La inevitable guerra que nos espera

Un ataque ruso a la OTAN es posible, dentro de cinco años, tal vez ocho. Habla el ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius. Moscú amenaza cada vez más a los países bálticos y a Moldavia, y el jefe del comité militar de la OTAN, Rob Bauer, evoca la necesidad de una transformación bélica (“warfighting transformation”) de la Alianza Atlántica.

Hasta ayer neutral, la cúpula militar sueca invita a los ciudadanos a “prepararse mentalmente para la guerra”. El ministro lituano de Asuntos Exteriores declara que “no existe escenario alguno en el que Ucrania no gane la guerra y las cosas no acaben bien para Europa”, mientras que los dirigentes polacos, que ya destinan el 4% de su PIB a defensa, subrayan que en este momento no se puede descartar ningún escenario.

Fuera de la UE, el ministro de Defensa británico habla de una “transición de un mundo de postguerra a un mundo de preguerra”, mientras que el jefe del ejército, Patrick Sanders, subraya la necesidad de más tropas (“Ucrania nos muestra de forma brutal de qué modo las guerras las empiezan ejércitos regulares, pero las ganan ejércitos de ciudadanos”).

En cuanto a Italia, que ha asumido el mando táctico de la operación Aspides en el Mar Rojo, el ministro [Guido] Crosetto habla de una “amenaza híbrida global”, propone, entre otras cosas, la creación de una reserva militar y reclama más tanques (que evidentemente no sirven para la defensa en el Mediterráneo).

¿Qué ocurre en Europa, cómo leer estos indicios? Tras años de presión norteamericana, los primeros indicios de una inversión de la tendencia en el gasto militar se produjeron hace una década, en medio del descarrilamiento de las primaveras árabes (Siria y Libia, en primer lugar), la aparición del Califato y la intensificación de la “guerra contra el terror”.

Desde 2019 hasta hoy, el gasto militar en el continente ha crecido aproximadamente un 25-30%, con un salto adelante tras la invasión de Ucrania y las iniciativas cada vez más significativas de la propia UE. Para una entidad política continental que nació sobre la base de una hipótesis de paz construida sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, y que durante mucho tiempo se ha definido a sí misma como una “potencia civil”, estamos en medio de una transición de época: se abren cuestiones sobre las que es necesario un debate abierto.

Poco se habla, por ejemplo, de las implicaciones de la nueva oleada de ampliaciones, en los Balcanes y hacia Moldavia, Ucrania y Georgia. La anterior ampliación fue aclamada como una expansión del área de paz liberal, con una Unión que avanzaba hacia una vecindad descrita como “un anillo de amigos” por Romano Prodi, entonces jefe de la Comisión de la UE. Hoy, Europa se encuentra inmersa en un contexto de crecientes rivalidades geopolíticas: en su centro, Alemania, técnicamente en recesión, con la extrema derecha en alza y tensiones industriales; en su periferia, la vecindad se ha convertido en un anillo de fuego.

Entonces, ¿de qué escenarios bélicos se alimenta este militarismo de regreso? Y, reflejo de la propaganda de Putin sobre la inevitabilidad de la victoria, ¿de qué escenarios bélicos se alimenta el retorno del si vis pacem para bellum, de los debates unidireccionales, de las opciones forzadas por la supuesta autoevidencia de los hechos, tomados sobre la base del único y peor escenario posible? Y por último, ¿cuáles son las incógnitas políticas, económicas y sociales del keynesianismo militar del siglo XXI? El propio orden internacional, tal y como lo conocemos, está en entredicho, sin que haya contornos claros de lo que nos espera.

En el propio il manifiesto llevamos tiempo señalando un hecho incontrovertible: las guerras que se prolongan tienden a expandirse, es decir, a implicar a nuestros vecinos, a nosotros. El tiempo de la Historia conecta los puntos entre las guerras de Afganistán, Siria, Ucrania, y los escenarios bélicos en expansión de Oriente Medio.

Putin busca un baño regenerador de legitimidad electoral mientras la economía rusa ha logrado hasta ahora adaptarse a las sanciones y resistir el esfuerzo bélico. Si proyectamos hacia el futuro las dinámicas en curso sobre el cálculo de la disuasión, no son inverosímiles nuevos escenarios bélicos. Por ejemplo, el protagonismo norteamericano en el frente de la ayuda militar a Ucrania ha contenido a Polonia y a los países bálticos.

Todavía no estamos acostumbrados a pensar en Polonia como una fuerza militar de primer orden, capaz de liderar una guerra, pero las declaraciones del nuevo presidente Tusk sobre la necesidad de hacerse cargo de toda la ayuda que Ucrania necesite nos indican lo que podría ocurrir en el caso de que los EEUU se retiren, ya sea por el bloqueo del Congreso o por la victoria electoral de Trump. Por otro lado, los EEUU y Alemania frenan el ingreso de Ucrania en la OTAN por considerarlo peligroso, una opción que se reservan para, mañana, negociar un acuerdo que acaso estabilice la frontera oriental de Europa a lo largo de la línea que están fortificando los finlandeses, los bálticos y los propios ucranianos, al borde de los territorios ocupados.

[Tras haberse cobrado el apoyo europeo, Zelenski intenta poner fuera de juego al comandante Zaluzhni, que demuestra quién cuenta con el apoyo de las milicias nacionalistas de derechas fotografiándose junto al líder del Sector Derecho [Пра́вий се́ктор, Práviy sector, partido político ultranacionalista y paramilitar ucraniano]. Está en juego la movilización de nuevas fuerzas: no se gana una guerra con cuarentones en el frente marcados por dos años de combates. Estas dinámicas ilustran el riesgo de peligrosas huidas hacia delante: la escalada horizontal es ya un hecho. No sólo lo demuestran las refinerías incendiadas en Rusia o los buques de guerra atacados en alta mar. En el cuadrante de Oriente Próximo, los Estados Unidos responden selectivamente a los ataques golpeando selectivamente objetivos iraníes.

Embridar esta dinámica expansiva requiere un esfuerzo político europeo coordinado. Se da la paradoja de que las formaciones pro-europeas liberales y social-liberales (por no hablar de los Verdes alemanes) se muestran mucho más solícitas en el apoyo al frente ucraniano que las fuerzas nacionalistas y soberanistas, creando la ilusión óptica, que se desliza sobre franjas rojipardas, del crecimiento de la derecha como un paso adelante para la opción pacifista. En Londres, el líder laborista Keir Starmer, que ganará previsiblemente las próximas elecciones, ha dejado claro que su propia idea de control parlamentario sobre las intervenciones militares británicas sólo se aplica en el caso de despliegue de tropas, no de bombardeos.

La izquierda corre el riesgo de renquear a la hora de exigir el cumplimiento de las reglas del juego. En Bruselas, la cuestión surge de las cláusulas que vinculan las relaciones comerciales UE-Israel al respeto de cláusulas fundamentales de derechos humanos en el conflicto con los palestinos. No queda más remedio que movilizarse para desactivar la lógica hidráulica de la guerra, sorda y ciega, volviendo a tejer los hilos de la política en consonancia con una idea de cambio social.

Francesco Strazzari

profesor de Relaciones Internacionales en la Scuola Universitaria Superiore Sant’Anna de Pisa, se doctoró en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y ha sido docente en las universidades de Bolonia, Amsterdam y Johns Hopkins, así como en el Instituto Noruego de Asuntos Internacionales (NOPI) de Oslo.

09/02/2024

Información adicional

Autor/a: Francesco Strazzari
País:
Región: Europa
Fuente: Sin Permiso

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