Viernes, 12 Agosto 2016 08:09

El fin de la poesía

El fin de la poesía
Los sandinistas escribieron una de las páginas más poéticas de la historia centroamericana: derrocaron al dictador Anastasio Somoza, resistieron a Estados Unidos y a la contra financiada por éste, y comenzaron la participación colectiva en la construcción de una utopía.

 

 

¿Para qué ha de servir la poesía revolucionaria? –se preguntó Roque Dalton–. ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución? Roque ya estaba muerto cuando la respuesta llegó, en Managua, en 1979: para que los poetas hagan la revolución y para que la revolución haga poetas. Porque la sandinista fue una revolución de poetas. Un parnaso donde oficiaban Ernesto Cardenal, Mejía Godoy, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Rosario Murillo (sí, Rosario Murillo, poeta). Escritores, periodistas, cantautores... Hasta Daniel Ortega tuvo su paso por la poesía, y más de alguno de sus poemas mereció el reconocimiento de escritores como Salman Rushdie.

 

A Rushdie, que hizo una visita de turismo cultural en 1986, Ortega le confesó: “Todo nicaragüense es un poeta hasta que demuestre lo contrario”.

 

Los sandinistas escribieron una de las páginas más poéticas de la historia centroamericana: derrocaron al dictador Anastasio Somoza, resistieron a Estados Unidos y a la contra financiada por éste, y comenzaron la participación colectiva en la construcción de una utopía. De todos los movimientos revolucionarios que nacieron inspirados en los barbudos cubanos, el sandinista fue el único que triunfó.

 

La revolución duró apenas una década. El distanciamiento con el pueblo que el poder generó en los comandantes, aunado a las ambiciones de algunos y el desorden administrativo de otros, más el desgaste de la guerra contra la contrarrevolución y la caída del muro de Berlín, llevaron a su derrota electoral en 1989. Antes de irse, Daniel Ortega distribuyó entre amigos y parientes algunas de las mansiones, ranchos de playa y tierras que la revolución había confiscado. Ese evento, conocido como “la piñata”, marcó la muerte del proyecto revolucionario.

 

La bandera sandinista sobrevivió monopolizada por Ortega. La mayoría de escritores e intelectuales que nutrieron la revolución abandonaron el partido, porque sólo servía de sombra al comandante y a su compañera, Rosario Murillo.

 

Ortega ha sido, desde 1984, el único candidato presidencial del Frente Sandinista. Perdió contra los liberales Violeta Barrios, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Cuando, bajo el gobierno de este último, los tribunales nicaragüenses juzgaron y condenaron a Alemán por corrupción, Ortega se alió con el corrupto y dividió a los liberales. Así recuperó la presidencia.

 

Después modificó la Constitución para poder reelegirse, y lo hizo una vez más para poder hacerlo indefinidamente. Convirtió al Frente Sandinista en el partido del Estado, imponiendo jueces, descalificando a rivales, haciéndose del control de los tres poderes del Estado. Se ha cuidado a tal grado de que nadie le haga sombra que, aun hoy, la mayoría de los nicaragüenses no sabe quién es el tercero al mando del partido, después del comandante y su compañera.

 

Puso a sus hijos al frente de inversiones públicas y privadas, a controlar medios de comunicación y, en un gesto digno de un dictador africano en un país igual de pobre, mandó traer desde Italia el Festival de Puccini para que su hijo Laureano, un aspirante a cantante de ópera, pudiera lucirse en un escenario de altura. En eso va hoy la revolución sandinista.

 

Por eso no sorprendió a nadie que Ortega, después de eliminar por decreto a sus opositores, nombrara a su esposa, Rosario Murillo, como su compañera de fórmula. Ella lleva a cabo la mayor parte de las tareas gubernamentales de su esposo, cansado y enfermo.

 

Durante los últimos años ha sido su jefa de gabinete y la vocera oficial del gobierno. Se encarga de la mayor parte de la administración pública y, en su obsesión por controlarlo todo, dispone hasta tareas municipales. Ni sus críticos más acérrimos le niegan una extraordinaria capacidad de trabajo. Pero hasta ahora la compañera Murillo era, oficialmente, la primera dama.

 

La semana pasada, cuando el matrimonio presidencial se presentó ante el Consejo Electoral a inscribir la fórmula, Ortega dijo que lo hacía para reafirmar su compromiso de mantener al menos la mitad del aparato público nicaragüense en manos de mujeres. “Y para ser consecuentes con este compromiso se hablaba, bueno, ¿quién va a asumir la vicepresidencia? Ahí no podíamos dudar de que tenía que ser una mujer, y quién mejor que la compañera que ha realizado ya una labor puesta a prueba, con mucha eficiencia, con mucha efectividad, con mucha disciplina, con mucho sacrificio, ¡sin horario!”

 

Si Murillo se convierte en vicepresidenta será la sucesora inmediata de su marido. Si algo le sucede al comandante de 70 años, cada vez más visiblemente enfermo y con escasas apariciones públicas, la familia seguirá controlando el aparato del Estado. El matrimonio controla ahora los tres poderes, más el Consejo Electoral, la policía y el ejército. Hace unas semanas el presidente rechazó a observadores electorales mientras la Corte Suprema declaraba ilegítimo el liderazgo del Partido Liberal Independiente, su mayor rival, y ordenaba entregar ese partido a aliados de Ortega. Ahora el comandante es el único candidato presidencial con opciones reales de triunfo. Y para que a nadie le quepan dudas, el Congreso de mayoría sandinista destituyó hace un par de semanas a 28 diputados opositores.

 

El comandante aprendió las lecciones de los días del gobierno revolucionario. Olvidó la utopía y la poesía, y aprendió a hacer política inescrupulosa. Se alió con el enemigo de la revolución, el cardenal Obando y Bravo; y con los grandes empresarios centroamericanos (los mayores empresarios salvadoreños, que advierten todos los días que el Fmln es enemigo de la democracia, son aliados de Ortega y hacen jugosos negocios en Nicaragua). Y la alianza la hizo basándose en un principio pragmático: ustedes hacen negocios (conmigo); guían nuestra moral (a través de mí y de mi esposa) y me dejan a mí la política, que incluye volcar todo el aparato público a hacer propaganda electoral y copar las instituciones del Estado con las banderas sandinistas.

 

El comandante es hoy la cabeza de un régimen que se parece más al de Somoza que a la sociedad utópica para el nuevo hombre que prometía la revolución. Ha destruido a la oposición; persigue a sus críticos; ha pervertido el sistema judicial, expulsado a activistas y diplomáticos extranjeros y modificado la Constitución a su antojo. A través de los programas de la Alba financiados por Venezuela, de cuyas finanzas no rinde cuentas, controla ahora gran parte de la economía nicaragüense. Sus cómplices, los empresarios centroamericanos, juegan al ciego que no ve sus excesos familiares y sus políticas autoritarias. Obando y Bravo, el cardenal retirado que aparece purpúreo y sonriente en todos los eventos de los Ortega, ha sido nombrado prócer de Nicaragua.

 

Prócer.

 

Si Ortega gana las elecciones de noviembre, y todo parece indicar que lo hará, podrá permanecer más años seguidos en el poder de los que se mantuvo el último de los Somoza, acumulando más poder que el dictador. Y, como el primer Somoza, quiere que el poder se convierta en una dinastía familiar. Si los Somoza fueron instalados y apadrinados por Estados Unidos (en Washington se atribuye al presidente Roosevelt esta frase sobre el abuelo Somoza: “Puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), los Ortega han contado con el petróleo venezolano y las inversiones de China y Rusia. En todas esas inversiones aparecen siempre su hijos.

 

En noviembre, además de presidente, los nicaragüenses elegirán también a alcaldes y congresistas. Eliminada la oposición, el Frente Sandinista obtendrá más control, en un sistema de partido único disfrazado de democracia.

 

¿Pero acaso no era la revolución un sistema de partido único, también, en la que el directorio sandinista dictaba todas las reglas del juego? ¿Qué hay de diferencia con esto? “Para empezar, la Guerra Fría ya terminó hace décadas”, me dijo hace poco la escritora Gioconda Belli, que también fue revolucionaria (y en cuya casa, en San José, vivía Rosario Murillo cuando conoció a Ortega). “Pero, sobre todo, que nosotros trabajábamos por un sueño. Creíamos que estábamos construyendo una sociedad más justa, un mundo nuevo. Podés pensar que era muy romántico, pero eso era lo que creíamos. Estábamos dispuestos a sacrificarnos por un ideal. Pero esos ideales ya no están. Daniel acabó con el sandinismo. Lo que tenemos ahora es orteguismo.”

 

Murillo ya no es poeta. Ni siquiera cuando hace ese papel y escribe sus terribles panegíricos destinados a la demagogia y la política.

 

A principios de este año, acuerpada por todos los focos del oficialismo, recitó una oda a Sandino y Rubén Darío que sólo es memorable por mala. Un desfile cursi de clichés “aturronados”. La poeta murió con la revolución. El orteguismo la hizo burócrata.

 

Ya no quedan en Nicaragua tantos poetas como presumían hace treinta años. Si los tuvieran sabrían que el sandinismo ya no tiene poesía, ni revolución; que hoy es apenas un negocio, un gran negocio familiar.

 

El martes de la semana pasada la primera dama salió sonriente de la inscripción de su candidatura. Vestida con un chal rosa flamingo y con el cuello cubierto por collares de cuentas de madera de colores, tomó el micrófono para hablar a unas decenas de jóvenes uniformadas de jeans y camisetas blancas que aplaudían cada paso de la pareja presidencial. Dijo algunas palabras: “Las mujeres en Nicaragua somos luchadoras, batalladoras y, en la medida en que más mujeres y más mujeres están presentes en los espacios de liderazgo económico, social, político, promovemos más liderazgo de mujeres, porque sabemos que nos identificamos con mujeres que pueden, y todas nos sentimos capaces; sabemos que también podemos, y vamos llegando... Ahora, recordemos también, para nosotras es muy importante que, en un día como hoy, que el Frente Sandinista inscribe una fórmula de presidente y vicepresidente con el 50 por ciento, recordar que la revolución popular sandinista, que la lucha revolucionaria, es la que permite que en Nicaragua se reconozca el liderazgo y la capacidad de las mujeres”.

 

Después sonrió en grande, saludó uno por uno a los asistentes y se fue de la mano de su marido cansado.

 

* Director de elfaro.net, El Salvador.

Publicado enSociedad
“El amor eficaz es el amor revolucionario”

Ser revolucionarios es el acontecimiento del cristianismo a través del amor sincero y eficaz del Padre Camilo Torres Restrepo.

 

“Camilo tiene dos actas
de nacimiento: cuando vio la luz por primera vez, y cuando vio la luz por última vez, porque el mismo se hizo luz.”
Freddy Gutiérrez, Rebelión

El nacimiento de vida y luz

 

El 3 de febrero de 1929 nació Jorge Camilo Torres Restrepo en Bogotá y murió el 15 de febrero de 1966 en Patio Cemento, vereda del Carmen del municipio de San Vicente de Chucurí municipio del departamento de Santander, Colombia.

Nació en la capital y murió en una provincia. La distancia en el tiempo son 37 años y 12 días. Hoy cumpliría 87 años de edad por eso el lunes 15 de febrero de 2016 se cumplieron cincuenta años sin su presencia física, y también 50 años de su humana iluminación al mundo desde Colombia.

La distancia en el espacio es entre el egoísmo de la metrópoli y la solidaridad del amor sincero y eficaz, sincero porque es impecable, no requiere explicación, simplemente es acción y compromiso como lo fue su sacrificio. No fue al monte para matar a nadie, fue a la guerrilla para morir por todas y todos, por eso vive en una cruz de luz.

“Mi muerte abrirá caminos”, fue la sentencia que el profeta del pensamiento y la acción por, para y con la clase popular, repitió muchas veces cuando tomó la decisión de irse para el monte a asumir la lucha armada con todas sus consecuencias.

Los años han pasado y cada vez se ve con mayor claridad que la consigna de liberación o muerte, se superó al llegar al camino actual de liberación con vida, en la fundamentación teológica del principio cristiano de la Resurrección, para liberar al Ser Humano del pecado original, en el sacrificio del hijo de Dios, que se redime para devolverle su libre albedrío en la figura de Jesús.

Esta constante en el devenir cristiano, se nos revela en las enseñanzas de Pablo, que pone a Jesús como testimonio de la liberación de la humanidad, haciendo de ella la posición ecuménica que Juan XXIII iluminó con la encíclica Paz en la Tierra en la conciencia católica del sacerdote Camilo Torres Restrepo.

“El amor eficaz es el amor revolucionario”, es otro de los planteamientos esenciales de Camilo, cuando dijo a quienes lo seguíamos, que no bastaba con tener un discurso sociológico y político para comprometerse con los intereses de las comunidades, sino que era necesario encontrar a través de la investigación, los procesos de transformación que permitieran contribuir realmente con los intereses populares.

Aclaró que no se trataba de la eficiencia individual que generalmente prepara al ser humano para la competencia egocéntrica, en el sentido de sobreponerse sobre los demás en razón de la mayor productividad; sino de llevar a término la solidaridad de las comunidades, haciendo de la acción social un proceso eficaz para resolver las necesidades populares.
Por eso la investigación por la investigación no conduce a nada, quedando siempre en discursos demagógicos, que solo sirven para justificar certificaciones. La investigación, como la veía Camilo, es una herramienta para el cambio, que permite desde el inicio ser un proceso revolucionario, que resuelve problemas reales a las comunidades.

“En la realidad factual de las comunidades se realiza la revolución”. De todas las afirmaciones que Camilo expresó como investigador, la más cierta fue aquella que terminó diciendo: que solo era válido aquello que las comunidades afirmaban en la construcción de su devenir por encima de los planteamientos. Un ejemplo vivo de esta situación fue la modificación que hizo de su posición cuando afirmó: Que los males de la Universidad Nacional eran por causa de la intromisión de los comunistas en ella; después de convivir con ellos en la práctica universitaria, terminó por afirmar que esos estudiantes eran los más comprometidos con el prójimo en y fuera del claustro universitario.

En el camino de afirmarse en la investigación de la realidad, se fue acercando a encontrar, en la vía armada, un propósito que los pueblos escogían como una solución a la injusticia. Sin vacilar acabó por escoger ese camino, por entender que era el que las masas populares más conscientes de la clase popular, encontraban como salida en ese momento.

“La pobreza redime a los seres humanos”: Al acercarse a la clase popular, encontró en ella el milagro: que la vida nos muestra todos los días, al comprobar que los que producen todas las riquezas, a través de todos los tiempos, a pesar de la explotación a que han estado sometidos por parte del poder de la fuerza, siguen siendo los mismos que le aseguran a la humanidad la esperanza de su existencia.

En los primeros momentos de la historia los más fuertes impusieron a los pobres los trabajos más duros, en el esclavismo; cuando la humanidad encontró la producción, responsabilizó de esa labor a los esclavos, en la Edad Media a los siervos y artesanos, en el capitalismo a los obreros, pero siempre a los pobres que han sido el denominador común que produce la riqueza de cada uno de esos momentos.

Camilo evidenció que esto no era posible porque el obrero es hijo de la injusticia y postuló la existencia de la clase popular, como la única capaz de llevar a término esa liberación, por estar sustentada en la raíz y en el origen del ancestro.

Estos cuatro principios: el amor, la resurrección, la factualidad y la pobreza, recogidos del mensaje cristiano de Juan XXIII, al formular su acción ecuménica sobre los pueblos del mundo, le permitieron a Camilo Torres Restrepo realizar, con su posición radical, que no se trataba de redes formadas por puntos aislados, que desde su individualismo, solo querían imponer sus puntos de vista, sino redes multiversales que desde la continuidad de su desplazamiento fueran capaces de distribuir el humanismo en todas las direcciones desde la ligazón de la tradición ancestral de cada territorio con las innovaciones del presente planetario.

Al mirar retrospectivamente la historia de la humanidad, vemos al sujeto humano que aparecía para hacer avanzar la sociedad, era el arquetipo de los imitadores de Ulises que se imponían a la adversidad con la fuerza de la capacidad física, triunfando en el combate para ser recordados como los héroes de la verdad; hoy los personajes que se destacan son figuras sociales sacrificadas en el intento de mejorar la situación humana, como Camilo Torres y Che Guevara quienes, como Cristo, murieron por la liberación de los errores humanos, demostrando que en el pasado la resurrección se conseguía en el deber cumplido del trabajo transformador.

Actualmente, en nuestro tiempo, el ser humano se renueva en el placer de lo gozado, para potenciar la esperanza del camino de la felicidad, por lo cual es absoluta verdad la iluminación de Camilo para el cristianismo y todos los seres humanos como lo afirma la canción de Daniel Viglieti Cruz de luz: “Donde cayó Camilo, nació una cruz pero no de madera sino de luz.”

 

Bogotá, 3 de febrero de 2016, a los 87 años del nacimiento de Camilo Torres Restrepo en esta ciudad.

La revolución cultural China, 50 años después

¿Es posible llevar a cabo una Revolución socialista sin revolucionar sus propias estructuras, las que va conformando a lo largo de los años, en medio de su acción de pretendido cambio? Todo parece indicar que no. Así lo entendieron sectores del Partido Comunista Chino, que liderados por Mao dieron vida a la Revolución Cultural Proletaria, un intenso esfuerzo político, social e ideológico extendido a lo largo de una década, con el cual pretendieron profundizar la Revolución y neutralizar los sectores sociales y políticos proclives al capitalismo.

En mayo de 1966, hace 50 años, fue lanzada la Revolución Cultural Proletaria China –RCPCH– por Mao Tse Tung y el grupo de la Revolución Cultural, movimiento revolucionario de masas, el más grande en la historia; iniciativa que sintetizó la lucha entre dos sectores del Partido Comunista Chino (PCCH): los que buscaban la construcción de un socialismo diferente al modelo soviético, pretendiendo un modelo cada vez más revolucionario, y los que consideraban que la salida era el capitalismo, impulsando sus tesis apoyados en esquemas del modelo soviético. De esta Revolución algunos historiadores dicen que fue un proceso paranoico, represivo, asesino, palaciego, la gran purga de Mao que hundió a China en un caos que fue superado por el gobierno de TengSiaoPing, en 1979.

Sin embargo, vista cinco décadas después, es claro que si bien se cometieron errores, en ocasiones graves, de ella surgieron avances y desarrollos, no despreciables, en cuanto a la manera como se debe discutir y aplicar un modelo para la construcción de una nueva sociedad. Estas nota no son unbalance de la RCPCH, que requeriría más espacio, sino unos elementos a tener en cuenta alrededor de la misma.


Las cifras y los hechos

 

La RCPCH (1966-1976), fue un movimiento de masas, algo así como “una revolución dentro de la revolución”.


Desde 1949, cuando la revolución proletaria triunfó en China, fue abordado el camino de la construcción del socialismo en todas las áreas sociales: industria, agricultura, comercio, arte, cultura, estructura del poder público, régimen político, y relaciones internacionales; al mismo tiempo se socializaron los medios de producción, impulsando el desarrollo de las fuerzas productivas, con todo lo cual se buscaban soluciones importantes a los graves problemas económicos y sociales del país. Al tiempo que así se operaba surgía una capa burocrática dentro del partido y gobierno chinos, la cual ganaba prestigio y poder.


Ese sector trabajó por llevar a China Popular hacia el capitalismo; los que fueron llamados “seguidores del camino capitalista”, encabezados por Liu Chao Chi y Teng Siao Ping y que poseían una importante base social tanto en el Partido y Gobierno como entre las masas de obreros, campesinos e intelectuales.

 

Un esfuerzo constante

 

En la década del cincuenta del siglo pasado se impulsaron los movimientos llamados “El gran salto adelante”, el “Movimiento de educación socialista” y las “Comunas populares”, dentro de la política de avanzar con el pueblo en la construcción del socialismo e impedir la restauración capitalista.

grafica china 1

Los movimientos mencionados fueron evaluados, sobre todo el primero, como un fracaso, “un fiasco”, “una locura paranoica”, así lo tildaban los medios occidentales pero también dentro del propio PCCH. Si bien en ese proceso fueron cometidos errores delicados en lo económico, que llevaron a que Mao fuera removido de su cargo como presidente del Partido y relegado de su lugar en el Comité Central del mismo, el balance juicioso de ese periodo dista mucho de ser lo que dicen sus críticos que fue. Para dar un ejemplo, en este proceso lograron concretar, por ejemplo en educación:


Escuelas fundadas por fábricas: 13 millones de alumnos, escuelas primarias 900.000 mil, media y técnicas 900.000 mil, colegios especializados anexos a universidades 12.000.
Escuelas creadas por las Comunas Populares: 320.000 de educación política con 13 millones de alumnos; primaria 480.000 con 30 millones de alumnos; 22.000 medias y técnicas con dos millones de alumnos; 75.000 agrícolas y técnicas con cuatro millones de alumnos; 500.000 escuelas nocturnas con 23 millones de alumnos.

En 1960 fueron graduados 370.000 alumnos en ciencias técnicas, 150.000 más que en 1957. Lo que muestran las cifras no es solo el avance en la alfabetización sino que se buscaba relacionar el trabajo, la producción y la educación, que la fábrica construyera escuelas y que la escuela construyera fábricas o se vincularan a la producción.

El proceso era intenso: una Universidad con facultades de ingeniería civil construyó una fundición; las facultades de medicina promovían que los alumnos elaboraran microscopios y otros instrumentos médicos o medicamentos. Era entonces la lucha por la transformación en las relaciones de producción, como asunto y reto principal.

grafica china 2Este proceso de intensa lucha y pretensión de cambio, fue denominado como Revolución Cultural porque centró la lucha en educación, arte y cultura (colegios, universidades, institutos técnicos, periódicos, centros de arte, teatros, museos), áreas donde más arraigo tenía las posiciones a favor del capitalismo. Mao Tse Ttung había planteado que la superestructura ideológica es una relación social y que, por lo tanto, no puede verse separada de los otros aspectos de las relaciones sociales, y por ello mismo un aspecto más importante que las fuerzas productivas. Este enfoque de Mao es diferente al tradicional marxista sobre estos asuntos.

 

La base juvenil

 

A partir de la posición de Mao, según la cual la ideología tiene sus propias leyes, las campañas educativas y similares para los maoístas eran sucesivas. Entonces la Revolución Cultural centró ampliamente su esfuerzo en los estudiantes y en la juventud.


La base de masas de la Revolución fueron los Guardias Rojos (GR), jóvenes entre 12–25 años, estudiantes de colegio, universidades, tecnológicos y otras instituciones. En este proceso fueron movilizados, alrededor de 50 millones de jóvenes.


La lucha fue contra los militantes y funcionarios del Partido, así como funcionarios del Gobierno, llamados por los maoístas “seguidores del camino capitalista”, interesados en revertir el proceso socialista hacia el capitalismo y la inversión extranjera. Lucha intensa en la cual fueron expulsados tres millones de militantes del Partido y detenidos y encarcelados otros tres millones, de un total de 18 millones de militantes. Algunos historiadores solo confirman el 3 por ciento de expulsados, es decir, 540.000 militantes.


Pero ese movimiento no tocó, por razones políticas estratégicas, los centros de investigación científica, los campesinos y el Ejército Popular de Liberación (EPL). No se destruyeron los centros científicos, prueba de ello los experimentos y pruebas nucleares de esa década. Los centros científicos para 1960 eran cuarenta con 3.000 científicos de alto nivel.


Como fue una Revolución con expresiones violentas, muchas veces errónea e infundada contra académicos, artistas, científicos y periodistas, fueron destruidas instituciones educativas, tuvieron lugar enfrentamientos armados entre sectores de GR y grupos de derecha, o entre fracciones de GR pues algunos fueron promovidos por sus opositores al interior del partido para crear confusión y desestabilización.Tomaron lugar enfrentamientos armados en varias provincias y el poder local fue controlado por los revolucionarios, no solo maoístas sino anarquistas y de otras posiciones. Cuando se llamó a la clase obrera a participar y tomarse las universidades y colegios, respondieron a ese llamado más o menos 23 millones de obreros organizados en brigadas de lucha revolucionaria, lo que a su vez llevó de manera inevitable a desorganizar la producción. En ese momento, entre 1966 y 1969, tomó forma un doble poder en China: el poder del CC del PCCH y el Gobierno, y el poder revolucionario de estudiantes, intelectuales, obreros y soldados. En 1967 surgió la “Comuna de Shanghai” disuelta por Mao. La RCPCH fue una gran movilización de masas: de los 800 millones de habitantes de China Popular de ese entonces más de doscientos millones se movilizaron, entre estudiantes, intelectuales, obreros, soldados del EPL y militantes del partido.

 

Cuando la situación estuvo más grave y violenta, y los revolucionarios maoístas avanzaron en el poder alternativo, se llega a un acuerdo creando los comités revolucionarios de “triple integración” (militantes, soldados, organizaciones de masas), que funcionaron otra vez como poder paralelo y después controlados por los comités del partido a todos los niveles. En medio de tal disputa, es movilizado el EPL y toma el control del país; en esa lucha, según cifras oficiales, fueron detenidos 400.000 oficiales del ejército, y enviados al campo –a tareas agrarias– cuatro millones y medio de jóvenes.

En la década del 70 del siglo pasado continúo la lucha entre estas dos posiciones, no tan cruenta, prolongándose hasta 1976 cuando mueren Chou En Lai, Chu Te y Mao Tse Tung. Defendiendo las posiciones que lideró Mao quedo la llamada “Banda de los cuatro”, cuyos integrantes fueron detenidos y procesados en 1981. Con este golpe los sectores pro capitalistas logran imponerse a los comunistas, llega así la era de Teng Siao Ping y China empieza su camino no sólo hacia la regresión capitalista sino hacia el imperialismo.
De esta manera, el modelo maoista de construcción del socialismo fue derrotado, pero su teoría y práctica deben ser evaluados en sus aspectos positivos.


Calculan cifras de varias fuentes que durante la GRCP murieron entre 400.000 mil a un millón de personas. A todo lo anterior la prensa occidental lo denomina “el caos”, cuando en realidad fue una Revolución en un país socialista por llevar adelante las tareas transformadoras, en lo científico, tecnológico, artístico y cultural, una gran Revolución para transformar la consciencia de los seres humanos.

Publicado enEdición Nº225
Domingo, 19 Junio 2016 06:00

La cultura dentro de la Revolución

La cultura dentro de la Revolución

Ni qué decir; era bastante caro en comparación con los libros de precio irrisorio a la venta en moneda nacional en las tantas librerías que pululan a lo largo y ancho de La Habana; aun así, por si las moscas, por si ya no me fuera a topar con él en mis correrías de un lado a otro de la ciudad, decidí entregar dócilmente los 12.95 pesos convertibles que me pedían y embolsarme las famosas Palabras a los intelectuales de Fidel Castro.

Digo “famosas”, pero en realidad nunca, hasta ahora, a más de 50 años de haber sido pronunciadas, las había yo leído. Las cosas llegan a la mano de uno, es decir, de una, porque soy mujer (perdón por el desliz), poco a poco; ni modo. La utopía no está a la vuelta de la esquina, ni a tres cuadras y media. Dicen más bien que en el camino. Y en ese camino me hallaba yo, bajo la canícula del medio día, surcando las calles de la capital cubana, en busca de –eso creo– las pruebas, las huellas, los vestigios dirían otros, de la revolución, digo, Revolución, con “R” mayúscula. Así lo escriben allá, desde el 59, desde el mismo momento en que derrocaron a Batista que huyó corriendo a refugiarse, qué pena (histórica), en ese otro mi país, la República Dominicana, bajo el ala protectora de Trujillo, antes de que éste fuera ajusticiado por los guerrilleros entrenados, en solidaridad, en la misma Cuba. El Caribe era, en aquellos años, puro bullicio; merengue, conga y son al ritmo de la emancipación. Estados Unidos apenas está procesando el perdón. Y México ha olvidado. Ahí está, en uno de los principales pasillos del museo que recrea la gesta revolucionaria, el retrato del Tata Cárdenas, en agradecimiento, en reconocimiento. ¿Lo sabrá Peña Nieto?


Nomás aterrizar en el aeropuerto José Martí y luego llegar a la calle 23 entre la 8 y la 10, en pleno Vedado –Ya estoy llegando/en un abrir y cerrar de ojos/a tus brazos, a tu plaza/a tu nido, a la certeza/que aún estamos vivos/ - supe cuán lejos estaba –qué calma, qué respiro, qué paz– de los quién-sabe-cuántos-mil muertos y desaparecidos y desplazados y cremados y despedazados y todos sus dolientes, de los copetes, de los aviones hércules, del totalmente palacio, del territorio Telmex, de los rescates bancarios, de las ventas y metrallas nocturnas, de Apatzingán o Afganistán, del pri que se va pero que no se va, del Nuño contra Núñez, de la incidencia e indecencia del tribunal electoral.


Esa lejanía-cercanía se reafirmaba siempre a la hora de instalarme en una mecedora. Y es que las mecedoras en Cuba, detalle importante, permiten mecer, en su vaivén continuo y acompasado, la vida entera que transcurre desde tempranito en la mañana, cuando el sol apenas despunta, hasta bien entrada la noche, después del atardecer salmón o melón. Desde ahí sentada no se ven nunca espectaculares. No existen en el paisaje urbano cubano. La vista así descansa y busca y ve y halla otro mirar y, automáticamente, otro escuchar: el trajín diario de los almendrones, las fichas de dominó, cual conjuro, entre los dedos de los hombres y, más arriba, las azoteas y las copas de las ceibas y, más arriba todavía, las estrellas y, cuando llueve, la luna hinchada de azul, agua y luz. A lo lejos, a lo sumo, se llega a adivinar, como insignia del hasta la victoria siempre, las letras luminosas del Hotel Habana Libre, arrebatado a los Hilton, por las mismas fechas en que Fidel Castro enunció sus palabras a los intelectuales.


En éstas, pronunciadas en junio de 1961 ante un nutrido público de escritores y artistas, Fidel marca las directrices de lo que sería la política cultural del gobierno revolucionario. Una política emanada de los ideales sociales, claro espejo de un proyecto de sociedad en ciernes. El desarrollo cultural iría así paralelo a la nacionalización de la industria y la disolución de la propiedad privada. Castro lo plantea bien claro en su discurso: “Y lo mismo que la Revolución se preocupa por el desarrollo de las condiciones y de las fuerzas que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades materiales, nosotros queremos desarrollar también las condiciones que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades culturales”.


En este contexto se crearían las instituciones emblemáticas que no solamente lograrían proyectar a Cuba a nivel internacional sino que, isla adentro, harían de la cultura un bien de accesibilidad universal a la vez que un lugar desde donde repensarse y refundarse como nación. La Imprenta Nacional para publicar libros masivamente –como los cien mil ejemplares de El Quijote con ilustraciones de Gustavo Doré y Pablo Picasso–, la Escuela Nacional de Artes, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, el Taller de Gráfica Experimental, el Ballet de Cuba, el Conjunto de Danza Moderna o la Casa de las Américas que, fundada por la ex guerrillera Haydée Santamaría, se ha convertido en el punto de encuentro e intersección de toda la intelectualidad latinoamericana comprometida con la humanidad, constituyen algunos de los faros indiscutibles de la Cuba revolucionaria. A la vez, se arrancaría con la campaña de alfabetización e implementarían programas para que las expresiones culturales y las oportunidades de practicar algún arte llegaran al campo, a las granjas, a las cooperativas y a los barrios.


Pero más allá de todo ello, hoy en día, a más de medio siglo de distancia, en pleno frenesí de la globalización capitalista, las Palabras a los intelectuales invitan a retomar y reavivar el debate sobre la libertad cultural y de creación. “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada” proclamaría sin concesión alguna Fidel Castro. ¿Dogmatismo? No más, desde luego, que el determinismo económico del libre mercado que designa el destino de los pueblos en la bolsa de valores y mide el éxito de las políticas culturales en función de su aporte al PIB. Y así andamos acá, en boga siempre por los caminos del neoliberalismo. ¿Presagio o pronto naufragio?

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Publicado enCultura
Viernes, 10 Junio 2016 06:58

La nueva Venezuela

La nueva Venezuela

 

Las crisis sistémicas suelen provocar mutaciones de larga duración que no dejan nada en su lugar. La crisis de la dominación española sobre nuestro continente se trasmutó en una realidad completamente nueva. Las sociedades que se estabilizaron hacia la segunda mitad del siglo XIX poco tenían que ver con las existentes hacia 1810, cuando la Revolución de Mayo en el virreinato del Río de la Plata.

 

Esos periodos críticos habilitan, también, el nacimiento de relaciones sociales diferentes a las hegemónicas que son, en última instancia, una de las claves de bóveda del cambio social. No es durante la grisura de la estabilidad cuando nace lo nuevo, sino en medio de las bravas tormentas, siempre que seamos capaces de innovar, de trabajar creando.

 

En Venezuela está sucediendo algo similar. Detrás o debajo de la crisis política, de la ofensiva de la oposición y de Washington, de la parálisis del gobierno, de la corrupción que atraviesa todo el país, de arriba abajo, de la escasez y de las interminables colas para comprar alimentos, late otro país. Un país productivo, solidario, donde las personas no pelean entre sí por apropiarse de harina, azúcar y arroz, un país en el que pueden compartir lo que hay.

 

Un extenso e intenso recorrido por comunidades de los estados de Lara y Trujillo, desde la ciudad de Barquisimeto hacia la región andina, permite comprobar esta realidad. Se trata de una amplia red de 280 familias campesinas integradas en 15 organizaciones cooperativas, junto a 100 productores en proceso de organización, que integran la Central Cooperativa de Servicios Sociales de Lara (Cecosesola), que abastecen las tres ferias urbanas con 700 toneladas de frutas y verduras cada semana, a precios 30 por ciento por debajo del mercado, ya que eluden coyotes e intermediarios.

 

La visita directa a cinco cooperativas rurales, algunas con más de 20 años y otras en proceso de formación, permite comprender que la cooperación campesina tiene una fuerza extraordinaria. Una sencilla cooperativa de 14 productores en Trujillo, a 2 mil 500 metros de altura, consiguió comprar tres camiones, construir una bodega, la casa campesina y un galpón, produciendo básicamente papas y zanahorias de forma manual, sin tractores porque sus tierras están en pendientes. Un pequeño milagro que se llama trabajo familiar y comunitario, porque todas las cooperativas tienen tierras comunes que cultivan entre todos y todas.

 

Trabajo y debate para corregir errores. Eso que antes llamábamos autocrítica y quedó olvidada en algún agujero negro del ego masculino/militante. Las 3 mil reuniones anuales que realizan los mil 300 trabajadores asociados de Cecosesola, abiertas a la comunidad, son extensas, ásperas y frontales, en las que no se ocultan las desviaciones personales que perjudican al colectivo. Como decimos en el sur, no se andan con chiquitas. Van de frente, sin anestesia ni diplomacia, lo que no resquebraja sino consolida el ambiente de hermanamiento.

 

La red de 50 organizaciones comunitarias (15 rurales y 35 urbanas) abastece a más de 80 mil personas por semana en las tres ferias de consumo familiar, que cuentan con 300 cajas simultáneas. En estos momentos de escasez, abastecen la mitad de los alimentos frescos de una ciudad de un millón de habitantes, por lo que se forman colas hasta de 8 mil personas en la feria central, la más concurrida de todas, ya que el gobierno cerró algunos de sus mercados por carecer de productos.

 

Las cooperativas rurales producen verduras y frutas; las unidades de producción comunitaria urbanas elaboran pastas, miel, salsas, dulces y artículos de higiene y del hogar. En total, son 20 mil socios de los sectores populares de Barquisimeto los que están directamente involucrados en la red.

 

Los ahorros en la producción, las ferias y las colectas les permitieron construir el Centro Integral Comunitario de Salud, que tuvo un costo de 3 millones de dólares, cuenta con 20 camas y dos quirófanos donde realizan mil 700 cirugías anuales a mitad de precio que en las clínicas privadas, gestionado por casi 200 personas de forma horizontal y asamblearia. Además, tienen un fondo cooperativo (una suerte de banco popular) para financiar cosechas, comprar vehículos, insumos médicos y otras necesidades de las familias.

 

Todo, absolutamente todo, lo consiguieron con el trabajo propio y el apoyo de la comunidad. No recibieron un solo bolívar del Estado a lo largo de más de 40 años. ¿Cómo lo hicieron? Algunos documentos elaborados por la red lo explican en dos conceptos: ética y cooperación comunitaria.

 

No es que no haya problemas. Los hay, y muchos, con casos de aprovechamiento individualista, como en todas partes. El documento Ética y revolución, difundido en marzo pasado, dice: En nuestro país aceleradamente se va imponiendo una nueva modalidad de propiedad privada, al intentar adueñarse cada quien del espacio que se le antoje según su conveniencia. Ante eso son intransigentes. Es el mismo espíritu que los lleva a fijar los precios sin atender los del mercado, sino por acuerdos entre productores, tomar los acuerdos por consenso, eliminar las votaciones, percibir todos los mismos ingresos y trabajar para desmontar las jerarquías de poder internas.

 

La guía no es el programa, ni la relación táctica/estrategia, sino la ética. ¿Sin ética hay revolución?, finaliza el citado documento. La historia nos dice que los sectores populares pueden derrotar a las clases dominantes, como sucedió en medio mundo desde 1917. Lo que no está demostrado es que podamos establecer modos de vida diferentes del capitalismo.

 

Los trabajadores de Cecosesola pueden llevar de sus ferias la misma cantidad de productos que el resto de la comunidad. Si hay un kilo de harina por persona, es para todos igual, formen o no parte de la red. Esto es ética. La escasez es para todos. Sin privilegios.

 

Esa es la nueva Venezuela. Donde la ética es guía y norte. Aunque estén rodeados de mezquindades, siguen su camino. ¿No era ese el espíritu revolucionario?

 

 

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Miércoles, 20 Abril 2016 06:47

Fidel Castro: El pueblo cubano vencerá

Fidel Castro: El pueblo cubano vencerá

Constituye un esfuerzo sobrehumano dirigir cualquier pueblo en tiempos de crisis. Sin ellos, los cambios serían imposibles. En una reunión como esta, en la que se congregan más de mil representantes escogidos por el propio pueblo revolucionario, que en ellos delegó su autoridad, significa para todos el honor más grande que han recibido en la vida, a este se suma el privilegio de ser revolucionario que es fruto de nuestra propia conciencia.


¿Por qué me hice socialista, más claramente, por qué me convertí en comunista? Esa palabra que expresa el concepto más distorsionado y calumniado de la historia por parte de aquellos que tuvieron el privilegio de explotar a los pobres, despojados desde que fueron privados de todos los bienes materiales que proveen el trabajo, el talento y la energía humana. Desde cuándo el hombre vive en ese dilema, a lo largo del tiempo sin límite. Sé que ustedes no necesitan esta explicación pero sí tal vez algunos oyentes.


Simplemente hablo para que se comprenda mejor que no soy ignorante, extremista, ni ciego, ni adquirí mi ideología por mi propia cuenta estudiando economía.


No tuve preceptor cuando era un estudiante de leyes y ciencias políticas, en las que aquella tiene un gran peso. Desde luego que entonces tenía alrededor de 20 años y era aficionado al deporte y a escalar montañas. Sin preceptor que me ayudara en el estudio del marxismo-leninismo; no era más que un teórico y, desde luego, tenía una confianza total en la Unión Soviética. La obra de Lenin ultrajada tras 70 años de Revolución. ¡Que lección histórica! Se puede afirmar que no deberán transcurrir otros 70 años para que ocurra otro acontecimiento como la Revolución Rusa, para que la humanidad tenga otro ejemplo de una grandiosa Revolución Social que significó un enorme paso en la lucha contra el colonialismo y su inseparable compañero, el imperialismo.


Quizás, sin embargo, el peligro mayor que hoy se cierne sobre la tierra deriva del poder destructivo del armamento moderno que podría socavar la paz del planeta y hacer imposible la vidahumana sobre la superficie terrestre.


Desaparecería la especie como desaparecieron los dinosaurios, tal vez habría tiempo para nuevas formas de vida inteligente o tal vez el calor del sol crezca hasta fundir todos los planetas del sistema solar y sus satélites, como gran número de científicos reconocen. De ser ciertas las teorías de varios de ellos, las cuales los legos no ignoramos, el hombre práctico debe conocer más y adaptarse a la realidad. Si la especie sobrevive un espacio de tiempo mucho mayor las futuras generaciones conocerán mucho más que nosotros, aunque primero tendrán que resolver un gran problema. ¿Cómo alimentar los miles de millones de seres humanos cuyas realidades chocarían irremisiblemente con los límites de agua potable y recursos naturales que necesitan?


Algunos o tal vez muchos de ustedes se pregunten dónde está la política en este discurso. Créanme que me apena decirlo, pero la política está aquí en estas moderadas palabras. Ojalá muchos seres humanos nos preocupemos por estas realidades y no sigamos como en los tiempos de Adán y Eva comiendo manzanas prohibidas. ¿Quién va a alimentar a los pueblos sedientos de África sin tecnologías a su alcance, ni lluvias, ni embalses, ni más depósitos subterráneos que los cubiertos por arenas? Veremos que dicen los gobiernos que casien su totalidad suscribieron los compromisos climáticos.
Hay que martillar constantemente sobre estos temas y no quiero extenderme más allá de lo imprescindible.


Pronto deberé cumplir 90 años, nunca se me habría ocurrido tal idea y nunca fue fruto de un esfuerzo, fue capricho del azar. Pronto seré ya como todos los demás. A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos como prueba de que en este planeta, si se trabaja con fervor y dignidad, se pueden producir los bienes materiales y culturales que los seres humanos necesitan, y debemos luchar sin tregua para obtenerlos. A nuestros hermanos de América Latina y del mundo debemos trasmitirles que el pueblo cubano vencerá.


Tal vez sea de las últimas veces que hable en esta sala. He votado por todos los candidatos sometidos a consulta por el Congreso y agradezco la invitación y el honor de escucharme. Los felicito a todos, y en primer lugar, al compañero Raúl Castro por su magnífico esfuerzo.


Emprenderemos la marcha y perfeccionaremos lo que debamos perfeccionar, con lealtad meridiana y la fuerza unida, como Martí, Maceo y Gómez, en marcha indetenible.

Fidel Castro Ruz
Abril 19 de 2016, al cierre del Séptimo Congreso del Partido

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Jueves, 18 Febrero 2016 05:37

Hitler, Merkel y Renzi van a la ópera

Hitler, Merkel y Renzi van a la ópera

Desde luego, no hay que subestimar el poder de la música. Especialmente de la ópera que –al incorporar también lo visual y lo literario– puede ser un sugestivo vehículo de mensajes políticos.


Richard Wagner (1813-1883) tiene un claro mensaje político. Es un gran revolucionario de la ópera –y de la música (que abrió la puerta a la posterior llegada de dodecafonismo)–, pero, sobre todo, es un gran ideólogo.


Como uno de los pocos compositores que escriben sus libretos, mete en ellos mucho de su pensamiento racista, sexista y antisemita; si estira el lenguaje musical de su época, lo hace para transmitir mejor (con más dramatismo) sus ideas de la supremacía teutona y renovación radical de la especie humana.


Adolf Hitler tiene 12 años y por primera vez va a la ópera, a ver a Lohengrin: Me volví adicto inmediatamente. Mi entusiasmo por el maestro de Bayreuth no tenía límites, anota años más tarde en Mein kampf (1925).


Desde el principio convierte a aquella pequeña ciudad bávara en un nido de nacional-socialismo, con su llegada al poder en el corazón cultural del Tercer Reich, y a Wagner en su compositor oficial; tras la victoria final planea ascender su música a niveles aún superiores.


Curioso: la mayoría de notables nazis no comparte el wagnerismo del Führer (el teatro en la Colina Verde a menudo se ve vacío y se llena sólo por fuerza); alemanes comunes y corrientes al ir a la ópera prefieren otro repertorio (Verdi o Puccini).


Así que si bien no hay que desestimar la influencia de Wagner (ante todo en la medida en que el mismo Hitler se lo cree, planeando –tal vez– las invasiones al son de sus óperas o las de Beethoven o Strauss), darle demasiada importancia (como esto de explicar el auge del nazismo o la subsiguiente guerra con el poder de su música) es igualmente erróneo.
Una falacia que sintetiza –y aniquila– magistralmente Woody Allen en uno de sus clásicos one-liners: No puedo escuchar tanto Wagner... me dan ganas de invadir Polonia (Manhattan murder mystery, 1993).


Aquí Lenin –y no sólo aquí– está en las antípodas. Cuando invade Polonia (la guerra polaco-bolchevique de 1919-1921), seguramente no escucha la música. No puede. Le hace mal. Lo vuelve emotivo y débil, como confiesa en una ocasión.
Una distinción crucial –la separación de música y política (y muestra de su indudable humanidad, Slavoj Zizek dixit)– que no hacen los nazis, con Hitler a la cabeza, todos melómanos-genocidas (algunos músicos semiprofesionales).


A pesar de esto, y citando la misma confesión de Lenin, un columnista inglés –en contexto del bicentenario del natalicio de Wagner (2013)– lo fustiga por ignorar cultura y priorizar política, una de las razones por la que fracasó su revolución.


La clase política inglesa dominada por filisteos es, según él –en este aspecto–, leninista: ignora la vida artística, una señal de la sociedad fallida; un ejemplo a seguir es la clase política alemana –y Angela Merkel en particular–, que regularmente va a Bayreuth, dando así señal de salud de la sociedad civil (The Guardian, 2/8/13).


Curioso: tener uno de los festivales musicales más democráticos del mundo (los Proms de Londres), ignorado por políticos, pero concurrido por representantes de 99 por ciento de la sociedad –gracias a boletos baratos–, es muestra de enfermedad; tener uno de los más elitistas (el de Bayreuth), accesible –por precios astronómicos de boletos– sólo a uno por ciento de la sociedad (la élite económica y política), es muestra de salud.


Y todavía estas apariencias: una vez la canciller Merkel –que no enloquece tanto por Wagner, el más wagnerista es su esposo– va a la ópera con un vestido que ya lució una vez (austera, como la crisis lo demanda, elogia el amarillista Bild).
Chismes y escándalos. Lo único que desde hace años es capaz de producir Bayreuth. El mejor Wagner ya está en otra parte: en Salzburgo, en Berlín, en Milán...


Milán. Matteo Renzi va allí a inaugurar la tempo-rada en La Scala. Tocan a Verdi: Juana de Arco. Pero la música es lo de menos. Va a hacer noticia: El premier italiano desafía la seguridad por una noche en la ópera (The Guardian, 7/12/15).
Los terroristas –dicen los servicios secretos– van a volar el teatro, pero el valiente político va. Un espectáculo que de manera conveniente tapa las protestas antiausteridad afuera que ya son la costumbre en las inauguraciones de La Scala.


Daniel Barenboim, sin embargo –su ex director musical argentino-israelí, conocido interprete y defensor de Wagner (Lo peor que le pasó fue el amor de Hitler a su música)–, una vez capta la atención fustigando desde el podio recortes a la cultura.
En fin. La ópera –al parecer–, puro problema. El gran Pierre Boulez (1925-2016) –compositor y conductor francés que falleció en enero pasado– tiene una elegante solución: Volarlas todas (Der Spiegel, 1967).


¿Mera provocación? Más bien protesta contra la estagnación del género, critica la cultura burguesa (la ópera de París está llena de polvo y mierda) y parte de su incansable promoción de nueva música (dodecafonismo/serialismo).


Curioso: alguien en la policía suiza lo lee y guarda la memoria casi 40 años. Tres meses después de los atentados de 9/11 Boulez es sacado de su cama en un hotel en Basilea y acusado de terrorismo (BBC, 4/12/01).
Todo –en sí bastante operístico– huele a venganza.


Pero no es que no tiene gusto por la ópera, sólo es muy particular (Berg). Una vez incluso –¡en Bayreuth!– realiza Der Ring... (1976) en escenario industrial del siglo XIX como una saga capitalista. Con Jean Genet planean una ópera sobre la guerra de Argelia...


Pero Boulez es más radical allí donde se inclina por la música pura. Con la sola fuerza de su creatividad cuestiona el statu quo. La política no le hace falta. Su gesto –muy leninista, de separación, pero a rebours– es subversivo. Incluso: anticapitalista (Counterpunch, 7/1/16).


De allí que iniciativas como la Ópera contra el racismo y xenofobia –una serie de conciertos este febrero en diferentes ciudades alemanas–, aunque nobles (y en espíritu muy antiWagner), se quedan cortas.


Lo revolucionario, emancipatorio, no es combinar la música y la política. Es ser fiel a cada una de estas esferas.
Lenin y Boulez se dan la mano sin saberlo.


Por Maciek Wisniewski, periodista polaco
Twitter: @periodistapl

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Sábado, 26 Septiembre 2015 12:39

El Papa Francisco, ¿hace una revolución?

El Papa Francisco, ¿hace una revolución?

Las revoluciones en el cruce del desierto

 

El éxodo bíblico1 ocurrió muy seguramente cerca del año 1450 antes de nuestra era y debió de suceder bajo el reinado del faraón Amenhotep II, el séptimo de la dinastía XVIII de Egipto. El hecho es que el pueblo de Israel, con sus distintas tribus, vivía en ese país, muy cerca del delta del Nilo y en calidad de pueblo extraño. Era oprimido con durísimos trabajos y con brutales malos tratos. Un líder muy fuerte y decidido, nombrado en la biblia como Moisés, acaudilló la salida masiva del pueblo con dos propósitos, romper la opresión y establecerse en una tierra de libertad o "tierra de promisión". La travesía fue larga y penosa hasta llegar a la región de Canaán, entre el Mar Mediterráneo y el río Jordán, región que hoy corresponde al Estado de Israel, Cisjordania y la Franja de Gaza.

 

Moisés representaba en los años de peregrinación por el desierto, la ortodoxia, es decir, lo que la oficialidad religiosa consideraba mandato y voluntad de su dios Yahveh. Sin embargo, cuando se empezaba a sentir que algo no funcionaba o que sería mejor de otra forma, cuando sentía que el guía y legislador Moisés se equivocaba y que su equivocación empezaba a imponer cargas innecesarias a los agobiados caminantes, el pueblo se rebelaba y actuaba de otra forma. Moisés, entonces, conciente que las cosas no volverían atrás, asumía pose de legislador, convencido de cuidador del "orden establecido" y, con tono mayestático, declaraba "a partir de hoy manda Yahveh..." y estatuía el cambio como voluntad de Dios y nueva norma. Es apenas normal suponer hoy que el pueblo debía de reírse socarronamente y decirse: "¡cuál Dios, cuál Moisés! ¡Hemos sido nosotros quienes lo hemos hecho!".

 

Cuando las revoluciones vienen de arriba, por decreto o por golpe de estado, cuando no tienen un pueblo en su base, un pueblo que las haya querido y buscado, que las haya luchado y exigido, es imposible que se sostengan. Una revolución, para que sea digna de su nombre, para que se construya y perdure como tal, debe ser construida por el pueblo que, fatigado de una situación amarga, injusta e indeseada, se rebela y se organiza para hacerla. Así, al menos, en la saga mosaica que acabamos de evocar.

 

Los papas del siglo XX que intentaron revoluciones

 

Saltando siglos y ubicándonos en la segunda mitad del siglo veinte, nos encontramos con tres papas de la iglesia romana que intentaron, el primero iniciar y los otros dos madurar procesos revolucionarios intensos al interior de su propia iglesia2. Juan XXIII, quien había llegado incluso a proponer una reconciliación de la iglesia católica con el socialismo como doctrina –como socialismo utópico– y a encontrar afinidades entre su propuesta de sociedad y las derivadas de las utopías cristianas, propició el gran revolcón que se llamó "Concilio Ecuménico Vaticano II"3 entre 1962 y 1965. Se abrieron las puertas a una gran revolución eclesiástica que continuó Paulo VI a la muerte de su mentor. A pesar de todos los empeños de la curia vaticana por abortar las transformaciones emprendidas por Juan XXIII, Paulo VI las ahondó con valentía y en extrema soledad, las mantuvo y las defendió de los ataques de los centros de poder del mundo entero. A su muerte, Juan Pablo I, el Papa que sólo duró 33 días, pretendió radicalizar aún más lo iniciado: el retorno a la pobreza evangélica, la renuncia a ser un Estado, el divorcio de los grandes centros de poder político del mundo, la alianza estratégica con los empobrecidos de la tierra. Hay pruebas documentales de que fue envenenado. Luego se desató una furibunda contrarreforma que se mantuvo por 35 años y retrocedió lo avanzado a épocas de mayor oscurantismo que el abordado inicialmente. Un Papa polaco, visceralmente anticomunista, y un Papa alemán –que había participado en las juventudes nazis– reversaron a la Iglesia hacia una época entre medieval y barroca4. ¡Tres papas revolucionarios!, los tres boicoteados sistemáticamente, uno asesinado, sus revoluciones reversadas. Una vez más, como en los tiempos del éxodo y de Moisés, la revolución no se hace si no nace desde las bases de un pueblo o de una organización.

 

Para entender la agenda política del papa Francisco

 

Francisco llegó al Vaticano cuando la contrarrevolución marchaba a galope firme y daba señales de instalar a la Iglesia para siempre en las glorias y esplendores del pasado. Cuando el argentino Jorge Mario Bergoglio, una vez elegido, adoptó el nombre de Francisco, se estremeció de susto la anquilosis eclesial. Ese nombre susurraba cosas y evocaba las viejas rebeldías del Francisco del siglo trece, el de Asís, el poeta, pacifista y transgresor.

 

Si uno se atiene a la historia de Bergoglio, nada nuevo habría que esperar de él y de su presidencia de la Iglesia romana. Sus posturas como superior provincial de los jesuitas, como Obispo auxiliar y como Cardenal primado de Buenos Aires frente a las mujeres, el movimiento social, las diversidades sexuales y de género, los sacerdotes apresados por la dictadura, los religiosos en barrios de miseria, la teología de la liberación, los procesos libertarios y liberacionistas del continente, dan fe de un religioso conservador del statu quo político y religioso, centrado puramente en los intereses de la Iglesia como aparato controlador de los cuerpos, las opciones y las conciencias.

 

Si uno se atiene, en cambio, a la sensibilidad humana y espiritual de Francisco -hombre capaz de llorar con los más empobrecidos y enfermos, de oír a la gente triste, abandonada y sola–, y a su simplicidad de vida –hombre de pocas insignias de poder y jerarquía, de predicación sencilla y al alcance de los más humildes, capaz de andar en autobús y en metro como un ciudadano común, de comer y gustar lo que come y gusta la gente del pueblo–, puede esperar de él posturas con fuerza profética y capacidad para desmontar el aparataje imperial y soberbio del Vaticano y sus enclaves pequeños y grandes a lo largo y ancho del mundo. Esto solo contiene, ya de suyo, chispas capaces de incendiar revoluciones.

 

Si uno considera lo que ha pasado con jerarcas de la Iglesia –caso de Hélder Cámara en Brasil, de Oscar Arnulfo Romero en El Salvador y de Gerardo Valencia en Colombia, entre muchísimos otros– que al ser elegidos representaban lo más conservador, intransigente y cerrado de la Iglesia alrededor de proyectos políticos radicalmente de derechas y burgueses, pero que al comenzar a andar con los pueblos pobres asumieron una radical conversión cristiana hacia su proyecto político liberador y hacia sus luchas, queda mucho por esperar de Francisco en la línea de un apoyo decidido y eficiente a las luchas de los pueblos por su dignidad, sus derechos y sus libertades. Al fin y al cabo, nada es rectilíneo en la historia humana ni en la historia de las personas.

 

Francisco ha dado claras señales de una radical conversión a las luchas y búsquedas, aún revolucionarias y estructurales, de los pueblos, desde el momento mismo de su instalación en el máximo poder eclesiástico romano. Leamos algunas de las más sintomáticas: a) Ante los movimientos sociales, en Roma (2014) y en La Paz (2015), el Papa ha reiterado su compromiso y su alegría de ver a la iglesia involucrada plenamente con los movimientos populares porque "Queremos un cambio de estructuras, este sistema ya no se aguanta: no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos, no lo aguanta la tierra"5; b) La encíclica "Laudato sí" –"Alabado seas"–6, toda ella está confeccionada como un análisis estructural del problema ambiental del Planeta, no como un mero problema coyuntural; su análisis desemboca en audaces denuncias al sistema neoliberal de mercado y a los centros de poder imperial que masacran y aniquilan pueblos y la vida misma, convocando a todos los pueblos del mundo a rebelarse activa y organizadamente.

 

Francisco en Cuba y en E.U., ¿con que propósitos?

 

Cuando este periódico se difunda estará en curso o habrá trascurrido la visita a Cuba (19–22 septiembre) y habrá sucedido lo mismo con su visita de seis días a los Estados Unidos (22–27 septiembre) y tendremos balances de ambos eventos. Me aventuro, sin embargo, a unas suposiciones que derivo del comportamiento que ha adoptado el pontífice en sus largos dos años de gobierno de la iglesia católica: a) Se habrá afirmado como hombre de espíritu libre y profundo que anima a la revolución cubana a seguirse construyendo como alternativa frente a la deshumanización del libre mercado; la habrá invitado a la plena acogida de todas las diversidades humanas, incluidas las diversidades religiosas; desde la isla habrá llamado al gobierno de los Estados Unidos a un sincero y efectivo levantamiento del bloqueo, del embargo económico y de todas sus funestas derivaciones contra los derechos humanos. Obviamente, habrá hecho una defensa radical de los derechos humanos amenazados en el mundo entero, sobre todo en los países del que se cree primer mundo. Habrá valorado el socialismo como vía para la racionalización del uso de la tierra, del suelo y del subsuelo y para la garantía de un mundo en equidad y en justicia. Habrá levantado una vez más su voz contra los muchos crímenes que contra la humanidad ha cometido el capitalismo neoliberal depredador y eliminador de la vida; b) En los Estados Unidos, y ante la ONU, habrá repetido los mismos mensajes anteriores y algo más: habrá denunciado la pasión imperialista de los americanos y todas las formas de imperialismo. Se habrá ido lanza en ristre contra el colonialismo en todas sus formas, particularmente contra la colonización de los cuerpos y de los espíritus, de la economía, de la geografía y de la vida. Habrá desenmascarado los consumismos como rostros brutales del despiadado saqueo planetario, como irracionalidad y como evasión de las sendas espirituales del vivir humano.

 

Pero nunca un Papa va a hacer una revolución

 

Como no pudo el viejo Moisés hace 36 siglos, tampoco podrá un Papa solo promover revoluciones en lugar alguno del mundo o de la historia. Tal vez sí, y esto ya es un aporte valiosísimo, un Papa que se decida con audacia a cuestionar los aparatos de poder, las hegemonías capitalistas y las omnipotencias del mercado, a señalar nuevos caminos para la fe, a convocar a los pueblos a la unidad y a despertar conciencia crítica, vigilante y participante en sus feligresías del mundo, podrá promover revoluciones aplazadas y urgentes por distintos lados del Planeta. Queda claro que un Papa a solas no hará una revolución ni siquiera en su propia casa –allá donde se cree que él manda más–, pero puede, si pone su poder simbólico al servicio de esa causa, promover e impulsar el milagro político-religioso de las nuevas alianzas entre cristianos, otros creyentes, movimientos sociales de base y movimientos políticos revolucionarios.

 


 

* Animador de Comunión sin fronteras - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
1 El libro del Éxodo es el segundo de la Biblia cristiana y forma parte del llamado Antiguo Testamento. Es una saga que recoge distintos momentos del pueblo de Israel en su cruce del desierto hacia tierras de libertad, historia que se da, según "el libro de libros", en un período de cuarenta años.
2 Juan XXIII, papa entre 1958–1963; Paulo VI, entre 1963–1978; Juan Pablo I, un mes del año 1978.
3 Un concilio ecuménico es una asamblea magna de la iglesia católica que, convocado por el Papa, reúne a todos los obispos del orbe alrededor de asuntos conexos con el derecho eclesiástico, con los dogmas y sus interpretaciones, con sus posturas morales y/o con sus prácticas litúrgicas
4 Juan Pablo II gobernó entre 1978 y 2005; Benedicto XVI, entre 2005 y 2013.
5 Papa Francisco en La Paz, Bolivia, frente a los movimientos sociales, Julio de 2015.
6 El título "Laudato sí" es tomado del "Cántico de las criaturas" de San Francisco de Asís que en su original italiano empieza "Laudato sí, mi signore – Alabado seas, mi Señor".

Publicado enEdición Nº 217
Adolfo Sánchez Vázquez: por un socialismo idealmente existente

De lo que aquí hemos hablado es del socialismo que quería Sánchez Vázquez, una opción inspirada por un marxismo nuevo, abierto, crítico, como era en definitiva el marxismo que correspondía al pensamiento de Marx. Se trata de reflexiones que han recorrido la historia de las sociedades modernas, y que han sido pensadas y abordadas desde diferentes y, quizá para algunos, insólitos miradores.

En 1949 un físico alojado en Princeton y llamado Albert Einstein, en un artículo publicado en el primer número de la legendaria, hoy benemérita, revista Monthly Review, se preguntaba ¿Por qué el socialismo? Y se respondía: porque sólo hay un camino para eliminar los graves males que definen la crisis de nuestro tiempo, cuya matriz identificaba con la anarquía económica propia del capitalismo, así como con la constitución de una oligarquía del capital privado frente a la cual ni siquiera una sociedad organizada democráticamente podía poner freno. Este camino, proponía Albert Einstein, es el de una economía socialista acompañada por un sistema educativo orientado a fines sociales.


Al mismo tiempo, el revolucionario sabio alemán advertía: Una economía planificada no es el socialismo. Como tal, puede ir acompañada por una esclavitud total del individuo. De aquí el gran desafío aún no resuelto del socialismo: ¿cómo evitar que la burocracia se vuelva una fuerza todopoderosa? ¿Cómo proteger los derechos individuales para desde ahí asegurar la existencia de un contrapeso democrático al poder de las burocracias?


Es probable que aquel mundo de la anarquía capitalista haya mutado, debido precisamente a la concentración productiva global y al poderío tecnológico formidable en manos de las multinacionales. Quizá, hoy tendríamos que hablar de una desbocada Alta Finanza que controla los resortes primordiales de la asignación de los recursos, la división del trabajo y de los medios de producción y de disuasión a escala planetaria. Sabemos también de la enorme capacidad desplegada por la gran corporación para controlar mercados, manipular la opinión pública y condicionar –o determinar– las decisiones fundamentales de los estados en materia económica y social. Planeación hay, pero no control social emanado de la democracia.


Pero, a la vez, tendríamos que reconocer que este poder burocrático-financiero ha exacerbado su centralización al calor de la propia crisis actual y que, además, de cara al desorden mundial impuesto al fin de la guerra fría, se corre el riesgo de que el mundo avanzado opte por una suerte de remilitarización del mundo que articule el ejercicio de este poder burocrático-financiero. Un poder capaz, sin duda, de planear, pero en función de intereses y objetivos propios adversos al interés general y la protección de las mayorías.


En esta perspectiva, aquella oligarquía que identificó Einstein como una amenaza al orden democrático de su tiempo, tendría que ser vista como un esbozo optimista e ingenuo del actual Brave New World donde la estatalización progresiva de los medios de producción, por ejemplo en modalidad público-privada tan cara a nuestros gobernantes y sus epígonos, haría posible la planeación pero no emanada ni sujeta a la deliberación y la participación de los trabajadores. De aquí la pertinencia y actualidad, históricamente legítima y coherente, del discurso de don Adolfo Sánchez Vázquez que en su momento fue indiscutiblemente atrevido y audaz.


¿Por qué el socialismo?, se preguntaba el sabio de Princeton. Porque es necesario y deseable, respondería nuestro filósofo. Pero sólo será real, realmente existente, si cumple estrictamente con la condición, en realidad la restricción, democrática. La democracia no es para después, ni puede ser sustituida por la providencia o la destreza burocrática, mucho menos por la carismática que recoge las frustraciones políticas mayoritarias. Y es aquí donde entra con legitimidad y exigencia el tema de las reformas y los tiempos. El ritmo, la gradualidad que hacen posible la combinación democracia-socialismo.


De aquella crisis de nuestro tiempo descrita en alucinante síntesis por Einstein, pasamos a la histérica cruzada contra el hombre y la democracia sociales, desatada por el desplome del régimen de la revolución contra el capital de que hablaba Gramsci al referirse a la Revolución de Octubre. Hoy se insiste en sustituir todo esto con una avasalladora revolución contra la sociedad y sus estados de bienestar, montada por los ricos en aras de la libertad y la globalidad, pero contra la igualdad y la fraternidad.


Tiempos nublados cuando no sombríos. Tiempos de democracia difícil. "¿Vale la pena hoy el objetivo, la meta, el ideal o la utopía del socialismo –se preguntaba y preguntaba don Adolfo en los primeros años del nuevo siglo– a quienes no conocieron ni vivieron esa experiencia de lucha, a las generaciones que siguen sufriendo los males del capitalismo, exacerbados en su fase neoliberal? ¿Ha valido la pena la alternativa social a la que se asocia –con razón o sin ella– el fracaso de la experiencia histórica que tantos sacrificios y sufrimientos costó?"2


Y (se) contestaba: "No ha valido la pena la experiencia histórica del 'socialismo real' porque, en definitiva, en ella no se han dado los valores socialistas. Pero, puesto que la historia no está predestinada (...) la perspectiva de un socialismo necesario deseable y posible, aunque incierta y no inmediata, sigue abierta para la izquierda que siempre ha luchado por la igualdad y la justicia (...) ha de abrirse desde el presente en la medida en que se lucha por la democracia efectiva, por ampliar las libertades reales y conquistar espacios de igualdad y justicia social (...) Sin renunciar a la reivindicación de sus sacrificios y logros del pasado, la izquierda debe asumir este pasado críticamente, sacando de él las lecciones que sean necesarias".3


Optimismo en el corazón, aparejado a la razón cautelosa y celosa del rigor y del recuento puntual de la historia. "Ciertamente, los errores teóricos se pagan prácticamente y, a veces, con un enorme costo humano, y de ahí la importancia del conocimiento para la acción. Si el marxismo fue certero al descubrir que el capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a la expansión constante, fue un grave error considerar que ya en el siglo pasado había alcanzado un límite infranqueable (Marx), o que ya en los albores de este siglo era una capitalismo 'agonizante' (Lenin)."4


Por ello el filósofo insistiría en que hoy es, todavía más necesario que ayer, cultivar una dosis mayor de escepticismo frente a todo dogmatismo y, sobre todo, una dosis constante de crítica de todo lo existente, de la injusticia y la justicia simulada; de la mala educación y de sus gesticuladores; pero también de los justos tan dados a la autosatisfacción complaciente y la celebración del privilegio entendido como reconocimiento.


No sobra, más bien falta repetirlo: "El socialismo entendido en sus justos términos hasta ahora no existe (...) lo que se llama 'socialismo real' tiene algo de realidad, pero poco de socialismo. Hay que reconocer que el socialismo sigue siendo una aspiración".5

 

1 Esta es la última parte del texto presentado en el coloquio internacional Adolfo Sánchez Vázquez a cien años de su nacimiento, en la Facultad de Filosofía y Letras, Ciudad Universitaria, 7 de agosto de 2015.
2 Adolfo Sánchez Vázquez, ¿Vale la pena el socialismo?, p. 1, en < file:///Users/admin/Desktop/vale-la-pena-el-socialismo.pdf>
3 Adolfo Sánchez Vázquez, Vale la pena el socialismo, pp.1 y 13 en file:///Users/admin/Desktop/vale-la-pena-el-socialismo.pdf
4 Adolfo Sánchez Vázquez, Vale la pena el socialismo, p. 11.
5 Entrevista de Hugo Vargas en Adolfo Sánchez Vázquez: los trabajos y los días (semblanzas y entrevistas), México, UNAM, 1995.

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Jueves, 23 Julio 2015 06:10

El pájaro del dulce encanto

El pájaro del dulce encanto

Este nuevo aniversario de la revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 me sorprende lejos, en el espacio y en el tiempo. Parece que fue ayer, tiende uno a decir cuando los acontecimientos que evoca son de verdad remotos, pero los relieves se los dan la memoria y el sentimiento, y por eso parecen tan cercanos aunque el tiempo siga poniéndoles encima esa pátina inevitable.


Lejos, en Santander, donde he terminado recientemente mi curso de una semana en el ciclo El autor y su obra, y he hablado de mis libros con participantes de muy diversas edades, que han llegado de muy distintas partes de España, convocados por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo.


Las clases se han celebrado hasta el mediodía en la casa del faro al borde de uno de los acantilados de esta península en cuya cima se alza el Palacio de la Magdalena, y desde las ventanas se ven pasar las embarcaciones que van entrando lentamente a la rada del puerto. La víspera fue el día de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, y una alegre procesión marina, entre un coro de sirenas de barcos, llevando a la Virgen en la nave capitana, pasó frente a esas ventanas. Qué escenario tan distinto y distante a aquel de la Plaza de la Revolución en Managua, cuando el aire se llenaba con salvas de fusilería y repicaban las campanas entre el agitar de las banderas.


Mis estudiantes no esconden su curiosidad al enfrentarse con alguien que les habla de los vericuetos de las invenciones literarias, de la factura de sus novelas, de sus procedimientos para escribir, de su encuentro diario con las palabras, habiendo sido protagonista de una revolución, y no se resisten a interrogarme sobre esa vida que un día llevé, y yo tampoco me resisto a responder. Siempre se recuerda con el gozo de la nostalgia.


Vida y literatura se mezclan de manera indisoluble. Y, otra vez, como ahora, se me termina preguntado: ¿volvería a hacer lo mismo, abandonar la literatura para entregarme a una revolución? ¿No me parece que si al fin de cuentas todo vino a resultar en lo contrario, aquella lucha no valió la pena? ¿No fue en balde tanto esfuerzo para volver a lo mismo de antes?
Quienes me hacen esas preguntas, convocados de lugares tan diversos como Madrid o Sevilla, Alicante o Granada, Murcia o Albacete, saben en qué vino a resultar la revolución en Nicaragua, aunque hayan llegado aquí seducidos por la literatura, a la que aman. Es, además, una revolución que en su momento de gloria levantó fervor en España.


Son las preguntas que poco después de que perdimos las elecciones en 1990, que pusieron fin a una década de revolución, intenté dilucidar en mi libro de memorias Adiós muchachos, y las respondo ahora otra vez a mis alumnos, quienes esperan con atención mis respuestas.


Y esas respuestas no han variado desde aquel entonces, en la medida en que los ideales que estaban conmigo, indisolublemente unidos a mí y a tantos otros la tarde en que entramos en triunfo a aquella plaza 36 años atrás, siguen siendo los mismos.


Los ideales tienen necesariamente una calidad que no se deteriora con el paso de los años, o nunca lo fueron. Libertad y democracia, equidad y justicia. Palabras simples, y tan necesarias, por las que dieron su vida miles de jóvenes que lucharon por derrocar a aquella dictadura de la familia Somoza; los mejores jóvenes, muchachos y muchachas, que ha dado Nicaragua en toda su historia, los más generosos, los más desprendidos, los más desapegados de intereses materiales, ambiciones de riqueza, o de poder personal. Somoza, y quienes huyeron con él a Miami, representaban, en cambio, todo lo contrario: el egoísmo más obsceno y el afán desmedido por la riqueza, tanto que fueron capaces de asesinar por ella.


Como he venido desde el otro lado del mar para hablar de la majestad de la invención, les relato a mis alumnos una historia que ha estado desde siempre en el imaginario anónimo de Nicaragua, y que se cuenta de boca en boca. Yo la escuchaba relatar de niño. Es la historia del pájaro del dulce encanto. Se trata de un pájaro de bello plumaje y colores refulgentes que vuela sobre las cabezas incitando a cogerlo, y cuando alguien alza las manos y lo atrapa, sólo queda en ellas un montón de excremento.


Esta no es sino una parábola de la frustración y el desengaño repetidos, la forma en que la sabiduría popular se previene a sí misma de no dar crédito a las quimeras que toda la vida acabarán convertidas en detritus; pero, al fin y al cabo, es una advertencia contra la inutilidad del esfuerzo por cambiar las cosas, y es allí donde la moraleja se vuelve perversa. Siempre vamos a tener, al final, las manos llenas de excremento, y la belleza de los sueños cumplidos no existe.


Pero no es cierto que seamos el único país de América Latina condenado a la repetición del fracaso. No podemos aceptar que nuestra historia sea un juego de espejos donde una dictadura refleja a otra, donde un caudillo encuentra su sucesor en otro caudillo, donde una familia se entroniza en el poder sólo para dar paso a otra familia en el poder. Donde la democracia, las instituciones firmes, la justicia libre de trampas corruptas, la libertad de elegir a los gobernantes, serán siempre sólo un remedo, o una burla, una pantomima trágica.


Quizás lo que nos ha ocurrido, les digo a mis estudiantes, y ya nos apuramos porque nos anuncian la ceremonia de entrega de los diplomas, es que hasta ahora ha revoloteado sobre nuestras cabezas el pájaro falso. Hermoso, pero falso. El otro, el verdadero, hay que hacerlo entre todos, pluma por pluma. El que realmente nos merecemos. Y no me cabe duda que un día lo tendremos.


Santander, julio de 2015
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