Lunes, 11 Enero 2021 07:02

Trump, ¿perdedor?

Trump, ¿perdedor?

La invasión del Capitolio el pasado 6 de enero ha sido sin duda un nuevo éxito para el ya ex-presidente, y supone la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

 

Con la resaca del 2020 aun en sus primeros compases quedan muchas cosas por cerrar. Siguiendo el nivel de lo acontecido en el pasado año, el 2021 no podía empezar de otra forma que con una invasión de manifestantes armados al Capitolio en Washington en el momento en el que el vicepresidente de Estados Unidos ratificaría la victoria de Joe Biden en las pasadas elecciones.

Muchas personas se han mostrado sorprendidas de que se haya llegado a esto, otras, por el contrario, señalan que haciendo un seguimiento de los acontecimientos los últimos cuatro años, pero sobre todo de los últimos meses, lo sucedido no debería sorprenderle a nadie. Al final, esta es la consecuencia de la retórica que empezó Trump hace meses cuestionando los resultados de las elecciones antes de que tuvieran lugar y negando su derrota una vez que se terminó el largo conteo de votos pese a todos los rechazos judiciales de sus denuncias y los recuentos de votos de determinados estados.

El 2020 vimos crecer como nunca de forma mediática a los grupos de extrema derecha y supremacistas, milicias armadas muchos de ellos, con el amparo y apoyo explicito del aun presidente. Este crecimiento no era nuevo, se llevaba dando los últimos años de forma paralela al incremento de atentados y ataques supremacistas por todo el país. Hace cuatro años uno de los líderes del KKK felicitaba a Trump su victoria, y desde entonces, se convirtió en referente y refuerzo del supremacismo y la ultraderecha. Ahora podían votar sin problemas a alguien que les representaba, que los escuchó, que les alagó en ocasiones y sobre todo que les defendió y no condenó cuando desde distintas estancias se le reclamaba posicionamientos contundentes contra estos grupos y su violencia. El terrorismo supremacista de ultra derecha es el que más muertes ha dejado en el país desde los atentados del 11 de septiembre.

Y esta sinergia la vimos el jueves una vez más, cuando dos horas antes de lo ocurrido Trump en un discurso pedía a la gente que fueran al Capitolio para impedir la ratificación de la victoria de Biden bajo el mantra repetido hasta la saciedad del robo de las elecciones. De esta forma se alentaba a la acción y cuando esta tuvo lugar la respuesta de Trump no dejaba dudas de su posicionamiento: “Sé de vuestro dolor. Ganamos unas elecciones y nos las han robado” y mientras les invitaba tibiamente a irse a casa, pasando por alto el hecho de que estas personas tuvieran que ser detenidas por entrar de forma violenta y armados al Capitolio, se mostraba parte de ellos utilizando la palabra “somos” —gente de ley y orden— y mostrando su tierno cariño con un: “os queremos”.

Es importante destacar que fue la administración Trump la que decidió que sería la policía civil la que se encargaría de la seguridad durante la jornada pese al anuncio de las manifestaciones en torno al Capitolio, generando imágenes muy dispares a las de la militarización con miles de soldados cuando se organizaron las marchas por parte de Black Lives Matter como han señalado muchas de las activistas de este movimiento que participaron en las protestas. Paréntesis. Cabe destacar que el 18 de septiembre el FBI manifestó que los incidentes en los disturbios del pasado año habían sido causados por supremacistas blancos y que los llamados Antifa no eran un grupo concreto sino una ideología. Pero sigamos, Trump tardó y titubeó en enviar a la Guardia Nacional, tal es así que antes tuvieron que llegar las fuerzas del Estado colindante de Virginia. La CNN señaló que ni siquiera fue Trump sino que tras la espera terminó por ser el vicepresidente Mike Pence el que coordinó con el Pentágono el envío de la Guardia Nacional. Trump no titubó en mandar a las fuerzas nacionales a Portland ni a grupos paramilitares frente a las protestas del Black Lives Matter.

Se plantea que hubo un error a la hora de predecir lo que podía pasar. La CIA se pronunciaba el año pasado asegurando que la mayor amenaza para el país venía de grupos supremacistas de extrema derecha y hacía diez días que muchas organizaciones de supremacistas como los Proud Boys o “Los vigilantes de Wolverine” habían convocado manifestaciones masivas de personas fuertemente armadas para el momento de la votación. Pero de alguna forma no se podía “predecir”, o no se había planteado como posibilidad, que se descontrolara la situación.

Esos “errores” se basan en las lecturas públicas y políticas que se llevan a cabo en función de los actores o colectivos a los que se referencia. De esta forma, las percepciones y las construcciones de los “otros” vienen determinadas nuevamente por su racialidad. En ese momento entran en juego las categorizaciones históricas racistas que definen lo negro como lo violento, lo peligroso y en general al “otro” no blanco como lo amenazante. Ante esa construcción la blanquitud está (irónica pero políticamente) definida por lo opuesto: la seguridad, la bondad, la educación y el buen hacer. Los negros son cuerpos para vigilar mientras que los blancos son cuerpos a proteger. Ello se ha visto durante el año pasado con la desproporción de los dispositivos de seguridad, muchas veces especialmente violentos, contra las manifestaciones del Black Lives Matter frente a las contramanifestaciones llevadas a cabo por grupos de ultraderecha. Aun recordamos las imágenes de milicianos blancos armados en el Capitolio de Michigan el pasado abril sin detenciones.

Pero esta situación también nos ha permitido darnos cuenta de algo. O, mejor dicho, confirmar lo que se viene repitiendo. La diferencia en el uso de la fuerza y la violencia por parte de las fuerzas de seguridad sobre los cuerpos blancos y el resto es uno de los elementos esenciales del racismo, así como la impunidad con la que se lleva a cabo. De esta forma vimos cómo la policía llevó a cabo un proceso de desescalada de la situación que se tornaba violenta frente a personas armadas. Es decir, existen protocolos y están entrenados para este tipo de situaciones. De tal forma que la decisión de buscar desescalar situaciones tensas se da por un lado desde las ordenes de arriba y segundo desde las posturas individuales de los agentes de seguridad cuando estos se encuentran solos o en poco número de efectivos. La policía supo no sobrepasarse pese a la situación. Así, se constata, que estas decisiones, como su capacidad de contención, están marcadas por la racialidad de los cuerpos que tienen en frente.

Llevamos años banalizando a la extrema derecha incluso cuando ya están en el poder en tantos países del mundo. Espera. Matizo. Las personas blancas llevamos años banalizándolo y, sobre todo, no escuchando a los movimientos antirracistas que vienen sintiendo la presión cada vez más fuerte sobre sus cuellos. Por eso no entendimos lo que significaban los 8 minutos de la rodilla en el cuello de George Floyd. Aunque creemos que sí. Por eso, si hubiera sido por el voto blanco en Estados Unidos (tanto de hombres como de mujeres) no estaríamos asistiendo a estas imágenes porque Trump hubiera ganado las elecciones. Trump perdió las elecciones por el voto de las personas no blancas, sobre todo por las personas negras que salieron a votar tras unas campañas como nunca habían existido animando a las poblaciones afroestadounidenses a acurdir  las urnas. Y es precisamente ese mismo voto el que, el mismo día que el supremacismo ocupaba el Capitolio, propiciaba que por primera vez en siglos de democracia estadounidense fuera elegida una persona negra como senador en el estado de Georgia, con un 32% de población negra.

Las personas que han entrado con armas en el Capitolio de los Estados Unidos lo hacen para defender la blanquitud. Y pueden hacerlo como lo han hecho precisamente desde esa blanquitud. No son personas simplemente de extrema derecha, son personas profundamente racistas, y cuyo vinculo ideológico principal se basa en la defensa del supremacismo blanco. Sin tener esto en cuenta, sin pensarlo como un elemento central en los análisis que se hagan, no se estará entendiendo ni la historia de este país ni su construcción sociológica y el contexto actual que vemos.

Por lo tanto, una vez más no podemos desprendernos de la raza (como constructo social) como categoría de análisis. Trump no hubiera ganado sin el voto blanco. O mejor dicho, ganó por él. El dispositivo de seguridad no hubiera sido el mismo de haber sido convocadas las manifestaciones por personas no blancas y la proporcionalidad de la respuesta policial para contener y evitar el asedio. Lo que nos permite afirmar categóricamente que de haber sido personas negras, árabes o inmigrantes racializados nunca hubieran podido entrar en el Capitolio. Y como sugiere el historiador Antumi Toasije, muchos hubieran terminado muertos.

En este caso, y ninguna muerte debe ser celebrada, fueron cinco personas las que murieron. Que se sepa por el momento una de ellas fue a causa de un disparo de un policía, otra tras caer al escalar un muro, dos más de las que se ha dicho por emergencias médicas y la quinta persona fue un policía atacado por asaltantes. De todas las personas que entraron en el Capitolio, estando este luego rodeado de policía, fueron detenidas únicamente 26 pudiendo salir libre y tranquilamente el resto. Otros 26 fueron detenidos en otros puntos de la ciudad por violar el toque de queda que se impuso. La policía confiscó armamento, cocteles molotov y desactivaron dos bombas caseras cerca de las sedes de los comités nacionales de los partidos demócratas y republicanos. En el conjunto de manifestaciones de BLM el año pasado se dieron unas 14 mil detenciones.

Por ir terminando, considero que se debe tener cuidado con las lecturas que buscan situar a Trump como perdedor. Esto ha sido sin duda un nuevo éxito y es la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado (falsa pero conscientemente) —como el actual de España— por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

No pasemos por alto que, según una encuesta de YouGov, entre los votantes republicanos el 45% han aprobado el asalto al Capitolio; el 30% piensan que las personas que lo llevaron a cabo eran patriotas y un 10% pro-demócratas; y el 85% piensa que Trump debe terminar su mandato y no debe ser destituido mostrando su apoyo al presidente saliente. Y sobre todo, recordar que a Trump le votaron 76 millones de personas que sabían muy bien lo que votaban. Y por supuesto, no olvidemos que, de una forma u otra, Trump ha conseguido que la bandera confederada recorriera los pasillos del Capitolio.

Por Pablo Muñoz Rojo

10 ene 2021 10:35

Foto: Blink O'fanaye

Publicado enInternacional
Lunes, 11 Enero 2021 06:48

Imperativos categóricos burgueses

Imperativos categóricos burgueses

De por qué el habla petulante de los oligarcas y el origen de su violencia léxica

No se requiere un gran esfuerzo para identificar al autoritarismo ideológico burgués. Basta y sobra con exhibirles sus contradicciones y aparecerá, volcánica, una verborrea pagada de sí y exultante en argumentos de baja estofa pero escupidos con gran confianza y seguridad. Todo ello con tonito didáctico y cierta benevolencia dulzona propia de aquellos que se compadecen de los seres inferiores y los conducen con “mano firme”, y generosa, por el sendero de sus “razonamientos” univalentes, frecuentemente improbables y siempre autoritarios. Infernal y nauseabundo producto ideológico burgués que nos acecha a diario. Hay que oír a Claudio X. González y sus secuaces empresarios travestidos como “políticos” (dicen). Es metástasis de la corrupción, el perfil demagógico de empresarios que, “metidos en política”, adoptan vociferaciones mesiánicas. Y las propagan por todos sus “medios”. 

Operan como “predicadores” dispuestos a dar por verdad categórica los eslóganes que memorizan en cualquier almanaque de ferretería. Y a fuerza de repetir, con aires de grandeza, su colección de palabrerío inflamado, llegan a creerse “inteligentes”. Algunos, incluso, secuestran academias y organizaciones donde se hacen acompañar por trotamundos demagogos iguales a ellos. Ostentan títulos académicos y se premian entre sí y con frecuencia. Se creen “autoridades”. 

Uno reconoce esos soberbios cuando los mira manotear, desesperadamente, cualquier sofisma que sirva para no admitir sus equivocaciones. Encaramados en el reino de las verdades auto-conferidas, no conciben un milímetro de autocrítica y menos aún la posibilidad de pensar cómo piensan “los otros”. Dan por válidas sus consignas más escleróticas y tiemblan de terror si hubieren de admitir sus torpezas. Entonces redoblan la “superioridad” de sus “certezas”. Como si no conociesen la duda, decía Borges. Derrochan “imperativos categóricos” confiados en vencer al oponente a fuerza de imponerle necedades histriónicas antes que admitir yerros. No hay peor cosa que un ignorante soberbio decía Lope de Vega. Y razón le asiste. 

También la vida burguesa, cuando se infiltra en la cabeza del proletariado, suele producir engendros ideológicos patéticos. Produce, por ejemplo, víctimas reverenciales cuya libido se explaya repitiendo frases hechas y consignas prefabricadas para anestesiar la realidad propia en contextos y épocas muy diversos. Las víctimas aprenden las reglas del opresor: Todo antes que interrogar sus premisas y sus conclusiones. Todo antes que reconocer las diferencias y las diversidades. Todo para incensar sus preceptos y sus egos infectados de mediocridad leguleya. De eso viven las palestras burguesas y de eso aprenden mucho (a sabiendas o no) sus discípulos. Son ejércitos de la ideología de la clase dominante en acción cotidiana. Metidos aquí y allá, infiltrados en los medios y en los modos. Todos van armados, y armadas, con espadas lenguaraces convencidos de que deben convencernos. Imponernos su autoritarismo de egos histéricos y vendernos su mediocridad maquillada como si fuese un logro civilizatorio. 

Son incapaces de razonar con evidencias (de hecho las excluyen o las tergiversan). Son incapaces (literalmente) de pensar de manera “compleja”, considerando la integración dinámica de cinco o más variables, cada una de ellas portadora de vectores de clase en pugna, de historia, de matices y de identidades no subordinadas a la estrechez de la ideología mercantil, lineal y rígida como los intereses de la acumulación del capital. Sus razonamientos más humanos son refritos del vocabulario filantrópico más banal, difundido en seminarios de auto-ayuda o “coaching” empresarial. Mediocridad sublimada. Piensan que el centro del mundo son ellos. “Entre esos tipos y yo hay algo personal” Serrat dixit.

En algunos “informativos” los “periodistas”, arrodillados ante la burguesía, aprendieron a leer en público “noticias” (manipuladas desde las oficinas -gubernamentales o privadas- de espionaje e inteligencia) pero con tono patronal. Asimilaron como “estilo exitoso” la locución “categórica” y a los gritos, como si eso construyera verosimilitud y confianza en las audiencias, (cada día más hartas de falacias y exageraciones mercantiles). Hablan como “patrones de estancia”, terratenientes o señores feudales; hablan como hablan los gerentes a sus vendedores, como hablan los generales a sus soldados, como se le habla a quienes se piensa ignorantes, infradotados, tontos o simplemente incapaces de producir los “méritos” necesarios para vivir con éxito burgués. Hablan como el jefe le habla a sus asalariados. Hablan con autoridad burguesa. Como habla Trump, ídolo de mercachifles. 

Nos urge una Guerrilla Semiótica de acción directa, por todos los medios, para producir los anticuerpos culturales indispensables que exterminen, en plazos cortos, las influencias tóxicas de los medios y los modos burgueses para manipular consciencias. Al pie de la letra, palabra por palabra. Y además de las «vacunas culturales emancipadoras», necesitamos organizar las ideas y los valores producidos en las luchas por liberarnos de la explotación laboral, la sujeción al Estado que ha servido para reprimirnos, la pandemia de los anti valores que nos acomplejan, que nos excluyen estigmatizan… Guerrilla Semiótica contra las humillaciones burguesas proferidas, por ejemplo, en forma de iglesias, entretenimientos y chistes. Contra la estulticia bajo palabra. No somos lo mismo.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride Universidad Nacional de Lanús. Miembro de la Red en Defensa de la Humanidad. Miembro de Red Verdad. Miembro de la Internacional Progresista. Miembro de REDS (Red de Estudios para el Desarrollo Social)

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 11/01/2021

Publicado enSociedad
Miembros de la Policia Nacional Bolivariana patrullan en un barrio de Caracas, Venezuela.Rodrigo Abd / AP

La letal intervención de las fuerzas de seguridad en un barrio controlado por bandas criminales se produce en medio del escrutinio internacional por las ejecuciones extrajudiciales

 

Al menos 23 personas murieron durante el fin de semana en un enfrentamiento entre la policía y las pandillas criminales en Caracas, la capital de Venezuela, después de que comandos de la Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana entraran el viernes al barrio La Vega, en el oeste de la ciudad. La refriega es una más de las protagonizadas por este grupo policial acusado de perpetrar ejecuciones extrajudiciales. La alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, la expresidenta chilena Michelle Bachelet, reclamó la disolución de esta fuerza en 2019 por las graves violaciones de las que es acusada. Las FAES son un grupo de fuerzas especiales creado en 2016 por Nicolás Maduro.

Con mano dura, han asumido el control del combate a la la delincuencia, pero también operan junto con las fuerzas de choque del chavismo en la represión de manifestaciones y la persecución de opositores.

Los policías desplegados en el barrio de La Vega han matado a miembros de una poderosa banda dedicada a los secuestros que supuestamente intentaba extender su radio de acción a otros barrios de Caracas. En la operación policial también murieron vecinos a causa de las balas perdidas, entre ellos Nelson Villalta, un profesor de música de 50 años, que estaba en la puerta de su casa mientras los delincuentes se estaban enfrentando a los agentes policiales.

Los vídeos de los disparos de armas de distinto calibre han corrido por las redes sociales desde el viernes, cuando el barrio entró en una especie de toque de queda que obligó al cierre de comercios. Los vecinos han vivido horas de miedo y horror por las balaceras. El comandante de las FAES, Miguel Domínguez, dijo en su cuenta de Twitter que el cuerpo policial se encontraba desplegado en la zona “brindando seguridad y protección a la parroquia”. Dominguez están sancionado desde 2019 por Washington.

La violencia en Venezuela —que en los últimos años ha liderado la tasa de homicidios de la región junto con Honduras y El Salvador— ha dejado de estar en manos de los delincuentes. El último informe del Observatorio Venezolano de Violencia reportó en 2020 una tasa de 45,6 muertes violentas por cada 100.000 habitantes, muy por encima de cualquiera de los otros países considerados violentos en América Latina. El año cerró con al menos 11.891 muertos, incluidos 4.231 fallecimientos catalogados por las autoridades como resistencia a la autoridad y que se sospecha que fueron homicidios cometidos por los cuerpos de seguridad del Estado, por un uso excesivo de la fuerza o mediante ejecuciones extrajudiciales. El año pasado los delincuentes perpetraron 4.153 homicidios, otras 3.507 muertes están bajo investigación.

“La letalidad policial se ha extendido por todo el país, parece ser la única política de seguridad que se ha estado implementando. En 12 estados la policía mató más que los delincuentes. Es decir, en la mitad de entidades federales la letalidad policial fue superior a la letalidad delincuencial”, explica el informe divulgado la última semana de diciembre.

Las acusaciones contra las FAES y otros cuerpos policiales han sido documentadas por organizaciones no gubernamentales y sustentan el caso contra Venezuela en la Corte Penal Internacional, que ya ha señalado que se han cometido crímenes de lesa humanidad, al menos desde 2017. La misión de investigación de la ONU también recogió en su informe, presentado el pasado septiembre, ejecuciones extrajudiciales a manos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Por Florantonia Singer

Caracas - 10 ene 2021 - 22:32 UTC

Publicado enInternacional
Estados Unidos: ¿esto no es «lo que somos»?

Parte del establishment republicano trata de desmarcarse de Donald Trump; algunos liberales centristas consideran lo ocurrido el 6 de enero como propio de una «república bananera». Hay quienes denuncian un intento de golpe mientras el núcleo duro trumpista sigue con las denuncias de fraude. Nuevas y viejas grietas vuelven a agitar la política estadounidense y ponen en crisis el supuesto excepcionalismo nacional, mientras el nuevo gobierno demócrata se apresta para tomar el timón del Estado.

 

Hay un viejo chiste que pregunta «¿Por qué nunca ha habido un golpe de estado en Washington DC?» y responde: «Porque allí no hay embajada de Estados Unidos». El miércoles pareció que los estadounidenses tendríamos que dejar de repetirlo. En medio de las sesiones del Congreso para certificar los resultados de las elecciones de noviembre, en las que Joe Biden obtuvo una clara victoria sobre Donald Trump, estallaron los disturbios y la violencia. Trump apareció en un mitin diciendo, como lo ha hecho en repetidas ocasiones, que le habían robado mediante el fraude su aplastante victoria, y afirmando que si su vicepresidente Mike Pence «hace lo correcto», entonces «ganamos las elecciones» (El vicepresidente desempeña, en realidad, un papel ceremonial en la certificación del Senado, que recibe los votos de los colegios electorales de los estados, y no tiene poder para alterar los resultados). «No se recuperará nuestro país con debilidad», arengó Trump al público. 

El presidente regresó a la Casa Blanca, pero algunos de quienes asistieron al mitin marcharon luego hacia el edificio del Capitolio. En el interior, varios republicanos habían anunciado planes para oponerse a la certificación de los resultados en los estados clave que definieron la elección por pocos votos. Los congresistas insistían en que simplemente estaban pidiendo que se investigara. Pero, en realidad, no había nada que investigar: los tribunales rechazaron una y otra vez las numerosas demandas elevadas por la campaña de Trump por considerarlas frívolas y carentes de fundamento. 

Desde la elección, Trump ha insistido en que él fue el verdadero ganador (Incluso en 2016, cuando le ganó a Hillary Clinton gracias al sistema de colegio electoral pero habiendo pedido en el voto popular, declaró que eso ocurrió debido a «millones de votos ilegales»). El Partido Republicano no ha dudado en apelar al mito del fraude en los últimos años para promulgar leyes que dificultan la participación electoral. Trump ha atacado incluso a los funcionarios republicanos en el estado de Georgia por haber certificado los resultados que le dieron a Biden una estrecha victoria. Varios de ellos llegaron a sufrir amenazas de muerte y acusaciones de traición. Hace poco se dio a conocer el audio de una llamada en la que Trump le pide al secretario de Estado de Georgia, el republicano Brian Raffensperger, que «encuentre 11.780» votos, la cantidad necesaria para ganar en ese estado sureño. Desde la perspectiva de los seguidores más radicales de Trump, incluso su propio partido los traicionó. Claro, si bien hubo algunos casos aislados de irregularidades electorales (como el hombre que usó la boleta de su madre fallecida para emitir un voto... por Trump), no hay evidencia de fraude sistemático, y afirmar que podría haber existido ha hecho necesario recurrir a teorías conspirativas cada vez más oscuras, que involucran a las máquinas de votación y a la familia de Hugo Chávez. Pero no importa: el senador Josh Hawley, que, según especulan algunos, podría ser el heredero político de Trump, saludó a los manifestantes que estaban frente al Capitolio con un puño en alto, y luego, en el interior, objetó los resultados del colegio electoral. Se esperaba que otros republicanos hicieran lo mismo.

Pero no les fue posible. Poco tiempo después, el edificio del Capitolio era tomado por asalto. Algunos de los asistentes al mitin de Trump se habían trasladado a las escalinatas exteriores del edificio, donde se enfrentaron con las barreras policiales. Hubo algunos enfrentamientos, pero la presencia de uniformados fue mínima en comparación con la que hubo en las protestas de Black Lives Matter el año pasado, y en algunos casos la policía pareció tratar a los manifestantes con mayor deferencia.

Los trumpistas se abrieron paso más allá de las líneas policiales y algunos videos mostraban a la policía simplemente consintiendo el asalto al edificio. En otros, se ve a la policía resistiendo la toma y un un agente fue golpeado hasta la muerte. El Congreso suspendió la sesión. La multitud rompió las ventanas y se abrió paso hacia el interior el edificio. Un hombre se dirigió a la cámara de senadores ya vacía, se paró en el estrado y gritó: «¡Trump ganó las elecciones!». Otros irrumpieron en la oficina de la líder demócrata Nancy Pelosi. Se lanzaron gases lacrimógenos en la rotonda del edificio y el servicio secreto que protegía la Cámara de Representantes mató a tiros a una mujer. Llevó horas despejar el Capitolio. Y finalmente, ya bien entrada la noche, el Congreso reanudó el trabajo y certificó la victoria de Biden.

Difícilmente pueda describirse lo ocurrido con un término que no sea conato de golpe, aunque haya sido un golpe sin posibilidades reales de éxito. Fue un acto, instigado por Trump, que buscó cambiar los resultados del proceso electoral por medio de la violencia y la intimidación. En un momento, los insurrectos corearon repetidamente «colguemos Mike Pence», al considerar que el vicepresidente los había traicionado. Entre quienes tomaron el Capitolio, varios han sido identificados como miembros de las fuerzas armadas, y asimilados a paramilitares que se proponían tomar rehenes.  

Sin embargo, el esfuerzo careció de muchos de los ingredientes que habría necesitado para representar una amenaza real al orden constitucional. A pesar del éxito de Trump al colocar a tres nuevos jueces en la Corte Suprema, el presidente no cuenta con el apoyo del poder judicial para impulsar este tipo de cuña en el sistema. Aunque hay miembros de las fuerzas armadas que están personalmente muy comprometidos con el jefe de Estado y/o con la causa de la supremacía blanca, Trump no mantiene buenas relaciones con la institución y no cuenta con apoyo para un golpe militar. A comienzos de enero, los diez secretarios de defensa vivos, tanto republicanos como demócratas, emitieron un documento en el que advierten que quienes revistan en el ejército prestan juramento a la Constitución y no a un presidente, y están obligados a no socavar los resultados de las elecciones. Hasta donde sabemos, no hubo coordinación entre el motín insurreccional y ninguna institución gubernamental o militar.

Trump tampoco cuenta con el apoyo de los medios para imponer una narrativa hegemónica tras un golpe. Por supuesto, existen canales que le han ayudado a difundir sus mentiras. Fox News ha proporcionado, durante años, una dieta constante de propaganda tóxica diseñada para mantener a su base de adultos mayores blancos temerosos y alineados. Conserva a algunos periodistas por fuera de su línea editorial para cubrirse, y cuando estos, para desagrado de Trump, informaron de manera objetiva sobre los resultados electorales, muchos espectadores se apresuraron a mirar canales que antes eran poco importantes, como Newsmax y One America News Network, que han ayudado a difundir teorías conspirativas relacionadas con las elecciones. También se difunden fakes news a través de programas radiales con participación de oyentes, sitios web, Facebook y otras plataformas de redes sociales. Pero si bien la capacidad de difundir una realidad alternativa hizo posible que sucedieran cosas como los acontecimientos del miércoles 6 de enero, la mayoría de los medios estadounidenses se vio atacada por las mentiras hostiles y constantes de Trump, y tomó una posición crítica hacia su gobierno. Trump carece del apoyo institucional para convertir sus impulsos autoritarios en una dictadura personal. Incluso aquellos que tomaron por asalto el edificio del Capitolio parecían no tener plan para tomar las riendas del poder una vez adentro. 

Sin embargo, esto no significa que esas acciones fueran tan absurdas como a veces parecieron. Por cierto, el hombre sin camisa, con piel de animal y casco con cuernos, no parece ser el autor de un moderno ¿Qué hacer? trumpista (de hecho, cree que «Hollywood está lleno de vampiros interdimensionales») Pero más allá de la posibilidad de violencia, el episodio refleja la degradación profunda del Partido Republicano, para la cual no hay ningún remedio a mano. Muchos republicanos electos se pasaron toda la jornada del 6 de enero tuiteando que «esto no es lo que somos», lo cual refleja una negación deliberada tanto de la historia del país como del estado de su propio partido. Quizás el acto de violencia más conocido jamás cometido en el Capitolio haya sido la golpiza casi mortal recibida por el senador antiesclavista Charles Sumner en 1856, propinada por un colega. Pero, en términos más generales, la expansión de derechos siempre se ha topado con la reafirmación de la dominación y la jerarquía. Tras la Guerra Civil, los ataques a legisladores por parte de los vigilantes supremacistas blancos en el Sur del país quedaron impunes, lo que dio vía libre para la imposición de la supremacía blanca. Aunque algunos ahora han sido arrestados, la impunidad experimentados por miembros de la turba el 6 de enero fue notable, especialmente en contraste con el comportamiento adoptado por muchos cuerpos policiales durante las manifestaciones por la justicia racial durante el verano boreal.

Si los legisladores republicanos buscan separar a los extremistas de aquellos que consideran republicanos responsables con su «esto no es lo que somos», estamos también ante una forma de negación. Denunciar a los demócratas, no importa lo moderados que sean, como socialistas antiestadounidenses ha sido una estrategia de los republicanos por lo menos desde el New Deal. Calificar a los demócratas de corruptos e ilegítimos ha sido una estrategia generalizada por lo menos desde la década de 1990. El partido ha azuzado el prejuicio y la ira populares como una forma de impulsar la participación en las elecciones y continúa haciéndolo. Con la única excepción del senador Mitt Romney, no hubo apoyo republicano para destituir a Trump cuando se inició el proceso de impeachment en 2019, si bien era abundante la evidencia de comportamiento delictivo e inapropiado. 

Los medios conservadores han evolucionado, desde los programas de radio de Rush Limbaugh hasta Fox News y las posiciones conspiranoicas desquiciadas de Glenn Beck, Trump y QAnon. Pero muchas de las narrativas siguen siendo las mismas. Trump no puede distinguir la realidad de la fantasía, y tampoco pueden hacerlo muchos de sus partidarios. Entre quienes irrumpieron en el Capitolio se encontraban miembros de grupos neonazis y negacionistas del Holocausto que han estado presentes en mítines a favor de Trump. Pero muchos agitaban banderas o usaban vestimenta con mensajes de QAnon, una teoría conspirativa que ha florecido en la era Trump. La visión de QAnon consiste esencialmente en que los demócratas prominentes están involucrados en una red satánica de tráfico sexual infantil contra la cual Trump está luchando en secreto. La «Q» anónima deja pistas para las personas en los foros de mensajes de Internet, lo que hace que la interpretación de QAnon como «gotas» o «migas de pan» sea una forma participativa de conspiracionismo, tendiente a ir descubriendo a la elite que domina el Estado profundo. La actividad explotó bajo los confinamientos por el covid-19; los letreros #SaveOurChildren (#SalvemosANuestrosHijos) inspirados en QAnon se pueden ver en todo el país y en las redes sociales. Los académicos que han estudiado el fenómeno lo han comparado con una religión, ya que proporciona una explicación no falsable del mal, y la participación en él como obra de teodicea, una vindicación de la bondad divina.

Trump ha impulsado la teoría y a sus seguidores, lo que halaga su ego ilimitado al colocarlo en el papel de dios. Ahora hay congresistas republicanos electos que creen en QAnon, y ha habido otras incitaciones a la violencia. El 7 de diciembre, el Partido Republicano de Arizona retuiteó a un teórico de la conspiración diciendo «Estoy dispuesto a dar mi vida por esta lucha» y agregó: «Él lo está. ¿Y tú?». Por eso, afirmar que «esto no es lo que somos» es reducir el problema a un puñado de extremistas, cuando la cuestión radica en los mensajes que dan Trump, dirigentes republicanos y medios afines. Y hay hechos de que pasaron bastante desapercibidos: a pesar de que prominentes personajes de la extrema derecha publicaban sus mensajes conspirativos en las redes sociales desde el interior del Capitolio, el miércoles por la noche, la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin estaba sugiriendo en Fox News que la violencia había sido llevada a cabo por agitadores izquierdistas que intentan hacer quedar mal a los republicanos. 

Otra figura frecuente que ha sido invocada en respuesta a la insurrección del miércoles es la de «república bananera», la mayoría de las veces por liberales de izquierda y republicanos descontentos y horrorizados por Trump. Por un lado, es un impulso comprensible: Trump se comporta más como un caudillo megalómano que como cualquier presidente de los Estados Unidos que se recuerde, incluidos los que promovieron agendas destructivas. Pero esto también parece inapropiado. Describir a Trump como un tipo de líder más adecuado para una «república bananera» implica que hay algo excepcional en las instituciones políticas estadounidenses, lo cual dificulta ver que esta crisis es también producto de esas instituciones tan veneradas. Sería más esclarecedor si quienes hablan de «repúblicas bananeras» reconocieran que tanto Trump como las «repúblicas bananeras» de América Central son productos del poder y el militarismo de Estados Unidos. Eso podría hacerse sin negar la inusual amenaza que Trump ha representado para la forma democrática de gobierno.

Lo que resta es ver si esta es la crisis que terminará con la fiebre que sufre el Partido Republicano desde hace décadas. Altos líderes demócratas impulsan la destitución de Trump mediante un juicio político y, según informes, su propio gabinete discutió declararlo no apto para ejercer sus funciones a la luz de la 25º Enmienda a la Constitución. De manera menos formal, se ha hablado de expulsar a miembros del Congreso. Puede haber otro tipo de precio a pagar. El mismo día del asalto al Capitolio, los dos candidatos demócratas al Senado ganaron las elecciones de segunda vuelta por sendas bancas en representación del estado de Georgia, lo cual dará el control de ambas cámaras del Congreso al Partido Demócrata a partir del 20 de enero. Luego de perder el estado en la contienda presidencial, Trump había descrito el proceso como fraudulento. La abstención de algunos de sus seguidores, por considerar inútil votar, puede haber cambiado el resultado, dando una mínima ventaja a los demócratas. Y si este fenómeno se repite, puede afectar el balance político del país.

Durante años, los republicanos han intentado retener el poder con una minoría de votos apoyándose en las características contramayoritarias del sistema político estadounidense. Si esa estrategia comienza a fallar, probablemente aumente el peligro de que haya violencia y terrorismo. Si no es fascista (aunque muy a menudo lo parece), el núcleo duro del trumpismo es, como mínimo, el de la «democracia del Herrenvolk»: la idea de que solo el grupo étnico mayoritario puede ostentar legítimamente el poder político. Ese punto de vista tiene una larga tradición en Estados Unidos y no se abandonará fácilmente. A pesar de que los republicanos contrarios a Trump hablan de formar un tercer partido, no hay camino hacia la victoria para un candidato conservador a escala nacional que no atraiga los votantes trumpistas. No será fácil que el Partido Republicano cambie de manera tal que pueda mantener su viabilidad política. Como sea que se resuelva la crisis en las próximas dos semanas, ese problema no desaparecerá. Esto es, también, «lo que somos».

Enero 2021

Traducción: Carlos Díaz Rocca. 

Publicado enInternacional
Domingo, 10 Enero 2021 05:57

Trump no tomará cianuro

Trump no tomará cianuro
 

Trump no es Hitler, Estados Unidos no es la Alemania nazi, ningún ejército invasor está en camino a la Casa Blanca. A pesar de todo eso, no es posible evitar una comparación entre Trump en estos últimos días y los últimos días de Hitler. Hitler en su búnker, Trump en la Casa Blanca. Los dos, habiendo perdido el sentido de la realidad, dan órdenes que nadie cumple y, cuando son desobedecidos, declaran traiciones que alcanzan a los más próximos e incondicionales: Himmler, en el caso de Hitler; Mike Pence, en el caso de Trump. Así como Hitler se negó a creer que el Ejército Rojo soviético estaba a diez kilómetros del búnker, Trump se niega a reconocer que perdió las elecciones. Las comparaciones terminan aquí. A diferencia de Hitler, Trump no ve llegado su final político y, mucho menos, se retirará a su habitación para, junto con su esposa, Melania Trump, ingerir cianuro y, conforme el testamento, incinerar sus cuerpos fuera del búnker, es decir, en los jardines de la Casa Blanca. ¿Por qué no lo hace?

Al final de la guerra, Hitler se sintió aislado y profundamente desilusionado con los alemanes por no haber sabido estar a la altura del gran destino que les tenía reservado. Como diría Goebbels, también en el búnker: «El pueblo alemán eligió su destino y ahora sus pequeñas gargantas están siendo cortadas». Por el contrario, Trump tiene una base social de millones de estadounidenses y, entre los más fieles, se encuentran grupos de supremacistas blancos armados y dispuestos a seguir al líder, incluso si la orden es invadir y vandalizar la sede del Congreso. Y, lejos de ser pesimista respecto a ellos, Trump considera a sus seguidores los mejores estadounidenses y grandes patriotas, aquellos que harán America great again. Hitler sabía que había llegado su fin y que su final político también sería su final físico. Lejos de eso, Trump cree que su lucha verdaderamente comienza ahora, porque solo ahora será convincentemente una lucha contra el sistema.

Mientras que muchos millones de estadounidenses quieren pensar que el conflicto ha llegado a su fin, Trump y sus seguidores desean mostrar que ahora comenzará, y continuará hasta que Estados Unidos les sea devuelto. Joe Biden se equivoca cuando, al ver la vandalización del Congreso, afirma que eso no es Estados Unidos. Sí lo es, porque Estados Unidos es un país que no solo nació de un acto violento (la matanza de los indios), sino que fue a través de la violencia que se dio todo su progreso, traducido en victorias de las que el mundo tantas veces se sintió orgulloso, desde la propia unión de Estados «Unidos» (620,000 muertos en la guerra civil), hasta la luminosa conquista de los derechos civiles y políticos por parte de la población negra (numerosos linchamientos, asesinatos de líderes, siendo Martin Luther King. Jr. el más prominente), como sigue siendo el país donde fueron asesinados muchos de los mejores (según ellos) líderes políticos electos, desde Abraham Lincoln hasta John Kennedy. Y esta violencia ha dominado tanto la vida interna como toda su política imperial, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. Que lo digan los latinoamericanos, Vietnam, los Balcanes, Irak, Libia, los palestinos, etcétera.

Joe Biden también se equivoca cuando dice que la pesadilla ha llegado a su fin y que ahora se reanudará el camino de la normalidad democrática. Por el contrario, Trump tiene razón al pensar que todo está empezando ahora. El problema es que él, contrariamente a lo que piensa, no controla lo que va a empezar y, por este motivo, los próximos años tanto pueden serle favorables, llevándolo de vuelta a la Casa Blanca, como pueden dictar su fin, un triste final. Como sistema político y social, Estados Unidos está en un momento de bifurcación, un momento característico de los sistemas alejados de los puntos de equilibrio, en los que cualquier pequeño cambio puede producir consecuencias desproporcionadas. Resulta, por tanto, aún más difícil de lo habitual predecir lo que sucederá. A continuación, identifico algunos de los factores que pueden causar cambios en una u otra dirección: desigualdad y fragmentación, primacía del derecho y Stacey Abrams.

Desigualdad y fragmentación

Desde la década de 1980, la desigualdad social ha ido en aumento, tanto que Estados Unidos es hoy el país más desigual del mundo. La mitad más pobre de la población tiene actualmente solo el 12% del rendimiento nacional, mientras que el 1% más rico tiene el 20% de ese rendimiento. En los últimos cuarenta años el neoliberalismo ha dictado el empobrecimiento de los trabajadores estadounidenses y destruyó las clases medias. En un país sin servicio público de salud y sin otras políticas sociales dignas de ese nombre, uno de cada cinco niños pasa hambre. En 2017, uno de cada diez jóvenes de entre 18 y 24 años (3.5 millones de personas) había pasado en los últimos doce meses por un período sin un lugar donde vivir (homelessness). Adoctrinados por la ideología del «milagro americano» de las oportunidades y viviendo en un sistema político cerrado que no permite imaginar alternativas al statu quo, la política de resentimiento, que la extrema derecha es experta en explotar, ha hecho que los estadounidenses victimizados por el sistema consideren que el origen de sus males estaba en otros grupos aún más victimizados que ellos: negros, latinos o inmigrantes en general.

Con la desigualdad social, aumentó la discriminación étnico-racial. Los cuerpos racializados son considerados inferiores por naturaleza; si nos hacen daño, no hay que discutir con ellos. Tienes que neutralizarlos, depositándolos en cárceles o matándolos. Estados Unidos tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo (698 presos por cada 100,000 habitantes). Con menos del 5% de la población mundial, EE. UU. tiene el 25% de la población carcelaria. Los jóvenes negros tienen cinco veces más probabilidades que los jóvenes blancos de ser condenados a prisión. En estas condiciones, ¿es sorprendente que la apelación antisistema sea atractiva? Nótese que hay más de 300 milicias armadas de extrema derecha repartidas por todo el país; un número que ha aumentado desde la elección de Obama. Si no se hace nada en los próximos cuatro años para cambiar esta situación, Trump seguirá alimentando, y con razón, su obsesión por regresar a la Casa Blanca.

Primacía del derecho

Estados Unidos se ha convertido en el campeón mundial de la rule of law y de la law and order. Durante mucho tiempo, en ningún país se conocía el nombre de los jueces de la Corte Suprema, excepto en Estados Unidos. Los tribunales estadounidenses ejercieron la función de garantizar el cumplimiento de la Constitución con una independencia razonable, hasta que ciertos sectores de las clases dominantes entendieron que los tribunales podían ponerse más activamente al servicio de sus intereses. Para ello, decidieron invertir mucho dinero en la formación de magistrados y en la elección o nombramiento de jueces para los tribunales superiores. Esta movilización política de la justicia tuvo una dimensión internacional cuando, especialmente después de la caída del Muro de Berlín, la CIA y el Departamento de Justicia comenzaron a invertir fuertemente en la formación de magistrados y en la modificación del derecho procesal (delación premiada) de los países bajo su influencia. Así surgió el Lawfare, una guerra jurídica, de la que la Operación Lava-Jato en Brasil es un ejemplo paradigmático. Trump cometió varios delitos federales y estatales, incluida la obstrucción de la justicia, el blanqueo de capitales, el financiamiento ilegal de campañas y delitos electorales (el más reciente de los cuales fue un intento de alterar de manera fraudulenta los resultados de las elecciones de Georgia en enero de 2021). ¿Funcionará el sistema penal como solía hacerlo en el pasado? Si es así, Trump será condenado y probablemente irá preso. Si eso ocurre, su fin político estará cerca. De lo contrario, Trump trabajará su base, dentro o fuera del partido republicano, para regresar con fuerza en 2025.

Stacey Abrams

Esta excongresista negra es la gran responsable de la reciente elección de los dos senadores demócratas en el estado de Georgia, una victoria decisiva para dar a los demócratas la mayoría en el Senado y así permitir que Biden no sea objeto de obstrucción política permanente. ¿Cuál es el secreto de esta mujer? En el transcurso de diez años, ha tratado de articular políticamente a todas las minorías pobres de Georgia (negras, latinas y asiáticas); un estado donde el 57.8% de la población es blanca, un estado considerado racista y supremacista, donde tradicionalmente ganan los conservadores. Durante años, Abrams creó organizaciones para promover el registro electoral de las minorías pobres alienadas por el fatalismo de ver ganar siempre a los mismos opresores. Orientó el trabajo de base para fomentar la unidad entre los diferentes grupos sociales empobrecidos, tan a menudo separados por los prejuicios étnico-raciales que alimentan el poder de las clases dominantes.

Después de diez años, y tras una carrera notable que podría haber alcanzado su auge con la nominación como vicepresidenta de Biden (en lo que fue relegada en favor de Kamala Harris, más conservadora y cercana a los intereses de las grandes empresas de información y de comunicación de Silicon Valley), Abrams logra una victoria que puede liquidar la ambición de Trump de regresar al poder. El mismo día en que los vándalos rompían cristales y saqueaban el Capitolio, se festejaba en Georgia esta notable hazaña; una poderosa demostración de que el trabajo político que puede garantizar la supervivencia de las democracias liberales en estos tiempos difíciles no puede limitarse a votar cada cuatro años, y ni siquiera al trabajo en las comisiones parlamentarias por parte de los electos. Exige trabajo de base en lugares inhóspitos y muchas veces peligrosos donde viven las poblaciones empobrecidas, ofendidas y humilladas que, casi siempre con buenas razones, perdieron el interés y la esperanza en la democracia.

La obra de Stacey Abrams, multiplicada por los movimientos Black Lives Matter, Black Voters Matter y tantos otros, muchos de ellos inspirados en Bernie Sanders y «nuestra revolución» animada por él, puede devolver a la democracia estadounidense la dignidad que Trump puso en riesgo. Si es así, la mejor lección que los estadounidenses pueden aprender es que el mito del «excepcionalismo estadounidense» es solo eso, un mito. Estados Unidos es un país tan vulnerable como cualquier otro a las aventuras autoritarias. Su democracia es tan frágil como frágiles son los mecanismos que pueden evitar que los autócratas, los antidemócratas sean elegidos democráticamente. La diferencia entre ellos y los dictadores es que, mientras estos últimos comienzan por destruir la democracia para llegar al poder, los primeros usan la democracia para ser elegidos, pero luego se niegan a gobernar democráticamente y a abandonar democráticamente el poder. Desde la perspectiva de la ciudadanía, la diferencia no es muy grande.

Sábado, 09/01/2021 04:45 PM

Publicado enInternacional
Shoshana Zuboff: "Las grandes tecnológicas de Silicon Valley han dado un golpe de Estado contra la humanidad"

Este año, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a importantes batallas judiciales tanto en Estados Unidos como en Europa. Responderán, entre otras cosas, por la desinformación y por su situación de monopolio. Esta socióloga fue una de las primeras voces que nos advirtió del enorme poder de estas compañías. Y ya es considerada una de las personas más influyentes de este siglo.

 

Silicon Valley ha perpetrado un golpe de Estado contra la humanidad. Así lo cree la socióloga y economista estadounidense Shoshana Zuboff. «Se ha hecho sin que nos percatemos y sin sangre».

Zuboff explica que los usuarios de la tecnología ya no son meros clientes, sino la materia prima de un nuevo sistema industrial; a los que se exprime para extraer sus datos, hacer predicciones sobre su conducta y vender productos a terceros. Este es el hilo conductor que recorre La era del capitalismo de vigilancia (Paidós), considerado ya como uno de los libros más influyentes de este siglo. A Zuboff se la compara con el economista Thomas Piketty, que alertó de que la creciente concentración de la riqueza es inevitable si no se modifica el sistema, pero, a diferencia de Piketty, Zuboff concita el aplauso del Financial Times y The Wall Street Journal.

XLSemanal. Hay una idea muy potente en su libro y es que nuestras vidas digitales no tienen por qué ser como son ahora, que podrían, y deberían, ser de otra manera…

Shoshana Zuboff. No solo me refiero a lo que hacen Google o Facebook, sino a toda una lógica económica que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas. El capitalismo de vigilancia demanda nuestra atención continua con técnicas de persuasión y de ingeniería de la conducta que antes habían sido probadas y perfeccionadas por las empresas de juego, porque cualquier casino sabe que no hay nada más rentable que un adicto. Y el capitalismo de vigilancia se agarra al poder de muchas formas. Una de ellas es la retórica. Ha aprendido a confundir a todo el mundo durante veinte años. Cuando te quejas de algo de lo que hacen, ellos te responden que es la consecuencia inevitable de la tecnología digital.

¿Y no lo es?

S.Z. Para nada. Le pondré un ejemplo. Cuando el público descubrió que Google se quedaba con todos esos datos de nuestras búsquedas, Eric Schmidt –el antiguo CEO– reconoció que era verdad que los motores de búsqueda retenían información. ¡Pero eso es retórica! Porque en el fondo está diciendo: «Hey, no soy yo; es la máquina». Y no es verdad. Son ellos los que se quedan con los datos para alimentar a la inteligencia artificial y hacer predicciones.

¿No es un peaje razonable a cambio de un servicio gratuito?

S.Z. Es que estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. Una es la tecnología digital. Y otro es la lógica económica basada en extraer datos en secreto, apropiárselos y venderlos. Esa lógica económica no puede sobrevivir sin lo digital, pero es muy fácil imaginar la tecnología digital sin capitalismo de vigilancia.

Perdone que sea un aguafiestas, pero a estas alturas dudo de que sea fácil…

S.Z. En 2000, un grupo de ingenieros de Georgia Tech diseñó un proyecto que llamaron Aware Home, un precedente de lo que hoy conocemos como ‘hogar inteligente’: con teleasistencia para ancianos, eficiencia energética… Pero los datos circulaban en un bucle cerrado. Los aparatos de la casa le proporcionaban información exclusivamente a los que residían en ella. Porque son datos muy privados. Esa tecnología era respetuosa. Pues bien, pasó el tiempo, y en 2017 dos expertos legales de la Universidad de Londres analizaron algunos altavoces inteligentes, tipo Google Home (o Nest), de los que puedes poner en tu salón. Y calcularon que un consumidor informado debería revisar un mínimo de mil contratos de privacidad, porque ese dispositivo recoge datos de lo que hablan los inquilinos, en qué habitación están, los ruidos… Y se comunica a su vez con otros aparatos inteligentes de la casa. Y envía esos datos a Google. Y Google los vende a terceros. Y estos los revenden…

No hace falta comprarse un altavoz, mucha gente se va a la cama con el móvil. Y es lo primero que consulta cuando se levanta.

S.Z. No queda ahí la cosa. Google dice que no asume ninguna responsabilidad de lo que hagan esos terceros con los datos. Y cada contraparte dice lo mismo. Así que hay cientos de compañías que tienen un dominio completo sobre tus datos. Toman lo que quieren y lo usan como quieren, sin transparencia y sin control. Y esto viene a cuento porque hace 17 años teníamos un futuro prometedor: un hogar inteligente para vivir mejor. Y esa idea ha sido traicionada. Y en nuestro hogar, que debería ser un santuario, no solo entran Google, Apple, Amazon y Facebook, entran cientos de compañías que no conocemos. No puedes cerrar la puerta de tu casa. Y, aunque la cierres, da igual porque ya están dentro. Y esto no debería ser así; se nos ha impuesto de manera unilateral, ilegítima y secreta. Pero no es inevitable.

Muchos niños manejan el móvil mejor que sus padres. ¿De verdad cree que se le puede dar la vuelta a esto?

S.Z. Sí, pero va a llevar algún tiempo… Si hubiéramos estado los últimos veinte años intentándolo y no lo hubiéramos conseguido, sería pesimista, como usted, pero la verdad es que no lo hemos intentado. El capitalismo de vigilancia ha tenido barra libre. La democracia se ha dormido al volante. Tenemos una oportunidad porque ahora conocemos sus peligros. Es hora de remangarse y hacer una labor crucial para nuestro futuro y el de nuestras democracias.

¿Pero estamos por la labor?

S.Z. A principios del siglo XX había niños trabajando en las fábricas. Las grandes compañías tenían todo el poder en Estados Unidos. Ni los trabajadores ni los consumidores podían enfrentarse a ellas. Sus abogados ganaban todos los pleitos. Pero fuimos capaces de utilizar la democracia, la ley y la política para crear nuevos derechos y contener los excesos del capitalismo industrial. Y ¿sabe qué? La segunda mitad del siglo XX fue muy próspera en muchos países. Nada es perfecto, pero ahora tenemos una oportunidad similar. Entramos ahora en una década en la que se va a decidir el futuro del siglo XXI. Y creo que veremos emerger un paradigma nuevo que va a poner freno o, por lo menos, a limitar los aspectos más perniciosos del capitalismo de vigilancia. Y creo que será necesario que algunas de sus actuaciones se ilegalicen porque son conductas criminales.

Ya se está investigando a las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg y Jeff Bezos han tenido que responder ante el Congreso, pero de ahí a considerarlos delincuentes va un trecho.

S.Z. Yo considero a los ejecutivos de Silicon Valley como emperadores. Ejercen un poder que no da cuentas a nadie. No queremos a estos ejecutivos poderosos a los que les importan un bledo nuestras vidas, que son radicalmente indiferentes a los problemas reales de la gente. ¡No los queremos!

¿Cómo convence a la gente de que Google o Facebook son peligrosos, aunque nos hagan la vida más fácil?

S.Z. No creo que tenga que convencer a nadie. Recientemente se ha publicado una gran encuesta en Estados Unidos. Se les preguntó a los norteamericanos si los riesgos de que las compañías recopilen sus datos eran mayores que los beneficios. Y es la primera vez que el 81 por ciento considera que los riesgos exceden a los beneficios. Es un punto de inflexión. Estábamos acostumbrados a preocuparnos por cómo manejan nuestros datos los gobiernos y no tanto las corporaciones, pero ahora las cosas han cambiado.

Pero entre los ganadores de la pandemia están las tecnológicas. Bezos ha duplicado su fortuna desde marzo y es el ser humano más rico de la historia.

S.Z. Las encuestas detectan otra tendencia. El 84 por ciento de los norteamericanos no confían en que las compañías que poseen las redes sociales arreglen los problemas que han creado. Y un estudio global de Pew Research señala que once países consideran que la desinformación es la mayor amenaza contra la democracia. Lo que estamos viendo es una pérdida de fe en estas corporaciones. La gente ahora se moviliza. Ve el riesgo.

¿Qué hay de malo en que Netflix y Amazon conozcan nuestros gustos y nos recomienden libros o series?

S.Z. Los gigantes tecnológicos quieren que creamos que la privacidad es privada. Que nosotros tenemos el control de lo que queremos exponer y lo que no. Yo les doy unos pocos datos a Facebook a cambio de un servicio que es gratis.

Se supone que ese es el trato, ¿no? Las condiciones de servicio que pocos leen y casi todos aceptan para tener correo, mapas, hacer búsquedas, compartir fotos…

S.Z. Pero lo que hemos aprendido es que, cada vez que consentimos darles datos, ellos toman muchos más de los que creemos. Si publicas algo en Facebook, no les importa lo interesante o veraz que pueda ser, pero lo desmenuzan. Examinan si usas signos de admiración para sacar conclusiones sobre tu estado emocional. Porque las emociones son comportamientos fáciles de predecir. Y muy rentables. La inteligencia artificial de Facebook examina billones de esos datos cada día y es capaz de producir seis millones de predicciones por segundo. Y muy pocos de esos billones de datos los damos a sabiendas ni por propia voluntad. Los cogen sin que nos enteremos. Cada vez que utilizamos las redes sociales, alimentamos a un sistema cuyas asimetrías de poder y de conocimiento están minando nuestras democracias y aumentando la desigualdad.

¿A qué se refiere cuando habla de asimetrías?

S.Z. A que hay una gran diferencia entre lo que ellos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos; entre lo que podemos hacer y lo que ellos nos pueden hacer. El conocimiento y el poder son inextricables.

Siempre lo han sido…

S.Z. Pero ahora vemos, por ejemplo, que el sistema de reconocimiento facial de Microsoft, desarrollado con fotos de Facebook, no se utiliza solo con propósitos académicos, como nos habían contado, sino que Microsoft lo vendió a clientes militares, incluido el Ejército chino, que mantiene a los uigures musulmanes sometidos a una vigilancia constante. Nuestras fotos de Facebook están sirviendo para encarcelar a gente inocente en una campaña genocida contra una minoría religiosa. No es algo trivial. Estamos exponiendo no solo a nuestra sociedad, sino a todas las sociedades, a estos sistemas. Y la gente empieza a entenderlo. Es un desafío político y legal. Nos están robando una parte de nuestras vidas sin nuestro permiso. Tenemos que parar esto. Y creo que podemos.

 

Por Carlos Manuel Sánchez / Fotografía: Bernd Von Jutrczenka

Publicado enCultura
Estados Unidos, la democracia que nunca fue

Vaya por delante la condena. Pero de allí a lanzar loas a la democracia estadunidense es una falta de respeto. Menos aun señalar su ejemplaridad. Azuzados por el presidente Donald Trump, sus seguidores no dudaron en asaltar el Capitolio bajo la consigna de haber sido víctimas de fraude y robo en las elecciones presidenciales. Son muchos quienes le siguen, dentro y fuera de las instituciones. Cien representantes en la Cámara y siete senadores han negado validez al triunfo de Biden. Para ellos, América se encuentra secuestrada por vendepatrias. Por consiguiente, la sociedad estadunidense es víctima de una conspiración de negros, latinos, minorías sexuales, comunistas y socialistas, cuya finalidad es destruir el país.

Las imágenes de ciudadanos trepando paredes, rompiendo ventanas, invadiendo despachos, son un jarro de agua fría para quienes han aupado a Estados Unidos como salvaguarda de la democracia mundial. Analistas políticos, especialistas en relaciones internacionales, corresponsales, hacen piña. Sólo hay un responsable de la violencia: Donald Trump, un desequilibrado que no asume su derrota. Las cadenas de radio y televisión informan en tiempo real y a la par dan a conocer tuits de jefes de Estado y gobierno occidentales mostrando su rechazo a la toma del Capitolio y su reconocimiento a Joe Biden. El momento era relevante, se estaba validando formalmente, en sesión plenaria, la designación de Joe Biden como presidente. Penúltimo acto para el traspaso de poderes en la Casa Blanca el 20 de enero. Pero el ícono del poder legislativo, el Capitolio, era víctima de un ataque, según diría Hillary Clinton, perpetrado por terroristas nacionales. El acto protocolario se veía empañado, suspendiéndose la votación que ratificaba a Joe Biden como presidente. La "invasión" se cobraba la primera víctima, una mujer era abatida mientras trataba de colarse en la sala de sesiones.

Definir el sistema político estadunidense como una democracia, salvo que el concepto quede restringido a la mínima expresión, resulta poco serio. De ser así, son hechos auténticamente democráticos morirse de hambre o no tener cobertura médica. Pero vayamos a deshacer el entuerto. Esos senadores y diputados, reunidos en sesión plenaria, salvo excepciones, son los que, independientemente de su partido, han avalado anexiones territoriales, guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos a terceros países, consolidado tiranías y financiado gobiernos autocráticos, lo cual contradice su respeto y apego a los valores democráticos. En América Latina, Asia y África hay ejemplos que harían enrojecer a cualquier demócrata. Sin olvidar que Trump no ha sido el primer presidente en mentir. Desde el genocidio de los pueblos originarios, la anexión de los territorios pertenecientes a México, la guerra contra Cuba, Vietnam y más recientemente la guerra contra Irak se fundan en mentiras. ¿Acaso se encontraron las armas de destrucción masiva? Ésa es la historia de Estados Unidos. Howard Zinn, Charles W. Mills, Sheldon Wolin o Noam Chomsky, entre otros, han cuestionado el sistema político que prevalece en Estados Unidos, tras sus actuaciones en Vietnam, Centroamérica, Chile e Irak, además de las leyes emergentes con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Totalitarismo invertido es la definición de Wolin para referirse al orden político en Estados Unidos, nacido de los atentados a las Torres Gemelas.

Presidentes como Kennedy, Nixon, Carter, Ford, Clinton, Reagan o Bush, padre e hijo, con todos los matices, se han saltado preceptos democráticos como la no intervención, el derecho de autodeterminación o el respeto a los derechos humanos. Además, durante sus administraciones, han utilizado mecanismos poco ortodoxos, democráticamente hablando, como avalar la tortura, crear noticias falsas, contratar mercenarios o desvalijar países enteros de sus riquezas. Sin despreciar la persecución a periodistas y aplicar la censura en las informaciones sobre las actividades de espionaje en su propio país o a sus aliados. Julian Assange y Edward Snowden son un ejemplo de lo dicho.

Crímenes y criminales de guerra, cuya impunidad está garantizada al no reconocer el Tribunal Internacional Penal, campan por su territorio, dan conferencias y reciben premios Nobel. Henry Kissinger, sin ir más lejos. Ninguna administración estadunidense está libre de haber patrocinado guerras, vender armas, traficar con estupefacientes, derrocar gobiernos democráticos y torcer el brazo a quienes se enfrentan y rechazan sus políticas unilaterales de corte autoritario. Pero si no es suficiente, debemos recordar que en su política doméstica Trump no ha sido una anomalía, al margen de sus excentricidades. Obtuvo más de setenta millones de votos. Además, las organizaciones supremacistas, neonazis, llevan décadas existiendo. La Asociación Nacional del Rifle y lobby, que van desde las farmacéuticas, compañías de seguros, multinacionales de la alimentación y las empresas tecnológicas de Silicon Valley, cuentan con un apoyo bipartidista. El Ku Klux Klan, el Tea Party, White Power, Skin Heads o Metal Militia no han sido creados por Trump, otra cosa es que los condene. Por otro lado, fue Barack Obama, premio Nobel de la Paz, quien aceleró la construcción del muro fronterizo con México, y según José Manuel Valenzuela Arce en Caminos del éxodo humano, durante su presidencia las deportaciones sumaron "2 millones 800 mil personas". En resumen, definir el sistema político bipartidista que rige Estados Unidos como un orden democrático es un despropósito si se trata de caracterizar el régimen político. Otra cosa es defender el imperialismo estadunidense, sus estructuras de poder y dominación y adjudicarles el papel de guardián de los valores occidentales, dizque democráticos. Pero ya sabemos, democracia y capitalismo son incompatibles.

Publicado enInternacional
El futuro ya no será lo que era, ni el pasado va a volver

Los medios mundiales anuncian la “buena nueva” de las vacunas contra el covid-19 y la victoria del candidato demócrata en las elecciones presidenciales de Estados Unidos como la vuelta a la normalidad del mundo, ese maravilloso mundo que prevaleció antes de la elección de Trump, cargado de crisis financieras, deterioro económico, invasiones en Asia, golpes de Estado “de colores” (o su intento) en casi todos los continentes, grandes éxodos de población causados por las imposiciones económicas, las políticas neocoloniales y las guerras desatadas por el “mundo libre”, autodenominado “occidental”.

WikiLeaks parece dispuesta a hacer público el conjunto de sus informaciones sobre la suciedad de ese mundo. Por eso se lleva persiguiendo y torturado a Assange durante años, por la misma razón que nuestra “prensa libre” y la mayor parte de sus profesionales, tan celosos cuando se trata de represiones en los “países malos”, miran para otro lado sin mostrar el más mínimo atisbo no ya de solidaridad y justicia, sino ni siquiera de corporativismo y apoyo a un colega.

Se olvidan nuestros media, además, de que Trump es un engendro político posibilitado por las propias políticas demócratas que han financiarizado la economía, deslocalizado la producción disparando el desempleo y arruinando a medianos productores, granjeros, agricultores y comerciantes, endeudado a su población a cotas insostenibles, sembrado de bombas el mundo (Obama invadió o bombardeó 7 países) y siendo las primeras en alzar el muro de México. De manera que si Trump es ese engendro apoyado por mucha gente que no podía aguantar más las políticas aberrantes del Imperio en decadencia, sus réplicas mundiales (los Bolsonaro, Johnson, Orbán, Duque, Duterte, Le Pen, y los pequeñitos como Abascal…) son síntomas de procesos similares, de un capitalismo decididamente antisocial. Ante todo es así con ese paradigma del neoliberalismo-financiero global que es la UE y cuyo desmoronamiento sólo se ha detenido de momento porque nadie sabe bien hacia dónde ir.

Christine Lagarde y Ursula von der Leyen se esfuerzan por proporcionar recetas salvadoras: dar a la UE un nuevo significado a través de un “Green Deal”, relanzar la economía mediante la puesta en marcha del euro digital, completar la Unión Bancaria y lanzar una Unión de Mercados de Capitales, crear una «ventanilla única» para la Unión Aduanera…, pero la verdad es que su suicida subordinación a la potencia estadounidense en decadencia, lleva a la UE a carecer dramáticamente de estrategia propia, rodeada de fuerzas continentales que sí la tienen. Tres ejemplos:

1. La estrategia de EE.UU. es apartar a toda costa las economías europeas del mercado asiático y del gigantesco desarrollo potencial de una Eurasia articulada. Por una parte, les hace seguir bloqueos y agresiones comerciales contra Rusia que sólo perjudican los intereses económicos europeos, impidiéndoles el acceso a la inmensa riqueza del mayor territorio del mundo. Por otra, intenta abortar cualquier conexión de Europa con la Ruta de la Seda china (“un cinturón una ruta”). Mientras, EE.UU. se procura, golpe a golpe, tres corredores con acceso a Europa occidental y oriental, así como a la Eurasia occidental (Bielorrusia, Ucrania, Moldavia y los Balcanes), constituyendo el particular “cinturón y ruta” estadounidense, con el dólar, petróleo, gas, armas y tropas circulando cada vez más a sus anchas bajo la mirada entre ladina y servil de la UE, con su Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad Común, el sr. Borrell, dispuesto a servir de felpudo a quien quiera que ocupe la Casa Blanca. Y claro, EE.UU. se beneficia para sí de las inversiones dadas por Europa al conjunto de esa vasta región: “ayudas” económicas, inclusión en su mercado interno, protección financiera…


2. Turquía, Arabia Saudí e Israel se proponen reconfigurar toda Asia occidental, cada uno con su propio proyecto de expansión y de conexión con los planes de EE.UU. Y todos con el obstáculo de Irán enfrente. Entre los tres (más USA) están generando un auténtico caos de destrucción y barbarie en toda la zona, yihadistas y paramilitares por medio, cuyas principales consecuencias salpican directamente a Europa en forma de éxodos masivos y afectación de futuros abastecimientos energéticos.


3. Rusia y China cada vez fortalecen más vínculos para una posible Eurasia que estará a la cabeza del mundo, con su Banco de Desarrollo, su petro–yuan–oro, su Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, su Asociación Económica Integral Regional que representa el 30% PIB mundial, su Fondo de Fomento, su sistema propio de compensación de intercambio, su Bolsa Internacional de Energía o su plan de infraestructura y desarrollo intercontinental, que lleva llamando a las puertas de Europa desde hace largos años.

 

Pero en lugar de abrirse al mismo, la UE acompaña como obediente subordinada a EE.UU. en sus guerras económicas, políticas y militares contra ese proyecto. Cavando con ello su propia fosa. Actualmente, ya hemos visto, se ha mostrado patéticamente incapaz de albergar ni siquiera una política sanitaria común ni de enfrentar la pandemia colectivamente. Desde que la elite capitalista se negara a pagar impuestos, los Estados han ido enflaqueciendo en sus funciones públicas, las cuales han ido siendo traspasadas al capital privado (otras dos de las razones para las que se constituye la UE). El impacto de la pandemia está poniendo a todos de acuerdo en la activación del cajero automático europeo. Nadie quiere pagar impuestos, casi todo el mundo mira indiferente a la destrucción del Estado social en manos de empresas privadas, pero ahora todos quieren ayudas del Estado (hasta Burger King y Mac Donalds nos piden solidaridad). Sin ingresos, con cada vez menos porciones de la economía en sus manos, ¿cómo pueden los Estados hacer ese milagro? Sólo hay una manera: a través de grandes millonadas de “dinero mágico”, sin valor alguno asociado a la producción, del mismo calibre que el que se han venido inventando para salvar a las Grandes Empresas y Bancos “demasiado grandes para caer” (alrededor de 15 billones de dólares sólo entre las principales economías mundiales) y hacer creer que el sistema capitalista sigue funcionando. Pero en lugar de ayudar a las sociedades, demasiadas de las enormes sumas de ese “dinero mágico” distribuidas por la UE van directamente a los bolsillos de las mafias. Comida basura, actividades contaminantes, grandes organizaciones criminales, gigantes tecnológicos, son los principales beneficiarios de la crisis, aparte de la Gran Empresa y la Gran Banca, con actividades a menudo difíciles de separar de las anteriores.

Mientras, desde principios de 2020 la pandemia ha empeorado trágicamente las condiciones de vida de la mayoría de la población mundial, ya seriamente golpeada por el último estallido de la Larga Crisis, en 2007-2008. Hoy que la economía se va descosiendo, ningún bombardeo de propaganda de los grandes media puede esconder el colapso práctico e ideológico de esa excrecencia del capitalismo degenerativo que es el neoliberalismo. Su escandaloso fracaso al lidiar con el covid-19 es manifiesto y refleja el declive de todo “Occidente”.

¿Alguien se ha parado a sacar conclusiones de porqué en China y Vietnam sí han intervenido bien frente al virus, y en Cuba, a pesar del incesante asedio que sufre desde hace más de medio siglo, se le tiene altamente controlado, al tiempo que exporta atención contra el covid-19 al resto del mundo? ¿Alguien ha reflexionado sobre el lío que se ha montado en Gran Bretaña ante el Breixit y el “bloqueo comercial” de unos días, y cómo estaría si llevara alrededor de 60 años totalmente bloqueada por el mundo “occidental”, como Cuba, o como Venezuela durante ya dos décadas, países que, entre otros, siguen asediados en plena emergencia sanitaria mundial por nuestras “democracias”?

Aquí, tras meses de sufrimiento de la pandemia, atravesamos una segunda ola y según nos dicen estamos a las puertas de una tercera. Los casi únicos mecanismos para combatirla han sido de nuevo los cerrojazos de negocios, el encierro de la población y los toques de queda (tácticas de guerra aplicadas a la sociedad). Todos estos meses desde la primera ola no se han aprovechado para aumentar significativamente las unidades de emergencia, que siempre nos dicen que “corren el riesgo de saturarse”. Ninguna inversión estructural seria en mejorar los servicios de salud pública, en revertir su obscena privatización, en mejorar las condiciones de trabajo de sus profesionales ni en reforzar permanentemente sus plantillas. En el maravilloso mundo del capital la medicina preventiva no tiene cabida (ya que no da beneficios a las grandes compañías farmacéuticas). Como circula por eso que llaman “redes sociales”, “pensar que las grandes farmacéuticas estén interesadas en la salud es como creer que las empresas fabricantes de armas están interesadas en la paz”.

Hay ya una sensación generalizada de abatimiento. Ya no circulan las bromas en “whatsapp”, ya no hay aplausos desde los balcones, el calor y la solidaridad vecinal se esfuman, la ciudadanía hace lo que puede por protegerse y a la vez no deprimirse del todo, pero los casos no dejan de multiplicarse. Buscamos cierta “libertad”, “contacto” y “capacidad de hacer” a través de mecanismos como los “Zoom meetings”, pero al final son estos últimos los que nos han engullido y multiplicado nuestra ansiedad y nuestro esfuerzo. Las elites y sus poderosos medios de difusión están empeñados en hacernos soñar con una recuperación venidera. Pero el pasado no va a volver. Esta pandemia es sólo un paso más de la decadencia de un sistema que se muestra crecientemente incapaz de mantener su economía a flote ni de preservar la salud de sus poblaciones, como ya expliqué al comienzo de 2020 (https://blogs.publico.es/dominiopublico/30412/empiezan-los-20-los-terribles-20/), antes de saberse que se nos venía tal pandemia. Ante el derrumbe económico que ahora nos cae encima, el colapso del hábitat, el tiovivo climático, la destrucción social, las sucesivas crisis sanitarias, de hambre, de pérdida de agua potable que azotan al mundo, el agotamiento de los bancos de pesca… ¿qué esperamos?, ¿quizás que sea el turismo el que salve a la humanidad?

No, el futuro no va a ser lo que era, viene un mundo diferente, con cada vez menos empleo en una economía digitalizada y automatizada, y con cada vez más riqueza concentrada en menos manos, Grandes Grupos que se fusionan, ministros y ministras que después de servir sus intereses ocupan altos cargos en ellos… Sin Banca ni Farmacéuticas públicas, con pensiones, coberturas y servicios menguantes, pero con cada vez más sofisticados sistemas de vigilancia, control y creación de “realidad”, la ciudadanía queda desamparada.

Y no, el pasado tampoco va a volver, ni el «viajero masa global» (desempleado) va a reaparecer, a pesar de que nuestras “izquierdas integradas” se empeñen en querer regresar al keynesianismo y en prometernos que en adelante el capitalismo se hará bueno estando ellas, aunque sea de forma subordinada, en el gobierno (qué triste ironía, la mayoría de los PC europeos tiraron la toalla justo en la fase de derrumbe del capital. Hoy vemos a algunos de ellos intentando levantar la economía capitalista y dar imposibles recetas socialdemócratas, animándonos a “vencer juntos al virus” y a convencernos que “de esto sólo salimos juntos”, como si la sociedad no estuviera dividida en fuertes intereses de clase, y unos no se estuvieran forrando a costa de la desgracia de los más. Por supuesto que mientras dicen esas frases bonitas, y no arredrados por sus propias contradicciones, practican el seguidismo de las directrices de la OTAN, de la UE y del orbe gran-empresarial).

Con los demócratas estadounidenses el mundo no será mejor. Tampoco con un capitalismo en caída libre que nos deja con cada vez menos medios de vida. ¿A nadie le parece que en vez de intentar desesperadamente reanimarle o blanquearle no es hora ya de emprender políticas valientes de ruptura, de movilización y lucha social, al estilo de lo que proponen Amaia Pérez y Gonzalo Fernández en https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/si-hamster-dejara-mover-rueda-capitalista-ii_129_6490108.html? El ciclo de convulsiones y posiblemente de transformaciones se acelerará en 2021 a pesar de todas las pandemias. A demasiadas izquierdas les pillará, una vez más, con el pie cambiado.

Andrés Piqueras. Sociólogo Universitat Jaume I.

 

Publicado enInternacional
Luis Arce destina el 10 por ciento del presupuesto a la salud para enfrentar el rebrote

El presidente de Bolivia busca garantizar la vacunación masiva

Bolivia superó la barrera de más de mil contagios de coronavirus por día. El 30 de noviembre se había registrado la cifra más baja con 45 casos positivos en un día, según el ministerio de Salud.

 

Pese a que las autoridades habían previsto un rebrote hacia fines de enero en Bolivia, los contagios de coronavirus aumentaron de forma preocupante en las últimas jornadas. El país volvió a superar la barrera de más de mil contagios por día en comparación con el 30 noviembre, cuando se había registrado la cifra más baja con 45 casos positivos, según el ministerio de Salud. Frente a un escenario complejo, el presidente Luis Arce aprobó el presupuesto general de 2021 por el que destinará los "recursos necesarios" para la compra de las vacunas contra la covid-19. También promulgó el impuesto a las grandes fortunas y la devolución del Impuesto al Valor Agregado (IVA), dos de sus principales promesas de campaña para salir de la crisis que atraviesa el país.

Arce anunció que se harán pruebas masivas para una detección temprana del nuevo virus y también aseguró contar con un plan de salud compuesto por nueve pilares que está compartiendo con distintos sectores antes de su puesta en marcha. Según autoridades departamentales, Santa Cruz ya se encuentra en una fase de rebrote por el incremento de casos y los hospitales municipales están al 95 por ciento de su capacidad. Mientras tanto, en La Paz se hacen "bloqueos epidemiológicos" en barrios para detectar los casos positivos. El ministro de Defensa Edmundo Novillo dio positivo por coronavirus, convirtiéndose así en el primer miembro del gobierno en contraer la enfermedad.

El presidente Luis Arce, quien asumió el pasado ocho de noviembre, aseguró que "ante la urgencia de contar con vacunas, he iniciado gestiones internacionales y he programado un presupuesto para disponer de un lote adicional'' para el 80 por ciento de la población. Con la aprobación de esta ley, Arce garantizó que destinará suficientes recursos para garantizar la compra de nuevas vacunas, además de las que ya tiene aseguradas a través del mecanismo internacional COVAX, que garantiza dosis para el 20 por ciento de la población.

Arce se refirió a la estrategia para vacunar a la población y reconoció que el país enfrenta dificultades para asegurar la provisión de dosis, algo de lo que culpó al régimen encabezado por Jeanine Áñez. "Contrariamente a lo que hicieron otros países que tenían gobiernos legítimamente elegidos, haciendo las gestiones en su debido momento para contar con las vacunas necesarias, el gobierno de facto de Bolivia no lo hizo", denunció Arce durante el acto parlamentario en el que se aprobó el presupuesto 2021.

En ese sentido el presidente electo se comprometió a "concluir todo el programa de hospitales que habíamos trazado, tener toda la infraestructura para enfrentar posibles rebrotes de coronavirus y de otras enfermedades en el país". La nueva ley garantiza un diez por ciento del presupuesto para fortalecer el sistema sanitario boliviano. El presidente de Bolivia también promulgó una ley que crea el Impuesto a las Grandes Fortunas y otra que establece un régimen de reintegro en efectivo del IVA.

Un rebrote que preocupa

El ministerio de Salud boliviano registra hasta el momento 155.594 contagios y 9.106 muertos a causa de la covid-19. Expertos atribuyeron el rebrote anticipado a un relajamiento de las medidas de bioseguridad y, a pesar de las advertencias, los mercados callejeros estuvieron abarrotados por las fiestas de fin de año. En La Paz, las autoridades admitieron que los "cordones epidemiológicos'' para contener la propagación en los barrios más afectados se vieron desbordados.

En Santa Cruz de la Sierra y en El Alto, las ciudades más pobladas del país y las más golpeadas por el nuevo virus, mucha gente dejó de usar barbijos, que no se vieron siquiera en las reuniones de proclamación de candidatos para las elecciones municipales y departamentales que se realizarán en marzo. "En tales municipios el contagio se encuentra desbordado en ambientes cerrados, espacios públicos, persona a persona en cualquier lugar, hogares y otros", indica un duro comunicado del ministerio de Salud. Por ese motivo, la cartera llamó a "implementar medidas más estrictas hasta desacelerar el contagio".

El incremento de los contagios activó las alarmas particularmente en el departamento de Santa Cruz, donde se teme el colapso del sistema público de salud. Debido a la acelerada propagación del coronavirus, el sistema sanitario cruceño está al 95 por ciento de su capacidad, aseguró el director del Servicio Departamental de Salud (Sedes), Marcelo Ríos. "Hay 46 pacientes en unidades de terapia intensiva, lo cual nos está mostrando la situación complicada de la situación ocupacional de los hospitales. Hemos tenido problemas el fin de semana y hoy en conseguir espacios en los terceros niveles, terapia intensiva, cuidados intermedios", detalló el funcionario.

A principios de diciembre, el gobierno de Arce levantó las restricciones para eventos masivos que regían desde marzo pasado, con la finalidad de reactivar la economía del país, una medida que estará vigente hasta el 15 de enero. Las autoridades nacionales resolvieron restringir desde el pasado 25 de diciembre y por dos semanas el ingreso de pasajeros provenientes de Europa hasta el próximo ocho de enero para evitar otro rebrote y el ingreso de la nueva cepa de la covid-19 identificada en el Reino Unido

La semana pasada el país registró durante dos días consecutivos más de mil casos nuevos diarios de covid-19 después de alrededor de tres meses en los que la cantidad de contagios por día fue inferior a esa cifra, lo que levantó las alarmas en las principales regiones y ciudades que empezarán a aplicar algunas medidas de contención.

Una de las víctimas de esa nueva y peligrosa ola fue el propio ministro de Defensa Edmundo Novillo, quien se convirtió en la primera autoridad contagiada de coronavirus en el gabinete de Luis Arce. Novillo fue diagnosticado con la enfermedad luego de someterse a una prueba PCR por un "malestar físico" que presentó desde la semana pasada, según un escueto comunicado difundido por la cartera de Defensa. "Inmediatamente se tomaron las medidas necesarias y su salud se encuentra estable", agrega la nota oficial. En su ausencia, el ministro de Gobierno Eduardo del Castillo asumió temporalmente las funciones de forma interina.

Publicado enInternacional
Miércoles, 30 Diciembre 2020 05:41

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

El Cambio global es un problema social y político urgente. Necesitamos una cultura laica y humanística que sepa asimilar el conocimiento científico para hacer frente al Cambio Global

Se entiende por Cambio Global al conjunto de cambios ambientales que afectan a la Tierra como sistema. De estos, los controlables son los factores de origen antropogénico, que afectan a las funciones de los ecosistemas proveedores de los servicios ambientales necesarios para nuestra supervivencia y bienestar. Estos servicios se suelen clasificar en servicios de abastecimiento (alimentos, agua, madera, energías renovables, etc.), de regulación (regulación hídrica, depuración del agua, fertilidad natural del suelo, control de la erosión, polinización, control de plagas y especies exóticas invasoras) y culturales (disfrute recreativo, estético, espiritual, etc.) (EME, 2011).

Las actividades humanas que más inducen el Cambio son la transformación de uso del suelo, el calentamiento climático inducido, la contaminación de atmósfera, aguas y suelos, las perturbaciones en los ciclos biogeoquímicos, la introducción de especies exóticas invasoras y la sobreexplotación de los ecosistemas.

Dado que el Cambio Global obedece a múltiples relaciones causales, con efectos a diferentes escalas espaciales y temporales, su evolución es incierta. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisiones por parte de los gestores y la comunicación con los diferentes grupos sociales.

El Cambio Global incluye el cambio climático o calentamiento global, donde se ha puesto el peso de las políticas internacionales y los umbrales de alarma más conocidos por la población. También incluye la pérdida de diversidad biológica amparada por los objetivos incumplidos una y otra vez del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB), ya que la mayoría de los países no reconocen la importancia de la biodiversidad para la supervivencia de sus poblaciones a largo plazo. A pesar de la evidencia proporcionada por la Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés)

Aunque el Cambio Global es un problema social que atañe a toda la humanidad, ya que precisa de cambios urgentes y revolucionarios en los modos de vida, otros temas menores nos distraen de la solución. Por el momento, y a pesar de los esfuerzos individuales de personas concienciadas, no parece que haya una respuesta coordinada, adecuada y contundente ante tal amenaza de calibre planetario.

Ante los intereses monetarios de grandes corporaciones y la complicidad de los políticos, la inacción y dispersión de las acciones ciudadanas adolece de la fuerza necesaria para presionar convenientemente a los gobiernos, últimos responsables de la aplicación de las correspondientes medidas y propuestas por las directivas y convenios internacionales.

Entre las causas de esta aparente desidia o falta de voluntad de la sociedad podemos incluir:

  • La ignorancia de gran parte de la sociedad para entender adecuadamente temas científicos y ambientales complejos.
  • La dificultad de las personas para comprender las relaciones y las tramas ecológicas que nos hacen dependientes de la biosfera, así como el efecto de las perturbaciones de las actividades humanas en intensidad y extensión sobre los ecosistemas a corto y largo plazo.
  • La gente quiere certezas y rechaza la incertidumbre característica del avance científico en general y del cambio global en particular, esperando respuestas y soluciones rápidas.

Las reacciones psicológicas más frecuentes ante los efectos de un cambio global varían desde:

  • La negación de los hechos (bien utilizada por los negacionistas del cambio climático).
  • La delegación de responsabilidades en terceros (políticos, científicos o líderes armados de soluciones tecnosalvadoras),
  • La inacción basada en las creencias que siguen los dictados de falsos dioses, ya sea en los designios divinos restauradores, ya sea en la diosa madre naturaleza esperando que reajuste su equilibrio ecológico.
  • El afrontamiento del problema con bienintencionadas medidas individuales pero que a veces pueden resultar contraproducentes por su parcialidad y su efecto rebote.

Sumado a estas actitudes y comportamientos dispares de diferentes grupos sociales la ciudadanía se encuentra dividida por las distracciones que el poder utiliza para perpetuarse (aislar y dividir, confundir, enfrentar, crear opinión y silenciar las contrarias, generar miedo para ofrecer soluciones parciales, ofrecer lideres falsos etc.).

Las barreras psicológicas que impiden y dificultan una acción conjunta e integrada de la población ante el Cambio Global y la demanda política de su solución disminuirían con un mejor manejo de la incertidumbre a través de una educación laica y mejora de la información, educación y formación ambiental.

Conclusión

Para luchar contra el Cambio global y adaptarnos a un mundo cambiante y de incertidumbre creciente se requiere dotar a la sociedad una nueva cultura eco - lógica y, por tanto, laica, que integre los aspectos humanístico-científicos y que implique desde lo local a individuos, entidades y estamentos y se coordine internacionalmente.

Para ello es necesario redundar en una mayor y mejor educación y formación cultural que capacite para comprender y asimilar los mensajes científicos en general y los de índole ambiental en particular, en un marco humanístico que postule unos principios básicos de ética ecológica y equidad humana. Lo que constituiría las bases de un mayor poder social para elegir y destituir a los responsables políticos que no estén a la altura de alcanzar los retos ambientales prometidos.

 

Por Ana María Vacas Rodríguez. doctora en Biología. Ha sido Profesora asociada del Departamento de Ecología de la UCM e Investigadora del Centro Investigaciones Ambientales de la Comunidad de Madrid Fernando González Bernáldez. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérrez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

30/12/2020

Publicado enMedio Ambiente