Sábado, 04 Abril 2020 06:26

El miedo, el Covid-19 y un virus peor

El miedo, el Covid-19 y un virus peor

Las emociones son de las pocas condiciones que le son comunes a todas las personas, más allá de sus determinaciones sociales e históricas. El miedo, la rabia, la tristeza y la alegría, por sólo mencionar algunas emociones básicas, no tienen distinción de raza, clase o sexo, las sienten igual el niño que el viejo, el europeo que el africano, la mujer que el hombre. Son comunes, en tanto, son sensaciones que responden a los estímulos externos que nos envuelven en la cotidianidad.

No obstante, si bien las emociones las pueden sentir todas las personas, su contenido tiene grandes variaciones de grupo a grupo y de condición social a condición social, es decir, la experiencia emocional esta condicionada por el tipo de sociedad y por la trayectoria sociohistórica del sujeto que la experimente.

El miedo, en tanto emoción es una respuesta a la percepción de peligro inmediato, pero también la anticipación a un mal posible; en ambos casos la amenaza excede la posibilidad de control de las personas implicadas. Hoy, esa incontrolable emoción llamada miedo, tiene un origen común a escala global; el Covid-19. Esta pandemia que hace pocos días era un “problema de los chinos”, sin mayor importancia para el resto del mundo, ha acelerado la crisis sistémica que traía el mundo poniendo en jaque a los sistemas sanitarios de variedad de países, pero también a los mercados financieros e incluso a los sistemas civilizatorios y formas de relacionamiento que conocemos.

Pero ¡ojo! El hecho que el miedo producido por el Covid-19 sea generalizado, no implica que la experiencia social e individual ante el fenómeno sea la misma. Como lo plantea la socióloga Margarita Olvera, sentir miedo es algo “innato”, pero la intensidad y el tipo de miedo dependen de las relaciones y condicionamientos sociales en los que el ser humano está inmerso, así como de la historia de las mismas. En esa medida, ante el peligro inmediato conocido por el mundo con el nombre de Covid-19, pero que representa mucho más que un riesgo biológico mundial, no se puede esperar, por parte de las personas, un tipo de reacción apegada a un manual universal. La experiencia del miedo no es igual en una persona con tranquilidad económica que en una que resuelve su día a día vendiendo dulces en las plazas de cualquier metrópoli del llamado “tercer mundo”, en este caso, es absolutamente diferente tanto la absorción de la emoción como la respuesta al estimulo.

El sociólogo Norbert Elias argumentó en su momento que ante la percepción de peligro el organismo humano se prepara para movimientos rápidos, la digestión disminuye y el corazón palpita más rápido, más sangre irriga los músculos y el esqueleto se prepara para que brazos y piernas estén listos para huir o para pelear, es decir, hay una respuesta instintiva y visceral al estimulo. En la coyuntura actual tal respuesta instintiva al estimulo se expresa en las personas que salen a “(re)buscar” el dinero que les permita pagar el alquiler y la comida mientras pasan las medidas de cuarentena decretadas por los gobiernos. Ellos salen y rompen la norma, violan la Ley, aunque esto les pueda costar el contagio del virus, una multa e, incluso, palizas por parte de las autoridades, y hasta la prisión según las últimas medidas adoptadas en muchos países. Esa respuesta al estimulo por parte de las personas empobrecidas, puede explicarse al considerar que el virus, en tanto fenómeno biológico y mediático, sigue siendo más lejano para ellos que el miedo al hambre, un miedo mucho más cercano, no sólo en la actual coyuntura, sino durante toda su vida.

La respuesta instintiva también se evidencia en el ciudadano con posibilidad económica para asumir la cuarentena, quien, ejerciendo una obediente ciudadanía, se queda en casa y llama a la gente a quedarse en casa, pero, con acceso informacional a todo el mundo funciona como un ciudadano hiper-conectado e hiper-informado, y a su vez un ciudadano hiper-exaltado e hiper-temeroso, lo que lo hace susceptible a responder violentamente contra las personas que salen a la calle, sin importarle las razones que los motivaron a salir. Si para evitar que salgan a la calle se deben tomar medidas totalitarias y violentas por parte de los gobiernos, bienvenidas sean, pues la consigna es “¡Quédate en tu puta casa!” No importa en que condiciones o si no tienes casa, quédate en tu puta casa –para que no me pongas en riesgo.

Así, lo que en comerciales de televisión y vídeos replicados por personalidades de la farándula en todo el mundo parece un sencillo llamado a cuidarnos, se convierte en una bomba de tiempo en países empobrecidos, en donde no existen ni se generan condiciones económicas y psicosociales para el encierro, máxime si se comprende que el miedo, como cualquier otra emoción, pocas veces se experimenta sin estar asociada a otras emociones, sentimientos y acciones, en ese sentido, se pueden presentar formulas como: miedo y xenofobia, expresadas por ejemplo en comentarios de personalidades públicas de Colombia y España, y replicado por ciudadanos del común, que indican que se debe priorizar la atención sanitaria y social a los ciudadanos nacionales y “no gastar la capacidad pública en inmigrantes”; miedo y violencia domestica, llegando a extremos como los vistos en la ciudad de Cartagena con un triple feminicidio en pleno confinamiento; miedo y clasismo, expresado en las agresiones verbales y la furia generalizada contra las personas que, empobrecidas, se aglomeran en las afueras de las sedes de gobiernos pidiendo ayudas, o salen a vender sus productos a las calles.

Así, el Covid-19 se convierte en un monstruo de muchas cabezas: con una acelera la crisis acumulada en los mercados financieros, avisando que la recesión es inminente y que la economía no será la misma luego de que pase la pandemia; con otra aterroriza a las personas que más que al contagio temen al precario sistema de salud y por eso prefieren quedarse en casa; una más, ataca a los más vulnerables entre los vulnerables, a aquellos que le temen al contagio y al sistema de salud, pero mucho más a no tener con que comer, razón por la que se arriesgan a salir a las calles para ganarse el sustento diario; pero, además, al Covid -19 le queda una cabeza para ocuparse de los “ demócratas”, pues la necesidad de controlar la propagación lleva a que quienes defendían a rajatabla las libertades civiles se refugien en el autoritarismo y pidan medidas “duras” para combatir el miedo.

Hoy, en todo el mundo, millones aplauden medidas policivas y restrictivas de la libertad para combatir la crisis del Covid-19, piden que las fuerzas militares patrullen las calles, que haya cárcel para los que no se queden en casa. En países como Perú, ya eximieron de responsabilidad a los militares que maten o hieran a personas mientras patrullan en las calles. Hasta los más libertarios, movidos por el miedo, piden “mano dura” contra las personas que violen la cuarentena.

Sin embargo, ni el miedo al virus ni el miedo al castigo de las autoridades, conseguirán que los empobrecidos se encierren a morir de hambre en sus propias casas, esto enfrenta al mundo, sobretodo a las periferias del mundo como Colombia, a una complicada realidad: los que temen al hambre saldrán a la calle a pesar de todas las medidas que tome el gobierno, mientras los que temen al virus, pedirán a toda costa que se endurezcan las medidas contra los primeros.

Así, ante un mundo que no será el mismo después de la pandemia, ante una sociedad que se encuentra en transición hacia un nuevo estadio difícil de predecir, cobra relevancia la frase de Gramsci, según la cual, “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos". Esos monstruos ya no serán virus biológicos devenidos en pandemia, puede ser algo peor, algo ya vivido en la historia de la humanidad y que produjo más muertos que los generados por el Covid-19; ese nuevo monstruo podría ser el viejo y conocido virus del fascismo. “Pandemia” que, a diferencia del Covid-19 o cualquier otro virus conocido, no sólo produce miedo y muerte, sino que vive y se nutre de él.

Por Juan David Muñoz Quintero, sociólogo, integrante del Centro de Estudios de Opinión –CEO- de la Universidad de Antioquia

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América Latina retrocede al período colonial

Los grandes conflictos en el mundo actual giran en torno a la lucha por la superioridad tecnológica. La guerra comercial entre China y Estados Unidos la ganará quien consiga el liderazgo en inteligencia artificial, definida por algunos analistas como "la electricidad del siglo XXI".

Sin embargo, los países de América Latina profundizan su tradicional rezago en investigación y desarrollo (I+D). Si esta tendencia se mantiene, y todo induce a pensar que no habrá cambios, los países de la región serán el patio trasero de la superpotencia de turno, ahora de EEUU y mañana tal vez de China.

Lo más grave, empero, es que estamos retrocediendo al mismo lugar que ocupamos durante la Colonia: exportadores de materias primas (commodities) e importadores de productos manufacturados. Esta realidad profundizará la dependencia de los países latinoamericanos y los condenará a seguir siendo los más desiguales del mundo.

Los datos de los últimos años avalan esta apreciación.

Brasil, México y Argentina, los tres países que concentran casi el 90% de la investigación latinoamericana, muestran caídas significativas en su inversión, luego de una década de crecimiento entre 2007 y 2016: Brasil del 2%, México del 3% y Argentina del 10%, según el informe El estado de la ciencia publicado por la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología.

La inversión promedio de la región en I+D en 2016 fue del 0,67% del PIB, que equivale apenas al 3,1% del total planetario. "La inversión en América latina cayó por segundo año consecutivo, lo que constituye un cambio de la tendencia que había arrancado en el año 2000", dijo Rodolfo Barrere, uno de los coordinadores del estudio.

El reciente informe sobre patentes en el mundo, elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), señala que la región sigue cayendo ya que la solicitud de patentes en 2018 representó apenas el 1,7% del total mundial, frente al 3,1% que había representado en 2008. América Latina es la única región del mundo donde cayó el número absoluto de patentes registradas: en 2008 fueron 59.550 y en 2018 solo 56.000.

En el mismo lapso, Asia pasó del 50% de las solicitudes de patentes en el mundo, al 67%, lo que muestra la pujanza del continente, el único que mantiene un crecimiento constante. La inversión en I+D entre los países desarrollados (OCDE), gira en torno al 2,5% del PIB; en Asia-Pacífico es el 2,4% y en América Latina apenas el 0,7%, según datos del Banco Mundial.

En 2019 la inversión en I+D cayó de forma estrepitosa en Brasil, el único que superaba el 1% de inversión en el sector. Mientras el presupuesto militar de Brasil creció un 22% respecto al año anterior, el gasto en ciencia y tecnología se despeñó un 12% y el de educación un 16%.

Si observamos la evolución de la lista de las 500 supercomputadoras más veloces del mundo, el resultado es igualmente desalentador. El único país que aparece en la lista es Brasil con tres superordenadores, vinculados a la petrolera Petrobras.

China encabeza la lista con 228 superordenadores, duplicando la cantidad de EEUU (con 117) y a enorme distancia de Japón (con 29). Pero diez años atrás, China ocupaba un modesto quinto puesto (con 21 superordenadores), mientras EEUU ostentaba la supremacía absoluta con 277. América Latina, por el contrario, quedó estancada.

El economista brasileño Marco Antonio Martins sostiene que su país está muy lejos de incorporarse a la Cuarta Revolución Industrial, ya que no tiene la menor capacidad para desarrollar la manufactura 4.0. Para la región es un desastre, ya que Brasil es el único que tiene capacidad de desarrollar tecnologías propias y de arrastrar a sus vecinos.

​Martins divide los países en tres categorías, respecto a I+D: aquellos que disputan la vanguardia tecnológica, como Alemania, EEUU y China; los que intentan encontrar un espacio para cambiar el paradigma tecnológico, como India, y aquellos como Brasil que "están simplemente ignorando la cuestión". Considera que Brasil tendrá más dificultades con las tecnologías digitales que las que tuvo en la era fordista de la producción en cadena.

El primer problema que enfrenta Brasil, según Martins, es la incapacidad del Estado para encarar un proyecto de desarrollo con continuidad y que no sea capturado por intereses particulares. Para eso es necesario crear centros de planificación estatales y que las decisiones macroeconómicas se subordinen a las directrices industrialistas.

El segundo problema es que Brasil aún no consiguió "internalizar el paradigma tecnológico de la microelectrónica", ya que no tiene grandes empresas nacionales con dominio de esas tecnologías clave en lo que fue la Tercera Revolución Industrial. Peor aún, porque el país perdió la empresa mejor capacitada para operar en esa área: la aeronáutica Embraer, entregada a Boeing.

En estas condiciones, Brasil se limitará a ser mero usuario de las nuevas tecnologías, sin la capacidad de crearlas o desarrollarlas de forma independiente. Por eso el economista sostiene que su país "va a sobrevivir eliminando puestos de trabajo" y se limitará a "importar cada vez más equipamientos, insumos y bienes acabados".

En suma, será un país de subocupados, con una industria pequeña generadora de pocos empleos y desligada de las cadenas de tecnologías más sofisticadas.

Desde hace casi un siglo, "la economía nacional no se encontraba en una situación tan colonial", concluye Martins. La participación de la industria en la generación de riqueza es similar a la de 1940, antes del proceso de industrialización generado bajo la segunda presidencia de Getulio Vargas (1951-1954) y la de Juscelino Kutbitsheck (1956-1961).

Si la anterior es la situación de Brasil, la única potencia regional con posibilidades de salir del subdesarrollo, puede imaginarse el futuro del resto de la región, tironeada entre la subordinación a EEUU y la alianza con China: en ambos casos, destinada a ser mera exportadora de materias primas.

21:15 GMT 03.02.2020(actualizada a las 00:24 GMT 04.02.2020) URL corto

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Sábado, 02 Noviembre 2019 07:24

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil está sólidamente alineado con EEUU, pero además se está convirtiendo en la espada de Washington: se permite juzgar a los gobiernos de la región, violentando las elementales normas diplomáticas y está tejiendo alianzas con los mismos países alineados con el imperio.

Tres datos centrales permiten llegar a esa conclusión. El primero es la reacción del presidente Jair Bolsonaro al triunfo electoral del peronismo en Argentina. El segundo es que aprovecha la coyuntura para poner en duda el futuro del Mercosur. Finalmente, en su gira por Asia y Medio Oriente consiguió tejer acuerdos con Arabia Saudí, el principal aliado de Washington en el mundo.

Bolsonaro dejó de lado las mínimas normas de cortesía diplomática para criticar frontalmente la elección de Alberto Fernández, al punto que se negó a felicitarlo por su victoria en primera vuelta. El canciller Ernesto Araújo fue más lejos aún, al decir que "las fuerzas del mal están celebrando" el resultado argentino, agregando que se trata de "una de las peores señales posibles".

Es cierto que Fernández tampoco fue diplomático, al pedir en su primer discurso, luego del triunfo del domingo 27, por la libertad de Lula, el expresidente de Brasil preso en el marco de la investigación Lava Jato. Este choque de presidentes no augura nada positivo para las relaciones bilaterales y para el Mercosur.

El Gobierno brasileño adoptó una actitud anormal en la región, incluso para los más conservadores. "Desde que asumió el gobierno, Jair Bolsonaro puso a Nicolás Maduro y La Habana como sus mayores enemigos en el hemisferio", escribe el periodista Jaime Chade. Según el diario El País, el canciller envió instrucciones a sus diplomáticos para promover una reunión de las Naciones Unidas para atacar a Cuba, aún en contra de la opinión de sus diplomáticos.

El articulista considera una profunda hipocresía que "se llame a Maduro como dictador y a Cuba como amenaza, mientras cierra los ojos para decir, con orgullo, que tiene afinidad con un príncipe saudí acusado de las peores atrocidades", en referencia a sus excelentes relaciones con el príncipe saudí Mohamed Bin Salmam. Quizá porque el gobierno de Riad anunció inversiones por 10.000 millones de dólares en Brasil.

La segunda cuestión la trajo el hijo del presidente, Carlos Bolsonaro, una especie de comunicador informal del gobierno. Con una argentina peronista, dijo en un tuit, Brasil debe rever el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, apuntando a su deseo de separar a Buenos Aires de la alianza regional.

En este punto es necesario recordar que EEUU siempre se opuso a la integración regional sudamericana, y sólo admitió un Mercosur volcado a las relaciones comerciales, desconfiando de cualquier alianza política entre Argentina y Brasil, los únicos países que por su peso económico, político y diplomático pueden arrastrar a toda la región en una dirección determinada.

EEUU ya consiguió, desde los gobiernos de Macri y Bolsonaro, que la UNASUR fuera desactivada, pero ahora puede congratularse de que el Mercosur también atraviese dificultades. Hasta ahora las relaciones comerciales entre ambas naciones sudamericanas eran importantes. El principal mercado de las exportaciones argentinas es Brasil, relevante para la industria por la venta de autopartes, ya que el resto de sus exportaciones son commodities agrícolas sin valor agregado.

La tercera cuestión es que Brasil está promoviendo un viraje hacia Asia y Oriente Medio, en busca de mercados y de inversiones. De hecho se convirtió en uno de los países más atractivos para los inversores, en la medida que derriba las barreras ambientales y laborales, así como las restricciones al capital extranjero en áreas sensibles como los hidrocarburos.

El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí desembolsará 10.000 millones dólares, un dato que fue hecho público luego del encuentro entre Bolsonaro y el príncipe heredero Bin Salman. Por otro lado, el jefe de gabinete de Bolsonaro, Onyx Lorenzoni, aseguró que ambos gobiernos formarán un consejo que definirá los sectores apropiados para efectivizar las inversiones.

Entre los intereses de los sauditas figura la construcción de un ferrocarril de casi 1000 kilómetros, desde el corazón agrícola de Mato Grosso hasta Pará, en el extremo norte del país, cuyo costo oscila en los tres mil millones de dólares. En paralelo, el fondo soberano de Abu Dhabi se mostró entusiasmado por las inminentes privatizaciones en Brasil.

En efecto, Brasilia espera recaudar 325.000 millones de dólares en los próximos años, en las subastas previstas en pozos petroleros, puertos y aeropuertos, pero también con las privatizaciones de empresas estatales como el correo.

Si este plan funciona, además de un profunda desnacionalización del país, Brasil puede conseguir los fondos necesarios para superar una crisis económica que ya se arrastra cinco años, desde el comienzo del segundo Gobierno de Dilma Rousseff, en 2014. Lo hace, además, apelando a los socios estratégicos de EEUU, ya que en su visita a China se habló de mejorar las relaciones comerciales pero no se mencionaron inversiones.

Por último, el Gobierno de Brasil está haciendo gestiones para un segundo encuentro con el presidente Donald Trump, en noviembre. Según relataron diplomáticos a Folha de Sao Paulo, este encuentro "sería una oportunidad especial para consolidar al jefe del Palacio del Planalto como líder regional, frente a procesos complicados en el vecindario sudamericano: Chile, Bolivia y Venezuela".

Este punto es relevante y puede tener consecuencias a largo plazo. Al parecer, la nueva visita de Bolsonaro a EEUU fue iniciativa de los senadores republicanos Marco Rubio y Rick Scott. Luego de la década progresista, entre 2003 y 2015, en la que Washington sufrió cierto aislamiento en la región sudamericana, ahora está recuperando posiciones, para lo que necesita de aliados fuertes con llegada a todos los países.

Brasil se ofrece como la espada de EEUU en una región inestable y cada vez más volcada contra el neoliberalismo. Las masivas protestas en Chile, que durante décadas fue el aliado más estable de Washington en la región, son una llamada de alerta para la diplomacia de la Casa Blanca. En esta nueva coyuntura, Brasilia aparece como un aliado más confiable y sumiso a los intereses del capital financiero y del imperio.

20:02 01.11.2019

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¿Planea Trump usar la bomba nuclear contra Afganistán e Irán?

 

«Podría ganar esa guerra en una semana. Pero no quiero matar a 10 millones de personas. Afganistán podría ser borrado de la faz de la Tierra», dijo el presidente de EEUU en su encuentro con el primer ministro de Pakistán Imran Khan el 22 de julio. ¿Con qué arma se puede matar a 10 millones de seres humanos y aniquilar un país de 37 millones de habitantes en unos días? En esta misma reunión, Trump  renovó sus amenazas a Irán: «Estamos listos para lo peor«, aunque ya el 21 de junio le comunicó al mundo que podría lanzar un ataque militar devastador sobre Irán, y no porque Teherán hubiese enviado un buque militar a las aguas de EEUU o que hubiese fabricado bombas nucleares de forma ilegal, como lo han hecho sus amigos Pakistán, India e Israel, sino simplemente como medida para que «llegue a la mesa de negociaciones y abandone su intento de desarrollar armas nucleares». Un día después de que Irán derribase un avión no tripulado de EEUU en su cielo, Trump insinuaba algo tan inquietante que el mundo prefirió ignorar: “No estoy buscando la guerra (¿en serio?) y, si la hay, será una destrucción como nunca se ha visto” y que «si Irán quiere pelear, ese será el fin oficial de Irán”. Días después, el hombre que está a cargo de unas 5000 ojivas nucleares dio más pistas a los periodistas sobre sus planes: cualquier guerra con Irán «no duraría mucho, te lo aseguro. No duraría mucho. No estoy hablando de botas en el suelo”.

El escenario está listo: el portaviones de propulsión nuclear Lincoln ya está en el Golfo Pérsico; el año pasado, el Comando de EEUU para Europa (USEUCOM) participó en Israel en el simulacro militar llamado «Juniper Cobra», que prepara el despliegue de las fuerzas de la OTAN y EEUU desde Europa para apoyar a Israel en su guerra contra Irán. En 2017, EEUU y un grupo de países europeos participaron en los ejercicios militares Blue Flag también en suelo israelí, exhibiendo las bombas nucleares B61-12 de los occidentales, pues las del propio Israel (al menos unas 200) “todas [están] apuntando a Teherán” reveló Colin Powell, el Secretario de Defensa de Bush. El arsenal israelí incluye las Municiones Especiales de Demolición Atómicas (Special Atomic Demolition Munitions– SADM),  mal llamadas “mini-bombas nucleares”, que pueden contener hasta 1 kilotón de TNT, causando un “mega” daño al espacio atacado; tres de los seis submarinos Dolphin – regalados  por Alemania a Israel y que costaron a los contribuyentes unos 1300 millones de euros-, tienen capacidad de lanzar misiles nucleares. Éste país bombardeó en 1981 el reactor nuclear de Iraq y en 2007 el de Siria, ambos con la previa autorización de EEUU.

 

¿Para qué Trump usaría armas nucleares?

 

El 13 de abril de 2017, Donald Trump hizo estallar en Afganistán GBU-43, la bomba no nuclear más poderosa del mundo, y ocultó el número de la víctimas. Su objetivo no era otro que exhibir la línea de su política exterior y regalar 14.6 millones de dólares de la caja publica a las compañías de armas, bajo el pretexto de destruir unos túneles “yihadistas” armados con palo y daga.

Las acciones de Trump contra Irán muestran que busca fórmulas que justifiquen, ante la opinión pública, una respuesta militar “merecida”,  aunque de momento no se atreve a pronunciar las palabras “ataque nuclear”. No pretende un “cambio de régimen” en Teherán sino continuar con el Proyecto de reconfigurar Oriente Próximo, destruyendo Irán como la gran potencia de la región y asegurar el dominio de EEUU en la zona empapada del Oro Negro y de influencia chino-rusa. La primera barrera para que un presidente de EEUU lance un ataque nuclear sobre una nación, aunque se presente como “limitado”, es que carezca de un mínimo nivel de ética, y como el propio Trump confiesa, él es el candidato: las víctimas civiles de una bomba nuclear, dijo, son una desafortunada «realidad de guerra«, y que él a diferencia de otros presidentes posee la «fortaleza moral para hacer lo que debe hacerse» para proteger a EEUU y sus aliados. Los NeoCon tienen prisa para acabar con Irán a través de él, puesto que no hay garantía de que volviese a ser elegido en 2020. Sheldon Adelson, el magnate sionista que donó 45 millones de dólares a la campaña electoral de Trump pidió a EEUU en 2013 que efectuase un “ataque nuclear preventivo” en áreas no pobladas de Irán como táctica de negociación. “Entonces dices: ¡Mira! El siguiente está en el medio de Teherán [¡con 12 millones de habitantes]. Luego vendrán a negociar”. Algunos medios estadounidenses, que le presenten a Trump como “Madman”, un presidente chiflado, simplemente pretenden convertirle en la cabeza de turco de una posible catástrofe de esta magnitud, si llega a suceder, para un plan diseñado desde hace años.

Entre los objetivos:

Recuperar el temible poder de EEUU perdido frente a China. En 1945 lo hizo matando al instante a 200.000 japoneses enviando un mensaje a la Unión Soviética, la ganadora de la Segunda Guerra Mundial. La salida de Trump del INF, el Tratado sobre Armas Nucleares de Medio Alcance, firmado con la Unión Soviética en 1987 o destinar 1.2 billones de dólares para renovar el arsenal nuclear en los próximos 30 años, forman parte de esta política.

Buscar una victoria rápida y contundente sobre Irán, evitando una larga guerra que pueda poner en peligro a Israel y Arabia Saudí.

La dificultad del traslado de cientos de miles de soldados y un gran equipamiento al Golfo Pérsico y Oriente Próximo para derrotar a Irán en una guerra “cuerpo a cuerpo”.

Desconocer la capacidad militar de Irán para una guerra convencional y las dudas que tiene EEUU al respecto, son factores que aumentan la probabilidad del uso de la bomba nuclear por parte de EEUU e Israel.

El 2 de febrero de 2018, en el documento de la Revisión de la Postura Nuclear (NPR) de EEUU para abordar las supuestas “amenazas sin precedentes” de otras naciones, se nombra concretamente a Irán, y eso antes de que Trump saliera del acuerdo nuclear: «Irán conserva la capacidad tecnológica y gran parte de la capacidad necesaria para desarrollar un arma nuclear en un año después de decidir hacerlo«, por lo que ha decidido “persuadirle” con una serie de pasos que empezaron con su salida del acuerdo y declararle país patrocinador del terrorismo continúan con la militarización de todas sus fronteras.

 Donald Trump llegó a plantear un “ataque quirúrgico usando misiles Trident» (que llevan cabeza nuclear) contra Daesh – unos cuantos miles de hombres armados con espada, alojados en las ciudades poblados de Irak y Siria.

El temor a una “locura” de Trump le llevó al Comité de Relaciones Exteriores del Senado, el 14 de noviembre de 2017, estudiar una ley que impidiera al presidente lanzar un ataque nuclear. Cuenta la prensa que el secretario de Estado Rex Tillerson fue destituido justamente por llamarle a Trump “maldito imbécil”, después de que el presidente le sugiriera al Pentágono aumentar hasta diez veces el arsenal nuclear. Si tenemos armas nucleares, ¿por qué no podíamos usarlas? Había preguntado a sus asesores.

Una de las misiones de Trump es, posiblemente, romper el tabú del uso de las armas nucleares, siete décadas después: “no os preocupéis, son tácticas y limitadas”, insinúa el hombre convertido en presidente gracias a una macabra burla de la historia.

27 JULIO 2019

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Martes, 25 Junio 2019 06:38

El plan de los millonarios

Palestinos queman una figura con la bandera de Israel y la imagen del rey de Baréin en Hebron, Cisjordania.

 

La pequeña isla de Baréin se convertirá a partir de hoy en espacio de promoción del proyecto de inversiones de Estados Unidos para Palestina, una iniciativa que forma parte de su “acuerdo del siglo” para el conflicto palestino-israelí, pero que no tendrá representación institucional de ninguno de ellos. Dirigido por el yerno y consejero del presidente estadounidense Donald Trump, Jared Kushner, este encuentro bautizado “De la paz a la prosperidad” es el capítulo económico de un plan para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos, cuya presentación fue aplazada varias veces. La reunión arrancará esta noche con una cena en un lujoso hotel en Baréin que, como otros Estados árabes del Golfo, empieza a hacer causa común con Israel debido a su compartida hostilidad por Irán. La administración estadounidense busca movilizar más de 50.000 millones de dólares para los palestinos para grandes proyectos de infraestructuras, educación, turismo y comercio.

Los ministros de Finanzas de los países árabes del Golfo, el secretario estadounidense del Tesoro, Steven Mnuchin, y la directora general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, figuran entre los invitados. La Autoridad Palestina boicotea el encuentro, ante la ausencia de una mención al fin de la ocupación israelí. “Esta conferencia económico no tiene sentido”, declaró el lunes el primer ministro Mohammad Shtayyeh durante una reunión del gobierno. “Lo que Israel y Estados Unidos intentan hacer ahora es simplemente normalizar sus relaciones con los árabes a expensas de los palestinos”. 

A su vez, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas subrayó: “Necesitamos el apoyo económico, el dinero y la asistencia, pero antes que nada hace falta una solución política (...) No podemos aceptar que Estados Unidos circunscriba todo (el conflicto) a una cuestión económica”, subrayó.

La presentación el pasado fin de semana del tan esperado y controvertido plan de 50.000 millones de dólares de Estados Unidos para Palestina ha generado más indiferencia que comentarios en los países árabes. A falta de conocer más detalles sobre el proyecto de inversiones, algo que se espera se produzca en el foro, los palestinos han rechazado la reunión y la opinión pública israelí lo considera irrelevante. Ninguna de las dos partes tendrá representación institucional en el encuentro de Baréin, aunque sí habrá empresarios e instituciones privadas y exfuncionarios israelíes.

Además, seis periodistas de Israel están entre los escasos informadores afortunados que han recibido acreditación para acceder a las sesiones y no un mensaje inventándolos a seguirlas por internet. La representación oficial será escasa. El Líbano, un país clave en el conflicto, no estará presente, como tampoco lo estarán otros países árabes, como Irak o Kuwait.

Dos actores fundamentales de la región, Jordania y Egipto, han optado por enviar delegaciones encabezadas por viceministros. Los que sí han respaldado la iniciativa estadounidense son Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, países que visita en estos momentos el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo. 

Según el programa de la reunión, está previsto que Kushner haga la presentación inicial en la noche de hoy y que el grueso de las intervenciones y paneles tengan lugar mañana. Tomarán la palabra desde el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hasta el ex primer ministro británico Tony Blair, pasando por representantes de organismos multilaterales de crédito, como la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y de grandes corporaciones y medios árabes. También asistirá, aunque como moderador, el secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, uno de los responsables de finanzas que estarán en el foro.

 Todo esto pasará frente a un país que apenas conoce los detalles de la reunión. La prensa de este reino de apenas un millón y medio de personas, escenario de una dura represión contra la oposición tras la primavera de 2011 y que hace tres años ilegalizó a los principales partidos de la oposición, no ha publicado mucho sobre el evento. La poca información de los preparativos sale de la agencia estatal.

En una de las contadas referencias directas, un importante diario bareiní publicó ayer una columna del embajador estadounidense, Justin Hicks Siberell, en la que agradece al país por ser anfitrión por del evento, además de servir de base para la V Flota estadounidense.

Aunque la seguridad aparentemente no ha experimentado un aumento sustantivo, activistas han denunciado en las últimas semanas un incremento de las redadas contra jóvenes líderes opositores. En las redes sociales también se han multiplicado los llamamientos a exponer símbolos palestinos en rechazo a la reunión, y los grupos políticos opositores que están en el exilio han organizado actividades para criticar el foro.

“Hay un consenso nacional entre el oficialismo y la oposición de rechazo al taller”, indicó desde El Líbano, Bager Darwish, el presidente del Foro de Baréin para los Derechos Humanos. En ese sentido, indicó que si no fuera por la represión, la disolución de los partidos políticos y la prohibición tácita de la protesta, habría manifestaciones en contra del foro.

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Sábado, 27 Abril 2019 06:33

El dinero es amor

El dinero es amor

”Love is money”, dijo Kevin Whitaker, embajador norteamericano en Bogotá, ante un grupo de legisladores colombianos con los que estaba desayunando en su residencia. Estados Unidos podría dejar que “querer” a Colombia si ellos no apoyaban al presidente Iván Duque en “las objeciones” presentadas en un capítulo de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana en 2016, cuando el presidente era Juan Manuel Santos. Whitaker les decía que necesitaban la aprobación de “las objeciones”, aunque eso implicara desconocer a la justicia colombiana o a la Constitución. De modo que si no se aprobaban su país retiraría su cariño: “Love is money”. Básicamente, Duque quiere “objetar” algunos puntos vinculados a las pruebas necesarias en caso de que Estados Unidos reclame la extradición de algunos ex miembros de las FARC, previa acusación de narcotráfico.


Fue en los primeros días de abril. Dos tandas de legisladores de casi todos los partidos, dos desayunos, dos días consecutivos. Huevos con panceta y un café cargado fue el menú de ambos días. Aunque el embajador pidió discreción, un legislador habló (ya le retiraron la visa) y todo salió publicado en El Espectador. En una de las rondas, uno de los legisladores preguntó por qué Estados Unidos no hacía público su reclamo. Whitaker dijo que no podía, porque los acuerdos fueron acompañados y aprobados también por un enviado del entonces presidente Barack Obama. Quedaba mal. Pero en el patio trasero a los representantes del pueblo, que es un abstracto y que cuando toma cuerpo es el cuerpo que cae acribillado en plena noche o en plena mañana, Estados Unidos se considera con derecho a pedirles que voten lo necesario, aunque hayan hecho pública o prometido la posición contraria.
Hace dos semanas hablábamos de la oscuridad pública. Vale la pena ampliar la idea. Porque como vemos, aunque haya un intersticio y algo no conveniente se publique, los mecanismos de control de información están tan aceitados, que esa noticia no tiene más destino que la llama de un fósforo. Aunque alumbre el crimen más horrible o una injerencia impudorosa como la de Whitaker: se ve, pero no se ve. Se sabe, pero todo el mundo sigue con su vida como si no lo supiera.


Dos tandas de seis legisladores colombianos fueron a escuchar la recomendación de la embajada en un tema crucial, y uno de los principales diarios publicó todo. No se movió ninguna estantería. El vasallaje está naturalizado. La hipocresía se da por sentada. No hay tiempo para procesarlo. Muere gente sin parar y específicamente mueren los líderes sociales –mueren asesinados por bandas paraestatales– asignados para reconstruir las redes sociales en los territorios que ocuparon durante décadas las FARC. Entre 2018 y lo que va de 2019 llegan a más de cuatrocientos los líderes eliminados. Está claro que Estados Unidos tiene pensado qué hacer con esos territorios: no serán el hábitat natural ni bucólico de ninguna comunidad local. Los quieren para ellos y para hacer otra cosa.


En Perú, donde no hubo Diálogos de Paz, llegan a doscientos los líderes y las lideresas asesinados en estos dos años. Allí la presencia de pueblos originarios que defienden sus recursos naturales es mayor, y contra ellos actúan las patotas que los acribillan delante de sus familias, como escarmiento a las comunidades. Como en Honduras, como en Guatemala, como en El Salvador, como en Chile o la Argentina, se trata de activistas de pueblos originarios que se oponen a represas, a mineras, a agrotóxicos, a madereras. De los más de cien líderes asesinados el año pasado en Perú, sólo uno tiene una causa judicial que aparentemente avanza. Los otros asesinatos también se naturalizaron. Se ven, pero no se ven. Se saben, pero la gente continúa con su vida como si no lo supiera.


La oscuridad pública cubre un amplísimo abanico de temas que, aunque lleguen a ser publicados, nunca son interconectados ni llegan a ser enunciados con la relevancia que tienen. “El mayor enemigo de la gente es la confusión. La gente tiene que entender en qué mundo vive”, dijo hace ya algún tiempo Julian Assange, a quien ahora en Gran Bretaña ni siquiera le dejan tomar contacto con sus abogados. Es que no hay enemigo mayor para los guardianes de la oscuridad pública que aquel que aporte más fósforos para que la realidad se haga visible. Porque tenemos eso: fósforos. El poder de las cámaras y los flashes, el poder de la reproducción invasiva de las redes, lo tienen ellos.


En América Latina, ante los 800 millones de euros reunidos en un par de días para la reconstrucción de Notre Dame, fueron muchas las publicaciones de protesta porque la agenda mundial que hizo centro y foco en el incendio de la catedral parisina mientras continúa manteniendo en penumbras otros incendios, innumerables crímenes, la destrucción de ciudades enteras, como la siria Aleppo, como la palestina Gaza. Es cierto. Pero tenemos otras formas de Aleppos y Gazas aquí rozándonos, tenemos crímenes de lesa humanidad rondándonos, tenemos una derecha tutelada por mandantes que nos exigen un cinturón de castidad para que el otro polo de poder emergente en el mundo –Rusia y China– no les quite su Dorado.
Hay incendios descomunales en la Amazonia, donde Estados Unidos hace por primera vez en la historia sus ejercicios militares. Los incendios son intencionales. Empresas vinculadas a los agronegocios quieren convertir en sabana la selva, para hacerse ganaderos. Y donde no incendian, talan. Somos el escenario central de la catástrofe que sobrevendrá si no damos vuelta el rumbo. Destruirán el pulmón del planeta. Envenenan el agua. Matan a quienes viven donde ellos necesitan más rentabilidad. Hablarán de narcotráfico y terrorismo, como siempre. Los mismos que inventan a los terroristas y los arman. Los mismos que corrompen Estados para que sus fuerzas de seguridad sean cooptadas por el narco.


La oscuridad pública lo que ampara es la muerte. Y Estados Unidos siempre tuvo mucho más que ver con la muerte que con la libertad. Ese es el mundo en el que vivimos, y ésas son las desgracias a las que nos quieren arrastrar, trasladando la lógica de la guerra que impera en Medio Oriente. Mientras tanto, los pueblos convertidos en audiencias chorrean baba por odios o fascinaciones inventadas al solo efecto de hacerles creer que viven en un mundo que no es éste.

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“No estamos frente al capitalismo, sino que vivimos en su mundo”

Discípulo de Althusser, ha escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los dominados.

Hay formas de pensar no diferente sino en disidencia, de no repetir el agotador mensaje del diagnostico del mal y, al mismo tiempo, de descubrir las posibilidades infinitas de la acción humana. El filósofo francés Jacques Rancière pertenece a esta dinastía de los rebeldes con magia y argumentos. Quien se acerque a su profusa obra saldrá con sus convicciones trastornadas. Discípulo de Louis Althusser, Rancière ha sin embargo escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los obreros y los dominados. La palabra obrera, La noche de los proletarios o La filosofía de los pobres fueron los primeros libros que publicó a partir de los años 70. Le siguió un cuerpo de obra monumental cuyo centro ha sido siempre la emancipación humana, la lucha de clases y la igualdad. Rancière es un insurgente inspirado que, en los últimos años y a partir de obras como El odio a la democracia, El espectador emancipado, Los tiempos modernos, Arte, tiempo, política o ¿En qué mundos vivimos? ha atraído a un público joven y comprometido, hastiado del pensamiento que se consume como un plato congelado cocinado en un microondas.


Es un pensador realista cuando escribe: “no estamos frente al capitalismo sino que vivimos en su mundo”. Cine, teatro, literatura, exploración de los lazos entre política y estética son igualmente temáticas que integran su obra en una búsqueda constante de comprender la multiplicidad de los tiempos en los que vivimos. Porque para el filosofo francés nacido en Argelia en 1940, la idea de que existe una suerte de modernidad única, un tiempo universal y lineal es una construcción tramposa. No hay una línea temporal sino varias a lo largo de las cuales se despliegan nuestras realidades y rebeldías . Esa pluralidad del tiempo es, según expresa en esta entrevista con PáginaI12 realizada en París, una de las posibilidades más ricas de reconstruir una acción colectiva y efectiva. En suma, una semilla para derrotar al sistema. Adepto de las brechas, las islas o los instantes de rebeldía, Rancière defiende la idea de que los movimientos de protestas sólo tienen éxito cuando logran detener el curso del tiempo e instaurar, por un momento, otro, fuera de las agendas del sistema. Son semillas de autonomía que producen bosques de transformación. Revoluciones, movimientos de protestas, posibilidades de acción contra el liberalismo, extremas derechas y ocaso de las izquierdas centradas y de las extremas son algunos de los temas que el filósofo francés borda en esta entrevista, donde lo esencial es la posibilidad humana de la emancipación ante un sistema de opresión voraz.


–El sistema liberal mundial cerró con candado todas las posibilidades de una transformación fría, es decir, sin violencia, mediante la concertación y la negociación. Usted, en su abundante obra, postula un modo de acción espacial y temporal casi como única legitimidad de acción colectiva para confrontar al sistema.

–He tratado de demostrar que ya no hay más un poder central concebido como una fortaleza y la posibilidad de un asalto contra esa fortaleza. El capitalismo está en todas partes de la vida social, no estamos frente a él sino que vivimos en su mundo. Sin embargo, el capitalismo es también frágil. Su ley choca en todas partes con resistencias locales y puntuales. En todas partes se han dado una serie de revueltas protagonizadas por comunidades específicas contra le extensión del poder capitalista y el poder del Estado. Creo que en una situación como esta es importante que se desarrollen comunidades que tengan sus propias agendas políticas sin estar sometidas a las agendas parlamentarias porque estas se han vuelto de alguna manera agendas del Estado. En casi todos nuestros países los sistemas representativos han pasado a ser agentes del Estado, han dejado de ser una parte del poder popular. Una política efectiva o alternativa al sistema capitalista y al poder del Estado que está cada vez más integrado al poder capitalista puede existir únicamente de forma autónoma, es decir, con gente capaz de crear sus formas de organización, sus agendas y sus propios medios de acción. Se trata de desarrollar movimientos con una autonomía lo más amplia posible. Pueden ser formas de autonomía política separadas de las agendas parlamentarias, puede ser una autonomía económica a través de la creación de una red alternativa de producción, de consumo y de intercambios, o formas de autonomía ideológica o incluso militares, como en México por ejemplo. De todas maneras, esto no tiene nada que ver con las ideas que antes se tenían sobre la insurrección. Hemos dejado de estar en esa situación en la que se creía que el capitalismo produce su propia desaparición. La lógica marxista enunciaba que el capitalismo creaba un modelo de producción que lo haría explotar. Está claro que no es así. Incluso se pensó que el capitalismo se alimentaba a si mismo con el trabajo pero ya sabemos que el capitalismo lo que hace es destruir el trabajo para perpetuarse. No hay ninguna expectativa de que el capitalismo produzca el socialismo, ni tampoco de que el pueblo armado se rebele porque los obreros como las armas han desaparecido. No hay ni horizonte definido, ni fuerzas identificables. Lo que si vemos es la creación puntual de autonomías locales específicas en donde el sistema de dominación es frágil y se lo puede atacar y a partir de las cuales pueden constituirse fuerzas alternativas. Luego, esas zonas de autonomía extienden su poder tanto como pueden.


–En su filosofía la idea del tiempo y del papel que este juega tanto en los sistemas hegemónicos como en los intentos de trastornarlos es fundamental. Usted escribe al respecto que “una política de emancipación existe bajo la forma de una interrupción del tiempo”.

–Se tiene siempre la idea según la cual están, por un lado, los movimientos efímeros y, por el otro, las estrategias a largo plazo. Pero la historia del mundo es bastante diferente. Cuando se crean alternativas al sistema de dominación siempre ocurren durante momentos singulares. Las revoluciones fueron momentos singulares que duraron días, semanas, meses o años. Esto equivale a decir que el orden normal de las cosas fue interrumpido, que, en ciertos momentos, las reglas normales desaparecen, que el tiempo queda suspendido y al mismo tiempo se acelera porque los movimientos generan altas velocidades. Un ejemplo de ello es lo que pasó en Francia en Mayo de 1968: el orden normal del gobierno y de la economía de pronto se detiene, el tiempo se para, se bloquea. Y cuando el tiempo se detiene la gente empieza a reflexionar sobre la sociedad y se lanzan iniciativas que tienen efectos muy rápidos. Estamos entonces en una situación que el sistema no previó.

–¿El movimiento de los chalecos amarillos en Francia responde acaso a esa lógica?


–-Se trata de un movimiento interesante porque, al principio, fue protagonizado por una categoría de gente que nunca protesta. Y es interesante también porque es un movimiento de gente relativamente madura, de personas que no son oriundas de una tradición de la izquierda pero que terminan por adoptar formas pertenecientes a la izquierda internacional. Ocuparon las rotondas como los jóvenes indignados ocuparon las plazas en Madrid. Se pronunciaron a favor de una democracia horizontal, lo cual corresponde al anarquismo de la juventud intelectual. Creo que fue efectivamente un momento de suspensión que empezó como protesta contra un impuesto ecológico y acabó poniendo en tela de juicio todo el sistema. Después, los chalecos amarillos fueron un movimiento que se vio paralizado porque no sabía exactamente qué quería más allá de sus reclamos iniciales. No había un horizonte final, pero no es culpa de ellos sino porque es así: no hay horizonte final y nadie sabe hacia dónde mirar. Los chalecos amarillos reflejaron la situación global de los movimientos de protesta de los últimos años durante los cuales se vieron formas de interrupción del tiempo que al final se trabaron porque tuvieron un tiempo autónomo que no sabía hacia dónde se dirigía. Ocurre entonces que esos movimientos o se agotan o los gobiernos los transforman en enfrentamientos. Así se pierde la originalidad política de la situación.


–Esto equivale a pensar que resulta imposible constituir lo que usted llama “una comunidad de lucha contra el enemigo”.


–Se han creado esas comunidades de lucha y muchas obtuvieron victorias. Han sido victorias puntuales, locales. Pero en realidad, en la historia de la emancipación siempre ha sido así: hay momentos de emancipación colectiva. Esos momentos pueden ser pensados como etapas dentro de una temporalidad extensa y, al mismo tiempo, como momentos en cuales la gente vivió con libertad y en igualdad. Serían como los momentos de los movimientos: vivir cierto tiempo en plena libertad colectiva. Se crean espacios, brechas, oasis, y se busca desarrollarlos, pero no es evidente. Por eso me gusta la idea de la ocupación de las plazas, de los espacios, porque indica que cuando se ocupan los espacios se crea otra forma de temporalidad.


–¿Cómo durar más allá de esos momentos?


–Ha habido intentos de crear movimientos que vayan más allá de la protesta para prolongarse en el tiempo hasta convertirse en movimientos capaces de organizar formas de vida alternativa. La historia nos demuestra sin embargo que fueron esos movimientos autónomos los que consigueron victorias, incluso parciales, contra el capital y el Estado. Hoy vemos claramente que ni los partidos revolucionarios ni los sindicalizados llegaron a ganar algo. No. Cuando hay medidas que van en contra del trabajo lo más eficaz no es la acción de los sindicatos sino la de los movimientos autónomos como los indignados, la noche de pie o los chalecos amarillos. Las estrategias de los partidos o los sindicatos ya no valen nada. Las fuerzas de la izquierda han sido integradas al Estado y llevan a cabo una política similar a la de las fuerzas de la derecha. Es paradójico porque al mismo tiempo que no sabemos hacia dónde se dirigen esos movimientos, son, de hecho, los únicos movimientos reales que impugnan al poder. En Francia, la izquierda tradicional no existe más. Queda por ahí ese presunto populismo de izquierda que intenta recuperar lo que hay y dotarse de una fuerza parlamentaria: Syriza en Grecia, Podemos en España o Francia Insumisa aquí. Pero esos partidos no organizaron ninguna lucha victoriosa contra el enemigo. En cambio, movimientos como los indignados sí lo hicieron. En Grecia, por ejemplo, Syriza cambió de bando. Al final, tenemos movimientos que nos sabemos hacia donde van pero son los únicos que existen.


–Esas tres izquierdas europeas, la de Grecia, Francia y España, al final no desembocaron en nada. Están en una situación de ocaso lento.


–A mi me llamó mucho la atención el hecho de que en España, Podemos, cuando se constituyó, su primera acción consistió en presentar una lista para las elecciones europeas en vez de actuar allí donde su acción tenía un sentido. Creo no obstante que, como la izquierda adoptó en todas partes el perfil de la derecha, hay un lugar para la izquierda de la izquierda. Sin embargo, hasta ahora, esa izquierda de la izquierda no fue capaz de organizar ninguna acción autónoma.


–¿Qué deberíamos reformular? ¿Hacer un inventario de toda la herencia de la izquierda revolucionaria y la de transformación y, desde allí, pensar en otra cosa?


–La única herencia real con lo que contamos hoy es la herencia que nos dejaron los movimientos momentáneos. No hay herencia de los partidos de izquierda, ni tampoco de los partidos revolucionarios que apenas consiguen escasos porcentajes en las elecciones. No estoy diciendo que se debe rechazar a los partidos de la izquierda. Se trata de constatar la verdad. En Francia, la resistencia al liberalismo ha sido tal vez más fuerte que en otros lados, pero sólo gracias a la herencia de mayo del 68 y no a los partidos de la izquierda que, más bien, lo que hicieron fue confiscar esa herencia.


–Lo efímero es entonces lo trascendente.


–Lo efímero es lo que rompe el curso del tiempo de la dominación y lo que deja una herencia. No es sólo una herencia sentimental sino que son hechos. En Francia, las victorias obtenidas contra la reforma de la jubilación (1995) y contra una ley de reforma laboral en 2006 se consiguieron por la herencia de mayo del 68 y no por la acción de los partidos de la izquierda.


–Las extremas derechas son la gran figura renacida del panorama mundial. Fueron creciendo proporcionalmente al ocaso de la socialdemocracia. Para usted, ¿ese retorno es un momento efímero o veremos un arraigo temporal más consistente?


–El fenómeno mayor, para mi, no es el de una extrema derecha que regresa después de haber estado escondida. No, lo esencial es cómo la derecha tradicional se fue a los extremos. En la medida en que la izquierda implementa la misma política económica y social que la derecha, la derecha tuvo que buscarse una figura especifica para existir. Es por eso que la derecha necesita radicalizarse y apelar a toda una serie de instintos y pasiones que hace 30 años no necesitaba. Antes, la derecha se presentaba como una fuerza de centro, medio liberal, medio modernista. Ahora eso se acabó. Para existir en el parlamento deben radicalizarse. Por eso no pienso que la extrema derecha sea una expresión de las clases populares. Ese es el análisis oficial. El auge de la extrema derecha se debe a la radicalización de la derecha. Desconfío de la idea acerca de un supuesto arraigo popular de la extrema derecha. La idea de un pueblo francés racista que tiene enfrente a los inmigrados ha sido construida por todo un sistema de propaganda.


–Hago una escala en uno de sus libros más bellos: “Los tiempos modernos”. Por lo general se habla de “modernidad” y no de tiempos modernos. ¿Cuál es la diferencia entre la modernidad y los tiempos modernos?


–-Para mi la idea de la modernidad es totalmente falsa, tanto como el enunciado según el cual la modernidad ha funcionado como una declaración de la autonomía del arte. Siempre traté de demostrar que era lo contrario, es decir, que si existía una modernidad artística ésta consistía en la voluntad de unir el arte con la vida y no de hacer que el arte fuera autónomo. Con este libro quise demostrar que no existe una temporalidad de la modernidad sino que hay varias maneras de construir la modernidad. Tiempos Modernos porque son varios y varias: está la modernidad económica y la modernidad industrial y ambas no se corresponden con la modernidad política o espiritual. No hay un sólo tiempo moderno. Una historia con una gran H y un tiempo homogéneo no existe. Hay, sí, temporalidades diferentes. También se ha acuñado la falsa idea de que la modernidad es un proceso continuo dentro de un tiempo único y similar. No, no hay tiempo sino tiempos. El arte y los artistas crean en cierto momento un tipo de tiempo moderno que no es en nada homogéneo. Es una suerte de paradigma de la modernidad, una manera de ligar el tiempo, el movimiento, la comunidad, el presente, el futuro.


–Hoy vivimos dentro de varios tiempos dictados por la tecnología y dentro de la noción de “pos”: pos modernidad, pos verdad. Se evoca así el fin de todo pero todo sigue…

–El término pos, en realidad, corresponde un poco al discurso del intelectual cansado que dice “todo está terminado”. Ya se empezó a decir que todo estaba terminado en los años 1820…En aquella época ya se hablaba de la literatura industrial y se afirmaba que la literatura y la cultura se habían terminado, que sólo importaba el mercado. Hace dos siglos que se afirma esto. Este discurso le conviene a todo el mundo: tanto a quienes se presentan como los últimos defensores de la civilización como a los que se creen innovadores de un nuevo tiempo y portavoces de ese tiempo. Son nociones sin interés porque después, bueno, todo sigue, continúa, no estamos ni en el pos ni en el fin de la civilización. Es una construcción falsa aunque sea intelectualmente tan útil para los filósofos crepusculares como para los se creen vanguardistas. Es un doble juego donde, en lo que atañe a la verdad, se decreta que la verdad se ha terminado, que los hechos carecen de importancia y que lo importante es el análisis y la interpretación porque estamos más allá de todo, en un pos infinito. Aquí vemos claramente que estamos ante a una forma de administrar la opinión en donde los hechos han dejado de ser necesarios y donde lo importante es integrarlos en un sistema de explicación preexistente y, por consiguiente, no hace falta que los hechos sean verdad.
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Sábado, 13 Abril 2019 06:39

El mismo linaje

El mismo linaje

Para el presidente Donald Trump es una demostración de fuerza. Para el presidente ecuatoriano, Lenín Moreno, también es una demostración, pero de servilismo. Son las categorías con las que parece moverse la nueva diplomacia de Washington en la región. La expulsión del jefe de Wikileaks, Julian Assange, de la embajada ecuatoriana en Londres para que sea extraditado por Washington, desnuda estas dos caras de la estrategia que ejecutan el vice Mike Pence y su amigo, el secretario de Estado –o canciller– Mike Pompeo.

Pompeo es un ultraconservador, ex jefe de la CIA, quien, según un larguísimo informe de The New York Times, es admirador y amigo de Joel C. Rosenberg, “un autor de gran éxito de ventas y una poderosa fuerza en el movimiento evangélico”. De padre judío y madre cristiana, Rosenberg vive en Jerusalén. Algunos de sus libros tratan sobre las profecías del fin del mundo.


En el 2013 le preguntaron en Fox News al mentor de Pompeo si la guerra en Siria podría llevar a las profecías del fin del mundo, de los libros de Isaías y Jeremías, a lo que respondió muy seriamente: “no lo sabemos con seguridad, aunque es posible porque estas profecías aún no se han cumplido”.


En un discurso en la Iglesia Summit, en Kansas, Pompeo denunció que “vivimos en una América donde adorábamos a otros dioses y la llamábamos multiculturalismo y respaldaba a la perversión y se la llamaba un estilo de vida alternativo”. Hacía referencia a los pueblos originarios y a los homosexuales, con lo cual generó una fuerte polémica.


Esta persona, que está a cargo de la diplomacia norteamericana, convocó a Elliot Abrams, un desaforado anticomunista de la Guerra Fría, responsable de agresiones militares ilegales y operaciones de espionaje y desestabilización en Centroamérica, para colaborar en asuntos latinoamericanos. El viernes, cuando se conocía la expulsión de Assange de la embajada ecuatoriana, Pompeo terminaba una gira de 72 horas que abarcó Chile, Perú, Colombia y Paraguay. El objetivo general de este paseo relámpago fue confirmar la ofensiva contra Venezuela y Cuba.


Ante la detención de Assange, los medios corporativos, en vez de explotar contra esta agresión que pone en riesgo lo que se supone es su propia función, han buscado la forma de encubrirla. Dos principios democráticos elementales como el derecho de asilo y la libertad de expresión fueron atropellados con esta acción del gobierno ecuatoriano promovida por Washington.


Estos medios tratan de disimular las presiones norteamericanas y al mismo tiempo victimizan a la víctima. Acusan a Assange de “traicionar” el derecho de asilo al opinar sobre la situación de otros países. Moreno, ex vice de Rafael Correa, a quien traicionó a poco de asumir, dijo que antes de echar a los perros a Assange, se había “preocupado por garantizar que no fuera enviado a ningún país donde pudiera sufrir torturas o la pena de muerte”.


Mediante WikiLeaks, Assange reveló miles y miles de documentos militares y diplomáticos de carácter confidencial, donde denunció torturas y crímenes de guerra por parte de responsables militares de Estados Unidos en lugares como Irak, Afganistán o Guantánamo y recibió por ello reconocimientos internacionales como el de Amnistía Internacional. Y por la misma razón se ganó el encono de Washington. El asilo que le concedió en su momento el presidente Rafael Correa estaba fundado en las normas que regulan el derecho de asilo. De hecho, esos fundamentos mantienen su vigencia, lo que hace tan grave la decisión de Moreno.


A pesar del esfuerzo para ocultar ahora la presión que ejerció Washington, lo real es que en abril de 2017, el entonces fiscal general de los Estados Unidos –equivalente al ministro de Justicia– Jeff Sessions describió la extradición de Julian Assange como una “prioridad”. Y el actual secretario de Estado, Mike Pompeo, denunció a Wikileaks como “una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos.”


Todo el mundo aplaudió a Assange cuando difundió las atrocidades que se cometían en Irak y Afganistán y luego el espionaje realizado por las agencias estadounidenses de inteligencia a otros gobiernos. El periodista informático australiano se convirtió en una figura paradigmática en todo el planeta, incluso para una gran parte de la opinión pública norteamericana. De ese fenómeno surgió luego el consorcio mundial de periodistas de investigación que difundió las cuentas offshore en Panamá, –los Panama papers– como las de Mauricio Macri. La extradición de Assange solamente tiene una explicación ejemplarizadora: No hay que meterse con el patrón de la vereda.


El ex juez español Baltasar Garzón asiste a la defensa de Assange. Tiene una mirada muy crítica sobre esta medida. Pero además aporta una mirada más abarcadora sobre las políticas de derechos humanos de la gestión Donald Trump.


Entrevistado por el periódico on line Eldiario.es señaló que “Estados Unidos discurre por un camino que nos llevará a todos al desastre. Recientemente amenazó con la prohibición de visados a los miembros del Tribunal Penal Internacional que investiguen casos como la supuesta responsabilidad de miembros de esa alta instancia de militares norteamericanos en Afganistán. Hace unos días retiró el visado a la fiscal del TPI Fatou Bensouda que, junto a sus colaboradores, indaga desde 2016 la posible responsabilidad de soldados estadounidenses entre 2003 y 2004, en crímenes de guerra cometidos en Afganistán”.


Los personajes como Pompeo que impulsan estas acciones que violan los derechos humanos, son los que presionan a los gobiernos conservadores de América Latina para que participen en una ofensiva regional contra Venezuela y Cuba.


La ola conservadora que expulsó a los gobiernos populares de la primera década del milenio en Ecuador, Argentina y Brasil instaló presidentes de derecha que tienen, con sus diferencias, algunos elementos en común.


Tanto Lenín Moreno como Mauricio Macri y Jair Bolsonaro entienden la inserción de sus países en el mundo a través de una política que en los ‘90 se definió un poco en broma como de “relaciones carnales” con la Casa Blanca. Moreno es capaz de atropellar el derecho de asilo como ofrenda al presidente norteamericano Donald Trump. Incluso aún cuando se trata del derecho de asilo en defensa de la libertad de expresión. Macri concedió la instalación en tiempo récord de tres bases militares norteamericanas. Y Bolsonaro visitó recientemente Estados Unidos y se convirtió en el primer presidente extranjero en realizar un insólito paseo guiado por las instalaciones de la CIA. Son concesiones extremas y al mismo tiempo gratuitas porque ninguno de los tres consiguió nada.


Estados Unidos hizo que Brasil no compre más trigo a un país vecino como la Argentina y se lo compre a ellos que están a miles de kilómetros. Washington le impuso una cuota al acero que importa de Argentina y le encajó a Macri la carne porcina norteamericana que nadie quiere en el mundo por la enfermedad que tienen los cerdos de ese país.
Argentina pierde cada vez que negocia con el gigante del Norte igual que Ecuador, que se apropió del edificio de la Unasur. Pero eso sí: Estados Unidos les facilitó la relación con el Fondo Monetario Internacional y sus préstamos condicionados.


Esta relación plena de exagerados gestos de subordinación es común a los tres presidentes. Otro elemento en común es la guerra jurídica organizada por servicios de inteligencia relacionados con sus iguales estadounidenses, más las grandes corporaciones de medios y la cooptación de un sector del Poder Judicial. Los ex presidentes de Argentina, Ecuador y Brasil han sido perseguidos judicialmente como estrategia para difamarlos o arrinconarlos y derrocarlos.


Lula está preso en Brasil sin que le hayan probado ningún delito. Correa está prófugo en Bélgica porque le dieron dos días para presentarse en un juzgado de Quito, lo que era materialmente imposible. Y Cristina Kirchner tiene más de diez causas penales en su contra. La cantidad, solamente demuestra la intención persecutoria de hacer show y escándalo.
Los tres presidentes tienen en común esa vocación subordinada a Washington y surgieron del uso de la guerra jurídica impulsada desde allí como herramienta para combatir a gobiernos populares que ellos denominan populistas. Tienen el mismo origen y hasta podría decirse, el mismo linaje, el mismo apellido.

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El encuentro entre Jair Bolsonaro y Donald Trump. ¿El inicio de una nueva época?

La reunión entre Donald Trump y Jair Bolsonaro el pasado martes representa un hito de la actual ola conservadora que vive la región y el mundo. Si bien lo acordado debe ponerse en standby, a la vista de los antecedentes de Trump con Emmanuel Macron y Kim Jong-un, lo más importante de la cumbre presidencial es la sombra proyectada sobre los procesos que viven Latinoamérica y el mundo. En tal sentido, el presente análisis intenta ir más allá del aspecto coyuntural, para entender el significado global del encuentro.


EL ABANDONO DEL AUTONOMISMO.


En primer lugar, la visita de Bolsonaro a Estados Unidos dejó en claro la intención deliberada de abandonar las pretensiones autonomistas del Estado brasileño. La autonomía internacional es un objetivo más o menos sostenido de la política exterior de Brasil desde la época de Vargas, apenas relegado en la primera década de la dictadura y puesto en primer plano por los gobiernos del Partido de los Trabajadores.
Este cambio fue explicitado por Bolsonaro en sus primeras declaraciones al llegar a Estados Unidos, cuando afirmó que, “por primera vez en mucho tiempo, un presidente brasileño que no es antiamericano llega a Washington”. A nivel bilateral, el abandono de la búsqueda de autonomía y la aceptación orgullosa de una posición subordinada a Estados Unidos se evidencia en algunos gestos previos al encuentro presidencial: la exención no recíproca de la necesidad de la visa para los ciudadanos estadounidenses y sus principales socios globales (Australia, Canadá y Japón); la habilitación concedida a Estados Unidos para usar la Base de Lanzamientos Aeroespaciales de Alcántara; el “ofrecimento” de Bolsonaro al secretario de Estado Mike Pompeo de instalar una base militar estadounidense en Brasil (rápidamente retractado a intervención expresa de los militares brasileños) y la inédita visita del mandatario a la sede de la Cia, agencia que venía de espiar mediante escuchas telefónicas a la predecesora de Bolsonaro Dilma Rousseff.


A nivel regional, esto es simbolizado por la decisión de que la primera visita oficial del recién asumido presidente no sea a Argentina, como hicieron todos los predecesores de Bolsonaro en la sexta República. A ello se agrega que los siguientes destinos sean Chile e Israel: el primero, uno de los principales socios estables de Estados Unidos en Sudamérica y principal resistencia a las iniciativas regionalistas desde la década del 80; el segundo, el principal socio en los embates unilaterales estadounidenses al orden multilateral.


A nivel del sistema internacional, esta tendencia a relegar el objetivo autonomista se refleja en la solicitud brasileña de adherir a la Otan y a la Ocde. El argumento es reforzado al considerar la condición impuesta para proceder a solicitar el ingreso a la segunda: la renuncia unilateral de Brasil al estatuto de país en desarrollo en la Omc, que le permitía acceder a un “tratamiento especial y diferenciado” en los acuerdos comerciales suscritos bajo el paraguas del organismo multilateral.


Se relega así la disputa instaurada por los cepalinos y planteada con ahínco por Brasil en los últimos años sobre la relación entre el desarrollo y el subdesarrollo ligada a la dinámica centro-periferia. En términos gramscianos, con esta decisión Brasil cede varios lugares en la guerra de posiciones en torno a la cuestión del desarrollo. Para ejemplificar el punto, pensemos que el estatus de país en desarrollo era esgrimido por el país sudamericano para defender la producción masiva de medicamentos genéricos sin el pago de patentes, lo que le granjeó importantes triunfos en disputas comerciales.


También a nivel sistémico, la solicitud de ingresar a la Otan y a la Ocde refuerza el alejamiento de Brasil de la alianza con China. En fin, habrá tiempo hasta la próxima cumbre de los Brics, que se realizará en noviembre en Brasil para valorar las reales consecuencias, pero la solicitud no debe de haber caído bien a sus socios en el bloque de potencias emergentes.


REALINEAMIENTO CONTINETAL.


En segundo lugar, la visita dejó clara la intención de Bolsonaro de retornar al histórico rol brasileño como garante del orden panamericano y del alineamiento de los países del continente en la hegemonía estadounidense.


El encuentro entre Trump y Bolsonaro es un reencuentro entre el líder hemisférico y su follower predilecto en Latinoamérica. Se ratifica así el alcance hemisférico de la ola conservadora, que renueva la sentencia contra los países díscolos, como Cuba, Nicaragua y Venezuela. Al respecto, el encuentro previo de Bolsonaro con el secretario general de la Oea, Luis Almagro, con quien abordó las situaciones cubana y venezolana, ya dio la pauta sobre las reminiscencias panamericanistas de la visita. Luego, en la cumbre presidencial, el tema de Venezuela fue uno de los puntos centrales. Si bien Bolsonaro evitó decir públicamente qué posición asumiría en caso de una intervención militar liderada por Estados Unidos, claramente evitó rechazar esa opción y dijo que contaba con Estados Unidos para “liberar al pueblo venezolano”. De todos modos, más chocantes fueron las palabras de Trump al afirmar que “llegó la hora final del socialismo en nuestro hemisferio”, con la explícita voluntad de volver a azuzar el anticomunismo para realinear a los países del continente.


TIEMPOS OSCUROS.


Tal vez, lo más novedoso del encuentro fue observar cómo el entendimiento entre Trump y Bolsonaro nos deja frente a una renovada comunión de tinte oscurantista, basada en el fanatismo religioso, el belicismo y el predominio de lo personal y familiar por sobre lo institucional. El cierre de Bolsonaro en la conferencia de prensa conjunta lo dejó claro al repasar los elementos de afinidad con el presidente estadounidense: “Respetamos la familia tradicional, somos temerosos de Dios, contra la ideología de género, de lo políticamente correcto y de las fake news”. Por supuesto que no hay en este discurso posicionamientos que no conozcamos de ambos líderes. Pero lo que asusta es cómo estos elementos comienzan a proyectarse en la política internacional.


En relación con la religión, es fundamental dimensionar el rol que puede tener la oleada evangélica que sufre América Latina (y también el África subsahariana) en la política internacional. Ya lo vimos en el marco del referéndum sobre el acuerdo de paz en Colombia. Este elemento está también detrás del acercamiento de Bolsonaro con Israel.


Por último, es ilustrativo el rol que tuvo en toda la visita el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente brasileño, quien suplió al canciller y para quien Trump pidió un aplauso en medio de la conferencia de prensa. Recordemos que algo similar ha hecho el mandatario estadounidense con su yerno, quien se encarga de los vínculos con México e Israel. Si preocupa el creciente peso que la religiosidad y el belicismo tienen en la nueva dinámica de las relaciones interamericanas, más lo hace la posibilidad de ver la proyección internacional del séquito familiar como forma premoderna de la política.

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Bolsonaro en EEUU: el placer de la sumisión

Mientras la Bolsa de Valores de Sao Paulo bate todos sus récords históricos, superando los 100.000 puntos, el presidente Jair Bolsonaro aceleró el paso de la subordinación de Brasil a la Casa Blanca, y al Pentágono en particular, al liberar la base de cohetes de Alcántara para ser utilizada por EEUU, además de otros países.

 

La visita de Bolsonaro y algunos de sus ministros a Washington tuvo perfiles casi grotescos. El ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, dijo a los empresarios estadounidenses:
"Tenemos un presidente con cojones para controlar el gasto público". Siguió de largo:"Tenemos un presidente que adora la Coca-Cola y Disneylandia", para finalizar la tirada comparando el gasto público con el 'estatismo soviético'.


Días antes de la visita de Bolsonaro a EEUU, el presidente de Petrobras, Roberto Castello Branco, se despachó con una frase que muestra lo que están pensando en el Gobierno: "Como liberales, somos contrarios a las empresas estatales. Petrobras privatizada y el BNDES extinto, serían mi sueño".


La comitiva presidencial se deshizo en elogios y expresiones de 'amor' a EEUU, con este tipo de declaraciones que nunca conforman al oyente, precisamente porque muestran la baja estatura del interlocutor. Mantuvo una reunión con Steve Bannon y una polémica e innecesaria visita a la sede de la CIA en Virginia, la primera que realiza un presidente brasileño.
El hijo del mandatario, el diputado Eduardo Bolsonaro, dijo a los medios que la CIA es "una de las agencias de inteligencia más respetadas del mundo" y que la visita pretendía "abordar asuntos de la región". En sus encuentros afirmó que EEUU tiene la capacidad militar y económica para "liberar Venezuela", contradiciendo la posición expresa de las Fuerzas Armadas de Brasil.


Más allá de los dislates dialécticos, el presidente firmó un acuerdo largamente acariciado por el Pentágono, como es la autorización para usar la base de cohetes de Alcántara "con fines pacíficos", con lo cual EEUU obtiene ventajas, al estar situada muy cerca de la línea ecuatorial, lo que permite abaratar costos de lanzamiento.


En la reunión con Trump, Bolsonaro se negó a descartar la opción de una invasión armada a Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro, en evidente contraste con la posición adoptada por el vicepresidente, general Hamilton Mourao, que descartó esa posibilidad en la reunión del Grupo de Lima en Bogotá a fines de febrero.


Brasil está a la deriva. La estrecha alianza con EEUU es apenas una muestra del desconcierto que ya empieza a calar entre los propios militares. Las declaraciones de los altos cargos resultan aún más desconcertantes. No solo proponen privatizar Petrobras y el banco de desarrollo (BNDES), sino también el Banco do Brasil. Se asegura que Vale —la segunda minera del mundo— en realidad no es privada porque está bajo control de los fondos de pensiones de empresas estatales, y pretenden 'reprivatizarla'. Llegan incluso a barajar la idea de reducir hasta el 50% el funcionariado estatal, apostando a la digitalización para no sustituir a quienes se jubilan


El diplomático Paulo Roberto de Almeida, dimitido del Instituto de Investigaciones de Relaciones Internacionales, asegura que el canciller Ernesto Araújo está tutelado, y probablemente lo esté todo el Gobierno, por parte de los militares.


"Se estableció una especie cordón sanitario en torno al canciller y a la propia Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil), porque el canciller subvirtió la jerarquía de mando del ministerio, algo que los militares consideran inaceptable". Concluye afirmando que "para los militares es inaceptable la subordinación a EEUU".


Entiendo que Brasil está en una encrucijada. Los militares tienen los principales resortes del Gobierno en sus manos, pero carecen de una orientación definida sobre el papel que el país debe jugar en el mundo y en la región, y un mínimo proyecto de nación que involucre a toda la población, no solo a las clases altas.


El politólogo José Luis Fiori detalla los principales desafíos que enfrenta Brasil en esta era de profundos cambios geopolíticos: la plena integración y ocupación de la Amazonia; la defensa de los yacimientos marítimos de petróleo en el Atlántico Sur; la expansión económica hacia el Pacifico, ya que China es su principal socio comercial; construir alianzas en su 'entorno estratégico', o sea Suramérica y la costa occidental de África; y finalmente, la proyección internacional del país.


Sin embargo, Brasil va en la dirección opuesta. En lo interno, 53 millones dependen aún del plan Bolsa Familia que traspasa alimentos y subsidios a los más pobres y el 50% de la fuerza de trabajo recibe menos de un salario mínimo. Está entre los diez países más desiguales del mundo y en proceso de desmontar servicios educativos y de salud, entre otros.


La vulnerabilidad interna que provocan las disparidades sociales, regionales y raciales, puede estallar en cualquier momento haciendo trizas la respetabilidad de los uniformados. Aún quienes no comulgamos con la dictadura militar brasileña (1964-1985) ni con el anticomunismo que inspiró su gestión, debemos reconocer que en esas dos décadas Brasil se industrializó, se realizaron obras de infraestructura vitales, millones de pobres dejaron las áreas rurales para integrarse como empleados en las grandes ciudades.


Aquellos militares tenían un proyecto de nación, crearon y defendieron las empresas estatales en las áreas consideradas estratégicas. ¿Hacia dónde va un país que pretende privatizar sus empresas decisivas, poniendo en jaque la soberanía nacional? ¿Estarán los militares dispuestos a aceptar la privatización de Petrobras, o de sus áreas más importantes, perdiendo una herramienta clave para orientar la economía y el país?


En esta era de turbulencias globales, cuando la superpotencia pierde su hegemonía y el centro del mundo se traslada de Occidente hacia el continente asiático, amerita debates serios y profundos sobre el papel que debe jugar cada nación y cada región. No es con bravatas machistas contra el 'marxismo cultural' como podrá ponerse de pie Brasil. Cuando soplan vientos de conflictos mundiales, no hay otro camino que aferrar con fuerza el timón y mantener el norte para llegar a buen puerto.

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