Martes, 02 Febrero 2016 06:36

Autoorganización, emergencia y acción social

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Autoorganización, emergencia y acción social

Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político.



El orden total o cuasi–total equivale a la muerte. El orden sin más asimila los procesos y sistemas al equilibrio y, muy cerca del equilibrio, la vida cesa de existir. En contraste, como es sabido por una parte de lo mejor de la ciencia actual, lejos del equilibrio emergen procesos autoorganizativos, se hace posible la vida, en fin, nuevas redes configuran vectores y posibilidades antes insospechadas. Este lenguaje debe y puede ser traducido a la sociología, la historia y la política.


Políticamente hablando, el orden equivale al imperio de la ley —"estado de derecho"—, y sociológica y filosóficamente se trata del triunfo del institucionalismo y el neo–institucionalismo. Con todos sus representantes, vertientes y estamentos.


La oposición, la rebeldía y el disenso constituyen elementos nutrientes de una democracia. Incluso alguien tan excesivamente conservador como K. Popper así lo reconoce abiertamente en La sociedad abierta y sus enemigos. Con una condición: que los elementos de disenso y rebeldía sean activos y libres y no hayan sido institucionalmente cooptados, o normalizados. En Colombia prácticamente toda oposición fue eliminada, físicamente, o bien cooptada a través de los mecanismos de la democracia representativa.


Hace mucho tiempo, en medio de una historia de estado de excepción normalizado, del que emerge el paramilitarismo y sus distintas facetas hasta llegar actualmente a las bandas criminales (bacrim) (= más de lo mismo), los sindicatos fueron neutralizados y cooptados por el sistema, las organizaciones estudiantiles fueron suprimidas o su acción fue altamente delimitada, los partidos de oposición fueron neutralizados y mantenidos "en sus justas proporciones" (para citar las palabras de un nefasto expresidente), en fin, las guerrillas fueron eliminadas o conducidas a aceptar "un mal arreglo antes que un buen pleito".


Digámoslo en una palabra: la acción colectiva fue perseguida y prohibida, golpeada y cooptada. Hasta el punto de que es preciso tener autorización de la autoridad competente, según el caso, para llevar a cabo una manifestación. No sin cinismo, mucha gente prefiere concentrarse, antes que movilizarse. La acción colectiva en Colombia ha sido, en el mejor de los casos, reducida a las redes sociales, lejos, muy lejos de las calles.


El movimiento campesino ha sido fuertemente golpeado, y la minga indígena parece no haber alcanzado el oxígeno suficiente, en un país en el que los indígenas jamás han logrado ser protagonistas de una historia social. En contraste con otros países del subcontinente.


En estas condiciones, la protesta social ha quedado reducida al marco de los defensores de derechos humanos, algunos intelectuales, alguna denuncia periodística —supuesta la autoedición— y unos cuantos artistas, siempre algo marginales. Ocasionalmente, se aprecian las protestas de la comunidad LGTBI. Existen múltiples pequeños movimientos aquí y allá de diversa índole, pero todos se encuentran, a la fecha, desagregados.


Vale recordar: no hace mucho el principal asesor de un expresidente escribió —y se puso en práctica— que los enemigos del Estado son: en primer lugar los guerrilleros y los auxiliadores de la guerrilla; luego también, las ONG, principalmente las defensoras de derechos humanos; y finalmente, los intelectuales y académicos.


Pues bien, es, más o menos, en este marco que se entienden las pujas, cada año, en las negociaciones en torno al salario mínimo. Más la imposición de fuertes políticas fiscales, los programas económicos, en fin, la neo–institucionalización del país, en toda la línea de la palabra, para no hablar de la privatización de los (últimos) bienes del Estado.


La protesta social y la acción colectiva son en Colombia, según todo parece indicarlo, cosas del pasado. O por lo menos esa es la idea que se quiere presentar desde los grandes medios de comunicación. Porque la verdad es que movilización hay; y protesta también existe.


La protesta social y la acción colectiva pueden ser dichas de dos maneras, así: de un lado, es el derecho a la rebelión. Y de otra parte, es la forma misma de unión y defensa de los sin–voz, los invisibles, los marginados, los pobres.


Hubo una época en que algunas iglesias tomaron la vocería por estas mayorías. Hubo momentos en que algunos partidos políticos les dieron la mano. Pero hoy día ellos siguen careciendo de voz, siendo invisibles, marginados y excluidos. Todo, en un país históricamente fracturado e inequitativo. La defensa de los excluidos es un tema de ética tanto como de política, y la historia no es ajena al tema. De ética, por cuanto es un tema de humanidad; y de política en cuanto se trata del reconocimiento de que los dramas personales son fenómenos comunes que competen a todos.


Con razón sostiene A. Camus en El hombre rebelde que cada época histórica tiene una forma distinta de rebelión. Ese libro, ya hoy clásico en el que el autor francés estudia las formas de rebeldía o rebelión en los últimos doscientos años.

Correspondientemente, las formas de rebelión habidas en la historia del país no serán, jamás, las mismas en el futuro. No tanto por determinismo histórico, sino porque el mundo ha cambiado y con él, el país. Con el paso del tiempo, los agentes sociales han cambiado, y las formas de organización que ayer fueron posibles hoy parecen no ser ya necesarias.


Nuevas formas de organización social, nuevas formas de acción social, nuevas formas de protesta y acción colectiva serán posibles en un futuro razonablemente previsible. Aun cuando, al parecer, nadie las avizore claramente en el presente inmediato. El drama de la sociedad es que el presente de la política no es nunca linealmente compatible con la historia como medida de largo plazo.


Dicen los analistas que se requieren formas imaginativas de acción y de organización, nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicación y acción. Seguramente es cierto. Pero mientras no tengan vida orgánica, se trata de palabras que se las puede llevar el viento.


Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político. Se requiere una acción imaginativa, o bien decisiones radicales e inesperadas. Mientras tanto, en una parte del mundo, aparecen los indignados. Todo parece indicar que existe un vaso comunicante directo entre la indignación y la rebelión.


La rebelión y la disidencia, la oposición y la lucha por el cambio: con todo ello se trata de una sola cosa. Contra quienes son partidarios del orden, que han sucumbido ante el peso de lo real, se trata de aquellos individuos que sueñan por un mundo mejor, por una vida diferente, por un horizonte distinto. Y nada nos hace más humanos que soñar que las cosas pueden ser mejores, o diferentes. Pero los sueños se alimentan de ideas.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Palmiguía
Visto 1167 vecesModificado por última vez en Martes, 02 Febrero 2016 07:12

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