Jueves, 04 Febrero 2021 05:31

Corporaciones y economía verde

Corporaciones y economía verde

Empresas líderes mundiales en la carrera por la emisión cero de carbono

El cambio climático y el desafío de la llamada cuarta revolución industrial. La promesa de los gigantes de la economía mundial de cuidar el ambiente.

 

El cambio climático no es sólo una preocupación global que exige líneas de acción a la comunidad política sino que también está en el centro de la llamada cuarta revolución industrial. Por ello, es motivo de disputa de parte de los grandes jugadores del capitalismo mundial. Una de las iniciativas de más impacto mediático en torno a este tema es el “Climate Pledge” co-fundado por Jeff Bezos, fundador y CEO de Amazon. El gigante mundial de las compras online lidera una de las iniciativas impulsadas por el sector privado en relación a la “economía verde”. El Climate Pledge de Amazon ya logró que empresas como Microsoft, Unilever, Coca-Cola, Cabify, Uber, Siemens, Mercedes Benz y Verizon ya hayan asumido su compromiso de “emisión neta de carbono igual a cero” para el año 2040. En el mismo tren de la promesa de neutralidad hay otras dos decenas de empresas líderes en diferentes rubros de actividad.

El protagonismo de las empresas de máximo nivel en los compromisos vinculados al cambio climático se conjuga con las promesas de buena parte de los países de todo el mundo para reducir sus emisiones, incluyendo a la Unión Europea, China y los Estados Unidos. Esto implica que el cambio climático no es solamente un hecho sobre el cual la ciencia no tiene dudas y que por lo tanto exige cambios en la manera de producir, consumir y desechar. Es además una carrera por la conquista de nuevas tecnologías que van a ser eje del capitalismo en las próximas décadas, mucho antes de que el mundo ingrese en una fase de colapso o de que se agoten los combustibles fósiles.

Números actualizados

En el Foro de Davos, que tuvo lugar la semana pasada de forma virtual, se dieron a conocer las últimas cifras disponibles en relación al cambio climático. La NASA midió que el 2020 fue el año más caluroso desde mediados del siglo XIX, cuando comienza la serie de cálculos climáticos. Para otras fuentes científicas como el sistema Copernicus de la Unión Europea y la Universidad de Berkeley, el año pasado fue el segundo más caluroso después de 2016. Se estima que la superficie de la Tierra está entre 1,2 y 1,3 grados Celsius más cálida en relación al período pre-industrial, a raíz de una suba de la temperatura de 1,04 grados Celsius en los océanos y de 1,94 en la tierra firme.

Para tener idea de la dimensión del desafío en materia climática, cabe recordar que el Acuerdo de París definió que la meta es que el calentamiento global no supere los 2 grados en relación al período industrial y preferentemente se ubique en un máximo de 1,5 grados. Hay fuerte consenso entre la comunidad científica alrededor del planteo de que sin que medien cambios más profundos en los sistemas de generación de energía y consumo energético, el mundo enfrentaría un escenario de temperaturas que de mínimo modificaría sustancialmente las condiciones de vida en las regiones más comprometidas, con fuertes cambios en los ciclos agrícolas, entre otras cosas.

Cómo juegan las grandes empresas

Jeff Bezos, la segunda persona más rica del mundo, comprometió a Amazon a alcanzar la emisión neta de carbono igual a cero en 2040. Entre las promesas del gigante del comercio electrónico está la operación plena con energía renovable para 2025, llegar a 2030 con el 50 por ciento de emisión cero en el transporte de mercancías, 100 mil vehículos eléctricos para las entregas de paquetes, inversión de 2 mil millones de dólares para el desarrollo de tecnologías y servicios que permitan reducir las emisiones de carbono y la inversión de 100 millones en proyectos de reforestación y mitigación.

El programa “Climate Pledge”, co-fundado por Bezos, se jacta de contar con el compromiso climático de un nutrido grupo de empresas líderes en el mundo:

Coca-cola: La división europea de la empresa se comprometió a llegar a la neutralidad de carbono para 2040 en toda su cadena de valor y bajar sus emisiones de gas invernadero un 30 por ciento para 2030. La firma aclara que ya tiene en vigencia medidas como el uso de electricidad proveniente de fuentes renovables, reducción de la intensidad energética del equipamiento para producir bebidas y el cambio en la composición de las botellas de plástico.

Unilever: Se comprometió a no emitir gases efecto invernadero en sus operaciones para 2030, al pasar a 100 por ciento de energía renovable.

Mercedes Benz: la marca alemana es socio de Amazon en el transporte de las mercancías y tiene el objetivo de hacer que toda su flota de autos alcance la neutralidad de carbono para 2039 mediante la electrificación. La empresa germana espera que para 2030 los autos eléctricos expliquen más de la mitad de las ventas totales de sus autos. Además, la producción de los vehículos también estaría basada en la energía renovable. “Preferimos hacer lo que nuestros fundadores han hecho: ser arquitectos de una nueva movilidad sin caballos. Hoy, la tarea es la movilidad sin emisiones”, dijo el CEO, Ola Källenius.

Por fuera del acuerdo que lidera Amazon, hay muchas otras empresas con compromisos públicos de emisión cero. Entre ellas está incluso BP (ex British Petroleum), el gigante petrolero que aseguró que para 2050 alcanzaría la neutralidad de sus operaciones junto a la baja del factor contaminante de sus hidrocarburos. Dijo que reducirá su producción de petróleo y gas en un 40 por ciento para 2030 e instalaría equipos para contener la emisión de metano. También Repsol asumió compromisos en materia de neutralidad de carbono. Otras empresas con compromisos públicos son Ford, Facebook, General Mills, Mastercard, Paypal, Ikea, American Airlines, General Motors, Pepsico, Nestlé, Vodafone, Telefónica, Scania, Bayer, Colgate y Sony.

Por Javier Lewkowicz

Publicado enEconomía
Diseñan nanocintas más fuertes que el acero

Científicos del Instituto Tecnológico de Masachussets logran que pequeñas moléculas que se ensamblan espontáneamente en el agua en forma de nanocintas más fuertes que el acero conserven su estructura en estado seco.

En las últimas dos décadas, científicos e ingenieros han seguido el ejemplo de la naturaleza, diseñando moléculas que se ensamblan en el agua, con el fin de crear nanoestructuras, principalmente para aplicaciones biomédicas como la administración de fármacos o la ingeniería de tejidos.

Estos materiales, basados en moléculas pequeñas, tienden a degradarse con bastante rapidez, explica Julia Ortony, del Departamento de Ciencia e Ingeniería de Materiales del instituto, “y también son químicamente inestables.

Toda la estructura se desmorona cuando eliminan el agua, especialmente cuando se aplica cualquier fuerza externa, asegura. El nuevo material de diseño se basa en una membrana celular. La parte exterior es hidrofílica, es decir, “le gusta estar en el agua y la interior es hidrofóbica, la evita. Esta configuración, comenta, proporciona una fuerza impulsora para el autoensamblaje, ya que las moléculas se orientan para minimizar las interacciones entre las regiones hidrófobas y el líquido; en consecuencia adquieren forma a nanoescala.

La forma, en este caso, la confiere el agua y, por lo general, toda la estructura colapsaría al secarse. Sin embargo, Ortony y sus colegas idearon un plan para evitar que esto suceda. Cuando las moléculas están débilmente unidas, se mueven rápidamente, de forma análoga a un fluido; a medida que aumenta la fuerza de las fuerzas intermoleculares, el movimiento se ralentiza y ellas adoptan un estado sólido. La idea, explica, es ralentizar el movimiento molecular a través de pequeñas modificaciones en las moléculas individuales, lo que puede conducir a un cambio colectivo, y con suerte dramático, en las propiedades de la nanoestructura.

Una forma de ralentizar las moléculas, señala Ty Christoff-Tempesta, primer autor del artículo, es hacer que se aferren entre sí con más fuerza que en los sistemas biológicos. Esto se puede lograr cuando una densa red de fuertes enlaces de hidrógeno une las moléculas. Eso es lo que le da a un material como el Kevlar, construido con las llamadas aramidas, su estabilidad química y resistencia, afirma.

Incorporaron esa capacidad en el diseño de una molécula de tres componentes principales: una parte externa a la que le gusta interactuar con el agua, aramidas en medio para unirse y una parte interna que tiene una fuerte aversión al agua.

Probaron docenas de moléculas que cumplían estos criterios antes de encontrar el diseño que dio lugar a cintas largas con un grosor de escala nanométrica.

Red Mirror: ¿qué futuro se escribe en China? Entrevista a Simone Pieranni

«Il nostro futuro si scrive in Cina» [nuestro futuro se escribe en China], afirma el subtítulo italiano del libro Red Mirror, sobre la realidad de la China contemporánea. Ciudades inteligentes, vigilancia, aplicaciones… dibujan un escenario muy comentado pero aún poco conocido.

En 1938, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos gastaba en conjunto alrededor de 0,075% de su pib en investigación científica, una cantidad mínima. En 1944, el gobierno federal y los estados incrementaron ese porcentaje a casi 0,5%, un aumento de siete veces que se utilizó para desarrollar los sistemas de radar, la penicilina y la bomba atómica. En las dos décadas siguientes, los fondos federales para investigación y desarrollo se multiplicaron por 20 y se creó así la base pública de futuras innovaciones privadas en las áreas de los productos farmacéuticos modernos, de la microelectrónica, de los satélites, de internet y mucho más. Sin embargo, a principios del decenio de 1980, se inició un lento descenso: el gasto público en investigación y desarrollo pasó a 1,2% del pib; en 2017 se había reducido a 0,6%. Hoy en día, si utilizamos como base el porcentaje del pib dedicado a la investigación, nueve países superan a eeuu.

Mientras tanto, explica el periodista italiano Simone Pieranni, a finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, del otro lado del Pacífico, la Revolución Cultural en China había sepultado la educación superior. Millones de estudiantes fueron enviados al campo a aprender las habilidades revolucionarias de los campesinos. Solo después de la muerte de Mao Zedong, cuando la dirección al mando de Deng Xiaoping se hizo cargo del país, comenzó a restaurarse el sistema escolar chino. Pieranni escribe: 

«El año 1989 marcó el punto de inflexión: tras la supresión de las protestas de estudiantes y trabajadores, la dirección china decidió consolidar la lealtad de los cuadros intelectuales a través de una atención que hasta entonces se había confiado sobre todo a las clases productivas, los trabajadores y, fundamentalmente, los campesinos. (…) Al reservar un papel central a la ciencia, terminó llevando al poder a los llamados tecnócratas en la primera parte de la década de 2000; por otro lado, puso a toda una generación de intelectuales, científicos y profesores universitarios bajo el control ideológico del Partido. Los resultados fueron sorprendentes: de 1990 a 2010, la matrícula china en la enseñanza superior se multiplicó por ocho y el número de graduados pasó de 300.000 a casi tres millones por año. Durante el mismo periodo, la participación de China en la matrícula total de la enseñanza superior aumentó de 6% a 17% del total mundial. (…) En 1990, el número de doctorados en eeuu era 20 veces mayor que en China. Solo dos décadas más tarde, China superó a eeuu en esa medición, con 29.000 nuevos doctores en 2010, en comparación con 25.000 en eeuu.1»

Hoy en día, seis universidades chinas se encuentran entre las 100 mejores del mundo, según la clasificación de Times Higher Education. Con este capital intelectual y científico pacientemente construido desde hace más de dos décadas, China ya no solo es el taller industrial del planeta –de hecho, parte de los segmentos productivos que ocupó en la división internacional del trabajo se trasladan a otros países de Asia y del Sur global–, sino que anhela ser el número uno tecnológico del capitalismo cognitivo, por supuesto siempre bajo la dirección vigilante del Partido Comunista (pcch). El nivel de inversión e innovación planificada de las empresas chinas y de sus padrinos políticos en ámbitos como la inteligencia artificial, el 5g, el big data, las tecnologías de reconocimiento facial o el potencial vertiginoso de la informática cuántica tiene dimensiones de ciencia ficción. Como tal, plantea interrogantes complejos sobre las interacciones y las posibles sinergias entre un sistema tecnológico futurista y un modelo político-civilizacional sui generis, que combina hiperdesarrollo y raíces milenarias.

Hace años que Simone Pieranni, corresponsal y especialista en China del diario de izquierda Il Manifesto y creador de la agencia de prensa China Files, explora este mundo donde, según él, se juega nuestro destino. «Il nostro futuro si scrive in Cina» [Nuestro futuro se escribe en China], afirma el subtítulo italiano de su libro Red Mirror, cuyo título se inspiró por supuesto en Black Mirror, la famosa serie de televisión británica que pone en escena los posibles horizontes distópicos del desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (tic). En ocasión de la próxima publicación de su libro en español2, Pieranni respondió a esta entrevista para Nueva Sociedad.

Su libro empieza con un capítulo dedicado en gran parte a la «aplicación de aplicaciones» WeChat, que describe como «un nuevo pilar de la sociedad china», un verdadero «ecosistema». ¿Podría explicarnos qué es WeChat, qué función experimental o estratégica tiene en el desarrollo de China como potencia de alta tecnología y también por qué es un modelo en el que Facebook está interesado? Y a propósito, ¿qué porcentaje de los 1.400 millones de chinos posee un teléfono inteligente y cuál es el precio promedio de estos aparatos en relación con el salario mínimo y/o medio?

Bueno, en 2019, 872 millones de personas se conectaron a internet a través de un teléfono inteligente. Un iPhone cuesta 439 dólares en China, pero los productos chinos, Huawei o Xiaomi, cuestan mucho menos. Aunque no hay cifras nacionales oficiales, y los salarios y los ingresos cambian mucho de una región a otra, las últimas estimaciones hablan de un ingreso medio de 12.000 dólares anuales, así que da una idea del costo relativo de estos teléfonos.

WeChat se puede utilizar para realizar cualquier actividad de la vida diaria. La última vez que estuve en China para recoger material para el libro, me impresionó mucho la nueva funcionalidad que permite dividir la cuenta en un restaurante, por ejemplo. Pero más allá de este aspecto más secundario, WeChat está involucrado en toda la vida social y pública de las personas, por lo que es realmente difícil prescindir de él. Recientemente WhatsApp lanzó en Brasil un proyecto piloto para permitir a los usuarios pagar mediante la aplicación, que es lo que hace WeChat. Esto se vincula con un modelo de negocio que consiste en ganar dinero con las transacciones, cosa que por el momento Facebook, Instagram y Whatsapp no hacen. Pero efectivamente, lo que también le interesa a Mark Zuckerberg es el aspecto «ecosistema».

En China WeChat es simplemente sinónimo de teléfono móvil. Imaginemos que encendemos el móvil, pulsamos en el Messenger y en lugar de la pantalla que conocemos ahora, encontramos una especie de página de inicio desde la que se accede a la mensajería, redes sociales, Instagram, cuentas bancarias, compras, reservaciones, etc. Eso es lo que fascina a Zuckerberg, que apunta a convertir Facebook en una especie de sistema operativo de aplicaciones: todos los otros sistemas tendrían que «correr» en el suyo, al igual que WeChat. Significa dinero, pero sobre todo una enorme riqueza de datos. Y precisamente, por razones a la vez tecnológicas, políticas y demográficas, China se está volviendo la gran potencia del big data.

Otro tema de tu libro es el desarrollo de las «ciudades inteligentes», ¿de qué se trata exactamente?

Los proyectos de ciudades inteligentes abarcan todas las características de los varios sistemas de vigilancia y permiten a China resolver una serie de problemas, en primer lugar, el control de la población. Esto no es una completa novedad: las ciudades chinas siempre han sido construidas y desarrolladas para poder ser fácilmente controladas. Durante el maoísmo, se subdividían en distritos que correspondían a las categorías sociales, y tanto en los barrios obreros urbanos como en las aldeas, el sistema de control estaba asegurado por numerosas organizaciones formales e informales que dependían del pcch.

Con la apertura económica de Deng Xiaoping, el boom urbanístico condujo a la creación de ciudades centradas en las gated communities, urbanizaciones cerradas, al igual que en varios países de Occidente. Ya se trataba de lugares hipercontrolados y «seguros», pero ahora, con la «internet de las cosas», la gestión informática del tráfico urbano y el control computarizado de la contaminación, entre otras innovaciones, se pasa a otra etapa de la evolución natural de este proceso: las ciudades inteligentes, precisamente.

Se supone que estas «ciudades inteligentes» tendrán un alto nivel de sustentabilidad ambiental. ¿Es una preocupación real y un modelo para el futuro, o solo una forma de greenwashing y de ostentación de virtud ecológica? ¿Qué dicen los planificadores chinos sobre los costos ambientales de tipo extractivista o las nuevas externalidades negativas de la producción de energía supuestamente «limpia» a gran escala?

En la última Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada el 22 de septiembre, el presidente Xi Jinping anunció que China quiere alcanzar la «neutralidad de carbono» (cero emisiones) para 2060, o sea un equilibrio entre las emisiones y la absorción de dióxido de carbono. Un «compromiso histórico» que ayudará a todo el planeta a reducir las emisiones y a emprender un camino energético verdaderamente alternativo. Según los especialistas, significaría bajar la temperatura global entre 0,2 °c y 0,3 °c. Pero hay algunas contradicciones: hoy en día, China consume la mitad del carbón del mundo. Además, sigue construyendo nuevas centrales eléctricas de carbón y quema mucho carbón en sus fábricas de acero y cemento (siendo el principal productor mundial de estos materiales). Luego, hay un aspecto no secundario relacionado con los estilos de vida: China es el principal mercado automovilístico del mundo y el primer país en términos de importación de petróleo.

¿Misión imposible, entonces? No, según los expertos, porque la economía china tiene muchos aspectos y facetas: junto con su dependencia del carbón, es también un líder mundial en tecnologías «limpias» que podrían hacer factibles los planes –por cierto, muy ambiciosos– de Xi. De hecho, China es el principal inversor, productor y consumidor de energía renovable. De cada tres paneles solares en el mundo, uno está hecho en ese país. La misma proporción vale para las turbinas eólicas. En los proyectos de ciudades inteligentes, pero también en muchas metrópolis chinas, 98% del transporte público ya es eléctrico, al igual que 99% de los ciclomotores y los scooters. Además, China es líder mundial en la producción de baterías para alimentar vehículos eléctricos y almacenar energía renovable en las redes eléctricas.

Las ciudades inteligentes chinas podrían albergar a decenas de millones de personas en un futuro próximo, pero nunca acogerán a toda la población de un país tan inmenso. ¿Sobre la base de qué criterios se hará el acceso a estas ciudades y la selección de sus habitantes?

Esto queda por descubrir. Está claro que habrá una selección a través de los precios de la vivienda y del costo de la vida en general. También podría haber una regulación a través del sistema de crédito social, o sea el puntaje computarizado de la reputación, del comportamiento social y de confiabilidad de los ciudadanos. Cuando hablan de ciudades inteligentes, las autoridades piensan sobre todo en la clase media. Se trata no solo de nuevos sistemas de planificación urbana, sino también de auténticos nuevos modelos de ciudadanía. Solo los más ricos podrán vivir en ciudades inteligentes, pero entre los ricos solo tendrán acceso a ellas los que tengan mejor «puntaje».

¿Qué expresa la obsesión por la seguridad y la vigilancia de los espacios urbanos en un país en el que usted mismo afirma que el nivel de crimen y agresión contra las personas es mucho menor que en muchos países occidentales o del Sur global? ¿Es solo un pretexto para el control político de la población, o hay otras explicaciones sociopsicológicas o antropológicas?

El mantra del liderazgo chino es «mantener la estabilidad», todo está regido por esta necesidad. Los proyectos científicos de ingeniería de sistemas nacidos en la década de 1960, cuando Qian Xuesen, el padre del sistema de misiles chino, introdujo la cibernética en China, tenían como objetivo crear un sistema capaz de ser programado, modificado y, en algunos casos, «previsto». Control de la población, seguridad y productividad van todos en la misma dirección, y como lo sostenía Michel Foucault, son una condición imprescindible del desarrollo capitalista. No quiero decir con esto que los chinos estén dispuestos a dejarse domesticar completamente por estos procesos, porque no es así, pero ciertamente hay menos barreras a la invasión tecnológica de la vida cotidiana. Cuando se empezó a utilizar el reconocimiento facial para prácticamente todo (seguridad, salud, actividades bancarias, etc.), casi todo el mundo lo aceptó sin pestañear. Más bien había cierto entusiasmo por una innovación que demostraba el progreso tecnológico chino. Eso se vincula también con algunas concepciones filosóficas antiguamente arraigadas en China que impiden la formación de barreras éticas al impacto de la tecnología en la vida cotidiana. Mientras que en Occidente siempre hemos separado lo humano de lo técnico (religión y ciencia por ejemplo), los chinos han concebido una especie de «cosmotecnia» como la llama el filósofo Yuk Hui, los dos elementos han existido siempre juntos. Hui se refiere a los ritos confucianos: los objetos (la tekné como la llamaríamos en Occidente) son tan parte del proceso ritual como los propios ritos3. Todo esto permite que China avance mucho más rápido que nuestras sociedades en este terreno.

A propósito de las ciudades inteligentes, usted mencionó los sistemas de crédito social. Hay muchas fantasías distópicas al respecto en Occidente, y algunos observadores de China, como el sociólogo francés Jean-Louis Rocca, piensan que son exageraciones orientalistas y afirman que los sistemas de crédito social y de puntaje de la reputación y del comportamiento, por el momento, son más bien experimentales, locales, sectoriales y no están interconectados. Rocca dice que la gran mayoría de los chinos a los que ha interrogado para su investigación no lo ven como un factor importante en su vida cotidiana y están sorprendidos por la importancia que se le da al tema en Occidente4. ¿Qué opina?

Sí, estoy bastante de acuerdo. De hecho, estos sistemas tal como existen ahora no suscitan problemas particulares, al igual que sistemas similares que se encuentran en Occidente. El sistema de crédito social nació con una doble función: se trata de una forma de regulación del ecosistema económico que concierne a las empresas por un lado, y a las personas por otro lado. No existe todavía un sistema unificado y nacional de crédito social, sino muchos experimentos. En resumen, se trata de asignar un puntaje a cada persona en función de su confiabilidad en términos administrativos, penales y cívicos. Por supuesto, en un Estado de partido único, los criterios para juzgar a una persona pueden multiplicarse y llegar a ser mucho más problemáticos. Pero por el momento, aunque existen también en China atisbos de reflexión sobre la protección de la privacidad y el uso de los datos, la idea del crédito social está aceptada porque la población china lo percibe como un sistema realmente capaz de garantizar una mayor seguridad y armonía social. Para nosotros, por supuesto, parece inquietante, pero si pensamos en todas las veces en que somos evaluados y calificamos a los demás con sistemas de clasificación, no estamos tan lejos del modelo chino. Por el momento, en Occidente, nos evaluamos entre ciudadanos; en China, es un proceso que viene de arriba.

Como decía, es un sistema inquietante en perspectiva. En términos más generales, dado que la principal preocupación del pcch es mantener la estabilidad, hay una voluntad de crear un entorno lo más «confiable» posible, poblado por empresas y personas igualmente «confiables». Para la calificación de las empresas, este tipo de sistema existe también en eeuu, se llama fico. Para las personas, no estamos todavía en estos niveles, pero algunos sistemas de rating o de calificación occidentales (para pedir un crédito o alquilar una vivienda, por ejemplo) no están tan alejados de los experimentos chinos. Claro que este tipo de sistema es más impresionante en el contexto político, tecnológico y demográfico chino. En resumen: Beijing pretende crear en un futuro próximo un sistema nacional único, que por el momento no existe, capaz de evaluar la confiabilidad de las personas en función de sus comportamientos administrativos, penales o cívicos; estos comportamientos pueden llevar a una persona a perder o ganar puntos. Por el momento, el verdadero problema es la desproporción entre «delito» y sanción: si no pago una multa, por ejemplo, corro el riesgo de no poder desplazarme, porque me bloquean automáticamente la posibilidad de comprar billetes de tren o de avión.

Sin embargo, en términos de control social integral facilitado por las tecnologías de avanzada, existe el «laboratorio» de Xinjiang, donde parecería que se está llevando a cabo una experimentación sin precedentes históricos con el control y la disciplina de la población uigur, juzgada como desobediente o peligrosa.

En Xinjiang hay una combinación de todos los elementos del arsenal tecnológico chino, una gama de aplicaciones, cámaras de reconocimiento facial y varios modelos predictivos, con formas de represión más tradicionales, como prisiones y campos de reeducación. Además del control tecnológico, miles de personas trabajan para este sistema de represión contra la población musulmana de lengua túrquica de esta provincia, como lo demuestran las recientes filtraciones de documentos internos del pcch5. Cientos de miles de personas han estado encerradas en campos de reeducación sólo por ser juzgadas sospechosas. Como siempre, China experimenta incluso las cosas más horribles, para ver después cómo limitarlas o ampliarlas. Pese a los testimonios de muchos perseguidos que han podido escapar, Beijing niega que se esté llevando este tipo de represión en Xinjiang y afirma que la región se ha enriquecido en los últimos años. Lo que es cierto, pero eso no cambia en nada la ferocidad de esta política represiva.

Ahora bien, en términos de control social, no todo es tecnología y consenso neoconfucianista. Usted menciona también los «ojos vigilantes» de la población misma y las formas de control capilar a través de las organizaciones de base, herencia maoísta, pero no solamente. En apariencia, los comités barriales han jugado un rol muy importante en la pandemia, por ejemplo.

Sí, en la historia de China desde 1949 hasta el presente, el pcch ha movilizado repetidamente a los órganos estatales, las administraciones y la población para optimizar las respuestas en casos de emergencia y crisis repentinas, esos «cisnes negros» sobre los que alertó Xi Jinping en un discurso hace unos meses. La respuesta a la epidemia de sars en 2003 y al terremoto de Sichuan en mayo de 2008 son ejemplos de lo que el Partido entiende por «movilización», considerada fundamental para lo que se denomina «éxito de la reconstrucción». Una crisis o una emergencia pueden crear mecanismos empujados desde arriba capaces de poner al Partido en el centro de la escena social en China, como motor y equilibrador de situaciones complicadas, y también con una voluntad de mitigar y hacernos olvidar las deficiencias iniciales de la maquinaria político-administrativa.

De hecho, como recuerda Li Zhiyu, la noción de «movilización» (dongyuan) es un concepto fundamental en la política china contemporánea. El término «indica el uso de un sistema ideológico por un partido o un régimen político para alentar u obligar a los miembros de la sociedad a participar en determinados objetivos políticos, económicos o sociales a fin de lograr un nivel intenso de centralización y de despliegue de recursos materiales y humanos»6. Se ha visto este despliegue con la crisis del coronavirus. A pesar del –grave– retraso con el que China comenzó a tratar el covid-19 y su propagación, la población china pareció dispuesta a apoyar las decisiones que venían de arriba. Hubo lecturas de temperatura en todas partes, especialmente en las entradas del metro, limpieza constante del transporte público allí donde no fue suspendido. Cada ciudad hizo lo suyo: en algunos lugares se han reducido las horas de trabajo de los supermercados o centros comerciales para evitar el riesgo de contagio, en otros –especialmente en los pueblos rurales–, todos trataron de ayudar como pudieron al personal médico encargado de ir de casa en casa para tomar la fiebre e informar sobre posibles casos de contagio. Con la parálisis de los transportes públicos, muchas personas se han puesto a disposición de los hospitales para llevar materiales de un lugar a otro, dedicando a ello a veces el día entero. Incluso mucha gente que decía que temía el contagio sintió la necesidad de ayudar.

Lo que parece describir es una especie de capitalismo de vigilancia bajo el control del Partido-Estado, con una forma sui generis de sinergia público-privada y un nivel relativamente alto de aceptación social, que tiene incluso profundas raíces históricas en términos de la cultura del «buen gobierno» y las expectativas de los gobernados. ¿Es así?

Sí, exactamente, y la pandemia lo ha demostrado combinando alta tecnología con movilización de masas. En esta ocasión, la potencia de las aplicaciones chinas dedicadas al control estricto de los movimientos de la población, y a menudo acusadas de no ser más que un dispositivo de seguridad y el punto de anclaje de futuras ciudades inteligentes hipervigiladas, ha sido presentada por el gobierno y los operadores privados chinos como un servicio público imprescindible en una situación de emergencia. La agencia Reuters escribió que el coronavirus «sacó de la sombra» el sistema de vigilancia chino. En realidad, se podría decir más bien que el virus permitió un uso ad hoc de herramientas que los chinos están acostumbrados a usar o a «padecer» cada día. De hecho, nos enfrentamos a la primera emergencia sanitaria en la era de la inteligencia artificial, y aunque en medio de una situación dramática y complicada, una vez más, China señaló el camino.

En este sentido, podría decirse que la pandemia ha sido un estímulo y un incentivo para la aceleración y la ampliación de los sistemas de alta tecnología aplicados a la administración sanitaria, demográfica, educativa, policial, etc.

En la China del coronavirus hay nuevas posibilidades para las empresas de alta tecnología. Ahora mismo, aunque nunca lo confesarán, tienen una oportunidad única de maximizar la principal materia prima de sus innovaciones: más datos, muchos más datos. El miedo al contagio y a la enfermedad ha hecho que la ya de por sí débil resistencia a la invasión de la privacidad haya quedado definitivamente enterrada.

Se pueden citar varios ejemplos. La empresa de reconocimiento facial Megvii ha declarado que ha desarrollado «una nueva forma de identificar y localizar a las personas con fiebre, gracias al apoyo del Ministerio de Industria y Ciencia». Su nuevo sistema de medición de la temperatura utiliza datos del cuerpo y del rostro para identificar a las personas, y ya se está probando en un distrito de Beijing. También Baidu, el principal motor de búsqueda chino, anunció que su laboratorio de inteligencia artificial habría creado un dispositivo similar. La compañía de cámaras de vigilancia Zhejiang Dahua anunció hace poco que «puede detectar la fiebre con cámaras de infrarrojos con una precisión de 0,3 °c», lo que puede ser muy útil en lugares muy concurridos, como los trenes. Se trata de empresas privadas que, apoyadas por el Estado, desarrollan nuevos productos «intrusivos» (pero también considerados como muy útiles por la población). Estas empresas pueden entonces comercializar en el exterior sus innovaciones perfeccionadas gracias a la posibilidad de acceder a esta enorme cantidad de datos, posibilidad garantizada y controlada por el Estado.

También las tecnologías de reconocimiento facial han progresado. SenseTime, uno de los principales operadores en este ámbito, afirma ahora ser capaz de identificar incluso a las personas que llevan máscaras. Es un aspecto muy importante, porque en China, además del teléfono inteligente, el reconocimiento facial sirve para muchas cosas: pagar, reservar, hacer trámites en un banco o en las oficinas públicas. Con el uso masivo de máscaras, las tecnologías existentes habían dado señales de imperfección (que fueron subrayadas irónicamente en las mismas redes sociales chinas por personas que no pudieron entrar en su propia casa por llevar una máscara, por ejemplo).

Podemos citar también el uso de drones para avisar a la gente que tiene que usar máscara (hay un vídeo en el que se ve a una anciana de Mongolia Interior que fue visitada por un dron); los robots utilizados dentro de los hospitales para efectuar el control de plagas, la entrega de comidas o la limpieza en las áreas utilizadas para los pacientes infectados con coronavirus; los asistentes de voz que piden información a las personas en su casa, almacenan datos y sugieren un tratamiento o una hospitalización inmediata. En cinco minutos, los asistentes de voz chinos son capaces de hacer 200 llamadas, aliviando el trabajo de los hospitales. Con tecnologías como el reconocimiento de la voz y la comprensión semántica, los robots son capaces de comprender con precisión los lenguajes humanos, obtener información básica y dar respuestas. Existen también perspectivas de poder desarrollar nuevos productos y tratamientos farmacéuticos gracias a la inteligencia artificial y las plataformas de intercambio de macrodatos, aunque en el caso del coronavirus, en la comunidad científica hay bastante unanimidad en subrayar que la vacuna o la cura definitiva no están a la vuelta de la esquina.

Por último, está el aspecto relacionado con las conferencias virtuales y el aprendizaje electrónico, en el que China lleva invirtiendo hace tiempo. Recientemente, debido al cierre de escuelas y oficinas durante la pandemia, ha sido objeto de una atención y experimentación renovadas. En las escuelas, se usaron softwares ya existentes que permiten conectar a varios alumnos al mismo tiempo, proporcionando al profesor todos los datos necesarios, incluidos algunos grabados por cámaras sobre el nivel de atención demostrada por el alumno durante la clase.

Toca concluir que distopía y utopía son difíciles de desenredar en el caso chino. Usted cita al gran autor de ciencia ficción Liu Cixin cuando dice: «Cada época impone cadenas invisibles a quienes la viven. La única oportunidad que nos queda es bailar entre nuestras cadenas». Usted también escribe que, para los ciudadanos de las democracias liberales de tipo europeo, habrá un momento en que solo tendrán la oportunidad de dejar sus datos personales al Estado chino o a las empresas estadounidenses. En este escenario, ¿qué espacio nos queda para «bailar entre las cadenas», y qué espacio les queda a los propios chinos? ¿Existen posibilidades de resistencia, o tal vez contradicciones internas de naturaleza lógica o material dentro de los propios sistemas de control?

Para Occidente, pienso en Europa, es necesario adoptar una política común y única sobre el big data. En mi opinión, los macrodatos deben ser gestionados como un bien común, es decir, de forma transparente y por la colectividad, de lo contrario Europa seguirá siendo un campo de batalla entre eeuu y China. Para los chinos, no lo sé, dependerá de ellos. Como observador externo, creo que estas cuestiones pueden convertirse en fuente de conflicto, incluso político, solo en el momento en que el pacto social que todavía rige el país –te enriqueces, pero renuncias a ciertos derechos– empiece a tambalear. En el quinto plenario del pcch que acaba de terminar, se decidió que China invertirá aún más en tecnología y desarrollo del mercado interno. Lo que hay que observar por el momento, creo, es la dinámica de la clase media china: 400 millones de personas que son las que sustentan este mercado interno y apoyan a los dirigentes del país.

  • 1.

Red Mirror. Il nostro futuro si scrive in Cina, Laterza, Bari, 2020.

  • 2.

La versión en español será publicada por Edhasa, Buenos Aires, en 2021.

  • 3.

Yuk Hui: The Question Concerning Technology in China: An Essay in Cosmotechnics, Urbanomic, Falmouth, 2016.

  • 4.

J.-L. Rocca: «Crédit social. Spécificité chinoise ou processus de modernisation?» en Sociétés Politiques Comparées No 51, 5-8/2020.

  • 5.

«‘Los cables de China’: los documentos secretos que revelan el sistema de lavado de cerebro del gobierno chino sobre cientos de miles de uigures detenidos» en BBC Mundo, 24/11/2019.

  • 6.

Ivan Franceschini, Nicholas Loubere y Christian Sorace (eds.): Afterlives of Chinese Communism: Political Concepts from Mao to Xi, Verso / AUN Press, Londres-Canberra, 2019.

Publicado enInternacional
Entre el límite y el deseo: líneas estratégicas en el colapso de la civilización industrial

Casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

 

El gran shock que generó el confinamiento total de la primavera de 2020 va quedando cada día más lejos. Hace ya meses que vivimos una “nueva normalidad” que ni es nueva, ya que sigue poniendo el capital y el crecimiento por delante de la vida, ni desde luego tiene nada de normal. En vez de haber aprovechado la parada en seco de los meses del confinamiento para poner en marcha un cambio de rumbo radical, nuestras sociedades se han aferrado al miedo y al continuismo y, de manera desesperada, luchan porque todo siga igual y cuanto antes se normalice, se regularice, se estabilice.

Empatizamos con el sufrimiento de muchas familias y negocios que están viéndose obligadas a enfrentarse a situaciones de tremenda precariedad debido a las medidas políticas de gobiernos como el del Estado español. Nada más lejos de nuestra intención decir que éstas deberían ser abandonadas o desatendidas. No obstante, es un error mayúsculo no ser capaces de ver que de seguir con la particular manera de vivir, de producir, de consumir, de transportarse, etc. que han generado las sociedades capitalistas industriales, el sufrimiento en un futuro cercano será mucho mayor y afectará probablemente a toda la humanidad.

Nuestro gran problema sigue siendo que, de manera profunda, casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

Aunque casi todo lo que ha sucedido en los últimos años lo deja claro, nos cuesta ver que la supuesta normalidad (sociedades opulentas, en crecimiento perpetuo y con un acceso garantizado a los combustibles fósiles) que constituyen las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX son la verdadera excepcionalidad.

Han sido esas sociedades ricas e irreflexivas las que han dilapidado nuestro patrimonio fósil para poner en marcha una Gran Aceleración que por el camino ha devastado los ecosistemas, modificado el clima, erosionado los suelos, contaminado el agua… Y los incendios masivos, los fenómenos climáticos extremos, las sequías, las crisis económicas y muchas otras cosas que inundan hoy nuestros periódicos no son más que los síntomas de esa gran enfermedad terminal que es el colapso de nuestra civilización. Un colapso que no debemos entender como un fenómeno puntual o unitario, sino como un largo proceso de descomposición que afectará de manera desigual a diferentes países y, dentro de éstos, se cebará mucho más con la población más desprotegida.

Sin entender lo anterior es muy difícil que podamos realmente hacer una política que ponga la vida, la libertad, la igualdad y la estabilidad de Gaia por delante de todo lo demás. Al fin y al cabo, empeñarnos en retornar a una normalidad que nunca lo fue es lo contrario a lo que necesitamos hoy. La estabilidad no volverá, el crecimiento no continuará y nuestro modo de vida está en sus estertores. Nos enfrentamos a límites y a daños generados por nuestras dinámicas de extralimitación que hacen no solo indeseable, sino imposible seguir adelante como si nada ocurriera. Y el nuestro no es un problema técnico. Las y los expertos no serán capaces de dar con una nueva tecnología que lo resuelva todo, ni la burocracia del estado encontrará una política infalible que nos permita seguir adelante con nuestra vida como si nada. El nuestro es un problema global y radicalmente político. Lo que está en juego es nuestra manera de vivir (que necesariamente va a tener que cambiar profundamente), y quienes protagonicemos ese cambio tenemos que ser las personas organizadas de forma colectiva.

Pese a que todos los poderes fácticos se nieguen a reconocerlo, en el futuro cercano nos esperan grandes discontinuidades sociales y metabólicas. La pandemia del covid-19 ya nos ha servido para comprender a qué se pueden parecer esas disrupciones, pero lo peor está aún por llegar. En los próximos años, lustros tal vez, todo apunta a que viviremos escasez de energía que se podrá transformar en desabastecimiento de alimentos, en problemas de acceso a combustible, en paralizaciones industriales, etc. También tendremos que vivir con un clima cada vez más inestable y que, hagamos lo que hagamos, nunca volverá al estado de equilibrio del que todas las sociedades humanas agrícolas habían disfrutado hasta el día de hoy. Olas de calor, sequías, grandes tormentas y huracanes, falta de agua dulce, deshielos… Todo ello ha llegado para quedarse, y para poner en jaque nuestro modelo urbano, nuestro sistema agroalimentario industrial o nuestra gestión del agua.

Frente a todo ello, ¿qué haremos? ¿Seguir adelante como si nada pasara? ¿Mantener vivo a toda a costa un capitalismo industrial suicida? Nuestra obligación es articular una política que navegue entre el límite y el deseo. Aunque parece que ya lo hayamos olvidado, la pasada primavera nos ha enseñado algo: que es posible poner por delante del capital a las personas. Y esa enseñanza es imprescindible si queremos tener alguna oportunidad de colapsar mejor, de garantizar vidas dignas, libres e igualitarias en el nuevo equilibrio al que hemos empujado a Gaia. Pero eso no es suficiente, pues por delante de las personas tenemos que poner a la vida. La vida no es únicamente humana, sino que abarca al resto de especies animales y vegetales. Solo en ese todo, las vidas de cada una de las especies son posibles. Es urgente que vayamos disolviendo nuestro arraigado antropocentrismo para poner en el frontispicio a Gaia como un todo que, como dice Jorge Riechmann, construyamos una poliética que sea capaz de mirar más allá de los muros de la ciudad humana.

Empecemos por lo “fácil”: poner por delante a la vida humana significa, en primer lugar, asumir e interiorizar los límites de Gaia. Comprender que las ilusiones del crecimiento infinito, de la abundancia ilimitada y de la naturaleza como algo inerte son malos marcos para entender lo que nos está pasando: necesitamos una Nueva Cultura de la Tierra.

Pero ese límite es también un límite a nuestro propio hacer, tiene que convertirse en una autolimitación colectiva. Esta es la receta mejor para evitar todo autoritarismo, incluido el que ha acompañado al Estado de Alarma. ¿Somos capaces de hacer de la selección de aquello imprescindible para la vida un ejercicio colectivo y asumido? La frugalidad, la modestia, son valores que tienen que venir a sustituir a la competitividad y la ambición. Vivir mejor con menos, decimos desde el ecologismo social. Al menos con menos energía, con menos consumo, con menos desigualdad, con menos injusticia, con menos destrucción socioecológica.

Poner límites también a quienes nos condenan con su hybris desmedida. Debemos unirnos entre iguales para construir una institucionalidad autónoma que, por un lado, nos libere de la expropiación que las élites nos imponen a través del salario y la gestión. Pero que también fuerce a un reparto de toda la riqueza injustamente acaparada por éstas. Por tanto, desalarizar y construir soberanía alimentaria, energética, tecnológica, política. Cuanto más autonomía tengamos, más capaces seremos de garantizar las necesidades sociales sin depredar y combatir, de autolimitarnos en el seno de Gaia y, al mismo tiempo, mejor nos defenderemos de los inevitables ataques de las élites y de los estados. Por tanto, expropiar, repartir el trabajo y la riqueza, okupar o garantizar un mínimo vital para todas aquellas que lo necesitan son políticas básicas. Alumbrar una fuerza que construya pero que también defienda, poner en marcha un ejercicio de autolimitación colectiva que sea una expresión de libertad y de autonomía social. En este trabajo hemos esbozado una hoja de ruta de cómo se podría hacer esto para la economía española durante la década 2020-2030.

Pero este límite nunca llegará si se presenta como alegato lógico, como conclusión política incuestionable. Nuestra acción tiene que navegar entre el límite y el deseo, pues éste último es el único capaz de activarnos, de movernos. Un deseo que, a su vez, se encontrará en la raíz del conflicto que el escenario que detallamos inevitablemente comporta.

No podemos asumir que el poder, el neoliberalismo, el capitalismo industrial, ha ganado definitivamente la batalla del deseo y ha hecho de nosotras y nosotros seres únicamente capaces de desear aquello que el Estado y el mercado nos ofrecen. No podemos porque una verdadera evaluación del límite nos lo impide pero, sobre todo, porque el ser humano ha demostrado a lo largo de su historia (y en el presente también) que puede vivir dignamente en armonía con la naturaleza. Ese, por tanto, es un horizonte de deseo antropológicamente posible y una realidad para muchas sociedades humanas, como por ejemplo algunos pueblos originarios.

¿Por qué son tan persuasivos los cantos de sirena de nuevas propuestas como el Green New Deal (GND)? Precisamente porque pretenden poder aunar la necesidad de asumir el límite con el deseo generalizado entre las “clases medias” occidentales de que casi nada en nuestro modo de vida cambie. Una solución a todas luces falsa, ya que la realidad es que nuestro deseo de no tener que cambiarnos nos lleva a minusvalorar la profundidad del ejercicio de autolimitación que tenemos por delante, incluso del ejercicio de autolimitación que supondría un GND mínimamente realista. Tal y como exploramos en este trabajo, un GND que se acerque a los recortes de emisiones recomendados por el IPCC (que sabemos que son ecológicamente insuficientes), además de apostar por las renovables tiene que volcarse hacia la agroecología, diezmar el coche privado, restringir fuertemente la aviación internacional (el turismo)… Un auténtico vuelco a la subjetividad neoliberal.

Parece por tanto poco probable que un GND mínimamente realista, que implica profundas transformaciones en nuestro modo de vida, pueda convertirse en una opción parlamentaria de mayorías a corto plazo (ya veremos qué sucede a medio plazo en un escenario tremendamente cambiante como el que estamos viviendo). Menos probable aún es que algún Estado tenga la capacidad o el deseo de hacerlo realidad, pues no en vano dependen para su funcionamiento de los impuestos y los mercados financieros que, a su vez, solo pueden desviar fondos fruto de la reproducción del capital. Y, lo que es más importante, las luchas ecologistas atravesadas por la suficiencia austera y la redistribución parecen lejos de estar en disposición de marcar el ritmo de la articulación social.

Por tanto, la construcción de aterrizajes de emergencia en el colapso tendrá que navegar entre las grietas y las zonas grises del sistema, en el disenso, y asumir que el conflicto es inevitable. En ese camino, no hay solución buena ni única. Nadie tiene una solución infalible. Para que llegue a buen puerto ese aterrizaje, no podemos asumir que la transformación del deseo, y por tanto de los modos de vida, está más allá de la acción política posible o realista. Nuestra obligación es, en cambio, politizar el deseo y conectar con la antigua aspiración de la emancipación social. La nuestra tiene que ser una transformación también antropológica, y por tanto no podemos admitir que el triunfo en ese ámbito del neoliberalismo es irreversible. O, si lo hacemos, tendremos que asumir que el ecocidio seguido de genocidio que generarían los peores escenarios de colapso ecosocial es también inevitable.

Solo si somos capaces de anhelar vivir de otro modo, solo si ponemos al tejido de relaciones sociales densas, al tiempo, al aire, a la naturaleza, al trabajo vivido con sentido, al contacto con la tierra por delante del consumo, del dinero o de la mercancía podremos aterrizar de manera lo menos traumática posible. Necesitamos trabajar por la reconstrucción de eso que Mumford llamaba neolítico y que hoy podemos entender como una forma de vida a la vez comunitaria, sostenible, justa y autónoma. Esa es una batalla clave en el plano del deseo. En el informe que citábamos antes, el único escenario capaz de respetar los límites ecológicos era en el que trabajábamos menos horas en total. De ese tiempo de trabajo, dedicábamos más a labores de cuidados en el hogar y menos al empleo remunerado, tanto si era en el sector público, como si era en el privado. Además, era un escenario en el que surgía un nuevo tipo de trabajo, hoy casi inexistente, que era un trabajo comunitario destinado a satisfacer necesidades básicas. Un tipo de trabajo que, potencialmente, tiene mucho más sentido vital que el asalariado. Desde nuestro punto de vista, un escenario capaz de estimular el deseo de muchas personas.

Ahora mismo, los deseos todavía pivotan mayoritariamente entre continuar como si nada en lo económico, pero siendo conscientes de que los tiempos están cambiando, y una transición ecológica que permita vivir más o menos como ahora, ejemplificada en el discurso público del GND (que no en su hipotética materialización). Los Trump apuestan por la economía fósil, que es sin duda la más productiva, al tiempo que refuerzan las fronteras y los imaginarios de confrontación imprescindibles para mantener su poder en un orden que se resquebraja. Están sabiendo leer nuestro tiempo, en función de sus intereses, mejor de lo que parece. Quienes defienden el GND parten de tener una conciencia, al menos parcial, de la crisis socioecológica, pero hacen promesas imposibles de cumplir y que no están a la altura de los retos ecológicos, que no son solo energéticos, sino mucho más complejos. Despliegan un horizonte de deseo de muy corto recorrido y con una alta potencialidad de generar desencanto.

La gran batalla en el campo del deseo en los próximos años o lustros no va a ser la de si se hace la transición hacia una economía sostenible. Eso va a suceder inevitablemente. La disputa va a ser qué tipo de transición triunfa. Por un lado, la ecofascista o la ecoautoritaria: mantener unos altos estándares de vida de las élites, para lo que abrazarán relatos conservacionistas y de defensa de “lo nuestro”. Ya lo hizo el partido nazi y lo empieza a hacer la ultraderecha europea. El cuento de la criadasería un horizonte de deseo (de las élites) en un territorio estéril fruto del Capitaloceno.

El otro gran horizonte de deseo es el que se conforma con el reparto del trabajo y de la riqueza, la sencillez, la lentitud, el placer derivado de tejidos sociales densos o el encuentro íntimo con la naturaleza. Ese encuentro basado en el conocimiento, en el trabajo y en el amor que de ambos se deriva, como nos enseñan ya los movimientos neorrurales. Es el que permitiría materializar una transformación socioeconómica inspirada por el decrecimiento, la relocalización, la integración en los ciclos naturales (es decir, una economía agroecológica y no industrial), y la distribución de la riqueza y el poder. Este es el horizonte de deseo que ahora mismo se encuentra más escondido, menos articulado y más entrelazado con otros deseos contradictorios, pero que probablemente exista más de lo que pensamos. Es el que impulsa a quienes anhelan prejubilarse o a quienes emplean sus vacaciones en peregrinar. Es el deseo que lleva a muchas a abandonar la ciudad y volver a poner los pies en la tierra. Es el deseo, también, de aquellas que deciden trabajar en clave cooperativa y escapar de las imposiciones absurdas del crecimiento. Éste será el único deseo compatible con algo que podamos considerar vidas buenas cuando las vidas que antes calificábamos de buenas (las del consumismo) ya no sean factibles.

Ese horizonte de deseo es imprescindible hacerlo crecer ahora. De no hacerlo, en su hueco crecerá el deseo ecofascista. Y nada hace crecer más el deseo que ver a otras personas viviendo felices. Necesitamos estimular que amplias capas sociales quieran imitar a quienes trabajan en una cooperativa con condiciones laborales dignas y en trabajos socialmente necesarios, viven en edificios ecológicos diseñados para maximizar las amistades y los apoyos mutuos, o comen fruta sabrosa cogiéndola directamente del árbol que cuidan.

Pero eso no es suficiente. Necesitamos estimular el deseo recuperando nuestra capacidad de soñar con otras economías y sociedades, algo que nos parece hoy casi imposible porque el capitalismo y el estado, al cercenar nuestra autonomía económica y política, también han cortado las alas a nuestra capacidad de imaginar otros mundos. Por eso, para poder soñar alto tenemos que ir materializando a la vez los sueños. Es decir, construir vidas autónomas que nos permitan fantasear con sociedades autónomas y, de paso, posicionarnos mejor para defenderlas cuando llegue el momento de hacerlo.

Por Luis González Reyes

@luisglezreyes

Adrián Almazán

23 dic 2020 06:00

Publicado enMedio Ambiente
Rusia admite que la era del petróleo ha pasado y vira su estrategia energética hacia las renovables

El imperio de los combustibles fósiles toca a su fin. Así lo proclama el Kremlin, el mayor exportador de energía del mundo, si se contabilizan sus ventas de gas y de petróleo. "El techo del consumo ha pasado y los riesgos [productivos y del mercado] irán en aumento", dice su ministro de Finanzas, Vladimir Kolychev, quien revela un giro estratégico hacia las renovables.

 

Arabia Saudí fue el pionero del cártel de la OPEP en poner en solfa la supremacía del petróleo como fuente de energía global. Asentada al calor de la revolución industrial de finales del siglo XIX y durante toda la centuria pasada. Con creciente peso geoestratégico. La Visión 2030 de su príncipe heredero, Mohamed bin Salman (MbS), esbozó, hace dos años, una hoja de ruta para, a lo largo de la década venidera, cambiar la fisonomía de una nación, fundada en 1932, bajo un tratado de legitimidad entre la Casa Saud y el clero wahabí, y acabar con la crudo-dependencia; es decir, poner el epitafio a la casi total monopolización de ingresos por hidrocarburos en este petro-Estado.

Todo un desafío socio-cultural en el mayor productor de crudo y en el país con las más amplias reservas de oro negro conocidas que ha incluido la llegada de capital privado en los 2 billones de dólares de la venta del 5% de Aramco, primera corporación del planeta, y la puesta en escena de un fondo soberano, de otros 2 billones de dólares, en el que han entrado, no sin contratiempos inversores, firmas como tecnológicas como Apple, Google, Microsoft y fondos de inversión como Berkshire Hathaway. El rival petrolífero saudí en el mercado, y contrapeso en los cónclaves de la ampliada OPEP + pasa ahora a la acción. Porque Rusia está preparando el terreno para un escenario sin los carburantes fósiles como su fuente prioritaria de energía. Empresa de igual calado que la de su contrincante saudí, ya que implica una transformación diametral del patrón de crecimiento y del sistema productivo ruso.

Las palabras de Kolychev han causado perplejidad. No son el modus operandi del Kremlin. Entre otras razones, por el reconocimiento de que los tiempos dorados de la base de subsistencia más importante de la segunda potencia nuclear y que inculcó a principios del milenio la energía como arma estrategia de su política exterior, han pasado a la historia. Y, con ello, su fuente prioritaria de ingresos. Pero también porque la todopoderosa voz de Vladimir Putin hablaba el pasado mes de octubre de que la catapulta exportadora de la energía rusa se afianzaría en los próximos años en la creciente demanda de las naciones asiáticas y, en apoyo de su discurso, desde el Ministerio de Economía se pronosticaba que el techo del consumo de crudo en el planeta no llegaría hasta 2045.

Kolychev también avanzó que su departamento baraja varios horizontes futuros con unos niveles de demanda fluctuantes. Pero que todos ellos se canalizarán bajo una misma premisa: la búsqueda de un modelo consolidable, garantista y sólido de los beneficios que reporta a las arcas rusas su poderoso sector energético y la creación de un fondo de contingencia para épocas de vacas flacas en la cotización del petróleo como a actual. La explicación del ministro va en la dirección marcada por Putin, que ha prometido en los últimos años rebajar la crudodependencia del país y asentar una estructura energética sostenida con fuentes renovables. Las ventas de gas y petróleo sustentan más de la tercera parte de los ingresos presupuestarios rusos.

El envite de Kolychev ha sido, cuanto menos, oportuno. Los confinamientos sociales derivados de la Covid-19, la hibernación económica que ha llevado a la recesión global más profunda en tiempos de paz y las restricciones a la movilidad han acelerado las cruzadas contra la catástrofe climática. British Petroleum (BP) ha sido la primera supermajor en asumir, el pasado septiembre, la tesis a la que ahora se acoge el titular de Finanzas ruso: el consumo de crudo no volverá nunca a los niveles vistos antes de la pandemia. Mientras desde China se ha acelerado las políticas de transición energética, la Administración Biden prepara su Green New Deal y Europa ha puesto una velocidad más a su crucero para llegar a metas más ambiciosas en su objetivo de conseguir emisiones netas de CO2 cero.

Rusia podría estar sopesando una táctica de sincronización en este ámbito con los tres grandes bloques económicos y comerciales. Porque, al inicio de diciembre, Putin designó a Anatoly Chubais, ex responsable de Rusnano, como su máximo asesor en cambio climático. El Grupo Rusnano es una institución rusa de desarrollo de la innovación creada en el marco de la iniciativa presidencial denominada Estrategia para el desarrollo de la industria de la nanotecnología, creada en 2011, cuya misión es configurar un tejido industrial competitivo con la nanotecnología como propulsora, y que ha focalizado la mayor parte de sus inversiones en las energías sostenibles. Chubais ha sido una de las voces más críticas de la política energética actual de Rusia, así como a su benevolencia para con las medidas de lucha contra el cambio climático. Entre sus embestidas dialécticas figura un peligro, a su juicio, latente: los descensos bruscos y continuados del petróleo son una amenaza contra la seguridad nacional.

La cuota de renovables en el mix energético ruso se sitúa por debajo del 1%. Es decir, tiene un enorme trecho por recorrer en la carrera de la sostenibilidad. Porque, entre otras razones, aún destina la mayor parte de sus recursos en tareas de exploración y prospección petrolíferas; sobre todo, en el Ártico. Desde think-tanks como el Skolkovo Energy Center de Moscú se advierte de que el dinamismo económico del país podría limitarse a un pírrico crecimiento del 0,8% del PIB en las próximas dos décadas si Rusia no logra adaptarse a las demandas de energías alternativas a los combustibles fósiles. "La economía rusa está claramente al margen de la extrema gravedad por la que atraviesan los hidrocarburos", afirma a Bloomberg Natalia Orlova, economista jefe de Alfa-Bank en la capital moscovita. "Ni el Kremlin ni las empresas tienen una comprensión nítida de la dirección que debería tomar Rusia si desea abandonar su dependencia de una energía todavía sin una fecha de caducidad, pero con los días contados".

Los expertos advierten que el dinamismo económico de Rusia podría limitarse a un pírrico crecimiento del 0,8% del PIB en las próximas dos décadas si no logra adaptarse a las demandas de energías alternativas a los combustibles fósiles. 

Inversiones billonarias en la industria petrolífera

Uno de los puntos de mayor fricción entre la Administración Trump y el Kremlin deja entrever la enorme trascendencia que Putin ha otorgado a su industria energética. El llamado Nord Stream 2, el gaseoducto que debería haber conectado, a finales de este año, la costa rusa del Mar Báltico con el litoral alemán a través de sus 1.230 kilómetros -y que la Gran Pandemia ha retrasado sine die, pero con visos de poder abastecer el mercado germano a corto plazo. El líder republicano llegó a advertir de que "Berlín comete un tremendo error por su dependencia no forzada hacia Moscú".

No sólo Washington mostró su preocupación. También varios aliados de la OTAN dieron rienda suelta a sus críticas hacia la canciller Angela Merkel por persistir en un proyecto que va a duplicar la capacidad de suministro del gas natural ruso al mercado alemán con el Nord Stream original, que abrió sus espitas en 2011. Incluso persisten todavía las amenazas de sanciones estadounidenses, cuando se han reanudado las obras del último tramo, en suelo germano. Entre peticiones oficiales de la Casa Blanca para detener su finalización.

El gaseoducto en construcción es una joint-venture entre el gigante ruso Gazprom y Royal Dutch Shell, a las que se han unido otros cuatro grandes inversores, que han contribuido con la mitad de los 9.500 millones de euros de su coste total. Iba a entrar en funcionamiento en 2019, pero las presiones del gabinete Trump forzaron al grupo suizo Allseas, uno de sus principales contratistas, a retirar los buques con los que realizaban las conexiones en el trazado del gaseoducto, que incluía la penetración en aguas jurisdiccionales danesas.

La entente germano-rusa busca, según Berlín, asegurar unos costes de abastecimiento barato y una mayor diversificación de las exportaciones energéticas rusas, como reconoce el emporio gasístico Gazprom. Antes de la puesta en marcha del primer gaseoducto, Rusia enviaba a través de Ucrania las dos terceras partes de sus ventas de gas a Europa. Pero la invasión de la Península de Crimea y las disputas diplomáticas con Kiev dejó a Gazprom expuesta a un colapso.

A raíz, en particular, del cierre del grifo energético decretado por el Kemlin durante trece días en invierno de 2009. La búsqueda de nuevos mercados ha presidido la política energética de Moscú que, en la actualidad, sigue siendo demasiado restringida, dado que sólo catorce países reciben más del 50% de la producción de gas rusa. La salida del Nord Stream 2 ha ofrecido a Gazprom un balón de oxígeno, a pesar del acuerdo con Kiev para mantener activo el gaseoducto ucraniano hasta, al menos, 2024.

La Administración Trump interpreta esta alianza energética ruso-alemana como un intento de Putin de tener en cautiverio a la UE. E, incluso, voces republicanas como la de Ted Cruz, su senador por Texas, llegó a advertir que, de culminarse la obra, era una amenaza contra la seguridad nacional de EEUU. Frente a la dialéctica alemana y de otros países del norte que se afanan en asegurar que era una iniciativa que inculcaría más competitividad al negocio del gas licuado y una alternativa para solventar el descenso productivo de este combustible en el Mar del Norte y Holanda.

Gazprom afirma que su cuota de suministro de gas representaba en 2019 el 35,5% de la demanda europea. Sus contratos tradicionales se dirigen a Finlandia, Letonia, los países balcánicos, Bielorrusia, pero su intención es asentar el abastecimiento en los mercados occidentales del centro y del norte europeos, que también reciben gas de Noruega, Qatar, países africanos y Trinidad y Tobago. Incluso, antes de la Gran Pandemia, adquirían gas de EEUU, a unos precios reducidos por la caída, ya entonces, de su demanda energética. La Casa Blanca ha dado especial trascendencia en los últimos años a la pasarela de buques de suministro de gas a través del Atlántico.

El Kremlin, que ha tardado seis semanas en reconocer la victoria de Joe Biden, hasta el efectivo reconocimiento de su triunfo por parte del Colegio Electoral federal, ha activado las alarmas por el cambio de Administración en EEUU. Sus altos cargos y analistas del Consejo de Seguridad han planteado al presidente ruso varios escenarios de hostilidades para cuando el nuevo inquilino se instale en la Casa Blanca, a partir del 20 de enero. Evalúan y tratan de dibujar reacciones a las estrategias que el equipo de Biden deslizará en su relación con China, las armas nucleares y, por supuesto, su política energética, además de la táctica sancionadora sobre conflictos geopolíticos y su tacticismo en torno a Rusia. De hecho, el director del FBI, Christopher Wray, el octavo desde 2017, considera que Putin ha implantado una "muy activa" campaña para desacreditar a Biden, con la hipotética división ideológica con el poder legislativo de un partido, el republicano, poco o nada proclive a buscar puntos de entendimiento en los próximos cuatro años.

Moscú teme el efecto boomerang de EEUU con el dirigente demócrata en asuntos que, con Trump, eludieron el escándalo por su sintonía con Putin, como el final de la era de los acuerdos de no proliferación de armas nucleares. Con Biden, el Kremlin no descarta que Rusia se vuelva a erigir en el rival de mayor carga geoestratégica para Washington, frente al señalamiento de China como gran riesgo para la hegemonía americana de la presidencia republicana. Con Biden, "se consolidaría la red de influencias e intereses con Europa, reverdecería la plataforma anti-rusa", pronostica Andrey Kortunov, responsable del Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia, vinculado al Kremlin. En torno a la OTAN, que ha elevado el tono varias ocasiones, a instancias de los socios del Este, especialmente, en los últimos años, por la sucesión de maniobras navales rusas en el Báltico, además de los ejercicios conjuntos desplegados junto a China. A donde Moscú ha redirigido sus exportaciones de gas y petróleo, haciendo uso de la energía como mecanismo de su acción en el exterior para fortalecer lazos geoestratégicos de primer orden con Pekín.

Diversificación para influir en la OPEP+

La necesidad de reconfigurar el modelo energético -y exportador- ruso también pretende forjar el asentamiento del Kremlin durante el incierto periodo de transición hacia la neutralidad y las emisiones netas cero de CO2 que parece haberse impuesto en los últimos meses en el planeta. En el que el crudo y el gas todavía tendrán su protagonismo. De su éxito en el futuro a corto y medio plazo dependerá, en gran medida, la capacidad de influencia de Rusia en el seno del cártel petrolífero; su poder de contrapeso frente a Arabia Saudí.

En medio de la fuerte, fluctuante y volátil cotización del oro negro en una época, dice el consenso del mercado, marcada por caídas de demanda. Y que mantiene el precio del barril en este tramo final de 2020 entre los 47 dólares del West Texas Intermediate (WTI), en el mercado americano, y los 50 del Brent, de referencia en Europa. Tras experimentar descensos dramáticos al inicio de la epidemia, con valores del WTI negativos el pasado mes de marzo. La reactivación, aunque modesta, de la cotización durante la Gran Pandemia, "nunca se hubiera consumado sin la cooperación conjunta de Riad y Moscú", que han actuado bajo la "misma longitud de onda" durante estos meses para rebajar las cuotas productivas de la OPEP+ asegura Harry Tchilinguirian, estrategia en BNP Paribas, que pusieron en liza medidas de compensación a socios de la organización como Nigeria, Angola o Kazajistán para que cumplieran con sus recortes; además de permitir retrasos en esta decisión a naciones como Irak.

Los sacrificios de bloquear los flujos de crudo al mercado son los riesgos futuros de los que habla el titular de Finanzas ruso. Pero han sido determinantes para adecuar la oferta al retroceso de la demanda. Y justifican el giro energético de Arabia Saudí y Rusia que proclaman sus autoridades. Antes, en el caso de Riad, y durante, desde Moscú, la Gran Pandemia. Porque 2020 ha sido el año en el que el crudo ha claudicado en su intento de sostener el precio del barril por encima de los 80 dólares, objetivo declarado de ambos países.

La Covid-19 ha acelerado la tendencia transformadora. A la que Rusia se acaba de subir. Porque los cambios hacia la sostenibilidad apuntan a que serán permanentes. Y, si el avance tecnológico y las metas hacia la neutralidad energética, como parece, se adelantan, los contratos de crudo y gas caerán en algún momento, en los tiempos venideros, a plomo. Es la segunda lectura de los estudios que maneja BP. En el que se decanta por descensos de demanda oscilante a lo largo de la década que da comienzo -y descontando el inicio del ciclo de negocios post-Covid- que se irán intensificando en los siguientes diez ejercicios, una vez se puedan certificar las reducciones de emisiones en las economías que están virando sus sistemas productivos hacia la transición a las energías limpias.

En línea con los designios de autoridades como Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, para quien el retorno a la actividad tras la Gran Pandemia "no será con las mismas directrices económicas, sino en modelos diferentes a los tradicionales". BP, en otra clara señal con varios destinatarios potenciales, entre ellos Moscú, asegura que más de la mitad de la demanda global a largo alcance será en el segmento del transporte, donde el vehículo eléctrico, ha tomado la delantera. Mientras las capitales que han apostado por convertirse en Smart Cities han declarado la guerra a los combustibles fósiles en sus políticas de movilidad y conectividad.

La estrategia de Rusia encierra un interés por seguir influyendo en los precios del crudo esta década, mientras diversifica sus exportaciones de petróleo y gas, y decide si se adentra en un cambio de sistema productivo que dé protagonismo a las renovables.

21/12/2020 07:57

 

Publicado enInternacional
Sofia Coppola: "En Hollywood se están produciendo cambios"

Entrevista a la directora de "En las rocas"

A los 49 años, ya es una veterana con siete títulos que obtuvieron premios importantes. Su última película la reunió con Bill Murray, pero ya prepara nuevos proyectos.

 

Si existió alguna vez alguien que se dedica a la dirección y suena literalmente como sus películas, es Sofia Coppola. De tono tranquilo, la realizadora de 49 años tiene una voz meliflua y gentil que inmediatamente recuerda a su trabajo. A menudo Coppola hace películas climáticas que envuelven al espectador en atmósferas delicadas, sea la bruma de jet lag de Perdidos en Tokio a los suburbios bañados por el sol en Las vírgenes suicidas, su debut de 1999. Sus películas contemplativas se sitúan bien lejos de esas expresiones más grandes que la vida misma que supo fijar su padre Francis Ford Coppola, producciones como El Padrino y Apocalypse Now. Del mismo modo, ella no expresa ninguna de las intensidades de alto voltaje de su primo, el actor Nicolas Cage. La suya es una de las grandes dinastías de la realización cinematográfica estadounidense -están también su hermano Roman y su sobrina Gia-, pero el trabajo de Sofia se sostiene por su propio derecho, y la ha visto emerger como una de las más visionarias directoras de su generación.

Durante los últimos 21 años y siete películas, entonces, Sofia Coppola apareció como una personalísima voz en la escritura y la dirección. Ganó un Oscar por el guión para la pantalla de Perdidos en Tokio, apenas su segunda realización. En un rincón del corazón (2010) se llevó nada menos que el León de Oro en el Festival Internacional de cine de Venecia. Y en 2017 su remake de El seductor le dio el galardón a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes. Aún sus películas menos lucidas, como la despareja María Antonieta, con el correr del tiempo obtuvieron una nueva apreciación. "Creo que es reconfortante cuando se empiezan a apreciar cosas que en su momento fueron consideradas extrañas", dice ella. 

En el momento en que hablamos -primero por Zoom, luego directamente por teléfono- Coppola está en París, un cambio de escenario con respecto a la Nueva York en la que vive con su familia, compuesta por su marido, el músico francés Thomas Mars, y sus hijas Romy, de 13 años, y Cosima, de 10. "Estaba preocupada por venir aquí porque escuché que se estaba cerrando todo", señala. "Pero se siente bastante normal, está todo calmado" (esto, hay que señalarlo, fue dicho unos días antes del rebrote del virus en Europa).

De todos modos, Coppola logró escapar a lo peor de la pandemia de covid-19. Logró terminar la mezcla de sonido de su película más reciente, la odisea en tono de comedia En las rocas, justo antes de la cuarentena: aunque también llegó exhibirse en salas, la realizadora cerró un acuerdo con la plataforma Apple TV+ para proyectarla en streaming. "Realmente valoro el aspecto comunal de ver una película todos juntos en una sala de cine", dice, pero con tantas personas permaneciendo en sus hogares "siento que todos necesitamos tener algo para ver en este momento."

En las rocas parece además muy apropiada para el sistema de streaming, una película amable y llevadera "como para ver cómodamente en casa", según dice. "No es un film épico que tenés que ver sí o sí en una gran pantalla o algo así". Le cuento que la vi metido en la cama y lanza una aprobación. "Hay un canal en París que mi marido y yo acostumbrábamos ver llamado The Comfort Channel. Cada vez que lo prendías, sabías que habría alguna clase de comedia romántica que era ideal para... bueno, para cuando estás con ese estado de ánimo."

Su nueva película es lo más cerca que podría estar de una de esas historias neoyorquinas a la Woody Allen. Rashida Jones (una de las actrices de Parks and Recreation) interpreta a Laura, una escritora que hace malabares con la maternidad, el trabajo y el matrimonio. Ella empieza a sospechar que su esposo Dean (Marlon Wayans) la está engañando, e incitada por su padre Felix (Bill Murray), un malicioso comerciante de arte, empieza a espiarlo. "Es una especie de idea ridícula a la que intenté aproximarme con cierto realismo", dice Coppola. En otras palabras, la clásica farsa alocada.

Por más liviana que intentara su mirada, Coppola también quería echar un vistazo a la maternidad, y a los compromisos que inevitablemente se asumen en función de ella. "Simplemente intenté interpretar ese momento en el que estuve en mi vida en el que mis hijos eran más chicos... ese ajuste que tenés que hacer. Pienso que cuando sos madre atravesás una crisis de identidad, y pensé que tendría sentido que ella pudiera ser vulnerable y lo suficientemente insegura para seguir adelante con ese loco plan. Solo se trataba de estar con ese ánimo."

El cambio de vida de pasar de "ser capaz de estar escribiendo toda la noche a tener que levantarse muy temprano" se convirtió en un tópico común entre ella y otras artistas amigas. ¿Estaba preocupada por la posibilidad de que tener hijos le hiciera perder su "toque"? "No, nunca pensé realmente así", responde. "Pero sí empezás a darte cuenta de que tenés que ser mucho más organizada con tu tiempo. Y eso es un poco lo opuesto a lo que significa ser artista, donde necesitás solo divagar. No es algo que puedas hacer en una hora. Y para alguien dedicado a la creación, es un ajuste definitorio."

El gran argumento de venta aquí es la reunión de Coppola con Bill Murray, responsable de protagonizar Perdidos en Tokio, en su único personaje nominado a un premio Oscar hasta la fecha: un actor en decadencia embarcado en un nostálgico flirteo con la estudiante interpretada por Scarlett Johansson en un hotel de Tokio. La directora y el actor siguen siendo amigos, e incluso Coppola lo dirigió en el especial de comedia A Very Murray Christmas algunos años atrás. "¡Creo que ahora mismo necesitamos un poquito de Bill Murray!", dice ella. "Tiene un gran corazón, y es muy divertido, en una manera que es absolutamente única, solo de él."

Si Murray le imprime a su personaje una buena carga de ese encanto cómico que le sale sin esfuerzo, Coppola señala que el mujeriego Felix también proviene de una generación de la vieja escuela de los hombres "que beben martinis y fuman cigarros." En un mundo post #MeToo, ella es plenamente consciente de que esos dinosaurios patriarcales ya no caen bien. "También hay muchas críticas sobre ellos, no encajan en la vida moderna", señala. En las rocas no lleva a un castigo en extremo, más bien le pega una palmadita aleccionadora en la muñeca..

Más convincente es la dinámica padre-hija que aparece en la película, algo que ya ha asomado en sus trabajos anterioremente -sea el sobreprotector padre de James Woods en su debut de 1999, Las vírgenes suicidas, o el perverso actor que encarna James Dorff, reuncontrándose con su hija de 11 años -interpretada por Elle Fanning- en En un rincón del corazón. Incluso La vida sin Zoe -el segmento del film colectivo Historias de Nueva York que en 1989 escribió junto a su padre- presenta a una hija tratando de reunir a su madre con un padre distante.

"Supongo que es un gran tema, siempre presente, para mí", concede. "Pero creo que probablemente para un montón de mujeres eso tiene un gran impacto en cómo te conforma la manera en que te relacionás con los hombres en el mundo. Y probablemente teniendo una gran figura paterna es algo especialmente presente en mi cabeza, pero de todos modos creo que es algo universal." Aun así, el impacto de su padre sigue siendo enorme. Durante sus años de crecimiento en California, él solía llevarla "a lugares donde los niños normalmente no van", recuerda con afecto. "¡Me enseñó a jugar a las cartas en el casino!"

¿Se sintió tentada de tomar aspectos de su propio padre para dibujar a Felix? "No, no tiene la personalidad de mi papá, en absoluto", señala. "Pero creo que se trata del amor entre ellos, el lazo que los une... cuando él le habla como si fuera un bebé... eso sí viene de mi vida. Pero ese personaje en realidad es una combinación de muchos personajes. No es la personalidad de mi padre, no es mi padre. Pero por supuesto, una toma cosas de la vida para tratar de que todo se sienta real y conectado."

Curiosamente, su padre -quien tiene 81 años- acaba de hacer un nuevo corte de El Padrino III para un relanzamiento por su 30° aniversario. "El está muy contento con eso", dice. Como adolescente, ella fue reclutada para reemplazar a Winona Ryder, que se bajó del proyecto, para interpretar a Mary Corleone; las reseñas fueron muy duras con ella. "Para mí es muy duro ver mi versión de 18 años", admite. "Ha pasado mucho tiempo, pero es extraño verte con ese aspecto tan  juvenil. Es raro de ver... casi como si fuera otra persona."

Luego de eso, ella pasó cierto tiempo en busca de su propia voz, fuera apareciendo en un video de Madonna junto a Udo Kier para "Deeper and Deeper", o diseñando una línea de ropa en Japón con la música Kim Gordon. Fue precisamente el compañero de Gordon en Sonic Youth, Thurston Moore, quien le recomendó a Coppola que leyera la novela de Jeffrey Eugenides Las vírgenes suicidas... aunque una historia de cinco hijas en un pacto suicida no pareciera exactamente un prospecto de éxito comercial.

"Cuando estaba empezando, fue realmente muy duro conseguir hacerlo", dice ella. Incluso después, durante años, Coppola se sintió como una voz femenina muy solitaria en el cine estadounidense. ¿Siente que Hollywood cambió para mejor? ¿Hay una mayor representación detrás y delante de las cámaras? "Sí, ha cambiado muchísimo desde que empecé, veinte años atrás", concuerda ella. "Y también creo que toda esta conversación pública ayuda a que haya más puntos de vista dando vueltas ahí afuera, seguro." ¿Y qué pasa con la brecha salarial entre hombres y mujeres, una cuestión vivamente señalada por Patricia Arquette cuando recibió su Oscar en 2015? ¿Se ha resuelto? "Sé que se habla mucho de eso", responde. "No estoy investigando mucho cuánto realmente ha cambiado. Espero que así sea. Por supuesto, tengo la esperanza de que realmente esté cambiando, de verdad."

Entonces, ¿qué hay en el futuro? Su "escape de la realidad" en la cuarentena fue dedicarse a adaptar una historia tragicómica de ascenso social escrita por Edith Wharton, The Custom of the Country, nuevamente para Apple TV+. "Es un libro que siempre amé", asegura. "Es una de sus historias menos conocidas, pero es muy amada por aquellos que conocen su trabajo". Una mirada paralela sobre el mundo, a través de una novela admirada casi en secreto. Es algo que encaja muy bien con Sofia Coppola.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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El presidente chino, Xi Jinping, pronuncia un discurso por video en la ceremonia de apertura de la 17 Exposición China-Asean.Foto Afp

Más allá del prosaico enfoque entreguista de "costo-beneficio", al que son adictos los colonizados neoliberales, ya había destacado la virtud "geoestratégica de las refinerías" cuando "las cinco más grandes refinerías en el mundo, de un total de 700 (sic), se encuentran en la región Asia-Pacífico: EU/China/Rusia/India/Japón" (https://bit.ly/2mnKUt3).

Entonces recalqué que "las refinerías no son un vulgar asunto de mercaderes y/o de costo-beneficio: pertenecen a la zona delicada de la seguridad nacional" (https://bit.ly/37dqtCR).

Si "no sirven" las refinerías, ¿por qué EU tiene 135?

Las 135 refinerías de EU están distribuidas en 30 estados, primordialmente en tres: Texas (47), Luisiana (19) y California (18). Cabe señalar que California constituye el primer PIB de EU y Texas el segundo lugar.

En búsqueda de su anhelada autarquía (https://bit.ly/3mg8oKD), China no desea depender más de la importación de gasolina/diésel y otros combustibles de Estados Unidos y está a punto de "eclipsar a EU como el mayor (sic) refinador de petróleo del mundo", según el neoliberal rotativo israelí-estadunidense Bloomberg (https://bit.ly/3l9W9Ol).

Pekín acaba de lanzar cuatro (sic) proyectos de refinerías debido a la espectacular demanda de plástico (sic) y combustibles tanto en China como en el resto de Asia, donde las "economías rebotan aceleradamente de la pandemia" del Covid-19, en contraste a las refinerías de EU y Europa que luchan por salir de su grave crisis económica.

Del producto de las nuevas magnificentes refinerías de China/India/Medio-Oriente, de 70 a 80 por ciento será enfocado al plástico (sic) y, por lo visto, pocos países desean depender del gas licuado y la nafta que exporta EU a Asia, donde impera la "popularidad de refinerías integradas" y no segregadas en etileno, propileno, nafta, etcétera.

Según la Agencia Internacional de Energía, EU había sido la principal refinadora "desde el inicio de la era petrolera a mitad del siglo XIX". ¡China "destronará a EU el año entrante"! –que, por cierto, inicia en 32 días.

Más allá de la inevitable transición a las energías alternativas –que el mismo Biden, hoy a sus 78 años, ha propuesto acontezca en los próximos 30 (sic) años–, el portal neoliberal Bloomberg comenta que "el ascenso de la industria refinadora de China, combinada con varias plantas nuevas y grandes en India (sic) y el Medio Oriente, reverberará en todo el sistema energético global".

Las dos terceras partes de las refinadoras europeas "no cubren sus costos", mientras la "capacidad de refinación china se ha casi triplicado (¡súper-sic!) desde el inicio del nuevo milenio conforme guarda el ritmo con el rápido crecimiento de su consumo en diésel y gasolina", por lo que se calcula que en 2025 procesará 20 millones de barriles al día (mbd).

Tampoco hay que perder de vista a India que alcanzará a refinar 8 mbd en 2025, prácticamente el doble de su presente capacidad, cuando construye su nueva mega-refinería (https://reut.rs/3q94sxC).

Con su profundo horizonte geoestratégico, China no deja las piezas sueltas al azar, después de su pésima vivencia del boicot de EU a su tecnología 5G, y hoy practica lo que denomina "pluralismo energético" –muchas veces ocultado como "reservas energéticas estratégicas" –cuando se ha posicionado también como la primera potencia en "energías renovables" ( https://bit.ly/3qahefc ), sin descuidar la inminente conversión a los vehículos eléctricos.

La instalación en Yulong (China), con capacidad de refinación de 400 mil barriles diarios, costará 20 mil millones de dólares (https://bit.ly/3q6wUQP).

En Estados Unidos, las mayores ganancias provienen de la refinación, más que de la extracción con su caníbal fracking que predomina en Texas (https://bit.ly/2JfY46S).

En México, el fracasado trío neoliberal panista Fox/Calderón/Anaya, que regaló el petróleo a Hillary Clinton con la antimexicana "reforma energética", vocifera cacofónicamente contra la refinería de Dos Bocas (Tabasco): tema en el que exhiben, más que su patética ignorancia, su lastimosa esclavitud mental con los refinadores de Texas.

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Rob Wallace es biólogo evolutivo y fitogeografo para la salud pública en los Estados Unidos.

Las universidades neoliberales crean “expertos” para servir a las necesidades del poder, ese lugar donde se definen cuáles son los problemas y el curso de las investigaciones. Lo que hay que hacer es cambiar las preguntas, plantear nuevos problemas, dice el filósofo Slavoj Žižek. Rob Wallace es uno de esos científicos que hacen preguntas molestas para el capital. Biólogo evolutivo, ecólogo e investigador en la Universidad de Minnesotta, en 2016 publicó Big Farms make big flu, donde preveía la aparición de pandemias como la actual, aceleradas por las transformaciones capitalistas de las últimas décadas. El libro acaba de ser publicado en castellano (Grandes granjas, grandes gripes, Capitán Swing, 2020). En simultaneo, se publica en inglés Dead Epidemiologists (2020), dedicado enteramente a la crisis de la covid-19.

Wallace sostiene que el abordaje de una pandemia debe ser multidisciplinar, ya que “ninguno de los factores más amplios que determinan la evolución de la gripe y la respuesta a los medicamentos se puede encontrar con el microscopio”. Es necesario levantar la mirada para visualizar una “geografía que conecte las relaciones entre los organismos vivos y la producción humana”. Asegura que los virus han encontrado “grietas en la estructura epidemiológica del mundo” y, aunque no haya ninguna conspiración secreta ‒este virus no fue diseñado en un laboratorio‒, sí existe una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales.

De su trabajo surgen cuestiones inquietantes. Si este tipo de pandemias echa raíces en las tramas de la producción capitalista, ¿cómo puede una vacuna ser la solución que todos esperamos? ¿Qué rol están jugando los Estados frente a la crisis? A comienzos de noviembre, cuando la segunda ola parece imparable en todo el mundo, Rob Wallace se hace un tiempo para conversar por zoom sobre estos temas.

En Grandes granjas, grandes gripes explicabas que la gestación de crisis pandémicas está muy relacionada con la expansión de la agricultura intensiva y los centros de la producción industrial de alimentos. ¿El poder de los agronegocios nos condena a crisis virales recurrentes?


La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales. Se produce un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades locales de regiones que están conectadas con la red global.

Por eso, un brote que aparece en una cueva en el centro de China, en el plazo de semanas puede terminar propagándose en Miami. Antes esto era contenido por la complejidad de los ambientes forestales locales, pero esos bosques han sido mutilados de su complejidad en una forma que ha permitido a los patógenos extenderse hacia los seres humanos en esas regiones, sobre el ganado, y de una forma y otra, llegar al otro lado del mundo.

La agricultura capitalista juega su papel de dos maneras: en China está empujando las fronteras silvestres. Pero esto no se trata solo de China. Goldman Sachs, por ejemplo, ha invertido 3.000 millones de dólares en granjas de pollos en China

De manera que se han abierto “puertas” que los ecosistemas mantenían cerradas.


El modo en que la agricultura intensiva lleva adelante su producción, únicamente enfocada en las ganancias, ha destruido la ecología que bloqueaba y marginaba los peores patógenos. Este es el marco general, que explica también el brote de ébola en África occidental ‒previamente el ébola había aparecido en algunos poblados, matando a cientos de personas, pero en 2013 se extendió, contagiando a 35.000 personas, matando a 11.000 y dejando cadáveres tirados en las calles de grandes ciudades‒. Es un proceso que se genera con la introducción de nuevos monocultivos, como las plantaciones de aceite de palma, que destruyen el bosque forestal. Este es un extremo del circuito de la producción, en las fronteras forestales. Pero, por otro lado, tenemos las granjas industriales de pollos o cerdos, instaladas en las afueras de grandes ciudades y que pueden albergar los peores patógenos de las gripes, que se pueden contagiar a los seres humanos en las cercanías.

El virus que genera la Covid-19, también llamado SARS-CoV-2, ha aparecido en murciélagos en el sur y centro de China. Las fronteras interiores han sido empujadas allí por el desarrollo industrial y la deforestación, incrementando esa interacción de la que hablaba antes. Desde que SARS1 apareció en 2002, los científicos han sido capaces de detectar todo tipo de coronavirus, no solo en China, sino en el mundo. Y los coronavirus se han estado traspasando a todo tipo de animales: ganado industrial, animales silvestres que se venden como alimento, y también contagiando directamente a humanos. Ya hemos tenido tres grandes episodios mortales: SARS1, MERS en medio oriente, y SARS2, y todo esto ha ocurrido solo en los últimos 20 años.

Señalas que hay que reajustar la visión acerca de los procesos que están en la base de la extensión de los nuevos virus: procesos por los cuales organismos vivos se transforman en mercancías que recorren cadenas de valor en diferentes regiones. ¿Qué responsabilidad tienen las grandes multinacionales en esta crisis?


La agricultura capitalista juega su papel de dos maneras: en China está empujando las fronteras silvestres. Pero esto no se trata solo de China. Gran parte de la inversión extranjera directa proviene de otras partes del mundo. Tienes por ejemplo a Goldman Sachs, que ha invertido 3.000 millones de dólares en granjas de pollos en China. Hemos tenido también brotes de virus en las afueras de México DF producto de gripes que estaban circulando en granjas de propiedad norteamericana. En Europa tuvieron el H5NX y no nos olvidemos del Zika en Brasil. Es decir, que los patógenos están emergiendo en todo el planeta, no es solo un fenómeno chino.

Este es un fenómeno global; la anterior economía natural ha sido transformada en una agricultura industrial, un proceso en el cual los alimentos son considerados como cualquier otro insumo y los animales son tratados antes como mercancías que como animales. El problema es que, en el curso de esta industrialización de la producción de alimentos, también se industrializaron los patógenos que circulan alrededor de ellos, por lo que se volvieron más peligrosos, más mortíferos, más contagiosos y capaces de transmitirse rápidamente de una punta a la otra del planeta.

Algo inquietante que se desprende de tu análisis es la pregunta acerca de qué efectividad puede tener una vacuna. Hoy están depositadas grandes expectativas en el desarrollo de las vacunas para la Covid-19, casi como si se tratara de una cierta cura milagrosa. Pero las condiciones que posibilitan la propagación de estos virus siguen presentes…

  
Las vacunas son una parte importante de las respuestas médicas, de ningún modo me opondría a ellas, ya que forman parte de los avances para que las innovaciones médicas sean accesibles a la población. El problema es que nunca ha habido una vacuna para el coronavirus, y aun cuando ahora consigan hacerla, hay una buena posibilidad de que solo sea parcialmente protectora. Por lo que hay una gran posibilidad de que el coronavirus SARS2, el covid-19, aun siga circulando. Aun así, la vacuna puede jugar un papel importante, como una herramienta para tratar de frenar esta pandemia.

El mayor problema es que el modelo de producción de vacunas es siempre posterior a los brotes de la pandemia. Y no hace nada respecto a frenar estos brotes antes de que ocurran. Por lo tanto, en cierto sentido, son una distracción. Aunque son necesarias, también pueden ser una distracción acerca de las medidas necesarias para evitar que los patógenos continúen expandiéndose en esta magnitud y de esta forma.

¿Qué medidas?


Esto implicaría intervenir en la agricultura de una forma que se pudiera reintroducir de algún modo una diversidad de especies que pudieran actuar como un muro contra estos patógenos, para evitar su aceleración y su transformación en agentes peligrosos para todo el mundo. Y para eso sería necesario introducir diferentes razas, permitir autonomía de los granjeros, con posibilidades de elegir qué cultivan y dónde, además de contar con apoyo financiero para criar todo tipo animales diferentes, lo que introduce la diversidad no solo a nivel de la granja, sino en paisajes enteros. De tal modo que cualquier patógeno que llegue hasta allí no sea capaz de ganar velocidad ni extenderse a través de todo el territorio.

En esencia, habría que hacer lo que la mayoría de la clase política no quiere hacer, ya que los agronegocios son un poder político fuerte en casi todos los países, en términos de imponer su modelo económico, que genera muchas ganancias. Necesitamos algo diferente. E incluso cuando las vacunas quizás puedan ayudar en medio de una emergencia, otras intervenciones estructurales son necesarias para que el Covid-19 no sea seguido del covid-20, covid-21 y covid-22.

Los gobiernos estuvieron tan enfocados en que aquellos que hacían dinero tuvieran libertad para seguir haciéndolo, que ahora todo el resto está pagando el precio, en términos de su salud y sus derechos limitados

Los Estados dan respuestas parciales frente a la emergencia, pero no toman medidas estructurales, esa parece ser la tónica general. En tus trabajos señalas que la desfinanciación de los sistemas sanitarios ha sembrado el terreno para la circulación de las enfermedades pandémicas. En esta segunda ola se imponen toques de queda que restringen la movilidad, pero se mantienen abiertas industrias no esenciales, bares y otros negocios. ¿Qué opinión tienes de la gestión de la crisis en EE UU y Europa?


Al igual que Estados Unidos, Europa está organizada alrededor de un paradigma político y económico que recompensa a los ricos, haciéndolos más ricos. Por lo tanto, si tienes que empezar a lidiar con las inversiones necesarias para hacer frente a la escala de la pandemia del Covid, esto debería implicar algo distinto a eso. Lo paradójico es que, en países autocráticos como Vietnam o China, la población es ahora más libre que en los países occidentales, porque hicieron lo necesario al inicio de la crisis y su población puede ahora salir libremente a las calles. Pero los gobiernos estuvieron tan enfocados en que aquellos que hacían dinero tuvieran libertad para seguir haciéndolo, que ahora todo el resto está pagando el precio, en términos de su salud y sus derechos limitados.

Has publicado hace unos días un nuevo libro, Dead Epidemiologists. ¿Qué nos puedes adelantar?


Tomamos algunas de las lecciones que sacamos en Grandes granjas, grandes gripes y las aplicamos al Covid-19. El paso adelante importante es comprender las diferentes maneras en que diferentes virus pueden emerger dentro del mismo sistema. Te he descrito antes cómo el ébola emergió en un extremo de los circuitos de la producción, cerca de la frontera forestal; hablamos de la aparición de las gripes en otra localización, más cerca de las ciudades, entre la producción industrial de ganado. Y el covid-19 parece emerger en una zona intermedia, expandiéndose desde los murciélagos y animales silvestres hacia los stocks de ganando industrial, y transmitiéndose durante años a lo largo de China de diferentes maneras, antes de aparecer en una forma más infecciosa en Wuhan. El libro explora los recorridos del virus, desde las cuevas en China, pasando por las salas de juntas de negocios en Nueva York, hasta los mataderos de animales en el oeste de Estados Unidos.

Hablamos sobre los orígenes de la agricultura industrial y la expansión de patógenos, en relación con la emergencia del capitalismo hace cientos de años. Muestra, de una manera que hasta ahora no había sido señalada, que los patógenos aparecen no solo en esas coordenadas de GPS en las que podemos identificar más fácilmente su presencia. Lo que hay que entender es que la enfermedad emerge de una punta a la otra del globo, y en tanto el planeta está rodeado por los circuitos del capital, tal vez las ciudades más peligrosas son Nueva York, Londres y Hong Kong, porque son grandes centros del capital, que financian la deforestación y el desarrollo de la industrialización en todo el mundo.

*

¿Optimismo o pesimismo respecto del futuro? Quizás lo importante sea comenzar por replantearnos algunos problemas. Como colofón de esta entrevista, nos quedamos con una frase que escribió Rob Wallace en la Introducción de Grandes granjas, grandes gripes: “En nombre de la población a la que dicen servir, tanto las empresas como los Gobiernos están dispuestos a poner en peligro la supervivencia de la humanidad tal como la conocemos. Y son muy capaces de hacerlo. Tal vez eso sea cosa sabida para los lectores de Herodoto, Montaigne y Melle Mel, pero las múltiples formas que adopta esta constatación deberían significar una sorpresa siempre en algún rincón de nosotros mismos. Si no es así, nuestro cinismo nos induce a la pasividad”.

 

Por Josefina L. Martínez

16 nov 2020 06:28

Publicado enMedio Ambiente
Martes, 20 Octubre 2020 05:42

China está transformando los mares

China está transformando los mares

Las subvenciones han convertido a la flota pesquera china en una fuerza mundial de tamaño y alcance geográfico sin precedentes. Esta situación está agotando las poblaciones de peces y provocando conflictos internacionales

Ian Urbina 18/10/2020

A más de ciento sesenta kilómetros de la orilla, cerca de las costas de África occidental, acompañé a agentes de la policía marítima de Gambia cuando arrestaron a 15 barcos extranjeros acusados de violaciones laborales y pesca ilegal en el transcurso de una semana en 2019. Todos menos uno de los buques detenidos eran de China.

A principios de ese mismo año, durante un viaje de un mes en un palangrero de austromerluza que se dirigía a aguas antárticas desde Punta Arenas (Chile), los otros únicos barcos con los que nos cruzamos fueron una docena de oxidados cerqueros –embarcaciones de pesca que usan largas redes como cortinas–, que apenas parecían en buen estado para navegar.

En mayo de 2019, a bordo de un barco de calamar surcoreano, vi a casi dos docenas de barcos con banderas chinas abrirse paso en fila india hacia aguas de Corea del Norte, en flagrante violación de las sanciones de las Naciones Unidas. Formaban parte de la flota de barcos ilegales más grande del mundo: 800 arrastreros chinos que pescaban en el Mar de Japón desde 2019, según reveló una reciente investigación para NBC.

Y en julio de este año, más de 340 barcos pesqueros chinos aparecieron en las afueras de la reserva marina de Galápagos, biodiversa y ecológicamente sensible. Muchos de los navíos estaban vinculados a empresas asociadas con la pesca ilegal, según C4ADS, una firma de investigación de conflictos. Tres años antes, una flotilla china de tamaño similar llegó a estas mismas aguas, y un barco fue detenido con unas 300 toneladas de pescado capturado ilegalmente, incluidas especies en peligro de extinción, como tiburones martillo.

Con entre 200.000 y 800.000 barcos, algunos en zonas tan lejanas como Argentina, China es incomparable en tamaño y alcance de su armada pesquera. Impulsado principalmente por subsidios gubernamentales, su crecimiento y sus actividades no han sido en gran medida controladas, en parte porque la propia China históricamente ha tenido pocas reglas que rijan las operaciones de pesca. El dominio y la ubicuidad global de esta flota plantean preguntas más amplias sobre cómo China ha puesto tantos barcos en el agua y qué significa para los océanos del mundo.

La flota pesquera de China es más que una simple preocupación comercial; actúa como una proyección del poder geopolítico en los océanos del mundo. A medida que la Marina de los Estados Unidos se ha retirado de las aguas de África Occidental y Medio Oriente, China ha reforzado su presencia pesquera y naval. Y en lugares como el Mar de China Meridional y la Ruta del Mar del Norte del Ártico, China ha reclamado preciadas rutas marítimas, así como depósitos submarinos de petróleo y gas.

“La escala y la agresividad de su flota ponen a China en posición de control”, dice Greg Poling, director de la Iniciativa de Transparencia Marítima de Asia en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, y agrega que pocos países extranjeros han estado dispuestos a hacerla retroceder cuando los barcos pesqueros de China hacen incursiones en sus aguas nacionales.

No es que la pesca en sí no sea importante. La flota también es una forma de obtener seguridad alimentaria para los 1.400 millones de habitantes de China. Han disminuido muchas de las poblaciones marinas más cercanas a las costas de China debido a la sobrepesca y la industrialización, por lo que los barcos se ven obligados a aventurarse más lejos para llenar sus redes. El gobierno chino dice que tiene aproximadamente 2.600 embarcaciones pesqueras de aguas distantes, lo que, según un informe reciente del Stimson Center, un grupo de investigación de seguridad, la hace tres veces más grande que las flotas de los siguientes cuatro países principales (Taiwán, Japón, Corea del Sur y España) combinados.

Durante las últimas dos décadas, China ha gastado miles de millones de dólares en apoyar su industria pesquera, dice Tabitha Grace Mallory, profesora de la Universidad de Washington, que se especializa en las políticas pesqueras de este país. En 2018, se estimó que las subvenciones totales a la pesca mundial eran de 35.400 millones de dólares, y China representaba 7.200 millones de dólares. Esto incluye las de combustible y para barcos nuevos que aumentan el tamaño de la flota.

El gobierno también ayuda a cubrir el costo de los nuevos motores, de los cascos de acero más duraderos para los arrastreros, y de que los barcos médicos y de seguridad armados estén estacionados permanentemente en los caladeros, lo que permite que los capitanes de pesca permanezcan en el mar por más tiempo. Los pescadores chinos se benefician además de la inteligencia pesquera dirigida por el gobierno que les ayuda a encontrar las aguas más ricas.

“Sin sus esquemas de subsidios masivos, la flota pesquera de aguas distantes de China sería una fracción de su tamaño actual, y la mayor parte de su flota del Mar del Sur de China no existiría en absoluto”, dice Poling.

Daniel Pauly, investigador principal del Proyecto Sea Around Us en el Instituto de Océanos y Pesca de la Universidad de Columbia Británica, explica en un correo electrónico que estos subsidios no solo han aumentado las tensiones geopolíticas, al permitir que los barcos se adentren en regiones en disputa, “también juegan un importante papel en el agotamiento de las poblaciones de peces, ya que mantienen en funcionamiento buques que de otro modo serían dados de baja”.

Mientras las flotas reciban asistencia financiera para la sobrepesca, los expertos dicen que es imposible la pesca sostenible. Ya el 90% de las poblaciones de peces comerciales rastreadas en todo el mundo por la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, han sido sobrepescadas o explotadas por completo, lo que significa que han superado su capacidad para reponerse de manera sostenible, incluidas las 10 especies comerciales más importantes del mundo.

Sobrepesca financiada por los gobiernos

El caso de China no es de ninguna manera singular cuando se trata de subsidiar su flota pesquera. Más de la mitad de la industria pesquera mundial no sería rentable en su escala actual sin los subsidios de los gobiernos, según un estudio de 2018 en Science Advances, dirigido por el explorador residente de la National Geographic Society, Enric Sala.

Japón gasta más en subsidios para la pesca en alta mar (las partes del océano que no están bajo el control de ningún gobierno) que cualquier otro país, lo que representa alrededor del 20% de los subsidios mundiales a la pesca en alta mar, muestra el estudio de Sala. España representa el 14% de los subsidios pesqueros mundiales, seguida de China con el 10%, luego Corea del Sur y Estados Unidos.

Pero cuando se trata de escala, China es, con mucho, el más grande. Con más de 800 barcos en alta mar, los barcos chinos fueron responsables de más del 35% de la captura mundial reportada en alta mar en 2014, más que cualquier otro país. (Taiwán, con el siguiente número más alto de barcos con 593, representa alrededor del 12% de esa captura, y Japón, con 478 barcos, representa menos del 5%).

Los subsidios no son solo una de las principales razones por las que los océanos se están quedando rápidamente sin peces. Al poner demasiados barcos en el agua en todo el mundo, los subsidios pueden conducir a una pesca insostenible, competencia insalubre, disputas territoriales y pesca ilegal a medida que los capitanes se desesperan por encontrar nuevos caladeros de pesca menos poblados.

“Para decirlo sin rodeos, esto es similar a pagar a los ladrones para que roben la casa de un vecino”, dice Peter Thomson, enviado especial del secretario general de la ONU para los océanos, sobre el papel que juegan los subsidios en el fomento de la pesca ilegal.

China tiene el peor puntaje del mundo en lo que respecta a la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada, según un índice publicado el año pasado por Poseidon Aquatic Resource Management, una firma consultora de pesca y acuicultura.

Pequeños cambios

Pese a todo, China muestra pequeños signos de mejora en su actuación. En respuesta a la presión internacional de los grupos conservacionistas de los océanos y de los gobiernos extranjeros, Pekín ha comenzado a reforzar el control de su flota en los últimos años, aunque los conservacionistas y los expertos en pesca siguen siendo escépticos.

En 2016, el gobierno publicó un plan de cinco años para limitar el número de embarcaciones pesqueras en aguas distantes a menos de 3.000 para 2021 (no está claro si China ha avanzado hacia este objetivo, sin embargo, porque el gobierno publica pocos datos sobre números de barcos). Y en junio, las autoridades pesqueras chinas anunciaron que de julio a noviembre cerrarán las temporadas de captura de calamares para los barcos chinos en ciertas aguas sudamericanas, citando la necesidad de permitir que las poblaciones de calamares se repongan. Esta es la primera vez que China cierra voluntariamente una temporada de pesca.

“Creo que el gobierno chino habla en serio cuando se ofrece a restringir su flota de aguas distantes”, dice Pauly. “Si pueden hacer cumplir las restricciones planificadas en su flota es otra cuestión; de hecho, no creo que controlen sus flotas de aguas distantes más de lo que nosotros controlamos las nuestras en Occidente”.

Es difícil asegurar que los barcos de cualquier nación cumplan con las normas ambientales, laborales o de otro tipo cuando se encuentran en aguas internacionales, ya que ningún país tiene la jurisdicción o los recursos para vigilarlos tan lejos de la costa.

Con una clase media en rápido crecimiento que puede pagar más pescado, el gobierno chino ha impulsado su industria de la acuicultura con más de 250 millones de dólares en subsidios entre 2015 y 2019 en un esfuerzo por reducir la dependencia del país del pescado capturado en la naturaleza.

Sin embargo, esa medida presenta un nuevo problema: para engordar sus peces, la mayoría de las piscifactorías dependen de la harina de pescado, un polvo rico en proteínas elaborado principalmente a partir de pescado capturado en la naturaleza en aguas extranjeras o internacionales. Además, la acuicultura requiere mucha harina de pescado: antes de que un atún cultivado llegue al mercado, por ejemplo, puede comer más de 15 veces su peso en pescado salvaje en forma de harina de pescado.

Los conservacionistas del océano advierten que la voraz naturaleza de la producción de harina de pescado está acelerando el agotamiento de los océanos, contribuyendo a la pesca ilegal, desestabilizando la cadena alimentaria acuática y minando las aguas de los países más pobres de las fuentes de proteínas necesarias para la subsistencia local.

“Tiene poco sentido la captura de grandes cantidades de peces silvestres para alimentar una creciente demanda de peces de cultivo”, dice Sala. “En cambio, una fracción de esos peces silvestres podría usarse para alimentar a las personas directamente, con menos impacto en la vida marina”.

Para satisfacer la demanda de harina y aceite de pescado, las autoridades pesqueras chinas dijeron en 2015 que planeaban aumentar la cantidad de krill recolectado en las aguas antárticas de 32.000 toneladas métricas a dos millones de toneladas métricas, aunque se comprometieron a permanecer fuera de las áreas “ecológicamente vulnerables”. El krill es una fuente principal de alimento para las ballenas, y los conservacionistas se preocupan por los efectos en cadena de una cosecha tan alta.

El papel de las subvenciones en la desestabilización de las relaciones internacionales

Además de las consecuencias ambientales potencialmente devastadoras de la sobrepesca y el colapso de la pesca, tantos barcos en el mar significa más competencia por los caladeros, lo que puede desestabilizar las relaciones entre los países y provocar enfrentamientos violentos.

En 2016, la Guardia Costera de Corea del Sur abrió fuego contra dos barcos pesqueros chinos que habían amenazado con embestir a las patrulleras en el Mar Amarillo. Un mes antes, los pescadores chinos embistieron y hundieron otra lancha rápida surcoreana en la misma zona. Ese mismo año, Argentina hundió un barco chino que, según afirmó, pescaba ilegalmente en sus aguas. Indonesia, Sudáfrica y Filipinas han tenido recientes enfrentamientos con las flotas pesqueras chinas. En la mayoría de estos casos, los barcos chinos pescaban calamar, que representa más de la mitad de las capturas de la flota en alta mar.

Una de las razones por las que la flota de China está tan sobredimensionada es que algunos de sus barcos pesqueros tienen fines distintos a la mera pesca. Como parte de la llamada milicia civil, dice Poling, estos barcos de pesca se envían a zonas de conflicto en el mar para vigilar las aguas y, en ocasiones, para intimidar y embestir a los barcos de pesca o de aplicación de la ley de otros países. Aparte de sus subsidios a la pesca, China tiene un programa que incentiva a los barcos a operar en aguas en disputa en el Mar de China Meridional como una forma de hacer valer sus reclamos territoriales. Estos obtienen muchos de los mismos beneficios que la flota de aguas distantes, además de pagos en efectivo porque operar en esa región no es rentable.

Más de 200 de estos barcos de pesca de la milicia ocupan las aguas alrededor de las disputadas Islas Spratly del Mar de China Meridional, un área rica en peces, y posiblemente también en petróleo y gas natural, que reclaman China, Filipinas, Vietnam y Taiwán. Las imágenes de satélite muestran que los barcos de pesca chinos en el área pasan la mayor parte del tiempo anclados juntos en grupos y no están pescando.

“La única razón por la que los pescadores [chinos] más pequeños van a las Spratlys es porque se les paga por hacerlo”, dice Poling. La presencia de estos barcos pesqueros ha acelerado el declive de los peces alrededor de las islas, provocado enfrentamientos con barcos pesqueros de otros países y ha dado cobertura a China para construir instalaciones militares en algunos de los arrecifes, reforzando aún más sus reclamos sobre el territorio.

“Son muy serios”

En parte porque viajan en grupos y, a veces, con seguridad armada, los barcos pesqueros chinos suelen ser agresivos con los competidores o amenazas percibidas. Vi esto de cerca en 2019 después de pagar mi entrada a un barco de calamar de Corea del Sur y dirigirme a la costa en el Mar de Japón, donde esperaba documentar la presencia de barcos de calamar chinos ilegales que operan en aguas de Corea del Norte.

Nuestro capitán era un hombre bajo y enjuto, de unos 70 años, con ojos hundidos y piel curtida como un elefante. En la mañana de nuestra salida programada, la tripulación contratada le dijo al capitán que no trabajarían en el viaje. Dijeron que estaban demasiado nerviosos por estar asociados con cualquier informe relacionado con Corea del Norte y por acercarse a los barcos pesqueros chinos.

El capitán dijo que aun así podíamos hacernos a la mar solo con su primer oficial, pero que el barco sería difícil de manejar, estaría más sucio de lo normal y tendríamos que ayudarles cuando nos lo pidieran.

Oliendo a perro muerto y como si fuera una pista de patinaje resbaladiza por la captura anterior, la cubierta del barco de madera de 60 pies de largo era un desastre. Los cuartos de la tripulación estaban destrozados y el motor del barco estalló sobre nosotros a varios cientos de millas de la costa, lo que llevó a dos tensas horas hasta que se solucionó.

Poco después del anochecer de nuestro primer día en alta mar, apareció en nuestro radar la silueta de un barco. Corrimos para alcanzar lo que resultó ser no un solo barco, sino casi dos docenas, todos en fila india desde aguas de Corea del Sur a aguas de Corea del Norte. Todos ondeaban banderas chinas y ninguno con los transpondedores encendidos, como se requiere en aguas de Corea del Sur.

Al enviar una armada previamente invisible de barcos industriales para pescar en estas aguas prohibidas, China ha estado desplazando violentamente a los barcos más pequeños de Corea del Norte y encabezando una disminución en las poblaciones de calamar que alguna vez fueron abundantes. Cuando se le preguntó acerca de los hallazgos, documentados por una nueva tecnología satelital de Global Fishing Watch, y confirmados por mi excursión de 2019, documentada para NBC, el Ministerio de Relaciones Exteriores de China dijo en un comunicado que “hizo cumplir concienzudamente” las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Corea del Norte y que “castigó sistemáticamente” la pesca ilegal, pero no confirmó ni negó la presencia de barcos chinos allí.

Seguimos a los barcos, los filmamos, documentamos sus números de identificación y, después de unos 45 minutos, pusimos un dron en el aire para verlos mejor. En respuesta, uno de los capitanes tocó la bocina, encendió las luces y luego se acercó abruptamente a nosotros en una maniobra de embestida: una advertencia. Mantuvimos nuestro rumbo, pero el barco chino continuó hacia nosotros. Cuando llegó a 30 pies de nosotros, viramos repentinamente para evitar la colisión.

Era todo lo que nuestro capitán quería arriesgar. Decidió que era demasiado peligroso continuar, dio la vuelta a nuestro barco y comenzó el viaje de ocho horas de regreso al puerto, durante el que se mostró inusualmente callado y un poco nervioso. “Son muy serios”, seguía murmurando, refiriéndose a los pescadores chinos, quienes, impertérritos, continuaron dirigiéndose hacia aguas norcoreanas.

Claramente, las subvenciones no solo han convertido a la flota pesquera china en una fuerza mundial de tamaño y alcance geográfico sin precedentes. También han inculcado un sentido de ambición, empuje y audacia que pocos países o sus capitanes de pesca están dispuestos o son capaces de desafiar.

Autor: Ian Urbina, exreportero de investigación del New York Times y director de The Outlaw Ocean Project, una organización de periodismo sin fines de lucro con sede en Washington, D.C., que se enfoca en informar sobre crímenes ambientales y de derechos humanos en el mar.

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El informe económico anual del FMI, que encabeza Georgieva, dejó planteado el tema.

El organismo instó a gravar el dioxido de carbono y subsidiar las energías renovables

El tema está entre las prioridades de Europa y China y es uno de los ejes de la campaña electoral de Joe Biden en Estados Unidos. Argentina acompaña como actor de reparto.

 

El Fondo Monetario Internacional (FMI) instó a todos los países, con Estados Unidos, Europa, China, India y Japón a la cabeza, a implementar impuestos a las emisiones de dióxido de carbono y fuertes subsidios para las energías renovables. "Sin cambios en las políticas, la temperatura de la superficie del planeta subiría de 2 a 5 grados adicionales para el final del siglo, imponiendo daños sobre la productividad de la actividad primaria, frecuentes disrupciones de la actividad económica, destrucción física del capital y de la infraestructura como resultado desastres naturales más frecuentes y más severos y deterioro de la salud", indicó el FMI en su informe económico anual.

El tema está en el tope de prioridades de Europa y también en China y es uno de los grandes ejes de la campaña electoral "verde" de Joe Biden en los Estados Unidos. Si la política global sigue los canales más o menos esperados, en los próximos treinta años se profundizará un giro en las formas de producción. 

En esta agenda, la Argentina, que enfrenta una larga lista de emergencias socio-económicas, es a lo sumo un actor de reparto. No obstante, muestra importantes avances en materia de generación de energía renovable y hasta cuenta desde hace dos años con un impuesto al dióxido de carbono, impulsado por el macrismo para reforzar la candidatura del país en el ingreso a la OCDE, que no se dio. Los especialistas en el tema advierten que el país necesita calibrar el grado de acompañamiento de la agenda global, para aprovechar oportunidades, hacer el aporte propio en términos de reducción de las emisiones y prepararse para lo que vendrá pero también teniendo en cuenta que el problema se está definiendo en otra liga donde juegan las grandes potencias, que además cargan con una evidente responsabilidad histórica.

Con este set de tendencias, peligros, restricciones y necesidades es de interés analizar la postura que el FMI adoptó en su Panorama Económico Mundial 2020, que otorga un lugar central a la cuestión medioambiental.

El diagnóstico

Se calcula que la temperatura promedio de la superficie del planeta es un grado superior a la que existía en el período de la revolución industrial a causa de la emisión de gases efecto invernadero asociados en primer lugar a la quema de combustibles fósiles. El incremento se está acelerando, lo cual se observa en que desde 1980, cada década es más cálida que su predecesora. “El período 2015-2019 fue el más cálido del que se tenga registro y 2019 fue el segundo año más caluroso. El impacto es evidente por el aumento en la frecuencia de los desastres naturales”, dice el Fondo.

El Acuerdo de París de 2015 establece como objetivo que el aumento de la temperatura respecto del período pre-industrial esté para el año 2100 por debajo de los dos grados e idealmente quede en 1,5 grados. “Para llegar a ese objetivo se necesita que las emisiones netas de dióxido de carbono –relación entre la emisión y la retirada que proporciona el mundo vegetal— sean iguales a cero para 2050”, agrega el informe.

“Sin cambios en las políticas, la temperatura subiría de 2 a 5 grados adicionales para el final del siglo, con lo cual llegaría a niveles no vistos en millones de años, imponiendo daños sobre la productividad de la agricultura y la pesca, disrupción frecuente de la actividad económica, destrucción física del capital y la infraestructura como resultado desastres naturales más frecuentes y más severos y deterioro de la salud”, advierte.

La lupa sobre el carbón

El uso del carbón por parte de industrias y para la generación eléctrica explica casi la mitad de las emisiones globales de dióxido de carbono y tres cuartas partes de toda la emisión de dióxido de carbono que realiza el sector de la energía. Actualmente, la mitad del consumo mundial de carbón se explica por China, que junto a India, Estados Unidos, Rusia y Japón llevan adelante el 77 por ciento del consumo global de carbón.

El Fondo subraya que el carbón es la fuente de energía más contaminante, muy por encima de los hidrocarburos. La reina histórica del carbón es Inglaterra, que está al borde de eliminar su uso, mientras que China llegó a su pico en 2013 y está en camino de la reducción, aunque al actual ritmo necesitaría 38 años para llegar a cero.

El ritmo de “descarbonización” es lento por dos factores: es difícil reemplazar el carbón en aquellas las industrias que lo utilizan directamente en la operación (que representan un tercio del consumo total de carbón) y en el caso de la generación eléctrica, las plantas en base a carbón tienen una vida útil de 30 a 40 años.

Las acciones

El informe investiga las alternativas para llegar al objetivo de emisión neta de dióxido de carbono igual a cero para dentro de treinta años (2050), para lo cual sería necesario que cada país reduzca las emisiones “brutas” en un 80 por ciento, junto al avance de bosques y otros ecosistemas naturales de captación de carbono.

 “Se suele argumentar que los países que han contribuido en mayor medida al stock acumulado de emisiones deben cargar con la mitigación. Pero las economías avanzadas por sí solas no pueden mantener la temperatura en valores seguros. En cambio, si los Estados Unidos, Europa, China, Japón y la India actúan de manera conjunta, pueden provocar una fuerte caída de las emisiones”, dice el FMI.

El FMI quiere que “se lleven a cabo medidas para elevar el precio de las actividades con mayor huella de carbono a través de impuestos”. Si bien esto “incrementa el precio global de la energía y afecta a la actividad económica, los ingresos fiscales resultantes se pueden transferir a los hogares para evitar el daño sobre los más pobres”.

En segundo lugar, propone aplicar agresivos subsidios de precio y para investigación e inversión pública para abaratar fuentes de energía limpia. 

Efectos económicos desiguales

Si avanza una agenda como la que propone el FMI, Europa se vería beneficiada, porque ya cuenta con un sector fuerte de energías renovables, de manera que la inversión que hay por delante es relativamente menor que en Estados Unidos, China y la India, que serían las economías grandes con mayores costos de transición. De hecho, Europa ya aplica impuestos al dióxido de carbono y Estados Unidos y China, no. 

Por otro lado, las economías que dependen de la exportación de petróleo se verían directamente afectadas por esta agenda.

El FMI advierte que estas medidas se deben tomar de manera conjunta a nivel global porque si se aplican impuestos y cae la demanda de combustibles fósiles, afectaría a la baja el precio internacional, lo cual podría ser aprovechado por otros países que no aplican impuestos. Adicionalmente, las actividades más intensiva en emisiones de carbono podrían buscar relocalizarse en economías de baja regulación

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