Martes, 09 Febrero 2016 06:52

La inocuidad del voto

Escrito por Freddy Cante*
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La inocuidad del voto

Un reciente mapeo de la desigualdad mundial muestra la paradoja de eso que, con supina inocencia, insistimos en llamar democracia. Mientras los estudiosos neoclásicos hacen elegantes campanas de Gauss para mostrar que los votantes buscan posiciones intermedias, quienes investigan la pobreza y la desigualdad retratan un mundo polarizado entre unos ultra-ricos y una extensa mayoría de pobres, y hablan de una democracia secuestrada (Oxfam, 2015).

La gran paradoja del sufragio universal consiste en que una inmensa mayoría de los votantes son pobres absolutos o relativos, y pese a ser mayoría no han logrado que la ínfima minoría de ultra-ricos ceda para democratizar la riqueza o, al menos, para hacer menos aberrante la existencia del pobrerío. Dicho con otras palabras: eso que aún llamamos democracia no ha resuelto el problema de la desigualdad. En uno de sus más recientes textos (Sen, 2009), a su manera, advierte tal problema.


La inocuidad del voto ocurre, básicamente, porque la sociedad está dividida en dos clases sociales, a saber: los dirigidos y la dirigencia. Los dirigidos con la mayoría dispersa y desmesuradamente cuantiosa (millones) de ciudadanos rasos, sean pobres absolutos o relativos (la denominada clase media). La dirigencia es una ínfima minoría organizada, que está compuesta por unos pocos miles de opulentos, quienes monopolizan o tienden a concentrar poderes militares, económicos, organizativos, e ideológicos. Esto ya había sido, advertido, en cierto modo sutil, por autores como (Schumpeter, 2008) y (Olson, 2001).


En términos económicos la clase dirigente es lo que Veblen (Veblen, 1953) denominó como clase ociosa, y está integrada por capitalistas y rentistas (perceptores de beneficios y diversas rentas); la clase de los dirigidos está integrada por quienes perciben salarios (desde los proletarios más empobrecidos hasta las clases medias), y por los pobres absolutos (indigentes y miserables que no perciben ingreso alguno, más que las limosnas públicas y privadas).


Tomando y enriqueciendo el planteamiento de (Bobbio, 2000), se puede afirmar que los tomadores de decisiones públicas en la mal llamada democracia son los políticos y tecnócratas, quienes son los representantes o delegados (o simples mandaderos) de los opulentos (con sus gremios y poderosos grupos de presión). No pocas veces líderes políticos y notables tecnócratas son integrantes de las minorías opulentas. Y esos mismos tomadores de decisiones son nada más que unos fiduciarios de la ciudadanía rasa, a la que seducen y engañan con seductoras promesas pre-electorales para obtener sus votos.


En términos de una relación contractual, el delegado o representante obedece (o al menos está obligado a obedecer) el mando imperativo de su elector; en tanto que el fiduciario no está atado por tal restricción contractual y puede manejar a su antojo la confianza y los activos que le han confiado sus electores.


En una democracia directa y plenamente participativa, hay una ciudadanía activa y total: cada ciudadano tiene injerencia directa, con voz y voto, en la toma de decisiones colectivas (en todos sus detalles). En un ámbito de soberanía popular, la ciudadanía escoge una política deseable y, además, elige a unos delegados o representantes que deben cumplir su mandato ciudadano. En las llamadas democracias representativas (o indirectas), los ciudadanos rasos (los peor situados) escogen a unos políticos que dicen ser sus representantes y defender el bien comùn y el interés público pero que son nada más que fiduciarios de sus inocentes y confiados electores.


No existe en este mundo un Estado que pueda satisfacer plenamente y por igual a toda la ciudadanía. Y cuando la sociedad está dividida en las dos mencionadas clases, la toma de decisiones públicas constituye un juego de suma cero, con perdedores y ganadores.


A esto se agregan los nada deleznables problemas de la asimetría de información y la incertidumbre que, obviamente, juegan más en contra de los votantes rasos. El votante raso sabe por quien vota (conoce su nombre y, en el mejor de los casos, sus antecedentes y hoja de vida), pero ignora o prefiere ignorar los intereses a los que sirve o representa tal líder y, obviamente, desconoce lo que el político hará una vez elegido ante eventos no previstos, o no ventilados públicamente en época de elecciones.


Las mayorías de ciudadanos rasos constituyen la masa social que habita en el inframundo de la pobreza o en la vulgar medianía y persistente inestabilidad de la denominada clase media. La ínfima o nula intensidad de sus preferencias electorales permite que cada uno de sus anónimos y cuantiosos miembros tenga nada más que un voto. Y tal voto (sin voz) se reduce al ejercicio de kínder elemental, consistente en marcar una X sobre el rostro de su candidato preferido, cada dos o cuatro años (dependiendo del tipo de escogencia electoral). Tal mayoría habita en el mundo de "mediocristán" (1): un mundo regido por la ley de los grandes números, en el que cada votante es nimio e insignificante, y no puede alterar el curso de los acontecimientos.


Las minorías organizadas de ultra-opulentos, habitan las elevadas cumbres del poderío económico, social, militar, organizativo e informativo. Sus preferencias electorales son tan desmesuradamente intensas, que sus votos (acompañados de su voz de mando imperativo) son proporcionales a la magnitud o peso de su riqueza: ellos mandan a sus delegados, sean políticos o tecnócratas, para que diseñen y ejecuten unas políticas hechas a la medida de sus intereses y caprichos. La minoría estratégicamente aliada de ultra-ricos, políticos y tecnócratas, habita el mundo de "extremistán", tienen a su favor información y suficiente poder económico, político, organizativo y militar para alterar el curso de la historia.


Muchos votantes rasos han optado por dos escogencias racionales: unos han preferido optar por la pasiva e indiferente pereza (no ir a votar, dado que su voto es nimio e insignificante); otros, a sabiendas de que los políticos no cumplen sus promesas y el voto resulta siendo un regalo, prefieren venderlo al mejor postor (y con ello resolver alguna carencia en el corto plazo).


Algunos sectores de la ciudadanía pobre pero activa y organizada, han optado por soluciones más políticas como el voto en blanco (que de ser masivo quiebra la normalidad de las elecciones y, al menos, permite convocar a unos líderes algo más decentes), y otras modalidades más confrontacionales y de abierta insumisión: objeción de consciencia, desobediencia civil y resistencia civil.

 

*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor Titular de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario.

 

 1 La crítica a la campana de Gauss (a la estadística tradicional) y los términos de Mediocristán y Extremistán se nutren del maravilloso libro de (Taleb, 2007)

 


 

Bibliografía:

 

Bobbio, N. (2000). El futuro de la democracia. México: Fondo de Cultura Económica.

Olson, M. (2001). The Logic of Collective Action: Public Goods and the Theory of Groups. London: Harvard University Press .

Oxfam. (19 de January de 2015). Oxfam.org. Obtenido de Oxfam International : https://www.oxfam.org/en/pressroom/pressreleases/2015-01-19/richest-1-will-own-more-all-rest-2016

Schumpeter, J. (2008). Capitalism, Socialism and Democracy. New York : Harper Perennial Modern Classics.

Sen, A. (2009). The Idea of Justice. Cambridge Mass: Harvard University Press.

Taleb, N. (2007). The Black Swam. New York : Random House.

Veblen, T. (1953). The Theory of the Leisure Class: an Economic Study of Institutions. New York : The MacMillan Company .

Información adicional

  • Autor:Freddy Cante
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
Visto 943 vecesModificado por última vez en Martes, 09 Febrero 2016 16:45

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