Viernes, 11 Junio 2021 05:33

Una guerra cultural en las izquierdas

Una guerra cultural en las izquierdas

Las izquierdas parecen empantanadas entre la defensa de valores posmateriales y la vuelta a una gloriosa clase trabajadora. Pero eso está dando lugar a sus propias guerras culturales, tan intensas como fútiles.

 

La tradición de izquierda siempre se ha caracterizado por un cuestionamiento interno de sus estrategias y objetivos intermedios (los ideales últimos son sagrados e irrenunciables). Sus controversias han sido motivo de enfrentamientos y escisiones a lo largo de la historia (reforma o revolución, internacionalismo o socialismo en un solo país, frente popular o ruptura entre socialistas y comunistas, el alineamiento con la Unión Soviética o China o Albania, la renta básica o el empleo garantizado, el social-liberalismo o el estatismo, el izquierdismo o el populismo, la política institucional o la protesta callejera, etc., etc., etc.). 

Las peleas internas se recrudecen cuando las cosas no van bien, como sucede ahora. No me refiero solo a los resultados electorales (que, en cualquier caso, no son buenos: en Europa la socialdemocracia obtiene la mitad de los votos del que lograba hace unas décadas y la izquierda alternativa no consigue llenar el hueco), sino, sobre todo, a la desorientación estratégica. Proliferan explicaciones y propuestas de todo tipo sobre los problemas que aquejan a los partidos de izquierda.

Dentro de esas explicaciones, hay un conjunto de ellas que tienen un aire de familia, a pesar de que sean bastante distintas entre sí. Procedo mediante enumeración. Para algunos, la izquierda no ha sabido combatir el neoliberalismo y se ha dejado absorber por las elites globalizadoras y financieras. Para otros, la izquierda se ha equivocado en su política de alianzas con minorías nacionales, étnicas o culturales, lo que le ha llevado a abandonar su universalismo. Están también quienes piensan que el problema radica en el abandono de la clase trabajadora: la izquierda se ha vuelto elitista, ya no entiende ni razona como lo hacen los obreros. Y se encuentran por último los que creen que el problema de fondo procede del posmodernismo y los estudios culturales estadounidenses: el relativismo (cuya semilla se sembró en Mayo del 68) ha hundido a la izquierda.

En todos estos diagnósticos hay, de forma más o menos explícita, una apelación a una pureza que en algún momento se perdió. Cabe, de hecho, encontrar un denominador común en todos los señalamientos: se trata de la tesis de que, para ganar, la izquierda ha de ser internacionalista, racionalista y obrerista (los ingredientes se pueden mezclar en dosis muy variables) y, por supuesto, materialista, es decir, debe olvidar las disputas ideológicas e identitarias, que casi se han convertido en teológicas, y hablar de salarios, explotación y reparto de la riqueza. Si la izquierda recupera esas raíces profundas que llegan hasta la Ilustración, podrá reconectarse con la sociedad. Es decir, con la clase trabajadora, que hoy vacila y se deja tentar por los neofascismos, las fuerzas xenófobas y los partidos conservadores.

La tesis viene a decir que es preciso retroceder en el tiempo, hacer tabula rasa de los cambios que se produjeron a finales de la década de 1970 y resucitar la defensa de los intereses de los trabajadores, hablando un lenguaje que conecte con las preocupaciones de la gente. En la práctica, esta tesis puede derivar incluso hacia posiciones que sus críticos llaman «rojipardas»: en la asunción de la cultura obrera, pueden llegar a entenderse o disculparse los brotes xenófobos (el llamado «chovinismo del bienestar») o la intolerancia con el diferente. Por supuesto, quienes se dan por aludidos con la etiqueta de «rojipardos» acusan a sus rivales de elitistas, neoliberales y posmodernos, de vivir en una burbuja y de pontificar desde una superioridad moral.

No voy a entrar a dar razones a favor o en contra de estas posiciones. Más bien, me gustaría mostrar, sin recurrir a presupuestos ideológicos de ningún tipo, que estas polémicas no atienden suficientemente a la realidad social, moviéndose en un plano demasiado ideológico. Para desatascar el juego de oposiciones al que me he referido, conviene repasar lo que sabemos sobre los cambios sociales que se han producido en estas últimas décadas. Desde una mirada más sociológica es posible descubrir las limitaciones de estas guerras culturales en el interior de la izquierda.

Llama la atención que en los conflictos ideológicos a los que me he referido se preste tan poca atención a los cambios culturales y axiológicos que se han producido en los países avanzados desde finales de los años sesenta del siglo pasado. El pionero en el estudio del cambio cultural, Ronald Inglehart, recientemente fallecido, mostró ya en su primer libro, The Silent Revolution (1977), que había una creciente división generacional entre quienes sufrieron las duras condiciones de la posguerra y la nueva generación que ya tuvo ocasión de disfrutar del bienestar que trajeron los «treinta gloriosos». Mientras la generación mayor estaba preocupada por asuntos materiales (un salario digno, una vivienda, bienes de consumo básicos), la generación siguiente, teniendo ya satisfechas esas necesidades básicas, comenzó a preocuparse por otros asuntos (el rechazo a la guerra, la crítica a la sociedad de consumo, la búsqueda de la realización personal, la liberación de la mujer, la libertad sexual, el medioambiente) que Inglehart llamó, genéricamente, «valores posmaterialistas» y, luego, «valores autoexpresivos». Las personas postmaterialistas dan gran importancia a las libertades individuales, a la elección de estilos de vida, a las identidades. En cierto modo, las grandes movilizaciones de los jóvenes a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 fueron una afirmación de valores postmaterialistas que no tuvieron una traducción política (no encontraron la playa debajo de los adoquines) pero ensancharon considerablemente los márgenes de libertad personal con respecto a las sociedades industriales.

Ese cambio generacional ha continuado desde entonces y ha producido una tensión cada vez mayor entre grupos con valores materialistas y postmaterialistas. Las consecuencias están a la vista. En la izquierda han cobrado gran importancia temas como los derechos civiles, la ecología o el feminismo que no tenían tanto protagonismo antiguamente. No todo el mundo, sin embargo, comparte esas prioridades, con lo que surgen tensiones a veces irresolubles. Una forma de entender esta transformación de la política consiste en considerar que, además de la línea de ruptura clásica en materia económica entre posiciones más intervencionistas y redistributivas y posiciones más liberales y menos estatistas, se ha impuesto una segunda línea que tiene que ver con la oposición entre cosmopolitismo y nacionalismo, entre VAL (verde-alternativo-liberal) y TAN (tradicional-autoritario-nacional), o entre ganadores y perdedores de la globalización.

Un ejemplo servirá para ilustrar la tesis general. En el referéndum del Brexit, el Partido Laborista estaba partido en dos. Por un lado, la clase trabajadora tradicional de edad más avanzada que añora los tiempos de la sociedad industrial, imbuida de un fuerte nacionalismo inglés, recelosa de la globalización y el supranacionalismo y, a la vez, muy preocupada por la inmigración a la que percibe como una amenaza no solo económica, sino también cultural, capaz de disolver los valores tradicionales de la sociedad. Por otro, profesionales, estudiantes, jóvenes formados e integrados en la economía global, ecologistas y pro-diversidad preocupados por las minorías étnicas y, por supuesto, europeístas. La dificultad principal del Partido Laborista consiste en forjar una coalición que englobe a votantes progresistas tanto materialistas (y antieuropeístas) como postmaterialistas (y europeístas). Lo han intentado con diversos líderes después del final de la época de Tony Blair (Ed Miliband, Jeremy Corbyn, Keir Starmer ahora), con perfiles bastante diferentes, pero ninguno ha funcionado como se esperaba.

Los cambios culturales han tenido consecuencias a primera vista desconcertantes. Por ejemplo, el efecto de la educación sobre las posiciones ideológicas se ha invertido con respecto a lo que sucedía en las primeras décadas de la posguerra. Así, antiguamente, un nivel educativo alto era una señal bastante inequívoca de liberalismo o conservadurismo, mientras que las personas con menor educación optaban por la izquierda. Desde hace algún tiempo ya no solo no sucede eso, sino que se ha invertido la relación y, de hecho, los votantes más educados (y en algunos casos de mayores ingresos) optan por partidos verdes o por partidos de nueva izquierda. En España, sin ir más lejos, el votante con mayor calificación educativa se encuentra en Podemos.

En los países europeos, el grupo más sólido de izquierda es el formado por los llamados «profesionales socioculturales» (gente que trabaja en el sector de la cultura, el periodismo, la educación, la sanidad o los cuidados). En cambio, la clase trabajadora, que en la época dorada apoyaba casi monolíticamente a los partidos socialdemócratas o comunistas, ahora presenta fisuras importantes. Segmentos importantes de dicha clase han abandonado sus lealtades tradicionales y votan a los partidos xenófobos de la derecha radical. Se han proporcionado diversas explicaciones sobre este comportamiento, muchas de las cuales tienen que ver precisamente con esa segunda dimensión o eje de conflicto al que antes hacía referencia entre cosmopolitismo y nacionalismo: la defensa de la identidad nacional frente al cosmopolitismo globalista explicaría la transición de una parte de la clase trabajadora a la extrema derecha.

Las mayores tensiones se detectan en los países con bipartidismo. Al haber un solo partido progresista, la heterogeneidad es enorme y la coalición entre distintos grupos parece precaria. El Partido Demócrata en Estados Unidos es una extraña amalgama que reúne a profesionales bien formados de las dos costas, minorías étnicas y una parte de la clase trabajadora tradicional. Cuánto tiempo pueda mantenerse esa coalición es una incógnita. En los países con multipartidismo resulta posible una mayor especialización en los nichos electorales. En los últimos tiempos, los partidos verdes han crecido notablemente y reúnen a la gente joven mejor formada y con valores más rotundamente posmaterialistas, frente a los partidos socialdemócratas tradicionales que conservan una mayor cultura materialista.

Con ciertas variaciones, algunas de estas tendencias son visibles en España. Antes me he referido de pasada al caso de Podemos, con una base fuertemente posmaterialista. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sigue teniendo apoyo de las clases trabajadoras menos cualificadas. En Vox, el partido de la extrema derecha, no hay un apoyo amplio de la clase trabajadora. Con todo, esta pesa algo más en el voto global del partido que en el caso del Partido Popular (derecha), lo cual debería ser motivo de preocupación. Este voto es resultado tanto del nacionalismo español que enarbola Vox frente al independentismo catalán (que incluye desde los toros hasta el chuletón) como de actitudes anti-inmigración.

La fragmentación de la izquierda es consecuencia de transformaciones sociales y culturales muy profundas. No se va a resolver mediante diagnósticos simplistas ni hay soluciones milagrosas esperando a la vuelta de la esquina. Desde luego, las apelaciones al pasado son una causa perdida. La gloriosa clase trabajadora no va a volver, aunque se rompan los vínculos con minorías étnicas y culturales. Y el conflicto cultural entre generaciones y sectores productivos no se va a evaporar por decreto. El problema no está en la diversidad, ni en los nacionalismos, ni en el posmodernismo. Hoy resulta extremadamente difícil encontrar el pegamento que mantenga unidas a las viejas clases trabajadoras, a los jóvenes calificados posmaterialistas, a los profesionales cosmopolitas y a las minorías desfavorecidas. La izquierda significa cosas muy diferentes en sus diferentes grupos de apoyo. De ahí la virulencia con la que se desarrollan las guerras culturales en el seno de la izquierda; pero también su futilidad.

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Se unió la izquierda en Perú: Pedro Castillo suma el apoyo de Verónika Mendoza

De cara a la segunda vuelta de las presidenciales el 6 de junio

Acordaron crear un programa de vacunas universales y gratuita, reactivar la economía, combatir la corrupción, reformar el Estado e impulsar una nueva constitución.

Desde Lima. A cuatro semanas de la segunda vuelta del 6 de junio, las izquierdas peruanas se unen y cierran un acuerdo para impulsar un “gobierno de cambio” encabezado por el profesor y sindicalista Pedro Castillo, que se enfrenta a la derechista Keiko Fujimori, hija y heredera política del encarcelado exdictador Alberto Fujimori. El partido Perú Libre, que se define marxista-leninista y postula la candidatura de Castillo, y la coalición progresista Juntos por el Perú, que en primera vuelta tuvo como candidata a Verónika Mendoza, han firmado un pacto político para apoyar la candidatura de Castillo, que es también la base para una alianza de gobierno en caso el candidato de la izquierda gane las elecciones. Castillo y Mendoza han definido este acuerdo como una alianza “para la refundación del país”.

Los puntos centrales de este acuerdo son enfrentar la grave crisis sanitaria por la pandemia asegurando una vacunación universal y gratuita y mejorando los precarios servicios de salud; reactivar la economía cambiando el modelo neoliberal impuesto hace tres décadas por la dictadura de Fujimori; priorizar la lucha contra la corrupción, extendida entre la clase política; y refundar el Estado para garantizar derechos e igualdad para todos. También proponen cambiar la Constitución heredada del régimen fujimorista, que reduce al Estado a un rol subsidiario de la actividad privada.

Castillo ha dicho que este acuerdo es “un compromiso con las familias más necesitadas”. “Estamos al otro lado de quienes defienden la seudodemocracia, una Constitución a la talla y peso de la gran oligarquía, de los que siempre manejaron el Estado. Este es el momento de abrazar esta causa para refundar la patria”, dijo el candidato de la izquierda, hablando al lado de Verónika Mendoza, a quien le agradeció su respaldo.

Mendoza, que en primera vuelta obtuvo 7,8 por ciento, señaló que el compromiso asumido era “trabajar de manera conjunta y lograr un gobierno de cambio liderado por el profesor Pedro Castillo”. “No está en juego solamente la victoria del profesor Castillo, sino que tenemos la responsabilidad histórica de ponerle un freno al autoritarismo, a la mafia y al pasado”, precisó la excandidata presidencial, en referencia a una posible restauración del régimen fujimorista de los años 90, caracterizado por el autoritarismo, las violaciones a los derechos humanos y la corrupción.

De esta manera, la izquierda junta fuerzas para derrotar a la candidata de extrema derecha, quien tiene el respaldo de diversas agrupaciones conservadoras que participaron en la primera vuelta, del empresariado y de los grandes medios, que han puesto en marcha una agresiva y masiva campaña de miedo y demolición contra la candidatura de Castillo. Pretenden asustar con los fantasmas del comunismo, del chavismo y del terrorismo. En una vieja práctica utilizada por el fujimorismo contra sus rivales, se acusa a Castillo de terrorista, adjudicándole supuestos vínculos con los rezagos políticos del derrotado grupo armado maoísta Sendero Luminoso, que protagonizó una guerra interna en los años 80 y 90, lo que el candidato ha negado repetidas veces. Una millonaria campaña llama a “votar contra el comunismo”. Esta campaña contra la candidatura de la izquierda, disfrazada de defensa de la democracia, oculta el pasado, y presente, autoritario y corrupto del fujimorismo para poner a su candidata como “defensora de la democracia”. Una campaña que desafía la memoria.

Después de firmar el pacto con Verónika Mendoza, el profesor Castillo hizo público un pronunciamiento de diez puntos en el que se compromete a respetar la democracia y la libertad de prensa. Esto es una respuesta a esa masiva campaña que lo acusa de tener intenciones autoritarias. En ese pronunciamiento también se compromete a no renunciar a sus propuestas de cambio y precisa que las implementará dentro de la institucionalidad democrática y “respetando la propiedad”.

Organismos defensores de los derechos humanos y familiares de las víctimas de la guerra interna -las víctimas se estiman en cerca de 70 mil- han demandado a los dos candidatos un compromiso con los derechos humanos, los juicios a los represores, las reparaciones a las víctimas y cumplir con las decisiones de los organismos internacionales en este tema. En su pronunciamiento público Castillo se compromete con la defensa de los derechos humanos y el respeto a los tratados internacionales en esta materia firmados por el país. Keiko ha dicho que no hubo una guerra interna, sino solamente terrorismo. Estando en el gobierno, el fujimorismo tuvo una práctica de violaciones a los derechos humanos y tiene una larga conducta de negar esas violaciones y proteger a los represores. Keiko ha anunciado que indultará a su padre, sentenciado a 25 años por crímenes de lesa humanidad, lo que va contra los tratados internacionales firmados por el país que prohíben los indultos a los condenados por lesa humanidad.

Atacado por el establishment, este acuerdo con Juntos por el Perú y su compromiso público de respeto a la institucionalidad democrática, le permite a Castillo contrarrestar una imagen de cierta soledad, abrir su candidatura a otros sectores y reducir los temores de electores que lo ven como un riesgo autoritario, temores alimentados por una millonaria campaña y también por algunas declaraciones de miembros de su partido. A Castillo se le cuestiona la falta de un equipo técnico, un flanco débil de su candidatura, y este acuerdo con Juntos por el Perú le puede dar esos cuadros que le estarían haciendo falta.

De acuerdo a una encuesta publicada el viernes, Castillo sigue adelante, pero la distancia con su rival se ha reducido en una semana de diez a cinco puntos. La encuestadora Datum le da a Castillo 41 por ciento y a Keiko 36 por ciento. El candidato de la izquierda baja tres puntos y la fujimorista sube dos puntos, en relación a un sondeo de la misma encuestadora de hace una semana. Este resultado ha entusiasmado a la derecha. Sin embargo, este último sondeo no mide el impacto del reciente acuerdo de Castillo con Juntos por el Perú que unifica a la izquierda y puede tener un efecto más amplio que la suma de los porcentajes de ambos en primera vuelta, ni el del pronunciamiento del candidato de Perú Libre en defensa de la democracia.

Luego del debate en una plaza de la andina provincia de Chota, los candidatos se podrían volver a encontrar en un penal. Castillo retó a Keiko a debatir en la cárcel de mujeres de Lima. Sarcástico, dijo que como él había sido local en Chota, donde nació y vive, ahora le tocaba a Keiko ser local y propuso el penal San Mónica, donde la fujimorista, procesada por lavado, organización criminal y obstrucción a la justicia, estuvo varios meses presa. Keiko, deseosa de debatir para buscar revertir su desventaja, aceptó hacerlo en la puerta del penal.   

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Socialdemocracia: internacionalismo y redistribución nacional

Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en este tiempo, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional.

 

Atrapada entre el implacable proteccionismo y la xenofobia trumpistas, por un lado, y la coalición neoliberal de liberadores sexuales y oscuros recaudadores, por el otro, la izquierda de los países ricos parece carecer de nuevas ideas. Y peor que carecer de nuevas ideas es intentar restaurar un mundo que ya no existe, que va contra la corriente de la vida y la economía modernas.

Sin embargo, este es un ejercicio en el que participan algunos sectores de la izquierda. Tengo en mente varios ensayos de El gran retroceso, un libro que reseñé aquí, un artículo reciente de Chantal Mouffe y, quizás más manifiestamente, El futuro del capitalismo, de Paul Collier (reseñado aquí y aquí). Dani Rodrik proporcionó munición ideológica temprana para este punto de vista con su célebre «trilema». Es también el contexto en el que mi Capitalismo, nada más fue recientemente reseñado por Robert Kuttner en The New York Review of Books.

Este proyecto apunta a recrear las condiciones existentes aproximadamente entre 1950 y 1980, que fue, de hecho, el periodo en que floreció la socialdemocracia. Si bien muchos tienden a presentar esta época en tonos excesivamente brillantes, sin duda fue, en muchos aspectos, extraordinariamente exitosa para Occidente: el crecimiento económico era elevado, los ingresos de las naciones occidentales convergían, la desigualdad era relativamente baja, la movilidad social era mayor que hoy, las costumbres sociales se volvían más relajadas e igualitarias y la clase trabajadora occidental era más rica que las tres cuartas partes de la humanidad (y podía sentirse, como escribe Collier, orgullosa y superior al resto del mundo). Hay mucho por lo que sentir nostalgia.

Condiciones especiales

Pero ese éxito se dio en condiciones muy especiales e imposibles de recrear. ¿Cuáles eran?

Primero, no existía una competencia entre gran parte de la mano de obra global y los trabajadores y trabajadoras del Primer Mundo. Las economías socialistas, China y la India seguían políticas autárquicas, por diseño o por accidente histórico. En segundo lugar, el capital no se movía demasiado. No solo existían restricciones al capital, sino que las inversiones extranjeras eran a menudo objeto de nacionalización, y tampoco existían los medios tecnológicos para trasladar fácilmente grandes cantidades de dinero.

En tercer lugar, la migración era limitada y, cuando sucedía, se daba entre pueblos culturalmente similares (como la migración del sur de Europa a Alemania) y gracias a la creciente demanda de mano de obra impulsada por las economías nacionales en crecimiento. En cuarto lugar, la fuerza de los partidos socialistas y comunistas nacionales, combinada con los sindicatos y la amenaza soviética (especialmente en Europa), hizo que los capitalistas se manejaran con precaución: por instinto de supervivencia, tuvieron cuidado de no presionar demasiado a trabajadores y sindicatos.

En quinto lugar, el espíritu socialdemócrata de igualdad estaba en sintonía con las costumbres predominantes en aquella época, reflejadas en la liberación sexual, la igualdad de género y la reducción de la discriminación. En un contexto interno tan benigno, y sin enfrentarse a ninguna presión por parte de trabajadores extranjeros mal remunerados, los socialdemócratas podían seguir siendo internacionalistas, como fue el caso de notabilísimas figuras como Olof Palme en Suecia y Willy Brandt en la República Federal de Alemania.

Cambios drásticos

En las condiciones sociales y económicas totalmente diferentes que presenta la actualidad, cualquier intento de recrear un contexto interno tan benigno implicaría cambios drásticos y, de hecho, reaccionarios. Sin decirlo abiertamente, sus partidarios piden socialdemocracia en un solo país o, más exactamente, en un rincón (rico) del mundo.

Collier aboga por amurallar el mundo rico para detener la migración, que considera culturalmente disruptiva y que socava injustamente el trabajo nacional. Collier justifica estas políticas, aplicadas sobre todo por los socialdemócratas en Dinamarca, diciendo que su preocupación son los países menos desarrollados: no vaya a ser que el éxodo de sus trabajadores más calificados y ambiciosos empuje aún más a estos países hacia la pobreza. Sin embargo, está claro que no son esos los verdaderos motivos de tales políticas.

Otros protegerían a Occidente de la competencia de China, argumentando, otra vez de manera falsa, que los trabajadores occidentales no pueden competir con trabajadores de menores salarios, sometidos a una dura disciplina productiva y sin sindicatos independientes. Como ocurre con las políticas que detendrían la migración, la justificación del proteccionismo se camufla con el lenguaje de la preocupación por los demás.

Dentro de esta perspectiva, debería lograrse que el capital nacional permaneciera principalmente en casa, promoviendo una globalización mucho más «superficial» de la que existe hoy. Las empresas occidentales que actúen con ética no deberían contratar a personas en (digamos) Myanmar que no gocen de derechos laborales elementales.

Las masas populares

En todos los casos, estas políticas apuntan a interrumpir el libre flujo de comercio, personas y capital y a aislar al mundo rico de las masas populares. No tienen casi ninguna posibilidad de éxito, simplemente porque los avances tecnológicos de la globalización no se pueden deshacer: China y la India no pueden volver al aislamiento económico y las personas de todo el mundo, dondequiera que estén, desean mejorar su situación económica emigrando a países más ricos.

Además, estas políticas representarían una ruptura estructural con el internacionalismo que siempre fue uno de los logros más importantes de la izquierda (si bien suele más bien brillar por su ausencia). Reducirían el crecimiento en los países pobres y la convergencia mundial, frenarían la reducción de la desigualdad y la pobreza mundiales y, a fin de cuentas, resultarían contraproducentes para los propios países ricos.

Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común, y a menudo (especialmente a una edad avanzada) nos acostumbramos a entregarnos a esas ensoñaciones. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en tiempo real, en las condiciones actuales, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional. Tiene que apoyar la globalización, tratar de limitar sus efectos nefastos y aprovechar su indudable potencial para igualar, con el tiempo, los ingresos en todo el mundo.

Como escribió Adam Smith hace más de dos siglos, la igualación de las condiciones económicas y el poder militar en todo el mundo es también una precondición para que prevalezca la paz universal.

Por Branko Milanović

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: Social Europe

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En 2018-2022… uribismo recargado y nuevo contenido del compromiso popular

Culminó sin sorpresas la coyuntura electoral que compuso la elección de Presidente para los cuatro años próximos. El resultado a favor de Iván Duque Márquez cierra con un broche que no es de oro para el uribismo.

 

Con el nuevo gobierno, nos adentramos en la arena de una ofensiva neoliberal de nuevo nivel, donde los sectores dominantes, aliados del capital internacional, se aprestan a exprimir hasta el máximo posible los pocos ahorros y posibilidades de quienes no tienen más que su fuerza de trabajo para sobrevivir, a la par que adecuan el aparato estatal para las exigentes demandas del capital global, ahondando con ello sus formas de dominio y control social.

 

El país vivió una extensa campaña que empezó el 2 de octubre de 2016, cuando el No se impuso en el referendo por los acuerdos de paz firmados entre el Gobierno y las Farc, campaña que continúo el 11 de marzo de este año con las elecciones al Congreso, en las cuales los sectores que por siglos han dominado el poder en Colombia refrendaron su dominio, incluido por supuesto el Centro Democrático (CD). La puja electoral prosiguió el 27 de mayo con la primera vuelta, en la que una vez más el uribismo reafirmó con creces su mayoría, sin la cifra suficiente para evitar una segunda votación, que el país vio y vivió este 17 de junio con números definitivos: CD 10.351.552 votos (54%), Gustavo Petro 8.023.000 (41%), una cantidad que resultó inferior al deseo, las declaraciones y el algodonoso auto-‘convencimiento’ de su activismo.

 

El triunfo de la Coalición Conservadora pone de presente, ante propios y extraños, que en Colombia la iniciativa política y su margen frente a la opinión tiene ventaja del status quo –con marginalidad del conjunto tradicional de izquierda–, sobre una amplia franja poblacional. Circunstancia tal, en un trasfondo de contradicción con descuido en su análisis y superación, que es cada vez más larvada entre las zonas semiurbanas y rurales y las cabeceras de varias de las principales ciudades del país. Trasfondo que disuelve, sin respuestas certeras, el abismo de desigualdad e injusticia entre la minoritaria capa de quienes más tienen y el amplio segmento de la marginación que padecen quienes viven en la miseria, la pobreza, y la exclusión social.

 

Particularidad, trasfondo extendido y que toca en la reciente coyuntura al proyecto, vía y contenido de un Acuerdo para alcanzar la paz necesaria. Objetivo y paz inscritos en el futuro y el camino por seguir para lograr la felicidad del conjunto social. Contradicción que el resultado electoral del pasado domingo ni resuelve ni disminuye, y tampoco le da vehículo. Intensificación del marco de la situación política que vendrá y ya se avizora, con quienes pretenden un Estado confesional y de retrocesos constitucionales.

 

Con anticipación, y ante una segunda vuelta y su polarización, el CD manejó una estrategia que puso a Gustavo Petro al sitial de principal contendor. Con base en profundos elementos relacionados con las acciones insurgentes del conflicto armado y de la repercusión de la situación en Venezuela, que tienen lugar en el imaginario de la ciudadanía de a pie, difundió y posicionó una variedad de miedos que cerraban y afectaban al ‘aliado’ de las Farc, al ‘símil’ de Chávez, a la ‘irresponsabilidad’ en el manejo de la cosa pública, al ascenso de los “exterroristas” en el manejo del país. Y tras esta argumentación, sensibilizaban y difundían acerca del camino hacia la pobreza generalizada de quienes habitan Colombia. Desde la contraparte también se buscaba una polarización. Fue puesto en el discurso el miedo por el regreso del uribismo al control del gobierno, y, por obvia extensión, de todas las injusticias que conlleva.

 

El triunfo del CD denota que el espacio y el peso de las ideas conservadoras son más potentes. Una realidad que desprende retos para todos los sectores que quieren un cambio en el país. Un desafío que exige explicarnos por qué amplios sectores de la población le temen al cambio, por qué repudian a la izquierda, en particular a la guerrilla, a las expresiones ‘progresistas’ del continente, y a todo lo que estos asuntos implican.

 

De este modo, alcanzar a posicionar un contrario como Petro resultó para el CD la mejor y más directa vía para extender el miedo en la campaña electoral. Así, la gente votaba no sólo en favor de Duque sino en contra de Petro, de la izquierda y del imaginario construido por ésta, en años de gobierno y poder en distintas coordenadas globales. Pero sobre todo, del imaginario construido sobre la izquierda y la revolución, en un proyecto articulado y con conexiones sociales para arrebatarle la bandera de la igualdad social, la libertad y la justicia. Democracia plena, que está pendiente para el conjunto histórico y global. Un discurso del CD que, como paradoja, no logró de manera plena su cometido en centros urbanos como Bogotá.

 

Por el contrario, sí permitió visibilizar la existencia de amplios sectores sociales que desean el cambio del modelo social, económico y político que ha imperado siempre en el país, sectores que, es de suponer, están dispuestos con energía y dedicación a movilizarse por tan anhelado giro. Preocupa, en todo caso, que estos nuevos sectores –que ahora se acercan tal vez por primera vez a una agenda pública que debe ser colectiva, abierta y deliberante– queden subsumidos en el imaginario de la política, las formas de lucha, el gobierno, y el poder difundidos desde la campaña liderada por Gustavo Petro y multiplicada de manera desenfrenada por diversas vías.

 

Se trata de un ideario político con aspectos insuficientes de rectificación a las repeticiones tradicionales de la izquierda, que de manera inexplicable centra toda la acción social y política en una campaña y en el yo de una persona. Sin la raíz y la construcción necesarias, un alto rango de unilateralidad que descuenta todos los factores de poder, con su tensión y su interrelación, que se concentran en el Estado y el gobierno, creando por esa vía la falsa expectativa de que es posible lograr un efectivo cambio social por el simple hecho de ganar unas elecciones. Si el lector desprevenido lee los whatsapps y otros mensajes que por varios días llegaron sobre el posible gobierno Petro, con la certeza de una ventaja, quedará convencido de la falsa idea de que, una vez fuera ungido como Presidente, todo cambiaría. ¿Es correcto difundir tal tipo de mensajes? ¿Es realizable tal propósito?

 

Entonces, ante esta realidad sin configurar un sujeto cotidiano y activo, en que el más crudo reformismo sienta base y deforma los procesos políticos, y ante el futuro inmediato por afrontar, estamos frente a una realidad inocultable que motiva y obliga a formular varias preguntas, fundamentales dentro del qué hacer, para elevarlas ante los sectores sociales inclinados por el cambio: ¿Cómo no perder la disposición y la energía de los millones que votaron por el cambio? ¿Cómo hacer para discutir y definir con tal conjunto humano el proyecto político por constituir, como base orgánica, colectiva, para proseguir en la disputa por el cambio? ¿Cómo darle paso a un proyecto nacional, incluyente, colectivo, plural, de proyección verdadera de las “ciudadanías libres”, que supere lo individual de un liderazgo y logre asiento en la diversidad regional, que, sin centrarse en forma alguna de lucha en particular asuma el reto de ser gobierno y poder desde ahora y en los territorios? ¡No es un debate de menor monto ni de pronta resolución!

 

Una postura de captación de la realidad y su correlación política, de rectificación y de autocrítica, de definición de los métodos de profundización en barrios y municipios, de la resonancia de los referentes sociales y políticos de convocatoria, de los instrumentos necesarios para la disputa continua y diaria de la opinión, que debe permitir la circulación de la palabra y de proyectos político-sociales de variado color, en que la relación con el Estado sea un referente pero no el condicionante institucional, y en que las experiencias de vida y comunidad levantadas a lo largo y ancho del país sean puntos de mira y de partida para el diseño definitivo del proyecto político por construir, en su contenido, sus formas y sus propósitos de Otra Democracia que es posible.

 

Son éstos un llamado y una discusión que se deben hacer desde este preciso momento. A la par de concitar la concentración de fuerzas desde el 7 de agosto mismo contra el nuevo gobierno y sus propósitos, pues, como dijo el propio Duque, el gobierno que él presida impulsará un paquete que incluye las reformas “[…] fiscal, a la educación, la salud, el agro, la justicia y las pensiones, como elementos iniciales”. Es decir, vendrán más reformas con intención de servir y potenciar al capital global y nacional. No será fácil ni de pocos meses el reto por afrontar. No es la espera hasta la próxima elección en 2022.

 

La configuración territorial de las reivindicaciones y sus resistencias es el camino que les queda a las mayorías del país, entre ellas quienes apoyaron la opción de Petro, de quienes votaron en blanco y quienes lo hicieron en contra de este gobierno, y sectores engañados que lo apoyaron con el sufragio, considerando que así le cerraban el camino al ‘comunismo’. Error mayúsculo que ahora podrán ayudar a subsanar con su vinculación a la resistencia social.

 

Será una confrontación que en el campo también abrirá espacio para la defensa de la tierra y de los Acuerdos de La Habana en ese aspecto, recuperando la consigna por una reforma agraria efectiva y que beneficie a todo el campesinado sin tierra o con poca tierra, además de confrontar las fumigaciones aéreas y la obligada sustitución de cultivos ilícitos que tratarán de llevar a cabo, como demostración de complacencia ante los Estados Unidos que descarga en Colombia la culpa por el consumo de sustancias como la cocaína entre amplias capas de su población.

 

Lucha social que también se ampliará al campo de la defensa de la Vida y de los Derechos Humanos, toda vez que el nuevo gobierno promete regresar y retomar, seguro bajo otro nombre pero con iguales pretensiones, las banderas y las prácticas de la mal llamada “seguridad democrática”, incluyendo el pago por “positivos”. Todo un terror con vínculos oficiales a la vista.

 

Los retos abiertos por el nuevo gobierno son inmensos, pero también las posibilidades para el cambio. El año 2019 será una nueva escala para tal disputa, antecedida de la resistencia ya enunciada. ¿Se podrán encarar tales retos desde un proyecto de cambio profundo, sin subsumirlo en las apetencias tradicionales del camino electoral?

Publicado enEdición Nº247
La izquierda de la izquierda europea busca su espacio.

En Europa, a la izquierda llamada “radical” le cuesta enormidades ocupar el espacio que le abrió el desplome generalizado de la socialdemocracia. Las elecciones italianas fueron el ejemplo más reciente de las dificultades que se le plantean para emerger. La experiencia portuguesa, en cambio, le permite ver las cosas con un poco más de optimismo.

Hace tan sólo unos años, un par de décadas digamos, un analista político que hubiera colocado al Podemos español, al Bloque de Izquierda portugués, al Die Linke alemán, al laborismo inglés liderado por Jeremy Corbyn o a los “insumisos” franceses de Jean-Luc Mélenchon en la galaxia de la “extrema izquierda” habría sido expulsado manu militari de la academia. La relatividad de las cosas y de los tiempos –pautada por el corrimiento a la derecha de las dirigencias políticas tradicionales–, el facilismo del etiquetado y la voluntad de estigmatizar a quien ensaye algún tipo de propuesta que se salga de los moldes por el lado zurdo hizo que ahora ya no sea tan así y que para hablar de esos partidos ese politólogo medio –o ese periodista medio– sea incluso alentado a ubicarlos en la punta siniestra, en lo posible buscándoles a sus líderes contactos –foto por aquí, factura por allá, reales o inventadas– con Nicolás Maduro, Evo Morales, Raúl Castro, los ayatolás iraníes o hasta el mismísimo Kim Jong-un.

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Sus orígenes son muy dispares: la plataforma “ecosocialista” Francia Insumisa es dirigida por un político relativamente veterano como Jean-Luc Mélenchon, escindido del PS, y aglutina desde 2016 a movimientos sociales y a partidos desprendidos de la extremadamente debilitada izquierda tradicional francesa; Podemos surgió hace justo cuatro años de la “indignación” de las plazas españolas, protagonizada sobre todo por jóvenes de clase media; los portugueses del Bloque de Izquierda nacieron a fines de los noventa, a partir de la confluencia de grupos maoístas, trotskistas, fracciones del Partido Comunista; el septuagenario Jeremy Corbyn está intentando transformar desde dentro al legendario Partido Laborista británico, que desde comienzos de los años ochenta, bajo la influencia de los inspiradores de la Tercera Vía, marchó por el andarivel derecho a un ritmo aun más acelerado que el Psoe español; la germana Die Linke nació en 2007 de la fusión de la formación heredera del viejo partido comunista de la ex Alemania Oriental y una escisión de la socialdemocracia. Casi todos estos partidos (salvo el laborismo, adscrito al Grupo Socialista) comparten espacio en el Europarlamento, el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea (Gue), al que también pertenece el Syriza griego. Los helenos dirigidos por el actual primer ministro Alexis Tsipras fueron durante unos años el faro, el referente excluyente de esta “izquierda alternativa”, su pata de mayor peso electoral, la primera en llegar al gobierno con un programa que desafiaba a las políticas de austeridad aplicadas por socialdemócratas y conservadores y no dudaba en plantar cara a las instituciones financieras regionales e internacionales como el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Duró hasta que Tsipras –ahogado por todos los costados– cedió en toda la línea y borró con el codo lo que había prometido en campaña y había tímidamente comenzado a implementar. Desde entonces (2015), Syriza (una sigla que se traduce por Coalición de la Izquierda Radical) cayó en desgracia y de referente se convirtió en repelente para quienes aspiran a llegar al poder en Europa para “romper con el pensamiento único y demostrar que otras políticas, favorables a los sectores populares, son posibles”.


Los benjamines de esta familia son los italianos de la coalición Potere al Popolo (Poder al Pueblo, Pap), cuyo nacimiento, hace apenas tres meses, recibió la bendición de Mélenchon, de algunos de los principales dirigentes de Podemos, de Corbyn, de los bloquistas portugueses. Pap, que se define como“anticapitalista, ecologista, feminista, secular, pacifista y libertaria” y es producto de la alianza de formaciones como el Partido de la Refundación Comunista, grupos ecologistas y centros sociales, sobre todo del sur pobre de la península, tuvo su estreno electoral este mes. Se sabía que no podía llegar demasiado lejos, pero en la “izquierda radical” se pensaba que el objetivo de alcanzar el 3 por ciento de los votos, el nivel mínimo para ingresar al parlamento, no era un imposible. El 1,1 por ciento que recibió (algo menos de 400 mil votos) fue decepcionante, aunque sus dirigentes declararon que en el contexto en que se daban estas elecciones, con un Movimiento Cinco Estrellas “atrapa todo” y apabullante, no estaba tan mal como puntapié inicial.


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Si el laborismo (segunda fuerza política en Reino Unido, con casi el 40 por ciento del electorado), los insumisos (tercer partido en Francia, con casi el 20 en las presidenciales del año pasado) y Podemos (también tercero en España, también con 20 por ciento, pero gobernando en las principales ciudades del país) son las principales catapultas de los “radicales” en Europa, el partido de esta sensibilidad que más lejos ha llegado ha sido el Bloque de Izquierda en Portugal. No desde el punto de vista electoral (en 2015 obtuvo el 10,5 por ciento de los votos), sino por la incidencia que ha tenido sobre las políticas del gobierno del socialista António Costa. Los socialistas habían llegado a las elecciones de tres años atrás con un programa liberal que en poco los distinguía de los conservadores y que marcaba una continuidad con la línea que habían seguido en las últimas décadas.

Pero fueron superados en votos por fuerzas de derecha. Su única posibilidad de formar gobierno, una vez descartada la eventualidad de una “gran coalición” con los conservadores al estilo alemán, era pactar con partidos a su izquierda: el Bloque y el Partido Comunista, que le daban una mayoría más que suficiente. “Nunca había habido en Portugal negociaciones entre los distintos partidos de izquierda para tomar medidas de gobierno”, dijo Jorge Costa, diputado del Bloque. Parte de las bases del PS, sobre todo en las áreas más empobrecidas del país, presionaban desde hace tiempo para que tuvieran lugar, pero el grueso de su dirigencia socialista se resistía. “La realidad se impuso y terminaron cediendo. En parte, pero cediendo al fin”, comentó la líder del Bloque de Izquierda, Catarina Martins. Lo que se pactó fue un apoyo crítico, desde fuera del gobierno, del Pcp y del Bloque al Ejecutivo. Los comunistas y el Bloque, cada cual por separado (los comunistas consideran a los bloquistas como “pequeños burgueses radicalizados” y mantienen con ellos malas relaciones institucionales, aunque coinciden en “algunos puntos programáticos”), fijaron sus líneas rojas, los socialistas las suyas. Los primeros condicionaron su respaldo parlamentario al Ejecutivo a que se redujeran los impuestos pagados por los asalariados de menores ingresos, se aumentara el salario mínimo todos los años hasta llegar a 600 euros en 2019, se ajustaran al alza las jubilaciones de menor monto, se definiera una serie de “programas sociales”, se acabara con las privatizaciones de empresas públicas (iniciadas por gobiernos en los que los socialistas eran mayoritarios) y con el despido de funcionarios del Estado y se abandonara toda pretensión de reformar el derecho del trabajo para dar mayor libertad a las empresas y limitar el poder de los sindicatos. Los socialistas aceptaron, y desde octubre de 2015 bloquistas y comunistas aprueban con sus votos en el parlamento el presupuesto del Estado. “En ningún otro país gobernado por los socialdemócratas, solos o en coalición, se han tomado decisiones de este tipo, que están lejos por supuesto de ser revolucionarias, pero suponen avances claros para las mayorías populares”, señaló el legislador comunista Miguel Tiago (Mediapart, 28-XII-17). En Grecia, Syriza no pudo poner en práctica casi ninguna de esas medidas. “Es cierto que la economía portuguesa es más sólida que la griega y que nuestro endeudamiento, y en consecuencia nuestro nivel de sujeción, es menor al helénico, pero sin grandes alharacas hemos recorrido cierto camino”, apuntó Catarina Martins.


Las diferencias entre las tres fuerzas en temas de fondo se mantienen: bloquistas y comunistas se resignaron a no reclamarles a los socialistas que retiren a Portugal de la Otan o del euro, o que dejen de apoyar la negociación de un tratado de libre comercio de la UE con Estados Unidos o que aumenten los impuestos a las empresas, o que vayan más allá de lo acordado en el plano fiscal, o que eliminen disposiciones que favorecen a los inversores extranjeros o que tomen medidas más “radicales” para combatir el trabajo precario, o que combatan por cambiar el sentido de la integración europea, o que… “Nosotros seguiremos luchando por esos objetivos, pero mantendremos nuestro compromiso de no provocar la caída del gobierno si el PS cumple con lo acordado en las negociaciones”, dijo Costa (Mediapart, 28-XII-17).


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A fines de 2019 habrá elecciones en Portugal y estará en el tapete la continuidad o no por un nuevo período legislativo de la experiencia de la alianza tal cual se ha ido formulando, su profundización o su abandono. El ala derecha de los socialistas aspira a que el partido continúe creciendo y pueda “liberarse” de la obligación de pactar con grupos a su izquierda.


Las elecciones municipales de octubre de 2017 mostraron una consolidación del PS, que conservó sus bastiones y conquistó ciudades antes controladas por los comunistas. El PC cayó y el Bloque aumentó su votación, aunque sin dejar de ser una formación marginal en el plano local. Algunos politólogos consideran que la alianza con el Bloque y el PC les ha servido a los socialistas para reconquistar franjas del electorado popular que habían perdido en manos de la derecha, sin por ello operar un viraje a la izquierda. El diputado socialista João Galamba no se aleja demasiado de este razonamiento. “Nos ha favorecido este pacto”, dijo.


Bloquistas y comunistas se interrogan sobre cómo seguir. Jorge Costa piensa que lo peor que podría hacer su partido es “abandonar el terreno de lo social, dejar de movilizarse en las calles junto a los sindicatos y los movimientos sociales. El PS sigue siendo tan liberal como era, pactó obligado por las circunstancias, y dejará de hacerlo si considera que puede gestionar solo. Lo esencial para una fuerza como la nuestra no debería ser alcanzar el gobierno a cualquier costo, sino para cambiar las cosas. Lo que logramos con este pacto es aprovechar el debilitamiento de los socialdemócratas para conseguir que apliquen políticas que mejoren las condiciones de vida de la gente. Está bueno, pero tampoco hay que sobreestimarlo”. El comunista Miguel Tiago no lo contradice: “Están demasiado apegados al capitalismo los socialistas como para superar ciertos límites así como así. La presión desde abajo seguirá siendo esencial”.


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Tensiones y dilemas similares se viven en Podemos y en Die Linke, que para poder gobernar consideran que deben sí o sí encontrar alguna fórmula de entendimiento con el Psoe, el primero, y el Spd, el segundo, dos partidos que han perdido buena parte de su electorado (ambos están hoy en sus mínimos históricos), pero siguen siendo mayoritarios en el campo “progresista”. Cómo llevarlos a acordar y desde qué posiciones, divide a los podemitas y a los “radicales” germanos en campos de fuerza más o menos equivalentes. En Alemania, la decisión de los socialdemócratas de integrar una vez más una “gran coalición” con los conservadores liderados por Angela Merkel echó por tierra la perspectiva de una “unión de izquierda” entre Die Linke, el Spd y los Verdes, que por un breve tiempo estuvo en el tapete. Los ecologistas se fueron decantando igualmente hacia una negociación con los conservadores y los liberales antes que hacer una convergencia con la “izquierda radical”, una etiqueta que décadas atrás se les colgaba a ellos también, pero que se han ido encargando de despegársela.


Desde que se creara, en 2007, Die Linke nunca bajó del 7 por ciento ni superó el 12. En las últimas legislativas, el año pasado, se situó en el medio: 9,2 por ciento. En paralelo, el Spd cayó al 20,5. La Izquierda aprovechó sólo en parte ese desplome: el grueso de los antiguos votos socialdemócratas fue a parar a la ultraderechista Alternativa por Alemania (Afd) o reforzó la abstención. El fenómeno fue particularmente fuerte en los Länder (los estados) del este, bastiones de Die Linke y entre el electorado obrero de todo el país, en el que la Afd duplicó a los izquierdistas. Die Linke perdió su condición de tercera fuerza política del país a manos de la extrema derecha.


La captación de ese voto “tránsfuga” desde el Spd hacia la Afd (esencialmente “popular”) es lo que más ha dividido las aguas en Die Linke. Un sector, liderado por la jefa de la bancada parlamentaria Sahra Wagenknecht, y su marido, el ex socialdemócrata y cofundador de Die Linke, Oskar Lafontaine, salió a la caza del electorado de la ultraderecha reflotando “valores” como el patriotismo o la identidad nacional y criticando la política migratoria de puertas abiertas del gobierno de Merkel. Las clases populares sufren por la competencia de la migración masiva que está llegando a Alemania, llegó a decir Wagenknecht. “Aquellos que abusan del derecho a la hospitalidad pierden ese derecho”, dijo también (Mediapart, 1-III-18). “Tenemos que crear un gran partido popular que una a todas las izquierdas a partir de una conexión con los sentimientos reales de la gente, en especial de la gente de abajo”, apuntó a su vez Lafontaine.


La dirigencia actual de Die Linke, encabezada por sus dos copresidentes, Katia Kipping y Bernd Riexinger, se resiste a una estrategia de ese tipo, que considera suicida a todos los niveles, para la supervivencia de Die Linke y para una propuesta alternativa de izquierda, “que nunca puede confundirse con los planteos de la extrema derecha”, afirmó la primera (Mediapart, 1-III-18). En junio próximo, ambas facciones se verán las caras en un congreso que promete ser uno de los más movidos de la corta vida de Die Linke.


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Viola Carofalo no tiene, por lo menos por ahora, esas preocupaciones. La formación de la que es portavoz nacional, Potere al Popolo, apenas “pesa” algo más del 1 por ciento del electorado italiano. “Desde ese zócalo lo único que podemos plantearnos es crecer mirando hacia las experiencias de los vecinos, sobre todo las de Podemos y Francia Insumisa. En Italia las cosas están muy mal. La izquierda, que aquí había tenido una fuerza especialmente grande, tanto en sus expresiones parlamentarias moderadas como extraparlamentarias radicales, ha quedado reducida a la nada, y sus bases han huido hacia el populismo ‘aideológico’ del Movimiento Cinco Estrellas, los grupos soberanistas de extrema derecha o la abstención”, dice esta profesora napolitana de 37 años. Docente de filosofía especializada en el pensamiento “decolonial” de Frantz Fanon y políticamente formada en los movimientos de ocupación de los primeros años dos mil, Carofalo se proyectó a partir de Je Só Pazzo (“Soy loco”, en dialecto napolitano), un “centro social” levantado en un antiguo monasterio que entre sus múltiples actividades ha servido de consultorio médico y legal gratuito para la población de un barrio popular de la ciudad más habitada del sur de Italia. “Los centros sociales han sido una escuela de acción particularmente rica. Quienes allí actuamos hacemos política desde los territorios, todos los días, y eso nos da una conexión directa con la gente que los políticos profesionales no tienen”, dice Carofalo. Potere al Popolo funciona de modo asambleario y de esa manera pretende seguir haciéndolo aun si algún día logra tener presencia en el parlamento. “Lo haremos como lo hace la gente de Podemos, con ese mismo estilo de hombres y mujeres de la calle, cobrando el sueldo de un obrero especializado y donando el resto a centros sociales y asociaciones. Pero cambiar las cosas en el país requiere hacer política a todos los niveles. El de los territorios es uno, el del parlamento es otro”. Por primera vez en muchos años, dijo Carofalo semanas atrás al diario argentino Página 12 (19-II-18), la izquierda de la izquierda europea tiene un espacio donde crecer, sobre las ruinas de la vieja socialdemocracia. “Empieza a tener una presencia concreta y no es más sólo un fantasma como lo fue en los últimos diez años”, piensa, y sueña con una Europa “otra”, bien distinta a la actual, “solidaria hacia dentro y hacia afuera”. “Por ahora, es cierto, seguimos estando muy lejos”, admitió en un discurso público en Nápoles, hace unos diez días, mientras en las calles de su devastada ciudad, Luigi di Maio, el joven líder del Movimiento Cinco Estrellas, festejaba “el triunfo posideológico” (elperiodico.com, 5-III-18) de su partido.

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