Fuentes: Counterpunch [Foto: Marcha de la Alternativa Popular Revolucionaria en Caracas, diciembre de 2020]

El final de la presidencia de Hugo Chávez coincidió en Venezuela con la creación de un contrato social un tanto difuso. No era muy distinto del contrato social que sustentó al socialismo real durante décadas, tal como cuenta Michael Lebowitz en su libro Contradictions of Real Socialism.

En ambos casos una vanguardia garantizaba cierto nivel de bienestar a las masas a cambio de su apoyo pasivo. Es importante señalar que lo que las masas ofrecían a cambio de bienestar material y dignidad era su apoyo al gobierno, pero no su participación. Aunque la participación había sido un principio fundamental del Proceso Bolivariano encarnado en la constitución venezolana de 1999, fue gradualmente marginada al final de la primera década del siglo XXI.

El proceso por el que se abandonó la participación ciudadana en el proceso revolucionario venezolano ha sido poco estudiado y poco comprendido. Sin embargo reviste una crucial importancia. En su mayor parte, fue liderado por los cuadros medios, que sistemáticamente, de forma gradual y reiterativa, desbarataron las estructuras orgánicas de base del movimiento bolivariano y del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) con el fin de proteger su propio poder. Las estructuras orgánicas del poder popular –incluyendo los círculos bolivarianos creados antes de la elección de Chávez, los grupos de diez miembros que actuaron para dar forma al referéndum de 2004, y los “batallones” del partido creados en 2007– fueron tomando forma durante las diversas campañas electorales. Desafortunadamente, después de que cada una de estas estructuras organizativas alcanzara sus metas a corto plazo, los cuadros del partido las disolvieron, bloqueando así la formación de expresiones de base del poder popular, para inventar posteriormente otras nuevas cuando surgían nuevas tareas.

El efecto general de este proceso reiterativo fue el de erosionar y, en último término, derrotar al poder popular, que regresaba cada vez más debilitado tras cada nueva oleada de desmovilización. El resultado fue la consolidación del arriba mencionado contrato social, que implicaba el apoyo pasivo al gobierno en tiempo de elecciones a cambio de bienestar material. El proyecto respaldado por este acuerdo fue llamado “socialista”, aunque en realidad poco tenía que ver con los verdaderos objetivos socialistas. Esto se debe a que un proceso socialista, si pretende ser significativo y duradero, debe activar el protagonismo popular y la promoción del desarrollo humano integral.

 Un ejemplo claro del carácter de este falso quid pro quo “socialista” consolidado al final de la primera década del proceso bolivariano fue la muy aclamada Gran Misión Vivienda Venezuela. Se trató del último gran proyecto de Chávez que alcanzó resultados concretos. Era un gigantesco plan de construcción de viviendas que proporcionó más de 2,5 millones de hogares a venezolanos necesitados. Sin embargo, lo hizo sin la participación ni el empoderamiento de las masas. Los beneficiarios recibían las llaves en actos públicos, pero no participaban en la conceptualización ni en la planificación, y tampoco en la realización del proyecto.

Esta era la situación y la base del poder que Maduro heredó cuando fue elegido presidente en 2013. Sin embargo, enseguida se vio que era imposible de mantener. La caída de los precios del petróleo en 2014, el aumento de los ataques financieros al país y las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea iniciadas en 2015 impidieron al gobierno mantener la provisión de bienestar al pueblo, su parte del contrato. Paradójicamente, sin embargo, los ataques de EE.UU. al país, y en concreto las crueles sanciones petroleras, ofrecieron a Maduro y a su gobierno una salida. Puede que el tren del bienestar “socialista” estuviera avanzando sin combustible y que la gente se sintiera cada vez más insatisfecha, pero la cobertura que proporcionaron los ataques desde el exterior permitió a Maduro y a su equipo buscar ayuda en otro sector. En concreto en el sector compuesto por aquellos miembros del movimiento, del partido y  de sus aliados que querían establecer negocios para iniciar y expandir el desarrollo capitalista.

 Y esa es exactamente la dirección que tomaron Maduro y su gobierno. Incapaces de satisfacer el contrato social existente y a riesgo de perder apoyo popular, ahora podían culpabilizar de la situación económica a las fuerzas externas y neutralizar así la mayor parte de la disidencia popular, al tiempo que buscaban nuevos apoyos en una emergente clase capitalista.

¿Existía alguna otra alternativa? La otra opción habría sido recurrir a las masas, reinstaurar la participación popular para forjar de ese modo un nuevo contrato con las masas auténticamente socialista que no estuviera basado en un aumento del bienestar material sino en la participación y el protagonismo revolucionario. Pero el gobierno y el partido percibían el riesgo de esta opción, que habría amenazado el poder consolidado de los cuadros medios y superiores, pero que también chocaba contra el sentido común que tiende a impregnar la burocracia venezolana, un sentido común que proviene del pasado y que se infiltra a partir del contexto capitalista global, haciendo que los funcionarios gubernamentales desconfíen de las capacidades y la racionalidad de las masas.

En realidad, el mismo Chávez llegó a tener en el último periodo de su presidencia la misma aversión a los riesgos que Maduro muestra actualmente. En ningún lugar fue más evidente este rasgo que en sus políticas hacia la vecina Colombia. A partir de 2007-2008, Chávez decidió promover un proceso de paz que conduciría a la desaparición de la guerrilla de las FARC, que llevaba 50 años combatiendo. En lugar de pensar en una radicalización de la guerrilla, que podría haberse efectuado trasladando los principios fundamentales del proceso bolivariano de participación y protagonismo popular a un contexto diferente al que Chávez estaba acostumbrado –un contexto definido por la lucha armada–, el presidente venezolano deseaba que la guerrilla hiciese un aterrizaje suave en la política legal. La lucha armada contra el imperialismo estadounidense es obviamente una empresa arriesgada, pero en su deseo por eliminarla parece que Chávez pensaba que estampar un sello de Marea Rosa (un giro a la izquierda) a la política legal podría funcionar en el país vecino. Pero era descabellado. Dicho modelo, que ya estaba en peligro en Venezuela por aquel entonces, nunca podría haber despegado del terreno en medio de la polarización existente en Colombia.

Practicar una política libre de riesgos es virtualmente una contradicción desde el punto de vista de la izquierda y, en el mejor de los casos, tiene una corta vida. Esto es así porque la seguridad que se adquiere siempre implica una mayor dependencia de la dinámica y las fuerzas del capitalismo. En la crisis que atravesó poco después de su llegada a la presidencia, Maduro tomó el camino de menor resistencia y pretendió eliminar los riesgos inclinándose hacia un desarrollo capitalista. La decisión del gobierno de reemplazar el contrato social existente para acoger a sectores capitalistas emergentes –un giro que se tomó con la excusa del brutal ataque imperialista– resulta evidente en la irónicamente denominada “ley antibloqueo”, aprobada en octubre de 2020. Se podría pensar que una ley antibloqueo intentaría cerrar filas con el pueblo venezolano para enfrentar al enemigo externo. Pero la ley aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente no tiene nada que ver con eso, sino que traiciona su verdadero propósito al incluir cláusulas que permiten la privatización de empresas públicas sin tener que rendir cuentas a la ciudadanía.

Es importante resaltar que, en los primeros cinco años de su presidencia, Chávez ni siquiera tuvo la opción de seguir una política libre de riesgos –aunque fuera una quimera– pues el contexto geopolítico global de la época y la falta de aliados poderosos no se lo permitía. Cuando Chávez echó a andar la revolución bolivariana en 1999 se encontraba casi en solitario en el contexto mundial. Por esa razón, el único apoyo que podía tener el movimiento fue el de las propias masas venezolanas. Fue este bloque popular, movilizado gracias al liderato carismático de Chávez, el que se enfrentó a un mundo dominado por Estados Unidos. Tuvo su momento de gloria cuando consiguió derrotar el golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2002 y el sabotaje petrolero que le sucedió. Sin embargo, con el ascenso de China y Rusia como potencias rivales del poder estadounidense, surgió otra opción sobre la mesa: la posibilidad de confiar en el apoyo de una emergente clase capitalista local y buscar el apoyo internacional de estas potencias rivales al tiempo que apartaba de la ecuación a las masas venezolanas.

Carece de sentido analizar una evolución histórica si no se examinan las opciones disponibles que se dejaron atrás en el camino. En Venezuela, el contrato social que definió los últimos años de Chávez –el apoyo pasivo de las masas a un gobierno que garantizaba su bienestar material– ya no es posible. Pero el giro que ha dado el gobierno actual para buscar apoyo en una emergente clase capitalista no es la única opción potencial. Las masas venezolanas todavía están vivas y efervescentes. Las prácticas de solidaridad social, los ideales igualitarios y el cuestionamiento de las actitudes hacia el liderazgo forman parte de la cultura popular venezolana desde antiguo. Estos rasgos fueron fomentados, aunque de formas contradictorias, durante la primera década de chavismo. Es posible incluso encontrar prácticas de solidaridad –junto con el individualismo que el comercio privado necesariamente implica– en el pequeño comercio y el trueque que permiten sobrevivir a los venezolanos de las ciudades. Las estrategias de supervivencia de las masas relacionadas con la salud, la alimentación y la vivienda todavía evidencian más las actitudes solidarias.

Otro importante centro de solidaridad social en Venezuela es el subconjunto de las comunas en funcionamiento, que continúan intentando producir nuevas relaciones sociales. Aunque el número de comunas activas sea relativamente pequeño, estas forman parte de un amplio movimiento de base campesina que engloba muchos de los mismos valores. Lo suyo sería hallar la manera de aumentar todas estas prácticas de solidaridad social, que representan la verdadera lógica del socialismo, y desarrollar al mismo tiempo los medios para traducir la solidaridad popular y la cooperación en participación política activa. Si se recuperara la participación –el camino que abandonó el proceso bolivariano en la última década– se produciría un importante e innovador giro hacia el socialismo genuino, más relacionado con la libertad y el desarrollo humanos y menos con el mero bienestar material distribuido a las masas pasivas. Esto último ni siquiera es ya una posibilidad en un futuro próximo, bajo cualquier régimen imaginable en Venezuela.

Conclusión: Si aumentara el peso en la sociedad de estas prácticas solidarias y estas formas organizativas, y pudieran convertirse en expresión política, el liderazgo se vería forzado a rectificar y a abandonar su giro hacia los sectores capitalistas emergentes. Todo ello implicaría graves riesgos. En cualquier caso, el camino hacia el socialismo y la liberación humana es inconcebible sin iniciativas arriesgadas, como la lucha armada que tuvo lugar en la Sierra Maestra de Cuba y el alzamiento venezolano del 4 de febrero [de 1992, encabezado por Hugo Chávez, y germen de la revolución bolivariana], ninguno de los cuales tenía muchas probabilidades de triunfar.

Chris Gilbert es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Es coautor del libro Venezuela: The Present as Struggle, donde da voz a las bases de la revolución bolivariana, reseñado en Rebelión: https://rebelion.org/venezuela-la-lucha-del-presente-voces-de-la-revolucion-bolivariana/

Por Chris Gilbert | 21/01/2021 | Venezuela


Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2021/01/17/how-the-left-got-where-it-is-in-venezuela-and-what-to-do-about-it/

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El ex presidente ruso Medvedev fustiga el cibertotalitarismo y la democracia arcaica de EU

El ex presidente ruso Dmitry Medvedev, otrora bisagra con el atlantismo –hoy vicejerarca del Consejo de Seguridad que preside el zar Vlady Putin (https://bit.ly/3bReYFa)–, realiza un profundo análisis de la caótica situación de Estados Unidos (https://bit.ly/3itGGJx). Arremete contra su “ cibertotalitarismo(https://bit.ly/3syRXg2)”, en medio de la redición doméstica del golpe multicolor de Obama en la plaza Maidan de Kiev (Ucrania).

Medvedev fustiga el “papel sin precedente en la política pública de las redes sociales y los nuevos (sic) multimedia y de las empresas privadas de las tecnologías de la información que poseen estas plataformas”.

Juzga aberrante la suspensión por Twitter de la cuenta del todavía presidente Trump, que tenía “85 millones de seguidores” y la censura de sus otras cuentas que alcanzan “casi 200 millones de seguidores”. En un país con 330 millones de habitantes, hoy tan fracturado y al borde del totalitario monopartidismo neomaniqueo y/o de la balcanización, tales 200 millones no estarían sólo en Estados Unidos.

Medvedev se (pre)ocupa del “espectro de un cibertotalitarismo que gradualmente apabulla a la sociedad que arrastra consigo (y potencialmente al mundo entero)”. Aduce que aun si Trump “abandona la política en definitiva y los gigantes tecnológicos borran su huella digital (sic), las mentes (sic) permanecerán inmensamente polarizadas”. Medvedev señala que “las redes sociales carecen de regulaciones especiales”, por lo que se dieron el lujo de “bloquear decenas de miles de seguidores de un presidente en funciones en todo género de plataformas”.

Considera que “para Washington y el resto del mundo este nivel de censura de las trasnacionales es verdaderamente un fenómeno extraordinario (sic)”. Coloca una pregunta como estocada: “¿Quiénes son esos jueces supremos que deciden, de su propia voluntad y basado en sus propias reglas –pero guiados por sus preferencias políticas–, privar al presidente de un país la oportunidad de comunicarse con una audiencia de muchos millones?”

Pone su dedo en la llaga, ya que “varias trasnacionales tecnológicas que se encuentran en California (sic) gozan de un apetito por el poder y piensan que es posible manipular las noticias y hechos para que se adapten a sus propias preferencias políticas. ¡Es una flagrante censura!”. California, feudo demócrata de la vicepresidenta Kamala Harris, es asiento del Big Tech de Silicon Valley, de donde, por cierto, ya empezaron a migrar varias empresas –de la talla de Tesla, HP, Oracle, etcétera– a Texas, feudo republicano. ¿California vs Texas?

En su filípica contra la cibercraciadel Gafam /Twitter (https://bit.ly/35UlAin), Medvedev expone que “dictan sus propios términos” y “han buscado sustituir a las instituciones estatales, usurpando sus mandatos, y de manera agresiva imponiendo sus puntos de vista en un gran número de personas, a quienes dejan sin otra opción”, lo que “empujará a otros gobiernos de diferentes países a tomar acciones para prevenir el mismo escenario”.

El profundo análisis de Medvedev aborda temas relevantes, tanto de la saliente como de la entrante administración de Estados Unidos sobre el futuro de las relaciones con Rusia, de las que es pesimista: los contenciosos nucleares, su relación con la OTAN y sus otrora aliados, su política de descarbonización, el “nuevo orden económico” global como “cambio tectónico”, en clara alusión al ascenso de China, hoy aliado de Rusia.

Arguye que la “guerra civil fría (sic)” alcanzó su clímax con el ataque al Capitolio cuando permea de nuevo el “olvidado espíritu del Macartismo (sic)”, en el que tiene mucho que ver su “arcaico sistema de votación que puede llevar a nuevas (sic) olas de violencia y disturbios” ¡Uf !

Desde hace 7 años advertí sobre el ominoso “ cibertotalitarismo(https://bit.ly/2LPR3eH)”, cuando Financial Times fue muy permisivo en sacrificar la “privacidad online”, con el fin de “combatir el terrorismo”, lo cual hoy es implementado por el Gafam/ Twitter en Estados Unidos –y, por extensión, al mundo entero–, bajo el pretexto del 6/1, en similitud con el hollywoodense 11/9 (https://bit.ly/39Oy1gC).

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Biodesarrollo: una propuesta alternativa emergente

Nuestro objetivo como forestales es trabajar para el bienestar de los habitantes que viven en y son dependientes de los bosques, así como dejar fluir la felicidad de los bosques. No un objetivo subordinado al otro sino ambos objetivos simultáneamente como afectivo encuentro.

La biodiversidad forestal no es solo cuestión de taxonomía o de formas, también es cuestión de historias y de relaciones intersubjetivas. Es cuando la ontología relacional me dice aun cuando alguna vez bajamos de los árboles, los árboles nunca nos han abandonado y hacen posible la vida más allá del espacio y el tiempo.

Partiríamos por reconocer que el concepto de desarrollo sostenible está institucionalizado y está legitimado por la sociedad de tal manera que aparece como la gran brújula de orientación para encaminar todos los esfuerzos de bienestar que integre el individuo, la sociedad y el planeta. No obstante, las buenas intenciones, y los avances alcanzados, el concepto ha demostrado sus límites porque no ha servido para evitar la crisis planetaria en la que nos encontramos cuyas manifestaciones tienen que ver con la amplia superación de varios umbrales ecológicos y cada vez afectamos más la biocapacidad de la tierra.

El problema central del concepto de desarrollo sostenible es que, aunque ha incorporado una diversidad temática amplia, superando la esquemática e insuficiente visión de dimensiones sociales, ambientales y económicas, y tiene una concepción más compleja el tema de fondo es que no cambia el modo de producción y de consumo, un estilo de vida que es precisamente la fuente de la crisis global en la que nos encontramos.

Es por ello que sectores del pensamiento sociocrítico, tanto de la academia como de los movimientos sociales, están generando propuestas alternativas al desarrollo. Una de esas propuestas precisamente se refiere al biodesarrollo. Otra propuesta alternativa refiere al bien vivir (o vida plena) ampliamente discutido y que cada vez ha ido ganando más adeptos.

Según Niño (2017: 32) el biodesarrollo es una:

“Propuesta teórica que busca la transformación del modelo de desarrollo, la apertura de escenarios en los que haya un uso más amable de lo que le brinda el entorno al ser humano, lo que incluye una transformación política y económica en la que las relaciones sociales y de poder estén encaminadas a la protección de la vida”. En tal sentido el biodesarrollo tiene una correspondencia con las perspectivas biocéntricas pues “Se trata de encontrar un desarrollo para y en función de la vida, de los sistemas vivos, y no únicamente de los seres humanos” (Gómez et al. 2016: 83).

Como señala Maldonado (2012: 33)

“El biodesarrollo es un modelo alternativo al desarrollo económico y con él, entonces, a la idea de crecimiento económico. Es un modelo alternativo a la economía de mercado como un modelo de vida (antes que, simplemente, un modelo económico).”

En nuestro proceso histórico ya hemos probado la organización de la vida en torno a diferentes centros articuladores: El Estado, la economía, el mercado, el sector privado y aunque se puede poner de relieve logros, periodos de expansión y apogeo, el tema concreto es que finalmente la primacía de las consideraciones económicas al final siempre ha pesado más y se ha sacrificado cuestiones sociales y ambientales.

No se niega que ha habido un proceso de “enverdecimiento” y de mayor empatía social pero que no logra ser genuino y profundo por cuanto siempre se subordinan las consideraciones sociales y ambientales. Es entonces cómo hemos llegado a aceptar que “primero la economía, luego las consideraciones sociales y ambientales.”

El mensaje ha sido repetido tantas veces y de diferentes maneras que gruesos sectores de la sociedad, incluyendo las instituciones y las disciplinas, que en verdad consideran que no existen otras maneras de hacer las cosas. Aunque se hable en términos de desarrollo sostenible muchas veces se refiere a desarrollos insostenibles, o maldesarrollo o la propia sostenibilidad del concepto de desarrollo sostenible esgrimido por los grupos hegemónicos.

El biodesarrollo lo que propone es que hagamos un giro ontológico, pasar de una visión centrada en la monetarización de todos los planes de la realidad o una visión enfocada en la vida en todas sus manifestaciones. Implica entonces hacer de la vida (humana y no humana) el eje fundamental de la civilización humana.

Hasta ahora nos hemos construido una civilización antropocéntrica en la que el ser humano es considerado como la cumbre de la creación, evolución (según sus particulares creencias o conocimientos) y de esta manera reducimos a la naturaleza al papel de canasta de recursos, o capitales que pueden ser sustituidos, a insumos de producción. Para ello hemos apelado a diferentes atributos que se consideraban propios del ser humano como la inteligencia, la conciencia, la cultura, el simbolismo, el lenguaje, la intencionalidad, la capacidad de fabricar herramientas, entre otros.

nuestra arrogancia antropocéntrica está en serio cuestionamiento. 

No obstante, ahora sabemos qué atributos considerados como exclusivamente humanos no lo son tanto, pues es posible encontrarlos en una diversidad de animales, aunque en diferente grado. Es más, ni siquiera se tendría que hablar de una inteligencia humana superior pues existe una pluralidad de manifestaciones de lo que constituye la inteligencia (Pouydebat, 2018). De ello, da cuenta el hecho que existen animales con atributos muchísimas veces magnificado en relación a las capacidades humanas. Así es que nuestra arrogancia antropocéntrica está en serio cuestionamiento. Otro mundo aparte es el tema de las manifestaciones de comportamientos de las plantas que es motivo de estudio de la neurobiología vegetal con casos realmente sorprendentes de sus capacidades para resolver problemas y responder a las presiones ambientales.

Como afirma Maldonado (2018: 81) “Una buena comprensión de la vida y los sistemas vivos implica el reconocimiento explícito de una mutua y total codependencia entre los diversos niveles, escalas, formas y expresiones de vida, sin absolutamente ninguna centralidad o prioridad de ninguna especie sobre las demás. En tal sentido,

“El biodesarrollo se entiende como rechazo y transformación del control y el autoritarismo a favor de procesos de cooperación e integración en términos de procesos abiertos y continuados de aprendizaje, aprendizaje recíproco y horizontal, apertura a nuevas alternativas, métodos estándares y modos de vida con base en la mejor ciencia de punta.” (Gómez et al. 2016: 83).

El biodesarrollo tiene como antecedente la bioeconomía (pero no la acepción que considera hacer negocios con los “bienes y servicios” que ofrece la naturaleza) y se conjuga con otras perspectivas que se vienen trabajando activamente tales como la biopolítica, el bioderecho, la biopolítica, el biopoder. Recoge además lo más avanzado del desarrollo de la vida que vienen desde las vertientes de la Biología de sistemas, la Biología computacional, la epigenética, la simbiogénesis, el enfoque eco-evo-devo y el reconocimiento que los humanos somos holobiontes es decir somos ecosistemas caminantes, somos cooperativas de células en sociedad con bacterias, virus y otras manifestaciones de vida (Maldonado, 2012b:4). 

Cuando se empieza a profundizar lo que es la vida uno se encuentra con lo difícil que es definir la vida, al igual que las especies, y el hecho de reconocer que no existe ninguna diferencia ontológica o material entre la vida y no vida, entre los factores bióticos de los abióticos pues las diferencias son únicamente de grados, cualitativos o de organización (Maldonado,  2016a: 288; Maldonado 2019a: 266). La biocomplejidad es la transdisciplina que aborda la complejidad de la vida y los sistemas vivos.

Poner la vida en el centro del pensar, sentir y accionar humano implica una transformación profunda de nuestra civilización. 

Poner la vida en el centro del pensar, sentir y accionar humano implica una transformación profunda de nuestra civilización. Hasta ahora ha primado una visión de dominio y sometimiento de la naturaleza, y aunque no cabe duda que esta actitud nos ha llevado a un desarrollo insospechado, también es cierto que perdimos la empatía con seres que vistos solo como cosas no da lugar, o de manera selectiva, para la sintiencia. 

Poner la vida como eje de la civilización implica una mejor relación entre los propios seres humanos (pues hay quienes todavía consideran subespecies a otros humanos o ciudadanos de segunda o tercera categoría) y entre los seres humanos y todas las otras expresiones de vida. Como refieren Gómez et al. (2016: 83)

“El biodesarrollo constituye un desplazamiento de los tradicionales indicadores económicos a través de mediciones de bienestar y calidad de vida, felicidad, gestión del conocimiento, innovación, integración con la naturaleza y armonía y belleza”

Cierto que no es fácil asumir una posición de respeto a todas las expresiones de vida y frecuentemente ello nos lleva a dilemas de difícil resolución. Es cuando la bioética debería jugar un papel de fundamental importancia para dilucidar estas situaciones enfrentadas. Una propuesta bioética no es fundamentalista en el sentido de considerar que la vida no humana es más importante que la vida humana, pero hay situaciones muy delicadas en las que hay que decidir con ética. Lo importante es eliminar o disminuir hasta donde sea posible daños innecesarios.

Ello implica, por ejemplo, en el campo de la vida no humana, el rol que juegan los zoológicos, los acuarios y peceras; el manejo forestal, el manejo agronómico, entre otras formas de intervención humana que consideramos naturalizadas. Lo mismo es una invitación a revisar conceptos como el papel de la caza en la conservación, revisar nuestras costumbres y prácticas gastronómicas, prácticas culturales que implican daño o sacrificio de animales, entre otros aspectos.

En el campo de la vida humana también hay grandes retos que superar. No se trata únicamente de premiar el esfuerzo personal y el emprendimiento individual sino de generar una estructura política, social y económica que implique oportunidades para todos, y que todos tengan las posibilidades para que se manifiesten a plenitud sus potencialidades, capacidades y facultades. El biodesarrollo por tanto es contrario a toda manifestación de racismos, sexismos, especismos. La celebración de la vida tiene mucho que ver con la valoración de la diversidad que cumple un papel muy importante en la resiliencia, la adaptación y la evolución.

 

Bibliografía revisada y referida:

– Arce, R. (2020). Implicancias de poner la vida como centro del bienestar en las relaciones sociedad naturaleza. Prensa CDP. Implicancias de poner la vida como centro del bienestar en las relaciones sociedad naturaleza – Prensa CDP (rio20.net)

– Ereú de Mantilla, Evelyn. (2018). Del antropocentrismo al biocentrismo: un recorrido hacia la educación para el desarrollo sostenible. Revista AGROLLANÍA. Vol 16 (2): 20-25. Articulo 4.pdf (50webs.com)

– Gómez Rodríguez, Dustin Tahisin; Barbosa Pérez, Ehyder Mario; Rojas Velásquez, William Eduardo. ciencias económicas 13.02 / 2016 / páginas 75–87.

– Maldonado, C.E. y Gómez, N.A. (2011). El Mundo de las Ciencias de la Complejidad Una investigación sobre qué son, su desarrollo y sus posibilidades. 2011_el_mundo_de_las_ciencias_de_la_complejidad.pdf (ugr.es)

– Maldonado, C.E. (2012). Bioeconomía y biodesarrollo. El biodesarrollo: saber qué se quiere y qué necesitamos como búsqueda de un modelo alternativo. Le Monde diplomatique | el Dipló 116 | octubre 2012, pp: 32-33

– Maldonado, C.E. (2016). “Hacia una antropología de la vida: elementos para una comprensión de la complejidad de los sistemas vivos”. En: Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, vol. 31, N° 52, pp. 285-301 DOI: http://dx.doi.org/10.17533/udea.boan.v31n52a18

– Maldonado, C.E. (2016b). Complejidad de las ciencias sociales. Y de otras ciencias y disciplinas. Bogotá: Ediciones Desde abajo. Libro complejidad 090616.pdf (cinfopec.com.mx)

– Maldonado, C.E. (2018). Bioeconomía, biodesarrollo y civilización. Un mapa de problemas y soluciones. En: M. Eschenhagen y C. Maldonado (Edit.). Epistemologías del sur para germinar alternativas al desarrollo. Debate entre Carlos Maldonado y Horacio Machado. Bogotá: Universidad el Rosario. Universidad Pontificia Bolivariana. Pp: 69-93. Bioeconomía, biodesarrollo y civilización.pdf (cinfopec.com.mx)

– Maldonado, C.E. (2019a). Las ciencias de la complejidad son ciencias de la vida. En: Biocomplejidad: facetas y tendencias / editores Moisés Villegas Ivey, Lorena Caballero Coro- ´ nado, Eduardo Vizcaya Xilotl; [autores] Alfredo Marcos . . . [y diecinueve más]. Pp: 259- 295. México: CopIt-arXives, TS0018ES.pdf (unam.mx)

– Maldonado, C.E. (2019b). Educación e investigación en complejidad. Managua: Editorial Universitaria UNAN-Managua, miembro del Sistema Editorial Universitario de Centroamérica SEDUCA-CSUCA.

– Maldonado, C.E. (Edit.). (2021). Estética y complejidad. Elementos para un estudio crítico del arte. Bogotá: Editorial Corporación Creación – Arte & Ciencia. 184 p. Complejidad y estetica | Suratómica (suratomica.com)

– Maldonado, C.E. (2021b). Tres lecciones que aprender de la crisis. Ludus Vitalis, vol. XXVIII, num. 53, 2020, pp. 115-119. (PDF) TRES LECCIONES QUE APRENDER DE LA CRISIS (researchgate.net)

– Niño Roa, Miguel Fernando. (2017). Biodesarrollo, territorio y población en comunidades rurales. Un acercamiento a la construcción social del territorio en la zona rural del Valle de Tenza. Tesis Maestría en Investigación Social Interdisciplinaria. Universidad Distrital Francisco José de Caldas Facultad de Ciencias y Educación Bogotá. NinoRoaMiguelFernando2017.pdf;jsessionid=F5157B996009E2D19921E1FCC31875FD (udistrital.edu.co)

– Pouydebat, Emmanuelle. (2018). Inteligencia animal Cabeza de chorlitos y memoria de elefantes Traducción de Ana Nuño. Barcelona: Plataforma Editorial.

– Ruiz Lara, Beatriz Cecilia. (2013). Educación superior transdisciplinar: generadora de biodesarrollo regional. Revista arbitrada del Centro de Investigación y Estudios Gerenciales. Año 4 N.º 1 [88-103] 4-1-6 (88-103) Ruiz Lara rcieg agosto 13_articulo_id109.pdf (grupocieg.org)

20 enero 2021


Por Rodrigo Arce Rojas,  Doctor en Pensamiento complejo por la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Martes, 19 Enero 2021 06:20

Arce y la economía boliviana

Arce y la economía boliviana

Si algo tienen en común los gobiernos neoliberales en la región es que la eficiencia ha demostrado ser un ingrediente más de su propaganda y uno menos de su gestión.

Bolivia no ha sido la excepción. Apenas 11 meses de gestión económica de Áñez bastaron para dañar la estabilidad de la economía con mejor desempeño del continente de la última década y para empobrecer las familias. La caída del PIB de Bolivia en 2020 superará 8 por ciento, un registro que si bien no destaca en contraste con sus vecinos, sobresale porque es el único país que en plena pandemia, en lugar de estimular la economía, ¡tomó medidas de ajuste! Un estudio realizado por el CEPR ( Economic Policy Responses to a Pandemic: Developing the Covid-19 Economic Stimulus Index) muestra que Bolivia está entre los países de América Latina que menos impulso fiscal dedicaron para enfrentar la crisis generada por la pandemia: menos de 0.5 por ciento del PIB (frente a 2 por ciento promedio ­global). En este breve y destructivo ciclo de neoliberalismo, Bolivia generó más de un millón de nuevos pobres durante la ­(indi)gestión de Áñez.

La victoria electoral del MAS en octubre sentó las bases para que, a partir de noviembre, con el nuevo gobierno, comenzara a suministrarse el antídoto. En sólo dos meses, Luis Arce se puso manos a la obra y llevó a cabo un amplio despliegue de políticas económicas, que se podrían agrupar en tres ejes: 1) humanitarias (para los más necesitados); 2) ordenar la casa, y 3) volver a crecer.

Humanitarias. Lanzamiento del Bono contra el hambre, equivalente a 140 dólares entregados mensualmente entre diciembre y marzo, que constituye un suplemento directo a los más necesitados para enfrentar la urgencia social.

Nuevo régimen de reintegro del IVA, que devuelve 5 por ciento del precio neto a quienes tengan salarios inferiores a mil 250 dólares, medida que mejora el ingreso de las clases medias y bajas.

Aumento de 3.4 por ciento en los ingresos de los jubilados para 2020.

Disminución del precio de los alimentos gracias al restablecimiento del certificado de abasto interno para la soja, de tal forma que la industria deberá destinar un mínimo de 15 por ciento de harina solvente a precio justo al mercado interno.

Ordenadoras. Final de la fiesta de 11 meses de contrabando: intensificación de la supervisión aduanera, crecimiento notable del número de decomisos y detenciones de funcionarios amañados.

Abrogación de decretos de Áñez perjudiciales para los intereses del público, como: a) decreto que autorizaba el uso de semillas transgénicas; b) decreto que difería el impuesto a las utilidades de las empresas (IUE), la rebaja de la base imponible del impuesto a las transacciones; c) decreto que permitía la libre exportación agropecuaria, de pollo y carne, y eliminaba el requisito del certificado de abasto interno; d) decreto que extendía la explotación del registro mercantil sin respetar debidos procesos; e) decreto que habilitaba la importación de vehículos usados, que daña el ambiente, la balanza comercial, envejece el parque automotor y deteriora los ingresos fiscales.

Desactivó juicios de arbitraje internacional por incumplimiento de pagos con la firma Dopprlmayr, la firma austriaca proveedora de Mi Teleférico por deudas no canceladas en el gobierno de facto.

Emisión de un bono navideño para incentivar a pequeños ahorristas.

Extensión del alícuota adicional de 25 por ciento de la alícuota al impuesto a las utilidades (AA-IUE) si su rentabilidad supera 6 por ciento, que hasta ahora sólo afectaba a los bancos y otras empresas financieras.

Sanción del impuesto a las grandes fortunas, que logrará que unas 150 familias contribuyan al esfuerzo común de sacar el país adelante.

Volver a crecer. Se ordenó la capitalización de 100 por ciento de los beneficios de 2020 de la banca y otras entidades financieras, con el objetivo de fortalecer el sistema financiero, aumentar la solidez de los bancos y expandir el crédito (ya que no podrá ser distribuido como ­dividendos).

Reprogramación y refinanciamiento automático de créditos cuyas cuotas vencieron durante la pandemia, que serán diferidas sin penalidades ni recargas.

Creación y reglamentación de dos fideicomisos para la reactivar la industria nacional y el combate al contrabando que atenta contra la producción nacional, especialmente de textiles, que resurgió durante el gobierno de Áñez.

Créditos de fomento agrario a 3 por ciento anual de interés.

Reactivación de la construcción del tren metropolitano cochabambino (más de 17 millones de dólares de inversión).

Reactivación de la planta procesadora de banano de Unabeni.

Más de 5 millones de dólares invertidos en BOA, empresa que estaba en proceso de desguace para venderla a precio de saldo (abandono de rutas rentables, retraso pagos tributarios y del mantenimiento de las aeronaves).

Un total de 130 millones de dólares destinados a créditos para reactivar la industria nacional, a 5 por ciento de interés y hasta 10 años de plazo, con el principal propósito de sustituir importaciones de bienes finales e intermedios.

Reactivación de plantas y proyectos productivos paralizados, en particular la industria del litio y la planta de urea paralizados por problemas técnicos, sospechosos de haber sido plantados para facilitar la apropiación privada a precio de saldo.

El Arce-presidente no ha dejado de ser Arce-economista. El conjunto de acciones tomadas en este corto periodo tiene un objetivo claro: que Bolivia retome la senda de una economía eficiente y con rostro humano, y que se logre a la mayor brevedad posible. Por ahora, va en el camino correcto.

Por Guillermo Oglietti y Alfredo Serrano Mancilla*

*Celag

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Martes, 19 Enero 2021 06:01

Las clases no vuelven, se refundan

Las clases no vuelven, se refundan

Vivimos la época de los grandes retornos: el pueblo, los forzados, los trabajadores, la lucha de clases. Una mente cáustica haría bien en recordar que nada de lo que regresa realmente ha desaparecido. El filósofo podría decir que no debemos confundir la realidad y las representaciones dominantes, aquellas que nos hacen ver o no ver. El observador cauteloso, por su parte, argumentaría que hay que tener cuidado con los consensos, ya prediquen el fin de la clase obrera o, por el contrario, proclamen su reanudación. Finalmente, el optimista considerará que siempre es preferible que la moda utilice palabras prestadas de la crítica social y que, por tanto, conviene aprovechar el regalo. La apuesta optimista es razonable. Siempre y cuando se convenza uno de que el “regreso de las clases” es algo bueno… y que puede ser una trampa.

La lucha precede a la clase

“La historia de todas las sociedad hasta el día de hoy es la historia de las luchas de clases”. Las famosas palabras del Manifiesto Comunista datan de 1848 y no han envejecido. Dividida por sus desigualdades - acumulación de riqueza en un polo, miseria en el otro, diría El Capital , veinte años después del Manifiesto - la sociedad todavía está dividida en clases enfrentadas. Aún así, la afirmación no es sencilla. En primer lugar, no implica una sucesión cronológica obvia. Se podría creer, por ejemplo, que la existencia de clases precede a la del conflicto que las opondrá. Sin embargo, la observación contraria corresponde mucho mejor a la realidad: es la intensidad y la duración del conflicto lo que constituyen los grupos sociales en clases. 

De hecho, el grupo social no es una "cosa", que existiría en sí mismo, al margen de todos los demás grupos. No es una esencia inmóvil. Se construye en su relación con otros, en conflicto o en alianza; no es otra cosa que el proceso que la construye, una dinámica y no una estructura. Si tiene una base material, sólo existe a través de las representaciones que la hacen aparecer como tal, para bien o para mal. Nos hemos acostumbrado a jugar de manera útil con las palabras: la lucha de clases es siempre una lucha de clasificación.

Desde los albores de los tiempos, ha habido trabajadores manuales, "proletarios  [1]" que dependen de quienes tienen las herramientas del trabajo. Por tanto, se encuentran en una situación de subordinación social. Son literalmente "subordinados", que ocupan un rango más bajo y están condenados a las connotaciones abiertamente desdeñosas de una mediocridad que se atribuye a los subordinados. Sin embargo, aunque ha habido trabajadores durante mucho tiempo, no por ello ha habido una clase trabajadora. En efecto, el universo de los trabajadores está inicialmente declinado en la modalidad de una diversidad que bordea la fragmentación.

A partir de finales del siglo XVIII, el cambio vino de que el número de estos trabajadores manuales creció y, sobre todo, que se concentraron en los lugares de trabajo (taller, manufactura, fábrica) y 'hábitat (el trabajador aislado del mundo rural, el gran crecimiento urbano posterior). La proximidad, la familiaridad, la segregación espacial, la sociabilidad compartida y la comunidad de destino alimentan muy rápidamente el sentimiento inmediato de formar un grupo aparte. El "nosotros" de los trabajadores los opone espontáneamente al mundo exterior de "ellos", el conjunto indiferenciado de quienes tienen acceso a bienes, conocimientos y poderes de los que ellos mismos carecen.

Los límites de "ellos" y "nosotros"

El primer nivel de conciencia de un grupo dominado se construye a partir de esta dualidad entre ellos y nosotros. Negativamente, actúa sobre el registro de diferencia, desconfianza y encierro sobre si protector; positivamente, se basa en el orgullo del productor y en la exaltación de la solidaridad que une al propio grupo. Sin embargo, este es solo el primer paso hacia la clase. El crecimiento demográfico global, la expansión del mundo industrial y urbano, la lenta y difícil experiencia de la democracia y, sobre todo, el surgimiento de representaciones sociales que operan más allá de lo local --el sentimiento nacional de pertenencia, en particular-- trastornaron muy rápidamente las representaciones inmediatas. Con el tiempo, la sociabilidad de la clase trabajadora ya no se estructura sobre el terreno exclusivo de la profesión y la localidad y se extiende a escalas mayores, la nación e incluso el mundo. Ya no es solo defensiva, protegiendo al grupo. Considerados como una "clase peligrosa", una horda de bárbaros relegados a las afueras de la ciudad, los trabajadores ya no buscan solo mejorar sus condiciones de vida, sino ganar colectivamente su reconocimiento social.

La autoconciencia pasa así de cuestionar a los dominadores a criticar la dominación misma. Ya no se limita a la denuncia del explotador, sino que se dirige a la lógica social que separa a explotadores y explotados, dominantes y dominados, categorías y élites populares. No surge de meras representaciones y se transforma en movimiento: el lenguaje prerrevolucionario calificó significativamente la acción colectiva como "tumulto" o "emoción", es decir, "puesta en movimiento". Se desliza así del registro negativo de carencia a la exigencia positiva de otra forma de formar sociedad.

El socialismo del siglo XIX lo dijo a su manera: al emanciparse, los trabajadores crean las condiciones para la emancipación de toda la sociedad. La expectativa de igualdad se convierte en un factor de identificación para una parte creciente de la población activa. La conciencia de grupo se extiende al movimiento, defensivo y ofensivo, crítico y utópico. En consecuencia, la agregación del mundo de la clase trabajadora tiene prioridad sobre su dispersión. Los trabajadores piensan en sí mismos y son reconocidos cada vez más como una clase que cuestiona la propia clasificación que la discrimina. El movimiento produce tanto el proyecto como la organización, trabaja simultáneamente en los registros de lo social, lo político y lo simbólico.

Los efectos de esta implementación se extienden mucho más allá de las filas de la clase misma. Durante largas décadas, repartidas a lo largo de los siglos XIX y XX, el pueblo en el sentido sociológico del término --todos los dominados-- se articuló en un grupo de trabajadores en crecimiento, estructurado en movimientos compuestos (asociaciones, sindicatos, partidos) conscientes tanto de sí mismos como del lugar que puede ser suyo en la sociedad. Un tiempo pasado. No porque el “pueblo” haya desaparecido, sino porque aún no se han desplegado plenamente los procedimientos para su relativa unificación.

Nueva era

La victoria del capitalismo sobre el sovietismo no simplificó la dinámica de la lucha de clases. Los empresarios de ayer se han fundido en la nebulosa jerárquica e intangible de los accionistas y los trabajadores ya no son lo que eran.

Numéricamente, cuentan más en el mundo de hoy que en el siglo pasado. Pero la participación global de los activos en la industria, que aumentó hasta mediados de nuestra década para llegar a casi una cuarta parte de la fuerza laboral empleada, podría comenzar a disminuir relativamente. Por el momento, hay más trabajadores en el planeta que ayer, pero cada vez más dispersos por sus ubicaciones, sus actividades, sus ingresos y su estatus. Las categorías populares -obreros y empleados- siguen siendo las más nutridas, sin experimentar a pesar de ello los procesos de unificación de la industria y la ciudad que implican un grupo central y su capacidad de organizarse.

Una vez más, las categorías populares se despliegan en una tendencia de parcelación y separación. La oposición de "dentro" y "fuera", lo estable y lo precario, lo central y lo periférico, lo nacional y lo extranjero parece primar sobre la jerarquía social de clases. En cuanto a la desigualdad, toma cada vez más la forma de discriminación, que establece barreras dentro de los propios grupos sociales y no solo fronteras entre clases con intereses distintos u opuestos.

La polaridad de activos, conocimientos y poderes organiza el movimiento del mundo más que nunca. Sin embargo, ya no tiene la hermosa simplicidad del pasado. Ya no hay "un" centro y "una" periferia ", un" norte "y un" sur "; hay norte y sur, centro y periferia en cada territorio, grande o pequeño. Como resultado, las formas de la conflictividad son más evanescentes que en el pasado. La fluidez de los flujos financieros hace que los límites de la propiedad y los poderes reales de toma de decisiones sean menos claros. La oposición de “ellos” y “nosotros” es cada vez más fuerte, pero ya no sabemos muy bien a quién colocar en el grupo indiferenciado de “ellos” y dónde se ubica su territorio. ¿A quién nombrar para la venganza colectiva? ¿Individuos concretos o el sistema fuertemente integrado que legitima su lugar? ¿Los que dominan la distribución desigual de los recursos materiales y simbólicos? ¿Los de arriba? ¿Los de fuera? ¿Clase, élite, casta, extranjero?

Cuando el grupo obrero en expansión formó la columna vertebral del universo popular, el movimiento obrero fue el elemento principal que permitió a las categorías pequeñas y extremadamente diversas pesar juntas en la gran arena social y política. A través de las huelgas y la acción sindical, estas categorías se constituían en una multitud que luchaba e influía en el equilibrio inmediato de fuerzas. Mediante la lucha política y la acción de sus partidos formaron un pueblo político, capaz de disputar a los grupos dominantes la historicidad, es decir, la posibilidad de decidir qué es legítimo y realista. A través del movimiento obrero los grupos dominados pudieron desafiar los mecanismos de alienación colectiva e individual y, como mínimo, conquistar espacios para la redistribución de recursos. Los tímidos intentos de política social antes de 1914, los compromisos posteriores que impusieron el estado de bienestar después de 1936 fueron los resultados tangibles de su presión. Sin embargo, desde los años 1960-1970, el movimiento ve su cuasi-monopolio de representación poco a poco erosionado por el surgimiento de disputas que ya no estructuran solo la cuestión salarial.

Las incertidumbres de la esperanza

Aunque el movimiento obrero no ha desaparecido de la arena pública, ahora es difícil que encarne por sí solo la demanda de mejoras inmediatas y, a fortiori, la propuesta de alternativas sociales más integrales. La expectativa de derechos inherentes a la persona, el deseo de una participación más directa en las decisiones públicas y, de forma masiva, la presión de la emergencia ambiental han cambiado fundamentalmente la situación social.

El momento actual es de incertidumbres. Tras la fase de dominio absoluto de la contrarrevolución liberal (años 1980-1990), la conflictividad social adormecida por el fin de la insubordinación obrera (finales de los setenta, principios de los ochenta) ha recobrado aliento en casi todas partes.  Así, la década de 2010 estuvo marcada por un nuevo ciclo de luchas, iniciadas en las plazas de Túnez y El Cairo y prolongadas por las ocupaciones de Londres y Nueva York, luego por las grandes concentraciones populares de Madrid, Atenas, Santiago, Estambul, Kiev, New Delhi, Dakar o Hong Kong. El eco de este conflicto, a menudo acompañado de enfrentamientos espectaculares, resuena en Francia, en 2018-2019, con la movilización primero de los chalecos amarillos, luego con el movimiento sindical contra la reforma de las pensiones.

La ocupación de las plazas dio la señal, pero no fue modelo único. Los movimientos masivos de protesta contra los poderes establecidos, las formas organizadas de desobediencia civil, la movilización de las redes sociales, las insurgencias pacíficas contra regímenes considerados bloqueados completan la panoplia de la acción colectiva. Todas estas erupciones contradicen la imagen de unas poblaciones anestesiadas por el consumismo y las ideas recibidas. Al relanzar la politización pública de masas, están dando así contenido a esta Historia, con H mayúscula, que se presumía terminada.

Los poderosos movimientos contemporáneos, a veces espectacularmente, son más complejos que nunca. En los individuos, el deseo de involucrarse y decidir convive muchas veces con el miedo a hacerlo o la sensación de no poder hacerlo. La crítica a la representación puede ir de la mano de la delegación al portavoz o líder. El llamado a la solidaridad a veces se asocia con el miedo a ser puesto bajo tutela. La necesidad de continuidad y coherencia se ve afectada por la desconfianza hacia cualquier organización. La exigencia de la estadidad puede estar entrelazada con el miedo al estatismo alienante.

Todo sugiere que el ciclo del neoliberalismo global que comenzó en la década de 1970 se está agotando. Pero si avanza la idea de un retorno del Estado y de la necesaria proximidad nacional, al calor de las crisis y las protestas masivas, la forma que debe tomar la regulación voluntaria sigue siendo, como mínimo, incierta. El fracaso del sovietismo, los estancamientos del tercermundismo y la renuncia de los distintos socialismos al poder han agotado de hecho la fe en posibles alternativas al capital todopoderoso. Al final, ni el reformismo ni los revolucionarios cambiaron la vida, como habían prometido los movimientos populares y obreros de siglos anteriores.

Como resultado, la emancipación lucha por tener un programa creíble, la primacía de lo “social” se opone a lo “societal” y viceversa. Las grandes historias unificadoras son a menudo prerrogativa de los liberales y la extrema derecha, que imponen su forma de hacer sociedad, reduciendo voluntariamente el debate público a la oposición binaria entre apertura-competitividad y cierre-protección. Mientras tanto, el pensamiento de izquierda oscila con mayor frecuencia entre una gran renuncia y el sueño de un retorno a la pureza perdida, vituperando el conservadurismo o la traición con el mismo ardor. Al hacerlo así, ya no existe una correlación directa entre la expresión amplia de la ira social y la dinámica de lo que se ha llamado la izquierda. En muchos países, norte y sur, este y oeste, al contrario, son fuerzas pertenecientes a las derechas más extremas las que se apoderan de una combatividad alimentada más por el resentimiento que por la indignación. Cuando habla, el voto de las categorías más populares se ha deslizado de la izquierda a la extrema derecha, reciclado en sus formas que impropiamente se consideran "populistas".

La lucha de clases también se está reconstruyendo

Las nuevas luchas se multiplican, pero por el momento se yuxtaponen más que convergen. La crisis de la regulación ultraliberal alimenta la ira social, la inestabilidad económica, social y de salud alimenta la ansiedad, pero ni la indignación ni la preocupación están respaldadas por la esperanza. Como resultado, el espíritu de lucha se expresa sobre todo en un tono de amargura y resentimiento. Cuando prevalecen estos sentimientos, el riesgo es grande de que se vuelvan contra los individuos, responsables verdaderos o chivos expiatorios, más que contra las lógicas que estructuran a los actores. Si el único factor unificador son "ellos" y "nosotros", la evolución de la lucha bien puede no ir hacia la izquierda.

Hay indignación plebeya, lucha de clases, multitudes en movimiento. Pero, estrictamente hablando, no hay "pueblo" ni "clase". Por lo tanto, no tiene sentido regocijarse en lo que es solo virtualidad, que puede conducir a lo mejor o lo peor. Es mejor tomarse el tiempo para pensar qué unifica a un pueblo potencial, que avanza pero que lucha por proyectarse hacia adelante, que sufre pero no está seguro de las causas reales de sus males, que quiere que esto cambie pero que puede verse tentado por la idea de que, en ausencia de cambio, la protección y el cierre son un mal menor. Lo que unía a los trabajadores en una clase era un todo complejo, una representación de la posible sociedad de igualdad y libertad, una cierta forma de conectar lo social, lo político y lo simbólico, una red de prácticas en todos los campos de la sociedad, una galaxia de organizaciones, una capacidad para combinar la afirmación de clase y la alianza de los dominados, la inscripción en el campo de la política instituida, en Francia una conexión del movimiento obrero con la izquierda.

De una forma u otra, tendremos que recuperar algo de estas articulaciones y esta complejidad. Para ello hay que reflexionar, debatir, experimentar, partiendo de dos convicciones previas: que no hay clase ni pueblo pensables sin un proyecto de emancipación individual y colectiva que los una; que ninguna vuelta atrás puede garantizar el advenimiento de "días felices". La historia no se puede reescribir: se está refundando. La lucha de clases también.

 

Por Roger Martelli

16/01/2021

 

Nota:

[1]  Para los romanos, el "proletario" es el ciudadano pobre de las clases bajas, aquel que, según el magistrado y gramático Aulu-Gelle, sólo cuenta para el Estado a través de sus hijos (proles en latín designa a la descendencia) y no por su nacimiento ni por su propiedad (siglo II d.C.).

Roger Martelli

historiador. Antiguo dirigente del PCF, actualmente co-preside la Fundación Copernico y es co- director de la revista Regards.

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Crisis ecológica, pandemias y tratados de comercio e inversión

A estas alturas de siglo, no hay duda alguna de que afrontamos una crisis ecológica sin precedentes. Otra cosa es que se quiera reconocer a pesar de las múltiples evidencias existentes, bien estudiadas por el mundo científico y suficientemente documentadas y difundidas por organismos internacionales de los que forman parte la mayor parte de los países del planeta. Algo realmente contradictorio cuando desde Naciones Unidas alertan del momento crucial en el que vivimos en los campos del clima, de la biodiversidad o de la extensión de las pandemias y los países responden con medidas tibias o insuficientes cuando no mirando para otro lado directamente cuando al frente de ellos se encuentran los negacionistas.

Es incontestable la grave crisis biológica en la que estamos inmersos con una extinción masiva de especies como no deja de recordarnos la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) de forma recurrente:  un millón       de especies de  animales y plantas, de los 8 existentes, están en peligro de extinción, entre las que cabe referirse a que más del 40% de las especies de anfibios, casi el 33% de los corales y más de un tercio de todos los mamíferos marinos están amenazados.

En este mismo sentido, el último informe de WWF de 2020 (Índice Planeta Vivo-IPV) constata una disminución media del 68% de las poblaciones estudiadas de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces entre 1970 y 2016, lo que supone un aumento del 8% con respecto al estudio anterior de 2018.

Por su parte el Convenio para la Diversidad Biológica (CDB) viene indicando reiteradamente que los tiempos se agotan y que el bajo cumplimiento (en algunos países nulo) de las Metas de Aichi nos conducirá a una senda sin retorno a menos que se modifiquen radicalmente las políticas económicas basadas en la explotación sin límites de la biosfera y en la continuación del uso de combustibles fósiles que agravan el cambio climático, dos de las causas principales de pérdida de biodiversidad, juntamente con la destrucción de hábitats de las especies, la contaminación ambiental y la introducción de especies exóticas invasoras.

Tanto el informe IPBES como el IPV y el CBD señalan como responsable de este desastre ambiental a las actividades humanas sin control en un contexto global de explotación insostenible de los recursos naturales.

En relación con el calentamiento global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) también viene avisando desde su informe de 2018 (sobre los impactos del calentamiento global de 1,5ºC con respecto a los niveles preindustriales) de las serias consecuencias para las personas y sus medios de subsistencia que supondrá no alcanzar los objetivos de aumento de 1,5ºC del Acuerdo de París. Si en aquel informe se insistía en la necesidad de implementar las medidas para reducir drásticamente las emisiones de CO2 derivadas de la quema de combustibles fósiles, el informe de agosto de 2019 (Informe especial sobre el cambio climático, la desertificación, la degradación de las tierras, la gestión sostenible de las tierras, la seguridad alimentaria y los flujos de gases de efecto invernadero en los ecosistemas terrestres) habla ya de que esto no basta y que hay que trabajar en todos los sectores, como la producción de alimentos y la gestión de los suelos. En el de septiembre de ese mismo año (Informe especial sobre el océano y la criosfera) el IPCC nos advierte del peligro de un océano hoy más caliente, más ácido y menos productivo por sus inquietantes derivaciones en cuanto a recursos pesqueros y cambios en las dinámicas climáticas regionales y locales.

En relación con las pandemias, más allá de enfrentar una de sus manifestaciones actuales, la Covid19, es necesario señalar que, si bien no son algo nuevo como podemos verificar mediante un rápido repaso histórico, su incidencia se ha triplicado en los últimos 50 años, habiéndose producido al menos 10 de distinta envergadura, entre ellas algunas conocidas como el ébola, el SARS, la gripe aviar, el VIH o el MERS. Todas estas pandemias son de origen zoonótico, saltando de alguna especie hospedante al ser humano.  Los principales reservorios de patógenos susceptibles de convertirse en pandemias se encuentran en mamíferos y algunas aves, además de en el ganado, como cerdos, camellos y aves de corral. La pregunta es por qué ahora hay más incidencia que hace medio siglo y encontramos la respuesta en la propia especie humana que coloniza cada vez más territorio, desplazando especies o eliminándolas directamente, destruyendo hábitats y modificando sustancialmente la dinámica ecológica de los ecosistemas. El equilibrio en los ecosistemas regula la presencia de bacterias y virus que, en si mismos, no son responsables de las pandemias ya que estos organismos forman parte del entramado de la vida.

El informe "Prevenir la próxima pandemia: Zoonosis y cómo romper la cadena de transmisión" del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte que "Es muy probable que los 7 siguientes factores de intervención humana estén fomentando la aparición de zoonosis: el incremento de la demanda de proteínas animales; la intensificación insostenible de la agricultura; el aumento del uso y la explotación de las especies silvestres; la utilización insostenible de los recursos naturales, acelerada por la urbanización, el cambio del uso del suelo y la industria extractiva; el aumento de los desplazamientos y el transporte; alteraciones en el suministro de alimentos, y el cambio climático".

El IPBES, que organizó en otoño un taller sobre sobre la relación entre la degradación de la naturaleza y el aumento del riesgo de pandemias, ve también que las actividades humanas son las que generan ese riesgo debido al impacto exponencial que está causando en el medioambiente el cambio climático y a la pérdida de biodiversidad.

Con esta información puede deducirse sin lugar a duda que tres grandes problemas que asolan a la humanidad tienen su origen en la propia humanidad. El declive de la biodiversidad, los efectos del cambio climático y los riesgos pandémicos no son fruto de ningún castigo divino como durante siglos se creía ante cualquier eventualidad que modificara lo que se consideraba la normalidad cotidiana. Afortunadamente, hoy día los avances científicos nos colocan ante el espejo de nuestra realidad para que, entendiendo lo que sucede, seamos dueños de nuestros destinos, pero incomprensiblemente no queremos mirar la imagen reflejada y seguimos actuando como si nada pasara. No hay mejor ejemplo que la reciente y presente pandemia del coronavirus, que debería haber abierto profundos debates sobre el momento complejo en el que vivimos, el modelo socioeconómico dominante o la crisis sanitaria y ambiental que puede convertirse en sistémica. Hacerse preguntas y cuestionar el sistema en el que vivimos parece un principio para buscar nuevas fórmulas que nos saquen del atolladero ambiental en el que vivimos. Como nos recuerda Delia Grace, del Instituto Internacional de Investigaciones Pecuarias (ILRI), "se están tratando los síntomas de esta enfermedad, pero no sus causas".

Pero ¿por qué, si están evaluadas las causas y las conocemos, por tanto, no aplicamos medidas -o solo las aplicamos parcialmente- que haga menos inquietante el futuro sombrío, ambiental y socialmente, que, según todos los indicios, se avecina? Tanto el CBD en su Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020, como el Acuerdo de París, nacido de la Conferencia sobre el Clima de París (COP21) de 2015, han establecido medidas en teoría consensuadas en sus respectivos encuentros sobre biodiversidad y clima. Pero el grado de ambición de los países firmantes no parece suficiente para arrostrar un problema que los científicos ven cada vez con mayor preocupación.

Así, el PNUMA, en un informe de finales de 2019, advertía de que solo reduciendo las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en un 7,6% cada año entre 2020 y 2030, el mundo alcanzaría el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5° C por encima de los niveles preindustriales establecido en el Acuerdo de París. Por su parte la Organización Meteorológica Mundial alertaba de que vamos hacia un calentamiento de 3 a 5 grados Celsius para fines de este siglo en lugar de 1,5 a 2 contemplados en el Acuerdo. Es vergonzoso que los países más ricos, los del G20, que representan en su conjunto el 78% de las emisiones globales, no hacen un esfuerzo colectivo en su reducción ya que solo cinco de ellos -entre ellos la UE- se han comprometido con un objetivo a largo plazo de cero emisiones.

En el quinto informe de la Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica (GBO5), el CBD señala que no se han logrado plenamente ninguna de las 20 Metas de Aichi, que eran las medidas previstas para el periodo 2011-2020. Aunque se han cumplido parcialmente algunos de estos objetivos, el resultado final de la década no permite grandes alegrías, porque su incumplimiento no solo afecta a la pérdida de biodiversidad silvestre sino también a campos tan esenciales para el bienestar de la población mundial como la seguridad alimentaria, la mejora de la nutrición o el suministro de agua limpia, todos ellos contemplados asimismo en los objetivos de desarrollo sostenible (ODS).

En esto momentos, una vez pasada esta última década, que se inició con una crisis económica y terminó con otra sanitaria, la comunidad científica internacional es escéptica con los parcos resultados conseguidos hasta ahora en materia de clima y biodiversidad, valorando que los compromisos de los países hasta ahora son insuficientes para frenar el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

En un contexto de crisis sanitaria global, de consecuencias duras y aún no bien evaluadas, resulta decepcionante que en vez de abordar las causas de lo que se sucede y proponer alternativas que tengan en cuenta las distintas variables que intervienen en la ecuación de la vida, se propongan las mismas medidas para seguir adelante, sustentadas únicamente en un crecimiento económico que se ha convertido en una huida hacia adelante, sin garantías de salidas solidarias para las personas y de preservación mínima de las condiciones ambientales que las permitan.

En vez de esto y como ejemplo de estas medidas obsoletas, siempre pensadas además para favorecer únicamente a los grandes conglomerados empresariales y los fondos de inversión globales, se siguen aprobando tratados de comercio e inversión que inciden en los tres aspectos tratados en este artículo. Como muestra podemos citar el tratado UE-Mercosur, que ha tenido presencia mediática indirecta por los pavorosos incendios de la Amazonía en 2019, presentado como un acuerdo que favorecerá el intercambio comercial entre ambas regiones y posibilitará la mejora de sus economías y de su empleo. Pero las consecuencias de tal acuerdo serían en realidad tan inaceptables como desastrosas en los campos citados. La deforestación de los bosques ecuatoriales y tropicales, esenciales para la estabilización del clima, para aumentar la superficie para pastos para el ganado y para monocultivos de soja y maíz transgénicos para piensos, así como de caña de azúcar, también transgénica en algunos casos, para la producción de etanol, provocará degradación y contaminación del suelo y pérdida de biodiversidad acelerada y aumento de gases de efecto invernadero. El transporte de mercancías a uno y otro lado del Atlántico aumentará la emisión de CO2 en forma exponencial. Se seguirá usurpando los derechos territoriales y ambientales de las poblaciones indígenas. La seguridad alimentaria se verá afectada por la presencia tanto en productos ganaderos como agrícolas latinoamericanos de sustancias químicas prohibidas en la Unión Europea, dejando de lado uno de los principales principios europeos, el de precaución. Se verán mermados los derechos de los trabajadores y sus empleos en los países del Mercosur por la presión de los mercados solo preocupados por bajar los costes de producción. Los pequeños productores agrícolas y ganaderos de ambos lados del Atlántico verán reducidos sus márgenes de beneficio al no poder competir en igualdad de condiciones con la agroindustria, que es la principal receptora de las inversiones de estos acuerdos comerciales. Hay que señalar finalmente que este acuerdo no incluye entre sus "elementos esenciales", cuya violación supondría la suspensión del tratado entre ambas partes, ninguna cláusula ambiental, por lo que cada país puede intervenir en esta materia a su antojo. En suma, este tratado sitúa a Mercosur como proveedor de materias primas y productos agropecuarios mientras que la UE exporta bienes industriales y tecnológicos, singularmente coches, atacando el tejido industrial americano y el sector primario europeo del pequeño campesinado, comunidades rurales y comercio de proximidad asociado.

Hemos de tener en cuenta además que el sistema alimentario industrial contribuye poderosamente al agravamiento de la crisis climática, en el que el acuerdo UE-Mercosur no es un caso aislado. También están en marcha, entre otros, el de la UE con México con problemas similares y los futuros con Australia y Nueva Zelanda. En el horizonte el recién anunciado acuerdo entre China y la UE, aún por concretar, pero que se muestra como un éxito para los inversores. Esta afirmación, que es toda una declaración de principios, deja claro cuáles son los objetivos de este tratado, garantizar las mejores condiciones para estos grupos financieros globales sin importar las consecuencias ambientales y sociales que puedan generar sus actuaciones.

Como indicaba recientemente la campaña francesa contra los TCI, es "urgente salir de la lógica de este tipo de acuerdos, que apunta a producir siempre más, siempre más rápido, más barato y en cualquier lugar, con menos trabajo y menos limitaciones ambientales y que hace del dumping social, fiscal y ecológico una regla de oro, de la que solo las multinacionales obtienen beneficios".

Y, llegados a este punto, plantear alternativas. Alternativas que pasan por incluir la sílaba RE delante de unos cuantos sustantivos del que se han apropiado los causantes de este desastre ecológico. Es necesario recapacitar, es decir, volver, siguiendo a la RAE, a considerar con detenimiento algo. Volver a considerar si el modelo socioeconómico en el que se estructura hoy día la vida la garantiza. Es necesario revisar los fundamentos de un sistema basado en el despilfarro, en la negación ecológica y en la consideración del ser humano como una mercancía. Es fundamental reordenar nuestras prioridades, poniendo en primer lugar las personas y su bienestar por una parte y por otra el sistema ecológico en el que nos insertamos, sin el cual no es posible lograr lo anterior. Por ello, ante una globalización suicida, hemos de cambiar el esquema mental impuesto y resulta indispensable cambiar, reformular nuestras perspectivas personales y colectivas. Es necesario emprender una relocalización ecológica y solidaria, apoyándose en una firme solidaridad internacional que apoye los desarrollos de los sistemas alimentarios e industriales sostenibles de los países del sur global. No se trata de renunciar a los intercambios comerciales entre distintas regiones, se trata de establecer nuevos mecanismos económicos, sociales y ambientales basados en las necesidades de la población y en el equilibrio ecosistémico. No se trata de repatriar sin más las empresas nacionales, se trata de producir cerca, en condiciones sociales y ambientales óptimas, que satisfaga las necesidades sociales no superfluas, renunciando al consumo desaforado sin sentido. Ello supondría una reindustralización y rediversificación económica de muchas regiones hoy día abandonadas a su suerte, con un descenso notable de las emisiones globales debido a la reducción del transporte marítimo y aéreo, dos de los principales contaminantes. También llevaría a una reinterpretación de los modelos productivos en los que intervendrían todas las variables existentes en los procesos de uso y/o transformación de los recursos naturales entre los cuales se contarían la preservación de la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático. Se trataría también de reutilizar y recuperar objetos varios en desuso o retornar envases y contenedores en vez de quemarlos o verterlos en la tierra o el mar, reduciendo sustancialmente los residuos y la contaminación que suponen. Asimismo, iríamos a una revalorización de los sistemas alimentarios locales controlados por las comunidades rurales, a través del control de los recursos, de los circuitos cortos de comercialización y de la extensión de los mercados locales.

Ahora que estamos aún inmersos en una pandemia que se va a llevar por delante a cientos de miles de vidas humanas, puede que millones, una pandemia que sabemos que tiene mucho que ver con la crisis ecológica propiciada por el ser humana, es el momento de replantear o resetear el sistema, un sistema capitalista de producción y consumo insostenible y así, de esta forma, reafirmar nuestra convicción de que otro mundo es posible y nuestra apuesta por la vida.

Por Pablo Jiménez

18 enero, 2021

Publicado enMedio Ambiente
Vasant Dhar, de la Universidad de NY, recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes comunes

La peor censura de la historia fue propinada el 6/1, mediante un golpe cibernético de los nuevos hijos de Torquemada, en imitación al 11/9 (https://bit.ly/3bJoeuP).

Provocó conmoción la censura selectivamente politizada por las redes sociales de la cibercracia (https://bit.ly/3sw8cud).

Desde su comodidad paradisiaca en la Polinesia francesa, Jack Dorsey (JD), vilipendiado mandamás de Twitter, después de haber censurado de por vida a un presidente todavía en funciones en EU, se percató del grave daño infligido al principal valor de la democracia libertaria que tendrá profundas consecuencias en el largo plazo sobre el Big Tech de Silicon Valley (https://bit.ly/3bYDnsD): el GAFAM (Google/Apple/Facebook/Amazon/Microsoft) y Twitter –Microsoft tiene su sede en Redmond (estado de Washington).

La censura de las redes sociales es mucho más grave que la tosca toma del Capitolio que, según el ex diplomático y asesor de los republicanos del Senado James Jatras representó el pretexto idóneo, debido al grave error de cálculo de Trump para aplicar el “equivalente funcional al Reichstag Fire (incendio del parlamento alemán) de 1933, usado por los nazis para establecer su ley de emergencia (https://bit.ly/3qy3lqV)”.

En el mismo EU la censura de la cibercracia ha causado estupor en los círculos académicos, como es el caso de Vasant Dhar (VD) –profesor del Centro de Data Science de la Universidad de Nueva York– quien recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes públicos.

A juicio de VD, es preocupante el poder que las plataformas de las redes sociales ejercen en la sociedad y en particular su impacto en el futuro del discurso público y la democracia, ya que, si pueden censurar a la persona más poderosa del planeta y ponerlo de rodillas sin previo aviso, lo pueden hacer con cualquiera en cualquier momento.

Lo interesante es que el portal The Hill, pro-Demócrata y anti-Trump, dé cabida a una opinión crítica del GAFAM/Twitter.

VD comenta que Mark Zuckerberg y JD le acaban de demostrar a los legisladores quiénes son los que ejercen el poder final. Hasta cierto punto, ya que, como excelente analista cibernético de las finanzas, VD debería saber que son los cuatro giga-bancos de EU –Vanguard, State Street, Fidelity y BlackRock; este último ostenta un manejo de capitales de 7.8 trillones (en anglosajón) de dólares estadunidenses, equivalente a 7.8 veces el PIB de México– quienes controlan al GAFAM/Twitter. A su vez, los giga-bancos y las redes sociales son controlados en última instancia por el Pentágono mediante el Consejo de Innovación de Defensa (https://bit.ly/3bG8Lfc).

Lo mÁs increíble radica en que las plataformas de las redes sociales carecen de guías regulatorias y son protegidas en forma anómala con patente de corso por la sección 230 y nunca han sido elegidas por la ciudadanía cuando se arrogan el derecho desde su ciber-plutocracia de imponer su discrecionalidad supra-constitucional a ciudadanos discriminados y hasta a un presidente todavía en funciones.

¿Cuál sería, entonces, el objetivo de celebrar elecciones cuyos resultados serían estériles ante la cibercracia y los hijos de Torquemada del siglo XXI?

VD recomienda nacionalizar las plataformas de las redes sociales como bienes públicos que proveen un “servicio público ( utility)” para la comunicación y el discurso público.Juzga que las plataformas de las redes sociales se quitaron los guantes, envueltos en terciopelo para los legisladores y específicamente la nueva administración de Biden.

Aduce que no existe alternativa, pues implica la aplicación de la Primera Enmienda a las plataformas que son efectivamente bienes públicos, por lo que el público debe decidir sobre las reglas del discurso, que solamente pueden ser a través del gobierno, ya que negar a alguien el acceso a tales plataformas en forma arbitraria sería similar a impedirles su acceso al transporte público y ésa no es una decisión que los ejecutivos de una empresa privada puedan hacer. ¡Nada menos que el mismo discurso que los mandatarios de Alemania y México!

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Lunes, 18 Enero 2021 05:31

Vi gente correr

Vi gente correr

Se cuenta que el poeta Jaime Gil de Biedma preguntó al crítico literario Francisco Rico cuál era el verso mejor logrado del bolero Esta tarde vi llover; y el académico respondió, sin vacilar, que lo era "vi gente correr", que se muestra esplendente y oportuno entre los demás de la estrofa: "esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú".

La evocación de la ausencia que el compositor pretendía queda consumada. Y ya puede seguir adelante con la necesaria, y tan sentida, banalidad del resto de la canción.

Con los boleros y los tangos pasa lo mismo que con la poesía en general, que hay versos más oportunos que otros, y algunos son claves para producir esa luminosidad que se tiende entre los sentimientos de quien lee con los que inspiraron a quien compuso el poema o la canción, sea Gustavo Adolfo Bécquer o Armando Manzanero.

García Márquez, mago de las hipérboles, dijo alguna vez que Manzanero era "uno de los más grandes poetas actuales de la lengua castellana".

Digo todo esto porque no se puede establecer una línea divisoria tajante entre lo que se da en llamar poesía culta y las letras de las canciones que muchos cantan entre copas o mientras se duchan, pero que no serían capaces de autorizar que figuren en las antologías de la poesía castellana.

Algunos despachan el asunto metiendo toda la música popular en el cajón de desechos de lo cursi, lo cual es a todas luces injusto. Hay letras cursis, claro, que explotan de manera bastante primaria, para no decir descarada, los sentimientos amorosos, que nunca dejan de tener una carga lacrimógena. Pero eso pasa también con mucha de la poesía de enamoramientos que leemos.

Entendamos entonces que hay poesía para leerse y poesía para cantarse, o para ser escuchada desde la penumbra amorosa donde la vida tantas veces nos coloca y nos vuelve propensos a las emociones y evocaciones que llevan a la lágrima fácil.

Nadie ha defendido con más valentía el territorio sagrado de lo cursi que Agustín Lara, quien se reconocía él mismo como tal, y explicaba a fondo la cursilería, como lo hace en una entrevista muy lúcida publicada en la revista mexicana Siempre! en 1960: “he amado y he tenido la gloriosa dicha de que me amen. Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen… ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia”.

Agustín Lara es un poeta modernista tardío. Los grandes del modernismo supieron sortear muchos de los escollos tramposos de la cursilería, riesgo constante que corrían por haber armado una parafernalia de decorados de cartón piedra en sus escenarios, arrastrando no pocas de sus raras combinaciones verbales desde el simbolismo francés. Y Lara se luce al poner pie en esos jardines donde el extravío tiene el color azul: “el hastío es pavorreal / que se aburre de luz en la tarde…”

Queda demostrado que la cursilería, a la que tanto se teme, es esencial a la condición humana, y en poetas como Agustín Lara se eleva a las cotas de lo sublime. Pero no todo es cursilería, ni todo se mueve en ese espacio sospechoso de lo que podría ser cursi y por eso le tememos. Alfredo Lepera, por ejemplo, que escribía las letras de los tangos de Gardel, es un poeta sin ambages, capaz de usar las palabras en su desnudez precisa y directa, y basta citar el inmarcesible tango Volver: "pero el viajero que huye / tarde o temprano / detiene su andar", es un verso que suena a Borges o recuerda a Onetti.

El tango, igual que el bolero, es herencia del modernismo. "Tú que llenas todo de alegría y juventud / Y ves fantasmas en la luna de trasluz / Y oyes el canto perfumado del azul / Vete de mí...", sigue cantando, hasta la eternidad, Bola de Nieve el bolero de Homero Expósito, que en tantos sentidos es un tango.

Y el verso de Tomás Méndez de Cucurrucucú paloma: "cómo sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando", ¿no parece ser parte de las estrofas en prosa de Juan Rulfo, alaridos íngrimos en la desolación del páramo mexicano?

Crecí entre tíos músicos que componían boleros y valses, y me admiro siempre de su sensibilidad para las palabras recogidas entre la pobreza en que vivían. Y esas palabras, anotadas en las partituras, surgían como joyas entre la broza natural de la cursilería, que era tan natural en sus vidas como lo era la belleza.

Alguien puede pensar en los boleros y en los tangos como una especie en extinción. El duelo por la muerte de Manzanero demuestra que no. Esto de la inspiración, que en tiempos postmodernos parecería ser palabra maldita por vergonzante, no es más que la caza furtiva de las palabras precisas, y de las combinaciones felices de palabras, que en las canciones seguirán surgiendo desde abajo, desde el olimpo del arrabal.

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Mervyn King, exgobernador del Banco de Inglaterra, en una imagen de 2019.Chris Ratcliffe / Bloomberg

Mervyn King, exgobernador del Banco de Inglaterra, alerta de la posibilidad de una crisis financiera en la eurozona

 

Barón King de Lothbury, nada menos, y “el economista más brillante de nuestra generación”, según dejó por escrito uno de los grandes, el historiador Tony Judt. El currículo de Mervyn King (Chesham Bois, al noroeste de Londres, 73 años) no cabría en una sábana de matrimonio, pero en estas páginas aparece por dos libros imprescindibles (El fin de la alquimia, Deusto, e Incertidumbre radical, aún por traducir) y por ese peculiar descaro al hablar de los temas más delicados que da el haber sido uno de los banqueros centrales más poderosos durante esos tiempos turbulentos que llamamos Gran Recesión. King fue gobernador de La Vieja Dama: el Banco de Inglaterra, el segundo banco central más antiguo del mundo, fundado en 1694 con la finalidad de recaudar dinero para refundar la armada inglesa después de que Francia la destruyera. Capaz de sacudir por igual a los dirigentes británicos (“incompetentes” en el Brexit) y a los europeos (predijo la ruptura del euro en 2016), y capaz de zumbarle por igual al sistema (“estancamiento es sinónimo de capitalismo”) y a los banqueros (“codiciosos y arrogantes, se creyeron aquello de que hacían el trabajo de Dios”), King conversa con EL PAÍS para vaticinar “una crisis de endeudamiento”. Y pronto. Su gestión a partir de 2008 fue muy discutible, pero después entendió el problema mejor que otros y adoptó políticas monetarias ultraexpansivas, a pesar de que ahora es crítico con los banqueros centrales. En especial con el BCE: “Se ha adentrado en territorio político”.

Covidnomía. “La covid es un ejemplo clásico de incertidumbre radical: una pandemia global era un acontecimiento altamente probable, como lo es un accidente climático, pero aun así puso el mundo patas arriba. Lo imposible era saber que un coronavirus procedente de China iba a expandirse por el mundo y asignarle una probabilidad a ese suceso: los modelos matemáticos son estupendos, pero antes de enfrascarse en esa absurda tarea de intentar medirlo todo hay que hacer un esfuerzo por conocer la naturaleza de fenómenos como la covid. Veo a un montón de economistas creyendo que van a aplicar sus modelitos a cualquier cosa, y eso es no haber entendido nada”.

¿Aprendemos algo? “La Gran Depresión fue una sacudida para la ciencia económica. La Gran Recesión fue decepcionante en términos de pensamiento económico: la crisis fue un fracaso del sistema y de las ideas que lo sostenían, y aun así perdimos la oportunidad de repensarlo. Con las normas que regulan la aviación, los accidentes aéreos se han vuelto menos habituales; las crisis financieras, en cambio, son cada vez más frecuentes. Pero con la covid quizá pase una cosa buena: que los recursos pasen de sectores y empresas inviables a sectores y empresas con futuro”. King parafrasea a Schumpeter y su destrucción creativa.

Fragilidad. “La economía moderna pone el acento en la eficiencia. El sistema financiero es un buen ejemplo: antes de la crisis la banca era muy eficiente y ganaba montones de dinero, pero luego vimos lo frágil que era, y se hizo un esfuerzo (con un éxito solo parcial) por aumentar su resiliencia”. “Yo no luché en ninguna guerra. No pagué por mi educación. En nuestros países tenemos Seguridad Social, prestaciones, sanidad pública. Pero el coronavirus ha puesto de manifiesto lo frágiles que son nuestras sociedades, incluso las más avanzadas: los políticos deben centrarse en eso, en aumentar la resiliencia del sistema”.

Crisis: próxima parada. “En 2020 los países desarrollados caímos un 10% y este año creceremos en torno al 5%: las cifras exactas dan completamente igual, lo de verdad importante no es pronosticar el PIB, sino ampliar el foco. Y lo que se avecina es una crisis de endeudamiento, que llegará pronto. La deuda global está por encima de los niveles de 2007, y empresas y Estados la han aumentado aún más con la pandemia. Cuando se retiren las muletas del Estado habrá quiebras de empresas, y muy probablemente crisis de deuda soberana en los países emergentes. El hecho de que todo eso vaya a suceder de forma más o menos sincronizada es un problema serio, con potencial para provocar una crisis financiera, particularmente en la zona euro. Es imposible saber cuándo y dónde va a suceder exactamente eso, por la incertidumbre radical, pero el sistema chirría por el lado de la deuda”.

Políticas monetarias. “Es el momento de decir alto y claro que hay límites que los bancos centrales no pueden traspasar porque no tienen mandato y porque nadie vota a los banqueros centrales. En 2020, con la irrupción de la covid, los Gobiernos hibernaron la economía: la narrativa económica en vigor nos dice que la combinación de estímulos fiscales y políticas monetarias ultraexpansivas ha sido un éxito, pero yo no termino de ver el beneficio del activismo de los bancos centrales. Llevo días discutiendo con mi mujer si es el momento de ir a cenar a nuestro restaurante favorito en Londres: el tenor de esa discusión no va a cambiar porque nos sigan bajando los tipos de interés. Lo que hace falta es que los Gobiernos apoyen a empresas y trabajadores: no son los bancos centrales quienes tienen que hacer eso, y no tienen mandato para hacerlo”.

El euro. “El peligro es que los bancos centrales están empezando a hacer cosas para las que no tienen mandato y pongan en peligro su independencia. El caso extremo es el BCE, que se ha convertido en un animal político: lleva años relocalizando recursos de una parte de la eurozona a otra sin mandato para ello. El euro se creó pretendiendo que una unión monetaria es viable sin unión fiscal. Eso provoca constantes tensiones, como ya vimos en 2010 en el Sur: en ausencia de transferencias fiscales del Norte al Sur es muy difícil mantener unida la zona euro. Con la covid, Europa no ha optado esta vez por la austeridad sino por los fondos europeos: por las transferencias fiscales. Pero de momento es algo temporal, para una sola vez, y en cambio ese es un reto permanente para la eurozona”. “El ministro alemán Wolfgang Schäuble vino una vez a mi despacho en Threadneedle para pedirme consejo sobre cómo solucionar los problemas del euro. Y yo no tengo la solución, pero sí le di tres opciones: desempleo permanente en el Sur, más inflación en el Norte o unión fiscal. ‘No me gusta ninguna de las tres’, dijo. Y ese es el problema, porque lo único seguro es que llegará otra crisis y entonces será tarde para arreglar el avión en pleno vuelo. Argumentar como hizo Schäuble en su día que el superávit alemán es útil para el conjunto del euro porque genera déficits en otros países es no haber entendido las consecuencias de una unión monetaria”.

Lagarde en territorio político. “El riesgo ante la incapacidad de los políticos de dar el paso adelante que requiere la zona euro es que el BCE reciba presiones para hacer transferencias fiscales por la puerta de atrás. Esa no es una forma transparente ni honesta para lidiar con el problema. Fráncfort está cada vez más cerca de esa ventana, que implica aceptar interferencias políticas. Tanta responsabilidad sobre los hombros del BCE no es buena: Christine Lagarde se adentra más y más en territorio político. Con la pasada crisis descubrimos que hay un límite al dolor económico que puede imponerse en la búsqueda de una Europa federal sin una respuesta política. Y en la próxima crisis pueden resurgir las divisiones en esa batalla entre la voluntad política y la realidad económica”.

España.Cuando España ingresó en el euro pudo crecer con gran rapidez, pero perdió competitividad a raudales: los salarios subieron a lomos de una burbuja y la competitividad desapareció por el camino. España ha sido un ejemplo de lo difícil que es recuperar competitividad incluso haciendo reformas: no consigue rebajar el paro por debajo del 15%. Los tipos de cambio existen por alguna razón: España se unió al euro y perdió esa posibilidad de ajuste, como le ocurrió a mi país hace 100 años con el patrón oro. España ha hecho los deberes, ha hecho duras reformas, pero el desempleo sigue muy arriba. Los españoles tienen que aceptar que el alto desempleo tal vez sea el precio por estar en el euro. España salía de una dictadura y Europa fue un salto hacia la democracia; entiendo que los españoles estuvieran dispuestos a hacer en su día ese sacrificio. Los británicos nunca lo estuvimos. Pero el precio es muy alto. El resto del Sur tiene problemas parecidos. Si a los italianos les hubieran dicho hace 20 años que si entraban en el euro no iban a crecer nada de nada, ¿se hubieran unido al euro? Lo dudo”.

Brexit. King criticó con dureza “la aproximación incompetente de los políticos británicos” durante la negociación del Brexit. “Teniendo en cuenta cómo estábamos hace un par de años, este me parece un buen acuerdo para las dos partes”. “El debate sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE nunca fue económico: era político. La Unión nunca se avino a considerar que podía haber dos tipos de miembros en la UE: quienes quieren estar en el euro, en una unión política, y quienes no. Los británicos no entendimos lo fuerte que era ese compromiso. El Brexit era casi inevitable tras la creación de la Unión Económica y Monetaria: no queremos pagar por mantener unido el euro, preferimos nuestro parlamentarismo a la Eurocámara, no queremos estar sujetos a la Corte europea de justicia. Las consecuencias políticas del Brexit son formidables, pero creo que dentro de un tiempo veremos que las económicas no son para tanto. Lo que no sabemos aún es si el mecanismo creado para potenciales disputas comerciales y sobre regulación va a funcionar. Eso va a ser interesante”.

Estancamiento secular. “Tenemos un problema global de demanda: lo que Larry Summers llama estancamiento secular. Creo que nos falta explicar por qué: si la economía funcionara razonablemente bien, el equilibrio económico global se regeneraría en una recesión porque los recursos pasarían de empresas en decadencia a empresas con futuro, de sectores inviables a sectores viables. Eso no ocurre porque tenemos problemas con los precios: con los tipos de cambio, por ejemplo. China es un ejemplo de libro. El euro también: Alemania y el Norte tienen una moneda significativamente infravalorada; el resultado es que Alemania sigue invirtiendo en su sector exportador, pese a que los retornos son muy bajos, en lugar de invertir en casa, donde podría rentabilizar su demanda interna. Es posible que la crisis que se avecina, paradójicamente, nos venga bien si conseguimos que haya mecanismos de reestructuración bien articulados. Pero para ello deberíamos ser capaces de acertar con las narrativas: Trump ha convencido a los estadounidenses de que los EE UU han sido los perdedores de la Guerra Fría y de la globalización; los alemanes están convencidos de que son los paganinis de Europa. Tremendo error”. “El síntoma más evidente del gran desequilibrio que tiene la economía mundial son los bajísimos tipos de interés. La otra cifra preocupante es el nivel de deuda. Tarde o temprano veremos quiebras de empresas, reestructuraciones de deuda privada, y crisis de deuda soberana en los emergentes. También necesitamos una reforma de la gobernanza monetaria global, que corre el peligro de fragmentarse. Ojalá seamos suficientemente audaces”.

Por Claudi Pérez

Madrid - 16 ene 2021 - 23:30 UTC

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Cómo se ven a sí mismos los multimillonarios

Autobiografía del 1%

 Leer las pésimas memorias de los superricos ofrece una visión esclarecedora de sus delirios

 

La mayoría de los multimillonarios se mantienen alejados de la esfera pública. Es lógico porque, según las encuestas, la cantidad de gente que desconfía de los multimillonarios es muy superior a la que los admira, y una abrumadora mayoría del público quiere que el gobierno confisque una parte de la riqueza de los multimillonarios. Para cualquiera que posea mil millones de dólares es fácil darse a conocer sobradamente, pero es obvio que la riqueza sin fama se prefiere a la fama sin riqueza (o la posibilidad de perder una pequeña parte de la riqueza). 

Algunos multimillonarios, sin embargo, escriben libros. Estos son algunos de los escasos documentos que la clase gobernante ha elaborado para el consumo de las masas. ¿Qué es lo que desean que sepamos? 

Tengo en mi escritorio una pila de ‘libros multimillonarios’, en su mayoría memorias. Cabe destacar: Am I being Too Subtle  [¿Estoy siendo demasiado sutil?] de Sam Zell, Losing My Virginity [Perder la virginidad] de Richard Branson, Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo] de Richard DeVos, Good Profit [Buenos beneficios] de Charles Koch, I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] de Ken Langone, What It Takes [Lo que se necesita] de Stephen Schwarzman, Zero to One [Cero a uno] de Peter Thiel, Trailblazer [Pionero] de Marc Benioff, Made in America [Hecho en América] de Sam Walton, The Harder You Work The Luckier You Get [Cuanto más trabajes, más suerte tendrás] de Joe Ricketts, y Bloomberg by Bloomberg [Bloomberg por Bloomberg] de Michael Bloomberg. (Qué título. Bloomberg, cuya compañía es Bloomberg LP, también hizo su fortuna con un dispositivo que inventó llamado “Bloomberg”, por lo que está claro que le gusta decir “Bloomberg”). 

Lo que puede haber advertido en los ‘títulos’ de estos libros es que muchos multimillonarios están un poco a la defensiva. Koch Industries, por ejemplo, ha invertido considerablemente en combustibles fósiles y ha sido multada con miles de millones de dólares por infringir las normativas medioambientales. Charles Koch, sin embargo, quiere que sepamos que saca un “buen beneficio”, con lo que pretende decir que aporta “un valor añadido a los demás” en lugar de simplemente obtener un enriquecimiento propio. Tanto Richard DeVos (Amway) como Marc Benioff (Salesforce) han escrito sendos libros llamados Compassionate Capitalism [Capitalismo compasivo]John Mackey (Whole Foods) lo llamó capitalismo consciente. Lo que están diciendo es: “Soy bueno. No soy lo que crees. Por favor, no me odies”. (La súplica cae en saco roto; para mí, todos estos libros también se podrían titular Exprópiame.)

A algunos, como Ken Langone (Home Depot), les preocupa un poco menos las apariencias. Titular un libro I Love Capitalism! [¡Amo el capitalismo!] es atrevido para un multimillonario, ya que suscita una respuesta obvia: “Sí, claro que sí. Te ha reportado mil millones de dólares. Si fueras el rey, probablemente escribirías un libro llamado ¡Amo la monarquía!, pero no nos diría mucho sobre si la monarquía favorece a alguien más”. 

Langone, por su parte, es sorprendentemente descarado en su defensa de tener mucho más que el resto de nosotros: 

¿Debo seguir los dictados de la Biblia? Seré honesto: no lo voy a revelar todo. ¿Por qué? ¡Porque me encanta esta vida! Me encanta tener casas bonitas y buena gente que me ayude. Me encanta subirme a mi avión en lugar de tener que quitarme los zapatos y hacer cola para coger un vuelo comercial. ¿Quieres acusarme de vivir bien? Me declaro culpable…  No sé si hubiera hecho lo que hice o si hubiera sacrificado el tiempo que he sacrificado si no le hubiera visto algo. Si eso es codicia, que sea lo que Dios quiera... Como he dicho, he sido rico y he sido pobre, y ser rico es mejor. 

Sin embargo, incluso Langone insiste en que lo que hace no es por dinero, y que el dinero es lo último en su lista de prioridades. De hecho, si hay un tema central recurrente en la literatura multimillonaria, es este: la insistencia en que lo que ha hecho rico al multimillonario es ayudar a otras personas en lugar de ayudarse a sí mismo. El multimillonario quiere explicarnos que lo que podría parecer como el acaparamiento constante de riqueza y un desequilibrio feudal de poder es, de hecho, el producto de elecciones morales defendibles y un sistema justo. Como señaló Max Weber: “El afortunado rara vez está satisfecho con el hecho de ser afortunado”, pero quiere saber que “tiene derecho a su buena fortuna” y que es una “fortuna legítima”. De ahí el “cuanto más trabajas, más suerte tienes” de Joe Ricketts (Ameritrade). Es manifiestamente falso, pero a Ricketts le ayuda a evitar sentirse culpable por su suerte y privilegio.  

El cristianismo ha elaborado “teodiceas”: intentos de explicar el “problema del mal”, también conocidos como conciliar la existencia de Dios con el hecho de que el mundo sea claramente injusto, ya que la otra opción más obvia es el ateísmo. Los ricos tienen sus propias teodiceas: intentos de explicar la obvia injusticia de su propia posición y encontrar alguna explicación para que el mundo sea como es, porque la otra opción más obvia es el socialismo. 

Ningún multimillonario, hasta donde he leído, afirma haberse enriquecido injustamente. Todos y cada uno de ellos reconocen el papel de la suerte en el éxito, pero no creen que la partida que ganaron sea esencialmente injusta. Todos quieren contarnos la historia de lo mucho que trabajaron, de lo beneficioso que fue para la gente y de que conseguir mil millones de dólares sencillamente fue un efecto secundario agradable de sus actividades en lugar del objetivo final.

Curiosamente, lo que queda implícito es que la codicia, de hecho, no es buena. Un multimillonario tiene que argumentar que no solo querían dinero (incluso si, como dice Langone, es bueno tener dinero), porque reconocen que el egoísmo puro es reprobable de un modo prácticamente universal. (Incluso El arte de la negociación de Trump comienza con la frase: “No lo hago por dinero”). En estos libros, cada multimillonario se presenta a sí mismo como una persona con principios que se preocupa por el prójimo además de por sí mismo. La escritura rebosa de falsa modestia, ya que los multimillonarios detallan de forma tediosa sus contribuciones filantrópicas para demostrar que a cambio “contribuyen”. Y nos dicen que mientras tener dinero está bien, no es el motivo por el que hacen lo que hacen. Si les tomamos la palabra, esto significa que el argumento habitual de que los impuestos altos reducen los incentivos es falso. Después de todo, todos los ricos dicen que no lo hacen por dinero, por lo que es de suponer que seguirían haciendo exactamente lo mismo si les quitamos la mayor parte de ese dinero.

Otra forma de legitimar su riqueza es justificar, en primer lugar, el sistema mediante el cual la acumulan. Existe una profunda convicción subyacente de que los beneficios financieros deben distribuirse de acuerdo con alguna fórmula racional, que la Mano Invisible de la Justicia de Mercado le da a cada uno lo que le corresponde: 

“La sociedad premia a quien le da lo que esta requiere. Por ese motivo, la cantidad de dinero que ganan las personas ofrece una idea aproximada de cuánto aportaron a la sociedad, NO de cuánto deseaban ganar dinero. Al analizar lo que causó que esas personas ganaran mucho dinero, se verá que, por lo general, esa cantidad es proporcional a la producción de lo que la sociedad requería y en gran medida no guarda relación con su deseo de ganar dinero. Muchas personas han ganado mucho dinero y nunca han hecho de ganar mucho dinero su objetivo principal. Sin embargo, simplemente se dedicaron al trabajo que estaban haciendo, produjeron lo que la sociedad requería y se enriquecieron haciéndolo”. –– Ray Dalio (Bridgewater) 

En una economía verdaderamente libre, para que una empresa sobreviva y prospere a largo plazo, esta debe desarrollar y utilizar sus competencias para aportar un valor real, sostenible y superior a sus clientes, a la sociedad y a sí misma... El papel de la empresa en la sociedad es ayudar a las personas a mejorar sus vidas… Las ganancias son una forma de medir el valor añadido que aporta a la sociedad”. –– Charles Koch 

“Esto es lo que sabemos que es verdad: hacer negocios es bueno porque genera un valor añadido, es ético porque se basa en el intercambio voluntario, es noble porque puede engrandecer nuestra existencia y es heroico porque saca a las personas de la pobreza y crea prosperidad”. –– John Mackey

Este último pasaje podría servir como una especie de “catecismo capitalista”, una declaración de la ideología central que el multimillonario “sabe que es verdad”. Los negocios aportan un valor añadido a la sociedad y, por lo tanto, son buenos. Lo que esto implica es radical: no solo significa que es legítimo ganar tanto dinero como puedas, sino que incluso podría significar que cuanto más dinero ganes, mejor persona eres. Si, como dice Dalio, las fortunas se distribuyen en proporción al grado en que alguien “da a la sociedad lo que esta requiere”, entonces la persona con más dinero ha hecho más para satisfacer a otras personas. El precio es equivalente al valor.    

No obstante, existen incluso otros multimillonarios que cuestionan la teoría de que las personas que más benefician a la sociedad sean las que ganan más dinero. Peter Thiel confesó a los estudiantes de empresariales que los innovadores en realidad no tienden a enriquecerse. Las personas que se enriquecen son monopolistas: aquellos que ven la oportunidad de controlar algo que necesita un elevado número de personas y que pueden eliminar la competencia. De hecho, mientras Langone se presenta a sí mismo como el “cofundador de Home Depot”, lo cual transmite a la gente la sensación de que creó algo real que la beneficia, en otro pasaje del libro revela que una de las formas en que hizo una enorme cantidad de dinero fue simplemente encontrando el modo de hacerse con el control de una patente importante de un componente láser muy utilizado. El hombre que inventó el componente no pudo hacer cumplir los derechos sobre su patente, así que Langone le contrató los servicios de un abogado a cambio de una parte de los beneficios, que resultaron ser sustanciales. El resultado final de esto para la “sociedad” fue que cada vez que alguien compraba un dispositivo que contenía este componente láser era más caro, de modo que Ken Langone podía obtener beneficios indefinidos de un monopolio impuesto por el gobierno por algo que él no había creado. 

Muchos multimillonarios no parecen producir nada en absoluto. Ray Dalio, por ejemplo, dirige un fondo de inversión de alto riesgo, lo que significa que hace apuestas. Richard Branson es conocido por Virgin Mobile y Virgin Atlantic, pero Losing My Virginity [Perder la virginidad] revela lo poco que contribuyó Branson a las operaciones que estaban labrando su fortuna. Por ejemplo, cuando Branson dirigía Virgin Records, el sello constantemente buscaba un artista de éxito. Encontraron una mina de oro en el multiinstrumentista Mike Oldfield, cuyo Tubular Bells fue uno de los álbumes más vendidos de la década de 1970. Branson no escribió ni produjo Tubular Bells. Simplemente era dueño de la compañía que lanzó el álbum.

Ahora el primer impulso sería pensar: “Bueno, pero se trata de una contribución importante. Branson puso en contacto al artista con las personas que lo escuchaban. No significa que el sello discográfico no haga nada. La música en realidad solo es una parte del producto final: un álbum”. Sin embargo, esta teoría se tambalea un poco a medida que atestiguamos lo que realmente estaba haciendo la empresa de Branson. Por ejemplo, a principios de la década de 1990 hubo una guerra de ofertas por Janet Jackson, cuyo siguiente álbum se esperaba que fuera un éxito seguro. Branson quería ganar esa guerra porque creía que tener a Jackson en el sello no solo les haría ganar mucho dinero, sino que también mejoraría la reputación de Virgin como espacio para artistas geniales y modernos.

Branson ganó la guerra, lanzó el álbum de Jackson y fue un gran éxito. Pero hay que tener algo en cuenta: si Richard Branson y Virgin no hubieran existido, nada habría cambiado desde el punto de vista del público. Jackson era tremendamente famosa y alguien iba a sacar su próximo álbum. En realidad Branson no añadió nada. No pasó nada gracias a él, excepto que 1) en los álbumes de Jackson aparecía Virgin en lugar de otro sello; 2) posiblemente la estrategia de marketing hubiera sido diferente con otro sello, pero la opinión general era que dada la popularidad de Jackson, en cualquier caso, cualquier el sello que consiguiera el álbum tendría un éxito en sus manos; y 3) Jackson recibió un poco más de dinero del que tendría si la guerra de ofertas hubiera tenido un participante menos.

Este último factor podría hacer creer que Branson ayudó a Jackson. Pero solo es así si asumimos la legitimidad del sistema capitalista. De hecho, la razón por la que, en primer lugar, Jackson necesitaba acudir al propietario de un sello discográfico multimillonario es que el propietario del sello discográfico multimillonario controla los “medios de producción y distribución”. Tener varios sellos discográficos pujando por su trabajo le permite al trabajador (Jackson) vender su trabajo a un precio más alto, pero la única razón por la que tiene que venderlo es que no tiene la propiedad de los medios de producción y distribución. Imaginemos una situación alternativa en la que se socializaran esos medios; digamos que tenemos estudios de grabación públicos como tenemos bibliotecas públicas y un medio público de distribución (como, por ejemplo, un Spotify propiedad de un artista). Ahí, el artista se beneficiaría mucho más del éxito de un álbum, porque no habría un Branson sacando tajada. 

En el libro no es evidente que a Richard Branson le interese en absoluto la música. De hecho, resulta que conoce a un tipo con gusto musical llamado Simon, que es quien hace los descubrimientos y la contratación. Branson únicamente habla del modo de cosechar el fruto del talento de otras personas: ¿cómo encontrar un artista que le haga ganar mucho dinero al sello? A menudo son artistas de los que el sello tiene casi la certeza de que llegarán a triunfar, pero si la compañía es la primera en firmar un contrato con ellos, obtendrá la parte que de otro modo iría a otra persona. No están aupando a genios no reconocidos que de otra manera nunca tendrían una oportunidad.

Para ver en lo que los “emprendedores” realmente “innovan”, hay que mirar al fundador de Nike, Phil Knight. Nike es, ante todo, una marca: un nombre y un logo de fama mundial. Sin embargo, a la mujer que diseñó el logotipo, la artista gráfica Carolyn Davidson, le pagaron 35 dólares por diseñarlo (posteriormente Knight mintió y dijo que fueron 75 dólares). A Knight ni siquiera le gustó el diseño cuando lo vio. En su autobiografía Nunca te pares afirma que cuando ella le mostró los logotipos que proponía, “el tema parecía ser… ¿relámpagos gordos? ¿Marcas de verificación regordetas? ¿Garabatos con obesidad mórbida? Sus diseños evocaban, de algún modo, movimiento, pero también mareos. Ninguno me decía nada”. Finalmente lo aceptó porque no había otra alternativa. Lo mismo sucedió con el nombre: Knight quería llamar a la empresa “Dimension Six”, pero “Nike” se le apareció a uno de sus empleados en un sueño. Cuando Knight lo escuchó, comentó: “Tendrá que servir… No me apasiona. Quizás me acabe convenciendo”. (Años después, cuando se conoció la infame historia, Knight montó todo un espectáculo para darle a Davidson algunas acciones de Nike).

Podríamos decir, por supuesto, que la marca Nike no es la clave de Nike, que los zapatos también importan. Sin embargo, Knight no se inventó un nuevo tipo de zapato. En realidad, simplemente se dio cuenta de que los zapatos japoneses eran de gran calidad y se podían conseguir a bajo precio. Al ser el primero en importar esos zapatos extranjeros de calidad superior, pudo sacarles enormes montones de dinero a los estadounidenses por los productos fabricados por los japoneses. Fue como si fuera el primer estadounidense que fuera a México, ‘descubriera’ el taco y se diera cuenta de que podía hacer una fortuna porque los mexicanos aún no habían intentado vender tacos a los estadounidenses.

Ser el ‘primero’ constituye una parte importante del modo en que los multimillonarios de éxito hacen su fortuna. Mark Zuckerberg no creó la “mejor” red social. La creó exactamente en el momento en que era posible hacer una cosa así pero no se había llevado a cabo. Cuando se es el primero, es posible crecer lo suficiente en un espacio en que los “efectos de red” mantienen a otros participantes fuera del mercado. Ahora es casi imposible lanzar un competidor de Facebook o Twitter porque fueron los primeros en enganchar a todo el mundo. PayPal no era el sistema de pago más brillante que se pueda imaginar. Pero apareció justo cuando la gente necesitaba un sistema de pagos en línea. Sam Zell habla en sus memorias sobre la importancia de la “ventaja de ser el primero en mover ficha”. Cuando la Ley de Telecomunicaciones de 1996 eliminó las restricciones sobre la cantidad de emisoras de radio que una persona podía poseer, Zell comenzó a comprar emisoras de radio en dificultades por todo el país a precio de ganga. Finalmente reunió una red gigante de emisoras que vendió a Clear Channel por 4.400 millones de dólares. Zell no indica que hiciera algo para mejorar las emisoras de radio, ni siquiera que le interesara la radio de alguna manera. Únicamente sabía que las emisoras de radio podrían venderse por un precio más alto que el que tenían. En otras palabras, puede que no cambie absolutamente nada en una empresa o industria, pero alguien como Zell puede llegar y ganar una cantidad ingente dinero con ello. 

El caso de las emisoras ​​de radio es un ejemplo de cómo intentar controlar al máximo posible algo escaso. Hay un número limitado de emisoras de radio con licencia, por lo que Zell trató de comprar lo que sabía que otras personas pronto necesitarían y por lo que tendrían que pagarle. No hubo innovación alguna. Solo la búsqueda del poder. Zero to One [Cero a uno] de Thiel ofrece abiertamente una guía directa para el capitalista inteligente: obtener el monopolio de algo en lugar de inventar algo sumamente útil desde el punto de vista social que se pueda copiar con facilidad. Zell está de acuerdo y ha dicho que “lo mejor que se puede tener en el mundo es un monopolio, y si no puedes tener un monopolio, una oligarquía”.

Zell recuerda otro ejemplo de una época en la que acaparó un mercado e hizo una fortuna. Descubrió que una empresa pequeña y con problemas llamada American Hawaii Cruises tenía el monopolio de los viajes en crucero a Hawai porque la ley estadounidense prohibía que los barcos fabricados en el extranjero realizaran viajes dentro de Estados Unidos. (Recuerde, la retórica del “libre comercio” es una farsa, Estados Unidos es un país profundamente proteccionista). Al comprar la empresa, Zell pudo asegurarse de que él era el que se beneficiaba, en lugar de otra persona, pero no porque fuera muy bueno dirigiendo la empresa. Se llama a sí mismo el “presidente de todo y el director ejecutivo de nada”, y dice que no “se involucra en el día a día”. Su trabajo es simplemente averiguar qué comprar y luego hacer que otra persona lo ejecute. (Esto hace que resulte gracioso que también haya dicho que “el 1 % trabaja más” que el resto y “debería ser emulado”). 

Zell tristemente compró Los Angeles Times y exigió que el trabajo de los periodistas generara más ingresos. “Vete a la mierda”, le dijo a un fotógrafo del Orlando Sentinel que se enfrentó a él en público por opinar que los reporteros debían concentrarse más en obtener ganancias que en informar sobre las noticias. ¿El mayor enfoque de Zell en los beneficios terminó generando más ingresos? No, un año después, Los Angeles Times se sumió en la bancarrota, en uno de los casos más conocidos de un ricachón que compra un periódico venerable y lo destruye.

La quiebra de un periódico popular difícilmente “satisface una necesidad social”. Algunas actividades económicas no se llevan a cabo más que para “buscar rentabilidad”: tan solo son un modo de intentar conseguir dinero sin aumentar la producción o el valor de nada. Por ejemplo, si se coloca una cerca a lo largo de un río y se cobra a la gente la entrada para nadar en el río, no se contribuye con nada a nadie. Lo único que se ha hecho es sacar rédito de personas que anteriormente podían utilizar el río de forma gratuita. Una persona rica no es necesariamente rica por haber generado algo valioso. Simplemente, como sugirió Marx, podrían haber encontrado un modo de sacar rédito del trabajo de otros. Como en el caso de Zell, incluso podrían disminuir el valor total del trabajo en sí. Cuando analizamos lo que realmente hacen estos hombres, su función social empieza a parecer mucho más cuestionable. 

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También podemos hacernos una idea de cómo funciona el ‘privilegio’ al observar la forma en que estos hombres dieron sus primeros pasos. La mayoría de ellos tuvieron una infancia feliz, o al menos no experimentaron traumas o tragedias devastadoras. También tenían apoyo familiar. Cuando el joven Richard Branson quiso comprar una casa solariega en el campo para montar un estudio de grabación, sus padres le dieron 2.500 libras esterlinas y su tía Joyce 7.500 libras esterlinas, el equivalente a alrededor de 180.000 dólares de hoy, con los que pudo poner en marcha Virgin Records. En 1945, el suegro de Sam Walton le prestó 20.000 dólares para comprar una tienda. Eso equivale a casi 300.000 dólares en dinero de hoy. Walton dirigió la tienda con éxito, compró otra tienda y poco a poco creó la cadena que se convertiría en Walmart. Sus hijos son ahora algunas de las personas más ricas del mundo. Walton, por supuesto, llama a la suya una “historia sobre el espíritu empresarial, el riesgo y el trabajo duro”, el sueño americano cumplido. Pero, ¿qué probabilidad había de que en Arkansas, en la década de 1940, una persona negra hubiera conseguido un enorme préstamo de un suegro rico y vendiera productos a una clientela blanca? Walton ganó una partida amañada. Walmart no podría haber sido fundado por gente negra independientemente de cuánto trabajaran, y como la ventaja de ser “el primero en mover ficha” es tan importante, la primera cadena de supermercados siempre iba a estar dirigida por una persona blanca. Este es un ejemplo muy claro de cómo la brecha de riqueza racial se transmite entre generaciones. Puesto que ninguna familia negra había acumulado riqueza en 1945, ninguna persona negra podía competir con Sam Walton. Hoy en día, los hijos multimillonarios de Sam Walton disfrutan de inmensas fortunas que fueron creadas en condiciones completamente ilegítimas, ¡y lo consideran un ejemplo de premio al mérito! 

También se puede ver por qué es irrelevante decir que los multimillonarios han “trabajado” por su dinero. De hecho, es absolutamente cierto que muchos de los superricos trabajan y trabajan duro. Llegan temprano a la oficina, se van tarde, descuidan a sus familias y tienen pocos intereses aparte de su negocio. De hecho, una característica notable de estas memorias es que los multimillonarios parecen ser absolutamente “incultos”. No soy un esnob, pero da la sensación de que la primera vez que muchos de ellos leyeron un libro fue cuando el negro que contrataron les entregó sus propias memorias para que las corrigieran. Hay una sorprendente falta de interés en la literatura, el teatro, el arte, la música, la danza, la historia o cualquier otra cosa que no sea el espíritu empresarial. Son aburridos. Sin embargo, admito que se entregan a su trabajo. 

Sin embargo, Marx señaló una vez que es irrelevante cuánto trabaje un esclavista para ser esclavista cuando se trata de evaluar su función. La fortuna de Walton no se la ganó, independientemente de lo que trabajara por ella, porque la construyó bajo un conjunto de condiciones injustas que hicieron posible su éxito. Del mismo modo, aquellos que robaron y “explotaron” la tierra de los nativos americanos pudieron emplearse mucho en ello, pero eso no nos dice si los beneficios que obtuvieron fueron adquiridos injustamente. (Los ladrones también pueden trabajar muchas horas).

Otro mito de los superricos es que obtienen beneficios porque han estado dispuestos a “correr riesgos”. El capitalista, se dice, obtiene altos rendimientos porque se ha arriesgado a la posibilidad de no obtenerlos. Pero cuando se leen sus memorias, en realidad se descubre que gran parte de lo que hacen los capitalistas consiste en tratar de encontrar propuestas siempre al alza, sin ningún riesgo en absoluto. Zell, por ejemplo, habla de cómo fue el primero en darse cuenta de que los parkings para autocaravanas eran una inversión fantástica. Las personas que los utilizaban generalmente se quedaban en ellos y rara vez se iban, no había que invertir mucho dinero en mantenerlos o mejorarlos y la competencia estaba limitada por el hecho de que nadie que viva en una casa querría que pusieran un nuevo parking de autocaravanas cerca. De modo que si se compraban, se podía sacar una importante cantidad de dinero a los residentes indefinidamente. El ‘riesgo’ fue insignificante.

A menudo escucho a los defensores del capitalismo decir cosas como “bueno, si ustedes los socialistas alguna vez hubieran tenido que pagar una nómina, pensarían de un modo distinto” o “un socialista no podría llevar un puesto ambulante de tacos”. (En mi caso esto es cierto, ya que no sé hacer tacos). Sin embargo, al trabajar con nuestro entregado y brillante personal para lograr que Current Affairs pasara de ser un pequeño proyecto que operaba desde el salón de mi casa a una empresa exitosa con un despacho y distribución global, he podido ver de primera mano por qué los temas de debate capitalistas son falsos. Ciertamente, entiendo que ‘fundar’ una empresa no significa que se haga personalmente lo que esta produce. Quien lo hace siempre es un equipo de personas que realizan multitud de tareas por poco crédito público. 

Arriesgarse, por ejemplo. Yo no me arriesgué. De verdad, en absoluto. Si la empresa quebrara, yo no me encontraría en apuros. Simplemente me marcharía y haría otra cosa. No perdería dinero; al principio nos financiamos a través de Kickstarter. El único riesgo era que los primeros suscriptores no recibieran sus revistas. Pero no era un riesgo real porque era fácil asegurarse de que las recibieran (mi colega fundador Oren Nimni y yo empaquetamos y etiquetamos todas y cada una de las revistas nosotros mismos, a mano). Eso sí, me aseguré de no ser el dueño de Current Affairs, que es una cooperativa. Sin embargo, si hubiera conservado la titularidad, después de contratar al personal pude haber sacado rédito sin arriesgar nada simplemente por ser la persona que inicialmente la puso en marcha. La razón por la que los multimillonarios ganan más dinero que todos los demás en su empresa es que tienen el poder de exigirlo, no porque lo merezcan o porque hayan trabajado más que nadie y ni siquiera (en la mayoría de los casos) porque crearan la novedad que logró el éxito de la empresa. 

También tienen una mentalidad distinta a la de los demás. Stephen Schwarzman (Blackstone) recuerda un desacuerdo que tuvo reiteradamente con su padre, que era dueño de una pequeña farmacia en Filadelfia llamada Schwarzman’s. Schwarzman hijo le decía constantemente a Schwarzman padre que debía expandir la tienda a nivel regional o nacional. Su padre simplemente no entendía para qué. 

“Podríamos ser enormes”, replica el hijo. 

“Soy muy feliz y tengo una bonita casa. Tengo dos coches. Tengo suficiente dinero para enviarte a ti y a tus hermanos a la universidad. ¿Qué más necesito?”

“No se trata de lo que necesitas. Se trata de deseos ”, contesta el hijo. 

“No quiero. No lo necesito. No me haría feliz”.

En su libro, Schwarzman cuenta que negó con la cabeza y no entendía por qué su padre rechazó “algo seguro”. Más tarde, dice que llegó a comprender que “no se aprende a ser emprendedor”. Sencillamente papá no tenía esa mentalidad.

Por supuesto, el padre de Schwarzman sale bien parado de ese diálogo, como alguien perfectamente razonable, y su hijo todavía no lo comprende, incluso muchas décadas después. No es solo que el dinero no pueda comprar la felicidad. Es que una vez que tienes la felicidad, la búsqueda posterior del dinero solo la disminuye. Pero quizás eso no sea cierto para Stephen Schwarzman, cuyo estilo de vida Vanity Fair describe así: 

En 2007 Schwarzman se convirtió en sinónimo del exceso de Wall Street cuando, en vísperas de la crisis financiera, organizó una fiesta por su 60 cumpleaños en la que Martin Short fue el maestro de ceremonias; actuaron Patti LaBelle y Rod Stewart; ofreció una comida de “langosta, filet mignon y baked Alaska” acompañada de “una selección de vinos caros”; “Réplicas de la colección de arte de Schwarzman” colgaban de las paredes, “un retrato suyo de cuerpo entero pintado por Andrew Festing, presidente de la Royal Society of Portrait Painters”; alrededor de 350 invitados, entre ellos Barbara Walters, Maria Bartiromo, Tina Brown, Melania y Donald Trump; y una “réplica a gran escala de…  el piso de Schwarzman en Manhattan”. Más tarde ese mismo año, se revelaron sus preferencias culinarias —cangrejos moro que cuestan 400 dólares, o 40 dólares por pinza— y su baja tolerancia a la contaminación acústica (“mientras tomaba el sol junto a la piscina de su casa de más de mil metros cuadrados en Palm Beach, Florida, se quejó… de que un empleado no llevaba los zapatos negros de su uniforme… [y explicó] que le distraía el chirriar de las suelas de goma”)... Durante décadas, Schwarzman, cuya fortuna se estima que es de 12.400 millones de dólares, ha tenido que sufrir los ataques hirientes del público ignorante hacia el sector del capital privado y la falta total de comprensión por el gran servicio público que ofrece. Posiblemente quería organizarse una lujosa fiesta por su 65 cumpleaños, pero sopesó la situación y esperó a cumplir los 70 para celebrarlo en una velada que incluyó trapecistas, camellos vivos, acróbatas, soldados mongoles, “un pastel de cumpleaños gigante en forma de templo chino” y Gwen Stefani cantando “Cumpleaños feliz”.

Schwarzman, dicho sea de paso, fue quien comparó el intento de Barack Obama de aumentar un poco el tipo impositivo marginal máximo con la invasión de Polonia por Hitler.

La enorme diferencia que hay entre lo que piensan los multimillonarios sobre el mundo y la forma en que lo hace la gente normal es uno de los aspectos más fascinantes de estos libros. Michael Bloomberg empieza Bloomberg by Bloomberg explicando cómo le destrozó su despido de Salomon Brothers en la década de 1980. Con una indemnización de tan solo 10 millones de dólares, dice: “Me preocupaba que Sue se avergonzara de mi nueva posición menos visible y me preocupaba no poder mantener a la familia”. Daniel Abraham (Slim-Fast) dice de su casa de la infancia: “Cuando digo que la casa tenía catorce habitaciones, seguramente suene a que éramos ricos. Pero no lo éramos. De ningún modo. Por entonces las casas eran baratas”. A veces parece que llevan tanto tiempo recibiendo halagos por parte de la gente que les rodea que no se dan cuenta de lo estrambóticos que resultan y de lo poco corrientes y antinaturales que verdaderamente son su codicia y sus aspiraciones. 

Esto es cierto incluso en el caso de Richard Branson, el multimillonario “divertido” que gusta a la gente. (La publicidad en la contraportada de Losing My Virginity incluye las citas de Newsweek : “Lleva su fama y su dinero sumamente bien... no le interesa el poder [y] sólo quiere divertirse”; GQ: “Encarna la apreciada mitología estadounidense del emprendedor iconoclasta y bravucón”; Ivana Trump:“ Richard es guapo y muy inteligente”). En una anécdota asombrosa sobre sus comienzos editando y publicando una revista llamada Student, Branson relata cómo descubrió que su cofundador quería convertir el negocio en una cooperativa de trabajadores y Branson salvó la situación mintiendo y haciendo que su amigo creyera que los trabajadores lo odiaban: 

Había dejado el borrador de un memorando que estaba escribiendo al personal. Era un plan para deshacerse de mí como director y editor, tomar el control editorial y financiero de Student y convertirlo en una cooperativa. Me convertiría en parte del equipo y todos compartiríamos equitativamente la dirección editorial de la revista. Me quedé impactado. Sentí que Nik, mi mejor amigo, me estaba traicionando... Decidí marcarme un farol con la crisis ... [Si el personal estaba] indeciso, entonces podía sembrar cizaña entre Nik y los demás y dejar fuera a Nik. 

[…] “Nik”, dije mientras caminábamos por la calle, “varias personas se me han acercado y me han dicho que no están contentas con lo que estás planeando. [Nota: una mentira] No les gusta la idea, pero tienen demasiado miedo como para decírtelo a la cara”. Nik estaba horrorizado. 

“No creo que sea una buena idea que te quedes”, continué. “Estás intentando desautorizarme a mí y a Student al completo”…  Nik bajó la mirada hacia sus pies.

“Lo siento, Ricky”, dijo. “Simplemente me parecía una mejor forma de organizarnos…” Se le quebró la voz.

“Yo también lo siento, Nik…”. Nik se fue ese día... Odio criticar a la gente que trabaja conmigo... Desde entonces siempre he tratado de evitar el problema pidiendo a otra persona que empuñe el hacha.

Más allá de contar anécdotas como esta, las tendencias psicopáticas descaradas no aparecen muy a menudo en estos libros. La mayoría, después de todo, se escribieron con la ayuda de hábiles negros literarios cuyo trabajo es enterrar las cosas desagradables. La única forma real de sobrepasar la propaganda es ir más allá de las fuentes primarias y examinar los hechos. Marc Benioff llena página tras página de su libro con sus virtudes y con lo que se preocupa su empresa por los accionistas y no tan solo por ganar dinero; sin embargo, poco después de que comenzara la pandemia de covid-19, Salesforce anunció que despedía a mil empleados a pesar de haber informado de que había registrado los mejores resultados anuales de su historia. Stephen Schwarzman habla con orgullo de una empresa de su propiedad llamada Invitation Homes, que presenta como la oportunidad que ofreció a la gente pobre de acceder a una buena vivienda después de la crisis financiera. “Apuesto a que si busco esta empresa, en realidad resultará que hace un montón de cosas turbias y que Schwarzman es un malvado explotador”, pensé mientras leía el pasaje. Efectivamente,  Reuters informó de que “en entrevistas con decenas de inquilinos de la compañía en vecindarios de todo Estados Unidos, la imagen que se desprende no es tanto de un servicio excepcional como de tuberías con fugas, alimañas, moho tóxico, electrodomésticos que no funcionan y esperas de meses para reparaciones”. Un grupo de trabajo de la ONU dedicado a derechos humanos y empresas multinacionales incluso envió a Schwarzman una carta de queja denunciando las prácticas de su empresa:

Los inquilinos nos dijeron que cuando le piden a Invitation Homes que realice reparaciones o mantenimiento rutinarios, como abordar los problemas de las tuberías con los insectos domésticos, se les cobra directamente por cualquier tarea aparte del alquiler. También informaron que Invitation Homes, mediante un sistema automatizado, amenaza rápidamente con el desalojo o presenta avisos de desalojo debido al retraso en el pago del alquiler o en el pago de las tarifas (95 dólares por incidente), sin importar las circunstancias. Si un inquilino no puede pagar el cargo por pago atrasado y si Invitation Homes no desaloja, ese cargo se añade al alquiler del inquilino. Si en el mes siguiente el inquilino puede pagar su alquiler pero no el cargo adicional, el inquilino puede ser desalojado por pago parcial del alquiler. Cuando los inquilinos optan por impugnar el desalojo de Invitation Homes, incurren en tarifas y sanciones adicionales. 

Es difícil otorgar el premio al “multimillonario más malvado” del grupo de magnates ladrones del siglo XXI cuya producción literaria he atestiguado, pero Schwarzman probablemente lo gane por financiar una vida de lujo absolutamente obscena al aumentar el alquiler de los pobres y dejarlos en la calle en cuanto se retrasan en el pago (e incluir algunas tarifas y multas por si fuera poco). Simplemente es absolutamente atroz. Como le dijo el dueño del periódico al reportero gráfico: vete a la mierda.

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Gran parte del comportamiento que vemos en los multimillonarios proviene de lo que he llegado a llamar “la filosofía bifurcada de acumulación y distribución”. O, de un modo menos desagradable: está bien ser un sociópata cuando consigues las cosas, siempre y cuando seas un santo después de que las tengas. La idea es que el mundo de los negocios es de una competencia salvaje, puedes ser tan maquiavélico como quieras y no has de pensar en las consecuencias en la vida de nadie. Pero luego tienes que hacer filantropía, porque la codicia es mala. Andrew Carnegie, el magnate ladrón de O.G., presentó el modelo a seguir en su popular Gospel of Wealth [Evangelio de la riqueza]. Carnegie comienza justificando todo tipo de desigualdades terribles como el orden natural de las cosas, que debería estar completamente fuera de toda duda:

El contraste entre el palacio del millonario y la cabaña del trabajador hoy mide el cambio que ha venido con la civilización. Sin embargo, no hay que condenar este cambio, sino darle la bienvenida… Es mucho mejor esta gran anomalía que la miseria universal. Está más allá de nuestro control alterarlo y, por lo tanto, hay que aceptarlo y aprovecharlo al máximo. Es una pérdida de tiempo criticar lo inevitable… Aceptamos y acogemos, como condiciones a las que debemos acomodarnos, la gran desigualdad del entorno: la concentración de negocios, industriales y comerciales, en manos de unos pocos imprescindibles para el progreso futuro de la raza. Hay que considerar que el socialista o anarquista que busca revertir las condiciones actuales está atacando los cimientos sobre los que descansa la civilización misma, porque la civilización comenzó desde el día en que el trabajador diligente y eficaz le dijo a su compañero incompetente y holgazán: “Si no siembras, no cosecharás”, y de este modo acabó con el comunismo primitivo al separar a los zánganos de las abejas.

Sin embargo, posteriormente, Carnegie establece la teoría de la nobleza obliga: a cambio de beneficiarse de este sistema, “el deber del hombre rico” es “organizar obras benéficas de las que las masas de sus semejantes se beneficiarán”. Así será “el mero fideicomisario y agente de sus hermanos más pobres, poniendo a su servicio su sabiduría superior, [favoreciéndolos más] de lo que ellos harían o podrían hacer por sí mismos”. Eso sí, Carnegie es muy particular acerca de a quién ayuda, ya que condena la “caridad indiscriminada” y afirma que “sería mejor para la humanidad que los millones de ricos fueran arrojados al mar a que acaben incentivando a los perezosos, borrachos e indignos”, y es una de esas personas que dice que dar a los mendigos en realidad les perjudica y por lo tanto es egoísta e inmoral. Pero el mensaje general de Carnegie es: no importa cómo te enriqueces si después eres un “administrador” del bien público. Acumula lo que quieras, siempre que distribuyas de acuerdo con los principios de la justicia.

Excepto, por supuesto, que la filantropía es tan egoísta como la acumulación infinita de riqueza. Un verdadero benefactor de la humanidad se despoja de su riqueza en lugar de entregarla gota a gotas a sus causas favoritas. El filántropo no es diferente de un señor feudal que repartía favores. La fórmula de “acumulación injusta/distribución justa” es simplemente una teodicea más absurda, con la filantropía como un medio para ayudar a estos tipos a racionalizar el hecho de tener mucho más lujo y poder que los demás. 

Los multimillonarios se dicen muchas cosas a sí mismos. Dicen que el precio de mercado es valor, lo que significa que si estás ganando dinero estás ayudando al mundo. Dicen que son recompensados ​​por el riesgo y el trabajo duro, aunque no arriesguen nada y las personas que trabajan mucho más que ellos ganen una miseria. Dicen que ganaron un concurso “libre”, cuando ganaron uno amañado cuyos resultados no tienen legitimidad. (¿Es una mera coincidencia que todos sean blancos?) Dicen que son “compasivos” en sus prácticas capitalistas, pero finalmente dejan que el mercado determine su moralidad. Dicen que innovan y aportan valor cuando no hacen nada por el estilo. Las justificaciones de su éxito se desmoronan al tocarlas. Es interesante que la clase dirigente, con todos sus recursos, no sea capaz de montar ningún tipo de defensa persuasiva de su propia posición. Pero para cualquiera que en el fondo tenga dudas y se pregunte si tal vez los de arriba son más inteligentes, mejores y más trabajadores, le tranquilizará saber que no lo son. No tienen que creer en mi palabra. Está ahí mismo en sus libros.

Por Nathan J. Robinson (Current Affairs) 16/01/2021

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