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Domingo, 07 Marzo 2021 05:59

La lucha por la vida del pueblo saharaui

La lucha por la vida del pueblo saharaui

De las célebres palabras de Karl von Clausewitz, que sostienen que la guerra es la continuación de la política por otros medios, podemos intuir que las armas son buenas guardianas de la economía y, en ocasiones, condición para la paz y la vida digna.

Voluntad de paz y vida digna definen al pueblo saharaui. Apostaron por la paz durante casi 30 años de alto al fuego bajo condiciones de despojo, a la espera de un referéndum de autodeterminación. Creyeron en la paz pese a que Marruecos levantara 2 mil 720 kilómetros de muro sembrado de millones de minas antipersona que han causado muerte y soledad, desplazamiento y pobreza.

En noviembre de 2020, el Frente Polisario, movimiento de liberación nacional del pueblo saharaui, retoma la lucha armada. ¿Qué lleva a un ejército popular a declarar estado de guerra? A esta pregunta la precede otra: ¿Qué lleva a un pueblo a crear un ejército popular?

Mientras el mundo en el siglo XX avanza hacia la descolonización, la dictadura de Franco convierte la colonia del Sahara español en una provincia más cuyos habitantes adquieren la ciudadanía española. A pesar de la argucia, en 1963 la Organización de Naciones Unidas (ONU) incluye al Sahara Occidental en la lista de territorios a descolonizar. El franquismo prometió un referéndum que nunca llegaría.

En ese escenario, se crea el Movimiento de Liberación, cuyo referente, Basiri, será detenido y desaparecido en 1970 durante una manifestación anticolonial que acaba con varios muertos y numerosos heridos por la Legión Española, que abre fuego contra la multitud. Bebiendo de esos lodos, nace en 1973 el Frente Polisario (Frente Popular por la Liberación de Saguia Hamra y Río de Oro), que recurre a la guerra de guerrillas para luchar contra la ocupación española y defender su derecho a la independencia.

En 1975 se decide el destino próximo de este pueblo. Documentos de la CIA desclasificados en 2019 revelan el proyecto geoestratégico de Estados Unidos para sacar a España del territorio. El todavía príncipe Juan Carlos, alertado, negocia con el secretario de Estado Henry Kissinger la entrega del Sahara a cambio del apoyo estadunidense al futuro rey. Moribundo el dictador, Juan Carlos asume la jefatura del Estado y firma un pacto secreto con Estados Unidos y Marruecos. Consumada la traición, el hoy rey emérito va al Sahara y defiende ante sus tropas el derecho del pueblo saharaui a ser libre. No dudéis que vuestro comandante en jefe estará aquí, con todos vosotros, en cuanto suene el primer disparo. Cuatro días después, la Marcha Verde entra a territorio saharaui con miles de colonos respaldados por el ejército marroquí. Las tropas españolas dejan hacer. España entrega el territorio a Marruecos y Mauritania a espaldas de la ONU, a cambio de ventajas comerciales y aguas para la pesca.

Retirada España del territorio en 1976, el Polisario proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). La ocupación cambia de actores, el conflicto se intensifica y comienza el éxodo de miles de saharauis a campos de refugiados en Argelia, donde malviven al día de hoy alrededor de 173 mil 600 personas.

El Frente Polisario hará capitular a Mauritania, no así a Marruecos, que tutelado por Estados Unidos con apoyo de inteligencia militar, recursos y armas, levanta el muro de la vergüenza que divide el Sahara en dos. Al este, territorio libre, sin acceso al mar; al oeste, territorio ocupado, mil 200 kilómetros de costa con acceso a codiciadas aguas pesqueras del Atlántico y los mejores yacimientos de fosfato del mundo. Asoman los motivos económicos y el carácter extractivista de la guerra colonial.

En 1991 se declara un alto al fuego. Marruecos se compromete a convocar un referéndum. Compromiso a la altura del que otrora asumiera el régimen franquista. Ese alto al fuego es el que se rompe en noviembre de 2020. Tras 24 días de movilización de civiles saharauis en la brecha ilegal del Guerguerat, protestando por la pasividad de la ONU, el ejército marroquí ataca incursionando en zona desmilitarizada y el frente responde defendiendo a los civiles; se intercambian disparos. El Frente Polisario declara el estado de guerra y moviliza a sus tropas.

Horas antes de la acción militar en Guerguerat, el general de división estadunidense Andrew Rohling se reúne con el comandante marroquí de la zona ocupada. En diciembre, Estados Unidos reconoce por vez primera la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental. Un Estado saharaui independiente no es una opción realista para resolver el conflicto, la auténtica autonomía bajo la soberanía marroquí es la única solución viable, dirá Donald Trump. De nuevo, la voluntad de guerra custodiando espurios intereses económicos.

El gobierno de la RASD y el Frente Polisario responden condenando el inédito paso: “constituye una flagrante violación de la Carta de Naciones Unidas (…). El pueblo saharaui continuará su legítima lucha para completar su soberanía por todos los medios y asumiendo los sacrificios que esto requiere”. Y de nuevo, la voluntad de vida digna levantando la cerviz sobre la infamia.

Por Vanessa Pérez Gordillo y Raúl García, periodistas

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Sahara Occidental: referendo y autodeterminación

La decisión de Estados Unidos de reconocer la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental ha vuelto a arrojar luz sobre el conflicto y con ello el debate sobre el derecho de los saharauis a la autodeterminación.

Según el relato predominante en los medios de comunicación, Marruecos habría obstruido el trabajo de la ONU, imposibilitando la consecución de una solución definitiva.

Sin embargo, una lectura objetiva y racional del Plan de Arreglo muestra la vacuidad de estas alegaciones. Pese a que Marruecos y el Polisario acordaron seguir adelante con el plan, ambas partes tenían múltiples discrepancias y reservas al respecto. Sus discrepancias desembocaron en el fracaso de todo esfuerzo encaminado a implementarlo.

Para el Polisario, los saharauis elegibles para participar en el referendo eran sólo aquellos incluidos en el censo español de 1974. Para Marruecos todos los saharauis con vínculos familiares o de sangre con la región eran elegibles, independientemente de si fueron incluidos o no en dicho censo.

El entonces secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, respaldaba la posición marroquí. De Cuéllar estimaba que el censo español de 1974 no podía servir como única base para un referendo y sostenía que, dado el modo de vida nómada de los saharauis –con el movimiento constante de personas y familias a través de las fronteras nacionales, ya sea para huir del colonialismo y de los conflictos, por razones económicas o para proseguir estudios– el censo español no pudo incluirlos a todos.

La posición que el Polisario mantuvo desde 1991 contrasta con la que había expresado a principios de los años 80. En junio de 1981, Marruecos propuso la celebración de un referendo sobre la base del censo español de 1974. Pero Argelia y el Polisario lo rechazaron, alegando que había 750 mil saharauis que tenían el derecho de participar en dicha consulta.

En su libro Sahara Occidental: anatomía de un estancamiento, Erik Jensen, ex jefe de la Misión de Naciones Unidas para el Referendo del Sahara Occidental (Minurso) entre 1994 y 1998, explica que los españoles mismos admitieron que su censo no abarcó todo el territorio, y muchos jefes tribales dijeron que miles de saharauis y refugiados fueron omitidos del mismo.

Las reservas

Erik Jensen considera que Marruecos y el Polisario nunca aceptaron plenamente el Plan de Arreglo de 1991. Aunque estuvieron de acuerdo en principio, tenían reservas que no fueron tomadas en cuenta.

Desde el principio, el plan no tenía posibilidades de ser implementado porque adolecía de una falla de procedimiento importante. Tanto Marruecos como el Polisario han tendido a interpretar sus párrafos más relevantes de manera diferente. Aun así, el Consejo de Seguridad lo adoptó.

El resultado de las deliberaciones que precedieron a la adopción del Plan de Arreglo podría haber sido diferente si los funcionarios de la ONU a cargo de redactarlo hubieran informado al Consejo de Seguridad de todas las reservas expresadas por las partes.

Issa Diallo, un miembro de confianza del grupo de trabajo de Pérez de Cuéllar a cargo de elaborar los detalles del Plan de Arreglo, jugó un papel mayor en el fracaso del plan. Según Jensen, Diallo llevó a cabo reuniones confidenciales separadas tanto con Marruecos como con el Polisario y luego no compartió las reservas de ambas partes ni con los demás miembros del grupo de trabajo ni con el Consejo de Seguridad. Lo anterior explica por qué Marruecos y el Polisario reaccionaron de forma furiosa cuando el Consejo de Seguridad presentó el plan.

Antes de la adopción del plan, Marruecos expresó reiteradamente su preocupación por muchos de los párrafos del proyecto. En una carta dirigida al secretario general el 30 de julio de 1990, el rey Hassan II expresó su frustración de que el documento presentado al Consejo de Seguridad no hubiera tenido en cuenta las reservas de Marruecos. Sin embargo, esta carta no alcanzó ni al Consejo de Seguridad ni al grupo de trabajo encargado de redactar el Plan de Arreglo.

La forma en que éste fue adoptado muestra que el principal objetivo de la ONU en ese momento era llegar rápidamente a un entendimiento entre las partes y poner fin a la guerra, en lugar de elaborar una propuesta viable que pudiera desembocar en una solución factible.

Las mismas discrepancias entre las partes persistieron a lo largo de los años 90. En un informe al Consejo de Seguridad en febrero de 2000, el entonces secretario general Kofi Annan enfatizó la falta de medios para hacer cumplir el resultado de un referendo incluso en el caso de que fuera posible organizarlo. Con lo cual instó a su representante personal, James Baker, a estudiar otras vías que pudieran ayudar a las partes a llegar a una solución política consensuada.

Partidarios del Polisario pueden persistir en su afán de hacer creer lo contrario y en tratar de controlar el relato sobre el conflicto, pero sería más edificante y constructivo que se reconciliaran con los hechos y se deshicieran de los puntos de vista tendenciosos y parcializados.

Cuanto más pronto los partidarios del Polisario admitan la realidad, acepten que el referendo nació muerto y comprendan que se deben buscar otras vías para conseguir una solución consensuada, será mejor para la paz, la prosperidad y la estabilidad en la región y, por ende, para los intereses de los países del Mediterráneo y el norte de África.

Samir Bennis, Doctor, analista político, asesor político senior en una embajada árabe en Washington DC. Es cofundador y editor en jefe de Morocco World News

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Luces y sombras de la «república amorosa» de Andrés Manuel López Obrador

Descolocado por el triunfo de Joe Biden en Estados Unidos, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador inicia su tercer año en el poder. El mandatario tabasqueño combinó una política de mejora de los ingresos populares con perspectivas conservadoras en varios niveles. Su programa parece ser neoliberal, desarrollista, redistributivo y asistencialista al mismo tiempo. Con todo, mantiene altos niveles de apoyo social.

 

Político tenaz, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se sobrepuso a dos elecciones adversas en Tabasco (1988, 1994), la segunda groseramente fraudulenta, antes de competir por la jefatura de gobierno del Distrito Federal en 2000, que ganó apretadamente frente al aspirante del Partido Acción Nacional (PAN). Esto, más el liderazgo construido cuando fue presidente del Partido de la Revolución Democrática (1996-1999) y el fracaso del primer gobierno de la alternancia encabezado por Vicente Fox (PAN), despejaron el terreno al político tabasqueño para contender por la presidencia de la República en la cuestionada elección presidencial de 2006. En el tercer intento, finalmente López Obrador ganó la presidencia en julio de 2018 al frente de la coalición Juntos Haremos Historia. En esa ocasión, obtuvo una mayoría contundente (53,19%) y se verificó una caída estrepitosa del voto de los tres partidos por entonces más importantes: el PAN, el otrora hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Partido de la Revolución Democrática (PRD), nacido como una escisión del PRI y liderado alguna vez por el propio López Obrador.

La corrupta administración de Enrique Peña Nieto (PRI), la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa y decisiones puntuales como el aumento del precio de los combustibles en 2017, favorecieron la candidatura de López Obrador quien, todavía en las filas perredistas, se deslindó del Pacto por México, acuerdo cupular de las tres fuerzas políticas principales para realizar las reformas estructurales (energética, educativa, entre las más importantes) en el regreso priista. Fuera de la trama palaciega, el fundador del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) quedó en buena posición para capitalizar el descontento y la crisis moral de las elites (políticas, económicas, intelectuales) que condujeron al país en tres pistas: la desregulación económica, la transición democrática y la guerra al crimen organizado. Ofreciendo un «cambio verdadero», el político tabasqueño logró concentrar en un polo a la izquierda política e ilusionar a un electorado que en un 85% se pronunció por el cambio en 2018. La pregunta es si tras dos años de gestión, el lopezobradorismo ha cumplido esa expectativa y en qué consiste la llamada Cuarta Transformación que materializaría ese cambio.

Los hilos del poder

Juntos haremos historia reunió alrededor de Morena a un grupo de partidos electoralmente insignificantes, oportunistas y retardatarios, congregados únicamente por la urgencia de conservar el registro: el Partido Encuentro Social (PES), un partido confesional ultraconservador; el Partido Verde Ecologista (PVM), una fuerza que lejos de apoyar la defensa del ambiente fue impulsor de la pena de muerte y aliado sucesivamente del PAN, del PRI y de Morena; el Partido del Trabajo (PT), formación de origen maoísta alentada por el hermano del expresidente Carlos Salinas de Gortari, con una militancia tan reducida que solo una maniobra oscura del tribunal electoral le permitió recuperar el registro legal que perdió en las urnas, y no oculta sus simpatías por la dictadura de Kim Jon-un en Corea del Norte. Y, finalmente Morena, conformado por un núcleo que acompaña a López Obrador desde hace veinte años y por remanentes comunistas y de la izquierda nacionalista. Morena está, además, densamente poblado por todos quienes quisieron labrarse un futuro con el lopezobradorismo sin importar la filiación política precedente.

El gabinete presidencial, si bien variopinto, no integró en la primera línea de responsabilidad a miembros de estos partidos, aunque sí en niveles menos visibles en los cuales, además, el presidente colocó a sus paisanos tabasqueños y compañeros de antaño, independientemente de que sus perfiles y de su experiencia profesional correspondieran a los cargos. Esta es una herencia nefasta del PRI sobre los usos de la gestión pública. Lo cierto es que la coalición lopezobradorista, tanto en las cámaras legislativas como en el interior de su gabinete, se dedica apenas a cumplimentar automáticamente las decisiones del Ejecutivo.

En estos años, López Obrador revitalizó el presidencialismo del régimen de la Revolución Mexicana, con un Ejecutivo fuerte capaz de subordinar a los poderes Legislativo y al Judicial. La mayoría en la Cámara de Diputados concede poco a la oposición, mientras que la robusta minoría en el Senado se muestra más propensa a pactar. En cuanto al Poder Judicial, el presidente logró inclinar la balanza a su favor con la incorporación de ministros afines y el allanamiento a sus directrices por parte del titular de ese poder. Menos terso es el trato con los gobiernos estatales, en particular los del PAN, que formaron un bloque para confrontar a la federación (algo que no sucedía en mucho tiempo), sobre todo en las asignaciones presupuestales y en la política sanitaria. Cabe señalar que el conflicto se inició con la designación presidencial de delegados en las entidades federativas, quienes manejan los recursos de los programas sociales y son candidatos potenciales para las contiendas por las gobernaciones, consideración relevante dado el peso de las clientelas políticas en las elecciones mexicanas.

La centralización lopezobradorista dirige sus baterías contra los organismos reguladores –en particular los del sector energético–, con la presunción de que sirven más a los intereses privados que a los públicos, además de ser fuente de corrupción. La estrategia consiste en colocar incondicionales al frente de estos o reabsorberlos dentro de la administración central. En la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que ha ganado una relativa autonomía ganada en los últimos años, colocó al frente a Rosario Piedra Ibarra, una militante de Morena con muy escasa acreditación en el medio. Adicionalmente, con los contrapesos dentro del Estado mermados, el presidente busca legitimar sus acciones por medio de consultas populares poco representativas y sesgadas, mal organizadas y sin instrumentos de certificación confiables. Con este mecanismo, el presidente canceló el aeropuerto de Texcoco y decidió realizar un proyecto hidroeléctrico en Morelos, soslayando el rechazo de las comunidades afectadas y deshonrando el compromiso hecho en campaña. De manera bastante sistemática, López Obrador pacta con organizaciones y movimientos sociales corporativos, que por cierto defienden privilegios (por ejemplo, los sindicatos de maestros) e ignora a los movimientos sociales independientes, como por ejemplo, los feminismos.

Aunados a su popularidad, los bastiones lopezobradoristas son las corporaciones caras al conservadurismo clásico: el Ejército, las iglesias y la familia. Las competencias del instituto armado, más las de la Marina, desbordan su mandato constitucional, ya que se extienden a la seguridad pública, la administración de puertos y aduanas, la construcción de aeropuertos y sucursales bancarias, la distribución de medicamentos y un larguísimo etcétera. Esto es, el Ejecutivo ha debilitado el poder civil dentro del Estado en favor del brazo militar. Las iglesias ganan terreno dentro del espacio público –tendencia que venía desde la reforma del gobierno de Carlos Salinas de Gortari–, además de intervenir explícitamente en organizaciones políticas como, el PES, que como señalamos forma parte de la coalición gobernante. En esta visión, la familia no solo deposita los valores morales de la sociedad, sino también de las asignaciones directas de los programas sociales. De acuerdo con los dichos del presidente, esta es «la principal institución de seguridad social que existe en el país». Y el duopolio televisivo se ha sumado al bloque lopezobradorista, fiel al contubernio histórico entre el poder público y la televisión privada. El disenso se expresa en una parte de la prensa, de poca circulación en México, que recibe la desmesurada respuesta del presidente en sus conferencias matutinas. Y funciona como el adversario necesario para activar el discurso binario (amigo/enemigo, conservador/liberal) desde el Palacio Nacional.

La política pública

Hay una desconfianza recíproca entre López Obrador y el gran capital –nativo y global–, tanto por el amago constante de revisar los contratos firmados con gobiernos anteriores, como por los cambios del talante presidencial con respecto de ciertos temas, particularmente el energético, en el que suma o resta la inversión privada de acuerdo con la circunstancia y el auditorio. No obstante, los magnates mexicanos participan en distintos renglones y proyectos. Si bien en algunos casos los forzaron a pagar elevados montos de impuestos atrasados, estos tienen la garantía verbal del presidente de que no habrá una reforma fiscal que grave de manera más progresiva sus fortunas. Silenciosa y consistentemente crecen los depósitos de capitales mexicanos en los bancos estadounidenses, al tiempo que los migrantes han incrementado los envíos hacia México, amén de la cifra negra del blanqueo de capitales de la economía criminal camuflado como remesas. Incondicional de Estados Unidos, el López Obrador se plegó a la criminal política migratoria de Trump, con la Guardia Nacional cumpliendo la función de una patrulla fronteriza extraterritorial, además de no hacer una presión diplomática suficiente para proteger los derechos de los migrantes mexicanos, aunque sí para recatar a un exsecretario de Defensa capturado por el cargo de narcotráfico en Estados Unidos. El triunfo demócrata alteró las coordenadas en que López Obrador se había movido hasta entonces. Y el presidente reaccionó tarde y mal al triunfo de Biden.

Otra dimensión de la era de López Obrador es la política frente a los funcionarios públicos. Los reales e incluso escandalosos privilegios de la «burocracia dorada» cebada por muchos años con el dinero público y agigantada durante el gobierno de Vicente Fox (2000-2006), fueron cercenados sin la ponderación adecuada. Y por ello, el Estado ha perdido a personal altamente especializado en enclaves de la administración pública. Llevado al extremo, incluso derechos laborales como el aguinaldo han quedado en suspenso para este sector. Las clases medias, que votaron mayoritariamente por López Obrador, también se consideran privilegiadas dentro del discurso presidencial, no solo en cuanto a recursos económicos sino por el acceso a bienes intangibles. Es por ello que tampoco caben en la «república amorosa» propugnada por el presidente mexicano. La lucha de clases en la concepción lopezobradorista –si tal noción existe en ella– es entre estos sectores privilegiados (burocracia y clases medias) y el pueblo, entendido este como una totalidad sin contradicciones, uniforme y bueno.

La vocación redistributiva del nuevo gobierno es innegable. Esta fue, justamente, la gran dimensión ausente en las administraciones explícitamente neoliberales. El salario mínimo ha tenido el mayor incremento en los últimos 25 años, los programas sociales fueron incorporados al texto constitucional, hay una iniciativa para regular el outsourcing (subcontratación o tercerización) y se legisló la libertad sindical, como consecuencia (hay que decirlo) de la presión de los congresistas demócratas para aprobar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). López Obrador concibe la economía en tres niveles. El primero es el del sector externo ligado al mercado global con el T-MEC, instrumento suficiente para que se desarrolle por sí mismo. El segundo es el del mercado interno, al que hay que impulsar con las obras de infraestructura, en especial en la producción energética. Y el tercero es un segmento informal fuera de ambos que habrá de integrarse a través de programas sociales basados en asignaciones directas. Su programa es neoliberal, desarrollista, redistributivo y asistencialista a la vez. En el radar lopezobradorista no aparece la intención de sentar las bases de un Estado de bienestar ni de propiciar la autoorganización de las clases populares. La ingeniería financiera para sostener la política actual se concentra en las reasignaciones presupuestarias más que en la recaudación fiscal, por lo que resulta insuficiente y costosa, dado que se desarrolla a cambio de sacrificar otros sectores prioritarios como la ciencia, la cultura y parte de las instituciones preexistentes, como ha ocurrido en el campo de la salud pública.

Horizonte

El discurso lopezobradorista asumió el tópico de la derecha nacional y de los populismos contemporáneos: la corrupción. Según López Obrador no se trata solo de una «enfermedad neoliberal» que contaminó la política con el dinero, sino también la causante de la desigualdad social. Como dicha desigualdad no es producto del sistema económico, no trata de sustituirlo por otro más justo, sino de desterrar la corrupción. El adversario, que antes de alcanzar la presidencia era «la mafia del poder», se desplazó, ya con López Obrador en la presidencia, hacia los «conservadores». El actual presidente se asume juarista y el término puede emplearse de manera tan laxa que reúne a la derecha, las feministas o las comunidades originarias que se oponen a los proyectos desarrollistas.

López Obrador prometió una «república amorosa», basada en la fraternidad y el amor al próximo, pero los duros reveses de su administración en campos sustantivos como la seguridad pública, la economía y la emergencia sanitaria, endurecieron el discurso en el segundo año de la gestión, subiendo de tono la confrontación con sus adversarios. Estos, para fortuna presidencial, no logran recomponerse después del colapso electoral de 2018, pero la ofensiva constante desde Palacio Nacional los acicatea a congregarse, favorecidos además por los recursos de algunos capitales grandes y medianos opuestos al lopezobradorismo. Aunque la transformación prometida no da visos de materializarse y López Obrador perdió a las clases medias, todavía mantiene un considerable apoyo popular, controla los hilos del poder y dispone de los recursos presupuestarios asignados a los programas sociales y a paliar la pandemia (y del padrón de beneficiarios que los reciben). Al mismo tiempo, tiene una oposición con muy poco que ofrecer a las mayorías. Esto le permite a la coalición lopezobradorista arrancar con una ventaja apreciable en las elecciones intermedias de 2021.

Por Carlos Illades

Diciembre 2020

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Celestino Córdova, machi (líder espiritual mapuche), fue condenado a 18 años de cárcel por participar en 2013 en un incendio provocado en el cual murió un matrimonio.Foto tomada de redes sociales

Santiago. La Corte Suprema de Chile rechazó ayer un recurso de amparo del machi (líder espiritual mapuche) Celestino Córdova, quien cumplió 102 días en huelga de hambre en protesta porque le impiden cumplir en arresto domiciliario una condena a 18 años de prisión por la muerte de un matrimonio durante un incendio intencional.

El fallo no es apelable y Córdova deberá seguir cumpliendo su condena en la cárcel.

El machi fue condenado a 18 años de prisión por participar en un incendio provocado por mapuches en 2013, en el cual murió el matrimonio Luchsinger-Mackay, según estableció el juicio en su contra desarrollado en la región de La Araucanía, 700 kilómetros al sur de Santiago.

Córdova advirtió esta semana en un audio divulgado por sus voceros que "en cualquier momento" iniciará una "huelga seca", es decir, dejará de ingerir líquidos, y por tanto "su desenlace no será lento como lo esperan todos los poderes del Estado".

En la conflictiva zona de La Araucanía los atentados incendiarios contra inmuebles, camiones y maquinaria agrícola se producen desde hace décadas y muchos son reivindicados por grupos radicales de mapuches que exigen la devolución de las tierras que en los inicios de la conquista de Chile pertenecían a sus antepasados.

El presidente Sebastián Piñera aseguró que se hará "todo lo que sea necesario para proteger la vida de las personas que están en huelga de hambre", en el contexto del respeto a la ley.

Piñera habló en una localidad cercana a Santiago durante la firma de un proyecto de ley que endurece las penas de cárcel por atentados incendiarios contra vehículos motorizados. Camioneros de La Araucanía afirman que este año han sido quemados cerca de 500 camiones.

Córdova permanece en un hospital en La Araucanía luego de que su salud se complicó en la cárcel por la huelga de hambre. Seis de otros ocho mapuches encarcelados que se sumaron desde el inicio al ayuno de Córdova también fueron trasladados a un centro de salud hace unos días.

Rodrigo Curipan, vocero de los ocho mapuches, declaró que el fallo del máximo tribunal "es una vía que siempre ha estado resuelta de manera discriminatoria en los tribunales en contra de los mapuches".

Los huelguistas piden la aplicación del artículo 10 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado por Chile, que señala que cuando se condene a indígenas "deberán tenerse en cuenta sus características económicas, sociales y culturales" y "deberá darse preferencia a tipos de sanción distintos del encarcelamiento".

El Ministerio de Justicia ha desarrollado algunos diálogos con voceros de los mapuches en ayuno, pero no ha logrado ningún acuerdo.

Los mapuches representan 10 por ciento de los 19 millones de chilenos y la mitad vive en comunidades rurales pobres en La Araucanía.

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Lunes, 27 Agosto 2018 08:21

Frente a Goliat (V y último)

Frente a Goliat (V y último)

Al impulsar una transformación al lado de Goliat, la honda de David es la cultura. Es a través del canto, los poemas, el baile, el teatro, el cine, la fotografía, la caricatura y el dibujo por donde se conocen y reconocen los David; por donde se invitan, se cuentan y se convocan las rebeliones en defensa de la dignidad, la nobleza, la belleza, la verdad, o sea, el propósito de cualquier transformación realmente progresista. Ante la propuesta de un cambio al sur de la frontera, el paso más “pragmático” de todos al tratar con el norte es invitar a los David dentro del Goliat a cantar, bailar y escribir un nuevo cuento.


Los David dentro del Goliat se cuentan y se encuentran aquí (y con sus contrapartes en el extranjero) a través de la música que nace de los esclavos africanos e indígenas y se vuelve blues, jazz y rock & roll, o de las diásporas de múltiples migraciones que al sonido de tambores, acordeones, guitarras, violines, marimbas y trompetas cuentan de los éxodos y las llegadas; y las luchas de alemanes, franceses, italianos, irlandeses, escandinavos, chinos, judíos europeos, caribeños, mexicanos y más. O por el rap que todos escuchamos (a propósito o no), que nace del barrio más pobre de Estados Unidos en el sur del Bronx en Nueva York.


Algunos de esos sonidos –los que no son sólo ruido– cuentan las vidas de los estadunidenses “comunes” en sus múltiples dimensiones (no sólo la política), y de los rebeldes siempre entre ellos que están escondidos bajo la historia oficial del Goliat. Leonard Bernstein, cuyo centenario de natalicio se festejó este fin de semana, lo hacía a través de música clásica, ópera y musicales, mientras se solidarizaba con el movimiento antiguerra, antinuclear y el de derechos civiles. Igual lo han hecho cantautores a lo largo de la breve historia de este país al contar del gringo/a de abajo, los anónimos creadores de todo y los herederos de nada a través de las voces de Lead Belly, Paul Robeson, Nina Simone, Woody Guthrie, Pete Seeger, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Patty Smith, Steve Earle y Kendrick Lamar, entre tantos más. La recientemente fallecida Aretha Franklin regalaba soul mientras ayudaba a financiar, junto con Harry Belafonte, el movimiento de Martin Luther King, y ofreció pagar la fianza de la comunista Angela Davis, considerada por la FBI como una de las criminales más peligrosas de su tiempo y cantó, hace 50 años, en el campamento de la Campaña de los Pobres en Washington. Todo movimiento de defensa de dignidad y/o rebelde en Estados Unidos tiene su ruta sonora.


Junto con ellos, está la larga lista de escritores y poetas dedicados a rescatar la dignidad, la identidad, la historia y la nobleza de sus compatriotas y los recién llegados: Twain, Jack London, Steinbeck, Howard Fast, Langston Hughes, Tony Morrison, entre tantos otros. Están los periodistas desde Frederick Douglass (ex esclavo que fue editor en jefe del periódico North Star, y uno de los pocos que se atrevieron a publicar un editorial oponiéndose a la guerra contra México a mediados del siglo XIX), John Reed, IF Stone, Pete Hamill y se podría incluir al recién difunto Anthony Bourdain y a David Simon, ex reportero y ahora guionista y creador de series de televisión obligatorias para entender este país hoy día, así como a los periodistas/comediantes como Jon Stewart, Samantha Bee y John Oliver.


Está la magnífica lista de dramaturgos y cineastas, fotógrafos y artistas plásticos. Algo que reúne elementos de todo esto es la película de Tim Robbins, The Cradle Will Rock, que cuenta del arte y la política en medio de la Gran Depresión, incluyendo el extraordinario Proyecto de Teatro Federal, el mural de Diego destruido por Rockefeller y la obra musical brechtiana de título que gira en torno de una huelga siderúrgica y que se puso en escena bajo la dirección de Orson Welles en Broadway, con una rebelión de actores, músicos y público.


Todos estos festejan lo más noble como las tragedias, penas y luchas de los David aquí adentro del Goliat. Son los aliados naturales –y más poderosos– de los David al otro lado de la frontera. Es más urgente que nunca invitarlos a bailar.

 

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De la guerra comercial a la guerra militar

En la guerra la superioridad del armamento tiene poca importancia. Muchos conflictos bélicos fueron ganados por la parte que tenía armamento más pobre y menos sofisticado, como sucedió en la guerra de Vietnam. Incluso en las guerras entre estados, ha sido frecuente que los ejércitos mejor armados y más capacitados terminaran derrotados, como sucedió con la Alemania nazi.


En estos momentos el mundo sufre varias guerras, con armas y sin armas o, mejor, con diversos tipos de armamento, pero todas ellas peligrosas. La más reciente es la guerra comercial desatada por el gobierno de Donald Trump contra China, una guerra focalizada en las tarifas comerciales que tiene como objetivo poner de rodillas al país asiático.


Todas las guerras persiguen lo mismo: destruir y aniquilar enemigos, sean éstos naciones, pueblos o sectores sociales. Sin embargo, quienes nos organizamos como pueblos, clases o sexos, los movimientos antisistémicos, no podemos ni debemos encarar la guerra con la misma lógica que los estados mayores de las fuerzas armadas. Si disponemos nuestras fuerzas para aniquilar al enemigo, nos convertiremos en algo similar a lo que combatimos. Es la historia de la Unión Soviética bajo Stalin.


En la coyuntura actual, signada por la proliferación de guerras, parecen necesarias algunas consideraciones sobre lo que está sucediendo y las perspectivas que se van abriendo ante nosotros.


La primera es que no debemos desestimar la actual guerra comercial o económica, ya que anticipa una guerra militar porque apunta al mismo objetivo: poner de rodillas al otro. Si observamos el mundo en perspectiva, podemos afirmar que hemos ingresado en un periodo de destrucción masiva capitaneado por el capital financiero y su brazo armado, el Pentágono.


Vivimos un agravamiento del clima bélico que llevará, nada es inevitable por cierto, hacia una confrontación armada entre potencias nucleares. No debe descartarse, por tanto, la utilización de armas atómicas, con toda su gravedad para la vida en el planeta.


Sin embargo, el arma atómica no modifica la lógica de la guerra, como lo anticipó hace décadas uno de los más brillantes estrategas, Mao Tse Tung, con una tremenda frase: la bomba atómica es un tigre de papel, que es utilizada para intimidar a los pueblos.


Las guerras las ganan los pueblos que muestren mayor cohesión (que no unanimidad) y coraje para defenderse, y que se hayan dotado de una dirección política que interprete esa voluntad. El pueblo soviético derrotó a los nazis por su contumaz decisión de defender la patria, al igual que los vietnamitas frente a los yanquis y los argelinos ante los franceses. Cuba superó la agresión y el bloqueo por la energía y la voluntad de su pueblo.

Fueron decisiones tomadas abajo, en los espacios de la vida cotidiana, las que blindaron a esos pueblos para defenderse colectivamente.


La segunda cuestión deriva directamente de la anterior: el punto clave es la defensa, que es mucho más potente que la ofensiva. Es en la defensa cuando un pueblo asume su condición de tal, cuando le da forma y sentido a su ser colectivo. La defensa ante ataques exteriores tiene la capacidad de cohesionar, mientras la ofensiva debilita al enemigo si somos capaces de perdurar.


Por tanto, en estos momentos la clave es la permanencia, persistir y sostenernos para sobrevivir como pueblos. Incluso la retirada sin combatir puede tener sentido si se trata de seguir existiendo. Esto vale para los pueblos y para las naciones, las clases y los grupos sociales. No tiene el menor sentido jugarse el futuro en un arrebato para destruir a quien nos ataca.


Los pueblos están optando por la defensa no violenta de sus territorios. Es lo que observamos entre los mapuche, los nasa-misak, los zapatistas, los afros y los aymaras que resisten de forma masiva y maciza, organizados comunitariamente. No hay atajos para evitar el dolor y la muerte, pero hay capacidad para transmutarlos en potencia colectiva.


La tercera cuestión es la más compleja, porque los movimientos emancipatorios no tenemos mucha experiencia en un camino tan necesario como inédito: desarmar la estrategia de aniquilar al enemigo porque es, de forma simultánea, el camino para interiorizar la lógica del enemigo.


La racionalidad de la guerra corre pareja con la propuesta de ocupar el Estado y convertirlo en la principal herramienta para la emancipación. Este fue un camino razonable un siglo atrás, cuando no había ninguna experiencia sobre los enredos que esa estrategia suponía para los movimientos anti-sistémicos. Como sabemos, señaló el rumbo de su conversión en movimientos conservadores y represivos.


En este recodo de la historia no tenemos otra alternativa que la creatividad. Repetir las estrategias que nos llevaron al fracaso es garantía de volver a tropezar con las mismas piedras. En un periodo de gran confusión, necesitamos apegarnos a una ética que nos dice que las herramientas nunca fueron ni pueden ser neutrales.

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Fluidez y construcción de la “identidad”

Curiosamente, hace no mucho tiempo los términos “etnia” o “cultura” no formaban parte del vocabulario habitual de los pueblos que habitan la Amazonia brasileña. Hoy se oyen mucho más en estas comunidades. Las pretensiones clasificatorias del Estado, de las iglesias, y también de sus propios colegas, argumenta esta antropóloga, han creado identidades-tipo que antes no existían y generado conflictos entre personas en condiciones socioeconómicas similares.

 

Razones de parentesco, inicialmente, la vincularon con Brasil, país del que se enamoró. Hace 30 años se radicó en Belén, capital del estado de Pará, en la desembocadura del Amazonas, y –sólo luego de 15 años– regresó a su Francia natal, donde creó, y desde entonces dirige, el imponente proyecto Mundos Americanos, una unidad mixta de investigación en ciencias humanas y sociales bajo la tutela del Centro Nacional de Investigación Científica (Cnrs) y la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Ehess). A través de su investigación sobre la cambiante realidad de los negros amazónicos, Véronique Boyer sigue vinculada a esta parte del mundo que la maravilló. Autora de Femmes et cultes de possession au Brésil: les compagnons invisibles (1993), Expansion évangélique et migrations en Amazonie brésilienne. La renaissance des perdants (2009) y de múltiples artículos académicos, viajó recientemente al Río de la Plata para compartir su trabajo.


¿Cuál fue la punta del hilo de la madeja de su investigación?


—Cuando llegué a trabajar a Brasil, a finales de los ochenta, me interesaba estudiar los llamados “cultos de posesión”. En esa época los antropólogos pensaban estos cultos de una manera dicotómica: por un lado el candomblécomo una religión, y por el otro la umbanda, asociada a la magia. En Belén reparé que el campo era mucho más diverso, allí los médiums se apegaban más a la llamada mina, otra variedad de culto, que era una acomodación para conseguir el brillo del candomblé, con sus ropas y los tambores, y entrar en la incorporación y posesión de la figura del caboclo.
El caboclo representó durante mucho tiempo al indio ya “mezclado”; no aquel indio “verdadero”, sino una copia de lo que fue en el pasado.


Caboclo también es un término para designar al otro, pero siempre de una manera peyorativa. En el norte de Brasil el término se usa para nombrar a las personas de la ciudad o a alguien que vive en un pueblo. Para el que vive en un pueblo el caboclo es un indio. Nadie se dice caboclo.


Y sin embargo los cultos de posesión de Belén estaban centrados en la figura del caboclo, que era el ser más poderoso, al que se llamaba para tratar a las personas e interactuar. Era una paradoja.
De esta paradoja me surgió una visión. Porque esa dicotomía siempre tenía a aquella figura del indio reinventado que estaba presente en la Amazonia. No funcionaba más esa oposición entre negros y blancos, porque estaba esa figura del indio siempre presente en el discurso. Porque los indios son los antepasados, también. Todas estas personas venidas del interior tenían una filiación con los indígenas, de múltiples etnias, la mayor parte de las veces habiendo perdido la memoria de cuál etnia en concreto provenían.


El comienzo de su trabajo coincide con la nueva Constitución brasileña de 1988, que atendió reivindicaciones de los pueblos indígenas y de otros grupos.


—En aquel momento nadie hablaba de negros o de indígenas. La población de la Amazonia no tenía autoidentidad. Las personas tenían un déficit de identidad.


Había movimientos sociales en la Amazonia, la cuestión indígena siempre estuvo presente, pero ligada al verdadero indio, las reservas, los territorios, las tierras indígenas. Pasaron los años y apareció este nuevo cuadro legal de la Constitución que reescribió los derechos indígenas pero también de los negros y especialmente de los quilombolas.1 La Constitución preveía otorgar derechos a grupos en situaciones excepcionales. Y estaba pensado como una redistribución para pocos grupos. Pero las personas se fueron apropiando de este nuevo cuadro legal, buscando reivindicar sus derechos a través él. Y de ahí comenzaron a surgir muchas demandas de reconocimiento de personas que se fueron reinventando, reencontrando o privilegiando una narrativa negra, quilombola o indígena.
Este nuevo marco legal dio lugar a una reelaboración de los términos del conflicto.


Las poblaciones tradicionales que viven en las resex (reservas donde están prohibidas las actividades extractivas, creadas para preservar modos de vida tradicionales y donde se les permite a los pueblos hacer usufructo de la tierra de manera sustentable para su supervivencia) gozan de un contrato de uso que debe ser renovado cada diez años. Si las autoridades consideran que el grupo no ha respetado la naturaleza, que no ha cumplido con las obligaciones, etcétera, pueden quitarle la tierra y acabar con la resex.


Entonces, a partir de las posibilidades que presentaba la nueva Constitución comenzaron a surgir casos de poblaciones que decidían salir de la resex, simbólicamente, volverse indígenas y pedir la demarcación de un territorio indígena porque daba mayor seguridad territorial.


¿Cuál fue su experiencia como antropóloga en esta nueva realidad?


—Mi primer contacto con los quilombolas ocurrió cuando estaba investigando la expansión evangélica en la Amazonia y surgió una situación de conflicto entre quilombolas y evangélicos. Fui, observé y conversé con todos los involucrados, y entendí que volverse evangélico representaba una manera de oponerse al pedido de reconocimiento quilombola. Era necesario apegarse a un lenguaje religioso para responder a una elección política; no era una cuestión de identidad, sino que había otras cuestiones subyacentes, y fue necesario analizar la cuestión a niveles diferentes. Por ejemplo, conocí otro conflicto en una comunidad quilombola donde primero todos sus integrantes querían ser quilombolas y luego nadie quería serlo. Y en otro conflicto que estudié, en el que se oponían quilombolas e indígenas, los orígenes se hallaban más atrás en el tiempo. Se trataba de un conflicto parental que ya existía antes de las demandas identitarias. Había lazos de compadrazgo y de parentesco, y estas comunidades funcionan mucho basadas en las facciones. En estos casos el lenguaje étnico se vuelve un lenguaje adicional para expresar los desentendimientos. Y en este caso en particular no había un racismo contra negros o indígenas, se trataba simplemente de una manera de expresar nueva y públicamente estos viejos conflictos.


¿Cómo se apropian del territorio estos grupos?


—La ley dice que el territorio debe ser colectivo y que tiene que estar demarcado para asegurar la protección y seguridad territorial de las personas. Pero muchas veces estas personas no piensan el territorio de esta forma; poblaciones en las que yo trabajé lo piensan en cuanto espacio exclusivo de un grupo doméstico, como un acceso a un área de pesca, de recolección de açai, de caza o de plantaciones.


La apropiación del territorio entonces puede ser conflictiva; antes de que llegara el Estado y pidiera demarcaciones fijas del territorio, existían acuerdos informales entre las poblaciones: ustedes pueden plantar acá, ellos pueden pescar allá. Pero a partir del momento en que las personas ejercen su derecho a un territorio en cuanto quilombola, esta comunidad puede vedar a los otros el acceso a esas áreas. Es decir, cuando el Estado exige que se establezcan límites fijos introduce una relación diferente con el territorio que conlleva más conflictos entre personas que tienen la misma condición socioeconómica.


Creo que esto es un problema serio. La ley no permite la creación de zonas de uso común, por eso tenemos 70 casos de superposición del territorio en estas demandas territoriales. Quienes las presentan pertenecen a grupos étnicamente diferentes que compartían el mismo espacio geográfico. Y los antropólogos en el Brasil están reflexionando acerca de este grave problema.


¿Qué papel han desempeñado los propios antropólogos en la aplicación de este marco legal?


—El rol del antropólogo ha sido fundamental en los dispositivos de Brasil. Pero ha habido un cambio. En los años sesenta y setenta los antropólogos estuvieron muy comprometidos con las luchas políticas, de mujeres, indígenas, etcétera, pero lo hacían de manera individual, como ciudadanos. A partir de los años noventa y los dos mil la Associação Brasileira de Antropologia (Aba) tomó otro rumbo; quiso constituirse como un cuerpo de profesionales que debía trabajar junto al Estado, haciendo laudos y pericias de las poblaciones. En este movimiento la antropología ganó en influencia pero perdió en parte su identidad y se fraccionó en varios campos de estudio. Hay antropólogos especializados en quilombolas, otros en indígenas. Dejó de haber una interrelación que permitiera tener una visión más global.


¿Qué otros actores participan del proceso de reivindicación identitaria que comenta?


—La actuación de la Iglesia Católica ha sido fundamental desde los años sesenta. Especialmente la corriente de la teología de la liberación; tuvo una influencia muy grande que cambió, incluso, la conformación de los pueblos. Antiguamente los miembros de esos pueblos eran simples habitantes dispersos, pero en los sesenta y setenta la Iglesia promovió un movimiento eclesial de base que insistió en que las poblaciones tenían que organizarse para luchar. Se movilizó de manera importante para alfabetizar a las poblaciones. La Iglesia intentó organizar a las poblaciones en comunidades. Pero su idea de comunidad era una categoría religiosa, porque suponía unión y cohesión donde antes no la había, pues estas poblaciones funcionan a menudo según un tipo de faccionalismo.


Esto terminó generando cambios. Para organizarse como comunidad y conseguir mayor visibilidad del Estado se creó un núcleo poblacional a partir de la actuación de la Iglesia, que junto a la del Consejo Indigenista Misionario (Cimi) fue muy importante en el caso de los indígenas, incluso con los indios amazónicos reemergentes.


Hay otros sacerdotes que cuidan de los quilombolas. Las iglesias evangélicas no hacen esto. Donde estudié ese conflicto entre quilombolas e indígenas observé que había pastores evangélicos quilombolas y pastores indígenas que circulaban, no había conflictos o intentos de crear clientelas sólo entre los quilombos o entre los indígenas. Las iglesias evangélicas están en otra lógica, quieren ganar clientela donde hay gente.


Una cuestión que sobrevuela esta temática es la tutela y la imposición que pueden llegar a sufrir estas comunidades por quienes dicen servirlas. Por ejemplo a la hora de definir o alinear sus identidades o su cultura…


—Son cuestiones muy sensibles. Sacerdotes especializados tanto en quilombolas como en indígenas trabajaban con la cuestión de la cultura. Un trabajo guiado por la idea de que los quilombolas tienen que practicar una religión de matriz africana, danzar capoeira, etcétera, y los indígenas tienen que usar plumas, aprender a pintarse, etcétera. Se parte de un marcador de la cultura y las personas tienen que trabajar sus cuerpos, su representación corporal para que sea conforme a la imagen del negro o del indígena. Y el papel que juega la Iglesia en este proceso es fuerte.


De la misma manera, a raíz de las versiones de los antropólogos e historiadores sobre el origen de sus ancestros, si eres indígena tienes que venir de una región determinada, si eres quilombola vienes de los esclavos.


En verdad las personas son una mezcla. No mienten sino que orientan su narrativa para satisfacer al antropólogo o al misionero. Cuando vuelven a quedar solos cuentan otra historia. Sus relatos tienen varios registros. El registro político pone en relieve aquellos signos culturales que tienen que ver con la identidad, mientras que en la historia que van a contar tomando un café con sus parientes pueden llegar a decir: “Mi padre es quilombola y mi madre es indígena”, y no hay problema.


Pero el Estado exige una claridad que no existe en la realidad.


Mi interés es saber cómo estas poblaciones lidian con estas situaciones, cómo dependen de las situaciones locales y cómo todo esto es incorporado por las personas para poder sobrevivir y construir un futuro.


Estas influencias o imposiciones se notan hasta en el lenguaje…


—Denoto una patrimonialización de la cultura. Cuando trabajé con los cultos de posesión quedé impresionada por la facilidad con que las personas usaban la palabra “sincretismo”, que es un término erudito. En Francia hay mucha gente que no conoce esta palabra, y allá en los barrios populares, en los cultos, todo el mundo conocía esta palabra. Eso venía de los antropólogos. Y ahora todo el mundo sabe lo que es “etnia”. Diez años atrás nadie sabía de estos términos: patrimonio, cultura.


Son palabras clave que son reapropiadas.


A su juicio, ¿ha cambiado la situación en los últimos 30 años?


—Desde el punto de vista territorial no ha cambiado demasiado, porque todavía las cosas han quedado en el papel. Pero lo que es cierto es que las personas que consiguen hacer su demanda de reconocimiento territorial tienen acceso a derechos en materia de salud y de educación que antes no tenían. La demarcación territorial no se concreta porque hay muchos pedidos que el gobierno no quiere resolver. Y con el actual presidente brasileño, Michel Temer, no mejoró la situación. Si consiguen que su expediente sea aceptado por las instituciones del Estado pueden pedir un profesor más para la escuela, les entregan una credencial que les permite entrar más rápido en el hospital, consiguen otros derechos, pero no el territorial.


¿Cómo ve esta agenda de derechos por parte de indígenas y negros?


—La palabra que usan es simplemente “derechos”, una palabra muy fuerte, no hablan de democracia. La manera de concebir la reivindicación de los derechos no pasa por la idea de la democracia. Cuando hablan de derechos territoriales lo hacen porque saben que eso les permite tener derechos de educación y salud.


Hace 30 años, antes de las cuotas reservadas para las minorías para entrar a la universidad, ellos no entraban. Ahora sí. Pero para ejercer este derecho, y volvemos al tema de la identidad, dependes de la carta de un líder que te reconozca como quilombola o indígena. La ley determina que es la autoidentificación la que determina tu pertenencia a un grupo, pero de hecho no siempre funciona así. A veces el líder dice: “Tú vives en la ciudad, entonces no te doy la carta”.


¿Qué es lo que más rescata de su trabajo?


—Me di de frente contra dicotomías entre magia y religión, entre indígenas y quilombolas. Lo que me interesa es el desajuste entre esos abordajes, esas categorías duras, fijas, y la realidad que es mucho más flexible. La antropología tiene como misión darle voz a las personas, restituir lo que ellas piensan y su manera de vivir. Así es que, también, apoyamos las luchas políticas. No vale la pena esconder determinadas cosas. Hay que restituir la publicidad de lo real.


Creo necesario comparar las situaciones, no necesariamente trabajar sobre un grupo o una temática cerrada, sino ver la relación entre las cosas.
Cuando trabajas con la etnicidad te tienes que interesar por las habladurías, por las técnicas de cultivo, por muchas cosas, no simplemente observar tu objeto de estudio. Tienes que distanciarte y tener una visión más amplia, para capturar otras cosas.


1. Quilombolas es el nombre tanto de los habitantes como de las comunidades negras rurales integradas por descendientes de esclavos. En la actualidad hay casi 3 mil comunidades quilombolas en 24 estados brasileños.

Alejandro Ferrari
8 junio, 2018



La Constitución de Brasil de 1988


Artículo 231:
“Se les reconoce a los indios su organización social, costumbres, lenguas, creencias y tradiciones y los derechos originarios sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, competiéndole a la Unión demarcarlas, proteger y hacer respetar todos su bienes”.


Disposición transitoria, artículo 68:
“A los remanentes de las comunidades de los quilombos que estén ocupando sus tierras les es reconocida la propiedad definitiva, debiendo el Estado emitirles sus títulos respectivos”.

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Jueves, 08 Febrero 2018 15:21

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

Publicado enColombia
Sábado, 20 Enero 2018 09:23

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

Publicado enEdición Nº242
Rajoy pide a Puigdemont que aclare si declaró o no la independencia

El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, hizo un requerimiento al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, para que aclare, por los cauces administrativos, si declaró o no la independencia de Cataluña. Una pregunta directa y de cuya respuesta dependerá si se activa la aplicación del artículo 155 de la Constitución española, que supondría la suspensión de la autonomía de la región.

Puigdemont protagonizó el martes pasado una de las sesiones más confusas de las últimas décadas en el Parlamento catalán; tal como había prometido a sus seguidores decretó la independencia unilateral, pero segundos después decidió suspenderla para abrir espacio a una negociación con el Estado español, en busca de una desvinculación pactada.

En la sesión parlamentaria no se votó ninguna moción ni declaración, pero minutos después de suspendido el pleno, los 72 diputados independentistas firmaron –en un salón contiguo al hemiciclo– un documento en el que se declaró la independencia y se apremió a la comunidad internacional, incluido el Estado español, a reconocer a la "nueva república".

La declaración provocó confusión tanto entre los independentistas, quienes vivieron la jornada con decepción, como entre las autoridades españolas y la mayoría de los partidos políticos, que no tenían certeza de lo que se había declarado en el Parlamento catalán.

Rajoy, quien convocó a una reunión extraordinaria del consejo de ministros, después de haberse reunido con los líderes de Ciudadanos, Albert Rivera, y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Pedro Sánchez, decidió enviar un mensaje a Puigdemont en el cual lo apremia a aclarar este punto y a hacerlo mediante los cauces oficiales para que quede constancia.

El gobernante español fijó un plazo a Puigdemont para contestar que vence el próximo lunes, de no hacerlo, se le enviará un segundo mensaje que deberá contestar a más tardar el próximo jueves. Si la respuesta a la pregunta de si ha declarado la independencia es afirmativa, o sencillamente no contesta, entonces se activará de forma automática la aplicación del artículo 155.

Así lo explicó Rajoy durante su comparecencia ante el Congreso de los Diputados, que tuvo como único orden del día el conflicto abierto entre Cataluña y el Estado español. "Es muy importante que Puigdemont acierte en la respuesta al requerimiento que le ha hecho el gobierno de España. Basta que diga que no ha declarado la independencia. Así de fácil. Y se entiende muy bien", señaló Rajoy.

El mandatario explicó que en caso de que la respuesta sea negativa, entonces le invitaría a sentarse a dialogar en una comisión parlamentaria, abierta a petición del PSOE, para reformar la Constitución española y buscar un mejor encaje de Cataluña en la configuración del Estado, pero advirtió que no dialogará sobre la ruptura de la soberanía del país ni de la vulneración de la integridad territorial. Es decir, que en ningún caso asumirá el reclamo del independentismo de permitir un referendo de autodeterminación vinculante.

El presidente Rajoy cuenta con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos en su estrategia ante el conflicto catalán, que se confirmó durante el debate en el Congreso de los Diputados, en el que también se escucharon críticas y súplicas, sobre todo del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y de los nacionalistas catalanes, para que no ponga en marcha la suspensión de la autonomía, ya que supondría una nueva "declaración de guerra" de difícil "vuelta atrás". En términos similares se expresó la coalición Unidos Podemos, que también se manifestó en contra de esta medida y reiteró su propuesta de abrir un diálogo con mediadores internacionales. Una propuesta que rechazó Rajoy.

En tanto, Puigdemont no hizo referencia al requerimiento del gobierno español en una entrevista con la cadena CNN, pero reiteró que está dispuesto a "entablar un diálogo sin condición previa". Y añadió que "a lo mejor podría ayudar al diálogo que dos personas en representación del gobierno español y dos personas en representación del gobierno catalán, pudieran ponerse de acuerdo en una sola cosa, como por ejemplo, el nombramiento de un mediador".

La diputada independentista de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), Eulàlia Reguant, habló del malestar que persiste en su grupo por lo que consideran "traición" de Puigdemont en el pleno del pasado martes, en el que esperaban que se declarara la independencia. "Nos ha fallado y nos ha decepcionado", señaló. Los 10 diputados de la CUP anunciaron que propondrán a su consejo político que sus diputados abandonen el Parlamento catalán hasta que Puigdemont declare de forma efectiva la secesión. Esta maniobra dejaría en minoría a la coalición independentista.

 

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