Domingo, 26 Abril 2020 07:36

Fuerza feminista

Fuerza feminista

Son tiempos agitados en América Latina. Eso ya era verdad antes de la emergencia de la pandemia global.

En octubre, un levantamiento de 11 días paralizó a Ecuador y una protesta estudiantil se convirtió en un estallido social prolongando en Chile. En noviembre la derecha tomó el poder en Bolivia, en diciembre Argentina volvió a ser gobernado por el kirchnerismo. Este año ya, asumieron nuevos presidentes en Guatemala y Uruguay. Y luego, vino la pandemia.

Pero en todo el continente, mientras cambiaban las caras de los gobernantes, ha habido una constante: las mujeres han tomado y han vuelto a tomar las calles de forma masiva, repudiando la deuda, el capital y la violencia. El 8-9 de marzo las mujeres mostraron que tienen una capacidad inmensa de lucha y despliegue de múltiples estrategias feministas en todo el continente.

En México, desde Ciudad Juárez hasta Tapachula, fuimos nosotras las que, de forma masiva, rechazamos la violencia y desafiamos el gobierno de la Cuarta Transformación.

En Santiago de Chile, salieron dos millones de mujeres y hombres a las calles el 8 de marzo en una huelga general, en apoyo a un programa feminista.

En Montevideo, fueron 350 mil mujeres en la calle, casi la mitad de las que viven en la capital uruguaya. Miles también tomaron las vías en la ciudad de Guatemala, denunciando el machismo, rememorando las víctimas de violencia, y clamando contra políticas de despojo.

El 9 de marzo, las mujeres armaron un paro en toda Argentina, con medio millón tan sólo en Buenos Aires. “La deuda es con nosotras y con nosotres, ni con el FMI ni con las iglesias”. Ese fue el lema bajo el cual cientos de miles mujeres se movilizaron allá. Fue el cuarto año de huelga feminista, un día de rebelión en medio de un año repleto de encuentros, asambleas y articulaciones entre mujeres.

En las ciudades más grandes de Bolivia, miles de mujeres se manifestaron el 8 de marzo, a pesar de una coyuntura polarizada y violenta. En Cochabamba, las mujeres salieron a las calles con el eslogan "no tenemos miedo, tenemos fuego".

A pocas semanas de las masivas concentraciones, marchas y juntas del 8-9 de marzo, vino lo que ahora vivimos: órdenes de cuarentena, toques de queda, distanciamiento social y estados de emergencia, a raíz de la llegada al continente de un nuevo virus sumamente contagioso y con efectos complicados y a veces letales en el cuerpo humano.

Las contradicciones, las tensiones y las injusticias se han ahondado en tiempos de pandemia. Hoy día, los temas al centro de la revolución feminista nunca han sido más relevantes.

"Nosotras en general con el movimiento feminista y el movimiento social dijimos no al pago de la deuda directamente, por ser deuda ilegítima por que la toma de deuda no pasó por el parlamento cuando es un requirimiento constitucional", me dijo Verónica Gago en una entrevista por Zoom desde Buenos Aires. La mayor parte de la deuda fue tomada por Maurico Macri durante los pasados cuatro años.

"Al escala global ahora hay una posibilidad de suspender la deuda, y además hay una necesidad acá de derivar fondos para el gasto social y público que hace actualmente imposible pensar a los términos de negociación anterior a la pandemia" dijo Gago, miembro del colectivo Ni Una Menos y autora del libro La potencia feminista.

Mientras que cuerpos envueltos en plástico se pudren en las calles de Guayaquil y los barrios marginados se militarizan, las redes de mujeres en Ecuador se siguen organizando. El Parlamento Plurinacional y Popular de Mujeres y Organizaciones Feministas ha surgido como resultado de la revuelta de octubre y ahora es un nodo para coordinar mujeres en todo el país.

Las ollas populares, forma de protesta pública que a la vez es estrategia alimenticia, han vuelto a ser parte de la cotidianidad en Argentina y Uruguay, debido a la profunda crisis alimentaria actual.

A principios de la llegada de la pandemia, el gobierno de Luis Lacalle Pou decretó alzas en las tarifas de luz, agua y telefonía. "Después de 15 años de progresismo, regresaron las ollas en 15 días", me comentó Mariana Menendez, feminista uruguaya e integrante del colectivo Minervas en la ciudad de Montevideo.

En Chile, el movimiento feminista ha sido central en el sostenimiento del estallido social.

"Lo que abre la revuelta en Chile desde el 18 de octubre, marca de manera muy radical una idea, que es que la vida en su conjunto es la que estaba en cuestión, la forma en la que se organizaba la vida en Chile" me comentó Javiera Manzi de la Coordinadora Feminista 8m desde Santiago. "Y eso es precisamente lo que nosotras veníamos hablando cuando nos referíamos a la reorganización de la vida".

No queda duda que las ideas sobre el cuidado y la reproducción de la vida se han vuelto todavía más centrales con la pandemia. La historia de la lucha abierta en América Latina durante los pasados años nos deja en claro que serán las mujeres, algunas feministas pero todas movilizadas, las que marquen el paso y las formas de seguir transformando la sociedad y la economía.

Por Dawn Marie Paley, periodista canadiense y autora de Capitalismo antidrogas: Una guerra contra el pueblo (Libertad Bajo Palabra, 2018).

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Las banderas rojas: entre la emergencia y la protesta social

A comienzos del mes de abril la alcaldía del municipio de Soacha promovió una particular estrategia para identificar a las familias que necesitan ayuda por la emergencia social del coronavirus: la instalación de banderas rojas en las viviendas. Pronto este símbolo se ha extendido por todos los barrios periféricos de la ciudad de Bogotá. En la última semana, más exactamente a partir del día 14 de abril, los trapos rojos cambiaron su sentido. Han pasado de las fachadas, puertas y ventanas de las viviendas a las manos de desplazados, desempleados y trabajadores informales que se toman las vías de la ciudad exigiendo el apoyo del gobierno durante la cuarentena.

Los manifestantes desobedeciendo el mandato gubernamental de quedarse en casa, han protagonizado una fuerte jornada de bloqueos, cacerolazos y confrontaciones con la Policía en las localidades de Usme, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Suba, Bosa y Santafé. Las causas de este estallido social van más allá de la coyuntura generada por la pandemia de Covid-19, obedeciendo a elementos estructurales de la sociedad colombiana.

Una primera razón, se encuentra en la profunda desigualdad social existente en Colombia. El país ocupa el tercer puesto en el ranking mundial de desigualdad siendo su ingreso distribuido de la siguiente manera: el 1% de sus habitantes es dueño del 20% de los ingresos económicos nacionales mientras el 40% sobrevive con menos de 12.000 pesos al día. Por otra parte, en Colombia perdura una política elitista y colonial que desprecia a su pueblo, ya que en palabras de William Ospina “aquí siempre existió la tendencia a dejar a las muchedumbres en la pobreza y en el abandono, y correr a esconder a los pobres cuando el mundo venía a visitarnos”. Esto ha configurado una forma de gobierno que niega los derechos humanos de los pobres y promueve acciones de control estatal a sus espacios y actividades. Para la política tradicional las clases populares son una amenaza a la seguridad y no ciudadanos que gocen de los beneficios de la democracia.

Aunque desde los primeros días de la cuarentena fue lanzado por la alcaldía el programa Bogotá Solidaria en Casa para atender a las personas más vulnerables de la ciudad, consideramos que persisten elementos elitistas en esta estrategia. Las clases populares han señalado esta contradicción diciendo a las autoridades: “si no nos mata el coronavirus nos mata el hambre”. Este grito cuestiona la existencia de un lenguaje de clase media sintetizado en la frase “quédate en casa” que ignora, por un lado, las condiciones de hacinamiento y pésima infraestructura de las viviendas, el trabajo informal y la configuración de tejidos comunitarios de supervivencia con base en los paisanos, familiares, compadres y vecinos. Todos estos factores motivan la salida de las personas de sus casas, siendo más adecuado decir, como lo propone Raúl Zibechi, quédate en tu barrio.

Por otra parte, evidencia los errores de una estrategia de donación de dinero y alimentos sin intermediarios, ya que con la buena intención de limitar el clientelismo fue desconocido el papel que tienen las organizaciones populares en la priorización de los recursos a los más necesitados. Las demoras en la entrega de los apoyos económicos o mercados obedecen a esta concepción. Se ignora que son los líderes sociales y no los funcionarios del DANE quienes conocen el territorio.

Los gobiernos –nacional, distrital y local– y los ciudadanos en general deben escuchar la movilización de las banderas rojas, extrayendo de allí valiosos aprendizajes sobre la cuarentena y la acción política.

Uno de ellos consiste en comprender que la voluntad de vivir es una fuente vigorosa de poder político. El deseo de vida ha llevado a los habitantes de las periferias a desafiar las adversidades, el dolor y la muerte, enseñándonos que es la vida y no la acumulación de dinero y poder el valor supremo de la humanidad. También, nos recuerdan la posición central que deben tener las clases populares en los planes, programas y acciones de las instituciones estatales. Dicha política desde abajo no debería preocupar a los demás grupos sociales –en espacial a las clases medias–, ya que como señala Enrique Dussel “la mera reproducción de la vida del pobre exige tales cambios que, al mismo tiempo, produce el desarrollo civilizador de todo el sistema. Afirmación de vida de la víctima es crecimiento histórico de la vida toda de la comunidad. Es a través de la solución de las insatisfacciones de los oprimidos, los últimos, que los sistemas históricos han progresado”.

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Un nuevo comienzo rebosante de dignidad y autonomía

“No queremos tus donaciones. No queremos tus víveres disfrazados de intenciones de exploración”, dice el comunicado de comuneros y autoridades de rondas campesinas de las provincias de Huancabamba y Ayabaca, en la región Piura, norte del Perú.

De ese modo, el 21de abril las comunidades afectadas por la empresa minera Río Blanco Cooper S.A., rechazaron la maniobra de la minera que desde hace años pretende ingresar en esa zona y que ahora se aprovecha de las necesidades para dividir a la población.

El comunicado destaca que la empresa “disfraza sus verdaderas intenciones a través de donaciones”, ya que “desde que llegó a nuestra provincia sólo ha traído muerte y ahora viene tendiendo actos de persecución y juicios iniciados contra nuestros dirigentes”. Les dicen que las medicinas que dona “no servirán cuando contamines nuestro medio ambiente y nuestras aguas” y que la ropa que quieren donar “no servirá cuando destruyas nuestros bosques de neblina”.

Además responsabiliza a la minera Rio Blanco “de las acciones que tome cada base o central de rondas contra sus promotores en la zona quienes deben estar en su casa y no dividiendo a nuestra población”.

Raphael Hoetmer, que ha acompañado las resistencias y marchas de los comuneros de Ayabaca, reflexiona por teléfono sobre la importancia del páramo y de los bosques de neblinas para el abastecimiento de agua de Piura y Cajamarca. “Es una zona de fuerte organización campesina, con rondas autónomas y autogestión de la vida. Rechazan la minería porque, aunque se saben pobres, quieren conservar un modo de vida que les ofrece bienestar y libertad, que empeoraría con la minería”.

Otra muestra de dignidad la ofrecen las comunidades de Morona Santiago (Ecuador), que son denunciadas por la minera Explorcobres, por haber atacado el campamento La Esperanza el 28 de marzo. Siempre según la empresa, los comuneros (a los que tilda de “delincuentes”), tomaron el campamentos , “quemaron varias instalaciones, equipos y un vehículo” (comunicado en https://bit.ly/2Vxgt2w).

También en Ecuador, la comunidad San Pedro Yumate, que resiste a la minera Río Blanco en el macizo de Cajas, a una hora de Cuenca, instaló el lunes la tercera pluma (barrera) frente a la vía Cuenca-Molleturo- Naranjal, en una minga para impedir el paso a carros y personas no autorizadas por la asamblea comunitaria, nos escribe Paul desde su momentáneo confinamiento entre los shuar, en la Amazonía.

Mientras las mineras destruyen vidas, contaminan aguas y montes poniendo en riesgo la continuidad de las comunidades, los campesinos e indígenas no golpearon ni atacaron a ninguna persona, sólo las instalaciones de las empresas multinacionales.

Seguimos en la región andina. El compañero y antropólogo Rodrigo Montoya nos envía un texto maravilloso, titulado “Aquí termina Lima”. Relata que miles de pobladores de Lima, que migraron años atrás desde diferentes provincias andinas, emprendieron una marcha de retorno a sus pueblos. “No se trataba de manifestante camino a una plaza pública para protestar” Tenían en común su deseo de irse de la mega ciudad.

“La mayoría de caminantes era joven y tenía rostro andino”, escribe Rodrigo, que a sus casi 70 años fue alumno de la escuelita zapatista. Traigo este recuerdo porque es un compañero que ha hecho de su compromiso una forma vida. Aunque no sabe si desean irse de la capital para siempre, constata que se trata de un hecho “tal vez, demasiado importante”.

Se van de Lima porque no tienen trabajo, pasan hambre, y porque el individualismo de la gran ciudad golpea sus corazones. “A los viajeros de regreso les queda la reciprocidad del ayni -un día de trabajo por un día de trabajo, una carga de leña por una carga de leña- y la minga -un día de trabajo por una comida, con música, bebida y baile- entre familiares de un mismo ayllu o comunidad, como el último recurso en las tierras altas, allí donde los retornantes sin virus esperan llegar y ser bien recibidos”.

Tal vez estamos ante el comienzo de un ciclo inverso, la migración de la ciudad al campo, como nos proponen estos días los rebeldes de Rojava, “volver a la tierra” para “repoblar aldeas rurales”, como reza el comunicado del Comité de Solidaridad con Kurdistán de Ciudad de México. Siento que lo que están haciendo unos cuantos andinos, es todo un programa para enfrentar el colapso del sistema.

Desde la región andina vamos hasta Montevideo (Uruguay). Allí se produjo lo que un jerarca del gobierno municipal definió como “la ocupación urbana más grande de los últimos cincuenta años”. Se trata de unas mil familias que ocupan un enorme predio de una empresa de servicios portuarios, abandonado desde hacia 50 años, cuyos dueños tienen una elevada deuda con el Estado..

La ocupación comenzó en enero con apenas 28 familias, en Santa Catalina, la periferia pobre del oeste de Montevideo. La necesidad provocó un estallido de familias que decidieron correr el riesgo de tomar un terreno privado, para superar el hacinamiento en el que viven. El jueves 16 de abril el Ministerio del Interior  desplegó un fuerte operativo con decenas de policías, helicópteros y drones, deteniendo a cinco vecinos. Dos de ellas fueron procesadas con prisión domiciliaria.

El lunes 20, desafiando la cuarentena, entre 50 y cien ocupantes se manifestaron frente a la casa de gobierno. Resistieron el desalojo, tomaron la iniciativa y desafiaron la cuarentena. Se trata de trabajadores empobrecidos, desocupados, empleadas domésticas, changarines, pescadores y hasta algunos policías, que no pueden siquiera pagar un modesto alquiler en una zona que fue cuna del movimiento obrero.

El abogado Pablo Ghirardo, que representa sindicatos y trabajó durante varios meses con los ocupantes del barrio que bautizaron “Nuevo Comienzo”, asegura que lo hicieron “por el hacinamiento, ya que viven hasta siete personas en un mono-ambiente que se llueve, además de la fuerte especulación inmobiliaria que hace impagables los alquileres”. En la concentraciónportaban pancartas donde se leía: “Tierra para quienes la habitan” y “No nos condenen por ser pobres” (https://bit.ly/2S0LFVK).

En el barrio funciona un merendero con donaciones de varios sindicatos y de vecinos solidarios. Trazaron las futuras calles y dejaron lugares libres para espacios colectivos y el salón comunal. Están tan bien organizados que la policía no pudo desalojados. La estaca que un día de enero colocó una vecina para marcar su espacio en un terreno baldío, se multiplicó hasta convertirse en barrio.

Jorge Zabalza califica la masiva ocupación como “una explosión social como la que iniciaron aquellos estudiantes que saltaron los controles en el metro de Santiago de Chile”. Cientos de miles son expulsados por el modelo extractivo a los márgenes de la ciudad. Para Zabalza, “la iniciativa individual que se volvió alud colectivo permite adivinar la existencia de un imaginario que anticipa futuras rebeldías populares” (https://bit.ly/2KwB4Ou).

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La erradicación forzosa de plantaciones de coca en Colombia, una chispa en medio de la pandemia

El Gobierno de Iván Duque intensifica el combate contra los cultivos ilícitos en la cuarentena, mientras productores cocaleros salen de sus casas a impedirlo y se enfrentan a la Policía. Ya hay dos muertos

Mientras las grandes ciudades en Colombia están volcadas a la crisis del coronavirus, en el campo colombiano se libra otra batalla que ya ha dejado dos cultivadores de hoja de coca muertos y un policía herido. De acuerdo con varias asociaciones de productores, durante la cuarentena el Gobierno de Iván Duque ha intensificado la erradicación forzosa de cultivos ilícitos y los campesinos han salido de sus casas, donde cumplen el aislamiento obligatorio, para evitar que les arranquen las hojas.

El miércoles fue el indígena Ángel Artemio Nastacuas quien murió en Tumaco, sur del país, después de enfrentamientos con la Fuerza Pública que acompaña a las brigadas encargadas de la erradicación; pero la resistencia se ha presentado en varias regiones. En el otro extremo, en la frontera con Venezuela, el 26 de marzo la víctima mortal fue Alejandro Carvajal, un caso por el que se investiga a un soldado que le disparó con su arma de dotación.

La Coalición de Acciones para el Cambio, que reúne a 11 organizaciones civiles del país ha detectado que durante el aislamiento obligatorio por la covid-19, el Ejército ha realizado operativos de erradicación forzada en siete departamentos. La organización solicitó al Ministerio de Defensa que se suspendan para “garantizar el derecho a la salud y a la seguridad alimentaria de las comunidades campesinas”. El Ministerio les respondió que no interrumpirán las operaciones militares.

Colombia tiene 169.000 hectáreas sembradas de hoja de coca, a cierre de 2018, según el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de Naciones Unidas (Simci). Dada la magnitud del fenómeno, el acuerdo de paz entre el Gobierno y las extintas FARC contempló un programa de sustitución voluntaria de la coca en algunos de los territorios con más sembrados. Cerca de 100.000 familias campesinas se acogieron a él y arrancaron sus propias matas a la espera de lo prometido por el Estado. Sin embargo, la transición entre la Administración de Juan Manuel Santos y la de Iván Duque supuso un viraje de la política antidroga. El actual Gobierno privilegió la erradicación forzosa en lugar de la sustitución voluntaria, y apostó por el prohibicionismo y el retorno de la aspersión aérea.

Desde la frontera con Venezuela, Juan Carlos Quintero, líder de la Asociación Campesina del Catatumbo (Acamcat), cuenta que muchos de los que hoy “se van detrás del Ejército a impedir la erradicación” son campesinos que creyeron en el Gobierno, firmaron los acuerdos colectivos de sustitución de cultivos en 2018 y, tras sentirse abandonados y sin sustento económico, volvieron a sembrar cultivos ilícitos. “En Sardinata, Norte de Santander, departamento fronterizo con Venezuela, son cerca de 1.500 familias productoras de hoja de coca que se habían comprometido a sustituir. Ni el Gobierno de Santos ni el de Duque han hecho la tarea completa ni han cumplido con la segunda parte del proceso”, afirma. Precisamente estos productores llevaban varios días de protesta en las carreteras cuando el Ejecutivo decretó la cuarentena por el coronavirus. Por temor al virus decidieron detener las manifestaciones y aislarse en sus casas.

La preocupación por un posible contagio de coronavirus es otra de las razones que argumentan los pobladores para pedir que se detengan las erradicaciones forzosas. Temen que los erradicadores, civiles contratados por el Gobierno, les lleven el virus desde las ciudades. Y a su manera, intentan protegerse de la covid-19. En El Capricho, un pequeño poblado del selvático departamento del Guaviare, los campesinos instalaron un puesto de control donde desinfectan a los vehículos que abastecen de comida y la ponen en cuarentena durante 12 horas en una casa. En esa zona, como explica Olmes Rodríguez, líder de Asocapricho, antes raspachín de hoja de coca y ahora defensor de bosques, unas 6.000 familias cambiaron sus cultivos de forma voluntaria pero luego no les cumplieron con el dinero para el recambio a otros productos.

La realidad es similar en los departamentos de Córdoba, Chocó, Cauca y Caquetá, pero en otras zonas como Putumayo y Nariño, en frontera con Ecuador, la violencia de los grupos armados suma dramatismo a la ecuación. Durante los primeros días de la cuarentena fue asesinado en Putumayo, Marco Rivadeneira, uno de los líderes más visibles de la sustitución de cultivos ilícitos. Los armados les cobran a los líderes haber intentado abandonar la hoja de coca. Y en Nariño, los choques entre los cocaleros y el Ejército cada vez son más fuertes. “Nunca la erradicación forzada va a ser la salida para enfrentar este flagelo, la violencia siempre va a generar más violencia. Hoy tenemos que enfrentar el riesgo de una pandemia como la covid-19, las amenazas por la presencia y el accionar de los grupos armados ilegales y las agresiones desmedidas contra los indígenas”, expresó a través de un comunicado la Unidad Indígena del Pueblo Awá y exigió investigaciones tras la muerte de su compañero en el cultivo de hoja de coca.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 23 abr 2020 - 12:42 COT

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Viernes, 24 Abril 2020 06:44

Autonomías para enfrentar las pandemias

Autonomías para enfrentar las pandemias

Cuando el Estado es poco más que un miserable espectro genocida, los recursos de los pueblos son el único relevo posible para combatir guerras y enfermedades, cuyos efectos no tienen, casi, la menor diferencia. Es cierto que las guerras destruyen, además de personas, edificios e infraestructuras, mientras las epidemias afectan, primordialmente, a los seres humanos.

En el norte y el este de Siria, después de una larga década de guerra azuzada por los principales estados del planeta y de la región, los más armados y los menos razonables, capaces incluso de haber creado y alimentado ese monstruo llamado Estado Islámico, los pueblos organizados están resistiendo ahora la pandemia de coronavirus.

Lo más notable, según las noticias que nos llegan, es que combaten el virus con las mismas armas que utilizaron durante la guerra: la cohesión comunitaria, la organización de base y la determinación, como pueblos, de hacer frente colectivamente a los mayores obstáculos. Así es la vida en los territorios donde el pueblo kurdo hace de la autonomía su seña de identidad.

Un ventilador cada 100 mil habitantes, son los recursos técnicos con los que cuenta la región, según el Centro de Información de Rojava. Buena parte del instrumental sanitario fue destruido por los recientes ataques de Turquía a las regiones autónomas kurdas.

Las cooperativas textiles y agrícolas son las encargadas de producir mascarillas para protección y los alimentos necesarios. Las comunas decidieron un toque de queda desde el 23 de marzo, sometiendo a los viajeros que llegan a la zona a una cuarentena preventiva, mientras las estructuras económicas y políticas de la autonomía, las mismas que han permitido la sobrevivencia durante una década de guerra civil en Siria, son las que garantizan la vida de la población.

"Las cooperativas están más en sintonía con las necesidades de las comunidades en las que viven sus miembros y, por tanto, tienen más probabilidades de tomar decisiones basadas en la necesidad que en las ganancias", señala un reporte de "Kurdistán América Latina" (https://bit.ly/2RX5EVo).

Las comunas, que son la unidad básica en las que está organizada la población, garantizan el cumplimiento del toque de queda y la distribución de alimentos, basadas "en el conocimiento local y la pequeña escala de estas estructuras". Elaboran listas con las familias que tienen mayores necesidades de alimentos, productos de limpieza y medicamentos y van de familia en familia distribuyendo la ayuda, para evitar aglomeraciones.

Una forma de organización que facilita la protección de las familias, ya que "los integrantes de la comuna no necesitan viajar mas allá de sus vecindarios para distribuir ayuda, disminuyendo el número de personas que viajan de ciudad en ciudad".

Este orden comunitario y autónomo se mantiene en una región poblada por 4 millones de personas, incluyendo alrededor de un millón de refugiados que viven en tiendas de campaña por la agresión turca. A pesar de la estricta organización, del trabajo de las cooperativas y comunas y de la solidaridad internacional, los hospitales y centros de salud tienen capacidad para atender sólo 460 casos activos de coronavirus.

Un informe del Comité de Solidaridad con Kurdistán de la Ciudad de México destaca que los estados y las organizaciones internacionales, como la ONU y la OMS, están actuando de forma irresponsable ante los continuos bombardeos de Turquía sobre las aldeas de Rojava, que provocan cortes de agua y agravan la situación sanitaria.

Ante esta situación sólo vale la "autoorganización comunal, ecológica y pacífica" de los pueblos en el contexto de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, inspirada en el confederalismo democrático teorizado por Abdullah Öcalan, líder kurdo prisionero en la isla turca de Imrali.

En sintonía con la experiencia zapatista y de otros pueblos latinoamericanos, sigue el Comité de Solidaridad, defienden "una salud comunitaria basada antes que nada sobre la autonomía, la prevención social y la educación más allá de las medidas estatales represivas y centralizadoras".

"Volver a la tierra y a la naturaleza", es uno de los lemas del pueblo kurdo, que busca enfrentar ésta y futuras pandemias repoblando aldeas rurales, reforestando, con cultivos diversificados en base al trabajo comunitario.

Las palabras autodefensa, autonomía y salud comunitaria, resuenan estos días aciagos desde Rojava hasta Chiapas, pasando por Lima, donde cientos de andinos retornan a sus pueblos en la sierra, bajo el lema "Aquí termina Lima", en una magnífica descripción de Rodrigo Montoya (https://bit.ly/3bvGW69). Lejos de la modernidad urbana individualista, quieren rehacer su vida en comunidades, tejidas con base en la reciprocidad y la ayuda mutua.

El futuro de la humanidad se juega en estos espacios y territorios de los abajos, ya que resistir la pandemia supone poner en juego los mismos recursos con los que resisten al Estado y al capital.

 

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Jueves, 23 Abril 2020 12:06

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 mil millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Publicado enEdición Nº267
Jueves, 23 Abril 2020 10:11

Primero el Ser Humano

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El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Publicado enSociedad
Jueves, 23 Abril 2020 06:35

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

En todos los países, sin excepción, en momentos de campaña electoral, los políticos dicen que su gran preocupación es la –calidad de– vida de su sociedad. Otra cosa dicen los indicadores arrojados por estudios de organismos multilaterales y por entes privados: 3.400 millones de empobrecidos en el mundo, 736 millones arrojados a la pobreza extrema. He ahí un desprecio por la vida que llega al extremo en países donde los viejos, como cero productivos, ahora son llamados al “sacrificio por la patria”, o simplemente no les ofrecen la asistencia médica que se requiere para su recuperación y supervivencia.


La realidad se confirma con crueldad al quedar el mundo encerrado como consecuencia de un virus que amenaza la vida de millones de personas: está arrasada la infraestructura para garantizar la eficiencia y la calidad en los servicios de salud, como derecho fundamental, pues los presupuestos para garantizar la contratación de personal en todas las áreas es insuficiente, así como es mínima la prevención de enfermedades fáciles de erradicar.


Al mismo tiempo, en un sinnúmero de países, la garantía de ingresos para que toda la gente acceda a lo elemental resalta por su ausencia, de manera que, al escribir esta columna, muy seguramente miles de miles anhelan un plato de comida, mientras las fuerzas armadas oficiales surcan sus barrios para que los ciudadanos no rompan los protocolos de aislamiento impuestos con miras a evitar la propagación del Covid-19.


En sintonía con lo anterior, es inexistente la posibilidad de educación pública y universal en todos los niveles, recreación asistida, acceso a internet, apoyo psicológico para sobrellevar la cada vez más acelerada vida urbana, acceso a vivienda adecuada, servicios públicos sin restricciones y otro cúmulo de garantías que en verdad permitan acceder a una vida en las condiciones ofrecidas por los políticos. En todos estos campos podemos constatar que, en el mundo actual como en el pasado, la vida humana, en dignidad, no ha figurado como prioridad de los gobernantes, que son el instrumento del poder o el poder mismo.


Y aquí cabe una pregunta necesaria: ¿Por qué seguir viviendo así, en estas condiciones, como si se tratara de un designio o la fatalidad en que creían los romanos, cuando la sociedad puede proveerse de los mecanismos de equilibrio para bien de todos? Para colmo de estos desajustes, el Covid-19 avanza por todo el mundo, dándole fuerza al acelerador de la recesión a la que se asoma la sociedad global, producto de la cual muchos más serán empobrecidos o más empobrecidos, o, por efecto de otros virus, más letal que el que nos ataca hoy como mundo, el virus de la segregación, la desigualdad, la injusticia, la negación de los derechos fundamentales de mujeres y hombres, realidad que ya claramente nos acecha.


Como todos sabemos, el ser humano se hizo tal en sociedad, en ella aparece y en ella se realiza. Obligarlo a romper esa condición, a encerrarse, es pretender que deje a un lado su condición fundamental, desfigurada por el capitalismo y con el estímulo desenfrenado del individualismo, contrariando la vía opuesta: la solidaridad, el colectivo, lo común, en un comportamiento que le permitió resistir y superar a las otras especies animales, más fieras que él, más fuertes que él, pero sin embargo sometidas por él.
Bien. Si es cierto aquello de que “el hombre está en la sociedad. Y sólo en ella aparece”, como lo reafirma la filósofa*, eso quiere decir que el camino para enfrentar el virus que nos agobia como sociedad global no es el elegido sino uno más sencillo: aislar al portador del virus, garantizando así una atención médica especializada al afectado, su recuperación, además de su alimentación y manutención, evitando así que se vea compelido a salir en procura de ingresos económicos para solventar su vida y la de su familia. Y para su tranquilidad, en caso de ser necesario, garantizar la estabilidad de su núcleo familiar, dotándolo de lo indispensable para sobrellevar las semanas de aislamiento que sean necesarias.


Y para llegar a esto, lo fundamental es contar con cuerpos médicos que presten salud preventiva en los barrios y conjuntos residenciales, así como en zonas rurales, un servicio público tal que permita promocionar vida sana, además de hacerle seguimiento al estado de salud de cada persona y cada núcleo familiar, con lo cual la organización de la vida diaria, en todos los aspectos, se torna remediable y llevadera. Entonces el hospital y el centro de salud se verán menos asediados, destinados a casos de urgencia o para tratamientos especiales, entre ellos las intervenciones quirúrgicas.


Claro. Para proceder de tal modo, la salud, como derecho de todo ser humano, debe estar organizada como servicio público, gratuito y universal, y esa no es preciamente la realidad entre nosotros. Así tendría que funcionar –con propósito común y bajo control y organización colectiva– todo lo que se diga público.


El objetivo sería, pues, poner de pie lo que ahora está de cabeza; que todo aquello que pretende el lucro particular y la ganancia no intervenga en los segmentos sociales que tienen que ver con la satisfacción de los derechos humanos. Mientras esto se torna realidad, el virus, este o cualquier otro, podrá hacer con las sociedades lo que quiera, propiciando por su conducto que los Estados desplieguen su autoritarismo y su poder militar para remediar algo que nada tiene que ver con la fuerza sino con usos y consumos así como con la prevención en salud, pero también con el tratamiento de alguna enfermedad, cuando esta toma cuerpo en pocas o en muchas personas.
El propósito de evitar que el Estado despliegue su real carácter transita entonces por recuperar lo público, poniéndolo en manos del conjunto social. De no ser así, el miedo volverá a ser potenciado frente a situaciones como la que hoy vivimos u otras similares, y el Estado aparecerá de nuevo como el salvador. Cuando es todo lo contrario.

* María Zambrano, Persona y democracia, Alianza editorial, 2019, España, p.134.

Pacientes de coronavirus en un hospital temporal convertido en un centro deportivo en Wuhan durante el mes febrero Xiao Yijiu/AP

Un grupo de vecinos críticos en la capital donde empezó a propagarse el coronavirus intentan organizarse para pedir respuestas. O al menos una disculpa

A principios de enero, Hu Aizhen, de 65 años, oyó hablar de un coronavirus nuevo que comenzaba a circular por la ciudad en la que vive, Wuhan. No se preocupó, las autoridades decían que no era contagioso. Siguió con su vida y organizó su celebración del Año Nuevo lunar a finales de mes.

Poco antes de que el gobierno decidiera confinar la ciudad, Hu desarrolló síntomas de neumonía. Tras días esperando y buscando un hospital, logró que le hicieran una prueba. Dio negativo pero se sabía que las pruebas no eran del todo precisas y sus síntomas eran evidentes. Dio igual. En seis hospitales diferentes se negaron a tratarla.

Hu, que siempre ha disfrutado de buena salud, se quedó durante 10 días en casa. No podía comer ni beber y su salud empeoraba. Cuando notó que cruzaba una línea roja, su hijo intentó llevarla a un hospital de otro distrito pero la policía se lo impidió. Siguiendo las normas del confinamiento, no podía salir de su zona. Su hijo, desesperado, gritó a los policías: "¿Acaso no sois personas?".

Cuando logró que la admitieran en un hospital, el 8 de febrero, a duras penas respiraba. Un médico ordenó que repitieran la prueba pero era demasiado tarde. Ya sólo recuperaría la consciencia durante un momento, pidiéndole agua a su hijo. Después, falleció.

Ahora, su hijo ha presentado una demanda contra el gobierno local de Wuhan, al que acusa de haber ocultado la gravedad del virus, entre otras cosas. The Guardian ha tenido acceso a la demanda, preparada por Funeng, una ONG con sede en la ciudad de Changsha, capital de Huan.

No está solo. Forma pare de un pequeño pero ya relevante grupo de ciudadanos que pide respuestas –al menos una disculpa- de las autoridades que tardaron en semanas en avisar a la población de la amenaza de un virus que se ha cobrado al menos 4.500 vidas en China, según el recuento oficial de su Gobierno.

Otras personas que han optado por la misma vía son, por ejemplo, un funcionario que demanda a la administración provincial de Hubei o una madre que pide castigar a varios funcionarios por limitarse a mirar mientras su hija de 24 años moría, víctima del virus. Un hijo que después de lograr que su madre, desvaneciéndose, llegara a un hospital en las afueras de Wuhan e ingresara en cuidados intensivos, fue a casa a recoger algo y no tuvo ni tiempo de regresar a llevárselo. Recibió una llamada del hospital que le anunciaba la muerte de su madre.

"Nada de esto habría sucedido si nos hubieran avisado. No tendría que haber muerto tanta gente", afirma uno de los parientes de personas fallecidas implicadas en la demanda. "Quiero una respuesta. Quiero que los responsables sean castigados de acuerdo con la ley", exige otro.

Un resentimiento eclipsado por la propaganda

A medida que la infección se expandía por China, cuando se llegó a un pico de transmisión con miles de casos confirmados cada día, el enfado entre la ciudadanía alcanzó niveles no vistos en décadas y plantearon una amenaza real al Gobierno del Partido Comunista. En febrero, cuando falleció el doctor Li Wenliang, que había filtrado las primeras noticias sobre el virus, los censores ya no eran capaces de frenar la marea de protestas que se extendía por la red. Fue un momento que algunos compararon con la muerte de Hu Yaobang, que precipitaría el derramamiento de sangre de 1989 tras las protestas de la Plaza de Tiananmen.

Poco más de dos meses después, ese resentimiento es mucho menos visible. Historias como la de Hu Aizhen han sido sustituidas por relatos positivos, los de un país unido para vencer al virus, que envía al resto del mundo los suministros que necesita y se enfrenta a los ataques malintencionados de Estados Unidos y otros países empeñados en culpar a Pekín por el estallido de la Covid-19.

Shi, activista en defensa de los derechos humanos que vive en la provincia de Hubei, de la que Wuhan es capital, dice que "la gente se deja llevar por la propaganda con facilidad. Una vez mejoró la situación provocada por la epidemia y la maquinaria propagandística echó a andar, han cambiado las tornas. Ahora la gente dice que el fuerte liderazgo mostrado por el partido es positivo".

Cuando la normalidad, aún con cierta lentitud, ya se instala de vuelta, las autoridades vigilan estrechamente a aquellos que puedan albergar resentimiento. Zhang Hai, de 50 años, que perdió a su padre por el virus en febrero, formaba parte de un grupo en WeChat en el que participan más de 100 personas que perdieron familiares por el virus.

A finales de marzo les dijeron que podrían recoger los restos de sus seres queridos de las funerarias. No podían juntarse más de cinco personas al mismo tiempo y tenían que ir acompañados por un representante del gobierno local. Zhang se negó a ir. Poco después, el administrador del grupo recibió un aviso de la policía y alguien borró el grupo. Zhang, que pide una disculpa del Gobierno, dice que  hay "muchas familias muy enfadas" y "ahora todo el mundo trata de ser muy cuidadoso".

Tan Jun, funcionario en Yichang, en la misma provincia de Hubei, presentó una demanda este mismo mes acusando al Gobierno regional de ocultar el brote del virus. La policía publicó una copia en línea. Tan confirmó la demanda pero prefirió no conceder una entrevista. Otros habitantes de Wuhan aseguraron a The Guardian  que la policía local los había intimidado y obligado a prometer que no hablarían.

En un artículo publicado en varias cuentas de WeChat, Tan dijo:"Hay que depurar responsabilidades. Como habitante de Hubei, creo que es necesario dar la cara y pedir al gobierno de Hubei que asuma su responsabilidad". El artículo fue borrado posteriormente.

El Gobierno central desvía la atención

El Gobierno central ha sustituido a algunos funcionarios locales. Quienes conocen el régimen saben que se trata de una vieja táctica para desviar las culpa del Gobierno central. Pero algunos ciudadanos creen que no es suficiente.

Wu, una mujer de 49 años que afirma haber contraído el virus en enero y no haber sido diagnosticada hasta marzo, dice que "eso no es asunción de responsabilidades sino un mero lavado de cara". En el hospital vio gente morir. incluso en la cama de al lado. Acaba de saber que una compañera de clase que se infectó al mismo tiempo que ella acaba de fallecer.

"Cuando estaba en cama pensando que podía morir pronto, me dije: ¿Cómo ha sucedido esto?", recuerda Wu, que demanda al hospital por no confirmar que era paciente de coronavirus cuando recibió el alta. "El común de los ciudadanos tiene un acceso limitado a información real. Confiamos en el Gobierno. Creemos en lo que dice".

La disidencia se expande por otros métodos. Docenas de tenderos en un centro comercial de Wuhan se manifestaron este mismo mes exigiendo rebajas en sus alquileres tras meses de cierre forzado. En Yingcheng, una ciudad al oeste de Wuhan, los habitantes en confinamiento protestaron contra los precios de la comida impuestos por el Gobierno. Uno de los manifestante ha sido, aparentemente, detenido.

Xie Yanyi, abogado defensor de los derechos humanos en Pekín, cree que "la gente ha despertado. No me cabe duda". Xie ha pedido información al Gobierno sobre el origen del virus y las razones de los retrasos a la hora de informar a la ciudadanía del brote. "Puede que no sean tantos, pero la Historia nos muestra que hay una minoría capaz de cambiarla".

La mayor parte de los habitantes de Wuhan están más tranquilos porque parece que lo peor de la epidemia ha pasado y ven que ahora son otros los países que luchan por contenerla. Los trabajadores esperan en fila en el exterior de algunos edificios para que les tomen muestras de tejido de la garganta y asegurar que no están infectados antes de regresar al trabajo.

En Hankou, un barrio frente al río, una pareja se besa ante el espectáculo que ofrecen los rascacielos y sus mensajes luminosos. Muchos de los habitantes de la ciudad dicen que están agradecidos por lo que el Gobierno ha hecho.

En opinión de Yan Zhanqing, cofundador de Funeng, las posibilidades de casos como el de Hu sean aceptados a trámite y lleguen a juicio son pocas. Es más probable que quienes han presentado las demandas reciban presiones y sufran intimidación. En algunos casos concretos podría reconocerse indemnizaciones económicas, una forma de disculpa.

"Los casos sirven para poner algo de presión sobre el Gobierno y que cada vez más gente sea consciente de que tiene derechos y el Gobierno tiene responsabilidades" explica Yan. "Es también un modo de documentar la historia, de que más gente conozca la verdad y no sólo la versión oficial de lo sucedido en Wuhan".

 Por Lily Kuo - Wuhan (China)

20/04/2020 - 21:56h

Traducido por Alberto Arce

Publicado enInternacional
El espectáculo mediático macabro del coronavirus

Hasta diciembre de 2019 los pueblos del mundo estaban en el proceso de despertar y movilizarse por sus derechos y necesidades; el capitalismo se hundía en otra crisis estructural, ni la estrategia de la guerra 4Gni el chantaje nuclear daban los resultados esperados por el imperialismo Occidental;los capitalismos de Oriente y Occidente se enfrentaban por el dominio de los mercados, las materias primas y posiciones geoestratégicas; la farsa del cambio climático no funcionó, la movilización de la mercancía laboral se complicó –se ahogó en el Mediterraneo- con los neonacionalismos, (racismo y xenofobia) la ingeniería social no dio para atomizar y enfrentar a toda la humanidad, la máquina de imprimir dólares se desbocó tanto como la deuda, mientras la falacia criptomonedera se esconde detrás de la corrupción y los negocios offshore (paraísos fiscales), mientras las bolsas dejaban a los viejos sin futuro y la depresión gringa se mundializaba; hasta que apareció el genio de la lámpara capitalista con su varita biotecnológica cumpliendo el deseo de los amos del mundo: conminar al ganado humano en el panóptico global, en celdas individuales, para poder realizar los cambios que el sistema mundo capitalista necesita para continuar existiendo con otras máscaras.

En esta debacle, a la que nos lanza el capital biotecnológico financiero-farmacéutico dejará muchas bajas, unos muertos y otros deshabilitados, entre los primeros están los adultos mayores y los lesionados por otras pandemias y patologías, metidos en el mismo saco del covid19, los deshabilitados son los millones de pobres y miserables que quedarán en la calle desocupados, en los manicomios, en las cárceles, los quebrados(PIMES) o más endeudados, los que se rebuscan el día a día en las calles; en estos momentos los gobiernos prometen todo tipo de ayudas: reducción de impuestos, de tarifas, pagos de arriendo, mercados, cuando la mayoría de gobiernos han privatizado la salud, la educación, los servicios públicos básicos, las carreteras, hasta la cultura y la política, además de la deuda externa pública y privada, que en la mayoría de países supera su PIB(la deuda mundial supera más de tres veces el PIB mundial). Por otro lado, los Estados continúan rescatando al sector bancario-financiero y a las grandes empresas (quitándoles a los municipios y a las regiones sus presupuestos destinados a las problemáticas sociales como es el caso de Colombia).

Entre los economistas hay una disyuntiva: apoyan el patrón oro, o acaban con el dinero fiat, o sea, salvan la financiarización de la vida, o continúan con los genocidios y la eugenesia para pasar al capitalismo transhumanista, cosa fácil con la mundialización del miedo, que permita imponerla dictadura fascista local-global aceitada con la desinformación mediática-monotemática. Y lo lograron paralizando y callando al mundo; el Banco Mundial, el FMI, el BID, el BCE, las grandes corporaciones financieras, de un momento a otro aparecieron con billones de dólares para prestar a todos los países “enfermos” –excepto Venezuela-.Por arte de magia desaparecieron los conflictos, los terrorismos, los 30.000 niños muertos diariamente por hambres y enfermedades de fácil curación, los miles de muertes diarias por dengue, los cientos de miles de muertos anuales por enfermedades respiratorias diferentes al covid19;los conflictos en Yemen, Irán, Siria, Sudán, el Congo, Venezuela, las migraciones, la expropiación de los recursos naturales y energéticos a los pueblos del sur dejaron de existir.

El espectáculo mediático macabro del coronavirus les sirve a las élites para mostrarse, sea como “infectados” o como filántropos; por todos los medios aparecen estrellas de cine y del deporte, celebridades y directivos estatales y empresariales, felices ostentando su “fortaleza” física y mental para afrontar la “enfermedad”, dando consejos y opinando sobre las cantidades de muertos e infectados.La falsimedia difunde hasta la saturación desinformación y mensajes contradictorios, mientras la solidaridad internacional brilla por su ausencia en Occidente, a excepción de Cuba y Venezuela, que han mandado personal especializado, medicamentos y equipos, junto a Rusia y China, a las egoístas y colonialistas “potencias” europeas que aplican las sanciones comerciales ordenadas por Washington contra esos países que ejercen principios humanitarios.

¿Qué tal si los millones de zombies hambrientos y ciegos, hoy conminados y controlados desde la oscuridad de las cavernas (bunkers) de los financieristas, eugenésicos y colonialistas, nos quitamos las mascarillas de ovejas, nos organizamos, nos miramos a los ojos, nos abrazamos y salimos a destruir todas las fronteras, a detener a esos sicó-sociopatas  –gobernantes y plutócratas nacionales y transnacionales– tomándoles la fría temperatura de sus cerebros y corazones, encerrándolos –en anexos siquiátricos- por el resto de sus díaspara despojarlos de los virus de la avaricia, la atrocidad y la indiferencia, de su morbosa tranquilidad y ufanía?

¿Qué tal si recogiendo nuestra dignidad, les cobramos los miles de millones de niños y niñas abusados, bombardeados, asesinados con los virus del hambre y la pobreza, inutilizados por su sistema mediático-educativo, por no decir de los millones de trabajadores/as esclavizados, de la juventud rebelde torturada y asesinada por reclamar justicia y respeto?

¿Qué tal si les tapamos sus bocas que nos idiotizan y nos expresamos con nuestras propias voces?

¿Qué tal si de una vez les cobramos la gigantesca deuda por sus riquezas materiales y culturales, obtenidas fraudulenta y violentamente en más de 500 años, y distribuimos toda la riqueza del mundo equitativamente –incluyendo medios de producción, productos y los mal llamados servicios?

¿Y si de una, vuelve cada pueblo a producir sus propios alimentos sanos  –devolviéndoles sus tierras a los campesinos empobrecidos y desplazados– si desarrollamos nuestras medicinas y tecnologías, utilizando todo el acumulado científico-tecnológico expropiado a la mayoría de la humanidad?

¿Qué tal si nos autogobernamos a partir de hoy, partiendo del hogar la asamblea y la comunidad local, creando y administrando nuestras propias economías y justicia?

¿Qué tal si hombres y mujeres del pueblo nos confraternizamos y amamos en igualdad y solidaridad dirigiendo nuestras miradas y nuestros pasos hacia la destrucción de nuestros verdaderos y únicos enemigos: el miedo, la ignorancia, el conformismo y las pobrezas, que los sistemas de clases, castas, razas y patriarcales nos han impuesto, entre ellos el capitalismo?

No nos preguntemos qué estarán pensando y haciendo las élites capitalistas, globalizadoras, fascistas y nazis, solo miremos y sintamos en este encierro pánico-pandémico lo que somos y dónde estamos; qué nos falta, qué nos incomoda, qué no nos deja ser, qué debemos y podemos hacer por el presente y el futuro felíz de la humanidad, porque esta situación parece un ensayo más de manipulación que ejercen los poderosos sobre nuestras mentes y cuerpos. Muchos dicen que después de hoy el mundo será otro, lo que necesitamos definir es si será de todo/as y para todo/as con justicia y dignidad, empezando por nuestra propia casa y país.

Marzo 25 de 2020

Publicado enSociedad