Domingo, 30 Septiembre 2018 06:12

La inestabilidad neoliberal en Latinoamérica

La inestabilidad neoliberal en Latinoamérica

Estabilidad, confianza, certidumbre y eficiencia son las cuatro promesas más repetidas por cualquier proyecto neoliberal. ¿Se cumplen? ¿Es un gobierno neoliberal capaz de dar estabilidad a un país? ¿Saben cómo generar confianza y certidumbre? ¿Logran tener economías eficientes? Veamos qué sucede en Latinoamérica. Empecemos por Argentina.

Crear un buen eslogan es siempre más fácil que estabilizar la economía de un país en un ambiente de fuerte restricción externa. El macrismo se desgasta a mucha más velocidad de lo previsible porque demuestra que no sabe gobernar ni gestionar. En algo menos de tres años consiguió que el país esté patas arriba. La economía no va, se mire por donde se mire. La inflación apunta este año 2018 a estar por encima del 40 por ciento según las últimas estimaciones oficiales, a pesar de que la tenían calculada en el 15 por ciento a fines del año pasado. La economía se contraerá por encima del 2 por ciento, aunque habían pronosticado que crecería por encima del 3 por ciento. La liberalización cambiaria provocó una devaluación que no tiene fin: en este tiempo lo llevaron de 10 pesos hasta casi 40, y veremos cómo acaba. La inversión extranjera jamás llegó. Se prometieron dólares que era imposible de producirlos en casa, y sólo han podido ser obtenidos parcialmente, con una deuda eterna con el mundo. El Fondo Monetario Internacional pide más ajuste: más recortes sociales, menos salarios, provocando así que la demanda interna pierda toda su fuerza como motor económico. La tasa de interés va por el 60 por ciento: espaldarazo ideal para que la economía financiarizada acabe con la economía real. La industria se desmorona. La balanza comercial es cada día más deficitaria tras la liberalización de las importaciones.


El cuadro macroeconómico del neoliberalismo en Argentina no resiste a ningún test de equilibrio ni eficiencia. Mauricio Macri y Cambiemos trajeron consigo justamente lo contrario de aquello que siempre promete: incertidumbre y desconfianza. La inestabilidad no sólo es económica, también lo es política y social. Las protestas crecen y se extienden a casi todos los sectores gremiales. La marcha de las mujeres demostró también la incapacidad del Gobierno para entender que está surgiendo otra nueva mayoría que refleja un sentido común cada vez más protagónico en la sociedad argentina. Tampoco les funciona el oído; se alejaron de todo lo que pasa en la calle. El timbreo como apuesta publicitaria está bien, pero no les sirve para que la ciudadanía resuelva sus problemas. Están atrapados en sus propios anuncios mientras que la inestabilidad afecta a la gente.


Pero no es únicamente en Argentina donde neoliberalismo e inestabilidad se dan la mano. Brasil es otro buen ejemplo de ello. Con elecciones a la vista y un presidente no electo desde hace años, este país presenta un largo etcétera de sucesos que conforman un panorama ciertamente inestable. Su economía no crece. El real se devalúa. El país se ha militarizado para frenar protestas. Y Naciones Unidas desautoriza que se impida a Lula ser candidato a presidente.


Otro caso es el de Perú, que aunque su macroeconomía es estable, el sistema político y judicial hace aguas por todas partes. Posee un presidente no electo tras el caso de corrupción que sacó a Kuczynski de su condición. Tiene a otros tantos ex presidentes también en la cárcel o prófugos por haberse enriquecido ilegalmente. El sistema judicial está completamente podrido. El actual fiscal general está con múltiples casos en su contra. La mayoría de la ciudadanía no cree en sus instituciones.


Es fácil seguir dando ejemplos de países que bajo la gestión neoliberal no saben generar ni confianza ni certidumbre. Colombia es otro país con una economía real raquítica, desindustrializada progresivamente, con productividad muy baja, sin demanda interna que logre generar crecimiento sostenido, y con indicadores sociales más propios de países en guerra. Y con un conflicto cada vez más difícil de resolver por la llegada de Iván Duque a la presidencia. Y, mientras tanto, las muertes de lideres sociales continúan. Chile es otro destino no tan ideal como lo presentan. Con una economía que no despega, y en medio de continuos paros nacionales por parte de una gran diversidad de sectores, el país tampoco muestra un marco de estabilidad. Y no olvidar a México, cuyo neoliberalismo ha hecho que la economía siga estancada, con alta inflación, fuertemente endeudado, con un sector petrolero venido a menos luego de las últimas reformas, y con pobreza y desigualdad de carácter estructural que, además de ser injustas, suponen un freno a cualquier intento de reactivación económica.


Se mire por donde se mire, el neoliberalismo no sabe gobernar, ni siquiera bajo sus propias premisas. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Si las agencias de calificación de riesgo hicieran bien su trabajo, desde criterios estrictamente ortodoxos, les daría a todos ellos una nota muy negativa.


La verdadera experticia del neoliberalismo es comunicar lo que no sabe hacer. Ni estabiliza; ni da certeza ni confianza; y tampoco logra consolidar economías eficientes

Por Alfredo Serrano Mancilla, director del Celag, doctor en economía

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Miércoles, 15 Noviembre 2017 06:27

Sobreexplotación del trabajo

Sobreexplotación del trabajo

Conforme los trabajadores fueron logrando disminuir la duración de la jornada laboral, los grandes empresarios fueron implementando métodos nuevos de explotación de la fuerza de trabajo. Como no podían disponer de los trabajadores por tantas horas, han tenido que implementar la productividad del trabajo, la utilización de la mano de obra de manera más intensa, para mantener e incluso extender la extracción del excedente.


En el centro del capitalismo ese mecanismo ha permitido un gran ciclo de desarrollo económico, que ha combinado expansión e integración de amplios sectores de la clase trabajadora. Mientras que, en la periferia, los mecanismos han sido otros.


Tras llegar con retraso al mercado internacional, las burguesías periféricas han intensificado la explotación de la clase obrera para lograr condiciones competitivas en el plano internacional, que les permitiera encontrar espacios en ese mercado. De ahí que los mecanismos de sobreexplotación se hayan desarrollado tan ampliamente en la periferia.
La categoría de sobreexplotación del trabajo es parte inherente de la teoría marxista de la dependencia, elaborada por Ruy Mauro Marini, gran intelectual brasileño, que ha vivido y producido prácticamente toda su obra en el exilio, en Chile y en México, siempre asociada a la militancia política, en Brasil en la organización Política Obrera (Polop), en los otros países en el MIR chileno. Su obra articula una concepción de cómo en la periferia se combinan la dependencia externa con las condiciones específicas de la lucha de clases, particularmente de la extracción del excedente.


Es solo en ese marco teórico que se puede comprender de forma cabal el significado y el lugar de la sobreexplotación del trabajo. Se trata de formas agregadas de explotación, de extensión de la jornada y de intensificación del trabajo que, combinadas, generan mecanismos que elevan la explotación muy por encima de las condiciones normales y estructurales de extracción de la plusvalía.


Esos mecanismos, a su vez, bloquean cualquier posibilidad de expansión del mercado interno de consumo popular, porque se remunera a los trabajadores por debajo de sus necesidades básicas. De ahí que los modelos de acumulación en la periferia dependan de las altas esferas de consumo del mercado y de exportación.


La sobreexplotación requiere, a su vez, condiciones políticas para que se efectivice. En Brasil, fue indispensable el “bloqueo salarial” (congelamiento del salario), para que se diera el “milagro económico” durante la dictadura militar. Fue el santo del milagro económico. La dictadura combinó represión política con sobreexplotación de los trabajadores.
Las restauraciones neoliberales en países como Argentina y Brasil concentran gran parte del accionar de los gobiernos en generar las condiciones para elevar la explotación de los trabajadores. La “reforma laboral” brasileña es el mejor ejemplo de la imposición de condiciones salvajes a los trabajadores, que incluyen, entre otras, medidas como reducir para menos de una hora el horario de almuerzo, permitir que mujeres embarazadas o que amamantan a sus hijos trabajen en condiciones insalubres. Prácticamente son abolidos los derechos elementales de los trabajadores, incluyendo la duración de la jornada de trabajo, el salario mínimo, que tienen que ser discutidos en cada negociación salarial. Se impone, como dicen cínicamente sus promotores, lo discutido sobre lo legislado, esto es, si el nivel de desempleo y la correlación de fuerzas en que se dan las negociaciones permiten, no hay limite para que se impongan las condiciones más salvajes de explotación de los trabajadores.


Los regímenes de excepción, donde el Poder Judicial ya no es garante del Estado de derecho; donde gobiernan lo banqueros y se impone la tercerización de las relaciones de trabajo; se restringen las acciones de los sindicatos para defender las conquistas de los trabajadores; donde se impone el Estado mínimo, con la centralidad del mercado, es el mejor escenario político para que la sobreexplotación de los trabajadores se imponga.


Hasta alrededor de algunas pocas décadas, la sociología del trabajo era una de especializaciones más prestigiosas y buscadas en el campo de las Ciencias Sociales. Después de las críticas a la excesiva “centralidad del trabajo”, se ha pasado al polo opuesto, en que pareciera que las actividades del trabajo son unas entre tantas otras, y no más la actividad esencial que ocupa la mayor parte del tiempo de la gran mayoría de las personas en el mundo.


Hay que rescatar la importancia de las relaciones de trabajo, en un mundo en que, más que nunca, la mayoría aplastante de la humanidad vive del trabajo, por mas diferenciadas que sean esas actividades. Que esa gran mayoría vive del trabajo y para el trabajo. La teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini es el mejor marco teórico para ese indispensable rescate.

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La revolución digital, el trabajo humano y la izquierda

 

Es un clamor que va creciendo: la izquierda necesita construir urgentemente un nuevo paradigma. Para ello, añado yo, tiene que sacudirse el “buenismo”, muchos tópicos de lo que es políticamente correcto, y enfrentarse sin prejuicios a la cruda realidad. “Epater les bourgeois!”, la caracterización que utilizaban los jóvenes del 68, puede que vuelva ahora a ser necesaria.


Es frecuente escuchar en la izquierda que la revolución digital es un tema tecnológico, extraño y ajeno, que tiene un efecto neutro sobre el empleo, porque se siguen generando tantos empleos, o más, de los que destruye, y que la prueba del nueve de su escasa relevancia es que no ha producido los efectos de productividad que se esperaban de ella. Pero los datos no se corresponden con estas afirmaciones y negar la importancia de la revolución digital, ciega a la izquierda una de las avenidas más importantes para construir esa alternativa que tanto se demanda.


Por supuesto se ha hablado mucho de la “paradoja de la productividad”, es decir, que el rápido ritmo de innovación tecnológica digital no ha coincidido con ganancias importantes de productividad. Pero los bien pensantes de la izquierda deberían echar una segunda mirada a los datos en los EEUU (que es en los que se basan): esa paradoja y el debate correspondiente en torno a la misma, se produjo en las dos últimas décadas del siglo XX, cuando Robert Solow acuñó su famosa frase de “Vemos ordenadores por todas partes menos en las estadísticas de productividad”.


Lo cierto es que el estancamiento de la productividad terminó en los años 90. Si el crecimiento de la productividad (US Bureau of Labour Statistics) fue como media de 1,7% en 1971-80, y del 1,5% en 1981-90, pasó a 2,3% en 1991-2000 y 2,4% en 2001-2010. Las estadísticas del Department of Labor de los EEUU lo confirma: si entre 1973 y 1995 la productividad creció 1,5, en 1995-2004 lo hizo al 3,1. Por ello, hablar del estancamiento de la productividad como demostración del escaso impacto de la digitalización económica no es una afirmación basada en datos empíricos existentes.


Pasemos a la cuestión de si las tecnologías digitales, como algunos aseguran, no tienen un efecto apreciable en el trabajo porque no destruyen más empleo del que se crea en otros sectores de la economía. Para responder otra vez con brevedad, examinemos la evolución de la productividad y el empleo entre 1972 y 2012 en los EEUU. Nos encontraremos con una gran sorpresa: desde comienzos de los años 2000 se produce un desacoplamiento entre el crecimiento de la productividad del trabajo, que continúa creciendo, y la creación de empleo, que se estanca y retrocede– mucho antes de la gran recesión de 2008.


La sorpresa sería aún mayor si proyectáramos esta serie hacia atrás durante los últimos 200 años. Comprobaríamos entonces que ese desacoplamiento no se ha producido nunca hasta ahora. Yo entiendo que es muy fuerte apostar por dar fe a una tendencia reciente, de apenas 12 años, frente a 200 años de la tendencia contraria. En este terreno, además, la izquierda defiende que el neoliberalismo trajo consigo desde comienzos de los años 90 la destrucción del poder organizado de los trabajadores y con él la aparición de salarios a la baja, el retroceso de las rentas de las clases trabajadoras y la aparición del trabajo que empobrece, el “precariado”.


Yo comparto esa visión, por otra parte ampliamente documentada. Pero esa realidad política debería haber producido como resultado un crecimiento a la baja de la productividad y un aumento del empleo, en la forma del precariado. Sin embargo, la productividad ha crecido debido a la digitalización de la economía y el empleo comienza a ser destruido (no vía estadísticas de empleo, sino de población activa, que es lo que está ocurriendo en los EEUU)! La única explicación posible es que ambas realidades, el modelo neoliberal y los efectos de la digitalización de la economía no son fenómenos excluyentes, sino complementarios: hoy nos vamos enfocando, al mismo tiempo, a una sociedad en la que una parte importante de los trabajadores son precarios y otra parte importante parados tecnológicos.


Hasta aquí algunas reflexiones basadas en datos. Sin embargo, lo peor de adoptar una posición desdeñosa frente a la revolución digital y sus efectos en el trabajo, es que cierra las puertas a muchos temas cruciales que deberían ser parte de la agenda de la izquierda. Estos aspectos están muy bien reflejados en dos recientes trabajos que deberían ser tenidos muy en cuenta desde la izquierda: “The Second Machine Age de Brynjolfsson y McCaffee, y las nuevas tesis de Paul Mason en “Postcapitalism: a Guide to our Future”.


Se pasa por alto muchas veces que frente a la primera revolución industrial (la ocasionada por la máquina de vapor), y la segunda (iniciada con la electrificación), la digitalización de la economía se refiere a la utilización de un nuevo input productivo, la información, con características muy especiales: la información es infinita y quiere ser libre, porque su reproducción digital implica costes decrecientes que tienden a cero.


Dicho de otro modo, y se me perdonará que aborde estos temas taquigráficamente, la economía digital, en la medida en que va penetrando el tejido económico, va destruyendo la necesidad del trabajo en el mercado actual (capitalista). Naturalmente es una tontería decir que el trabajo va a desaparecer, porque los humanos seguiremos utilizando nuestra creatividad para producir valor social. Pero no es una tontería decir que la economía digital va a prescindir de una cantidad creciente de trabajo asalariado. Si no lo remediamos, muchos de los expulsados del mercado seguirán malviviendo con trabajos residuales y contratos basura: esa realidad es tan omnipresente que, en el fondo, explica el estancamiento secular al que se ve abocado el neoliberalismo hoy. Pero también en las sociedades desarrolladas comienzan a aparecer segmentos importantes de ciudadanos que combinan empleos parciales con nuevas formas de actividad socialmente útiles, o se decantan por nuevas actividades que tienen poco que ver con el capitalismo: Wikipedia, los “Creative Commons”, el software libre y las nuevas iniciativas descentralizadas de economía colaborativa, social y solidaria son, quizás, el embrión de un modo de producción diferente y alternativo al capitalismo. Esta es una tesis fuerte que, de confirmarse, abre la posibilidad de una transición a un nuevo sistema productivo y es ahí donde se podría encontrar el núcleo duro de un nuevo paradigma de la izquierda.


Para terminar, solamente si le concedemos a la digitalización de la economía el rango de característica sobresaliente de la nueva economía política del siglo XXI podremos dar todo su sentido a demandas políticas cada día más importantes, como la necesidad de reducir las horas de trabajo más allá, incluso, de las 30 horas semanales, o el establecimiento de una renta básica universal, que solamente en una perspectiva que tiene en cuenta los efectos de la economía digital cobra todo su sentido...

 

*Economista

 

 

OCDE: padecen economías mediocre crecimiento, con débil productividad

Las economías globales atraviesan por una etapa de crecimiento mediocre, en un entorno de debilitamiento de la productividad y de inversiones, incluido México, dijo ayer el secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), José Ángel Gurría Treviño.


La desaceleración de la productividad en la última década se ha sumado a las inquietudes respecto a las perspectivas económicas de largo plazo, por lo que es necesario reactivarla para incrementar el crecimiento y el bienestar de la población, dijo el directivo durante la Cumbre Internacional de Productividad.


La OCDE entiende que la productividad tiene que ver con trabajar de forma más inteligente, más que con trabajar más arduamente, y refleja la capacidad de generar más resultados o productos mediante una mejor combinación de los insumos, gracias a las innovaciones tecnológicas y nuevos modelos de negocios.


En un reciente estudio de la OCDE, el ex funcionario mexicano indicó que la brecha entre las empresas con alta productividad y las demás se ha incrementado con el tiempo. Durante la primera década de este siglo, la productividad laboral de las empresas más avanzadas aumentó a una tasa anual promedio de 3.5 por ciento en el sector manufacturero, pero sólo 0.5 por ciento en las empresas menos avanzadas.


Esta brecha, dijo Gurría Treviño, es mayor entre las empresas de servicios, una circunstancia preocupante porque el peso de este sector en la mayoría de las economías va en aumento. Los servicios como logística, finanzas y comunicación son esenciales para la participación de las empresas en las cadenas globales de valor, abundó.


La OCDE identificó cuatro principales políticas adecuadas para sostener el aumento de la productividad: reformas al mercado de productos y leyes de quiebras; políticas que faciliten la movilidad laboral; más inversión pública en la investigación básica, y políticas de innovación que garanticen la igualdad de condiciones entre empresas nuevas y las ya establecidas.
Al referirse a México, el ex secretario de Hacienda señaló que el proceso de convergencia con Estados Unidos en materia de productividad laboral se ha detenido en las últimas décadas.
Apuntó: la ampliación de la desigualdad salarial refleja una creciente dispersión de los salarios medios en las empresas. Elevar la productividad de las empresas más rezagadas, a través de una mejor difusión de la tecnología y del conocimiento, contribuirá a contener el aumento de la desigualdad salarial.
Gurría consideró importantes las reformas estructurales aprobadadas en esta administración federal, pero se requieren de avances con grandes esfuerzos y reformas. El proceso de reformas no termina nunca y es un constante mirarse al espejo para saber qué es necesario ajustar.
El secretario general de la OCDE afirmó que la nueva ola de productividad debe basarse en un concepto incluyente y compartido, que sea impulsada por tecnologías del conocimiento para las pequeñas y medianas empresas, y por habilidades y destrezas que doten a la fuerza de trabajo de herramientas para hacer frente y beneficiarse de la era digital.

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Suecia: de las 7 a las 6 horas de trabajo

La social democracia escandinava había impulsado la jornada de siete horas para el trabajo, y en Suecia ya era una realidad, con mucho éxito en cuanto a la productividad. Pero desde abril pasado, empezaron las pruebas con sectores o centros de trabajo, de la jornada de seis horas.


El municipio de Gotenburgo empezó por sus propios empleados. El argumento principal ha sido el aumento de la productividad. El presidente municipal, del Partido de Izquierda, así se llama, dijo que una fábrica de coches de ese municipio probó con su personal la jornada de seis horas y que el resultado fue formidable.


Las elecciones de septiembre pasado fueron ganadas por la izquierda, que regresó al poder con el primer ministro del Partido Social Demócrata. Los otros partidos de izquierda con miembros en el nuevo congreso son el Verde y el de Izquierda. Hay ocho partidos con miembros en el Congreso o Parlamento (Riksdag).


La productividad de Suecia, con sus siete horas actuales, por hora trabajada, es superior al promedio de la Unión Europea, a la del Reino Unido (Inglaterra y asociadas), y a las de Finlandia, España, Italia, Portugal y los países de Europa oriental.


Confío en que nadie acuse a estos suecos de terroristas ni les aplique sanciones.


Otro caso importante. En Grecia, siguen los crecientes préstamos y decrecientes números de empleos e ingresos de la mayoría de la población. La situación de la mayoría ya es desesperada, y cada nuevo crédito tiene sus condiciones y éstas implican más hundimiento de la mayoría. Ellos, en ese país y en los que lo tienen ahorcado, sí se promueven como promotores de la austeridad. No como aquí, que obedientemente la ponen en práctica pero hacen sus propios discursos.
El gobierno entró en crisis, el parlamento, con mayoría de derecha, no se puso de acuerdo sobre el siguiente gobierno y entonces convocaron a elecciones para el próximo 25 de enero.

Las encuestas le dan ventaja de 3 a 4 por ciento a la izquierda, que se opone a la austeridad. Ya lo dijo el indio Amartya Sen, premio Nobel de economía, quien a finales de 2011 advirtió que los programas de austeridad en Europa los iban a condenar a un muy bajo crecimiento durante 10 años o más. Y bien que se está cumpliendo.

El partido Syriza tuvo sus primeros 14 escaños en 2007, pero en 2012, ya como partido y no como coalición, ya tuvo 50 parlamentarios.


Había planteado la salida del euro, pero ahora esto se retiró del programa pero se mantuvo la lucha contra la austeridad, combatir el secreto bancario, recuperar la soberanía perdida con los megapréstamos y también la reducción del gasto militar, entre otros.


Este partido griego ha coincidido con el partido español Podemos, ambos forman parte del Grupo Conferencial de la Izquierda Unitaria Europea. En ese marco se dio la Asamblea Ciudadana fundacional de Podemos, en octubre pasado, que tiene entre sus demandas la recuperación de sectores estratégicos de la economía. El mismo partido asiste a la campaña de la izquierda en las próximas elecciones griegas y a la lucha en general.

Pese a su muy reciente constitución oficial en octubre, en una encuesta de votos en el País Vasco, el Podemos, habiendo siete partidos, quedó en segundo lugar con un legislador menos que el primer lugar.


Izquierda Unida (IU) de España, también ha participado en estos procesos. Los dos partidos van a participar en la campaña electoral del partido Syriza, en Grecia, y se habla de un acercamiento entre ellos.

En las discusiones sobre la deuda, que ha conducido a desastres, se señala que Europa necesita cambios radicales, con grandes acuerdos similares a los de la cumbre europea de 1953, donde una gran parte de la deuda alemana fue condonada y eso permitió a Alemania recuperarse social y económicamente.


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Espurios indicadores de crecimiento y productividad, y producción de conocimiento

Cómo convertir la destrucción creativa en crecimiento neto


Las cifras alusivas al crecimiento económico (asumido como valor añadido de las labores humanas a la naturaleza que se supone mera materia prima) y de productividad (mayor producción de bienes y servicios por la labor humana en determinado período de tiempo), son entendidos hoy como signos y síntomas de buena salud económica. Crecimiento económico y productividad insomne son los dos sagrados mandamientos de la economía de mercado.


Los mencionados indicadores presentan al menos los siguientes tres crasos errores, a saber: i) suprema abstracción que permite introducir peras y manzanas, bienes y males, vicios y virtudes, en un solo costal; ii) supuestos de sospechosa ingenuidad, que permiten catalogar como crecimiento todo aquello que arroje la economía, aunque sea destructivo –como armas–, nocivo –como basura–, y banal –como inocuos lujos y dudosos servicios–; iii) ausencia de estudios cualitativos que permitirían dudar de calificar como crecimiento la extracción de minerales y energías del suelo, y también la redundante multiplicación de copias y modas.


En un mundo obsesionado con producir cada vez más y más rápido, para registrar más crecimiento y mayor productividad, es apenas sensato poner en duda la mayor salud económica al saber que se juzga como producción y, aún como progreso, las siguientes abominaciones: excedentes inocuos (modas, bienes y servicios que nacen de necesidades creadas); males y daños económicos (agotamiento de recursos no renovables cuantificados como crecimiento); congestión en las grandes urbes que en las cuentas se registra como incremento en la venta de gasolina y otros combustibles; contratación de más abogados y gendarmes como consecuencia de mayor criminalidad y conflictividad social; producción de bienes y servicios con obsolescencia programada, y de cosas y gentes condenadas a ser desechables.
El gran economista Schumpeter mostró que la economía de mercado es un proceso de creación destructiva; los mucho menos grandes econometristas y tecnócratas, con sus ciegas perspectivas cuantitativas se niegan, con sospechosa ingenuidad, a mostrar y a cuantificar el lado destructivo del mercado.


Sobre el significado de la biblioteca de Babel


Jorge Luis Borges mostró la redundancia de publicaciones y, con ella, la creciente trivialidad de los hallazgos que solo incautos o malintencionados pueden llamar "generación de nuevo conocimiento", y lo expresó magistralmente en su Biblioteca de Babel (1), así: "[...] Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito [...]".


Bien. Ante la creciente división social del conocimiento en disciplinas y luego en fragmentos cada vez más irrisoriamente especializados al interior de estas, cada investigador expone hoy conocimientos o seudo-conocimientos, y mera basura informativa, de ínfimos y ridículos fragmentos: tiende a conocer el todo de lo ínfimo. Hoy aumenta frenéticamente el número de publicaciones y se reduce ostensiblemente el número de lectores para cada fragmento de ciencia especializada. Así las cosas, la manera más burda y racional (como la vía del menor esfuerzo), consiste en diseñar indicadores cuantitativos de crecimiento y productividad: se juzga el número de artículos y de libros que iluminados jueces académicos han ubicado en catálogos o bases de datos.


Lo preocupante hoy debería ser la publicación ad nauseam de artículos y libros, y quizás la única utilidad de las bases de indexación y los registros de producción bibliográfica sea la de constatar el exceso de escritura: los indicadores sólo captan cuánto y a qué velocidad un autor escribe pero dejan de lado lo esencial que es el proceso para digerir críticamente y dar el debate a lo producido. Y como aún los más famosos y creativos son presas de la redundancia, cada vez que muere un gran autor como F. Hayek, J. Buchanan, o A. Hirschman, los conocedores de su vasta obra se deciden a publicar un libro que condensa la esencia de los aportes de este tipo de autores.
Fantasía gringa que resulta superada por la realidad macondiana.


James Scott (2) imaginó que Condolezza Rice, la famosa exsecretaria de Estado, asumiría en el año 2020 la rectoría de la Universidad de Yale con la promesa de "[...] conducir una total reestructuración del profesorado utilizando las técnicas más avanzadas de gestión de calidad; técnicas perfeccionadas desde sus rudimentarios inicios en las Grandes Ecoles de París a finales del siglo XIX, encarnadas no solo en la revolución en Ford de Robert McNamara, y más tarde, en la década de 1960, en su trabajo en el Ministerio de Defensa, sino también en la revolución de Margaret Thatcher con respecto a la gestión de política social y de educación superior en el Reino Unido en la década de 1980; y refinadas por el desarrollo de la medición numérica de la productividad de los individuos y de las unidades en la gestión industrial; técnicas que el Banco Mundial haría evolucionar todavía más, y que las universidades del grupo Big Ten llevaron al borde de la perfección [...]".


Y vaticinando lo que se avecina como una aplastante certeza, este veterano profesor de Yale imaginó que cada profesor tendría por uniforme y registro de sus aportes (producción académica, productividad, frecuencia de citación y obsolescencia de sus investigaciones), una gorra que, en tiempo real, y a través de un visible y sonoro tablero electrónico diese tales datos segundo a segundo al público: clientes estudiantes, colegas rivales, y empleadores de la universidad.


A punto de cumplirse tres lustros de inaugurado el siglo XXI en el país donde nació uno de los grandes artífices del realismo mágico, legiones de científicos senior y junior están engendrando una nueva modalidad de indicadores de producción y productividad cognitiva –siguiendo las directivas del supremo órgano rector de la ciencia y tecnología.


El legado gringo, proyectado al resto del mundo, se basa en los conocidos campos de la informetría, bibliometría y cienciometría que hoy hace posible cuantificar la producción científica para poder determinar la productividad de los seres dedicados a la ciencia. Los avances de tales técnicas cuantitativas son apenas un signo de los nuevos tiempos: los calmados viejos cientistas acostumbraban a decir "publicar o morir", hoy los acelerados competidores que se creen productores de ciencia pueden perder su cargo, ver devaluado su título y aún fenecer por obsolescentes si dejan de cumplir dos sagrados preceptos: i) publicar el mayor número de artículos en revistas indexadas cada vez más exclusivas (de bases de indexación ultra-superiores), y otros productos (libros de investigación, consultorías académicas y comerciales, y artículos menores) cada semestre; ii) posicionar su oferta cognitiva en los más altos rangos de venta (dado que los productos no citados se consideran inexistentes entonces hay que lograr el mayor número de citaciones).

Los ingeniosos reguladores y auditores que en Colombia siguen la pista de la productividad del conocimiento científico han hecho un aporte sustantivo a tal técnica, el cual obedece a la siguiente pauta: no basta con publicar y con ser productivo en dicha tarea pues hay que demostrar que los productos cognitivos son completamente auténticos, para lo cual han de contar con el sello de fe pública que emite algún sagrado notario. Hoy todas las facetas y secuencias de la producción (el output científico) sólo existen en tanto se acompañes de toda clase de certificaciones y registros legales que prueben la buena fe de quienes hacen ciencia. Es de sospechar que en un mañana cercano todas las fuentes y etapas de los insumos de la investigación (el input científico) también deberán ser legalmente certificadas: aquello que no tiene el santo y seña de la legalidad y formalidad notarial no existe, aunque se trate de una realidad palpable.


Una de las presumibles consecuencias de tan notable avance en la informetría con registro notarial será la desaparición acelerada de aquellos científicos sociales ocupados de campos oscuros y tenebrosamente subterráneos: la informalidad, los actores ilegales, los mercados negros, los bienes y servicios prohibidos e ilegales, y también los grupos indígenas y campesinos que manejan sus propias normas comunitarias pues, una vez más hay que repetir: toda realidad que no tenga un registro legal no existe.


Y como si lo anterior fuese poco, el tiempo de los que investigan o creen investigar se extinguirá en las arduas y prolongadas tareas de registrar con un sello legal cada faceta del proceso investigativo, por trivial que esta pueda parecer. En un país donde el plagio, la copia y la falsificación no son eventos extraordinarios se reeditará la pesimista sentencia de Hobbes así: el hombre es un copión de su prójimo, y de todo productor de investigaciones científicas sospecharás que es un plagiario.

Notas

1. El conocido cuento aparece en Ficciones, con el sello editorial Alianza

2. Scott, James, Elogio del anaarquismo, Crítica, Barcelona, 2013

 

La tierra uruguaya será para uruguayos

Casi por la unanimidad de los legisladores, 62 en 63, la Cámara baja aprobó el martes por la noche el proyecto que prohíbe la compra y tenencia de tierra con fines de explotación agropecuaria a empresas extranjeras o a las instaladas en el país en las que participe directa o indirectamente un Estado extranjero. El único voto en contra fue del diputado Juan Angel Vázquez, de Vamos Uruguay, aunque, cuando fue consultado por el diario uruguayo La República por el sentido de su voto, confesó que sí estaba de acuerdo con la iniciativa del gobierno.


El proyecto que ahora pasó al Senado para su sanción definitiva se inspira en reglamentaciones similares de otros países en las que se limita el área de tierras como en la Legislatura de Nueva Zelanda, Brasil, Argentina y Australia. El proyecto declara en su artículo 1º que "es de interés general la preservación y defensa de la plena soberanía del Estado uruguayo en relación con los recursos naturales en general y en particular a la tierra". La iniciativa, de siete artículos, que fue aprobada el lunes en la Cámara de Representantes y está inspirada en su argumentación en la legislación similar impulsada en Argentina, contó con el apoyo de todos los partidos.


En los argumentos del texto se resalta la ley argentina Nº 26.737, promulgada en diciembre de 2011, que dice que establece un "régimen de protección al dominio nacional", en Argentina, y "limita la titularidad del dominio o posesión de tierras por parte de personas extranjeras, físicas o jurídicas de las tierras del 15 por ciento del territorio nacional" argentino, entre otras menciones.


En la exposición de motivos, el texto también aduce que, en función de la importancia económica del factor tierra para Uruguay, el Estado tiene la responsabilidad de asegurar la soberanía y un impacto positivo de las actividades productivas en el bienestar de los uruguayos. Para el oficialismo, hay que consolidar la soberanía nacional y defender un recurso natural como es el suelo, codiciado por empresas y países extranjeros, principalmente para la producción de alimentos.


No es la primera vez que el gobierno de José Mujica impulsa una ley de tierras.

En diciembre de 2011, el Congreso uruguayo aprobó una ley para gravar a los latifundios. Esa ley, llamada ICIR, prevé que quienes tienen de dos mil a cinco mil hectáreas pagarán 8 dólares al año por cada unidad; los que posean de cinco mil a 10 mil hectáreas desembolsarán 12 dólares, y quienes sean dueños de mayores extensiones deberán pagar 16 dólares. En todos los casos, el impuesto se aplica a tierras con índice Coneat (utilizado para medir la fertilidad del suelo) superior a 100 o equivalente: así 3000 hectáreas con índice 60 no pagarían, pero 1500 hectáreas con índice Coneat 200, sí. En su exposición de motivos, el proyecto sostiene que, en dólares corrientes, el valor de la hectárea se multiplicó por 9 en veinte años y que en dólares constantes se multiplicó por 4, y señala que esta valorización de la tierra no se reflejó a nivel fiscal.

El ICIR, más conocido como ley del agro o impuesto a la tierra, permitirá recaudar 60 millones de dólares anuales, que serán destinados al mejoramiento del medio rural, con la construcción de caminos, puertos y vías férreas que den acceso a los establecimientos industriales y comerciales en los departamentos no relacionados con grandes proyectos viales. El objetivo de esa ley es desalentar la concentración de la propiedad.

Un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) divulgado en Uruguay indica que en esos países vecinos se han producido algunos negocios mediante mecanismos directos o a través de acuerdos con empresas privadas a la que algunos gobiernos asiáticos les facilitan la operación a cambio de la entrega futura de alimentos.

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