Cientos de personas celebrando los resultados parciales del plebiscito constitucional por una nueva Carta Magna, en Santiago (Chile). Foto: EFE / Alberto Valdes

Todo ejercicio de poder, todo gobierno se para sobre lo posible, pero el progresismo latinoamericano hizo de ese lugar una narrativa militante. La figura de la “correlación de fuerzas” se utiliza de manera abstracta y amañada. Frase de mago, abracadabra que, al pronunciarse, nos paraliza. Le pone nombre, justificándola, a la desmovilización social.

 

Tras la caída del muro, es decir, tras el derrumbe del horizonte socialista y el decreto de la ausencia de alternativas bajo la forma de una provocación (“There is no alternative”), las agendas sociales fueron recuperadas por posiciones clásicamente reformistas que, gracias a su dominio sobre lo posible (1), pasaron a ocupar un cómodo sillón al costado izquierdo de la discusión hegemónica y otro al costado hegemonista de la discusión de las izquierdas. Nos preguntamos: ¿cómo se disponen las energías colectivas, las luchas situadas y deseos de buen vivir en relación a la categoría de lo posible? Todo ejercicio de poder, todo gobierno se para sobre lo posible, pero el progresismo latinoamericano hizo de ese lugar una narrativa militante. En dicho imaginario, la ideología de base o el punto de partida “idealista” sufrirán sacrificios para construir la posición más “realista” de lo posible.

No somos los protestantes que desembarcaron en Nueva Inglaterra, ni los laboriosos seguidores de Mao; el reformismo en tiempos de neoliberalismo no es endógeno. Lo posible no es, como en esos casos, un punto de partida posible o una forma de pragmatismo teórico. En el imaginario populista de izquierda, a lo posible se llega. Se llega, entonces, como sacrificio que acerca al centro, que concede por derecha. No se trata de una izquierda pragmática como podría ser la bolchevique o la vía chilena al socialismo, sino de un pragmatismo que para ser formulado abandona el núcleo “idealista”, asociado a ese punto de partida por izquierda.

De algún modo, la pregunta algo avejentada “¿qué hacer?” no deja de ser reemplazada por una dilucidación algo cobarde y poco honesta en torno a lo posible. Es decir, una vez resignados desde abajo por todo lo que no se puede, el Estado se reinventa como único lugar de decisión sobre lo posible. Sin embargo, ese Estado no deja de presentar grietas y, en particular, durante el último período en que América Latina vio nacer gobiernos de raíz popular, funcionó como un aliado parcial de la pujanza multitudinaria y heterogénea de la región.

Pero nos preguntamos ¿qué puede un gobierno hoy? Las construcciones de poder de raíz popular del último ciclo latinoamericano, presentándose como la opción negociadora y hacedora se presentaron, al mismo tiempo, como parámetro de lectura, funcionaron como el realismo en sí. El populismo es el ángel de lo posible. Es el “realismo político”, decíamos, como conformación de una posición enunciativa que se arroga la decisión sobre lo posible. Y decide, desde esa misma posición quiénes aparecen como enemigos, por derecha e izquierda. Pero el enemigo que el realismo niega, por temor o por falta de lectura –o por exceso de realismo– es la laboriosa tarea de inventarse otra cosa, la imaginación política.

Durante los últimos años, cada vez que pareció dibujarse un nuevo ciclo insurrecto tan heterogéneo como la geografía en que se emplazó (desde las revueltas en plaza Tahrir hasta el 15M, desde Occupy hasta las jornadas de junio 2013 en Brasil), se reabrió en las discusiones locales la posibilidad de un nuevo realismo, o bien, de una nueva distribución entre potencia y poder (2) como tensión interna de todo realismo. Cada experiencia, al construir una nueva posición, al ejemplificar otro modo de pensar-hacer, al forzar nuevas agendas, al impugnar relaciones de dominio concretas desde el territorio, se debe su propio “realismo”, es decir, la construcción y defensa de su lugar existencial y político como punto de vista irreductible ante los aspectos del realismo del poder que desmovilizan.

Brasil: la retórica del golpe 1

En el Brasil posterior a junio de 2013 se consolidó inorgánicamente una suerte de movimiento anticorrupción contra el PT, ya sin la vocación de rebeldía y protesta joven que había estallado a partir de la lucha contra el aumento del transporte. En esos años, mientras se sentían los efectos de la crisis mundial, la disputa no pasaba por izquierda o derecha tradicionales, sino por la orientación de la novedad en juego y el destino del descontento. La política partidaria se dirimía entre la imposibilidad de encontrar una “tercera opción” y la búsqueda de asumir el nuevo mapa tomando registro de lo que podría describirse como un terremoto que cambiaría totalmente el paisaje. Después de una dura campaña en 2014, todavía con junio de 2013 presente, el PT emprendería un camino conservador, de ajustes y política de austeridad, con una ley antiterrorista que criminalizó activistas y con fuertes alianzas con sectores de la derecha y el empresariado financiero, del agronegocio y explotación minera, además de gestos continuos con las fuerzas de seguridad y los pastores evangelistas, que evaluaba indispensables para retener el gobierno. Mientras tanto, se organizaba un Mundial de fútbol y aparecían denuncias por la construcción sobrefacturada de estadios, priorizando aliados políticos, con desalojos y reubicaciones fallidas de población más pobre.

La caída de Dilma, impeachment mediante, no ocurrió en el momento más dinámico; el PT no estaba, precisamente, reformulando la vieja reforma agraria, ni estatizando servicios o bajando el costo de los transportes para la población, ni mucho menos reconstruyendo su base social, sino que el país transitaba un ajuste económico, concomitante con el endeudamiento y fragilización de las economías domésticas. Dilma nombró como ministro de hacienda a Joaquim Levy, formado en Chicago y ex presidente de Bradesco Asset Management, además de autor del programa económico del PSDB para las elecciones de 2014. Según un estudio de Levinas comentado por Raúl Zibechi y Decio Machado, “Entre los más pobres, casi se duplicaron los que accedieron a tarjetas de crédito y cuentas corrientes. De ese modo, mientras el salario creció un 80 por ciento entre 2001 y 2015, el crédito individual aumentó un 140 por ciento” (3) 

La crisis de 2015 dio como resultado un crecimiento muy importante del peso de la deuda de las familias más pobres en relación a sus ingresos (aproximadamente un 48%), mientras que para los sectores medios la deuda financiera fue mayor aún (cerca del 65%). Después de años de aumento del consumo, de “40 millones de brasileños en la nueva clase media”, encontrábamos el mayor endeudamiento registrado entre sectores populares con la banca privada.

La oposición surgida frente a la política estatal en junio de 2013 tuvo semejanzas, en términos de vitalidad y de malestar no orientado de antemano, con el 2001 argentino (“Que se vayan Todos”) o el 15M Español (“No nos representan”). Una protesta iniciada por el Movimiento Pase Libre frente a un nuevo aumento del transporte creaba un espacio de multiplicidad en las calles frente a gobiernos y alcaldías de los partidos del poder, de todo el arco político. Ante la apertura surgida de las calles, el gobierno –a diferencia de lo actuado por Néstor Kirchner bajo el efecto dosmilunero en 2003– había descartado la posibilidad de construir una escucha, de producir nuevas relaciones, entregando el descontento a las capturas más reactivas.

El poder político se presentó en conjunto contra el “desorden”, y la ola de movilizaciones planteó un punto de inflexión en la política brasileña. En 2015, sectores conservadores convocaron protestas multitudinarias que, esta vez, darían lugar a la destitución de la presidenta aprovechando la mayoría conservadora del congreso, incluso con los aliados conservadores con los que el PT co-gobernaba. Ya no era la crítica al “padrão FIFA” que no se aplicaba a las demandas sociales… y el sector político que llegaría al poder no era un nuevo actor, sino el poder empresarial que formaba parte de la vida institucional hacía años. El gobierno de Temer realizaría reformas conservadoras que afectarían derechos laborales. La operación Lava Jato que llevaría a Lula a la prisión, después de un desfile de “arrepentidos” que relatarían por televisión sus negocios con el poder, encumbraría al juez Sergio Moro como actor político que daría base electoral al ignoto Bolsonaro, quien ganaría aprovechando el clima antipetista y las banderas conservadoras de seguridad, orden y prisión para los corruptos.

Si hoy en día buena parte de los cuadros militantes e intelectuales petistas presentan a junio de 2013 como génesis de un “golpe” (4), desde junio podemos más bien percibir un fin de ciclo atado a la incapacidad de conexión del gobierno progresista con las demandas populares, tanto las de su propia historia, por caso la movilización contra el neoliberalismo, como las nuevas pautas para una ficticia clase media (que caería por su peso). Tras la victoria pírrica de Dilma en 2014, el PT fue perdiendo base de sustentación hasta que la propia presidenta fuera descartada por “inhábil” en una maniobra de Palacio de baja estofa.

Como el gobierno en Brasil se compone en buena medida en el Congreso, mucho más que en cualquier otro país latinoamericano, Lula y Dilma no podían soñar con los ministerios homogéneos del kirchnerismo o el evismo; es en ese esquema que encontramos los citados empresarios del agronegocio, pastores, líderes partidarios conservadores, que ayudaban a componer la mayoría y obtenían ministerios a cambio. Fue esa misma base política la que se independizó (nada menos que con el propio vicepresidente de Dilma a la cabeza) y se inclinó por la destitución.

Amén del mecanismo, que para algunos se acercaba al derrocamiento súbito de Manuel Zelaya en Honduras y de Lugo en Paraguay, como “nueva modalidad de golpe”, mientras para otros se asemejaba a la caída de Allende, pero que en Brasil fue un proceso de juicio político que duró meses y contó con la supervisión de los tribunales supremos, lo ocurrido fue más bien “coherente” con el voto de los brasileños que no salieron a las calles a defender un gobierno, que alcanzó el nivel más bajo de popularidad en los sondeos de empresas encuestadoras. Lo posible vuelto posibilismo: como no se puede transformar la realidad, se presenta con mística la política de crédito, el consumo atado a la financiarización o políticas sociales que dejan intacto el armado del capital concentrado.

Sin reacción popular y movilización en defensa de los líderes, el sistema político asimiló la caída de Dilma con un PT que siguió haciendo alianzas de gobierno a nivel local con el PMDB y otros partidos “golpistas”. En 2018 la suerte estaría echada, el PT representado por Fernando Haddad, un candidato con imagen de buen gestor, anunciado un mes antes de las elecciones no podría enfrentar el fenómeno social y virtual de Bolsonaro, y que había sido el alcalde que decretó el aumento del pasaje que derivó en el levantamiento de junio de 2013. En esa misma elección, Dilma perdería en la contienda para senadores en Minas Gerais, su propio distrito y el PT incluso vería en 2020 un progresismo que empezaría a crecer ya con los colores de otros partidos. La retórica del golpe se volvió un asunto central solo para un sector político y militante, ideológicamente de izquierda y de extracción social alta. Pero no caló ni en el día a día de la administración estatal, ni en las calles, ni entre las mayorías que los partidarios presentan como “lulistas” en el nordeste del país, o en municipios de la periferia de São Paulo, considerados bastiones del PT desde su origen.


Más allá de discusiones conceptuales, jurídicas o de ciencia política, que defendieron que un impeachment sin un crimen de responsabilidad es “golpe”, en el proceso de juzgamiento no fueron tratados temas como la construcción sin consulta previa de la represa de Belo Monte –que financió campañas electorales de Dilma y es símbolo de la destrucción de la Amazonia. La lectura política es la del fin de un ciclo, con un gobierno derrotado políticamente, que después se manifestó como deterioro electoral. Si ganar elecciones significa construir gobernabilidad para terminar gobernando en nombre de los de abajo y en función de los de arriba, éstos últimos, en algún momento, se disponen a gobernar directamente. Lo simbólico, lo mediático, lo estratégico de los relatos que parecen volverse la totalidad de la política, pierden peso específico fuera de las elecciones y en un balance para el que la renovación política se vuelve necesaria.

El bolsonarismo se construiría en el plano del imaginario como un anti PT: elogio de la dictadura, destrucción de políticas públicas progresistas, discurso de odio contra minorías y ultraliberalismo explícito. Pero el modelo económico de bancos, agronegocio, con precarización del trabajo quedaría por fuera de la discusión. En estos días se anularon las condenas de Moro contra Lula sobre el caso Lava Jato en que había sido juzgado por un departamento que empresas contratistas del Estado le habrían ofrecido como pago a cambio de favores políticos. La instrucción y pruebas, sin embargo, no fueron anuladas y otro juez podría condenarlo nuevamente. Pero la noticia repercute políticamente por la recuperación de derechos de Lula para candidatear contra Bolsonaro en la elección de 2022.

El nuevo dato político llega en un país que enfrenta un crecimiento imparable de las muertes por covid, con un gobierno que juega a favor de la muerte. El aumento del precio de los combustibles, el desempleo y la discontinuidad de los apoyos estatales en los primeros meses de pandemia crean una situación de preocupación social, que mantiene cierta indiferencia frente a los caminos políticos que se presentan. Bolsonaro no generó un movimiento propio, pero mantiene un apoyo electoral considerable que se fortalece desde una postura anti-sistema y de apoyo a la economía popular que exige y se moviliza para continuar en funcionamiento a pesar del riesgo epidemiológico.

La candidatura de Lula se presenta en este contexto como salvación. Los años felices del lulismo, en que Brasil vivió una explosión de consumo que se presentó como entrada de 40 millones de ciudadanos pobres a la clase media, aparece ahora como retórica de la salvación ante el desgobierno de Bolsonaro. El fortalecimiento de la polarización favorecería a los dos campos. El bien contra el mal, para el lulismo, en un debate político alejado de la realidad neoliberal de trabajo precario y falta de alternativas. La vuelta de la corrupción y el riesgo del comunismo, para los antipetistas, en un debate que escapa al día a día para orbitar en la esfera de la comunicación política como falsa totalidad. ¿Nace la retórica del “Lula vuelve”?

Ecuador: la retórica de la traición

Habiendo llegado al gobierno Rafael Correa en 2007, reformando la Constitución al año siguiente y asumiendo parte de la agenda sindical (por ejemplo, reduciendo significativamente el nivel de tercerización), de los Derechos Humanos (abriendo comisiones de investigación de los crímenes dictatoriales), avanzado en la participación estatal en la renta petrolera (el sector más rentable de la economía ecuatoriana), planteando la necesidad de estabilizar la balanza comercial y evitar la salida de dólares (en un país cuya economía está literalmente dolarizada), no se logró alterar la matriz productiva y distributiva. Incluso Ecuador fue uno de los pocos países que avanzó en la tarea de investigar su deuda externa, para lo que contrató a Alejandro Olmos Gaona (hijo), argentino desoído en su país, y dictaminando la ilegitimidad de una parte importante de ésta, aunque luego no profundizando el diagnóstico con medidas acorde.

Entre 2014 y 2015 tuvo lugar una crisis asociada al precio del petróleo y la valorización del dólar (dos elementos estructurales en la economía ecuatoriana), que mostró la fragilidad del esquema económico y social del país. Fue el momento del ajuste: eliminación del aporte estatal obligatorio al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, supresión parcial a los subsidios a los combustibles, eliminación de subsidios al transporte a nivel nacional, etc., trasladando, en todos los casos, los costos a una población cuyos ingresos disminuían como parte del achicamiento del PIB. La crisis política y económica coincidió con una actitud defensiva del gobierno que, en lugar de rearmar sus alianzas o fomentar nuevos apoyos por abajo, se cerró y, más allá del anticorreismo reaccionario, fue acusado de utilizar al poder judicial para disciplinar a opositores políticos y militantes sociales (no solo en los niveles más bajos del poder judicial, sino con un Tribunal Supremo adicto).

Con ocho años en el gobierno y una crisis que tomó la calle por escenario, el 3 de diciembre de 2015 el gobierno envió una enmienda constitucional que dota a las fuerzas armadas de competencias en materia de seguridad interior. Este gesto formal coincidió con hechos de represión concreta ante consecuentes levantamientos indígenas que se desarrollaron desde entonces hasta el momento de las elecciones en 2017. Particularmente en las provincias de Amazonia y la Sierra, la represión era seguida de allanamientos, persecución judicial, detenciones arbitrarias (con cargos típicos de una enunciación derechista: terrorismo, sabotaje, resistencia a la autoridad, etc.). Según Decio Machado, la represión y la criminalización de la protesta se remontan incluso a los inicios del gobierno de Correa, pero fue en el período de crisis que alcanzó una escala callejera significativa y hasta cierta sistematicidad.

Los asesinatos de José Tendetza, Fredy Taish y Bosco Wisuma, referentes opositores al modelo extractivista cortaron definitivamente amarras entre el gobierno y las bases indígenas. Así como en el proceso electoral posterior el correísmo fue acusado de traicionar en buena medida a sus bases, tras su victoria electoral en ballotage, producto de una sobreactuada polarización con el empresario derechista Lasso, el vicepresidente de Correa, Lenin Moreno, se encargó de “traicionar” lo que quedaba.

Tal vez, más allá de la orientación de sus políticas de ajuste, el mayor pecado para cierta militancia consistió en traicionar el plano del lenguaje mismo, teniendo en cuenta la importancia que los gobiernos progresistas de la región le dieron al discurso y las consignas. Lo cierto es que la traición de Lenin Moreno demostró que ni el gobierno de Correa se encontraba en su momento más dinámico (todo lo contrario), ni fue necesario un golpe palaciego o militar para derrocarlo, sino que bastó un simple gesto en el interior mismo de la lógica representativa. Es esa misma lógica representativa la que muestra a un referente del movimiento indígena como Yaku Pérez apoyando, primero a Lasso en las elecciones de 2017 (“prefiero un banquero a un dictador”) y luego algunas de las políticas neoliberales del gobierno de Lenin Moreno.

El correísmo entregó parte de sus bases posibles a la derecha. Tal vez se trate de un costo propio del llamado neo desarrollismo o de un estilo de gobierno poco afecto a las transversalidades políticas... o un simple efecto de la decadencia de la representación política. Lo cierto es que las protestas de septiembre y octubre de 2019 contra las medidas del ya terminado gobierno de Lenin Moreno revitalizaron la militancia indigenista, pero las elecciones de 2021 parecían devolver el juego al campo de las declaraciones y la maquinaria electoral pone a prueba su capacidad de simplificar la complejidad social con el efecto polarizador del ballotage. El candidato indígena buscaría encontrar un tercer lugar señalando los límites del correísmo y reiterando la distancia con la derecha tradicional, pero a pesar de la alta votación para el movimiento Pachakutik por parte de las bases de las organizaciones indígenas, el escenario tripartito sería desalentador, teniendo en cuenta las posiciones irreductibles entre Pérez y el correísmo y una posibilidad de Lasso de arrastrar a la oposición mayoritaria bloqueando la impugnación franca a las políticas de Moreno, más allá de la retórica de la traición. Por un lado, es cierto que su buena elección remite a la revuelta de 2019 pero, como dice Raúl Zibechi “las insurrecciones no caben en las urnas” y la notable elección de Yaku Pérez Guartambel no es suficiente ni siquiera sumada al voto “anti neoliebral”, que es mayoría absoluta en los curules parlamentarios, para avanzar de hecho contra el neoliberalismo devenido refeudalización corporativista y el extractivismo.

¿La ubicación de Pérez en el mapa es similar a la que ostentó en Brasil Marina Silva? Con todo el cuidado de la traspolación, es menester dar cuenta de lo que se mueve, ambivalente, por abajo y alcanza umbrales nada despreciables también en la lógica electoral. Lo que parece ser clave, pasando el tiempo electoral, es entender los matices, diferencias y convergencias de las distintas líneas del movimiento indígena que se unificaron a la hora de defender el voto y expresan un mundo político que se abre cuando el correísmo y la derecha financiera quedan atrás.

Bolivia: la retórica del golpe 2

La caída de Evo Morales en Bolivia suscitó un áspero debate que tuvo lugar especialmente fuera del país. Las izquierdas regionales e incluso a nivel mundial cerraron filas con la defensa de Evo Morales, lo que significaba sumarse a la campaña contra lo que fue considerado un golpe militar. Presidentes como López Obrador y Alberto Fernández se sumaron personalmente a la campaña, al punto que el presidente argentino hizo del acompañamiento a Evo en su exilio primero y en su posterior vuelta a Bolivia una cuestión de Estado.

Dentro de Bolivia hubo movilizaciones de sectores del MAS, especialmente en El Alto y Cochabamba, bastión cocalero. Enfrentaron la represión, con asesinatos en Sacaba y Senkata a manos del ejército, que obtuvo con el nuevo gobierno garantías para reprimir que Evo Morales no había otorgado –por ejemplo, para contener la crisis desatada por movilizaciones posteriores a la elección de octubre de 2019. Como ocurrió en Brasil, sin embargo, después de la renuncia y salida del país de Evo Morales la política no se dirimiría con movilizaciones masivas ni una resistencia decisiva contra el golpe, sino con comunicación política: “golpe”, “dictadura”, de un lado; “gobierno corrupto” y “fraude”, del otro.

Dentro de Bolivia, los propios legisladores del MAS apoyaron y dieron legitimidad al nuevo gobierno, formado ante un vacío de poder y la renuncia de la línea de sucesión presidencial detallada en la Constitución, con Jeanine Áñez asumiendo la presidencia aduciendo su carácter de máxima autoridad del Senado. Asumió por votación simple ante la ausencia de mayoría, controlada por el MAS. Pero días después, incluso movimientos sociales se sentarían con la nueva presidenta, y en el Congreso la mayoría optaría por reconocerla, aceptando la renuncia de Evo Morales y su vicepresidente, no dejando que la controversia activa en el plano de la comunicación política llegara a las instituciones (5).

Mientras tanto, la izquierda latinoamericana se orientaba a denunciar el golpe en Bolivia, haciendo resonar las imágenes cruentas con la memoria de las dictaduras militares. En el país no sería esa la resonancia principal, y se producían jornadas de movilización contra el denunciado fraude, que ponían un manto de duda sobre una elección que ya antes de ocurrir estaba deslegitimada por contradecir la Constitución promulgada por el propio Morales en 2009 (más de una reelección estaba expresamente prohibida).

En 2016, Evo Morales llevó adelante un referéndum para cambiar este punto del texto constitucional, pero perdió en las urnas. La salida de Evo Morales fue vivida por muchos como la caída de alguien que se postuló contra el mandato de un referéndum popular (lo hizo gracias al fallo de un poder judicial presionado políticamente), y en el contexto de movilizaciones sociales que no pueden reducirse a la derecha o la clase media y alta opositora. Hubo jóvenes de todo el país y, antes que los militares recomendaran la renuncia, la propia Central Obrera Boliviana, aliada política del MAS y otros sectores sociales habían solicitado eso mismo (6).

La relación del MAS con las Fuerzas Armadas merece un capítulo aparte, con contradicciones, compra de lealtades y una relación afianzada que en el momento de las definiciones se quebró. Algo parecido puede decirse de la relación con la OEA. Luis Almagro se manifestó favorablemente a la candidatura de Evo Morales, ganando el desafecto de la oposición. Se desató una crisis por las movilizaciones masivas que denunciaban fraude, después de haberse interrumpido el conteo televisado de votos y retomado con un cambio pronunciado de tendencia que declararía a Evo Morales electo en primera vuelta. En ese momento fue el propio Evo Morales quien convocó una auditoria de la OEA, dándole un papel de juez en el proceso. La OEA recomendó la realización de nuevas elecciones, por irregularidades. El mandatario aceptó el desafío, pero horas después presentaría la renuncia.

En Bolivia, la retórica del golpe tuvo como fuente principal una posición partidaria asociada al evismo. En cambio, personalidades como el actual vicepresidente electo, David Choquehuanca y otros funcionarios no se refieren a un “golpe” y no hubo una ruptura del orden constitucional con los efectos conocidos en dictaduras convencionales. Los de octubre y noviembre de 2019 fueron acontecimientos de alta complejidad política que se mantendrán abiertos a interpretación y disputa de narrativas.

El gobierno de Jeanine Áñez, que asumió con la promesa de llamar elecciones y practicó una política represiva y racista, terminó postergando la convocatoria con el argumento de las condiciones sanitarias de la pandemia. Su gobierno inició juicios anticorrupción y buscó derrotar al MAS, de facto, desde el gobierno. No lo consiguió. Como es sabido, en octubre de 2020 el MAS volvió al poder con Evo Morales fuera de la disputa (se adujeron motivos burocráticos de falta de residencia para no habilitar su candidatura al senado). La solución que encontró el MAS fue una fórmula con un vicepresidente indígena crítico, que había sido el candidato elegido por las bases (e impugnado desde Buenos Aires por Evo Morales) y un candidato propio de perfil moderado y “técnico”, para la presidencia (7).

Las bolivianas y bolivianos parecen haber dado un mensaje también complejo. Quizás algo pragmático, pero alejado de la mística militante del MAS y, especialmente, de las voces latinoamericanas de opinión a la distancia. El resultado de la elección de octubre de 2020 muestra conformidad con la continuidad el MAS, pero sin clamor por la vuelta de Evo; también el fin de la reelección parece acomodarse al sentir popular. Evo Morales perdió la presidencia, pero también ganó, con su partido nuevamente en el poder y su influencia eligiendo a dedo muchos otros candidatos a gobernadores o alcaldes, en no pocos casos en contra de lo que las bases proponían.

En una lectura de mediano plazo, sin embargo, se percibe el fin de ciclo y un cambio político notable, desde aquella victoria de 2005, como expresión del ascenso de las movilizaciones que se iniciaron en el año 2000, expresadas también en su ratificación en el referéndum revocatorio de 2008. Posteriormente, se volvió preponderante el discurso desarrollista y nacionalista, buscando seducir a las clases medias, que llevó nuevamente al MAS a la presidencia en 2009 y en 2015, ya con un Estado Plurinacional Comunitario constituido, pero sin que la política del MAS buscara avanzar en la implementación de los puntos contenidos en ella –lo que podría haber significado un conflicto real con el poder tradicional e económico.

Un gobierno del MAS que también reprimió las marchas en defensa del TIPNIS (8), que incluso buscaría intervenir, comprar o partir organizaciones históricas de los pueblos indígenas, y que a pesar de los números macroeconómicos favorables empezaría a sufrir un cuestionamiento en las urnas y en las calles.

En ese sentido, Eva Copa representa una nueva generación de líderes. Alteña, se convirtió en presidenta del Senado representando al MAS después de la caída de Evo Morales. En 2021, luego de ser elegida candidata por las bases en la ciudad del Alto fue rechazada por las autoridades partidarias, que forzaron su salida del partido. Ahora se impuso como alcaldesa con amplia votación en la ciudad que protagonizó la guerra del gas en 2003, e incluso fue palco de las muertes en la tranca de Senkata, poco después de asumida Áñez, por represión militar cerca de una planta de gas.

Por otra parte, se mostraba favorito en las encuestas para la gobernación de La Paz el líder indígena Felipe Quispe Huanca, que protagonizó los bloqueos y resistencia anti neoliberal con un fuerte planteamiento anticolonial y de autodeterminación aymara, y que falleció poco antes del pleito electoral, teniendo a su hijo como heredero político que disputará todavía la segunda vuelta para el mismo cargo (9). El fin de ciclo boliviano parece abrir nuevas posibilidades con y sin el MAS, dentro del MAS y con un posible nuevo MAS, como parte de una transversalidad política y social más afín a la complejidad de la hora.

Argentina: la retórica del mal menor

El gobierno de Cristina Fernández fue convalidado como parte de un proceso de recuperación de índices macroeconómicos, laborales y sociales. En ese momento, en pleno reencantamiento popular (y de sectores medios) con un nuevo auge del consumo, sonaba la candidatura de Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, hasta que tras la muerte de Néstor Kirchner la imagen de Cristina repuntó y sus dotes como cuadro político terminaron de posicionarla.

La elección de 2011 determinó su victoria por el 54% de los votos, quedando en segundo lugar con aproximadamente 17% el Frente Amplio Progresista encabezado por el Socialismo santafecino. ¿Cómo es que solo cuatro años después la derecha más rancia, encabezada por la figura de Mauricio Macri, se quedó con el 51% de los votos en ballotage ante la más conservadora de las opciones del hasta entonces oficialismo, el antes postergado Scioli? De algún modo se puede decir que en 2011 no solo el gobierno ganó una elección, sino que el plano electoral ganó lugar en relación a otras dimensiones de la construcción política.

Así, el gobierno se autonomizó definitivamente de la trama que incluía movimientos sociales y actores diversos en condiciones de discutir transformaciones, haciendo de ese modo a un lado al elemento crítico que podía albergar su base de sustentación. Liberó la fuerza del número (más de la mitad de los votantes) de rendiciones de cuenta, poniendo en riesgo la fuente misma de legitimación política, en un derrotero que la propia presidenta reelecta abrió con el eufemismo “sintonía fina”.

El período de 12 años de gobierno kirchnerista se caracterizó por su heterogeneidad, tanto a nivel de las condiciones externas, como del plan económico, la construcción política hacia adentro e incluso la seguridad interior. En el último tramo, disminuía significativamente el ingreso de divisas, con consecuencias graves en la generación de empleo (se amesetó definitivamente el empleo privado, tanto como el surgimiento de nuevos pequeños agentes económicos); por otra parte, aumentaba la preocupación del gobierno por la conflictividad social: el plan “Cinturón sur” desplegó a la Gendarmería en los barrios populares, villas y asentamientos, hizo su aparición en escena el punitivista e inefable secretario seguridad Berni, se reformó la Ley Antiterrorista con endurecimiento de penas, en tándem con la existencia – hacía ya unos años– del Proyecto X (que espiaba y operaba militantes). El rumbo extractivista siguió cumpliendo etapas, con la instalación de una planta de Monsanto en la localidad de Malvinas Argentinas en Córdoba (resistida por movimientos territoriales), los subsidios a grandes empresas superaron las inversiones en vivienda y programas sociales, el aumento del pan en 2013 dejó ver, una vez más, los entretelones de la concentración económica en  rubros sensibles como la alimentación, y se votaron leyes casi anacrónicamente noventistas como la de ART y la baja de los aportes patronales.

La devaluación de enero de 2014, del 16% en solo tres días, seguida de un ajuste a los consumidores vía quita de subsidios a servicios básicos, repercutió en el poder adquisitivo de la clase trabajadora formal, informal y de las economías populares. El intento del gobierno por volver a los mercados internacionales de manera oficial lo encontró condescendiente con el CIADI y pagando punitorios al Club de París. El 70 % de los jubilados ganaban la mínima (muchos de ellos se habían beneficiado por el reconocimiento por primera vez de su jubilación) cuando el defensor de la tercera edad reconoció que justamente ellos venían perdiendo capacidad de compra de lo mínimo necesario para sostenerse cotidianamente. La ley de Hidrocarburos y el acuerdo secreto con Chevron entregaron soberanía por la necesidad de financiamiento en el cortísimo plazo, mientras que ahí donde se había recuperado terreno con la estatización parcial de una mermada YPF (que representaba el 34% del sector hidrocarburífero), se contrató a un CEO para aplicar una política de ingresos vía aumento de combustibles y usar a la empresa como boca de endeudamiento externo.

Cuando marcamos la pérdida de protagonismo y dinamismo social justo en el tiempo posterior a una victoria electoral de tal contundencia, nos preguntamos si se perdió de vista la propia génesis de la impugnación al neoliberalismo que había tenido lugar en 2001 y la composición social heterogénea que luego funcionó como base de sustentación. En cambio, notamos que el triunfalismo de los actos y enunciados oficialistas funcionaron como contracara y espejo de la animosidad y las operaciones de medios y sectores opositores. Los vectores más dramáticos en términos de antagonismos territoriales y económicos concretos, permanecían inalterables. Pablo Hupert escribía, en ese sentido: “En cuanto a los antikirchneristas, mantienen con los kirchneristas un consenso de fondo en el modelo de acumulación de capital (extractivismo rural, hidrocarburífero, minero y urbano, devastación del medio ambiente, concentración y extranjerización de la economía, precariedad laboral, mercantilización general de la vida).” (10)

La figura de Scioli, candidato elegido sin internas ni mayores discusiones por Cristina Fernández, dio cuenta de las líneas generales del último tramo del oficialismo y de un sobreentendido preocupante que recuerda al caso brasilero: “si va a haber ajuste, mejor hacerlo nosotros”. Más allá del tratamiento bien conservador en materia de seguridad que el gobierno de Scioli llevaba adelante en la provincia de Buenos Aires, del crecimiento exponencial de los countries durante sus dos mandatos consecutivos, de su pasado de fidelidad al menemismo hasta último momento, entre otras cualidades, el dato de la construcción de su candidatura había que buscarlo en su propuesta económica. Sus asesores, fundamentalmente Miguel Bein –a quien llevó a más de una entrevista televisiva en el prime time para que respondiera por él asuntos claves de la economía–, no dejaban dudas acerca de la “necesidad” de un ajuste y pretendían diferenciarse de sus adversarios electorales en dos puntos: el ajuste debía ser gradual y el actor principal no sería el mercado financiero, sino la oligarquía industrial. En definitiva, el “fin de ciclo” en Argentina estuvo dominado por un consenso no siempre explicitado en torno a la necesidad de un ajuste según dos matices: gradualismo o shock. ¿El gobierno de Alberto Fernández es la sobrevida? ¿Se trata de un progresismo post mortem bajo la máscara de un “progresismo liberal” que se sostiene en la apuesta extractivista, la ambigüedad discursiva, el mantenimiento del ala conservadora en la disputa por la tierra (Berni exaltando la represión en la toma de Guernica)?

Conclusiones abiertas

Cuando hablamos de “fin de ciclo” progresista, no nos referimos a una coyuntura electoral. Es cierto que se pone de manifiesto una debilidad cuando una figura anti popular como Mauricio Macri destrona al kirchnerismo, o en la reducción de la presencia en gobiernos municipales del PT de 600 a solo algo más de 100 municipios, de los cinco mil en todo Brasil. Pero la derecha tampoco logra consolidar una hegemonía política como fue la del progresismo (excepto en Colombia de forma estable y en Perú con inestabilidad y recambio). En Chile, tras el estallido iniciado en octubre de 2019 y la convocatoria de una convención constituyente, es muy probable que el progresismo se imponga como lo hizo en Bolivia y Argentina, mostrando más bien un péndulo inestable de transición, donde también la extrema derecha y las nuevas izquierdas se suman a la disputa, siguiendo los pasos de algunos países europeos. Más allá de lo electoral, entonces, el fin de ciclo es vivido por los más identificados desde cierto endurecimiento interno o incluso ensimismamiento. Aumenta la mistificación mientras disminuye la capacidad de movilización, se interrumpe la continuidad con las luchas que llevaron a los gobiernos de raíz popular al Estado. A su vez, se consolida la perspectiva estatal tendiente a la criminalización de las protestas, políticas de austeridad más y menos disimuladas y, fundamentalmente, una ambigüedad que queda cada vez más lejos de los movimientos y experiencias alternativas.

El dirigente social argentino Juan Grabois desafió al Frente de Todos (al que pertenece) al insistir en que la cautela supuestamente estratégica del gobierno podría terminar alejándolo de sus bases. Pero se excede (reincide) en confianza a los liderazgos cuando sostiene que hace falta una dirigencia “que tenga el coraje, la inteligencia y la planificación para lograr cambiar la estructura absolutamente regresiva, degradatoria, primarizante, colonial que tiene la Argentina...”. En buena medida, los movimientos sociales reproducen las dificultades que se observan a nivel de los gobiernos y su pérdida de dinamismo explica también el alcance limitado de una red de espacios (nada limitada de antemano), a la hora de alterar las condiciones macroeconómicas y las características del Estado mismo –que Grabois reconoce como un Estado neoliberal ocupado circunstancialmente por gobiernos populares o progresistas.

En el caso de Chile, los límites para el cambio estructural ya se encuentran interiorizados en las limitaciones que el poder político (conservador o progresista) impuso en acuerdo político de cúpulas mientras las calles ardían en una histórica movilización social, para definir las reglas de funcionamiento del foro en vistas a la Constituyente. Como ocurrió en Bolivia, el poder constituyente surge limitado (constituido) por la necesidad de aprobación por dos tercios, que políticamente garantiza poder de veto a las fuerzas políticas tradicionales –finalmente, intérpretes en última instancia de los mensajes de las calles. Quizás sea ilustrativa la “funa” (escrache) que encontraría a fines de 2019 Gabriel Boric, ex líder estudiantil de las protestas de 2001 y creador del Frente Amplio, por su participación en el acuerdo con el gobierno y otros sectores políticos, accediendo a sellar el acuerdo para encaminar la Constituyente con el gobierno y también la ex Concertación, fuerza cuya derrota fue la condición que lo había transformado en líder político con el mote de “nueva política”.

La figura de la “correlación de fuerzas” se utiliza de manera abstracta y amañada. Últimamente, la militancia partidaria, sindical y social, en el momento mismo en que se refiere a las relaciones de fuerza no se asume como parte de esa relación. Frase de mago, abracadabra que, al pronunciarse, nos paraliza. Le pone nombre, justificándola, a la desmovilización social. ¿Dónde quedan nuestras fuerzas entonces? ¿De qué modo hacemos parte en situaciones concretas de esa relación? Se da por concluida de antemano una relación que, por definición, no está cerrada; se piensa como gesto estratégico la repetición de lo mismo, como si las estrategias no fueran también parte de un campo en disputa dependiente de las condiciones que, justamente, no son una repetición de lo mismo. ¿Y si no es un problema de “gran estrategia” voluntarista o sacrificial, sino de tacticismo radical y alegre? De hecho, hay fuerzas de distinta índole, no sólo desde el punto de vista cuantitativo, sino en el plano de la imaginación política, de las transformaciones a nivel de los vínculos dentro y fuera de las organizaciones, en el seno de complicidades transversales, tácticas de guerrilla o formatos de unidad de acción. La imaginación no es una abstracción o una utopía perdida por lejana, sino una fuerza que abre posibles.

¿Cuáles fueron los límites de los aspectos dinámicos de esos procesos se cerraron o viven aun a costa de su fin de ciclo? Pensamos en, al menos, dos niveles: la relación de los movimientos, los sectores populares, las denominadas bases y organizaciones con los gobiernos propiamente dichos, por un lado, y las medidas concretas, entre rupturas y continuidades con los regímenes previos (la vigencia del neoliberalismo, de las oligarquías, etc.). Este último punto relativiza las acusaciones de claudicación, de traición o de giros conservadores de los gobiernos, en tanto ya estaban escritos en la matriz de relación entre éstos y la dinámica de los movimientos. Incluso, ¿hasta qué punto, parte de los movimientos y de la militancia de base se perciben y piensan a sí mismos de entrada identificados con el realismo del poder? El realismo político que transforma un análisis automático de la correlación de fuerzas en una excusa para no repensar las relaciones del dinamismo social con los formatos de poder existente, opaca toda imaginación política con su velo indolente.

Por nuestra parte, el diagnóstico y las preguntas que nos propusimos no surgen de una mirada exterior a los deseos de transformación de las relaciones de desigualdad y destrucción del medio vigentes, ni de una inmaculada concepción de izquierdas, sino de un realismo doloroso (11) que no está dispuesto al silencio público de las diferencias, ni al razonamiento extorsivo cuya única razón de ser son los poderes que se tiene en frente. Nos permitimos sospechar del sobredimensionamiento jactancioso y en bloque del enemigo, gesto correlativo de una victimización también excesiva respecto de las potencialidades propias y vitalidades inesperadas. Apostamos, más bien, a un realismo de la potencia que ponga de relieve las expresiones de dinamismo encarnadas por actores y formas de relación y organización existentes, para una imaginación política capaz de actuar, de intervenir en nuestras condiciones, con todo el barro que la historia disponga. Desde la marea de feminismos hasta las luchas ambientalistas, los espacios de contracultura, las experiencias de economías solidarias y populares, hasta las resonancias entre un buen vivir contemporáneo y la vigencia comunitaria de los pueblos indígenas, pasando por las revueltas estudiantiles, los nuevos modos de agrupación y democracia gremial o de lucha de trabajadores autónomos y precarios por fuera de las estructuras que ya no los contemplan ni representan, y el activismo informático… la fenomenología del dinamismo político es muy vasta y no lo es menos la potencialidad de articulaciones e interfaces capaces de la necesaria transversalidad a la hora de contrapesar e incluso superar las asimetrías concretas que conforman la actual correlación de fuerzas, es decir, la trama que define cuánto podemos.

Es clave atender e investigar lo que hay de vivo por abajo y por los costados, así como propusimos repasarlo comparativamente en la historia insurreccional latinoamericana del último tramo del siglo XX. ¿Qué pasa hoy con los enjambres de repartidores y trabajadores logísticos por aplicaciones que bien podrían parar las ciudades? ¿Qué lugar tiene en algunos países la construcción comunitaria indígena por fuera de las ciudades, o enhebrando campo y ciudad? La movilización de los pobres por el auxilio económico o renta universal en Brasil reorientó los recursos del Estado; las tomas de tierras con grados cada vez más altos y sofisticados de organización y enunciación en Argentina dejan ver un deseo de vivir bien sin temor a la confrontación. Algo se mueve por fuera de lo posible, ¿algo imposible? Entre la máquina neoliberal y su “There is no alternative” implícito –o incluso fracasado neoliberalismo devenido refeudalización corporativista– y el posibilismo progresista, suerte de liberalismo sensiblero, izquierda que ladra, pero no muerde; es decir, entre el realismo de la impotencia y el realismo político, se cuela una potencia que busca su propia realidad.

Ariel Pennisi

@ArielPennisi1

Salvador Schavelzon

@schavelzon

2 abr 2021 05:56

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Domingo, 28 Julio 2019 06:32

En malos términos

En malos términos

La renuncia del titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público del gobierno de México, Carlos Urzúa, reveló las diferencias en materia de política económica en el interior del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Jalonada por diferentes fuerzas, la “cuarta transformación” prometida por el mandatario aún debe afrontar grandes desafíos a su viabilidad.

La renuncia de Carlos Urzúa, el 9 de julio, tomó por sorpresa a propios y extraños. Si bien no era la primera salida de un funcionario de alto rango de las filas del gobierno federal, la investidura y responsabilidad de Urzúa, hasta entonces secretario de Hacienda y Crédito Público, tienen relevancia aparte.

La confianza de los inversionistas y los mercados financieros fue uno de los objetivos más importantes a consolidar por Andrés Manuel López Obrador (Amlo), incluso antes de tomar posesión como presidente constitucional. En ese sentido, Urzúa mantuvo reuniones con los ejecutivos de los fondos de inversión y las calificadoras de riesgo. Se encargó de disipar los temores alrededor del programa de gobierno de López Obrador: sería un gobierno “responsable”, no se incrementaría el monto de la deuda y se presentarían proyectos de presupuesto con un superávit primario a fin de garantizar su pago.

Sin embargo, luego de casi siete meses como titular de Hacienda, Urzúa presentó una carta con señalamientos críticos que nadie del equipo del presidente se había atrevido a hacer hasta ese momento. La de Urzúa es, hasta la fecha, no sólo la renuncia más importante en el interior del gobierno de López Obrador, sino una que aún genera dudas sobre sus verdaderas causas.

URZÚA Y SUS MOTIVOS. En su carta de renuncia publicada en la red social Twitter, Carlos Urzúa explicó las razones que lo llevaron a tomar la decisión de abandonar el gabinete, pero sin entrar en detalles. Al tiempo que lamentó la ejecución de políticas públicas “sin sustento” –no aclaró a cuáles se refería–, aseguró que el gobierno encabezado por López Obrador toma decisiones “sin evidencia” suficiente y varias de sus políticas públicas se guían más bien por el “voluntarismo”. Además, denunció que hay “conflicto de interés” en el gobierno federal, pero sin dar nombres.

Tras el revuelo mediático provocado por su dimisión, días más tarde Urzúa dio una entrevista al semanario Proceso, en la que abundó en sus motivos. Entrevistado por Hernán Gómez –académico y analista político que simpatiza con el gobierno de Amlo–, el ex secretario se refirió a la construcción de la refinería de Dos Bocas, que el gobierno impulsa en el estado de Tabasco, y criticó cómo, a pesar de que la licitación se declaró desierta en mayo, el presidente López Obrador siguió empeñado en continuar la obra, ahora bajo la dirección estatal. También la emprendió contra la construcción del Tren Maya, un megaproyecto que conectará los cinco estados del sureste mexicano, y el hecho de que el gobierno federal le haya destinado recursos millonarios para este año, a pesar de que apenas se encuentre en la fase de planeación.

Aunque celebró otras decisiones del gobierno, Urzúa consideró un error cancelar la construcción de un nuevo aeropuerto internacional en la Ciudad de México, pues, según dijo, se había invertido “demasiado dinero”. Lo mismo opinó sobre la controversia entre la Comisión Federal de Electricidad y empresas canadienses y estadounidenses por la construcción del gasoducto marino Texas‑Tuxpan, y alertó que si no se cumplen los términos pactados en los contratos con estas compañías, está en riesgo no sólo el suministro de energía, sino también la aprobación de la versión modernizada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Según Urzúa, Manuel Bartlett, titular de la Comisión Federal de Electricidad, es un “estatista” que “ignora” el concepto de “valor presente”.

En la entrevista con Proceso, el ex secretario de Hacienda puntualizó, además, que el blanco de sus acusaciones de “conflicto de interés” es el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, aunque no presentó pruebas de hechos concretos (Proceso, 14‑VII‑19). El ex secretario calificó a Romo –accionista del grupo financiero Vector, uno de los intermediarios bursátiles más grandes de México– de personaje de “extrema derecha” y dijo no comprender cómo alguien como él puede formar parte del primer círculo del presidente López Obrador. El empresario, sostuvo Urzúa, es un admirador de Augusto Pinochet y Marcial Maciel (quien, además de haber liderado la orden católica Legionarios de Cristo, estuvo involucrado en casos de pederastia).

LA RESPUESTA DEL GOBIERNO. El presidente López Obrador respondió de forma contundente a la renuncia de su secretario de Hacienda, y los primeros efectos de la salida del alto funcionario se hicieron sentir en el mercado cambiario. En medio de la volatilidad de los mercados financieros, en menos de una hora Amlo transmitió un mensaje en video a través de sus redes sociales, acompañado del subsecretario de la cartera, Arturo Herrera, para informar su nombramiento como nuevo titular de la dependencia federal.

El objetivo del gobierno mexicano fue enviar señales de confianza a los inversionistas y poner de manifiesto que había orden en el interior de su administración, e insistió en que el nombramiento de Herrera era un “relevo natural”. El mandatario se limitó a señalar que, ante el proceso de transformación en curso, había desacuerdos en su gabinete. “Él (Carlos Urzúa)no está conforme con las decisiones que estamos tomando, y nosotros tenemos el compromiso de cambiar la política económica que se ha venido imponiendo desde hace 36 años”, dijo. “A veces hay incomprensión, dudas, titubeos, incluso en el interior del mismo equipo, pero nosotros tenemos que actuar con decisión y con aplomo, por eso acepto la renuncia del secretario de Hacienda”, informó el presidente.

La pronta designación de Herrera en el frente de la Secretaría permitió al peso mexicano recuperar el terreno perdido ante la divisa estadounidense al final de la jornada. Pero la forma de la renuncia sembró dudas. En la conferencia que había brindado previamente a los medios, López Obrador evitó la confrontación con Urzúa. Cuestionado sobre los señalamientos de este sobre “conflictos de interés” y “voluntarismo”, el mandatario mexicano explicó que había solicitado apoyo a Alfonso Romo para organizar las instituciones de la banca de desarrollo, pero desestimó las acusaciones y se atajó con que sus proyectos de infraestructura no han cambiado. Incluso, afirmó, estos ya han sido presentados en sus libros y sus tres campañas para la presidencia. La lucha contra la corrupción, explicó el mandatario, además, se ha mantenido como bandera en su trayectoria política durante décadas.

POLÍTICA ECONÓMICA A PRUEBA. La renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público fue utilizada por los opositores de López Obrador como una “evidencia” de los “peligros” alrededor del gobierno. Un sector de los simpatizantes de Amlo, por su parte, calificó a Urzúa de “traidor” que finalmente se atrevió a mostrar su “verdadero rostro”: un tecnócrata defensor a ultranza del neoliberalismo.

Las contradicciones, más allá de las acusaciones de unos y otros, están a la vista. Abanderado por una coalición electoral que aglutinó a fuerzas políticas de corrientes diversas de pensamiento –situación que se refleja también en los integrantes de su gabinete–, López Obrador propone una política económica sujeta al jaloneo de fuerzas contrapuestas, aun cuando el mandatario mexicano asegura encabezar un “gobierno de todos, pobres y ricos”, que pondrá en marcha la “cuarta transformación” de la historia de México (véase “En busca de la utopía progresista”, Brecha, 7‑XII‑18).

Crítico del neoliberalismo, una política económica que, sentencia, ha beneficiado a una “pequeña minoría” a costa del sufrimiento de la “mayoría del pueblo”, el de Amlo es un programa de gobierno que impulsa una nueva forma de hacer política, pero evitando conflictos con el poder económico. Hasta el momento, la lucha contra la corrupción es el elemento que amalgama estos dos objetivos.

Sin embargo, López Obrador necesita grandes sumas de dinero para financiar una amplia gama de programas sociales y, al mismo tiempo, se ha comprometido a no impulsar una reforma fiscal en sus primeros tres años de mandato. Reforma que, según Urzúa, es la única salida para garantizar la provisión de recursos en el largo plazo y que, tarde o temprano, tendrá que enfrentar el presidente.

Amlo apuesta a la reducción de los gastos de la administración pública y al combate a la corrupción como fórmula para “liberar fondos para el desarrollo”. Al cabo de la mitad de su sexenio, sin embargo, resta ver si eso será suficiente para continuar financiando las políticas sociales y las grandes obras de infraestructura y si, en caso contrario, su gobierno será capaz de resolver esa contradicción. La política económica de la “cuarta transformación” está a prueba.

26 julio, 2019

 

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El canciller iraní Mohamad Yavad Zarif se reunió con su colega ruso, Serguéi Lavrov. Imagen: EFE

El gobierno iraní anunció ayer que dejará de cumplir algunos de los compromisos del acuerdo nuclear internacional firmado en 2015. En su discurso televisado, el mandatario de Irán, Hasan Rohani, explicó que desde ahora no van a vender el uranio enriquecido ni el excedente de agua pesada y que además producirán estos elementos de forma ilimitada. Según explicó Rohani, su acción es en respuesta a la decisión unilateral de Estados Unidos de retirarse de ese pacto el año pasado y reestablecer, consecuentemente, las sanciones al país islámico. Como parte del anuncio, Rohani también afirmó que da un plazo de 60 días al resto de los firmantes del pacto, China, Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania, para que cumplan con las exigencias de Irán. 

Al poco tiempo de hacerse pública la decisión iraní, Estados Unidos reaccionó anticipando nuevas sanciones para al país islámico que apuntan a los sectores del hierro, acero, aluminio y cobre, al tiempo que advirtió a Europa sobre “las consecuencias de ceder al chantaje iraní”. Un rechazo similar mostró por su parte el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Irán, sin embargo, tuvo el apoyo de China y Rusia.


“Desde este miércoles la República Islámica de Irán no se considera comprometida a respetar parte de lo acordado”, explicó Rohani y señaló que estas medidas se enmarcan en el acuerdo de Viena que permite a las partes firmantes suspender parcial o totalmente algunos de sus compromisos en caso de incumplimiento de otro de los integrantes. El año pasado luego de retirarse unilateralmente del acuerdo, Washington volvió a imponer sanciones a Irán en el sector bancario y petrolero.


“Si durante estos 60 días se mantienen nuestros principales intereses, especialmente la venta del petróleo y la eliminación de sanciones bancarias, volveremos a las condiciones anteriores”, lanzó Rohaní. De no ser así, advirtió, tomarán otros dos pasos: por un lado dejarán de comercializar uranio y por el otro dejarán de vender agua pesada. Estos dos caminos que abrió Irán ante la imposibilidad de acordar posiciones con Estados Unidos permitirán al país islámico una elevada producción de uranio con fines nucleares, algo que en el acuerdo estaba regulado, y una concentración sin límites de agua pesada otro material usado para la fabricación de bombas nucleares.


“El acuerdo sigue en pie. Anunciamos nuestra reducción, no nuestra salida (...) El acuerdo necesita una cirugía pero para salvarlo no para destruirlo”, explicó el presidente iraní. Luego insistió en que su país no abandonó la mesa de negociaciones, dejando en claro que está dispuesto a dialogar. “Hoy estamos empezando la negociación con un nuevo lenguaje. Ahora es jurídico, mientras que ayer era diplomático y amistoso”, finalizó Rohaní. “Este es un intento de chantaje bastante flagrante”, dijo en tanto Tim Morrison, director para Armas de Destrucción Masiva en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. “Europa debería resistirse a esto y presionar a Irán para que vuelva a la mesa negociadora para llegar a un acuerdo nuevo”, opinó Morrison quien además insistió en retomar la política de mano dura contra Teherán. Por su parte, el secretario de Estado Mike Pompeo viajó al Reino Unido donde dio una conferencia junto al emisario estadounidense para Irán, Brian Hook. Allí los ingleses le advirtieron a Teherán que no tome más medidas porque aseguraron que de lo contrario sufrirá consecuencias. Francia, en sintonía, también le pidió a Irán que siga respetando el total de sus obligaciones nucleares y le exigió que se abstenga de aplicar cualquier medida que viole los compromisos asumidos.


El presidente ruso denunció que el país islámico es víctima de una presión internacional. Horas más tarde, el canciller iraní, Mohamad Yavad Zarif, se reunió con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, y ambos coincidieron en denunciar el comportamiento “irresponsable” de Estados Unidos. “Rechazamos las acciones estadounidenses que lleven a una escalada de tensión en torno al acuerdo nuclear con Irán”, dijo por su parte el portavoz del ministerio chino de Asuntos Exteriores, Geng Shuang.

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Autocrítica comunicacional y cultural. Geopolitica de todo lo que no hicimos

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una guerra económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora, una guerra territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta y una guerra mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el reeditado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos. Todo con la complicidad de gobiernos serviles especialistas en gerenciar los peores designios contra la humanidad. Hay que decirlo con claridad y sin atenuantes. 

En particular, pero no aislada, se ha desatado contra el pueblo trabajador, de todo el planeta, una guerra mediática sin clemencia (aunque algunos todavía se nieguen a verla). Tal guerra mediática es extensión de la guerra económica del capitalismo y es inexplicable sin explicarse (histórica y científicamente) cómo opera el capitalismo en sus fases diversas incluyendo su actual fase imperial. La guerra contra los pueblos no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los trabajadores, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad. La guerra oligarca contra los pueblos nunca ha sido sólo material y concreta… ha sido ideológica y subjetiva. Nada de esto es nuevo, no se anota aquí como descubrimiento ni como verdad revelada, es la condena de clase sobre la que se verifica nuestra existencia. Mayormente en silencio.


Al lado de las consecuencias concretas de la “triple guerra”, que en cada país deja huellas específicas, está el problema de entender sus efectos supra, trans e intranacionales. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales tiene su identidad vernácula desembozada o maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación alienante que supera a los poderes nacionales (no tributa, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo. Así empresas como Shell (energética) aliada con bancos locales o internacionales, financia frentes mediáticos (televisoras, radios, periodistas, prensa) y promueve “estrategias” de defensa para los estados aliados. Sus aliados. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Mismo modelo imperial con décadas de añejamiento pero tecnología actualizada. Es decir, nada de esto es nuevo, lo supimos y los sabemos.


En su fase “neoliberal”, o neocolonial, el capitalismo imperializado se dispuso a descargar contra la clase trabajadora el peso de la crisis financiera provocada por ellos en el año 2008. Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia monetaria inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender derechos históricos adquiridos. Y, al mismo tiempo, se multiplican las bases militares con objetivos represores enmascarados bajo todo tipo de disfraces. Y ahí, las alianzas de los “medios de comunicación” que conforman un plan de discurso único directamente entregado a camuflar las guerras judiciales, las guerras económicas y los muchos episodios de represión, táctica y tecnológicamente, actualizados.


Nuestro presente está teñido por una red de emboscadas “políticas” en las que lo menos importante es fortalecer las democracias, devolverle el habla a los pueblos y garantizar la soberanía económica. Todo lo contrario, reinan por su estulticia los peores ejemplos con las peores prácticas desde Brasil hasta Honduras, desde la deformación grotesca de instituciones como la OEA hasta desfondar iniciativas nacientes como UNASUR. Quedaron desnudas mil y una tropelías de jueces y tribunales que a contra pelo de toda justicia desatan persecuciones, encarcelamientos y condenas basadas en la nada misma, o dicho de otro modo, basada en cuidar los intereses del gran capital vernáculo y trasnacional que funge como su verdadero jefe. Hoy contamos con un repertorio muy completo y complejo de tipologías y secuencias diseñadas para la ofensiva triple que aquí se describe.


No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde frentes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.


Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, quien lea información seria (pero con el estilo de los noticieros mercantiles) deberá someter su esquizofrenia al veredicto de algún tratante especializado. Al menos, claro, que lo hiciere con ironía intencional y entendible. Quien redacte, hable o actúe, incluso sin darse cuenta, como redactan, hablan o actúan los referentes mercantiles de los mass media, con el pretexto de que “eso si llega”, de que “así la gente entiende”, de que “esto vende”… repite una trampa lógica en la que se corren riesgos de todo tipo, comenzando por legitimar el modo dominante para la producción de formas expresivas. No quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores. Hay que estudiar cada caso minuciosamente y eso es algo que muy poco se hace.


Todavía somos víctimas del individualismo y no logramos construir la unidad de clase que nos permita aliar nuestras fuerzas comunicacionales en torno a un programa emancipador. Muchos se sienten “genio único” y “gurú” revelador de verdades mesiánicas. Uno de los cercos mediáticos más duros de romper está en la certeza soberbia -e individualista- del que se piensa “genio comunicacional” poderoso. Por eso nos derrotan con toda facilidad mientras las oligarquías se organizan y se reordenan para atacarnos. No es que seamos incapaces de lograr metas magníficas, el problema es que estamos desorganizados y no logramos concretar la dirección que nos haga entender el lugar que tenemos en la batalla comunicacional, unidos.


Todavía somos víctimas de la improvisación empirista. No pocos padecen alergia al estudio y no pocos sufren mareos sólo de pensar en planificar racionalmente las tareas que nos tocan. Por eso muchos repiten y repiten errores que no se cometerían con sólo abrir las páginas de algún libro medianamente especializado -y serio- o con trabajar en colectivo con las bases. Por eso, no pocos salen a filmar documentales, a grabar programas radiofónicos, salen a escribir reportajes o entrevistas… sin saber, siquiera, el nombre de sus interlocutores. Por eso muchos se sienten frustrados por los magros resultados, cuando el problema está en el método y en su praxis.


Todavía perdemos horas y días y semanas y meses buscando desesperadamente a quien echarle la culpa de nuestras “desgracias”. Hay camaradas que se resisten a entender que sólo la fuerza organizada de la clase trabajadora podrá generar las transformaciones que necesitamos y que de nada sirven las rogativas a las puertas de las burocracias ni de las sectas iluminadas.


Nos equivocamos si creemos que “nos las sabemos todas”. Nos equivocamos si pensamos que nuestros diagnósticos inventados en noches diletantes son la “verdad revelada”. Nos equivocamos si no trabajamos en un frente de base al lado de los trabajadores que luchan por emanciparse. Nos equivocamos si creemos que todo se logra saliendo en la tele o siendo famosos. Nos equivocamos si abandonamos la militancia directa en las organizaciones de base. Nos equivocamos si creemos que los medios de comunicación lo “arreglarán” todo. Nos equivocamos si creemos que con “mensajes” ultra-revolucionarios se logra mágicamente el avance de la conciencia. Nos equivocamos, en fin, si nos contentamos con repetir fórmulas y especialmente las fórmulas que la burguesía ha ideado para someternos y no nos damos cuenta. Es verdad que ellos generan efectos poderosos en nuestra contra pero nada serían si no dominaran, primero, la base económica y política desde donde financian sus máquinas de guerra ideológica.


Ninguno de nuestros errores podrá borrar los aciertos magníficos que siguen siendo orientadores e inspiradores. Pero no olvidemos que la primera de las manías, primera en importancia por su carácter dañino, es la carencia casi total de autocrítica y que somos víctimas de una especie de soberbia voluntarista plagada con empirismos de todo tipo. “Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase” Lenin.


Esto no es un réquiem. Insistamos. Aunque hoy parece una “perogrullada” que, a fuerza de repetirse, puede perder “sentido”, conviene recordar (aunque moleste) que una de nuestras grandes debilidades y fallas, se expresa en la incapacidad para transmitir nuestras ideas y acciones. Especialmente las ideas y las acciones de los frentes sociales y sus luchas emancipadoras. Queden salvadas las excepciones honrosas.


Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias- sumas ingentes. Hicimos leyes que no cumplimos, adquirimos tecnología sin soberanía, no consolidamos nuestras escuelas de cuadros, no creamos una corriente internacionalista para una comunicación emancipadora organizada y apoyada con lo indispensable, no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora, no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso mediático y el desarrollos del pensamiento crítico… y no es que falten talentos o expertos, nos es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar como se debe.


Se ha convertido en una “tara” echar la culpa de todos nuestros “males” a los “medios de comunicación” de la clase dominante. Un recurso “fácil” que por su obviedad parece incontestable y parece reducto inapelable para refugiar a ciertos discursos plañideros. Cuando la culpa (toda la culpa) es de los “malos”, y nada se explica por los errores que cometemos, tributamos pleitesía a una emboscada que nos tendemos nosotros mismos para quedar encerrados en justificaciones a granel y con pocas esperanzas de superación concreta.


Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa, gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente, nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación, no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.


Para colmo, la clase dominante desarrolla permanentemente medios y modos para anestesiarnos sin clemencia. Inventa falsedades alevosas que transitan con impunidad, y sin respuesta, a lo largo y ancho del planeta, siempre con un poder de ubicuidad y de velocidad que nosotros no podemos siquiera medir ni tipificar en tiempo real. Y la inmensa mayoría de las veces lo miramos desde nuestras casas (dormitorios incluso) en forma de “noticieros”, “entretenimiento” o reality show. Consumismos sus productos, engordamos sus rating y rumiamos nuestra impotencia, hacemos catarsis indignados y enredados en frases hechas mayormente inútiles e intrascendentes. Eso es parte de la guerra.


No es que falten iniciativas o buenas voluntades que asumen su papel y emprenden tareas en la lucha comunicacional bien cargadas con intereses muy diversos y (a veces) contradictorios. Algunas son iniciativas que anhelan dar pasos transformadores jalonando a destajo voluntades de todas partes. Otras veces, las menos, surgen tareas comunicacionales desde el corazón de las luchas sociales para especializarse, casi exclusivamente, en sí mismas. El panorama es de un archipiélago inmenso cargado con buenas ideas pero inconexo. Una muchedumbre de iniciativas sin programa de acción común. Fuerza debilitada. No nos detendremos en analizar ciertos sectarismos, individualismos, egolatrías ni oportunismos que hacen de las suyas de manera desigual y combinada. Con sus debidas excepciones.


Visto así, en lo general, vale decir que ya a nadie le sorprende -ni le ofende- semejante panorama. Nos acostumbramos. Hemos sido más audaces en el diagnóstico que en la acción. Ha sido más grande la petulancia que la eficacia. Somos campeones del empirismo ciego y le rendimos culto a la palabrería “progre” antes que a la acción organizada de la clase trabajadora en pie de lucha. Vamos a palos de ciego “dando respuestas artesanales” a la segunda mega industria de la guerra ideológica que más recursos económicos y tecnológica mueve en todo el planeta. Nos derrota más el auto-engaño que la fuerza. Pontificamos soluciones sin un programa de lucha, de unidad y consensuando porque, entre otras cosas, creemos que tenemos la razón y no tenemos por qué entablar acuerdos de lucha unificados. Por cierto “unidad” no es uniformidad.


Claro que hay grandes iniciativas y grandes avances. Claro que contamos con victorias de lo particular a lo general y viceversa. Claro que en nuestras filas hay grandes genios y genialidades individuales y colectivas. Y claro que con eso no nos alcanza en una lucha que además de su amplitud, duración y profundidad, crece exponencialmente porque, además de su carácter alienante, es un gran negocio muy rentable. El negocio de embrutecernos.


No vamos a salir del atolladero haciendo promesas para dejarlas truncas. No tenderemos fuerza comunicacional improvisando siempre mientras aguardamos que las “musas” nos iluminen. No conseguiremos transmitir nuestras ideas, ni construiremos un plan de lucha conjunto, aislados por nuestros egos ni resignados a la marginalidad. La clave no es imitar las fórmulas del éxito burgués ni copiar a sus operadores ideológicos creyendo que, siguiendo las biblias del márquetin, vamos a ser exitosos progres. Necesitamos organizar una lucha comunicacional y cultural que no repita los errores ni las taras más comunes y necesitamos romper todo cerco entre nosotros mismos comenzando por poner en agenda, y acompañar sistemáticamente, las luchas del pueblo trabajador. Necesitamos que nuestra agenda prioritaria en comunicación no seamos nosotros mismos sino las luchas transformadoras de la clase trabajadora y de su mano. Hombro con hombro. No adelante, no encima. Estamos a tiempo.

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“No estamos frente al capitalismo, sino que vivimos en su mundo”

Discípulo de Althusser, ha escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los dominados.

Hay formas de pensar no diferente sino en disidencia, de no repetir el agotador mensaje del diagnostico del mal y, al mismo tiempo, de descubrir las posibilidades infinitas de la acción humana. El filósofo francés Jacques Rancière pertenece a esta dinastía de los rebeldes con magia y argumentos. Quien se acerque a su profusa obra saldrá con sus convicciones trastornadas. Discípulo de Louis Althusser, Rancière ha sin embargo escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los obreros y los dominados. La palabra obrera, La noche de los proletarios o La filosofía de los pobres fueron los primeros libros que publicó a partir de los años 70. Le siguió un cuerpo de obra monumental cuyo centro ha sido siempre la emancipación humana, la lucha de clases y la igualdad. Rancière es un insurgente inspirado que, en los últimos años y a partir de obras como El odio a la democracia, El espectador emancipado, Los tiempos modernos, Arte, tiempo, política o ¿En qué mundos vivimos? ha atraído a un público joven y comprometido, hastiado del pensamiento que se consume como un plato congelado cocinado en un microondas.


Es un pensador realista cuando escribe: “no estamos frente al capitalismo sino que vivimos en su mundo”. Cine, teatro, literatura, exploración de los lazos entre política y estética son igualmente temáticas que integran su obra en una búsqueda constante de comprender la multiplicidad de los tiempos en los que vivimos. Porque para el filosofo francés nacido en Argelia en 1940, la idea de que existe una suerte de modernidad única, un tiempo universal y lineal es una construcción tramposa. No hay una línea temporal sino varias a lo largo de las cuales se despliegan nuestras realidades y rebeldías . Esa pluralidad del tiempo es, según expresa en esta entrevista con PáginaI12 realizada en París, una de las posibilidades más ricas de reconstruir una acción colectiva y efectiva. En suma, una semilla para derrotar al sistema. Adepto de las brechas, las islas o los instantes de rebeldía, Rancière defiende la idea de que los movimientos de protestas sólo tienen éxito cuando logran detener el curso del tiempo e instaurar, por un momento, otro, fuera de las agendas del sistema. Son semillas de autonomía que producen bosques de transformación. Revoluciones, movimientos de protestas, posibilidades de acción contra el liberalismo, extremas derechas y ocaso de las izquierdas centradas y de las extremas son algunos de los temas que el filósofo francés borda en esta entrevista, donde lo esencial es la posibilidad humana de la emancipación ante un sistema de opresión voraz.


–El sistema liberal mundial cerró con candado todas las posibilidades de una transformación fría, es decir, sin violencia, mediante la concertación y la negociación. Usted, en su abundante obra, postula un modo de acción espacial y temporal casi como única legitimidad de acción colectiva para confrontar al sistema.

–He tratado de demostrar que ya no hay más un poder central concebido como una fortaleza y la posibilidad de un asalto contra esa fortaleza. El capitalismo está en todas partes de la vida social, no estamos frente a él sino que vivimos en su mundo. Sin embargo, el capitalismo es también frágil. Su ley choca en todas partes con resistencias locales y puntuales. En todas partes se han dado una serie de revueltas protagonizadas por comunidades específicas contra le extensión del poder capitalista y el poder del Estado. Creo que en una situación como esta es importante que se desarrollen comunidades que tengan sus propias agendas políticas sin estar sometidas a las agendas parlamentarias porque estas se han vuelto de alguna manera agendas del Estado. En casi todos nuestros países los sistemas representativos han pasado a ser agentes del Estado, han dejado de ser una parte del poder popular. Una política efectiva o alternativa al sistema capitalista y al poder del Estado que está cada vez más integrado al poder capitalista puede existir únicamente de forma autónoma, es decir, con gente capaz de crear sus formas de organización, sus agendas y sus propios medios de acción. Se trata de desarrollar movimientos con una autonomía lo más amplia posible. Pueden ser formas de autonomía política separadas de las agendas parlamentarias, puede ser una autonomía económica a través de la creación de una red alternativa de producción, de consumo y de intercambios, o formas de autonomía ideológica o incluso militares, como en México por ejemplo. De todas maneras, esto no tiene nada que ver con las ideas que antes se tenían sobre la insurrección. Hemos dejado de estar en esa situación en la que se creía que el capitalismo produce su propia desaparición. La lógica marxista enunciaba que el capitalismo creaba un modelo de producción que lo haría explotar. Está claro que no es así. Incluso se pensó que el capitalismo se alimentaba a si mismo con el trabajo pero ya sabemos que el capitalismo lo que hace es destruir el trabajo para perpetuarse. No hay ninguna expectativa de que el capitalismo produzca el socialismo, ni tampoco de que el pueblo armado se rebele porque los obreros como las armas han desaparecido. No hay ni horizonte definido, ni fuerzas identificables. Lo que si vemos es la creación puntual de autonomías locales específicas en donde el sistema de dominación es frágil y se lo puede atacar y a partir de las cuales pueden constituirse fuerzas alternativas. Luego, esas zonas de autonomía extienden su poder tanto como pueden.


–En su filosofía la idea del tiempo y del papel que este juega tanto en los sistemas hegemónicos como en los intentos de trastornarlos es fundamental. Usted escribe al respecto que “una política de emancipación existe bajo la forma de una interrupción del tiempo”.

–Se tiene siempre la idea según la cual están, por un lado, los movimientos efímeros y, por el otro, las estrategias a largo plazo. Pero la historia del mundo es bastante diferente. Cuando se crean alternativas al sistema de dominación siempre ocurren durante momentos singulares. Las revoluciones fueron momentos singulares que duraron días, semanas, meses o años. Esto equivale a decir que el orden normal de las cosas fue interrumpido, que, en ciertos momentos, las reglas normales desaparecen, que el tiempo queda suspendido y al mismo tiempo se acelera porque los movimientos generan altas velocidades. Un ejemplo de ello es lo que pasó en Francia en Mayo de 1968: el orden normal del gobierno y de la economía de pronto se detiene, el tiempo se para, se bloquea. Y cuando el tiempo se detiene la gente empieza a reflexionar sobre la sociedad y se lanzan iniciativas que tienen efectos muy rápidos. Estamos entonces en una situación que el sistema no previó.

–¿El movimiento de los chalecos amarillos en Francia responde acaso a esa lógica?


–-Se trata de un movimiento interesante porque, al principio, fue protagonizado por una categoría de gente que nunca protesta. Y es interesante también porque es un movimiento de gente relativamente madura, de personas que no son oriundas de una tradición de la izquierda pero que terminan por adoptar formas pertenecientes a la izquierda internacional. Ocuparon las rotondas como los jóvenes indignados ocuparon las plazas en Madrid. Se pronunciaron a favor de una democracia horizontal, lo cual corresponde al anarquismo de la juventud intelectual. Creo que fue efectivamente un momento de suspensión que empezó como protesta contra un impuesto ecológico y acabó poniendo en tela de juicio todo el sistema. Después, los chalecos amarillos fueron un movimiento que se vio paralizado porque no sabía exactamente qué quería más allá de sus reclamos iniciales. No había un horizonte final, pero no es culpa de ellos sino porque es así: no hay horizonte final y nadie sabe hacia dónde mirar. Los chalecos amarillos reflejaron la situación global de los movimientos de protesta de los últimos años durante los cuales se vieron formas de interrupción del tiempo que al final se trabaron porque tuvieron un tiempo autónomo que no sabía hacia dónde se dirigía. Ocurre entonces que esos movimientos o se agotan o los gobiernos los transforman en enfrentamientos. Así se pierde la originalidad política de la situación.


–Esto equivale a pensar que resulta imposible constituir lo que usted llama “una comunidad de lucha contra el enemigo”.


–Se han creado esas comunidades de lucha y muchas obtuvieron victorias. Han sido victorias puntuales, locales. Pero en realidad, en la historia de la emancipación siempre ha sido así: hay momentos de emancipación colectiva. Esos momentos pueden ser pensados como etapas dentro de una temporalidad extensa y, al mismo tiempo, como momentos en cuales la gente vivió con libertad y en igualdad. Serían como los momentos de los movimientos: vivir cierto tiempo en plena libertad colectiva. Se crean espacios, brechas, oasis, y se busca desarrollarlos, pero no es evidente. Por eso me gusta la idea de la ocupación de las plazas, de los espacios, porque indica que cuando se ocupan los espacios se crea otra forma de temporalidad.


–¿Cómo durar más allá de esos momentos?


–Ha habido intentos de crear movimientos que vayan más allá de la protesta para prolongarse en el tiempo hasta convertirse en movimientos capaces de organizar formas de vida alternativa. La historia nos demuestra sin embargo que fueron esos movimientos autónomos los que consigueron victorias, incluso parciales, contra el capital y el Estado. Hoy vemos claramente que ni los partidos revolucionarios ni los sindicalizados llegaron a ganar algo. No. Cuando hay medidas que van en contra del trabajo lo más eficaz no es la acción de los sindicatos sino la de los movimientos autónomos como los indignados, la noche de pie o los chalecos amarillos. Las estrategias de los partidos o los sindicatos ya no valen nada. Las fuerzas de la izquierda han sido integradas al Estado y llevan a cabo una política similar a la de las fuerzas de la derecha. Es paradójico porque al mismo tiempo que no sabemos hacia dónde se dirigen esos movimientos, son, de hecho, los únicos movimientos reales que impugnan al poder. En Francia, la izquierda tradicional no existe más. Queda por ahí ese presunto populismo de izquierda que intenta recuperar lo que hay y dotarse de una fuerza parlamentaria: Syriza en Grecia, Podemos en España o Francia Insumisa aquí. Pero esos partidos no organizaron ninguna lucha victoriosa contra el enemigo. En cambio, movimientos como los indignados sí lo hicieron. En Grecia, por ejemplo, Syriza cambió de bando. Al final, tenemos movimientos que nos sabemos hacia donde van pero son los únicos que existen.


–Esas tres izquierdas europeas, la de Grecia, Francia y España, al final no desembocaron en nada. Están en una situación de ocaso lento.


–A mi me llamó mucho la atención el hecho de que en España, Podemos, cuando se constituyó, su primera acción consistió en presentar una lista para las elecciones europeas en vez de actuar allí donde su acción tenía un sentido. Creo no obstante que, como la izquierda adoptó en todas partes el perfil de la derecha, hay un lugar para la izquierda de la izquierda. Sin embargo, hasta ahora, esa izquierda de la izquierda no fue capaz de organizar ninguna acción autónoma.


–¿Qué deberíamos reformular? ¿Hacer un inventario de toda la herencia de la izquierda revolucionaria y la de transformación y, desde allí, pensar en otra cosa?


–La única herencia real con lo que contamos hoy es la herencia que nos dejaron los movimientos momentáneos. No hay herencia de los partidos de izquierda, ni tampoco de los partidos revolucionarios que apenas consiguen escasos porcentajes en las elecciones. No estoy diciendo que se debe rechazar a los partidos de la izquierda. Se trata de constatar la verdad. En Francia, la resistencia al liberalismo ha sido tal vez más fuerte que en otros lados, pero sólo gracias a la herencia de mayo del 68 y no a los partidos de la izquierda que, más bien, lo que hicieron fue confiscar esa herencia.


–Lo efímero es entonces lo trascendente.


–Lo efímero es lo que rompe el curso del tiempo de la dominación y lo que deja una herencia. No es sólo una herencia sentimental sino que son hechos. En Francia, las victorias obtenidas contra la reforma de la jubilación (1995) y contra una ley de reforma laboral en 2006 se consiguieron por la herencia de mayo del 68 y no por la acción de los partidos de la izquierda.


–Las extremas derechas son la gran figura renacida del panorama mundial. Fueron creciendo proporcionalmente al ocaso de la socialdemocracia. Para usted, ¿ese retorno es un momento efímero o veremos un arraigo temporal más consistente?


–El fenómeno mayor, para mi, no es el de una extrema derecha que regresa después de haber estado escondida. No, lo esencial es cómo la derecha tradicional se fue a los extremos. En la medida en que la izquierda implementa la misma política económica y social que la derecha, la derecha tuvo que buscarse una figura especifica para existir. Es por eso que la derecha necesita radicalizarse y apelar a toda una serie de instintos y pasiones que hace 30 años no necesitaba. Antes, la derecha se presentaba como una fuerza de centro, medio liberal, medio modernista. Ahora eso se acabó. Para existir en el parlamento deben radicalizarse. Por eso no pienso que la extrema derecha sea una expresión de las clases populares. Ese es el análisis oficial. El auge de la extrema derecha se debe a la radicalización de la derecha. Desconfío de la idea acerca de un supuesto arraigo popular de la extrema derecha. La idea de un pueblo francés racista que tiene enfrente a los inmigrados ha sido construida por todo un sistema de propaganda.


–Hago una escala en uno de sus libros más bellos: “Los tiempos modernos”. Por lo general se habla de “modernidad” y no de tiempos modernos. ¿Cuál es la diferencia entre la modernidad y los tiempos modernos?


–-Para mi la idea de la modernidad es totalmente falsa, tanto como el enunciado según el cual la modernidad ha funcionado como una declaración de la autonomía del arte. Siempre traté de demostrar que era lo contrario, es decir, que si existía una modernidad artística ésta consistía en la voluntad de unir el arte con la vida y no de hacer que el arte fuera autónomo. Con este libro quise demostrar que no existe una temporalidad de la modernidad sino que hay varias maneras de construir la modernidad. Tiempos Modernos porque son varios y varias: está la modernidad económica y la modernidad industrial y ambas no se corresponden con la modernidad política o espiritual. No hay un sólo tiempo moderno. Una historia con una gran H y un tiempo homogéneo no existe. Hay, sí, temporalidades diferentes. También se ha acuñado la falsa idea de que la modernidad es un proceso continuo dentro de un tiempo único y similar. No, no hay tiempo sino tiempos. El arte y los artistas crean en cierto momento un tipo de tiempo moderno que no es en nada homogéneo. Es una suerte de paradigma de la modernidad, una manera de ligar el tiempo, el movimiento, la comunidad, el presente, el futuro.


–Hoy vivimos dentro de varios tiempos dictados por la tecnología y dentro de la noción de “pos”: pos modernidad, pos verdad. Se evoca así el fin de todo pero todo sigue…

–El término pos, en realidad, corresponde un poco al discurso del intelectual cansado que dice “todo está terminado”. Ya se empezó a decir que todo estaba terminado en los años 1820…En aquella época ya se hablaba de la literatura industrial y se afirmaba que la literatura y la cultura se habían terminado, que sólo importaba el mercado. Hace dos siglos que se afirma esto. Este discurso le conviene a todo el mundo: tanto a quienes se presentan como los últimos defensores de la civilización como a los que se creen innovadores de un nuevo tiempo y portavoces de ese tiempo. Son nociones sin interés porque después, bueno, todo sigue, continúa, no estamos ni en el pos ni en el fin de la civilización. Es una construcción falsa aunque sea intelectualmente tan útil para los filósofos crepusculares como para los se creen vanguardistas. Es un doble juego donde, en lo que atañe a la verdad, se decreta que la verdad se ha terminado, que los hechos carecen de importancia y que lo importante es el análisis y la interpretación porque estamos más allá de todo, en un pos infinito. Aquí vemos claramente que estamos ante a una forma de administrar la opinión en donde los hechos han dejado de ser necesarios y donde lo importante es integrarlos en un sistema de explicación preexistente y, por consiguiente, no hace falta que los hechos sean verdad.
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Jueves, 26 Julio 2018 08:04

Escribir con sangre

Amigos de uno de los grafiteros pintan en su ataúd.

La sociedad calla ante la corrupción reinante en el país, ante los asesinatos, pero ven un muro rayado y se escandaliza.

La ciudad aún duerme, la madrugada sigue tan oscura que parece la noche. Una bien planificada estrategia cumple su objetivo: lograr entrar en la zona del metro de Medellín, donde se encuentran los vagones que no serán usados ese día. Seguramente, con muchos días de anticipación, los tres jóvenes habían observado, una y otra vez, el lugar más óptimo para realizar su acción, un lugar donde pudieran pasar desapercibidos de las cámaras de seguridad. Las vías aún no están en funcionamiento. El metro de Medellín significa ESCRIBIR en lo prohibido, en el Everest de los grafiteros.

Va amaneciendo, probablemente ya estaban por culminar su obra, probablemente no se percataron del tiempo o si lo hicieron decidieron correr otro tramo más de riesgo, tal vez sintiendo la adrenalina que produce exponerse al límite para mostrar su arte, para confrontar de la manera que saben hacerlo, para ganar el respeto de otros artistas grafiteros y de la sociedad, que cierra una y otra vez las puertas y cercena las posibilidades de expresar lo fresco, lo renovado, lo joven, de embellecer cualquier fondo con otros colores diferentes a los habituales. Tal vez todas esas cosas juntas impidieron medir correctamente los tiempos, y el primer tren de la mañana, no el de pasajeros, sino el de la verificación de ruta –antes de iniciar la jornada del día–, los encontró y cobro con sangre el ímpetu de su juventud.

Los detalles de lo ocurrido nadie los conoce, los escritores de muros y paredes se los llevaron consigo. Tiempo después de lo ocurrido la fiscalía y medicina legal dan explicaciones que salvaguardan la imagen del metro de Medellín, de la alcaldía, de toda la “respetable” institución pública. Ante esta situación, decidimos hablar con Juan López (nombre falso para cuidar el anonimato del artista) quien aceptó dialogar con desdeabajo, y al contarnos su historia nos mostró también la humanidad, el ímpetu marcado por la edad y la fuerza que mueve a las nuevas generaciones.

– “Soy grafitero hace once años, el grafiti me dio una salida de la violencia, porque en el barrio donde crecí siempre ha sido muy violento. Cuando yo era pequeñito, desde que me levantaba, pasaba por encima de los muertos. Siempre he convivido con las drogas, el vicio, el licor, y todo ese tipo de asuntos. Entonces, para no caer en ese tipo de vueltas –porque ya me estaban empezando como a gustar– me empezó a llamar mucho más la atención lo que era el grafiti, lo que era rayar y todo este asunto. A mi no me gustaba ni dibujar como tal, pero empecé a tener gusto por los colores, las líneas, las letras y todo el asunto. El grafiti para mi fue una salida a todo ese entorno, una escapada al entorno que me agobiaba todos los días”.

Al iniciar nuestra conversación, Juan estaba muy reacio a hablar con nosotros, pero una vez que empezó a narrar su historia iba teniendo más confianza para expresarse, para contarnos y hacernos entender la importancia de lo que significa el mundo del arte grafitero para ellos.

– “El objetivo fundamental es apropiarnos de los espacios, porque la ciudad siempre ha estado llena de gris, nosotros algunos años atrás vivimos unas olas de persecución con diferentes alcaldes –depende de la ideología– que nos borraban los grafitis cada quince días y la ciudad se veía muy gris, entonces la idea de nosotros es apropiarnos de eso que llaman espacio público, que es de todos, y volverlo más colorido, porque el grafiti y el arte como tal se hizo para trasgredir, para incomodar, no para agradar a todo el mundo”.

Esa necesidad de incomodar, de la que nos habla Juan, dispara mi imaginación, porque de inmediato pude recordar las imágenes, letras, colores, cosas bellas y realidades incomodas estampadas en los muros y calles por los que camino constantemente, esos que seguramente, a partir de esta conversación miraré y leeré más atenta, pues allí hay mensajes, hay historias detrás de cada uno de esos lienzos callejeros. Es inevitable preguntarle a Juan ¿a quién quiere incomodar?

–“Incomodar a todo el mundo que prefiere una ciudad gris, en vez de una ciudad llena de color, una ciudad llena de expresión, una ciudad llena de libertad. Mucha gente dice: a mi lo que me gustan son los pajaritos y las flores –que es lo que pinta todo el mundo acá, que es lo que la alcaldía les paga por hacer–, pero no me gustan esas letras y cosas feas por ahí. La gente siempre ve un realismo bonito, un rostro y dicen: ¡uy! eso sí es arte.

Para pintar hay un lado legal, cuando pides permiso para una obra de gran magnitud, y el otro lado, el ilegal, que es cuando la persona quiere pasar ese tipo de límites y se fija otras metas: dejar su nombre en lo alto, llegar donde nadie más ha llegado. Todo eso es incomodar. Demostrar que no hay límite. Yo no le veo nada de malo a la pintura, pues la pintura se borra con pintura, en realidad hay problemas más graves en la sociedad que enfrentar. Todo el mundo se preocupa y tiene la doble moral; acá dicen que: ´ay no, los grafiteros´ y toda la vuelta, pero que pasa con los problemas de corrupción del país, con los asesinatos, con los robos, ante eso si callan, pero ven un muro rayado y se escandalizan”.

Como dice el poeta, “se hace camino al andar”, y de ello saben los jóvenes mucho, lo saben por intuición, lo saben por deseo de renovación, de cambio, de ruptura, lo saben por su deseo de que la vida sea mejor para todos y no para unos pocos. Hay sed de justicia y disposición para plasmarla.

Es la edad de las rupturas, de las trasgresiones, de la imaginación, de la realización plena, audaz. Es la edad donde los riesgos pierden sus límites, donde la relación acción-consecuencia se difumina, sin importar las consecuencias; es una lucha individual pero sobre todo colectiva: los jóvenes que se reconocen como grupo buscan su lugar en el mundo, pero el mundo, sobre todo en países como Colombia, les niega ese lugar y los margina, lo que acrecienta su decisión de trasgredir, de escandalizar, de romper las normas ilógicas creadas por adultos. Los grafiteros encuentran su fuerza e inspiración justamente en esos lugares prohibidos de pintar, donde el anonimato –que es su condición más preciada– puede escribir acerca de su disconformidad.

Juan concluye para nosotros, diciendo: “El grafiti siempre ha sido ilegal; no creo que los grafiteros sientan temor. Además, esta ciudad ya está llena de violencia, entonces, sino les da miedo hacer un grafiti en un barrio peligroso, ¿por qué temer hacerlo en otro espacio? Para ir más allá la cultura grafitera se une, lo que nos brinda más confianza para actuar”.

 

 

 

 

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“Más mujeres en el poder no acaba con el orden patriarcal”

La configuración de la identidad de las mujeres a lo largo de la historia es la clave para entender la desigualdad actual, asegura la investigadora, y plantea que el orden patriarcal está constituido en la disociación entre la razón y la emoción. Sus trabajos con comunidades orales y modernas.


La investigadora realizó trabajo de campo con los Q’eqchí’ de Guatemala, los Awá-Guajá de Brasil, y los Gumuz y los Dats’in de Etiopía. Sus trabajos reflexionan sobre el modo en que se construye la identidad humana, tanto en sociedades orales como en la modernidad.


En Buenos Aires para impartir cursos especialización en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y de doctorado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), Hernando dialogó con PáginaI12 sobre la relación entre cuerpo, cultura material y construcción del género, la identidad de las mujeres a lo largo de la historia, sus proyectos actuales en Etiopía, y las lógicas absurdas que reproducen la desigualdad de género en sociedades que aún tienen mucho de patriarcales.


–¿Cómo surge en usted el interés por ahondar en la temática de la identidad?


–Lo descubrí de manera imprevista. En el 90 me fui con una ONG a Guatemala, con la necesidad de salir de Europa y de la universidad. En Guatemala me destinaron a una zona en donde vivían los Q’eqchí. Aprendí que ellos tenían una manera de entender el mundo y de entenderse a ellos mismos que era muy distinta de la mía. Noté que tenían una concepción diferente de lo que es el espacio y el tiempo. Así empecé a investigar qué es el espacio y qué es el tiempo. Hasta ese entonces, como historiadora, había dado por sentado que el espacio era algo objetivo, algo que está ahí fuera, igual para todo el mundo, pero con ellos advertí que hay maneras de entender esas dimensiones que varían culturalmente. Me di cuenta entonces de que lo que estaba estudiando era cómo se construye la realidad, y que dependiendo del modo en que una persona construye la realidad, se hace una idea distinta de quién es. A partir de esto entendí que me estaba metiendo en el estudio de la identidad y cómo se construye. Al mismo tiempo descubrí que cuando los Q’eqchí’ entran en contacto con el mundo occidental, quien tiene el poder es el mundo occidental. Paralelamente, a medida que avanzaba mi vida personal, me daba cuenta de que hombres y mujeres tenemos y hemos tenido históricamente distintas maneras de entender la realidad y distintas reacciones emocionales, y que esa diferencia se expresaba en una desigualdad de poder a favor de los primeros. De a poco me pregunté qué tenía que ver esa relación entre los indígenas Q’eqchí’, el mundo capitalista, y las relaciones de género. Las cosas se fueron conectando y terminé estudiando cómo se construye la identidad en el presente y en el pasado.


–¿Qué arrojó esta experiencia?


–Lo que veía es que los hombres, en el mundo occidental, habían desarrollado una identidad del Yo, una identidad individualizada, que es una identidad que se asocia a una desconexión emocional del mundo, y eso sólo sucede cuando uno tiene la sensación de controlar parte del mundo. La idea del Yo se asocia a la idea de poder. Las mujeres no han tenido esa identidad del Yo hasta la modernidad. En los grupos indígenas veía que no había individualidad, que en ellos no se había desarrollado la idea del Yo como la entendemos nosotros. Para ellos la identidad era básicamente relacional, una identidad de adscripción al grupo que es la identidad dominante, a diferencia de la identidad del Yo y la individualidad que caracteriza al capitalismo. Así fue que empecé a estudiar estas dos categorías, la individualidad y la identidad relacional. A partir de esto advertí que ni las mujeres del mundo occidental habían desarrollado la individualidad hasta llegar a la modernidad, ni los pueblos indígenas como los Q’eqchí’ (que son agricultores de roza) lo hacen hoy en día.


–¿Por qué no?


–Las identidades son todas operativas, porque tienen como principal función devolvernos la sensación de que estamos seguros en el mundo. Que no hayan desarrollado la individualidad no significa que debían hacerlo y no lo hicieron. Tampoco significa que sean más atrasados o menos valiosos, como mucha gente piensa. Justamente, esto es lo que confunde, porque tenemos una mentalidad propia de la Ilustración, donde la individualidad es el objetivo del progreso. Se trata de un pensamiento muy evolucionista, y absurdo. Lo que creo es que cada grupo humano desarrolla un tipo de identidad que le garantiza una sensación de seguridad. Todo depende del grado de control material que una persona tenga del mundo: a más grado de control material, más individualizada será la identidad. Si tienes poco control material, la identidad será más relacional, de adscripción a tu grupo, pero esto te devolverá la misma sensación de estar seguro en el mundo.


–¿Cómo se vinculan sus estudios sobre la individualidad con la violencia contra la mujer?


–Es importante decir, para empezar, que la individualidad que el hombre occidental fue construyendo es una fantasía. Ningún ser humano puede prescindir de la vinculación a un grupo de pertenencia; es decir que en ningún caso, aunque vayamos teniendo grados distintos de individualidad, podemos prescindir de la identidad relacional, porque sin sentirnos vinculados a un grupo, a una comunidad, se nos haría evidente la impotencia personal. Sin embargo, a medida que los hombres desarrollaban la individualidad dejaban de prestar atención a su necesidad de establecer vínculos, considerando a quienes se dedicaban a ello como inferiores, más atrasados o menos inteligentes. Pero el caso es que no por considerarlo así esa necesidad dejaba de existir en ellos mismos. Lo que sucedió, en mi opinión, es que a medida que se individualizaban, los hombres del mundo occidental fueron depositando la función de construir los vínculos que ellos necesitaban en mujeres a las que impedían individualizarse, y con quienes por tanto, establecían relaciones desiguales de género a través de una heterosexualidad normativa. Un hombre que no ha cultivado en sí mismo identidad relacional, que no ha dedicado esfuerzo y emoción a construir sus vínculos, necesita inexorablemente que alguien se los garantice, y ese alguien va a ser alguien tan necesario para él como despreciado por los valores que encarna.


–Al analizar los orígenes de la desigualdad sus trabajos parten de las sociedades cazadoras-recolectoras. ¿Por qué?


–Porque no creo que se puedan entender procesos complejos sin analizar su origen y trayectoria, y al principio de todas las historias las sociedades eran cazadoras-recolectoras. Si se comprueba que existe alguna regularidad en todas las actuales, podemos atrevernos a pensar que también debía existir en las del pasado. Y esa regularidad existe. En todas ellas, debido a la gestación y al amamantamiento inicial –de los que se encargan las mujeres–, se observa una división de funciones en que los varones realizan las actividades que más riesgo y movilidad requieren. Como en las sociedades orales la realidad sólo está integrada por aquellos fenómenos y parte de la naturaleza que uno ha recorrido personalmente –ya que no existen los mapas–, si los hombres iban un poco más lejos o se enfrentaban a riesgos un poco mayores, construirían el mundo de manera sutilmente distinta al modo en el que lo harían las mujeres. Tendrían que tener un grado ligeramente superior de asertividad o de capacidad para tomar decisiones, y creo que esto pudo marcar el inicio del proceso de su individualización. Se iría asumiendo que ellos tenían más capacidad para tomar decisiones, y ocuparían posiciones de progresivo control material del mundo, lo que se traduciría en un mayor nivel de individualización. Y a medida que esto ocurría, irían dejando de conceder importancia a los vínculos dentro del grupo.


–¿En lugar de eso, a qué adjudicaban importancia?


–Ya no consideraban que la clave de su fuerza y de su seguridad estuviera en la pertenencia al grupo y los vínculos establecidos dentro de éste, sino en su particular capacidad para pensar y actuar sobre el mundo de acuerdo a la razón. De esta manera se acabó constituyendo progresivamente una identidad de género masculina basada en rasgos como la competitividad, la priorización de los propios deseos, o el dominio y el control de uno mismo, de las propias emociones y de los demás, que sin embargo necesitaba relaciones desiguales de género para poder sostenerse. Y estos ideales de lo que es un “hombre” y lo que es una “mujer” se perpetúan hoy en día.


–¿En qué situaciones cotidianas se refleja la presencia de estos ideales?


–Creo que estos “ideales” se perpetúan a través de la socialización en el hogar, los juguetes, los medios de comunicación. Las ficciones audiovisuales educan a los varones para que no sientan interés ni empatía por las mujeres, o para que desliguen el deseo sexual de las emociones, entre otros ejemplos. Los valores y atributos masculinos se relacionan con el individualismo, la autosuficiencia, la dominación, la falta de empatía y el poder, es por ello que la lógica del patriarcado está en estrecha alianza con el capitalismo. Por ejemplo, a través de la publicidad de juguetes, de los colores, los objetos, a través de lo que es sensorial, lo que es objeto y lo que es acción, en todo eso también se trasmite muchísima información, mucha socialización, mucha identidad. Otro ejemplo cotidiano: en todo el mundo de los youtubers, que es algo competente entre los adolescentes y las adolescentes, hay un claro sesgo de género. Las youtubers que más éxito tienen entre las adolescentes lo que hacen es reproducir ideología patriarcal. Son programas de belleza, de moda, que siempre tienen que ver con volver a colocar a la mujer en posición de su identidad de género tradicional, aunque esto disfrazado de aparente posmodernidad.


–¿La violencia machista aumentó o finalmente empieza a tener visibilidad?


–Posiblemente ambas cosas. Creo que la mujer se está animando a denunciar más. Es probable que la violencia contra la mujer haya crecido porque las mujeres se están yendo de ese lugar subordinado en el que habían estado históricamente y se están yendo porque se están individualizando; ya no se conforman con ser el apoyo emocional de un hombre que es el que tiene el poder, sino que ellas se están empoderando. Lo que está pasando ahora es que estos hombres con masculinidad hegemónica, patriarcales típicos, están empezando a experimentar que las mujeres a las que necesitan para que les garanticen el vínculo se empiezan a ir, se corren de ese lugar, y entonces se encuentran con que ellos no se pueden sostener. Los hombres patriarcales desvalorizan a la mujer que posee una forma de identidad que ellos no valoran, y que por eso no desarrollan, pero como decíamos antes, cuanto más se desprecia, más se necesita. Y cuanto más se necesita, más se desprecia. Así que cuando esa persona se va, el resultado suele ser el maltrato, e incluso, como se observa a diario, el femicidio.


–De cara al futuro, ¿qué sociedad imagina en términos de igualdad de género?


–La igualdad entre hombres y mujeres no se va a conseguir cuando las mujeres seamos como los hombres, sino cuando los hombres reconozcan la importancia que tiene para ellos la identidad relacional, o sea, cuando los hombres sean como las mujeres individualizadas de la modernidad y den tanta importancia a lo relacional como a lo individual. El cambio viene del lado de las mujeres. Los hombres no van a cambiar por sí mismos porque implicaría perder su posición de privilegio. Sólo lo irán haciendo cuando se vayan encontrando con compañeras y madres que busquen ellas mismas la igualdad. Así que solamente con el apoyo, y con la complementariedad de mujeres que tengan en claro lo que es la igualdad, ellos irán cambiando. ¿Esto se hará rápidamente? Creo que no, porque cada vez que se da un paso adelante, el sistema patriarcal da dos pasos para atrás, el sistema reacciona, brutal o sutilmente, pero reacciona. La violencia machista es cosa de todos los días. Hay una cantidad creciente de femicidios, en el mundo entero, pero también la violencia se da en otras escalas, a través de la publicidad, del cine, y a través de una a infinidad de dispositivos que siguen reproduciendo ideología patriarcal, de formas que a veces es difícil discernir. La mujer puede ir ganando terreno en puestos de poder, pero eso no implica necesariamente poner en juego la mentalidad patriarcal. Es muy deseable que haya más mujeres en el poder, pero lo esencial es acabar con la mentalidad que idealiza sólo lo asociado a la individualidad (la razón, el poder, el control tecnológico) y no valora lo asociado a lo relacional (los vínculos, la comunidad, etc.). Ambas cosas deben ser igualmente valoradas en una sociedad de iguales. Por eso sostengo que más mujeres en el poder no acaba con el orden patriarcal.


–En los últimos años surgieron en el mundo colectivos sociales, como el Ni Una Menos en Argentina, cuyas denuncias marcan un antes y un después en la sociedad. ¿Qué sucede en España en términos de violencia machista?


–Sin ninguna duda creo que todos estos movimientos, como el Ni Una Menos, son muy importantes porque lo que hacen es ir extendiendo la conciencia de que la lucha por la igualdad de género es una lucha básica de la justicia. Sin embargo, como decía recién, veo un futuro difícil, porque el orden patriarcal es el que rige el poder del mundo; el orden neoliberal es un orden básicamente patriarcal y sus adherentes van a resistirse al cambio. Lo que veo a futuro es una lucha que va a ser dura; creo que yo no voy a ver una sociedad de iguales pero también pienso que cada vez estamos un poquito más adelante en la igualdad. En España la violencia machista registra cifras alarmantes de femicidios. Esta situación cada vez se visibiliza más, porque las mujeres están saliendo del lugar de la subordinación, de ese lugar en donde garantizaban el apoyo emocional a los hombres. Cuando el hombre patriarcal no se puede sostener, en una cantidad considerable de casos su respuesta es el femicidio.


–¿En qué consiste su trabajo sobre género en Etiopía?


–Me interesa investigar a través de qué mecanismos se construye la individualidad y la identidad relacional. Pienso que básicamente la individualidad se construye a través de la mente, y sobre todo se desarrolla cuando tenemos escritura; es una identidad del Yo, es autoreflexiva, sabemos quiénes somos porque nos pensamos: yo soy lo que siento, lo que pienso, la que hizo esto o aquello, la que se dedica a esto... De esta manera, organizamos la idea del Yo en el tiempo, pasa por la conciencia de los pensamientos y las emociones y reside en la mente. La identidad relacional, en cambio, no es reflexiva, sino que se construye a través del cuerpo, de nuestra apariencia, acciones, objetos, y sobre todo, a través de los vínculos que establecemos. En este momento estoy trabajando con dos grupos indígenas, en la frontera entre Etiopía y Sudán, los Dats´in y los Gumuz. La bibliografía los define como sociedades igualitarias, pero existe una clara subordinación de las mujeres frente a los hombres, que se construye a través de estrategias corporales. Justamente tengo interés en entender cómo se construye esa subordinación a través de dispositivos corporales, del tipo de objetos o espacios que cada género utiliza.


–¿Cuáles son estas evidencias que marca?


–Me interesa analizar cuál es el dispositivo que opera para que las mujeres asuman como natural su inferioridad respecto de los hombres. En el caso de las Dats´in y las Gumuz esta subordinación se observa a partir de objetos y marcas en el cuerpo. Por ejemplo, a través de collares, desde que nacen hasta que mueren, fabricados con cuentas de colores que los varones llevan cuando son bebés, porque estas cuentas de colores los protegen de los riesgos del exterior. Pero cuando aprenden a caminar a los varones se las quitan, y a las niñas se las dejan hasta después de la muerte, transmitiendo el mensaje de que las mujeres son más vulnerables que los hombres. Esta costumbre va transmitiendo mensajes al grupo. Del mismo modo, tanto hombres como mujeres Gumuz tienen escarificaciones (o adornos corporales a base de cicatrices muy voluminosas); pero los hombres sólo las tienen en la cara, indicando, como sucede también con las mujeres, que son Gumuz. Las mujeres, sin embargo, también las pueden tener en brazos, cintura o espalda, asociando así el sufrimiento a la belleza. Hay una apropiación del cuerpo de la mujer por parte del grupo, a través de marcas indelebles, que pueden llegar a ser muy dolorosas y que hacen del cuerpo de la mujer un cuerpo apropiado por el grupo. No hacen falta mayores comentarios para concluir que esta apropiación, de manera mucho más brutal, ocurre en el caso de las Dats’in, que desde su islamización seguramente, sufren ablación del clítoris hasta el día de hoy.

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“Irrumpiremos en su fiesta electoral”

 UN VERDADERO PROYECTO DE IZQUIERDA “ES AQUEL QUE REALMENTE DERRIBE TODAS LAS ESTRUCTURAS IMPUESTAS DESDE ARRIBA Y QUE ATIENDA A LA VOZ DE ABAJO Y A LA ORGANIZACIÓN.
Y QUE EL QUE ESTÉ ARRIBA OBEDEZCA AL PUEBLO. ASÍ DE SIMPLE”

 

No se repartirán despensas ni promesas. No se pedirá el voto ni se buscará el poder. Pero sí se irrumpirá en las elecciones presidenciales y se les aguará la fiesta a los poderosos con la organización de los pueblos de abajo, explica María de Jesús Patricio Martínez, nahua elegida como vocera del Congreso Nacional Indígena (CNI) quien, con el apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), participará en la contienda presidencial de julio del 2018.


Sus aliados, dice, no los buscarán en los partidos políticos “porque ellos ya tienen su propósito”. Los suyos, continúa, “serán la gente de abajo que ha luchado por años y sobrevive al despojo capitalista. Ellos son los aliados inmediatos y se sumarán los que se articulen sobre el mismo caminar”. Aclara que no serán sólo indígenas, sino estudiantes, obreros, campesinos, maestros, mujeres, jóvenes, “todos los que se sientan fuera de este sistema que nos oprime”.


Han pasado casi dos meses desde su elección en la asamblea del CNI celebrada en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y la vida le ha cambiado por completo a esta mujer de 53 años que recorrerá el país convocando a su reconstrucción. A Tuxpan, Jalisco, su comunidad natal y en la que ha ejercido la medicina tradicional en las últimas décadas, han llegado periodistas de México y de muchas partes del mundo y ella, entre entrevista y entrevista, atiende las reuniones de su vocería, a sus tres hijos, y los relevos de la clínica comunitaria que pronto dejará para ocuparse de tiempo completo en sus nuevas responsabilidades.


María de Jesús, conocida simplemente como Marichuy, es fundadora del CNI, red de pueblos, naciones, tribus y pueblos indígenas de México convocada por el EZLN en 1996, y ha participado activamente en cada una de sus iniciativas. Mujer, indígena y pobre, carga esta triple opresión con dignidad y rebeldía. Está preparada para lo que se viene pues, dice, su lucha es precisamente por la vida.


La idea de la campaña, explica en entrevista telefónica con Ojarasca, “no es ir a ver a la gente para que vote, sino poner en la mesa a nivel nacional lo que realmente está pasando en las comunidades, lo que el gobierno capitalista no quiere escuchar, pues sólo piensa en el despojo para su enriquecimiento a cambio de la división de las comunidades, la represión, el encarcelamiento y la desaparición”.


Marichuy es enfática: “No vamos al proceso electoral para ocupar un puesto, pero los pueblos ya se cansaron y queremos manifestar de esta forma todo lo que hay abajo. No nos han querido escuchar y por eso irrumpiremos en su fiesta para hacernos visibles”. También, profundiza, “es un llamamiento a la organización para derribar el sistema capitalista que está acabando con las aguas, los árboles, los animales, el territorio y la tierra”.

Sus diferencias con los partidos políticos son claras. Para empezar, dice, “los partidos hacen campañas para llegar a la presidencia, llevan despensas y hacen muchas dádivas, se van comprometiendo para atender las situaciones de las comunidades o lugares a los que se presentan, pero no cumplen”. En cambio, aclara, “lo que propone el CNI es la organización desde abajo y, más que acumular votos para obtener el poder, articular todas las fuerzas que están abajo, el poder denunciar lo que está pasando en las comunidades, el proceso de despojo que se va teniendo progresivamente. Por eso nuestra participación es diferente, porque será de denuncia, de organización, de articulación, de dar a conocer todo lo que está realmente está pasando en las comunidades y en los barrios”.


Sobre el proyecto de nación y sus propuestas de gobierno, María de Jesús afirma que “será muy diferente a lo acostumbrado, donde los partidos ya tienen diseñado el programa. Nosotros los haremos con la participación de la gente, serán las mismas comunidades las que van a exponer sus problemas. Quién mejor que ellas para contar sus problemas y sus necesidades. Pero no partiremos de cero, pues damos este paso con la final de destruir este sistema que está acabando con todos: ése es nuestro objetivo”.


Será el Concejo Indígena de Gobierno, órgano conformado por 42 hombres y 31 mujeres de 17 estados y 23 pueblos indígenas del país, el que participe en el proceso y recoja las propuestas de la gente. “El CNI propuso un Concejo, no a una persona. El Concejo será mandatado desde las mismas comunidades por asambleas para proponer a dos miembros, un hombre y una mujer de las 93 regiones diseñadas. Yo soy la vocera, seré la voz de ellos, pero ellos son el candidato. Son un candidato colectivo, pero como no se puede registrar así pues eligieron una vocera”.


La vocera indígena especifica que el proyecto surge de los pueblos indígenas, “pero es para todos los sectores de la población, los no indígenas. Es para todos aquellos que sientan que también están siendo exterminados o que también les afecta el proyecto de muerte del gobierno. Incluye a todos los que quieran sentir que también es su espacio y que pueden participar dentro de él junto con los pueblos para construir un México diferente”.

Es una propuesta “para la sociedad civil organizada o no, para todos los que vean que este México se está despedazando y que necesitamos trabajar juntos para articular las fuerzas y reconstruir el país. Hablamos de estudiantes, mujeres, jóvenes, obreros, campesinos que se sientan parte del proceso”.


–¿Y si ganan?


–No se trata de ganar o no. Ellos tienen su cochinero. Los pueblos pensamos que tenemos que hacer algo y éste es el momento de irrumpir y de hacernos escuchar, que sepan que lo que se dice no es lo que están haciendo en las comunidades. La intención es desacomodar el tablero que tiene el poder ya diseñado, porque entre ellos ya tienen planeado quiénes quedan y al final no hay respuesta o interés en proteger a las comunidades. Nos toca entrar en su fiesta para echárselas a perder, no para acabar como ellos”.


Respecto a la reacción de rechazo de la izquierda partidista a su candidatura, Marichuy señala que “en el panorama electoral no hay izquierda”. Pero, aclara, “nosotros no tenemos ningún ánimo de confrontación. Lo que hemos dicho es que voten o no voten, se organicen”.
–¿Qué sería un verdadero proyecto de izquierda?


–Aquél que realmente derribe todas las estructuras impuestas desde arriba y que atienda a la voz de abajo y a la organización. Y que el que esté arriba obedezca al pueblo. Así de simple.


María de Jesús Patricio es una sanadora. Cuenta en la revista Tukari que su vocación viene desde pequeña “cuando observaba cómo las mujeres mayores, entre ellas mis tías y mi abuela, curaban a los enfermos de susto, espanto, aduendado, bilis, debilidad o canícula. Mi tía Catarina, por ejemplo, hacía las limpias con plantas y preparaba ungüentos que esparcía por todo el cuerpo de los enfermos”. Fundadora del espacio de sanación Casa de los Antepasados de Tuxpan, actualmente prepara a las compañeras que se quedarán en su lugar para continuar con el uso de la medicina tradicional en la región.


Para ella llegan otros tiempos. Además del despojo territorial a los pueblos, Marichuy refiere que el Concejo “está contemplando todos los asuntos de violaciones a los derechos humanos del país, las desapariciones, los normalistas de Ayotzinapa, los asesinatos de periodistas, todo”. Se trata, dice, de situaciones en las que “el poder está aliado y afianzado con la policía, el crimen organizado, el ejército, y desde abajo no podemos esperar a que nos resuelvan algo porque por años no nos han resuelto nada. Si no hacemos algo nosotros, dejaremos que ellos sigan haciendo y deshaciendo”.


Específicamente, refiere la vocera, “el tema de las desapariciones en México es muy alarmante, son 30 mil aproximadamente, pero son los que sabemos. Son más, cada vez desaparecen más. Sale uno a la esquina y no sabe si va a regresar, o ve que la policía habla con el crimen organizado. Es muy descarado todo, están muy bien aliados. Lo que nos hace falta es unirnos a nosotros porque si no lo que se viene será peor. Los familiares de los normalistas de Ayotzinapa han estado en algunas reuniones del CNI y han manifestado el apoyo. Tienen esperanza y saben que nos tenemos que apoyar todos para hacer algo juntos”.


En cuanto a los asesinatos de periodistas, tema en el que no se han pronunciado hasta el momento ninguno de los posibles candidatos a la presidencia, Patricio Martínez afirma que “a los que están desenmascarando este cochinero los quieren callar o ya los están callando porque son la voz de algunos lugares de la realidad. Van quitando, asesinando, a los que se atreven a decir las cosas”.

La violencia contra las mujeres se incrementa, señala: “A las que se atreven a alzar la voz o a hacer algo por los demás también las callan, no sólo en las comunidades, también en la ciudad. Va parejo, no sabemos quién está exenta. Por eso debemos trabajar juntas”, considera.


Marichuy se define como “una mujer que está en contra del patriarcado”. Señala que “es necesario que la mujer alce la voz y participe en la misma organización de la comunidad porque los problemas que se tienen no sólo recaen en el hombre, sino también en la familia.


–¿Eres feminista?


–Me considero una mujer que no está de acuerdo con el sistema que nos destruye a las mujeres, pero no sé cómo se llamaría eso. Tal vez una feminista comunitaria.
Durante el anuncio de su elección como vocera, el Subcomandante Moisés, vocero zapatista, se colocó de pie, discreto, detrás de su silla. Para ella esto “representa el símbolo de la mujer, que ahora ella irá al frente. Y también que el EZLN irá atrás y el CNI adelante”.

Los pasos a seguir. En octubre es la cita siguiente del Concejo Indígena de Gobierno. Se reunirán nuevamente en Chiapas y desde ahí darán a conocer su próximo plan de actividades “para caminar juntos por todo el país”. Por lo pronto, explica la entrevistada, hay una comisión encargada de los requisitos para participar en el proceso electoral, específicamente el registro de la candidatura independiente. “Se habla de que necesitas un millón de firmas. Nosotros consideramos que no tendremos problemas porque hay mucha gente inconforme y organizada dispuesta a apoyar”.


Los recursos económicos para recorrer el país y organizar las firmas “vendrán de los propios pueblos”. María de Jesús explica que “así como nos organizamos para las fiestas, así nos organizaremos para esto, muy al estilo de los pueblos y de los zapatistas que han estado siempre participando desde hace más de 20 años”.
Sobre el papel del EZLN en el proceso, señala que “los zapatistas son considerados los hermanos mayores. Su palabra es muy valiosa dentro del Concejo y ellos respaldan la iniciativa”.


Fuera del mundo indígena, quizás es en los jóvenes en los que la iniciativa encuentra mayor eco. “Se siente su energía para participar en algo distinto. Preguntan cómo pueden apoyar y participar, los indígenas y no indígenas. Y nosotros les decimos que llegará el momento que les diremos cómo pueden incorporarse a la campaña y a la organización de los pueblos”.


Mientras tanto Marichuy, los y las concejales, el resto del CNI y los zapatistas preparan la asamblea de octubre. Se tratará, dijeron en mayo, “de desmontar ese poder podrido que está matando a nuestros pueblos y la madre tierra”.

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Viernes, 09 Junio 2017 06:48

Elecciones y poderes de abajo

Elecciones y poderes de abajo

En las recientes décadas la cultura política de izquierda convirtió las elecciones en el principal barómetro de su éxito o fracaso, de avances o retrocesos. En los hechos, la concurrencia electoral se convirtió en el eje de la acción política de las izquierdas, en casi todo el mundo.

Una realidad política nueva, ya que en tiempos no lejanos la cuestión electoral ocupaba una parte de las energías y se considerada un complemento de la tarea central, que giraba en torno a la organización de los sectores populares.

Lo cierto es que la participación electoral fue articulada como el primer paso en la integración en las instituciones (de clase) del sistema político (capitalista). Ese proceso destruyó la organización popular, debilitando hasta el extremo la capacidad de los de abajo para resistir directamente (no mediante sus representantes) la opresión sistémica.

Con los años la política de abajo empezó a girar en torno a lo que decidían y hacían los dirigentes. Un pequeño grupo de diputados y senadores, asistidos por decenas de funcionarios pagados con dineros públicos, fueron desplazando la participación de los militantes de base.

En mi país, Uruguay, el Frente Amplio llegó a tener antes del golpe de Estado de 1973 más de 500 comités de base sólo en Montevideo. Allí se agrupaban militantes de los diversos partidos que integran la coalición, pero también independientes y vecinos. En las primeras elecciones en las que participó (1971), uno de cada tres o cuatro votantes estaba organizado en aquellos comités.

Hoy la realidad muestra que casi no existen comités de base y todo se decide en las cúpulas, integradas por personas que han hecho carrera en instituciones estatales. Sólo un puñado de comités se reactivan durante la campaña electoral, para sumergirse luego en una larga siesta hasta las siguientes elecciones.

En paralelo, la institucionalización de las izquierdas y de los movimientos populares –sumada a la centralidad de la participación electoral– terminaron por dispersar los poderes populares que los de abajo habían erigido con tanto empeño y que fueron la clave de bóveda de las resistencias.

En el debate sobre las elecciones creo que es necesario distinguir tres actitudes, o estrategias, completamente diferentes.

La primera es la que defiende desde hace cierto tiempo Immanuel Wallerstein: los sectores populares deben protegerse durante la tormenta sistémica para lograr sobrevivir. En ese sentido, plantea que llegar al gobierno por la vía legal, así como las políticas sociales progresistas, pueden ayudar al campo popular tanto para acotar los daños producto de las ofensivas conservadoras como para evitar que fuerzas de ultraderecha se hagan con el poder estatal.

Este punto de vista parece razonable, aunque no acuerdo, ya que considero las políticas sociales vinculadas al "combate a la pobreza" como formas de contrainsurgencia, con base en la experiencia que vivimos en el Cono Sur del continente. En paralelo, llegar al gobierno casi siempre implica administrar las políticas del FMI y el Banco Mundial. ¿Quién recuerda hoy la experiencia de la griega Syriza? ¿Qué consecuencias sacamos de un gobierno que prometía lo contrario?

Es evidente que focalizarse en que tal o cual dirigente cometieron "traición", lleva el debate a un callejón sin salida, salvo que se crea que con otros dirigentes las cosas hubieran ido por otro camino. No se trata sólo de errores; es el sistema.

La segunda actitud es la hegemónica entre las izquierdas globales. La estrategia sería más o menos así: no hay bases sociales organizadas, los movimientos son muy débiles y casi inexistentes, de modo que el único camino para modificar la llamada "relación de fuerzas" es intentar llegar al gobierno. Esta situación ha mostrado ser fatal, incluso en el caso de que las izquierdas consigan ganar, como sucedió en Grecia y en Italia (si es que a los restos del Partido Comunista se les puede llamar izquierda).

Diferente es el caso de países como Venezuela y Bolivia. Cuando Evo Morales y Hugo Chávez llegaron al gobierno por la vía electoral, existían movimientos potentes, organizados y movilizados, sobre todo en el primer caso. Sin embargo, una vez en el gobierno decidieron fortalecer el aparato estatal y, por tanto, emprendieron acciones para debilitar a los movimientos.

Siendo las experiencias estatales más "avanzadas", hoy no existen en ninguno de ambos países movimientos antisistémicos autónomos que sostengan a esos gobiernos. Quienes los apoyan, salvo excepciones, son organizaciones sociales cooptadas o creadas desde arriba. En este punto propongo distinguir entre movimientos (anclados en la militancia de base) y organizaciones (burocracias financiadas por los estados).

Una variante de esta actitud son aquellos movimientos que, en cierto momento, deciden incursionar en el terreno electoral. Las más de las veces, y creo que México aporta una larga experiencia en esta dirección, al cabo de los años las bases de los movimientos se debilitan, mientras los dirigentes terminan incrustados en el aparato estatal.

La tercera orientación es la que impulsa el Concejo Indígena de Gobierno, que a mi modo de ver consiste en aprovechar la instancia electoral para conectar con los sectores populares, con el objetivo de impulsar su autoorganización. Lo han dicho: no se trata de votos, menos aún de cargos, sino de profundizar los trabajos para cambiar el mundo.

Me parece evidente que no se trata de un giro electoral, ni que el zapatismo haya hecho un viraje electoralista. Es una propuesta –así la entiendo y puedo estar equivocado– que pretende seguir construyendo en una situación de guerra interna, de genocidio contra los de abajo, como la que vive México desde hace casi una década.

Se trata de una táctica que recoge la experiencia revolucionaria del siglo XX para enfrentar la tormenta actual, no usando las armas que nos presta el sistema (las urnas y los votos), sino con armas propias, como la organización de los de abajo.

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“El PT funcionó como un prestador de servicios para las elites”

“El punto débil del lulismo fue creer en la fórmula mágica de dar a los pobres sin sacar a los ricos”, dijo a Brecha la filósofa brasileña Isabel Loureiro, una de las coordinadoras del libro “Las contradicciones del lulismo” (Boitempo), en el que ocho profesores universitarios deconstruyen los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff.

 

Agnese Marra.— ¿Qué diferenciaría al lulismo del petismo?
Isabel Loureiro.— Usamos el concepto de lulismo del profesor André Singer, referido a un reformismo débil en el que no se producen transformaciones estructurales sino una integración de las clases populares a través del consumo, lo que no significa un aumento de ciudadanía. Para mí el petismo se diferenciaría del lulismo por ubicarse más a la izquierda que la figura de Lula, pero no todos los autores del libro opinan lo mismo.

A.M.— Ustedes señalan las contradicciones y los puntos fuertes y débiles del lulismo. ¿Podría hablarnos de los esenciales?
I.L.— Los puntos fuertes del lulismo serían el abanico de políticas sociales volcadas hacia las clases más bajas, como la Bolsa Familia, las cuotas para negros en la universidad, la expansión de la universidad pública, el crédito rural para pequeños agricultores, entre otras. Estas medidas fueron especialmente buenas en el segundo gobierno de Lula y en el primero de Dilma, de eso no hay duda. El punto más débil fue creer en la fórmula mágica de dar a los pobres sin sacar a los ricos. No hubo un enfrentamiento a las elites y mucho menos al capitalismo. También hay que decir que eso no sucedió sólo en Brasil sino en todos los gobiernos llamados progresistas en América Latina. Todos pecan del mismo problema del lulismo, el de apostar a un modelo neodesarrollista, basado en el extractivismo, en el colonialismo interno, en la dilapidación de la naturaleza y en la violencia contra las comunidades tradicionales.

A.M.— En su capítulo del libro habla precisamente de la reforma agraria pendiente y asegura que Lula va a ser recordado como “el presidente compañero de los usurpadores de tierra”.
I.L.— Esa idea es del profesor Ariovaldo Umbelino de Oliveira y yo estoy completamente de acuerdo. Durante la época de Lula se legalizaron tierras públicas en la Amazonia que habían sido usurpadas por terratenientes del campo, se legalizó algo ilegal. Durante el lulismo no hubo reforma agraria. Todo lo contrario: aumentó la concentración. A su vez, en 2009, Lula liberó el uso de transgénicos y hoy somos el mayor consumidor de agrotóxicos del mundo. Por lo tanto lo que vemos en este gobierno progresista es un apoyo oficial al modelo hegemónico del agronegocio. Entiendo que hubo un contexto internacional proclive a la venta de commodities por el aumento de la demanda de China, pero se podría haber hecho una política que no fuera exclusivamente centrada en el extractivismo de materias primas, pero el problema de fondo es que la izquierda brasileña es desarrollista. En Brasil, al menos el PT no es una izquierda crítica de la modernización capitalista, por eso la nueva lucha de la izquierda es empezar a pensar en otros términos.

A.M.— ¿Cree que la izquierda brasileña necesita independizarse del lulismo para reencontrarse?
I.L.— En estos momentos la figura de Lula perjudica a la izquierda a la hora de reformularse. Lula tiene una visión caudillista de la política, es un caudillo del PT. Sólo hay que ver cómo ni él ni su partido permitieron que surgiera otro líder. Aquellos que aparecían como posibles sustitutos están en la cárcel. El PT es un partido burocratizado, con una trayectoria semejante a la de los partidos socialdemócratas europeos. En este sentido no creo que pueda ser una salida de izquierda en América Latina. Pero al mismo tiempo no podemos negar que la derrota del PT se lleva consigo a la izquierda como un todo, y esa es una de las grandes contradicciones, porque este partido simbólicamente sigue siendo el gran aglutinador de la izquierda en Brasil. Cuando se desmorona parece que no hubiera una alternativa real de izquierdas, al menos en términos de ganar elecciones. El reto de izquierda es reformularse sin pensar constantemente en las próximas elecciones y preocuparse por lo que necesita la gente.

A.M.— Además del tema del campo, en el libro hablan mucho de otro de los grandes logros del lulismo relacionado con el aumento de jóvenes con grado universitario. Sin embargo, mencionan que al mismo tiempo fortaleció iniciativas privadas de dudosa calidad.
I.L.— Los programas de apoyo al crédito para que los jóvenes pudieran acceder a universidades fueron un arma de doble filo porque fortalecieron facultades privadas de muy mala calidad. Lula siempre se justificó alegando que si no fuera de ese modo la integración de las clases populares en la universidad habría durado una eternidad. A pesar de haber ayudado a este tipo de universidades no se puede dejar de reconocer que para muchos de los alumnos graduados se abrieron nuevas perspectivas de mirar el mundo. Me acuerdo mucho de un artículo de Regina Magalhães, docente en una de esas universidades, que cuenta cómo sus alumnos de Sociología empezaron a percibir que vivían en una cosa que se llamaba sociedad, y que no eran individuos sueltos. Empezaron a establecer nuevas relaciones y crear un pensamiento más crítico que antes tenían vedado.

A.M.— A pesar de la mala calidad de algunas de las universidades, ¿se puede reconocer que han generado una cierta movilidad social?
I.L.— De eso no hay dudas. El artículo de Ruy Braga lo explica muy bien cuando habla de las mujeres jóvenes que trabajan media jornada en un call center de telemarketing y por la tarde van a esas universidades privadas. A pesar de que el nivel de esas facultades es horrible, esa joven ya no va a ser empleada doméstica como era su madre. Incluso puede que el salario que gane en telemarketing o en empleos posteriores sea igual o más bajo que el de la empleada, pero simbólicamente el ascenso social es inmenso.

A.M.— En el capítulo que trata sobre la Bolsa Familia señalan que no hubo cambios estructurales y que no ayudó a terminar con la criminalización de la pobreza.
I.L.— Para el autor del artículo, Carlos Alberto Bello, uno de los puntos más frágiles de la Bolsa Familia es el hecho de no formar parte de la Constitución, el que no haya sido institucionalizada como un derecho, sino que sea una medida que queda a expensas del gobernante de turno. Por otro lado, critica que la integración de las clases populares fue precaria y despolitizada, sólo a través del consumo y sin ofrecer una idea de ciudadanía y derechos. En ese sentido, insiste en que la sociedad brasileña continúa criminalizando la pobreza, vista como responsabilidad de los propios pobres. Domina la idea de que el pobre es perezoso y que no trabaja porque no quiere. Y lo peor es que al no haber habido una apuesta por la politización, son los propios pobres los que asumen esta idea sobre sí mismos. No creo que podamos esperar que sean las clases populares las que salgan de la pasividad política ante el giro a la derecha por el que pasa el país.

A.M.— Precisamente se ha visto que las clases populares son las que han apoyado a la derecha en ciudades como San Pablo, con un alcalde recién elegido que propaga la idea de meritocracia.
I.L.— Eso también tiene que ver con la despolitización. Curiosamente, las personas que se beneficiaron de políticas públicas, como por ejemplo las becas de universidad, creen que el ascenso social que han conseguido se debe a mérito propio y no lo relacionan con las políticas impulsadas por el país. Una vez que sienten que el mérito es de ellas y que a su vez tienen más capacidad de consumo, dejan de sentirse pobres y por lo tanto no quieren votar más al PT, “el” partido asociado a los pobres. Prefieren votar a partidos de derecha, a los que asocian con los ricos o con las clases medias. Esa paradoja a la que ahora se enfrenta el lulismo es justamente por no haber querido apostar por una inserción social más politizada, como la que hacían junto con la Iglesia católica cuando nació el partido. El PT ha dejado de lado ese tipo de educación y de contacto con las bases y con las realidades sociales.

A.M.— ¿Cuándo cree que el lulismo dejó de tener contacto con sus bases?
I.L.— Las personas que estudian el PT desde que se formó como partido señalan un cambio ya en los ochenta cuando comenzaron a ganar alcaldías. A partir de entonces y hasta ahora el PT fue abandonando sus bases y el aparato se centró exclusivamente en ganar elecciones, lo que le obligó a hacer cada vez más concesiones hasta que llegan al Ejecutivo. En ese momento el PT se convirtió en lo que es hoy: un partido electoralista, sólo preocupado por ganar elecciones.

A.M.— ¿Cree que el PT está pasando por un proceso de autocrítica?
I.L.— Ahora todos se llevan las manos a la cabeza con lo que ha pasado en el último año. Las bases del partido quizás se estén planteando posibles errores cometidos, pero el aparato no lo está haciendo. La prueba más clara es que quieren poner a Lula en 2018 como si fuera la solución de todos los problemas y la única forma de salvar al partido.

A.M.— ¿Logrará Lula presentarse en 2018?
I.L.— Me parece que es lo que quieren tanto él como el aparato del partido, pero va a ser muy difícil, porque las elites brasileñas se van a juntar para impedir que eso suceda, y si fuera necesario lo llevarán a la cárcel. El PT ha funcionado como un prestador de servicios para las elites del país, que tercerizaron el gobierno cuando les fue conveniente. Cuando vieron que la operación Lava Jato se les acercaba demasiado y Dilma no hacía nada para impedirlo, decidieron que ellos iban a gobernar de nuevo. Brasil es un país profundamente retrógrado en el que las elites nunca dejaron de gobernar. Durante un tiempo permitieron que se mantuviera ese reformismo débil del que habla Singer, pero incluso eso les pareció demasiado.

A.M.— En el libro sostienen que el lulismo fomentó la pacificación social.
I.L.— Sí, algunas personas situadas más a la izquierda decíamos que se vivía la paz de los cementerios. Mientras las personas consumían celulares y televisiones de plasma se quedaron adormecidas, parecía que todo estaba bien porque tenían acceso a bienes de consumo que pagaban en 20 cuotas, una falsa ilusión. Varias investigaciones demuestran que las desigualdades continuaban, que a pesar de haber mucho más empleo era enormemente precario; la salud también había mejorado algo pero seguía siendo mala. Las personas que estábamos a la izquierda del PT fuimos muy maltratadas, decían que éramos unos agoreros, y parecía que la lucha de clases había desaparecido del horizonte. Pero sabemos que nunca desaparece, era tan sólo una olla a presión a punto de explotar.

A.M.— ¿Las manifestaciones de junio de 2013 fueron esa explosión en la que las contradicciones del lulismo aparecieron de repente?
I.L.— Junio de 2013 fue esa transición abrupta: un día parecía que todo estaba bien y al día siguiente nadie estaba satisfecho. Y sí, podríamos decir que fue en ese espacio donde se vieron buena parte de las contradicciones del lulismo y de la despolitización de la que hablábamos antes. Lula y Dilma invirtieron en las universidades públicas y en becas para acceder a la universidad, pero las personas salían a la calle exigiendo calidad en la educación. Lo mismo sucedía con la salud. Muchos de esos jóvenes manifestantes se habían beneficiado de las políticas lulistas. Pero no eran conscientes de ello y pedían más. El gobierno de Dilma y el PT quedaron completamente paralizados, no supieron entender lo que sucedía y creo que hasta ahora no lo han entendido.

A.M.— ¿Pero se puede decir que el lulismo marcó un antes y un después en relación con los anteriores gobiernos?
I.L.— En lo que se refiere a política económica me parece exagerado pensar que marcó un antes y un después. Sólo hay que recordar la famosa Carta a los Brasileños que escribió Lula cuando llegó al poder, donde dejaba claro que iba a continuar al lado de los mercados financieros. En lo que se refiere a macroeconomía mantuvo una política no muy alejada de la de su antecesor Fernando Henrique Cardoso. Es cierto que llevó a cabo políticas sociales mucho más amplias que los anteriores gobiernos y con un modelo neodesarrollista sustentado en los commodities y el agronegocio, pero consiguió una redistribución de la renta que a su vez provocó un ascenso social importantísimo, sobre todo para aquellos que estaban en la miseria. Si a nivel político no se puede decir que fuera revolucionario, sí creo que hubo un antes y un después en términos simbólicos. La posibilidad de que un metalúrgico llegara a la presidencia de un país tan desigual y elitista como es Brasil fue un hecho importantísimo para las clases populares. Por otro lado, ese hecho crucial también escondió los conflictos reales y la lucha de clases latente, como si ya no hubiera que hacer nada más porque todo había cambiado. Como no hubo cambios estructurales, rápidamente volvimos al pasado. Dimos un paso adelante y dos hacia atrás.

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