –habilitada por el ascenso de los llamados BRICS–, la reducción relativa de la pobreza –entendida en los términos del Banco Mundial [14]–, el “sueño chino”, el indio y hasta cierto punto el brasileño, entre otros, actuaron como factores compensatorios frente al incremento –global y al interior de la mayoría de los países– de la desigualdad. Este “intercambio satánico” es lo que, en el curso de la última década, se fue diluyendo primero en el “centro” y más tarde en la “periferia”.

Llama un tanto la atención el hecho de que, luego de tantas décadas neoliberales signadas por el incremento de la desigualdad –que originó múltiples estudios sobre el tema->https://www.jornada.com.mx/2014/09/03/opinion/034a1eco]–, recién hace pocos años el asunto alcanzara el centro de las preocupaciones de buena parte del mainstream, incluido el Fondo Monetario Internacional. Pero no es tan extraño. Lo que movilizó esta mutación es la circunstancia de que, desde el punto de vista de los “deciles menos favorecidos”, resulta más tolerable la desigualdad que la idea de la imposibilidad de “progreso” o peor aún, la del propio retroceso. Como señala Wolf, en determinadas sociedades la desigualdad como tal puede no resultar tan social o políticamente desestabilizadora. Pero la sensación de deterioro de las perspectivas para uno mismo y para los hijos, ciertamente importa como también lo hace una fuerte sensación de “injusticia”. También apuntaba, hace unos años y en base a un informe del Instituto Global McKinsey el hecho de que, mientras el aumento de la prosperidad reconcilia a las personas con las disrupciones económicas y sociales, su ausencia fomenta la ira. Recordemos que la llamada “Primavera árabe” comenzó en 2009 con la inmolación de un vendedor ambulante con título universitario en una ciudad tunecina. La falta de perspectiva se encuentra en la base de los fenómenos políticos e ideológicos que, a derecha y a izquierda, conmueven desde hace varios años a las élites o a las estructuras tradicionales en una muy vasta cantidad de países. Incluso, poco antes de la pandemia asistimos a fenómenos abiertos de lucha de clases que recorrieron gran parte del planeta.

La comunión entre pandemia y Gran Confinamiento, magnifica de una manera bastante literal esta sensación de ausencia de perspectivas. Aunque –hasta cierto punto– también actúa como factor disciplinador sumado a la contención de las políticas billonarias implementadas por los Estados. No obstante, aquello que Wolf denomina “una fuerte sensación de injusticia” desató, tras el asesinato de George Floyd, un movimiento profundo e integrador de múltiples decepciones y opresiones de negros y blancos en el corazón del imperio.

Por su parte, la letánica y lacerante distopía del “fin del trabajo” –una especie de estocada final a la idea de “progreso”– adquiere una muy particular triple manifestación en el contexto de la crisis pandémica. Por un lado, la pérdida directa de millones de puestos de trabajo no aparece asociada al “desempleo tecnológico” sino al Gran Confinamiento como imagen de la fusión entre la enfermedad y la crisis económica. Por el otro, las “cuarentenas”, en tanto elemento central de paralización económica, actúan como prueba definitiva y “auto percepción” global de que –al menos por el momento– los trabajadores y no los robots fungen como la fuerza fundamental que mueve la economía. Finalmente y muy significativo, las “empresas tecnológicas” –entre ellas PayPal, Alphabet, Facebook, Tencent, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon– son las que más incrementaron su capitalización bursátil bajo condiciones de pandemia. También el boom alcanzó a otras menores como Rappi, Globo o Pedidos Ya, de entrega de comida a domicilio. Pero, lejos de expulsar trabajo, estas empresas emergen como núcleos del llamado “trabajo esencial” y se consolidan como áreas de vanguardia de la precarización laboral. Incluso aquellos “unicornios” [15] que despidieron trabajadores, no lo hicieron en función del reemplazo tecnológico sino de su reestructuración debida a la propia crisis.

De conjunto, la pandemia y la crisis económica agudizaron el sentimiento de decepción y falta de expectativas en un sistema que, se percibe, no tiene demasiado para ofrecer. El politólogo estadounidense, Ian Bremmer, alertaba sobre este sentir hace no mucho tiempo en su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism [16], donde incorpora el concepto de “globalismo” como intento de las élites de transmitir la idea de que la “globalización” acarrea una mejora para todos los sectores sociales. Esa es, efectivamente, la “creencia” que desapareció del imaginario y se aleja aún más con los efectos económicos de la pandemia. Cuestión que, ciertamente, genera bastante pavor en el establishment. solo por ponerle una metáfora a los nuevos vientos de época vale la pena observar que Fukuyama, por ejemplo, vuelve a evocar -a su modo- la idea de lucha de clases.

¿Vuelta al “Estado de Bienestar”?

Ya no guarda novedad alguna el hecho de que la intervención estatal sobre la economía –fundamentalmente en los casos estadounidense, de los países de la Unión Europea y Japón, en términos de magnitud– superó ampliamente los estímulos monetarios y fiscales implementados en la crisis 2008/9. La Unión Europea, incluso, acaba de aprobar un “plan anticrisis” de 750 mil millones de euros financiados con deuda común y dirigidos, bajo la modalidad de préstamos y subsidios, a los países más afectados del bloque.

La conjunción del impulso económico catastrófico de la pandemia, la crisis del esquema neoliberal –visualizado, ante todo, como incapacidad de contención sanitaria– y la situación social y política descrita más arriba, no puede, por supuesto, desvincularse de esta macro intervención. Tampoco puede pensarse abstrayéndose de las diferencias inmediatas entre los países centrales –que con tasas de interés cero o negativas poseen mayor capacidad de endeudamiento– y los países dependientes o semicoloniales de los que se fugaron en los últimos meses más de 100.000 millones de dólares. La reflexión más interesante radica, sin embargo, en los pronósticos pospandemia. Diversos sectores concluyen que, a partir de esta intervención estatal, podría abrirse paso una suerte de “estatismo reformista”. Pero el problema es que esta perspectiva no puede imaginarse por fuera ni de la debilidad que la economía capitalista arrastra hace más de 10 años encadenada sin solución de continuidad con la convulsión actual, ni de la crisis del neoliberalismo y los límites de la globalización, ni de la decadencia e incógnita sobre la “estrategia de reemplazo”, temas a los que hicimos referencia más arriba. Nos proponemos aquí solo dejar planteadas algunas líneas para la reflexión.

En primer término, consideramos que las formas particulares que adopta la actual intervención estatal no se derivan esencialmente de una “opción política” sino de las necesidades de la estructura misma del capital en el período presente. Tomemos, por ejemplo, el caso paradigmático de Estados Unidos. El economista marxista Robert Brenner señala que de los alrededor de 6 billones de dólares de estímulo fiscal implementados –según sus cálculos– en los últimos meses por el estado norteamericano, el 75 % –equivalente a aproximadamente 4,5 billones– resultó derivado al “cuidado” de las más grandes y mejores compañías mientras sólo un monto cercano a 600.000 millones tuvo como destino pagos directos en efectivo a individuos y familias, seguro de desempleo adicional y préstamos estudiantiles. A su vez, la mayor parte de aquel 75 % con destino a las grandes empresas carece de restricciones para ser utilizado en recompra de acciones, bonificaciones a los CEO, etc. [17]. Por un lado, aunque evidentemente la desproporción es notable, vale observar que incluso aquellos 600.000 millones de dólares no son poca cosa y su activación se encuentra indisolublemente asociada a las necesidades de contención del “estado de ánimo” del que hablamos en el apartado anterior. Pero por otro lado, lo que más interesa resaltar aquí es que la ausencia de restricciones para el destino de la mayor parte de aquel 75 % –que habilita, por ejemplo, la recompra de acciones como explícita contracara de la debilidad de la inversión– responde estrictamente a una modalidad de “acumulación” del capital exacerbada en el curso de la última década. La acción del Estado tiene por objeto garantizar ese patrón, del mismo modo que lo hace la compra ilimitada de deuda corporativa garantizada por la Reserva Federal desvinculando –transitoriamente– las capitalizaciones bursátiles de las tendencias de la “economía real”. Se trata de “formas” cuyo desenfreno –tanto como la necesidad estatal de sostenerlas– no se deriva, en lo esencial, de “decisiones de política” sino del agotamiento de las nuevas fuentes para la acumulación del capital conquistadas bajo el auge de las décadas neoliberales. Las crecientes tensiones chino-estadounidenses expresan, justamente, una faceta fundamental de ese agotamiento.

Si en segundo término, y en estrecha relación con el punto anterior, reflexionamos sobre el lugar del New Deal en los años ‘30, resulta obligado observar su posibilidad como estrechamente asociada a la circunstancia de que Estados Unidos, a pesar de la gran crisis, era ya la nación económicamente más pujante del planeta. Por solo acercar un ejemplo, en 1929 producía el 80 % de los vehículos automotores del mundo [18]. La ley Glass Steagall –que desvinculó a la banca de inversión de la banca comercial– resulta emblemática en tanto no puede disociarse de las posibilidades de acumulación “productiva” del capital de una nación que se abría espacio como el poder industrial del mundo. Muy lejos se ubican las características de poder financiero que, en su decadencia, distinguen al Estados Unidos de hoy. Es en el contexto de estas condiciones económicas específicas en el que debe interpretarse la laxa e incluso ambigua ley Dodd-Frank –aprobada en 2010 e impulsada por Elizabeth Warren, del ala izquierda del Partido Demócrata– como la restricción financiera más audaz a la que dio lugar el desastre desencadenado por la caída de Lehman. Las relaciones inquebrantables entre la banca comercial y de inversión, responden a las características de un capitalismo en extremo financiarizado.

En tercer término y profundizando el contraste con el New Deal, su implementación tampoco puede escindirse de las tensiones sociales insoportables generadas por la Gran Depresión combinadas con la presión ejercida por la presencia de la Revolución rusa. Circunstancias que convirtieron a la década del ‘30 en la de mayor agitación obrera de Estados Unidos. Por supuesto y sí, como es esperable, una mayor lucha de clases tiene lugar en el período pospandemia, no puede descartarse que –en tanto se transforme en una amenaza para las bases del capital– la distribución entre aquel “75 y 25 %” se modifique parcialmente ni que, incluso, se imponga algún tipo de limitación algo más firme a las operaciones financieras de las grandes corporaciones y la banca. Pero incluso, eventuales medidas tibiamente reformistas para contener procesos de lucha de clases muy probablemente resulten contestadas con mayor violencia por los sectores dominantes de un capital que adolece de nuevas fuentes rentables para su acumulación ampliada. En este contexto, también las nuevas tecnologías serán utilizadas –muy probablemente y como siempre lo fueron– como arma contra la resistencia y para incrementar la explotación y flexibilización del trabajo, lejos de eliminarlo. Vale recordar que, aún en las mencionadas condiciones excepcionales de la década del ‘30, el New Deal resultó impotente para que la economía estadounidense retornara a la tendencia pre-crisis. Incluso, en 1937 el parlamento y el establishment económico vetaron su continuidad y se produjo una nueva caída abrupta. Recién el “milagro económico” [19] de la Segunda Guerra Mundial rescató –como lo señala Gordon– a la economía norteamericana del “estancamiento secular” de los tardíos años ‘30 [20].

Más allá de las medidas inmediatas –que variarán también según los ritmos de la pandemia, la crisis y las diversas tensiones que se jueguen en los escenarios electorales– es de esperar que bajo las condiciones de su realidad actual el capital refuerce la agresividad. De hecho, ya lo estamos presenciando a través de las nuevas modalidades de flexibilización laboral implementadas bajo la excusa de la pandemia. Del mismo modo, ni bien sea posible, volverán a emerger nuevos intentos de reformas previsionales con la excusa de los enormes déficits fiscales acumulados. A su vez, los límites del neoliberalismo que se expresan –en gran medida– en contradicciones crecientes entre los Estados, es muy probable que conduzcan a diversas expresiones de mayor belicismo aunque no podamos definir sus expresiones concretas. Es de esperar que la ausencia de una “estrategia de reemplazo” y la gran dependencia económica que aún guarda la relación chino-norteamericana se traduzca, entre otras cosas, en una ofensiva más violenta estadounidense no solo para doblegar a China como competidor sino también para incrementar la libertad de acción de sus capitales en el país. Los métodos a utilizar como así también los resultados, están abiertos. Pero sean cuales fueren los escenarios, caben pocas dudas de que no es un panorama de “estatismo reformista” el que se abre para el período próximo. Asumir estas circunstancias constituye un elemento fundamental de la preparación y la estrategia necesarias para actuar en próximos acontecimientos si se desean evitar nuevas catástrofes para los trabajadores y los sectores populares, es decir, para la enorme mayoría de la humanidad.

Por Paula Bach | 04/08/2020 

 

NOTAS
[1] La Organización Mundial del Comercio pronostica una contracción para 2020 de entre el 13 y el 32 %. La brecha resulta aún demasiado amplia para proponer comparaciones históricas de utilidad.

[2] Por un lado, si las mismas políticas estatales que luego de 2008/9 buscaron contener la crisis, limitaron la destrucción de capitales y con ello, paradójicamente, acotaron la fuerza de la recuperación, es de esperar que este efecto se repita en la actualidad debido a políticas de contención estatal significativamente mayores, ver Juncal Santiago, “Pandemia y crisis: ¿adónde va la economía global?”, entrevista en La Izquierda Diario, 1/7/2020. Por otro lado, es de esperar que la reducción cualitativa de los ingresos que están sufriendo amplias franjas de trabajadores y sectores populares, sumadas a los temores instalados por la pandemia, limiten una recuperación del consumo. También, los tiempos desiguales de la pandemia en los distintos países retrasan, naturalmente, el retorno a la “normalidad” de las relaciones económicas internacionales. Además y como factor esencial, las condiciones de cooperación interestatal que en el post 2008/9 resultaron claves, se encuentran en la actualidad significativamente más dañadas y enfrentan contradicciones estructurales profundas, ver, Bach, “Paula, Crisis económica mundial: ¿escaparán los “espíritus subterráneos”?”, Ideas de Izquierda, 15-3-2020.

[3] Véase, Krugman, Paul, Acabad ya con esta crisis!, Madrid, Crítica, 2012.

[4] Rifkin, Jeremy, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Madrid, Paidós, 2014.

[5] Rifkin, Jeremy, The zero marginal cost society. The internet of things, the collaborative commons, and the eclipse of capitalism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.

[6] Rifkin, Jeremy, op. cit.

[7] Véase, Srnicek, Nick, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.

[8] Véase, Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982. Antonio Negri revalorizó los Grundrisse y desarrolló en los años ‘90, una interpretación propia de esta tendencia formulada por Marx. Para una exposición sintética del planteo de Negri y una crítica, véase, Bach, Paula, “Valor, forma y contenido de la riqueza en Marx y en Antonio Negri: Una diferencia sutil pero esencial”, Estrategia Internacional 17, otoño de 2001.

[9] Véase, Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, 2014. Véase también, Esquenazi, Matías y Hernández, Mario (compiladores), El debate Piketty. Sobre El capital en el siglo XXI, Provincia de Buenos Aires, Metrópolis, 2014.

[10] Véase, Piketty, Thomas, Capital e ideología, Buenos Aires, 2019. Para una crítica, véase entre otras, Mercatante, Esteban, “Algo huele a podrido en el capitalismo: comentarios sobre lo nuevo de Thomas Piketty”, Ideas de Izquierda, 27/10/19.

[11] Véase, Gordon Robert, The rise and fall of American growth.The U.S. standard of living since the Civil War, Princeton, Princeton University Press, 2016.

[12] Véase, por ejemplo, Streeck Wolfgang, ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, Madrid, Traficantes de sueños, 2017, o Harvey, David, Marx, El capital y la locura de la razón económica, Buenos Aires, Akal, 2019.

[13] El Banco Mundial define a la “clase media” como hogares que tienen una baja probabilidad de caer en la pobreza pero no son ricos y cuyos ingresos oscilan entre 13 y 70 dólares diarios (PPA de 2011). Lac equity lab: pobreza, Banco Mundial, disponible online.

[14] El Banco Mundial coloca en la categoría de “pobres extremos” a aquellas personas que viven con menos de 1,9 dólares al día. Según un informe de la institución, en los 25 años transcurridos entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema –que significa, agregamos, dejar de ser muy pobre para pasar a ser solamente pobre– se redujo globalmente, en promedio, un punto porcentual por año –de casi el 36 % al 10 %– lo que significa que alrededor de 1.000 millones de personas salieron de ese estado. Sin embargo, la pobreza extrema solo disminuyó un punto porcentual entre 2013 y 2015. Banco Mundial, comunicado de prensa, septiembre 2018, disponible online. Ver, también, la crítica metodológica del jurista australiano Philip Alston, relator especial sobre extrema pobreza y derechos humanos de las Naciones Unidas, a las investigaciones del Banco Mundial. Alston, Philip, “El lamentable estado de la erradicación de la pobreza”, Concejo de Derechos Humanos de la ONU, julio 2020, disponible online.

[15] Los llamados “unicornios” son empresas emergentes, innovadoras en tecnologías, valuadas en 1.000 millones de dólares o más.

[16] Bremmer, Ian, Us vs. Them: The Failure of Globalism, Nueva York, Penguin, 2018.

[17] Brenner, Robert, “Escalating Plunder”, New Left Review 123, mayo-junio 2020, disponible online.

[18] Gordon, Robert, op. cit.

[19] “Milagro” que, como es sabido, implicó más de 60 millones de muertos, la destrucción de gran parte de Europa, Hiroshima y Nagasaki, entre otros muchos hechos prodigiosos.

[20] Ídem.

Fuente: https://www.izquierdadiario.es/El-discreto-desencanto-de-la-burguesia

Publicado enSociedad
Viernes, 24 Julio 2020 08:53

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
16 de julio de 2020

 

 

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº270
Viernes, 24 Julio 2020 08:24

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
16 de julio de 2020

 

 

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enColombia
La "madre de todas las recesiones" toca las puertas de la economía mundial

El fondo de inversión BNP Paribas Asset Management ha alertado que la economía mundial está amenazada por una ofensiva procedente de una "madre de todas las recesiones" como consecuencia de la pandemia.

La economía mundial se ha visto cada vez más amenazada a medida que la pandemia por COVID-19 se propaga por el mundo y a pesar de que varios países ya retomaron su economía después de pasar el pico más alto de contagios los pronósticos para la economía mundial pos-COVID no son nada alentadores.

En una entrevista con el periódico Financial Times, Frederick Jeanbon del fondo de inversión de Europa BNP señaló que el crecimiento constante del mercado de valores tras el colapso registrado el mes de marzo no refleja la situación económica real actual y además no contempla otros escenarios que podrían golpear con más dureza a la economía mundial.

"El enorme repunte que hemos visto durante varios meses después del punto más bajo en marzo puede estar ocurriendo demasiado rápido y no tiene en cuenta el riesgo de una segunda ola [de contagios]", argumentó Jeanbon.

Agregó que la recuperación económica será larga y en forma de U, mientras que una recuperación en forma de V es poco probable.

Son pocos los expertos y analistas que pronostican una recuperación de la economía mundial en forma de V. Según una reciente encuesta realizada a los gestores del Banco de América, la mayoría espera una recuperación más prolongada —en forma de U o de W—. Por su parte, el FMI predijo la mayor caída de la economía mundial desde la Gran Depresión.

01:28 GMT 20.07.2020URL corto

Publicado enEconomía
La industria del fracking de EU podría enfrentar pérdidas por 300 mil mdd.Foto Ap

Hace dos años expuse el “Fracaso financiero de la Reserva Federal con el Espejismo del fracking” (https://bit.ly/3gbCBqU), lo cual aceleró el C-19 y el insólito desplome a -40 dólares el barril, cuya explicación anticipé en mi libro Los cinco precios del petróleo (https://bit.ly/2VsDzqT).

La quiebra de la industria del caníbal fracking era la crónica de una muerte anunciada mucho antes del C-19 (https://bit.ly/2Vwu9L5).

La excesiva y abusiva financiarización del gas lutita (shale gas) y su fracking caníbal, al unísono de las 190 quiebras que iniciaron en 2010, ahora alcanzaron a la icónica empresa pionera del fracking Chesapeake, con sede en la ciudad de Oklahoma, la cual, según el portal Sputnik, solicitó el amparo del capítulo 11 para lidiar con su quiebra en la Corte del Distrito Sur de Texas, que le permitirá seguir operando a cambio de la restructuración de su balance de pagos (https://bit.ly/31vdefy).

Su excéntrico fundador, Aubrey McClendon, que hizo de Chesapeake el segundo mayor productor de gas natural en EU, fue defenestrado en 2013 y luego de haber sido perseguido judicialmente por licitaciones fraudulentas, murió en un extraño accidente al día siguiente (https://cnb.cx/3igK9dN).

Según la firma contable global Deloitte, la industria del fracking de EU entró a un periodo de "gran compresión (sic) que puede enfrentar pérdidas por 300 mil millones de dólares" y una "ola de quiebras" (https://bit.ly/2NFQIsn).

De acuerdo con Deloitte existen cuatro factores que empujan a la "gran compresión": 1. La Nueva Norma de Tele-Conmutación (sic): "el movimiento a labores remotas con 37 por ciento de los trabajos en EU realizados en el hogar que puede impactar la demanda del transporte asociado"; 2. El Nuevo Orden de los Combustibles: "la convergencia del petróleo con el precio del gas y la fuerza relativa de los precios del gas natural"; 3. La Transición Acelerada de Energía: “los retornos de los proyectos de nueva energía ahora se encuentran al mismo nivel ( at par) con los retornos actuales de las empresas petroleras (del 5 al 10 por ciento), propulsando la transición energética”; y 4. La Evolución del Comercio y las Cadenas de Valor: "la nueva ola potencial de proteccionismo y la reducción de las cadenas de abasto como amenaza al transporte global y a la demanda de combustibles marinos".

Conforme a Deloitte, "la tercera parte de los operadores de gas lutita en EU se encuentran prácticamente insolventes (sic) al precio de 35 dólares el barril, y alrededor de 50 por ciento a 20 dólares el barril".

Se colapsa así toda la industria del caníbal fracking en EU, pese a que la cotización del barril en la variedad WTI rasguña 40 dólares.

A mi juicio, el colapso del caníbal fracking se debe a su enorme endeudamiento, propiciado por la Reserva Federal con el fin geopolítico del sacar del mercado a Rusia y Arabia Saudita.

La Agencia Internacional de Energía anunció que la producción de petróleo de EU se encamina a caer casi un millón de barriles al día este año,con un mayor decaimiento de 280 mil barriles al día para el año entrante debido a "bajos precios del petróleo, una demanda débil y una asequibilidad limitada de almacenamiento".

The Financial Times (28/06/20) revela que Chesapeake, "pionera de la revolución (sic) del gas lutita en EU", no pudo pagar los intereses este mes y que sus bonos que vencen este año fueron comercializados a sólo 5 centavos (sic) de un dólar.

Los "consejeros" para la quiebra de Chesapeake son la firma legal Kirkland & Ellis, Alvarez & Marsal y los bancos de inversiones Rothschild (¡mega-sic!) e Intrepid Financial Partners: extraño banco mercante de reciente creación en 2015.

Desde la derrota de Napoleón en Waterloo hace 205 años, la esclavista banca Rothschild representa la clásica banca carroñera que se beneficia de las tragedias ajenas.

¿Cómo afectará la quiebra de la industria del fracking caníbal de EU a las 10 principales reservas de gas lutita (shale gas) del mundo (https://bit.ly/31w6aiF), entre ellos México: con la Cuenca de Burgos, bajo el dominio catastral del cártel de Los Zetas, y la Cuenca Sabina en Coahuila?

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enEconomía
Hacia una economía postCovid para el bien común

Propuesta conjunta de representantes del movimiento internacional EBC de 17 países

 

El movimiento internacional de la Economía para el Bien Común (EBC), que por primera vez se expresa conjuntamente con este texto, ha estado proponiendo desde el año 2010 un modelo económico alternativo, coherente y completo.

La EBC se basa en valores fundamentales como la sostenibilidad, la inclusión y la cooperación, en lugar de priorizar los objetivos financieros y privilegiar la competitividad. El modelo económico vigente contribuye a las crecientes amenazas para la humanidad, tales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, así como la pandemia actual. El COVID-19 solo el último de una serie de virus que afectan seriamente a la salud y a la vida humana. El VIH, el Ébola, el Sars1, el Mers, y ahora el Sars2, son ejemplos de zoonosis, que significa que un virus cambia de anfitrión, de los animales al ser humano. Existe la evidencia científica de que el aumento en el número de zoonosis es consecuencia de la sobreexplotación de los recursos naturales y de la creciente presión sobre los hábitats de la vida silvestre, debido a la deforestación, la caza descontrolada, la agricultura industrial y la contaminación del aire.[i]

La pandemia actual, así como otras amenazas, fueron anunciadas hace tiempo por los científicos: Limits to Growth (1972), Brundtland Report (1987), Earth Charter (2000), Millennium Ecosystem Assessment Synthesis Report (2005), o el concepto de los límites planetarios (2009), son ejemplos relevantes. Esto nos lleva a la pregunta: ¿Cómo es posible que los responsables de la toma de decisiones no hayan tenido en cuenta estas advertencias a todos los niveles?

La influencia del lobby empresarial

En las últimas décadas, los lobbies empresariales, que persiguen egoístamente sus propios intereses económicos, han gastado mucho dinero para apropiarse del proceso de Río-Johannesburgo, para cuestionar o negar el cambio climático, para evitar regulaciones vinculantes para las empresas multinacionales y, más recientemente, para poner en la agenda internacional de la UE la creación del Tribunal Multilateral de Inversiones (MIC).[ii]

Estas intervenciones son perjudiciales para la naturaleza y para los derechos básicos de la gran mayoría de los seres humanos, y han estado minando la democracia. En consecuencia, las causas sistémicas fundamentales de los problemas ecológicos y de la salud no están representadas adecuadamente en el discurso público; la atención de los medios de comunicación se centra principalmente en la vacunación y en los productos creados por las compañías farmacéuticas. La progresiva privatización de la OMS (la fundación privada de Bill y Melinda Gates ya es el segundo mayor financiador de este organismo) [iii], está socavando severamente las políticas públicas y las prioridades democráticas. Un enfoque holístico de las políticas sanitarias debe desarrollar estrategias para evitar futuras zoonosis, mejorando la sostenibilidad de las actividades económicas y fomentando la salud y la resiliencia de las personas a través de alimentos saludables, empleo seguro, inclusión social y erradicación de la pobreza.

Aplanar otras curvas

Debemos aprender de la crisis actual: la humanidad tiene que adoptar una actitud respetuosa hacia la Tierra, considerándonos parte de la red de la vida, ni externa ni superior al resto. Necesitamos crear conciencia de nuestra propia vulnerabilidad y nuestra dependencia de un entorno intacto, creando una convivencia respetuosa con todas las formas de vida. El crecimiento económico sin fin se ha convertido en un riesgo peligroso: los científicos han definido nueve límites planetarios críticos, algunos de los cuales ya hemos excedido [iv]. Con el mismo rigor y determinación que los gobiernos han aplicado al tratar de aplanar la curva de contagio Covid-19, ahora necesitamos aplanar las curvas del uso de la Tierra, del consumo de energía y recursos, de la desigualdad y del poder ilimitado de las corporaciones multinacionales.

Hacia una Economía para el Bien Común

Desde el año 2010 el movimiento de la Economía para el Bien Común se ha extendido a 30 países en todos los continentes, en los que están activos 200 delegaciones locales. 3000 organizaciones apoyan el movimiento. 700 empresas, escuelas, universidades, municipios y distritos han implementado el balance general de bien común. Ocho gobiernos regionales en España, Austria y Alemania lo han incluido en sus programas gubernamentales. En 2015, el Comité Económico y Social Europeo publicó un dictamen sobre el modelo de la EBC [v], y en una segunda opinión el CESE declaró a la EBC como un «nuevo modelo económico sostenible».[vi]

La EBC es una economía de mercado totalmente ética que pone a las empresas privadas y a la propiedad privada al servicio del bien común, con el objetivo de proteger los ecosistemas globales y los valores fundamentales, desde la dignidad hasta la justicia y la solidaridad hasta la sostenibilidad y la democracia [vii]. El Producto del Bien Común, que mide todos los aspectos relevantes de la calidad de vida, debe situarse por encima del PIB. Una economía que prioriza las necesidades de las personas y los valores democráticos, y considera el dinero y otras formas de capital como recursos para lograr estos objetivos, es en realidad lo que los antiguos griegos querían decir con «oikonomia». Dar prioridad a los resultados financieros es en realidad su opuesto: «chrematistiké» o capitalismo, como lo llamamos hoy [viii] Una economía orientada al bien común es la única forma de dejar un planeta saludable y viable para nuestras hijas, hijos, nietas y nietos. La actual crisis del Covid-19 nos da la oportunidad de liderar esta transición.

Cambiar el paradigma comercial

Los intercambios comerciales deben cumplir el objetivo de estabilizar el clima del planeta, mantener la biodiversidad, la diversidad cultural, y proteger los derechos humanos, las necesidades básicas y la dignidad. Deben ayudar a crear el «espacio seguro» propuesto por el «modelo Donut» de Kate Raworth [ix]. El «comercio ético» y la «economía ecológica», deben priorizar la proximidad y las economías locales, utilizando el comercio internacional como complemento, y deben reemplazar al «libre comercio» como doctrina dominante en el comercio global [x]. El Mercosur, el CETA y otros acuerdos, son ejemplos claros del viejo paradigma de «comercio forzado» con las conocidas consecuencias perjudiciales. Un ejemplo de cómo se podría establecer un «orden comercial mundial ético» es un impuesto al carbono de, por ejemplo, 100 USD por tonelada de CO2, según lo recomendado por el Informe Stiglitz-Stern en 2017 [xi]. Con un impuesto ecológico los países que cumplan con este objetivo obtendrán el derecho de recaudar el diferencial proveniente de los países con impuestos más bajos (o nulos).

Cambiar el paradigma fiscal

Una solución urgente y justa para la vertiginosa desigualdad es una mayor imposición de los ingresos del capital, de la propiedad privada y de las herencias, al mismo tiempo que se democratiza progresivamente para evitar la corrupción y poner a los estados al servicio de la ciudadanía. En la zona euro, la riqueza privada supera a la deuda pública en un factor de cinco. Mayores impuestos sobre la riqueza permitirían las inversiones necesarias en salud, educación, eliminación de la pobreza y transformación económica. Se debe introducir el «impuesto a las transacciones financieras», idealmente a nivel global. Es un síntoma preocupante de la post-democracia que esta propuesta, generalmente aceptada para regular los mercados financieros, fuera eliminada de la agenda de la UE, aunque los ingresos fiscales habrían ascendido a 310 mil millones de euros, según WiFo, con sede en Viena [xii]. Principalmente, el movimiento internacional de capitales debe estar vinculado a la transparencia fiscal y a la cooperación, con el fin de reducir la evasión fiscal y cerrar los paraísos fiscales.

Combinar la política fiscal y monetaria.

Como la recesión económica en 2020 será muy pronunciada, debe existir una voluntad conjunta de política fiscal y monetaria. La flexibilización cuantitativa es una medida con efecto limitado: si se usa para comprar bonos corporativos, incluso puede ser contraproducente. Una combinación de eurobonos («coronabonos») con préstamos sin intereses de los bancos centrales al estado (teoría monetaria moderna), hasta un límite razonable, sería más efectiva. Se debería modificar el Art. 123 (1) del Tratado de Funcionamiento de la UE (TFUE), que prohíbe los préstamos directos del BCE a los miembros de la eurozona.

Cambiar las prioridades de la recuperación

En la gestión actual de crisis, no deberíamos repetir fracasos anteriores: en la crisis financiera de 2008 hemos visto las ayudas a las llamadas entidades ‘sistémicamente importantes’ (‘demasiado grandes para quebrar’), la mayoría de ellas, mencionadas anteriormente, estrechamente vinculadas a la economía con intereses económicos egoístas. Es hora de romper esta lógica y enfocarnos en lo que todos necesitamos:

  • § inversión pública en salud, educación, transporte público sostenible, vivienda y producción sostenible de alimentos, creando así una importante cantidad de empleos, particularmente respetuosos con el clima, y ayudando a transformar la economía hacia la sostenibilidad
  • § la introducción de un ingreso básico incondicional, que sea suficientemente alto para cubrir todas las necesidades básicas de una persona
  • § un salario mínimo (sensiblemente más alto que el SMI) combinado con la creación de un salario máximo, lo que permitirá reducir la desigualdad a un nivel aceptable y hacer que nuestras sociedades sean más inclusivas
  • § apoyo financiero o fiscal principalmente a las PYME que contribuyen al bien común, es decir, son respetuosas con el clima, se esfuerzan por la inclusión y cohesión social, y son conscientes de la importancia de la biodiversidad. Uno de los criterios para el apoyo debería ser un informe no financiero auditado externamente, como un Balance del Bien Común, una Certificación B Corps o una herramienta similar. Estamos convencidos de que a medio plazo todas las organizaciones tendrán que asumir estas responsabilidades.

Somos conscientes del calado y del gran desafío que representan los cambios propuestos, sobre todo porque el modelo económico actual está firmemente establecido y muchas personas dependen de él. Sin embargo, cada vez más empresas, municipios, regiones y gobiernos participan en la implementación de estas nuevas ideas y prácticas. Las empresas que han comenzado a asumir una responsabilidad social, ecológica y democrática están siendo galardonados y reciben el reconocimiento de todos los organismos. Ciudades como Barcelona, Amsterdam, Stuttgart y Viena están comenzando a promover estos cambios necesarios. El movimiento EBC está dispuesto a trabajar con más ciudadanos, empresas y gobiernos para lograr estos objetivos.

One Planet, 15 de junio de 2020

www.ecogood.org

Autores y firmantes:

Urbain N’Dakon, chairman, Maat-ECG Africa and African diaspora

Gerd Hofielen, portavoz, EBC Alemania

Luciana Cornaglia, presidenta, ECG Argentina

Christian Felber, fundador del movimiento, Austria

Lisa Muhr, presidenta, EBC Austria

Karla Schimmel, miembro del movimiento, ECG Bélgica

Silvia Álvarez, miembro del equipo coordinador, EBC Chile

Henry Garay-Sarasti, co-coordinator, EBC Colombia

Debla Orihuela, presidenta, EBC España

Paco Álvarez, embajador, EBC España

Estefanía Matesanz, directora, EBC Holanda

Lidia di Vece, presidenta, EBC Italia

Marianne Kert, miembro del equipo coordinador, EBC Luxemburgo

Luisa Montes, miembro del equipo coordinador, EBC México

Sandra White, directora, EBC Reino Unido

Thomas Söderberg, director, EBC Suecia

Gaby Belz, Ralf Nacke, miembros del equipo coordinador, EBC Suiza.

Notas:

[i] Sonia Shah: «Think Exotic Animals Are to Blame for the Coronavirus? Think Again» en The Nation, 18 de febrero de 2020.

[ii] http://trade.ec.europa.eu/doclib/press/index.cfm?id=1608

[iii] 3 World Health Organisation: “Voluntary contributions by fund and by contributor, 2018”, 72nd World Health Assembly, Provisional agenda item 15.2, A72/INF./5, 9 de mayo de 2019.

[iv] https://www.stockholmresilience.org/research/planetary-boundaries/planetary-boundaries/about-the-research/the-nineplanetary-boundaries.html

[v] https://www.eesc.europa.eu/our-work/opinions-information-reports/opinions/economy-common-good

[vi] https://www.eesc.europa.eu/en/our-work/opinions-information-reports/opinions/new-sustainable-economic-models-exploratory-opinion-requested-commission

[vii] www.ecogood.org

[viii] Dierksmeier, Claus / Pirson, Michael (2009): “‘Oikonomia Versus Chrematistike’, Learning from Aristotle About the Future Orientation of Business Management”, Journal of Business Ethics 88:417–30.

[ix] https://www.kateraworth.com/doughnut/

[x] Christian Felber (2019): “Trading for Good. How Global Trade Can be Made to Serve People Not Money”, ZED Books, London. Versión castellana: Por un comercio mundial ético (Deusto).

[xi] Report of the High-Level Commission on Carbon Prices, Carbon Prices Leadership Coalition, 29. Mai 2017, p. 3.

[xii] 12 Stephan Schulmeister: “Implementation of a General Financial Transactions Tax”, estudio del Wifo, junio de 2011, p. 33.

Publicado enEconomía
Viernes, 26 Junio 2020 06:28

Pandemia, contracción, petróleo

Pandemia, contracción, petróleo

Al acercarse la conclusión de la primera mitad del año se han multiplicado las evaluaciones y balances de lo ocurrido en el semestre de la pandemia. También las predicciones de lo que cabe esperar para la segunda y más adelante. En primer término se aprecia que, vista como tal, la pandemia no cede. Como lo expresó Le Monde (22/6/20) “…continúa acelerándose… el último millón de casos se añadió en apenas ocho días… Sus efectos se dejarán sentir a lo largo de decenios…” La coincidencia de aumentos rápidos en regiones como América Latina y Asia con el abandono de medidas de contención en Europa y Estados Unidos no es sostenible en un mundo en que la interconexión y la movilidad son componente de cualquier normalidad concebible.

Las secuelas sociales y económicas se aprecian con desaliento. Parecería darse una competencia de superlativos negativos para calificarlas y evaluarlas. Cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte, en su análisis más reciente, que esta crisis es como ninguna otra –por su magnitud y alcance, por la incerteza sobre su duración e intensidad, por los desafíos que plantea al diseño e instrumentación de políticas de respuesta y por derivarse, en gran medida, de las acciones adoptadas para superar la emergencia sanitaria misma– implica también que, aun si se consigue una pronta reactivación, será difícil eludir una transformación de fondo de las formas de operación de la economía y la sociedad globales. De conseguirse regresar a la normalidad, será, en todo caso, a una nueva normalidad, según la expresión más repetida del semestre.

Han abundado también las listas o relaciones de los sectores, actividades y empresas más afectados. No pocos se esforzaron por quedar incluidos, sobre todo en los primeros meses cuando parecía que llovería sobre ellos el maná de las ayudas, las ventajas fiscales y los subsidios. Entre las ayudas más generosas destinadas a las pymes destacaron las de Estados Unidos. Tardó poco en revelarse que una parte no menor de esos fondos había favorecido a empresas grandes e influyentes. El sector global de la energía, en general, y la rama de hidrocarburos, en particular, aparecieron en esos listados. Reforzó esa impresión el hecho insólito, aunque momentáneo, de un precio internacional negativo para el crudo estadunidense a mediados de abril.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) ofreció, en su informe mensual para junio, la siguiente viñeta: En términos deportivos, el mercado petrolero de 2020 se acerca al silbatazo de medio tiempo. Hasta el momento, las iniciativas, bajo la forma del acuerdo OPEP+ y de la reunión de los ministros de Energía del G20, han realizado una gran contribución para restaurar la estabilidad en el mercado. En caso de que se consoliden las tendencias recientes de la producción y se recupere la demanda, el mercado contará con un fundamento más estable al concluir la segunda mitad del año. Sin embargo, no deben subestimarse las enormes incertidumbres.

Adviértase que es muy baja, por no decir nula, la probabilidad de que se generalice la incipiente recuperación de la demanda, limitada ahora a China e India, y de que se revierta la caída de 11.8 millones de barriles diarios de la oferta de crudo registrada en mayo. La contracción de la actividad económica esperada en el año en curso –de 8 por ciento en las economías avanzadas según el FMI o de entre 6 y 7.6 por ciento en la mundial según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos– augura, más bien, un annus horribilis para el mercado petrolero global.

En tal situación es explicable que todo mundo prefiera ver al largo plazo. Así procedió la propia AIE. También a mediados de junio dio a conocer un amplio programa trienal de recuperación de la actividad y el empleo, para el periodo 2021-2023, centrado en el sector de la energía. Vale la pena examinar el documento íntegro, que se inicia con una visión de conjunto y se desarrolla en tres capítulos generales y seis sectoriales. ( Sustainable Recovery: https://www.iea.org/sustainable-recovery). De entrada, se advierte la dificultad de que un ambicioso plan trienal de recuperación sustentable para el sector de la energía, que supone inversiones por un billón de dólares anuales, pueda ser adoptado, en la actual coyuntura, por la comunidad de naciones, o incluso por el conjunto más restringido y afluente de los 38 estados miembros o asociados de la AIE, México entre ellos.

Por otra parte, parece demasiado arriesgado partir del supuesto de que la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que ocurrirá este año por la contracción de la economía mundial podrá mantenerse cuando ésta eventualmente se reactive. Al tratar de recuperar el terreno perdido por la crisis, las consecuencias ambientales no se contarán, por desgracia, entre las mayores preocupaciones.

De cualquier modo, el plan de la AIE apunta a líneas de acción en el petrolero y otros segmentos del sector de la energía que será valioso explorar después de la pandemia –ese futuro todavía impreciso.

Publicado enEconomía
Lunes, 15 Junio 2020 06:45

"Nueva normalidad"

"Nueva normalidad"

Dice Michael Sanders que la filosofía tiene "un carácter ineludible y arroja luz sobre nuestra vida cotidiana"; así entendida, "pertenece no sólo al aula, sino a la plaza pública, donde los ciudadanos deliberan sobre el bien común". Peter Sloterdijk, en otro tenor, reivindica el punto de vista de Nietzsche acerca de que la filosofía "es el intento incansable de dañar la estupidez" y añade que esa definición parece ser la más bella. No está mal en ambos casos.

En una entrevista reciente preguntaron al filósofo coreano Byung-Chul Han si la incidencia del Covid-19 ha democratizado la vulnerabilidad humana. Este no fue un cuestionamiento bien planteado y el popular pensador perdió la oportunidad de ser categórico, como exigía el diálogo y su propio oficio. Respondió que la pandemia muestra que "la vulnerabilidad o mortalidad humanas no son democráticas", e insistió: "La muerte no es democrática". De esta manera, la filosofía no alumbra ni daña. Claro que, como siguió diciendo, la pandemia no ha cambiado nada y exhibe "los problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad". Esa aseveración es un truismo, o ¿es que podía esperarse otra cosa?

La pandemia y sus consecuencias sanitarias, económicas y políticas engloban de una u otra manera a toda la gente en el mundo. Cada sociedad, por supuesto, la asimila conforme a su estructura, grado de cohesión, la desigualdad existente, el carácter de las decisiones políticas y el comportamiento de la población, no sólo en materia de civismo, sino inducido de forma relevante por las necesidades que se han de satisfacer.

Esas condiciones tienen, por necesidad, implicaciones de índole prácticas de suma relevancia y diferenciadas, como enfermar, perder el empleo, empobrecerse y la relación que se establece con el gobierno. Esas diferencias también tienen consecuencias anímicas de distinta naturaleza y en la manera en que se asimilan.

En muchas partes se ha iniciado el proceso de apertura denominado con el eufemismo de la "nueva normalidad". Los argumentos para abrir giran en torno a la necesidad de sacar a la gente del confinamiento y remprender la actividad económica.

Eso es comprensible. No obstante, tiene una serie de consecuencias que no debieran relegarse fácilmente. En Brasil el presidente Bolsonaro ha dicho desde el inicio de la pandemia que estaba en contra del confinamiento, pues el costo económico sería superior al provocado por el contagio del virus. No explicó cómo es que mide esos costos relativos y, menos aún, el marco para compararlos. Tampoco se esperaba de él que lo hiciera. Hoy ese país es el que tiene más fallecimientos, luego de Estados Unidos.

Donald Trump ha impulsado la apertura en un entorno de fuertes enfrentamientos políticos con los gobernadores de varios estados y relegando la postura de los científicos contraria a la suya. La consecuencia económica de la pandemia ha provocado una recesión que acabó con el periodo de expansión productiva más larga de ese país. Esto ocurre a pesar de que el gobierno y el banco central han intervenido con billones de dólares para amortiguar el golpe. Pero las cifras de contagios y muertes han aumentado en días recientes, de modo notorio en Texas y Florida, asociadas con la apertura. Esto se agrava con los enfrentamientos en torno al conflicto racial y la violencia policial. El entorno está marcado a las claras por la lucha para relegirse en la presidencia en noviembre próximo.

En México las decisiones acerca de la gestión de la pandemia se toman también optando por abrir las actividades en plena expansión del contagio y de los fallecimientos. Se debate cada día si la curva del comportamiento del virus se ha aplanado, pero no parece haber evidencia concluyente. Ahora se incita a salir de modo explícito.

Como es claro, mucha gente ha salido ya desde hace varias semanas por la necesidad ingente de obtener recursos y subsistir. No necesitan ser incitados. No se sabe en esas condiciones de qué manera se propagan los contagios, cuánta gente no llega a los hospitales y tampoco el número de muertos por Covid-19. La parte de la población que puede cuidarse más debería hacerlo, como un modo de amortiguar el contagio general, manteniendo de algún modo el confinamiento, usando mascarilla y evitando aglomeraciones. Eso es lo que indica el bien común.

La nueva normalidad es una expresión confusa, aunque se admita de modo literal, por su conveniencia. Por una parte, hay que establecer qué es lo que habrá de novedad y, por otra, el significado de lo que será normal. Esta idea se usa en todas partes, lo cual indica, en buena medida, la confusión reinante entre quienes gobiernan y entre los ciudadanos.

Lo nuevo no significa que haya una dirección clara y única que además entrañe el surgimiento de condiciones sociales diferentes, significativas y, sobre todo, mejores. Eso requiere de otro tipo de acciones y arreglos. Lo normal podría tender a un acomodo temporal del que ahora somos incapaces de delinear sus condiciones y menos aún asegurar que será rápido y sin fricciones.

Publicado enSociedad
Viernes, 12 Junio 2020 06:13

Marx y Piketty: adendum

Marx y Piketty: adendum

Hablando hace poco de la pandemia del Covid-19 y debatiendo si la crisis actual "nos llevará a una sociedad más justa" (sic), Thomas Piketty confirmaba de manera sintomática cómo el discurso de las "desigualdades" ya funge el papel ideológico en el capitalismo (véase: Marx, Piketty y los ladrones de conceptos, bit.ly/3gL1ACo) ocultando mecanismos sistémicos, relaciones de poder reales y agencia detrás de diferentes procesos a fin de asegurar su reproducción. Se situaba allí donde verdaderamente pertenece: en los antípodas del marxismo, a pesar de seguir –con obstinación digna de una causa mejor− fingiendo "ser un marxista" (bit.ly/2LurMTr). Subrayando que se requiere una movilización social y política "para empujar las sociedades en dirección de más igualdad" −¡ chin!, ¿por qué nadie había pensado en esto antes?− recordó a la pandemia de la "gripe española" de 1918, remarcando que “lo que falta en pensar en las pandemias es la desigualdad (sic), o sea que no todos los grupos sociales quedan afectados de la misma manera –¡ chin!,¿por qué nadie había pensado en esto antes tampoco?−: mientras en 1918 en EU y en Europa pereció de 0.5 a 1 por ciento de la población, en India murió casi 6 por ciento”. Según él, la pandemia de hoy "está revelando niveles de desigualdad igualmente chocantes" (bit.ly/3cs5D45).

Si la premisa "que no todos quedan afectados igual" es más que correcta (regresaremos a ella), para saber qué ocurrió en India en 1918 hay que buscar en otro lado. Mike Davis –¡ suprise, suprise!: un verdadero marxista (bit.ly/3gv9xLN)−, escribiendo sobre Covid-19 apunta que durante el brote de la "gripe española", que mató más gente que la Primera Guerra Mundial, más de 60 por ciento de sus víctimas globales, hasta 20 millones de personas, provenían de la parte occidental de India y ya estaban debilitadas por la hambruna inducida por el colonialismo británico. El virus vino justo cuando brutales requisiciones y exportaciones forzosas de granos coincidieron con una sequía: "millones de pobres cayeron víctimas de una sinergia mortal entre el colonialismo, la malnutrición que suprimió sus sistemas inmunes y una rampante neumonía viral" (bit.ly/36PxIAp). Pensar en esta pandemia en India y otros países, víctimas del imperialismo europeo de principios del siglo XX como Irán, en términos de la "desigualdad" (sic) ofrece explicaciones estériles que dejan off the hook no sólo a los corresponsables de esta atrocidad (colonizadores británicos), sino al sistema y su ideología −...que Piketty supuestamente "desnuda" en El capital y la ideología (2019)− abrazada por ellos: ya en Late victorian Holocausts. El Niño famines and the making of the Third World” (2001), Davis demostró cómo aferrarse a los mitos del "libre mercado" y el laissez-faire provocó otras horrorosas hambrunas en India.

Lo irónico –y, otra vez, sintomático− es que este oscurecimiento ocurre cuando Piketty se propuso en su nuevo libro "aumentar el alcance de su mirada" y analizar –como él no deja de subrayar, arrojando de paso más generalidades sobre el Covid-19 (bit.ly/2T482do)− la historia del colonialismo, la esclavitud y "desigualdades a escala global", ofreciendo unos pasajes bien incómodos para el liberalismo, pero que carecen de fuerza de la denuncia, p.ej. de D. Losurdo (véase Liberalism. A counter-history, 2011), ni son “fruto de ‘turbo- Annales’”, como había laudado su método un comentarista, sólo para admitir luego que aquellas partes son... "poco convincentes" (bit.ly/3gINEZM). Al final, tratando de aumentar el espectro del análisis Piketty más bien "amplió el campo de lugares comunes", algo que... ya le había pasado (bit.ly/35XowJQ) en El capital en el siglo XXI (2013) (la alusión a La ampliación del campo de la lucha, uno de los títulos de Houellebecq, epítome de la degringolade intelectual de Francia, es desde luego muy intencional).

En fin. Si hay algo que ayuda a pensar en esta pandemia es este puñado de premisas (marxistas): 1. nuestras sociedades son sociedades clasistas – vide: "no todos quedan afectados..." (los ricos en sus casas de retiro, la clase media en sus depas, los trabajadores en las maquiladoras o en las calles...)−, pero claro de "clase" no hay nada en Piketty: “es un concepto passé”; 2. el trabajo importa: el Covid-19 reconfirmó su centralidad ("trabajadores esenciales", etc.) animó una ola de activismo laboral y huelgas demostrando ser la brecha central en el sistema a la luz de llamados a "reabrir la economía" (bit.ly/2UgjN1l), pero claro, en Piketty, en más de 2 mil páginas de sus dos opus magnums no hay nada sobre el trabajo: en el mundo según Piketty "el dinero hace el dinero" (M-M’); 3. los flujos financieros y la producción capitalista "moldean" nuestros ecosistemas: fue el capital neoyorquino que tras el crack de 2008 forzado a "expandirse o morir" se movió a China produciendo nuevas condiciones en la agricultura que propiciaron el surgimiento de Covid-19... (bit.ly/2BofoCO).

Pensar en términos de las "desigualdades" –un discurso adoptado ya por la OCDE o The Economist, el portavoz de la ideología capitalista (sic)− es ocultar los mecanismos sistémicos y tapar el conflicto central entre los trabajadores asalariados y los capitalistas (¡Marx!), la verdadera fuente de la dominación/subordinación en el capitalismo, no la "desigualdad monetaria" ( bit.ly/30tOqUI). Igual lo es pensar así en las pandemias.

Publicado enSociedad
Un mercadillo ambulante, el pasado jueves, en Lima (Perú, uno de los países más golpeados por el virus). Rodrigo Abd / AP

En el contexto de la caída de la actividad económica internacional más extendida de los últimos 150 años, América Latina será la zona más afectada, aseguró ayer el Banco Mundial (BM). El organismo prevé una contracción de 7.2 por ciento para la región este año. Será "una recesión más profunda que la causada por la crisis financiera global de 2008-2009 y la de deuda latinoamericana de la década de 1980", subrayó.

En ese contexto, según el organismo, México se contraerá 7.5 por ciento este año; su economía "será fuertemente golpeada desde múltiples ángulos", entre ellos difíciles condiciones financieras, derrumbe de los precios del petróleo y de las exportaciones, parálisis del turismo y restricciones a la movilidad para reducir la velocidad a la que se propaga el Covid-19, agregó.

En el informe Perspectivas económicas mundiales, el BM estima una caída de 5.2 por ciento de la actividad económica internacional y de 6.2 del producto interno bruto (PIB) per cápita. Esta última será la baja más aguda desde la Segunda Guerra Mundial, pero en cuanto al número de países que resentirán la crisis en riqueza por habitante, el precedente más cercano es 1870.

"A pesar del apoyo sin precedente a la política macroeconómica, la proporción de países que experimentan contracciones en el PIB per cápita alcanzará su nivel más alto desde 1870."

Desde ese año la economía global ha experimentado 14 recesiones mundiales y en cada uno de esos episodios la riqueza por habitante cayó. La crisis actual amenaza con reducir ese indicador en más de 90 por ciento de las economías del planeta, incluso más que el 85 por ciento de la Gran Depresión.

Para América Latina, donde el BM prevé el mayor deterioro en crecimiento, estima: Brasil, contracción de 8 por ciento; Argentina, 7.3; Perú, 12; Chile, 4.3, y Colombia, 4.9.

Belice, 13.5; El Salvador, 5.4; Guatemala, tres, y Honduras, 5.8. Para Guyana –donde despunta la industria petrolera– hay una previsión de crecimiento de 51.1.

"Los avances recientes de la región en cuanto a alivio de la pobreza y desigualdad podrían estar en riesgo", advirtió. Y recalcó que es la "informalidad generalizada" la principal limitante para que los programas sociales tengan efecto. Además, el endeudamiento en 2020 aumentará la presión al sector financiero y podría causar problemas en el servicio de la deuda, debido al alza de las tasas de interés en la recuperación.

Para las economías de ingresos altos se prevé una contracción de 7 por ciento –Estados Unidos, 6.1; zona euro 9.1, y Japón, 6.1–, mientras que para las emergentes y en desarrollo se estima en 2.5, con China creciendo a uno por ciento en 2020.

"Esta es una perspectiva profundamente aleccionadora, pues es probable que la crisis deje cicatrices duraderas y plantee importantes desafíos mundiales", comentó al respecto Ceyla Pazarbasioglu, vicepresidenta de Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones del BM.

Para 2021 el organismo calcula que México crecerá 3 por ciento, América Latina 2.8 y la economía mundial 4.2.

Publicado enEconomía
Página 1 de 20